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Relatos| La terminal

R E LAT O

La Terminal Por: Esme

N

o sabía que hacía tanto calor aquí. Tiro de mi maleta rápidamente, oyendo cómo las ruedas se deslizan por el suelo recién encerado. Me llevo la mano a la frente y suspiro, en parte feliz pero en parte preocupada porque en realidad estoy arriesgándome. Se abren las puertas automáticas y me deslizo entre ellas, intentando aminorar mi marcha para no llamar la atención de los demás turistas que me rodean. Al cruzar la puerta, me espera un grupo de personas. Debo encontrarte. Mis ojos descansan en todos esos rostros, pero no te veo. Me hago a un lado, porque estoy colapsando la salida. Ahora mis tacones acompañan el ritmo que hace unos minutos marcaban las ruedas de la maleta y me pregunto por qué demonios se me habrá ocurrido no llevar unos zapatos planos. No tenía idea de que tres escalas me dejarían tan agotada. Miro al suelo, los zapatos de la gente. Creo que soy la única que lleva tacones. De pronto veo un par de converse negras que parece que han vivido demasiado tiempo. Levanto la vista, desde los pies hasta más arriba: pantalones pitillo, camiseta de Los Beatles, chaqueta de cuero, pelo despeinado. Mi corazón se detiene, para volver a latir segundos después a una velocidad que no creía posible. Tus ojos se encuentran con los míos, y, sin querer, ya se lo dicen todo. En mi rostro se dibuja una sonrisa que pronto se ve reflejada en el tuyo. Mis manos tiemblan, lo noto porque apenas puedo sostener la maleta. Mas tiro de ella, hasta quedar cerca de ti. Nos seguimos mirando durante diez segundos largos. Hemos estado esperando ese momento desde hace demasiado tiempo. O quizá no tanto, pero ha parecido una eternidad. Entonces dejo de pensar y actúo solo por instinto: mi mano se posa en tu cintura, ejerciendo una fuerza casi imperceptible y a la vez suficiente para que te acerques más a mí. Te necesito cerca. Temo que escuches los rítmicos e incesantes latidos de mi corazón, aunque tú eres quien los ha causado. Mi pecho se hincha y se deshincha con cada bocanada de aire que consigo tomar, difícil tarea. Me humedezco los labios sin darme cuenta. Pienso que al menos estoy a tu altura gracias a los tacones. Eso me permite eliminar la escasa distancia que nos separa mientras cierro los ojos. Reposo mis labios sobre los tuyos dejando ir un sonido a caballo entre 64

un gemido y un suspiro. Parece que encajan. Acaricio tus labios con los míos, muy lentamente. Sonrío. Los separo sin que te lo esperes y me adentro en tu boca. Te beso despacio, como si no estuviéramos en un aeropuerto, como si nadie más estuviera mirando, como si fuésemos una pareja solitaria en medio de un lugar abandonado. Sin prisa. De hecho, nunca la hemos tenido. Mi mano comienza a acariciar tu cintura, pero la otra tiene envidia y decide unirse buscando refugio en tu baja espalda. Saboreo tus labios, creo que son dulces. Abro los ojos otra vez, despertando de esta especie de hechizo que me ha transportado a un mundo paralelo. Entonces te susurro lo que llevaba mucho tiempo esperando susurrarte cara a cara: —Te amo.

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Huellas de tinta diciembre 2013  

Un nuevo número muy especial de esta revista on-line de literatura juvenil.

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