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niscencia rojiza. Faltaba poco, muy poco. En breve el Señor Oscuro reaccionaría de su letargo y podría reclamar su reinado sobre el plano terrenal sin que nadie le plantara frente. Sólo quedaba realizar la entrega. El sacrificio ocurriría de un momento a otro, en el momento mismo en que el cuerpo que oficiaría de hogar para el Demonio se posicionara en el centro del sello. Ya no habría retorno entonces… los sacerdotes lo sabían y se regocijaban ante la sola idea de ver el mundo consumido bajo el fuego de su Señor. Él continuaba corriendo. Había logrado acortar la distancia considerablemente y sólo le faltaban unos kilómetros para llegar a la antigua iglesia donde se realizaba el encantamiento. Sentía sabor a sangre en su boca, sabía que su cuerpo se movía absorto en su necesidad de salvar a aquella mujer, sin percibir siquiera los dolores propios del esfuerzo o la falta de oxígeno en los músculos que ya no podían exigirse más. A lo lejos, una luz comenzó a mostrarse con cautivador brillo. Sí, faltaba cada vez menos. Los sacerdotes se mantenían de pie, con los ojos cerrados, rogando por el regreso de aquel a quien llamaban su “Dios Rojo”. La oscura noche se cernía sobre ellos sin piedad, viéndose dominada sólo por el resplandor que emitía el sello mágico. Cuando el aire se tornó frío y la niebla comenzó a cubrir el lugar, el líder de los sacerdotes, cuya identidad se mantenía oculta bajo una exagerada capucha, dio un paso hacia el enfrente, acercándose al límite de piedra que había mandado a elaborar horas antes. Ya casi podía palparse en el aire la presencia demoníaca que tanto anhelaban todos los reunidos. El Demonio Rojo

llegaría pronto. De un momento a otro, despertaría su terror. La atmosfera se volvió densa y molesta, cubriendo su rostro y cabellos con una suave llovizna helada. La luz era más fuerte ahora y podía, inclusive, escuchar las plegarias de los sacerdotes. Sólo oía los rezos. No había llantos, ni súplicas. Ella no se dejaba sentir clamando auxilio. Se estremeció, pensando que había perdido toda oportunidad. Tal vez ya estaba muerta. Tal vez el sacrificio ya había ocurrido y sólo restaba esperar a que el Demonio despertara de este lado del universo. Preso de la furia, creyendo lo peor y sin detenerse a considerar ninguna otra posibilidad, se lanzó a la carrera directo hacia donde la luz nacía. Fue cuestión de un instante. Él atravesó la marca de piedra y se detuvo justo en el centro del círculo radiante. Sintió entonces que su cuerpo colapsaba. Pudo percibir cómo cada fibra de su organismo se desgarraba y destruía sin poder hacer nada para evitarlo. Cayó de rodillas y gruñó ante su incapacidad de llorar. La sed de muerte lo embargó entonces y no dudó en lanzarse sobre los presentes que lo observaban absortos de felicidad ante su temible presencia. No intentaron defenderse ni huir, tan sólo permitieron que tomara entre sus garras sus débiles cuerpos y los destrozara con un solo movimiento. Una voz suave y melodiosa llamó su atención: -Mi Señor… hemos esperado mucho tiempo por usted. El jefe de los sacerdotes estaba allí, inclinado con la capucha corrida hacia atrás, sonriéndole con fascinación. Él rugió, furioso y mortal. Un atisbo de su vida pasada reaccionó muy dentro suyo. Lo había engañado. Ella lo había manipulado y convencido contándole una mentira que jamás perdonaría y por la cual cobraría venganza sin pensarlo dos veces. Poco necesitó para comprender que ella nunca había estado en peligro. Él era el elegido para perder su vida y ganar una nueva existencia, colmada de poder y maldad. Ella no lo amaba, sólo lo había engatusado para alcanzar su cometido. Respiró profundo. Miró sus manos cubiertas de sangre y sonrió. La bestia había despertado. La bestia quería jugar a matar y nadie podría detenerla. Ahora él mandaba. No se detuvo a meditarlo… capturó a la sacerdotisa saltando sobre ella y apresándola con todas sus fuerzas. Con una lentitud enfermiza clavó sus zarpas en la suave piel de la mujer y comenzó a desgarrarla paulatinamente. Se sentía terriblemente delicioso. 51

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Huellas de Tinta: Septiembre 2012  

Número de Septiembre de la revista online de literatura juvenil Huellas de Tinta

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