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mí, preocuparme por un sueño! Mas en cuanto la noche caía y las fuerzas oníricas me hacían sucumbir, el terror regresaba. Había llegado al punto en que tenía miedo a dormir. Probé mil y un métodos para escapar de las pesadillas que noche a noche crecían, pero todo fue en vano. Ni siquiera descansaba, al romper la mañana y abrir los ojos, me sentía más agotado que el día anterior. Los últimos sueños resultaban ser demasiado lúcidos. Sentía que un hambre voraz me incitaba a salir de caza. El terror venía de un simple hecho: algo, dentro de mí, disfrutaba del rastreo, de la pelea, de la muerte y del sabor de esa carne fresca al ser desgarrada y disfrutada aún caliente. Y es que quedaba mucho de humano en mí, pero ver esas actitudes tan bestiales, me confundía y atemorizaba, me asqueaba de mí mismo. El hambre empujaba y el instinto mandaba entonces, nada podía hacer para resistirme. Por todo esto, anoche me sumí en sueños prometiéndome a mí mismo que no tendría miedo, que las preocupaciones no me atraparían y que sería fuerte, tan fuerte como pudiera serlo. Procuré convencerme de que sólo eran sueños y, por eso mismo, al despertar ya nada me causaría daño. Era cuestión de tolerar la noche inmerso en esas escenas que nada me agradaban. El sueño inició como siempre. Descubrí que no era humano, corrí hasta la laguna, corroboré mi cuerpo animal, lloré... y el hambre regresó. Esta vez, aunque recorrí todo el bosque, no fui capaz de encontrar un rastro que me tentara, algún animal que me invitara a ser seguido y cazado a fin de saciar mi hambre. La idea de ir hasta la ciudad rondó mis pensamientos durante varios minutos. No me interesaba en absoluto dar caza a perros o gatos, pero recordé entonces que había un criadero de gallinas. Bien podía alimentarme de varias de esas regordetas aves. Una vez más, al resguardo de la oscuridad, con la luna vigilándolo todo desde las alturas inalcanzables, me lancé a la carrera hacia el lugar que bien conocía. Había trabajado allí con varios compañeros de clase, en un proyecto del instituto. El criadero era un lugar sencillo: varias galerías enjauladas donde las gallinas vivían a gusto hasta que les llegaba su hora más una pequeña casita donde vivían el cuidador. Valiéndome de las almohadillas de mis patas, pude caminar por el lugar sin hacer ruido. Ya cuando estaba a punto de abrir una de las puertas de rejas, un sonido llegó hasta mí, débil, pero claro. Me detuve en seco y observé, tratando de encontrar la causa de ese sonido. Mi hambre ya resultaba atroz y

mis pensamientos se dirigían una y otra vez hacia las jaulas donde mi cena me esperaba lista para ser degustada. Estaba a punto de regresar a mi tarea de abrir las rejas cuando ella apareció. ¡Diablos! Había olvidado que el cuidador tenía una hija. Una joven de mi edad, llamada Cynthia. Ella me miraba en silencio. Su rostro todo lo decía, me tenía miedo, pánico en verdad. Entre sus manos, la escopeta temblaba. Gruñí levemente, intentando atemorizarla aún más. Tal vez así saldría corriendo y me dejaría tranquilo para poder hacer lo que más deseaba, alimentarme de una buena vez. Pero ella no se inmutó, tomó aire, apretó la escopeta y fijó su blanco. Me estaba apuntando directo al pecho y si no hacía algo, terminaría muriendo. No lo pensé dos veces, veloz como un rayo, salté sobre ella. Forcejeamos. Ella, en un vano intento por dispararme. Yo, intentando quitarle el arma y escapar de allí con vida. El hambre seguía latente, cada vez más insoportable, intolerable. A cada latido de mi corazón, más necesidad de alimentarme sentía. Cuando logré hacerme con el arma, ella sacó de entre sus ropas un pequeño puñal. Comprendí mi error de darle la espalda ya tarde, cuando sentí el dolor punzante entre mis costillas. Aullé, furioso y me abalancé ciego de enojo y hambre. Mis dientes fueron directo a su cuello. Mis fuertes maxilares arrancaron de un apretón su vida sin que ella pudiera hacer nada al respecto. Más su aroma no me apetecía, tal vez porque ella era lo que yo una vez había sido y ser caníbal no estaba en mis planes. Con todo el ajetreo, las gallinas estaban despiertas y cacareando. Las observé durante unos instantes, con la respiración entrecortada y decidí que, dadas las circunstancias y siendo que nadie más había venido a enfrentarme, no sería problema alguno si me alimentaba de una buena vez. Comí hasta saciarme y caer en sueños. Esta mañana desperté con el sol brillante propio de la primavera. Luego de una noche de sueño tan cruenta, estiré mis brazos y piernas y bostecé varias veces. Descubrí entonces que mi cuerpo estaba cubierto de plumas. Poco a poco, el temor me inundó. ¿Qué había de sueño y qué de realidad en todo esto? Me puse de pie a duras penas. Estaba desnudo y un profundo y doloroso tajo había sanado hacía pocas horas entre mis costillas derechas. Viendo que todo esto era real, el pánico aumentó. Me obligué a mí mismo a caminar hasta el pasillo y comprobar el resto. Para mi pesar, con el cuello partido, en el suelo descansaba sin vida el cuerpo de Cynthia. Caí de rodillas junto a ella. El llanto nació, esta vez, complemente humano. La realidad me abrumaba, quería perderme una vez más en sueños, pero no era posible. No, ya no.

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Huellas de Enero2017  

Revista online de literatura juvenil

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