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Relato

I

El único deseo

El único deseo Por Erzengel Eds El único deseo. Una vez más, como tantas otras en los últimos siglos, estiró brazos y piernas y emitió un leve bostezo. Sentía el cuerpo agarrotado, entumecido. Demasiado tiempo había pasado viviendo en aquel espacio gigantesco y diminuto a la vez. Cientos habían sido sus dueños, todos poderosos, ávidos de riquezas, ciegos por la codicia. Su amo actual era, de todos, el más extraño. Acostumbraba a darle libertad por algunos minutos cada día. Permitía que saliera de aquella peculiar prisión y paseara un poco por el jardín del palacio. Sólo eso. No pedía nada a cambio, pero la retenía consigo desde hacía décadas. Él la amaba, de una forma tan brutal, ciega y enfermiza, que no toleraba la idea de darle libertad absoluta. Recordaba perfectamente cómo la había conocido, siendo apenas un niño, en una fiesta en el castillo de un amigo de sus padres. Fue cuestión de un instante apenas para verse sumergido en un sentimiento que nunca antes había experimentado. Desde ese momento, su mente y cuerpo sólo tuvieron una meta fija: conseguir hacerse con aquella criatura hermosa. Al principio, cuando sus pensamientos infantiles dominaban su proceder, llegó a considerar la idea de romper las cadenas que la ataban al cautiverio y regalar46

le la vida que jamás había podido tener. Al crecer, perdió la inocencia y en su lugar nació un temor rencoroso. ¿Y si ella aprovechaba su libertad para huir? Cuando cumplió 21 años tuvo la oportunidad para alcanzar su preciado anhelo. Las sequías dejaron en la ruina al hombre rico que poseía ese tesoro que amaba y él no dudó en ofrecerle una buena suma de dinero para obtener la única razón que mantenía latiendo a su corazón desde su más tierna edad. Verla ante sí, en toda su gloria, lo dejó atónito e indefenso. La idea de retenerla a su lado cobró más fuerzas que nunca y el temor de saberla lejos suyo plantó semilla en sus pensamientos. Para garantizar que nadie, jamás, marcaría distancia entre su amada y él, mandó a construir muros infinitamente extensos y elevados en torno a su palacio. Una suerte de bóveda se irguió, pues, alrededor de su hogar, encapsulando el parque y lago aledaños. Una guardia permanente vigilaba desde cada rincón de la fortificada muralla, sólo ingresaban al palacio los invitados del visir. Los años transcurrieron y convirtieron al ambicioso magnate en un anciano de cabellos blancos y encorvada espalda. Así y todo, cada día, al caer el sol, su vida se detenía por unos

momentos mientras se deleitaba observando con fascinación a la única mujer que había logrado eclipsarlo. La última tarde fue la más dolorosa. Había pensado durante muchas horas, minutos y segundos, aquella idea que no lo abandonaba desde que supo que una enfermedad grave lo aquejaba. Sufriría terriblemente al llevar a cabo su plan, pero no veía otra salida. La llamó con voz temblorosa, imploró su presencia una vez más. Ella se materializó con gracia y belleza. Hizo una reverencia, demostrando cuánto respetaba su dominio y lo observó fijamente, como jamás antes había hecho. —Durante años te he tenido aquí, conmigo, sin darte posibilidad de escapar a la realidad que mereces. Ciego y loco por mantenerte a mi lado, hice erigir los muros que rodean el palacio… ahora, comprendo que sólo imité a gran escala la prisión en la cual vives desde el inicio de los tiempos. La vida me abandona y sé que no deseo una suerte similar para ti. Te amo, y fui egoísta al hacerlo de una forma tan dominante. No te di posibilidades de quererme, no me hice querer, lo admito. Ella sonrió levemente, podía ver sus pensamientos, adivinar lo que sentía y cuánto agonizaba

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Huellas de Tinta Mayo 2016  

Revista online de literatura juvenil

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