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miguel de unamuno

VIAJES Y PAISAJES antolog铆a de cr贸nicas de viaje


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Viajes y paisajes antología de crónicas de viaje • miguel de unamuno • selección de textos y prefacio de jaime-axel ruiz baudrihaye

Colección Solvitur Ambulando | Clásicos


Miguel de

unamuno (Bilbao, 29 de septiembre de 1864 – Salamanca, 31 de diciembre de 1936)

Escritor y filósofo español, obtiene la Cátedra de Lengua y Literatura Griegas en Salamanca en 1891, ciudad a la que permanecerá vinculado de por vida y desempeña el cargo de rector de su Universidad en tres ocasiones. En 1895 publica En torno al casticismo; en 1905, Vida de Don Quijote y Sancho y, en 1913, El sentimiento trágico de la vida, quizá sus tres obras filosóficas de mayor envergadura, si bien su obra recala en distintos géneros como la novela, el teatro, la crónica periodística y la poesía. Viaja a menudo por España, país que conocerá como pocos. También pasa temporadas y visita Portugal con frecuencia, uniéndose de amistad con grandes poetas y pensadores lusos. Por sus ideas y su valentía en exponerlas públicamente, Unamuno se comprometió siempre con su tiempo –llegó a ser diputado a Cortes–, sufrió el destierro, la República lo rehabilitó y después lo destituyó; hasta el triste final en Salamanca, en 1936, tras haberse enfrentado en pensamiento y palabra, sus únicas armas, a las fuerzas insurrectas y donde murió mientras permanecía en arresto domiciliario en su casa. Sus numerosos artículos en la prensa, así como sus ensayos, siempre en un castellano magnífico, claros, directos, representan la continuidad y el hilo conductor de su gran preocupación ética.


Viajes y paisajes antología de crónicas de viaje

Título de esta edición: Viajes y paisajes, antología de crónicas de viaje Autor: Miguel de Unamuno y Jugo •

Primera edición en la línea del horizonte ediciones: enero de 2014 © de esta edición: la línea del horizonte ediciones, 2014 www.lalineadelhorizonte.com | info@lalineadelhorizonte.com Tel: +00 34 912 940 024 •

© de la selección de textos, edición y prefacio: Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye © de la maquetación y el diseño gráfico: Víctor Montalbán | Montalbán Estudio Gráfico •

Depósito legal: M-5922014 | ISBN: 978-84-15958-11-6 IBIC: wtl- 1dse- 1dsp Imprime: Cofás | Impreso en España | Printed in Spain •

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.


13 Unamuno y la naturaleza prefacio de jaime-axel ruiz baudrihaye 21 Paisajes del alma 25 Nieve 29 PaĂ­s, paisaje y paisanaje 33 Solitarios del lugar 37 Emigraciones 41 La eterna Reconquista 45 Al pie de una encina 49 La Flecha I El sentimiento de la naturaleza ... (49) II El paraje ... (54) III La paz del campo ... (59)


67 Brianzuelo de la Sierra. Notas de un viaje 75 Puesta de sol 81 Fantasía crepuscular 85 Humilde heroísmo 89 En Alcalá de Henares I ... (89) II ... (95) III ... (99)

105 Los Arribes del Duero 119 España sugestiva. Zamora 127 La España que permanece


131 Entre encinas castellanas 135 Por las tierras del Cid 139 Cuenca Ibérica 143 En retiro de remanso serrano 147 Dos lugares, dos ciudades 151 Castillos y palacios 155 Por el Alto Duero 161 En San Juan de la Peña 165 Soñando el Peñón de Ifac


171 Los reinos de Fuerteventura 175 Este nuestro clima 179 Leche de tabaiba 183 La aulaga majorera 187 La Atlรกntida 191 El gofio 195 Lisboa y Toledo 199 Notas de un viaje a Italia. Pompeya 205 Junto al Cabo de Roca


unamuno y la naturaleza

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iguel de Unamuno fue un precursor en la contemplación del paisaje español y en la reflexión sobre su significado. El sentimiento de la naturaleza del pensador es el primer acercamiento notable al paisaje que podemos constatar en las letras y en la filosofía españolas. Paisaje y tiempo, paisaje e historia. Unamuno, sin proponérselo, al describir viajes y paisajes, introduce el concepto de memoria cultural, esa memoria de los lugares que ha investigado mucho más tarde Pierre Nora y que hace sólo veinte años investigara también Aleida Assmann. Ambos relacionan memoria y conocimiento, un concepto diferente al de memoria o experiencia personal. Los lugares, los paisajes, están cargados de emotividad, de historia, y los hombres que en ellos viven y trabajan, sin saberlo, son tributarios de este pasado. La naturaleza y el paisaje evocan y sugieren en el hombre sentimientos líricos, incluso religiosos. El campo y la montaña facilitan la meditación, la creatividad. Sin embargo, en España esto casi nunca ha sido así, salvo hasta que la Generación del 98 vuelve a mirar al país, a apreciar sus valores intrínsecos, olvidados por la épica y la política. Contrasta esto con el sentimiento del paisaje que predomina, sobre todo, en los países del norte, en los países protestantes, como se manifiesta principalmente en Alemania, Inglaterra y Holanda. Ni siquiera el Romanticismo acerca a los españoles a su tierra, siendo sus obras más de carácter urbano y

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de tipos humanos que de paisajes. Lo mismo se puede decir de la modernidad, que rara y tardíamente incluye el paisaje como protagonista, sea en la pintura o en la escritura. Tendrá que ser un pintor belga, Carlos de Haes, quien iniciarará y desarrollará el paisajismo, mientras en literatura habrá que esperar a los del 98. Unamuno explica esto por la lucha de la Reconquista y la dureza de las condiciones de la tierra, que alejaron a los españoles (léase, sobre todo, castellanos) de la naturaleza y del paisaje. El sentimiento estético proviene, dice el pensador, de un sentimiento de agradecimiento, que hace amar el campo, el país, y sentirse en comunión íntima con la tierra. Unamuno contempla el paisaje con demora, caminando (las ruedas del automóvil /son invención de Luzbel), meditando y, en segundo lugar, se inclina por valorar, más que la descripción más perfecta, virtuosa, la intuición y el sentimiento. En tercer lugar, cuando nos describe un paisaje, siempre nos habla de sus hombres. Su evocación de la historia, en todo caso, no es ni nostálgica ni retrógrada. Se extiende a veces don Miguel en los conceptos de bello y feo. ¿Qué es un paisaje bello? Y defiende la sobriedad castellana, cuya monotonía no cansa, frente a esos paisajes de postal que, como la música pegadiza, «empachan pronto». No deja de ser irónico que cuando él contempla y describe el paisaje, entremezclando sus pensamientos y sus evocaciones históricas y literarias, las ciudades y pueblos de España todavía no estaban envilecidas estéticamente, como señaló Julio Caro Baroja; la fealdad se enseñorea sobre todo a partir de los años cincuenta. Antes, dentro de la pobreza, existía una cierta armonía. Los pueblos y ciudades todavía disfrutaban de viejos monumentos, conventos, monasterios, casonas y casas dignas, pobres acaso, pero de una sencillez y austeridad de líneas, volúmenes y colores que hoy echamos de menos. Baste ver hoy la inmensa mayoría de los pueblos del Levante, de

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centenas de pequeñas poblaciones castellanas, gallegas, extremeñas, a veces con larga historia, que han sido desfiguradas en los últimos sesenta años. Los pueblos tal como Unamuno los describiera ya no existen. La masacre constructora acabó con ellos. Sólo queda, en las zonas interiores, muy poco en las turísticas, el paisaje puro, intocado, y eso cuando no es productivo y no se ha sometido a la agroindustria de plásticos, a las urbanizaciones o a los bloques de tantas ciudades medias. La atención que presta nuestro filósofo a la naturaleza y el paisaje aún hoy son raros. Su forma de ver y de mirar hacen de Unamuno el precursor, siguiendo un tenue hilo conductor de una minoría de españoles que sí estuvieron preocupados por el paisaje, como Jovellanos o el Abate Ponç, incluso el mismo Cervantes, ese «andariego soñador», como le llamara Unamuno. Otros escritores y filósofos también prestarían después atención al paisaje, como Azorín, Ortega, Pere Coromines, Baroja o Josep Pla. Luego seguirían otros, no muchos, y hoy parece como si, excepción hecha de geógrafos, científicos o humanistas como Eduardo Martínez de Pisón, Nicolás Ortega Cantero o Joan Nogué, el paisaje hubiera pasado a tener, de nuevo, la consideración de un mero decorado, sin más. El paisaje, salvo cuando se utiliza como señuelo turístico, no parece todavía importar a las autoridades públicas. Parece como si la naturaleza sólo fuese noticia ante catástrofes, inundaciones, riadas, desprendimientos de tierras o sismos, catástrofes muchas veces inducidas o agrandadas por nuestra incuria. También podemos observar cómo en España la instalación de eólicas o de paneles solares no han suscitado apenas controversia estética. En fin, como Miguel de Unamuno nos enseña, viajar, ver y describir han sido siempre medios para reflexionar sobre un país, una civilización, una sociedad. Y el paisaje, la forma en que lo tra-

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tamos, no es sino el trasunto de la estima en que tenemos a nuestro propio país. No es casual que el bilbaíno, con esa identificación tan vasca con la naturaleza, encuentre la auténtica raíz del país en su paisaje, en su naturaleza, lejos de la ramplonería, comodidad y vulgaridad (palabras que él usa a menudo) de la vida de las ciudades, invadidas por la modernidad y la técnica. En este sentido, podría compararse a Unamuno con Ernst Jünger, ambos amantes de salirse del marco, fuera de la masa, egregios, partidarios de la emboscadura. Y ambos con una reflexión que vincula naturaleza e historia con la posición del hombre en el mundo. La selección que ofrecemos aquí a nuestros lectores obedece a dos criterios: sus artículos menos conocidos, no fácilmente accesibles, y la procura de un cierto abanico de tipos de paisaje que, en lo posible, abarquen toda la geografía de España, con una pequeña incursión a Italia y a Portugal, ese país tan querido por don Miguel, sobre cuya historia y literatura tantas páginas nos ha dejado. Releer a Unamuno es transportarnos a un mundo desaparecido, pero su idea perdura. El paisaje es lírico y filosófico y, en cierto modo, es para él, la metáfora del país, el barómetro que mide de verdad el amor y responsabilidad de un pueblo hacia su país. Para él, el verdadero patriotismo se manifiesta principal y precisamente en el amor a la naturaleza y el paisaje. Creemos que un viajero que se precie debe ser un observador del paisaje que trascienda lo pintoresco. Don Miguel de Unamuno, tan sensible, tan contundente y directo, abrupto a veces con su castellano claro y puro, es un buen modelo, y leerlo continúa siendo un placer y un estímulo para la reflexión. Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

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Paisajes del alma

L

a nieve había cubierto todas las cumbres rocosas del alma, las que, ceñidas de cielo, se miran en éste como en un espejo y se ven, a las veces, reflejadas en forma de nubes pasajeras. La nieve, que había caído en tempestad de copos, cubría las cumbres, todas rocosas, del alma. Estaba ésta, el alma, envuelta en un manto de inmaculada blancura, de acabada pureza, pero debajo de él tiritaba arrecida de frío. ¡Porque es fría, muy fría, la pureza! La soledad era absoluta en aquellas rocosas cumbres del alma, embozadas, como en un sudario, en el inmaculado manto de la nieve. Tan sólo, de tiempo en tiempo, algún águila hambrienta avizoraba desde el cielo la blancura, por si lograba descubrir en ella rastro de presa.


Los que miraban desde el valle la cumbre blanca y solitaria, el alma que se erguía cara al cielo, no sospechaban siquiera el frío que allí arriba pesaba. Los que miraban desde el valle la cumbre blanca y solitaria eran los espíritus, las almas de los árboles, de los arroyos, de las colinas; almas fluidas y rumorosas las unas, que discurrían entre márgenes de verdura, y almas cubiertas de verdura, otras. Allá arriba era todo silencio. Pero dentro de aquellas cumbres rocosas, embozadas en la arreciente pureza de la blancura de la nieve y escoltadas de cielo, bullían aún las pavesas de lo que en la juventud de las rocas fue un volcán. Los arroyos que desde el valle contemplaban las cumbres estaban hechos con aguas que del derretimiento de las encumbradas nieves descendían; su alma era del alma excelsa que se arrecia de frío. Y la verdura se alimentaba de aquellas mismas aguas de las nieves. La tierra misma sobre que discurrían los arroyos, la tierra de que con sus raíces chupaban vida los árboles, era el polvo a que las rocas de las cumbres iban reduciendo. Y si los arroyos y los árboles contemplaban a las rocosas cumbres, también éstas, también las cumbres de roca contemplaban a los arroyos y a los árboles. Acaso éstos envidiaban la excelsitud y hasta la soledad de las cumbres. Hastiados del bosque, hubiera querido cada uno de ellos, de los árboles, poder trepar a las cumbres y convertirse allí en tormo; pero las raíces les ataban al suelo en que nacieron. ¿Y qué arroyo, por su parte, no ha querido alguna vez remontar a su fuente? Cuando el arroyo que discurre entre vegas de verdor ve levantarse la bruma de su propio lecho fluido y remontar, empujada por la brisa, hacia las alturas de que baja, sigue con ansia esa ascensión vaporosa. Mas lo seguro es que las cumbres anhelaban bajar al valle, deshacerse en polvo para hacerse tierra mollar. Las cumbres, presas en la soledad de la altura, miraban con envidia la vega; su

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blancura se derretía en deseos del verdor del valle. ¿Hay nada más dulce que una nevada silenciosa sobre la verdura de la yerba? Las montañas que ven volar sobre ellas, a ras de cielo, a las águilas, y sienten las sombras de éstas recorriendo su blancura, ansían ser estepa que sienta sobre sí las pisadas de los leones. Y mirándose las montañas y las estepas, y cambiando sus pensamientos, aguileños los de aquéllas y leoninos los de éstas, sueñan en el águila-león, en el querubín, en la esfinge. Y lo ven en las nubes que, acariciando la estepa, como una mano que pasa sobre la cabellera de un niño gigante, van a abrazar a las montañas. También en la estepa, en el páramo, lejos de la montaña, cae la blanca soledad de la nevada silenciosa, y el páramo, como la montaña, se envuelve en arreciente manto de nieve. Pero es que el páramo suele ser también montaña, todo él vasta cima ceñido en redondo por el cielo. Cuando el cielo del alma-páramo de la vasta alma esteparia se cubre de aborrascadas nubes, de una sola enorme nube, que es como otro páramo que cuelga del cielo, es como si fuesen las dos palmas de las manos de Dios. Y entre ellas, tiritando de terror, el corazón del alma teme ser aplastado. Terrible como Dios silencioso es la soledad de la cumbre, pero es más terrible la soledad del páramo. Porque el páramo no puede contemplar a sus pies arroyos y árboles y colinas. El páramo no puede, como puede la cumbre, mirar a sus pies; el páramo no puede mirar más que al cielo. Y la más trágica crucifixión del alma es cuando, tendida, horizontal, yacente, queda clavada al suelo y no puede apacentar sus ojos más que en el implacable azul del cielo desnudo o en el gris tormentoso de las nubes. Al Cristo, al crucificarlo en el árbol de la redención, lo irguieron derecho, de pie, sobre el suelo, y pudo con su mirada aguileña y leonina a la vez abarcar el cielo y la tierra, ver el azul supremo, la blancura de las cumbres y el verdor de los valles. ¡Pero el alma clavada a tierra...! Y ninguna otra, sin embargo, ve más cielo. Sujeta a la palma de la

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mano izquierda de Dios, contempla la mano de su diestra, y en ella, grabada a fuego de rayo, la señal del misterio, la cifra de la esfinge, del querubín, del león-águila. Y cuando empieza a nevar en el páramo, sobre el alma crucificada a su suelo, la nieve sepulta a la pobre alma arrecida, y en el blanco manto se descubren las ondulaciones del alma sepultada. Sobre ella pasan las fieras hambrientas, y acaso escarban con sus garras en la blancura al husmear vida dentro. Todos estos paisajes se ven o se sueñan en esas horas abismáticas en que, al separarse uno de la dulcísima ilusión de la sociedad de sus hermanos, de sus semejantes, de sus compañeros, cae de nuevo en la realidad de sí mismo. Todos estos paisajes he soñado y he visto después de una nevada sobre Madrid, sobre Madrid estepario, y mientras del Madrid administrativo —no hay otro modo de decirlo—, de la arreciente capital administrativa de España, nevaba en densos copos sobre mi corazón. Y mirando a lo largo de la sábana de nieve vi que se levantaba en sierra contra el cielo. Y un momento desesperé. Un momento que se prolonga como la misma nieve sobre el suelo. en el sol, madrid, 6 de enero, 1918

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Viajes y paisajes, esta antología de crónicas de viaje de Miguel de Unamuno vio la luz en el año en que celebramos los 150 años transcurridos desde su nacimiento, y en los días en que almendros, cerezos y otros árboles, despiertan nuestros campos con una luminosa algarada floral para anunciar, con blancos y rosas incandescentes, la llegada de la primavera.


Colección SOLVITUR AMBULANDO Clásicos de la exploración y el viaje para volver a recorrer el mundo con una mirada actual. CL#1.

Por el Himalaya

Francis Younghusband CL#2.

Viajes y paisajes

Miguel de Unamuno Colección Fuera de sí Un paseo literario por el mundo a través de autores y viajeros de hoy. CO#1.

Paisajes del mundo Javier Reverte

Colección VIAJES LITERARIOS Rutas literarias por los escenarios reales o imaginados de los más atractivos escritores y viajeros. VL#1.

El Oriente de Joseph Conrad Salvador Sediles

Colección CUADERNOS DE HORIZONTES Textos, narraciones y ensayos breves en formato portátil. Lecturas nómadas para llevar siempre contigo. CH#1.

Viaje al Caribe de García Márquez Santiago Gamboa CH#2.

Al otro lado de la luz. Una experiencia en Mozambique Ricardo Martínez Llorca CH#3.

Viajes de Marco Polo

Patricia Almarcegui


¡Ancha es Castilla! ¡Y qué hermosa la tristeza enorme de sus soledades, la tristeza llena de sol, de aire, de cielo! miguel de unamuno •

Gran viajero, en el sentido de la profundidad, más que del recorrido o la distancia, el paisaje ibérico es un pretexto en Unamuno para sus meditaciones históricas y éticas. “El campo es una metáfora”, dirá a menudo. Siempre sostuvo que conocer y amar el paisaje era la primera etapa para conocer y amar al pueblo que lo habita. Su lenguaje, su aspiración ética, hacen que sus escritos perduren y que un siglo después todavía nos ayuden a mirar y nos sugieran ideas. Salamanca fue desde muy pronto su centro, su hogar. Castilla fue el símbolo de la Península, aunque las islas, Portugal, y el País Vasco le atraían igualmente. Su vocación iberista, su amor a la paradoja, no le facilitaron siempre su reconocimiento ya que, además, nunca profesó en ideologías al uso, siendo fiel a su libre pensamiento. Profundizaba en las contradicciones de la vida individual y colectiva, desmontaba los lugares comunes y en un país dividido y enfrentado, Unamuno fue naturalmente un símbolo incómodo. Se reúnen en este volumen, una antología de textos y crónicas de sus viajes y excursiones dispersas en otros volúmenes, como homenaje al aniversario de los ciento cincuenta años de su nacimiento. La mirada de Unamuno sobre el paisaje es la que inaugura la generación del 98, pues con ella “el paisaje se hace alma” sentimiento y conciencia, y abre un periodo fecundo en la reflexión de esa idea que se eleva sobre la geografía, el lugar y el territorio, para tomar vuelo en el pensamiento y la creación. •

El significado metafórico del paisaje es expresado por Unamuno en tres sentidos: como expresión de la integración y semejanza entre naturaleza y obra humana; para indicar la existencia de un sistema profundo, latente tras la forma del paisaje y para mostrar la reciprocidad de éste con el espíritu. eduardo mart ínez de pi só n

isbn: 978-84-15958-11-6


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'Viajes y paisajes'. Miguel de Unamuno  

Se reúnen en este volumen, una antología de textos y crónicas de los viajes y excursiones de Miguel de Unamuno dispersas en otros volúmenes,...

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