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Relatos | Gulliver > R E L A T O S

Gulliver

L

evantó la mirada y contempló, extasiado por la carga misma de la atmósfera, el horizonte teñido de rojo. De rodillas, con las manos envolviendo la empuñadura de su espada, depositando sobre la pieza metálica el peso completo de su cuerpo, gimió por lo bajo. No había fuerzas en él, ni un dejo siquiera de aliento y brío para levantarse y retornar a casa. Aquí y allá, los estandartes bailaban con el viento. Tristes harapos que mostraban agónicos la majestuosidad que alguna vez habían sabido guardar. A duras penas soltó la espada y se dejó caer hacia atrás. No reaccionó cuando su espalda dio de lleno contra el suelo, tampoco cuando su cabeza impactó en el terreno arcilloso y un sonido seco resultó del golpe desplomado. Era responsable, lo sabía bien, del modo en que la batalla se había desarrollado. Había jurado no permitirse caer, no abandonar el campo hasta saber a su bando ganador de la contienda. Por eso, cuando comenzaron a desplomarse uno a uno sus compañeros, no pidió retirada ni intentó socorrerles; muy por el contrario, dio voz en alto de reforzar el ataque y continuar en sus puestos a los pocos que quedaban vivos y aptos para luchar. Sus oponentes no resultaron ilesos. La bravía que transmitía tanto con palabras como con acciones le había permitido robarse varias vidas, aunque llevaba las de perder: los otros eran más y estaban mejor preparados.

Por: Erze

Parpadeó lentamente. Una, dos, tres veces. Las imágenes de lo acontecido recientemente golpeaban sus pensamientos con ferocidad lacerante. El enemigo se había retirado sabiendo que él quedaba solo, inmerso en el delirio que lo dominaba desde el momento en que había comprendido que ninguno de los suyos regresaría con su familia ni tendría un nuevo día para ver salir el sol. Herido y desesperado, viendo la sombra de la noche que amenazaba con volverse eterna, solo atinó a gritar. Fuerte, tan fuerte como sus cuerdas vocales se lo permitían dada la situación. Y se supo perdido, más perdido y abandonado que nunca. Sospechaba, no con poca razón, que se había salvado solo para cargar con la angustia de conocerse responsable de la muerte de su batallón completo. Le dolían cuerpo y alma, como si la desolación golpeara allí donde más vulnerable y vencido se percibía, pero el llanto no nacía, no había lugar para tal demostración de angustia. El mundo se desdibujó ante sus ojos y se apagó con lentitud enfermiza. No pensaba regresar a casa. No tenía motivos, posibilidades o anhelos. El olvido devoraría lo que restaba de su existencia… nadie recordaría su nombre siquiera.

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Huellas de Tinta: abril 2014  

Revista mensual sobre literatura juvenil en Argentina.

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