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Esa callada fotografía

guarda en su silencio la historia de un instante y la revelación del presente como un ser fugitivo. Nuestra conciencia está siempre junto a la puerta del presente deteniendo el paso de los recuerdos, dejando transitar sólo unos pocos, aquellos que son privilegiados. Guardián de nuestro pasado. Ese pasado al que no volvemos y que, no obstante, está “presionando contra la puerta de la conciencia que querría dejarlo fuera” (Bergson 48). Ante su empuje sólo se cuelan unos pocos recuerdos que “logran pasar de contrabando por la puerta entreabierta” (48). La conciencia, jardinero de la memoria que poda, limpia y selecciona, nos acompaña, como señala Bergson porque “el amontonamiento del pasado sobre el pasado prosigue sin tregua” (47). Somos lo que hemos sido desde nuestra primera infancia, desde antes de nacer: “nuestro pasado nos queda presente” (48). No pensamos nuestro pasado, pero es con él que vivimos, “aunque sólo una débil parte se convierta en representación” (48). Sólo una parte de la inmensa memoria, de los miles de recuerdos y percepciones que tenemos en nuestra vida. Dentro de esos pocos instantes privilegiados están las fotografías, esas imágenes fijas depositadas en el viejo álbum que nos cuentan nuestra historia familiar y dan textura narrativa a los sucesos de la vida propia y de los que nos antecedieron. Imágenes desde los ojos del fotógrafo, casi siempre anónimo, que roba la huella y la hereda al porvenir. Hablamos del retrato, casi como se establece en una novela, esa imagen del cuerpo que puede revelar, además, las inquietudes del alma, la configuración de la personalidad. Hablamos de la fotografía como representación o mimesis de las cosas, como testimonio de las acciones y de los sucesos. Una voz se siente al pasar las páginas del álbum, una voz que describe o narra para la memoria del que escucha. Los variados lectores de las fotografías, como todos los buenos lectores, enriquecen su lectura cargada de pasado y actualizan su vitalidad. Traen al presente, enriquecen nuestras propias experiencias, como si viviéramos o hubiésemos vivido varias vidas, la nuestra y la de los otros que nos cuentan y depositan en nosotros la materia de su memoria. La nuestra y la de quienes nos miran desde ese gesto perenne. Una anécdota familiar puede convertirse en un referente constante, lleno de vigor y de actualidad. La lectura de las fotografías y la narración del álbum son dos actos de inmortalidad, anhelo que se puede entender de distintas maneras. Para Borges no era un asunto personal, sino algo parecido a lo que señalaban algunos de sus autores favoritos: Schopenhauer se refería a la “voluntad de resurrección”, Shaw la entendía como “fuerza vital” y para Bergson era el “ímpetu vital que se manifiesta en todas las cosas” (Borges 178). Es aquello que pervive siempre en la memoria, en la obra,

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LIJ Ibero. Revista de Literatura Infantil y Juvenil Contemporánea. Núm. 1  

El número 1 de la revista LIJ Ibero correspondiente a la Primavera 2016 es un viaje subversivo y poco canónico. Ésta publicación es un tanto...

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