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Relato

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Escrito en las estrellas Por; Maria Catalina Jimenez

Estábamos destinados a estar juntos. Estaba escrito en las estrellas, en la arena y en cada historia de amor que existía. Pero nos encontramos demasiado pronto. Pasamos la infancia juntos. Solíamos festejar nuestros cumpleaños el mismo día, inclusive llevábamos la misma mochila al colegio. Toda nuestra vida estaba entrelazada en un gran embrollo del cual era imposible salir. Tu casa era mi casa y mi casa era tu casa. Pasábamos los veranos en la casa de tus abuelos jugando entre los eucaliptos y cazando luciérnagas. Para cuando llegamos a la adolescencia ya nos conocíamos lo suficiente como para no enamorarnos. Pero lo hicimos de todas maneras y ese fue nuestro error. A veces es mejor no conocer a la otra persona. Esa es la magia del amor ¿No? Ir conociéndose de a poco, detalle a detalle, y entre sonrisas enamorarse. Nosotros nos salteamos todo el protocolo. Un día nos levantamos y nos dimos cuenta de que ya no nos sentíamos de la misma manera. Simplemente sucedió. Recuerdo que me besaste bajo la casa del árbol en donde tantas veces nos habíamos escondido, tanto siendo niños como ya grandes cuando nos peleábamos con nuestros padres y sentíamos que el mundo era un lugar de lo más injusto. Las paredes de esa casa, construida por tus hermanos, estaba repleta de historias, recordaba todos los secretos que habíamos compartido. Me besaste en un arrebato de locura y valentía. Lanzaste tantos años de amistad al vacío con solo un roce de tus labios. Tu boca sabía a miel y libertad. Tus manos 40

me anclaron al suelo y detuvieron el tiempo. Las estrellas brillantes, sobre nosotros miraron para otro lado e intercambiaron sonrisas cómplices. El cielo es el guardián de los amantes y los finales trágicos. Te devolví el beso y me acercaste más a ti, saltándote así la poca distancia que todavía existía entre nosotros. A partir de ese beso el verano se convirtió en un torbellino de emociones y colores. Me llevaste al cine y luego caminamos por las calles sin rumbo fijo. Terminamos en la vieja pista de patinetas que estaba desierta y nos adueñamos de ella. Bailamos sin música. Yo con mis sandalias bajas, tú con tus zapatillas gastadas. No necesitábamos nada, solo a nosotros mismos y las estrellas, nuestras fieles compañeras. Esa noche yo llevaba un vestido azul con margaritas que flotaba a mí alrededor cada vez que me hacías girar. Y esa misma noche sentí que todo era posible, que inclusive las historias sobre princesas, besos y hadas madrinas podían no ser tan lejanas. Más tarde cansados nos acostamos sobre el duro cemento y nos dormimos. Mi mejilla sobre tu hombro, tu respiración haciéndome cosquillas. El verano avanzó veloz y lento, todo al mismo tiempo. Entre miradas y mensajes secretos que dejabas en mi ventana el tiempo nos jugó una trampa.

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Huellas de Tinta Septiembre2015  

Revista online de literatura juvenil

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