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EL PAISAJE Y SUS CONFINES Eduardo Martínez de Pisón

COLECCIÓN: CH #5. CUADERNOS DE HORIZONTES Serie:Azimut

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Título de esta edición: El paisaje y sus confines © de esta edición LA LÍNEA DEL HORIZONTE Ediciones, 2014 www.lalineadelhorizonte.com / info@lalineadelhorizonte.com Tel: +00 34 912940024 © del texto: Eduardo Martínez de Pisón © del diseño de portada: Víctor Montalbán / Montalbán Estudio Gráfico © de la maquetación digital: Valentín Pérez Venzalá Fotografía de cubierta: © Jojo Nicdao/Flickr Fotografía del autor: © Darío Rodríguez ISBN epub: 978-84-15958-14-7 IBIC: RGC (Geografía humana); WTL (Literatura de viajes); HPN (Filosofía, estética)

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

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Quien mira un paisaje y sabe su idioma, lee un pasado acumulado de fuerzas geológicas, cambios climáticos, pasos de estepas y bosques, ríos o lagos, cazadores, ganaderos, agricultores, constructores de ciudades, puentes, naves, ejércitos devastadores, reconstrucciones pacientes, quemas de bosques, jardines, economías y sociedades que se fueron, o que persisten, o que llegan. Eduardo Martínez de Pisón

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ÍNDICE

SOBRE EL LIBRO INTRODUCCIÓN Los nidos del silencio El interior del paisaje y el paisaje interior Individuos geográficos Galería de personajes célebres Consideración final: el paisaje, clave de entendimiento, de actuación y de conservación. Nota de la E. SOBRE EL AUTOR SOBRE LA COLECCIÓN

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SOBRE EL LIBRO Famosa es ya esa definición del paisaje como individuo geográfico que ha acuñado Eduardo Martínez de Pisón, pues lo es, precisamente, por estar dotado de individualidad y sentimiento, por ser siempre el escenario de los dramas de la realidad y por ser el espacio imaginado sobre el que proyectamos nuestras emociones y humanidad. Es la suya siempre una mirada poética y reflexiva al paisaje, que se hace interior e íntimo, y esa mirada se transforma en un lenguaje sedoso, metafórico y de una gran hondura literaria. En esta mirada sobre los confines del paisaje, el geógrafo nos recuerda que la contemplación es camino a la comprensión; de modo que educar la mirada, refinarla, sensibilizarla, es apreciar e interiorizar la riqueza de significados con que nos obsequia. Son innumerables los textos y libros que ha dedicado este pensador y geógrafo al paisaje, pero en éste condensa muchas de las ideas que ha ido desarrollando a lo largo de los años, teniendo siempre presente la urgencia de hacer pedagogía de su uso y su disfrute, su comprensión y su respeto, la cortesía a su alma violentada por tanta insensatez humana. Un breve ensayo, tan quintaesenciado en lo fundamental, que anima con su lectura a reconsiderar, a partir de él, nuestra atribulada relación con el paisaje. 6


INTRODUCCIÓN El marco encuadra el paisaje y éste a su vez me rodea como marco. En el paisaje se nace, vive y muere, no sólo se está, nos nutre física y espiritualmente. Es marco y es medio, es circunstancia, es referencia y pensamiento, es belleza y es frío, casa e intemperie. Es mío y es otro. Hay paisajes que esperan y que nos dejan en el camino. Tienen sus normas, tiempos, ritmos a los que pertenecemos más o menos sumisamente. Paisajes que imponen y a los que nos imponemos. Paisajes sin espectadores y paisajes espectáculo. Paisajes históricos (hasta el empacho, decía Unamuno) o sólo barridos por el viento. Naturalezas como marco, como sustancia de la vida, y no sólo como panoramas. En estos cuadros naturales se puede entrar, habitar. Son lugares a los que es posible querer, que se hacen experiencia propia como nidos de silencio, entes dotados de individualidad y reciprocidad, incluso como claves de la actuación en el mundo.

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Los nidos del silencio Oí o leí, no lo recuerdo, que un rabino dividía las culturas en dos figuras opuestas, el círculo como símbolo del sosiego, propia de oriente, y la flecha, como alegoría de la acción, característica de occidente. Y daba su solución armónica entre ambas en la espiral, el círculo abierto y dinámico. Pensé cuando lo escuchaba (o leía) que esa imagen podría también aplicarse a actitudes, a estados personales y a lugares. De inmediato empecé a dividir personas y lugares en círculos, flechas y espirales y corroboré que las flechas se estaban apoderando de los círculos, éstos como dianas de aquéllas. Apenas catalogué espirales, solución del sosiego con ventanas abiertas por donde proyectarse al cambio. Demasiado contraste entre pozos y saetas, entre paisajes y no-paisajes, entre acción, producción, mutación, ruido en aumento y permanencia, calma o melodía en descenso. En los lugares constato cada vez menos armonía y más enervamiento. La red de los grandes pescadores de beneficio ya está lanzada hasta los últimos desiertos, selvas y montañas. Los confines ya están capturados, camino del mercado. En el negocio del territorio, ¿cuánto beneficio financiero no se habrá pagado en paisaje? Los círculos andan rotos por todas partes y los últimos santuarios asediados o asaltados. Así, cuando la 8


geografía de un lugar se sacraliza puede que estos asaltos se sientan como profanaciones. Quiero referirme a los espacios del sosiego y la permanencia, mientras duren o para contribuir a que duren, a los lugares que admiro, respeto y defiendo. A los escapados de la red en algunas profundidades abisales. En ellos aún crezco como la hierba y de los otros me guardo, pero procuro tanto no cerrar la cerca del castillo asediado como no salir disparado de las ballestas que tensan los espíritus combatientes. El sentimiento de tales paisajes (o de tales significados) es el de torres cercadas. Los paisajes, sin embargo, siguen ejerciendo siempre, incluso desfuncionalizados, ese raro papel de la presencia: el paisajemaestro no necesita hablar, enseña en silencio, pero necesita ese silencio. Es entonces cuando la peña inmortal que miras es la que te está mirando. Hay que guardar, por tanto, los nidos de silencio que se dispersan por la Tierra. Los paisajes son los escenarios de los dramas de la realidad. No son ficción, no son telones, no son teatro. No pueden anunciarse, tener temporadas con espectadores y cierres o usos sustitutorios, como pretende el mero turismo. Son los asentamientos de lo real, donde lo que nace, nace; lo que vive, vive y lo que muere, muere; lo que ríe, ríe y lo que sufre, sufre. No hay buena o mala obra, actores y público. El paisaje es, como la cultura, como la estructura social, base de la circunstancia de la vida, el lugar de la experiencia. El lugar 9


necesario, por tanto. Depende de sí mismo y, cada vez más, de la experiencia que buscamos. La misma naturaleza, como paisaje, no es, así, lo otro, sino mi marco esencial y vital de referencia terrestre. Es lo que es, lo que me entrega y lo que le doy en diálogo con el mundo. Vivir así es vivir en el Tierra ¿Puede haber un exclusivo vivir en la sociedad, sin paisaje? Tal vez, pero ya no sería vivir en la Tierra. Hay espacios que sustituyen a los paisajes; un aeropuerto igual a cualquier otro sobre una campiña; un parque eólico cuya dimensión y su movilidad anulan el perfil leve y reposado de la colina en la que se asienta; una ciudad-plan que repite su trama y dibujo en una red impersonal y sin historia; un hotel funcional de cualquier lugar sin lugar, un hangar con nieve artificial... Todos ellos son no-paisajes, espacios banales despersonalizados, crecientes y arrojados sobre el mundo, como si fueran paisajes o sin pretenderlo, pero sin serlo nunca, iguales entre sí, intercomunicados por vías aéreas o autopistas o por caminos virtuales, ocultadores de los paisajes reales que les sirven de solar y sustitutos de sus sistemas geográficos a pie de tierra, que anulan o esconden sus valores o los cambian por escenarios artificiales para una sociedad del artificio que ha prescindido del paisaje. Volvamos, pues, a la Tierra, donde aún el marco es lo que posee cuerpo, faz, fuera y dentro.

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El interior del paisaje y el paisaje interior Incluso, más que un panorama exterior el paisaje es un interior. Primero porque es una forma que tiene dentro, sus paisajes internos y, segundo, porque, aunque constituida por elementos geográficos externos, se revela como paisaje por una concesión interior del hombre en un proceso de cultura. Tal proceso consiste en otorgar al territorio una categoría mayor, a través de cualidades manifestadas por el conocimiento, el arte y la vivencia. El paisaje es un monumento geográfico y por ello humilde y a todos los vientos, pero teñido de un agregado de conocimiento y de arte. En paisaje no es sólo un panorama o un cuadro, una vista enmarcada, sino que tiene interior, tantos interiores como queramos. En la montaña, por ejemplo, lo que se considera como decorado, por ejemplo desde un mirador, si se adentra uno en tal escenario, lo lejano se convierte en lugar, estancia e itinerario que recorrer. E inversamente desde él se vuelve decorado el primer punto de vista, de modo que se hace panorama al mirador. Esto quiere decir que, en sí misma, la rugosidad del paisaje se descompone en múltiples dentros y la búsqueda de tales interiores es lo que ha dado lugar, en una opción cultural adecuada, a la exploración de la altitud. Sólo, claro está, mientras ésta no sea alcanzada por el artificio, pues entonces el paisaje es manipulado como producción territorial, 11


o no es percibido, o no pasa de decorado. O, simplemente, no existe. El dentro significa tres dimensiones, estar rodeado, contenido por el escenario: no es una vista sino todas las vistas, todas las distancias y quedar albergado en el paisaje. Pero no ignoramos que la idea de paisaje más extendida es la de un panorama o la de un cuadro o una página descriptiva; o más en concreto, lo que enmarca la ventana, un encuadre, un hueco luminoso con una perspectiva y una composición definida por un marco, donde se concentra la atención. Ese es el rostro del paisaje, no el paisaje, a no ser que lo acotemos a su imagen. Incluso es una unidad de un paisaje más extenso. El paisaje está compuesto por forma, rostro e imagen. Tras el rostro hay una forma y tras la forma una estructura, ambas producto de un proceso en el tiempo, y todo este conjunto, resultado de múltiples unidades ensambladas y enlazado a su vez con sus vecinos, integrado y zurcido por elementos correlacionados, posee además contenidos logrados por la cultura. El paisaje es ese todo de rostros, formas, sistemas, partes, tiempos, componentes y sentidos. El paisaje tiene significados. Es pues la unidad final terrestre. Y quien sabe leer paisajes recibe ese todo cada vez que arroja la mirada. El paisaje es, por tanto, un método de comprender. Por eso la relación con el paisaje es estética, es científica, es sentimental y es moral. Desde que hay cultura no hay paisajes desnudos. 12


Como consecuencia de ello los paisajes son el lugar y el lugar del espíritu. Por eso no sólo hay un interior del paisaje sino un paisaje interior. El lado subjetivo del paisaje se acopla al objetivo, se configura a partir de él y lo reconfigura culturalmente, produciendo un salto respecto a la concepción de territorio y zambulléndose en la densidad de los significados, de modo que el paisaje se entiende ya en este momento como un nivel cultural. Cuando se dice que hay que educar geográficamente para que tal educación pise el terreno de la realidad, también se quiere decir que penetra en ese nivel, con todas sus aportaciones, e incluso en la vivencia directa del paisaje, en la experiencia educativa inmediata que no sólo consiste en instruir sino en enseñar a entender y hasta vivir. Como terrestres, entre los objetos, propiedades y sentidos de la Tierra, cuna, sustento, referencia y tumba, entre otras cosas mayores. El aprecio a los paisajes también se puede aprender. Así que por paisaje debemos entender primero una configuración geográfica, una estructura y una morfología territorial identificada como tal con cuerpo, profundidad y volumen, con dinámica y con funcionalidad, con valores objetivos y subjetivos. Un orden material y un objeto de conocimiento para comprenderlo, disfrutarlo, ponderarlo y administrarlo. Sus valores subjetivos constituyen su contenido y, por tanto, son indispensables para conocer sus significados, sus 13


sistemas no sólo naturales, sociales, sino de sentidos, de referencias culturales múltiples, de estilos, vinculaciones, identidades, adscripción, vinculación y pertenencia. En el caso de la naturaleza damos por supuesto un orden espontáneo como un jardín a la escala del mundo con sus espacios, pautas, distribuciones, ritmos, escenarios y armonías, del que a veces sólo quedan retazos progresivamente más pequeños y espaciados. La apariencia es, pues, parte del paisaje, sólo una parte. Pero lo que genera no es una parte cualquiera. Pongamos un ejemplo. En su viaje a Cauterets escribía Victor Hugo: “Un pastor sueña en estas rocas con el ruido de esta naturaleza tumultuosa”. Es decir, siempre hay un sueño interpuesto y por ello es inevitable. Sigue Hugo: “Un rayo de sol pasa a través de las nubes y hace de cada gota de agua una chispa”. También siempre hay un descubridor de la belleza y hay que contar con ella. “La tormenta se acerca. Grandes y sonoras gotas de lluvia caen sobre los árboles y las rocas —prosigue el escritor—. Un rayo. Trueno. Un trueno en estas gargantas ya no es un trueno: es un pistoletazo. Pero un pistoletazo monstruoso que estalla en las nubes, cae en la cima más cercana y rebota de montaña en montaña con un ruido seco, siniestro y formidable”. Ahí está ya la vivencia admirada y sobrecogida. “Es una especie de oscuridad pálida entrecortada por rayos en la que ya no se oyen más que dos rugidos: el torrente que brama sin cesar y el trueno 14


que retumba de vez en cuando. Pensaba en este doble ruido y me decía: el torrente se parece a la rabia y el trueno a la cólera”. Aquí finalmente aparece el poeta. Pues, en efecto, todo esto es el paisaje con sus mejores ingredientes: lugares, sueños, belleza, fuerza, experiencia, drama y escritura. ¡Ah, y armonía!: “El valle era una urna inmensa en la que el cielo... derramaba la paz de las esferas y el resplandor de las constelaciones”, de modo que “estas cosas son más que paisaje”, que el paisaje es más que paisaje. Las realidades sensibles —concluye Hugo— nos conmueven, “se produce un espejismo en nuestro interior y tomamos las ideas que nos sugieren para una vida nueva que tienen”. El paisaje del relato ya no será más lo que era: ahora sigue siendo él más el poeta. ¿Está claro, entonces, lo que es el paisaje cuando se admite su sentido interior?

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Nota de la E. Agradezco especialmente a Eduardo Martínez de Pisón su amable actualización y revisión de este texto delicioso que formó parte en su día del Ciclo de Conferencias Fuera de Sí. Ideas para pensar el viaje organizado por mí para La Casa Encendida en Madrid y su participación al mismo tiempo en los cursos sobre Naturaleza y Paisaje de esa institución. Con la publicación de estas reflexiones puedo resolver una larga promesa que, por fin, he podido cumplir.

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SOBRE EL AUTOR Eduardo Martínez de Pisón (Valladolid, 1937), maestro de maestros, es uno de nuestros pensadores y ensayistas que más atención han dispuesto sobre el paisaje. Geógrafo, escritor, montañero es, en la actualidad, Catedrático Emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid. Como especialista en Geografía Física es autor de una extensa bibliografía que atañe a artículos científicos; ensayos y conferencias; libros y relatos sobre divulgación de la geografía, el paisaje y la montaña; y relatos de sus viajes y experiencias en la montaña. Como asesor científico ha colaborado en numerosos documentales y series televisivas y en la actualidad es vocal del Comité Científico de Parques Nacionales y miembro fundador del Instituto del Paisaje de la Fundación Duques de Soria. Ha sido galardonado con numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de Medio Ambiente. Entre sus numerosas publicaciones en los últimos años destacan El sentimiento de la montaña, en colaboración con Sebastián Álvaro, (Desnivel), El largo hilo de 32


seda: viaje a las montañas y desiertos de Asia Central, Imagen del paisaje. La generación del 98 y Ortega y Gasset y el prólogo y edición de Claudius Bombarnac de Julio Verne, todos ellos en Fórcola.

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SOBRE LA COLECCIÓN CUADERNOS DE HORIZONTES. Serie: Azimut. Textos, narraciones y ensayos breves en formato portátil. Lecturas nómadas para llevar siempre contigo. Puedes ver otros títulos de colección AQUÍ

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El paisaje y sus confines por Eduardo Martínez de Pisón  

Un breve y delicioso ensayo sobre el paisaje y sus confines que condensa las ideas y conceptos de este gran maestro desarrollados en otras o...

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