Huellas de tinta mayo 2014

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El ejército del Imperio de Amatsu-Mikaboshi se fue formando para pasar por la entrada del bosque. A la vez, unos hombres salvajes que montaban elefantes gigantes —de más de siete varas de altura—, emprendieron una embestida para agrandar la entrada a base de derribar árboles. El intrépido guerrero saltó en un parpadeo y se posó por detrás de uno de los jinetes de elefantes. Cuando el hombre se dio cuenta de que alguien se había puesto detrás de él, ya estaba cayendo del cuadrúpedo y su cabeza se despedía con gracia de su cuello. Musashi envainó al instante: Sol Naciente había despertado. Con el elefantón se llevó a muchos monstruos por delante; decenas de ellos caían ante las pisadas de estas bestias, y más cuando las hacía enfrentarse entre ellas. En esas batallas de gigantes era cuando Musashi saltaba y mataba jinete por jinete, desenvainando y tajando al mismo tiempo en un segundo mortal. Pronto los elefantes destruyeron todo a su paso, incluyendo varias casas de las aldeas que para ese entonces yacían vacías. El ejército del Imperio de aquel que decía representar al dios de la maldad, tenía en sus filas a innumerables y diversos demonios Oni; en su mayoría eran gigantescas criaturas de afiladas garras, pelo revuelto y largos cuernos surgiendo de sus cabezas. Estos demonios armados con sus mazos de hierro no eran adversarios para el grupo disciplinado del Shôidan. Los campesinos y guerreros, los Santos de la Espada —como se los conocería en futuras leyendas—, bailaban al compás de la esgrima y la estocada, de la evasión y la tajada. Mucho menos los salvajes pudieron soportar con sus mandobles. El acero de los sables curvos era diez veces más ligero y cien

veces más duro. Las espadas enemigas flaquearon frente a ellos y la sangre salvaje se sumó a la de los monstruos. —¡Shôidan! ¡Mensaje del Emperador! —gritó un enorme Oni azul, completamente tatuado. Estaba en la retaguardia, con otro contingente de monstruos, aún más sedientos de sangre. Frente a ellos tenían a una mujer de deslumbrante de pelo rojizo y a un niño pequeño.

“No te olvides, hijo, que en el momento que desenvaines el sable, debe usarse. No hay marcha atrás. La espada clama al menos una victima por haber sido despertada.” Al verlos, el Shôidan blandió sus dos sables con rabia y fue en pos de ellos gritando: —¡No! ¡Akemi! —Aquellos demonios verdes trataron de interponerse en su camino, y aunque sus brazos se movían más rápido que nunca, la furia cegaba su temple de siempre. Faltando menos de una legua, el demonio de los tatuajes sacó una espada enorme, de dos varas de largo, y partió en dos la cabeza de la mujer, salpicando de sangre y sesos al chiquillo que no paraba de llorar. Musashi miró atónito la escena. Vio como la espada del demonio bajaba lentamente, y como su padre hacía lo posible por llegar al encuentro del monstruo, pero los pasos que daba se le hacían eternos. Tuvo un recuerdo; una conversación durante un entrenamiento con el Shôidan. —Padre, ¿por qué tenemos que construir nuestras espadas? —Ponemos nuestra alma en su elaboración, y así logramos que seamos uno con ella. Sabes bien que nos acompañará de por vida.

Musashi entonces avanzó a grandes zancadas, con desesperación en su rostro y en su corazón. Observó cómo la cabeza de su madre era partida, y cómo su padre llegó en un ataque enloquecido, fuera de sí. Todo le parecía que iba despacio; cada movimiento a su alrededor fluía lentamente a la vez que él se movía con naturalidad. Notaba que su cuerpo ardía, y que su espada clamaba más sangre. Sus pupilas se habían dilatado, y su iris se tornó de un amarillo muy claro. —No te olvides, hijo, que en el momento que desenvaines el sable, debe usarse. No hay marcha atrás. La espada clama al menos una víctima por haber sido despertada. Y mientras más mueran por su filo, más te va a pedir. Una vez que se vuelva insaciable, su sed se transformará en tu sed. Los onis trataban de golpearlo, de herirlo, pero la velocidad sobrehumana que había alcanzado Musashi era demasiado para ellos. En pocos segundos, decenas de cabezas rodaron y chocaron entre sí. Al mismo tiempo, veía cómo su padre, llevado por la furia asesina, atacó sin sentido ni estrategia y cómo varios monstruos le fueron asestando golpes con sus mazos rodeados de pinches, hasta doblegarlo ante el oni tatuado. —Sáquenle el casco, me lo llevaré como trofeo —sentenció Khundam. Sus esbirros trataron de obedecer, pero sus brazos fueron cercenados sin saber cómo ni por qué. Solo vislumbraron un destello blanco y brillante, que pasó fugazmente, antes de gritar por el dolor. El líder de los oni dio unos pasos hacia atrás, dubitativo, y su reacción fue atacar con su espadón para dar el golpe de gracia al Shôidan que estaba arrodillado ante él, abatido. Fue detenido en la mitad de su ataque por dos espadas que cegaban con su luz a los monstruos que se hallaban


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