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Moral mínima, corrupción máxima, por José Luis Bazán

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NOTICIAS Versión para Imprimir 15.9.2009.

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Moral mínima, corrupción máxima, por José Luis Bazán Por: José Luis Bazán Nos quieren vender una moral de mínimos. Andamos en rebajas, por lo que parece. Dicen que es necesario que penetre en el mercado de las conciencias para evitar embarazos no deseados, drogas por doquier y violencia machista. Es, afirman, la piedra de toque de la tolerancia en un mundo globalizado, donde hemos de avanzar en el diálogo sin dogmatismos, convivir en la diferencia y desterrar los prejuicios. 0 comentarios

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Moral mínima, corrupción máxima En Profesionales por la Ética José Luis Bazán Nos quieren vender una moral de mínimos. Andamos en rebajas, por lo que parece. Dicen que es necesario que penetre en el mercado de las conciencias para evitar embarazos no deseados, drogas por doquier y violencia machista. Es, afirman, la piedra de toque de la tolerancia en un mundo globalizado, donde hemos de avanzar en el diálogo sin dogmatismos, convivir en la diferencia y desterrar los prejuicios. La diversidad ideológica, sostienen, exige un nuevo pacto social, con contenidos morales mínimos, que permita regir la convivencia sin predominancia de religión alguna, que es siempre fuente de conflictos. Y Educación para la Ciudadanía es el envase perfecto para tan preciado alimento nutriente de los nuevos hombres cincelados a imagen y semejanza del Hombre.

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¿Pueden acumularse tantos despropósitos, palabras vacías de contenido, estupideces y mentiras, sin que los diseñadores de la moral de mínimos se ruboricen? La moral de mínimos es una tentativa de moral, de horizontes pacatos y reglas cambiantes, donde la virtud cede ante las circunstanciales y se inmola ante intereses creados o deseos voluptuosos. Es la moral del poder para el vulgo al que llama pueblo pero trata como chusma, ese rebaño inferior, indolente y cateto. Una moral de autor, o mejor, de autores, esos listorros ilustrados, iluminados por la diosa Razón, henchidos de soberbia y ávidos de jóvenes conciencias en las que imprimir su odio por la verdad, a la que califican de dogmática y prejuiciosa. Porque para la nueva moral, la verdad es un prejuicio a extinguir, un signo de intolerancia a combatir. Dicen que esa moral es común, cuando la inmensa mayoría no la comparte. ¿Cómo puede ser común lo que ha de ser impuesto a la mayoría para que sea la moral social vigente? Si ha de ser impuesta, simplemente, no es compartida. Violencia en el lenguaje, violencia a la realidad. Lo cierto es que lo único común en sociedad es el Derecho. Esa moral minimalista es en realidad un proyecto jurídico, o mejor, un proyecto de poder que pretende que las fuentes del Derecho sean las fuentes de la moral. Si triunfa su sectarismo, será moral todo lo consensuado políticamente, porque la ley positiva nace del acuerdo. Ni la Biblia ni los mandamientos. La moral se consultará en www.boe.es, en el “Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya” o en similares repertorios, a pesar de que en el reparto de competencias diseñado por la Constitución la moral no aparece en el catálogo de lo transferido o

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compartido con las Comunidades Autónomas. Desaparecerán los moralistas y serán sustituidos por leguleyos, y la dirección espiritual será a cargo de departamentos de asesoría jurídica. Inmejorable época para remontar la decadencia de los estudios de Derecho, tan tocados por el positivismo y la escasez de estudiantes. Ya lo auguraba la desparición del utrumque ius, del Derecho Romano y el Derecho Canónico, las dos apoyaturas de nuestra cultura jurídica occidental. Me pregunto: ¿para qué queremos una moral de mínimos, si ya tenemos una de máximos? No necesitamos el mínimo moral que conduce a la mediocridad, terreno abonado para el totalitarismo, sino la excelencia del héroe y el santo. Pero son malos tiempos para la épica. Han desterrado a héroes y santos: demasiado extremismo fundamentalista los del Cid y San Pablo. Ni fortaleza ni caridad. La virtud y el vicio han desaparecido del discurso público. Son un peligro para la seguridad del Estado, porque el heroísmo está dispuesto a sacrificar su vida por el bien y la verdad. Demasiado riesgo para quienes quieren mantenerse indefinidamente en el poder. Por ello se está privando a las nuevas generaciones del sentido poético de la existencia, y se les condena a vivir una vida prosaica. Sin santidad y sin heroísmo, se aparta la posibilidad de lo extraordinario en la vida humana, y se amputa el verdadero horizonte de lo humano trascendente. La moral de mínimos minimiza a la persona, la hace inferior a sí misma, reduce su importancia en el mundo. Es una moral que jibariza la conciencia y narcotiza la sindéresis, el sentido más primario del bien y del mal. Los albañiles del nuevo hombre dicen que su nuevo monumento racional, la mínima moral, es neutral, a diferencia de las “tendenciosas” morales religiosas. ¿Qué tiene de neutral negar que Dios sea fuente de la moral? ¿Y afirmar que no existe ni el bien ni el mal moral por naturaleza? Sus fundamentos son tan neutrales como el islamismo wahabí o las tesis de Marx sobre la burguesía. La neutralidad es objetividad, no indiferencia hacia la realidad ni mucho menos negación de la verdad. Moral sin religión, dicen. Un avance…hacia el abismo de la apatía moral.

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P... Agapito: lo malo pasará si hay... Magnífico, Frid. Una es... Últimos autores Federico Rodríguez de Rivera Jesús Domingo Jesús Salamanca Rafael del Barco Carreras Jorge Enrique Mújica Fernando Pascual Francisco Javier Esteruelas Pedro Hernández del Olmo Ramiro Grau Morancho Toros Aragón Alfonso Campuzano

Hay una moral común, accesible a todo hombre de toda época, condición y creencia, tan antigua como la naturaleza humana a la que acompaña indefectiblemente Esa moral desterrada por la tecnificación y el totalitarismo, ocultada en las Universidades, en la vida pública y en los medios de comunicación. Suplantada por la moral ínfima, sucedánea de la ley común de la familia humana. La ley natural no es religión, ni dogma ni creencia. Es razón natural que capta el bien y el mal, la verdad en cada momento y circunstancia, más allá de relativismos de conveniencia. Es nuestra garantía frente a la tiranía y tabla de salvación frente a la corrupción. Por ello, las fuerzas rectoras del siglo la silencian, y oscurecen la razón hipnotizando nuestra inteligencia. El oscurecimiento de la ley natural en la conciencia humana no es ninguna conquista social, ni una emancipación de la autonomía moral del hombre. La moral de mínimos que nos intentan imponer es una heteronomía prefabricada despóticamente: una moral hecha por una minoría, que pretende ser impuesta a la mayoría, corrompiendo la ley natural. Afirmar la ley natural, desenmascarar la estrategia de sustitución de ésta por la moral de mínimos y la no confesada pretensión de utilizar la moral como arma política son indispensables formas de evitar la consumación del liberticidio. FOTOS -

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