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Homenaje a la directora y fundadora de Huellas de tinta

El hacedor de velas Victoria Bayona

Cuando nos contactaron para ofrecernos un espacio para recordar a Annie, hubo una frase que no dejó de darme vueltas en la cabeza. Es una de mis frases favoritas, escrita por uno de mis autores preferidos: Roald Dahl. Dice: “My candle burns at both ends / It will not last the night / But ah, my foes and oh my friends / It gives a lovely light.”, algo así como: “Mi vela arde por sus dos extremos, no durará la noche, pero ah, mis enemigos y oh, mis amigos, da una luz hermosa.” Me gusta porque habla de una vida vivida con pasión, con la fuerza de toda la luz de la que uno es capaz y que por la intensidad con la que se la vive, se consume rápido, pero alumbra maravillosamente a los que están alrededor. No pude encontrar mejor metáfora para describir lo que fue y es Annie en nuestras vidas. Entonces, a partir de esa imagen y de ese sentimiento, escribí esta historia. Espero que les guste. Con todo mi amor para la familia Yohai.

L

as persianas de la cerería estaban bajas. A través de las rendijas se colaban los últimos rayos de luz. En unos minutos el cielo cambiaría los cálidos naranjas por su paleta de azules, turquesas y celestes hasta alcanzar el negro que cubría las noches de aquel pueblo donde todavía podían verse las estrellas. Jonás suspiró. Casi siempre suspiraba al terminar el día. —Si sembrara una flor cada vez que suspiras, tendríamos el jardín más envidiado —bromeó su padre, Manuel, acomodando las últimas herramientas. El chico sonrió con melancolía. Le gustaba soñar que, tan pronto caía la tarde, se encaminaba al puerto donde lo esperaba un barco cargado con provisiones dispuesto a echarse a la aventura. Otras veces imaginaba que un grupo de piratas abría la puerta del local de un golpe y la campanilla tintineaba enloquecida. Irrumpían, descorteces, a reclamar velas que nunca pagarían y decidían, en un arrebato colérico, llevárselo a él como botín. Entonces, obligado a crecer entre malvivientes, se convertía en un filibustero temerario al que la gente huía de solo verlo. Eran esos pensamientos los que liberaba en suspiros, en aquel local viciado de olores familiares, a cera, a cuerdas que se convertirían en pabilos, a fuego, a cuencos donde los materiales se fundían. Jonás era un muchacho enfermizo y frágil y la realidad era que no había demasiadas tareas que pudiera hacer que no afectaran su salud. Pensaba que nada tenía

de heroico el oficio de hacer velas, hubiera preferido moldear metales en la forja, pescar junto a los pescadores o ser un trovador errante cantando novedades por los pueblos. Sin embargo, no podía otra cosa que ayudar en el negocio familiar. Al menos algo lo alegraba: hacía poco tiempo su padre le había dado, por fin, tareas más importantes. Ya se ocupaba, él solo, de la confección de las velas medianas, las que más se vendían, las más fáciles de hacer. Con laboriosa paciencia había aprendido los pasos, los cuidados que debía tener hasta hacerse un cerero experto que acababa el día con decenas de candiles hechos por sus manos. Día tras día, mientras trabajaba la cera, Jonás soñaba viajes, aventuras, monstruos espeluznantes a los que se enfrentaba, bellas jovencitas a las que invitaba a cenar a su camarote pirata. Al llegar la noche, con el cielo salpicado de luces titilantes, un manojo de llaves cantaba la melodía que daba por terminada la jornada y tanto él como su padre recorrían la calle de adoquines rumbo al hogar donde los aguardaba un guiso suculento. Al principio fueron unos pocos clientes más, nada que les llamara la atención. Aquellos que compraban regularmente volvían antes de lo esperado y aumentaban el número de velas que consumían, incluso hasta el doble de lo que acostumbraban. No querían velas pequeñas, ni grandes, querían las medianas… tanto se vendían que el padre tuvo que abandonar sus tareas y ayudar a Jonás con su pro-

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Huellas de tinta diciembre 2013  

Un nuevo número muy especial de esta revista on-line de literatura juvenil.

Huellas de tinta diciembre 2013  

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