__MAIN_TEXT__

Page 60

Relato

En sueños... Por Erzengel Eds Cuando convives en casa con tus padres y seis hermanos mayores, dormir siempre resulta una tarea complicada. Hacía tiempo que no descansaba bien, principalmente porque no tenía sueños claros. Ni siquiera podía recordar cuándo mis visiones oníricas dejaron de ser tranquilas y simples y se convirtieron en algo tan aterrador, vívido y sentido que me estremecía al despertar y recordar lo soñado. Nadie en casa me creía, por supuesto. Decían que era una manera de llamar la atención, como si acaso tener pesadillas y ser incapaz de controlarlas fuera algo divertido. Si te llegan estas palabras, agradezco al menos que alguien conozca mi verdad. Me he decidido a escribir para sentirme un poco más acompañado. En algún momento, alguien leerá esto y sabrá que no estaba inventando nada. Y más aún, tal vez sepan perdonarme por las atrocidades que he cometido sin poder dominarme. Como decía, nunca pude precisar cuándo comenzaron las pesadillas. Puedo remarcar, eso sí, que cada noche, la historia en que me veía envuelto evolucionaba. Así, si despertaba a mitad de algo importante, a la noche siguiente el sueño continuaba allí donde había quedado trunco. Siempre comenzaba igual, incluso en mi propia inconsciencia, sabía ya cómo iniciaba todo... Me descubría corriendo en plena noche. El bosque, con sus olores y aromas, luces y sombras, chillidos y gruñidos propios de la hora del reinado de la luna. La luna, siempre tan perfecta, tan blanca, tan redonda. Una diosa lejana y misteriosa a quién más de un dramaturgo le ha elevado canto. ¡Como para que los animales no la adoren! En medio de mi carrera entre los árboles, me detenía siempre a observar a la dama blanca de los cielos. Sumido en mi éxtasis, luego de algunos minutos de muda adoración, respiraba profundo y me disponía a cantarle. Con el primer sonido que salía de mi boca, la realidad me golpeaba de lleno. Mi melodía nada tenía de humana. Un aullido, un fuerte, desgarrador y terrible aullido surgía de mi pecho. Ante la sorpresa al escuchar ese canto mío, desviaba los ojos a mi cuerpo. Entonces descubría que ya no tenía manos, sino garras con afiladas uñas, mis pies eran ahora dos suertes y musculosas patas y mi cuerpo estaba cubierto de pelaje castaño. La tierra en mis garras me demostraba que había estado corriendo a cuatro patas, como un animal.

58

Ahí unía cabos: el pelaje, las garras, el aullido, la luna. La cuenta era sencilla, en un minuto de extraña lucidez, llegaba a la conclusión de que era un lobo o algo semejante. Ahí comenzaba la locura. Desesperado, sin entender qué, cómo, cuándo o dónde había sucedido el cambio, echaba a correr. Veloz, más de lo nunca había sido. Llegaba a una laguna de aguas cristalinas. Con mis sentidos agudizados al máximo, miraba mi reflejo en el agua, analizaba cada detalle. Corroboraba rápidamente mi teoría. Los afilados colmillos, las orejas el punta, incluso mis ojos que parecían ir perdiendo la luz humana. Mucho no me había equivocado con mis suposiciones: en verdad era un hombre lobo. ¡Un hombre lobo! El sueño iba mutando cada noche. Al principio, sólo me limitaba a caer hecho un ovillo en el suelo, llorando roncamente por esta suerte en que me veía envuelto. Aun cuando sabía que siempre llegaba a ese desesperante punto de reflexión, nunca sabía qué venía después, ni me animaba a pensar que todo era sueño. Para mí era real, muy real, más real de lo que nunca hubiese creído. Algunas veces la furia me ganaba, me empujaba a querer destruir todo a mi paso. El bosque en el que vagaba se convertía en mi zona de descarga, allí arrancaba, destrozaba y mutilaba tantos árboles como me era posible. Otras veces, sentía añoranza por mi familia. Anhelaba tener algún tipo de contacto con ellos. Envuelto en las sombras de la noche, corría por las calles vacías de mi ciudad y llegaba a las afueras de mi casa. Trepaba por los postes de luz, de manera que podía observar al primer piso de mi casa, donde mis padres tenían su habitación con un enorme ventanal que daba a la calle. Los miraba durante horas, evitando todo ruido que pudiera despertarlos. Nunca quise ver mi cuarto. Temía saber qué había sucedido con todas mis cosas. No recordaba cuándo había perdido mi humanidad y no quería averiguar si acaso mis padres ya me habían olvidado. Seguramente no les resultaría difícil teniendo otros seis hijos a quienes atender. Había noches en que, incluso, dudaba de mi pasado como hombre. Luego, al despertar, me reía de mí mismo. ¡Tonto de

Profile for Huellas de Tinta

Huellas de Enero2017  

Revista online de literatura juvenil

Huellas de Enero2017  

Revista online de literatura juvenil

Advertisement