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El árbol de la noche triste La culpa de todo la tuvo el ser humano por su incapacidad para sostener en sus manos algo frágil sin romperlo; de todas formas yo nunca pensé que la vida de una persona pudiera cambiar en una sola noche. Pero yo soy la prueba de eso, y aunque ya no puedo transmitir estas palabras por un medio físico, se las contaré al bosque, para que algún día, si ella quiere, alguien escuche el relato de lo ocurrido aquella noche a las afueras de la llamada Tenochtitlan; capital del imperio Azteca. Yo me había hecho a la mar por una deuda de juego, y para saldarla se me daba la oportunidad de servir al mando de una de las falanges de caballería de Hernán Cortés. No nos costó mucho conquistar el basto imperio Azteca, pues los indígenas eran unos salvajes harapientos sin cultura ni ninguna ventaja en el arte de la guerra, sin pólvora, ni espadas, ni bestias de trabajo; por lo que la mayoría terminaría siendo vendida como mercancía a las plantaciones. El único problema era un cada vez menos numeroso de “hablantes de los árboles” según ellos se denominaban. Una noche, hastiado de la capital, salí a cabalgar por el bosque y a no mucho tardar este me tragó de forma que perdí el sentido de la orientación; después de haberlo recorrido durante un tiempo incontable salí de repente a una explanada en la que pude ver tres enormes árboles blancos y secos formando un triangulo, y en el centro, una menuda figura que cantaba. Descabalgué y me acerqué a ella para escuchar la canción, pero cuando estuve lo suficientemente cerca como para comprender la letra, entendí lo que estábamos haciendo desde un punto de vista diferente del mío, pude ver con claridad la lista de crímenes horribles que había cometido y me sentí asqueado de mí mismo. Sentí como toda la esperanza de mi alma se esfumaba ante la aterradora verdad y como una silenciosa lágrima rodaba por mi mejilla; esas palabras han quedado gravadas a fuego en mi alma.


Entonces, cuando la canción llegó a su fin, ella se giró hacia mí, pero en vez de temerme u odiarme como cabría esperar, pude ver en sus ojos un sentimiento cálido de confianza, leí tristeza, comprensión, culpabilidad, y, con su mirada clavada en mí, noté como mis rodillas cedían bajo el peso de las acciones cometidas; en ese momento, ella se acercó y me abrazó con fuerza, consolando mi tristeza. Apoyé la cabeza en su hombro mientras ríos de dolor brotaban de mi interior. -No te preocupes – susurró con suavidad en mi oído – Gaïa 1 te ha perdonado tus crímenes porque sabe que buscas redención por tus actos Permanecimos abrazados, inmóviles, durante parte de la noche bajo la indulgente mirada de la Luna y en compañía de los tres gigantescos árboles blancos, que bajo su efecto relucían mágicamente. Ella me contó la historia de su pueblo, del respeto que tenían a la tierra, su madre, y la de esta, de cómo creó el mundo y dio vida a todo; me explicó que solo ella tiene el poder de dar y quitar la vida, y que nosotros la estábamos usurpando con la matanza sin sentido que estaba sucediendo. Ella me reveló el daño que causábamos a la Gran Madre con nuestra conducta. A medida que Alma iba hablando (deben saber que ese no era su verdadero nombre, pero ella había renunciado a él cuando pasó a ser “el alma del bosque”) podía notar de forma tangible como la soledad de mi espíritu disminuía, y como mi propia alma se elevaba ligera. Así fue como nos encontraron la aurora y los soldados de Cortés, abrazados en el centro del triángulo de blancos árboles; y así fue como también nos encontró la muerte, con la cara vestida de acero y el sonido de un disparo que atravesó nuestros corazones, que ante su llagada, solo supieron suspirar y dar las gracias a la Madre Tierra que nos acogería en su seno una vez más y para siempre. FIN


1 GaĂŻa: (Pachamama) nombre con el que se designaba a la Tierra en la zona de AmĂŠrica del Sur. Algunos pueblos indĂ­genas la reverenciaban como a una deidad.

el arbol de la noche triste  

pequeña pero preciosa historia

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