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De plumas y palabras al viento Los relatos de Erzengel

“Ella no está ahí... nunca regresará” El viento juega con sus cabellos, mientras la noche cae tranquila. Observa el río fluyendo, el agua deslizándose lentamente. Cierra los ojos. En algún lugar, la tristeza de la luna aúlla un lúgubre canto. Recuerda todo con exactitud, con una agónica y enfermiza exactitud... Él era el guardián del lago, hijo de una ninfa y el poderosísimo Apolo. Ella era una musa, dulce y hermosa, inspiración de mil poetas. El amor había nacido simple, perfecto, entre ambos, natural como la lluvia o el aire. Promesas de compromiso. Juramentos eternos. Las sonrisas eran inevitables, el mañana se dibujaba lleno de esperanzas de brillantes colores. Cada noche, él la envolvía en sus brazos, susurraba palabras de amor hasta que ella se dormía sumergida en el lago del mágico sueño. Cada amanecer, ella lo despertaba con un canto cálido como el sol, confiriéndole una pizca de entusiasmo extra para llevar adelante el día. Más el Destino, cruel e inevitable, anunció en Delfos la próxima agonía... Una pluma, que tantas veces había danzado en manos de su dueño gracias a la motivación de la musa, esa simple pluma causaría el desenlace. Luego de semanas de frenética escritura, el poeta había abandonado todo: descanso, alimentos. Sólo había lugar para el dictado de la inspiración.

El texto no lograba adquirir la fuerza que precisaba y el autor enfermaba más y más. Una tarde, cuando la divina dama iba en busca de su amado guardián, el escritor la siguió sigiloso. La frustración, retorciéndose en ciega locura, guiaba ahora la pluma. Un movimiento leve, directo. La pilosa punta perforando el débil corazón. Un grito de dolor y la sorpresa manchada de rojo. La huida, luego, del enceguecido asesino. El llanto del novio, al ver la vida escapando del frágil cuerpo de su prometida. La nostalgia lo atrapó entonces. No quiso buscar al culpable ni reclamar venganza. Sólo anhelaba permanecer allí, al borde del río, abrazando el recuerdo de su amada. Apolo, dolorido con la pérdida de su hijo, transformó a su fallecida nuera en cristalina agua dulce. El guardián observó melancólico el viaje sin retorno de aquellas fluidas gotas transparentes. Se ató a sí mismo a la rivera del río y ya no abandonó su puesto por ningún motivo, en ningún momento. La noche despierta grácil, lentamente, y el viento canta una agonía de mil años ya pasados. Suspira. Ella no está ahí... nunca regresará.

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Huellas de Tinta: La revista de LDT - Septiembre  

Número de septiembre de la revista online de literatura juvenil Huellas de Tinta

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