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Lirodicracias


Contacto con el autor: axolotl.exodus@hotmail.com Diseño de Tapa: D.C. - llantodemudo M. Belén Parabúe Diseño de edición: D.C. - llantodemudo M. Belén Parabúe llantodemudo colección poesía - 35 - Octubre 2010 Tirada 500 ejemplares. Ediciones llantodemudo 2010. Talcahuano 939 - B0 Res. América - C.P. 5012 llantodemudo@hotmail.com


En suma, desde peque帽o, mi relaci贸n con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relaci贸n con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas. * Julio Cort谩zar *

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Introducción sin sentido alguno Es una mera cuestión de lirodicracia. A veces parece funcionar y llenar fácilmente los 6 sentidos, de la forma más cosmogónica e imperfecta; pero eso de inventar palabras con la menor fricción entre letra y letra por el solo hecho de crear algo, apoyado en nada, es tan solo una cuestión de inconsistente y aberrante lirodicracia. Como un esqueleto sin bisagras, o un pájaro escondido de la sombra de su propio nido. Un aburrido manto de sonidos antifonéticos imposibles de producir con lengua y los labios separados. Esa especie de concepciones literarias abyectas... cómo decirlo, esa raza de palabras que salen desde la garganta o desde la falange y pasan por todos los dientes y todos los relieves de la boca. Pero engordan tanto a cada paso que dan, que al final, se les crece el ego de tal manera que justo antes de llegar a la puerta de salida explotan como si fueran un pomo de dentífrico apretado con la peor de las furias. Ese tipo de invenciones, sin duda, se van transformando asquerosamente en relaciones infaustas, como la del guante de lana y los dedos fríos de la mano. Pegados, pegajosos, como la definición y la letra muerta, como el foníatra cansado y el significado fundido por la actitud cohersiva de la estética pura. Como una radio vieja con el dial en la estación de tangos y un borracho que canta parado sobre la barra: “El mundo fue y será una porquería ya lo sé.” No es más que la relación infausta de dos cosas que 6


podrían abarcar una sola palabra, pero que sin embargo se necesitan miles de ellas para describirlo y que el cerebro lo entienda. A saber: Todo está relacionado. Pero es poco interesante sentir a una gota de lluvia, si no tiene un rinconcito de tierra donde caer. Llenarnos en ese instante de libertad, ese instante en que la gota misma se desprende de cada molécula que la encarcela, hasta el momento en que estalla sobre el suelo y se hace miles de gotas más, micro visibles, imposibles de ver y sentir. La gota es generosa y quita la sed de la tierra, pero la tierra es más generosa aún, por darle un lugar, un límite, a esa gota que de lo contrario, hubiera tenido un viaje infinito hacia el descenso, y nunca hubiera podido ser libre. Pues la eternidad no es más que una cápsula de rejas, apresando al ser en su mera esencia de nunca terminarse. Pero quién se sabría capaz de decir lo que es arriba y abajo si esa gota no tuviera dónde caer. Si tan solo se deslizara por una ruta invisible, en un presente eterno sin pasado ni futuro. Un camino directo hacia el Séptimo nivel de algún infierno literario. Es por eso que el suelo existe y la gota también. Aunque sin embargo, en vano sería todo este palabrerío, todo esto de la tierra y la gota, que parece noción tan importante. En vano sería el todo, si es que entre ese todo, no existe una mísera semilla capaz de germinar; semilla que en este instante, brilla por su estrepitosa ausencia.

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“En una caverna subterránea, con una entrada tan grande como la caverna toda, abierta hacia la luz, imagina hombres que se hallan ahí desde que eran niños, con cepos en el cuello y en las piernas, sin poder moverse ni mirar en otra dirección (…) impedidos de volver la cabeza a causa de las cadenas. Y lejos y en alto, detrás de sus espaldas, arde una luz de fuego, y en el espacio intermedio entre el fuego y los prisioneros, asciende un camino, a lo largo del cual se levanta un muro…” * Aristocles *

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1 La belleza estaba en esa taza grande de café con leche, las tostadas de pan casero untadas de manteca y rociadas con azúcar, el mantelito para las migas, y cuántas cosas más que adornaban esas cuatro paredes color amarillo crema. Era la merienda de la media tarde, en la que siempre me acompañaba una persona de escaso pelo blanco. Yo era chico, pero Nicola ya estaba grande, rozaba el techo al son de su carcajada y con su experiencia rozaba ya las nubes. Aunque siempre bajaba de su metro con ochenta y cinco hasta mi metro con treinta, con el solo objetivo de hacerme saber y sentir que no estaba solo, que podía fundirme en el abrazo hermoso de su gigantesca presencia siempre que lo quisiera. Pero la merienda de la media tarde con la tazona grande de café con leche no era más que una puerta a un mundo de cálculos divertidos. Cálculos que siempre esperaban sobre la mesita del patio bajo la glorieta. Y los banquitos ansiosos, también del patio, que dormían bajo esa glorieta que sostenía una vid y que colgaba más precisamente de unos alambres finos, por todo el extenso fondo intemperie de la casa. La merienda de un momento a otro terminaba y la hora de divertirse siempre llegaba con el mismo gesto de parte de don Nicola. Un simple movimiento de cabeza podía decir más que cualquier otra expresión en ese momento. Era recíproco, yo esperaba la señal, éramos una especie de burbujas a punto de unirse, para reflotar desde el fondo y estallar en una sola expresión. 11


Éramos cómplices de nuestra propia aventura, los banquitos a la sombra nos esperaban. Así es que nos sentábamos y Nicola me enseñaba sobre la mesita, cómo jugar al truco. Ahora puedo reconocer que siempre me dejaba ganar, en ese momento era demasiado ingenuo para saberlo. Y él era tan bueno para esa aventura, conocía tanto ese camino de complicidad y niñez exuberante que no le costaba ni un parpadeo sacarme una sonrisa, al dejarme ganar una partida, o dos, o tres, o cuatro. Nicola me llevaba más de 75 años y yo sin embargo lo sentía tan cercano como un hermano de corazón y de alma. De hecho era, y siguió siendo por mucho tiempo, mi mejor amigo. Después incluso de irse durante aquella jornada oscura, detrás de un suspiro que le ganó la noche y se lo llevó más allá, a alguna parte de la galaxia. Se fue sin sentir nada más que alivio. Cerró los ojos y se fue después de simplemente no pensar en nada. La vida siguió, y yo presencié en un sueño ligero la verdad de que las galaxias están mucho más próximas de lo que aparentan. El reencuentro no es algo imposible para mí a esta altura. El tiempo, no es más que otra puerta, así como la señal que surgía ansiosa después de cada merienda. Don Nicola se iba y yo sabía que algún día, o alguna noche, lo iba a volver a ver.

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No se sentía ese crujido climático cuando uno paseaba por caminito. En esas eras, el frío era motivo de esperanza. Esperanza de llegar a la casa de uno, colgar las llaves en el tablero de madera balsa, desprenderse de las pilchas y calentarse las manos rapidito en la estufita a leña. Uno ponía las manos en la pared y no estaba tan fría, como ahora. El pájaro amarillo cantaba y su canto no era cubierto por una espesa capa de ruido maquinario. Delgadamente urbano. A lo sumo, sus canciones inconscientes eran acompañadas con un dulce ritmo de pasos equinos, y el rechinar de alguna rueda gigante de carreta. Ahora todas las manos prescinden de una estufita a leña. Ahora todas las llaves colgadas no existen, porque no existen hogares. Ahora la señora de la esquina está muriendo de cemento. Y también ahora, todo es más seco, y harto frío.

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Mirá, desde que lo recuerdo, el viento siempre me pegó de frente. En verano me calma la sed y acalla el vapor que surge de los poros de mi piel seca, pero en invierno, querido, en invierno sí que se complica la lucha contra el viento. Podés dejarte llevar y permitirle que te escarche la piel, o podés correr recordando a alguien amado. Esa acción seguida -sólo por consecuencia- de un respiro cálido, una pequeña ráfaga llena de vida que emerge desde adentro hacia afuera, como es de saber. Arrastrando con fuerza todas los restos helados que te asolan desde el pasado y sus fantasmas mismos. Se podría calificar como un enérgico campo magnético, que te sirve de escudo frente a ese viento maldito, devorador de soles y ruinas. Ese viento de invierno podrido. De más está decir que a pesar de sí mismo, el viento me apasiona, porque me habla, me cuenta la historia de los miserables y sus épocas en la asquerosa sociedad conservadora y ordenada. Tiempos que no son más que atemporales, de los cuales no se puede escapar. No se puede escapar pero a veces se pueden enfrentar. No tengas miedo de gritar, querido, gritale a ese viento corrupto y convertilo en huracán masivo, en denuncia de hambre, una lucha contra el invierno mismo de los pobres que duermen abajo de un cartón oxidado acá no más, a una cuadra de casa. 14


Porque así es como me encuentra a mí, el viento, desde que tengo uso de razón. De frente, y así es como me grita, pero yo también le grito, nos gritamos, lo hago mi hermano porque así lo quiero. Se hace uno solo conmigo, y salimos por ahí a avasallar sueños mercantilistas. Ideas corruptas, que sí mueren. Mueren pero renacen en la cuna de cada víctima rodeada de sociedad contemporánea. Eso sí, de a dos no alcanza para derrotar a las fuerzas del frío. Así que andá buscando una multitud a la cual sumarte, para que la lucha contra ese viento no se te haga tan larga como parece. O al menos, tengas a quién recordar cuando el viento te corte la cara.

4 Hacia afuera, la parada del 105 se acercaba corriendo, los semáforos se abrían como en un relato surrealista y el paraguas de José se cerraba al mismo tiempo que asumía la posición necesaria para subir los dos escalones altísimos del vehículo. No mucho después, dentro del colectivo, un manojo de llaves luchaba infelizmente con el bolsillo apretado de algún traje gris del fondo. Se concebía a sí mismo como un regulador de conciencia, el mismísimo bolsillo se transformaba en un asqueroso emperador de la censura o en un chaleco de fuerza que las ahorcaba y las estrangulaba en un solo terror. Pero no se rendía el manojo de llaves. Sucumbía al 15


silencio con un par de gritos de agudísimos decibeles, que como es de saber, no escaparían al oído del poeta cansado (que dormía sentado en el asiento número cuatro de la fila izquierda). Una gota de lluvia filtrada por la ventana, le recorrió la cara y lo despertó, y sintió como si esa gota fuera el mismo Mesías encubierto de moléculas pequeñitas. Sin sorpresa ya, una mano le rozó el hombro al pasar hacia adelante, para bajar por donde no es debido. Y casi metafóricamente sintió el dolor vanidoso de esas gotas que no se podían enterrar en el hueco de la ventana rota. No habían sido capaces de igualar a aquella gota filtrada y piadosa que le quitó la venda de los párpados en un santiamén. Cuando las vio correr por el cristal sucio y empañado, supo entender que en mayoría se apuraban por entrar, aunque no podían. Su instinto animal colapsaba la entrada microscópica y todas morían ahogadas en una misma humedad. Y así iban a parar en un suicidio instantáneo, a esa explosión milésima contra el asfalto. Corrían a velocidades tan abstractas por encima del vidrio y era tan obvio su descenso, que le permitían al poeta -por siempre cansado- imaginar antes de tiempo ese estallido inhumano, ese latigazo desprendido, ese último respiro agonizante sobre el asfalto, manchado de smog y aceite de motor. En cambio las libres lograban un trance de desgarramiento directo. Un sacrificio sagrado sin la mínima necesidad de sacralización. Eran las que viajaban hacia un destino directamente proporcional al edén de la lluvia de invierno. 16


Sin quererlo ese mismo poeta, que había durado un minuto pensando en ese edén de las gotas libres, se volvió a encontrar con el canto desesperado de las llaves que aún luchaban con la ineptitud elitista de algún traje del fondo. Apretado, políticamente correcto, miserable como las gotas colapsadas entre la rajadura del vidrio ventanal. Pero por otros lados, aunque no tan lejos, un despistado del primer asiento a la derecha, descartaba de manera obvia que su cigarrillo pudiera encenderse desde el principio hacia el final. Él quería empezar por el lado incorrecto, por esa coagulación de químicos concentrados en dos centímetros de mísero filtro. Porque claro, pensaba que si lograba sobrevivir a su inminente ataque, sería capaz de soportar cualquier cosa, y lejos de saberse ingenuo, eso le daba un buen autoestima antes de bajar del micro y encontrarse cara a cara con la realidad. Sin embargo, todavía no se ha descubierto cuál es el final, ni mucho menos el principio. El mundo se había hecho para usarlo de esta manera, y no se atreva nadie a rasgar el extremo de dicha orden.

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En un par de respiros se habría podido notar el ambiente apocalíptico que yo sentí ni bien abrí los ojos, tirado en medio de la calle. Pero no le prestaban atención, porque algunos miraban amanecer el cielo, sentados sobre sus manos para que el aire helado no les cortara la piel. Otros bajaban las banderas dentro de un taxi, y otros menos se iban a dormir desinteresados del tiempo. Había sucedido hacía no más de media hora y ya todos parecían haberse olvidado. Eran como satélites inútiles y abstractos. Pero así como el hombre le encontró utilidad al que luego llamarían “luna” -así como lo podrían haber llamado Jacinta- yo me hice cargo de mi modesto ingenio y les puse nombre a cada uno de todos los seres que me iban rodeando sin saber para qué. Hasta que llegó uno, al que no le pude poner nombre alguno... Y en un segundo, salieron un par de alas púrpura, por detrás de su espalda. Miré mis manos, y estaban bañadas en sangre. Ese ser no tenía nombre, simplemente venía para llevarme.

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Los caminos de repente comenzaron a tornarse azules, cromados, como si fueran la sangre odiosa de un rey. Y ese pájaro parado ahí, mira pero no se atreve a creer lo que ve. Ese viejo hombre con una faja que le cruza el pecho y dice “perpetua” en color amarillo, se retuerce sobre los cubos circulares en medio de la calle y forcejea con su espíritu que se va. No puede ese cuerpo de estropajo remediar lo que predijeron los fuegos vivientes en uno de sus sueños. Esos que salían de las bocas de las flores, y tragaban todo lo que se cruzaba en su camino, menos a este hombre, pues su existencia no tenía valor, ni para el reinado del infierno. Un hombre ha sido éste, que mal se portó, y ahora debe pagar. Por la desaparición. Y en sus ojos se funden las lágrimas de esos que hace tiempo, enterrados vivos, le cubrieron la espalda día a día, año a año, minuto a minuto. Y mientras la sangre cae de a gotas sobre la ventana azul del anciano, ya sin alma, éste le grita a la noche “por qué a mí, por qué a mí”. Los gritos, las máscaras, la sal y los pies, no le dejan aislarse siquiera como un pez sobre el tejado, que vuela hacia las mareas directo al hoyo profundo; ese túnel donde mi mente se oscurece cada vez más, mucho más de lo que imagina el hombre condenado. La sangre del dictador al fin mancha la historia, y demuestra que el mal, no vive por siempre. 19


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No había más que ese inútil palpitar en la lengua, ese terrible y oscuro tiempo que ultraja las horas, donde uno salta y escupe sobre ese río de sangre, que mezclada con agua, se hace ducha caliente en pleno verano. Y ese bolsillo que no se llena nunca, ese banquito de madera postrado en el rincón de la casa. El hondo palpitar en la lengua, sobre el banquito y sobre la mancha de humedad en el respaldar de la cama. De repente la casa que lo había visto nacer, se le venía encima. Pero él, arrepentido de haber hecho lo que hizo, se dirige a la puerta y corre, despega del suelo, y sube y se estrella contra la pared, en una yuxtaposición directa con su alma que lo llama, lo crucifica y le falsifica un nombre. Todavía sigue buscando al actual propietario de su espíritu. Lo había vendido en algún callejón atrás del bar más barato, en sus plenos momentos de resignación. Bañado en whiskey viejo, y aburrido.

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Tocar el borde de una guitarra y oler el tallo de esa flor que reposa increíblemente podrida en el vaso de mi abuela. Un vaso sobre la carpeta tejida, también de mi abuela. Y esa misma carpeta por sobre la cajonera antigua de su madre. Persona que no conocí. Tocar el factible fondo del marco de la puerta, y restregar la mirada en esa mancha de sangre que se hizo forma indescriptible durante una noche sucia y cubierta de alcohol. Llegar a la puerta en sí misma, y acariciar el picaporte con un dulce roce repulsivo, abrirlo, y verte ahí, frente a la entrada. Invitarte a pasar, y prepararte un té sin despreciar la oportunidad de calentarme las manos en el fuego lento. Té de hierbas del bosque. Rústicas, salvajes, casi tanto como esa mirada que traes desde que cruzaste la línea entre mi alma y ese sillón en que permanecés, prácticamente, tan ausente como la gente de ciudad capital. Volver a tocar el borde de la guitarra, y regresar hacia tu espalda y tocar el rincón izquierdo de tu hombro derecho. Ahí donde nace tu garganta tanto como el verbo de la carne. La sangre y la saliva, el huracán y los techos de chapa en pleno invierno. Volver hacia la compañía de la pared, y regresar hacia tu espalda. Tocar sin ganas tu vestido y atravesarlo por debajo como con tijeras en lugar de dedos. Y llegar a lo realmente deseado, el roce de tu piel sobre mis dedos, o mis dedos rozando tu expresión de infinita 21


sorpresa en los ojos. Y aunque no los veo, presiento tus ojos en mi cuello. Aunque no lo admitas, aunque hayas sido siempre un solo deseo de egoísmo puro. Pero todo puede convertirse en flor al tocarse. Por eso te toco, y me dejás. Nos convertimos en flor amarilla y roja, un contraste de sol y glóbulo rojo. Una mera forma esférica que nos resbala, una diagonal doblada por la fuerza de dos montañas que chocan. Pero que no se quiebran, resisten, hasta ese instante en que todo se transmuta a un fondo negro similar al reflejo de la muerte. Muerte que no se ve, ni se huele en el toque que produce mi mente sobre tus letras. Ese roce dulcemente repulsivo entre tu sexo y mis dedos que se embarran en un segundo de todo tu cuerpo. Mis dedos que saben estancarse en tus deseos. En todo tu arroyo sexual sobre mi mano. Pero no todo puede ser tocado. Por eso sólo imagino acercarme a tu espalda, tocarte y convertirte en flor, sin siquiera abrirte la puerta.

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Todo lo que había pensado acerca de esa mancha oscura sobre el respaldar de su cama, se terminó esfumando de un momento a otro. Aunque es errado decir que se esfumó del todo, en realidad simplemente se trasladó por sus propios medios hacia otras formas de metodología abstracta. Y digo esto porque el testimonio del hombre, me confirmó la existencia de concepciones lógicas acerca de las capacidades físicas y mentales de dicha mancha. Él mismo le había puesto ya un nombre, que supuestamente “Ella” le había confirmado en un sueño. Era ya casi como una persona, un ser normalmente físico que lo acosaba cada noche que dormía a su lado, o encima de él, cada bendita noche. Le respiraba sobre los párpados cerrados y le cubría el pecho con húmedo y asqueroso musgo contaminado. Al principio, o mejor dicho cuando la mancha todavía era bastante pequeña, él creía que por el tamaño semejante, ésta no tendría más fuerzas de seguir viajando a través de la pared, para continuar con su invasión habitacional, pero se equivocó. La mancha se hacía cargo de su existencia y cada noche mientras el pobre hombre era vencido por el sueño inevitable, estiraba sus largos brazos de verdín y se montaba sobre cada centímetro nuevo que lograba invadir, con esas uñas de sarro y esos dedos de polvo entre los azulejos. Así iba creciendo, minuto a minuto. Se infiltraba en sus sueños, lo manipulaba, lo poseía, 23


no lo dejaba pensar en otra cosa. El hombre, pobre, terminaba siendo la mancha misma, observándose a sí mismo desde la pared y teniendo un gusto repugnante en la boca por momentos. Por ver simplemente cómo se sentía el miedo y la paranoia de su propia expresión, en el aire, desde los ojos de la mancha, o de sí mismo.

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Y si la noche te escupe la cara a estas horas, debe ser porque no hiciste las cosas del todo bien. Hoy podrías estar sentado frente al Jardín con esa mujer a la que espantaste de manera rotunda con historias de vías secas y paredes ensangrentadas. Pero sin embargo estás más solo que la luna y la noche te escupe la cara con sabor a perro muerto, a osamenta tirada al borde de la ruta que todos ven y nadie recoge. El cielo raso te aplasta sin pedir permiso y la boca te sabe a tierra estancada y tenés ese gusto salado en los labios que te queman y te sangran cada vez que intentas humedecerlos con la lengua que también se te seca a estas altas y desesperantes horas de la noche. Sentís que el zapato se te hunde cada vez más en la mierda y no podés descifrar el color de lo que buscás. Las baldosas de tu dormitorio se metamorfosean en arenas tanto hojeas y que permanecen inútilmente tirados al costado de la cama; las estanterías llenas de telarañas que guardan recuerdos de un futuro que no 24


fue; la mesita que sostiene la máquina de escribir de tu abuelo, que ya casi nunca usás; el orden infausto de tu cama tendida con diez centímetros de frazada a cada lado, y la almohada a la que perfumás con la grasitud de tu pelo que no lavás hace ya una eternidad. Qué es lo que falta en el calendario que cuelga de la pared oscura de ese hoyo tuyo. Ese hoyo negro y repugnante al que llamas dormitorio y que te sacude las vísceras en la mitad de la madrugada, cuando despertás de esas pesadillas frecuentes que tenés vos, todas las santas y asquerosas noches. Qué es lo que te da miedo si a fin de cuentas la tragedia ya pasó y la noche ya te escupió la cara y la boca te sabe a mierda y los labios te arden como volcanes en erupción. Qué te falta para morir en Paz, si no hay nada que te haga recordar el dulce aroma de las flores y te haga sonreír con las palomas en libertad. Qué es... pues debe ser la poesía que todavía duerme adentro tuyo como un dragón entumecido esperando que lo despierten de un flechazo. O como un par de montañas escondidas atrás de la selva. Como un conjunto de camuflajes intensos que te pudre la garganta en un do re mi. Cuando la noche te escupe la cara y querés devolverle el escupitajo y no te salen más que mounstros y demonios por la boca, y por la nariz un vómito espeso y verde de estómago vacío. Qué será lo que te impide clavarte un fierro en las venas y ver fluir ese río de sangre oscura que te va manchando la camiseta y el pantalón mugriento que no es ninguna obra de arte. Y verte desangrar de a poco, sí, con el placer de saber que no vas ya a volver sufrir. 25


Y sentir que todo se termina y descubrir como la boca se te va ablandando y el vomito ya ni siquiera se puede oler. Y la mierda en el zapato ya no importa porque el infierno es para los descalzos. Y el whisky que durmió por décadas en la alacena casi vacía, ya nunca va a volver a terminarse. Y sobre todo, porque nada de todo eso, va a existir si eso pasa. Todo va a dejar de ser, para convertirse en un solo baño de sangre que no te dejaría volver atrás ni aunque quisieras. Y de repente, incapaz de moverte por la debilidad que te causa la falta de sangre en el cuerpo... morir para ir al infierno, no te conforma. Para ese entonces, hay una única respuesta.

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11 Monólogo de la vigilia (primer acto) El sol se me reventaba en la garganta horizontal y podía ver que las cobijas sucias habían estado cayéndose de espaldas durante toda la noche. Jugaba cansado a despertar a mi alma que me llamaba aunque sé con seguridad, no me escuchaba. Mi cama me daba insomnios entre sábanas rotas por amor, por lo que me decidí así, desfalleciente, a librarme de ella. De la cama, ante la sombra de aquel fantasma. Mi pie izquierdo y raspado adjetivo, de pronto estaba sobre el suelo frío. El derecho, bueno, él nunca es apoyado; él sigue soñando; se embaraza de utopías y se baña en tanques de aire limpio. Qué linda esa época en que nos ahogábamos en sueños de campos verdes y flotábamos como plumas entre los girasoles del segundo Vincent Van Gogh. Qué extraño se volvía el ocaso cuando tus brazos metamorfoseaban a las nubes sin pedirles permiso, y te volvías un trozo más de cielo que desplegaba luz hasta alucinar. Y yo, miraba desde abajo, como siempre. Ahora yo me pregunto, ¿para qué callar a los pájaros azules?, ¿Para qué cortarles las alas?. Derecho se rehusaba a salir de entre las sábanas, parecía ser ese un día de tormenta. Lo dejé ahí sin más 27


que decir y me retiré al fin, de ese catre podrido, llevándome conmigo el cadáver de mi pie soñador. Bajé por el ascensor invisible hasta la cerámica manchada y me arrastré también, agazapado hasta el comedor. Y raspándome la cara contra los bordes de la mesa, pude ver un futuro que se asomaba por el extremo último de las sombras detrás de la silla principal. Ahí donde se sentaba ella. Tomé el vaso con agua que relajado dormía sobre la mesa cuadrada. Lo desperté con ausencia de gritos, para no hacer turbio -también- el único contenido capaz de darme vida. Pero noto que ya no es potable. La escupo, la vomito, la aborrezco y la detesto en una sola palabra. Miedo. La lamparita que no estaba al alcance de mis manos -ahí sobre ese rincón furtivo- se negaba a acercarse, me negaba la luz, omnipotente luz amarilla. Podía sentir un calor en mí, que ya no era mío, era desconocido, ido y desaparecido, y el alma de no se qué fantasma que vive aún entre los hilos de mi memoria degradada, resonaba y tocaba a la puerta. Me gritaba, me acobardaba, no me dejaba pensar. Grité a la muer- te nauseabunda y me seguí arrastrando sobre los bor- des de la mesa, fríos. Y me decidí, así de repente, a no caer. Rutina del cansado resistente. Me levanté de alma, miré por la rendija sucia. Ya no había nadie del otro lado. Pero sin embargo, la tormenta afuera, era invita- ción a recorrer otra vez, ese mundo desconocido. 28


12 Anoche caí en el ixtlán y así pude ver -de lejosaquellas agujas escapadas de un reloj, aburridas. Que sentadas sobre mis piernas, se estiraban y me rozaban la punta de los dedos del pie, mis tobillos se entrelazaban con las patas de la silla que era de un color medio rosado y púrpura machimbre. Las rodillas no sabían cómo pedirme que me ponga de pie, y mi espalda nadaba entre los tornados de ese respaldar que tenía en medio un trozo de tela amarilla, suave, como un gato al lado de una chimenea. Y vos, estás sola en tu cuarto, sin más que decir. Y yo, intento olvidar(te). Cuando de repente, despertás, te mordés la lengua de una sola vez, y te acordás de un hogar, un sabor, una canción, un árbol húmedo y anaranjado. Mi alma se convence de que un ayer no existió, “era sólo un sueño”, como un pájaro redondo que bebe el agua sobre un plato que no tiene fondo y al lado durmiendo, tiene un trozo de queso, lleno de municiones, agujeros hechos por las armas oscuras de aquella época, en la que soñamos. En la que nos embarazamos de un final con alguna hojita de laurel. La cornisa de tu ojo derecho promete (de gusto no más) que al día siguiente tus intenciones van a trasponer las pestañas de un amor que no fue, o que fue demasiado, sobre el alba rojizo que parece una cáscara de manzana, madura, y podrida también. Hay chicos llorando en la vereda de en frente, mientras una bomba les estalla cerquita, y les roba los sueños y les 29


sangra la cara. La calle juega con un ardor fraccionado, y el miedo a esa sangre inocente desparramada, me retuerce los genitales a la manera del poeta maldito, literalmente. 13 La línea. Sucesión de puntos. Que podrían ser amarillos, pero son rojos. Rojos y guardados, en la misma línea que los escuda. Y los resguarda de su verdadero yo. Porque los puntos que son rojos, tienen miedo, no de su verdadero yo amarillo, sino de lo que deben enfrentar para serlo. Las ciudades calcinantes, como tus palabras desnudas que atacan a mi conciencia en la mitad de la noche son tan oscuras como la noche que se derrite sobre los álamos. Y yo soy un punto rojo que quiere ser amarillo. Todas las ciudades se tornan oscuras en la noche sola y duradera. Es que ya nadie ve en el final del túnel esa lucecita blanca; ahora es roja, también. Y no es rojo sangre, es rojo lava. Lava que carcome en un segundo todos esos sueños claros, que ayer, te daban un mañana. Hoy, ¿quién sabe? Quién sabe hoy si esa línea va a dejar de ser sólo una sucesión de puntos. Y se levantará, en contra de su roja farsa -visceral esencia de todo lo que se oculta-. 30


Para convertirse en formas, así como tu esculturada cintura, rodeada de jazmines negros. Pero oculta tras el temor, de que alguien la manche. Ese temor asqueroso y prejuicioso. Como aquel pájaro azul, enviciado, obsesionado y fraccionado, como el monopolio perdido. Pobre pájaro azul. La guerra. El pájaro azul se encierra en la guerra. La guerra, fábrica sistemática de una línea roja, por cierto. Nos convierte en una sucesión de puntos sin destino. Ni pensamiento. Todos iguales, -pero por fuera-. Somos clones, puntos sin individualidad. Por eso nos vemos como una línea, a lo lejos. Es un círculo vicioso de rechazo y yuxtaposiciones inmundas, al mismo tiempo. La guerra como tantas otras cosas que nos rodean, nos convierte poco a poco en engranajes de la misma máquina de producción. Producción de guerra. Reino de indiferencia o más diferencia aún. Clases frías. Y silencio apestoso, tras el rugido de las bombas cenizas. Guerra es una palabra que me retuerce las vísceras como si estuvieran éstas a punto de estallar a través de mi boca y manchar la pared blanca que me rodea ahora, tan hermosa e inmaculada, pero próximamente desacralizada por mi sangre y mis entrañas de colores extraterrestres. Mientras que mi esqueleto de cristal, mas no por su valor, sino por su cualidad de débil unión y fácil quebranto, amaga con sobreponerse a mi piel, no tan suave como la tuya, pero piel al fin. Podridas mis interiores inmundicias, de tanta persona muerta sin causa, sin nombre ni identidad cultural a la vista. 31


Séquitos de cosmopolitas que corren pero no saben volar; ¡¿mas qué digo volar?! Siquiera caminar. Entre tanta belleza de la diversidad que nos hace únicos. Y no nos atrevemos a mirar a los ojos, único camino hacia el alma. Es por eso que ahora ya nadie pretende tener creencia en el alma, ya que es en vano si nadie es capaz de verla. Y seguimos siendo rojos, sólo ladrillos rojos en la misma pared antigua y manchada. Sólo un ladrillo más en la pared, como dijera el poeta Rosado. Olvidando el calor de los abrazos de aquel que lleva diferente color de piel pero exactamente los mismos colores en el corazón. Ya no quiero ser un punto. Por lo menos, no un punto rojo. ¿Y la línea? La línea no tiene por qué dejar de ser línea. Solo que sería mucho más hermosa si aceptara su verdadero yo. Amarilla, como el sol. La guerra ha convertido mi mente en estas simples e inaguantables palabras. Pero estas palabras, están cada día más a la luz del sol. Como los cabellos rojos hermosos que posan sobre mi almohada, y que son tuyos. Y el amor de tus labios, sobre la palma de mi mano. Que hoy escribe este texto sin punto. Sin sentido. O con tanto sentido que ya ni se ve.

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14 En algún instante en que el tiempo todavía no existía, el viento sopló dos caricias y los álamos erizaron sus tibias cortezas. La luna se bañó en una marea cercana al horizonte y los pétalos de cada flor nadaron en la fuente del Sol al caer el alba. Y el brillo de éste le sonrió a las hojas de los árboles caídos. Al instante esos árboles renacieron fuertes y sin nombres y una brisa fresca se posó sobre sus ramas. Y bajo esas ramas se criaron unas criaturas que se hacían llamar ángeles, y dieron la luz al río en un reflejo. Un inquietante reflejo que de a poco golpeaba a las piedras y bebía el mismísimo mineral que dormía en ellas. Así creció y creció hasta tocar los ojos del cielo y sus arroyos escribieron un par de líneas encima de cada nube. Ahí fue cuando las aves rozaron el aire cercano de la eternidad y se abrió un portal entre la noche y las auroras, que ahora duermen en los polos extremos. De un color sin cromos se alimentó el mar y sus olas trabajaron duro día y noche para sumergir el odio de los humanos al fondo del océano. Así fue como la armonía de la tierra se hizo lienzo de confianza en el taller de algún alma dorada. Allí, sin pensar en el tiempo inútil, pintó y pintó. Y a ese mismo tiempo, lo embriagó de belleza en las orquídeas salvajes, y por cada estrella lo enamoró del espacio. Le puso un nombre a cada hogar del bosque, y a cada pez le pintó una melodía verde sobre las 33


branquias, que parecían enrojecidas por el verano de la selva; y embriagadas también, del agua dulce en el arrullo lento de los valles eternos. Dulce, dulce como el viento que sopló dos caricias, antes del nacimiento de los relojes. Y antes de que el olvido entrara en las mentes de los seres apagados por su propia conciencia. Justamente antes de que las agujas marcaran el comienzo del fin, entre ciudades y junglas de cemento que frenan infelizmente por la mañana, cada brisa del dulce viento. Ese viento que sopló dos caricias. Durante un instante en que el tiempo todavía no existía. Antes de que el hombre diera a luz a la agonía de su propia especie. Y de todas las demás. Inconcientemente.

* ¿Hasta dónde la razón nos ha hecho más libres? * Rosseau

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15 La línea corría totalmente sola y se perseguía a sí misma sobre sus pasos. Casi inútilmente se iba transformando en una especie de composición interminable, de historias y visiones de puro vicio inocente y nada más. Un ritmo, tic, tac, tic, tac, tic, tac. Idéntico, fastidiosamente idéntico. Hasta se podría decir que aparentaba de obsesiva y neurótica en su actitud paranoica y retrotraída, ya que no era más que ella sola, dentro de un angosto terreno infinito por donde podía correr sin límites todo lo que se le diera la santa gana y sin que nadie la juzgara, o peor aún, prejuzgara. Pero claro, debería correr siempre en la misma dirección, no podía de ninguna manera transgredir con el orden de los sentidos establecidos. Por lo tanto, corría sin la posibilidad de tener decisiones propias favorables, se daba cuenta de que la condena ya se regodeaba de su existencia antes aún de que pudiera llegar a correr hacia otro lado. Era un sentencia previa a los pensamientos, un angosto túnel sombrío capaz de leer la mente abstracta de la línea y condenarla, como ya fue dicho, antes de que ésta pudiera siquiera tomar una decisión que quebrantara la ley de orden establecido, ese mundo monótono, esa cárcel de locos. Sin nombre, pero existente en ese lugar, era el mismo caso de un rombo que permanecía casi ignorando la cuestión, dentro de un círculo, y que a la vez poseía en sí mismo a ese círculo anterior; y así, sucesivamente 35


hasta perder el sentido de la simple vista y perderse en un punto negro, o azul opalino. Se convertía consiguientemente, como es fácil imaginar, en un hoyo más negro que el anterior y en una obviedad que llevaba sin excepciones a un final de desaparecidos. Un terrible e inquietante misterio de línea en su peor fracaso de exiliada, y que llevaba la forma -para explayarlo de manera simbólicamente lógica- de un tonto signo de interrogación. “No está, desapareció”. Sin embargo la línea corre y corre, por ese túnel angosto y cada vez más negro que la esconde más y más de ese halo de luz proveniente de sus pensamientos propios. Lúcidos o fantásticos, racionales o surreales, inocentes o culpables. En fin, esos conceptos pueden llegar a ser observados como inevitables antagónicos, sobre todo los últimos dos. Pero que quede claro, eso sucedería en el mundo real. Aquí por el contrario, son fieles identificables al mismo calificativo de inservibles. Sin absoluta importancia en este lugar angosto, oscuro y sin nombre, por donde todavía corre esta línea cansada, siempre en una misma dirección y dale que vá.

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16 Últimamente el corazón le segrega ácido a mis pulmones, los contrae y los inunda de barro tóxico. Los limita a millones de años en dióxido de carbono, los escupe con sangre de vena dilatada. Y le desdobla los filamentos hasta convertirlos en basura de campo de concentración. Los transforma en algo inservible, los seca, los transmuta a cuerpos endemoniados y los baña de excremento por días, horas, millones de microsegundos. Y no los termina, el muy desquiciado los hace durar con toda su infelicidad, los cruza, los enreda, les aprieta el cuello hasta hacerles estallar el cerebro y pintar la pared de rojo coagulado. Los hace inmortales y a la vez los expulsa de toda molécula de oxígeno, los agita, los transporta a un desierto de animales mutantes con catorce patas y miles de garras en plena putrefacción. Últimamente, el corazón me retuerce los pulmones sin importarle una mierda. Y me limita a olvidar. Cosa que nunca sucede. Pues prefiero morir mil veces, antes de olvidar.

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17 Gregorio Cuevas era un oficinista cansado, y también un amigo. Él siempre trabajaba de día, y dormía de noche. A Gregorio siempre le había gustado la noche, pero nunca podía disfrutarla, porque para lograr esto, debía dejar de dormir, y si dejaba de dormir no podía trabajar, y si no trabajaba no comía, y si no comía le daba hambre. Una noche decidió ir a la playa y mojar sus pies en el mar. Enseguida supo lo que era ese movimiento sísmico por debajo de las uñas del pie. Ese reflujo constante de agua salada entre los dedos, que iba y venía, como perdida en un viaje de bote naufragado en medio de la nada. Las pestañas se le agolpaban en un abrir y cerrar de ojos como a la velocidad de la luz, como si no estuviera enterado del instante, como si esa percepción helada entre los dientes fuera de otro momento, otro lugar, otro yo. Él sabía perfectamente lo que era esa decantación de yodo sobre las pantorrillas, o el caudal de océano congelado trepando por los muslos, aferrándose a cada pelo, mordiendo cada poro para no resbalar y caer otra vez al mar. El océano lo absorbía. Aquella noche de juventud que había pasado durmiendo sobre los médanos a unos metros de esa playa, tomaba la forma de un recuerdo lejano y fantástico, un unicornio desaparecido, que se apresuraba a saltar desde su memoria al espacio vacío, como si quisiera escapar del tiempo. 38


Pero de repente lo despertó la luna, y le mostró el lado oscuro mientras él mismo se iba percatando de la hipérbole de las nubes queriendo conquistar el azul de la madrugada. A todo esto Gregorio recordó aquella historia del fauno de cuernos amarillos, protector del equilibrio, que cantaba desde arriba, desde alguna de esas nubes, pidiéndole que le conceda un poco de piedad al sol, al día, al alba. Pero él se negaba en un dos por cuatro porque no quería dejar de contemplar a esas nubes de la noche, que parecían enterrársele en los labios. Sabía perfectamente lo que ese vapuleo de pensamientos significaba. Se había enamorado de la noche a tal punto que no quería despertar del sueño. Ese sueño en que pudo observar a las nubes, escupirle al lado oscuro de la luna, abrazar a las estrellas y al terminar el espectáculo, ponerse sobre sus pies y caminar hacia la marea que comenzaba su viaje hacia la nada, hacia el más allá en el horizonte rozado por el amanecer. Él sabía perfectamente lo que significaba esa sensación de alma partida entre los ojos, y no quería otra cosa que no fuera dejarse llevar por la marea ni bien comenzara a salir el sol, para nunca dejar de ser parte de esa noche, y ser una gota más en toda su inmensidad. Pues Gregorio, entendió que siendo parte del mar, no iba a tener más hambre.

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18 El gris apagado de la estatua que duerme en medio de la plaza Durán, donde siempre la traía para rozarle los ojos, me trae recuerdos de cuando jugaba en el patio del sr. Nicéforo. No tenía más de 10 años cuando el pobre hombre, aburrido por su soledad, murió de angustia. Se había pasado años, qué digo años, eras, esperando a su princesa de capa azul, esa mujer sin nombre que vendría a rescatarlo, con un ramo de nardos en la mano y un poco de libertad en cada mirada. Una princesa que salía, creo yo, de un tango muy bien descrito por Don Nicéforo, que por lo visto, cada día le agregaba un detalle más a la lista de su espera. “¿Qué princesa va a querer rescatarme? -nos confesaba él- si así como estoy no puedo ni soportar mi propia existencia sobre mis pies inútiles y tambaleantes; postrado en esta silla de ruedas, no puedo ni ir al baño solo.” Pobre Nicéforo, toda la vida había soñado con tener una linda princesa, su castillo lleno de flores y pájaros, con chiquitos correteando por sus jardines verdes. Pero lamentablemente todo esto se había vuelto un sueño sin fin, desde el momento en que le llegó un telegrama diciéndole que estaba siendo requerido para viajar con el pelotón 114 a alguna coordenada desierta de las Malvinas. 40


Volvió de la guerra, con frío y sin sus piernas, pero sobre todo, con una larga lista de sueños que jamás podría llegar a cumplir. Después de las cosas que había visto y sufrido en esos campos de batalla -exposiciones de sangre- era muy raro, que todavía soñara con flores y pajaritos... Se fue, cantando, una tarde de verano, mientras escribía una poesía. Dijo una vecina que sus alas medían más de una eternidad a cada lado. 19 Me desnudaría de todas mis creencias y mis ropas pesadas y oscuras; y correría hacia el centro más hondo de esta tormenta. Que me trague con sus vientos y me succione con sus alabanzas y su Apocalipsis tajante. Qué placer, qué vivencia sagrada me traería, dejar en el suelo detrás de mis pies, a todas esas sombras que durante la tormenta metarmofosean con tu rostro frío en el portarretrato de un ombú medio seco. Hace frío pero es amistosa la sensación, y en el despertar de mis emociones, ella me motiva y abre las alas de un ángel que nunca fui. Las refresca como agua helada de glaciar dulce. El frío, hoy el frío de esta noche me invita a olvidar todo y hacer de mi espíritu una golondrina que no busca reparo. Mi mente pide un apagón general y mis pies están corriendo aunque sólo sienta que camino. De alguna u otra forma, me siento en un lecho de paz. Desnudo de pieles y recuerdos, sólo dispongo mi 41


existencia a la más noble naturaleza. Y se va, se va mi cuerpo entre terremotos y tornados, lo veo. Lo veo caer en mareas eternas y nadar entre las estrellas que le ofrecen sólo un color. Y aunque frustrante, en este momento nada le importa más que la simple sensación de ser un espíritu libre de ser. 20 La vi con un mate en la mano y un bolso remendado al hombro. A unos cien metros la vi sonriendo, toda cubierta de colores y llamativos calores húmedos y pesados de la capital. Los párpados caían de una manera delicada sobre sus pupilas como si fueran sábanas blancas de verano. Rondaba entre una pollera color ladrillo y un par de ilusiones porteñas como si todo alrededor estuviera predispuesto a disolverse con su piel y su cabellera suelta. Qué lindo se pone el sol cuando se lo puede ver a través de una sonrisa semejante a un paisaje de girasoles puramente expresionistas. Una sonrisa como la suya, por cierto, de esas que muestran todos los dientes con saludable alegría y producen un sonido imperfecto pero repleto de comicidad, desde los hoyuelos laterales de su boca. Vestía una remera recortada y un par de telas coloridas en la cabeza le ataban el pelo aunque yo lo veía suelto sobre sus hombros. Era como una golondrina libre, que poco a poco iba levantando vuelo y dibujando una 42


sombra celeste en el aire; un pétalo solo, impulsado por el viento que surge desde los valles más verdes. Parecía nadar con los ojos entre las hojas de los árboles otoñales como queriendo pintar un óleo en su imaginación, abierta hacia el infinito. Por un momento la vi cerrar los ojos. Por un mínimo instante dejó caer con letargo sus párpados, y fue como detener el tiempo. Un instante en que pareció, incluso físicamente, irse a algún lugar muy alejado a esa realidad fría y cubierta de cemento. Ahí a donde todo está blanco de narcisos y huele a corazón en cada rincón de la pradera. Donde cada montaña es acariciada por el arroyo fresco de manantial que cae con dulzor y placer hasta desembocar en una especie de lecho de nardos y aguas claras. Y allí permanecer nadando sin ropas en el lago que duerme bajo la montaña, y acaricia y baña las raíces de la alameda que lo rodea. Hasta que cada molécula de su ser se evapora y llega hasta las nubes donde se convierte en la dulce lluvia. Que luego cae sobre los tulipanes y los pinta de un matiz violáceo parecido al ocaso. Parecía que la mismísima tierra, el mismísimo campo, la llamase ahora desde adentro, a través de todo ese asfalto frío. Y que el barro que dormía en sus pies descalzos se hiciera brote de su propio cuerpo. Todo en ese mismo instante era igual a una metamorfosis ajena al raciocinio y comprensión de este mundo, cubierto de odio y egoísmo. El aire puro de cima más alta, en un segundo comenzó a treparse por la ladera de su pecho, y se le filtró lentamente en el cuarto menguante de su cuello 43


encendido. Todo su esplendor y existencia material era una obra sinfónica a punto de perderse en el cosmos. Pero le hacía falta un abrazo para que todo fuera perfecto, un calor perteneciente al amor de un alma ajena, que no fuera la suya. O me hacía falta a mí, no lo sé. No era capaz de saberlo por estar tan ocupado en esa visión palpitante y de melodías disonantes y tan sorprendentes. La perseguí con los ojos durante toda la cuadra como contemplando a una Gioconda hermosa que esperaba en la esquina a alguien que la raptara y la alejara del hastío desesperado de esperar a la primavera. Sonreía dulcemente y a lo lejos me hacía señas con sus ojos y sus manos de dedos largos y ligeramente delicados. Era toda una obra de arte que podía contemplar sin pensar en nada más. Ni en el hambre, ni en el calor, ni mucho menos en el frío. Era un paisaje de carácter efímero y puramente natural. Esparcía toda armonía a su alrededor y respiraba pétalos, sábanas blancas, montañas, tierra húmeda, aguas claras, brisas dulces y frescas. Todo a su alrededor era semejante a un paisaje artesanalmente increíble, y pintado al óleo sobre un lienzo que se confundía fácilmente con la luz del sol. Ella tenía juventud, amor, y sonrisas perfectamente imperfectas... Pero ahora, para colmo... con sólo un abrir y cerrar de ojos, se había convertido y sin darse cuenta, en la mismísima primavera.

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21 Era como sentir el calor interno de un cuerpo cercano. Como cuando abrís los ojos a la mitad de la madrugada y te encontrás con que a no más de veinte centímetros de vos, duerme un ángel de tonos sepia que respira lentamente y te recuerda a un arrullo similar al de cien gorriones volando. Lo idolatrás, lo sacralizas como un tesoro azteca o esa bufanda roja tejida que usaba tu abuelo. Y lo amás porque es un respiro eterno donde cada partícula de oxígeno se transforma en huracanes limpios atravesando los pulmones y cada conducto dormido hasta llegar a esa nariz perfecta del ángel, y así suicidarse en una muerte dulce contra las sábanas de perfumes amarillos y matices cálidos. Es absolutamente innecesario calificar al cuerpo cercano, para mí es un ángel, para aquel que no cree en los ángeles puede ser un engendro imposible, y para vos puede ser tan solo una mujer joven descansando después de un día pesado. Es simplemente el calor de un cuerpo cercano. Estar parado frente a la cornisa de un volcán sin la mínima preocupación de caerse a su mar de fuego, y de espaldas. Porque no es este un fuego que queme malévolamente, o al menos eso parece, y qué más te importa. Es un fuego tranquilo, de letargo puro, de golondrinas a punto de salir volando hacia su nuevo e interminable destino. Observar el desorden de la habitación y que no te importe, o simplemente observar los ojos cerrados del ángel y disfrutarlo igual que una poesía fresca de lunes por la mañana; mientras lees el diario y revolvés el 45


azúcar del té. Enamorarse sin apuros de los cabellos que no son dorados sino púrpuras y querer hundir tus manos en él. Aunque no podés, porque el ángel se despertaría y eso es lo que menos esperás. Porque después de un día pesado, lo único que querés es dormir un poco y soñar con un ángel que te acompaña cada noche y que al amanecer, ni bien se despiertan los álamos y los picaflores, te mira con una sonrisa de mares y te dice despacito... “Te amo. ¿El té lo querés de durazno o de manzanilla?”.

22 Él llega, toca la puerta, le exige todo y abusa de ella. Lo atiende y lo saluda con un beso a medio centímetro de la boca. Disimula no estar nerviosa, pero le muerde el cuello con los ojos, y no lo soporta. Puede ver que está vestido con la misma ropa de ayer, y que por lo tanto sigue siendo igual de descuidado que antes. No le importa, o es tan volátil y divagante que siquiera se da cuenta de que está vestido. Planea, flota en el aire, siempre dentro de su cabeza. Y le reclama la nada, porque es así como le gusta, es así como le excita, es así como le permite imaginar su cuerpo sobre el de ella, rozando las pieles de aromas antagónicos, desequilibrados, llenos de pasión y de odio, como en una novela enfermiza. La anfitriona 46


cansada, le ofrece una silla y se sienta en el suelo, sucio. Espera que diga algo y dice todo lo que puede, que es simplemente un resultado de esa nada misma, cual esperaba. Quiere abalanzarse sobre él, pero tiene miedo, le tiene miedo a él, a su letra, a su mente y a ella misma. Él puede ver, se mete en su cabeza y viola uno por uno todos sus pensamientos, los manipula, los hace agua, hasta que se le escurren por los oídos como líquido intruso. Soborna a su propio inconsciente, y la convierte en un ente sin oxígeno ni destino. La lastima, la desgarra por el cuerpo y las ganas de vivir, a veces. Y ella, sentada ahí, mientras él la observa y juega a ser feliz con su inconsciente. Sólo lo espera. Lo deja ser, y él es todo lo que puede. Su objetivo es algo que ni él entiende. Te siente pero te detesta, te aborrece pero te necesita. Y quizás lo que menos tiene es un objetivo. Se pone de pie, te empuja hacia la mesa, te quita todo en un segundo, hasta el alma. Te humedece hasta por fuera, siembra la humedad en cada uno de los rincones de la casa. Te goza y te destroza con la vista. Para él, sos un cuadro redondo, una pintura sin lienzo, una vida entera sin límites.

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23 Y la luna, sí, la luna azul marina. Y el sol, sí, el sol gozoso dios. Y tus manos, amapolas verdes. Y tus letras, dosarodálicas y yarpias. Las gaviotas, volantes frutadas. Y sus alas, deliciosas iluminadas. Y vos, vos en sol, do y re menor. Y aquel, pasado mío ya ves, pasado pesado, gastado y mutilado, lenguado y carnizado. Y sí, ya ves. Nosotros, dos extraños. Fracciones de una cuenta distorsionada, ya ves, amarillos los rostros nuestros, estrechados y dimensionados, mojados y pisados, gastados. Y sí, ya ves, juncordios y locardios, fisgurkias y humanzias celestes, en tu pecho danzando, así ya ves, lento, nimoxilado y gustosamente amado. Y si, ya ves, vos ya sabés. Tu sexo, día de oasis paraíso, para nada cromado, hedilizado o presoriado, ni curado, tampoco. Tu sexo calmado cielo, arrullo tuyo mío de él y de marte, venus y plutón. Tu sexo, tiznado, armonizado. Tu sexo, abismo presuroso ñinoduzado. Tu sexo, ya ves, escondido. Pirámide retrospectiva y quijotesca, un llamado. Tu sexo, ya ves, fugado.

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24 Monólogo de la vigilia (Segundo acto) Los rayos blancos de la tormenta figuraban poderosos sobre los techos de las casas abandonadas del barrio. Eran como látigos que con puntas de metal estampaban el dolor en cada centímetro del hormigón, milímetro a milímetro. Como con la única intención de querer forzar su rendición. Caían como bolas de fuego que goteaban sueños, sí, sueños de un día ulterior sin recuerdos. Un rato después, cuando la tormenta parecía inmutable en medio de la madrugada, me encontré sobre una calle desconocida. Dediqué mis ojos a la superficie terrena. Y pude ver, el suelo de cerámica ya manchado, no cesaba de partirse… Cada paso. Largo. O corto, Prolongado. O muy apurado. Él, simplemente no se cansaba de quebrarse. La cuadra terminó cuando menos lo imaginé. Entonces crucé la calle. El olvido ya no era mío y menos aún, la fuente de la placita de aquella esquina. 49


Donde había un pequeño pajarito sonámbulo que se bañaba en un líquido rojo. No voy a pensar, ni mucho menos, pronunciar su nombre. Por lo menos por ahora. Siempre quise bañarme ahí, enrojecerme de furia y lamentos, pero no me animo aún. Nunca fue ese pájaro lo suficientemente bueno como para dejarme escapar. Esto es una mentira, la más grande de todas. Intento volar. Olvidar... lo intento. Esa asquerosa última intención que tuve y aún tengo. Atravesé la plaza. Mientras caminé a la vez, por ahí gritando, sin que nadie me escuchara. Me preocupé por dejar de ser la víctima en este mundo abandonado, estaba aborreciendo el ser. De un momento a otro pude notar que los ángeles ya no volaban sobre la quinta avenida, bajan los brazos y corren, ellos son las verdaderas víctimas en este conglomerado de robots de carne y hueso. Y en medio de la calle explotaba un anciano cansado, golpeaba con su bastón, a ese árbol azul que lo corrompía, y a la señora rubia y un poco tarada se la tragaba casi subjetivamente un container de jugosas y verdes tentaciones. O de basura, ya no lo reconozco hasta el día de hoy. Las farolas aburridas daban apenas una media luz, y el sol que intentaba salir, se asustaba y escondía, otra vez. Encaminé mis pasos cansados, a la estación de trenes.

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25 La calle era vereda. Sé que iba volando sobre un conglomerado de gnomos, , ellos llevaban un gorrito bordó en cada mano, y una lágrima seca en cada pestaña. Danzaban sobre la calle de nardos, que eran de un dolor amarillo, y silbando una melodía un poco apasionada, vos me mirabas. Al otro lado de la calle, me mirabas y me absorbías con las manos, con los ojos me cantabas y con tus letras me escribías el pensamiento, me dominabas a algunos metros de distancia. Yo, cruzaba la calle, cansado, pero me animaba, y vos entre ese banquito y un par de palomas, me saludaste, levantaste un pelo y una mano para que te viera, y te vi, llevabas encima una túnica azul y una canción, un ramo de tulipanes en cada pecho, y una cucharadita de miel, en cada labio de todas tus bocas. Y al fin, me vi frente a vos, me encontré y me desaparecí, todo por dentro, y vos ahí. Me entretuve con la armonía de tu silencio, sólo producías rimas clásicas, y cerré los ojos, te regalé un arco iris en una sonrisa y vos también sonreíste, me atreví a jugar con tus señales, y me enrede entre tus hilos, que me volaron a colores, todos cálidos y alguno frío, también. Te pregunté si querías sentarte, respondiste que querías volar. Te tomé de las alas, y te llevé, como diezmando las agujas de algún reloj entre tu mente, y así desaparecimos con banquitos y cachorritos. Nos fuimos más allá. Cantando. 51


Al fin tu cintura, se liberó y me acarició los ojos, tus pies se desvistieron, y tu mejilla derecha, ya sabés. Un beso, un solo beso pude depositar en tus sueños. También, un ensueño de matiz anaranjado y medio celeste amanecer me atreví a darte en el centro de una canastita florida. Mientras vos nadabas en un sillón reclinado, y como si fuera luna, tu espalda le entregaba al aire las emociones de cada vértebra. Te grité, tomando con los dientes una porción y media de tu cuello, me miraste fijo, volamos sobre un tango de aroma púrpura, te besé olvidando, te rodeé descalzo por un minuto exacto... Y desperté. 26 Surrealismo Eran las 4 de la tarde, no llovía. Parada ahí, miraba fijamente a Platón con esos ojos rubí que la distinguen de lejos. Por debajo de sus párpados de parapeto se escondían esas pestañas florecidas y toda su visión era un conjunto de círculos unidos en una perfección central de primavera. Se inclinaba posada sobre el marco de una puerta abierta, que le daba inicio a algún recinto demasiado pensante, sobre la calle Puan. Y todo esto pasaba mientras los árboles se convertían en esqueletos negros sobre el cielo azul, como esos días en que a uno le dan ganas de quedarse en casa para contemplar con ojos cerrados el estallido de una novena sinfonía y el circular movimiento de la 52


cuchara al disolver el azúcar del café. Parada, estudiaba el cigarrillo que le dormía la boca y se aprovechaba de manera infame de las dos comisuras de su cara. Por donde amenazaban un par de lágrimas abrumadas y entumecidas de dolor interno, invisible. Sacralizaba a ese cigarrillo casi como en una parodia de ángeles caídos; y lo mojaba, lo gozaba por no tener otra cosa que hacer, más que esperar. Esperaba, flotando sobre sus pies descalzos. Y sin fijarse en el tiempo, frotaba el borde de la pared para saber si era su piel que se le estaba yendo. O si era sólo un insecto filtrándose entre sus pulmones repletos de humo espeso que casi no la dejaban respirar. Pero era su cigarrillo; eran sus nervios que con un dedo le acariciaban la cara y le manchaban el perfil izquierdo de la nariz; con una sustancia sísmica que no se ve los días que no llueven. Habían pasado más de veinte minutos y ese cigarrillo ya era el cuarto, pero seguía siendo el primero. El borde de la pared ahora la acariciaba a ella, le mordía la cintura y nadaba sobre la curva lujuriosa de su ombligo. Pero era un placer apagado, un dolor de muerte, de relojes en buen estado o de un Guernica en su estado más puro. El grupo de estudiantes que la rodeaba no era más que un conjunto de porquerías innecesarias que sólo le hacían más difícil la espera. Iban de acá para allá con sus mentes en algún texto político o iluminista, queriendo encontrarle la solución al hambre y al capitalismo. No le hubiera sido de mal gusto meterlos a todos en una sola bolsa de nylon, uno por uno. Ya no quería pensar. 53


Estudiante y libro, palabra gastada y tapa dura, Platón y Aristóteles. En definitiva, no le servían para nada todas esas concepciones de raciocinio extremo que la rodeaban en ese instante; en ese ambiente lejano. Por lo menos no en ese momento, ya que su alma estaba en otra parte, sin saber dónde, pero seguramente que no en un libro de aburrida política actual. Ella sólo quería a ese cigarrillo; que llegara su príncipe con su capa de almidón y que las estrellas se convirtieran en un arrullo eterno. Como cuando se tira en el banco de la plaza Le Ruâns, a fingir que duerme y así poder admirar a las nubes a la manera de la noche estrellada. Pero le faltaba algo, como un colchón blando. O un manto de hojas secas donde poder recostar el alma y leerle un cuento a las auroras sin fijarse en el raciocinio ni en las políticas del mundo asquerosamente dividido. Como en su departamento de Almagro, allí no era necesario establecer ninguna forma de disciplina a lo que se supone que es el desorden; ella era como la maga, no veía desorden alguno. Y hubiera sido también elogio imperfecto si lo hubiera pronunciado. Hubiera sido banal pronunciar algo sobre esa pila de revistas viejas, alojadas en ese rincón, que las fagocitaba con placer de censurador incansable, insaciable, como si se las llevara a lo más profundo de un armario en las tinieblas, a través de un portal de la cuarta dimensión. Como si existiera un vano cementerio de las letras. Y ni hablar de los manchones de humedad contra la pared que da al baño, por una fuga infeliz en el caño de desagüe, que nunca había sido reparado, por la holgazanería pura del portero del edificio. 54


Ella esperaba inmersa en el desorden de sus pensamientos, y podía darse cuenta. Donde el mar parecía un desastre, su mentón se transformaba en historia. Y las hojas secas que hacían mención al esqueleto negro de los árboles, le pronunciaban el vientre y ella se las apartaba con el codo derecho. Como queriendo escupir esas cenizas de cigarrillo amargo que le dormía la boca y le mordía los labios hasta sangrar. Apagó ese quinto cigarrillo, cruzó la calle y arrastrándose entre los autos y las auras contaminadas preguntó al dios viento acerca de ese príncipe. Preguntó y preguntó. Pero la ignorancia de no saber qué era lo que estaba buscando, le carcomía los huesos y le transformaba la expresión en un par de pinturas sangrientas -más infaustas aún de lo que podía ella llegar a imaginar a esas horas-. Era como su temporada en el infierno. O como algún libro dormido de bolsillo, que siempre le leía poesías de un escritor borracho bañado en Whisky barato. Un autor cegado por la niebla espesa de la dimensión más oscura, cuyas letras habían sido apropiadas por su alma. Desde adentro, esa poesía ebria y con olor a vómito apolillado, le raspaba los sueños. Y eso que caía sobre el suelo de ladrillo molido a su alrededor, eran sólo los restos de un amor delirante e inventado que no tenía demasiado futuro. Eran las facciones de un infierno ya sabido, que le recorría todo el sistema nervioso de punta a punta. Era un pájaro azul que quería escapar de esa guerra, pero que sin embargo no encontraba fuente donde 55


lavar sus alas de matices fríos y vacíos. El cigarrillo se volvió a encender. Se bañaba en un volcán activo y hacía erupción propia sobre el hoyo de su boca cortada y lastimada por el silencio. Era una temporada y un resquicio de cuerdas de violín; enredadas por las alambradas de una jaula donde ella no quería entrar. Pero al fin, el tiempo se hizo polvo y el décimo cigarrillo se apagó con la llegada de un alma, que se sentó en esa misma vereda y de repente rodaba sobre los yuyos secos que la dueña de casa no se había encargado de arrancar de raíz en el invierno. Pintó sin miedo una señal de humo no tan áspero y le ofreció una pintura al óleo entre los libros, las poesías, los girasoles y las bolsas de nylon. Así fue como ella pudo llegar. Se sentó a su lado, quemó un cigarrillo insoportable -el último del paquetey le cantó una canción nerviosa. Y con un puñado de cenizas en los bolsillos y las manos petrificadas por el miedo, le contó un cuento de ángeles y demonios. Parecía, increíblemente, que nunca había estado en el hoyo oscuro de la penumbra. Por sus ojos se filtraba el movimiento delicado de un planeador, flotando plácidamente, en el instante previo a desaparecer, a la merced de la tormenta. Como cuando uno camina de noche por la calle, y presiente desde las nubes ese aroma fresco de la lluvia. Sin pedir permiso se apodera de nuestro rostro una expresión que nos obliga inevitablemente a mirar al cielo oscuro. Dejándonos como niños, vulnerables y expectantes al terrible estallido de ese trueno que caerá como látigo sobre la tierra y nos moverá 56


las entrañas de un solo golpe, justo después de la aparición brillante y esplendorosa de un relámpago resignado ya a su efímera existencia. Fue sólo eso. Esperó, cantó, y cuando terminó el último cigarrillo rubio del paquete, se levantó sin previo aviso para salir caminando a su paso relajado, suave, casi armónico. Para perderse en un par de segundos, sobre el codo de la esquina más lejana, entre los hombres trajeados y escupidos por el edificio mercantil a la vuelta de la manzana. Se perdió en esa esquina fría, como se había perdido mi botella de esperidina vieja y mi amigo el perro, en aquella noche de abandonos y tangos quebrados. Se perdió. Justo antes de estallar en una increíble implosión de supernova. 27 Una gota de vino. Es una sola gota de vino que cae desde el borde filoso de tu copa, hasta tu labio rojo. Nada entre tu mejilla y tu mentón, como delfín olvidado, y baila, se mueve por encima de la rayuela de tu rostro queriendo llegar al cielo, en ese aroma paradójico de tu cuello. Al fin, la sola gota es atrapada con un solo suspiro, por el recodo de tus ansias, y se empapa -dentro de tu boca- y se enlaza cansada con una brisa fresca de tu saliva, e intenta fugarse por el peque��o y misterioso abismo que se forma entre la comisura de tus labios que todavía están rojos. 57


Y que duermen, uno encima del otro; todavía duermen. Y la gota en medio, que penetra el espacio entre ellos, entre tus rojos labios carnívoros. Y así, una conexión sensorial se completa con el más hermoso sabor a luna de tus ojos. Aspecto sensual entre tus labios que son el todo, y la gota. Esa sola gota de vino. Una media luz te ilumina el pecho y te abre, te fagocita, te chupa las emociones y te respira sobre el borde rojo de tu labio superior; y a su vez, absorbe toda fracción de lujuria en un sinfín de percepciones, de los colores de lo eterno. Y en medio, la gota. Que se escapa al fin, y roza con toda tu garganta, por fuera, y se abre camino entre tus pechos como iceberg que resbala lento hacia el fondo del mar. Y entre tu cintura y tu bajo vientre, la gota cae, lentamente roza tu ombligo y se humedece de tus poros abiertos, uno a uno y como toda una línea que completa ese mar entre tus piernas. La gota ahora, te acaricia el sexto sentido y sigue danzando, no la frenás, la dejás volverse arroyo, montaña y sismo, sobre tu piel que guarda secretos tan esotéricos. Y esa sola gota de vino, que había logrado abrirse paso por entre los abismos de tus labios, y los médanos celestes en tu pecho, hasta el sinfín de tu bajo vientre, ahora ha descendido con todos sus pecados al infierno -un infierno más que rojo- por a través de tus piernas, atravesó el límite, y se perdió sola, entre tu cuerpo... Y yo, absurdo como ebrio limitado, sólo observo. Sigo sentado aquí, en esta silla aburrida, con una copa de vino en la mano derecha, y a mil años luz de 58


tus ojos, observando cómo la gota se desliza sobre tu piel segundo a segundo, y me roba poco a poco, ese paraíso que duerme ahí en el terreno prohibido de tu cuerpo. Ese océano agridulce, ese sabor a mar... 28 Para colmo después de eso, había que soportar a los porteros de los edificios quejándose de la basura desparramada justo al lado del conteiner general. Cómo me aburren las reuniones de consorcio. Ahí es todo así, de una sola manera. Si vos sacás tus porquerías a las ocho, yo también las tengo que sacar a las ocho. Y si vos te lavás los dientes con cianuro antes del amanecer, yo también tendría que poder hacerlo. Qué poco inspiradoras parecen ser las rutinas de los hobbies, me suena poco divertida. Siempre lo mismo. Tenis, todos los viernes a las cuatro. Fútbol, todos los martes a las siete y media. Y qué si a mí me gusta tomar un té y viajar hasta la luna entre medio de su partido de tenis o al final de su partido de fútbol. Yo supongo que si hacen el amor, no deben pasarse más de una posición, y en la cama, obviamente.

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29 Desde la ventana, que da al pulmón del edificio, puedo ver al vecino que hace su vida creyéndola privada. Inclina su cabeza sola, sin una molécula más de su cuerpo, para mirar el reloj, y nota que ya no es hoy, sino mañana, y se dedica a intentar olvidar el paso del tiempo, aunque muy difícilmente lo logra, entre el suave pero penetrante latido del reloj de la pared manchada al sur de la sala. Y los cantos de un grillo negro que era ya más dueño de su casa que él mismo. Cada segundo que lograba llegar a esa sensación de fin en tiempo-espacio, se redimía de su sed como si fuera un perro cansado sin destino ni planes, y obviamente sin esperar a esa musa que a veces llega, pero que en ese momento no estaba dispuesto a aguardar sentado. Está seguro de que ese fue el motivo por el que las notas y letras surgidas de su imaginación en ese instante, eran totalmente inimaginables, preciosas pero sin nombre, sin márgenes de error. Era la suya una sed de sangre, siempre dispuesta a no fundirse con el intento, que hubiera sido vano; esos intentos de sombras y relieves fantásticos. Sed de su piel -tambiény de sus ojos, de sus bocas, sus filosas manos. Y todo eso, con sólo pensar en la paradoja que implica el ser y su mismísima levedad que nos permite desprender el alma de los huesos, y despegar. Despegar hasta allí, el rincón de un espacio inexplorado aún. Pero se sentía cerca como en telepatía, de su musa, lo intuía una vez más. No se acordaba dónde estaba la relación de tiempo y espacio, la había olvidado en algún rincón intrépido, y ya no recordaba su nombre. 60


No sabía dónde la había dejado, pero le bastaba con saber que era esta una de las noches en que uno necesita simplemente despegar, sustraer lentamente los pies del suelo; las melodías de los pájaros y el silencio de la avenida. Una avenida un poco sucia, que al fin de cada madrugada siempre estaba ahí para que algún alma viciosa friccionara sus pasos de zapato viejo, esperando el fin de la noche sobre ese asfalto de materia oscura, creo yo el más oscuro de la ciudad entera. No tengo aprecio por las casualidades, pero esa noche fue más que especial. El cambio surgió y ciertas percepciones comenzaron a tornarse infinitas. Las puertas comenzaban a depurarse con un método casi mentiroso, una a una, sin petitorio alguno de mi parte, ni del vecino. Y así comenzaba el Apocalipsis más tirano de toda la historia de mis noches azules de martes, cuando hacía propia la vida de otro, por aburrimiento, o por miedo de cruzar la puerta.

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30 Era de día pero parecía noche en ese rincón de la plaza en que me encontraba sentado. Bueno, “encontraba” es una forma de decirlo, así sin forma geométrica ni sintáctica. Estaba sentado sin saber siquiera mi nombre, y solo me limitaba a observar la vida desde ese banco casi escondido de la plaza. Había un par de alacranes colgando de una glorieta errante con olor a vino. Yo descansaba, repito, sobre un banco blanco con manchas de óxido en las uniones de los respaldos con los tornillos. Y así como de la nada, nació una flor que arrastró de repente un golpe de luz entre los pétalos, ahí, a no más de 15 metros. Dicha cosa no tardé en reconocer, ya que cantaba sin forma alguna, pero con un alud de melodías tajantes entre las manos y los labios. Era don Nicéforo, que había olvidado un sueño por aquí, supongo se le había caído del bolsillo al caer la tarde junto con su delirio, en el paseo cotidiano de la tarde por la plaza Durán. Y tenía las poderosas intensiones de recuperarlo, y entenderlo, al menos. Pero sólo yo lo reconocía. Para los demás, sólo un borracho era, tirado en el medio de la calle. Que casi siendo dueño del mundo, gritaba a los dos millones de vientos: “Adórenme, figuras infaustas y furtivas rutinarias del más acá. Que yo con un tango les calmo la sangre y les humedezco el desierto en los ojos. Mas no me odien por parecer un loco, yo sólo quiero ser feliz. Pues si es fallido mi intento, no es por desear la misma incesante maldad que ellos, trajeados y juramentados. 62


Que ahí encerrados en ese edificio rosa, alimentan cada día las promesas vanas de un presente sobre nardos, cuando en realidad no os ofrecen más que rimas asquerosas y cardos. No me odien les pido por favor, sabrán algún día que no fui más que un simple hombre de las tinieblas, luchando con canciones como único arma, por salir a la luz. A sabiendas de algún amor que perdí, y que no sé cómo recuperar, temo que debo retirarme antes de que salga el sol. A plantar las semillas que nunca crecen en tierras de oscuridad, como lo hizo mi destino entre guerras y poderes cansados de ser. De ser y de existir, que no es lo mismo...” Y así partió. No tengo idea de por qué vino a cantar tan cerca de mi presencia. Me agobia esa ignorancia tan cruel, sobre todo porque hace no más de dos días me enteré de la tan cruel pero ya supuesta noticia. Había partido hacia otros rumbos en el cosmos. Y al fin habían visto sus alas extenderse para volar hacia hoyos desconocidos en algún más allá. Todavía me pregunto si sería sólo creación alucinada de mi mente, mis recuerdos o mi corazón desgarrado por el mismo óxido del banco. O si simplemente era un alma más que se encargó de dar su función en esas noches que parecen días, o viceversa. La duda todavía duerme en mí, junto con su nombre verdadero. Los demás sólo lo veían como un borracho emitiendo sonidos insensatos sobre la calle sin luz que de un momento a otro se hizo aire, se desintegró. Algunos dicen que era yo.

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31 Así cuando las cosas se apartan de sí mismas, la gente parece desaparecida, es decir, cuando se aliena el mundo, y todos ya no están. Se camina por la ciudad y se va a ningún lado, algunos se atreven y bajan a la calle para avanzar medio metro, un deporte habitual más concurrido que el aburrimiento. Al llegar la tarde, de todas las formas solo queda una, la del espejismo perseguido. Alter egos andando de acá para allá pero siempre quietos. En el bar de la esquina donde pasan el tiempo los viudos y los sensibles desempleados, se afirma que hay una máquina que absorbe las perspectivas, escondida en un depósito de papas fritas. Dicen, es operada por un robot importado, pero no se sabe de dónde, la mayoría de los viudos cree que de la china, pero no están seguros. Otros dicen muy seguros que el robot en realidad nació de la máquina, hace varios años. Pero los sensibles no les dan razón alguna, están cansados y se les fue la gana de creer en la persecuta de un espejismo y mucho menos en máquinas que dan a luz escupiendo aceite industrial. Por todo lo demás, vivir es normal, tan simple como ir y venir. El bar pasa desapercibido y es justamente ese el motivo por el cual los viudos y los sensibles deliberan con tanto espacio. Lástima que sus ideas no sean tomadas en cuenta, siempre se piensa en creerle a un diario, un político o una propaganda de tarjetas de crédito. 64


32 A las 9 de la mañana, el otoño parece empezar y terminar en el mismo instante. Por una vereda el sol, por la otra, te gana la sombra. En las veredas de la metrópolis no da el sol. A la gente de la capital siempre la tapa la tiniebla, y en otoño, cuando hay viento, agarrate. Ni hablar de las avenidas, con todos esos caminando con los ojos para abajo, arrebatando el aire, mordiendo el ansia tanto como les es posible, para no estallar y llevarse la vida de varios. No se puede soslayar una frialdad tan eminente, tan ulterior de grandes a chicos, tan generacional. Es esa suerte de pocos, los que pueden hacerse un rato para ir a la plaza, y tragar un par minutos ultravioletas. Es increíble que haya que hacerse un espacio, para sentir que el sol, es sol. Nunca se sabe si es la supuesta ingenuidad del misticismo o qué otra cosa, pero la energía es la energía, el calor es el calor, viene del fuego, el fuego es una consistencia por sí mismo, y por consiguiente la consistencia existe donde no hace frío. Acá, está helado. El poder de la vida está en ese punto color crema que quema, si se lo mira de frente y hacia arriba. El sol es sol, tan eficientemente como le es posible. Y por estas tierras, en esta Buenos Aires tan linda a ojos ajenos, entrega algo que muchos no saben siquiera lo que significa. Buenos Aires, es la caverna. La luz, está en un lugar donde no se la puede ver.

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En Buenos Aires, New York o Jap贸n.

No somos.

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Concepción del despertar Es la idea pura de volver atrás, volver a regocijarse en esa cama vieja y aplastar los sueños en esa almohada de pluma de ganso. La cuál te dobla la edad y todavía reserva las manchas de saliva de tu padre o tu tío, en aquella época en que todavía se babeaban de sus sueños infantiles. Regresar a los patios en los cuales la sombra risueña que los cubre pertenece a una enredadera vieja también, tanto como el limonero del que sacás jugosos y exuberantes limones brillantes de amarillo, antes del almuerzo, para exprimirlos con la mano por sobre un trozo de milanesa frita. Porque es más sano, y así la comida no cae pesada. Pobre estómago de nutricionista, qué será de él, sin las milanesas de la abuela, o el tuco de la tía, o las vainillas de la bisabuela. Qué será de las casas sin una enredadera. Esas que poseen paredes. Y no al revés. Esa savia blanca que adorna el interior de los árboles del fondo. Qué será de los bancos en las veredas de las casas hechas a mano sin esa glicina que adorna la sed del frente de esa misma casa. El jazmín que huele a sexo virgen de mujer, y la rayuela que dibujaste ayer para saltar de la tierra al cielo y del cielo a la tierra. Ese juego que te lleva y -si tenés suerte- te trae de regreso, hacia esa tierra, el barro. Hacia el calcio impoluto de tus dientes de leche.

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Tus RaĂ­ces

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llantodemudoediciones2010

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Lirodicracias