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Lucian Freud

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obituario

(Berlín, 1922 – Londres, 2011) Juan Darío Restrepo Figueroa

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urió el hijo del arquitecto Ernest Freud y la acaudala Lucie Brasch, murió el nieto de Sigmund —padre del sicoanálisis— y en el mundo de las artes murió, sin riesgo a sonar hiperbólico, el más grande retratista del siglo XX. Freud pasó inadvertido para el público norteamericano hasta 1987, año en que el Museo Hirshhorn en Washington exhibió el trabajo que los museos de Nueva York habían rechazado hasta el momento. En dicho contexto el crítico de la prestigiosa revista Time, Robert Hughes lo proclamó “el más grande pintor realista vivo”, generando un culto casi instantáneo sobre su obra. En 1993 el Museo Metropolitano de Arte en Nueva York organizó la exposición retrospectiva de su trabajo. En el 2001, cuando pintó el retrato de la Reina Isabel II de Inglaterra, una cabeza coronada con la emblemática diadema de diamantes, Freud no pretendió favorecer la belleza del canon irreal de la realeza británica y, haciendo uso de fuertes planos de color y trazando gruesas pinceladas, captó las características fisiológicas y penetró en el perfil sicológico de la reina. La pintura de pequeño formato dividió la opinión de la crítica y el público: los diarios sensacionalistas londinenses aseguraron que se trataba de una representación grotesca de su reina y llegaron a exigir en tono de broma macabra que Freud fuera lanzado desde la Torre de Londres como reprimenda. Esos “escandalosos” brochazos que se aprecian en todos los retratos de su época madura, logrados con una paleta de severos ocres, distan mucho de los retratos lineales y fríos de los años cuarenta. El cambio se le debe a la decisiva influencia que el pintor Francis Bacon ejerció sobre Freud, compañero del artista en la Bienal de Venecia en 1954 y modelo de uno de sus más famosos trabajos, otra cabeza en óleo sobre cobre pintada en 1952. Freud pintó a un reducido número de personalidades y desde 1974 tenía claro: “Trabajo con la gente que me interesa y de la cual me preocupo, en cuartos en los que vivo y conozco”. Como bohemio de vieja escuela, estableció sus estudios en barrios de dudosa reputación y convirtió a su extensa familia y a su reducido círculo de amigos en los modelos que habitan sus obras. “Mi trabajo está dedicado por completo a mí mismo y a mis allegados” ratificó el pintor años después al crítico británico William Feaver. La serie de autorretratos en diferentes etapas de su vida muestran al enigmático creador que resguardó su vida privada para poder trabajar. Insistió que la elaboración de un retrato tomaba el tiempo que era necesario, hasta que se sentía satisfecho. En caso contrario, en cuestión de segundos destrozaba el lienzo. “Nunca podría poner nada dentro de mi pintura que no estuviese allí en frente mío. Eso sería una mentira, un sinsentido, puro artilugio”, le dijo al crítico de arte Robert Hughes. Sus modelos de carnes trémulas, víctimas de la implacable ley de la gravedad, debían posar estáticos en jornadas diarias de 3 a 5 horas, y en consecuencia cada retrato le tomaba años de elaboración. Sus modelos perdieron la noción exacta del tiempo que pasaron

en el estudio de Freud pero recuerdan con precisión cada pose y las miradas inquisidoras del pintor. Las conversaciones en medio de las sesiones eran más una forma de conocer el perfil sicológico del modelo retratado que un descanso y en muchas ocasiones resultaban tan extenuantes como las poses. El crítico e historiador Martin Gayford posó casi 130 horas entre noviembre del 2003 y abril del 2005 para dos retratos y recuerda que en sus conversaciones con el pintor, este “consideraba que la pintura de Leonardo da Vinci era atroz y tampoco le gustaba la obra de Rafael o Vermeer, por su desacuerdo con la idealización de las formas humanas. Prefería la verdad expuesta en los maestros de la pintura: Tiziano, Chardin y Courbet. Admiraba en ellos las caras, cuerpos y la forma como agrupaban personas y animales, logrando mostrar cómo dichas figuras afectaban las unas a las otras”. La exageración retórica de las biografías de vidas ejemplares escapa a Freud, y su vida puede ser resumida en pocas líneas: nació en Berlín en 1922. En 1933 su familia se trasladó a Inglaterra ante el ascenso de Hitler y la legitimación política del antisemitismo, y a los 17 años se naturalizó británico. Su talento fue reconocido muy temprano, y estudió en la Escuela de Artes y Oficios de Londres, en la Escuela de Pintura y Dibujo Anglicana del Este, en Dedham, y finalmente en el prestigioso Goldsmith’s College en Londres. Con apenas 23 años, viajó a Grecia y a París, donde permaneció pintando durante dos años. En 1951, antes de cumplir 30 años recibió su primer reconocimiento público, el Premio del Consejo de las Artes de Gran Bretaña.Vivió y trabajó en Londres. Antes de su muerte, Freud ocupaba sus días pintando un retrato de gran formato en el que su devoto asistente y frecuente modelo David Dawson posaba desnudo acompañado de un perro que miraba el jardín a través de la ventana. La obra en teoría sería expuesta el próximo año para la retrospectiva del pintor en la Galería Nacional del Retrato en Washington.

Cy Twombly

Lina Vargas

E

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(Lexington, 1928 – Roma, 2011)

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n 1959, Cy Twombly decidió instalarse en Roma. Atrás dejaba la Nueva York de los expresionistas abstractos, la ciudad que estaba a punto de recibir el pop art de Andy Warhol y en la que según el propio Twombly todo pasaba en la calle 57, todavía hoy famosa por sus galerías. Su desconcertante partida a Italia, un país que se recuperaba de los estragos de la guerra marcó una pauta en la vida de Twombly y en su arte: un hombre solitario, que rehuía los actos públicos, de mal carácter incluso, cuya obra no se inscribe particularmente en ningún movimiento artístico del siglo XX. Twombly, en cambio, representa aquello de avanzar al retroceder. Sus influencias y fuentes de inspiración están en la mitología de Grecia y Roma, en la poesía épica y algunos de sus trazos recuerdan la pintura oriental. En una de las pocas entrevistas que dio en su vida, al curador inglés Nicholas Serota, mencionó: “Me hubiera gustado ser Poussin —el gran pintor francés del siglo XVI— ”. En esa misma entrevista, Serota intuye una relación entre el paisaje de Lexington, Virginia, donde Twombly nació en 1928, y el mediterráneo de Gaeta, la ciudad italiana en la que vivió sus últimos años. Twombly salió de Lexington a Nueva York. Se matriculó en el Art Students League y el Black Mountain College — epicentros de la vanguardia artística—, estudió con Robert Rauschenberg y Jasper Johns y combinó su admiración por los expresionistas abstractos, en especial por Gorky, con maestros europeos como Kokoschka, Soutine y Klee. Sin embargo, Twombly se empezó a alejar. La delicadeza de su arte, mezcla de dibujo y pintura, y sus evocaciones de un trasfondo cultural europeo, fueron contrarias a las pautas que marcaba el arte rudo de Pollock, tanto como la sensualidad de ciertos trazos frente al recién posicionado minimal art. La obra de Twombly, que incluye escultura y fotografía, es en muchos casos una explosión de color. La superficie de sus lienzos es usualmente cubierta con trazos simples y palabras extraídas de algún poema o de la mitología, una variedad de formas que acercan al artista a la escritura y al grafiti. En 1963 Twombly realizó la exposición Nueve discursos sobre Comodo: nueve piezas exhibidas en la galería Leo Castelli de Nueva York que no causaron mucho entusiasmo. En el 2007 el Museo Guggenheim Bilbao compró la serie por 21 millones de euros, la adquisición más cara de la colección.


Cy Twombly