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casas de

campesinos y pescadores Litoral Atlรกntico


Casas de campesinos y pescadores en el litoral cantรกbrico

Arquitectura y paisaje tradicionales


Todos los derechos reservados. .

Para los textos los autores de los artículos Para las imágenes los autores de los artículos, salvo los indicados en los pies de páginas

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares. Para autorizaciones dirigirse a litoralatlantico@gmail.com

Asociación para la Conservación de la Arquitectura Tradicional Portada: fotografía de Eloy Gónzalez Pellón

ISBN 978-84-930974-6-2 Depósito legal SA- 750-2015 Impreso en Santander Edición de la Asociación Tajamar


ÍNDICE

PRESENTACIÓN Luis Azurmendi. Arquitecto....................................................................................

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RURALIA : EL JARDÍN DE LA ALDEA GLOBAL Artemio Baigorri. Sociólogo. Univ. Extremadura.....................

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RELACIONES, TRANSMISIONES E INFLUENCIAS. EN LA ARQUITECTURA POPULAR DE LA CORNISA CANTÁBRICA . J. L. García Grinda. Arquitecto. ETSAM. UP. Madrid..............

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LA CASA TRADICIONAL ASTURIANA. Adolfo García Martínez. Antropólogo. Univ. Oviedo...............

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CANTABRIA: CASA y TRADICIÓN CULTURAL. Eloy Gónzalez Pellón. Universidad de Cantabria......................

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HABITAR FRENTE A LA MAR Miguel Remolina Seivane. Arquitecto.......................................

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. LA CASA DEL PESCADOR EN HONDARRIBIA Antxon Aguirre Sorondo. Etnógrafo.........................................

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LA CASA MARINERA EN EL LITORAL GALLEGO Andrés Sampedro Férnandez . Etnógrafo.................................

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LA GÉNESIS DE LA POLÍTICA DE VIVIENDA PESQUERA Y EL POBLADO DE PESCADORES DE MALIAÑO (SANTANDER) Alberto Ansola Fernández. Universidad de Cantabria..............

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PRESENTACIÓN

L

a construcción de la arquitectura tradicional dependía fundamentalmente de los recursos naturales y las condiciones climatológicas de la región. Diferentes materiales y climatología proporcionaron a la arquitectura un fuerte carácter local. Pero también las tradiciones y culturas diferentes, muy arraigadas en el tiempo, condicionarán la construcción con modelos probados durante siglos. Así que, cada lugar, fue adquiriendo un determinado estilo en su arquitectura. La relación cultural entre pueblos produjo también adaptaciones de modelos ajenos al propio lugar, lo que explica la existencia de elementos comunes en diferentes territorios. Son conocidas esas influencias a través de itinerarios históricos como las rutas de comercio y la migración, las de la tecnología, las religiosas o las de trashumancia. En la actualidad las actividades rurales, como la agricultura y la pesca, han perdido protagonismo en el conjunto de las actividades del país. La pesca artesanal en el litoral apenas se practica. Fue, sin embargo, una actividad intensa que utilizó instalaciones características como los puertos pesqueros o de ribero, las cetáreas, los corrales de pesca, los astilleros y diques secos, los secaderos y naves de conservas. De todas ellas, salvo contados casos, sólo nos han quedado vestigios testimoniales. También la vivienda de los pescadores, tan vinculada a los puertos, ha desaparecido al destinarse estos para actividades turísticas y deportivas. El campo en general, y la agricultura especialmente, han sufrido un fuerte descenso poblacional que afectó a las actividades que dieron sentido a un hábitat y a unos paisajes característicos. Los paisajes rurales han quedado abandonados o con escasa actividad: las cabañas de pastoreo o los caminos ganaderos, los caseríos y los hórreos, las fraguas y los molinos, entre otros, ya son sólo un testimonio del pasado Mientras esto ocurría en el campo, en las ciudades se produjo una fuerte expansión de consecuencias negativas, en la mayoría de los casos, para un desarrollo equilibrado del territorio. Se desertizaba el campo en tanto que la ciudad se expandía incontenible más allá de los límites tradicionales. En la actualidad las diferencias entre territorio rural y espacio urbano, entre aldea y ciudad, son cada vez más difusas. Y no solo en los aspectos geográficos sino que también en los de comunicación social. Hoy las noticias llegan al mismo tiempo a un hogar de la ciudad que a otro del campo.

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Y la respuesta, la comunicación, a través de las “redes”, es inmediata tanto desde un barrio de la ciudad como desde una casa en un territorio lejano. ¿Qué sentido tiene hoy volver a reivindicar el valor de la arquitectura “popular” o “tradicional”?. Parece que agotado el actual modelo de desarrollo urbanístico se trata de recuperar el equilibrio territorial, no sin una buena dosis de hipocresía, con términos como “crecimiento sostenible” y con algún que otro guiño a la arquitectura tradicional. Acercarnos a esta situación, desde el ámbito de la región cantábrica es el objetivo de esta nueva publicación de Litoral Atlántico. Y lo tratamos desde el núcleo de la arquitectura tradicional: la vivienda. Las casas de campesinos y pescadores será el punto de observación. El lugar donde se habita, está ya totalmente condicionado a “la urbe global”, como anticipa el autor del trabajo, el sociólogo Artemio Baigorri, que abre el contenido de esta publicación. De esta forma, desde la observación de los cambios actuales en el territorio, anuncia la desaparición de las ciudades globales y hasta la propia ciudad como espacio físico. El arquitecto J.L. García Grinda, con su trabajo “Relaciones, transmisiones e influencias en la arquitectura popular…” estudia la arquitectura popular o tradicional en el área cantábrica, y nos revela un elenco de modelos arquitectónicos originales y otros que son producto de influencias externas al territorio y que frecuentemente se confunde su origen. En la región asturiana el antropólogo Adolfo García relata “La casa tradicional asturiana, entre la autosuficiencia y la reciprocidad” donde disecciona los modos de vida de las sociedades rurales y la razón o razones que explican la formación de la familia y la casa campesina como unidad de producción. El artículo “Cantabria: casa y tradición cultural” es una descripción de la arquitectura de diferentes valles a cargo del etnógrafo Eloy Gómez Pellón que descubre coincidencias y diferencias en los tipos de viviendas que dieron lugar a la que se convino en llamar “arquitectura montañesa”. Y ya en relación a la casa de pescadores del litoral cantábrico, el arquitecto Miguel Remolina Seivane, en “Habitar frente a la mar”, recorre la costa cantábrica analizando las formas de agrupación de las casas de pescadores y su transformación lo largo del tiempo. El etnógrafo Andrés Sampedro nos reflejará un itinerario de instantáneas a lo largo del litoral de Galicia con un análisis de las características y situación de la casa de los pescadores en “La casa marinera en el litoral Gallego”.

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Del País Vasco recogemos unos apuntes de campo y comentarios del etnógrafo, ya fallecido, Antxon Aguirre Sorondo, que los convirtió en artículo para esta publicación: “La casa del pescador en Hondarribia” Y finalmente el profesor Roberto Ansola nos relata y contextualiza un fenómeno más reciente y de suma importancia para conocer la historia del alojamiento del gremio de pescadores en una ciudad en expansión: “Génesis de la política de la vivienda y el poblado de pescadores de Maliaño” hoy conocido en Santander como Barrio Pesquero. Como ya es habitual desde estas páginas de Litoral Atlántico, se propone analizar la arquitectura tradicional, esta vez la casa de campesinos y pescadores, desde la perspectiva que nos proporciona la investigación desde diferentes disciplinas. Se trata de reconstruir un fenómeno complejo que tiene un carácter “poliédrico” y que no puede comprenderse desde una sola perspectiva. Tratamos de reconstruir la memoria de un patrimonio heredado que la mayoría de las veces está en trance de desaparición o ha desaparecido. Es la aventura de un rescate que tiene al menos un objetivo singular: lograr que, con naturalidad, este patrimonio forme parte de nuestro entorno cotidiano, igual que nos acompañan el lenguaje, la literatura, la música o el arte de otras épocas. Porque, al final, de lo que hablamos es de patrimonio cultural: los testimonios de todo cuanto hoy puede explicarnos la razón de nuestro entorno cotidiano y que nosotros trasmitiremos a futuras generaciones.

Luis Azurmendi

AGRADECIMIENTOS La Asociación para la conservación de la arquitectura tradicional Tajamar, quiere agradecer todas las colaboraciones prestadas, en especial la de los autores que, además de la calidad de sus trabajos, han sabido mantener la confianza de verlos publicados, como así sucede ahora. A los socios y colaboradores que han prestado su ayuda y al Gobierno de Cantabria a través de la Consejería del Medio Rural, Pesca y Alimentación, que al conocer los trabajos, muy cercanos al ámbito de sus competencias, ha mostrado su decidido apoyo al proyecto.

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Ruralia: el jardín de la urbe rural

RURALIA: EL JARDÍN DE LA URBE RURAL

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Artemio Baigorri Agoiz2 Sociólogo Profesor Titular de Sociología de la Universidad de Extremadura

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n tres siglos de Sociedad Industrial se ha consumado un proceso de urbanización general del espacio, primero como crecimiento del número y tamaño de las ciudades, y luego como extensión de los hábitos culturales urbanos al conjunto del territorio. Hasta tal punto de que hoy, en los países desarrollados, inmersos ya en la Sociedad Telemática, la distinción entre espacios rurales y urbanos es meramente arbitraria. No es fácil percibir diferencias en hábitos, actitudes y valores, y menos aún en lo que se refiere a las estructuras y relaciones de producción. Como vemos a diario en los noticiarios, lo rural y lo urbano sólo tienen peso específico cuando se ponen en juego las elevadas plusvalías que, en el planeamiento urbanístico, se derivan del trazado de las líneas de delimitación del suelo urbano o apto para urbanizar. Y es que vivimos en una urbe global, cuyos intersticios (la Ruralia) ya no cumplen la función esencial de alimentarnos, sino un cúmulo de funciones mucho más complejas; entre las cuales la de alimentar el espíritu es una de las más importantes; casi la misma función que, en términos de micro-urbanismo, cumplieron los parques y las zonas verdes en la ciudad industrial. De ahí la importancia que la conservación del patrimonio, primero biológico y paisajístico y, ahora, también cultural (aunque en realidad tanto el patrimonio biológico como paisajístico, mal llamado natural, son productos culturales), ha adquirido en los últimos tiempos. Hoy la supervivencia de esos mal llamados espacios naturales depende de que su entorno, lo que todavía llamamos espacio rural, esté habitado (vigilado incluso, podríamos decir, a tenor del papel que a los rurales les toca hacer últimamente frente al desen-

freno urbanizador de algunas promotoras inmobiliarias). Pero en la medida en que el omnipotente mercado, y la globalización, no permiten que la conservación de la población se base en la subsidiación de las producciones agroganaderas, se viene asumiendo la idea de que “el rural” debe ser un actor multisectorial: produciendo en el sector agrícola únicamente productos de alta calidad y con mucho valor añadido, e incorporando otras fuentes complementarias de ingresos, como las derivadas del turismo rural. En este marco, la protección del patrimonio cultural (es decir, de los recursos heredados de las generaciones anteriores) deja de ser una imposición más “desde la ciudad”, para adquirir una dimensión mucho más compleja: una actitud esencial para la propia supervivencia de los rurales como grupo social.

1. Lo rural y lo urbano En la Sociedad Industrial lo rural nunca ha sido definido; y no tanto porque se diese por primigenio, sino porque como mero residuo (lo que aún no es urbano) apenas interesaba. Si la revolución industrial traía el progreso económico a las sociedades, la urbanización conllevaba el progreso social. Esa carga semántica positiva no está siempre explícita, pero sí latente en la gran teoría social (Spencer, Durhkeim, Simmel, Töennies, Redfield, etc). Ya se hablase de solidaridad mecánica o solidaridad orgánica, de comunidad o asociación, de lo folk y lo urban, etc, aún cuando se manifestara cierta preocupación por el tipo de desórdenes sociales provocados por la urbanización, se estaba poniendo en lo alto de la escala evolutiva, en el objetivo a perseguir, a lo urbano. Y había

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Ruralia: el jardín de la urbe rural

La primera ocupación del territorio rural fija límites en su organización social y funcional

razones para ello. En Occidente y desde el origen mismo de las ciudades, éstas promovieron avances objetivos hacia formas de organización social más democráticas3 , y sobre todo basadas en el imperio de la ley. El dictum tardomedieval “El aire de la ciudad nos hace libres” se explica porque la ciudad ha posibilitado una acumulación de capital y una concentración demográfica que ha hecho factible un incremento de la creatividad social. El proceso de urbanización dejó de ser hace mucho tiempo un índice cuantitativo, referente de la mera acumulación demográfica al abrigo de una acumulación -previa o simultánea- de recursos y sobre todo excedentes, para pasar a ser un proceso de carácter cualitativo, en suma un modo de vida (Wirth). De hecho, en el último tercio del siglo XX se empezó a percibir que lo urbano ya no estaba únicamente en las ciudades. Primero Lefebvre en Francia, y luego Gaviria en España, nos enseñaron a denunciar en su día una urbanización del mundo campesino entendida como colonización cultural por el capitalismo. Algunos, finalmente, hemos entendido que esa colonización no es en realidad sino la extensión del núcleo civilizatorio -capitalista e industrial durante los siglos XIX y XX- a la totalidad del territorio social (esto es, el espacio habitado). Donde algunos veían (y todavía ven, en algunos casos) la desaparición física del campesinado como grupo social, deberían haber visto más bien la desapa-

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rición de una cultura. No de un colectivo social y productivo, sino de aquellas instituciones sociales y culturales que constituían un freno para la adaptación de ese colectivo a la sociedad urbano-capitalista. Donde unos veían (y todavía ven, en algunos casos) fracaso y hundimiento de las poblaciones afectadas, deberían haber visto éxito adaptativo. Claro que, en realidad, debería haber sido algo esperado, pues ya Marx tan tempranamente como en el Manifiesto Comunista auguraba "el sometimiento del campo por la ciudad", y no sólo por el mero efecto de la concentración demográfica, sino también por la ruptura de las relaciones sociales y de producción tradicionales. De ahí que, como mecanismo de enfrentamiento a esos procesos que llevan siglos disolviendo todo residuo de poder basado en principios atávicos (como el linaje, la posesión de la tierra, etc), se haya venido construyendo, a manera también de filosofae consolatio, toda una mitología que de forma recurrente reverdece, en torno a la antiutopía de la Arcadia pastoril y campesina (que ahora resulta particularmente útil para el marketing del turismo rural). A la luz de lo dicho,¿qué puede significar hoy esa polaridad rural-urbano, en un planeta donde se ha hablado ya de metrópolis, luego de megalópolis, y últimamente de ciudades-mundo?. ¿Qué sentido tiene hablar de lo rural y lo urbano como categorías con vida propia, salvo que hablemos de meros targets para el marketing?.


Ruralia: el jardín de la urbe rural

A veces el territorio rural queda sometido a la funcionalidad urbana relegándolo a intersticios residuales

1.1. Lo rural, en lo global Se observa, en suma, el proceso de urbanización como un estadio evolutivo en el proceso general de civilización. Y este proceso evolutivo de carácter casi positivista, que Patrick Geddes había desarrollado en su opúsculo genial sobre La sección del valle, podemos encontrarlo incluso en la biografía intelectual de los propios sociólogos: el genotipo en el fenotipo. El propio Geddes, Weber, Lefebvre, Gaviria, todos los grandes sociólogos rurales han terminado, si realmente eran grandes, convirtiéndose en sociólogos urbanos: a la preocupación por lo rural le sigue, tarde o temprano, la preocupación por lo urbano; quizás porque hacer una diferenciación radical es, ciertamente, absurdo. ¿Quiere significar todo esto que lo rural no existe?. Ni mucho menos, aunque sí podemos hallar factible el defender la inutilidad de la separación epistemológica entre lo rural y lo urbano. Si las tesis que venimos desarrollando son acertadas, lo rural serían apenas algunos intersticios, fuera de la marcha de la civilización, que quedarían en el interior de lo que denominamos la urbe global. Sin duda una clave para entender estos procesos está en el desarrollo de las comunicaciones. MacLuhan apuntó hace tres décadas la conformación del planeta en una especie de aldea global, sobre la base tecnológica del "poder descentralizador que el ordenador tiene para eliminar ciudades y todas las

demás concentraciones de población". Y, efectivamente, hemos podido observar en Europa, y particularmente en España, de qué forma una infraestructura de comunicaciones, la autopista, provocaba profundos cambios socioeconómicos en muchas áreas rurales, del mismo que antes los produjo el ferrocarril. Las redes telemáticas están haciendo el resto. Por supuesto, el proceso no ha llevado a una aldea global, en el sentido casi tribal con que lo planteaba McLuhan, sino más bien -desde una perspectiva civilizatoria y positivista- a una ciudad global, a lo que yo denomino la urbe global: un continuum inacabable en el que se suceden espacios con formas y funciones diversas, con mayores y menores densidades habitacionales, cohesionados por diversos nodos o centralidades, pero que en su totalidad participan de una u otra forma y a todos los efectos de la civilización y la cultura urbanas. Sólo en la medida en que un espacio se halle incomunicado podrá hablarse de cierta carga -de intensidad variable- de ruralidad, normalmente coincidente con la depresión económica. En este tipo de espacios sólo tangencialmente tienen interés y peso los tradicionales problemas campesinos. Las cuestiones que preocupan son ya culturalmente urbanas: la geofagia (que he definido como "el apetito insaciable por devorar tierra fértil"), la banalización del paisaje, la pérdida de peso político de los agricultores, y los excedentes, son los

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Ruralia: el jardín de la urbe rural

Metrópolis de Fritz Lang

Fritz Lang materializó un esterotipo de imágen de la ciudad industrial centralizada. Film Metrópolis.

temas característicos de las zonas agrícolas de los países ricos. El tipo de conflictos sociales predominantes en este tipo de territorios tan sólo formalmente se diferencian a veces de los estereotipos de conflictos urbanos, y desde luego utilizan toda la artillería mediática urbana. 1.2. La urbe global Afirmar que lo urbano ya no está únicamente en las ciudades no se contradice, en modo alguno, con la aparente crisis de muchas grandes ciudades, por cuanto la urbe ya no necesita con la misma intensidad que en la sociedad industrial, de la concentración, gracias a las nuevas redes comunicacionales. Y son justamente los consecuentes fenómenos de dispersión, fragmentación, globalización, los que permiten explicar la ya efectiva urbanización de todos los espacios sociales. Es en este marco en el que la ruralidad se correspondería con esos territorios peor comunicados, coincidentes a su vez con los más deprimidos económicamente; en el caso español apenas dos millones de habitantes. Del mismo modo, el propio concepto de gran ciudad, de metrópolis, deja de tener sentido. La urbe global hace que el hinterland metropolitano de Nueva York pueda incluir a Roma, Londres o Tokyo, y viceversa. O que el hinterland de Madrid incluya Benidorm,

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Marbella o Santander. No hay ciudades globales, como proponían John Friedmann y luego Saskia Sassen, sino que hay una urbe global. En este sentido, podría decirse por tanto que la ciudad ya no existe como espacio físico. Utilizamos el concepto de global no en referencia a su tamaño -como se plantea en los conceptos de urbe, metrópolis, ciudadesmundo, megalópolis, ni siquiera en el sentido en el que lo planteaba Doxiadis-, sino más bien para designar el proceso, insisto en ello, por el que los aspectos físicos y morales de la ciudad se extienden a todos los rincones del universo, civilizándolo. La sociedad urbana, propuesta por Henri Lefebvre como realidad virtual, ya ha fraguado, formalmente, en el mismo marco de realidad virtual en que la ubicó, al proponer que "lo urbano viene a ser un continente que se acaba de descubrir y cuya exploración se lleva a cabo edificándolo". ¿Podría definirse mejor avant la lettre que como lo hizo Lefebvre, anticipándose en el tiempo, el concepto de espacio virtual de relación, la máxima expresión actual de la coexistencia, que es la red Internet?. Ni siquiera hay centralidad posible en este nuevo marco. Es algo virtual, que no se corresponde con un espacio físico, un barrio, una manzana de oro, ni siquiera una sede gubernamental. La centralidad es únicamente un proceso de interrelación telemática entre protocen-


Ruralia: el jardín de la urbe rural

Imagen de la urbe global en una fotografía aérea nocturna. Londres. Vuelo Nasa.

tralidades diversas ubicadas en espacios físicos distantes entre sí. Y, del mismo modo que en los tiempos de la urbe local los ciudadanos, habitantes de la urbe, tenían la posibilidad de acercarse a la centralidad, a los espacios físicos del poder, económico, político o cultural, en la urbe global todos cuantos participan de la nueva cultura urbano-global y forman parte de la red virtual tienen acceso en tiempo real a las centralidades, sin tener que desplazarse más de lo que tendría que hacerlo un ciudadano de la periferia de las ya extintas metrópolis. El problema analítico mayor es que nos faltan todavía conceptos para denominar estas nuevas categorías funcionales, por lo que debemos seguir utilizando todavía, con modestia, los conceptos caducos de ciudad, urbe, metrópolis, campo, etc. Pero hablamos siempre del territorio de la urbe global.

2. La ciudad y el territorio de la red, en los albores del Tercer Milenio Pero vivimos en materialidades, se dirá con razón (o en eso creemos vivir, dirán los idealistas recalcitrantes). Nuestras ciudades se localizan en determinados territorios, que nuestros sentidos perciben como algo diferenciado de la ciudad. Por ello

debemos atender no sólo a la propia interpretación territorial de la ciudad, sino asimismo a la interpretación del papel que el propio territorio cumple en ese modelo de interpretación. Naturalmente –desde mi perspectiva- los usos del territorio y su relación con la ciudad -es decir, su forma y su función- vienen determinados por las relaciones y los medios de producción, y mediados por ciertas construcciones mentales y estilos de relación con la Naturaleza, es decir estilos culturales, además de por el propio entorno ambiental físico. Aunque estamos muy lejos aún de poder determinar mediante qué mecanismos concretos ocurre eso, creo que el modelo que se propone puede constituir siquiera una pequeña ayuda para avanzar en esa dirección. Al menos puede ayudarnos a racionalizar el aparente caos en que el mundo real, en este caso el territorio, se nos aparece, al ubicar las tendencias actuales en una cierta línea histórica. 2.1. De la terra ignota Aunque no tenemos recuerdo histórico de cómo los hombres anteriores al neolítico utilizaron el territorio, tenemos la certeza de que en cuanto a la Humanidad le fue posible se estableció en asentamientos permanentes, refugiándose de una Naturaleza que le era hostil. En realidad, el hombre nunca ha vivido -fuera del mundo de los sueños y de la utopía social- en armonía con la Naturaleza. Sólo ahora, tras cien siglos de lento progreso, ha alcanzado las capacidades necesarias para lograrlo. Y aunque la forma en que -sobre todo a partir de Kingsley Davis- se ha descrito la urbanización del mundo, ha llevado a pensar que la población humana haya pasado de estar dispersa por campos y bosques a amontonarse en las grandes ciudades, el hecho cierto es que la inmensa mayoría de la población vive en asentamientos estables con cierto nivel de urbanización desde hace al menos cuatro mil años. El poblamiento disperso ha sido históricamente más raro de lo que lo es actualmente. Cuando el hombre descubrió la agricultura, pudo establecer en torno a sus asentamientos un sistema de producción permanente de alimentos. Los mismos factores tecnológicos que le permitían producir alimentos le facilitaban la conversión de algunos frag-

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La primera representación de la tierra con el mar ignoto a su final donde fluyen ríos que atraviesan los territorios donde se sitúan los hombres.

Minas de hierro y ferrerías en la pintura de Van Valckenborch

mentos de naturaleza en espacios que reproducían la utopía ancestral de una armonía en la que la Naturaleza no agredía al hombre, sino que se le ofrecía. El sueño del paraíso de la utopía judaíca se materializaba en los jardines interiores a los muros de la ciudad, y en las huertas de su entorno. Pero más allá de esos pequeños espacios conquistados a la Naturaleza, se extendía la terra ignota, el espacio del temor y la incertidumbre. Es en realidad la idea que transmiten también los primeros mapas conocidos. Efectivamente, el territorio externo a los asentamientos humanos ha sido, en la mayoría de las culturas, un lugar oscuro y desconocido, espacio de hadas pero también de belicosos monstruos. El hombre penetraba con temor en esos territorios, a dotarse de algunos recursos como la caza, la madera y unos pocos minerales conocidos; si bien la capacidad de soñar siempre hizo imaginar al hombre que, más allá de los bosques impenetrables, había lugares donde los perros se ataban con longanizas; y aunque ciertamente no los había, sí existían otros grupos encerrados en sus pequeños territorios humanizados, con los que, cuando unos pocos se aventuraron a encontrarlos, pudieron intercambiar bienes e ideas. Podemos suponer que, en dicho estadio, los asentamientos humanos, con mayor o menor carga de urbanización, constituían unidades predominantemente autosuficientes, gracias a los recursos de su

entorno más inmediato. Sin embargo, las teorías difusionistas de los antropólogos nos permiten deducir la existencia de cierto tipo de relaciones entre asentamientos cercanos y/o lejanos entre sí, aunque dado el determinismo de lo natural tales relaciones e interacciones debían ser fuertemente aleatorias, ni siquiera en todos los casos basadas en caminos o rutas preestablecidas. No obstante, el desarrollo de asentamientos netamente urbanos, ciudades más poderosas ubicadas en ciertos enclaves privilegiados -determinados por la mayor facilidad de dominio del entorno ambiental, además de por situaciones estratégicas en ciertas rutas estables- debió modificar tal situación primigenia, determinando el establecimiento de flujos más o menos permanentes de interacción, circulación de materiales, energía concentrada -en forma de alimentos, productos energéticos, y en su momento monedas- o información, con una tendencia creciente a la jerarquización. Por otra parte, no nos cabe duda alguna de que fue el dominio de la Naturaleza el principal desafío de la Humanidad durante varios milenios. Como al enemigo, se la observó sistemáticamente; los viajeros descubrieron cómo otras comunidades habían encontrado algunos de sus puntos débiles, y estos se difundieron multiplicando los conocimientos. Y al cabo, el hombre llegó a la conclusión de que no era una brizna de hierba a merced de Los Elementos, sino que podía llegar a ser su señor. Lo que Weber definió, al

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Excavaciones y hornos de cal en la pintura de Van Valckenborch

La industria preconizaba la concentración en ciudades. Imagen de Luis Badosa en Abaco.

analizar la formación de las sociedades modernas, como un `desencantamiento del mundo´, equivale a lo que historiadores de la cultura como McFarlane han descrito como "el paso de una cosmología mágica, premoderna, precapitalista, a una cosmología moderna, capitalista, científica". Lo cual a su vez implica la idea de un mundo ordenado, medido en el espacio y en el tiempo, como apuntó Lewis Mumford. Los bosques, las zonas pantanosas que habían atemorizado a los hombres, se convirtieron así en fuente inagotable de recursos para su progreso material. No debemos olvidar que las primeras chimeneas fabriles se elevaron no en las ciudades, sino en los campos, cerca de las minas, de las materias primas y de la energía (fósil o hidráulica). La Sociedad Industrial conquistó sistemáticamente el territorio, organizándolo en función de las necesidades productivas. Sin embargo, en el punto álgido de la Sociedad Industrial no era la dispersión lo que primaba, sino la concentración en las grandes ciudades. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, en los países industriales, se produce un no menos sistemático vaciado de los espacios rurales, en la medida en que sólo en la ciudad industrial la división del trabajo posibilita la sucesiva incorporación de nuevas oleadas de pobladores a los beneficios del progreso. Las mismas revoluciones tecnológicas que incrementaban la productividad industrial, poniendo al alcance de mayor número de gente los bienes materiales, incrementaban a su

vez la productividad agraria y producían excedentes laborales, arrojando de los campos a las ciudades a los campesinos 'improductivos'. 2.2. La crisis de los sistemas urbanos de la sociedad industrial La Sociedad Industrial es, por naturaleza, la Sociedad Urbana. Un gigantesco organismo que debe alimentarse y produce desechos. Diversos autores plantearon en los años '60 los términos del metabolismo de las ciudades, definido como la suma de todas las materias y productos que aquélla necesita para el sostén de sus moradores. Un proceso además imparable, apuntó tempranamente Bertrand de Jouvenel, pues como en el metabolismo orgánico, "no sólo implica una combustión, sino que la continuación ininterrumpida de ésta -la respiración- es condición para la prosecución de nuestra vida". La función del territorio pasó a ser entonces la de soportar, en el sentido más amplio, el metabolismo de las ciudades. Y la planificación en este contexto, tanto la económica como la urbanística, adquirió la función de otorgar racionalidad legitimadora a este proceso, intentando ordenar la gestión de unos hinterland que, en las condiciones vigentes, se mostraron a corto plazo incapaces de soportar los efectos del metabolismo. La oposición campo/ciudad, o rural/urbano, tenía ciertamente un sentido de lucha seminal por el control del territorio, y es visible justamente en ese mismo periodo histórico.

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El mensaje llega a todos los territorios urbanos, periféricos o rurales. Imagen JANUS.

A partir de mediados del siglo XX las cosas habían empezado a cambiar: se había iniciado la transición, en la que en la actualidad nos vemos envueltos, hacia la Sociedad Telemática. Describir cómo se inició el proceso va más allá de los propósitos de este texto, pero creo necesario señalar someramente al menos algunos hitos fundamentales que han marcado una lenta transición de la que no siempre hemos sido conscientes. En primer lugar la Revolución de las comunicaciones antes aún que la de las telecomunicaciones. La constante aceleración en la velocidad tanto de la comunicación entre las personas como del transporte de mercancías y personas hizo innecesaria la concentración en las ciudades de las estructuras productivas -y por supuesto las residenciales-. El proceso de dispersión de actividades fue inmediato, y el uso de la tierra en vastos territorios empezó a reflejar, como diría Jean Gottman, "la variedad de formas de vida de su gente y el poderoso influjo de la ciudad". En las últimas cuatro décadas hemos asistido a un proceso sistemático de dispersión, iniciado en los Estados Unidos en los años ‘50, y luego generalizado en todos los países industriales. En segundo lugar las sucesivas revoluciones tecnológicas (tanto la electrónica e informática, la óptica, la invención de nuevos materiales, la biogenética, y por supuesto las telecomunicaciones) que han geneLas comunicaciones han permitido un complejo sistema de expansión por todo el territorio. El intercambiador de Berlin. Foto Luis Azurmendi

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“...con los domingueros (que los desean para un uso recreativoresidencial)...”

El uso del “campo” como forma de ocio, frente a la concentracion de las ciudades, se reflejó en las artes plásticas

rado nuevas formas de producción no basadas en la industria pesada y que, con el conveniente sostén de infraestructuras de comunicación, contribuyen aún más a la dispersión productiva en lo que llamo la urbe global. En tercer lugar la fragmentación social y económica. La división urbana del trabajo ha propiciado la disgregación de los grandes grupos sociales (clases sociales, comunidades con raíces comunes, etc) en una miríada de grupos de interés, cohesionados por todo tipo de factores sociales, desde las relaciones de producción a los sistemas de creencias. La diversidad social se ha acentuado enormemente. En fin, hay que hacer al menos referencia al cambio de valores que se inicia en los años ‘60 -a partir del momento en que en los países industriales la población encuentra satisfechas sus necesidades básicas-, hacia los llamados valores postmaterialistas, que han permitido la aparición de un ‘empresariado moral’ capaz de organizar redes de presión y que se erigen en promotores de usos socialmente admitidos para el territorio. En correspondencia con todos estos factores, asistimos a la propia fragmentación de la ciudad, que el urbanista español Ramón López de Lucio expresa en estos términos: “el espacio urbano, como globalidad, se fragmenta en multitud de piezas más o menos alejadas entre sí; se rompe la continuidad, característica de la urbe hasta ahora”. Lo que no es, en realidad, sino el proceso de constitución de la urbe global.

2.3. El territorio de la red en la urbe global La desconcentración que se produce al iniciarse la decadencia de la Sociedad Industrial ha provocado la transformación del propio concepto de urbanización. Como he apuntado, ya no cabe referirlo únicamente al desplazamiento de población hacia las ciudades -aunque se siga produciendo-, sino también y sobre todo a la extensión de la cultura urbana al conjunto del hinterland de las ciudades. Lo cual, por otra parte, convierte en ineficiente la tendencia a la concentración demográfica en los grandes centros dominadores del sistema urbano, posibilitando la recuperación, primero en los países más avanzados, de las pequeñas y medianas ciudades. Es lo que ha conducido a que la contradicción entre lo rural y lo urbano haya dejado de estar vigente. En los países avanzados no puede hablarse ya de espacios rurales y espacios urbanos, sino de una continuidad isomorfa de carácter urbano, rota tan sólo en algunas islas: en unos casos, pequeños núcleos perdidos en el espacio y el tiempo, que mantienen relativamente viva la cultura rural; en otros, grandes metrópolis, que aportan una nueva cultura metropolitana, cosmopolita y global, no suficientemente definida pero esencialmente distinta a su vez de la cultura urbana. A cambio, ahora podemos entender la dialéctica campo/ciudad en un sentido mucho más estricto, como relación entre lo que se entiende por continuum edificado, o suelo urbano en términos de planeamiento, y su territorio circundante4 .

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“Algunos parques naturales, como el de Doñana en el Sur de España, son ejemplos paradigmáticos, en los que hemos visto competir a biólogos conservacionistas, agricultores de regadío, ganaderos, cazadores, urbanizadores y al propio Estado”. Foto IGN. Usos.

Naturalmente, estos modelos no son universales. Hay espacios que parecen anclados en un punto temporal indefinido, cuyo suelo rústico parece responder al concepto ideal que todos tenemos de Naturaleza5. Aunque las fuerzas a las que vamos a referirnos se pueden detectar incluso en tales espacios, fundamentalmente aparecen en el entorno de las grandes ciudades, y más aún en aquellos territorios tremendamente complejos de economía mixta, agroindustrial pero con un creciente peso del sector servicios, que constituyen las zonas agroganaderas más ricas.

3. La competencia por el uso del recurso ‘tierra’ y su efecto en el planeamiento En este sentido, hace casi tres décadas6 inicié una reflexión sobre las interrelaciones entre la estructura, la forma y la función del territorio exterior a las ciudades, tomando como elemento de análisis la competencia que diversos agentes ejercen, expresada en términos de competencia por el uso del recurso tierra.

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A medida que percibimos cómo desaparece la oposición dicotómica campo-ciudad, al estructurarse el territorio de los países desarrollados en ese contínuum crecientemente isomorfo al servicio de la red urbana global, llegamos a la conclusión de que los protagonistas de la competencia ya no son los campesinos frente a los urbanitas, sino una especie de todos contra todos. Exactamente igual a como en la Naturaleza distintas especies compiten por el territorio, además de competir a nivel interno los miembros de cada especie. Así, los ecologistas urbanos compiten, pretendiendo un uso bioarqueológico de ciertos suelos caracterizados como 'espacios naturales', con los domingueros (que los desean para un uso recreativoresidencial), las grandes corporaciones (que los precisan para instalar sus plantas de producción o sus instalaciones de ocio) o el propio Estado (que puede precisarlos para ubicar sobre ellos grandes infraestructuras o equipamientos). Pero a su vez todos ellos, urbanitas en suma, compiten con los rurales, que pueden precisarlos (compitiendo a su vez entre sí) para la agricultura, la ganadería, la producción forestal o la caza, usos a veces incompatibles entre


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sí (la ganadería caprina con la producción forestal intensiva, por ejemplo; la caza con la producción agrícola intensiva de regadío; etc). Algunos parques naturales, como el de Doñana en el Sur de España, son ejemplos paradigmáticos, en los que hemos visto competir a biólogos conservacionistas, agricultores de regadío, ganaderos, cazadores, urbanizadores y al propio Estado; obviamente la alianza entre conservacionistas y aparato del Estado ha supuesto su institucionalización como Parque Natural, pero un juego de alianzas distinto podría haber conducido a otro resultado. No se trata, estrictamente, como tradicionalmente creíamos, de una oposición conservación versus desarrollismo. Hay competencias dentro de lo que podríamos llamar el bloque histórico productivista: los promotores inmobiliarios y turísticos compiten con las grandes factorías potencialmente contaminantes; unos y otros con las explotaciones mineras; los propios usos infraestructurales, dirigidos funcionalmente en beneficio de la maquinaria productiva, pueden hallarse en competencia con otros usos productivos agrarios, industriales o inmobiliarios. Y hay también, cada vez en mayor medida, competencia dentro del supuesto bloque histórico proteccionista: de hecho los agricultores, que inicialmente fueron los mejores aliados de los ecologistas en los países avanzados, han terminado por convertirse en objeto de los más duros ataques por parte de los ambientalistas. Del juego de interrelaciones y alianzas, es decir de las posibilidades de comensalismo entre distintos agentes en competencia, dependerá el uso final que funcionalmente se asigne a ese espacio protegible. Los grupos o alianzas pueden conseguir que el espacio sea protegido, o asignado a otros usos, en función de su capacidad de influir en la toma de decisiones colectivas. Es así como podemos hablar de lo denominado en trabajos anteriores una construcción social de los espacios naturales. Considerar estos procesos supone ir más allá de los habituales análisis del territorio, centrados casi exclusivamente en dos aspectos: la estructura (del suelo, de la diversidad biológica, de la propiedad, de las explotaciones) y la forma (paisajes, cultivos, parcelación...). Hay que añadir un tercero: las fun-

ciones que cumple el territorio, cada vez mayores y más complejas, y hoy en día casi siempre metaagrarias. En el informe que dirigí junto al sociólogo Mario Gaviria, El campo riojano (1984) apuntaba cómo el recurso tierra cumple hoy funciones muy diversas, destacando como esenciales las siguientes: a) Conservación de la vida (conservación de la biomasa) b) Producción agraria c) Explotación de recursos naturales (minas, aprovechamientos forestales y cinegéticos, etc) d) Descongestión de la ciudad como: 1) Soporte de actividades industriales o de servicios molestos, insalubres y peligrosos 2) Soporte de servicios y dotaciones particulares o institucionales que requieren unos espacios caros dentro de los cascos urbanos e) Crecimiento y desarrollo residencial de las propias ciudades y pueblos f) Soporte de redes de transporte y comunicación (carreteras, líneas eléctricas y telefónicas, ferrocarriles, canales y conducciones de agua, etc) entre los nudos de la red urbana global. g) Descanso y bienestar para todas las capas sociales, si bien compartimentados los espacios por clases y estratos. Más tarde, en un informe sobre la agricultura del Área Metropolitana de Madrid (1985) mostrábamos tantos usos no agrarios en el territorio supuestamente rústico como nunca hubiésemos podido imaginar. Nada menos que 177 usos concretos y distintivos, desde centrales térmicas a recicladores de materiales de construcción, pasando por usos tan peregrinos como centros de amaestramiento de perros de seguridad, empresas pirotécnicas, clubs de tiro, cuarteles, centros de investigación inmunológica, grandes lavanderías asépticas, mercado de ocasión de camiones, guardamuebles, seminarios, residencias de animales, cárceles, casinos de juego, escuelas taurinas, clubs de alterne, frontones, grandes antenas de seguimiento espacial y un largo etcétera, en el que se incluía también, obviamente, el uso agrícola. Es la confluencia de todas estas funciones diversas, este sinnúmero de usos diferenciados, junto

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El Jarama en Madrid. Un caos territorial entre el aeropuerto, el río, los poligonos residenciales e industriales espóntaneos y en areas inundables. Las huertas, granjas, graveras, fábricas de pianos, de cascos de barco, carpinterias, perreras, convivían con radares, campos mililitares y areas monumentales. Constituyó, en los años 1970/80, un ejemplo de “agujero negro de la ciudad”. Plan General de Paracuellos de Jarama. Foto IGN.

a los propios núcleos urbanos existentes, lo que otorga personalidad al territorio. Si consideramos al suelo rústico como un espacio ignorado7 , esa multitud de funciones se desarrollará de forma desordenada, provocando disfunciones y contradicciones, no sólo entre el medio ambiente y el desarrollo urbano (o edificatorio), sino también entre la industria y la agricultura, o entre ésta y las necesidades dotacionales, de ocio, etc8 . En suma, hoy podemos decir a ciencia cierta que el desierto no existe. El aviador que protagoniza la famosa historia de Saint Exupéry no hubiese sido visitado por ningún principito; ningún viajero de otro planeta se atrevería a descender ante la intensidad de tráfico actual.... Aventureros, probadores de coches, arqueólogos, geólogos a la búsqueda de petróleo o de minerales, biólogos buscando la planta salvadora contra la sequía, adoradores del sol, o de la luna, o de la arena, o del yo perdido en la inmensidad... navegan incansables, por tierra o aire, a través de los desiertos geográficos, pero no sociales. Y si esto es así para los llamados desiertos, ¿cómo podemos seguir creyendo que el territorio de la civilización se resuelve en una dicotomía simple entre lo rural y lo urbano, atribuyendo además a lo rural alguna especie de vacío?.

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4. La nueva dimensión de ‘lo rural’ En la Sociedad Telemática el territorio, ni siquiera ese ámbito al que atribuimos la etiqueta de rural, menos que nunca va a poder ser considerado como Naturaleza, sino como un auténtico entorno ambiental (environment) que sostiene diversidad de usos, respondiendo a demandas no menos diversas. Aquí los intersticios en la red urbana global son cada vez más reducidos, y afectan simultáneamente a escalas de muy distinto nivel9 y en consecuencia la planificación territorial y urbanística tiene un papel importantísimo que cumplir buscando la convivencia de diversos y legítimos intereses que compiten por su utilización. Se trata en suma de considerar el conjunto del territorio como objeto de la acción planificadora, analizándolo ya no como Naturaleza, sino como un espacio que forma parte intrínseca de lo urbano, tremendamente complejo en usos y funciones, estrechamente interrelacionadas entre sí y sobre el que agentes muy diversos y contrapuestos compiten por su dominio. El territorio de la urbe global ni es el campo, ni mucho menos la Naturaleza; su capacidad funcional como recurso es muy superior.


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Quiero recordar que la idea de ciudad global fue anticipada en un sentido bien distinto por Yona Friedman, como utopía realizable en términos de proyecto que satisface la satisfacción de un grupo de seres humanos mediante el consentimiento de dicho grupo, es decir bajo radicales principios democráticos. Ciertamente, la Historia no ha terminado, y a las nuevas formas de la ciudad debe corresponder una nueva utopía realizable, una nueva construcción social en la que la Humanidad ejerza, ciertamente, como jardinera de la Tierra. El territorio, entonces, no es sino el jardín de la urbe global, con toda la implicación intraurbana que tiene el concepto de jardín. El hombre esperaba que, más allá de la terra ignota, hallaría el Jardín del Edén. Hoy se ve obligado a ser, él mismo, el jardinero de toda la Tierra si quiere sobrevivir como especie. Afortunadamente, cuenta con los principios morales, las capacidades y los medios técnicos necesarios para conseguirlo. 4.1. El nuevo canon: sostenibilidad El concepto de sostenibilidad es, todavía hoy, tremendamente ambiguo. Casi el único punto de acuerdo total lo encontramos en la idea, puramente normativa, de la solidaridad intergeneracional, algo que por lo demás no es menos ambiguo, dada la dificultad de definir los intereses de generaciones que aún no existen. Así, socialmente podemos definir la sostenibilidad como la supervivencia y felicidad del máximo número de personas; biológicamente, sin embargo, se entiende como el mantenimiento de la productividad de los ecosistemas naturales; y, en cuanto a la sostenibilidad económica, se entiende como la inevitabilidad del crecimiento económico sin otra consideración que el reconocimiento de los límites ecológicos que impiden dicho crecimiento. Otros autores van más allá de esas tres variables esenciales, y además de una dimensión social, biológica y económica de la sostenibilidad, hablan de las dimensiones políticas y culturales. Sin embargo, esa ambigüedad lo convierte en un concepto abierto, al contrario de los tradicionales conceptos de modernización/desarrollo: la idea de sostenibilidad tiene un significado profundamente distinto en el marco de las actuales sociedades ricas, que en aquellas otras que se encuentran en vías de de-

sarrollo, o simplemente postradas ante un desarrollo imposible. Además, el concepto debe ser entendido de forma sensiblemente distinto a nivel global, nacional o local. Considerando el concepto de sostenibilidad en sus dimensiones normativas hallamos también no pocas ambigüedades. En sus planteamientos más genéricos, la dimensión normativa de la sostenibilidad incluye la compatibilidad entre los niveles y objetivos sociales, económicos y medioambientales; la equidad y la justicia social como un principio superior irrenunciable; el reconocimiento de la diversidad cultural y el multi-culturalismo; el apoyo al mantenimiento de la biodiversidad. En lo que a los sistemas agrarios se refiere, el concepto de sostenibilidad es relativamente fácil de traducir: se trata, esencialmente, de asegurar la alimentación de las poblaciones actuales sin poner en riesgo la capacidad biológica de asegurar la alimentación de las generaciones venideras; y hacerlo, además, asegurando que no se producen desigualdades injustas entre los distintos grupos sociales. Sucesivas conferencias internacionales, y especialmente la Cumbre de Río y la Agenda 21, han venido marcando el camino a seguir para conseguir esa sostenibilidad, promoviendo los siguientes cambios estructurales: a) eliminación de todo tipo de subsidios directos o indirectos que animen a la degradación o pérdida de recursos naturales; b) eliminación de los programas de apoyo a la agricultura orientados al mantenimiento de precios artificiales, y sustitución por programas de apoyo a la agricultura que conserve los recursos; c) reforma de los indicadores económicos del sector agrario, de forma que registren la degradación y pérdida de recursos naturales; d) incremento de fondos públicos para la investigación de tecnologías apropiadas para una agricultura sostenible. Hay dos aspectos claramente diferenciados. En primer lugar, los instrumentos fiscales, y de ordenación territorial, orientados a asegurar la sostenibilidad y mantener el capital ambiental para futuras generaciones. Y en segundo lugar, los aspectos sociales, que podemos concentrar en la seguridad de una política ali-

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Cartel de Greenpeace en apoyo a la agricultura ecológica

mentaria capaz de sostener a la población de cada sociedad, y del conjunto de la población humana, en un lado, y de otro lado en el concepto, irrenunciable para otros promotores de la sostenibilidad, como Ignacy Sachs, de justicia intrageneracional. Esto conlleva, en primer lugar, la consideración de el campesinado como grupo social cuya pervivencia y, sobre todo, cuyas funciones, es necesario discutir; y en segundo lugar implica la virtualidad de un modelo de desarrollo, o progreso social, esto es una idea de modernización, de la que todos los pueblos del planeta puedan participar y obtener los consiguientes beneficios. Las dos regiones del planeta tecnológica, económica y socialmente más avanzadas, Europa y América del Norte, han emprendido a lo largo de los últimos años políticas en esa dirección. Aunque ambas regiones partían de posiciones muy distintas respecto de cuestiones esenciales en este asunto, como son el papel del mercado, el Estado y la sociedad civil, observamos un proceso de confluencia en sus políticas: un fuerte peso de los principios agroambientales, una redefinición (por fin, tres décadas después de que las pusiésemos de manifiesto) de las funciones meta-agrarias del territorio, y consecuentemente una redefinición del rol de agricultor como agente económico multifuncional, no necesariamente orientado en exclusividad hacia la agricultura sino

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también hacia la conservación ambiental o incluso otros sectores como el ocio ambiental. Tanto en Europa como en América existe conciencia de la necesidad de preparar a los agricultores para esa nueva situación, orientándolos hacia una forma de ocupación más diversificada, en la que la agricultura solo ocupa un tiempo parcial, en suma aceptando una idea de ruralidad muy semejante, aunque no exactamente igual, a la planteada por la utopía ecologista de los ´70. En los Estados Unidos, además, la mayor confianza en el mercado incluye una apuesta por la recuperación de la pequeña agricultura (small farms), orientada a la producción ecológica y en estrecha relación con los consumidores urbanos, a los que suministran directamente. Propuestas que parecían utópicas cuando las hacíamos hace treinta años desde posiciones radicales, como la agricultura sostenida por las propias comunidades urbanas mediante contratos-programa, son hoy una realidad que se extiende por los Estados Unidos. Por supuesto, la agricultura sostenible no es necesariamente una agricultura justa, sino sencillamente una agricultura técnicamente compatible con el medio ambiente. La sostenibilidad incorpora una justicia diacrónica, intergeneracional, pero no es necesariamente justa en términos sincrónicos o intrageneracionales. Los temas sociales siguen pendientes, especialmente el de la pobreza rural, crecientemente olvidada en los


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países desarrollados por el impacto de la pobreza urbana; en todos los países avanzados siguen persistiendo (no sólo en Europa, sino en los Estados Unidos) bolsas rurales de pobreza en la que persisten tendencias migratorias que pueden poner en riesgo la conservación del territorio. Así como la necesaria preparación de la población rural para la convivencia multicultural, para la tolerancia frente a los extraños, dado que el trabajo agrícola va a ser realizado en su totalidad en Europa, como ya lo es en los Estados Unidos, por inmigrantes. También hay confluencia entre Europa y los Estados Unidos en el creciente rechazo por parte de crecientes capas de la población con la división internacional del trabajo existente. Más allá de la sostenibilidad ambiental y social a nivel local, la globalización pone de manifiesto la inevitabilidad de una gestión sostenible, desde un punto de vista ambiental y social, del conjunto del planeta, lo que presupone una transformación radical en los esquemas del comercio. O los países ricos empiezan a comprar seriamente a los países en desarrollo lo único que realmente pueden producir, alimentos, o el planeta se dirigirá a una situación de caos de consecuencias impredecibles; o las fronteras del trabajo se permeabilizan, según el modelo de las fronteras del capital, o los riesgos de conflicto se agudizarán asimismo. Y ello sin olvidar que, atendiendo a las proyecciones más fiables, extensas regiones del planeta, como China, van a precisar en los años venideros de un fuerte incremento de importaciones de alimentos. Todo esto, obviamente, tiene unas consecuencias directas en nuestros campos. Y un tercer aspecto en el que se produce la confluencia entre las políticas europeas y americanas es el de la regulación de los usos del suelo: a lo largo de los años ‘90 hemos asistido, en los Estados Unidos, a un proceso creciente de regulaciones federales y estatales sobre los usos del suelo, orientadas a la preservación no sólo de los espacios considerados naturales de interés, sino asimismo y muy especialmente en algunos Estados, de las tierras de cultivo, especialmente de las de mayor calidad; a imitación de la tradición planificadora europea, la regulación del crecimiento metropolitano estableciendo zonificaciones ha sido el instrumento preferido. En cierto modo, la cuestión de la agricultura sostenible se desenvuelve en el marco de los conflictos por

el uso del territorio que han caracterizado las últimas décadas de la sociedad industrial. O lo que es lo mismo, cualquier discusión sobre la sostenibilidad y la agricultura sostenible debe incluir a los urbanitas (y a los urbanistas) en el análisis. Podría expresarse la siguiente paradoja respecto a los campesinos del siglo XXI: por un lado van a dejar de ser ellos quienes decidan los usos del suelo no construido, expropiándoles la capacidad de decisión sobre sus propiedades; pero, a la vez, ello se hace para garantizar justamente los usos agro-naturales del suelo, y a la vez contribuyendo a asegurar su pervivencia en el territorio, lo que el mercado no ha sido capaz de asegurar en los últimos doscientos años. Lo que se deriva de estas tendencias es la configuración de un espacio rural complejo y multifuncional, en el que veremos usos crecientes y a la vez una protección crecientemente intensa de todo aquello que la sociedad valora como importante. En lo que a la agricultura y la ganadería se refiere, veremos la configuración de al menos dos modelos distintos de agricultura, que conllevan estilos organizativos y culturales contrapuestos pero que, al contrario de lo que algunos sostienen, pueden convivir perfectamente: a) Una agricultura industrial, a la que atendiendo a criterios de mercado muchos empresarios agrarios, particularmente en las grandes explotaciones, van a preferir acogerse. Destinada a producir alimentos básicos y populares baratos, muy probablemente -al igual que lo han hecho las plantas industriales- tienda a trasladarse a los países en vías de desarrollo, donde los controles ambientales y los costes laborales serán menores durante años, a medida que el comercio mundial de alimentos se liberalice. No obstante, esta agricultura tenderá a ser cada vez más eficiente en el uso de imputs, especialmente energéticos, e irá reduciendo el uso de fitosanitarios químicos, con la ayuda de las modificaciones genéticas. En realidad, habría que hablar de una agricultura industrial limpia, según los principios del ambientalismo suave, asentada en los países más desarrollados, y una agricultura industrial sucia, todavía fuertemente impactante sobre el medio natural, en los países en vías de desarrollo. b) Una agricultura sostenible, cuya función alimentaria será tan sólo una de las que se le atribuyan, pues también deberá contribuir a la conservación del

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La instalacion de fuentes de energía eólica o solar permite también la producción descentralizada.

Actividades deportivas en la naturaleza o las rutas culturales como el Camino de Santiago

capital ecológico para su transmisión a las futuras generaciones. Pero entre los sistemas agronómicos sostenibles habrá que distinguir primeramente una agricultura respetuosa con el medio ambiente, tecnológicamente avanzada y considerada con los consumidores, que permita atender simultáneamente a las necesidades de alimentos de calidad de cientos de millones de consumidores, así como a las necesidades de contar, para el disfrute de la ciudadanía, con un campo bellamente conservado, y todo ello sin agotar el capital biológico. La agricultura sostenible va a ser, por tanto, lo que denominé una agricultura paisajística, encargada tanto de alimentar como de conservar la biodiversidad. Por tanto, la agricultura así recupera una función, añadida a la de producir alimentos, a la que tradicionalmente había respondido: la producción de espacio y diversidad biológica. Pero ahora el espacio y la biodiversidad no es, exclusivamente, para el uso y disfrute de los propios agricultores, sino del conjunto de la ciudadanía, por lo que la comunidad asume financiar la presencia de los agricultores como jardineros de los intersticios de la urbe global. Y en segundo tendremos agroecología (básicamente lo que popularmente se conoce como agricultura ecológica), una variante especial de la agricultura sostenible, que por un lado intensifica las funciones meta-agrarias, y por otro lado permite la producción de

un tipo de alimentos que, desde hace años, son crecientemente demandados por determinados grupos de consumidores. La agroecología aporta un conjunto de beneficios ambientales, sociales y económicos. Por supuesto que agroecología no permite el abastecimiento de los 7.000 millones de personas que a corto plazo poblarán la tierra, ni siquiera de los doscientos millones de europeos, pero sí que permite alcanzar más eficientemente dichos objetivos: en primer lugar, la agroecología es, junto a la onerosa y crecientemente compleja política de parques nacionales, la mejor forma de proteger la biodiversidad, y mantener o incluso recuperar los paisajes rurales tradicionales; en segundo lugar, las producciones agroecológicas van a mejorar la calidad de vida de los consumidores, y enmarcada su producción en todo un programa de vida contribuirán también, indirectamente, a reducir los costes globales de determinados servicios públicos, como la sanidad; y, en tercer lugar, pero no con menor importancia, la agroecología genera empleo: tanto en el propio sector agrario, como en la industria alimentaria y los servicios avanzados. Dadas las propias características de la agroecología, desde la transformación agroindustrial hasta la investigación agraria, que debe centrarse en las características locales, buena parte del empleo generado por estas prácticas agronómicas es de carácter local. Naturalmente, todos estos cambios, tanto los que van a afectar a la agricultura industrial como los que

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El patrimonio arquitectónico es un polo de referencia en las rutas culturales. Foto L.A.

Los oficios tradicionales, como la forja de hierro, son objeto de los circuitos de turismo cultural. Foto. L.A.

implica la extensión de las distintas formas de agricultura sostenible, son inseparables de lo que hemos denominado la segunda reconversión agraria. Si entre los años ‘60 y ‘80, los agricultores occidentales debieron adaptarse a la penetración del capitalismo y el industrialismo en la Agricultura, quedando cientos de miles de campesinos en el camino, llega ahora una segunda reconversión, que no ha de ser menos traumática para el colectivo.

el que el patrimonio, bajo todas sus expresiones, alcanza auténtica carta de naturaleza. Tan sólo aquellos territorios que hayan sido capaces de aplicar criterios de sostenibilidad inteligentes podrán conservar un patrimonio, biológico y cultural digno de ser ofertado a los visitantes. Por supuesto, el patrimonio cultural ha de tener, para los espacios rurales, funciones no sólo indirectamente económicas sino también identitarias, fundamentales.

4.2. Multifuncionalidad: la nueva clave para la supervivencia Pero las producciones agrarias, de carácter industrial o agroecológico, sólo van a ser en el futuro un componente de las rentas rurales (no de las rentas de los agricultores, que en su gran mayoría van a seguir siendo únicamente eso: agricultores o ganaderos). Un segundo componente fundamental va a ser algo que también creíamos una utopía posible hace treinta años y que finalmente se ha materializado: la producción descentralizada de energía. Los parques de energía eólica y solar (menos avanzados) van a suponer un flujo de caja impresionante para quienes han sabido sobrevivir en las zonas rurales. Sus proporciones apenas podemos atisbarlas todavía. Y el tercer componente va a ser la no por manida menos real fuente de complejización económica y social: el turismo rural. Y es justamente en este marco en

5. Patrimonio cultural, empleo y desarrollo socioeconómico Desde la constitución de los Estados nacionales modernos, la Cultura, y muy especialmente el patrimonio histórico-artístico, se ha venido considerando como una carga para la sociedad, que tendría asumida la necesidad de su generación, mantenimiento y conservación sobre la base del sentimiento de identidad y la memoria histórica de los pueblos. Si la Educación, componente esencial del producto cultural de un pueblo, ha sido vista -al menos desde la Revolución Industrial- como una inversión productiva a largo plazo, no ha ocurrido lo mismo con el complejo cultural. Con independencia de su instrumentalización ideológica por parte de los grupos sociales lo que ha supuesto una rentabilidad política en mu-

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chas épocas- nunca se ha esperado de ella una rentabilidad social de carácter económico. Más aún, se producía incluso un rechazo a cualquier especie de consideración de tipo economicista sobre lo que se consideraba el alma de la patria. De alguna forma se ha pretendido, en un mundo regido por las leyes de mercado, que la Cultura se guiase por reglas morales, como si se tratase de una parcela aparte del mundo material, como la religión o las buenas maneras. Y no es extraño que los grupos dominantes hiciesen dominante esa idea: el propio consumo conspicuo de obras de arte por parte de las clases altas, como muy bien señaló Thorstein Veblen, no se ha hecho tradicionalmente sobre la base de cálculos económicos, sino como una forma de despilfarro ofrecida como símbolo de riqueza y poder absolutos. Hoy podemos entender que sencillamente el mercado, en su proceso expansivo por el que ha venido abarcando cada vez más facetas de la vida humana, no había alcanzado todavía un nivel de diferenciación suficiente como para introducirse, mercantilizándolo, en el universo cultural. Son necesarios determinados niveles culturales, adquiridos a través de la Educación, para poder disfrutar de esos arbitrarios y caprichosos productos de la imaginación humana que constituyen el patrimonio cultural, por lo que sólo la progresiva universalización de la Educación que se produce en los países industriales a lo largo del siglo XIX ha posibilitado la creación de ese nuevo mercado. Naturalmente, mientras tanto se ha echado a perder buena parte del patrimonio histórico-artístico, especialmente en las zonas rurales en las que la universalización de la Enseñanza llegó más tardíamente. Y especialmente en aquellas zonas rurales que han sufrido más duramente los efectos de las migraciones masivas hacia las ciudades. Cientos de pueblos vacíos o semivacíos, especialmente en la mitad Norte del país, han visto venirse abajo, o sa-

En la foto superior: visita a un caserío (Landetxo Goikoa) en restauración en un valle de Vizcaya (Munguía) Foto intermedia: excursión al valle de Valdegobía en Alava. Foto inferior: concentración de visitantes en Vierna, Cantabria, para un concierto de campanas donde su fabricación fue famosa tradición

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La cultura inmaterial, como la música local, es recuperada como patrimonio local. En la imagen el rabelista Paco Sobaler. Cantabria. Foto RNE.

queado, un patrimonio producto de muchos siglos de vida. En cuanto a la creación y consumo cultural, la coincidencia entre el periodo de más intensa universalización de la Educación, con las tendencias económicas dominantes basadas en el paradigma de la concentración y centralización provocaron la marginalización de todos aquellos productores y consumidores alejados de los grandes centros urbano-industriales. Lo que contribuyó a convertir el espacio rural en un auténtico desierto cultural. Los productores culturales debían emigrar a los centros urbano-industriales en busca de oportunidades; la población no contaba ni con el background formativo/educativo ni con los recursos económico/temporales para convertirse en consumidora cultural; y los intermediarios y comercializadores no podían surgir, al fallar tanto la oferta como la demanda. Pero, consecuentemente con todo lo expuesto sobre la conformación de la urbe global, en las últimas décadas hemos asistido a un profundo cambio de actitud en lo que a las industrias culturales y el patrimonio histórico se refiere: finalmente, el capitalismo ha irrumpido de lleno en el alma de la Patria, gracias a algunos procesos paralelos de ca-

La incorporación del ordenador y las redes sociales hacen prescindir del contacto personal. Foto Raul García Ramoso del concurso “Mundo Rural”

rácter socioeconómico: la universalización de la educación y el crecimiento cultural de la población, debido al aumento del nivel de vida; el advenimiento del turismo de masas, permanentemente a la búsqueda de nuevas sensaciones, y que se mueve cada vez más fuera de los circuitos tradicionales; la consolidación del arte y el patrimonio histórico como inversión más segura incluso que el oro, y especialmente apropiada a las nuevas formas de circulación de capitales derivadas de la economía sumergida, y del dinero negro de origen ilegítimo o ilegal; y la progresiva reducción del tiempo de trabajo mercantilizado, con una creciente aplicación del saldo resultante al ocio. Y estos cambios han tenido una especial significación en territorios periféricos, menos desarrollados pero que poseían importantes activos patrimoniales, tanto naturales como culturales. Desde finales de los años ‘80 empieza a haber, por tanto, una conciencia de que la Cultura en su conjunto, incluso en su apartado más aparentemente improductivo en términos económicos, el Patrimonio Histórico-Artístico, ha dejado de ser una carga para las sociedades, y se ha convertido en un recurso económico de primer orden.

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La restauración del patrimonio rural como estos molinos de Galícia han permitido nuevas actividades escolares.

El patrimonio tradicional industrial, en medio urbano, es una actividad en auge en el turismo cultural

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5.1. Un medio rural crecientemente culto, base para la protección del patrimonio Porque no se trata únicamente del Patrimonio Histórico-Artístico, ni siquiera del Patrimonio Cultural (o Popular, como se decía antes). Sino de la producción cultural en su conjunto, sin la que los habitantes de los espacios rurales no se interesarían en la conservación de su patrimonio. A lo largo de los años ‘90 el consumo de bienes culturales se ha incrementado notablemente, generando una oferta no menos creciente. Los artistas y creadores no sólo se han incrementado en número, sino que hemos asistido incluso a procesos de retorno parcial o total de creadores más o menos consagrados a sus comarcas de origen. Se ha incrementado la demanda formativa relacionada con las artes, lo cual me parece mucho más significativo a medio y largo plazo: el fuerte incremento de matrículas en las Escuelas y Conservatorios públicos de Artes y Música, la creación de numerosos centros privados de formación en ballet, danza, teatro, dibujo y pintura, artes decorativas, etc, en las pequeñas ciudades que siguen articulando los espacios rurales. De forma que el resultado es un crecimiento global del número de productores, consumidores e intermediadores culturales, tanto públicos como privados. Naturalmente, todo este proceso ha sido posible debido a una decidida apuesta del sector público, nunca suficiente pero en cualquier caso importante. Instrumentos como las Universidades Populares, los programas de difusión cultural de las Diputaciones Provinciales, o los circuitos artísticos (música y teatro) de las Consejerías de Cultura de las Comunidades Autónomas, etc, han contribuido a multiplicar enormemente tanto la producción como la demanda cultural en las zonas rurales. Y cuando existe producción y demanda cultural, existe conciencia y voluntad de reconocer y conservar el patrimonio, y capacidad para ponerlo en explotación. Pero el concepto central en este ensayo es el de urbe global. Y es que ahora mismo nos encontramos frente a un nuevo factor que modifica en profundidad las características estructurales tanto de las industrias culturales como los propios hábitos de consumo: el advenimiento de la Sociedad Telemática.


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Visita a una nave de esquileo en la ruta de la Mesta en Segovia

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación suponen la posibilidad de difundir las obras de creación cultural, así como el patrimonio histórico-artístico, a cientos de millones de personas simultáneamente, auténticamente urbi et orbe, con muy bajos costes de edición y distribución: hoy es posible ‘vender’ las ruinas romanas de Mérida a decenas de miles de visitantes físicos anuales; pero es posible vender una visita a estos monumentos a cientos de millones de personas que tal vez nunca podrán o querrán desplazarse hasta Extremadura, pero que están dispuestas a disfrutar de esa visita cómodamente instalados en sus despachos. Esta va a ser una de las claves en el futuro del medio rural, y no pocos territorios han apostado ya en esta dirección, tanto en España, como en el resto de Europa y los Estados Unidos, en regiones del interior menos desarrollado. Por tanto, la cuestión puede plantearse en lo sucesivo en los siguientes términos: la Cultura, el patrimonio histórico-artístico, el sector cultural en su conjunto, no constituye una carga social, sino por el contrario un recurso económico crecientemente valorado en el mercado. Y, como tal recurso, constituye un importante factor de desarrollo social y económico, especialmente en territorios económicamente periféricos. 5. 2. Impactos socioeconómicos del patrimonio cultural

En términos extremadamente sintéticos, podríamos considerar el siguiente esquema de impactos socioeconómicos positivos del sector cultural en su conjunto: a) Efectos económicos y sociales directos La producción y difusión cultural, ya se trate de restauración del patrimonio histórico-artístico, conservación de espacios naturales, turismo cultural, o fomento de las Artes en general y de los productos multimedia, generan puestos de trabajo. Provoca la aparición de nuevas empresas, habitualmente PYME o cooperativas, y otros entes emprendedores y empleadores como fundaciones, organizaciones sin ánimo de lucro, etc. Además los empleos que se generan en estos sectores suelen ser bastante duraderos, precisando de mucho menos coste por puesto de trabajo generado que la mayoría de los otros sectores productivos. En lo que al patrimonio histórico-artístico en particular se refiere, en el cual la rentabilidad de las inversiones se asume como dudosa, promueve la creación directa de empleo entre las profesiones y oficios relacionados con la restauración, gestión y promoción del patrimonio. No sólo en la construcción, aunque no hay que olvidar que en las obras de rehabilitación se utiliza un 50% más de mano de obra que en las obras normales. El mayor coste de la rehabilitación deriva de un uso más intensivo y especialista de la mano de obra, por lo que es un tipo de obra social privilegiada. A medio plazo puede suponer un

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Visita al molino de mar de Santolaja en Arnuero, Cantabria. Foto L.A.

Visita al al interior del molino de mar de Santolaja en Arnuero, Cantabria. Foto L.A.

cierto ahorro en infraestructuras de urbanización, la recuperación y conservación de áreas urbanas y conjuntos históricos, ya que se trata de zonas más densamente habitables que los nuevos barrios. Por otra parte, la fusión del patrimonio con otros sectores culturales y de servicios produce la auténtica Industria Cultural que constituye la nueva forma de negocio del ocio. A los ingresos derivados de la explotación de parte del patrimonio, tanto por entradas, merchandising (tiendas de arte y recuerdos) y servicios complementarios tradicionales (cafeterías, restaurantes) que contribuyen a mejorar la contabilidad global de la institución (lo mismo en el caso de un museo que en el de un conjunto arqueológico), como por nuevas iniciativas implantadas en Norteamérica y hoy extendidas en Europa (como alquiler de espacios culturales y salas de museos para ciertos actos sociales), en suma todo lo que engloba el moderno concepto, de origen canadiense, del economuseo. Todo ello precisa del desarrollo de servicios a las empresas e instituciones explotadoras del Patrimonio, que sólo pueden ser endógenos si se cuenta con un fuerte desarrollo de PYMES, cooperativas y fundaciones en el sector cultural. b) Efectos económicos y sociales indirectos El principal efecto indirecto del desarrollo de la industria cultural, y de la potenciación del patrimonio, es el incremento del valor de cambio global del territorio -municipio o región- de que se trate. La calidad ambiental y los elevados índices de oportunidades culturales -naturalmente junto a buenas comuni-

caciones, acceso a infraestructuras básicas y población activa capacitada- son factores de primer orden que determinan muchas de las localizaciones actuales. Por otra parte, a los empleos directos, generados por los proyectos culturales, se suman numerosos empleos indirectos: servicios de asistencia, suministradores, empresas de construcción en materiales diversos, instalaciones hoteleras, centros de información, servicios de reserva, servicios técnicos en informática y telemática, etc. Asimismo, la existencia de patrimonio, en mayor medida incluso que la Naturaleza, constituye hoy uno de los principales atractivos para el turismo interior de masas. Indirectamente numerosas industrias y servicios son creados por efecto de la existencia de un turismo cultural: desde las cerámicas o fundiciones que reproducen piezas arqueológicas a los hoteles. Indirectamente, las empresas de construcción que atienden a la puesta en producción de los recursos patrimoniales fomentan la conservación e incremento de empleo a nivel local en las empresas productoras de materiales y servicios utilizados por las constructoras, así como por los gestores del patrimonio. Asimismo consolidan la conservación (cuando no sirven de formas directa para su recuperación) de oficios artesanales. También indirectamente, el apoyo decidido a los proyectos culturales y el propio desarrollo del sector, así como la importancia del patrimonio his-

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Ruralia: el jardín de la urbe rural

tórico-artístico, posibilita la inversión de grandes grupos económicos, buscando la mejora de su imagen pública, en áreas en las que de otro modo no invertirían: así ocurre con numerosos castillos y conventos en España. El mecenazgo patrimonial tiene un fuerte efecto no sólo sobre el propio patrimonio, sino sobre toda la economía y sociedad local. En el ámbito social se extiende el acceso a la cultura a capas cada vez más extensas de la población, promoviendo así su actualización cultural y su adaptación a los cambios sociales. Se provoca una extensión de las actitudes positivas, de la autoestima de la sociedad, lo que permite asumir la idea de progreso, siendo en suma un factor de dinamización socioeconómica. Y se fomenta y extiende la idea de respeto al patrimonio heredado, lo que tiene efectos positivos directos en la conservación, también, del medio natural.

Artemio Baigorri

NOTAS AL TEXTO 1

Este artículo tiene su origen en otros trabajos previos en los que he desarrollado más extensamente (aunque quizás no tan sintéticamente) los conceptos y planteamientos teóricos que aquí se exponen. Particularmente los artículos “La urbanización del mundo campesino” (DOCUMENTACIÓN SOCIAL, 51, pp. 143-158, 1983); “Perspectivas globales. Tendencias y desafíos planetarios entre los rurales” (EXTREMADUDA, 2, pp. 49-57, 1992); “De lo rural a lo urbano” (V Congreso Español de Sociología, Granada, 1995); “De la terra ignota al jardin terrenal. Transformaciones en los usos y funciones del territorio en la urbe global” (CIUDADES, 4, pp. 149164, 1998); “La naturaleza social de la naturaleza” (capítulo del libro Sociología y Medio Ambiente, 1999), “De la cultura a las industrias culturales” (ANUARIO CULTURAL DE EXTREMADURA, 1998) y “Modelos de desarrollo rural y sostenibilidad. Enfoques para la Europa mediterránea” (capítulo del libro Agroecología y Desarrollo, 2001). Así como en alguno de mis libros: Agricultura periurba-

na (con Mario Gaviria, 1984) y Hacia la urbe global (2001). Puede accederse a esos materiales a través de mi web: http://www.unex.es/eweb/sociolog/BAIGORRI 2Artemio Baigorri es Profesor Titular de Universidad en el Área de Sociología de la Universidad de Extremadura. 3 Aunque, paradójicamente, en la actualidad es en las áreas rurales más deprimidas y despobladas donde únicamente hallamos formas de democracia directa al estilo griego (en España bajo la denominación político-administrativa de concejo abierto). 4Desde una perspectiva normativa -la del planeamiento urbano-, deberíamos pasar a ver el conjunto del término municipal (o el conjunto de términos municipales, si nos enfrentamos a un planeamiento de ámbito comarcal o regional) como un recurso que cumple funciones muy diversas, que satisface a grupos sociales y económicos muy diferenciados entre sí, y que como veremos genera a menudo una fuerte competencia. Compatibilizar todas las demandas y necesidades manteniendo un equilibrio entre ellas, y manteniendo a su vez un equilibrio entre las alternativas conservación y desarrollo, es el gran desafío del planeamiento del siglo XXI. 5Me resisto a utilizar el término Naturaleza, por cuanto la Naturaleza no existe en las sociedades desarrolladas. El campo, el espacio rústico, lo rural, es el resultado de la acción civilizatoria del hombre a lo largo de siglos y aún milenios. La Naturaleza es un espacio ideal que incluso como concepto surge muy tardíamente en la historia de las ideas, en el marco del Renacimiento, cuando el hombre occidental alcanza la percepción de que la ha perdido para siempre. Hoy la Naturaleza es casi exclusivamente, como decía Lefebvre hace casi medio siglo, un reclamo publicitario. 6En el curso del planeamiento del suelo rústico en espacios tan dispares como el Alfoz de Burgos, Alicante, el Somontano del Moncayo, el Pirineo aragonés, Badajoz o el Puerto de Santa María, así como analizando el sector agrario de regiones rurales como La Rioja y urbanas como Madrid 7 Bien ignorándolo, como ha venido ocurriendo con el planeamiento tecnocrático tradicional, bien superprotegiéndolo hasta imposibilitar cualquier ac-

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tividad, como ocurre con el planeamiento tecnocrático ambientalista de nuevo cuño. 8 Tales planteamientos tuvimos ocasión de aplicarlos en el planeamiento urbanístico con ocasión de los estudios previos para la revisión del PGOU de Alicante, realizados por EUSYA. Mientras los mapas, e incluso los recorridos superficiales del territorio, nos mostraban un espacio ignorado por los planificadores, en absoluto estaba vacío. En todo caso podríamos hablar de un vacío imperfecto, lleno de cosas, actividades, apetencias, en suma tensiones. La observación más somera mostraba la existencia de poblamiento disperso, reglado o irregular; redes de comunicación y transporte (caminos y carreteras, redes eléctricas y telefónicas, canales y redes de abastecimiento y saneamiento); agricultura ultrintensiva de regadío, que era todavía en 1981 -dado su poder económico- un poderoso agente competidor en la utilización del territorio; usos extractivos (mármol, yesos, cemento, arcillas..., pues en la medida en que los recursos lo permiten la ciudad se construye con materiales de su entorno); aprovechamientos forestales. Además, la densa malla de redes de comunicación y abastecimiento había facilitado la ubicación de actividades molestas, insalubres o peligrosas, o que requieren grandes superficies de suelo, con un elevado coste en suelo urbano. Y en la medida en que el territorio cumple asimismo una función de ocio, descanso y bienestar para los habitantes de los cascos urbanos, las distintas clases sociales habían venido ocupando distintas zonas (casi todas de forma ilegal) para segunda residencia. De ahí que en mi interpretación general del territorio no hablase de un suelo no urbanizable, sino de la necesidad de considerar tres tipos de espacios, “urbanizados con intensidad variable”: el casco urbano, los territorios suburbanizados, y los territorios semidesertizados, que aunque atendían funciones muy complejas y aparecían relativamente habitados, no formaban parte del casco urbano definido. 9No olvidemos que la base ecológica de las ciudades no está en su entorno inmediato, sino en lugares dispersos y muy alejados del planeta. Wackernagel y Rees, en 1995, ya evaluaron en 4,3 Has la base ecológica actual -el footprint- de un urbanita avanzado. El modelo de urbe global es pues un

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instrumento analítico fundamental, ya que en estos términos el entorno de los instersticios de la urbe sería el conjunto del planeta.


Arquitectura popular de la cornisa cantábrica y pirenaica

RELACIONES, TRANSMISIONES E INFLUENCIAS EN LA

ARQUITECTURA POPULAR DE LA CORNISA CANTABRICA y PIRENAICA José Luis García Grinda Catedrático de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, Departamento de Composición Arquitectónica

E

n estas líneas, y a través del análisis breve de una serie de ejemplos, se intenta señalar algunas ideas básicas que pueden ayudar a la mejor comprensión y estudio de nuestra arquitectura popular. Temas como el análisis de las organizaciones arquitectónicas en relación con aspectos físicos, territoriales, históricos, simbólicos, sociales, económicos, etc. El mito de los estereotipos arquitectónicos atemporales que se divulgan habitualmente como identificadores de un territorio. El estudio de la evolución histórica de la arquitectura en sus organizaciones formales, constructivas y funcionales, en lucha con la pervivencia basada en el mecanismo de la tradición. La distinción de conceptos, como antigüedad o primitivismo, aplicados a sus ejemplares concretos. Y de modo especial el entendimiento de la arquitectura popular como un producto cultural complejo donde tienen lugar transmisiones, relaciones e influencias tanto desde el campo de lo popular como desde la arquitectura de autor, frente a la idea del producto propiamente autóctono y aislado en cada territorio. A tal fin se han escogido ejemplos arquitectónicos en el ámbito territorial de la Cornisa Cantábrica y su relación con otros territorios vecinos o incluso lejanos, planteándose las vinculaciones entre sus arquitecturas o, a modo de contrapunto, la confluencia de sus soluciones en mundos culturales diferenciados, como respuesta lógica homóloga a un mismo problema y necesidad.

Relaciones entre arquitecturas pastoriles: los asentamientos temporales de vaqueiros y pasiegos Se plantea aquí el realizar un breve repaso comparativo a la arquitectura de dos grupos sociales, que

históricamente se constituyen en el ámbito cantábrico, basados en una actividad especializada de carácter semejante, como es la ganadería trashumante de ciclo corto. Un primer aspecto que interesa aclarar es el propio ámbito geográfico-local de estudio, que normalmente se ha limitado en sus casas pastoriles al exclusivo de la Cornisa Cantábrica, obviando la extensión a los territorios vecinos y muy en particular a la zona septentrional de la Meseta Castellano-Leonesa, además de obviarse sus evidentes semejanzas tanto en la propia actividad pastoril, como en las casas vaqueiras y pasiegas, fruto de una cultura pareja. Tradicionalmente las arquitecturas vaqueira y pasiega se han estudiado exclusivamente dentro de los territorios asturiano y cántabro respectivamente. Los estudios básicos más conocidos así lo atestiguan, aún cuando en algunas recientes publicaciones vienen a corregir esta visión basada en límites provinciales, puramente administrativos. Cabe señalar, además, que, a pesar de tener organizaciones territoriales y especialmente arquitectónicas basándose en parecidos procesos de ocupación y uso del territorio, normalmente no han sido objeto de estudios comparativos a pesar de mostrar, con claridad, claras semejanzas. En ambos casos, la extensión de dichas organizaciones sobrepasa la vertiente norte de la Cordillera Cantábrica, ámbito tradicional donde han sido estudiados. La montaña se convierte no en un límite, con sus dos vertientes septentrional y meridional, sino en un ámbito cultural común, donde una visión limitada a los actuales límites administrativos regionales resulta claramente incompleta, del mismo modo que se olvidan las referencias al modo de formación y evolu-

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Arriba: Campo del agua, (izquierda). Espinosa de los Monteros (derecha) Abajo: paisaje de Vega de Pas

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ción de la arquitectura de otros espacios geográficos o grupos sociales especializados semejantes, impidiendo poder tener una más amplia comprensión de la relación entre la arquitectura y sus organizaciones y disposiciones formales constructivas y las condiciones geográficas, históricas, sociales y económicas en que se han desarrollado. Así los asentamientos y viviendas de verano e invierno que caracterizan a las comunidades pasiegas y vaqueiras se extienden, en el primer caso, tanto en el propio valle del Pas en Cantabria, como en Burgos con la cabecera histórica de Espinosa de los Monteros. Y, en el segundo caso, tanto en Asturias, asentándose los núcleos de invierno en la zona cercana a la Marina asturiana, y en la vertiente leonesa. Este modelo pastoril de asentamientos de verano e invierno se extiende en el borde leonés con Galicia, en

el propio Bierzo. Estos asentamientos comenzarán a formalizarse a partir del siglo XVI, y especialmente en el siglo XVIII, al consolidarse y asentarse la actividad pastoril en las brañas o zonas de pastos de montaña. La división temporal anual en la utilización de las casas de invierno, asentados en las zonas bajas, y las de verano en las altas, ha condicionado sus programas, más reducidos en las de verano, como evolución de los refugios, cabañas y chozas de pastor. Ambos tipos de casas de verano, vaqueira y pasiega, en ejemplares evolucionados, se organizan en dos alturas, albergando en la superior la cocina y un cuarto, además del pajar. Y el nivel inferior se reserva a la cuadra, además de la escalera exterior pétrea que unifica el aspecto exterior de ambos tipos, bien dispuesta en el testero, bien en el lateral de la planta rectangular, a modo de patín.

Somiedo

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La evolución de ambos tipos de casas de verano ha hecho que las cubiertas acabaran diferenciándose, perdiendo los techos vegetales la cabaña vividera pasiega, siendo sustituidas por losas, mientras la cabaña vaqueira de verano haya conservado todavía sus característicos techos vegetales constructivos en matorral de escoba o piorno, dotados de mayor pendiente. Otra característica diferenciada en ciertos ejemplares pasiegos, que se han convertido en el paradigma de la arquitectura, es la aparición de una solana o balcón, dispuesto en el testero, donde se dispone el acceso a la zona vividera a través del patín o escalera exterior. Hay que señalar sin embargo que este elemento no está presente en todas las modalidades que presenta aquella. Así cabría decir como conclusión que es preciso, en primer lugar, prestar atención al propio ámbito de estudio de cada arquitectura popular, por encima de los actuales límites administrativos. La comarca natural e histórica es el marco adecuado para ello. En segundo lugar señalar que, a menudo, se producen organizaciones territoriales y arquitectónicas semejantes en distintos ámbitos territoriales, planteándose una dicotomía muy frecuente en las arquitecturas tradicionales, entre la posible relación cultural y la formalización independiente de cada fenómeno arquitectónico en coincidencia final casual.

La chimenea de las casas pastoriles pirenaicas y del Sistema Ibérico; relaciones entre formas arquitectónicas y organización social Un ejemplo que puede plantear aquella relación entre forma arquitectónica y cultura es la coincidencia de la organización formal de la chimenea de las casas pastoriles de territorios de montaña relativamente alejados: los Pirineos y el Sistema Ibérico, al adoptar en ambos casos forma troncocónica, aún empleando materiales y sistema constructivo distinto. La casa serrana del Sistema Ibérico es un prototipo de vivienda pastoril, que se extiende en el vértice de los territorios de Burgos, Soria y Logroño, apoyado en las estribaciones del Sistema Ibérico, habiendo recibido la denominación de casa pinariega en el área soriana, al coincidir con las áreas forestales de pinares allí presentes.

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Arriba: Cabrejas. Abajo: Buesa


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La característica chimenea, revestida al exterior con un escamado cerámico, ha servido como elemento de identidad a sus distintas variedades. La campana de forma troncocónica se forma con unos palos, siguiendo la forma cónica, colocados a modo de directrices en los que se ensarta un encestado, realizado con ramas menudas, y revestido de barro. Estos palos se rematan superiormente en una pieza de madera circular a modo de rodete, coronándose el hueco con unas tablas recortadas que se unen en su vértice, rematadas por una pieza de madera en forma de pináculo. Se organiza sobre la totalidad del espacio de la cocina, apoyándose en unas vigas de madera que se achaflanan en las esquinas para acercarse a su planta circular, que llega alcanzar en algunos ejemplares diámetros que alcanzan los cuatro metros. El hogar se apoya en un murete, de unos dos metros de altura, que sirve para crear un espacio de

protección al acceso, a modo de cortavientos. La cocina se puede situar tanto en planta baja, como en la superior, alcanzando su campana un gran desarrollo. La casa serrana, en las variedades más antiguas, emplea fábricas de entramado en la planta alta con rellenos de adobe o piedra menuda, aunque los incendios motivaron que las fábricas pétreas se sustituyeran en el ámbito burgalés. En dicho territorio estas chimeneas llegan hasta las Tierras de Lerma, más allá de la propia zona serrana. Pero también se localiza una zona en contacto con la Cordillera Cantábrica, apoyada en el cañón del Ebro, en núcleos como Pesquera, Cortiguera, Huidobro, etc. De este lugar precisamente arranca la única cañada Real que se extiende hasta el norte burgalés. En estos casos la chimenea es un poco más pequeña, dándose la curiosa coincidencia de que dichas casas dis-

Hecho

Castrillo de la Reina

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ponen de solana de tipo montañés protegida por el saliente de los muros laterales. Así se puede señalar que este tipo de chimenea está plenamente identificado con la cultura pastoril de la trashumancia de esta zona de borde de la Meseta Septentrional. No resulta extraño en tal sentido que una chimenea de forma similar troncocónica la encontremos extendida en el área pastoril trashumante del Prepirineo y Pirineo Aragonés, como elemento identificativo de su arquitectura de mon-

taña. Su diámetro es claramente menor, al levantar la campana con una fábrica delgada de mampostería revestida, dotada de mayor peso que la encestada. Arranca la campana de un entramado de vigas achaflanadas en las esquinas, idéntico al de la chimenea encestada. Se remata con una cubierta, también de fábrica, a modo de pequeña bóveda rebajada, abriéndose debajo de ella distintos huecos para facilitar la salida del humo, que pueden tener tratamientos decorativos diferenciados. La confirmación de este elemento arquitectónico en un área cultural específica: pastoril trashumante, ha llevado a algunos autores a relacionar la forma y construcción de la chimenea encestada con la de los chozos trashumantes con cubierta cónica vegetal, comparando su estructura de palos atados en su vértice, en un análisis superficial que, en la primera, olvida el papel del encestado y las piezas de atado inferior y superior. Sin embargo la identificación formal entre estas chimeneas nos plantea claramente la vinculación cultural de determinados aspectos de la arquitectura popular y las nítidas e indudables relaciones entre arquitecturas distintas de similares contextos culturales, que en estos casos dejan de ser coincidencias ocasionales.

Primitivismo y antigüedad de las casas de cubiertas vegetales y el mito prerromano de la "palloza" La casa de planta redondeada y cubierta de "teíto" o paja de centeno, conocida con el término gallego de "palloza", se ha convertido, en una divulgación poco afortunada, en el mito de la casa prerromana, asemejándola con las casas castreñas del noroeste peninsular. En ambos casos dispone de planta redondeada y una cubierta de importante volumen, a menudo cónica, en relación con la altura de la fachada, cuya apariencia formal exterior ha facilitado dicha identificación.

Dibujo de chimenea de Ansó

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Cabaña de pueblo prerromano indoeuropeo

Castros y casas redondeadas

Palloza en Vilarello, Lugo.

Dos simples imágenes exteriores a través de los dibujos de las casas reconstruidas de los Pelasgos, pueblo prerromano indoeuropeo asentado en una parte de la península Helénica, y de una palloza de Vilarello en Lugo nos ejemplifica este problema. Sin embargo, esta mera comparación exterior olvida algo esencial en el análisis de la arquitectura, que es la organización interna de la misma y sus dimensiones, cuya mejor plasmación se realiza a través de las correspondientes plantas y secciones. Así, mientras que las superficies de las casas castreñas se sitúan en torno a los 20-25 m2, en la casa popular de planta redondeada se parte de mínimos superficiales en torno a 60 m2, superando frecuentemente los 200 m2, multiplicando notablemente sus superficies medias el tamaño de la primera, en torno a las ocho veces. Esta notable diferencia dimensional, viene dada por sus diferentes programas, que responden a distintos momentos de organización social histórica. La casa castreña dispone de un único habitáculo humano en su planta redondeada, situándose en el centro el hogar y pegado al muro exterior un banco que hace de asiento y camastro, no disponiendo de divisiones internas, A veces se completa con un espacio menor abierto, adosado al acceso o a modo de cobertizo lateral, que servía como almacén y despensa de comida, leña, agua y utensilios. Corresponde pues a un modelo de vida tribal, funcionando como un mero refugio para un grupo de personas de la "gens", donde los recursos y medios productivos o los animales pertenecen a la tribu, no incluyéndose en su programa arquitectónico.

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Navalosa

La "palloza" o casa redondeada de "teito" ofrece una compartimentación básica. Una zona destinada a las personas, con acceso abierto desde el exterior, "astrago", donde se emplaza el hogar o "/ariega", acompañado por el horno y los escaños, que pueden complementarse con otros espacios menores destinados a dormitorios o "cuartos", pequeños almacenes, trasteros o cochiquera. Y otra zona destinada a cuadras, "corle" o "estrevariza", que puede subdividirse en espacios distintos para la vacas y las ovejas, además de las parideras. Sobre esta parte se dispone, bajo cubierta, el pajar, "parreiro" o "barra", con acceso desde el astrago, que sirve también de dormitorio para los más jóvenes de la familia. Se puede decir que este modelo refleja ya una casa de una sociedad rural más evolucionada, que acoge a la unidad familiar con sus recursos y medios productivos, albergando también al ganado de su propiedad. La mayor dimensión de la planta hace que se dote de una forma oblonga para facilitar la sujeción de la cubierta, cuya estructura es notablemente más compleja y evolucionada que la de la vivienda castreña. Mientras ésta última constituye su cubierta cónica con la unión en el vértice de unos simples palos apoyados en el muro perimetral y excepcionalmente con

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un apoyo central; en la primera se emplea ya un sistema jerarquizado de piezas de la estructura. Normalmente utiliza unas semicerchas que van creando una serie de apoyos o crujías intermedias, dispuestas en perpendicular a la dirección más larga de la planta. Sobre ellas se apoyan unas vigas tercias que sujetan a su vez los pares, apoyándose ya en el muro perimetral de cerramiento. Se ayudan además de unos postes o "esteos", en forma de horcón, que sostienen la forma de la cumbrera que puede ser casi horizontal o ligeramente inclinada según las distintas modalidades que presenta. Los "esteos" sirven normalmente de apoyo a las cerchas, constituyendo una estructura que se separa del cerramiento y que se levanta con anterioridad a él, modalidad que se repite en la mayoría de la arquitectura de cubierta vegetal de ámbito norteño, conocido con el nombre de horcones, como indicativo de la vinculación cultural de este conjunto arquitectónico. La presencia de postes en forma de "esteos" u horcones no sólo sucede en ejemplares en la vertiente meridional de la montaña cantábrica, como en la casa de Riaño, sino que también los encontramos en ejemplares de pajares de La Cabrera, en contacto con Zamora, o incluso más al sur en "casillas" o albergues


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Medianias Orotava

de ganado en Gredos, como soporte independiente de la estructura de la cubierta. Este elemento estructural característico de la "palloza" se localiza también en la casa pajiza de Canarias, con ejemplares conservados especialmente en las medianías de La Orotava , integrado en los muros de cerramiento como apoyo de las carreras que sirven de apoyo a la estructura de la cubierta, con el mismo nombre castellanizado de estero, señalando de nuevo la transmisión cultural de esta arquitectura de origen peninsular, en un contexto geográfico distante y diferenciado. Al exterior la "palloza" se puede completar con algún anejo o edificio auxiliar, como el hórreo, el pajar y almacén, "palleiro", "alpendre" o "pendello", pudiendo delimitarse el espacio libre, anejo a la corralada, con una cerca. Se confirma la identidad de esta casa de paja con la familia nuclear, como propietaria rural de unos limitados medios productivos, especialmente el ganado, con un origen medieval que evolucionaría desde elementales subdivisiones espaciales. Y frente a ella el carácter social organizativo suprafamiliar y gentilicio de la casa castreña, no existiendo la propiedad familiar de aquellos recursos productivos, como el ganado que es albergado en ella. También podemos señalar que los ejemplares

más elementales de casas tradicionales de planta redondeada, son los que encontramos precisamente en los núcleos pastoriles de verano, como el leonés de Campo del Agua, teniendo una sola división interior, realizada con un tabique de tabla o encestado, que separa los espacios para personas y animales, denotando su estrecha relación con las anteriores cabañas pastoriles, como meros refugios temporales, de los cuales deriva. La extensión de la casa de planta redondeada, en el vértice de Galicia, Asturias y León, fue notablemente mayor al que hoy conservan. Todavía en Galicia en el siglo pasado llegaba desde Fonsagrada a la Sierra del Caurel. En Asturias en Ibias, Degaña, Cangas de Narcea y los Oscos. Y en León en el Bierzo, alcanzando a la Maragatería y Laciana, llegando a los límites de Orense y Zamora cerca de la frontera portuguesa. Sin embargo en el ámbito leonés, la unitaria denominación cultural de casa de "teíto" se aplica tanto a esta modalidad, como a toda una serie de variedades de casa con cubierta de paja, que constituyen el mayor conjunto peninsular de construcciones con techo vegetal que todavía hoy se conserva en penosas condiciones. Se extiende desde el borde occidental del Bierzo hasta el extremo oriental

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provincial, en la Montaña de Riaño, estableciendo una transición entre las formas redondeadas a las formas con esquinas. Modalidades conocidas como la casa con horcones de la Montaña Occidental, u otras como la casa de falsa cúpula de la Maragatería, la casa de Babia o Laciana con planta en U, o en la forma idealizada de arco. Incluso se pueden localizar ejemplares con fábricas de tierra, tapial, en Cepeda, como últimos restos que lo fue hasta el bajo medievo la casa de parte de la meseta superior. Así se puede hablar en la casa tradicional de planta redondeada de una pervivencia formal primitiva, como es el perímetro redondeado de su organización, aunque su arquitectura no se puede certificar como antigua pues los ejemplares no datan más allá del siglo XVIII, siendo en su mayoría del siglo XIX, derivados de organizaciones propiamente medievales. Así mismo se debe aclarar que el supuesto calificativo de celta a las casas castreñas de planta redondeada no se corresponde con la historia, pues precisamente las casas celtas se disponían normalmente con plantas rectangulares, siendo en realidad arquitecturas derivadas de chozas de la Edad del Bronce y época neolítica que podemos ejemplificar en el poblado vallisoletano de Soto de Medinilla, datado en la primera Edad del Hierro, donde se han excavado casas de planta circular, presentes en este momento cultural en toda la Meseta Norte.

Evolución y transmisión de la arquitectura popular: la casa de tipo montañés La evolución arquitectónica que llega a conformar los rasgos característicos básicos del modelo conocido como la casa cántabra o montañesa, con su solana volada y, apoyada en los muros laterales de fábrica, rematados con moldura de talón, parte de la experiencia medieval norteña en la lucha contra los incendios. El predominio de la madera en sus cons-

Casa en Cóbreces. Cantabria

trucciones, que llegaba incluso al acabado de sus cubiertas en tablas de roble o haya, hacía que los incendios fueran especialmente devastadores en las apretadas morfologías de sus villas medievales. Se empleará como sistema contraincendio los muros cortafuegos realizados en fábrica de piedra, creándose los volados de los mismos apoyados en molduraciones medievales de cuartos de bocel, para proteger a los frecuentes cuerpos volados cerrados o saledizos, constituidos en entramado de madera. Hay que recordar que la protección al fuego será objeto de atención en gran parte de las villas medievales norteñas, algunas de ellas asoladas por incendios a principios del siglo XVI o finales del XV, como San Sebastián u Oviedo. De tal modo que a partir del siglo XVI se van a proscribir los saledizos o cuerpos volados cerrados, generado a partir de órdenes reales, en época de CarlosV, como en las ordenanzas de Oviedo de 1522 y de Burgos de 1595, extendiéndose esta práctica a la totalidad de las villas del reino. Hay que indicar que el empleo de los muros cortafuegos volados medievales sobrepasa el ámbito de la Cornisa Cantábrica, siendo frecuente en los núcleos septentrionales de la Meseta Norte e incluso llegando a villas situadas en la vertiente norte del Sistema Central, como el ejemplo salmantino de Miranda del Castañar. La formación de la casa montañesa, a partir de la evolución del muro cortafuegos y del saledizo, será un fenómeno singular a partir de estas experiencias urbanas, comenzándose a formalizar a partir del siglo XVI y en especial a lo largo del siglo XVIII. Este proceso lo podemos visualizar fuera del área cántabra, en núcleos burgaleses norteños, como en la zona de Espinosa de los Monteros, empleándose los muros cortafuegos volados en ejemplares bajo medievales de edificación aislada. También encontramos que el muro de entramado se abre o es sustituido, en su frente, por el balcón o solana corrida apoyándose en los muros laterales, antiguos cortafuegos, en ejemplares fechados en el siglo XVI. Así el muro cortafuego o almanque pierde su sentido, al aislarse la casa rural, convirtiéndose en el elemento de apoyo del corredor. A los remates en cuarto de bocel seguirán las molduras de talón y escocia que acabarán por conformar la imagen exter-

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na de este modelo, que se extenderá con notable éxito a partir del siglo XVII y especialmente en el XVIII. Parecido proceso ocurre también en otros lugares de Europa, incluso en modelos de casas, como en la Borgoña, de características paralelas a las de la casa cántabra, aunque con el piñón de la cubierta en coincidencia con el corredor, asemejándose a algunos caseríos vasco-navarros, como nos enseña el dibujo de Viollet le Duc. Un último escalón evolutivo, en esta rápida visión, es la conversión del corredor en galería acristalada al incorporar las carpinterías de madera con la ventana de guillotina. Esta transformación que se va a extender, desde el último tercio del siglo XIX, a buena parte de la arquitectura cantábrica, nace de la experiencia de la arquitectura naval, donde este tipo de ventana tendrá una gran importancia para acristalar y cerrar los castillos de los barcos a partir del siglo XVII y especialmente en el siglo XVIII, discutiéndose si su origen es holandés o inglés. Desde luego serán los nuevos astilleros impulsados por los Borbones en época ilustrada, como el del Ferrol, a través de sus carpinteros navales, los que tendrán un papel decisivo en la incorporación de esta experiencia naval a la arquitectura, y más en particular a las soluciones tradicionales, que se extenderá tanto en el ámbito cantábrico y los núcleos rurales norteños de la Meseta Septentrional, a partir del último tercio de finales del siglo XIX. Junto a este proceso evolutivo, el modelo prototípico de casa montañesa se extenderá en un claro ejemplo exportador arquitectónico, transmitido por los canteros cántabros tradicionales, a lugares más alejados de la propia Cornisa Cantábrica, como en las zonas meridionales de la Montaña burgalesa y los bordes del Páramo septentrional, ejemplificado en Orbaneja del Castillo. En este último lugar se hace presente de forma masiva a comienzos del siglo XX, como el triunfo de la maestría de los albañiles y canteros cántabros, contrastando con los volúmenes cerrados de sus anteriores edificaciones tradicionales. Otro ejemplo de transmisión de este modelo lo situamos en el núcleo soriano de San Leonardo de

Violet le Duc

Capitel en solana deAsiego. Asturias. Foto L.A.

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Casa con galería en Comillas. Cantabria.

Yagüe, en el Sistema Ibérico. Ajenos por completo a la arquitectura serrana local, localizamos ejemplares que emplean solanas con un desarrollo de dos alturas, apoyadas en almanques, que crean una agrupación, fechándose en los siglos XVIII y XIX. Esta misma solución la hallamos aquí, en un ejemplar de casona del siglo XVIII, que desarrollaba su solana en una sola altura. Estos ejemplares fueron también obra de albañiles cántabros, recordándonos la notable presencia de los maestros cántabros, especialmente de la Trasmiera, en las obras importantes de las dos Mesetas en el siglo XVI. En esta ocasión su existencia en este núcleo rural viene dado por el carácter especializado de la actividad de sus moradores, como transportistas tradicionales de larga distancia, perteneciendo a la hermandad de carreteros más importante del reino, la Cabaña Real de Carreteros de Burgos-Soria, en cuyos viajes más

frecuentes conectaban el centro de la Península y la Meseta Norte con la Cornisa Cantábrica y sus puertos de mar, permitiendo su economía desahogada financiar los costes de la exportación de esta arquitectura a su tierra serrana. Así, a pesar de que la arquitectura popular está dominada en su formación por el mecanismo de la tradición, que hace que organizaciones, disposiciones y construcciones se transmitan y permanezcan durante generaciones, también en ella se hace presente la evolución, como en todo producto humano, lo que nos permite entender la falacia de los prototipos atemporales, además de cómo ciertas formas arquitectónicas tradicionales, creadas en un contexto histórico y territorial concreto, se pueden transmitir y exportar fuera de él, a causa de su mayor modernidad y de su éxito en el cambiante gusto, de acuerdo a las posibilidades locales.

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Arquitectura popular de la cornisa cantábrica y pirenaica

Estudio gráfico en plantas, alzados y secciones del hórreo Priorio

El hórreo Paradigma interpretativo de las relaciones entre estructuras arquitectónicas tradicionales En ocasiones concretas encontramos en algunos tipos de edificios auxiliares morfologías singulares que pueden hacer comprensible lo que ha ocurrido con tales elementos en otras áreas y regiones de la Península, facilitando la comprensión de su posible evolución. Así por ejemplo encontramos en León una singular variedad de hórreos, en puntos muy concretos como Prioro, Soto de Valdeón y Las Sodas, de planta rectangular y cubierta a dos aguas. Presenta una peculiaridad básica que es la constitución de las paredes de la caja del granero por tablones irregulares horizontales que se cajean entre sí en las esquinas, de

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tal modo que no existe un sistema de refuerzo estructural en las esquinas, o se cierran con piezas verticales o esquinadas, como ocurre en los hórreos de madera de Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Navarra. Puede decirse que constituyen la modalidad primitiva de cajas de madera, que faltaba para hacer entendible los modelos evolucionados del hórreo asturiano, con su organización simétrica y desmontable que puede calificarse de clásico, o de otras modalidades desde los hórreos de caja constituida por encestado, conocidos en el ámbito galaico como cabazos , canastros o cabaceiros. Además presenta afinidades notables con otros hórreos europeos, como los muy conocidos del cantón suizo de Wallis a través de determinadas imágenes publicitarias, con el mismo sistema de caja de tablones horizontales cajeados en las esquinas, señalando una línea cultural común europea que nos lleva hasta Asia, con ejemplares similares


Arquitectura popular de la cornisa cantábrica y pirenaica

tos para evitar la subida de roedores desde el suelo, prácticamente idénticas a las empleadas por los hórreos asturianos. Son en realidad un modelo de casa casi palafítica, adaptada al clima tropical y asentada entre los campos inundados de arroz, que nos retrotrae a la hipótesis que Frankowsky realizó en un conocido libro sobre los hórreos españoles, relacionándolos con las casas palafíticas prehistóricas. Así junto a las coincidencias casuales se plantean, con cierta frecuencia, las relaciones e influencias entre hechos arquitectónicos de distintos territorios, denotando una línea cultural común. Como nos señala el geógrafo francés Albert Demangeon al hablar de la habitación rural "... no sólo está derivada de aquel ambiente presenta relaciones externas, parentescos lejanos generales. Así pues en el reparto de un tipo de casas, muchas observaciones escapan al determinismo local, sea por lo que atañe a los materiales, a las estructuras económicas, a las funciones; y se perfilan las relaciones históricas y las corrientes culturales" Desde luego no se pueden olvidar las vinculaciones generales que tiene la arquitectura tradicional con el conjunto de la arquitectura y cómo aquella incorpora o interpreta temas e influencias de la segunda. Christian Norberg-Schulz 1 nos señala cómo ésta arquitectura, que él llama espontánea, " ... no es un reflejo "directo" de las condiciones y las necesidades fí-

en Turquía o Irán. A la vez podemos encontrar soluciones de graneros levantados del suelo, apoyados en postes y construidos en materiales vegetales, en distintos lugares de Africa Subsahariana, como puede verse en un ejemplo de Senegal, cuya forma presenta semejanzas con los modelos primitivos españoles, como los canastros o cabaceiros gallegos, pudiéndose decirse que no existen relaciones culturales conocidas entre ambos grupos. Y por tanto que soluciones parejas, en el mundo de la arquitectura popular y vernácula, pueden deberse a coincidencias basadas en la experiencia lógica autónoma de distintos pueblos que han llegado a similares soluciones formales, en la pura búsqueda lógica a ciertos problemas como la protección del grano frente a la humedad y los roedores. Este argumento de la coincidencia casual, que se pone en duda entre ejemplos europeos, africanos y del medio oriente, dadas las relaciones antiguas entre dichos pueblos, no lo es con algunos ejemplos de las islas del Extremo Oriente, incluso si acudimos a fenómenos circunscritos a ámbitos isleños asiáticos, con los que los contactos culturales con Europa son relativamente tardíos, ya en tiempo moderno. Así por ejemplo, las casas indígenas filipinas de Mayoyao emplean, en una construcción realizada en madera, levantada en postes del mismo material y con cubierta vegetal a cuatro aguas, las típicas ruedas o tornarra-

Senegal

Valos

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Moreira


Arquitectura popular de la cornisa cantábrica y pirenaica

Mayoyao

sicas, sino que posee las cualidades distintivas de un sistema simbólico. La arquitectura espontánea y los edificios monumentales que pertenecen a la "gran tradición figurativa: tienen raíces comunes e ilustran la misma función simbólica. Unos y otros expresan los significados, los valores y las necesidades inherentes a una forma pública de vida. Cualquier distinción fundamental que quiera establecerse entre arquitectura espontánea y arquitectura monumental, es pues artificiosa, y sólo puede impedir la auténtica comprensión de nuestro entorno ... " Palabras que sirven para rematar estas reflexiones, basadas en ejemplos de la arquitectura norteña, donde se plantea de manera específica que para la mejor comprensión de nuestra arquitectura popular no sólo hay que realizar su documentación y análisis territorial concreto, sino poder enmarcarla y ponerla en relación con otras arquitecturas, especialmente de territorios cercanos o vinculados culturalmente. Hoy, son la evolución y la transmisión unos de los temas claves en la investigación de esta arquitectura, cuyo estudio nos permitirá comprender mejor cómo se ha

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generado y cómo ha evolucionado este complejo fenómeno, y por tanto como abordar adecuadamente su conservación, rehabilitación o una nueva arquitectura en los lugares que todavía pervive.

José Luis García Grinda

1

Norberg-Shulz, Ch. "Existencia, espacio y arquitectura" Ed. Blume. Madrid, 1975. Pág. 229.


La casa tradicional asturiana

LA CASA TRADICIONAL ASTURIANA: ENTRE LA AUTOSUFICIENCIA Y LA RECIPROCIDAD* Adolfo García Martínez Doctor en Antropología. Profesor en las Universidades de Valladolid y de Oviedo.

L

a casa tradicional asturiana constituía la unidad básica de la propiedad, de la producción, del consumo y de la vida social. Es decir, nuestro término casa se refiere a las construcciones donde se aloja la familia y los animales domésticos y a los almacenes y otras edificaciones para las cosechas y los aperos. Pero, además, en la casa se nace, se socializa y es hospital y tanatorio; en casa se procesan gran número de productos naturales -alimentos, prendas de vestir, productos artesanales-. Por otra parte, la casa es también una pequeña empresa, y en este sentido se podría denominar casería, de clara tendencia hacia la autosuficiencia, y como tal posee varias fuentes de recursos, fuerza de trabajo propia y una tecnología básica. Así, dispone de tierras de labor en las que cultiva un cierto número de productos agrícolas, dedica varios espacios a prado de los que obtiene hierba seca y paciones para su cabaña ganadera y, finalmente, la casa obtiene de la recolección en los montes propios y comunales productos de gran importancia. Pero, como cada casa trata de ser autosuficiente frente a las demás casas y a la sociedad exterior, el techo de su producción agrícola, ganadera y de recolección es el consumo doméstico, por lo que es una unidad de producción y de consumo. Pero, además, cada casa posee otro capital no menos importante: el capital social o ethos, como lo denominan algunos antropólogos (Lisón, 1976). Este capital, herencia de muchas generaciones, identifica y define a los miembros de la casa y da consistencia a ésta. De este modo, la casa no es sólo una unidad de producción, sino que es también el elemento socializador por excelencia. Es decir, en el proceso de enculturación de la sociedad rural tradicional, la casa dispone de los elementos fundamentales: los agentes,

que eran básicamente los viejos, el contenido, que era la tradición casal, y los medios, que eran ante todo la palabra y la comida. Pero, asimismo, la casa tradicional asturiana es, vista "desde afuera", la célula básica de los núcleos de poblamiento. Esto es, cada casa mantiene o se configura en el contexto de tres tipos de relaciones, sirviéndonos de la terminología acuñada por E. Service (1966) y reinterpretada más tarde por M. Sahlins (1984): relaciones con la parentela, de claro signo altruista, dominadas por la reciprocidad generalizada; relaciones con las demás casas del pueblo y hasta de la parroquia, de signo equitativo, regidas por la reciprocidad equilibrada; relaciones con la sociedad otra u exterior, concebida como la sociedad de la "vida mala", de signo negativo y especulativo, dominadas por la reciprocidad negativa. Los dos últimos tipos de relaciones son una prueba de los límites de la autosuficiencia de la casa, lo que origina fenómenos intercasales de gran interés, tales como el don, en el sentido de M. Mauss(1966), y que en Asturias se denominan vecera, andecha o calenda, y el trueque y el comercio.

I. El capital productivo La casa tradicional asturiana era una "empresa" que trataba de ser autosuficiente, de modo que el techo de la producción era la satisfacción del presupuesto anual de consumo de la familia y de los animales domésticos, por lo que su interés, como señala E. Wolf (1982) a propósito de la economía campesina

*texto redactado en el año 2006 para Litoral Atlántico.

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La casa tradicional asturiana

Arriba: casa de corredor y cuerpo lateral en Podes (Gozón). La vivienda con el corredor ocupa uno de los costados y, en el lado opuesto, se dispone la cuadra con el pajar en la parte superior A la derecha: Casa del mismo tipo en Colombres (Ribadedeva)

tradicional, no radicaba tanto en la remuneración del trabajo diario, sino en la del trabajo de todo el año. En este contexto, el problema y la preocupación fundamental era equilibrar consumo y producción. Este tipo de economía natural se basaba en el uso de energía renovable y producida por el propio sistema casal, algo que era posible gracias a las restricciones en el consumo y a la abundante mano de obra. En este sentido, cada casa tenía su vivienda, sus cuadras, sus almacenes, sus animales domésticos, sus técnicas y herramientas, sus medios de transporte, sus parcelas o fincas, sus derechos colectivos, distribuía el trabajo entre los miembros de la familia, disponía del saber y de los medios para la transformación de una serie de

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productos naturales en productos culturales, sobre todo alimenticios, y, en fin, trataba de ser un sistema independiente que se autorregeneraba a sí mismo, excepto en determinadas ocasiones en que tenía que recurrir a las demás casas o a la sociedad exterior. 1.- Las construcciones. Cada casa tradicional de Asturias disponía de una serie de construcciones, que variaban según el tamaño, la calidad y el entorno natural, si bien la funcionalidad parece ser el factor clave, pues ante todo eran una herramienta más -alojamiento de la familia y de los animales domésticos y almacén de cosechas y aperos.


La casa tradicional asturiana

Casa, panera y balagares

Muchas casas tenían el hórreo o panera

El núcleo principal lo constituía la vivienda. Esta construcción, en términos generales, estaba formada por la casa-habitación, la cuadra y, en muchos casos, el henil, ya fuese en el desván o adosado. La vivienda propiamente dicha constaba de tres espacios, principalmente: la cocina, las habitaciones y la sala. La cocina era, sin duda, el espacio fundamental de la vivienda. En él se cocinaba y se comía, se convivía y se realizaban gran número de tareas, se recibía a la gente y, a veces, el horno del pan estaba adosado a ella. Las habitaciones sólo cumplían la función de descanso, y la sala, en la que solía haber alguna cama y algún mueble, era una pieza situada dentro de casa, pero, como señala J.L. García (1976), miraba hacia afue-

ra, pues sólo se usaba cuando había gente de afuera. Muchas casas tenían un pequeño corredor en el que se curaban algunos productos de la tierra, y a cada lado solía haber una pequeña habitación. Debajo de la vivienda estaba la cuadra y en el desván el pajar. A pocos metros de la vivienda, muchas casas asturianas, excepto en los pueblos altos y en los de los vaqueiros de alzada, tenían una construcción de gran importancia: el hórreo o panera. Esta construcción era la despensa de la casa, pues en ella se guardaba la carne de la matanza, el trigo y la escanda, el maíz, las patatas, el pan de cada hornada, las nueces y las avellanas, etc., y hasta algunos objetos de valor: la silla de montar, los utensilios para hacer la matanza, etc. Era uno de los pocos espacios que se cerraba con llave. Con frecuencia, el hórreo y la panera formaban el último nivel de una construcción más compleja. Muchas casas de Asturias, sobre todo las fuertes, tenían el pajar o henil adosado a la vivienda o en una construcción aparte, mientras que las más pobres metían la hierba seca en el desván o hacían balagares, vares d’herba o facinas en la era. El pajar es una construcción de planta rectangular con dos al-

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La casa tradicional asturiana

Arando la tierra para sembrar el maíz.

El maíz se recogía a finales de setiembre

turas. En la planta baja, con frecuencia sin cerrar, se guardaba la leña, el carro, los arados y otras herramientas. En la planta superior, que estaba sin desvanar, es decir sin cielo raso para que tuviese más capacidad y ventilase mejor, se almacenaba la yerba seca. El espacio que rodeaba a la vivienda y a las demás edificaciones, con frecuencia más imaginario que real, formaba una zona que, aunque estaba fuera miraba hacia dentro. Es decir, este espacio era considerado como propio y exclusivo de los miembros de la familia. Algunas casas, las más fuertes, cerraban este espacio con un gran muro, comunicado con el exterior por una gran puerta de dos hojas llamada portalada. Este espacio solía denominarse corrada o antoxana, si no estaba cerrado, y corral, cuando sí lo estaba. Envolviendo todas las edificaciones existía otro espacio, aún más imaginario aunque no menos íntimo, que se llamaba en algunas zonas de Asturias calea. Dentro de la calea, cada casa tenía la era o eira, un lugar donde se colocaban los balagares de yerba y las facinas o medas de trigo; en la era se mayaba (majaba) y se solía colocar también el payeiro (la paja). Asimismo, cada casa tenía en la calea algún huerto, güertu o cortía donde la mujer cultivaba algunos productos alimenticios: berzas, ajos, cebollas, guisantes, tomates, etc.

l.lourías, llousas, cortinales, vilares (erías), según las zonas. Las erías eran rotativas respecto a los cultivos, y una vez recogida la cosecha se abrían o se derrompían para que pastase conjuntamente el ganado de los vecinos, un fenómeno conocido como derrotas. Sólo cuando se sembraba y cuando se recogía la cosecha se abrían las carriles para que pasase el carro. De la agricultura la casa tradicional obtenía múltiples productos alimenticios para la familia, así como forrajes para los animales domésticos. Vamos a detenernos brevemente sólo en dos de estos productos: el pan (trigo y escanda) y el maíz.

2.- Las tierras de labor: la agricultura. Cada casa, fuerte o pobre, tenía un cierto número de parcelas dedicadas al cultivo denominadas tierras, tierres, fincas, pezas, etc. Las parcelas de cada casa se solían agrupar con las de las demás casas en dos grandes bloques formando las sienras,

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a) El pan: de la tierra al hórreo.- El término pan se refiere a varios cereales panificables: trigo, escanda, centeno y, en ocasiones y en ciertas zonas, maíz. El trigo, la escanda y el centeno se sembraban a finales de noviembre, por eso se denomina el mes de payares, y se recogían en julio y agosto, llamado este último mes del pan. En este largo y laborioso proceso participaba toda la casa, además de las tierras y el clima: los animales domésticos con su trabajo y su abono, la familia, según la edad, el sexo y el rango, y hasta las ánimas o difuntos eran invocados con frecuencia para preservar la cosecha. Hasta hace medio siglo, aproximadamente, el trigo y el centeno se majaban con manar, menal o maye, es decir, con mayal. Más tarde llegaron las mayadoras o máquinas. Las mayadas se realizaban durante el mes de agosto, mientras que las espigas de escanda se pisaban en otoño, cuando había más agua para el pisón. Cuando el grano estaba en el hórreo, la casa


La casa tradicional asturiana

La esfoyaza, un acto económico, social y lúdico, en que se ayudaban las diferentes casas

Ganado vecinal en los pastos de verano. Brañas estivales

se sentía tranquila. El maíz tenía un proceso más corto. Se sembraba a principios de mayo y se recogía a finales de septiembre. Uno de los momentos más significativos del proceso del maíz era el esfoyón, la esfoyaza o el esfolio. La esfoyaza o esfolio duraba varios días y acudía gente de afuera, sobre todo jóvenes. El dueño de la casa ponía el ambiente festivo y daba al final una garul.la(especie de sobrecena) y, en muchos casos, se hacía filandón. El esfoyón o esfolio era una ocasión propicia para relacionarse los jóvenes de ambos sexos. A veces se practicaban juegos que fomentaban un ambiente más relajado y permitían ciertos contactos físicos. Los jóvenes se dirigían también cantares con aire provocativo:

En Asturias, por término medio, el número de cabezas de ganado vacuno por casa era reducido, excepto en las zonas de montaña donde el número era mayor al disponer de pastos y brañas. La ganadería estaba, en general, al servicio de la agricultura, aportando estiércol, fuerza de trabajo, leche y algún ternero para los pagos extraordinarios. La tarea más relevante en relación con la ganadería era la recogida de la hierba. La hierba seca se recogía entre mediados de junio y durante el mes de julio, según las zonas. La hierba se segaba, se curaba, se acarreaba y se almacenaba, ya fuese en el pajar o en balagares o facinas en la era o en el mismo prado. La cantidad de hierba seca condicionaba el número de cabezas que cada casa podía invernar. En muchas zonas de Asturias se desarrolló desde siglos atrás, en relación con la ganadería, el fenómeno de las brañas, una fórmula económica perfectamente racional, consistente básicamente en mover al animal en vez de acarrear el abono y el heno. En efecto, las brañas son una fórmula ganadera que consiste en desplazar todo o parte del ganado, principalmente el vacuno, desde la primavera hasta el otoño, hacia lugares de pasto más altos, originando un biestacionalismo periódico, de tal manera que en las zonas con brañas se puede observar, aún hoy, un cierto dualismo a todos los niveles de su cultura: económico, social e ideacional. En Asturias existen varios tipos de braña, según el modo de explotar los recursos (García Martínez, 1997 y 2003). Unas se ocupan sólo durante el verano, brañas estivales, y se caracterizan por estar situadas a gran altura, y por sus construcciones toscas, de pequeñas dimensiones y de planta circular. Estas

Una panoya tireite ya nun me fixiste casu; ya verás cumu te quedas pur siempre pa vestir santus. El maíz, además de ser panificable en ciertas ocasiones -la boroña-, una vez molido se consumía de múltiples maneras: cuechu, papas, pulientas, grupu, fariñes, farrapes, etc. 3.- La ganadería. Cada casa tenía también una serie de prados, unos de secano y otros de regadío. Los de secano producían al año una cosecha de hierba seca y si venía buen año una pación de otoño. Los de regadío, que eran una señal de la categoría de la casa, producían al año varios cortes de hierba verde -outoño, segáu o herba verde-, y una pación de otoño.

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La casa tradicional asturiana

Braña equinoccial

Un castaño

brañas se aprovechan sólo mediante el pasto a diente, pues no tienen prados cercados, ni se recoge hierba seca. Otras, las más numerosas, se explotan durante la primavera y el otoño, brañas equinocciales, tienen prados cercados, además de extensas zonas de pasto común, se recoge hierba seca y sus construcciones, de considerables dimensiones, son de planta rectangular y poseen cuadra y pajar. Finalmente, entre los ríos Navia y Narcea existe un tercer tipo de brañas, las brañas de los vaqueiros de alzada. Los vaqueiros de alzada, desde la primavera hasta el otoño, están en las brañas de alzada, situadas en algunos concejos de la divisoria e incluso en zonas del norte de León. A estas brañas, en general, sube toda la familia con sus animales y enseres, y en ellas no sólo hay prados cercados y zonas de pasto colectivo, sino que se siembra y se cultiva todos los productos agrícolas que el suelo y el clima permite. Las construcciones, aunque toscas y humildes, son multifuncionales. Durante el invierno, los vaqueiros de alzada bajan a lugares del interior y de la marina asturiana, originándose así un biestacionalismo periódico. La peculiar forma de vida del vaqueiro -la doble residencia y el absentismo periódico, su territorialidad, la arriería, la endogamia intergrupal, la solidaridad “hacia dentro” y su insolidaridad “hacia fuera” y sus peculiares relaciones con la iglesia, las autoridades civiles y el resto de la sociedad, etc.- fue la causa que originó y alimentó la marginación que el vaqueiro sufrió durante siglos, hasta tal punto que se les consideró erróneamente como de otra raza, si bien es cierto que los vaqueiros de alzada constituyeron un grupo étnico diferenciado y competitivo (García

Martínez, 1988; 2003). Los dos primeros tipos de braña se explotan mediante la trashumancia de radio corto o de valle, mientras que la trashumancia vaqueira es de radio largo o de largo recorrido.

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4.- La recolección. Cada casa asturiana obtenía del monte, a lo largo del año, gran número de productos. En Asturias existían varios tipos de monte, según la forma de dominio que la casa o las casas tuviesen sobre ellos. Cada casa tenía algunos montes propios de los que obtenía madera, leña, material para las cuadras y, principalmente, castañas. La castaña era, según las diversas fuentes de información, un recurso alimenticio de primer orden para la casa asturiana tradicional, desde octubre a febrero, tanto para la familia como para algunos animales domésticos. Las casas pobres, que también solían tener menos montes de castaños, llevaban castañéus o soutos a medias propiedad de las casas más fuertes, y en otros casos recurrían a la pozuera o pocera (plantar árboles en terreno común) o al pie y gandaya (recoger los frutos que caían en su terreno). En octubre se limpiaban los montes. Cuando se creía que estaban maduras por el color dorado de los erizos, los hombres dimían (sacudían) los árboles. El resto de la familia recogía el fruto con tiñazas, tinaces o mordazes (pinzas de madera); las castañas sueltas, llamadas bugayu o de destelo, se llevaban para casa, mientras que los erizos se guardaban en las cuerres, xoxas, corros o corripas, unas construcciones circulares de piedra seca, y se sacaban un par de meses más tarde. Además de los montes propios, cada casa tenía derecho a recoger leña y rozu, roza o gancela (brezos y


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Un carro del país

Foto finalista de M.R. Autor: Airam González Hernandez.

helechos) en el monte comunal y, con frecuencia, a llevar su ganado a pastar (ovejas, caballos y vacas). El monte comunal se distribuía por pueblos o por parroquias y, en ciertos casos, los pueblos tenían que pagar al Estado por el dominio útil o usufructo. Con frecuencia también, muchas casas construían en el monte comunal los curtíos, curtines o cortinales para colocar los trobos o truébanos (colmenas). Se elegían los lugares apropiados –soleados, al amparo del norte, con flor y agua próximos y sin obstáculos- y, en muchos casos, se cercaban con un muro de piedra de más de dos metros de altura rematado con grandes losas, para defender las colmenas del oso, de posibles ladrones y del fuego. La apicultura, aunque no era una actividad generalizada en todas las casas de Asturias, dio lugar a fenómenos culturales de gran interés (López, 1994); era una actividad poco segura, según los informantes, y hasta el refranero recogió este dato: En abeyas y en oveyas, non metas lo que teñas En muchas zonas de Asturias, las casas cavaban en el monte comunal para sembrar centeno y así aumentar su cosecha de cereal. Estas parcelas se llamaban cavadas o siaras, y se solían abandonar cuando se agotaba el suelo, pues el abono –estiércol, sobre todo- era un bien fundamental y escaso, al mismo tiempo, como reza de nuevo el adagio: Dious ya ‘l cuitu pueden muitu, pero sobre todo ‘l cuitu En otros casos, las cavadas se convertían con el tiempo en una propiedad más de la casa. El monte comunal fue siempre un recurso para la casa presionada por las numerosas bocas que alimentar y la

falta de terreno cultivado. Finalmente, algunos pueblos de Asturias, en especial los pueblos de vaqueiros de alzada, poseían montes propios “pro indiviso”. Es decir, se trataba de zonas de pasto y monte bajo que los vecinos del pueblo o de la parroquia compraron a particulares (casas nobles, monasterios, etc.), pero no están partidos. Cada casa propietaria tiene derecho a pastar y a recoger leña y rozo, y en caso de que quiera vender sus derechos tiene preferencia la Junta Vecinal. 5.- Herramientas y mano de obra. Cada casa tradicional asturiana disponía, por regla general, de un equipo técnico que podríamos clasificar en tres grupos: instrumentos y herramientas, medios de transporte y arreos para los animales, además de una serie de utensilios de cocina y otros para elaborar el pan, el samartín, procesar la lana, la leche, etc. Entre las herramientas indispensables de una casa cabría citar, entre otras, las siguientes: el l.labeguín, arado de palo, llabiegu, vara tazar (arado de madera), el l.labegón (arado de vertedera), la gra o grade, picas, picones, palas de dientes, pala de tierra, cesorias o azadas, bruesas o brosas (hachas), fouz (hoz de mano), foucinas o focetas, gadañas o guadañas, reyos o cordas (cordeles), garabatos y garabatas (rastrillos de madera), maniegos, goxos y goxas (cestos de madera de varios tamaños), fierros o ferros de cabruñar (yunque y martillo), tronzador o tronzón (sierra para dos personas), segote o serrucho de mano, etc. Respecto a los medios de transporte, cada casa

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La casa tradicional asturiana

Mujer amasando

Molinero echando el grano en el brendal

disponía de un carru pa vacas o carru ‘l país. El carro tenía una estructura básica, y según lo que se fuese a transportar se equipaba con accesorios distintos. Si era para tierra o estiércol se ponía l.ladrales (unas tablas laterales o adrales) o esquirpias (un trenzado de varas de avellano), si era para hierba, leña, roza o pan estadoños, estendochos o fumeiros (palos verticales con punta). En las zonas de montaña había ramos o rametos para caballos y para vacas, corzas y carriel.las (especie de trineos para usos distintos). Con frecuencia, muchos productos se transportaban a lomos de las bestias. Finalmente, cada casa disponía también de una serie de arreos para los animales. Así, la bestia o animal de carga necesitaba albarda, cincha, parigüelas, serón, banastras (dos cestas unidas que se colocaban sobre la albarda). La pareja necesitaba xugos (yugos), mul.lidas (especie de cojines que se colocaban sobre la testuz), cubiertas (dos trozos de piel para cubrir las mul.lidas), las cornales (correas para sujetar el yugo a la cabeza del animal), además de diversos sistemas de enganche, según que fuese al carro, al arado, a la grade, a la cadena. Las casas fuertes solían tener caballo de montura y silla de montar. Respecto a la fuerza de trabajo, cada casa trataba también de ser autosuficiente, y sólo en contadas ocasiones utilizaba la energía hidráulica. La pareja, el animal de carga y los miembros de la familia constituían la fuerza de trabajo principal. Cada individuo asumía diferentes funciones, según el sexo, la edad y el rango. Sólo en determinados momentos a lo largo del ciclo anual y siguiendo la fórmula de la reciproci-

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Una mujer enfornando

dad equilibrada -las mayadas y pisazas, las matanzas, los esfoyones o esfolios, los acarretos, etc.- la casa recurría a la ayuda de los vecinos; asimismo, podían darse situaciones imprevisibles y extraordinarias en las que también se necesitaba la ayuda de otras casas. Sin embargo, este espíritu de autosuficiencia de la casa no termina ahí, es decir, con la producción de unos cuantos artículos de primera necesidad –trigo, escanda, maíz, patatas, leche, carne, lana-, sino que debía procesarlos para convertirlos en productos culturales. Este procesamiento se realizaba básicamente en el ámbito doméstico y, en este caso, era la mujer el principal artífice. 6.- La casa, como centro de procesamiento. No podemos analizar todos los productos que eran transformados en el ámbito doméstico, tan sólo me referiré a tres, porque los considero más representativos y con más repercusiones para la comprensión de la casa y de la cultura tradicional asturiana: el pan, la carne y la dieta diaria. a).- El proceso del pan. En el proceso del pan se pueden distinguir dos momentos. El primero dura casi diez meses, que es el tiempo que se requiere para cultivar y recoger el cereal. El segundo se prolonga a lo largo de un año, es decir, entre una cosecha y otra. Después que el pan ya estaba recogido, era el ama de casa la que administraba este producto básico. Pero el ama no sólo tenía que administrarlo, sino que tenía que procesarlo (Cultures, 1998; García Martínez, 1991). Cada quince días, más o menos, preparaba la cebe-


La casa tradicional asturiana

ra, es decir, una cierta cantidad de grano para ir a molerlo al molino hidráulico –entre 30 y 40 kg.-, ya fuese de maquila (de un particular que cobraba en especie por moler) o de vecera o calenda (de varios vecinos, que molían por turno, según los derechos que tenía la casa). El elevado número de miembros de la familia, el alto consumo de pan –se comía a todas las horas, sólo o con otros alimentos- y la escasez de tierra obligaba al ama de casa a administrarlo meticulosamente, y un ejemplo ilustrativo lo tenemos en algunos dichos y refranes muy conocidos en Asturias: Pola Candelera, medirás la cebera si tienes como tenías, comerás como solías Si nun hai faría nel fole riñen a muyer ya ‘l ome El ama de casa fijaba el día que iba a amasar, y la víspera preparaba el furmientu (fermento) y la leña para arroxar o roxar el forno (cocer o calentar el horno). El día que amasaba, la mujer se arreglaba y se aseaba más, y la familia la liberaba de parte de sus tareas habituales, puesto que estaba en juego el pan de la casa de quince o veinte días. Asimismo, la mujer no podía estar menstruante, pues existía la creencia de que la masa no fermentaba si lo tocaba una mujer en esa situación, ya que la sangre menstrual es señal de muerte, y la mujer con el fermento y el calor de sus manos que sobaban la pasta daban vida a una materia muerta como era la harina haciendo que fermentase y creciese (García Martínez, 1991). Esta creencia parece estar muy extendida entre las comunidades agrícolas mediterráneas (Virolle-Souibes, 1989; Balandier, 1975; Du Boulay, 1987). La mujer preparaba la pasta en la masera o artesa (recipiente de madera) mezclando agua, harina, fermento y sal, y empezaba a sobar la pasta con sus manos, una tarea pesada y laboriosa que duraba más de media hora sin descanso. A continuación, la pasta se cubría con una sábana y una manta, era la cama del pan, y se dejaba l.leldar o vir (fermentar). Mientras tanto, la mujer arroxaba ‘l fornu (calentaba el horno), de manera que el horno debía de estar preparado para cuando la pasta estuviese l.leldada. La mujer hacía las fogazas (panes), barría el horno y enfornaba con la pala o paira del forno o pala del pan, haciendo una cruz sobre cada pan antes

de meterlo en el horno. Cuando todo el pan estaba dentro, la mujer solía rezar algunas plegarias: Dious delante, ya San Antonio me lu coza, ya la Virgen nun me lu queime.A San Xustu, pa que de lu poucu me saque muitu El día que se amasaba, en casa había un cierto aire festivo, pues el pan caliente y el bollo preñado rompían la monótona dieta diaria. El pan se consumía a todas horas, pero con un cierto tono de sacralidad. Así, era el ama quien lo partía en la mesa, no se le daba a los animales, excepto a las vacas cuando parían, el pan no se podía tirar y si a alguien le caía un trozo al suelo lo recogía y lo besaba. Así, se decía a los niños: Nun tires el pan, nin lu dés al perru, ¡nin qu’ía pecau, el pan ía de Dious b).- La carne. Otro de los ingredientes indispensables de la dieta diaria y festiva de la casa tradicional asturiana, como alimento y como condimento, era la carne de la matanza. Este producto era también el resultado de un largo y laborioso proceso, que marcó profundamente la casa y la cultura tradicional de Asturias (García Martínez, 1989; Cultures, 1999). El ciclo se iniciaba en los meses de diciembre y enero, cuando cada casa compraba la cría, gurinus, llabascos o ranchos (dos o tres cerdos de corta edad) y terminaba en diciembre con la matanza, preparación del mendongo (embutidos) y salado del resto del animal. Como sucedía con el pan, la carne también estaba sujeta a dos fases: cría, engorde y sacrificio del animal, y procesamiento, administración y consumo del producto. No obstante, en el caso de la carne, tanto la primera fase como la segunda se desarrollan en el ámbito doméstico, y el cuidado de los animales, el procesamiento y administración de la carne eran tareas exclusivamente femeninas, y más concretamente del ama de casa. Cuando llegaba el mes de diciembre, cada casa preparaba la matanza, y mientras el resto del año el cerdo era en cierto modo un animal tabú, esto es, no estaba bien visto su sacrificio y la comunidad lo censuraba calificándolo de crimen, porque en reali-

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La casa tradicional asturiana

Matanza del cerdo (Foto de Modesto Montoto)

dad era un “crimen” económico, llegado el momento socialmente establecido de las matanzas, la casa que no mataba también era duramente censurada. El final del ciclo del cerdo era establecido por varios motivos: la falta de reservas de carne, los animales están gordos, su tamaño y su fuerza causan problemas, están comiendo productos básicos para la familia y ello no es rentable, la temperatura es apropiada para el procesamiento de la carne, etc., ante lo cual las mujeres dicen que hay que matar. El día de la matanza era un día de fiesta para la casa, pues había gente de afuera y la mesa era festiva. Los hombres terminaban su tarea una vez que colgaban los cerdos, pero las mujeres debían desurdir o desengriar las tripas (quitarles la grasa que tenían adherida), lavarlas, picar, adobar, embutir y colgar el mendongo. El primer día hacían las morcillas, y los días siguientes, después que el matachín o matón estoucinaba (despiezaba los cerdos), se hacían los demás embutidos. El resto del animal se salaba y una mínima parte se consumía en fresco. La matanza tenía otras dimensiones, además de las estrictamente económicas, como se ha mostrado en otro lugar (García Martínez, 1989). Se trataba de un rito de paso, en el sentido que lo interpretó A. van Gennep (1985), pues el ciclo de la carne pasaba por tres momentos: separación de los animales de la camada, transición o fase liminar, que es el período de crianza y engorde y, finalmente, la incorporación del

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animal a las reservas de la casa mediante el sacrificio. Además la matanza tenía otras connotaciones sociales, pues se fortalecían los lazos entre las casas mediante la ayuda mutua y con la prueba o preba ‘l adobu o prueba del cocho a los amigos y parientes (hígado, grasa fresca, costillas y lomo). En la casa tradicional asturiana los jamones se vendían o se cambiaban por otros productos de menor valor. c) La dieta diaria y la dieta festiva. La casa tradicional asturiana trataba de ser autosuficiente, de modo que se podría asegurar que todo comenzaba y terminaba en la cocina en torno a la mesa familiar. Dicho de otro modo, se trabajaba para comer, y la agricultura, la ganadería y la recolección trataban de ser una respuesta satisfactoria a esta necesidad. Aquellos productos indispensables que no se producían en casa se adquirían a cambio de otros bienes de los que, con frecuencia, se tenía que privar la familia para ello, tales como los jamones, la manteca, los huevos, los terneros. Esta mentalidad autárquica ha quedado patente en la organización y explotación del suelo y en la tecnología, pero donde se puede observar con más claridad es en la dieta diaria y en la festiva. Recordemos, a modo de ejemplo, este hecho en una casa media: -Almuerzu o desayuno: papas, fariñes, farrapaes, cuechu o pulientas (harina de maíz tostada y cocida con agua o leche y sal) con leche, grasa o miel, o patatas con leche, o pan y leche.


La casa tradicional asturiana

Familia troncal

-Xanta, xinta, almorzo o comida de mediodía: Potaxe o pote (cocido hecho con patatas, sal, alubias, o berzas, con un poco de carne de la matanza) o caldo de verduras. Se repartía la carne y después se tomaba leche con pan. -Merienda: En algunas zonas no se merendaba o se comía pan seco (pan sólo), excepto durante el mes de la yerba. Pero, en general, se comían freisuelos, frixuelos o fiyolos o tortilla de patata con pan. -Cena: Pote o potaxe de mediodía al que se añadía, con frecuencia, sopas de pan o harina de maíz y un refrito de tocino (grupu), o cachelos y detrás leche con pan, papas, cuechu o pulientas. En la época de las castañas, se comían cocidas con leche después del pote. Los días de fiesta –Carnaval, el día de la mayada, el día de la matanza, el día de la fiesta patronal, el ramu (final) de la hierba, el día de Nochebuena-, es decir, todos los grandes momentos o ritos de paso del ciclo vital o anual eran días de fiesta porque, ante todo, se acompañaban con una mesa festiva (Farb y Armelagos, 1985). La mesa festiva era excepcional y abundante, al mismo tiempo, y aunque algunos productos se compraban, la mayoría eran productos de casa guardados con celo por el ama para ese día: - Sopa - Garbanzos con mucha carne de la matan za - Arroz con pitu de casa o cordero de casa - Guisado de carne

- Arroz con leche - Pan blanco, bebidas y café

II.- El patrimonio social y moral de la casa. El capital reproductivo La casa tradicional asturiana no era sólo una unidad de producción, sino que era también una unidad social de consumo con un capital social o ethos y una rígida organización interna que enculturaba y daba identidad a sus miembros, al tiempo que transmitía una determinada cosmovisión, como sucedía en otras zonas de España, principalmente del Norte (Lisón, 1976; Martínez Montoya, 1998; Barrera, 1985; Comas y Pujadas, 1985). Si el capital productivo era más de signo externo y masculino, el capital reproductivo o esencia de la casa era de claro signo femenino. En efecto, la mujer en la casa asturiana tradicional era autora de “dos vidas”, la biológica y la social, pues la mujer daba vida pariendo, criando a la prole y a través de la cocina, y enculturando guardaba y transmitía el capital social de la casa; inversamente, podía ser causa de muerte si se negaba a asumir estas tareas seculares (García Martínez, 1994 y 2004). 1.- Estructura de la familia tradicional asturiana. La familia, aún siendo el componente cambiante de la casa, era, no obstante, el elemento más determi-

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un reserva (García Martínez, 1988b; 2000). Este modelo familiar es muy complejo y, sin embargo, perduró durante siglos en nuestra región. Ello se debe, principalmente, a la rígida verticalidad que reinaba en su seno y a la aceptación por parte de uno de sus miembros del papel de “víctima estructural”: nos referimos sobre todo a la nuera o nueva. Esta figura, considerada como la extraña o la de afuera en casa, tenía tres puntos de apoyo: su dote, su sumisión y su supuesta capacidad reproductora. Esta situación de debilidad se atenuaba con la llegada del primer hijo, sobre todo si era varón. Este largo periodo liminar terminaba cuando la nuera se convertía en ama. Como señala J.G.Peristiany (1987) refiriéndose a las sociedades rurales mediterráneas de Europa, las estrategias matrimoniales –mejora, manda, dote, concertación de matrimonios, etc.- fundamento de la continuidad de la casa, giraban en torno a la mujer en la medida en que era un eslabón de unión, portadora de hijos, garantía de continuidad y el pilar del honor o agente socializador de la casa. 2.- División de funciones. La mujer, responsable de “dos vidas”. El ama de casa, guardián de la tradición

nante de la misma, por el hecho de asumir funciones muy diversas, entre ellas las productivas y las socializadoras. En el norte de España, según diversos estudios (Lisón, 1976; García Martínez, 1988b y 2004; Gómez Pellón, 1994; Homobono, 1991; Barrera, 1990; Comas, 1991; González Bueno, 1991), predominaba la familia troncal, patrilocal y patrilineal. Este modelo familiar es el más funcional y el mejor adaptado a las circunstancias, pues los niños y los ancianos tenían los cuidados respectivos asegurados, al tiempo que las tareas importantes de la casa tenían un titular y

En el seno de la familia asturiana tradicional, el amo y el ama, o sea, el matrimonio de más edad, ostentaban la máxima autoridad y responsabilidad, el amo “hacia fuera” y el ama de puertas adentro. El hijo y la nuera estaban en proceso de transición o en fase liminar hacia el futuro estatus de amos. La autoridad del amo no se cuestionaba, y las relaciones realmente conflictivas se daban entre el ama y el hijo (2), el ama y la nuera (1) y todo ello repercutía en las relaciones entre los dos cónyuges (3), como se indica en el diagrama. El resultado de esta red de relaciones era claro y siempre el mismo: quien salía peor parado era la nuera, es decir, “el otro próxi-

Familia troncal, patrilocal y patrilineal

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La vejez pilar de la sociedad rural tradicional

mo”, según la expresión de G.Balandier (1975), por mujer y por nueva. Las nueras se quejaban con frecuencia a sus maridos, y éste se consolaba diciendo que se trataba de “cousas de muyeres”, un tema que trató con agudeza en Galicia Lourdes Méndez (1987). El término mujer en la casa tradicional asturiana significaba ama y nuera al mismo tiempo. La nuera tenía como principal responsabilidad engendrar hijos para que continuase la casa. Si eran varones mejor, pues éstos daban menos delirios (menos preocupaciones), pues no había que darles dote, y si quedaban solteros eran excelentes criados sin sueldo. Además de su función reproductora, la nuera asumía tareas duras y de poco prestigio fuera de casa. Frente a la nuera estaba la suegra o ama, entre las que reinaban unas relaciones de oposición. El ama de casa ostentaba un poderoso estatus basado en el hecho, por un lado, de administrar, manipular y

distribuir las reservas alimenticias de la casa a través de la cocina y la mesa diaria y festiva –levaba la garfiel la o tenía la sartén-, y, por otro, en la “administración” y transmisión del capital social o tradición de la casa. La cocina era el lenguaje que traducía y expresaba la estructura y la identidad de la casa, como empresa y como unidad social. Como señalan P. Farb y G. Armelagos, “la culture d’une société se transmet aux enfants au cours des repas de famille” (1985: 12). El ama era quien amasaba el pan, dirigía las tareas para preparar el embutido de la matanza, cuidaba los animales domésticos, decidía y preparaba el menú diario y el festivo, etc. La cocina era un medio de dar vida a diario a los miembros de la familia, y además la dieta era un sistema de adaptación cultural, pues establecía relaciones con el medio ecológico, con los demás miembros de la familia y del grupo, e incluso con los ancestros y con lo sobrenatural. Todos los grandes acontecimientos se

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sellaban con una mesa festiva y ésta fortalecía muchas relaciones por medio de la información que suponía la comida; todo empezaba y todo terminaba en la cocina y cada comida familiar era una “lección” con múltiples contenidos. Pero el ama era, además, responsable de dar y de alimentar otro tipo de vida en el seno de la familia: la vida social, administrando y transmitiendo la tradición. Es decir, el ama enculturaba a los miembros de la familia, y una prueba de su éxito era que nadie diese nada que decir saliéndose de la tradición de la casa. La esencia de la feminidad, en este caso del ama, era la “vergüenza”, utilizando la expresión de J.Pitt-Rivers (1989), esto es, acatamiento de la tradición y guardián y custodio de la misma. De hecho, a partir del momento en que la mujer se negó a asumir este papel o pasó a un segundo término ante los nuevos medios de enculturación, la casa y la sociedad tradicional asturianas sufren una crisis que, a nuestro juicio, es irreversible. La casa y la sociedad tradicional asturiana disponían de un sistema de socialización o de enculturación basado, principalmente, en la palabra y en la imitación de los mayores. La socialización del individuo, sobre todo lo que se podría denominar socialización primaria, la llevaba a cabo la familia, ocupando un segundo lugar la iglesia y la escuela. Cada miembro era socializado en casa, según el sexo y su futuro estatus. La enculturación era una tarea propia de los ancianos y sobre todo del ama, avalada tácitamente por el amo y por el grupo. Los medios más usuales eran el gesto y la palabra, además de la dieta a la que ya nos hemos referido. Veamos con más detenimiento algunos de estos medios. a) El refranero. El refrán era la enciclopedia del saber de estas comunidades tradicionales, y se refería a todos los campos de la casa y de la cultura. Con frecuencia, muchos de los refranes tienen una estructura y un contenido comunes, tan sólo cambian de una zona de la región a otra en aspectos secundarios, sobre todo lingüísticos. Mencionaremos algunos ejemplos agrupándolos por campos, según su significado y su mensaje. a1.- El refrán de contenido climatológico, ecológico, técnico y económico. Marzu marciador, pola mañana muerre la uvea ya pola tarde ensama l’ abe

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(marzo es un mes de cambios bruscos de tiempo) Llabra hondu y tendrá maíz abondu (el maíz quiere suelo profundo) Nu menguante de xineiru corta ‘l tou madeiru (la mejor época para cortar madera es en el menguante de enero) Dixo-y el freisnu a la faya: si nun fora pur ver güenza ardía baxu l’ agua (la leña de f resno arde aún mejor que la de haya) Dixo-y el carbayu al clavu: sacarás la cabeza pero non el rabu (la madera de roble es muy dura) El pan, xuntu no horro ya ralo na terra (hay que sembrar ralo para tener buena cosecha) a2.- Refranes de contenido social y moral. El güey vieyu, si nun l.labra vei pul riegu (la experiencia que da la edad es fundamen tal) De muyer cun barba ya d’ home sin bar bar, nun hai que fiar (desconfianza ante la inversión de roles) Onde hai carneiros, non se-ys pon a llueca as oveyas (debe mandar el que marca la tradición) Xente nova e leña verde, todo e fumo (valor de la madurez) Piedra movediza nun cría mofu (crítica al cambio) b) Los ritos de paso. En todas las comunidades humanas se dan una serie de fenómenos de gran importancia que pueden ocasionar un gran riesgo para su funcionamiento y


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estabilidad. Estos fenómenos tienen lugar a lo largo de la vida del individuo y a través del ciclo anual, y la sociedad, con el fin de canalizarlos, los ritualiza, surgiendo así los ritos de paso. Parece que fue A. Van Gennep (1985) el que acuñó esta expresión y el primero que analizó la estructura de estos acontecimientos: separación, transición e incorporación. Los ritos de paso expresan y sellan los cambios de carácter cíclico, los cambios del ciclo vital del hombre y los cambios del ciclo social del individuo en el seno de la casa y del grupo; en todo caso, tienen como centro la casa, aunque con frecuencia la desbordan conectándola con las demás y adquiriendo así un carácter comunitario. Asimismo, los ritos de paso tratan de socializar al individuo y al grupo para que nada cambie, incluso en aquellos momentos de máximo riesgo, tales como el nacimiento, el matrimonio, la muerte, la recolección, los cambios de residencia, la fiesta, etc., pues la esencia del rito es trabajar para el orden y asegurar ante el cambio, según algunos análisis antropológicos (Turner, 1988; Balandier, 1989; Thomas, 1985). De ahí que los ritos de paso sean otro recurso de la casa y de la comunidad para conservar el orden (García Martínez, 2004). No obstante, los ritos de paso no son todos de la misma naturaleza, por eso los vamos a clasificar en dos grupos: ritos de paso cíclicos, más intercasales, y ritos de paso del ciclo vital y social del individuo. b1.- Ritos de paso cíclicos. A lo largo del ciclo anual, cada casa vivía una serie de situaciones de gran importancia para su supervivencia como unidad de producción y de consumo y como unidad social con identidad propia. Estos momentos o situaciones se ritualizaban para que nada cambiase. Cada casa tradicional asturiana preparaba y realizaba el samartín, año tras año, de un modo ritual. Es decir, mataba el mismo matachín, en el mismo lugar, asistían las mismas personas, el amo y el ama dirigían las respectivas tareas, la carne se salaba y se secaba en el mismo lugar, el mendongo se hacía, se curaba y se ponía en el mismo sitio, se daba la prueba del adobo a las mismas casas, etc. Un acontecimiento, que representaba el final de un ciclo de tra-

bajos y de sacrificios y que era tan importante para el sustento de la familia, tenía que salir bien, y para ello había que hacerlo todo del mismo modo que siempre se había hecho en casa. Durante el mes de agosto, se realizaba la mayada o mallega, excepto en las zonas donde se sembraba escanda que realizaban las pisazas en otoño. La mayada o mallega era el final de un ciclo, que había empezado en el mes de noviembre, y en el que estaba en juego otro de los productos básicos para la supervivencia de la familia: el pan. Todas las labores que implicaba este cultivo, desde la separación de la simiente (el grano para sembrar) hasta que el grano llegaba al hórreo, se realizaban también de manera ritual. La casa pasaba así de la escasez a la abundancia. La segunda fase del pan, es decir, del hórreo a la mesa, se realizaba también ritualmente. Algo similar sucedía con el maíz, la yerba, la castaña. En todos los casos se trataba de cambios cíclicos de los que dependía la supervivencia de la casa, y por ello toda alteración podía poner en peligro el éxito del proceso. Este miedo al cambio tal vez pueda explicarse, como señala G. Duby (1976), por la simplicidad de las técnicas de producción, y de ahí la fidelidad a la tradición encarnada en los ancianos. b2.- Ritos de paso del ciclo vital. En el seno de la casa y de las comunidades rurales tradicionales de Asturias sucedían también otros acontecimientos que afectaban directamente a la vida y al estatus casal y comunitarios del individuo, por lo que también se rodeaban de un complejo ritual. Comentaremos solamente dos ejemplos: el matrimonio y la muerte. b2.1.- El matrimonio. El matrimonio era, tal vez, el fenómeno que más repercusiones tenía en la casa y en la comunidad: la casa aseguraba su continuidad, dos miembros iniciaban su largo camino hacia el estatus de amo, dos casas se unían por lazos de parentesco, un individuo cambiaba su familia de origen por la de procreación, etc. Pero el matrimonio era el final de un complejo ciclo: el noviazgo, la petición de la novia, el trato (acuerdo), la dote y la manda, las proclamas o pregones, la fijación de la fecha de la boda,

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El noviazgo. Foto Valentín

El recién nacido y las responsables de las dos vidas

la boda y el inicio del proceso de incorporación de la nuera a la nueva familia, etc. En este acontecimiento pueden distinguirse dos procesos paralelos. Por una parte, la relación entre los dos jóvenes que, a medida que se consolidaba, se iba sometiendo a ritos de iniciación –separación progresiva del grupo de solteros, entrada del novio en casa de la novia, petición de la novia- para controlar una situación liminar,

pues los novios no eran ni solteros ni casados. Por su parte, los padres de ambos discutían la dote y la manda, pues el matrimonio era ante todo una estrategia entre dos casas. Cuando un matrimonio no se ajustaba a sus fines y rasgos básicos –reproducción, edad similar de los cónyuges, invitación a la boda de los vecinos de ambos, situación personal de cada uno, edad aproximada- podía originarse una protes-

Un entierro

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ta pública: la cencerrada. b2.2.- La muerte. El fallecimiento de un miembro de la familia era otro acontecimiento que provocaba gran inquietud en la casa y en la comunidad, pues esto podía originar desórdenes y cambios, dependiendo, sobre todo, del estatus del difunto. Por esta razón, todos los momentos importantes se ritualizaban: la muerte, el veloriu, el funeral, la misa de sexto día, el año de luto y el cabu d’añu. Los grandes momentos del proceso iban acompañados de comida festiva – muerte, funeral, cabo de año-, un modo de atraer a la gente para ir “restableciendo el orden” mediante la presentación del sustituto. El cabo de año significaba que el finado se había incorporado definitivamente al mundo de los difuntos, pues hasta ese momento estaba en fase liminar, es decir, ni vivo ni muerto, y mientras tanto el sustituto se había ido preparando para ocupar su lugar en la casa y en la comunidad. Todo parece indicar, como señala V. Turner (1980), que los ritos funerarios se ocupaban más de los vivos que de los muertos, puesto que el fallecimiento de un individuo afectaba a las relaciones entre las personas vinculadas a él, y el rito trata de poner en escena las nuevas relaciones que la muerte suscita entre los vivos (Thomas, 1985).

1.- La estaferia o ir a camín o caminos. Los pueblos tenían unas infraestructuras para uso común de todas las casas que sufrían un deterioro normal y, a veces, inesperado. Estos bienes eran las fuentes, los lavaderos, los abrevaderos, los caminos, los puentes, los molinos de vecera, los cerramientos, los montes comunales, etc. Su conservación y reparación era responsabilidad de todas las casas. En ciertas épocas del año, sobre todo en aquellas que había menos faenas, el Alcalde de Barrio llamaba a xunta o conceyu (reunión) y organizaba los trabajos. Se solía ir a camín los sábados por la tarde. Cada casa mandaba a una persona, pero no servían mujeres ni niños, salvo en casos excepcionales. Cada uno llevaba una herramienta y hacía aquel trabajo para el que estaba más capacitado. 2.- La vecera, andecha o calenda. En la mayoría de los pueblos agricultores y ganaderos de la Tierra existen, con matices y con criterios propios, fórmulas consistentes en que cada casa o vecino tiene que asumir de manera rotativa por vez o por turno ciertas obligaciones o servirse de bienes comunitarios. Vamos a recordar algunos ejemplos referidos a Asturias. a) El agua.- El agua tenía múltiples usos en la casa y en la sociedad rural tradicional asturiana:

III.- Las relaciones entre las casas La casa era el eje de todas las relaciones y estaba presente en todas las unidades de identidad existentes (García Martínez, 2002). Sin embargo, la casa tradicional no podía ser totalmente autosuficiente. Por esto, cada casa mantenía, en determinadas ocasiones, relaciones con otras casas e incluso con la sociedad exterior. Las relaciones de vecindad eran fluidas, múltiples y diversas a lo largo del ciclo anual y estaban motivadas por circunstancias de signo variado y regidas siempre por el principio de la reciprocidad equilibrada. Estas relaciones se debían a situaciones imprevistas o de emergencia, o por circunstancias que se repetían cíclicamente y originaban situaciones y fórmulas más o menos regladas. Consideremos algunos ejemplos.

Una estaferia

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servicio doméstico, para el ganado, para el riego, como fuerza motriz, etc. Las fuentes y lavaderos y abrevaderos que salpican y hasta adornan nuestros pueblos son una muestra de ello; en estos casos el agua era de uso libre. Sin embargo, el agua para el riego y el agua como fuerza motriz estaba regulada según turno o vez. En efecto, los prados de regadío tenían ciertas horas o días semanales de riego, según el derecho transmitido oralmente como un bien más de la casa. Asimismo, los molinos, pisones, plantas de luz, mazos, etc., también solían estar sujetos a la misma norma. b) Los cerdos y las ovejas.Muchas casas asturianas tenían un pequeño rebaño de ovejas. Todos los días, a primera hora, se juntaban todos los animales a la salida del pueblo e iba de pastor una persona, cada día uno de cada casa. Tenía que ser un adulto, y si iba un anciano tenía que acompañarle un niño. Si una casa tenía un rebaño sensiblemente mayor que las demás tenía que mandar pastor más veces que el resto, mientras que si tenía pocas cabezas hacía media vecera, es decir, mandaba pastor cada dos vueltas. Esta fórmula se conocía como vecera del ganado menudo o reciella. En muchas zonas de Asturias, después de recoger las castañas, muchos vecinos llevaban los cerdos para los castañéus o soutos. Para vigilar la piara iba cada día por turno una persona de cada casa. c) El buey y el perro.- En algunas zonas de Asturias, sobre todo en las de montaña que tenían pastos de altura y brañas, solía existir la fórmula del buey y el perru ‘l pueblu o perru las vacas. Es decir, todos o parte de los vecinos tenían un buey o toro semental que enviaban con el ganado al pasto o a la braña. Esto requería que sus propietarios velasen, por turno y vez, para que ningún otro se sirviese del buey. Asimismo, durante el invierno, cada propietario cuidaba el buey el tiempo que le correspondiese o, de lo contrario, se subastaba la manutención del buey a cargo de los dueños. Igualmente, en estas mismas zonas solía existir la fórmula del perru ‘l pueblu, para cuidar el ganado durante su estancia en los pastos y brañas. Cada día tenía que ir una casa, por turno y vez, a lle-

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varle alimento al perro. Durante el invierno, se adoptaba la misma fórmula que con el buey del pueblo. d) El melandru, el xabaril y el osu.- Casi todas las casas de Asturias sembraban maíz. Este cereal era muy apetecido por muchos animales salvajes: pájaros, perdices y, sobre todo, por el melandru (tejón), el xabaril (jabalí) y el osu. Hace algunas décadas no se conocía ningún medio eficaz para ahuyentar a estos depredadores, sólo la presencia humana podía salvaguardar las cosechas. Pero resultaba muy laborioso para cada casa vigilar todas las noches sus sembrados durante dos meses, aproximadamente. Por esta razón, se instituyó la vecera o calenda. Es decir, cada noche iban, por turno y vez, uno o dos vecinos a cuidar el maíz. e) Los enfermos, el maestro y los pobres.- La fórmula de la vecera se extendía también a otros planos de la vida tradicional. Cuando un vecino se ponía enfermo o cuando en una casa ocurría una desgracia –un fallecimiento inesperado, por ejemplo- y no podían cuidar su hacienda, las demás casas iban por turno a ayudarle. A veces, estas situaciones podían prolongarse durante semanas, meses o años, al no existir los medios ni las ayudas sociales que hay actualmente. Igualmente, ocurría con cierta frecuencia en algunas zonas de Asturias, que las casas que tenían niños pagaban a un maestro para que les pusiese escuela. Cada casa, por turno y vez, asumía la manutención y el alojamiento del maestro, y las que tenían más niños tenían que asumir con más frecuencia estas obligaciones. Respecto a los pobres y vagabundos que iban pidiendo por los pueblos sucedía algo similar. Cuando llegaba un pobre al pueblo y tenía que pernoctar allí, el Alcalde de Barrio le asignaba por turno una casa para pasar la noche. Todos estos fenómenos y otros de la misma índole, que algunos antropólogos denominaron el don (Mauss, 1966), eran la esencia de la sociabilidad entre las casas y se regía, como se ha podido comprobar, por la reciprocidad equilibrada. Sin este tipo de relaciones, la casa, a pesar de su tendencia a la autosufi-


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ciencia, no podría subsistir. Sin embargo, existían también otros fenómenos de naturaleza aparentemente más festiva y hasta religiosa en los que la interrelación entre las casas era también fundamental. Consideremos brevemente dos de ellos. f) La fiesta.- La fiesta, vista desde el marco de la casa y de la comunidad, tenía múltiples connotaciones. En efecto, implicaba ahorro -muchos de los productos de la mesa festiva se guardaban celosamente para ese día-, gasto, generosidad, reciprocidad, etc. Pero la fiesta tenía también un significado social, pues reforzaba las relaciones existentes y era un modo de expresión de ciertos conflictos reprimidos, tales como la identidad y la lucha entre casas y entre pueblos, la transgresión de la norma... Asimismo, la fiesta era un factor de identificación para la casa y el pueblo, por eso la casa o el pueblo que sin ningún motivo especial no hacían fiesta no eran considerados como tales. Por otra parte, era una ocasión para romper la insolidaridad y el aislamiento de la casa o del pueblo. Finalmente, la fiesta, al transgredir el orden habitual y crear un estado de communitas, liberaba los instintos. Por todas estas connotaciones, la fiesta era también un medio de socialización que sobrepasaba los límites de la casa, pues reforzaba el orden habitual a través del desorden ritualizado y socialmente programado. En Asturias, el calendario festivo podía dividirse, según algunos estudios (Rodríguez Muñoz, 1988), en dos períodos: el invernal de septiembre a mayo, y el de verano de mayo a septiembre. Las fiestas del ciclo invernal, como el Carnaval, las esfoyazas, el samartín, aunque rebasan casi siempre los límites de la casa, tenían, no obstante, un carácter más casal y menos resonancia que las del ciclo de verano, tales como las fiestas patronales, en las que la casa, aún siendo un protagonista indiscutible, operaba dentro de la dinámica que marcaba la comunidad. Sin embargo, en ambos casos podían observarse una serie de elementos comunes que constituían la esencia de la fiesta y que afectaban y rompían el orden habitual: el económico, el espacial, el social y hasta el moral. g) La religiosidad popular. Las comunidades rurales de Asturias, como sucede en casi todas las sociedades rurales de orden cíclico, eran profundamen-

Una procesión festiva, con el santo y el ramo

te religiosas, de manera que su cultura estaba mediatizada por ritos de signo muy diverso. El desamparo en el que se encontraban, tanto la gente como sus animales y sus cosechas, los temores infundados y transmitidos de generación en generación, la labor de los clérigos, la escasa información y el aislamiento, el subdesarrollo económico y tecnológico, serían algunas de las razones que fomentaban y alimentaban la religiosidad y los ritos populares, de modo que todos los ámbitos y niveles de la cultura rural tradicional estaban impregnados de religiosidad y conjurados por ritos (Fernández Conde, 1988). Como señala J. Martínez Montoya (1996), en las sociedades rurales tradicionales había tres espacios en los que aparecía lo religioso: en el económico en forma de rogativas, conjuros, bendiciones. Desde que la planta brotaba de la tierra, la religión la acompañaba: era la religión instrumental; en el social con las cofradías, las fiestas. La religión acompañaba el ritmo individual o familiar: era la religión purificadora; en el espacial creando lugares liminares entre lo profano y lo sagrado y también personas, objetos y acciones. Los ritos y las manifestaciones religiosas se desarrollaban a lo largo de dos ciclos: el ciclo vital del individuo y el ciclo económico anual. No obstante, a nuestro juicio, serían más significativos otros muchos ritos, con frecuencia menos espectaculares, que se desarrollaban a lo largo del ciclo económico anual,

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La casa tradicional asturiana

Procesión festiva

Rogativas para implorar la lluvia

especialmente durante el período fuerte de la vida campesina, según la expresión de J. Martínez Montoya (1996b), es decir, desde la primavera hasta principios del otoño. Todas las expresiones rituales y religiosas podrían clasificarse en tres grupos: rogativas, ofrendas y conjuros. A lo largo del año, se solían celebrar algunas rogativas para "recordar al cielo" su obligación de germinar las plantas y llevar a buen término las cosechas. También coincidiendo con determinadas épocas fiesta en honor de un santo, recogida de cosechas, época de siembra-, las casas de Asturias solían hacer a los santos de su devoción -San Antonio, Santa Rita, la Virgen, San Isidro- ofrendas de productos valiosos lacones, morcillas, pollos, pan, panoyas de maíz y hasta riestras, mantecas. El simbolismo de la ofrenda era bien claro: le damos una parte al cielo para que nos proteja el todo. Finalmente, a lo largo también del ciclo anual, se realizaba gran número de conjuros a los santos o ritos para la protección de sus bienes. Estos conjuros combinaban diferentes elementos: la palabra y el gesto con sustancias naturales enculturalizadas. Así, en abril el ama iba a las tierras de pan y pronunciaba algunas fórmulas, mientras esparcía agua bendita y clavaba un ramo de laurel en la tierra, todo ello bendecido el Sábado Santo. Con ello trataba de defender el fruto de las tormentas y de las pestes. Esto mismo hacía también en las cuadras para defender a los animales domésticos de cualquier mal. Cuando había tormenta, el ama de casa quemaba en el fuego doméstico ramos de laurel bendito para ahuyentar el rayo, y sa-

caba la pala ‘l pan y el traedor a la puerta de casa para evitar las riadas y el pedrisco que podían dañar la cosecha de pan. Finalmente, cuando las vacas pasaban por un trance importante, como era el parto o una enfermedad, se imploraba y se hacían promesas al santo protector para que veniese pur bien (pariese bien) o para que sanase. Del mismo modo, cuando iban para los puertos, los vaqueiros de alzada realizaban ritos y colocaban objetos o amuletos al cuello de sus mejores animales para protegerlos. Todo este patrimonio cultural que configura la casa tradicional asturiana, creado y perpetuado por ella misma, y que constituye la esencia más genuina de la identidad cultural de nuestra región, se encuentra en grave peligro, desde hace algunas décadas. Aunque no existen recetas mágicas para resolver esta situación, a nuestro juicio una posible fórmula a seguir podría resumirse en tres palabras, en el siguiente orden: estudio, recuperación y difusión de dicho patrimonio. Como cabe suponer, esta fórmula requiere una estrecha colaboración entre el investigador, las distintas administraciones, el técnico y la población autóctona.

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Adolfo García Martínez Antropólogo


La casa tradicional asturiana

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Cantabria: casa y tradición cultural

CANTABRIA: CASA Y TRADICIÓN CULTURAL Eloy Gómez Pellón Etnógrafo Universidad de Cantabria

Introducción Existe en Cantabria toda una diversidad de lógicas del aprovechamiento de los recursos agrarios, de estrategias adaptativas y de tipos de explotación, de modo similar a lo que sucede en las distintas regiones de la ecozona atlántica. Las causas son muy diversas, pero se pueden resumir en la clara comarcalización, dada por razones geográficas e históricas, que recorre todo este dominio geográfico y que en Cantabria es muy notoria. Quizá todo ello explique la presencia de tradiciones culturales con una personalidad propia, de forma que cada comarca ha sido capaz de crear una intensa relación humana entre los valles que la conforman, revivida en devociones, ferias, mercados y encuentros de todo tipo que han sido motivo de vivencias y emociones sentidas, capaces de nutrir una identidad compartida, manifiesta antes que de ninguna otra manera en una misma forma de hablar entre los comarcanos, a partir de un léxico común y de una entonación singular. También pudiera comprenderse de este modo la persistencia de costumbres constructivas locales, manifiestas en la arquitectura y el arte populares, que han contribuido a individualizar en mayor o en menor grado la cultura comarcal.

1. La casa: un modelo arquetípico Las casas populares más antiguas que se conservan actualmente en el medio rural de la región corresponden a los últimos tiempos de la Edad Media, debido a que, con anterioridad, fueran mayoritariamente de madera. Las casas medievales o tardomedievales, que han llegado hasta nuestros días son llanas, es decir, de una sóla planta, con cubierta a dos aguas y puerta de ingreso en forma de arco ojival. Entre la

planta baja y la cubierta quedaba una especie de desván, que a veces no alcanzaba a toda la planta. Se trata de una casa que presenta ya un soportal, logrado mediante la prolongación del alero, el cual se apoya en pies derechos. La casa, configurada de este modo, poseía planta rectangular, mientras que los vanos eran pocos y de escasas dimensiones. La planta baja era compartida por el establo, la bodega y la cocina, a los que se podía añadir alguna estancia, mientras que la planta alta se reservaba como pajar y lugar de habitación. Con todo, el espacio dedicado al descanso era exiguo, y desprovisto de cualquier privacidad. En este tipo de casa medieval, que se ha conservado hasta nuestros días, se halla el germen de lo que será la casa rural de Cantabria en los siglos posteriores y que, bajo una varíada tipología, se halla repartida por toda la región. En el Tardomedievo tiene lugar un desarrollo de la vieja estructura, que hace que la planta bajo cubierta progrese hasta convertirse en una verdadera planta, limitada por muros cortafuegos. El soportal ya no se logra mediante la prolongación del alero, sino por medio de un avance de la nueva planta, que sigue estando apoyada en pies derechos, sobre la planta baja. Los vanos en forma de arcos ojivales dejan ahora paso a otros en forma de arcos adintelados o de medio punto. La distribución interna se mantiene como se había establecido en época medieval, si bien consolida su presencia el cuarto de la planta baja. La casa rural más difundida en Cantabria es dotada de la personalidad con que la conocemos entre los siglos XVII y XVIII. Tal modelo de casa se halla unido a la recepción de un préstamo cultural de extraordinaria importancia que es el maíz. El ciclo productivo de esta planta de procedencia americana, cultivada en Cantabria desde los primeros lustros del siglo XVII, hace que sus mazorcas recogidas en el otoño sin alcanzar la sazón necesiten ser oreadas en lugares adecuados. Es

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Cantabria: casa y tradición cultural

Casa de una planta, o casa llana, con arco ojival de entrada, en Alceda

entonces cuando las casas son dotadas de corredores y balconadas, es decir, de solanas, que pasarán a ocupar la fachada de las casas, orientadas tradicionalmente al saliente o al mediodía, tratando de recoger la mayor insolación y la mejor ventilación posibles. Este tipo de casa, que ha llegado claramente hasta nuestros días, presenta una marcada planta rectangular, con la fachada, que sigue mirando al saliente o al mediodía, situada en uno de sus lados mayores. La cubierta, de teja árabe, consta de dos aguas, y el caballete de la misma corre paralelo a la fachada. Fuera de todos los tipos señalados se halla la casa de los propietarios acomodados, que en Cantabria se

Casa baja en Ibio

denomina casona, y que por su fisonomía se encuentra a caballo entre la arquitectura popular y la culta. El empleo masivo de la piedra de sillería y la utilización de técnicas más especializadas de lo habitual, conocidas por los canteros que trabajaban fuera de la región, ratifican lo expresado. Constituye una sólida construcción, de proporciones superiores a las de las casas populares, con cubierta a cuatro aguas por lo regular, en la que no suele faltar el empleo de hierro forjado en las balconadas. Una de sus notas más singulares viene dada por la gran puerta, o portalada, que preside la cerca que rodea la casa y el solar adyacente, en forma de arco de medio punto y coronada por una cornisa con su correspondien-

Casa de dos plantas con balconada en Alceda

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Cantabria: casa y tradición cultural

Casa con portalada de acceso, “corralada” y acceso con pórtico de doble arco, en Bareyo

Casa trasmerana. Solares

te friso que, muchas veces, porta el escudo de armas.

2. Trasmiera Esta comarca histórica se nos presenta en la actualidad compuesta por una larga serie de pequeños municipios, que a su vez se hallan integrados por numerosas entidades de población. Dichos municipios se corresponden con las viejas jurisdiciones o juntas que formaron en época medieval la Merindad de Trasmiera, cuyas tierras de suaves ondulaciones se extienden entre el río Miera y el Asón. Se trata de tierras cercanas al mar, que conjugan la llanura litoral

con las suaves elevaciones del interior, dando lugar a un paisaje de prados y de landas, salpicado por las manchas de bosque, cuya superficie total ronda los seiscientos kilómetros cuadrados. El poblamiento de Trasmiera se caracteriza por la dispersión, de modo que las concentraciones, cuando se producen, están constituidas por un escaso número de elementos del hábitat. Desde finales del siglo XVI se impone progresivamente en Trasmiera un tipo de casa de labranza de apreciables proporciones, tanto mas grandes dependiendo de la fortaleza económica de sus moradores. Son casas de apariencia muy hermética, de las que aún quedan muchos ejemplos, construidas íntegramente en sillería, o bien con la planta baja de mampostería y la superior de sillería. Es característico que cuenten con uno o dos arcos de ingreso, que por lo regular son escarzanos, aunque también pueden ser carpaneles, e incluso de medio punto. Suelen estar separados por una columna cuadrangular. Este ingreso constituye la entrada a un pórtico, desde el cual se accede tanto a los establos como a la escalera que asciende hasta el piso superior. La fachada de ese piso superior cuenta con escasos vanos, igual que el resto de la casa, y en las construcciones de mejor porte estos vanos pueden ser simétricos

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Cantabria: casa y tradición cultural

Casa Carre, con torre medieval en Bareyo

con los arcos de los vanos inferiores y dar lugar a otras tantas puertas-ventanas. A partir de la segunda mitad del siglo XVI parecen ir desapareciendo progresivamente las casas llanas, y haciéndose más habituales las compuestas por una planta baja y un primer piso, con un desván bajocubierta, al igual que en los valles bajos de toda la región. Tal estructura la observamos, incluso, en casas muy modestas. Una de las características de la casa trasmerana de entonces es la escasa presencia de vanos y el reducido tamaño de la mayor parte de los que se abren al exterior, incluido el que sirve de acceso. Tratándose de casas modestas, gran parte de las construidas en el siglo XVI, que aún se pueden ver, poseen la fachada en el hastial, y presentan un gran desarrollo en el sentido de los lados largos del rectángulo de su planta. Sin embargo, en el siglo XVII, los modelos dominante presentan una tendencia inversa, por cuanto, sin perderse la rectangularidad de la planta, se produce un acercamiento a la cuadratura, y generalmente la fachada se sitúa en uno de los lados largos. Mientras que las casonas y las casas de mayores proporciones siguen en el siglo XVIII algunas de las tendencias apuntadas aquí para los siglos precedentes, de modo que persisten los vanos de entrada presididos por arcos escarzanos o carpaneles, y aún de medio punto, algunas de éstas y sobre todo las casas más

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modestas comienzan a adoptar en toda Trasmiera la solana en su fachada, de modo similar a como se puede contemplar en el presente. Pero, volviendo a la casa que cuaja en Trasmiera en el siglo XVIII, y que ya se hallaba perfilada a finales del siglo anterior, hay que decir que como característica fundamental se abre plenamente al exterior por medio de la solana. El viejo soportal que estaba presente en la arquitectura trasmerana se agranda considerablemente gracias a que es encuadrado por los dos muros cortafuegos o por los dos machones laterales que aparecen en los extremos de la fachada, la cual definitivamente ya no está en el hastial, como prolongación de dos de los lados del rectángulo que forma la planta, o si se quiere por la prolongación de los muros piñones. Entre esos dos machones, en la planta superior, corre la balconada, apoyándose en ellos, de manera que el soportal interior que ya existía gana en espacio, gracias al cobijo que le presta la solana y al amparo de dichos machones. Este modelo que se halla impuesto en toda Trasmiera en la segunda mitad del siglo XVIII es el que con pocas variantes contemplamos en nuestros días. El balcón se apoya unas veces sobre machones laterales y otras sobre muros cortafuegos. En este último caso, los cortafuegos pueden acoger sendas ménsulas molduradas, resaltando así la separación


Cantabria: casa y tradición cultural

exterior entre la planta baja y la superior. Allí donde la influencia del caserío vasco es mayor es también más usual que el balcón vuele entre los extremos de la fachada, apoyándose en una serie de ménsulas. De esta manera observamos que esta morfología tiene gran presencia al Este de Trasmiera, hasta el límite con las Encartaciones vizcaínas, y también en la mitad oriental de Trasmiera, por más que añadidamente se observe en toda la región. En cualquier caso, la casa con solana es compatible con soluciones abuhardilladas en la cubierta, dando lugar a una morfología muy frecuente tanto en Trasmiera como en las Asturias de Santillana y en otras partes de Cantabria.

3. Valle de Soba

Casa y detalle ornamental en el Valle de Soba

En el área meridional de la región, al sur de Trasmiera, se halla un conjunto de municipios que presentan una indudable originalidad cultural dentro de la región, que se evidencia, por ejemplo, en los caracteres del hábitat y de sus unidades que son las casas. Entre estos municipios, acaso el que presenta una mayor singularidad es el que corresponde al valle de Soba. Abarcando un amplio valle que se ubica plenamente en el área montañosa de la región, fronterizo con el País Vasco y la montaña burgalesa, las influencias de estos dos ámbitos culturales han sido más escasos de lo que cabría esperar, aun siendo perceptibles, de manera que en lo que respecta a la arquitectura popular, ésta no se confunde con ninguna de ambas, ni tampoco con la de las comarcas vecinas, por más que el modo de vida pasiego se halle extendido por algunas partes del Valle del Soba. Un clima húmedo y frío durante los largos inviernos ha propiciado la existencia de casas que en el pasado fueron de acusada hermeticidad, la cual sólo a partir del siglo XVIII se vio contrarrestada por una progresiva apertura que ha dejado su secuela en la tipología existente en nuestros días. Como en otras comarcas, las casas de Soba orientan su fachada hacia el mediodía o hacia el sureste, y más raramente hacia el este. La casa de apariencia compacta imprime un carácter del que sólo se ha ido librando en las dos últimas décadas, y ni siquiera por entero. Me estoy refiriendo a la convivencia en el seno de la casa de perso-

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Cantabria: casa y tradición cultural

Cabaña con patín

nas y animales. A partir del siglo XVIII, sin embargo, y en su segunda mitad, se introducirán nuevos elementos en la arquitectura sobana procedente de la montañesa que, de alguna forma, romperán con el relativo aislamiento que había vivido aquélla en los siglos anteriores. El elemento más significativo, y del que ha quedado una marcada huella en la personalidad de la arquitectura sobana, vino representado por la aparición de los muros cortafuegos que prolongan los dos muros laterales sobre los que descansa la solana. En efecto, éste será el elemento más visible de la nueva arquitectura, es decir, la solana dispuesta para acoger mejores cosechas de cereal, tras la irrupción exitosa del maíz que se había producido en el siglo precedente, y que era secado en estos nuevos espacios ganados a la casa. Los propietarios más afortunados levantan sus casas siguiendo la moda de la época en la región, incorporando cuando era posible una tercera planta, vanos mucho más amplios que en el pasado, solana entre muros cortafuegos y una visible cubierta de teja árabe a cuatro aguas o, también, a dos vertientes. Mas hay otro elemento, que quedará enquistado en la personalidad de la arquitectura del valle de Soba. Es el patín exterior de acceso a la vivienda con cubierta también de teja árabe. que se generaliza en Soba y se hace indisoluble de la mayor parte de las construcciones posteriores.

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Entre las pautas arquitectónicas que se imponen en el valle a partir del siglo XVIII, se halla la aparición de faldones en la cubierta. Abundan en aquellos casos en los cuales la doble vertiente de la fachada, crea dos faldones en los lados no vertientes. Otras veces, y manteniendo la estructura a cuatro aguas, se incorpora algún faldoncillo en cola de milano, de forma análoga a lo que sucede en el caserío de los cercanos municipios cántabros de Villaverde de Trucíos y de Guriezo. Cuando la cubierta es de dos aguas, la fachada se halla generalizadamente en el hastial, perpendicular por tanto al caballete, o lo que es lo mismo en el lado pequeño del rectángulo de la planta. En este último caso se produce una clara coincidencia con la fachada del caserío vasco, y más específicamente con la variedad del mismo que es el caserío trucense de Cantabria. Pero como señala acertadamente García Alonso, esta estructura tipológica recoge asimismo profundas influencias de la cabaña pasiega que triunfa y se generaliza en este mismo siglos XVIII. Aleros, balaustradas, barandas, zapatas y postes se adornan dentro de la sobriedad que parece presidir esta arquitectura. Y no sólo las solanas, sino también los balcones corridos y, singularmente los balcones sobre postes y sobre muretes que se hacen tan frecuentes en la arquitectura local. No faltan, no obstante, los balcones corridos que se apoyan en ménsulas y, en definitiva toda una variedad tipológica de solanas y


Cantabria: casa y tradición cultural

balcones que se generalizarán más y más a lo largo del siglo XIX. Cada uno de estos tipos posee particularidades en la cubierta, puesto que solanas y balcones se protegen unas veces con faldones, otras con amplios aleros y otras con tejadillos de muy diversas formas. De esta manera, a lo largo del siglo XVIII se van introduciendo cambios en la casa sobana de muy diversos tipos. Se acaba de señalar que, junto a la aparición de las solanas, otro de los elementos es el patín, que se convierte inmediatamente en pauta de la arquitectura comarcana, tal como se aprecia en nuestros días. En realidad, el patín es un elemento muy característico de la vecina cabaña pasiega, extendida como se ha dicho por partes del valle de Soba, de modo que no son pocos los patines de las casas que se inspiran en los de las cabañas, mientras que en otros casos poseen un tejadillo independiente. Unos poseen acceso frontal y otros lateral. Dentro de la variedad morfológica, en algunas ocasiones el patín genera un balcón de aceptables proporciones, de modo que el acceso a la primera planta se realiza a través de este balcón que se halla por lo regular en la fachada y, excepcionalmente, estos patines pueden adquirir tal desarrollo que ocupen por entero la fachada de la casa.

4. Valle del Agüera En la comarca más oriental de Cantabria, lindante con el País Vasco, vertebrada en torno al río Agüera, hallamos una casa y unas costumbres asociadas a la misma que se encuentran a caballo entre la tradición cántabra y la vasca, como corresponde a un territorio de transición, influido por las pautas

Casa en Villaverde

culturales de las comarcas fronterizas de ambas regiones. Las explotaciones cuentan además con espacios de tierra labrada, donde en el pasado realizaban el cultivo de los cereales, que en los últimos siglos se ha reducido al del maíz. Esta planta fue la clave de una progresión económica, también en esta comarca oriental, que empezó a dar sus frutos a partir de su introducción en el siglo XVII y que al siglo siguiente se generalizó gracias a su excelente adaptación. Fue entonces cuando en su arquitectura popular irrumpió una estructura que suplantó a otra previa y produjo un fenómeno híbrido, como es el caserío de estos municipios, equidistante por igual del caserío vasco y de la casa que podemos considerar canónica en Cantabria y que podemos llamar montañesa, cuya influencia en mayor o en menor grado se evidencia en todas las comarcas. Esta construcción híbrida, que es el caserío trucense, ha llegado hasta nuestros días en municipios como Villaverde de Trucíos, Guriezo y Liendo, al igual que en otros vecinos, aunque en estos últimos se evidencie en menor grado. Añadidamente, tal construcción es frecuente en el área limítrofe de Vizcaya, y más concretamente en el resto del valle de Trucíos y en los valles de Carranza, Arcentales y en otros municipios limítrofes, por lo que no es exagerado decir que esta singular casa se extiende desde el río Asón hasta el límite

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Cantabria: casa y tradición cultural

oriental de las Encartaciones, si bien, y como se ha dicho, el área central se localiza en el valle del río Agüera. Se trata de una construcción muy sólida y de grandes proporciones, con recios muros de piedra, de planta rectangular, con la fachada, orientada hacia el mediodía generalmente, en uno de los lados pequeños, lo cual da lugar a un tipo de casa de gran profundidad. La fachada, dotada de una gran simetría, posee unos sólidos muros cortafuegos, a menudo construidos con grandes sillares, característicos de la arquitectura cántabra, y entre los mismos se hallan dispuestas las solanas que recorren por entero la fachada. En efecto, las solanas suelen ser dos, una en la primera planta y otra en la segunda que aloja el desván, si bien hay ejemplos de tres solanas, debido sobre todo a recrecimientos de la fachada que permitieron crear espacios para acoger a los descendientes de los moradores que se veían imposibilitados para realizar nuevas construcciones, en períodos de gran crecimiento demográfico de la comarca, como fueron la segunda mitad del siglo XVIII y el siglo XIX. De hecho, las inscripciones que he podido observar en los tipos más antiguos de casas con estas características corresponden a los años sesenta del siglo XVIII, de lo que podemos deducir que el mismo se introdujo al poco tiempo de comenzar la segunda mitad del siglo XVIII y tal vez, un poco primero. En ocasiones, el caserío de la Cantabria oriental cuenta con un patín lateral de acceso, lo cual es otro elemento más de la hibridación, puesto que es análogo al que descubrimos en algunos de los tipos de la vecina arquitectura sobana, en los también vecinos de la pasiega y en algunos otros extendidos por toda la región cántabra, y por más que el patín no sea un elemento ajeno por entero al caserío vasco. La fachada se halla dispuesta perpendicularmente al caballete, lo cual es una de las características de la estructura profunda del caserío vasco, aunque, como se ha señalado a propósito de otros lugares, el hecho no es ajeno por entero a la arquitectura de las comarcas cántabras, donde hallamos modelos con esta misma particularidad, tanto en los tipos más antiguos de la arquitectura montañesa que se han conservado, generalmente del siglo XVII y aún del XVIII, como en los modelos canónicos posteriores de algunas comarcas, incluida la llamada cabaña pasiega que presenta esta

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misma característica tipológica. La cubierta suele tener cuatro vertientes, de las cuales una, la de la fachada anterior, y a veces también la de la fachada posterior rematan en llamativa cola de milano, similar a la que existe en la arquitectura sobana, tal vez por influencia en ella de este modelo híbrido que alcanzó al alto valle del Asón en sus momentos de mayor apogeo. Este tipo de casa se siguió construyendo aún en las primeras décadas del siglo XX, de modo que fue dominante durante más de ciento cincuenta años, lo cual explica que terminara por modelar la fisonomía de los paisajes rurales allí donde triunfó. De hecho, el caserío trucense expiró al mismo tiempo que lo hacía el caserío vasco. Junto con la piedra, el otro material de construcción por excelencia en la casa de la comarca oriental de Cantabria dominada por el caserío trucense es la madera. Las amplias solanas de su fachada muestran el trabajo de la madera en aleros, barandas y balaustradas. Estas últimas, en ocasiones, pueden ser de madera siluetada. El resultado final es una construcción soberbia en calidad y dotada de una gran funcionalidad. Es frecuente que todavía en el presente algunas de estas solanas estén recorridas por una vistosa parra, indicativa de la importancia que tuvo en la comarca la vid en otro tiempo. El caserío trucense de los valles de Liendo, Guriezo y Villaverde de Trucíos, igual que el que hallamos en los valles vizcaínos de las Encartaciones, es exento, aunque con cierta frecuencia se halla formando asociaciones o barriadas en todos estos lugares. Esta es, precisamente, una característica que lo distancia de la casa que podemos denominar montañesa, y que se nos presenta tanto exenta como en hilera, mediante la simple unión de sus muros laterales. Realmente, se trata de un rasgo propio del caserío vasco en general, perceptible ya en los tipos más antiguos que se han conservado y que corresponden a finales del siglo XV y comienzos del XVI.

5. Montes de Pas Los habitantes de los valles pasiegos continúan en el presente entregados a su secular modo de vida, si bien la intensa emigración de los años cincuenta y sesenta del siglo XX, más virulenta que en las déca-


Cantabria: casa y tradición cultural

Paisaje del Valle del Pas

Casa en Valle de Pas

das precedentes, agrandada aún más con posterioridad, ha mermado cuantitativamente el grupo, hasta dejarlo reducido a un corto número de familias que continúan atadas a su tradicional actividad. Nacido dicho sistema en los siglos XVI y XVII, es a partir del XVIII cuando más eficazmente se impone, al tiempo que una raza vacuna, que denominamos pasiega, variante de otra raza tradicional de las montañas de la región, logra un sorprendente éxito adaptativo El paisaje de los valles pasiegos nos muestra una incesante continuidad de prados, cada uno de los cuales se halla rodeado por una pared de piedra seca, levantada sin argamasa alguna. El prado cerrado viene a ser algo así como la esencia del sistema, puesto que cada uno de éstos cierros, que es el nombre con que se denominan estos cerramientos en los valles pasiegos y su área de influencia, entraña un pequeño universo ganadero. Cada ganadero cuenta con un variable número de prados, que se hallan distribuidos por la ladera del valle, desde el fondo hasta las cumbres, y por tanto a distintos niveles, abarcando un gran espacio ecológico. La cerca no sólo encierra el prado sino también una cabaña, puesto que todos los prados que sobrepasan una extensión mínima, los cuales son mayoría,

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Cantabria: casa y tradición cultural

Cabaña en Vega de Pas

cuentan con una de éstas. Las cabañas, muy bien adaptadas a la pendiente de un terreno montuoso y accidentado como es el pasiego, son similares y generalmente de tamaño mediano o pequeño, y de hecho el tipo básico es único, aunque la evolución ha generado una compleja tipología. Todas ellas tienen planta rectangular y una cubierta a dos aguas muy peculiar: está construida con lajas de piedra, que los pasiegos denominan “lastras”. También la fachada es singular, porque a diferencia de la mayor parte de las casas de labranza de la región se halla en el hastial, es decir, en uno de los lados pequeños y, por supuesto, está orientada hacia el Sur. Los lados mayores de la vivienda se prolongan, formando sendos cortafuegos, para acoger una rudimentaria balconada en la planta superior, con antepecho de tabla por lo general, a la que se accede por un patín exterior, mientras que en la inferior se gana un espacio bajo la balconada, especie de antecuerpo, que es empleado con múltiples funciones, que van desde la guarda de animales hasta el cobijo del ganadero para realizar diversas labores domésticas en los días lluviosos o fríos. La cabaña pasiega, expresión del mero nomadismo, raramente cuenta con elementos complementarios, salvo los llamados cuvíos o bodegos, que no son otra cosa que construcciones generalmente exentas de pequeño tamaño, levantadas en las proximidades de la cabaña, semienterradas, que se destinan a la re-

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frigeración de la leche, aprovechando las corrientes subterráneas del suelo o la umbría de las pendientes del terreno. Poseen forma circular u oval y están construidos con mampostería, lográndose la cubierta por aproximación de hiladas. Una pequeña puerta de acceso, permite el trasiego diario de los miembros de la familia a un espacio que en el pasado, a falta de otros medios de refrigeración, era muy socorrido, especialmente a propósito de la elaboración del queso y la mantequilla. Una vez transcurrida la invernada en la llamada cabaña vividora, la situada por lo regular a menor altura de cuantas poseen, y la más cercana a la plaza o núcleo de población concentrada, así como la mejor acondicionada para soportar los rigores de la estación por su solidez y tamaño, se inicia el movimiento de la familia juntamente con sus ganados. A lo largo de los meses siguientes cambiarán de cabaña cuantas veces se agote la hierba que la circunda, de modo que según progresa el verano la familia pasiega se instala en las cabañas que se encuentren a mayor altitud, en las branizas. La corta extensión de los prados hace que las estancias no sean muy prolongadas. Cada traslado, o muda como es denominado por ellos el cambio de vivienda, implica la complejidad derivada de la puesta en movimiento de personas, animales, enseres, útiles y cuantos bienes resulten indispensables para el común desenvolvimiento de la familia. Cuando han al-


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Casas de Ibio

canzado la cabaña que se encuentra en el nivel más alto, inician el descenso que supone un nuevo recorrido por todos los prados que dejaron atrás, que concluirá con el retorno a la cabaña vividora durante la otoñada. La estrategia económica que caracteriza a los valles pasiegos y su área de influencia se define, en suma, por la intensidad de los aprovechamientos en una topografía accidentada y compleja. En ningún momento del año los pasiegos llegan a practicar una auténtica trashumancia, sencillamente porque la agricultura la han abandonado casi por completo y, en consecuencia, no es necesario que una parte del grupo permanezca en las bajuras para dedicarse a este menester.

6. Asturias de Santillana Entre los ríos Deva y Miera se extiende el vasto territorio que se corresponde con la demarcación histórica de las Asturias de Santillana, tal como fue llamada desde el siglo IX a esta prolongación de las Asturias de Oviedo. Incluyendo las cuencas del medio y bajo Deva, del Nansa, del Saja, del Besaya y del medio y bajo Pas, tal territorio se corresponde con una superficie que representa más de un tercio de la actual región de Cantabria. El paisaje cultural de las Asturias de Santillana descubre un claro contraste entre el área costera y los valles interiores, en

tanto que la primera está dominada por un poblamiento disperso que se hace más concentrado hacia Occidente, y los segundos lo está por un poblamiento claramente concentrado, del tipo que podemos llamar polinuclear, especialmente en los valles del Nansa y del Saja. En algunos núcleos se aprecia todavía la existencia de esas casas de morfología medieval que denominamos casas llanas. Hallamos ejemplos muy ilustrativos en los municipios interiores de las Asturias de Santillana, tales como Mazcuerras, Ruente, Cabuérniga y otros. Se trata de casas de muy bajo alzado, que a menudo no superan los tres metros, e incluso que no llegan y se sitúan en torno a los dos metros y medio de altura, con el característico solar o patio en la parte delantera, que secundariamente acogen alguna construcción auxiliar. Son casas de muy pequeño tamaño que, sin embargo, no debió ser obstáculo para permitieran en el pasado la convivencia interior de personas y ganados. Algunas de las existentes en la actualidad no parecen superar los cincuenta metros cuadrados de superficie. Las Asturias de Santillana muestran con gran nitidez la evolución de esta casa llana, de orígenes medievales, muy difundida en el siglo XVI, aun a sabiendas de que la construcción de las mismas persistió en el siglo XVII. Eduardo Ruiz de la Riva ha observado cómo inicialmente la casa se eleva alrededor

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Arriba casas en Cos, abajo conjunto de Cades en el valle del Nansa. Foto L.A.

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de 0,5 metros, logrando que la fachada delantera empiece a contar con un vano de acceso directo al desván, el boquerón, sobre la puerta de entrada a la cuadra, facilitando así el almacenaje de productos. Este desván, aunque ya existía previamente, a modo de espacio bajo cubierta, no contaba con otro acceso que el de una escalera interna. Realmente, esta evolución no es distinta de la observada en el área costera de las Asturias de Santillana por José Luis Casado Soto. Éste es el tipo de casa que fue inmortalizado en la literatura de Manuel Llano con el nombre de casa-tronera. A partir de este progreso, la evolución se acelera y enseguida la casa llega a alcanzar una altura próxima a los cuatro metros. Seguramente, el modelo más expresivo de este progreso que supone el paso incipiente a la casa de dos plantas, aún apenas perceptible, es la llamada casa de pajareta, de acuerdo con la denominación al uso en Cabuérniga y en otros valles interiores de las Asturias de Santillana. La novedad en esta casa es que el boquerón o pequeño vano que daba acceso al desván se ha convertido en una puerta de metro y medio de altura. El pajar tiene una capacidad muy superior de almacenamiento, y la casa cuenta con un cuarto alto que recrece la capacidad de alojamiento de personas. Otra de las novedades es que la fachada delantera posee, frecuentemente, un espacio abierto sobre la puerta de entrada, delimitado con varas entretejidas a modo de celosía, donde se almacenan y se orean los productos del campo. En la segunda mitad del siglo XVII parece ser cada vez más frecuente que las casas se doten de una segunda planta, mediante recrecimiento de la planta baja existente, o si se quiere de la primera planta ya recrecida que existía previamente, respondiendo a este canon las casas levantadas ex novo. Ahora la casa gana en altura, los vanos se hacen más amplios, y no siempre se incorpora la balconada. Existe un tipo de casa, muy extendida desde las tierras más bajas, según se aprecia en Ruilobuca, en Treceño y en otros lugares, hasta la parte más alta delos valles interiores, como se aprecia en Bárcena Mayor y en Los Tojos, donde la casa, efectivamente, es mucho más alta que las tradicionales de una planta, porque ahora cuenta con dos plantas. Pero la segunda planta, construida con entramado de madera y adobe o ladrillo,

no cuenta con balconada, sino que es de apariencia muy hermética. Sin duda, el tipo que acaba convirtiéndose en el preferido es el que se corresponde con la casa de dos plantas con solana y soportal. Como es bien sabido, representa el modelo arquetípico de Cantabria, y como tal ha sido señalado por Rucabado, Ortiz de la Torre y González de Riancho, al amparo de consideraciones estéticas y funcionales. La casa de dos plantas con balconada es de planta rectangular, orientada hacia el mediodía o hacia el saliente, con numerosos vanos para captar el máximo de luz y de calor. Presenta una cubierta a dos aguas, cuyo caballete es paralelo a la fachada, sustentada mediante la característica armadura “de sopandas”, formada por vigas y pilares, que como el forjado del tejado son de madera. Éste posee un generoso alero en la fachada, y está construido con teja árabe. También es de madera el forjado que separa la primera planta de la segunda, realizado mediante vigas entre muros, apoyadas en ocasiones en pies derechos. Asimismo, es de madera la balconada, tanto las vigas que la sustentan, como las tablas que conforman el suelo, y las barandillas y la balaustrada. Igualmente lo son los pilares que conectan la balconada con la cubierta, y las zapatas que a menudo poseen éstos. Es habitual que las partes más visibles de la estructura de madera se hallen decoradas, tratando de conseguir un efecto estético. Es entonces cuando aparecen todo tipo de motivos geométricos y naturalistas, consistentes en flores de cuatro, de seis y de ocho pétalos, ajedrezados, comas, tetrasqueles, etc. conseguidos unas veces mediante técnicas incisas y otras de bisel, igual que el resto de los motivos. A nuestros días ha llegado alguno de los graneros aéreos que acompañaba a la casa, como complemento de la misma en las Asturias de Santillana. Construidos íntegramente de madera y compuestos por una cámara cuadrangular que se apoya en pies derechos, existe en Cantabria una tipología, cuyos tipos básicamente responden a la forma del hórreo asturiano (con cubierta a cuatro aguas) que hallamos en parte de los hórreos lebaniegos que se mencionan más abajo, o bien a la forma del hórreo leonés (con cubierta a dos aguas) y que coinciden con otra parte de los hórreos lebaniegos y también con los del valle

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Casas de Mogrovejo y la torre medieval (siglos XIII y XIV). Al fondo los Picos de Europa

de Polaciones. Además de estos dos tipos de hórreo, ambos de planta cuadrada, existe un tercero, la panera, que a diferencia de los anteriores presenta planta rectangular y se apoya en seis o más pies, resultando ilustrativa la que aún se conserva en Cades (Herrerías).

7. Liébana Las características singulares del relieve, el clima y la vegetación otorgan a Liébana una marcada personalidad. Una topografía extraordinariamente agreste ha dado vida a un paisaje pleno de originali-

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dad, capaz de individualizarse por sí mismo en el conjunto de la geografía regional. El poblamiento de Liébana se localiza a baja o media altura. La mayor parte de los núcleos de población se encuentran en cotas próximas a los 600 metros de altitud, si bien son muchos los que se encuentran por debajo de los 500 metros. Los asentamientos rurales lebaniegos, más densos unas veces y menos otras, pero siempre concentrados, están compuestos por edificaciones de diversa índole (viviendas y construcciones complementarias), que unas veces se adosan dando lugar a hileras y otras forman agrupaciones laxas, de construcciones separadas por huertos y corraladas. Un clima seco y frío y un paisaje agrario singular confieren a la casa lebaniega una cierta originalidad, tanto desde el punto de vista morfológico, como desde el punto de vista de los materiales empleados. La casa lebaniega es de carácter marcadamente disociado, es decir, compuesta por la vivienda y por diversas dependencias distribuidas en las edificaciones contiguas. Entre estas últimas se encuentran los establos, el cobertizo o socarrena, el cubil o pequeño corral que guarda los cerdos, algunas veces el hórreo, el pajar y ocasionalmente un tipo de


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Conjunto de Pido. Camaleño.

almacén denominado bargareto, así como la bodega, la aguardientera, la hornera y otros. Todo el conjunto puede ir precedido, al menos cuando se trata de construcciones aisladas, de un recinto amurado que resalta la privacidad del espacio y hace la veces de corralada, la cual en Liébana recibe el nombre de corralá. En lo que respecta a la vivienda, la casa de Liébana posee algunas peculiaridades, si bien no se diferencia en muchos aspectos de los tipos más frecuentes en el resto de Cantabria. Aunque la piedra y la madera son los materiales más empleados, junto con la teja árabe de las cubiertas, la singularidad de la arquitectura rural lebaniega reside en la importancia que adquiere el uso del adobe y del ladrillo, por influencia de las vecinas tierras castellano-leonesas, así como el entramado de madera en los muros. Las varas de madera entretejida constituyen uno de los elementos más recurrentes y arquetípicos en el hábitat rural lebaniego. Su empleo se nos muestra persistentemente en los cierres de los vanos de cualquier construcción que sea utilizada como pajar o como almacén, bien en la planta superior de las viviendas, o bien en las edificaciones complementarias, como los pajares y los bargaretos. Por lo regular, estos cerramientos se

realizan mediante varas de avellano, cuyo entretejido recibe entre los lebaniegos el nombre de sieto. Con mucha frecuencia, estos mismos entretejidos son recibidos con morteros o con adobes, dando lugar a una fisonomía muy característica en el espacio habitado de los valles de Liébana. Aún se conservan algunas de las viejas viviendas de dos plantas y desván, con la fachada en el hastial, reminiscencia de otras más antiguas de una sola planta. En general, en la comarca lebaniega predominan dos tipos fundamentales de casa, y en los dos la fachada principal aparece orientada hacia el sur, expuesta a unos rayos del sol que hacen más confortable la vida en las balconadas y en las estancias interiores, acosadas por el riguroso clima de los valles lebaniegos. Ambos son de planta rectangular, y con cubierta de teja árabe y el caballete paralelo a la fachada que se apoya en una armadura de sopandas, acogiendo, sólo en algunos lugares, como partes del municipio de Cillorigo, soluciones abuhardilladas, pero mientras que en uno de estos tipos el acceso al interior se realiza a través de una escalera de patín, cuyo desarrollo da lugar a un balcón que puede ser más o menos amplio, en el otro tipo el acceso se lleva a cabo por medio

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Casas en Proaño en el valle del Hijar

de una escalera interna. Si bien en las casas lebaniegas, dentro de su variada tipología, predominan los tipos herméticos, con escasos vanos, que tratan de lograr el mayor aislamiento posible, no falta un tipo de casa de recios muros de sillería, al menos en la fachada principal, que presenta una balconada. Esta casa lebaniega con corredor es muy similar a la que se encuentra en otras comarcas cercanas, si bien se distingue, en general, por su menor refinamiento estético, en relación, por ejemplo, con la que está presente en los demás valles occidentales de Cantabria, como el del Nansa y el del Saja, en los cuales las técnicas constructivas basadas en el empleo de la piedra y la madera adquieren un gran relieve. Aunque, ciertamente, este tipo de casa es menos frecuente que en el resto de Cantabria, en los valles lebaniegos adquiere una presencia mucho mayor de la que a menudo se le atribuye. En este modelo arquitectónico, cuyos muros son bien de sillares de piedra o bien de mampostería, la fachada se encuentra en uno de los lados menores, de modo que, gracias a la prolongación de los lados mayores se produce un retranqueo de la fachada. El corredor se halla a media altura, ocupando todo el frente de la casa, y protegido por esa prolongación de los muros que da lugar a los llamados cortafuegos. El despoblamiento y el cambio social y cultural que se ha producido en Liébana ha trastornado muchos aspectos relativos a la arquitectura rural, inclui-

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das las funciones de la casa. Los cambios en las construcciones adyacentes a la vivienda se evidencian también en la creciente desaparición de los tradicionales hórreos. Por una parte, estos graneros, que en otro tiempo fueron parte indisoluble del poblamiento lebaniego, han quedado reducidos a reliquias del paisaje rural que en muy corto número se distribuyen por los municipios de Camaleño, de Cabezón de Liébana y de Pesaguero. Estos escasos hórreos responden unas veces al tipo asturiano, de cubierta a cuatro aguas, y otras al tipo leonés, con cubierta a dos aguas. A este segundo caso responden los dos hórreos que aún se conservan en Pesaguero, igual que los, ya desaparecidos de Polaciones y Anievas, mientras que los de Camaleño se integran mayoritariamente en el tipo asturiano.


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8. Campoo Extendiéndose a ambos lados de la Cordillera Cantábrica, en las tierras más meridionales de la región, como espacio de transición, se halla la comarca de Campoo. Un poblamiento concentrado de tipo nuclear, como el campurriano, se halla constituido por unidades que, por lo regular, coinciden con lo que podemos denominar la casa-bloque, la misma que ha albergado durante generaciones a familias campesinas que explotaban los recursos agrarios del medio circundante dando vida a una actividad que hoy se halla en declive. Un medio geográfico de transición entre la Cordillera Cantábrica y la Meseta y un clima riguroso han generado un tipo de casa tendente al modelo que podemos denominar hermético, caracterizado por la pobreza de los vanos y la escasez de los espacios abiertos. El hecho de que en Campoo se conserven construcciones destinadas a la vivienda que, en general, se remontan a comienzos del siglo XVI, permite advertir que esta característica del hermetismo de la vivienda, propia de los climas de montaña, se ha mantenido como una constante a través del tiempo. Las viviendas de los siglos XVI y XVII que se han conservado poseen una sorprendente calidad. Construidas con sillería, o con sillarejo, y con planta rectangular, sus esmerados arcos en puertas y en otros vanos configuraron un canon estético capaz de perdurar en el tiempo. Algunas de estas casas han dejado en las jambas y en los dinteles de sus vanos el excelente arte de sus canteros, en sintonía con una cultura local cuyas pautas potenciaron sus valores estéticos.

Detalle ornamental en una casa de Proaño

Sobre los dinteles y sobre las jambas de algunos vanos, construidos con excelente sillería, y a pesar de la sobriedad ornamental de las casas campurrianas, podemos observar aún en nuestros días el uso histórico de técnicas de relieve y de incisión que han proporcionado valiosos elementos decorativos. El uso de bolas recorriendo el perímetro del vano es propio de la estética de algunos lugares de Campoo, mientras que en determinados dinteles se recogen escenas, logradas mediante incisión, que contienen elementos vegetativos y zoomorfos, como se advierte en una ventana de Proaño, en la Hermandad de Campoo de Suso. En este contexto decorativo, no son ajenas a Campoo las sempiternas rosetas que se evidencian en dinteles y jambas, pero también en la madera de puertas y ventanas. Las casas con decoración más meritoria suelen llevar fecha del siglo XVII, como sucede con una casa de Proaño y otra de Ormas, ambas en Campoo de Suso. Y, desde luego, el tema más presente en la ornamentación campurriana es el de la cruz, tanto en la piedra de los lugares más nobles, y especialmente de los dinteles, como en la madera empleada en los lugares más destacados de la casa. A propósito, estas viejas casas campurrianas, capaces de evolucionar en su fisonomía a lo largo de los siglos, se resistieron sin embargo a perder algunos de sus caracteres primigenios. Exentas unas veces y constituyendo hileras o pequeñas agrupaciones en otras, estas construcciones rurales, independientemente de las épocas, cuentan con una fachada que mira por lo regular hacia el mediodía, y en algunas ocasiones al saliente. Son construcciones dominadas siempre por la piedra. Los ricos lechos del Ebro y del Híjar han permitido durante siglos que sus cantos sirvieran a las necesidades de la mampostería de las construcciones, mientras que diversas canteras locales abastecieron de piedra espléndidamente tallada a la sillería de las mejores construcciones así como a la utilizada en los vanos de todas ellas. El mortero y, en ocasiones el barro, posibilitaron por su parte la argamasa necesaria para el levantamiento de las casas de Campoo, revelándose asimismo eficaces en la evitación de las filtraciones de humedad en las fachadas posteriores azotadas por el viento del Norte. El hecho de que la piedra haya sido el material constructivo por excelencia no oculta, sin embargo, la gran presencia

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Cantabria: casa y tradición cultural

de la madera, y muy especialmente la de castaño y del roble procedentes de los bosques locales. El hierro, por otro lado, no es un material ajeno, aunque su uso haya sido más bien reducido en la construcción campurriana de carácter popular. Antes se ha dicho que la casa campurriana forma lo que denominamos una casa-bloque. De hecho, la disociación que concurre en la misma es tan escasa que no resulta exagerado decir que funciona como un espacio doméstico compacto. Las muchas dependencias que la integran se disponen con un alto grado de asociación, hasta el extremo de quedar en ocasiones integradas si no por entero en el seno de la casa propiamente dicha, sí en los espacios anejos a la misma. En la planta baja, además de un soportal, tras franquear la puerta se halla un portalón enlosado que tradicionalmente ha dado acceso tanto a la escalera de la vivienda como a la cocina que se halla a un lado y como al establo que se encontraba, y aún lo hace en ocasiones actualmente, al fondo de la planta baja. Pero también en esta planta baja, y llegando a ella desde el portalón, se halla la bodega, de suelo enlosado. En el pasado se encontraba en esta planta baja la hornera, aunque ésta también encontraba su emplazamiento en algún espacio fronterizo con la casa de vivienda. La solana, como en algunas otras partes de Cantabria, es un elemento exógeno que se difunde por Campoo en la segunda mitad del siglo XVIII, pero muy lejos de adquirir la generalización que logra en otras comarcas, sobre todo por razones climáticas. Ni siquiera en los municipios campurrianos que se hallan en la vertiente norte de la Cordillera se difunde el modelo de la solana entre muros cortafuegos hasta mediados del siglo XVIII, donde se recibe por difusión desde las tierras bajas de la región. En el siglo XIX, y de una forma progresiva y acelerada, se va a incorporar a la arquitectura campurriana un elemento que va a terminar siendo característico de la arquitectura popular de la comarca. Se trata de las galerías, resultado del acristalamiento de las solanas, que se hallan tan extendidas por toda la comarca, con especial incidencia en los lugares más fríos y húmedos.

Eloy Gómez Pellón

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Habitar frente a la mar

HABITAR FRENTE A LA MAR la vivienda y los espacios urbanos de las gentes marineras de la costa cantábrica José Miguel Remolina Seivane. Arquitecto 1. Habitar en villas Las gentes de la mar, forman un grupo social característico, netamente diferenciado del resto de la población en la región cantábrica; su modo de vida difiere definitivamente de aquellos sus inmediatos vecinos que viven de la ganadería o la agricultura. Estas gentes condicionan su lugar y modo de asentamiento a la posibilidad de acceso de sus embarcaciones a la mar, y a la existencia de un puerto seguro de atraque, que asegure la protección en el caso de los violentos temporales que a menudo asolan la costa1. Alrededor de los puertos surgieron las villas, núcleos en que se asientan en densas comunidades las gentes marineras. La vivienda busca la cercanía al puerto, y la villa se dispone protegiéndose de los fuertes vientos del oeste: un habitat enfrentado a la mar. En ocasiones estos asentamientos pueden situarse sobre las rías, algo alejados de la costa, a veces sobre el límite de las mareas, como sucede en Villaviciosa o Limpias. En otras ocasiones han aprovechado difíciles ubicaciones en pendiente o al pie de escarpes, por lo que las viviendas se arriman extraordinariamente unas a otras y las calles forman recorridos irregulares en fuerte pendiente, siempre a la búsqueda del lugar inmediato a la mar: Cudillero, Elanchove, Lastres son ejemplos de núcleos que desde el puerto buscan su desarrollo ascendiendo por la montaña. Pedro de Llano consiguió una acertada descripción de esta necesidad de cercanía a la mar: “Pobos mariñeiros como O Barqueiro, Redes, Mugardos, …concentrados , co fin de buscar a maior proximidade e fácil acceso a unha cala que posibilitase a cosntrución dun peirao xunto ao que fondear

as embracacións, dotado de rampas que facilitasen a sua fácil recollida ao chegar os temporais”2 En la región cantábrica el lugar de habitación de las gentes de la mar es mayoritariamente una casa urbana; condicionantes geográficos, históricos y económicos así lo determinaron. Dentro de una cierta homogeneidad tipológica debida a similares requerimientos funcionales, se ofrece una enorme variedad de soluciones formales, debido a la existencia de distintas condiciones topográficas y sociales, así como diversas tradiciones constructivas, ligadas sobre todo a la disponibilidad de uno u otro material de construcción. Las villas medievales costeras Las grandes villas de la Costa Cantábrica tienen su origen en el proceso de estructuración territorial de la Edad Media, que supuso la fundación de casi 30 villas portuarias entre la segunda mitad del siglo XII y la primera del XIV. Si la villa de Avilés es el precoz precedente, fundada en el siglo XI como apoyo portuario al importante núcleo de Oviedo y dotada de Fuero en 1155, no es hasta 1163 con la fundación de Castro Urdiales que comienza realmente el proceso de fundación de villas nuevas sobre el litoral cantábrico, continuado con la creación de San Sebastián (1180), Santander (1185), Laredo y Fuenterrabía (1200). Tras las villas de las actuales Cantabria y Guipúzcoa, se fundarán las de Vizcaya y, un poco más tarde, las de Asturias. Cuando en 1327 se funda Ondárroa, se puede dar por terminado el proceso, al que ya no se sumarán más villas. Los otros puertos menores nacerán con la desventaja de no poseer fuero, y por ello aparecerán

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subordinados a las grandes villas, tal como le sucede a Comillas con San Vicente de la Barquera, o a Tapia con Castropol. Ello fue origen de continuas disputas, por el afán de los puertos no aforados de independizarse del control económico y portuario, no conseguido en muchos casos hasta el siglo XIX. La fundación de estas villas nuevas forma parte de un proceso de alcance europeo con el que se busca la estructuración de unos territorios poco desarrollados; en nuestro caso, los distintos reinos, Castilla, Navarra y León, buscan fomentar la actividad económica y comercial, desarrollando puertos que posibiliten además la navegación con los puertos de Aquitania e Inglaterra3 . En la región cantábrica es la existencia de un puerto la premisa que condiciona la ubicación de las villas: allí donde se puede construir un muelle de abrigo se funda la villa. En casi todos los casos debía existir previamente un elemental asentamiento pesquero, del que tenemos noticia en Laredo y Luarca, ligados a un monasterio. Notable excepción es la villa de Llanes, fundada junto a la bocana del arroyo Carrocedo, donde previamente no existió asentamiento alguno 4. En ocasiones la fundación de una villa y un puerto ha resultado un proceso extremadamente complejo, pues la elección del lugar exacto de implantación de la puebla no siempre era sencilla. Si Castro Urdiales aprovecha el singular escarpre del castro y el prestigio de un lugar que fue importante puerto romano, en el caso de la bahía de Santoña la elección del lugar de Laredo no debió ser inmediata, existiendo otras posibles ubicaciones de interés, como los actuales Santoña y Colindres. En el límite entre Asturias y Galicia, en el estuario de la ría del Eo, se produce uno de los más complejos procesos; aquí fue fundada en 1182 la puebla de Ribadeo, en el lugar donde debió de existir un fondeadero romano; un siglo más tarde, alrededor de 1270, se funda en el lado asturiano por iniciativa de la mitra ovetense la Puebla de Rovoredo en una ensenada cerrada al oeste de la ría; años más tarde, en 1298, considerada errónea la ubicación de ésta, se decide el definitivo traslado de la puebla a un cercano promontorio rocoso; así la Puebla de Castropol, nueva cabeza del amplio territorio de la tierra de Ribadeo, antigua Honor de Suarón, dependiente del

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Obispado de Oviedo, se ubica enfrentada a la villa de Ribadeo, dependiente del Obispado de Mondoñedo 5. Villas nuevas medievales: su morfología En muchos de los casos las nuevas villas se trazan con una estructura viaria ortogonal, tal y como sucede con la mayoría de las villas nuevas medievales que se extienden por amplias regiones de Europa; así sucede en San Sebastián, Laredo y Guetaria, mientras en otras pueblas la topografía impide la aplicación de una malla regular (San Vicente de la Barquera, Luarca). Se pueden identificar distintos modelos tipológicos, sin que hasta el momento se haya sistematizado el estudio de la morfología de las villas nuevas de la región. Estos proyectos urbanos resultarán tremendamente exitosos, posibilitando el correcto funcionamiento de unas villas que fueron concebidas con una doble vocación pesquera y comercial. Aunque en la mayoría de las villas nada ha podido establecerse con certeza sobre la regularidad del parcelario urbano, podemos suponer que en el inicio de la planificación de las pueblas las parcelas poseerían unas dimensiones homogéneas. Las posteriores transformaciones del parcelario habrían ocasionado las variaciones en la anchura que hoy podemos constatar, incluso en los casos de mayor regularidad del trazado viario; la agrupación de parcelas para conseguir casas-torre, la división por la mitad de los solares originales, con posterior suma que ya daría parcelas de 1,5 unidades, y en general las transformaciones surgidas en el proceso de los numerosos incendios y en la reconstrucción en piedra de lo que fueron edificios de madera, provocaron la alteración de la uniformidad original. Sobre estos solares las primeras casas debían de ser sencillas edificaciones de madera, adosadas y de escaso fondo, dejando en la trasera de la parcela un área de cultivo. Sólo en un momento posterior, que varía en su cronología según las villas entre los siglos XIV y XVI, hacen su aparición en las villas las casasfuerte de piedra edificadas por las familias poderosas, linajes que se convertirán en detentadores del poder urbano a través de los órganos concejiles6 . En Laredo, Motrico y Zarauz conservamos edificaciones que debieron tener su origen en la época;


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las numerosas torres que existieron en Castro Urdiales, sin embargo, desaparecieron en la Edad Contemporánea 7.

Laredo. La estructura ortogonal de sus calles es característica de las villas nuevas medievales; al norte se sitúa la puebla primitiva con su estructura densa, al sur el Arrabal, crecimiento del siglo XIV. El plano de 1860, nos muestra aún el puerto del siglo XVI, cuya dársena sera rellenada a inicios del XX, para dar paso al Ensanche del Canto.

Guetaria. Ubicado sobre un acantilado, con una estructura viaria ortogonal muy rígida, de origen medieval. En el siglo XVI se construye el malecón que la une a la isla de San Antón, protegiendo la dársena de los temporales. Plano de Francisco Coello (c. 1860)

La casa en altura en las villas marineras En el siglo XVIII comienza a producirse una gran densificación edificatoria en el interior de las villas. La construcción de los grandes palacios urbanos suele conllevar la ocupación de varios de los solares primitivos hasta constituir grandes unidades, tal y como es posible apreciar en la Casona de Diego Cacho Sierra construida en Laredo; en esta época se produce además la ocupación de los espacios tradicionalmente vacíos, pequeños huertos y construcciones auxiliares, y la paulatina sustitución de las pequeñas casas originales. Lo restringido del espacio intramuros y la fuerte topografía obligaron a las casas a crecer en altura, densificando extraordinariamente las villas. Es en esta época por tanto que deben hacer su aparición las casas de tres y más plantas, de las que comenzamos a tener noticia en el siglo XVIII a través del Catastro de Ensenada, en que podemos identificar algunas viviendas de tercer suelo, realizadas a partir del sucesivo añadido de alturas a las casas preexistentes, originalmente de dos plantas. El acaparamiento de solares en el sector alto de Laredo conllevó la densificación del sector más bajo de la puebla, donde se sitúan las calles del Medio y Ruayusera, ocupadas por los escalones sociales más bajos, fundamentalmente pescadores. Son estas extremas condiciones de apretura económica las que determinan la exigua dimensión de la vivienda, unidas a la necesidad de la población pescadora de residir cerca del puerto. Dos son las características comunes de estas edificaciones: parcela de frente escaso, con gran profundidad edificada, ocupando toda la parcela cuyo fondo originariamente debió de dedicarse a usos agrícolas, y gran desarrollo en altura. Tales condiciones conducen a la aparición de un dispositivo tipológico determinante, la escalera de un solo tramo, que aparece siempre arrimada a uno de los muros medianeros obligando a un esquema distributivo muy básico que apenas permite variaciones en las distintas habitaciones. Es por ello que estas casas se comprenden a tra-

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Calle Ruayusera en Laredo. Alzado del lateral norte, que permite apreciar la continuidad tipológica. Representa el estado del conjunto en los años 80; hoy todo este frente edificado ha desaparecido.

vés de la sección, que presenta un aspecto característico con muy pocas variaciones entre las casas de este tipo en Laredo, Castro Urdiales o Bermeo. En Laredo las escaleras llegan a prolongrase al exterior, sobresaliendo sobre la calle los primeros dos o tres escalones. El origen del proceso, crecimiento por paulatina elevación en altura de las primitivas casas de una o dos alturas, ha provocado una precariedad constructiva, con abundancia de estructuras de entramado de madera, rellena de mampostería menuda o ladrillo.

Sección de casa en altura en Castro Urdiales. La escalera de un solo tramo es el elemento tipológico característico de estas casas, de extrema exigüidad en su frente de parcela. El mecanismo ha permitido el crecimiento de la casa en altura y profundidad por sucesivos añadidos .

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Ante la falta de la necesaria atención enseguida aparece el deterioro, que se acentúa cuando una medianera queda al aire8 . La fachada de estas unidades presenta comúnmente dos huecos simétricos, que en planta baja permiten el acceso a un exiguo portal, y a la bodega o almacén. En los pisos altos suele presentarse el balcón corrido, espacio de estancia o trabajo al aire libre, que tradicionalmente ha sido usado como secadero de redes y todos aquellos elementos del equipamiento del marinero que precisan de su secado al sol. Estas piezas estrechas y alargadas casi siempre presentan la cumbrera paralela a la calle, por lo que aparece un alero recto. En otras ocasiones sin embargo la fachada a la calle presenta un hastial.Esta solución se hace abundante en las villas guipuzcoanas de Pasajes de San Juan y Barrio de la Marina de Fuenterrabía, tal vez por influencia de las construcciones de las comarcas navarras cercanas. Cuando las medianeras aparecen expuestas a norte u oeste, se busca una protección suplementaria con soluciones singulares: en Laredo aparecen recubiertas por teja cobija en una solución de gran belleza plástica; en la Galicia atlántica se protegen en ocasiones con vieiras clavadas. En aquellas villas situadas en pendiente, a menudo las casas aparecen incrustadas en la roca, escalonándose las calles paralelas a la línea portuaria.


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viles de época neoclásica, en Bermeo aparecen ligadas a la construcción del nuevo templo parroquial; la plazuela Marqués de Albaida en Laredo imita estas soluciones cultas, con un carácter mucho más popular. El relleno de las riberas posibilita la creación de plazas abiertas a las rías, como sucede en Bermeo, Lequeitio o San Vicente de la Barquera, convertidas en destacados lugares de estancia y paseo. Apenas poseedoras desde su creación de elementales dársenas naturales, las villas no se dotan de grandes estructuras portuarias hasta los primeros siglos de la Edad Moderna; de entre las más sobresalientes cabe destacar los puertos de Laredo, Santander y San Sebastián. La lucha de algunas de las villas por conseguir un puerto digno adquiere en muchos casos tintes épicos, debido a los múltiples problemas a resolver 10. Planta Puebla Vieja de Laredo detalle sector de la Ruayusera. Se identifican diferentes tipologías edificatorias, construídas sobre la estructura viaria ortogonal típica de las villas nuevas medievales. Abundan las parcelas estrechas de gran fondo en que la escalera de un solo tramo distribuye las viviendas en las diferentes plantas .

Entonces la fachada posterior de la casa desaparece, tal y como podemos ver en Ondárroa. Las plantas bajas solían albergar usos de almacenamiento, muchas veces relacionados con la actividad marinera, alojando pertrechos de pesca e incluso pequeñas barcas. En otras ocasiones las bodegas permitían el almacenamiento de mercancías, tal y como aparece descrito en Laredo en el siglo XVIII: “bodega en calle Ruayusera con sus vasijas de cavida de 17 cántaras cada una que hacen tres toneles” 9. Los espacios públicos en las villas Las villas no poseyeron en origen plazas o espacios públicos destacados en el interior de su trama, pues realmente el espacio portuario fue el principal lugar de relación y comercio. En época moderna se fue dotando de tales espacios a las villas mediante la apertura de plazas, con una voluntad de representatividad. En Bilbao y San Sebastián son operaciones ci-

2. Habitar en precario Existe un modo de habitar de las gentes de la mar característico, con rasgos comunes entre los distintos territorios de la costa cantábrica, muy diferente del de los campesinos de esas mismas regiones. Tradicionalmente ha sido la casa campesina rural la que ha recibido la mayor atención por parte de los investigadores de la arquitectura popular, y así la casona de la Montaña, el caserío vasco o las construcciones aldeanas asturianas han sido objeto de varios estudios, que los han colocado como referentes de la arquitectura regional: Las construcciones de la población marinera han permanecido sin embargo al margen de estos estudios. La casa. La arquitectura popular Todo acercamiento a la realidad material de la vivienda y su evolución histórica debe partir de dos consideraciones fundamentales. La primera se refiere al concepto de la arquitectura popular y con él, al de la inmutabilidad de sus tipos arquitectónicos; si en la arquitectura rural se hace difícil establecer el límite entre lo popular y lo culto, en la arquitectura urbana apenas queda lugar para lo contraposición . La segunda hace referencia al concepto de casa como lugar de producción; la casa tradicional campesina debe en-

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tenderse como un organismo multifuncional, una compleja célula productiva, que alberga las funciones del trabajo agrícola y ganadero y dedica a las labores de almacenamiento y cobijo del ganado la mayoría del espacio interior edificado12 . A menudo se ha establecido una relación casi directa entre lo popular y lo rural, dado que desde hace ya algunas decenas de años lo popular se ha refugiado en el mundo rural, que, por sus características presenta rasgos menos dinámicos y por ello ha conservado estados de comportamiento y usos antiguos. El carácter urbano de la arquitectura marinera nos obliga a plantear una nueva lectura, más compleja, del concepto de arquitectura popular en su diálogo con la cultura del construir. Frente a esa realidad rural la arquitectura marinera es básicamente urbana y por ello radicalmente contrapuesta a las construcciones populares rurales. En aquellas las necesidades funcionales ligadas al trabajo y la explotación de la tierra desaparecen, orientándose fundamentalmente al refugio y lugar de habitación. La casa marinera prescinde además en la práctica de todas las construcciones accesorias, de almacenamiento y trabajo, limitándose a las habitaciones para comer y dormir. La casa urbana de las villas medievales de la región cantábrica no ha recibido por otra parte suficiente atención por parte de los investigadores, sólo considerada casi siempre como apartado complementario en la reflexión sobre la evolución urbana13 . Si es evidente que la morfología de las villas en su estructura geométrica es el resultado de una voluntad de construcción urbana, utilizando modelos urbanos cultos previamente experimentados, sobre esa trama se sitúan unas construcciones que comparten soluciones formales de las casas populares rurales. Con las sucesivas reedificaciones la estructura del edificio se complica hasta las fases más evolucionadas, las que aparecen alrededor de los siglos XVI a XVIII; en esta evolución, se ha quedado por el camino lo que de carácter popular pudieran tener originariamente las construcciones de las pueblas. Desde esta perspectiva cabe considerar el universo de las gentes marineras dentro de la órbita de lo popular sobre todo si lo contraponemos al mundo burgués y comercial, presente a veces en las mismas

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villas. Si uno se caracteriza por su escasa evolución, inmovilismo que acentúa la marginación, el otro se abre a los continuos cambios, perfectamente ilustrados en la renovación formal de sus arquitecturas representativas. El espacio mínimo de la vivienda marinera El pescador reside siempre en las villas en viviendas de renta, las únicas a las que puede acceder; puede así generalizarse la reflexión realizada para un patrono de San Sebastián: “La familia desearía enormemente poseer una casa; pero viviendo como lo hace en una ciudad amurallada, en la que la escasez de espacio ha obligado a construir casas de numerosos pisos, no podrá satisfacer nunca este deseo.” 14 En todos los tipos de vivienda identificados la existencia de superficies mínimas es rasgo común; frente a las complejas características funcionales de la casa campesina, la vivienda del pescador presenta unas condiciones extremadamente simplificadas. “ ..hay casa de pescador en esta provincia que solo tiene, medida por mi, siete metros de largo por tres de ancho y tres de alto en algunos sitios, en otros menos, que dan un total de 63 metros cúbicos, pero deduciendo el espacio que ocupan los muebles, escalera y demás solo quedan de aire aspirables unos 60 metros cúbicos. Distribúyase esta insignificante cantidad entre cuatro personas, que por lo general son las que ocupan estas casas tan pequeñas, y tocará acada uno solamente 15 metros cúbicos...” 15 A mediados del siglo XVIII las descripciones existentes en las respuestas particulares del Catastro de la Ensenada referidas a Laredo, nos transmiten una imagen previa al proceso de densificación, siendo predominantes las casas de dos y tres suelos, apareciendo solo excepcionalmente las de más alturas: “casa en la calle del Medio; un suelo de


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la mayoría de ellas en cuatro o seis sillas de paja, de madera barnizada de negro, una mesa de pino para la sala, un espejo pequeño y bastantes cuadros religiosos que mezclados con otros de varias clases y alternando con retratos de familia los colocan sin orden ni concierto en la pared. También abundan los floreros de cristal y de papel , que ponen sobre una cómoda de pino barnizada en color caramelo” 22

vivienda con su desban y lonja” 16 “Casa en calle santa María de cuatro suelos: en el primero bodega para encubar vino; segundo mi única habitación, , tercero y ultimo inabitables” 17 Las descripciones de las viviendas recuerdan sus exiguas dimensiones “Casa en la calle del Medio, tiene dos alcobas con su guardapolvo” 18 “Casa en Ruamayor en que vivo, con vivienda alta y baja con dos suelos y su desban; tiene en ellos tres dormitorios con su cocina y en el soterrano dos bodegas” 19 “Tercer suelo con desban, una alcoba y su salita” 20 Relatos costumbristas del siglo XIX explicitan cómo la mayoría de las labores de almacenamiento y secado de las ropas y pertrechos de los pescadores se realizaban en el mismo interior en que se comía o dormía; los estudiosos de inicios del siglo XX que visitan estas viviendas destacan siempre sus malas condiciones de habitabilidad: “Son poco higiénicas, porque no tienen interés alguno en conservarlas en buen estado de limpieza y porque depositan en muchas de ellas enseres de los que utilizan para la pesca, en donde siempre hay desperdicios de pescado que se descomponen con mucha facilidad” 21 La baja calidad de los materiales de construcción empleados hacía preciso un contínuo mantenimiento, siendo fundamental el revestimiento de las fachadas, que casi siempre aparecían encaladas. Puertas y carpinterías de ventana se convertían en la única nota de color, aprovechando los sobrantes de pintura de tonos vivos de las embarcaciones, con predomino del verde. En el interior de la casa el mobiliario sería muy elemental, según nos señalan las descripciones de inicios de siglo: “El ajuar pricipal de la casa consiste en

Entre las pocas necesidades funcionales sobresale la necesidad de almacenar los útiles de la pesca. Sólo en algunos casos la planta baja queda libre para guardar la embarcación, que en ocasiones ha obligado a agrandar el hueco principal. Casi siempre las redes se secan colgadas de la fachada del edificio, hábito ya recogido en el grabado del siglo XVI de Hoefnagel en Santander, habiéndose señalado la existencia de poleas y artefactos de recogida en los pisos altos de alguna de las villas vascas23 . Ciertamente la estructura familiar y el modo de vida de estas gentes les obliga a permanecer muchas horas fuera de su casa. El pescador, cuando sale a la mar lo hace de madrugada y no regresa hasta la noche; la mujer dedica gran parte de su jornada al trabajo en los puertos, dejando tantas veces a su hija mayor al cuidado de los niños más pequeños. Los arrabales de los marineros En ocasiones un amplio sector de la población más humilde debió de alojarse en los arrabales, ampliaciones del tejido viario situados extramuros. Si en origen aquí las casas debieron ser de una planta, construidas con materiales pobres, auténticos barracones, posteriormente también estas zonas se fueron densificando, apareciendo en el siglo XVIII casas de tres o más pisos. El grabado de Hoefnagel de Santander nos ofrece una imagen de lo que fueron estos arrabales de la mar; aunque muy simplificada en su representación, podemos observar el predominio de casas de dos plantas muy sencillas; a medida que nos alejamos del sector central del casco aparecen también casas de una planta que se intuyen construidas en madera. Las industrias artesanales de la pesca siempre tuvieron destacada importancia en la actividad económica de las villas. El plano de Francisco Coello de

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Lequeitio hace expresa mención a la abundacia de escabecherías, que sabemos también eran abundantes en Laredo, teniendo numerosas noticias de los conflictos de convivencia que su ubicación en el interior de los cascos provocaba. Las viviendas de pescadores en las pequeñas aldeas marineras de Cantabria. En las pequeñas aldeas pescadoras de Cantabria, condicionadas desde las villas a un papel marginal en las pesquerías, existió un tipo de vivienda popular de tipología muy interesante: casas bajas, de una planta, alargadas y en ocasiones agrupadas en hilera. El estudio para la mejora de las viviendas de pescadores elaborado por el estado en 194124 , nos ofrece valiosísimas representaciones gráficas de aquellas edificaciones hoy ya desaparecidas; se ilustran viviendas de este tipo en Comillas, Suances, Santoña y Colindres: son edificios adosados similares a las viviendas rurales que han sido datadas en torno al siglo XVI25. Sin duda esta tipología de casa baja fue muy habitual incluso en las grandes villas, aunque ya en el siglo XVIII debían haber desaparecido mayoritariamente, pues en el Catastro de Ensenada referido a Laredo, no podemos identificar esa tipología con claridad en ningún caso. Barrios de mayor densidad edificada eran los de Santoñuca y la Verde en Santoña, ya con viviendas en dos plantas, aún así de dimensiones mínimas; Ancillo, en Argoños, es uno de los últimos restos de esa arquitectura marinera intermedia en Cantabria.

Santander. Arrabal de la Mar en el grabado de Hoefnagel del siglo XVI. Los arrabales extramuros de Santander se constituyen como prolongación hacia el este de la puebla nueva. El grabado nos permite apreciar el carácter se su arquitectura.

Viviendas de una sola planta en Comillas. En Cantabria el estudio para la mejora de las viviendas de pescadores elaborado por el estado en 1941, incluye representaciones de éstas en Comillas, Suances, Santoña y Colindres. Son viviendas muy humildes, edificios adosados similares a las viviendas rurales que han sido datadas en torno al siglo XVI.

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Las casas mínimas del Occidente de Asturias y La Mariña En el Occidente de Asturias las condiciones geográficas determinan la existencia de un gran número de refugios naturales donde desde época medieval se han ido formando asentamientos estables de reducido tamaño. La mayoría de ellos apenas poseen estrucutura urbana, estando compuestos por casas aisladas y sólo excepcionalmente pequeñas agrupaciones más compactas. La ausencia de una estructura viaria urbana, produjo un tipo de arquitectura característico con casas cúbicas aisladas, que sólo en una segunda época llegan a adosarse. Ejemplos destacados de ello son Ortiguera o Viavélez.


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Hilera de casas marineras en San Vicente de la Barquera. Se situaban en el lugar de La Barquera junto a la bocana del puerto. Recuerdo de una tipología que debió ser abundante en las villas y puertos menores de Cantabria, hoy completamente desaparecida.

El material pizarroso dominante en el extremo más occidental de la Costa Cantábrica produce aquí casas de gran personalidad en que el color de la casa continúa el del sustrato rocoso sobre el que las construcciones se sitúan; sólo en época moderna, cuando el encalado en blanco se ha impuesto como acabado de los paramentos, se ha alterado esa impresionante sensación de continuidad entre la roca y la casa, que aún podemos observar en fotografías antiguas de Rinlo.

Estas viviendas, que desde Luarca se extienden hasta la costa atlántica gallega son las viviendas más primitivas y más reducidas de todo el tramo cantábrico. Los restos de estas construcciones en el barrio de la Pescadería de Luarca forman un confuso entramado fundido con la roca negra del lugar; Pedro de Llano y los hermanos García Fernández publicaron algunas plantas de estas casas mínimas, impresionante documento de un modo de vivir precario26.

Ortiguera (Concejo de Coaña), Casa del Portal en el Ribeiro, la primera que se edificó junto al puerto; hasta entonces, según la tradición, los pescadores vivían en sus embarcaciones. Otras casas de volumetría elemental fabricadas con la piedra marrón del lugar ascienden desde el puerto por las laderas. Hasta época reciente el puerto se limitaba a una peña plana.

Casa marinera en A Guarda. Representa una tipología de casa mínima en los núcleos de la Galicia atlántica. Dibujo de Pedro de Llano .

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Trabajar en Comunidad. Imagen de las gentes de la mar en el Puerto de Laredo. Primeras décadas del siglo XX

Comiendo en comunidad. Marineros de Laredo, compartiendo la marmita a bordo del barco.

3. Hacer en Comunidad Las extremas condiciones del trabajo y la vivienda obligarán a la población pescadora a refugiarse en la ayuda de la comunidad, en sentido amplio, para las labores de la vida diaria. Ante la adversidad, y ésta cuando llegaba lo era definitiva pues a menudo la mar se cobraba su tributo en forma de vidas, sólo la comunidad podía dar apoyo a la viuda y sus hijos. En comunidad se realizan los trabajos de la mar, tanto en el barco como en el puerto; las imágenes de inicios de siglo de la actividad de desmalle en el puerto, en que las gentes de la mar se unen en la labor común son emocionantes, como tambien aquellas otras de celebración en que la canción y la música son imprescindibles. Esta del cantar fue ceremonia elevada a la categoría de rito en las comunidades pejinas de Cantabria; cantar en común en la taberna ayudaba también a sobrellevar el hambre, en aquellas peores fechas en que no había cena en casa. Durante las largas ausencias de los varones en la mar, las familias precisaban del trabajo de la mujer para asegurar la subsistencia de la prole. Es por ello que a ellas estaban reservados determinados quehaCudillero. El espacio urbano como lugar de trabajo. El arroyo que atravesaba la villa fue tradicionalmente utilizado para completar el proceso artesanal de elaboración de toneles para el escabechado y salazón del pescado

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ceres relacionados con la mar, desde el transporte del pescado para su venta, hasta determinados servicios a los navíos recién llegados a puerto27 , incluida la carga y descarga de mercancías. La moza de barca era figura fundamental en una


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Puerto y espacio urbano.Tazones. El antiguo puerto pesquero, con las barcas varadas sobre la rampa en inmediato contacto con las casas, en un dibujo de los hermanos García Fernández.

embarcación, encargada de la atención de los pescadores y de sus útiles en cuanto el barco llegaba a puerto. A las hijas mayores, aún no casadas, les era encomendado durante esas horas de ausencia, el cuidado del domicilio, incluido el de los hermanos más pequeños. Este papel activo de la mujer se prolongará después en las fábricas de conservas, trabajo que siempre les estuvo reservado. A menudo la comida se realizaba en el puerto en comunidad, en ocasiones a bordo del barco: “En las lanchas boniteras. Las comidas a bordo de estas embarcaciones son muy curiosas y da gusto verles, cuando están amarrados

a los muelles, todos sentados alrededor de una cazuela de lo que ellos llaman marmita, cuyo olor convida a acompañarlos a comer”28. Los espacios públicos El espacio público más destacado en las villas marineras es siempre el muelle, en donde se reúnen las gentes tanto para realizar las labores propias de la actividad pesquera, desmallar, recoger, ordenar las artes, como para la celebración de los distintos acontecimientos sociales. Muchas de estas villas siguen teniendo sus plazas principales abiertas al muelle, como Castro Urdiales o Lequeitio. Asomadas sobre el puerto se encuentran también la Casa del Mar de Motrico y la antigua Cofradía de Ondarroa, aupándose sobre los muelles.

Puerto de Candás . Secando el pescado junto a la dársena. La fotografia como documento insustituible .

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Rinlo (Mariña de Lugo). Las casas se apiñan junto al puerto como prolongación de la misma roca sobre la que se asienta el núcleo. Algunos cabazos nos señalan la existencia de una actividad agraria complementaria. Dibujo de Efrén y Jose Luis García Fernández .

Los soportales fueron abundantes en las villas, Castro Urdiales conserva un rico sistema de recorridos inmediatos a la línea de puerto, imprescindible a inicios de siglo, pues los restos de antiguas torres cerraban el paso al borde del muelle. En Laredo, sin embargo la interesante secuencia de espacios urbanos ligados al puerto, Plaza de la Villa, soportales de Cachupín, soportales de La Taleta, Puerto Chico, desapareció completamente a inicios del siglo XX. Es en el puerto que tienen lugar algunas de las celebraciones más significativas y pintorescas, en Lekeitio el día del Ganso, en Candás la corrida de toros; en Laredo fue en el puerto donde se celebró la primera batalla de Flores; son casi siempre, iniciativas alóctonas surgidas en las primeras décadas del siglo XX, que sin embargo enraizaron pronto entre las clases populares.

4. Permanencia y cambio: la memoria del habitar Permanencia y cambio en la arquitectura tradicional Los cambios en el modo de vida marinero, la dificultad de adaptar las viejas edificaciones a las nuevas exigencias habitacionales y las recientes renovaciones de las estructuras portuarias han provocado una radical transformación de la imagen urbana de

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muchos núcleos. Del mundo que hemos ido viendo aparecer en las páginas anteriores quedan hoy retazos aislados, restos construidos que apenas evocan aquello que las descripciones antiguas nos revelan. La fotografía se convierte así en un documento valiosísimo para el estudio de este mundo desaparecido, único modo posible ya de acceder a determinados tipos humanos y paisajes urbanos. 29 Cambios en el carácter de los núcleos Y es que la mayoría de los núcleos de pescadores del cantábrico han sufrido cambios irreversibles, que afectan a distintos aspectos de su personalidad. Algunas villas se han transformado radicalmente a partir de su descubrimiento por el turismo de ola a inicios de siglo, como es el caso de Comillas, en que la gran transformación urbana producida por la presencia del marqués y de la familia real provoca un profundo cambio en el carácter de la villa; el barrio de Campíos, singular sector de vivienda marinera alejado del puerto, nada conserva ya hoy de su primitivo carácter marginal, en proceso acelerado en la segunda mitad del siglo XX por la construcción de los bloques para pescadores en la carretera hacia el muelle. En Luanco, sin embargo, la llegada del turismo data de las últimas décadas del siglo XX, provocando la rápida transformación de la imagen urbana. Otros lugares, Tazones, La Marina de Fuenterrabía


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han devenido en lugares de ocio y gastronomía, en que el turista busca durante unas horas reencontrarse con un ficticio paisaje marinero. Las iniciativas de vivienda social pescadora Gran interés posee el estudio de las operaciones de construcción de vivienda social para gentes marineras llevadas a cabo en distintas épocas en los puertos. Operación pionera y destacada por su originalidad es la que tiene lugar en Laredo, por iniciativa de Victoriano del Castillo, en torno a 1860. La operación es doble, en alto, en el interior la puebla, se construye un bloque alargado, ofreciendo fachada principal a la Rua Mayor; en la parte inferior se sitúan unas sencillas viviendas para pescadores, planteadas con una interesante tipología de unidades adosadas. El conjunto atrajo la atención de cuantos visitaban la villa de Laredo con intención de conocer el modo de vida de sus marineros.30 En el mismo Laredo, y muy cerca del puerto se halla la hilera de Casas Baratas, contruidas en la década de 1920. Los bloques de viviendas protegidas de los años 40 y 50, promovidos desde la Obra Sindical Casas de Los Hierros en Laredo. Edificadas en torno a 1850, forman conjunto con un bloque dispuesto en lo alto. Las viviendas situadas junto al puerto son un interesante experimento tipológico, en el que repara Benigno Rodríguez, estudioso del mundo marinero cantábrico de inicios del siglo XX.

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Barrio Pesquero de Santander. Uno de los más característicos conjuntos de vivienda promovidos para la población pescadora, en imagen de los años 50. Un nuevo espacio asignado a los pescadores, higiénico y ordenado, en sustitución del denso área de Puerto Chico. Un nuevo concepto del habitar, un nuevo modo de relacionarse socialmente.

del Hogar constituyen un episodio decisivo de cambio del modo de habitar marinero, que admite diversos acercamientos31. En ocasiones se constituyen nuevos barrios marineros, a veces de un gran volumen, tal y como sucede en Castro Urdiales, donde se sitúan inmediatos a la vieja puebla, cercanos a los acantilados. Algunas de las operaciones poseen la virtud de crear espacios comunitarios de interés, si bien con escasa relación con la estrucutura general urbana; estas plazas adquieren fundamental importancia social puesto que son principal lugar de juego y experiencia de los chavales marineros desde su creación. En otros casos los bloques se sitúan aislados, en ocasiones con un impacto paisajístico muy grande, como sucede en Figueras, en que los bloques escalonados se colocan al borde del acantilado, en situación muy expuesta, destacando sobre el perfil urbano desde la Mirandilla de Castropol. La mayoría de estas actuaciones hace uso de solu-

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ciones arquitectónicas de aire regionalista, con detalles tomados de la arquitectuta tradicional, grandes aleros y siempre cubierta inclinada. En una segunda época aparecen algunas operaciones con arquitecturas de voluntad más contemporánea con composiciones volumétricas y soluciones de detalle más abstractas. El poblado de pescadores de Fuenterrabía, obra de Pedro Muguruza de 1941, plantea una arquitectura basada en el caserío vasco, sabiamente adaptada a la estructura del barrio de la Marina, incluyendo un espacio cerrado a modo de plaza mayor tradicional 32. El Barrio Pesquero de Santander, denominado en su nacimiento Poblado Sotileza, posee un añadido interés; ubicado aislado junto al puerto, se plantea en los años 40, bajo la idea de desplazar la población pescadora de las áreas centrales de la ciudad, sustituyendo las viviendas populares existentes en las inmediaciones de Puerto Chico, situadas demasiado inmediatas a la fachada burguesa santanderina33 .


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Castropol, uno de los más hermosos núcleos urbanos del cantábrico comparte el carácter señorial que le dio su condición de villa, cabeza de una amplia jurisdicción, con una vocación marinera y popular; ello aparece perfectamente reflejado en el distinto carácter de sus edificaciones: nobles palacios en torno al Campo de Tablado, la zona más alta, casas populares en las calles que descienden e en rápida pendiente hacia el puerto, como esta del Pozo.

Permanencias. Las villas colgadas sobre el mar Tal vez sean los núcleos construidos en pendiente sobre un puerto natural los que mejor han conservado su carácter, ejemplificando la difícil lucha contra las duras condiciones de la orografía cantábrica. Son los núcleos que desde el puerto ascienden ladera arriba, que a veces dan la imprensión inversa de desparramarse por los acusados cantiles. Lastres y Cudillero son los ejemplos más extremos, carentes de más espacio público que su puerto, nacido en ambos casos del cubrimiento de la antigua bocana fluvial. Elanchove, núcleo del que poseemos primera noticia en el siglo XVI, y cuyo puerto data de 1783 se sitúa en uno de los más espectaculares escenarios del cantábrico, con las viviendas escalando ladera arriba34 . Alejar la mar Una de las más dramáticas transformaciones en la imagen de las villas portuarias es la transformación

de la línea de costa, debido a necesidades funcionales portuarias o de desarrollo urbano. En Laredo el puerto quedó enterrado bajo el Ensanche del Canto, planificado a inicios del siglo XX, privando a la Puebla Vieja de su inmediata cercanía al puerto, y dificultando la lectura de la relación histórica de la villa con la mar. También Guetaria ha visto afectado el singular diálogo de la puebla con el mar y el islote de San Antón (El Ratón), que imágenes antiguas nos muestran unidos por un robusto malecón, edificado en el siglo XV. Sucesivos rellenos han alterado la singular naturaleza del lugar, banalizando irreversiblemente la imagen urbana. En Luarca se alteró el recorrido primitivo del río Negro, cortando el meandro existente en su desembocadura, con un canal excavado en la roca, cambiando el carácter de La Llera, lengua de tierra que fue espacio antiguo de varadero y trabajo marinero, paulatina-

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mente urbanizado a lo largo del siglo XX. Ciérvana perdió su mar por mor del interés portuario, símbolo de una economía globalizada, sustituído por un gracioso estanque circular. En Ribadeo las ensenadas de Porcillán y Cabanela, hacia las que desciende la villa, con arrabales escalonados y construcciones populares de altísimo interés, desaparecieron enterradas por las obras del nuevo frente portuario unitario en la década de 1970, sustituyendo el perfil original de acantilados por un banal paseo marítimo que sólo anima la espectacular visión enfrentada de Castropol.

Jose Miguel Remolina

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NOTAS 1

RODRÍGUEZ SANTAMARÍA, B.: Los pescadores del Norte y Noroeste de España. Su vida social y particular por provincias. Madrid, 1916 (Reedic. Santiago, 2005), p. 172. ORTEGA VALCÁRCEL, J.: Gentes de mar en Cantabria; Santander 1996 2 LLANO, P.: Arquitectura popular en Galicia. Santiago, 1983. p. 30 LLANO, P.: Arquitectura popular en Galicia. Razón e construcción. Santiago, 1996 3 SOLÓRZANO TELECHEA, J., ARIZAGA BOLUMBURU, B. (Ed): El fenómeno urbano medieval entre le cantábrico y el Duero. Santander, 2002.ARIZAGA BOLUMBURU, B.: “Castro Urdiales en la Edad Media: El espacio urbano” en Castro Urdiales y las cuatro villas de la costa de la mar en la historia. Santander, 2002, 4 RUIZ DE LA PEÑA, J.I.: Las polas asturianas en la Edad Media. Oviedo, 1981, p.108 y ss. 5 RUIZ DE LA PEÑA, p.98 y ss. 6ARIZAGA BOLUMBURU, B.: Urbanística medieval (Guipúzcoa). San Sebastián, 1990; Sobre el paso de la arquitectura de madera a la de piedra ver LANGÉ, S.: La Herencia románica. La casa europea de piedra. Milano-Barcelona, 1989. 7Torre de Cachupín, hoy llamada de Gutiérrez Rada, en Laredo. Torre de Luzea en Zarauz. 8Este tipo de estructura predomina en amplias áreas de las pueblas de Laredo o Castro Urdiales, precisando de un continuo mantenimiento. Determinados sectores de la Puebla Vieja de Laredo presentan hoy un estado ruinoso, a pesar de haber recibido la calificación de Conjunto Histórico desde 1973, es lo que supone un lamentable abandono consentido de nuestro patrimonio histórico. 9 CATASTRO DE ENSENADA, Respuestas Particulares. Laredo, p. 554. Herederos de Francisco Nicolás. 10 CASADO SOTO, J.L.: “La vida en las villas portuarias” en Cantabria a través de su historia. La crisis del siglo XVI. Santander 1979. CIRIAQUIN GAITZARRO, M.: Los puertos marítimos del País Vasco. San Sebastián 1986. 11 “possiamo definire l’architettura popolare

come l’insieme delle manifestación – riferibili a gruppi e comunità organizzate (prevlentemente rurali o artigiane) svolgenti attività produttyve in condizione di relatuva autonomia culturale nei confrinti delle società urbane e degli organi dello Statu – inerenti alla costruzione, alla trasformazione e all’uso dello spazio abitato, alla interpretazione complessiva del mondo fisico locale e del paesaggio, allo sfrutamento del territorio e alla sua riappropiazione rituale” GUIDONI, E.: L’architettura popolare italiana. Roma-Bari, 1980, p. 3-4 Veánse también las imprescindibles acotaciones al tema en CARO BAROJA, J.: La casa en Navarra. Pamplona, 1982. p. 15 y ss. 12 Tal término se ha utilizado con frecuencia en el estudio de la arquitectura campesina centroeuropea. GSCHWEND, M.: Case rurali in Svizzera. Valúen, 1989. 13 Véanse, por ejemplo, las reflexiones sobre la casa en el Santander medieval en FERNÁNDEZ GONZÁLEZ L.: Santander. Una ciudad medieval. Santander, 2001; p.436 y ss. 14 LE PLAY, F.: Campesinos y pescadores del norte de España. Madrid,1990; p. 129 15 RODRÍGUEZ SANTAMARÍA, p. 172 16 ENSENADA, Laredo, p.608 17 ENSENADA, Laredo, p.991,IV 18 ENSENADA, Laredo, p.132 19 ENSENADA, Laredo, p.741 20 ENSENADA, Laredo, p.789 21 RODRÍGUEZ SANTAMARÍA, p. 12 22 RODRÍGUEZ SANTAMARÍA, p. 178. Ver LORENZO, X.: A casa. Vigo, 1982. SARTI, R.: Vita di casa. Abitare, mangiare, vestire nell’Europa moderna. Roma-Bari, 2003 23 FLORES, C.: Arquitectura popular española, Madrid, 1979. p. 49 24 Plan Nacional de mejoramiento de la vivienda en los poblados de pescadores. Tomo I región cantábrica y noroeste. Madrid, 1942 25 CASADO SOTO, op. Cit, p. 65…. 26 LLANO, P, DE.: Arquitectura popular en Galicia. Santiago de Compostela. 1983. GARCÍA FERNÁNDEZ, E. y JL.: España dibujada I Asturias y Galicia. Madrid, 1972. p. 232 27 LE PLAY, op cit, p.161 28 RODRÍGUEZ SANTAMARÍA, op.cit, p.

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GUIDONI, op cit, p. 3 Desgracidamente el bloque inferior se derribó a inicios del siglo XXI, estando pendiente, cuando se redactan estas líneas de determinar el modo en que se reconstruirá el solar, recuperando la imagen del viejo edificio. 31 ANSOLA FERNÁNDEZ, A.: “La intervención estatal en el alojamiento pesquero en el litoral cántabro (1940-1980)” en Eria, 1992, p.253-265. 32 Guipúzcoa. Guía de arquitectura, p. 110 33 RODRÍGUEZ LLERA, R.: La reconstrucción urbana de Santander 1941-1950, Santander,1980. p. 146 y ss. 34 CIRIQUIAIN GAITZARRO, p. 200 35Plan Nacional de mejoramiento de la vivienda en los poblados de pescadores. Tomo I región cantábrica y noroeste. Madrid, 1942 36Planimetría Comisión de Patrimonio. Colegio Oficial de Arquitectos de Cantabria. Programa Villas Nuevas Medievales del Sudoeste Europeo. Iniciativa interreg IIIB 37 Plan Nacional de mejoramiento de la vivienda en los poblados de pescadores. Tomo I región cantábrica y noroeste. Madrid, 1942 El plan fue realizado desde la Dirección General de Arquitectura. la dirección del trabajo estuvo a cargo de Pedro Muguruza, quien redactó la interesante Introducción. 38 CASADO SOTO, J.L.: “Evolución de la vivienda rústica montañesa” en Publicaciones de Etnografía y Folklores Hoyos Sainz. IV (1972). RUIZ DE LA RIVA, E.: Casa y aldea en Cantabria. Santander 1991. 39 LLANO, P.: 1983., p. 97 40 GARCÍA FERNÁNDEZ, E. y JL.: España dibujada I Asturias y Galicia. Madrid, 1972. p. 232. 41 En Asturias y el Mar, Oviedo, 2002, p.245 42 Fotografia de M. Montoto , primeras décadas del siglo XX, en Asturias y el Mar, Oviedo, 2002, p.250 43 GARCÍA FERNÁNDEZ, E. y JL.: España dibujada I Asturias y Galicia. Madrid, 1972. p. 232. 30

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La casa del pescador en Hondarribia

LA CASA DEL PESCADOR EN HONDARRIBIA (GIPUZKOA) Antxon Aguirre Sorondo Etnógrafo

Este artículo, en forma de cuaderno de trabajo, pertenece a la serie de “cuadernos” que Antxon comenzó a publicar en Litoral Atlántico. Goza de la expontaneidad de los apuntes etnográficos que realizaba a “viva voz” con las personas informantes. Sirva esta publicación de homenaje a este gran etnógrafo que siempre recordaremos.

Hondarribia (Fuenterrabía) se encuentra situada a orillas del Bidasoa. Presenta la curiosidad de ser ciudad, tener un casco urbano con personalidad, no en vano es villa murada; tener una zona rural con caseríos y una zona portuaria con casas de pescadores. Por ello el estudio de su arquitectura nos aporta un abanico muy amplio. Se llama etxea (casa) al edificio donde vive una familia y se llama basarria a la casa y las tierras, esto es el conjunto de la explotación. A las villas, tan abundantes en Hondarribia, les llaman etxea. En el basarria vive familia y animales bajo el mismo techo. En la etxea, solo en algunos casos viven personas y animales de compañía: algún perro, gato, pájaros y a veces peces. Alguno o varios a la vez. Las casas de los pescadores están orientadas en función de la calle donde están construidas. La mayoría tenían dos alturas y el tejado. Las casas de los pescadores situadas al pie de la zona amurallada (casco antiguo) están junto al mar, en el barrio conocido como de La Marina. Forman dichas casas dos hileras paralelas en las calles de Santiago y San Pedro. También existen el Xaia (en plural xaiak). Son pequeños edificios situados cerca del puerto, en donde el dueño del barco (armador) guarda las redes, cestas y demás elementos de la pesca. Los objetos en su interior suelen estar revueltos, por eso en Hondarribia cuando una casa, una habitación está muy desordena-

da se le dice que está muy Xaia (A ze xaia!). Como todo puerto de mar, también existen otros edificios o construcciones: • Faro (“farola”). Situado sobre el cabo de Higer y que fue construido en 1854. Tiene por una parte la torre del faro y junto a él la casa del farero. • Lonja. La casa lonja situada junto al muelle presta en su interior los servicios necesarios para los hombres que se dedican a la pesca: oficinas, almacén, máquina de producir hielo, frigoríficos, etc. • Astilleros. Aún se mantiene en actividad diversos astilleros particulares, en donde se construyen barcos pesqueros. • Varaderos. Junto a la casa lonja se encuentra el viejo varadero donde periódicamente se sanean las embarcaciones. • Fortificaciones. Como plaza fuerte que fue, queda aún gran parte de las murallas, puertas de entrada a la población y restos del castillo de San Telmo, a la entrada del puerto de Asturiaga y del Bidasoa. Este fue construido en 1598. El Fuerte carlista de San Enrique, en la parte alta del Jaizkibel. El fuerte de Guadalupe, levantado entre 1889-1890, hoy abierto al público. Durante le III Guerra Carlista se establecieron una serie de 6 torres o fortificaciones en la cresta del monte Jaizkibel. Los torreones del monte Jaizkibel y los fuertes de Guadalupe y San Enrique fueron incluidos en 1993 como Conjuntos Monumentales en el Inventario de Patrimonio Cultural Vasco.

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La casa del pescador en Hondarribia

Barrio de la Marina. Foto de Koldo Lizarralde

Características de las casas de los pescadores A.- Exterior La mayor parte de las típicas casas de los pescadores tienen una fachada delantera y otra trasera que dan a dos calles, con un tamaño de fachada de unos 8 metros y un fondo de unos 12 metros, por lo que su superficie es de 96 m2, con una planta baja, dos pisos y el ático abuhardillado. Esta superficie de 8 x 12 m es lo que la investigadora Beatriz Arízaga define como “solar primitivo medieval”. Estaban realizadas con estructura de madera y mampuesto, y tejado a dos aguas (con viga central generalmente perpendicular a la fachada), las cuales desaguan en unos callizos que hay entre las casas. De dos o tres plantas, suelen tener balcón corrido en todas las plantas, y sus paredes revocadas de blanco, con la madera de postes y vigas a vista y los balcones pintados con pintura de vivos colores. Según tengo entendido, los pescadores aprovechaban la misma pintura con que periódicamente se pintaba el barco

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para pintar la casa, por lo que era frecuente que barco y casa tuvieran el mismo color. Como no tienen patio interior la ropa suele estar tendida en dichos balcones, y ello unido a las macetas de flores, dan a estas casas un aspecto popular y fotogénico. Aquí había la costumbre que el patrón cuando tenía que salir a la mar se acercaba a casa de cada hombre y a gritos desde la calle le llamaba por su nombre para embarcarse y no cejaba hasta recibir la contestación. Todos los días al amanecer era toda una sinfonía de gritos. A veces resultaba que se despertaba todos los vecinos menos el interesado por ser de buen dormir. Dos de mis informantes me comentan que ellos habían oído que antiguamente, hace muchos años, los patrones para llamar a la mar a los que vivían en los caseríos (ya que eran labradores que cuando había faena salían a la mar), usaban la txalaparta (tabla horizontal que se golpea verticalmente con palos). Otro de los encuestados oyó esto mismo de boca de su padre Pedro Echeverría, fallecido con 63 años en 1976. Antiguamente cada casa solía ser de una familia.


La casa del pescador en Hondarribia

Antigua cofradía de pescadores. Foto de Koldo Lizarralde

Eran casas estrechas y de tres pisos. En el bajo solían tener algunas gallinas o conejos, incluso cerdos y vacas. Los pescadores guardan en algún rincón los aperos pequeños del oficio: botas, cestos, etc. En el primer piso, al que se accedía por una escalera interior, toda de madera (igual que la estructura de la casa), tenía una pequeña cocina con la “económica”, la fregadera (“de piedra artificial”), una fresquera, la mesa, un armario y unas banquetas. En esta planta también había una pequeña habitación que hacía de comedor y una alcoba, habitación sin ventanas que se separaba del comedor por unas cortinas. Era un dormitorio, con sitio justo para la cama, un armario y una mesilla a lo más. Desde el pasillo de esta planta se accedía al segundo piso donde había tres habitaciones pequeñas. Encima el tejado. Se da la circunstancia que cuando a veces alguna de estas casas se ha reconvertido instalándose una tienda en el bajo y dos pisos para dos familias, en algunas para subir al segundo piso había que entrar en la casa de los del primero. Cada unidad familiar solía componerse de 8 a 10 personas normalmente, por lo que se vivía mucho

más hacinados que hoy. Las camas por ejemplo eran para dos, tres o cuatro personas, y a veces dormían al revés, donde unos tenían los pies otros las cabezas. Era muy curioso oír a los pescadores cuando subían las escaleras de madera de las casas con sus “eskapronak” (zuecos de madera, que se ponían sobre las albarcas hechas con neumáticos de goma) con los que hacían mucho ruido. Enseguida se notaba cuando iban o volvían de la mar. En el primer piso a veces había un pequeño retrete (antiguamente solo una tabla de madera y una tapa) que daba encima de donde se guardan los excrementos de los animales de la cuadrada inferior. Era la única habitación sin luz de la casa. Luego se instalaron unas tuberías para que las inmundicias se canalizaran hacia el exterior. En las casas antiguas el primer servicio se colocó en el exterior en una caseta, muchas veces junto al edificio, por lo que en algunos casos tenían que vestirse para ir al servicio. Era un habitáculo con una tabla con agujero y una tapa (“y sin luz” insisten mis informantes). Cuando se trasformaba estas casas en dos viviendas, compartían ambas familias la “komuna” (retrete). No tenían en la “komuna” agua,

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Casa primitiva en la Marina. Foto Koldo Lizarralde.

por lo que se colocaba un balde con agua y un cazo. Los tabiques de separación de las habitaciones eran de madera, y blanqueadas (antaño encaladas) si eran habitaciones o lugares de uso de personas. Solamente a veces algunos tabiques de la planta baja se hacían de mampostería. Antiguamente para separar las habitaciones se hacían tabiques con varas de avellano entrelazadas que llamaban “ezia”, que luego se tapaban con barro o masa realizada con arena y cal que llamaban “ongarri”. Cuando estaba seca lo pintaban con cal. Para la construcción usaban siempre clavos (“itlzekoa”) de sección cuadrada, nunca redondos. A veces estas casas llevaban un lucero “luzeroa”. Los caseríos y casas más señaladas, se solían hacer de piedra en la primera planta y en la segunda de estructura de madera (unidos con espigas) rellena de mampostería (en algunos casos se llenaba de ladrillo macizo). Esta estructura de madera y mampostería se llamaba “armasa”. Solía tener una anchura de 15 a 20 cm. y es siempre de menor espesor que el muro sobre el que está. A las piedras esquinales de las casas llaman “is-

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kin-arria”; al dintel “kabezala” y a las laterales de puertas y ventanas “leio-izkina”. En cuanto a la piedra usada para la construcción de las casas se usaba de tres clases: caliza (“kariarria”), arenisca (“ondar-arria”) y pizarra (“lapitzarria”). Para la construcción de la casa lo mejor era usar la madera de roble, castaño o acacia (esta última toma vicio tras el corte, pero es buena). También usaban antes madera de “ametza” (quejido). La madera hay que cortarla en “ilbera” (menguante) en octubre. Si se corta en otra época no vale la madera. Lo mejor es cortar la madera y tenerla bajo cubierta (que no le dé el agua, pero si el aire) durante el máximo tiempo posible, si son 5 años mejor. Aún mejor era tenerla metida en agua, como hacían los astilleros para que “tire el tinte”. Los tejados son de teja canal, y la mayoría a dos aguas. Tienen una inclinación normalmente del 30 %. A las tejas llaman “tella-arkua” las que son de tipo canal y a las planas “tella-romana”. Para la puerta, generalmente de dos hojas, usaban de cierre un gran palo que encastraban en los lados de la puerta, por dentro en sendos agujeros en


La casa del pescador en Hondarribia

las paredes laterales. Para cerrar las puertas de una hoja o cada hoja de las ventanas usaba una cerradura simple a base de pasador horizontal que llamaban “burroyua” o “krisketa”. Para cerraduras usaban la “matilla” o “matrilla”, taco rectangular con un pasador central, que giraba y según como colocaba sujetaba la hoja de ventana ("leioa") o la hoja de la puerta. Ahora se usa la “bisagra” antes la “ibilli-gallua” (plancha de hierro que hacía el herrero que hacía función de bisagra). B.- Interior Cocina Según nos cuenta uno de nuestros informantes: “ la altura del suelo del hogar (fuego) era algo elevada respecto al suelo de la cocina (unos 30 cm) y en su casa tenía un departamento debajo donde metían los calcetines o las albarcas mojadas para que se secaran con el calor del hogar. Era el lugar preferido para meterse los gatos al amparo del calorcito. La quitaron un poco después de la guerra.” Pegando a la pared había una chapa de hierro que evitada que con el calor se dañara, y de paso servía para apoyar los troncos en un saliente que tenían a tal fin. Cuando se fue poco a poco (la mayoría después de la guerra) instalándose las cocinas económicas (metálicas, con dos hogares en la parte superior, horno frontal con tapa abatible hacia abajo y un lugar para guardar las cenizas), fueron quitándose las campanas que eran demasiado grandes y estorbaban, aunque se mantenía el hueco para el tiro de humos. Las casas del casco tenían la conocida “económica”, metálica, con dos hogares a base de círculos concéntricos de hierro, que se retiraba en función del tamaño del puchero a utilizar y un horno. Junto estaba “la carbonera”, donde guardaban la leña para la cocina. Las antiguas “económicas” solían tener también un recipiente encastrado para tener siempre agua caliente y limpia, aprovechándose para ello el calor del hogar. Posteriormente se instalaban estas “económicas” con un serpentín en su interior que servía para la limpieza o la higiene. “En todas las casas había una mesa en la cocina. Era frecuente en algunas que hubiera otra menor que

era para los críos de la casa, que se guardaba debajo de la grande. En algún caso los críos se sentaban en sillas pequeñas ante su pequeña mesa, pero también me han contado el caso de sentarse directamente en el suelo. Las mesas solían ser rectangulares y era frecuente que junto a la pared hubiera un banco corrido y en algunas casas dos, uno a cada lado de la mesa. El fregadero estaba junto a una pared. Por la parte inferior trasera del fregadero las inmundicias salían fuera directamente. Este fregadero solía ser de “cemento artificial”. Se fabricaban a base de piedras de granito y cemento y en Lasarte (Guipúzcoa) hubo varios talleres dedicados a su fabricación. En las casas del casco que tenían agua corriente, esta salía de un grifo (siempre fría) situado sobre la fregadera. Luego cuando se fue imponiendo la “económica” con serpentín de agua caliente, se dotaron a estas fregaderas de otro grifo, de forma que por uno salía el agua fría y por el otro la caliente desde el depósito. Bajo la fregadera se guardaba la lejía, el jabón, el estropajo y otros elementos de limpieza. Encima de la fregadera el escurreplatos, sin pintar o pintado de blanco. En el armario, que llamaban “armarioa”, se guardaba la comida: aceite, azúcar, garbanzos, etc. Las baldas se tapaban con papel blanco que con tijeras hacían unos dibujos recortados. Con un poco de harina y agua se hacía una cola y se encolaban. De vez en vez, cuando estaban sucios, se cambiaban. Incluso en las tiendas se vendían estos papeles que solían tener dibujos, generalmente a cuadritos blanco y azules o blanco y rojos. La cuna “seaska” o “siaska”, pequeña y de madera, también solía mecerse en la cocina. El “puchero exprés” entró hacia 1960. Los primeros se empezaron a usar a la vez de la entrada de los elementos de Duralex, principalmente vasos y platos. Todo ello se traía de Francia. En casa de uno de mis informantes el “puchero exprés” solo duró un mes pues no les gustaba como hacía la comida y desde entonces sirve para poner la comida al perro “pues no se rompe nunca”. También, hacia 1960, entró la batidora o Turmix, el molino de café eléctri-

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La casa del pescador en Hondarribia

Casa de pescador en Hondarribía

co que sustituyó al de madera con una manivela en la parte superior para moler y otros pequeños electrodomésticos. El lavaplatos entró hacía 1985. El microondas hace unos 10/12 años. Hoy en día, la práctica totalidad de la comida se realiza en pucheros y cazos de acero inoxidable. Existen asimismo estos mismos elementos que cuentan en su base con difusores especiales del calor, que dicen son de mejor calidad por ahorrar energía y conseguir mejores alimentos. De los antiguos utensilios de barro y cucharas de madera, se pasó a los de metal, posteriormente al metal vitrificado (característico pues al golpe cascaba un trozo, dejando ver su base metálica y que tanto afeaba la pieza, señal que se usaban mucho), luego se pasó a la loza y posteriormente al Duralex o vidrio templado de gran resistencia, que aun pervive en la mayoría de las casas para fuentes, platos y vasos. En las casas se cuenta con platos, vasos y cubertería para todos los días y otro juego de mayor calidad que se saca los días importantes: Navidad, fiestas familiares, alguna visita que va a comer, etc. “En todas las casas había una radio, que se tapaba con un trapito, incluso con cortinitas, para que no se ensuciara. En mi niñez (finales de los 60) en Hondarribia recuerdo que la radio en el caserío sólo se ponía al anochecer para rezar el rosario.

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Las primeras televisiones, en blanco y negro, entraron hacia 1960. El equipo de música (tocadiscos) hacia 1963. El equipo de Vídeo hacia 1990. El equipo CD hacia 1994” Hoy son muchas las casas que tienen varios televisores, uno en la cocina y otro en el salón, por ejemplo, e incluso en los dormitorios. En las cocinas se colocaba en la pared algunas estampas, o cuadros con motivos religiosos. También era normal que junto a la radio hubiera un clavo en donde colgaba el rosario, que era usado por las familias que solían rezar el Santo Rosario al anochecer. También solían ser corriente una figurita de la Virgen de Lourdes. “Luego se puso de moda la circulación por las casas de las pequeñas capillas de La Virgen Milagrosa, o de la Sagrada Familia, de San Francisco, o similares. Estas capillitas solían estar esos días (los días que les correspondía tener en sus casas) sobre el armario de la cocina. En la cocina, en el armario alguna foto de alguno de la familia: hijo, nieto, etc.” Dormitorios Lo principal era la cama y en las que tenían sitio dos, una mesilla, una cruz en la pared sobre cada una de ellas, en algunas un rosario, una estampa piadosa y


La casa del pescador en Hondarribia

Casa de pescador en Hondarribía. Archivo Luis Azurmendi

Comedor En las casas que tenían comedor siempre estaba la foto del abuelo y la abuela, de los padres, generalmente en la foto del día de su boda, la del hijo, su boda, los nietos, alguna hermana monja, etc.

se rompen. Cada día son más sofisticadas estas lavadoras. La primera aspiradora entró hacia 1980.” “Hoy todas las casas y caseríos tienen cuarto de aseo completo, azulejado y baldosado, con taza, bidé, lavabo, ducha y baño, con servicio de agua caliente y fría. Se procura que para su mejor aireación den al exterior.”

Limpieza y aseo La colada “goara” se hacía antiguamente de la siguiente forma. Se metía la ropa de la semana, en un barreño de chapa con agua caliente y se añadía un poco de ceniza (siempre ceniza de leña) y allí se dejaban unas horas o de un día para otro. Luego se aclaraba en el río. Me comentan que con eso se limpiaba muy bien. Para preparar la ceniza se pasaba lo que se había guardado del fuego por un cedazo ("galbaia"). “Tras la limpieza se extendía la ropa en la hierba y quedaba toda blanca y reluciente, además de que se desinfectaba con el rocío.” Con ceniza y agua se desinfectaba también las heridas, igual personas que animales. Así lo usaban por ejemplo tras cortarles las colas a las ovejas. También cada semana se limpiaba a fondo con agua y ceniza todos los platos y útiles de la cocina. “La primera lavadora entró hacia 1960 y desde entonces se han ido cambiando los aparatos cuando

Alumbrado La primera luz eléctrica la daba algún molino cercano. Tenían una bombilla en la cocina, y otra en el centro del piso. Las habitaciones no tenían bombillas y veían con la luz que les llegaba desde la que estaba colocada en la sala o pasillo, al cual daban todas las habitaciones. La electricidad iba por cables forrados de algodón que se separaban entre ellos de vez en vez con aislantes de porcelana blanca. Luego ya fue normal que hubiera una bombilla por habitación (salvo en la “komuna”, como hemos dicho). Posteriormente se puso la fluorescente en las cocinas y así sigue en la mayoría de los casos. Al interruptor de la luz que era de porcelana y se accionaba girando 90 º llamaban “krisketa”. Ritos domésticos El Sábado de Gloria los chavales hacían “putzegiña”, esto es, con unos trapos se formaba una especie de tea, e iban a la iglesia a tomar el fuego nuevo y luego

un armario, y si había sitio una silla.

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La casa del pescador en Hondarribia

Hondarribia postal de 1907. Archivo Luis Azurmendi

de casa en casa ofreciendo el nuevo fuego y recogiendo las propinas que por ello les daban. En la cocina ya estaba preparado el hogar con astillas y allí se encendía la nueva lumbre y así “se bendecía el fuego y la casa”. Los ramos viejos del Día de Ramos, las estampas, y todo lo que estaba bendecido se quemaba siempre en el fuego del hogar, jamás se tiraba a la basura un elemento sagrado o bendecido. Una de mis informantes nos comenta que “cuando alguien se hacía una herida, o se hacía una cura, las gasas y los trapos siempre se quemaban en el fuego del hogar.” Cada persona en la iglesia ocupaba siempre el mismo sitio, lugar que relacionaba la tumba con la casa. Era y es costumbre que aún se mantiene (aunque no con la generalización de antaño) que al terminar la obra civil de la casa se coloque en el tejado una rama de laurel. Antaño cuando una pareja entraba a vivir a un nuevo piso, siempre acudía el cura a bendecir la nueva casa y se solía “entronizar al Sagrado Corazón”, cuya figura (de pie junto a un trono) se colocaba en el comedor de la casa. Luego se hacía una pequeña merienda entre los de la familia. Me cuentan el caso de un piso en que los invitados que fueron llamados a la “entronización del Sagrado Corazón” según fueron llegando empezaron con los

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saludos, siguieron picando algo, y luego se fueron, y a todos, e incluso al cura se les olvidó la bendición, marchándose sin hacerlo, por lo que volvió el cura otro día (ese día ya sin merienda) a bendecirlo. Cuando amenazaba una tormenta se encendía en la casa un “argizairie” (vela), igual que cuando iba a parir una vaca, o amenazaba cualquier otro peligro. Se tenía encendida hasta que pasara el motivo de la desazón. Para evitar que entrara cualquier mal también se ponía laurel bendecido en el balcón y en la puerta. Contra las tormentas había costumbre de usar tejas de color más claro para con ellas formar una cruz en el tejado. Una vez al año pasara un fraile por los caseríos para bendecirlos por dentro y por fuera y a cambio se le daba un presente o una limosna y en caso de los pescadores algún pescado. Contra las moscas y mosquitos tanto caseríos como casas recurrían a unas tiras de papel con cola que se colocaban suspendidas del techo y en las cuales las moscas quedaban pegadas, luego se tiraba al fuego. En todas las habitaciones se colocaba un trocito del laurel bendecido el Domingo de Ramos. En todos los dormitorios había una aguabenditera, un crucifijo, y en la mayoría además algún cuadro religioso de una Virgen o similar. En alguna también solían tener un rosario colgando en la pared. En el comedor era normal colgar en la pared una


La casa del pescador en Hondarribia

Hondarribia. La Marina 1942. Archivo Luis Azurmendi

representación de la Ultima Cena. En la puerta de la casa se ponía una cruz fabricado con “elorri-zuri” (espino albar) y muchas veces una rama de laurel bendecido. Animales domésticos Perros. Así como no había caseríos que no tuviera uno a varios perros, no eran usuales en la casa de los pescadores. Gatos. Los había en todas las casas para evitar que hubiera ratones. Vivían libres y no había que darles de comer apenas, pues según me cuentan: “el gato bien alimentado, está como cebado, no se molesta en cazar ratones y no es eficaz. Hay que tener un gato que busque la comida y si puede que robe en la cocina, y que sea hábil, pues eso demuestra

que tiene hambre y ese atrapará a los ratones. No hay que reñirle por robar, pues eso es lo que tienen que hacer: cazar y robar”. Eran frecuentes también tener en las casas pájaros “más que ahora” (comentan), generalmente tarines o jilgueros que los cogían en el monte con reclamo y cola (“biska”). C.- Cambios operados en el ajuar culinario desde principios de siglo. La mera comprobación de los textos anteriores, analizando lo que indicamos que había antes y lo que hay ahora explica claramente los cambios efectuados en nuestras casas y caseríos. Pero si tenemos que reflexionar sobre el parti-

Un dibujo para la exposición de la Dirección deArquitectura de 1942. Archivo Luis Azurmendi

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La casa del pescador en Hondarribia

cular, tendríamos que decir que antaño en la cocina había “lo que se podía”, “lo imprescindible” para la vida, de forma que aunque era muy semejante una casa y otra, existía más variación que la que se da actualmente, en que en todas las casas hay de todo (prácticamente). El avance de los descubrimientos, la fabricación seriada de todo genero de elementos, el aumento del poder adquisitivo, ha propiciado que todas las casas y caseríos, incluso podríamos decir de todo Euskal Herria, cuenten con los mismos elementos: mesas y sillas de madera (aglomerada y chapeada), luz fluorescente, frigorífico, lavadora, lavaplatos, fregadera, con calentador de agua (en algunos la fregadera con trituradora), cocina de gas o electricidad con extractor de humos (en algunas conservan la económica), microondas, transistor y televisión en la cocina (en muchas) y uno o dos armarios y a veces ventiladorextractor eléctrico en la ventana. Es de destacar que también es habitual que el pájaro esté en la cocina y gato o perro al gusto (antaño jamás se permitía en los caseríos entrar al perro y al gato a la cocina). Antxon Aguirre Sorondo

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La casa marinera en el litoral gallego

LA CASA MARINERA  EN EL LITORAL GALLEGO Andrés Sampedro Etnógrafo

Generalidades En los más de 1195 kilómetros de costa que posee Galicia, es tal la diversidad geomorfológica, climática, antrópica, etc. que han llegado hasta nuestros días distintas soluciones a un mismo problema: la vivienda marinera. Echando un vistazo al litoral gallego, se comprueba como, en las últimas décadas, la fisonomía costera ha cambiado radicalmente; el estrecho, tortuoso e inmemorial camino de servicio que bajaba a la playa, en la que estaban varadas las pequeñas barcas de pesca, se ha sustituido, en el mejor de los casos, por una calle adaptada a las necesidades viarias de nuestro tiempo. Aquella playa, que dominaba la primera línea de la costa, ha visto mermada su configuración por una carretera de doble sentido de la circulación, con su saneamiento, con aceras (incluidos los parterres de setos, árboles y césped), farolas, pa-

peleras, bancos en los que sentarse y contemplar el mar, áreas deportivas con columpios para los niños, fuentes, en alguna esquina: una previsible escultura en memoria de los marineros, rederas, mariscadoras, etc. En determinadas zonas costeras, el litoral ha cambiado su papel funcional y fabril, típicamente marinero, por una estética más urbana y con una gran dosis de mercadotecnia de gran área comercial enfocado hacia el turista. Siguiendo con los supuestos, si la playa era lo suficientemente prolongada, como sucede en algunos casos, situada en el interior de las rías, incluso, daba para hacer un parque, con zonas polideportivas, y como no, incluso un centro comercial con plazas de garaje en el sótano. Todo esto trae como consecuencia problemas relacionados con las mareas e inundaciones, como el caso fragante de Cee (A Coruña), que al entubar los arroyos que desembocan a la cabecera de la ría, no contemplaron

O Grove

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La casa marinera en el litoral gallego

Castro de Baroña en Porto do Son

un máximo pluviométrico, con lo que a la primera gran tormenta del 2006, los tubos de desagüe se obstruyeron, inundándose todo el pueblo. Lo mismo ha ocurrido en Sabarís (Pontevedra) donde, por un lado, han llegado a construir, literalmente, encima de estos pequeños arroyos, además la construcción de nuevos viales paralelos a la costa y a una cota más elevada por el relleno, con muy pocos desaguaderos, ha provocado numerosas inundaciones en un lugar en el que antes no ocurrían estas cosas. Por otro lado, lo que era una zona marginal, de malos olores (para la estética actual), con la apertura de esos nuevos viales, se convierte en una zona de primera línea de playa, trayendo como consecuencia el aumento exponencial del precio del metro cuadrado construido, por lo que los viejos edificios son una anacronía estética y funcional que hay que derribarlos para construir nuevas viviendas, que den soluciones prácticas y estéticas a sus nuevos propietarios. En lo concerniente a este estudio de la vivienda marinera gallega, pretende ser únicamente una so-

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mera aproximación a la realidad constructiva habitacional costera, sin adentrarse en la descripción pormenorizada del total de elementos, de los distintos tipos de moradas tradicionales.

Génesis Pequeños núcleos de asentamiento habitacional, a pie de costa, los encontramos en todo el litoral gallego, desde hace algunos milenios, ello queda reflejado en los numerosos castros y villas romanas que se encuentran localizados en distintos puntos de la costa. En el límite con la desembocadura del Miño, en lo alto de un monte, se encuentra el castro de Santa Tegra (A Guarda), ascendiendo por la costa atlántica: El Castro de Vigo, Santa María y San Francisco en Pontevedra, castro de Baroña (Porto do Son), castro de Neixón en Boiro, A Cibdá en Ribeira, Noia, Fisterra, o Castelo (Touriñán-Muxía), castros de Mourín y A Rega en Camariñas, Laxe, castro A Cidá de Borneiro en Cabana, castro Nemeño y a Estrela en Ponteceso, en Malpica de Bergantiños, castro de Castelo de Lañas en Arteixo, en Coruña el faro en


La casa marinera en el litoral gallego

Antigua fábrica de salazón en Porto Piollo. Muros

Edificio fabril en Noia

funcionamiento más antiguo del mundo, denominado Torre de Hércules, que guiaba a las embarcaciones a buen puerto, el castro de Subiña en Oleiros, los castros de Meirás y Samoedo en Sada, varios castros en Bergondo, castro de San Mamede en Paderne, castro de Loios en Miño, villa romana de Centroña en Pontedeume; Os Castros, el de As Escadas, en el propio Mugardos y Seixo; Cardoeiro, Barallobre, Sartego, Río Castro o Orra, Magalofes e Prismos en Fene; castro de Vilasuso, Quintá, San Mateo, Sequeiro, Vicás, Revolta, Eiravedre, Pereiruga y Petouzal en Narón; en Canido y el propio Ferrol; el de Lago, A Frouxeira, Vilarrube, Castrillón, Taraza, Carreira de Abaixo, Poulo y Gabeiras en Valdoviño; castro de As Croas en Cedeira; Cariño; Mañón; castro de Tarroeira, Punta do Castro y Castro de Suego en O Vicedo; Castro do Chan en Cabo de Burela; castro de Fazouro, Marzán, Llás y Punta dos Castros en Foz; Castro de Cabarcos y Vilamar en Barreiros. Algunos de estos castros no están situados a pie de costa debido a los continuos saqueos provenientes del mar, por lo que optaban por situarlos en un promontorio o colina con el objeto de poder defenderse. La vivienda marinera surge de la necesidad de albergue para los pescadores que desarrollan su actividad agro marinera en puntos estratégicos, normalmente al abrigo de las rías o de algún pequeño accidente geográfico, donde los vientos son menos azotados y las mareas tienen un oleaje más benigno. Al mismo tiempo, siempre que las condiciones políticas

internacionales lo permitan, estos asentamientos crecen de la indispensable relación comercial de sus capturas, como también de la proliferación de actividades auxiliares relacionadas con la pesca. Por este motivo, con el paso del tiempo, se va desarrollando la concentración habitacional, dando lugar a los primitivos asentamientos hoy presentes en la totalidad de la costa. La constatación de instalaciones portuarias de origen fenicio como el puerto de A Cobasa en Ribeira y otras infraestructuras destinadas al aprovechamiento de los recursos marinos, demuestran la temprana instalación habitacional a pie de costa. Son bastantes las salinas atribuidas a la época de dominación romana, como las encontradas en Vigo, Sanxenxo, O Grove, Vilar do Colo en Fene, Cariño, etc. Es en el transcurso de la edad media cuando más surgen y desarrollan estos núcleos poblacionales costeros incentivados, mayoritariamente, por el císter, debido a la obligatoriedad de guardar el precepto y abstinencia de comer carne durante todo el año, los reyes conceden cotos ribereños a estas instituciones que favorecen el asentamiento e implantación de nuevas comunidades e iniciar un comercio con los pueblos interiores fundamentalmente en tiempo de cuaresma, relación comercial con puertos del Cantábrico, de Portugal y del Mediterráneo. Por este motivo los grandes monasterios del interior gallego tuvieron sus posesiones costeras: Celanova una de las islas Cíes, Oseira era dueña de Marín, Vigo pertenecía a Santa María de Melón; en A Costa da Morte, el arzobispado

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La casa marinera en el litoral gallego

Embarcadero de finca rústica

compostelano poseía villas como la de Fisterra, Muxía y Malpica, etc. Ya en época moderna, durante los siglos XVI y XVII se intensifican los ataques de piratas provenientes del norte europeo, destacadamente ingleses, lo que obligará a la construcción de fortificaciones costeras, como es el caso de Baiona, Vigo, Betanzos, el Soberano en Camariñas, la del Cardenal en Corcubión, la del Príncipe en Ameixenda (Cee), la de San Carlos en Fisterra, etc. Muchas de estas viejas viviendas situadas a pie de playa, poseían, generalmente también, terreno para el cultivo de cereales y productos hortícolas, para el autoconsumo humano, para la cría de ganado porcino, aves de corral, etc. Esto es así, derivado del carácter estacional de la pesca tradicional. A finales del siglo XVIII, con la llegada de los catalanes para instalar sus factorías de salazón, introdujeron nuevas artes de pesca, nuevos navíos, por lo que necesitaban más mano de obra, de esta manera un número mayor de personas se asienta en las proximidades de las fábricas de salazón. Cangas, O Grove, Vilanova de Arousa, Boiro, A Pobra do Caramiñal, Ribeira, Porto do Son, Ponteceso, A Coruña, Sada, Ares, Mugardos, etc. van incrementando su censo.

Tipología mar, versus campo Uno de los rasgos definitorios de estas comunidades marineras tradicionales, como se apuntó con anterioridad, era la idea de casa como unidad pro-

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ductiva para el autoconsumo familiar. La pesca y el marisqueo eran actividades productivas, con un carácter marcadamente estacional debido a las características de las embarcaciones y las artes de pesca, orientadas al autoconsumo y a un mercado muy localista. De este modo, las labores agrarias significaban la garantía de la manutención doméstica, el sustento base; por todo ello, las edificaciones habitacionales debían presentar espacios definidos para ambas actividades productivas. Sin embargo las comunidades pesqueras, dependiendo de su ubicación, se veían más o menos dependientes del sector agrario, por ello ciertas poblaciones, limítrofes con grandes núcleos urbanos, focalizaban su producción hacia el sector pesquero por tener un mercado más o menos estable que les garantizaba unos determinados ingresos, logrando así el desligamiento de la producción de autoconsumo de base agraria.

Etnocentrismo Una de las características más destacadas de estas comunidades costeras, hasta la apertura de viales terrestres que comunicasen unas poblaciones con otras y con los centros de decisión locales y nacional, era su aislamiento geográfico, dado que las vías de comunicación que unificaban el territorio, muchas de ellas, de tiempos de los conquistadores romanos, basadas en viejas rutas ancestrales, pero no solventaron el precario estado comunicativo de aquellos pueblos costeros, que permitiesen el desarrollo comercial, baste decir como ejemplo, que ciertos lugares de la península del Morrazo consiguieron tener una carretera bien entrado el siglo XX. Esta falta de comunicación terrestre ha definido a estas comunidades dotándolas de usos, costumbres y lengua con rasgos determinados que las diferencia unas de las otras y teniendo, en algunos casos, como único nexo de unión las propias embarcaciones empleadas para faenar para trasladarse a otros pueblos costeros. Este aislamiento define y homogeniza tanto las estructuras sociales, los modos de vida, como el desarrollo y funcionalidad de las construcciones habitacionales tradicionales que nos ocupa.


La casa marinera en el litoral gallego

Porto de Palmeira de Santa Uxía de Ribeira

Características Como destaca Pedro de Llano (1983) las viviendas marineras son fruto del singular modo de vida de sus moradores con diferentes soluciones constructivas. De todas formas, cabe suponer un continuum desarrollo ocupacional de ciertos enclaves del litoral costero, específicamente propicios al asentamiento humano y a la actividad marinera a desarrollar, de esta manera, han llegado a nuestros días en distintas fases de ese proceso evolutivo con marcadas diferencias localistas. Teniendo presente esa máxima desarrollista y atendiendo a una actual observación sincrónica de la disposición constructiva, se deben diferenciar dos grandes grupos: aquellas viviendas aisladas o agrupadas formando parte de pequeños núcleos rurales a pie de costa, que por distintos motivos, no ha llegado todavía la masificación del litoral costero, en los que se reproduce el esquema agrario de la comarca en la que se enmarca; de este modo llegan hasta nosotros, núcleos costeros de viviendas marineras con terrenos de cultivo y edificaciones adjetivas (corrales de aves, cuadras de ganado, pajares...) propias del mundo rural agrario y el característico hórreo, como en Combarro, Pobra do Caramiñal, Carnota, Muros, Redes (Ares), Burela, Rinlo (Ribadeo), etc. pero con características singulares de la vida marinera: las que se encuentran en primera línea de costa, con acceso directo a la playa a través de escaleras o rampa, edificación auxiliar o local en la planta baja para guardar aparejos, nasas y barca en los días de temporal. Un segundo grupo lo forman las viviendas de los

núcleos urbanos costeros, donde las edificaciones presentan unas determinadas características, dada la original distribución del espacio, motivado por un peculiar modo de herencia secular, donde la propiedad se repartía entre los hijos, de este modo, con el paso del tiempo, las parcelas se van subdividiendo y las viviendas van ocupando toda la fachada costera del núcleo poblacional, siendo cada vez más estrechas y altas, crecimiento en vertical, con calles muy estrechas incluso con escaleras para salvar, en ocasiones, el

Fachadas en colores en Rinlo

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La casa marinera en el litoral gallego

Casa de pincho en Porto Piollo

Corrubedo (Ribeira)

gran desnivel existente, como en el caso de A Guarda (Pontevedra), Vigo, Cangas de Morrazo, Muros, Bares, Foz, Ribadeo, etc. De reducida superficie, en la planta baja han desaparecido prácticamente las dependencias anexas para la cría de animales (gallinas y cerdos), quedando reducidas a unos pequeños habitáculos para el ganado, mayoritariamente burros, y como almacén a los aperos necesarios para desarrollar las actividades pesqueras (redes, nasas, remos). La morfología y disposición de las calles de estos núcleos urbanos no surgieron como solución de evitar el fuerte viento de las borrascas provenientes del mar, sino que fueron consecuencia de la aglomeración habitacional, ya que al situarse en hilera, unas pegadas a las otras, entre muros medianeros, buscando al mismo tiempo protección y abrigo, con longitudes de fachada muy reducidas, quedando únicamente paso para los medios de transporte de la época, este fenómeno sigue dándose en ciertos núcleos costeros

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como en el caso de Vigo, donde la presión urbanística periférica hizo encarecer de modo exponencial el valor del terreno, dando lugar a pequeñas callejuelas como vía de comunicación, donde un vehículo utilitario no se cruza con otro, a cambio de una hermosa y predilecta vista sobre la bocana de la ría. En lo concerniente a la estética visual, las edificaciones tradicionales se caracterizan exteriormente por estar encaladas de blanco, aunque en determinados núcleos predominan los colores pintorescos de sus fachadas y puertas, por ejemplo en A Guarda, Redes (Ares), Rinlo (Ribadeo), etc., debido a que se empleaba la misma pintura que la utilizada, generalmente, en pintar las embarcaciones. Según la ubicación del núcleo poblacional del que se hable, están más o menos pegadas a la costa debido a condicionantes geográficos, orográficos, climatológicos y de protección, porque estos pueblos eran asaltados con regularidad por otros venidos del mar, lo que llevó a la construcción de fortificaciones en las que protegerse durante una invasión. Partiendo de una vivienda tipo, de carácter sencillo, en la que se encuentra una cocina de pequeño tamaño, con lar, horno, vertedero y mesa de comer la familia; generalmente, dos diminutas habitaciones, en algunos casos separadas por cortinas, sin paredes de obra, en las que tan sólo cogen las camas y, en el mejor de los casos, una mesilla de noche; dan paso a la sala, empleada como comedor en los días de celebración y como lugar de respeto a la hora del velatorio de un fallecido de la familia; el desván al que se acce-


La casa marinera en el litoral gallego

Casa terrena en Porto de Bares

de, habitualmente, desde la cocina, en ocasiones se instalaba un dormitorio supletorio que era empleado como almacén de redes y demás útiles de la vida diaria. En resumen, el empleo de materiales autóctonos, granito donde lo haya, pizarra, teja del país, etc., de carácter micro lítico y asentamiento en seco, adaptados como solución empírica a variables climáticas, son los factores que caracterizan a la vivienda tradicional marinera. Este modelo base de vivienda es aplicable a toda la costa gallega, aunque presenta “distintas concreciones en la arquitectura de cada comarca, y dan lugar a un buen número de soluciones dispares que responden a las peculiaridades concretas de cada asentamiento, haciendo imposible el establecimiento de un único modelo (de Llano 1983)”. Varios han sido los estudiosos que han propuesto clasificaciones tipológicas de estas viviendas, Begoña Bas para la Rías Bajas y Mariñas Luguesas plantea una clasificación partiendo de la sencilla terrena, la de dos plantas y viviendas con galería, todas ellas con sus adaptaciones y peculiaridades. Pedro de Llano las agrupa en cuatro grandes grupos: las terrenas, las de pincho (con hastial frontal y un gancho en el que colgaban los marineros las redes para secar o brearlas), las casas con patín –con balcón exterior- y las de dos o más plantas entre medianeras con soportal y galería. Por su parte, Mallo Lagoa las clasifica en tres grandes grupos: las terrenas, las casas con patín, un tercer grupo denominado “casa de piso alto” con cuatro subgrupos: de fachada

Casa en Cedeira

lisa, con solaina –solana o balcón-, con galería; y un cuarto subgrupo en el que incluye las casas de sillería. Por su parte, Caamaño Suárez admite que es imposible establecer una tipología generalizable dada la diversidad local de soluciones arquitectónicas de toda la costa gallega; aún así admite cuatro grandes modelos diferenciados, con distintas combinaciones y varios submodelos: inicialmente, la casa terrena; después, la casa de pincho, dividido mediante un proceso evolutivo, la más básica: la casa de pincho terrena, después la casa del remo (aquella que no tenía un ancho de fachada superior a un remo de trainera) y por último, la casa de pincho de dos plantas; Un tercer modelo sería la casa con patín; y por último, la casa de dos pisos entre medianeras con sus variantes: con balcón, con soportal, con galería. En síntesis, agruparemos estas viviendas marineras en tres grandes apartados, en los que entran todas las subvariantes presentadas hasta el momento

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La casa marinera en el litoral gallego

Casa de patín en Vilanova de Arousa.

por los anteriores autores: a) La casa terrena. Es la solución más sencilla de vivienda habitacional marinera, de origen temporal y carácter modesto, en un primer momento pudieron estar destinadas a pequeños almacenes de lanchas, redes y demás aperos que, con el tiempo, se convirtieron en viviendas con sus dependencias anexas, propias de una economía agrícola-pesquera. Aún hoy se localizan almacenes de este tipo en lugares como en A Ponte (Baiona), Muros, Portiño de Morás en Xove. La implantación de alguna de estas concentraciones de casas terrenas tiene que ver con la ubicación, están generalmente situadas en zonas de costa más expuestas a la acción del mar abierto, de ahí su temporalidad, también ocupadas por familias más humildes que buscaban en el mar una forma de vivir, trasladando el modelo agrícola de autoconsumo a la costa. Básicamente, la distribución se resuelve con una planta rectangular y pequeñas dimensiones, en origen, de una única dependencia, con variante de suelo terreno en la cocina y solado de madera en resto de dependencias con el fin de aislar la humedad del suelo, pocas aberturas en sus fachadas anterior y posterior, con intención de conseguir la ventilación e iluminación de la estancia, cubierta a dos aguas por teja del país o árabe en la costa atlántica y pizarra en

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la cantábrica. Este modelo inicial se va complicando, en la medida que deja de ser temporal para convertirse en morada permanente, consiguiendo resultados distributivos variopintos pero que pivotan entorno a la cocina, sala y demás habitaciones. De manera bastante generalizada, la cocina y la sala están situadas en la parte anterior de la vivienda, mientras que las habitaciones ocupan la parte posterior. En lo concerniente a los materiales empleados en su construcción, normalmente, va depender de los recursos económicos de cada familia, los muros de los más pobres están edificados con mampostería en seco de la piedra que más abunde en la zona, pero que sin embargo dan como resultado solidez y durabilidad a la edificación. En lo concerniente al revestimiento exterior de las paredes, de una forma extensiva a todo el litoral, contando con excepciones, estaban enlucidas con argamasa y encaladas en blanco, aunque han llegado a nosotros ejemplos de viviendas pintadas de colores intensos. El tejado adquiere soluciones diversas en la medida que aumentan los volúmenes, la adaptación orográfica del terreno y sobre todo la costumbre constructiva de cada localidad. De este modo se clasifican tejados: a dos aguas con cumbrera paralela a la fachada, con hastial frontal y con cubierta a una agua. Estas viviendas populares presentan los vanos, cuando aparecen semi-aisladas, tanto en la fachada anterior como en la posterior, excepcionalmente en los laterales, debido a la costumbre de ir adosando viviendas hasta ocupar gran parte del enclave costero, cuando esto ocurre las ventanas posteriores se pierden convirtiéndose en un muro medianero. Puertas y ventanas se muestran rodeadas por sillares de cantería de una mayor o menor calidad y cerrados los huecos, en el peor de los casos, por una contra sin ventana ni cristales. La puerta de acceso suele ser de hoja partida para conseguir una mejor ventilación e iluminación. b) La casa con patín. De gran presencia en las Rías Baixas: Oia, Combarro en Poio, Pontevedra, etc. se trata de una vivienda a la que se accede por medio de una escalera exterior, paralela, generalmente, a la fachada principal, de un solo tramo, que termina en un balcón donde se sitúa la puerta de acceso a la vivienda. Las características de este nuevo


La casa marinera en el litoral gallego

Casa con soportales en Vigo

elemento vienen determinadas por un sin fin de cuestiones que atañen a la ubicación, orografía, costumbres constructivas, soluciones particulares, etc. Bajo la vivienda aparece un nuevo espacio, que en muchas ocasiones no ocupa el total de la edificación, empleado como almacén, gracias al patín permitía trabajar en la reparación de redes, nasas, etc. a cubierto. A pesar de las múltiples soluciones que se presentan, se puede sintetizar que por lo general estaba formado por grandes sillares graníticos, cubiertos por el voladizo del tejado sustentado por pilas-

tras de piedra. c) La casa de dos o más plantas entre medianeras que pueden presentar soportal en la planta baja, solana y galería en las superiores. El acceso a la vivienda es siempre interior y por la planta baja. Es el modelo más extendido en los núcleos poblacionales de la Galicia marinera, forma “parte de un cuerpo compacto de edificaciones dando frente a una estrecha calle o camino (de Llano 1983)”, en muchas ocasiones, es por la fachada por donde únicamente reciben ventilación e iluminación, ya que, en oca-

Viviendas con soportales y galerías en Muros

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La casa marinera en el litoral gallego

Litoral portuario de A Guarda

siones, la parte posterior de la vivienda aparece adosada a un muro ciego o medianera de otra que da a otra calle. El número de pisos viene determinado por las necesidades y disponibilidades familiares, aunque oscila entre dos y tres alturas.

Estado actual Preveía Pedro de Llano (1983, 1989), en los albores de la década de los ochenta, del pasado siglo XX, que la fisonomía del litoral gallego se vería al-

Combarro

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terada por la proliferación de nuevas construcciones que sustituirían a las tradicionales, viales adaptados al número creciente de vehículos que circulan por nuestras carreteras y una estética más urbanita y aséptica, auguraba que en pocos años se constataría la desaparición de la arquitectura popular de la Galicia marinera. El tiempo le dió la razón. El estudio de este patrimonio popular habitacional tradicional, propio de la cultura marinera del litoral gallego, se hace cada día más difícil de llevar a cabo, pocos son los casos en que queden vivien-


La casa marinera en el litoral gallego

Combarro

das tradicionales que conserven los elementos que ayuden a identificarlas como tales. En otros casos, son la creación de paseos y viales a pie de playa las que inician el proceso de reconstrucción y derribo de la mayor parte de las viviendas, con muy poco criterio conservacionista por parte de las autoridades; el caso más reciente es el de O Freixo en Serra de Outes, A Guarda en Pontevedra, Ortigueira y un largo etcétera. El motivo principal de estas actuaciones de carácter general es fundamentalmente el económico, dada la vorágine urbanística del litoral, aunque se disfrace con el interés general para la mejora de las comunicaciones y adecentamiento de la ribera. Ya hace más de una década (Santos Ledo 1993, 629) en referencia al núcleo costero de Caión, perteneciente al ayuntamiento de Laracha dice: “... sería loable su recuperación paulatina de sus bordes marítimos, hoy fuertemente deteriorados por una construcción caótica e inadecuada”. En el interior de las rías, las zonas de marismas se están rellenando, cortando de este modo el flujo habitual de los pequeños arroyos que desembocan en estos espacios tan peculiares, poblaciones como la coruñesa de Cee es un claro ejemplo de pelotazo urbanístico con la ocupación de terrenos propios del sector intermareal. Muy poco se puede hacer para conservar la vivienda tradicional marinera, si se mantiene como criterio el continuum evolucionista de esta arqui-

tectura que va adaptándose a criterios de ámbito social, económico y estético. De todas formas, en el conjunto del litoral gallego quedan claros ejemplos de sostenibilidad de esta arquitectura tradicional, al redirigir su carácter funcional para el que fueran creadas hacia nuevos usos, el ejemplo más notorio se constata en Combarro (Poio) que fue declarado conjunto histórico-artístico en 1972, es una de las poblaciones del litoral más visitadas por los turistas, donde sus viviendas se han convertido en pequeños restaurantes, cafeterías, taperías tradicionales o casas de turismo rural.

Andrés Sampedro Fernández.

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La casa marinera en el litoral gallego

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LA GÉNESIS DE LA POLÍTICA DE VIVIENDA PESQUERA Y EL POBLADO DE PESCADORES DE MALIAÑO (SANTANDER) Alberto Ansola Fernández Departamento de Geografía, Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad de Cantabria

L

as comunidades pescadoras tradicionales del litoral cantábrico, como por lo demás las de otras costas peninsulares, estaban demasiado acostumbradas a convivir con la necesidad y la miseria. Ni alcanzando alguna propiedad en los medios de producción, ni sobreexplotando a todos los miembros de las unidades familiares, ni cobijándose al amparo de la asistencia de las cofradías eran capaces de librarse de una vida atenazada por las escaseces materiales. Y en ese contexto, muy probablemente fuesen sus viviendas las que mejor reflejaron sus penurias. Ya se tratase de las típicas edificaciones en altura, apiñadas sin casi solución de continuidad en los cascos antiguos de villas marineras y ciudades portuarias, ya de construcciones más bajas y dispersas, habituales en los núcleos con caseríos menos urbanos, la nota predominante parecía ser en todas ellas el hacinamiento de personas en espacios reducidos y mal ventilados, cohabitando asimismo éstas con aparejos y artes de pesca, cuando no con animales en las zonas más rurales. Una insalubridad que ni siquiera salía gratis, pues la mayoría de las veces pagaban por ella un alquiler, y no necesariamente bajo. En los años finales del siglo XIX y los primeros del XX, estas malas condiciones de las habitaciones pescadoras se hicieron más evidentes. A lo largo de ese período la pesca y sus aledaños experimentaron transformaciones de gran calado. Con el giro legislativo que supuso la supresión de las cofradías y la consiguiente liberalización de la actividad pesquera, no tardaron en hacer acto de presencia nuevos medios de producción, tanto en embarcaciones como en artes

y aparejos, auspiciados por la consolidación de los mercados urbanos de pescado fresco y por las demandas de una moderna industria conservera y salazonera. Sin embargo, pese a las nuevas posibilidades productivas y comerciales que experimentó la actividad, las nuevas relaciones sociales de producción implantadas en el sector apartaron a la mayoría de los pescadores del beneficio de esas mejoras y, salvo en el caso de una pequeña minoría que pudieron convertirse en patrones-armadores, ni sus condiciones de vida ni sus viviendas sufrieron cambios de consideración si se hace caso de los relatos literarios, las topografías médicas o los estudios sociales de la época. Paralelamente, también en esos años muchos puertos comenzaron a albergar nuevas actividades y nuevos visitantes asociados al fenómeno del veraneo. Actividades y colectivos para los que los pescadores podían ser un atractivo pintoresco a pie de los muelles, pero no sus poco higiénicas moradas, que pasaron más bien a ser un obstáculo a derribar. La vivienda pescadora se convirtió entonces en un problema social, en una ecuación que era conveniente despejar, y obviamente sólo podía despejarse desde fuera y desde arriba.

1. Los pósitos de pescadores y las casas baratas. Con la actividad pesquera y las villas marineras en pleno proceso de cambio, el mantenimiento de las malas condiciones de vida y la aparición de con-

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Génesis de la política de vivienda pesquera: los barrios pesqueros

flictos sociolaborales dentro de las comunidades embargo, adentrada ya la década de los años veinte, pescadoras no tardaron en atraer diferentes plantea- al protector socaire de la Dictadura de Primo de Rimientos reformistas. Entre ellos, el más elaborado y vera, se fueron incorporando otros cometidos y funpertinaz fue, sin duda, el de Alfredo Saralegui. Este ciones, entre los que estuvieron acciones culturales marino ferrolano propuso como solución a los pro- para la creación de escuelas específicas y de pósitos blemas de las gentes de mar la transformación de infantiles, acciones antialcohólicas gestionadas a tralas ineficaces y endeudadas sociedades de pescadores, vés de la Casa del Pescador o, sobresaliendo con herederas de las tradicionales cofradías, en asocia- brillo propio, el fomento de cooperativas de producciones cooperativas bajo la denominación de pósitos ción orientadas a la consecución de embarcaciones de pescadores. Saralegui, después de no pocos mo- colectivas, de medios de producción en propiedad. vimientos, consiguió que en 1917 se reconociese Con estas nuevas incorporaciones quedaba claro que oficialmente a los pósitos como fórmula asociativa los pósitos aspiraban a jugar un doble papel: por un y, dos años después, que las autoridades de Marina lado, el lado de la asistencia, previsión y educación, aprobasen la creación de la Caja Central de Crédito parecía buscarse la mejora vital y la pacificación soMarítimo en tanto que organismo encargado de ca- cial; por otro lado, el de la venta directa del pescado al consumidor y el de nalizar créditos y sublas cooperativas, en esvenciones oficiales a pecial las de produclos pósitos. Así daba ción, parecía más bien comienzo un modelo dirigirse hacia la emande política social pescipación de los pescaquera que duró hasta el dores tripulantes frente inicio de la Guerra Civil a intermediarios, indusy que, pese a los altitriales e incluso armabajos políticos, no dejó dores. de ver cómo aumentaba Y también en ese el presupuesto de la giro dado en los años Caja en Madrid y el núveinte se hizo mención mero de pósitos y de por primera vez a las asociados a lo largo de viviendas de las famitodo el litoral nacional lias pescadoras. En una (Ansola, 2007). Puertochico reunión sobre pesca También fueron en aumento en ese período las funciones de los pósitos. marítima celebrada en San Sebastián en 1925, AlEn un principio su reglamento contemplaba cinco fredo Saralegui (1928) anunciaba que, ante la necesecciones principales: la de socorros mutuos, encar- sidad de las poblaciones pescadoras de un alojagada de la administración de auxilios por enferme- miento higiénico y cercano a los puertos de dad, asistencia médica, muerte, paro o pérdida de embarque, la Caja Central de Crédito Marítimo había embarcaciones y de artes; la de caja de préstamo, redactado un proyecto que facilitaría la construcción dedicada a prestar fondos a los asociados para la ad- por parte de los pósitos de casas baratas para sus quisición o reparación de los medios de producción; asociados. Probablemente el mismo proyecto que la de venta autónoma de los productos de las pescas; llevó al Ministerio de Trabajo a promulgar, un año la de cooperativas para la venta de útiles necesarios después, un decreto que permitía a la Caja la inverpara el desarrollo de la actividad; y la de montepío, sión de fondos en préstamos anticipados para la destinada a atender los gastos derivados de la inva- construcción de casas baratas. Bien es verdad que ni lidez y la jubilación con cargo a las ganancias de las entonces, como Caja Central de Crédito Marítimo, secciones de préstamo, venta y cooperativas. Sin ni tampoco después, en los años treinta, ya como

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Génesis de la política de vivienda pesquera: los barrios pesqueros

A la izquierda: Alzados de la vivienda tipo propuesta por Posse y Villelga (1928). Arriba: Distribución interior de la vivienda tipo para los pescadores vascos (Posse y Villelga, 1928).

Instituto Social de la Marina, parece que se avanzó gran cosa en este particular si se tiene en cuenta que en las mismas vísperas de la Guerra Civil tan sólo un pósito entre más de doscientos había creado sección de casas baratas, y además no era de pescadores, sino marítimo, de trabajadores portuarios y de cabotaje. ¿Acaso no se concebía en toda su envergadura el problema de la vivienda pescadora? Es de suponer que sí, pero por razones sociales, políticas o económicas Saralegui siempre le dio el primer plano a otros aspectos, quedando el alojamiento un tanto tapado, a merced de las posibilidades de endeudamiento de los pósitos y de las legislativas de las casas baratas. De hecho, la propuesta en ese campo más desarrollada y completa vino desde fuera de la Caja y de los pósitos. Vino, en concreto, de una comunicación presentada al mismo congreso vasco del año 1925 por el entonces Jefe del Secretariado Social de la Caja de Ahorros Vizcaína, José Posse y Villelga (1928). Desde el catolicismo social que profesaba, Posse y Villelga, después de hacer un repaso a las numerosas

deficiencias de las casas de los pescadores, planteó la urgente necesidad de construir casas baratas e higiénicas a las gentes de mar vascas, decantándose por la casa unifamiliar y en propiedad frente a la casa colectiva o casa bloque. El ejemplo a seguir era un poblado de pescadores construido de nueva planta en Scheweningen por el estado holandés en 1915. A partir de ahí, con la ayuda en el diseño del arquitecto Tomás Bilbao, y con independencia de las particularidades locales a tener en cuenta, presentó un modelo de casa tipo. Dicha casa debía tener dos plantas, con un amplio portal en el piso bajo, un hall de acceso a la escalera, un cuarto de estar con cocina a un lado y un dormitorio al otro, además de despensa y retrete. En la primera planta, por su parte, se ubicarían tres dormitorios con capacidad para dos camas, todos ellos bien iluminados y ventilados. Por último, en la parte trasera de la casa se dispondría una dependencia destinada a guardar artes, aparejos, ropas o carnada, debidamente separada de la casa, y un pequeño huerto o jardín. Para hacer realidad esa modélica casa era im-

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Génesis de la política de vivienda pesquera: los barrios pesqueros

Los dos bloques en hilera del grupo de casas baratas de Laredo poco después de construirse

prescindible que las sociedades de pescadores (todavía con la denominación de cofradías en el País Vasco) fomentase la creación de cooperativas de construcción de casas baratas y, a partir de ahí, que se fuesen implicando de manera encadenada toda una serie de organismos. El Estado debía aportar los beneficios estipulados en la legislación de casas baratas con sus exenciones tributarias, primas y préstamos; las cajas de ahorros provinciales tramitar los expedientes de las obras; las diputaciones provinciales conceder primas a la construcción y préstamos; los ayuntamientos ceder suelo si disponían de él y sufragar las obras de urbanización, saneamiento o traída de aguas; las cofradías, además de crear las propias cooperativas, ejercer presión al resto de organismos para lograr su participación; y los pescadores prestar su trabajo en las obras siempre y cuando les fuese posible. La participación de Posse concluía con la operación que en verdad debía ser la primera, la constitución por parte de las cofradías de una comisión de vivienda que elaborase un censo de las casas necesarias y de las familias pescadoras afectadas para, posteriormente, diseñar un plan de conjunto. No se tiene noticia de que ese plan conjunto se llegase a elaborar, ni tampoco de que por separado alguna cofradía consiguiese resultados en ese sentido. Sí se conocen al menos dos promociones en el litoral cántabro. Una en Comillas, donde al parecer, según

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todavía cuentan algunos vecinos, el segundo Marqués de Comillas, bien en su faceta de prohombre local o bien en la de armador y conservero también local, financió un pequeño grupo de casas unifamiliares para pescadores en las afueras del núcleo. Por su parte, en Laredo, la sociedad de pescadores se acogió en el año 1924 a la legislación de casas baratas para construir dos pequeños grupos edificados en hilera, que albergaban viviendas unifamiliares de dos alturas con disposición de patio trasero, en una de las calles de acceso al puerto jalonada por establecimientos conserveros. Es muy posible que no fuesen los únicos casos en la costa cántabra, ni mucho menos en el Cantábrico, pero todo parece indicar que las promociones que pudieron llevarse a cabo no pasaron de iniciativas aisladas, obras más bien espontáneas de adinerados o industriales, de sociedades de pescadores o incluso de pósitos. Obras dispersas y muy distanciadas de cualquier plan específico o política concreta.

2. La política de vivienda pesquera del Primer Franquismo. La política social pesquera, como era de esperar, quedó en suspenso durante la Guerra Civil y el Instituto Social de la Marina (ISM) fue suprimido. Sin embargo, nada más finalizar la contienda, el ISM fue refundado para, a través de él, diseñar una nueva


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Poblado de pescadores en Pasajes de San Juan

política pesquera más acorde con los intereses ideológicos de los triunfadores. Al frente de esa política ya no estuvo Saralegui, sospechoso de desafección con el nuevo régimen, sino otro marino, Pascual Díez de Rivera, el Marqués de Valterra, un antiguo colaborador de Saralegui que supo aprovechar su condición (aristócrata, latifundista, militar, católico) y sus hazañas bélicas para tomar el mando del ISM e imprimir un marcado sesgo nacionalcatolicista a la nueva política. Cierto que en algunos campos, como los de asistencia o de instrucción, apenas hubo cambios; pero en otros aspectos sí que se introdujeron modificaciones, cuando no amputaciones. En primer lugar, las sociedades de pescadores pasaron de ser pósitos, denominación con resonancias laicistas, a volver a ser cofradías, nombre mucho más acorde con el tradicionalismo y el catolicismo. En segundo lugar, se extirparon de raíz las secciones rupturistas e innovadoras, como la venta directa del pescado y las cooperativas de producción y de trabajo. Y en tercer lugar, se desarrolló un intenso y delirante discurso ideológico con el objeto de intervenir tanto en la esfera de la producción del pescado como en la esfera de la reproducción de las familias pescadoras (Ansola, 2008). Para entender ese discurso hay que tener en cuenta que en los primeros años de la posguerra la pesca fue considerada como un sector claramente estratégico. La escasez de alimentos y los altos precios de la carne o de los productos agrícolas hizo que se

volviese la vista a la pesca, de ahí que no hubiese ningún rubor en considerar al mar como una fuente de recursos inagotables y al pescado como el alimento perfecto e ideal. La propaganda en ese sentido se canalizó a través de la prensa, de libros, de tribunas variadas, de radios, de cines, o incluso de concursos culinarios, y se basó en razonamientos que rozaban, o tocaban, el esperpento. Basten sólo dos ejemplos salidos de la pluma de Pascual Díez de Rivera (1940): en un pasaje, defendiendo la necesidad de la propaganda, mantuvo que la fecundidad de una hembra de bacalao era mucho mayor que la de una gallina, pero que la fama de buena ponedora se la llevaba esta última porque ella lo cacareaba; en otro pasaje, rizando ya el rizo, se llegó a preguntar por qué el símbolo del cristianismo era un pez y por qué Jesús junto con el pan multiplicó peces, y no cabras o tórtolas. Un discurso que se transformó en apasionado paternalismo al alcanzar a los productores. Los pescadores fueron considerados como gentes de idiosincrasia singular, nobles pero ignorantes, bondadosos pero brutos, piadosos pero expuestos a toda clase de vicios. Había, pues, que redimirlos de malos pensamientos y actos (marxismo, laicismo, alcoholismo) y guiarlos por el buen camino (religiosidad, patriotismo, vida familiar). Algunos de los instrumentos para conseguir ese propósito no variaban muchos de los planteados por los pósitos, volviéndose a hablar de higienismo y de ilustración, de la sustitución de las ta-

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Planta del Proyecto del poblado de pescadores de Bueu (“Viviendas…”, 1943).

bernas por la Casa del Pescador y de una educación especial a través de escuelas específicas. Pero, a diferencia de la etapa anterior, se consideró como fundamental y principal el papel de la vivienda. Nada de lo anterior podría llegar a conseguirse sin casas sanas y acogedoras, por lo que era preciso construirles habitaciones saludables capaces de generar hogares, de hacer converger lo material, la vivienda, con lo espiritual, la familia. En otras palabras, dentro de la política social pesquera del Primer Franquismo también se albergó, y en una posición desde luego prioritaria, una política de vivienda específica. Aquí, puesto que el ISM no estaba habilitado como entidad constructora, se comenzó a trabajar conjuntamente con el Instituto Nacional de la Vivienda (INV), auténtico catalizador de la política de vivienda general e impulsor de las ordenanzas arquitectónicas y urbanísticas a seguir; con la Obra Social del Hogar (OSH), organismo oficial encargado de las construcciones de las viviendas protegidas; y con la Dirección General de Arquitectura (DGA), implicada en el diseño y la planificación de las actuaciones a realizar. En apariencia, aunque se dijese que el ISM tenía la manija de la dirección y el control de todos los pasos, da la sensación de que su labor fue más bien de coordinación entre los distintos organismos de la terna. En cierta medida podría decirse que, en este campo al menos, y no era un campo en absoluto menor, el Marqués de Valterra delegó bastante en los arquitectos, o mejor dicho en un arqui-

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tecto, en Pedro Muguruza. La trayectoria ideológica y profesional de Muguruza lo avalaban sin duda para el desarrollo de esa función. Con la guerra todavía inconclusa, en 1938, el arquitecto vasco estuvo al frente de los Servicios Técnicos de la Falange en un estudio titulado “Arquitectura rural montañesa de la Provincia de Santander” que pretendía sentar las bases para una intervención de mejora en las casas rurales, entre las que también figuraron las casas de los pescadores del litoral cántabro (Ordieres, 1998). En 1949, al parecer por expreso deseo del General Franco, y en tanto que premio a la labor desarrollada en la provincia santanderina, fue nombrado director de la recién creada DGA. Puesto desde el que lo primero que hizo fue atisbar otro ambicioso proyecto en la misma línea que denominó Plan de Mejoramiento de la Vivienda Humilde, donde planteaba como paso previo a la intervención el estudio minucioso del estado material de las viviendas pobres por zonas territoriales y por categorías profesionales, y entre esas categorías profesionales ya parecía tener ventaja la de los pescadores (Muguruza, 1943). En efecto, la tuvieron, pues entre 1940 y 1942 la DGA estuvo embarcada en un apabullante trabajo de recogida de información por todos los puertos nacionales adscrito al denominado Plan Nacional de Mejoramiento de las Viviendas de los Poblados de Pescadores. Un trabajo que terminó publicándose en tres volúmenes aparecidos entre los años 1942 y 1946 en los que se volcaron desde datos


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Figura 5. Alzados y plantas de las viviendas del poblado de pescadores de Lequeitio (“Poblado…”, 1943).

variados sobre la población, la organización profesional y el medio ambiente local, hasta estimaciones de las viviendas susceptibles de mejora y las de nueva construcción necesarias, pasando por cartografías de la ubicación de las casas de las familias pescadoras en los núcleos y por los dibujos de plantas y alzados (también fotografías en este caso) de aquellas viviendas tradicionales más representativas dentro de cada población (Plan Nacional…, 19421946). Con esa inmensa información en sus manos, Pedro Muguruza y los suyos pasaron a la segunda fase del plan, la elaboración de proyectos individualizados de construcción de viviendas de pescadores para puertos concretos del litoral nacional. La tribuna en la que se colgaron y desde la que se publicitaron fue la oficial de la DGA, la Revista Nacional de Arquitectura. Allí aparecieron publicados en los primeros años cuarenta diferentes anteproyectos y proyectos de poblados de pescadores en puertos del Cantábrico y de Galicia. El propio Muguruza firmó el de Fuenterrabía, al que siguieron los de Pasajes de San Juan, Pasajes de San Pedro, Orio, Guetaria, Motrico, Santurce, Laredo, Colindres, Santoña, Santander, San Vicente de la Barquera y Avilés, hasta acabar llegando poco después a las costas gallegas (“Anteproyecto…”, 1942 y “Mejoramiento…”, 1942). A pesar de las diferencias de tamaño y de emplazamiento, en líneas generales todos los proyectos venían a seguir unas pautas urbanísticas y arquitec-

tónicas similares, y por cierto no muy distantes de la casa tipo propuestas en los años veinte por Posse y Villelga. Por ejemplo, el poblado de Bueu debía albergar 95 viviendas, todas ellas con porche, cocina, comedor, retrete, tres dormitorios y un pequeño cubículo para los útiles de pesca, más su correspondiente patio, y repartidas entre edificios de una y de dos plantas, adosados unos a otros formando manzanas, quedando exento el edificio de la cofradía (aún denominada pósito) donde también se ubicaría la escuela de orientación marítima. Por su parte, el pensado para Lequeitio, aunque más modesto, con sólo 32 viviendas, habría de constar con edificios de tres alturas: la baja destinada a bodegas y las otras dos a vivienda, que volvían a repetir una distribución similar en la que en una estructura muy cuadrada se repartían la cocina, el comedor con acceso a una amplia balconada, aseo y en algunos casos también ducha, y dos o tres dormitorios . Pero si hubo un proyecto que destacó sobre los demás hasta convertirse en el ejemplo a seguir, en auténtico ensayo nacional, ese fue sin duda el del Poblado de Pescadores de Maliaño (Santander), publicado igualmente en la misma revista por su autor, Carlos de Miguel, el mismo que curiosamente años después pasaría a dirigir la citada publicación y a promover, junto a otros arquitectos punteros como Fernando Chueca o Miguel Fisac, la renovación de la arquitectura española a través del Manifiesto de la Alhambra.

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Proyecto para el poblado pesquero de Maliaño en Santander del arquitecto Carlos De Miguel

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3. El Poblado de Pescadores de Maliaño

urbana de la burguesía, que no tardó en proyectar una continuación del ensanche residencial hacia el Este y la reconversión de la dársena de Molnedo en puerto En la ciudad de Santander los pescadores y sus deportivo. Desde entonces, no pocos discursos políticos, viviendas no sólo vivieron los mismos problemas que periodísticos o eruditos se acogieron a razonamientos en otros lugares de la costa cantábrica; también tuvieron higienistas para proponer, de forma controlada esta que afrontar la presión que supuso la expansión de un vez, una nueva migración de los pescadores. En una puerto comercial y de una ciudad burguesa. Las nece- topografía médica de finales de siglo se planteó, por sidades de espacio portuario para el tráfico mercantil razones de salubridad e higiene, construirles un barrio y de suelo residencial para las clases más acomodadas de nueva planta fuera de la ciudad. Y desde la prensa fueron aislando a lo largo del siglo XIX a los dos también se argumentó como único remedio la edificación barrios pesqueros tradicionales, el de la Puerta de San de un nuevo barrio pesquero, llegando a barajar algún Pedro, en la Puebla Vieja, y el del Arrabal del Mar, en cronista la posibilidad de ubicarles en la por entonces la Puebla Nueva. Los rellenos de la bahía y las cons- en absoluto palaciega península de la Magdalena trucciones del puerto comercial y del ensanche burgués (Ansola, 1998). En el inicio del siglo XX se siguieron apuntando ideas en acabaron dejando a esa línea, pero no ambos cabildos sin fue hasta después de fondeaderos, oblila Guerra Civil que gándoles a lo largo se les consiguió rede la segunda mitad alojar. Para ello se del Ochocientos a habilitó una dársena realizar un peregrien el ensanche innaje hacia el Este dustrial de Maliaño, en busca de una saen el extremo Oeste lida al mar. La ende la ciudad, y acto contraron a la postre seguido, aproveen el barrio de Molchando la fervorosa nedo, donde acabaeclosión de la políron ocupando una tica de vivienda pesdársena (Puerto Chiquera y las gestiones co) construida a fiEn el barrio pesquero de Tetuán, en Santander. del Marqués de Valnales del siglo, y terra con el ayuntapronto abandonada por las embarcaciones comerciales. A partir de entonces miento de la ciudad para la cesión de suelo, se proyectó la mayoría de las familias de los dos antiguos barrios y el levantamiento de un ambicioso y ejemplar poblado cabildos tendieron a concentrarse en el entorno de de pescadores. En su origen, siguiendo las consignas arquitectóniMolnedo-Tetuán y a generar allí un nuevo barrio pescas de la posguerra, Carlos de Miguel (1942) concibió el quero, el de Puerto Chico. En ese novedoso emplazamiento consiguieron Poblado de Pescadores de Maliaño, también llamado puerto para sus actividades y sus embarcaciones, pero por entonces Sotileza, como un barrio orgánico y autóen poco o en nada mejoraron las condiciones de sus nomo. El conjunto debía albergar 550 viviendas más tovidas y las de sus viviendas. La insalubridad de sus da una serie de servicios (Casa del Pescador, sanatorio, habitaciones y los hacinamientos de personas en ellas mercado, tiendas y almacenes para las artes y aparejos fueron constantemente expresados en escritos con- de pesca), además de una iglesia y anejos (casa parrotemporáneos. Además, el espacio que habían ocupado quial, catequesis, acción católica), las escuelas (con empezó a entrar dentro de los planes de expansión campo escolar al aire libre y recreos cubiertos), las vi-

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Vista aérea del Poblado de Pescadores de Maliaño en los años cincuenta.

viendas de los maestros y una sala de reuniones en el extremo Este del poblado. La construcción debía correr a cargo de la OSH, organismo que firmó un convenio con la cofradía de pescadores por el cual esta última se hacía cargo de la amortización de las obras a realizar, financiándose la construcción por medio de un préstamo a fondo perdido del INV que abarcaba el 40 % del presupuesto, otro préstamo al 4 % de interés que suponía el 50 %, abonando el 10 % restante la cofradía mediante un crédito y subvenciones proporcionadas por el ISM. El proyecto preveía cinco fases: la primera de 84 viviendas y edificios de servicios, la segunda de 24 viviendas, la tercera de 162 viviendas, y las dos últimas el resto de viviendas hasta completar las 552 finalmente concebidas. Las obras, declaradas urgentes por decreto gubernamental, comenzaron en 1942 a un fuerte ritmo, de tal modo que en 1946 ya estaban finalizadas las dos primeras fases, es decir, 108 viviendas y los edificios de servicios. Las siguientes fases, sin embargo, sufrieron ciertamente el enfriamiento del discurso ideológico pesquero: mientras la tercera se vio muy ralentizada, concluyéndose no sin problemas en el año 1951, la cuarta y la quinta ni siquiera se llegaron a empezar y su suelo pronto pasó a ocuparlo la Junta de Obras del Puerto. Además, al final parte de los locales y almacenes fueron convertidos también en viviendas, hasta llegar a las 291, y en establecimientos de hostelería y restauración. En ese sentido, puede decirse que la iniciativa surgió como el

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Poblado de Pescadores de Maliaño y terminó como el Barrio Pesquero de Santander, nombre por el que se le conoce desde al menos los años cincuenta y que ha pervivido hasta la actualidad. El resultado final, pese a estar inconcluso, fue fiel reflejo de las concepciones urbanísticas y arquitectónicas del Primer Franquismo. A la manzana en donde se ubicó la iglesia y los servicios asistenciales y educativos se le sumaron otras tres de bloques de viviendas paralelos y perpendiculares entre sí, con bajas densidades y con una disposición abierta, siguiendo los cánones marcados por el INV, heredados por lo demás de modelos experimentados en la Italia fascista. También según el dictado de la INV, los bloques eran de doble crujía, de dos o tres alturas, con mampostería vista en los zócalos y cubierta de teja árabe. Y las viviendas, que tuvieron una superficie entre los 40 m2 y los 120 m2, eran articuladas internamente por la cocina y el comedor (o por la cocina-comedor), a las que rodeaban el cuarto de aseo con ducha y los diferentes dormitorios. Ese fue el nuevo espacio residencial y la nueva vivienda diseñados para las familias pescadoras por la política del Primer Franquismo. Bien es verdad que el modelo tan sólo duró lo que duró el discurso ideológico de la época. A medida que ese discurso fue apagándose en la segunda mitad de los años cuarenta y que el Franquismo, ya en la década de los cincuenta, comenzó a dar un giro más economicista, la política de vivienda


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Vista aérea del Barrio Pesquero y las instalaciones portuarias

pesquera también se modificó. En las décadas de los cincuenta, sesenta e incluso setenta, con el ISM ya como entidad constructora y mayores presupuesto disponibles, el ritmo y la cantidad de las promociones inmobiliarias destinadas a los pescadores fue en aumento, pero sin tanto bombo y, sobre todo, con otros presupuestos urbano-arquitectónicos que no sólo aumentaban densidades edificatorias y alturas, sino que incluso trocaban el poblado compacto y orgánico por los grupos individualizados y dispersos por los núcleos de población (Ansola, 1992). Un buen ejemplo de esa evolución se vivió en Laredo, donde en 1943 se realizó un anteproyecto para la construcción, entre el puerto y la playa, de un poblado de 197 viviendas protegidas, unas en bloques de tres plantas y otras unifamiliares de dos plantas, y 21 locales adicionales. La primera fase la comenzó entonces la OSH, pero no se concluyó hasta el decenio siguiente, dejando como resultado 54 viviendas ubicadas en cuatro bloques de tres plantas que formaban un cuadrado y dejaban un espacio abierto interior, con muchas semejanzas con el referente santanderino en planta y alzado. La segunda fase, también ejecutada por la OSH y a cargo del mismo arquitecto, Javier García de Riancho, se desarrolló durante la segunda mitad de los años cincuenta y sumó 128 viviendas dispuestas en esta ocasión en cuatro bloques que no sólo ganaron una altura, sino que generaron una planta sin forma geométrica definida que buscaba sin reparos el máximo aprovechamiento

del terreno disponible. Como colofón, a finales de los años sesenta y principios de los sesenta se les añadió otro grupo de 106 viviendas, esta vez promovido por la propia cofradía de pescadores, que urbanística y estilísticamente no se diferenciaba en nada de otros de la misma época y que se emplazó a las afueras de la villa, a una distancia considerable de los anteriores y del puerto pesquero. En definitiva, el Poblado de Pescadores de Maliaño fue, en efecto, el proyecto estrella de la política de vivienda pesquera del Primer Franquismo. Y no decepcionó, pues reflejó la fase inicial de esa política como ninguno. Lo hizo desde el punto de vista urbanístico y arquitectónico, con una planta abierta, baja edificabilidad y bloques de doble crujía de poca altura. Lo hizo también desde el punto de vista más social, buscando el organicismo a través de un buen número de servicios y equipamientos que lo convirtiesen en autónomo. Incluso lo hizo igualmente al quedar inacabado, como muchos otros poblados durante esa década, que o bien sólo se realizaron en parte y sin incluir más servicios que los residenciales, o bien ni siquiera consiguieron echar a andar en esa década de los años cuarenta. No hay que olvidar que desde sus inicios, como bien se dijo entonces, tuvo el rango jerárquico de ensayo, de experimento nacional. Roberto Ansola Férnandez

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Colaboran

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Casas de campesinos y pescadores  

Un recorrido por las arquitecturas y paisajes tradicionales

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