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igual que Alice. —Bien…— Melina se unió al grupo mientras intentaba respirar tranquila— ¿Eso quiere decir que corremos riesgo de resultar contagiados por alguna enfermedad que hasta el momento no conocemos? Martin negó con la cabeza y apretó fuerte sus puños. —No. Parece ser que el recipiente que contenía la muestra estaba roto y… todos los que estuvieron en contacto con ese virus hasta hoy al amanecer ya están enfermos— explicó. Fruncí el ceño, confundido. —Desde el laboratorio en Capital, donde armaron el embalaje, pudieron demostrar que el virus sólo sobrevive dos días sin su ambiente. Un día de viaje y otro desde que llegó a la universidad: hoy a las 6 am se venció su plazo de vida— lloriqueó Joaquín. —Exacto— señaló Martín—. Todos los profesores de química del laboratorio, los guardas y alumnos que cursaron anoche, todos están… Nosotros estamos aquí por nuestra seguridad, puesto que no corremos riesgo aquí dentro. —Dicen que se propagará rápido— agregó Joaco—. No saben cómo detenerlo. Me estremecí. Melina intentaba consolar a Alice. Martin y Joaquín hablaban entre sí sobre lo que habían escuchado. Mientras, yo miraba por los ventanales al otro edificio, donde podían verse las sombras de diferentes personas. Caminaban encorvados

y hasta juraría que alcanzaba a notar laceraciones y úlceras en la piel oscura y enferma de esos extraños que no podía identificar. Era obvio que, tanto como nosotros estábamos recluidos, ellos también. Pero nosotros estábamos sanos y a salvo y ellos… —No pueden sentir nada— dijo Martin—. Han perdido la noción de todo, como si el virus hubiera devorado sus cerebros, no hablan coordinado ni son capaces de moverse con soltura. —Como Zombies— murmuré. —Igual que Zombies— replicó mi compañero. Cerré los ojos. No podíamos más que pensar en esos infelices que carecían de toda cura posible. De alguna manera, debíamos alegrarnos, pero resultaba imposible. Unos minutos antes, nos habíamos imaginado enfermos de algo desconocido. Ahora estábamos sanos, pero encerrados en un segundo piso, a la espera de saber qué sucedería afuera. Un ruido fuerte llamó nuestra atención y corrimos a la ventana. En el edificio de enfrente había mucho alboroto. Alguien había escapado. Alguien corría libre llevando consigo el virus. Los disparos se escucharon rápidamente. No dieron alcance a su blanco. Miré a los chicos y tan sólo atiné a sentarme en el suelo, junto a Joaquín, que se mantenía inmóvil. ¿Seríamos los últimos a salvo? ¿Había posibilidades para alguien más? Nada nos quedaba, más que esperar … 51

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Huellas de Tinta Octubre2015  

Revista online de literatura juvenil

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