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Fue una mañana gris y lluviosa, no mucho después de la revelación, que supieron que Jonás no mejoraría. Había pasado una de sus noches malas y el doctor mostró un semblante más serio que el de costumbre al abandonar su cuarto. Manuel y su mujer sabían desde siempre que su hijo no sería como los otros niños. Sabían que Jonás había nacido para vivir una vida especial, intensa, para soñar los sueños únicos que un día seguiría soñando en otro mundo. Llegada la noche, cerró los ojos y ya no despertó. Fue entonces que las velas comenzaron a encenderse. En medio de las lágrimas, Manuel advirtió que decenas de vecinos se agolpaban a la entrada de su casa, compartiendo la pena silenciosa. Las velas que Jonás había creado se elevaban en cientos de manos que temblaban en la oscuridad. Uno a uno, los habitantes del pueblo se hicieron presentes y pusieron su candil en los peldaños de la casa. Con cada nueva llama se escuchaba un “gracias”. Le debían a aquel chico más de lo que poseían. Les había regalado viajes, aventuras, secretos. La fantasía perdida, los deseos, les había devuelto aquello que se deja olvidado para siempre en la ciudad sagrada de la infancia. Nunca se lloró a nadie tanto como a Jonás el cerero. A la mañana siguiente, una barca se llevó su cuerpo adornado de flores rumbo al horizonte del mar. Dicen que un barco pirata interceptó la barca. Dicen, también, que los filibusteros que habitaban la nave no pertenecían al mundo de los vivos, que algunos pescadores vieron ese barco muchas noches izar su bandera fantasma y que un capitán muy joven los guiaba con desenvoltura y firmeza. A Manuel le gustaba escuchar esa historia. El negocio era una cárcel de silencio y por muchos días no se utilizó. Pero una mañana, después de un tiempo, las persianas volvieron a levantarse. El cerero se sorprendió al ver a tres muchachos traspasar la puerta. Eran los amigos de Jonás. —¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó. —Venimos a pedir trabajo —dijeron al unísono. Manuel se sorprendió. No había pensado en contratar a nadie, pero la idea no le disgustaba. —¿Tienen experiencia? —No —soltaron, sonrientes—. Pero Jonás nos enseñó a hacer algo que puede ser de gran ayuda. —¿Qué? —preguntó con ilusión. —Soñar.

Lantern Annie

A

Nicolás Pinto

nillo, estamos cayendo y sé que no voy a sobrevivir. Yo, Abin Sur, te doy la orden de buscar a alguien merecedor de ti en este planeta. En la Tierra alguien debe estar esperándote.

La luz verde surcaba los cielos volando a una velocidad supersónica; ningún ojo humano sería capaz de notarla. Era una estrella fugaz en busca de su nuevo portador, una estela esmeralda que caería ante una persona, una sola, que pudiera soportar la carga. Necesitaba encontrar a alguien con una voluntad férrea, capaz de sobreponerse a cualquier miedo. Por un instante creyó encontrar a un joven en Estados Unidos, quien había perdido a su padre en un accidente aéreo y que lo había visto caer, de niño, con sus propios ojos. Hoy era un hombre adulto y sin miedo. Pero notó una fuerza superior. Alguien con una voluntad aún mayor. Estaba en Argentina. En la ciudad de Mar del Plata existía una persona con un espíritu capaz de levantar montañas, cuyo cuerpo había sufrido un terrible mal y la había dejado en una situación paradójicamente inverso al que merecía su alma. Cualquiera pensaría que se dejaría vencer e invadir por aquel ente maligno, pero no ella. Annie supo luchar con fuerza y vigor, anteponiéndose con valentía a cada estocada que le daba este padecimiento. Su voluntad era indomable, su único miedo era perderse a sí misma. Por eso, el anillo le dio la oportunidad de demostrar al mundo de lo que era capaz. Linterna Verde fue la primer superheroína surgida en Argentina, y quien supo forjar la llave que abriría el camino de muchos otros héroes. Con el poder de su anillo y su fuerza de voluntad, destruyó el miedo a la lectura; ayudó a conocer mejor la verdad que los demás no podían ver con sus propios ojos; peleó contra cada gigante corporativo para demostrar que una luz que sale del corazón puede brillar más que miles artificiales. Así fue como también fundó “Huellas de la Justicia”, la liga de jóvenes héroes, quienes supie ron dejar una marca en las vidas de muchos, y hoy en día lo siguen haciendo. En honor a ella y a sus sueños. Lamentablemente la perdimos, porque su cuerpo no pudo contener tanto dolor, pero lo cierto es que su espíritu, que brilla con la luz más intensa jamás vista en un guerrero esmeralda, sigue surcando los cielos y tocando los corazones de aquellos que están en la oscuridad. Ella es la llave para seguir los sueños, ella es la huella que quedará

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Huellas de tinta diciembre 2013  

Un nuevo número muy especial de esta revista on-line de literatura juvenil.

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