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Raspada, aruñada, sucia. Las casas: raspadas, aruñadas, sucias.

La niña corre tras él, a las tres de la tarde del domingo, entre las carreras 11 y 12 con calle 13 del barrio Fray Damián. El niño atraviesa el pasillo de la estación;

se enreda entre las barandas, grita, ríe, se tropieza al saltar y corre hacia la otra

acera. La niña se rinde y sale tras otro. Lo logra: -¡metete y verás cómo te saco el otro diente!- Tiene ocho años. Blusa morada, que combina con el sujetador de su pelo.

A su sonrisa le falta un diente. Los niños siguen atravesando las


barandas, se cuelgan de los tubos, oprimen el botón para abrir las puertas y cua-

do ésta empieza a cerrarse, ellos salen, entran, salen, entran, salen y ¡zaz!

-¿te alcanzaste a machucar? ¡mostrá, mostrá!-. Todos ríen. Es el dedo gordo. El más pequeño sube por las rejas de la puerta, toca el pico del acero y se

sienta en el borde. Desde el extremo del vagón se alcanza a ver uno de sus pies descalzos, jugueteando con las varillas…-¡bajate de ahí, carajo, que ahí viene el…!- La hermana del niño no alcanza a terminar -¡Niño! Bájese de ahí. ¡Qué cosita! Les da uno confianza y vea. ¡Hace el favor! ¡Este no es un

de juego!-

sitio


La dinámica cambia. Acá los guardias del MIO los fines de semana en las tardes deben estar pendientes de los niños: “se

trepan, corren, entran a la estación. A veces, dependiendo del bachiller que esté, joden menos. Pero ¡eh! Parece que les hubieran hecho un parque”. El parque de La Olla, la herida social. Donde a las casas se les ve la esterilla, los ladri-

llos están raspados, las calles desarticuladas. No hay cómo pensar en otro tipo de parque. Las cuatro niñas y los tres niños se recuestan sobre las barandas.


El niño de camisa roja, pantalón beige y chanclas, coge un palo de

escoba partido, entra a la estación y, sin saberlo, imita a Chaplin. Coge su bastón con las dos manos, da pasos cortos, talonea y, riendo, espera a que pase un bus para montarse. Sube al bus hasta la franja amarilla,

–A Doña Pancha le gusta la revancha- canta con efusividad

mientras los pasajeros desconcertados lo observan. El pito le indica que las puertas van a cerrar. Sale y sigue cantando mientras los demás ríen.


El guardia lo observa. No le dice nada. Se ha establecido un

acuerdo tácito; acá algunas reglas se rompen porque la infor-

malidad del lugar así lo permite. Los niños son los que ponen

los límites.


Por el rabillo cristalizado de la estación, se refleja el siamés azul, con

Dos niños juegan con el palo en medio de su camino. En segundos, no es su

la cuenta de tres: uno, dos, ¡aaahh!-. Como palomas, logran volar al pasi

desde su silla de ruedas, sin camisa, haciendo de la calle un lugar íntim

queño y conduce su automóvil hasta la esquina. La calle es el único lugar

tas abiertas, personas al umbral entre calle y hogar. El cemento es el ún


n aspecto irregular. Viene desde el extremo de la otra cuadra.

u reflejo, sino él mismo y su sonido ahogado los que dan la señal: -Yiyo a

illo descubierto de la estación. Sobre el andén, el tío de Yiyo lo mira,

mo. No dice nada, sólo mira. Cada tanto tiempo, deja de observar al pe-

r, si se vuelve caótico el metro cuadrado para cinco. Ojos fisgones, puer-

nico espacio que se puede y desea observar.


A las cinco treinta un hombre camina hacia la calle de la esta-

ción. Antes de poder seguir su camino, una moto de la policía se acerca. Desde la vitrina, la acción silente se desarrolla. Un agente le retuerce el brazo derecho, el otro palpa sus pantalones. El hombre sostiene la mirada en un gesto de valentía, como si su brazo aún no se viera afectado. Gasolina. Ahora son los dos brazos los que retuerce el policía mientras el otro busca las esposas. –Estaba caminando acelerado desde la otra cuadra, porque a la muchacha le rajó los brazos. Fue la mamá la que salió corriendo porque esa niña estaba toda chorreada.


“Estaba caminando acelerado desde la otra cuadra, porque a la muchacha le rajó los brazos.”


El tiempo decide qué gesto mostrar.

En la os-

curidad, los niños a la sombra, el rostro tensionado, el caminar menos despreocupado. Sábado en la noche: en la esquina de la panadería, un indigente escarbando la basura hasta la náusea. Dos hombres sentados en el andén de la callejuela parlotean; los niños más grandes juegan escondite, la mayoría llenos de polvo. Un hombre logra desprenderse del pegante. Olfatea. Empieza a cantar.


Por el pasillo de la estación se asoma una mujer que lleva diez minutos esperando continuar su recorrido. –Mona, mona- le gritan desde el extremo del pasillo –mona, venga le digo- La mujer, de espaldas a él, da un paso hacia el vagón: –mejor me entro-. El exterior se puede contemplar a través de la vitrina si no se desea entrar en contacto.


Faltan 10 para las seis. Las tres niñas más grandes, entre los once y doce años, junto con el perrito, salen en busca de cerveza; a la niña de ocho años, un hombre gordo y sin camisa, que está a la entrada de una casa de bahareque azul, le grita, desde el otro extremo de la estación, que ya está bueno, que van a ser las seis, que se entre. La niña no hace caso y busca a sus amigos. El señor vuelve a gritarle: -¡Te entrás! ¡Mirá cómo estás, toda sucia! Ya no más- La niña patalea: -un rato más, yo sólo puedo salir los fines de semana ¡no es justo!-.


Por el rabillo del ojo, se da cuenta, que a cuatro metros viene corriendo el niño del bastón con los brazos abiertos para agarrarla. La niña grita, sube las barandas, atraviesa la estación, cruza la calle y mientras el hombre le insiste, ella ya está escondida detrás suyo. El niño la observa desde la distancia. El hombre da la vuelta, la toma de la mano y cierra la puerta. El juego ha terminado. La estación la cierran a las diez treinta, pero el parque ya se está transformando y la calle ya está cambiando.



La Ciudad Vista