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Agrupación PRAIS Valdivia 2016

Agrupación PRAIS Valdivia Editorial Fértil Provincia


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Proyecto financiado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes a través del Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, convocatoria 2016

Con el apoyo del Programa de Reparación en Atención Integral en Salud SERVICIO DE SALUD VALDIVIA SOBREVIVIENTES Relatos de Vida y Represión Política © Agrupación PRAIS, Valdivia R. P. I. Nº ISBN 978-956-7170-47-0 © Editorial Fértil Provincia de la primera edición Las Canteras 15, Niebla, Valdivia Teléfono: (56) 63-2282468 Diseño: Heddy Navarro Harris Impresión: Imprenta América, Valdivia IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE 1ª edición de 300 ejemplares, octubre de 2016 Queda prohibida la reproducción de este libro en Chile y en el exterior sin autorización previa de la Editorial.


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Presentación Agrupación PRAIS Valdivia, organización social que agrupa a quienes han sido reconocidos por el estado como víctimas de la represión política en Chile, se complace en presentar este primer libro de relatos de la memoria. Escrito por un grupo de nuestros usuarios los que acompañados por sus monitores de taller -escritores y compañeros de utopías-, y el equipo técnico del Programa de Salud PRAIS, asumen el rol de comunicadores y escritores de sus propias experiencias, las que con padecimientos muchas veces impensable, habían mantenido hasta ahora en la más estricta privacidad, alejadas del conocimiento, incluso, de sus seres más cercanos y queridos. Nancy Palma Silva, presidenta Gabriela Gonzáles Valdés, tesorera Fabiola Cuevas Toro, secretaria Directiva Agrupación PRAIS, Valdivia


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PRÓLOGO En su condición de usuarios y amigos del Programa de Reparación y Atención Integral (PRAIS) de la Región de los Ríos, el año 2014 los escritores Heddy Navarro Harris y Bruno Serrano Ilabaca, nos proponen crear un espacio de lecturas y escrituras en torno a la memoria por situaciones de violencia política vivenciadas por usuarios del programa. Por otra parte, la Agrupación de Usuarios PRAIS de Valdivia encabezada por su presidenta, Nancy Palma Silva, manifiestan la necesidad de recoger testimonios de integrantes de la agrupación que vivieron situaciones de violación de los derechos humanos en el periodo de la dictadura militar en Chile y compartirlos con la comunidad, especialmente con los jóvenes. De esta manera, el año 2015, escritores monitores, agrupación y equipo de profesionales, decidimos buscar financiamiento para la iniciativa. Se diseñó un proyecto que se postuló al Fondo de Fomento del Libro y la Lectura, del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. La iniciativa fue evaluada positivamente, comenzando su ejecución en marzo del año 2016. El proyecto contempló 23 sesiones del taller Lecturas y Escrituras de la Memoria, su producción e insumos, edición del libro y lanzamientos en Valdivia y Panguipulli. Por su parte, el equipo PRAIS, del Servicio de Salud Valdivia, asumió en conjunto con la directiva de la Agrupación de Usuarios la administración del proyecto, aportando también con la incorporación de la Psicóloga Ximena Herrera García y el Trabajador Social Rodolfo Guerrero Núñez como profesionales facilitadores de los talleres, acompañando en la contención psicoemocional. Convocamos a usuarios del programa PRAIS con una cercanía terapéutica con el programa, considerando que la elaboración del trauma político en forma grupal para nosotros también era una experiencia nueva. Durante casi cinco meses nos reunimos los días jueves en dependencias del Servicio de Salud Valdivia para compartir historias de vidas. La primera sesión estuvo marcada por la tensión y la distancia, propias de una primera vez. Se compartieron los objetivos, el programa, y pusimos en común las expectativas individuales. La metodología utilizada consistíó


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en lograr que cada integrante del taller escribiera respecto a su historia, no solo ligada a la experiencia política; plasmándola en el papel, en la intimidad de su hogar. Escritura manuscrita, que se exponía y maduraba al fragor de la lectura socializada y crítica del taller. En las sesiones iniciales los relatos fueron periféricos en relación a las experiencias represivas y al trauma. Poco a poco, y en palabras del escritor y tallerista Bruno Serrano, nos “fuimos adentrando en la noche”. Comienzan a emerger las emociones contenidas, las vivencias violentas y el dolor hecho palabra. Pero también aparece en los relatos la resiliencia, la solidaridad, el sentido del valor humano frente a la adversidad; valores que algunos de ellos fueron capaces de introducir, de contrabando, a la misma cárcel a la que fueron sometidos. El grupo nos mostró que el dolor compartido duele menos. Tuvimos el privilegio de escuchar la intimidad de luchadores de la vida, de soñadores que aún sueñan. Ese relato valiente se puede leer en este libro; en la experiencia grupal quedó el llanto, la emoción, la pena, la alegría, la complicidad, la felicidad por estar vivo. El grupo también nos mostró que el usuario PRAIS tiene ese compromiso y disciplina propios de un militante clandestino... Agradecemos profundamente la posibilidad de compartir la vida que cada uno de los integrantes de esta experiencia nos brindó. Se generó un ambiente de confianza pocas veces visto en nuestro ejercicio profesional. Esperamos que estos relatos de memoria logren transmitirnos la esperanza de ir, juntos, construyendo una sociedad basada en el amor, la justicia y la tolerancia. Ximena Herrera García Psicóloga PRAIS Valdivia Rodolfo Guerrero Núñez Trabajador Social Coordinador PRAIS Valdivia


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Eva Andaur Huechante Gloria Barrientos Gallardo Beatriz Brinkmann Scheihing Annie Leal Leal Luis Manzano Gutiérrez Raquel Marín Mancilla Alicia Mella Matías Edith Palma Silva Oscar Retamal Hernández

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Eva Andaur Huechante “Abrázame a tu pecho amor mío Antes que el atardecer sea profundo que tenga que resucitar entre los huesos para gritar amor, justicia libertad” (Desesperanza)

Abril de 1971 Cursaba el 3º año en la Escuela Normal Camilo Henríquez de Valdivia y me correspondió hacer la Práctica Profesional en la Escuela Rural Nº 181 de Tralcao, comuna de San José de la Mariquina, a 25 km al Norte de Valdivia. Era una Escuela de 40 alumnos. Su Director, el profesor normalista Benedicto Molina Hernández, atendía a los alumnos de 5º y 6º, la profesora Edita Pérez Vera, a los alumnos de 3º a 4º, correspondiéndome a mí, el 1º y 2º básicos. Volví, así, a reencontrarme con mi entorno campesino. Todos los días caminaba desde mi casa a la Escuela, juntándome con los niños que corrían, saltaban y gritaban; muchos de ellos a “patita pelá”. Cuando llovía llevaban ponchitos de lana de oveja y conversábamos hasta llegar a la Escuela. En un camino de tierra, humedecido por el rocío del amanecer o alguna llovizna otoñal, nos encontrábamos con vecinos llevando una


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carreta tirada por hermosos bueyes, cargando sacos de manzanas para hacer chicha. Los bueyes se llamaban Corazón e Ingrato. Otros vecinos iban a caballo hasta la carretera para tomar la micro a Valdivia o San José; y otros, apurados a tomar el bote para atravesar el río con rumbo a la carretera. Nos deleitábamos observando los animales en las pampas, pajaritos revoloteando, gallinas cacareando y las hojas que caían de los árboles, dejando una alfombra multicolor a nuestro paso. La Escuela era muy pobre, a pesar de eso contábamos con una pequeña biblioteca y juegos de salón para los días de lluvia, Además se hacían las tareas, manualidades y deportes (fútbol, básquetbol, vóleibol y ping pong), el profesor Molina era potente en deportes. También se jugaba a las rondas, entonadas con hermosas y alegres canciones infantiles y juegos como: “El tarrito de pintura”, “La chola”, “Pasen, pasen niños”, “La bocha”, “El luche”, “El caballito de bronce”, “Corderito sale de mi huerto”, “Patitos, patitos vengan” y otros. Leche calientita y ricas galletas, era el desayuno que día a día les esperaba. Y para el almuerzo, una vez a la semana se cocinaba tutos de pollos, otro día carne, traída de una carnicería de San José, y los restantes se preparaba legumbres, verduras, arroz y fideos. La alimentación entregada por la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB) era bastante buena y todo se preparaba en la Escuela. También a cada niño le llegaba su correspondiente medio litro de leche diario. Por el año 1972, llegaron zapatos para todos los niños. Ver esas caritas de alegría es inolvidable: se lavaban los pies, se probaban zapatos, se abrazaban, se paseaban por la sala. Hubo muchas carcajadas, mu-


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cha algarabía; toda una fiesta y también compartimos ricas sopaipillas hechas por la encargada de la cocina, señora Fidelia Saldías. En otra ocasión, llegaron delantales de cuadrillé celeste de diversas tallas. Era un ambiente entusiasta, alegre y de agradecimientos. Así pasaron los días hasta que el 12 de Septiembre de 1973, los niños llegaron cabizbajos y tristes; un ambiente totalmente diferente. Yo los esperaba en el patio. De pronto “el coyote”, Rubén Martínez Pangui, de seis añitos, morenito, mechitas de clavo, caminó hacia mí y me dijo llorando: “Mataron al compañero Allende señorita... En mi casa todos lloraron”. Nos abrazamos y el resto de los niños guardó silencio. En octubre del año 1973, ya no llegó el profesor Molina con sus tallas y palmadas de cariño como acostumbraba: supimos que lo habían exonerado de su cargo. La profesora Edita Pérez Vera llegó a la Escuela, extremadamente triste y llorosa y nos contó que en Puente Pichoy había muchos vehículos, de carabineros y militares, sacando cuatro o cinco cadáveres del río, argumentando que eran campesinos prisioneros que los traían de Panguipulli a Valdivia y que intentaron fugarse. Los niños escucharon atentos su relato. Yo también les conté que tipo seis o siete de la mañana, junto con mi madre, Eduarda Huechante, escuchamos muchos disparos. Mi madre comentó que a lo mejor eran nuevos fusilamientos y se compadeció del sufrimiento de las madres que perdían de esta terrible manera a sus hijos. En diciembre del mismo año, Edita no llegó a la Escuela. Sus alumnos la esperaban ansiosos. Luego supimos que la habían detenido en Valdivia y dejado prisionera en la cárcel, y allí estuvo por un año.


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Me quedé a cargo de la Escuela, y a mediados del año siguiente llegó un joven, con cuarto medio, como Director, por un breve período. En la Departamental de San José me tenían catalogada de “política, conflictiva y socialista”. Estaba en la mira. La presencia de Carabineros era constante. Un día llegaron ordenando sacarles algunas hojas a los textos escolares. Eran escritos de Pablo Neruda, José Martí y otros. Aunque la educación era laica, jóvenes seminaristas de San José iban a la Escuela a conversar con los alumnos. Me traían las revistas Mensaje y Solidaridad, quedé impactada al ver fotos y artículos sobre las atrocidades de la dictadura como el hallazgo de cadáveres en la “mina de cal en Lonquén”. El año 1981 me trasladé a Valdivia y me integré a las luchas sociales y políticas. En 1982 ingresé al Partido Comunista participando en todo el quehacer contra la Dictadura. En 1983 fui parte de un grupo de profesores que conformó la Agrupación Gremial de Educadores de Chile (AGECH), asumiendo un cargo de representación en la directiva en Valdivia. En esa condición tuve la responsabilidad de participar en encuentros nacionales; en uno de ellos conocí a Manuel Guerrero Ceballos, un joven audaz y valiente, con un discurso brillante. Su posterior asesinato conmovió a Chile entero y Valdivia marchó por las calles céntricas exigiendo verdad, justicia y castigo a los responsables de tan inhumano crimen, realizado por los agentes de la Dictadura de Pinochet. La sede de la AGECH Valdivia, estaba ubicada en el 3º Piso del Edificio Tiendas Pazos (Picarte esquina Camilo Henríquez), siendo un lugar de encuentro, camaradería y fraternidad, marcando un hito importante en la resistencia contra la dictadura. Allí conocí a Waldo,


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ex preso político. Así seguimos luchando codo a codo y el año 1985 nos fuimos a vivir a la Población CORVI, en la Calle Donald Canter.

“¡Fuera Comunista!” Así amaneció escrito el frontis de nuestra casa una mañana. Pronto conocimos a muchos vecinos de la población San Francisco, que nos ofrecieron su solidaridad de compañeros. Mi hogar sirvió de estadía de tantos otros compañeros que tenían que pernoctar por uno o dos días en Valdivia. Entre ellos: Jorge Pavez, Jorge González, Guillermo Teiller y muchos otros compañeros del Partido Comunista que luchaban en la clandestinidad. En marzo de 1986, estando a cuatro semanas de dar a luz a mi hijita Rayen, se instaló un furgón con 5 a 6 hombres armados, en las afueras de la casa. Había poca luz. Waldo entró por la orillita sin que ellos se percataran. Desde adentro yo conversaba en voz muy alta con mi sobrina Loreto que me acompañaba: “¿Por qué Waldo no vuelve?... ¡Tanto le he pedido que no se meta más, pero no entiende!... Bueno, tengo listo un bolso con la ropita de la guagua”, y otras cosas por el estilo. Luego sentí contracciones. El furgón estuvo aproximadamente media hora. Mi vecino, Hernán Farías, me llevó a la Urgencia del Hospital, y quedé internada. Mi Rayen Antu nació el 17 de Marzo. Waldo se ocultó en casa de mi hermana Norma y recién conoció a su hija al quinto día de nacida. De parte de la Vicaría de la Solidaridad, le hicieron saber a Waldo que estaba en una lista de amenazados de muerte; fueron tiempos de angustia, desesperanza y rebeldía.


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Al amanecer de un día del año 1987, golpearon fuertemente a la puerta. Al asomarme a la ventana del segundo piso vi un jeep de Investigaciones desde el que alumbraban y tocaban la bocina en dirección al departamento. Con lágrimas en los ojos vestí a mis dos hijitas: Ilwen Lican y Rayen Antu. Waldo tomó las debidas precauciones, deslizándose hacia la calle por el muro posterior. Luego los del jeep se marcharon. A primera hora nos fuimos al Obispado a dejar constancia de lo ocurrido. Trabajaban allí la Sra. Chely Neira, Iván Neira, Etelvina Ruiz y otras personas más. Amedrentamiento, hostigamiento y persecución política sufrían día y noche todas las personas que se oponían al régimen de Pinochet. Durante la dictadura fui dirigente en la escuela “Mulato Gil de Castro”, en general de los profesores de izquierda, participando activamente en la AGECH y después en el Colegio de Profesores. A partir de 1981, la Dictadura determinó municipalizar la Educación Pública Fiscal, siendo fuertemente rechazada por los educadores a nivel nacional. En Valdivia la educación se municipalizó en agosto de 1986, posteriormente las marchas multitudinarias de rechazo a esta disposición fueron inhumanamente reprimidas por Carabineros. En este proceso se exoneraron 153 docentes. Un grupo de profesores formó el Departamento de Exonerados, al alero de la AGECH y el Colegio de Profesores, y para enfrentar la cesantía se hicieron muchas actividades solidarias. En estas actividades solidarias se contó con la ayuda del Obispado, implementándose un huerto comunitario de profesores exonerados en terrenos cedidos por el matrimonio conformado por los compañeros profesores Gloria Barrientos y Luis Manzano Gutiérrez.


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Al terminar la Dictadura sentí, fuertemente, alejarse de mí a muchos profesores y otras personas conocidas. Lo que yo decía ya no servía; si defendía a los exonerados no me tomaban en cuenta; peor aún si hablaba de la defensa de los derechos humanos. Sufrí mucho en esa época. En el año 1973, con el golpe militar, se dio paso al sistema político neoliberal. El pueblo de Chile luchó, perdiéndose muchas vidas, causando dolores en las familias chilenas conscientes de los derechos humanos y del medio ambiente. Llegamos al término del mandato de Pinochet y la consigna era “La alegría ya viene”…, pero no llegó. Las políticas y los gobernantes de la Concertación legitimaron lo heredado de la dictadura, entregando al empresariado nacional y transnacional nuestras riquezas naturales y empresas estratégicas, que antes eran estatales. Es por ello que creo que debemos luchar por renacionalizar el cobre, recuperar los bosques, recuperar las riquezas de nuestro mar, recuperar las semillas para nuestra necesaria alimentación: ¡Monsanto GO HOME!; luchar por un sistema de pensiones tripartito, solidario: ¡Basta de las depredadoras AFP! La Educación debe ser un derecho social real, garantizado por el Estado y no sometida a las nefastas leyes del mercado; respeto a las minorías étnicas, en especial a la nación mapuche; fin a la ley antiterrorista; término a la militarización de la Araucanía; término a la instauración de un Estado policíaco que sólo defiende los intereses de privados; luchar por el agua, etc. Actualmente soy dirigente de la Directiva Comunal Valdivia del Colegio de Profesores de Chile A. G. donde ejerzo el cargo de Secretaria. Ahí me encuentro luchando, día a día, por mi país que cada día nos pertenece menos.


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Estamos luchando con esperanzas para cambiar la Constitución mediante una Asamblea Constituyente, no es fácil, el pueblo está sumido en la indiferencia, en el consumismo y la mansedumbre, por lo que se hace necesario salir a las calles y aunque yo sea de avanzada edad gritaré, con el recuerdo de la compañera Gladys Marín por un mundo mejor: ¡Otro Chile es posible!

“Vacaciones en Viña” Enero de 1975: La estación de verano en el campo de Tralcao es muy hermosa. Antaño mucha gente llegaba, tanto a trabajar como a pasear. Los cerezos ofrecían sus dulces frutos. Era cosa de poner escalas y, “choque” y canasto en mano, a trepar, como monos. Primero a comer hasta hartarse; y el resto al canasto, para venderlas a las “conchenchas” de la feria fluvial de Valdivia. Me gustaban mucho esos momentos, pero mi programa de vacaciones era ir a Viña del Mar a visitar a mi hermana Rosa Amelia, que desde los diez años se había ido a vivir allá, con la tía Blanquita. Cuando se marchó se me partió el corazón, me sentí sola. Así fue por mucho tiempo, sin mi hermana, parecía que no tenía a nadie. Juntas jugábamos, conversábamos, ella era la que me ayudaba en todas las cosas, ¡Éramos super unidas! La tía Blanquita tenía muy buena situación económica: era dueña de una peluquería en el centro de Viña, en calle Etchevers casi esquina de calle Valparaíso. Siempre nos mandaba muchos regalos: ropa, galletas, conservas, juguetes, como muñecas con hermosos vestidos, útiles escolares, cortes de género, etc.


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Ella ofreció a mis padres, llevarse a mi hermana para educarla. Mi hermana asistió al Liceo de Niñas de Viña y luego estudió Pedagogía en Castellano en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Allí encontró y se hizo de grandes amigos y contrajo matrimonio con Mario Vidal, estudiante de Arquitectura. En sus vacaciones yo compartía con ellos, íbamos a las peñas, a ver obras de teatro, encuentros de poesía y otros. Entre los amigos, Alfredo y Silvia, me hacían sentir que yo era una hermana más. Amigos y compañeros compartíamos un proyecto social para Chile; todos muy movidos en la parte política, por lo que el Golpe Militar nos azotó muy fuerte. En enero de 1975, nuevamente pasé vacaciones en Viña. Preparé mi viaje con mi mamá y mi hermano Germaín. Teníamos que acomodar huevos; escoger y faenar pollos y gallinas; preparar el fogón para cocer tortillas y llenar una caja de ricas cerezas. Todo para llevar. Salí de mi casa como de costumbre, caminando dos kilómetros hasta la carretera para tomar la micro. Mis hermanos mayores, Eulogio y Germain, llevaban la carga a caballo. En Valdivia tomaría el bus a Santiago con trasbordo a Valparaíso; mi hermana Amalia me esperaría como lo teníamos convenido. Llegué a Valparaíso, pero Amalia no estaba. Esperé mucho rato, llenándome de muchas incertidumbres. ¿Qué le había pasado...? Hasta que decidí cargar mis cosas y como pude tomé movilización a Viña. Tenía que bajarme en Agua Santa con Álvarez y llegar a calle Valparaíso a la casa de la tía Blanquita, frente al Cerro Castillo. Nos saludamos con la tía y tomamos un café con galletitas y charlamos largamente, respondiendo a sus preguntas acerca de los fa-


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miliares de Tralcao. Luego de un silencio, la tía me dice: “Evita, parece que el matrimonio de Amalia está mal, se ven tristes y callados. Salen, entran, llegan algunos amigos, pero a mí no me han contado nada”. Claro, a la tía no le habían contado nada, para evitarle tristezas. En la noche llegan y me cuentan que todo se debe a que su amigo Alfredo García, esposo de Silvia Vera y papá de un bebé de pocos días de nacido, no había vuelto al hogar, desde que salió a comprar algo para el almuerzo. Silvia, ya estaba acompañada de sus familiares, amigos y compañeros, todos cumpliendo alguna tarea, ya sea de denuncia o búsqueda en las cárceles, centros de torturas, regimientos, comisarías, cementerios y Servicio Médico Legal; también entregando datos a la Vicaría de la Solidaridad. Vivían momentos muy dolorosos, lágrimas, angustia, impotencia y miedo. Uno de esos días visité a Silvia y conocí a su bebé, ella estaba preparándose para continuar la búsqueda de su compañero. Allí sentí un dolor sin límites e iba naciendo en mí un firme compromiso de luchar. No me podía quedar tranquila mientras esto ocurría en Chile. Muchos meses después del peregrinaje de Silvia para encontrar a su esposo, supo a través de compañeros detenidos que lo habían visto en Dos Álamos y también en Villa Grimaldi, muy deteriorado por las torturas. Un tiempo después, aparece su nombre en una lista de detenidos desaparecidos publicado por la Vicaría de la Solidaridad. Me invade el recuerdo al ver su foto, igual como ahora cuando lo plasmo en estas líneas que escribo... Me he quedado pensativa, con un “apretón en el corazón”.


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Así, fueron mis vacaciones en Viña. Volví a casa llena de regalos que le traía a mi mamá y a mis hermanos. También llena de llanto, seco y silencioso. De esto hace mucho tiempo, pero parece que fue ayer...

Contingencia Pájaro, ave voladora de vestir colorido; llévame entre tus alas a recorrer el mundo, sácame de estas tinieblas cúbreme con tus plumas, mis lágrimas y mis sonrisas para no ver a mi gente masacrada para no escuchar gritos lastimeros de mis peñis. Sólo quiero ver el sol, el amanecer. El otro día.


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Gloria Barrientos Gallardo

Días de infancia Los atardeceres más hermosos fueron en el campo, con su salida de sol por las mañanas y su irremediable despedida, en las tardes de verano. Desde muy pequeña, ayudaba a mi familia en los quehaceres del campo, junto a mis cuatro hermanos. Siendo yo la menor, cada día transcurría colaborando en ir a buscar el agua en baldes a un fundo de la Compañía Cervecerías Unidas, que quedaba al frente de nuestra casa; para esta tarea teníamos que atravesar un camino y dos trancas, a más o menos 300 metros. Esto era todos los días del año. En época de siembra, recuerdo ir colocando las papas, luego de que mi papá pasara el arado; también las arvejas, habas y otras semillas. Esta tarea la compartía con mi mamá. Para mis padres era sacrificado el invierno, ya que las provisiones tenían que ir a buscarlas a Valdivia, a 15 km en carreta o a caballo, y continuar una hora más en bote por el río Cau Cau. También mi papá


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vendía carbón y madera, para hacer dinero. Todos estos trabajos eran con bueyes tirando la carreta. En las mañanas nos levantábamos temprano para ir al colegio a dos kilómetros de la casa. Muchas veces lo hacíamos descalzos; cuando llovía y se hacían pozas en la pampa, me encantaba jugar en ellas. Una profesora que nos tomó mucho cariño, le dijo a mi mamá que mi hermano Patricio y yo teníamos que continuar estudios en la ciudad; que no podíamos perdernos porque éramos inteligentes. Recuerdo que siempre participábamos en las veladas y actos del colegio. Fue así como más adelante continuamos estudios en Valdivia. La misma profesora le cedió a mi papá una mediagua, dentro de su sitio con dos piezas para acomodarnos. Ahí se vino con nosotros nuestra hermana mayor, Dina, para que nos atendiera. En este periodo, sucedió el gran terremoto de Valdivia. Recuerdo que estaba yo sola con mi hermana, porque mi hermano Patricio se había ido al campo, fue muy triste por el hecho de estar solas en esta terrible circunstancia, añorando a los padres ausentes. Al otro día llegó mi papá pensando en cómo estaríamos en nuestra situación y para nuestra tranquilidad, supimos que nos venía a buscar para retornar al campo con ellos.

Nos quedamos solos El año siguiente, retomamos nuestra vida, con mi hermana y la escuela en Valdivia. Esto duró como dos años, mi hermana ya había cumplido 18 años y tenía sus propios intereses, entre otros trabajar, y con nosotros no ganaba dinero.


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En aquel tiempo hizo un curso de modas. Y en un momento dado se fue de nuestro lado, sin saber nosotros hacia dónde. La vi salir arreglada, con un bolso en las manos, diciéndome que no saliera a la calle. No volvió ese día, ni el siguiente, ni en la semana, ni nunca más... Me quedé sola con mi hermano Patricio, teniendo nueve años. Pasaron los días y yo intentaba cocinar en un brasero. La primera comida fueron porotos, puse todo el kilo, luego empezaron a desbordarse por la parrilla del brasero. No sé por qué, pero me salieron salpullidos en el rostro y la cabeza, lo cual era notorio y me dio vergüenza ir al colegio. A todo esto mi mamá no sabía que nos habíamos quedado solos y tampoco podíamos comunicárselo. En aquel tiempo sólo existían las cartas y los avisos por encargo con alguna persona conocida del lugar. Fue así como logramos avisar a nuestros padres (al mes, más o menos). Ellos, al saber lo sucedido, llegaron a vernos y noté mucha emoción en el rostro de mi madre. Aún no sabámos nada de mi hermana. De pronto, llegó una carta de Santiago con noticias de ella, diciendo que se había ido a trabajar porque estaba aburrida y necesitaba dinero para sus gastos. Más tarde, a mi hermano Patricio lo dejaron en pensión, donde unos conocidos de mis padres. Yo había faltado aproximadamente un mes al colegio. Mi mamá tuvo que ir a dejarme ya que, aunque yo me había presentado antes, la profesora no me aceptó, diciéndome que tenía que ir con mi madre si quería continuar en la escuela. La profesora le manifestó a mi madre que yo me había presentado desaseada y sola. Al oír esto, a mi mamá le corrieron sus lágrimas, seguro pensó en nuestro problema (desde luego la profesora tuvo muy poco criterio).


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Luego le hizo saber a mi mamá que si yo no tenía donde quedarme en Valdivia, ella conocía unas vecinas amigas que necesitaban una niña para acompañar a la hija de una de ellas que tomaba clases de acordeón. Era para que le llevara el acordeón y la acompañara. En esa casa me dejó mi madre, pagando mi estadía con mi trabajo, para así poder seguir estudiando... ¡Y yo tenía 12 años...! Luego de haber obtenido el segundo lugar en el curso, mis notas comenzaron a bajar notablemente, debido en gran parte al mal trato recibido, tanto en actitudes como en palabras injustas, en esa casa donde yo cumplía funciones inadecuadas a mi edad. Bueno, de todo esto yo no contaba a mi madre y a nadie, tal vez, por temor a no poder seguir estudiando. Colmó la situación, un día, cuando una de ellas, la que atendía el negocio, me dijo que no podía entrar más al baño, que me las arreglara... En la casa había sólo un baño. Bueno, y yo me las arreglaba para hacer mis necesidades en algún lugar del patio, para no contradecirla. Me acuerdo que pensaba mucho por qué me pasaban esas cosas. La niñita Gabriela, a quien yo acompañaba a sus clases de acordeón, era muy buena conmigo. Recuerdo que sacaba chocolates y galletas del negocio que me dejaba debajo de mi almohada. Tenía una compañera de curso que vivía cerca y me ayudaba con las tareas, yo la pasaba a buscar para irnos juntas al colegio. Continuando mis estudios, al cursar quinto año básico, mis notas continuaron bajas y no lograba volver a mi condición de alumna destacada, como cuando recién llegué a la ciudad. La profesora me dejó pendiente para el mes de marzo del siguiente año, según ella para no dejarme repitiendo. Estudié durante el verano y rendí en forma excelente en las pruebas para pasar a sexto de preparatoria.


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Más adelante continuaría estudios en humanidades. Fue así como entré a la Escuela Técnica Femenina de aquellos años. La Directora que tuve en la escuela básica, Sra. Violeta Zilg, me ayudó para conseguir una beca y estudiar en forma interna en aquel establecimiento. Ahí fueron seis años en compañía de muchas otras compañeras, pero siempre fui alumna de regular rendimiento, recuerdo que me costaba mucho concentrarme. Creo que me marcó mucho la etapa anterior. En el internado me encontré con una prima hermana que vivía en Corral, Ester Araneda Gallardo. Después del primer año juntas, ella se fue a Concepción con sus padres y hermanos. Su padre, el tío Hernán Araneda, era comunista. Mi prima, por supuesto, más adelante se casó con un compañero comunista, el cual hoy día es detenido desaparecido. Fue así como terminé el sexto humanidades.

Encuentros y pasares Voy a situarme en el año 1971, cuando intentaba entrar a la Escuela Normal Camilo Henríquez de Valdivia. En vacaciones de verano encontré trabajo en el Hotel Buxton, colaborando en la cocina. Una de las hijas de la Sra. Buxton era profesora, y me informó sobre algunos aspectos de la Escuela Normal para ingresar. En marzo del mismo año me presenté. Se exigía una prueba escrita y una entrevista personal. Creo que se postularon alrededor de 500 alumnos. Más tarde vino la entrevista personal, con un jurado de cuatro personas, entre ellos el director de la escuela. La postulante que me antecedía, cuando salió me dijo: “es dura, guacha”. Aun así, entré con cierta seguridad. Bueno, entre otras cosas, cultura general y temas de actualidad, también me preguntaron qué hobby tenía, les dije que


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me gustaba cantar. Entonces me pidieron que les cantara, recibiendo aplausos al final. Un siete, me dijeron y salí... Hasta aquí todo estaba bien, más tarde publicaron las listas y feliz me encontré al confirmar que había quedado en el número 59 de las nuevas postulantes a la Escuela Normal de Valdivia. Una vez matriculada sólo tenía que estudiar. Hubo dificultades económicas, pero logré sortearlas y dada mi gestión se generó un internado de mujeres, provisorio, utilizando la casa que había ocupado el director. Eran tres años de estudios superiores: Primero, Segundo y Tercero Profesional, en el cual se realizaba la Práctica Supervisada. Hice todo este preámbulo porque ya estamos en marzo de 1973, en el cual se me destina a la Escuela Teniente Merino. Los alumnos en general eran destinados al campo a realizar la práctica, pero yo, por razones de salud, solicité quedarme en Valdivia. En febrero de 1973, sufrí un accidente en el campo y fui trasladada a caballo y luego en bote, hasta Valdivia, siendo hospitalizada y teniendo que guardar reposo absoluto debido a la gravedad de mi estado. Luego se me envió a la Escuela Teniente Merino, donde comienzo trabajando con un Primer Año, con 52 alumnos. Un día, en el mes de abril del mismo año, me sentí un poquito rara. Fui al médico, estaba embarazada. Ya a estas alturas la situación política del país era muy difícil. El gobierno del Presidente Allende era muy cuestionado. Había protestas, paros, y muchas veces debía llegar a pie al lugar del trabajo. Esto era preocupante. Se dice que a veces existe un sexto sentido. Bueno, yo soy muy soñadora e interpreto mis sueños, y en una oportunidad, a fines de agosto o primeros días de septiembre, soñé con tanques y mu-


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chos militares, éstos tirados en las calles, pero apuntando con sus armas. Lo comenté con mi marido, y le dije “algo va a suceder”, fue así como llegó el día 10 de septiembre. En el colegio habíamos organizamos el día del maestro, que se celebraba el 11 de septiembre de cada año, quedando con otra colega encargada de hacer una torta, que dejamos lista, pero que nunca servimos, porque el mismo día, escuchamos las noticias muy temprano en la radio. Todo estaba revolucionado y el peligro era inminente; salimos a las calles... Había Golpe de Estado. Cuatro o cinco días después del golpe militar fuimos a la Escuela Normal. Eran las 13 horas y tocaban el timbre para almorzar. Íbamos caminando por el pasillo cuando sentí un ruido, como trote de varias personas. Miro hacia atrás y a mi alrededor veo militares que nos encerraban por dentro y fuera del recinto: todos con metralletas y fusiles. No alcanzamos a llegar al comedor cuando nos atraparon en el pasillo, colocándonos de espalda contra la pared y manos arriba. Luego nos sacaron a culatazos a la calle, donde nos registraron las ropas y nos pidieron carnet de identidad, a la vez interrogándonos, repitiendo las mismas preguntas, varias veces por si nos equivocábamos. A continuación, nos subieron a un camión, el cual estaba con tierra en el piso, y a todos los alumnos varones los pusieron boca abajo tirados en el suelo. A todo esto, un militar se dio cuenta de mi embarazo y le dijo a un compañero: “Ayúdela”; éramos cuatro mujeres, nos sentaron sobre unos tablones. Arriba del camión estuvimos alrededor de tres horas. En ese instante yo pensaba: “El que nada hace nada teme.” Pasaban ideas por mi mente, como que nos llevarían al regimiento o a otro lugar; también pensé en la muerte, pero en el fondo de mi ser no tenía gran miedo.


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Transcurrido este tiempo, nos bajaron del camión colocándonos en fila uno al lado del otro y nuevamente nos interrogaron. En un instante miré hacia adelante elevando un poco la vista y hacia al frente, un poco más alto. Había mucha gente mirando el episodio, en el cual nosotros, alumnas y alumnos de la Escuela Normal, éramos los actores. Así fue como nos dejaron libres y muy bien advertidos que no podíamos andar en grupo, sino solo de a dos y no más. De ahí en adelante todo fue diferente y nunca más fuimos a nuestra Escuela Normal. Mi vientre abultado, de seis meses y medio, me dificultaba un poco para ir a trabajar; lo mismo en las noches, mi sueño era sobresaltado por las balaceras que se escuchaban, prácticamente hasta la madrugada, mientras mi cuerpo saltaba entero. Temía por el hijo que estaba en mi vientre, además de que al día siguiente debía levantarme temprano para ir a trabajar. Era toda una situación psíquica y físicamente muy alterada. A pesar de esto, yo me preparaba, cada día, para que todo fuera bien. En el trabajo había desconfianza, temor a hablar y el clima laboral ya no era el mismo. Debo decir que en abril del año 1973 empecé a realizar la práctica profesional supervisada en el colegio Teniente Merino de Valdivia. Me entregaron un curso, primer año básico, con 51 alumnos, ya que según la directora no se podía rechazar a ningún niño. Y obviamente estaban demasiado incómodos en la sala por la estrechez.

Con mi hijo, la vida continúa Llegó diciembre y por la noche, alrededor de las cuatro de la madrugada, me desperté sintiendo fuertes dolores, ya se acercaba


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el nacimiento de mi hijo, y yo pensando en llegar al hospital lo antes posible. Finalmente fui llevada por militares, a solicitud de mi esposo y un vecino. En el trayecto el trato fue amable, también en el hospital. Me di cuenta que había estudiantes en práctica que acudían a mí cada vez que me quejaba... Y mi hijo eligió nacer a las 17:10 de ese día 22 de diciembre de 1973. De vuelta a la pieza que arrendábamos, luego de cumplir el periodo de licencia maternal, empecé a trabajar, y nuevamente diferido. Mi niño se quedaba con su padre, ya que él no pudo continuar sus estudios debido al cierre de la Escuela Normal. Así es que cuando yo regresaba del colegio, él salía a realizar algunos trabajos esporádicos como vender huevos, galletas, etc. En el verano de 1974 mi marido fue a realizar unos trabajos de construcción al campo, quedando yo con mi niño en casa de mis suegros. De vuelta en marzo se iniciaba el año escolar. Empecé a trabajar con bastante preocupación, debido a que el amamantamiento de mi guagua ya no sería en los horarios correspondientes. Una noche, en el periodo de organización de la escuela, me quedé hasta tarde noche trabajando para terminar mi cometido. Estaba en eso cuando me pica la cabeza y al revisarme el cuero cabelludo me toco algo extraño, me acerco a la lámpara y veo era un piojo. Dejo por un rato mi trabajo y me empiezo a peinar y aparecen muchos más. Me dio mucha pena, lloré de rabia y vergüenza, no sé, pero alguien me dijo que salían de pena. Tuve que acudir a la farmacia y comprarme un remedio para atacar esta triste situación que me aquejaba. Así continúa nuestro diario vivir, en nuestro minúsculo espacio. Al año, un mes, un día, nace mi segundo hijo y en las mismas condi-


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ciones, pero de todas formas nos arreglábamos para que nuestros hijos estuvieran bien. Más adelante nos cambiamos a la población Autoconstrucción, ahí arrendamos una casa y a mí me quedaba más cerca del colegio. No teníamos para pagar una persona que cuidara a los niños y muchas veces me los tuve que llevar al trabajo, asumiendo las consecuencias que esto conllevaba. Afortunadamente tenía un Director, don Guillermo Álvarez, que comprendía mi situación y nunca me puso obstáculos, por el contrario. Luego los pusimos en un jardín infantil. Mi esposo logró conseguir trabajo en el campo, como profesor interino, en la Escuela Santa Margarita de Los Lagos.

De la ciudad al campo Era abril del año 1980 cuando nos ofrecieron trabajar a la Escuela G 1141 de Los Pellines. Era una escuela nueva, hasta ese momento yo trabajaba en la escuela Teniente Merino de Valdivia. Y optamos por aceptar trabajar en el campo, influyó tener los hijos cerca, en la misma escuela, y la casa y escuela nueva, ya que se inauguró con nosotros. Y así comenzó nuestra labor educativa en el campo. La casa para profesores era muy confortable y también nueva, pero teníamos dificultad con el agua, había que ir a buscarla a un pozo retirado de la escuela. La otra dificultad era el trayecto de la escuela a la ciudad y viceversa. Viajábamos una vez al mes para pagarnos y comprar lo necesario para el hogar. Este trayecto lo hacíamos a caballo o a pie. Fue así como más adelante solicitamos al alcalde de la época, don Eduardo Schild, un vehículo para trasladarnos con nuestra mercadería una vez al mes.


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Nuestros hijos también eran nuestros alumnos en la escuela. Wladimir y Rodrigo (seis y cinco años respectivamente) en 1º año básico ambos; Francisco tenía apenas siete meses. Todo fue diferente, de la ciudad al campo. Para mis hijos, conocer niños campesinos, muchas veces verlos descalzos con sus ropas pobres. Pero rápidamente se adaptaron y fueron amigos de todos sus compañeros. Ellos también querían andar descalzos, y nos decían: ¿Y cómo los otros niños...? El trabajo en el campo fue una gran experiencia para nosotros. Wladimir, nuestro hijo mayor, siempre que lo perdíamos estaba en algún lugar leyendo. Televisión se veía muy poco, porque no había luz eléctrica, solo batería. En programas de niños “El Chavo del 8” y “Los Picapiedras” eran los que se veían… Ellos creaban sus propios instrumentos musicales y cantaban canciones aprendidas. Francisco era muy pequeño, pero balbuceaba también las canciones. Los viajes, del campo a la ciudad, eran lo más lindo para ellos, ya que si no era a pie, los hacíamos a caballo. Siempre descansábamos en un lugar que se llama “El Yiuco”, ahí había un estero grande, muy lindo, y un túnel natural; y se metían al agua con sus botas de goma o descalzos, si era verano.

Episodios vividos en nuestro nuevo hogar En nuestro trabajo en la Escuela de los Pellines, vivimos episodios de distinta índole que también nos marcaron. En ese tiempo existía el programa PEM, quien estaba a cargo en el sector de la costa era Osvaldo Burgos, empleado de la Municipalidad de Valdivia. Este personero, cada 15 días pagaba a los


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campesinos los días trabajados, para cuyo cometido me solicitó una sala. En la misma época, me llevó unos afiches de apoyo al régimen militar, para que como profesores los repartiéramos a los alumnos. Por supuesto, no lo hicimos y él, claramente, se dio cuenta que nosotros estábamos en contra de la Dictadura. Fue así como en una oportunidad pasó por el colegio y me encargó guardarle dos colchonetas a lo que accedí, naturalmente. Y pasado un tiempo fue a buscarlas, estando nosotros ausentes ya que Francisco, nuestro hijo menor, había sufrido un accidente y debimos trasladarlo a Valdivia para ser atendido de urgencia en el hospital. Por lo que este señor acudió a una señora que nos colaboraba en los quehaceres del hogar y vivía cerca de la Escuela. A ella le exigió que le pasara las llaves y así fue como entró a la cocina de la escuela, forzando la puerta de la bodega, ya que no había llave, según él, para sacar las colchonetas que nos había dejado encargadas. No conforme con esto entró también a nuestra casa, hurgueteando en muchas partes, incluidos los dormitorios. Al llegar de la ciudad nos enteramos de este episodio por un vecino y apoderado del sector, quien nos contó en detalle lo que este individuo había protagonizado, actuando con prepotencia y manifestando que los profesores estaban ausente de la escuela (él era el fiscalizador). En vista de este atropello, se dio cuenta a Carabineros de Punucapa que correspondía al sector. El jefe de retén se mostró muy molesto por esta acción y emitió un informe, luego de constatar los hechos. Dicho informe fue adjuntado a la denuncia hecha por mi persona como encargada de la escuela. Al día siguiente pasa nuevamente este individuo por la colchoneta que no pudo sacar de la escuela. Ahí lo atendí en la oficina del co-


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legio y le pregunté con voz firme y segura qué había ocurrido el día anterior. A lo que él me respondió: “En ausencia de los profesores, tuve que recurrir a la asesora del hogar para que me facilitara las llaves y retirar las colchonetas, ya que las necesitaba”. Intercambiamos algunas palabras en un tono no muy cordial y luego le hice firmar un escrito que acreditaba el retiro de las colchonetas. Le manifesté que era incorrecto lo que había hecho y que esto lo veríamos en otro lugar, a lo cual respondió amenazante: “Acuérdese que las escuelas pasarán a las municipalidades y seré yo quien fiscalice el sector de la costa”. Con el tiempo creo que cumplió su amenaza. No fui yo la que quedó sin trabajo, sino mi marido, quien fue exonerado en el año 1987. De un momento a otro y sin darle razones. Esta situación nos trajo muchos problemas, sobre todo económicos y, por supuesto, psicológicos. Lo que alteró a la familia completa.

Estudios de mis hijos En el campo, Wladimir y Rodrigo estudiaron hasta 6º básico, Francisco el Primero Básico. Luego continuaron en la Escuela Nº 1 de Valdivia entrando al 7º año los mayores. Fueron buenos alumnos allí y continuaron la Enseñanza Media en el Instituto Salesiano. Cuando cursaban el 3º medio, su padre fue exonerado como profesor; por lo tanto, empezaron a fallar las cuotas de la mensualidad de cada uno. Yo como madre me acerqué a hablar con el sacerdote director, solo me dijo que tenía que solucionar mis problemas. En un instante de la conversación me manifestó que deberíamos ponernos al día con las bolsas de cemento ya que se estaba haciendo la construcción de otro pabellón para el establecimiento.


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La situación se tornó cada vez más difícil repercutiendo en el hogar y en los hijos, muy fuerte, bajando notablemente su rendimiento. El profesor jefe y Director de Estudio solicitó una entrevista con los padres y nos informó que debíamos retirar a nuestros hijos porque no reunían las condiciones para continuar con sus estudios. Y a fines de mayo de ese año los retiramos del Instituto Salesiano y tuvieron que continuar sus estudios en el Liceo Armando Robles. Fue terrible para ellos. El brusco cambio, el edificio mismo tenía otro aspecto, mala disciplina... El ambiente en general era muy diferente. El rendimiento fue totalmente irregular, en ambos, tanto así que tuvieron notas diferentes, al punto de tener que repetir de curso. Me preocupé de hablar con mis hijos, muy en profundidad, dándoles a entender que nada ni nadie los iba a incapacitar de su inteligencia; todo se superaría y saldrían adelante, porque la capacidad la tenían y con creces.

Acción y Superación Fueron momentos muy amargos vividos en familia, pero poco a poco y paso a paso, la gran muralla fue cayendo, y se abriendo caminos y las dificultades deshojando y cultivamos grandes esperanzas que más tarde se hicieron realidad. Hoy, nuestros hijos, tienen sus profesiones y cada uno proyecta su futuro con mayor seguridad y menos desasosiegos. Wladimir estudió en la Universidad Austral la carrera de Licenciatura en Filosofía y más tarde, Derecho en la Universidad San Sebastián, obteniendo su título recientemente.


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Rodrigo Alonso estudió en INACAP la carrera de Técnico Forestal y más tarde fue favorecido con una beca para estudiar Medicina en Cuba. Hoy es médico con especialidad en salud pública. Francisco Fabián estudió la especialidad de composición musical en el Instituto Escuela Moderna, en Cuba realizó un año de percusión musical, completando en la Universidad Mayor la Licenciatura en Artes Musicales y Visuales. Tendría mucho más que detallar de importantes episodios vividos, pero será cuando se originen otros espacios. Agradezco enormemente la oportunidad, como usuaria PRAIS, para relatar hechos escondidos y guardados por tanto tiempo. Espero que el lector sienta y crea en la verdad de estas narraciones. ¡Muchas Gracias!


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Beatriz Brinkmann Scheihing

El invierno valdiviano me vio nacer un día de temporal del año 1942. Mi padre había llegado de Alemania a Chile teniendo menos de un año de edad; mi madre también era de ascendencia alemana pero había nacido en Valdivia. Es decir, formaban parte de la colonia alemana de esta ciudad, en la que, sin embargo, había dos grupos bien diferenciados y con poco contacto entre ellos: los empresarios y latifundistas, por un lado, y los empleados a sueldo o pequeños emprendedores, por otro. Nosotros pertenecíamos al segundo grupo. En mi casa se hablaba alemán, por lo que me crié con dos idiomas. Asistí desde pequeña al Instituto Alemán, particular pagado, lo que fue posible gracias a que mi madre se había capacitado en cursos vespertinos para enseñanza básica y comenzó a trabajar como profesora de alemán en ese establecimiento, por lo que sus cinco hijos estuvimos becados. Cursé ahí toda la enseñanza básica y parte de la media. Al pasar a quinto año de humanidades –equivalente al tercero medio actual– me trasladé al Liceo de Niñas, porque me desagradó cada vez más el ambiente elitista del Instituto Alemán.


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En ese tiempo, la educación pública era excelente. Era el Estado a través del Ministerio de Educación el que cuidaba la calidad y los alumnos de educación media de los colegios particulares, como el Instituto Alemán, al final de cada año escolar debían rendir exámenes ante comisiones de profesores de los liceos fiscales. En el Liceo me enfrenté por primera vez a corrientes políticas que competían entre sí para presidir el centro de alumnos. Mis padres nunca participaron activamente en política y en el colegio alemán ésta tampoco era tema. Yo sólo observaba y me dedicaba más bien a estudiar. La Secretaria General del Liceo, señorita Erna Mesecke, era de ascendencia alemana y conocida de mis padres. Cuando supo que mi intención era irme a Santiago a estudiar en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, les advirtió que me aleccionaran para que allá yo tuviera cuidado y no cayera en las redes de los estudiantes comunistas que trataban de ganar a buenos alumnos para sus filas. Se me imaginaban como arañas esperando a que apareciera un incauto provinciano, y como yo siempre había sido buena alumna, quizás era una víctima propicia.

Tiempo de utopías Tuve la suerte de estudiar en el Instituto Pedagógico en un periodo en que había excelentes profesores y la mayoría de los estudiantes soñaba con un Chile mejor y quería contribuir a construirlo. La educación universitaria era gratuita y además pude residir en uno de los cuatro hogares estudiantiles –dos para varones y dos para mujeres– que había dentro del enorme, acogedor recinto del Pedagógico, lleno de árboles, jardines y bancos para sentarse a estudiar… o pololear.


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La Facultad de Filosofía y Humanidades se mostraba comprometida con el momento social y político que se venía gestando. Era 1963 y ya comenzaba la efervescencia estudiantil. Sin entrar a militar en ningún partido, fui conociendo las diferentes corrientes ideológicas y a las personas que las representaban. Fue entonces que comprendí la verdad histórica de los planteamientos de la izquierda. Me convencí de que no bastaba sólo con más caridad para paliar los estragos de la pobreza, sino que era imprescindible una reestructuración socioeconómica si queríamos erradicarla. Fueron tiempos de estudio, de maduración, de mucha discusión ideológica y también de alegría, esperanzas y utopías movilizadoras. En 1966 se produjo un vuelco que hizo vibrar con fuerza renovada al antiguo Pedagógico: después de un largo periodo en que el Centro de Alumnos había estado en manos de la Democracia Cristiana, ahora la lista ganadora era del MUI (Movimiento Universitario de Izquierda) que unía a socialistas y comunistas. Se crearon comisiones de trabajo y me sumé a la de cultura. ¿Cómo describir la efervescencia y el entusiasmo de ese tiempo? Leíamos mucho, íbamos al teatro, traíamos poetas al Pedagógico, se cantaba folklor y nueva canción chilena en encuentros improvisados en el parque, conversábamos, discutíamos. Se vivía una sana alegría, unas ansias de saber y compartir que nos hacían disfrutar de la vida. Recuerdo especialmente la figura emblemática del nuevo presidente del Centro de Alumnos con su barba y su largo abrigo oscuro: Freddy Taberna, militante del PS. Uno de los tantísimos jóvenes de gran valor humano cuya vida fue brutalmente segada por la dictadura. Luego de recibirse con el título de Geógrafo, había vuelto a Iquique, su ciudad natal, donde asumió como director de la Oficina de Planificación Regional. El 15 de septiembre de 1973 se presentó voluntariamente al Regimiento de Telecomunicaciones tras ser re-


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querido por las autoridades militares. Fue trasladado al campo de concentración de Pisagua, condenado a muerte en un consejo de guerra y ejecutado el 13 de octubre. Freddy Taberna tenía 30 años. En 1967 era impensable que algo así podría suceder en Chile. Estábamos convencidos de que el cumplimiento de nuestras utopías sólo dependería de nuestro propio esfuerzo y que eran realizables porque eran justas. Al recibirme de Profesora de Estado en Castellano y Alemán, regresé a Valdivia y comencé a hacer clases en el Instituto Alemán y en el Liceo de Niñas. Al mismo tiempo postulé a una beca de estudios de post grado en el Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD) para realizar un magister en la Universidad de Marburg. Mi intención era ampliar mis conocimientos para luego regresar a Chile y ejercer de docente en alguna universidad. Obtuve la beca y a inicios de 1969 me trasladé a Alemania.

Miles de empanadas para la resistencia Marburg, ciudad universitaria ubicada en el centro de Alemania Federal, se distinguía por ser una de las pocas en que había una relativamente fuerte presencia del Partido Comunista Alemán (DKP, por su sigla en alemán), el que incluso tenía representación en el gobierno municipal. En la universidad, la Federación de Estudiantes Marxistas, Spartakus, impregnaba el ambiente con su ideario revolucionario. El triunfo del candidato socialista Salvador Allende en las elecciones presidenciales en Chile en 1970 fue valorado por todos como un evento de gran trascendencia. Allende era el primer presiden-


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te marxista-leninista que había llegado al gobierno con una coalición de izquierda, la Unidad Popular, a través de elecciones libres y democráticas. Percibíamos que la alegría y la esperanza que se vivían en Chile se contagiaba a los sectores progresistas del mundo entero. El “Venceremos” y “El Pueblo Unido” pronto fueron himnos ampliamente conocidos, lo mismo que la música de Víctor Jara. Pero así como se celebraban medidas tan trascendentales como la nacionalización del cobre, también se observaban con creciente preocupación las maquinaciones de la derecha y las poco disimuladas intervenciones de EE.UU. Yo vivía en un hogar estudiantil donde se seguía con mucho interés el proceso chileno. El 11 de septiembre de 1973 la noticia nos hizo correr a la sala donde había un televisor: golpe de estado en Chile. La imagen de las bombas, La Moneda en llamas, fue repetida muchas veces junto con la noticia de la muerte de Allende. El mensaje era claro: la Democracia estaba siendo destruida, ardía en llamas, caía a pedazos. En los días siguientes se fue sabiendo cada vez más. De inmediato se organizó un comité de solidaridad con el pueblo chileno y se realizaron marchas condenando el golpe militar, al mismo tiempo que se exigía respeto por los derechos humanos de los integrantes del derrocado Gobierno Popular. Llegaron los primeros compañeros y compañeras con asilo político, algunos de los cuales fueron acogidos en nuestro hogar estudiantil; se decía que habían sido del GAP y pronto siguieron viaje a otros países. A partir de enero de 1974 comenzaron a llegar varias familias, para las cuales el gobierno municipal había alquilado departamentos, acondicionados con muebles y utensilios donados por mucha gente que se sentía conmocionada por los sucesos en Chile.


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Llegó Edgardo Salas, quien había trabajado como médico en el Hospital de Valdivia con su esposa Juanita, que era matrona, y la Juanita Chica, de no más de cinco años. La Juani Chica debía ir al jardín infantil y la acompañé los primeros días, hasta que con esa facilidad propia de los niños se integró al grupo. En otro departamento del mismo edificio vivía Iván Ljubetic, que pasó todo su exilio en Marburg, junto a su señora Marcia y su hijo Ivo. Cada vez iban siendo más los exiliados que llegaban a esta ciudad de espíritu solidario. A través del Chile-Komitee, que había sido creado por los compañeros alemanes y en el cual participábamos activamente, organizábamos múltiples actividades para denunciar lo que estaba sucediendo en Chile y canalizar la solidaridad. Recuerdo con especial emoción las acciones exigiendo que la dictadura devolviera con vida a los detenidos desaparecidos. Los nombres y los pormenores de la detención de algunos de ellos me llegaron a ser tan familiares, que sentía como si los hubiese conocido personalmente: Reinalda Pereira, Fernando Ortiz, Víctor Díaz, Waldo Pizarro, Uldarico Donaire, Exequiel Ponce, Carlos Lorca... Instalábamos mesas de información en las calles y pedíamos a los transeúntes que firmaran cartas para enviar a las autoridades chilenas. No pocos dudaban del efecto que eso pudiera tener, pero nosotros insistíamos, sentíamos que la solidaridad internacional era una herramienta importante en la lucha contra la represión. Es imposible relatar todas las acciones, que eran casi diarias: conciertos con Inti-Illimani, Quilapayún y posteriormente Illapu y Ortiga; charlas, conferencias de prensa, venta de miles de empanadas para las campañas de finanzas orientadas a apoyar la resistencia chilena. Por la mayoría de los compañeros el exilio era asumido como otro


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frente de lucha y yo me sumé al trabajo del PC. Nuestra principal fuente de información eran los canales partidarios y Radio Moscú en onda corta. Inolvidable Radio Moscú que mantenía unido el interior con el exterior, que acompañaba, daba aliento y ayudaba a que nadie se sintiera abandonado. Un importante frente de acción solidaría fue también la organización “Kinderhilfe-Chile”, Ayuda al Niño Chileno, que tenía grupos activos en alrededor de 25 ciudades alemanas y en la que participaban tanto mujeres alemanas como chilenas. Una vez al año se realizaba una jornada a la que asistían representantes de todos los grupos, se intercambiaba información y se decidía qué proyecto central apoyar económicamente, como las ollas comunes de la Vicaría de la Solidaridad y más adelante, de la Metropolitana de Pobladores. Era ayuda humanitaria pero con contenido político. Generalmente participaban invitados de Chile que traían información y a mí muchas veces me correspondió traducir sus intervenciones. Así fueron pasando los años. Terminé el magister, hice un doctorado y, como ya no tenía beca, trabajaba en una escuela de idiomas y en la universidad dando clases de alemán para extranjeros. Nunca me compré muebles, vivía en un pequeño departamento acondicionado solo con lo más elemental, pues lo consideraba una residencia temporal. Quería volver a Chile, pero no a trabajar en una universidad controlada por los militares. Finalmente, hacia fines de 1984, se dio la oportunidad de retornar, cuando el Instituto Alemán de Valdivia ofreció un cargo de profesor de alemán. Supe de ello por mi madre, postulé y obtuve el puesto. Así, a inicios de 1985 empaqué mis cosas y regresé a Valdivia.


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Vivir en dictadura Pasado poco tiempo, me integré al trabajo de la AGECH y del Colegio de Profesores, y en 1986 mis colegas del Instituto Alemán me eligieron delegada ante esas instancias. Al mismo tiempo, la dirección regional del PC me había pedido integrarme a la Comisión de Organización para atender el sector de Panguipulli. Tuve que aprender a tomar medidas de seguridad, a observar a mi alrededor, a cuidar lo que decía y con quién lo decía. El trabajo con los compañeros de Panguipulli fue una de las más hermosas experiencias de mi vida. Primero me sentí insegura ante la tarea que debía asumir, temía ser rechazada por ser mujer y además rubia, no poder contar con la confianza de los compañeros, muchos de ellos de ascendencia mapuche. Pero todos esos temores fueron infundados. Me fue a presentar una compañera y pronto comenzamos a desarrollar el trabajo. Iba los fines de semana y generalmente me alojaba donde el compañero Otelo Castillo, que vivía con su señora Carmen y sus cuatro hijos en condiciones muy humildes. Como dice Neruda, me enseñaste a dormir en la cama dura de mis hermanos. Su casita quedaba en Chauquén, en un lugar maravilloso junto al lago Panguipulli. Con el compañero Otelo fui visitando una a una todas las células, dispersas en el campo, en los cerros, debiendo realizar largas caminatas a campo traviesa para llegar a los lugares de reunión en la casa de algún compañero. Encontraba en ellos la rectitud que necesita el árbol, aprendí a ver la unidad y la diferencia de los hermanos. Mientras caminábamos por las pampas, el compañero Otelo me contaba de los sindicatos agrícolas que existían antes del golpe, del asentamiento en que había participado, de cómo habían sembrado sin alcanzar a cosechar, del


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fin de los sueños y la feroz persecución. Pero nada había logrado amilanarlos y nunca olvidaré sus palabras: “Mire compañera, los comunistas somos como la murra, podrán hacer un roce, quemarnos, cortarnos a ras, pero siempre quedarán raíces y el Partido volverá a nacer”. Neruda, con otras palabras, en su poema A mi Partido concluye lo mismo: Me has hecho indestructible porque contigo no termino en mí mismo. Conocí a la familia del compañero Ramón Cañulaf en Tallos Altos, a Sixto Astete, Sergio Punoy, los hermanos Lipileo, los compañeros de Malalhue y también de Panguipulli. Era un partido vivo, muchos militantes integrados a Ad Mapu y dispuestos a seguir dando la pelea. El contacto con la familia del compañero Otelo, fallecido hace pocos años, lo mantengo hasta el día de hoy y se ha convertido en una profunda amistad. En 1986 la dirección del Partido me pidió que asumiera como secretaria del comité local en Valdivia. Era un nuevo desafío. Se suponía que el ’86 iba a ser el año decisivo, había que desarrollar la política de rebelión popular y las condiciones para ello no eran fáciles. Pero el esfuerzo había que realizarlo, tratar de cumplir con las tareas encomendadas. Formamos un equipo en que, entre otros, participaban Annie Leal, María Cristina Arredondo y Gabriela González. Como muchos, yo llevaba una doble vida, la pública, como profesora en el Instituto Alemán, y la clandestina, formando parte del multitudinario esfuerzo por poner fin a la dictadura. En ese tiempo vivía en la Isla Teja en una casa que se encontraba junto a la casona Prochelle y que pertenecía también al dueño de ésta. Conmigo vivía Claudia, militante de las Juventudes Comunistas y estudiante de la Universidad Austral, con quien sigo manteniendo una amistad entrañable. Conversábamos mucho, analizábamos la situación del país, las perspectivas, las dificultades. Recuerdo que cuando se produjo el atentado a Pinochet nos era difícil creerlo.


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Desde nuestra perspectiva de provincia nos parecía que aún no se daban las condiciones para algo así. Incluso pensamos que se podía tratar de un montaje para justificar mayor represión. Pero el FPMR se adjudicó el atentado y ya no cabía duda. En la dirección del Partido se consideró que seguramente vendría una ola represiva contra los compañeros “públicos”, los dirigentes sindicales y gremiales, por lo que se les recomendó no alojar en sus casas durante algunos días. El golpe represivo efectivamente vino, pero se encauzó de manera inesperada…

Golpes en la puerta … y otros golpes En la madrugada del 19 de septiembre de 1986 me despiertan fuertes golpes en la puerta de calle. Se me aprieta el corazón. ¿Qué hacer? ¿Hay algo que esconder? Demasiado tarde. Los golpes se reiteran. (Aún años después se me tensaba el cuerpo cuando oía golpes parecidos). ¿Huir por la ventana? ¿Y si la casa está rodeada? Además, ¿para dónde? No tiene sentido. Sólo queda enfrentar la situación. Claudia también ha despertado. Nos miramos y abro la puerta. Irrumpen cuatro hombres con los rostros descubiertos que se identifican como “de seguridad”. Allanan la casa. Me preguntan si tengo armas o explosivos, lo que niego, y me da la impresión de que saben perfectamente que no las hay porque no insisten. Juntan en un bolso algunos libros, revistas, especialmente Solidaridad, Análisis y algunas Don Reca, revista casi artesanal que publicaba Iván Ljubetic en Marburg. Obligan a Claudia a firmar una hoja en blanco, en la que, según dicen, posteriormente registrarían todo lo incautado. En ese momento se identificado como de la CNI y me indican que debo vestirme para “acompañarlos”.


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Delante de la casa esperaba un jeep militar. Recuerdo la cara de incredulidad y espanto de un nochero del señor Prochelle, al cual en noches de invierno yo a veces había invitado a pasar a tomarse un café. En el interior del jeep había soldados fuertemente armados y con la cara pintada. Me colocan una venda en los ojos y después de recorrer varias calles me hacen bajar e ingresar a un edificio que por el trayecto recorrido identifiqué como el recinto de la CNI. Tuve que bajar a un sótano, sentía la boca totalmente seca, como cartón. Abajo ya había más detenidos, como pude constatar al deber esquivar varios cuerpos para pasar. En ese sótano permanecí durante seis días y cinco noches con la vista vendada y prohibición de hablar con los otros detenidos. Sólo se escuchaban los insultos de los agentes, los gritos desgarradores de los que eran torturados y la música a todo volumen con que pretendían tapar esos gritos. En otros momentos el maltrato cesaba, nos daban comida, ofrecían cigarrillos. Pero hasta comer con los ojos vendados, a ciegas, era una humillación y acentuaba los sentimientos de rabia, indignación e impotencia. Al tercer día escucho que alguien dice: “Aunque tenga cincuenta nacionalidades le tocará igual” y, sabiendo que se refieren a mí, trato de prepararme anímicamente. Poco después me llevan a un baño, a gritos me hacen desnudarme hasta la cintura y me sientan en una silla con brazos. La desnudez aumenta mi sentimiento de indefensión. Me manosean haciendo comentarios. Siento que mis tobillos son atados a las patas de la silla y las muñecas a los apoyabrazos. Me colocan lo que presumo son electrodos. Empieza el interrogatorio con preguntas banales pero luego quieren saber sobre mis contactos y mi participación en acciones de resistencia. Si guardo silencio o me niego a reconocer algo me dan fuertes golpes en la cara, cuyo efecto es peor al no poder anticiparlos por estar con la vista vendada. A ello se van sumando las descargas eléctricas, primero como ad-


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vertencia, luego cada vez más fuerte, remeciendo todo el cuerpo. Insisten en que reconozca haber recibido instrucción militar en Cuba. No puedo reconocer algo que jamás fue y quizás eso y la convicción de que nuestra lucha era justa me dan fuerza para seguir soportando. Finalmente me hacen regresar al recinto donde se encuentran las literas. No me cabe duda de que tener también nacionalidad alemana, aunque no me preservó de la tortura, sí evitó que ésta fuera más terrible, como la que sufrieron los demás compañeros. Para la foto que salió publicada en el Diario Austral nos llevan a una habitación en el piso superior. Nos hacen pararnos juntos, nos ordenan sacarnos la venda y mirar sólo hacia la cámara fotográfica con que un encapuchado nos toma fotos mientras otros encapuchados nos apuntan con sus metralletas. El 24 de septiembre nos llevan, uno por uno, a firmar papeles cuyo contenido no pudimos ver. En la noche de ese día, los doce detenidos de la foto, dos mujeres y diez hombres, fuimos trasladados a la cárcel pública: María Cristina Arredondo y yo, Abel Castro, Arturo Jerez, Amílcar Jofré, Gabriel Mánquez, Sergio Pérez, Pedro Mella, Pedro Ruiz, José Ruiz y Juan Vega, todos del PC, de las JJCC o del FPMR, así como Francisco García del PS, quien fue dejado en libertad poco tiempo después. Posteriormente supimos que habíamos sido alrededor de 20 las personas detenidas por la CNI los días 18 y 19 de septiembre de 1986 en un operativo que había abarcado las ciudades de Valdivia, Los Lagos y Río Bueno. Algunos habían sido dejados en libertad después de dos a o tres días por la propia CNI, entre ellos, Annie Leal. Estando nosotros ya en la cárcel, fue detenido en Linares Alejandro Rojas, estudiante de la Universidad Técnica, traído a Valdivia e incluido en el mismo proceso judicial.


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Hedor, suciedad y frutillas Al llegar en la noche a la cárcel, primero fueron bajados del furgón los hombres, después María Cristina y yo. Ingresamos, pasamos a una habitación, nos pararon a una distancia considerable la una de la otra y nos hicieron sacarnos la venda. Lo primero que vi fue una imagen de la Virgen María al fondo de la enorme habitación. Era el patio de visitas de la cárcel. Dos gendarmes me condujeron por un pasillo, subimos una escalera, puerta de fierro, candados, otro pasillo con numerosas puertas con candado, seguimos casi hasta el fondo y ahí me hacen ingresar a una celda. Me quedo casi sin aliento al aspirar el terrible hedor del recinto. Estamos en el pasillo de las celdas de castigo y ésta es usada como baño. Tiene un WC y un lavamanos, pero no corre agua. Hay excremento hasta en las paredes. Me traen una colchoneta y dos frazadas que ponen en el suelo, quedando separada del WC por un pedazo de muralla de alrededor de 80 cm de altura. Quedo sola en la oscuridad. Todo hiede. Las frazadas están mugrientas. Me envuelvo hasta la cabeza con un chaleco de lana, me meto debajo de las frazadas y me duermo. Pienso que al menos aquí nadie será sacado durante la noche para sufrir tortura. A la mañana siguiente desperté con el ruido del candado y la puerta de fierro. Los compañeros son traídos uno por uno para orinar. Yo me quedo tendida y con la cabeza envuelta en el chaleco. Después de un rato viene una gendarme, me trae una taza de café y un poco de papel confort que me entrega como un tesoro prohibido. Pronto me daré cuenta de que realmente es un tesoro. Me dice unas palabras tranquilizadoras y se va. Por primera vez desde la detención lloro, su amabilidad, su gesto de madre comprensiva me había desarmado.


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Al segundo día soy llevada ante el fiscal militar que me declara reo por constituir “un peligro para la sociedad”, aplicándome la Ley de Control de Armas. Al día siguiente me sacan del baño y me llevan a otra celda de castigo. Se supone que es de aislamiento, pero por la ventana enrejada puedo conversar con alguien que está en la celda contigua. No lo conocía antes, se llamaba Juan Vega, era muy joven y formaba parte del FPMR. Sin poder vernos, nos hicimos amigos a través de largas conversaciones en las tardes, después de que los presos comunes habían sido encerrados en sus celdas y el patio al que daban nuestras ventanitas quedaba en silencio. En las celdas de castigo estaba prohibido tener cepillo de dientes, lavarse, cambiarse de ropa. Pero mi madre logra hacer pasar unas almohadas limpias, galletas, chocolates y hasta frutillas con crema. Me siento viviendo una situación absurda, kafkiana: sentada en el piso sobre una sucia colchoneta, rodeada de muros llenos de dibujos e inscripciones obscenas y comiendo frutillas con crema. A los ocho días me comunican que se ha levantado el aislamiento y me llevan a la sección de mujeres.

Con las presas comunes Abren una reja, recorremos un pasillo, a la izquierda hay ventanales por los que se ve el edificio de varios pisos donde están los presos masculinos. A la derecha, el acceso a un sector en que están recluidos los menores de edad. Otra reja, sigue el pasillo, estamos en el sector de las mujeres. A la derecha, accesos con puertas enrejadas a dos espacios separados. Me hacen ingresar al primero, donde ya está María Cristina. Es una sala amplia con muchas literas dobles,


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un pequeño espacio separado con dos literas, además hay un baño con duchas y un patio que colinda con la sección de los menores. Las mujeres nos acogen bien, nos convidan mate y nos conversan. Después de tantos días sin poder lavarme, tengo que ducharme. Sé que sólo hay agua fría y que seré observada para ver cómo reacciona esta “terrorista burguesa”. Me prestan jabón y champú, aprieto los dientes y me ducho con el agua helada como si nunca hubiese hecho otra cosa. Al menos después me siento limpia. La segunda noche se produce un incidente, una interna ataca a otra y le hace un corte, parece que por celos. Son enviadas a las celdas de castigo. Gendarmería seguramente teme por nuestra seguridad, por lo que a los pocos días se habilita un antiguo baño en desuso como celda para María Cristina y para mí, pero seguimos compartiendo el baño y el patio de las otras mujeres. Sólo después de que se nos había sumado Annie Leal en noviembre nos instalan un baño “privado”. Huele a cloro y a humedad, pero para nosotras es maravilloso poder estar solas. Por fin podemos conversar sobre lo que nos ha sucedido. María Cristina me dice que ella tiene claro que caímos por delación y sabe quién es el delator: Guillermo Santana, el Mocho, había sido miembro de la Jota y ya en el ’73 había delatado a compañeros. Ahora, a pesar de las advertencias de varios militantes, la dirección del Partido lo había reincorporado, lo que tuvimos que pagar caro. María Cristina me cuenta que por estar ocupadas todas las celdas de castigo, a ella la habían llevado al lugar donde nos encontrábamos ahora, pero que entonces estaba lleno de tablas y escombros. La puerta de reja queda a menos de dos metros frente a la puerta enrejada del segundo sector de aquellas mujeres que estaban por deli-


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tos más graves, como homicidios o robos con violencia y donde las peleas eran frecuentes. Tenían una jerarquía en que a la “Mami”, autora de varios homicidios, había que respetarla y servirle. Pero precisamente esta Mami era la que tenía cierta conciencia política. A pesar de que los gendarmes le habían dicho que a María Cristina la ponían en ese lugar porque estaba loca, dedujo que era una de las “terroristas” de las que se había informado en la radio y que había pasado por la CNI. Entonces decidió que había que levantarle el ánimo y no sólo le tiró cigarrillos y fósforos sino que organizó un show. Hizo poner una mesa frente a su puerta de rejas y una por una todas se subían con un cucharón en la mano como micrófono para presentar algún número. Solidaridad popular pura.

Iniciativa solidaria por mi libertad Estando consciente de que militar activamente en el PC constituía un riesgo, le había dejado a mi hermano –el único en la familia que sabía de mi militancia– un teléfono de amigos en Marburg para que llamara en caso de que me sucediera algo. En cuanto Claudia le avisó que me había detenido la CNI, él lo hizo y de inmediato los compañeros en Alemania comenzaron a movilizarse. Informaron a Amnistía Internacional y también a autoridades del gobierno alemán porque yo, además de ser chilena, tenía la nacionalidad alemana. Se creó la “Iniciativa Libertad para Beatriz Brinkmann” que encabezó mi amiga y compañera del DKP Ulrike Alms-Hartwig. Ésta organizó campañas de llamadas telefónicas y telegramas al intendente y a la fiscalía militar de Valdivia, además de presionar a la Embajada Alemana en Chile para que se hiciera cargo de mi seguridad y exigiera mi libertad. Lograron que ya el 25 de


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septiembre el Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania Federal, Hans-Dietrich Genscher, le planteara mi caso al canciller Jaime del Valle, encontrándose ambos en una asamblea de la ONU en Nueva York. Estoy convencida de que esta presión inmediata incidió en que nuestro paso por la CNI no fuera más prolongado y peor de lo que fue. Lo más probable era que con el operativo de nuestra detención, realizado menos de dos semanas después del atentado a Pinochet, lo que se pretendía era montar una gran acusación de terrorismo con apoyo extranjero valiéndose de mi persona. Los amigos, compañeros y compañeras de Alemania asumieron de inmediato que la acusación de ser autora intelectual de acciones de resistencia armada en el sur de Chile era absolutamente infundada, pero no así la Embajada de la RFA ni el cónsul en Concepción Horst Kriegler –a quien le correspondía atender Valdivia– pues cuando me visitó insistía en que yo debía reconocer y decirle lo que había hecho porque de otro modo no podrían ayudarme. Para ellos los representantes de la dictadura de Pinochet eran más creíbles que una comunista. Pasaron meses hasta que poco a poco tuvieron que reconocer que fuera de mi militancia política en el PC, que nunca negué, todas las acusaciones eran inventadas y que yo efectivamente había sido torturada.

Rutina carcelaria Siempre pensé que estando encarcelada uno tenía mucho tiempo para leer o pensar. En nuestro caso no fue así. Nos faltaba tiempo. Asumimos la cárcel como un frente de lucha más y estábamos permanentemente conectadas con el mundo de afuera. Recibíamos


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muchas visitas de familiares, estudiantes, dirigentes sindicales y activistas de derechos humanos. Nunca nos faltó el apoyo de “las pastoras”: Etel (Etelvina Ruiz), Purita González, Chaly (Ida Neira de Rosales), Glenda Vera y Sonia Hiriart, que trabajaban muy ligadas a la Pastoral de Derechos Humanos. Por otra parte, aún conservo los borradores de cartas dirigidas por nosotros al Obispo Alejandro Jiménez, a Ad Mapu Panguipulli, a la AGECH y el Colegio de Profesores solidarizando por el despido de 150 colegas, a SERPAJ Valdivia con motivo de la Primera Escuela de Verano de Educación Popular, entre otras, así como de una declaración pública contra la pena de muerte que se pretendía imponer a 14 compañeros del MIR. Guardo también como una reliquia el Nº 4, de Febrero de 1987, de la revista clandestina El Serrucho, del Sindicato de Trabajadores de la Construcción en Valdivia, en que aparece un saludo nuestro. Celebramos el 65 aniversario del PC el día 2 de enero de 1987 entonando el Canto a la Pampa, conmemoramos el 8 de Marzo entregando claveles rojos de papel a las presas comunes, realizamos un acto cultural el 12 de julio, natalicio de Pablo Neruda. Las visitas regulares de Alicia Lira, como miembro de la directiva de la Agrupación Nacional de Familiares de Presos Políticos (su hermano estaba preso en Santiago) mantenían el vínculo con la Agrupación Nacional de PP. Nos habían permitido tener una radio con casetera, por lo que, además de poder escuchar noticias y música, cada noche sintonizábamos la onda corta para enterarnos de lo que transmitía Radio Moscú. Así nos manteníamos informadas y nos sentíamos integradas a la amplia resistencia contra la dictadura. Al mismo tiempo teníamos actividades con las presas comunes: talleres de tejidos y alfabetización. Los tejidos los iniciamos por dos motivos: supusimos que uno de los motivos para las continuas


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tensiones y peleas entre las internas era la inactividad; por otra parte, nos dimos cuenta de lo denigrante que era para aquellas mujeres que no recibían visitas, tener que depender en todo de la buena voluntad de las otras presas: para el jabón, la pasta de dientes, el detergente, la yerba mate, el azúcar. Al facilitarles lana para tejer y encargarnos de la venta de sus productos, les quedaba una ganancia que les permitía a unas comprar lo que necesitaban y, a otras, adquirir un regalo producto de su propio esfuerzo para su madre o hijos. Además recibía muchísimas tarjetas y cartas de Alemania que debía contestar. Los primeros meses tenían que ser en castellano y eran controladas por gendarmería, después ya me entregaban los sobres cerrados y yo contestaba en alemán. La relación con los gendarmes fue cambiando paulatinamente. Si al comienzo ellos nos veían como terroristas “cabezas de pistola”, se fueron dando cuenta cómo éramos realmente; la mayor satisfacción la sentí el día en que uno de los más duros reconoció que las peleas en la sección de las mujeres más conflictivas se habían terminado desde nuestra intervención social. Al mismo tiempo nosotras, que inicialmente rechazábamos a todos por ser uniformados, comenzamos a apreciar diferencias individuales y reconocimos la bondad de algunos, como la señora Mirta y el señor Carrillo, este último encargado de la sección de menores. Ellos que siempre estuvieron dispuestos a ayudarnos, dentro de los límites que les imponía el reglamento. Hubo sólo un aspecto de la vida carcelaria que nunca dejó de afectarme: la humedad en la celda. Mi litera estaba adosada al muro norte y cuando llovía o, peor aún, había temporal, el agua chorreaba por la pared y salpicaba por la pequeña ventana enrejada, por lo que debía cubrir las frazadas con plásticos. Como consecuencia, estaba siempre con la garganta inflamada y bronquitis, quedando finalmente con una afonía crónica.


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El estigma de una hija comunista Para mis padres, mi detención y encarcelamiento fueron una dura prueba. Siempre habían llevado una vida retirada de toda actividad política y “quitada de bulla”. Pero de pronto fueron acosados por la prensa y aislados por su entorno social habitual, que eran los chileno-alemanes, casi todos, tanto ricos como de sectores medios, conservadores e incluso pinochetistas. Los conocidos que los veían venir en la calle se cambiaban de acera e incluso el círculo bíblico de la Iglesia Luterana, al cual pertenecía mi madre, ya no quiso reunirse en nuestra casa. A pesar de todo esto, ellos nunca renegaron de mí ni me hicieron sentir culpable por lo que les estaba sucediendo. Estuvieron conmigo desde el primer momento y hasta el final, respetando mi opción de vida. Felizmente también hubo personas generosas y de espíritu humanitario que les brindaron apoyo, como Georg Hellner, profesor del Instituto Alemán y Jürgen Schaffer, director del mismo establecimiento; mi amiga Claudia; la madre de Sandra Ranz, las integrantes de la mutual Micaela Cáceres de Gamboa, a la cual pertenecía mi madre, y la profesora Tatiana Agüero. Con especial agradecimiento recuerdo a Monseñor Alejandro Jiménez, entonces Obispo de Valdivia, quien con un gesto muy significativo fortaleció la agredida autoestima de mi padre. El 24 de diciembre, a tres meses de nuestra detención, mi padre asistió como todos los años a la Misa del Gallo y se sentó en una de las últimas bancas. En el momento de desear la paz, Monseñor Jiménez, que ofició la misa, recorrió todo el pasillo central de la catedral y saludó en primer lugar a mi padre.


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Cuando él me lo contó pocos días después, a través de su relato pude percibir lo mucho que ese gesto había significado para él. Fue un apoyo importante, porque la Fiscalía Militar no perdía oportunidad para denigrarlos. Cuando en octubre por fin se permitieron visitas de familiares directos para nosotros, precisamente a la hora en que estaba estipulada la visita, el fiscal Arturo Ruiz me citaba a declarar y ellos iban en vano a la cárcel. Al año siguiente comenzó la guerra de nervios en torno a mi presunta liberación, que sin duda los afectó a ellos de peor manera que a mí. Lamentablemente, yo también los había herido cuando rechacé en una de mis primeras conversaciones con el secretario de la Embajada de la RFA la posibilidad de salir expulsada a ese país. Habría significado salir arrancando, aceptando tácitamente las falsas acusaciones y dejar atrás a mis compañeros. Estábamos todos dentro de un solo proceso judicial y para mí era importante que se comprobara judicialmente la falsedad de los cargos. Alrededor del 20 de mayo de 1987, producto de la permanente presión de la cancillería alemana, presionada a su vez por el movimiento solidario por mi libertad, los representantes de la dictadura se comprometieron a acceder a una solicitud formal de libertad bajo fianza. Mis padres fueron informados oficialmente por la Embajada y el 23 de mayo la noticia apareció incluso en el Diario Austral. Sin embargo, el 12 de junio la solicitud de libertad bajo fianza presentada por el abogado Juan Concha fue rechazada por el fiscal militar Arturo Ruiz con el argumento de que no había sido formulada en forma correcta y amable. El abogado presentó una nueva solicitud, la que también fue rechazada y el 25 de junio la Fiscalía Militar dio a conocer la petición de condena: en mi


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caso, tres años y un día; y ese día adicional cerraba toda posibilidad de salir en libertad bajo fianza. Pese a todo, mis padres no perdieron las esperanzas de que al menos pudiera salir en libertad antes del 10 de julio. Ese día celebrarían sus Bodas de Oro y para ellos era muy importante tener consigo a sus cinco hijos. Mis dos hermanas residentes en Alemania ya tenían su viaje programado, sólo faltaba yo. Pero los días pasaron y las esperanzas se fueron desvaneciendo. Finalmente, lo único que permitió la Fiscalía Militar fue una salida por 10 horas acompañada por dos gendarmes. Una debía ser la señora Mirta y ella solicitó ser acompañada por el cabo Carrillo, lo que fue un gran alivio para mí, ya que mis padres lo conocían y apreciaban por su buena disposición para ayudarnos. Ese día salí a las dos de la tarde con ambos gendarmes vestidos de civil. Pude participar junto a mis hermanos, algunos familiares y amigos en la misa que ofició el obispo Alejando Jiménez acompañado por el padre Ivo en la Parroquia Nuestra Señora de la Merced. Mis custodios se ubicaron discretamente en unas sillas laterales. Fue una ceremonia muy emotiva, a pesar de las circunstancias que me rodeaban. En la noche hubo una comida en el Club de La Unión. Nuevamente sólo con el círculo de los más cercanos. Cenamos, luego pusieron música y el ambiente algo tenso se fue distendiendo, hasta el punto que mi padre terminó bailando con la señora Mirta y el señor Carrillo conmigo. Entre los asistentes estaban Tatiana Agüero y su marido, el poeta Jorge Torres. Bailé con Jorge y creo que fuimos los únicos que, sin tener que comunicarnos mucho, disfrutamos lo bizarro de la situación. A las doce de la noche, cual Cenicienta, debí volver con mis “ángeles custodios” a los harapos y las rejas.


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Huelga de hambre El 18 de marzo de 1987, María Cristina y yo nos paseábamos nerviosas de muro a muro por el pequeño patio. A pesar de que estaba fresco, sentíamos calor, porque ambas nos habíamos puesto mucha ropa. Estábamos preparadas para irnos a las celdas de castigo y sólo esperábamos que nos vinieran a buscar los gendarmes. No sabíamos en qué condiciones quedaríamos, con o sin colchón, con o sin frazada, pero sí teníamos claro que mientras estuviéramos ahí no se nos permitiría recibir ropa limpia y que esa situación podía prolongarse bastante. La amenaza de llevarnos a las celdas de castigo se debía a que habíamos informado al alcaide que los presos políticos ese día iniciaríamos una huelga de hambre y lo que se pretendía era disuadirnos. No se trataba sólo de nosotras dos, sino también los compañeros después de algunas discusiones habían acordado sumarse. Sólo Annie no participaría por problemas de salud y tampoco Pedro Mella que se encontraba bastante grave, por lo que después fue trasladado al hospital de la Penitenciaría en Santiago. A la Pastoral de Derechos Humanos le habíamos solicitado dar a conocer una declaración pública en la que informábamos que nos sumaríamos a la huelga de hambre nacional de presos políticos. Ésta se había iniciado en la Penitenciaría y en la Cárcel Pública de Santiago el 25 de febrero y paulatinamente se habían ido sumando los presos políticos de Valparaíso, Concepción, Antofagasta, Coronel, Talca y las presas políticas de la Cárcel de San Miguel. En Santiago se encontraba la mayor cantidad de presos políticos –cerca de 400 en total– entre los cuales se contaban los detenidos por la internación de armas (caso arsenales) y por el atentado a Pi-


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nochet, así como algunos compañeros y compañeras del MIR con largos años de reclusión sin avance en sus procesos. La disposición era llegar hasta las últimas consecuencias, si el régimen no accedía al petitorio presentado o al menos a sus principales puntos. Algunas exigencias concretas eran el cierre de los sumarios que ya se extendían por más de dos años; el fin de las fiscalías militares ad hoc, como la encabezada por el siniestro fiscal Fernando Torres Silva (que incluso dentro de la Fiscalía Militar mandaba a torturar cuando alguien se negaba a responder sus preguntas); la aplicación del decreto 504 que permitía la conmutación de la pena de cárcel por extrañamiento; las liberaciones parciales y por motivos humanitarios; la no aplicación de la pena de muerte y el fin a la represión en las cárceles. Debido a la permanente presión del movimiento solidario de Alemania, nuestra propia situación era mejor que la que existía en la mayoría de las otras cárceles, pero queríamos manifestar nuestro apoyo a ese justo petitorio. Después de una tensa espera, aparecieron los gendarmes, pero era para comunicarnos que no iríamos a las celdas de castigo. Gran alivio. Primera batalla ganada. Ahora había que preparar el ánimo para lo que significaba la huelga de hambre misma. Los primeros días fueron los peores. La sensación de hambre se iba acentuando y cuando frente a nuestra celda pasaban los fondos de comida para las presas comunes y el aroma quedaba flotando en el aire, era casi insoportable. Sólo agua, mucha agua para tratar de tranquilizar el estómago. Luego los mareos, las náuseas y dolores de cabeza, a medida que íbamos bajando de peso. María Cristina controlaba que tomáramos al menos dos litros de agua al día y me obligaba a hacerlo cuando yo sentía que ya no podía tragar más. Mi mayor preocupación eran mis padres. Me dolía saber que con mi decisión les sumaba una nueva angustia. Recuerdo una visita de


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mi padre que me quedó grabada en la memoria porque para mí fue angustiante. Me sentía muy mal, mareada. Mi padre me esperaba en el patio de visitas sentado en una banca. Me senté junto a él y fue un alivio poder apoyar la espalda en la pared, porque así las probabilidades de que notara mi temblequeo eran menores. Sentía que traspiraba. Le sonreía, trataba de hablar como si nada, pero la verdad es que me sentí feliz cuando se paró para despedirse y yo quedé con la impresión de que había logrado que no se diera cuenta de lo mal que me sentía. A medida que pasaban los días, el malestar iba disminuyendo pero aumentaba la debilidad. Llegué a pesar menos de 45 kilos, parecía un esqueleto andante. Comenzaron a llegar los saludos solidarios desde Alemania dándonos ánimo y ocupaba el tiempo contestando las cartas o leyendo. Pasó una semana, diez días, sabíamos que a partir de las dos semanas se pueden producir daños orgánicos irreversibles. No queríamos llegar a ese extremo. A los 12 días decidimos deponer el ayuno, porque consideramos cumplido nuestro principal objetivo, que había sido informar a la opinión pública en Valdivia sobre la realidad de los presos políticos y los motivos de su movimiento. En Santiago, a pesar de que la huelga de hambre ya se prolongaba por más de un mes, los compañeros se mantenían firmes y algunos incluso iniciaron una huelga seca, es decir, tampoco ingerían agua. Hacia fines de marzo, al preverse desenlaces fatales, la Vicaría de la Solidaridad ofreció su mediación, la que fue aceptada. El 2 de abril llegó el Papa a Chile, pero el movimiento seguía y recién dos días más tarde los mediadores pudieron ofrecer respuestas aceptables para la mayoría de las reivindicaciones y la huelga de hambre finalmente se depuso. Felizmente no había habido víctimas fatales, pero muchos quedaron con la salud gravemente deteriorada.


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Retornamos a la rutina habitual de la cárcel con la satisfacción de haber participado en una importante acción de resistencia contra las arbitrariedades de la dictadura.

Amigas, un parlamentario y un ministro Al ser detenida, yo sabía que podría contar con el apoyo de los compañeros en Marburg, pero nunca imaginé que en toda Alemania tantas personas se movilizarían por mi libertad. Un reflejo de la amplia campaña de solidaridad fueron las diversas visitas que recibí en la cárcel. La primera y sin duda importante fue la del parlamentario socialdemócrata Freimut Duve. Él había venido a Chile para participar en un encuentro internacional de parlamentarios que se reunían en Santiago para expresar su solidaridad y respaldo a las fuerzas democráticas chilenas. Llegó a Valdivia el 13 de octubre y me visitó acompañado por el cónsul de Concepción y un representante de la Embajada. El inicio de la conversación fue muy tenso, pues yo sentía que no tenía nada que hablar con los diplomáticos alemanes. Él se dio cuenta y pidió que lo dejaran un rato solo conmigo. Entonces me comunicó que él había sentido gran respeto por Allende y su gobierno, que había condenado el golpe militar y estaba totalmente de mi lado. Yo no sabía bien si creerle o no, pero le expliqué mis reticencias frente a la Embajada de la RFA. La conversación se tornó más amable y me prometió hacer cuanto estuviera a su alcance para contribuir a nuestra liberación. Pocos días después llegaron Erny Hildebrand, una amiga querida e integrante de la iniciativa por mi libertad en Marburg, y el abogado Volkert Ohm. La misión de ellos era informarse sobre nuestra situación y ver qué medidas se podrían tomar para acelerar el proceso.


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Por las múltiples llamadas telefónicas hechas anteriormente, ya conocían a Iván Neira de la Pastoral, quien les recomendó hablar con el fiscal militar y con Helmut Steuer, auditor del juez militar. Este último, integrante de la colonia chileno- alemana de Valdivia, los saludó en un perfecto alemán y les aseguró que yo era una peligrosa comunista que, entre otras cosas, había sido durante cuatro años secretaria personal e intérprete de Fidel Castro después de haber abandonado la RFA. Ni se arrugó al asegurarlo, a pesar de que en cuanto me vine comencé a trabajar en el Instituto Alemán, al que asistían sus propios hijos como alumnos. Gracias a la intervención de la Embajada, Erny y Volkert también pudieron conversar un rato conmigo. Fue emocionante y gratificante poder abrazar a mi amiga y sentir a través de ese abrazo la fuerza de la solidaridad de miles de personas. Otro apoyo significativo lo constituyó la visita de Ruth Schlette del grupo Kinderhilfe-Chile de Bonn. Llegó a mediados de noviembre y fue ella quien me llevó las primeras bolsas de lana para iniciar el taller con las presas comunes. Julio fue un mes memorable, no sólo marcado por las Bodas de Oro de mis padres sino también por las visitas de María Linnemann y posteriormente de Norbert Blüm. María era guitarrista, compositora y de una sensibilidad extraordinaria. Comenzó a escribirme a la cárcel y, sin habernos conocido antes, entablamos una profunda amistad. A través de sus cartas me hacía llegar sus pensamientos, sentimientos y cariño. Componía piezas de guitarra inspiradas en Chile, a pesar de no haber conocido aún nuestro país, e incluso nos hizo llegar un casete con piezas compuestas para nosotras. Llegó a Santiago el 21 de julio y poco después vino a Valdivia y nos visitó en la cárcel. Norbert Blüm, miembro del partido demócrata cristiano alemán, CDU, era ministro del Trabajo del gobierno de Helmut Kohl. Su


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visita a Chile, que tenía como objetivo informarse sobre la situación de los derechos humanos en nuestro país, fue cubierta ampliamente tanto por los medios de comunicación alemanes como chilenos. Se entrevistó con víctimas de la represión como Carmen Gloria Quintana, parcialmente recuperada de las graves quemaduras causadas por los militares que la habían rociado con bencina e incendiado dos años antes. Blüm le dijo en su cara a Pinochet que bajo su régimen se violaban los derechos humanos, se torturaba y mataba. Decidió visitarme en Valdivia y llegó, a pesar de que el avión militar en que venía aterrizó en Temuco, porque presuntamente el tiempo estaba demasiado malo para llegar a Valdivia. Hizo alquilar un vehículo y llegó igual. En la cárcel todos estaban vueltos locos. La CNI había llenado el recinto de micrófonos y los gendarmes me preguntaban si realmente se trataba de un ministro. Pude conversar con él en la oficina del alcaide y me dijo que aunque políticamente éramos adversarios, él consideraba que todo ser humano tiene derecho a que se respete su dignidad. La franqueza con que Blüm fustigó las atrocidades que se cometían en Chile causó un escándalo político en Alemania y llenó prensa, radio y televisión durante varios días.

Finalmente… la liberación Septiembre de 1987. Se había cumplido un año de nuestra detención. El día 17 de ese mes me comunican que podría ser dejada en libertad bajo fianza con la condición de viajar inmediatamente a Alemania. Mi madre me visita y me dice que la Embajada ha subrayado que es la última posibilidad, que si me niego, ya no podrán


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hacer nada por mí. La veo abrumada y le pido unas horas de reflexión antes de responder. Justo en esos momentos un abogado de la Pastoral de Derechos Humanos se encontraba en la cárcel por lo que le pido que nos cite a todos a una reunión, compañeros y compañeras. Accede y en cuanto nos reunimos les explico la situación. El abogado sugiere aceptar, porque así se podría solicitar la libertad bajo fianza para otros, al menos para María Cristina y Annie. Por otra parte, tengo claro que si yo me niego, el gobierno alemán lo haría público y en Alemania muchos de los que habían exigido mi libertad no comprenderían mi actitud. Además, a esas alturas pienso que podría hacer más desde allá para impulsar la solidaridad que permaneciendo en Valdivia. Todos opinan que debo irme a Alemania, de modo que, aunque me duele el alma por tener que dejar Chile y a mis compañeros, le comunico a mi madre que acepto la propuesta de la Embajada. La orden para mi libertad bajo fianza, emanada de la Corte Marcial en Santiago, es transmitida a Valdivia el 23 de septiembre y el mismo día me van a buscar a la cárcel. El funcionario de la Embajada Dieter Haller ha llegado de Santiago para acompañar el proceso y poder actuar ante cualquier imprevisto. Salgo con él de la cárcel, me llevan por algunos minutos a casa de mis padres para despedirme y de ahí directo al aeropuerto de Pichoy. En el avión se sienta a mi lado un agente de Investigaciones y presumo que también van agentes de la CNI. Me tranquiliza saber que en el vuelo me acompaña el señor Haller. Al llegar a Santiago se suponía que debía abordar el próximo avión a Alemania. Me pareció el colmo y les señalé a los funcionarios de la Embajada que necesitaba al menos 24 horas para que mi madre pudiera llegar en bus desde Valdivia trayéndome un mínimo de ropa


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y algunos objetos personales. Seguramente tuvieron que conversarlo con las autoridades chilenas, pero finalmente accedieron. Pasé la noche en la casa del Primer Secretario de la Embajada, donde al otro día también llegó mi madre. Pude conversar un rato con ella, despedirme y luego partí al aeropuerto en un auto diplomático. Delante y detrás nuestro iban vehículos de la CNI. Así custodiada fui guiada a una oficina VIP del aeropuerto, ningún contacto con los demás viajeros, pero me conmocionó la voz de una mujer que me gritó: “Beatriz, ¡no te vayas!” Nunca sabré quién fue, de dónde me conocía y cómo supo que en ese momento me estaban expulsando del país. Dieter Haller permaneció a mi lado hasta que me embarqué. El Embajador nunca se asomó, pero después supe que había pagado personalmente mi pasaje. Imagino que lanzó un suspiro de alivio cuando por fin pudo deshacerse de mí.

Recepción en Frankfurt En el avión se instaló a mi lado una periodista de la revista alemana Stern que quería hacerme una entrevista. Me sentía agotada, pero accedí. Sin quererlo y debido a las circunstancias, me había convertido en una persona pública, era portavoz de los perseguidos en Chile y mis sentimientos privados ya no contaban. Volábamos con Swiss Air y llegamos a Zurich. Allá vivía Magda Coca, una amiga boliviana a quien había conocido en Marburg, junto a su marido alemán. Se contactaron conmigo y como tenía cinco horas de espera, la idea era pasar un rato en su casa antes de embarcarme para el último tramo. Retiré mi maleta y pasé a confirmar mi reserva a Francfort. Pero, ¡oh


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sorpresa!, ya no estaba registrada en ese vuelo. Se me informó que mi reserva era para un vuelo a Hamburgo. No lo podía creer. Pedí a Magda que llamaran de inmediato a la Iniciativa en Marburg porque “alguien” había cambiado mi pasaje. Los amigos de Alemania pusieron el grito en el cielo, llamaron a medio mundo y finalmente mi nombre volvió a aparecer en el registro del avión a Francfort. Me despedí de mis amigos sin cuya ayuda no sé qué habría hecho. Al llegar a Francfort comprendí qué era lo que habían tratado de impedir con el misterioso cambio de vuelo: una impresionante recepción de muchísimos amigos y amigas, conocidos y desconocidos, aunados por la euforia del triunfo de la solidaridad internacional que había logrado sacarme de la cárcel. Me esperaban Ulrike Alms-Hartwig, vocera de la Iniciativa por mi libertad y muchos amigos de Marburg, pero también el parlamentario Freimut Duve; Marita Blüm, esposa del ministro del Trabajo; el secretario general del DKP Herbert Mies así como Ulli Stang, secretario del DKP en Marburg. Estaba todo preparado para una conferencia de prensa con ellos. Nunca había imaginado verme algún día enfrentada a tantos micrófonos y cámaras fotográficas. Era una responsabilidad inmensa para mí: sentía que era portavoz de todos los presos y presas políticos chilenos en resistencia contra la dictadura. A la conferencia de prensa siguió algo inédito: una marcha con gritos y pancartas por los pasillos del aeropuerto de Frankfurt celebrando mi liberación y exigiendo libertad para el pueblo de Chile. Me sacaron por una puerta lateral y me fui con Ulrike a su casa en Marburg. La tensión había concluido, pero era difícil asimilar el cúmulo de emociones vividas en los últimos días.


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Por el respeto a la dignidad humana De vuelta en la RFA, estaba nuevamente en la posición de solicitar solidaridad para quienes luchaban por restablecer la democracia en Chile. Durante casi un año estuve recorriendo el país invitada por múltiples organizaciones políticas, sindicales, de iglesia, juveniles, de mujeres, comités de solidaridad con Chile, etc. Eran oportunidades para dar a conocer lo que seguía sucediendo en Chile. Me permitía agradecer la solidaridad que yo había recibido y solicitar que también fuera brindada a los cientos de presos políticos que seguían encarcelados. Gracias a la experiencia vivida, podía asegurar que ningún esfuerzo solidario es en vano: mi libertad era el mejor ejemplo de la fuerza de la solidaridad internacional. En octubre de 1989 se dictó sentencia en nuestro caso en Valdivia. Fui condenada a un año de cárcel, pena que estaba cumplida, por lo que comencé inmediatamente a preparar mi regreso. Se me dio la oportunidad de trabajar en el Centro de Salud Mental y Derechos Humanos, CINTRAS, en Santiago, por lo que al volver el 1 de enero de 1990 me radiqué en esa ciudad. Me incorporé además al trabajo de la Coordinadora Nacional por los Derechos Humanos y posteriormente, desde su creación en el año 2001, a la Comisión Ética contra la Tortura. En varias oportunidades viajé a Alemania, tanto para solicitar apoyo económico para el trabajo realizado por CINTRAS como para participar en seminarios y coloquios relacionados con salud mental y derechos humanos. La culminación para mí fue la invitación del Centro Europeo por los Derechos Humanos y Constitucionales de


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Berlín en septiembre de 2013, para participar en un evento organizado con motivo del 40º aniversario del golpe cívico-militar en Chile. En esa oportunidad tuve el privilegio de formar parte de un panel junto al juez Baltasar Garzón, quien en 1998 logró la detención de Pinochet en Londres, y Joan Garcés, abogado español que había sido amigo y asesor del Presidente Allende. Alemania ha sido importante en mi vida, pero mi patria es y será siempre Chile. Un Chile que hoy lamentablemente se nos devela plagado de corrupción e inmoralidad en todos los centros de poder, pero que también está lleno de personas anónimas maravillosas, personas como aquellas con quienes he compartido el taller de memoria realizado por el PRAIS-Valdivia. Compañeras y compañeros que entregan un legado de sólidos principios éticos a sus hijos y nietos, alimentando la confianza de que será posible volver a construir un Chile mejor.


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Annie Leal Leal

Yo soy Annie Voy a escribir mis recuerdos, tal como se me vienen a la mente. Tengo 80 años. Física y mentalmente me siento bien. Quiero hacer una pequeña biografía de mi familia. Nací en un hogar pobre, como dicen muchos, pero rico en lo humano y familiar. Mi padre, Jacinto Segundo Leal Martínez, era hijo de campesino, inquilino, y nació en 1890. Mi madre, Aurelia Leal Guarda, tenía una situación un poco mejor, debido a que su padre era mayordomo de fundo; nació en 1899. Por los años en que nacieron, y por lo lejos que tenían las escuelas, sus estudios fueron mínimos; pero desde que tuve uso de razón, siempre los vi con un libro cuando ya llegaba la noche. Eran, como se dice, autodidactas. Según decía mi padre: “el saber no quita espacio”. Él, siendo muy joven, salió del campo al ver y ser objeto de maltrato por su condición de campesino, hecho que nunca soportó; no solo por él, sino también pensando en que los niños y jóvenes


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sí podían tener un futuro más digno, como seres humanos. Así fue como obligó a su padre a sacarlo del campo y llevarlo a La Unión, para buscar un taller de mueblería, ya que él quería ser de los buenos mueblistas. Y esa meta la logró, porque así fue. Siempre estuvo en los movimientos sociales de esa época. Por eso pidió su ingreso al Partido Comunista en el mismo año de su fundación. Nunca lo vimos “tomando”. Para él su vida era: su hogar, su trabajo y el Partido. Siempre decía que el militante comunista debe ser el mejor en todo, no solo decirlo sino demostrarlo. Y así fue, nunca tuvimos de sobra, pero jamás nos faltó nada. Mi madre también nació fuera de época. Fue rebelde y nunca aceptó ser pasada a llevar por los patrones. Se fue de su casa y llegó a Valdivia y aquí se quedó trabajando en lo que fuera necesario, hasta que se encontró con su primo en segundo grado, Jacinto. Siempre había estado enamorada de él, y formaron su hogar. Fuimos cinco hermanos y quedamos dos. El mayor y yo, la menor. Esto lo quise recordar, porque de ellos heredé esa fuerza, esas ganas de seguir viviendo y de salir adelante en los peores momentos que me ha tocado vivir, como todo ser humano. Mi matrimonio duró cinco meses y me separé por violencia intrafamiliar, estando embarazada de cinco meses. Tuve a mi hija Claudia, que fue una de las razones para seguir adelante y, por supuesto, me volví a enamorar. Relación de la cual nació mi hijo Juan Luis. Pero en los años venideros, me vi sola nuevamente.

Asumiendo mi convicción revolucionaria Voy a mis recuerdos, sólo un poco antes de 1968. Por quedar sola con mis dos hijos pequeños y tener que dedicar el esfuerzo


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solo a lo laboral ­–para seguir adelante con ellos y mi madre– me vi en la obligación de pedir un receso de mi militancia en el Partido de toda mi vida, el Partido Comunista. Así fue como no viví la campaña electoral de nuestro candidato Salvador Allende. Solo de oídas y por las noticias, vivía esos días de tantas alegrías y esperanzas para todo un pueblo… ¡Y triunfó nuestro presidente! Luego pasaron tres años en que yo seguí, día a día, el desarrollo de su gobierno, viendo cómo la Derecha buscaba la manera de derrocar el gobierno elegido por los chilenos. Hasta que llegó el fatídico día 11 de septiembre de 1973. Ese fue el día en que cortaron los sueños y esperanzas de todo un pueblo. Ese mismo día, como a las cuatro de la tarde, llegó una compañera de la Jota, que también es familiar, a conversar conmigo, enviada por dirigentes del Partido. Fue clara y directa al preguntarme si estaba dispuesta a sumarme de inmediato a la lucha clandestina, que el Partido había asumido en el mismo minuto del golpe. Y sin pensarlo dos veces, asumí. Lo hice, como muchos otros compañeros que no eran reconocidos como militantes, junto a los compañeros que alcanzaron a pasar a la clandestinidad. Así pasé nuevamente a luchar en mi Partido y junto a la Jota. En los primeros días de mi trabajo partidario conocí a la jotosa y liceana Edith Palma. Una lola delgadita y simpática y, por supuesto, muy entregada a lo que estaba realizando. Desde ese momento fui para ella y para todos los compañeros que pasaban por mi hogar, la tía Anni y con los años hoy me dicen más tía que compañera. Los primeros días del trabajo clandestino eran recibir a los compañeros que estaban siendo perseguidos y ver por su seguridad, hasta que partían a lugares desconocidos para nosotros, muchos, sin saber de sus familias y los familiares sin saber de ellos.


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En todo debíamos mantener cabeza, nervios tranquilos para llevar adelante una tarea en la que no solo debíamos ver por el trabajo mismo, sino por nuestros compañeros, hijos y nosotros mismos. El miedo no lo sentíamos porque todos teníamos la convicción de estar haciendo lo correcto. Así fueron pasando los días y meses, conociendo o viendo a compañeros que nunca más he sabido de ellos. Pero en este largo caminar conocí a Beatriz B., María Cristina, Gabriela G., y muchos otros que se me escapan y que, hasta el momento, encontrarme con ellos me alegra la vida porque todo lo bueno o malo que realizamos fue con convicción revolucionaria. No solo pensábamos en nosotros sino en el bienestar de nuestro país sumido en el terror que ejercía la dictadura militar.

Lo que siguió Y así fueron pasando los días; tratando de existir en el clima de terror que se vivía en el día a día en el país, llevando nuestra vida cotidiana sin cambiar la rutina: seguir con mi trabajo de modista, recibiendo todos los días a mis clientas, la mayoría de derecha y de familias allegadas a las FF.AA. Hasta mi madre era partícipe del trabajo que teníamos que realizar, con su tranquilidad y el amor que sentía por su familia y la familia grande que era el Partido. Mi madre ya había vivido la persecución de González Videla, que por supuesto no era igual a la que vivíamos en estos momentos, pero igual traumática para ese entonces. Mis hijos eran los más felices recibiendo a tantos tíos y primos que llegaban con ricas frutas. Ellos tomaron estos cambios como un


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juego. Sabían que nada podían comentar sobre esto con los amigos o vecinos. Era, como se dice, un trabajo de equipo; un equipo fuera de serie, más todavía con el toque de queda decretado a partir de las cuatro de la tarde. Así, a veces, se quedaban compañeros que iban de paso sin alcanzar a llegar a su destino. A luces apagadas pasábamos las noches conversando de muchos temas, entre ellos los sueños de cada uno y sin dejar de pensar que en cualquier momento nos podían cortar las alas, también que a la vuelta del camino podíamos perder nuestra vida. En este correr del tiempo pasaron por mi casa muchos compañeros, nunca supe sus nombres, pero sus caras quedaron en mi recuerdo por siempre. El trabajo no solo era recibir compañeros, era también salir a comunas. En este ir y venir, en el año 1985, llega la compañera Beatriz Brinkmann, empezando a trabajar con ella y con María Cristina. El trabajo se hizo más operativo y mucho más efectivo. Por cierto éramos muchos más compañeros, pero solo nos veíamos con ellos cuando era necesario. Llegamos al año 1986. Cada día nuestro quehacer era más intenso en todo el país, con el atentado al tirano y la internación de armas de Carrizal Bajo debíamos extremar nuestros cuidados en seguir con nuestra lucha constante.

18 de septiembre de 1986 El día 18 de setiembre de 1986, en la madrugada, mi hogar fue violentamente allanado por agentes de la CNI, quienes amenazaron a mi madre de 86 años, ordenándole que se quedara quieta o lo pasaría muy mal, junto a mi hija.


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Luego de registrar la casa, me amarraron las manos y vendaron la vista, para sacarme de mi hogar y luego tirarme al piso de un vehículo. Al partir, sentí que dábamos muchas vueltas, que me parecieron horas. Al fin llegamos. Me hicieron subir una escalera muy estrecha o ¿sería que me apretaban contra una muralla? Mi mente estaba en blanco, solo pensaba en mi casa: en qué podían estarle haciendo a mi familia. Me preguntaban por mi hijo que en ese momento no estaba en casa, y necesitaban, según ellos, hacerle algunas preguntas, así yo quedaría libre y mi familia sin problemas. Por suerte esa noche, Juan Luis, mi hijo, me había pedido permiso para ir a un guitarreo que tenía con un grupo de estudiantes. El permiso era hasta las 12 de la noche. Y esa fue la primera vez que no llegó a la hora, siendo el mayor alivio para mí que no lo hiciera. Al terminar de subir la escalera de ese recinto, empecé a escuchar insultos, llantos, gemidos y amenazas. Ya un poco más calmada, me di cuenta que no estaba sola en ese lugar: oía voces. Y empecé a reconocerlas: Beatriz, María Cristina y muchos otros que por el nombre de pila no conocía. Lo peor de todo era que no podíamos vernos ni hablarnos. Durante toda la detención en la CNI, nos mantuvieron con la vista vendada; se me sometió a fuertes torturas físicas y sicológicas. Entre las torturas, lo que más me aterrorizaba, era cuando me tiraban los perros al ir a los sanitarios. El terror y la impotencia aumentaban al tener que enfrentarme a algo que no podía ver. Este terror a veces lo prefería ya que por lo general me hacían estar en un lugar donde escuchaba muy fuerte las torturas que le aplicaban a los compañeros. Apenas podía soportar sus lamentos de dolor cuando los torturaban. Sentir cómo golpeaban sus cabezas al hacerlos bajar la escalera, y que se rieran y comentaran cuál sonaba más fuerte.


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Durante las torturas escuché repetidamente la voz del traidor que nos entregó: el Mocho Santana. Reconocí su voz, por tener contacto directo en lo que se refería a propaganda. En un momento, en que dejaron de torturar, sentí silencio, luego oí el fuerte tañir de unas campanas. Me quedé pensando “estamos cerca de una iglesia”, y luego me dije, “es la iglesia San Francisco”. Así me di cuenta que estábamos en el cuartel de la CNI en calle Pérez Rosales, hoy llamada Casa de la Memoria. Allí, llegaron un día, y me arrastraron a un baño. Yo tenía que confirmar y ver qué le estaban haciendo a una tal por cual, como yo, torturándola. Tenían a una persona llena de cables eléctricos, se notaba golpeada, no la reconocí en el momento. Al mirarla, ya con más detenimiento, vi que era Beatriz. Saqué todas mis fuerzas para no flaquear, querían saber qué hacíamos con la documentación que llegaba a nuestro poder. Les dije que no había tal documentación, que solo conversábamos. Decir aquello servía para más torturas y golpes, según ellos, decían riéndose, era solo el principio para después llegar al final. Hasta el día de hoy nunca he contado todo lo que pasé en ese siniestro lugar, ni a mis hijos ni a mi familia... Así que sobre las torturas llegaré hasta aquí.

Día 24 de septiembre El día 24 de septiembre, junto a un grupo de otros compañeros, nos subieron a un vehículo sin saber a dónde nos llevaban. Nos pasearon un rato, después nos bajaron y al subir de nuevo ya éramos menos. Nos dimos cuenta por qué muchos gritaban que no los dejaran sin zapatos; nos decían que ahora seguíamos nosotros, que dijéramos


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adiós. Era el fin de nuestra vida. Al seguir me hicieron sacarme la venda de la vista. Llegando a mi casa obligaron a mi madre a firmar un documento que decía, según ellos, que me entregaban sana y salva y que nada me había pasado. En este grupo estaba el compañero Vladimir González a quien las torturas le hicieron perder la razón. Todos en el vehículo íbamos muy mal, mas escucharlo a él fue terrible: “¡No tenía control, perdónenme si tuve que decir lo que no debía, no supe lo que hacía, mátenme por favor!” decía. Son cosas que uno cree olvidadas, pero cuando se recuerdan dan ganas de gritar: fue al primero que bajaron. Nunca más volví a verlo. Sus hermanas me contaron después que se fue a Santiago. Empezar a salir a la calle, encontrarme con los compañeros o amigos era un suplicio. No poder saludarlos, ni hacer un gesto ni nada; ya que era seguida a donde fuera. A los pocos días llega a mi casa una sobrina que trabajaba en el PIDEE. Me cuenta que había llegado a Valdivia una delegación de periodistas de Alemania para entrevistar a algunas de las personas que estuvimos detenidos en la CNI. Necesitaban saber sobre Beatriz. Si la habían torturado y cómo estaba. Los compañeros, que al salir de la CNI fueron a la Vicaría, no quisieron prestar declaraciones de ninguna índole. Mi sobrina dice: “Tía, estamos al tanto de todo lo que pasaron en su detención. Los periodistas quieren saber si tú estarías dispuesta asistir a esta entrevista y si no quieres nadie va a reprocharte nada”. Pensé unos minutos y dije “¡Sí voy!”. El mundo debe saber de los atropellos y torturas a que somos sometidos miles de compatriotas. No recuerdo la fecha de estos acontecimientos, pero sí tengo claro que fue en octubre. Al llegar a la Vicaría no solo estaban los periodistas, mucha más gente estaba esperando para poder saber de sus familiares. Lo que sí


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recuerdo muy bien, fue el ver a los padres de la compañera Beatriz. Al verlos y saber que también estarían en la entrevista no quería continuar. Los padres de Beatriz me pidieron que por favor siga ya que ellos necesitaban saber de su hija. No tenían noticias de ella desde su detención: cómo estaba, hasta qué punto había sido torturada y si dentro de todo lo que estaba pasando estaba bien. Con lo que yo dijera ellos quedarían más tranquilos, dentro de lo posible. Así la entrevista salió publicada en la revista Hoy y fue dada a conocer por los periodistas en su país. Yo me sentía tranquila con lo realizado, todos sabíamos que nada podía quedar oculto. A esta fecha mis compañeros habían sido trasladados a la Cárcel Pública.

Nuevamente arrancada de mi hogar El 12 de noviembre de 1986 llega a mi casa personal de investigaciones diciendo que estoy citada bajo apercibimiento de arresto por orden del fiscal Arturo Ruiz. Los funcionarios me llevaron hasta el Cuartel de Investigaciones; ahí estuve más o menos cinco horas. No sabía qué pensar; era como volver a estar a ciegas, hasta que me hacen subir a otro automóvil y me dejan en Fiscalía. Una vez que fui sometida a interrogatorio, el fiscal ordena mi ingreso a la cárcel en carácter de estrictamente incomunicada. Lo que más sentía en ese momento, no era por qué me llevaban presa, sino que mi hijo se tuvo que ir a Santiago al saber de mi detención en la CNI, y que lo buscaban para interrogarlo y había regresado el mismo 12 de noviembre. Apenas alcancé a cruzar dos palabras con él y me vuelven a separar de él. Estoy convencida que como mujer podemos soportar cosas que uno cree no ser capaz de


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hacerlo, pero cuando se trata de los hijos es otro el cuento y, nuevamente, estaba fuera de mi hogar. No recuerdo cuántos días estuve incomunicada. Son días muy pesados, y más el estar sola con sus pensamientos y todo lo ve negro, pero al mismo tiempo no dar en el gusto al fiscal que todo lo que busca es poder tomar a más, más y más extremistas. El aislamiento en sí debilita tu fuerza, pero más que nada son los sentimientos familiares que te debilitan. Pero, en todos los momentos de la vida las fuerzas debemos sacarlas a lo que dé lugar; y así seguimos viviendo y mirando con esperanzas el futuro que nos espera. Aquí, quiero recordar a dos personas que estaban en la celda contigua a la mía que sin conocerme empezaron a preguntarme la razón para estar incomunicada. Les dije que por ser comunista y luchar para volver a la democracia y me dijeron que ellos sí tenían razón para estar presos porque habían robado, pero no yo. Que siguiera adelante: “tú eres valiente, como otros que conocemos”. Así uno se da cuenta que lo realizado daba sus frutos. Me dijeron “te vamos a cantar varias canciones para que no tengas pena”. Eran canciones “caneras” que hablaban del amor que existe en la cárcel. Nunca los conocí, pero ahí estaba presente la solidaridad del pueblo en todas sus expresiones. Y llega el día cuando los gendarmes me dicen: “Señora ahora usted se traslada a otros aposentos, junto con sus amigas” y agregan que mi incomunicación llegó a su fin. Recuerdo como si fuera hoy el recibimiento de mis compañeros, con abrazos y gritos de alegría ¿Cómo lo hicieron para estar ahí? No sé. Pero esos son los detalles que es difícil olvidar en la vida, esperándome para entregarme todo el afecto, en ese momento era un regalo maravilloso para mí, en especial el ver a mis dos compañeras, con quienes compartimos momentos de libertad, de lucha y de torturas.


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Aprender a vivir sin libertad Llegué a una celda que mis compañeras compartían con otra interna. No permitieron que me dejaran lejos de ellas. Lo primero que se aprende es a respetar los espacios que son muy estrechos. Importaban poco las dificultades, estábamos juntas para salir airosas de los desafíos que teníamos por delante. No solo era vivir las tres, también era aprender a conocer a las demás internas, con las cuales pasaríamos y deberíamos vivir diariamente. Cuando yo llegué, las compañeras ya habían logrado el respeto, no solo de las demás internas, también de parte de los funcionarios de gendarmería. El día lo empezábamos como todas las presas: levantarse a las 6 de la mañana, ducha fría. Aquí quiero referirme a mi ducha fría. ¡No la soportaba! y hasta el día de hoy. Así que en la primera ducha que me di, las internas gozaban escuchando como gritaba y todos los días cuando me veían en la mañana me decían: “¡Mamita, la ducha está calientita!”. Según ellas, yo les alegraba el día y las despertaba. Después del baño, la formación, el desayuno y salir al patio. Éramos llamadas: “las señoras de Fiscalía”. Esta era la rutina de todos los días. Así empezamos a conocer a las demás internas. Todas y cada una de ellas eran mujeres que estaban presas por robar para darle qué comer a sus hijos; otras por quitarle la vida a su pareja por los maltratos sufridos toda una vida. Otras, que tomaron la justicia por su mano, al ser violadas. Y así era ese mundo con seres humanos que el modelo de sociedad, la injusticia social nos entregaba y nos sigue entregando. Y otras decían que ganaban más robando que trabajando por sueldos miserables y muchas veces humilladas


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por los patrones. Y todos sus argumentos eran válidos. Así, día a día, al conversar con cada una en forma detenida, nos dábamos cuenta que son muchos los factores determinantes para seguir ese camino, pero quedé convencida de que por voluntad propia no era elegido. A poco andar tuvimos la satisfacción y alegría de que –y por qué no decirlo–, gracias a la buena disposición de la funcionaria, Sra. Mirta, nos arreglaron otro espacio para nosotras. Había sido una ducha de funcionarias que estaba abandonada. Se limpió, se pintó y nos trasladamos a nuestro “palacio”. Teníamos dormitorio, una cocina minúscula y, lo más importante, baño para nosotras solas. Poco menos era el mejor “hotel cinco estrellas” que hubiéramos soñado.

Conviviendo y trabajando Así era el mundo dentro de la cárcel y todo ser humano: un enigma. Al conversar con cada una de ellas, nos dábamos cuenta que habían sido muchos los factores determinantes en sus vidas para llegar a donde estaban. Peleaban mucho entre ellas por cualquier motivo, no les faltaba. Pero de a poco se fueron dando cuenta que nosotras no peleábamos, que todo lo conversábamos. Si teníamos algunas diferencias, las analizábamos; eso ellas no lo entendían, por supuesto, y en gran parte se debía a que pasaban el día sin hacer nada que fuera de provecho para ellas mismas. Conversando nosotras tres en nuestra celda, pensábamos qué hacer con todas ellas. Fue un trabajo pensado y discutido ya que no solo era en beneficio de ellas, también para nosotras. Así fue como se hizo un programa. Sabíamos que muchas de ellas poco sabían leer, menos escribir y como nuestra compañera Beatriz era profesora, se


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partió por ese lado. Cuando se lo dimos a conocer a varias de ellas les gustó, a otras no, pero no importaba partir con una o dos, eso no era problema, ya irían sumándose en el camino, y así sucedió. Se fueron dando cuenta de que saber escribir significaba poder mandarles cartas a sus enamorados del otro lado, lo cual para ellas era lo más importante. También nosotras teníamos nuestro programa de actividades, partiendo por la mañana: limpiar nuestra celda, hacer nuestras camas y salir al patio a conversar y tomar aire; saludar a los menores. La ventana de ellos daba al patio de mujeres, así también repartíamos nuestro pan que nos daban para el día, ya que nosotras teníamos el que nos llevaban nuestros familiares. Con los menores teníamos largas charlas: “¿Por qué estás aquí?, ¿Por qué no tratas de estudiar? Eran las clásicas preguntas que hace un adulto en estas circunstancias. Así empezamos a conocer de cerca la realidad que vivían miles de jóvenes en sus hogares. Se despedían de nosotras, nos decían “¡Pronto estaremos de vuelta!”. “¿Por qué?” preguntábamos. “Porque aquí es mejor y en cambio en mi casa, duermo con 4 o 5 más”. Otros tenían padrastros borrachos; todos los golpeaban. Entonces, estar en la cárcel era mejor, tenían techo y comida, sin problemas. Decían: “duermo bajo techo, solo. Y si nos portamos bien, no hay problemas...” Por supuesto también nos dábamos un espacio para estar solas, lo cual favorecía nuestra convivencia y cuando sabíamos que el almuerzo que tocaba ese día no era el mejor, preguntábamos: ¿Quién va a cocinar hoy?, lo cual sabíamos con María Cristina que no seríamos nosotras ya que Beatriz cocinaba muy rico, hasta tortilla de sesos nos hacía, pero por supuesto nosotras debíamos lavar loza y limpiar el pasadizo.


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En la tarde, cuando debíamos encerrarnos, tomábamos ricas onces. Al terminar hacíamos nuestra reunión analizando lo realizado ese día, tanto lo bueno como lo malo, hacíamos críticas y también nuestras autocríticas. Estoy convencida de que por esa enriquecedora convivencia pudimos vivir y entregar cada día lo mejor de nosotras. Lo que me admira hasta el día de hoy es que las tres éramos diferentes en todo: edad, estudios y por qué no decirlo, en lo económico. Una con la mitad de vida recorrida, otra muy joven todavía, con muchos sueños y esperanzas, y otra con hijos y mucho camino vivido y queriendo recorrer más. Pero nos unía lo principal: la conciencia revolucionaria y el querer un mundo mejor. Un día, estando tranquila sin novedades, me avisan que tengo la visita de mi sobrina Eugenia; me extrañé ya que no era día de visita y pensé ¿qué pasó en mi casa? Me llevaron a la guardia y la veo muy preocupada y me avisa que mi madre está hospitalizada y deberían operarla. Ella era muy sana, entonces para mí fue un golpe muy fuerte y por supuesto pensé que todo era mi culpa. Me dice –ya pedí autorización al fiscal para que puedas ir a verla al hospital–. El resto dependía del alcaide. Una vez que la operaron me dieron permiso. Fui con la Sra. Mirta a verla, por suerte ella tenía mucho tacto y pasé sola a la sala. Cuando me vio, me dijo “no llores hija, tú no tienes culpa de nada, la culpa es de la represión y de mi corazón que está gastado y viejo, pero no te preocupes, los doctores me dejaron como nueva, así que tendrás mamá para rato”, y me cuenta “me pusieron marcapasos así que todavía puedo seguir luchando, aunque sea solo por mi familia”. No lloré, pero salí con el convencimiento que se mejoraría, y así fue. No puedo dejar de contar algo que pasó cuando íbamos de vuelta a la cárcel. La Sra. Mirta me dice: “Sra. Annie, Ud. me acompañaría al banco que está en Picarte?” La miro y le digo: “Si Ud. no tiene


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problema por andar conmigo yo menos”. Pasamos, yo mirando por la ventana, y ella haciendo sus trámites. Llegamos a la cárcel sin novedad, según yo. En la tarde, cuando se retiraba la Sra. Mirta, va a nuestra celda y nos cuenta que cuando llegamos estaban los de la CNI. Habían ido a dar cuenta al alcaide del paseo que nos dimos, por supuesto la funcionaria fue sancionada. Lo que más le dijo el alcaide fue que por suerte yo nunca me acerqué a la puerta, si no el cuento sería otro. Y es que siempre, cuando presos como nosotros salían, eran vigilados muy de cerca, así si intentábamos huir nos disparaban a matar.

Tres de diciembre, mi cumpleaños Pensé que sería un día triste, pero me equivoqué, mis compañeras y compañeros lo hicieron: ¡Un cumpleaños fuera de serie! Fui saludada por todos, hasta las internas me saludaron, incluso los gendarmes que no quisieron pasar sin ser gentiles y por supuesto me recuerdo que fue día de visita, así recibí besos y abrazos de mi familia y de todos los estudiantes y compañeros que nos visitaban. Ese cumpleaños lo revivo siempre con mucha intensidad en mis recuerdos. A propósito de los estudiantes, sus visitas eran una fiesta para nosotros, a veces no podíamos conversar con nuestros familiares ni darle la atención debida, por eso quiero destacar la buena voluntad del alcaide de esa época y de los gendarmes. Yo tenía dos visitas: el día sábado con mi hermano y la otra con una sobrina y cuando con mis hijos no podíamos conversar cosas familiares, pedíamos permiso para cualquier otro día y lo teníamos, nunca acepté y pedí a mis familiares que mi madre me fuera a ver, hubiera sido muy traumático para ella.


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Navidad y Año Nuevo Próximo nuevo año, en el país el movimiento por el fin de la dictadura seguía cada vez más fuerte, desarrollándose en todo los ámbitos. ¡Qué ganas de estar ahí!, pero nosotros seguíamos haciendo nuestra revolución, puertas adentro. Pudimos celebrar Año Nuevo con todos los compañeros e invitamos amigos y también algunas internas; hasta fotos nos sacamos. Fue un Año Nuevo diferente, pero igual alegre, nosotros no teníamos permiso para llorar y lamentarnos y eso era bueno. Pasaron las fiestas disminuyendo un poco las visitas porque la mayoría de los estudiantes volvían a sus hogares, pero igual llegaban compañeros y familiares. Aquí quiero acordarme de una visita que nunca dejó de ir, y a quien nosotros le llamamos “nuestra paloma”, la hijita de la compañera María, era una alegría para todos verla llegar. Hoy día “paloma” es socióloga y en este momento es la Seremi de Medio Ambiente, por supuesto su nombre no es paloma: su nombre es Carla Peña Ríos. Pasó el verano y llegó marzo, un mes con mucha actividad. Venía muy cerca el Día Internacional de la Mujer. Como ya era nuestra dinámica nos reunimos y se barajaron varias alternativas para celebrar o conmemorar el 8 de marzo. Después pedimos una entrevista con el alcaide quien, como siempre, nos recibió y se le comunicó que queríamos hacer un pequeño acto por ser el día internacional de la mujer junto con las otras internas y nos dijo que si el personal que estaba de turno ese día no tenía problemas podíamos desarrollarlo. Entonces, ese día al estar en la fila, antes de partir cada cual a su celda, la señora funcionaria les dijo que esperaran un minuto, que las


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señoritas de Fiscalía querían compartir algo con ellas. Así fue como Beatriz realizo un pequeño resumen de lo que significaba ese día para todas nosotras; increíble la atención que prestaron, al terminar el discurso se le hizo entrega a cada una de ellas de una tarjeta con una flor. Todas las tarjeta fueron hechas por nosotras con frases adecuadas para cada una de ellas, hasta la funcionaria recibió la suya y el gendarme recibió la de su señora, lo mejor fue que ese día era de visita y todas salieron con su tarjeta para contarle a sus familiares. Fue un día muy fructífero para nosotras, mientras nuestro acto fue pacífico, en Santiago había un acto convocado por el Movimiento Mujeres por la Vida y, por supuesto, con la represión brutal de la Dictadura. El 26 de febrero, los compañeros presos políticos vinculados al atentado al tirano inician una huelga de hambre de carácter indefinida. Debido a los múltiples atropellos sufridos, paulatinamente se fueron plegando al movimiento iniciado por unos pocos, alcanzando un número aproximado de 400. El fin de la huelga fue el 3 de abril en el marco de la visita papal. Aquí el 18 de marzo los compañeros se preparan para integrarse a la huelga de hambre en la cual yo no pude participar, ya que la noche anterior me llevaron a emergencia por estar enferma; no era grave pero no podía plegarme a la huelga. Sin embargo igual estuve a pura agua. Mi compañera Beatriz y María Cristina, sí participaron. Desde que celebramos el Día Internacional de la Mujer, sabíamos que habíamos logrado un espacio más, no solo con las internas, también el respeto y la buena voluntad de parte de ciertos funcionarios, en especial de la señora gendarme. La pregunta era “qué seguiríamos haciendo y creando”, así es que partimos con un Taller de Tejidos. Una amiga de Beatriz fue quien realizó las primeras compras de material para el taller, por supuesto se les explicó a las internas como


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sería la dinámica para los trabajos que se iban a realizar. Todas estuvieron de acuerdo y comenzamos nuestro gran taller. La Sra. Mirta, con toda su voluntad, nos realizaba las compras de las lanas que necesitábamos cuando hacía falta; porque, como sabrán, nosotras no podíamos salir. La mayoría tejía, el incentivo era que todo se mandaría al extranjero para venderlo y eso por supuesto era obra de nuestra compañera Beatriz por los contactos que tenía. Los trabajos se iban y luego el dinero llegaba a manos de “las arañitas”, por supuesto dejando para seguir comprando más material. Como yo no tejía mucho, lo mío era coser. Beatriz, que tenía una maquina de coser eléctrica la pidió a su casa para que yo pudiera hacer los trabajo que me llegaran. Así que cuando los gendarmes tenían algún problema en sus uniformes recurrían a mis servicios, lo cual iba en beneficio de mi hogar. En este párrafo no quisiera dejar de mencionar a un compañero que regresó del exilio y nos visitaba constantemente y una vez al mes llegaba con un aporte de dólares para quienes estábamos presos, entregaba la carta y el dinero que mandaban del extranjero, todo lo cambiaba mamá de Beatriz o su papá, no lo tengo claro, pero sí lo claro que tengo es que se repartía entre todos los compañeros, lamentablemente solo me acuerdo del apellido de este compañero era de apellido Cisternas: gracias compañero. Así seguían pasando los días, semanas, meses y nuestra rutina casi igual, con la diferencia que nosotras tratábamos de hacerla cada vez mejor, dejamos mucho, esperando correspondencia de todos los lugares, tanto de Chile como del extranjero, la correspondencia para nosotras eran como inyecciones de vida y de repente soñábamos que si nos condenaban a dos o tres años, no nos íbamos a quedar y pensábamos cómo huiríamos, por el río, con helicóptero o solo


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desapareciendo y terminábamos con risas y carcajadas cuando me decían, pero Annie no vas a poder llevarte ni la mantequilla ni tu café, yo les decía “igual me las llevo.” Un día, de Alemania nos mandaron ropas de invierno para nosotras y también, por supuesto, para las demás presas. Esa noche, las tres organizamos un desfile de modas, cuál de todas nos veíamos mejor. Fueron momentos muy divertidos, lo cuento para que sepan que nuestra fuerza seguía intacta, no era momento de llorar o quejarse porque estábamos presas. ¡Sí, presas físicamente, pero nunca de espíritu! Y así seguíamos, mejor que nunca. Los días sábados eran esperados por nosotras con ansias ya que era el día en que salíamos a comprar verduras a la huerta de los internos, más que nada por ver el río y lograr que nuestras miradas llegaran más allá de las paredes de cemento. La huerta la trabajaban los presos comunes y vendían sus productos. En este paseo siempre íbamos acompañadas por el gendarme, Sr. Carrillo, que estaba a cargo de la Sección de Menores. Él, como muchos gendarmes, fue siempre muy atento con nosotras. Bueno, y las protestas fuera de la cárcel se hacían cada más frecuentes: agrupaciones de DDHH, y Agrupación de Familiares de Presos Políticos. Un día de esos, Juan Luis dejó su pancarta amarrada y pasó a verme, pero no faltó el gendarme intruso que se la fue a dejar al alcaide, el que le prohibió la entrada a la cárcel. En vista de tal medida, corté toda la comunicación con gendarmería. No les hablaba, no recibía nada de ellos y no saludaba al alcaide. Las compañeras me apoyaron en todo, incluso hablaron con el alcaide y me vestí de negro. Fueron como cuatro visitas sin ver a mi hijo. Mi hija, de Temuco, tenía que venir a verme más seguido, a pesar de que eso significaba más gasto, pero no querían que esos días fueran aún más tristes debido a la ausencia de mi hijo.


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Un día llega el alcaide al patio, me saluda y yo nada; estaba muda. Así me llamó a su oficina, me dijo que las visitas a mi hijo las suspendió por entrar propaganda subversiva al recinto. Le contesté que en ningún momento mi hijo fue con el lienzo desplegado, que fue el gendarme quien lo abrió. –Señoras, de ustedes yo no tengo queja; han realizado una labor excelente. Claro –le digo– por eso usted nos premia de esa forma. Bueno, Sra. Annie, hagamos las paces. ¿Qué le parece? ¿Y qué pasa con las visitas de mi hijo? –le digo. Se sonríe y me responde–. Puede venir sin problema. Y así terminó mi movimiento en solitario. Ya se aproximaba septiembre y con él, la primavera. Los abogados y la Vicaría seguían día a día el proceso para lograr nuestra libertad, no solo de uno, sino de todos. El 24 de septiembre de 1987, Beatriz obtiene su libertad bajo fianza, y su partida hacia Alemania. Todo esto fue por el movimiento desde Alemania a favor de nuestra querida compañera Beatriz. Los gendarme nos llevaron un candado para que pudiéramos encerrarnos por dentro, ya que la CNI a toda costa quería hacerse cargo –según ellos– de Beatriz; nos dijeron que mientras no llegara el representaste de Alemania no podíamos abrir la puerta. Así fue su partida; para nosotras muy amarga, pero al mismo tiempo estábamos llenas de felicidad. A pesar de su partida la solidaridad se hizo más intensa. Nos llegaban cartas todos los días, contando que Beatriz, a donde fuera a dar a conocer su detención, se acordaba de María Cristina y de Annie. Para qué decir que hasta las presas comunes lloraban por nuestra compañera. Nosotras, seguimos igual nuestra rutina, pero con un gran vacío y con más trabajo porque debíamos contestar la correspondencia que llegaba cada día, más y más. Estábamos al tanto de las gestiones que se estaban realizando para obtener nuestra libertad y llegó el gran día para nosotras. La Corte


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Marcial otorga la libertad bajo fianza a cinco internos procesados por infracción a la Ley de Control de Armas, de acuerdo a los antecedentes proporcionados por la Fiscalía Militar de Valdivia. Se trata de Alejandro Rojas, Annie Leal, María Cristina Arredondo, José Ruiz Legal y Pedro Ruiz Ruiz. La Vicaria procedió a cancelar el monto de la fianza que fue de 25.000 pesos por cada uno. Nosotras, alegres y felices, dejando atrás muchas vivencias, la mayoría buenas, por supuesto también las que no vale la pena recordar, pero que fueron parte de todo un año. Nos despedimos de los funcionarios, ya que la mayoría fueron realmente muy buenas personas, nada podemos decir de ellos. Incluso el alcaide se portó en todo momento, bien con nosotras. Salimos y afuera de la cárcel había una fiesta; que grandioso recibimiento de los estudiantes, organizaciones de DDHH, familiares... Todo el mundo estaba esperándonos para darnos un abrazo, un decir “hola compañera” o solo apretarnos las manos. A lo mejor muchos de los que estuvieron con nosotros en todo momento ya no están, pero igual quiero decirles de todo corazón que nunca los olvidé ni los olvidaré. Igual a mi pequeña, pero inmensa familia que tengo: hermano, sobrinas, hijos. Que nunca hubo un reproche, un decir “por qué lo hiciste”. Al contrario, se desvelaban por hacerme la vida más cómoda en lo posible. Gracias familia para todos ustedes, los amo y un recuerdo aparte a mi gran madre, Aurelia, y a Eugenia, una cuñada como pocas. Unas líneas para recordar a dos personas, las que sin conocernos me hicieron grata la vida dentro y fuera de la cárcel: Anya Baer que se encargó de enviarme trabajo, que yo hacía y ella vendía; así se me hizo más fácil poder retomar las riendas de mi hogar. Gracias Anya. Hay tantas cosas que contar, pero en otra ocasión será. A Marie Louise Erner, también ella me ayudó mucho, que contar sería muy largo, pero igual gracias. Y no puedo dejar de recordar a unos


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amigos franceses que igual me vendían la artesanía que les mandaba, además ellos vinieron a conocerme, cuando salí de la cárcel. Hará tres años en una reunión de la Unión Comunal se acerca una señora joven, me abraza y me dice “Gracias, madre. A usted, a la señorita Beatriz y a Maria Cristina. Por ese trabajo que ustedes hicieron en la cárcel, yo cambié el rumbo de mi vida, como varias más que ahora no están en Valdivia. Imagínese que mi marido también cambió el rumbo de su vida, hasta los días de hoy. Él tenía una condena a cadena perpetua y por comportamiento seguimos siendo familia y estamos juntos... ¡Gracias, muchas gracias!”. Este encuentro me dio un gran contento y realmente me siento feliz y orgullosa por el trabajo que hicimos nosotras. No puedo describir qué sentí en ese momento, pero sí puedo decir que fue orgullo y satisfacción al ver que con el correr de los años eramos recordadas por un trabajo bien hecho. Realmente en los momentos más duros de la vida se encuentran seres humanos que, sin ser familia, te entregan tanto sin esperar nada. Gracias por esta oportunidad que me dio el PRAIS para contar algo de mi vida. Gracias por la inmensa solidaridad de familiares, amigos, conocidos y no conocidos, y aquí no hablo de lo material, hablo de la fuerza que me entregaban día a día. Y quiero destacar que gracias a todos ellos mi pequeño grupo familiar siguió adelante, y mis hijos llegaron a su meta: Claudia es Asistente Social y Juan Luis, Antropólogo. Ellos son mi orgullo.


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Luis Manzano Gutiérrez

Valores humanos más allá de la represión Antes de presentarme, deseo entregar un cordial saludo a quienes leerán estas páginas, especialmente a los jóvenes y que a través de ellas conocerán mi experiencia de vida, durante la Dictadura Cívico Militar que se instaló en mi patria, mediante el sangriento Golpe de Estado, el Once de Septiembre de 1973. Soy Luis Emilio Manzano Gutiérrez, profesor jubilado, con residencia en la pintoresca Valdivia, casado con doña Gloria Barrientos Gallardo, profesora normalista. Ella me ha acompañado cuarenta y tres años; juntos criamos y educamos a tres hijos: Wladimir César Luis, profesor de Filosofía y abogado; Rodrigo Alonso, médico, quien estudió Medicina en la hermosa isla de Cuba, Mar Caribe, junto a cientos de jóvenes chilenos. El menor es Francisco Fabián, músico, compositor y profesor de Educación Musical. Nací en el año 1948, en el sur de Chile, en el poblado de Folilco, a 15 km de Los Lagos, carretera que va al lago Riñihue, en una co-


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muna de las doce que integran la Región de Los Ríos. Mi padre, don Damasio Manzano Gaete y mi madre, doña María Luisa Gutiérrez Romero. Mis padres eran personas sencillas, trabajadoras, esforzadas. Él, alentado y valiente. Ella, hacendosa y emprendedora. En ese tiempo mi familia estaba formada por mis padres, mis hermanitas: Raquel, la mayor; María Leda, Verónica Inés y quien escribe estas páginas. Raquel me cuenta que todo estaba bien, vivíamos en forma sencilla, pero no faltaban los alimentos. Nos habíamos trasladado a las minas de oro en Huilma, cerca de Folilco. A mi padre siempre le iba bien en la extracción de oro: era un buen buscador del precioso metal.

Enfermedad de mamá Mi infancia trascurrió en ausencia del cariño materno. Mi hermanita Raquel me conversa que al finalizar el año 1948, nos habíamos trasladado a los lavaderos de oro de Punahue porque en Huilma se estaba agotando y no era rentable seguir ahí. En Punahue, nuestra madre se había instalado con una frutería con el propósito de ayudar a la economía del hogar. En ese momento la vida familiar sufre un cambio importante, ya que mamá enfermó gravemente. Tuvo una enfermedad reumática, que le afectó a los huesos y la dejó postrada. Todo cambió en el hogar. Raquel, que tenía 12 años, tuvo que asumir mi crianza y las labores de la casa. Fueron momentos agobiantes para mi padre, quien debía trabajar para nosotros y además, buscar medicamentos para ayudar a mamá. La economía de la familia comenzó a disminuir, los alimentos a escasear, especialmente la leche, debido a que mamá no podía


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amamantarme. La situación de la familia era cada día más crítica porque, además, papá perdió el trabajo en la mina. El dueño del fundo donde se situaba en la minera de Punahue, había demandado a los mineros con el fin de sacarlos de su propiedad. El juicio se resolvió en contra de los trabajadores y fueron desalojados con la fuerza pública. En estas circunstancias mi padre decidió emigrar a las minas de oro de Madre de Dios.

Madre de Dios Lugar donde disfruté la naturaleza y la libertad. Aprendí a leer, a escribir y a conocer la solidaridad de los humildes. A comienzos del año 1951, tenía tres años de edad cuando emprendimos el viaje en tren desde Los Lagos a Antilhue y desde ahí a estación Ciruelos. En mi incipiente consciencia quedaron grabadas imágenes que visualicé durante este recorrido, son experiencias encontradas, unas de susto y otras de asombro. Recuerdo que me aferré a las piernas de mi padre cuando entró la locomotora a la Estación de Los Lagos. Hoy pienso que era como un toro buscando a su victimario o quizá a su víctima. El andén de la estación donde estábamos parados tembló con el peso de la mole de fierro y acero; también recuerdo el fuerte chirrido de las ruedas de la columna de carros arrastrándose sobre los rieles cuando frenaron. La gente corría por el andén. Unos subían y otros bajaban, papá tomó a mamá en sus brazos, a mí me subió mi hermana Raquel y a Verónica la subió María Leda. No era mucho el tiempo que el tren se detenía, había que subir rápido. El viaje a la estación de Antilhue demoró alrededor de 45 minutos, deteniéndonos un tiempo muy corto en el pequeño poblado de Purey. En Antilhue se efectuaba


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el transbordo a la ciudad de Valdivia, por ese motivo la parada del tren era mayor. En esta estación había mucha actividad, era evidente que el comercio era la principal. Había mucha gente que se desplazaba por los andenes con sus canastos ofreciendo sus mercaderías. De pronto se escucharon unos pitazos de la boca de unos señores que se vestían de negro, esto fue sobrepasado por el fuerte pito de la locomotora que anunciaba la partida. El convoy emprendió lentamente la marcha subiendo hacia el norte. El paisaje formado por los bosques exuberantes y praderas verdes con animales fueron quedando atrás, después de cruzar las aguas turbulentas del río Calle Calle. En su loca carrera el tren se detenía en cada estación: Mulpún, Máfil y Mariquina, en todos estos lugares se apreciaban las mismas actividades, éstas eran comunes a lo vivido en estaciones anteriores. Llegamos a Ciruelos cerca de las dieciséis horas. Aquí nos esperaba un señor campesino con una carreta tirada por una yunta de bueyes. Nos acomodamos en la carreta junto a mamá, Verónica y yo, más el reducido equipaje que llevábamos. Emprendimos el viaje por un camino polvoriento ya que las primeras lluvias de abril aún no caían. Caminaban junto a la carreta: papá, Raquel, María Leda y el campesino. Habíamos avanzado unos cuatro km cuando nos enfrentamos al río Cruces. Papá, mamá, María Leda y Verónica Inés, cruzaron en bote en una parte más profunda del Río. Raquel, yo y el campesino cruzamos por un vado que es un lugar en que las aguas del río están más bajas. Recuerdo que sentí mucho temor, cuando los dos animales se lanzaron al agua y la carreta se inundó hasta el eje. El par de bueyes avanzaba con paso firme, chapoteando entre piedras y agua, azuzados por los gritos del campesino y los pinchazos que éste le daba con


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la garrocha. Fueron largos 50 metros de incertidumbre en que mi hermana mayor me abrazaba con fuerza tratando de protegerme. Aguas arriba y en la ribera este del río nos reencontramos con los demás, retomando el viaje, anduvimos unos 8 km cruzando el Valle Central, para subir las primeras cumbres camino a las minas. Los bueyes batallaban por la altitud, tirando la carga. Subíamos y bajábamos cerros. El silencio del viaje era interrumpido por los gritos del carretero a los bueyes para que apuren el tranco. La luna que se asomaba entre los matorrales aclaraba el camino; de vez en cuando don Damasio dialogaba con el campesino o se preocupaba cuando mamá emitía un quejido. Ella era una mujer con mucha fortaleza, siempre trataba de disimular sus dolores. De repente papá le dijo al carretero: “hagamos un alto para que descansen los bueyes y nosotros, nos queda poco, ya pasamos el Estero Turbio, el Quillaipulli, nos falta el Llipe”. Todos los que iban caminando se veían muy cansados, especialmente mis hermanas. Pero a pesar de todo lo agobiante del viaje había esperanza, porque nos íbamos a encontrar con la familia del papá. Continuamos nuestro camino y pronto llegamos a un riachuelo, se escuchó la voz: “¡Llegamos... Estamos en casa!”. Más adelante vine a entender por qué mi padre se sintió alegre cuando cruzamos el riachuelo. Él lo conocía muy bien, ya que cuando niño se bañaba y pescaba junto a sus hermanos en las aguas del Llipe. Nos detuvimos unos minutos para que los bueyes se refrescaran, bebiendo sus transparentes aguas. Habíamos viajado alrededor de cinco horas y los caminantes estaban agotados. La yunta de bueyes tomó un camino cubierto de piedras, era como una playa, que se situaba en un cañón formado por altas paredes poco iluminadas por la luna. Anduvimos unos kilómetros más, cuan-


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do se empezaron a vislumbrar las ranchas de los mineros, ubicadas en la base de los cerros que formaban el cañón. Los viajeros y la carreta a cada instante se acercaban más a las casas, una de ellas era de mi tío Sigisfredo, uno de los tres hermanos mayores de mi padre. La bienvenida fue placentera. A pesar del cansancio y el frío otoñal reinaba la alegría, porque esa noche se reencontraba la familia. Mamá fue atendida inmediatamente y acomodada para que se reponga del frío y del agotamiento. Esa noche fue muy especial, yo no quería dormir, escuchaba con entusiasmo la conversación de papá con tío Sigisfredo, familia y el campesino. Al día siguiente, don Damasio fue donde el administrador, cuyo nombre era Mamerto Catalán, a conseguir trabajo y casa para vivir. El trabajo lo consiguió, pero la única casa disponible que había en ese momento, era una rancha (casa de paja) pequeña, el techo estaba cubierto de hojas de chupón o quiscal, una planta endémica del sur de Chile. Las paredes eran de tablas y ramas, tenía una puerta y dos ventanas y el piso era de tierra. En un extremo, el fogón y en el otro, las camas. Esta choza pudo haber sido una ruca mapuche, a no ser por la presencia de las ventanas. La mayoría de mis tíos estaban contratados por la compañía minera. Ellos de inmediato se organizaron e hicieron una cucha, (colecta de dinero) entre los familiares y los mineros. Con el dinero recolectado, don Damasio, mi padre, llevó a mamá al sanatorio Santa Elisa, que estaba en San José de la Mariquina, a unos 40 km de Madre de Dios. Ella estuvo hospitalizada más de un mes y regresó a casa recuperada. Con la mejoría de mamá la situación del hogar fue cambiando positivamente, la vida en la choza era más grata. En “La Pajera”, así la llamaban mi padre y mis hermanas, estuvimos viviendo cerca de tres años. Durante ese tiempo conocí a todos mis tíos, tías, primos,


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primas, y a mis abuelos paternos. Mi abuelita, doña Gerónima Gaete Lucares, una mujer con marcados rasgos afroamericanos, se dedicaba a coser ropa, y mi abuelo, don Froilán Manzano Navarro, fue un campesino muy vividor, tocaba muy bien el acordeón y le gustaban las fiestas. Estos tres años fueron duros, mi hermana me cuenta que era muy difícil conseguir leche para alimentarme, también mi madre tenía que consumirla para su total recuperación. En la pulpería, almacén de la minera, solamente vendían: grasa, harina, azúcar rubia, yerba y otros víveres, menos leche. A lo menos hoy los niños chilenos reciben leche en forma gratuita hasta los seis años. Esto gracias a la ley “Leche para todos los niños de Chile”. Ley que está en las cuarenta medidas del gobierno del presidente mártir, Salvador Allende Gossens. Dejamos La Pajera y nos mudamos a una casa que dejó una familia que emigró de la mina. Esta era más adecuada. Esta se podía llamar casa, era de madera y techo de zinc. En este tiempo mamá estaba recuperada, esto significó un avance en el desarrollo de la economía familiar. Toda la familia aportaba con pequeñas actividades de acuerdo a nuestras capacidades, sembramos una huerta amplia con cereales, verduras y papas. Recuerdo el hermoso jardín que plantamos con mamá. También recuerdo que el otoño y el invierno eran fríos y lluviosos. La llegada de la primavera era anunciada por el arribo de muchas golondrinas hermosas, que hoy no las vemos. Los veranos eran polvorientos y calurosos. En esta casa nacieron Onésima Isolde, Edilia Luz y José Aladino. Al nacer mi hermanito, para mí fue una gran alegría, fue el compañero con el cual compartí muchos juegos y travesuras. Como el problema de la leche seguía presente, mis padres compraron una vaca. Un animal hermoso, su pelaje blanco era adornado por


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grandes manchas coloradas, en la cabeza blanca se distinguían dos manchas coloradas y circulares, una en cada ojo. Era muy buena lechera. Con una parte de la leche mamá fabricaba mantequilla que servía para nuestro alimento. A medida que iban ingresando recursos a la economía del hogar, mis padres compraron más animales, entre ellos una pareja de chivos, una pareja de ovejas y un caballo. Estos animales se multiplicaban todos los años. Una vez que mi madre se recuperó, mi hermana Raquel se convirtió en la compañera de trabajo de papá. En mi tiempo libre, la acompañaba al lavadero de la mina. En una oportunidad encontramos una pepita de oro del porte de un poroto, estaba incrustada entre las rocas. Fue una inmensa alegría. La exposición al frío y el continuo contacto con el agua provocó que mi hermana contrajera una neumonía. Fue hospitalizada en el sanatorio donde mamá había mejorado. Después de un prolongado tratamiento regresó a casa donde continuó por varios días inyectándose antibióticos. Hoy recuerda que las inyecciones se las colocaba la profesora de Madre de Dios, señorita Laura Oliva. Yo, al cumplir siete años ingresé a estudiar a la Escuela Nº 111 de Madre de Dios. Fue en el mes de marzo de 1955. Mi primer profesor fue don Enrique Martínez Oyarzún. Un gran maestro. Era solidario, generoso, compresivo y dedicado a su trabajo, mantenía un permanente vínculo con la comunidad. Su ejemplo de vida era educar en cada momento. En esa época, el Estado Chileno no entregaba alimentación escolar. Por tal motivo mi profesor compraba trigo y miel con sus propios recursos, a los campesinos. Este trigo se tostaba y con unos molinillos que él había comprado se molía el trigo para tener harina tostada. Con una merienda de miel y harina tostaba se ali-


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mentaban los niños que no traían cocaví para su almuerzo. Don Enrique Martínez fue el profesor que marcó mi vocación por la pedagogía desde muy niño. El señor Martínez había nacido en la ciudad de Valdivia el siete de noviembre de 1905. Sus estudios los realizó en esta ciudad, posteriormente ingresó a la Escuela Militar alcanzando el grado de teniente coronel. Cuando se retiró del ejército optó por la pedagogía. Él nunca comentó los motivos de su retiro. Entre mi profesor y mis padres floreció una gran y bonita amistad. Fueron compadres varias veces. Yo siempre estuve en contacto con él, hasta la fecha de su fallecimiento el 15 de octubre de 1996 en Valdivia. Última casa en Madre de Dios: En este inmueble vivimos cerca de cuatro años. Aquí nacieron mis hermanos: Froilán Damasio y César Enrique. Como podemos apreciar la familia había aumentado, ya éramos nueve. Residencia en Ciruelos: El año 1959 mi familia se estableció en Estación Ciruelos. En este poblado mis padres instalaron un negocio. Aquí nacieron mis últimos hermanos: Gustavo Érico y Manuel Emilio. Allí terminé en la escuela pública Nº 124 mis estudios primarios. Escuela creada y financiada su construcción por el profesor Martínez y realizada por mi padre. Mis estudios secundarios los empecé en San José de la Mariquina y los terminé en el Liceo de Lanco. En ese tiempo en el Liceo se desarrollaban nutridos debates de ideas y pensamientos sociales, especialmente en las clases de Filosofía. En el año 1970, fui elegido presidente del Centro de Alumnos. En ese tiempo los estudiantes pensábamos construir una sociedad más justa y una educación gratuita y democrática. Del mismo modo que lo hacen hoy nuestros estudiantes.


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Logrado el triunfo de la Unidad Popular, el trabajo de organización fue más intenso. Organizamos los CUP (Comité de Unidad Popular), en muchos sectores poblacionales y en el campo. El año 1971, al egresar de 4º medio, rendí la prueba de Aptitud Académica. También, además de postular a otras carreras, postulé a la Escuela Normal. En marzo de 1972 ingresé a la Escuela Normal de Valdivia. Cumpliendo mi sueño desde niño. Ese año, en septiembre, fui elegido vicepresidente de la Federación de Estudiante Normalistas en Valdivia. El trabajo era cansador porque tenía que compatibilizar el estudio con las actividades de organización política, y las jornadas de alfabetización de los trabajadores de la construcción, especialmente los que trabajaban en la remodelación del Hospital Regional. El verano de 1973 fue de mucho trabajo, sobre todo en el comité local del Partido Comunista en San José de la Mariquina, debido a que en marzo se celebraban las elecciones de parlamentarios.

11 de septiembre de 1973, fecha maldita Ese fatídico día, después de escuchar las noticias del golpe por la radio, fui a clases a la Escuela Normal. Ya no vivía en el internado, porque al inicio de ese año había contraído matrimonio con Gloria. Arrendábamos una pieza cerca del centro de la ciudad, en calle Carlos Andwanter Nº 455. Durante la mañana de ese día tuvimos una reunión asamblea en la escuela, habíamos unos 50 alumnos entre hombres y mujeres. Después de un prolongado análisis de la situación que se estaba viviendo en el país, concluimos que era imposible enfrentar a los militares sin tener armas. Acordamos que todos los jóvenes internos


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se quedaban en la Escuela, esperando la información que entregarían el Rector y nuestros profesores. Los militares allanaron la escuela en dos oportunidades. Recuerdo que los compañeros escribieron en la pared de uno de los pasillos la siguiente frase: “las únicas armas que tenemos, son nuestras ideas”. El último allanamiento fue en octubre, los militares llegaron fuertemente armados, nos detuvieron con apremios físicos y psicológicos. Después de varias horas de estar en diferentes posiciones, retenidos, dejaron a mis compañeros libres. A mí me trasladaron al gimnasio CENDIR junto a mi compañero Selso. Estuve detenido tres días. Durante este tiempo me interrogaron, querían saber dónde teníamos las armas guardadas, con las cuales íbamos a asaltar el Regimiento Caupolicán, que se ubicaba a 10 cuadras de la Escuela Normal. Después de haber sufrido tres días de angustia, quedé en libertad sin cargos. Estando detenido me llegó la información que en Pichoy habían asesinado a cuatro compañeros de Malalhue. Dos de ellos habían estudiado en el Liceo de Lanco. Ellos eran José Arriagada y su primo, José Carrasco y el compañero Gilberto Ortega.

La detención de mi padre Según los Militares, habían recibido una denuncia de vecinos de Ciruelos, que mi papá tenía un plan para quemar las casas de las personas que eran de oposición al Gobierno Popular. Por lo tanto lo llamaron a través de un bando militar para que se presente en el regimiento o en Carabineros. Mi padre se presentó en el retén de Carabineros de San José el 13 de septiembre de 1973. Estuvo preso


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en la cárcel de Valdivia cuatro meses. Fue torturado y al no poder comprobarle los cargos que se le imputaban lo dejaron en libertad. No voy a entregar nombre de los vecinos acusadores por respeto a sus familiares, ya que estas personas mal intencionadas están fallecidas y creo que recibieron su castigo.

Primera exoneración Al cerrarse la Escuela Normal, fuimos exonerados, a través de un decreto Ley que dejó afuera a todos los estudiantes que éramos de izquierda, sin mayor explicación. El 21 de noviembre del 2015 pedí personalmente, por Ley de Transparencia, en el Ministerio de Educación en Santiago, copia de este decreto con la nómina de los alumnos que habíamos sido exonerados. Hasta hoy no he tenido respuesta. Los dos años siguientes al Golpe de Estado fueron durísimos. Yo trabajaba en pequeños negocios: compraba y revendía huevos en el barrio residencial cercano al centro de Valdivia. Vivíamos en precarias condiciones económicas y estábamos esperando a nuestro primer hijo. Nacimiento de mis hijos mayores: El 22 de diciembre de 1973 nació Wladimir, a partir de esta fecha me dediqué a cuidar a mi hijo mientras mi esposa trabajaba. El 23 de enero de 1975 nació mi segundo hijo, Rodrigo Alonso. Tuve que cuidar a dos bebés. Aparte del cuidado de mis hijos, que era en el día, en las noches salía a tomar contacto con los compañeros que comenzaban a gestar la oposición contra la Junta Militar. Los días domingos jugaba fútbol en el club donde jugaba mi cuñado Patricio. Manifestaciones de solidaridad: Un día domingo después de jugar un partido en la cancha de la Isla Teja, regresé a casa caminando


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junto a un compañero de equipo, el profesor valdiviano Luis Rosales Suazo, con quien había generado una incipiente amistad. Durante el trayecto me preguntó sobre mi vida laboral y familiar. Cuando le conté resumidamente lo que estaba viviendo se preocupó mucho. Al separarnos me ofreció su ayuda. Empezaba el mes de julio de 1975, Luis, mi colega, me comunicó que había conseguido una vacante como profesor rural interino en la Comuna de Los Lagos. Era la escuela Nº 121 de Santa Margarita. Ahí trabajé cuatro años, conocí a personas muy nobles, especialmente a Don Walterio Brand y familia. El año 1979 fui trasladado a Valdivia, después de muchas dificultades. Trabajé un año en la Escuela Nº 41 de Los Molinos, cerca de Niebla. En este lugar sufrí las amenazas de un carabinero de apellido Chepo, del Retén de Niebla, que según él había estudiado en el Liceo de Lanco y me conocía. El año 1976 conocí a mi colega Waldo, quien fue mi compañero en el trabajo contra la dictadura. Residencia en Los Pellines: El año 1980 fui trasladado junto a mi esposa a la Escuela N° 111 de Los Pellines, sector de Curiñanco en la cordillera de la costa de Valdivia. En esta comunidad realizamos un vigoroso trabajo educativo, social y deportivo. Educamos a nuestros hijos junto con los niñitos y niñitas campesinos. Yo seguía con mi trabajo político y gremial. Ya se había formado la AGECH (Asociación Gremial de Educadores de Chile). Violación de la intimidad de la escuela y de mi hogar: En la comunidad de los Pellines la mayoría de los vecinos trabajaba en el PEM (Plan de Empleo Mínimo). La persona encargada de este programa en el sector era el subdelegado municipal de Niebla Osvaldo Burgos. En diciembre de 1980, un día en que los profesores no estábamos en


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el colegio, este sujeto violentó el local de la escuela y la casa que habitábamos los profesores. Estos hechos fueron denunciados por mi esposa, en calidad de directora, a Carabineros de Punucapa, al Alcalde de Valdivia, Eduardo Schild, y al Director Provincial de Educación. Las respuestas del alcalde al director provincial de educación sobre los hechos denunciados fue muy escueta, en la que mencionaba que este individuo se encontraba con licencia psiquiátrica. Después de haber ocurrido estos hechos, Osvaldo Burgos se entrevistó con la directora del colegio amenazándola con la siguiente frase: “Acuérdese que las escuelas del sector pasarán a la municipalidad y quien estará a cargo del sector de la costa seré yo”. A mediados del año 1986 fui trasladado de Los Pellines a la Escuela N° 4 de Valdivia. A mi esposa la habían trasladado un año antes a la Escuela México de esta ciudad, debido a la educación de nuestros hijos. En el mes de febrero de 1987, me avisaron unos colegas que estaba incluido en la lista de 121 personas exoneradas en el DAEM de Valdivia. Como no recibí la notificación oficial, en marzo del mismo año me presenté a trabajar a la escuela N° 4. Como a las diez de la mañana llegó el director del DAEM, Carlos Crot, sacándome del colegio en forma prepotente y descortés. Organización del Huerto Comunitario: Después de esta exoneración, inmediatamente nos organizamos en el Colegio de Profesores. Hicimos una campaña de denuncia pública, a través de los medios, organizamos una campaña de solidaridad que consistió en recolección de alimentos y formamos un huerto comunitario. Con la ayuda de la Iglesia Católica organizamos este huerto familiar y la participación de alrededor de 20 personas que habíamos sido exoneradas, entre profesores y auxiliares de colegios.


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Sembramos una extensión de cuatro mil m con hortalizas. El objetivo fue mantenernos organizados y generar recursos para los hogares. El técnico agrícola que trabajó con nosotros fue don Oscar Salinas, funcionario de FUNDESVAL, organismo de la Iglesia. En ese tiempo era obispo de la Diócesis de Valdivia Monseñor Alejandro Jiménez. Escuela Alonso de Ercilla: En la Pastoral de Educación de la Iglesia conocí al colega Adolfo González, profesor que trabajaba en esta institución. Él me consiguió 20 horas de clases de religión en la escuela Alonso de Ercilla de Valdivia. Después de un corto tiempo la directora, Sra. Eliana Bahamondes, me ofreció una extensión horaria de 30 horas de clases semanales. En este colegio trabajé 6 años. Durante este tiempo desarrollé un fuerte trabajo político y gremial. También me vinculé a las organizaciones de Derechos Humanos: Vicaria de la Solidaridad, SERPAJ (Servicio de Paz y Justicia) y Comando de Profesores Exonerados. Además, en la campaña para el plebiscito del 5 de octubre de 1988. Reintegro a la Educación Municipal: Me reintegré a la Educación Municipal, el año 1996 a la Escuela René Schneider de Valdivia. Aquí serví como profesor seis años. Al cerrarse este colegio fui trasladado a la Escuela El Laurel y después de cuatro años, a la Escuela España, todas de Valdivia. Me retiré de esta última, llegado el momento de mi jubilación. Hoy soy un profesor, orgulloso de mis hijos y de los que fueron mis alumnos. Antes de despedirme quiero agradecer a las personas e instituciones que solidarizaron en los momentos difíciles que viví; A mis suegros, a mi cuñado Patricio. A mi profesor, Sr. Enrique Martinez O. (fallecidos). 2


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A mi colega Luis Rosales Suazo (fallecido), a mis colegas Waldo Llanquilef, Luis Vega Opitz, Adolfo González y Elízabeth Román. A los colegas de la Escuela Alonso de Ercilla. A la Iglesia Católica; a Monseñor Jiménez (fallecido), al Padre Ivo Brasseur y a don Oscar Salinas. A la Agrupación de Beneficiarios y al equipo PRAIS que me otorgaron este espacio para narrar mi experiencia de vida en dictadura. A los Escritores Heddy Navarro y Bruno Serrano I. A mis hijos y esposa. A mis padres, a mi hermanita Raquel, al Pueblo de Cuba y su revolución. Y dejo a mis lectores este poema que escribí al recordar estos dolorosos hechos.

El Llanto de los Espíritus Danzan los espíritus por el centro sur y norte bailan los espíritus por el mar y por el monte Espíritus de cuerpo mutilados y torturados espíritus de cuerpo desaparecidos y asesinados


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Vagan los espíritus clamando justicia lloran los espíritus al ver tanta avaricia Espíritus de mujeres vejadas y violadas espíritus de mujeres perseguidas y engrilladas Sufren los espíritus al irse los mejores se lamentan los espíritus al ver tantos traidores Pero un día nacerán espíritus luchadores en la patria sembrarán justicia y días mejores


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Raquel Marín Mancilla Dedico estos escritos, parte de mis memorias y del trabajo clandestino durante la Dictadura de Pinochet, a mis queridas nietas, Florencia y Amanda, esperando que a medida que crezcan comprendan mejor su contenido y se sientan orgullosas de su abuela. Raquel

Mi paso a la vida clandestina Me decido a escribir algunas partes de mi vida, que tienen que ver con mi experiencia en la época más trágica de nuestro país, pues pienso que hay muchas historias no contadas, de miles de personas que lucharon heroicamente contra la dictadura de Pinochet. Tal vez este relato sea un grano de arena más entre ellos, los que aún se mantienen solo en el duro recuerdo de tantos luchadores. Soy profesora normalista, jubilada, exonerada política en el año 1973. Y durante los diecisiete años de la dictadura fascista, trabajé incansablemente, junto a miles de compatriotas para terminar con ella y construir una sociedad verdaderamente democrática... Antes del Golpe de Estado, trabaje siete años en la escuela internado de Niebla, y tres en la Escuela Alemania del sector Isla Teja de Valdivia, hasta septiembre de 1973...


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Don Eduardo Cholloux, su director, tenía dos caras, pertenecía al movimiento fascista “Patria y Libertad”, uno de los sectores más reaccionarios del país, contrarios al gobierno de la Unidad Popular presidida por Salvador Allende, pero en sus funciones aparecía como una persona muy bonachona y condescendiente con todos los funcionarios que trabajábamos en dicha escuela. Durante el gobierno popular, el pueblo chileno obtuvo grandes conquistas y beneficios. Pero desde su inicio el imperialismo norteamericano puso en marcha su plan para derrocarlo, para no dejar avanzar el proceso de cambios radicales que estaba desarrollándose en nuestro país. Llega el 11 de septiembre de 1973, día del golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende. Nosotros en la escuela íbamos a celebrar el día del maestro, que nunca llegó. Era un día gris con un poco de lluvia, finita, que cayó en un momento de la mañana, en Valdivia. Yo era miembro del Comité Regional del Partido Comunista de Chile y como Encargada de Educación formaba parte del equipo de Dirección del Partido en la Provincia. El Secretario Regional era el compañero Guillermo Teillier, muy joven en esa época, quien había terminado recién su carrera en la Universidad Austral y había sido candidato a diputado faltándole muy pocos votos para ser electo. La situación del país era muy inestable y los intentos de la derecha hacían prever que el Golpe lo estaban preparando los sectores más reaccionarios del país, y la Dirección Central nos orientaba sobre las medidas de seguridad que se debían tomar. El Regional se dividió en dos grupos, y me tocó pertenecer al grupo dos. El primer grupo se reunió ese día a las 14:00 hrs. en una casa de


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la Población Pantano del sector regional de Valdivia, para adoptar medidas y seguir funcionando en forma clandestina, entre otras medidas de seguridad estaba el no alojar en sus casas. Como a las nueve de la mañana de ese fatídico día, me fui al local del Partido ubicado en esa época en calle Cochrane. Los compañeros sacaban todos los materiales políticos comprometedores para llevarlos a otras casas y quemarlos. Al mediodía me fui al centro y encontré algunas personas conocidas que ya no me saludaban, por el hecho de ser comunista; y hasta la fecha, algunas que eran mis amigas o personas conocidas dan vuelta la cara para no saludar y “contaminarse”. Me vine a la casa a almorzar. Mi padre, Cipriano Marín, antiguo militante del Partido, estaba terriblemente apesadumbrado y temeroso, al igual que mi madre que se paseaba muy nerviosa por la casa. Ellos y nosotras siendo pequeñas ya habíamos vivido la represión del gobierno de Gabriel González Videla, y presumíamos que este golpe iba a ser mucho más duro y terrible. Mi padre tenía un taller de mueblería muy antiguo de Valdivia, con un fogón al centro que funcionaba en el invierno con los restos de madera y el aserrín que se acumulaba. Y ahí estaba, quemando todos sus libros marxistas que había comprado y recolectado en gran parte de su vida, al igual que fotos, documentos y recuerdos de su larga vida partidaria. Yo me uní, con mis documentos y materiales a la gran quemazón. Nunca más regresé a casa a vivir. Durante muchos años solo pasaba a veces, a ratos, a buscar ropa o a comer un poco. Todo muy rápido, pues nuestra familia y la casa eran muy conocidas.


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Ese día 11, es el inicio de mi vida clandestina, y perduró durante los 17 años de la dictadura militar. Esto significaba deambular de casa en casa, durante las noches, todo antes del toque de queda. Lo más terrible era que llegara la noche y no tener resuelto tu posible alojamiento, a pesar de que ya nos habían orientado a que cada uno debía tener casas amigas para resolver la situación en casos de emergencia, sin embargo la cruda realidad fue muy distinta. El miedo paralogizó a la gente. Todo el mundo estaba aterrorizado con los tanques, el incendio y bombardeo a La Moneda, las metralletas, los allanamientos masivos e individuales, balaceras, muertes a sangre fría a los chilenos, el toque de queda, etc. Esa noche del 11 de septiembre, me fui a alojar donde una amiga muy querida, mi amiga del alma, que vivía en calle Bueras. Fui recibida con gran temor, y el esposo de ella estaba furioso con mi llegada; por supuesto no fui nunca más y él nunca más me saludó. Al día siguiente, 12 de septiembre, fui a trabajar con mucho temor porque yo era bastante conocida en Valdivia y por varios años era dirigente del Partido, del Colegio de Profesores y Central Única de Trabajadores, así que presumía una posible detención, pero había que apechugar y en las mañanas trabajaba en la escuela y en las tardes junto a dos compañeros del Regional, Osvaldo y Rolando, ubicamos un mimeógrafo y hacíamos cientos de palomas y panfletos contra el dictador, que repartíamos en las casas de nuestros compañeros menos conocidos para que las lanzaran a la calle. Ese día 12, antes de la hora del toque de queda, que era a las 18 horas, me fui a cobijar para dormir a la casa de otra amiga, antigua vecina y compañera de colegio, y me pasó lo mismo: su mamá se amaneció sin dormir, escudriñando por la ventana y a cada rato decía que ya los milicos iban a allanar la casa. Por supuesto no dormí en


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toda la noche. A las 6 am me levanté, fui a mi casa un rato a tomar desayuno y luego a trabajar a la escuela. Creo que una de las peores cosas que le pasa a un ser humano, es no tener un lugar físico donde vivir, y peor aún donde dormir. Sentirse siempre perseguida en medio de tanto terror que estaba sembrando el fascismo. Así, seguí pernoctando en varios lugares: en calle Bueras, en Toribio Medina, en la CORVI y otras casas menos conocidas. Seguí trabajando por una semana más, después del Golpe militar, en la escuela del sector de Isla Teja, en condiciones muy difíciles, iban muy pocos alumnos a clases. La escuela está ubicada a cuadra y media de la antigua cárcel de Valdivia; por la ventana de mi sala que daba a la calle, veía pasar vehículos cargados con militantes de los partidos políticos del Gobierno Popular, llevándolos detenidos, y un día vi pasar detenidos a varios compañeros del Partido que trabajaban en la Universidad Austral, todos docentes muy activos de nuestra organización. Al día siguiente ya no fui más a trabajar, pues un compañero que trabajaba en la Dirección Provincial de Educación, Nelson, me informó que había llegado una acusación en mi contra, donde el director de la escuela, don Eduardo, señalaba que yo era “una instructora de guerrillas”, una persona muy peligrosa; y que también la había enviado a la División de Ejército, que tenía bajo su mando el control militar de la Provincia de Valdivia... Ese mismo día fui a hablar con mi padre, le informé sobre la situación y me dijo que de inmediato me fuera a Santiago. Él tenía algunos recursos económicos guardados y me los dio para subsistir algún tiempo allá.


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Preparé un pequeño bolso con las cosas más necesarias, hablé con una compañera que también estaba siendo perseguida, mi amiga Olga que trabajaba en la Compañía de Teléfonos de Valdivia, y nos pusimos de acuerdo para irnos en tren esa noche del 4 de octubre. Allá llegaríamos donde el primo Manolo que vivía en Cerrillos. Por supuesto en el tren no iríamos juntas, porque teníamos que resguardarnos por si alguna era detenida. Mi familia y mi mamá Carmen, estaban acongojadas con mi partida, pero no quedaba otro camino, ya que la acusación del director era muy grave y estaba en peligro mi vida. El día antes, el 3 de octubre, fusilaron a 11 compañeros de izquierda de Valdivia, casi todos eran jóvenes muchachos, llenos de vida e ideales, que se habían entregado por entero a trabajar por el gobierno del pueblo. La caravana de la muerte, al mando del general Sergio Arellano Stark, vino a la zona a dar las órdenes del fusilamiento. Estos crímenes atroces me dieron el último impulso para alejarme de Valdivia, dejando familia y trabajo atrás, y a muchos compañeros y compañeras. Llegamos sin problemas a Santiago, con mi compañera, muy nerviosas y ansiosas ante el incierto futuro que tendríamos que vivir hacia adelante.

Mi llegada a Santiago Llegué a Santiago sin problemas con mi amiga Olga, quien se fue a hospedar donde una hermana que vivía en Santiago y yo me fui a vivir a casa del primo Manolo en el sector de Cerrillos, previo acuerdo con su familia que estaba al tanto de mi llegada a su casa. Tenía un poco de angustia y temor, pues una parte importante


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de mi vida quedaba atrás y no sabía lo que me deparaba el futuro tan incierto. Durante el mes de octubre y noviembre deambulé por distintos sectores de Santiago buscando empleo y dispuesta a trabajar hasta de asesora del hogar, y a fines de octubre encontré a un compañero conocido, que unos meses antes había venido a Valdivia a entregar la información política al Comité Regional, y Enrique se comprometió a ayudarme a encontrar algún trabajo. A fines de noviembre nos encontramos de nuevo y me llevó a una pequeña fábrica de confecciones del sector de Franklin, cuyo dueño era del Partido, y empecé a trabajar desde el 1° de diciembre del 73. Así me encontré de un día para otro cosiendo ropa, sentada en una máquina semi industrial que parecía una bala al funcionar. Ahí se confeccionaban blue-jean, casacas de mezclilla, camisas de popelina y, por supuesto, las costuras debían quedar perfectas. Como yo no tenía práctica con dichas máquinas, durante las primeras semanas, las costuras me quedaban todas torcidas, causando gran enojo del jefe que vivía llamándome la atención y me hacía deshacerlas todas con hojas de gillette, hasta que después de varias semanas logré hacerlas mejor. En diciembre del año 1973, la casa del primo Manolo fue allanada. Era un día viernes y había invitado a mi amiga Olga a pasar el fin de semana con los primos en Cerrillos. Como a las doce de la noche llegaron los milicos revisando toda la casa, ellos tenían cinco niños, tres adolescentes y dos más pequeños, que se asustaron de tal manera que no paraban de llorar. Nosotras estábamos acostadas y nos tapamos hasta las orejas, cuando abrieron la puerta los milicos, afortunadamente no nos pidieron documentos. Se llevaron detenido a mi primo Manolo, quien era dirigente del Partido Radical en Santiago y después de varios días lo dejaron en libertad. Ya el lugar dejaba


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de ser seguro para mí, no tenía más alternativa que irme a otro lugar. En aquella fábrica sentí en la práctica lo que es la “explotación”. No es fácil estar más de ocho horas sentada cosiendo, agachada en una máquina semi industrial, sin perder el tiempo ni levantar cabeza, hasta quedar extenuada al terminar el día. Pero mi fortaleza y el deseo de trabajar para ganar mi sustento eran muy grandes, además en el poco tiempo que permanecí ahí, me gané el cariño y el respeto de mis compañeras y hasta del jefe, quien le contó a todo el personal, el día de mi partida ­–es decir a los siete meses de trabajo– que yo era profesora, provenía del sur y era militante comunista, y que por eso me había ido a Santiago. Trabajé ahí hasta fines de junio de 1974. Unos meses antes arrendé una pieza en calle Dieciocho y me independicé, además ya ganaba algún dinero como para pagar una pieza, y ya en junio llegó a contactarme, a la salida de la fábrica, la compañera Isabel. Esta vinculación me trajo una gran alegría pues iba con la misión, de parte de la Comisión Nacional de Organización del Partido, para dejar el trabajo en la fábrica y pasar a ser activista en calidad de enlace de comisiones nacionales en clandestinidad, lo que por supuesto acepté sin titubear porque era lo que andaba buscando desde mi llegada a Santiago. Y en julio del año 1974, mi jefe directo pasa a ser el compañero Américo Zorrilla, quien había sido Ministro de Hacienda del gobierno de Salvador Allende. Don Américo era un cuadro obrero con una gran trayectoria en el Partido que se había ganado el respeto y el cariño de todos los militantes. El haber sido ministro en el Gobierno Popular daba cuenta de la calidad de persona que era, y el hecho de que estuviera en la clandestinidad –junto a otros grandes cuadros dirigiendo el Partido, en condiciones muy difíciles–, exigía el contar con cuadros de confianza para establecer los nexos entre los distintos miembros de la Dirección; ese sería mi


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papel, la seguridad de la Dirección dependía en gran medida de lo eficiente que fuéramos cada uno de nosotros. En este mismo período me encontré en Santiago con un compañero y amigo muy querido de Valdivia, que también había sido miembro del Comité Regional, era muy conocido como el Lolo Peña. Él estaba arrendando una pieza muy cerca de donde vivía yo, y nos convertimos en amigos inseparables, pues sufríamos los mismos rigores de la clandestinidad y la escasez de recursos económicos, y pronto nos enamoramos e iniciamos nuestra vida en pareja hasta hoy día. Antes, él había sido contactado por un compañero de la Comisión Nacional Agraria y fue incorporado a ella en el trabajo clandestino, especialmente para atender algunas comunas agrarias de la zona central del país, ya que como en Valdivia había sido dirigente de la Federación Campesina Ranquil, tenía mucha experiencia en este aspecto. El trabajo, como enlace, que empiezo desde mediados del año 1974, significaba andar casi todo el día en la calle, en distintos lugares de Santiago, trasladando y recibiendo documentos, mensajes, direcciones y lugares de reuniones de equipos nacionales clandestinos, entre varias compañeras que ejercían la misma labor. Todo ello muy prolijo y exacto, por ejemplo a las 9:00 estar en un lugar de la Estación Central recibiendo; a las 11.00, en Ahumada con Catedral, a las 13:00, en el metro Los Leones, y así hasta terminar el día, en distintos lugares. En julio de 1974, recibí una triste y lamentable noticia, que me partió el alma: habían sido detenidos en Valdivia mi padre, que en esa fecha tenía 73 años y mis sobrinos María Elena y Sergio. Los tres trabajaban en la mueblería que funcionaba en la casa. Fueron llevados a la cárcel de Valdivia, y se les detuvo por ser militantes de la célula Carlos Marx. La detención, al parecer, fue por delación


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de otro militante que meses antes había sido detenido y entregó los datos del funcionamiento de dicha célula, que funcionaba en la casa nuestra durante el período del Gobierno Popular. Ellos permanecieron detenidos varios meses; mi madre, Carmen, quedó sola en casa. Ella, con sus 70 años a cuesta, dejó los pies en la calle, tocó las puertas de los Tribunales de Justicia, y logró que le dieran Audiencia hasta con el máximo Jefe del Ejército, para que dejen en libertad a sus familiares, lo que consiguió hacia fines de año, después de estar casi seis meses detenidos en la Cárcel, durmiendo botados y hacinados. Esta detención trajo un nuevo sufrimiento a la familia y por supuesto muchos problemas económicos, ya que en seis meses no hubo producción en la mueblería. Yo desde Santiago no podía hacer nada. En la angustiosa situación de estos meses, las comunicaciones eran muy deficientes, solo nos enviábamos cartas por mano cuando alguna persona de confianza viajaba a Santiago o a Valdivia, y me alegré mucho cuando supe que mis familiares muy queridos fueron puestos en libertad, especialmente por mi padre y su edad tan avanzada. En ese período tuve que cambiar de domicilio y arrendé una pieza cerca de la Estación Central, que ocupé muy poco tiempo hasta fines de septiembre, ya que se me quedó en la pieza donde vivía un documento muy importante, que era un llamamiento que dirigía el Partido a las Fuerzas Armadas. Tenía cuatro páginas y como debía entregarlo a una persona al día sub-siguiente yo lo dejé en la pieza, y se supone que todas las dueñas de residencias que arriendan piezas, generalmente tienen las copias de llaves y las revisan cada día las piezas a sus arrendatarios. Producto de ello y después del severo llamado de atención, me metí solo a sacar el documento y un poco de ropa y dejé botadas mis cosas y mi cama, y tuve que pasar a receso por tres meses hasta fines


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de año y permanecer en una casa de seguridad, sin salir a la calle durante todo ese tiempo, hasta fines de diciembre del 74. Continué como enlace hasta mediados del año 1975, y pasé a formar parte después de la Comisión Nacional Femenina, desarrollando el trabajo del frente de mujeres con algunos Comités Regionales de Santiago y organizaciones de mujeres como el MUDECHI, Mujeres por la Vida, los comités de cesantes, las compañeras de las ollas comunes, que ya se organizaban. Ya en esa fecha era posible realizar mítines relámpagos, marchas callejeras con volanteo y consignas contra la dictadura. En el mes de abril nos fuimos a vivir juntos, con mi pareja, a unas piezas de un departamento de la Villa Brasil en calle 5 de Abril con Las Rejas. Me encontraba embarazada de dos meses y había que prepararse para afianzarnos como familia, continuar nuestro trabajo clandestino y esperar el nacimiento de nuestra bebé, preparando sus ropas y cosas para su nacimiento. Ella nació el 20 de octubre de 1975 en el Hospital San Borja de Santiago. Yo me hospitalicé con mucho susto pensando que podía ser detenida al salir del hospital, pero afortunadamente todo salió bien y así nació nuestra querida hija, Paola Ximena. Unos días antes ya pudimos cambiarnos a una casita pequeña pero independiente en calle Embajador Quintana de Quinta Normal, y así disfrutar con mucha alegría su llegada y la gran felicidad de tener una pequeña. El nacimiento de nuestra hija contó con una gran solidaridad de muchas compañeras, entre ellas Marta, una amiga y compañera del Partido, docente del Campus Miraflores (UACH) que estuvo detenida en la Cárcel de Valdivia y tuvo su bebé en prisión. Ella me envió dos inmensas bolsas de ropa, casi toda nueva; la compañera Lupe, de Santiago, me regaló la cuna que había sido de sus hijos al nacer y la tenía aún guardada, varias compañeras le tejieron


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chombas y otras me regalaron bolsas de pañales. Además contaba con el apoyo de otras compañeras que me permitían pasar a alguna hora a darle pecho y a cambiarle pañales, pues los primeros meses yo salía a la calle con ella a trabajar, y sus ropas y pañales eran portadoras de documentos algunas veces. Después de un par de meses tuvimos que buscar a una señora amiga para que la cuide todo el día, porque era muy perjudicial para su salud andar muchas horas en la calle y no tener tranquilidad ni suficiente reposo. A los compañeros de la Dirección clandestina del Partido les preocupaba mucho las colonias de militantes de las distintas provincias que se aglutinaban en Santiago. A nosotros, los valdivianos, siempre nos llamaban la atención, porque a veces nos juntábamos los domingos a comer en alguna casa, a veces en el Sindicato de Panificadores que se ubicaba en calle San Martín. Ya éramos como treinta, con sus familias, los que vivíamos en Santiago y más de alguna vez compartíamos lo poco que teníamos, degustábamos una cazuela, o hacíamos empanadas, porque la verdad es que los primeros meses y años a veces solo alcanzaba para té y pan, ya que se ganaba poco y la mayor parte del dinero era para pagar arriendo y movilización. Era muy justa la inquietud de los compañeros de la Dirección del Partido, pues era un atentado a las medidas de seguridad del trabajo clandestino, por lo tanto decidimos terminar con los encuentros. En los primeros meses del año 1976 me designan como Encargada Femenina del Comité Regional Oeste de Santiago, que comprendía las comunas de Pudahuel, Quinta Normal, Maipú, Cerrillos, Talagante, Melipilla, Peñaflor e Isla de Maipo. En esa fecha, Santiago estaba dividido y organizado, como Partido, en cuatro comités regionales: Santiago Centro, Oeste, Norte y Sur, para facilitar el trabajo orgánico, político y de masas hacia las bases.


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El 7 de Mayo de 1976, caen detenidos en calle Conferencia de Santiago, seis compañeros de la Dirección clandestina del Partido, ellos fueron, el compañero Víctor Díaz, Sub-Secretario General del Partido, Uldarico Donaire, Jorge Muñoz, quien era esposo de la compañera Gladys Marín, Mario Zamorano, Elisa Escobar y Jaime Donato. Ellos forman parte de los miles de compatriotas detenidos desaparecidos de la Dictadura Militar. Con esta detención la DINA urdió el plan de exterminio contra el Partido Comunista. Este año, cuando se cumplieron 40 años de estos sucesos, el Municipio de Santiago instaló una placa conmemorativa, junto con sus familiares, amigos y militantes, para transformar el espacio en un sitio de memoria para las futuras generaciones y que todos los chilenos sepan de esa historia, entre muchas, en el camino de recuperar la democracia. En nuestro Comité Regional, sufrimos también la desaparición, en la misma fecha, del compañero Encargado de Organización, quien no llegó a la reunión del Comité Regional. Él continúa como detenido desaparecido, y no entregó ningún antecedente de su responsabilidad política. Posterior a su detención nadie cayó detenido, esto muestra la gran fortaleza de los compañeros. Este año, en agosto, se cumplieron 40 años del desaparecimiento del compañero Victor Hugo Morales Mazuela, y su familia aún no encuentra rastros de él o de los lugares de su detención. Producto de las detenciones, se tuvieron que hacer cambios en los distintos equipos del Partido, así fue como de un día para otro pasé a ser la Secretaria Política del Comité Regional Oeste, cargo que asumí con mucha responsabilidad. La caída de la Dirección Clandestina del Partido trajo enormes problemas para su conducción y funcionamiento a todo nivel, tanto en Santiago como en provincias, y abarcó un período de un año


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más o menos, y se hicieron enormes esfuerzos para continuar con el trabajo orgánico-político en todas las estructuras partidarias de Santiago y me imagino del país. Había que continuar orientando y reuniendo a sus bases, esto gracias a muchos esfuerzos personales de sus dirigentes y militantes de base. Estuvimos casi un año funcionando sin recibir dinero para nuestra subsistencia y movilización, había que hacer enormes caminatas para llegar a algunos lugares a reunirse con los comités comunales, significaba caminar 60 o más cuadras para entregar la atención política a las bases. A veces se lograba conseguir volver en micro, con la colecta de participantes en las reuniones, además no contábamos con recursos para comprar víveres y poder “parar” la olla. Fueron meses muy caóticos. Hubo momentos muy críticos, recuerdo que nuestra pequeña bebé ya estaba cumpliendo ocho meses y un día no teníamos ni leche para darle, llegando al más bajo nivel de pobreza. Entonces me levanté muy temprano, tomé el reloj de mi compañero y me fui a pie a la calle Matucana, donde funcionaba la Tía Rica (casa de empeño), empeñé el reloj y pasé al negocio más cercano a comprar una bolsa de leche en polvo, pan y huevos para tomar un rico desayuno. Así pasamos casi el año, subsistiendo solo con algunos pesos que lográbamos, especialmente por la solidaridad de algunos militantes, y comiendo muchos porotos con zapallo y fideos que compraba un familiar muy querido que llegó a albergarse a nuestra casa desde Concepción; que encontró pega y ganaba el salario mínimo. Después de casi un año de miserias y falta de dinero para funcionar y para nuestra subsistencia, se recuperan los vínculos con el exterior del país y se empieza a normalizar la llegada de los recursos económicos, lo que permitió optimizar el trabajo político-orgánico con las estructuras intermedias del Partido, y así logramos abastecernos de lo básico para la subsistencia familiar, y nos fuimos a


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la vega de Mapocho a comprar víveres para varios meses; lo que nos trajo gran alegría y tranquilidad para seguir “apechugando” en nuestra vida clandestina.

María Inés y la Dirección del Comité Regional Oeste Después de asumir, María Inés (que era mi chapa en la lucha clandestina), como Secretaria del Comité Regional Oeste, se propuso rearmar el trabajo de la Dirección. Fue así como pasó a ocupar el cargo de Encargada de Organización, la compañera Isabel, la misma que en el año 1974 fue a contactarme para que me integre al trabajo clandestino. Y junto a ella y otros compañeros formamos un buen equipo de trabajo y nos propusimos desarrollar e impulsar el trabajo político, orgánico y de masas hacia el sector de los trabajadores en el cordón Maipú-Cerrillos, que contaba con una gran cantidad de industrias; hacia los sectores poblacionales, especialmente hacia Pudahuel y hacia las mujeres y sus nacientes organizaciones femeninas, como también organizando los comités de cesantes y las ollas comunes que florecían en casi todos los sectores poblacionales en Santiago. En el Comité Comunal de Maipú, se destacaron compañeros muy abnegados y valientes como: el compañero Luis Ortiz, y Darío Contreras, con quien después de muchos años nos volvimos a encontrar en el Comité Regional de la Décima Región; Julio Ugas y otros que empiezan a hacer un trabajo de joyería hacia las industrias del sector, realizando conversaciones, llevando propaganda, formando sindicatos y reorganizando el Cordón Industrial Cerrillos-Maipú, que realizaba sus reuniones y Asambleas en el Sindicato Good Year, en Av. Pajaritos de Maipú.


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En 1978, se logra realizar la primera huelga en el cordón industrial: en el Sindicato Good Year, donde ya se había organizado una célula del Partido. Este resultado es el fruto de intensas conversaciones con los compañeros y múltiples asambleas previas con los trabajadores hasta que logran sacar el acuerdo por medio de una votación y paralizan, de esta industria trasnacional, los tres sindicatos de trabajadores que existían, con más de 500 personas; ellos rechazaron la reducción de salarios de 7,5 % y el congelamiento de sueldos. El presidente del sindicato mayoritario era el compañero militante del Partido Oscar Pino, quién encabezó el movimiento sindical con mucha firmeza, y después de más de dos meses de paralización lograron ganar su petitorio. Esta huelga logró captar una gran solidaridad de los sindicatos del cordón Maipú-Cerrillos y de los distintos sectores de trabajadores de Santiago. Todos los días funcionó la olla común en su sede y muchas delegaciones llegaron diariamente a colaborar, como las organizaciones de mujeres, los artistas, que hacían murales en sus paredes, los jóvenes estudiantes, los grupos folklóricos, los profesores, las esposas de los trabajadores y se transformó diariamente en un lugar de encuentro, canto y poesía que congregaba a cientos de personas que iban a cooperar y solidarizar. En las tardes se desarrollaban las actividades artísticas que eran muy concurridas porque participaba mucha gente de los sectores poblacionales aledaños. Un año antes, en 1977, se habían protagonizado ya varias huelgas de protesta de los trabajadores que iban mostrando la rebeldía y reclamos por sus derechos laborales, como la Huelga Nacional de “El Teniente”, con 9.800 trabajadores que paralizan el cobre en Rancagua, a esto se suma la empresa Colbún-Machicura, y Madeco con 59 días parada, que muestran el estado de ánimo en contra del


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sistema dictatorial y peleando por la reconquista de sus derechos que tenían estos grandes centros de trabajo. La huelga de los trabajadores de Good Year sirvió de ejemplo a otras industrias del Cordón Industrial, que fueron elevando su estado de ánimo en su lucha contra el régimen y siguieron con múltiples actividades de repudio al sistema: viandazos, atrasos colectivos, paralizaciones por horas, entre otras acciones. En la industria Pizarreño, el presidente del Sindicato era el compañero Villarroel, militante del Partido. El día que visitó la industria Pinochet, tuvieron que reunir a todos los trabajadores en asamblea para escucharlo; Villarroel lanzó una intervención muy encendida contra el régimen y las medidas que ellos habían dictado contra los trabajadores. El tirano fue repudiado por trabajadores, su séquito de guardaespaldas lo sacó de la industria rápidamente porque el Dictador hervía de rabia, y no pudo pronunciar su discurso. En 1979, Pinochet logra aprobar el Plan Laboral que le encomendó redactar a José Piñera, cuyo objetivo principal era implementar el sistema neoliberal en el mundo del trabajo. “Las reformas neoliberales implementadas en Chile, desde 1973 en adelante, significaron en términos económicos y sociales, la proyección de una nueva forma de afrontar el desarrollo de la sociedad, constituyéndose en una revisión radical de la política económica del país, pacificado a la fuerza por el golpe de Estado, por una cruenta represión hacia el pueblo chileno y sus dirigentes políticos y sociales del Gobierno Popular, por las ejecuciones masivas, por los miles de presos políticos encarcelados en el país, y por los centenares de detenidos desaparecidos, además de cientos de miles de exiliados”. A través de Decretos Ley, fueron aplicando un modelo económico completamente ajeno a la tradición chilena, que


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carecía de precedentes incluso en políticas económicas a través del mundo. Así, nuestro pequeño país con poco más de once millones de habitantes en esa época, se convirtió en un verdadero laboratorio para la nueva Derecha a nivel mundial, cuyo éxito económico se inició, y es usado hoy, especialmente para disciplinar a los trabajadores en todo el mundo, en torno a las políticas más explotadoras y depredadoras. Este modelo trajo una enorme catástrofe social para los más amplios sectores del pueblo chileno; se produjo un saqueo de sus riquezas básicas, se desnacionalizó el cobre, se privatizaron todas las empresas del Estado: CORFO, CAP, ENDESA, ENTEL, CTC, IANSA, LAN CHILE y otras que fueron levantadas tras décadas de economías en desarrollo por los diversos gobiernos. También, en los años 80, la Educación Pública pasó a manos de los Municipios que trajo un desmejoramiento paulatino de la Educación, con miles de profesores despedidos en el país, y con las consiguientes rebajas de sueldos. En esta época se privatizaron los bancos, se reduce en un 30% el sector de los empleados públicos, y se privatiza todo el sistema de pensiones, dando nacimiento al nefasto sistema de las AFP, con la reducción de las jubilaciones a millones de chilenos. Unos meses antes, el 30 de noviembre de 1978, un descubrimiento estremecedor sacude el país. En Lonquén, son encontrados los restos humanos de 15 detenidos desaparecidos, en la Comuna de Isla de Maipo, en el territorio del Comité Regional Oeste del Partido. Primero, los familiares escarbando en esos hornos encontraron trozos de cráneos con huellas de cuero cabelludo, manojos de cabellos, restos de ropas rotas; ellos presumieron que eran los restos de sus familiares, detenidos el 7 de Octubre de 1973. Sus nombres: Sergio Maureira Lillo y sus cuatro hijos (Rodolfo Antonio, Sergio Miguel, Segundo Armando y José Ma-


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nuel); Oscar Hernández Flores y sus hermanos Carlos y Nelson; Enrique Astudillo Alvarez y sus dos hijos (Omar y Ramón); y los cuatro jóvenes: Miguel Brant, Iván Ordóñez, José Herrera y Manuel Navarro, cuyas edades fluctuaban entre los 17 y 51 años. Los familiares de estos campesinos, víctimas de Lonquén, recurrieron a las organizaciones de Derechos Humanos, Vicaría de la Solidaridad y a organismos de Justicia para que intercedieran y se efectuara la exhumación. La Dirección Central del Partido nos orientó para que rápidamente nos contactáramos con los familiares, y el compañero Marcos, Encargado de Pobladores del Regional, tuvo la misión de conversar y averiguar los hechos. Por supuesto los familiares estaban consternados y un poco reacios a entregar datos, pero de todas formas nuestro compromiso fue conversar con el Obispo de la Zona Oeste, Monseñor Enrique Alvear, con el cual se mantenían muy buenas relaciones y estaba siempre listo ante los casos de violaciones de los Derechos Humanos. La Vicaría de la Solidaridad formó una comisión para investigar los hechos comprobando que las sospechas eran verdaderas: encontraron restos humanos, y exigieron a los Tribunales nombrar un Ministro en Visita, que recayó en el ministro Adolfo Bañados. Quien logró que se rescataran los restos humanos de Lonquén, constatando que efectivamente correspondían a los 15 hombres que figuraban como detenidos desaparecidos de Isla de Maipo. Ellos habían sido detenidos por Carabineros de la Tenencia de Isla de Maipo, quienes declararon en la investigación posterior que las víctimas murieron en –confusos– enfrentamientos y que tenían armas ocultas en los Hornos. En julio de 1979, el Fiscal Militar que continuó la investigación, declaró reos a los carabineros que participaron en la muerte de los campesinos. Un mes


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después, el 16 de Agosto de 1979, se les aplicó la Ley de Amnistía y fueron sobreseídos todos, imponiéndose la impunidad ante los horrorosos asesinatos cometidos por la dictadura Militar imperante en el país. Este hallazgo, que estremeció a la opinión pública y al pueblo chileno, marcó un hito en los familiares de los detenidos desaparecidos, todas las sospechas se transformaron en muerte, y las tesis del régimen se vinieron al suelo, ya que el representante del Dictador, Sergio Diez, había declarado ante las Naciones Unidas en 1975, que muchos de los detenidos desaparecidos no tenían “existencia legal”. En medio de estos hechos, tan tristes y trágicos que nos tocó vivir como familia, nuestra pequeña hija fue creciendo y desarrollándose muy bien, pues era nuestra principal preocupación y tratamos que siempre estuviera cuidada y protegida. Cuando tuvo dos años y medio, la ubicamos en una sala cuna del Ejército de Salvación en Quinta Normal, ahí permanecía todo el día hasta las 18:00 horas, cuando nos turnábamos con su padre para pasarla a buscar; la atención y el cuidado de las pequeñas era excelente en dicho lugar. Al cambiarnos de casa, de nuevo a Pudahuel, la matriculamos en el Kinder “Lo Amor” de esa comuna. A finales del año 80, se empiezan a organizar los Comités Sin Casa, por una causa justa, como es el derecho a luchar por una vivienda propia, y con el Frente de Pobladores del Comité Regional impulsamos la formación de ellos, especialmente en Pudahuel. Y en un período de tres meses estaban encuestadas más de un centenar de familias, dispuestas a tomarse un terreno para así lograr tener un techo propio. La verdad es que la gente estuvo muy dispuesta a participar en una acción tan osada y riesgosa. Es así como en marzo de 1981, un centenar de pobladores con sus familias realizan la “toma” de un sitio


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eriazo, una antigua finca en Pudahuel, a la altura del número 9.000 de calle San Pablo. La “toma” de terrenos se realizó en la madrugada y al informarse carabineros, se transformó en una verdadera batalla campal entre las fuerzas represivas y los pobladores que defendían heroicamente la tierra tomada. Ella terminó después de unas horas con una treintena de pobladores detenidos, y las otras familias se refugiaron en la Parroquia San Luis Beltrán, ubicada muy cerca del lugar de la “toma”. A esa iglesia, el mismo día, llegó el Obispo de la Zona Oeste, Enrique Alvear, para ayudar y proteger a los pobladores. Esta “toma” se constituyó en un hecho político nacional, los pobladores detenidos salieron en todos los noticieros de la televisión nacional, mostrándolos como delincuentes. Esta acción de los pobladores de Pudahuel se enmarca en una serie de tomas de terrenos que se iniciaron en julio de 1980 en Santiago, fecha en la que se realizó la Toma de la Población La Bandera, en que los pobladores ocuparon la cancha de fútbol y levantaron el campamento con cientos de pobladores sin casa, siendo desalojados a las pocas horas. Al año siguiente, los pobladores, por medio de los Comités sin Casa, se toman un terreno en Población San Ricardo de La Granja y dan vida al mayor campamento de Santiago, el Campamento Raúl Silva Henríquez, con más de 500 familias en sus inicios. Las tomas de terreno se transformaron en una expresión de lucha y rebeldía contra el régimen dictatorial. Según datos históricos, durante la dictadura se efectuaron 16 tomas de terreno impulsadas por los Comités sin Casa, especialmente en Santiago, producto de un hecho real: el que el régimen imperante construyó muy pocas viviendas en ese período. En 1980, Pinochet logra consolidar su mandato, con la aprobación de la Constitución del 80, por medio de un Plebiscito, donde


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supuestamente votaron más de 6 millones de personas, que se pronunciaron por el SI, un 67,04 %, y por el NO, un 30, 19 %. Este hecho fue catalogado como el gran fraude de la historia, ya que se realizó sin registros electorales, y con miles de agentes de seguridad y funcionarios de gobierno, cuya misión era recorrer todo el día los lugares de votación e ir sufragando, misión corroborada por el propio general Leigh en declaraciones hechas años después. Luego del fraudulento Plebiscito del año 80, donde se aprobó la nueva constitución, se fue generando en el país una ofensiva popular mayor y una resistencia más activa de las organizaciones de masas en contra de la dictadura. La audacia de la gente se fue manifestando de diversas formas, con rayados callejeros, volanteadas relámpagos en el centro de Santiago, anuncios de colocación de bombas, mítines relámpagos y cadenazos. Este mismo año, a fines de 1980 recibí, con gran orgullo y un tremendo honor, la decisión que la Dirección del Partido me comunicó: yo pasaba a ser miembro del Comité Central del Partido Comunista en clandestinidad, noticia que causó mucha emoción dentro de mi familia, especialmente de mi compañero; ya que juntos nos alegrábamos de las cosas positivas de nuestra vida y de las acciones que nos tocaba desarrollar, cada uno en lo suyo, como al mismo tiempo compartíamos los sinsabores y reveses cuando las cosas iban mal, o no se podían concretar. Creo que esta designación se debía a la gran entrega, disposición y empuje que “María Inés” ponía en concretar la línea del Partido y la puesta en práctica de experiencias positivas en tiempos de clandestinidad y de lucha contra la dictadura, especialmente en la zona del Comité Regional Oeste. En mi calidad de miembro del Comité Central del Partido, fui designada, junto a seis compañeros del interior del país, para participar en un Pleno del Comité Central, que se realizó en Alemania


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en Mayo de 1981. Era la primera vez, en tiempo de dictadura, que se enviaba una delegación del interior del país, ya que la mayoría de los miembros de la Dirección Central del Partido se encontraban en el exilio, entre ellos su Secretario General, Luis Corvalán. La delegación estaba compuesta además por los compañeros: Oscar Pino, el Presidente del Sindicato Good Year, que también había pasado a ser miembro del Comité Central; el Secretario de la Juventud Comunista de esa época, Lautaro Carmona, además de dos compañeros del Frente Sindical, uno de Organización y una compañera del Frente de Pobladores, todos en calidad de miembros de la Dirección del Partido clandestino. Cada uno de los delegados partió por distintos días y rutas. Yo debía viajar primero a Francia, y estar ahí un par de días, después seguir a Bélgica, Holanda y en ambos países estar algunos días; de ahí viajé a Moscú y pernocté ahí un tiempo breve, para finalmente viajar a la República Democrática Alemana, a la ciudad de Cottbuss, en un sector fuera de la ciudad, lugar de la realización del Pleno. Por supuesto, tuvimos muchas alegrías al encontrarnos en la reunión plenaria con antiguos dirigentes del Partido, como los compañeros: Corvalán, don Américo (que había tenido que irse del interior del país unos años antes por motivos de seguridad), las compañeras: Julieta, Mireya y tantos otros, teniendo presente que la mayoría del Comité Central se encontraba viviendo en los países socialistas. Nuestra misión, como delegados del interior, era mostrar y destacar las movilizaciones de masas y las luchas más frontales y decisivas que se iban desarrollando, tanto en Santiago como en algunas provincias del país, contra la Dictadura. Un compañero de la delegación del interior del país, llevaba el informe elaborado por la Dirección clandestina, el cual fue rechazado por los compañeros del exterior, porque no estaban de acuerdo con


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sus formulaciones políticas, elaboradas por la Dirección del interior, y solo realzaron las acciones audaces que se realizaban en el país, como un factor positivo para el desarrollo de las luchas contra el fascismo. Cada uno de los delegados del interior, entregó su respectivo informe mostrando las actividades y acciones de masas que se fueron dando hasta el año 1980, en las distintas áreas y zonas donde estaba asignada cada compañera/o, también la confrontación y audacia del pueblo en los lugares más destacados. Sin embargo, tampoco entre las resoluciones hubo unanimidad de criterios entre los compañeros de la Dirección del exterior, que eran la mayoría, es decir casi todo el Comité Central que se encontraba en el exilio, y la del interior que era una minoría. En ese Pleno se informó y destacó el que jóvenes militantes comunistas chilenos se encontraban formándose como “militares”, en escuelas de países socialistas, estando presente el compañero Apablaza que representaba al frente “cero”, en ese tiempo. Posterior a ese Pleno, y en vista de las discrepancias y posturas de ambas direcciones políticas, la compañera Gladys Marín, que dirigía la Dirección clandestina del interior y que había ingresado al país en el año 1978, tuvo que viajar al extranjero a reunirse en forma perentoria con la Dirección en el exilio. Como síntesis, y al fragor de las discusiones entre ambas posturas, surgió la llamada Política de Rebelión Popular de Masas, la PRPM, llegando a una fórmula de elaboración colectiva, entre el interior y exterior del Partido. A los delegados del interior, participantes del Pleno, nos “regalaron” 15 días de vacaciones en la RDA, en un hotel pequeño y hermoso, ubicado en las afueras de la misma ciudad, donde con todo confort pu-


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dimos descansar y relajarnos de las grandes tensiones que diariamente se vivía, acá. Regresamos por los mismos países de ida, cada uno con distintas rutas; en algunas partes teníamos que comprarnos algunas prendas de ropa o recuerdos, con las boletas de compras respectivas; y regresamos sin problemas, afortunadamente, al país.

La PRPM y las protestas nacionales La “Política de Rebelión Popular de Masas” (PRPM) constituye una avanzada formulación y un enriquecimiento conceptual, práctico y teórico de la línea política del Partido Comunista, así como la experiencia de su aplicación y las medidas organizativas desplegadas para el éxito de sus objetivos. Fue capaz de transformar su propuesta en una política asumida por miles de chilenos, al calor de las jornadas de protestas nacionales realizadas por millones de personas que se manifestaban contra el régimen establecido a sangre y fuego. Fue asumida además por distintos sectores políticos y sociales, y adquiriendo diversas formas como: rebelión popular, desobediencia civil, protestas y paros nacionales, sabotajes de masas, acciones desestabilizadoras, barricadas, apagones y una multiplicidad variada de actividades. En el invierno de 1981 se organizó en Santiago y en algunas provincias, como en Valparaíso y Concepción, “la gran planchatón”, que significaba realizar muchas reuniones de las células del Partido y explicar la importancia de que cientos de personas plancharan ropa a las 21:00 hrs. del día señalado, y atraer a muchas amigas para esta actividad tan importante. De esa forma se produciría “un aumento del consumo de energía, y el gran corte de luz”, es decir, el resultado


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fueron los apagones generalizados que ocurrieron por varias horas en los lugares mencionados, resultando todo un éxito. La Política de Rebelión Popular, se transformó en una política de millones, entre el 3 de Septiembre de 1980 y el 11 de Mayo de 1983, es decir en un lapso de casi tres años se fue generando una “situación revolucionaria”, cuyo desarrollo y maduración se prolongó hasta 1986. Se trata de uno de los períodos de lucha popular y acumulación de fuerzas más intenso y enriquecedor de la historia del movimiento popular chileno. El Partido al calor de las protestas y junto a los aliados, planteó una fórmula básica de 3 puntos: - Salida de Pinochet del Poder - Constitución de un Gobierno Provisional Amplio - Formación de una Asamblea Constituyente En este período del desarrollo de las protestas nacionales, pasé a ocupar el cargo de Secretaria Política del Comité Regional de San Miguel, que abarcaba las comunas de San Joaquín y San Miguel, y nos correspondió junto a los compañeros del Regional, organizar algunas actividades de la Protesta Nacional del 4 y 5 de Septiembre de 1984, teniendo presente que en las poblaciones La Victoria y La Legua, se llegaba a altos índices de participación y de mucha combatividad y lucha de los pobladores. Nos ubicamos, la primera noche, en los márgenes de la Población “La Victoria”, cerca de la calle Club Hípico junto a un par de compañeros que por medio de algunos “enlaces”, nos iban informando, cada hora, de lo que ocurría dentro de la población, ya que eran miles las personas que combatían la primera noche en ese sector, en la Avenida La Feria, en la población Villa Sur, y sectores circundantes contra los pacos y militares que sacaron a la calle a reprimir a los manifestantes. Fue así como nos informamos, ese fatídico día, del


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asesinato del sacerdote francés, André Jarlan, de la Iglesia Nuestra Señora de la Victoria, que había llegado a Chile poco más de un año antes, y que vino de su país a ayudar en la labor pastoral al párroco Pierre Dubois. Ambos sacerdotes, con la autoridad que habían ganado dentro de la población, intentaban retener a la juventud poblacional que participaba en las protestas dentro del marco de: “la no violencia”, y al mismo tiempo defendían a los pobladores de la “violencia represiva”, que siempre cobraba víctimas, heridos y hasta muertes. Ese mismo día, un poco antes, fue asesinado un joven drogadicto llamado Manuel, y el padre Jarlan se encontraba rezando junto a su biblia cuando fue alcanzado por la bala asesina que le disparó un carabinero desde un lugar cercano a la Iglesia, bala que se le incrustó en el cuello y causó su muerte, según se comprobó unos meses después en la investigación judicial. Este asesinato causó una gran conmoción entre los pobladores de La Victoria, y en especial en su máxima dirigente poblacional, la compañera Claudina Núñez, la Ely y otros pobladores que se encontraban en ese lugar, que en medio de la pelea y la protesta iniciaron esa misma noche su velatorio en la Iglesia en medio de grandes muestras de dolor y congoja. Con los compañeros del Regional, al día siguiente, participamos en la misa que se le hizo al mediodía antes de trasladarlo a la Iglesia Catedral de Santiago. A la misa de la población llegó una gran cantidad de personeros políticos de oposición al Dictador, como Andrés Zaldívar, Gabriel Valdés, Eduardo Frei, y muchos otros que ya estaban participando en la formación del conglomerado de oposición a la dictadura de Pinochet. Al término de la misa, el féretro fue llevado en andas por los pobladores hacia la Iglesia Catedral, siendo miles los participantes que lo despidieron antes de su repatriación a Francia.


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Infancia, familia, dolores... En los inicios del año 1982 recibimos una triste noticia, me comunican desde Valdivia que mi padre se encontraba gravemente enfermo, primero hospitalizado y luego en casa postrado en cama, afectado de un cáncer pulmonar. Viajamos en forma urgente, pero su enfermedad era irreversible. Lo alcancé a ver vivo, él sufrió mucho durante meses, falleciendo el 20 de enero a los 81 años de edad. Mi madre y toda la familia tenían mucha congoja por su partida, ya que él sufrió en carne propia los atropellos y vejámenes de la dictadura, especialmente con su encarcelamiento de medio año en 1974. Creo que no logró recuperarse anímicamente, en los años siguientes, y aunque siguió trabajando en la mueblería, su diario vivir era de mucho temor y continuó siendo muy trabajólico hasta sus últimos meses de vida. Con su partida se fue uno de mis seres más queridos; a él debo mi formación política y el espíritu de responsabilidad y lucha por los ideales, que se impregnó en mi vida. Mi “viejo” fue toda su vida un luchador, comunista consecuente, en las distintas épocas de su vida. Los artesanos en Valdivia, toda gente muy culta, eran los que mantenían al Partido vivo en la zona, llegando a tener una imprenta con la cual editaban un periódico que se llamaba La Región, un potente instrumento donde los comunistas valdivianos entregaban su opinión y orientación a los trabajadores de la ciudad y el campo. La vida de mi padre era el Partido y su familia, muchas veces tuvo tropiezos en lo económico, pero al poco tiempo lograba de nuevo levantarse. Era artesano mueblista, llegó a tener una mueblería grande en calle Beaucheff, con varios maestros, y al poco tiempo se le incendió y quedamos de brazos cruzados. De nuevo salió a flote con otro taller, esta vez en calle Pérez Rosales


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esquina de Baquedano, y así nos pilló el terremoto; de nuevo quedar sin nada, y construir y empezar otra vez, en la casa-mueblería donde vivimos actualmente. Mi padre nos inculcó los ideales y valores que llevó consigo toda su vida. Recuerdo que cuando era pequeña, tendría como seis años y mi hermana Nolfa, ocho, nos mandaba a entregar el diario “El Siglo” a las casas de vecinos y amigos del barrio. Luego, cuando pasábamos por la calle, sus hijos nos gritaban: “Ahí van las comunistas”, lo que a nosotras nos daba mucha vergüenza. En casa, en tiempos de la represión de Gabriel González Videla, se albergaron antiguos dirigentes del Partido que venían de Santiago arrancando de la represión: Juan Chacón Corona, Santos Leoncio Medel y otros. También en época posterior algunas veces alojó la compañera Gladys Marín, que recién tenía 16 años, y venía a Valdivia a organizar a los jóvenes de la Escuela Normal, pues era dirigente nacional de los estudiantes normalistas. Entonces nada hacía presagiar que muchos años después iba a tener el privilegio de trabajar con ella en los duros años de la dictadura. En este clima se desarrolló mi infancia y adolescencia; siempre mi padre se preocupó de que nosotras estudiáramos, a pesar de las falencias económicas que sufríamos muchas veces, cuando los clientes no pagaban o no retiraban a tiempo los muebles que mandaban a hacer. Recuerdo que un año, cuando me correspondía estudiar el cuarto año básico, no pudimos ir a la escuela, perdiendo el año escolar porque no tuvo dinero para comprarnos las botas de invierno que “debían ser de cuero”, según su criterio, porque con ellas no se humedecían los pies; pero hay que tener presente que muchos años atrás, acá en Valdivia, el invierno significaba seis meses de intensas lluvias.


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A los 16 años, mi querida hermana Nolfa enfermó gravemente del pulmón y no tuvo mejoría, la tuberculosis se la llevó a la tumba. Fue un enorme sufrimiento para la familia. Quedé sola, Nolfa, mi hermana querida, ya no estaba entre nosotros. Fue difícil superar su partida; el gran dolor de mis padres. Fueron años de de mucha pena y angustia. Tenía yo en esa época 14 años y entremedio de mis estudios, me las arreglaba para trabajar cosiendo y arreglando ropa a las vecinas; también aprendí sola a hacer vestidos de niñas, sacando los moldes y me quedaban muy hermosos, así es que me fui ganando clientas en el vecindario, ganando algunos pesos que gastaba en comprarme alguna ropa de color para salir, ya que a mis papás solo les alcanzaba para comprarme el uniforme. En los meses de vacaciones, a los 16 años, trabajaba de cajera en la Panadería Fuenzalida, y me tenía que levantar a las seis de la mañana para la atención del público que iba desde muy temprano a sus lugares de trabajo. En la tarde, cuando ya regresaba a casa, llegaba con unos ricos panes calientitos que me hacían los maestros, pues me ganaba el cariño de ellos. Trabajé ahí por varias temporadas ganando unos buenos pesos que me servían para comprar mis útiles escolares, y darle a mi mamá para comprar algunos víveres. Estos trabajos esporádicos fueron, desde mi adolescencia, templando mi carácter fuerte y me permitió adquirir el hábito de la responsabilidad tanto en los estudios como en las metas que me planteaba por mi propia voluntad; y completé mi enseñanza media hasta sexto año de humanidades en el Liceo de Niñas. Posteriormente estudié dos años en la Escuela Normal de Valdivia, sacando el título de Profesora de Enseñanza Básica, cumpliendo así el gran anhelo de mi padre, de mi familia y mío.


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Durante el período de la vida clandestina que llevamos en Santiago, por la Dictadura de Pinochet, otro suceso nos sacudió como familia: en septiembre del año 1986, mi sobrino Sergio Pérez, el Checho, cayó detenido junto a una treintena de compañeros del Partido en Valdivia, en el publicitado caso de “la detención de la profesora alemana Beatriz Brikmann”. Fue una noticia nacional que conmovió de nuevo a todo el país y especialmente afectó a muchas familias de la zona, desatándose una gran represión y operativos de la CNI, allanamientos y detenciones contra militantes del Partido. Mi madre, Carmen, con sus 80 años estuvo con arresto domiciliario en nuestra casa junto a Maruja mi sobrina querida, que ya había estado detenida por la dictadura en 1974 durante medio año, quien también trabajaba en la mueblería junto a “Checho”. Los agentes de la CNI, que eran unos seis, se tomaron la casa, al mismo tiempo varios vehículos estuvieron instalados en la cuadra y sectores aledaños, así detuvieron al compañero Abel, que no tomó en cuenta la señal de seguridad que mi sobrina Maruja había colocado en la ventana. Así, la casa nuestra, se convirtió en una “ratonera” por errores y violación de las medidas de seguridad, que se pagó muy caro. En la práctica, las tuvieron con arresto domiciliario por más de una semana y no les permitieron ni siquiera salir a comprar alimentos. Las vecinas y amigas del sector, entre ellas Sonia, los vecinos Riesco y otros, les pasaban comida por una ventana muy pequeña que da al pasaje del costado de nuestra casa, contando con una gran solidaridad de la gente buena del sector, y mientras tanto los bellacos hicieron pedazo los pisos de la mueblería buscando armas que no existían. Nosotros, desde Santiago, teníamos planificado viajar a Valdivia para el 18 de septiembre; en conocimiento de esto, nuestra familia


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se las arregló para avisarnos que eso no sería posible, fue así como nuestro vecino y compañero, Alberto Riesco, viajó hasta Victoria para mandarnos un telegrama para que no viajáramos. Sergio, y otros compañeros salieron en libertad a finales de 1990, junto a otros que permanecían detenidos, después de cuatro años en la Cárcel de Valdivia, los que fueron indultados por el gobierno de Patricio Aylwin.

Paola y el final de mi historia de vida clandestina Un capítulo especial es el crecimiento y cuidados de mi Paola Ximena, quien desde muy pequeña, digamos mejor, desde su nacimiento, fue desarrollándose en medio de muchas dificultades impropias a su corta edad, que podrían haber afectado enormemente su vida, pero afortunadamente ella siempre estuvo bien cuidada y protegida. A pesar de los quehaceres partidarios de sus padres y la rigurosa vida clandestina que nos tocó vivir, por nuestra propia decisión, por casi diecisiete años. En algunas ocasiones se quedaba en Pudahuel, en casa de sus tíos Beto y Estela, de los cuales siempre me sentí muy agradecida por la atención y el cariño que le entregaban. En 1981, viajé al exterior, ella se quedaba en la casa de sus tíos de lunes a viernes y su papá la iba a buscar para pasar juntos los fines de semana y regalonearla, lavarle la ropa y hacer las tareas. La tía Estela era la apoderada suplente en la escuela del sector de Clara Estrella, donde fue matriculada en primero básico, y junto a los primos hacían las tareas. Me sentí muy emocionada cuando al regresar en septiembre del 81, me dijo: ¡Mamá. Ya sé leer!, y tomó la Revista Hoy y se puso


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a leer. Yo estaba feliz y a su vez con pena porque me había saltado una etapa muy importante de su desarrollo. En otras ocasiones se quedaba en Renca, en casa de sus tíos, Lucho y Cristina, quienes la protegían y querían mucho, y se entretenía con sus primos más pequeños: Valentina y José Luis. Ella se sentía muy querida y apoyada, además sus tíos la cuidaban como a una verdadera hija. Nosotros vivíamos en esa época en calle Araucanía, que era el límite entre Pudahuel y Quinta Normal, así es que el segundo básico lo cursó en la Escuela Preciosa Sangre de Quinta Normal, donde también tuvo excelentes notas y además participó en danzas y bailes pascuenses en los actos de su colegio, pues ella siempre ha sido súper activa desde pequeña. En diciembre de 1982, nos cambiamos de casa a un sector cercano a la Población Nogales y General Velásquez, y junto a la tía Miriam que vivía con nosotros, entre las tres arrendamos un camión y nos cambiamos de casa “sin salvoconducto” y atravesamos por las calles aledañas que no tenían mucho tráfico, pues era vital no entregar tus datos a carabineros por el cambio; ello ocurrió porque mi compañero había viajado al exterior del país a una actividad partidaria y al regresar tenía que estar viviendo en otro lugar. Así a Paola le tocó cambio nuevamente y la matriculamos en la Escuela Falabella en Cinco de Abril antes de llegar a General Velásquez, donde a las mejores alumnas les regalaban vestuario a fin de año, obteniendo un vestido muy lindo por sus excelentes notas; después cursó el cuarto y quinto año en la Escuela Artística República de Venezuela, en Estación Central, donde también obtuvo muy buenas calificaciones. A fines del año 1985 tuvimos que abandonar la casa de Guillermo Franke por un problema de seguridad y nos fuimos a un departa-


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mento que nos cedió un compañero en la Comuna de Conchalí, a los blocks de la Población Santa Mónica. Y Paola pasó a la Escuela Sargento Daniel Rebolledo. Ahí cursó de Sexto a Octavo Básico, con igual resultado escolar; en este colegio asistía a los talleres de Danza y era excelente en los bailes. Al terminar el Octavo año en 1988, obtuvo el Primer Lugar del curso y salió elegida la mejor compañera, y a la Licenciatura al término del año la acompañó su tía Estela, pues nosotros no estábamos en el país. A mediados de Noviembre de 1988, los compañeros de la Dirección del Partido nos plantearon, a mi compañero y a mí, que estábamos propuestos para viajar a la Unión Soviética. Era un viaje de recreación y descanso, habida cuenta del desgaste físico y emocional acumulado por tantos años de trabajo clandestino, gran dilema para ambos, teníamos que dejar a nuestra niña por algo más de un mes, en un período muy especial para cualquier niño, el término del año escolar, la Pascua y el Año Nuevo. No sabíamos aún si lográbamos llegar de vuelta ante de dichas fiestas. Después de analizar todas las alternativas posibles, decidimos aceptar la propuesta. Nos fuimos a la Unión Soviética, pasando unos días de ida y vuelta en Holanda, fue un hermoso viaje de descanso, pero a su vez con mucha nostalgia y pesares por no haber tenido dinero suficiente para haber viajado con nuestra querida hija. Ella siempre recuerda ese momento en que terminó su Enseñanza Básica y ninguno de sus padres estaba recibiendo sus importantes acreditaciones y distinciones. En 1989, de nuevo nos cambiamos de casa, nos fuimos a la calle Lo Errázuriz, Villa Las Flores de la Comuna de Cerrillos. Nueva casa, nuevos desafíos, la hija tenía que ingresar a la Enseñanza Media, así que recurrimos a nuestra amiga Silvia González, esposa de nuestro compañero Nelson González para conseguir matrícula a


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Paola en el Liceo Carmela Carvajal de la Comuna de Providencia. Fue sólo un año, nuevos tiempos, nuevas decisiones que nos cambiarían profundamente nuestras vidas. A finales de ese año después de muchas conversaciones de los pro y los contra, decidimos regresar a Valdivia, pues ya se estaban terminando los negros días de la Dictadura Militar, concretándose nuestro regreso en marzo de 1990. Puedo decir, que con todos los riesgos y vaivenes que nos tocó vivir como familia, igual siempre nos preocupamos de que Paola estuviera bien cuidada, protegida. En sus años escolares teníamos una señora que la cuidaba en casa, al llegar en las tardes o noches hacíamos el seguimiento de sus tareas, ella tenía muy buen rendimiento escolar, además siempre asimiló de muy buena forma los cambios repentinos de casa y de colegio que tuvo que vivir e impregnó su ser en forma positiva. Nuestra vida, como la de miles de combatientes de la Dictadura estaba plagada de peligros. Muchas veces arriesgamos la vida por las múltiples tareas y actividades que desarrollamos en la lucha, en estos largos 17 años, a veces por la caída, muerte o desaparición de algún compañero que trabajaba junto a nosotros en las tareas clandestinas, pero creo que nos acompañó la estricta rigurosidad del trabajo que desarrollamos. Somos los sobrevivientes de la Dictadura, somos los afortunados que vivimos para contar nuestra historia y la de muchos que hoy no están, que cayeron en manos de los esbirros del genocida, pero que aún en esos momentos se mantuvieron firmes en sus convicciones, y no claudicaron. Gracias a ellos puedo escribir hoy mi testimonio. Puedo decir con satisfacción que mi Partido me entregó responsabilidades en las distintas estructuras de nuestra organización, me dio, a su vez, grandes oportunidades y satisfacciones en mi vida


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política partidaria, como haber trabajado junto a la compañera Gladys Marín quien, a través de su entrega y convicción, nos indicaba la enorme tarea en que estábamos inmersos. Fue una experiencia impagable, así también el participar en las reuniones clandestinas del Comité Central acá en Chile junto a compañeros con tanta trayectoria y experiencia política me fue fortaleciendo aún más, que podría resumir en algunos aspectos durante este largo camino como haber sido nominada miembro del Comité Central del Partido desde 1980, durante el período de clandestinidad, cargo que ejercí durante 14 años. Mi participación como delegada en la primera reunión clandestina del Comité Central del Partido Comunista, en el exterior, en la ciudad de Cottbus en la RDA, el año 1981 junto a seis delegados del Comité Central del interior. Me siento orgullosa de haber sido Secretaria Política de tres Comités Regionales de Santiago, como lo fueron: el Comité Regional Oeste, el Regional de San Miguel y el Regional Norte, entre los años 1976 a 1988; por supuesto aplicando la política de rebelión popular de masas en todos sus aspectos desde 1980 en adelante, junto a equipos de compañeros muy responsables, abnegados y luchadores, dispuestos a jugárselas a fondo por la causa que estábamos desarrollando por la liberación de nuestro pueblo. Tuve la oportunidad, y fui designada junto a otros compañeros para viajar en el año 1986 a la Unión Soviética a un Seminario Internacional y curso sobre las experiencias de la Perestroika impulsada por Mijail Gorbachov, que nos permitió conocer los cambios que se estaban desarrollando en los países socialistas. También de haber participado activamente en la preparación del triunfo del NO y en el Plebiscito del 5 de octubre de 1988, en que la ciudadanía del país se pronunció por un rotundo NO a que el


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dictador Augusto Pinochet se perpetuara por un período de 8 años más en el poder. La opción SI por la aprobación a la perpetuidad obtuvo un 44 %, y las fuerzas del NO, por el rechazo al dictador, obtuvo un 56 % de los votos. Grande fue el jolgorio ese día y el de millones de personas que salieron a las principales calles de las diferentes ciudades del país a celebrar desde la una de la mañana del día siguiente en que se dieron a conocer los resultados, pues los miembros de la Junta Militar se negaban a reconocerlos. Nosotros, en Santiago, estábamos en un lugar céntrico y junto a miles de personas nos juntamos y celebramos en la Alameda, porque este triunfo era el triunfo del pueblo, y la materialización en la práctica de tantas movilizaciones y acciones para derrocar al tirano, ejercidas por la gran mayoría de los chilenos. Una experiencia extraordinaria fue haber participado en el Congreso Clandestino del Partido, realizado en Mayo de 1989, en un sector de la costa de la zona central del país, al que también asistió como delegado mi compañero que ocupaba una responsabilidad política interna. Participaron más de 200 delegados de todo el país y donde se discutió a fondo la enorme responsabilidad que tuvo nuestra organización política en la lucha contra la dictadura de Pinochet, sus aciertos, debilidades y costos que significó esta gran batalla para derrocar al tirano. Fue nombrado Secretario General del Partido, en ese evento, el compañero Volodia Teitelboim, que concitaba la unidad de todos sus militantes en ese momento histórico, en que estábamos en los umbrales de la caída del tirano. En marzo de 1990 decidimos regresar a Valdivia, y nos costó bastante volver a insertarnos, pero por otro lado nos permitió llevar de nuevo una vida más normal, sin tantos sobresaltos y angustias. Volver a ubicar trabajos para ambos en la producción no fue fácil, nos costó algunos años de muchas dificultades económicas, lo único bueno es que teníamos


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vivienda segura en la casa que dejó mi padre. La situación fue mejorando cuándo logré que los compañeros, Arturo Jerez y Mario Benavides, ambos socialistas, intercedieran a mi favor para que trabajara en la Escuela Particular Helvecia, labor que ejercí durante 14 años, y me permitió jubilar bien, con el antiguo sistema: Caja de Empleados Públicos (Ex INP), esto unido a mi reconocimiento como Exonerada Política. Para mí, volver a trabajar como profesora básica era lo máximo a que podía aspirar, era un sueño hecho realidad. El reencontrarme en el aula con los niños y niñas fue todo un regalo, a ellos tenía la responsabilidad de ayudar a formar. Eran personas que sufrían todas las carencias de un sector poblacional de bajos recursos. Fueron años de mucha entrega, de amistades, de reconocimientos a mi labor como educadora y dirigente político y social. A poco andar formamos el Sindicato de Trabajadores de la escuela, en cuya primera elección fui electa con la primera mayoría. Fueron lindos años de mi vida que estuvieron plagados de emotivos momentos, como cuando ejercimos junto a mi hija la labor docente en el mismo colegio; eso no se paga con nada, mis sueños hechos realidad, nuestra niña, ahora una joven profesional Profesora de Historia se integró a la labor docente y fue recibida con el cariño de los colegas de nuestra escuelita que tanto amábamos. Hoy, con mucho orgullo, puedo decir que ya, una vez instalados como familia viviendo en Valdivia desde 1990, Paola estudió casi toda la Enseñanza Media en el Liceo de Niñas, ahí junto a otras amigas como Milena y otras lolas, organizaron el Centro de Alumnas del Liceo, y ella fue la Presidenta. Más adelante, organizan la base de las Juventudes Comunistas de la Enseñanza Media junto a jóvenes como los hermanos Manzano y otros. La enseñanza univer-


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sitaria la realizó en la Universidad Austral, titulándose de Profesora de Historia. Después siguió estudiando Derecho, obteniendo el título de Abogada hace algunos años.

Algunas reflexiones y agradecimientos finales Quiero agradecer a mi familia: Washy y Paola, por su comprensión, apoyo y fortalezas que mostraron durante los oscuros años que nos tocó vivir. Quiero agradecer a mis familiares de Santiago, por toda la colaboración y ayuda cuando requerí de su apoyo. A Cristina, Lucho e hijos, que siempre estuvieron dispuestos y con las puertas abiertas para la protección de nuestra hija. Agradezco a mi querida sobrina Maruja, por los cuidados y enormes sacrificios que desplegó hasta los últimos días de vida de mis padres. Agradezco a la organización PRAIS, por intermedio de sus representantes que trabajaron, codo a codo con nosotros, para materializar este hermoso libro de “Memorias”, y en la enorme oportunidad de poder escribir parte de nuestras vivencias basadas en hechos reales ocurridos durante la dictadura de Pinochet, como también a mis compañeras y compañeros del Taller de Memorias en el que compartimos recuerdos tristes, lágrimas y alegrías.


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Alicia Mella Matías

No elegí nacer... Nuestra vida es una historia de amor, sorpresas y alegrías, como también de sinsabores desde que nacemos hasta que morimos; mas al nacer no sabemos de nuestro destino o del propósito que Dios tiene para cada uno de nosotros. Lo que uno no entiende en el momento, lo comprende después con el paso de los años. No elegí nacer, pero soy feliz de haber nacido. Solo debo decir que mi destino lo conocía Dios, y esta es mi historia. Puedo decir que tuve una madre maravillosa, trabajadora y muy luchadora. Siendo muy joven decidió ir a trabajar a la ciudad de Concepción. Se llamaba María Luisa. Allí conoció a Juan Jorge, mi papá. Ella me contó que tuvo una linda historia de amor con él. Al tiempo se casaron y fui concebida de aquel gran amor. Pero al paso de los meses se separaron, quedando mi mamá embarazada de tres meses. Avanzó el tiempo y llegó el día en que tuvo que hospitalizarse para darme a luz, en el hospital de Concepción.


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Nací un 23 de julio de 1963, tiempo de invierno, de mucho frío y lluvioso. Luego mi mamá y yo fuimos dadas de alta y acudió al Civil a realizar todos los trámites correspondientes. Pasó el mes de julio y comenzaba agosto cuando mi mamá tomó la decisión de volver al sur, a la casa de sus padres, un lugar de campo que cuando es invierno, el camino es barroso; sin ningún tipo de locomoción. Todo era rústico y lluvioso. No había luz eléctrica. Por las noches se alumbraban con mecheros de parafina y cuando escaseaba ésta hacían unos mecheros de papas ahuecadas, llenadas con grasa y una mecha de género; también se usaban faroles hechos con botellas. Se iba a buscar el agua en las quebradas o vertientes con baldes y chuicos, luego se traía, a pulso, y al hombro. Todo era muy sufrido. Me conversaba mi abuela Francisca que a fines de agosto del mismo año, una tarde de lluvia, vio venir a una mujer con una guagua en brazos. No sabía quién era. Pensó rápidamente y se dijo: ¿Quién será? ¿Será mi hija...? Luego abrió la puerta de su casa y al darse cuenta que era su hija María Luisa, salió a encontrarla: ahí la abrazó, lloró con ella, la acarició y le dio la bendición de bienvenida. Venía triste, enferma y muy demacrada. Débil de la pena; ya no tenía fuerzas para caminar. Había viajado en tren, toda la noche, conmigo en brazos desde Concepción hasta San José de la Mariquina. Luego esperó la única micro que hacía el recorrido desde San José a Mehuín, y así llegó a orillas del río para cruzarlo y seguir caminando kilómetros, hasta llegar a su casa, la de sus padres. Según decía, yo lloraba de día y de noche, porque no encontraba leche materna. Mi mamá no podía atenderme por su estado de salud, entonces mi abuela Francisca le buscó y le dio remedios caseros, unas yerbas muy curativas y milagrosas que le hicieron muy bien y se sanó.


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Con mi llegada a la familia todo se alegró, porque mis abuelos me recibieron con mucho amor y alegría, dando gracias a Dios por conocerme y prometiendo que me criarían con toda voluntad y cariño. Y así comenzaron a pasar los días y los meses. En esos años no había posta ni consultorio, ya que todo quedaba a trasmano por la distancia, entonces tenían que ir a San José de la Mariquina para ser atendidos: niños y adultos. Pero tenían que ir a caballo o en carreta. Se demoraban un día y una noche para volver a casa. Bueno, pasó el año y mi mamá tomó la decisión de volver nuevamente a Concepción para trabajar y así ayudarme con el sustento que necesitaba. Entonces quedé al cuidado de mis abuelos y tías. Crecí siendo la regalona de la familia, ya que era la nieta única en esa época. Fueron pasando los años y yo creciendo, y ya dándome cuenta de algunas cosas. Lo primero fue que ardían mis ojos y era cuando hacían fuego dentro de la casa. Es decir, había un fogón donde se cocinaba. Hacían tortillas al rescoldo y sopaipillas en grandes ollas de fierro que colgaban desde el techo, especiales para el fogón; también pisaban el trigo con ceniza para limpiarlo, luego se lavaba y se cocía en abundante agua para después moler el trigo cocido y hacer el catuto. Además se hacía el trigo mote. Descubrí también que mi casa era muy grande, pero estaba construida de paja, muy rústica y todo muy bien organizado. Tenía muchas camas, una mesa grande, bancos y cajas de madera donde se guardaba la ropa. Mi abuela me comentó que anteriormente su casa se le cayó, cuando pasó el terremoto del año 60. También fue de mucho sufrimiento para ellos, ya que tenían niños.


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Como los años pasaban ya cumplí cinco o seis años de edad. Comencé a ir al colegio que quedaba cerca de mi casa, en ese entonces habían nacido primos y tenía con quien jugar. En la escuela aprendí a compartir con los demás niños y a conocer a mi profesora. Ella se llamaba Fresia Andaur; muy buena profesora. La quise y me encariñé con ella. Me enseñó con cariño a leer, escribir, sumar y otras cosas más. Ella también me quiso. Me decía que yo era diferente a otras niñas porque no decía garabatos ni tenía malas costumbres, porque mi abuela era super estricta. Ella me enseñó y me crió con buenos valores: yo tenía que saber comportarme. Ellos fueron un gran ejemplo a seguir. Desde pequeña me llevaron a la iglesia; me enseñaban a orar y a cantar. Mi abuelo José cantaba conmigo alabanzas a Dios todos los días. De a poco fui aprendiendo a hacer hartas cosas de campo. Tenían ovejas: me gustaba llevarlas por las tardes al corral a encerrarlas. Tenían chivos, aves, gansos. Yo me entretenía con todos ellos. También cultivaban la tierra y tenían grandes sembrados de trigo, papas, arvejas y otras verduras y legumbres. Mi abuela tenía almácigos de verduras y me encantaba ayudarla a sacar los pastitos de la huerta. Mi abuelo José sabía hacer trabajos artesanales, usando como materiales las quilas, con ellas hacía canastos, roperos y cestas pequeñas. También hacía lazos de ñocha y después los tejía calados formando willal y pilguas, en esos tiempos se les llamaba así, y todos estos objetos los vendía para obtener dinero. En mi niñez fui feliz, tenía una pampa grande que yo la corría y corría, gritando libremente. Desde ahí miraba el mar, una isla hermosa, una linda playa. Con mis abuelos iba a sacar mariscos, luche y cochalluyos, luego llegábamos a la casa a preparar la comida. En esos años un tío se fue a trabajar a Santiago. Cuando volvió yo tenía ya nueve años y me


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enseñaba una frase, que se usaba en esos tiempos y decía: “¡UP tira pa’ rriba!” Yo me reía con ese dicho y luego lo repetía una y otra vez; yo era muy juguetona, les hacía bromas a mis abuelos, me escondía y los asustaba y ellos se reían y disfrutaban conmigo.

Año 1973 El año 1973 yo cursaba el quinto año básico. Tenía una linda amistad con todos mis compañeros, todo era tranquilo, tenía amiguitas y jugaba con ellas. El 23 de julio del mismo año cumplí los diez años de edad. Con su humildad mis abuelos celebraron mi cumpleaños, fue el último cumpleaños con mi abuelo. Todo estaba bien, en ese entonces tenía a mis hermanos y primos y éramos todos felices. Luego vino el Golpe de Estado y todo cambió, ya no fui más la niña alegre: el día 31 de octubre del 73 comenzó mi vida triste, me dañaron mi felicidad, y de ver a mi familia asustada y triste, sin ver más a mi abuelo: eso quedó marcado para siempre.

Maiquillahue: 31 de octubre de 1973 Me criaron mis abuelos desde cuando yo tenía un mes de vida. Fui muy feliz hasta los diez años de edad. Pero el día 31 de octubre de 1973 mi niñez me marcó para el resto de la vida. Yo vivía en la comunidad de Maiquillahue; ese día desperté con ruido de helicópteros y de militares armados. Al pasar las horas comenzaron a invadir hogares de mi familia, luego llegaron a la humilde casita donde vivía con mis abuelos, dieron vuelta todo y preguntaban dónde están las armas y nos apuntaban con las metralletas.


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A mí me empujó un militar y me amenazó con darme un tiro si yo no iba a buscarle agua al estero. Mi abuelito no estaba en casa, había ido a trabajar al campo cerca de la casa; a nosotros con mi madre y tíos nos encerraron dentro de la casa, nos obligaron con mi abuelita a quedarnos prisioneros. Nos gritaban garabatos, luego ellos se reían de nosotros. Luego a cada uno los torturaban preguntándole si éramos comunistas y dónde estaba el jefe de la casa, que era mi abuelito. Luego mi abuelito se dio cuenta lo que estaba pasando en la casa, dejó su trabajo y al llegar a la casa, un militar le gritó desde el camino donde tenían detenidas a otras personas. Don Juan Caniulaf andaba con los militares diciéndoles a quienes deberían tomar prisioneros. Fue entonces cuando le gritó a mi abuelito diciéndole: “Tú eres José Matías, acércate aquí”. Mi abuelito traía al hombro un atado de ramas para hacer cerco, luego lo dejó en el patio de la casa. Entonces yo estaba ahí con mi balde de agua que me mandaron a buscar los militares. Nuevamente escuché la voz del militar que llamaba a mi abuelito para que suba al camino. Entonces él me miró y me dijo: “Adiós hijita, cuídate mucho y cuida también a tu abuelita”. Yo lo miré y le dije: “Chao, te quiero mucho”. Aún recuerdo su camisa blanca, pantalón negro y botas de goma negras. Con su mano me hacía señas. Yo quedé llorando amargamente, incluso yo quería subir con él. Mientras con mi abuelita estábamos prisioneras en nuestra propia casa, yo llegué con el agua y el militar me dejó en un rincón, pero yo escapé de ahí y traté de salir para afuera. Yo quería ver a mi abuelito… saber qué le iban a hacer. Mi abuelo iba llegando al camino y trató de saltar el cerco. Yo traté de mirar a la distancia y me escondí en unos matorrales.


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Los militares le preguntaban si tenía armas o si era comunista: “Dinos la verdad o te disparamos”. Él les dijo que no tenía armas. Entonces le hicieron levantar las manos y él oró a Dios y les preguntó: “Por qué ustedes quieren quitarme la vida? No saben que Dios vino a dar vida y vida en abundancia?”… Ahí fue cuando lo hicieron volver de espalda y le dispararon sin piedad. Vi cuando su cuerpo iba cayendo y dio un grito de dolor, luego le dieron el golpe final, buscaron una estaca y lo golpearon en el cuello y la cabeza. Yo por un instante quedé fuera de sí, pero reaccioné y corrí a avisarle a mi abuelita. No me importó si los militares me vieran o no, y los militares que estaban en la casa se pusieron nerviosos, se tomaron unas tabletas que tenían en sus bolsillos, nunca supe lo que eran, y subieron para el camino a ver lo sucedido. A mi abuelita le dije que fuéramos a buscar a mi abuelo. Hubo un momento en que todo quedó en silencio, y que aprovecháramos el silencio. Fuimos y cuando llegamos al lugar lo tenían envuelto en un nylon. Y no lo quisieron entregar. Para peor, casi nos matan a las dos, nos amenazaron y tuvimos que correr sin mirar atrás para que no nos dispararan. Quedamos tristes, desamparados y sin poder hacer nada... Doy gracias a Dios que ahora está este gobierno para yo poder contar parte de esta dura realidad que viví en mi niñez. Desde mi adolescencia y hasta el día de hoy mi vida fue triste y le tuve miedo a todo. Aún tengo ese trauma, me dan miedo los helicópteros. Tengo mucho daño sicológico, sufro de enfermedades a causa de esto. Me casé, tengo cuatro hermosos hijos. Ellos saben de mi pena y sufren al verme triste. Tengo 52 años.


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Recordando mi niñez Cuando volví a clases, en noviembre del mismo año, tuve desilusión de algunas de mis amiguitas, porque había una parte de los niños que sus familias eran de otro partido. Llegué al patio del colegio y vi a mis amiguitas con las que jugaba siempre, ellas no me miraron, no me tomaron en cuenta. Las miré para saludarlas porque hacía tres meses que no había ido a clases y no las había visto; entonces ellas no me saludaron y se fueron a otro lado del colegio. Después las invité a jugar y no quisieron. Una de ellas me dijo que no jugaría más conmigo y que yo no sería más su amiga porque “tu familia y tú son unos comunistas, por eso asesinaron a tu abuelo”. Me dio mucha pena, me vi sola, lloré mucho; eso me dolió. Yo no sabía de política, de partido o de otra cosa, solo me daba cuenta de lo que estaba viviendo en esos tiempos o momentos de crueldad. Yo, con diez años de edad, solamente sabía jugar, reír, aprender, pero cuando llegó la dictadura fue catastrófico, todo cambió. Recuerdo a mi profesor José Solís, él me vio llorando y me preguntó por qué estaba así. Le conté el desaire de mis amigas. Él me consoló, me dijo que siguiera adelante, y me apoyó con el término de clases del año. También me dio la idea de estudiar en otro colegio, con otros compañeros de curso. Éramos cuatro niños los que salimos de allí a estudiar a otro lugar. Fue así que ya con todo lo sufrido, de una u otra forma, salí adelante. Continué mis estudios en la Escuela Fiscal de Mississippi, una aldea de pescadores y humildes personas que trabajan y viven de los productos y faenas del mar. Es un sector rural donde el colegio queda ubicado cerca del río.


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El terremoto del 60 destruyó todo lo que había en ese lugar. El río que ahora es, antes fue un canal, pero con el terremoto creció y se formó un río donde abunda ahora la semilla del chorito. La escuela fue donada en aquel año 1962. Llegó una ayuda para todas las personas que vivían ahí y les regalaron casas. Y como la ayuda vino de Estados Unidos, de un lugar que se llama Mississippi, por eso se le llamó también así. Cursaba el sexto básico. Mi profesora se llamaba Teobalda Ochoa. Ernesto Marchán y otros, me trataron super bien. Mi profesora sabía lo que estaba pasando, me acogió muy bien y yo me sentí feliz como niña. Ahí viví mi niñez con el resto de mis compañeros que ahí formé; éramos cuatro que caminábamos a pie, ida y vuelta al colegio, ya no andaba sola. Mis compañeros se llamaban: Valentín, María Inés, Rosa Amelia, y yo, Alicia. En esos años el camino era de tierra y cuando llovía nos sacábamos los zapatos e íbamos caminando por todo el canal del camino. Se hacían unas pocitas de agua y jugábamos; no nos importaba si lloviera o tronara o temporales o frío o heladas, de igual forma íbamos a clases. Era super rico andar con ese clima, ni siquiera nos enfermábamos. Fui muy feliz en ese colegio, nos daban ricos desayunos, almuerzos caseros, en la once hartas galletas para comer en el camino. Recuerdo que el colegio estaba tan cerca del río, entonces veíamos a los botes cuando llegaban cargados de pescado, subían por el río e iban a la caleta de Mehuín a vender sus productos. Así terminé mi curso en ese lugar. Al año siguiente me trasladé al Liceo Pesquero de Mehuín, así se llamaba en esos años. Estuve dos años, séptimo y octavo básico. El Director del Liceo se llama Emardo Carraso, y su esposa Ilia Reyes. Había muchos profesores,


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yo estaba impresionada porque para cada ramo había un profesor. Y aprendí bien, gracias a Dios, también conocí a otros compañeros y amigas. Recuerdo que habían grupos de chiquillos como clandestinos, con el Partido Comunista, entonces ellos se hacían ver, que los tomen en cuenta para tener opinión sobre la Educación. Se hacían tomas del Liceo. Yo también pertenecía a ellos, era muy divertido. Había un profesor de apellido Tripailaf a quien quisimos mucho, y estábamos unidos para cualquier evento, pero algunos profesores se oponían a esas cosas. Cuando se tomó el Liceo, nos tuvieron que sacar con los bomberos, y nos mojaron y llenaron las salas con agua. Entonces salimos arrancando. Como era fin de semana nos fuimos para la casa. Llegué a conversarle a mi abuela y ella me retó, me dijo que no me metiera en problemas. Ella tenía que ir a dejarme al Liceo el día lunes para que me reciba nuevamente el Director. Así pasaron los meses y terminé mi educación básica. En esos años no tuve los medios para seguir estudiando. Así es que me quedé con mi abuela ayudándole en los quehaceres de la casa y del campo. En esos años no teníamos lavadora ni nada eléctrico porque aún no había electricidad, entonces para lavar topa teníamos que hacerlo a mano con una artesa, llenarla con agua y poner la ropa a remojar, para después comenzar a escobillar. Me acuerdo, o recuerdo, que las sábanas eran muy blancas, porque se lavaban aparte y se escobillaban muy bien, después las pasaba por agua caliente y una vez que las enjuagaba, las azulaba con una tinta azul y quedaban super lindas y blancas. Como no teníamos agua dentro de la casa debíamos ir a un estero a enjuagar la ropa, luego traerla a la casa de nuevo y colgarla. En el invierno demoraba varios días en secarse.


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Mi abuela también me enseñó a tostar el trigo con un tostador a pulso. Se buscan hartas ramas secas para que dé llama, y así se cuelga con un alambre y el tostador se mueve. Una vez listo el trigo, se entibia un poco y queda listo para moler. En mi casa había una piedra para moler el trigo y hacer el catuto, era super divertido. Como es costumbre, en el campo se esquilaban las ovejas en tiempo de primavera. Entonces la lana se lava bien, una vez lista la escarmenaba para después hilarla con huso, es decir un palo especial y una tortera. La tortera se formaba de una greda, yo buscaba la greda y hacía el molde para que el huso diera vueltas. También tenía una máquina para hilar y torcer el hilo, y no me olvido que en medio de todo este trabajo se hablaba en lengua mapuche. Mi abuela tenía una hermana y hablaban de todo en el idioma. Recuerdo que se reían y decían que con el tiempo nuestro idioma iba a ser tomado en cuenta; se acordaban de la noche de vísperas de San Juan: se veían cosas y se hacían pruebas para la suerte. Es una creencia mapuche, pero ahora se sabe que es el Año Nuevo, es decir el “Wetripantu”. También está el Ñillatún, una junta de los creyentes de gente de campo, llevando sus primeras cosechas. Hacen el sahumerio para que las siembra siga buena; le sacan el corazón a un cordero vivo y lo queman, le cortan la cabeza a una gallina y mientras el ave salta, ellos saltan también. Mi abuela lo vivió cuando fue joven. Siguiendo con la lana, también la teñían con barbas de árboles: radal, raíz de ñocha, raíz de michay, y también con barro negro. Cuando se hacía el proceso, quedaban muy lindos los colores. Siguiendo con recuerdos, pasando el verano llega el tiempo de las cosechas de papas; se aparta cierta cantidad para hacer las conservas, es decir, Papas Bunas. En esteros o vertientes se hace un hoyo profundo, se le colocan algunas piedras, luego se le coloca paja


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en todo el rededor. Una vez listo se ponen las papas lavadas en sacos o también sueltas y se acomodan. Una vez lleno el hoyo se tapa con paja y piedras bien pesadas para que apriete, y así se esperan unos seis u ocho meses para probarlas. ¡Son muy ricas! Todo lo relacionado con el campo es hermoso. Tengo tan lindos recuerdos..., como cuando comía frutos silvestres: el chupón, el maqui, las moras, murtas, michay. Todo lo disfruté en mi niñez y juventud.

Completando mi historia En el año 83, aún viviendo la dictadura, tomé la decisión de irme a Santiago a trabajar como empleada doméstica. Logré encontrar a unos patrones muy buenos que me acogieron bien; los fui conociendo a diario y ellos también a mí. No me costó adaptarme porque aprendí rápidamente el sistema de trabajo y también de la ciudad. Siendo yo una campesina rústica, acostumbrada al trabajo de campo, me fue fácil adaptarme a otro tipo de ambiente, aprendiendo a cocinar otro tipo de comidas y postres. Me encariñé con mi patrona, se llamaba Fernanda Castillo, entonces yo le decía que la quería porque me traía recuerdos de mi abuela que está en el sur. Tenía la misma edad. Ellos tenían un solo hijo llamado Luis Palma. Con el paso de los meses conversando con ellos les di a entender la pena que llevaba en mi corazón, me quisieron aún más. Les conversé que el día 31 de octubre de cada año es para mí un recordatorio sufrido porque fusilaron a mi abuelo José, él me estaba criando desde recién nacida. Los militares no tuvieron compasión con nadie. Me consolaron; me dieron tiernos abrazos y me decían algún día van a pagar todo


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lo que hicieron estos carajos. Con el tiempo conocí a varias niñas que acudían a reuniones y concentraciones de música y que hacían reuniones clandestinas. Siempre me invitaban pero yo nunca quise ir por miedo a participar, además no tenía tiempo porque yo trabajaba puertas adentro, pero yo les daba ánimo para que les vaya bien, les cooperaba con sandwich jugos y pasajes. Como mis patrones tenían un solo hijo, éste trabajaba en la cancillería de Santiago y con el paso de los años fue trasladado a otro país, se fue como cónsul de Chile a Israel, a la ciudad de Tel Aviv, entonces en esos años no había otra manera de comunicarse con su hijo, él enviaba cartas a sus papás, pero yo tenía que ir a la cancillería a retirar valijas, o sea yo iba todos los miércoles, entonces así conocí la cancillería, iba al tercer piso. Por esos años había dos líneas de metro y los tomaba en Tobalaba hasta República y así fui aprendiendo de la vida en la ciudad de Santiago, pero no estuve muchos años, alcancé a estar cuatro años. Nuevamente volví al sur a casa de mi abuela Francisca ya que ella estaba quedando sola. Ya todos, mis tías y tíos, estaban formando sus vidas en diferentes lugares. Con mi abuela nuevamente retomamos los trabajas de campo y quehaceres diariamente. También continué la amistad que tuve desde lola con Víctor, mi marido. En ese tiempo ya éramos más maduros, ambos de la misma edad. Nos conocimos en la escuela rural de Mississipi. El 31 de octubre, también fue fuerte para él y su familia. Él me cuenta que ese día estaban en clases, de pronto llegan los militares golpeando las puertas, echando a los niños fuera de sus salas. hacia el patio del colegio. Tomaron algunos profesores, daban vuelta las mesas, vieron los peroles con comida, porque estaban a punto de almorzar. Dieron vuelta las ollas con comida y todos corrieron desesperados a sus casas, a encerrarse. Sentían los ruidos de los helicópteros, la casa de él quedaba camino


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a Maiquillahue, más tarde él vio cuando a mi abuelo lo traían al hombro unas personas y eran los mismos presos que traían al hombro a mi abuelo. Más tarde, dice que lo subieron al helicóptero y se dirigieron a la barra del mar, seguramente ahí tiraron el cuerpo sin vida de mi abuelo José Matías. En fin todo fue y es lamentable ahora. Con el paso de los años unimos nuestra pena y sufrimiento. Como les comentaba que Victor fue una parte importante de mi vida desde niña cuando nos conocimos, retomamos el amor, nos casamos el año 1991; tenemos hijos, nietos y aún continuamos nuestra vida apoyándonos de todo el desastre que nos dejó la dictadura. Hoy agradezco a Dios por la hermosa familia que tengo. Cuando hay fuerzas de salir adelante se puede, siempre se puede. Nosotros hemos podido sostenernos en la pena y en la alegría, siempre hay una luz para un rincón oscuro; cuando nos invade el odio hay una esperanza de poder perdonar y cuando hay alegría se puede sanar el alma. Como todo ser humano debemos reflexionar, y cuando llega la noche y tengo que dormir, siempre agradezco a Dios y digo: en paz me acostaré y así mismo dormiré porque solo tú Dios me harás estar confiada, esa es mi fe. Doy gracias al programa por permitirnos escribir parte de nuestra vida real y por permitirnos abrirnos a la sociedad. Muchas gracias.


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Edith Palma Silva

Escribir, difícil tarea... La edad y la rapidez del tiempo, hacen que una olvide o desordene los hechos, pero todo sucedió siendo yo casi una niña soñadora y con la convicción de que podía ayudar a cambiar el mundo. Y a los dieciséis o diecisiete años ingresé a la JJCC donde encontré el nicho perfecto para mis ideas y certezas de que un mundo mejor es posible. Estudiaba en el Liceo de Niñas Santa María la Blanca de Valdivia. Entre varias jotosas organizamos una célula, ya en el año 1973, –siendo presidente el compañero Salvador Allende– y con un clima político muy activo, donde las fuerzas políticas en pugna, y sobre todo la derecha, utilizando la violencia, quería derrocar al compañero Allende. La falta de mercaderías, el mercado negro, el paro de los camioneros y marchas, en esos días todo era posible. Y así en un ambiente lleno de conflictos, me pilló el fatídico 11 de septiembre de 1973. Yo, sin creer lo que sucedía, enceraba mi casa…


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Mis padres no me dejaron ir al liceo y la radio no paraba de sonar con marchas militares, y dando bandos y más bandos, nos quedamos dormidos entre sobresaltos. Al día siguiente me puse en contacto con compañeras de la Jota, y una responsabilidad que tenía era ser Encargada de Seguridad de Enseñanza Media. El 13 o 14 de septiembre, con otras compañeras de la Universidad Austral que estudiaban castellano, tratamos de organizar algo así como un hospital, y nos juntamos, primero en casa de un compañero de la Jota, Papito, a la vuelta de nuestro local partidario, un hogar humilde que nos entregaba cobijo y seguridad. Allí, alrededor de una cocina de leña, tomabamos café con pan recién sacado del horno. Éramos algo así como cinco mujeres, entre ellas mi hermana Nancy, quien a la fuerza entró a la Jota porque estaba obligada a andar conmigo. Yo manejaba el dinero y no nos daban permiso si no salíamos juntas. Con el tiempo también se dio cuenta de nuestros sueños y pidió su ingreso a la JJCC. Bueno, en la tarde llegaron los jotosos (un grupo de seis o siete) y como el toque de queda estaba por empezar se quedaron. Parece que ya estaba oscuro cuando nos avisan que la cuadra estaba siendo allanada, casa por casa. El susto y el miedo nos agarraron fuerte. ¿Qué hacer? Entonces se elucubraron varias ideas, pero finalmente, yo y otra compañera, nos quedamos en el primer piso con las cortinas algo corridas y nos sentamos a la mesa con libros, cuadernos, música, pinzas, espejo y maquillajes; con las piernas encima de otra silla. La idea era mostrar hasta más arriba de la rodilla, como sacándonos los vellos y maquillándonos. Nos veíamos muy alegres. Los milicos miraron por la ventana y pasaron de largo. En la tarde nos cambiamos al hogar universitario de una de las compañeras, con todo nuestro equipamiento, pensando que podían


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llegar algunos compañeros heridos y, en nuestra inocencia, curarlos. Para ello contábamos con “parchecuritas”, un par de jeringas y un frasco, creo que era un medicamento para el dolor, pero todo cabía dentro de una caja de cartón. Al rato llega la compañera Rina Garay con la orden de nuestros padres: que debíamos volver a casa. Entonces escondimos las cosas en el entretecho, en un delantal de colegio “a cuadrillé” de Nancy, sin darnos cuenta de que estaba marcado con su nombre. Este hogar universitario fue allanado y afortunadamente no encontraron nada, solo libros y revistas. Uno de esos días, me mandó a buscar el Secretario de la Jota, Abernego Mardones, (hoy miembro del Comité Central de mi glorioso Partido Comunista). Él estaba en una casa de seguridad, y a partir de entonces, paso a ser su enlace con el exterior. Él era buscado, vivo o muerto... Así asumí una enorme responsabilidad, conscientemente, y sin que nadie me obligara... Yo sabía que el futuro dependía de nosotros. Estaba en 4º medio y en mi bolsón andaba trayendo un espejo y un revolver Famae (creo) calibre 22, chiquitito. Éste era en todo caso para dispararme yo. Cuando llegaba a mi casa mi preocupación era esconderlo para que nadie lo pillara. Lo escondía en un zapato de colegio, al fondo, debajo de mi cama, porque no podía dejarme agarrar por los milicos, ya que manejaba información de dónde se escondían algunos de los más buscados… Con el compañero Nego, nos comunicábamos todos los días, dos o tres veces. Yo lo iba a ver a la casa de seguridad donde el pernoctaba o me mandaba recados con otro compañero, el que en esos días también pasó a ser enlace: Mocho Santana (triste historia la de él, lo que no tengo claro es cuándo pasó a ser soplón). Con este individuo nos encargábamos de que a nuestro Secretario Político no le faltara nada y de buscar casas de Seguridad. En ciertas ocasiones nos encontrábamos con Lily, su compañera, ella nos entregaba dinero, ropa y comida.


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Un día, en el mes de noviembre, Mocho debía pasar a buscarme para viajar a Puerto Montt con el compañero Secretario, pero Mocho nunca llegó y no lo vi nunca más. La preocupación era grande, además de no saber dónde estaba el secretario político. Un día salgo al centro y me encontré con Lily que me pregunta qué había pasado y por qué no llegué. Le explico que el Mocho estaba desaparecido y no había llegado a mi casa. Ella me cuenta que al Mocho le había entregado un par de bototos y algunas cosas más que nunca llegaron al Nego; y me dice que Nego igual se fue ese día a Puerto Montt, y así nos pusimos de acuerdo para yo viajar, pero debíamos ser dos. Así es que hablé con Vivi, amiga y compañera de la Jota, y nos fuimos a Puerto Montt donde estaba el Nego, porque él debía llegar a Santiago. Así es que en coche de primera clase o salón, no recuerdo bien, nos embarcamos. Yo por ser mayor iba como polola y Viviana, pasara lo que pasara, no debería intervenir, ella se sentó delante de nosotros. En esos días las estaciones de trenes eran muy resguardadas y en algunas pasaban los milicos con metralletas apuntando a los pasajeros y pidiendo carnet de identidad, con mucha prepotencia. Nego se abrazaba a mí y yo les explicaba que estaba enfermo y que íbamos a Santiago a ver médico. Fue un viaje en el que nuestro sistema nervioso fue probado, y así llegamos, sanos y salvos y nos dirigimos a calle Bandera a un local comercial donde se juntaban algunos valdivianos. Entre bandas y marchas militares mi núcleo familiar estaba hecho trizas. Mi madre, entre llantos y desmayos, me rogaba que no saliéramos. Iba al liceo y después siempre tenía tareas (chivas) que resolver en la biblioteca. Ese día, el compañero Secretario en la clandestinidad, fue a hablar con mi padre para explicar por qué debía ir a Puerto Montt… Pobre de él, mi padre furioso, solo quería golpearlo, y se negó. Pero el día que debía partir a Puerto esperé


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que mi papá no estuviera y salí de todas maneras. Mi madre lloraba y me rogaba que no lo hiciera. Los primeros días de diciembre regresamos a Valdivia con Vivi, y el acuerdo era que si nos echaban de la casa nos juntaríamos en Bueras con Errázuriz; afortunadamente cuando llegué a mi casa, solo hubo llantos de felicidad por verme viva; igual le pasó a mi amiga Vivi. Pero algo anecdótico, Mocho pasó a la CNI (según lo que se me informó) y nunca más volví a verlo.

La Dictadura me robó la juventud Estudié en la Universidad Austral (UACH) Matemáticas y Física, más o menos en el año 1975. Me juntaba con varias niñas de la carrera y cuando teníamos pruebas, yo siempre era la peor nota, a pesar de estudiar mucho. Una amiga y compañera que era funcionaria pública me presentó a unos conocidos suyos que en ese momento estaban en su oficina, a la cual llegué de improviso. Fue raro porque ellos empezaron a ir a la U. y me esperaban fuera de la sala de clases. Se hacían los simpáticos, uno iba al lado y el otro atrás mío, muy cerca. Preguntas y más preguntas… Me iban a dejar a la casa y me esperaban en la esquina y me acompañaban hasta la U. Yo además estudiaba en el Liceo Comercial la especialidad de contabilidad, en el vespertino. Ahí me iba muy bien, pero a ellos nunca los vi, cosa que me llamó la atención. Los compañeros de la Dirección del Partido al evaluar la situación, me explicaron el peligro que corría y me dijeron que debía irme de Valdivia. Bueno a todo esto, uno de esos veranos fui de activista a La Unión a organizar la Jota. Difícil tarea, muchos jotosos ya no estaban y otros tenían miedo. Pero igual se logró algo de organización.


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Mi chapa era ser secretaria de un dentista, gran compañero, el doctor Mario Ortega, y aprendí rápido lo básico. Él, con mucha paciencia y cordialidad me enseñó; así es que a las 9 de la mañana me presentaba de delantal blanco y mascarilla; él llegaba algo más tarde y se iniciaba la atención de pacientes. A estos yo les limpiaba la saliva, la sangre y los acomodaba y a él le pasaba los instrumentos. Un día llegó un paciente al que debía extraerele un canino que tenía atravesado en el paladar. El “doc” me pregunta si lo ayudaría, solo si me sentía capaz. Obvio, dije que sí. Se hizo la operación. Para mí, terrible; si yo nunca había visto tanta sangre junta, ni algo parecido. Hice todo lo que me pidió. Esto fue un éxito. Se va el paciente y el doctor, y yo me quedo en la consulta esperando a un “jotoso” y cuando éste llega, lo veo y me desmayo, lloro de nervios, eso sí solo un poco, luego nos vamos a una reunión. A pesar de todo lo que significó trabajar en la clandestinidad, era joven, con muchos sueños, y, a diferencia del resto de mis compañeras, me enamoré muchas veces, algunas platónicas y otras tuve pololeos largos, solo con compañeros. Nunca me casé. Soñaba eso sí, con tener una familia, muchos hijos, bajo un clima de paz, pero en un país justo. Los años pasaron entre carreras, milicos, pacos, piedras, lacrimógenas, reuniones clandestinas y la Radio Cooperativa sonando, que era la única que transmitía verdades a medias, etc. y el sueño mágico de volver a estudiar en la UACH. Pero siguieron pasando los años y las energías ya no son las mismas. Un día, Enrique, (amigo y compañero, gran hombre) me dice “Tú no puedes seguir sola, te voy a presentar a Ufo (esta era su chapa)”, también compañero”. Le tiró muchas flores y al otro día hace una once en su casa y ahí estaba él. Tenía unos ojos preciosos, muy simpático y caballero. Hubo mucha química, pero lo mejor que


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tenía él y que fue lo que me deslumbró, me maravilló… ¡Adivinen!: tres niñitas hermosas. Había enviudado joven, además vivía con su mamá, comunista, profesora jubilada. Al conocer a su familia, fue química inmediata con todos, y aunque nunca les dijimos de nuestra relación, era evidente para todos, sobre todo para su hija mayor, ella alentaba esta relación, yo solo me reía. Era para mí la familia que yo soñaba. Ufo, mi compañero, gran militante, nunca conversábamos de nuestras tareas políticas, eso era vedado, pero yo siempre sospeché que él estaba, en tareas de otro nivel. Esta relación duró alrededor de tres años y por cosas de esta vida se terminó. Aún hoy mantengo comunicación con la mayor y la menor de las hijas, mujeres preciosas. Ufo, Luciano Sandoval Sarmiento (su nombre verdadero), falleció el año pasado. Igual me había prometido por teléfono venir a verme, como compañero, por supuesto, pero el cáncer se lo llevó. Y sus funerales fueron como él lo quiso: rodeado de su Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Pero dentro de esos tres años, un día me fue a ver a mi casa, yo estaba, sola, regando. En ese tiempo vivía en una casa muy bonita; llegó como a las 14:00 horas. Hicimos tiempo, tomamos café y me cuenta que la niña del medio quería verme. Yo vivía en Conchalí y él en San Bernardo. Nancy, mi hermana, estaba trabajando; llegó como a las cinco de la tarde y nosotros nos fuimos como a las 16.30. Esta casa tenía un cerco muy alto de fierro y entre que nos fuimos y llegó Nancy, (¡ah, la reja se mantenía siempre con llave), llegan unos autos, se bajan unos hombres justo frente al portón, Nancy, desde la puerta les contestaba. Ellos preguntaban por mí y Nancy les decía que yo no estaba y que no iba a abrir el portón. A todo esto, los vecinos empezaron a salir y los tipos se fueron y una vecina, casa por medio, de la nuestra, habla con Nancy, pero por el patio. Ella también era del Partido y fue la encargada de llamar a un compañero


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y se formó la cadena para avisarme que yo no llegara. Yo estaba en la casa del Ufo y él se obcecó en que yo debía quedarme y no asomar ni la nariz por la ventana. Creo que estuve como dos o tres meses ahí. En el FPMR, él era conocido como Puchini. Al principio dije que la dictadura me robó mi juventud, porque esta fue de sobresaltos y temores, no pude estudiar ni disfrutar de esa juventud con alegría o vivir la vida con sueños rosa, sino que fue rota de golpe donde debí aportar a que se termine este período de muerte, donde el cuchicheo era: oye mataron a… tomaron preso a…. ¡Milicos de mierda! Animales sin valores, sin sentimientos y que hoy siguen dentro de ese régimen cerrado, oculto, tenebroso, hecho a su medida; pero siempre al final del túnel brilla el sol, la verdad, igual que el mar que en el quebranto de sus olas devuelve lo que ellos quisieron ocultar.

Juventud y Resistencia Eramos jovenes, llenos de sueños con mucha energía y ganas de vivir, tradicionales, diría yo, intentando sobrevivir dentro de las reglas de la dictadura. Pero esa rebeldía se notaba a flor de piel, nos organizábamos para no tener que enfrentar la muerte, ésta, siempre atrás, era una mochila muy pesada, pero sabíamos sostenerla. Los primeros meses de la dictadura no podíamos juntarnos en grupo, pero poco a poco llegamos a hacer fiestas, nos gustaba bailar, nos citábamos en casas, eran fiestas sin alcohol y de mucha conversación despacito y más despacito escuchar nuestra música: Silvio, Víctor, Violeta, etc. Siempre decíamos, fiestas de “toque con toque”. O sea en horarios de toque de queda. De día, el trabajo


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clandestino. Hoy me da risa, pero en ese momento era de desesperación, era la forma de comunicarnos. Escritura invisible. Cuando conocí este medio fue de asombro. Les cuento: Materiales: una hoja blanca, oficio o de cuaderno, un lápiz pasta sin tinta, jugo de limón, una vela. Se unta el lápiz en limón y escribes. Una vez seco se dobla y se entrega. Para leerlo se colocaba la hoja sobre la llama de la vela y ¡Milagro! aparecía la escritura (química pura); pero a veces los nervios hacían tiritar la mano y quemábamos la hoja... Esos años eran de mucho respeto, amor y entrega a la causa, pero de gran responsabilidad. Los horarios de citas eran exactos y en lugares, a veces, increibles: el cementerio, costanera o la Teja, hoy sector del puente Cau Cau, y otros puntos dentro de la ciudad. Organizábamos la Jota. Unos se iban para no caer detenidos, porque era muy conocida su militancia y otros asumían la responsabilidad. Siempre la tarea del día era buscar casas de seguridad, así en esos primeros días conocí a la compañera Annie Leal, “la tía”, en la Población Servicio Seguro Social, un hogar que dio cobijo a muchos, siempre en el mismo dormitorio-oficina. Me llamó siempre la atención una señora mayor sentada en un sillón, nos saludaba y se despedía, nunca preguntó nada y los pequeños hijos correteando por la casa. No recuerdo el año en que tuve que irme a Santiago. Estudiaba entonces en la UACH y la CNI me estaba haciendo un seguimiento. Así que un día cualquiera me fui a Santiago. Fueron días de mucha escasez, pobreza diría yo, sin trabajo y sin apoyo de las tías, hermanas de mi mamá, que tenían miedo, así me fui a vivir con unos “profes” del liceo de niñas que ya habían echado por su militancia comunista. Estaban cesantes y eso acarreó problemas de pareja. Y así pasé por muchas casas hasta que encontré trabajo de profesora secundaria, en


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la Secretaría Ministerial de Educación, obviamente en Santiago, pero es claro que toda acción tiene una reacción, solo no se sabe en cuánto tiempo será esta. Con mi familia vivíamos bien en esa época, mi madre tenía su modista, ésta nos hacía los vestidos y trajes a mi madre durante un par de años. Un día llegó la modista y su esposo a conversar con mis padres para que le sirvieran de testigo, pues los acusaban de entrar en la casa del lado a robar donde vivían unas muchachas universitarias. Obviamente mis padres sabían de su honestidad y aceptaron; no recuerdo qué pasó, pero todo salió bien. Llegó la dictadura y años después me encuentro con este caballero en la calle y se sorprende de verme y me pide que vaya al otro día al MINEDUC, me presenta a su jefe y quedo trabajando inmediatamente. Él siempre dijo: eres hija de mis grandes vecinos que creyeron en nosotros y tú, su hija, debes tener los mismos principios.

El fin, sin fin... Cierro los ojos y es como caminar hacia atrás en los recuerdos. El fascismo en mi país intenta terminar con nuestros sueños y la solidaridad… Trabajando en un Liceo Técnico, recién traspasado de público a privado, donde nos rebajaron el sueldo y nos obligaron a pasarnos a las AFP, tuve a mi segunda hijita, Lilita. Exigí a esta corporación mi derecho a sala cuna. Fui la primera en pedir este beneficio; ellos aceptaron, pero impusieron su idea de sala cuna. Yo quería otra, pero no tuve opción y acepté. Lilita no alcanzó a estar un mes y falleció: “asfixia por sofocación de vómito alimentario”. Cuando el gerente, José Manuel Melero,


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me concede audiencia, me dice: “¿Qué más quiere, si ya está muerta...? ¿Quieres plata?”. Todo se me fue a negro... Pero el tiempo ayuda a superar los dolores. Después de este terrible suceso, la corporación educativa optó porque cada madre decida cuál sala cuna, o aporta dinero para contratar a alguien que cuide en casa a los bebés. Claro, ya sabían que yo había estado presa por participar en la 1ª Marcha del Hambre. Fui detenida por Carabineros, pero luego llegó la CNI a buscarnos. Pero Carabineros no nos entregó y fuimos interrogados en los patios de la Comisaría. Fue vejatorio y pidieron mis antecedentes laborales, los que fueron muy claros en destacar mis cualidades, al igual que la Secretaría Ministerial de Educación. Cuando me dieron la libertad, fui muy bien recibida y regaloneada por mis jefes y colegas. Me dieron todo tipo de apoyo, descanso cuando lo necesitara y sin descuento por días faltados. Estuve un tiempo “descolgada” de mi Partido, pero luego, nuevamente continué mi trabajo clandestino contra la dictadura. Todo tiene un principio y un fin, y éste es el fin; pero de este libro falta mucho. Ya vendrán otros, pero ahora quiero reconocer la iniciativa del equipo y la Agrupación. Rodolfo, a pesar de su juventud, tiene sensibilidad e iniciativa para contenernos en nuestros conflictos. Solo resta decir mil gracias, y ojalá esa sensibilidad se contagie. A mi hija Rosita Palma, a mis padres y familia, gracias por comprender mis sueños, a veces a la fuerza. A la luz de mis ojos, Martinita Fuentes, mi nieta que, a sus cortos diez años, todo lo quiere saber y comprender la lucha que dimos y también sueña que el ser humano puede lograr la felicidad.


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A Nelson Chamorro, mi huentrulafquen –hombre de mar– que cambió mi vida con su amor y ternura. Gracias por aceptarme así, con todas mis tribulaciones y sueños de que un mundo mejor es posible. Mientras haya vida, hay sueños y la vida sigue girando...


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Oscar Retamal Hernández

Purén Allí pasé toda mi infancia, y en mi memoria conservo como una época muy hermosa. En el kindergarden conocí a Nain, cuyo nombre recuerdo porque fuimos amigos inseparables en la educación primaria. Por alguna dificultad que yo tenía, con mi hermana Carmen, iniciamos juntos la Enseñanza Básica. Recuerdo de ese tiempo al profesor Juan Orellana, y con él terminé ese ciclo. El deporte fue mi mayor felicidad: jugábamos todos los días en la cancha de la escuela, en la calle, con vecinos, y en particular con los primos que vivían a la vuelta de mi casa. Cuando terminaban las clases generalmente me iba al campo donde un tío; también pasaba donde mi abuelo con quien me entretenía mucho, porque durante la comida, después de la faena del campo, contaba historias de su pasado y su experiencia de trabajo, ya que siendo funcionario de la institución que posteriormente se denominara Carabineros de Chile, había ejercido la misma función cuando eran conocidos como “guardianes”.


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Purén es un pueblo cosmopolita, donde comparten ciudadanos descendientes de inmigrantes de Suiza, Alemania, Italia y Líbano, con un poder político muy importante, y una gran población mapuche y de ciudadanos chilenos que ejercían funciones públicas. La existencia del minifundio era su mayor característica, pues la mayoría vivía de la agricultura, siendo un centro comercial donde llegaban campesinos y ciudadanos de varios pueblos vecinos a abastecerse y negociar sus productos. Mi padre trabajaba como inspector municipal, pero quien llevaba el control absoluto era el secretario municipal, don Carlos Smisman. En aquella época había un claro racismo hacia la gente oriunda de Purén. Yo, por mis rasgos físicos –pelo rubio y tez blanca– pude llegar a casa de algunos compañeros de curso de descendencia extranjera como Guillermo Spiger, con el cual establecí una muy buena amistad y de mucho respeto hasta el día de hoy. Con Nain Gorayet éramos más amigos, frecuentaba mucho su casa y nos ilusionábamos con hacer el servicio militar, así que postulamos al programa para estudiantes y nos fuimos a Los Ángeles; pero salimos eximidos por exceso de personal, y aunque insistimos la respuesta fue: “Cuando el teniente Pérez dice NO es porque es NO”. Esta fue la última vez que nos vimos con Nain. Después me fui a estudiar a Concepción al Instituto Superior de Comercio. No obstante, no puedo dejar de mencionar que mi gran amigo se convertiría en mi gran enemigo también, puesto que llegó a ser del Servicio de Inteligencia Militar, por lo cual también fue en busca mía para ser capturado. Por suerte mi madre no le dio mi dirección en aquel entonces por desconocimiento, que de lo contrario lo habría hecho sin dudarlo. Empecé a viajar a Lumaco, a un campo grande, allí pasaba mis vacaciones de invierno y verano. Ahí conocí muy de cerca todo lo


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que es el trabajo del campo. El administrador de este fundo era el padre de Carlos Mendoza, quien pagaba pensión a mi mamá que se dedicaba en casa a atender personas muy especiales y destacadas, con lo que ella pudo educarnos hasta la enseñanza media y universitaria. En las conversaciones de sobremesa se tocaban los temas políticos, ya que uno de ellos era militante del Partido Socialista, llegado de Santiago a trabajar al Servicio de Seguro Social, Jorge Tapia, el que después fue regidor y también Alcalde. Así, en el año 1959 el diputado Aravena me entregó mi carnet de militante socialista en nuestro tan especial juramento. Viajábamos a encuentros con otros jóvenes a Angol a cursos de educación política y otras actividades relacionadas, y hasta la fecha de hoy sigo siendo militante del Partido Socialista. Ingresé al Instituto Comercial en 1961, en Angol, que era la ciudad más cercana donde continuar los estudios. El año anterior habíamos sufrido el terremoto. El local del Instituto se había destruido completamente, y tuvimos que estar de allegados en el Liceo de Hombres, luego en una escuela primaria y después en el anexo de la Escuela Normal. Este deambular nos provocó una vida estudiantil muy conflictiva, con huelgas, tomas de colegios y gran movilización. En Angol, mis padres me dejaron con una familia conocida y en mi curso me encontré con Francisco Muñoz, amigo de Purén, con él me sentía más seguro, ya que yo estaba muy nervioso. Un día, la profesora jefe informa que hay que elegir la directiva de curso; esto se fomentaba para que el máximo de alumnos ocupara cargos de responsabilidad, lo que era muy significativo para formación cívica. Como ya quedábamos muy pocos sin cargo, me tocó a mí ser delegado del curso al Centro de Alumnos. Y empecé a asistir frecuentemente a reuniones de la Juventud Socialista y del


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Centro de Alumnos. En esa época se daba la lucha ideológica contra la derecha, por lo que sus partidarios frenaban nuestro movimiento por conseguir la construcción de nuestro establecimiento educacional. Jorge Alessandri era el presidente y la contradicción era que nosotros exigíamos su “construcción ahora” y no esperar más. Yo ya estaba en el tercer año del Comercial y mis compañeros que egresaban ese año, se dieron cuenta que no habían dejado reemplazantes de sus respectivos cargos. Ellos me mandataron que debía ser yo el candidato a la presidencia junto a una lista con militantes de la JJCC y la FJS. Para mí era una orden que debía cumplir como militante disciplinado, sin importar si me sentía capaz, lo que era muy difícil y comprometedor.

Proyectando mi futuro En el año 1967 me fui a estudiar a Concepción la especialidad de Ventas. Para mí fue algo nuevo y muy distinto a la enseñanza que recibía en Angol. Muchos profesores ejercían en la Universidad de Concepción y apenas se realizó la primera reunión de curso yo me propuse obtener la presidencia, de manera que resultó fácil ser elegido. Con unos compañeros de la JS formamos la Brigada Socialista del Comercial. El movimiento estudiantil era muy de izquierda y ya nos encontrábamos en el gobierno de Frei Montalva, y se iniciaba la lucha por la democratización de la enseñanza. Los liceos constituidos en una federación de estudiantes secundarios nos llevaron a tomar su ejemplo y convocamos a una reunión a todos los comercialinos de la región: Concepción, Talcahuano, Lota y Coronel. Este evento fue un éxito, de manera que fuimos electos los dos de la JS, Juan como Secretario y yo como Presidente de la federación de


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estudiantes comercialinos. En las marchas programadas, los cuatro de la JS éramos los que las conducíamos y las consignas políticas que gritábamos eran de apoyo a Vietnam, al Che Guevara y ¡Trabajadores al Poder!...

El golpe cívico militar de 1973 Cuando ya han transcurrido más de 40 años del golpe cívico militar, voy a narrar lo que fue para mí la experiencia de vivir esta parte de la historia de nuestro país, que trajo muchas desgracias a mi pueblo. En aquella época, en otros países ya habían ocurridos golpes militares por hechos menores de los que ocurrían en Chile, y aquel 11 de septiembre, los acontecimientos políticos se desarrollaban a una magnitud tal, que se inicia desde muy temprano el golpe militar. Creo que el despertar de ese fatídico día, lo esperábamos como un acontecimiento históricamente señalado para Chile. Teníamos varios países de América del Sur con dictaduras militares y como resultado de gobiernos con posturas reformistas, no tan aceleradas como la nuestra; por lo que Chile era un país en que el imperialismo norteamericano no podía permitir que se produjera este desarrollo revolucionario de la transformación de la sociedad, basado en la expropiación del Cobre, la Reforma Agraria, la intervención de las industrias y la banca, sueldos dignos para los trabajadores, salud y educación gratuita. Y que fueron los detonantes para que el imperialismo norteamericano decidiera poner término al gobierno popular; un proceso de desarrollo político que permitía la transformación de la sociedad democráticamente utilizando todas las formas para tomar decisiones que la constitución nos entregaba.


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La nacionalización del Cobre fue una decisión por unanimidad del Congreso Nacional, todos los parlamentarios votaron a favor a la propuesta popular de Salvador Allende. Ese día, muy temprano, alguien en casa había puesto la radio y ya se transmitía que los militares estaban en la calle en actitud de golpe de estado, y por cierto que empezaron a transmitir los primeros bandos militares, entre ellos el comunicado que oficializaba la conformación de la Junta Militar, que los convirtió en dictadores desde ese instante. Me levanté, sin pensar en desayunar como era la tradición de todos los días, ya que era incierto el almuerzo y no comíamos hasta volver muy tarde en la noche, de nuestras responsabilidades militantes diarias. Me vestí rápidamente y me despedí de mi madre y familia. Me asomé a la calle y con preocupación me fui caminando hacia el centro de la ciudad; las calles estaban desiertas, no se veía a nadie; mi intención era llegar a la Intendencia. Antes de llegar a la plaza divisé a un turco que salió de su casa y atravesó la calle, volvió atrás y se detuvo en medio de ella. Muy nervioso se le veía y no se percató de mi presencia. Yo pensé que la guerra se había desatado, y que se nos venía una situación de muchas decisiones que estaban relacionadas con posibles enfrentamientos. Saqué mi revolver y le apunté. Este señor era un conocido momio que por cierto mostraba su felicidad ante la decisión militar, y que por tanto era él o yo. Estábamos a cierta distancia dispuestos a proteger nuestras vidas. Él estaba desarmado y definitivamente no se dio cuenta de mi presencia. Yo resolví no disparar y ganar tiempo para encontrar a los otros compañeros de la Dirección de mi Partido, con el objeto de definir nuestro quehacer como responsables políticos e informar a los compañeros qué deberíamos hacer para enfrentar tal situación, que ya era absolutamente seria. Los militares ya habían resuelto el Golpe y estaban en la calle armados para enfrentar cualquier situación de resistencia que se impusiera


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por parte de nosotros. Cuando llegué a la plaza me encontré con los militares que ya habían tomado posesión de la Intendencia, pero lo que más me afectó fue la presencia de los dirigentes de la Federación de Asentamientos Campesinos, quienes aplaudían y gritaban consignas de apoyo a la decisión militar. Yo, por haber estado involucrado con estos campesinos, no fui hacia ellos, ya que corría peligro, y me dirigí al otro costado de la plaza donde se encontraba mi lugar de trabajo. Allí me encontré con algunos compañeros, y veía sus preocupaciones y, por qué no decirlo, que estaban muy asustados. Los instruí para que no se movieran de sus puestos de trabajo y que recibirían instrucciones más tarde, después que la Dirección se reuniera. Luego ayudamos a los compañeros del MIR a trasladar armas donde estuvieran seguras y no fueran encontrarlas en algún allanamiento en casa de los compañeros. Después de cumplir algunas otras acciones para protegernos de situaciones que pudieran perjudicar a compañeros que desconocían la existencia del material bélico con que contábamos, nos fuimos a la reunión de la Dirección Regional Malleco y del Comunal de Angol. Estando todos los miembros de la Dirección Regional y Comunal, se inició la reunión, después del mediodía. El compañero Boris Salazar, Secretario Regional inicia la reunión y ofrece la palabra, el compañero Daniel Salinas, nuestro Diputado electo –uno de los más jóvenes junto con el compañero Carlos Lorca de Valdivia– hace un análisis de la situación y plantea que llegó el momento de enfrentar la acción de los militares en contra del pueblo y su presidente constitucionalmente elegido. Romilio Osses apoya la propuesta de Daniel; mi intervención como miembro de la Comisión Política fue distinta, a pesar que ideológicamente estaba convencido de que la toma del poder político definitivo debía ser mediante la insurrección armada, estableciendo que en ese instante se daba una situación práctica que era salir a combatir en defensa


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del Gobierno Popular, era –dije– la gran oportunidad de iniciar una confrontación y poner en práctica la postura teórica, cuyo ejemplo de la época era la Revolución Cubana, que había logrado un hecho histórico relevante para los pueblos de América Latina, iniciar la transformación social de nuestro país por el camino de los cambios significativos para llegar a la sociedad socialista. La pregunta que venía de inmediato era, por cierto, cuál era el poder bélico con el que contábamos para iniciar esta propuesta y la responsabilidad que ello ameritaba. En resumen el resultado fue que no contábamos con armas, solo algunas pistolas con una carga de balas, de manera que esa propuesta se debilitó totalmente. Entonces se decidió ordenar al diputado abandonar la zona y pasar a la vía clandestina de nuestra organización, designando una Comisión Política de tres compañeros compuesta por el Secretario Regional, Boris Salazar, Manuel Ruiz y yo. Se designa una estructura organizada para la Dirección Comunal y un relacionador público que pudiera interiorizarse de la posibilidad de algún tipo de diálogo con los militares en relación a su postura con el Golpe Cívico Militar. De esa forma termina la reunión y todos se movilizan en las tareas entregadas. Nosotros, los de la comisión política, por el Toque de Queda nos tuvimos que cambiar de casa en el mismo barrio para salir el día siguiente a la casa de seguridad que estaba designada con anterioridad al golpe militar. En este lugar nos designamos las camas donde dormiríamos y nos relajamos de lo muy pesado de la reunión, muy preocupados por lo que la realidad nos mostraba. Estábamos en ese relajo momentáneo, cuando de repente se siente la llegada de un vehículo que frena justo en frente de la casa. Era una patrulla de carabineros. Sin pensar más tomamos la decisión de abandonar el lugar por el patio y saltar los cercos para llegar al otro lado de la calle. Pero la alambrada lo imposibilitaba, y resolvimos escondernos en la misma casa. Cuando


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estábamos en esa búsqueda sentimos que la patrulla se iba rápidamente. La conclusión a que llegamos fue que irían por refuerzos y que debíamos tomar medidas para salir de ese lugar, urgentemente. Los compañeros que estaban en el exterior, llegaron inmediatamente después que se fueron los carabineros, ellos nos comunicaron que estuviéramos tranquilos ya que lo que había sucedido era que la patrulla solo vino a dejar a un carabinero que vivía al frente. En cualquier otra ocasión nos hubiéramos puesto a reír de las cosas que hicimos para escapar del operativo. Llevábamos muchas horas sin pensar en comer y nos acostamos a tratar de dormir. Todo parecía una pesadilla lo que ocurría en nuestro país. Transcurrido los días volvemos cada uno a nuestros hogares.

Detenido en Angol El día 20 de septiembre, los que éramos dirigentes regionales fuimos detenidos en nuestros respectivos hogares y llevados a la cárcel pública. Pasado un tiempo, fuimos trasladados al regimiento de Angol, en un camión militar que venía desde Traiguén en nuestra búsqueda y, nos esperaba para ser trasladados a esa ciudad. Aquí la situación se pone muy complicada. Nos tratan con mucho sarcasmo y nos amarran las manos, muy apretadas. Se dificultaba la circulación de la sangre, a mí las manos se me estaban poniendo moradas y cualquier golpe o salto del camión me producía gran dolor. Nos alegró mucho ver a Carlos Poblete, quien estaba desaparecido junto a Boris Salazar ya por varios días, pero se nos niega la posibilidad de conversar con él. Nos indican que debemos ir con la cabeza agachada, sin mirarnos en carácter de incomunicados. Todo el camino nos molestaban, diciendo “que llegaríamos a un hotel 5 estrellas”. Antes


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de llegar a Traiguén, se detiene el camión y un teniente se baja y le pide a Carlos que nos hable. Éste nos muestra –levantándose la camisa– su cuerpo quemado y moreteado. Nos dice: “Aquí saben todo y que nosotros debemos hablar ya que de lo contrario vamos a pasarlo muy mal y que incluso “nos sacarían las uñas”. Estábamos en eso cuando se siente un disparo realizado por el teniente, que nos informa lo que pasará si nos resistíamos a cooperar. Nos bajan del camión y nos hacen esperar afuera del Regimiento. Un militar nos corta el pelo a tijeretazos, dejándonos de un modo que todos se reían. Entramos después a lo que era el casino de suboficiales, con mucha gente detenida; eran entre las 12 y las 14 horas. Nos hacen ponernos con las piernas abiertas y las manos en la cabeza. Primero se van donde los compañeros que allí se encontraban y les preguntaban cosas como: “¿Aquí está Retamal?” Los golpeaban o les aplicaban electricidad, ellos en vez de responder gritaban de dolor, mientras nosotros escuchábamos el trato que había con ellos, después llegaban donde nosotros y nos golpeaban por bajar las manos de la cabeza. El Fiscal Militar era de apellido Bravo, abogado ayudante del fiscal Luis Monje (fue diputado por la UDI). Los sargentos Aqueveque y Rodríguez y el cabo Gabriel Díaz Morales; todos actuaban con golpes, patadas, utilización de linchacos. Nos contaban, apagaban la luz y disparaban, debíamos tirarnos al suelo cada vez que hacían este ejercicio. El cansancio de los brazos era insoportable, y al intento de bajarlos éramos golpeados con la culata de sus armas o con electricidad que nos ponían en el cuello. Todo fue golpes de linchacos, culatazos y los golpes eléctricos constantes. De esta forma estuvimos hasta altas horas de la noche, hasta que ellos decidieron tomarse un descanso. Una de las acciones, muy selectiva, fue cuando nos sacaron a la orilla de un río, donde nos colgaban de un árbol y nos sumían en el agua hasta que ellos sentían que debían


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levantar al detenido y así sucesivamente. Fue así hasta que caíamos desmayados y despertábamos en el baño en donde nos tiraban agua para despertar. Por último, ya en la madrugada, nos llevan en forma individual y nos hacen firmar un documento que no recuerdo si leímos o no. En mi caso fue muy difícil ya que mi cuerpo estaba saltando, mis manos temblorosas hacía muy complicado tomar el lápiz para firmar. Ya era de día, y nos sacaron afuera, al sol de la hermosa mañana. Allí estuvimos sentados en una espera que se tornaba maravillosa ya que nada allí pasaba; pero los militares mencionados se dejaron ver y como al medio día nos regresan a Angol con las manos amarradas una vez más. Allí nos llevaron directamente al regimiento. Por cierto que aquí los militares no tenían ninguna justificación para detenernos en la cárcel, de manera que nos ponen dentro de una carpa donde se encontraban otros compañeros dirigentes del partido, además de compañeros del MIR que estaban siendo interrogados y torturados. Estaban muy mal por la tortura y quedaron impresionados de cómo nosotros habíamos llegado; aquí también estaban los dirigentes de la Dirección Comunal detenidos, eran: Ariel Henríquez, Pedro Iturra, Juan Antonio Devot, Jamil Avuele y Bravo. Estos tres últimos ya están fallecidos en la actualidad. Allí en la carpa fuimos pasando, uno por uno, al interrogatorio, que estaba dirigido por un teniente sentado en su escritorio, dando órdenes a dos militares que estaban al lado de uno que nos mantenía sentados. Él preguntaba y si las respuestas no le satisfacían ordenaba golpear, y los militares cumplían las órdenes. No puedo dejar de mencionar que uno de ellos “no golpeaba”, solo lo aparentaba. En una oportunidad el teniente ordenó al otro militar ir a buscar algo y se quedó solo con el que no golpeaba, éste se acercó a mi oído y me dijo: “¡Grita!”. De manera que cada vez que él hacía como que me golpeaba yo gritaba de “dolor”. Una de las cosas que me hizo,


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el teniente, fue ponerme un lápiz entre los dedos y luego me los apretaba, lo que me producía un dolor intenso. Allí permanecimos un par de días. Ya llevábamos varios sin bañarnos. Una de las torturas o especialidad de este teniente era hacer que los militares nos dibujaran un círculo en la frente y él apuntaba y disparaba. A varios nos hizo tal “ejercicio” y por cierto el susto gigantesco hizo que los compañeros se orinaran en sus ropas y los sacaban de inmediato por el mal olor que se producía, posteriormente como sacos nos tiraban a la carpa donde estábamos malolientes; el fiscal era el que venía a la carpa y elegía a quien le tocaba el turno de pasar al interrogatorio. Así que ordenó que debíamos pasar a bañarnos. De esa forma salíamos de dos en dos, custodiados por militares. Al desnudarme mi compañero Ariel Henríquez me miró muy sorprendido y yo me fijé en mi cuerpo, estaba todo negro por los golpes recibidos; esta ducha fue una de las delicias más agradables obtenida en toda mi vida. Después de estar en la carpa del regimiento un par de días, nos trasladaron a la cárcel, donde por fin teníamos una cama donde dormir. Fue algo contradictorio, sentir muy agradable el llegar a la cárcel, además de saber que al otro día tendríamos comida para alimentarnos, pero no todo era agradable, eran muchas las incomodidades, sobre todo los baños. Por las noches teníamos presión sicológica: el no dejarnos dormir. Pasaban constantemente, por nuestras celdas preguntando, “¿Quién vive aquí?”, y debíamos responder, y se volvía a repetir, esto se hacía frecuente todas las noches. No había pasado mucho de nuestro viaje a Traiguén, cuando un día me llevan a mí y a Carlos Silva al regimiento, y nos mantienen fuera de la carpa. Allí nos encontramos con otro compañero, Alfredo Rosales, un profesor a quien dejaron en libertad y se le ordenó abandonar la zona, el que ayudado por las monjitas y disfrazado de ellas abandonó de esta forma la región y el país. En Traiguén, nos


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llevaron a un recinto, mientras esperábamos, el cabo Díaz, nos dice, “viene un helicóptero por ustedes”, junto con eso pasa otro soldado y nos da unas tarjetas religiosas. Todo eso hacía presumir que nos estaban dando la despedida de este mundo, ya que teníamos conocimiento que los viajes en helicóptero eran viajes sin regreso, eso nos mantuvo asustados. Efectivamente llegó el helicóptero, pero era el jefe del regimiento que regresaba de una reunión en Temuco. Fuimos informados, después que nos sacan de uno por uno a las sesiones de interrogación, que en esta oportunidad se trataba de algo muy complicado que era “infiltración a las Fuerzas Armadas (FFAA)”. Primero vino la etapa de ablandamiento con los golpes y electricidad. Tenía que dar los nombres de los militares con quienes nos conectábamos; yo estaba dispuesto a negar hasta el final, dispuesto a soportar toda la tortura que recayera en mí y me preparé para eso. Luego me carearon con los compañeros que eran muy jóvenes, que habían declarado que yo venía a Traiguén a reunirme con los militares, además que lo hacía con otra persona que por suerte no sabían el nombre y describían hasta del color de los calcetines que usaba. Yo negaba tal situación, y me tenía que hacer muy fuerte y sin titubear mi versión, recuerdo que tuve que ser grosero con el compañero, al decirle: “¿Tú, concha de tu madre no estás conforme con todos los compañeros que están presos y con esas mentiras e inventos tuyos quieres traer más gente que jamás ha realizado lo que tú inventaste?”. En un instante entra el compañero que hacía el contacto con los militares. Yo lo ignoré, tampoco lo saludé de inmediato. Me preguntan si conozco a esa persona, mi respuesta es ¡No! y él hizo lo mismo, señalando que jamás me había visto antes. De esa forma terminó el interrogatorio y nos traen de vuelta al regimiento de Angol. Allí solo nos dejan a mí y al compañero de Traiguén en la carpa; estaba más cómoda ya que tenía ahora


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paja para poder dormir más cómodo, hacía una noche muy fría no teníamos nada para arroparnos, solo la paja. El compañero era mucho mayor que yo y me dice “acostemos de espalda con espalda bien apoyados, para soportar el frío”; de esa forma logramos dormir y al otro día fuimos trasladados a la cárcel, por la noche. Allí, a mí me tiraron a una celda de dos presos comunes peligrosos; con mala intención me tiraron a esa celda ya que yo me encontraba completamente incapacitado de hacer nada debido a la tortura que había sufrido. Cuando digo me tiraron, fue así, ya que yo casi no podía caminar y estuve botado en el suelo pensando cómo poder resistir la acción de los presos comunes que tenían toda la intención de violarme; afortunadamente reconocí a uno de ellos; era hermano de un compañero de la escuela en Purén. De inmediato le pregunto por sus hermanos y su papá quien era comerciante y mi padre lo había ayudado mucho para sus quehaceres y ganarse la vida. Él me pregunta por mi nombre. Le doy mi nombre y me pregunta “y usted ¿qué es de don Fernando Retamal?”, “Hijo” contesto yo. “Ya” dice él mirando a su compañero. “¿Qué fue lo que le hicieron?... Ya compadre hay que darle algo de comer” y luego me dice: “Usted duerme aquí en la cama y nosotros dormiremos arriba en la litera”. A continuación me dieron de comer y me ayudaron a acostarme. En diciembre fuimos llevados el regimiento donde se efectuaría el Consejo de Guerra, con la presencia de uno de los militares que nos había torturado. Todo un circo y con presencia de los más destacados dirigentes de Patria y Libertad, se dio comienzo al Consejo de Guerra. El fiscal lee las acusaciones y el abogado hace la defensa, la cual es escuchada sin ningún interés y de inmediato sin esperar un segundo se resuelve la condena y se acaba la ejecución, de la misma forma para cada uno de nosotros.


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Regresamos a la cárcel muy preocupados por nuestras familias que habían tenido que vender bienes valiosos para pagar al abogado, quien aunque tenía instrucciones de no cobrar, lo hizo aprovechándose de la gran debilidad de mi familia, sabiendo, además, que no se vislumbraba ninguna posibilidad de dejarnos en libertad. A todo esto, en la búsqueda de encontrar una evidencia que justificara mi detención, el mismo intendente militar a cargo de la plaza movilizaba a una gran cantidad de soldados para hacer allanamientos a mi casa donde se encontraba mi familia. Las veces que eso sucedió, las operaciones militares se realizaban después de la media noche. A mi familia se la llevaban al cuartel de carabineros con ropa de dormir, y eran amenazados con torturas. Al niño menor, Isaac Silva, hijo de una sobrina que vivía con nosotros, se lo llevaban para interrogarlo, situación que nos provocaba gran dolor al escuchar cómo lo torturaban. Él era un hermano más para nosotros.

Decreto Ley 504 En el mes de agosto de 1975 me comunican mi traslado a Santiago al Anexo Cárcel Capuchinos, convertido en centro de detención provisoria para los compañeros que cambiaban pena de prisión por extrañamiento, haciendo uso del decreto ley de la Dictadura Nº 504. Yo tenía una visa de refugio político a Argelia. Por este motivo en compañía de dos gendarmes fui trasladado a Santiago. Tomamos el Metro que era la gran novedad y una complacencia viajar por este medio que recién estaba funcionando, y llevarse el recuerdo de la modernidad que empezaba a llegar a nuestro país. Aquí el trato era significativamente mejor. Tenía en el primer piso dos salas con literas, donde estábamos todos los que nos encontrábamos de paso


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y solo nos faltaba la documentación y espera de un vuelo al país que otorgaba el refugio. No había la famosa carreta y la comida que se preparaba era comible y en algunas ocasiones la encontrábamos muy buena. Yo estuve en una litera en el segundo piso, teníamos un televisor que nos entretenía por primera vez desde que había caído preso, recuerdo que en la tarde se hacía una elección para decidir qué queríamos ver en la noche, y democráticamente elegíamos. De alguna forma nos identificábamos; de donde veníamos y quién éramos, verdaderamente. En un momento se acercó un compañero y me mencionó que el Partido estaba funcionando aquí y que estaban dispuestos a escuchar todo lo que yo podía informar; que ya algo sabían, puesto que otros compañeros de Angol ya habían pasado y viajado a los diferentes países de acogida, luego se me pasó material escrito para leer y que el Partido estaba en la clandestinidad luchando y en muy buenas condiciones. En el segundo piso estaban los detenidos de la aviación y algunos presos políticos condenados, y en el tercer piso los generales de la aviación y destacados dirigentes de la Unidad Popular, muchos de ellos muy conocidos, como Aníbal Palma (Ministro de Educación), el parlamentario Eric Schnake, Carlos Lazo (vicepresidente del Banco del Estado) y el general Galaz que recuerdo, entre otros. La persona más cercana y que me dio gran alegría ver fue al amigo y compañero, Gustavo Ruz Zañartu; nos saludamos con un gran abrazo. Él estaba ya por salir a Alemania, conversamos un poco, pero no podía ser mucho ya que estaba en vigilancia por haber sido un destacado miembro del Comité Central del Partido. Con el “Pollo”, como le decíamos, nos unían muchas luchas estudiantiles en los congresos de los estudiantes Comercialinos. Él estudiaba en Chillán y después nos encontramos en Concepción, él en la Universidad y yo terminando el Instituto Superior de Comercio. En esa época Gus-


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tavo era el Secretario General de la Federación Juvenil Socialista, la famosa FJS de Chile. El tiempo pasaba y yo no tenía posibilidad de salida rápida, no había vuelos directos a Argelia ni a ningún país que me diera visa transitoria para desde Europa viajar a mi destino. Al quedar solo en esa pieza los gendarmes me trasladaron a una pieza que no sé si había estado mucho tiempo sin uso, pero estaba sucia y lo peor, habían bichos, unas cosas grandes, garrapatas o algo parecido, por lo que no pude dormir en toda la noche. Al otro día comenté esta situación, luego alguien se acercó a comunicarme, que por orden de Partido debía ir a la guardia interna a solicitar que se me trasladara al tercer piso donde quedaba una cama desocupada. De inmediato fui a hablar con el oficial y todo estaba muy organizado de manera que me dice: “Toma tus cositas y te vas de inmediato al tercer piso a la pieza indicada”, esto era un gran privilegio y me extrañaba toda esta situación. En el tercer piso había un compañero muy arrogante, servicial, y muy amigo de los gendarmes, en concreto se veía como traidor o colaborador y por tanto no era persona de confiar para nada, además que caía muy mal. Me dice que él es el encargado político del Partido Socialista en el Anexo Capuchino, ya que por mi comportamiento por el tiempo que yo llevó en este lugar les daba la confianza para que se resolviera ser yo el elegido de compartir la pieza con él, además me muestra varias cosas que son del trabajo clandestino que se estaba haciendo allí. “Ahora para mantenernos en el tiempo deberás tener una actitud distinta y deberás hacer cosas que no te van a gustar, pero eso es solo para protegernos y pasar desapercibido; todo esto que es una gran responsabilidad, estamos viviendo una etapa de gran información que estamos recogiendo de todo Chile y debemos sacarla para afuera para saber con exactitud


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qué pasa en provincia, nos estamos llenando de información con el objeto de que la Dirección Central pueda evaluar y tomar contacto con las personas más adecuadas para el desarrollo orgánico del Partido Socialista de Chile. La verdad, esto de sentirme nuevamente en la orgánica del partido me dio mucha fuerza y el convencimiento que la represión de la Dictadura, su exterminio a los partidos políticos, no había logrado sus frutos totales. La organización de las estructuras orgánicas de los partidos habían retomado su desarrollo, no puedo dejar de recordar que conversamos con los cocineros para que el día 19 de abril pudieran hacer un almuerzo de lo mejor que ellos pudieran, ya que nuestra intención era de que comeríamos la mayoría de los internos en el patio, allí preparamos una mesa larga e invitamos a todos los socialistas a participar de este almuerzo con el objeto de celebrar el aniversario del Partido Socialista de Chile, de esa forma con mucho coraje de todos el compañero Eric Schnake tomó la palabra y homenajeo la viva existencia del Partido y recordar a los caídos y desaparecidos compañeros en manos de la dictadura cívico militar; un representante del Partido Comunista saludó en nombre del partido este acto en el seno mismo del enemigo celebrar el aniversario, dando garantía que la lucha que los partidos de la izquierda habían logrado levantarse de las cenizas y que el triunfo de la lucha política se acercaba y que las Alamedas se abrirían para que pasara el hombre libre… Mi carreta, aquí en el tercer piso, estaba constituida y me invitaron a participar en ella, ahí estaban mi compañero de pieza, Aníbal Palma, Eric Schnake, José Gómez López, un compañero Contreras que fue quien trabajaba junto al Director de Investigaciones, luego se incorpora un compañero de Rancagua, las sobremesas eran fantásticas ya que se hacían análisis de la situación política o temas relacionados eminentemente políticos. También en las labores de cocina nos


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turnábamos para el almuerzo, lo primero que hacíamos era saber qué había de rancho (comida que preparaban para el día en la cocina del Anexo) y si era algo interesante, ese era el almuerzo que retirábamos y el de turno hacía la gestión de retirar y servir los platos. Cuando le correspondía a Aníbal Palma, él recibía la visita a esa hora de su compañera quien le traía el almuerzo, de manera que ese día disfrutábamos de un rico almuerzo casero. Todo rondaba en relación a los viajes y llegaban representantes de embajadas a entrevistar a compañeros que eran llamados para participar de estas oportunidades de postular a países que estaban recibiendo refugiados políticos. De la embajada de los Estados Unidos llegaron también a entrevistar a muchos compañeros, un día me tocó a mí, a pesar de que había una larga cola esperando para ser entrevistados, también recuerdo que después de mí estaba el compañero Carlos Lazo. Era como hora del almuerzo, entré a la entrevista. Dos hombres agentes de los EEUU me saludan cordialmente e inician un interrogatorio de los datos personales, luego me hacen una pregunta: si yo había estado preso antes del Golpe, mi respuesta fue NO, ellos insistieron, si yo estaba seguro de mi respuesta, yo decía que estaba seguro, ellos me señalaron que la información que tenían era que sí lo había estado anteriormente. Según ellos yo había sido detenido por estar pintando en las paredes en la calle. “¡Ahhh… eso sí!”, dije, pero que “en un país democrático, en todo Chile, salían las brigadas a pintar las murallas por los candidatos de nuestras coaliciones partidarias” y que efectivamente yo había sido detenido en una oportunidad, quedando en libertad de inmediato, y que por lo tanto no creía que eso era haber estado preso o encarcelado… “¡Nooo! –dijeron– usted fue detenido por escribir consignas del delincuente mal criado del Che Guevara”. Tocaron mi debilidad y respondí que era una falta de respeto referirse de esa forma a quien dio su vida por la


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causa, por la cual nos identificábamos y que América latina debería tener unos cuantos Che Guevara para salvar al continente de las garra del imperialismo norteamericano que saquea y explota los pueblos en todo el mundo, y tantos Vietnam como fuera necesario para liberarse políticamente de éste y que la visa que pretendían darme se la metieran por donde mejor les cupiera y que no permitiría más insultos. Me paré, me di media vuelta y me fui donde mis compañeros que me esperaban con el almuerzo. Llegué muy callado, dentro de un corto rato llega Carlos. En la cárcel me apodaron Guataquita. Carlos les dice: “Desde ahora Guataquita deja de ser guataca, ahora es un Guatapique”, y les cuenta de mi entrevista con los agentes de la Embajada Norteamericana. Nunca fue posible conseguir la visa para llegar al país que me había ofrecido el refugio político, Argelia. Postulé a otros y no recibí respuesta de la mayoría, solo de Canadá y Holanda que me negaban el asilo político por “medidas de seguridad interior del estado”. Los compañeros del Partido se preocuparon, que ya llevaba demasiado tiempo sin poder salir de la cárcel y me comunicaron que harían las gestiones para que un país me otorgara la posibilidad de salir definitivamente. De esta forma, un día de abril, me llamaron; que tenía visita. Extrañado por el horario, fui a la oficina del alcaide en donde se encontraba también el embajador de Noruega, Frude Nielsen, quien falleció recientemente, a quien debo rendir homenaje por su labor en Chile. Él por su intervención e inteligente actitud con las autoridades militares logró la salida de muchos compañeros que los militares no autorizaban la salida. El embajador, muy cordialmente y de inmediato, me ofreció el asilo político agregando que podía viajar lo más pronto posible. Me dice “No me dé respuesta ahora, yo vendré nuevamente, diga a su familia que vaya a la Embajada para que conversen conmi-


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go”. Yo agradecí su invitación y le comuniqué que lo más seguro era que decidiría positivamente. De esta forma se completó este ciclo que fue la parte más negra de mi historia, pero abandoné mi país convencido de que mi regreso era inminente y que la dictadura estaba con la cría en gestión y que la felicidad para ver Chile en democracia tenía el tiempo contado por la fuerza que la resistencia tenía, y dada su fuerza organizada y la valentía de sus miembros de luchar hasta el fin. Lo maravilloso es que nace el “Unidad y Lucha”, un boletín partidario que se edita hasta el término de la dictadura, desarrollándose hasta un tiempo después y es difícil adivinar el motivo de su término ya que debió prolongarse en el tiempo. Hasta el día de hoy, me da miedo pensar que esto sea debido a que se determinó que solo la derecha mantuviera los medios de comunicación en sus manos para seguir controlando la educación del sistema neoliberal.

Regreso a la Patria El 2003 regreso a Chile acogiéndome al convenio bilateral de pensiones entre los gobiernos de Chile y Noruega. Antes de salir del país que me acogiera se me indicó que me preocupara por conocer la tecnología agrícola, en esa búsqueda encontré el cultivo del Salmón, lo que me pareció algo nuevo e interesante; y me preocupe de encontrar trabajo o estudiar en esta novedad. Así empecé a trabajar en esta área y a realizar cursos, hasta transformarme en un acuicultor. Mientras trabajaba en este rubro, mi jefe y dueño del centro de producción de salmones me comunica en forma textual: “Mañana vienen a visitar el Centro unos hijitos de Pinochet y tú los recibirás


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para que les muestres el Centro”, así mismo lo hicieron otros representantes de centros de producción de salmón chileno. Al llegar a Chile lo primero que hice fue venir al sur, directamente a Puerto Montt, pero, en resumen, no logré trabajar en el frente del salmón y terminé la búsqueda. Es tremendamente difícil alcanzar una comprensión profunda del retroceso que vivió Chile después de 1973 y del impacto que tuvo el exilio en cada uno de nosotros, obligados a vivir en países cuya cultura y desarrollo son mucho más avanzados que el nuestro. En los primeros días posteriores a mi retorno conversé con gente muy diversa, de distintas ciudades, oficios y orientaciones políticas y religiosas, las que me escuchaban con incredulidad y distancia como si mi encarcelamiento, tortura y exilio fueran un problema mío y no un drama nacional. Incluso algunos amigos, críticos del modelo neoliberal, víctimas de las peores formas de discriminación y abuso, no atinan a establecer una relación lógica entre el golpe de estado y el régimen de capitalismo brutal que se nos impuso, la violación masiva de los derechos humanos, y su propia situación de pobreza, menoscabo e indignidad. Cuando comenté que Chile es el primer productor mundial de cobre y que regala el 72% de su producción a potencias extranjeras, me miraron como a un marciano. Muchos no sabían o no les importaba. Otros, los más iniciados, me dijeron: “es culpa de la dictadura”. Tuve que hacer un esfuerzo de refinamiento verbal para no herir susceptibilidades, por cuanto mis interlocutores tienen una alta autoestima y se creen personas con gran experiencia política, por lo que les cuesta mucho asumir que se les engañó como a niños chicos ocultando la dolorosa realidad: la dictadura –hasta 1990– sólo entregó el 8% del cobre. La gran desnacionalización y privatización tuvo lugar desde el gobierno de Aylwin en adelante, alcanzando el 72% sin que la opinión pública pudiera reaccionar por una conspiración de silencio y engaño


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en la que participaron los dirigentes de los partidos, la prensa dominante y el capital extranjero que ha llegado a controlar, además del cobre, el agua, los bancos, las AFP, los seguros, las telecomunicaciones, el comercio mayorista, los transportes, las pesqueras, las radios, la televisión, etc. etc. Y eso, sin considerar que en los próximos meses, nuestras autoridades se han comprometido a meternos en una camisa de fuerza llamada TPP –junto a Perú y México– en que las cuestiones esenciales del proceso económico quedarán a la discrecionalidad de las empresas transnacionales que operan en Chile, de tal manera que las instituciones del Estado –gobierno, municipio, parlamento, contraloría, tribunales de justicia– quedarán pintadas en la pared, enteramente subordinadas al gran capital extranjero. Es decir, de república queda poquito. Lo que en verdad somos es una Neocolonia. Durante 43 años, la población fue sometida a un lavado de cerebro para obligarla a pensar que la economía es un asunto de los técnicos (y los técnicos no se pueden equivocar) que no tiene que ver con la política, que sería algo separado de aquella. Y desde 1990 nos metieron en la cabeza que en Chile hay democracia porque cada tantos años votamos para presidente, parlamento y municipio, sin entender que dichas autoridades están amarradas de pies y manos al poder económico y al poder militar transnacional, que es el que verdaderamente decide las cuestiones locales, sin que tengamos la posibilidad de darnos cuenta dónde, cuándo y de qué forma se adueñaron del país, de nuestra naturaleza, cultura y del patrimonio creado por todos los chilenos, en 200 años de existencia supuestamente “independiente”. Lo más doloroso de todo esto es que muchas personas, afectadas por tanto abuso, engaño, manipulación y explotación, han llegado a perder la autoestima, a considerarse realmente seres inferiores, a dudar de su propia inteligencia y dignidad, a resignarse al actual estado de cosas, aislándose, buscando vías de escape en la farándula o en el fútbol o en el vicio o la delincuencia, sin atreverse a exigir


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sus derechos como ciudadanos e interpelar a los partidos políticos y a las autoridades por su entreguismo y corrupción. En la mayoría de los hogares de nuestro país, el ingreso no alcanza para luz, agua, gas, leña para calefaccionar la casa, transporte, comida y vestuario. En la práctica, un puñado de familias que no supera el 1 % de la población ha usurpado el poder y el control de todo este chilito querido, al que encontré más viejo y miserable que cuando fui obligado a exiliarme. Ahora que la crisis y la podredumbre emergen desde todos los rincones de la institucionalidad, el poder fáctico –ese que decide todo pero que no es elegido por nadie– quiere que le echemos la culpa a la corrupción. Entonces repiten y repiten frases como “caiga quien caiga” o la otra “que las instituciones funcionen”, “la ley es igual para todos”… y así, pura pirotecnia verbal. Lo que pasa en realidad es que todas las formas institucionales que prevalecen hoy fueron impuestas por la violencia terrorista del Estado. Ninguna es producto de un debate razonado, civilizado, pluralista, pacífico, ordenado y patriótico entre todos los chilenos. Los impuestos, las privatizaciones, los privilegios para el capital extranjero, la discriminación hacia los pueblos originarios, hacia la mujer, el adulto mayor, etc., etc., –la lista es interminable– obedecen a la necesidad de los grandes capitales de esquilmar hasta el último suspiro de la vida diaria de todas y todos los chilenos. Y para que la ciudadanía no se rebele, le hacen creer que este caos autoritario es producto de una “Constitución”, que no es otra cosa que el bando militar de septiembre de 1980. Entonces no tenemos casos aislados de corrupción. El sistema necesita que exista corrupción para lograr sus objetivos. Es la constitución la corrupta. Las leyes son corruptas y están hechas para que los políticos se enriquezcan y gocen de privilegios a cambio de permitir la existencia de un sistema antidemocrático, impuesto de arriba hacia abajo, y manteniendo al pueblo dividido, atomizado, adormecido


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y desinformado. Este sistema nació corrupto y su objetivo es que las autoridades, los empresarios y los parlamentarios se beneficien corruptamente de sus privilegios a cambio de usurpar la soberanía popular, es decir, a cambio de que el pueblo no se organice ni se rebele contra el caos imperante. El gran engaño es que el 11 de marzo de 1990 no triunfó la democracia, sino que se maquilló la maquinaria de poder económico y militar instalada en dictadura gracias a la intervención extranjera. De esta manera lograron desactivar el movimiento social y las fuerzas democráticas que desde la base y muchas veces en clandestinidad se enfrentaron a la dictadura. Así impidieron que esa lucha –que tuvo un hondo contenido patriótico, democrático, heroico– culminara exitosamente en un sistema democrático en que el pueblo organizado pudiera controlar el poder político y económico junto con las libertades ciudadanas. En 1990 no triunfó la democracia sino la plutocracia. El 1% de la población en Chile controla la economía, los bancos, finanzas y además la política y la institucionalidad. De allí la necesidad de generar desde el movimiento social un proyecto de Estado y Sociedad decidido por todos nosotros. La vía de 1990 no fue decidida por nosotros. Se entrometió un poder externo, multinacional, mediante una conspiración, articulada por el Departamento de Estado Norteamericano. Un político muy brillante, Harry Barnes, embajador de Estados Unidos en Santiago, fue quien dirigió la transición en Chile y logró aunar los intereses para impedir una salida verdaderamente democrática, imponiéndonos un Tribunal Constitucional, senadores designados, un sistema binominal, etc. Un sistema inaceptable para el pueblo chileno. Si se le hubiera consultado al pueblo el 11 de marzo de 1990 si esa constitución y esa legalidad con que asumía Patricio Aylwin era justa, el pueblo chileno hubiera dicho NO. Fue la intervención externa la que hizo, mediante una conspiración, que en julio de 1989, operara un plebiscito que, de la noche a la mañana, sin información, cambia


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54 artículos de la Constitución de Pinochet, sin que el 99% de los electores tuviera la menor idea del contenido de los artículos que se estaban cambiando. Se trata de un gigantesco caso de manipulación social, por cuanto el pueblo aprobó que renunciaba a su derecho a votar en plebiscitos (derecho que estaba vigente desde 1980) y elevó los quórum requeridos para modificar la constitución a niveles inverosímiles, asegurándose así una camisa de fuerza para cien años. Cabe recordar que todas las fuerzas opositoras a la dictadura nos habíamos comprometido a convocar a una Asamblea Constituyente, partiendo por el Grupo de Estudios Constitucionales, más conocido como Grupo de los 24, en el que tomaron parte Manuel Sanhueza Cruz, Jorge Mario Quinzio, Patricio Aylwin, etc. Y que también lo hizo, Eduardo Frei Montalva, hablando a nombre de las fuerzas antidictatoriales en el acto público que Pinochet autorizó, el 28 de agosto de 1980 en el teatro Caupolicán. Hoy, una vez más, la élite financiera, militar, política y jurídica le escamotea al pueblo, como se hizo en 1990, su derecho a ser soberano y ejercer la autodeterminación. Por tanto, hay que rechazar todo intento que signifique que el actual parlamento pudiera redactar una nueva constitución.

Finalmente Estando en Chile, en el año 2005 rehice mi vida, me enamoré y nos juntamos a convivir con Sara Esprel Muñoz. De esta relación nació nuestro hijo, Juan José Fernando Retamal Esprel. Es un hermoso hombrecito, un nuevo integrante que toda la familia recibe y que vino a darnos gran felicidad. Es un niño inquieto, le gusta el deporte, en particular el futbol, pero tiene mayor habilidad en el tenis, deporte que practica y ha competido ganando copas al cumplir los 10 años. Hoy está inscrito en el club de tenis Phoenix y está feliz


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esperanzado en un nuevo torneo para lograr su objetivo, ganar una nueva copa. Tiene tres hermanos aquí en Chile y porque sabe que en Noruega nacieron en mi otra relación, él contesta que tiene cinco hermanos. Está muy entusiasmado por conocer a sus otros dos hermanos y sufre al respecto por no saber cuándo tendrá esa oportunidad. Solo espero que algún día ellos entiendan que aquí en Chile tienen a su padre y nuevo hermano que les quieren, y por este medio los invitamos a venir y disfrutar de esta parte de familia, y desea que lo más pronto puedan viajar a Chile a conocer a Fernando, como así le llamamos en casa...


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GLOSARIO PRAIS: Programa de Reparación y Atención Integral en Salud y Derechos Humanos. Ministerio de Salud. JUNAEB: Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas. Ministerio de Educación. AGECH: Asociación Gremial de Educadores de Chile. AFP: Administradoras de fondos de pensiones de Chile. CORVI: Corporación de Vivienda. PEM: Plan de Empleo Mínimo. INACAP: Instituto Nacional de Capacitación. MUI: Movimiento Universitario de Izquierda. GAP: Grupo Amigos Personales. Dispositivo de seguridad del Presidente Salvador Allende. de Allende. DAAD: Servicio Alemán de Intercambio Académico. FPMR: Frente Patriótico Manuel Rodríguez. CNI: Central Nacional de Informaciones. DKP: Partido Comunista Alemán. RFA: República Federal Alemana. SERPAJ: Servicio de Paz y Justicia. MIR: Movimiento de Izquierda Revolucionario. CDU: Unión Demócrata Cristiana de Alemania. DDHH: Derechos Humanos. CENDYR: Ex Gimnasio del Banco del Estado. Se utilizó para la reclusión de presos políticos. CUP: Comités de la Unidad Popular. DAEM: Departamento de Administración de Educación Municipal.


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MUDECHI: Agrupación de mujeres chilenas impulsada por el Partido Comunista. UACH: Universidad Austral de Chile. CORFO: Corporación de Fomento de la Producción. CAP: Compañía de Acero del Pacífico. ENDESA: Empresa Nacional de Electricidad S. A. ENTEL: Empresa Nacional de Telecomunicaciones. CTC: Compañia de Teléfonos de Chile.. IANSA: Industria Azucarera Nacional S.A. LAN CHILE: Línea Aérea Nacional. PRPM: Política de Rebelión Popular de Masas. UP: Unidad Popular. JJCC: Juventudes Comunistas. UDI: Unión Demócrata Independiente. FFAA: Fuerzas Armadas. FJS: Federación Juvenil Socialista. TPP: Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica.


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INDICE Presentación Prólogo Eva Andaur Huechante Gloria Barrientos Gallardo Beatriz Brinkmann Scheihing Annie Leal Leal Luis Manzano Gutiérrez Raquel Marín Pérez Alicia Mella Matías Edith Palma Silva Oscar Retamal Hernández Glosario

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1. Se terminó de imprimir esta primera edición, en Imprenta América de Valdivia, en el mes de noviembre de 2016.


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"El mérito de este libro es de quienes aceptaron el desafío del Proyecto: Lecturas y Escrituras de la Memoria. Ellos, ocho entre muchos, se...

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