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literatura Los Appelfeld eran judíos de clase alta que hablaban alemán: “Nuestra casa es amplia y está llena de habitaciones —se lee en Historia de una vida—. Un balcón da a la calle, y el otro, al jardín público. Las cortinas son largas, tocan el parqué, y cuando la sirvienta las cambia, un aroma a almidón se esparce por toda la casa”. El niño Aharon tenía siete años cuando las cosas empezaron a cambiar. Sabía contar hasta cuarenta, pintaba flores y pronto aprendería a escribir su nombre. Ya entonces su ser judío se revelaba como un misterio. Mientras en la escuela los niños lo acusaban de ser el asesino de Jesús, él acompañaba a su abuelo, un hombre silencioso y cumplidor de los preceptos, a orar en la sinagoga. “Me considero una persona religiosa, pero no en el sentido institucional, no rezo regularmente.

Es un escritor desplazado que ha hecho del desplazamiento su tema más propio. El sentido religioso nos indica que la vida tiene una meta. Llegamos al mundo para ser algo”. En 1938 su abuelo murió y, en la casa, los rumores sobre la llegada de los nazis dieron paso a la desesperación. “A veces tengo la sensación de que mi padre está excavando un túnel a través del cual quiere salvarnos. Sin embargo, la excavación es tan lenta que difícilmente está en su mano terminarlo a tiempo”, escribió en Historia de una vida. Es justo ese momento, previo a la catástrofe, el que Appelfeld recrea en gran parte de su obra. Pero esto no quiere decir, como comenta Roth, que sea un escritor del Holocausto. “Appelfeld es un escritor desplazado que escribe una narrativa desplazada, que ha hecho del desplazamiento y la desorientación su tema más exclusivamente propio”. Su novela más conocida, Badenheim 1939, se sitúa en una ciudad austriaca de descanso para judíos adinerados. La primavera ha comenzado y el señor Pappenheim prepara un festival. Hay otros personajes: el farmaceuta Martin y su esposa Trude, los músicos polacos, el profesor Fussholdt, las prostitutas Sally y Gertie, el januka, un prodigio del canto, y los gemelos que recitan a Rilke. Todos están tan ocupados con sus asuntos que no se dan cuenta de que el Departamento de Sanidad ha llegado para registrar a los judíos y declarar la cuarentena. Es una

narración fragmentada, desprovista de causalidad y de contexto, en donde la falta de descripciones es compensada con un sinfín de voces y de juegos con el tiempo y el espacio y en la que los temperamentos de los protagonistas cambian de manera intempestiva. La escritura de Badenheim 1939 recuerda a Kafka y a Beckett. Appelfeld ha mencionado a Kafka como una influencia por la lengua del absurdo. Llama la atención que esa sea la palabra que describa a la guerra. Por eso le pregunto: ¿Cuando la realidad supera todo lo imaginable, lo que queda no es el horror sino el absurdo? “Lo mejor es no hablar — responde—. Toda conversación restringe. Yo estuve en lugares horribles donde asesinaron a personas por el único motivo de que fluía sangre judía en sus venas. Cuando lo vi tenía ocho años y medio. Después de la guerra me pregunté ¿qué ha pasado? ¿Cómo un pueblo culto, como el alemán, asesinó a niños, mujeres, hombres y ancianos solo porque eran judíos? Quise comprender ese absurdo. El horror es imposible de asimilar. Lo único que uno puede hacer es rechazarlo”. Una narrativa desplazada “No hablaré del campo de concentración, sino de mi huida, que emprendí en el otoño de 1942, cuando tenía diez años”. Para entonces, su madre había sido asesinada por los nazis y su padre había muerto. Appelfeld huyó y dejó de ser él mismo. Tenía que esconderse, no solo de los alemanes, sino de cualquiera que lo denunciara por ser judío. Y el instinto apareció para salvarlo. Encontró fresas silvestres, manzanos y perales, supo aprovechar las zanjas para dormir, aprendió a mentir, se hizo amigo de los animales y descifró las señales de la naturaleza. Los pájaros, por ejemplo, son excelentes detectores de personas. “En tiempos de guerra uno pasa por una transformación y yo pasé a ser un pequeño animal porque el instinto animal es mucho más efectivo que el pensamiento”. Durante tres años Aharon Appelfeld dejó de hablar. Y, al tiempo que su pasado se hacía borroso, el reencuentro con sus padres se convertía en una ilusión. En un invierno, cuando el frío era insostenible para vivir en el bosque, trabajó en la casa de María, una prostituta rutena, alcohólica y esquizofrénica, cuya descripción concuerda con la de algunos personajes de Katerina, su novela publicada en 1989.

La escritura y el olvido Así como durante la guerra el instinto superó al lenguaje, al finalizar, la memoria corporal se alzó sobre otra clase de recuerdos. “Generalmente decimos que la memoria está en nuestra conciencia, pero en realidad está en nuestro cuerpo. Cuando tocamos algo familiar como una mesa o un libro, el recuerdo resurge de inmediato”. Algo similar ocurrió con la escritura. Appelfeld define la literatura como lo que tendría que suceder. La historia, en cambio, se ocupa de los acontecimientos. “El arte no es sociología, ni psicología, ni historia, ni política. Es el mundo interior del artista. Y cuando hablamos del mundo interior, nos referimos al mundo primordial, el mundo de la infancia, que está desprovisto de ironía y cinismo”. No fue fácil. Al terminar la guerra se creía que la literatura tenía que ser testimonial. ¿Dónde están los héroes en sus novelas?, le preguntaban los críticos. Appelfeld empezó a escribir en Israel. A su llegada, en 1946, no podía hablar. El alemán era la lengua de los asesinos de su madre, y de los otros idiomas que había aprendido en su infancia (ruteno, rumano y ruso) apenas si recorda-

ba unas cuantas palabras. Intentaba reprimir sus experiencias, así como la mayoría de la gente que se había embarcado desde Europa hacia las costas de Jaifa, en un país caluroso y desértico que prometía una resurrección para el pueblo judío, pero también se obligaba a olvidar el pasado europeo. Trabajó en los kibbutzim, se alistó en el ejército israelí y tomó clases de hebreo, un idioma que entonces le parecía seco pero que se convirtió en su instrumento artístico. “El hebreo es una lengua muy concisa, que ahorra mucho y que se refiere a los hechos concretos. La formación del hebreo está en la Biblia. En su prosa no hay ninguna descripción de más. Lo que determina la prosa de la Biblia son los hechos. No hay explicaciones. No hay moralización. Es el lector quien analiza y juzga”. Justamente

así concibe Appelfeld la escritura. En 1962 publicó Humo, su primer libro. Poco a poco fue descubriendo el secreto de su propia vida y, como señaló el filósofo francés Alain Finkielkraut, vio cumplirse lo humano en el don sin palabras y logró hacer una obra a la altura de ese silencio. Cuando la entrevista se acaba, Appelfeld me pregunta qué significa mi nombre. Es una pregunta muy común en Israel, donde casi todo oculta un relato. Yo le respondo que alguna vez leí algo, pero que desafortunadamente lo olvidé. Entonces, quizás por sacarme del apuro, me dice que el suyo es de origen egipcio y que no tiene un significado particular. Unos días después, recordé la conversación y encontré esto: Aharon quiere decir fortaleza en la montaña y el que lleva la luz. |

En el mercado

Katerina Aharon Appelfeld Norma, 1994 212 páginas $16.000

Vía férrea Aharon Appelfeld Losada, 2005 200 páginas $38.000

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En la guerra no se habla