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e s p e c i a l h ay f e s t i va l

El escritor Rodrigo Rey Rosa

La invención de Rey Rosa Rodrigo Rey Rosa, invitado al Hay Festival, no teme decirlo: “Somos una especie violenta”. Su muy inquietante obra lo confirma. Que su paso por Cartagena sea un motivo para acercarse a uno de los

juan pablo gutiérrez

escritores más fascinantes de América Latina. Lina Vargas* Bogotá

L

os libros del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa son cortos. La más larga de sus novelas alcanza cien páginas y el más largo de sus cuentos quince párrafos. No son completamente detectivescos, pero siempre hay un misterio, un elemento perturbador, que en vez de resolverse termina invadiéndolo todo. No es de extrañar que en la tercera o cuarta página aparezca alguien diciendo: “Creo que acabo de matar a un niño” o que un tipo al que llaman Kentucky Matt le parta el cráneo a un vagabundo conocido como “El chef ” y se escape en un vagón de tren. En sus novelas y cuentos uno puede toparse por igual con un hombrecillo víctima de un terrible experimento de control social, con un periodista involucrado en una red de intrigas de una poderosa familia a la que le gustan los caballos o con Daniel Harkowitz, un muchacho de Arkansas que a veces se cree Satanás.Y ese es solo el comienzo de un desfile de personajes que bordean los límites de la locura y recuerdan a gritos que la violencia también hace parte de la condición humana. Quizás ese sea el sello de la obra de Rey Rosa. Durante los años setenta, con 17 años, Rey Rosa decidió hacer tres cosas fundamentales en su vida: leer, escribir y viajar. Cuando estaba en Europa pensó en ir a Marruecos: “África era el lugar en donde más me situaba y por ahí probé —dice, por teléfono, desde su casa en Ciudad de Guatemala—. Me interesaba la escultura musulmana y el hecho de que allí el vino y el canabis estuvieran prohibidos me daba curiosidad”. En Tánger —una ciudad que años después le serviría de materia literaria para su novela La orilla africana— se inscribió en un taller de escritura con Paul Bowles, el ya entonces legendario autor de El cielo protector, que vivía allí con su esposa Jane desde 1947. El joven Rodrigo tenía 20 años y los otros participantes del taller, en su mayoría neoyorquinos, le doblaban la

*Periodista de Arcadia. 22

edad. “Había una muchacha joven pero no hicimos click. Casi nunca le hablé”, recuerda con una sonrisa que deja adivinar cierta timidez. Un día, durante la tercera sesión, Bowles le sugirió que fuera a recorrer el interior de Marruecos. “Yo me sentí un poco despedido, pero le tomé la palabra y me fui a viajar durante dos o tres semanas mientras el taller se desarrollaba y, la verdad, trabajé bastante”. A su regreso, Bowles lo esperaba con una pregunta. Había leído unos cuentos suyos y quería saber si los podía traducir y enviar a un editor en Nueva York. Rey Rosa vivió durante varios años en Marruecos y su amistad con Bowles continuó hasta la última vez que lo visitó un día antes de su muerte en noviembre de 1999. “Era muy reservado y al mismo

tiempo muy abierto con toda clase de personas. Se comunicaba igual con un marroquí analfabeto que con un músico de Nueva York que llegara a rendirle homenaje. Su casa estaba siempre abierta a cualquier visitante que tocara las puertas”. Uno de esos visitantes fue el pintor mallorquín Miquel Barceló, al que Rey Rosa conoció una tarde, a principios de los noventa, mientras tomaban té en la casa de Bowles. La amistad perdura y el escritor ha colaborado en la revista Matador que Barceló fundó en el 2000. En 1986, Rey Rosa publicó su primer libro El cuchillo del mendigo, una colección de cuentos que él mismo definió como “abstractos”. A este siguió la novela Cárcel de árboles —dedicada a Paul Bowles y traducida por este al inglés— una narración en clave de ciencia fic-

ción que ha sido comparada con La invención de Morel de Bioy Casares y que definió el estilo conciso, claro y breve presente en su obra posterior. Desde entonces ha publicado novelas como El salvador de buques, Lo que soñó Sebastián, —llevada al cine por el propio Rey Rosa—, El cojo bueno, Piedras encantadas, Caballeriza y Severina, que salió al mercado el año pasado. Además, los libros de cuentos Ningún lugar sagrado —trece relatos que suceden en Nueva York y que, aparte de La orilla africana, es su único libro no situado en Guatemala— y Otro zoo, escrito para su pequeña hija. Traducida a varios idiomas, la obra de Rey Rosa ha recibido las mejores críticas, entre esas la de Bowles, quien dijo de Cárcel de árboles: “En este sarcástico informe acerca de la corrupción en la actual

Centroamérica, un funcionario gubernamental sin escrúpulos halla el modo de amasar fácilmente grandes sumas de dinero. Le basta con reunir hombres disidentes del régimen, y por lo tanto “ya condenados a muerte” y entregarlos a una inteligentísima doctora que ha dado con el medio de convertirlos en esclavos sin entendimiento”. ¿Cómo ha sido recibida mi obra en Guatemala? “Con desconfianza, diría yo”, contesta. Pero lo que algunos ven superficialmente como una burla hacia Guatemala, es en realidad un afán por reflexionar sobre la historia de su país. “La política de partido me interesa muy poco. Lo que me interesa es el entramado donde está la política” y agrega: “La violencia institucional es una proyección de la violencia humana general. Creo que somos una especie violenta y me temo que si se ve más de cerca, la historia de la humanidad es la historia de sus guerras más que de sus logros artísticos”. El ensayista argentino Gonzalo Aguilar lo explica así:“[en Rey Rosa] la violencia no es un medio o un instrumento neutro que se subordina a las intenciones de quienes la usan. Se trata, mejor, del origen de la historia, pero es un origen que expresa, a su vez, vacío y sinsentido. La violencia es el límite de la narración y lo único que vale la pena narrar”. Tal vez por eso, porque la naturaleza humana puede resultar profundamente perturbadora, sus libros tienen finales abiertos y, en ocasiones, las tramas son ambiguas. “Los misterios son misterios porque es imposible explorarlos y una vez explorados dejan de ser misterios”, ha dicho Rey Rosa. Resulta curioso que durante nuestra entrevista, recuerde a dos escritores: Patricia Highsmith y Borges. De la primera tomó el consejo de pensar en qué va a escribir al día siguiente antes de acostarse —ella recomendaba acostarse con los problemas para que el inconsciente trabajara—. Sobre el segundo, “podría decir que soy una invención de Borges o — hace una pausa larga, como buscando las palabras precisas— que yo me inventé a partir de él”. |

La invención de Rey Rosa  

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