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Relatos | Cincuenta y uno

Cincuenta y uno L

a sangre brotó con ferocidad.

Él sólo podía sonreír, viendo cómo la herida practicada en el cuello de su víctima hacía las veces de regadero mortal. Pared. Ventanas. Almohada. Sábanas. Todo teñido de aquel tono rojizo que tanto le provocaba. Lo extasiaba sentir el aroma a óxido propio de la sangre al reaccionar con el oxígeno del ambiente. Lo incitaba a más. Quería más, aún sabiendo que todo tenía su límite. 5 litros, ése era el promedio de su felicidad volumétrica y espesa. Excitado, frenético, generando truculentas carcajadas, acarició la herida que había provocado y cubrió sus manos con aquel tejido fluido que lo intoxicaba al sólo contacto. Uno a uno, lamió sus dedos, saboreando el producto de su delirio, mientras su cuerpo se estremecía presa de la emoción terrible y total de saberse todopoderoso. Él era Dios en ese momento. El Dios de la Muerte. La muchacha intentó forcejear, como si acaso las mínimas energías que quedaban en su cuerpo fuesen suficientes para liberarla de las ataduras. Esa muestra de desesperación lo incitó con mayor fuerza. En sus manos tomó sendos cuchillos y los clavó en su víctima, en aquel punto justo de sus muñecas donde las venas se aúnan y toman mayor tamaño, donde la piel es tan fina que puedes ver la sangre correr por su canal natural. Oírle gritar lo impulsó al clímax máximo, algo que sólo podía superarse quitando los cuchillos e insertando sus propias falanges en las heridas provocadas. Los temblores lo sacudían con mayor fuerza, si acaso eso fuera posible, mientras sus dedos escarbaban y arrancaban cuanto tendón y capilar sanguíneo estuvieran a su alcance. Su boca buscó un objetivo también: allí donde la sangre se había dejado ver en primera instancia. Con ahínco ciego, febril, clavó sus dientes y tironeó, enganchando entre sus colmillos y molares, carne y

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Por: Erzengel (Palabras al Viento) http://www.erzengel-palabrasalviento.com

piel, músculo contraído y agotado. Bajo sus piernas, la joven se contorsionó una vez más. La última vez. La última gota roja. Ya no había nada en ella para fluir y escapar a través de las laceraciones. Sus ojos brillaban con ese tono característico de la muerte. Escupió asqueado la carne que aún mantenía en su boca. No le apetecía ingerirla. No sabiendo que su dueña ya no vivía para verlo deleitarse al masticar. Bufando, quitó de un tirón sus manos de aquel cuerpo que comenzaba a enfriarse y se limpió los restos sobre la camiseta negra sudada y empapada de la sangre de dos, diez, cincuenta víctimas anteriores. Cincuenta. Ya cincuenta… -Cincuenta y uno –se corrigió en murmullos, evitando un rugido animal. Se puso de pie y caminó hacia la puerta, sin detenerse a mirar el logro recién cometido. Pronto amanecería y, una vez más, la bestia se escondería hasta la noche siguiente. Hasta la muerte siguiente. El Dios en él necesitaba descanso. Despertaría, como siempre, antes del próximo atardecer.

Huellas de Tinta: Abril 2013  

Edición del mes de abril de 2013 de la revista online de literatura juvenil Huellas de Tinta http://www.revihuellasdetinta.com.ar

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