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Historia de amor verdadero entre una rana y un cucarrón Francisco Montaña ilustraciones de

Amalia Satizábal


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Un carrito de helado

Aunque las ranas lo hacen

muy lentamente, Rana parpadeó con gran velocidad. Los rayos de sol caían sobre sus ojos y ella quería ver con claridad lo que se movía al frente. “Todos los inventos son verdaderos” leyó Rana despacio y lo miró sin terminar de entender el sentido de esas palabras. Debajo del armazón sobresalían unas patas de gallina que zanqueaban rítmicamente sosteniendo al carromato en un difícil equilibrio. Aunque el sol ya no le caía en los ojos, Rana parpadeó de nuevo. 9


Simplemente no podía creer lo que veía. Así que se quedó mirando el bamboleo de esa cosa que rechinaba y llenaba el aire de zumbidos y latidos y crujidos, hasta que se detuvo. Al hacerlo, soltó una exhalación tan fuerte que levantó una nube de polvo y hojas secas, asustó a una manada de guacamayas y las hizo lanzarse al cielo chillando. Entonces, Rana pudo oír una voz diminuta. —Acá se venden los helados de los principios o los finales de las historias. Nunca en la mitad de un cuento, un helado de estos comerás —berreaba la voz que parecía adolorida por un pellizco de uñas largas. Pero a Rana no le importaron ni el ruido del monstruo mecánico, ni los berridos de la canción que hubieran asustado a sapos más grandes y feos que ella; quería ver. 10


Y no es que fuera una rana curiosa. Al contrario, le gustaban el fondo de los charcos, la sombra húmeda del buchón de agua, los escondites y las cavernas de las orillas de los lagos y lagunas y, sobre todo, el agua de lluvia apozada entre las hojas afiladas de los quiches, sitios muy tranquilos donde siempre se escondía. Aunque de tanto esconderse se hubiera vuelto muy tímida y escurridiza, sabía que gracias a dejarse ver poco seguía viva y no en el buche de algún pato. Pero Rana era una ranita especial. Tenía un enorme par de ojos y se había dado cuenta de tenerlos. No como las otras ranas que llevaban sus ojos sin apenas notarlo. No, ella miraba y sabía que estaba mirando. Y este aparato, este armatoste, esta vocecita chillona que chirriaba esa canción y anunciaba esos helados tan 11


particulares, merecía por lo menos una pequeña mirada. “Una miradita”, se dijo Rana y de un salto llegó hasta el lado del monstruo. Cuando estuvo cerca entendió con precaución que era un carrito de helados con cosas muy raras encima. Estaba hecho con partes de todo lo que su dueño había sido capaz de imaginar y seguía imaginando. Era el

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cajón de los juguetes que no se quieren tirar. Todo lo que su dueño quería se hacía espacio en él sin importar si conjugaba con las demás partes. En su superficie se podían ver tejas de barro, de lata, de zinc, de plancha de concreto; también había cercas de alambre, de madera, de tapia pisada, setos de pino, así como las patas y cabeceras de las camas en las que alguna vez durmió

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o quiso dormir; el interior de una tina de baño, sillones, sofás. En medio de todo se podían adivinar las torres de iglesia con sus relojes y los campanarios que alguna vez vio en un atardecer; molinos de viento girando en medio del desierto, llantas de avión, carros de carreras; pequeñas explosiones solares acomodadas en los espacios vacíos que iluminaban y daban vida al conjunto, e incluso partes de selva con ríos y pájaros desplazándose armoniosamente. Rana sabía que un carro de helados puede cambiarle la vida a una rana. Detrás de los helados vienen los niños, los niños cazan ranas, y ninguna rana, ni siquiera Rana que era tan especial, quería ser cazada por un niño. Revisó bien y, por suerte, confirmó que cerca de este extraño carrito de helados no había ninguno. 14


Ciclo ii historia de amor verdadero entre una rana y un cucarron