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Por encima de todos nuestros fallos, mas allá de las equivocaciones y malos entendidos, aún más allá del dolor y los defectos estaba este sentimiento. Uno nacido erróneamente…pero de todos modos un fuerte y profundo sentimiento que no habíamos sido capaces de relegar ni apagar en todos estos años. Así que en un suave movimiento me di impulso poniéndome de puntillas y junté mis labios con los de Edward, sellando así un destino al que ya no tenía sentido seguir esquivando.

Shakespeare escribió una vez: "El Amor no es el amor que cambia cuando encuentra algo que le altera. Es una huella imborrable que combate tempestades y nunca se agita. El amor no se altera en esas breves horas ni en semanas. Sino que resiste... incluso al borde de la muerte."

Amor… simplemente amor. Tanto envuelto en una pequeña palabra, una vida, un mundo nuevo. Miedos y valentía detrás de ese sentimiento… y también estaba el fuego. Pero un buen fuego, no del que quema y deja dolorosas heridas y huellas imborrables, si no de un fuego mucho más suave, uno sanador que me calentaba el pecho y el alma, que mecía mi corazón, que me hacía sentir tan viva y tan envuelta en esa calidez que podía creer que era un fuego renovador, uno que sólo nacía y moría entre los brazos de Edward. Esa sensación que únicamente él podía despertar en mí, más allá hasta de las propias palabras, un sentido de pertenencia inexplicable, una certeza de por una vez en nuestras vidas estar tomando el riesgo correcto.

Fue cosa de sentir la determinación en Edward luego de la incredulidad inicial, sentir sus labios moverse sobre los míos, sus manos aferrarse a mi espalda empujándome hacia él casi con temor a que me escapase, su lengua arrogante invadir mi boca sin preliminares, su olor a hombre. Todo eso incendió la habitación, revivió esa exquisita sensación de fin de mundo, reinstauró mi creencia que luego de los labios de Edward no existía absolutamente nada.

¿Quién necesitaba lo inmaculado del cielo cuando el ardor del infierno no hacía daño alguno? ¿Para qué flotar entre nubes cuando con mis pies sobre la tierra llegaba más lejos de lo que nunca había llegado antes?

Suspiré involuntariamente, pero es que no podía contenerme. Tenía miedo, lo admito, pero sentía


tanta fuerza dentro de mí, creía tanto en Edward, en sus palabras, en sus ganas y en su dolor, que el saber que él estaba igual de atado que yo a este dolor renovaba mis fuerzas de luchar por nuestros “juntos”. La boca de Edward acariciaba la mía, no como si fuese algo frágil, pero sí como si pudiese desaparecer. Por mi parte yo no estaba dispuesta a medir mis ganas y lo besé como si la vida se me fuese en ello. Al rato él trató de alejarse, supongo que motivados por mis jadeos a causa de la falta de aire, pero no lo permití. ¡Qué un rayo me cayese en la cabeza si permitía que Edward dejase de besarme justo ahora! Habían sido tantos miedos, tantos impedimentos tan difíciles de vencer que ahora no había fuerza humana que me hiciese retractarme.

Sentí sus labios estirarse en una incontenible sonrisa ante mi reticencia y no pude más que imitarle, feliz en este momento tan sublime… una extraña forma de besar, pero a nosotros nos resultaba.

De pronto noté como una renovada fuerza lo invadía, supongo que en base a lo que fuese que estuviese pasando por su cabeza en estos momentos y sin despegar nuestros labios me alzó, dejando mis pies a unos cuantos centímetros del suelo y comenzó a reír… ahora si fue imposible seguir besándolo. Fruncí el ceño mientras me separaba para verle e intentar comprender que rayos le era tan gracioso.

—Te odio—susurró casi sobre mi boca con una dulce voz, algo quebrada a causa de la risa que tenía atorada en su garganta y que apenas podía contener.

—Tanto como yo te odio a ti— respondí entendiendo el trasfondo de la frase, consciente de cómo para nosotros ese simple intercambio de palabras ocultaba la verdad y a su vez significaba muchísimo más que el predicarnos amor eterno con palabras cursis.

—Te odio mucho, mucho, mucho, mucho… — susurró dulcemente mientras me daba suaves besos, yo reía, suspiraba e intentaba besarle de vuelta, pero era difícil con él repitiendo eso como un mantra.


Edward y yo jamás seríamos normales, nunca tendríamos un amor de cuentos, ni un ideal de pareja con pajaritos volando a nuestro alrededor. Ambos éramos complejos, atormentados en distintos niveles, desconfiados y con un pánico a la cursilería que rayaba en lo ridículo… pero éramos nosotros, con nuestras extrañas metáforas, con nuestras desafiantes miradas, con nuestras ganas de hacer las cosas bien, con la habitación en llamas y el fin de mundo incluido, con nuestro amor… Tal vez uno irracional, difícil de entender, nacido de un error… pero era nuestro, eso no cambiaría.

Después de pensarlo un poco, ya no me pareció tan incomprensible la risa tonta de Edward. Él estaba feliz e intentando creerse que esto realmente estaba pasando, al igual que yo, que era absolutamente consciente de cómo todo mi cuerpo temblaba entre los brazos de Edward.

Él siguió intentando controlar su risa a la vez que repetía lo mucho que me odiaba, mientras yo, aun con los pies sin tocar el suelo, escondía mi rostro en su cuello riendo a coro con él.

Sus carcajadas disminuyeron un rato después y se alejó lo justo de mí para verme a los ojos unos instantes. Brillaba, como si un par de estrellas se hubiesen alojado en sus pupilas y sonreía, como si acabase de enterarse que era el único ganador de la lotería del año.

Pero antes de poder decir cualquier cosa, él me había envuelto en sus brazos de manera posesiva y protectora, escondiendo su rostro en mi cuello… una risa melodiosa brotó de él, única que jamás había escuchado. Ya no tan histérica, ni nerviosa, sino que ahora era un sonido simple, liviano y espontáneo, además de contagioso que se grababa en mi pecho como una melodía.

Inhaló con fuerza sobre mi piel, aún refugiado en mi cuello mientras su respiración se calmaba, a la vez que me estrechaba tanto que me resultaba doloroso, pero no tenía ni la mínima intención de quejarme, menos cuando lo sentí depositar un suave beso en mi cuello… como había hecho alguna vez.

—Recuerda este momento, Bella—susurró desde su escondite—Recuerda esta noche, porque es el principio de siempre—Aseguró con absoluta convicción.


Como pude tomé su rostro entre mis manos obligándolo a mirarme, tuve que morderme la lengua para no pedirle que me jurase nuevamente sus palabras, pero es que a veces hay viejas costumbres, como el miedo, que son difíciles de dejar de lado con facilidad.

Acaricié lentamente el cabello tras sus orejas mientras me perdía en su mirada, queriendo guardar todo lo que pudiese de este momento, tal como él pidió.

—Ahora quiero que me prometas algo—pidió al ratito y sonreí en respuesta segura de que en este instante le concedería lo que fuese—Asegúrame que creerás en esto por sobre todo lo pasado y por pasar. Prométeme que si algún vez, algún temor te invade recordarás este preciso momento… recordarás este sentimiento—recitó poniendo mi mano sobre su pecho, haciéndome sentir el palpitar de su corazón y posando su mano sobre la mía—Porque dos siempre serán más fuertes que uno… —susurró al final y sentí como si mi pecho fuese a explotar de pronto, si es que no rompía a llorar antes.

— ¿No se suponía que eras malo con las palabras? —dije intentando sonar divertida, mientras veía como hacia él lo imposible por no desviar su mirada avergonzada de la mía.

—Podríamos decir que tú me inspiras…—bromeó inquieto con una hermosa sonrisa que de a poco cambio en un gesto más profundo—Prométemelo, Bella…

—Te lo juro…—fue todo lo que alcancé a decir antes de que sus labios me silenciaran.

Este sería un camino largo y obviamente muy difícil, pero para mí el saber que Edward lucharía y estaría dispuesto a defendernos conseguía que cualquier duda se disipara e imagino que al prometerle que cada vez que algo en mi dudara pensase en nosotros, le daba a él la misma fuerza.

Teníamos demasiadas fisuras como para no necesitar una promesa de respaldo, estábamos tan marcados por nuestro pasado, por las personas que no nos cumplieron, que estaba muy dentro de nosotros el temor a la pérdida, el pánico a dar y recibir una cachetada de vuelta.


Así como yo acababa de descubrir que el amor que Edward sentía por mí lo hacia débil, lo mismo se aplicaba en mi caso. Estábamos arriesgándolo todo, así que quizás exigir un juramento de vuelta no era algo tan descabellado.

Nos besamos y abrazamos sabe Dios por cuanto tiempo, ninguno dijo nada más porque sabíamos que aún nos quedaba mucho por hablar, pero ahora, en este instante todo el resto podía esperar… yo sólo quería sentirlo, abrazarlo con todas mis fuerza, acariciar su rostro mientras me perdía en su fija mirada y en sentir sus manos y labios igual de incrédulos y ansiosos que los míos.

— ¿Ahora vas a contarme la historia de tu viaje a Londres y por qué nunca te llegue a ver?— pregunté aprovechando que aparentemente Edward estaba con la guardia baja.

— ¿No puedes simplemente dejarlo pasar? —Preguntó con una mueca de desagrado.

—No.

—Lo supuse— musitó mientras soltaba el aire escandalosamente.

Sus manos se afianzaron en mis caderas a la vez que me obligaba a caminar con él. Edward se sentó en el borde de la cama y me arrastró hacía él con fuerza, dejándome sobre su cuerpo a horcajadas. Estuve a punto de lanzar un grito, pero me contuve ante lo natural que parecía ser este tipo de gestos para él aunque para mí era tan nuevo como intimidante.

—La historia es aburrida… —comenzó sin ganas, haciéndome volver al tema en cuestión y tratar de olvidar lo íntima de nuestra posición— Luego de que se fueran, las cosas no estuvieron muy… buenas por aquí—exhaló— En resumen, si normalmente soy un jodido idiota cuando algo se me escapa de las manos puedo ser aún peor—frunció los labios— Bebí mucho, tanto así que a veces no sabía ni que día era… Ahorrándote la parte patética de los excesos de drogas, alcohol, fiestas y mujeres he de decir que me perdí, esos días me borré de todo y todos, me convertí en una especie


de vicioso agresivo y con apariencia de ermitaño con fobia al agua y jabón—habló rápido y quien frunció los labios esta vez fui yo, no sólo por la parte del breve relato de sus excesos con “mujeres” sino por el dolor que me generaba imaginarlo perdido— No es algo de lo que me sienta orgulloso, Bella—susurró acomodando un mechón de mi cabello tras mi oreja— Tampoco es algo que me hubiese gustado que te enterases, pero…—volvió a exhalar— Emmett sabía lo que me estaba pasando, intentó ayudarme pero era imposible, por más que supiese, que estuviese allí jamás entendería lo que yo sentía y sinceramente yo tampoco estaba para terapias de abrazos y charlas de hermano-hermano en esos momentos—masculló— Rose también se preocupó, ya sabes ella es más ruda, así que no ofreció ni abrazos ni charlas… pero si me hizo entender que podía contarle lo que me pasaba, a lo cual me negué, entonces le dio por perseguirme y encararme un par de noches, discutimos en varias oportunidades y nos mandamos a la mierda infinidad de veces —dijo incómodo.

— ¿Y qué le decías… cuando te preguntaba? —inquirí mientras me acomodaba mejor en su regazo y pasaba mis manos tras su cuello.

—Nada, no podía hablar de ti—dijo tristemente—O sea, no dije nada estando consciente, aunque sé que estando borracho te llamaba, un par de mu… personas me lo dijeron alguna vez—no me pasó desapercibido que iba a decir mujeres, pero intenté no darle importancia.

—Me imagino a Emmett y Rose preocupados por ti—dije bajito y él asintió.

—Supongo que Rose se enteró de que iba el drama más menos, pero nunca ha dicho nada sobre el tema, tal vez esperó que yo se lo contara, pero no podía…

— ¿Entonces, cuando decidiste ir a Londres? —pregunté impaciente.

—Cuando ya no pude más—dijo simplemente— Un tarde tuve que ir a una la cena familiar de celebración del cumpleaños de Carlisle, era el primer año en que Jasper asistía oficialmente como el novio de Alice, así que imaginarás que el ambiente estaba un poco tenso esa noche.

— ¿Jazz te hizo algo? — pregunté recordando que le había hecho prometer a mi hermano que no le haría nada a Edward.


—Nada—dijo asombrado— Simplemente me ignoró lo más que pudo, pero habló conmigo educadamente cuando fue necesario. Yo pensé que mínimo me dejaría un ojo morado, pero nada… él estuvo toda la noche comportándose como el novio “perfectirijillo” —se burló— Pero como el hombre inteligente que es, su ataque no fue directo y al final de cuentas me dio donde más me duele, inclusive más que un golpe en la cara—siguió con su humor negro mientras yo lo miraba sin entender—Tú— dijo como si fuese lo más obvio—Jasper se las ingenió para hacerte el tema de conversación toda la santa noche. Y claro, Alice y Esme estaban de lo más encantadas recordando los detalles de la boda. ¡Me sentí tan impotente! ¡Sólo quería pararme de esa mesa y gritarles que se callaran de una vez! Era como si se hubiesen puesto de acuerdo para recordarme que llegué tarde—escupió las palabras— Esa noche decidí que tenía que volver a verte, hablarte y repetirte lo mismo que dije el día en que te casaste con Jake, pero que esta vez lo haría bien, de forma que me creyeses. Necesitaba que supieras que decía la verdad cuando hablaba de que te quería conmigo, cuando intentaba decirte lo que sentía, que esta era esa vez en que “Pedrito” estaba siendo sincero—susurró acariciando mi mejilla, quedándose en silencio unos instantes— La sola idea de volver a verte fue como si toda esa sensación de nada se fuera. Al día siguiente viajé a Londres, pero tenía a Emmett como pulga en el oído todo el tiempo, controlando cada movimiento, sabía que si le decía que tenía planeado ir a Londres se negaría y haría algo para evitar que fuese, así que sólo se me ocurrió inventarle que me iba unos días con Rosalie, ni siquiera le dije a donde. En ese entonces ellos tenían una extraña relación, yo sabía que Emmett tenía sentimientos por ella, pero Rose al parecer no o más bien ella no se había dado el tiempo para verlo bien. Podríamos decir que mi decadencia los unió de alguna manera—rió sin ganas— Supongo que como ambos estaban preocupados por el bastardo desagradecido que yo era, los llevo a tener algo en común, parece que Rose vio en Emmett la madurez de la que no se había percatado antes… —dijo encogiéndose de hombros— En fin, mentí, pero en mi brillante plan se me olvidó inventarle algo al segundo perro guardián: Rosalie. A menos de dos días de mi partida Rose llamó a Emmett y todo mi plan se fue al carajo…—dijo haciendo un cómico gesto de frustración.

—Y yo que pensaba que los “Planes brillantes” eran un don de familia—ironicé y Edward soltó una carcajada.

—Y lo son—dijo petulante—Sólo que ese en particular no resultó porque estaba demasiado ansioso por viajar—dijo afianzando su agarre en mis caderas

— ¿Entonces estás confesando tu participación en este plan maestro? —inquirí levantando una ceja.


—Hum… esa es una duda con la que tendrás que vivir—dijo canalla luego de un misterioso silencio, sonriendo con picardía.

Hice un mohín pero decidí dejarlo pasar—Entonces pudiste salir del país y llegar a Londres antes de que Emmett se enterase de tu mentira… — le animé a continuar.

—Si, llevaba un día en Londres cuando Emmett comenzó a llamar y llamar al móvil. Parece tonto e insulso, pero es más vivo que varios y en cuanto supo de mi mentirilla, adivinó que mi desaparición tenía que ver contigo, entonces en menos de dos horas él también estaba en un avión rumbo a Londres para impedir que yo hiciese alguna estupidez.

— ¿Por qué nunca nos vimos? —susurré, pensando que Emmett había logrado detenerlo.

Edward frunció el ceño hasta llenar su frente de muchas arrugas y sus ojos se oscurecieron notoriamente mientras le veía perdido en sus recuerdos, memorias que obviamente no le eran agradables pues el dolor era evidente.

—Fue todo tan atarantado que además de saber que vivían en Londres y que Jacob estaba haciendo su especialidad en Oxford no tenía ni puta idea de donde encontrarlos… —susurró— Perdí como dos días buscando información sobre donde encontrarte, además de evitar a Emmett que según supe por los mensajes amenazantes que dejaba en el móvil, andaba por la ciudad como loco buscándome… —dijo perdido en sus recuerdos, a la vez que a mi mente venían recuerdos propios. “¿Cómo que estuviste en Londres? ¿Cuándo? —preguntó Jake a Emmett, cuando Carlisle hizo alusión a un pasajero viaje de su sobrino años atrás, en esa incómoda cena en casa de los Cullen. —Hace unos tres años y algo…—respondió con notorias ganas de no hablar sobre el tema. — ¿Pero por qué no nos avisaste? —reclamó sentido, mientras yo veía como Emmett le lanzaba una discreta mirada a Edward. —Fue sólo por trabajo, apenas estuve dos días…Ya sabes como es este trabajo—se excusó, pero vi algo extraño en el gesto de Emmett. No había bromas, más bien se veía acorralado e incómodo.


Edward miraba atento su plato y fingía analizar una papa dorada como si esta tuviese la respuesta a la teoría del Universo. —Bueno, para la próxima vez que tengas la oportunidad, tienes que sí o sí avisarnos, tenemos muy buenos amigos allá y de seguro estarán encantados de recibirte y darte un tour…Londres es bellísimo—dijo Jake y yo sonreí con añoranza al recordar a Charlotte y Eleazar. —Sí…espero que para la próxima vez tenga tiempo para al menos ver en Big Bang o algo…— masculló entre dientes, mientras Esme le miraba raro a causa de la confusión entre “Big Bang” con el “Big Ben”—Correr desesperado por las calles no es muy turístico que digamos…—terminó y enseguida dio un breve brinco sobre su silla, mirando de reojo a Edward, quien le dedicaba una mirada asesina lo más disimulado que podía. ¿Edward acababa de golpear por debajo de la mesa a Emmett? ¿Por qué? Seguro me había perdido de algo, pero no pude concentrarse en qué porque en ese preciso instante Edward levantó la vista y la fijó en mí, como si hubiese sabido que pensaba en él en esos momentos...” —Eso era… —ni siquiera me salió la voz, apenas y modulé las palabras.

¿Cómo no lo había visto? ¿Cómo no lo sospeché? Estuvo frente a mis ojos, todos estos años todo, absolutamente todo ha estado frente a la punta de mi nariz y yo, cegada por el miedo y mi maldito orgullo fui incapaz de verlos. Incapaz de creer un poquito en las palabras de Edward, incapaz de sospechar o imaginar el dolor de Edward…

— ¿Qué más pasó? — pregunté con voz ahogada.

Edward suspiró—Finalmente di con tu dirección luego de usar mis tácticas secretas con unas secretarias de la Universidad. Entonces partí a buscarte sin saber realmente que te diría, pero me moría por verte—sonrió con añoranza—Llegué a las afueras del edificio donde me dijeron que vivías, pero no pude entrar, no sé si fue el miedo al rechazo o a poner en palabras todas esas cosas raras que sentía lo que me paralizó en la vereda de el frente de tu apartamento, pasé allí mirando hacía el que se suponía era tu ventanal hasta bien entrada la tarde, pero no podía dar un paso en tu dirección, tenía miedo—confesó avergonzado— Alrededor de las seis de la tarde vi a Jacob llegando y me escondí tras un auto que estaba allí estacionado. Lo vi entrar y me imaginé todo el proceso de él entrando al departamento que compartían, a ti esperándole allí… imaginé toda esa mierda de la casita feliz—masculló— ¡Me enfurecí! Pensé que había desperdiciado mi oportunidad de encontrarte a solas y que ahora me tocaría esperar hasta el día siguiente, mientras seguía escurriéndome de Emmett. Fue en ese minuto, cuando ya me había rendido y estaba por irme, cuando te vi salir del edificio… sola. Esa noche estaba fresca, por lo que llevabas un abrigo gris que


te llegaba más debajo de las caderas, al cual te abrazabas buscando calor mientras te detenías e intentabas buscar algo dentro de tu bolsa—recitó— Vi que detrás de ti la puerta del edificio estaba cerrada, así que supe que esa era mi oportunidad—suspiró— Pero como las cosas contigo nunca son como las planeo, justo cuando no había dado más de dos pasos en tu dirección Emmett apareció de la nada y me jaló hacia atrás haciendo que los dos nos ocultásemos tras el auto que seguía estacionado allí. —Su voz se apagó de repente y sus ojos se quedaron fijos en los míos.

Por un segundo pensé que seguiría hablando, pero en su mirada vi que se había perdido en sus memorias nuevamente. Me era imposible dejar de sentir que frente a mí seguía estando un Edward abrumadoramente honesto y expuesto, un hombre que estaba entregándose lo mejor que podía, improvisando, porque la vida no le había enseñado a confiar.

—Entonces Emmett te detuvo—me atreví a decir, casi con miedo de perturbarlo más.

—Algo así— contesto sin ganas—Discutimos, forcejeamos. Yo estaba dispuesto a cualquier cosa, pero tenía que llegar a ti—Dijo con una potente exhalación a la vez que se inclinaba sobre mi dejando su frente sobre la mía y acariciando un costado de mi cara— Emmett me gritaba que no tenía derecho a turbarte apareciéndome frente a ti de la nada, que ya había sido suficiente para ti, para Jake y para mí. Me pidió que dejase de dañarme a mi mismo de ese modo, que no me torturase más con tu recuerdo y que de una vez por todas te dejase ir. Que ya te habías casado con Jake y que yo ya lo había intentado el día de su boda… que ya no quedaba nada que hacer— dijo todo en un susurró acelerado—Pero ni una de sus palabras me convencía. Sabía que él tenía razón, pero simplemente no podía hacerle caso… Entonces pasó—sentenció y noté como su voz tomaba un matiz más oscuro—Le grité a Emmett que él no sabía nada y que no había forma de detenerme. Me zafé de su agarre y justo cuando estaba apunto de cruzar la calle él grito que estabas embarazada—Se alejó para fijar nuevamente sus ojos a los míos—Y volví a no sentir nada. Fue como si algo doloroso me golpease un minuto y la confusión tomase su lugar al siguiente y luego… nada. —Susurró mirándome con intensidad.

Y ahora entendí que era lo que había en la mirada de Edward: Dolor, de ese profundo e inolvidable. De ese dolor que dejaba cicatrices tan profundas que aunque pasasen siglos, con tan sólo recordar el momento esa angustia volvía a invadirlo todo. Tal cual me pasaba a mí cada vez que recordaba las palabras que le dijo a Jake o cuando


recordaba su cuerpo desnudo sobre la cama mientras esa mujer desconocida me hablaba desde la puerta.

Los ojos de Edward estaban tan oscuros, tan turbados, que sólo atiné a pasar mi mano por su mejilla intentando reconfortarle un poco mientras ponía en imágenes todas su palabras. El cuadro resultaba aterrador.

—Luego—inhaló—, al segundo de que Emmett dijo eso, vi como Jake y una mujer con el pelo rizado y voluminoso salían desde el edificio. Entendí que tú solamente te les habías adelantado. Recuerdo que Emmett se paró a mi espalda y puso sus manos sobre mis hombros mientras con voz de funeral decía “Me enteré la mañana luego de la cena en casa de Carlisle, pensé que lo sabías y que te habías vuelto loco, por eso te he buscado tanto” —la voz de Edward tampoco fue muy alegre que digamos—Entonces Jacob ya había llegado a tu lado y te abrazo por detrás mientras esa mujer hacía una seña, como acariciando tu vientre sin llegar a tocarte y luego tú reíste—dijo con tristeza.

—No recuerdo—dije casi sin voz. —Por más que pienso y lo intento no recuerdo ese día—dije con unas enormes ganas de llorar y sintiéndome estúpida por no recordar.

Edward asintió escuetamente—Si bien las palabras de Emmett me habían aturdido fue el verte a ti lo que me hizo desistir, Bella—dijo bajito—Entendí que tu ya tenias tu vida, una distinta y que, según lo que todos decían, no era mala. Sabía que Jake te cuidaría a ti y a tu… a la bebé. Yo sólo iba a hacer más daño insistiendo en algo que yo mismo había arruinado.

— ¿Nunca pensaste… que Beth?

—Si, claro que pensé que podía ser mi hija. Pero sólo fue un segundo, cuando ya estaba de vuelta en el país y había decidido no caer en los vicios, por que simplemente en vez de ayudar me hacían sentir peor—comentó— Sé que esa noche que estuvimos juntos no nos cuidamos, yo estaba demasiado frenético como para pensar en condones o para preguntarte si tu usabas algún método. Pero luego entendí lo improbable de aquello, sobre todo cuando Emmett, casi previniendo mi duda enfermiza, me explicó que tú tenías sólo unas pocas semanas, por lo cual las fechas no calzaban y yo no tenía tanta suerte o tan buena puntería—sonrió sin ganas.


—Pero en ese segundo de duda tuviste razón… y también buena puntería—intenté bromear sin resultado, pero de todos modos Edward soltó una risa, algo tensa, pero risa al fin.

El silencio volvió a hacerse incómodo entre nosotros.

—Esa mujer, la de cabello voluminoso y rizado es Charlotte, mi vecina, amiga, psicóloga y madrina de Elizabeth. La conocí al poco tiempo de llegar a Londres y fue mi mayor pilar estando allí. Lo más probable es que ese día ella hubiese dicho alguna de sus tonterías habituales intentando hacerme sonreír hasta que lo logró—dije sin querer ahondar más en el terreno del “mi vida sin ti fue una jodida mierda casi insuperable” Tanto Edward como yo teníamos noción plena de todo lo que nuestras malas decisiones habían acarreado, no existía la necesidad de contaminar al otro con detalles morbosos.

—Lamento como sucedieron las cosas—dije bajito a lo que él apenas y asintió.

Su mutismo me estaba empezando a inquietar, mi veta autodestructiva estaba comenzando a ingeniarse mil y un formas en que él me estaba odiando en este minuto por haberle hecho pasar por todo eso, sobre todo como el destino y mi cobardía lo detuvieron a unos pasos de su hija neonata.

—Poco después del saber el resultado de los exámenes finales de la carrera, antes que te fueras, Carlisle me ofreció un cupo en un hospital de Nueva York para especializarme en pediatría, esa área se me daba bien sin mayor esfuerzo—continuó con su historia—Así que a la semana de volver de Londres decidí aceptarla. Fue una decisión complicada, sentía que al marcharme de aquí realmente estaba asumiendo que todo había acabado, pero lo hice. Ya no quería seguir preocupando a Emmett ni a Rosalie. Así que me mudé a Nueva York, claro, no sin antes asegurarle a Emmett que podía arreglármelas solo, así que me hizo buscar ayuda “profesional”. Supongo que el pobre estaba aterrado de que una mañana sonase su teléfono y le avisaran que su hermanito había sido igual de cobarde que su padre y se había suicidado—masculló molesto—Puedo ser idiota, egoísta y un bastardo, Bella. Pero cobarde no soy… al menos no de ese modo—hizo un mohín y yo le sonreí intentando animarlo—Estuve los siguiente dos años visitando habitualmente


la consulta de la doctora Scott, mi psiquiatra—dijo sin más, aunque se notaba que le estaba costando hablar —Y al final reconozco que me ayudó. En un principio fue difícil, es más, hay cosas de las que nunca pude hablar con ella, pero de esa época puedo decir que aprendí mucho sobre mi mismo y logré encontrarle explicación a varias cosas. Pude poner mi vida en cierto orden e incluso dejé de sentir la necesidad de fingir ser intocable… supongo que el dineral que salieron sus consultas fue una buena inversión—sonrió a medias.

Sabía que él intentaba quitarle peso a sus palabras y continuar con su historia, sabía que no era su intención traer mas culpas, que lo hecho, hecho está y no valía la pena recriminar nada. Esa decisión me hizo admirarlo más, entender que él quería ser sincero sin que eso dañase lo que tanto nos costó ceder. Y por otro lado, sus palabras me daban seguridad, reconfirmaban la fuerza de su sentimiento desde hace tanto tiempo.

¿Será que los amores reales se hacen confiables cuando los ves sufrir y heridos?

Edward lo había pasado realmente mal y aunque a mi favor estaba el desconocimiento, eso no me hacía sentir mejor. Supongo que lo mismo sucede con él al pensar en todo lo que paso por decir palabras que no sentía.

Él estaba siendo honesto, aunque eso le costase tanto. Pero aquella parte del pasado ya no era simplemente suya, desde que yo había aceptado darle una oportunidad a esto, a nuestro Juntos, tanto las palabras que acababa de decir como mi versión de ese tiempo, todo, absolutamente todo formaba un nuestro de ahora en más.

—Te quiero—musité. No porque fuese una palabra efectiva para llenar el silencio ni mucho menos —Te quiero mucho—reafirmé feliz de ver como la sombra en su mirada se desvanecía y sus verdes ojos volvían a brillar.

—Tanto como yo te quiero a ti…—susurró con esa apabullante naturalidad que me aturdía, mientras me atraía hacia él para besarme suavemente.


Llega un momento en que cada persona tiene que escoger, es allí donde se ve su valor. Y yo había escogido ser valiente está vez, elegí a Edward y todo lo que eso pudiese conllevar.

—Nos escojo— susurré sobre sus labios y note la confusión en su cara—Tu dijiste que querías ser una opción para mi, que querías que te escogiera… Pues no te escojo sólo a ti, Edward. Nos escojo a nosotros… Juntos. Por que dos siempre son más fuertes que uno.


Cap 48  

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