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CINCUENTA SEMANAS Y MEDIA EN BRIGHTON Eugenio Ibarzabal


50 semanas y media en Brighton – 2015 Eugenio Ibarzabal Todos los derechos reservados


A las personas que en algún momento de nuestra vida nos han hecho reír, como Sarah aquel día en la estación del metro de St. James Park. Así como a los resistentes desconocidos y jamás reconocidos.


“A los veinte años domina sobre todo la idea del mundo y del papel que en él hay que representar”. Stendhal.


«¿Existe un teatro más hermoso que el Arriaga de Bilbao?»… Esta mañana, al despertar, me he dicho a mí mismo, una vez más, que no. Este acto de la fundación al que voy a asistir representa el final de algo que yo quiero cerrar y el inicio de lo que, hace ya tiempo, parecía intuir. Es como si, hasta ahora, sólo viera colores, pero no todavía el cuadro completo. Hoy lo veo, al fin. Antes de sentarnos en un discreto lugar del patio de butacas del teatro, he saludado al menos a una docena de personas, he mirado el anfiteatro una y otra vez y he disfrutado de la vista del escenario. Estoy contento, sí, aunque esta mañana, no sé muy bien por qué, también he palpado una vaga sensación de «mejor no acudir, no se vaya a estropear». Pero, a pesar de todo, acudo. Estoy de nuevo en Bilbao, y en estas fechas. ¡Cómo no voy a hacerlo!... ¿Qué podría ocurrir?... Se dan todas las condiciones favorables y, además, ella está aquí, conmigo. – Veo a bastantes personas que me conocen, y, como te ven a mi lado, estoy seguro de que también querrán saludarte. La verdad es que me apetece mucho presentarte a ellas. Lo haremos luego, a la salida, con tranquilidad. Quiero que te conozcan. Seguro que algunas de ellas nos invitan a comer. Una tiene un caserío magnífico, en pleno monte. – Deja esa comida en el monte para cuando no haga tanto frío…, en primavera, por ejemplo –dice ella, riendo. Es el día de la Fundación, una fiesta a la que me gusta acudir, y en cuyo acto se ofrece, invariablemente, la entrega de un reconocimiento a los premiados de cada año. Personajes conocidos y no tan conocidos de la cultura, las ciencias, la literatura, el espectáculo, el voluntariado o el deporte. “Los famosos del año”, aunque, en ocasiones, ni yo mismo sepa muy bien el por qué de su fama. - Es el día de nuestras “celebritys” –digo mirándola–. También nosotros las tenemos, créetelo.


Y me río, de modo que mi queja parece dulcificarse un poco. Ella se vuelve también a reír mientras me coge del brazo, como reafirmándome que está aquí, conmigo, y que es mi cómplice. Por fin, pienso, y disfruto: es la complicidad entre un hombre y una mujer con la que he soñado a lo largo de toda mi vida. El secreto del éxito. A mi lado. ¿Qué más da el pasado, lo que sucedió y no sucedió, lo que podía haber ocurrido y no ocurrió?... Una vez más me digo: «Por fin». El acto comienza invariablemente con el himno, al que yo encuentro siempre ese defecto invencible. Por una parte me gusta, cómo no me iba a gustar: es solemne, tiene arraigo en la música tradicional del país y me evoca la melodía de la espatadantza, un baile tan querido para mí. Hasta ahí está bien, pero, para que esta composición melódica pueda ser compartida por diferentes voces y, en consecuencia, ser cantada cómodamente a coro, es necesario mantenerla, en lo posible, en la región media de sus respectivas y diferentes tesituras, sin llegar a las notas extremas de las mismas, como ocurre en este caso, lo que hace que su emisión sea de gran dificultad. La extensión de la melodía es de once notas, superior a la variación razonable de nueve. «Cosas mías, ya lo sé», me digo a mí mismo. Lo he explicado muchas veces, pero nunca nadie me ha hecho ningún caso. Se aprobó en su momento en el Parlamento, sin más beneplácito que el del partido que lo defendía, y ya no hubo vuelta atrás. Ahora es ya imposible cambiarlo. También hoy observo ese inaudible rugido ronco, que nada tiene que ver con el bello canto deseado. O dicho en otras palabras: que yo prefiero otra canción, el Gernikako Arbola. Una ocasión perdida, es verdad, pero hay que ceder. «Cállate», termino diciéndome a mí mismo. Sé prudente y calla, como siempre. Hay cosas que es mejor no remover. Luego llega la insufrible memoria de las actividades del año y, más tarde, uno tras otro, van saliendo los invitados, que recogen los premios a los que se han hecho acreedores, en algunos casos por lo que se viene a denominar «el trabajo de toda una vida». Me sonrío. ¿Acaso yo no me merecería también un premio? ¿O es que algunos premiados han hecho algo realmente superior a lo que, en su


momento, hice yo?... Nunca lo diría en público, claro, pero tengo derecho a pensarlo en privado. Aunque varios de esos nombres sean totalmente desconocidos para mí, no puedo dejar escapar mi sorna. Hasta ahí la ceremonia resulta sufrible y estoy preparado para aguantarla. A decir verdad, no he venido aquí para eso, sino para ver a mis amigos, para que mis amigos la vean y para que ella me vea en este entorno mío tan querido. Para que ella y mis amigos se gusten

mutuamente.

Es

la

ocasión

propicia

para

la

presentación.

En

consecuencia, estoy preparado para aguantarlo todo: el himno, el espectáculo, los galardonados y lo que hiciera falta. Y es que hoy yo vengo a lo que vengo. Pero descubro que no estoy preparado para lo que, inesperadamente, va a llegar inmediatamente después. El presentador del acto anuncia lo que confiesa va a ser una auténtica sorpresa. No me es fácil recordar aquí con precisión lo que dice a continuación, porque, como suele ser habitual en este país, para lo que se puede explicar en un minuto se utilizan diez, repitiendo lo dicho varias veces, cargándolo más y más de calificativos superfluos y excesivos, incluso, para los más próximos. O, mejor dicho, sí es fácil resumir en una palabra lo que acaba de decir: nada. Pertenezco a una sociedad que piensa que la importancia de lo que se dice es proporcional al tiempo que se tarda en decirlo. Y, además, en este caso, está siendo leído. ¿Por qué leen, si no son más que cuatro cosas las que tienen que recordar y decir?... Es el miedo al ridículo, uno de los signos de identidad no reconocidos de este país. Pues bien, y aquí viene lo realmente importante para nuestra historia, el presentador trata de hacer ahora una ligazón que califica de histórica. Déjenme hacer un paréntesis: ya se sabe que otro de nuestros signos de identidad no declarados es que en este país todo, absolutamente todo, es histórico, ya que es el lugar de la tierra donde más hechos históricos se producen por minuto. Si alguien preguntara: «Por cierto, ¿ustedes, los vascos, a qué se dedican?», yo contestaría de inmediato: «A generar hechos históricos, que el resto de la


humanidad, de modo incomprensible, no entiende, ni reconoce, vayan ellos a saber por qué». En este caso, no puede ser menos. En primer lugar, el presentador cita a Bingen Olaizola, quien hace su entrada desde la parte izquierda del escenario y entre una salva de aplausos. Luego entra Jon Ander Elustondo, que ha ocupado puestos relevantes en la política vasca unos años atrás, además de ser mi cuñado y mi responsable superior en la etapa de clandestinidad. Al principio estoy sorprendido. ¿Qué hace Bingen, al que yo conozco tan bien, en el escenario? ¿Será tal vez el encargado de entregar el premio, uno más, a Jon Ander Elustondo?, me pregunto. La respuesta viene de inmediato, cuando el presentador dice que ese día se va a visualizar una cadena que el franquismo y la represión no pudieron romper. Presenta a Jon Ander Elustondo como el jefe en la clandestinidad de las juventudes vascas hasta el momento de su huída, y a Bingen Olaizola como el joven que recogió el testigo dejado por el primero y el que, gracias a su esfuerzo, consiguió, primero, mantener los restos de la resistencia, y, luego, rehacer la red. Uno había recogido el testigo que el otro, heroicamente, no había tenido otro remedio que soltar. Deber cumplido por ambas partes, vino a explicar el presentador. Todo había quedado en buenas manos. Ambos se funden en un abrazo. Los asistentes prorrumpen en un aplauso incontenible. El teatro Arriaga parece caerse. Se puede tocar la emoción que flota en el ambiente. Un acto de justicia y de reconocimiento, se dicen y asienten los asistentes. «¡Qué historia más hermosa, cincuenta años después!», parecen pensar, mirándose entre sí. Todo recobra su sentido. El círculo se cierra, la cadena continua y, lo que todavía es aún más importante, piensan muchos de los asistentes: lo nuestro continuará. Yo me encuentro sin poder entender, primero, ni aguantar luego, lo que estoy viendo. No necesito de la luz ni mirarme en un espejo para saber que mi cara está cambiando de color y que el sudor frío, tan habitual en un momento así, comienza a hacer acto de presencia. No puedo menos que balbucear


mentalmente: «Pero qué barbaridad». Me lo digo una y otra vez. «Pero si uno y otro no coincidieron en el interior… Pero si Bingen no fue jefe de nada… Si se afilió en el 61, ya en el exilio, si es que alguna vez llegó a afiliarse»… La miro a ella tratando de decirle: «Si el que estaba allí en ese momento era yo, no él». En la oscuridad, ella no es capaz de descifrar lo que me sucede, salvo que le parecerá, supongo, que no paro de moverme en la butaca del teatro. Creerá también que es la emoción. Observo incluso que me sonríe, como diciendo: «Tranquilo, sigo aquí». Pero lo más doloroso está por llegar. El viejo dirigente político, hinchado de su propia gloria, comienza sus palabras de aparente agradecimiento a la fundación por el premio recibido diciendo lo siguiente: —Aquí te veo de nuevo, Bingen. ¡Cuanto tiempo ha pasado! ¡Qué tiempos aquellos de angustia, miedo y lucha en el partido! ¡Pero todo aquello mereció la pena!... Aquí estamos de nuevo. Ahora el auditorio parece rugir. —¿Pero lo estás escuchando? —le digo, entonces sí, a ella—. ¿Pero estás escuchando lo que dicen? ¿Quién es el responsable de todo esto? ¿Por qué se prestan a esta vergüenza?... Todo esto es falso. Es en ese momento cuando ella se da cuenta de que yo estoy mal. Luego me dirá que llegó a pensar que me estaría tal vez doliendo algo. —¿Qué te pasa, Benja? —me pregunta, con esa suavidad tan propia suya. Pero yo sigo atento a lo que está ocurriendo en el escenario. —¿Quién es el que ha asesorado para que se haga esto? ¿Pero cómo se ha podido llegar a esta clase de indecencia? ¿En qué hemos caído? ¿Pero esto qué es?... —continúo yo hablando a solas.


El acto termina como siempre, con el Agur Jaunak, que todos cantan puestos en pie. Tengo que hacer, de verdad, un verdadero esfuerzo para levantarme. Es en ese momento cuando ella se acerca a mí y observa que yo no canto, que tan sólo muevo los labios. Algo muy serio está sucediendo, piensa; al ver mi semblante, repentinamente tan pálido, teme que en ese momento, luego me lo dirá, yo esté sufriendo de algún mal. Salimos sin saludar a nadie, como si nos escapáramos de la gente, cuando la verdadera razón para acudir al acto había sido precisamente esa: la de saludar y ver a los demás. ¿Pero de qué hubiéramos podido hablar? ¿Y con quién puedo yo hablar de esto? No quedan ya casi ni testigos… Ella me conduce hasta mi casa y trata de quitar hierro a lo que ha sucedido, pero sin saber muy bien cómo hacerlo. Piensa en recurrir a lo que sabe hacer muy bien: traer a colación alguna gracia, utilizando por ejemplo el blablabeo del presentador, pero finalmente considera que es mejor dejarlo como está. Supongo que está pensando que ya se me pasará. Mientras tanto, callo y permanezco completamente ensimismado. Ido. Como si alguien me hubiera atizado muy fuerte y sufriera sus consecuencias. Es, de verdad, un golpe muy fuerte. Ahora ella sabe con exactitud lo que yo estoy sufriendo y el por qué. Es, otra vez, media vida la que se está poniendo en duda, una vez más. Y en ese momento entiende mucho mejor lo que me ha leído. Pero aún queda más. La patraña va a continuar. El acto que acaba de tener lugar ha sido notificado a los medios de comunicación, alguno de los cuales, cercano a la fundación, aprovecha para entrevistar a Bingen Olaizola, que se presenta como el responsable, archivero, encargado o lo que sea de la biblioteca nacionalista vasca en San Juan de Luz, y como la persona que salvó no sé qué documentos catalanes de la guerra civil. Pero lo que más me llama la atención de la entrevista es la sorprendente manera de hablar de sí mismo. —Habían llegado muchos libros a la biblioteca, lugar donde yo estaba poniendo un poco de orden, ya que, hasta aquel momento, el desbarajuste era


completo. No tenía espacio suficiente y, además, acababan de llegar una treintena de paquetes del Gobierno vasco en París, que contenían documentación de los catalanes. Al pobre Alberro no se le ocurrió otra cosa que decirme que los quemara, ¡sin haberlos visto!... Abrí los paquetes y me dí cuenta de lo que contenían. No puede ser, pensé. Fui donde Joseba, que tampoco se enteraba de mucho, y le convencí de que había que guardarlos… —¿Sabes de quién está hablando, cuando habla del «pobre Alberro» y de Joseba, «que tampoco se enteraba de mucho»? —le pregunto a ella con la mirada fija. Ella no contesta, claro. —Alberro era la persona que gestionaba las maltrechas finanzas del Gobierno vasco en el exilio, y Joseba Rezola había sido el responsable de la resistencia en el interior durante muchos años. Había vivido en clandestinidad tras una escapada épica de la cárcel, donde había sido condenado a la pena de muerte. Era un héroe. Y él habla como si fuera uno más de ellos, o superior, con más capacidad de discernimiento incluso que ellos. ¿Te das cuenta de lo que está diciendo, pero, sobre todo, de cómo lo está diciendo? Más allá de si es verdad o no lo de los libros de Cataluña, que es lo menos importante, ¿has observado cómo habla de los demás y, en consecuencia, de sí? ¿Pero quién se ha creído que es? ¿Quién y cómo se le permite hablar así? Ahora se ha producido el silencio definitivo entre nosotros dos. Ella es consciente de mi enorme decepción, que es mucho más que un buen disgusto que el tiempo va a borrar, porque este lo borra casi todo. Tras unos momentos en los que yo no digo nada y ella parece estar pensando a propósito de lo ocurrido, se decide por fin a hablar. Lo hace muy seria, como no es habitual en ella; me coge de las manos y me mira directamente a los ojos, para que le preste atención, porque me va a decir algo que ella considera definitivo.


—Benja, sé que lo que escribiste en Brighton fue un desahogo y un entretenimiento. Pero ahora creo que ha llegado el momento de que hagas lo que sea para que se conozca y se publique. Tienes la obligación de hacerlo. Por tu propio bien y por el de otros muchos. No pienses sólo en ti, ni en la rabia de hoy; piensa fundamentalmente en la siguiente generación. Si en buena parte ocurrió lo que ocurrió, es porque una generación de jóvenes nunca llegó a saber el por qué de las razones que animaron a la generación anterior. Ahora se calla, pero sé que aún no ha terminado, que ahora viene la conclusión final. —Y, ahora, por tu bien y por el mío, creo que lo mejor es que nos volvamos a Brighton.


50 semanas y media antes


PRIMERA PARTE


Una En el barco al que he subido en Santander he comenzado a darme cuenta de que, por fin, lo he conseguido. Me cercioro de ello porque constato que ya no hay vuelta atrás; he cerrado la puerta detrás de mí. Y, casi al mismo tiempo, me llega también la sensación de si, de verdad, era esto lo que realmente quería. Una vez más, me sorprendo a mí mismo viéndome pensar de este modo. He estado meses hablando de la necesidad de estar libre por un año, y ahora, en este instante, parezco dudarlo. ¡Cómo somos, o más bien, cómo soy! Qué más da, me digo. Cuando uno trata de luchar contra las resistencias de un proyecto que quiere alcanzar, parece que no hay tiempo para poner en duda el proyecto mismo: bastante se tiene con resolver las dificultades que se van presentando a cada momento. Pero, cuando estas acaban, cuando el proyecto se convierte en realidad y está ahí, delante de nosotros, he aquí que una inesperada voz, hasta ahora callada, recobra su protagonismo interior para decirnos: «Cuidado, que ahora va en serio». En todo caso, ahora tengo que pensar en cosas diferentes, en otros retos, esta vez de carácter más práctico. Volver al presente me centra, como a todos, como siempre, repitiéndome aquello del aquí y ahora. Ha sido una buena decisión la de introducir mi ropa en una sola maleta. Era una decisión obligada, la verdad: no hay sitio para mucho más en este coche tan pequeño. Lo que me parecía imposible se ha hecho posible: camisas, pantalones, ropa interior, zapatos, jerseys y ropa de abrigo han sido seleccionados y colocados de un modo que no resulta un problema el cerrarla. Al fin y al cabo, no es más que ropa, y ésta es amable y cede. Basta lo que basta para poder vivir, y además muy bien. Toda una lección. La primera. Apenas hay pasajeros en el barco, como si alguien me quisiera decir que la decisión de trasladarme a Inglaterra en enero no es una buena idea. Muchos camioneros con sus enormes vehículos encerrados en las bodegas del barco y algunos pocos turistas británicos de vuelta de sus vacaciones de fin de año en


España. Mucho frío, eso sí, y mucho tiempo para que la cabeza le pregunte a uno a lo largo del día y medio de viaje: «¿Lo has pensado bien?»... Pues sí, la verdad es que lo he pensado, aunque ya se verá más tarde si bien o mal. Llevo jubilado unos pocos años y tengo algunos ahorros, lo que me va a permitir poder vivir a lo largo del año fuera de mi casa en Bilbao. Lo hago porque no quiero que me ocurra lo que a mi amiga Isabel, que, pudiendo hacerlo, se había negado a prejubilarse y acompañar a su marido, mayor que ella y que se encontraba ya jubilado, en la aventura que a él tanto le apetecía y que nunca pudieron hacer juntos porque él había muerto de un cáncer fulminante. Aquello me marcó. «A mí no me pasará eso», me he dicho muchas veces. Ahora o nunca, me digo, como si ésta fuera mi última oportunidad.

He sido siempre un anglófilo desde niño, lo que significa que amo todo lo anglosajón. Es por eso que siempre me he sentido un poco raro. Uno de mis primeros recuerdos infantiles era el haber escuchado a las dos y cuarto de casi todos los mediodías, justo después de comer y un poco antes de volver al colegio, el servicio para España de la BBC. Escuchar cuando era posible sintonizar; pues había días en que no lo era, y, en ese caso, la explicación de mis padres era siempre la misma: «Esta vez han conseguido interferir de verdad la emisión». Explicaban cada zumbido que de modo rítmico «tapaba» literalmente e impedía escuchar la emisión, como un intento desesperado del aparato franquista de contrainformación para impedir que los demócratas conociéramos lo mal que estaban de verdad las cosas para el Régimen, así como la inevitabilidad de su caída final. De niño imaginaba algún funcionario de bigotillo negro, de aquellos de la época, oculto en alguna siniestra oficina de los sindicatos oficiales del Régimen, efectuando angustiosos esfuerzos a esa misma hora para interferir la emisión a través de alguna rudimentaria técnica: tenía que ser muy rudimentaria, porque el franquismo no daba para más frente al poderío británico. Si lograba oír bien lo que decía la BBC y si, además, lo que contaba era que en algún lugar de España la gente se rebelaba y se producía algún tipo de


respuesta contra el gobierno, entonces yo marchaba ese día contento y feliz a clase. Pero un día me di cuenta, una vez más, de que el ambiente del colegio era uno y el de mi casa otro, ambos muy diferentes, y que algo no encajaba del todo bien: —Don Isidoro, que hay huelgas en Asturias. —¿Y eso quién te lo ha dicho? —preguntó entonces el profesor. —Lo ha dicho la BBC, don Isidoro. —Y se lo decía como si fuera Dios mismo quien hubiera bajado a decírmelo. —Esos no son más que enemigos de España —sentenció el profesor. En aquella frase yo advertí aquel día una cierta amenaza velada, que podía ser interpretada algo así como «y tú ándate con cuidado hablando de estas cosas en el colegio», pero que también podía ser entendido de otra manera, «deja la política a un lado y dedícate a lo que te tienes que dedicar». Posteriormente, don Isidoro habló con mis padres para decirles que veía a su hijo demasiado interesado en la política. Lo que no sabía él era que para mi padre, más que para mi madre, saber que su hijo estaba interesado en política, lejos de ser un disgusto, constituía una verdadera satisfacción.

He llegado a Portsmouth, tal vez al momento que yo imagino como más duro: ver que llueve a mares y, tras pasar el control de pasaportes, encontrarme con la dificultad de tener que conducir el coche por la izquierda: ¿seré capaz? Lo soy y, como premio, me paro muy pronto a desayunar, con la excusa de tomar fuerzas. El lugar elegido, tras un tiempo de conducción bajo la lluvia y, felizmente, con un tráfico escaso, se llama Arundel, un lugar que otro día, con mejor tiempo, podría resultar realmente hermoso, pero que en este domingo frío y triste constituye el mejor llamamiento para que acudan a mí los peores pensamientos. La cafetería, sin embargo, parece acogedora y me llama la atención la sonrisa de la chica que se acerca hasta mí, preguntándome por lo que quiero desayunar. Tiene una


dentadura perfecta. Me fijo últimamente mucho en las dentaduras, no sé muy bien por qué. Me apetece comer de todo, y más aún al estar ese de todo tan bien presentado. Imagino la misma escena en la cafetería de un lugar de mi país y puedo imaginar una voz no acompañada de sonrisa alguna que respondiera a mis sugerencias de efectuar alguna variación en el desayuno con aquello de «hay lo que hay». Y si, a pesar de todo, yo hubiera insistido, aunque fuera amablemente, la respuesta podría ser aún peor: me hubiera podido poner cara de «para lo que me pagan»… Exagero, ya lo sé, pero uno no termina de acostumbrarse a ver determinadas caras y escuchar algunas voces. ¿Por qué nos hemos convertido en un país tan áspero? ¿Fue siempre así? No lo creo. ¿Por qué no me hablo hoy con algunos de mis amigos y mi relación es simplemente correcta, formal, con otros? No siempre fue así. Recuerdo el gran día de mi familia, que vivía en una casa de tres pisos, con su agradable huerta en el popular barrio de Deusto, en Bilbao. Era el Aberri Eguna, el día de la Patria para lo nacionalistas vascos. Siempre hacía muy buen tiempo, lo que significa que se trataba de un día feliz para mí. ¿Alguien recuerda lloviendo un día en el que haya sido feliz? La fiesta comenzaba muy de mañana, con la diana que protagonizábamos todos los hermanos antes de ir a misa con nuestros padres, aunque, debido a las diferencias de edad, el protagonismo de todos ellos, obviamente, no fuera el mismo. La mayor, Begoña, tocaba el acordeón y era quien dirigía aquella pequeña banda. La segunda, Arrate, portaba la bandera vasca y era, sin duda, la más feliz de todos. Mi hermano Estanis y yo tocábamos el txistu. Y los otros dos, Ramón y Gorka, hacían lo que sabían y podían, que a veces se limitaba a seguirnos por detrás en fila india, aplaudiendo y cantando alguna de las pocas estrofas de las canciones que conocían. A los mayores no había que decirnos nada. Era el mismo programa de años anteriores. Dominábamos las canciones, conocíamos la mayor parte de sus letras, así como la tonalidad más apropiada para cantarlas. Nos sentíamos mayores de lo que realmente éramos protagonizando el festejo de aquel día. Incluso se podría


apreciar en los hermanos mayores, supongo, un tono de seriedad que contrastaba con las travesuras y la alegría habitual del día a día. Tan sólo la que ondeaba la ikurriña, Arrate, que era mi hermana preferida y en quien depositaba mis confidencias, sonreía, al tiempo que observaba el espectáculo. Los demás parecíamos serios, centrados exclusivamente en lo que nos tocaba hacer. Nuestra madre estaba más pendiente de los pequeños, a los que acompañaba y con los que cantaba las canciones, como tratando de animarles y recordarles que ya se las sabían, dándoles así la confianza necesaria cada vez que alguno de los pequeños se dirigía mirando a ella pidiendo ayuda. Pero, eso sí, sin temor alguno. Sabían que su madre les ayudaría y que ese día no les reñiría en absoluto. Ese día, desde luego que no. Mi padre se sentía orgulloso de lo que estaba contemplando, de su familia y de lo que había conseguido gracias a su empeño, a pesar de todo y a pesar de que ese todo significaba mucho en aquel tiempo. Ese día no era un funcionario purgado por la administración franquista al llegar las tropas facciosas a Bilbao. No era un derrotado; era un hombre que había hecho frente a la situación, un hombre digno, un señor.

La joven encargada de servirme en el establecimiento, tal y como imagino, puede ser una estudiante que trabaja los fines de semana ayudando en la cafetería del pueblo. Me pregunto si la legislación laboral y los sindicatos en España hubieran permitido una situación tan «irregular». Dinero negro, ya se sabe. Finalmente, al ser preguntado nuevamente, me decido por lo más clásico: huevos fritos, salchichas, tomate y patatas fritas. Eso sí, sin alubias. Me gusta Inglaterra, pero nunca me han gustado sus alubias de bote. Para beber, café americano: estoy un poco dormido. Son las primeras palabras que pronuncio en suelo inglés y, antes de hacerlo, recuerdo aquello de «cuando pidas algo, empieza siempre con “excuse me” y cuando termines la frase da siempre las gracias. Si no lo haces, te tomarán por un grosero, aunque seas extranjero y entiendan por qué no lo haces. Recuerda:


“excuse me” y “thank you”, siempre, al comienzo y al final de cada frase». Y comienzo a cumplirlo a rajatabla. Observo a la chica que me ha servido y pienso que hay un montón de mujeres jóvenes que ya no son para mí. Me ven como a su padre. Te sonríen, pero no te ven. Si, al darse la vuelta e ir hasta el mostrador, alguien le preguntara cómo era yo, que me describiera físicamente, estoy seguro de que no hubiera podido hacerlo, porque no se habrá fijado en mí, sino en lo que yo le había pedido: huevos, salchichas, tomate y patatas fritas. Es así. En el fondo, es como tiene que ser: no vaya a ser que por mirarme a mí se olvide de lo que le he pedido. Guardo mi cuaderno de notas en un bolsillo de la chaqueta y me dispongo a desayunar. Está delicioso. Una vez he terminado, me levanto a comprobar los cakes en los estantes. Para ser un pequeño establecimiento me parece que hay mucha variedad. Aprovecho para comprar diferentes tipos de cakes. Me siento mucho más seguro y mejor con provisiones en mi bolsa. Ya se sabe: con la compañía de unos pasteles y un té tengo resuelta luego mi comida o mi cena. Saludo y marcho y, antes de coger de nuevo el coche y afrontar el consiguiente miedo en la próxima rotonda, aprovecho para pasear por Arundel, una ciudad que forma parte de la historia de Inglaterra, entre otras razones por su castillo, que fue respetado por Enrique VIII. Sus alrededores me hacen pensar en la crueldad del cuerpo a cuerpo. A pesar de que estoy harto de luchar y de sufrir, si me comparo con aquellos hombres que dieron su vida en situaciones tan crueles, me siento un privilegiado. Pienso que algún día debería visitar este castillo. Lo haré. Subo al coche y me pongo nuevamente en marcha.

Si alguien, desde muy lejos, hubiera situado un catalejo, al igual que hacía el guionista de Asterix al presentar su aldea como una excepción en las ocupadas Galias, al observar a mi familia ese día, no hubiera llegado a conclusiones muy diferentes. Al menos, eso es lo que creían y vivían los habitantes de aquella casa de Deusto. En particular, sus hijos. Ese día no había franquismo, ni la guerra


quedaba reciente, ni algunos amigos acababan de salir de la cárcel. A pesar de todo, y de todos, estábamos celebrando nuestro día grande, como si de un país libre se tratara. ¿Y hasta qué punto no estábamos en lo cierto, al menos dentro de nuestra propia casa? ¿O es que no éramos libres en ese momento y a lo largo de todo ese día? Lo mejor vendría luego, naturalmente, a la hora de la comida. Yo solía participar ya en aquel tiempo en concursos de baile que se celebraban en diferentes pueblos, siempre con buenos resultados: tengo que decir que empezaba a ganar los humildes premios de aquel entonces, que representaban un poco de dinero, que, orgulloso y agradecido, entregaba siempre a mi madre. Uno de los primeros invitados en llegar ese día era precisamente mi profesor de baile, Tomás Albistur, un carpintero que trabajaba en la Universidad de Deusto. Tenía un papel importante en la fiesta que estoy describiendo. Se encargaba de fabricar los palos, las espadas y todos aquellos instrumentos de madera necesarios para el baile, así como algo más: la víspera se acercaba hasta mi casa para, en compañía de algunos compañeros de trabajo, preparar la enorme mesa que era necesario instalar para dar cabida a todos los comensales de aquel día. No sólo comulgaba con las ideas de mi familia, sino que había salido no hacía mucho de la cárcel de Larrinaga con ocasión de alguna de las muchas redadas de la época por parte de la policía. Me doy cuenta de que en este momento estoy sonriendo. Y es que ese día siempre me he sentido muy feliz. Vaya que sí. Me recreo en la comida típica de aquella fiesta: el consomé que no faltara, claro, pero aquel día, además, había siempre ostras y cabeza de jabalí. Seguramente habría más entremeses, por ejemplo espárragos, pero había ostras porque a mis padres, en especial a mi madre, les encantaban, acompañadas de vino blanco Monopole. Luego llegaba el pescado, que, en aquella época, bien podría ser no una sino varias merluzas al horno, con sus trozos de limón incrustados. Ahora que lo pienso ya no se hacen esos cortes en el pescado ni se introduce limón, no sé muy bien por qué, pero entonces sí; me gustaba el regusto que dejaba el limón. Más tarde, llegaba el


solomillo con el correspondiente puré de patatas, que los hijos apreciábamos casi más que la propia carne, sobre todo los más pequeños. No recuerdo el postre, porque nunca fui hombre de postres. ¿Helado, tal vez? Seguro. Y, desde luego, champán francés, que a los pequeños no se nos dejaba ni probar, no se sabía muy bien si por su precio o porque nos podría hacer mal. Posiblemente más por lo primero que por lo segundo: era una familia que bebía champán francés sólo ese día, y las botellas estaban ya asignadas. Los invitados eran recibidos bajo los arcos de los bailarines, teniendo siempre que agacharse para pasar, y mucho, porque eran los más pequeños los que los portaban. Sonaba el timbre una y otra vez. Cada año se acercaba entre otros el txistulari Joaquín Landaluze, hermano de Manolo, músico extraordinario. Pero tal vez uno de los más festejados era Balendin Enbeita, conocido bertsolari de Muxika que, al finalizar la comida, se deshacía en versos que todos celebrábamos, aunque siempre el momento más aplaudido era aquel en el que su gran habilidad creativa le permitía concatenar en un verso el nombre de todos los miembros de la familia y hacer un comentario agradable de cada cual. Para los más pequeños aquello era un auténtico milagro, como si cada nombre fuera algo semejante a una paloma que Enbeita se sacaba del sombrero. Y cada año se esmeraba más y más, porque siempre los comentarios eran diferentes y, para los asistentes, mejores. Ya se puede observar que la música era como el aire para nuestra familia. También estaba Tomasa, una profesora particular para los hijos de la familia, y a la que las autoridades del momento habían inhabilitado para ejercer su profesión de maestra de escuela inmediatamente después de la guerra, por razones fáciles de imaginar. Aunque no vivía con nosotros, siempre estaba en casa y se había convertido en nuestra segunda madre.

Al poco tiempo, y con algún error que otro, todo hay que decirlo, llego a Brighton. Desaparece la bruma y la ciudad me recibe con un tiempo bastante mejor. Observo que, a ratos, incluso luce el sol. Tras muchas vueltas, consigo dar


con la calle del hotel en el que, por si acaso, he reservado habitación para esta primera noche. Es preciso hacerse una idea de mí en este momento: no soy un hombre joven, no hablo bien inglés y, aunque mi vida haya dado muchas vueltas, tal vez precisamente por eso, soy un hombre prudente. En la recepción me topo con una sevillana que no hace más que despotricar del clima de Brighton. Lo encuentro normal viniendo de donde viene y, tal vez, por eso, también me parece que, posiblemente, exagere un poco. Así lo quiero creer. Es una mujer simpática y me río mucho con ella. Es entonces, ya en la habitación, cuando lo que tantas veces me habían preguntado las pocas personas a las que había dicho que me iba estalla como si fuera la verdadera pregunta, pero, esta vez, formulada por mí: «¿Y qué vas a hacer aquí durante todo un año?». Por el momento, me digo, tratar de encontrar un lugar donde vivir, que no es poco. Pero yo sé a lo que vengo. Otra cosa es que sea capaz de lograrlo. No dudo en apuntar lo que me ha venido a la cabeza a lo largo de mi viaje hasta aquí, no se me vaya a olvidar.

En cierta ocasión, supongo que sería a comienzos del verano, Tomasa nos acompañó a cuatro de nosotros a la tienda de deportes Guisasola, en Bilbao, al objeto de comprarnos las playeras que necesitábamos. De pronto, una señora de semblante endiablado arremetió contra ella al observar que todos nosotros hablábamos en euskera. —¡Pero todavía hay gente que habla como los perros! —comentó enfurecida, dirigiéndose a ella de manera descarada. Tomasa no le hizo caso y siguió probando el calzado, hablando en euskera igual que antes, como si nada hubiera ocurrido. Ante tal actitud, la señora prosiguió amenazante:


—¡Haga usted el favor de hablar en cristiano, señora! —Tomasa se estaba conteniendo, hasta que no pudo más, y todos nosotros pudimos ver cómo se le humedecían los ojos de una mezcla de rabia, impotencia y resignación. En vista de que Tomasa no le hacía caso, la señora salió a la calle profiriendo gritos: «¡A mí, socorro!, ¿dónde está la Guardia Civil? ¡Que vengan inmediatamente aquí!». La profesora aprovechó ese instante para, raudos, mezclados con el resto de clientes, huir de la tienda con los niños, sin haber podido comprar las playeras que habíamos ido a buscar. Desde aquel mismo momento coexistieron dos mundos en mí: uno el de casa, en el que se hablaba una lengua, se cantaban determinadas canciones y se nos enseñaban los nombres de un país al que nos decían pertenecer, y luego otro mundo, que hablaba otra lengua, que parecía poder darnos órdenes y humillarnos, y en el que no podíamos decir en alto todo aquello de lo que, con tanta normalidad, se hablaba en nuestra casa. Pero, aquel día, hasta los más pequeños de los hermanos se dieron cuenta de que nos habíamos visto obligados a huir. Hasta un niño de nueve años en esta situación podía llegar a la conclusión de que su familia no era como las demás, que era especial. ¿O eran los demás los que eran especiales? Al fin y al cabo, cuando toda mi familia entraba en el autobús, formaba un grupo de tamaño suficiente como para pensar que no eran tampoco ni uno ni dos los que pensaban y hablaban de aquel modo. Esta situación cambiaba por completo en los veranos, porque en los meses de vacaciones éramos enviados a un pueblecito cercano a Durango, en el que el ambiente con respecto a la lengua era similar al de nuestra casa, así como la manera de llamar a las cosas y, sobre todo, en lo tocante a la ausencia de «autoridades» que parecían tener un poder especial para arremeter contra mi familia y contra los amigos de mi familia. Y en las conversaciones aparecía, como siempre, al fondo, los recuerdos muy vivos de la guerra reciente y de la cárcel de algunos de los nuestros. Esa era la distinción. Existían «los nuestros» y «los otros», y a «los nuestros» les había tocado sufrir por parte de «los otros», sin saber nosotros exactamente muy bien por qué. Éramos culpables, sí, pero no se


sabía muy bien de qué. Los nombres de las cárceles eran lugares demasiado familiares: Dueso, Larrinaga, Ondarreta salían a relucir con relativa frecuencia, y nosotros sabíamos muy bien lo que significaban, porque siempre había alguien que recientemente había salido de allí, estaba aún dentro o acababa de entrar. ¡Extrañas referencias para un niño de nueve y diez años! Pero esas, no otras, fueron las mías.

Tras cenar el cake que he comprado en la cafetería acompañado de un té, me dispongo a dar mi primer paseo por Brighton. Oigo el sonido de las olas y me hace bien, me calma. Imagino que la ciudad me está dando su bienvenida y me anuncia suavemente que esté tranquilo, que aquí voy a estar bien. Pero la verdad es que me canso muy pronto y tampoco es el momento de descubrir la ciudad ni de meterme por lugares que no conozco ni tengo por qué ir. Pienso que ya está bien para hoy. Me vuelvo al hotel antes de lo previsto. Repaso las notas de mi primera semana de viaje y las pongo en limpio. Apago luego el ordenador y me dispongo a dormir: mañana hay mucho por hacer.


Dos Comienza para mí tal vez la parte más ingrata: organizar la estancia en la ciudad. Como no sé muy bien dónde quedarme los primeros días, considero que lo mejor es alquilar por una semana un apartamento en el centro mismo de Brighton, con la única condición de que tenga aparcamiento incorporado, pues el hotel es muy caro y está bien sólo para una noche. No sé muy bien cuánto tiempo me va a llevar encontrar lo que quiero. He tenido suerte: el apartamento se encuentra en Montpellier Road. Antes tengo que ir a una callejuela que da a North Road; allí se encuentra la llave del apartamento, que se puede recoger con una contraseña. Parece una película de espías. Tengo que reconocer que estoy sorprendido. Nunca llegaría a ver a nadie: ni al recoger la llave, ni al entregarla, ni al recibir luego el importe de la fianza, que me es devuelta sin problemas y con posterioridad a la comprobación por parte de los propietarios de que todo ha sido dejado en su lugar. El apartamento está limpio y los muebles y la vajilla enteros. Me embarga una sensación de que esto funciona bien. Esa es la impresión que tengo en el transcurso de esta segunda semana en Brighton. Mi imaginación no puede dejar de hacer comparaciones con mi lugar de origen: ¡los documentos que habría tenido que firmar! Ahora tan sólo hay que buscar un lugar donde vivir y abrir una cuenta en un banco, y para ello tengo toda la semana. Y, en el apartamento, mientras tanto, puedo escribir. No hay manera de poder reunirse sin tener dónde, y el lugar no podía ser entonces sino una continuidad del ambiente que se vivía en mi casa. Mis hermanas mayores me dieron, sin habérselo propuesto, una solución. Estaban enamoradas, y los chicos de los que estaban enamoradas acudían con frecuencia al local que, antes de la guerra, fuera batzoki, o sede, nacionalista, en el barrio de Begoña, junto a la iglesia del mismo nombre. Aquella Virgen tenía, y tiene todavía hoy, para muchos bilbaínos, una connotación muy especial, muy cercana, muy de madre amable y acogedora.


Los domingos, a eso de las seis de la tarde, un grupo de jóvenes comenzamos a reunirnos en aquel lugar que entonces no era sino un merendero más, y al que se acudía desde casa con un bocadillo para encargar allí sólo la bebida. Pude ver cómo mi hermana Begoña no se despegaba de Jon Ander, lo que me hacía creer en la esperanza de que algún día también yo encontraría alguien para mí. Lo que ahora viene puede decepcionar a los lectores de hoy en día, que estarán imaginando la taberna y el pequeño jardín de alrededor como un lugar de encuentro de chicos y chicas de dieciséis años en adelante, deseosos de tocarse, abrazarse, enamorarse y bailar. Y lo era, sin duda alguna, porque a esas edades hay deseos irrefrenables que sobrepasan todo tipo de limitaciones y prejuicios, incluso en el País Vasco. Pero los que allí acudían iban buscando también lo que vivían en su casa, y la pareja que en su caso pudiera aparecer —y que finalmente aparecía— formaría siempre parte de un grupo de jóvenes que, como denominador común, bien podría decirse que tenían una inquietud. Sí, tan sólo eso, una inquietud, difícil de entender en un momento tan opresivo, gris y peligroso como aquél. Sin embargo, también alguien añadiría que era precisamente por eso. No puede negarse que, en pura lógica, debía ser el pesimismo más brutal el que, a la luz de la realidad de aquel momento, dominara la mente y el espíritu de aquellos hijos de familias de perdedores. Pero no era pesimismo lo que reinaba entre nosotros, sino interés hacia lo que había sido derrotado y destrozado hacía tan sólo algo más de diez años. Sí, pensarán, era ¡ayer!... Y precisamente por eso lo de la inquietud. Parecerá poco tiempo para recuperar el ánimo de tanta familia aplastada. Alguien dijo aquello de «venceréis pero no convenceréis», y seguía siendo verdad. Mas, en aquel momento, se podría también añadir que «esto no puede ser definitivo», porque la vida de un joven de dieciséis años no cabe ser imaginada como una mera continuidad del presente. Lo que nos animaba, entonces y supongo que también a los de ahora, es lo que no hay y, no obstante, puede haber. Del puede haber se pasa al debe haber, y el debe haber te obliga a ver y


encontrar las razones, los signos, las posibilidades que te permiten creer y hacer lo que, en el fondo, queremos creer y hacer. Así era yo entonces. Supongo que hoy no será sustancialmente diferente.

Encuentro muy pronto un lugar para vivir en Brighton. La Marina es un puerto deportivo relativamente reciente, que acoge también a los pocos pescadores que faenan en la actualidad. El apartamento es muy sencillo y no tiene más que una habitación, una pequeña cocina y un salón, también de escasas dimensiones. Dispone de un baño y de algo importante para mí: un aparcamiento. Pero, sobre todo, posee una vista excepcional. Desde su balcón se puede uno asomar por encima mismo del puerto y ver entrar y salir a los pequeños barcos. Un espectáculo. Algo me dice que va a constituir un pasatiempo insospechado y desconocido para mí. Además, si es día de sol, me parece que va a ser muy fácil calentar este apartamento; no hará falta calefacción alguna, que sólo utilizaré en los momentos y días grises, cuando haga verdaderamente frío. Me sorprende el gran número de gaviotas, que le da un aire muy diferente al que estoy acostumbrado. Me pongo muy pronto de acuerdo en el alquiler, razonable si se tiene en cuenta que está situado en uno de los mejores lugares de la ciudad, pero que se efectúa en un momento de muy escasa actividad. El problema llega al querer firmar el contrato: no tengo una historia financiera en Inglaterra. En otras palabras: no existen informes sobre mí, ni malos ni buenos. Nada. Lo mismo me sucede en el banco: soy un desconocido, y el banco no acepta abrir sin más una cuenta a mi nombre, aunque el dinero a ingresar sea mucho, poco o ni una cosa ni la otra. Parece una pescadilla que se muerde la cola: me repiten, eso sí, amablemente, el ejemplo de varias familias griegas y españolas que, con motivo de la crisis económica, han venido con dinero en metálico para efectuar ingresos, pese a lo cual han sido rechazados. Finalmente, la solución viene de la agencia inmobiliaria, que encarga la investigación en España y puede comprobar que soy gente de fiar. Me dicen que también hay otros que pretenden alquilar el mismo


apartamento, pero, por una indiscreción, llego a saber más tarde que se trata más bien de un intento por parte de la agencia de hacerse más «interesante». Con un contrato de alquiler de apartamento y, en consecuencia, con un lugar de residencia, también se arregla la apertura de la cuenta en el banco. Respiro más tranquilo. Me siento orgulloso de haber superado mi primera prueba.

* Posibilidad, pues, de un futuro diferente, inquietud, obligación y, por qué no decirlo, amor al país, porque la situación podría ser la que fuera, pero aun así las montañas seguían siendo bellas, a nada que uno salía de casa podía encontrar el verde más hermoso, existía una vida rural que hablaba en otra lengua y nos mostraba una tradición con la que uno podía aún encontrarse, las canciones patrióticas emocionaban y, además, en el fondo, por encima de todo, sabíamos que teníamos razón; esos otros necesitaban manifestar su fuerza, pero nosotros no. Y así comenzamos a reunirnos cada domingo en aquel mismo lugar, que nos pareció el mejor. El propietario del viejo batzoki se llamaba Iñaki y el lugar tomaba el nombre de su apellido, Gallaga. Se movía en una silla de ruedas y lo que más le gustaba era la música; incluso componía. Su hermano era un famoso pelotari de pala, lo que le daba todavía un prestigio superior. No se sabía muy bien quién era hermano de quién: si Iñaki del palista, o el palista de Iñaki. Después de la merienda, en torno a las nueve de la noche, los jóvenes cantábamos de manera espontánea a la Virgen de Begoña, reunidos a la puerta de la iglesia, que solía estar cerrada. La canción era Agur Jesusen Ama. Yo siempre me emocionaba en el mismo momento. Aquel en el que la letra de la canción invocaba la ayuda de ella. En el fondo, algunos imaginábamos en ese momento lo que algún día podía inevitablemente ocurrir, la brutalidad que finalmente se abatiría contra nosotros y el sufrimiento consiguiente, y pedíamos la protección de la madre que tan bien nos


comprendería. Una despedida antes de ir al sacrificio. Estas imágenes corrían seguro por nuestras cabezas, al menos por la mía. Pero nos recuperábamos pronto. Formando un grupo compacto, bajábamos luego por las Calzadas de Mallona hasta la actual Plaza de Unamuno cantando el Agur Zuberoa, una auténtica marcha convertida en un canto de nostalgia y anhelo del país que algún día habíamos de reconstruir. También era el mejor momento para acercarse más y más a la pareja con la cual se había empezado a soñar. Mi hermano Estanis y yo, que tocábamos el txistu, nos fuimos convirtiendo, así, en personajes imprescindibles de aquella marcha. Un día apareció la Guardia Civil a la altura de la estación de Lezama y dio el alto al grupo. Alguien nos había denunciado. Intentaban disolver el grupo y acallar a los txistularis que lo animaban, aunque no eran capaces de distinguirnos, ya de noche y en medio de semejante tumulto. Noté que los amigos trataban de ocultarme; sentí que me querían proteger y que, a pesar del miedo, estaban dispuestos a pasar un mal rato por mí. En aquel momento, Lourdes se acercó y me cogió de la mano. «Benja, ven», me dijo, y aquello me pareció lo más hermoso que me podía suceder. A partir de este momento, cualquier cosa merecía la pena. Nos habíamos cogido de la mano y, además, era ella la que lo había hecho. Permanecimos así un buen rato. La miré, pero ella siguió con su mirada vigilante hacia los guardias, como si estuviera cumpliendo el papel que le correspondía, la de proteger así al más vulnerable. Luego nos soltamos. Estaba yo tan a gusto que llegué a desear que el peligro continuara. Entre tanta gente, los txistularis pasamos fácilmente inadvertidos, entre otras cosas porque dejamos de tocar. Fue la primera vez que vi a la Guardia Civil llevarse documentos de identidad, uno de ellos precisamente del amigo que más esfuerzo había hecho por ocultarme. Nos miramos luego, y Patxi Azaola, que así se llamaba el muchacho, bajó los ojos, imaginando tal vez lo que, como consecuencia, podría venir días más tarde. Me sentí culpable. A Lourdes no le ocurriría nada.

*


El único problema del apartamento es que la habitación no tiene un armario como es debido, lo que ocasiona mi primera llamada de atención a la agencia inmobiliaria. Un armario como no es debido es colocado al día siguiente; es de tan mala calidad que me veo obligado a colocar los primeros días la mesilla de noche de tal modo que, si el armario se me cae encima, la mesilla pueda servirme de primera protección ante el golpe. Luego me doy cuenta de que el armario es frágil pero no tan peligroso. Me olvido de él para siempre. El tiempo es parecido al que había dejado en Bilbao, aunque el viento es sensiblemente más fuerte. Me había traído conmigo un par de calzoncillos largos y no especialmente sexys, temeroso del frío que podría hacer, pero la verdad es que luego ni los uso. Todo el mundo en Bilbao me hablaba del mal tiempo de aquí, pero lo único que puedo decir hoy es que la diferencia es el viento. El tiempo aquí, habitualmente, es windy, es decir, ventoso.

* El grupo, al que cada vez se uniría más gente, siguió reuniéndose los domingos por la tarde. Un día se produjo una sorpresa: sabedor de que unas decenas de jóvenes cantaban siempre a la misma hora en las puertas de la iglesia, el cura y organista de la basílica nos esperó con las puertas abiertas y nos acompañó a su interior tocando a su vez el órgano. Aquello significaba algo para nosotros; no sabíamos muy bien el qué, pero era sin duda un paso hacia adelante. Nos miramos los unos a los otros y nos emocionamos aún más. Aquel día, además, cuando bajábamos otra vez cantando y tocando el txistu por las Calzadas de Mallona no apareció la Guardia Civil. Alguien dijo, obviamente, que ya no se atrevían, que ya no podían con nosotros. Había sido un día de verdadero triunfo. O, al menos, así lo quisimos creer.

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Cincuenta semanas brighton  

¿Qué haría si descubriera que a su vida le falta algo sin lo cual no puede vivir?... Y si decidiera marchar, ¿cómo empezar?... Un hombre a l...

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