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ÍNDICE VODKA por IBLIS ............................................................................................................. 2 VOLVER LA VISTA ATRÁS por THIARA WILD ......................................................... 3 CITIZEN ERASED (capítulo 1) por ARIMA SHIRO .................................................25 PLAYFULLY por CHISE_2602 ......................................................................................34 DRABBLE X por CHISE_2602 .....................................................................................42


V O D K A por IBLIS Un vaso de Vodka. Ni siquiera uno lleno, apenas unos 100 cc, mezclados con algo de hielo. Un vaso de Absolut Mandarin, una variedad que a él le parecía "para niñitas", demasiado dulce para su gusto, demasiado suave. Un vaso, eso era demasiado poco. Pero luego de media hora se dio cuenta de que para Mello era demasiado a secas. Jamás lo había visto ebrio. Siempre había pensado que tenía aguante, dada la forma agresiva del rubio. Matt no solía ser prejuicioso, pero, alguien que se comportase así no podía, definitivamente, ser abstemio. No con su ropa y su llamativa apariencia, que parecían gritar "bitch!" en cada uno de los pliegues del cuero negro, para consternación del pelirrojo. Menos aún tener tal intolerancia al alcohol, que luego de unos sorbos le había bajado la risa tonta, se había desinhibido (aún más que de costumbre), bailado arriba de la mesa, agarrado el culo a la mesera y luego se le había subido en las rodillas con cara de gato en celo. Bueno, sí que podía. Menos mal que nadie los conocía en esa zona. Así que, cargó a un balbuceante (y muy alegre) Mello durante el breve trecho que les separaba de sus vehículos, tratando de dilucidar qué harían con las motos. Mello no podría conducir en ese estado... Una lengua fría y juguetona lo sacó de sus cavilaciones. De entre los balbuceos, en una extraña lengua que no acertaba a reconocer si era la natal del rubio o el universal lenguaje de la gente ebria, ya podía distinguir su nombre, pronunciado con insistencia y el timbre inconfundible de cuando Mello estaba excitado. -Matt... -los ojos del rubio se veían bien borrachos. De alguna manera, se les escapaba la dulzura que no transmitían cuando estaba en sus cabales -bésame, Matt... El cuerpo tibio se apretó contra él, transmitiéndole parte de su delirio. Con el rabillo del ojo localizó un letrero neón brillante, y se dirigieron ahí mientras la borrachera los perdía a ambos.


VOLVER LA VISTA ATRÁS por THIARA WILD Bajo un velado cielo de medianos de enero, de donde se precipitaban unos fríos copos de nieve inmaculados, se levantaban dos figuras, una más alta que la otra, vestida con un largo abrigo que cubría parte de sus rodillas y un elegante sombrero Manhattan. La otra figura, envuelta con anchas ropas de abrigo y una cálida bufanda cubriéndole el cuello, tomaba con su pequeña manita la de su acompañante. El dióxido de carbono que salía por su carminácea nariz se condensaba en vapor, produciendo así la curiosa semejanza con el humo del tabaco. Cualquier criatura se habría divertido fingiendo ser un adulto con su cigarro, no obstante éste no movió ni un dedo. Es más, permaneció agarrado a la mano de su viejo coadjutor mientras miraba receloso la gran verja que se alzaba frente a ellos. Las campanas retumbaban, majestuosas, en el campanario. Ocho fueron las veces que tañeron. - Ya es la hora, Elle. El pequeño miró a su cuidador con los ojos vidriosos pero no derramó ni una sola lágrima. Se concentró en empezar a caminar hacia esa prominente valla que le aislaría del mundo donde hasta ahora había vivido. Después de cruzar el jardín cercado, donde decenas de niños jugaban animadamente con la nieve, al cuidado de sus superiores, llegaron a la puerta principal, precedida por cuatro escalones y una pequeña barandilla metálica. La gran figura de larga chaqueta y sombrero Manhattan* llamó a la puerta, golpeando tres veces con los nudillos. - Bienvenido, Quillish. - Gracias, Roger. Todos los niños se quedaron mirando ese nuevo huésped que su querido Quillish había traído al orfanato, pero pronto se olvidaron al ver que se sumergían en la calidez de la residencia. Las tres siluetas que se dibujaban en el tono ceniciento de ese día nubloso y nevado desaparecieron dentro del gran edificio blanco. El pequeño Elle seguía sujetando la mano de Quillish con fuerza mientras llegaban a un gran recibidor, amplio e iluminado por la luz de una araña que colgaba del techo. Frente a ellos, se alzaba una ancha escalera, con barandillas a cada lado. A mano derecha se encontraban dos habitaciones: una inmensa cocina con varios utensilios y un baño, también enorme, de brillo níveo, que parecía emanar luz propia. Al lado opuesto, había un gran y espacioso comedor, por el que se accedía por una entrada dividida en dos grandes puertas de cristal, con dos tiradores dorados y una escritura que encabezaba el pórtico: “Sursum corda”, palabras en latín que infundían ánimos a todo aquél que las cruzara. La sala estaba repleta de infinidad de mesas con sus correspondientes sillas. Las paredes se abrían al exterior con grandes ventanales, vidriados. Junto a la puerta de entrada, había colocados unos armarios con las puertas de cristal, donde se guardaba la vajilla. Al lado del comedor, se alzaba otra habitación, la de Roger y, ahora que había vuelto, también de Quillish. Era muy amplia, con dos camas a cada lado y un


escritorio sobre el que había colocado un ordenador y muchos papeles esparcidos. En un rincón se escondía un armario de dos puertas. Roger les enseñó grosso modo la planta baja del orfanato. Después de eso, subieron las escaleras centrales, hasta llegar al primer piso. En vez de estar cercado por una pared, lo estaba por una balaustrada, con lo que podía verse qué y quién había arriba. En ese piso se encontraban las habitaciones de los más pequeños, que dormían en grupos de cuatro para que no se sintieran solos por las noches ni tuvieran miedo. Los pequeños no se encontraban en sus habitaciones, sino que se oían gritar en el blanco jardín, jugando animadamente con la nieve, mientras que los muchachos mayores estaban disfrutando de su tiempo libre en el centro del pueblo. Al fondo del pasillo, a mano derecha de las escaleras, había otras escaleras, que conducían a un segundo piso. Allí se encontraban las habitaciones de los mayores, que dormían en parejas, otro baño y una formidable biblioteca. En las paredes de aquella enorme sala sólo había estanterías. Miles y miles de libros se alzaban. Las estanterías eran tan altas que se necesitaba una escalera de mano para poder llegar a los libros colocados en lo más alto. Varios sofás y sillones de terciopelo escarlata decoraban la sala, junto a una alfombra del mismo color que reposaba encima el parqué. A un lado, quemaba el fuego de una chimenea de madera barnizada, con el alféizar blanco. Encima de éste, había colocados varios marcos lacrados con fotos antiguas dentro y un reloj de péndulo dorado. En la pared, sobre la chimenea, colgaba un viejo espejo alargado con un marco decorado con volutas, también dorado. Los tres personajes echaron un vistazo rápido al resto del orfanato y, seguidamente, volvieron al comedor. Quillish miró a Elle, extrañado. - ¿No tienes hambre, Elle? El niño asintió con un hilo de voz, tímidamente. Sus ojos azabaches brillaban con intensidad, mientras miraba con curiosidad todo lo que le rodeaba. Roger les invitó a pasar al comedor. - Sentaros, haré que os sirvan algo de comer. Aunque todavía no sea la hora de comer, seguro que en la cocina habrá algo preparado. Quillish y Elle se quedaron solos en ese gran comedor. - ¿Qué te pasa, Elle? ¿No te gusta? El niño moreno silenciaba sus respuestas, mirándose fijamente las rodillas. - No estarás aquí eternamente… Cuando estés preparado para ejercer el papel del detective L, podrás irte. Mientras te preparas, deberás vivir aquí… Aguanta un poco, esto no está tan mal… Elle miró a Quillish, que le dedicó una cálida sonrisa. - ¿Qué les ha pasado a mis padres? Quillish se sorprendió al oír tal pregunta, ya que no le había contado nada acerca del accidente de sus padres. - Verás, Elle… Tus padres, tuvieron un accidente con el coche cuando iban a buscarte al colegio… - Murieron, ¿no es así? - Sí… Pero no al instante. La ambulancia los llevó al hospital. El médico que se encargó de ellos me llamó y me dijo que tu madre no paraba de repetir un nombre,


el tuyo. Fui al hospital pero ya era demasiado tarde, así que te recogí y te llevé aquí. El resto ya lo sabes. Elle miraba de nuevo sus rodillas, mientras intentaba contener sus lágrimas, cosa que fue imposible. Sus ojos estaban inundados de gotas de esa sustancia salada. Su voz se desgarró en un chillido amargo y profundo. - Lo siento, Elle. No debería haberte contado esto. Quillish abrazó al pequeño con ternura, y le cogió por la cabeza, acariciándole el pelo para intentar calmarle. Elle se agarraba con fuerza a la americana de su tutor mientras lloraba descontroladamente. En ese momento entró Roger, portando en una mano, un plato con un pedazo de pastel de chocolate y, en la otra una taza de té humeante. Lo dejó todo encima de la mesa y acarició la cabeza de Elle con afecto. - Toma, está muy bueno. Come un poco. El crío se miraba, con los ojos llorosos, el pastel. No quería comer, no quería pastel, no quería nada. Quillish insistió. - Sé que comer pastel no arreglará mucho las cosas, pero tienes que alimentarte. Come, está rico. Elle cogió el pequeño tenedor solamente con el índice y el pulgar y lo hundió de lado en la tarta, a modo de cuchara. El tenedor salió de nuevo con un cacho de pastel pinchado en sus puntas. Elle abrió la boca y se metió en tenedor. Segundos después, sus ojos empezaron a brillar levemente, y tomó otro pedazo, y otro, y otro, hasta que, a pedazos y a sorbos de té, se terminó todo lo servido. - ¿Te ha sentado bien? – le preguntó Quillish cuando acabó de relamerse el borde de los labios, donde quedaban restos de chocolate. - Sí… - contestó en chico tímidamente. - Bien, entonces mejor que vayas a dormir un poco, llevas muchas horas despierto y te conviene descansar y olvidarte un poco de todo esto. Yo me quedaré aquí unos días hasta que te encuentres mejor, luego tendré que irme. Roger acompañó a Elle Lawliet a su habitación, en el primer piso. Sus compañeros deberían estar fuera jugando, así que Elle se instaló cómodamente en una de las camas. - Intenta descansar, ¿entendido? Más tarde vendré a buscarte y conoceremos a los otros niños. Ahora duerme. Elle cerró lentamente los ojos y se durmió. Quillish y Roger salieron de la habitación y se dirigieron al despacho para acabar de arreglar los papeles de la inscripción de Elle en el orfanato. ≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈ Fuera seguía nevando y todos los niños se divertían jugando y tirándose bolas de nieve, pero no todos jugaban, había tres niños que eran diferentes, cada uno por su lado. Apoyado en un árbol, con los brazos cruzados, resaltaba la figura de un chiquillo, vestido todo de negro, que comía chocolate. Cerca de él, otro chico, sentado en una raíz que sobresalía del árbol, con una chaqueta lanosa de tonos ocres y unos tejanos azul marino, llevando gafas de sol naranjas incluso en un día nublado como ese, jugaba concentrado con su consola. Finalmente, otro chaval,


este vestido de blanco, confundiéndose con la nieve, miraba atento a los dos anteriores, mientras se ensortijaba el pelo rizado, también de color blanco, con el dedo. Esos tres zagales resaltaban entre la multitud de gente corriendo y gritando. De repente, uno de los tres, el de que iba de negro, se enderezó y empezó a caminar hacia el interior de la casa. El chico que jugaba con la consola le siguió y, a la postre, el que iba de blanco. Los tres subieron en fila las escaleras centrales de la planta baja y se dirigieron hacia una de las habitaciones. Cuando entraron, se encontraron con un desconocido durmiendo en una de las camas que había en el dormitorio. - ¿Quién será éste? – preguntó el chico de negro. - Vamos, Mihael, no le despiertes... Quizás es un nuevo inquilino... - Ya... Pero podrían avisar primero... Está durmiendo en mi cama... Elle se despertó al escuchar tales quejas. Al abrir los ojos se encontró a tres personajes de lo más peculiares. En el centro, un chico de la misma edad que él, que lucía una melena casi por los hombros rubia y ropa oscura muy brillante, posiblemente de cuero; a su lado, otro chico, este con el pelo corto, tapándole las orejas, medio pelirrojo medio castaño, con los ojos cubiertos por unas extravagantes gafas de sol naranjas, una chaqueta afelpada y unos tejanos; al otro lado, el último chico, vestido completamente de blanco y con el pelo también blanco, rizado. - ¿Quién eres? – preguntó el rubio. Elle no contestó. ¿Y ellos? ¿Quiénes eran? ¿Por qué le habían despertado? ¿Por qué tenían esas pintas tan estrafalarias? En ese momento, apareció Quillish por la puerta. - Quillish, ¿qué haces aquí? ¿No te habías marchado? - Sí, Mail, pero no para siempre. He venido a traer a Elle Lawliet. Desde ahora convivirá con vosotros en la misma habitación. Quillish miró a Elle. - Elle, estos son Mihael Keehl, Mail Jeevas y Nate River. Serán tus compañeros de habitación y tendrás que acostumbrarte a su compañía. Si necesitas cualquier cosa, avísame. Mañana empezaremos con los estudios, ¿te parece bien? Elle asintió con la cabeza y Quillish se marchó. Elle miró atentamente a esos personajes para recordar sus nombres y sus rostros. Mihael Keehl, el rubio, Mail Jeevas, el de las gafas y Nate River, el que iba de blanco. - ¿Por qué Quillish te ha traído? – preguntó Mail. Elle le miró cómo si hubiera preguntado algo estúpido y, realmente, lo había hecho. - Lógicamente, estoy en un orfanato porque no tengo padres... No he venido aquí a pasar las vacaciones de navidad, precisamente. - Ehh, ese tono no me gusta. Mail sólo ha preguntado. - Tranquilízate, Mihael. Tienes que controlar tu mal carácter. - Bahh... Déjame en paz, Nate... Siempre tienes respuestas para todo... Mientras Mihael y Nate discutían, Mail se acercó a Elle y se arrodilló enfrente de él.


- Espero que te sientas a gusto aquí, no es fácil convivir con ellos, pero te acostumbrarás. Siento la pregunta... Obviamente, no estás aquí por gusto. Lo lamento. Mail sonrió a Elle a modo de bienvenida, a lo que Elle contestó con una leve sonrisa. - Eh, chicos. Basta ya. En vez de pelearos podríamos enseñar a Elle el orfanato. - Gracias, Mail, pero Roger ya nos ha guiado por él. - Entonces, ¿qué quieres hacer? El pequeño moreno no contestó. No tenía ganas de volverse a dormir, pero tampoco le entusiasmaba mucho ir con ese trío de chiflados. - Prefiero estar solo un rato... - Bu... Bueno, si quieres... Mail se quedó cortado ante tal respuesta... Mihael dejó de discutir con Nate y se acercó a la cama donde estaba sentado Elle. - Venga, no seas aburrido. Vamos a enseñarle las afueras... ¿Por qué no le traemos a...? Mihael y Mail se miraron y le cogieron por los brazos, arrastrándole hasta el jardín. Nate les seguía con mala cara. - ¿Dónde me lleváis? - Ya lo verás- contestó Mail. Los cuatro muchachos se adentraron en la espesura del bosque, cuyos fuertes árboles crecían altos y robustos. Después de estar andando un rato entre el verdor de las hojas, nuestros protagonistas llegaron delante un grandioso y anchísimo árbol. - ¿Un árbol? – preguntó Elle, extrañado. - No, – contestó Mail - mira hacia arriba. Elle alzó la mirada y distinguió una hermosa casita de madera construida en una rama del árbol. Mihael cogió a Elle por la muñeca. - Sígueme. Los cuatros dieron la vuelta al árbol, hasta toparse con unos tablones de madera que estaban clavados en el tronco. - Por aquí subimos. Venga, sube. El pequeño pelinegro subió hasta la casita del árbol. Una vez allí vio que era más grande de lo que aparentaba desde abajo. - ¿A qué es chula? Quillish y Roger nos ayudaron a construirla. Es nuestro refugio secreto.- explicó Mail. Nate los miraba con mala cara. - No entiendo por qué le tenemos que enseñar la casita nada más conocerle... - No seas refunfuñón, Nate. – le dijo Mihael. - Cierto, es mejor ser amigos que estar con mala cara, al fin y al cabo, vamos a compartir habitación... Nate no se contentaba con esas respuestas, pero no dijo nada más. Desde la acogedora casita de madera se oían las campanas repicando. Eran ya las diez. - Tenemos tiempo hasta la una. Nos quedan tres horas. ¿Por qué no vamos a jugar por el bosque? – sugirió Mail. Todos estuvieron de acuerdo, aunque Nate asintió con dejadez.


El tiempo se les pasó volando a los cuatro niños que jugaban animadamente en el bosque, y, antes de lo que esperaban, ya era la hora la irse. - Vaya... Tenemos que irnos ya al orfanato o Roger empezará a gritarnos de nuevo – comentó Mihael. - Por lo que decís, parece que sois los rebeldes del orfanato – dijo Elle. - Eh... No te pases... ¡¿Quién te ha dicho a ti que somos rebeldes?1 – rechistó Nate. - No seas así Nate, sabes perfectamente que somos unos desobedientes... Y ahora te enfadas porque te lo dice Elle. - Es verdad... No tienes derecho a gritarle así a Elle... ¿Desde cuando te ha molestado tanto que te llamen rebelde? Siempre te ha gustado saltarte las normas... No seas gruñón y ten un poco más de respeto hacia nuestro nuevo compañero. – añadió Mihael. - Pues... Pues... ¡Si tanto os gusta Elle, quedaros con él! ¡Yo me voy! Y acto seguido se fue corriendo, adentrándose en el bosque. - ¡Nate! - ¡Nate, vuelve! ¡Puedes perderte! Pero Nate ya estaba demasiado lejos para poder escuchar los gritos de sus amigos. - Lo siento, es culpa mía... – se lamentó Elle. - No, tú no tienes la culpa de nada. Nate es bastante celoso y siempre se ha visto amenazado por cualquier persona que se acercaba a nosotros. – contestó Mail. - Dejad de hablar y vamos a buscarle. – dijo Mihael – Si no lo encontramos pronto nos meteremos en un buen lío por la tontería de este imbécil. Los tres chicos corrieron hacia donde se había ido Nate, gritando su nombre por todo el bosque. - ¡Nate! - ¡Naaateee! - ¡Naatee, no seas idiota y vuelve! - ¡Natee! ¡NATE! Encontraron a Nate escondido entre los matorrales. - ¡Nate! ¡Eh, chicos! ¡Venid! ¡Le he encontrado! Mihael y Mail se acercaron donde estaba Elle. Nate se escondía acurrucado entre las hojas de los arbustos. Mihael le cogió del brazo y lo arrastró hacia él. - ¡Déjame! ¡Suéltame! Con un empujón, Nate se soltó de la mano de Mihael y volvió a irse corriendo. - ¡Volveré yo solo! ¡Dejadme en paz! Mihael resopló, fastidiado. - Déjale, Elle. Ya se le pasará... Y si no se le pasa... Ya se espabilará él sólo. Pero no se le pasó. En clase (se impartían los estudios en la biblioteca), en la habitación, en el comedor... Siempre intentaba evitar a Elle y ponía mala cara. Los años fueron pasando y Nate nunca pudo soportar la supuesta prepotencia de Elle. El hecho de que Elle aprendiera sorprendentemente rápido y le aventajara en todas las clases hacía que Nate cada vez le soportara menos. En poco tiempo, Elle se convirtió en el alumno predilecto de Wammy’s House.


- ¡Ei! Pero que hacha... ¡Eres un fenómeno, madre mía que cabeza tienes! – le felicitaba Mail. - Todo un cerebrito... Incluso me da un poco de rabia... – comentaba Mihael. Nate no podía soportar verles tan contentos y unidos. Era desquiciante para él que no le hicieran el mínimo caso. Aunque eso no era cierto... Mihael y Mail intentaban integrar de nuevo a Nate en el grupo pero él se resistía con todas sus fuerzas. - Nate, vamos a celebrar las buenas notas que hemos sacado los cuatro. Venga, comeremos golosinas – se relamía Mail. - ¡No quiero! Id vosotros si queréis, todos juntitos. No quiero ir con Elle... La chiquillada de hace unos años se había convertido en resentimiento comprimido en el corazón de Nate. Los chicos iban creciendo fasta que tuvieron que cambiarse a la planta de los mayores puesto que ya tenían 17 años. Al subir al piso de arriba, tuvieron que separarse. Mail y Mihael dormían en la misma habitación y a Nate le tocó compartir dormitorio con Elle. Nuestros protagonistas se encontraban en el pasillo de la segunda planta, discutiendo con Roger, ya que Quillish se había ido hacía unos meses, uno de sus eternos viajes. - ¡No lo consiento! ¡Me niego! ¡Cámbiame de habitación, Roger! ¡No quiero compartirla con él! ¡No quiero! - ¿Pero qué problema tienes con Elle, Nate? ¿No seguirás enfadado por esa chiquillería de hace años? – se quejó Mihael. - ¡Cállate, Mihael! ¡A ti no te importo nada! - ¡¿De qué vas?! Mihael cogió a Nate por el cuello de la camisa y cerró la mano para atizarle un puñetazo, pero Roger le paró. -¡Basta ya! ¿Queréis comportaros como semi-adultos que sois? Mihael se soltó de la mano de Roger y se fue hacia su dormitorio. Mail le siguió pero Elle se quedó allí de pie, curvado y con el dedo pulgar en la boca. Durante esos años de estudio, L se había vuelto muy frío y calculador, y su prodigiosa cabeza era toda una leyenda. Quizás parte de culpa la tuvo Quillish, al intentar inculcarle tantas enseñanzas, o quizás, el hecho de saber cómo murieron sus padres a tan tierna edad era el causante de esa frialdad. En cualquier caso, la mirada brillante y alegre del Elle de antes ahora se había convertido en simplemente dos esferas opacas de color azabache, pero a veces esa mirada se llenaba de lágrimas a causa de la inestabilidad emocional propia de la edad. Nate seguía refunfuñándole a Roger, hasta que Elle intervino. - Nate, creo que no hay necesidad de montar todo este escándalo por una niñez como esta. Si tanto te molesta dormir en la misma habitación que yo, me voy al dormitorio de Mihael y Mail y ya está. No hace falta que te alteres por memeces. - ¿¡MEMECES!? ¿¡MEMECES, DICES?! ¿Te crees más listo que nadie? ¿Crees que lo sabes todo sólo porque eres el ojito derecho de Quillish? ¿Te crees con derecho a decirme lo que debo o no debo hacer? - En absoluto.


- ¡Cállate! ¡Me tienes más que harto! ¡Vete! ¡Vete con Mihael y Mail y déjame en paz! ¡Desde que llegaste que me has amargado la vida! - ¡Ya está bien, Nate! Vete a tu habitación y no te molestes en bajar esta noche al comedor. Nate se fue gritando y de un portazo cerró la puerta de su cuarto. Roger y Elle se quedaron de pie en el pasillo. - ¿Estás bien, Elle? Roger se giró hacia él y vio al joven moreno llorando. - Elle... - Roger... ¿Cuándo volverá Quillish? - No lo sé, Elle... Pero espero que pronto. La semana pasada recibí una carta suya, te daba recuerdos. ¿Quieres su dirección o el teléfono? Se fue tan deprisa que no pudo darte nada. - Está bien. 10 minutos más tarde, Elle estaba llamando a Quillish desde el teléfono de su despacho. - ¿Diga? - Quillish... - ¡Elle! ¿Qué pasa? ¿Algún problema? ¿Qué sucede? - No... Nada importante... Sólo... Tenía ganas de escuchar tu voz... - Elle... ¿Estás llorando? ¿Qué ha pasado? - Ahh... Tonterías de la edad... No tiene importancia... Vuelve pronto. Tiiiit Tiiiit Tiiiiit Elle subió las escaleras principales después de agradecerle a Roger la llamada y despedirse de él. Recorrió el pasillo hasta llegar a las otras escaleras. Las subió y se dirigió a la puerta 213, la habitación de Mihael y Mail. Llamó con los nudillos dos veces y esperó contestación. - ¿Quién es? – preguntó la voz de Mail. - Soy yo – contestó Elle. Mail abrió la puerta. Dentro, encima de la cama, estaba tumbado Mihael, sin camiseta, leyendo una revista de motos. En el suelo había un cojín y una lata de refresco abierta, al lado de la consola de Mail. - Pasa. Elle entró con la cabeza agachada. Mihael dejó de leer la revista y volteó la cabeza para ver quién era. Cuando vio a Elle se incorporó de golpe. - ¿Qué te pasa? ¿Nate te ha hecho algo? ¿Qué ha pasado? - No, Nate no me ha hecho nada... Es sólo... que... ¿Podría compartir habitación con vosotros? - Claro que puedes. Cogeremos el colchón de tu habitación y lo traeremos aquí pero... – Mail no sabía qué decir. - Tú has llorado – dijo Mihael. - ¿Qué te pasa? - Nada... No es nada, Mihael. - Mírame a los ojos y dime que no te pasa nada... - No... Es que... Por muy calculador que sea... Las palabras de Nate siguen doliendo.


- No le hagas caso... Está celoso porque cree que le has quitado a sus compañeros de juego, aunque no sea así. Pero él no lo quiere entender... – dijo Mail. Esa noche, Elle la pasó con Mihael y Mail, hablando y comiendo dulces. Dulces... Los tres chicos se volvían locos con los dulces. A Mihael le perdía el chocolate; a Mail, los chicles y los caramelos y a Elle, los pasteles. Así que, a partir de esa noche, cada viernes salían a comprar dulces y se los comían en la habitación, por la noche, mientras hablaban de mil y una cosas. Parecían colegialas adolescentes. Eso irritaba aun más a Nate, que se veía completamente excluido del grupo. Un mes después del incidente de la habitación, Quillish volvió al orfanato. Cuando Elle se enteró, corrió a recibirlo junto a Mail y Mihael, como si aún fuera un chiquillo. - ¡QUILLISH! – chilló cuando le vio. Su viejo tutor estaba allí, de pie, con su larga gabardina y su sombrero Manhattan*. Elle, que había llegado al principio de las escaleras del primer piso corriendo, bajó tranquilamente, encorvado, con una sonrisa dibujada en la cara y se acercó a Quillish, alargándole la mano que su cuidador estrechó acto seguido. - Elle... ¡Cómo has crecido! - Mi altura aumenta si pongo la espalda recta pero... Me he acostumbrado a esta posición. - Y Mihael y Mail. Todo unos hombres. Vaya... Creo que me estoy comportando como un padre orgulloso de sus hijos. Lo lamento. Los chicos rieron ya que, realmente Quillish era como un padre para todo ellos. - Elle, tengo algo importante que contarte, pero no me puedo quedar mucho tiempo. Mañana al amanecer vuelvo a irme. - ¿Tan pronto? - Sí, ahora te lo cuento todo. Perdonad chicos pero tengo que llevarme a Elle un rato. Quillish acompañó a Elle hasta su despacho y cerró la puerta tras de sí. - Siéntate, Elle. El aludido se acomodó en la cama ya que, recordemos, el “despacho” de Quillish era en realidad la habitación de Roger y el nombrado anteriormente. - ¿Qué sucede, Quillish? - ¿Recuerdas cuando llegaste al orfanato? - Sí, claro que lo recuerdo. - Bien, en esa ocasión te hablé de convertirte en el detective más grande del mundo, L. Por eso has estudiado tanto. Bien, dentro de poco podrás venir conmigo y desempeñar tu papel de detective. - ¿Dentro de poco? - Sí... Dentro de tres años, cuando cumplas los 20, vendré a recogerte. Para entonces, habrás madurado completamente, y serás capaz de heredar el nombre y el puesto de L. - ¿Quién era el antiguo L? - Tu padre. - ¿Mi padre?


- Así es. - Y durante todos estos años... ¿Quién se ha encargado de ser L? - Yo he ocupado el puesto de tu padre, pero ahora te toca a ti. Durante esto tres años acabaré de disponerlo todo para que puedas ocuparte de los casos sin ningún problema. - Entendido. - Ahora vuelve con tus amigos, aprovecha estos últimos años aquí. - Está bien. Elle salió del cuarto y fue a buscar a sus dos compañeros, que estaban tumbados en el césped, escuchando música. - ¡Chicos! - ¿Qué te ha dicho Quillish? – dijeron los dos al unísono. - Nada importante. Escuchad... ¿Por qué no vamos a la casita del árbol? Hace demasiado tiempo que no vamos. - Seguro que estará hecha pedazos. – comentó Mihael. - Vamos a ver. Los tres salieron del orfanato y se adentraron en ese espeso bosque. Al llegar a la casita vieron que seguía perfectamente construida encima de la rama. Voltearon el tronco, subieron por la escalera y, para su sorpresa, encontraron a Nate dentro. - ¿Qué hacéis aquí? Hace años que no venís... ¿Qué se os ha perdido aquí? ¡Largo! Nate estaba llorando, abrazado a un conejito de peluche. Se le veía tan débil, tan desprotegido e indefenso. Parecía un niño perdido. - Nate... – comenzó Elle. - ¡Déjame! ¡Dejadme en paz! Quiero estar solo, ¡Quiero estar solo! - ¡Mentira! – le gritó Mihael. - ¿Cómo puedes decir que quieres estar solo si te mueres de ganas de que alguien te cuide y esté a tu lado? No te mientas a ti mismo, Nate. Sólo consigues dañarte. - ¡Calla! ¿Qué sabrás tú de lo que quiero o de lo que siento? No sabéis nada de mí, no me comprendéis. - Claro que te comprendemos, Nate, por eso queremos ayudarte. - ¡Cállate Mail! ¡Dejadme en paz os he dicho! ¡Dejadme! ¡DEJADME! - Pero Nate... - ¡Qué me dejéis! ¡Salid de aquí! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡FUERA! De repente, Nate empezó a ahogarse. Se sujetaba el pecho con la mano derecha e intentaba coger aire desesperadamente. Empezó a temblar y a ponerse rojo. Acto seguido, perdió el equilibrio y se precipitó hacia el suelo. Elle le cogió de la mano antes que cayera, pero cuando le subió, se había desmayado. Los tres chicos corrieron hasta el orfanato y llamaron a Roger. - ¡¿Qué ha pasado?! - Roger... Roger... Es Nate... Nate... No... No... – Mail balbuceaba a causa de los nervios. Mihael estaba blanco, no podía pronunciar palabra. Él era quien llevaba a Nate a cuestas pero no podía articular ni un sólo fonema.


- Roger... A Nate le ha dado un ataque de ansiedad, se ahogaba. Estábamos en la casita del árbol y se ha desmayado. Se iba a caer al suelo pero le cogí del brazo. Hemos venido lo más rápido posible hacia aquí. - Está bien, Elle. Llamaré una ambulancia. No os preocupéis. Habéis sido muy rápidos. Ahora subid a las habitaciones y esperaros allí. Os avisaré cuando haya alguna novedad. Acto seguido, Roger cogió a Nate y entró en su despacho. 5 minutos más tarde, volvió a salir con Nate a cuestas y entró dentro de la ambulancia. Los tres muchachos subieron a la habitación. Mail seguí balbuceando y Mihael conservaba la palidez de su piel. Elle callaba, sentado en el suelo, con las piernas recogidas y con el teléfono que habían cogido del despacho de Roger a su lado. Pasaron 2 horas antes de que sonara el teléfono. Elle contestó. - ¿Diga? - ¿Elle? Soy Roger. Tranquilos, Nate está bien. Sólo ha sido un susto, un ataque de ansiedad provocado por una sobrecarga de nerviosismo y estrés. Tendrá que quedarse esta noche en el hospital pero mañana por la mañana volverá al orfanato. Yo me quedaré aquí. Por favor, los mayores ocupaos del orfanato. - Tranquilo, está todo controlado. Gracias por llamar. Os esperamos mañana. Cuando Elle colgó el teléfono, una avalancha de preguntas se derrumbó encima de él. - ¿Era Roger? ¿Cómo está Nate? ¿Le ha pasado algo grave? ¿Se pondrá bien? - ¿Qué te ha dicho? ¿Cómo se encuentra Nate? ¿Volverá pronto? ¿Qué le ha pasado? - Tranquilos, no es nada grave. A Nate le dio un ataque de ansiedad, seguramente causada por el estrés y los nervios de tenernos a nosotros delante... O mejor dicho... A mí. Roger se quedará con él esta noche y mañana por la mañana regresarán aquí. Nos ha ordenado que nos encarguemos del orfanato mientras él esté fuera. Elle se quedó callado, mirando el suelo. - ¿Elle? - Lo siento chicos... Todo es culpa mía... Si no hubiera venido nunca... - ¡No digas estupideces! – saltó Mihael, que ya había recobrado su tono de piel normal – Tú no tienes la culpa de nada, Elle. - No es cierto... Todo el sufrimiento de Nate se lo he causado yo con mi presencia... Pero esto se acabará pronto... Dentro de unos años ya no me tendrá que ver más... - ¿Pero qué estás diciendo, Elle? – se extrañó Mail. - Antes, cuando he ido a hablar con Quillish... Me ha dicho que dentro de tres años vendrá a recogerme para que pueda ejercer el papel de L, el detective más famoso del mundo. - ¡¿Qué vas a ser L?! – se sorprendieron. - Dentro de tres años... Los tres chicos se miraban, entristecidos. Ninguno sabía qué decir. Lógicamente, no querían que nadie se fuera, pero si Quillish le había asignado ese papel a Elle, no podían hacer nada...


- Entonces... ¿Qué hacemos aquí atontados? Debemos aprovechar el tiempo que nos queda juntos. Mañana, cuando venga Nate, iremos todos a pescar al lago, o a la casita, o a comprar chucherías. - Mihael... - ¿Por qué ponéis esa cara? Tenemos que divertirnos, ¿no es así? - Tienes razón Mihael – dijo Mail. – Hay que divertirse. - Chicos... Los tres rieron como nunca, hasta acabar agotados y dormirse. Al día siguiente, los tres muchachos fueron a recibir a Nate. Cuando éste llegó le homenajearon con una gran recibida, pero Nate no hizo caso alguno a la bienvenida. - Nate... No hablaba, no miraba a nadie. Sólo caminaba, ayudado por las muletas a causa de lo débil que aún se encontraba, hacia el orfanato. Después de comer, nuestros chicos fueron a ver a Nate, que no había bajado al comedor. Llamaron a la puerta de su habitación, pero nadie contestó. Abrieron un poco la puerta y vieron que Nate estaba dentro. - Nate... Ninguna respuesta. - Nate... Lo sentimos... No queríamos que pasara esto... Otra vez silencio... - Nate... Nada. Los chicos se rindieron. Estaba claro que toda relación que podría haber existido con Nate ahora había desaparecido. Estuvieron muchos meses pensando en ello, en el porqué del rechazo de Nate. Por mucho que le hablaran, el no respondía, así que al final, se cansaron y lo dieron por perdido. Seguían pasando los meses. Nuestros amigos ya habían cumplido los 18 años. El tiempo límite se agotaba. Un buen día de una mañana de verano, Mihael, Mail y Elle paseaban por el centro de la ciudad cuando vieron el quiosco abierto. - ¿Vamos a comprar golosinas? – propuso Mail. - ¿Por qué no? Hace tiempo que no comemos.- contestó Elle. Los tres se dirigieron hacia el quiosco, para ver qué podían comprar. Mientras Mail y Elle pensaban que tipo de porquerías se comprarían, Mihael miraba entretenido las revistas. De pronto, vio una que le llamó la atención. - ¡Chicos, mirad esto! Los golosos se acercaron hasta donde estaba su compañero y miraron asombrados lo que éste les señalaba con el dedo. - ¿Dos aceras X? ¿Qué es esto, Mihael? - ¿No lo sabes, Mail? Una revista porno. - Eso ya lo sabía, idiota... Me refiero... ¿Qué pretendes enseñándonos esto? - ¿Por qué no la compro y echamos una ojeada esta noche? - ¿En serio? - Por mí vale – soltó Elle, que había permanecido callado durante toda la conversación.


Así que, ni corto ni perezoso, Mihael cogió la revista y se la entrego al quiosquero, junto con el dinero. El pobre hombre se quedó un poco sorprendido, pero se la vendió sin decir nada. Momentos después, los tres chicos corrían hacia el orfanato para esconder la revista en algún lado. Durante todo el día, estuvieron impacientes por subir a la habitación, pero hasta la noche no pudieron. Finalmente, el gran momento llegó. Cerraron la puerta por dentro y se sentaron los tres encima de la cama, Mihael en medio y Mail y Elle a ambos lados. Abrieron la revista y empezaron a mirar que había. En ella aparecían un montón de parejas homosexuales, tantos hombres como mujeres, besándose y tocándose. - Madre mía... – se le escapó a Mail. Cabe decir que en el orfanato sólo había chicos... Así que ninguno de los tres, a no ser que hubiera salido del orfanato, había mantenido relaciones sexuales con una chica. - Dos hombres... – dijo Elle. Esa extraña visión, por muy contradictoria que les pareciera, les estaba excitando. Mihael notó como Mail colocaba sus manos entre las piernas, como escondiendo algo. - Mail... No estarás... - No... No... - ¡Claro que lo estás! - Pues como vosotros dos. Los dos aludidos se sonrojaron. - Escuchad... Y si... – empezó Mihael. - ¿Y si qué...? – preguntó Elle. - ¿Y si probamos hacer esto? Mail y Elle se ruborizaron hasta parecer tomates. Mihael también estaba rojo, pero su propuesta aún no había sido rechazada. - Bueno...Por mí vale... – dijo al fin Mail. - Vale... – contestó Elle. Así que los tres chicos se empezaron a desnudar. Mihael fue el primero en quedarse completamente desnudo, lo que dio un poco de seguridad a los otros dos. Cuando los tres estuvieron desnudos, se quedaron parados... - ¿Y ahora...? – preguntó Mail, tímidamente. Mihael se le acercó y le besó apasionadamente. Mail desfallecía pero le seguía el juego con la lengua. Elle los miraba, excitado, y empezó a masturbarse. Mihael dejó de besar a Mail y empezó con Elle, que seguía masturbándose. Sus salivas se mezclaban en la boca de Elle. Sus labios se separaron, dejando un rastro de saliva. Pronto, Mihael tomó el control de su experimento. Hizo colocar a Elle a cuatro patas y le metió su miembro en la boca, mientras Mail le penetraba por detrás. Elle lamía y gemía a la vez, fusionando sus gemidos con los de sus compañeros. Mail entraba y salía de dentro de Elle, mientras Mihael se mordía el labio para evitar gritar de placer. Elle tenía la boca ocupada y seguía masturbándose mientras Mail le penetraba. - Mmm... M... ah... mm....


- Ahh... Elle... E...Elle.... - Ahhh... Ahh... Pronto se cambiaron los puestos. Mail era el que estaba de cuatro patas ahora, mientras Elle le introducía su miembro, cubierto de semen en el orificio y Mihael metía el suyo en el ano de Elle. Los dos empujaban a la vez, mientras Mail gemía y gemía, mordiéndose el brazo para intentar no hacer tanto ruido. - Ahhh... Ahhh... Ahhh... Ahhh... - Ahhh... Ahhh... Ahhh... Ahhh... - Mmmm.... Mmmm... Ugh.... La velocidad aumentaba y conllevaba también el aumento de gemidos. - Ahhh... Ahhh... Ahhh... Ahhh... Ahhh...Ahhh... Ahhh.... Ahhh... - Ahhh... Ahhh... Ahhh... Ahhh... Ahhh...Ahhh... Ahhh.... Ahhh... Elle fue el primero en correrse, dentro de Mail. Eso le provocó un orgasmo a Mail más fuerte que los otros. - ¡Ahh! Mail también se corrió, éste encima de las sábanas, que más tarde lavarían a toda prisa. Mas Mihael seguía empujando y empujando, cada vez más rápido. - Ahh.. Ahh.. Ahh.. Ahh.. Ahh..Ahh.. Ahh.. Ahh.. Finalmente, también explotó, causando así que el trasero de Elle se llenara de espesa sustancia blanca. - Oh, dios... – exclamó Mihael mientras se dejaba caer en la cama. - Ufff... – resoplaba Elle. Mail ni siquiera podía articular palabra. Sólo respiraba entrecortadamente. Pero aquí no acababa la cosa. Nuestros pervertidos chicos le cogieron gusto al sexo y, tras descansar unos minutos, volvieron a la carga. Mail empezó a lamerle el miembro a Elle, mientras este a su vez, se lo lamía a Mihael. Las lenguas jugaban mientras volvían a sonar los gemidos. - Ahhh.....................Ahhh.................Ahhh............... Después de dos felaciones, le tocó a Mihael ponerse de rodillas. Elle se encargó de penetrarle, aun y estar agotado. Mail le metió el órgano en la boca para que lo chupara. Después de una serie más de orgasmos y de alguna corrida extra, cayeron agotados. No se podían ni mover. Los tres estaban tumbados en la cama de Mail, respirando como podían. - Pu... Pues no... no ha estado nada... nada mal. – consiguió articular Elle. - Ha... Ha sido el mejor polvo... de... de mi vida... – dijo Mihael, sin cortarse ni un pelo. - Ha sido... él úni... único que has te... tenido... – le contestó Mail. - Arderás en el infierno por eso, íncubo de Satán – bromeó Mihael. Los tres empezaron a reír sin parar, hasta rendirse al sueño. A la mañana siguiente se levantaron, completamente desnudos y recordaron qué había pasado la noche anterior. Empezaron a reír de nuevo, mientras se vestían. Esas sesiones de ardiente sexo y depravación se repitieron varias veces, cada vez más a menudo, y cada vez con más posturas e inventos, pero llegó la fecha señalada. Era una mañana de invierno, nevaba, como la primera vez que Elle entró en el orfanato. Sus dos compañeros de juergas dormían plácidamente en la misma cama,


y no quiso despertarles. Les dejó una nota encima de la mesilla de noche, agradeciéndoles todo lo que habían hecho por él. A Nate también le dejó una nota, que hizo deslizar por debajo de su puerta. Cuando bajó al comedor, Quillish ya le estaba esperando. Tenía un aspecto más envejecido, pero era el Quillish de siempre. Hacía tres años que no le veía. - Como siempre, puntual. - No hay que hacer esperar. - Más crecido aún que la última vez. Lógicamente. - Exacto. - Bien, Elle. ¿Preparado para partir? - Sí. - Bien. A partir de ahora, tu nombre será L, y a mí me llamarás por el nombre de Watari. Debemos dejar nuestra identidad oculta, por seguridad. - Bien, Watari. Los dos se despidieron de Roger y salieron del orfanato, caminando una vez más bajo esa nieve inmaculada que caía sobre la ciudad de Londres. ≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈ Habían pasado 4 años desde que L y Watari se fueron, casi sin avisar, de Wammy’s House. Las deducciones de L eran famosas en todo el mundo y éste gozaba de prestigio y poder. En esos momentos, estaba metido en un caso de especial importancia, y bastante espinoso: el caso de un asesino en masas que se hacía llamar Kira. Llevaba meses y meses investigando por su cuenta, sin ayuda de la policía. Watari y L habían viajado hasta Japón para llevar a cabo los servicios que el segundo ofrecía, pero realmente éste era un detective universal, aunque no sólo era conocido como L, sino que también se apodaba Erald Coil y Danuve. Elle Lawliet encarnaba la figura de los tres grandes detectives del mundo. Watari y él no paraban en todo el día. L ni siquiera dormía las horas que necesitaba, así que acabó gozando de unas ojeras permanentes, que le daban a su figura más fragilidad de la que ya aparentaba, aparte de su delgado esqueleto y su dejada posición vertical. Esos años de investigación y alejamiento del orfanato, habían marcado a L. Su fase adolescente hacía mucho que quedó atrás y ahora sólo conservaba un ápice de niñez en su ceguera por los pasteles. No se había podido quitar el vicio de comer dulces. Cuando veía uno, volvía a ser un niño de 6 años. A Watari, ese lado infantil de L le divertía, ya que, teniendo ya 24 años, no podía resistirse a una cosa tan trivial. Un día, estando los dos en la sala de investigación, rodeados de monitores, ordenadores, cables y micrófonos, Watari le propuso a L de volver al orfanato. - ¿Volver a Wammy’s House? ¿Por qué? - Bueno, en realidad, no volveríamos. Les haríamos una visita. Supongo que tendrás ganas de ver a los demás huérfanos de nuevo, ¿no? - Sí, claro que tengo ganas, pero detrás de esta visita hay algo más, ¿no es así?


- No me asombra que lo hayas descubierto tan rápido, te debes a tu apodo, L. No quiero alarmarte, pero creo que sería conveniente que pensaras en buscar un sucesor al puesto de L. Dadas las circunstancias de este caso, podría pasar lo inesperado. - Yo también lo he pensado, pero no caí en la posibilidad que fuera alguien del orfanato. - Será lo mejor. Fuera de ese orfanato, nadie sabe quién es L. Incluso dentro, creo que el único que tiene constancia de tu identidad es Roger. Ahora deberás escoger a los candidatos para ocupar tu puesto. Después de ser elegidos, Roger se ocupará de prepararles convenientemente. - Bien. Entonces, vamos. ¿Cuándo partiremos? - Esta tarde. He avisado ya a Roger para que te venga a recoger en el aeropuerto. - ¿Tú no me acompañas? - No. Tengo que vigilar el caso desde aquí. - ¿Y cómo sabrás que he elegido bien? - Tú sabes mejor que nadie quien es conveniente para sucederte. Confío plenamente en ti. - Entendido. La mañana pasó tranquila, sin ninguna pista de última hora. Los condenados seguían muriendo de ataques al corazón. Por la tarde, Watari acompañó a L al aeropuerto y se despidió de él. El viaje fue aparentemente corto, ya que L se quedó dormido en el avión. Cuando llegó a Londres, Roger le esperaba en la entrada, con Rolls Royce aparcado delante. - Bienvenido a casa, Elle. Hacía años que no escuchaba pronunciar su verdadero nombre. Una ola de recuerdos le recorrió todo el cuerpo. - ¿Vamos? – preguntó Roger. - Vamos. Elle subió al coche y los dos se dirigieron hacia las afueras de la ciudad, donde se encontraba el orfanato. Cuando llegaron, Elle no pudo dejar de mirar alrededor. La vaya que años antes le había parecido tan alta, ahora, de repente, encogía, los niños corriendo por el patio, el espeso bosque... Todo. Elle se preguntaba si estarían aún Mihael, Mail y Nate en el orfanato, aunque no tenía muchas esperanzas ya que, igual que él, ya habían cumplido los 24 años y seguramente habrían decidido vivir por su cuenta. Roger, como si le leyera la mente, le miró y abrió la boca para pronunciar algo. - Mihael, Mail y Nate siguen en el orfanato. Han estado estudiando todos estos años y no han querido irse de aquí y empezar una nueva vida, preferían quedarse aprendiendo. - Así que aún están aquí, ¿eh? Elle esbozó una sonrisa amplia mientras Roger y él entraban por la puerta principal. Cuando llegaron al centro del recibidor, Elle miró hacia arriba, y encontró a tres figuras familiares. Nate y Mihael a los lados, y Mail en medio. Los tres bajaron las escaleras y se acercaron a Elle. Tanto Mihael como Nate ponían mala cara. Mail alargó la mano a Elle, que estrechó con entusiasmo y, acto seguido, hizo que Mihael y Nate se acercaran a saludarle.


- Bienvenido de nuevo – dijo Mihael. Su rostro no brillaba como antaño, y aunque esbozó una ligera sonrisa, sus ojos no emitían ni una pizca de felicidad. Luego fue el turno de Nate, que se acercó a Elle y, acercándole la mano como lo había hecho Mail antes, le dio la bienvenida. - Hacía mucho tiempo que no venías por aquí, espero que te sientas en tu casa. – y le regaló una sonrisa. Mihael gruñó por lo bajo. Elle se quedó atónito. No tenía ni idea de lo que pasaba. ¿Qué había ocurrido todos esos años para que Mihael se volviera tan frío y Nate tan amigable? - Chicos. Tengo que hablar con vosotros. Roger les prestó el despacho, que ahora ya no era su habitación, sino una lujosa sala con estanterías y un gran escritorio. - Roger... ¿Y tu habitación? - Hemos hecho reformas en el comedor. Como ahora ya no hay tantos niños, hemos tomado una parte del comedor para poner mi habitación. - Entiendo. Los cuatro chicos entraron en el despacho y Roger cerró la puerta. - Bien... ¿Cómo empezar? - ¿De qué tienes que hablarnos? – preguntó Mail. - ¿Recordáis que hace años os comenté que sería el detective L? Bien... A ti Nate, te lo dije en la carta. - Sí, la leí. - Bien... Entonces, ahora, L está metido en un caso difícil, de vida o muerte. Watari y yo intentamos resolver el caso lo antes posible, pero necesitaremos la ayuda de la policía y aun así no sé si podré sobrevivir. - ¡¿Qué dices?! – se sorprendió Mail. - Es cierto, Mail. Así que os he reunido aquí para hablaros de algo importante relacionado con esto. - Ves al grano, Elle. - se impacientaba Mihael. - Os he elegido para que uno de vosotros sea el que se encargue del puesto de L cuando yo muera. - ¿Uno de nosotros? – preguntó Nate. - Sí. Roger os guiará hasta que yo muera. Después Watari y él se encargarán de elegiros. Mail adoptó una extraña expresión. - Elle... Lo siento pero yo no quiero estar relacionado contigo sólo por una cuestión sucesoria. Te agradezco que me hayas elegido como uno de los tres que podrán heredar el nombre de L, pero me niego. - Lo entiendo perfectamente, Mail. - Lo único que puedo hacer para ayudar es ofrecerme como subordinado del que consiga ser el próximo L. - Me parece bien. En segundo lugar, vosotros dos, Mihael y Nate, que no os habéis negado a mi decisión, y tú también Mail, como ayudante, tendréis que cambiar vuestros nombres para no ser descubiertos. A partir de ahora, Mihael, tú te llamarás Mello; Nate, tu apodo será Near y tú, Mail, serás Matt. - Muy bien – aceptó Mihael. Y se fue. - Yo también me retiro, Elle. Gracias por tu confianza, no te defraudaré.


En el despacho quedaron sólo Mail y Elle. - Cuéntame, Mail. ¿Qué ha pasado con Nate y Mihael? - Es una historia muy larga. - Tenemos todo el día, hoy me quedaré a dormir. - Bien. Cuando tú te fuiste Mihael y Nate empezaron a pelearse más que nunca. Nate no hablaba para nada, sólo estudiaba y llegó a ser el mejor alumno de Wammy’s House. Mihael, que ya estaba molesto con Nate por su comportamiento contigo, ahora aún estaba más enojado porque le superaba en todo lo que hacía. Sus pequeños problemas acabaron en una pelea constante. Una relación de amorodio. - ¿Amor-odio? - Sí. La reacción que tuvo Nate contigo es la misma que tiene ahora Mihael con él. Nate te admiraba tanto que reaccionaba con rechazo, por celos o por envidia. Mihael reacciona ahora igual con Nate, pero como los dos son muy orgullosos, ni Nate se atrevió a decírtelo a ti ni Mihael se atreve a decírselo a él. El resultado, peleas continuadas y angustia para los que le rodean. - ¿Y cómo lo aguantas? - Durante estos años he aprendido que Nate puede controlar sus sentimientos, ya que pasó por esa situación años atrás y el accidente le hizo reaccionar, pero Mihael ha desarrollado un carácter muy violento y creo que es mejor para los dos que yo esté a su lado, vigilándole. Aunque Nate sea el que consiga el puesto de L, me quedaré junto a Mihael, no me fío de su reacción. - Buena elección. - ¿Quieres ir a hablar con Mihael? Si Nate no está presente, se comporta mejor. - Está bien. Los dos subieron a la antigua habitación que compartían antaño. Mihael estaba tumbado en la cama, comiendo chocolate. - Hola, Mihael. El aludido se giró al oír la voz de Elle. - Lamento mi reacción, pero no puedo controlarme teniéndole al lado. Supongo que Mail te lo habrá contado. - Sí, lo sé todo. - Me alegro que hayas vuelto. Mail se sentó en el suelo y sacó el paquete de cigarros. - ¿Te importa si fumo, Elle? - No, adelante. Los tres chicos estuvieron hablando durante largo rato, mirando antiguas fotos. Entre las cajas viejas, encontraron la vieja revista porno que hace años compró Mihael. - Vaya... ¿Os acordáis de esto? – dijo Elle. - ¿Dos aceras X? ¡Qué inocentes éramos! – rió Mail. - Sí, lo éramos, pero esa noche fue la mejor del mundo. – comentó Mihael. - Tu mejor polvo, si no recuerdo mal – remarcó Elle. Los tres rieron con ganas. Pero pronto callaron y se miraron. De repente, Mihael se lanzó encima de Elle y empezó a besarle, apasionadamente, mucho mejor que la vez anterior. Elle jugaba con su lengua, retorciéndola y degustando el chocolate de


la boca de Mihael. Mail los miraba, sorprendido, pero no se libró del jueguecito. Elle y Mihael le cogieron y empezaron a desnudarle. Mail se resistía. - ¿Pero qué hacéis? Dejadme en paz, dejadme. - Vamos, Mail, te mueres de ganas... Hace días que no lo hacemos. - Joder, Mihael, no hace falta que vayas explicando nuestra vida sexual por ahí. No hay necesidad. Mail se había puesto colorado. Elle se rió. - Así que, después de que yo me fuera, seguisteis experimentando, ¿eh? ¡Pervertidos! - Vamos, Elle. No me digas que tú no has vuelto a hacerlo desde ese día. – dijo Mihael. - Yo he estado concentrado en mi trabajo. - No mientras, alguna que otra vez te habrás masturbado a escondidas de Quillish. Elle se sonrojó. - ¡Te he pillado! - Bueno, ¡basta! – saltó Mail. – Me desnudáis y ahora os quedáis charlando. Concentraros en el trabajo. Mihael y Elle volvieron al trabajo. Se desnudaron ellos también. Mihael introdujo dos de sus dedos en el orificio de Mail, el cual soltó un pequeño gemido. Elle, por su lado, abrió la boca de Mail con sus dedos y le metió su miembro. Tanto Mihael como Elle se movían insistentemente. - Ahhh... Ahhh.... Ahhh.... Ahhh... - Mmm... Sí... Mmmm... Ahhh... Los muelles de la cama chirriaban. Los tres chicos gemían de placer. Mail se deshizo del órgano que tenía en la boca y Mihael dejó e penetrarle. Pronto le tocó a Mihael ser el que recibía, así que se tumbó boca abajo en la cama y Mail se colocó encima, penetrándole. Elle también se tumbó en la cama, a la altura de la cabeza de Mihael, para que éste pudiera lamerle el miembro. Los gemidos se dispersaban por toda la habitación. - Ahh... Ahhh... Mi... Mihael... Ahhh... - Mmm... Ughh... Ahhh... Ahhh... Los tres chicos se movían tanto que no tenían espacio en la cama, así que continuaron con su trío en el suelo. Mail se sentó en el suelo y Elle se colocó encima, mientras Mihael, de pie, le metía su miembro en la boca a Elle. - Toma, lame, Elle. Lame bien, traga, traga. Elle se movía arriba y abajo mientras le hacía una felación a Mihael. - Ahhh... Ahhh... Más rápido, Elle. Ahh... Ahhh... - Ahhh... Dios... Ahhh... L.... Muévete más rápido. Ahhh... Ahhh... Mail fue el que se corrió primero, dentro de Elle. - ¡AHHHH! Más tarde, Elle expulsó su semen, producto de su masturbación. Por último, Mihael, que hizo que Elle se tragara todo su secreción. - ¡Ahh, está amargo! – dijo Elle. - Perdona, no he podido controlarme.


Los tres se quedaron tumbados en el suelo, agotados. Recordaron años atrás, su primera experiencia sexual. - ¿Cuál de los dos ha estado mejor, Mihael? – preguntó Mail. - Éste... Claro que sí... Aunque veo que tú no has tenido suficiente. Mail volvía a estar excitado. Elle también. - Vaya, vaya... ¡Pervertidos! Mihael tomó, con una mano el miembro de Elle y se lo metió en la boca y con la otra, empezó masajear el de Mail. Los dos gemían por el gran trabajo que estaba realizando Mihael. Éste acabó con la cara y la mano manchadas. Al final, éste también se excitó pero no dejó que esos dos le ayudaran. Les ordenó que se sentaran en la cama y él se colocó en el suelo, delante de ellos, abierto de patas. Empezó a masturbarse bajo las miradas de sus dos compañeros. Mihael gemía a causa de su propio masaje mientas sus dos amigos le miraban sonrojados. Al final, llegó al éxtasis y expulsó esa sustancia blanca por todo el suelo. - Eres demasiado sexy, Mihael. – dijo Elle. Los tres chicos se tumbaron en la cama como tiempo atrás, y se durmieron, hasta que alguien llamó a la puerta. - ¿Qui... Quién es? – preguntó Elle. - Soy Roger. Cuando estéis listos, bajad a cenar. Roger se había enterado de su pequeña orgía. Elle se levantó, se vistió y despertó a Mail y Mihael. - Chicos... Despertaros. Roger nos ha pillado. Dice que bajemos a cenar. Después de haberse vestido y haber limpiado toda la habitación, bajaron al comedor. Allí comieron silenciosamente y volvieron al dormitorio. Estaban tan cansados que cayeron dormidos en seguida. Por la mañana, Roger fue a despertarles. - ¡Chicos! Arriba... Elle se tiene que ir ya. Los tres se levantaron, perezosos, y se cambiaron de ropa. Bajaron hasta el recibidor y se despidieron de Elle. Nate también estaba allí y Mihael puso mala cara. - Espero veros pronto chicos, estudiad mucho. Elle se volteó y se dirigió a la puerta de salida. Mail, Mihael y Nate se despedían de él mientras cruzaba la puerta de salida. Roger acompañó a Elle hasta el aeropuerto y se despidió de él. ≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈ Watari esperaba al detective L en el aeropuerto de Japón. - Bienvenido, L. - Gracias Watari. Vamos, tenemos que hablar con la policía japonesa. Necesitamos ayuda. Watari lo dispuso todo para presentar delante de la policía japonesa a L. Durante semanas, los policías estuvieron a las órdenes de L, hasta que decidieron que no seguirían obedeciéndole a no ser que vieran su cara. - L, el jefe de policía Soîchiro Yagami exige ver su cara si quiere que sigan colaborando con la investigación. - Bien, dales la dirección del hotel. Me mostraré frente a ellos.


Una hora y media más tarde, los agentes de policía se presentaron en la recepción de la habitación del hotel donde se hospedaba L. Éste estaba en la mini cocina de la habitación. Estaba un poco asustado. Mostraría su verdadera cara, dejaría su identidad de Elle Lawliet, quedaría atrás, en el olvido, en el mismo momento que se presentara frente a los policías. L salió de su escondite, con las manos en el bolsillo y con la espalda curvada. - Yo soy L. Esas tres palabras marcaron el límite entre la vida de Elle Lawliet y la de L. El inicio de la vida del detective empezaba en ese momento. – FIN – Epílogo Desde que Elle se fue, Mihael estaba más susceptible que nunca. Nate seguía sin hablar, sólo pronunciaba palabra para contestar correctamente las preguntas que hacían en clase. Mihael estaba más que harto de su peculiar manera de comportarse. Mail intentaba controlarle pero cada vez se volvía más agresivo e irritable. Un día, mientras Mail y él estaban en el jardín, tumbados, Nate pasó por su lado. Mihael se levantó de golpe y le cogió por el brazo. - ¿Qué crees que estás haciendo? Nate no respondía. - ¡Contesta! Seguía sin responder. - ¡Maldito seas! ¿De qué vas? Mihael se disponía a pegarle pero Mail le paró. - ¡Suéltame! - Suéltale, Mail. Que me pegue si quiere. Esa contestación aún ponía más furioso a Mihael. - ¿Quién crees que eres? - ¿Y tú? - ¡¿Pero de que coño vas, imbécil?! El puño de Mihael colisionó en la mejilla de Nate. Su labio empezó a sangrar. - ¡Mihael! - ¡No me toques, Mail! - ¿Te sientes mejor pegándome? Te comportas como yo lo hacía antes. Estás adoptando el comportamiento que antes odiabas, ¿o es que no te das cuenta? Mihael tiró al suelo a Nate y empezó a golpearle la cara. Mail sujetó a Mihael por el brazo pero éste tenía tanta fuerza que se soltó y derribó a Mail. La nariz y el labio de Nate sangraban. Mihael siguió dándole puñetazos, hasta que Mail se abalanzó encima de él y, con la ayuda de otros chicos, consiguió separarle. Mihael se soltó de los brazos de los chicos que le sujetaban y se fue hacia el bosque. Mail ayudó a Nate a levantarse, pero este no le dio las gracias y también se largó. Mail se dirigió entonces a la casita del árbol. Mihael estaba allí. - ¿Puedo subir, Mihael?


- Haz lo que quieras... Mail subió y se sentó frente a él. - ¿Qué te pasa? - Nada. - Vamos, nadie pega a alguien por nada... Mihael levantó la cabeza avergonzado. - Odio su comportamiento. Primero, odiaba a Elle por superarle y ahora está haciendo lo mismo conmigo. - ¿Y no te das cuenta que tú te comportas como antes se comportaba él? ¿No es lo mismo? - Déjame... Nadie podrá cambiar el odio que siento por Nate. Y así era. Durante toda su vida, Nate y Mihael llevaron a cabo una lucha eterna para poder superar el uno al otro. – FIN –


CITIZEN ERASED por ARIMA SHIRO Capítulo 1: Hallarte. Desde el espacio donde se encuentran mis ojos, desde detrás de estas gafas plastificadas de lentes naranjas, todos los barrios de la descomunal ciudad donde me alojo se ven iguales. Éste es el principal motivo por el que llevo gafas. No es que me conviertan en miope, sigo siendo plenamente consciente de que hay barrios exuberantes de ensueño justo al lado de agrupaciones de barracas caóticas y malolientes. Es increíble el efecto que por primera vez experimenta uno al trasladarse en menos de dos minutos del “paraíso” al “infierno”. Es algo parecido a lo que se siente cuando llevas la moto a plena velocidad y, de repente, te chocas contra un poste telefónico. Debió de pasarme alguna vez o lo soñé, lo que importa es que recuerdo que la sensación es desagradable. Ya estoy divagando. ¿Por dónde había empezado? Ah, sí, por mis gafas naranjas. La verdad es que no tienen nada especial, como todas las demás gafas sirven para una cosa: para proteger la vista de su portador. Cumplen muy bien con su función, protegen mis ojos del brillo cegador de las mansiones y la podredumbre infecta de las chabolas. No veo nada de eso. Sólo un mundo de color naranja. Mi mundo. Presiento que hoy, después de unos cuantos años de búsqueda exhaustiva, voy a encontrarlo. El lugar al que me han dirigido todas las pistas es una zona que podría llamarse de clase media. Un rincón tranquilo en esta caótica ciudad. Subo hasta el final de la calle, giro a la derecha y voy siguiendo los números hasta encontrarme delante de la placa con el número 27. He llegado a mi destino: una casita de dos pisos con jardín que en nada se diferencia de todas las demás que la secundan en la calle. Es extraño que la persona a la que he estado buscando por todo el planeta y con los medios más variados se encuentre en un lugar tan trivial. Pero, sin duda, es aquí. La zona verde que rodea la casa está cerrada por una valla, pero la puerta que da al jardín está abierta. Entro y echo un vistazo y, al no notar nada preocupante, me dirijo a la entrada principal de la casa. Aprieto el botón del timbre y cuarenta y siete segundos después me abre un hombre alto y barbudo. ― Hola. ¿Qué deseas? ― me saluda y da una calada al cigarrillo que lleva en la mano. El solo hecho de verlo fumar hace que no pueda resistirme. Saco un cigarrillo del paquete que llevo en el bolsillo trasero del pantalón y empiezo a buscar dónde he puesto mi mechero. El anfitrión resulta ser más rápido que yo, entra en la casa y reaparece portando un mechero de plástico azul y transparente. Me ofrece fuego y yo enciendo el cigarrillo y empiezo a aspirar el aroma que siempre ronda por mi cabeza. ― ¿Y bien? ― insiste el americano. ― Gracias. Vengo a visitar a Mello. Ahora es el hombre quien se hace el distraído. Se limita a callar y a fumar, como si no le hubiese respondido. Supongo que es preciso que le dé más detalles. ― El chico que ha llegado hace dos días y al que cuida, doctor. Por favor, déjeme verlo. Si cree que soy de la mafia, le juro que no…


― Entiendo ― me interrumpe con voz dura. ― No sé cómo te habrás enterado de esto. La verdad es que no me importa de donde hayas venido. Yo no soy el guardaespaldas de este chaval, soy su médico. Esos gorilas marcharon después de traerlo y no he vuelto a saber de ellos. Pero has de entender que ésta es mi casa y soy yo quien decide si entra alguien o no. ― Sí, señor ― le digo espontáneamente y me arrepiento al instante. Esa frase parecía de las que dice un alumno de primaria a su profesor. ― OK. Voy a dejarte entrar, pero es posible que él todavía no haya despertado. Puedes quedarte y dependiendo del tiempo ya veré si darte las llaves. ― Gracias. Ah, si quiere que le pague por el tratamiento y las medicinas, no tengo ningún inconveniente. ― No me hables de eso ahora. Cobrar antes de haber acabado el trabajo es de imbéciles. Antes de pasar apaga el cigarrillo. La nicotina no es buena para los enfermos. ― Pero, ¿y usted? ― protesto al ver que él sigue fumando a pesar de encontrarse dentro de la casa. Resignado, tiro el cigarrillo al suelo y lo piso hasta que ya no sale humo. ••••••†••••••†••••••†••••••†••••••†••••••†••••••†•••••• Ya dentro del inmueble, el doctor me acompañó al cuarto de Mello. Mientras subíamos las escaleras hacia el primer piso, él me iba hablando. ― Cuando llegó hace dos días era de noche. Yo aún no me había ido a dormir, por eso pude oír como picaban a la puerta. Abrí y entró un grupo de hombres y mujeres que, apartándome hacia un lado e ignorando mis protestas, se esparcieron por el recibidor. Lo primero que pensé era que se trataba de ladrones, pero me fijé en sus ropas y en que bastantes de ellos estaban heridos y llegué a la conclusión de que debían de ser miembros de algún grupo mafioso. Como que tú antes mencionaste a la mafia, parece ser que yo no iba tan desencaminado. Uno de los hombres dejó en el centro de la estancia algo blanco que no pude identificar en aquel momento. Otro se me acercó y me alargó un billete de cien dólares y dijo que me encargase de aquello que habían traído con la máxima discreción posible. Y se fueron en dos coches negros y abollados. Sin más. No acababa de asimilar lo que había pasado, pero me acerqué a ver qué habían traído. Como ya imaginas, se trataba de la persona a la que dices estar buscando. ― Tuvo que ser… insólito encontrarse en una situación así. ― Bueno, a veces tengo que tratar con inmigrantes sin papeles y con personas sin alojamiento establecido, pero era la primera vez que me pasaba algo así. Cuando vi que entre las sábanas había una persona inmóvil y ensangrentada pensé que me habían endilgado un fiambre. Luego comprobé que no, que todavía estaba vivo. Lo operé como pude. Tuve que ponerle mucha anestesia, ya que no paraba de moverse, a pesar de no estar consciente. Estaba destrozado. ¿Sabes qué le ha pasado para que acabara así? ― Una explosión… creo. ― Eso mismo había pensado yo. Bueno, no me enrollo más. Pasa y espera, a ver si se despierta, que ya le toca. Por cierto, no te extrañes por su aspecto, lo até para que, sin querer, no se hiciera daño con algún movimiento brusco mientras dormía.


― Hizo bien en tomar esa precaución. Es que él tiene la particularidad de moverse mucho, tanto dormido como despierto. Es muy enérgico. ― Ya lo comprobaré cuando sea el momento. Ah, se me olvidaba, me llamo Jack Benson. ¿Y tú? ― Matt. El apellido no importa. ― Como quieras ― me dijo mostrándose indiferente. Abrí la puerta e ingresé en la habitación en silencio, cerrando a mis espaldas. Mi vista se dirigió rápidamente hacia donde estaba la cama. Lo que yacía allí dentro más que una persona parecía un muñeco o una momia. Estaba tumbado, cubierto por unas sábanas blancas y atado con cintas elásticas, cosa que, además, lo hacía parecer una marioneta. Lo peor era que ni siquiera se le veía el rostro. Estaba vendado, dejando solamente un pequeño agujero para la boca y la nariz. Me acerqué para verlo mejor. Cuando estaba a un par de pasos de la cama, la boca que se entreveía entre las vendas se movió. ― ¿Quién eres? ― dijo con una voz entrecortada, pero a la vez decidida. ― Vaya, así que ya estás consciente ― la hablé distraído, deseando volver a escuchar aquella voz a la que tanto había extrañado. ― ¿Dónde estoy? Quiero que me desates inmediatamente. Esta vez habló subiendo el volumen, con su típica actitud autoritaria. Parecía molesto, era normal que lo estuviera estando atado de ese modo. ― No puedo hacer eso. Primero tendría que ir a preguntarlo abajo. Supongo que si te portas bien no habrá ningún problema. ― Que me porte bien… ¿¡que me porte bien, dices!? ¡Y una mierda! ¿¡Quién mierda te has creído que eres!? ― ahora yo sí que no entendía nada. ¿Por qué le había dado por chillar de esa manera? ― ¡Yo no me voy a doblegar nunca ante unos cabrones que me tienen atado! Ni siquiera me has dicho quiénes sois. ¿¡La policía japonesa con el falso L!? ¿¡El FBI!? ¿¡El mismo Kira tal vez!? Ahora no puedo concentrarme, pero la probabilidad de que seáis la policía japonesa ronda el 70%. ¡Hijos de puta incompetentes! ¡Bastardos! ¡Desatadme ahora mismo! ¡En cuanto salga de aquí, vais a ver lo que es sufrir, pendejos! ¡Sucios mamones! ¡Os van a encarcelar a todos! Y siguió con ese torrente de insultos inmundos y gritos furibundos, a la par que se movía como si su intención fuese volcar la cama. Yo no sabía qué hacer. Estaba claro que tenía que detenerlo antes de que se hiciese daño, pero la cuestión era: ¿cómo hacerlo? Primero le dije que, por favor, parase, pero no se me oía con el griterío que estaba armando. Entonces comencé a gritar yo también para que se callara, mas mis pulmones no eran nada comparados con los suyos. Pensé en darle una sacudida para hacerlo entrar en la razón, pero no podía hacer eso porque podía lastimarlo y porque me lo impedían las cintas de la cama. Así que me quedé escuchando los insultos (“¡hijos de Lucifer! ¡Soplapollas! ¡Escoria! ¡Gentuza miserable!”) mientras maldecía por mis adentros mi propia estupidez e impotencia. De repente, me vino a la cabeza el método que había usado en un par de ocasiones para calmar a mi exaltado amigo y que siempre había dado resultado. Me senté en la cama (que parecía que estuviese bailando breakdance), agarré la cabeza de Mello con firmeza, me incliné encima de él y le dije al oído: ― Michael, haz el favor de comportarte.


En cuanto su mente hubo procesado la información se calló y yo aproveché su descuido para plantarle un beso monumental. Lo besé como besan los actores en las películas, verdaderamente fue un beso de película, hasta me quedé sin aire. Tal vez fue por esa falta de aire por lo que, una vez me incorporé, sólo se me ocurrió decir: ― ¿Qué? Y él, ni corto ni perezoso, me respondió: ― ¿Qué de qué? ¿Me vas a decir quién eres de una maldita vez? ― Como si no lo supieras. En fin, si insistes en hacerte el sueco… Soy Matt, del “Wammy’s House”, estudiamos y vivimos juntos la mayor parte de nuestras vidas… Es que ya no sé ni qué más te puedo decir. Si no me recuerdas ni así… ― ¡¿Matt?! ¿De verdad eres tú? [NdA: ¡Noooo! ¿Tú crees? xD Gomen, tenía que decirlo. ¡Mero guapo!] ― Sí U__U No puedes verme, pero soy yo. ― Lo había imaginado por esa manía de decir “a la inglesa” mi verdadero nombre y por esa increíble forma de besar, pero demonios, no pareces tú. ¿Qué te ha pasado en la voz? No me digas que te ha cambiado de esa forma sólo por fumar. ¿Y desde cuando fumas, eh? Y lo más interesante: ¿qué haces en Los Ángeles? ¿Cómo me has encontrado? ― Demasiadas preguntas @__@ ― Bien, vayamos por partes. Aunque ya te he dicho que primero quiero que me desates. Es un asco tener que estar así. ― Ya lo sé. Ni siquiera pareces tú. ― Jaja, ¡qué gracioso! ― dijo con sarcasmo. Lo cierto es que Michael tiene mucho sentido del humor y optimismo. Mira que poder hablar así estando inmovilizado y recién operado. Seguro que le dolía, pero yo no podía mostrarle mi compasión porque volvería a enfurecerlo, y esta vez sería por mis propios méritos y no por una confusión. ― Perdona. Como dije antes de que te pusieras histérico-perdido ― al decir eso hice una pequeña pausa y adiviné como se ponía rojo bajo las vendas. ― tengo que ir abajo a preguntarle al médico. ¿Quieres que baje? ― ¿Y por qué no me desatas tú? Si, de todas formas, el resultado es el mismo. ― Sigues teniendo tu mítica obsesión por romper las normas. ¿No crees que ya eres mayorcito para eso? ― Anda y vete, fumeta. Tras esa amabilísima petición bajé a la planta baja. Allí, después abrir un par de puertas, encontré el despacho del doctor y a él mismo. Mientras volvía a subir las escaleras acompañado de Jack, le comenté que atar a Mello fue una idea utilísima. Y él me dijo que en toda su vida profesional no había tenido jamás un paciente con un carácter tan explosivo. Es posible que los gritos de Mello no sólo fuesen oídos por él, sino que por todo el barrio. Al encontrarnos en la habitación, Jack se presentó, a lo que Mello respondió manifestando su deseo de ser liberado. El doctor quiso hablarle de su estado de salud, pero el paciente sólo tenía una cosa en mente: ser desatado.


― Se ve que no le gusta estar atado ― por alguna extraña razón, Jack hablaba con él de forma muy respetuosa. Probablemente se había asustado al oír sus gritos o tal vez incluso pensaba que Mello era un pez gordo de la mafia. ― ¿Crees que existe alguna persona mentalmente equilibrada a la que le guste estarlo? ― respondió Mello con una pregunta. ― Si se hace bien no tiene por que ser desagradable. ¿O es que acaso tiene algún recuerdo doloroso relacionado con…? ― estas últimas palabras Jack las articuló arrastrando los sonidos y con un tono bastante ambiguo. ― ¡Viejo verde! ¿Vas a desatarme o romperé yo mismo la cama? Después de este concurso de preguntas encadenadas, Jack quitó las cintas elásticas con la condición de que su paciente se portase bien. Dijo algo de que no le gustaría que se rompiese algo que tanto trabajo había costado arreglar. Mas Mello no quedó satisfecho. ― ¿Y las vendas de la cabeza? ― inquirió. ― De momento es mejor no tocarlas. He tenido que ponerle unos cuantos puntos en la cara porque tenía usted cortes muy profundos. Ahora hay que dejar que las heridas se cierren y cicatricen. ― Quiero ver a Matt, así que haz el favor de quitármelas. De esta manera podrás aprovechar para echar un vistazo a la herida y para limpiarla. Discutieron un rato más, pero Jack Benson ya sabía de antemano que se trataba de una batalla perdida. Era sencillo darse cuenta de que Mello era un obstinado: si requería alguna cosa y no se la querían conceder, intentaba conseguirla por sus propios medios. Lo mejor era que la mayoría de veces sus esfuerzos daban sus frutos. Aunque esos frutos fuesen producto de acciones maquiavélicas, él quedaba por unas horas en paz consigo mismo. Y después volvía a buscarse otro objetivo. En su carrera de triunfador hay tan sólo dos cosas que Mello no ha conseguido hasta la fecha. Más bien a dos personas: a Near y a Kira. Todavía recuerdo los ataques de rabia que tenía mi rubio amigo en “Wammy’s house” cada vez que no conseguía que Near le hiciese caso. Eran muchas, muchas veces. Sin proponérselo, Near amargaba la existencia de Mello. Probablemente él ya lo sabía, pero parecía no preocuparlo. Yo siempre lo había visto como una persona de otro mundo, no sólo por su piel y su pelo albinos, también porque sus pensamientos volaban lejos del lugar donde se encontraba. En cuanto a Kira… la carrera ya había comenzado pero, viendo como se encontraba Mello en esos momentos, no parecía irle demasiado bien. El doctor iba desenrollando con cuidado las vendas y descubriendo su rostro y yo no quería que lo hiciese. Pero ya estaba hecho. Delante de mí, sentado en la cama, se encontraba Mello, con su pelo rubio algo desordenado y sus ojos verdes desafiantes. Su cara estaba partida por una gran cicatriz, que todavía estaba roja y que tenía un aspecto horrible. ¡Pero qué tonto había sido! ¿¡Por qué tenía que arriesgarse tanto por un estúpido asesino de delincuentes?! Lo miraba y no sabía cómo actuar: ¿reír? ¿llorar? ¿darme con la cabeza contra la pared? No iba a hacer nada de eso, pero me sentía como si lo hiciese. En ese momento odié la ambición irracional de Michael, que había convertido su faz en la de una monstruo parecido al hijo de Frankenstein. Nos mirábamos en silencio, él a mí y yo a él. Me empezaron a temblar los hombros, pero procuré aguantarme el


llanto, sería estúpido llorar. Con eso no solucionaría lo que estaba hecho, no le devolvería su cara. El doctor pareció notar que allí ya no tenía nada más que hacer y se marchó del cuarto. Michael me observaba con la curiosidad pintada en las pupilas. No tengo ni idea de cómo debía de verme. ¿Qué aspecto tiene una persona que está paralizada por dentro? ― Has crecido mucho, Matt ^___^ ― me dijo, sonriendo sutilmente con las comisuras de la boca. ― Ahora no hay duda de que eres tú. Sigues siendo igual de… no, eres aún más guapo que antes. Jaja, mira que te estoy piropeando. Lo que no acaba de gustarme son tus gafas. Son demasiado grandes y te tapan toda la cara. Todo lo que decía me pareció tan banal, tan fuera de lugar que, de la indignación, conseguí deshacerme de mi parálisis momentánea. Me abalancé sobre él, lo sujeté por los hombros, lo acosté y enterré mi cara en su hombro derecho. Susurré: ― ¿Por qué eres tan estúpido? ― Pero bueno, ¿qué me dices? Encima que te halago… ― No es eso, idiota. Mira tu cara. Y por el cuerpo tienes más vendas… ― No te preocupes por eso. Estoy vivo, ¿no? ― dice despreocupadamente. Mas, al ver lo afectado que estoy yo, se pone serio. ― Es el precio que he tenido que pagar por ser libre y hacer lo que me dé la gana. Si quieres volar has de correr el riesgo de caerte. ― Pero yo no soporto ver como te caes. Sé que te vas a enfadar por lo que voy a decirte, pero prefiero que te quedes en tierra. Quiero protegerte. Quiero que no te duela. Quiero que sonrías… Esto es patético, esta situación es patética… ― Ya no sabes ni qué es lo que quieres decir. Mírame, si ya estoy sonriendo ― intenta levantarme, pero yo me aferro fuerte para esconder mi cara. ― Sólo acepta que las cosas son así. No puedes encerrarme para que yo no me eleve nunca más. No eres nadie para hacerlo. Pero, si quieres, puedes acompañarme y venir a volar conmigo. Una corriente de toda clase de pensamientos cruzó por mi cerebro. Imágenes del orfanato, las caras de los tecnócratas enmarcadas por gafas rectangulares, la oscuridad antes de nacer, los compañeros de “Wammy’s house”, la ciudad de Los Ángeles, el gran detective L… Pensé en mis años de parsimonia, de desinterés, cuando no deseaba hacer nada en absoluto y me dejaba llevar por lo que me decían. Recordé los programas hackeados, las motocicletas rotas, las montañas de cigarrillos gastados. Ser libre. Sonaba tan bonito. ¿Pero realmente lo sería? No era algo que pudiese creerme tan fácilmente. ¿Acaso importaba? Nunca me había planteado si era libre o no era libre. Era algo que me traía sin cuidado. Lo que deseaba era irme con Michael. Desde que me marché del orfanato no cesé de pensar en él como en la única persona capaz de comprenderme. O, aún si no fuera capaz de comprenderme, sí que haría que dejara de estar solo. Y entendí también otra cosa y, tal y como lo entendí, se lo dije. ― Michael… ― ¿Qué? ¿Te quieres venir?


― Te quiero decir una cosa ― articulé y me aferré con más fuerza a sus hombros huesudos, sintiendo como enrojecía. ― Dime. ― Te quiero ― conseguí pronunciar. ― ¿Por eso te escondes ahora? Vamos, no seas vergonzoso. Esto ya lo sabíamos hace tiempo. Si hasta en “Wammy’s” siempre íbamos juntos y nos besábamos en público. ― No lo digas así >////< Sólo lo hicimos un par de veces y fue únicamente por tu afán de romper las normas. ― No me digas que no era romántico ― con esas palabras consiguió despegarme de encima suyo y que nos sentáramos frente a frente. ― Sí, especialmente la vez que me diste un beso de tornillo estando a un metro y medio del director. Yo no podía respirar de los nervios y no sabía qué hacía mi lengua y tú ibas a saco, me estrujabas la cabeza y daba la impresión de que realmente te querías entornillar a mí. ― Pero bien que te gustó. ― Gustarme… tal vez, pero no delante del director ― dije. Verdaderamente, Michael no tenía vergüenza. Era demasiado libertino. ― Pero no nos desviemos del tema. Te quería decir que te quiero… ― Ya, eso ya lo has dicho. ― No me interrumpas ò__ó Te quiero, pero no te quiero como crees que te quiero. ¿Cómo decirlo? No te quiero como se quiere a un amigo, ni como se quiere a alguien a quien admiras, ni para besarte ni para tener sexo. No se trata de ninguna de estas cosas porque mi amor va más allá. Te quiero como persona. Quiero todo lo que eres tú ― ya estaba dicho. Sin embargo, me sentía como si las palabras no fuesen suficientes para contener lo que había en mi interior. ― No sé si me entiendes. Esta forma de querer supera a las demás porque es una suma de todas ellas. Es algo de lo que no puedo escapar, quiero pasar todo el tiempo contigo. Es por eso que he venido a Los Ángeles. Habiendo acabado mi discurso miré a Michael, que estaba tan cerca de mí que no parecía real. Él tenía toda la pinta de estar procesando la información y pensando en cómo reaccionar. La única cosa en él que podía recordar de alguna manera la declaración era el rubor de sus mejillas, que él intentaba ocultar sin éxito. ― Si he entendido bien ― dijo al fin. ― te quieres quedar a vivir conmigo. Bien, puedes hacerlo, no hay nada que lo impida. Es más, es algo que me gustaría. Así me ayudarás a capturar a Kira y superar de una vez a Near. ― Está bien, pero… ¿y lo otro? ― me impacienté. ― ¿Me correspondes o me rechazas? ¿Qué es lo que piensas de mí? ― ¡Pero qué desconsiderado! ― se indignó, agitando su rubia melena. ― Me sueltas todo esto de sopetón, me obligas a responder sin dejarme tiempo para pensar… ― Lo siento, no te enfades. ― … ¡Era broma! ¿Quién puede estar enfadado después de una declaración tan apasionada? ― me soltó riendo. ― ¿Si te correspondo o no? Hombre, no propondría vivir conmigo a alguien a quien no aceptase. ¿Y qué es lo que pienso de ti? Digamos que no me dejas indiferente. No tengo claro si es un amor tan


profundo como el tuyo, no estoy acostumbrado a hablar sobre el amor. Pero me alegro de, por fin, poder decir sin engañarme que no estoy solo en el mundo. ― Nunca lo has estado. ••••••†••••••†••••••†••••••†••••••†••••••†••••••†•••••• Las dos semanas siguientes que vivimos en esa casita de un barrio como cualquier otro transcurrieron como si de un sueño se tratase. Puede sonar aburrido eso de estar tanto tiempo en un mismo lugar, pero la verdad es que no fue nada aburrido. Yo y Michael nos pasábamos el día hablando. Hablábamos de cualquier cosa, recordábamos nuestra infancia, explicábamos lo que nos pasaba por la cabeza, comentábamos lo que sucedía en el mundo, lo que se escribía en los periódicos. Cada tarde bajábamos al pequeño jardín (si es que se podía llamar así) que rodeaba la casa del doctor y nos tumbábamos en la hierba. Buscábamos un sitio con sombra, que cada vez era diferente, porque yo tengo la mala suerte de quemarme a la mínima que me toca el sol. Y él tampoco podía ponerse moreno con tantas vendas encima. Allí en la hierba, acostados boca arriba, mirábamos el cielo, unas veces más azul que otras, y veíamos las nubes pasar. El mundo no dejaba de moverse, pero nosotros habíamos salido por un tiempo de esa corriente. Escuchábamos a los pájaros cantar al ponerse el sol y yo terminaba acompañándolos, canturreando a media voz. Michael acabó acostumbrándose a mi voz, dijo que le gustaba así. Su voz sí que era increíble, en ocasiones me quedaba embelesado escuchándola y me olvidaba del contenido de sus palabras. Él se daba cuenta, me llamaba, hasta se enfadaba. Se lo intenté explicar, pero era algo complicado. De todos modos, era imposible que pasare un día sin que Michael se enojase. Así fue cuando Jack comentó que yo, al menos, debería tomar parte en alguna de las tareas de la casa. Dicho más simple: quería que cada día fuese a hacer la compra. Michael se opuso definitivamente, no le daba la gana de quedarse solo en la casa mientras yo salía. Pero aquella vez Jack no quiso ceder e insistió. Cuanto más insistía, más se enfadaba Mello. Cuando vi que estaba a punto de explotar di con la solución: pedir comida a domicilio. Vivimos dos semanas en nuestro pequeño mundo rodeado por una valla bajita, era una galaxia aparte. Cosas sencillas que muchas veces no percibíamos cobraban importancia. Resultaban interesantes, hasta enigmáticas. Fue la época más feliz de mi vida, una época breve, pero maravillosa. Me sentía como si hubiese llegado al nirvana. Pedí a Michael que no hablase de Kira, pero no sirvió de mucho. La gustaba planear sus estrategias en voz alta, buscar miles de posibilidades de dar con el asesino. Kira me sacaba de quicio, era como si su presencia maligna quisiera arrancarme de mi pequeña utopía. Por eso, cuando Michael se convertía en Mello y hablaba de Kira, yo desconectaba y me concentraba en el sonido de su voz. Y, cuando me cansaba de estar quieto, me arrimaba a él y lo besaba. Eran besos cálidos y cariñosos, sin la intención de ir más allá. Lo mimaba y cubría de besos, sorprendiéndome de mi propia ternura. Él tampoco estaba acostumbrado a esa clase de cosas y se avergonzaba y me decía que le dejase en paz, que era un


besucón. Mas, después de decirlo, sonreía con una sonrisa tan abierta que me maravillaba. Dos semanas no son una eternidad. Llegaron a su fin, como llegan a su fin todas las cosas en este mundo. Un lunes por la tarde yo dormitaba en el jardín, vencido por el calor. De repente, la voz de Michael me sacó de mi sopor. ― ¡Matt! ¡Ey, Matt, despierta! No era una manera muy delicada de despertar, pero él era así. Entreabrí los ojos y me sorprendí al verlo libre de vendas y vestido de cuero negro. ― ¿Qué…? ― protesté al no entender qué demonios pasaba. Él se inclinó sobre mí y la cruz que llevaba colgada en el cuello se posó sobre mi pecho. Me habló casi con un susurro. ― El periodo de recuperación ha finalizado, Mail. Me sobresalté al escucharlo pronunciar mi verdadero nombre. Eso no era una buena señal. En cada ocasión en que mi nombre era dicho en voz alta, algo grave acababa ocurriendo. Entonces no fue una excepción. ― Ahora me voy a hacerle una visita a Near ― dijo. Se dio la vuelta y partió con los pasos apresurados. En ese instante el aire se hizo más frío. Sin pararse, Mello se puso la chaqueta. Entre sus ropas brilló el destello del metal de una pistola. Quedé solo en el jardín. La carrera había comenzado. ••••••••••••••••FIN DEL CAPÍTULO 1•••••••••••••••••••••


PLAYFULLY por CHISE_2602 Era una más de aquellas eternas jornadas de trabajo. El equipo de investigación realizaba su labor incansablemente en su afán justiciero de atrapar al asesino de masas Kira pero, al final del día, cuando la noche se cernía sobre ellos, era L el único que permanecía en su misma actitud despejada y totalmente atenta, en aquella inmutable entrega al deber que le caracterizaba. El detective repasaba unos folios de información recopilada acerca de la empresa Yotsuba cuando comenzó a mirar indirectamente a Yagami Light, sentado a su lado debido a las esposas que les mantenían en perpetua unión. Observó su mirada fija en los monitores a la par que sus manos, tecleando con pasmosa velocidad por el teclado introduciéndose en archivos y páginas en apariencia inaccesibles, demostrando sus formidables dotes para el hackeo. Por mucho que no vacilara un ápice en su tarea la fatiga y el esfuerzo era patente en su semblante tras innumerables horas ante pantallas de ordenador con el cerebro atando cabos sin cesar. L bebió de un sorbo lo que quedaba del café que le había traído su fiel Watari e hizo un ligero ademán con el fin de captar la atención de Light al llegar el tintineo de los grilletes a sus oído -Pareces cansado, Yagami-kun. El muchacho se frotó los ojos y suspiró suavemente. -Lo cierto es que sí… hace días que andamos metidos de lleno en las entrañas de la Yotsuba y no he podido dormir lo necesario. -¿Tendrá algo que ver el tener que dormir a mi lado? -sugirió el detective con una sonrisa. Light frunció el entrecejo y siguió tecleando. -Posiblemente. No es que invite mucho a un sueño tranquilo el tenerte sentado en una silla junto a mi cama con esa mirada inquisitiva tuya clavada en mí durante toda la noche. -Lo siento…- se disculpó L, aunque su rostro no mostró arrepentimiento alguno. El silencio volvió a adueñarse de la estancia, sólo roto por los sonidos repetitivos de los aparatos electrónicos que se repartían por cada rincón. -¿Te apetece una ducha? Eso nos vendría bien a ambos, la verdad es que yo también necesito despejarme. El joven castaño le miró desconfiado, le resultaba realmente incómodo cada vez que tenían que bañarse puesto que el detective rehusaba la idea de desprenderse de las esposas hasta en aquellos momentos de intimidad. Su excentricidad le llevaba a desconfiar hasta tal extremo de Yagami Light, si bien podía resultar comprensible puesto que constituía el mayor sospechoso de ser el homicida Kira; hablando en esos términos, L consideraba cualquier medida coherente a su finalidad. -De acuerdo. –accedió finalmente Raito. A fin de cuentas, no tenía más remedio. Se dirigieron a su habitación a coger los útiles de aseo y la ropa limpia y tras ésto entraron en uno de los numerosos cuartos de baños que proliferaban por el enorme edificio construido bajo las órdenes de L con el fin de abastecerse de todos los medios requeridos en el caso.


El cuarto de baño era muy amplio, efecto acentuado por la limpieza minimalista de sus formas. Su sencillez no rayaba en absoluto con la simpleza, por el contrario resultaba elegante y moderno, revelando un cuidado exquisito en la elección de mobiliario y complementos. Lo que captaba al vuelo la atención del espectador era el enorme cristal que atravesaba una de las paredes y la espectacular bañera ovalada y blanca, habilitada también para funcionar como ducha con hidromasaje. - Yo seré el primero, ¿de acuerdo? –en el tono con el que habló L se apreciaba más afirmación que interrogación. Se acercó a Yagami y, tras sacar del bolsillo trasero de sus vaqueros una pequeña llavecita abrió las esposas pues con éstas era más que imposible desnudarse. El joven detective llenó la bañera y esperó sentado en cuclillas ante la misma; a cada par de minutos introducía el dedo índice hasta que consideró que el agua había adquirido la temperatura justa; entonces se levantó de un salto y, sin importarle en absoluto estar de frente a Yagami, se despojó de su camiseta blanca y de sus gastados vaqueros. El chico castaño le observaba con expresión neutra, cruzado de brazos y piernas obre el taburete. Su compañero se quitó los calzoncillos, con una trama de estrechas líneas en añil y blanco, sin modificar su postura. En vista de que al detective parecía darle exactamente igual, o lo que era peor, le agradaba su modo de proceder a desnudarse Light finalmente habló, mirándole con cierto reproche a los ojos. -Ryuuzaki, ¿en serio ves normal lo que estás haciendo? L no se movió un ápice, pero fingió observarle como si en ese preciso instante se hubiera percatado de su presencia en el baño. -¿Eh? No entiendo…no tengo nada que no tengas tú… ¿por qué debería avergonzarme? Raito chasqueó la lengua. -No se trata de vergüenza, sino de decencia. Aunque no sé de que me sorprendo, tratándose de ti… L volvió a colocarle las cadenas; por lo visto consideraba que para ducharse no era preciso el prescindir de ellas. -Bueno, bueno…ya me meto, si tanto te disgusta…- el detective simuló una sonrisa de contrición, y seguidamente se introdujo, no sin cierta torpeza, en la bañera. Por las nubes de cálido vapor que danzaban pesadamente alrededor de la desgarbada figura del joven Light dedujo que le gustaba el agua bien caliente: por el favorecedor y tenue tono escarlata que comenzó a teñir su pálida piel debía de estar ardiendo. El chico se volvió repentinamente, pillando in fraganti a Light en pleno examen de su anatomía, pero al susodicho no pareció preocuparle. -Raito-kun… ¿me frotarás la espalda? – inquirió inocentemente con el pulgar metido en la boca. Si esperaba una reacción poco menos que desconcertada de Yagami Light lo cierto es que salió asqueado pues el joven había decidido participar también en la farsa: optó por encogerse despreocupadamente de hombros. -Si tú quieres…


Permaneciendo en un incómodo mutismo tan sólo roto por el tintineo metálico de las cadenas L comenzó a enjabonarse: tomó el bote de gel con el índice y el pulgar, alzándolo un tanto por encima de su cabeza para ver el espeso chorro caer limpiamente sobre la esponja que sostenía en la otra mano, formándose temblorosas espirales de jabón que acababan por fundirse entre sí. El detective lo observaba como si aquello fuera lo más interesante del mundo. Seguidamente comenzó a frotarse los brazos con insistencia, al igual que el resto del cuerpo, hasta que quedo prácticamente cubierto por una esponjosa capa de olorosa espuma. A continuación cogió el respectivo bote de champú, lo colocó directamente sobre su pelo y dejó que una buena cantidad le empapara los cabellos. Se los lavó frotándose con rudeza, con los ojos cerrados fuertemente para impedir que el jabón penetrara en ellos. Repentinamente se tapó la nariz, echó las piernas encogidas hacia delante y se sumergió íntegramente en las aguas. Light no pudo evitar incorporarse sutilmente para tratar de averiguar qué demonios estaba haciendo L; ya se disponía a increparle sobre su extravagancia cuando el joven moreno resurgió, echándose el pelo azabache hacia atrás, libre de espuma. A través de los largos mechones del húmedo flequillo vio la expresión de resignada paciencia contenida de Light. -¿Esa es tu manera de enjuagarte? -Sí¿a que es efectiva? -Ya… L permaneció en silencio jugueteando con los dedos de los pies en el agua, describiendo círculos que dibujaban variopintas formas abstractas en la delicada espuma blanquecina, con destellos de colores cambiantes fruto del efecto de la luz al reflectarse en las diminutas pompas. Al chico parecía divertirle enormemente aquel entretenimiento y daba la impresión de querer permanecer un buen rato en aquella actitud apática. Yagami carraspeó. -¿Hasta cuando piensas quedarte así? Te recuerdo que yo también tengo que lavarme. L le dedicó una mirada cándida, acentuada con la estúpida sonrisa que tanto desquiciaba a Light. -Pero si estoy esperando a que me frotes la espalda…. Con un bufido de disgusto Light se sentó de rodillas ante la bañera, tomó la esponja y empezó a posarla por la espalda de L. L era muy delgado pero, curiosamente, pese a su aspecto escuálido y desgarbado, estaba bien formado. Tenía los músculos agradablemente marcados y sus hombros eran más anchos de lo que Light había imaginado. Su piel era tersa y de una palidez tan pura que le otorgaba una áurea de fragilidad cual muñeco de delicada porcelana. El contraste que se producía con la negrura de obsidiana que teñía sus despeinados cabellos y sus enormes ojos constituyó, durante los fugaces segundos en los que Light lavó la espalda del detective, un recreo para su vista. Observaba los hilos de espumosa agua fluyendo a lo largo de su marcada espina dorsal, haciendo que toda su piel resplandeciera ligeramente. Sintió el tacto algo áspero de las oscuras greñas del detective y comprobó que aún tenía restos de jabón, por ello con un rápido movimiento los retiró con un poco de agua en la


palma de la mano. Con ese gesto pudo ver el empiece de la columna vertebral de L y, por un instante, pensó que era una zona sensualmente vulnerable. -¿Qué haces, Yagami-kun? -Me temo que tu…”peculiar” método de enjuague no es tan efectivo como dices. Ya he terminado. Ahora salte de una vez. –ordenó, volviéndose a sentar en el taburete. El detective se levantó, quitó el tapón y salió de la bañera tal cual. Tomó una pequeña toalla y se agitó con ella los cabellos con ímpetu, luego con esa misma eliminó las gotas de humedad que regaban su albino cuerpo. -Ryuuzaki. Ponte una toalla. Por favor. El aludido sonrió por lo bajo. -Ya voy, ya voy…cámbiame el sitio. Yagami Light dejó que el joven se sentara: efectivamente, se había puesto la toalla rodeándole su estrecha cintura, pero la casta finalidad de la misma se vio completamente anulada al posicionarse de cara a Light, con las piernas encogidas sobre el borde del banquillo. El detective abrazó sus rodillas y se llevó el pulgar a la boca, mordiéndolo para evitar que se le escapara una socarrona risa tras ver el gesto de desprecio de su “amigo”. -…yo voy a ducharme. Es mucho más higiénico. -¿Ah, si? –musitó L, sin cambiar su expresión, retirándole las esposas que se cerraban en torno a su muñeca. El joven castaño se colocó dándole la espalda al detective y se quitó la ajustada camiseta negra, los pantalones beige y la ropa interior, de color azul marino. Su compañero volvió a encadenarle sin quitarle la mirada de encima. Entró en la bañera y abrió la ducha; al contrario que L, él prefería el agua bastante fría. Sin vacilar ante la baja temperatura de ésta se metió bajo el chorro con un suspiro de satisfacción, permaneciendo un momento sintiendo únicamente el líquido bañar su silueta, abandonado a la fresca sensación. L, por su parte, se dedicó a realizarle un análisis exhaustivo. La figura de Light Yagami era verdaderamente hermosa. Pese a ser delgado y de silueta fina no ofrecía el aspecto escuálido del detective pues no se le marcaba ningún hueso. Su anatomía de voluptuosas líneas dibujaba un conjunto armónico en el que cada parte se relacionaba con el todo de la manera más sublime posible, con la musculatura desarrollada lo justo para mostrarse atlético y varonil. Tan insólita perfección le otorgaba una áurea de irrealidad, de divina irrealidad. Parecía un hermoso e inalcanzable ángel caído. O quizás un dios… El muchacho seguía aseándose: con extrema y calculada pulcritud se lavó el pelo, enjabonándoselo y enjuagándoselo dos veces hasta no dejar ni rastro de champú; después se limpió el resto del cuerpo siguiendo un orden ya preestablecido por él: cuello, axilas, brazo, antebrazo, torso, abdomen….así hasta llegar a los pies. Tardó diez minutos exactos, divididos en cinco para la parte superior e inferior respectivamente. A L aquella dinámica no le sorprendió en lo más mínimo. Encajaba totalmente en el perfil de psicópata que tenía configurado en su mente para con Yagami Light. Con cada pequeña muestra de su preponderancia más se autoconvencía de que la


mente brillante y despiadada del asesino Kira se escondía bajo la encantadora efigie de Raito. Al moverse el joven castaño las cadenas que les ataban se agitaban y tironeaban de la muñeca del detective, cómo incitándole a no apartar la mirada. Como invitándole a… Light terminó finalmente: se cubrió de cintura para abajo con una toalla y salió. -¡Ryuuzaki¿Qué…? Sin mediar palabra, L se incorporó de un salto y fingió resbalarse con el agua del suelo. Para evitar golpearse violentamente se agarró del brazo de Light obligándole a caer con él; éste, aún desconcertado por la reacción de L, patinó de verdad y acabó derribado en el piso, con el detective sobre él. -Ups, me resbalé… - se quejó el detective, pese a no haberse hecho ni una pizca de daño. Con menos de un palmo de distancia haciendo separación entre los dos chicos, Light le clavó una mirada fulminante. -No te hagas el tonto, Ryuuzaki. Sé de sobra que lo que acabas de hacer ha sido a posta. Lo que no tengo claro es el porqué… -¿Eh? No seas injusto Yagami-kun… Raito hizo amago de apartarle de encima pero L se lo impidió: se apoyó en sus brazos imposibilitando que éste los moviera y se acercó aún más a él, cambiando el tono burlón por uno más serio. -Tienes razón. No ha sido un accidente. Lo cierto es que sentía mucha curiosidad por ver tu reacción y no he podido resistirme… -Pues ya la has visto. ¿Satisfecho? Quítate de encima. Nuevamente intentó zafarse pero L no deseaba en absoluto obedecerle. Le dedicó una extraña sonrisa. -No…aún no estoy satisfecho. Repentinamente, Light comprendió que el detective estaba justificando sus respuestas a tales provocaciones partiendo de la premisa de que él era Kira. Decidió seguir con aquel curioso juego, pues algo en él quería seguir indagando con el fin de descubrir hasta dónde era capaz de llegar L con tal de hacerle confesar. Luchó por reprimir una risa: si lo que quería era ponerle en una situación límite y embarazosa había encontrado un rival digno. Que siguiera… que siguiera con su absurda jugarreta… no iba a conseguir nada. L enterró el rostro en el cuello de Light Yagami. Este esbozó una ambigua sonrisa. -… sólo quiero olerte… Light desprendía un agradable olor en el que se entremezclaba el aroma fresco y frutal del gel y el champú junto con su propio e irremplazable olor corporal, el cual L no supo asociar a algo en concreto. Fuera como fuera, era francamente atrayente. Siguió recorriendo el contorno del cuello del joven, atisbando de reojo la actuación de Yagami. Acarició con la nariz los mechones que caían tras sus orejas, apreciando la suave textura de aquellos cabellos castaños, matizados en mil tonos ocres y rojizos como si de un bello atardecer se tratase. Raito permanecía inmóvil, dejándole hacer, tan sólo escuchando a L olisquearle tenuemente.


Repentinamente éste cambió de estrategia y deslizó su rostro por el de Light hasta llegar a su boca. El muchacho sabía de antemano que aquello sucedería; lo contradictoriamente predecible de la situación estaba haciendo que se lo estuviera pasando en grande. Con los ojos fijos en los de su compañero, L posó sus labios en los de Raito. En el instante en el que ambos hicieron contacto un escalofrío helado les recorrió, imperceptiblemente para ambos, de arriba abajo. El detective se tomó su tiempo en aprenderse de memoria aquella sensación, quería que aquella suavidad, aquella cautivadora beldad quedase grabada en su mente. Abrió levemente la boca e introdujo la lengua pausadamente, aguardando la respuesta de Light. Cuando sintió la cálida humedad del interior de la boca de su enemigo L perdió la conciencia de la situación por un fugaz segundo. -…tendrás que abrir más la boca si quieres que esto funcione, Raito-kun.- susurró. El mencionado le respondió con un deje chocantemente normal. -Vaya… ¿te consideras la persona idónea para enseñarme cómo se da un beso? -En vista de lo que me estás demostrando… -Perfecto. Yagami Light se incorporó aprovechando la falta de presión que había dejado de ejercer sobre él el detective, le tomó de la barbilla y le obligó a abrir la boca. Los labios de L eran muy finos y sabía maravillosamente dulce, pudiendo llegar a adivinar el inconfundible sabor a café y a tarta de fresa. Pese a que Yagami no simpatizaba especialmente con lo dulce, tuvo que admitir que la boca de L era una delicia. El detective no rehusó el ofrecimiento y se entregó satisfecho al juego: pronto sus lenguas se juntaron y sus salivas se entremezclaron en una suerte de batalla por ver quién dejaba antes sin aire al otro. Por ver quién humillaba a quién. En el transcurso de aquel largo e intenso beso L y Light se preguntaron qué diablos sería aquello que, misteriosamente, había comenzado a vibrar con timidez en lo más profundo de sus almas; algo a lo que ninguno de los dos fue capaz de otorgarle un nombre. Un calor húmedo comenzaba a hacerse rey de la estancia, sofocándoles y provocando que gotas de ardiente sudor rodaran trazando el perfil de sus espaldas. Finalmente se separaron, abrieron los ojos y L volvió a encontrarse con la fría expresión de Light y éste con la mueca de perpetua ingenuidad del detective. -“Esto” es un beso. ¿Te ha quedado claro, Ryuuzaki? -Clarísimo, Raito-kun… veo que a Kira no le gusta perder por nada del mundo…-a la par que terminaba de pronunciar la frase bajó una mano hasta posarse en la entrepierna del joven. Solamente pudo palpar de soslayo la erección de Yagami bajo la toalla, pues con un formidable puñetazo Raito le envió al otro extremo del baño. Con un suspiro de protesta retiró el hilo de sangre que empezó a manar por la comisura de sus labios, manchando de brillante granate su nívea tez. No obstante la sonrisa no se borró. -Eso ha dolido, Yagami-kun…oh, fíjate, hasta se me ha caído la toalla…. Light tiró de él haciendo que se le levantara.


-Ya basta, Ryuuzaki. No creas que no sé que toda esta idiotez sólo tienen una finalidad: demostrar que yo soy Kira. Igual que hiciste en el partido de tenis. Me parece patético que L tenga que recurrir a estos métodos para salirse con la suya. -Te equivocas, Raito-kun. Eres tú el que está siendo falso ahora, pues sabes perfectamente que en todo momento yo he sido consciente de cómo me has seguido la corriente. Ha sido un juego mutuo y voluntario. Light alzó el puño. -¿Tanto te frustra el que yo no sea Kira? -No me frustra en absoluto pues es justo lo contrario. Todo estaba preparado y los acontecimientos de esta noche se han desarrollado como yo esperaba. De hecho, como tú también esperabas. El joven castaño sonrió con complicidad. -Anticipándonos a las anticipaciones… -…no lograremos nada. –dijo L, acabando la frase de Light y, con un fluido movimiento le asestó una patada en la cara que le hizo perder el equilibrio. Los siguientes minutos transcurrieron a golpes. En esta ocasión no estaba Matsuda para intentar que enterraran el hacha de guerra y dejaran de pegarse, por ello la lluvia de porrazos sólo cesó cuando las fuerzas abandonaron a ambos y los rasguños comenzaron a ser dolorosos de veras: como siempre, un decepcionante empate marcó el resultado final. -Creo que ya es suficiente… -jadeó el detective. -Opino lo mismo…- logró articular Raito, luchando por que su respiración se tornara normal. Optaron por vestirse: el muchacho de cabellos cobrizos se puso unos pantalones finos de algodón de delgadas rayas azules y blancas junto con una camiseta de manga corta del mismo color índigo. El extravagante detective no hizo sino volverse a poner los mismos vaqueros y la misma camiseta blanca de siempre tras mudarse de ropa interior. Para poder colocarse las ropas tuvieron que quitarse las esposas. Raito enarcó una ceja y musitó: -Me pregunto por qué si permites que nos desencadenemos a la hora de vestirnos y desvestirnos y no haces lo mismo cuando tenemos que bañarnos… -Fácil –con un chasquido metálico volvieron a estar esposados- …porque en esos casos no hay más remedio; en cambio durante el proceso del aseo esta medida no supone impedimento alguno para el fin del mismo. Así que no veo por qué habría de quitarlas… -Era de esperar de ti. –concluyó Light, colocándose ante el espejo del lavabo. Se lavó los dientes mientras su compañero buscaba su cepillo en el neceser y tras acabar de dejar su boca inmaculada y fresca después de un poco de enjuague bucal cogió un peine y procedió a reordenarse los mechones rojizos y pardos que cubrían su frente. En ese momento L se situó a su lado y comenzó a lavarse los dientes toscamente. -Me pegunto qué pensaguía Misa-san si se entegaga de esto…- comentó con la boca llena de pasta dentífrica. Light dejó el peine en el borde del lavabo y le agarró del cuello de la camiseta mirándole con aire confiado.


-No va a pensar nada por qué tú no vas a decírselo, Ryuuzaki. L tragó. -Evidentemente. Sólo me planteaba el supuesto, Raito-kun. –contestó el detective devolviéndole la mirada cargada de idéntica seguridad. Yagami le soltó y se encaminó hacia la salida, portando sus pertenencias y la ropa sucia. -¿Has acabado ya? -Sí, te sigo. Giró el pomo para abrir la puerta pero justo cuando ya se disponía a salir, L, a sus espaldas, apoyó su mano con fuerza en ella y obligó a Light a girarse y a pegarse contra una de las jambas. Alzó ante su rostro la cadena, que tintineó ruidosamente entre ambos. -Dime, Raito-kun… ¿sabes lo que significa ésto? -Son la prueba palpable de los extremos a los que eres capaz de llegar con tal de demostrar que yo soy Kira. A L no pareció complacerle la respuesta y volvió a formular la pregunta. -… ¿sabes lo que significa ésto? Sus miradas se encontraron: el brillante mar ambarino de destellos color miel de Yagami Light se fundió con el abismo de insondable negrura de Elle Lawliet. -Lo sé. L posó la frente en la puerta, por encima del hombro de Light. Éste no pudo advertir con claridad la expresión del pálido joven ya que sus ojos estaban velados por aquel flequillo tan negro como sus grandes ojos. Con un matiz inusual en él, melancólico quizás, o tal vez mustio, el detective susurró para sí mismo: -…si tan sólo… Light, notando la dulce tibieza de su aliento cerca de su oído, calló; pero lo cierto es que meditó aquellas palabras durante bastante tiempo, tratando de comprenderlas en su plenitud. El juego se había tornado demasiado peligroso y la victoria acabó por significar la muerte del perdedor. Cayeron presos de sus propias reglas hasta el punto de no llegar a reconocer el tablero sobre el que jugaban: lo mejor era seguir apostando por terreno seguro y olvidarse de tonterías arriesgadas. Cada uno de los participantes tenía muy claro su cometido y abandonar la partida era un impensable insulto para ambos.

Pero la curiosidad…ah, la curiosidad… “...si tan sólo…” FIN


ARIMA SHIRO, THIARA WILD, IBLIS, CHISE_2602& CO. Visítanos en www.shaka-fanfiction.net/glasscase

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Suplemento del fanzine Life in a Glasscase #1. Incluye varios fanfics yaoi de la serie Death Note.

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