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no juzgan. Es cierto. Las estadísticas avalan la información. La opinión pública y su percepción de las realidades de México también.

Hoy solo hablaré de los Maestros. Cursé primero y segundo de primaria en la Primaria Benito Juárez de Ixmiquilpan. Los recuerdos más gratos que guardo de mi vida de escolar se los debo a esa escuela. Mis maestros y maestras eran personas sencillas, y como casi siempre en la gente sencilla, anidaban en ellos las almas más grandes. Irma, mi maestra de primero vivía en una comunidad y caminaba todos los días entre una y dos horas para llegar a las 7:30 a preparar todo para nuestra llegada. Ella llevaba bolsas en los pies, para llegar con los zapatos limpios y darnos el ejemplo. Antes de entrar al salón, nos revisaba para verificar que íbamos vestidos para la ocasión, el uniforme bien portado, limpios de manos, uñas y dientes. Dignos del acto al que nos presentábamos cada día: Aprender. Pero esa revisión era lo de menos, el gesto más significativo era brindarnos un cariño a cada uno, reconociendo nuestra individualidad, llamándonos por nuestro nombre y dándonos una pequeña o gran muestra de amor mientras ingresábamos. Estoy seguro, a todos nos amó, y nos amó porque amaba ser Maestra: Esa fue su vocación. Muchos de ustedes, amables lectores, habrán rememorado sus días de escolares, y seguro se habrán de acordar de sus excelentes maestros. Los que rondamos los 40’s tuvimos extraordinarios maestros. Sí, y en todos los niveles. ¿Por qué? Porque fue su vocación ser Maestros. Lo soñaron, lo desearon, y trabajaron por ello con férrea voluntad y con incansable esfuerzo. Ellos cambiaron a México, desde su pequeña trinchera prepararon a generaciones de grandes mexicanos. ¿Qué pasó después? Después la Vocación dejó de ser importante. Hubo personas que dijeron, que había que estudiar “Aunque sea para ser maestro” (ya no con mayúscula) pudo ser maestro quien no decidió serlo por vocación, quien no estudió para ello, quien no soñaba con cambiar personas, quien no soñaba con un mejor México. Ya era tarde, y los resultados los miramos a diario y en todos los frentes. El resultado fue un país con una pobre educación, y cuando hay una pobre educación, país pobre y pobre país. Pobre México y México pobre. Hoy es día del Maestro. Por un lado, mi corazón se regocija: co-

nozco maestros excepcionales, personas entregadas en cuerpo y alma a cambiar a otros seres humanos, con horas, con una plaza o sin ella, en la Educación Pública o en la Privada, pues cuando una persona le enseña a otra, está cambiando una vida, y a veces, hasta la salva incluso, y cuando una vida es salvada, -como dice el Talmud- está salvando al universo entero. A ellos, Incluyendo al Maestro Menes, mi gratitud infinita, correspondencia y devoción, a mis muchas y muchos maestros, de escuela y de vida. A todos y a todas, los recuerdo con amor y agradecimiento, en su día, y en todos los días de mi vida. Por el otro lado, no puedo si no seguir preocupado, como tantos Hidalguenses; como tantos Mexicanos. Hay tantos maestros que no enseñan. Tantos que no educan, tantos que han olvidado que la educación es cambio, y que quien no cambia no ha sido educado. Tantas aulas con un conductor, si, pero no con un Maestro, que no puedo concluir de otra forma que decir, que aunque todos los días decidamos mirar a otro lado, la educación de nuestro país no podrá cambiar, si no regresamos a valorar, el mas importante de los requisitos para enseñar: La vocación. Uno mis dos ideas y me despido: Bertolt Brecht decía que “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.” Creo que en ninguna de las actividades humanas está tan presente su frase, como en la Educación. Educar es luchar. Si, luchar contra todo aquello que está mal en nuestro lugar en el tiempo y en el espacio. Educar es luchar, primero, contra la ignorancia, luchar contra las circunstancias, luchar contra la pasividad y la inconciencia. Luchar contra todo y contra todos, para cambiar –para bien de él mismo y de todos- a otro ser humano. Agradezco la lucha diaria, de los grandes Maestros que he conocido. Del Maestro Menes, en la Iberomexicana, del Maestro Ulises Vidal, en la Siqueiros, quien tanto me enseñó para mejorar en este oficio de enseñar, del Maestro Gallegos, en la Villagrán, Del Maestro Efraín Ríos en el Sistema de Universidades Tecnológicas, De la Maestra Martha Celada Castillo y Rubalcaba, en la Preparatoria

número 9 de la UNAM y de la misma casa de estudios, la lucha del Dr. Bolívar Echeverría en la Facultad de Filosofía y Letras. Agradezco la lucha constante de estos hombres, pues, reitero, como lo afirmó Brecht, son y seguirán siendo imprescindibles. Finalmente invito, a los que leyeron esta columna, sabedoras y sabedores de que no fue su vocación enseñar, que, aún sea que parece tarde, encuentren en su ser, en su hidalguía y en su mexicanidad, la vocación para cambiar a este país, desde sus aulas.

“Escribir es la mejor forma de leer la vida” Juan Manuel Menes Llaguno

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Líderes Políticos / Abril 2019 / Ed. 9  

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