Huellas de Tinta Noviembre 2016

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Reseñas

Henry James

Otra vuelta de tu Por Winter Mary

Autor Henry James Editorial: Penguin Clásicos Páginas: 384 Publicación 1898

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Recuerdo haber leído por primera vez Otra vuelta de tuerca a muy temprana edad. En mi memoria se dibujaban de manera difusa dos niños muy pequeños, un lago y un par de fantasmas. Creía que una relectura a esta altura de mi vida (no medida en años, sino en admiración y afición por la literatura clásica) me otorgaría un completo entendimiento de aquel relato, al que años atrás no supe darle un debido cierre. Mi equivocación resultó ser doble: en primer lugar, aquellos vagos recuerdos y sensaciones que aún quedaban en mí, no estaban completamente alejados de la realidad, ahora puedo dar cuenta que aquello eran huellas borrosas de una temprana interpretación y un análisis arbitrario al que fui lanzada en aquellos años. En segundo lugar, vale advertir que James está dispuesto a alterar la percepción y el entendimiento del lector al sembrar dudas y guardar su pluma antes de esclarecerlas. Nuestra historia cuyos fantasmas no asustan ni un poco, pero que logra ponernos los pelos de punta con el constante desvarío de los personajes, comienza cuando nuestra protagonista, una joven institutriz proveniente de una humilde familia, es contratada por un hombre adinerado para cuidar de sus sobrinos, quienes son huérfanos y viven en una suntuosa residencia en el campo, junto al resto de los empleados. La única condición que le impone es que no debe ser molestado bajo ningún pretexto. La joven, de la que nunca conoceremos el nombre, acepta el trabajo como un desafío, un reto personal que debe llevar a cabo. Una vez instalada en el lugar, traba amistad con el ama de llaves, de quien se volverá inseparable. Y ya que hablamos de fuertes vínculos, es necesario mencionar que el cariño y la protección que brinda la institutriz a Flora y Miles, los dos pequeños, tiende a volverse excesiva por momentos. Esta

situación empeora cuando la institutriz es testigo de una extraña aparición en la casa. Cuando se convence a sí misma que puede tratarse de un invasor ocasional, divisa un segundo espectro, ésta vez una mujer. Para su asombro, al describir ante el ama de llaves la apariencia física de estos dos seres, descubre que solían trabajar en la casa, hasta que ambos murieron en extrañas situaciones. Lo que sucederá de ahora en adelante, para sorpresa del lector, será la repentina reacción contradictoria de la institutriz, quien dejará de temer a los muertos, para velar por la seguridad de los vivos. Los niños se han vuelto su única motivación, lo cual podemos atestiguar dada la completa dedicación y devoción por su trabajo. En este punto, se generan dos situaciones: en primer lugar, la protagonista deduce que los fantasmas han vuelto a la casa para hacerle daño a los niños y cree que su tarea es impedir su contacto con ellos, por lo que la guardia estará en alta. Esta hipótesis mutará a la idea de que en realidad los espectros vienen a germinar una semilla de maldad en los niños, y que ellos se encuentran en predisposición ante la situación, pero lo ocultan, cree que los pequeños pueden ver sus siniestras presencias pero lo disimulan con un torbellino de dulzura e inocencia. El ambiente creado por James es magnífico, compuesto por elementos propios del estilo gótico que, aunque no provoque el horror y el espanto que el lector comúnmente espera cuando se promete una historia de fantasmas, convierte la atmósfera en cuna de un estremecimiento y turbación psicológica. La ambigüedad de la historia, dada por la singularidad del relato y la compleja construcción de los personajes, vuelan la cabeza de cualquier lector: una parte nuestra sigue el hilo a la protagonista, intentando, mu-


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