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RELATO

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A las diez de la mañana Por Gorelia Bernad Su escritorio siempre estaba lleno de papeles y expedientes. Se había acostumbrado a la sensación de estancamiento. Si en su bandeja de salida había diez trabajos terminados, en la de entradas había quince para hacer y una vez que terminaba esas quince, otras veinte habían ocupado su lugar. Era rutinario, aburrido y se sentía en un círculo vicioso al que sobrevivía por la sencilla razón de que necesitaba ese trabajo para poder comer y pagar el alquiler. Estaba tan aburrido de su tediosa tarea que por lo general necesitaba tres tazas de café para poder mantenerse despierto. Eran las diez en punto y volvía a su escritorio con el segundo café de la mañana cuando notó que en su canasta de entrada había un paquete abultado. Era uno de esos típicos paquetes plásticos de las empresas de envíos internacionales, lleno de códigos de barras y pepelitos pegados. La cosa en su interior era tan grande que le daba al paquete una forma de limón cubista. Puso a un lado todo lo demás que estaba haciendo. Acomodó su café en una esquina del escritorio sin notar que la cuchara bailó dentro de la taza, hasta quedar apuntando al paquete. Tomó el sobre acolchado, lo giró entre sus manos leyendo direcciones y números. No reco56

noció el remitente, pero su nombre estaba en el apartado del destinatario. Con unas tijeras cortó el sobre sin ninguna ceremonia y husmeó en su interior. No se dio cuenta que al dejar la tijera sobre el escritorio, varias chiches y clips fueron atraídas hacia las hojas de metal como si fueran un poderoso imán. Dentro del sobre acolchado con nylon de burbujas, había otro paquete. Antes de sacarlo, tomó el teléfono e intentó llamar a la sección de mensajería de la empresa. Demoró varios intentos en establecer la comunicación porque unos chirridos extraños interrumpían la línea. Exasperado por el retraso miró el reloj, seguía marcando las diez. Al fin alguien contestó. Preguntó quién había dejado un paquete para él. El otro empleado lo dejó en espera un par de minutos, mientras se escuchaba cómo revolvía papeles. Dijo que en sus registros no había ninguna entrega para él, pero que le iba a preguntar a sus chicos en cuanto volvieran todos a la oficina. Colgó el teléfono y se planteó si sacar o no el paquete del interior del sobre. Estaba a su nombre, así que no estaba haciendo nada malo. Perdía tiempo de trabajo por prestar atención a algo que

no eran sus papeles, pero no podía evitar sentir curiosidad. El reloj aún marcaba las diez, aunque el segundero seguía avanzando. Lo ignoró, al igual que a las bolas de pelusa que habían estado debajo de su escritorio y ahora se adherían a su pantalón como atraídas por electricidad estática. Sacó el contenido del sobre y lo puso frente a él en su escritorio. Era otro paquete, envuelto en papel negro mate. Su textura era muy suave y satinada. Tenía la forma de un cubo perfecto de unos quince centímetros. Pasó las yemas de los dedos por los bordes del papel y sintió una ligera vibración. ¿Sería su pulso alterado? Notó que el envoltorio se sentía tibio al tacto. ¿Eran sus nervios? ¿O estaba sucediendo algo peligroso que requería que llame a seguridad? ¿Y si era una bomba? No, no era una bomba. Algún instinto o sexto sentido le decía que ese paquete no era un arma, aunque no estaba seguro de poder considerarlo inofensivo. Revisó el sobre una vez más y encontró una nota. Estaba escrita a mano con una simbología extraña.

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Huellas de Tinta Mayo 2017  

Revista online de literatura juvenil

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