Issuu on Google+

TRABAJOS PREMIADOS EN EL CONCURSO DEL

DÍA INTERNACIONAL PARA LA ELIMINACIÓN DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO

25 NOVIEMBRE 2012


PREMIO AL MEJOR CARTEL

2ยบ ESO B-C equipo compuesto por:

Alicia Sรกnchez Hernรกndez Claudia Sรกnchez-Villares Sierra Andrea de la Puente Ramos Javier de la Puente Ramos


PRIMER PREMIO MICRORRELATOS

Asier Serradilla García


LA CARCEL DE LOS RECUERDOS Sol y nubes. Un día perfecto. Nos juramos amor eterno y nos besamos. Fue un momento especial, era muy feliz, pero, evidentemente, no sabía lo que iba a pasar. No pensé que él fuera a comportarse así. Al principio me hacia poner una sonrisa de oreja a oreja, todas las mañanas al amanecer junto a él, cuando me traía el desayuno a la cama, y me besaba en la mejilla dándome los "buenos días". Pero, ese verano, el cambió. Me fui con mi compañero de trabajo a Ibiza por unos asuntos de la empresa. Todos los días me acordaba de él. Le llamaba constantemente, pero, no sé por qué no me contestaba. Aún así, yo insistía. Durante tres noches seguidas recibí llamadas telefónicas, pero quién fuera el que las hacía, no me contestaba y colgaba. Tenía la sensación de que alguien me controlaba. El último día, antes de regresar de nuevo a casa, por fin, me cogió el teléfono. Le llame sobre las diez de la noche, tardó un poco en contestar, y cuando oí que descolgaba el teléfono, se me puso esa sonrisa que me acompaña todas las mañanas que estoy junto a él. Pero, esa sonrisa se esfumó muy rápido. Estaba borracho. Se le notaba en la pronunciación. Noté como algún objeto caía al suelo y se rompía. Colgó el teléfono. Mi preocupación crecía por momentos. Me fui a la cama, al día siguiente tenía un largo viaje, pero no me pude dormir hasta tarde. Tenía miedo, y a la vez intriga por saber qué es lo que estaría pasando en mi propia casa. John y yo, preparamos la maleta para regresar. Cuando llegué, me daba miedo abrir la puerta, introduje la llave en la cerradura y abrí muy despacio. Procuré no hacer mucho ruido. Tenía el corazón acelerado. Lo primero que vi, fue una chaqueta tirada y rota en el suelo, y al lado las llaves del coche. Me dirigí al salón, él estaba allí, tumbado en el sofá. El rostro serio. Me miró y dijo: "¡Que, ¿Ya has vuelto con tu amiguito?! Seguidamente le respondí: "Solo es un compañero de trabajo, ¡Y no me grites!". Se levantó, y me pegó una bofetada. Yo me quedé sin aliento, no comprendía nada. No conocía al hombre que tenía delante. Se dirigió a la cocina, cogió una botella de licor y empezó a beber sin pausa. En ese momento yo estaba aterrorizada, me daba miedo dormir con él, de la noche a la mañana, era un alcohólico; y encima encontré colillas de cigarros tiradas por el suelo. El nunca había fumado. Cuando me fuí a la cama, él ya estaba allí. Grito tanto y tan poco que ni Dios escucha mis suplicas, nunca fui muy practicante, pero intento rezar ahora. Ahora más que nunca. Me entró un escalofrío por el cuerpo, que se convertía poco a poco en miedo. La noche transcurrió con calma. Silencio. A la mañana siguiente, me trajo el desayuno, pero yo le dije que no me apetecía. Su cara se transformó y me lo tiró por encima. El vaso me impactó en la cabeza. Sangraba. Fui rápidamente a lavarme al cuarto de baño y cuando quise salir, el me lo impedía. Estaba encerrada y confusa. Empecé a gritar. Dios mío, ¿Qué le estaba sucediendo a mi vida? ¿Qué había hecho mal? Tenía ganas de llorar, pero no lo hice. Finalmente cedió. Los días pasaban, yo procuraba evitarlo. Era como un extraño para mí. Mi marido, se volvió a emborrachar viendo una película. Le


dije que me iba a la cama y él me siguió. Estaba sin control. Me dio un empujón y caí escaleras abajo. El primer golpe contra los escalones lo sufrió mi brazo, creí que me lo había partido. El dolor era insoportable. Debía ir al médico lo antes posible; él no se opuso, pero me advirtió que si le contaba lo ocurrido, que me diera por muerta. Era una amenaza. Tampoco se ofreció a llevarme. Dios mío, ¿con qué clase de monstruo me había casado? Si Dios existe, necesito ayuda. Llamé un taxi y esperé. Después de hacerme las pruebas, afortunadamente no tenía nada roto. Sólo una contusión. Cuando el médico me pregunto qué me había sucedido, no me atreví, por miedo, a decirle la verdad. Simplemente le dije que me resbalé en la cocina. Me sentía como una estúpida y una cobarde. El brazo me dolía muchísimo. El hecho de denunciarle me dio pánico, quien sabe lo que pudiera pasar si lo hago. Esa misma tarde, me quemé con la plancha. Tenía muchas cosas en la cabeza. Pero esa quemadura dolía menos que las que me causaba con sus manos. Por la noche, no conciliaba el sueño. Me estaba haciendo más fuerte. Desde que comenzó esta tortura, temía menos a la muerte. Me planteé el suicidio. Ya no podía más. Por la mañana me dirigí al médico nuevamente y le conté la verdad de lo ocurrido el día anterior. Me comprendió y me apoyó. Me extendió un parte de lesiones y denuncié en la comisaria a mi marido. A pesar de la orden de alejamiento, allí estaba él, en medio del salón. No recordaba que aún tenía llave de la casa. No supe reaccionar. Estaba aterrorizada. Buscaba venganza y se abalanzó violentamente sobre mí. Le empujé y se golpeó en la cabeza con la esquina de la mesa. Todo fue muy rápido. No se movía. Llamé a la policía buscando mi libertad, y ahora la encuentro, entre estas cuatro paredes, escribiendo la última página de este diario. Prisión de Villanubla, Valladolid. 25 de Noviembre de 2002. ADELA.

Asier Serradilla García


SEGUNDO PREMIO MICRORRELATOS

José María Bermúdez Silva


TORMENTA EN EL ESPEJO

Echó la vista atrás, y se quedó paralizada cuando aquella pregunta, la atravesó como el rayo de una tormenta. _ Era la tormenta que había sido su matrimonio durante más de veinte años y que ahora se reflejaba al igual que ella, ante el espejo de su cuarto de baño, en esa incógnita, es esa fulminante e inexorable interrogante. _¿Por qué? Se preguntó a si misma mirándose al espejo, y tras observar las heridas en su cara y aferrarse fuertemente con sus manos al lavabo, comenzó a hablar con su propio reflejo arrastrando las palabras en un susurro enrabietado y desgarrador. _¿Por qué he aguantado tanto tiempo caminando por esta senda oscura y tortuosa llena de palizas, insultos y humillaciones? ¿Acostándome todas las noches con el cuerpo roto y el alma dolorida y sintiendo por las mañanas el sabor de la sangre seca en los labios, sin que nunca me abandonara la horrible sensación de querer quitarme la vida para no seguir viviendo esta desquiciante pesadilla? ¿Por qué? _Probablemente este repentino soliloquio era la respuesta al oscuro y largo túnel de silencio que había atravesado. Pues durante todos estos años no le había contado ni una sola palabra a nadie, no hubo ni una sola queja por su parte, incluso se lo había ocultado a sus hijos haciendo del hematoma maquillaje, convirtiendo y disfrazando los golpes de las palizas en accidentes sin importancia, curándose las heridas clandestinamente y tirando de todo un repertorio de excusas. Se sentía maniatada y enredada entre las fatídicas cláusulas de su tácito pacto con el silencio. _ ¿Por qué? Seguía preguntándose mientras sus lágrimas se mezclaban con la sangre de sus labios y el morado de sus pómulos, formando un mosaico de sentimiento y rabia punzante, que dio paso a que el susurro se convirtiera en grito. _ ¿Por qué nunca encontré el valor para hacer frente a este infierno? ¿Por qué tuve que tragarme todas sus mentiras para luego quemarme en el fuego de sus promesas caídas en saco roto? ¿A dónde se fueron mis ganas de vivir? ¿Por dónde se escabulló mi alegría?_ Hizo una pausa mirando fijamente su reflejo. _¿Quién, quién eres tú, y que has hecho con la mujer que alguna vez fui? ¡Devuélveme el reflejo de ni alma perdida! ¡Ya no me quedan fuerzas!_ Dijo mientras agachaba la cabeza en el lavabo y comenzaba a llorar en silencio. Detrás de ella, a los pies de la bañera, y envuelto en un charco de sangre yacía el cuerpo sin vida de su marido, que tan solo hacía unos minutos, durante el trascurso de la paliza que le estaba propinando a su mujer, había resbalado cayendo de espaldas y dándose con la cabeza en el borde de la bañera, murió en el acto. Ella, antes del peculiar monólogo había llamado a la policía, precisamente los estaba esperando. Levantó la cabeza del lavabo y volvió a


mirarse en el espejo, esta vez vio algo muy distinto, notó un brillo en sus ojos, y a pesar de que media cara era un mapa y la otra media un poema, se sintió guapa y en su interior notó una sensación de alegría que hacía tiempo no experimentaba; como si ese extraño ritual ante el espejo fuera su resurrección. En un impulso miró de soslayo a su marido, y entonces comprendió todo, y con una voz suave y firme a la vez desnudó su alma. _Quizás, todo esto tendría que haber acabado de otra manera, y es seguro, que yo tendría que haber buscado una solución hace tiempo, pero veinte años de penuria son más que suficientes para no tener que sentirme mal en estos momentos. Por fin romperé mi silencio y contaré mi historia, por fin volveré a ser, la mujer que alguna vez fui._ _Y se giró, dando la espalda al espejo, echó el alma atrás y tiró hacia delante.

José María Bermúdez Silva


Premios no violencia