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por José Luis Bazán

LA REL FACTOR DE PAZ

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uropa se está progresivamente incapacitando para comprender en profundidad lo que sucede en el resto del mundo. Le resulta cada vez más difícil entender el horizonte vital de las sociedades subsaharianas e iberoamericanas, la dinámica de la realidad de los países árabes o el fluir social del gigante asiático indio. No es un problema de ausencia de recursos intelectuales e institucionales, de los cuales está sobradamente dotada, sino de un permanente desenfoque miope en sus análisis, causado por el uso de la ideología como filtro de la verdad. Es esta ideología la viga en el ojo europeo que le impide ver claro para sacar la paja del ojo del resto del mundo. Europa ha decidido emanciparse de su propia historia, adoptar como propios los principios ideológicos del relativismo moral y renunciar a la verdad del hombre. Ha ayudado con sus políticas a alimentar la insolente y hedonista primacía del tener sobre el ser, ha exacerbado el individualismo, desprotegiendo a la familia como célula básica de la sociedad, y ha adoptado como propios pseudo-valores que protege y promueve en sus políticas internas y exteriores. De particular relevancia práctica es la postergación de la trascendencia humana y la religión al rincón de lo privado, cuando no de lo vetusto e inútil, e incluso de lo indeseable. En muchos ambientes públicos, es más fácil declararse agnóstico que creyente, y se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada. Tal difusa pero extendida mentalidad está minando los fundamentos de la convivencia social y debilita en extremo la fuerza moral de Europa. Así lo expresaba acertadamente Juan Pablo II en Ecclesia in Europa diez años atrás: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”, una apostasía que abre el


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O DE CONFLICTO camino al nihilismo existencial, el relativismo ético y el utilitarismo, que se manifiestan, a veces, en las formas preocupantes de una “cultura de la muerte”. La descrita perspectiva de la religión, que impregna la mentalidad de no pocos burócratas y políticos encumbrados, no conlleva la total negación de la relevancia política de la religión, pero sí una injustificada tendencia a reducir la libertad religiosa a su aspecto puramente individual (negando su inherente dimensión colectiva e incluso institucional) y a restringirla indebidamente, por ejemplo, dando primacía a los “derechos LGBT” (es decir, de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) sobre la libertad religiosa. Es la actitud que parecen rezumar algunos responsables del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) que están elaborando las que denominan “Directrices para la promoción y protección de la libertad religiosa y de creencia”, un documento no vinculante que próximamente se hará público, y que servirá de guía práctica para la acción de sus diplomáticos en todo el mundo.

LA RELEVANCIA SOCIAL Y POLÍTICA DE LA RELIGIÓN

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A pesar de las desviaciones europeas en su análisis de la religión, estas iniciativas muestran claramente que, en la UE, la religión se ha incorporado, tardíamente, al razonamiento y al ámbito de decisión política internacional. El ejemplo paradigmático es el de Estados Unidos, que cuenta con una Oficina de Libertad Religiosa Internacional adscrita a su Secretaría de Estado, y con un embajador a la cabeza desde 1998. Su informe anual en materia de libertad religiosa en el mundo es una referencia ineludible sobre la situación de tan importante libertad en cada estado de la comunidad internacional. El ministro canadiense de Asuntos Exteriores, John Baird, ha confirmado recientemente la apertura de una oficina similar en su país a comienzos de 2013. Por su parte, el Foreign Office británico ha organizado en enero de 2013, por primera vez para sus diplomáticos, un curso para “comprender mejor la importancia de la religión en la configuración de la política exterior”, con invitados como la ministra de Asuntos Exteriores, baronesa Warsi, el arzobispo de Westminster y presidente de la Conferencia Episcopal Católica de Inglaterra y Gales, Vincent Nichols, y el embajador del Reino Unido ante la Santa Sede, Nigel Baker.

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Sin la apertura a lo trascendente, el hombre se vuelve incapaz de actuar de acuerdo con la justicia y de esforzarse por la paz

El proceso de secularización en Europa y el nada infrecuente prejuicio europeo sobre la presencia pública de la religión es una excepción en el mundo que no se corresponde con las tendencias mundiales generales: el ateísmo, el agnosticismo y la no afiliación religiosa son fenómenos minoritarios (88,4% de creyentes religiosos, frente a 9,6% no religiosos o agnósticos y 2% de ateos, según datos de 2010). No es infrecuente escuchar voces que afirman que la religión ha fracasado en su aspiración a ser, por su misma naturaleza, constructora de unidad y de armonía, expresión de comunión entre personas y con Dios. De hecho, algunos creen que la religión es causa de división en el mundo y, por ello, sostienen que la paz social precisa reducir la religión a la esfera privada. Si bien son ciertas las tensiones y divisiones entre seguidores de diferentes tradiciones religiosas, las causas de los conflictos en los que está presente el factor religioso obedecen más bien a la exclusión, instrumentalización o falsificación de la religión y, en última instancia, a la falta de respeto del derecho a la libertad religiosa.

LAS VERDADERAS CAUSAS DE LOS CONFLICTOS

El rostro público de la religión ha de reflejar su auténtica naturaleza, incluyendo su enorme contribución constructiva en los sectores educativo, cultural y social, así como en otros ámbitos caritativos de la sociedad civil. Esta dimensión es de notable evidencia en el caso de la Iglesia Católica, el mayor agente sanitario y educativo del mundo: el 26% de los centros hospitalarios y de ayuda sanitaria que existen en todo el mundo (117.000 centros de salud) pertenecen a la Iglesia Católica que, además, educa directamente en sus instituciones a más de 60 millones de personas en todos los niveles educativos. La exclusión intencional de la religión es patente en África donde, según las palabras de monseñor Barrigah-Bénissan, obispo de Atakpamé (Togo), en el Sínodo Episcopal en Roma en octubre de 2012, “las sociedades secretas y esotéricas, en especial la franco-masonería, reinan sin ser molestadas en los vértices del estado, en las instituciones más importantes y en todos los ambientes intelectuales del país.” Esta perversión institucional es, sin duda, terreno abonado para el despotismo, la arbitrariedad y el sometimiento de sus ciudadanos a la pobreza, circunstancias todas ellas que conforman un caldo de cultivo ideal para el conflicto. Si a ello le sumamos el intento de supresión de las obras sociales de la Iglesia –que alivian las inmensas carencias de buena parte de las sociedades africanas-, las condiciones que padecen millones de africanos son insufribles. “En África hemos notado la difusión del plan oculto de hacer desaparecer sistemáticamente la influencia de la Iglesia y su guía de las instancias públicas. Algunas de las nuevas leyes tienden a eliminar el papel de la Iglesia de la enseñanza, de la sanidad, de los servicios sociales a las comunidades y como voz moral que defiende los valores fundamentales del Evangelio.” Estas son las declaraciones de un testigo cualificado del proceso descrito, monseñor Beatus Kinyaiya, obispo de Mbulu (Tanzania), también durante el citado sínodo romano. Tal torticera exclusión, más refinada en Europa, ya que apela a principios y valores “comunes”, es la de los opositores a la religión, que no sólo tratan de acallar su voz sino de sustituirla con la suya, y buscan expulsar los símbolos religiosos de los espacios públicos; imponer legislativamente una educación estatal que excluye la dimensión religiosa de la persona; reducir al silencio a quienes disientan de la doctrina oficial (que promueve, por ejemplo, la ideología de género), utilizando como amenaza legal la sanción por promover el “discurso del odio” (hate speech); y empapar las conciencias ciudadanas con una nueva moral que denominan ética “de mínimos”, “autónoma”, “ciudadana” o “laica”. Una moral artificiosa que busca prevalerse de su imposición por el estado para excluir la validez de las morales de inspiración religiosa en


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el espacio público. Es el caso de la negación del derecho a la objeción de conciencia educativa ante “Educación para la Ciudadanía” en España o la imposición por Obama, a las entidades religiosas, de la obligación de pagar abortos y contraceptivos a sus empleados. Sin la apertura a lo trascendente, propiciada por el laicismo excluyente, se impide al hombre encontrar las respuestas a las preguntas sobre el sentido de la vida y la forma de vivir según una moral, y éste se vuelve incapaz de actuar de acuerdo con la justicia y de esforzarse por la paz. En cuanto a la instrumentalización de la religión, no pocos ni menores son los ejemplos, entre los que cabe destacar: la pretensión de la China maoísta de controlar el catolicismo creando, en 1957, una “Asociación Patriótica Católica China”, sometida, todavía hoy, a los dictados estrictos del Partido Comunista; o los movimientos y gobiernos marxistas iberoamericanos, que acogieron y alimentaron cierta “teología de la liberación”, que primaba la subversión política revolucionaria del orden constituido sobre la liberación espiritual. La deformación de la religión adopta diversas fórmulas, siendo el fundamentalismo y el fanatismo probablemente sus expresiones más preocupantes (sin dejar de mencionar el fenómeno de las sectas, o las prácticas religiosas contrarias a la dignidad humana). El islamismo político (particularmente el salafismo) es el ejemplo más relevante al respecto, por cuanto, al identificar institucionalmente política y religión, promueve la imposición de las reglas del islam en todos los ámbitos de la vida, especialmente a través de la “sharia” (que considera delictivas y sanciona severamente la conversión a otra religión, la crítica al islam –que corre el riesgo de ser considerada blasfema- y el proselitismo). Hay que tener presente la importancia del islamismo como desencadenante, por ejemplo, de la creación, el 9 de julio de 2011, del Estado de Sudán del Sur, de mayoría cristiana, que tuvo que padecer la permanente hostilidad y persecución por parte de las autoridades islamistas que dominaban Sudán antes de su división. El islamismo político coloca a los no musulmanes, en el mejor de los casos, en un estatuto de ciudadanía de segunda clase (dhimmi) que les discrimina en la esfera pública. En casos extremos, justifica coránicamente el terrorismo, apelando a la “yihad” contra el “infiel” (como vemos recientemente en el Sahel, donde opera Boko-Haram) y pervierte el significado de la honorable palabra “mártir” (que en griego significa “testigo”), aplicándola a meros asesinos suicidas. La manipulación ideológica de la religión, especialmente con fines políticos, es el auténtico catalizador de las tensiones y divisiones y, con frecuencia, igualmente de la violencia en la sociedad. Pero también el uso abusivo de la religión y su imposición por la fuerza, que desfiguran su verdadero rostro, que es el de favorecer la comunión y la reconciliación entre los hombres. Y, sobre todo, el culto idolátrico que las ideologías ateas rinden a la nación, a la raza o a la clase social, cuyos efectos devastadores quedan plasmados en las decenas de millones de muertos en gulags, campos de concentración, guerras y revoluciones que han asolado el mundo durante los dos últimos siglos: solamente la idolatría comunista ha dejado a su paso un sangriento balance de 100 millones de muertos. Ello sin olvidar la ideología abortista, que pone en riesgo seriamente los fundamentos de la paz, al sostener la posibilidad de negar arbitrariamente el derecho a la vida a una categoría de seres humanos. Los datos empíricos muestran, según los sociólogos Grim y Finke, que, irónicamente, una regulación excesiva de la libertad religiosa no solo no reduce potencialmente la violencia, sino que genera persecución y, en consecuencia, más violencia. La libertad religiosa es condición para la búsqueda de la verdad, que no se ha de imponer con la violencia sino por la fuerza de la misma verdad: es en este contexto en el que la religión es una fuerza positiva y promotora de la construcción de la sociedad civil y política. „

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BAZÁN, José Luis, "La religión, factor de paz o de conflicto", Revista Atenea nº 46, 2013, pp. 76-9.