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reportaje

ños

ue no se les ar de eso?

iteratura Infantil y Juvenil que se realizó

ta: ¿Cómo contar a los niños el dolor,

o, la misma guerra que vivimos. “Yo antes iba a otra escuela y tenía otros amigos”, recuerda Buitrago que le han dicho los niños cuando leen Eloísa y los bichos. También está El árbol triste de Triunfo Arciniegas, un libro de una sutileza casi onírica con ilustraciones de Diego Álvarez en la edición de SM, que cuenta la historia de tres pájaros que llegan al árbol de la casa de una niña. Se quedan tres meses y levantan vuelo. El árbol y la niña guardan la esperanza de que los pájaros vuelvan. Finalmente regresan despelucados y tristes. Entonces la niña y su papá ven por televisión que los pájaros vienen de un país que está en guerra. Los pájaros par-

ten de nuevo, jamás vuelven y la guerra continúa. El árbol triste es un buen ejemplo para mostrar que si bien no hay temas vedados en la literatura infantil, eso no quiere decir que cualquier tratamiento narrativo sea válido. Así como los contenidos son complejos el modo de contarlos también reta a los niños como lectores: giros en el tiempo, distintos narradores, metáforas, personajes contradictorios, finales abiertos, alusiones e inferencias. Mejor dicho, todo lo que debe tener un buen libro. A Pilar Osorio, especialista en literatura infantil, no le cabe duda de que un niño “sabe que hay algo en la página que la página no dice”.

En La luna en los almendros, el lector desconoce qué dice el papel por el que Enrique es acusado de ser guerrillero. Ante la pregunta de si un niño puede interpretar ese papel, Beatriz Helena Robledo dice: “Hoy estamos convencidos de que los niños tienen una capacidad de interpretación activa y de que interpretan a su manera como lo hace cualquier persona a partir de su experiencia y sus conocimientos. Un niño campesino, uno que vive en la calle y otro de una familia con recursos son tres lectores diferentes y seguramente interpretarán ese papel de forma distinta”. María José López, Bibiana Carreño, Leila Patiño y Marta Celis son profesoras que asisten al Club de Lectura Infantil y Juvenil de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Las cuatro han leído libros sobre conflicto con sus alumnos. Muchos de ellos, víctimas del conflicto. “Yo tuve un niño de ocho años que vio matar a su papá cuando era pequeño –recuerda Celis. Cuando leímos La luna en los almendros, él se salió del salón y empezó a golpear todo”. Esa no es necesariamente una mala experiencia. “A través de la lectura los niños se acercan al profesor y cuentan sus historias. Es una forma de despertar emociones”, dice Patiño. Gerardo Meneses recuerda que en una visita al colegio de hijos de oficiales en Bogotá un niño le preguntó: “En su libro el Ejército es malo. ¿Qué pasa cuando es un papá soldado al que matan?”. “Oye, el león es el papá”, le dijo a Bibiana Carreño su hijo de tres años después de leer Camino a casa. Nombrar las cosas Tengo miedo, el libro-álbum de Ivar Da Coll es ya un clásico. Para su más reciente edición publicada el año pasado

por Babel, Da Coll hizo nuevas ilustraciones. Esta vez los monstruos no solo no dejan dormir al protagonista, sino que sacan a los animales de sus casas, se llevan a algunos para no regresarlos jamás y escupen fuego sobre pueblos enteros. “Los monstruos están permanentemente en nuestra vida –dice Da Coll–, se manifiestan con distintas formas: unas veces pertenecen a lo imaginativo y otras son equivalentes a monstruosidades que se dan en la realidad”. La ilustración de una fila de desplazados sin

“En su libro el Ejército es malo. ¿Qué pasa cuando es un papá soldado al que matan?”. final, mamás cargando a sus hijos, hombres con colchones al hombro y niños con tapas de ollas en la mano mientras una especie de aparición los obliga a salir de su pueblo, quedará, sin duda, en el registro de las más impactantes de la literatura infantil colombiana. El miedo es una constante en los libros para niños que hablan del conflicto. De los cerca de quince títulos que se han escrito sobre el tema en los últimos años, casi todos tienen en la primera página la palabra miedo. “Abue, tengo miedo”, dice Juan, el protagonista de Los agujeros negros. Lo mismo ocurre con los niños de La luna en los almendros que experimentan miedo ante todo lo desconocido: el río, una serpiente, los rayos, la violencia y la tristeza de su papá. También hay miedo en No comas renacuajos de Francisco Montaña Ibáñez, quizás uno de los libros más desgarradores

que se hayan publicado en Colombia, y en Paso a paso de Irene Vasco, una de las primeras escritoras colombianas en hablar a los niños de manera honesta sobre el secuestro. Y hay una elaborada mezcla de miedo, culpa y nostalgia en El mordisco de la medianoche de Francisco Leal Quevedo, sobre Mile, una niña que vive en una ranchería en La Guajira y una tarde, al volver del colegio, ve a unos hombres que están contrabandeando armas. El miedo es una emoción estrechamente relacionada con la infancia, pero es también una forma de protegerse ante situaciones peligrosas. Y protegerse, en muchos casos, significa nombrar las cosas que causan horror. “El lenguaje es un lugar seguro porque tiene principio, medio y fin, sujeto y predicado que te ayudan a organizar el mundo –dice Reyes. Y creo que los niños necesitan poner cosas en lugares seguros”. La literatura infantil no debería servir para nada. No de la forma en que sirve una pastilla o un bloqueador solar o un tenedor. Es necesaria, en cambio, para que el lector cree referentes y nombre mundos imaginarios. Es necesaria también para ponerse en los zapatos del otro y sentir un dolor ajeno. Cualquier colombiano que haya crecido en el último siglo podrá recordar una frase que le decían cuando era niño: “De esas cosas no se habla”. Hoy sabemos que no es así, que un niño tiene el derecho a saber que la gente se muere, que en las guerras hay torturas y desapariciones y que en la vida también hay espacio para el horror. ¿Se confundirá? ¿Se hará preguntas cuando cierre el libro? Por supuesto. Sin embargo, que levante la mano el adulto que sea capaz de responderle a Juan, el protagonista de Los agujeros negros: ¿Quiénes son los malos? |

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¿Quién dijo que no se les podía hablar de eso?  

A propósito del Congreso de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil que se realizó en Bogotá del pasado 5 al 9 de marzo, Arcadia pregunta: ¿C...