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RELATO

I

Navidad después de tí Por Isaias Rapan

Cuando llegó el frío, fue lo peor. Todas las flores que habías plantado en el jardín, murieron de sed y parecían haber sido abandonadas por el sol. Fueron semanas, y luego meses de silencio. A veces pienso que tu voz recorre los pasillos de la casa, que tu risa me llega desde la sala… pero cuando miro, ya no hay nada. El polvo se posa sobre el piano que solías tocar. Las paredes quedaron desnudas luego de que quité nuestras fotos. Ver tu sonrisa me hacía llorar. Era como si dos lunas crecientes se posaran en tu rostro, y la palidez de su luz te hiciera brillar. Se acerca Navidad, y no hay luces que colgar. Siempre odiaste esas luces de Navidad. Las tengo guardadas, pensando que mi (nuestra) casa es la única oscura del barrio. Cada casa se disfraza de colores, y la nuestra de un manto de luto. Me asomo a la ventana, y veo la nieve tapando las veredas, brillando bajo la luz de la luna. Los niños juegan y corren por las calles de arriba abajo. Sus abrigos de colores los hacen parecer como destellos andantes, que se pierden bajo una montaña de nieve, y reaparecen por el pico de otra. Me llegan sus risas entrecortadas por los aullidos del viento. Hay algo muy emocionante en sus risas. Veo a varios de sus padres parados en el porche de sus casas, llamando a sus hijos de nuevo dentro, antes de que tomen un resfriado. Siempre quise un niño. Siempre quise que una de esas risas tan puras y dulces fuera para mí. Quería llenarme de esa risa. Tú nunca quisiste un hijo. 52

Algunos niños regresan con sus padres, y las calles comienzan a vaciarse. Volteo la vista hacia un costado, y entre todas las pequeñas siluetas coloridas, noto una silueta oscura, de pie entre un árbol y una pequeña montaña de nieve. No logro ver su rostro, pero creo distinguir por su pelo corto, encrespado, y su figura, que es un hombre. A pesar de que su rostro está cubierto por la sombra del árbol, creo… siento que esta mirando hacia mí. Comienzo a sentir mucha inquietud por un momento, hasta que lo veo alzar su mano. Palma al frente, sus cinco dedos bien separados, y moviéndose. Saludando. Saludándome. Me saluda por un largo rato, hasta que finalmente mi nerviosismo se va y le devuelvo el saludo. Eso parece dejarlo satisfecho, y baja su mano, pero se queda apoyado en el árbol por unos segundos más, observando, hasta que, finalmente, lo veo dar la vuelta e irse. Al desaparecer de mi vista, me alejo de la ventana, salgo del cuarto camino hacia el armario del final del pasillo. Saco de allí una gran caja, sacudo la capa de polvo que la cubre, y la abro. Comienzo a tirar, y de a poco, voy sacando una larga tira entramada de luces navideñas sin usar. Odiabas las luces navideñas. Pero tú ya no estas. Pero estoy yo. Y están las luces. Y está la Navidad. Y está la vida.

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Huellas de Tinta Diciembre de 2017  

Revista online de literatura juvenil

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