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CUADERNOS DE SANGRE AntologĂ­a de cuento de horror bajacaliforniano

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Cuadernos de sangre Antología de cuento de horror bajacaliforniano, Vol. 1 Primera edición digital © Patricia Binôme, Miryam Ruiz, Juan Ramón “Monchie Horror” Agúndez, Julio César Pérez Cruz, Javier González Cárdenas y Mario Alberto Robles © 2012, El Lobo y el Cordero Tijuana, B. C., México http://loboycordero-ediciones.blogspot.com http://cuadernosdesangre.blogspot.com Facebook: loboycordero.ediciones Síguenos en Twitter @loboycordero Diseño y edición de la colección: Néstor Robles Ilustración de portada: “Novia”, de Denisse Sánchez http://www.wix.com/licuadocerebral/denisse-sanchez-erosa-art Ilustraciones de interiores: Tala Wakanda http://www.wix.com/talawakanda/wolf-in-boots

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 México.


advertencia FADE IN INT. TEATRO - NOCHE En blanco y negro. Se abre el telón. Un hombre viejo, trajeado, sale de entre las cortinas. Aplausos. HOMBRE VIEJO Bienvenidos sean a esta colección, valientes lectores. Si están leyendo esto es porque su curiosidad ha vencido. Están a punto de adentrarse a un mundo lleno de misterios, asesinos y monstruos. Los autores que componen esta colección nacieron o habitan la siniestra Baja California, su mayoría en Tijuana, su minoría en Mexicali, Tecate y Ensenada. En este primer volumen preparense para conocer a un grupo de asesinos que, ya sea por diversión o venganza, perpetúan los más horribles crímenes leídos hasta ahora. Gracias por abrir estos cuadernos de sangre. Traten de no mancharse. Están advertidos. Teman. No hay devolución. El hombre se vuelve a adentrar entre las cortinas. Silencio total. Escuchamos un disparo entre la audiencia. Luego un grito de mujer aterrada. Asombro entre los asistentes. FADE OUT


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indice

Ha sido encontrada una fotografía c Patricia Binôme . . . . . . . . 9 Es ella c Míryam Ruiz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 Electric glamato c Monchie Horror . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19 Los canarios c Julio César Pérez Cruz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23 Recorrido a ultranza c Javier González Cárdenas . . . . . . . . . . 31 El nuevo c Mario Alberto Robles . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39


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Patricia Bin么me


PATRICIA BINÔME (TIJUANA, 1985) Narradora, periodista y poeta. Autora de Perro Sombra y Porno (haikú). Estudió la licenciatura en Lengua y literatura de Hispanoamérica. Ha colaborado en la revista de periodismo urbano Diez4. Sus textos pueden ser encontrados en Punto de partida de la UNAM y en la antología Somos poetas ¿y qué? Actualmente dirige la acción poética Poemas Parabrisas y trabaja en una obra multidisciplinaria titulada Breves fragmentos de la palma de la mano. Además, se dedica a hacer interpretaciones oníricas por encargo y a reducir sistemáticamente su sombra.


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rente a mí el cadáver diminuto de un pez que se deshace en el agua gris de la pecera, al fondo, entre raíces de otoño acuático y el polvo putrefacto de su cuerpo que flota como una capa de fango sobre esos ojos decolorados. Desde acá no veo mucho, pero es que la casa no tiene ventanas. La puerta está cerrada y yo necesito saber si hay alguien que pueda ayudarme. Veo estampitas sobre las paredes o papeles con rostros de santos y de gente. Quizá sean fotos. El atardecer, además, me lo dificulta todo. Creo ver una silla al final del cuarto y un armatoste a unos metros, una máquina, alguna herramienta. Veo, creo ver, frascos sobre una mesa y polvo sobre todas las cosas. El frío acá afuera rompe mi piel como lo hace con la corteza de los árboles y mi vaho se pega en el cristal de la pecera sin querer. Intento limpiarla con la manga de mi saco pero escucho un leve gemido, dentro, pero muy a lo lejos. Quizá lo he imaginado y sigo limpiando. Se repite el sonido y entonces el frío se hace profundo. Es como un pequeño gato herido. Sigo viendo, intensificando mi silencio y del lado derecho observo un colchón. Inmediatamente, una silueta recostada como un feto se dibuja, aunque ligeramente deforme. De ahí proviene aquel quejido puntiagudo, chiquito. No sé qué hacer, yo nunca he sido violenta, nunca he gritado. Si la pecera fuera más chica yo podría ver claramente, metería la mano por la rendija y empujaría con cuidado para no mover mucho el cadáver pero hay algo en la oscuridad de adentro que me obliga a callar, a no hacer nada más que alejarme; sin embargo, estoy gélida, entumecida por la levedad de sus gritos y mi curiosidad. No puedo irme. 11 c


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Escucho otro sonido. No es la mujer gimiendo despacio, es otra cosa que rechina con ritmo, son pisadas lentas, pisadas grandes, de un hombre. Luego, una melodía macabra: el viento que golpea mis oídos, los gemidos creciendo al compás de los pasos —que cada vez se escuchan más cerca, más fuerte— y mi corazón que da el ritmo de base. Entiendo que algo no está bien, por eso guardo silencio. El hombre se acerca y en la mano lleva un puñado de rosas con el tallo largo. La imagen ondula pero lo percibo bien porque pasa frente a mí. No veo su cara pero su cuerpo es enorme. Entonces mi corazón se agita como si supiera que hay peligro. Las quejas se agrandan. Es una mujer la que teme recostada en aquel colchón. Se revuelca torpe cuando el hombre de las flores se sienta en la orilla y la toca tiernamente el hombro. Entonces mi miedo disminuye, supongo que ella está enferma y él es su esposo que le trae unas flo... No, ella está amarrada y amordazada... Esto no está bien, no está bien... no est... Quisiera gritar como ella grita cuando él le quita la mordaza, quisiera tapar mis oídos y gritar, gritar tan fuerte como lo hace ella, imitarla, no hay otra manera de reaccionar, no hay otro impulso ante aquel alarido... Pero sólo tapo mis oídos; mi intuición me dice que eso hay que hacer. Cierro los ojos con fuerza y sigo escuchando golpeteos, ahora los gritos ahogados... poco a poco abro los ojos y veo al hombre violento alejar las flores de aquella mujer. Mi corazón se acelera cuando la figura pasa frente a mí, prefiero no moverme. La mujer calla, se escucha apenas. Del lado izquierdo la espalda del hombre, hincado frente a un altar con las flores colgando de la mano y pequeñas gotas púrpuras cayendo de las espinas. Vuelvo a respirar con fuerza y se empaña la pecera; en el altar sólo veo frascos, flores, una silueta mediana que parece un santo. El cristal se va despejando. Veo velas apagadas. La pecera es más clara. Veo al hombre poner las rosas frente a una pequeña virgen sin rostro. La pecera está totalmente libre de vaho y mi garganta se cierra. Sobre el altar hay una cara... una fotografía de alguien que se parece a... el hombre me mira... voy a correr... voy a correr...


es ella

MĂ­ryam Ruiz


MÍRYAM RUIZ (SINALOA, 1983) Tijuanosinaloense. Licenciada en Lengua y literatura de Hispanoamérica por la uabc. Ha publicado en plaquettes organizados por la uabc y en revistas como Altanoche, Abrace y Replicante. Se encuentra antologada en Nuestra cama es de Flores/ Our bed is made of flowers, publicación bilingüe de poesía erótica femenina editada por el Cecut. Actualmente reside en el D. F. y es correctora de estilo de una revista para caballeros.


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iscúlpame. Ya no estoy enamorada de ti. No pasó de pronto ni de repente, sucedió poco a poco, sin intención, como si quisiera asir el agua que se cuela entre los dedos. Comprendí que siempre fue ella quien me sedujo, la que me guió por los caminos misteriosos del placer y del amor, pues sabe cómo tratar a una verdadera dama. Con ella puedo ser yo misma sin que me tache de tonta o lujuriosa. No entraré en detalles, tampoco se trata de herirte, pero hace tiempo salí con ella, por primera vez, a solas. No te avisé porque no lo creí necesario, porque sabía que le tenías confianza y que no habría una escenita de celos, como sueles hacerlo cuando salgo con amigos. Estabas dormido y ella estaba muy despierta, inquieta, como si quisiera contarme algo que tú no debías escuchar. Se me hizo fácil aceptar su invitación o más bien proponerle lo que con su mirada me estaba despertando. La gente nos miraba extrañada por nuestro acercamiento, y es que a leguas se ve que nos atraemos. No sé cómo no lo notaste. Pero nos valió lo que pensaran los demás, nos sentíamos tan bien juntas y eso era más que suficiente. Los ojos inquisidores sólo aumentaban nuestra excitación. Ella se erguía con gracia, como quien se enorgullece de lo que posee, como tú jamás lo has hecho en público. No es reproche, es que simplemente no es igual. No queríamos ocultártelo. Sólo sucedió, sin más, sin preámbulos. Sucedió. Nos conocíamos desde tiempo atrás, aunque tú me la presentaste, estabas encariñado con ella, como los hombres suelen hacerlo. Sé que tú también la quieres, pero comprendo que realmente me amas a mí, por eso nunca tuve celos. La primera vez que la vi me llamó la atención e intenté disimularlo. No sé si te diste cuenta, pero mientras platicábamos 15 c


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la miraba de reojo, observaba sus reacciones, sus pequeños y suaves movimientos. Pero no pasó de ahí, te lo juro por mi padre, y sabes que nunca juro en vano por él. Por un tiempo la olvidé. Bueno, es un decir, porque olvidarla del todo nunca pude. Fue más bien un descanso. Tú debes acordarte mejor, porque en ese tiempo tuviste mucho trabajo y casi no nos veíamos, sólo los fines de semana cuando salíamos los tres a algún bar y ya entrados en copas ella se ponía querendona y yo le sacaba la vuelta, prefería no tocarla, ni saludarla siquiera para que no sospecharas y para no caer en tentación. Al final fuiste tú quien me aventó a sus brazos. Claro, no te echo la culpa por completo, pero tienes que admitir parte de tu responsabilidad. Después llegó un tiempo en que, aunque estábamos juntos, nos enojábamos a cada rato. Ella fue mi único consuelo, su ojo magnífico fue compasivo conmigo. Yo le contaba nuestros pleitos y le brotaban lágrimas cuando terminaba de apapacharme. Nos enamoramos. No tenemos excusa, lo sé. Pero debes de admitir que ella nos unía. Sin esa traviesa nuestras charlas eran frías, sólo peleábamos continuamente. Cuando aparecía nos contentábamos y eran los mejores momentos: convivíamos sanamente, nos divertíamos con sus excentricidades. Sé que ha de ser duro para ti, pero quiero decirte que eres un buen hombre, mereces ser feliz con alguien que te quiera sin que ella esté de por medio, opacando tu presencia. Ése es el amor verdadero. Yo no podía darte más cuando estábamos solos. Quiero estar con ella para siempre, es sensible, pero fuerte y en sus momentos de debilidad no tiene miedo de mostrarlo, se hace pequeña como una niña y ocupa de mis mimos para seguir adelante. Ella también me halaga, hasta se puede decir que me tiene malacostumbrada con su cachondez y toqueteos, con esa blanca, casi inocente, lujuria que brota de sus poros. Es difícil, lo sé. A mí también me han dejado y entiendo lo que se siente. Sé que estar con una persona que desea estar con alguien más es un insulto. No deseo hacerte sufrir más. Por eso te digo adiós. Te he contado cosas de ella para que en un futuro no te suceda lo mismo, aunque lo dudo: a las mujeres hay que seducirlas, con dulzura y con mimos, pero también con rígida dureza. Sin embargo, en esta disculpa que te ofrezco me es imposible dejar de hablar de ella. No es fácil encontrar eso en un hombre. Ella es dulce, su textura y su trato son suaves, no puedo dejar de tocarla, de sonreírle, de besarle y… bueno, tampoco es cosa de entrar en detalles, creo que no es necesario.


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El punto es que me voy. Anoche, sin que te dieras cuenta le puse un fuerte sedante a tu cerveza, era la única forma de hacerlo. Discúlpame. No quería que estuvieras despierto cuando sucediera y creo que me lo agradecerás. Me voy con tu verga. Es una lástima que lo nuestro no haya funcionado, que termine de esta manera, pero es lo mejor para todos. Espero que esta despedida no te resulte tan dolorosa. Entiende que tenía que hacerlo, no podía dejártela, pues es adictiva y ya no puedo vivir sin ella. Por ti la conocí y por ello te estaré infinitamente agradecida.


electric glamato

Monchie Horror


MONCHIE HORROR (MEXICALI, 1981) Casi siempre escribo cosas absurdas que se vuelven realidad... A veces fabrico música y otras ocasiones imágenes, todo en forma de letras. Cada cosa que hago lleva algo de mí, y de las personas que he amado y que me han jodido en la vida. Prefiero mil veces a David Bowie que a Octavio Paz, prefiero ser cool a ser exitoso, prefiero tener sentido del humor que ser un hater pedante. Escribo porque es mejor que suicidarse, y casi como comerse un helado de dq o salir con una chica bonita en un auto convertible.


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o era after, mucho antes de que esa etiqueta rondara las estaciones noticiosas. Tenía poco de especial, era lesbiana y me gustaba la verga, también post-feminista, pero me encantaba la verga, me enamoré de un cholo, que después se volvió rasta, yo me volví rasta, después chola, caramel junkie, finalmente indígena. Fabricaba ollitas de barro, tomé un curso en Indonesia, era muy rubia, me apestaba la panocha, me salía pus de la lengua, casi no me gustaba charlar. Fui la primera de la familia en tener post-doctorado, mi papá era doctor en pedos, mi mamá tenía maestría en Brigitte Bardot, mi hermano, licenciatura en artes. Nadie daba mucho por mí, nací en el sur de México, que es equivalente a nacer en el escusado. Era guapa, pero de esas que dan asco, de las que les meten el pito tres tipos y las llenan de esperma, para después casarse con ellas. Fui la primera de mi pueblo en tener walkman, y por esa razón me odiaban. Ganaba concursos de comer sardina, era lo único que me ponía feliz, pero me olía la boca, las manos se me resbalaban, cagaba cabecitas con pelos. Nunca aborté, por más que me lo pidieron mis hijos, preferí cortarles los bracitos a los recién nacidos, para que perdieran la esperanza. Fui dos veces púrpura, porque quise hacer de todo, pero soy buena sólo para tres cosas en este mundo, y una de ellas es destruir personas. Desayuno tampones repletos de sangre, mis vecinas los tiran en un contenedor rojo, me escondo cada martes por la noche en una esquina, y lo asalto. Hay suficiente para la semana. Algunos no saben tan bien, pues son de ancianas, las ancianas huelen a mierda, sus tampones huelen a mierda, cuando no queda nada igual tengo que tragármelos. Los 21 c


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tampones de chicas de colegio son los mejores, porque tienen figuritas de Hello Kitty!, y las chicas están muy monas, su sangre es dulce, imagino su panocha virgen, me salen corazoncitos de los ojos. La leche con calcio se me hace asquerosa. Así como de mal gusto. Es el equivalente a las novelas rosas de Simone de Beauvoir. Ser lista me mantiene joven, también leer pocos libros, ver la película de Los Cazafantasmas tres veces al año, no usar referencias pop al hablar, vomitar antes de las 11 pm. Me considero una gárgola. Me gusta el arte, pero nomás del bueno; artista que me cuesta trabajo pronunciar su nombre, ese pega. Hay un tema, que es mi tema favorito, y es hablar de lo que no me gusta. 1. Me cagan las cerdas voyeristas que bailan danza contemporánea: el arte no es para gordas. 2. Odio a la gente que se encuera en las obras de teatro: los desnudos los inventó Jodorowsky, y él no es cool. 3. Detesto a los maricones que trabajan en el banco: los sitios públicos no son lugar para manirrotas. 4. Me frunce el ano ver gente fea en las plazas comerciales: la gente fea sólo encaja en el sur del país, donde no hay plazas comerciales, puros burros y pulque. 5. Sobre todo, me pone de malas la gente que piensa que escribir es cool, escribir es para la gente más mierda, para los freaks que no saben hacer nada, escribir es para la gente estúpida, para robar dinero a los institutos de cultura, para follar mujeres feas (por dentro), escribir es como gritar: soy un puto gandalla estreñido estrenando libro queriendo causar polémica con un título en francés, editado con software pirata. Mary Shelley sí escribió Frankenstein, a pesar de que muchos piensen lo contrario, pero ella en realidad quería escribir Drácula. Quisiera que mi novia fuera un cuento de terror. Desearía que no me gustara tanto la verga, porque soy activista lesbiana, porque me gusta la teoría, porque soy fan de Gus Van Sant, quisiera ser peligro, dejar mis pupilentes en el inodoro, y hacer de mí un hombre. Trozar mi clítoris, el placer es para los budistas. Busco ser el punto del descenso, en mis brazos planea el gris liso del vomito ligero.


los canarios

Julio César Pérez Cruz


JULIO CÉSAR PÉREZ CRUZ (TIJUANA, 1982) Su obra Prosa Lavada obtuvo el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2011. Es autor del libro de cuentos para niños La calle de Junior (Premio Estatal de Literatura de Baja California 2010) y de la novela Dany Tanimura (Colección Editorial del Cecut 2010).


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aritza trajo los canarios un martes; uno azul, el otro verde. —Los encontré en la calle —dijo Maritza mientras les hacía cariños a través de la jaula. Negué con la cabeza. Habló por segunda ocasión: —Me los regaló un vagabundo —desviando la mirada hacia la mueca que desplegaban mis labios—. Me los dio a cuidar un amigo del trabajo —pegando la barbilla en el pecho. Supe que había lanzado una tercia de falsedades. Siempre que mentía se chupaba los labios y la saliva se le quedaba alojada en el borde de la boca. Además, en más de dos ocasiones, su madre había vacilado con la idea de deshacerse de esos pajarracos. La observé; ella me observó. Tras unos segundos de pucheros destrabó la quijada: —Me los vendió mi madre —pegó la cara a la jaula, hizo una mueca, uno de los pájaros le lanzó un graznido. Retiró la cara. No le recriminé, no era necesario. El azul era macho; verde la hembra, o por lo menos, eso dijo Maritza que le dijo su madre. Aunque si no fuera por el color del pico: azulado el macho, amarillento la hembra, el diferenciar esos animales se presentaría como imposible. En cualquier caso no importaba. La jaula que Maritza dispuso para criarlos era pequeña. Dos aleteos bastaban para acomodar un desbarajuste entre los refractarios de comida y agua. Cuando llenamos de alpiste el recipiente de la comida lo hicieron. Maritza volteó a verme, sonrió. —Están nerviosos, tú lo estarías —dijo. Les volvió a servir agua y alpiste. Bebieron y mordisquearon. Volvieron a tirar ambos recipientes. 25 c


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—¿Cuánto? —cuestioné, sabía que Maritza había pagado, a su madre, por las aves. —Una ganga, casi regalados —les hizo cariños a través de los barrotes de la jaula. No seguí. Por más que insistiera la contestación no saldría de esas cuatro palabras, de cualquier forma el gasto estaba hecho. Esa tarde los canarios recibieron bastante atención. Los estudiamos largo rato tratando de descifrar su comportamiento. En realidad se veían bastante lerdos, observándonos cómo los observábamos. Me parecían aves bastante mongólicas, no como los pericos que con un poco de entrenamiento logran decir dos o tres palabras o como las palomas que viajan kilómetros llevando cartas en su cuello. Supe de una paloma que viajó de Europa a América sólo para cumplir el encargo. El viaje duró un tiempo récord de una semana. Al llegar a una localidad de Argentina el ave murió. El sentido de responsabilidad de las palomas es admirable. En cambio, los canarios de Maritza sólo comían, bebían y golpeaban las alas en las rejas. Tras unas horas de no encontrarles alguna gracia nos fuimos a dormir. Al siguiente día, Maritza me despertó muy temprano: —Levántate, algo le pasa a nuestros bebés —dijo soltando chisguetes de baba sobre mi rostro. Me levanté sin el menor ánimo de hacerlo. Caminé a la sala con la ilusión de encontrar a los animales muertos, no fue así. El macho amaneció descolorido, era el mismo color del día anterior pero un tanto desteñido. Golpeé la jaula, el canario pálido giró su cabeza hacia mí y la regresó a su posición original, la hembra revoloteó hasta tirar el cacharro de agua. —Ese animal está enfermo —mencioné a Maritza. —No sé, puede que sólo esté algo triste —juntó las manos. —Está enfermo —le dije, sintiendo un hilo de placer en mis palabras—, no pasa de este día. Quizá el otro corra la misma suerte. Ella aceptó mi diagnóstico. Vi resbalar, en el rostro de Maritza, dos lágrimas de la niña del ojo al borde de los labios. Me sentí mal por lo que había hecho. Le dije que después del trabajo iría con el veterinario y asunto solucionado. Lanzó dos sollozos y calmó el llanto. Al salir de la oficina fui a la veterinaria. El encargado tenía una jaula con más de una treintena de animales, todos se veían sanos. Le cuestioné sobre la enfermedad del pájaro. —Es normal —apuntó—, es por el cambio de hábitat. —Entonces es algo pasajero.


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Estaba a punto de dar la vuelta. El tipo me tomó del brazo, se puso la mano en la barbilla, la rascó hasta dejarla rojiza. —Lo más seguro, por los síntomas que menciona, es que sufra de una simple gripe —dijo. —Es sólo que la pérdida de las aves sería una catástrofe para mi mujer. Levantó con el índice sus lentes y masculló: —En cualquier caso, lo importante es que se reproduzcan —indicó con un acento de orden, cruzando los dedos de la mano derecha en los de la mano izquierda y viceversa—, así cuando uno de los animales muere, la pérdida no se resiente, pues ya ha sido remplazado. —Eso espero —dije un poco escéptico— mi esposa es muy observadora. —Nadie se dará cuenta del cambio. El asunto es no darle importancia, así el canje de un animal a otro es tan repentino que no se nota. Me pareció lógico. Aparte de la medicina para el catarro, me ofreció un jarabe para despertar el lívido de las aves. Unió las medicinas en un sólo frasco. —Muchas veces, cuando el animal nace en cautiverio, como éstas —señaló la jaula donde tenía sus canarios—, los sentidos no se despiertan del todo —me entregó el frasco y un gotero—. Estas gotas sirven para despabilarles el instinto. —¿Es como si no supieran que son canarios? —Exacto, son animales imbéciles. Gastamos otros minutos discutiendo sobre la estupidez de las aves. Le cuestioné sobre si los pájaros tienen lívido. —Lo tienen, lo tienen —expresó y se volvió a tallar la barbilla con la mano. Me retiré. Cuando llegué a casa, Maritza me esperaba con una taza de café en la mano izquierda y un pañuelo empapado con lágrimas en la derecha. Le mostré el frasco con la medicina, diluimos las gotas en el recipiente del agua. Tras unos minutos ambos pájaros bebieron. Nos fuimos a dormir. La enfermedad del ave desapareció al siguiente día. En escasos seis meses los canarios tuvieron bastantes crías. Adquirimos una jaula grande donde los pusimos a todos. Cuando una de las aves moría simplemente la sacaba de la jaula, la enterraba en el patio y con el paso de unos días su silueta era sustituida por la de un canario nuevo. A los meses esa tarea se convirtió en un hábito. Por las mañanas, apenas me levantaba, lo primero que hacía era ir a la jaula a buscar aves muertas. Si pasaba más de dos semanas sin un cadáver sabía


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que algo no andaba bien. Les dejaba de dar alpiste. Las obligaba a morir para que todo estuviera normal. Con el tiempo Maritza se fue olvidando del cuidado de los canarios. No era que no le importaran más, sino que la llegada de nuestro primer hijo la traía vuelta loca. Por ese tiempo, también, estuve diseñando un pequeño invernadero donde colocaría, además de los canarios, varios árboles artificiales y una fuente pequeña. El lugar tendría paredes de concreto y suelo de tierra. En las paredes pintaría algunas palmeras y árboles frutales; en el suelo pondría algunas piedras, algo de césped y un poco de moho para asimilar un entorno natural. Tras varios años de ahorro, llevé el proyecto a la realidad. Pensé en criar pericos o papagayos. La idea desistió cuando encontré un gorrión herido en la calle. Lo llevé al invernadero mientras se curaba. En cuanto lo puse en el suelo, varios canarios lo destrozaron. Apenas pudo caminar enseñé a mi hijo todo lo que sabía sobre los canarios. Le mostré la forma correcta de limpiar el suelo; la cantidad necesaria de agua y alpiste que se les debe servir, etcétera. En sus primeros años de vida pasaba mucho tiempo en el invernadero, sin embargo, conforme fue creciendo la idea de estar al pendiente de las aves le dejó de entusiasmar. Maritza y yo comenzamos a pasar más tiempo al cuidado de las aves, quizá porque habíamos logrado una especie de empatía por ellas o quizá porque después de jubilarnos nuestras tareas fuera de la casa eran nulas. En las mañanas seguía deshaciéndome de las aves muertas. Maritza nunca lo supo. Incluso llegó a parecerle sorprendente el hecho de que los dos canarios originales aún siguieran vivos. Durante las tardes nos dedicábamos a observarlos volar, mecerse alrededor de la jaula, brincar de un lado a otro, etcétera. Nos gustaba tanto pasar el tiempo dentro, que el invernadero se convirtió en nuestro segundo hogar. El lugar era amplio y cómodo, el único problema era que la puerta de entrada era tan grande que en un descuido se podrían escapar. El llevarlos ahí había sido un problema. Lo hice por la noche, cuando dormían. Aunque nunca he estado tan seguro si en verdad pueden dormir pues sus párpados son tan claros que no logran tapar la luz. Ya en una ocasión habían intentado escabullirse pues, aunque les agradaba el invernadero, se sabían encerrados. Por las tardes les llevaba comida y les hacía uno que otro cariño; ellos sólo miraban la puerta, como esperando que dejase un espacio para poder salir. En más de dos ocasiones pensé en regresarlos a la casa pero


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la molestia de cuidarlos sería bastante. Una mañana, después de escuchar gritos, caminé al invernadero. Apenas entré, algo viscoso empapó mis pies. Encontré la explicación hasta que mis ojos captaron un trozo de intestino, destilando sangre, colgando de los ramajes de un árbol ficticio. En las pinturas de las paredes había varias gotas rojas. De alguna manera sabía que tarde o temprano sucedería algo como eso, el cautiverio hace que la desesperación ahogue a la razón. Deslicé la vista por todo el lugar, de lo que aún quedaba del viejo cuerpecillo se distinguía un poco de vida. Me acerqué y lo moví con el pie, de la cabeza le brotaban chisguetes de sangre, las tripas del cerebro le palpitaban. Tenté la sangre, aún estaba caliente. Solté un par de lágrimas y llamé a Maritza. Caminó lentamente, arrastrando los pies, encorvada. —Debió haber sido el gato de la vecina —dijo. Soltó el llanto. La estuve observando. Las arrugas de su cara no dejaban lugar para emitir un juicio sobre algún gesto de algo. —Quizá —mencioné. La observé otro rato, su cara era un montón de piel vieja y aguada. La apreté contra mi pecho. Sabía que no había sido el gato. Lo más probable era que la comida que les daba no era suficiente y había sido el hambre la causante del desaguisado. Salí con la decisión de darles doble ración de alimentos. Transcurrió una semana sin incidentes. Me congratulé de ello. Todo volvió a la normalidad. Sin embargo, un jueves por la mañana, tres canarios amanecieron con una mordida en el cráneo. Un hilo de sesos o lo que parecían los sesos palpitaban fuera de la cabeza. Cuestioné a Maritza. —¿No sabes quién…? —Pregunté, ella se encogió de hombros. —Quizá el gato, el gato de la vecina —habló en voz baja. —Quizá —dije sin tragarme el cuento. —Quizá el alpiste no es suficiente —balbuceó con la mirada fija en el suelo. —Lo sé, lo sé —mencioné, volteé a los lados, una veintena de canarios estaban en el piso con las tripas regadas alrededor; en el aire volaban plumas y un hedor a sangre. Me levanté indignado. Salí del invernadero, cerré la puerta y observé a través de la ranura del cerrojo: sentada en un charco de vísceras y sangre Maritza rascó el suelo, sacó algunos trozos de carne engusanada y los comió. Tomó a uno de los canarios, le mordió la cabeza y succionó el cuerpecillo, después se revolcó en el charco de plumas, sangre y lodo. Volteó a los lados, detrás de la fuente sacó un cráneo del que aún


colgaban pedazos de carne podrida y cabellos, lo besó y acarició. Después de un rato escondió el cráneo y lamió la tierra hasta que la lengua le sangró. Sentí repulsión; pensé en reparar el error regresando una pareja de canarios a la jaula pequeña, pero Maritza ya había acabado con todos ellos.  


recorrido

a ultranza

Javier Gonzรกlez Cรกrdenas


JAVIER GONZÁLEZ CÁRDENAS (TIJUANA, 1973) Ha publicado Esto es lo que pienso de ti (cnca/Cecut, 1996) y Ficciones de carne y hueso (Altanoche, 2007). Sus textos aparecen en las antologías Al margen reversible, el tomo II de ¿El crimen como una de las bellas artes?, 13 poemas, Invocación al mar y otros poemas, Por las avenidas y otros cuentos, entre otras. Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en las disciplinas de Letras (1998), y Cine y Video (2003). En 2005 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción, otorgado por el Estado de Puebla.


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o es que en el fondo te aborrezca, pues te aborrezco desde el aquí y el ahora, desde donde reconozco que nunca seremos la misma persona. El día que deje de aborrecerte será el día en que limpies la sangre que corre por tus manos, el día que dejes de existir. El problema es que existes, Lula. El problema es que tu nombre se parece al mío. Mi padre te dio ese nombre y mamá me puso Lola, nomás por darle la contraria a su marido, a quien odiaba enteramente. Por eso lo fue matando poco a poco. Se aprovechó de él. Le exprimió hasta la última gota de vida. Nunca se lo perdonaste a mamá y yo, hasta cierto punto, no he podido divorciarme de esa idea. Ése es el problema, mi Lula: aún conservo algo de ti, algo me impide desatarte y olvidar tus cartas. Te las sigo contestando porque del odio al amor hay sólo un paso, y porque gracias a esas cartas conocí a Ángel, el único hombre que supo quererme tal y como soy. Hubiera preferido que no me lo dijeras. Hubiera preferido que no confesaras tus injusticias. Al principio te entendía, te lo juro, tu rabia era comprensible. Es cierto que nuestra madre era una puta. Le gustaba jugar con los hombres, exprimirlos, usarlos a su antojo. También es cierto que le importábamos muy poco y que fue injusta cuando se mantuvo incrédula mientras le confesabas que su novio, el tal Oscar, abusó de ti. Pero los demás abusos tú misma los inventaste. Y, lo peor de todo, Lula, es que te los creíste. ¿O me vas a decir que no te acuerdas, que te olvidaste de mi presencia cuando, con mis propios ojos, te veía infligiéndote todo tipo de castigos, haciéndote moretes por las noches para denunciarlos por las mañanas? 33 c


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Cuando decidiste ir por las carreteras, por aquellos tiempos en los que aún estaba de moda recorrer el país a mochilazo, te deseé lo mejor. Deseé profundamente que te corrigieras, que sanaras tus heridas. Tu primera carta la recuerdo bien. Me hablaste de los periódicos, de los mapas que orientaban tu viaje y, sobre todo, de los horóscopos que leías con tanta insistencia, entregándote a esas profecías que según tú te levantaban, te inyectaban energía. Y la verdad es que las estrellas —como tú decías— sí te favorecieron. Porque, ¿no me vas a decir que todo fue producto de tu audacia, de tu exactitud? Me reiría si alguien se atreviera a tildarte de loca. Una loca actúa por impulso, sin premeditación. En cambio tú sabías bien lo que hacías. Escogiste a tus víctimas concienzudamente. Siempre hombres. Nunca mujeres. Me pregunto si te excitabas, si se te encendía la vagina cuando los asesinabas. No voy a negar que tus crímenes siempre me asustaron, pero nunca tanto como aquellos que leí en tus cartas posteriores. Recuerdo muy bien la segunda: no mencionabas el lugar, sólo describías al muchacho del automóvil como un socialón despreocupado. ¿Supiste si el joven tenía familia? ¿Si estabas dejando a sus niños sin manutención o si en ese momento asesinabas a un hombre bueno, como mi Ángel? Lo malo es que no te importó y subiste al auto. Lucías estupenda en minifalda. Escuchabas la música del estéreo y tu mirada insinuante, entonces, iba de la carretera a tus piernas y de tus piernas a la mirada lujuriosa del joven. Eras mayor que él, a leguas se notaba. Le dijiste que querías privacidad, que te llevara a un lugar seguro, y te hizo caso. Sacó el auto de la carretera y lo condujo lejos de la civilización. Era un lugar poblado de árboles, donde sólo se escuchaban los bichos de siempre. Lo manoseaste y te manoseó. Te aseguraste de que el fulano estuviera bien caliente. Después lo degollaste. No comprendo por qué insinúas, en tus cartas, que quiso forzarte. Seguro pensabas en tu infancia cuando, ahí sí, uno de los fulanos de mamá te manoseaba a la fuerza, y ya que se le paraba se encerraba con ella. Como quien dice te humillaba, te provocaba primero y enseguida te hacía a un lado. Era un calientaovarios, estoy de acuerdo. ¿Era eso, Lula, que traías el fuego entre las piernas, que te calentaban y luego se iban con mamá, quien sí se las sabía de todas todas en la cama? A veces me repugnas. Me repugnas porque a ella también te la chingaste, y no lo hiciste con tus propias manos, claro está, de lo contrario ya estaríamos en el bote. Una por asesina y la otra por pendeja. Me das asco. Y lo peor de todo es que fuiste muy paciente. Sedujiste a Pedro, otro más que alargaba la lista de nuestros padrastros. Se fijó en ti cuando


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tenías dieciséis años, cuando ya las piernas se te habían puesto jugosas, la entrepierna reportadita, las nalgas paradas y el pecho de gorriona silbante. Le leías la intención en los ojos. Sabías que un acostón lo enloquecería. Para entonces habías estudiado las revistas porno de mi padre, que según tú veías a escondidas. ¿Crees que no me daba cuenta? Si hasta te masturbabas escuchando los gemidos de Pedro mientras mamá se lo cogía. Después lo convenciste. Lo trabajaste a pulso. Le dijiste que mamá te quería prostituir. Sabías que Pedro lucharía por ti. Le dijiste dónde buscar el veneno, un pesticida común y corriente, fácil de conseguir en cualquier granero. Vivirían felices por toda la eternidad. Fue un buen plan. Luego lo delataste porque tenías bien preparada tu coartada. Sus huellas estaban en el frasco, pero antes lo seguiste y averiguaste dónde había comprado el pomo. El dueño del granero o uno de sus vendedores lo reconocería y, ¿a quién le iban a creer?, ¿al cuarentón o a la jovencita carnosa con cara de inocencia? También a mí me manipulabas. Te aprovechaste de mi docilidad y, sobre todo, de mi miedo. Porque te tuve miedo, Lula, más que amor de hermana, te tuve miedo y respeto. Pero de eso hace ya mucho, y ahora no siento más que repugnancia. Debo admitir que aún me duele el pasado. Una pequeña parte de mi ser sigue dolida. ¿O crees que no me duele la muerte de mi padre, la de mamá, la de mi Ángel? Nunca perdonaste a mamá porque no te convenía, así tenías un pretexto para seguir adelante. Dicen que el cáncer se lo produce uno mismo, que es producto de los pensamientos, y el hecho de que nuestro padre sorprendiera a su esposa con otro, sólo intensificó su enfermedad y aceleró su muerte. El mal que padeció mi padre estaba ahí desde el principio, pero lo de mi madre no fue como el cáncer, Lula, ella sí fue víctima directa del demonio-Lula, del dragón-Lula que nació cuando su padre le regaló un anillo de obsidiana. Tú, Lula, eres la culpable de todo eso, y más. La verdad es que soy muy parecida a ti: no puedo perdonar. Tú no perdonaste a mamá y yo no te perdono. No te perdono que me hayas contagiado la maldad. Me la contagiaste con tus cartas. Recuerdo cuando, además de tu navaja, decidiste cargar también con un revólver. En esos negocios era necesario, no te lo reprocho, además ¿quién se negaría a vendértelo? Claro, elaboraste bien tus justificaciones: una muchacha tímida que buscaba a su verdadero padre y que, además, iba de aventón en aventón por la carretera día y noche, debía cargar con un revólver. Nadie sospechó de ti, de tu dulzura, de tu falsa inocencia, y menos con ese cuerpecito. Nadie imaginó que tratabas de ocultar la muerte.


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El día que te recogió Jesús Serrano te topaste con la horma de tu zapato, casi con tu alma gemela. Estaba hecho a tu medida. Él sí trató de seducirte y tú ni en cuenta. Estabas en lo tuyo, ensimismada, pensando cómo le bajo la cartera, cómo le subo la calentura. Te confiaste demasiado, hablaste de más. Le dijiste que te gustaba un chingo su carro, y lo más pendejo que se te pudo ocurrir: que los carros tienen la forma de penes y que los más veloces terminan clavándose y viniéndose en el cuerpo de la carretera. No imaginaste que Serrano ya venía más caliente que el radiador de su auto y que tu frase ni cosquillas le hizo, al contrario, la sintió tan natural como su paisaje mental. De buenas a primeras viró el volante en dirección a la nada, y ya en mitad de ningún lado, a las afueras de un rancho, te ordenó que te quitaras los calzones. La cosa iba directa y ni te dio chance de coger tu morral. Te jaló de las greñas y casi te arrancó el labio de un mordisco. Contemplaste tu sangre y viste que la cosa iba en serio. En ese momento no pensaste en mí, te lo puedo jurar, pensaste en el puto horóscopo porque las estrellas no se equivocan, porque el futuro está hecho a tu medida. Le clavaste las uñas, pero eso no fue suficiente. El anillo de obsidiana no te sirvió mucho cuando lanzaste el golpe. Tus puñetazos le hacían cosquillas, se le resbalaban. Abriste la puerta del auto y te dobló con una bofetada. Una mitad de tu cuerpo estaba en el auto y la otra quedaba fuera. Fue ahí cuando se te metió entre las piernas. Lo dejaste hacer de las suyas, le diste confianza y las estrellas te pusieron esa piedra al alcance. Ya casi estabas fuera del auto, sólo tuviste que estirar el brazo y estrellársela en la maceta. Eso te dio tiempo para sacar el revólver del morral. Le soltaste un cachazo y ni eso lo durmió. Tenías que dormirlo eternamente. Le ordenaste que te diera la espalda y se hincara. ¿Tenías miedo de que viera tus ojos? Le pediste la cartera y él pidió que lo dejaras ir. Te obsequió su auto y, claro, después supiste que era robado y que, por si fuera poco, el dueño estaba muerto. Pero de eso te enteraste después, cuando leíste el periódico. Jesús Serrano sabía lo que hacía, incluso se doblegó. Déjame ir, te insistió. Y le dijiste Sí, cómo no, sí te voy a dejar ir, pero te voy a dejar ir la verga. ¿Cómo, niña Lula, cómo se te ocurrió decir eso? ¿Quisiste decir soltársela, o desprendérsela para empezar tu colección? La noticia en los diarios te fortaleció, de eso estoy segura. Te enorgulleciste al enterarte de que el tal Jesús Serrano acababa de fugarse de prisión. Prófugo de la justicia sin vida y sin miembro. Ex convicto capado y asesinado. Y así: ni cómo hacerte a un lado, ya eras famosa, ya no podías retractarte. Me queda claro que eres culpable, culpable de que


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yo me vea a mí misma como a una asesina. Finalmente soy tu cómplice, porque a las alcahuetas como una terminas contagiándole los muertitos. En el fondo lo sabes, sabes que eres la culpable de que me haya manchado con tus actos, porque todos desconocen que ocultas la muerte: la de nuestros padres, la de todos y cada uno de los hombres que acumulaste en tus recorridos. Y he ahí el problema: tus cadáveres apestan, son visibles, se contagian. Hubo un momento en que dejaste de escribirme. Tus cartas dejaron de llegarme y tuve miedo de perderte. Y ahí me ves buscándote en los diarios, recortando las notas de los periódicos: “La mantis ataca de nuevo”; “La dama mocha y aniquila”; “La mocha miembros en Centroamérica”. Tarde o temprano iban a sospechar, o iban a ligar tu nombre a esta casa. Un policía me visitó, y no por casualidad. Alguien que descubrió mis recortes de periódico le fue con el cuento. El poli era un imbécil, por supuesto, como todos los cerdos: infantiles en su afán detectivesco. Creo que hasta llegué a gustarle. Luego cometí la imprudencia de seguir tus consejos y, lo peor de todo: tus pasos. Creo que el poli nomás andaba de curioso, porque nadie vino a reclamar su cadáver. No me quedó otra, Lula, quise ser elegante y no me salió bien. El poli era muy fuerte, me salió más fuerte y aguantador que mi Ángel. Pensé que un vasito de té helado lo haría caer. A lo mejor no le puse suficiente polvo. Tuve que usar el cuchillo y de eso tú tienes la culpa. Empezó a decir que yo sabía más, que sabía dónde encontrarte, y eso no estaba bien. Se burló de nuestros nombres y dijo que Lula era casi lo mismo que Lola, y yo no iba a echarme la culpa de tus pendejadas. Se quedó dormido, como cachorro recién nacido, con el cuchillo en la garganta. Tuve que hacerlo porque se estaba poniendo ruidoso. Te culpé a ti, Lula, mi Lula-dragón, mi Lula-mantis, y volví a desear tu muerte como la he deseado más de una vez, pero luego me arrepentí, como siempre. ¿Cómo le haces Lula? ¿Cómo le haces para contagiarme la muerte, para enamorarme de ti, para hacerme caer en tus redes y, después, en el arrepentimiento? ¿Cómo le haces para endosarme tus estrellas? Creo que lo de las estrellas es otra más de tus coartadas. Me haces sospechar, Lulita, siempre he sospechado que lo de los horóscopos es otro de tus choros, que en realidad comprabas los periódicos para saber si habían encontrado tus muñecos sin virilidad, descomponiéndose en alguna carretera o terreno baldío. No comprabas el periódico para conocer tu suerte, sino para alimentar tu vanidad, para tener noticia de tus monos castrados y justificar tu recorrido, tu “tripeo”, como decías.


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Hubiera preferido desconocer tu letra, tus pensamientos, tus acciones, pero, de ser así, jamás habría conocido a Ángel. Te burlarías de mí si lo conocieras: delgado, sin ambiciones, diez años mayor que yo. Pero, ¿sabes?, fue su mirada la que me convenció, sus gestos de comprensión a toda costa, sus manos rudas y, al mismo tiempo, tan endebles, como obleas a punto de deshacerse. Lo conocí por casualidad, coincidimos en el buzón, mientras recogía una de tus cartas. Su sonrisa me recordó mucho a la de nuestro padre y cuando lo vi alejarse en bicicleta no pude cerrarle la puerta a los recuerdos. Me trasladé a los brazos de mi padre, a los tiempos en que la inocencia era tan frágil y sencilla como el vuelo de un pájaro visto desde la ventana. ¿Qué te puedo decir? La verdad es que fui yo quien le dio entrada a nuestra casa, pero fue más difícil dejarlo entrar en mi corazón. Al principio —lo reconozco— me avergonzaba de que nos vieran juntos en la calle. No me importaba que fuera un simple cartero, pero te diste el gusto de criticarlo sin conocerlo, pues jamás permitirías que un alma tan sencilla invadiera nuestra podredumbre, nuestra complicidad perversa. Fue el paso de los años lo que me convenció y, también, su paciencia, sus caricias de gato, su bondad y, tiempo después, dejaste de escribirme. Te di por muerta una vez más, y el problema fue que Ángel descubrió todas tus cartas apiladas en el ático. Identificó tu tipo de letra, idéntica a la mía, sin remitente, siempre dirigida al mismo destinatario: a Lula-Lola, Lola-dragón, Lola-mantis, Lola-llamarada. El problema fue que frente a sus reclamos encontró tus ojos, encontró tus manos, tu anillo de obsidiana y, finalmente, tu navaja. Intenté explicárselo de mil maneras, le dije que al no tener noticias tuyas tuve que inventar que me escribías, ofrecerte aliento con mis cartas, darte un soplo de mi vida y nada más: un soplo que te acercara más a mí. Creí que eso justificaba mi letra, mis hombres, mis ausencias, mis muñecos desmembrados, como cuando jugábamos y todo era posible porque todo era un invento, una fabricación benigna. Pero no fue suficiente para Ángel y, desde luego, tampoco era suficiente para deshacerme de ti, mi Lula-mantis. Tenía que vengarme, desligarte de la vida, coartarte la dicha, castrarte el amor porque, al final, lo tuve claro: matándolo te despojaba de todo lo que nunca mereciste.


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Mario Alberto Robles


MARIO ALBERTO ROBLES (TIJUANA, 1988) Actualmente estudia Ingenier铆a Industrial en la uabc. Quiso escribir desde que ley贸 a Stephen King. Su cuento "El nuevo" obtuvo el segundo lugar en un concurso literario convocado por la Escuela de Humanidades de la uabc.


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quél día llegué al cine y todo se veía tranquilo: normal. La gente deambulando de un lado a otro esperando a que su función empezara. Hasta que llegó él. Lo vi entrar y no me dio ni una sola pizca de confianza. Ese maquillaje blanco que hacía brillar su cara, sin mencionar los labios pintados de un rojo intenso, como si hubiera devorado a mordidas a un niño que le huía o a un perro que le ladraba por el simple hecho de ser tan repugnante. La gente estaba gustosa de verlo. Se reían y acercaban a sus niños para saludar a aquel misterioso ser que no hacía nada más que quedarse parado viendo a todos con un rostro lleno de asombro por ese recibimiento inesperado. Los dulceros empezaron a pedir chistes a gritos, que hiciera alguna payasada. Su cara sólo se ponía más seria. Hizo a un lado a ese niñito que quería que lo abrazara y se dirigió hacia mí. Su tétrica sonrisa asomaba esos dientes afilados y sus garras que tenía por uñas trataban de alcanzarme. En realidad sólo se acercó preguntando con su voz chillona “¿Tienen vacantes?” Al día siguiente trajo su documentación. Explicó al subgerente que quería un trabajo en donde no se burlaran de él, que al principio le gustaba pero después de tantas humillaciones podría llegar a un límite. “No sé qué pudiera pasar.” Y ahí estaba yo, esperando con la esperanza de que el Sub oyera los mensajes que le trataba de enviar por telepatía. No fue así, ya quisiera tener semejante poder. Lo vi salir con esa sonrisa en su cara. Venía con camisa de la empresa, directo hacia mí, esta vez sin maquillaje. Algo me decía que no debía confiar en él. 41 c


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—Me dijeron que viniera contigo. —¿Para qué? —Pues tú eres el entrenador. Al menos eso me dijeron —tenía la voz chillona. —¡Carajo! —¿Qué? —Me preguntó sorprendido por mi reacción. —Deja de hablar así, ya no tienes tu puto disfraz de payaso —le dije, molesto. Agachó la cabeza y me confesó que esa era su verdadera voz. Antes ya lo habían criticado, le decían que tenía voz de nena. Le pedí disculpas y procedí a ponerle esos videos instructivos que tanto odiaba. En realidad odiaba todo mi trabajo. Para empezar, quien estaba a la cabeza de todo no mostraba el liderazgo que tanto caracterizaba al antiguo subgerente. Todos hacían lo que les parecía que estaba bien o simplemente lo que los hiciera sentir bien. Yo era el capacitador. Al principio me agradaba pero después de hacer lo mismo con tantas personas comencé a sentir que estaba cayendo en una monotonía que me iba a acabar tarde o temprano. Siempre los mismos videos, los mismos exámenes, el mismo diálogo en las mismas cuatro áreas. Empezamos con taquilla: el área más sencilla de todas. Ahí sólo apretaban botones y cortaban boletitos. Alguna vez se me ocurrió que, para que a todas esas chicas que no hacían nada en el día fueran despedidas o puestas en otras áreas, existiera la posibilidad de crear una máquina en donde el cliente seleccionara la película, ingresara el dinero y obtuviera sus boletos. Así no habría tantos errores. Nada de equivocaciones de taquilleras incompetentes como aquella bizca o esa gorda que no querían hacer nada más que estar sentadas. Así no tendrían que molestarme para que les ayudara a lidiar con un cliente enfurecido por sus errores. Total, creo que he cambiado de tema. Regresemos con Chafofas (ese era su nombre). Chafofas aprendía muy rápido. Hacía muchas preguntas y ya no me incomodaba tanto su voz. En ese momento sólo estaban esas dos mujeres de quienes les conté y no tuve otra opción. Lo dejé con ellas y me fui a dar mi recorrido rutinario. Mi recorrido no era más que ir de área en área haciendo cosas que no me correspondían. Pero si el gerente no me veía haciendo algo de seguro iba a ir de maricón otra vez a delatarme. No sé si me tenga miedo pero a mí no me dice nada, sólo se dirige con el supervisor de entrenadores y con el gerente de zona. Me iba de cafetería a dulcería, de dulcería a


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salas y de salas a proyección. Aburrido. Para entonces a mi discípulo le apodaban El Payaso, El Voz de Nena o simplemente El Nuevo. Ninguno de esos apodos le gustaba. Llegué nuevamente para mandarlo a comer pero no lo encontré. —¿Dónde está Chafofas? —le pregunté a las dos morras. —No sé, se fue hace rato —dijeron las dos casi al mismo tiempo y rieron a carcajadas. —Cállense y pónganse a trabajar, par de huevonas —salí de ahí escuchando sus gruñidos. Lo encontré llorando en el pasillo de servicio, en un rincón del maloliente cuarto. —¿Qué traes, wey? —Nada. —Mira cabrón, no me salgas con pendejadas. Con trabajos te estoy aguantando y así no te vas a ganar el respeto de nadie. Me contó que las chicas de taquilla se estaban burlando de él. Le comenté que ellas así eran, que no les tomara importancia. Salimos de ahí y mejor lo puse a ver otro video, esta vez de similares (o encargados de la limpieza). Me dirigí a taquilla y les di un sermón sobre el respeto y todo eso. Les dije que el hecho de que ellas fueran un par de fenómenos de circo ese chico también lo tenía que ser. Después de que Chafofas regresó de comer, lo llevé a una sala en donde estaba la Japonesa, creo que le decían así por esa fea cara y sus ojos casi saltándole de las cuencas. Le expliqué lo básico y lo dejé a cargo de ella. Salí a comer, caminé por la plaza viendo el paisaje muerto que había cada día. Pensaba en mi novia, Adriana, la anciana (así le decía de cariño por sus dos meses mayor que yo) que llegó para darle sentido a mi vida. El ya casi no verla me desesperaba y todo por ese trabajo mediocre que me tenía esclavizado los fines de semana, los días cuando ella podía dedicarme tiempo. Solamente faltaba media hora para terminar el turno. Busqué a mi aprendiz por todos lados. Lo encontré en la sala 15, encerrado en el pasillo que da a la salida de emergencia. Lloraba y gritaba. Abrí la puerta y se lanzó sobre mí como si fuera su madre. Me decía algo sobre una niña. —¿Qué carajos haces ahí adentro? —L-la Ja-ja-japonesa me metió —me dijo tartamudeando. —¿Y eso? —Dijo que aquí había un fantasma, que ella no se atrevía a meterse. Me retó. Yo no sabía que las puertas de emergencia estaban cerradas.


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—Y tú de pendejo te metiste. —No sabía que me encerraría. Pero ahí estaba esa niña... ahí estaba. La vi. —Está bien, cálmate, te creo. Salimos mientras me contaba cómo, debajo de la pantalla, esa misteriosa niña le había pedido ayuda. Nunca supimos quién era ni por qué aparecía. La última tarea de Chafofas fue ir a tirar la basura hasta el contenedor que se encontraba fuera del cine, exactamente atrás de un supermercado que estaba cerca. Su acompañante fue Enrique, uno de los empleados más llorones que había conocido. Y él también lo hizo sentir mal. Desde que salieron Enrique no ayudó para nada a Chafofas, lo trataba como si él fuera el jefe y lo hizo meterse en el carrito de la basura para sacar hasta el más mínimo papelito, cosa que nadie nunca había hecho antes. Cuando llegué a supervisar el trabajo vi a Enrique sentado muerto de la risa mientras que mi discípulo se encontraba adentro del contenedor. Le di un manotazo en la cabeza y me llevé a Chafofas de ahí. —Mejor ya vete a tu casa —le dije amable. —Está bien, ya estoy muy cansado. —Órale pues, te veo mañana a las tres. Le estreché la mano y se fue con una sonrisa forzada. Era de esperarse, después de haber pasado por todo lo que le hicieron no me hubiera sorprendido si no hubiese regresado. Esa noche soñé que me encontraba solo en el cine. Cada vez que gritaba el único sonido era mi eco. Me sentía atrapado, revisé sala por sala: todo estaba cerrado. Llegué a la puerta de emergencia de la sala 15, la única que me faltaba. Entré y las luces estaban apagadas. No podía ver nada. Entonces fue cuando oí una risita. Llegué hasta la puerta de emergencia. Dentro de ahí había un pasillo que daba a otra puerta para así poder salir a la plaza. Ahí estaba ella. —¡Hola! —Me dijo con una voz que, aunque no era muy fuerte hacía un eco terrible. —¿Quién eres, qué quieres? Su rostro comenzó a cambiar de una sonrisa cariñosa a una cara de espanto. Comenzó a sangrar de la frente y su piel se pudría poco a poco. La vocecita se entonaba cada vez más grave y ella se acercaba arrastrando un pie.


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—Ahí está, viene por mí. —¿De qué hablas? ¿Quién? Levantó su mano y apuntó hacia un sujeto que se encontraba a un par de metros. —No dejes que me lleve, es malo, me hace cosas malas. Su voz. Esa voz: más grave, más muerta. El sujeto no se distinguía y ella seguía acercándose. Su cara se caía a pedazos, el pelo le crecía poco a poco. Justo cuando estaba a un paso de mí sus sollozos subieron de volumen. Contuve el miedo y me agaché hacia ella. —¿Te encuentras bien, qué pasa? El tipo detrás de mí se me adelantó y la sujetó del brazo, ella gritó. Yo desperté. Ya no pude dormir. Cada que cerraba los ojos veía su mirada: sus ojos vacíos, sin pupilas. Pensé que Chafofas ya no iba a querer poner un pie en el cine pero cuando llegué, ahí estaba. Puntual. —¿Listo para otro aburrido video? —Yo nací listo, jefe —respondió con un entusiasmo envidiable. —No me digas jefe, me haces sentir muy superior. Era cafetería el área indicada. Estaba cien por ciento seguro de que ahí no le pasaría nada. Pero estaba equivocado. Gracias a ese cabrón del Chicharrín. Lo estuve vigilando por la cámara. Empezó haciéndole señas obscenas cuando Chafofas se agachaba por algún ingrediente para las crepas. Ahí estaba el Chicharrín meneando la cadera de atrás hacia adelante, simulando darle por detrás. La Flaca se reía, pero Chafofas no hacía nada para evitarlo. Ahí estaba Lizeth, la única cafetera capaz de poner orden ahí. Lo ayudó y lo apoyó en todo momento. Carlitos calmó al Chicharrín y Chafofas, en su corto tiempo de estancia en cafetería, estuvo a gusto. Dejé de vigilarlo. Por un buen rato no lo miré en cafetería, lo busqué de sala en sala y lo encontré llorando de nuevo en la 7. —¿Y ahora qué pasó? —Nada —lo miré fijamente a los ojos—, el Naricita vino y me pegó. —¿Y no te defendiste? —Ella me dijo que no me peleara. —¿Quién carajos es ella? —La Zorrita. Ella me dijo. Me contó que fue al baño y la Zorrita lo atrajo a la sala 7. Ahí lo besó y fue cuando llegó el Naricita, los vio y le pegó. Tenía que mantenerlo alejado de ahí.


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Y llegó el momento de la dulcería. Esta se dividía en d1, que era la principal, y d2, que se encontraba en la parte de atrás. Para empezar quería que todo estuviera relajado y el lugar más indicado era la d2. Ahí estaban mis compañeras preferidas, donde podía llegar enojado y salía con una sonrisa. La única persona que temía me ocasionaría problemas era la señorita Chonchis. Francis era la encargada de ahí y después de explicarle lo básico a Chafofas lo dejé a cargo de ella para que lo instruyera mejor. Yo estaría cerca si necesitaban algo. Ese día descansó el Gerente. Eran días gloriosos para los empleados, pues al Jefe no le importaba ni una mierda lo que les pudiera pasar, lo que pensaban, lo que les afectaba el hecho de salir más tarde de lo que su horario marcaba. Nunca hubo quejas directamente a él, los tenía amenazados y cada persona que lo contradecía era persona que tenía que firmar renuncia tarde o temprano, manipulaba a su antojo a todos y si no querían obedecer los hacía trabajar hasta que se hartaran. Les pedía ayuda a sus “empleados de confianza”. Yo contribuí varias veces en eso. La persona que más me aguantó duró cuatro días de un lado a otro hasta que por fin firmó. Era experto en hacer renunciar a la gente. Lo que trato de decir es que muchos odiábamos a ese tipo. Como cada martes, el cine se encontraba vacío salvo un par de familias perdidas. Los martes los empleados se la pasaban haciéndose pedazos. Para entonces yo ya me había aburrido y mejor fui a verificar que la Nenita se encontrara bien. Llegué a d2 y sólo se escuchaban risas. Sí, tal como lo supuse, se estaban burlando de él. No sé qué chingados le hacían ahora. Las dos Marthas reían a carcajadas, la Cerdito sólo con la mirada clavada en la escena y con una sonrisa en el rostro, el Mochis no hacía nada para detener a la Chonchis, quien estaba sobre Chafofas con una bolsa de maquillaje. Nadie me avisó que Francis salía temprano. —Ya estuvo, ¿no? Déjenlo en paz —grité. —Espérate, ya casi acaba —dijo el Mochis. —Ni madres —enojado, de una patada quité a esa mujer de encima de mi aprendiz. La risa de esas tres zorras se borró, la Chonchis se puso a llorar y el Mochis no paraba de reírse. Hice que todos se salieran de ahí y me quedé sólo con Chafofas. —¿Ahora qué pasó? —¿Qué es esto? ¿Qué me hicieron? —Yo pregunté primero. —No sé. Recuerdo que estaba limpiando la bodega y de repente


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entró la Chonchis con una rata en la mano —me decía asustado todavía y quitándose el maquillaje—, creo que me desmayé, odio a los ratones, los odio. Lo levanté y honestamente ya no sabía en qué área acomodarlo. Decidí llevarlo a proyección. En Proyección sólo se encontraba Memo, así que procedí a enseñarle a encintar la película y lo dejé a su cargo. En esta área era el único conocimiento que le podía pasar a Chafofas, no sabía nada más. Aquí también hubo problemas: Memo nunca lo dejó hacer nada. Lo tenía como sirvienta. Nada más mandándolo por soda o por sopas. No le enseñó nada. Chafofas se enojó y por primera ocasión se mostró agresivo. Amenazó a Memo con cortarle las manos si no le enseñaba al cien todo lo que él sabía. Cuando me despedí de él me dio las gracias por todo lo que le había enseñado y por defenderlo de todos ellos, dijo que si yo no me hubiera metido no sabría cómo podría reaccionar. Me fui a mi casa. Esa noche no soñé nada. Después de un largo día de estudios siempre venía mi largo día de trabajo. Ese día sí tenía ganas de trabajar. Cuando llegué al cine me encontré con la sorpresa de que Chafofas estaba muy serio. —Te habla el Gerente —me dijo sin saludarme. —Y para qué me quiere, ¿no sabes? —¡Perdón! —¿Qué pasa? —Él me preguntó, yo sólo dije la verdad. —Está bien, cálmate, no llores, vete a trabajar. Entré a la oficina y alcancé a escuchar al Operativo que le decía al Gerente que ya era hora de que me sancionaran fuerte, que ya me habían pasado muchas. Ese hijo de la chingada, siempre hablando a las espaldas de todos, que más se podría esperar de él. —¿Qué pasó? —Siéntate. Y tú, salte —se dirigió al Operativo. —¿Sucede algo malo? Buscó en la computadora y comenzó a imprimir un par de hojas. Me preguntó lo que había pasado el día anterior, el por qué de la agresividad con la Chonchis. Mi respuesta fue simple. Expliqué todo lo que había estado pasando con Chafofas, los problemas que tuvo en las diferentes áreas y especifiqué quiénes habían sido los responsables. —Pero le diste una patada a un empleado.


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—Así es, no tengo por qué negarlo. —No tienes derecho a pegarle a nadie. El hecho de que tengas un puesto más alto que el empleado general no te da ningún tipo de derecho. —Pero lo estaban maquillando, Mochis no estaba haciendo nada. —Que te valga, a mí ese muchacho me cayó mal desde que entró. No soporto su voz. Yo di la orden de que lo molestaran. Así que dime de una vez si voy a contar contigo o fírmame esto de una vez. Al salir de su oficina me sentí liberado: me iría a casa temprano y descansaría más. Chafofas estaba ahí, solo, levanté mi pulgar derecho para desearle buena suerte. Vio esa mancha negra que sólo puede significar una cosa: renuncia. Lo que me preocupaba era quién lo cuidaría ahora, sólo era un pequeño cachorro perdido en un desierto. Sediento, rodeado por un montón de buitres hambrientos a la espera de su muerte. “Si no hubieras estado tu ahí para defenderme no sé cómo podría reaccionar”, fue lo que me había dicho y yo sólo esperaba que no le diera por cortar manos, como amenazó al Memo. Nada más de imaginarme que ese chico esquelético pudiera hacer algo más me ponía la piel de gallina. No sé de dónde salía esta expresión. Al día siguiente me llevé otra sorpresa: escuché la noticia de la masacre en el cine. Nadie se imaginaba que Chafofas haría algo tan espeluznante. Empecemos en proyección, donde encontraron a Memo. Sin manos, sin ojos, sin lengua. Al parecer la lengua fue pasada por varios de los rodillos que sostienen la cinta, pues estaba justo debajo de un proyector lleno de sangre coagulada. En la sala 15 encontraron a la Japonesa, también sin ojos, sin un seno y con un golpe muy fuerte en la cabeza. Su cráneo estaba reventado, se podía ver cómo el cerebro trataba de escapar. La encontraron dentro del espacio que hay entre una fila de butacas y el piso de la siguiente, el lugar donde los del aseo tiraban la basura cuando no querían levantarla. A Enrique lo encontraron congelado dentro de la máquina que hace los hielos. Al parecer la hielera estaba vacía y mientras Enrique trataba de sacar los cubos bajaron la tapa y le causó un gran golpe en la garganta, que estaba hinchada, como si se hubiera tragado una toronja entera. A la Chonchis la encontraron maquillada, tenía una gran cantidad de ampollas en la cara y en las manos, quemaduras provocadas por la palomera de caramelo. Una carga había estado cayendo cuando repentinamente la metieron dentro de la caja donde caen las palomas. Después la degollaron.


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Un par de cuerpos más fueron encontrados en Cafetería. Dentro del congelador de la bodega estaba la Flaca, congelada también. Intentaron revivirla pero fracasaron: no tenía gran parte del cuero cabelludo. El otro muerto fue Chicharrín, su homicidio fue de los más fuertes. Al parecer le pegaron cuando limpiaba la plancha para aquellas tortas que vendían. Cayó con la cabeza dentro del aparato, cerraron la tapa y lo amarraron ahí. La persona esperó hasta que Chicharrín despertó y se vio inmóvil. Un palo de escoba le bajaba el pantalón, la temperatura en la plancha iba subiendo. Debió de haber sido el último en morir, de otra manera sus gritos hubieran alertado a todos. Lo encontraron con la cara achicharrada y con ese palo incrustado por donde los topos se asoman cuando uno se está cagando. Encontraron también al Mochis tirado y maquillado. Se encontraba en la bodega. No tuvo tiempo de reaccionar cuando, inesperadamente, le tiraron encima ese montón de plataformas de aluminio que sostenían latas de chiles y quesos, al parecer una de las latas le había pegado fuertemente en la cabeza dejándole una gran abertura entre ceja y ceja. Pero eso no fue lo peor: encontraron su cabeza dentro de una caja con un claro mensaje: “Regrésese a Sinaloa, por favor”. Por el pasillo de evacuación de salas en el segundo piso se encuentra una bodega, la de publicidad. Ahí fue donde encontraron desnudos a la pareja. Narizota se encontraba debajo de la Zorrita, tenía la cara llena de sangre, la novia estaba degollada. Él sin miembro. De haber vivido, bien pudiera haber usado su nariz. En la dulcería principal se encontraron los cuerpos calcinados de las Marthas, que tras una pequeña explosión no pudieron escapar y, por más vueltas que daban en el piso, ardían cada vez más. Al parecer sólo una había alcanzado a salir con lesiones insignificantes, nada que un par de operaciones no pudiera resolver. Era la Cerdito. Pero cuando uno está decidido a matar, si el fuego no termina su trabajo, se necesitaba ayuda extra. La encontraron con quemaduras en el brazo y en la cara. Lo que la hizo fallecer fueron los cientos de puñaladas que le penetraron toda la parte posterior derecha, cual puerco antes de hacerlo carnitas. La verdad es que hay dos versiones. Unas dicen que el gerente fue el causante de todo porque no lo han encontrado. Otros dicen que fue Chafofas, pues todos los empleados se enteraron de que los fallecidos lo habían estado molestando. Cuando encuentren al gerente el único culpable va a ser el Chachofas.


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mario alberto robles

¿Que cómo sé todos los detalles y en dónde encontrar el gerente? Sencillo. Él era el único que se sabía la combinación para abrir la caja fuerte. Nunca me la quiso decir. Y vaya que aguantó hasta el último. Nadie lo escuchó llorar cuando le corté el primer dedo que arrojé dentro de la caja fuerte, por donde arrojaban los paquetes de dinero sin aplicar la combinación. Le dije que lo sacara si lo quería tener de regreso. Obviamente no la abrió en ese momento. Me pedía perdón, nunca supe de qué, ya nada me hubiera detenido. Yo seguí cortando partes de su cuerpo, y no fue hasta que amenacé que el siguiente era su reproductor de espermas que la abrió al instante. ¿Mencioné que nada me hubiera detenido? Todo su cuerpo está ahí adentro, así que nada más espero que la abran para que la condena del Chafofas se ejecute. Se preguntaran por qué piensan que el Gerente puede ser culpable, que cómo es que no se dieron cuenta de toda la sangre fuera de la caja. Tampoco yo sabía qué hacer hasta que llegó el Operativo en el momento oportuno. Nunca me había dado tanto gusto verlo. A él lo encontraron con el cráneo destrozado y el mar de sangre que derramó se mezcló con la del Jefe. Ahí está. Asunto resuelto. Terminaré dándole las gracias a Chafofas, sin él mi venganza no se habría culminado. Si no hubiese sido tan tonto y mis enemigos tan malditos, no podría haber matado nunca a esas personas que tanto me molestaron cuando entré o cuando me subieron por fin de puesto. Venganza: ¡qué bien se siente! Lástima por él quien no supo cómo reaccionar ante la acusación y ahora está en la cárcel condenado a cadena perpetua. Tras este suceso el gobierno está analizando la posibilidad de que entre en vigor nuevamente la pena de muerte. Por lo menos, yo votaré a favor.


El horror continúa en

CUADERNOS DE SANGRE Volumen 2 Un golpecito c Rina Ruiz La espera c Daniel Sepúlveda Diario de David Levy c Claudia I. Solórzano El médico va a H. P. Lovecraft c Sidharta Ochoa El árbol de naranjos c Estefanía Arista Suele suceder c Pepe Rojo


SOBRE EL LOBO Y EL CORDERO El Lobo y el Cordero es una editorial independiente de ediciones digitales e impresión bajo demanda especializada en la narrativa gráfica, de horror y ciencia ficción.

Sobre la ilustradora (portada)

SOBRE la ilustradora (interiores)

Denisse Josefina Sánchez Erosa (Mérida, Yucatán, 1982) estudió antropología en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán, y actualmente cursa la Licenciatura en Literatura Latinoamericana en la misma casa de estudios. De formación autodidácta, ha colaborado en diversos proyectos colectivos multidisciplinarios, siempre en aras de la experimentación.

Tala Wakanda es artista e ilustradora sioux que actualmente reside en México. Su arte, inspirado en el folklore y la mitología nativo americana, refleja su amor por los bosques y las montañas, en donde ha encontrado un santuario y refugio contra el caos de la ciudad. Ha publicado en varias revistas de arte como Kya (2010), Arca (2010), y Kodama Kartonera (2011). Tala ha ilustrado varios libros para niños y actualmente ofrece retratros personalizados en Etsy (http://www.etsy.com/shop/ TalaWakanda).

SOBRE EL EDITOR Néstor Robles es narrador, guionista y editor. Tijuanense de toda la vida. Lic. en Lengua y Literatura de Hispanoamérica (UABC). Diplomado en Producción Cinematográfica (CECBC). Becario del FOECA en la categoría Jóvenes Creadores 2006-2007. Ha publicado reseñas, minificciones y cuentos en revistas locales como Magín —de la cual fue editor y corrector— y el proyecto Página por día, de Nortestación (2008), así como en la colección de Minibúks Temporada I: Ciencia ficción hecha en México (2009). Aparece en la antología Tijuana es su centro (Kodama, 2011). Actualmente es custodio de libros y guardián del silencio en Cetys Tijuana y desarrolla el proyecto Departamento de monstruos perdidos, auspiciado por el PECDA 2011-2012. Siempre quiso ser astronauta pero se conforma tratando de entretener con historias y sobrevivir en el intento.

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Cuadernos de sangre Antología de cuento de horror bajacaliforniano, vol. 1, de Néstor Robles (comp. y edit.) se editó en noviembre de 2011 y se dispusó para su descarga en mayo de 2012 en http://cuadernosdesangre.blogspot.com bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 México.

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Cuadernos de sangre. Vol. 1  

Antología de cuento de horror bajacaliforniano Volumen I E l l o bo y el Co r d ero

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