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CUADERNOS DE SANGRE AntologĂ­a de cuento de horror bajacaliforniano

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Volumen III

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Cuadernos de sangre Antología de cuento de horror bajacaliforniano, Vol. 3 Primera edición digital © Bertrand Andrés Alfonso, Rubén Félix, Julián Lemus, Elda Rodríguez, Jesús Montalvo y Néstor Robles © 2012, El Lobo y el Cordero Tijuana, B. C., México http://loboycordero-ediciones.blogspot.com http://cuadernosdesangre.blogspot.com Facebook: loboycordero.ediciones Síguenos en Twitter @loboycordero Diseño y edición de la colección: Néstor Robles Ilustración de portada: Denisse Sánchez http://www.wix.com/licuadocerebral/denisse-sanchez-erosa-art Ilustración de interiores: Tala Wakanda http://www.wix.com/talawakanda/wolf-in-boots

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 México.


advertencia

FADE IN INT. TEATRO - NOCHE En blanco y negro. Aplausos. Ni detrás del telón ni entre humo aparece el viejo. Carraspeos. De pronto la risa. V. O. HOMBRE VIEJO Estoy aquí y no estoy. Los saludo desde la “otra dimensión”, el lugar de donde vienen los miedos. Muchos ojos me miran: son los monstruos que acechan y que los autores de este tercer volumen han imaginado: los monstruos de los sueños, los que viven entre nosotros y los que devoran. Este es el fin.. espero que hayan disfrutado estas historias. Relean. Vuelvan a temer. Es lo único que los salvará. Sepan: el miedo nunca duerme. Silencio total. Escuchamos gruñidos. Asombro entre los asistentes. Se prende la luz. Risas nerviosas. La gente se comienza a levantar y a salir ordenadamente. En el fondo del escenario aparece una sombra que poco a poco parece tragarse a la audiencia.

CORTE A NEGROS


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indice

Anoche c Rubén Félix . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9 Más de doscientos c Elda Rodríguez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 Recuerdos c Bertrand Alfonso .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19 Paranoia literaria c Julián Lémus . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25 Bicho c Jesús Montalvo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31 El devorador de historias c Néstor Robles .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39


anoche

Rubén Félix


RUBÉN FÉLIX (TIJUANA, 1963) Rubén R. Félix o r2Félix o Félix El Oscuro para los feisbukeros nace, respira, vive y sueña en Tijuana desde el año del conejo de 1963. Actualmente practica la filosofía con niños así como la fotografía. Escribe desde los ocho años y es feliz al lado de su Dómina y dos gatos que lo tratan como su chef. Actualmente imparte el Taller de Filosofía para Niños y coordina una serie de charlas bajo el nombre de Café Filosófico.


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Anoche el viento se manifestó en esa esquina de cristal cerrando un círculo. Los sentidos suelen engañarnos cuando usamos cristales opacos y vemos sin mirar. Desesperados podemos llagar a matar “desgarrar hasta con los dientes” habitando por siempre esa zona fantasmal hasta que un día el viento se manifiesta a través de una esquina de cristal reflejándonos en el espejo cerrando círculos…

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tomaba la noche con calma al igual que un sorbo de café. La música, cuidadosamente programada, se regresaba del cuarto movimiento de una novena sinfonía, al segundo. Sobre sus manos descansaba ese libro maldito que tanto había buscado y que por temor no me atrevo a decir su nombre. Sólo diré que fue escrito por el loco árabe Alhazred. El viento corría con tanta fuerza que alcanzó a estrellar la ventana que da a la terraza. Dudo que haya sido sólo el viento. Tal vez se valió de algún objeto ligero con fines inciertos. Impulsado por el frío, F se dirigió a la ventana cubriendo aquel hueco con un grueso papel. El silencio reinaba. En la lejanía se percibía un ligero silbido. El viento cobró más fuerza, derribando esta vez aquél cartón adherido a la ventana, inundando esa pequeña estancia llena de polvo y libros. F se levantó molesto 11 c


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y de un salto llegó nuevamente a la ventana. Si uno como ser racional le hiciera caso omiso a la intuición, F nunca hubiera hecho esto, pero ya era demasiado tarde. Se acercó al cristal roto tan sólo para descubrir que detrás de la gran ventana nada existía. Sin embargo, el viento aún silbaba a través de las ranuras. F logró poner sobre aquél hueco un cartón más sólido. Esta vez el silbido del viento cambió de tono. A pesar de su agudeza, más bien parecía un gemido largo y cadente. Agudo. Tan agudo que de sus oídos asomaron dos hilillos de sangre. Al cesar aquel aullido, F recordó esos ojos transparentes, amarillos. Fue cuando el miedo se apoderó de él y cierta curiosidad lo obligó a acercarse de nuevo a la ventana. Ahí estaban esos ojos flotando en la nada, acechando a su presa. Su pragmatismo no le ayudaba a entender este extraño fenómeno. Sin vacilar acercó el pequeño sillón e impulsado por un inconsciente interés se sentó frente a aquella ventana. Por más ilógico que parezca, nunca, ni en sueños, había pensado algo semejante: “Dos dimensiones pueden unirse a través de un cristal, es cierto, acaso una fórmula matemática lo explique mejor, pero sólo a nivel teórico”. El viento arreciaba con más fuerza y a su paso se unían los aullidos de la noche. ¿Cuánto tiempo habría pasado ya? ¿Un minuto, una hora? F se quedaría dormido. Sí, quizás era un sueño dentro de otro. Cuando descubrió que su cuerpo estaba al otro lado de la ventana, en vano la golpeaba, intentando despertarse. Un aullido acompañó al viento. Algo o alguien se movía detrás de la puerta, se acercaba jadeando lentamente, arrastrando su cuerpo, como si le costara trabajo caminar. Dejando escapar un gemido. F volvió a golpear la ventana al tiempo que una mancha viscosa cubría aquel cristal y al aullido se unía un grito. Si algún día logran desarrollar conciencia en un sueño, preocúpense por despertar. Si nunca lo hacen, aún mejor. No sentirán la angustia de la pesadilla vivida. F nunca volvió a despertar.


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Elda RodrĂ­guez


ELDA RODRÍGUEZ (CÓRDOBA, VER., 1970) Ingeniera Industrial en producción titulada. Inicia sus estudios de literatura en la uabc de Tijuana en 2003. Ponente en el iii Congreso Nacional de Estudiantes de Literatura llevado a cabo en Guanajuato, Gto., (2005) con “La saga belacoaranesca”. Finalista del Premio Nacional al Estudiante Universitario 2005 en la categoría relato del premio Sergio Pitol con el cuento “Febrilaciones”. Actualmente cursa el último semestre de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana y trabaja en la tesis Las adivinanzas de doble sentido sexualizado: La re-significación de las palabras a partir del cotexto y el contexto.


bbb A las víctimas de Anaversa, a 15 años de distancia.

I

¡Si soy muy joven aún!, se dijo ante el espejo, pero su paso era lento y cansino. Al poco tiempo después de la muerte de su padre notó que cada vez le costaba más empezar su día. Le embargaba un agotamiento, una gran dificultad para levantarse de la cama; sin embargo, no era precisamente por la reciente pérdida, la relación entre ambos nunca fue muy buena, pero esa pesadez se había desarrollado a partir del deceso. Cuando comenzó con los síntomas fue fácil ocultarlo, los tenis le favorecían mucho el descanso de sus pies, aunque era más un paliativo que algo que realmente le ayudara a disminuir las molestias, después tuvo que cambiarlos por sandalias. Por supuesto sus trajes también fueron cambiados por ropa más casual. Lo difícil era el tiempo de frío, aunque evitaba salir en esa temporada y se quedaba en casa en pijamas y pantuflas que le eran más cómodas. Cuando ya le resultaba muy molesto caminar sin arrastrar los pies decidió quedarse permanentemente en casa, transfirió la oficina a su biblioteca y en la fábrica dejó a Robles, que era el hombre de más confianza. Todo fue paulatino. En un principio eran los pies pero meses más tarde fueron las piernas. Todo cambió en su vida. Dejó de frecuentar las reuniones de amigos, de hacer sus viajes a Acapulco, Cancún o al extranjero, al cual sólo iba para consultas médicas. Lo único que conservaba en un grado aceptable era la relación con Samantha, pero incluso con ella los pleitos fueron subiendo de tono, le molestaba todo, peleaban por nada y cualquier cosa servía de pretexto para desencadenar una fuerte discusión. Era inútil, consultó a varios médicos especialistas y ninguno encontró 15 c


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algo en la serie de análisis que les pudiera dar alguna pista de su padecimiento. Nada. Peor era cuando le hablaban del doctor que había atendido a su padre. —¿Ir con ese doctorcete? —se quejaba de manera despectiva— Ni aunque fuera el único en el mundo. Los recuerdos no eran muy agradables: las incontables citas de su padre con él y en todas salía igual. Él prefería viajar hasta Houston. —Es mejor así, estoy seguro de que me realizan los mejores estudios de medicina del mundo. Y después, un silencio total, tomaba su cigarro y le daba una larga aspirada, sintiendo cómo el humo le invadía los pulmones, con ganas de que le llegara a la cabeza y a los oídos para no escuchar más necedades. La cerrazón era incluso con su novia. —Vayamos con el doctor que nos recomendaron, Santiago —más que pedir, parecía que ella suplicaba. —¡No, no, no! Nada mejor que ir con quienes sí saben de medicina. Los más avanzados científicamente. Mira, hay que ser muy sinceros, en México no hay este tipo de investigación, los doctores de acá no saben, son muy ignorantes en los avances médicos. Por eso es mejor ir allá, con los mejores —la conversación en ese aspecto se tornaba muy ríspida por parte de Santiago, parecía que todo mundo entendía cuando llegaba el punto final de la conversación. Nadie podía ganarle, ni aún con pruebas en las manos. —Bueno, Santiago, pero no puedes desdeñar las investigaciones que se llevan en universidades y en laboratorios médicos, no por nada tienen apoyo del gobierno, así desarrollan tecnología y ciencia mexicana, no hay por qué subestimarlos. En el D. F. hay buenos hospitales, para qué gastar tanto en viajes y todo lo que con ello conlleva, anda, vamos al D. F., a ese hospital que nos recomendaron. No seas tan escéptico —la voz de Samantha sonaba casi a súplica, trataba de disimular dando breves tragos a su copa, sabía que ningún discurso lograba cambiar su opinión pero aun así no desistía. —¡Nada, nada! Esos trabajos de investigación seguro que son plagios de los que hacen los estadounidenses. ¡Qué van a hacer nada acá! —Y así ponía punto final. —¡Te vuelves imposible, Santiago! —decía Samantha en un momento de impotencia—. No les das el beneficio de la duda —en esos momentos ella se dio cuenta de que le gritaba, pero no era más que una manera de desahogar su frustración—.Tú crees que sólo en Estados Unidos hay gente pensante y no es así, pero bueno, ya no te insistiré más —al final su voz la tornaba muy tranquila, tratando de convencerlo un poco—. Siempre


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terminamos discutiendo y nunca logro nada. Aún así la situación se tornó pesada, tensa y ninguno de los dos sabía qué hacer, sobre todo Santiago que había sido educado para que mandara y todos le obedecieran. Trató de suavizarla. —Bueno, ¿sabes, Samy? Realmente no me siento muy bien esta noche y menos con este pleitecito, vamos a la terraza y nos tomamos una copa, después, ya veremos. Anda. Samantha no tuvo otra opción más que seguirle, cedía ante él por el amor que le tenía o creía tener. Aunque algunas veces pensaba si ese amor no se estaba convirtiendo en lástima, pues no había reunión a la que ella fuera —sola, por supuesto— que no se hablara de ese lamentable estado en que se encontraba Santiago y de la pobrecita Samy, que parecía más estar con él por compasión que por otra cosa. Desde muy pequeños siempre habían estado juntos y pasado por situaciones muy difíciles, siempre uno al lado del otro, como el día que su padre falleció sin conocer el motivo, al igual que Santiago había comenzado con leves molestias, la misma historia y temía que tuviera el mismo final. En ocasiones pensaba que era cosa hereditaria, algún mal genético pero nunca se encontró nada en toda la serie de análisis que se le hicieron a Don Manuel. II Hace treinta años, cuando Santiago era apenas un bebé, que en la empresa de Don Manuel ocurrió un grave accidente, el mayor de toda América Latina. Este incendio fue considerado como una catástrofe biológica en el ámbito mundial, se contaminaron los mantos freáticos, el aire y sobre todo las personas que vivían en las colonias populares aledañas. Igual que en toda relación del poder, las autoridades y el gobierno minimizaron el hecho a pesar de los estudios de organizaciones mundiales que decían todo lo contrario, que los químicos, pesticidas, fungicidas que ahí se manejaban estaban prohibidos en casi todo el planeta. Y le apostaron al tiempo para que se olvidara; pero no fue así, los colonos más afectados se unieron en una sociedad en la cual cada día llegaban casos nuevos pero después los decesos empezaron a minarla, sin embargo, ahí seguían los sobrevivientes. Diez años después de la explosión, era triste ver a esa joven mujer con su niña de apenas un mes de nacida con menos tiempo de esperanza de vida, un caso de anencefalia, una de los tantos que se dieron, entre otras muchas enfermedades. Santiago todavía no entiende la aparición de esas “dolencias” como él les llama. A estas fechas ya han pasado algunos años desde que se


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manifestaron por vez primera y él camina ahora arrastrando los pies y no aguanta sus piernas a pesar de que no es gordo. Lo bueno de todo es que los deudos y los afectados por aquel accidente de la fábrica ya no lo molestan más. III —¿Y usted está aquí por lo mismo? —La pregunta lo toma por sorpresa. Luis sólo iba acompañando a Javier y aún no sabía bien el motivo de la visita. Los dos se quedaron viendo en silencio y en ese momento Luis supo el porqué. —Bueno, pues sí. Me tocó algo de eso... no sé, mi padre murió de cáncer en la cabeza y mi mamá me ha dicho que a muchas mujeres de por el rumbo las han operado de bolas en los senos... fue relativamente cerca de mi casa. Recuerdo que ese día regresaba del Tecnológico y sólo vi gente con mascarillas en la cara y los bomberos desviando el tránsito... es de lo que más tengo recuerdo. Es como un cuadro, una pintura. —Hmmm, bueno, veamos qué se puede hacer —parecía que la anciana no le prestaba atención a sus palabras por el motivo que la tenía concentrada, como si estuviera nomás calándolo, así que se aventuró a decirle algo más. —Y, pues, también para apoyar a los compañeros y más a las compañeras, ya ve usted cómo están los niños de Hilda y la niña de Laura. Me dan mucha lástima —se dio cuenta de que no eran necesarias sus recientes palabras, así que terminó con el líquido que había en su taza. A la luz del único foco de la habitación se le solidarizaba la que provenía de la calle, Luis pudo apreciar lo poco que había dentro. Le parecía que no sólo en esa casa, sino en todo el barrio, la necesidad era la más antigua de las acompañantes. Javier se les quedó viendo en silencio, después de tomar el café con pan que les invitó la anciana. Aún tiene curiosidad, sabe que ella también está de su lado, del lado de todos aquellos que se vieron afectados por el desastre. —Oiga, doña Esther, ¿no que sus trabajos son muy rápidos? —le susurra Javier en un tono de complicidad, mientras apunta hacia los artefactos que se encuentran en la mesa. —Deme tiempo, m’ijo; mire que pasar de las piernas del padre a las del hijo más de doscientos muertitos no es cosa fácil. La vieja nos muestra sus encías con una gran sonrisa y le doy la razón.


recuerdos

Bertrand Alfonso


BERTRAND ALFONSO (TIJUANA, 1992) Artista multidisciplinario. Incursionó a muy temprana edad en cursos de música, violín, cerámica, pintura, piano, ballet y ensamble. Su desarrollo literario dio el primer paso en Granada, España, motivado por la poesía de Federico García Lorca. A los once años de edad publicó su primer poemario En la mira de nuestra distancia. Ha obtenido reconocimientos por sus ensayos y cuentos en concursos municipales. Actualmente es becario del programa “Talentos Artísticos. Valores de Baja California” del Instituo de Cultura de Baja California (icbc) y escribe su primera novela, de la cual se extrae este capítulo.


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ué rápido avanzan los bosques y los ríos. Qué rápido cambian las ciudades y los hombres. Las casas que elevaron sudor y esfuerzo ahora se desploman hasta no ser más que miseria. Las vidas dedicadas a grandes logros ahora se olvidan. No lo entiendo, no me explico. ¿A qué velocidad anda la vida? ¿A cuál mujer persigue el tiempo? Volteo y veo mi pasado como una larga cola, siguiéndome, asechando como un ruin bandido. Sin embargo, yo no he cambiado. Soy el mismo. Mi cuerpo no envejece, mi ser no desvaría. Sólo soy más lento, quizás más sereno y con los años mi esencia se vuelva piedra, se congele como un suspiro en el aire frío. Quizás algún día el final toque la podrida puerta. Qué rápido mueren los arboles, qué rápido crecen los hijos. Odio sentir el asfalto en mis pies descalzos. Detesto la aspereza que me provoca, pero por esta ocasión no me importa, podré soportarlo. Crucé la calle evitando los faros y luces. Corrí por la banqueta y trepé el muro. Caí perfecto al igual que siempre sin dolor y sin sonido alguno, como gato, criaturas incomprendidas. El césped es alfombra después del asfalto. Qué comodidad. Corro sobre él y me aviento sin dudar al pozo, sólo basta con nadar un poco. Este es un buen año. Sin duda hay la suficiente agua para los dos o tres próximos veranos. Hay décadas en las que el agua es nula, aunque por fortuna éste no es el caso. Se me acaba el aire. Me apresuro, busco la salida y al fin respiro. Hace frío. Ya es noche. Las paredes de podrida y negra madera. Recuerdo que durante el día ni un sólo rayo de sol se cuela por las rendijas que hacen las barras de tablón al unirse. Hay en el suelo dos platos llenos de comida de perro y agua. La única luz en todo el lugar es una veladora junto a un tocadiscos. 21 c


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El espacio es inmenso, la oscuridad profunda; los pies descalzos y el suelo es frío; el cuerpo se siente duro, se siente como de sal, tan sucio y maltratado. Todo aquí huele a muerto y humedad, me recuerda a los campos de concentración. La primera vez que estuve en uno, me enamoré del miedo. En cierto modo hasta lo extraño. El simple hecho de estar aquí me hace sentir cosas que ni el alcohol ni las drogas lograron obsequiarme. Hay un asfixiar en mi garganta y pecho que desgarra mis recuerdos. Siento una espeluznante sensación virando entorno a mí. No es miedo. No es tristeza. Es asco. Un asco en el corazón, un asco en el alma. Estoy parado en un viejo sótano refundido en el subsuelo de una bella y antigua casa. Tiene pilares hermosos, ventanas y vitrales desde el primer escalón hasta la azotea. Como vil pesadilla quisiera decir que está abandonada. Por desgracia no puedo hacer mucho ruido, hay niños durmiendo en el segundo piso y alguien teniendo sexo en el primero, también, por desgracia, puedo oírlos. Me arranco mis ropas y me seco con ellas, las extiendo en el suelo. Tienen que escurrirse. Busco en el piso algo que pueda salvarme, algo que me lleve a donde deseo. Busco a mi hijo. Él vivió aquí por mucho tiempo, desde su nacimiento. Es todo lo que conoce, este es su mundo, su realidad. Supongo que es culpa mía, recuerdo regañarlo por creerse culpable y son puras mentiras. Como buen padre intenté darle la excelencia; sin embargo, él eligió este camino. Lo mejor que puedo hacer es entenderle. Pensándolo bien, su excelencia y saber estuvieron cargados siempre en la felicidad, y en este camino dicen que es feliz. Todo parece indicar que dormiré aquí esta noche. Es horrible. Más vale cerrar pronto los ojos. Mi sueño es profundo. De nuevo estoy en aquella alcoba blanca en donde sólo soy mal tercio. A veces quisiera levantarme y abrir la puerta, pero no puedo. Estoy hipnotizado por gemidos y suspiros. No tiene caso que lo intente, que me resista. Resulta inútil. No es ésta mi fantasía preferida pero es una de las mejores. Si tuviera que elegir seguramente elegiría algo abstracto, siempre es más cómodo. De repente me despiertan unos aullidos en las cercanías, y no, no hay luna llena. Hay pelo negro, quizás marrón, en mis manos. Mi cuerpo está mojado. De inmediato pienso en él. Perdóname y, sobre todo, te extraño. Corro hacia la salida. Me sumerjo completamente desnudo en el agua helada. Escalo el pozo. Piso de nuevo el césped y observo hacia todos lados, giro y giro como loco en el enorme patio lleno de árboles, flores y


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fuentes. Trato de distinguir de dónde vienen los aullidos. De pronto todo se torna oscuro profundo. Me entra frío y me detengo. Sobre los muros de mi alrededor cientos o miles de ojos escarlatas brillan amenazantes, viéndome sin parpadear. Escucho gruñidos cada vez más cercanos: son lobos enormes agitando sus colas. Se acercan. De entre ellos el fuerte líder brinca hasta el suelo en el que me encuentro. Tremendo salto. Se aproxima lentamente gruñendo con la cabeza baja y los afilados colmillos de fuera. Al alzar su hocico veo el par de ojos azules, idénticos a los míos: ojos palpitantes y lagrimosos, tan hondos como el pozo del que salió. Si no estuviera loco creería que es un demonio de un rincón ardiente del infierno, pero, ¿si no estoy loco? ¿Qué serías tú?, le pregunto. Tiene una espalda encorvada con la columna resaltando entre la piel. Pelo grueso en todas partes. Su tez rosa y acartonada parece repleta de heridas. Sus brazos son prolongados y sus uñas retorcidas. Tiene las venas de todo el rostro y cuello destacadas, algunas sangran. Hocico de lobo, mirada de niño. El cabello llega casi hasta el suelo. Sus huesos truenan cada vez que se mueve. Y tiene una cola tan larga con la que acaricia mi espalda. Me inclino hacia a él. Estoy tan consternado que no puedo ni hablar. Me corren tantas lágrimas por las mejillas que parecen ríos. Mis manos y pies tiritan, y mi corazón palpita incontrolable. —Hijo, hijo mío. Dios, no has cambiado nada. Lo abrazo tan fuerte como nunca, lo extrañaba. Mis brazos lo rodean y lo aprietan con tanto esfuerzo que parecen querer introducirlo en mi pecho. —Te amo, te amo, hijo mío, te amo, Zared. Él acaricia con su rostro mis mejillas y se arrebata de mí bruscamente. Nunca fue muy afectivo. Recuerdo que hacía eso desde que era un niño, un sólo beso y ya era demasiado. Zared camina unos cuantos pasos hacia atrás, se voltea y da un enorme, profundo y único ladrido a su manada. De inmediato baja de lo alto del muro otro lobo, esta vez una hembra con un cachorro en el hocico. Zared toma al pequeño y lo situó en mis pies, al instante me agacho por él y lo sostengo entre mis brazos. —¿Por qué me lo entregas? Cuando levanto la vista ya no están los amenazantes ojos escarlatas. Sólo aprecio la silueta de mi hijo desvanecerse en la lejanía. Siento afectivos lengüetazos en mi rostro. Lo acaricio. —Hora de irnos, cachorro. Pero primero hay que buscarme un poco de ropa.


paranoia literaria

Juliรกn Lemus


JULIÁN LEMUS (TIJUANA, 1986) Narrador. Egresado de la licenciatura en Lengua y literatura de Hispanoamérica (uabc). Crítico literario en la revista El Zorro de La Mesa y corrector de estilo en Cliché Magazine.


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La norma del cielo es retirarse después de acabar la obra y haber dado fama al propio nombre. Lao-Tse

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ún recuerdo esa noche de otoño larga y silenciosa, la tengo en mi mente como una fotografía. Nunca antes había visto soplar al viento de esa forma, como si intentara avisar algo. Las ramas del árbol del edificio, ya sin hojas, golpeaba la ventana de mi departamento. Las primeras gotas de lluvia empezaban a caer provocándome una melancolía inexplicable. Estaba sentado junto a la chimenea leyendo El juego del ángel. El frío se volvía más insoportable. En el aire rondaba un aroma a clavel y a crisantemo. El chiflido del viento combinado con la lluvia indicaba la tristeza del cielo. Escuché con aturdimiento unos golpes que me hicieron salir de mi confortable y concentrada lectura. Recorrí un poco la cortina para observar por la ventana: era don Antonio, el anciano insolente y de mirada perturbadora, ese viejo de lentes pegados con tape, el del paso lento que, como todas las noches, recién llegaba a su casa haciendo su acostumbrado ruido como si quisiera que todos los vecinos nos diéramos cuenta de su nefasta y engreída presencia. Nada fuera de lo normal. La monotonía nos invadía hasta que se escuchó un ruido en el segundo piso enviado por Dios lleno de misterios que inducía inquietudes y temores. Mire cómo don Antonio subía las escaleras apoyado en el viejo palo que usaba como bastón. Las luces del edificio empezaron a fallar: subía y bajaba la intensidad 27 c


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luminosa. Todo quedó en penumbra. El infeliz abuelo se movía lentamente, sintió una respiración espeluznante en sus oídos, en la nuca y su piel, el pellejo se le enchinaba, los pocos cabellos y vellos se le erizaban, pues tenía la sensación de que alguien o algo lo vigilaba. Las nubes negras por ratos dejaron salir la poca luz de la luna que iluminó a la vista del viejo un espejo lleno de polvo que reflejaba una silueta sin forma, un esperpento fúnebre que aparecía y desaparecía conforme avanzaban las nubes. El sudor le escurría por la frente, se podían oler a kilómetros sus nervios y su miedo. En cada ráfaga de viento se escuchaba el rechinar de la madera vieja que hacían perdidizas las pisadas sordas del ente que lo acechaba, únicamente cuando éste se burlaba de la ansiedad y la frustración de su víctima y sólo entonces don Antonio podía imaginar la ubicación, dejar salir insultos para que se hiciera visible el espectro. Una vez enfadado, el monstruo terminó su juego de cacería y se hizo presente. Comenzó a rugirle en la cara y con sus grandes ojos rojos llenos de coraje como fuera la furia de un Dios, fijó vista en ese maldito anciano que le apuntaba con su estúpido bastón y luego soltó una gran carcajada. El viejo intentó dar de palazos, pero la aberración lo agarró del cuello con gran placer, él soltó un grito trágico y desgarrador. Los sollozos de don Antonio irrumpieron el silencio, intentaba soltar palabras y únicamente le salían monosílabos. Cómo olvidar sus ojos: una mirada llena de miedo, impotencia y piedad; que en lugar de dar lastima, le daba placer a ese animal. ¡Qué feliz se sentía! La mirada del vejestorio traía a su mente las cosas más macabras y perversas que uno se puede imaginar. Tantas formas pensó para terminar con su infame vida que no supo en qué momento el corazón de su víctima dejó de latir. Soltó el decrepito e inerte cuerpo al piso y le dio de patadas sin el menor remordimiento una tras otra hasta dejarlo casi irreconocible y sonriendo con cada salpicada de sangre que tocaba su boca. Se dejó caer de rodillas con carcajadas endemoniadas, estruendosas, sin separar la visión del cadáver. Sus ojos tenían una expresión de desprecio y placer. Con sus dedos golpeaba el piso, se detenía por ratos para hacer trazos en el piso con la sangre que salió del inmóvil difunto. De la penumbra se escucharon unos aplausos. Giró la cabeza y toda su atención fue robada por un prendedor de oro en forma de ángel en la gabardina del testigo del crimen. Se movía con violencia y rapidez, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo, al observar sus pálidos labios desprenderse para ofrecer algo que no escuche, mire su rostro fijamente, tenía


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una expresión de risa falsa, irónica y hasta cierto punto tétrica. Intente oír lo que decía pero me fue imposible. El frío hacia sus estragos. Me encontraba pálido, temblando, esperando con ansiedad el resplandor del alba. La lluvia seguía. Cayó un relámpago que nos permitió vernos completamente por una milésima de segundos, al regresar a la tenebrosa oscuridad el hombre había desparecido al igual que el cuerpo del anciano. La bestia se percató de mi presencia. Se acercaba a mi escondite con pasos agigantados dejando huellas de sangre por su camino. Cerré los ojos para intentar rezar. Pude sentir su respirar en mi cara, me imaginaba que tenía la misma expresión que mantuvo al momento de matar al idiota de don Antonio. Esperaba el fin, sentía sus manos recorrer taciturnamente mi cara, marcando con la sangre que chorreaba en sus dedos. Sus uñas eran afiladas como la punta de una navaja, las primeras lágrimas salieron de mis ojos, lloraba en silencio, con coraje, me sentía inútil. No le daría el placer de verme suplicar por mi vida. Tenía la victoria en sus manos. De un sólo golpe metió sus afiladas garras a mi estómago. Podía percibir su furia al no responder al dolor. Su mano recorría mis entrañas. No resistí y solté el primer grito ronco que regresaba a nosotros con el eco, terminando en un quejido prolongado al ver mis vísceras salir. Era imposible luchar, pues mi cuerpo ya no tenía voluntad y el corazón estaba a punto de colapsarse por completo, entregándose a un sacrificio inhumano. Solté una risa de satisfacción que duró dibujada en el aire por el vapor exhalado y caí al piso bañado en mi sangre. Escuché retirarse a la aberración. Los rayos del sol empezaban a dar los primeros destellos que daban directo a mis ojos. Con un esfuerzo sobrehumano levanté la mano y me tallé los ojos para ver mi fin con el nacimiento de la mañana. Respiré lo más profundo que pude y abrí los ojos aun con lágrimas. El juego del ángel estaba en el piso. El fuego de la chimenea estaba por consumirse. La lluvia era más fuerte. Escuché unos golpes. Recorrí la cortina. Observé por la ventana y era el maldito viejo que llegaba a su casa haciendo su acostumbrado ruido.


bicho

JesĂşs Montalvo


JESÚS MONTALVO (TIJUANA, 1985) Un ávido lector y narrador autodidacta desde pequeño. Se considera un fulano sencillo de hábitos simples y fobias simples. A veces le gusta imaginar que es el personaje principal de su vida. Ha publicado Los hombres muertos no cuentan y otros relatos (Gíglico, 2007) y aparece en la antología Tijuana es su centro (Kodama Cartonera, 2011).


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istintos gremios lo buscaban. El gobierno, magnates, ocultistas, corporaciones criminales. Ofrecían millones de dólares por su captura, de preferencia vivo. Conocían su historial completo, lo cual le dejaba escasas probabilidades de salir ileso. Su don fue descubierto casualmente; asaltantes mediocres, al querer desvalijarlo, se habían metido con el tipo equivocado. Quién se imaginaría semejante anormalidad en aquel muchacho enclenque. La noticia se difundió hasta llegar a oídos de los grandes dirigentes. Bicho ya no pudo regresar a la universidad, ni al empleo de repartidor de pizzas, ni a su departamento, ni volvió a ver a su familia. Minaron de espías y cazadores cada sitio frecuentado por él. Pronto se convirtió en prófugo. No poder confiar absolutamente en nadie: tener 19 años y saberse perseguido por medio mundo es razón suficiente para enredarse en las telarañas de la paranoia. Se vio orillado a pernoctar bajo noches frías de lluvia, compartiendo colchón con las ratas. Buscaba refugio en iglesias, andenes del metro, basureros, catacumbas de podredumbre. Dolorosamente, lleno de miedo y vergüenza, aprendió a mimetizarse entre la escoria de la sociedad, ganándose el respeto de pordioseros y canallas de variadas índoles, subsistiendo de lo que podía encontrar, robar, arrebatar en la ley del más fuerte. Y esto requería, por consiguiente, de sus sobrenaturales habilidades. Siempre ayudando a los jodidos, intentando enderezar causas perdidas. Era una especie de Robin Hood de las cloacas. Su apodo se hizo leyenda. Bicho: el defensor de los marginados. Pero incluso en sus dominios se le perseguía, nunca faltó algún 33 c


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soplón que por pocos billetes delatara su paradero. Sin embargo, otros más agradecidos lo ocultaban de sus cazadores cada que se presentaba la ocasión, y negaban tajantemente, aun bajo tortura, conocer al fenómeno. Muchos inocentes murieron, defensores leales, chivos expiatorios voluntarios. También los tipos duros tuvieron sus bajas; espías desaparecidos; delincuentes muertos entre escombros agusanados; militares abatidos por viscosidades lacerantes; policías envenenados con aguijones de locura; médiums y brujos enloquecidos por grotescas pesadillas acerca de larvas descomunales y colmenas infinitas. Los diarios del país, principalmente amarillistas, no se cansaban de publicar notas nefastas acompañadas de fotografías que, debido a la mala calidad, hacían parecer a Bicho como un Pie Grande entrevisto en el bosque. Yo lo conocí el invierno pasado. Aquella noche, luego de tomarme unas copas en La Abeja Feliz, las cosquillas del alcohol me hicieron seguirle los pasos a una rubia que me había prometido amor a buen precio. Sus piernas me llevaron a una esquina desolada donde descubrí la trampa. La rubia silbó en clave e inmediatamente me rodeó un grupo de pandilleros. Di media vuelta para echar a correr pero un zapato del catorce se estrelló contra mi estómago, dejándome tendido en el asfalto. Antes de recibir lo que con toda seguridad hubiera sido la golpiza de mi vida, algo raro sucedió. Uno a uno, los pandilleros fueron cayendo sin motivo aparente, entre ellos la rubia. Murieron escupiendo espumarajos fosforescentes, de los cuales emergieron efímeras luciérnagas. Cuando me puse en pie, miré un hombre perderse en las sombras de aquel barrio violento. A partir de las calles Madero y Salman podías considerarte muerto. Allí eras blanco fácil de atracadores, sicópatas, violadores y un extenso etcétera de malnacidos. Tu cuerpo e integridad completa se convertía en pudín de alimañas. De alguna extraña manera yo sabía que nada me ocurriría, pues momentos atrás había sido rescatado por el mismísimo Bicho. Un perro desollado, pendiendo de una cuerda, fue mi primera advertencia. Con lo que me encontré después bastó para que devolviera el whisky de La Abeja Feliz y las albóndigas de la tarde. De haberse tratado de una historieta, las imágenes habrían estado repletas de onomatopeyas pegajosas y susurrantes, con trazos sucios de pulso fuerte. Lo que sin dudad constituía un estrecho y largo callejón en


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el pasado, ahora semejaba un túnel de inframundo. El hedor malsano lagrimeaba los ojos y producía cosquilleos desagradables en la nariz. Un techo orgánico, formado de tejidos púrpuras enmarañados impedía la entrada de la luz lunar. Las paredes estaban tapizadas de protuberancias carnosas, mezclas de cadáveres de ratas, gatos y restos humanos. Cientos de gusanos, grandes como pepinos, reptaban en aquel festín. Aunque sobrecogido por la impresión del entorno, mi cerebro abrió un espacio para notar la ausencia de moscas. No había una sola de éstas en el lugar, a pesar de la podredumbre. Una que otra cucaracha sí, pero de moscas nada, era increíble. Las sustancias inclasificables regadas se me habían embarrado hasta los tobillos. La fijación mórbida por conocer cara a cara al famoso personaje me condujeron a un segundo callejón aún más retorcido. La exagerada cantidad de cuerpos diseminados allí me provocaron, hasta entonces, un razonamiento claro de la situación: ya no cabía la posibilidad de escapar. De cualquier manera lo intenté, y al querer huir buscando una salida, quedé atrapado en una enorme especie de telaraña. Mis forcejeos resultaron inútiles. Mi envalentonada estupidez se desvaneció de súbito, dando paso al terror de la desesperación. Comencé a gritar. Sólo guardé silencio cuando apareció la silueta andrajosa de un hombre delgado cubierto con una capucha. Utilizó pocas y precisas palabras para insultarme. La voz pertenecía a alguien muy joven; no obstante, la calma y determinación segura al hablar helaba la sangre, era el tono de quien se sabe dueño de alguna clase de poder. Bicho. Horas después me liberó, una vez que se hubo convencido de mi sincero arrepentimiento. Recibiendo el calor de la fogata improvisada en un bote metálico de basura, conversamos hasta el amanecer. Me contó su historia, la cual, como el lector sabe, vertí en mi libro Bicho: ¿amenaza o salvación? Decidí ser su escudero, heraldo, informante, negociador. Gané su confianza y amistad. Combatí a su lado en las calles, hicimos justicia allí donde la ley no posa la mirada, burlamos mil veces al ejército, mandamos al manicomio a unos cuantos testarudos, volamos caravanas de patrullas cada que estas se atrevían a pisar nuestros terrenos. Sí, ya míos también. Las tácticas invasivas de los perseguidores se tornaron constantes, desenfrenadas, inútiles. Como última estrategia recurrieron a los ataques químicos. Muertes en masa por intoxicación dentro de centros comerciales, malformaciones en personas por comida contaminada, radiactividad en los animales de las alcantarillas, todo con el afán de atrapar a Bicho,


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quien se sumió en depresivas cuestiones, sintiéndose culpable por los inocentes que caían, directa e indirectamente, debido a él. Para guardar las apariencias, la prensa le adjudicó los desastres a los terroristas. La ciudad completa era un coto de caza. Bicho empezaba a contarme de un viaje que siempre había querido realizar, en otro continente, un sitio en las montañas donde se podía estar en perfecto anonimato. Entonces yo tracé un plan. Debíamos poner fin a la guerra. Sólo la noche fue testigo de lo que hice. Llamando de un teléfono público, delaté la ubicación de Bicho. En menos de veinte minutos, grupos armados del gobierno invadieron el barrio, disparando contra cualquier forma en movimiento. Los aullidos de las sirenas y el ruido de los helicópteros sobrevolando la zona ahuyentaron a los pordioseros. Las explosiones de las granadas ocasionaron pequeños incendios que abrasaron callejones. Me mantuve oculto cuando cercaron a Bicho. Lo instaron a que se entregara. Desde luego no aceptó. Por primera vez lo tenían acorralado, pero al ver que era imposible apresarlo, abrieron fuego. Después de que cesaron los disparos, seguramente esperaban ver un cuerpo acribillado regando de sangre el piso. Lo que sucedió fue otra cosa. Bicho estalló en insectos de distintas especies, durante unos segundos volaron en círculos, presumiendo sus múltiples aspectos, colores y tamaños. Los zumbidos eran enloquecedores. Se formó una gran nube de alas membranosas, aguijones, antenas, patas fibrosas, y se elevó lentamente, con la cadencia de un globo aerostático, para luego perderse en el cielo nocturno. Al día siguiente, el rostro del presidente aparecía en todos los televisores de la ciudad, noticiero tras noticiero, informando el fin de “la terrible amenaza que por años cobró la vida de cientos y cientos de ciudadanos honrados y productivos. Todo ha terminado. El brazo fuerte de la Ley la captura y ejecución de David Ezequiel Gómez Ibarra, alias Robin Hood Volador, alias El insectoide, alias Niño Mosca, alias Santo Verde, alias Bicho.” Durante varias semanas se difamó el nombre de Bicho. Le inventaron una edad mayor a la que tenía, le crearon un infinito historial de crímenes y atentados en distintos países, lo relacionaron con la mafia china, con terroristas de Medio Oriente… Jamás mencionaron que para mucha gente, aquel joven de aptitudes especiales representaba un verdadero hacedor de justicia, una leyenda viviente, un héroe. Yo me encontraba satisfecho, pues el plan había dado resultado. La muerte simulada de Bicho. La noche de la emboscada, las balas de


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los grupos armados dieron en el objetivo, pero no lo dañaron, aunque ellos creyeron que sí, y dieron por hecho la aniquilación. En lo que a mí respecta, regresé a la vida rutinaria, a mis antiguos vicios y obligaciones, dándome el tiempo suficiente para escribir el libro que me catapultó a la fama. Lo detractores critican mi escritura (no los culpo) y me tildan de mentiroso. Les conviene creer eso, supongo. No me interesa qué piensen o imaginen. Mis ejemplares se siguen vendiendo como pan caliente, haciéndole honor a Bicho, y dicho sea de paso, permitiéndome visitar los bares y restaurantes más costosos. Los lectores se preguntaran a qué viene todo esto, si ya lo escribí antes. Pues viene a que hace unos días me visitó gente extraña, me interrogaron con malos modos y amenazas. Los corrí prometiéndoles una demanda millonaria. Y la mañana de ayer, recibí dos disparos en la pierna derecha mientras salía de mi casa. Pienso firmemente armar un buen escándalo en televisión, radio y cualquier medio para dar guerra. Ahora que soy influyente me es fácil conseguir el nombre de mis agresores. Por cierto, a Bicho no termina de gustarle el libro, dice que lo glorifico.


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NÉSTOR ROBLES (GUADALAJARA, JAL., 1985) Narrador, guionista y editor. Tijuanense de toda la vida. Lic. en Lengua y Literatura de Hispanoamérica (uabc). Diplomado en Producción Cinematográfica (cecbc). Becario del foeca en la categoría Jóvenes Creadores 2006-2007 y 2011-2012. Ha publicado reseñas, minificciones y cuentos en revistas locales como Magín —de la cual fue editor y corrector— y el proyecto Página por día, de Nortestación (2008), así como en la colección de Minibúks Temporada I: Ciencia ficción hecha en México (2009). Aparece en la antología Tijuana es su centro (Kodama, 2011). Siempre quiso ser astronauta pero se conforma tratando de entretener con historias y sobrevivir en el intento.


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—Aquí se entra a trabajar a las nueve de la mañana —aseguró el hombre casi calvo, casi puro hueso, sentado en la silla giratoria de piel, con sus brazos sobre el escritorio y los dedos entrelazados—. Me gusta la puntualidad. Ni un minuto menos ni un minuto más. Exagero, por supuesto, pero sabes a lo que me refiero. No me agrada que vengan corriendo con chorros de sudor escurriendo por la frente, ni que entren a mi oficina con pretextos absurdos. Como sabes vengo llegando y mi nombramiento no ha sido bien recibido, pero me da gusto que te hayas tomado la molestia de venir a esta entrevista, Federico. Desde que llegué no pensé en nadie más que en ti para dirigir buenos eventos literarios, que buena falta hacen a esta pinche ciudad, ¿no crees? Pero, bueno, olvidemos los protocolos y esas mamadas. Hablemos de cosas más interesantes. Cosas imprescindibles. Verás, también pensé en ti porque escribes. Tienes ya dos novelas agradables y sé que tienes una tercera en proceso. Debo admitir que tus historias anteriores me sorprendieron y me llenaron de vida, y muero por escuchar de qué trata esta tercera. —Pues, de entrada le agradezco que haya pensado en mí, señor, y le aseguro que trataré de llenar el puesto de una forma eficaz —Federico nunca se ha sentido tan pequeño en un oficina. —Okey, okey, estoy seguro de que lo harás. Ahora, cuéntame, por favor, tu historia. —Con el debido respeto que se merece, señor Núñez, en ese sentido soy un poco supersticioso. Verá, no me gusta contar la trama de mis 41 c


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novelas antes de ser publicadas porque siento que les cae la sal y ya no salen. Me pasó con un libro de cuentos que sigo sin publicar. —Mira, Federico, te voy a ser honesto. En este puesto necesito a un buen narrador. Y bueno, como ya lo has confirmado en tus primeras publicaciones, lo eres. Sin embargo, necesito escuchar esta nueva historia para saber que sigues manteniendo el toque y asegurarme que estoy tomando la decisión correcta. —Pero, señor, le pido que respete mi decisión… —Mira, cabrón, hagamos un trato —Núñez golpea la mesa con la palma de su mano derecha—. Cuéntame tu historia y tu libro de cuentos sale este mismo trimestre. ¿Cómo la ves? —Pues así cambia la cosa, señor Núñez. —Ándale, pues, así me gusta: dejaras de ser escritor —se burla entre dientes. —Pero ¿por qué no le platico mejor mis cuentos? —Insiste. —¡Porque no, Federico! Porque necesito la historia larga, ¿entiendes? Cuéntame de qué se trata tu puta novela —Núñez se levanta alterado. Su piel es blanquísima. Gotillas azules resbalan por la frente. —Pero es que no entiendo por qué la insistencia, señor, no tiene porque alterarse. ¿Está sudando? —Sí, Federico, estoy sudando. Además del pinche calor, tú me estás colmando la paciencia. Mira: sé que tienes broncas de evasión de impuestos. Cuéntame tu novela y no vuelves a pagarle ni un solo pinche peso al gobierno de lo que ganes. —¿En serio puede hacer eso? —En serio puedo hacer eso y más. —Ya, pues, chingue su madre. —Chingue su madre. Cuéntame: ya —Núñez se acomoda en su sillón de piel. —Bueno, por dónde empiezo… este, es que es una historia compleja, una historia muy experimental, narrado desde todos los puntos de vista: la primera, la segunda y la tercera, ¿no? Es la historia de dos amigos: un escritor y un doctor que se conocen desde la secundaria y se enamoran de la misma mujer. Entonces la historia está narrada desde sus tres puntos de vista para completar el difícil panorama que es la vida. Es una novela con toques eróticos en donde el threesome es constante. —¿Y qué más pasa? —Pregunta Núñez impaciente, con los ojos cerrados mientras da un larguísimo suspiro. Los suspiros incrementan de intensidad conforme la historia


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narrada por Federico avanza. Mientras Federico está embelesado contando su nueva novela pasa por alto la metamorfosis de Núñez, que parece excitado como si alguien le estuviera dando una deliciosa felación. Al punto del orgasmo, Federico interrumpe su novela. —Y por supuesto que no le voy a decir en qué termina, si no, no la va a comprar —Núñez abre los ojos. Son más redondos, más grandes: una niebla los habita—. ¿Se siente bien, señor Núñez? —No… —contesta mientras se levanta de su silla—. No me siento bien. De hecho, lo estaba disfrutando. Necesito saber el final. Dime el final, cabrón, en qué se termina. ¿Se va a morir? ¿Ella fue? ¡Dime! —Y este último grito es un chillido estático. Acto seguido, se planta frente al escritor y con una garra lo levanta del cuello. Federico patalea en el aire. Piensa que Núñez no se veía tan alto. Por lo menos no lo parecía. Ni tampoco que tuviera serios problemas de caries mientras sus fauces se abren acomodándose al grosor de su cráneo y es devorado de un sólo mordisco. Núñez deja caer el cuerpo inerte de la joven promesa literaria. Saborea la gelatinosa masa encefálica mientras respira agitado. Un último suspiro sin fondo. Sonríe. —Mta… una historia convencional con un final predecible. Buena por lo menos para unos días. No entiendo por qué un narrador no puede renovarse y resistirse a contar: para eso están. No entiendo. Nunca lo entenderé. 2 Esteban es un escritor emergente de veinticuatro años recién egresado de una licenciatura en letras. Comentarios como: ¿Y eso para qué es? ¿En qué vas a trabajar? ¿Vas a comer libros o qué?, son comunes desde que tomó la decisión de entrarle a la literatura. Yo quiero escribir, piensa, quiero escribir y vivir de lo que escribo. Asqueado de sus compañeros de generación se ha topado con la realidad de que en México no vives de lo que escribes si no eres parte de una pequeña mafia. Yo quiero ser un sicario de mentes, entonces, piensa: volar varios sesos con mis historias. Pero sus historias nada más han volado sesos de algunos jurados locales y no han trascendido. Por supuesto que no ha logrado publicar un libro. Su vida mejoró cuando, por recomendación, entró al departamento


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editorial del Centro de Estudios de la Línea y por un año hizo lo que le gustaba hacer y le pagaron por hacerlo: leer y corregir manuscritos. La crisis quiso que hubiera recorte de presupuesto y su cabeza fue la primera en caer. Desempleado de nuevo, endeudado hasta las nalgas esperando el prometido ascenso. Por eso cuando recibe un correo electrónico personalizado ni más ni menos que por el polémico Rogelio Núñez, director del Fondo de Sapiencia, citándolo para una entrevista de trabajo no dudó en confirmar el encuentro. Como requisitos indispensables pide que el postulado sea escritor con licenciatura y una novela publicada o —preferiblemente— inédita. Esteban Toribio se siente un Felipe Montero y tiene ganas de celebrar. —Ya estuvo, pues, no era la gran cosa —grita Esteban mientras se levanta a poner canciones a la rockola. Hay un disgusto general porque alguien puso a Paulina Rubio. A Esteban le toca ser el mesías y su dios se llama Bob Dylan. Un ¡Yeah! colectivo levanta los vasos a su salud y baja al compás de Like a Rolling Stone. —Pinche Esteban, no seas ojete —le reclama en broma un camarada de la universidad con el que bebe. —Es que es la neta. Tijuana no ha perdido a un gran narrador. Hay cosas mejores y adivinen a quién le va a tocar la chamba de promoverlos. —¡A ti, cabrón! ¡Salud! —A mí, cabrón. Mañana tengo la entrevista con Rogelio Núñez y, seguramente, a partir del lunes ya tenga mi nueva oficina y toda la madre. Qué pinche Federico ni qué Federico: Esteban, wey, Esteban, ¡a wuevo! —Wey, el cabrón tiene mérito, dale su reconocimiento. Su primera novela no tiene madre. —Bueno, sí, pero… pero ya, ¿no?, para qué invertir tiempo discutiendo qué le pasó, pues. A lo mejor se quiso perder porque se dio cuenta que es malo —risas lo celebran. —Yo creo que se fue para San Francisco, ya ves que siempre andaba alardeando que quería estar donde nació lo beat —otra voz opina. —Pues ya ven lo que salió en El Fronterizo, que es un probable secuestro y nada más esperan la llamada pidiendo rescate. —Sí, cabrones, no duden que al rato lo vayan a encontrar descabezado por el Río. De una mesa contigua se levanta una mujer altísima y prodigiosa.


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Se coloca detrás de Esteban. Los compañeros callan. Le levantan las cejas en señal de advertencia. Carraspeos. Esteban voltea y se topa con un par de pechos monumentales. —Hola, hola. Esteban: un gustazo conocerlas a las dos. ¿No se quieren sentar? La mujer le da una bofetada, haciéndolo caer hacia atrás sobre la silla y derramar el vaso en el pecho: —¿Qué pedo? —Alcanza a balbucear mientras cae. —¿Se están divirtiendo, hijos de la chingada? —La neta, sí —dice Esteban mientras se levanta—, hasta que llegaron tu amigotas, pinche Roxana. A todo esto, ¿qué te traes? —Federico Morelos era un buen hombre… es un buen hombre. Donde quiera que esté no se merece que estén jugando con su desaparición. Les pido más respeto. —¿A poco daba tan buenos jales para que te pares a defenderlo? —¿Qué? Pinche puerco. Cuídate. —¿Qué, qué? ¿Me estás amenazando? —No, en serio: cuídate. La última vez que lo vi fue la mañana que desapareció. Tenía una entrevista de trabajo. —Bueno, pues bien por él, a lo mejor lo consiguió y la condición era irse del país o no sé qué chingados. Lo que sea me viene valiendo pito. —Era con Núñez, del Fondo de Sapiencia. La mesa se queda muda. Hasta Dylan se calla. Por un breve momento Esteban medita lo que acaba de escuchar. —A lo mejor no le dieron el puesto y se aventó al Río… —No tienes remedio, Esteban: eres un pinche morrito de cinco años. Con permiso. Cuando apenas Esteban se sienta y bebe un sorbo directo de la caguama, Roxana le grita desde la puerta: —Ah, y sí, maricón, sus jales eran para Guiness, no como los tuyos, pinche borracho pendejo. Las carcajadas de los presentes atacan a Esteban, quien durante la noche se dedica a beber en silencio, escuchando y tolerando cualquier porquería de la rockola. En el camino de regreso a casa, Esteban se duerme y sueña que una bola gigante de piedra que lo sigue mientras conduce por la Vía Rápida. Llega a casa a las tres de la madrugada y se duerme sin desvestirse ni quitarse los zapatos. Luego sueña que se sienta en un sillón giratorio de piel y lo hace girar, y gira y gira y gira, y no lo puede detener.


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3 —Pásale, Esteban, bienvenido. Ponte cómodo. —Buenos días, señor Núñez. Gracias. —¿Cómo estás? —Bien, bien, señor, ¿y usted? —Un poco cansado, Esteban. Verás, toda la semana he tenido entrevistas y nomás no encontramos al indicado. Espero que tú seas el bueno. —Yo también. —Dice aquí que has tenidos varias lecturas en festivales, fuiste corrector de estilo y… ah, sí, lo más importante: una novela inédita. Cuéntame. —Sí. Se llama Bestias en revolución. La escribí durante la beca estatal, hace como tres años pero no me ha convencido. Sigo apretando tuercas. —Ah, sí, típico, ¿no? La primera novela que nunca está lista para soltarse a la primera, sí. ¿De qué trata? Me encanta el título: promete mucho. ¿Es una historia de horror?, ¿una novela policíaca o de aventuras? Cuéntamela, Esteban. Estoy muy interesado. —Bueno, es que la trama es un poco larga y compleja. ¿Tiene tiempo? —No, Esteban, no tengo tiempo. Es lo que menos tengo y para eso necesito que me cuentes. Quiero decir que seas conciso: inicio, desarrollo y desenlace. Así de fácil. —Eso es muy cierto: el tiempo es lo que nos hace falta. —No tienes idea. —Es una novela de horror ubicada en Tijuana. Es una historia de mujeres lobos que se convierten cuando tienen un orgasmo. Estas morras son teiboleras, ¿no? La maldición la trajo una que vino de un pueblo sureño ficticio, pero eso no se sabe hasta el final. ¿Se siente bien, señor Núñez? —Sí, sí, sí. Sigue, sigue. —¿Está sudando? —No, Esteban, continúa. —¿Le duele la cabeza? —No, Esteban, continúa. —¿Lo estoy aburriendo? —¡No…! —Núñez abre los ojos y casi están nublados por completo. Respira agitado—. Esteban, por favor: necesito que sigas narrando. —Bueno, Bestias en revolución es al mismo tiempo una novela negra.


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La trama sigue a un policía que investiga la aparición de los cuerpos de hombres desnudos en los bares y tables de la avenida Revolución. Paralelamente hay una mujer coprotagonista que se ve obligada a bailar para pagarse la universidad. Ella se infecta. ¿Está seguro que quiere que continúe? —¡Sí! —Núñez se levanta: más flaco, más arrugado, más alto—.¿Este detective y esta mujer se conocen? ¿Cuál es su relación? —Este… sí, se conocen eventualmente. Se enamoran pero no pueden estar juntos, por lo menos ella no quiere porque sabe que cuando se venga se lo va a chingar. —¿Y qué pasa al final? ¿Sí se lo chinga? —No… bueno, en la última parte están cogiendo bien y bonito hasta que ella se viene y se convierte en loba, pero el policía se la hecha antes de que se lo chingue. Luego se mata porque se dan cuenta de que está infectado. No se convierte pero puede infectar a otras morras. En fin, es una alegoría de las enfermedades venéreas, ¿no? En total son como cien páginas. No es mucho. Núñez se sienta lentamente. Respira agitado. Sus ojos recuperan el color normal. —¿Se siente bien, señor Núñez? —Muy bien, Esteban, muy bien. Gracias por compartir tu historia. Espera la llamada de mi secretaria. —¿Es todo? —Es todo. —Pero no me va a entrevistar. —Lo acabo de hacer, Esteban, gracias. Tengo más citas esperando. Conoces la salida. Gracias por compartir tu tiempo—. Esteban confundido. Rogelio sonríe. Esteban sale del Fondo de Sapiencia con dolor de cabeza. Hasta el sol le molesta. Siente cruda. Vomita. Recibe una llamada: una invitación a salir de peda. No, gracias, dice, hoy no, me siento mal, terrible. ¿Cómo te fue en la entrevista?, le preguntan. Bien, supongo, quedaron en llamarme. Uy, es mala señal. Bueno, te cuidas. Descansa, Esteban. Esteban llega directo a su cuarto. Duerme. Nada más se levanta a orinar y vomitar. Luego ya no puede conciliar el descanso. Entre sueños escucha una risa. Los ojos nublados de Rogelio Núñez lo acechan como el ojo de Sauron. Durante las siguientes semanas la pasa en la cama. La fiebre se apodera de su cuerpo y no lo deja levantarse. Un par de amigos lo visitan


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pero Esteban se queda dormido fácilmente en medio de las pláticas incoherentes. Al igual, Esteban trata de escribir pero le salen historias sin sentido, palabras con faltas ortográficas. Se queda idiotizado viendo la pantalla y los ojos de Núñez lo siguen acechando. Le parece verlos entre las letras, que parecen escribirse solas, y le dicen “Necesitas un trabajo”. El joven decide darse un regaderazo. El agua lo altera. Se da topes contra la pared hasta quebrar unos azulejos. La sangre se mezcla con el agua y forman un remolino rojo que desaparece por el desagüe. Se desmaya. La casera lo encuentra moribundo. Despierta en cama. Un vendaje alrededor de la cabeza. Ya no siente tanta fiebre. Se levanta. Sale al patio a fumar un cigarrillo. Se queda viendo la puesta del sol. Mi nombre es Esteban Toribio, se dice, y soy escritor. No tengo inspiración. Necesito tiempo. Tal vez un empleo me distraiga. Necesito pagar la renta. Tengo que llamarle a Núñez. 4. Una nota encontrada en el blog de un narrador ¿Qué está pasando con la literatura mexicana? ¿A dónde se han ido nuestros cuentistas y nuestros novelistas? Hay sobrepoblación de poetas. Lo peor de todo: poetas malos. Un amigo me dice que para ser poeta se necesita ser viejo y sabio. Pero ser viejo no es garantía. Sabio tampoco. Igualmente llama la atención la desaparición de tantos escritores. Los rumores dicen que se han autoexiliado y publican bajo el anonimato en algún lugar de Sudamérica o Europa. No lo creo. Alguien se está deshaciendo de ellos: su nombre es Rogelio Núñez. No es coincidencia que desde que ocupa la silla del Fondo de Sapiencia el primer escritor muerto haya aparecido en el Río. Así sucesivamente, a lo largo del año de su servicio en Tijuana, más de sesenta escritores han aparecido en el mismo lugar y con la misma marca: descabezados. ¿En dónde están sus cabezas? No es posible que crímenes así continúen ocurriendo y sigan impunes. Si tú que estás leyendo esto conoces al culpable o, ya ni la chingas, tú eres el culpable, tengo un mensaje para ti: detente o desaparece. Tres comentarios de la entrada Mandíbulas escribió: No mames. Le están haciendo un favor a la ciudad: pinches mamadores del presupuesto estatal. Síganselos echando. Caradepapa escribió: Juarjuarjuar, eso es todo, pinche mandíbulas, que se los chinguen a los cabrones.


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Anónimo escribió: Narradores críticos como tú son los que se necesitan en el Fondo de Sapiencia. ¿Por qué no te das una vuelta? Tienen vacantes. Lleva currículum. Una buena trama para novela es indispensable. 5 Esteban Toribio decide regresar. Siente la necesidad de un trabajo urgente. Si debe pedir de rodillas, lo hará. Entra a la oficina de Núñez, éste lo recuerda al instante. —Esteban, pasa, qué gusto. ¿Qué se te ofrece? —Nada. Sólo vengo a preguntar qué sucedió con la vacante del año pasado. —Uy, pues fíjate que se lo dimos a otra persona. ¿No te llegó el correo? —No, señor. —Puta, qué lástima. ¿Y… qué puedo hacer por ti? —Necesito trabajo, señor Núñez. ¿De casualidad tiene alguna vacante? —Ahora que lo preguntas, sí. —¿De verdad? —De verdad, Esteban. Pero cuéntame, cómo va tu novela. ¿Ya la terminaste? —No, señor, no la he terminado. —¿Y eso? —No he tenido tiempo de escribir. He estado enfermo. Necesité reposo. —Oh, me apena escuchar eso. Y tienes alguna otra historia en mente. Me encantaría escucharla. —Señor… no tengo nada ahorita. No se me ocurre nada. —Qué pasó, Esteban, ¿tan difícil es? —No se me ocurre nada. —Qué lástima. Talento desperdiciado. Eres otro pinche pendejete que se cree con habilidad de narrar. Narrar no es fácil, querido Esteban. Se necesita una maestría para hacerlo. Tu caso es muy triste. Vete, ándale, ponte a vender chicles, lavar carros o escupir fuego: no tienes talento. No me sirves. —Señor, necesito algún trabajo decente. Lo que sea. Me acaba de decir que tiene algo. —Pues sí: necesito a alguien que se encargue de barrer y recoger


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todo el desmadrito que dejan en las presentaciones. Muy educaditos todos pero pinche marranero dejan. —Suena interesante, señor. —Te advierto: no hay paga. Te voy a dar unos bonos para que comas, pero no hay paga. —¿Y cómo voy a pagar los gastos de casa? —Si quieres puedes venirte a vivir en el cuarto de limpieza de la azotea. —De acuerdo, señor. —Bueno, ve con el jefe de intendencia y dile que te dé una escoba. —Claro, señor, claro. —Una cosa más, Esteban. —Lo que sea, maestro. —En esta carpeta hay una lista con foto de algunos narradores. Tu misión es sencilla. Necesito que cuando localices a uno en los alrededores lo mandes conmigo. Diles que les tengo una propuesta de publicación. —Muy bien, maestro. Lo haré. —Gracias, Esteban. Pórtate bien. Si cumples puede haber un ascenso. Esteban sale. Rogelio serio, sonriente, se lame los labios. 6 Tener conciencia de que tienes poder te corrompe. Eso le pasó a Esteban. Después de un par de meses de llevarle narradores a Rogelio, se decidió que podía ser parte de su guardia privada. Regelio tiene muchos enemigos y debe cuidar su pellejo ancestral. Esteban acepta gustoso. Con el correr de las puestas de sol olvida que alguna vez quiso escribir. Esteban agrede. Le encanta usar su macana, dejar moretones, romper quijadas. Esteban abusa. Lo hace porque tiene hambre. La lista que recibió de Rogelio casi está completa. Algunos de ellos entraron y salieron por la puerta de la oficina. De otros ya no se supo nada. Lo que en Esteban sigue despierto es la semilla de la curiosidad. Por eso, cuando esta noche se encuentra con Roxana Solís en la librería del Fondo de Sapiencia, recuerda aquella noche, meses atrás, que lo llamó maricón. Al mismo tiempo trata de recordar la última vez que despertó a lado de ella u otra mujer. Sus ojos se pierden en la abertura del escote


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de Roxana. Vuelve a sentir esa cosquilla en el escroto. Y no evita invitarla a pasar a la oficina de Núñez. Tiene una oferta de publicación para ti, Roxana. Ella se sorprende. ¿Qué te pasó, pinche Esteban? Esteban se mira por primera vez en el reflejo del aparador: más flaco, más calvo, más jorobado, dientes amarillosos. Cuando voltea, Roxana ya no está. Alcanza a verla bajar hacia el sótano, en donde Núñez quiso remodelar su oficina. La sigue. A estas horas no hay nadie deambulando por el inframundo. El pasillo está oscuro, salvo por la tenue luz que se cuela por la puerta a medio cerrar dela oficina de Núñez. Se detiene ahí minutos que siente como horas. Alcanza a escuchar la voz de Roxana y Núñez. Cuéntame tu novela, le pide el jefe. Roxana le cuenta una historia. Esteban recuerda que él también tenía historias. La de Roxana es aburrida y cursi. No le cuesta nada decir el final, no tiene chiste, pero aún así se niega. Esteban sale del trance cuando escucha un grito. Se apresura a la puerta y es testigo de la decapitación por las fauces de Núñez. Entonces recuerda esos ojos negros. Esas garras. Esos colmillos. Esteban huye. Sube a su cuarto de la azotea. Por primera vez se da cuenta de que es un chiquero en donde la mezcla de excremento, orines y sobras de comida echada a perder se unen para hacer un festival de perdición. Esteban vomita. Esteban quería a Roxana. La amó, hasta que lo dejó por Federico. Esteban necesita ponerle fin a esta historia. 7 —Adelante. —Buenas noches, señor Núñez. La oficina está casi en penumbras. El señor Núñez gira lentamente en su silla de piel. —Buenas noches, Esteban. ¿Qué haces aquí tan tarde? —Siento molestarlo, pero es urgente. —Esteban, muchacho, sabes que si no se trata sobre noticias de las personas que están en la lista que te di, hablar contigo no es nada urgente. —Lo siento, señor, pero es que se me ocurrió una historia. —¿Una historia? ¿De verdad? ¿Cómo? —Me vino de repente, señor, por algo que acabo de ver. Está basado en hechos reales —un largo silencio se divide en las miradas de Rogelio y Esteban. Un manchón de sangre es visible en la camisa del jefe.


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—Basado en la realidad, ¿eh? Una historia. Bueno. Siendo así, cuéntame, ya sabes que una publicación siempre se puede arreglar. —Bueno. Esta es la historia de un escritor emergente que recibe un correo electrónico con una oferta de trabajo. La acepta gozoso. El entrevistador resulta ser un viejo monstruo que le pide le cuente su novela. Lo hace con todos. Los que cuentan sus historias salen pero ya no pueden escribir. Los que no cuentan la historia son devorados. Rogelio ni se inmuta: —Interesante. Muy original. ¿Y en qué termina? —Todavía tengo ciertas dudas de por qué le encanta escuchar historias, pero de una cosa sí estoy seguro. —¿De qué? —Reclama Rogelio mientras se levanta, da vuelta al escritorio para posarse enfrente del empequeñecido escritor. —No tengo por qué contárselo. Es de mala suerte contar el final sin haberla publicado. —No se puede quedar así, Esteban. Toda historia necesita un final. Dímelo o de todos modos lo sabré. —Bueno. Es un final inesperado: el entrevistador se muere. Rogelio se carcajea. Su risa se va distorsionando hasta formarse un seseo de canal de televisión sin señal. Esteban lo resiste. —Ese final no me gusta. No me convence. Dime otro más interesante. Atrévete a innovar. ¿Qué les pasa a los narradores de tu generación? ¿Qué tanta mierda de televisión, facebook y twitter y demás pendejaditas del Internet les ha frito la cabeza? —Se aparece una nave espacial. —¿Una nave espacial? ¿Y qué pasa? —Es final sorpresa. Rogelio se encorva y sus extremidades se han vuelto huesos largos, cubiertos de escamas. Su rostro ahuevado. Su boca enorme, varias hileras de dientes. La garra de Rogelio lo levanta del cuello. Le huele el interior del oído. Lo prueba con la lengua picuda, lo saborea. —Hay algo allí… algo impredecible —sus fauces se abren del tamaño del grosor del cráneo de Esteban y a punto de devorarlo se escucha unos golpes en la puerta. —Rogelio, ¿se puede? —pregunta la voz de una mujer. El monstruo regresa su hocico a su estado natural y voltea hacia la puerta. Esteban aprovecha la distracción y con su macana asesta un golpe certero en la mandíbula, haciéndolo caer y emitir un chillido de dolor. La puerta se abre. Entra la mujer. Rogelio inconsciente en el piso. Un


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chorro de líquido azuloso se resbala del hocico. Ella corre hacia Núñez. —No te acerques, es peligroso —advierte Esteban. Luego la reconoce. Es Elena Alamar, la famosa editora. —Estará bien. —Tenemos que matarlo —Esteban se levanta, toma su arma y a punto de dar el golpe de gracia en la testa de la criatura, Elena lo detiene con gran destreza. Le arrebata el arma. Le da manotazo en el pecho, lanzándolo hacia la pared. —No entiendes nada. No tienes derecho. —¿Qué traes? Este culero descabeza escritores. Tenemos que destruirlo. —Sólo necesita historias. ¿Es mucho pedir? Necesita escuchar buenas historias. Si se niegan a compartirlas tenemos que hacer lo que tenemos que hacer para seguir vivos. Seguir en este espacio. Nos gusta la banalidad de esta dimensión. —¿Historias? —Sí, simples y llanas historias. ¿Quieres escuchar una? Existen seres que se mueven entre dimensiones, universos paralelos o como los quieras llamar. ¿A poco crees que en la que vives es la única? —Elena continúa mientras se desnuda a paso de gato—. Todos se alimentan de diferentes energías. Unos del odio, de la venganza. Otros del amor, de los orgasmos: como yo. El que se apoderó de Rogelio se alimenta de historias. Fue el primero en traspasar el portal. Recibió una frecuencia proveniente de una leyenda que contaba un chamán yoreme a su comunidad. Era una buena historia, una historia sobre la creación del universo. No dudó en apoderarse del cuerpo de un joven indio. Ellos sí eran buenos narradores. Ahora están casi extintos, como muchos de nosotros. No queda más que tomar los puestos culturales para tener acercamiento a los pocos narradores en la faz de esta dimensión y sus placeres. Es lo que mantiene el equilibrio. Nos estamos muriendo, Esteban. Nos estamos desvaneciendo. Y ya sabes lo que dice la canción: que es mejor quemarse que desvanecerse. Entonces qué: ¿tienes una buena historia que contar? Narra ahora o calla para siempre. Elena totalmente en cueros se monta sobre Esteban. Lo besa. Lo posee mientras cambia de forma: se vuelve más larga, más alta, más delgada, más huesuda, más escama: más salvaje.


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8 De Esteban no queda más que un cuerpo sin cabeza y sin verga. Lo encuentran en el Río, envuelto en un cobertor. Sólo se publica una nota en la sección roja. Se menciona que fue escritor y que se ha sumado a la larga lista de descabezados sin resolver. También que pudo estar indirectamente vinculado a los ajustes de cuenta entre mafias culturosas de la ciudad. Coda Manuel Ortega es un escritor emergente de 19 años al que se le acaba de ocurrir una idea para su primera novela: una historia de horror basado en los descabezados. Desde la mañana teclea la trama pero es interrumpido por un mensaje en su bandeja de entrada del Facebook: una oferta de trabajo del Fondo de Sapiencia. Hoy es mi día de suerte, publica en su muro mientras sale con destino a la entrevista. Lo recibe el mismísimo Rogelio Núñez. El mismo pero con una quijada desviada, cubierta de gasas que denotan un líquido azuloso. —Cuéntame una historia —balbucea. —Precisamente hoy se me ocurrió una. Pero creo que es muy larga y compleja. —No te preocupes, Manuel. Tengo tiempo. Pero eso sí: nada de secretos en la trama. Manuel comienza a narrar. Rogelio cierra los ojos. Se lame los labios. Suspira. Siempre hay tiempo para una buena historia.


Has sobrevivido los

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SOBRE EL LOBO Y EL CORDERO El Lobo y el Cordero es una editorial independiente de ediciones digitales e impresión bajo demanda especializada en la narrativa gráfica, de horror y ciencia ficción.

Sobre la ilustradora (portada)

SOBRE la ilustradora (interiores)

Denisse Josefina Sánchez Erosa (Mérida, Yucatán, 1982) estudió antropología en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán, y actualmente cursa la Licenciatura en Literatura Latinoamericana en la misma casa de estudios. De formación autodidácta, ha colaborado en diversos proyectos colectivos multidisciplinarios, siempre en aras de la experimentación.

Tala Wakanda es artista e ilustradora sioux que actualmente reside en México. Su arte, inspirado en el folklore y la mitología nativo americana, refleja su amor por los bosques y las montañas, en donde ha encontrado un santuario y refugio contra el caos de la ciudad. Ha publicado en varias revistas de arte como Kya (2010), Arca (2010), y Kodama Kartonera (2011). Tala ha ilustrado varios libros para niños y actualmente ofrece retratros personalizados en Etsy (http://www.etsy.com/shop/ TalaWakanda).

SOBRE EL EDITOR Néstor Robles es narrador, guionista y editor. Tijuanense de toda la vida. Lic. en Lengua y Literatura de Hispanoamérica (UABC). Diplomado en Producción Cinematográfica (CECBC). Becario del FOECA en la categoría Jóvenes Creadores 2006-2007. Ha publicado reseñas, minificciones y cuentos en revistas locales como Magín —de la cual fue editor y corrector— y el proyecto Página por día, de Nortestación (2008), así como en la colección de Minibúks Temporada I: Ciencia ficción hecha en México (2009). Aparece en la antología Tijuana es su centro (Kodama, 2011). Actualmente es custodio de libros y guardián del silencio en Cetys Tijuana y desarrolla el proyecto Departamento de monstruos perdidos, auspiciado por el PECDA 2011-2012. Siempre quiso ser astronauta pero se conforma tratando de entretener con historias y sobrevivir en el intento.

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Cuadernos de sangre Antología de cuento de horror bajacaliforniano, vol. 3, de Néstor Robles (comp. y edit.) se editó en noviembre de 2011 y se dispusó para su descarga en mayo de 2012 en http://cuadernosdesangre.blogspot.com bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 México.

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Cuadernos de sangre, vol. 3  

Volumen III Antología de cuento de horror bajacaliforniano E l l o bo y el Co r d ero

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