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umm TRADICIONES DE AHORA CUARENTA

Aテ前S

POR

DANIEL BARROS GREZ Vo

1

.

.

1

SANTIAGO DE CHILE.

IMPRENTA

F K A N K L

I

N

,

INSTITUTO

1876.

JUAN CEPEDA.

A.

EDITOR

2 6 C


ADVERTENCIA PRELIMINAR «Fuerza es que seamos

orijinales: te-

nemos dentro de nuestra sociedad todos elementos para serlo, i para convertir a nuestra literatura en la espresion auténtica de nuestra nacionalidad.»

los

J.

V. Lastarria.

— {Discurso

ante una sociedad literaria.)

Debo una manifestación de gratitud a

las personas

que

me han

honra de pedirme de viva voz i por escrito la continuación del HuÉRFx\.NO, novela que, por circunstancias ajenas de mi voluntad, no ha podido publicarse hasta su conclusión. Para corhecho

la

responder a tan inmerecido favor, he hecho todos los esfuerzos de

que

soi capaz,

a fin de dar a esta obra un remate digno de sus lec-

tores en jeneral,

i

especialmente de las personas que han querido

favorecerla con su benévola aprobación.

No

agradezco menos las

oportunas indicaciones que muchos lectores bien intencionados, se

han servido hacerme,

merced a las que se ha purgado la obra de algunos de los defectos que adolecía. Querer depurarla del todo seria una vana pretensión, que yo estoi mui lejos de abrigar. Por otra })arte, hai defectos que se derivan de la naturaleza misi

ma

del objeto })ropuesto, hasta el

seria desfigurarla obra.

})resenta

— Por

punto de que

el quitarlos del todo,

ejemplo: la historia del

un gran número de digresiones sobre

política,

Huérfano que a veces

debilitan la acción, pues quitan a las situaciones su interés

drama-


—6— Esto es evidente;

para no empalidecer la naracion, se la ha despojado de muchas de esas digresiones que la entorpecian, acortico.

i

tando otras que era imposible quitar del todo.

Porque, como

queda indicado antes, cada asunto tiene sus inconvenientes propios que no pueden evitarse por completo sin desnaturalizar el asunto

mismo,

el

cual es en el caso presente, las costumbres politícas, a

con las prácticas

-i

una

usos puramente civiles.

Se ha tratado de pintar las costumbres sociales de una época de transición en que Chile pugnaba,

como pugna todavía por

tuirse bajo el sistema republicano, sistema

por

el

consti-

acababa de

cual

pelear en los campos de batalla.

En

épocas

tales, la política lo

mandatario hasta hasta

el

el

cuartel del

hogar doméstico; desde

invade todo, desde

el

gabinete del

soldado; desde la plaza pública la

tribuna del representante del

pueblo hasta la cátedra sagrada del Espirita Santo. Por consiguiente, el

cuadro jeneral habría quedado imcompleto sin

las dispara-

tadas elucubraciones políticas de un maniático, encarnación de las ideas

i

prácticas absurdas, que se oponían al establecimiento defi-

nitivo del verdadero sistema republicano.

Para abarcar en un solo conjunto las diversas costumbres de una época tan móvil como aquella, ha sido necesario multiplicar los episodios; i hé aquí otro inconveniente inevitable que nace déla naturaleza

No

misma

del asunto.

es posible conocer

una

sociedad, sino estudiándola bajo todas

sus faces, no olvidando a veces ni aun los pequeños detalles, pue suele acontecer que los detalles ínfimos, son los que

mas

s

bien mar-

can e iluminan la fisonomía social de una época. Esto es lo que se

ha tratado de hacer; i a fin de que el interés de la narración se mantenga, se ha combinado los diversos puntos de vista, de modo que resulte unidad en el cuadro en jeneral. No dudo de que se puede quitar en éste, muchos de los elementos que lo forman, sin perjudicar grandemente el interés de la narración. Episodios hai allí

que podrían desaparecer, sin que su

ausencia entorpeciera o desfigurara por completo al conjunto jeneral.

En

toda obra de arte se verifica comunmente lo mismo.

puede embellecer un paisaje, con sim])lificarlo; ya sea disminuyendo el número de rocas; ya entresacando algunos árboles; ya desnudando otros de los cortinajes de enredaderas con que

Talvez

se

están vestidos sus troncos; ya dando otro curso al torrentq, que se

despeña de la montaña para seguir ondulando por entre

los arbus-

.


tos del valle; ya, en fin, haciendo desaparecer ranchas de las aves

qne revolotean sobre

las

ramas, o

debajo de los matorrales; pero

que se arrastran

los reptiles si el

pintor (juiso represent

país especial, su cuadro, no obstante de ganar

podria perder en exactitud, o bien

jía,

La necesidad de

(jac.' ir

en claridad incompleto.

i

rvorr

e

..

e:-

representar todas las faces sociales, ha reque-

empleo de gran número de personajes, cada cual con su carácter propio, según el rango que ocupa en la narración. Todos rido el

que inspirar

tienen

el

interés

multiplicidad de perfiles

de

i

correspondiente; pero esa situaciones

diversas,

que un personaje descuelle siempre sobre falta

un protagonista único;

i

se

misma opone a

demás. Así, pues,

los

confieso que, a pesar

de mis esfuer-

no he podido evitar este defecto, si lo es. Entre las observaciones que se me ha hecho (i que agi'adezco de corazón, hasta aquellas que no parecen del todo justas) está, la de falta de verosimilitud en el carácter de uno de los principales personajes del Huérfano. Este personaje es un maniático, en cuya boca se ha puesto tan gran número de majaderías, que ha «No existe en ninguna sociedad ún hecho decir a algunos: hombre como ese.»— Afortunadamente, así es la verdad; i yo creo también que la pintura de don Simpliniano pecaría por lo recargada, si esta figura representara simplemente un tipo social. Pero don Simpliniano, sobre ser un loco (lo que le permite decir los mayores disparates, siempre que éstos conduzcan al fin propuesto) no es ni puede ser el retrato de tal o cual individuo, sino, como se ha indicado antes, la encarnación típica de las ideas principales de todo un partido político. Por muchos i grandes que sean los disparates del maniático; por absurdas que parezcan hoi sus preocupaciones, todo cuanto se ha puesto en su boca, no es mas que la espresion de las ideas que allá en lo antiguo dominaban entre aquellas personas tenidas por las mas cuerdas i sesudas. Se ha tenido especial cuidado en que el loco no emita ninguna idea que no tuviera en esa época sus ardientes defenzos,

sores;

i

lo

que es mas, sus sacerdotes prácticos

sistemáticos;

de

los

que

por consiguiente,

me han

lo

tal

que toca a

como

propagandistas

yo hubiera seguido

pedido hacer callar a don

que el cuadro jeneral, dado incompleto.

Ahora por

si

i

lo tenia

el

consejo

Simpliniano,

creo

imajinado^ habría que-

la inverosimilitud de

algunas escenas

i

de diversas situaciones fisiolójicas de los personajes, diré: que unas


—8— mas que

cuando no la copia, de sucesos realmente acaecidos. Puedo decir que casi todos los hechos narrados son, en cierto modo, históricos; consistiendo la parte novelezca solamente en la combinación de los sucesos, para dar unií

otras no son

la imitación,

dad, verdad e interés, al tejido de la narración.

Con todo, me parece que no a pocos de los lectores que no estén mui al corriente de las ideas que en aquella época dominaban, se les hará duro el creer en la verdad relativa de muchas de las escenas que se relata; i creo esto con tanto mayor razón, cuanto que yo mismo que soi el que las narro, necesito hacer un esfuerzo, i trasportarme a aquella época para encontrar en ellas la verosimi-

litud relativa.

aquí,

porque he creido necesario imponer

lector de los antecedentes históricos de

Hai hechos

fisiolójico-sociales,

mi

al

narración.

han

que, por ciertos que sean,

menester (pasado algún tiempo) de estar suficientemente autorizados para ser creídos con entera

fe.

Así pues, la novela histórica.

Pelucones, servirá de testificativo a la novela del Huérfano. En la primera encontrará el lector Pipiólos

cedentes,

i

i

en consecuencia, la razón

que en la segunda

llos hechos,

le

i

sociolójica los

ante-

la esplicacion de todos aque-

parezcan increíbles, o talvez in-

comprensibles.

Desde que dado

se trataba de

elejir la época,

una narración

esplicativa,

no

me

era

pues la elección habia de depender de la na-

Por consiguiente, la época de la acción de Pipiólos i Pelucones, no puede ser otra que aquella de la reacción monárquica contra las ideas republicanas, fenómeno de un interés palpitante, verificado poco mas o menos a un mismo tiempo en varias de las repúblicas nacientes de la América esturaleza de las cosas

.

pafiola.

Fuera de otra época

los

mas

entonces fué

tiempos de la lucha de la Independencia, interesante de la historia política de

Chile, pues

un yugo que no ideas monárquicas disfrazadas bajo el manto de

cuando

conocía: el de las

no hai

el

país cayó bajo el peso de

El pueblo no conocía otro despotismo que el despotismo real, franco í lójico en medio de su barbarie, i al cual habia vencido en los campos de Chacabuco i de Maipú. Faltábale todavía que vencer al despotismo ilójico, traidor í solapado, tanto mas temible, cuanto que peleaba engañosamente cobijado bajo el tricolor la democracia.

de la libertad.

Poner de manifiesto,

fiel

i

sencillamente esta reacción de las


^9— ideas del coloniaje, que monarquizaron en el fondo a nuestros

go-

que el nombre de república: Pelucones, cuya continuación será

biernos, no dejándole al país otra cosa tal es el objeto

de Pipiólos

i

((El Huérfano.))

Ademas

no menos

del fin antedicho, esta novela tiene otros de

utilidad práctica.

No puedo

me ha movido

nacionalidad,

negar que un sentimiento íntimo de a escribirla, venciendo en

el

natu-

mis fuerzas. Por un lado, el deseo de popularizar esta parte, la mas importante de la historia contemporánea de Chile, por las enseñanzas que envuelve; Letras, es i por otro, la convicción de que el cultivo de las Bellas un podrosísimo elemento de morijeracion social; me han empujado ral

temor que debe inspirarme

la escasez de

de una manera tan enérjica, que no ha estado en mi

me

mano

resistir-

a emprender una obra que requiere un injenio mejor preparado

que

el

mió.

Estoi íntimamente convencido, no dirá de la utilidad de

las

Bellas Letras, sino aun mas, de la necesidad que todo pueblo tiene

de cultivar su literatura; pues de otro modo, no adquirirá jamas la independencia de espíritu que ha menester para adelantar por

camino de la civilización. He dicho su literatura, porque a ningún país le es dado aspirar a la autonomía intelectual, si no cultiva una literatura propia hija de su clima; que retrate su cielo; que dé el perfil de sus montañas; que dibuje sus bosques que ponga de manifiesto todo el esplendor de su i sus valles, i sí

mismo en

el

,

naturaleza para lo bello.

despertar en el corazón de los hombres el

Los esfuerzos hechos por

sísimos ejemplos

ante los ojos

la industria

que, presentados

oportuna

el arte

i

i

amor a

son podero-

convenientemente

del pueblo, 2)orla literatura, lo incitan a

imitar lo

que es bueno.

Para alcanzar bles

el

la constancia

engrandecimiento de la i

la enerjia en el bien obrar;

otra existirán jamas en sus deberes

i

})atria,

un pueblo que carezca

i

del

son

indispensa-

ni la

una ni

la

sentimiento de

de sus derechos, es decir, de la conciencia de su vida

intelectual.

Yo

no concibo otro elemento mas eficaz para desarrollar aquellos sentimientos, que una literatura propia, fundada en la naturaleza de las cosas; que ilustre i eleve el espíritu del pueblo, creando en su alma la necesidad de pensar; que pinte sus goces i sufrimientos; que traduzca sus justas aspiraciones, i que retrate sus

costumbres

i

su manera de ser; ya cantando sus glorias; ya llorando


de que sirvan de lección para

sus desaciertos, a fin I i

10

tan cierto es esto, que hasta la

reí ij ion

porvenir.

el

misma, reviste su doctrina

sus consejos de formas literarias para impresionar enérjica

chosamente

ánimo de

el

los

Es indudable que nuestro tumbres

campo

al cultivo

i

i

de bien decir.

clima, nuestro suelo, nuestras cos-

nuestra vida política, presentan un vastísimo

de una literatura propia. Nuestra espléndida na-

digna de ser cantada en

turaleza es

prove-

hombres. La Biblia será siempre una

fuente inagotable de modelos de elocuencia

sociales

i

lira

de oro.

La

trajedia, la

no necesitan mendigar asuntos estraños, cuando tenemos en nuestra historia una multitud de hechos intecomedia, la novela,

etc.,

cuya simpleVepresentacion, ya sea plástica, ya narrativa, entraña provechosas lecciones.

resantísimos,

i

no solo creo que la literatura esté llamada a representar un rol puramente nacional. Esta esfera de acción, por importante que sea, es todavía estrecha para un elemento de tan poderoso alcance como fecundo en resultados. Si me fuera dado espresarme así, diI

ría:

que la alta misión de

la literatura es internacional.

Me

refiero

especialmente a las repúblicas hispano -americanas. Hijas de una

mismo tiempo, hablando un mismo idioma, i persiguiendo un mismo ideal; es menester que estén animadas siempre de análogos sentimientos. La forma de la espre-

misma

nacidas en un

idea,

sion social, tiene que ser la la literatura

misma;

i

hé aquí, un gran vínculo que

está llamada a fortificar entre nuestras

Hermanas jemelas por hermanas por sus

sus antecedentes,

victorias,

repúblicas.

hermanas por sus dolores,

hermanas por sus propósitos

i

sus as-

piraciones ¿pueden no serlo en literatura, es decir, en la espresion

de esos dolores, de esos

memente que

me

triunfos

i

de esas aspiraciones? Creo

fir-

no.

cumpla con su misión rejeneradora entre nosotros, debe ser eminentemente fraternal, fortificando i estrechando los vínculos de unión que han de Por esto

parece, que para que la literatura

ligar a. nuestras repúblicas.

píritus progresistas,

i

Solamente

preparar a los

así,

pLie])los

podrá

el arte

crear es-

para gozar de la ver-

dadera libertad, que es aquella que garantiza en vez de amenazar la del

pueblo vecino.

Una

que se encerrara dentro de los líndtes de su propio país, no haria comprender en toda su es tensión al ciudadano, sus deberes de hombre libre. Una poesía que solo sabe cantar a la libertad de la patria, i carece de notas para incitar a los demás literatura


— pueblos

un

Seria

cumplimiento

al

arte fatal,

i

11

su debei'; no nos enseña a ser libres.

ele

solamente conozco otro peor: aquel que cree

inspirar el verdadero patriotismo, escitando rivalidades

diendo la discordia entre

una condición Bellas Letra? no les

cuya unión,

j^aises,

dispensable para su progreso. No: a las

encen-

i

in-

es

es

dado hacer jerminar las bajas pasiones sin renunciar a su alta misión de ennoblecer^ embelleciendo

uno de

los principales fines de

i

enriqueciendo

el espíritu;

nuestra literatura, debe ser

el

i

ense-

ñarnos, que nuestra libertad no consiste en la esclavitud ajena;

que nuestros adelantos no estriban en

podemos

desear,

confesar

i

ensalzar

paises, sin dejar de ser patriotas.

el

el atraso del vecino;

que

engrandecimiento de otros

— Peruana, en

Perú; Mejicana,

el

Provincias Unidas del Plata;

en Méjico; Arjentina, en las

i

etc., es

menester que sea americana en todas partes, porque este caráctar de fraternidad, no es ni puede ser un impedimento para que arte se manifieste aquí, allá

clima,

i

a los usos

i

mas

allá,

con

el aello

el

peculiar a cada

costumbres de cada nación.

i

Lejos de producir discordancias, esa diversidad de maneras para

mismas aspiraciones, constituirán una verdadera como los diferentes instrumentos de una orquesta,

espresar las

ar-

monía, así

sin

dejar de sonar, cual corresponde a la naturaleza de cada uno, ar-

monizan sus voces para concurrir a un

solo

fin.

cada instrumento puede entonar aparte, himnos propia voz. Cuando toro

brama en

corral; el perro el

buei mujo

ción,

i

i

lo

empieza a asomar

la aurora

I sin

embargo,

cantatas con su

i

por

el

oriente, el

escondido del bosque; las ovejas balan en

que las cuida ladra, poniéndose ájilmente de

marcha lentamente concluyendo de rumiar su

los pájaros trinan sobre las

el

pié;

ra-

copas de los árboles, cuyo follaje

bramidos, ladridos, mujidos, trinados i colores, no son mas que un solo saludo al sol que despunta ya sobre el horizonte, una sola aspi se

va tiñendo de mil colores con

ración a gozar de la luz diversas secciones

i

la

luz del alba. Todos esos

del calor de sus rayos:

americanas,

cada

cual,

con

así

su

también, las

voz peculiar,

i

valiéndose de los elementos de su propia naturaleza, deben saludar

a la libertadjincitándose •mutuamente a gozar en beneficios.

común de

sus


CAPITULO

I

SANTIAGO POR LA MAÑANA

«Eulojio leyó esta carta, I mil veces la leyó

Dando

A

besos repetidos,

prenda de su amor. Sus líneas bálsamo fueron, la

Que

su angustia mitigó;

Rocío que dio la vida Al marchito corazón.» S.

Era en

los

Sanfuentes.

— (El Campanario.)

primeros días del mes de abril de 1829,

en que allá en

los

a la hora

antiguo tenia costumbre nuestra capital de

lo

vantarse de la cama, es decir, la hora de asomar

vada cresta de

i

el sol

le-

sobre la ne-

Andes; porque es cosa averiguada, que nuestros

padres madrugaban mucho mas que nosotros. Santiago comenzaba, pues, a desperezarse: abríanse de par

las casas;

i

en par los zaguanes de

por las anchas puertas coronadas de sendos escudos

hechos pedazos por la revolución, se veía

greñadas cocineras con

el

i

a las viejas

canasto de la recota al brazo,

de algodón en la cabeza; un zapato zapatos en los pies,

salir

envueltas en

i

medio,

el clásico

i

el

i

des-

pafiuelo

a veces dos medios

rebozo de lana.


— Bien echara de ver

el

vista de los susodichos

minaban hacia

la

14

sagaz lector que, atendida la hora,

i

en

canastos, todas aquellas cocineras se enca-

Recova con

fin

el

de comprar las provisiones

diarias para la casa. Pocas de estas mujeres iban solas,

i

la

mayor

parte marchaban seguidas del dueño de casa, quien queria siempre

por sus pro})ias manos, la mejor carne para

elejir

mas gorda para

gallina para

charquican o

el

\2^

cazuela^

el

i

el valdiviano.

I

sus fámulas, limpiándose los ojos

i

puchero, la

el

charque mas bien preparado

mientras caminaban tras de

concluyendo entre bostezo

i

bostezo las oraciones de la mañana, solian algunos ver con verdadero sentimiento que otros hablan madrugado

mas

i

ganádoles

el

quien vive¡ pues ya venian de vuelta con sus canastos llenos de todo

que Dios

lo

A

medida que

mando mas las

crió.

calles

el

la escena

al

se elevaba sobre el horizonte, íbase ani-

sol

con las j entes de a caballo que trotaban por

son de sus inmensas espuelas. Eran de ver los som-

breros guarapones de proverbial anchura, los chamantos curiosa-

mente

monturas llenas de adornos de plata i los fabulosos estribos, para cuya construcción se necesitaba, según es fama, de un buen tronco de sauce. Aumentábase poco a poco, el ruido matinal con los silbos i gritos de las parvadas de muchachos que iban a la escuela, con los desentonados cantos de los

la])oreados, las gruesas

vendedores ambulantes, los agudos chillidos de las carretas;

los cacareos de las gallinas, los ladridos de los perros,

nos con que, hasta

saludaban

los asnos

i

los

al astro del dia,

rebuz-

después

de haber pasado la noche entretenidos en pasearse (a falta de otra localidad

mas abundante) en

aquellos lugares de lodo

pedregal del Mapocho, o bien, en

el

de basura que hoi con justo título se

i

llama Paseo de las Delicias. ¡Cuánto no han cambiado las cosas desde aquel entonces hasta la fecha!

Ajeno al parecer a cuanto en una idea fija, bajaba por litar,

le

rodeaba,

la calle de la

i

pensamiento Compañía, un joven mipuesto

el

cuyo uniforme mostraba pertenecer a uno de nuestros cuer-

pos de infantería de línea.

Era

este

simpático,

mado,

i

mozo como de ojos,

barba

i

veintidós años de edad; de rostro pálido

cabellos negros;

de andar airoso,

i

un

cualidad se manifestaba en la

de cuerpo alto, bien for-

no es resuelto. Esta misma mirada varonil de sus ojos negros, si

es

prontos a airarse; pero que en su estado normal revelaban un espíritu

tranquilo. Cierto tinte melancólico de

que estaba impreg-


15

nado su semblante, revelaba que su alma no era estraña al dolor; i su tez tostada manifestaba que había sufrido los rigores de la intemperie, i que no llevaba por simple i puro adorno, la espada que colgaba de su cintura.

Poco antes de llegar a

una casa de modesta miradas a todas

las

la calle del

apariencia,

se

paró enfrente de

después de interrogar con sus

ventanas de aquella casa, que permanecieron

contestarle ni con el

cerradas sin

i

Peumo,

mas

lijero

temblor de sus hojas

verdes, siguió su camino, no sin volver la vista hacia atrás dos o tres veces. Cualquier observador habria

echado bien de ver, que

el

joven militar esperaba algo de aquellas porfiadas ventanas que no querían abrirse; pues, apenas se hubo separado una cuadra de la

cuando cambió de frente, i empezó a subir por la calle, volviendo a pararse en el mismo punto en donde hizo alto la primera casa,

Entonces vio que las verdes hojas de una de temblaron sobre sus alcayatas, i se entreabrieron.

vez.

El

oficial

fué todo ojos; pero nada vio, j^orque

de

ventanas

puertas vol-

las

vieron a cerrarse prontamente de tras de sus gruesas

las

i

tupidas rejas

fierro.

Casi al

mismo tiempo

que lo abrazaban por detras cumanos, mientras qne una voz chillona i

sintió

briéndole los ojos con las

contrahecha

le

preguntaba:

—¿Quién Adivina, Anselmito! — ün animal! contestó enérjicamente soi?

trariado

Era

i

dándose vuelta hacia su

éste

un hombrecito

chico,

el

joven,

sumamente con-

orijinal interlocutor.

rechoncho, colorado, ñato, ojos

pequeños i penetrantes, i labios gruesos entreabiertos qué dejaban ver dos filas de dientes blanquísimos. De fisonomía alegre i semi burlona, dejaba ver en sus Ujeros movimientos no sé qué mezcla de malignidad i truhanería. Venia vestido de pantalón grises vivos,

ancho que

le caía

sobre unos zapatos

muí puntiagudos: chaqueta

de paño azul con alamares, un pañuelo a cuadros en torno del cuello,

capote de barragan

i

sombrero de paja. Cuando hubo oído

contestación de Anselmo, soltó

guntó

una estrepitosa

carcajada,

i

le

la

pre-

sin dejar de reír:

—¿Con qué no me hombre de Dios? Já! — Al contestó Anselmo con marcado mal humor: mi contestación una prueba de que — ¿Con qué me eh? —Al momento de verme tomado de ese modo por espalda, conociste,

jál jal

contrario, le es

Já! já! jal!

te conocí.

conociste,

la

I


— lépense en que no podía ser otro que Catalino Gacetilla, fué que te contesté

i

por esto

un animal. Jál j!á! jáü jáü Vivo de jenio como siempre. Pero dos amigos no deben reñir por tan poco. Yo soi así...! Me gusta la broma, sobre todo con los amigos a quienes aprecio; ya me conoces... I qué :

hacias aquí parado?

—Yo? nada —¿Andabas

hombre: andaba paseándome. paseando la leche, sin duda? dijo malignamente don Catalino... Buena manera de pasear tienes, quedándote plantado como una estaca enfrente de la casa de don Marcelino. Hasta luego Catalino, le interrumpió Anselmo, tendiendo la mano a su importuno amigo i dando muestras de querer marcharse prontamente de allí. No te vayas, hombre. Platiquemos un ratito, replicó Gacetilla Ya que tú no me quieres decir nada, yo te diré la noticia que acabo de saber...

—Estoi mui de prisa: Adiós, militar yéndose. —Es una noticia mas grande que de Moneda, decia Gasiguiendo a su amigo. — Bueno, bueno: después me contarás. —Es santos trata de del Sur, hombre, por todos que tropas de ¿Qué — preguntó Anselmo prontamente volviéndose hamayor que casa de Moneda —No decia que díjole el

la cavsa

cetilla

la

noticia

las

los

:

se

Prieto...

dices?

cia Gacetilla.

la noticia es

te

Catedral juntas!

Yo no me

la

desdigo de lo dicho

jando la voz, dijo con su hablar chillón

— Se habla de revolución en

i

al oido

I luego,

la

ba-

de Anselmo:

los lados del sur!

Quiso Anselmo seguirla conversación; pero, cambiando evidentemente de parecer,

dijo a

don Catalino:

— Por ahora no podemos hablar

Ya

ves; estamos aquí en la

Espérame dentro de dos horas en almorzaremos juntos i hablaremos.

calle... allí

el

Café de la Nación:

— Sin — Sin — Pues, hasta luego. falta? falta.

—Hasta Dicho

luego.

esto,

Anselmo

torció por la calle de Teatinos hacia la ala-

meda, mientras que don Catalino dientes;

¿En qué pasos andará

se

quedó

allí

el militarcito?

diciéndose

entre

Qué haría aquí en-


17

frente de la casa de don Marcelino de Rojas?... Si andará tras de la

Pues a fe de Catalino Gacetilla, quiero que no lo sé antes de que cierre la noche.

niña?... oreja,

si

me

corten

una

Después de formulado este juramento, que encerraba un propósito, eclió

a andar con sus cortos

ajitados pasos hacia la plaza.

i

Anselmo apenas hubo andado dos cuadras, dobló sobre su derecha, i

haciendo un rodeo, volvió

Afortunadamente

mismo punto

al

la calle estaba sola,

i

del anterior encuentro.

con sus ojos de enamo-

rado pudo ver que la ventana habia vuelto a entreabrirse. Al pa-

un papelito doblado, por una mano tan delicada, que habría hecho

sar por enfrente de ella, vio caer a sus pies

arrojado a la calle

adivinar a cualquier hijo de

vecino,

la belleza del rostro oculto

tras de la cortina de la ventana.

En

cuanto a Anselmo, no tenia necesidad de ser adivino para

saber de qué Deidad

tomarlo

el joven

le

habia caido aquella merced. Caer

ya debia

ser

i

fué todo uno; pero no se vio mas, porque la venta-

na volvió discretamente a militar, grandes

el papel,

cerrarse,

tentaciones

aquella

de

i

aunque

dirijir la

mano) no

tuyo

le vinieron, sin

duda, al

palabra a la niña, (cu-

mas que

conformarse,

i

haciendo de necesidad virtud, se alejó de la casa a largos pasos,

encaminó hacia la plaza de Armas. No pudiendo resistir al deseo de ver el billete, sacólo del llo adonde precipitadamente lo habia metido, i se puso a

i

se

bolsileerlo

mientras andaba.

Tan embebido iba en su

lectura,

que

al atravesar la calle de

la

Bandera, no vio al curioso Gacetilla que, en dicha calle se habia

quedado en observación, no, hizo

«Ya

claro;

El

un jesto con

que, viéndolo pasar con

cierto

que

sé de lo

i

un papel en

la

ma-

meneito de cabeza que significaba bien

se trata!»

billete decia así

Anselmo:

((Mi querido

«Perdóname que Lucinda solamente

te escriba

para darte una mala noticia. Tu

cpierria decirte cosas capaces

de darte contento

Te escribo con las lágrimas en los ojos. ¿Qué podrá liacer una pobre mujer sino lk)rar su cruel desdicha? Nuestra desgracia es cierta, i mi corazón me lo estaba diciendo. Mi tatita se opone a nuestra unión; i para mayor desdicha mia, quiere (|ue dé mi corazón a otro hombre, cuando es tuyol Perdona Anselmo mió, a mi padre: perdónalo por Dios, como yo lo perdono, pero

el cielo lo

quiere de otro modo.

8


— porque no sabe que

sufro, estoi

el

i

me

causado. Ah!

segura de que se apiadarla de su

mi mamita. Ella

desde que

me ha

dolor que

de uuestro amor no cabia en car a

18

lo

ha

mi

pecho,

te estima,

dicho, la

i

lo

Anselmo:

si él

hija.

te

ella te

amo mas. Yo no

acepta por hijo,

creia poder

a

Todavía no conozco

el

marido que

se

me

El secreto

he tenido que comuni-

mi mamita de lo que la queria; pero desde que ama, yo siento en mi corazón que la adoro.

mas

supiera lo

querer

que ella

destina; pero cualquie-

ra que sea ¿qué podrá valer para mí, comparado con tigo que llenas

mi corazón? Me preguntas si te amo? Si te prefiero a otro? cómo puedes tú preguntar esto a tu Lucinda que solo piensa en

todo I

que vive muriendo desde que no

ti,

te ve,

i

que

si

no fuera por que

tú vives, quisiera morir?.

A fuerza

de rogar a mi mamita, ha consentido en que tendremos

una entrevista

me

esta noche a las ocho en esta ventana.

Mi corazón

dice que vendrás.

Mi mamita ^a/?Ya

me

estará conmigo.

llama...))

No puedo

escribir

mas porque mi


CAPITULO

IT

EN LA PLAZA DE ARMAS

«Puede carecer de ideas pero de Su locución es inagotable causa vértigo Aquel lo no palabras, jamas ;

es facilidad de hablar, sino dificultad de

guardar silencio.» F. Velasco.

La antigua plaza de Armas^ hoi de la Indej^endencia í una de las mas bellas de Su d- América, rodeada de ricos edificios i jardines,

veredas e hileras de árboles por entre cuyos chorros

saltar los brillantes

follajes se ve

de los surtidores, no era en la época

de nuestra historia,

mas que un cuadrado

modidad

destinado al parecer, a las paradas

según

i

adorno,

lo indica

quedan

allí

del costado no,

llamado

i

desprovisto de toda co-

aquel nombre, sinónimo de

Campo

militares,

de aquel tiempo otros edificios que la Catedral norte, en las (7a;V/„9,

donde

se

encontraba

el

palacio

por contenerse dentro de

él

No

de Marte. i

los

del Gobier-

el tesoro

de la

nación.

Pero ninguno de estos mencionados relación con nuestra verdadera historia,

Café de plaza; es

la Nación, decir,

en

edificios tiene tan estrecha

como

el

llamado entonces

situado en el centro del costado oriente el

de la

lugar que hoi ocupa la entrada del pasaje


20

Mac-Clure. Allí era donde se reunialo

mas

escojido de la capital:

allí

era donde se charlaba de riñas de gallos, de política, de carre-

ras,

de matrimonios, de ]3rocesiones

Cuando Anselmo, después de saborear mejor

el billete

i

de cofradías.

liaber hecho

un gran rodeo para

de su amada, llegó a la plaza, daban las

A esa hora animadísimos con esa alegre vida del menudo comercio, mientras que mil grupos diseminados

nueve

ya

i

tres cuartos en el reloj de la torre de las Cajas.

los baratillos del portal estaban

por la plaza, representaban variadas escenas.

Aquí

se hacia

un contrato de

frutos del país; allá conversaban

dos jóvenes al través de las rejas de una ventana;

mas

un grupo de bulliciosos muchachos jugaba al tejo o a la Tayuela; acá, una alegre moza se entretenía en lanzar dichos agudos a los conocidos que pasaban por la calle, o en arrojar sobre la vereda cascaallá,

ras de fruta j^ara ver resbalarse a los transeúntes; acullá, varios

aficionados rodeaban a

un chalan que probaba ante

todos, el caba-

que quería vender, mientras que otros grupos de viejos mas

llo

pacíficos,

mataban

el

tiempo con mayor gravedad, hablando de

las

últimas carreras o peleas de gallos.

En uno

estos diversos grupos,

llamaba especialmente

la atención

compuesto de diez o doce jóvenes reunidos en torno de un hombre que parecía estar situado al frente del Cafecito de la Nación,

haciendo algún interesante

i

relato, tal era la atención con

que

todo's

lo miraban.

Anselmo dirijíó sus pasos, i desde lejos pudo muí bien conocer, que el hombre a quien escuchaban con tan marcado ínteres, era el mismo don Catalino Gacetilla en persona, cuyos ojitos grises i gruesos labios, se animaban estraordinari amenté a medida que hablaba. I hablaba el hombre con ojos, boca, narices, Allí fué donde

píes

i

manos, accionando

i

jesticulando apasionadamente, pero sin

escapársele nada de lo que pasaba entre los demás.

lumbró a Anselmo, hízole

sin cesar de hablar,

En

cuanto co-

una seña para que

se acercara.

—Es

está pintada: lo sé sijílo...

don Catalino. La revolución del sur de l)uena tinta, í me lo han contado con mucho

la xjura verdad, decía

Por esto encargo a Uds. que guarden

el secreto,

pues seria

peligroso...

En

aquel

momento

de la Catedral

el

se

oyó sonar una campanilla. Era que

salía

coche del Santísimo Sacramento. Todos los gri-

tos, conversaciones

i

cuchicheos cesaron como por encanto,

í

en un


21

instante se vio la plaza cubierta de jente ai-rodillada

(j[ue

rezaba

un Padre-nuestro por el alma del que iban a auxiliar, mientras la comitiva del Sacramento pasaba por en medio de todos, arrastrado el coche por dos muías negras que un caballero de nota conduela de la rienda, i acompañado por un cortejo de esclavos de la Cofradía, con sendos faroles en las manos. La guardia de la cárcel le hizo los honores a tambor batiente, i las campanas de la iglesia no cesaron de repicar hasta que la procesión se perdió de vista. Entonces todo el mundo se puso de pié, i el movimiento i las conversacioses principiaron de nuevo.

— Seria mui

peligroso, prosiguió

Gacetilla enhebrando su dis-

que nos oyeran decir que teníamos noticias de tales acontecimientos. Es menester guardar un profundo secreto, porque curso, esto de

ya saben Uds. que en boca cerrada... están Uds?... Anselmo, hijo mió: te estaba esperando para almorzar.... Ya tengo pedido un pollito en aceite, con su cebollita: unos huevos pasados por agua; un charquican frito; un... Basta, basta hombre, le interrumpió Anselmo entrando en el Café mientras se deshacía el grupo de la calle. Todo, todo esto será remojado con una botella de mosto de Concepción, decia Gacetilla sobándose las manos de contento. ¡He trabajado tanto toda la mañana! No he parado, amigo mió... Como ya sabes que tengo entrada en el ministerio; he sabido cosas... cosasas... de las cuales no he hablado una palabra, porque las noticias gordas las reservo para los buenos amigos... Mozol mozo: tráenos el almuerzo que te encargué! Sentados a la mesa, comenzaron a despachar ambos las suculentas raciones que el criado traia. Don Catalino comia sin dejar de hablar, i hablaba sin dejar de comer; cuando parándose de repente del asiento, se acercó a una de las ventanas que daba al

— —

patio de entrada

i

esclamó:

—Ah! señor don Pablo! tanto bueno por tengo hambre de platicar con Ud... Aquí — Ya contestó una voz de afuera.

aquí...

estol con

Venga acá que un amigo.

voi!

— ¿No

es

el

italiano

Motiloni? preguntó Anselmo... Creo que

esa es su voz.

— El los

mismo, contestó don Catalino, engullendo uno tras otro huevos pasados por agua. Lo vi al pasar por enfrente de la

ventana,

—No

i

como

este gringo es tan...

es gringo sino italiano, le interrum[)ió riendo el joven.


— como

-Tanto vale lo uno

22

lo otro.

Para mí todos

los estranjeros

son gringos...

— Pues como

don Pablo, me gasta por lo sabido i noticioso que es. Bebe, pues, hombre: el mostito está de chuparse los bigotes. Es un pozo de ciencia el hombre; i qué memorión tiene! Sabe como un libro, i habla latin como el Papa. te iba

a

decir, este

.

Cierto es que tiene

sus puntas

mí me gusta mucho

menos... a

Anselmo, hacia

al parecer

de hereje; pero herejía

mas

o

platicar con él...

poco caso de la palabrería de su ami-

go, quien según su costumbre, prosiguió hablándoselo todo, sin

dejar por ello de mascar.

— Hacia bastante tiempo que yo no

lo veia,

porque has de saber

don Pablo es mas raro que un cuartillo de cruz. A veces se pierde sin que nadie sepa dónde ha ido; i ni aun yo mismo he podido averiguar este misterio... Sin embargo, ya sabes que a mí se me escapan pocas... Lo he aguaitado; pero ni por esas he dado en el quid,,. Este hombre tiene para mí ciertos mishombre, que

este

terios que...

Pero aquí viene... Cállate boquita...

I

como para taparse

la

boca

e

impedirse a

mismo

el

seguir

hablando, don Catalino ahogó las últimas palabras con un vaso de mosto, que se bebió de un sorbo.

En éste

momento entraba a la un hombre como de cincuenta i aquel

sala

don Pablo Motiloni. .Era

cinco años de edad, alto, seco,

mirada penetrante, nariz aguileña, labios delgados

i

frente espacio-

coronada por los rubios cabellos de una peluca primorosamente

sa,

alisada. tes,

Apenas

se podia distinguir el color de sus ojitos centellan

detras de los anteojos verdes que llevaba sobre sus enormes

En

narices.

nuantes

;

i

cuanto a

lo

demás, sus maneras eran francas e

a primera vista se echaba de ver en ellos

insi-

ese aire dis

tinguido que caracteriza a las personas que han frecuentado una escojida sociedad.

Motiloni salado

cordialmente a Gacetilla, quien lo presentó a

Anselmo.

mutuos cumplimientos de regla, los que don Catalino interrumpió con su acostumbrada locuacidad. Cumplimientos a un lado, dijo: vamos a lo que importa. ¿Quiere almorzar, señor don Pablo? Nó, amigo mió: yo almuerzo mas temprano. Entonces, siéntese i caéntenos algo... ¿Qué ha oido de nuevo? Hiciéronse les saludos

— — —

i


— —Eso

mismo

le

23 --

Yo me

iba a preguntar a Ud.

como he estado

atrasado de noticias, pues

cama, apenas sé lo que pasa en

—Entonces ¿no sabe nada de —Ni una jota,

muí

encuentro

cerca de quince di as

en

la calle.

acontecimientos del sur?

los

.

-

—Es

que dicen que Prieto ha traicionado...

—¿Cómo? —No: no digo

esO;

porque Prieto es demasiado caballero para

haber traicionado ya Solo pues,

según

I quién

que piensa traicionar

creo,

al

Gobierno^

los díceres...

puede creer en esos díceres, interrumpió don Pablo

sonriéndose imperceptiblemente.

I en caso de

que así

Anselmo,

sea, dijo

tiene bastantes

la lei

defensores para castigar al traidor.

—Eso mismo digo la oigo;

¿I

la sé de

i

con qué

yo,

buena

agregó

Gracetilla.

.Yo cuento

la cosa

como

tinta.

cuenta para hacer la revolución? pre-

elementos

guntó Motiloni.

— Con —Pero

el ejército

de

la frontera.

aquí en Santiago

Tiene

mas

de tres mil soldados.

Ud. que tendrá apoyo entre

¿cree

la

jente de valer?

— Yo creo que

sí,

porque según

lo

bres de pro están descontentos con

—Los Ud.

decir,

Un al

serviles

enemigos de

el

que he oído hablar,

los

hom-

Gobierno.

la libertad

i

de la República debiera

esclamó con calor Anselmo.

lijero

temblor

ajitó la afilada

barba de Motiloni, quien miró

joven de un modo particular.

—-Eso

es:

carcajada.

Yo

los

una

serviles, dijo Gacetilla, soltando

cuento las cosas

al pié

de la letra,

estrepitosa

las doi

i

como me

las dan.

—En

cuanto a serviles

Motiloni con un

i

pi})iolos, allá se

marcado acento

italiano.

las

Yo

campaneen,

soi

estranjero

dijo i

no

debo meterme en estos asuntos.

En

este

momento

carta en la mano,

i

entró al comedor el patrón del Café con

una

dirijiéndose a Motiloni, le dijo:

— Señor don paraíso,

—¿Ya

me

Pablo; un caballero que acaba de llegar de Valha entregado esta carta para Ud.

llegó? dijo

prontamente Motiloni.

Déme

la carta... usté-


— me

24

— mal

mí, pues me de dejar tan grata conversación. Adiós señor don Anselmo: cuente con un servidor mas, en Pablo Motiloni... des

veo en

dispensarán caballeros

;

pero

el

la necesidad

Hasta luego, amigo Gacetilla. Dicho esto, salió a largos pasos de

la sala.

es para


CAPITULO

III

UN ESPAÑOL ILUSTRE. <(r

Tanto es

lo

que valia

lo

i

Ser hijo de un marques... S.

que

vale,

!"

Sanfuentes. (El campanario.)

—¿De quién será esa carta? refunfuñó sordamente don

Catalino,

mientras se bebia los últimos tragos del chocolate que se hizo servir al fin del almuerzo.

Lo he de averiguar por que me ha picado

Mira Anselmo, prosiguió asomándose por una vengringo como se dirije al cuarto del rincón, en donde

curiosidad...

la

tana,

mira

al

ha alojado el caballero de la carta... I la va leyendo!... Qué caballero será ese? Algún asunto que este gringo tiene entre manos; i no me habia dicho nada, cuando yo se lo cuento todo... I mucho que se tiene por amigo mió! Pero ya veremos sino lo des-

sin

duda

cubro

se

al, fin.

Aburrido Anselmo de la chachara de Gacetilla, llamó al mozo, pagó el almuerzo, encendió un cigarro se despidió de su amigo i salió del Café;

probablemente para

ir

a leer por la trijésima vez

el

billete de Lucinda.

Don

Catalino se quedó

sobre la

mesa

lijéro, versátil,

allí

sentado en una

silla,

con los codos

apoyada en ambas manos. Este hombre novelero, truhán, amigo de saberlo i de hablarlo

i

la cara

4


— 26 — no se daba jamas un instante de reposo. Era

movimiento perpetuo de la curiosidad, i aguijoneado por su pasión, jamas se daba por vencido. En ese momento pensaba en el modo cómo descubrir aquel asunto de don Pablo, que tan preocupado lo tenia; pero tan profundo meditar, lo hizo quedarse dormido en menos de diez minutos, cosa que le solia pasar a menudo, como sucede todo,

con todo espíritu

En por

el

el

lijero.

cuanto a Motiloni, tan luego como recibió la carta, preguntó cuarto del recien llegado

i

se dirijió allí.

— ¡Deo gracias! golpeando suavemente puerta del cuarto. — Por siempre! contestó de adentro una voz hueca cascada. la

dijo,

i

I luego apareció en la

puerta un hombrecito

chico,

flaco,

de

rostro amarillento, de piernas torcidas, cuya edad debia frisar en los sesenta años.

—¿Es señor don Meliton Canales de Cerda a quien tengo honor de hablar? preguntó —Sí Canales de Cerda, Sandoval Rojas, Oyarzun la

el

el

Motiloiii.

la

señor:

i

Pozo Hondo, caballero de Santiago

i

en Barce-

socio corresponsal

i

lona de...

— La Compañía de Jesús, concluyó don Pablo, viendo que faltaba aliento Cerda. señor Canales de —Eso un servidor de Ud.,dijo quinándose de cabeza

le

la

al

el

la

éste,

es:

una especie de bicoca negra con que tenia cubierto

el

pelado

cráneo.

—Yo

lo sol

de usted, contestó Motiloni. Encargado por

Hipocreitía para esperar a usted en este Café, voi al ticiparle su llegada.

¿Qué

le

el

padre

momento a

par-

digo de su importante salud?

del — Que fuera de un poco de tos que me molesta cómo pasa su Reverencia? constante achaque de mis —Muí bien por ahora, gracias a —¿Siempre ocupado, eh? — Oh! en cuanto a eso un modelo: no vive para otra cosa Señor! Viña que para trabajar en — ¡Pobre apóstol de mi alma! Dígale usted que no moleste en estoi bien,

i

ojos. ¿I

Dios.

es

la

del

se

venir a verme; que yo estaré luego en su celda. ¿Todavía vive en el

convento de San Francisco?

— Sí

señor.

Marche Ud. por

esta

calle

hacia

el

Sud,

i

luego en

saliendo a la cañada...

—Descuide usted. I

aun cuando no

Há mas

de dos años que conozco las señas...

las supiera;

quien boca tiene a

Roma

llega.


— 27 — Dentro de dos horas estaré en el convento. Muí bien, señor: con el permiso de usted, voi a ver a su reve-

— —Vaya usted con Dios, amigo,

rencia.

la

mano

dijo el señor de la

Cerda dando

a Motiloni con aire de superioridad.

Salió éste del Café,

Ya don

alameda.

i

por la calle del Estado hacia la

se dirijió

Catalino habia despertado,

i

saliendo al patio,

vio a don Meliton de pié en la puerta de su cuarto.

—Este para

sí.

mos a

debe ser

Qué facha

ver

Dicho

viejecito

si se

tiene!

recien llegado de Valparaíso, se dijo

el

Parece sacristán de parroquia pobre. Va-

puede sacar algo de

él.

acercando poco a poco al viejo, como cazador

esto, se fué

que marcha con cautela para que

el

ave no se

le

escape

;

cuando

i

hubo tenido a tiro de palabra, se la dirijió, haciéndole al mismo tiempo una cortesía. Dígame, señor, i perdone: ¿mui malo está ahora el camino de Valparaíso? Según creo ¿usted viene del puerto? Así es, dijo don Meliton, contestando al saludo con cierta gravedad que chocó a Gacetilla. Por su acento se nota bien que usted es estranjero, agregó

lo

— —

— acercándose mas. — Soi español, contestó con un movimiento de dias que he llegado a Cerda, no hace aun de quiero —Yo también español... éste

orgullo

la

diez

i

esto es,

soi

de un español neto...

Mi madre también

estos reinos.

decir:

paisanos... Se podría

que

soi hijo

era hija de españoles:

de modo que no tengo un rasguño de sangre india

mui bien llamarnos

señor

el

i

podemos

preguntar sin indiscre-

ción de qué familia es usted?

Don Meliton

hizo

un marcado

jesto de disgusto, al notar

la

im-

portuna familiaridad con que aquel hombre principiaba a

tratarlo.

Sin embargo,

de

orgullo de dar a luz en Chile su letanía

el

nom-

bres, le hizo contestar:

— Soi Canales de — Qué casualidad!

la

Cerda,

etc.

esclamó Gacetilla sobándose

las

manos: yo

también soi Oyarzun por parte de madre... Lo que son las cosas! Quién le habia de decir a usted, que aquí se iba a encontrar a las pocas lloras de llegar a Santiago con un pariente?

—Pariente! esclamó don Meliton (quien por todo habría

menos porque

la

pasado

pura sangre de su familia se hubiese mezclado con

sangre americana) Parientel Sepa usted amigo, que

ningún Ovar-


28

zun de mi familia ha venido a América,

i

que yó

soi el

primero que

pisa estas playas.

Después de dichas estas palabras con todo caracterizaba a los españoles de la época,

bruscamente la conversación,

jas cortó

i

el

el

orgullo de raza que

señor Sandoval

entró a su

Ro-

i

cuarto despi-

diendo a su interlocutor con una seca inclinación de cabeza,

i

dici-

mismo tiempo Vaya Ud. con Dios.

éndole al

— —

I

quédate tú con

el diablo, viejo

cara de pescado seco, refunfu-

ñó desde afuera Gacetilla. Miren no mas hasta en cuentra

Pues

el orgullo!

te

ha de

agregó retirándose del cuarto

i

costar bien caro tu descortesía...

has perdido! Siendo cortés

i

discreto,

q\\é

momia se

en-

saliendo a la calle.

No

sabes lo que

yo te liabria dado a conocer

por toda la ciudad como un cumplido caballero; mientras que ahora

no

te

has de escapar de mi lengua a pesar de tu docena

apellidos... Já, ja, jajá! esclamó, la calle a

-^Qué cosa? preguntó el otro. Que acaba de llegar al Café, un

ñor don Meliton Canales de la

media de

encontrando en ese momento en

uno de sus compinches. ¿Sabes

i

lo

que

hai,

hombre de Dios?

godo que se llama el seCerda, Sandoval i Rojas, Oyarzun viejo

Pozo Hondo... ¿Nada mas? Todavía mas, pero no me acuerdo. Dice que por la prisa con que salió de España, solo pudo traer la cuarta parte de los apellilos que tiene... Si vieras tú al vejete! Merece ponerlo en la Catedral debajo de una mesa del altar enfrente del esqueleto de Santa del

— —

Feliciana.


CAPITULO IV PASEO DE LA CANADÁ

EL

(cEn el hoyo está la bola, Crúzanse todas las chuecas; I enfrente los unos de otros, Se aprontan a la pelea.

Ya la T

bolita salió,

por esos aires vuela

Zumbando como una bala

Y

amenazando cabezas. Todos con'cu se apiñan, i

agarran i se enredan í por pegarle a la l)ola. Unos en otros tropiezan. Las marcornas por el suelo. Caen i se cachetean; Mientras otros con la bola. Allá van que se las pelan. Mas si en tanto ir i venir, l^a bola atascada queda; En el momento aro! aro! (Irita toda la caterva.» I se

{Corrido del jmíjo de chueca)

Si el benévolo

i

discreto

lector, tiene la

complacencia de seguir-

nos con la imiijinacion al convento de San Francisco, conocerá allí

a uno de los héroes

mas importantes de nuestra

Pero vayase con tiento

pavimentadas

i

:

no tropiece en

bordadas de bellos

el

edificios

historia.

camino, pues las calles

que hoi conducen a

alameda, estaban en aquel tiempo tan cubiertas de hoyos

i

la

malos


— 30 — pasos^ que para no quebrarse un tobillo en

ellos, era

menester ser

baqueano.

La

falta de

truían

el

alumbrado^

i

la sobra de basuras

paso, hacían p>or de

mas

i

escombros que obs-

aquel camino. Cuando se

difícil

tenia que atravesar de noche esta parte de la ciudad, era menester

reunir las

cualidades de valiente

de baqueano; pues ademas de

i

los inconvenientes apuntados, aquel era

drones de

menor cuantía para

curidad que

allí

lugar

el

el ejido

por los

la-

ejercer su oficio, pro tejidos por la os-

reinaba. Esto sucedía en la noche: a la luz del sol

era otra cosa. Eji cuanto el Señor echaba sus luces, veíase invadida

alameda por una multitud de muchachos de todas edades í condiciones que amenizaban la localidad con sus juegos de chueca o de 'colantin^ o bien, corrían montados en los viejos burros que pillaban, servidores inválidos, abandonados a la ventura en aquella especie la

de tierra neutral.

Cerca de dos horas después de

las escenas

narradas en

el

capítulo

empeñábase en la alameda una sería partida de chueca entre una multitud de muchachos harapientos que pululaban como un enjambre de abejas. Los jugadores divididos en dos bandos, pugnaban por echar a la respectiva raya la bola de madera que iba í venía como una pelota impulsada por los golpes de los sendos palos corvos que cada cual llevaba. Los gritos, insultos, juramentos i palal)ras soeces se dejaban oír por todas partes, í mien-

anterior,

tras

unos se entretenían aquí en quitarse

a brazo partido,

ca en la

i

mas allá mil

mas

otros

mano para hacerla rodar

la bola, otros allá la

esperaban con su chue-

hacía su raya, o bien para recibir-

la en el aire parándola con el corvo instrumento,

venir

De

zumbando como una bala sobre como

los gritos

cesaron en

atravesaba

el

los fusiles de

ambas

campo de

un

ejército

líneas.

la refriega

marchaba con su cabeza

i

se pararon.

que presenta

Era

un

descubierta,

cuando

la vieren

sus cabezas.

repente los jugadores gritaron: aro!

se alzaron

peleaban

las

que, en aquel

fraile i

Las chuecas armas,

momento

de grave andar,

con su sombrero

í

en la

que

ma-

no. Casi todos los circunstantes que tenían sombrero se lo quitaron

saludando a su paternidad con cierta devota cortesía,

i

esperaron

que éste hubiese pasado para comenzar de nuveo su diversión. Dirijióse el fraile hacía la portería de San Francisco, que estaba cerrada, i golpeó con ima gruesa llave que sacó de su manga. Abrió el lego portero, i entró su reverencia, volviéndose a cerrar otra vez la puerta del convento.


31

un hombre como de sesenta años de edad, alto, seco, i al parecer ájil i vigoroso todavía: de mirada severa i escrutadora; pero cuyo rostro simpático i un aire un tanto distinguido,

Era

el

fraile

predisponía en su favor.


CAPITULO V EL PADRE HIPOCREITIA

Quiero ver de los vientos, furia desatada; I del ^'olcall horrendo, Correr la ardiente lava. Quiero de un eoeodrilo Yer la enorme garganta, ce

La

O

sentir los halagos,

De algún Todo El aseo

Que

tigre de Hircánia.

lo sufro, i

menos,

crueles ansias;

estúpidos serviles.

Causan en mis entrañas.»

(El Liberal, num.

La primera cosa que se presentó a luego como pisó el claustro ñié, dos

los ojos del frailes

2.)

reverendo tan

jóvenes que daban

muestra de estar por demás empeñados en una seria discusión. Distraidos por la cuestión que los entretenía, enardeciéndolos, no acertaron a ver al recien venido, quien pasó cerca de ellos sin obtener

No

un

saludo, en cambi(; de la venia que él les hizo al pasar.

debia tener

mui buen

jénio su lieverencia, porque volviéndose


33

bruscamente a -los disputantes que ya llegada, les preguntó con

habían apercibido de su

se

un tono entre meloso

i

—Díganme sus paternidades: —¿Prohibe por San Francisco —Nó, reverendísimo, contestó uno de

sarcástico:

acaso la regla de

el ser corteses?

que que reciba lecciones de otro que no los otros frailes; lo

me sea

prohibe a

mi

la regla, es

prelado.

— Chúpate

esa,

dijo

el

otro fraile entre dientes,

pasaba por entre

ojos mientras

i

bajando los

los dedos las llagas de la

cuerda

azul que cenia su cintura.

—Edificante humildad un esclavo

vertencias

es esa

con que recibe las caritativas ad-

del seráfico

i

glorioso

Padre!

dijo el viejo

dirijiéndose al que le habia contestado. Acuérdese, frai Eustaquio,

prosiguió; de que aunque no soi su prelado ni pretendo serlo, ten-

go encargo del padre Provincial para velar por

En

esta virtud le ruego que, considere,

didas, si ese tono de orgullo

edad, dignidad

i

si

el

orden de la casa.

falta de respeto a sus

i

gobierno, sientan bien a

de s come-

las respuestas

superiores en

un sacerdote que ha he

cho voto de humildad.

Dicho

esto,

les, i se retiró

saludó con una inclinación de cabeza a ambos frai-

una

diciéndoles con

falsa sonrisa

que tenia mucho

de punzante:

— Beso a sus paternidades

la

mano.

Frai Eustaquio se quedó ardiendo,

aun no acertaba a alzar fluencia de la poderosa

—Ya

te

mató

el

los ojos,

mirada

convento...

al si

ver a su compañero que

aim estuviera bajo

Como

la in-

del viejo, esclamó:

padre Hipocreitía con una palabra!

mosca! Por eso es que este el

como

i

fraile intruso

hace cera

i

Alma

de

pabilo de todo

encuentra con liombres de lana, tiene a toda

la casa dominada...

—No eso hombre! sino — Calla boca, Antonio: en cuanto pusiste padre a Se conoce que tú no sabes este que —Ya que un conoce hasAntonio. Eso en modo de mirar. — pero como hace poco tiempo que has llegado a Casa es

que...

la

tiritar!

lo

ta

viste al

si

es

jesuíta, dijo frai

es

te

fraile.

se

el

Si;

la

Grande, no lo sabes todo, como yo que no he cesado de observar al

padre Vizcaíno.

—¿Es Vascuense? — aun he descubierto Sí;

i

por medio de un paisano suyo, que 5

_


— lia sido jefe

— —Es

de los je¿?uitas de Valencia, después de haber preten-

Mira

serlo de los de IVIadrid.

dido

34

el

tono de autoridad que gasta.

Parece que nos mirara como a subditos.

ante

él

que nosotros tenemos

como

mando. De Valencia

la pasión del

no

las llaves del cielo, ¿I

porque nos doblegamos

culpa,

según es

lo

hombre

se fué a Rcima,

qué prerogativas del Santo Padre.

la

fuera nuestro prelado. Este

si

A

él le

tiene sin

duda

en donde obtuvo

parece que tiene

que cacarea sus prerogativas.

por qué no se quedó en Roma,

si

tan bien

fué con el

le

Papa?

— Porque

no perdía

esperanza de ser

el jefe del

convento de

Sociedad establecida en Madrid, a donde se volvió tan pronto

la

como obtuvo

dignidad de parte del jeneral de la Orden. Pero

la

vino la espulsion, i

la

llegó a Chile

todos

i

entonces tuvo que echar a correr para América,

como

si

de aquí no los hubiesen también lanzado a

ellos.

— Sin embargo, a pesar de

la espulsion,

tenemos bastantes en

el país.

—-Sí; los hai de corazón, aunque no iniciados en la Orden, como sucede con nuestro prelado actual.

—Es

verdad que no tiene San Ignacio de Loyola un discípulo

mejor.

Eustaquio. — embargo, no de Orden, Antonio. repuso — Pero dejaría quemar por — por eso encontró tan buena acojida en convento padre fraí

servirla,

se

dijo frai

la

es

I sin

el

el

I

Hipocreitía.

Es

mas atendido

el consejero

del prelado,

i

hasta los

padres graves del honorable Definitorio están debajo de él, pues basta que él diga una cosa para que se le crea contra toda la Casa

Grande. ¿Te parece justo esto?

—De ningún modo. —Por me da rabia que eso

este fraile intruso se lleve las aten-

mismos que trata de avasallar. Yo no soi así, i creo que la humildad tiene sus límites. Yo tengo bien aguaitado a este fraile. A él le tocan los sermones mas lucidos, i se ha hecho predicador de moda .. Lo que son aquí!... i... Sin embargo

ciones de los reverendos

te

aseguro que no

me

gusta

lo

que predica.

—Tiene mucho sonsonete,..

—Pero, dale con que predica corte

i

lo

elevan a las nubes...

bien; Sí!

i

hasta las beatas

no habré oído

lo

le

hacen

la

que dicen en


— Todas

la calle...

mas

rio es el

ellas

35

desean tenerlo por confesor,

concurrido,

como

sn confesona-

absoluciones del fraile godo

las

si

i

fueran las únicas que borraran los pecados.

Antonio. — Cosas de mujeres! esclamó — también son cosas de hombres, amigo mió.. ¿Te parece que riendo, frai

I

posee pocos amigos entre los caballeros principales?

este fraile

Pues sabe que tiene bastantes protectores... Ayer no mas, vino un ricacho a pagarle cien pesos por unas misas de San Gregorio. Lo sé por la esposa misma del dicho caballero... I atiende a qne

mi confesada. De modo que no

ella es

— das ajenas? — Qué —Debe — para

se le

escapan ni

los

mnridos de las confesa-

dijo sonriendo frai Antonio.

han de escaparl

se le

ser hábil.

A

hacer su negocio.

Sí,

fuerza de artimañas ha conse-

guido hacerse amigo del presidente de la república;

mando

inmenso ¿quién sabe si se que puede llegar a ser Ministro de Estado?

seo de

—No seas — Qué

es

loco,

hombre de

le

i

como su

pasea por

el

de-

cerebro

Dios!

qué calabaza! El padre Hipocreitía, amigo mió, no dejará jamas de ambicionar el mando; i ya que le es imposible loco, ni

obtener

un

Es como

provincialato,

i

el

corazón. El se cree nacido para

a pesar del velo de humildad con que suele cubrir

aspiraciones

jamas

estuviera viendo

si le

dominar,

desea siquiera alcanzar un ministerio.

sus

del tono meloso con que habla, yo no le ayunaré

i

las vijilias.

— Sin embargo, yo creo que malo para enemigo. — yo también. —La prudencia aconseja conocer hombre sin mostrarle mala es

I

al

cara.

—No

mi

es ese

sistema, esclamó el ardiente frai Eustaquio.

cuando conozco a un hombre malo,

le liaofo la p'uerra.

Yo

Yo

veré a

este hipócrita de cien dobleces, cuando...

— Pues por

mismo que

lo

mismas armas,

i

es hipócrita, es preciso jugarle con las

de lo que se

a])arenta,r delante de él lo contrario

piensa.

—Eso como robar para mi madre, donde encuentro — Pero yo es

de

])ersegu¡r al ladrón.

i

lo

No

es así el hijo

se las canto clarito.

creo...

— Clarito

hombre,

clarito

como

el

agua! Por eso

el fraile

me


f>/i

6

aborrece,

i

no pierde ocasión para ponerme mal con

me han

sabes que por su influencia

vento para dárselos a su hechura, a de tiene los lojía.

ojos,

i

el prelado.

Ya

quitado los sermones del confrai Nicolás,

que no sabe don-

a quien trata de hacer hasta Lector de Teo-

.

— conseguirá, porque como —Eso mientras tenga de I lo

tiene de su cuenta al padre Pro-

vincial...

la oreja al provincial,

es:

que

lo

se le

Ni

antoje...

los

conventos de monjas se

Ayer supe que andaba haciendo porque

]3an...

ha de hacer

cambiara

se

esca-

le

el

ca-

pellán de las Claras.

—¿No digo yo? esclamó en

vivo,

lo

porque

frai

Antonio, a quien esta noticia hirió

dicho capellán era su amigo íntimo. ¿Con

el

Yo

qué también anda intrigando por ese lado?

se lo advertiré al

clérigo.

— Para

que veas

el

si

convento, en las monjas, en

hombre

deja de meterse en algo: en el

el ministerio,

no hai parte donde no meta la mano. I talvez para sacarla untada, dijo

— —Ahora anda mui

didato en

que

lo

el

en la Curia eclesiástica,

frai

Antonio riendo.

para obtener jDartidarios para su can-

solícito

capítulo que viene; porque con todas las cualidades

adornan ¿cómo no ha de ser capitulero?

Ya

le tiene el tal

candidato metido en la cabeza al padre provincial.

—Si nos gana esclamó —Ya

el capítulo,

lo creo!

jar

i

wo^ friega, dijo

frai

el j)adre

Antonio.

Eustaquio. Por esto es preciso traba-

sudar la gota gorda por que no lo gane.

Ya

yo tengo hecho

algo con la mayor parte de los definidores... El capítulo será reñido,

En

i

nos veremos las caras.

esto estaban de la conversación,

el claustro a

un

viejo

que no era otro que don Meliton Canales de

la Cerda, guiado por un

— Venga usted por rendo Hipocreitía —¿Quién será

cuando vieron aparecer en

hermano

aquí, señor,

lego,

deciael lego :1a celda del reve-

está en el segando claustro. este

pajarraco que lo busca? dijo

entonces frai

Eustaquio mirando de hito en hito a don Meliton. Talvez será algún viejo usurei'o, porque he sabido que para todas sus maniobras gasta

mucha

— Con padre.

plata. la plata todo se alcanza,

interrumpió suspirando

el

otro


CAPITULO VI LA ENTREVISTA

ctA las monarquias se les ha pasado su tiempo. La monarquía lia sido i será siempre en América la conjuración, la persecución implacable, la insurrección, la proscripción, la guerra civil»

M.

L.

Amunátegui.

— (Dictadura do O'Higglns. Int.)

Mientras ambos frailes proseguiaii su caritativa tarea de comentar la vida del padre Hipocieitía, éste, de pié

celda,

esperaba a don Meliton,

en

la

puerta de su

quien desde que divisó a su reve-

paso para abrazar cuanto antes a su amigo. Saludáronse ambos con marcadas muestras de regocijo; i después de rencia,

apuró

el

pasados los primeros trasportes, que

el

lego miraba con asombro,

pues, según dijo después al portero, jamas habia visto tan contento,

risueño

i

espansivo a su reverencia, entraron a la celda. El })adre

entonces sentó a don Meliton en la cerró discretamente la ])uerta,

i

silla

de lionor: despidió

dijo a su

amigo:

—Estamos podemos hablar con entera confianza. — esa ventana? observó don Meliton, indicando con solos

i

¿I

uíia

al lego:

ventana entreabierta.

el

dedo


38

— Cae a un pequeño patio cerrado que me pertenece, contestó padre. malo porque... — Sin embargo, no —Tiene Ud. razón, amigo mió, pues nunca están demás pre-

el

cerrarla,

seria

las

No

cauciones tratándose de asuntos que pueden comprometer.

crea

Ud. agregó, cerrando la ventana i abriendo un pequeño postigo superior para alumbrar la celda; no crea Ud. que a mí no se me habia ocurrido cerrarla, al contrario, la he dejado abierta de propósito.

— Comprendo: su paternidad queria saber con vejez me bia vuelto niño. — Cabal! Pero veo con alegria que prudencia ha echado honla

si

har-

la

das raices en Ud., amigo mió,

i

que

años no enriquecen sola-

los

mente de canas, sino también de cordura, virtuosos

i

la cabeza de los varones

eminentes.

—Oh! mi reverendo amigo, dejémonos de vanidades vamos a que importa. padre sentándose —Tiene Ud. razón: vamos grano, i

lo

dijo

al

en otra

silla

puesta enfrente de la del

el

señor Canales de la Cerda.

Desde que por sus últimas cartas supe que, a

la desgracia de per-

der su digna esposa...

Dios — amigo mió: Dios me su voluntad! —Habia seguido de ver desaparecer la dio,

Ai!

i

la quitó!

cúmplase

sus riquezas...

la

— Oh!

me

arruinado! completamente arruinado! esclamó don Meli-

ton tomándose la cabeza con ambas manos.

He

tenido necesidad

de toda mi filosofía para no caer anonadado por este golpe... sé

cómo he podido

gran fortuna;

i

Yo,

resistir a tal desgracia...

el

No

dueño de una

verme...

—Dios da Dios — Pero a mi edad; la

i

la quita!

cúmplase su voluntad,

dijo el pa-

dre.

esto es fatal, padre mió.

a la mañana abandonado de mis amigos,

i

Verme de

la

noche

sin poder sostener el

rango de mi alcurnia! Vaya, no hablemos de eso. Al contrario, hablemos, dijo el padre. Es preciso tener

— creer que quien quita bienes de fortuna, puede —Amen! don Meliton, con un tono de amargo desconsuelo, que embargo dejaba entrever esperanza. rayo de —Yo tengo continuó padre, en que Dios volverá a Ud. fe...

i

darlos.

los

dijo

sin

cierto

fe,

el

lijera lo

a su antiguo estado. Talvez Ud. no empleaba sus riquezas en

el


— divino

sei'vicio,

Ud. menos

ellas

cuando

al cielo

con una

he aquí por que fué desposeido de

pensaba.

lo

—Quién

i

39

don Meliton mirando

sabe! esclamó

espresion indefinible.

—No bien supe su última desgracia, cuando formé proyecto de llamarlo. — yo venido: yo he de Esj)aña porque no podia el

I

salido

lie

vivir

me

pobre entre las mismas jentes que

Me

habian visto poderoso.

he venido de vergüenza! Apenas he podido concebir

la

esperanza

de que podría cambiar de suerte. digo a Ud., que Dios nos ha venido a embargo^ yo — —Hable Ud. padre: hable su paternidad. —Antes de dígame con que encargué tan encarecidamente? don Meliton sacan —Vea Ud., me olvidado de sin

I

le

ver.

todo,

si

do de

recibí

su carta, corte^,

me

i

i

fui a

pasándoselos al padre.

Madrid,

conseguí que

el

i

valiéndome

Gobierno de S. M.

encargado secreto en estos reinos de América, a

de estudiar los medios de hacer que estas error,

le

dijo

un paquete de papeles

de mis relaciones en la

me nombrase

algo,

lie

la faltriquera

Tan luego como

sigo lo

¿trae

rej iones

fin

reconocieran su

volvieran los ojos al seno de la Metrópoli, de donde se

han

separado como la rama que se troncha del tronco para caer al suelo

i

secarse.

Sonrióse

padre sin contestar;

el

i

mientras tanto, examinaba los

papeles que habia recibido del señor Sandoval

—Ahí

verá, prosiguió éste, las cartas de

traido de varios grandes de España,

nos del Perú

i

i

Rojas.

recomendación que he

dirijidas a otros de estos rei-

Chile.

—Aquí contestó padre. Son buenas; pero ninguna vale que —¿Cuál? — Esta que viene señor don Marcelino de Hojas. —¿Es algún hombre importante? ^ — Importantísimo, sobre todo para nosotros, por relación que proyecto que he formado. —¿Es noble? —^Vaya ¿No ve Ud. que su apellido Hojas? — — Posee inmensas riquezas una dechado de las

lo

veo,

el

ésta.

dirijida al

*

la

tiene con. el

si lo es!

es

Si; pero...

i

hija únirn,

belleza,


— virtud

i

honestidad, que a

hablado con

mi

el

40

mi juicio,

es

mui buen

partido...

señor don Marcelino a favor de Ud.,

i

Ya he

ha aceptado

indicación.

—Oh! en cuanto a seguro dígame Ud. noble? que —Nobilísimo: palabra de honor. He visto — Pero yo creo que caballeros de ultramar, de no deben estar mui en — Dígole a Ud. que de mismos Kojas de España. Amé— Sin embargo, yo que ninguno de ha venido a — aun cuando no agregó padre, no debe Ud. pereso

sí;

¿está

pero...

de.,

es

los títulos.

estos

los títulos

regla. es

los

estos

las

ricas.

así

I

fuera,

el

der la oportunidad que se le presenta para hacerse de un capital

mas de

de

doscientos mil duros, con el cual quedaría Ud. en dis-

muchos bienes. muchos bienes!

posición de hacer

— Oh! —Mientras que ahora, ¿qué saca Ud. con tener buena voluntad para hacer una obra buena, poder para —Es verdad, padre mió; pero mientras no sepa que esta famisí,

si le

falta el

ello?

lia es noble...

— Déjese de esos

:

si

escrúpulos! esclamó el padre;

i

atienda a que,

pierde esta oportunidad, se hace no solo indigno de las mercedes

.

divnas, sino que también en cierto modo, responsable de lo qu^^^

por falta de medios, deje de hacer para la honra de Dios

i

prove-

cho del prójimo!

—No me

padre mió,

es posible,

resistir

a su sabiduría, dijo don

Meliton. Prometo a su paternidad casarme con esa rica niña, aun

cuando no corra sangre

ilustre por sus venas. Seré

de los ocultos fines del cielo,

mi

i

un instrumento

espero que Dios tomará en cuenta

Cúmplase su santa voluntad! Al decir esto, don Meliton bajó los ojos con un aire de inimitable gazmoñería: así fué, que no pudo ver la fina sonrisa que se dibujó en los labios del reverendo. Por otra parte, aunque la hubiese visto, no habría sido comprendida por la estupidez del mojigato el

agravio que hago a

sangre:

viejo.

—Admiro su

cristiana disposición, dijo el padre, para resignarse

mas que un instrumento de que el Altísimo se vale para alcanzar sus santos fines. En Ud. mismo tiene la esperiencia de lo que digo. Ayer no mas se encona

los decretos del cielo.

traba Ud. pobre

i

El hombre no

desamparado,

i

es

hoi se

le

abre un porvenir. Es-


— toi

41

seguro que Ud. sabrá aprovecharse de la suerte, a fin de llegar

a'ponerse en disposición de poder servir a nuestra perseguida Orden,

como

— Oh!

lo

hacia en otro tiempo.

en cuanto a

eso,

no dude

su paternidad que lo harél

Cuanto yo tenga estará siempre a disposición de la Compañía.... ¡Quién sabe, agregó don Meliton, con un candor admirable: quién sabe, si Dios me quitó mis riquezas de ayer para enseñarme a ha-

me

da.

—No va Ud. fuera de camino

en

cer mejor uso de las que hoi

que piensa, dijo el padre; i puede mui bien suceder, que Ud. no haya hecho los anteriores beneficios con entera abnegación i desprendimiento.

—Puede

ser

que

así

haya

lo

sido; pero bastante

castigado estoi.

Desde ahora prometo no considerarme sino como un depositario de los bienes que reciba... No importa que la niña no sea noble, porque, ¿quién la conoce en Valencia? Una vez que yo establezca allí nuevamente mi casa como corresponde a mi alcurnia... ¿Qué? le interrumpió el padre: ¿piensa Ud. volver a Valen-

— —Yo —Lo que Ud. debe creer

cia?

creía que...

es

que hai necesidad de sus servicios

en este reino. Ud. debe establecerse aquí, porque así conviene a los santos intereses de la Orden...

— Cuyo esclavo concluyó don Meliton inclinándose ante su reverencia. — Si yo he hecho pedir en España esas cartas de recomendasoi,

le

ción,

es

para que se establezca aquí.

los intereses de S.

En

podrá servir a

este reino

M. mucho mejor que en España, en donde no

puede recojer mas que la vergüenza de su bancarrota, mientras que aquí... Pero Ud. debe estar un poco fatigado: hagamos un paréntesis

para tomar un traguito que

le

vendrá bien, según

creo.

Aquí

tengo, prosiguió el padre levantándose de su asiento,

una botellita enviado de regalo la Madre Abadesa de las monjas Agustinas. Bueno es, prosiguió sonriendo, que Ud. princide Pisco que

me ha

pie a gustar de los productos de estas

bellas rejiones americanas.

Diciendo esto, se acercó allí

una

botella

i

el padre a un armario; abriólo, sacó de una bandejita colmada de biscochos que puso so-

bre la mesa. Llenó dos copas, e invitó a beber a don Meliton, quien tomó maquinalmente la suya, enfrascado como estaba en sus reflec-

Pero no Iñen hubo bebido un trago, cuando hombre.

ciones.

se

sintió

otro


—Esa

de S. M...

i

i

mejor a

en atención a mis leales servicios, bien

puedo esperar que, andando

—Muí

es la verdad, dijo: desde estos reinos podré servir

los intereses

tro rei

42

el

tiempo, sean premiados

por nues-

Señor.

mui noble es esa esperanza, dijo el padre. Ahora hablemos de la manera cómo debe ser x)resentado a la casa cristiana

i

Ya

del Señor de Rojas. i

le

también Sandoval i Rojas. Es una equivocación, padre; ningún Sandoval ha venido a Américas. Aunque así lo crea Ud., no debe contradecir a don Marcelino,

lo cree a pie

jun tillas, pues

— — porque... — Pero... — ¿Quiere Ud. mismo las

he dicho a éste que Ud. es su pariente,

ser

él se cree

un inconveniente a su

pro2)io

estable-

cimiento en estos reinos? Olvídese de alcurnias por ahora, que todo

Lo importante

eso es vanidad.

es adquirir los

elementos necesarios

para servir a la honra de Dios.

—Estoi dispuesto a obrar como su reverencia me —Después tendrá tiempo de pensar en noblezas.

indique.

que tengo esperiencia de estos mundos.

cayendo cuando no está apuntalada por

Créame por La nobleza por acá va de-

el

dinero;

en que

po, agregó el padre con tono profético,

llegará un tiem-

i

el

dinero

será el

principal elemento de nobleza en estas tierras!

— Ohl qué cristiano

i

tierras!

esclamó don Meliton horrorizado ¿qué hombre

honrado podrá vivir en un mundo en donde

cian los sagrados títulos de la sangre, i

el lustre

i

se mir¿i

despre-

se

como nada

el

honor

de la ascendencia?

— Cada país

amigo mió; i país por país: acuérdese Ud. que acaba de salir de España porque le ñiltaba dinero. I a propósito de dinero, creo que Ud. no estará mui abundante. Demasiado cierto es eso por desgracia. I como es preciso que Ud. se presente en la casa de su futura con la mayor decencia posible, yo trataré de buscar lo necesario... tiene sus usos,

— — padre mío! En mí en— ¡Cuánto agradezco sus buenos contrará un obediente, un esclavo sumiso. interrumpió sentenciosamente — Solo Dios tiene oficios,

hijo

esclavos!

fraile

levantándose de su

cuando a El

le

tiempo, porque

mundos;

i

el

aí^iento,

del que resista su voluntad

i ai!

Ahora es preciso no perder como dicen por estos nuevos

place darla a conocer! el

yo digo:

tiempo es plata, el

tiempo es

el

árbol del bien

i

del nuil.

Quien


— lo a^^rovecha

sube

43

quien

al cielo;

— baja al abismo... Ahí

lo pierde,

esclamó paseándose a largos trancos por la celda; si el gobierno español no hubiera perdido miserablemente su tiempo, todavía

el

dueño de estos bellos paises, mientras que ahora... I ahora, preguntó don Meliton. ¿Cree su paternidad imposible restablecimiento en estas Américas del gobierno paternal de

S.

M?

seria

con—Tanto por menos, como sacar una alma padre admirado de candidez de pregunta. —Sin embargOj yo he hablado con ministro con varios perdel infierno,

lo

la

la

testó el

el

sonajes de la corte,

me

hizo

el

todos, hasta el

i

i

mismo

rei

en persona, quien

honor de darme una audiencia de despedida, rae mani-

festaron la esperanza que tenian de llegar a sujetar estas rej iones

a su dominio

La España

vasallaje.

i

tiene

armas

i

soldados to-

davía...

El padre no contestó,

i

solo hizo

un jesto de profundo despre-

cio.

—Imbéciles! refunfuñó entre

dientes. ¡Creer

que podrán subyu-

gar por medio de las armas a unos paises enorgullecidos con victorias recientes!

Luego prosiguió en voz alta, dirijiéndose a don Meliton: amigo mió: las armas españolas no podrán hacer nada en América. Las verdaderas armas aquí son la diplomacia, a fin de conseguir algo siquiera. Tratar a estos paises como enemigos declarados es una locura. De estos pueblos con mas atrevimiento que ciencia, de estos gobiernos inestables i ciegos, no se podrá obtener jamas ningún acomodo, sino por medio de esa lenta

— Óigame,

mas fácil engañarlos en el gacampo de batalla. Ud. comunicará

acción de la diplomacia, porque es binete,

que vencerlos en

estas ideas a S.

M.

2)or

— — Dirále Ud. que Sí, le escribiré

i

el

medio del señor Ministro.

se lo diré todo.

el oficio

de la espada ha concluido,

nos queda otra infiuencia que la de la palabra,. la

i

que no

No debemos

hacer

guerra de enemigos, sino la de amigos. ¿Entiende Ud?

—^Perfec tame n

— Muí

bien.

te

Valor

i

constancia

para merecer

el

premio, dijo

el

padre.

—Amen, contestó don Meliton. — Vamonos ahora; Ud. me esperará tras yo

voi a casa de

o\i

un amigo a pedirle

su alojamiento el

dinerillo

mien-

que necesi-


44

tamos.

—Dios guie

sus pasos, dijo

señor de Sandoval levantándose;!

el

tomando su sombrero.

Ambos amigos la

salieren del convento

se dirijieron al

i

Nación. Mientras seguian su camino,

Meliton:

Café de

padre dijo a don

el

amigo mió. olvidado advertir a Ud. una — Se me dispuesto a seguir —¿Qué cosa? Su paternidad sabe que sus —Es que persona que espera a üd. en —El señor Motiloui? cual debe usted un amigo íntimo mió, cuanto — porque misma virtud en persona. Es un digno — Todo eso he conocido ver a ese cumplido en —Aunque parezca a primera vista un hombre cosa,

liabia

estoi

consejos.

la

el Café...

lo

Si; es

i

diga,

creer

al

le:

italiano.

es la lo

caballero.

al

relajado,

do es un siervo de Dios. fesado.

Muchas

modestia

i

veces,

es posible

prendas viviendo en Sí!

al

fon-

conozco como a mi mismo; es mi connotar su

devoción, su relijiosidad, su

su decisión por la honra de Dios,

mo: ¿cómo

TjO

el

me

mí mis-

he dicho a

que pueda un hombre conservar estas bellas

el siglo?

Hai hombres

hai hombres privilejiados! esclamó

privilejiados!

como un eco don Me-

liton.

Llegados

al Café, el

señor de la Cerda entró a su cuarto,

se dirijió hacia el rio por la calle del Puente.

de San Pablo, dobló hacia su izquierda

respondiendo a los saludos que al paso.

le

i

Al

llegar

i

el

padre

a la calle

prosiguió su marcha, cor-

hacían las jen tes que encontraba


CAPITULO

Vil

LA CASA VIEJA. uV.Te enfadas

i

haces nial jesto?

Perdóname, dueño mió.

Yo

quiero tu conversión,

que quedemos amigos. Si mudares de conducta,

I

De

dicho

lo

(Aunque

me

desdigo

hombre formal) Pues veo que hablé mui mal.» soi

(El Padre Ociosa dilijencia seria

el tratar

C.

Henríquez.)

de dar a conocer a nuestros

lec-

San Pablo; esa calle célebre en la historia de nuestras revueltas políticas, campo de batallas allá en lo antiguo, de las interesantes escenas de poncho i cuchillo, que es como si dijéramos tores la calle de

de ca-pa

i

espada, lugar de reunión de la jente de cascara amarga,

de esa que mira a todo

no tiene nada; hablaba

recio;

calle,

el

mundo como

precisamente porque

repetimos, donde se andaba con garbo; se

miraba de soslayo,

se

suyo,

i

se escupía

por

el

colmillo

donde se entremezclaban los gritos de los muchachos con el cantar de las chinganas con el vocear de los amigos del alegre dios de i

los

pámpanos

i

de las vendimias;

i

donde^ en

tin,

sus habitantes


— parecían haber resuelto

el

46

problema

social de la propiedad,

que cada cual tomaba

era la confianza con

según

que pertenecía a

lo

otro.

Pues

donde nuestro buen padre Hipocreitía, que ya va conociendo el lector, echó a andar a pasos rápidos con el sombrero en la mano i la calva al aire, según tenia de costumbre. Después de haber andado un buen trecho, paróse enfrente de una casa de miserable aspecto, situada a una o dos bien, por esa calle fué por

cuadras de distancia de la plazuela de San Pablo: porque el cronista que recojió las noticias que

han servido de base a

esta histo-

no dice precisamente cuál era dicha distancia, contentándose advertirnos que la casa, conocida en el barrio con el nombre de

ria,

(•on

Casa Vieja, ocupaba una esquina de la manzana, i era a su vez ocupada por varios arrendatarios pobres. I a fe, que si es cierta la descripción que de ella hace el curiosísimo cronista, el tal edificio merecía muí bien su nombre de Casa Vieja.

La

puerta de

calle,

desnivelada hacia

el

era

oriente,

un gran

boquete casi cuadrado, que se cerraba con dos hojas compuestas de

mal

tablones de roble

acepillados, sujetos con clavos de

laboreadas cabezas de cobre, todo cuanto pasa.ba en

i

i

por entre cu3^as junturas se divisaba

el patio.

A

la izquierda

ocupados por un bodegón,

tos sucios

enormes

ta cochera, que era lo úuico que

i

se veía

la derecha,

unos cuar-

una enorme puer-

quedaba en pié, pues todo lo demás había caído a impulsos del tiempo que, así atierra la torre de granito como la humilde habitación de adobe. Coronaba la puerta principal, por consiguiente, lo que en otro tiempo fué edificio, un frontón triangular adornado con un escudo hecho pedaallí

i

zos,

que estaba manifestando a

las claras

la

nobleza

e

hidalguía

del primitivo dueño. Allí fué

donde

el

de la frente, tosió

i

padre

llegó: sacó su

pañuelo,

se limpió el

entró al patio con cierta hesitación, que el lec-

tor disculpará cuando le

digamos que

el tal patío,

no era mas que un

basural rodeado por un lado de edificios al caerse,

i

por

el otro,

de

El olor que allí se dejaba senno era tampoco para recrear a nadie. Por manera que el padre,

las paredes de edificios tir,

sudor

caídos.

con toda la lijereza que sus años dirijió

le

permitían, atravesó el patío

i

se

a los cuartuchos situados a lu izquierda. Grolpeó una puer-

como por eucanto, apareun hombre de mezquino aspecto, que al ver al

ta de color indefinible, la cual se abrió

ciendo en

el

dintel

padre esclamó'


— — Oh! qué dicha la mia!

al

47

ver en mi pobre morada al honor de

nuestra iglesia, a la columna de nuestro sacerdocio, al heredero de las virtudes apostólicas, al...

— Basta, don Policarpo, interrumpió secamente padre. No ahora para perder tiempo: vengo a un asunto que que en su reverencia mi inutilidad para —Aquí el

le

urje.

estoi

servirle

tiene

me

lo

considere útil... Pero, pase para adentro, prosiguió con melosa

En

afabilidad don Policarpo: siéntese su reverencia...

esa silla nó,

porque está en tres pies... aquí, aquí en la mia que es blandí ta. La he hecho empajar no há muchos días. Estas dos sillas, una mesa de madera blanca, un escaño de lo

mismo, i sobre una tarima, un armario de gruesos tablones con una gran chapa de ñerro i un candado por añadidura, eran los muebles de aquel cuarto, en cuyas paredes blanqueadas con cal, así como en las vigas del techo, tejían pacíficamente sus telas, un gran nú-

mero de

Don

arañas.

Policarpo Tragan tilla, era un digno habitante de aquella

lúgubre morada. Aunque no era bloroso, su jibado cuerpo,

amarillento, seco

i

sus

manos huesudas

afilado, sus carrillos

gas de su frente, evidenciaban cotidianamente. Al notar

el

Su andar tem-

viejo, parecíalo así.

hundidos,

las fatigas

modesto,

el

que

i i

las

aipiel

manso

i

su rostro

flacas,

hondas arru-

hombre

casi

apagado mi-

rar de este hombre, cualquiera inesperto podría haberse do,

i

tomádolo por un ser perseguido por

sufría

la pobreza, o

equivoca-

entregado

a los rigores de una dura penitencia.

Nada de

honor de j)resentar al lector, no tenia nada de pobre ni de penitente. Si ayunaba, si vivía siempre en perpetua cuaresma, era por no menoscabar su riqueza;

i si

esto: el personaje

miraba

i

que tenemos

el

hablaba compunj idamente, era porque así se lo

aconsejaba su hipocresía, con la cual hacia su lucrativo negocio de

prendero.

Don

Policarpo, no era, pues, otra cosa (pie la

personificación de

la avaricia.

—Estoi ansioso de saber en qué puedo a su reverencia, Tragantilla mirando padre con su carita de garduña. —Ya Ud. luego a amigo mío... Ha llegado época en que Ud. puede pagarme mis buenos para con Ud. — Estoi pronto a hacerlo, padre mío. A su paternidad, desser útil

dijo

al

la

saberlo,

oficios

pués de Dios, debo la pecpieña holgura en que

go holgura, nó porque

me

])osea riquezas, sino por...

encuentro

:

i

di-


— —Necesito un poco de

48

dinero, le interrumpió

padre,

el

me

i

he

acordado de Ud.

—Ahí Dinero...

yo

sí...

creia...

Dígame ¿cómo cuánto

será lo

que su paternidad necesita?

—Poca

unos seiscientos pesos,

cosa:

i

como üd.

es

mi mejor

amigo, he acudido aquí.

— Seiscientos

pesos! Padre por Dios, su reverencia está soñando!

¿Cómo ha podi

esclamó con un repentino temblor don Policarpo. do creerme poseedor de tan tamaña suma?

—No perdamos tiempo, don Policarpo: necesito esa suma, no me voi de aquí — Pero acuérdese padre, de que no hace un mes que entregué el

i

sin llevarla.

le

que

los últimos doscientos pesos

tenia... ¡Si su

paternidad supiera

cómo están los tiempos! Para ver cien pesos reunidos

es preciso ha-

blar con la Vírjen.

—No se trata ahora de

hablar con los santos, mi buen amigo, sino de cumplir con esta ol)ra de caridad. Ud. sabe que yo no pido •

nada para mí. Oh! sí ya

que su paternidad no pide sino para hacer — Üd. buen corazón... — como —Buen corazón pero. — Un corazón de Dios yo — Si pudiera darle mi sé

el bien.

tiene

I

.

:

oro...

corazón!...

es testigo...

se lo diera:

pero plata!

—Por eso he venido a

verlo...

— Ha hecho mui bien... digomal; no ha hecho

esto

tampoco sino que, quiero

decir;

bien...

Nó: no

es

que su reverencia habría hecho

mejor viniendo en otras circunstancias,

—¿Quiere

Ud. que venga a

pedirle dinero cua,ndo

yo no

lo ne-

cesite?

— Nó es me, ¿no

eso,

mi

se podría

padre...

Vaya! no acierto a esplicarme... Díga-

remediar la necesidad con cien pesos? Puede ser

que trajinando por aquellos cajones

se alcanzasen a reunir...

Cien

pesos fuertes ¿qué le parece?

—Nó, amigo mío. —Ni con ciento cincuenta? —Tampoco: ya he —Vaya padre, no hablemos lo

dicho...

mas, dijo

el ava.ro

haciendo un es-

fuerzo: voi a darle cuatrocientos pesos, aun cuando tenga que sa-


— 49 — car de

un dinero ajeno que

me han mandado

guardar; pero- por su

paternidad...

— Hombre! interrumpió padre: ya he dicho a Ud. que son que he menester por ahora. pesos — Por ahora! esclamó avaro tomándose cabeza entre manos con una angustia porque después, — por ahora, inexorablemente seiscientos

le

el

le

los

la

el

las

indecible.

dijo

Sí,

el fraile,

creo necesitar mas.

Don

Policarpo no contestó,

i

madera como un liombre a quien

se dejó

caer

sobre

le faltan las fuerzas:

escaño de

el

sacó su des-

pedazado pañuelo de algodón limpióse el sudor que corria en gruesas gotas por su arrugada frente, i contestó con una especie de ;

quejido:

—Eso imposible! —Pues nada hai mas hacedero, es

replicó tranquilamente el fraile.

El avaro miró fijamente a su interlocutor, cuya firmeza lo tenia dominado. Habia en aquella mirada una mezcla de odio, de dolor, i

de impotente despecho.

No parecía

rido don Policarpo traspasar el

sino que con ella hubiese que-

alma de su

no hizo mas que resbalar por sobre

frió interlocutor;

la coraza

pero

de hielo de que éste

parecía estar vestido.

— Le he

dicho, prosiguió el padre,

posible, es la cosa

razones.

Don

En primer

lugar, el

Policarpo hizo

—¿Podria los

mas hacedera un

que

lo

mundo, dinero que Ud. del

que Ud. llama un imi

para

tiene

tengo mis

ello

me

debe a mí.

lo

jesto que significaba: «es verdad».

Ud. negar esto? Por mis empeños ha adquirido Ud. de tres monasterios de monjas...

sindicatos

Ya

sabe cuánto

hubo, que trabajar contra el capellán de las Claras para que lo

nombrasen a Ud. de síndico... Yo sé que este negocio le deja anualmente a Ud. algunos miles de patacones... I qué diremos de la recaudación de los diezmos? ¿A quién le debe Ud. eso, sino al padre Hipocreitia? Acuérdese ademas, de que lo he librado mas de

ima vez de persecusiones por contrabando. Mala memoria

— Oh!

estoi, estoi

mui reconocido a

con la voz mas tranquila,

cómo pagar tantos

el

sus favores, padre mió! dijo

miserable:

beneficios...

tiene TJd.

me

acuerdo de todo; no sé

Aquí está mi persona... Pídame

la vida; 2^ero...

— Pero no

no

dinero, agregó el padre entre dientes. Sin embargo,

es su vida lo I luego

que necesito.

pensó para

sí:

7


50

—Al he menester que viva para que me reúna dinero, para único que que miserable. — Conqueren qué quedamos/mi buen amigo? prosiguió en voz contrario,

es

lo

sirve este

¿Me da los

alta el reverendo

seiscientos pesos, o busco otra persona

menos ingrata que Ud. a quien favorecer. Oh! mi santo amigo i benefactor! esclamó don Policarpo -

apresuradamente: ¿puede su paternidad creer que hallará otro que estime como yo sus beneficios?

—Como veo que Ud, no buena memoria, dárselo todo cada vez que vengo a —Yo! mala memoria! Le aseguro que sus tiene

es preciso recor-

i

pedirle algo... visitas

jamas de -

la imajinacion, dijo

injénuamente

—Ya lo creo; sobre todo cuando

no se

me

borran

el avaro.

como

las visitas son

la presen-

eh?

te,

ISTó;

plata. I

no

es

por eso: no es por

aun cuando

lo tuviera;

el dinero.

. .

me parece

Yo no que

tengo apego a la

tiano para considerar que los que tenemos algo, no

unos depositarios de lijera

somos mas que

los pobres!

— Bien pensado; evanjélícamente pensado, lando una

bastante cris-

soi

asomó a sus

sonrisa que

dijo el fraile, disimu-

labios.

Si los ricos no

dan, no deben pensar en su salvación.

— Oh! padre mió! no por que yo procure lograr algo para de por mi salud —Por que mas que un camello de una que un pase por Yo vivo he no verdad cuanto —Condéneme

subsis-

tir,

trabajar

dejo

eterna.

eso dice la Escritura, aguja,

el ojo

Dios,

en

el siglo

fácil

como

pegando de todo

si

si

rico se salve.

es

le

no perteneciese a

lo terreno,

i

es

la vida

él.

Me

dicho.

voi poco a poco des-

solitaria es

ya para mí una

pasión.

— Cada dia está mas necio

este pobre diablo, dijo para sí el frai-

Ahora tiene la pretensión de engañar a un jesuíta! Luego agregó en voz alta: Advierto a Ud. don Policarpo, que ya tengo cinco empeños para los sindicatos que, como Ud. sabe, no son dignos de des-

le.

precio.

—Vaya

si

lo

fadado conmigo

sé!

Pero creo que su paternidad no

porque no tengo

el

se

habrá en-

completo del dinero en este

momento...

—En cuanto a

las capellanías, de cuyos beneficios

goza Ud., per-

tenecen de derecho a un amigo mió, según la opinión de un abogado.


— T>.

*adre mió!

no joorque carezca de dinero por ahora, deje de

ner amigos. Le prometo que disposición,

51

aun cuando para

mañana

te-

estará toda la cantidad a sn

ello tuviera

que venderme yo mismo.

comprar un avaro que ya le pertence al diablo? Pero ya le lie dicho, continuó con voz firme, que

I quién habia de

pensó

el jesuíta...

la necesidad es urjente.

—Urjente! tan que — I tanto,

urjente! si

üd. no

me

da pronto esa suma, voi a sacarla a

como me pueden cobrar un

Ud.

saldría per-

—Ya veo: yo tendría que pagarlo todo después. ha de hacer mañana, mejor hacerlo — Cabal.

hoi, dijo el

interés,

i

interés subido,

judicado. lo

Si lo

padre poniéndose de

es

pié.

Alzóse también de su asiento don Policarpo,

i

haciendo un esfue-

zo soberano, dijo a su interlocutor:

—Está caja.

bien, padre mió.

Le daré

Sígame su paternidad.

del dinero ajeno que tengo en


CAPITULO

YIII

EL ALMACÉN DE PRENDAS

dTodas estas divisiones estaban llenas de objetos tan diversos, que daban a aquellas piezas el aspecto de un verdadero bazar.»

M. Palma.

(Secretos del

Pmhlo.)

Diciendo esto, pasaron ambos a un cañón de piezas inmediatas,

que era

el

almacén del avaro. Figúrese

el lector

carpo

mas

objetos que revelaban el oficio

ejercia.

Era aquello una

sala sucia,

un sinnúde prendero que don Poli-

de paredes ennegrecidas, colgada de telarañas,

mero de

una gran

i

llena de

especie de arca de Noé, en donde

corto es decir lo que faltaba, que lo que allí liabia encerrado

en confuso desorden. El suelo estaba cubierto de esteras, mesas, catres,

colcliones

jas, alfombras,

suecos

i

arrollados,

pailas

rotas,

canastos de ropa usada, sillas vie-

instrumentos de labranza,

i

rumas de

zapatos usados. Pendientes de la pared, se veia miles de

de atados dispuestos en hileras, todos numerados

i

rotulados,

i

que contenían ropa hecha, sombreros, capas, ponchos, lazos espuelas, correas, í muchos otros artículos que seria cansado enumerar. Suponga el lector que a todos los ladrones de la ciudad se les ocurriera un dia reunir sus robos en un gran salón, i que, a esto se agre-


^

53

gase todas las mercaderías que los coraerciantes llaman hueso. Suponga en seguida, que una mano intelijente i pacienzuda, arregla i

clasifica

por familias aquella multitud de objetos,

pola muebles viejos

colección tan variada

luego les inter-

trastos inútiles, cubriendo por fin todo aque-

i

con una capa de polvo. Pues bien, aun

llo

i

así,

completa como la que

i

el

no resultaría una

almacén del avaro

presentaba.

Pero entre esta multitud de desordenados objetos cubiertos de tierra, i por los cuales se oía andar verdaderas lej iones de ratas, siguió el padre a

don Policarpo, quien marchaba como de mala ga-

En

hombre era llevado al suplicio por su mismo verdugo, por que ¿cabe mayor suplicio para un avaro, que ir a contar por sus propias manos el dinero que va a salir de su caja para no producir nada, ni volver a entrar jamas a ella? ¿I qué otra cosa es para él, sino un verdugo, la persona que lo oblige na

i

suspirando.

realidad, el

De

a hacer tan duro sacrificio?

esta sala pasaron a otra que

daba

adonde estaban las prendas de venta; es decir, aquellas cuyos dueños se habían olvidado de pagar el valor del empeño. a la

calle,

que servia de despacho

i

don Policarpo

Dirijióse

rosa

mano la llave en la

que, de pié enfrente de

mirada una verdadera

i

de una mesa: metió con temblo-

al caj()n

cerradura; él,

al avaro. Allí era

i

tirando del cajón, miró al padre,

no desplegaba

Era aquella

los labios.

última súplica; pero un jesto del inexora-

ble fraile lo hizo apresurarse a

consumar

como por un movimiento nervioso

la

el

mano

sacrificio;

metiendo

i

dentro del cajón, empe-

zó a contar apresuradamente el dinero, que dispuso en pilas de a cien

pesos sobre la mesa. Concluida la operación, dijo al padre con un jesto imposible de describir:

—Ya —Haga voz melosa, —Ah!

está. al servisio i

meta

por completo, mi don Poli, dijo

la plata en

— es

^Eso nó:

tan...

me

habia olvidado...

Pero aquí está

que falta puedo venir a buscar

Como

ten-

¿Quiere su pater

el saco.

tengo bastante confianza en Ud.,

—Es verdad,

padre con

un saquito

dice bien su paternidad!

go ahora mi cabeza nidad contar?

el

i,

como ademas,

si

el resto...

don Policarpo con rabia concentrada; puede resto... En ese caso, agregó entre dientes: mejor

dijo

venir á buscar el

es ahorrarla visita. Vea,

mi

padre, prosiguió en voz

mas

alta: voi


54

a echar otros veinticinco pesos mas, por

me

si

hubiera equivocado

en la cuenta.

Diciendo dinero en

esto, contó los veinticinco pesos,

i

los

metió con

el otro

el saco.

Miserable avaro! refunfuñó

manteo

i

disponiéndose a

tomando

éste,

el

saco debajo de su

luego agrego:

salir, i

a don Policarpo; —Ya sabe Ud. que yo no puedo dar hará por mí nuestro amigo, don Pablo Motiloni. pero avaro — Don Pablo Motiloni, despegar sus recibo, dijo

lo

repitió el

sin

manto

del bulto que el saquito hacia debajo del

—Adiós don Poli,

Hasta mas

dijo éste.

ver.

ojos

del fraile.

Doi a Ud.

las gra-

cias.

—Adiós mi padre, contestó

el

avaro con angustiosa voz.

punto de donde habia venido, mientras don Policarpo, de pié en la puerta de su despacho veia alejarse su alma metida en un saco de brin, Salió el padre a la calle,

i

se dirijió al

—Adiós, dinero mió! esclamó: hasta

el

valle de Josafat! Pensar

en que esta plata vuelva a mi caja, es como pensar en la venida del Mesias.

Cerró en seguida la puerta,

i

dirijióse

ños cerrados de rabia. Malditas sean tus artimañas,

cial

fraile sin

esclamó paseándose por su cuarto

puños cerrados. I

a su habitación con los pu

yo, necio de mí,

que

i

entrañas

amenazando

me

i

sin concien-

al aire

con los

he dejado dominar! Pero

¿quó hacer? Estoi entre sus garras!... ¡Seiscientos pesos caídos

agua en un

rato!

Como

si

no costara nada ganarlos...

como

A estos

al

frai-

demonio que no se llena nunca!... Nunca! nunca! nunca!... ¿Para qué querrá dinero? El mismo dice que con su pié de altar tiene lo suficiente... I mientras tanto ya me lleva pedidos mil i trescientos pesos en lo que va corrido del año. .. ¡No es vida la que me hace pa-

les les parece

que ganar la plata

sar este demonio.

Ave

María!

tavo sesenta' mil pesos,

me

. . .

es

En cuanto

separo de

él...

decir misa! I este

adquiera unos Cierto es que

cincuen-

me

da a

que con su apoyo me ha hecho rico; pero el placer de ver llegar a mis manos un millón de duros, no es comparable con el dolor que me causa el separarme de cincuenta! Esto es horroroso! Tan embebido estaba don Policarpo en sus reflecciones, que no vio parada en la puerta que daba al j)atio interior, a una niña como

ganar,

i

de doce años, cuya fisonomía

Después de un corto

la

denunciaba por hija del avaro.

rato, dijo la

niña a su padre:


55

—Tatita, dice mi mamita que ya — Con qué estabas picaronaza,

es

ahí,

clamó colérico espian.

Vete de

el viejo:

no digo

i

yo!

hora de no

a tomar mate.

me habias

dicho nada! es-

Hasta en mi misma casa

me

ahí!

Ketiróse la niña medio llorando, mientras

paseándose por

ir

el

el cruel

avaro siguió

cuarto con Ja rabia elevada a la quinta potencia.

Cinco minutos después, se oia la clara e imperiosa voz de doña Estefanía, su mujer, que gritaba desde adentro:

—Don Policarpo! Don nue se enfria

el

mate.

Policarpo!

Hombre

orejas de paila rota!


CAPITULO IX ANSELMO «Era siempre el joven pensativo i melancólico que conocimos entonces; solo sí, que han arrojado una nueva sombra sobre su frente, los recuerdos de

una juventud prematura i desgraciada. Su palidez se ha hecho mas notable, i sus grandes i hermosos ojos parecen velados por una lijera capa de tristeza que, si en algo disminuye su fuego i viveza naturales, le da ese tinte simpático, que tanto interesa al alma ansiosa

de conocer el drama interno que se revela a medias en las miradas profundas.»

Guillermo Blest Gana.

—{El Número

trece,

Capitulo

1

)

El benévolo lector conoce ya de vista al oficial que hemos llamado Anselmo, i de oídas a don Marcelino de Rojas, i a su hija Lucinda.

Habiendo muerto

los

padres de Anselmo, seguía éste su carre-

ra militar en Santiago,

en donde se consolaba de la pérdida de

sus padres con la vista de su querida hermana, Anjelina,

profesa en

el

convento de las Capuchinas.

monja


57

El noble corazón de Anselmo, su valor i discreción, junto con su puntualidad en el cumplimiento de sus deberes, le hablan granjeado

el

cariño de sus superiores, así

los cuales era

mirado con

como

el

de sus compañeros, entre

El

cierto respeto, a pesar de su juventud.

joven liabia sabido captarse la estimación de que gozaba, respetuoso, sin humillación; digno

i

siendo

pundonoroso, sin altanería;

i

que jamas llegase a rayar en una familiaridad peligrosa. La severidad de sus costumbres que podían servir de modelo, i las franco, sin

su familia había sufrido, daban a su

desgracias que en

carácter

de melancolía, que nada tenía de rechazante. Al con-

cierto tinte

compañeros

buscaban por la franqueza de su trato i la amenidad de su conversación. Sobre todo, tenia ese raro valor para espresar con entera franqueza sus opiniones, cualesquiera que fuesen las circunstancias en que se hallara. Nacido en los tiempos de trario, sus

lo

de la independencia americana, habia abierto los ojos

la guerra

tambor de alarma. Actor él mismo en los combates que su patria habia tenido que sostener contra la España, su alma se habia fortificado con ese vigor que solo en los campos de batalla se adquiere, cuando se pelea por defendvrr una causa

oyendo

el

ruido del

justa, antes

que por espíritu de partido o de granjeria; siendo nota-

ble que

mismo

el

valor que había manifestado siempre con

espada en la mano, seguía mostrándolo en sus acciones

Jamas

se desdecía;

i

como

era

amigo verdadero de

la

palabras»

i

la libertad

i

de

un constante defensor. De aquí nacía esa especie de respeto con que lo miraban sus compañeros, aun aquellos de mas edad que él. Escuch aban sus palabras con marcada atención, i no era estraño ver que hasta sus mismos jefes seguían sus consejos. Por otra parte, sus convicciones en política eran tan profundas, que por nada en el mundo

la justicia, las

buenas ideas encontraban siempre en

él

dejaba de espresarlas con ese tono firme del que, creyendo la justicia

i

la verdad, se cree

también con

el

derecho

i

el

amar

deber de

defenderlas.

El carácter i los principios liberales de Anselmo, lo habían hecho afiliarse en ese partido que nacía con la aurora de nuestra libertad política.

nían

al

Enemigo de

los vicios

i

prácticas del coloniaje que se opo-

establecimiento del gobierno verdaderamente republicano,

no cesaba Anselmo de combatirlos con su palabra i con su ejemplo. Severo eu sus costumbres privadas, lo era también en la manera

como atacaba

los

males de

patria, siendo de notar

(pie (¡ueria

ver despojarse a su querida

que sus palabras, bruscas

í

duras a veces, 8


— no

concitasen enemigos.

le

contentaba con llamarle nes decían de

él

:

cees

un

el

58

-

La mayor Censor,

i

parte de sus compañeros se

en algunos círculos de peluco-

Pero no iban

pipiolito irreducible.»

mas

allá.

A la época Anselmo

el

del coronel

Una

en que comienza esta parte de nuestra historia, tenia

grado de alférez de infantería,

don G-uillermo De Yic-Tupper, en

órdenes

servia a las

i

el

batallón ccPudeto.j)

una 'corta licencomo ha visto el lec-

caída de a caballo le había obligado a pedir

cia para restablecerse del golpe, licencia que, tor, sabía

aprovechar nuestro enamorado militar.

Anselmo

era jeneralmente poco comunicativo,

mucho, algunos de sus amigos

se

í

como no

visitaba

empeñaban por descubrir

la cau-

sa de su retraimiento, sin echar de ver que la habrían encontrado,

estudiando

el

carácter del joven.

—¿Estará enamorado? preguntaban, —¿De quién estará? — Pero no en ninguna —Es muí su rompe cabeza. — hombre: yo dónde Yo creo que ninguna —Anselmo incapaz de nació — Qué sabes Anselmo como todo de vecino! Vénganme con —Yo digo mismo. se

lo

visita

parte.

escéntrico.

Sí,

es

tiene

eso:

viejo.

niña...

tú!

es

hijo

vejeces!

lo

De

esta

manera

solían platicar lo^' amigos del joven;

porque ha

hombres que no se empeñan tanto en buscar lo que les conviene o desean, como en saber sí los demás lo han encontrado. Uno de estos espíritus veleidosos í noveleros, era don Catalíno Gacetilla, que parecía un duende, en cuanto a lo de estar en todas partes, inquirirlo todo, saberlo todo i publicarlo todo. Creemos no tener necesidad de hacer el retrato moral de este divulgador de noticias, porque los hombres como Gacetilla piensan en alta voz, se retratan a sí mismo, poniéndose de relieve en cuanto dicen. Qué me han de decir a mi, decía esa misma tarde ante algu-

nos amigos que hablaban del joven, entre los cuales se hallaba casualidad, don Pablo Motíloní: soi

amigo íntimo de Anselmo...

— conocerlo por esa razón? —Pues no! un tonto por acaso? ha manifestado abiertamente? — Pero, —Yo no tengo necesidad de eso para saber I,

j^or

¿crees

soi

¿se te

la vida

i

milagros de


--some

las personas cou quien

junto...

Anselmo!

tengo retanteado,

lo'

hombre.

—Pero después de

todo, ¿qué es lo

que sabe Ud? preguntó Mo-

mirando fijamente a Gacetilla

tiloni

través de sus anteojos

al

verdes.

—Ah!

don Pablo! estaba Ud. aqui? Este don Pablo es perrito de todas bodas; i si no fuera una herejía, diria que se asemejaba a Dios en esto de estar en todas partes... Por eso me gusta... Allegúese para acá, don Pablo, decirles es

un

i

le contaré,

porque

lo

que tengo que

secreto.

Diciendo esto

eterno parlanchín prosiguió en voz

el

mas

baja;

pero que fué gradualmente elevando, sin reparar que estaba con-

tando un secreto a sus amigos.

— Si

un

es

amigo,

i

yo

secreto que he sorprendido;

que no

de por medio...

mundo

Ya lo

se oculta; pero

como Anselmo

i

gusta que hablen de

le

él,

habiendo amores

dama que de

conocen Uds... Es una

mi

es

todo

el

no de mí, porque he descubierto que está

enamorado.

— ¿qué nos importa taba de — parece a Ud. poco, don

eso? dijo Motiloni...

I,

Yo

creia

que se tra-

otra cosa.

¿I le

hombre no se conAnselmo está ena-

Pablo?... Este

tenta con ninguna noticia por gorda que sea.

morado al remate. ¿De quién está enamorado? preguntó uno.

— —De de don Marcelino de Rojas. — Lucinda? —La misma. Yo he a Anselmo frecuentar mucho —Bonita razón! esclamó — no sabes mas que eso? la hija

visto

la casa.

otro.

¿I

—Vaya

a

se

si

me

mas!

escapa...

Yo lo sé todo, hombre... He visto billetitos...

es señalada la

que

— ¡Anselmo con de amor! ¿Estás — hombre... Mi lavandera lava también en casa de don Marbilletes

loco?

Sí,

celino,

según

i

un dia me

me

dijo,

en

un papelito doblado que habia encontrado, bolsillo de uno de los vestidos de Lucinda...

llevó el

— Qué hombre —¿No digo, que yo tengo suerte para descubrir este!

Era una esquelita de amor, i la letra se parecía mucho a la de Anselmo. Por último, les diré, que esta mañana vi que Anselmo venia de te

noticias?

aquel lado por la calle de las Monjitas, leyendo otro billete...


— 60 — hecho. —Entonces —¿Pues no ha de Ademas, hai es uji

ser?

otras cosas que yo

sé, i

que

dejo en el tintero porque yo también sé callar cuando conviene.

Don

Catalino mentia evidentemente, porque

si

algo

mas hubiese

sabido, lo habria dicho.

Si eso es cierto,

me

alegro,

porque

la

niña vale

lo

que pesa,

dijo uno.

agregó otro puede esperar una dote magní—Caramba! El negocio es bellísimo. —Yo hablo del mérito personal de Lucinda. que para mí — yo del mérito que Motiloni sen— cada cual mira cosas a su manera, tenciosamente. — Cabal! En cuanto a mí, habré de decir que me casarla hassi

vale,

:

fica.

es lo

rentístico,

I

dijo

las

Sí:

vale.

te

ta con el

Una

mismo don Marcelino con

tal

de atrapar la dote.

estrepitosa carcajada iniciada por don Catalino, fué la con-

testación que obtuvo esta necia

i

chabacana ocurrencia.


CAPITULO X DON MARCELINO DE ROJAS,

«Ves aquel señor magnate.

De mole mui Que jamas Aunque el

esponjada.

se le

da nada

diablo se desate?»

(El Nuevo Maquiavelo, Núm.

En

1)

mas de la mitad de lo que Gacetilla habia dicho era cierto. Anselmo i Lucinda se amaban como ya lo sabe el curioso lector. Don Marcelino de Rojas era un antiguo i rico comerciante que efecto,

se habia retirado a la vida privada a gozar pacíficamente de sus rentas,

i

vivia metido en su casa en

compañía de su mujer doña Tri-

nidad Serrano, i de su hija Lucinda, niña adornada de todas las dotes naturales que constituyen el encanto de una mujer,

i

a la cual su

madre habia educado con esmero. Era ésta una buena señora, cuya única pasión, fuera del amor de su familia, consistía en los ejercicios devotos a que se entregaba cotidianamente. Huérfana desde la mas tierna edad, habia quedado a cargo de un tio materno, quien, enamorado de la capacidad que don Marcelino manifestaba para hacer dinero, se valió de toda la autoridad de que entonces se revestía

a un tutor, para darle a su pupila en matrimonio:

i

todo a pesar


62

de la repugnancia que la niña manifestaba por aquella unión, pues

su corazón estaba interesado en favor de un joven primo de I,

como

con

el

joven amante no tenia mas que su amor, venció

el

ella.

el viejo

poderoso elemento de la riqueza. Con las bendiciones, prin-

una vida de martirio: la memoria de su amante no se separaba un solo momento de su imajinacion, a lo cual contribuían no poco las brutales maneras del esposo, i vivia en medio de la abundancia como si todo le faltase. Sin embargo, la desgraciada esposa no dio que hablar, ni aun a sus amigas mas intimas, pues no solo era verderamente virtuosa hasta el sacrificio cipió la pobre niña

de sus mas tiernos afectos,

que también parecía

sino

serlo;

i

si

conservó siempre la memoria del antiguo elejido por su corazón, es

porque

completo olvido de

el

lo

que verdaderamente se ama, es

Bastaba mirar a doña Trinidad, profundas huellas que el martirio habia impreso en

a las fuerzas humanas.

superior

para notar las

su fisonomía, dulcificada por la resignación, ese último refujio del dolor impotente.

La pobre

señora, con el corazón hecho pedazos, se habia echado

en brazos de la

relijion

ba de hacerse creer a

i

entregada a los ejercicios piadosos, trata-

misma que merecía

hacia por engañarse, teniéndose por

quezas

i

feliz

su fatal suerte; o bien

con la posesión de las

ri-

de las comodidades físicas de que estaba rodeada. Pero

inmenso vacío de su corazón que nada podía llenar; i solo le quedaba la dicha de refujiarse en la relijion i elevar su pensamiento a Dios, diciendo: «Cúmplase, Señor, tu santa voluntad.» Su primera i única hija, Lucinda; si bien no le hizo olvidar, a lo menos mitigó un tanto su continua pesadumbre. Desde que fué madre comprendió lo importante de esta santa misión; i dedicóse con una tierna solicitud al cuidado i educación de su hija. Las gracias de la niña pagaban con usura los cuidados de la amorosa madre, quien día i noche pedia a Dios bendijese a su querida hija, e hiciese caer sobre aquel ánjel la felicidad de que ella no había gozado ni gozaría ya en este mundo. En cuanto a don Marcelino, jamas se había preocupado por la bien pronto caía en la realidad, porque sentía

educación de su

hija, ni

el

por otra cosa, fuera de hacer producir a sus

capitales.

Aunque

testigo de la guerra de la independencia,

parte en ella por encontrar i

el

negocio poco lucrativo,

porque ademas, sus principios

nunca tomó

como

lo inclinaban al realismo.

él

decía

Al

veri-


— ficarse la independencia, se

como jentes dustria

i

díscolas

de pensar,

revoltosas,

i

i

miraba a

los

liberales

enemigas del comercio, de

Don Marcelino

de la relijon.

mas

unió al partido retrógrado como

modo

análogo a su monárquico

63

creia

como misterio de

la infe,

que

no habia liberal honrado, i cuando doña Trinidad solia recordarle que los liberales eran también sus prójimos, i que era prohibido hablar de ellos con tan poca caridad, él contestaba enojadísimo, tocándose la frente

—Qué me claven aquí

que se salve! Cuando don Marcelino hubo reunido una buena renta i construido su casa, quiso coronar también su puerta de calle con un escudo, según era la usanza en Chile de la nueva nobleza de entonces. A este efecto, solicitó i obtuvo, a fuerza de enviar patacones a España, un título que

el

al liberal o el pipiólo

tantos otros. El escudo de su casa fué demolido

mas ¿Cómo habia

como

sable republicano hizo caducar después,

de mirar con buenos

ojos,

como todos

los de-

don Marcelino, a

la re-

pública, ni a todo cuanto oliese a liberalismo?

Si

Anselmo visitaba

la casa

por algún tiempo, fué porque

ven habia sido recomendado a la señora, por

el

jeneral don

el jo-

Ramón

Freiré, del cual ella era pariente.

En un

don Marcelino no hizo caso de las visitas del mozo, i como él juzgaba de los demás por lo que pasaba dentro de sí mismo, no pudo jamas imajinarse, que una niña bien nacida se llegase a enamorar de un pobre diablo que, sobre no tener donde caerse muerto, era pipiólo por añadidura. Tampoco creia que cupiese en el alma de Anselmo tanto atrevimiento para elevarse hasta pensar principio,

en la hija de un noble. Pero cuando, a pesar de la cortedad de sus

no era de su mismo parecer, i que ya habia dispuesto de su corazón en favor del joven militar, no tuvo límites su cólera, i al momento prohibió a Anselmo que siguiera visitando a su familia, echando ademas, un largo sermón a doña Trinidad i a su hija, sobre lo poco en que miraban el lustre alcances, se apercibió de que la niña

de su noble apellido.

Don Marcelino no habría

llegado a tanto,

pulsado por otra persona a quien sideración que a su padre.

Era

el

si

no hubiese sido im-

trataba con

mas

i

con-

padre Hipocreitía, su amigo

ínti-

él

respeto

mo, su consejero, el confesor de la señora, i una especie de jefe de la casa. El padre, cuyas miras entorpecía el amor de los jóvenes, fué el que decidió a don Marcelino a arrojar al pretendiente de la casa a pesar de la voluntad de la señora, que sin decir nada


— a

sil

hija,

había ya consentido

Ansebno. Guiada por su amor de madre, de Lucinda, habia estudiado

al

64

interiormente

i

mas

sin

joven,

i

norte que la felicidad

encontrado en

dades que podia apetecer para su yerno. dó, fué de la

en sn unión con

pobreza de su recomendado.

De

lo

él las cuali-

que menos

se acor-


CAPITULO XI

MADRE

E

HIJA

«Lágrimas del dolor! ofrenda santa Que cual místico incienso en nube pura Desde el ara hasta el cielo se levanta! Al peso de su cruz, la criatura

A

veces siente resbalar su planta I cae i llora»...

E. Bello.

No

pasaron miiclios días sin que Lucinda abriese su corazón a

su madre. llorosa echándose en brazos de —Amo a Anselmo, —Ya habia adivinado, hija mia, contestóle también llorando le

dijo

i

los

ésta.

lo

bondadosa doña Trinidad. ¿Qué podrá ocultarse al corazón de una madre que solo desea la felicidad de su hija? Pero tu padre se opondrá a tal unión, i aun ya me ha signiñcado que te tiene elejido el marido que te conviene. El marido que me conviene! esclamó Lucinda con una exaltación que jamas se habia notado en ella. Nó mamita, por Diosi Jamas me casaré con otro que con Anselmo. Ruéguele su merced a mi tatita... Nó, nó: le rogaré yo de rodillas, i si no accede...

la

9


—No —Pues bien

66

accederá... lo conozco demasiado, le interrumpióla señora. ;

no accede,

si

me

meteré en un convento para siem-

una arrogancia

pre! dijo enérjicamenté la niña, enderezándose con

que hizo bajar los ojos a su madre. Lucinda estaba bellísima en aquella posición. De pié junto a una mesa, sobre la cual tenia medio apoyada la mano izquierda, elevaba la derecha casi a la altura de su linda cabeza que tenia

echada

atrás.

Estaba pálida como

zada por sus sedosas pestañas

i

el

mármol,

ojos negros,

i

i

su palidez era real-

por sus cabellos del

mismo color, que en ondulantes trenzas, le caian sobre su espalda. Su mirada clavada en el espacio era brillante; i en sus labios medio crispados por la emoción, se veia pintada la sonrisa del dolor. Fija,

i

sin movimiento,

como una

estatua, parecia desafiar todos

No lloraba,

pero

las huellas de las lágrimas

que

que se opusieran a su

los inconvenientes

aun conservaba en sus mejillas

felicidad.

acababa de verter.

Por un momento producida por las

miró su madre con una amarga congoja, palabras que la niña acababa de proferir sobre la

su determinación de asilarse en un monasterio, la voluntad de su padre.

si

Luego con una voz que

no podia vencer salia de lo íntimo

de su alma, dijo a su hija:

—¿Qué

es lo

que has dicho Lucinda, hija mia? ¡Cuan

fácil te es

formar la resolución de meterte en un convento estando viva tu

madre! Ah!

te atreverías a dejar sola

vieja que te dio

el

ser,

que

te crió

en

el

mundo

en sus faldas, que te prodigó

siempre todos sus cuidados, que solo ha vivido

que no desea en

el

mundo

a esta pobre

i

vive para

tí, i

otra cosa que tu felicidad, porque tu

felicidad es la suya?...

—Mamita! mamita!

¿He dicho yo eso? contestó la niña echándose a los pies de su madre i abrazando sus rodillas. Perdóneme por Dios! Yo no he dicho; yo no he querido decir eso... Soi muí loca; el dolor me ha hecho hablar de ese modo... Perdóneme su merced! Moriré a su lado, decia llorando la pobre niña.

— ¡Que

te

perdone, ánjel de mis entrañas! esclamó abrazándola

doña Trinidad: me pides que

te perdone,

cuando

me

haces la

mas

de las madres!

feliz

I luego agregó, sentando a su hija sobre sus rodillas

i

besándola

con efusión

alma mia! tú tienes que perdonarme ahora el que haya dicho que soi feliz, cuando te veo sufrir de ese modo. ^Al contrario,

te


— —No misma, —

67

merced, que yo sufra ahora: he vuelto sohre

crea, su

Lucinda acariciando a su madre. ^Ah! tú no me engañas: yo sé lo que es eso, contestó dona Trinidad con un acento tan doloroso, que Lucinda no pudo menos de dijo

mirarla fijamente. niña. yo concibiera —¿Cómo puede su merced saberlo? un dolor tan cruel como que su merced habia podido por esperiencia propia, balbuceó doña —No digo que dijo la

¡Si

sufrir

lo

te

el de...

I

Lo he oido contar a personas que se han encontrado en tus mismas circunstancias. Ambas callaron; i durante algunos momentos permanecieron

Trinidad ahogando un profundo suspiro.

abrazadas de tal manera, que sus lágrimas se confundian. Lucinda se despegó al fin de los brazos de su madre,

porque tenia necesidad de

llorar,

i

i

se retiró a su cuarto,

veia que su llanto entristecia a

su madre. Esta se quedó durante algunos minutos abismada en sus propios pensamientos.

— Siempre

esclamó

él,

me

imájen que

al fin:

siempre he de tener a mi vista su

persigue por todas partes, cuando un insondable

abismo nos separa! Perdón, perdón, Dios mío!...

un momento, prosiguió con angustia: qué vida podrá esperar al lado de un hombre a

I después de refleccionar

— ¡Pobre niña! quien no ama!

Esta vez

el suspiro

que lanzó doña Trinidad, fué un verdadero

quejido de dolor.

—Nó!

esclamó de repente con la enerjía de su amor materno:

Nó! mil veces nó!

No

se casará contra su voluntad...

Prefiero

verla morir! I luego,

acordándose de la inflexible voluntad de su marido, al

cual estaba atada con la abandonaban,

i

una cadena de

sintió

fierro,

cayó de rodillas sobre

el suelo,

que sus fuerzas

balbuceando pa-

labras entrecortadas por sollozos.

La pobre madre oraba pidiendo

a Dios la felicidad de su hija,

en premio de la vida de martirio que ella

misma habia

bre la tierra. Aquella oración, fruto del santo subir en alas de

un ángel hasta

el

sufrido so-

amor materno, debió

trono de Dios.


CAPITULO XII

LA CITA

«Cuando

aurora pinta con sonrosada tinta, I esparce suave lumbre De oro, bordando la elevada cumbre. ¡Cómo se ensancha el corazón doliente Del triste que ha velado Por la zana inclemente la

El

cielo azul,

De

nocturna tormenta amedrentado!

Así, mis males deshacerse miro;

Así, mis penas disiparse veo

Cuando tu aliento virjinal I dulce amor en tu mirada

respiro,

leo!»

Eduardo de la Barra. Tal era el estado de las cosas^ cuando Anselmo tuvo el placer

de recibir

el

creerá ni por

billete de su querida Lucinda.

un momento siquera que

la niña le había

dado en

las

el

El discreto

lector

joven faltase a la cita

ventanas de su casa.

«A

no que

las ocho en

Anselmo llegó al lugar antes de las sieadmirándose de que en la Compañía i Santa Ana, se les hubie-

punto:^ decía el papel; pero te,

se olvidado tocar las ocho aquella noche.

Para entretener

empezó a pasearse a

entonces fué cuando

lo largo

de la

callC;

el

tiempo, el

po-


69

bre Anselmo comprendió prácticamente la verdad del proverbio

que asegura que quien espera, desespera.» Ya pensaba el joven que no llegarian jamas lasocho de la noclie, cuando sintió los primeros campanazos en la torre de la Compañía. Dirijióse a la ventace

na,

bre que

como una sombra

lo

seguía a lo lejos protejido por la oscu-

ridad de la noche. Sin duda iba aquel cio,

porque no se oía

mui

hom-

tan embebido iba en su pensamiento, que no reparó en un

i

oscura,

i

el

el

ruido de sus

hombre con zapatos de silenpasos; i como la noche estaba

alumbrado público de aquellos tiempos consistía

solamente en velas de sebo colgadas en faroles en frente de cada zaguán, las cuales se estinguían por nerse, no

pudo

mozo notar que

el

lo

común

al

poco rato de po-

era objeto de la observación de

alguno. .

En

cuanto

él

auna de

junto

se

paró en la ventana, paróse también

Lucinda no

las cerradas puertas

se hizo esperar,

de

el otro

calle.

porque la ventana se abrió a la pri-

mera campanada.

—Eres tu Anselmo? preguntaron desde adentro. —Yo, alma mia, contestó oscuridad de que pesar de éste,

calle

i

la

a,

del interior de la pieza,habia conocido a su

que vengo a escrito.

repetir por tus lindos

oirte

¿Es verdad que

amada

labios, lo

Sí,

que hoi

yo

me

la soi

has

me amas?

—¿Y me preguntas — Qué cosa? lo

—-Lo que me ves hacer,

después de ver que por tu amor hago...? contestó la niña. ¿Si no te amara, te ha-

bría esperado aquí esponiéndome a que...

—Nada temas

:

la calle está sola

i

oscura.

—-Pero no podré ocultar de mí misma

este paso que doi contra

mi padre. ^^Tu padre es un tirano!... Pero es mi padre! interrumpió Lucinda con una enerjía que hizo callar al joven. Es mi padre, prosiguió con mas dulzura, i le debo

la voluntad de

— —

obediencia

i

respeto a pesar de todo cuanto pueda hacer en contra

mia. Conozco que hago mal en este momento, por que estoi des-

obedeciendo su mandato espreso de olvidarte...

^¿Te lo ha dicho ya, Lucinda? —Aguarda un momento. Después comprendo

te

lo

contaré todo... Antes

que hago; que conozco mi fal que me avergüenzo del paso que doi, porque engañando a mi pa4re, que quiero que también sea el tuyo, Anselmo, hago caer el necesito probarte que ta, i

lo


70

ridículo sobre sus canas que tengo obligación de honrar.

pesar de estas consideraciones, a pesar de lo que

una fuerza superior a mi voluntad,

dice,

venir aquí, porque tú

me

me ha

mi

.

.

Pero, a

me

conciencia

hecho consentir en

lo pedias...

—Lucinda! Le interrumpió Anselmo: un dicho ¿podrás dudar de mi amor? —Después de que —Yo no he dudado jamas de alma mia, de mi mala como queden variar Sino —Las circunstancias podrán cambiar, pero mi eres

lo

ánjel...!

te lie

sino

tí,

es-

las circunstancias...

trella... I

corazón...

soi tuya,

no seré jamas de

Gracias, querida mia.

me

otro...

¿Cómo podré pagarta

dan tus dulces palabras? Amándome, como te amo, Anselmo. Mira

que

la felicidad

:

antes de que tú

aunque estaba acompañada de mi mamita, que está aquí, tenia miedo ...

llegases,

—A quién? pero tenia miedo... Ahora que —No

que

te veo,

lo se;

te

oigo

temo nada... Desafiaría hasta la cólera misma de mi paPerdóname: soi una loca en hablar así ¿no es cierto?

hablar,^no dre...

—Nó, Lucinda, me

nó: habla, habla, porque

cuando

te

oigo hablar,

parece oír una celestial armonía... Habla con tu voz de ánjel,

querida mia, para que por un

momento

olvide el dolor de no poder

verte con libertad.

una

Sí, soi

loca, prosiguió la niña;

nuestro amor, que no concibo desapruebe, especialmente dicho, es procurar

mi

pero

me

parece tan justo

cómo puede haber persona que

lo

mi padre, cuyo empeño, según me ha

felicidad.

—Pero me decías que don Marcelino había prohibido espresamente... — me olvidaba principal objeto de nuestra te

^Ah! se

Ayer me llamó a su cuarto, ordenarme que te olvidara...

— tú puedes —Es mi padre, ¿I

entrevista.

el

i

después de pedirme; digo mal, de

decir que ese hombre...? le

interrumpió Lucinda. Pero aunque es mi pa-

he visto en mi conciencia que no debo obedecerle en esto. No tengo fuerzas para olvidarlo, padre mío, le contesté. «Pues la ten-

dre,

drás!»

me

interrumpió ásperamente.

— «Ya

poso que te conviene».— Mi querido padre,

te

tengo elejido

el

es-

como no puedo dejar de amar a Anselmo, tampoco podría querer al marido que su merced me destina. Mi corazón es suyo.» «¿I quién te le

repliqué: «así


ha mandado desvergonzada, me pregutó, disponer de tu corazón

sin

mi consentimiento? «Crees que tu corazón te pertenece?» « Juro por mi honor que te casarás con don»... No me acuerdo del nombre de ese hombre a quien no conozco todavía. Anselmo no dijo nada: un sudor frió corrió por su frente. Las rejas

de la ventana que

tremecieron como

En

aquel

si se

él tenia

tomadas con ambas manos,

se es-

hubiese tratado de arrancarlas de su lugar.

momento pasó por

la

mente

del joven el

pensamiento

de robarse a Lucinda.

Anselmo? Callaré entonces, —¿Qué es—Nó, Lucinda; no nada: quiero que me digas mozo. clamó —Pero... — Si me amas, no me ocultes nada. Dime ¿quó contestaste? —Le contesté que no podia engañar a mi padre, dijo esta.

Sufres...?

tienes,

nó,

todo!

lo

es

el

le

diciéndole:

que

lo engañarla, si le

i

prometía olvidarte. Díjele que creía faltar a

un hombre que no poseía mi corazón, i que mi conciencia me mandaba no jurar amor a quien ya aborrecía, por mirarlo como un inconveniente para mi felicidad.

mi

deber, admitiendo por esposo a

— Gracias, Lucinda mía; me haces Todo cuanto he

sufrido es

el

mas

feliz

nada comparado con

lo

de los hombres.

que me hacen go-

zar tus palabras.

—Mi padre

puso enojadísimo, prosiguió Lucinda,

se

que no podia conseguir que yo mintiese

me amenazó con que me proponía

te,

desheredarme

si

i

le

viendo

i

prometiese aborrecer-

no pasaba por

el

matrimonio

—Padre desnaturalizado! esclamó Anselmo. —Es de su preocupación,

dijo la niña, quien trataba de

efecto

disculpar a todo trance la conducta de don Marcelino. Talvez yo

no

le contesté

con

el

respeto que debia... Pero he creído que no

debía decirle nada que alimentara sus esperanzas.

En

aquel momento, los ojos de Lucinda descubrieron una som-

bra humana, que sin hacer ruido se deslizaba por la acera del frente.

Era un hombre que

al parecer quería atravesar la calle dirijién-

dose hacia la ventana. Venía medio envuelto en

ga figura

se dibujaba

en

el

un capote

i

su va-

espacio medio desvanecida por las tinie-

blas en que la calle estaba envuelta, pues las luces de los faroles, se

habían apagado casi todas

—Anselmo! ¿Ves ese hombre? Miró

el

joven,

i

dijo ella.

viendo que alguien se acercaba, echó

mano

a la


— En

espada.

72

aquel tiempo era un poco peligroso andar tarde de la

noche por las calles de nuestra capital, venido para evitar una sorpresa.

i

el

joven queria estar pre-

adivinando la niña

I,

el peligro,

movimiento que hizo su amante, quiso lanzar un grito, que ahogó en su pecho. Pero el hombre torciendo otra vez hacia su de por

el

recha, siguió sus pasos por la

—No

es nada: nos

misma

vereda.

estamos asustando del viento que pasa, dijo

Anselmo sonriendo i volviendo a meter su espada en la vaina, de donde la habia ya medio sacado. Pero ese hombre no parece tener buena intención, dijo Lucinda. El corazón me dice que corres peligro. I ¿puedes creer que me suceda algo con un hombre solo, cuando tengo aquí n^i espada? Tranquilízate, Lucinda: talvez será un pobre que ha bebido mas de lo necesario... Tratemos ahora del partido que debemos tomar para... Nó, Anselmo: será otro dia, contestó Lucinda. Retírate pronto, que ya es tarde, i no es prudente que permanezcamos mas aquí.

— —

— —Nó, preciso que hablemos. — Pero ese hombre! Anselmo; es

ese

hombre cuyos pasos no

se sen-

debe ser un traidor... Hetírate por Dios! Estoi temblando.

tían,

ra: él

marcha para

Mi-

abajo, ¿no és verdad?

—Así contestó joven. ..Ya ruego que tú — Pues prometes? opuesto, ¿Me — pero preciso que tú me el

es,

..

bien; te

se perdió de vista.

te dirijas

entonces hacia el lado

lo

Sí;.

es

que hablemos sobre

lo

prometas otra entrevista para

que debemos hacer a cerca de la realización

de nuestras esperanzas.

— Aquí no nos debemos ver mas... Mi mamita me ha permitido tener aquí esta entrevista

no

contigo en fuerza de

es bien esponerla a que sufra de parte de

que

esta es la última vez

mi

mi

dolor...

padre...

Te

Pero

repito,

que nos debemos ver en esta lugar

I

Cierto es que no tenemos otro punto en donde poder comu-

¿adonde hemos de hablar entonces? dijo

el

joven.

nicarnos.

— Pues entonces, vendré aquí; peor para que nos pone en necesidad —Anselmo! —Perdona, querida mia. El dolor me hace hablar... Se me ocumomento un proyecto que deseo comunicarlo contigo. en —Escríbeme entonces. i

de...

rre

este

él

la


— 73 —En una carta no puede decir que de viva voz. Es menesConque, ¿quedamos convenidos en que vendré? que hablemos — Pasado mañana, niña ahogando un —Bien: hasta pasado mañana, Anselmo. Adiós querida mia. — respondió Lucinda cerrando puerta acercándose se

ter

lo

...

dijo la

sollozo.

dijo

la

^Adios,

i

a su madre, quien la recibió llorando en sus brazos.

Anselmo

se

quedó un momento mirando aquella ventana tras

de la cual estaba

el ánjel

de sus esperanzas. I haciendo un esfuer-

do para separarse de aquel lugar,

dijo

a tiempo

de.

ponerse en

marcha:

—Está

pasado mañana. embozándose I hasta los ojos en su capote, emprendió su marla plaza de Armas, sin ver a un hombre, que de pié i cha hacia pegado a una puerta cercana, con la cual queria confundirse, habia estado, sin duda alguna, espiando al joven. Mientras éste marchaba bien: volveré

hacia abajo, haciendo resonar sobre la vereda los tacones de sus botas, la

sombra aquella, que

al parecer

era la

misma que

antes

habia interrumpido la conversación de los amantes, emprendió su

marcha hacia arriba,

i

torció a la

primera boca

calle, sin

que sus pa-

sombra misteriosa era, sin duda, un hombre de carne i hueso, porque, dando un tropezón en una piedra del desigual pavimento de la calle, echó una maldición que resonó en la oscuridad. ¿Quién era aquel hombre i cuál era el objesos hicieran ruido alguno. Aquella

to de su espionaje?

sabrá por ahora

No es,

lo

sabemos. Lo único que

el curioso lector

que aquel hombre iba refunfuñando entre

dientes:

— a la

Sí; tiene

un proyecto eh? Veremos

si

pasado mañana

acude

cita.

Aquella voz, así como recían

mucho

a la voz

i

acompañaba, sonrisa de don Pablo Motiloni,

la sonrisa falsa

a la

que

la

10

se pa-


CAPITULO

XIII

EL DIRECTOR DE CONCIENCIA,

«Los hombres del engaño, Los viles intrigantes, Se arrastran imitando

Las vueltas

La

del reptil.

rajo interno, Jestos en sus semblantes I es rótulo de mengua La frente varonil.» risa, el

Gr.

Las creitía

siete

de la

mañana

Matta.

siguiente serian, cuando el padre Hipo-

entrando a casa de don Marcelino de Rojas, se

cuarto de

éste.

Estaba

el viejo

dirijió

al

tomando mate sentado en su ancha

silla

de dos brazos, forrada de vaqueta

llos.

Una cama

i

salpicada de clavos amari-

dentro de una alcoba desarreglada, una mesa

lle-

na de papeles, cuadernos i algunas botellas v¿icías, i un escaño, acompañado de cuatro o seis taburetes de madera forrados de vaqueta, completaban, con la silla de honor, el menaje de aquella habitación, mientras tro

que de

las paredes

desnudas pendían tres o cua-

estampas de santos pintados en Quito, que era por entonces

ciudad de los pintores, así como la del Cuzco, era la de los

la

escul-


— tores.

la

75

Sin embargo, don Marcelino sentado en su

padre, se alzó de su silla

profunda cortesía

i

daba

al

mate

el

veneración. Ofrecióle el sitio de honor para que

i

se sentara su paternidad, tras

chupando

Gran turco, tal de su propio valimiento. Cuando vio al fué a recibirlo con muestras de la mas

bombilla de su mate, no se babria trocado por

era la conciencia que tenia

silla, i

los

i

sentándose él

mismo en

últimos chupetones,

el

escaño mien-

le dijo:

— Buena han echado por acá tan temprano, qué vientos mi reverendo padre? — Primeramente tener placer de saludar a — Muchas cebo un matecito? —Nó, queria hablar sobre En segundo asunto... —Ya, matrimonio de niña! —Eso Venia a decir que señor Sandoval Rojas ha llegado. —Santa palabra! cómo ha llegado buen señor? — Sin novedad, gracias a Dios. Me ha encargado que presente a Ud. sus —Tanta su bondad Pues a mí me toca a cumplimentarlo. ¿Dónde está alojado? — Café de Nación. Viene un poco fatigado del — Oh! natural; una persona de su calidad no acostumbrada a hacer tan —Pero a pesar de ayer mismo queria venir a conocer a Ud.... —Cuánto estimo su atención! Yo mismo a en persona. — Puedo asegurarle que arde en deseos de conocer a niña, cosa! ¿I

lo

el

tJd...

el

gracias... ¿le

lugar,

gracias...

ya! el

el

la

el

es...

I

i

el

respetos. es

i

^En el

cortesía!

ir

la

viaje.

es

viajes

largos...

esto,

iré

visitarlo

la

porque, aun cuando es

siempre

el

hombre un poco entrado en edad, conserva

fuego de la primera juventud....

— Oh! conoce que pertenece a nobleza española. —En cuanto a echa de ver a primera ojeada; como yo me por Ud. por engrandecimiento de su —Tantas mi padre. —No he escaseado alabanzas a Se he pintado como un —Así era pero ahora ha vuelto un refunfuñó don Marcelino. —¿Qué decia Ud? se

la

eso, se

intereso

la

i

i

familia...

el

gracias,

la niña.

las

la

ánjel.

antes,

se

diablo,


76

—Decía que todas mujeres tienen revés derecho. —No entiendo. — Qué ha de entender de estas su paternidad, cuando las

i

cosas,

ne la dicha de vivir cho,

por

i

sin ellas!

padre: todas tienen revés

Sí,

i

tie-

dere-

a Ud. le parecen un ánjel, porque no las ha visto como

yo,

el revés.

—Ya, —Ya va entendiendo, eh? —¿Ha encontrado Ud. alguna oposición de parte de niña? —Algo hai pero no me da cuidado, porque yo obedecido. fuera de que obrar contra mismo, per— Santo ya!

la

eje

i

eso;

seré

justo,

seria

diendo esta oportunidad que Dios

le

presenta a su familia de enno-

blecerse, relacionándose con los Sandovales

i

Rojas.

—En eso yo también; créame que haré posible por no dejar escapar conyuntura. —Despreciar de una de primeras casas de nobleza española, una —Locura que yo no cometeré, por —Un hombre emparentado con primeras familias —Oh! — Caballero de Santiago que no ha querido ministro... —¿Conque todo hai? Ha estado a pique de ministro? estoi

lo

i

la

al jefe

las

la

locura!

seria

cierto.

del reino...

las

ser

i

eso

—¿Cómo

ser

No ha querido

a pique?

serlo,

i

mas de una vez ha

sido

llamado por Fernando VII.

—El —

Sí,

reí

nuestro señor, dijo respetuosamente don Marcelino.

por

el

mano cuando

mismo

reí

en persona, con

se le antoja...

Ya

el

cual conversa

mano

a

todo esto se lo he repetido a Ud.

mil veces. Seria grande honra para mi — —Yo he dicho que usted pertenece a Sandovales. —Ha hecho su paternidad. Mui bueno no desengañarlo. —

familia!

Sí, sí!

le

la

esclamó

misma

el viejo.

familia de los

bien.

bien,

I seria

— Por supuesto!

fuera de que yo

creo en conciencia, que

los

Rojas de mi familia, son de los nobles.

—Pero hai lugar a duda, mientras que casando a la niña con don Meliton,

— Eso

ya 'nadie podrá decir que su descendencia no es.

¡I

mozuelo que...

esta

es noble.

muchacha que ha dado en enamorarse de ese


77

—Es una lástima, interrumpió padre dando un de mocito — luego, padre, que no tiene donde caerse muerto...

suspiro,

el

el

los herejes.

es

Si faese

I

noble,

ya

porque

seria perdonable su pobreza; pero sin tener otra cosa

que

su espada...

I espada

que no está siquiera

al servicio

de la

observó

relijion,

el jesuita.

Yo creo que todos ha de tener un — Qué agua del bautismo, Ave María! han perdido — Gratia plena, contestó padre. prosiguió don Marcelino, que ha puesto —Pero pipiólo!

relijion

ellos

el

el

se le

es el caso,

a esta muchacha quedarse soltera sabe que lo he lanzado de

mi

que habia en

el

no

se

casa con

casa; pero ni por esas lo

él.

Ya Ud.

ha olvidado

capricho... Anteayer la llamé

esta maldita, Dios le perdone su le dije lo

si

caso; pero

Ud. hubiera

si

i

padre,

visto,

cómo me contestó! Conque no acepta? Ni al. mismo rei, fuera de su Anselmo, porque le parece que es el único hombre que hai en el mundo... I luego me encajó unas algaravías de amores i de corazón, que yo no sé cómo no agarré

— —

esa tranca

i

le

rompí

la cabeza.

—Es preciso prudente, amigo mío. padre mió... Por supues—Pero necesita paciencia de ser

santo,

se

andado muí prudente, porque le dije que de todos modos tenia que olvidar a su Anselmo, i que si persistía en su capricho, la

to que he

desheredaba.

— ¿qué contestó? —No por vencida, pero —Para que tan tenazmente, apoyo de su madre, — La Trinidad? Ella hará que yo I ella

se dio

se dará.

persista

el

es

preciso que cuente con

dijo el jesuita.

lo

le

Yo

mande...

soi el

dueño

de casa, padre.

—Ya — no entrego calzones a —La autoridad del matrimonio lo creo, señor.

I

los

le

la mujer... la dio

Dios

al

hombre, para que

gobernando la familia con prudencia, viva en paz.

—Ya digo que he sido seré prudente. —Estoi resuelto a desheredar a muchacha... le

i

la

Trinidad;

si

apoya

los perversos

i

en cuanto a la

pensamientos de aquella,

me

veré


— 78 — en la necesidad de separarla de su

hija,

metiendo a ésta en un con-

Es proyecto que he formado anoche... ¿Qué le parece? Puede tomarse esa en medida en último caso; pero... Pero qué? padre. La prudencia aconseja principiar por ahí, porque le diré a Ud. que ya he conocido que la mujer se me pone vento...

— —

de frente en

el negocio.

— De veras? —Como

se lo cuento.

es

Yo no

habia querido decírselo antes; pero

menester que su paternidad

lo

sepa todo,

porque como es su

confesor...

—Es verdad; pero en La

razonable.

esta materia la he encontrado siempre

virtud que he tratado de cultivar en

mui

ha sido

ella,

la

ciega obediencia a su esposo.

—Pero de pocos

dias a esta parte se

ha vuelto

otra.

No

parece

mala yerba. Se lo digo con vergüenza, mi padre; tanto la madre como la hija, han principiado a desconocer mi autoridad, i aunque la Trinidad no se me opone sino que hubiera pisado alguna

todavía directamente, sino haciéndome observaciones a lo que yo le digo, sin

embargo, temo que

al fin

lleguemos a pelear.

—No llegará ese espero en —Ud. no conoce a mi mujer por derecho, mi padre; pero yo conozco por derecho —Trabajaremos, amigo mió, por que vuelva camino orden. —Así espero de su paternidad. Creo que hace bastante tiempo que no observó don Marcelino. — he estrañado porque ya van dos meses que me Dios.

caso,

sino

la

el

i

el

el revés.

del

al

lo

se confiesa,

sin

esto,

Sí;

haya llamado al confesonario, a pesar de las indirectas que yo le he echado para llamarla suavemente a su deber. Qué barbaridad! Pasarse dos meses sin llegar al altar de la comunión! Jamas le habia sucedido esto a esta mujer... Por eso está tan resabiosa... Es preciso que la confiese pronto, mi padre. Yo no puedo obligarla. Pero yo le hablaré seriamente... Dos meses! Bueno el ejemplo que le está dando a la chiquilla! Cómo no han de estar ambas en contra mia? Pero nos han de oir los sordos! I no me llamo don Marcelino de Rojas, si antes de una semana no se han dado a la

— —

razón!

-

—Pero

.

después de todo, dijo

el

padre: por lo que

le

he oido,

cai-

go en cuenta que Ud. no ha hablado seriamente con doña Trinidad sobre

el asunto.


9

don Marcelino. —He tenido una media —Estas cosas no deben tratarse a medias, don Marcelino. Seria hablase. señora bueno que llamase a hablaré, padre mió. — — Pero pronto, porque veo que mal toma cuerpo, firmemente a pesar del cuerpo que ha tomado, verá su pater— hacerme obedecer en mi nidad amigo —Yo quisiera saber que dice señora a mió. —Su paternidad puede preguntarle que quiera en primera Lo importante no perder tiempo, —Temo que eso sea conferencia, dijo

solo

la

i

le

Sí, le

dijo

el

el fraile.

Sí, sí; pero, si

casa.

la

lo

este respecto,

la

lo

confesión.

tarde...

es

porque le aseguro a Ud., que puede llegar a arrepentirse de haber tomado oportunas medidas. I ¿qué me aconseja sn paternidad que haga?

— —El consejo depende de

i

no

lo qtie la señora piense a este respecto;

como yo no he podido ver en su

conciencia, por su olvido en acer-

carse a mí...

Sí,

su culpable olvido en no asistir al santo tribunal de la

penitencia, agregó con severo tono don Marcelino.

—Por

eso es que quisiera oiría hablar ahora mismo, dijo el otro.

—Pues voi a llamarla entonces. —Vamos despacio, don Marcelino: la señora,

no

solo en el confesonario

por

lo

que he hablado con

sino fuera de

él,

he compren-

me

guarda sobre este asunto. Estoi persuadido de que ella no se espresará delante de mí con la franqueza necesaria... Paca tomar un partido, la prudencia manda que exadido que algún rencor

minemos hasta

el

—Pues yo no —Dígame ¿no donde yo oyese —Magnífica

fondo de sus pensamientos.

qué hacer en

tal caso.

podría usted ocultarme en alguna parte

desde

ambos? idea, esclamó el imbécil don Marcelino. ¡I qué no se me hubiera ocurrido antes, cuando pocas cosas de estas se me escapan! Vea, su paternidad, prosiguió: puede ponerse de tras de esta cortina, i oir de /xx a pa todo cuanto ella diga. Diciendo esto, don Marcelino encantado con la vil idea, se levantó de su asiento i se fué a un rincón del cuarto, en donde habia una percha con ropa, clavada en la pared, i cubierta con una la conferencia entre

gran cortina que caia hasta cerca del suelo.


—Se pone pies,

80

aquí, su paternidad, dijo;

tapamos con este baúl

lo

i

para que no se

le

vean

los

que queda sin cubrir por la cor-

tina.

Levantóse

padre de su asiento,

el

se escondió

i

en

lugar

el

indicado por don Marcelino, quien después de arrastrar el baúl

de cerciorarse de que cuarto, riendo

i

no podia

el espía

ser descubierto, salió

i

del

alabándose de su miserable acción.

—Oye, muchacha!

le gritó

imperiosamente a una criada: dile a

tu señora que venga para acá, porque la necesito! I luego

preguntó

al

padre

—¿Dígame, su paternidad, anchas detras de —No mejor,

si

está

enteramente cómodo

i

a sus

la cortina?

dijo el padre: desde aquí

j)nedo estar

var por un agujerillo abierto a la altura de mis j estos

Haga que

de la señora.

—Así — Sobre todo

lo haré,

— Ya verá su

-

mi

le

ella se siente

hasta los

misma

silla.

aconsejo la prudencia.

paternidad,

dijo el

ojos,

padre.

si

soi

prudente

dignidad de padre de familia.

—Amen,

en su

puedo obser-

padre desde sa escondite.

i

si sé

conservar

mi


CAPITULO XIV

MARIDO

I

MUJER, Don Mateo

«Oigan! Bravísimo! Bravo!

Oh! La rabia me

sofoca...

Silencio!... Calla esa boca!»

A. Torres.

No tos

se hizo esperar

mucho

—{Una promesa de amor, acto

rato doña Trinidad,

i

I.)

en pocos minu-

mas, estuvo en presencia de su marido, quien la aguardaba

paseándose en su cuarto cuestión. Bien

i

pensando en

echaba de ver

hacia algunos dias

ella el

el

modo cómo abordaría

objeto

del llamado

,i

la

aun

que esperaba que don Marcelino la hablase

sobre este asunto, para manifestarle abiertamente su opinión, pues tenia

ya tomado su

partido.

Don Marcelino que

creia desdorar su

autoridad poniéndose a discutir con su mujer sobre

miento de su

hija,

el estableci-

apenas habia hecho otra cosa que manifestar

bruscamente a la señora su determinación de no dejar casar a la niña con Anselmo, diciéndole que ya le tenia elejido el esposo que

aunque doña Trinidad no so opuso abiertamente a tal determinación, no por esto habia dejado de observar a su marido que, en un asunto tan serio, era menester no forzar la voluntad

le convenia. I

11


82

de la niña, a lo cual, don Marcelino, había contestado groseramente:

«que en su casa no habia mas voluntad que la suya,

to o derecho,

conveniente

se

habia de hacer

lo

que

buena señora

insistir, la

se

él

mand^^se.»

No

creyendo

habia contentado con

esperanzada en vencer, a fuerza de paciencia terquedad del brutal

que, tuer-

i

i

callar,

mansedumbre,

la

Pero éste no era de los que se dejan

es]30so.

dominar por la dulzura de una mujer, pues llevaba a punto de honor el que nadie en su casa se opusiese a sus caprichos, i, como todo necio, en esto era lo que hacia consistir su dignidad de jefe de la familia.

Venia

pobre señora con

la

el

susto pintado en la cara,

i

a pesar

de su resolución, tuvo que bajar la vista ante la dura mirada de

don Marcelino, cuyas brutalidades estaba acostumbrada a temer. Pero, sostenida rehacerse;

i

j)or el

amor de su

hija, volvió

luego en

sí;

trató de

con todo su corazón pidió a Dios la enerjía necesaria

para j^ortarse como debia, es

para obrar como una buena

decir,

como una amorosa madre. Aquí estoi, don Marcelino, dijo a su marido; ¿para qué me llamaba Ud? Tenemos que tratar un asunto mui importante, contestó éste esposa

i

— — secamente. señora, sentándose en escaño. —Está prosiguió don Marce—Asunto cual ya hemos hablado bastante. pero todavía no —¿Del matrimonio de Lucinda? j)reguntó con timidez doña nidad. en escaño. Aquí en —De eso mismo. Pero no bien, dijo la

el

del

algo,

lo

lino;

Tri-

te sientes

. .

mi

silla estarás

ese

. .

mejor, dijo don Marcelino con cierta sonrisa, que

su esposa tomó como manifestación de benevolencia.

— Gracias, don Marcelino,

dijo ella

sentándose en la

silla

de

cuero.

Es verdad que aquí

estaré mejor, agregó, agradeciendo aquella

inusitada amabilidad de su esposo, amabilidad que la hizo mirar

&t

éste con cierto interés.

—Escucho a Ud., — haces bien en escucharme, porque debes saber que repitió.

I

ción de

una mujer bien

la obliga-

nacida, es atender a lo que su marido dice,

para obrar en conformidad con sus opiniones, pues lo contrario seria volver el

mundo

atrás para adelante,

al revés,

i

lo

de arriba para abajo,

como sucede con

i

lo

de

esos matrimonios desorgani-


8b

zados de estos tiempos que corren, en los cuales las mujeres mandan, i los maridos callan... Pero yo no soi así; no soi de los hombres a los cuales es preciso que la mujer les enseñe la

donde

me

cartilla,

porque sé

aprieta el zapato

—Pero, dígame don

Marcelino, preguntó la señora: ¿a que viene

ese sermón?

—Ese sermón viene, a

que yo quiero ser obedecido como siem-

pre.

—Pero, ¿quién opone a doña Trinidad. —Yo no digo que alguien se

lo

que Ud. dice? preguntó con dulzura

se oponga,

contestó don Marcelino,

quien no quería confesar ni aun a su mujer ,

el

que hubiese alguna

persona capaz de ojjonerse a su suprema voluntad. ¿Quién

capaz

mi casa? prosiguió neciamente. que pudiera suceder... Es verdad que ya debes saber

de contradecirme aquí en

Hablo por lo cómo se ha portado Lucinda... pero yo me Veremos quién vence... Si no se da por bien, sabes

será

como

rio

de su tenacidad...

se dará

por mal...

Ya

soi.

—Pero, don Marcelino, atienda a —También me vienes tú con contradicciones? que...

mas sumisión, i que me ayudaras muchacha sus amoríos. —Siempre he vivido sumisa a su le

de

a quitarle de la cabeza a esta voluntad, don Marcelino, pero

ruego de que se acuerde de que Lucinda es su

—Bonita

Yo esperaba

hija.

pone de punta con su padre, sin hacer caso de lo que le digo, i viniéndome con que ya tiene elejido el esposo de su corazón, i qué sé yo con qué otras algaravías. ¿Esa es la manera como has enseñado a tu hija a ser obediente i respetuosa? He tratado de educarla lo mejor que he podido, i creo que ha hija!

i

se

— correspondido a mi porque una buena —Ya digo que no vengas a defenderla! esclamó solicitud,

es

hija.

te

Marcelino. Si la defiendes, es porque tú piensas

furioso,

como

ella...

don ¿De

manera que ustedes se han confabulado contra mí, que soi la cabeza que Dios les ha dado. Bonita cosa! Pero, don Marcelino, le observó la señora ¿cómo puede decir que yo venga a contrariar su voluntad, cuando todavía no me la ha

dado a conocer claramente?

— Vaya

pues: seré claro como

Lucinda olvide yo viva,

i

al tal

que acepte

Anselmo, con

el

el

el maridi) <i»e le

agua.

Lo que quiero

es (pie

cual no se casará miéutrns

tengo destinado,

(huí^o te lo


— que

te

porque

Quiero ademas que tú no

dije el otro dia... i

84

apoyes sus locuras,

le

valgas de toda tu influencia para lograr lo que deseo,

no

tomaré serias medidas... Por último, quiero que no me repliques una palabra, porque ya sabes que cuando digo una cosa, lia de ser así, i nada mas... Esto es lo que así

si

lo haces,

quiero.

—Para decirme no valia pena de haberme llamado, contestó señora mirando fijamente a su marido. — Por qué? preguntó llama a una persona, debe — Porque para saber su opila

esto,

la

éste.

se

si

ser

mal se podrá prohibe que hable una pala-

nión, cualquiera que sea el negocio de que se trate,

saber la opinión de alguien,

si

se le

i

bra.

— prohibo yo que hables? Habla hasta cuando de mi opinión. mujer, con que —Eso ¿me prohibe Ud. que contradiga? I te

te

dé la gana,

seas

tal

es

le

es,

decir,

no admi-

Ud. la discusión?... ¿A' qué me llama entonces? ¿No encuentra Ud. demasiado importante esto del establecimiento de la niña? Es verdad; muchísimo: es asunto de conciencia. te

— de futura de nuestra — Se De mujer. De —Digo — cómo quiere Ud. que discutamos entrambos de hablar? por quitarme —Estás Trinidad? No parece que yo trata

felicidad

la

lo contrario?

hija.

eso se trata,

eso!

I

si

este negocio,

la libertad

principia

te pusiera

sino

loca,

una

mordaza en la boca. ¿Quién te ha quitado, mujer, la libertad de hablar? Al contrario, te dejo entera libertad para que discutamos este importantísimo asunto. Lo que solamente quiero es que no

me

contradigas.

esclamó riendo — Graciosa no quiero que me contradigas, —

la señora.

libertad!

Sí! sil

que una mujer i

le falte,

en tan grave punto,

porque no es bien visto el

respeto a su marido;

porque ademas, tengo formado mi plan para establecer a

chacha como conviene a mi posición... Por

pone candado en

lo

dice

le diré

Dicho

el

esto,

mu-

demás ¿quién

te

la boca?

preguntó —Conque, Ud., señora; su partido? —Irrevocablemente, contestó don Marcelino. — Pues con a Ud.,

he tomado

la

la

le

replicó ella

enerjía,

que ya ha tomado

que yo también

mió. se

levantó de la

silla

i

manifestó querer salir del


-^ 85 -^

Don Marcelino no podía

cuarto.

que aquella era

creer lo que estaba oyendo, por-

primera vez que su mujer

hablaba con tal mirando de pies a cabeza a su mu-

la

le

Temblando de cólera i jer, cuya mirada parecía desafiarlo, apenas podia el irritado viejo articular una palabra; i aun habria llegado a cometer algún desaenerjía.

cato,

pues, de dominarse,

— ¿Es verdad mí?...

que

no

lo

que veo? ¿Couque

lo

hubiese sujetado. Tratando,

con la voz entrecortada por la cólera, dijo:

i

Siéntate ahí... yo te

te

mando que

te

atreves a

amenazarme a

quedes aquí.

No

quiero

vayas todavía, porque tengo que decirte muchas cosas...

te

muchas

Sí!

del padre

la presencia

si

cosas!

— Oiré de tiene Ud. que —Antes de

pié,

contestó la señora

con firmeza. ¿Qué cosas

me

decir?

dime ¿cuánto tiempo há que no te confiesas? No pudo menos de reírse doña Trinidad, al oír la necia pregunta de su marido, quien cuando entraba en cólera, se ponía aun mas todo,

necio que de costumbre.

•—No

—No dijo

qué objeto tenga esa pregunta,

dijo ella.

hai necesidad de que tú lo sepas: basta que lo sepa yo .

don Marcelino apretando

los puños...

Aunque por

otra parte,

no necesito que me digas que hace mucho tiempo que no frecuentas los sacramentos, porque eso se echa de ver por encima... El

mal

te sale

hijita!

a la cara,

i

lo

veo ahí pintado...

A

mí no me engañas,

¿Crees que yo soi un tonto de amarra?

— No diré eso jamas de mi marido, contestó señora con dignidad. —I no tendrías razón para porque ya me conoces que no la

decirlo,

soi

de los que se chupan

el

dedo. ¡Caramba!

En

lo pailita

que es-

aun podría decirte cuánto tiempo há que faltas al confesonario. Te he penetrado hasta el fondo. Muí bien puede ser, don Marcelino; pero... Dale con tus peros! Contéstame francamente: ¿A que hace mas de dos meses que no te confiesas? Ya lo va a echar todo a perder este imbécil! refunfuñó el patás,

conozco

el

pecado,

i

— — —

dre allá en su escondite.

La señora no

contestó

una palabra,

sino que bajó los ojos con-

Se avergonzaba por su marido. He dado en el quid, eh? prosiguió éste con marcada satisfacción... Para que veas si tengo penetración o nó...

fusa.

— — Pero

esta vez

se

ha engañado Ud., contestó doña Trinidad,


86

no hace una semana qne me confesé... Sin embargo, no comprendo todavía por qué... ¿No hace una semana? Entonces miente el padre Hipocreitíat

pofiqíie

— suavemente. La nó; que queria que —No tiempo ha estado —No tengo nada que ver con padre — que nada que ver con tu He tomado —No ya mi —Esta que buena! ¿cómo has cortina se ajitó

sino

es eso,

como

decir,

tu confesor no

aquí...

este

Hipocreitía, dijo la se-

el

ñora.

confesor?

tienes

^¿Con

confesor...

es

es

otro.

te

I,

mí permiso? No sabes que la que mas interesa a un marido? Con quién te

confesonario sin

mujer

mudaj de conciencia de una

atrevido a

es lo

confiesas

ahora?

don Marcelino: cosa que mi —No creo necesario mismo confesor me ha — Pero ¿por qué has dejado padre Hipocreitia? francamente: porque no me gustaba. —Se Ya — gusta que talvez será ma^ mo santo padre Hipocreitia aconsejaba para tu — pesar de su santidad, muí contenta con haberlo de—Buenos serán consejos que da tu nuevo Se decírselo,

es

dicho.

al

lo diré

ese otro

I te

liberal!

te

el

se ve! có-

bien...!!

estoi

^A

jado...

los

echa de ver en

el

Has consultado por acaso, que

te

aprovechamiento!. el

me

.

.

confesor!

Pero volvamos a la cuestión.

asunto con tu nuevo director? Te ha mandado,

desobedezcas?

— don Marcelino; he consultado detenidamente, respondió — qué ha dicho? — Que una iniquidad casar a niña con un hombre a quien lo

Sí,

ella.

I

te

es

no

quiere.

—Me

la

Eso me ha

dicho.

Pues te prohibo espresameiite que sigas confesándote con él. ¡Caramba con el confesorcito! También me ha dicho, que si hacemos fuerza a nuestra hija para que tome estado contra su voluntad, somos ambos responsables de los males que puedan sobrevenir por esta causa. Ya, ya, ya! Ese sí que es confesorcito! No te confesarás mas con él, o yo no me llamo don Marcelino de Rojas! En fin, me ha aconsejado el cómo debo portarme en este deligusta

el confesorcito!

— —

cado asunto,

i

estoi resuelta a...


^

—Estás

resuelta, eh?

87

Buena alhaja de

Veremos

confesor!

lo

que

te vale estar resuelta! •

—^Estoi resuelta a obrar según

todo cuanto

me ha

dicho, es la

sus sabias prescripciones, porque

pura verdad,

dijo

con firmeza la se-

ñora.

— Conque, ¿estás decidida

a seguir esos consejos

i

rebelarte con-

puede ordena i

tí^ míi autoridad, cuando debes tener entendido que nadie

contradecirme en

mi

sin faltar a lo

casa,

manda? Sabe, prosiguió con

modo vas

ese

a ser

la relijion

don Marcelino, que

calor

verdugo de tu

el

que

si

obras de

hija.

—Yo?

Si,

tú; porque el

de esta tierra.

marido que quiero

darle,

no

es

un cualquiera

.

quién es entonces?

-I

—Es

un

don Marcelino, acentuando sus palabras. Un noble, caballero de Santiago, de la encumbrada familia de los Sandovales i Rojas, Oyarzun del Pozo-Hondo, i qué sé yo cuántos noble!

dijo

otros apellidos, que nos hace la honra de venir de

parentarse con nosotros... Mira ese otro mozalvete de estos

Guzmanes

si

España a em-

tendré razón para preferirlo a

Anselmo Guzman... ¿Sabes tu

lo

que son

de Chile? Ellos se creen parientes de Santo

A

Do-

Américas no han venido sino mui pocas familias nobles... Bastantes veces me lo ha repetido el padre Hipocreitía... Fuera de que el mocito pertenece en cuerpo i alma a los malditos pipiólos... Es de los pelajianos que hiede a azufre desde lejos... Mientras que el señor don Meliton Canales de la Cerda, Sandoval i Rojas, es un caballero, cristiano a las derechas, que ha merecido la confianza de la Santa Compañía de Jesús, emparentado con las primeras familias de la corte i que habla con S. M. el rei en persona, cada i cuando se le antoja...

mingo;

pero,

Con

mismo

el

que engañados están!

rei ¿entiendes?

cidad de nuestra hija

i

al

estas

Atrévete ahora a oponerte a la

feli-

engrandecimiento de nuestra familia,

mujer sin conciencia ni temor de Dios! Calló don Marcelino, creyendo haber dado el golpe de gracia a

su mujer.

En cuanto

a ésta, que no tenia otra mira que la verda-

dera felicidad de Lucinda, contestó tranquilamente:

—Aun cuando mi hija fuese ría

pretendida por un príncipe, no da-

buenamente mi consentimiento para que

voluntad.

la casaran

contra su


88

Qué mujer tan empecinada! esclamó — Por Vírjen puños. don Marcelino, apretando con nueva — Óigame Ud., prosiguió doña Trinidad: tratara de mí, me del Pilar!

la

cólera

los

si

se

buena gana por alcanzar la paz del matrimonio. Ah! Ud. no debe echar en olvido que toda mi vida ha sido un constante sacrificio, ni tendrá jamas nada que echarme en cara a este respecto. Pero se trata del porvenir de Lucinda, i le prometo a Ud* (porque yo no puedo mentir) que haré cuanto de mí dependa por verla establecida con el hombre a quien ama. sacrificaria de

— Calla esa boca! interrumpió farioso puños en actitud de amenaza, porque —Ya esto demasiado, don Marcelino. le

el

si

marido, alzando sus

no...

es

No

abuse Ud. de

mi

mansedumbre. Hasta aquí he sufrido con rasignacion, prosiguió la señora; pero si Ud. se propasa a cometer un desacato, me veré en la dura necesidad de poner esta circunstancia en conocimiento de mi primo don Eamon, que es aquí mi único apoyo.

La

señora hacia alusión al jeneral don

Ramón

Freiré, su pa-

riente cercano.

mas

I ¿qué

i

mas

para que lo

importa don Eamon, ni cien Ramones de su laya? dijo

don Marcelino. Basta que sea de los herejes aborrezca!... Verás tú, si el tal don Ramón tiene mas

furioso,

poder que yo sobre mi

—Ya que a nada liendo de —Vete a donde

se

hija.

puede arribar,

me

retiro,

dijo la señora sar

la pieza.

se te antoje, le contestó

ademan tan grosero como

En

las palabras

seguida empezó a pasearse por

don Marcelino, con un

que empleaba. el cuarto,

tan ensimismado

en su pensamiento, que se olvidó enteramente del padre Hipocreitía.

Este, viendo que habían vuelto a quedar solos, salió de su es-

condite,

i

acercándose a don Marcelino,

le tocó

en

el

hombro como

para despestarlo de su preocupación que lo tenia medio fuera de

sí.


CAPITULO XV DAR CONSEJO AL QUE LO HA MENESTER «Las niñas en la ventana, Son niñas que están en venta, Que, sin decir nada, dicen:

¿Quién compra? Aquí está

la

tienda I»

(Zamacueca.)

mujer mas parece? preguntó padre... ¿Ha — Ha dedo en interrumpió jesuíta poniéndose —Chit! amigo mió. boca. No conviene hablar tan —Tiene razón su paternidad; pero no dueño de mí... Esta mujer diablo dentro del cuerpo. pero conviene —Veremos modo de contestó ¿*Qué le

irreducible?

visto

al

visto...

chit! le

el

el

la

recio,

soi

tiene el

sacárselo,

el fraile;

obrar con prudencia. Ahora sé lo que quería saber...

Ya presumía

que ella habría cambiado de confesor, porque no es mujer que pueda permanecer sin confesarse por mas de una semana. Lo importante es saber cuál es su director,

i

lo sabré.

—Ya ve que no ha querido —Pero a mí me costará poco — Indagúelo su paternidad... ¿Qué

decirlo.

saberlo.

Debe

ser un... Dios

me

clase de confesor será ese?

perdone. Pero, qué consejos! Nó, nó! no

debe seguir dirijiendo a mí mujer, porque cola,

que yo mismo no la conozco.

No

me es

ha puesto tan dísnada! se ha negado de la

12


— 90 — Ya

ha oido su paternidad, prosiguió don Marcelino, meneando la cabeza... ¿No le decía que no hai mujer que no tenga revés i derecho? Ahora soi el portero de mi famiredondo a obedecerme...

como el chiquillo de Cálmese, amigo mió, le paciencia se gana el cielo. Soi

lia...

la

la

— — Pero,

padre, por Dios!

la cocinera...

Soi como...

dijo el padre:

acuérdese de que con

¿Cómo

cuando esta maldita mujer ha dado quedaba?

quiere que tenga paciencia al traste

con la poca que

— Son pruebas con que Dios manifiesta a que don Marcelino. Tranquilícese Ud., no pierda mérito. —Dice su paternidad: estas son pruebas, se

los

el

lo

me

aman,

.

dijo el viejo, cu-

bien,

yo amor propio habia sido halagado por

las artificiosas palabras

del fraile.

como nada hai que modifique con mas presteza los pensamientos humanos, ni que haga variar mas repentinamente nuestro I

modo de .

amor

ser actual,

propio, el necio

porque

que

don Marcelino

creyó en aquel

se

las insinuaciones

momento

hechas con destreza

al

se

calmó como por encanto,

el

objeto especial de la aten-

ción de Dios.

que

^Es cierto,

me

—A —

Sí,

padre mió, dijo mirando

al cielo:

estas son pruebas

envia su Divina Majestad, para probarme...! las cuales es preciso resignarse.

ya

muchacha me desobedece, la sigue con su porfía, la desheredo, como

estoi resignado: pero si la

meto en un convento, i si tres i dos son cinco. ¿No le parece, padre mió, que

esto es obrar

cristianamente?

— Cabal,

dijo el

padre dando un suspiro, aunque la cosa es du-

ra de hacer.

— — Santo justo: —Es verdad, no

Para mí no hai nada duro, con anden derecho. i

¿i si

tal

de conseguir que las cosas

lalei le ¡Drohibe a

Ud.

el

desheredar a su

hija?

niéndose

el

habia pejsado en

dedo en la

frente,

esto, dijo el cruel viejro

como reñeccionando sobre

el

po-

modo

de vengarse de su propia hija, hasta después de su muerte.

Estuvo así por algunos momentos mientras el padre de un modo particular. —•Yo creo que hai un medio, dijo éste, de salvar aste. —¿Cuál es ese medio?

lo

mirarba

dificult^'d


— 91 — —No

no en que

la

niña se

un deber, dar consejo

—Oh!

Ud

porque yo no tengo interés ninguempobrezca. La decia solamente porque es

quisiera decírselo a

al

que

lo necesita.

padre mió: yo he menester de sus consejos. Su paternidad

sabe cuánto los estimo!

—I ademas,

^

al fin

cabo puede llegar a casarse con Anselmo...

al

i

Sí:

encima,

de que recibiendo la niña su herencia legal, como

i

el pipiolillo se reiría

i

gastará mis capitales,

mí después que me echen la que me han costado mi sudor

de

tierra

tra-

i

Vaya, padre de mi alma, dígame ese medio que a Ud. se le ha ocurrido, porque no puedo pensar a sangre fria que mi dinero

bajo...

pase a poder de un pipiólo hereje, que sabe üios,

hará de

i

mal uso que

él!

—Mientras que en un buen poder, podría mo

el

a la mayor honra

i

servir en bien del próji-

gloria de Dios, dijo el padre con cierto en-

tusiasmo.

— Así

por eso

es,

me

había encantado la idea de casar a la here-

dera de mis riquezas con ese santo hombre de don Meliton.

— Oh!

en poder del señor Sandoval, sus riquezas quedarían ga-

nando un crecido ínteres para bien del alma de Ud.... Esto es, amigo mío, como siUd. hubiera trabajado para fomentar la relijion Ah! mi padre! Es la pura verdad! Para multiplicar el número de los que adoran al Crucificado. Padre mío!

— — — —

I

debida

cada al

infiel,

convertido con su dinero, seria una nueva obra

trabajo de Ud., porque, en verdad, que esto es

Ud. trabajase después de muerto por la honra i gloria de Dios!

—Ah!

no

me

hable

mi alma,

de ese modo, padre de

Marcelino, porque eso es para que sufra corre el fruto de

propagación de la

la

mi sudor

i

mi

trabajo,

mas

al ver

dirían las

j entes?

^e

i

dijo

si

por

don

peligro que

el

de ser mal empleado por

manos profanas... Oh! prosiguió con exhaltacion: mi testamento a favor de don Meliton.

—Pero ¿qué

como

observó

el padre,

estoi por

hacer

aparentando un

falso escrúpulo.

— Que digan lo que quieran ¿Nó soi

—Ademas, tara de

la leí se lo prohibe,

una donación

inter vivos,

en su derecho.

— Cómo

dice, su

como

paternidad?

dueño de le

lo

mió?

dije antes... Si

ya sería otra cosa,

i

Ud.

se

tra-

estaría


— —Talvez blar...

No

92 --

he dicho demasiado,

como temiendo ha-

dijo el padre,

quiero que se diga que yo he tratado de inducirlo a ven-

garse de su

liijita.

— Hable no mas mió: a mí, nada mujeres me tienen cabeza echada a perder. —Hablo solamente por cumplir con obra

me

se

i^adre

ocurre. Estas

la

la

«aconsejar al que lo ha menester»...

Su

de misericordia, de

dolor paternal

me

interesa

sobre manera... Ud. puede donar lo que quiera antes de morirse.

—¿Ese medio de que me iba a hablar antes? —Ese mismo, pero ya digo a Ud. ha menester de calma para porque mui bien puede arrepentirse después. —Nó, no! yo hombre de nunca me arrepiento de que hago. ¡Nunca! —¿Decia su paternidad — Decia yo que mui bien puede Ud. hacer donación de una parte de sus bienes en favor de quien —Es ¿dar desde luego mis haciendas? padre mió! Eso es el

se

le

estas cosas,

carácter,

soi

i

lo

que...?

;

quiera.

decir

para pensado, te;

es

i

bien pensado... Después de muerto, ya es diferen-

mas de una

pero deshacerse así no

renta, es algo duro,

padre

de mi alma.

—Yo no digo que

Ud. se deshaga de todas sus rentas, porque esto seria un suicidio... Hablaba solamente de la donación de una haciendita, por ejemplo... Sin embargo, como esto no pasa de ser una simple conversación, pues no tengo voluntad de hacer ningún mal a Lucinda ni a doña Trinidad, a quienes estimo verdaderamente...

— Después hablaremos de padre. Yo pensaré cónsul" taré con almohada, como decia mi abuelo. —Entonces, me Ah! me olvidaba una cosa que tenia que prevenir a Ud. — Qué cosa? Hable, jmdre. —Es una advertencia en conciencia debo ¿Me promete Ud. no exaltarse obrar con toda cordura? padre mió. Hable, su — Como tratara de una paternidad. —Dígame antes de todo Ud. positivamente que Anselmo no a Lucinda? — Qué ha de Lo he echado de mi casa con templadas! — lo

eso,

i

lo

la

retiro...

i

se

hacerle...

*que

i

si

confesión,

se

¿cree

visita

la

Sí; pero...

visitar!

cajas des-


93

niña sino desde no ve a —Estoi seguro de que porque yo siempre acompaño a misa. en en su —Nó: hablo de después de Estaríamos en bien que —Visitas haberlo arrojado ignominiosamente... Se pasaba de sinvergüenza. — Ya Ud. sabe que pipiólos son don Marcelino. Pero, a — padre; son como una muía, la

el pipiolillo

la

la iglesia,

lejos,

las visitas aquí,

le

casa.

viniera,

aquí!

porfiados.

los

dijo

Sí,

me gana

porfiado no

nadie. I yo le prometo, que no verá

Lucinda en mi casa. Pues es el caso de que

— —No — Lo

lo crea,

la ve, dijo el padre.

su paternidad.

de buena

advertírselo.

mas a

tinta,

amigo mió,

Es un deber de

por esto he creído deber

i

conciencia.

— Cómo, por quién sabe su paternidad? Se cuenta milagro, pero —Eso cosa lo

i

es

seria.

no se dice el sentenciosamente. Es cosa que he averiel

santo, contestó el fraile

guado en una confesión. Pero ¿cómo puede ser eso? No solo se ven, sino que se hablan

— — ventanas de — picaronaza! esclamó don

las

casi todas las noches,

por

la calle.

^Ah!

Marcelino;

i

talvez la

Trinidad

proteje esas entrevistas! Permitir a su hija que hable por las ventanas!

decía

O mi

Yaya! Mujer en ventana, mujer en venta,

talvez que...

abuelo.

—No hai que dudar de —Yo no dudo! esclamó

eso, dijo el padre, sorbiendo

una narigada

rapé.

lo

el irritado viejo.

¡Permitir que

hija hable con su galán por las ventanas! I quién sabe

brita en palabrita, de

mirada en mirada,

i

si

una

de pala-

de suspiro en- suspiro, se

pasan a cosas mayores.

—No digo interrumpió —¿Entonces su paternidad eso yo,

el padre,

guardando su caja en

el

bolsillo.

cree,

que solo

las

miradas, los suspiros

pueden pasar por entre las rejas de una ventana? Ah! padre mió! prosiguió don Marcelino, cuya exaltación iba en aumento con las diestras insinuaciones i contradicciones del jesuíta; en esto sé yo mas que su paternidad. ¿No ve que soi lego, i he pasado mi vida en el siglo? i

las palabras,

Sonrióse el padre,

i

dijo:

—No ignoro, amigo mío, que

siendo

el

honor de una nina, una


—^— liosa

tan delicada, nuDca están de sobra las mayores precauGianes

pero yo decía, que conociendo como conozco a doña Trinidad, ¿o creo que...

—Yo

que

lo creo todo!

interrumpió don Marcelino

dando un

puñetazo sobre la mesa. Pero, dígame su paternidad ¿está seguro de que ha habido esas entrevistas? —Como que me he de morir.

—Yo nae

cercioraré!

—Nada mas de do a — mujeres!

fácil:

eso

las diez

Ali!

mañana mismo puede Ud.

cerciorarle,

pian-

de la noche por enfrente de las ventanas.

¡ah mujeres ventaneras! Pero

ya

se ve!

como yo

me acuesto tan temprano, hacen lo que quieren estas empecinoÁas! Mas yo averiguaré la verdad; i si el caso es cierto, le prometo liacer la donación. ¡Se lo juro!

padre levantándose para —Amen, visto mayor desvergüenza, decia —Habráse dijo el

retirarse.

don Marcelino p^,¡Haberme burlado aquí, barbas! Pero les preguntaré yo cuántas son cinco... Veremos. en mis En todo caso, es preciso obrar con prudencia, amigo mió. No tenga cuidado su paternidad. Ya me conoce que spi pri^T

seándose a largos trancos por el cuarto.

— — dente. —Entonces, —Adiós, padre mío, contestó don Marcelino besando mano Encomiéndeme en sus oraciones. del —^Asílo haré; pero no eche Ud. en he que todo cuanto no nace de otra cosa que que me inspira Ud. —Agradezco sus bondades. Dios pagará... Mientras señor don Meliton. salude a mi nombre — Lo haré como ordena, contestó padre, saliendo a adiós, dijo el jesuíta.

la

fraile.

olvido,

le

del ínteres

dicho,

le

tauto,

al

lo

el

la calle

por una puerta escusada que don Marcelino abrió con una llave de su uso esclusivo.


CAPÍTULO XVI DONDE EL CURIOSO LECTOR HARÁ CONOCIMIENTO CON DON CANDIDO DE LA RUEDA I DOÑA ESTRELLA CLAVIJO

"En pago de mis amores, Flor de grhcias peregrinas, Tocan otros tus primores, I yo solo tus espinas" Luis Blanco.

En

—{Cantares-)

cambió repentinamente de aspecto; i dejando dentro del cuarto de don Marcelino, el aire preponderante con que dominaba a éste, se caló una fisonomía meditabunda, con cierto barniz de compunción, que era la que cuanto

el

reverendo se encontró en la

solia usar en público. Arre^'lóse el hábito;

contrapesóse la cuerda; requirió i

el

calle,

enderezóse la capilla;

bastón que nunca

le

hacia falta,

con grave continente, echó a andar por la calle de la Compañía,

Al pasar por enfrente de esta

iglesia,

cuyos antiguos claustros es-

taban sirviendo de colejio principal de la república,

el

padre hizo

un jesto de notable desagrado; pero luego su cara volvió a su normal i pacífica actitud. ¿Por qué le sucedió esto al padre? No lo dice espresamente la historia. Lo único que hemos podido averiguar en las antiguas crónicas, es que jamas pasaba por allí, su reverencia sin que se le contrajese el semblante.


— Atravesando iba ella

96

la plazuela,

cuando se encontró en medio de

con un caballero. Iba éste acompañando a una señora,

bos debian ser

mui amigos

fueron derechamente a respeto

i

cariño,

i

am-

del padre, pues en cuanto lo vieron, se

él, i lo

muestras del mayor

saludaron con

saludo que fué cumplidamente devuelto por

el

padre.

Era

el

caballero

un hombre como de cuarenta

i

cinco anos, alto,

un poco barrigón, de cara bonachona, rechoncha, colorada, mirada sin espresion, i de esas fisonomías vagas que, aunque mui móviles, nada significan a primera vista, porque fuera de la vaciedad, nada mas tienen que significar. Iba vestido de pantalones de brin, zapatos gruesos, una polaca de casimir a cuadros, chaleco de seda, camisa con valonillas mui ajadas, corbata lacre i sombrero gordo,

de pita guarapón.

En

acompañaba, aunque no era bella, tenia sin embargo un semblante simpático, i en sus ojos, así como en toda su espresiva fisonomía, demostraba el carácter resuelto, i cuanto a la señora que

lo

no es atrevido de que estaba dotada. Su vestido era mucho mas rico que el de su marido. El camisón de seda a bastones de

un

si

es

arriba abajo, era estrechísimo, de

mas de

la

manera que apenas tenia poco

anchura necesaria para dar

el paso,

i

estaba redondeado

por la varilla interior que rodeaba las caderas, desde donde bajaba discretamente

casi sin pliegues a besar pié, cubierto i

al

andar se

empeine de un lindo

con zapatos recortados, adornados de hebillas de ace-

terminados en

ro

el

viese,

j^i^i^ta.

no solo

La cortedad

las

del camisón permitía

medias caladas

i

el

que

blanquísimo fus-

tan interior, sino las cintas azules de los atacados, que serpentean-

do simétricamente en torno de la bien formada pierna, se oculta

ban debajo del vestido. El corpino de éste era estrecho, así como las mangas que llegaban hasta la muñeca, todo lo cual se adivinaba solamente debajo de la gran punta o pañolón de terciopelo. Por último, el tocado de la señora que hoi parecería estraño a nuestras elegantes, consistía en tres grandes crespos llamados castañas,

sobre la frente,

i

en una gruesa trenza negra envuelta en

forma de moño, sobre el cual descollaban las primorosas caladuras de una gran peineta de carei, medio cubierta con un velillo negro que caía graciosamente sobre el hombro izquierdo. Después de esta lijera descripción, solo nos falta advertir, que todos los crespos, trenzas i ensortijados de la matrona, eran hechos de sus propios cabellos,

i

sin

que ningún habitante del ce-


— 97 — menterio tuviese que echarle en cara la menor profanación de sus mortales restos. Pero como nuestro carácter de historiador nos, obliga a decir la verdad en todo

por todo, debemos advertir, que

i

chapas de colores de que los carrillos de la señora estaban cubiertos, provenían del sumo lacre de cierta planta que crecia en su

las

jardin, W^nííá.^ penacho.

Tal era

la pareja

con quien se habia encontrado

el padre.

que ven a su paternidad! esclamó —Dichosos cabamanos del sacudiendo mi señor don Cándido, respondió — Por Ud. puede los ojos

el

las

llero

fraile.

decir,

se

el

jesuíta correspondiendo al saludo con aparente cordialidad. I no

Ud.

solo por

lo

digo,

sino también por

mi señora doña

Estrella

cuya luz deseamos siempre ver sus verdaderos amigos. Iba a contestar la señora, cuando don Cándido interrumpió:

—Piano, piano, mi padre: ya su paternidad sabe que yo loso i no permito que en niis propias barbas... —¿Quieres callarte? dijo doña Estrella a media voz.

—Tiene do

Ud.' razón para estar celoso, en atención a la

importan-

del tesoro que posee, agregó el padre, pues sabia que

timaba tanto don Cándido, como

el

que

le

ce-

sol

nada

es-

encontrasen bonita a su

mujer.

embargo, replicó don Cándido, esta mujer encuentra es-

I sin

traños mis celos

gre fria

el

como

que todo

el

si

un hombre como

mundo

se

yo, pudiera ver a san-

quede mirándola cuando salimos

de paseo.

—¿Estás

en tu juicio, hombre de Dios? volvió a decir la señora

entre enojada la al

i

¿No ves que

risueña.

estás molestando con tu char-

reverendo padre? Dispénselo su paternidad.

—Yo

lo

absuelvo del pecado de los celos, repuso

el

padre son-

riendo maliciosamente; pero no creo que tenga razón para temerle

a esas miradas de que habla.

—¿También, su gravísima paternidad,

gusta de la broma? pre-

guntó doña Estrella con un tono seco que contrastaba con la sonrisa de sus labios de coral.

—Es que no son miradas, sino palabras, volvió a decir porfiado — Pero esas miradas esas palabras son dardos que rompen virtud, padre. en impenetrable coraza de —Oh! en cuanto a eso no digo nada, repuso don Cándido. adeel

solo

caballero.

i

la

la

dijo el

I

mas, agregó bajando la voz; como yo sé hacerme respetar 18

i

me


— 98 — sostengo dignamente en

mi puesto de

jefe de la familia,

me

atreve a mayores... fuera de que Estela

mi

digo,

adora... Pero

padre: esas palabras zalameras dirijidas a

de mis

nadie se

ella,

me

ya

le

hacen

porque en puridad de verdad ¿será bien que un hombre como yo se case con una mujer linda para que otros se salir

casillas;

cosechen sus miradas

recreen con su belleza,

i

dándole al marido sino

los rastrojos?

me

mal: eso

trate

si

sonrisas,

i

no que-

Esto no es decir que Estelita

que nó! Pero... Figúrese su paternidad...

— Marchemos, Cándido, que ya

es tarde, interrumpió

bruscamen-

te la señora.

—Dígame su paternidad,

prosiguió don Cándido sin atender a

un marido de mi delicadeza podrá oir a sangre fria, espresiones como éstas, dichas a media voz: «¡Qué estrella tan luminosa!» «Es una estrella que lleva dos estrellas en la cara!!» i otras espresiones mas quemantes todavía... Oh' padre! Estoi por cambiarle el nombre a mi mujer! Apruebo su determinación, dijo el padre, pero con una condilas insinuaciones de su esposa,

dígame

si

ción.

.

prontamente señor de —¿Cuál —La de cambiarle nombre de Estrella es? dijo

el

el

la

Rueda.

por

el

de Sol, que

le

cae mejor.

^Ah!

padre Hipocreitía! padre Hipocreitía! esclamó don Cándi-

do riendo con la mas

feliz

bonhomía

del

mundo, mientras que

la

señora trataba de arrastrarlo del brazo para proseguir la interrum-

pida marcha. Ah! padre! Sabe que su paternidad ha errado la vocación!

a sazón —Adiós, mi reverendo cual tuvo que brazo a su marido, dose respondió — Beso a usted mano, mi padre, dijo

del

Don Cándido cuando

asién-

señora,

el padre.

habia dado uno o dos pasos compelido por su espo-

la dijo con cierto aire de afectada autoridad:

—^Yamos,

casa de

la señora

seguirla a su pesar.

el

la

sa,

esta

Estelita,

mi compadre

vamos: es preciso que lleguemos pronto a Marcelino.

—De allá vengo yo ahora, agregó padre. porque Estelita recibió esta maña—I nosotros vamos para el

allá,

na un recado de mi comadre ver, previa mi venia marital,

me

Trinidad, pidiéndola que la fuera a se entiende...

desencajas este brazo... Adiós,

pierda su paternidad de

mi

casa.

Ya

voi mujer: mira que

mi reverendísimo amigo: no

se


— mientras

I

mía

el

padre

sacudía la mano,

le

visita cuantos antes pudiese,

—Mire su paternidad

99

si

yo

prometiéndole hacerle

don Cándido

sé tener a

le

decia al oido:

raya a la mujer.

He

pro-

longado la conversación de propósito para probarle que debemos marchar cuando yo, su jefe, dé la voz de mando, pues de otro modo...

No

alcanzó a concluir don Cándido, pues tuvo que obedecer a la

última

i

mas

enérjica insinuación de

doña

Estrella,

que

se lo lleva-

ba a remolque, mientras el padre se alejaba paso a paso murmurando entre dientes: ¿Para qué habrá enviado a llamar, doña Trinidad a doña Estrella? Talvez para pedirle consejo sobre el asunto del matrimonio. El imbécil de don Cándido me lo dirá todo... Es preciso seguir

cultivando su amistad.

Al mismo tiempo doña Estrella decia a su marido: Si no te separo de allí a la fuerza, habrías seguido ensartan-

— do disparates. —Tú -¿Yo? — tu

tienes la culpa, respondió secamente

don Cándido.

porque nunca esperas a que yo, como cabeza que soi tuya, dé la voz de mando, sino que te metes a decir: vamos! cuando soi yo quien debe dar la orden de marcha. la tienes,

Sí,

—Es que tú no sabes nunca cuando estás demás en una parte. —Te doi de barato que pero en un apretonasí

tales casos,

sea;

una señita cualquiera bastan para que yo me acuerde orden. De otro modo, no se conoce quién tiene los calzo-

cito de brazo,

de dar la nes;

i

ya tú sabes que

soi

muí

delicado en esta materia!

—Déjate de tonterías apresura paso. — prosiguió don Cándido apurando el

i

el

Sí!

paso sin quererlo.

A tí

que es cosa hacedera esto de llevar como de reata a un hombre de mi temple! Nó, Estela, nó! Ya te lo he dicho mil veces:

te parece

Yo me

conservaré siempre en

— ¿pretendo yo por acaso señora —Eso que pretendes; I

mi puesto de marido. convertirte en mujer? preguntó la

riendo.

es lo

i si

no, acuérdate

de lo que hiciste

mañana. Mí comadre Trinidad te envió a llamar, i tú le contestaste con la criada que irias. En seguida te pusiste a hacerte los crespos i te calaste tu peineta alta: todo ello sin consultarme una palabra, como si yo no fuera el jefe de la famíHa. I ¿cómo no me hiciste ninguna observación cuando te dije que debíamos venir a casa de mi comadre?

esta


100

—Porcpe me en mi hora de condescendencia. Yo — Pues parece mal esta volvámonos a señora con acento de o — Dígote por acaso que me parece mal? Nó, nó. ¿Crees pillaste

soi

así.

si te

casa, dijo

visita,

la

diso-nsto.

hijita,

que yo salido

un niño para permitirte volver a casa después de liaber de allí? Eso sí que nó, Estelita. Vamos andando, prosiguió soi

con acento resuelto

i

autoritario.

mia. ¿Piensas tú que yo

me

Es

preciso tener carácter, hija

me

he casado para que mi mujer

gobierne?

don Cándido lanzó sobre su esposa una mirada tan ridiculamente autoritaria, que la señora no pudo contener una estrepitosa I

carcajada.

componer todo con echarlo a la risa, como si la descompuesta risa de una mujer se pudiera avenir con la dignidad de un marido que sabe hacerse resSí!

prosiguió

el

caballero: tú lo quieres

petar!

—¿Conque señora —Dios me

tó la

opone a la dignidad

se

sin

el

que yo

me

ria? le

pregun-

poder contener su hilaridad.

libre de las

mujeres que andan mostrándoles los

dientes a todos cuantos ven! esclamó con dolorida voz don Cándido, al

mismo tiempo que

sin acordarse de

se apretaba la

que estaba en la

cabeza con ambas manos

calle.

—Vaya, pues! señora formalizándose de repente; no me mas, ya que mi desagrada. —¿Te digo por acaso? Al tu me agrada, cuando para mi; pero no cuando de mi. —No entiendo, respondió con tono brusco poniéndose mas formal todavía. —Ah! Las mujeres no entienden nunca a sus maridos! Mira, dijo la

risa te

reiré

eso

contrario,

es

risa

es

ella

te

i

don Cándido dulcificando su voz oyéme: hai risas de risas, i miradas de miradas. Cuando una mujer proaiga a todo el mundo sus dulces sonrisas, i guarda las carcajadas para su marido; entonces éste salta como un alacrán; i así debe ser, mayorEstelita, prosiguió

mente

si él

—No — Qué

;

un hombre que sabe mirar por su dignidad. tonto, hombre de Dios!

es

seas

no sea tonto! Precisamente porque no lo soi, trato de conservar incólume la dignidad de jefe del hogar doméstico. Ya te he dicho una i otra vez que yo no me he casado para que los

demás cosechen

las sonrisas, las miraditas, los

buenos modos

i

las


^

101 --

V palabritas sabrosas de

mi mujer, quedándome a mí nada mas que

las carcajadas, las formalidades, las murrias,

i

sobre

todo, la res-

ponsabilidad social con que tiene que cargar el jefe del hogar doméstico. ¡Bonito negocio es este en que

queda

al fin

con la pala

i

el

socio responsable se

¿Es caridad que

la horqueta!

hombres de pro? Mira, Cándido, no sigas hablando mas

se

haga

esto con

disparates,

porque eso

que no es caridad.

—Mejor que Juera

tonto:

mejor!

No há mucho

me

aconsejabas que no

son los consejos que las mujeres dan a sus maridos.

Ahora has remachado

el clavo,

do disparates. Las mujeres se

Conque

que

advirtiéndome que no siga hablanlo

valen para remachar

el

clavo.

que te canto? ¿I he de ver barbilampiños te requiebren por la

te parece disparatado el evanjelio

a sangre

que

el

fria,

los

calle?

— tengo yo culpa de esos necios requiebros? preguntó señora sonriéndose a su pesar. repuso don Cándido. Ustedes no tienen nunca —Esta la

¿I

es otra!

la

la

culpa dé nada. Las miran, las remiran; les dirijen palabritas coloradas, que las hacen ponerse coloradas, pero no de sonrojo... I sin embargo, ellas no tienen nunca la culpa, como si los requiebritos

no nacieran siempre de algo! Entonces yo he de ser responsable de... Eso si que nó! interrumpió don Cándido vivamente. El socio responsable soi yo! Tengo hipotecados a favor de la sociedad conyugal, no solamente mis estancias sino también mi honor. Mira, Estelita ¿quieres que te diga una cosa?

— —

—Qué

cosa?

caballero tocándosela frente con — Oye, mano derecha: ¡clávame aquí a mujer que no tenga culpa! —¿Inoescepcionas a ninguna? —Toda regla tiene escepciones, tú eres madre de dijo el

la

la

la

ellas, resj)on-

i

dió

don Cándido dulcificando

el

tono de su voz (que era por donde

siempre) para desenojar a su cara mitad.

coiicluia

Yo

hablo en

no lo decia por tí, pues te conozco bien. Por eso fué que mala cara al padre Hipocreitía, cuando empezó con sus zalamerías a decirte que eras el sol, la luna i qué sé yo que mas. Pero, Cándido, por Dios ¿i puedes creer que un' sacerdote diga

jenérál,

no

i

lé piise

— esa^ cosas con —^También

mala intención? los sacerdotes

saben jugar

a.

dos intenciones, respon-


102

don Cándido, moviendo la cabeza. I advierte, esposa mia, prosiguió bajando la voz, que nunca es mas terrible el diablo que cuando está disfrazado de santo, para lo cual se suele meter dentro Pero dejemos esta conversación... Hasta ahora, de una sotana. tú no me has dicho para qué te ha menester mi comadre Trinidad? No lo sé, respondió doña Estrella; pero presumo que será para hablarme sobre algunas de las tonterías que su marido hace diadio

. .

riamente.

—Tonterías! ¿Cómo atreves a —Confieso que mal «brutalidades.» —Mejor que mejor! Miren no mas

decir eso de

te

al decir «tonterías.»

dije

mi compadre?

Debería haber dicho

las mujercitas de estos tiem-

pos! Se juntan para hablar de las tonterías

i

brutalidades de los

maridos.

—La culpa de —Pero mujer: es

los

que cometen esas brutalidades.

¿está puesto en razón que te

pongas a hablar concuando debieras ense-

un marido que ñar a mi comadre a respetar la santa autoridad marital? La autoridad de un necio no es autoridad, respondió secamenes la cabeza de la familia,

tra

— señora. —Pero no sabes

te la

Pablo,

les dice

que

el

mismo Dios por boca

del apóstol

San

a ustedes: «mujeres, estad sujetas a la potestad de

vuestros maridos.»

—¿Acaso mi comadre no un modelo de mansedumbre? respondió don Cándido mirando a su esposa de una —Ya que quería Ojalá tú manera — sabes eso ¿por qué apoyas siempre a don Marcelino? —Para defender principio de autoridad marital. Nosotros es

lo sé,

particular,

I

decir:

te le parecieras!

si

el

somos

los jefes

cerviz

como

de la casa,

Uds. no tienen mas que agachar la

dice el apóstol...

—No hables mas mas

i

disparates, le interrumpió la señora,

i

camina

mi comadre. Los dos esposos, don Cándido de la Rueda i doña Estrella Clavijo, prosiguieron de este modo su plática i su marcha hasta la aprisa porque quiero hablar luego con

casa de seguir

don Marcelino de Boj as, en donde al

los

reverendo Hipocreitía, por pedirlo así

dejaremos para el

buen orden

i

claridad de la historia.

Marchaba do

i

el

santo relijioso por la calle de la Compañía, hacien-

devolviendo cortesías a los innumerables amigos que encon-

traba.

Pasando por la plaza de Armas, entró en

la calle de la

Mer-


— ced,

i

llegando a la de las Claras, dobló hacia su derecha

jió a este colate,

103

convento de monjas. Desayunó

que

la

madre abadesa

le

para confesar a dos o tres monjas

i

se diri-

con una taza de cho-

allí

hizo servir,

i

a la iglesia;

se dirijió

resolver las dificultades de otras

i

que en las rejas del confesonario le esperaban. Dos horas pasó allí perdonando pecados, resolviendo dudas, i deshaciendo escrúpulos i

cuando hubo terminado se levantó, i con paso firme i grave, sadel templo para dirijirse a su convento. El padre estaba en

lió

aquel dia de suerte, porque no bien hubo llegado a la alameda,

cuando vio que iba por la vereda una mujer que creyó conocer. Era ésta una vieja que iba acompañada de un muchacho como de catoorce años de edad, de dulces

i

i

ambos llevaban sendos

de mil golozinas confitadas,

i

azafates llenos

cubiertos con papeles ca-

lados.

— Creo que esta dre.

¿Adonde

irá?

vieja es de casa de don Marcelino, se dijo el pa-

Es seguro qna

ese regalo es para el confesor de

la señora!

Dicho

acortó el paso

esto,

La

dejó que el par de criados pasara

i

marchaba mas que de prisa, i el' muchacho la seguía como de mala gana, nada contento con el peso que llevaba, por lo cual ella lo incitaba a marchar mas de prisa. Pero viendo, que su ayudante se quedaba atrás, volvió de repente la cabeza, i le adelante.

vieja

dijo con aire de autoridad:

— Marcha dominguejol porque

si

nó,

ya verás cómo

te

vá con mi

sia Trinidad! le diré que te has ido mañereando. I luego, viendo la vieja al padre que iba de tras, arrepentida

de

su exaltación esclamó medio entre dientes:

—Virjen

de

Dios!

No

habia visto a su paternidad... Lo que la

hacen decir estos chiquillos a una! Mientras tanto

el

jesuitase sonreia imperceptiblemente,

i

hacién-

dose como que nada veia decia para su coleto:

—Ya

di en el quid.

El regalo

conoce que es para confesor...

es de casa de

Mui

don Marcelino

tonto debo ser

si

no

lo

i

se

descubro

ahora.

Marcharon

los dulces delante,

i

el

padre que los seguia desde

le-

San Francisco. Entonces apuró el paso i llegó a la portería a tiempo que la vieja repetía una i cien veces al muchacho el recado que debia de dar

jos,

tuvo la satisfacción

junto con

el regalo,

de ver que se

dirijian a

diciéndole en seguida;

—Cuenta con olvidar nada de

lo

que

te digo!

No

seas boquiabier-


— Mira que

to!

compusiste la

no

se

no

de que

Camina

escalera...

que

ha caido

te

es;

¡Válgame Dios! Ya des-

agarra de ahí

i

como el otro dia al subir recado como quien reza, para

quítate el sombrero

i

el azafate,

te caiga,

se

repitiendo el

olvide,

la torta...

papel picado... Eso

el

cuidado

ten

casi se te

104

antes de entrar a la

Yaya! Es tan apajarado este chiquillo! Todavía se quedó refunfuñando mil otras cosas la buena vieja;

celda.

.

.

muchacho no la oia porque habia entrado en el cluastro guiado por un hermano lego que llevaba la otra bandeja. El padre pero

el

Hipocreitia entró de atrás, sin mirar a la vieja to le interesaba saber

los conductores, vio

claustro

entraban en la celda del reverendo

rez,

uno de

los

padres

sin

demostrar cuán-

a qué celda iban a llegar los azafates,

guiendo a i

i

mas

por enfrente de la celda,

i

si~

al

segundo piso del

frai

Prudencio Alva-

que éstos subian

Al pasar muchacho decia como quien

respetables de la comunidad.

oyó que

el

reza una oración en voz alta:

— Dice mi señorita Trinidad: que cómo ha amanecido... que

ten-

ga su merced mui buenos dias... que aquí le envia esta friolenta para que la tome a su nombre, i para que vea que lo tiene presente... i que dispense la cortedad... i que siente mucho que no sea como la persona lo merece.

No

oyó

mas

el

padre,

i

siguiendo el corredor sin darse pq^ en-

tendido de nada, bajó al patio.

—¿Conque

tanto

tu

le

el

me ha

reverendo...

dura

mucho

Ya

verá doña Trinidad

tiempo...

cios del virtuoso frai

provincia.

dejado por el padre Alvarez? decia mientras

Yo

si

su padre de espíri-

haré por que se premien los servi-

Prudencio enviándolo a algún convento de


CAPITULO XVII

LA CARTA DEL PADRE HIPOCREITIA

"La América no quiere mas armiño, Que el que admira en su blanca cordillera; Ni mas corona que su sol ardiente: Ni mas púrpura espera Que el vespertino manto de Occidente Que ondeando flota en su azulada esfera; Ni obedece a mas reyes Que el Dios de sus abuelos i sus leyes." (E.

No

bien hubo llegado a su celda

el

DE LA Barba.)

reverendo, cuando pidió su

momento, pues el padre gozaba del privilejio de no asistir al refectorio, i de comer en su habitación o fuera del convento cuando quisiera. Muchos definidores i cx)mida, la

que

le

fué servida al

padres graves de la comunidad, no habian podido obtener este privilejio

de parte del prelado.

Habiendo concluido su comida, cuyo desengraso se sirvió él mismo de varios azafates de dulces que sobre su mesa se veia, regalados por las monjas i otras confesadas; el padre cerró la puerta de abrió un armario que estala celda, sax'ó una llave de su bolsillo i

14


— ba embutido en

loa-

una esquina de la habitación. Dentro armario habia una caja, la cual también abrió con otra llave

del

mas pequeña; tocó

tenia,

la pared, en

después de sacar todos los papeles que la caja con-

i

un

resorte secreto colocado en el interior.

como por encanto

la caja se alzó

de

i

allí

gran cuaderno con tapas de becerro. Hecho caja

i

como

los otros papeles

nor abriendo

estaban,

cuaderno sobre sus

el

sacó su reverencia

un

esto, volvió a dejar la

se sentó

i

El fondo de

en su

de ho-

silla

rodillas.

Aquello era un manuscrito que solo estaba comenzado, pues

quedaba en blanco mas de las cuatro quintas partes del libro. El padre se puso a hojearlo como para correjir lo escrito, pues al mismo tiempo tomó una pluma i empezó a reteñir algunas letras. No es posible decir si aquello era

de todo tenia;

como para

i

una

que

lo

o diario,

porque

la intelijencia de esta historia, es preci-

so saber lo que el tal cuaderno lector

memoria

carta,

tomemos de

la

contenia, nos permitirá el curioso

mano

coloquemos junto a noso-

lo

i

de tras del reverendo, por sobre cuyos hombros podremos leer

tros,

las misteriosas pajinas.

El padre tenia abierto

en la primera:

el libro

allí

se

leia

el

si-

guiente encabezamiento:

"En

el

nombre

del Padre, del Hijo

del Espíritu Santo.

i

"Reverendo padre: voi a cumplir con ^'cuenta a su paternidad

"aunque

el

sagrado deber de dar

de la misión con que he sido honrado;

solo estoi principiando la obra, quiero

"pio a esta carta, la cual se irá escribiendo a

"tecimientos vayan desarrollándose,

i

"reverencia todas mis impresiones,

el

''con

las

i

también dar princi-

medida que

los acon-

en la que manifestaré a su estado de este reino junto

ventajas de que pueda sacar partido, los inconvenientes

''que se presenten

"Cuando

i

la

manera de

lo crea necesario

i

zanjarlos.

encuentre una oportuaidad segura,

"enviaré a su reverencia este escrito...

"Permítame

decir a S. P. R.

que en Madrid se sufre gran enga-

"ño en creer que se podrá con facilidad restablecer en estas "ricas el gobierno monárquico.

"que esto es imposil)le; *'he

i

Cada

tanto en el

mas convencido de Perú como en Buenos- Aires, dia estoi

palpado esta verdad. Estas j entes están orgullosas con

"torias obtenidas contra los soldados de S. M.,

nada que huela a "de que se enorgullecen.

"sufrir

"No son pues

rei,

Amé-

i

las vic-

no podrán jamas

estando todavía recientes los hechos

las espadas, fusiles

i

bayonetas, las armas a propó-


_ "sito

para vencer en estas

107

tierras,

en donde todavía

humea

la san'

"gre caliente de mil combates.

"Mucho mejores que

esas armas, son las de la diplomacia. Estos

"republicanos de nuevo cuño, no saben aun que hacer de la liber-

ha caido de lo alto como llovida, i para la cual no es"tán preparados. Empapados de orgullo, gritan por todas partes *'tad

que

"Viva

les

la libertad!"

"son tan libres

i

"Viva la República!" "Abajo

republicanos,

como yo

"tos de esperiencia en los negocios,

"manos

se hubiere puesto

los tiranos!"

Pero

Enteramente falparecen a niños en cuyas

soi turco.

se

navajas de afeitar.

Lo importante

es

"volver contra ellos mismos los elementos de que se vanaglorian.

"Mientras

mas

"de herirse tendrá

mayor

"gozan,

el niño.

será también su peligro de caer en la anarquía.

pura verdad que estos muchachos están a ciegas; i menor trabajo, se puede encaminarlos a que hagan mal uso

"Porque "sin el

mayor será el peligro que Mientras mayor sea la libertad de que

cortante sea la navaja,

"de esa

es la

misma

libertad de que hoi se ensoberbecen.

Con mas va-

"nidad que saber, con mas presunción que prudencia, con mas

"amor propio i ambición que abnegación i amor a su nueva patria, "i llenos como están del viento de su gloria, ¿qué trabajo costará "dominarlos por medio del arte de la diplomacia? Yo sé por espe"riencia que no se necesita de grandes esfuerzos para engañar al "mas encumbrado político de esta tierra^ i ya he visto la facilidad "con que se les puede empujar al precipicio haciéndolos cometer "disparates a destajo. ¡Ojalá el rei nuestro señor se hubiera aper"cibido antes de esta circunstancia!

"El no necesitaba enviar soldados para tener en constante alar-

"ma

a estas rejiones. Bastan las guerras civiles entre los partidos,

"que no parece sino que se hubiesen propuesto vengar los ultrajes "hechos a las armas reales.

"La mas simple combinación

política, la

mas

sencilla intriga

"bien manejada, son suficientes para que estos imbéciles se echen "los

unos sobre los

otros,

i

se

despedacen como perros rabiosos,

"gracias a su libertad. Pretenden ser ''de

libres,

i

no pasan

niños esclavos de sus pasiones, de las cuales se puede servir

"cualquiera "rencia, 'a

hombres

que

en favor de nuestra causa. Quiero decir a su revesi

la

España

quisiera

seguir

estas rejiones, podría hacerlo con

"debería principiar por reconocer su

dominando socialmente

suma

facilidad,

independencia

i

para

i

darse por

ello

"amiga de estas repúblicas, que como no tienen esperiencia del


— ''mundo, aceptarían gustosos

108 el

vínculo que las unia

a la

madre

"patría.

"En cada

república haiun partido reaccionario

"huesos, que seria

sumamente

útil

i

realista hasta los

a los intereses del gobierno es-

Apoyado éste en dicho })artido, i dividiendo a los locos li"berales por medio de emisarios ad hoc, no se encontraría ninguna "dificultad para poner las riendas de todos estos estados en manos "pañol.

"de los monarquistas;

i

entonces ¿qué no podria hacer

gabinete

el

"español con las repúblicas, ima vez que estos gabinetillos de ul-

"tramar estuviesen llenos de sus amigos

partidarios?

i

Con dos

re-

"públicas que nos tomásemos de esta manera, nos bastaría para

"mantener nuestra influencia sobre "larga,

seria rica en

las

demás, influencia que, a lá

sabrosos frutos. I

"desarrollaba la guerra

civil, este

si

mismo

en algunos estados se

mal, hecho crónico, nos

"podria servir de plausible pretesto para protejer la revuelta na"cion, ''la

trayendo un Borbon a estas playas,

i

coronándolo

rei

para

tranquilidad de estos pueblos. Esto no es una paradoja: ahora

"mismo nos

un ejemplo la República Arjentina, "en donde no parece sino que Dios hubiese puesto de presidente ''a don Juan M. E-osas para desprestijiar el sistema republicano. "Aquel estado pide a gritos un rei, i por librarse de Rosas, Icrecibiria

está presentando

de mil amores...

"Todo cuanto he tenido el honor de esponer a su reverencia, es "tan hacedero, que me admira el que no haya sido puesto en prác''tica oportunamente. Volviendo a Chile, diré a su reverencia, que ''las ideas dominantes de este país, están en pugna abierta con su "sistema de gobierno, lo cual hará, por muchos años, que lá^ leyes "republicanas solo estén consignadas en el papel, quedando para 1^ "práctica la política monárquica, que es lo que nos conviene a no"sotros. Están Advas todavía entre estas jentes his ideas de noble"za, las pre tenciones aristocráticas

i

los hábitos del coloniaje,

todo

'lo cual asegiu'a nuestro triunfo.

"Nos han vencido en "es nuestro,

i

el

campo de

batalla, pero el

campo

social

trabajo les costará despojarse de sus costumbres

"nárquicas, costumbres que, sin que ellos lo echen ''nen en nuestras

manos. Lo importan te= es^ saber

d€! vélr,

mo-

los pd*

sacaT' partido

d^

"tan preciosos elementos!

"Otro de

los

engaños

(i

esto atañe directamente a nuestra' 0f'

"den) consiste en tener por mui

"Compañía de Jesiw en

difícil

el establecinliento d^e 1^^

estas repúblicas. Sin embargo,

nada

e!á^


.

'*mas hacedero;

i

109

no parecce sino que

~ Divina Majestad hubiese

Sli

"encaminado los acontecimientos a dicho fin... Verdad es que los "Jesuitas han sido arrojados de aquí, como de todas las Españas, "por la debilidad de un papa, que no quiero calificar, i por la estu*'pidez de un rei imbécil; ¿pero qué han sacado con esto? Hacer mas "palpable la necesidad de nuestros institutos. Nosotros hacíamos "limosnas con

dinero que recojíamos,

el

i

el rei

nos lanzó de aquí

ningún establecimiento de beneficencia. Nosotros edu"cábamos a los niños, i un necio rei nos echó sin establecer escue"las. Nosotros prestábamos siquiera algunos libros a los señores "sin crear

"de estas tierras,

i

el rei

"encontraban apoyo

i

prohibía la entrada de libros.

protección

estas jentes,

i

En

nosotros

de parte del rei de

"España solo han hallado persecución ¿cómo no habrían de echar*^nos menos? el mismo reí se ha encargado de vengarnos." Al llegar aquí, el jesuíta hizo un movimiento: apretó el cuaderno entre sus manos; frunciólas cejas; i sus ojos, después de chispear un instante, quedaron abiertos sin mirar hacía ninguna parte.


CAPITULO XVIII PROSIGUE LA CARTA DEL PADRE,

«A las alternativas i caprichos de la suerte en la guerra con los sostenedores de la dominación española, se habian mezclado las rencillas i parcialidades entre los

mismos

organización

patricios

de

la

que ensayaban

república

la

indepen-

diente.»

R. SoTOMAYOR Yaldes.

Volviendo después en '^Todo esto *'i

me

lia

sí,

— {El mini$iro Portales),

continuó:

convencido de la facilidad que hai ¡en Chile

en cualquier otro jpnnto de esta América para establecer un

«'convento de la Orden, a pesar de la ''es

la

lei,

cuando se oponen a

'•nera de ser

"nada.

i

aun

las

Lo importante

ella los usos, las

ello se

opone ¿qué

costumbres, la ma-

hombres? Poco menos que apoyar esas costumbres; fomentar esos

es

i

despertar en todos los rangos socia-

pequeñas pasiones que nos favorecen.

^'Voi a decir a su

paternidad

"lerme para preparar ^'rables.

que a

las creencias de los

"usos; avivar esas creencias, '^les

lei

No

sé si

''mis intenciones

me

el

campo

los i

medios de que he tratado de va-

provocar los acontecimientos favo-

habré sabido valer de

han

sido rectas,

i

en todo

las circunstancias; i

pero

por todo, no he tenido


— "otra mira que

111

mayor honra

la

i

— gloria de

Dios

i

de la Orden,

'^procurando su acrecentamiento por todos los medios posibles.

"dudo de que habrá algunos

necios,

No

cuya estrecha intelijencia no

"alcance a comprender la necesidad de valerse a veces de ciertos

que en

"procedimientos, ^'reprobados,

i

las circunstancias

ordinarias

deben ser

aceptados solo en las estraordinarias.

^'Afortunadamente no es a uno de esos ciegos asustadizos a

"quien escribo, sino a su paternidad que es capaz de comprender " las escepciones en política, que a mi juicio, es la ciencia de los ^'resultados ^'lo

sociales.

Dígole esto para que su paternidad perdone

que podría talvez llamarse ilegalidad en

"de la santidad de los

los

medios, en virtud

fines.

"Vuelvo a mi tema. Estos

una multitud

reinos está divididos en

"de bandos, que en su última espresion pueden reducirse a dos: el "uno dominado por las perniciosas ideas del siglo XVIII; i el otro "en el cual no han prendido estas ideas desorganizadoras. El pri"mero que se llama a si mismo liberal, hace por introducir toda "clase de innovaciones ;

el

i

segundo, pugna por sostener las insti-

"tuciones antiguas, de donde le viene el calificativo de retrógrado,

"que sus enemigos le dan. "Ambos luchan por hacerse dueños del poder para dirijir a su *^modo la marcha social. Yo he creido deber apoyar mi acción aquí "en Chile en este último partido, i esto mismo he aconsejado a "mis hermanos de los demás estados americanos. Este bando es "llamado aquí en Chile el ^diTÚáo 'pelucon, o de los viejos; por con"siguiente,

'^parezca

yo

un

pelucon hasta los huesos, aunque por encima

soi

liberal,

por razones que diré después. Por ahora quiero

hablándole de los medios que he puesto en práctica para

''seguir

'^asegurar nuestro futuro imperio en estas comarcas, que son los

"mismos que a mi

juicio,

conviene emplear en los demás paises

"de oríjen español. "Uno de lus principales medios consiste en trabajar por que ''estos

gobiernos

sigan

sistema restrictivo,

el

i

persigan

esas

"ideas llamadas liberales, que desvirtúan el espíritu de obediencia

"ciega

i

de entera

i

santa confianza en los superiores, todo lo cual

"es tan necesario al progreso de nuestra causa.

Su

"be mui bien, que un gobiQYWoJuerte, })one

pueblo a nuestra

al

reverencia sa-

cuando aquel se apoya en el clero, que común sucede en estas Américas. Tengo muchos

"disposición, especialmente ''es

lo

que por

"amigos en el

lo

clero chileno,

i

todos son de

mi misma

opinión. Teñe-


— ''mos por ''minants;

norma

el solicitar

aun cuando

i

apoyo del gobierno

el

relijiosas,

i

del pai^tido do-

sostenedoras de los fue-

derechos de los sacerdotes, les prestamos de veras nuestro

"apoyo, ya sea en el confesionario, en el jpúlpito,

en

'*ca,

i

este sea el partido liberal. Si el gobierno es de

^'jentes sosegadas, tranquilas,

"ros

112

en la plaza públi-

el estrado, etc.

"Para

menester que estas repúblicas so den constítu"ciones semi-monárquicas, como ya lo ha indicado el célebre poli"tico-^ el

^^m&í

es

esto,

cristiano sin par, el piadoso autor del

Jmio

del Cristianis-

Este nuevo Tertuliano, ha demostrado evidentemente que

la

"mejor manera de mantener la influencia del gobierno europeo en "estas Américas, es hacer por que estas repúblicas no imiten a los

''Estados-Unidos del

"sagradas prácticas

i

iSForte,

cuyas constituciones se oponen a las

costumbres de

la tradición euroj^ea,

i

al dés-

Conforme coíi éste pensamiento "trabajamos aquí los amigos del buen orden i de la relijion. Me "he hecho político, i cuento con un buen número de amigos" éñ ^%dos los rangos de la sociedad, amigos que trabajan sin cesar

"arrollo de las verdades Católicas.

"en la santa obra de contejier a los exaltados

de tener a raya

i

que

"las pasiones políticas, atisando por otro lado las "la realización

de nuestros justos deseos. Con constituciones

"trictivas, estos **i

convieíiéti

estados

gobiernos serán, con

serán sombras de repúblicas,

el

i

á

res-

pueblos

tiempo, nuestros subditos.

"Porque conviene advertir que no porque nos unamos con el go"bierno, heñios abandonado al pueblo. Al contrario, trabajamos "constantemente en la viña del Señor, para encontrar ahí

por

"lido apoyo,

m

un

&'6-'

un cambio de circunstancias nos pusiera rñal

"con las autoridades.

En

estos países, el pueblo

i

el

gobierno, son

que conviene templar i conti^a-poner cuerdamente. "Su Reverencia debe suponer que nos oponemos con todas ntífá-

''dos resortes

''tras

fuerzas a la introducción de los libros heréticos,

"ganda de ideas subversivas 'autoridad, ''díta

i

i

a la propa-

contrarias al santo principio de

a todo cuanto tienda a traer con

el

tiempo la mal-

libertad de cultos, que seria la ruina de nuestras

esperanzas

que un verdadero hijo de San Ignacio sea capaz de perder"las alguna vez. "He conseguido que se establezca, a imitación de Id qWé' sé'ha ^'h^cho en España, una rigurosa censura, tanto para los libros que se "introducen al país, como para los mui pocos escritos que aqüí'se

"si'

es

"publican. Contra los escritos poKticos, que son los mas, oponeniós


114

"el confesionario, el consejo privado, las prohibiciones *'raortal; las

escomuniones i

el pulpito.

"en esta santa obra, que, andando

el

bajo pecado

Varios señores curas trabajan

tiempo, producirá sabrosos fru-

en ]a cual nos ayudan los gobernantes mismos, cuyas créenmelas a este respecto tratamos de mantener en toda su viveza. stos,

i

"Tampoco ignora su reverencia, que para dominar con el tiempo "a una sociedad, debe principiarse por inocular en el niño el santo ''amor al orden i el espíritu de sumisión. A éste fin, nos empeña"mos los amigos para conseguir la dirección de la instrucción pri"maria. Las mas acreditadas escuelas de Santiago están en los con"ventos;

i

en cuanto a los maestros de esta ciudad

''mas lejanas, puedo decir que

"del niño en la escuela,

me

i

de las comarcas

Hagámonos dueño

pertenecen.

nos pertenecerá cuando sea hombre. Casti-

i

cuando sea hombre nos temerá. ^'Estps castigos corporales son ademas de gran provecho, porque "m^t^án en su jérmen el espíritu de insubordinación, i docilitarán ''guéniosle allí con el azote,

"pc>co,a ''.trp

poco a

Yo

las jentes.

i

he conseguido varias plazas de maes-^.

de escuela para sarjentos españoles, que hoi las ocupan,

"que andan "rencia,

listos

en curaplir mis órdenes. Puedo

i,

a

fe.,

decir a su reve-

que merced a nuestros esfuerzos, se ha conseguido que

los

"españole^ sigaíi,^Ipgan.do.a estas jentes, aun después de llamarle ''republicanos.

,'

;

.

"En cuanto a la instrucción "mismo sistema. Los azotes no

superior,

hacemos por que

se siga el

solo sirven de estímulo para el es-

"tudio, sino de correctivo para las pasiones tumultuosas, que es

"menester curar entre los jóvenes, que con los años influirán en "los destinos de estos

países.

Cuando

ellos

"acordarán que han estado bajo nuestra férula, ''blegará la cerviz de los

"dad a

los

espíritus

mas

orgullosos,

tranquilos.

De

i

sean mandantes, se i

este recuerdo do-

conservará en su docili-

todos modos, los seguiremos

"manejando como niños de escuela, pues el uso del látigo, de la "barra, de la prisión i demás penitencias corporales, impuestas al "tiempo de desarrollarse el niño, conservan en su espíritu una salu"dable influencia. Su reverencia no ignora, que el carácter i todos "los actos de la vida de un hombre, conservan el sello impreso en "la

primera vida; por esto digo yo siempre: criemos a

*%os, si queremos ser después dueños de los hombres,

"mismos

lo

los ni-

sin que

ellos

echen de ver.

"Mientras no consigamos establecernos de firme, otra vez en estas "comarcas, no podemos pretender la creación de

escuelas 15

i

colejios


115

Esto seria espoiierse a malas consecuencias por ahora; "pero, obrando con paciencia, podrá arribarse a un buen resultado. "Encaminemos los acontecimientos, i los hechos se sucederán a ''medida de nuestros deseos. Yo, en cuanto a mí, creo que no está "jesuítas.

<'mui distante la época que se establezca en Chile colejios de jesui-

cuando esto suceda, se habrá dado un gran paso, porque, "educada la juventud de la aristocracia, según conviene al bien de "tas;

i

"la relijion,

obtendrá luego la Compañía, sólidos apoyos entre

que no solo

"las familias principales de estas repúblicas; apoyos

"darán fuerza moral

i

crédito, sino

también

el

le

dinero que tan nece-

"sario suele ser siempre para la prosecución de nuestras apostólicas

Al mismo tiempo, salgo de cuando en cuando a dar mi^'siones por los campos. Es incalculable lo mucho que se gana con "esto. Puedo decir, que en un año recojo la cosechado buenas ideas "faenas.

"que se sembraron en

el

"con los brazos abiertos, *'

Jesuítas" estém en

anterior... i

las palabras

un

de "Santos Padrecitos

boca de todos... Verdad es también que no

"solo les llevamos los remedios del "se despacha

Por todas partes nos reciben

alma sino

los del

cuerpo, pues

regular botiquín en cada misión.

"Creo inútil decir a su reverencia, que recetas

drogas se dan

ya sé por esperiencia cuan buenos que se despacha gratuitamente".

^'siempre gratis por nosotros, ^'resultados produce lo

i

i


CAPITULO XIX CONCLUYE POR AHORA LA CARTA DE SU REVERENCIA

"Si se hiciera estracto de la crónica estraujera, de los diarios clericales de Chile, se veria con toda

claridad,

que

existe en-

propaganda tan siniestra insensata contra el corazón de nuestras instituciones republicanas" tre nosotros esa

como

(Editorial de "el ferrocarril"

Setienibre

17 de 1871)

Después de haber puntuado, correjido i numerado atentamente los párrrafüs escritos, el padre tomó un cortaplumas, limpió i compuso con cuidado una de las plumas de ganzo que habia sobre su mesa,

i

prosiguió su carta eu estos términos:

"Hoi el gobierno de este país es un atado de imbéciles (perdóneLos liberales se han adueñado de los destinos ;

osme la espresiou). oopúblicos,

i

creen poder rejir estos pueblos, sin caer en los preci-

que ellos mismos se labran por sus propias manos. Pero yo "no creo que pasará un año sin que abandonen el mando, porque "estos locos saben tanto de achaque de gobernar como por los ce"rros de Ubeda.

'Opicios

'^Figúrese su reverencia, que se

han atrevido a molestar

al clerol

*No contentos con haberlo desposeído de sus temporalidades para


117

"atender a los gastos de la guerra contra la madre paria, tienen las

"mas absurdas '^sia

el

i

pretensiones respecto de las relaciones entre la Igle-

Estado. Para

madre cariñosa que denación sino, una especie de instru-

ellos, la Iglesia

todos los asuntos de la

"'be dirijir

no

es

^'mentoque debe obrar bajo la mano del poder

"Quieren poner a

los ministros del

civil.

Señor bajo

Mire qué ideas!

misma

la

férula que

"a los demás ciudadanos de la república, porque hai jentes tan sin "cabeza, que en su exaltación política, afirman que todos los habi"tantes del Estado deben ser iguales ante la

"señor Obispo. Para ellos no hai mas

"dan para nada de las leyes "Niegan la obligación que "a

lei

sin esceptuar ni al

lei,

que la

civil,

i

no se acuer-

eclesiásticas. el

poder

todo trance las leyes divinas,

i

civil tiene

de hacer obedecer

desconocer la autoridad

de nues-

"tra santa Madre, la Iglesia, en los asuntos públicos, diciendo que

"sus sagrados ministros no deben inmiscuirse en los negocios del "gobierno.

¡Como

si

hubiese gobierno que pudiese marchar con

"acierto sin esa sabia dirección que solo la Iglesia Santa sabe dar "a' los

asuntos políticos!

Como si hubiese alguna potestad

"digna de gobernar a los hombres que la potestad de ^'dos

por Dios para conservar

el

orden en este mundo,

civil

mas^

los encargai

encaminar

"a la humanidad hacia la mansión eterna! "Lo importante es arrancar de manos de estos liberales (o pipio"los como los llaman) la dirección suprema del país, para lo cual "nos valdremos de la reacción monárquica en que actualmente se

"empeña

el

partido pelucon, que es el bando de la jente rica

i

bien

"nacida del país, con cuyo favor contamos los amigos del orden i "de la relijion. El triunfo de este partido es nuestro triunfo, i por "esto le

ayudamos con todas nuestras

fuerzas.

La lucha

será en-

"carnizada, pero la victoria será nuestra; porque, a pesar de las "ideas Volterianas que dominan en algunos círculos, la jenerali-

"dad del país está con nosotros. La educación que España dio a ''estas colonias, nos favorece grandemente, i esto es una prueba de "cuanto vale educar al niño para hacerse dueño del hombre. No ''dudo, pues, que los pelucones subirán al mando, i entonces... Pero "prosigamos la esposicion.

"He

dicho a su Reverencia poco ha, que aunque soi pelucon^

No

como necesitamos tras"tornar este gobierno de herejes, es natural que me haya hecho ''uno de sus amigos mas íntimos. Esta es la mas acertada de las "oposiciones, porque se hace sin ruido i sin mal ejemplo. Pinto es

"parezco pipiólo.

estrañe esto, porque


— "un hombre de

lana;

me

118

— i

oye mis consejos

me

es difícil hacerle

estima sobremanera,

"con entera docilidad. Por consiguiente, no

según nuestras miras, introduciendo en su círculo ideas que "nos favorezcan, i empujando a todos esos maniquíes a cometer ^'desaciertos para que sobre ellos caiga el ridículo i el desprestijio.

•'obrar

^Tor otra parte, atizamos 'en estos

"jado.

De

el

descontento del país, descontento que

pueblos se convertirá en rabia feroz, siendo bien mane-

manera pondremos de

esta

mandantes, con

^'ineptitud de sus

relieve ante estas jentes la

lo cual

encontrarán después,

mas

armas de los pelucones... Sin embargo, "¡qué dicha seria para mí, hacer que este necio gobierno cayese "sin que hubiese para qué derramar una sola gota de sangre! Con "de la mitad hecho,

"dolor de ^'den,

mi

corazón,

puedo aceptar

las

i

los

solo por la conservación del imperio del ór-

medios estremos. Pero ¡que

"sobre los que nos obligan a redimir de este " i derechos hollados!

"Ahora, se dirá su Reverencia. ''Hipocreitía "selo:

—Para

"gastos,

me

nuestros fueros

de dónde

dinero necesario para estos gastos?

el

las

"hai monjas ricas,

saca el padre

—Voi a

decír-

misiones, da el gol)ierno eclesiástico: para otros

valgo del fruto de

"ducen no poco.

— «¿I

modo

sangre caiga

la

i

En

mi

industria.

En primer

lugar, aquí

tengo a mi disposición dos sindicatos que prosegundo, ahí están esos señores cuyos abolengos

'^emos descubierto, que nos protejen. En tercero, las confesadas "de donde sacamos algo... Para gastos mayores, hai esperanzas de "conseguir algunos legados, que hoi serian nulos, pues la leí no "admite a los jesuítas en Chile, aunque los chilenos no los aborre"cen.

La

leí

caducará al

fin!

Sí,

"impía leí." El padre se quedó pensando con

reverendo padre, caducará esta la vista

clavada en

el techo.

En

seguida se puso a escribir.

momentos "producirá una buena

un matrimonio que nos renta. Se trata de casar a don Meliton "Sandoval, a quien su reverencia conoce, con una rica heredera, a "cuyo padre le hemos encontrado nobles ascendientes en España. "El bueno de don Marcelino de Rojas (que asi se llama el padre "de la niña) dará sus haciendas a don Meliton. Su reverencia sabe "lo que es este caballero: así, no tengo para qué decirle, que su riqueza será como nuestra. ^'El pobre don Meliton está como ha sido toda su vida. ¡Bcn"ditos sean todos los hombres como él! Es uno de nuestros mas '^En estos

trabajo por arreglar


— 'S-alientes afiliados (pues

119

como su paternidad

sabe, él

pertenece a

humanos de ropa corta): quiero decir, que nuestro don Meli"ton es de los mas atrevidos en esto de dejar que con él se haga •'todo cuanto sea menester para la mayor honra i gloria de Jesús i

"los

de la Compañía."

Cuando

padre hubo llegado aquí, cerró

el

el

cuaderno;

i

metién-

dolo otra vez en el fondo de la caja, cerró ésta con la llavecita que

guardó cuidadosamente en su brero

i

su bastón

El infatigable descanso en

i

bolsillo.

Hecho

esto,

tomó su som-

salió a la calle.

espíritu de aquel

el logro

hombre que

lo

hacia obrar sin

de sus miras, daba a su fisonomía cierto aire

de profunda meditación, que la jeneralidad traducía por ascetismo

Nadie que

lo

modo cómo

hubiera encontrado a su paso, se habría figurado este sacerdote

empleaba sus horas. Todo

el

el

mundo

admiraba su mansedumbre i su bondad, su rectitud i su decisión por la propaganda de las ideas evanjélicas entre la multitud ignorante. Su desinterés era proverbial, i jamas recibía las limosnas 4ue por sus misas solían enviarle. Nunca negaba un consejo a quien lo pedia, i en todos los círculos se hablaba de la solicitud con que el buen relijioso servia al menesteroso. Sus sermones eran escuchados con avidez,

i

todos los días se publicaba en los periódi-

cos las obras de caridad en que había

tomado

parte.

Por último,

se hablaba de sus trabajos apostólicos; de los felices resultados de

sus misiones en las provincias del sur, país la adquisición de otros padres

como

i

de lo

éste.

útil

que seria

al


CAPITULO DON MARCELINO

I

XX

DON CANDIDO

«Piensa usté que soi de lana? Nó, amigo, soi de roble. Mas duro que piedra azul; I cuando algo se me pone Entre las orejas, nadie Meló arranca a dos tirones; Yo no pierdo el pleito nunca, I mi mujer bien conoce Que no debe decir pares, Cuando yo le digo nones. Pues la tengo enseñadita que ria, cante o llore. Cuando a mi me da la gana. Todo está en que se me antoje; I se lo dije bien claro. Desde la primera noche: Métase usté en sus polleras I déjeme en mis calzones, Que yo, hijita, me lie casado Con mujer, i no con hombre.»

A

Corrida del Giiafo,

Bien recordará

memorioso lector, que al fin de uno de los capítulos anteriores, hemos dejado al señor don Cándido de la Rueda, en compañía de su esposa, doña Estrella Clavijo, pisando los umbrales de la casa del señor Rojas. Apenas hubo entrado al gran patio esterior, cuando don Cándido llenó toda la casa con su poderosa voz

el


121

— Qué de mi compadre Marcelino! cama, compadre? respondió don Marcelino, —Aquí es

saliendo de su cuarto

estoi!

con un mate en la mano.

me halle yo en Hemos venido a

horas

¿Se levantó de la

gritó.

la

¿Cómo puede Ud.

creer que

a estas

cama?

don Cándido volviéndose hacia donde creia que estaba su esposa; pero no viéndola allí,(pues la señora habia entrado a las piezas de doña Trinidad) Quiero decir, compadre, que esta mañana ordené a mi prosiguió: visitarlo con Estelita, dijo

mujer que viniera a

visitar a

mi comadre Trinidad, pues yo

tenia

verdaderos Seseos de hablar con usted.

Tomaremos compadre. Pase para mi —A tiempo mate. su momento — como mi mujer me obedece en continuó don Cándido. su peineta — Ojalá mia me obedeciera mismo, refunfuñó don Marce— Pero no crea Ud.. prosiguió chupando mate que don llega

cuarto.

faldellín

se caló

todo, al

I

alta,

i

la

lo

lino.

aquél,

-

Marcelino

le

el

habia pasado: no vaya a creer que yo permito que

componga demasiado, porque esto no deja de tener sus peligros, mayormente cuando uno a cada paso se encuentra con mozalvetcs que andan a caza de mujeres bonitas, como si un hombre de mi temple se casase para que sus mercedes Nó, amigo,

Estelita se

. .

nó; con sus castañitas

i

su peineta alta, basta

i

sobra para andar

Ah! compadre Marcelino! es mucho trabajo esto de tener una mujer que...! Ahora considere Ud., interrumpió el otro, cuál será el trabajo de tener dos mujeres, como yo tengo. Usted! esclamó abriendo tamaños ojos, don Cándido. ¿Se ha vuelto cacique, compadre? Dos mujeres! Hablo de mi mujer i de mi hija. Ah! eso ya es otra cosa. Ja! ja! jáa! Yo habia creido que usted... Pero, yo me refiero al sobresalto de tener una mnjer bonita... I después de todo, ¿cómo están, mi comadre i mi ahijada? ^Cómo están? Siempre en contra mia. -^Ellas? Pues jurarla que eran unas palomas sin hiél, como mi Estrella; qué, no lo habia de decir yo... Ah! compadre, parece que Ud. ignora que las mujeres tienen revés i derecho, i que solo sabe mirarlas por el lado bonito; pero yo que sé verlas también por el revés, pienso mui de oUv modo,

con susto por esas

calles...

— —

— —

.


— —Ya entiendo,

122

don Cándido poniéndose un dedo en

dijo

He

¿mi comadre suele desconocer la autoridad marital?

te;

la fren-

adivi-

nado, eh?

—¿Cómo rato! el

esclamó con reconcentrada cólera, dando un puñetazo sobre

brazo de su

—Malo

silla.

compadre! es preciso poner un pronto remedio

es eso

a tamaño desorden. Acuérdese üd. de que es

Yo

soi

~I

Lo hace a cada

eso de suele? dijo don Marcelino.

es

muí

el jefe

déla familia...

delicado en este punto!

¿qué saco con acordarme, cuando estas mujeres

me

desobede-

cen en lo principal?

—También

mi

ahijada? ¡Lo

que es

estarán ahora hablando de nosotros? se

mal ejemplo! Qué cosas preguntó don Cándido moel

viendo la cabeza. Pero dejémoslas decir

lo

que quieran, allá

lejos

de nosotros. Lo importante es que no alcen ]a voz en nuestras barbas.

—El caso

es

que la Trinidad

me

contradice de frente, dijo don

Marcelino con voz sorda.

Al nado

Cándido

oir esto don,

se alzó

de su asiento,

con aire indig-

i

dijo:

—Eso no puede permitir a mujer! compadre, me contradice — Pues entonces, usted tiene la culpa. —Yo? Yo tengo? se le

la

—-Pero,

sin

si ella

que yo

se lo

permita!

la

—Usted:

porque se ha dejado dominar por

la mujer, las ciíales,

han puesto los calzones, no se los quitan jamas, i visten al pobre marido con su propio faldellín. Por esto es, que desde un principio debe el hombre portarse firmecito con ellas, i enseñarlas a mantenerse siempre a raya, como

como Ud. debiera

saberlo,

yo tengo enseñada a

una vez que

se

la mia. Estrella suele tener a veces arranca-

das mujeriles; pero al

fin

mi

Ud.

inflexible voluntad.

se ve obligada a doblar la cerviz ante es

talvez demasiado suave con

mi

co-

madre.

— Confieso que no sero viejo, porque lo

soi

tan severo

mas que he

como

debiera, respondió el gro-

hecho, ha sido amenazarla un

dia con esa tranca que está detras de la puerta.

— Oh!

Eso

es

ya

algo, dijo

ca; pero hai mujeres clio.

Yo

rio

don Cándido mirando

la

gruesa tran-

que no se componen sino por las vias de he-

he necesitado de eso para con Estelita;pero ¡ya se ve!

le canté la cartilla el

mismo

dia que nos casamos,

i

desde entonces 16


123

he tenido en un brete; por eso es, que no hai pleito que ella me gane ahora; i la pobrecita está cada dia mas sumisa i querendona. Pues lo que es a mí, dijo don Marcelino, la Trinidad pretende la

— ganarme —Es

este último pleito.

preciso,

compadre, no darse por vencido jamas para conser-

honor de jefe de la familia. Los hombres casados debemos manifestar que tenemos carácter. Aquí me tiene Ud. pronto a secundar sus miras, cualesquiera que sean; i mientras ellas allá en la recámara, hablan mal de sus maridos, nosotros discutiremos aquí lo que debemos hacer para que no se salgan nunca con la suya, var intacto

que es

el

la principal obligación de todo

Dígame ahora ¿deque

marido celoso de su dignidad.

se trata?

—El caso que Trinidad opone a que yo establezca convenientemente a mi — Mi ahijada? cual ha antojado enamorarcompadre, a — Su de un mozalvete que no tiene donde caerse muerto. — Pues no hai mas remedio que poner pretendiente de patitas es

la

se

hija.

ahijadita,

la

se le

se

al

en la

calle,

i

decirle: «amiguito,

Ud. está demás en esta

casa.»

Si

Ud., compadre, no se atreve, yo se lo diré clarito: para eso, la niña

mi ahijada

no tengo pelos en la lengua. ¿Cree Ud. que no soi capaz de eso? interrumpió don Marcelino. Pues sepa que ya lo he arrojado de mi casa. ¿I persiste siempre en su propósito? es

i

— — — Como de primeras. — Pero está Ud. seguro? — Sé que platica con Lucinda por ventana. — Ah! compadre! ¿conque asunto ya de la

el

sonriendo bicon, ras!

i

es

ventanas? dijo

don Cándido. Entonces mi ahijada ha pasado el Rues mas difícil ganarle el pleito. Ah! niñitas ventane-

Yo, casi prefiero verlas arrancarse por la misma puerta, a

que estén siempre asomadas a la ventana. Pero es preciso no desmayar. Yo no desmayo, i he estado por aguaitar al mocito i decirle de otro modo que con la boca... Ya entiendo, dijo don Cándido, al ver el grosero ademan con que su interlocutor acompañó sus palabras. Pero es el caso que Ud.

— —

no debe esponerse.

—Tiene espada.

Ud. razón, porque ha de saber que

él

es

hombre de


124

—Entonces, mejor buscar a que haga entrar en su deber llama? mocito. ¿Cómo —Anselmo Guzman. —¿El de don Antonio, —El mismo. de sangre, ya — Con que Ud. me hubiera dicho que era otro

es

al

se

el pipiólo?

hijo

pipiólo

yo habria echado de ver la dificultad para hacerlo desistir de sus pretensiones. No ceden ni a fuego; pero yo tengo un amigo, el cual posee un buen servidor, que es como casos. él

me

La

cosa está hecha. Yoi en el

mandado hacer para estos momento a ver a mi amigo;

presta su hombre, al cual pondremos en acecho cerca de

aquella ventana,

i

en cuanto pille al pipiolito,

bien dados,

tro porrazos

i

santas pascuas

me

le

da tres o cua-

advirtiéndole que

;

persiste en sus visitas, se persistirá también en los porrazos.

si él

¿Qué

le parece?

— Me gusta la idea, compadre,

—Entonces, manos a mas que

vale

Diciendo salir,

la obra,

i

la acepto.

pues

lo

que ha de hacerse tarde,

sea temprano.

esto,

don Cándido, tomó su sombrero

i

se dispuso

a

cuando, habiéndosele ocurrido una idea de repente, dijo a don

Marcelino

—¿Sabe

lo

que

se

me

ocurre,

compadre?

— Hable, amigo mió, porque a mí no

se

me

ocurre nada, dijo el

otro.

—Ah!

esclamó riendo con

satisfacción

don Cándido

diciendo para su capote: «claro es que las ideas se rrir

mas

bien a

mí que

— Pero dígame alzándose de su — Hela

a

me han

i

como

de ocu-

él.»

usted, qué idea es esa? repuso

don Marcelino

asiento.

aquí: sin perjuicio de castigar el atrevimiento del moci-

buscamos un buen marido a mi ahijada, i verá vsi no se corrije al momento. No prosiga, compadre, i sepa que yo no he tenido necesidad de que se me ocurra idea alguna para hacer todo eso. Conque ya tiene!... Le tengo a Lucinda un marido a j)edir de boca. ¿Es buen mozo? Mas que eso compadre. ¿Para qué sirve un marido bonito? to, le

— — — — — —¿Es — Mas

rico?

todavía.

Es un noble español, por

cuya;^

venas corre

la


~

125

ilustre sangre de los Sandovales, de los Rojas, de los

de

los

Oyarzunes, de

Pozo Hondos,

los...

—Basta! basta, compadre, ahora dígame... — Un caballero a derechas, de distinguida Orden de Carlos III proseguía diciendo señor de Rojas. —Bueno, bueno; pero dígame, ¿cómo que... — Que ha sido ministro en España; que no quita somi

la real

las

i

el

es

casi

se

brero ni delante del

mano

mismo

reí,

nuestro señor; que habla

el

mano a

con sus majestades...

—¿Acabó, compadre? preguntó don Cándido que reventaba por hablar. — Las cualidades señor don Meliton, no son para dichas en del

un minuto, respondió don Marcelino; i según lo que me ha dicho el padre Hipocreitía, que es el que lo conoce... Entonces ¿usted no ha visto todavía a su futuro yerno?

— — No conozco sino de — mi ahijada? —No conoce de nombre. —Ah! Entonces ¿estará en España todavía? —Está en Santiago. Ha llegado ahora pocos —¿De veras? Me han dado ganas de conocer aun personaje tan oídas,

lo

I

ni

lo

dias.

encumbrado como

éste.

Ahora veo mas

claro la necesidad que hai

de deshacerse del mocito.

En

aquel

momento

se oyó

en

el

patio la voz

de doña Estrella

que gritaba:

— Cándido! Cándido! —

Ya

que nos retiremos. ^Ah! es Estelita, dijo don Cándido bajando la voz. Voi a decirle que se vaya sola, para tener yo lugar de ir a... Pero nó... mejor es que Ud.le diga, compadre, «que yo le ordeno...» nó, nole diga así, es hora de

sino «que le doi permiso para que se quede aquí, mientras yo voi a

hacer ciertas dilijencias importantes.»

— Cándido! Estás sordo? decía cuarto de don Marcelino. mujeres abusan de — Oh!

la señora acercándose a la puerta

del

estas

su posición, dijo don Cándido

saliendo a la calle por la puertecita escusada que conoce el lector,

a tiempo que doña Estrella entraba

al cuarto

compadre don Marcelino, —Buenos hombre? ha hecho Cándido? Qué comadre. —Acaba de decirme una palabra? — dias,

se

salir,

¿I sin

este

por la otra puerta.

dijo

doña Estrella.

¿I


— 126 — —Pero me dijo a mí:

'

ccque le

daba a Ud. permiso para que

hicie-

ra medio dia con nosotros.»

permiso de nadie para respondió con —Yo no acento disgustado comadrita. Mi compadre ha decia por — a hacer una —Entonces, tendré placer de comer con Uds., doña Estrenecesito

esto,

la señora.

ISÍo

lo

tanto,

salido

dilijencia urjente.

dijo

el

lla

volviéndose hacia doña Trinidad

i

su hija, que habian venido

acompañándola hasta la puerta del cuarto. El placer será para nosotras, amiga mia, respondió con acento de reconocimiento doña Trinidad.

I mientras las tres señoras se dirijian hacia las piezas interiores,

don Marcelino quedó paseándose a

lo largo

en cómo llevaría a cabo su proyecto.

de su cuarto, pensando


CAPITULO XXI MIGUEL TURRA ENTRE BASTIDORES.

c(El

pobre mata peleando, mata roncando.»

I el rico

(Refrán del pueblo.) Cuentan

las crónicas de aquel

tiempo que, en llegando don Cán-

dido a su casa, envió a llamar a un hombre que

chacra del Tajamar,

el

hombre era

cual

do a su compadre don Marcelino; tal servidor pertenecía a

i

un amigo

si le

el

en su

mismo que habla

ofreci-

habia dicho a éste que

hombres a su

to,

comida i

se sentó a la

los nobles

pensamientos

i

el

Por

propio para

mesa con tan notable

que no parecía sino que estuviese animado por

que producen

servicio.

sagaz lector, las prendas del digno servidor

de don Cándido, quien después de haber despachado la chacra, pidió la

el

suyo, era porque no siempre se

atrevía a confesar que tenia de tales

aquí echará de ver

el

le servia

el

apeti-

natural placer

las loables acciones. I

como

no tenia con quién conversar, (pues, se nos habia olvidado decirlo^ don Cándido carecía de hijos, i toda su familia se reducía a él i su consorte) contentábase el buen señor con murmurar entre bocado i

bocado:

—Yo veré

si

el pipiolito

se atreve a seguir

enamorando a mi


— ahijada por la ventana!...

nazos bien dados, se

ño

aun

le dé

cuanto Miguel

espantará

le

chiquillo con

En

128 --

un buen

el

le

dé un par de pla-

amor, como se espanta

latigazo...

le diré

Sí;

el sue-

a Turra que

de plano, porque de lo contrario, podria suceder una desgra-

Aunque

Miguel es tan imprudente que puede comprometerlo a uno... Pero ya está hecha la oferta i debo cumplir... El hombre por su palabra, i el buei por el asta. I ademas, se trata cia.

este

. .

nada menos que de protejer a un honorable marido, insultado i herido en su dignidad de jefe de la, familia... Sí, señor; Miguel aporreará al mocito atrevido,.. Já! já! já! Cómo no vamos a reírnos a solas con mi compadre, cuando se sepa el lance! I don Cándido se reia, como si ya hubiese obtenido el éxito que deseaba. Una vez concluida la comida, rezó devotamente un Padre Nuestro a las ánimas, dijo

el

alabado;

i

echándose sobre su cama,

que estaba en el cuarto siguiente, empezó a roncar como un bendito. Después de haber roncado dos horas i media, de un tirón, despertó al oír ruido de espuelas en el patio. Levantóse; i pidiendo que

mate, salió bostezando hacia

le sivieran

donde Miguel Turra

el

corredor del patio,

lo esperaba.

—^Aquí mi con sombrero en mano. —Te he enviado a llamar, patrón, para darte una comique demanda mucho —En cuanto a ya su merced sabe que sordo muestoi,

señor, dijo éste

la

el

dijo el

sioncita

secreto.

soi ciego,

eso,

i

que velaba su móvil semblante, siempre que no se hallaba dominado por las pasiones brutales i sangrientas, que formaban el fondo de su carácter. Ahora, prosiguió, dígame señor mió, ¿de qué se trata? Se trata de castigar a un mocito que tiene el atrevimiento de ir a hablar con cierta niña, por entre las rejas de una ventana, do, respondió

Miguel con cierta

sonricilla falsa

contra la voluntad de su señor padre.

—Ah!

ya entiendo, interrumpió Turra, cuyos ojos centelleaban de una manera particular. No es la primera comisión de estas, que recibo; i soi capaz de despacharlas en un santiamén. señor,

—Pero ruido alguno — Por supuesto, sin

¡eso sí!

sin ruido.

la ventana, en

donde

el

Es cosa

—En noche, respondió don —Entonces, cosa hecha;

cuando

es

espero cerca de i

en cuanto

él se deja caer

por

lle-

allí?

Cándido.

la

poco ruido...

Lo

mocito tiene la querencia;

gue... Dígame ¿no es en la noche

la

sencilla.

i

como una

cuchilladita hace tan


líia

— ¿quién ha bribou^ interrumpió don Cándido, des de cuchilladas? —Ahí yo que trataba de — pero de una manera correccional ¿entiendes? — —Unos o porrazos bien dados, bastan; pem qu^ haya derramamiento de — mocito —Entonces, repites porrazos, — Pero de plano ¿no — de plano, porque derramas una gota de sangre, yo dicho,

te

I

le

quft

le

creia

se

castigarlo.

Sí;

Si, señor,

correccional.

dos,

tres

sin

sano-re.

¿I si el

resiste? los

pero...

es esto?

Sí,

el

si

primero en acusarte a la

bes

el estar

merced

Acuérdate, de que a

por esto

i

le estoi

me mande; aunque,

mui

agradecido,

si

sj^

30Í(ÍQ.p9¿i^Q^V,

sin rebozo.

— Me parece que conyieue hacerle siquiera una tencia de

mfí, de-

haré cuanto

i

he decirle k.Texdad,.jo que... ¿Me da licencia su merced?

—Habla

fuera de la cárcel.

Señor,

Sij

aeré,

justicia.

pequeña

adyejij^

pues yo sé por esperiencia, que. un cristiano, enanaQjL radono obedece asi no mas a los planazos, por bien dados que sean. Bióse don Cándido, i luego repuso. fílo,

—A pesar de

eso,

obra como te digo.

Hada d^

sangre,

por<qu^^,

no se quiere la muerte del pecador, sino que se g^i^popienta i viyu. I ahora dime, entre paréntesis ¿han dado cqíi los ladrones 4e 1q§j caballos?

—Todayia pero tengo de encontrarlos, —Es preciso que des con repuso vivamente don Cándidj^ nó, señor,

esperanzg,,^^

ellos,

Acuérdate qne he pagado todas tus deudas civíleg i que a mí me debes el estar bien con los jueces.

— necen. — Pues bien Sí,

i

me

patrón,

;

me

sí;

si te

acuerdo de esto todos los

protejo, es a condición de

i

criminales;

di^S)

que am^j.^

que cambies de

yida^

cuides la chacra, persiguiendo a todos los ladrones, que m^,

roban, pues que tu conoces sus guaridas.

Sí, señor: le

juro que hallaré los calpallos rpbados^ o no

llamen Miguel Turra.

no

le

En

adelante, respondo con

robarán ni un solo animal a

guno de

los otros caballeros

que

su,

n^i

me

cabeza de qu^

merced, como tampoco a nin-

me haceo bi§n i buena

qlpra,

(Jijo,

el

bandido.

—Si obras

honradamente, obtendrás protección; pero ^^Ip^ cp^t


130

Ya

a caer en raanos de los jueces.

trario, volverás

ha seguido procesos i Pero como no se

. .

— me ha probado —Están probados, badulaque,

nada...

en que te has me-

los tres salteos

tido,

aquél de los

fuera del asesinato

nuestros empeños se

ha sobreseido en

cuides nuestros intereses

aire de

i

esas causas i

bonhomía.

Ya

i

se te

ha dejado

asesinando, sino para que

persigas a los ladrones.

que hago, señor, respondió

es lo

pero merced a

Cerrillos;

en libertad, no para que sigas robando

—Eso

sabes que se te

asesino con cierto

el

sabe su merced que he puesto algunos la-

drones en manos de la justicia.

— Pero

ellos

te

han acusado de que

de

protejes a otros

mas

importancia.

—Ah! —Quiero

señor, lo hacen de puro picados conmigo. creerlo así, porque

si

así

no ñieía, merecerías

la

horca

bribón.

—Pues que me ahorquen, lo

si

negro de la uña), a cerca de

me

})rueban algo (aunque sea

los intereses

de su merced

i

como de los

de otros caballeros que su merced sabe.

—Está bien: ya

he dicho que

te

te

irii

bien

conduces con

te

si

honradez.

—Pero no puedo responder de otras chacras, porque ¿Quién puertas mar? como hai tantos chacras, sino —A mí no me importa que roben o nó en mia. ¿Entiendes? que haya orden en entiendo — Sí —Ahora, volviendo otro asunto. ¿Sabes dónde vive don Marseñor,

las

ladrones...

le 2)one

al

las otras

la

bien.

señor,

al

celino de Rojas?

Lo conozco de por mas señas — robaron yuntas de bueyes. he sabido que anoche — Sabe que don Marcelino amigo mió. —Entonces, prometo que no seguirán robándole una sola pata vista al caballero,

Sí, señor.

i

tres

le

es

le

de buei.

—Ahora

es preciso

que

voi a darte. El te dirá

le lleves

a ese caballero un papelito que

cómo debes obrar

])ara

obtener un éxito

seguro.

Dicho

esto,

entró don Cándido a su cuarto,

i

luego salió con un

papel doblado, que puso en manos del bandido diciéndole:

— Esta

es la esquelita

que entregarás

t^i

proj^in

mano

a don Mar17


— celino. Dile

131

que va sin firma, porque no es prudente firmar estas

cartitas.

Sí, señor; así se lo diré.

—Ahora vete con

con las órdenes que

En

Dios, hijo, te

he dado

i

i

ten cuidado de cumplir fielmente las

que

te

dará don Marcelino.

Luen señor a tomar mate, con la mas patriarcal tranquilidad de espíritu, tranquilidad que formaba el fondo de su carácter, i que no era perturbada sino por los robos diciendo esto,

se

puso

el

que solían hacerle en la chacra,

i

por las vivezas de jenio de su

esposa.

i


CAPITULO XXIÍ

MUJER

I

MARIDO.

«El buen señor los sesos se deviina, I no ve cómo salga del apuro: A una mujer tan terca i casquivaia, Hacer la guerra cara a cara, es duro...:»

Andrés Bello.

— (El Proscripto.)

Fuera de estas cortas, aunque repetidas escepciones, la paz de que gozaba don Cándido de la Rueda era inalterable (paz que^ según toda probabilidad, debia al estado del matrimonio). Porque si

se lia

de creer a los cronistas de aquel tiempo, la juventud del

pacifico caballero liabia sido algo borrascosa, do cuyas

mocedades

quedaban algunas señales; como por ejemplo: una cicatriz sobre el ojo izquierdo, vestijio notable de una pedrada que recibió años atrás, en cierta noclie que andaba en malos pasos, amen de tres o cuatro roturas (ya soldadas) en el calvo cráneo, por haber barajado, según lo decia él mismo, con la cabeza, unos feroces garrotazos aplicados correctivamente por un guaso del sur mui celoso, i de le

otros chichones

i

cardenales producidos por los estribazos

de a caballo. Apesar de todo dido,

esto,

i

vueltas

apenas se hubo casado don Cán-

cuando se acabaron como por encanto las remoliendas paseos ^


— nocturnos

con

el

133

francachelas c(m amigos en la chacra.

i

cambio de estado,

irse al sepulcro,

i

Cambió de vida

su buen padre tuvo la satisfacción

de

dejando mui bien asentada la reputación del here-

dero de su nombre. Desde entonces, en lugar de andarse divirtien-

do

gustando por esos mundos, tomó por predilecta ocupación

i

asistir a las iglesias.

Su padre

le

el

habia dicho; «que aun cuando no

fuera cristiano católico, tenia obligación de parecerlo, porque en

tan importante materia, no debia

ir

en contra de los demás, mayor-

mente cuando sus aspiraciones eran alcanzar a ocupar un destino en el gobierno.» Así lo hacia don Cándido, i oia diariamente su misa; ayunaba los viernes; asistía a todos los sermones; no faltaba a ninguna procesión; pagaba relijiosamente todas las cuotas corres pondientes a las hermandades de los conventos en que era asentado, i era siempre el mas devoto acompañante del Santísimo Sacramen to,

de cuya esclavonía era

El cuarto do,

o quinto

cuando oyó en

el

mate

el

tesorero nato.

habia ya tomado

se

el

señor don Cándi-

patio la sonora voz de su esposa.

—Jesús María! venia

diciendo la señora: estoi cocida de calor

(por donde se colije que doña Estrella era gorda). Muchacha! escla-

a la pieza,

al entrar

dirijió

caja.

al entrar:

i

sin contestar al saludo

toma mi

qne su marido

j)añolon, dóblalo bien,

i

le

mételo en la

Ten cuidado con no equivocar los dobleces! ¿CmoQ te ha ido Estelita? le preguntó don Cándido ¿te hicieron

— carino —Antes de una cosa Cándido, ¿Sabes que me has dejado muerta de vergüenza? — Por qué? preguntó estupefacto buen — me preguntas? Tú no aprenderás jamas a hombre de Dios! — Pero, por Vírjen con deseos de Yo con mui por ahora pensamientos. —Ya después de que has hecho. ¡Enviarme a hijita?

contestarte,

diré

te

el

¿I

lo

ser jente,

hijita,

si

decir

lo

con don Marcelino

como

pelear?

i)acíficos

ve!

se

¿vienes

la

estoi

casa»!

señor.

(íqiie

me dabas pevíniso para que comiera en

para quedarme aquí o

allá,

su

necesitase yo de tu

permiso.

—No quise q^ue estarás

—No

decir eso, hijita.

mui

Pasa para

acá;

ven a sentarte, poí-

fatigada.

doña Estrella sentándose: lo que tengo es incomodidad, vergüenza... ¿Qué habrán dicho Lucinda i fbu madre? Tal vez pensarán que yo me dejo tratar por mi marido estoi cansada, no, dijo


— del

mismo modo que

son tratadas por aquel

ellas

hombre tan

Marcelino... ¡Que

134

macho de don

antipáticol

cálmate... Eefréscate. — Pero tan esclamó doña Estrella — tan pesado, tan acentuando sus palabras con sendas patadas en refunfuñó don Cándido. viene de —Es cosa — Pero, hombre, por Dios! advierto que no vuelvas a hacer manera de portarse con una porque esa no otra —Te juro que no haré mas, mismo; pero otro dia olvidan jurando — Siempre monte. cabra tus propósitos... Ya — Eso mismo digo esposa mia. hijita,

¡I

ruin,

i

soez!

i

suelo.

el

pelea,

decidida,

lo

te

señora.

es la

vez,

Esteiita.

lo

estás

se te

al

lo

tira al

se ve! la yo,

— Eso mismo

hombre

dices,

sin cabeza; pero obras al revés.

En

enviarme ese grosero recado, debiste haberle dicho a don Marcelino: '^dígale a Esteiita, que es mi hijita; que me dispense el no poder acompañarla a casa, porque tengo mucho que

lugar

de

hacer, pero que pronto volveré a buscarla.»

espresado;

pero nó, sino que en cuanto

Marcelino,

me

dijo:

^^mi

me

jí^sí

vio el

compadre Cándido-,

le

debieras haberte

marrano de don da permiso para

quedarse con nosotros"... Permiso! permiso! decia la señora enco-

mas

lerizándose

i

mas... Estuve

tentada por decirle una bar-

baridad.

I habrias

hecho bien,

le

gran enojo contra su compadre, culpa de lo sucedido, a

fin

don Cándido finjiendo un

contestó

pensó que debia echar la

al cual

de librarse de la cólera de su buena

esposa.

—¿Por qué dices eso? preguntó — Porque mi compadre un estúpido que no memoni para jurar en ¿Conque ha ido a — Ni mas menos. — Que hombre! Le he dado para recado mas cortés del ésta.

este

es

ria

tiene

falso...

así te

decir?

ni

el

mundo,

i

se

ha puesto a inventar

otro de su raajin!

— Nada tiene eso de estraño, contestó doña Estrella mas cada, porque

el tal

don Marcelino

debido con una señora,

i

refres-

es incapaz de portarse como es

hasta las mismas cortesías se convierten

en groseras necedades, al pasar por su boca.

— Has dado en

el quid, Esteiita,

dijo

don Cándido, viendo con

placer que su esposa se iba desenojando. j)ara hacerle la corte a las

Mi compadre no nació damas. Pero todavía no has contestado

a mi pregunta. ¿Te hicieron cnriño, hijita?


135

— Muchísimo, Cándido, muchísimo. La Trinidad su hija son qué dulzura! unas alhajas para amigas. ¡Qué padrino de Lucin —Tengo buena mano, eh? ya sabes que — Lucinda un viendo a — Soi de tu mismo parecer; no fuera porque i

carácter!

soi el

ánjel!

es

i

cada

que no

rato, diria

te estoi

si

liabia visto cara

mas

perfecta que la de esa

niña.

— Calla

Te pegan mui mal las zalamerías! contestó doña Estrella mirando a su marido con el enojo mas risueño del mundo. -Me alegro muchísimo de que te hayan cuidado, prosiguió éste. la boca!

Ya

estaba pensando en irte a buscar.

—Eso

portarse

es;

me

gusta que vayas aprendiendo. Así es como debe

un marido.

la cartilla

Al

he de lograr que aprendas de memoria del matrimonio, porque ¿no te acuerdas? Cuando nos .

.

casamos, no sabias ni

fin

el Cfistus, dijo

doña Estrella riendo a carca-

jadas.

esclamó don Cándido, par— Gracias a Dios que veo ticipando de de su cara mitad. —Lo que don Marcelino, prosiguió no pasará te

contenta,

la alegría

la señora,

es

del

hombres como él nacieron para la vida monástica. ¿Qué pecado habrá cometido la Trinidad para que Dios la haya castigado con ese hombre? Te aseguro, Cándido de mi alma, que cada vez que lo veo, quedo empachada para un año... I luego ¡qué aquél ánjel de Lucinda tenga que sufrir los caprichos i jenialidades de ese lobo marino!... Porque da pena ver lo que está paCristus, porque

los

sando en aquella

casa!...

¿Sabes

lo

que hai?

— No — Pues

don Cándido. es el caso; de que Lucinda se ha enamorado de Anselmo Guzman, i éste de Lucinda; de modo que no parece sino que Dios los hubiese unido, según es lo precioso que encuentro ese matrisé nada, hijita, contestó

monio.

—MaluTitur!

mujer viene de

— Qué — Que a mi selmito — Muí

Cuestión tenemos, pelea.

murmuró don Cándido. Esta

¡Ya digo!

dices! juicio, ese

matrimonio de mi ahijada con

el tal

An-

es...

lindo;

i

sobre todo

es el ser

mas

mente a

la felicidad de

mui

lójico.

Pero don Marcelino, que

contrario a la lójica que conozco, se opone tenaz-

su hija.


— — Creo que ya Cándido. ha —Así

le tiene elejiclo el

se lo

136

esposo que le conviene, dijo clon

dicho a ellas mismas. ¿Qué sabrá

para que se meta a

marido como

él

de

Temo que haya buscado para

elejír..'.

amor

su hija

ha de costar para decidirla, porque la muchacha está firme en que será de Anselmo o de nadie; i a mí me gusta la niña porque es de carácter; i como está apoyada por la madre... ¿También mi comadre Trinidad está de oposición? preguntó alg'un

él...

Pero trabajo

le

— cuestión. don Cándido, porque queria aparecer estraño a — ¿Qué llamas tu de oposición? Está en su derecho; yo baria mismo en su o —Ya — aun me he ofrecido para ayudarlas en que pueda... —Maluntur! volvió á refunfuñar don Cándido. Está de Dios la

lo

luo'ar.

lo creo^ hijita; pero... les

I

lo

que hemos de pelear ahora.

I

como yo

te

tengo por hombre de razón

i

amigo de

la jus-

ticia...

—Dices

—No

bien; pero advierte que...

he dudado en prometerles, que tú tomarás a pecho la cau-

sa de tu ahijada,

i

que entre

los dos

trabajaremos por la reali^^acion

de ese bello matrimonio.

— esta mnjer supiera que acabo de hacer, me pensó don Cándido. — ¿Qué parece? — Lo que me que no podemos meternos en ese asunto. —¿Cómo no podemos? ¿Con que, atreverás a dejar que fiquen a tu ahijada? — Pero atiende. — sobre todo ¿cómo atreves a dejar mal a tu esposa? ¿No Si

crucificaria,

lo

te

parece, hijita, es

te

Estelita,

.

te

I

te

sacri-

he dicho que he-dado mi palabra? Ah!

del CristuSy en la cartilla matrimonial, lo

que con tanta justicia

i

pretendes haber pasado

cuando dudas en acceder a

te pide tu esposa?

Pero, hijita de mi alma! esclamó don Cándido juntando las manos en actitud de suplicar. ¿Te parece prudente que nos metamos en asuntos ajenos?

—Este no negocio ajeno: a tu ahijada pro Cándido! Eso — será cuando su padre muera es

i

tí te

toca, en conciencia,

salvar a

tejerla, sí

i

la

muchacha quede huér-


137

Pero estando vivo mi compadre Marcelino, que es

fana...

de la familia.

.

no padre, sino verdugo. —Es que —Estando vivo mi compadre, no me este viejo

es

te decia,

me

el jefe

atrevo a injerir-

en asunto tan delicado... Por otra parte, agregó don Cándido,

ya sabes que yo autoridad.

Si la

un hombre de orden i amigo de la paz i de la mujer i la hija se le han sublevado a mi compa-

soi

dre ¿cómo quieres que yo proteja esa sublevación? Ello seria atacar la autoridad paterna.

— Desgraciada de mi, esclamó en

los ojos...

doña Estrella con las lágrimas tonta de mí que creí encontrar en tí buena voluntad!

Pero debo conocerte, Cándido, tú eres incapaz de elevarte a la tura de un regular, no digo de un buen marido!

al-

I la señora se aplicó el pañuelo a los ojos.

—Válgame Dios! esclamó No

su consorte.

don Cándido acudiendo a consolar a

Antes prefiero ver-

llores; tranquilízate, Estelita!

que llorando.

te enojada

mi desgracia. Yo Trinidad que — Oh! déjame sollozando señora. tenia mala —Yaya pues, prometo pasarme partido femenino; pero a condición de que no — Pero hombre corazón, de causa de mi mis — Lo dicho, mar. Ya sabes que tengo a creia

llorar

.

suerte, dijo

solo la

la

hijita, te

al

llores ni te enojes.

sin

tú,

llanto

eres la

i

enojos.

dicho,

rácter

i

i

pelillos

la

ca-

cumplir lo que prometo, aun cuando

donar nuestro partido para pasarme

al

ello sea el

de Uds. Mira

aban-

el sacrificio

que hago por tí! Yo, un hombre de mi temple, jefe de familia i piedra angular de esta casa, me resuelvo por tu amor a traicionar los sagrados intereses del partido masculino!

— Después

me

agradecerás

el

que te haya empujado a hacer

buena acción, observó la señora. Oh! esclamó don Cándido tomándose la cabeza con ambas manos, ¡buena acción llama esta mujer, el que un hombre de mi carácter, de mi temple, de mi condición i de mis circunstancias, proteja la rebelión femenina contra el jefe i cabeza del hogar do-

esta

méstico!

—Pues

bien,

si

estás arrepentido de haber

cedido a lo que te

dice tu mujer, haz cuenta de que no has dicho nada,

i

adiós, dijo

doña Estrella dando muestras de retirarse. ;Qué mujer tan viva de jenio! esclamó don Cándido. ¿Te he


138

dicho por acaso que estoi arrepentido?... Nó: yo soi carácter,

i

hombre de

cumplir lo que prometo!

Si obras en conformidad de mis deseos, te tendré por

marido; pero de pático don

una mala copia del antiseñora con un tono entre enojado i

lo contrario^ veré

Marcelino, dijo la

un buen

en

zalamero. I

haciendo una cortesía a su esposo que la miraba de hito en

majestuosamente hacia

hito, se retiró

las piezas interiores.

El po-

bre caballero, que se habia alzado de su asiento, quedó con un

palmo de

narices

i

como plantado en

Tan cómico

el suelo.

era

el

aspecto que presentaba, que merecia ser retratado a lo vivo por el

mismo

Moliere. Mientras veia retirarse a su esposa con

que no carecía de distinción bre,

i

un

de cierta coquetería, el pobre

aire

hom-

de pié enfrente de la puerta, con sus piernas vacilantes, lo

brazos caídos a

lo

s

largo del medio encorvado cuerpo, la mirada

vaga, la boca entreabierta, una sonrisa muerta sobre sus labios,

i

meneando la cabeza, parecía la estatua de la estupidez indecisa. Cuando su esposa se hubo perdido de vista, volvió de su alelamiento

i

esclamó:

— Ahora

que estamos

frescos!

esta mujer al jefe de la casa! sé a

En

bonito estado ha dejado

Yo mismo no me

entiendo ahora, ni

qué partido pertenezco. ¿Soi masculino? Soi femenino? Quie-

ro decir. ¿Soi del partido nuestro o del de ellas?

Cuando acababa

de ofrecer mis servicios a la autoridad paterna, viene forma de mi mujer, i con sus tentaciones me arrastra la oposición,

i

me

deja aquí

empantanado

i

en

bando de comprometido hasta

los

huesos, en dos bandos opuestos, sin saber a quién

sin

saber

si

el diablo

debo en conciencia sostenerlos a

ellos o

al

pertenezco;

ayudarlas a

Ah! mujeres! esclamó al fin con exaltación i dándose una palmada en la frente: estas mujeres con sus artimañas son capaces de hacer que un hombre de mi temple no sepa al fin si es macho o hembra! ellas!

19


CAPITULO XXIII EL CUARTO DEL PADRE HIPOCREITIA

clero se unia a los monarquistas i pelucones para combatir de consuno al partido liberal.» c(El

los

(F.

Errazuriz.

Algo de

lo

que

el

— Chile

tajo el imperio de la Constitución de 1828.)

ha podido ver en

discreto lector

la carta-dia-

rio del reverendo Hipocreitía, era verdad, especialmente lo

referia a la lenidad del gobierno

para castigar

los

que se

atentados contra

nuevas instituciones de que se estaba dotando al país. Esta lenidad de un gobierno que no perseguia a sus enemigos políticos, las

era mirada por

de la cual fe,

el

partido pelucon

sacaba mucho

candoroso

ciudadanos.

i

animado del mas benévolo

En

los dos

el

le

espíritu hacia sus con-

años que duró su administración, no cesó

de dar pruebas de su amor pelucones

como una prueba de debilidad, un hombre de buena

partido. Pinto era

echaban en

al país,

cara,

no

i

esa

es sino

misma benignidad que un timbre de

los

gloria para

bondadoso patriota, que, sacrificando su tranquilidad

i

su vida

en aras del bien público, se abstuvo de perseguir a sus enemigos políticos,

i

supo en circunstancias tan azarosas como

las

de aquella

poca, conservar su moderación a fin de economizar la sangre de


— A pesar

sus hermanos.

das constantemente por

140 -<

de la efervescencia de xas pasiones, atizael

partido pelucon; a pesar de los enemi-

gos que este partido trataba de concitar cada dia contra no, Pinto, después de cerradas cional; indultó, el

las

el

gobier-

sesiones del congreso constitu-

17 de Febrero de 1829, a todos los perseguidos

políticos, sin escepcion alguna.

Era natural que se riese de hechos semejantes, un partido cuya política ha consistido siempre en no dar cuartel al contrario, i en

¿Cómo hablan de conocían, i los mismos

valerse hasta de la traición para lograr sus fines.

estimar la jenerosidad los mismos que no la a quienes hacia obrar beral acción los

guaban planes

el odio?

mismos

que,

liberticidas?

¿Cómo habían de comprender

i

la

buena

fe del

debilidad, el olvido de las faltas políticas ISTo

li-

animados por bastardas pasiones, fraPor esto los pelucones calificaban de

candor infantil la franqueza con los vencidos.

esta

podían

i

partido pipiólo;

i

de

de la benevolencia para

los reaccionarios

comprender

(así

como

tampoco comprendieron después) que era posible mandar un país sin esterminar a los contrarios; i que la ciencia de gobernar no se opone a la buena fe, a la veracidad, a la honradez, a la jenerosidad e hidalguía. Hai jentes que no comprenden otro sistema de rejir a los pueblos,

que

el

del terror; ni conciben otro orden, que el Statu-

quo\ ni otra política que la de los capítulos, cubiletes, intrigas

i

ma-

niobras.

animados por su odio a las liberales instituciones, no cesaban de maquinar contra el gobierno, obrando en las tinieblas, mientras se presentaba la ocasión de haConsecuentes con estos principios,

i

Los presos políticos salidos recientemente de las cárceles, los desterrados que el indulto acababa de permitir la vuelta a sus respectivos hogares, fueron un nuevo elemento que el partido retrógrado aprovechó para soplar el espíritu de la discordia. El teatro de sus maquinaciones era Santiago, i la ocasión no podía ser por entonces mas propicia, desde que el gobierno, con

cerlo a la luz del dia.

el fin

de estudiar

el

modo de incrementar

habia trasladado a Valparaíso,

mulgado

el

al

otro

las entradas

fiscales,

se

dia precisamente de pro-

indulto jeneral.

El padre Hipocreitía que era como la personificación del partido pelucon, tenia un amigo íntimo, llamado el presbítero Cardoso, con

el

sin

darlos a conocer sino a medias, porque

cual solía conferenciar

festaba por entero a nadie,

i

menudamente sobre sus seguía

el

el

planes; pero

jesuíta no se mani-

sistema de ocultar siempre


— algo, 2:>or si acaso,

cuando

tema lo

le

i

conviniera.

político

141

\

de no decir jamas la verdad desnuda, aun

Era

el tipo del estadista

puede definirse

así: «el

pelucon, cuyo sis-

uso de lo malo para llegar a

bueno.»

Vivía Cardoso en la calle de Santa Rosa, a poca distancia del

convento de San Francisco,

un cuarto

i

liabia puesto a disposición del jesuíta

que éste liabia hecho amueblar a su gusto, i que muchas noches le solía servir de alojamiento cuando encontraba cerradas las puertas del claustro. Medía el cuarto seis interior de la casa,

varas en cuadro; su pavimento estaba cubierto con un petate de paja; su cielo de tela pintado de azul

oscuro,

i

sus desnudas pare-

des blanqueadas con cal. Enfrente de la entrada se veía

cuadro que representaba

el triunfo

un gran

de San Ignacio de Loyola; en

uno de sus rincones había una cama, i junto a ésta un armario, dentro del cual podía muí bien caber un hombre. En el cuarto había una mesa cuadrada de nogal, sobre la cual se veía un gran crucifijo, dos candeleros de cobre con sendas velas de sebo, un reloj de arena, un gran tintero de estaño con su salvadera de lo mismo, un manojo de plumas de ganzo i una media resma de papel blanco. Por último, doce taburetes de madera blanca, forrados

de vaqueta

claveteados con tachuelas amarillas, completa-

i

ban este amueblado. En el respaldo de cada taburete to un signo sobre tres letras, en esta forma:

se veía pues-

jJ-s H. Algunos días antes de cierta noche en

el

mismo

los

S.

V.

sucesos ya narrados, encontrábase

cuarto, el reverendo padre Hipocreitía

hablando confidencialmente con su amigo, el presbítero Cardoso. Tenía hambre de ver a Ud. dijo éste, i sobre todo, de hablar a

solas para

que

me

contase sus últimos trabajos. Por esto he apre-

surado mi vuelta de San Fernando.

En

aquellos

mundos

solo se

sabe las cosas a medías... Yaya, pues, dígame padre, ¿cómo va

el

negocio?

—No va mal; gracias a Dios, contestó

el

padre, poniendo en ór-


142

den unos papeles que sacó de una cartera de cuero que llevaba en el bolsillo.

—Pero verdad, preguntó ministro de hacienda? — Don Francisco Ruiz Tagle

el otro,

¿es

es nuestro en cuerpo

i

alma,

el

con-

Ud. sabe, amigo mió, que yo soi

testó el fraile con cierto orgullo. el

que podemos contar con

confesor de su señora... ¿Está Ud.?

—Ya comprendo; —No nos debe quedar

pero...

Yo

tras exijencias.

mos nacer

duda, desde que se

ha prestado a nues-

estaba convencido de que mientras no hiciéra-

la revolución

en

el

Sur, nada

obtendríamos con es-

tos motines de cuartel, aquí en Santiago.

—Bien pensado, padre. —Mas para primero, era preciso contar con

el ejército del Sur,

lo

es decir, ponerlo bajo la dirección

de un hombre que nos perte-

neciese.

—Es Prieto.

evidente. .

.

Ya

tenemos

allí

de jeneral en jefe a don Joaquín

Pero, ¿como es que no siendo

amado

Prieto por los libera-

ha puesto el gobierno al mando de esas fuerzas? Todo lo hace la política i Dios, que encamina las cosas a su

les, lo

mejor

servicio, contestó

el jesuíta.

trabajaba yo, que

me

tiene por

amigo,

ministro Puiz Tagle, amigo íntimo de Prieto. si

Pinto no quiere a

hemos hecho acceder a su nombramiento. Por una

Prieto; pero le

parte

sonriendo

. .

i

por la otra,

el

Por aquí verá Ud.

Tagle nos pertenecerá o no.

—Ya —Ademas,

lo veo, dijo Cardoso,

no podía Pinto sospechar segunda intención en su

ministro, desde que no ignora las

dian entre éste

i

el

relaciones de amistad que

jeneral Prieto.

—Perfectamente. Pinto ha duda que Ruiz Tagle nacía de su amistad. —Eso A Pinto puede hacer tragar una creído sin

panas

i

todo.

¡I

se dicen políticos

el

interés de

torre con

se le

es.

me-

estos hombres,

cuando

cam-

se

les

puede engañar con solo mentir a medias!

— ¿en cuanto a ministros? — Los demás ministros de Pinto, son de I

los otros

inmanejables que no entran por partido. Pinto mismo está tan lleno de escrúpulos, que me ha costado trabajo conseguir que obre. Es un hombre bastante relijíoso, })ero que se perderá por su liberalismo, dijo suspirando el jesuíta. Luego agregó: sin embargo, lo quiero; esos liombres


— i

haré

lo posible

148

por salvarlo, poniéndolo mal

—Eso imposible. — No tanto como parece

con

su

partido.

es

a Ud.

le

como deseo su

Yo

tengo bastante influencia

empujaré a hacer cosas que disgusten a los liberales. ¡Ojalá fuera tan fácil establecer la armonía como lo es introducir la discordia entre los hombres! El padre Hipocreitía estaba inspirado en aquel momento. Su comjDañero lo miraba con cierta admiración respetuosa. sobre

él; i

—Ademas,

agregó

el

bien, lo

he hecho por que

jesuíta:

se

ponga en

práctica otro medio, que con el favor de Dios, nos será de

mucha

utilidad.

—¿Cuál ese medio? pague sus sueldos a —El que no es

se les

a

fin

de introducir entre ellos

el

los soldados de la capital

descontento,

poder en tiempo

i

oportuno aprovecharnos de su falta de recursos.

—Ah!

ya

caigo!

---El ministro de

tarde en tarde. Mientras tanto se

muchas veces a

da dinero mui de envia dinero a Prieto, quien lo da

hacienda nos

sUs soldados

ayuda:

solo

como sacado de su

bolsillo, o del

de

que no deben esperar de este

nuestros amigos, haciéndoles creer

mal gobierno remuneración de sus fatigas. De esto, nada sabe Ruiz Tagle. Es Ud. un político consumado! esclamó Cardoso con admi-

ración. '

— Soi

lo

que Dios quiere, contestó

enorgullecerse. El

hombre no

es

el jesuíta. jN'ada

hai por que

mas que un simple instrumento

dé Dios, aun én aquellos casos en que* nos solemos servir dé los de-

mas hombres como instrumentos

— Por manera, que una vez

^

necesarios...

preparado

el

campo.;..

— Se pone en movimiento la máquina, agregó sordamente le:

Ahora dígame Ud. ¿cómo

—Muí

bien. Nuestros

le

fué en

el frai-

San Fernando?

amigos están firmes en

lo

prometido,

i

to-

dos ellos desean de corazón que caiga este gobierno de herejes.

—Loado —Hablé

sea Dios! ¿Se vio con los curas de

Rengo

i

de Rancagua?

largamente con ellos i los he visto trabajar en la santa causa con un entusiasmo digno de alabanza» Dios premie sus esfuerzos! —Sobre todo, el santo cura de Rancagua predicó antenoche un

bellísimo sermón sobre la hidra de la herejía, que dejó entusias-

mado

a los concurrentes.

Yo mismo

fui testigo de los votos

que


144

hombres respetables hacían por i

por que acabara por

fin

el

afíanzamiento de la relijion

que

este impío desorden

los

pipiólos

fomentan en el país. El cura cumple con mis instrucciones, refunfuñó el jesuíta Todo marcha a las mil maravillas, i hasta aquí mismo, en la capital, se nota el dedo de Dios. Esta noche veremos si se puede arre-

glar

el

golpe.

— ¿Cuántos son

los

que han prometido venir? preguntó Cardóse

bajando la voz.

—Aquí

tiene

Ud.

la lista, contestó el jesuíta,

pasando a su ami-

go un papel que sacó de la cartera. Tomó Cardoso la lista, i se puso a examinarla mientras el padre daba vuelta a la ampolleta que habia sobre la mesa, diciendo a^-

mismo tiempo:

—Han prometido aquí antes de no —Don Felipe La Kosa, Cardoso leyendo primer nombre de demás en complot. — que ha hecho entrar a estar

las diez,

dijo

faltarán.

i

el

la lista.

es el

Sí:

los

Si-

el

ga Ud.

—Don

Enrique Campino...

—^Ko es mal instrumento, refunfuña

el fraile.

— Don Pablo —El nos proniéte sublevar de cuerpos de —Don Pedro Urriola..i puede servirnos, porque como —Aunque un Silva...

lino

infantería*

los

tronera,

cionario de profesión... Pero siento ruido: creo que

—Sí;

ellos son, dijo

Cardoso poniendo

el oído.

es revolu-

ya Vienen.


CAPITULO XXIV

CONCILIÁBULO

EL

«Pero después de la contienda fiera, El hermano se armó contra el hermano, Tornando el gozo de la patria en llanto, I en ambición el patriotismo santo.

(Guillermo Blest

En

aquel

momento sonaron

tres golpecitos

Gaí^a.)

dados discretamente

|

en la puerta del cuarto.

—¿Quién — —Ellos

es?

preguntó Cardoso.

Patria, relijion son, dijo

Levantóse

i

honor! respondieron desde afuera.

en voz baja

el clérigo;

el jesuita.

abrió la puerta^

personas que se acaba de nombrar en

i

entraron a la pieza las el

capítulo anterior, con

escepcion de don Enrique Campino, que no venia con

—¿Qué rrando la

en

ellos.

don Enrique? preguntó el jesuita en voz baja, cepuerta i echándole la llave, que guardó maquinalmente es de

I

el bolsillo.

—^Vendrá pronto, contestó La Rosa. — don Diego? I

— Campino

me ha

prometido que don Diego será también de


146

nuestra conferencia. Mientras vienen, podemos hablar nosotros

i

tener algo adelantado.

Diciendo esto, sentáronse todos al rededor de la mesa, mientras

Cardoso cortaba con las despabiladeras

i

atizaba las mechas de las

velas de sebo.

— Los Coraceros que ocupan cuartel de San Pablo, son nuesLa Rosa dirijiéndose a Hipocreitía. — nosotros podemos asegurar que mañana serán Invália un mismo tiempo Urriola agregaron — pero ¿bastarán estos elementos para el

tros, dijo

lo

I

casi

dos,

los

Silva.

i

^Está bien, dijo el fraile;

la obra?

— Cómo no han de

bastar! interrumpió Urriola,

mitad de estos hombres podemos hacer cera bierno de muñecos!

—Tronera, siempre —¿Lo duda su paternidad?

tronera!

i

Coraceros,

los

manos, Pinto

yo

i

les

murmuró

i

cuando con la

pabilo de este go-

el jesuíta.

preguntó don Pedro: dénseme solo

prometo que mañana estarán en nuestras

sus ministros. ¡Palabra de honor!

i

— Poco a poco, amigo mió, es tan hacedera

como

le

interrumpió

La Rosa. La

cosa no

parece.

—El capitán tiene razón, —¿Qué no hacedera? es

dijo el fraile.

Yo

encuentro la cosa hecha, repuso

Sí,

que tratándose de una revuelta estaba en su elemento. prosiguió: la cosa es hecha: en diez minutos tomamos el cuar-

tel

de San Pablo; ponemos presos a los oficiales que no sean con

Urriola,

nosotros i

;

armamos

la tropa, distribuyendo al

aguardiente entre los soldados.

por las

calles,

llamando

al

mientras una compañía se

La mitad

¡mueblo dirije

i

mismo

tiem])o dinero

batallón se reparte

del

castigando a los que resistan,

a casa del ministro,

i

con

el resto

vamos derecho a la plaza de Armas, que será el punto de reunión. Asegurado el ministro, sitiamos el palacio del del cuerpo

nos

Presidente,

i

tras

antes de la diez del dia, tenemos al Gobierno en nues-

manos...

Yo, hasta aquí los

ayudaré,

porque

mientras se trata de echar abajo a un gobierno...

soi

hombre

lo

de arre-

En

glar después las cosas, no entiendo ni jota.

Riéronse todos de la palabrería de Urriola, menos

que parecía no

—Es

oír lo

el jesuíta,

que aquél decía.

la verdad, prosiguió

don Pedro: yo

me

conozco; no sirvo

palabra para esto de organizar un gobierno después de dado 19

el


— golpe. Así

es,

que en cuanto

147

dejo el naipe

lo dé,

i

diré:

— «que

ta-

lle otro.»

Tan embebido estaban en

la

conversación, que no oyeron los

golpes que otros recien llegados daban a la puerta del cuarto.

embargo de que oian muí bien el ruido de la conversación, dieron a la puerta dos o tres empujones, cuyo ruido introdujo la alarma entre los conjurados. Nos lian es2)iado! esclamó La Rosa. Viendo éstos que nadie contestaba,

sin

eso es, estamos vendidos, dijo Urriola alzándose de su

Sí;

A

asiento; pero afortunadamente tenemos nuestras espadas.

la

defensa, amigos!

— ¿Qué

piensan hacer? preguntó

el fraile

que participaba del

temor j enera!

— Defendernos, contestó Urriola. interrumpió —No sean

el jesuíta.

locos!

Mientras tanto se repetian los golpes;

i

el

padre que quería ga-

nar tiempo, contestó desde adentro:

—Ya En

va a

se

abrir!

Déjenme quitar

seguida corrió apresuradamente hacia

cuña de madera que nas,

la tranca!

fijaba sobre el

haciéndolo jirar en torno de la

i

el

armario; quitó una

pavimento una de sus esquiesquina opuesta, se vio que

mueble habia una cavidad en la pared, capaz de contener cuatro o cinco personas. Luego hizo señas a los conjurados detras del

para que entrasen

nados por el

allí

prontamente, lo cual hicieron todos, domi-

la enérjica actitud del fraile;

i

haciendo de nuevo jirar

armario, quedó él solo en el cuarto.

Todo

esto fué ejecutado en

para contarlo. El

fraile

menos tiempo

del que se necesita

entonces abrió la puerta,

i

no pudo conte-

ner una esclamacion de sorpresa al ver a los dos amigos que esperaban.

Uno

de ellos entró al cuarto con cierto desenfado natural,

muí

ajeno del porte de un conjurado; el otro lo siguió de atrás con aire

de reserva;

i

en cuanto pisó

rada inquisidora por

Era

el

los

el

umbral de

la puerta, paseó su

cuatro áogulos de la despoblada pieza.

que habia entrado primero, un hombre de treinta

cuarenta años de edad, alto de cuerpo, esbelto de arrogante

i

desembarazado,

sombrero un poco echado i

mi-

i

de móvil

i

talle,

i

de andar

espresiva fisonomía.

atrás, descubría

una

i

Su

frente ancha, alta

despejada, coronada de cabellos de color castaño oscuro.

rada de este hombre, penetrante

ocho a

maligna de ordinario,

La misolia to-


~

-^ 148 mar, ya

el tinte

de aguda malicia, ya

tono de la severidad, por

el

Su

cierta contracción natural de las cejas lijeramente arqueadas.

nariz larga

i

estar dotado;

que a veces dos

i

—¿Qué le

la persistencia de

que parecía

en sus delgados labios vagaba una sonrisa burlona,

una espontánea

se convertía en

de dientes blancos

filas

po que

daba a entender

recta,

significa. esto,

carcajada, dejando ver

parejos.

i

padre? preguntó al jesuíta, al

mismo

tiem-

sacudía cordialmente la mano. ¿Tanta reserva gasta Ud.

con sus amigos?

—Yo

se lo esplicaré todo,

dre entre risueño

i

mi señor don Diego, respondió

avergonzado.

I mientras cerraba la puerta

daba sus dos vueltas a

i

poniendo por añadidura una tranca, cuatro palabras todo el

pa-

el

el

el

la llave,

prudente jesuíta relató en

caso a don Diego Portales, que no era otro

que acababa de llegar acompañado de don Enrique Campino.

—Padre; sáquelos pronto de

la ratonera, dijo Portales riéndose

del chasco.

El estante volvió a lieron de

jirar sobre sus

goznes,

su escondite, risueños unos

i

i

los

conjurados sa-

confandidos otros por

el

ridículo.

—Parecen ratones saliendo de un agujero de Diego sin poder contener la

mada,

plática.

se hizo al

padre Hipocreitía, que

¡Buena cosa de revolucionarios!

risa.

la

mesa,

al principio

i

habla parecido no interesarse

tanto en el asunto. Cada cual propuso su plan.

opinión de reunir

don

comenzó de nuevo la inteEsta vez, si bien fué la conversación menos animenos mucho mas seria, dominando en ella el

Sentáronse en seguida a

rrumpida

la pared, dijo

mas

elementos,

i

bra con los ya reunidos para dar

La Rosa

era

d

Urriola creia que habia de so-

Los otros querían esperar un poco mas tiempo, i ver si podían comprometer a varios jefes del partido liberal; pero el impaciejite Urriola no cesaba de decir que cuanto mas temprano se diera el golpe, era tanto mejor, porque el que pegaba primero, pegaba dos veces, i que si lo querían, él

el golpe.

estaba dispuesto a obrar desde

—Yo participo de todas

el

dia siguiente.

las opiniones, dijo el

padre Hipocreitía,

que quería estar bien con todos. Yo busco siempre los términos medios: ni mui adentro que te quemes, ni mui afuera que te hieles. Al grano, al grano, padre, le dijo Urriola.... ¿Qtié es lo que

— Ud. piensa? —Eso

es, dijo Portales,

vamos

al

grano.


149

— Pienso que debemos aprovechar que no debemos precipitar

el

tiempo; pero también creo

i

en esos dias antes de

para mí la época mas oportuna; pues

no logramos

el

si

por

todo de nuestro objeto, conseguiremos

prestijiar al gobierno introduciendo el desorden

ganar una batalla. Kepitopues, que

las

la elec-

desgracia

siquiera des-

en sus trabajos elec"

Obtener algunos diputados de nuestras opiniones

torales.

Ya

golpe por falta de cordm'a.

elecciones de diputados se acercan, ción, está

el

eS;

como

llegase a frustrar el golpe,

si se

quedará la discordia, de la cual podemos sacar mucho partido.

Nue&tro deber es desprestijiar por todos los medios que estén a nuestro alcance, al partido pipiólo en esta provincia, para que éste

puedo decir a ustedes que ya el campo se está cultivando con esmero en los alrededores de Santiago según las comunicaciones que he recibido de muchos pádesprestijio se refleje en todo el país .Yo

rrocos amigos.

Portales no decia una palabra; pero miraba al jesuíta de

manera

particular.

—Ahora, prosiguió que

una

aquél;

si

salimos triunfantes,

mi parecer

es

se castigue a los culpables, principiando por el vice- Presidente

Pinto, su ministro

¿I

i

el

intendente de Santiago...

qué habremos de hacer con

ellos si los

tomamos? preguntó

Urriola.

—Pasarlos por Al

las

armas, contestó tranquilamente

oir esto, Urriola

jestode disgusto;

miró fijamente

La Rosa permaneció

no hizo

mas que

Campino hizo un

al fraile;

impasible,

se ajitaron visiblemente sobre sus asientos.

pisar por debajo de la

En

mesa

el jesuíta.

i

Cardoso

i

Silva

cuanto a Portales pié a

el

Campino,

i

refunfuñar entre dientes:

—Este —Yo

mismo

fraile es el

creia

que esto era

lo

mal efetto que hicieron manera interrogativa. el

—Así contestó — Pero hasta aquí no nos —Ruiz Tagle nuestro,

convenido, agregó el jesuíta al notar

sus palabras. I miró a

La Rosa de una

nada de su

Urriola.

éste.

es,

es

podemos seguir negando bien descontentas con entre los soldados:

—Pero Freiré

diablo.

el

el

dice

prosiguió

el

j)lan, dijo

fraile;

i

por su medio,

sueldo a las tropas, las cuales están gobierno. Freiré

opongamos su

está en Rancagua.

tiene

mucho

ya

prestijio

prestijio al del gobierno...


150

porque estuviera —Tanto que he pensado. preguntó Portales? —¿Qué — varias firmadas por mejoi';

aquí,

si

cosa?

i

lo

cartas

^Escribir

oficiales

no podriamos hacer

Freiré,

i

dirijidas a varios

de esta ciudad, diciéndole, que coadyuvará a la revolución y

prometiéndole estar aquí para un dia

en Aconcagua. Al

también por

mismo tiempo

el golpe, el decir,

que ni

con tropas reclutadas

se repartirá

a quien de nada

el jeneral,

fijo

las cartas ni las

proclamas firmadas

le servirá

después de dado

proclamas son suyas.

interrunpió Campino; pero nos hemo —Bueno está todo olvidado de que — agregó Silva: no puede sublevar un cuerpo con esto,

lo principal,

es el dinero.

manos

las

se

^Así es,

vacias.

—A mí me han prometido mil cientos pesos, La — Pero con esa suma no hai ni para observó

Rosas

dijo

tres

principiar,

el

otro.

Yo también puedo juntar irnos ochocientos pesos entre las personas que me han hablado sobre el particular. Yo no me habia fijado en esto, dijo el jesuíta: no me imajina-

ba que de los

el

partido

ricos.

^Ah!

mi

padre, le observó Portales: sepa

mui

este país tienen

—Pero —Entre

se trata

lo último,

se

para una revolución fraguada por

faltase dinero

sensible el bolsillo.

déla conservación del

la relijion

i

la bolsa,

si

país, de la reljion!...

yo creo que mas bien defenderán

i

Puedo

que cuenten con

mil pesos por mi parte.

—Está —¿Usted?

de

Quieren la breva pelada.

sobre el particular. seis

los ricos

temer ia que nuestro proyecto fracasayo no hubiese ya tomado ciertas medidas

observó Portales;

por falta de fondos,

Ud. que

decir a los señores jefes que

bien, dijo el fraile;

i

sino basta esa suma, yo

me

oyen»

prometo du-

plicarla.

preguntó Cardoso con un jesto que quería decir: «¿De donde ha de sacar lo que ofrece?» le

Comprediólo

el jesuíta;

pero solo contestó:

—Yo también tengo amigos. En seguida agregó: —Ahora que señores están los

dispucí-tos a

ayudarnos en esta

empresa, es preciso que suspendamos la conferencia. Después volveremos a unirnos oportunamente para acordar los detalles. Pero antes de separarnos es menester que juremos aquí delante del Cristo Crucificado, no divulgar nada de cuanto se ha hablado en este recinto.


151

puso de

pié, haciendo la señal de la estaba que sobre la mesa. Algunos de cruz i mostrando por dominados el enérjico circunstantes, movimiento del jesuita, los

Diciendo esto,

se

el fraile

el Cristo

imitaron mtlquinalmente su acción; pero Urriola permaneció en su asiento

i

dijo:

—Entre militares

de honor, no hai para qué hacer esa clase de

juramentos.

— Yo no no quiero

seguirlas.

mañana mismo que

soi

friamente

soi militar, dijo

Lo único que

el

fraile:

ignoro esas leyes,

diré a Udes., es, que si

contaré a Pinto toda esta conversación.

i

no juran,

Ya

saben

su amigo íntimo.

Los circunstantes

se pusieron entonces de pié,

i

dijeron:

— Lo juramos! Pero Urriola se quedó en su asiento, sin hacer caso de la amenaza del jesuita, quien no notó, o aparentó no notar esta circunstancia,

porque no volvió a

— ¡Que Dios castigue En

mas, contentándose con

exijir al

que

decir:

falte!

seguida se separaron, saliendo de uno en uno de la casa.

Portales fué el último que se despidió del fraile;

hubieron salido del cuarto,

i

cuando

los

demás

preguntó:

le

— Dígame padre, francamente, —Distingo, contestó

que acertaremos

¿cree

el jesuita.

el

golpe?

Si Ud. llama acertar el mejorar

la condición de nuestro partido, le diré

que

sí;

pero

si

cree que el

acierto consiste en derrocar con esta sola intentona al Gobierno, le

contesto que nó, porque esto no es tan

fácil, ni seria

oportuno tam-

poco, estando tan distante nuestros amigos del sur. El golpe deci-

haya traído su ejército de este lado del Cachapoal, porque entonces podemos ser pro tejidos por él en caso de una reacción. I ¿por qué no esperar entonces que llegue ese tiempo? preguntó Cardos, mientras Portales contestaba con un jesto de aproba-

sivo debe darse cuando Prieto

ción a las palabras del jesuita.

— Porque nada éste.

Al

dición,

se pierde

con principiar desde luego, contestó

contrario, nuestro partido mejorará

que es

lo

notablemente de con-

que ha sucedido con las últimas revueltas. Es pre-

ciso tener al país

en una constante alarma,

i

probarle prácticamente

que este gobierno carece de prestijio i es impotente para conservar la tranquilidad pública. Los tales liberales caerán a fuerza de suscitarles inconvenientes por todos lados. Si salimos vencidos, yo empujaré a Pinto por

el

camino de

las ejecuciones militares,

i

esto


152

desacreditará su administración. Si así no lo hace, verá la debilidad

sublevarlo

del gobierno

i

,

dará mayor facilidad para

esto nos

De

en tiempo oportuno.

el ejército

todos modos, esta revuelta

enjendrará la discordia, de la cual nos debemos aprovechar en favor

de la causa de nuestra relijion nuestros fueros ajados por

—Tiene

Ud. razón,

el

ulti'ajada,

bando de

del sostenimiento de

i

la impiedad.

Portales despidiéndose

dijo

i

saliendo a la

calle.

Al

llegar a la

Alameda,

se juntó éste

con Campino, quien

lo espe-

raba paseándose cerca de la boca-calle.

—Este

mandado hacer para

fraile es

el caso!

Pero nada nos importa su fanatismo, con

esclamó don Diego.

tal

que nos ayude en

nuestra empresa.

—Es un hombre na alternar con

—Por

decidido, agregó

;

él.

qué?

— Porque un — Oh! interrumpió es

Yo

traidor...

que visita a Pinto.

riendo malignamente Portales:

Pinto porque no ha jurado ante fidelidad.

Campino pero a mí me repug-

Pero como quiera que

el

traiciona

a

Cristo Crucificado guardarle

sea, prosiguió;

nos valdremos de

su furor relijioso para obtener nuestros fines políticos.

Mientras tanto

el

reverendo padre decia a su amigo Cardoso:

—Es preciso hacer mos gran

creer a estos imbéciles, que nosotros toma-

interés por sus ambiciones políticas, a fin de poder valer-

nos de sus odios en provecho

i

honra de

la relijion

i

de sus ministros.


CAPITULO

XXV

DE COMO A UN VALIENTE LE ES PERMITIDO A VECES TENER MIEDO

<rDo quiera el

Do

hombre vive

qiiier trabaja, sueña,

Buscando dichas

ama

o concibe,

tocando males, Alli siempre se escucha El eco de mil sones funerales. i

Ah! vivires luchar; infatigable Atleta de la vida el ser humano I el universo la espaciosa arena, Sentado sobre trono incontrastable El Dolor, taciturno soberano, Preside por do quier la gran escena.» D.

Arteaga Alemparte.

Anselmo Guzman vivía en casa de un antiguo amigo

i

compa-

ñero de armas, llamado Andrés Muñoz.

Andrés era casado i tenia tres hijos; un niño i dos niñas menores. La esposa de Muñoz, Cecilia Villarreal, era un modelo de virtud, i tenia el arte de hacerse amar, no solo por su bondad natural, sino por su discreción; todo lo cual la hacia ser adorada de los ami-

gos de Andrés que tenían

Uno

de los

el

placer de visitar su casa.

mas íntimos amigos

de estos felices esposos, era

An-

i


— selmo,

a quien miraban casi

ambo.^ todo

el

154

como de

dispensándole

la familia,

cariño que el joven merecia. Andrés especialmente

conservaba una especie de entusiasmo por su amigo Anselmo, quien le correspondía con toda aquella franqueza i lealtad de que es capaz

uu corazón honrado.

Ambos amigos

hablan peleado juntos en

los iiltimos

años de la

Anselmo habia encontrado siempre en su amigo (que era de mucho i][;ias edad que él) una especie de director i de apoyo, tan necesarios para un joven en la azarosa carrera militar. Jamas hubo consejos dados con mayor franqueza i sinceridad, ni seguidos con mayor puntualidad i discreción; i puede decirse que nunca hubo entre ambos amigos ninguna circunstancia que menoscabase su mutua estimación. En la amistad, el mérito busca al mérito: Andrés i Anselmo eran valientes^ leales, jenerosos i discretos, i al conocerse i estimarse mutuamente en lo guerra de la independencia,

i

que vallan, no podian dejar de ligarse con un afecto verdadero profundo. I careciendo el joven de accedió a las instancias de Andrés

con

familia en cuyo seno i

de su señora,

i

i

residir,

se fué a vivir

ellos.

Yeinticuatro horas después de la entrevista de don Cándido con su señora, que tan preocupado habia dejado al primero por no

saber

ya a qué partido pertenecía; ambos amigos conversaban con-

fidencialmente en el cuarto de Anselmo.

Este habia contado a Andrés todo

mismo tiempo, que estanoche misma a hablar con

de la casa de don Marcelino, diciéiidole

ba comprometido para

ir

aquella

en las ventanas

lo ocnrrido al

Lucinda.

Andrés estaba pensativo. La preocupado como

si se

amigo le tenia suya propia. Al fin dijo a

felicidad de su

tratase de la

éste:

—Yo no

sé por

qué

se

me ha

puesto en la cabeza que ese

hom-

bre que pasó por la calle, cuando tú estabas en la ventana, era un espía.

— por qué? preguntó Anselmo. ¿A quién por qué causa espiaba? —No podemos saber nosotros; pero me da qué pensar ¿No que no sentia sus pasos? —Así una sombra andando; pero yo no doi importancia a hecho. —No, amigo mió: yo tengo bastante mas edad que por ¿I

i

lo

dices

el que...

se

era: ])arecia

este

tú,

i


— 165 — esperiencia que la traición es

mas comim de

podemos saber a quién espiaba que fuese a

¡Quién sabe

tí.

si

lo

que se

No

cree.

ese hombre; pero bien puede ser

algún interesado en descubrir

el

mis-

terio de tu amor!...

—En tilla

otro

ese caso interrumpió Anselmo, creerla queel espía era Gace-

por su gran afición a descubrir cosas ocultas; pero ¿quién

. .

—Vamos

con tiento,

le

puedes creer lo

observó Andrés:

que quieras; pero yo tengo metida en la cabeza esta sospecha, i he formado el proyecto de acompañarte esta noche. ¿Me tienes por un cobarde, Andrés? preguntó el joven. ¿Crees que me puede inspirar temor un hombre ruin que se atreve a servir de espía? Te aseguro que si no estuviera mi pensamiento lleno de la dulce idea de ir a hablar con Lucinda, me acordaría de ir allí

solamente con

de castigar al bellaco.

el fin

Mientras Anselmo hablaba, miraba de hito en hito a su amigo, quien contestó

al fin:

— Me preguntas

¿si te

tengo por cobarde, a mi, que te he visto

amigo mió, advierte que el valor nada vale contra la traición. Guarda tu valentía para defenderte de la valentía de otro; i emplea toda tu astucia i maña, para librarte de los

mi

pelear a

lado? Pero,

que quieran atacarte por

la espalda.

— Esas palabras en tu boca, Andrés? —Es que tengo mas años que Anselmo, tú,

do de

las últimas

su vida, si te

me

me acuer-

ademas,

No

libró de ser asesinado en los Cerrillos de Teño.

he contado

^1 caso.

Mientras impedia

huya pronto, que alternando con

quier valiente

de

palabras de aquel viejo sarjento que, a costa

le es

solo

él

llegasen hasta mí, que no podia defenderlo, tán!

i

me

asesinos

que

los asesinos

gritaba: «mi capii

traidores,

a cual-

permitido tener miedo.» Estas fueron sus

últimas palabras, prosiguió Andrés dando un suspiro, pues cayó bajo los golpes de los miserables, de quienes efectivamente tuve

que huir saltando por una ventana. Te aseguro, amigo mió, que para huir de aquella manera delante de los malvados que se reían de mi cobardía, tuve que hacer

un supremo

ra intención fué echarme sobre

misión que mi jefe

me

.ellos;

esfuerzo de valor.

pero luego

habia encomendado,

i

me

cerré

Mi prime-

acordé de la los ojos

i

es

capé...

—No

sé por

Anselmo.

qué encuentro algo de paradoja en todo

eso,

dijo

1


— —Es que tu dime:

¿si

156

sangre bulle demasiado, amigo mió: pero óyeme

tu jeneral te

mandase a una emjiresa

difícil

i

i

arriesgada,

qué pensarías?

— Lo estimaria como un honra. — Bien dicho. Por consiguiente, mientras mayor fuera tu satisfacción tu ardor por afrontarlo. mayor —Es evidente. — Pues, amigo; valiente de esa manera no seria

gro,

el peli-

i

ser

porque

es difícil,

para dar una carga al enemigo, para escalar una muralla, o para

ir

un cañón que diezma a nuestros soldados, no se ha menester mas que de un poco de ca^or en la sangre. Tu debes saber por esperiencia, que esto lo hace uno con cierto placer i empujado por el amor a la gloria; o bien, por el temor de que lo tengan por medroso. Pero hai otra clase de valor mucho mas raro i de mas positivos resultados, el cual consiste en cumplir con un deber, aun a clavar

a riesgo de parecer cobarde.

sonriendo Anselmo, — Según de puro miedo? —Eso con raras — ¿en qué diferencia cobarde a impulsos del miedo? —En que cobarde teme dolor eso, dijo

¿crees tú,

que

si

somos

valientes, es

escepcioiies.

es,

se

I

teme a

la deshonra.

¿I

en

i

el calificativo

Es

si

ambos obran

a la muerte,

El miedo del uno es

otro es rico en buenos frutos.

para merecer

físico

al

el

liente

del valiente

el

vil

i

i

estéril;

preciso, pues, saber tener

el

va-

el

del

miedo

de valiente.

qué rango pones entonces

al

que ejecuta una acción

valerosa, sin que sea incitado por la seductora esperanza de adqui-

fama? Ah! El que es capaz de ser valiente sin que lo estén mirando, es un héroe, dijo Andrés. Pero no se trata de estas escepciones de hombres que presentan el mas alto tipo de la valentía verdadera. Te hablaba del valor común de las jentes... Pero estamos filosorir

fando demasiado: nos hemos olvidado de nuestro asunto principal.

Ya

te digo

—En

que he resuelto acompañarte,

i

te

acompañaré.

cuanto a eso, dijo Anselmo, suponiendo como presumes que hubiese algún peligro, (que yo no creo) no puedo consentir en que te espongas por mi causa. Dime, le preguntó Andrés ¿no obrarlas tú como yo lo hngo? El joven solo contestó con un jesto que significaba: «¿quién lo duda?»


— — Pues haga

Me

157

bien, prosiguió el otro, ¿por

qué

me

quieres quitar que

que tú barias en mi lugar? Esto es injusto, amigo mió...

lo

que no quieres verme espuesto al peligro, en caso de haberlo; i si no lo hubiese, Anselmo, ¿liabria yo de insistir en acompañarte? ¿Crees que yo haya de interrumpir tus coloquios? prosiguió riendo. Nó, amigo; mientras tú hablas con Lucinda, yo me quedadices

ré detras de la esquina.

— Pues tu compañía con —Es mui

bien, le interrumpió el joven tal

que no

Ahora

justo.

me

con buen humor, acepto

interrumpas.

solo te advierto

pada... Aquella que te regaló don

que lleves tu mejor

Ramón

es-

en «San Carlos» ¿te

acuerdas?

— Como

si lo

centelleantes.

estuviera viendo! esclamó

Es

la

misma espada que

el

Anselmo con

los

ojos

jeneral llevaba cuando

dimos la última carga que decidió nuestra victoria en Pudeto... Hai momentos, prosiguió alzándose de su asiento el joven i mostrando la marcial gallardía de su persona, hai momentos Andrés,

qne no se olvidan jamas! Andrés habia traído diestramente a la conversación aquellos recuerdos que podían exaltar el entusiasmo belicoso del joven. Así me gusta verte, dijo aquél golpeando con su mano el hombro de su amigo; así me gusta verte de cuando en cuando, porque si bien es verdad que hemos de ser siempre pacíficos, tam-

bién hai casos en que conviene acordarse de que uno es militar,

ha tenido

el

honor

i

la dicha de

i

encontrarse en esa carga a la ba-

yoneta de que has hecho mención. Godos traidores! Todavía acuerdo de cómo fueron rechazados por nuestra infantería.

me

— Qué dia aquel! esclamó Anselmo paseándose por — ¡qué bien mereciste esa buena espada que ganaste entonces! agregó Andrés. joven: no tengo mas que mi —Es mi mas el cuarto.

I

rica alhaja,

espada

i

mi honor.

¿Con qué otra cosa a visitarla?

dijo el

La llevaré ahora que voi a ver a mi Lucinda. de mayor mérito podría yo adornarme para ir

. .


CAPITULO XXVI ENEL PARRAL DE GÓMEZ «Viva el festín! la música recrea; Sonrisas de mujer buscan la tuya. El Champaña en las copas espumea: Hurra! Tregua

al dolor!

Que aquí concluya!»

(Isidoro Errazuriz.)

En

aquel

momento sonaron

rar la invitación, se abrió ésta

curioso Gacetilla, que

tres golpes en la puerta; i

i

sin espe-

entró al cuarto nuestro risueño

i

andaba como siempre hambriento de no-

ticias.

—'Señor don Andrés,

¿cómo está Ud.? Anselmo, amigo mío te vengo a convidar para que merendemos juntos, porque hoi es mi dia, quiero decir: hoi es mi noche. I mi señora doña Cecilia ¿cómo está? señor Muñoz. Es una señora cumplida; i bien haya el gusto de Ud... Con que, Anselmito ¿puedo contar contigo? Ya te digo que es mi noche. Otros se celebran en los días de sus resdijo;

pectivos santos; pero ja! já! já! jáá!

bien dicho, "mis santos," pues

en noche,

San

las

mas

Catalino. I

me

ser

es nocturno, o

gusta celebrarme

veces que pueda en

ha de

mi santo el

así,

mas

de noche

año para que no se enoje

mi buen santo mui descontentadizo,

si


— esta noche no

me

159

echa su bendición, porque,

te

ja! já! já!

aseguro

que aquello estará de chuparse los dedos. Yaya, pues, dime si puedo contar contigo? La cosa será en el parral de Gómez, que ya tú conoces... Pero ahora me acuerdo (i es por donde debí habar principiado): tal vez estaban Uds. trcitando algún asunto reservado... Si es

— —

así,

me

retiro...

ninguna

parte.

Hágame

La prudencia

antes de todo.

contestó Andrés: üd. no está de

Nó, señor Gacetilla,

el í¿\vor

mas en

de sentarse.

Gracias, se'ior, dijo don Catalino sentándose

i

sacando su pa-

ñuelo de algodón para hacerse aire en la cara, porque siempre an-

daba mui acalorado. En cuanto a Anselmo, estaba mui preocupado con

los recuerdos

de su amor, razón por la cual habia recibido con frialdad la ino-

portuna visita de don Catalino. Después de contestar al saludo de éste, le dijo:

— Siento mucho, amigo mió, no poder a merienda. —¿Estás enfermo? —Nó, hombre. —¿Te has confesado piensas comulgar mañana? —Tampoco contestó riendo Anselmo. — O talvez tienes algún compromiso?... que tengo que hacer esta noche. —Es una será pensó — Qué Eso ya la

asistir

i

es eso,

dilijencia

esa?

dilijencia

prosiguió en voz alta:

¿Qué saben Uds. de

si

Gacetilla.

tienes

diferente,

es

que hacer, capítulo de otra

cosa.

noticias?

—Nada sabemos, contestó Andrés. Yo vivo mui retirado en mi razón, porque debe encantado —En cuanto a Ud.,

casa. .

tiene

estar

en esta casa, siendo la señora de ella una persona como mi sia Cecilia.

Pero

—Nada —Es

tú,

Anselmo ¿tampoco sabes nada?

sé de nuevo, contestó el joven con sequedad.

que hombres como Uds. estén a oscuras de lo dónde se ha ido el patriotismo! No saben nada i

increíble

que pasa... A estamos al borde de una revolución!

—Revolución? —Espantosa, según premisas que dejan — Déjate de malos agüeros, Anselmo. — No son agüeros agüeras sino revolución se

las

,

ver.

dijo

ni

dicen,

andan haciendo

plata

como mote.

los estanqueros.

Yo

clarita,

que según

que han repartido

I lo peor es que los de esta revuelta están de


160

concierto con la que

estallará en el

Uds. militares sabrían

algo.

—Ni una

sur...

Yo

creia

que siendo

palabra, dijo Anselmo.

Andrés no decia nada. Era evidente que la conversación de Gacetilla le molestaba sobremanera. Yo no sé nada acerca de esos rumores, continuó Anselmo, porque estos últimos dias lo he pasado todo el tiempo en casa. Tú no tienes perdón, amigo mió, ¿cómo puedes vivir entre cuatro paredes, sin salir a saber lo que pasa? Muí taciturno te veo

— —

desde algunos dias a esta parte;

intereso tanto por

tí i

contento, he venido ahora a pedirte que nos

deseo verte alegre

i

acompañes. Estará

allí Motiloni,

sé qué dia.

como me

i

Qué hombre tan de

aquel italiano que conociste no

historias

i

noticias es ese! Vale lo

que pesa.

—Pero ya — ya

empeñado en saber

aceptar

En

que no

me

estoi; otro dia será,

Si,

chin,

te digo

es posible por ahora.

contestó maquinalmente

qué Anselmo

la razón por

se

el

parlan-

negaba a

el convite.

seguida,

de nuevo a la

tomando su sombrero como para retirarse, volvió carga i lanzó sobre Anselmo estas palabras a quema

ropa.

—Apuesto,

hijo mió,

a que estás

enamorado! Já!

já! já!

No

lo

digo por descubrir secretos, pues ya sabes que soi enemigo de sa-

ber vidas ajenas;

mas como

te así tan retirado

i

estás

enamorado de

como

éstas,

te

veo desde algún tiempo a esta par-

taciturno, se

me ha

puesto en la cabeza que

aun cuando así fuera, prosiguió insistiendo ¿es esto una razón para echarse a muerto? Bastantes penas se nos atraviesan en este mundo para que un cristiano las aumente haciéndole caso a una desdeñosa. Si hubieras de seguir mi consejo, yo volvería a rogarte que me acompañases al Café, en donde el olor de la merienda te abrirá el apetito. Porque te advierto, que aquello no es un pavo a secas, sino acompañado de buena chicha de Aconcagua, mosto de Concepción i otras agüitas que

te

veras. Pero

trasportarían

al

quinto

cíelo, sin faltarle al

dicho cielo sus ánjeles, pues hemos convidado a varias niñas, cu-

yas míraditas te harán soñar dispierto,

que

i

las

harpistas de Renca

harán olvidar los desdenes de tu ingrata. Pero dejémoslo aquí, pues conozco que te disgusta mi propuesta, i tu jesto me dice que no estás hoi de humor. Allá te las hayas si estás enamorado de veras, i Dios te dé paciencia; que en cuanto a mí, no soi tan te


tonto para que

me enamore

161

tan estrictamente,

i

haya de entristei en llegan-

cerme antes de tiempo. Gozaré del sol mientras dure, do a

viejo,

me enamoraré

de veras;

Riéronse los dos amigos al

—Este

me

casaré

santas pascuas.

i

oir los disparates

de Gacetilla.

que tengo hecho, prosiguió don Catalino

es el propósito

con su interminable verbosidad. Casarse antes de tiempo es perderse; i todo el mundo sabe que quien se guarda bien se logra. Yo

me

un Salomón el que lo descubrió... I adiós por ahora; hasta mañana, Anselmo. Yo me voi: siento dejarlos; pero tengo mucho que hacer. Motiloni i otros amigos me esperan en el Café para entretenernos en un partido de básiga que hemos formado. Es la mejor manera de hacer hora. El que pierda, pagará la merienda. Adiós, señor Muñoz: muchos a este refrán

atengo, que a fe que seria

recados a la señora doña Cecilia. Cuenta con la revolución, pues!

Andrés dando — Servidor de Ud Deseóle mucha suerte en — Gracias, contestó Gacetilla saliendo algún asunto urjente llamara. como será esa de Anselmo? —¿Qué ,

dijo

la

mano

a don Catalino.

la básiga.

lo

si

dilijencia

se dirijia al Café.

guarlo...

con apresurados pasos,

¡Como

Yo no este

sé por

Anselmo

preguntaba mientras

se

qué tengo tantos deseos de averies tan reservado,

tirabuzón para sacarle alguna noticia,

le

que es preciso

aviva la curiosidad a cual-

quier cristiano!

Pronto llegó al Café i se puso a jugar con sus amigos; pero sin desamparar la idea de saber por qué razón no habria querido asis-

Anselmo a

tir

la merienda.

—¿No viene Anselmo? preguntaron. — Me ha imposible indispensable esta noche. — Pues que haga, uno: nosotros le

sido

decidirlo: tiene

que hacer cierta

dilijen-

cia

la

dijo

nos comeremos

el

pavo.

Motiloni que estaba presente, nada decia; pero se sonrió imperceptiblemente. Apenas hubo concluido la partida, se despidió de los demás, diciendo

de cabeza

i

que

habia venido con eljuego un fuerte dolor

necesitaba irse a acostar, que era

tenia contra la jaqueca;

acompañase en

En

le

i

aunque

los

demás

el

único remedio que

insistieron en

que

los

la merienda, les fué imposible detenerlo.

seguida salieron todos del Café;

i

da, arrastraron consigo a todos cuantos

por manera que cuando

dirijiéndose hacia la Caña-

amigos encontraron

al paso:

Alameda, ya iba considerablemente aumentada. Gacetilla iba contentísimo; pues la comitiva llegó a la


— como no gastaba jamas

162

de sus sudores^ tampoco se paraba

el fruto

mundo. Marchaba a la cabeza de la alegre tropa, riéndose de la misma persona que poco antes le ofreciera el dinero para el convite, en caso de tener que pagarlo él. en chicas para convidar a todo

el

—Amigos mios, decia a sus conñdentes que pasaba por

solia serlo el

(i

primero

mientras dura,

la calle) es preciso gozar del sol

i

darse gusto hoi, porque nadie ha visto a mañana. ¡Esta es la vida! I les advierto

que mientras

me

dure la vieja a quien estoi arrui-

nando ahora, tendrán ustedes con que remojar la palabra, j)nes en esta vida no hai mayor desdicha que la de pasarlo un cristiano a boca seca, como caballo de vijilante, sobre estos malditos empedrados de Santiago.

-—I ¿cuánto tiempo nos durará la vieja? preguntó uno riendo.

— Creo que tendremos para mas de un año, respondió bribón mismo gano tendremos para diez años. en —¿Qué —Es uno que he como apoderado de buena señora, el

tono;

el

i

el pleito,

si

pleito es ese?

la

¡cuesto,

contra un caballero que le tiene usurpada una gran estancia.

cuanto gane la hacienda,

—¿Con

me

caso con

Es

ella.

la hacienda?

—-Nó; con la señora, que es do!

En

preciso que

lo

mismo.

.

.

Pero ahora que

pasemos aquí a casa de

me

acuer-

Guañacas para que

las

las llevemos a la merienda.

Diciendo

apuraron

esto,

el

paso

i

se dirijieron hacia

una

de la Alameda, que, a pesar de su miserable aspecto,

morada a cuatro

o cinco niñas

servia de

mui condescendientes, a que hayamos podido averiguar

alegres

quienes llamaban las Guañacas, sin

casita

i

cuál era su verdadero apellido. Las niñas

aceptaron al

momento

madre (que la proposición de Gacetilla, i acompañadas según cuentan, era tan alegre] i condescendiente como sus hijas), siguieron a los convidados con la mejor voluntad del mundo. de la señora

Llegados a dieron con to

el

la calle de

Duarte, entraron en

ella,

i

a poco andar,

lugar del convite. Era éste un espacioso patio cubier-

por un gran parral, o mejor dicho un precioso parrón, bajo cuyas

verdes hojas tenian lugar, no solamente los picholeos de la juventud, sino

también

edad puberta

i

las

meriendas de las personas mas graves, cuya

encumbrada posición

aquella época de sencillez,

debajo de los parrales de las higueras del tuerto

el

ir

Gómez

no

impedia,

en

a solazarse amigablemente,

ya

social

o de Cáceres,

les

ya a

la

sombra de

Trujillo.

21


— No el

bien hubieron llegado los hambrientos convidados, cuando

patrón de la casa se puso en movimiento. Sintióse

pavo asado, al

163

tomando posesión

el cual,

momento rodeado

tas,

el olor

del centro de la mesa, se vio

de guachalomos salpresos, lenguas compues-

fuentes colmadas de aceitunas, cebollas escabechadas

menudencias mas o menos apetitosas, dita de patas, bien cargada de

madora de

del

sin

otras

que faltase una ensala-

para los aficionados,

ají,

i

i

gran

lla-

la sed. noble.

No necesitaron

los

convidados de invitación alguna para sentar-

tampoco para atacar sin misericordia a las olorosas no menos sabrosas viandas. Las niñas que Gacetilla habia con-

se a la mesa, ni i

vidado, se hallaban entremezcladas artísticamente con los jóvenes;

matizaban

la mesa,

como

las flores

i

que alzan su risueña corola por

entre los robustos troncos i ramas de los árboles. Una franca alegría reinaba en todos los semblantes, desde el de los que pagaban la me-

rienda hasta valor,

el

de la patrona de la casa que ya habia

recibido su

que no por «eso dejaba de servir dilijentemente a sus parro-

i

quianos, para que no se dijera de

ella:

«a obra pagada, manos que-

bradas.»

El advertido Gacetilla habia hecho colocar en un estremo del parrón, dos harpistas acompañadas de un rabelista^ de mas fama que el mismo Paganini. Las harpistas i una tercera cantatriz, que llevaba el alto, cantaban hasta ensordecer, apagando el ruido de la mesa. Pero bien pronto creció este ruido, hasta apagar las harpas

i

i

Era que

las voces.

los gritos se elevaron la chicha

de Aconca-

Al principio algunos notaron con estrañeza que don Catalino bebía mui poco; pero después ya ninguno de ellos estaba en actitud de poder observar nada, gua habia comenzado ya a hacer su

i

lo único

llenas

xmas

i

i

que notaban todos a cada

efecto.

rato, era

que faltaban botellas

sobraban vacías, razón por la cual pedían que llevasen las

trajesen de las otras.


CAPITULO XXVII DON CATALINO BUSCANDO UNO SE ENCUENTRA CON OTRO

«Atrás! dice

acompañando este enérjica de las interjecciones españolas, i cubriendo su espalda, lo mejor posible, con la muralla grito con la

mas

próxima.»

JoTABECHE.

Serian las nueve

i

(Un

Chasco.)

media, cuando don Catalino, que sin saber

por qué, estaba no de muí buen humor, se levantó de la mesa i salió casi sin ser notado por sus ya demasiado alegres compañeros.

Habiendo atravesado la Alameda, le vino la idea de ir a casa de Anselmo, para ver si podia descubrir algo de lo que escitaba su curiosidad.

—Pero ¿con qué pretesto

llegaré allá? se preguntaba mientras

proseguía su camino por la calle de Teatinos. Si no se

me

ocurre

ningún pretesto, agregó, no entro a preguntar por él ; pero de todos

modos veré

si

hai luz en su cuarto.

Una persona que del farol de

vio a lo lejos, a tiempo de pasar por enfrente

una puerta de

calle,

lo distrajo

de su pensamiento.


165

Gacetilla haLia llegado a la calle de los Huérfanos;

ma un

i

por esa mis-

que marchaba hacia abajo, un hombre embozado en

calle vio

capote.

—¿No

don Pablo? se preguntó. Sí, sí: es el mismo; no puedo equivocarme. ¿Qué diablos andará haciendo ahora por la calle, des» pues de habernos embaucado con su jaqueca? I yo, tan Juan de buena alma que lefia a creer! Este don Pablo es de empresa; pero no me engañará otra vez. No! no! Voi a ver a dónde se dirije. I lo he de saber! ¡Qué descubrimiento tan importante es este! I don Catalino, olvidando el asunto de Anselmo i dándose el es

parabién de su descubrimiento, siguió a Motiloni, quien, no viendo que lo observaban a cierta distancia, proseguia su marcha sin hacer

menor ruido con sus pasos. Debe estar mui molestado de

el

los callos, dijo sonriéndose entre

dientes Gacetilla, pensando en que el italiano iria con zapatos de lana.

¡Vean no mas cómo

de la cabeza! Pero esta

ha bajado a los pies la enfermedad vez no te me has de escapar. ¡Piensas se le

engañarme a mi! Me he de

reir

a mi gusto

mañana cuando le haga

mis preguntas!

Tan pronto como don Pablo

llegó a la calle del

Peumo,

torció

norte hasta llegar a la de la Compañía, por donde prosiguió su marcha. Gacetilla lo seguía a lo lejos, marchando con las

hacia

el

puntas de los hora,

ya

pies, a fin de

hacer

el

menor ruido

casi todas las puertas de las casas se

calle estaba oscura

i

silenciosa.

este

cambio de

frente,

A

habían cerrado,

Llegando Motiloní

casa de don Marcelino, volvió sobre sus pasos;

posible.

i

al frente

esa i

la

de la

Gacetilla que notó

torció sobre su izquierda

i

se

metió en la

porque no quería ser visto por don Pablo. Este llegó a la misma esquina i atravesó la boca-calle, sin ver a don calle atravesada

Catalino perdido en la oscuridad.

escuchar

i

En

seguida se paró; púsose a

luego empezó a pasearse en la vereda, como

esperara

a alguien.

—¿Qué hará

aquí este diablo? pensó

el curioso Gacetilla.

¿Por pasearse? para Aquí hai gato encerraqué habrá pastel... descubra este preciso ¿Si i que yo estará do, es el italiaelejído este lugar

no enamorado de Lucinda? Ah! eso esl Ya di en el quid! Está enamorado, i por eso recibió el otro día con un jesto tan agrio, la noticia de los amores de Anselmo con la muchacha... Eso es... ¿Cómo se me había escapado esta? Mañana me he de reir cuando le empiece a echar indirectas. Já! já! Pero si esto es una cita, prosiguió


166

don Catalino ¿poi' qué no sale la muchacha? Visita no puede ser, porque la hora es avanzada... ¿O se usará allá en la tierra del italiano el visitar las paredes de la casa de su querida? Se lo he de preguntar mañana.

Don

Catalino siguió cavilando

tante negocio.

De

como

si

repente se dijo para

mas impor-

se tratara del

sí:

—¡Tonto de mí! Esto no puede ser asunto de matrimonio... ¿No dicen que Motiloni es un fraile italiano dado de baja? Así se susurra,

yo

i

Hasta en amoríos.

A

se

lo creo

porque este diablo huele a

las sentencias

que dice

fraile

desde

lejos...

no son

se le conoce... Sí señor;

No señor: pero ¿qué será? Si me ha puesto que el italiano es

será alguna cita política?

de los pelucones... I siem-

embargo de que suele echarle sus pullas de cuando en cuando. ¡Como es tan gracioso! No señor, yo he de saber luego de lo que se trata... Yoi a hacerme el encontradizo con él. pre paseándose... Pero él está con

Don

Catalino puso al

el

gobierno, sin

momento por obra su pensamiento;

diéndose detras de la esquina,

esperó

allí

a Motiloni

i

le

i

escon-

salió al

encuentro.

—¿Quién usted? esclamó don Pablo, viendo delante cerca de a un hombre cuya presencia no esperaba. —Yo, contestó don Catalino riendo por boca narices: yo es

sí,

i

soi

i

que vengo a preguntarle cómo

le

va de su dolor de cabeza.

Motiloni no respondió; pero se contrajo su semblante de

que

si

modo

Gacetilla lo hubiese visto, hobria temblado. El italiano estu-

vo tentado por descargar un bastonazo sobre

la

cabeza de don

Catalino; pero se contuvo, diciendo entre dientes:

—A pobre diablo salva su misma necedad. Luego prosiguió con voz — He venido a pasearme a tomar de noche, porque vino que bebí en merienda me un poco de —Yo también, interrumpió don Catalino, verlo a Ud. por casualidad, quise cerciorarme de era Ud. o su ánima. en —Ahora me voi a prosiguió don Pablo dando muestras de querer volverse a su —Pues nos iremos juntos, porque yo también me por esta este

lo

tranquila:

el fresco

i

dio

la

el

la

fiebre.

le

i

si

al

efecto

acostar, casa.

voi

misma

calle.

Pero en

el

momento de

querer ponerse en camino, sintieron un

golpe sordo dado en la pr.erta de la casa que estaba enfrente de la

de don Marcelino. Al

mismo

tiempo, la luz que habia colgada en


— de la puerta se apagó,

el dintel

167

cayó sobre la vereda ha-

el farol

i

ciéndose pedazos.

don Catalino tratando de Ladrones! —¿Qué volvió sobre sus Pero fuese por miedo o por cuanto mas — ¿No ha oido Ud? preguntó acercándose podia. Yo creo que conviene tocar — contestó nos dirijiremos — Soi de su mismo parecer. Pero ¿por qué esclaraó

es eso?

huir-

curiosidad,

pasos.

al italiano

retirada.

éste.

Sí,

calle

para no dar con

el

enemigo?

Motiloni pareció dudar por un corto rato;

señalando la calle de Teatinos hacia

—Yo me voi por — Soi de su

aquí,

opinión,

i

luego dijo a Gacetilla

el norte:

tuerzo en la esquina.

i

agregó Gacetilla acercándose mas

i

mas

a

su compañero de susto. Sin embargo, don Pablo, lejos de apurar

parecía no que-

el paso,

de Gacetilla que deseaba

rer marcharse tan pronto, a diferencia

tener alas para volar.

don Pablo! esclamó: ¿no ve Ud. que pueden... —Marche, Pero, ¿oye Ud? aplicando — Qué? preguntó —¿No oye pasos? — Creo que Parecen —Yo que hombre, por Dios! Motiloni parándose de —Eso que Ahora pues,

el italiano

el oido.

si.

lo aseguro...

si

no,

dos.

Corra,

dijo

repente.

que oigo los pasos; pero no de qué lado vienen.

me moveré

de aquí, mientras no

sepa

—Tiene Ud. razón, amigo mió, don Catalino de brazo de don Pablo. susto tomándose —¿Estamos con miedo ahora? preguntó con voz burlona. — de contestó Gacetilla tartamudeando de emoción dijo

tiritando

del

i

éste

le

Tirito

Las pasos

frió,

mas

se acercaban

i

pasos se dejaba ver que quien los lo

En

mesurado de aquellos daba era jente honrada. Sin duda

mas.

lo

pensó así don Pablo, porque no quiso moverse,

tilla,

como gozándose en

el

miedo que

i

detuvo a Gace-

éste manifestaba.

—¿Cree Ud. que serán ladrones? preguntó —Todo puede contestó pero sean ladrones no me muevo de aquí hasta que no pasen por nos encuentran? — tuercen por ¿No me —Nos veremos que Ud. no éste.

el

ser,

otro:

o no,

yo

la boca-calle.

¿I si

ésta,

las

miedo?

i

caras...

dice

tiene


168

mu— pero mejor no esponerse, Juan de Segura porqne... Yo me chos interrumpió Motiloni deteniendo brazo a Gace—No es

lo

Si;

años.

vivió

i

voi,

del

se irá,

¿Cómo quiere abandonar al amigo en el peligro? Era evidente que Motiloni nada temia i que no trataba sino de vengarse de Gacetilla. Ambos estaban como a veinte pasos de la esquina, i en aquel momento vieron pasar dos hombres por la boca-

tilla.

calle.

Don

Catalino, puesto entre su curiosidad

i

su miedo

i

deján-

dose vencer por la primera, miró fijamente a los transeúntes,

con

sus ojos

guardacantón,

de lince que uno de ellos

mientras que

—¿No ve Ud. cómo

el otro se

se

i

quedó afirmado en

vio el

perdió detras de la esquina.

Algo espera el que se ha quedado ahí, dijo Gacetilla al oido de don Pablo. Aquí hai algo. Veamos en qué para todo esto. Eñ caso de algún siniestro tomaremos la huida por este otro lado. Don Pablo nada contestó parecía que algún pensamiento lo preocupaba. Pasados algunos momentos se oyó un agudo silbido, i el hombre de la esquina desapareció. Este hombre iba sin duda armado, porque al moverse se oyó el choque de un sable contra la piedra de la esquina, ruido que dejó estático a don Catalino. Vamonos! dijo Motiloni arrastrando a su compañero. Vamonos, contestó maquinalmente éste, siguiendo los pasos del otro; pero no sin volver varias veces la cara hacia atrás, impulsado por una mezcla de miedo i de curiosidad. Ambos marchaban sin hacer ruido, i solo don Pablo refunfuñó se separan?

:

— —

entre dientes:

—El golpe está dado. Llegados

por

el

al fin

de la cuadra,

ambos

se

pararon como movidos

deseo de saber lo que aquello significaba.


CAPITULO XXYIII MIGUEL

I

DON MARCELINO

«Marcha amigo con cuidado, bien tu catana; Porque puedes ir por lana

I afila

I volverte trasquilado.))

(Versos populares.) Turra habia salido de casa de su patrón no la esquelita que aqnelle escribió.

i

llevado a don Marceli-

su merced a su ban—Aquí me hombre que aplomo con —¿Qué queria Ud., amigo? preguntó señor de Rojas tomando pasaban. papel que hombre que su merced necesita para asun—Yo ventanas. mocito de esclamó don Marcelino, quien aun no habia —Ahí ya disposición, señor, dijo el

tiene

dido,

del

ese

se cree necesario. el

el

le

soi,

señor, el

to del

el

las

leido

caigo,

el

papel,

porque no tenia sus antiparras a la mano.

I ¿estás

puesto?

— — Pero —Estas cosas Sí, señor.

¿tienes

un compañero? se

hacen mejor

sin

compañero, señor mió.

dis-


170

^

un desalmado, capaz de un Anselmo —Es que matarte. — Capaz de matarme a mí? Su merced no me conoce, Turra sonriendo. sucede algo con ese hayas. Si quieres —Allá pipiólo,

es

el tal

dijo

ir solo

te las

i

te

desalmado, mia no es la culpa.

— No tenga cuidado, señor: mi catana está afilada, bre que he visto

mi

soi

hom-

mas de una vez relampaguear una espada

sobre

i

yo

cabeza.

— Muí bien: ahora

cipie a teñir la

que debes estar aquí en cuanto prinnoche, ad virtiéndote que no has de entrar por la puerte digo

ta de calle sino por esta otra.

don Marcelino mostraba a Turra la puerteescusada por donde había salido el día anterior el padre

Mientras decia cita

esto,

Hipocreitía.

—Así

Quedóse solo don Marcelino, pensaba en

De

lo

que menos

se

acordaba era de la inmoralidad del hecho, pues

paz

i

se

de las

conveniencias

Está bien, decia

hombre

lo

eran otras que castigar, con unos cuan-

a-trevimiento de

tos golpes, el

mientras se paseaba por su cuarto

i

de la acción que iba a poner por obra.

resultandos

los

sus justas intenciones no

la

Miguel marchándose.

lo haré, señor, contestó

pero

él;

un mozo enemigo de

la relijion, de

sociales. si el

pipiólo trata de defenderse,

i

este

ataca con su cuchillo ¿no puede suceder que los golpes

pasen a tajos

i

puñaladas,

i

resulte después

una muerte,

i

venga

Vaya, yo le encargaré a este hombre que haga lo posible por evitar una desgracia, porque si corre sajgre, puedo comprometermeen una causa ruidosa en la cual sufrirá el honor de mi nombre... Oh! seria fatal, ahora precisaen seguida uu proceso,

i

luego...

mente que trabajo porque ese caballero se empariente con mi familia. Por otra parte no hai para qué verter sangre, pues unos golpecilios serán suficiente corrección... Yo tengo un horror al asesinato! Oh! no por Dios! El Señor me libro de que se cometa una iniquidad semejante aquí en las puertas de mi casa. Nada de muer" te, pues yo no quiero la muerte del pecador, sino que se arrepienta i viva, como Dios manda. En tan evanjélicas reflecciones se le pasó la tarde al buen señor, i en llegando las oraciones, pidió un pollo asado i una taza de chocolate para merendar,

ba resfriado

i

i

se encerró

quería acostarse

en su cuarto diciendo que esta-

'tei](ipi'ano.

Doña

Ti:iníiladi su hija

22


171

quisieron hacerle los acostumbrados remedios en casos semejantes; i

ya tenian preparada

el

agua

baños de medio

caliente para los

cuerpo, la sudorífica bebida de borraja con raspadura de palqui,

enterrado en

el ladrillo

el

rescoldo de la cocina, para aplicarlo a los

en una bayeta de lana a

pies envuelto

i

fin

de tirar

el

calor

para

ahajo, en caso de no calentarse los pies. Pero don Marcelino, que jamas habia andado reliacio para admitir en otras ocasiones análo" gas estos mismos medicamentos, dio i porfió aquella noche en que no los habia menester; i dijo que con su gloriadito que le trajesen

para tomárselo

meterse en la cama, era bastante. Trajéronle

al

ponchecito, bebida que solo j)or remedio solia i

el

tomar don Marcelino

cerró la puerta de su cuarto.

Con rla

tales preparativos, toda la familia creyó

durmiendo, en poco rato mas. Pero en

que lo

el

enfermo esta-

que menos pensó

don Marcelino fue en acostarse. Púsose unos zapatos de lana, de los que entonces se llamaban de silencio^ i empezó a pasearse a lo largo del

cuarto pensando en

el

asunto que lo preocupaba,

i

entre-

mezclando sus profundas cavilaciones con traguitos del gloriado que tenia^sobre su

—Esto

mesa

conforta, decia, después de cada trago:

entretengamos

el

tiempo mientras viene este muchacho que parece de empresa... Yo no se cómo tiene tanta habilidad mi compadre Cándido para encon-

bombees a propósito para en estas cosas de política, como trar

ayudarme,

i

creo que lo

un buen compadre,

No

hombre de

i

se hizo esperar

Ya

Gasta tanta plata él dice... Por ahora ha prometido hará con todas sus fuerzas, porque es todo.

relijion

mucho tiempo

se ve!

i

de

lei.

el intelijente

servidor de

don

Cándido. Serian las nueve de la noche, cuando don Marcelino oyó dos golpecitos dados a la puerta esterior de su cuarto.

—El

es, dijo: este

hombre de

bien.

Diciendo

esto,

muchacho sabe cumplir con su palabra;

abrió la puerta,

i

Miguel Turra

entró.

es

Venía

un el

bandido en traje de a caballo: pero por precaución, se habia qui tado sus grandes espuelas de fierro que llevaba en la mano. Cubría su robusto cuerpo vestido otra

cosa,

un poncho grueso, que no dejaba ver de su

que las botas azules de barragan atadas en las

corvas con guinchas rojas.

Llevaba sobre la cabeza un gran sombrero de lana de falda ancha i tiesa, que al mismo tiempo le podía servir de quitasol i de paraguas, i en los pies unos zapatos claveteados, de suela gruesa;


— que,

172

parecían ser casco de un animal en dos pies

mas que zapatos

según el ruido que hacian. Buenas n oches, señor,

saludando a su patrón accidental. — ¿He llegado a tiempo? — amigo, contestó don Marcalino cerrando puerta. Se conoce que hombre de palabra. que prometo, porque a toda Yo no a — Cómo dijo

la

Sí,

eres

falto

no, señor!

que cumple...

leí, el

labra

i

buey por

el

— eso — Como bola cativo.

Yo

i

ya sabe su merced que

la asta.

hombre

la pa-

jíor

.

pinta, contestó

estoi

el

vienes preparado?

es... ¿I

Sí,

i

lo

Turra haciendo un jesto

signifi-

preparado siempre, porque, hombre prevenido

nunca fué vencido, i mi catanita viene de atentar Pechoña.,, Turra acompañó estas últimas palabras con un jesto de marcada seguridad,

— Pero hombre! interrumpió don Marcelino; ya he dicho trata de asesinar a nadie ¿qué no tienes que no derechas, contestó Turra; fuera a no — Soi ¿andaría en estas andanzas por arreglarle cuentas — —Mi patrón, don Cándido, me ha dicho que uno de he—Es verdad; pero ya digo que no trata de sino de darte

le

relijion?

se

cristiano

las

i

lo

si

al pipiolito?

las

Sí; pero...

los

es

rejes.

se

te

le

eso,

unos planazos para castigar su atrevimiento. ¡Cosas mayores

nos comprometerían!

—Lo haré como su merced

nen

el

dice; pero yo sé que los pipiólos tie-

diablo dentro del cuerpo,

preciso darles de

filo,

i

no entienden a planazos. Es

señor.

— ¡Ave María! csclamó don Marcelino. Este muchacho por demás. has venido a caballo? — señor; pero me apee en casa de un compadre que

cioso

es

ofi-

¿I

Sí,

en la plaza del Basural,

i

allí dejé

mi

bestia.

ya que ni su merced ni quieren que haya un tajito siquiera...

hacerse de a pié;

i

el

tengo

Estas cosas deben señor don Cándido

—Nó; de ningún modo: eso comprometer mi —Llevaré mi catanita por acaso; porque en cuanto a que abunda no daña, agregó bandido. —Está dale pero con lástima. Nada de sangre, seria

si

casa.

esto, lo

el

bien:

fuerte,

porque eso seria homicidio; se acerca la hora.

i

el

homicidio es cosa grave, hijo!

Ya


-- 173 -.

— Pues entonces, que dobló

i

ató al

Miguel sacándose su poncho rededor de su cintura con su faja de lana, en la al negocio,

dijo

cual encajó su j)uual.

En

seguida se ató la cabeza con su gran pañuelo de algodón,

sombrero hasta

§e encasquetó el

—Ya —Yen:

estoi pronto, dijo:

i

los ojos.

¿Dónde me he de poner a aguaitar

la

laucha'^

yo

Pero antes, es preciso que observe

diré...

te

si las

criadas duermen.

Dicho

esto, salió

don Marcelino

al patio,

i

después de unos tres

minutos volvió diciendo: noche como boca de —Está todo en ahora me acuerdo... ¿Tiene por ahí — Tanto mejor, algún pañuelo que no —Aquí tienes uno ¿para qué quieres —Ahora necesito una piedra, porque preciso apagar vela silencio,

i

lobo.

la

señor... I

le sirva?

esto? es

del farol de enfrente,

la

que está prendida todavía, dijo Turra en voz

baja.

un —Ah! ya comprendo: puerta. de cuña a qne —Está mui buena, Miguel,

prodijio. Allí tienes esa piedra

eres

la

sirve

envolviendo la piedra en

dijo

ñuelo

i

mucho

disponiéndose a

Es preciso

darle al farol sin

el

pa-

hacer

ruido.

—Antes de el

salir.

salir

toma un

traguito, dijo

don Marcelino pasando

vaso a Turra, quien se bebió de un sorbo todo

el

contenido de

éste.

— Dios se

lo pague, señor, dijo

Miguel devolviendo

el vaso.

No

perdamos tiempo.

—Pues, en

el

gúeme, hombre,

nombre

sea de Dios! dijo entonces el viejo. Si-

sin hacer ruido.

Salió al patio de la casa, don Marcelino seguido de Turra, quien

marchaba en

puntillas. Dirijiéronse

ambos a

la puerta de la calle

que estaba entreabierta; i una vez cerciorados de que no habia una alma en la calle, Miguel lanzó su piedra envuelta sobre el fa-

La

rol de enfrente.

hecho pedazos, dad.

i

luz se apagó, cayendo sobre la vereda el farol

todo quedó hundido en la

ahí la causa del ruido que,

mas completa

como queda dicho en

oscuriel

capí-

tulo anterior, habia asustado tanto a don Catalino Gacetilla.

Este

i

Motiloni, pegados el

uno contra

el otro,

esperaban detras

de la esquina, en lo que habia de parar todo aquello. Mientras


— tanto,

don Marcelino

174

Miguel aguardaban ansiosamente a su víc-

i

tima.

Veinte minutos habian pasado,

i

aun no

se oia ruido alguno.

El

asesino estaba desesperado, creyendo que por esta vez podria que-

En

dar burlada su esperanza. aplicando

seguida se echó

cada de contento, que hizo temblar hasta

— Ya viene! —¿Has oido pasos? — señor; viene por Sí;

Luego

el

un buen con una espresion mar-

mismo don

al

Marcelino:

lado de la plaza.

se dejaron oír los pasos de dos

misma

la

hombres que venían por

calle.

—¿Si será Vienen —Talvez traiga compañero,

dos, dijo Turra.

él?

i

entóuces hemos perdido

el

tiem-

don Marcelino.

po, observó

—Nada me así,

importa que sean dos, replicó el bandido. Mas vale porque para Miguel Turra es muí poca cosa un pipiolito solo.

Le prometo merendarme a

los dos!

—Pero ya tengo que no quiero que suceda una desgracon imperio don Marcelino. —Ya digo que emplearé mi catana, último caso en me veo apurado. — atacan, ya otra La defensa permitida, obserdicho,

te

cia, le dijo

solo

lo sé:

i

el

si

Si te

es

vó sentenciosamente

En

cosa.

es

el viejo.

momento

aquel

se

oyeron muí cerca de la puerta los pasos

de un solo individuo.

— Este viene Miguel; es — Es mismo! esclamó don Marcelino, solo, dijo

i

si

él...

el

que acababa de pasar

En

efecto,

el

notando que la persona

habia parado enfrente de las ventanas.

se

que acab:iba de pasar no era otro que Anselmo,

quien, habiendo dejado en la esquina a su amir^o Andrés, venia

dándose

el

ces sucede

que

mo llo,

le

parabién de encontr&r oscura la

que

el

hombre

se

da

el

calle.

Pero muchas ve-

parabién de haber encontrado lo

daña, creyendo dar con lo que le aprovecha. Apenas Ansel-

tocó la reja de la ventana con una llave que sacó de su bolsicuando las puertas de aquella se abrieron cautelosamente, i el

joven aspiró

i

oido al pavimento del Zv^guan, permaneció allí

el

hasta que, alzándose de repente, dijo

rato,

sobre el suelo,

el

aromático ambiente que envolvía a su amada.

Anselmo

pieza estaba a oscuras,

i

de Lucinda. Lo demás

lo

solo

pudo

adivinaba su amor.

oir el

La

tímido saludo


— —Lucinda!

'

esclamó

el

175

joven.

un año hacia que te estaba esperando. No tuvo tiempo Anselmo de contestar a estas palabras de dulce i amoroso reproche, porque en aquel mismo instante se vio estrechado, como en una prensa, por un par de musculosos brazos que Allí dijo la niña:

rodearon su pecho.

—Ah! — Qué —Ya no

traidorl esclamó, tratando de desacirse del bandido. liai!

se

por Dios! esclamaron dentro las mujeres.

me

escapa! dijo Turra con alegría feroz,

iwv echar al joven a tierra. Lucinda se habia desmayado,

i

pugnando

su madre no atendia sino a dar

auxilio a su hija.

En

cuanto a don Marcelino, luego que vio segura la víctima,

atrancó la puerta de calle

— Si

i

se fué a su cuarto diciendo:

sucede alguna desgracia, no es por mi culpa. Bastante

he dicho a

éste

que no

dé de

le

le

filo.

Mientras tanto, viendo Anselmo que no podia desacirse del bandido,

i

que ya estaba a punto de

la llave que tenia en la

—En

balde

chifla^

mano

i

caer; llevó

dio

un

como pudo a

la

boca

silbido.

amigo, dijo Turra, próximo a dar con su víc-

tima en tierra, porque... Pero no pudo proseguir, porque sintió sobre sus espaldas un par de golpes dados con una mano firme. Lanzó entonces el bandido una feroz maldición; i soltando impensadam.ente su presa, echó mano a sn puñal i se volvió hacia el que lo atacaba por la espalda. Pero habiendo sentido la aguda punta de una espada, saltó hacia atrás i se puso en guardia contra la pared de la casa. Aquí los espero a los dos juntos: métanle no mas! esclamó.

Anselmo habia sacado su espada; pero

aunque se habia puesto al lado de Antenia su pensamiento dentro del cuarto donde estaba Lu-

defenderse del asesino; drés,

solo con la intención de

i

cinda.

—Dejémoslo escaparse: no demos un escándalo que joven a su amigo. —Nó! contestó Andrés ha de derecho a I luego bandido, —Date a preso! —¿Yo rendirme? contestó Turra con una

seria fatal,

dijo el

nó!

dirijiéndose al

:

ir

la cárcel.

le dijo:

risa feroz.

doi a preso ni a diez de su laya. Métanle no i

mas con

verán qué tripas son las que primero caen al suelo!

Yo no me

sus espadas,


176

— Bellaco! esclamó Andrés lanzándose diestramente

el

sobre Turra, quien paró

golpe de su adversario; pero no pudo impedir que

una segunda estocada le hiriese en un brazo. Andrés! amigo mió! gritó Anselmo: te ruego que huir. Tengo para ello mis razones.

— —

lo

dejemos

que se vaya ahora, dijo Andrés volviendo a su puesto. Ya está castigado, i por otra parte, me da vergüenza matar a este hombre, cuando tengo la ventaja de... ^Pues bien,

—Ya crea que

digo que Ud. no es capaz para mí, dijo Turra...

le

me ha

herido,

mi poncho. Sea como sea,

prosiguió, porque su espada

No

ha traspasado

solo a

— —Me

le

interrumpió Anselmo.

Vete: te dejamos

me

dijo con arrogan-

libre.

voi;

pero no porque Uds.

lo

manden,

cia el asesino.

Anselmo dieron paso al bandido, quien al verse libre, un salto como gato montes sobre el primero, pretendiendo hun-

Andrés dio

dirle su

i

puñal en

el

pecho

i

diciéndole:

—Adiós! Pero la puñalada fué solo en el vacio, porque Andrés dio en aquel mismo instante un paso atrás.

El bandido huyó por

la vereda;

doce pasos de distancia, se volvió

—Ahora no

i

i

cuando

vio a unos

he acertado; pero otra vez acertaré. Esta

esto, se

diez o

dijo:

de pagar: ¡ya los conozco!

Diciendo

se

perdió en la oscuridad.

me

la

han


CAPITULO XXIX UNA PUÑALADA POR

SI

ACASO

«Quien anda por mal camino,

Cuando no

cae, resbala.»

(Dicho Popular.)

Luego que

el

bandido hubo llegado a la primera boca-calle,

sobre su izquierda;

i

to-

rodeando la manzana, trató de llegar

al lugar en donde habia quedado su caballo. Con su mano, sediento de venganza, i lanzando al aire horri-

cuanto antes

puñal en

la

hombre como un perro rabioso disprimero que encontrase. Parecia una fiera puesto a morder escapada de su jaula de hierro. Pronto rodeó la manzana i llegó a bles maldiciones, corria aquel al

la esquina en

donde

se

hablan parado Motiloni

Entonces trató de seguir

i

la calle de Teatinos;

verse dos sombras en medio de la oscuridad,

i

Gacetilla.

pero viendo mo-

creyendo que aque-

hombres podrían ser los jóvenes que acababa de dejar, saltó sobre ellos como un tigre sobre su presa, i lanzándoles una puña-

llos

lada, les dijo al

—Allá va

mismo tiempo;

esa,

por

si

acaso son Uds.!

guardando su puñal, el cual notó con satisfacción que estaba húmedo. La fiera estaba satisfecha: habia herido, aunque no sabia a quién. I echó a correr hacia el rio,


— 178 — —Me han

tomándose

herido! esclamó Motiloni

do que fué en donde recibió la puñalada,

manaba

con su camisa la sangre que

Don

Catalino estaba petrificado;

que menos se

me abandona

¡I

brazo izquier-

tratando de restañar

i

ella.

en

al volver

sí,

no hizo mas

no paró hasta llegar a su casa. De acordó, fué de prestar auxilio a su compañero.

que poner pies en polvorosa, lo

i

de

el

i

esclamó don Pablo con rabia

el miserable!

concentrada.

En

como mejor pudo, echó a maldecir la cobardía e inhumanidad

seguida, después de liarse el brazo

andar hacia

no

el oriente,

sin

de Gacetilla. Pero éste no podia su cama, se tocaba una

i

las maldiciones,

oir

otra vez su cuerpo,

i

como para

metido en cerciorarse

de que no estaba herido.

—¡De

me he

buena

sido de Motiloni?

Dicho esto

Muí

se

escapado por curioso! decia... ¿Qué habrá

Mañana

lo iré a

ver temprano.

quedó dormido.

momentos pasaba

diferente era la escena que en aquellos

en casa de don Marcelino. Este, que aun no se había acostado, de su cuarto para ver lo que pasaba en la

salió

En

cuanto a Lucinda, una vez vuelta en

tana; pero su al patio

i

se lo impidió, diciendo

quiso abrir la ven-

que seria mejor

salir

recordar a don Marcelino para que tomara alguna medi-

Ambas

da.

madre

sí,

calle.

salieron

pas de cólera por los

—¿Conque

que echaba chis-

se encontraron con el viejo

i

ojos.

todavía no se hablan acostado

Uds.? preguntó don

Marcelino. ¿Con que es verdad que estaban esperando la visita? ¡Por los clavos de Cristo!

No

qué hacer con Uds.!

— ¿qué querría Ud. hacer? preguntó con resolución nidad. —Malvada! interrumpió don Marcelino apretando I

i

mocosa han llevado

esta

mozalvete por

la

Tri-

los puños...

la

doña

la

desvergüenza hasta recibir a ese

ventana.

— Ya que Ud. puerta motivo alguno a un joven honrado que ademas mi obligada... me he —Maldito sea tu pariente toda su Le prohibido que le cierra la

es

i

sin

pariente, i

visite

mi

visto

casta!

he-

casa porque no merece lo que pretende... ¡Así

pagan

Uds. mis bondades!

— Padre,

Perdóneme su merced, esclamó Lucinda arrodillándose a los pies de don Marcelino... Vea si le ha sucedido algo,.. Yo le prometo no verlo mas. por Dios!

2B


— —

^Es

179

verdad que no lo verás, contestó

padre^ porque no

el cruel

ya a volver después de haber recibido su merecido. Oyendo estas palabras, Lucinda cayó desfallecida sobre el suelo, pues el tono con que fueron pronunciadas, le reveló así como a se atreverá

doña Trinidad, que don Marcelino tenia parte en

el

hecho. Pero

reaccionada bien pronto la pobre niña, se alzó de repente gritando

como una

loca;

—Anselmo!

Anselmo! Dios mió! Talvez lo han muerto! I trataba de abrir la puerta que estaba atrancada i con llave. Doña Trinidad i don Marcelino siguieron a su hija hasta el zaguán.

Anselmo i

Andrés, que estaban para retirarse, oyeron los gritos

i

se acercaron a la puerta de calle.

Lucinda! contestó joven: nada —Aquí Lucinda. Dios! esclamó — ¡Gracias a estoi,

—Lucinda,

me ha

el

hija

mia ¿qué haces?

le dijo la

sucedido.

señora sosteniendo a

la niña.

—Atrevida! esclamó don Marcelino; ses el

ca

i

respeto hasta este estremo...

No

solo faltaba que sé

me

cómo no agarro

perdiela tran-

la mato!

—Don Marcelino, interrumpió pobre madre: acuérdese de que su —No mi contestó miserable: desheredo desde ahora. mi amor — puede quitarle su herencia, no podrá contestó Anselmo desde — -Qué no haya muerto Miguel! esclamó don Marcela

le

es

hija...

es

hija,

la

el

Si

quitarle

afuera.

colérico

te

lino, sin saber lo

que

decia.

—Esas palabras me de

la calle.

En escena.

hacen comprender todo!

dijo

Andrés des-

Pero acuérdese Ud. de que Dios castiga a

los asesinos!

lo

momento atravesaba Motiloni la calle donde, pasaba la La frase de Andrés: c(Dios castiga a los asesinos» pronun-

ese

ciada gravemente en las sombras,

i

el silencio

de la noche, parecía salir de entre

encontraron un eco en

— «¡Dios castiga a

el

alma

del italiano.

los asesinos!» refunfuñó éste, siguiendo apre-

Buradamente su marcha.

Luego

dijo:

—Viejo

necio!

¿Quién

le iria

a decir que se necesitaba de

hombre armado de puñal? Bien

un

claro se le dijo que bastaba con

algunos palos bien dados.

Doña Trinidad

i

su hija se retiraron a sus habitaciones,

i

don


— Marcelino entró

180

mas

a su cuarto, pesaroso de haber hablado

de lo que convenia. Desde que oyó las palabras de Andrés, casi se

mujer

olvidó de su

mismo habia

¿Si

me

de su hija para pensar en

i

el peligro

que

él

corrido.

habrá vendido este muchacho? se preguntaba. Por eso

yo era de opinión que no llevase cuchillo... ¿En qué compromiso

me

habría visto

Por

lo

hubiese sucedido una desgracia?.

que toca a Anselmo

i

a Andrés, se dirijieron inmediatamen-

Ambos amigos marchaban

a su casa.

mui

si

silenciosos

i

embebidos en

pensamientos.

diversos

autor —Es un hecho, Andrés, que maldito de contestó Anselmo trístemente; —Así bueno dar cuenta a autoridad mañana temJ)ranG — Pues parecer para que preguntó Anselmo, mirando fijamente a su amigo^ —¿Estas ¿No parece que auna barbaridad dejar —¿Porqué hecho impune? impune bandido que hacer caer con — Pero mas bien viejo

este

dijo

es el

todo.

parece, seria

la

hiciera

al asesino.

loco?

dices eso?

te

seri

este

dejar

al

nuestra acusación una mancha en la familia de Lucinda.. .;Te olvidas

mas me convenzo de suceder, mas bien veo la

de que don Marcelino es su padre?*.. Mientras

que

él es el

autor de lo que nos acaba de

necesidad de ocultar

Andrés no

el

contestó.

sola palabra;

i

hecho. Bastante castigado queda.

Ambos amigos

llegados

a su casa,

prosiguieron sin hablar una se acostaron sin

que Cecilia

hubiese sospechado siquiera en dónde habian estado sn esposo

amigo.

i

su


CAPITULO

XXX

DON MARCELNO TRABA AMISTAD CON DON MELITON "La I

el

casualidad los junta

diablo los hace

amigos"

(Dicho popular)

Al siguiente dia mui temprano los vecinos del barrio notaron una novedad en la casa de don Marcelino, a saber; que el maestro mayor de los carpinteros, señor Juan Labra, estaba clavando por dentro i por fuera todas las ventanas que caian a la calle. El mismo don Marcelino en persona presenciaba la operación, no sin encargar repetidas veces al carpintaro que remachase bien los clavos, multiplicándolos allí donde era necesario, porque decía; ^'en estas co-

abunda no daña" Cerróse también la puerta del zaguán i solo quedó abierto un postigo para el servicio; por manera que la casaparecia estar de duelo, lo cual no dejaba de ser en cierto modo, sas lo que

mui

verdadero, atendiendo a la dolorosa impresión que las escenas

anteriores habian hecho en

te

doña Trinidad

i

en Lucinda.

Madre e hija tuvieron que resignarse a vivir así encerradas duranmas de seis semanas tiempo que don Marcelino, convertido en ;

en carcelero de su familia, pasó no del todo tranquilo. Bien poco le importaban a él las mil preguntas que sus amigos le hacían sobre


de convertir su casa en cárcel; pero

determinación

la inaudita

182

no podia recordar a sangre fria aquellas palabras de: "¡Dios castiga a los asesinos!" pronunciadas solemnemente por Andrés Muñoz. Aflijíale. no el temor de Dios, con el cual pensaba arre glarse en la confesión próxima, acusándose de aquel pecado (por

acaso

fuera)

lo

;

sino el

miedo a

los

si

resultados de una causa crimi-

cuando vio corrido mas de un mes, sin que pareciese por su casa el padre Hipocreitía, su consejero predilecto. Nadie sabia donde se hallaba el santo relijioso

Su intranquilidad

nal.

i

subió de punto

solamente se susurraba que liabia salido a predicar la palabra

de Dios en las provincias del Sur.

Un

dia que don Marcelino se hallaba

como de costumbre, «apareciósele como

con

el

humor tan negro

don Pablo Motiloni, a quien guardaba grandes consideraciones, porque sabia cuan estrecha era la amistad del italiano con el reverendo Hipocreitía. Venia don Pablo con un brazo atado i colgado al cuello con un pañuelo; i su pálido rostro manifestaba

el

llovido

mal estado de su

salud.

—¿Qué tiene Ud. señor Motiloni? ¿Ha estado Ud. enfermo? preguntó don Marcelino, haciéndolo sentar en su de honor. —No mas que una caida que di de a caballo... Como yo no silla

es

mui

soi

jinete...

—¿En amigo,

el

—Se

He

tenido un poco de fiebre...

que puedo servirlo? ¿Qué

siones.

dice usted de nuestro digno

reverendo Hipocreitía?

>

nid-

Hacep

encuentra mui bueno de salud, contestó Motiloni.

algún tiempo que no el cual

me

me

pero acabo de recibir

un

propio,

escribe desde Colchagua, en donde se halla

Con

— ¡Santo Motiloni

lo veo;

le

el

mismo

propio

me ha

cow^

dando mi-

enviado esta carta para

TldL^-*^

esclamó don Marcelino tomando la carta que pasaba. Siempre ocupado en sus tareas apostólicas.

relijioso!

¿Me da Ud. permiso?

«.aFJliiíi I9

6^

-r-Lea Ud., señor don Marcelino, sin cumplimiento alguno, dijo el italiano.

El señor de Rojas leyó:

!:uMÍOijm ñi ^ons^vo le 'loq 9jn9mj3Í)in ^jj^a

?:9Jjq8í?h oíoS!

«Amigo mió: Siento mucho que mis

...miu

aomivíJi

obligaciones

me

,^bño

impi^^íü

ahora con Ud., pues habria querido llevarlo aveí*^'^ «al señor don Melitou, Mi amigo Motiloni cumplirá por. nlíri ((dan estar

«con

puede consultarse sobre cualquier accidente que ocurraií-'^ «como lo haria conmigo mismo, pues que don Pablo (a quien, leí'«ruego mire. II¿. .como un amigo íniimo) c\s como si fuesémi «propio herm'ano, icón él no tenga asunto reservado. Desde él


— 183 — «la misión

mas

a donde voi escribiré a Ud.

largo:

mientras tanto

lo saluda

«Su afectísimo capellán Q. B.

S.

—Fr, N. En

M. Hipocreitiaj)

don Marcelino dijo a Motiloni: Basta que Ud. sea amigo del padre para que lo sea mió como nos conociéramos desde muchos años atrás. acabando de leer

la carta,

— si

— Será para mi una honra, señor,

contestó el italiano inclinán-

dose, a la cual trataré de corresponder sirviendo a

mas humilde

—El

Ud. como

el

criado.

criado seré yo, le interrumpió don Marcelino, encantado

con las palabras lisonjeras del otro. ¿Conque también conoce Ud,

don Meliton? Yo fui el primero que habló con él cuando llegó a Santiago, pues lo esperaba en el Café por orden del padre. Ya, ya... ¿Sin duda tiene Ud. entonces noticia de las relaciones que ligan, quiero decir, que ligarán a mi familia con ese peral señor

— —

sonaje?

—De todo me ha impuesto padre un hallazgo para por señor mió. — Gracias por La verdad antes de —No — Sin embargo, muchacha como el

;

la niña, la cual

i

a fe que don Meliton es

otra parte lo merece.

la lisonja,

es lisonja.

esta

apreciar la suerte

que

en no querer dar

el sí.

se

todo.

una loca que no sabe nos deja caer encima, se ha empecinado es

—¿Para casarse con don Meliton? ¡Un hombre de encumbrada de noble de honorables — que tutea con mismo — Qne según viene aquí con una misión importante, agregó —Pues a pesar de todo don Marcelino paseándose alcurnia,

familia, I

se

antecedentes!...

el

rei...

creo,

el italiano.

eso, dijo

aji-

tadamente por el cuarto, la muchacha no quiere. Ahora pocas noches, tuvimos una... Pero después sabrá Ud. todo esto... Por ahora no

le

verá

mas

la cara al otro,

porque he hecho clavar

las

ventanas.

— Conque,

le

Ud. quiere podemos ir señor don Meliton. Ya le tengo anunciada

interrumpió

ahora mismo a ver

al

Motiloni,

si

su visita. •

—Al instante, amigo mió; déjeme Ud. ponerme de parada.


— Dicho

esto, iiiTegióse

184

don Marcelino

lo

mejor

(¿ue

pudo,

i

echán-

dole llave a la puerta de la calle, por temor de que durante su

ausencia viniese Anselmo, a quien aborrecía cada vez mas, se di-

Café de la Nación acompañado del italiano. Recibiólo don Meliton con muestras de la mayor cortesía;

rijió al

mo

i

co-

un hombre de regular educación i finura, consiguió, a pesar de su nulidad, captarse la amistad de don Marcelino. Hablóde su alcurnia, del rango de su casa, de sus amigos entre la noéste era

bleza, de sus triunfos en la corte,

embobado tro,

al

padre de Lucinda. Dijo que

habia estado a pique de serlo;

seria de

fijo,

de otras mil cosas que dejaron

i

pues estaba en

Don Marcelino

lo

i

si

no habia sido minis-

que en volviendo a Epafia,

lo

el candelero.

miraba con

boca abierta,

la

i

apenas podia

creer que se dignase hablar con cualquiera, un personaje que ha-

bia tenido entrada en el palacio real,

i

que habia alternado con

M. en persona; por manera que cada rato que pasaba, mas se afianzaba el buen hombre en la idea de hacerlo su yerno, formando él mismo interiormente el proyecto de acompañarlo después a España con el fin de hacer papel en la corte. S.

— Oh!

decia para su capote: ¡no es posible dejar escapar esta

qué esta deschavetada muchacha se oponga a su propia felicidad! Pero otra cosa será cuanoportunidad de elevar la familia!...

do

lo conozca...

Es

Mientras tanto,

¡I

preciso que nos visite este caballero. el

señor Oyarzun del Pozo-Hondo,

etc.,

seguia

haciendo la apolojía de su persona, ayudado de Motiloni que viejo español.

Cuando

pidió encantado

fué hora de retirarse, don Marcelino se des-

de su futuro yerno,

sus visitas, ofreciéndole su casa

i

Meliton con muestras de gratitud tar

mui a menudo a sn amigo. Lo que mas me ha gustado en

tiloni si

nt)

iba en zaga en lo de ponderar la elevada 23osicion social del

le

cuando salieron a

fuera

— Oh!

i

le

rogó que

lo

honrara con

todos sus posibles. Aceptó don el

ofrecimiento

él,

decia

i

prometió

visi-

don Marcelino a Mocon que habla, como

la calle, es la llaneza

un cualquiera. contestó el italiano; no crea Ud. que es de esos nobles

estirados, llenos de viento...

— Su

humildad me encanta, i bastaría esto para que deseara hacerlo mi yerno. Sí señor! ¡Qué educación de hombre! I sobre todo ¡qué cristiandad! Bien se echa de ver que no es de esos no-


185

bles de a cuartillo el atado, o de los que bota la ola,

mi

abuela, que sabia

mucho en

como

decia

esto de la nobleza.

—Eso conoce por encima, observó don Pablo. luego aquella cruz con piedras —Pues que mirándola. —Es caballero de Orden de Carlos — Caballero que en nada parece a que usan en se

brillantes

nó! I

se

va

la vista

la

III.

se

rras de Dios, que solo saben ser orgullosos

de de las Animas,

me

Dios

los

i

toque.

¿Qué

Señalado

me

es el

i

dirán

tiesos

a

como

mí que

que sabe a donde

¡Ya se

llano que es.

con-

el

tantos otros de los cuales lo

si se

merecen, según lo

los

hubieran tragado un es-

conozco como a mis manos?

le aprieta el zapato;

apenas parece acordarse de su altitud

éste,

me

i

como

estirados

veo por esas calles sin saludar a alma nacida; de-

puntiparados

rechos,

Maule,

i

que no parece sino que todo se

libre,

estirados que

el otro del

estas tie-

se

los

ve!

Es español

i

mientras que

soberanía, según lo

i

bien nacido,

i

con españoles

entierren a mí, que no con estos uobles mostrencos de por acá.

mucho tener educación i cristiandad! Don Marcelino con su copiosa palabrería,

¡Vale

do sus disgustos domésticos; de la esperanza

i

parecía haber olvida-

marchaba con paso

de ennoblecer a su familia

i

seguro,

i

lleno

hacer papel en la

corte de Madrid.

Distraído por su pensamiento favorito, no observaba la burlona sonrisa de Motiloni, la plazuela de la

que no hacia mas que apoyar sus ideas.

Compañía

se separó

del italiano;

i

En

se dirijió a su

casa a largos pasos, porque ya se acercaba la hora de hacer mediodía.

Sí, decia entre dientes,

fiada

he de él

ha de

muchacha para que me siga resistiendo. No le ni un pelo i lo mismo a la Trinidad. Una vez que lo conozcan, se apearán de su macho estas malditas

ser la

aflojar

nos visite

volviendo a su idea favorita: muí por-

i

mujeres, porque es imposible hablar con este caballero sin aficionársele.

El sabrá conquistarlas con

sus palabras

i

con todo

lo

que sabe hacer, que es encanto verlo i oirlo al hombre! Una vez hecho el matrimonio me redondeo; vendo todo i me voi a España derechito... No me han de ver el polvo en esta triste tierra. Al llegar a su casa, encontró a señd Marta, vieja criada de confianza de doña Trinidad, que ya conoce el lector. Admirado de verla afuera cuando se acordaba de liaber dejado con llave la puerta, le

preguntó con arrugado ceño:


186

usted? Ya están Marta? ¿Por dónde ha —¿Qué paredes de mi casa? saltando he por esta puerta... contestó —Nó, mujer! ¿Es por acaso Ud. alguhe dejado con — Pero entrar por una puerta cerrada? na ánima para que pueda —Por mismo que no ánima, he esperado que abra puerta para — plaza, esta mañana para —Pero, esclamó don —Acabáramos! cómo no decia eso salido

es esto,

las

si

salido

la vieja:

señor,

llave,

la

salir

i

la

se

soi

lo

entrar.

Pero...

señor,

la

si salí

i...

la vieja tonta!

I

Marcelino abriendo la puerta. Diga Ud., prosiguió, que pongan la

mesa porque

sación con ese

educación

La

i

una hambre de todos caballero me ha vuelto el

traigo

los diablos...

apetito. ¡Lo

conver-

que

es tener

cristiandad!

seña Marta hizo lo que se

le

mandaba, después de haber en-

tregado a doña Trinidad una carta "en su propia nia puesto en

Un

La

mano" como

ve-

el sobre.

cuarto de hora después,

fué llamado a

comer don Marce-

Antes de salir de su cuarto se preparó, frunciendo el entrecedando a su cara un tinte acre i duro «para que las mujeres no

lino.

jo

i

como decia él. Pero llegando a la mesa, encontró a su* mujer i a su hija de mui diversa manera de como creia hallarlas. Aunque doña Trinidad tenia pintado el sobresalto en la cara, recibió a don Marcelino con muestras del mayor cariño. Lucinda estaba pálida; pero una graciosa sonrisa animaba su linda fisonomía,. Cualquiera otro mas observador habria notado los esfuerzos de la madre i de la hija por parecer tranquilas; pero don Marcelino lo vencieran»,

se dejó

de las

engañar por las apariencias, i pensó que aquello era efecto medidas severas que habia tomado. Su frente se desarrugó

como por encanto; i como la visita anterior lo habia puesto alegre, se sentó a la mesa con la cara mas risueña del mundo. Vaya lo que son estas! pensó: la cerradura de la casa ha producido al fin su efecto. ¡Vale mucho tener encerrada a la mujer! Pero no porque así pensaba, dejaba de comer. Tragaba i bebia como un Eleogábalo. Doña Trinidad i su hija se admiraban de ver-

lo tan alegre

después de

lo sucedido;

agazajos, lo cual contribuía

mas

i

mas en

i

redoblaban por su parte sus

también a que don Marcelino creyese

la virtud de la clausura

para trasformar a las muje-

res reacias.

—Ya

di en el

quid,

pensaba .^1, buen hombre mientras comia. 24


187

Teniéndolas encerraditas se han de componer, porque, en perdiendo la esperanza de que

pásame

yo

les afloje... Mira, niña, prosiguió

en voz alta,

el ají.

A la

mitad de

comida,

la

i

cuando ya habia bebido algunos

tragos de vino, dijo a doña Trinidad:

—Me agrada mucho verlas a Uds. tan razonables; que no es tan bravo buena noticia. les

como

el toro

para probar-

i

ponderan, voi a darles una

lo

preguntó —¿Qué — Que acabo de hacer amistad con un personaje, un grande de España. —¿Grande de España? alcurnia de mu— mujer: caballero de Carlos de la señora.

noticia es esa?

III:

Sí,

chas campanillas...

Échame ha

Me ha

otro poquito

abierto la gana...

hecho

el

alta

i

honor de llamarme su amigo...

de charquican porque como

Eso

es:

i

cuenta con que

el

le

puse

me

ají,

hombre ha

sido

casi ministro favorito de Su Majestad!

—¿Es algún viajero? preguntó tímidamente Lucinda. —Nó, niña: pero creo que a la fecha ha recorrido muchas

-

Si Uds. lo oyeran hablar! Encanta

tes...

educación tan cristiana parece haber recibido!

I

paña...

pásame

como yo I

hombre con sus

Qué un hombre que ha estado a pique de agarrar

bras. ve!

el

estoi

el jarro

con vino...

hablando con Uds...

don Marcelino

se

cor-

pala-

Ya

que habla a Su Majestad

i

No

es

se

mando en Es-

el

así

nada; caramba!

echó al coleto un vaso lleno. Luego prosi-

guió:

reciban Uds. —Me ha prometido venir a que con todas aquellas atenciones que merece... Ud. necesidad de encargar — No a su mujer, don Marinterrumpió doña Trinidad. — Basta que sea amigo de su merced, para que apreciemos, agregó Lucinda. sonriendo: —¿No decia yo? pensó remedio ha casa,

i

es preciso

lo

eso

tiene

celino, le

lo

el viejo

lo

puesto como una manteca. Esto es en

las

el

el

principio ¿qué será des-

pués? Eso está mui puesto en orden, prosiguió en voz alta: mis

amigos deben ser tratados por Uds. como yo mismo, especialmente éste que tanto honor nos hace con venir a nuestra morada. Udslo conocerán i verán bueno... ¡Caballero como aquel! Vamos al último traguito... Con su cruz en el pecho que da gusto, i luego tan decidor

i

bien hablado que encanta

oirle...

Uds.

lo

conocerán!


— Don Marcelino

188

como liabia comido i bebido bien, no dejó hablar a nadie: por manera que doña Trinidad i su hija no sabian a qué atribuir aquella inusitada amabilidad. Conestaba alegrísimo;

i

cluida la comida, quitaron los manteles, se rezó el alabado,

i

don

Marcelino se fué a dormir la siesta mas satisfecho que nunca del juicio habia dado el espediente de hacer

buen resultado que a su clavar las ventanas

—Lo

i

echarle llave a la puerta de calle.

que son las mujeresl esclamaba acostándose en su cama:

son como la lana que se esponja cuando se la apalea.

que sujetarles un poco

la rienda

No

hai

mas

para verlas contentas. ¡Las conoz-

co tanto!

Pero

el

buen hombre

se engañaba.

conducta de la señora la sabrá

La verdadera causa de

el discreto lector, si

en vez de juz-

gar por las apariencias, como don Marcelino, se da leer el capítulo siguiente.

la

el

trabajo de


CAPITULO XXXI

-EL

CLÉRIGO

I

EL FRAILE DE AQUELLOS TIEMPOS

"Es

preciso

que

mujer no

se deje torpe i grosero... Sepa sostener sus derechos, que también son sagrados; i sin negar obediencia al esposo, sepa conciliar su libertad con sus deberes."

ultrajar por

(J.

A

A. Torees.

la

un hombre

—Educación de

la mvjp/'-.)

consecuencia de los últimos acontecimientos ocurridos en casa

de don Marcelino de Rojas,

la señora

lución de escribir a su primo don velarle las

diferencias entre ella

doña Trinidad formó

Ramón i

la reso-

Freiré, con el fin de re-

su marido,

i

pedirle al

mismo

tiempo la intervención de su influencia para que no se obligase a Lucinda a tomar estado con un hombre a quien no podia amar. Solo el amor a su hija i el temor de verla infeliz, podia compeler a la buena señora a dar este paso, i así se lo decia a su primo, pues de otro

modo no

se habria

nunca atrevido a hablar contra su espo-

so; lo cual debia creérsele desde cio

que habia sabido sufrir en silen-

toda una vida de martirio. Pero

dias en la provincia de

Aconcagua;

i

el

jeneral

como

la

estaba en aquellos

pobre señora necesi-


190

taba un pronto apoyo, escribió a su confesor, frai Prudencio Alvapidiéndole consejo sobre lo que liabia de hacer.

rez,

Era

mucha

padre Alvarez un hombre instruido, de

el

.

concien-

de irreprochable conducta, que por largo tiempo habia ejercido una soberana influencia en el convento de San Francisco. Pero desde que el padre Hipocreitía pisó los umbrales de la Casa cia

i

Grande, notóse que

el

tigua preeminencia. instruirse

i

reverendo Alvarez habia decaído de su an-

Desnudo de toda ambición, fuera de comunidad,

ser útil a su

chado varias veces

el

el

la

de

padre Alvarez habia desesus amigos le ofrecían.

provincialato que

Estos no hablan podido conseguir otra cosa que hacerlo Definidor; i

tanto este grado como

de Lector,

el

le

daban grande influencia

entre los padres graves de la orden; influencia que el padre Hipocreitía

no podia soportar, porque odiaba

i

temia

al

mismo tiempo a

Prudencio Alvarez, en razón a sus aventajadas ideas

frai

talento para sostenerlas.

Jamas

discutía

con

que habia pretendido vencerlo en una reyerta visto

éste,

i

su

pues una vez

teolójica,

se

habia

avergonzado ante la comunidad, no pudiendo contrarrestar

con sus sofismas los sólidos argumentos del sabio Lector. I en tal

manera

creció con

cesó de insinuarse

esto el odio del jesuíta, i

de trabajar contra

él

que desde entonces no en

el

ánimo del padre

Provincial. Pero éste, que estaba acostumbrado a respetar la vir-

tud

i

la ciencia del padre Alvarez, se oponía siempre a hacer

nada

que pudiera agraviar a un hombre que habia sido su maestro. Sin embargo, no se desanimó el constante jesuíta; i tantos pasos dio,

enemigo i el Provincial del convento. Una gran parte de la comunidad siguió el partido del padre Alvarez, entre los que se contaban sus buenos discípulos en filosofía; pero otros, animados por el jesuíta que supo despertar entre ellos ciertas ambiciones, se revelaron i empezaron que

al fin consiguió introducir la

discordia entre su

a hablar mal de su antiguo Lector.

Pero

lo

que mas molestaba

al

monárquico

jesuíta, eran las ideas

republicanas de frai Prudencio, quien se manifestaba siempre liberal,

no solo por su carácter bondadoso

vicciones.

Como miembro

Lector de

filosofía,

padres

i

de

i

abierto, sino por

comunidad franciscana

sus coni

como

habia tratado siempre de fomentar entre los

entre sus discípulos, las

la libertad

la

i

mas puras

ideas que poseía sobre

dignidad del hombre. Por esta razón era mirado por

muchos individuos del clero secular como un sacerdote refractario, cuyo ejemplo no se debia seguir. El hábil jesuíta esplotó esta cir-


-

191

cunstancia en perjuicio de su enemigo,

mas

i

aun

se

atrevió a insinuar

que las ideas del padre Alvarez eran mui poco cristianas, i que no sabia cómo seguia siendo Lector de filosofía en el convento, un hombre que creia como un dogma la sobeentre los

fanáticos,

ranía popular.

No

que en un

estrañe el lector

de aquellos tiempos se

fraile

encontrasen ideas republicanas. Verdad es que en jeneral todo

clero chileno,

el

i

hispano-americano, era monárquico; pero

el clero

habia una gran diferencia entre

el clero regular i el secular.

Mientras

que éste se manifestaba acérrimo enemigo de la causa de la independencia americana, era mui fácil encontrar en aquél, frailes ami-

No

gos de la libertad.

parecía sino que las ideas democráticas

hubiesen refujiado en los conventos, vivia el fraile

como en una

ba acostumbrado

al

talvez ello era porque allí

república. Mientras que el clérigo esta-

sistema opresor, no solo del réjimen

imponían sus jefes

del eclesiástico que le

ba de la libertad de de que el país fuese

i

se

i

civil,

sino

prelados, el fraile goza-

elejir los

suyos por manera que siglos antes

libre, los

conventos presentaban una especie de

:

ejemplo del gobierno republicano, con sus definitorios, sus elecciones

i

capítulos.

Por otra

pertenecían por lo las

común

parte,

los individuos

difícil

mas comunes que un muchacho de la mas humilde

llegase a ordenarse,

i

rigos.

trabajos

mas

los honores

i

i

i

apellidos;

condición

su talento a

nacimiento era merecedor entre los

el

aquí por qué jeneralmente

su misión de sacerdote

los

subir con su. trabajo

lograse

dignidades de que solo

secular

a familias encumbradas; mientras que en

comunidades veíase sacerdotes de

no siendo

del clero

cumplía mejor con

el fraile

de apóstol. Para

él

clé-

estaban reservados los

duros; al paso que el clérigo se llevaba casi siempre distinciones. Si habia que auxiliar a

deshora de la noche,

un moribundo a

pobre corría a las puertas del convento

el

buscando confesor. Si era preciso dar una misión en lugares desamparados, ahí estaba clérigo le

quedaba

el fraile

siempre dispuesto a la obra. Al

de los monasterios, los oratorios de

el servicio

las grandes casas, las confesadas de la alta nobleza, las prebendas, los ascensos, las distinciones

i

las capellanías

instituían en su favor. Vestido de

miendo mejor,

el clérigo

breaba casi nunca con el fraile^

el

ricas

que

telas,

las familias ricas

viviendo bien, co-

con mui honrosas escepciones, no sehom* pueblo, a quien despreciaba; al paso que

con su hábito burdo, estaba siempre entremezclado con


192

las últimas clases, a quien servia

i

— de cuyas limosnas vivia las mas

veces en sus conventos de campo.

El democrático fraile, despreciando el agua i el sol, recorria la campaña, iba a consolar al pobre en su rancho, i a fuerza de hombrearse con los hombres de todas las condiciones i de entremezclarse con la miseria, podia comprender mas bien las lágrimas de los oprimidos; lágrimas

que no llegaban

al

endurecido corazón del

amigo del lujo i de la buena mas encumbradas familias del

clérigo aristocrático, poderoso, altivo, vida, regalado

i

mimado por

las

país.

Perdónesenos esta digresión,

i

tomemos

el hilo

de la historia.

Frai Prudencio contestó inmediatamente la carta de doña Trinidad,

i

entre otras cosas le decia:

"Ud. señora, no ha hecho bien en contrariar abiertamente

la

"voluntad de su marido, recibiendo contra su orden al joven por

ventanas de la casa.

^'las

"celino tenga razón

No

quiero decir por esto que don Mar-

en oponerse al matrimonio de

Lucinda con

"Anselmo, ni mucho menos que Ud, haya de obedecerle en cuanto

un marido que ella rechaza. Por sagraautoridad de un padre, no alcapza a tanto. La niña

"a lo de imponer a su hija

"da que sea la

marido que su padre le pro"pone, i aun en admitir en su corazón al joven que cree en su "conciencia digno de darle su mano. Ud. misma está en el deber "de fortificar el alma de su hija, i de hacer por todos los medios '^está

en su derecho

al

no aceptar

el

Lucinda no se case con quien no ama, porque de "este modo no podrá adquirir en este mundo la tranquilidad que "cristianos que

"ha menester para servir a Dios, único

fin

de nuestras aspiracio-

"nes, cualquiera que sea el acto que practicamos en la

vida.

El

una fuente de bendición cuando une dos corazones "que se corresponden, i es talvez la raiz de los males sociales cuan"do se contrae entre dos personas que no pueden vivir unidas. "¿Cómo podrán formar un solo cuerpo dos entidades que se repe"matrimonio

es

"len? Dígole esto para manifestarle

mi aprobación por

"que la han impulsado a obrar. Pero así también

"puedo ni debo aprobar

los

los fines

le diré,

que no

medios de que Ud. se ha valido.

Una

'^mujer bien nacida no debe contrariar abiertamente a su esposo, ni

"aun cuando "el

ella

tenga razón,

buen camino, valiéndose de

sino tratar de hacerlo la dulzura

marchar por

que tan bien sienta en

"las personas de su sexo.

"Mientras mas contrario a la razón se muestre su marido, mayor


— '^debe ser la paciencia

193

de Ud. para sobrellevarlo,

i

mas grande

^^dulzura para suavizar sujenio, a lo cual está obligada toda

su

mujer

debemos amar i mirar con cari"dad a todos nuestros prójimos, aunque nos hagan daño ¿qué no "deberá hacer una mujer con su esposo, por malo que sea? "El marido es la cabeza de la mujer. Dios le ha dado la direcPorque, señora mia,

^'cristiana.

"cion en

matrimonio,

el

i

la

si

sociedad lo hace responsable de los

"descarríos de la

familia. Justo es,

''aunque a veces

no

"porque tal es

el

sea

pues, que conserve

mas que

la

apariencia

siempre,

mando,

del

orden de la naturaleza. Gran desgracia es dar

"con un marido caprichoso; pero es todavía mayor en una mujer,

"no saber ceder cuando conviene guardar "a

fin

las apariencias siquiera,

de obtener poco a poco lo que no es bien querer arrancar por

"la fuerza. El arte de toda mujer prudente consiste en saber callar "i

en no irritar jamas a su esposo con palabras inconvenientes, por

"razanables que sean;

i

todos sus conatos deben dirijirse a poner

"de manifiesto que su marido tiene razón siempre, porque la honra

"de la mujer es la dignidad del marido, "refleja

en

ella

i

el

descrédito de éste se

en toda su familia...

i

"Acuérdese Ud. de que ahora que se trata del establecimiento "de su

mejor ejemplo de sumisión, respeto a su esposo. Por justos que sean los motivos

hija, está

"obediencia

i

en

el

deber de darle

el

"que Ud. haya tenido

i

"su deber de madre

manda obedecer

le

tenga para desobedecer a don Marcelino, en todo lo que no sea peca-

"do, para que la niña aprenda prácticamente a portarse cristiana'

'mente con

el

esposo que Dios le dé.

No se puede decir delante

"niña sin esperiencia del mundo, que

liai

"ner su voluntad a su cónyuje, porque

de

una

casos en que debe impo-

mui bien puede

ser que,

"andando el tiempo, ella crea en cualquiera de sus caprichos, Uega"do ese caso. Ha de saber Ud., que somos mui inclinados a mirar "como estraordinario todo lo que nos sucede; i mientras aplicamos "la regla jeneral para los demás, nos persuadimos de que somos la "escepcion... No le digo esto porque la crea capaz de obrar de otro ""modo: conozco la bondad de su carácter, i sé mui bien que obrará "según los dictados de la

relijion

i

de la prudencia.

aunque lleno de ''caridad i de un amor abnegado, necesita de apoyo en las tribuía"clones. ¿Quién no ha menester de apoyo en este mundo? No le "habla Ud. el director de su conciencia, sino el amigo que siente "sus penas i que llora con Ud. Dios no desatiende jamas al que le "Hablóle

así

para

fortificar

su corazón, que,


194

"ruega. Ofrézcale sus padecimientos: eleve su corazón a sus labios "i

hable con

^'to

se obre

Tenga

él.

en

el

fe

mundo

en que existe la justicia, a pesar de cuan-,

tenga esperanza en que Dios

contra ella;

un corazón sano, i mire con '^caridad a quien se oponga a esas aspiraciones^ mayormente si ese "estorbo es su propio esposo. Considere que nada puede haber ^'atenderá las justas

aspiraciones de

"cumplido en este valle de lágrimas^ i que todos los males que "nuestro Señor nos envia^ no deben ser mirados sino como medios '^para hacernos dignos de otro

mundo

mejor. El, que cargó pacien-

'^temente con su cruz, exije con justicia que los mortales tengamos

'^también paciencia para llevar la nuestra. Ah! señora mia! I ¿quién '^será el

que pueda decir que no

Tal era, poco

mas

la tiene?"

o menos, lo que el

buen sacerdote decia en su

carta.

En una

posdata agregaba:

"Celebro que üd. haya impuesto "lo ocurrido, ^''ponga

i

siento

mucho que

algún remedio.

él

Yo también

al

señor don

A

esta

i

de todo

no esté en Santiago para que le escribiré

"llegando aqui, iré a verlo sin tardanza. "dé a Ud. paciencia

Eamon

por mi parte;

i

Mientras tanto, Dios

en le

resignación."

carta debió, sin

duda, en gi-an parte don

buen recibimiento que su mujer

i

Marcelino, el

su hija le hicieron aquel dia.

25


CAPITULO XXXII

MOTILONI EN CASA DE DON POLICARPO

«Al que ata mucho la plata El diablo se la desata.» (Refrán del jpuedlo.)

hubo separado de don Marcelino, cuando se volvió al Café; i después de hacer medio dia suculentamente, se dirijió al cuartito en donde vivia, situado en casa de una señora de

Apañas

la calle

el italiano

del

se

Puente. Curóse la herida con los remedios

curandera del barrio

le

habia recetado,

i

que la

echó a andar por la calle

de San Pablo en dirección de la ya conocida ^'Casa Yieja."

Algún

móvil poderoso impulsaba a aquel hombre, cuya actividad era de causar asombro a cualquiera; i no parecía sino que una idea fija le hiciera olvidar su enfermedad.

Policarpo. Golpeó,

i

el

rato estuvo en casa de

don

avaro en persona salió a recibirlo.

— Oh! mi señor Motiloni! intranquilidad, porque

En poco

esclamó Tragantilla disimulando su

nada de bueno esperaba cuando veia

al padi'e

Hipocreitía o al italiano.

— Seré breve, carta,

señor don Policarpo, dijo éste presentándole una

porque no quiero abusar de su bondad quitándole

el precio-

sísimo tiempo que Ud. dedica a sus laudables tareas. El reverán-


196

común amigo, prosiguió con voz almivarada, me ha

do, nuestro

entregado ayer esta esquelita para Ud.

Abrió don Policarpo aquel papel

lo leyó

i

temblando como un

reo que leyera su sentencia de muerte.

de unos setecientos —Aquí me habla padre, — Se equivoca Ud.; son ochocientos pesos que dijo,

el

los

me

debe,

i

los

pesos.

el

mismos que espero me pague Ud. con

reverendo

sus respecti-

vos intereses.

—¿Con sus

ademas? De veras que

intereses

parece querer burlarse de mil ¿Soi acaso nó: quiero

decir,

santo relijioso

el

su cajero para...? Pero

que esto es ya demasiado...

Eq

estos

últimos

meses ha llevado ya mas de dos mil pesos largos. ¿Qué hace

el

padre con tanta plata?

— Lo ignoro. Lo que que me debe. Ya sabe Ud. que quien debe paga. —Pero ¿debo yo algo a nadie? —Yo no nada. Repito que quien debe paga. El padre me debe Ud. protesta me ha dicho que Ud. me pagará... quiero no que proteste sino — Yo protesto que digo ¿de dónde sacaré yo tanto dinero como reza este papel? — Pues entonces, no pague Ud., santas pascuas, riendo. — Ud. contentarla con eso? —Pues no me he de contentar? Mi dinero gana un regular sé es

Si

i

decir:

de...

que... lo

es

es...

dijo el italiano

i

I

se

inte-

rés;

i

al fin se

me da que se me me ha de pagar

tanto

.

Sí, se le

cubra hoi como mañana, porque como

.

ha de pagar...

es decir

que yo

se lo

he de pagar, por-

que esta es la verdad! esclamó furioso el avaro.

— Entonces, tanto mejor para mí: veo qne mi plata está en buenas manos

la dejo al

i

mismo

interés...

— dejarla sino arrancarme alma a pedazos, avaro con voz compuujida. —Ya digo que yo me avengo a todo: por mí no hai Eso no

es

el

dijo el

dificultad.

le

Ud. quiere seguir pagando intereses, no seré yo el que moleste a mi señor don Policarpo. Me voi por donde he venido, i tan amiSi

gos como antes, señor mió.

—Amigos! refunfuñó fuego, gringo —Ya ve Ud. que yo no

el avaro: si te

zaría el

to concluido.

viera freír en aceite, yo ati-

hereje! soi exijente.

Devuélvamela

carta,

i

asun-


-

197

—Pero dígame oomo fuera a padre debe una suma tan grande? que —Pues no he de hombre de Dios!

confesarse: ¿está

si

le

el

estarlo,

mismo

Üd. segUTO de

¿No ve Ud. que

él

lo confiesa bajo su firma?

—Es que su reverencia es capaz de confesar.

— Hasta a una refunfuñó —

las beatas,

ya

.

interrumpió Motiloni soltando

lo sé, le

carcajada. I se ríe,

el

avaro^ a quien se le hacia duro creer que

alguien pudiera estar alegre en aquel momento. ¡Habrá suerte la mia!

Yo junto

como

plata para que él se la coma!

—¿Se ha decidido Ud? —Estoi —A qué? —A entregarle a Ud. decidido.

En

la mitad...

este

momento no tengo en

caja...

^-PerOj hombre! ¿No le digo que Prefiero seguir

ganando intereses por

no he menester de ese

el

quiere,

todo.

no

me

dé nada?

Le aseguro que yo

dinero...

— ¡Seguir cobrando qne cobra Ud. por esta suma? —El uno medio: yo — uno medio! ¡Qué

intereses!...

Ya

entiendo. I ¿qué ínteres es el

soi cristiano.

i

¡El

si lo

herejía!

i

¿No sabe Ud. que

una cosa digna de reprobación? Pues yo sé que Ud. cobra el dos por

— —Pero, hombre!...

ciento,

mi

la

nsura es

señor don Poli-

carpo.

•^

—Fuera de los negocillos que hace por ahí de pescar un real por

cada peso a

los

pobres que vienen a pedirle sobre prendas...

—I eso ¿qué importa a Ud? esclamó don Policarpo... Cada cual gana vida como Dios ayuda. — Dígole eso para probarle que no un exceso del uno medio por —Pues yo sostengo que cosa inaudita; ese de —En don Policarpo, no hablemos mas, interrumpió Moti¿Me paga o me —Pues llévese Ud. ya que no quiere bajar en —Tanto mejor, porque después encontraré mas gorda, contestó colérico

le

la

le

el interés

es

ciento.

i

es interés

es

ju-

dio...

fin,

le

llevo la carta?

lón!.

la carta,

los inte-

reses.

la

el italiano

tomando

el papel.


— — Traiga Ud.

la carta

i

198

sígame, dijo entonces

el avaro,

haciendo

un esfuerzo! echando a andar seguido de don Pablo. Entraron a

la tienda de Tragantilla,

sacó el dinero de su caja, lo contó

—Ahí —Nada

Ud. su

tiene

mas justo,

después de leer

Dicho

esto,

-el

i

el

dijo flemá.ticamente

dinero

i

convulsiva

Voi a

el recibo...

recibo que habia hecho

tomó

mano

dijo:

Fírmeme

plata.

con

éste,

i

hacerlo.

firmando

italiano,

el

Tragan tilla.

salió diciendo:

—Adiós, amigo mió. ¡Vaya que trabajo grande que que suyo! ciban mal a uno cuando viene a cobrar entre dientes don Policarpo: a estos — ¡Lo que suyo! esto

es

es

lo

repitió

es

condenados

les

parece que es de ellos cuanto yo atesoro... Pero en

me pueda

cuanto

safar de su tutela, los

echo a mil diablos

voi de aquí... ¡Por nuestra Señora de Andacollo!

me

hacen pasar!... No, no señor; no

avaro

i

lo re-

dando dos vueltas a

la

es vida!

No es

i

me

vida la que

esclamaba sudando

llave de su caja:

«me

el

voi de San-

tiago!»

Mientras tanto Motiloni iba acariciando

el

talego debajo de su

capote de barragan. Al enfrentar a una tabern-a cercana a la plazuela, el

llamada

El bodegón

dueño, quien sin duda lo

cara llena de risa a recibirlo

Juan Diablo, entró i preguntó por esperaba, pues al momento salió con la de

i

lo llevó a su cuarto interior,

mientras

su digna esposa quedaba sirviendo a los parroquianos de que la taberna estaba llena.

Poco rato después,

se vio salir a Motiloni

el

saco debajo del capote.

al

oído;

Al despedirse

que parecía venir sin del tabernero, le dijo

«prométales que se les dará otro tanto

si el

negocio se

acierta.»

El otro no contestó mas que con maliciosamente.

cierta sonrisa

i

guiñando

el ojo


CAPITULO XXXIII LA MERIENDA POLÍTICA

«Chicos, apretad los ])nños,

Porque en cualquiera elección, Bl que la gana es un héroe, I el que la pierde un bribón.»

El Ermitaño. Sin duda que Juan Diablo era hombre de altas relaciones sociales,

pues

cuando entró

que no bien hubo salido allí

Motiloni

un caballero embozado hasta

del bodegón,

los ojos

en su ca-

pote.

—Amigo

voz baja ¿cómo vá la compra de vo-

Juan, dijo en

titos?

—A

las

mil maravillas, señor, respondió

ahora se ha puesto un poco matrera los

como quien caza el

la jente,

i

bodegonero, aunque es preciso

manguear-

perdices.

— Pues entonces, manguéelos Ud., pende

el

afianzamiento de la

i

cace votos, porque de ahí de-

reí ij ion,

la

honra de Dios

i

el

pro-

vecho...

—De

los nuestros...

bodegonero.

sí,

señor;

ya

se

me

ocurre, interrumpió el


200

quiero caballero —Nó, hombre, de provecho pero a Ud. que ya dinede —Ah! me ha ro —¿Cuántos votos — Creo que han de alcanzar a ochenta, pero he tenido que comdel capote:

replicó el

i

felicidad

la patria.

señor,

la patria:

Sí,

decir, el

le diré

el

concluido.

se

tiene?

mas de la mitad. Ud. mas dinero, dijo el

prar por aguardiente

— Aquí tiene

del capote, pasando a

Juan

Diablo un bolsillo que parecia pesado. A tiempo llega, respondió el bodegonero tomando prontamen

— bolsa, porque pienso armarles un guahl.,, —¿Cómo eso? —Ha de saber señor, que hai algunos que no largan

te la

es

mas que

a fuego, por

contra el gobierno,

i

se les predique. Otros

el

voto ni

tienen miedo de votar

no venden su voto por ninguna plata; pero

emborrachándolos, aflojan al momento.

Por

marles esta noche una merienda, en

que caerán como moscas,

porque te, que

la

esto,

he pensado ar-

punto convenienpepa. Casi todos son buena jente, es

se les dará de beber hasta ponerlos en el es

cuando

decir, abasteros

— Pero

i

aflojan la

recoveros...

es preciso hacerlo todo eso con orden.

— señor, con orden. — Que no haya pendencias. Si,

—Nada, nada de yo hombre Van a venir muchos merienda, tendremos también niñas caballeros a — sobre interrumpió encapotado, acuérdese üd. de que eso:

la

cantoras,

i

todo,

I

pacífico.

soi

i.

.

el

ya se le ha pagado su trabajo, fuera de lo que se le pagará después, Por consiguiente, todo el dinero que le dejó ayer Pedro José i el que yo le dejo ahora, es para que Ud. compre votos de una manera honrada... ya Ud. me entiende. Sí; comprendo, señor. Yo soi hombre que tengo relijion i te-

mor de

Dios;

i

mui bien

lo

que es mió

i

lo

que es ajeno; no

lo

habiade decir yo... Creemos que Ud. es hombre de bien, interrumpió el del capote i por eso es que le hemos dado esta comisión de confianza. ^^ Muchas gracias, señor don Antonio. Por lo mismo, es menester que Ud. la cumpla cristiana i hon

— —

— radamente. —Eso mismo digo yo;

para mermarles

la

medida.

porque jgracias a Dios! no ¡Si

Ud. viera

soi

las largoims

un judio

que

les doi


— 201 — cuando

les

mido

el licor,

aguardiente o chicha!

sobre todo cuando ellos truecan el voto por

Ya

verá Ud. esta noche

si

viene a la meT-

rienda.

—Yo no puedo —Estará cargó que

el

venir, porque...

cuarto lleno de caballeros;

i

don Pedro José

do faltar esta noche a

la

— Ah! ese

pero no pue-

novena que estamos siguiendo

Dios de las Capuchinas, observó es otro cuento! pero

al

Niño

el otro.

yo decia...

mi dinero, dijo con firmeza el caballeTenga Ud. mucho cuidado con la policía, porque las

nó; basta que les dé

capote.

ro del

en-

le dijera...

— Dile a Pedro José que con mucho gusto vendría, — Nó,

me

jen tes del gobierno...

—Ya no se

que

los vijilantes

serenos andan 0)0 al charqui; pero

i

mui

dé nada, porque yo los tengo

le

dándoles un par de tragos, se

da en esto que

tanteados;

les cierran los ojos.

es maravilla... I a pro]3Ósito

si

me

me

del vizco, este

en

ayu-

mucha-

relijion: así

es

diera permiso para untarle la mano...

— Puede Ud. — Muchas gracias,

gratificarlo con el dinero

la

sé que,

El vizco

cho trabaja del dia a la noche por la causa de la

que

i

señor, por

mi

que se

le

parte, dijo el

mas encantadora bonhomía; porque

si

Ud. no

ha dado. bodegonero con

me

diera licencia

para sacar plata de esta bolsa, yo tendría que pagarle al vizco

con

mi propio dinero; i no es caridad que un pobre como yo... Dele Ud. lo que crea justo. Por sujDuesto! Ni un cuartillo mas... aunque quiero al mucha-

— —

cho como

mi mujer:

si

mi propio

mira, Nicolasa.

— Bueno,

i

fuera

.

.

hijo;

i

muchas veces

le

he dicho a

.

que ahora importa es trabajar con actividad constancia, para que no gane las votaciones este gobierno de es2)ues: lo

tranjeros.

digo a todos: —Así go que — han de saber que que se los

si el

gobierno gana, vale

mas

ser grin-

chileno.

I

el

lo

el

Presidente Pinto quiere es llevar

Congreso diputados herejes para hacer leyes contra

la relijion

i

los sacerdotes.

— María José! esclamó Juan Diablo haciéndose cruces pecho. ¡Dios nos tenga de su mano! —Amen! respondió caballero del capote, retirándose. jJesus,

i

sobré^ el

el

El bodegonero acarició

el bolsillo

de dinero que tenia debajo del


— poncho;

i,

202

llamando a su mujer hacia un rincón del despacho,

se lo

entregó cautelosamente.

— Toma, Nicolasa,

le dijo

en voz Laja. Guarda esta platita junto

con la otra que te entregué antes de ayer.

—Vengan aguaceros

como

éste,

Juan Diablo, yéndose a guardar quedaba en

se

En

el

respondió la digna consorte de

mientras

la bolsa

el

mostrador despachando a algunos parroquianos.

seguida llamó a su amanuense para dejarlo en su lugar;

acompañado de la buena Nicolasa, todo merienda, que tan buena cosecha prometía.

se fué a preparar, rio

bodegonero

para la

—'Ya

i

él

lo necesa-

sean los pelucones o los liberales los que ganen, decia

Juan a su mujer,

lo

que a nosotros nos importa es vender todo

nuestro aguardiente.

—Así respondió dejar de trabajar ¿qué nos importa nosotros no ganamos? que ganen — Has hablado como un mujer; Dios me guarde muella,

es,

sin

ellos, si

libro,

i

chos años, porque no tienes un pelo de tonta.

te

Dime

¿te acordaste

de ponerle agua a la cuba del rincón?

—Encargarme a mí esas colasa. ¡Con decirte

de esa cuba, se

cosas! esc lamo riendo la injeniosa

que a la tercera vez que bauticé

me llegó

el

Ni-

aguardiente

a hacer escrúpulo!

26


CAPITULO XXXIV

DON CATALINO CAE EN LA TRAMPA-

«Aquí me las pagarás Todas juntas, basilisco, Pues yo te preguntaré Ahora, cuántas son cinco! te me has de Sin darte tu merecido Para que otra vez no seas Mal hablado i mal amigo!

Que esta vez no

ir,

(Corrido antiguo.) Motiloni se habia dirijido a su cuarto;

ve por dentro

i

i

entrando en

él,

echó

lla-

unos papeles que sacó del bolsia pesar de no haber parado en todo el

se sentó a leer

Aquel hombre de fierro, dia, parecía no estar fatigado. Después de haber leido varias cartas se quitó la peluca, dejando ver una i hecho algunas apuntaciones, venerable calva, i dando un suspiro que no es posible saber si era llo.

de satisfacción o de cansancio,

— ;No En se

se

ha perdido

el dia!

esto sintió que golpeaban la puerta de su cuarto,

puso apresuradamente su

mas

dijo:

fuerza,

i

Motiloni oyó la

i

entonces

Los golpes se repitieron con voz de Gacetilla que decia:

])eluca.


— — Soi yo, amigo mió, En

204

que vengo a saber de su salud: abra Ud!

aquel instante pasó por la mente del italiano una idea que

quiso sin duda poner en práctica;

i

levantándose de su asiento, abrió

la puerta.

¿Cómo

mi buen amigo?

Ud.,

está

¡Gracias a Dios que lo veo

fuera de peligro! esclamó don Cátalino.

una palabra volvió a cerrar

Motiloni, sin contestar

guardó

en su

la llave

la

puerta

i

bolsillo.

preguntó asustado Gacetilla. —¿Qué contestóle don Pablo con voz hueca. —Pronto va Ud. a sacando del cajón de mesa, una pistola agregó: —Voi a matarlo a Ud. ¡Este — ¡Socorro! gritó don Cátalino poniéndose de mil puerta con yo. hombre está interrumpió —No Ud. en balde, porque nadie significa esto?

saberlo,

I

la

colores

loco! ¡I la

llave,

.!

i

grite

le

oirá, le

pon Pablo gravemente.

— Desde

los sucesos de aquella noche,

asesino que

me

me

hirió,

venia

me he

convencido de que

mandado por Ud. Por

el

eso fué que Ud.

sujetó cuando yo queria venirme...

— Santo Dios! ¿puede — Tengo mil razones para

Ud. eso? creer que Ud. ha querido asesinar

creer

I

m

por otra mano.

— ¡Hombre!

no

si

soi

capaz de matar una mosca! esclamó don

Cátalino.

— Digo que por — ademas,

ajena mano.

dijo Gacetilla,

I

Me

Ud. es

• han dicho. un amigo a quien aprecio tanlo

to!... tanto!

— Se echa asesino

me

---Vaya!

de ver en

eso de

haberme abandonado cuando

el

hirió. si

no estuvo en mí, decia jimieiido don Cátalino...

huí sin saber lo que hacia, porque como

soi

así...

Yo

tan nervioso...

Es cosa que a veces me sucede... Pero le juro a Ud., que cuando lie gué a casa i me rehice, lo primero que pensé fué en el peligro en que Ud. quedó... Calle la boca! un hombre como Ud. a quien quiero como a las niñas de mis ojos!... ¡Presumir que yo haya tratado de atentar a sus dias.

— Pues

Al principio formé el proyecto de matarlo a Ud. como un perro; pero para que vea que soi hombre de honor, aquí tiene Ud. dos pistolas... Elija Ud.! estoi

en

lo

dicho...


— Diciendo

205

Motiloni sacó otra pistola del cajoQ,

esto,

i

presentó las

dos por la culata a Gacetilla.

— ¿para qué he de — Para que nos batamos, contestó sepulcralmente — ¡Pero yo hombre de paz! — ha de a muerte! —Pero quiero mucho a Ud. yo — Eso una mentira. Elija pronto ¿No sabe Ud. que prohibe —Válgame I

dijo éste.

elejir?

Motiloni...

soi

si

ser

,1

señor!

lo

si

o sino...

es

Dios.

Yo

la relijion

Ud. todas

estoi pronto a darle a

el

duelo?

que quiera,

las esplicaciones

amigo mió!

— Yaya pues No

pensado...

:

es

si

Ud. no quiere

batirse, voi a

matarlo como habia

culpa mia!...

Motiloni parecía estar furioso: Gacetilla temblando se arrojó a

sus pies;

i

al

cañón de

sentir lo frió del

la pistola sobre su frente,

esclamó;

—Don Pablo por

amor de Dios! no mate a un hombre en pe"En tus manos cado mortal! lluego prosiguió maquinalmente alma, mi espíritu, mi..." mi encomiendo señor, Motiloni hizo entonces como que reflexionaba, i alzando la'pistola, el

:

dijo

a

Gacetilla:

— Levántese, acaba de

ver.

amigo don Catalino, Se ha librado Ud. de una

dor; pero tenga entendido que

si

i i

no eche en olvido buena.

Ud

lo

que

mui habla-

es

pronuncia una sola palabra acer-

ca de lo ocurrido anoche...

— Oh!

pierda Ud.

cuidado,

le

interrumpió Gacetilla: antes ha-

blará un muerto que yo.

agregó don Pablo gravemente, — Ya que Ud. no preciso descubrirlo. será — Yo ayudaré, señor don Pablo. Yo trabajaré —El modo de ayudarme quedarse en asesino,

es el

lo

otro:

i

es

le

silencio...

es

por descubrirlo.

— ¡Dios quiera que consiga! —Pero Ud. habla hecha a perder mis planes, prometo dos son matarlo, como — Máteme veces hablo, — Con una vez me basta, contestó — a mí también, agregó don Catalino, volviendo a su natural lo

si

le

i

tres

diez

cinco.

i

dijo Gacetilla.

si

le

el otro.

I

buen humor. Pero ¿cómo puede Vd. haber creído que

s

yo...?


— No hablemos mas de pistolas sobre la

~

206

interrumpió

esto, le

el italiano

poniendo las

mesa.

—Bueno, pues, no

hablemos mas... Pero lo que yo estraño es... Me quedará callado... Sin embargo, no era regular que Ud. creyese que yo... Eso es: no hablemos mas... Es lo mejor; porque esto es para volverse loco... ¡Querer yo matarlo a Ud. mi buen amigo, mi!...

—Ya bre

le

he rogado que no quiero

oirlo

asunto, le interrumpió Motiloni

esfce

Calló Gacetilla, pero las palabras

La

hombre

tortura en que aquel

sobre lo que tanto le afectada, era

De

la muerte.

con voz áspera.

le

reventaban en

se hallaba

los labios.

por no poder hablar

mayor que

casi

como para

repente esclamó

hablar ni aun a solas so-

la del

distraerse a sí

temor de

mismo:

en punta de — habia olvidado noticia que —¿Que —La revolución que está fraguando, pues hombre! —No me importan esas yo no de haciendo un de disgusto. caso que —Pero cosa está hecha, según traia

la

I

la lengua!

la

noticia?

se

noticias,

este país, dijo

Mo-

jesto

tiloni

es

Han

soi

la

el

repartido plata que es

'Sí? I

a mi ¿qué

me

un

se dice...

horror!

importa eso?

—¿De veras? Dicen que han Yo no puedo — ¿qué cosas ha visto Ud.?

ciales

comprado tres batallones con oficreerlo; pero cuando uno ve las cosas...

todo.

i

I

—No

Esta mañana andaban en pandilla los soldados borrachos por esa calle de San Pablo, renegando del gobierno, porque dicen que no se les paga su sueldo... En la Cañadilla acaba de haber una pelotera de las de no te muevas.,, I ahoes

nada

lo del ojo!

ra acabo de ver por mis

Diablo" está esto,

i

sos...

llenito...

han

que

lo

Pero

si lo pillan,

Mientras

do en una

que el bodegón de ^'Juan Dicen que Juan Diablo anda metido en propios

visto repartir plata

yo no

le

Gacetilla hablaba silla

ojos,

de vaqueta,

i

dar de beber a los revolto-

arriendo las ganancias.

de este modo,

el

italiano senta-

con la cabeza echada sobre

el res-

medios cerrados, parecía no oírle. Cualquiera al verle en aquella abandonada posición, habría creído naturalmente que no tenia ningún ínteres en saber nada de lo que don Catalino

paldo

i

los ojos

Este proseguía su charla como para distraerse a sí mismo de la fuerte impresión que acababa de recibir, cuando fuó interrumpido por el italiano, quien dijo secamente: decía.


— —Ya

he dicho a Ud. que a mí nada

le

puesto que

207

soi

me

importa todo

eso,

estranjero,

—Yo don que üd. tenia interesen saber Catalino, dudando proseguiria su pesada chachara. —En circumstancias podria mui bien que me entretucreia

noticias,

dijo

si

otras

ser

viesen esas mentiras, replicó Motiloni levantándose de su asiento;

pero ahora

me

duele algo

mi herida

i

cama

quisiera echarme a la

algunas horas.

Dicho

esto, abrió la

la indirecta; lió

a la

entre

i

puerta del cuarto.

tomando su sombrero,

calle.

Como no

Don

Catalino entendió

se despidió del italiano

i

sa-

tenia con quien hablar, iba refunfuñando

dientes:

— Caramba! arrebatado! je,

De buena me he escapado hoi! ¡Qué italiano tan Casi me mata...! I tal vez me habria muerto este here-

sino fuera por

Ha sido

el

escapulario que llevo al cuello... Sí señor!...

un milagro patente! Soi tan devoto de mi señora del Car-

men! Diciendo

esto, apretó

contra su pecho una medalla de la antedi-

cha advocación de la Vírjen, que llevaba colgada con

el

al cuello

junto

escapulario.

I lo peor es, proseguía,

puede vengarse de ción bien

difícil...

que

si

digo alguna palabra, este diablo

Vaya! Estoi verdaderamente en una posi¡Tener que quedarme callado!... ¡Tener que tramí...

garme mis propias palabras!


XXXV

CAPITULO

EL BODEGÓN DE JUAN DIABLO

«No eras tú, libertad, la que rejias Pueblo tan cruel, en tan siniestras horas I Tú, de su suelo criminal huias. De sus luchas de muerte asoladoras; I él contaba sus crímenes por dias, Sus escenas de sangre aterradoras: I el pueblo era el verdugo de sí mismo I del error se hundía en el abismo.» (C.

Gacetilla había dicho

populacho de

móvil oculto

los

la

verdad

suburbios

diríjia la acción

al

aseverar

de Santiago

de la

W. Martínez.) a Motiloní que

estaba revuelto.

máquina popular, pues

el

Algún la efer-

vescencia que se notaba carecía del carácter de espontaneidad. Ban-

dadas de muchachos capitaneados por hombres de ruin aspecto se entretenían en recorrer

el

Tajamar

i

la caja del

Mapocho, gritando

de vez en cuando: '^¡Mueran los herejes!" "Viva la relijion!" Sepa-

rábanse

i

volvíanse a reunir los diversos grupos, ya para alentarse

con sus gritos descompuestos, ya para enviarse mutuamente granizadas de piedras.

A

veces parecían enemigos que se buscaban para

combatir; otras veces se asemejaban a partidarios que buscaban un


^ 209 — enemigo común. Nada faltaba en estos diversos grupos para hacerlos repugnantes hombres harapientos, muchachos medio desnudos mujeres sucias i desgreñadas. De vez en cuando se solian introi :

ducir 2^or his calles de la ciudad, ¡Dartidas de cinco o seis, formadas

de

los

mas

atrevidos. Casi todos llevaban dinero, porque

entraban

primer bodegón que encontraban i pedian aguardiente, ¿üe dónde habia salido ese dinero que aparecía como esparramado de repente en tales manos? Tal era la pregunta que muchos se hacian. al

Otros no se cuidaban de averiguar

taban con beber

el

de la plata,

el oríjen

i

se conten-

aguardiente con que los regalaban los

mas

afor-

tunados.

A medida

que

se iba

acercando la noche, se iba también aumen-

tando aquella especie de irrupción de bárbaros venidos de la Chimba. Las libaciones continuadas producian su efecto: oíase aquí, allá

i

mas

allá,

juramentos, vivas a la

relijion,

palabras obscenas

i

amenazadoras. Aquella feroz alegría, que tanto se parecia al sordo ruido que anuncia una tempestad, iba siendo mas i mas comunicativa.

De

los

grupos de

los

bebedores ambulantes, pasó a los mora-

dores de las calles que aquellos recorrían;

i

en muchas partes, los

vecinos prudentes creyeron que debian cerrar

i

atrancar bien sus

como vino la noche. Pero donde la ajitacion tomó un carácter serio, fué en la calle de San Pablo. El bodegón de Juan Diablo parecia ser el punto de

puertajS de calle, tan pronto

cita

de la multitud, según estaba lleno de jente alegre. El cuarto

del despacho se en€ontraba tan repleto, que le habría sido imposible a cualquiera abrirse paso hasta el mostrador. Pero lo

que mas

que Juan Diablo, tan poco complaciente de ordinario, lucia aquella noche una jenerosidad inusitada. Solo a uno que otro exijía de contado la paga del licor que consumía. La mayor parte bebía al fiado. ¿Cómo no habían de estar todos con-

admiraba a

todos, era

tentos? "¡Ño Diablo S3

ha vuelto

ta siempre a canonizar al que da,

santo!" gritaba la multitud, proni

sobre todo al

que da de beber.

El amanuense del bodegonero era un muchacho de catorce a quince años de edad, de mirada maligna, a quien llamaban el Vizco (por tener

un

ojo al través) de jenio

travieso e intenciones no

menos torcidas que la mirada del ojo malo. Era, como suele decirse, el alma del despacho; i con sus palabras maliciosas i sus truhanerías, tenia entretenidos a todos. No estaba sosegado un momento: iba i venia, ya diciéndole una chuscada a una mujer; ya trayendo i

llevando chismes entre dos que queria poner mal, a fin de tener


— el

210

gusto de verlos darse de puñadas; ya haciendo beber a uno

aguardiente con

ají;

ya dejando a otro de espaldas por quitarle

banquillo en que iba a sentarse,

por

lo cual

I las jentes reian

Juan Diablo decia rascándole

— Este vizquito En un

etc.

es

A

mui llamadero déjente.

este sancta, santoricm,

podian ser admitidos.

gozaban;

la cabeza:

cuarto contiguo al despacho se oia el

una chingana.

i

el

En

cuanto a

i

la vocería de

solamente los iniciados

la jente profana,

con oir de vez en cuando las tonadas a rabel cladas de risotadas, gritos

mido

i

contentábase

guitarra entremez-

aplausos estrepitosos.

i

Hundíase el bodegón de Juan Diablo al ruido de sa vocería, cuando un tumulto, que se dejó sentir en

la aguardieii to-

la calle,

llamó

la atención de los concurrentes.

—¿Qué eso? preguntó bodegonero. — Son unas cuchilladas, ño Juan, contestó uno apurando su vaso. Aquí en mi bodegón —Cuchilladas? Eso que no es

el

lo permito!...

si

se

bebe con orden... Voi a ver qué es Diciendo esto,

eso!

bodegonero se dispuso a

el

salir

con

el fin

de ave-

riguar la causa del ruido; pero no le fué posible conseguirlo, en

atención a encontrarse la puerta verdaderamente obstruida.

íío salga, ño Juan,

le

observó otro

de los menos

borrachos:

mire que creo que es Miguel Turra que esta tarde andaba con

alma atravesada,

i...

me importa

I ¿qué

a

mí que

rrumpió Juan, pugnando por

En

aquel

el

momento

se

sea Miguel o el demonio? le inte-

salir.

dejaron oir en la calle algunas voces

de

mujer:

— ¡Jesús María! —¡Ya mató! — ¡Se desgració pobrecito! en pecado mortal! — — ¡Que vayan a buscar a médica! primero!... —Nó, nina: confesión lo

el

¡Si estarla

la

la

A la

noticia de

es lo

muerte, cada cual quiso saber

lo

que pasaba.

manera que en poco rato la puerta del bodegón quedó espedí ta. Juan entonces pudo encaminarse a la calle; pero al salir de la puerta se encontró con Miguel Otros

mas

Turra que

—No

temerosos, se retiraron; por

le dijo:

salga,

ño Diablo... Déme un trago de aguardiente que ven-

go muerto de sed. 27


211

—Es preciso que vea quién —¿No digo que no nada?

es el

— que se atreve a desacreditar mi

casa...

es

le

no pudiendo llegar

Yo

mostrador por

al

tenia ganas de entrar; pero

apretado que

lo

estaba

pelotón de la puerta, le armé camorra a uno de los de afuera; cruzó; sacamos cuchillo

que

i

nos tiramos un

filifo,

el

me

con lo cual yo sabia

pelotón se liabia de deshacer. ¡No ha sido mas!

el

— —Pero no pegué mas que de porque no mal... —Vaya, Miguel, que siempre has de hacer de Pero...

plano,

le

era cosa for-

las tuyas, dijo

el

bodegonero. Aquí tienes un trago... Pero acuérdate de que es preciso beber con orden,

En

como

aquel momento, vio

cristianos de relijion que somos.

el

bodegonero que

vía a invadir su despacho. Envueltos en el

hombres trayendo a cuestas

el

grupo de jente grupo venian dos o el

voltres

cuerpo de un individuo que parecia

estar borracho o muerto.

—Aquí viene del asunto, Miguel con una sonrisa habías pegado de plano? —Pero ¿no decías que pregunbodegonero. Eso no debe —Así mas que atur didura.,. — bonita atur didura, interrumpió una mujer. Ya a hora pobrecito debe haber dado cuenta a Dios. Turra dando una Mujer —O ¿no ve Ud. que sangre de uno de enfermo. Está que venian cargando —Así dijo

el

feroz.

solo le

le

tó el

ser

fué...

la

le

Si!

presente, el

al diablo, dijo

feroz

narices?

solo es

tonta:

es, dijo

los

tan vivo como yo.

Una

carcajada

.

.

porque

carcajada...

al

me

acaba de morder un dedo.

acompañó a estas últimas palabras como

si

hubie-

sen sido graciosas.

—Pues, ciosamente —¿No

señor!

les

si

muerde, claro es que está vivo, observó senten-

otro.

he dicho, que aquí no hai otra cosa que curar sino

la

borrachera? interrumpió un tercero.

Así era la verdad examinando al enfermo, de que no tenia ninguna herida de peligro. :

En

cuanto a Miguel, confiado en

el

se convencieron todos

respeto que

el

vigor de su

brazo imponía, no se acordaba mas que de comer unas aceitunas

que

se le

había servido, bebiendo un vaso de chicha por cada una.

Pocos momentos después, llegó

médica

del barrio.

la

mujer del enfermo con

la


212

—¿Dónde mi marido? preguntó aquella sollozando. —Aquí Juana, dijeron algunos. — Pobrecito, mujer, siempre están pasando — No dé cuidado, ña Juanita, bodegonero. No cosa de — Gracias a mi Señora Carmen! —Esto no mas que médica elevado, gravemente está

está, fta

dijo la

estas cosas!

le

le dijo

le

es

el

peligro.

del

examinando

En

la

dijo

calor

es

enfermo.

al

seguida recetó lo siguiente:

''Lleven entre cuatro al pobrecito al rio: denle tres zabullidas en 'la corriente;

acuéstenlo después en su cama; arrópenlo bien

^'guenle el cuerpo hasta

que sude,

i

^'mago, Seis

i

cár-

verán bueno: métanle en la

una j^luma de ala de pavo negro para que

^'boca

i

se

desocupe

el estó-

santas pascuas."

u ocho homibres

a cumplir las prescrip-

oficiosos partieron

demás proseguian bebiendo con recomendaciones de Juan Diablo.

ciones de la Galena, mientras los el

mayor

orden, según las

— Dígame, ño Juan, esclamó Turra de repente, oyendo que daban en

el otro

los gritos

coarto: ¿quiénes son los que se están di virtien-

do allá adentro?

— Son unos — Ahora no hai

caballeros... caballeros...

Ya

se aca,baron los

caballerías, porque, gracias a Dios, todos

tiempos de las

somos iguales, observó uno

de los circunstantes.

— ¿no podría entrar? Yo quiero divertirme con cantoras, Tnrra. —Es imposible, hombre, respondió bodegonero. — ¿Por qué? —Porque tienen puerta atrancada por dentro. — ¿qué cuesta echar puerta abajo? — Hombre! eso no esclamó Juan Diablo alzando puños. Miguel acercándose — Con su permiso yo he de I

las

se

dijo

el

la

la

I

los

lo ..permito!

o nó,

entrar, dijo

a la puerta, al través de la cual se oia entre la vocería

de la guitarra

i

el

monótono acompañamiento

— ¡Cuidado conmigo, Miguel! esclamó dose.

Te he dicho que no

se

lo

rasguido

del rabel.

bodegonero interponién-

puede entrar...

— Pues no he de conocerte! Por empujando

el

el

mismo

Ya me

conoces!

voi a entrar, dijo

Turra

la puerta.

El bodegonero se

dirijió

hacia Miguel con ima tranca en laniano.


— La lucha

iba a principiar;

i

213

como

los dos atletas

eran bien conoci-

dos de todos, cada cual esperó el resultado con interés.

Miguel sacó su cuchillo

—Aquí

i

se

puso en guardia.

lo espero, ño Diablo, dijo.

Pero al tiempo de acometer a Turra, Juan Diablo fué distraído por varias voces que gritaron:

— ¡Aquí está

Ruco!

tio

— ¡Viva Ruco! Buena —Denle entrada. — Que pase a tomar un tio

la

vamos a pasar con

él!

dijeron varios.

tr agüito.

Juan Diablo i Miguel Turra eran bravos; pero se respetaban mutuamente: así fué que ambos agradecieron a la casualidad que les daba un pretesto para no atacarse. Ambos parecieron prestar atención a lo que oían el uno cerca de la puerta, pero sin pretender :

abrirla,

a dos pasos de distancia con su tranca en la

el otro

i

mano. Entre pues,

tio

Ruco, gritaban algunos desde adentro.

— ¿cómo entro puerta mas atacada que una voz cascada desde bala Abran cancha! —Tiene razón —Ábranse con mil —Ya —Ya ve .

I i

si

la

está

un cañón con

afuera.

todo, dijo

el tio!

diablos!

está!

luz!

se

— Pues allá

entrando

al

voi.

Yenga un

bodegón.

trago,

i

verán bueno! dijo

el tio

Ruco


CAPITULO XXXVI DE COMO PREDICABAN EL EVANJELIO ALGUNOS SACERDOTES DE AQUEL TIEMPO-

«A todos umversalmente ordenamos, bajo pena a nuestro arbitrio, a mas de las que dispone el derecho, que hagan ante Nos o ante nuestros convisitadores, la denuncia de los que por hecho o palabra sean sospechosos de herejía, escomulgados o que de alguna manera perviertan las costumbres; exhortando i rogando en el Señor a todo aquel que tuviese que comunicarnos cualquier asunto, se desnude de toda pasión, i mire en lo que hace doria de Dios.» únicamente a la b' (Pastoral de

Era el llamado i

tio E-uco

un

'21

viejito

de noviembre de 1853.)

pequeño de cuerpo, macilento,

de mirada brillante. Venia vestido de soldado,

i

decia pertenecer al

cuerpo de Inválidos. Captábase, con su viveza, la simpatía de todos. Tenia

una memoria sorprendente;

i

como ensartaba en sus

conversaciones trozos de sermones o de los discursos profanos que solía oír, todo el

atención,

i

mundo buscaba

su compañía, lo escuchaba con

en todas partes encontraba que comer

i

que beber gra-


— 215 — tuitamente. Era uua especie de industria que

cultivaba pa-

el viejo

ra vivir, o mejor dicho, para beber, que parecia ser

principal ob-

el

jeto de su existencia.

aquí por qué los circunstantes celebraron a una su llegada,

esperando pasar un rato entretenidos. Ruco! vociferaron algunos. — ¡Qué hable oido — He un sermón bonito como un el tio

diablo, dijo éste; pero na-

da puedo

decir,

porque tengo

la

boca seca.

—Vengan cuatro que yo que pago! un hombre acercándose con de de rompe mostrador. —Tío liuco no necesita pagar, bodegonero, poniendo vasos,

estos

i

soi el

dijo

el viejo al

raja,

dijo el

bre

so-

mostrador una bandejita de lata con cuatro vasos

el

Yizco. — Aquí está aguardiente, bebiendo. — chicha también, —A mí me gusta, prosiguió, beber por copas,

llenos.

dijo el

el

dijo el viejo

I

daño...

Una

copa de aguardiente para pasar

para que no haga

el frió, i

otra copa de

chicha para la calor...

En

seguida prosiguió:

— ¡Buena cosa de hombre Recoleta!

Venga ahora

santo

la chicha.

i

bueno

para refrescar...

capado nadita del sermón... Bien haya gar

la sed!...

El hombre

descomulgados... ¡Dios blo,

porque

me

le

me

sabio!

i

lo

pegó fuerte

libre!

i

es el cura de la

No

que Dios

se

cria

me ha

para apa-

feo a los herejes

Llene otra vez

es-

los vasos,

i

a los

ño Dia-

voi calentando ya!

—Pero después de

todo,

nada nos

dice tio

Ruco

del sermón, ob-

servó una mujer.

—¿Cómo quiere, mujer de Dios, que uno predique, parado? déjeme echar unos cuatro vasitos esclamó el viejo.

mas

bodegonero. —Aquí estáu vasos, — Pues ala buena de Dios, que grande! —Beba miedo, Ruco, decia entretanto

i

sin estar pre-

oirá

maravillas!

dijo el

los

es

sin

recia

tio

empeñado en embriagar cuanto antes

Este no se hacia de rogar; i

otros;

por manera que,

'prejyarado,

como

i

el

Vizco, que pa-

al viejo.

en pos de unos vasos, se bebia otros

en menos de diez minutos, ya estaba

él decia.

— ¡Al sermón! esclamaron mas impacientes. — pero que suba mostrador para que veamos todos, los

Sí;

una mujer.

al

lo

gri-


— —Tienen razón,

216

dijo el vizco.,.yo subiré

con Ud. al pulpito,

tío

Ruco. Subieron ambos sobre

el

mostrador,

i

el viejo se

dispuso a pro-

nunciar su discurso, como de costumbre.

—Hermanos mios!

dijo el orador: los estranjcros tienen

minados estos reinos con sus herejías

que son

heréticas,

que amenaza tragarse estas Américas, que

conta-

dragón

el

se están llenando

de.

gringos como moscas!

muchas —Es —No interrumpan, pues! como — Los gringos cierto! dijeron

herejes,

men

voces.

moscas, todo

las

lo

pican

i

se lo co-

¿Qué nos quedará a nosotros, los buenos cristianos? El hueso pelado, porque ellos vienen a llevarnos la carne... Quiero decir, que la relijion está en peligro, porque vemos venir a estas culminantes playas tantos brutos no bautizados con el bautismo, que ..

nuestros padres, desde que... desdo que... quiero

es la

relijion de

decir,

desde que... no

—•Qué remoje

me acuerdo

la palabra!

ya

bien...

Dame

la chicha, Vizquito.

se le atasciS la lengua! gritaron al-

gunos.

El Vizco pasó

el

vaso

al orador, el cual

después de beber, prosi-

guió.

¿cómo habia de suceder de otro modo, cuando tenemos un gobierno que protejo a los herejes, que persigue a los sacerdotes i a los

I

buenos cristianos hijos de Dios?

— ¡Muera Gobierno! Viva — jLos tiempos acercan! prosiguió

la relijion!

el

se

mo

le

tiempos se acercan, hermanos mios!

porque se merendará a

El Gobierno i

el orador,

repitiendo tal co-

venia a la memoria las palabras del sermón que acababa de

oir ¡Los to,

esclamaron muchos.

los

i

Satanás hará su pla-

que hayan escuchado a

tiene la culpa de todo,

porque protejo a

descomulgado... El que hable con

el

los herejes...

los estranjeros

gobierno está escomul-

gado.

—Ave

María!

— Callen boca! — Por esta razón. la

nás hará su plato,

Dios nos

porque está

va dejando de su mano sólito... 1 así

como cayó

i

Sata-

el

fuego

de Dios sobre las ciudades de Sodoma, así lloverán las pestes sobre estos reinos contaminados con la herética i)onzoria de la herejía de los herejes

i

de los estranjeros intrusos, que vienen a estos reinos

a regalarse con lo mejor parado (pie tenemos!

—¿Qué

les

importa


a

ellos

217

que vivamos como se nos antoje? ¿Qué

les va, ni

qué

les vie-

ne en nuestras cosas a esos gringos entrometidos, que, sin mas acá ni mas allá, se nos dejan caer encima como langostas? I sin decir: aqiá me, entro, que llueve, se cuelan en este país de cristianos; i

lo trajinan

revuelven todo para hacer su plato como

i

liacen,

lo

llegando liasta hacerse gobierno, para cortaminarnos con la herejía de los gringos!

esclamó una voz. ¡Mueran — Muera gobierno de gringos! — Muera!!! respondieron El Jeneral Pinto — Eso que interrumpieron un derechas! a — Qué saben Udes. de cristiandades, badulaques! esclamó Miherejes!

el

los

otras.

cristiano

varios.

no!

es

ias

guel Turra amenazando con

puño a

el

los

que habían hablado a

tío Ruco, i echemos un trago punto en que nos hemos de poner a llorar. I acompañando sus palabras cou la acción, el bandido tomó un vaso de aguardiente i lo bebió de un sorbo, mientras el orador pro-

favor de Pinto. Prosiga

el

sermón,

mientras llega el

seguía con nuevo ardor:

—Por eso

es

que cuando

descomulgados llegan a esta patria

los

de Chile, vienen muertos de hambre ballo de vijilante;

i

mas

flacos

pero en cuanto prueban

i

huesudos que ca-

de nuestros pastos,

quiero decir, en cuanto beben nuestro aguardiente

i

comen un par

de caldudas picantes, se vuelven irnos quirquinchos...

— bro;

I si no,

i si

interrumpió un matasiete, echándose

pobre,

I

i

el

año pasado mas

misma Chepa,

él,

me

acuer-

que quiltro de rancho

calles con su

agregó una mujer desgreñada, sino que hasta a la

su mujer, se le ha pegado

a lo gringo, que

me

da rabia verla

pañolón

i

su

fin,

prosiguió el

peineta alta,

relijion,

confesarse

i

casarse con

ya

seria

tío

Huco,

el

estranjerismo,

i

habla

hinchada que anda por esas

io

que es: que harto conocí a su madre, Lomas. santa

hom-

al

hoi dia se le ve que no cabe en el pellejo.

no solo

— En

flaco

poncho

que yo

no, dígalo el Mister Pita de la esquina,

do de que llegó aquí

el

la

si

como

Na

si

no supiéramos

lo

Nicolasa, locera de las

vinieran a aprender nuestra

otro cantar. Nosotros les enseñaríamos a

a ayunar la cuaresma. Pero en lugar de esto, vienen a

nuestras mujeres

para enseñarles la herejía

chiquillos herejes para el diablo. cristianos estamos obligados

De donde

i

criar

resulta que los buenos

a denunciar ante

el

señor cura de la


parroquia a todos los que hablan tiendo que nuestras hijas

218 i

hacen estas herejías; no permi-

casen con

se

estos

de Satanás, porque esto es emparentarse con

Bien claro

dijo el

lo

S'eñor

pasó,

i

porque tengo esto,

prosiguió en

— Los tiempos no!

no

porque

tomó el

la el

Lucifer.

el

vaso de aguardiente que

el

Vizco

le

último grado de exaltación alcohólica.

hermanos mios! ¡muera

el

gobier-

a estos malditos de Dios.

ensoberbecidos

que está haciendo este gobierno.

es caridad la

mismo

garganta como una yesca!

se acercan! Sí,

el tiene

el

sermón de hoi, que acabo de han de comer la tierra... I den-

cura en

escuchar con estas orejas que se

me otro trago, En diciendo

primos hermanos

Ya

Ya

la patria se

quedan los herejes que se llevarán patria i todo, dejándonos a los buenos cristianos con la boca abierta... ?I porqué? Esto está claro como el agua. El gobierno emplea a los herejes, en lugar de emplearnos a nosotros... Los cuerpos del ejército están acabó,

i

solo

mandados por estraujeros... ¿cómo no ha de cundir la irrelijion? A ellos se les paga sus sueldos, i a los soldados no se les da ni para beber un trago. ¡Los tiempos se acercan!

—Así

interrumpió una mujer. Hace

es;

mi marido no recibe ni un cuartillo. Ni el mió tampoco, gritaron muchas

mas

de medio año que

— — ¡Muera gobierno hereje caridad con pobres! — ¿Cómo querrán tener soldados no pagan? —Esa que compadre! — No pagan, prosiguió orador, porque no quieren defender el

i

otras.

sin

los

si

es

irrelijion, el

porque quieren entregarnos a los estranjeros, porque... circunstancia imprevista cortó la palabra en la boca del

la

relijion,

Una

tio

Ruco. Es a saber, que, harto ya de licor, a cada vaso que se bebia, derramaba mas de la mitad del aguardiente sobre sus vestidos. Viendo esto el maligno Vizco, acercó la vela que estaba sobre el mostrador, dos de

a"

las piernas

alcoliol,

la camisa,

— ¡Qué

ardieron

del soldado, cuyos pantalones,

repentinamente,

mas impregnada aun que se arde el predicador!

Mientras tanto, Juan Diablo

apagar

al

subiendo

el

impregna-

fuego hasta

los pantalones.

muchas voces. muchos otros se empeñaban en

gritaron i

incendiado orador, lo cual consiguieron cubriéndolo pron-

tamente con algunos ponchos. El

tio

Rueo

se

nera que cuando

le

encontraba en quitaron

el

momento de

la crisis;

por nui-

las envolturas, estaba dormido.

28


— Bájesele del mostrador

La jarana

i

219

se le acostó

en un rincón del despaclio.

prosiguió conloantes, entremezclade de gritos;

— ¡Mueran — ¡Abajo — ¡Yiva

los herejes pipiólos!

gobierno de los estranjeros!

el

la relijion!

Esa misma noche, una escena bien

clérigo Cardoso, el cual se encontraba en el

^

con las personas de la entrevista a que

creitía

mismo

en aquel

me ha

ha

asistido

manifestándome

escrito, decia Cardoso,

venir esta noche. Aprueba

la imposibilidad de

me encarga

el lector

lugar.

— Su paternidad i

pasaba en casa del cuarto del padre Hipo

distinta

plan concertado?

el

poner en poder de Uds. la suma que prometió en-

tregar.

Diciendo esto Cardoso, puso sobre la mesa dos sacos con dinero.

—Este padre

es

una

alhaja, dijo

uno de

los asistentes.

Los demás quedaron callados. Cardoso prosiguió El padre me incluye una carta de Freiré.

—¿Carta del jeneral Freiré? —Es una carta supuesta que, según convendrá en momento —Ahí Ya nos habia hablado de —Es preciso valerse jeneral que él,

leer a la tropa

crítico.

el

eso!

del

influjo

el

tiene sobre los

soldados.

En

sino que

secundará la revolución. ¿Están Uds.? El padre los ab-

esta carta se hace decir a Freiré

que no

solo

aprueba

suelve de antemano, dijo sonriéndose Cardoso, porque esta es

mentira necesaria para

Después de en dos; diversas

oscura

i

i

esto,

llegados a calles.

fria,

i

el

Era el

los negros

una tempestad.

logro de nuestros fines.

los conjurados

la

una

Alameda 5

empezaron a a se internaron

de Junio de

1829.

retirarse de dos

en la ciudad por

— La

noche estaba

nubarrones de la atmósfera presajiaban


CAPITULO XXXVII

LA REVUELTA DE CUARTEL

«En

seguida se le distribuyó dinero a dándoles desde cuatro a diez pesos a cada uno, i se les alentó a la rebelión, prometiéndoles que serian auxiliados por poderosas fuerzas tenidas de Aconcagua, al mando del Jeneral Freiré; a cuyo fin se les leyó una carta fin j ida, en la que se tomaba el nombre de este ilustre los

soldados,

militar."

F.

Errazuriz.

—{Chile

bajo

el

imperio

de la GoiistiUicion

de 1828. Capitulo II.)

Las

seis

i

media de

la

mañana

siguiente serian, cuando

despertó a los golpes que daban en

la

Anselmo

puerta de su cuarto, que

caia a la calle.

— Quién

vive! gritó.

— Soi yo, mi capitán, contestaron de afuera. Le traigo una carta

de

mi mayor Amunátegui.


—221 se

El joven comprendió que era a Andrés a quien buscaban: apresuradamente i abrió la jDuerta. ¿Qaé liai? pregunto al soldado que se le presentó.

— —Revolución,

vistió-

contestó el veterano, cuadrándose. Oiga Ud. el

vocerío.

En

efecto, se

dejaba oir en diversos puntos,

confusas, troj)el de j entes que iban

venian,

i

i

ruido de voces

el

algunos

tiros,

de vez

en cuando.

No

quiso

el

joven preguntar mas al soldado,

carta en la mano, se fué al dormitorio de Andrés,

sino que, con la

tomando

las pre-

cauciones necesarias para no alarmar demasiado a Cecilia. Pero ya el

capitán habia despertado;

apresuradamente. Al

salir

i

oyendo

de su

el

tumulto, se habia vestido

cuarto, se encontró

con An-

selmo.

El mayor —Revuelta tenemos, tienes una carta suya. — Dámela, interrumpió Andrés. dijo éste.

te

manda

llamar.

Aquí

le

I

abriendo apresuradamente la carta, leyó

«Mi querido capitán:» "Los Coraceros acuartelados en San Pablo ^'do.

Urriola está a su cabeza.

'^de la

'^que

Me

'^Armas' con

el

han revoluciona-

dicen que su i)lan, es asegurarse

persona del ministro Rodriguez

hayan hecho hasta

se

esta hora.

Yo

cuerpo de mi mando.

i

de]

Presidente.

No

sé lo

estaré luego en la plaza de

Venga pronto a

reunirse con

"su Aftmí).

Amunategui."

— Siempre

el loco

de Urriola! esclamó Andrés.

.

.

¿Cuándo

deja-

rá de ser tronera?

Luego, dirijiéndose

— Dígale

al

El soldado

al soldado, le dijo:

mayor que luego

estaré en el cuartel.

partió.

La carta traia una posdata escrita con lápiz, que decia: "En este momento me dicen que el Jeneral Freiré apoya ^'volucion;

"verdad.

la re-

pero yo tengo mis motivos para creer que esto no es

De

todos modos, el cuerpo de

"mantenimiento del orden." Vale.

mi mando

estará por el


222

Anselmo. ¿Cómo que Jeneral —Eso no puede Freiré apoye un movimiento encabezado por Urriola? —Lo mismo digo contestó Andrés concluyendo de tú ¿qué piensas hacer? —Acompañarte, sencillamente joven. con — Pero tú capaz de hacerme abando—¿Crees que toda tu elocuencia nar mi deber? —No pretendo amigo mió, Andrés seriamente. Sin emcreer

ser, dijo

el

vestirse.

yo,

I

el

dijo

licencia.

estás

seria

dijo

eso,

bargo, agregó, no puedo negar que hablar.

Me

mi egoísmo

acordaba de que Cecilia quedaba

mos, amigo mió. La patria antes que todo. En seguida, después de haber despertado a i

tomado

sola, i...

hacia

Pero nó: va-

los criados

medidas de seguridad, aconsejadas por

las

me

era lo que

de la casa

prudencia

la

se dirijieron al cuartel de artillería, llevando sus espadas debajo de

sus capotes,

i

sendos pares de pistolas en la cintura.

que encontraron en las calles, supieron que la revuelta era mayor que lo que se hablan figurado; pues al batallón de Coraceros se le habia unido el de Inválidos.

Por

las jentes

Por todas partes iban

i

venían partidas de soldados guiadas por

paisanos, entre los cuales podia reconocerse a los ajitadores del dia

tro

Anselmo

Andrés hacían de aquellas partidas que podia

anterior.

i

lo posible

por evitar

serles fatal;

el

aunque

í

encuen-

al princi-

pio lo consiguieron, sucedióles al fin lo que tanto temían. Habien-

do llegado a la alameda, debían tomar hacía ría;

el

cuartel de artille-

pero en frente de la boca-calle de la del Estado, se encontraron

con una gran partida de soldados que marchaban como a discreción

i

entremezclados con jente de la última

la partida

un

paisano, que en el

momento

clase.

fué

Capitaneaba

reconocido

por

Andrés.

—Anselmo, a su amigo, mostrando ¿no hombre de antenoche? —El mismo, contestó joven. dijo éste

pitán,

al

improvisado ca-

es éste el

el

En

no era otro que Miguel Turra, quien, prevalido del ascendiente de que gozaba, no solo entre los paisanos efecto, el capitán

mismos, habia quitado el mando del piquete al sarjento que lo llevaba, poniendo a éste bajo sus órdenes. Con su vista de lince, conoció también a Andrés i a Anselmo; i haciendo alto, quiso tomarlos presos, con el fin de no perder la oportunidad de vengarse de ellos. sino entre los soldados


— — Estos son de

los enemigos! esclamó,

—A

dos: es preciso que no se escapen.

Sí! gritó

dirijiéndose a los solda-

ellos!

rodeó con su jente a los dos militares.

I diciendo esto,

223

toda la turba: que se den a preso los herejes!

Turra, por gozar cuanto antes de la satisfacción de su venganza

desenvainada; pero éstos

se dirijió hacia los jóvenes, ccn la catana

dieron al instante algunos pasos atrás,

El bandido, ciego de

i

desnudaron sus espadas.

cólera, se echó sobre

Andrés, quién, paran-

machetazo con los rollos de su capote, envuelto en el brazo izquierdo, hirió al bandido en el pecho. Mientras tanto, Anselmo se defendía valerosamente de cuatro o seis bayonetas i de otros tantos

do

el

garrotes que lo atacaban.

—Me has mó

herido, picaro; pero luego llevarás tu merecido, esela-

Turra, echando esj)uma por la boca.

Pero su mismo ardimiento

lo perdió,

pes sin curarse de parar los que se en la

muñeca

pues, procurando dar gol-

le dirijia, recibió

uno tan

recio

derecha, que le hizo soltar su arma.

— Bravo! gritó

la turba, al ver rodar

por

el

suelo la

catana del

bandido.

Con

de aquella jente.

que

lo

Andrés se habia captado gran parte del sufrajio El sarjento que no miraba bien a Turra, desde

esta acción,

habia suplantado como por fuerza, trató de valerse de esta

circunstancia, para quitarle el

mando;

inmediatamente

recojió

el

arma del suelo, i mandó parar a sus soldados. Obedecieron éstos, como por instinto, la voz que estaban acostumbrados a respetar. Entonces, Andrés se dirijió a los soldados. que soldados de —¿Es órdenes de un paisano? hasta ponerse a —No me ha sido posible posible, les dijo,

los

la patria se rebajen

las

evitarlo, señor, dijo

sarjento,

que había ya conocido

el

respetuosamente

el

carácter militar de los agre-

didos.

Esta muestra de deferencia de parte del sarjento,

ayudó a

reaccionar a los soldados.

— Oigan ustedes, prosiguió Andrés, señalando a Turra con un malvado, un asesino. dedo: ese hombre — I ustedes son unos malditos pipiólos! interrumpió Turra.

el

es

le

— ¡Mueran Abajo iba aumentando considerablemente. —Eso agregó Miguel. Matemos a los pipiólos!

se

es!

mos una buena

obra.

los herejes! gritó la turba,

estos dos pipiólos,

que ya

i

hare-


224

Los soldados habían rodeado al sárjenlo, i parecían dispuestos a obedecer sus órdenes antes que atacar a los dos 'oficíales: pero el número de la turba era muí considerable para que se pudiera contrariar sin peligro; tanto mas cuanto que el populacho parecía inclinado a creerle al bandido, que repetía sin cesar:

—Estos son de enemigos: — Ese hombre os engaña, los

los

conozco bien!

les gritó

El

los vuestros.

que es vuestro enemigo, puesto que os aleja del

¿A dónde os dirijiaís? Turra a dar un malón a casa de un

punto en donde debéis

—Nos llevaba

Andrés. Nosotros somos de

estar...

rico,

contes-

tó uno.

—Porque habíamos errado

el

golpe en casa del ministro, agregó

otro.

—El ministro voló como pájaro, un —Esto porque hombre os quería separar de Andrés. ¿No queréis echar abajo gobierno? gritaron muchos. — — ¡Muera gobierno! queréis — Pues vamonos a plaza; se

tercero.

dijo

este

es

dijo

la plaza, les

al

Sil sí!

el

bien; si

mos a

la

esto,

allí

ayudare-

haya caído en manos de los revoYa veis que somos militares.

atacar al palacio que talvez

lucionarios...

Yo

os dirijiré...

Diciendo esto, Andrés mostraba su casaca.

—Estamos a sus órdenes, mí capitán, do

al

mismo tiempo a

dijo el sarjento,

ordenan-

sus soldados se formasen. Obedecieron éstos,

diciendo:

—Tiene razón nuestro — ¡A plaza! la

jefe:

vamonos a

la plaza.

al palacio! gritaron todos.

Andrés dio entonces la voz de mando; i acompañado de Anselmo, se puso a la cabeza de la compañía, seguida por la multitud. En cuanto a Turra, marchaba también entre la turba; pero ideando el modo cómo debía matar a Andrés o a Anselmo. -Cuando nos encontremos en medio de la refriega, veremos si se me escapan, dijo, apretando el mango de su puñal que el sarjento le habia entregado cuando vio que nada tenía que temer de él. Dirijíase la columna por la calle del Estado, i se iba engrosando mas i mas, a medida que se acercaba a la plaza. Andrés í Anselmo, sabían bien, que éste era el centro del motin, i lo que querían era llegar allí, ya que no les era posible alcanzar al cuartel. Los tiros que se dejaban oír, indicaban que la lucha se habia


— empeñado en

225

comunicaba nuevo ardor a los amotinados. Pero al llegar a la plazuela de San Agustín, fueron detenidos por un verdadero cuerpo de tropas que desembocaba en la calle del Estado. Era el batallón Núm. 7 al mando el

palacio de las Cajas;

del coronel Rondizzoni. Andrés,

columna, envió a decir a este jefe

sin lo

i

esto

desamparar

el

mando

de su

que pasaba. Rondizzoni enton-

ces dispuso que dos compañías barriesen con el populacho hacia la

Alameda

En

i

se dirijió

cuanto

el

con

el resto del

populacho vio que

batallón hacia la plaza. se

le

atacaba seriamente,

se

Alameda, desbandándose en diversas direcciones. Andrés, arengó entonces a los soldados amotinados escitándolos a reunirse a los defensores de la lei; i tanto los unos como los otros marcharon después formando -un solo cuerpo hacia la plaza.

retiró hacia la

Cuando llegaron

ya se habia trabado la refriega entre la.^ fuerzas de Rondizzoni poruña parte, i los Coraceros e Inválidos por la otra. Lo que éstos pretendían, era nada menos que tomarse en allí,

persona al vice-p residente Pinto; para lo cual, hablan dispuesto

menor éxito Tanto la guardia del palacio, al mando del capitán Jofré, como la de la cárcel, se pusieron sobre las armas: pero, muí inferiores en número al de sus enemigos, no tenían mas esperanzas que en el auxilio, que de un momento a otro, debía llegarles. Después de atacar

el palacio, lo

que pusieron en ejecución, sin

haber cambiado algunos

tiros

el

con los Inválidos, vieron entrar a la

plaza uno en pos de otro, dos destacamentos del batallón

que contestaron

al fuego

Núm.

7

de los sublevados. Pronto tuvieron éstos

que medirse con todo el grueso del batallón que los atacó con enerjía. Cuando Andrés i Anselmo entraron en la plaza, ya Rondizzoni habia hecho replegarse a los contrarios hacia el ángulo Noroeste, i pocos momentos después, empezaron los sublevados a batirse en retirada, con el fin de

sin ser

ganar su cuartel, hacía donde

grandemente perseguidos por

se

dirijieron

las tropas del gobierno.


CAPITULO XXXVIII DE COMO DON CATALINO,

I

SIN SABERLO, SE

ENCU ENTRA

COMPROMETIDO EN LA REVOLUCIÓN-

«Es

mili sensible (dice el pueblo celoso

i del verdadero mérito) ver i otros Ovejero al español que vinieron a hacer la guerra a Chile, cuando trataba por sacudir el yugo peninsular, figurando en primera línea, con buenas rentas; mientras que el teniente coronel don Santiago Blayer se halla en la miseria... Blayertan patriota... morirá desesperado; los Ovejeros i Garridos, acabarán su vida en la opu-

de

la justicia

lencia." (J.

Retirado

el

N. Alvares.

—DiaUo

politico

enemigo, volvió a restablecerse poco a poco

la

propiedad de los pacíficos

23.) el

órdea

mas allá, amemoradores. I como aquella

alterado en las calles por las turbas que aquí, allá

nazaban

num.

i

inconsiderada revuelta, estaba mui lejos de contar con las simpatías del pueblo, la alegría volvió a todos los semblantes,

una vez que

los

amotinados hubieron tocado retirada. Las puertas de

se

abrieron,

i

las calles se cubieron de jentes

las casas

hambrientas de no-

ticias.

29


227 Por otra parte, aquel dia era la víspera de las elecciones de diputados al Congreso; i lié aquí, la principal causa de la animación que se notaba por las calles. En aquellos tiempos, los partidos políticos

trabajaban con

pueblos nuevos, tanto

mayor que

grupos de

las calles

ardor de las ilusiones aun intactas de los

mas veliementes en

su inexperiencia de la vida

es

los

el

i

se

jente honrada

vagabundos

ociosos,

metían en sus guaridas, i

se

s i

sus aspiraciones, cuanto

ocial

i

política.

A

medida

malhechores evacuaban

aumentaba

de la

el tráfico

Los ajentes eleccionarios de los diversos podido trabajar en aquella mañana; i trataban tiempo perdido, corriendo sin descanso, a fin de

pacífica.

bandos, no habían

de recuperar

el

preparar a sus sufragantes para i

Los compradores

el dia siguiente.

vendedores de votos se buscaban, cambiándose calificaciones por

dinero contante o por promesas de dinero. Otros ofrecían su sufra-

cambio de

jio en

favor de tal

prometían votar en o cual partido, por quedar bien con un patrón poderoso servicios cerca del gobierno, o

de quien esperaban futuros beneficios. Habia, pues, de todo: compradores,vendedores, cambistas, convencedores, suplicantes,

amenazadores de fieaciones por

sos partidos la

algo a cuenta,

j)rofesion

í

hasta

no faltando quienes trocasen sus

;

cali,

un vaso de aguardiente; quienes vendiesen a diverpromesa de votar, recibiendo de cada uno de ellos i

quienes jurasen votar por la relíjion, a fin de la-

brarse méritos para

el cielo.

El Gobierno de Pinto, prescindiendo por completo de nejos, habia dejado a los partidos

Verdad

tales

ma-

en entera libertad para que tra-

aun los amigos del Presidente cometieron fraudes, que naturalmente debían comprometer al Gobierno mismo, bajo cuya sombra se co-

bajasen.

que

es

los partidos

bijaban: mas, para ser justos,

abusaron de

tal libertad,

que

es j)reciso decir

i

Ejecutivo no

el

m.anchó sus manos con ninguna operación fraudulenta, ni se valió de la autoridad para ejercer sobre los sufragantes, la menor presión.

El procedimiento de ganar elecciones a

la fuerza,

imponiendo

representantes contra la voluntad de los pueblos, fué descubierto practicado después, por liberales de herejes,

mismo el

piólos con el

rales

partido reaccionario, que tachaba a los

impíos e infractores de la

lei;

que se

defensor de las institucciones de la República,

verdadero autor

Don

el

i

causa de las guerras

nombre de

i

civiles,

i

tituló él

que, siendo

bautizó a los pi-

revoltosos.

Catalino Gacetilla era uno de los principales ajentes electo-

de los amigos del Gobierno; pues, como

el

parlanchín cono-


— mundo

cía a todo el

i

228

abordaba a

que no conocía, como

los

si

desde

no podia negarse que el noticiero de profesión, era uno de los hombres mas a propósito para aquel desvergonzado oficio. Don Pablo Motiloni, que trabajaba por la

muchos años

há, los conociera,

no podia atraerse a Gacetilla, conci-

oposición, convencido de que

bió el proyecto de neutralizarlo.

ministró

La revolución de aquel

como vá a verlo

el pretesto,

dia le su-

el lector.

Hallábase don Cataliuo convenciendo a

seis

u ocho ciudadanos

de los muchos que pululaban por la plaza.

— Según

no deben pensar en dar promotores de desórdenes, que en realidad, son los

estas razones, les decia: Udes.

su voto a los

verdaderos herejes: pues, por

mas que

rán probar que nuestro gobierno es

ellos digan,

nunca consegui-

Ahí

tienen Udes., al

irrelijioso.

Presidente Pinto, que ayuna la cuaresma, ra ni vijilia del año

padre de espíritu quien yo siguió

me

i

al

confieso.

se confiesa cada

mismo padre

no

se le

de la Recoleta Dominica, co-

Pero vengan para acá; entremos

don Catalino, llevando a sus catequizados

aquí la

escapa témpo-

mes. Precisamente tiene por

al

al Café, pro-

comedor,

murmuraba

ciéndoles servir diversos licores,miéntras

«he

i

i

han

entre dientes:

razón que los acabará de convencer.»

una concomedor por un

Mientras bebían alegremente, don Catalino creyó versación en la pieza vecina,

separada solo del

delgado tabique de tocuyo, empapelado;

i

oír

como no perdía oportuni-

dad de meterse en vidas ajenas, se puso a escuchar con los dos oídos, mientras que con la boca, dirijía palabras halagüeñas a. sn« convidados.

—Ya ven

una voz gruesa en la pieza vecina) ya ven como bambolea este fatal fíobierno. Las revoluciones lo tienen a mal traer, porque no cuenta con el voto de la Nación. I no puede ser de otro modo, amigos míos, pues un país católico como el nuestro, no puede estar contento con un gobierno herético que persigue a la relijion, quitándole sus rentas a los conventos, i que ha puesto ustedes

(decia

nuestro ejército a cargo

de

estranjeros.

¡Qué será de nosotros,

si

cunde esta plaga de gringos escomulgados! Sin duda, no esta

le

convenia a Gacetilla que sus convidados oyeran

conversación, porque

empezó a charlar con una voz tan

alta,

que apagó por completo la vecina conversación. Sí, amigos míos! les gritaba a los bebedores: brindemos por la

victoria de Pinto,

que ha fomentado

bleciendo escuelas en los campos,

la instrucción pública, esta-

dictando medidas oportunas en


229

favor de nuestro Instituto Nacional, creando la

abogados practicantes,

i

Academia para

los

haciendo porque los ciudadanos pobres

puedan educar sus hijos en el Instituto, sin necesidad de pagar; que ha comjDuesto caminos; que ha perseguido a los malhechores; que ha organizado la administración; que nos ha dado paz i prosperidad condas sabias leyes, ordenanzas su poderosa influencia; que no

i

reglamentos dictados bajo

ha desdeñado de

S"e

visitar personal-

mente nuestras cárceles i hospitales para mejorar su servicio: en una palabra (i para decirlo todo de una vez); que nos ha enseñado ]orácticamente las costumbres democráticas, gobernando liberalmente el país,

es

i

dotándolo de una sabia

como

si

Todos

los circunstantes

i

bien pensada Constitución, que

dijéramos, la coronación de tan bella obra.

aplaudieron

entusiasmados,

con estré-

apurando en seguida sus vasos.

pito,

—Bravo! bravo! mi querido esclamó un caballero entrando en comedor seguido de varius — Oh! mi elocuente Orjera! respondió don Catalino: tu aprobaGacetilla!

otros.

el

ción

me

que

se alzaron

da brios. Aquí tenéis, prosiguió, dirijiéndose a sus amigos, respetuosamente

al oír el

popular nombre de Orje-

ra; aquí tenéis a nuestro querido tribuno

que os dirá

mismo

lo

que yo.

—Yo

repito, dijo Orjera, todo

cuanto Catalino ha dicho,

agre-

i

go: ¿Serán capaces de hacer otro tanto los señores pelucones,

que

en puridad de verdad, no son mas que godos disfrazados de patriotas? Ellos aspiran a tomar las riendas del poder, no para proseguir la santa obra de los autores de nuestra independencia,

donos de los

vicios,

costumbres

i

para oponerse a la marcha pacífica del país por i

emancipán-

malas prácticas monárquicas; sino la vía democrática^

hacernos retroceder a los tiempos del coloniaje. Lo que os digo^

mas

mas

ardoroso, no tiene

nada de

antojadizo: os digo la verdad, deducida lójicamente de los

mismos

hechos que vosotros estáis palpando. Mirad hacia

i

prosiguió Orjera, con acento

i

el

pasado

veréis

quiénes son los enemigos del gobierno liberal. Ahí tenéis a Franco, Borriga, Arabaño, Gizana

i

mil otros antiguos servidores del poder

español contra la República. ¿Esperáis, no digo que amen, sino que

comprendan

mas

la libertad, esos miserables liberticidas

persiguieron a sangre

patriotas? ¿Quién podrá

i

que ayer no

mas esclarecidos Hipocreitías amen las insti-

fuego a nuestros

creer que los

tuciones republicanas, cuando todavía resuenan en nuestros oidos BUS prédicas a favor del santo rei de España,

i

sus escomuniones


230

~

lanzadas contra los malditos insurj entes? I ¿contra quiénes hablan estos señores godos, aliñados a la republicana? Freiré, Lastra; contra los cliilenos,

to,

Hablan contra Pin-

que han derramado su san-

gre en cien batallas, para que nosotros podamos decir con orgullo

de ciudadanos libres: ¡tenemos una patria!

Los aplausos apagaron se habia llenado de jente,

la poderosa i

voz del orador. El comedor

todos tenian sus ojos

buno, a quien hablan hecho subir sobre la mesa. ta que

comunicaba con

el cuartito

fijos

sobre el tri-

De pié, en

la puer-

en donde Gacetilla habia escu-

chado la antedicha conversación, se veia un hombre que, por debajo de las anchas alas de su sombrero, lanzaba sobre Orjera miradas

Era Motiloni. I ¿hemos de poner en manos de sus antiguos verdugos, prosiguió el tribuno, esta patria que tantos sacrificios ha costado a nueschispeantes.

tros héroes? Estos nos la dieron

con sus esfuerzos: a nosotros nos

toca defenderla...

— ¡Estos pipiólos son mui tabique. ¡Siempre

orijinales!

declamando contra

¿Quién pensará en arrebatarles su

esclamó una voz detras del

las

visiones de su fantasía!

¡patria?

Mientras algunos circunstantes enfurecidos entraban en

para castigar la osadía del interruptor, Gacetilla

to vecino

—Ese hombre ha dicho una verdad mas grande que Cal i canto, porque es mui positivo que i

el

cuar-

dijo:

el

puente de

los señores godos,

pelucones

apeluconados, no piensan en quitarnos la patria. ¿Para que quie-

ren patria

No

es,

ellos,

que han sabido pasar tan bien su vida de esclavos?

pues, la patria el objeto de sus aspiraciones: son los destinos

públicos

i

las rentas.

Aplausos Gacetilla, al

i

carcajadas estrepitosas, respondieron al discurso de

mismo tiempo que

volvían los que habian entrado al

cuarto vecino, diciendo que el atrevido interruptor se les habia

escapado por otra puerta.

I para

que veáis que lo que acaba de de(iros el señor Gacetilla es la verdad (prosiguió Orjera), voi a haceros una observación. Estos patriotas de nuevo cuño no tienen vergüenza de hablar a

nombre de un

han ayudado a asesinar. Son los lobos hambrientos que quieren quitar del medio a los pastores para comerse después todo el rebaño. Han elejido por jefe, nó a un patriota de esclarecidos hechos, sino a don Diego Portales, cuya hoja de servicios está en blanco. Esto prueba la ninguna estimación que les debe la patria, i el desden con (pie miran a sus leales país que ellos


—231 Nada

servidores.

lia heclio

Portales en beneficio de Chile; la lucha

de nuestra independencia no ha podido despertar su patriotismo;

primera vez que

i

ve aparecer en nuestra vida pública, es para soplar la guerra civil que aun no conocíamos los chilenos.

la

se le

Ai! de nuestras republicanas instituciones, fratricida lucha

que su egoismo

i

si

ellos

vencen en esta

su rabia contra la libertad están

preparando sordamentel ¡Rios de sangre chilena regarán nuestros campos, i veremos caer por tierra nuestras mas queridas institu-

Tendremos una monarquía con

ciones!

vez de

dirij irnos

el principal

por la vía del progreso,

para toda

útil,

contra

el espíritu

este espíritu es el al fin los ojos, ellos,

nombre de

república.

i

todo pensamiento que pugne

lei liberal, pi^i'^

monárquico. I no puede ser de otro modo, porque que domina a nuestros enemigos. El país abrirá

querrá reconquistar

lo

que

ellos le

habrán quitado;

en posesión del poder, abusarán de la fuerza

i

rán haciendo la guerra ala Nación; perseguirán a sangre los

En

gobierno será siempre

el

inconveniente para toda mejora social, para toda inno-

vación

pero

el

buenos patriotas; harán leyes

es]3eciales

para tener

jaque; leyes acomodaticias, que ellos interpretarán

gobernai

fuego a

al país

en

siempre a su

favor; leyes contrarias a la libertad; leyes traidoras que les servi-

rán de pretesto para ejercer sus venganzas contra indefensos.

Ah!

los

ciudadanos

señores! Si ellos llegasen a dominar, no

habría

acto que no cometiesen por mantenerse en el poder; elevarían el fraude, el dolo no; cas.

i

el

i

la mentira, al

espionaje

i

rango de elementos de buen gobier-

la delación serian

Ser opositor, llegaría a ser

el

premiados como virtudes

mayor de

los crímenes; así

cívi-

como

no habría cualidad mas recomendable, que la de gobiernista. Porque la aspiración de esos malvados es la de posesionarse del país para gobernarlo por ellos i para ellos. I sin embargo de no haber hecho nada en servicio de la patria, no dudéis que se decretarían la corona cívica,

i

pondrían sobre su jefe la corona de

birían historias, dando a Portales el Chile,

i

quién sabe

si

nombre de

laurel; escri-

jenio protector de

elevarían estatuas con los dineros del Estado!

I mientras tanto, ¿que seria de los héroes de nuestra independen-

¿Qué de los honorables ciudadanos que. han defendido valerosa i noblemente las ideas democráticas? Unos serian estrañados del país; otros morirían en lejanos destierros; otros tendrían que

cia?

vivir ocultos,

sufriendo en

silencio las desgracias de su patria;

otros en fin, serian vejados, ultrajados

i

asesinados en

nombre

i

del

orden público. Las sentencias serian firmadas por los Francos^ los


Arábanos,

Aldeanos,

los Dorrigas, los

sentenciados

el

9Q0

-

-

etc.,

anatema de enemigos de

haciendo caer sobre los

la patria

i

perturbadores

del orden público, que estos malditos godos merecen!

—Por vos

i

digo:

ser

he dicho yo siempre, apuntó Gacetilla, entre

esto

palmoteos que

de Orjera produjo, por esta razón

el discurso

política, es preciso vencer a todo trance

que en

un hombre de

los bra-

para llegar a

bien.

Orjera fué llevado en triunfo hasta la plaza por los entusiasma-

dos oyentes; don Catalino lanzaba vivas desaforadamente, su sombrero en

el aire,

cuando

ropa. Volvióse prontamente,

sintió

i

que alguien

i

ajitaba

lo sujetaba

de la

vio a don Pablo Motiloni, quien

le

dijo:

— Oiga üd. don —Aquí me tiene Ud., contestó Catalino.

El italiano

éste prontamente.

a Gacetilla,

se acercó

i

le dijo

misteriosamente al

oido:

—Acuérdese, amigo, del encargo que tengo hecho, de no hablar asunto que ya usted sobre —Ya, ya comprendo, amigo mió. En boca cerrada no entran moscas. — Porque una palabra de su guardar — No Ud. nada que encargarme. Yo también un secreto como cualquier Motiloni. Adiosl —Está le

sabe.

el

boca...

si sale

tiene

otro.

bien, dijo

Al tiempo de dar

la

mano

a don Catalino, el italiano le puso (sin

un paquetito de papeles dentro de la cartera del chaquetón. Cualquiera que hubiera visto esta operación habría admirado la lijereza de manos de don Pablo. Hecho esto, se que

el otro lo advirtiera)

retiró a largos pasos, dejando a Gacetilla

parado en la vereda, como

esperando algún transeúnte con quien hablar sobre los acontecimientos del

dia.

Don Pablo

se diríjió por la calle de las Monjitas,

como buscando

alguna cosa; luego torció hacia su derecha por la de San Antonio, hasta que, en la calle de los Huérfanos, encontró una patrulla

encargada de mantener

el

orden.

Al momento

se dirijió al jefe

dijo:

—Voi a hacerle a Ud. un denuncio, señor mió. —Hable Ud., contestó —¿Conoce Ud. a don Catalino Gacetilla? — Lo conozco de el jefe.

oídas.

i

le


-

—Es tados;

233

hombre pequeño, rechoncho, de aladares negros recorque anda con un chaquetón plomo i una gorra de paño coloc iin

chocolate.

acabo de ver en Estaba en medio de un — hablando como un predicador. —Es mismo entonces, Motiloni. de hombre — ¿qué adminisuno de enemigos de de —Es uno — Por eso hablaba tanto hombre! Yoi a — Hará Ud. bien. Creo que anda repartiendo proclamas... Le doi a Ud. gracias por —Proclamas! Eso cosa Pero como podría comprometerme —No hai de qué, supiera que El no —No tenga Ud. cuidado alguno, interrumpió corro,

la plaza.

Allí lo

dijo

el

clase

I

es ese?

los ajitadores;

la

los

tración.

Sí?

atraparlo.

el

es

las

seria...

el aviso.

señor.

sí él

yo...

el militar.

le

sabrá nada. Voi a darle caza.

Diciendo esto, se

dirijió

el jefe

con su patrulla a la plaza, en

donde encontró a Gacetilla hablando por boca tro de

un

En

corrillo.

i

narices en el cen-

seguida, dejando su patrulla junto a los

encaminó con un soldado hacia el grupo, i preguntó: ¿Es alguno de ustedes la persona de don Catalino Gacetilla? Aquí lo tiene Ud., dijo éste. ¿En qué puede serle útil su ser-

baratillos, se

— — vidor? — Por ahora, en que me acompañe a — para qué? preso. — Tengo orden de —¿A mí? esclamó temblando don Catalino... Yo creo que está Ud. equivocado... otro ¿Piensa —No tengo costumbre de equivocarme, Ud. hacer Pero yo quisiera —Ni remotamente, —No perdamos tiempo; marche Ud... — Pero, ¿qué crimen he cometido parece poco andar exaltando ánimos —¿Qué crimen? con discursos subversivos? hombre mas — Pero, mundo! — luego repartir proclamas que me ahorquen, ya demasiado! Si eso —Oh! solo

la cárcel...

¿I

llevarlo

replicó el

resistencia.^

señor...

saber...

el

para...

los

I ¿le

pacífico del

señor... ¡Si soi el

incendiarias!...

I

esto

es así,

es

esclamó fuera de

Gacetilla.

En

lo

de hablar, seré franco, señor:


— quién sabe

si

234

he dicho algo que pueda ofender los oidos... Pero en

eso de las proclamas, le juro a Ud. que yo estoi tan inocente

como

San Juan Bautista. Veamos, dijo el otro, haciendo una seña al soldado. Entregue Ud, todo lo que tenga en los bolsillos! El soldado se acercó a don Catalino, quien temblando, empezó a sacar su pañuelo, su tabaquera, el mechero i demás utensilios de fumar. Entre los objetos que encontró en sus bolsillos, habia un pequeño paquete de papelillos impresos, que sin saber él mismo lo

que

entrego

era,

al jefe

de la patrulla.

sacando una de las hojas, la abrió ^'¡A las ''El

i

Tomó

i

República..."

rije la

sí:

esos

yo,

lo

se reían

paquete,

leyó en voz alta:

—Jesús María! esclamó Gacetilla fuera de malditos papeles estaban en que ¿cómo —Eso sabrá Ud. mejor que contestó demás

el

armas, ciudadanos!...

infame gobierno que es

éste

dígame Ud. señor:

inis bolsillos?

el otro,

mientras los

de la pregunta de don Catalino. Por ahora, no ten-

go necesidad de saber mas... Vamos a la cárcel. Viendo don Catalino, que pretender probar su inocencia, era tiempo perdido, se resignó a su suerte, i despidiéndose de las personas con quienes estaba hablando antes, se dirijió con la cabeza

gacha a

la cárcel.

— ¿Cómo habrán venido a mi

bolsillo esos papeles? se decía entre

dientes. Parece cosa de encanto...

Pero eso

me

pasa por novedoso,,, ¿Por qué, en vez de levantarme tan temprano para venir a ver lo

que pasaba, no me quedaría en mi cama?... en vez de que ahora... con una causa criminal en cima!... I en los tiempos que corren!... Oh! fatalidad! Esto me acontece por entrometido! Diciendo

esto, Gacetilla entró

fierro se cerró tras

de

él.

a la cárcel,

i

la

pesada reja de


CAPITULO XXXIX ¿EN QUÉ SE

EMPLEABA EL DINERO DON POLICARPO?

pelucones de haber sido los encubiertos promotores de aquella revuelta para la cual habían dado los fondos.»

«Atacaban a su vez a

F. Errazuriz.

—{Chile

los

hajo elimpprio de la Constitución

de 1828. Capitulo II.)

Aunque rechazados

enemigos del orden i de la lei, no se daban aun por vencidos; i metidos en su cuartel de San Pablo, desafiaban desde allí el poder del gobierno. Sin embargo, este motín,

el

como todos

que anteriormente hablan ajitado gobierno de Pinto. Nacida de las malas pasiones i fomentada con dinero de los enemigos de la república, sin encontrar eco en el

parecia tan estéril al

los

corazón del pueblo,

i

los

habiendo frasacado desde su principio, esta

re-

vuelta debia tener un fin próximo. Pero a pesar de su falta de éxito los sublevados celebraban,

bebiendo a discreción en su cuartel, con-

vertido en cindadela, la derrota que acababan de sufrir.

Mientras tanto, un consejo de guerra, compuesto de los jefes princijDales,

reunido en

el

palacio presidencial, discutía sobre las

medidas mas acertadas para apagar

la sublevación.

Estaba visto


23G

que ésta no pasaba de ser un motín de cuartel, en el cual, el pueblo no parecía querer tomar parte. Los habitantes de Santiago permanecían tranquilos sin corresponder al llamamiento de los pelucones.

A pesar

de esto, no faltaban ajitadores, que

trataban de introducir entre las

mados contra

el odio,

de que estaban ani-

gobierno.

el

de la ciudad permanecía tranquilo, no sucedía lo

Si el centro

mismo con

j entes,

en las conversaciones

los suburbios.

Pandillas de vagos entremezclados con

soldados, recorrían los barrios del paente, la plaza del Basural

Tajamar hasta los vecinos

la

i

el

cancha de gallos, introduciendo la alarma entre

de estos barrios, quienes, con sus puertas atrancadas, ape-

nas se atrevían a asomarse a ver

lo

que pasaba en

la calle.

Enton-

de policía de seguridad, como estaba la ciudad de Santia-

ces, falta

cada cual tenia que cuidar de sí mismo. Bien se echará de ver, que siendo el cuartel de San Pablo, el foco de la revuelta, no estaría la calle aquella en el mayor orden. De allí era de donde se veía salir la mayor parte de las pandillas, que, haciendo escala en cada bodegón que encontraban al paso, se ocupaban en gritar aquí, allá i mas allá: «¡Mueran los herejes»! go,

— — «¡Abajo

el

gobierno de estranjeros!»

El bodegón de Juan Diablo estaba lleno déjente. Allí entraban i salían individuos de diversas cataduras; unos a sacrificar al dios Baco, i otros que parecían dispuestos a entregarse a Marte, según era el

aspecto belicoso que presentaban.

Ambos

dioses tenían allí

Ruco;

sus dignos representantes;

el

guerra, en Miguel Turra.

Esto no es decir que las demás deidades

de las vendimias, en

tío

i

el

de la

del Olimpo, dejaran de tener sus devotos en aquella reunión multiforme,

en donde se veía de relieve todas las bajas pasiones, con

una franqueza verdaderamente

— Maldita

suerte,

mitolójica.

esclamaba Turra dando un puñetazo sobro

el

mostrador: no haber tenido tiempo de merendarine a uno de los pipíolítosl...

Son

ellos, los

conozco bien...

— Tome un amigo; murria... Ahogúela en aguardiente, que —Pero otra andaré mas trago,

vez,

le dijo tío Ilu(.'o,

menos su

falta,

le

pase la

es santo remedio.

despierto, refunfuñaba el bandido,

quien se creía infeliz por no haber tenido sangre de un hombre.

Aunque Juan Diablo no

para que se

estaba en

el

el

placer de derramar la

despacho, nadie echaba de

pues su digno amanuense,

el Vizco, servia

a los pa-


— 237 — rroquianos del

entonces

el

modo mas

bodegonero? Si

bondad de seguirnos, .

cariñoso del mundo. ¿Dónde se hallaba el curioso lector

quiere saberlo, tenga la

marche con cuidado por entre la multitud de grupos de vagos, borrachos^ mal entretenidos, soldados, muchachos i mujeres que van i vienen, i se cruzan en diversos direci

secio.

Dando

que el lector conocer se encontraba un cuartito redondo, de mezquina apariencia, po, cnjíi puerta entreabierta entraban i sallan hombres de diversas vuelta la esquina de la Casa

vieja,

condiciones. Dentro de aquel cuarto, estaba

en distribuir dinero todo plata

el i

i

algunas armas

al

el

bodegonero ocupado

Como

populacho.

mnndo, Juan sabía muí bien entre quiénes debia tercerolas

los sables, pistolas,

i

fusiles viejos

conocía a

repartir la

que había re~

cibido del cuartel.

Cada individuo

promesa de que se le daría después el doble, sí se obtenía la victoria. Al mismo tiempo les indicaba el buen Juan, que se encaminasen a su bodegón, en donde encontrarían aguar diente, mejor que en ninguna otra parte encargándoles (eso sí) que bebiesen con orden, pues no quería que recibía algo adelantado, con la

su establecimiento se desacredítase.

Cuando

Juan cerró la puerta i la atrancó bien, dejado solo entreabierta una tronera que la puerta tenía, por donde entraba un rayo de luz al miserable cuarto. Entonces salió de un rincón un hombre que allí estaba oculto detras de una puerta vieja afirmada en la pared. Era se concluyó de distribuir el

Motiloni: estaba pálido,

i

armamento

í

el dinero,

su mirada brillaba siniestramente en la

oscuridad.

amigo mió, — Se ha portado Ud. gustan entes de corazón. hombres —Es que conozco uvas de mi majuelo,

dijo al bodegonero.

bien,

los

intelij

Me

i

las

le

contestó Juan.

Cada

uno de estos cree que va a hacer su fortuna en cuanto venzamos. He dado el dinero solo a jente diQ pelo en pecho. Muí bien: ahora es preciso que sepamos lo que piensa el ene-

— migo. —Nada mas co,

fácil.

Yo me

que es un zorro para

Diciendo

esto, salió el

voí al bodegón,

i

de

allí

enviaré al Yiz-

las noticias.

bodegonero,

i

se fué en derechura a su des-

pacho.

La

calle estaba ajitadisima:

rrían de boca en boca

i

se

las noticias falsas o verdaderas, co-

cruzaban en todas direcciones; infun-


— 238 — diendo

mas

el

miedo en unos,

la

alarma en

otros,

i

el

entusiasmo en los

exaltados.

Los encontrados pareceres, enjendraban aquí, allá i mas allá mil disputas que concluian jeneralmente en puñetazos o cachilladas. Unos creian que los Coraceros debian hacer otra salida; otros pensaban que lo mejor era permanecer dentro del cuartel, esperando que

La puerta

el

gobierno enviara a hacerles propuestas de convenio.

del cuartel estaba esteriormente rodeada de

j entes

ham-

brientas de desorden, que no pudiendo penetrar dentro, se con-

tentaban al menos con escuchar desde afuera

el

ruido de la bacanal

de los soldados.

Habíase colocado arriba de la torre de la iglesia un piquete de fusileros, que, al mismo tiempo que sirviera de vijía para observar los

movimientos del enemigo, pudiera valerse de aquella ventajosa

posición, en caso necesario. Entre los soldados del cuartel

las

jen-

tes de afuera, así

ata-

laya de la torre,

como entre éstos i los que se hallaban en la se cambiaban voces de intelijencia, como para

ani-

i

marse mutuamente. Rodeaban el cuartel, i desembocaban a cada rato en la plazuela partidas de campesinos montados en briosos caballos. Muchos de ellos parecían dispuestos a tomar parte en el motín: otros no eran sino simples curiosos que venían a ver la rovolucion, como irían a presenciar una carrera de caballos. Estos recorrían las calles con esa

impavidez característica del guaso chileno, a quien nada le intimida cuando se ve montado en un caballo brioso, atento i de buena

una sublevación o repueblo como un espectáculo intere-

rienda. Por otra parte, en aquellos tiempos,

vuelta eran miradas por sante.

el


i

CAPITULO XL LA COSA SE ENCRESPA «Ah!

lio es la muerte en la feroz contienda convicción La de la verdad grandiosa Un cadáver tampoco es digna ofrenda

En tus

altares, libertad gloriosa!

Para encontrar

la verdadera senda, razón es la antorcha luminosa; Las armas, la palabra, la conciencia, I el himno de victoria, la clemencia.»

La

G. Matta.

Mas

de una hora liahia trascurrido desde que Juan Diablo

se

separó de Motiloni, cuando aquel llegó de nuevo al cuarto eu donde éste le esperaba.

—¿Qué hai de nuevo? preguntó —La

cosa se encrespa, contestó

ha dicho chacho

el italiano.

el

Vizco, a quien

()yó decir

el

bodegonero, según lo que

mandé aguaitar

lo

que

jjasaba.

me

El mu-

a unos caballeros que los del gobierno estaban

resueltos a atacar el cuartel.

—I...?

—La plaza está — Bueno! murmuró

llena de jen te:

sus secuaces;

i

si él

el

han llevado

italiano: si

artillería

i

todo...

vencemos, peor para Pinto

i

vence, haciendo uso de sus cañones, peor tam-


— para

bien

239

porque estas victorias producen

é\,

siempre dsecon-

tentos.

Luego agregó en voz

alta:

—Dígame ahora: ¿ha hablado Ud. con algunos campesinos de a — Por supuesto! Hai hombres capaces de Les

caballo?

resueltos

he repartido dinero,

i

prometídoles

el

todo.

i

doble para después.

Ya

le

los tengo afiladitos como una navaja

buena jente, i Ud. supiera la clase de hombres que Miguel Turra tiene a sus órdenes! Son de los de cascara amarga; i yo creo que esta vez han de hacer de rayas.., Pero es preciso que vaya a cerrar mi bodegón, porque si es cierto lo que el Vizco me dijo, no tardarán digo; yo conozco

de barba.

en venir;

Dicho

¡Si

i

en estos casos,

estOj iba

a

salir

el

que pestañea, pierde.

Juan, para

pensamiento; pero Motiloni

le dijo: voi

la

a poner por obra su acertado

detuvo:

lo

—Espere un momento, a Urriola. —Escriba carta que yo

ir

a escribir unas cuantas letras

se la enviaré a

don Pedro, contestó

Juan. Motiloni escribió con lápiz en un pedazo de papel: '^Hoi 6 de junio de 1829.

don Pedro:

'^Mi

—El gobierno

tiene miedo: lo sé de

buena tinta. Háble-

"No

hai que desmayar! Nosotros trabajaremos por fuera.

í^les

a los soldados a nombre de la relijion

'^Señor;

"está

sobre todo, no escasee

i

el

i

ministros del

de los

aguardiente, porque

el

tiempo

frió.

^'Un amigo de la patkia."

—Es preciso entregar esquela en mano propia, doblando papel, dándoselo a Juan. — Descuide Ud., contestó Tengo hombres que

dijo

la

el

i

éste.

yo

les

que

calle estaba llena

i

metió entre la multitud.

la efervescencia habia llegado a su colmo.

— ¡Caramba! decia uno de el

liarán lo

mande.

I saliendo del cuarto, se

La

Motiloni,

poncho

al

los de la partida de

Turra, echándose

hombro: ¿qué harán estos soldados metidos entre cua-

tro paredes?

— Es

cierto,

compadre; así no se hace una revolución. ¿Cómo

querrán desde aquí echar abajo

al gobierno?


— —Yo qué no

-

un

tercero.

¿Por

se presenta, pues?

la boca,^

compadre

;

¡si

las revoluciones

de ahora no son

las de otros tiempos!

-Ya yo

mui

creo que el gobierno tiene miedo, decia

— Calle como

241

tibio.

estoi aburrido de tanto esperar,

Me

voi para

mi

agregaba

¡qué cristianos

creia

o

Esto está

casa.

— yo también: tan cobardes pos! —Yaya! yo que nos íbamos a cuatro —Aguarden! Aguarden! de hacen —Ya vienen! — Qué han de —¿No sienten ruido de tambores? ^-Es a Dios que nos vamos a ver — ¿Por dónde vienen? — Por del Puente. — Prepárense —Pocas palabras moño. ¿Entienden? —No hai que a I

otro.

de estos tiem-

los

divertir! pero...

apenas tres

tiros!

los

la torre

señas! gritó uno.

venir!

los

el

cierto: ¡gracias

las caras!

la calle

hijitos! i

al

recularle

los herejes!

Estas o parecidas eran las palabras que se cruzaban por entre la multitud, cuando vieron desfilar a lo

La

lejos las tropas del gobier-

empezó a despejarse; las puertas se cerraron apresuradamente, i una gran parte de curiosos tomó las de Yilladiego.

no.

calle

Sin embargo, las boca-calles permanecieron obstruidas de jente de a pié

i

de a caballo.

Las fuerzas del gobierno eran mandadas por el coronel don Francisco Elizalde; i se componían del batallón Núm. 7, a las órdenes de Pondizzoni; un escuadrón de caballería, mandado por el teniente coronel don Guillermo Tupper; i tres cañones de artillería a las órdenes del mayor Amunátegui. Uno de estos cañones, estaba al mando de Andrés, quien no había tenido lugar de contar a su jefe lo que le habia sucedido en la mañana cuando se dirijía al cuartel. En cuanto a Anselmo, iba sirviendo de ayudante a Elizalde. ¿Qué objeto tenia este lujo de fuerzas para atacar a un cuerpo de tropas inferiores en número, desmoralizadas por el desorden, sin una cabeza capaz de dirijirlas con éxito, medio vencidas i metidas en un cuartel, en donde la resistencia era una locura mayor que el

mismo levantamiento? El objeto era palpable:

se quería

probar con

el

número a

los


— amotinados la imposibilidad de

242

a fin de obligarlos a ren-

resistir,

dirse sin combatir.

El jeneral Pinto, animado de constituian

los sentimientos

queria evitar a todo trance la

fondo de su carácter,

el

efusión de sangre. Presidiendo el (anterior cual

el

dos,

el

habia decidido

se

el

vice-presidente Pinto

contra

conciliación

que opinaban por

el

el

humanitarios que

de guerra, en

consejo

ataque al cuartel de los amotina-

habia manifestado sus deseos de

parecer de algunos miembros

del consejo,

castigo de los culpables. Esta era la segun-

da vez que el cuerpo de Coraceros se sublevaba, i era preciso tratarlos ejemplarmente, a fin de introducir en el ejército la disciplina, que el mal ejemplo de continuos motines militares menoscababa de dia en dia. A esto contestaba el vice-presidente que en los soldados sublevados, debia verse mas bien hombres mal aconsejados, que verdaderos enemigos de la patria; i que tratándose de enemigos que eran nuestros compatriotas, debia el gobierno hacer ]3or convertirlos en amigos, por medio de la clemencia

i

la

jenerosidad, antes que vencerlos

por la fuerza de

las armas.

Habiendo prevalecido atacar al

cuartel sino

en

tales ideas

el

consejo,

se

dispuso no

después de haber agotado los medios que la

dignidad del gobierno aconsejaba emplear, para volver a los amoti-

nados a la senda del deber. Mientras tanto las tropas formadas en la plaza, esperaban a sus jefes

para ponerse en marcha contra los rebeldes.

—Amigo

mió, dijo

Elizalde, encargado de le

el

despidiéndose del coronel

jeneral Pinto,

mandar

el

ataque:

ha tocado a Ud. cumplir por esta

mui

triste es el

deber que

vez.

— Es verdad, señor, contestó Elizalde. Cuesta trabajo decidirse mandar hacer fuego contra nuestras

I

los

mismos soldados que han peleado en

filas.

tanto mas, agregó

Tupper, terciando en la conversación,

i

tanto mas, señor jeneral, cuanto que, castigando a los amotinados

quedará siempre impune

el

crimen.

Pinto miró a Tupper como preguntándole

de aque-

el significado

llas palabras.

— los

Sí, señor,

prosiguió éste con noble franqueza.

promotores de motin, es

entre las pobres jentes que

—Es un hecho,

decir,

vamos

los

No

creo

que

verdaderos culpables, estén

a atacar.

dijo Elizalde: este motin,

como

otros

mnchoS; no 31


— mas que

es

el efecto

243

de las instigaciones peluconas. Aquí anda el

dinero de los reacionarios enemigos de la República.

En de los da,

momento salian los tres de la sala del consejo, seguidos demás jefes. Don Francisco Ruiz Tagle, Ministro de hacien-

aquel

que esperaba

al

vice-presidente en el corredor, oyó las últimas

un modo particular. Por esto he dicho, repitió Tupper (mirando alten] ativamen te a Tagle i a Elizalde), por esto he dicho: que no es dentro del cuartel donde deben buscarse los enemigos del orden. Esta vez la mirada del Ministro fué escudriñadora, como si hupalabras de Elizalde

i

miró a

éste de

biese querido adivinar el verdadero significado de aquellas espresiones. al

En

seguida, sin hablar

vice-presidente

lian a

i

una palabra, llamó hacia a un lado

quedó hablando con

tomar sus puestos.

él,

mientras los jefes sa.

1


CAPITULO XLI

MOTILONI CREE QUE, VENCEDOR O VENCIDO, EL GOBIERNO

PERDERÁ TERRENO-

.

«Recorred nuestra historia contemporái veréis que casi todos esos desórdenes han sido orijinados por la ambición de los caudillos; por sus rivalidades entre sí, por el empeño de los unos en conservar nea,

como si fuera su patrimonio, i ])or impaciencia de otros en atraparlo, como si fuera una propiedad que se les hubiera arrebatado.» el

poder,

la

M.

Como hacia

Ti.

Amunatrcmti.

—{Tniroduccíon

a

hi

Dictadura de O' Higíjíns.)'

a las dos de la tarde se dirijieron las tropas del gv)l)ierno

el cuartel

de los amotinados. Seguíalas una multitud del

populacho, que casi sin darse cuenta de lo que pasaba, observaba todos

aquellos

movimientos, no viendo en

motivos de un placer tumultuoso je.

i

esperanzas de robo

Mientras la tropa desfilaba por

artillería

a vanguardia

i

la

calle

del

8*0

i

de pilla-

Puente,

la caballería a retaguardia,

pañías a las órdenes del capitán Pozo,

cosa que

ellos otra

dirijian

tres

con la

com-

por la callo


245

de la Catedral hacia la de Teatinos.

— De este modo

tomar La mar-

se lograba

enemigo entre dos fuegos, en caso de seria resistencia. cha de la tropa iba deshaciendo las pandillas de jentes que encontraba a su paso. Algunos entraban apresuradamente a sus casas; otros se desbandaban en diversas direcciones; i otros iban a reunirse a la plazuela de San Pablo, centro de los amotinados. al

Llegados a la plaza del Basural, Elizalde mandó alzar una bandera blanca veredas,

ban en

i

dividiendo la infantería en dos alas, apoyadas en las

marchó hacia

amotinados. Las calles que desemboca-

los

la plazuela, estaban obstruidas por jentes de a pié

ballo, dispuestas en confusos pelotones

i

de a ca-

entremezclados de soldados

i

armados. Cuando estos distinguieron la bandera blanca, saludaron

con una rechifla este signo de paz. Se

les

habia dicho que

el

gobier-

no tenia miedo, i veian conñrmarse esta alentadora circunstancia. Motiloni que lo observaba todo detras de la esquina de la casa vieja, dijo a los que le rodeaban: Ya os lo habia dicho, amigos mios. El gobierno tiene miedo»

— que quiere Esa bandera blanca esclamó un guaso, que montado — ¡No hai capítulo con revolvía a derecha izquierda. en un buen —Los hemos de hacer cara a fuerza de balafria, contessignifica

capitular.

los herejes!

caballo,

e

volver

taron otros armándose de piedras (arma arrojadiza que tan bien sabia manejar el pueblo de Santiago).

En

esto vieron que venia hacia ellos

un

oficial

seguido de un sol-

dado ambos de a caballo. Era Anselmo, ayudante de Elizalde, que venia encargado de rogar,

mas

bien que de proponer, la [rendición a

los rebeldes, a quienes el jefe les

prometía impetrar del gobierno su

perdón.

—¿Quién aquel que adelanta? —¿Qué esperan para acercarse? es

se

—¿A qué vendrá — ¡Los pipiólos quieren hacer propuestas! el oficialito?

— Que vayan a —¡No hai propuestas que valgan! —Es que tienen miedo! compadre. — Se conoce de a leguas! se

al infierno

hacerlas!

Tales eran las palabras que se cruzaban entre los grupos de los sublevados.

Mientras tanto, varios soldados de éstos se empeñaban en mantener vivo el odio contra el enemigo.


— 240

-~

Juan Diablo, que era de los que mas hablaba, dijo: Saben ¿en qué estaba pensando? Diga, ño Diablo. En que recibiéramos al pipiolito con una buena nubada de

— — — — Tan luego como oyó

pie-

dras.

que estaba a su lado, tomó una piedra, la puso en su honda de cuero i la lanzó hacia Anselmo. El ejempo fué seguido por veinticinco o treinta mas, i otras tantas piedras pasaron zumbando sobre los grupos que estaban mas adelante.

esto el Vizco,

Anselmo que venia a como cuadra

i

media de

distancia,

puso

un pañuelo blanco en la punta de su espada, para indicar a la turba que era un emisario de paz. Pero apenas se acercó unos pasos mas, cuando vio que varios soldados las

ventanas de la

torre.

En

el

apuntaban con sus

le

mismo momento

fusiles desde

sintió silbar dos ba-

las junto a su cabeza.

— Mi capitán!

acompañaba, me parece prudente volver. Estos condenados nos van a cazar como si fuéramos tórtolas. Dejóse oir una segunda descarga; i luego siguió la rechifla de la le dijo el

soldado que

turba, que entre risotadas, silbos

— ¡Qué pájaros tan duros para — ¡Bala sobre fria

le

gritos decia:

i

caer!

ellos!

Anselmo creyó prudente

volver; pero cuando torcía con prontitud

la rienda, vio que venia hacia él a todo correr, ballo.

Apenas tuvo tiempo de prepararse para

da de su enemigo, quien

al

mismo tiempo que

un hombre de a

ca-

recibir la recia. topale dio el

encontrón, le

lanzó una puñalada diciéndole:

— Toma, pipiólo del

diablo.

Esta vez no

te escaparás

de la catana

de Miguel Turra.

El joven, herido en

el

brazo izquierdo, se defendía de los repe-

tidos golpes del bandido, a quien al

mismo

tiempo, atacó

el solda-

do por la espalda. Pronto se desprendieron de la turba varios otros

compañeros de Turra,

i

luego un

])iquete

de caballería corrió.

auxiliar a los emisarios, quienes se defendían en retirada. Esto fué

que libró a Anselmo de una muerte segura, pues los fusileros de la torre no se atrevían a seguir tirando por no herir a los su^^os. lo

Cuando Miguel i sus compañeros se vieron atacados por fuerzas mas respetables, huyeron a escape por la primera boca-calle que encontraron.

Anselmo

i

el

soldado se habían salvado, pero la herida del

])ri-


— por

mero, parecía grave,

247

recibió orden de retirarse a

lo cual

ima

casa inmediata para atender a su curación.

Este acontecimiento produjo la mayor indignación, sino

para prepamr a los soldados

apuntado su cañón a bió la orden, salió el

dos de sus

los de la torre,

tiro.

Un

fusiles.

una

i

la

al ataque.

ventana de

la

tcrre,

Ya Andrés

habia

en cuanto

reci-

i

Dos soldados cayeron

abraza-

al suelo

segundo cañonazo rompió uno de

lluvia de escombros cayó

no sirvió

i

los

ángu-

sobre la cabeza de

Mientras tanto, Rondizzoni marchaba con su ba-

los amotinados.

tallón de frente;

i

Pozo recibía en

la calle

de Teatinos la orden de

atacar por el flanco derecho al enemigo, que replegado en la plaza, se vio entonces entre dos fuegos.

En menos

de quince minutos,

cido entre sus

Los

ya

la

confusión se habia introdu-

desordenadas por la indisciplina

filas,

i

falta de jefes.

fuegos de la torre se hablan apagado: las descargas de las

com-

pañías de Pozo, hablan hecho huir a la multitud de guasos que cubrían la boca-calle de Teatinos;

gunos

i

el ¡populacho,

perseguido por

soldados de caballería, se batía en retirada con su

rita, la piedra. Pronto se vio que no

arma

quedaban mas que

los

al-

favo-

Invá-

lidos cubriendo la puerta del cuartel, mientras los Coraceros salían 23or la

puerta del norte. Entonces Rondizzoni mandando cargar a la infantería enemiga,

la bayoneta, arrolló

mientras la caballería

pasaba apresuradamente el río i huía a todo escape. Un cuarto de hora después, todo estaba concluido,

i

solo se veía

recorrer las calles algunas patrullas de caballería, persiguiendo a los que, favorecidos por el desorden, pretendían introducirse en al-

gunas casas para robar. I Motiloni ¿qué era de él?

peligro en estar fuera, rable cuartejo,

i

allí

se

el

hecho

cuanto conoció que había algún

metió como una rata dentro del mise-

estuvo oyendo

—Vencidos o vencedores facción)

En

es

que

(decía

la

el

ruido de la refriega.

sobándose las manos con

revuelta desprestijia al gobierno. Si

castiga a sus enemigos, se crea animosidades los alienta para jes!

que

se le

satis-

echen encima. Allá

i si

no

los castiga,

lo veredes, dijo

Agrá-


CAPITULO XLII

AMOR

I

RESIGNACIÓN.

«Solo Dios sabe el valor de esos mnrmullos del alma que suben de la tierra al cielo. Solo El puede apreciar el sacrificio del labio que bendice, cuando pudiera execrar.»

M. Vakgas.

Al

muí de mañana,

— (Adiós a

la vida.)

don Cándido hablaba con dona Trinidad i su hija en casa de don Marcelino, mientras éste se hallaba de visita en la posada de don Meliton. Te he mandado llamar, amiga mia, decia doña Trinidad, para otro día

la esposa de

— pedirte consejo sobre que debo hacer. —Estoi dispuesta a contestó doña trata? —Anselmo está herido, interrumpió Lucinda lo

Estrella.

servirte,

ciente,

¿De qué

se

con voz balbu-

mientras un vivo encarnado reemplazaba la palidez de su

bello semblante.

—¿Herido? esclamó doña Estrella; pobre joven! ¿Acavsoen — en medio de una puñalada,

el

mo

tin...?

^Ayer,

la refriega,

recibió

con


~ testó

Lucinda dolorosamente,

249

corazón

el

i

me

diee

que la herida es

grave.

Doña Trinidad miró a su una mano de doña Estrella^

hija con singular ternura,

i

apretando

le dijo al oido:

— ¡Pobre niña!

Luego agregó en voz alta: Aunque hemos tenido malas noticias, como se abulta tanto lo que se cuenta, puede ser que la herida no sea grave.

— De todos modos, interrumpió doña —Esa fué mi intención en cuanto supe la

Estrella, es preciso cer-

ciorarse...

Marcelino...

Es preciso que

la desgracia;

diga, hijita,

te lo

pero don

agregó la señora

me

ha prohibido que preste a An-

doña

Estrella, con su natural exal-

bajando la voz: don Marcelino

selmo ninguna clase de socorro.

—Viejo

estúpido! esclamó

tación.

— Mi

querida madrina

¡es

mi

padre! le interrumpió

Lucinda,

acercándose cariñosamente a doña Estrella, a quien daba a veces el título

de madrina, solo por ser la esposa de su padrino, don

Cándido.

Mientras tanto

,los ojos

de la pobre niña, preñados de lágrimas,

miraban a su interlocutora como diciéndole

lo

que no

se atrevia a

espresar con sus labios:

— ¡No hable Ud. de mi padre! — Perdóname, contestó doña Estrella: son arranques de mi — ¡Qué perdone a Ud. porque nos ama! — amo tanto mas, cuanto que comprendo su desgracia! Resasí

hijita, le

jenio.

la

¡I

las

peto los

sentimientos de la hija

se subleva a vista de la injusticia

de la esposa; pero mi sangre

i

i

de la crueldad. ¿Qué derecho

tiene don Marcelino para prohibir a su mujer que muestre interés

por un pariente...?

— Que me ha recomendado por su propia madre, agregó doña Trinidad. — tan bueno, tan noble valiente que agregó Lucinda con candido atrevimiento. — resuelta a obedecer a tu marido? preguntó doña Esmirando fijamente a doña Trinidad. —Mi confesor me ha mandado, contestó bajando sido

I

i

es,

I ¿estás

trella,

lo

-

— Pero

el

ésta,

los ojos.

confesor no podia prever esta circunstancia, interrum-


—250

Su mandato habrá sido en jeneral. Yo estoi segura de ello. Una herida por pequeña que sea, puede ser peligrosa si no se la cura bien: mi mamita es intelijente en remedios de todas clases. ¿No le parece, que su deber es atender personalmente a la salud de pió Lucinda.

su recomendado?

—Tienes razón, contestó doña Trinidad; pero tu padre... que perdonará cuantanto a mi —Ah! yo do interrumpió pobre niña abrazando a su madre. — Oh! ¡qué duro encontrarse entre sus afecciones su concienmurmuró doña Trinidad. — La conciencia manda obedecer nobles impulsos de sanlloraré

le

la

tatita,

lo sepa, le

la

es

i

cia!

la

los

gre

i

de la humanidad, observó doña Estrella.

Luego agregó mas

—No

tranquila:

sé si te digo esto,

Yo no

opresión.

porque mi sangre se revela contra toda

podria sufrir

que mi marido

el

me

tratase de esta

suerte.

Doña Trinidad no

dando un suspiro tan tierno i lastimoso que hizo prorrumpir en llanto a Lucinda. Habia tanto dolor, i al mismo tiempo tanta resignación en aquel quejido de una contestó, sino

mas

alma, constantemente contrariada en sus

tiernas afecciones,

que doña Estrella se quedó mirando de hito en hito a la pobre madre. Lucinda misma, adivinando en su corazón

el

oculto

tor-

mento, se avergonzó de su propio llanto ante la sagrada tribula-

madre i abrazándola Mamita! míreme Ud; estoi

ción de su

no habrá

la dijo:

tranquila: tengo esperanzas de que

peligro.

Las lágrimas

se

habían secado en

ojos de la niña; pero su

los

corazón latía con fuerza.

— Cúmplase, Señor, tu voluntad! zando a su

Doña

Estrella no hablaba i

i

solo

qué exista un hombre bastante

como

alta: he, reflexionado

estos!...

sobre

que

se

ama;

vil

i

Óiganme

el negocio.

de tener que dejar en otras manos

ma

pensaba interiormente, miran-

a la hija:

sufrir a dos ánjeles

voz

abra-

hija.

do a la madre ¡I

murmuró doña Trinidad

el

cobarde, para hacer ustedes, prosiguió en

Cierto que es duro esto

cuidado de una persona enfer-

pero... es preciso avenirse a la necesidad.

encargaré de visitar en ])ersona a Anselmo,

i

Yo me

de hacer que no

falte nada.

— Gracias! amiga mia, contestó doña Trinidad con emoción.

le


— Lucinda no trella, la

dijo nada, sino

251

que tomando una

mano

de doña Es-

cubrió de besos ardientes.

— No tienen

nada que agradecerme, prosiguió con bondad la esposa de don Cándido. No hago mas que cumplir con un deber de amistad. A ustedes les será imposible obtener no solo el permiso, sino también los fondos necesarios para atender al enfermo. Así es la verdad, respondió la esposa de don Marcelino. Yo no me hallo en tal sitaa^Lon. Tengo libertad i dinero. Poseo ademas una criada vieja mui diestra en el cuidado de enfermos, que será de suma utilidad. ¿Con qué te pagaremos?... No hablemos mas de eso. Ustedes harian lo mismo en m{ lugar. Ahora necesito saber dónde vive el joven. En casa de don Andrés Muñoz... Andrés Muñoz!... Aguarda... ¿No es el marido de Cecilia...?

— —

— — — — — — ¡Qué

Cecilia Villarreal.

mu chos

casualidad!

Yo

conocí a Cecilia cuando niña,

i

hacia

Últimamente me encontré con ella; trabamos conversación, i me contó que se habia casado con un tal Andrés Muñoz. Por eso, en cuanto oí nombrar a éste, me acordé de Cecilia, que es una buena niña. Pero desgraciadamente son pobres, contestó doña Trinidad. Nada importa: Anselmo tendrá todo lo necesario, i yo misma años que no la

veia.

— — me encargo de noticiar a ustedes que ocurra diariamente. — Gracias, madrina mia, interrumpió Lucinda abrazándola cariñosamente. —¿Tanto quieres? preguntó doña Estrella sonriendo. — Oh! esclamó pobre niña, ruborizándose. ¿me pregunta lo

le

lo

le

la

lo

I

si

amo? I luego, colgándose del cuello de

doña

Estrella, prosiguió dicién-

dole al oido:

—Ahora que que Ud. va a encargar de principio a mirarcomo a mi madre. doña Estrella con —Adiós, lágrimas en se

él,

la

adiós, dijo

las

los ojos.

Yoi a desempeñar cuanto antes mi cometido. Diciendo esto, salió la buena señora, no sin engnjarse las lágrimas, una vez que hubo llegado al zaguán de la casa. Dirijióse a la con la firme resolución de obligar a su marido a que protejiese a Anselmo. Su intención era, no solo obtener de don Cándido de

el

ella,

permiso de gastar

lo

necesario para la curación del joven, sino


252

conseguir que su marido protejiese la unión en que su femenino

corazón estaba ya interesado.

Los benévolos deseos de la mujeril

la

señora eran ademas fomentados por

inclinación a hacer un casamiento,

oposición contra don Marcelino, a

i

j^or

su espíritu de

quien odiaba mui cordialmente.


I

CAPITULO XLIII NUEVOS APUROS DE DON CANDIDO

«estaba loco

(Decia) o de

¿Cómo yo

mí mismo no

era dueño?

concertado plan revoco? ¡Maldita dejadez! Fatal beleño, Que a todos los caprichos me sujeta De ajena voluntad' Soi un trompeta.»

A. ^^iA.o.—( El proscrito,

XXVI íl.)

Apenas hubo la señora pisado el umbral de su casa, cuando don Cándido salió a recibirla con sus acostumbradas zalamerías. Te estaba esperando, Estelita, la dijo afectuosamente.

— — yo también deseaba verte cuanto antes. — Gracias, paloma mía. ¡Cuántas cosas tengo que — yo vengo a pedirte un — Concedido. Tus peticiones son órdenes para mí... acabo de hacer amistad con un — En camino me contarás. —¿En camino? Qué quieres —Es que venia a pedir que hiciéramos juntos ima quieras; pero — Haremos cuantas I

contarte!

íavor.

I

Voi a con-

sujeto...

tarte:

el

decir?

el

te

visitas

I

el

siéntate

i

visita.

te contaré...

«

^


— 254 — Yate

digo que no debemos perder tierapo...

Se trata de un

amigo enfermo.

—Un amigo! ¿quién En camino —Yamos andando,

es el

I

lo sabrás.

el

enfermo?

Vamos andando.

maquinalmente don Cándido. Tomó éste su sombrero i su bastón adornado de un par de borlas, i salió a la calle siguiendo a su esposa, que marchaba con ánirepitió

mo

resuelto.

—Pero díme,

hijita,

¿qué amigo es ese que se ha enfermado tan

de repente?

—¿No me con —Asi

ibas a hablar de

el objeto

señora,

una nueva amistad?

interrumpió la

de distraer a su marido.

es la verdad,

contestó éste, olvidando al enfermo de la

Mi compadre Marcelino me

visita.

le

mañana

envió a llamar esta

de alba, para darme a conocer a un señor español recien llegado a este reino de Chile. Es un hombre de muchas campanillas, títulos

honores.

i

— qué ha venido? —A no qué misión I ¿a

parada como

me

ves,

acompañé a mi compadre

i

Nación, que es donde vive hijita,

que no mienten

Pero vamos al caso:

secreta.

los

el caballero

me

vestí de

al Café

de la

de que te hablo... I de veras,

que dicen que éste es un grande de la

corte...

— Grande de — Grande de

la corte!... ¿Estás loco?

i

los de copete!

bre! Corta el pelo,

como

Qué

finura,

qué educación de hom-

Hicímonos amigos en un santia-

dicen...

mén, porque es tan franco como instruido... Sabe latin como el agua, i mas de una vez, me reí por lo bajo, al ver que mi compadre Marcelino se quedaba con la boca abierta oyéndolo recitar ver

Oh! es un sabio a las derechas! La señora no contestó: pensaba en el modo cómo diria a su marido el objeto de su visita. Don Cándido prosiguió con su natural

sos de Ovidio...

verbosidad:

I luego, hijita,

que ademas de ser un gran latino, es hombre

mucho valimiento en

de rei

la corte,

que habla mano a mano con

el

en persona.

Doña

Estrella soltó

una carcajada, oyendo

la candidez de

su

marido.

¿

Te

ríes? prosiguió

éste.

Pues

te

aseguro que es

así.

Don


255

Meliton es noble hasta las uñas,

está emparentado con toda la

i

nobleza de Madrid.

— — No

I ¿a

hombre

qué ha venido por acá un hombre tan encumbrado? te digo, mujer, que a una misión secreta? Se conoce que es

político...

la revuelta de ayerl...

sobre

su opinión; lo

un verdadero i

te

tino!

hubieras oido hablar

que sagacidad! Nos dio

me dejó encantado. Mi compadre su casa, i me dijo ademas, que nosotros dos al convite. Yo acepté, i pienso convidarlo

aseguro que

convidó a comer a

teníamos que

¡Qué

¡Si lo

el

asistir

por mi parte... ¿He heho mal? De ningún modo, contestó la señora. Ahora es preciso que

— sepas a donde vamos, porque ya estamos cerca de —Dices bien: a dónde me —A casa de don Andrés Muñoz... —Ah! conozco: un capitán de Pero qué vamos ñas, un — A ver a Anselmo Guzman. —A Anselmo Guzman! esclamó don Cándido

la casa.

llevas??

es

]o

cito

¿a

pipiólo intratable.

¿Qué

atrás.

artillería;

i

por

mas

se-

allí?

tienes que ver con él?

dando un paso ¿No sabes que es un desalmado

como el otro? Nada sé de eso, contestó la señora con enerjía. Lo que sé es que Guzman es un mozo honrado, juicioso, valiente, i que ayer es-

piopiolo

puso su vida por defender

el

orden.

— me dicen que Como carece de hacienda, no — de gravedad, según atiendan... tiene aquí parientes que — mi comadre Trinidad? —Don Marcelino ha prohibido que vea. amante de mi Ahora veo —Ah! ya me acuerdo: cabeza. don Cándido meneando peor hombre a quien tu ahijada —Pues precisamente, porque debes manifestarle —¿Contra voluntad de mi compadre? Mira, mujer, que — ¿qué nos importa don Marcelino? Tu obligación atender salió

Sí:

herido.

creo.

I

él

i

lo

¿I

lo

le

ahijada...

es el

la

la cosa, dijo

es el

interés.

quiere,

lo

la

dices!

es

I

a la felicidad de Lucinda... ya

me

lo

has prometido... ¿no te

acuerdas?

he prometido? —Ah! — ademas, yo he dado a Lucinda mi palabra de venir a yo... ¿te lo

I

i

aun

asistirlo

en su enfermedad,

si

fuere necesario.

verlo,


— — Oh! narle

256

eso es demasiado^ Estelita! Si quieres, puedes proporcio-

dinero por bajo de cuerda; pero venir a verlo!

Eso

es

mas

que demasiado!

— ¿por qué no hemos de — Porque hacerme romper con mi compadre, que aborreverlo?

I

esto es

Anselmo como a sus

ce a

Ademas, es preciso que sepas que Lucinda está destinada...

pecados...

prosiguió, bajando la voz,

— Lo — Destinada a esposa de don Meliton, ese señor español de quien venia hablando. Un — —No tan mujer, no tan que digamos... Tendrá unos sé...

ser

la

te

viejo que...

viejo

viejo,

doce años si

mas que

una mirada de

yo...

Ya

don Cándido echando sobre

ves, dijo

satisfacción,

que no es edad...

— Pero Lucinda ama a Anselmo esto basta para que prodebo decirte que acabo de dar —¿Pro yo? Mira, mi opinión a mi compadre Marcelino sobre negocio. — cuál fué esa opinión? — Que debia a don Meliton. —Pues siendo que otro dia me prohas olvidado metiste. — Pero, mi escucha... —Yo no tu Me habia engañado Volvámonos a lo

i

tejas.

Estelita:

tejerlo

este

1¿

preferir

lo

así,

el

vida,

soi

casa...

vida...

creyéndote un hombre de honor... ¿No

te

acuerdas

que

me em-

peñaste tu palabra sobre que trabajarlas a favor de Anselmo, es decir,

a favor de tu ahijada?

— Dices ¿qué he prometido Pues debe Eso mucho mas capaz que tú me hagas prometer, querida mia! — luego venir a decirme en mi cara que has dado tu opinión eso?

te

asi

ser...

i

es

I

favorable a ese viejo godo! ¡Asi faltas a tu mujer!

Doña

Estrella

hizo

ademan de

volverse; sacó su pañuelo

i

se lo

acercó a los ojos. Estaba don Cándido perplejo, sin saber qué hacerse; pero

no pudiendo soportar

el

enojo de su señora, la dijo:

—Eso haya prometido a mi palabra. Aunque bajar por uno ¿no puedo dar mi opinión por —Pero en ¿en qué quedamos? preguntó con enerjía señote

íio es faltar

el otro?

el

le

fin,

ra.

Ya

te

la

he dicho, que he empeñado mi palabra en virtud de

mismo me dijiste. Yaya pues, Estelita,

tra-

iremos,

dijo

lo

don Cándido, cediendo des-


257

pues de un momento de hesitación. Pero te encargo, prosiguió, que trates el asunto con prudencia... No debemos comprometernos demasiado.

En

pocos momentos mas,

estuvieron los esposos en casa de

Andrés. Estaba éste conversando con su mujer en un saloncito

regularmente amueblado. Apenas hubo visto Cecilia a doña Estrella,

cuando

salió

a recibirla, con muestras de la

mayor

cordia-

lidad.

— ¿A qué debo na amiga? —A deseos

el

placer

de ver en

mi

casa a

mi antigua

i

bue-

le dijo.

que tenia de hablar contigo, le contestó doña Estrella, abrazando a su amiga. Y en, que quiero que conozcas a mi esposo, le dijo Cecilia. los

Después de

los

mutuos saludos

i

ronse a conversar las cuatro personas.

tenia el

dijo éste a

placer

i

i

sentá-

cortesía

de

maneras distin-

de conocer personalmente a su señora,

media voz a don Cándido; pero ahora veo que son mui

justas las alabanzas que le habia

—Oh!

estilo,

La franqueza

Andrés sedujo a doña Estrella, de cuyo despejo guidas, no quedó menos prendado el capitán.

—No

de

reverencias

don Cándido, arreglándose

dijo

satisfacción.

oido prodigar.

el

corbatin con notable

Estelita... es así, tal cual!

Mientras tanto, ya doña Estrella habia preguntado por Anselmo.

—¿Lo

conoces? le interrogó Cecilia.

amicontestó pero aprecio porque — Solo de go pariente de una señora a quien estimo como a mí misma. —¿Doña Trinidad Serrano? venir por impedírselo incon— La Trinidad. No pudiendo a su nombre. venientes insuperables, me rogó que yo mirando — jCuánto va a agradecer! esclamó buena vista,

la otra;

es

lo

i

ella

lo hiciera

la

lo

Cecilia,

a Andrés maliciosamente.

Luego agregó con seriedad. El pobre Anselmo necesitaba de

no consuelo, — momento esta porque está durmiendo. poderle dar —¿Se ha examinado su herida? de gravedad? tenia por alarmante; pero hoi ha amenecido mejor, —Ayer al

este

i

siento

noticia,

es

se la

según la opinión del médico. Sin embargo, siempre tiene fiebre. Aunque Cecilia no sabia el verdadero motivo de la visita, con:

su penetración de mujer lo habia adivinado,

i

deseaba hablar


de

él.

Pero

la presencia

de don Cciudido la contenia, así como la

de^Andres embarazaba a doña Estrella.

— Tiene razón

media voz. Anselmo va interés que una amiga de mi sia Trini-

Cecilia, dijo el capitán a

a sanar en cuanto sepa

el

dad manifiesta por su salud. Ese interés es mui natural, contestó doña Estrella. Yo soi amiga íntima de la Trinidad, i Cándido es el padrino de Lu-

cinda.

Este nombre hizo sonreír a Andrés

Cándido

se

movía en su

silla

como

i

a Cecilia, m.iéntras ihm

estuviese sentado sobre

cspi-<

ñas.

—Esto

doña Estrella dirijiéndose a Ceci'^ lia, los deseos que, tanto Cándido como yo, tenemos de ver restablecido a ese joven; ¿no es verdad, Cándido? -—¿Quién lo duda? contestó éste a media voz.

—I

te esplicará, prosiguió

no estuviera en esta casa donde creemos

si

qite ?erá atendi-

do como merece, nos atreveríamos a proporcionarle un cuarto en la nuestra, dijo doña Estrella,

•—Le

doi a

Ud.

las gracias

en nombre de Anselmo,

Andrés inclinándose ante la señora, — Siempre con tu buen corazón esclamó amiga con enternecimiento. I

Cecilia

contostó

mirando a su

— No me eches a mí culpa, ésta riendo. Mi marido valiente mozo. mas empeñado en protejer a —Lo creo ¿no me has dicho que padrino do Lucinda? dijo

la

es el

este

es

dijo

media voz. Te aseguro que el pobre enfermo se va a mode gusto, porque ya sabrás que... Sabemos todos los secretos de la casa, hijita; i como Cándido

Cecilia a rir

— quiere tanto a su — Oh! quiero mucho,

ahijada...

la

dominado por

la

esclamó convulsivamente don Cándido, mirada de su esposa, ¡Mucho!

—Ya comprendo,

señor, agregó

Andrés

al oído

de don Cándido.

El pobre mozo ama como un loco a Lucinda, i está desesperado por la resistencia que encuentra en don Marcelino.

—En

cuanto a eso, es

lo

de menos, interrumpió doña Estrella.'

Lucinda está cada vez mas firme en su amor

i

ya Cándido sabe

que...

— Oh! dido.

es

;Ya

verdad que yo

sé!..»

interrumpió temblando don Cán-

lo sé!

I luego dijo

para

síj ;v?


— -¡En qué pantano

me

258

metiendo esta mnjer, por Cristo

está

vivo!

unan —¿Quién tendrá valor para impedir sencillamente quieren? que agregó Andrés, quien remueva —En todo (pje

los inconvenien-

caso,

tes que se i

dos personas

Cecilia.

dijo

se

se

oponen a esta unión, salvará

la vida a

un joven valiente

leal.

— ¿No es verdad,

Cándido? preguntó doña Estrella.

— Esa es'mi opinión, contestó pobre liombre sofocado. ¡Qué mañana! en toda calor que posible por — Por eso me matrimonio... matrimonio! esclamó don Cándido maquinalmen— Oh! el

la

lia lieclio

liarás lo

lias diclio

sí!

te

i

])rotejer este

este

haciéndose aire con su gran pañuelo de seda lacre. lia hecho un

cülor insoportable!

En

seguida sacó su gran

—Son

las once

i

reloj

con tapas de carei; mirólo

i

dijo:

cuarto.

I metiéndose en el bolsillo el pañuelo hecho ovillo que tenia en

una mano, le-

llevó el reloj a la cara

corría por

asiento

i

Afortunadamente para

las mejillas.

señora; quien

al oir

como para limpiarse

que eran las once

i

él,

el

sudor que

no

lo vio

su

cuarto, levantóse de su

diio:

Ya — Jesús! qué — Mucho agradezco tarde!

se acerca la hora!

la visita, dijo Cecilia

te

ga, tanto por mi,

abrazando a su ami-

como por Anselmo.

—Hazle

presente nuestros sentimientos, contestó doña Estrella. I ahora que miC acuerdo, agregó ésta: ¿tienes enfermera?

-^La enfermera

— Pues entonces

soi yo, contestó la

te voi a

esposa de Andrés.

enviar, para que te

ayude,

a la vieja

Rosalia que es mi brazo derecho en casos semejantes. Es un verdadero médico con polleras.

— Gracias, amiga mia, mil gracias! Mientras tanto, Andrés conduciendo a don Cándido hasta zaguán, le decia:

el

— Dios quiera que

algún dia pueda probar a Ud. mi gratitud por lo que hace en ífivor de mi amigo Anselmo; i espero que por medio de su influencia, se conseguirá que don Marcehno acceda a la felicidad de estos jóvenes. .

—I no dude te,

üd. que

lo conseguirá,

porque Cándido es persistencontestó la señora despidiéndose de Andrés.


i)í'.<

51)

Ambos

toniaTcii entonces el

cs]>oscs

Estrella liaeiéiídüRC

cnniiiio

ee ni

Dof¡a

cTiPíi.

soLre la realización del matrimonio,

iliisioiios

miéutras don Cí'indido manlialja como arrastrado per su cara mitad

enteramente embebido en sus ¡pensamientos. ¡Si no lo .estuviera viendo, no lo creerla! pensaba

i

refunfuñaba

el

la realización

medio ¡Yo, tener que ayudar a

condescendiente caballero.

de este casamiento!...

i

después de haberle- prc-

esto,

metido a mi compadre c|ue... l'íó, no puede de lei... Pero esta mujer a veces me

—¿Qué — esclamó

i

ser...

Yo

liombre

soi

dices? le interrumpió de repente la señora.

.

Ali!

¿Sabes, Estelita,

don Cándido, como despertando de un sueño. que casi me has hecho contradecir mis priuLÍ-

pios?

— — Mis

Ino te entiendo.

des?

principios! pues,

Has

mujer de Dios; mis principios! ¿Entien-

de hacerme aparecer ccmo un hombre enemigo

tratado

de la tranquilidad doméstica

i

de la autoridad paterna: como un

revoltoso del hogar...»

—¿I persistes

en llamar autoridad paterna,

el

de un

capricho

viejo grosero e imbécil?

— Calla

la boca.

¡Yo, convertido en

un

revoltoso, en

un desorde-

nador!

— ¡Pero,

hombre, por Dios!...

— ¡Creer que un hombre de mis principios pueda aconsejar a una de niña que desobedezca — Óyeme, esposo múo: que padre de Lucinda tenga la familia!

al jefe

¿crees

el

razón para...

*

— Pero, aunque no tenga: ¿qué palabras podrán convencer a mi compadre Marcelino, un hombre que no sabe interrumpió — Por mismo que un halala

iatin?

es

lo

gando

el

mas que

tonto, le

amor propio de su marido: él,

la señora,

])or

lo

mismo que

tú sabes

espero que seras capaz de convencerlo...

— ¡Pues no he de saber mas que —Es natural que que tenga mas talento ne menos. — Es verdad, contestó don Cándido, él!

el

convenza

lisonjeado.

me

que un hombre basto como mi compadre se

hemos llegado, tengo hambre; durmamos la

tiempo... Pero, ya

prosiguió:

l>orque

siesta,

conviene hacer. Uff! qué acahrudo

estei.

i

No

al

que

es posible

sostenga por

mucho

hagamos medio

después veremos

¿No

seria

tie-

lo

dia

que

bueno temar


~ lili

260

poco de canclialagua antes de hacer medio dia? ¿Qué

te

parece

Estelita? I

rior

mientras la señora, sin contestar una palabra, se de la casa con

don Cándido

se

dirijia al inte-

de mandar preparar la bebida refrescante,

el fín

golpeaba

la frente,

i

paseándose a

lo

largo de la sala,

decia:

—-Cnalquiera diria que soi un...

Porque

al fin

i

al cabo,

yo

le

he

empeñarme con mi compadre. I sin embargo, no me gusta el tal matrimonio ni como lo negro de la uña. Pero esta mujer tiene una labia, que a pesar de ser yo el jefe

prometido a mi mujer que

de

la casa...

Allá

voi,

iré

a

Estelita! esclamó,

oyendo

los

gritos de su

esposa que lo llamaba desde la puerta del comedor con un gran

vaso de limonada en ^

cara,

que bastante

lo

la

mano. Allá

he menesterl

voi!

La canchalagua me

refres-


CAPITULO XLIV.

EN DONDE EL LECTOR HARÁ CO^^OCif^íENTO CQU OTROS

PERSONAJES DE ESTA HISTORIA.

c(La revolución se ]rrcsciital)a bajo no we i

un aspecto fonnidabloj

dudar de que era el resultado de un ])lan previamente concehido i puesto en ejercicio con })0(lia

dcí-itreza

R. SoTOMAYOR

No

arrojo.» {J'Jl

Ministró Portales.)

cesaban los pelucones de suscitar nuevos tropiezos a la mar-

cha de

la

administración;' i

venientes que i

Yaldes

i

el

Gobierno encontraba en

en la falta de ideas

i

Ya

íiadaS;

el

el

los incon-

atraso jeneral

de costumbres republicanas,

los reaccionarios se esforzaba

poder.

como sino fuesen bastante el

d(^]

país

partido do

en socavar sordamente las bases del

ha visto cómo fracasaron los planes en la última revuelta; pero no por esto desmayaron los enemigos de la república. Antes bien^ nudtiplicarou sus esfuerzos, obrando en diversos sentidos. Las tramas ocultas, las sublevaciones de cuaih'l, las nsose

espionaje,

los

chismes indecorosos

i

la calunniiii,

eran


r^ \J

otíos tantos medios

bastardos

Ilalagábaso la ambición de los militares

medio do promesas; comprábase

i:)or

dinero de los ricos; alentábase

el

sufrajio

do otros con

concierto en la administración, ya

poderes djl Estado,

ya inñiiyendo para que

misma

llegó a ser

los altos puestos

ya de

la

i

no se

nación.

la

Hasta

un elemento de acción en contra de

la los

no era estrauo ver a los ministros del altar sagrada cátedra, ya del confesonario o de su in-

principios liberales, valerse,

des-

a fin de que el Gobierno cometiese los

alguno,

desaciertos que debian desacreditarlo ante relijion

el

introduciendo la discordia entre

fuesen ocupa 1 33 por los enemigos de las idaas liberales; T)3rdonaba medio

el

natural descontento de un pueblo

el

por medio de publicaciones calumniosas; producíase

ciego,

los

——

pues 1:03 en práctica para alcanzar los fines

la rcaociju.

1I3

¡-V

i

fluancia en el estrado para fanatizar a las jentes contra el gobierno

ch

estranjsros

los

i

como

herejes^

llamaba a

S3

los partidarios del

sistema republicano.

Por consiguiente, era mui desigual esta luclia entre un puñado de patriotas, que de buena fe se entregaban a las prácticas del derecho i de la libertad, i un partido reaccionario, numeroso i rico, animado de las pasiones absorbeates, i cuyo principal apoyo era la ignorancia i las preocupaciones populares. Este partido veia escapársele de las manos su antiguo predominio; i era natural que cada uno d'e sus miembros temblase ante la idea de la nulidad en que iba a hundirse, por la consolidación de las prácticas republicanas.

De

aquí su enerjía para oponerse al desarrollo de las ideas

democráticas.

Pero no todo

el

partido retrógrado estaba compuesto de ambicio-

una multitud de jentes que obraban de buena fe, si es que tal puede llamarse la tenacidad para oponerse al progreso, la pereza para hacer el bien, o el miedo para decir la versos.

Habia en

dad.

él,

Una gran

las antiguas

parte

de los reaccionarios

preocupaciones que

En

la

eran solo por

lo

educación

amor a

colonial habia en-

dominaba el odio contra toda idea nueva i atrevida; i en los mas, el miedo enjendrado por la falta de fe en la libertad, que solo de nombre conocian.

jendrado entre nosotros.

Bien se eelia de ver

de

la

democracia. Los

otros,

quicas^

siéndoles

la diverjencia

unos,

trataban de hacer tedo

otros

el

en las ideas de los enemigos

dominados por

el

espíritu de partido,

mal posible a sus enemigos

políticos;

imprsible despojarse de las costumbres monár-

p^rnianeciau de coraiíon

ííjLís

a su rei

i

señor; otros en

íin,


creyendo quo la

amo

repiiblicpo

en cambiar al

consistía

negaban sus derechos

aristocracia,

al

en la prcíctica la participación de éste en

En

unos círculos

estimaba

se

so elemento de orden,

negaba

se

i

pueblo

al pueblo el

i

por

reí

ei

rechazaban

negocios públicos.

les

santa ignorancia

la

amo

como un

precio-

derecho de instruirse;

en otros se creía que nada había mas recomendable en un ciuda-

Se elevaba

dano, que su indiferencia. virtud. Aquí,

se

la fuerza

por nuii meritorio

teuíxi

el ser

moral

al

rango de

mismos

ñel a los

absurdos que la república venia a echar por tierra; allá era consi-

derado como un gran patriota al o a

una verdad polvjrom;

atrevía a

criticar

predicar en

el

los

mirado como

abusos de un

írrelíjíoso al

sacerdote;

i

mas

^

círculo pensaba,

elemento de unión, fuera del odio

igual-'

pues, a su modo, según

o su ignorancia.

sus preocupaciones,

que se

allá, se oía

las implas ideas do libertad

contra

pulpito

dad i fraternidad. Cada su ambición,

acá, era

oponía a una idea nueva

(jue se

No

había otro

de progreso

al espíritu

i

a la

libertad.

Todo cuanto acabamos de viendo

oJjrar

a nuestro

como el alma del partido mos nombrado, tenia el

decir,

amigo,

lo

habrá conocido

el lector

reverendo ílipocreitía, que era

el

Ademas de

que antes heinñitigable jesuíta otros amigos que, im-r retrógrado.

los

jmlsados por móviles bien diversos,

le

denuedo digno de mejor causa. El lector nos permitirá que

presentemos, pues dentro de

se los

ayudaban a luchar con un

poco tendremos que establecer con todos

ellos

las

mas íntimas

relaciones.

Era

el

miento, llas,

j)rimero de

de quien

im

don Víctor Dorriga, español de naci-

padre Hípocreitía Jiablaba siempre maravidiciendo qne era su hombre. I no iba el jesuíta fuera de cai

mino, pues, la

todos,

a

el

dcí'ir

mayor parte de carácter

tres virtudes

verdad, era don A^íctor im liombre superior a

los

enérjíco,

i

prohombres del partido pelucon. Dotado de de un espíritu inñitigable, poseia Dorriga

muí recomendables para

para descubrir

el

camino curvo que

el-jesuita,

a saber; sagacidad

había de conducir mas deaudacia para emprender dicho lo

rechamente a su objeto; valor i camino sin- pararse en escrúpulos pueriles; i la prudencia i tino necesarios para a'jortar o alargar oportunamente el }:as(), o bi( u para cambiar de rumbo, sin cambiar de |)r()[)ósit()s. El hombro sabia obrar siempre^ aspira^

a tiem^x), cualidad indispensabhí

mayormente en épocas azarosas;

i

\)\\x\\

el (pie

ami(pue no era gríiudic-


204

inente instruido; axm que su esj)iritu estaba lleno de preocupaciones

monárquicas, tenia sabia;

i

el talento

mas de una

en

de adivinar muchas veces

de trato,

afable

tar,

sin

que

que no

logró que las jentes sencillas lo

ocasión

tuviesen por un amigo de la rei)ública. I i

lo

la atrayente

como

era fino de modales

cordialidad que solia gas-

menoscabase en nada su natural reserva,

el

buen

x)adre

le

decia a veces sonriendo:

—¿Sabe era

paisano, que con

Ud.,

como pintado para ministro

su carta de ciudadano chileno,

plenipotenciario?

acomodaba el corbatin, alzando en seguida las espaldas de una manera particular i haciendo con el labio inferior un jesto, que, aTuer de historiadores exactos, debemos decir que no era un jesto gracioso en la cara del buen I

Dorriga se sonreía, mientras

se

caballero.

Pero no

lo decia

todo

el

padre, porque a sus solas solia esclamar

en prudente tono:

En

Si!

Dios

i

en mi ánima,

Solamente

toda la tropa!

que este Dorriga es

le quitarla

un defecto que

lo

mejor de sobra para

le

no pareciera tan am^igo de sus amigos; i sobre todo, tan enemigo de sus enemigos! El segundo era el presbítero chileno, don Nemecio Franco, quien ser

completo

político. ¡Ah! si él

de los percances políticos metiéndose dentro de

se habia salvado

una sotana. El clérigo Franco habia principiado su carrera política sirviendo a Marc3 contra sus compatriotas, i la proseguía ahora haciéndose pasar por

el

mas

patriota

decidido en favor de la república; pero

reservándose, sin duda, el derecho de prestar sus servicios a la narquía, dado

a tener

la.

caso que,

el

honra

i

terco, caprichoso,

con

el

favor de Dios,

mo-

Chile volviese

dicha de poderse llamar reino. Era altanero,

la

ardiente,

tenaz,

pagado de

que formaba un notable contraste cdu

el del

mism^o; carácter

insinuante

reservado

i

Dorriga. El padre Hipocreitía lo aborrecía; pero lo trataba con la sonrisa en los labios;

sobre las cosas

mas

i

a cada

momento

sencillas,

con

le

estaba pidiendo su parecer

lo cual, el otro clérigo creía

de

buena fe sei- el maestro de ([uicn ])o(lia (birle lecciones. Por último, (d tercero era mi aboí>ado llamado don llodrio-o Aldeano,

que,

a

a[)titudes de eso

sus

que algunos llaman

Tan elocuente en el í^eñor

conocimientos de jurisprudencia, política,

i

reunia>

las

otros apellidan falsía.

como diestro en las intrigas de partido, era Aldeano uno de los hombres mas finos, sagaces, estratéjiel foro


— eos,

flexibles

i

arbitristas

205

de su tiempo. Su liabilidad

partido de las circunstancias llegó a ser proverbial;

i

i)ara el

sacar

venerable

Hipocreitía solía decir entre dientes:

— Yo me valdré de de Franco

i

prudencia de Dorriga, de la impetuosidad

la

de los rejistros de Aldeano.

Tales eran los individuos con quienes el padre Hipocreitía habla-

ba en su cuarto de

la calle

de Santa Rosa, uno o dos dias desi)ues

de los acontecimientos políticos que acabamos de relatar. Hipocreitía estaba recien llegado de las provincias del sur, a don-

de habia ido a ejercer su apostólico ministerio de predicar la jyaM^ hra divina entre los incultos habitantes de aquellas apartadas re-

Escuchaba con marcada atención el relato que, de los sucesos pasados, le hacían don Víctor Dorriga i el clérigo Franco, sin permitirse sino de vez en cuando, estas u otras parecidas espresiones: Ahí... Es cierto... Ya meló fio'uraba... Muí bien! Siento no haberme encontrado aquí.

jiones.

Dorriga hablaba con la gravedad ticos;

Franco

solía

i

aplomo

cpie le

eran carecterís-

entremezclar sus relatos, o interrumpir los de

don Víctor con calorosas interjecciones que demostraban la exaltación de su espíritu; i Aldeano no decía una palabra, pues parecía ocupado en reflexionar; solo una que otra vez S(í distraía de sus meditaciones al oír las intí^rjecciones de Franco i las patadas en el i

suelo o los puñetazos

sobre la

mesa con que

irascible clérigo

el

acentuaba sus palabras.

Cuando don Víctor

llegó a contar la huida a todo

escape de los

dando una palmada en el breviario del padre Hipocreitía, puesto sobre la mesa: ¡Yo se lo h;ibia dicho a Uds. una i otra vez ürriola era el menos a propósito para dirijir el motín.. revolucionarios, el clérigo esclamó

— — Sin embargo, observó Dorriga, mas atrevido del — Pero carece de cabeza, interrumpió Aldeano. — Hipocreitía: un que necesita de qué ha de La Rosa? —Está en hv con otros mas. — mal está Aldeano: menester sacar I

es

el jefe

ejército.

Sí, dijo

es

jefe

tutor. I ¿

sido

cárcel

Yu, el

de

liecho, dijo

aliora es

mejor partido posible,

la derrota el

i

eso es lo que ya se ha prin-

cij)iado a hacer;

— qué manera? — Haciendo ^;I.)e

])r(\oiiiitó

Dorriga.

creer al pueblo (pie la revolución

lia >i(lo

una tnuniía


— 260 — Gubiemo con

ariiMida por el

guir a ciertos enemig-os

— —Ya

i

de tener un pretesto para perse-

el íin

hacer un ejemplar con los soldados.

Mili bien, dijo el padre. se lia publicado

La Rosa

ni

ni los

en los periódicos varios

mas

sentido; pero para darles

demás

valor

i

fuerza,

corre

debemos hacer por que

Yo

Hipocreitía.

hablare con

confesor.

sido

que Pinto está resuelto a

sé bien,

hacer castigar a los culpables. Ayer hablé sobre esto con

minis-

el

Ruiz Tagle.

—Eso nos ñivorece en nuestros tal

esto

jefes sean castigados.

—Eso de mi cuenta, contestó Pinto. Lo conozco: he su — Pero yo observó Dorriga, tro

en

artÍL'ulos

que se castigue solo a

Ademas, agregó,

propósitos, contest 5 Aldeano, con

los soldados

i

se deje

impune a los jefes. Su Paterni-

dirijiéndose al padre ¿no le parece a

dad, que convendria hacer abandonar

el

mando

al vice-Presidente?

— Ya he pensado en tengo algo sobre respondió — Pues Pinto deja mando después de algunas ello,

cular,

el

bien:

trabaja;do

i

parti-

jesuita.

el

si

ciones, la sangre

el

que derr¿ime al bajar del puesto, borrará

ejecu-

las sim-

patías que se haya creado con su gobierno.

—Es verdad! — antipatía que I la

mas

enérjica, cuanto

rá precisamente,

aplique éstos

i

el

al

si

las ejecuciones

hagan

nacer, será tanto

mas

injustos parezcan los castigos; lo cual sucede-

que se perdone a

se consigue

marco de

la lei

los

cabecillas

i

se

a los soldados. Es preciso probarles a

pueblo entero que su principal enemigo es

actual Go-

el

bierno.

Hipocreitía miró a AldeauD, haciendo unj.esto aprobatorio. Este prosiguió:

— Mientras

tanto,

do ejerce sobre

aprovechemos

que nuestro parti-

de justicia, suscitando rivalidades

los tribunales

competencias éntrelas Cortes

la influencia

i

el

i

Gobierno...

— Oh! interrumpió Franco impetuosamente: todo no mas que paños que nos hace perder un tiempo ha conseguido? que parece a Ud. poco —¿Paños —Yo no veo mas que una desde que tenemos en — Pues yo veo una eso

es

precioso!

tibios

lo

tibios? I le .

se

derrota.

victoria,

al

Gobierno con

nunciado por

la

los Tribunales

desintelijencia

superiores. ¡Ya aquél

ha

sido de-

Corte de Apelaciones ante la íSuprema de haber iu-

frinjido la Constitución!


267

seguir obrando... — Yo me atengo a que dicho —¿Es decir — Que preciso motiu — Pero ya ve üd. acentuando sus ¡mdecia otro — después mesa. labras con repetidos puñetazos sobre —No por mu. madrugar amanece mas temprano, observó Dorriga. — Eso mismo digo agregó Hipocreitía. — Por eso de parecer, prosiguió Aldeano, que esperemos a que lo

lio

preferiria

i

qué...?

otro

es

que.'..

I

otro,

i

otro,

clérigo

el

la

lio

yo,

sol

madure... Tenemos buenas noticias del sur, según

la revolución

me

ha dicho el reverendo Hipocreitía. El padre, sin hablar una palabra, se dirijió al gran armario; lo abrió; i sacando un paquete de cartas, las puso ante los ojos de los lo

circunstantes.

— Todas estas ya cuerpo en

cartas, dijo,

ha tomado Mientras no tengamos a Prieto

aseguran que

las provincias del sur.

con sus tropas cerca de Santiago,

los

la revolución

motines parcipJes no nos se-

rán de gran provecho.

— Conque en qué quedamos? preguntó Aldeano. —En que yo trabajaré por que Pinto del mando, contes¿

se retire

Ud. sostendrcí con sus consejos a los señores MinisCorte. El señor presbítero advertirá a los curas cómo

t5 Hipocreitía.

tros de

la

deben portarse en causa de

una

el

la relij ion;

i

pulpito

i

en

el

confesonario para sostener la

en cuanto a üd, amigo Dorriga, aquí tiene

que seria mui bueno presentar al ministro Iluiz Tagle...

listita

—Lista de qué? — Son nombres de varias personas de Concepción, los

ricó,

guir

San Fernando i

i

otros pueblos del sur, que es

Talca,

preciso perse-

molestar de todas maneras.

Don

Víctor pasó la vista

— Pero

aípií

que están a

En cuanto en cuerpo

Ja

capa

i

vean que i

i)or el

papel

i

dijo:

veo algunos de nuestros amigos del sur.

—'Es verdad, contestó sin el

el

padre; pero son solo amigos a medias,

tomar una parte activa en la revolución. Gobierno los persigue, serán con nosotros

alma.

—Ahí don Víctor guardando — advierta Ud. que a muclios do necesitamos, yacom])reiid(), dijo

j entes

el pa})e].

ellos los

I

son

Cu-

ricas

])orque


268

Era ya tarde de la inx'lie, cuando los iiiaquinadores se retiraron. El padre se quedó todavía en vela, sacando varios apuntes de las cartas que tenia sobre la mesa. Después,

poniendo éstas en or-

den, las guardó en el gran armario diciendo:

—Tiene dejar

razón Aldeano: este hombre no es tonto. Es preciso

madurar

discordia entre los

Dicho crucifijo

sembrar mientras tanto enemigos de la justa causa.

las cosas...

esto, abrió

i

su breviario

que tenia sobre

la

i

rezó

la semilla

devotamente delante del

mesa. Enseguida se acostó

dormido con envidiable tranquilidad.

de la

i

se

quedó


«>

CAPITULO XLV.

LA SOLICITUD.

«En

la triste prisión, en la

desnuda

Morada del mortal desventurado, Allí donde el dolor con saña ruda, Tenaz hundía el diente envenenado;

Tu mano bienliecliora se estendia; Tu fecunda palabra daba aliento, I la bella esperanza aparecía,

Como

nuncio

feliz, tras el

(EusEBio LiLLO.

En

el dia siguiente al del conciliábulo

terior, el

tormento.»

José Romero.)

narrado en

el

capítulo an-

padre Hipocreitía fué a visitar al vice-Presidente; pero no

])udo conseguir verse con

él,

porque

el

jencral se hallaba conferen-

ciando con sus Ministros sobre los sucesos anteriores, que tan preo-

cupado tenian

al Gobierno.

que debia juzgar a

Habíase ya reunido

los sublevados;

liabian salido condenados a

dos

i

tres soldados

i

el consejo

de guerra

después de largas discusiones

muerte un sarjcntO; un cabo de Inváli-

de Coraceros.


270

Todas estas circmistancias le fueron contadas al padre ílipocreitia por el oficial de guardia, al cual escucluiLa el jesuíta con interés verdadero, aunque oculto Í)ajo el velo de una aparente indiferencia. Díjole

ademas

el oficial,

que

en dos partidos; imo por

la

ción de los culpables; que

el C(5nsejo

de guerra se liabia dividido

condenación,

i

ambos partidos eran apoyados por

bierno; el primero por el ministro Ruiz Tagle:

ministro Rodríguez,

i

otro por la absolu-

el

que

i

el

el

Go-

segundo, por

el

parecía inclinarse al

el vice-presidente

13artido de la clemencia.

—Ahora

mismo, prosiguió aquel, se encuentra el señor j eneral conferenciando con los señores Ruiz Tagle i Rodríguez; i la discusión deb3 liaber sido acalorada, porque no liá muclio quo, pasando cerca de la puert"í del gabinete, donde se encuentran ahora, cí que las voces se alzaban mas de lo necesario.

conpadre: ¿no de —Ya entiendo, sabe qué —No pero presume que con de contestación dará a señoras —¿Qué señoras? —Ah! entonces no sabe Üd —Yo no nada, pues paso mi vida entre cuatro paredes de padre bajando mi —Es continuó que mañana tuvo diju el

se

i

el objeto

esta

el fin

tratar

ferencia?

del todo;

sea

se

se les

las

?

las

celda, dijo el

los ojos.

el caso,

el

el oficial,

condenados por

—Ahí —

el

con

noticia

que hoi había de venir a palacio una

señor vice-presidente de

diputación de señoras,

esta

el fin

de solicitar

el

indulto de los reos

consejo de guerra.

Ud. qué señoras vendrán? He oído nombrar a dos o tres de las principales;-' pero no ¿I sabe

re-

cuerdo ahora' quiénes son.

Al i

oír esto, el

tras

ésta

liabia salido

una narigada, estuviera distraído. El oficial

padre sacó su caja de rapé,

otra

i

como

otra,

de la pieza;

i

si

mientras tanto,

el

sorbió

jesuíta

reflexionaba

El necesitaba ver caer algunas víctimas con el fin de obtener el logro de sus miras; i aun la visita que venía a hacer ese dia al jeneral Pinto, no tenia otro objeto que inducirlo a que hiciera aplicar el marco de la leí a los- revoltosos. Pero él conocía el carácter deljeneral, i temía que la caritativa solicitud de las señoras encontrase eco en el bondadoso corazón del vice-presidente. En esto se pasÓ cerca de una hora,. i ya el padre había, sin duda, modificado su plan de operaciones, de una manera sobre lo que acababa de

oír.


¿ satisñictoria,

pues se sonrió;

su breviario

í

haciendo un jesío de aprobación, sacó

puso a leer devotamente mientras llegaba

se

i

i

í

el

tiempo de obrar. Distrájolo al fin de su lectura el oficial que entró a la pieza, con ese aire placentero

i

una

del que trae

satisfecho

noticia que

cree

interesante.

— Señor,

dijo éste, acerqúese su paternidad

a la ventana,

i

ve-

rá venir por la plaza la diputación de señoras.

No

cuando ya el padre esalféizar de la ventana, contando hasta

habia concluido de hablar

taba inclinado sobre

el

el oficial,

quince o veinte señoras, que, solas unas,

i

acompañadas

otras de

sus esposos, se dirijian al |)alacio.

—Ellas son,

sin duda,

murmuró

el jesuíta.

encargado de abogado,

tal

las dos al necio

dirijir la el

la cabeza de la

Doña Trinidad

la acompaña....

de don Cándido

¿Si será el

diputación viene doña Estrella

Traen en medio de

A

palabra al jeneral? Ojalá fuera

así,

pues con

proyecto fracasarla. Sin embargo, aunque la nece-

enemigos nos da muchas ventajas, es preciso ayudarnos con nuestra prudente astucia. Hai peligros que no se evitan sino

dad de

los

es afrontándolos

cara a

Vamos

cara

Es llegado

allá

el

caso de salir al encuentro de la dificultad.

icón semblante risueño se fué a pasear en un corredor por donde sabia que hábia de pasar la diputación femenina. Esta no se hizo esperar.. Venia a la cabeza Diciendo esto, se arregló

el

hábito;

don Cándido, con la cara llena de risueíía satisfacción, sirviendo de apoyo, con uno i otro brazo, a su esposa i a su comadre doña Trinidad.

El

saludó a todos con la

2)adre

cudir la

mano de don Cándido,

mas

exquisita cortesía;

i

al sa-

le dijo éste:

—Aquí nos tiene, su paternidad, empeñados en obtener

el

indul-

to de esos reos políticos. ¡Pobres- hombres! •

—'Ese es un empeño digno de corazones

el jesuíta;

i

me

nobles

i

jenerosos, dijo

complazco en creer que esta idea ha nacido del

cari

tativo espíritu de las señoras.

Así

es,

respondió doña Estrella. Nosotras nos hemos propues-

tos venir a solicitar

—Aunque

así sea, Estelita, le

interrumpió don Cándido, no es

bien visto que una mujer hable así, como si no tuviera marido a quien pedir la venia. Mire, padre, prosiguió marchando con todos los

demás hacia

el

salón en donde el vice-presideute, ya avisado,


los

aguardaLa acompañado de

debe ser entre

la

mujer

de la idea,

al

momento

las

Ruiz Tagle,

i

llodrí-

Sírvanos su paternidad de juez, como entidad neutra que es

giiez. i

los ministros

i

i

hombre. Verdad

el

es

que

ellas fueron

quisieron ponerla en ejecución sin pe-

no consiento jamas que mi esposa se meta, sin mi venia, en asuntos tan hondos, comencé por darle perpero en cuanto a lo de dejarla venir sola, ni por miso a Estelita dir la venia marital. Yo, que

Al mismo tiempo, me

pienso.

su conducta, hasta

(pie

fui a casa

za,

que

ella

otra,

u

es,

i

que a Estelita

i

se

otra de las señoras

ha de

nombre de

demás.

al señor jeneral a

les aíeé

i

conseguí que acompañasen a sus respecti-

vas mujeres ¡mra darle importancia

estamos en

de otros maridos

las

Ahora

significado al acto. le

ha puesto en

ser la

que

dirija la

— Por supuesto! interrumi)ió doña Estrella ¿No ves que

la cabe-

palabra

una

es

solicitud de señoras?

Si lo veo; pero ustedes las

sas,

sino por apoderado;

rido,

que es su jefe

u

i

i

el

mujeres no pueden hacer estas co-

apoderado neto de la mujer, es

el

ma-

cabeza. Así es que, por el bien parecer, debes

acompañan, rompa el fuego con el señor vice-presidente; i una vez cumplida esta formalidad, puedes tú cojer el hilo del discurso i no cortarlo en todo el dejar que yo,

otro de los maridos que nos

dia, si te parece,

para

lo cual

yo te doi la venia

he pedido; en cuanto permiso de que hablaste de—No una majadería nantes, por Dios! esclamó a media voz don Cándido. — Pero, que tú me doi uno — creo que hai un medio de arreglarlo te la

al

i

es

qrífe

Estelita,

¡Si te

i

los pidas!

otro sin

todo, dijo el jesuíta.

^Yo

—¿Cual es? preguntó don Cándido, mientras doña Estrella fia Trinidad miraban al padre con ojos interrogativos.

—Ese medio consiste en que me hagan ustedes virles

de órgano para con

el

el

señor vice-presidente:

i

do-

honor de serlo cual

haré

con tanto mayor placer, cuanto que yo mismo he venido a hablar con mi respetable amigo, el señor jeneral, a fin de inclinarlo al per-

donde los reos, mas desgraciados que culpables. Todas las personas que habían oído las últimas palabras del jsuita, manifestaron su aprobación, i don Cándido dijo:

—Ese medio salva toda marital.

Ya a

je-

dificultad dejando incólume la dignidad

¡Me gusta!

ese tiempo habían llegado a la sala de audiencia^ en donde


el vice-presidente recibió

de fina

mente

i

a la diputación con las mayores muestras

respetuosa cortesía. El

])íi(Ire,

al jeneral, ie dirijió la pala])ra

— Señor vice-presidente: el

humanitario

i

un Dios de paz, que no quiere viva,

i

me lia iieclio

casualidad

caritativo

primer majistrado de

joresencia del

arrepienta

feliz

saludf{,|.; cordial-

ser el

señoras aquí presentes, para manifestar

órgano de las respetables a Vuecencia

una

después de

en estos términos:

la Eepública.

Como ministro de

muerte del pecador, sino que

la

me complazco

objeto que las trae ante la

en

solicitar,

se

a nombre de las jenero-

sas personas aquí presentes, el perdón de unos desgraciados, que,

si

armas contra las autoridades constituidas, ciando a bien los pueblos el mal ejemplo dé la guerra civil, no por esto dejan de merecer el perdón de un Gobierno que nada tiene que temer de sus lian lieclio

enemigos, atendida, por otra parte, la ignorancia de esos infelices

mas

ciegos que culpables. Vuestra clemenciaUes abrirá los ojos pa-

ra ver en

Gobierno un padre que sabe perdonar sus estravíos;

el

bien es cierto,

con la

te,

lei

que un tribunal competente

los lia

i

si

condenado a muer-

en la mano, nosotros, acatando como debemos la justa

decisión de ese tribunal, esperamos que nuestros deseos encontrarán

eco en el

magnánimo

He

espíritu de nuestro paternal gobierno.

di-

cho.

El jeneral contestó con voz conmovida: Reverendo padre: tanto vuestra paternidad como

— bles

i

tado, podéis estar seguros de que vuestros los

que en este momento

hombre;i talvez porque de

abriga

soi

honora-

que se

derrame

ya en

el

amar a mi la sangre

odioso

mi

deseos corresponden a

corazón. Antes que soldado, soi

soldado, sé apreciar en lo que vale la vida

un hombre. No me anima ni

do, pues solo sé

da,

las

graciosas personas, cuyos nobles sentimientos habéis interpre-

el

rencor político ni

país. Soi chileno,

i

odio de parti-

el

siento

como vosotros

de un hermano, ya sea en la lucha

patíbulo: porque os'juro por

fratrici-

mi honor de

solda-

mas que hermanos estraviacomo por la de todos mis com-

do, que en mis enemigos políticos no veo

dos, por cuya felicidad patriotas.

a un

Os

repito,

me

que

intereso,

soi chileno,

i

me

enorgullezco de pertenecer

país cuyas dignas matronas presentan ejemplos de caridad

amor a

sus semejantes,

como

el

presente.

A

la

sombra de

i

ese cari-

tativo amor, se formarán buenos hijos para la patria; es decir, hijos virtuosos, sensibles

i

capaces de interesarse por

el

bien de sus her-

manos. Podéis, pues, señoras mias, estar seguras de que haré por salvar la vida de esos desgraciados, todo cuanto

me

lo

permitan los

^5


274 lagratos deberes que

me impone

el alto

cargo con que

me lian

hon-

rado mis queridos conciudadanos.

El tono franco

i

persuasivo con que fueron pronunciadas estas pa-

labras, cautivó alas señoras, las cuales se levantaron de sus asientos

mas

i

se acercaron aljeneral

cordialmentc, darle las gracias

YÍ;'i>iH'csj;lcutc

chas de

una de

ellas.

como movidas por un resorte,

i

manifestarle su adliesiou. El

las ccnocia cnsi a todas,

Después de corresponder a

ellas le manifestó, las

para saludarlo

i

era

amigo íntimo de mu-

los sentimientos

que cada

condujo hasta la antesala, desde don-

don Carlos Rodriguez, acompañó a la comitiva hasta la plaza de Armas. En seguida se dirijieron a sus respectivas casas, llevando todas ellas la convicción de que los i^os serian indultados. de

el ministro,

i


CAPITULO XLVI.

EL JENERAL

EL JESUÍTA.

I

((.Los

liochos roveljin en j^rimor

jamas lui])o oii Chile bando mas fanátieo en sus

lugar,

un

(juo

odios, ni rios:

mas

injusto en sus a]n'e-

que

de

los rcaceion-i-

ellos revelan,

en segunda

ci aciones,

el

lugar, que la reacción no lia teni-

do mas mira que la muerte, ni mas medio que la difamación de sus adversarios: ellos revelan, en tercer lugar,

(}U(í

la reacción

i

sus

hombres han sido, i son lioi mismo, los únicos esplotadores de negros fantasmas; los únicos eternos visionarios, que, a favor do sus evocaciones, suelen medrar cu el

El

pROGRílHO

campo

{Editorial

político.»

(le

Junio 20 de \^1 0,)

Solamente dos personas liabían quedado en presidente:

la

nna era

el

el

ministro Ruiz Tagle,

Hipocreitía, que delante de

Pinto,

salón con i

el vice-

la otra el

padre

aparentaba desconfiar del mi-

nistro Tagle.

— Señor

jeneral, dijo

el

jesuíta

mirando de

reojo a

Wwva Tagle:


primor pensamiento,

lili

al

llegar ayer

del sur, fué venir a ver á

Vuecencia.

respondió Pinto, creyendo de buena fe en

gracias, padre,

^slil

melosas palabras del jesuíta. I ¿cómo

las

le lia

ido a su paternidad

en sus trabajos apostólicos?

—Xo tan bien

como

deseara, pues

pude dar

solo

tres misiones

Esta salud,- señor! Estos reumatisColcbagua mos me hacen ver que ya soi un viejo! En seguida, bajando la voz, dijo al jeneral: en la costa de

—Quisiera comunicarle a Vuecencia, a

solas,

mi

secreto impor-

tante.

con un aire tan desconfiado, que

luego miró a Ruiz Tagle

I

Pinto no tuvo necesidad de rogar a su ministro que los,

pues éste

del salón protestando

salió

— Hable, padre, respondió — Pues,

le dijo el

,

señor,

bras claras

acentuadas

i

los dejase so-

una ocurrencia

urjente.

jeneral con aire inquieto: el

jesuita en voz baja, pero

con palar

sepa que ayer confesé a nn individuo,

:

me comunicó

cual lleno de arrepentimiento,

que

el

verdadero obje-

to déla revolución délos Inválidos, era asesinar a Vuecencia

—Ali!

el

i

esclamó Pinto: ya liabia oido esa especie; pero ¿cómo

dar crédito a un proyecto tan criminal?

— I sin embargo, los

es

i)royecto

el

ha existido

i

tal vez existe

mismos que lo han inventado, agregó con voz sorda mi ánimo intranquilizar a Vuecencia, pues sabe

me interesa

su salud

por terrible que

i

de dar

I

el

No

bien, cuánto

sea.

me

confesó^ tenian resuelto asesinara

Vuecencia, sin esperar a que se

pues

el jesuita.

bienestar; pero debo decirle toda la verdad

—¿Aun hai mas? — Según mi penitente relijion,

entre

los ejecutores

golpe en cuanto

lo

le

suministrase los auxilios de la

hablan recibido

la cruel e

impía orden

para que

me

tuviesen a mano.

¿qué les hecho yo, esclamó

el jeneral,

aborrez-

can de ese modo? ¿Es por acaso algún crimen ante ciertas jentes, el sacrificar

su reposo

i

su salud en aras del bien público?

Los borran hasta —Ah! Exelentísimo hechos por un hombre de de memoria cuando yo tengo tantos ami—Pero, padre ¿cómo puede pelucones? gos entre Vuecencia que esta revuelta de obra de — señor!

odios políticos

los servicios

la

bien.

ser eso,

los

I ¿cree

cuartol es

loa


— pelucones? preguntó

mas candido

del

277

padre, mirando a su interlocutor con el aire

el

mundo.

—Así creen —Pues, a mí me

amigo mió.

todos,

lo

parece que todos se equivocan en creer que

habían de fraguar un motin que ningún resultado práctico podria dar, desde que se contaba con tan pocas fuerzas, mientras el Gobierno tenia dobles elementos, según lo han pro-

hombres

serios

bado

hechos. Puede

los

ser,

que algunos enemigos de la

agregó,

administración hayan entrado en la revuelta con fines verdadera-

mente políticos; pero a mi juicio, este movimiento presenta mas bien un carácter de venganza personal que lo hace mas odioso Porque, bien puede perdonarse a revoltosos que, imtodavía pulsados por el amor, mal o bien entendido de su 23atria, se echan en la guerra civil; pero jamas perdonaré yo, a los asesinos que, por satisfacer odios particulares, no dudan en derramar la sangre de mil inocentes que ningún mal les han hecho. El jesuíta pronunció estas palabras con cierta exaltación nunca vista en

Pinto

él.

lo

miró sorprendido,

— Permítame, padre, las palabras

que acabo de escuchar que

niego

en seguida

le dijo:

decirle que hallo cierta contradicción entre

pronunció ahora poco delante de

—No

i

me haya

las

i

el

discurso que su reverencia

señoras.

contradicho,

repuso

el

padre; pero

esta contradicción nace del ínteres que la preciosa vida de cia

me

inspira.

Verdad

to de esos reos;

pero

caridad cristiana,

i

lo hice,

no há mucho, abogué por el indulimpulsado por los sentimientos de

delante de esas santas señoras, cuyos sentimien-

como

tos tan nobles

es que,

Vuecen-

piadosos, no podía herir:

mas ahora queme

hallo a solas en presenciado Vuecencia, cuyit vida sé que está

ame-

nazada por el aleve puñal del asesino, no puedo dejar de inclinnrme al castigo de los culpables. I ya que no es posible haber a las manos a los verdaderos asesinos, creo, en conciencia, que el gobierno debe dar un ejemplo de virilidad para tener a raya las malas pasiones.

Ah!

señor, ¿cree

Vuecencia que sise deja

lioi

horrendo crimen, no tratarán de intentarlo mañana?

impune tan

I a la verdad^

que no concibo un crimen mas horrendo que el de trastornar den público por satisfacer una venganza miserable. Calló Hipocreitía,

de su asiento

i

cljeneral,

i

sin decir

dio algunos pasos hacía el

guida se volvió hacia

— Ruiz Tagle

el

es del

padre,

mismo

i

el or-

una palabra, se levantó medio de la sala. En se-

dando un suspiro

le dijo:

parecer de su paternidad; pero l\o-


~- 278

drignez cree que no conviene, políticamente liablando, la ejecución

de esos hombres

Ah! padre mió! no veo

las horas

de

salir

de

me

da,

este infiernol

—-Pues, yo

con

derecho que mi cariño hacia Vuecencia

el

aconsejaria que dejase el puesto,

le

servicios; pero

si el

país no necesitase de sus

en las circunstancias actuales

— he servido ya bastante! He hecho de mi salud de mi rep030 en de mi —Todo eso verdad, repuso eljesuita; en conciencia, no mas de un üd. ha cumplido su misión. l)uede — todo ¿para qué? prosiguió jeneral con voz dolorosa: ¡para por fruto ingratitud — Pero, quédele a Vuecencia de haber hecho padre. — Oh! en cuanto a aquí esa esclamó PinOlil

el sacrificio

vida! dijo el jeneral.

el últiaio tercio

i

es

se

i

patriota,

exijir

I

el

cojer

la

i

el odiol

la satisfacción

el

bien, dijo el

eso,

to,

poniéndose la

mano

prosiguió; pero jamas

siento

satisfacción!

sobre el corazón. Podrán quitarme la vida,

me

quitarán

dulcísimo placer de haber

el

cumplido con mis deberes de ciudadano. tanto ambicionan

i

me

retiraré al seno de

— En donde gozará Vuecencia de l)res

de bien, agregó

el i)adre.

la

Les dejaré

mi

el

mando que

familia.

estimación de todos los liom-

Pero antes de dejar

el

mando, acuér-

dese de que tiene que cumplir con un deber, que la justicia pide,

por mas que a su bondadoso corazón

le

parezca duro

i

cruel!

mano —Lo pensaremos, padre mió, jeneral apretando presentaba que despedirse. dé fuerzas a Vuecencia para — ¡Qué Dios de la

dijo el

el

jesuita le el

fa''er la

al

la justicia

satis-

vindicta pública, castigando a los asesinos

al i)íus! dijo el ])adre con voz sorda al salir

El jeneral

se dejó caer

fatigado sobre la

—Ah! esclamó, malditas

de la

i

sala.

silla.

contiendas civiles! ¿Cuándo dejarán de

despedazarse mutuamente los que pelearon en una tra

el

común enemigo df

ejemplarizando

la patria?

misma fila con-


CAPITULO XLVI

EN LA PLAZA DEL BASURAL.

«Aparta, aparta, muclieduniLre imbécil Ketírate de este antro tenebroso; La sangre del patíbulo afrentoso

Te manclia a

I

también!

Sofocad, por piedad, esos clamores, Que en lo mas hondo, el corazón laceran; Ño hagáis desesperar a los que esperan. Los que piden el bien!» (L.

Rodríguez Yelasco.)

Las sucesivas trasformaciones porque ha ido pasando la ciudad de Santiago, ocasionadas por ese trabajador incansable que Uamau tiempo, i que ayudado del arte moderno, va quitando a nuestra capital su])rimitivo sello de modesta sencillez, nos obligan a rogar al complaciente lector que se traslade con la imajinacion a aquellos tiempos en que tuvieron lugar las escenas que vamos relatando. I

como para com])letar

indispensable

la

la narración

de

descripción de las

los hechos, es

localidades

muchaí^ veces

en que tuvieron

lugar, a fin de grabarlos indeleblemente en la mem(.)ria, ]>ara que el

entendimiento, ayudado de la imajinacion, ccinprenda ha^ta en


2S0

Sus menores detalles las acciones Immanas; rogamos al lector que,

haga un esfuerzo de imajinacion donde pasaron las escenas que vamos a preEste teatro no es otro que el espacio limita-

al trasladarse a aquellos tiempos,

para que vea

el teatro

sentar ante sus ojos.

do

Tajamar liácia el norte, i por las calles de la Nevería, San Pablo i el Puente a los otros vientos. En consecuencia, le pedimos que borre, como se borran las líneas de una pizarra, todas las casas, almacenes, tiendas i tendales que })or el

rodean

el

espacio antedicho; que arranque de raiz

el

monumental

Mercado Central; que olvide por completo la antigua plaza de Abasti3; i una vez limpio aquel gran cuadrilátero, rodéelo por las tres calles ya nombradas, de casas bajas, de amenazantes aleros, coronadas de agudos frontones, de cobachas a medio tejar, de bodegones de arpa i guitarra, i de chiribitiles de poncho i cuchiedificio del

entre casa

Interijole

llo.

casa algunos corrales,

i

caballerizas

i

]3osadas de carretas; coloque hacia el costado poniente algunos gru-

pos de ranchos,

i

cierre

una parte del costado norte con una

hilera

de ramadas, que cuando no estaban convertidas en bulliciosas chinganas, eran las barberías donde las j entes

del pueblo encon-

traban, no solo quien las afeitase, sino quien les vendiese el j)icantc

charqidcan

la

i

sabrosa empanada. Hecho esto, disemine por

todo aquel espiado, grandes

i

pequeños montones de basura

cuales hablan dado a aquel sitio el

(los

nombre de «Basural»); coloque

en uno de esos montones, un (pedimos perdón) perro o gato muerto; (o

mas el

mas

si

al

benigno lector

a la verdad)

i

le

place;

por último, plante en

que con el

ello se acercará

centro de aquel espacio

poste tradicional que por tanto tiempo adornó nuestras plazas

públicas con

el

hombre

de. Bollo.

Aiiora, para dar animación a aquel lugar, figúrese el lector

un

grupo de hombres jugando a los naipes sobre un poncho tendido en el suelo; varios ociosos matando el tiem})0 sentados al sol, aquí, allá mas allá; muchachos jugando a las chapitas o al volantín; cuadrillas de peyrps q^ue se solazan; asnos que se pasean gravemente, o apuran -eLpaso aguijoneados por una o dos docenas de chiquillos traviesos; mujeres desgreñadas que barren sus cuartos i el frente de sus puertas, llenando el aire de nubes de ceniciento polvo; otras que llevan sobre sus cabezas canastos de ])asura para i

arrojarlos sobre los montones; (•abe)

recojiendo trapos viejos

basura.

i

otras i

mas pobres desgreñadas i"

domas desperdicios de

entre

(si

la


.

La plaza

281

del Basural era, pues, concurrida por toda clase de

jeute; pero desde cierta liora de lanocliepara adelante, no pasaban

por

las j entes alentadas, o los

ella sino

que deseaban asentar su la hacia temible,

reputación de valientes. Otra circunstancia que

renombrado por el abrigo que presentaba contra la policía a la jente de la cascara amarga^ i en donde solia irse a dirimir mil cuestiones a fuerza de puños o a punta de cuchillo, i hasta ^ punta de piedra. En frente de esta célebre plaza estaba el conocido bodegón del no menos conocido Juan Diablo; i bien se echa de ver si, ocupando era su vecindad al Ojo Seco del Puente de cal

i

canto, sitio

aquel privilejiado lugar, dejarian de verificarse todos los dias acontecimientos

mas

menos

o

miento. Once dias

después de la revolución de los Inválidos,

decir, el dia diezisiete

nombrado tan

ya mencionado estableci-

siniestros en el

de junio ^ot la mañana, hallábase

lleno de jente, que

Juan

i

el

es

bodegón

su primer ministro, el

manos para dar de beber a tanto parroquiano. aguardiente como el agua por los arcaduces de una noria;

Vizco, no tenian

Corría el i

las

dia,

cubas parecian liaber sido abundantemente prosistas para ese

pues la enerjía de los chorros indicaba cuan lejos estaban de

agotarse, a pesar de que ya

de los numerosos

Juan Diablo, do

i

el

i

empezaban a caer por

suelo

el

muchos

sedientos consumidores. Solo era de notar, que

no menos diablo, Vizco, tan

pago de

lo concerniente al

ríjidos

i

severos en to-

mostraban ese dia por cobraban sino a uno que otro

las bebidas, se

demás complacientes i jenerosos. No de los bebedores: la mayor parte bebia como si tuviere cuenta abier* ta en el bodegón; i Juan Diablo se reía como si* aquella vez estuviera haciendo el mejor negocio de su vida.

Entre

los

bebedores estaba Miguel Turra, que parecía capita-

near a diez o doce de los concurrentes, según era dad con que les hablaba.

el aire

de autori-

— Oiga, ño Diablo, Miguel. ¿Sabe Ud para qué están armando aquel banco junto — No quiero respondió Juan, guiñando como supiera mui bien que Turra preguntaba. — Pues yo quiero repuso aun me ha puesto en cabeza que para a —Eso duda, interruiupió uno de que había asomadijo

al Taji^raar?

sé, ni

saberlo,

el ojo

lo

si

saberlo,

la

es

fusilar

éste,

los reos.

es, sin

do a

la puerta,

se

i

los

i)orque allí veo a

se

don Pedro Catana con dos

sol-

dados.

Don Pedro Catana

era

uu sobrenombre con que

el

pueblo dis36


— 282 — verdugo de Santiago. Otros

tiugiiia al

pues su

tigo,

oíieio principal consistía

llamaban don Pedro Lá-

lo

en azotar ladrones atados al

Molla o sobre la escalera.

—Yo que

me meto

estoi tan

—¿I no

no

es

en

bodegonero, mayormente ahora

eso, dijo el

ocupado en espender mi aguardiente.

bueno

confidencial.

negocio que

el

¿No

lia liecbo?

preguntóle Turra en to-

es verdad que don Motiloni es caballero que

|)aga bien?

Juan Diablo no

contestó,

i

siguió

pasaiido vasos llenos

i

reci-

biendo los vacios. Mientras

t-anto, la

condiciones.

i

mar

En

plaza se iba llenando déjente de todas clases

cada puerta liabia un grupo de curiosos;

se divisaba coronado de niñas

una de

mas agradables

ver

allí

te-

iban

in^j^j

meados por una cruel

i

las

caballeros,

i

escenas,

i

como

si

el Taja-

se esperase

todos los concurren-

venian tratando de ganar los mejores puntos de vista, i

vergonzosa curiosidad.

El dia presentaba un aspecto

triste

rrones encapotaban la atmósfera;

i

i

Gruesos nuba-

aterrador.

no parecía sino que

la

tempes-

tad que se desarrollara en los aires, Imbiera tocado eléctricamente al

alma de aquella multitud. Solamente

se oia ese ruido sordo oca-

gi

«rado por el anhelo

el tétrico

naba en

la

los silbidos

i

la impaciencia;

i

silencio

que

rei-

mayor parte de los grupos, solo era interrumpido por de los muchachos i por las espresiones que se cruza-

ban, iguales o parecidas a las siguientes:

—-¿A qué hora

llegarán?

A qué ven—Jesús! yo no tengo valor para ver nunca a un —Yo he venido porque no he que van a — no sabemos cuántos son madre! — Dicen que son cinco condenados por consejo de guerra. — Pero ¿no habian indultado a de ladrones a Se indulta a — ;Qué habian de pero no a porque me han dicho que por vente a poner — Mira, estas

cosas!

dría yo!

fusilar

visto

I

el

los

tres

los

ajusticiar, co-

lo

al fin

cristiano.

indultar!

ellos?

los

i

los

los reos políticos.

asesinos,

niña,

aquí,

aquí han de pasar. Pobrecitos! Cómo vendrán de asustados! Tengo unas ganas de verlos que... vaya, no está en mí.,. Pobrecitos! Se me parte el CO" -

-

razón!


— 283 — - Quién

Desde

estuviera en aquella ventana!

-;

allí

que se verá

bien.

—Pues

a

mí me

gusta, compadre, que el Gobierno se

firme, porque de otro

—Sin

modo no acaban nunca

mantenga

estas revueltas.

embargo, yo creo que estos pobres diablos no merecen

la

muerte.

—¿Qué — Que —Ya!

-

Ud?

dice

los verdaderos culpables

ya!

ellos.

Pero esos culpables verdaderos están a muclia altura

para que un gobierno débil se

—I ¿es justo de

no son

¿No

les atreva.

castigar a los soldados

i

dejar

es así?

impune

la rebelión

los jefes?

—No

es

mui

justo, lo confieso; pero ¿qué quiere

se sacrifica siempre a los

débiles;

i

Ud? en

política

en las circunstancias actuales,

es preciso ejemplarizar al pueblo.

— Imbécil!

murmuró un

caballero

embozado en su capa hasta

¡Buena manera de e=jomplarizar al pueblo es esta de hacerlo gozar con espectáculos inhumanos! A ese tiempo el grupo que obstruia la puerta del bodegón de Juan Diablo se abrió para dar paso a un hombre, que por el tono de predicador con que hablaba, se echaba de ver quién era. El tio los

ojos.

lineo,

según

él lo

devoradora. Al

aseguraba, venia en rWJia salud] pero con una sed llegar a

modo a los bebedores ¿Cómo os atrevéis

la.

puerta del bodegón,

a beber

i

interpeló de este

a regocijaros en este di a en que ese

gobierno de herejes va a matar a cinco de nuestros hermanos? Pá-

seme un vasito de aguardiente, don Diablo, porque tengo la lengua seca i no he remojado la palabra en toda la mañana. Conque ¿es verdad, tio Ruco, que van a balear a los cinco? preguntó una mujer.

— —Ya

os digo, prosigui(') el viejo después de haber

apurado su vaya os digo que los tiempos se acercan!... El Gobierno quiere meter miedo al })ueblo con estas ejecuciones, i por eso inventó esa so,

revolución que toda eUa es pura mentira

i

engañifa para tener un

pretesto con que asesinar a cinco veteranos que han derramado su

sangre por la patria... Mira, Vizquito; oye, hijo

mió!

Dame

otro

que sea de la cuba chica, porque este que me ha dado don Diablo, no es aguardiente sino agua chira... I vosotros, miserables!

vasito

i

})rosiguiódirijiéndñí5e a tres o cuatrc^b(n'racllos

en

el suelo.

que vacian tendidos

¿Qué hacéis ahí tendidos como animales, mientra?


284

vuestros compatriotas son perseguidos, encarcelados i muertos a balazos por este gobierno de estranjeros i herejes? ¿No liabeis oido

que

los

tiempos se acercan?

—Tiene razón Ruco, Turra: jeneral Prieto ca ya veremos son capaces de hacerle —Miguel! desde medio grupo, un hombre de aspecto —¿Qué Barragan? preguntó Miguel. — Que me ha ocurrido una — Será alguna bellacada — Que montemos en nuestros esperemos a en esquina. —Ah! ya entiendo, interrumpió Turra echándose poncho hombro. ¿Cuántos somos? — Dieziocho; pero aquí encontraremos mas que nos ayuden el tio

si

i

dijo

se acer-

el

ios pipiólos

gritó

frente.

del

el

feroz.

se te ofrece,

se

cosa.

¿cuál es?

caballos

los reos

i

la

te

el

al

otros

i

espaldeen. Los esperamos en la esquina con las catanas desenvai-

nadas bajo

el

poncho,

i

en cuanto los tengamos a

sobre los soldados... Cada uno

mata

al

tiro,

Es

suyo

nos echamos

cuestión de tres

minutos.

— Me gusta sorpresa Miguel. Cuando vuelvan de que queden ya estaremos ¡Me gusta! pues — ademas, no atreverán a hacer fuego sobre escaparemos por entre toda — Pues, manos a esclamaron algunos, entusiasmados con bebida. verá gobierno que hai a quien — Oh! esclamó Juan Diablo: tengan modo hablen mejor del la

la idea, dijo

los

vivos,

I

lejos.

nosotros,

se

la jente.

la obra!

¡Así

la

este

le

duela!

i

Gobierno; to,

i

el

salga a la

que quisiera decir algo contra el señor Jeneral Pinplaza i hable hasta mañana, porque yo soi hombre

no quiero que mi bodegón se desacredite. Es verdad, agregó tio Puco bebiendo el duodécimo vaso. Dejad de pensar en lo que habéis dicho i afilad vuestras catanas para cuando lleguen los tiempos. Mientras tanto, salid a la plaza i dede paz

i

cidles a cuantos

encontréis

¡que los

mas que un

revolución no ha sido

tiempos se acercan!

i

que la

pretesto del Gobierno para

man-

dar asesinar a nuestros hermanos.

En

esto

se

acompañado de

dejó

sentir

gritos

i

en la plaza un movimiento jeneral

silbidos de

muchachos, que desde

los teja-

dos de las casas decian:

—Ya vienen! ya vienen! -

— Gracias a Dios que

al fin llegaron!

esclamó una mujer empi-


;íso

nándose para ver mejor. Estaba ya causada de esperar, i he dejado mi casita sola con mis tres chiquillos, Turra i sus compañeros salieron del bodegón i se metieron por entre de la multitud que se ajitaba como las olas del mar. Bien pronto se vio aparecer por la calle de la Nevería un piquete de ca-

marchaba abriendo paso hacia

ballería que

Seguian después

los reos, entre dos filas

el

Tajamar.

de soldados,

cerraba

i

Cada reo iba acompañado de un sacerdote que lo exhortaba a morir como cristiano. Los reos eran cinco, i todos marchaban con los ojos hacia el suelo, pero con paso firme. la

marcha

A la

otro piquete.

cabeza iba

el sarjento

de Inválidos, Victoriano Espinoza, con

padre Hipocreitía al lado izquierdo, el cual, dándole a besar un crucifijo que llevaba en la mano, le decia:

el

—Despojaos,

perdonad a todos vuestros enemigos, en nombre de este Dios de paz, para que El os perdone vuestras culpas. Bendecid la sentencia que os envia al cadalso, i hijo mió, de todo rencor;

haced intención de besar la mano de los jueces mismos que la han firmado en nombre de un Dios justiciero... Es decir, interrumpió el sarjento, mirando fijamente al padre,

que están arriba, es un Dios justiciero que manda firmar sentencias de muerte, mientras que el Dios de los que estamos debajo, es un Dios de paz que manda perdonar el es decir, que el Dios de los

hacen?... Vaya,

mal que nos

padre, le ruego que no

me

hable de

no puedo entender porque se me va la cabeza. Lo que yo veo bien claro es, que si la hubiéramos acertado, nosotros seriamos los que hubiéramos firmado sentencias de muerte, i a ellos estas cosas que

les

hubiera tocado marchar al banco; pero nos hemos equivocado;

i

ya que es preciso morir, déjeme morir como un valiente. Diciendo esto, indiferencia; lo, lo

miró

i

i

el sarjento

prosiguió la

viendo que un individuo

marcha con

le

aire

hacia señas con

de estoica

un pañue-

lanzó un grito de dolor.

—Adiós,

hermano mió! esclamó, con los ojos fijos en el hombro del pañuelo. Adiós! Abraza a nuestra madre en mi nombre i dile que voi a morir pensando en olla! Vamos andando! prosiguió en seguida, apurando el paso con cierto movimiento nervioso. El padre Hipocreitía no se atrevió a dirijirle de nuevo la palabra, i

siguió al lado de su penitente, con la vista fija en el suelo.


CAPITULO XLVIII.

LA EJECUCIÓN.

pono en duda el derecho de la sociedad para castigav los delitos. Pero ^;el derecho de castigar supone el de matar?» c(]Sra(lie

(íNo matarás,

dice el precepto raoconfirmado por la lei. Matad, dice la ciencia de algunos publicistas, para i)roducir el buen ejemplo.» ral

J.

Llegado

que mandaba la

troj^a

ordenó que se despejara

el fren-

Tajamar, cuyo anden estaba lleno de curiosos. Retiráronse

éstos hacia cia,

abolición

convoi al punto en donde debia tener lugar la ejecu-

el

ción, el oficial te del

M. Balmaceda Moción sobre la de la ¡Hna de rnuerte 1871.

uno

i

otro lado,

i

solo

quedaron algunos a cierta distan-

entre los cuales se hallaba el Vizco, cuya malignidad parecia

buscar un objeto en que cebarse.

Un

silbido particular

que oyó

cerca de las ramadas, lo hizo correr hacia aquel punto abriéndose

paso como una serpiente por entre los curiosos. bre

el anden

i

buscó con la vista

al

que

lo

En seguida

habia llamado.

los ojos estaban fijos sobre los reos, a quienes

vendaban

aquel momentOj nadie ponia su atención en

Vizco,

el

saltó so-

Como

todos

la vista

el cual,

en

echado


287

sobre uno de los estribos del Tajamar, escuchaba con atención lo que le

decían tres o cuatro hombres de a caballo, colocados en

el callejón

Tajamar i las ramadas. Estos hombres eran Miguel Turra, Manuel Barragan i dos o tres de sus compañeros. Barragan tenia debajo del poncho un lazo, que ojaló por su estremo al fuerte pelmal de su moutura, dando el otro estremo al Vizco. El maligno muchacho saltó con lijereza sobre el pavimento de la calle, i pegándose a las quinchas de las ramadas, se fué arrastrando como un gato hasta colocarse a dos o tres pasos de distancia de un liombre que miraba con gran interés los preparativos de la ejecución, formado por

el

por entre los agujeros de mía quincha.

En

seguida,,

dejando los

líl-

timos rollos del lazo debajo de las ramas secas de la quincha, se acercó al liombre, el cual estaba tan preocupado, que no sintió al

muchacho

sino cuando éste tocó sus piernas.

—¿Qué haces

Pedro Catana (pues aquel hombre no era otro que el verdugo, ocupado allí en aprender a maltratar i exterminar hombres) aquí, basilisco? preguntó

—Ah! ño Pedrito, por Dios! esclamó dose cuanto

mas pudo

el

Vizco llorando

i

atracán-

hombre: ;tengo_mucho miedo ño Pe-

al

drito!

— Miedo, Pedro, cuando capaz de jugársela mismo — ño Pedrito, tengo mucho miedo, Vizco, haciendo como que lloraba abrazándose de piernas del verdugo. — Déjate de asómate por entre ramas tú? dijo

eres

al

diablo?

repitió el

Sí,

las

i

lloriqueos^

dijo éste,

las

i

de la quincha, para qu^ aprendas a portarte bien cuando te veas en este caso.

—¿Qué

Ud?

dice

— Que tarde o temprano has de venir a parar en banco... Ya has probado mis manos una ¿Te acuerdas? — me acuerdo, respondió Vizco, separándose de Pedro para el

vez...

Si

tomar

el

punta del

la

lazo.

dose de nuevo sobre

doque

Si

me

el suelo.

acuerdo, ño Pedrito, repitió, ecluin-

Ah! para qué

iria

yo a venir, sabien-

tan miedoso!

soi

—'Asómoie,

asómate, cojudo, decía Pedro entusiasmado con el espectáculo. Mira ya están sentados en el banco. Los sacerdotes '

.

. .

,

les están i

dando

el oficial

En

ese

tin grito

los

últimos consejos... Ahora se separan los jiadres,

manda a los diez tiradores que apunten... ¡¡Fuego!! momento se oyó la detonación de los fusiles, seguida de

lanzado por la multitud.


El Vizco,

al oír

que ya

se acercaba el

momento

oportuno^ se ha-

bía abrazado de las piernas de su compañero, gritando: cc-Tengo mie-

do»

;

i

enlazándolo de ambos pies, con increíble prontitud,

liizo

a

Manuel Barragan la seña convenida. El bandido echó a correr como un rayo, Tajamar abajo, arrastrando al verdugo, quién lanzó un grito espantoso al sentirse arrebatar como por encanta. El mucliacho saltó al instante sobre el Tajamar, i de allí sobre la grupa de uno de los

compañeros de Barragan,

era

un cadáver,

desojaló el lazo

la vía de la Cañadilla. oficial,

ya

ios

cuando creyó que su víctima echó a correr con sus amigos por

el cual,

Cuando

i

la noticia del suces^o lleo'ó a oidos del

bandidos se habían perdido de vista;

como nadie

i

se

daba cuenta exacta del hecho, cada cual lo contaba a su manera, no faltando quien dijera que el diablo en persona había venido a buscar al verdugo. El cadáver de éste, fué encontrado hecho pedazos sobre la rampa sur del puente. El oficial envió a buscarlo con sus soldados j^ara juntarlo con los de los ajusticiados. Mientras tanto, se hacia mil

i

mil comentarios en la plaza sobre aquel desacato co-

misma. Por entre los grupos se paseaba el caballero embozado de que ya lector ha oído hablar. No hablaba una palabra i solo escuchaba

metido a vista de el

la justicia

las encontradas opiniones de la multitud.

—¿Habráse atrevimiento mayor? esclamaban unos con en presencia de autoridad misma! agregaban — buscar a bandidos, — Oh! —¿Para qué? preguntó de su alevoso crimen. — Para —Ah! Esos hombres derramando sangre humana, no han hecho ejemplo que autoridad presenta. mas que seguir —¿Qué quiere Una sociedad que prohibe matar, no debe matar. — Lo que compadre! esclamó a media voz un caba—Palabras de gordo, haciendo unjesto de marcado son palabras de respondió de capa —

exal-

visto

tación.

¡I

esto

la

es preciso

otros.

esos

el

i

encontrarlos...

la capa.

castigar

la

el

les

IJd. decir?

digo.

pipiólo,

desprecio.

llero

pipiólo, le

Si estas

mirando de

frente, es evidente

que

el

los pipiólos

la

saben decir la ver-

dad.

—Pero,

señor, por el

amor de

Dios,

dando un resoplido de importancia: ¿no una muerte, debe una vida?

'

^Así

ef=^,

respondió el otro^

replicó es

el

hombre gordo

verdad que

el

que

liace


— — Por

coasigaietite, el asesino

que

la única

él tiene

'GTraciosa

cer al

289

deudor

debe pagar

la

vida que quita con

.

manera de hacer pagar una deuda sin enriquecer al acreedor.

es esa de

empobre-

¿Acaso porque se ahorca

al asesino, resucita la víctima? I la sociedad,

¿qué otra cosa gana,

deshaciéndose del matador, sino es tener dos hombres de menos eu lugar de mío? Nó, señores, desengañémonos: una vida no

paga haciendo una muerte; un crimen particular no se lava por medio de un crimen social. Yo convengo con Uds. en que el asesino es un deudor: cometiendo una mala acción, ha contraído una deuda que se

debe pagar...

— ¿cómo quita —Eso no I

la

es

pagará

mas que

BU deuda, interrumpió

no

es

con la vida? Por eso

la lei

se la

imposibilitar al malhechor para que

pague

si

de la capa. Es como meter en la cárcel al

el

deudor de una suma cualquiera. Si se

le

quita la libertad, no podrá

pagar a su acreedor ni los intereses. Entonces es precisamente cuando '

mas

manos libres para trabajar,pues solo así podrá cancelar su deuda. Lo mismo sucede con el que ha cometido una mala necesita tener sus

pagan sino por medio de acciones criminal necesita vivir. Por consiguiente,

acción: esta clase de deudas no se

buenas, para la sociedad sibilita al

que

le

quita la vida, lejos de cancelar el crédito, impo-

deudor para j)agarlo.

— Teorías! pero yo

lo cual el

me

puras teoríasl volvió a replicar

atengo a la práctica;

i

caballero

el

la esperiencia

gordo:

nos enseña que

dejando a los criminales con vida, lejos de cancelar sus créditos pendientes, los acrecientan con nuevos crímenes.

—Eso sucede cuando sociedad no cumple con su deber, debe responder ante Dios — qué culpa tiene sociedad de crímenes cometidos la

i

ella

de...

la

1¿

los

por

Pedro, Juan o Diego?

— La misma culpa que cuando Pedro, Juan

o

Diego

de lepra u otro achaque epidémico cualquiera. ¿No

le

se

enferman

parece a Ud.

que mía sociedad indolente, que no hiciese por curar a los enfermos i por que los sanos no se contaminasen, seria responsable de los daños causados

—Eso

i)or la

epidemia?

es evidente, respondió el viejo

de barba blanca, (que

si

no

era cabihlante, aspiraba a parecerlo, según lo indicaba, su grueso

bastón adornado de un par de borlas) Eso es evidente, señores mic>s; i si noj digalo el año de 8, cuando todo el i bistre Cabildo de Saniia-

07


290

ñu de conjurar aquella maldita suburbios amenazaba invadir el centro de la

go, se reunió con el

sarna, que desde

los

capital.

bien

me acuerdo

yo,

Aunque

que algunos señores cabildantes fueron de pare-

un

cer de que no debia gastarse

cuartillo partido por la mitad,

en

la curación

de los sarnosos, alegando que la caja estaba exhausta

de dinero;

i

basta llegó uno de ellos a decir en

sión:

cada cual debia rascarse con sus toñas \y> palabras que se

(íqice

lian convertido en proverbio, cual sucede

el calor

de la discu-

muchas veces con multi-

tud de espresiones, que a pesar de ser contrarias a toda razón, suelen tener la suerte de convertirse en evanjelio pequeño, según son

donde caen. Pero nosotros los combatimos a brazo partido i les probamos, como tres i dos son cinco, que no era bien que cada cual se rascara con sus uñas, mayormente cuando la parte

las jentes en

noble de la ciudad, estaba espuesta a tener que rascarse sin quererDijímosles

lo.

(me acuerdo como

si

uñas para arrancarle a

ilustre Cabildo tenia

como el vecinos una parte

fuera ahora) que así los

del fruto de sus sudores, también debia tenerlas para rascarlos i curarlos de la comezón. En fin, tanto le hablamos, que consegui-

mos

una especie de lazareto para atendió un médico pagado por la ciudad. se hiciese

— Muí bien hecho,

dijo el de la capa;

i

los

enfermos,

i

allí los

aquí era donde yo quería

venir a parar. El crimen es una enfermedad social, una epidemia

moral que a

los

la sociedad tiene el

i

enseñándolos a ser hombres de bien,

la sociedad

i

Al

i

su

entendi-

amigos del trabajo. Si

no obra de este modo, será mas o menos responsable de

los crímenes

cen

sino curándolos; es decir, ilustrando

enfermos,

miento

deber de combatir, no exterminando

que

se cometa, así

como

lo es

de las epidemias que na-

se desarrollan a causa de la indolencia pública,

hombre gordo se encaró con el que hablaba; i brazos enjarra, con un pié alelante i el otro atrás, la

llegar aquí, el

poniendo

los

gruesa barriga adelantada hacia su interlocutor, el pecho cuajado de valonillas, la cabeza erguida i el sombrero casi sobre la nuca, le pregunto:

—¿Quiere que diga una cosa? —¿Qué cosa? — Que no he comprendido una palabra de toda esa algarabía. le

— No es extraño, respondió

'

Mientras tanto,

el

el otro

con la mayor calma.

señor barrigón decia a media voz al que tenia

a BU derecha:

— iCosas del tribunol

'

No he

visto

una cabeza mas deschavetada

-


— que

la

201

de este don Mavtiu. Mentirla,

si

dijera que he (Mitendido

una

jota de todo lo que ha dicho. I lanzó

una estrepitosa carcajada. En seguida, volvió a

la

carga

diciendo:

—Parece, señor don Martin, que üd. del derecho que tiene,

quiero decir, del

quisiera privar al Gobierno

deber de castigar al

cri-

men.

—No pretendo — entonces ¿por qué habla como echándole en cara a tal cosa.

I

dad estas ejecuciones que han de

servir de

la autori-

escarmiento a los mal-

vados?

—Escarmiento! esclamó don Fijaos en los semblantes de esas

Martin con acento de sarcasnu>.

la vista del sangriento espectáculo,

carmentar a

las

que han venido a gozar con decidme si esto, antes que es-

j entes i

masas, no es despertar en ellas los feroces instintos!

¡No es derramando

la

sangre

humana como

se

enseña a respetar la

vida del hombre! Escarmiento! Mirad, prosiguió, mostrando con el

dedo

el

cadáver del verdugo, que cuatro soldados traían

hombros. ;Hé ahí

los efectos

de ese escarmiento!

sobre sus


CAPITULO XLIX.

DON MELITON PRINCIPIA A HACER FORTUNA

«Uno

plántalas higueras, come las brevas.»

I otro se

(Refrán popular.) Cada dia se aleg^raba mas don Marcelino de habia tomado de clavar las ventanas de su casa rrada su puerta de

calle,

mansedumbre

i

observaba en

su mujer

mas

resolución que

la i

de mantener ce-

pues a esto atribuía principalmente la

docilidad que desde los líltimos sucesos domésticos i

su hija.

tranquilidad de ánimo,

En

cuanto a éstas, aparentaban

(que estaban bien lejos de sentir)

por su parte se engañaban también, tomando por buen lado el cambio de don Marcelino, desde que creyó poder vencer la resistencia

de su

hija.

Doña

Estrella

visitaba diariamente a sus amigas, quienes obte-

nían así noticias sobre

vantado de

la

cama

i

la

vivir contento

princi})io

tuvo

celoso

el })lacer

liora

Ya

el joven se

habia

le-

estaba casi completamente restablecido; pero

no podia

Compañía a la

salud de Anselmo.

estándole prohilñdo

el

ver

asu amada. Al

de verla dos o tres veces en la iglesia de la el

I

determinó He*

"

de misa; pero habiendo notado su ]u*esencia

don Marceliuoj que no

se sepai'uba

de su

hijaj

A


— 293 — Anselmo no tuvo mas que contentarse con las noticias que le traia doña Estrella, de la cual se hizo tan amigo como un amante puede serlo varia en lo sucesivo a otra iglesia. Entonces, el pobre

del confidente de sus amores.

En

cuanto a nuestro buen amigo, don Meliton Sandoval etc. seguia estrechando sus relaciones con don Marcelino i don Cándido, a quienes liabia hecho varias visitas. Posteriormente habia sido pre-

miraban de diverso modo. Dorriga, Franco i otros, lo trataban con gran consideración, atendiendo a su calidad de español noble. Don Cándido sentado por

el

padre Hipocreitía a otros amigos, quienes

lo

no cesaba de proclamar su sabiduría, en razón a los profundos conocimientos que don Meliton poseia de la lengua latina. Aldeano i otros lo despreciaban,

i

Portales parecia mirarlo con notable pre-

dilección; pero todo era porque el señor Sandoval le proporcionaba

un

objeto de quien burlarse.

cuenta,

como

dicen;

i

lo conoció, lo

tomó por su

no cesaba de preguntarle por sus dignidades,

antiguas riquezas

apellidos,

Desde que

i

el

valimiento de que gozaba en

España,

Don Meliton no

era

un tonto de

de Portales; pero las

las pullas

manera tan fina, que habria sido por un capricho de la suerte o de

capirote

mas

para que no conociera

una peor darse por ofendido. Ademas, veces, éstas las dirijia de

la desgracia,

habia acontecido que

desde que don Meliton vio a Lucinda, se enamoró perdidamente de ella,

i

esto liabia trasformado su carácter altanero en suave e insi-

nuante.

De taciturno

i

severo, se hizo vivaracho, fácil

i

flexible

como

un niño. Lucinda le habia hecho amar esta nueva sociedad colonial que habia principiado por despreciar. Aunque comprendia la nulidad de don Cándido, ¿cómo no apreciar al padrino de la linda niña? Por

mas que

digustaba la grosería de don Marcelino, se empeñó en

le

hacerle la corte; i

cortés de la

mación

i

el

cuatro veces

i

como estaba acostumbrado

al lenguaje insinuante

sociedad madrileña, no tardó en ca])tarse toda

la esti-

cariño de su futuro suegro, en cuya casa comia tres o i)Oi'

semana. Los obsequios de doña Trinidad

i

la

ama-

Por último, el deber defórmales historiadores nos obliga a decir, que no es i)osible afirmar si el amor a Lucinda, o la esperanza de cambiar su estado rentístico, era lo que mas habia influido para mejorar la manera bilidad de Luíúnda, tenian engañdos a los dos viejos.

de ser del candidato a yerno.

Ya don

Marcelino habia impuesto a su rsjxisa de sus proyectos,

diciéndole rjuc (h>bin

niiíai-

al

iioblí»

don iMeliton como

el futur(>


294

La pobre señora, conociendo que toda observano bizo mas que callar i abogar sus suspiros. Sin embargo, se atrevió a bacer presente a su marido que seria una im-

esposo de Lucinda. ción seria inútil,

prudencia querer que bi niña olvidase de un dia para otro su anti-

guo amor,

i

que

lo

mas puesto en

razón, seria esperar

un poco de

tiempo a fin de que se fuese poco a poco acostumbrando a del nuevo esposo.

—Está

bien,

contestó el terco don Marcelino: pero adviértele

a esa mucbacba, que yo no Meliton

mo,

me ba

es preciso

bi idea

estoi

para aguardar mucbo,

becbado sus indirectas sobre que se convenza de que

i

que ya don

el particular.

Por

últi-

persiste en su capricbo, la

si

desberedo de redondo.

Lo que doña Trinidad

queria, era solo

es-

que entonces se bailaba en San

crito a su primo, el Jeneral Freiré, FelT[>e,

ganar tiempo. Habia

esperaba que éste vendría a sacarla de tan embarazosa

i

Ni aun podia pedir consejo al padre Alvarez, porque bacía mucbos dias que éste no se bailaba en el convento. Nadie daba noticias de su paradero; i solo uno que otro fraile sabia que el q)adre provincial, después de una disputa acalorada con el ¡jadre. Hiposituación.

creitía, liabia

ordenado

la traslación del

reverendo Alvarez al con-

vento de la Recoleta Francisca.

Algunos dias después,

el

padre Hipocreitía decia a don Mar-

celino;

— El pobre

don Meliton está loco de amor por Lucinda: no

babla sino de la linda i virtuosa niña, la a

i

me

tiene el proyecto de llevárse-

España para bacerla condesa.

— Obi contestó caso, iria

don Marcelino, paseándose por su cuarto: en ese

yo también

i

es claro que......

— Haria —Es

Ud. bien. claro que si mi bija puede ser condesa, yo podría llegar a ¿Qué título me correspondería a mí, como padre de la

ser

mucbacba? El de suegro del señor conde, contestó sonriendo eljesuita. Pero

en cuanto a

títulos,

prosiguió,

no es

difícil obtenerlos,

babiendo

con qué. Lo que por abora importa es realizar la unión.

—Ya be bablado sobre a Trinidad. — ¿qué ba contestado señora? — Parece que resigna; pero muchacha todavía. —Al esto

la

la

I

se

fin lo dará.

la

no ha dado

el sí

.


— -Pues no

29o -.

ha de dar He prometido desheredarla,

lo

I

si

se

me

resiste.

— Oh! — Digo,

dijo el si

buen padre:

se encapricha.

—No obstante', hai

;diiro ¡

Ya

es eso

de desheredar a una Injal

lo verá!

medidas serias, cuando se trata de la felicidad de los hijos. ;Son mui sagrados los deberes que impone el porvenir de la familia, mi don casos en que la])rudencia aconseja tomar

Marcelino!

—¿Qué quiere — Digo, que con

decir, su paternidad? el fin

de obligar a la niña, podria Ud. hacer una

donación a su futuro yerno.

ñora

i

a su hija,

De

manera haria üd. vera lase-

esta

cuan dispuesto estaba Ud. a dejar de heredero a

don Meliton. Ahí mi padre, eso seria para que me criticaran las jentes! Por otra parte, agregó el jesuita, sin atenderá la observación de don Marcelino; Ud. sabe que don Meliton carece ahora de recursos; i mientras le vienen los que ha pedido a España, bueno es que cuente con algo Lucinda no podrá quererlo, viéndolo pobre Yo conozco a las mujeres. Otra cosa será cuando lo vea en su casa propia. A propósito ¿no tiene Ud. una casita en la calle de Santo

— —

Domingo? ahora no está arrendada — .Su paternidad bien: puedo prestársela a don Meliton. —Tiene Ud. razón, contestó padre: Ud. podria donársela. — Digo, — Mejor una donación de por Es una especie de présSí;

dice

i

el

prestársela.

seria

vida.

mismo puede Ud. liacer con la chacrita de Colina, que produce Don Meliton es loco por la agricultura, des-

tamo. Esto

nada

le

i

pués de su muerte recibiria Ud.

la

chacra convertida en un

¡)a-

raiso.

Nada

contestó

don Marcelino. El padre prosiguió con voz me-

losa:

—Ademas, como

el

hombre ha de

ser su yerno ¿qué tiene de i)ar-

que reciba esas donas de parte de Ud? Vuelvo a repetirle que estas donaciones no podrían ser sino durante la vida del caballero. A Ud. no le hace falta alguna ni la chacra ni la casa; i puede ser que Lucinda mire con mejores ojos al buen caballero, una vez que lo vea regularmente establecido.

ticular

Don Marcelino, por única contestación, dijo al jesuita: — Lo veremos despacio. ])adre mió: ;otia cosa es con gnitai-ral


— — Ud. sabe No

nos

lia

muchos que

lo

que

liace,

padre pudo darle,

Marcelino para ceder a don se sabe

contestó éste.

sido posible averiguar

el

Lo único que

29(5

lo

si

solo fué

este consejo

que influyó en

ii

otros

ánimo de don

el

Meliton las propiedades antedichas.

de positivo

es,

que unos veinte dias después de

ya el señor de Sandoval vi^da en su casita de la calle de Santo Domingo, i decia enfáticamente «mi chacra de En mui poco tiempo, la casa i la chacra cambiaron Colina» de aspecto. ¿De dónde se sacó el dinero necesario para los trabajos? Nadie lo sabia, con escepcion del padre Hipocreitía i el avaro don la conversación anterior,

:

Policarpo Tragantilla,


CAPITULO

L.

LOS PROYECTOS DE DON MARCELINO,

t(

Había paz,

liabia prosperidad,

aque-

liabia libertad; pero todos llos lionibres

a quienes favoreíña

elprivilejio dc^struido: todos aque-

de la educación antigua; todos aquellos hombres que caen en la luilidad después que ha caído o\ orden que los engranllos lioinl)res

decía;

todos

los

ignorantes,

el

elemento español, que no puede resistir en su orgullo a la innovación de creencias, de formas de gobierno, de costuml)res liberales en la esfera, i)ública i privada, mordian el freno en el silencio de su rabia.» FiíANCiSí'O BíLBAO.

Pocos dias después,

i

{Sociahilidifd

ChiJena.)

a labora en que nuestros padres solian hacer

algunas visitas de confianza, es decir, antes deque quemase de la mañana, del heroico

o sesto

el

el sol

héroe don Cándido de la Rueda, golpeóla puerta

don Marcelino de

]^)jas,

a quien encontró en

el

quinto

mate de su desayuno.

— Siéntese, contestando — Mas vnle

al

comi)adre; a tiempo ha llegado, dijo don Marcelino

saludo de don Cándido. lleu-nrn ti(>m]UM|ne no ser convidnd(>,

r(S])ondio éste,

38


— sentándose

tomando

i

el

298

mate qne acababa de cebar don Marcelino.

— qué por acá tan temprano? —Vengo encargado por mi mujer para hacerle nn lo trae

1¿

be qne mañana es

de mi cnmpleaños^

el dia

i

Ud

convite.

Estelita

lia

sa-

querido que

Uds. nos acompañen a la mesa.

— Dios —No

compadre;

se le pague,

liai

pero que valga

Estelita

lia

Comeremos un

persona a mi comadre

mos de

2)ero

de venir a convidar en

2)avito,

nos acordare-

i

nuestros antiguos tiempos.

—Acepto, contestó don Marcelino; pero me permitirá Ud. a don Meliton. — Don Meliton va a su con contestó de Yo miro caballero como a uno de mis mejores amigos. qne me compadre. — Dios pague, por —Yo creo que en cuanto hombres Gobierno tomen pulso a don Meliton, habrán de ocuparlo en Ud. que don Meliton aceptaria? — — por qué no? ministro en España? —¿Un hombre que ha compadre! Eso vale mas. — Pues aquí —Ademas, repuso don Marcelino, sepa Ud. que tenemos intención de de —¿Para adonde? — Para España. — qué bueno, compadre? conde! respondió don Marcelino, a —A a recontoneándose en su de vaqueta. —Pero, compadre! esclamó don Cándido, entre -admirado

llevar

casa,

lidad.

el otro

cordia-

aire

al

toca,

lo

se lo

los

del

le

el

el ministerio.

¿I cree

¿I

sido casi

lo seria

irnos

sin casi,

estos reinos.

^

I ¿a

vivir

lo

titulado,

lo

silla

i

risue-

ño ¿no tiene Ud. bastante dinero para poder vivir aquí en Chile, a lo conde, a lo marques, a lo rei si se le antoja! Si tengo; pero me faltta el título, i como con este embolismo de república en qne el diablo tiene metidas a todas estas Américas, ya no puede un cristiano enviar a comprar un titulillo con que

ennoblecer a sus descendientes, preciso es

salir

a buscarlo allá en

aquellas tierras en donde saben apreciar la nobleza

i

el

honor, por

que

—¿Porque venden? interrumpió don Cándido saber que —Así compadre, respondió don Marcelino, chupándola bomsin

lo

lo

decia.

es,

billa.

En

aquellas cristianas monarquías se vende

i

se

compra bien


— caro a veces la nobleza

el

i

299

honor de

las familias,

porque

se sabe

una familia, el lustre de un apei la hereditaria higalguía de un encumbrado título; i no que que ya no es cristiandad lo que han hecho estos herejes, pues,

apreciar en lo que vale la honra de llido,

aquí,

no contentos con desposeer de sus títulos a todos aquellos a quienes les habia costado su plata, han hecho pedazos los escudos de

armas que adornaban nuestras nobles puertas de calle. ¡Jentes sin relijion! ¿I así quiere Ud. que me quede en estos reinos? Nó, compadre, nó: me voil Me voi a España! Muí bien, dijo don Cándido; pero se me ocurre una cosa, i es que, yéndose üd. a España, no por esto dejará de ser el mismo don Marcelino de' Rojas, a menos que no cambie de nombre. No hai necesidad de eso, repuso don Marcelino, sino que haré declarar en el mismo título, que mi apellido de Hojas, no es de los Hojas comunes sino de los Sandovales i Rojas, qae es de donde desciende don Meliton; i según el padre Hipocreitía, son los nobles. ¿Entiende Ud. ahora?

—Así debe

ser,

pues que

esto de los Rojas nobles

i

el

padre

lo dice;

i

ahora caigo en que

Rojas innobles, debe ser cosa cierta; no

cuando era niño, me divertía mucho con las disputan que solían tener el vaquero de mi padre, llamado ño Coche Rojas, i la ama que me crió, la cual pretendía ser de los Rojas nobles, por lo cual nunca se quiso casar con Tw Coche (que daba un palmo de lengua por ella) a pesar de que mi madre le ofrecía pagar todos los j)orque yo,

gastos. ¡Vea

Üd! Pues esa mujer estaba en un error, repuso seriamente don Marcelino, porque el mismo don Meliton me ha asegurado que él es el

único Rojas de los Sandovales que

lia

venido a estas Américas.

—Así compadre; por esto creo yo que Tw Coche mi mama no eran sino de Rojas de Ud —¿Está Ud: interrumpió don Marcelino ¿Cree que yo tengo será,

\

i

los

loco?

parientes entre los peones

i

vaqueros?

Pero ¿en qué quedamos al fin, esclamó don Cándido, como sí le importara mucho la cuestión. Ni Ud. ni don Meliton quieren ser pariente de mí mcuna^ que era mía mujer muí española: ¿de cuáles Rojas era ella entonces?

— Seria de otros ¿queme importa a señor de Rejas. — Pues esto cosa de nunca acabar.

coni]>udn\;

nmyor

la

mí? dijo de mal humor

el

es

cml)olií;m(> (pie

(>1

embolismo (V

i

a

nu'])arcce

república de (pie \W, ha-


300

"biaba aliora poco rato ¿Quiere

mui bien hecho de

esto de

romper

borrando títulos

calle,

que

i

i

— diga una cosa?

le

Yo

encuentro

arrancar los escudos de las puertas

pergaminos, que es como

si

los patriotas

hubiesen dicho: «ya estos nombres son sobrenombres; ya todo esto es un embolismo que no lo entiende el diablo; borremos, borremos;

comencemos de nuevo el juego; ¡azules va quien tírala Rióse don Marcelino i dijo: Pues yo, para comenzar una vida de noble, me voi a España,

— compadre; me — Pues yo

voi.

acabarla aquí, dijo don Cándido, en esta tierra, en donde cada cual es, no solamente conde, sino rei de su casa, prefiero

que sea hombre de pelo en pecho

contal

i

capaz de

rej ir

varonil-

mente su hogar. Dígalo yo, que de puertas adentro, no me trocara con el mismo Fernando Y II. ;Que Dios.guardel interrumpió don Marcelino, tocándose res-

— I)etuosamente sombrero. — Pero después de no acepta a don Meliton. —Todavía no de el

todo,

le

habia preguntado a Ud.

si

mi

ahijadita

lo

positivo; pero tendrá que aceptar, porque

ha de saber Ud., compadre, que ya llas

se

van dando a

la

razón aque-

mujeres.

—¿De veras? ventanas, van rindiendo — Con cerrar puerta clavar armas poco a poco. — logre sus deseos para que llegue a ¿qué que Ud. piensa obtener? —Aun cuando no obtenga otro que de padre de señora consolo

la

las

i

las

I

ojalá

ser

al fin

título es el

la

el

desa,

me

daré por satisfecho, respondió don Marcelino medio amos-

tasado, pues

al través

cierta malicia en la

—Eso el

de la bonhomía de don Cándido, creyó ver

pregunta anterior.

ya mucho, repuso don Cándido; i cuando mas no fuera, solo emparentarse con un señor como don Meliton, es ya poner

una

])ica

es

en

Flandes; ami cuando Estelita dice

pero yo diré

siempre que

—¿Qué doña Estrella? preguntó don Marcelino, quien parte de señora de sus palabras Ohl esclamó don Cándido, recojiendo — dice

mas esperaba nada bueno de

ja-

la

Clavijo.

el hilo

medio escapadas. Estelita sabe apreciar a don Meliton en vale

— ;Lo conoce?

lo

que


—Nó, compadre; pero yo lla

301

se lo

mujer tiene tanto injenio como belleza,

mento

como aqueha comprendido al mo-

he pintado a

lo vivo;

i

nuestro caballero.

los méritos de

ha espresado de una manera — Sin embargo, yo que señor don Meliton. poco decorosa a cerca — eso no puede Me ha dicho una persona que ha —Pues imposible, menos delante de mí! que eso — Le ella se

del

ser!

¡Olí,

es así!

lo

lo

es

repito

oído.

al

replicó

don Cándido, irguiéndose en su silla. ¿Cree Ud. que yo liabia de permitir a mi mujer el que me contradijera en mis barbas? ¡Eso si que nó! Yo no soi hombre capaz de abdicar en mi esposa, por linda que sea, el mando del hogar. No digo yo que ella no hable a mis espaldas. ¿Quién puede jjonerle puertas al mar? ¿Dónde está la mujer que no dice ni hace nada contra su marido, cuando él no la ve? Yo que no soi tonto, aunque suelo echar de ver esas arrancadillas

de Estelita,

me hago

el

desentendido por conservar la paz del

matrimonio. Pero en mi presencia, es otra cosa.

humilde

i

hai mujer

mas

sumisa, fuera de sus vivezas de jenio, que se las perdono

siempre en un brete,

gún aconseja

Ya

Yo la he tenido con sus largoncitas de cuando en cuando, se-

por la gracia con que sabe acompañarlas. la prudencia,

la cabra, soga larga

—Pero

No

no tan larga que

se ve!

porque ya Ud. sabe, que a compadre. se pierda

soga

i

la

mujer

i

a

cabra, interrumpió son-

riendo don Marcelino.

—Así

repuso don Cándido, tomando nuevos alientos;!

digo yo,

por esto es que suelo recojer la soga,

no firme, apretando jar bien el tira trimonio.

i

el

nudo en

afloja, es

De aquí

es que,

paja dentro de los límites

i

doi mis tiranteadas con

mamanedel ma-

cuando conviene, pues, en saber lo

que estriba todo

el

negocio

mi voluntad no se mueve una de mi hogar; lo cual es bien que Ud. sin

sola

ten-

ga entendido para que cesen sus escrúpulos respecto de don Melique Ud.debe llevarlo con confianza a mi casa, que mandará como si estuviera en la suya.

ton. Quiero decir, allí

llegará

i

— Muchas gracias, compadre. —No hai de qué. En cuanto a

aun cuando no estime ])i('nso) elhi sabrá manejarse

Estelita,

buen señor (loque no

como debe al como mujer sumisa obediente. ¿Está Ud? Ya entiendo, amigo niio, vi^spondiódon Marcelino, apretando i

mano que don Cándido —Conque;

le

la

presentaba al desi)ed¡rse.

lo dichoj dichn^

concluyó éste, tomando su bastón

i

au


r)02

sombrero. Voi a auunciur al caballero*.

No

se olvide

de decirles a

mi abijada que be venido espresamente a convidarlas i que be bablado con Ud, que es el jefe del bogar doméstico.

mi comadre

i

a

— compadre, —Por mandato de ^^Miü bien,

asi lo liaré.

Estelita... quiero decir, por orden...

por encargo... es

decir,

porque aquella mujer

me

nó,

sino

rogó que viniera

a bacer los convites, mientras ella quedaba arreglando las cosas... Adiós, compadre, que la liora se pasa i tengo que convidar a mucbos amigos. Hasta mañanal

— Queriendo Dios, compadre.


CAPITULO LL

EL

CUMPLEAÑOS DE DON CANDIDO.

((Después de una larga ausencia, Nos volvimos a encontrar, I de nuevo al contemplarnos, Solo supimos callar. Dulce suspiro del alma Vagar en sus labios vi, I sin querer, al mirarla, Otro en los mios sentí. ¿Se hallaron esos suspiros?

¿Qué

se dijeron?

No

sé:

Mas suspiramos de I

me

miró

la

i

nuevo, miré.»

(Emilio Bello.)

No

bien amaneció

el

día siguiente, cuando toda la casa

Rueda se puso en movimiento. Mataron

Cándido de

la

los corderos

gordos traídos de la cliacra;

de Acúleo; las enormes lizas de

la

de don

los

pavos

i

prepararon los peje-reyes laguna Pcldegua, i las perdices i

que su paternidad reverenda, el prior de la Hecoleta Dominica, había enviado de regalo a la señora doña Estrella. La cocina esta])a llena de otras provisiones menores, traídas de la recova; das, con su característico desgreño

saltaban

i

i

abandono, entraban

tro})ozaban en los montones de papas,

carnes, baldes de agua,

cocina estaba cubierto.

i

i

otros objetos de que

el

las i

cebollas,

cria-

salían,

aves,

pavimento de la


304

Presidíalas la señuú Tristan ¡agrau maestra en el arte ciilinariol

con su desgreño mayor que

de todas las criadas juntas, daba

el

torno del gran fogón colocado en el suelo en medio de

vueltas en la cocina,

i

i

revisaba ima por mía las liirvientes ollas de barro ne-

gro; probando de todas ellas con el gran cucharon de palo, que

no

dejaba nunca de la mano, pues cuando no tenia que probar caldos,

de arma para espantar las gallinas que solian revolotear

le servia

sobre

fogón (llenando de ceniza las ollas a medio tapar con las

el

callanas de greda) para apalear los perros que también solian acercar-

de las carnes; o bien para aplicar cucliaronazos correccio-

se al olor

nales sobre las espaldas de sus peresosas ayudantes.

Acercábase la hora del medio

con lo cual crecia

dia,

empeño

el

de la infatigable señud Tristana, que esgrimiendo su gran cucharon?

daba a gritos sus órdenes de jenerala:

— Marica!

¿No

quiabierta!

gata!

atízale el fuego al jjavo,

pa juera!— D^ile

enfria!

que se está quemando

vis

— ¡Cuidado

que se

con los pasteles, Nicolasal vuelta

lijerito

al

asado

la

— Mira bo—EsjDanta vos,

la

color'í

—Ah!

^m que

perro se

Barcino!

dore

—¿Han

traído las lenguas?— Pica, muchacha, la cebolla para aliñarlas—Por la

Vírjen Santa! ya va siendo hora porque la sombra está cerca de los pilares

—¿Estará ya

el

niendo las empanadas!

punto? Ah!

horno en

el

— Dame

la escoba, Peta, porqiie

sí, si

vamos po-

está:

yo no per-

Apronten la pala i apuntalen con una teja la paila fritanguera porque ya se qué No menos animación que en la cocina, habia en la cuadra, la cual se iba llenando de convidados de uno i otro sexo. La casa de don Cándido era de las mas visitadas de Santiago, pues doña Estrella barra

mito que

7ía¡de

atraía las

j entes

el horno...

con su amabilidad.

No

necesitamos decir que

se charlaba de todo: de política, de riñas de gallos, a las que

aficionados eran nuestros padres; de zorreadas, matanzas

i

allí

tan

carreras

de caballos, sin faltar quien platicara de amoríos nacientes i menguantes, de matrimonios rotos o al efectuarse, i de calabazas dadas o por dar. Las viejas hablaban del iiltimo sermón, de la escasez de confesores,

i

de los trabajos hechos para ganar

el

capítulo de tal o

cual convento, entreverando su plática de largas quejas contra las criadas j entes

i

su mal servicio; concluyendo al

con decir, que aquellas

debían ser sin duda de otra casta diversa de la de

ras; en lo cual

a que

fin

lo

muchos

caballeros eran del

mismo habían observado

de sus haciendas.

ellos

mismo

1 is

seño-

parecer, en razón

con los inquilinos

i

peones


— Entre i

30o

los circunstantes se liallal)an miiclios

conocidos,

como Dorriga,

Portales, el

de nuestros amig'os

clérigo

Franco

Aldeano.

i

Veíase también entre ellos a don José Jifreno, que gozaba de gran reputación entre los ya nombrados,

i

a dos ricos hacendados de la

provincia de Oolchagua, amigos del padre Hipocreitía,

según

gran utilidad para

i

la situación

la revolución

a quienes,

a fuerza de halagos i convites, pues,

éste, era preciso conquistar

atendida su riqueza

i

de sus estancias, podrían ser de

que proyectaban.

El padre Hipocreitía i don Meliton hablan venido acompañando a la familia de don Marcelino, quien hizo pasar a Lucinda i a doña Trinidad por

el

duro

sacrificio

acompañados

rrencia,

ambas tan profunda

de presentarse ante aquella concu*

del viejo

pretendiente, por el

cual

sentían

aversión.

El testarudo padre, traduciendo el descontento de su hija, por natural timidez, i creyendo que aquellos caprichos de muchacha se convertirían en ardiente amor una vez puestas las bendiciones, se afirmaba mas

Después de

i

mas en

su idea.

los saludos

de

estilo,

no estuvo contento sino cuando

logró sentar a don Meliton junto a la niña, a quienes dijo en seguida:

—Platiquen aquí como buenos amigos, que yo me

voi a dar

una

vuelta por ahí.

don Marcelino, altamente satisfecho, se acercó a un grupo de Cxballeros que hablaba sobre la próxima elección de presidente. Lucinda estaba bellísima; i el dolor de su alma que se traslucía en su semblante, conmovió a cuantos la vieron. I como todos los I

jóvenes tenian noticias de las pretensiones de don Meliton, empe-

zaron bien pronto a cruzarse las miradas maliciosas malignas, hasta llegar a los cuchicheos

i

i

sonrisas

las

a las interjecciones en se-

creto.

Mientras tanto, don Meliton se deshacia en cüm¡)liniientos con Lucinda, i casi no atendió al saludo de don Cándido, que en aquel

momento entraba a medor;

i

la cuadra.

El señor de

después de saludar a algunos caballeros

liabia visto todavía, se acercó a su esposa •

la Ilueda venia del

i

i

co-

señoras que no

le dijo al oido:

—Estelita, ya la mesa está pronta.

Doña

Estrella contestó-con un jesto de

de las

en

vez

mas veces hacia el ])ati() esrcventanas, como si esperara a algunos

de alzarse de su asiento, miró una rior ])or entre las rejas

;i])r<)b;u'¡()n; ])ero

i

convidados. Bien pronto los ojos de la señonv esprcsuron

cicita,

sa-


— ti^^la.ool()u,

ii

que por

io-.npo

I

tres p:nv,onas. Alzóse

oOO

puevta do calle entraba un grupo de

la

entonces de su asiento

puerta de la sala a recibir a los recien venidos,

pniobas mis

encaminó a

se

i

la

manifestándoles

do cordialidad. Eran

Andrés Muñoz, su esposa Cecilia Anselmo Griizman, a quienes doña Estr(dla liubia conviilado, sin decir una palabra a su marido. Lucinda, al viM" a Anselmo, estuvo a punto de desmayarse de emoción, i se olvi'l del disg-Lisio (p.ie ios galanteos de don Meliton le liabian causado. Pero, el que nías se sorprendió, fué don Marcelino, que, arras-, traudo a don Cándido liácia un rincón dfí la pieza, le dijo con los las

in(M|iiív();'as

éstos,

i

ojos centelleantes por la cólera:

compadre! — jEsto una — Xo entiendo, respondió don Cándido, abriendo tamaños repuso don Marcelino tartanjudeando de — Ud no debe estar junto a mozo. mi compadre pero — convidado para que — Pero Ud junten platiquen, traición,

es

le

sabe,

ojos.

rabia,

que

ese

hija

Si lo sé,

;

se

lo lia

—; Compadre

i

i

de mi almal Le juro que estoi tan inocente como

Ud.

I ¿(piién lo lia (^envidado,

- -Le juro

pormi honor que yo no he

dado Estelita. Pero ¿habrá

-

— Xó,

entonces?

sido con permiso de

sido...

Talvez

lo

ha convi-

Ud?

compadre.

»

— Por Cristo! I ¿qué

'

clase de casa es ésta en que la

mujer hace

i

desiiace sin que el marido lo sepa?

—Eso mas

Jo

que nó, com])adre, interrumpió don Cándido, herido en

si

voluntad no se -

amor mueve una

sensible de su

— Se conoce!

sombrero

i

mi

sin

paja!

esciamó don Marcelino con sarcástica sonrisa.

Racudia la linda

— Esto

¡Yo mando en mi casa,

que Anselmo saludaba cordialmente a doña Trinidad

I al ver

2)ropio.

mano de

i

Lucinda, su enojo no reconoció limites.

ya pasa de raya! esclamó, tomando maquinalmente su i

su l)a8ton

— Compadre,

-

como

compadre!

to que yo soi el jefe de

mi consentimiento. a este mozo, se

Si

si

le

])ensara alejarse de

allí.

decía don Cándido, oiga Ud!

Lo

repi-

mi familia i que Estelita no hace nada

yo hubiera sabido que

lo liabria

ella

sin

pensaba convidar

prohibido; pero a lo hecho, pecho, com-

padre!

Don

MíU'celino sin escuchar a su aniigOj reñe^ionó que yéndose


— él,

que(lal)an Luciiiclii

tre sí;

307

Anselmo con

i

ina>í

volviendo a colocar su sombrero

i

i

libertad para hablar en-

su bastón en donde esta-

ban, dijo:

— Me quedol En

me

Si señor:

quedol

momento se acercaba doña Estrella a doña Trinidad llevando de la mano a su amio'a Cecilia. Les presento a Uds esta antigua amiga, dijo a Lucinda a su ese

i

madre. Mientras se hacían

los

cumplimientos amistosos, que aquella vez

Anselmo se liabia quedado mirando de hito (^n liia Lucinda; mas fué despertado de su éxtasis por la presencia de

eran de corazón, to

don Marcelino,

—Vamos a la

mano

el

cual no contestó al saludo que el jóveü le hizo.

dueño de colocándola junto a Anselmo.

i

la

mesa, dijo

Los caballeros

se alzaron

—-Santa palabral

la

casa,

tomando a Lucinda de

de sus asientos, diciendo:

don Meliton, doña Estrella, mostrando con — comedor. a doña Trinidad: sírvase conducir a esta señora respondió presentando — Con mayor dijo

Sciíor

el

dedo

al

placer,

el

el viejo,

el l)razo

a su pretendida suegra.

En

empujó suavemente a Lucinda hacia Anselmo; pero don Marcelino que comprendió las intenciones de su comadre i el común deseo de los jóvenes, se colocó entre ellos diseguida, doña Estrella

ciendo

:

— Las muchachas deben acompañadas por su padre. entre enojada — Don Marcelino! interrumpió doña ir

Estrella,

le

risiieña

¿cómo

se atreve

seo ser conducida por

Ud a despreciarme? ¿Ko

i

echa de ver que de-

Ud?

—Ah! esclamó sumamente contrariado. ¿Yo, despreciara Ud, comadre? Nó, nunca; pero niños con — Déme Ud a caso que — Pero con — el viejo,

la

el

brazo,

i

dt^e

los niños.

los

es el

'

I los viejos

los viejosl

—Sí, comadre; pero

—Cada

oveja con su pareja, compadrel interrumpió la señora,

arrebatando mas bien que tomando

el

brazo de don Marcídino, cu-

yos dientes rechinaron de rabia al ver que Lucinda se

guidamente en

Ya dido

l^s

el

el

demás

])razo (pie

jentCvS,

comedor»

Anselmo

a]);)ya])a lán-

le ])res('iitab:i.

conducidas por don Cándi(h), hal>ian inva-


;508

Las panojas do ([iio acabauíos de lial)lai* siguieron el mismo derrotero, acompañadas de algunos curiosos que se habian quedado a ver

resultado de aquella lucha entre

el

En

odio

i

amor.

el

llegando al comedor, Anselmo sentó a Lucinda en una hacia atrás la que estaba al lado

retiró

i

el

sión de ella; pero en ese

do a su don Meliton;

i

momento

silla,

como para tomar pose-

don Marcelino conducien-

llegó

empujando descortésmente

al joven, colocó

al viejo al lado de su hija.

Doña

Estrella, que a hurtadillas habia observado todos estos

movimientos, llamó a su marido

con voz imperiosa aun-

le dijo

i

que baja:

— Conduce a don Meliton hacia

los asientos

de i)referencia.

— Dices respondió obediente marido. don esclamó dirijiéudose a venga usted a — Señor Meliton, bien, Estelita,

el

éste:

honrar

la cabecera

Levantóse to el

de mi mesa.

el viejo

mismo don

de mala gana;

i

ya iba a sentarse en

el asien-

Marcelino, cuando Portales, que estaba al cabo de

todo, se acercó al vityo diciéndole:

— Señor

don Marcelino, a Ud.

persona mas

Fuese dicaba, el

el

le

toca la otra cabecera

como

la

respetable de esta respetabilísima concurrencia. viejo

refunfuñando hacia

el

lugar que don Diego le in-

separó la vista de su hija por no ver a Anselmo, que en

i

momento ocupó

el

lugar que habia quedado vacío. El pobre joven

no habia tenido fuerzas para separarse de su amada. Todos e^tos pequeños incidentes que se sucedieron con mayor rapidez de las niñas,

A

mente.

ficación

la.

necesaria ])ara contarlos, tenian entretenidísimas a

que a falta de palabras

ninguna de

ellas se le

se

hablaban codeándose mutua-

habia escapado la verdadera signi-

de aquel pequeño drama, en

el

cual, todos los corazones

habian princii)iado a interesarse.

En amor

efecto,

se reflejaba en sus ojos,

.su unión, sin

otro,

era imposible ver aquellos dos jóvenes cuyo

aun cuando no

se mirasen, sin desear

hacer votos por su felicidad. Estaba

gustando de

los

el

mismos manjares, respirando

embargo ¡cuan profundo no era

mutuo

uno junto

el

mismo

al

aire

abismo que los separaba! Pero en aquel momento no pensaban en otra cosa que en la dicha de verse juntos. No se hablaban, es verdad, i apenas cambiaban i

sin

el

algunas furtivas miradas que los hacia susi)irar profui|damente; pero sin necesidad de mirarse, se veian nacionj

i

ese cí^mbio de suspiros era

el

una

uno

al otro

en su imaji-

especie de diálogo entív^


— tlaclo entre aquellas

309

almas creadas para vivir unidas en un solo

i

único pensamiento.

La encantadora

niña, que apenas se atrevia a alzar la vista, tenia

gu corazón elevado a Dios para darle gracias por tanta dicha.

amada como si hablara con ella por la misma mano que liabia sabido con noble ardila espada en mas de un combate, temblaba al ha-

Anselmo estaba la

primera vez,

i

miento esgrimir

cerca de su

cer uso del cubierto.

Poco a poco, el ruido de los platos i el vaciar de los vasos produjo una sim})ática animación que alegró los seniblantes, escitaudo

Declaróse la guerra sin cuartel a los pavos rellenos,

el apetito.

pasteles

i

empanadas;

Los dichos agudos, tivas, se

cada uno trataba de cumplir con su deber.

i

las palabras maliciosas

i

las

miradas significa-

sucedian sin descanso.

El único que no gozaba con aquel espectáculo era el pobre don Marcelino, que lanzando miradas de fuego sobre su hija i Anselmo, se prometía en su interior no dejarla salir de casa mientras no estuviese casada con don Meliton. Este se hallaba sentado cerca de don Diego Portales, cuyas pullas tenia que sufrir de cuando en cuando.

— Dígame Ud., señor de Sandoval, bran casarse

—No

los

hombres

comprendo

el

le dijo: ¿a

qué edad acostum-

ilustres en Esi)aña?

objeto de la pregunta, resi)ondió don Meli-

ton, poniéndose de

mil colores. ¿Es acaso para introducir la

costumbre en

país?

— Muí bien — En liombres — Bien zo de pescado. — Dt^en

est(^

])odria ser, respondió riendo Portales.

caso,

tal

misma

ngreg(')

el otro,

deben

jírincipiar

Uds. por traer

ilustres acá.

dicho!

murmuró

Dorrign, poniéndose en la boca un tro-

las conversaciones

A

huen humor.

de edades! esclamó don Cándido

mí no me gustan, porque

soi del i)artido

(U;

de las

señoras de respeto.

— Apuesto

a

({uo

ninguna de

las sí^Toras

])rescntes, se atrt^^c a

darle las gracias a don Cándido, dijo Portales:

dad, no hai nada que engañe cierto señor de

8andoval? ¿No

mas lia

(pie esto

visto

aunque a

(h'cir ver-

de las edades. ¿No es

Ud. muchos jóvenes que a

ja vista parecen viejos?

— Si

^

1)0

visto, rcspondi»'»

don ^leliton.

niiíJindí»

fíjnmente a don


DiOgo;

i

también

liO

vista.

comenzaron

13ieu pronto

hombres grandes que parecen mucha-

visto a

primera

chos.... asi, a

los brindis

las felicitaciones.

i

pavos estaban convertidos en esqueletos;

los

Ya

los

castillos de dulce co-

menzaban a desplomarse, i las tortas a desmoronarse i socavarse, como los terrenos que la corriente de un caudaloso rio corta, deshace

i

se lleva.

Pasaban de mano en mano las banderillas de esmalte, las flores de pasta i los papeles primorosamente picados i calados, en donde las niñas leian versos

como

los siguientes:

c(Toda llena de vergüenza, c(Le remite esta tortita tcSor

María de

((A clon

las Nieves,

Cándido en su dia.»

Entretenidos estaban en leer los versos, cuando apareció en la

puerta del comedor don Catalino Gacetilla.

mi señor don Cándido, buen provecho señores — Felices mios, con voz sonora — Don Catalino! esclamó don Cándido, alzándose de su asiento diasl

i

dijo

i

faz risueña.

i

menos se reuniones). Ud. no mas faltab^i,

corriendo a recibir al infatigable Gacetilla (que cuando

pensaba, caia como llovido en las

amigo mió, para completar mi mesa.... Pero, a propósito de ¿no estaba usted

(ui

la cárcel?

— Tiene usted razón

en decir, a ])ropósito de mesa, dijo don Ca-

talino riéndose. Estuve en la cárcel, en

de hambre

]nesa,

donde

casi

me

he muerto

I

— ;Qué inhumanidad! esclamó don Cándido. Venga usted a mesa. —Allá Después contaré cómo de señor de Rueda restamos en —Acerqúese con franqueza, capítulo de don Catalino, sentándose enfrente de — Sabroso

la

salí

le

voi.

dijo el

la cárcel.

la

los pasteles.

el

capítulo!

dijo

una soberana fuente de barro, que nadie habla tocado aun. Siento mucho, protíigui('), no haber llegado al introito; 2)ero me entretuve con la bulla que ha [)roducido la llegada del je-

un gran

pastel licclio en

neral Freiré....


311

o cuatros personas a un —¿Freiré llegado? preguiitaroii mismo tiempo. respondió novcdero don Catalino, en don—Yengo de su lia

tre^í

casa,

vi

acompañado de todas

de lo he

d(\j?ido

recibirlo.

El frente de

las

personas que salieron a

está lleno de rotos de

la casa

^'ereda

a

vereda.

Oyendo

esto el padre Ilipocreitía

i

Aldeano, se miraron

zaron de sus asientos como movidos por un solo resorte.

i

se al-

Como

tiídos

estaban pendientes de la verbosidad de Gacetilla, pudiííron escu-

comedor sin ser notados, tomaron sus sombreros i salieron a rrirse del

i

cuadra en d'onde

la calle.

Mientras Gacetilla se dis])onia

gran pastel, una de

dirijirse a la

(cucliillo

en numo) a atacar

(d

las niñas dijo:

— Que don Catalino agregó doña — — esclamó

le

diga algo al pastel antes de tocarkil

Estrella.

Sil sí,

Ya sabemos

(pac

don Catalino

es

poeta.

mirando a doña Estrella: i ¿quien deja de ser poeta, señora mia, cuando se encuentra en mi cielo como este, rodeado de ánjeles e iluminado por los rayos de tan graciosa Gacetilla,

Ali!

Estrella?

— Don

tisfacción. Déjese

Don

don Catalino! esclamó don Cándido lleno de

Cataliiií)!

de requiebros,

i

dígale algo al pastel.

Catalino dijo entonces enfáticamente;

dOli! ])astel tierno

En T(^

pongo mis

sabroso

sentidos;

oigo liervir con mis oidos;

Mi nariz Mis ojos 1

i

te ludia olorosol

ven hermoso;

te

con eutusiasmo ardie!it(\

Te

})al[)o

i

te h;illo caliente:

Así, no tomes a ()u(* te

1 te

mengua

o:uMo con mi lengua,

mascpie

coii

]ii¡

dientel

sa-


— Riéronse

tocios

812

de la décima de Gacetilla, mientras éste cortaba

un gran trozo que pnso en su plato

i

empezó a engullir como un

Eleogábalo.

Los convidados tos,

se fueron levantando

solamente algunos mozos

al fin ípiedaron

i

dos con los cuentos

Don Marcelino

i

i

niñas entreteni-

diclios del novelero.

liabia

llamando a su mujer

poco a poco de sus asien-

sido

uno de

los

primeros en levantarse;

i

a su bija, les notificó bruscamente la orden

i

de retirarse.

qué tan pronto? — Compadre, doña Estrella — Porque me conviene, comadre, respondió secamente — Entonces, ruego que deje aquí conmigo a mi comadre nidad a Lucinda. Yo a dejar esta — Eso que respondió vivamente don Marcelino. conle dijo

se retira

;,por

así

el viejo.

Tri-

le

las iré

i

sentiré

aunque

tarde.

nó!

íí'o

se caiga el cielo

lo

a pedazos.

I acercándose al oido de doña Estrella, le dijo con grosero jesto:

Basta de bromas, comadrita. Ensille a su marido cuantas veces quiera; pero yo no soi de los que aguantan ¡pellejo en el lomo. Vamos, vamósl prosiguió, dirijiéndose a su esposa. Adiós, comadre, dígale a

mi compadre

para que siga siendo

el

(pie

viva mil años, o

jefe de su bogar,

mas todavía, como él dice,

si

i

puede,


CAPITULO

LII.

LA PONCHADA.

((Hablábase de Iqjias secretas, reuniones políticas... Dice se ((de conciliábulos, de orjías, de ((ponchadas, en las cuales se con«quistaba siempre algún prosélií(to i se brindaba con calor ])or la ((ruina de los pipiólos i peluco((de

((nes,»

V. Lastariua.

(J.

Cuando don Catalino i

tortas,

se

— Juicio sobre Portales.)

hubo descpütado con

de su tardanza en llegar a la comida, se fué con

acompañaban a la cuadra, en donde al son del un cuando en cuarto. Concluido el cuando ílij^^-

pavos

los i)a})eles,

clave,

los

se

que

lo

bailaba

,

— Yo he nacido para esto de me

toca a

sido i

mí por

dere(;ho de fiimilia, ])orque

seremos siemi)re

i

dirijir bailes;

los reyes

el cetro

i

de bastonero

los Gacetillas

hemos

natos de todos los \m\\Q^, picholeos

jaranas en donde nos encontremos.

I

poroso es que

Ud

trata de enmntrai'sc

(mi el

inavor núnuM'c

40


»— 314 de jaranas que puede,

Xo

le dijo

uno

contestó don Catalino, sino que arrogándose de

go de bastonero,

car-

lieclio, el

gritó:

— Contradanza! Después del regla según la opinión de los

En

riendo.

seguida dispuso

i

cuando^ la contradanza! Esta es la

mas

célebres autores

i

publicistas.

ordenó las parejas, prosiguiendo después

con el Londü^ la Zajuriana^ la Resbalozctj etc, porque decia que era menester comenzar por dar un repaso jeneral a todos los bailes, para saber a qué baile quedarse. Mas no porque desenij)eñaba el oficio de bastonero, dejaba

el parlancliin

de meterse; ya en la conversación

de dos amigos que se liabian retirado a hablar a solas; ya en

el co-

loquio de dos jóvenes amantes que aprovecliabo.n de la animación

jeneral para comunicarse; ya en la plática de tres o cuatro viejas

que criticaban

la deshonestidad

de temor de Dios que

En una de

—Amigo tienes?

sus idas

mió,

se i

de los bailes modernos,

notaba en

las

costumbres del

i

la falta

dia.

venidas, Gacetilla se encontró con Anselmo.

le dijo

tomándolo del brazo. Te veo

Por qué no has bailado? Voi a ponerte

al

triste:

¿qué

momento en

baile

con aquella de las tres castañas.

—No — Pero

Anselmo.

bailo ahora, le interrumpió

mira, hombre, ¡qué ojos verdes tan relampagueadores

tiene la ¡)ícara!... Ya! ya!

Ya

por que estás

así.

La

separación

ele

ha puesto taciturno. No se te dé nada, hijo, que ahí pillaremos a Lucinda, pues cuando menos se j)iensa, salta la liebre; i mientras tanto, es preciso matar el tiempo, pues de otro modo el tiempo lo mata a uno. ¿Te pojigo en baile con

don Marcelino

la

te

ha contrariado;

te

de los ojos verdes?

— Te ruego que me dejes en paz, amigo mió. —Vaya, pues, dejaré porque tengo que atender a mis sagrados te

deberes de bastonero. Pero te advierto una cosa,

cuidado con Motiloni

por({U(; lo

nas de don Marcelino... Ali!

ali!

i

es

que tengas

he visto rondar cerca de

las venta-

cállate boquita!

— ¿Qué dices? preguntó vivamente Anselmo. Pero Gacetilla no contestó, pues para ordenar otro

— ;Qué lengua quedo un

ratito

se

habia separado con rapidez

l)aile.

la mia!

murmuraba

mas con Anselmo,

le

el

chismoso novelero.

descubro todo

cididamente creo que guadar un secreto es

que guardar dinero;

i

el secreto.

})ara mí, cosa

es cuanto })uedo decir.

>Si

mas

me De-

difícil


— En

315 *Volvióse pronta-

esto sintió que alguien le tocaba el liombro.

mente

i

vio a clon Cándido.

como —Amigo mió, en de preparar un ponche Sapientísimo! — le dijo éste:

que

Yd

es

hombre

intelijente.

esto

Gacetilla.

iuterrum]")ió

Intelijentel

capítulo que he aprendido

mas bien en toda

Este

es el

la ciencia social.

Pues entonces, le diré que he convidado a unos diez o doce amigos para una 2)onchadita que tendremos esta tarde a puertas cerradas.

—Esto

que

es lo

se

llama remojar

el santo.

¿En dónde están

los

materiales?

— Sígame Ud,

don Cándido, echando a andar hacia las pieHe ek\jido para el caso, un cuarto retirado, porque

zas interiores.

dijo

quieren hablar a sus anchas

—Ya entiendo!

— — Muí

I se tratará

bien!

Es una gran

idea!!

de política, agregó don Cándido bajando la voz.

Para hablar de

política,

no

liai

como un ponche en

leche.

—Ademas, vendrán dos caballeros que hoi han

hecho medio dia

en mi mesa

—¿Aquellos dos guasos grandes que hacendados que andamos conquistando. Este — Son dos ricos

es

Aquí están los materiales. Abrió don Cándido la puerta i entró con su compañero, quien lanzó un grito de agradable sorpresa al ver ima gran mesa poblada de botellas, vasos i jarros, mi pan de azúcar i dos inmensos leel cuento.

brillos

de leche.

prometo hacer un ])onclie digno de una reunión de padres provinciales! Yáyase a la cuadra, i dígale al ñato Yargas i a Pepe Tronera que vengan al momento. Son mui buenos paOlí!

esclamó;

le

ra ayudantes.

don Cándido a cum})lir con su cometido, después volvió con los ya nombrados. Salió

Gacetilla sa,

i

pocos minutos

sus dos com])añeros, ayudados de las criadas de la ca-

prepararon en media hora

cian.

i

el

recerendo ponche,

como eHos de-

Enseguida, cubrieron l;i mesa con los restos que liabian ([U(^los ñambres, dulces tortas; coiii-luycron \)oy arreglar en

dadodc

i

i

cuarto vecino, dosoti'cs mesitas j^ara (pie se entretuviesen los alicionados a la malilla al niont(\

el

i

pero

liashi

el

])resente no nos has dicho

c(')nio

jíudisfe salir de


— la cárcel, dijo Tronera a

don Catalino

csclamó Gacetilla. Se

Allí

316

me

sin dejar

de trabajar.

que estuve preso por revolucionario. ¡Yo no sé cómo diablos fueron a parar aquellas proclamas a mis bolsillos! Daria mi mejor tabaquera por descubrirlo. Alcancé a estar en un infernal calabozo veinticuatro horas morliabia olvidado

habría permanecido quién sabe cuánto tiempo, no se hubiera ido a empeñar i)or mí.

tales;

i

—¿Qué amigo — Don Pablo —¿El

fué ese? Motiloni.

italiano?

En

hombre. Es un buen amigo. metido ala capacha^ me fué a ver; Sí,

gracia,

i

un amigo

si

me prometió

hablar con

el

cuanto supo que

me hablan

mucho de mi

se condolió

des-

padre Hipotecreitía, que es con-

empeñase con éste, a fin de que El buen padre habló con Pinto, i ya me ves aquí gozando de mi libertad, de ese don de Dios, tan precioso para los que están debajo como mirando en poco por los que están encima.

fesor del Presidente, para que se

corrijieran el error de liaberme puesto preso.

— Por

j)ipiolos, dijo el

nado,

i

amigos entre

lo visto, tú tienes

pelucones

los

i

entre los

ñato Vargas, pues dicen que eljesuita es apeluco-

el italiano

un

liberal

hecho

i

derecho.

carne — Motiloni no pescado, observó Tronera. —Yo no he podido averiguar a qué partido es ni

ni

¡íertenece este diablo,

Habla como si no se metiera en nada; pero se mete... Es mi amigo me ha sacado de la cárcel, i de mi Cállate boquita!. boca nadie sabrá nada, aunque lo tengo bien cateado i conozco cier-

dijo Gacetilla.

i

. .

;

tos secretos que podrían

comprometerlo: pero

¡cállate Catalinol

hombre capaz de echar a la calle un secreto, mayormente cuando un amigo me encarga que lo guarde hai de por medio el honor de una familia respetable. No digo porque mi amigo Motiloni ande en malos pasos. que en boca cerrada no entran moscas,

i

yo no

soi

i

Pero

¿(piién diablos seria el

el bolsillo?

Las

que

encajó a(piellas proclamas en

Lo he de descubrir!

tres de la tarde serian

a poblarse de caballeros. laron en

me

nna de

las

cuando

el

cuarto del ponche empezó

Franco, Jifreno

mesas de

i

otros

amigos

se insta-

malilla, liaciendo sentar entre ellos a

uno de los ricos colchagninos que se trataba de conquistar. El otro hacendado se habia retirado a conversar coníidencialmente con dou Víctor Dorriga.


^

ai7

verdad preguntaba que cuenta — Dígame, de Prieto? —Yo creo que hombre quiere Presidente, respondió Cree que tendrá fuerzas — ¿qué sabe Ud. sobre su para lograr sus aspiraciones? según hemos sabido por — señor; tiene mucha éste

señorj

se

lo

¿evS

ser

el

el otro.

ejército:

I

las

suficientes

jente,

Ali!

lo

los

compradores de bueyes que van al sur. Sí! mucha j ente! Yo pienso que si el hombre pasa el Maule, no deja títere con cabeza en todo el

partido de Colchagua.

entes — de Prieto? — De todo ¿I las j

de este lado del Maule, están a favor o en contra

hai, señor.

Pero aunque estén en contra ¿quién podrá

a tanta soldadesca? Todos los hacendados

resistir

le

estamos tQUi"

hlunáo alas j^rorata-s.

—Pues yo he oido que Prieto no permite que sus soldados cometan proratas! No — Pero dejan a uno que tropelías.

las iiroratas^ señor!

las

le

ensillar.

—I a Ud.

¿qué

le

parece? será bueno para ¡presidente

el

jeneral

Prieto?

—Yo no

lo

no sé qué

decirle, respondió el guaso,

conocemos bien, nadie

le

ayunará

porque como todavía

las vijilias.

—Dicen que es un hombre cumplido, un liberal neto. A mí me gustan los liberales, porque hemos peleado

godos solo por

los

— Bien

contra

la libertad.

dicho, dijo mordiéndose los labios el español Dorriga.

Por eso me acordaba ahora del liberalismo de Prieto. Durante todo el tiempo que estuvo en Santiago, no cesó de hablar públicamente como el mas denodado liberal.

—Eso mismo

se dice

por mi

tierra,

en donde

Prieto es tenido

por algunas j entes como un hombre de pro. Mientras don Víctor se entretenía con su interlocutor, Gacetilla iba

i

venia, llevando

i

trayendo vasos de ponche. Los demás juga-

ban bebian entremezclando i

con interjecciones de despe-

los tragos

cho o de alegría.

Una

hora había pasado cuando (Tacetilla vio entrar a la primera pieza a don Pablo Motih)n¡. Verlo i correr hacia él con un vaso de ponche en la mano, fué todo uno. Venia de un caballíu'o que a

En

])rim(n'a vista

el italiano

acompañado

revelaba llegar de provincia.

aquellos tiempoSj las escasas

i

tardías relaciones entre las


provincias

desde

la capital^

i

lejos.

Hoi

318

liacian

que

— demás medios de locomoción, usos, costumbres maneras so-

dia, los ferrocarriles

i

lian estendido por todo el país los

que allá en

ciales,

lo

piv^ánciano fuese conocido

\\n

i

antiguo ostentaba solo la capital, único cen-

tro importante de la sociedad chilena.

—A tiempo mi señor don Pablo! Gacetilla pasándolo vaso. siguien— Gracias, amigo: mas tarde beberé, respondió llega,

el

dijo

el italiano

do adelante

encaminándose hacia

i

el

rincón en donde divisó a don

Víctor.

Saludó éste cordialmente a don Pablo,

i

le

presentó al caballero

con quien hablaba. El italiano por su parte presentó a su compañero bajo

el

nombre de don Agustín Quinteros, de

la ciudad

de los

Andes.

—Ah! esclanió Dorriga; entonces ciertas

el

señor nos puede dar noticias

sobre la suerte de los Coraceros.

Pero antes de todo: ¿es

verdad que ha llegado Freiré?

—Es verdad, respondió Quinteros. Yo mismo he acompañado desde Quillota hasta —Entonces que no ha apoyado a Coraceros? lo

aquí.

¿es cierto

—Así

es, señor;

i

los

al contrario, los

se resistieron a rendirse en

— Cuéntenos cómo

fué

mandó amenazar cuando

ellos

San Felipe. eso,

porque aquí han llegado noticias

sabemos de positivo que, habiendo huido del cuartel de San Pablo, tomaron los Coraceros el camino de San Fecontradictorias. Solo

lipe;

i

perseguidos por

el coronel

Tupper, tuvieron un encuentro en

Tupper ha llegado aquí con dos prisioneros i algunas armas tomadas al enemigo. En seguida, prosiguió don Agustín, llegó el escuadrón a los Andes, amenazándonos si no nos rendíamos a discreción: pero viendo que nosotros nos preparábamos para resistir, torcieron riendas hacia a San Felipe, a donde no alcanzaron a entrar porque les salió al encuentro un caballero enviado por la asamblea provincial, para preguntarles el motivo i el objeto de aquella invasión a mano armada. Los soldados iban sin su jefe. Sí: el capitán La Rosa habla sido tomado prisionero i enviado a Santiago. Actualmente está en la cárcel. Colina.

.

,.í

— — Pues,

señor, parece cpic el

Quinteros, porque

un

escuadrón iba sin

sarjento tuvo que contestar por

jefe, él,

continuó

diciendo al

enviado de la asamblea, que los Coraceros no tenían que dar cuen-


3Í9

ta de su conducta sino al jeneral Freiré, en cuyo

snblevado contra

manos de dicho si

no

Gobierno,

jefe.

se rendían al

tirlos

el

momento

se

habían

que solo depondrían las armas en

esto, el jeneral les

a la autoridad,

él

envió a decir, que

mismo

saldría a ba-

en persona

—¿Conque eso fué — señor; aun Sí,

i

su indignación,

lo

que dijo Freiré?

mismo me ha dicho que no pudo contener cuando supo que se habia tomado su nombre para

sublevación.

esta

Al saber

i

nombre

él

Según

creo, el principal objeto

de su venida a

Santiago, es manifestar al Gobierno la ninguna participación que

ha tenido en

— Muí En

el fin lia.

los

últimos sucesos.

bien, dijo Dorriga sin alterarse.

seguida lo convidó cortésmente a pasar a la otra pieza, con

de presentarlo a sus amigos

i

que tomara parte en la tertu-

Mientras tanto, Motiloni se habia acercado a Aldeano, dicién-

dole:

— Señor don Rodrigo, traigo un recado para Ud. de parte del

re-

verendo Hipocreitía.

—¿Qué me

en vi a a decir su paternidad? preguntó Aldeano.

—Que

fuerte dolor de cabeza le impide salir

un

razón por la cual

me ha

de su cuarto,

encargado traer aquí a un caballero ami-

go suyo, que él pensaba presentar lioi a ustedes. ¿No ve a aquel señor que está hablando con don Víctor Dc^-riga? Si lo veo. ¿Quién es? Un amigo íntimo de Freiré; es el totitm poten s de los Andes, halagarlo hasta la seducción tales son las palai ustedes deben

:

bras del reverendo.

—•Ya comprendo,

respondió don Rodrigo, haciendo un jesto de

intelijencia.

Merced a esta recomendación, el señor Quinteros así como los hacendados de Colcliagua encontraron allí amigos jenerosos, de cuya cortesía

i

amabilidad quedaron encantados. Gacetilla por su

parte, los imponía de la clase

i

condición de todos los asistentes;

i

repartiendo ponche en todas direcciones, logró hacer salir de sus casillas a aqu(dhx grave concurrencia. Por manera, que, entrada la noche, ya t(Hlos tenían

—¿Qué

cenar.

parece esta jente de Santiago? preguntó a su compa-

te

ñero uno de

mas gana de dormir que de

los

colchagüinos a tiempo de recojerse a su posada de

Ramadas. nunca la hal)ia encontrado tan

la calle de las

—Yo

cariñosa^ respondió el otro»


—Es que tú

320

eres tan retirado, hombre,

a vender tus cecinas para

ir

i

solo vienes

a Santiago

en seguida a meterte como un zorro en

su cueva, allá en tu estancia de las Palmas. Es preciso tratar amistarse con la j ente de alcurnia la cortesía

i

la fran(jueza

i

de nota, que es donde se halla

santiaguiuas.

Portales? ¡Qué caballero tan franco

i

i

¿Te

en don Diego

fijaste

de buenas partidas parece

—A mí me parece im poco burlón, observó —Es hombre de buen humor. tú hubieras

ser!

el otro.

Si

mano con don Víctor dama ese caballero!

hablado mano a

Dorriga, te habria encantado. Parece una

:o:-


CAPITULO

LA SITUACIÓN SE COMPLICA

LIIT.

PARA DON MARCELINO.

«Don Mateo. «¿No puedes? Dices qno nó? «¿Qué coutestaciou es esa? «María. mi promesa.... «Don Mateo.

«Pero, señor,

«Aquí quien manda (A. llovíK^^.

Cuando don Marcelino jirse a la le

i

La tenacidad

yo»

i/ior... Acto I.)

de casa de don Cándido para

suya seguido de su mujer

pasaba.

los ojos

salió

— Una pro7nesa de a

soi

i

diri-

"de su hija, iba sin saner lo ([ue

del orgullo nos suele poner

para ocultarnos la realidad de las cosas

mas en nuestro pensamiento. Nos creemos

i

una venda

enfrascarnos

(mi

mas

superiores a ciertos su-

porque pensamos que nada puede a veces verificarse contra nuestra voluntad. La tenjicidad ignorante cree poder nnmdar a la

cesos,

naturaleza

misma

i

es inflexible en sus pretensiones.

por alcanzar sus miras; clio contrario, se

i

cuando

admira de

Nada perdona

se encuentra de rc^pente con

(pie las cosas

un

no se verifiquen como

deseaba, porque para el testarudo nada hai

mas

licél

]<>

justo que su deseo;

41


— i

322

una especie de ma-

esta aduiinu'ioii i)r()(luce on su entoiuliniionto

rasmo que Ijuc'iüda

Don

lo

embrutece mas

bieron

la

que

tenaz viejo

el

Por

a su hija.

i

fin,

su mujer, su hija, su compadre Cándido

Já!jáljá! cuando la rana crie pelos

te

dado a

— Padre miol de éste:

le ¡le

que amo; pero no -

la razón;

razón las mujeres!

la

Pero se

pero veo

las

tendrán conmi-

me hacen aflojar a dos tirones. Yo soi porvence. Ya verás mocosa atrevida, si tu padre

i

dillas

doña Estre-

saben que a mí no

veremos quién puede obligar a casarte con

fiado

i

hablan de pagar, concluyó en estos términos:

la

pues, que ustedes se habia,n

(JreÍ4i,

Ya

reci-

después de haber agotado su repertorio de dicterios; que

que estaba equivocado. ¡Ya se ve! ¡Darse a go!

Ambas

una palabra, porque sabiau no escuchaba ninguna clase de observaciones.

jurando que se

espresion) que reventaba por

la

reprender a su es])osa

i

estado del padre de

el

lluvia de denuestos, sin hablar

rejjartió entre lla,

(pennítasenos

il);i

ann'iíazar, in-;ültar

mas. Tal era

su casa.

('liando lleg'ó a

3.rarc(dino

i

— ¡Habráse

el

marido que

interrumpió la niña llorando

prometo a

me

visto

8ii

conviene

te i

abrazando

merced no casarme con

el

las ro-

hombre

obligue a hacerlo con el que aborrezco!

mayor desvergüenza! esclamó

hombre que amo! prosiguió, parodiando

el

con

el

tono de Lucinda: ¡con

el

el viejo:!

mocosa desvergonzada, amar

mete a tí, i las dueña de tu voluntad? ¡Si cosas que aborrecer, como si fueses uno ve en estos tiempos son para volver loco a un cristiano! ¡Yean no mas lo que hemos ganado con la tal república! Que los chiquillos se metan a mayores i les pisen las canas a sus padres. Nó! nó! Me voi de aquí. A España! a España! que aborrezco!! Quién

— Don Marcelino, qae pueden

— ¿No

¿I

qué

estoi

te

le

dijo la señora; refresqúese

oir los gritos

me

en la

importa que

en mi casa?

nirme a decir que no

calle.

los oigan?

¡G-rito

i

grite!

por Dios! mire

¿También tú

gritaré hasta que se

¡Bueno

soi 3^0

me contradices? me antoje! ¡Ve-

para tragarme las

palabras después de lo que han hecho en mis barbas! ¿Esa es la

educación que das a tu hija?

prudente como al mocito!

soi,

habria agarrado una

I quieren qiie

inies de esto

¡Por Cristo padre!

no

silla

grite!

La puerta de

Marcelino se

yo no fuera

para partirle la cabeza

Si! si!

quédese üd. des-

tragando saliva!!

Esta desagradable escena pasaba en sa.

¡Si

oici

el patio exterior

de la ca-

gruesa voz

de don

calle estaba cerrada; pero la

a media cuadra de distancia,

i

ya todo

el barrio te-


nia conocimiento de lo que viejo las solian

tomar

i

323

allí

pasaba.

comentar

Las palabras del

los vecinos

de mil

i

irritable

mil diversos

modos, no siendo raro que algunos de los comentarios fuesen en perjuicio del honor de Lucinda i de su madre. Estas quisieron retirarse a sus piezas interiores; pero don Marcelino,

que se paseaba a largos trancos debajo del corredor,

les dijo:

No se vayan todavía porque quiero decirles la última palabra. Sepan que dentro de un mes, a mas tardar, Lucinda lia de ser esposa de don Meliton, según el orden de nuestrra Santa Madre Iglesia. Era aquella la primera vez que don Marcelino daba terminantemente la sentencia contra la felicidad de su bija; i como doña Trinidad conocía el carácter de su marido, a quien era imposible ablandar con ruegos ni desencaprichar con razones, sacó fuerzas de su amor materno para contestar: Pues yo le digo a Ud., don Marcelino, que no será! ¿Qué es lo que oigo? —¡Que Lucinda no será esposa de ese liom])reI contestó enérjícamente la señora. Nó! i mil veces nó! Don Marcelino, embargado por la sorpresa, se quedó mirando de hito en hito a su mujer. Con los brazos cruzados sobre el pecho, el cuerpo echado atras,los puños crisi)ados;la sonrisa de la rabia en los labios i meneando la cabeza de arriba abajo, estuvo algunos segundos sin hablar una palabra. Luego soltando una seca carcajada es-

— —

"

clamó

:

— ¡A buen tiempo hemos llegado !¿Conque has resuelto quitarme '

mis calzones, eh? No lo conseguirás, por mas que haigas, pues yo no Gracias soi mi compadre Cándido, que es la mujer de su mujer aprieta el zapato, no qne i consentiré en m a Dios! yo sé a donde me casa

mande

otro que yo:

¿me has entendido?

—No pretendo tener mando

alguno, contestó por fin la señora;

pero tratándose de la felicidad de mi sentiré en que se la

hija, le

haga eternamente

digo a Ud. que no con-

infeliz.

quién para consentir no con—¿No consentiré? de mis amigos; trabajapediré —Reclamaré apoyo de medios posibles para por todos — ¡Calla esa boca, malvadal gritó lleno de cabeza de su tando un grueso bastón — Padre! padre mió! ¿qué hace su merced? esclamó Lucinda in¿I

eres

o

tii

sentir?

al

la leí;

el

evitar

los

furia

sol)re la

terponiéndose»

(^1

vi(jv),

es[)osa.

levaiitan-


— — ]*ues entonces,

— madre merece,

recibirás tú el castigo que tu

don Marcelino, alzando

gritó

324

— Don Marcelino! csclamó

el

la

bastón sobre la cabeza de Lucinda.

angustiada madre: Dios nos está mi-

rando!

En de

u'juol nií)]U(Mit<),

calle,

al niisnio

i

— Don Marcelino! a bajo.

tres fuertes golpes

resonaron en la puerta

tiempo una voz enérjica gritó desde afuera: Si no se abre esta puerta al

momento,

la eclio

I

Corrió

bien con

el viejo

el

temblando de furor bácia

objeto de castigar por su

obedecer a la intimación que se

la

mano

puerta

i

mas

la abrió,

al insolente,

que por

le liacia.

—¿Quién atreve a venirme a mandar en mi casa? con voz de trueno. —Yol contestó entrando, un caballero vestido de esclamó don Marcelino, dando un — ;E1 Jeneral a Ud. una — señor: Ramón Freiré que viene a se

dijo

militar.

le

Freiré!

j^aso

atrás.

liacerle

Sí,

que encontrando

la

puerta cerrada, casi se

visita

lia visto

en la necesidad

el viejo:

no habia para

de echarla abajo.

— Oh! señor don Ramón! entre Ud! qué hacer —Entremos, -

le

interrumpió

eso;

dijo Freiré,

acompañaba,

se

despuen de ordenar

al

soldado

que lo

quedara esperando en la puerta, i de rogar que se dis-

persara la j ente que se habia parado al oir la bulla en

el

interior

de

la casa.

—Esta

visita se parece a la

toma de un

castillo

por asalto (pro-

acompañado del dueño de casa); i no puedo negar a Ud, señor don MarcelinOj que esta manera de hacer visitas es un poco inusitada. —Es verdad, contestó don Marcelino, a quien le hacia cosquillas en el ánimo, la arrogancia con que Freiré le habia mandado abrir. —-Pero ¿qué quiere Ud, señor de Rojas? Las circunstancias lo obligan a uno a veces el ser un poco brusco; i debe Ud perdonarle su rudeza a un viejo soldado como yo. siguió, riéndose el jeneral,

—Oh!

señor jeneral! no diga

puedo servirlo. Al contrario,

vicio,

mientras atravesaba

soi

Ud eso.

el patio

Solo quisiera saber en

yo quien vengo a hacerle a

Ud un

contestó Freiré, sentándose sin ceremonia una vez

al cuarto

Doña

buen

qué ser-

llegados

de don Marcelino.

Trinidad

i

su hija habiau visto pasar a don Ramoii; lo cual


— las

325

había alentado grandemente;

i

aguardaljan en sus piezas

el

resultado de aquella visita inesperada.

—Antes de nidad

i

amigo mío,

todo,

dijo el Jeneral.

¿Cómo

está

la Tri-

mi sobrina Lucinda^ a quienes no veo desde algún tiempo

a la fecha? gracias a Dios. — Buenas, mui l)uenas de he querido hablar con Ud. —Antes de verlas a su moMclar^ — Me Ud Ud sabe que a mí no me gusta — Gracias: salud,

ellas,

tiene

señor.

al

seré franco.

andarme

por las ramas.

'—Yo también

a

lo seré:

mí me agrada

la franqueza,

repuso don

cuyo jénio bilioso se iba encrespando con esta introducción, pues ya mahciaba el objeto de aquella entrevista. Marcelino,

—Pues entonces,

que

Ud

al grano, dijo el jeneral.

piensa casar

Dígame ¿es verdad a Lucinda con un hombre a quien ella de-

testa?

—Yo no acostuml)ro dar cuenta a nadie de que pienso contestó secamente don Marcelino. — Pues yo acostumbro pedir cuenta de que otro piensa cuando —¿De cuándo acá un padre está obligado a contestar lo

hacer

lo

hacer

tales i)re-

guntas?

—Cuando

eso que se piensa hacer es en contra

niia,

i)rósiguió

Freiré.

— ¿En contra suya? —¿Quiere

Ud

decir,

I ¿qué derecho

que yo no tengo derecho

])ara pedir cuenta de sus proyectos a este res¡)ecto? interrumpió Freiré con la cólera pintada en los ojos.

a

Ud

Luego, moderándose prosiguió:

—Yoi a probarle a Ud mi señor don Marcelino. vidado Ud que su esposa mi prima — Nó, dereclio,

es

-Ha

ol-

un

tio

liermaiia?

señor.

—Luego

su

liija,

es

mi

sobrina. I ¿])uede

no tiene derecho para velar

i)or la felicidad

— Eso será cuando niñas carezcan de — O cuando tengan un que las

Ud

de su

creer

(pie

s()l)rina?

])adre.

])adre

Don Ramón no concluyó tó considerablemente

—El

hecho

es,

la frase; jx'ro el jesto (pie hi^o, aiiUKMiel mal humor del viejo.

])rosiguió

(^1

jeju^ral,

rej.ríniiéndosc.:

quiere obligar a Lu<-iiula a que dé un couseiilimicnto

((iie

,,u(.

\\\

rcj.umia


326

a sn corazón, i para ello lia lieclio üel. uso de la presión i de otros medios indecorosos. Lo he sabido por varias cartas que de aquí se me ha escrito sobre el particular. .

— Supongamos que eso sea — Xo hai para qué suponer una cosa que así...

acabo de ver por

mismo. Al llegar a la puerta de su casa, he oido las palabras de Ud., como las han escuchado varias personas del barrio, que se admiraban allí en la calle del escándalo dado por un honibre tan respetable como el señor don Marcelino de Rojas. Pues bien, contestó el viejo con grosería: si üd. lo sabia todo, no habia para qué venírmelo a preguntar. Entonces iré a hablar con mi prima, quien sabrá imponerme de todo, dijo el jeneral. Hasta luego, don Marcelino. Don Ramón se dirijió a las piezas de doña Trinidad murmu-

— —

rando entre dientes:

—Este hombre es

i

Don Marcelino

quedó paseando en su cuarto

se

será lo que siempre

ha

sido: i

un bárbaro. hablando consi-

go mismo: Pues me gusta la ocurrencia! Yenir a injerirse en negocios ajenos, como si yo tuviera necesidad de sus consejos... ¡Caramba! No sé cómo he podido aguantar sus insultos...! Por la Yírjen! decía don Marcelino, aumentándose por grados su enojo, (que era lo que le sucedía cuando estaba solo o delante de personas débiles); por la Vírjen Santísima] !Si yo no tuviera tan buen jeiiio como tengo, le habría contestado con una docena de silletazos, pero... Por mas Jeneral que sea, ¿quién le ha dado derecho para meterse en mi casa i venir de buenas a primeras a echarme en cara mi ])roceder como si yo fuera un niño de teta?... Oh! mi biien jenio me perjudi-

Pero luego se las cantaré claro;

ca diré:

— «mi

Por qué?

señor don

—porque

Mientras

el

se

Ramón:

me

le

señor: bien claro!

Yo

le

prohibo a Ud. venir a mi casa.

antoja! ¿qué mejor razón?

señor de Rojas espresaba su furor en un intermina-

ble soliloquio, la señora imponía a su ilustre primo de todo

lo

su-

don Meliton i tenaz oposición que Anselmo encontraba de parte de don Mar-

cedido referente al proyecto de casar a Lucinda con

a

la

celino.

Por mucha que fuera

la

prudencia de doña Trinidad,

ocultar sus sufrimientos personales, cuyas causas se

no podía

traslucían en

sus pa1a])ras.

Don Ramón

conocía el carácter brutal de don Marcelino; pero la


— prima

relación de su

—Nada de lido de

mi

boca,

si

lo dejó

Ud

que

lo

327

abismado.

lia oidí^, dijo la

señora llorando, liabria sa-

no estuviera de por medio

de

la lelicidad

esta

pobre niña.

— Consuélese Ud.

prima m'a, le dijo el jeneral con su natural bondad. Tengo conciencia de que Lucinda será la esposa de Anselmo. Por mi parte, apruebo su elección: es un mucliacho de corazón Lucinda es de i valiente; lo he visto pelear a mi lado. Yo creo que

mi

opinión, agregó sonriendo.

Un

vivo encarnado coloreó las mejillas de la linda niña, cuyo co-

razón palpitó de emoción al oir

—Adiós: mañana

don Ramón des|)idiéndose. Es necuarto de don Marcelino. Lucinda ¿me

volveré, dijo

que yo vuelva

cesario

al

querrás muclio.si yo consigo que

Olí!

Anselmo

como una gota de

roció en los delicados pétalos de

¿cómo podria dejar de querer a

de haber oido de su boca los elojios

— Vaya, pues: no hai que batalla,

i

siga visitándolas?

esclamó la niña, limpiando una lágrima que brillaba en sus

ojos negros, flor

de su amante.

el elojio

pura obtener

llorar.

la victoria,

una

mi alma después que ha hecho de óU Tengan confianza. Esta es una CJd (ion toda

es

preciso ser

Hasta

valiente.

luego.

En

seguida se

dirijió al

cuarto

de madera hacian resonar sobre

de don Marcelino,

el

pavimento de

cuyos zuecos

ladrillos, sus

pasos

desiguales.

Hallábase

el

ensimismado en su i)ensamiento, presencia del Jeneral sino cuando éste le

viejo tan

se apercibió de la

(pie

no

dijo al

entrar:

— aun mas, don Marcelino. —¿Qué hai? preguntó como desi)ertando ajitado sueño. — Que no solo Ud. casar a Lucinda con un I

liai

es lo (pie

éste,

viejo

(piiere

de un

re[)ug-

nante

— Ohl señor Jenerall no hable Ud de un hombre noblel — Que indigno de mano mi sobrina — ¡Un Irombre ilustre ha tuteado con — Sino, con hombría Ud a su — L^d ha venido a insnllarnic en mi yo — he venido a señor don Lo así

es

la

de;

(]ue se

(pie

se o¡)oj)e

el

uiiií)U

r(Ml

(pie

el

ella

aiiiM.

Olí! scTior ¡(Micral;

])ro[)ia

si

casa,

^<o

eso,

3íarcelino.

<[Ut'

(piicro es «^ue


— Ud

no

í<e

oponga a

328

de su

la felicidad

hija.

— lugratal desnaturalizada! Apuesto a que desencadenado en contra mia. Se — equivoca Ud. — de haber trabajado por que liija

ella

i

su madre

se lian

I esto des2)ues

sea la esposa

ella

de un hombre lleno de distinciones

i

honores que elevará a la fa-

milial

boca, hombre de Dios, abra — ¿Por qué Ud a unión de dos muchachos que quieren? — ¿quién mete a esa mocosa, esclamó fuera de don Marcemi permiso? ponerse a querer señor de Hojas. Yo por mi parte aprue—No hable Ud. bo ese amor — yo desapruebo porque tengo razones para observó don Marcelino. —No Ud razón alguna, porque Anselmo mozo cum— Señor don Eamon: no me hable Ud. de muchacho ver/Calle la

02)one

los

i

se

la

I

se

ojos!

le

sin

lino,

desatinos,

I

lo

ello,

tiene

es uíi

plido.

ese

sin

oposición, se

atreve a ron-

-

güenza

i

descarado, que, a pesar de

mi

dar mi casa.

—Anselmo Guzman un joven de mas cualidades de Santiago. que haria honor a cualquiera de sus vaya a con cualidades Yo no Que — es

las

bellas

las señoritas

los infiernos

se

i

todo.

lo

mi señor don Ramón, agregó don Marcelino: le ruego que no se meta en mis asuntos porque yo soi hombre mayor de edad, i sé adonde me aprieta el zapato. Ademas, he dado mi palabra i yo no soi de los que reculan como cualquiero para yerno,

i

basta. Conque,

quier pelagato. •

—Ya lo sé; pero —¿De

le

advierto que yo también he dado

mi palabra.

qué?

— De que Lucinda una espresion

tal

se casará con

Anselmo, contestó

el

jeneral con

de convencimiento, que don Marcelino tembló de

coraje sin hallar qué decir a su

interlocutor, el cual

despidiéndose

se dirijió a la calle.

— Con doscientos mil de a

caballo! esclamó lleno de

Marcelino cuando Freiré liabia salido de

la casa.

Yo

cólera

don

debí haberle

prohibido a este hombre que hablase del asunto en mi presencia...

Yo

debí haberle impedido que viese a mi mujer...

Yo

debí haberle

umbrales de mi casa... Ha abusado de mi prudencia... ¡Caramba! Mi buen jeniome ¡ñerde!... Otra vez

dicho, que no pisase jamas

no será

así. Si,

señor!

No

los-

será!

Lo

i)rometo!


CAPITULO

LIV.

ALGUNAS PALABRAS ANTES DE PROSEGUIR. sucesos de 1829 se

((Eli los tristes

combatido i tnibajaclo por mas diversas i encontradas. Todos los partidos hacian los esfuerzos posibles para g'anárselo i darle el alto puesto déjete.

vio Freiré

las influencias

F. Errázuriz.

— (Chile

d

bajo

imperio de ¡a

mi^.— Cap.

Constitución de

IV, 11.)

Preciso es decir en lionor de la verdad, que la venida de Freiré

a Santiago, no tenia por único

i

esclusivo objeto el ocuparse de los

asuntos amorosos de Lucinda, pues la política reclamaba su sencia en la

ca])ital.

Freiré era

un hombre que

i)re-

desj)ues de haber

servido con gloria a la causa de nuestra indc^pendencia, se habia retirado a la vida privada, lleno de honores

cuerdo de su valor se nuintenia vivo en ros de armas' lo te.

8u afable

aclamaban como

carácter

dia le perdonase sus

i

distinciones.

el ejército,

demás

i

i

re-

valien-

])()r([U(' la.

cualidades. Habia siM-vido (1(>

El

sus compañe-

soldado nuis intréi>ido

su falta de ambición, hacían

un desinterés que constituía uno i

el

i

al

sns mejores títül(>s

envi-

país con

d(^

gloria;

ajeno a las (•uestiones de actuahdad, sucedíale lo que a todo liom-

42


330

bre de reconocido mérito que no toma una parte demasiado activa en las ardientes cuestiones que ajitan a un pueblo: amigos i enemigos

hablaban bien de él. Todos los partidos querían tenerlo por jefe; unos porque veian en él una de las mas esclarecidas glorias del país; otros porque lo esperaban todo de su

amor a

la libertad;

i

otros porque querian valerse de suprestijio paraliacer triunfar sus oj)iniones.

Esta posición escepcional de Freiré ponia, puede decirse así, en sus manos los destinos del país. Hé aquí por que desde mucho tiempo atrás estaba recibiendo todos los días cartas de los jefes de los diversos bandos políticos que lo lisonjeaban

banzas

i

i

halagaban con ala-

promesas^ tratando de atraérselo por todos los medios ima-

jinables.

El 17 de julio, sural, entregó

Pinto

Vicuña, que era

campo, con

al

es decir,

el

ñaron

designado por la

el fin

pañólo en su viaje la gratitud

el

un mes después de las ejecuciones del Bamando supremo a don Francisco Eam^on

el

lei })ara

subrogarle,

i

se retiró

de atender al mal estado de su salud.

padre Hipocreitía, cuyos buenos

oficios

Acomempe-

de toda la familia del jeneral.

Al mismo tiempo dejaron también sus carteras, don José M. Borgoño, Ministro de la Guerra don Carlos Eodrignez del Interior; i

pero no así

el

Ministro de Hacienda, Euiz Tagle, quien se abstuvo

de hacer su renuncia,

i

pretendió conservarse en el puesto, aun des-

pués de habérsele nombrado un sucesor.

Los primeros actos del gobierno provisorio de Vicuña, habían hecho ver al partido retrógrado, lo que podían esperar de la rectitud de este mandatario.

Don

Francisco

libertad,

i

Bamon Vicuña

era

un honrado

tenia fe en las instituciones republicanas;

azarosas circunstancias en que gobernó IK'to a la lei

de su edad

patriota,

i

i

i

No

la

a pesar de las

el país, dio* pruebas

de su amor a la república.

amaba

de sures-

obstante lo avanzado

de la mansedumbre de su carácter, tuvieron

mas

de una

vez que estrellarse las pretensiones de sus enemigos políticos, en esa firmeza pasiva que supone la fe en los principios que se abriga.

Uno tro

de los primeros actos de Vicuña, fué dar sucesor al minis-

Buiz Tagle, a quien todos señalaban con

el

dedo como un prin-

punto de apoyo que los reaccionarios tenían en el Gobierno. Esto los desconcertó algún tanto; pero no por eso desmayaron en su

ci¡)al

2)royecto, trabajando por crear inconvenientes

a la administración.

Las sordas maquinaciones del partido conservador,

el

mas

revol-


331

toso que lia tenido Chile, porque lo lia sido contra el derecho libertad, hahia eiijendrado la división entre el te del ejército, i

judicial,

i

Gobierno

i

i

la

una par-

poderes administrativo

la desintelíj encía entre los

pues muchos miembros de las Cortes, pertenecían

al par-

tido pelucon.

En cuanto

puede decirse que, con escepcíon de un cortísimo número de sacerdotes ilustrados, los demás eran enemigos al clero,

natos de la república bien entendida. se

Muchos eran

realistas,

echa de ver que a la sombra de este último elemento,

i

bien

el espíri-

tu reaccionario debía invadirlo todo. Por manera que se sucedían esa lucha entre el bien

en

las cabalas e intrigas

idea de progreso que

pugna por

establecerse,

i

i

el

la

mal, entre la

de atraso que

obra enérjicamonte por conservar su imperio. ;No se arranca un árbol sin remover la tierra en que está plantadol

Acabábanse de verificar las primeras elecciones constitucionales, según lo dispuesto por el código dictado el año anterior; pero una gran parte del Congreso que debía hacer el escnitinio de la elección, parecía haberse revelado contra el Gobierno.

Los pelucones, en su empeño por

aislar

completamente

al Presi-

dente, habían conseguido introducir el desacuerdo hasta dentro de

medio de los diputados que habían podido elejír. Las sesiones del Congreso se hacían cada vez mas necesarias en un país que principiaba a dictar sus instituciones fundamentales; pero por lo mismo que eran necesarias, debían no tener la llepresentacion Nacional por

un conciliábulo, al cual no había faltado muchos de nuestros demás amigos reaccio-

lugar, según se decidió en el ¡)adre ríipocreítía

narios.

En

conforme a

tal

i

estado de cosas la minoría asistente, ])rocedíeudo

la Constitución,

compelió con multas a los inasistentes.

Los diputados pelucones no tardaron en protestar contra este acuerdo, que calificaron de inconstitucional, i (pie fué uno de los i:>retestos I,

de que se valieron entonces para exacerbar los ánimos.

convencido

el

Gobierno de que no

tan perniciosas influencias

si

le seria

posible contrarestar

permanecia en Santiago, decretó su

traslación temporal al puerto de Yaiparaiso, traslación que se verificó

a fines de agosto de 18*29, a })esar de la oposición ([ue los pe-

lucones hicieron al ver que se les escapaba su presa. Preciso es advertir, sin embargo, que esta oposición

ver hacer huichi,

jil

(ío])ic'i'iio

sino do

(jiie

v\

en Valparaíso, se iba a

ima, retirada

([U(>

iio

nacia de

tanto so asciiu'jaba

Congreso convocado para reunirse se|)arai' del ciMitro

de

a

una

tanil)¡en

las inllueneius reac-


rtfto

En

clonarías.

cnanto a lo primero, Imbo mnclios qne se dieron

el

parabién, diciendo:

—¡Gracias a Dios qne

se nos deja el

campo

libre!

— ¡Si hnyen, es porqne nos temen!

'

—'¡Xnestra fnerza es, pues,

positiva!

Mientras tanto decian otros;

—¿No cómo país? — ¡Mirad cómo deja

este Gobierno

veis

no cuenta con

sufrajios del

los

a Santiago, centro del saber

i

de Ja aristo-

cracia! •

—¿Qué va a liacer a Valparaíso?

—¿Cnál su —Es evidente que su esa ciudad compuesta de comerciantes, de — de — Bien echan de ver tendencias de Su adheno pueden a mas patentes de —Así como su desprecio por honorables objeto?

es

fin es lialagar

mercachifles.

estranjeros

¡I

i

herejes! las

se

sión

los pipiólos.

los herejes

las ideas

ser

las familias

del reino;

quiero decir, de la Eepública.

-^Yo no ésta, sin

sé a

dónde vamos a parar con una administración como

paradero

fijo.

que a anarquía! — cabeza — ¡La Vírjen Pilar nos — aténgase Ud. a Vírjen no —Lo importante que nosotros observemos ¡Claro es

I sin

del

la

libre!

la

Sí!

corra!

i

es

lo

que Dios dice:

«ayúdate que yo te ayudaré.» Tal era

el

estado de las cosas, cuando Freiré llegó a Santiago.

Al momento se vio rodeado de los cabecillas de los diversos bandos. Pero aunque los pelucones trabajaron mucho por conseguir que el jeneral prestase oidos a sus insidiosas indicaciones, nada consiguieron en un principio. Ajeno a las cabalas políticas, i enemigo por carácter de la intriga. Freiré pudo en un 2)rincipio resistir,

apoyado en su patriotismo

i

en la

fe

de sus convicciones.

de decia —Es preciso vencer Franco. — Con maña conseguiremos, contestó Aldeano. agrelado de hidalguía —Váyansele gó — Así conseguiremos que don Quijote ataque a molinos de la resistencia

el clérigo

Freiré,

lo

2><^>r

el

la

i

caballerosidad,

Hipocrcitía.

los

viento, contestó Portales.


—Tiene razón don Diego, pocreitía.

me

Los pipiólos

i

los

333

dijo Dorriga al oido del reverendo líí-

ya su paternidad

molinos de viento

entiende.

:oi'

CAPITULO LY.

ANSELMO VISITA A

FREIRÉ.

que algún día héroes mil rescatara El brazo de ((1

De

es ésta aquella patria

la antigua,

(Sector A

Pagado sitas

el tributo

que debia a la

de sus amigos, voháó don

los asuntos

ominosa tiranía?»

Marín de Solar.)

política,

Ramón

de su sobrina Lucinda.

i

desocupado de las vi-

a ocuparse asiduamente do

Pero, por

mas que pensaba, no

encontraba en su mente medio alguno de qué valerse para vencer

don Marcelino, a quien conocia mui bien. Por último, persuadido de que los medios pacíficos eran los peores, resolvió tomar otro camino.

la tenaz resistencia de

—Yo

se

que es cobarde como una gallina, dijo

podrá conseguir metiéndole miedo

tar consideraciones con este

gustan el

los

uno del

hombre

i

el

jeneral;

i

todo

tratándolo a la vaqueta. Gas-

es perder tiempo,

i

a mí no

me

asuntos largos. Los mucliachos se quieren; son dignos otro,

i

se casarán con el favor de Dios!


— Paseábase

mismo

jen eral dentro desncuartOj mientras tenia consigo

el

soliloquio

el

334

cuando oyó dar a

anterior,

la

puerta tres dis-

cretos golpes.

—Adelante! La puerta

dijo.

se abrió

suantiguo jefe

i

Anselmo Guzman, (paien saludó a com' muestras del mas cariñoso respeto.

apareció

protector

i

—Anselmo, mió, don Ramón momento me estaba acordando de En contestó Anselmo. no — Gracias, hijo

liaciendo sentar al joven.

dijo

este

tí.

señor,

verlo, lia sido

habia venido antes a

Si

porque

a

lo creia

Ud. demasiado ocupado con otras

visitas.

—Es verdad,

no lie tenido tiempo para nada.... Pero

dijo Freiré:

tú estás pálido, prosiguió bondadosamente ¿Has estado enfermo?

señor:

Sí,

Ali! se

un rasguño en

me

este brazo.

olvidaba que liabias salido herido en la última re-

vuelta. ¡Por la Yírjen del

Cármenl ¿cuándo terminarán estas mal-

ditas rencillas de partido?

—Esa misma pregunta nos hacemos con respondió Anselmo. amamos nuestra — Parece que. aun no creyesen bastante

dolor todos los que

patria,

derramada,

la sangre

prosiguió el jeneral, paseándose por el cuarto...... Es creer que

hemos vencido a

Nó:

país

los españoles

los españoles;

un engaño

que los hemos echado del

entán todavía aquí con nosotros; somos

Tenemos el enemigo dentro de nuestro hogar ¿Cuándo i cómo terminará todo esto? ¡I yo, necio de mí, que habia colgado mi espada creyendo que ya no habia enemigos que vencer!

nosotros

— Lo mas Anselmo. —Tienes razón,

triste es

pensar que esos enemigos son chilenos, dijo

Después de la batalla de Maipú, yo no puedo mirar como enemigo a ningún chileno, por mas contrario que me sea en política. ¿Por qué hemos de emplear en respondió Freiré

despedazarnos mutuamente tivar nuestros campos, en i

en

el

tiempo que debíamos ocupar en cul-

desarrollar nuestra industria

i

comercio,

en dar estabilidad a la república por medio del trabajo?

fin,

¡Maldita sea la mezquina ambición, que solo sabe producir atraso,

sangre

i

lágrimas! Pero dejemos esto

tima refriega Señor

te portaste bien,

— — Déjate de

siento

eSj

que

cortesías, hijo. el

valor

i

i

no

lo

Me han dicho que he estrañado.

¿No te he visto pelear a mi

la fuerza

en la úl-

lado?

Lo que

de los hijos de Chile se hayan de


oo ^

_____

¡DeslealesI aquí he veemplear en exterminarse mutuamente nido a saber que se lian valido de mi nombre para sublevar a los

Coraceros.

verdad, señor —Así — Miserables! Son capaces es la

norancia,

hasta con la gloriado

i

Sonrióse

—Aun como a un

de especular con los

Anselmo

los

vicios,

con la ig-

demás

palabras del jeneral.

al oir estas

ayer mismo, prosiguió éste, han tratado de engañarme

Pero doblemos esta hoja,

chiquillo

i

tratemos de tus

asuntos, hijo mió...

—¿De qué asuntos, señor? — Demasiado reservado

Anselmo;

eres,

compañeros de armas, Anselmo tenia ya noticia de

i

eso no es bueno entre

dijo Freiré, acercando su silla a la del joven.

en casa de don Marcelino,

i

la visita

que

el

jeneral liabia hecho

del interés que habia manifestado a fa-

vor de su causa. Por otra parte, veia en su antiguo jefe a un decidi-

do protector;

así fué,

que alentado por la franqueza de

— Señor jeneral: Ud.

me anima

a decirle que

amo

éste, le dijo:

a la señorita

doña Lucináa de Rojas; i como no tengo otro asunto que me preocuj^e mas, he creído que Ud. se referia a éste. Así es, amigo mió: ya he princijnado a trabajar por tí. No olvidaré jamas el interés que Ud. ha Gracias, señor

— —

manifestado por mí en la entrevista que tuvo con

el

señor de Ro-

jas...

—¿Conque ya — —¿Luego — Casi todos

sabias?

Sí, señor.

estás en correspondencia con el interior de la plaza? los dias

la señora

tengo noticias de Lucinda por conducto do

de don Cándido de

la

Rueda, de quien

me

he hecho muí

amigo.

—¿Conque doña Estrella está a tu — señor; aun me ha ofrecido Sí,

i

favor, eh? los

buenos

oficios

de su ma-

rido.

— Don Cándido no sabe mas que hablar necedades embarpuede servirnos de — Yo creo será mui vencer de dou Mar:

sin

algo.

go,

(pie

difícil

la resistensia

celino.

— —

-

convengo; pero no imposible... El hombre es testarudo» Tiene la peor de las tenacidades, que es la de que no escucha» Difícil,


336

—No por esto debes desanimarte: Lucinda vale pena de bajar por nn esclamó Anselmo con pasión. — Oh! —Pues entonces, valor constancia! no — Creo tener uno por qué a veces desla

tra-

ella.

señor! es

ánjel! i

i

fallecer

mi ánimo

otra;

i^ero

siento

al considerar la resistencia de

don Marcelino

señor! i)rosiguió el joven con doloroso acento: es

;01i,

ver a su

mayor enemigo en

queme

nuestro corazón. ¿Por

En

cer su odio? vir de

mismo

el

¡Dadre del

Qué

mas

mui duro

el

querido ser de

hecho para merebalde busco en mi conciencia algo que pudiera serdesprecia?

base o de pretesto a su repugnancia.

siempre con honradez,

i

lie

Yo me he conducido

tengo la dicha de contar con

el

aprecio de

mis compañeros. ¡Jamas podrá ese hombre encontrar en mí otro crimen que el de haberme atrevido amar a su hija, siendo como soi, pobre!

Pronunció Anselmo esta última palabra con un tono que manifestaba dolor, desprecio

i

orgullo ofendido a

im mismo tiempo. El

jeneral no contestó; solo miró al joven bondadosa te,

i

compasivamen-

diciéndose en su interior:

— ¡Pobre mozo! Se casará a pesar de diez Marcelinos juntos. prosiguió Anselmo. —Dispénseme Ud. que me esprese señor,

así,

Su bondad i las distinciones con que me ha honrado siempre, me dan derecho para abrirle mi corazón. Estoi ahora, que ni yo mis-

mo me conozco. Yo

nunca habia conocido

prender a mi corazón odiando;

mi Lucinda! sufriera yo

¡Oh!, no sabe ese solo,

nada

seria;

el odio,

ahora suelo sor-

odiando a quién? Al padre de

i

hombre ]iero

el

mal que me ha hecho!

hacer sufrir a aquel ánjel!

Si

No

tengo fuerzas para i)erdonárselo! Su injusticia ha maleado mi carácter; i digo su injusticia, porque mi calidad de pobre no leda derecho para oponerse a nuestra unión. sé

que podríamos vivir mui

para

con solo

felices

lo cual, estaba dispuesto a

Yo

conozco a Lucinda,

el fruto

abandonar mi carrera

i

de mi trabajo, i

ocuparme de

cualquiera industria.

— Oh!

le

interrumpió don Eamon. ¡Abandonar tu carrera!

te lo permito,

de

oficiales

Anselmo

honrados en su

—Yo también

—No necesitas tria,

Ahora mas que nunca necesita Chile ejército.

lo creo así, señor,

pero

colgar tu espada para ocu})arte de alguna indus-

aunque sea indirectamente

to...... Por

No

Después hablaremos de

ahora es preciso tratar cómo tomar la fortaleza

es-

Yo»


— teiip-o nii })lan; i

i

te

337

aseguro que la tomaremos^ aunijue sea a saugre

fuego ¿Cuáles son tus determinaciones?

—En mi

no me queda otro medio que esperar con paciencia a que Lucinda sea mayor de edad. Puede ser que intertanto, don Marcelino entre en razón i.... posición,

—¿Entrar me

balde ce,

en razón ese viejo? es pedirle peras al olmo. 'No en

Me

opuse yo tanto a que se casara con la Trinidad.

amigo, que es peligroso

empleo de

el

la paciencia,

de ser que durante este tiempo, Lucinda, obligada

i)or

pare-

porque puesu padre se

case con otro.

—Ya

proyecto de don

só el

tengo temor alguno,

aunque no

— Mi plan

Mi

señor.

lo fuera, confio

en

rival es

el juicio

hombre.

es otro,

Marcelino;

Yo

soi

un

pero a cerca ser

d.e

mas que

eso no

ridículo

i

do Lucinda.

porque empleemos

la fuerza

desde luego.

— ¿Cómo?

Antes de — Después ¿dónde vives? —En casa del capitán Andrés Muñoz. — Lo conozco. Es preciso que hoi mismo vengas a aquí que No mi a — Mil —Entonces, basta luego. Prepárate, porque mañana liemos de una en casa de don Marcelino. hacer Üd. no sabe — Obi señor odio que me ha me dicho — Sí mismo, sabiéndolo que aprecio; lo sabrás.

todo,

te

casa.

vivir

replicar.

liai

gracias, señor.

visita

junto.s

jeneral! lo

lo sé:

i

el

profesa.

él

te

es preciso que castigue su desatención llevándote allá

im hombre

racional, obraríamos de otro

está fuera de la

En

la tarde

lei

de ese

Con

modo; pero don Marcelino

común.

mismo

dia,

Anselmo estaba instalado en casa

de don llamón Freiré

4;í


CAPITULO

LYI.

A DESCORTESÍA, DESCORTESÍA

I

MEDIA.

«La educación invadía las creencias ((españolas: la autoridad favorecía

la

«invasión: luego, destruyamos esa anee toridad»

(Francisco Bilbao.

—Sociabilidad Chilena.)

Ilabian pasado algunos dias: don Marcelino cuarto platicando sobre

asunto que

el

mas

le

se

hallaba en su

preocupaba con su

padre Hipocreitia, a quien liabia llamado para prepartido que seria conveniente tomar.

constvjero, el

guntarle

el

— Es por demás estraña

la

conducta del jeneral, dijo

el

después de liaber oido la relación de su amigo. Se lia portado como un verdadero loco, i yo creo que aVo de aquí, contestó don Marcelino tocándose la cabeza.

Jamas

lia

guió en tono

tenido de sobra,

mas

alto,

que

el

murmuró

eljesuita.

objeto de don llamón

padre,

le

falta

Yo

creo, prosi-

es

oponerse al

proyecto de Ud. .-- Eí¿ttl

do mauifiesto:

me

lo

ha dicho en mis barbas^

el liQmbrel


— — Quiero el fraile,

— Eso

339

que Ud. se propone realizar, agregó

decir; al proyecto

recalcando las últimas palabras. es,

me he

padre mió ¡que yo

propuesto realizar! repitió

necio de don Marcelino, halagado con

la idea

de ser

él

la

el

persona

activa en el proyecto.

— siendo Ud., prosiguió padre, verdadero autor de para ver comprendo su disgusto — La incomodidad que he tenido con liombre, no puede mayor. ¡Dios me perdone...! —Eso mui natural justo Porque no puede respeto debido a un padre de —¿Ko digo yo? Su paternidad adivina mi pensamiento. Es I

el

el

la idea,

la dificultad

al

realizarla.

ese

es

se

i

ser

faltar al

familia....

que ha hecho ese hombre;

i

no

se lo

lo

perdono por mas jeneral que

sea.

— ¿por qué no prohibió Ud. entrada? — Pero, señor! no me dio tiempol Entró mi permiso. — ¿Llevándoselo por delante? — Como yo fuera basura: señor! mas menos. —¿8in respetar sus canas? — Sin menor miramiento, contestó don Marcelino, furioso ya con I

la

le

sin

si

si

ni

jsi,

ni

el

Ese hombre ha abusado de mi paciencia, de mi mansedumbre, de mi buen jenio, de mi de mi...... de todo lo que yo puedo tener de bueno. Le aseguro a su paternidad, que cada vez que me pongo a considerar en esto, casi me las insinuaciones del diestro fraile.

vuelvo loco. Es

Esto

mucha

cosa!

mui bien

hé aquí, por qué habia empleado sus escitantes palabras. Después de un corto silencio, esclam(') lo sabia

el jesuíta;

i

— ¡Es un atrevimiento inaudito! Aquí tiene Ud. una prueba délo he dicho ¿qué otra cosa ha de suceder con el gobierno que tenemos? Mucho tiempo hacia que trabajaba el padre por convertir en opo-

que otras veces

sitor

a

Don

le

:

Marcelino; pero a pesar de la influencia que

sobre

él

no habia podido conseguirlo, pues el viejo era dolos liombres que jamas se esponen a nada i siempre están con el que iiiaüda. I como el jesuíta sabia que no se puede influir sóbrelos caracteres egoístas i testarudos sino halagando sus pasiones favoritas, no quis!)p«erder la oportunidad que la suerte le presentaba aqu.d di<i, a liu de ejercia,

atraerse a un

hombre tan

rico

como

el

señor de Rojas. Al oir éste

las últimas palabras de su amigo, le ])reguntó:

I ¿qué tiene

que ver

el

gobierno con la mala crianza del jeneral?


— —

340

Miu'lio^ iiniigo mío, muellísimo: ¿no sabe

Ud. que

el Gü})iei'iio

está compuesto de esajeute sin principios, sin relijion ni temor de

Dios, a quien se llama pipiólos?

como cuenta con

i

que se

el

El jeneral Freiré

apoyo de

es

la autoridad, cree

uno de

ell(>s

poder hacer

lo

le antoja.

— ya entiendo: por eso — Pero, ponga a Allí

ITd.

está tan gallito.; Lo entiendo

los pipiólos debajo,

morata de Dios encima, i verá respeto a un honrado padre de

si

i

la jente

mui

bien!

de orden

i

un cualquiera viene a perderle

ti-

el

familia.

—Tiene razón su paternidad. No habla pensado en ahora caigo: pura verdad! — Por eso que hombres de bien deben trabajar por que ello; i)ero

¡es la

es

los

se

verifique este saludable cambio.

Don

Marcelino bajó la cabeza sin contestar. El jesuita, cuya di-

visa era no ser porfiado con los testarudos,

de tocar otra cuerda en

el

alma de su

— Pero volviendo a nuestro asunto el interés

tomó

otro

camino a

fin

interlocutor.

principal, dijo: ¿cuál

puede ser

de Freiré, fuera del de casar a su primito Anselmo con

Lucinda? -

— También ha tenido atrevimiento de decírmelo; pero no concuando me echen encima. quiero como espera una buena — Como niña lo

ei

seguirá, sino

la tierra

decir,

es rica;

la

ella

dote

— Por eso es

empeño Pero ¡por los clavos de Cristo....! Yo no permitiré que un cualquiera venga aquí con sus manos limpias a aprovecharse d@ mi sudor i trabajo. ¡iSTó, señor!

—En

el

fin, dijo ei

reverendo,

si

Ud

estuviera seguro de que el ver-

dadero itióvil de ese pretendiente era un amor honesto, vaya con Dios; pero la mayor parte de los mocitos del el dinero:

No

clia

no miran otra cosa que

¡nada mas!

contestó don Marcelino, porque en aquel

momento llamó

at ncíon la entrada de dos personas- por la puerta de calle

ba enfrente de su asiento.Eran estos

el

jeneral

ron al patio conversando mui naturalmente.

como clavado en su

silla,

por la emoción.

En

i

que esta-

Anselmo que

Don Marcelino

se

entra-

quedó

seguida, mostrando con

dedo índice a sus enemigos que atravesaban tranquilamente esteuso patio de la casa, dijo con voz convulsiva: el

— Mire, su paternidad! ¿Será —Si no lo viei-a, r-ion. I lo

peor

es^

no

su

el

creíble tanto atrevimiento?

lo creeria, dijo el fraile

con

que nada puede Ud, hacer contra

secreta satisñxcellos

,,.,Es"»


— tan con

gobierno. Resígnese a «er pisoteado por los pipiólos.

el

—Yo

'^il o

no

me

resigno! esclamó clon Marcelino indignado, levan-

tándose de su asiento*

apresuradamente de su cuarto,

I saliendo

se din'jiíj liáeia los

re-

cien llegados. ofrece a üd.? preguntó con voz ¿qué — Señor pasado — señor don Marcelino: dispense Ud. que jeneral!

ade-

liaya

Olí!

lante sin saludarlo, contestó Freiré tendiendo*Íti

mano

dominado por la presencia de don llamón, no balbuceando un saludo. Este,

— Xo

seca.

se le

lo

digo por Ud., señor jeneral, sino

])ot

le

al viejo.

ma-

tendió la

su compañero

que....

Dígame, prosiguió, dirijiéndose a Anselmo, cuyo saludo no contestó; ¿qué se le ofrece a Ud. aquí en mi casa? Viene acompa^ñándome, contestó Freiré tranquilamente... No olvide, señor don Marcelino, que Anselmo es uno de los amigos a

quienes

mas

estimo.

Anselmo debe acordarse de que —Así seráfpero jado de —¿Por qué? — Porque me a mí no me gusta dar cuenta a nadie de que — Pues yo traigo aquí porque me conviene, contestó Freiel tal

lo ]ie arro-

]ni casa.

cojí venia:

asi

lo

llago.

así

lo

I

me

sados

lo

Por último, en dias pa-

pesar suyo

a

traigo,

aconsjó Ud, que no

me metiera

en sus asuntos: ahora

le

doi

yo un consejo análogo. ¡Déjeme en paz,! señor de Pojas. ¡I se liace dueño de }ui casa! esclamó don Marcelino, temblando

Eso no

de cólera sea,

i

por muclio

mas

lo

Xó! Pur

permitiré

capitán jeneral del

rei

iiias

jeneral ([ue

que Ud. ]iaya

sido,

no

¡)asará por sobre mí!

— Don Marcelino, don Pamon, tomnndo de no retirándolo aun Ud: — Oigo. Vamos a ¿qué — Ud fuera capaz de escuchar como haeen le dijo

al viejo

ver:

tiene nsti>d <[ue decirnií»?

Si

rnzoiu^s

bnís de juieio,

muchos años

Üd me

me

íiie lia.

de mi

bnjando mas

enseñado a tratarlo a

sobi-iiui. l^astn,

la,

voz:

l>nst:i

me

don

con ([nc

tortura constante en «pie ha vivivlo mi S(Mlor!

los Ikíhi-

conduciría de otro modo; ])ero ]a

conoce demasiado })ara que

el sacrificio

ma-

lado: oio-a

i

ral

la

Ud

coino

ex])er¡enc'¡a (h*

mrr(M'e... \i\

crea capaz de ver impnsibh* i\íni-c(*lÍ!io.

le

baya

j>r¡!iia.

prosignió

el

¡(Mk^-

]HM'dona(K) a l'd.

'rrinivlad.

[a.


342

--Pues bien, amigo mió: estoi pronto a respetar sus derechos de dueño de casa: me voi; pero es para entablar desde lioi un juicio contra Ud.

—¿Contra mí? —En representación de mi prima. — ¿Contra mí? — Juicio de divorcio.

—Oh! —Tengo

pruebas fehacientes de su mahí comportacion para con

su mujer... Veremos quién vence...

Vamonos Ansehilo:

el

señor

don Marcelino nos prohibe el placer de visitar a sn familia. Pero ¿quién le ha dicho que le prohibo a Ud el venir a visitarnos cada i cuando quiera? Entre Ud; pero Es que si entro ha de ser acompañado de mi amigo: ¿qué dice

— —

Ud.?

Don Marcelino no

— Quien I

contestó.

calla otorga, dijo

don Ramón, abriendo

empujando a Anselmo para que

entrase,

la puerta.

entró él mismo, di-

ciendo entre dientes: -

— A descortesía, descortesía

i

media.

I cerrando la puerta se dirijió con su joven

compañero hacia

las

piezas de la señora, quien con su hija, hablan visto la desagradable

escena por entre las rejas de una ventana entreabierta.

:o:-


CAPiTULO LVIL DON MARCELINO SE ENTERNECE,

ARREPIENTE DE SU

LUEGO SE

I

DEBILIDAD.

«No

llegando al mal pRío, se apee del Picazo.»

liai (juieii,

No

(Refrán del pueblo)

La

po])re

Lucinda no saLia

que

no se atrevía a

noticia de la visita,

le

pasaba. Aun(pie

creerlo,

pensando

(pie

ya tenia nadie se-

capaz de contrariar las órdenes de su padre.

ria

Doña Trinidad con

el

da de vo

lo

recibió llorando a su primo,

cariño de una la vista

t<Mitad()

madre

de un hijo (picrido.

por entrar a castigar,

joven; pero se contuvo, allí lo

(pie lia

i

estado

En ])()r

i)or

cuanto

a,

i

abrazó a Anselmo

muclio tienqx) priva-

don

^Farceliiio, catn-

su propia, mano,

volviendo a su cuarto, dijo

la,

audacia del

al

padre

(pie

esperaba con impaciencia:

—/Padre miol no me mi mujerl — Ud? — Lo Me ha hablado de solo

¿Q\\(i es lo (pie

(piicre (piitar

si

hija, sino

también a

dice

([Ue oye.

eclesiástica

a mi

no consi(Mito en

causa, de divorcio ante la

(Mitr(\i;arl(» a nn'

bija j^ara ([ur

Curia él

se


— la dé al

344

primero qne pase por la

calle... Olí! esto

es

atroz!... ¡Al

primero que pase por la calle! Sí, señor! I don Marcelino se cubrió la cabeza con ambas manos.

Luego

reliaciéndose, dijo:

— Mire, padre:

lo

que su paternidad ha dicho es la verdad. Ami-

bos dos son pipiólos...

)Si

no fuera por

el

gobierno que tenemos ¿es-

tarían tan ensoberbecidos?

— Claro que — Pues ahora es

nó, respondió el jesuíta.

soi

con Uds. ¿En qué quieren que los ayude? Ne-

Ah! daría

cesitan dinero?...

el

mos, durante diez años, por bajarle

—Ahora

lo

mi

arriendo de el

estancia de los

Peu-

orgullo al jenerall

que importa es arrancar

de las garras de

la tórtola

los gavilanes, dijo el fraile en voz baja.

— Pero cómo? Se ocurre a Ud algún — uno; pero no tengo tiempo para

medio?

le

Plai

—Me pongo a

esplicarlo.

mió

sus órdenes, padre

:

dígame ¿qué

es

lo

que

conviene hacer? Acepto desde luego su plan.

—¿Me promete Ud obrar como yo — Promictido! prometido! •--Pues entonces; vaya

le

indique?

mañana con Lucinda a misa

al

convento

de las Ca^puchinas.

— Convenido. —A odio media — Mili — Ahora preciso que Ud las

sin falta.

i

bien. es

vaya a

liacerle

la

corte a

don Ra-

món.

—Yo? Sea complaciente con Anselmo. — — Lnposible! — Usted me ha prometido obrar según mis — Pero... don Marcelino, porque de — Quiebre de su Sí, señor.

indicaciones.

jenio,

otro

modo, nada

conseguiremos.

— Lo haré

así,

ya que

—Es preciso que Ud. de

li!>i

li;ista

sacriíicio

Olil

trate bien a

doña Trinidad

mañana. Sea amable con

..!

mi padre,

--Adiós!

es necesario.

así lo haré...

ellas,

i

i

a Lucinda des-

ofrézcale a Dios el

'


— — Hasta mañana,

34o

dijo clon Marcelino,

encaminándose

liácia

las

piezas interiores.

Cuando doña Trinidad riamente; pero

modo

vio entrar a su marido, tembló invohmta-

algmi tanto

se tranquilizó

apacible hacia el jeneral

i

al verlo

dirijirse

entablar conversación con

él.

de un

Mien-

tras hablaban, decia interiormente el viejo:

— Dios mió

I

de mi ingrata

En

te ofrezco este sacrificio

que hago por la felicidad

hija!

seguida, viendo que la niña no estaba en la sala, le preguntó

a doña Trinidad por

— Se acaba de —Enferma!

ella.

retirar, contestó la señora: está indispuesta.

don Marcelino. ¡Dispense Ud. señor jeneral: voi a ver qué tiene esa pobre muchacha/ dijo

En

seguida se fué al cuarto de su hija, murmurando:

— /Dios mió! Te ofrezco

el sacrificio

de tener que aparentar otra

cosa de lo que íúento por lograr el bien de al santo Hipocreitía se le

Llegado

al cuarto

mi

i

bajó la cabeza

de su

—Te pregunto

como

si

liija,

preguntóle qué tenia.

la

ni-

pregun-

tenia de costumbre.

don Marcelino.

ella.

— I entonces ¿por qué te has venido de —Por

La pobre

no entendió

estás enferma? dijo secamente

—Nó, padre, contestó

creo que

debe haber ocurrido un buen plan.

ña, creyendo que su padre iba a reprenderla,

ta

Yo

familia.

no hacer una cosa contra

do allá adentro?

voluntad de su merced^ con-

la

testó sencillamente la niña.

— ;Pobre muchacha! esclamó don Marcelino, conmoviéndose

in-

voluntariamente.

En

seguida se acercó a su hija;

hombro,

— ;No Al

le dijo

i

poniéndole la

mano

sobre

el

con una voz que tenia algo de cariñosa:

llores, hija

mial

mano; al oir las palabras de su ternura, Lucinda echó los brazos al

sentir el contacto do aquella

padre, que espresaban cierta

don Marcelino, i esclamó llorando: ¿Me perdona su mercecP. Ah! si su merced supiera cuánto

cuello de

lo

quiero, padre miol «

Estrechado

el viijo

por

el

dulce abiazo, no pudo

tiernas palabras de su hija e inclinó la cabeza sobre los

las

hombros de

Dos gruesas lágrimas l)rotaroii de sus ojos, un IdihIo escapó de su [XM'lin. Su dureza estaba vencida. El (jik»

la niña. ])¡ro se

r»'sist¡r

i

44

suslia-


— Lia ido

por representar

allí

346

iiu papel,

concluia por liablar

i

obrar

con verdad.

— jEsto me

lia lieclioLien!

murmuró

el

pobre liombre después de

cama. Acuéstate,

liacer sentar a su liija en la

liijita, le

tú no

dijo:

estás buena.

En i

seguida llamó a una criada;

le

encargó

el

cuidado de Lucinda,

se fué a la cuadra.

— Conque ¿en qué quedamos, señor don Marcelino?

preguntó

jeneral despidiéndose. ¿Puedo proseguir visitando esta casa con

el

mi

querido amigo Anselmo?

Sí,

En

señor; contestó

seguida saludó al

mano. joven de una manera que admiró a

don

Mar^celino, dándole la

éste

i

a

don Ramón. Doña Trinidad llegó a mirar con interés a su marido.

— Gracias, don Marcelino, tirado —Ve a ver a Lucinda,

dijo la señora

cuando se hubieron

re-

las visitas.

dijo éste,

dico :j Pobre

i

avísame

si

será preciso ver

mucliaclia! prosiguió, dirijiéndose a su cuarto.

conozco cuánto la quiero

mé-

Aliora

!

Pero fué interrumpido por una voz que

preguntó desde

le

el in-

terior del cuarto:

—¿Cómo ha —Ah! mi creia que — ¿Usted no

ido, señor?

.padre!

preferido saber

creia encontrarme aquí, el

Yo

esclamó sorj)rendido don Marcelino.

eli?

Es verdad; pero he

resultado de estos incidentes antes de irme

Ademas, queria hacer a

Ud una

advertencia.

—¿Cuál esa? — Que cuando hayan oido misa, mañana, vayan Ud — Pero, dígame padre ¿cuál su plan? — Mañana sabrá Ud. —Es que yo quisiera saberlo, mi padre; porque ya es

se

i

Lucinda

al locutorio.

es

lo

paternidad, que soi

de

hombre de

secreto.

sabe su

¿No habrá algún jjchgro

?

confianza en mí, no hablemos mas. — Ud no — Yo! no tener confianza en su paternidad! —No hablemos mas. Le a don Meliton que pierda ranza. —Ahí mi padre Si

tiene

diré

. .

!

la espe-


-~ 347

pretendiente, — Porr[UG — padre mió! — señor jeneral obtendrá mano de niña para su proteAnselmo enriquecerá a costa de Ud... su paternidad, esclamó — padre, —Adiós, amigo mió. ¿en qué quedamos de en Capuchinas a —Mañana ocho media. ¿No hora — Cahal: esa — luego después de misa nos vamos Adiós! — Eso pero preciso que Ud vaya con — Beso a su paternidad mano. Mientras don Marcelino decia meneando cabeza — Lo que son tentaciones del demonio! Ya me habia liai

otro

Olí!

I el

la

la

jido... I

se

Uff!

})or Dios!... calle

el viejo.

al fin?

estaró sin falta

la iglesia

las

las

es esto?

i

es la

al locutorio.

I

solo

es

es:

la niña.

la

la

salia el jesuíta,

princi-

las

piado a enternecer al oir los lloriqueos de la muchacha... Pero las palabras de este santo hombre

me han

fortificado.

¡Querer adue-

ñarse de mi dinero! Picaronazos! Antes se lo daria a los Pincheiras

Ah! no lograrán su intento por mas que trabaje el señor jeneral! I yo, tonto de mí, que casi, casi Si no es por este santo padre... Oh! vale mucho tener un hábil director de conque a

los pipiólos.

ciencia.!

¡o:-


CAPITULO

LVIII.

LA IF/^FÍ.

«Quedó

Como

la víctima oculta

débil navecilla,

Que, hecha pedazos la quilla,

En

las olas se sepulta.

La puerta

S.

Al

Sanfuentes.

mui de mañana,

volvió a cerrarse.»'

— {El Cam^oanario.)

don Marcelino a su hija para ir a misa. Obedeció la niña; i queriendo acompañarla doña Trinidad, se opuso el viejo con los mas frivolos protestos. La buena señora, acostumbrada a una obediencia pasiva, no hizo mas que callarse por creer que aquello no pasarla de ser uno de los conmnes caprichos de su marido, i aun llegó ella misma a agradecer la invitación hecha a su hija, cosa que no siempre hacia don Mar.

otro dia,

invitó

celino.

Mientras la pobre madre cavilaba sobre

el objeto

de aquella nue-

va rareza de su esposo, éste oía devotamente la misa Hipocreitía rezaba en el altar del Niño Dios, una (Uí

mas milagrosas de

la ciudad

de

(}uc el

padre

las imííjeiies

Santiago, cuyos habitantes teniau


— a

clicliü

La

Ni fio Dios como

mas

el

349

divino de todos los de la capital.

devoción^ llena de movimientos,

golpes de pecho

i

per sif/num

cortesías, besos

crucís de

a los ladrillos

don Marcelino, contrastaba

notablemente con la verdadera piedad que se reflejaba en la anjelical espresion del rostro de sn

liija.

Acabada la misa, quedáronse rezando yapa, como solia decir don Marcelino, Pero al

retirarse.

déla

salir

las últimas oraciones, o la i

luego se levantaron para

iglesia, dijo éste

a Lucinda:

— Oye, mia: me ha sucedido ahora que jamas me suceponiendo me Ya su merced, padre mió? preguntó niña con —¿Qué —No mas que una que No pasará... — Dios mió! esclamó alarmada Apóyese su merced en hija

lo

se ve!

de.

estoi

viejo.

tiene

la

in-

terés.

ñitiguita

es

te asustes,

la niña.

mi

brazo,

pedir

i

acerquémonos a alguno de esos cuartos del frente para

un poco de agua.

—Me parece i

preferible

irnos al locutorio: allí estaremos

pediremos una bebidita a las monjas

amigas en

el

sabes

mejor

que tenemos

convento.

Diciendo esto, ambos se hablan

encaminado hacia

el

lugar del

cuya antesala entraron, sentándose en uno de los largos escaños de madera que rodeaban la pieza. locutorio, a

—Uíf

!

esclamó don Marcelino, limpiándose

la cara

con su gran

pañuelo de algodón a cuadros: estoi un poco mejor con haberme sentado... Mira, niña, prosiguió: ruégale a la tornera que nos pase tin

poquito de agua.

Cualquiera otro habria notado que

el

habla, demasiado entera de

don Marcelino, no acusaba la fatiga de estómago de que él se quejaba; pero Lucinda estaba tan preocupada que no podia hacer esta refleccion,

i

solo

pensó en satisfacer cuánto antes la necesidad de

su padre.

Mientras pedia

el

agua, se abrió en un cstremo de la reja que

dividia en dos partes la gran sala del locutorio,

donde

se vio salir al

una puertecilla por

padre Hipocreitía.

— Ahí señor don Marcelino! esclámó; ¡qué buen Lucinda, ¿cómo está su mamita? — Muí buena, señor, contestó niña dando

feliz

encuentro!

Mui

dia,

la

por

el

iiit(M'es

— Yo no íiitiga

que

las gracias al

padre

que manifestaba,

lo estoi, dijo

don Marcelino, porcpic me ha atacado

una,


-- 350

—/Una fatiga !...Yoi a hacerle dar una toma

milagrosa para estos

casos, resjoondió el padre.

— He pedido un poco de agua, Lucinda. no agregó aquél, tomando —El agua dijo

sola

sirve,

el

pulso a don

Marcelino, quien tuvo ocasión de indicar al reverendo que la ñitiga era

un

protesto.

— Lucinda! entre en ese liai

como animado por una idea repentina: gabinete; abra con esta llave una puertecita verde que dijo el fraile,

a la dereclia,

mesa

dentro del segundo gabinete hallará sobre la

i

un frasco. Tráigalo pronto.

La pobre niña asustada por tomó

del fraile,

la llave

el terror

i

los ojos

entró al primer gabinete por la

i

puerta que dio salida al reverendo. puerta

que veia pintado en

En

misma

seguida abrió la segunda

entró en una especie de pasadizo oscuro, en donde, no en-

contrando la mesa

el frasco

i

ver a salir; pero en ese

de que

mismo

le

hablan hablado, quiso vol-

instante sintió que la puerta verde

daba vuelta como por encanto. La pobre niña quedó en tinieblas, i llena de miedo corrió hacia la puerta. No pudiendo abrirla, empezó a gritar: Padre mió! padre mió! ¡me ahogo! se cerraba de golpe

la llave

i

Entonces

se abrió otra puerta fronteriza a la primera,

i

entraron

por ella tres mujeres que recibieron en sus brazos a Lucinda, casi

desmayada de terror. Todo esto sehabia ejecutado en cortísimos bo Lucinda abierto

la puerta verde,

primer gabinete, la cerró de golpe

instantes. 'No bien hu-

cuando

el fraile

saltando al

torció la llave.

i

— Padre! padre! ¿qué ha hecho su Marcelino viéndolo en trampa, — Está voluntad de Dios! su paternidad, como — Pero

paternidad?

le

preguntó don

salir triunfante.

el

pajarillo

la

cpntestó el fraile. ¡Cúmplase

la

oiga,

cha!

Yo no puedo

I luego,

oir eso!

movido por

esclamó

llora

i

grita la pobre

mucha-

el viejo.

lastimoso llamamiento de su hija, don

el

Marcelino contestó:

--AUávoi, hijamia! Si se mueve Ud. todo

jetando sobre

a su

el

es

perdido, lo interrumpió

escaño a don Marcelino que queria

ir

el

padre, su-

a favorecer

hija.

— Pero esplíqueme, su paternidad, por Dios, m ó el viejo verdaderamente

sobresaltado.

lo

que sucede, escla-


— —Vola

351

hacerlo: tranquilícese, ¡lorque le juro por la sangre de

Nuestro Señor Jesucristo, que nada tiene que temer por parte de la niña.

— entonces ¿qué — Son causados por

significa ese llanto, esos gritos?

I

tres

monjas

la

la

esperaban

sorpresa,

allí

contestó el jesuita. Oiga

üd:

adentro para llevar la niña al monas-

terio!

—Al monasterio! indispensable. —

Ese era mi plan, que no he tenido

Yo

habia pensado llevarlo a efecto de

Sí,

señor: es

tiempo de comunicar a Ud.

modo; pero la casualidad, o mas bien, la Divina Providencia lo ha dispuesto mejor. En fin, le aseguro que nada tiene que temer; i para que se cerciore de ello, Ud. mismo hablará con la madre Portera, prosiguió, golpeando en el torno. Llame Ud. abadesa a la venerable hermana, Sor Águeda. En seguida, dirijiéndose a don Marcelino, dijo: No lo impuse ayer de mi plan, porque (es cosa ya ¡^robada) para que un proyecto tenga efecto, es preciso saberlo guardar hasta su ejecución. Habia pensado decírselo lioi aquí; pero ya ve Ud. que no ha habido tiempo. Se han presentado las circunstancias de un modo, que no era posible dejar de obrar. Mi plan de ataque se ha otro

inutilizado; pero ojalá se inutilizasen

a Dios, hemos pasado

una imprudencia,

—Yo —No del cual

el

Rubicon.

así todos los planes.

Ahora

es preciso

Gracias

no perder, por

que Ud. ha adquirido con este paso. no veo qué ventajas sean esas.

las ve

las ventajas

Ud. porque está cegado por

mnchass veces

se vale

el

el

amor de padre; amor

diablo para cojer las almas entre

sus garras.

— ¡Ave Maria! diga Ud. — Sí, sí!

¡Ave Maria! Ave Maria!

bólicas instigaciones. Ud. se encuentra

Yo no desapruebo

i

se verá libre

de dia-

herido en sus sentimientos

ahogar esos mezquinos movimientos de nuestra pobre naturaleza si queremos adquirirla fuerza necesaria para cumplir con un gran deber Lucinda está ya en el convento; aquí lo pasará mejor que encasa naturales

de Ud. Lacom])ariía de estas

esto; pero es preciso

santas esposas del Señor, influirá so-

bre su áninu) demasiado exaltado por tranquilizará su espíritu.

tan sumisa

—Oh!

En

las

mundanas pasiones

i

poco tiempo mas, tendrá Ud. una hija

({ue...

pudro mió!

le iiiterriunpió

dou Murcchno dominado por


tenga üd. razón. duda Ud. de los ¿I buenos i saludables efectos de la relijion? Yo no dudo. Sí, sí; Ud. duda porque el demonio aim no lia abandonado su presa. Satanás no se da por vencido sin un serio combate... Pero aquí tenemos a Sor Águeda. ¡Ave Maria Purísima! dijo desde adentro ima voz entera, cuyo tono liacia sospecliar un carácter resuelto.

la palaLrería del fraile: talvez

— — —

— — pecado concebida! respondió padre desde —¿Quién llama? preguntó misma — Soi madre mia! ¿Cómo está salud de su reverencia? ¿En qué puede — nuestro buen su buena, gracias a Dios. Yo —Estoi con señor don de Pojas, padre de la niña que de entrar convento! interrumpió monja. — Que padre con —¿Cómo está Lucinda, madre mia? preguntó voz temblorosa. — Buena, mui buena, gracias a Dios, contestaron desde ¡Sin

afuera.

el

voz.

la

yo,

la

capellán!

Ali!

serle útil

sierva?

estoi

Ma^rcelino

el

al

aca.ba

la

el viejo

señor,

adentro.

Al principio

nutos, ya la

la hizo llorar la sorpresa; pero a los cinco

La acabo de

santa paz moraba en su alma

mi-

dejar

en su celda acompañada de dos hermanas, cuya santidad es

el

Descuide üd., señor, prosiguió

ejemplo constante de la orden

con tono meloso: descuide Ud. en nosotras: yo sabré cumplir con encargo que Ud.

me ha

el

hecho por conducto del reverendo Hipo-

creitía.

cuándo? —Yo? Después ha— Calle Ud,, interrumpió blaremos. — señor mió: su humilde servidora cuidará en persona de que el fraile;

le

calle

i

oiga.

Sí,

nada falte a

la niña:

basta que se haya empeñado por ella nuestro

santo capellán.

monja. padre, despidiéndose de —Amen, arrastrando a don Marcelino hasta un escaño, —Mire Ud. don Marcelino: tenga valor para cumplir con un deber. tan de —Es que como ha hecho todo la

dijo el

le dijo:

I

se-

rio

sido

—Confieso que Ud. la tranquilidad de este

así...

tiene

razón para estar intranquilo, porque

mundo no

los acontecimientos» ¿Soi

repente...

estriba sino en la costumbre de

acaso de bronce para no comprender

el


— un

dolor de

353

que se ve repentinamente separado de su hija?

j)adre

Pero considere que esta separación no es eterna. La puerta del Pronto verá salir de aquí a claustro no es la losa del sepulcro!

sumisa que nunca... La niña es un ánjel; 2:)ero necesita vivir algnnas semanas entre estas santas mujeres... Por otra parte^ añadió con intención el jesuita: mióntras su hija perma-

Lucinda mas bella

i

nezca aquí ¿qué tendrá Ud. que temer de las visitas del jeneral...?

— Es verdad, padre mió, contestó viejo rehaciéndose. — Déjelo que lleve a Anselmo dos veces al dia, quiere, a casa el

si

de üd. ¿qué sacará con eso?

— Tiene Ud. razón: de

vista,

me parece

Bajo este punto

ello...

bien la clausura.

— Ya está vencido lo

no habia pensado en el

demonio,

acompañaré a Ud. a su

murmuró

en tono mas

casa, prosiguió

—Agámonos, contestó don

sonriendo

Yo

(d fraile.

alto.

Marcelino, dando un suspiro

i

encami-

el

dolor de

nándose hacia su casa acompañado del jesuita.

No la

es posible traducir en palabras la

sorpresa

i

luego

pobre madre al saber por boca de su marido que su hija quedaba

encerrada en un convento.

— ¿en qué convento ha quedado? })rcguntó señora. —Eso no sabrás, contestó don Marcelino, mientras seas conI

la

lo

traria a

mis intentos

— ¿A su

i

a la felicidad de nuestra hija.

felicidad? ¡Bien sabe Dios,

vida por verla

En balde

don Marcelino, que dariami

feliz!

rogó

i

lloró la señora

por saber en dónde habia ocultado

a Lucinda. Don Marcelino fué inexorable.

— Bástete

saber, dijo éste a su esposa,

que la muchacha no tendrá

nada que sufrir entre aquellas santas mujeres. madre abadesa i me ha prometido cuidarla como

— Esto Ud.

esto,

— Con drá de birle.

que

se le

En

fuera su hija.

el

objeto de que la inucliacha aprenda a obedecer.

el

sino

]):rra

ser la esposa de

llevaré las cartas

La pobre su dolor

la

don Marcelino?

nllí

Yo

doña Trinidad

si

hablado con

amor de una madre; conPero ¿conque objeto ha hecho

será cuando ella com})renda

testó llorando

He

i

i

No

don Meliton. Tú puedes

te traeré

sal-

escri-

su contestación.

no contestó una juihibra. Estaba absorla en a])énas podía creer lo que ya hacia un cnailo d»' lioi-a niujci*

habia dicho.

cuanto a don Miu'ccliaOj uo diremos

mas

sino queacpiel dia

45


— comió con

el apetito

354

de costumbre,

i

luego se acostó a dormir la

murmurando como si fuera una jaculatoria: Que venga ahora eljeneralcon su pipiolito! Veremos qué

siesta,

pone cuando no encuentre tiene este

pájaro en el

nido!

Já! já! já! Si

padre Hipocreitía unas ocurrencias...! Ahora

convenzo de que este I luego

el

fraile

es

un portento de

empezó a roncar gutural

-:o:'

i

s

habilidad!

onoramente.

cara

que

me


CAPITULO

LIX.

DENTRO DEL CLAUSTRO.

«¿Por qué la paz tranquila de este sitio ?» No está en mi corazón (G. Blest Gana.)

Al volver Lucinda de su desmayo,

cama

i

se encontró acostada en

rodeada de tres o cuatro mujeres que

le

prodigaban

mas un

Parecióle a la pobre niña que despertaba de

solícitos cuidados.

sueño para volver a caer en otro mas espantoso aun, pues del cuarto, así

los

una

como

la de las personas

la vista,

que rodeaban su lecho, no era

para tranquilizar su ánimo inquieto.

—¿Dónde —Aquí,

estol? fué lo

liijita,

primero que

dijo.

con nosotras, en este convento a donde su señor

padre ha querido enviarla,

le

contestó una monja de edad que esta-

ba a su cabecera. Esta contestación, las tocas de las monjas, las estami)as que adornaban las paredes blanqueadas con cal, i un gran Santo Cristo puesto enfrente de su cama, hicieron recordar a Lucinda la últi-

ma

escena del locutorio.

—¿Coníjue

es

verdad que estoi aquí presa? dijo con

V(»z

lasti-

mera.

La monja mas

vieja hizo entonces

ralieniu de la celda,

i

una seña a

las otras ])ara

quedando a solas con Lucinda,

le dijo:

que


— —

Ti'íinqnilízate,

cárcel sino entre

I

entonces

por Dios,

amigas que

¿i)or

3oG

liijita,

te

— i

sabe que no estás aquí en una

querrán como a hermana.

qué lian empleado la fuerza

i

engaño para cama.

el

encerrarme? preguntó la niña incorporándose en la

—No cierto riora,

puedo contestar a esa pregunta, respondió la monja. Lo es (pie te hemos traido aquí por mandato de la madre supequien tenia encargo de parte del señor don Marcelino para

tenerte en el convento.

— Mi — mia. — Es imposible!

])adre? 2)or encargo de él?

Sí, hija

Jamas me lia dicho mi padre que fuera su tención encerrarme en un convento. Nó; no puedo creer eso!

in-

—Nosotras

no tenemos costumbre de mentir, hija mia, dijo la monja con tan severa humildad, que hizo arrepentirse a Lucinda de haber 2:)ronunciado las últimas palabras.

— Perdóneme Üd. a monja, que mia: — No tengo de qué perdonarte, porque prohibido por nuestra hables tan — Yo quisiera hablar con madre abadesa. le dijo

la

si

es

solo te ruego

hija

es

alto,

he ofendido.

la

que no

regla.

la

—'Acaba de ser llamada La monja

salió

})obre niña,

su vestido

cinda tio

'

el

i

Vendrá pronto.

de la pieza después de haber aconsejado a Lu-

cuida que permaneciese

La

al locutorio.

allí

mientras la abadesa venia.

habiéndose bajado de

la

cama

i

puesto en orden

peinado, salió a la puerta. Aquel cuarto tenia para Lu-

aspecto de un sepulcro. Presentósele a la vista

cuadrado,

un gran pa-

rodeado de seldas, cuyas puertas entreabiertas per-

manecían sin moverse. El patio estaba ¡Dlantado de árboles; pero no se veía ninguna persona ni se oía el mas lijero ruido. No había allí señales de vida. Hasta el aire mismo, pasando mansamente por entre las ramas de los naranjos i limoneros, parecía no querer turbar el silencio de aquella mansión. Lucinda sentía sobre sí un peso, una emoción de que no- sabia darse cuenta. Su pecho oprimido, apenas la dejaba respirar. Quería llorar i no podía. L^n temblor involuntario ajitaba su cuerpo;

poso sepulcral,

le

i

luego aquel tétrico silencio,

aquel re-

inspiraba miedo.

— Ah! decía Lucinda: ¿qué

clase de tranquilidad es la que reina

en este lugar, que en vez de traer la paz n mi es])íritu subleva todos mis sentimientos i me excita a la desesperación? Creo que el buj

llicio

i

loiü

mayores desórdenes del mundo no

inspirairian el horror


— me

que este silencio

causal!...

357

La

paz! I ¡quién podria encontrarla

en este cementerio de vivos!

Agobiada por tan siniestras ideas, volvió la cabeza i vio venir a nna monjf!, de las muí pocas que tenian elprivilejio de salir de su celda en ciertas horas del dia. Venia ésta sin liacer ruido alguno con sus pasos, cubierta con un velo; í al pasar por enfrente de Lucinda, i sin mirarla, dejó caer en forma ele saludo estas palabras:

— Hermana!

que morir tenemos!

monja pasó adelante andando silenciosa i pausadamente como si fuera un cadáver movido por un oculto resorte. Lucinda volvió involuntariamente la cara i entróse en la celda; pero dando sus ojos con el gran santo Cristo i un par de calaveras ({ue estaban sobre la mesa, saltó fuera de la celda i echó a correr como una loca I la

En aquel momento

l^or el claustro.

salia la

abadesa del locutorio

se-

guida de dos monjas.

— Oh! me

madre, meneando la cabeza

dijo la

al ver a

Lucinda: bien

habia dicho nuestro santo padre, que esta niña tenia raptos de

locura.

En

seguida se encaminó hacia a ella con su par de ayudantes.

— Hija mia! meza a

la dijo,

la vez: ¿no le

con un tono que no carecía de dulzura

i

fir-

ha dicho a Ud. una de nuestras hermanas que

es prohibido salir de la celda?

— Dígame madre,

le

preguntó

Lufiíula entonces: ¿es usted la

abadesa?

~-Yo

soi,

i

por esto debe usted obedecerme. ¿Por' qué ha hecho

esto?

—Antes — Se

debe Ud. decirme: ¿por qué

estol

aquí? }>reguntó

la

niña.

lo diré

en

la celda:

vamos

allá, dijo

la

abadesa imperio-

samente.

— Yo no entraré jamas a ese cuarto! esclamó Lucinda, mostrancelda con índice de su mano derecha. do —Está en uno de sus accesos, murmuró abadesa, l^obre niña! En seguida, volviéndose' a Lucinda —Advierta Ud, mia; mientras more en claustro la

el

la

le dijo:

hija

d(>.be <)b('.l(M'(M'iii(M'()inii

— ¡Es contestó

(jiu»

yo no

iiiicindíi

— Pues,

a,

mi

a su

(iiiioro

con

este

(puí

|)r(>j)ia

estar en

madi'o. (^sto

clausíro ni en ningnn oíro!

cn(;rjía.

pesar,

uic veré obligada a cinjjloar

la l'noi'za, dij'o


358

madre haciendo una seña a sus ayudantes para que tomaran a la desobediente de ambos brazos. Al verse ésta amenazada por la fuerza, irguió su linda cabeza abadesa, la dijo con una voz qne resonó en los i dirijiéndose a la la

cuatro ángulos del claustro

— Señora!

Ud. se atreve a ajar mi dignidad, le diré, que no respondo de mí misma. He sido víctima de una traición, de un engaño atroz ¿quién me asegura que dentro de aquella pieza no volveré a sufrir nuevos ultrajes? Quiero salir al momento de esta casa, porque mientras permanezca en ella no me creo libre de desacatos contra

Si

mi persona!

Sí! quiero salir

de aquí!

:o:-


CAPITULO LX.

CARIDAD.

«Mucho liai, niña, de falso; Mucho la vista engaña; Jamas en apariencias Te aduermas confiada. Si ves sobre mis sienes

Mi

cabellera cana,

No ])ienses que Como mi frente,

se el

ha helado alma.»

(H. DE Irizarri.) Diciendo

esto,

Lucinda echó andar hacia

sa estaba estupefacta,

i

el locutorio.

La abade-

a pesar de su entereza se consideraba medio

vencida. Pero no era ])osible

dejar ajar su

comunidad

entera, ({ue

sus celdas,

presenciaba la desagradable

al través

autoridad delante de la

de las ])uertas escena.

entreabiertas de

¿Que hacer? Las

ayudantes, no atreviéndose a poner sus manos sobre la desobediente, la

en

el

seguian a cierta distancia, admiradas de que hubiese una mujer

mundo capaz de

revelarse contra la autoridad de la Sui)c-

riora.

Entonces

salió

de una de las celdas uua monja, que encaminándo-

se Inicia la madre,

le dijo:


360

—¿Me permite, su reverencia, hablar? — Diga liermaua, contestó abadesa secamente. — Prometo hacer que esta señorita obedezca, su reverencia me la

si

permite a mi llevarla a su celda.

Lucinda se quedó admirada viendo monja.

la oficiosidad

de la nueva

me obligo a cumplir penitencia que — no consigo mi merezca por su desobediencia. —Está abadesa impacientada: llévenla entre —Yo no necesito délas hermanas, monja: ruego a Si

objeto,

la

ella

bien, dijo la

las

tres.

dijo la otra

mande

su reverencia las

Hízose dijo con

así;

i

entonces la buena monja acercándose a Lucinda,

im acento

— üd. acaba

sa.

La

retirarse. le

lleno de dulzura.

de

oir la

]u*omesa que he hecho a la madre abade-

dejo a L'd. en entera libertad para irse o nó a su celda.

En

acompañaré como una amiga; en el segundo, iré a sufrir con gusto la penitencia por Ud. Vamos, amiga mia: lléveme adonde üd. quiera! esclamó Lu-

el

primer caso,

la

— monja. cinda llorando echándose en brazos de murmuró madre abadesa, visiblemen— ;Qaé locura tan la

i

la

rara,

te contrariada. ¡Hai locuras

I luego,

llamando ésta a

mui la

raras!

monja,

—No Sor María, arranques. — No tenga cuidado, su me permita trasladarme go —Está contestó en voz

(pie la

olvide.

le dijo al oido:

niña tiene continuamente estos

reverencia, contestó la otra: solo le rue-

(pu'

bien,

a la celda contigua para cuidarla. alta:

üd. queda encargada de esta

niña mientras ordeno otra cosa.

En

seguida volvió la espalda diciendo entre dientes:

— Hai locuras En

mui

raras!

cuanto Lucinda se vio eu su celda, preguntó a su compañera:

—;.Cuál es

raras!...... Si, señor,

nombré de üd? No quiero recordar el nombre que el

tenia en el

mundo, contestó

tristemente íarelijiosa: desde que estoi en este claustro;

Sor María de

La monja tristeza.

dulce

i

me

llamo

los Dolores.

])r<)nu('¡(')

estas palalu'as

con un profundo acento de

Tenia los brazos cruzados sobre

resignada,

i

el

pedio: su mirada era

mientras hablaba, dos lágrimas rodaron por sus

descarnadas mejillas.


861

Lucinda abrazándola: Ud. —Amiga mia! paz de comprender mi —Tranquilícese Ud., contestó otra reprimiendo

üd. es ca-

sufre:

la dijo

dolor.

un

la

Dios

lo

Ye todo,

i

mueve la hoja

todo lo juzga. ¡No se

suspiro.

del árbol sin

su santa voluntad, que nosotros debemos acatar con humildad, resignación

i

amor!

Sor María era una mujer de talento, animada por espíritu de la caridad cristiana.

En

lo

mas puro

el

poco que ella liabia podido

observar, aunque no

en todos sus pormenores, liabia columbrado

la verdad del caso;

mientras

i

mas observaba a

veía dibujarse en su fisonomía los efectos de

mas

la niña,

claro

una pasión contraria-

Ademas, casos semejantes se sucedían cotidianamente en aquellos tiempos en que un padre no tenia escrúpulo para meter a una bija desobediente en un convento, sobre todo, si la desobediencia tenia por oríjen el amor inspirado por un liombre de baja condición, o la falta de amor a un novio elejido por el interés. I como la monja sabia que en tales casos nada vale el raciocinio;! que pada.

ra curar las llagas del corazón, es preciso hablarle a éste antes que a la cabeza, se contentó

con prodigar a su protejida las

mas

cariñosas

espresiones de afecto.

—Aquel que nos manda

lloran, dijo

sufrir

por

No

los

que rien

sin inquirir la causa de tu dolor...

la perdone!

i

llorar con los

me

quo

induce ahora a

Perdóname, hija mia,

mi edad me da derecho. Ud. que es la única amiga que tengo en

al cual

¡a

esta casa! le interrumpió

palabras

con

Sor María abrazando a Lucinda,

que te dé un tratamiento

— ¡Qué

roir

Hable Ud., madre, que sus

Lucinda

me hacen mucho bien.

tengo otra cosa que darte, fuera de mi amor, dijo la monj'a

con una espresion de inefable bondad: apóyate aquí cercado este corazón que pongo en mis labios para hablarte.

No ponpie

veas mi

cabeza encanecida, prosiguió con ardoroso acento, debes pensar

que mi corazón ha muerto, o es incapaz de comprender sentimientos. Sabe que

debajo de este sayal, late con ardor

gocija cuando puede calmar

un tanto

alegría con la que Dios

mismo

([uicre

dio de la tribulación...

Por otra

])ari(',

i

se re-

dolor de otro corazón laiv-

el

rado, ayudándole a llorar su desgracia,

han

los tiernos

o bien («scitando

(pK»

en

nos fortiiincinos en

desconozco las cansas

él

la

me-

(pie te

ti'aido a<pn'...

N(^ es ])or(pie

haya hecho ningún mal,

le intcrrnin]>ii'>

queriendo no perderla estinuicion de su jtrotcctora.

40

Ln<wiuhi,


362

—I aim

cuando lo hubieras lieclio, contestó ésta; no por eso dejaria de amarte. Te anio^ no porque eres buena, no porque hayas dejado de hacer el mal; te amo, hija mia, porque sufres; i basta que te vea llorar para que yo también llore contigo.

— Gracias, amiga mia,

dijo

la

niña besando con reconocimiento

manos de la monja. ¡Gracias, mi noble amiga! Dios le pagará a Ud. el bien que me hace. En cuanto a mí, solo puedo decirle que he sido víctima de un engaño, ele una traición, cuyo autor no sé quién pueda ser.... ¡Pobre madre mia! cuánto no va a sufrir cuando sepa mi prisionl cuando no me encuentre a su lado! ¡cuando me llame i su hija no le conteste!... Oh! madre mia! ¿quién la consolará eu

las

su dolor?...

— Dios! querida

contestó

le

hija,

la

monja, acariciando a Lucinda. Dios! mi

que no abandona jamas a

los

que tienen

fe

en su Pro-

videncia. Oye, prosiguió, abrazándola con ternura: tú has encontra-

do aquí una madre.... Está segura de que tu madre encontrará una hija que la consuele mientras carece de ti!... No liai almas mas discretas que las verdaderamente caritativas. Como Lucinda no hablaba sobre los antecedentes del suceso. Sor Ma'

ria se

la

abstuvo de hacerle preguntas indiscretas. Después de haber-

rogado que tomase un j^oco de alimento, la hizo acostarse en la

cama;

i

quitando de la mesa los despojos humanos que la adorna-

ban, echó un gran velo negro sobre trasladar su tejida.

En

cama a

la pieza vecina

el crucifijo,

i

salió

con

el fin

de

para estar mas cerca de su pro-

seguida se fué a pedir órdenes a la madre abadesa, la

cual la impuso de los antecedentes relativos a la niña, entregándole

una carta para

ésta,

que plegó después de haberla

Inútil es decir que todo lo que hizo la abadesa, repetir a Sor

Maria

lo

mismo de que

por boca del jesuíta.

:o;-

leido.

no fué mas que

aquella tenia conocimiento


CAPITULO LXI

LA

CARTA DE DON MARCELINO.

«Por quién ora? Ella es tan pura Como un ánjel de los cielos, ¿Llora acaso un desengaño? ¿¿a aflijo un remordimiento? en su memoria dulce recuerdo,

Ali! nó! vive

Un

tierno

i

Dulce como una armonía Solitaria del desierto.»

(C.

Walker

Martínez.)

Tres horas después, habiendo dormido Lucinda algunos instantes, se

encontró un poco recobrada de sus emociones

i

se

puso a

reflexionar.

—Es indudable

misma) que todo ha sido dispuesto de antemano para sor2)renderme. Mi })adre nunca acostumbra venir aquí a

misa

(se dijo a sí

Luego,

hi fatiga inesperada,

el

padre Hipocreitía... i'eromi nuidre no i)uede

el

complot... Esto

lia

i

el

encuentro con

lial)er

entrado en

sido hecho sin su consentimiento...

;I*(>bre


— madre mia! Yo

le escribiré lioi

364

mismo... Pero ¿qné sacaría con es-

yo sé bien que a un monasterio no entra ni salo una carta sin ser leicla por la superiora... I estando ésta, como parece, mezclada en el complot, debo perder la esperanza de hacribirle? 2)rosignió:

mis quejas a mi pobre madre! Diciendo esto, Lucinda inclinó tristemente su linda cabeza;

cer llegar

volverla a alzar,

fijó

i

al

sus ojos llenos de lágrimas en el Cristo, cuyos

contornos se dibujaban a través del velo que lo cubría.

— Dios mió! esclamó

arrodillándose ante la imájen del Salva-

dor :;por las lágrimas que derramó vuestra madre Santísima,

¡Perdonad a mi paparte que puede liaber tenido

viad. Señor, a la mia, el consuelo

que

necesita!..

como yo lo i^erdono, por la como 23erdono a to¿os los que puedan dre,

me

liaber influido

para encerrar-

aquí!

Heclia esta oración, se levantó

mas

aliviada;

vio a Sor María, que de pié cerca de ella

sobre

al volver la cara,

con los brazos cruzados

up. ánjel!

— Madre mia! aflicción,

le dijo

Lucinda:

soi

mui

En

culpable...

a pesar de sus piadosas palabras, no

me

liabia

toda mi

podido

diri-

alma como espantada, por la injusticia... Pero que acabo de hacer oración, mire Ucl como tengo fuerzas para

a Dios..., Tenia

aliora

i

i

pecbo, la miraba diciendo:

el

—Es

jir

en-

el

sonreirme.

una

I

anjelical sonrisa se dibujó en los candidos labios de la niña.

—No

puedo espresar el placer que me causa el verte mas tranquila, le dijo la monja con dulzura. Prepárate, prosiguió, a recibir noticias de tu familia...

— ¿Qué qué ha sucedido a mi madre? —Nada de malo. según sabemos. Aquí tienes una — Démela, amiga mia, interrumpió Lucinda, tomando hai?:

carta...

le

i

abriéndola convulsivamente...

Es

letra de

mi padre:

voi

la carta

atener

esplicado el misterio!

Leyó rápidamente la carta, i a medida que iba leyenílo, su rostro iba también e8})resando la angustia de su alma. Cuando concluyó la lectura, dijo a la monja que se habia quedado de pié enfrente de elhi:

— Madre mia: esta carta ma

madre. ¡Quién

Como

es

lo hul)iera

de mi padre creído!

i

la

posdata de mi mis-

Reconozco ambas firmas

para Ud. no puedo tener secretos,

le

ruego que

la lea, a fin


deque pueda hacerse cargo de mi la

365

.

desgracia... Pero ¡qué se

cumpla

voluntad de Dios!

La monja tomó

la carta

i

media voz:

leyó a

Querida Lucinda; Estas líneas

que se

lia visto

te escribe tu desgraciado

en la necesidad de tomar respecto de

minación reclamada por tu felicidad de mi familia. ciencia que

La causa de

i

aun por mi

no puedo revelarte, pero que talvez

una deter-

ti,

lionor,

un

esta determinación es

me

padre

que es

el

secreto de con-

será dado decirte

después. Mientras tanto, debes permanecer dentro del convento por

convenir

así,

no solo a nuestros intereses, sino también a nuestro

honor. Espero, pues,

me yo

mi tranquilidad de tu prudencia

i

del

amor que

profesas, con el cual solo 2)odrás corresponder en ¡oarte al que te tengo.

Tu misma madre

es

también de mi opinión, como

rás por la posdata que sigue a esta carta;

i

])0v

mi conducto

lo ve-

te rue-

ga permanezcas entre esas santas vírjenes, mientras Dios mejora ífus horas i podemos traerte otra vez a nuestro lado, de donde solo una grave razón ha podido separarte.

Tu padre que

te abraza.

.

Marcelino de Rojas. P. D.

Mi Lucinda: todo

terior, es la

pura verdad;

i

consentir en separarme de

que

ello será

que tu padre

lo

sin este

gran motivo,

mi querida

por pocos dias,

hija

?

i^ov

en la carta an-

¿liabria

podido yo

Ten paciencia, mi

pronto te veré, con

i

cu mis brazos. Ruega al cielo

te dice

el

vida,

favor de Dios,

tu madre que te ama.

Tmiidad Serrano de Rojas,

— ¡Pobre de mí! esclamó Lucinda metido merecer — ¡Cálmate, por Dios, de mi alma,

llorando.

2^ara

misma tiene que

co-

este castigo? hija

tud

¿Qué crimen he

sufrir sus

i

acuérdate de que la vir-

pruebas en este mundo! Tú crees,

en tu inesperiencia, que tu virtud te habia de eximir del dolor; pero

ningún mortal puede ser una esccpcion a las leyes do nuestra miserable naturaleza. Querer evitar de todo punto el sufri-

advierte, que

miento, es una verdadera locura, tanto

mas cuanto que nadie, por grandes que sean sus méritos, puede considerarse digno de ser esa esccpcion. Mientras vivamos en el mundo, tendremos que sufrir los cfeet

)s d(^

nuestras pasiones o de las pasiones ajenas;

i

en este caso,

debe servir de consuelo a la virtud, la consideración de que no

ísu-


— frimos por nuestra

mayor nid a

cauvsa,

será también el

i

366

de que cuanto mayor sea nuestro dolor,

amor con que nos mira Aquél que

dice: «ve-

que sufris dolores.»

los

Serenóse un tanto Lucinda, manifestando que su alma no era insensible a aquellas palabras de consuelo.

— Díme, mia; preguntó de esta — Las conozco perfectamente,

la relijiosa

liija

¿Conoces bien las letras

carta?

puedo asegurar que la primera es de mi padre i la última de mi madre... Esto es lo que causa mi mayor confusión. En cuanto al primero, aunque nunca me liabia hablado de hacerme entrar a monasterio alguno, concibo que de im dia a otro podia ocurrírsele esta idea; pero en cuanto a mi mai

dre, esto es imposible.

—¿Por qué? — Soi su

hija única

separado de

ella;

i

i

me

estoi

quiere entrañablemente.

Nunca me he

segura que sufre horriblemente con estar

lejos de mí... Estoi cierta

de que por todo

el oro del

mundo, no ha-

bría consentido en separarse de su idolatrada hiia.

—Pero

advierte,

ciertas cosas,

liija,

nó por

observó la monja; que a veces se hace

los bienes materiales, sino

por otras razones

de mayor peso... Aquí hai un secreto que debes respetar, desde que tus padres te lo

mandan.

me ocurre una —Es pero ^¿Cuál? —Ademas de mil otras razones que tengo para creer se

cierto;

cosa.

Dila.

casi

impo-

que mi madre haya dado su consentimiento, veo que guaje de la posdata no es de ella.

el len-

sible el

— Pero esta su misma —Es verdad, Lucinda, volviendo a examinar carta pitiendo maquinalmente: «esta su misma —I que está con una mano firme; cual es

letra...

dijo

la

es

advierte, hija,

23rueba que no

ha

i

re-

letra.»

escrita

sido forzada a escribirla, sino

lo

que esta posdata

es el resultado de sus convicciones.

— Sin embargo ¿quiere que — Habla. —No me equivoque,

le

haga una observación?

Lucinda; pero, del hecho mismo de la observación de Ud, deduzco yo que la posdata no es de mi sé

dijo

si

Üd

que mi mamita no ha podido nunca soportar la idea de nuestra separación; i yo misma la he visto temblar madre. Le repito a

al

suponer solamente la realización de esta idea. Ahora bien: por


367 -.

profunda que sea su convicción respecto de la necesidad de tenerme lejos de ella ¿ no es natural que su mano haya temblado al escribirme?

—Tienes razón, contestó monja, admirada de penetración de Lucinda. posdata de — embargo, mire Ud., madre mia: de está mejor hecha que —A pesar de todo; de parecer que sigas consejo de tu pala

la

i

juicio

la carta.

la

el

soi

dre,

por algunos dias siquiera. Dios que todo

la verdad.

modo,

la

la letra

I sin

Nada

se pierde

te espondrias

lo ve, descubrirá al fin

con esto, mientras que obrando de otro

a contrariar en un todo los espresos deseos de

tu padre.

— Dice üd. amiga mia. Estoi resuelta a cumpla voluntad de Dios —En cuanto a mí; francamente que no veo bien,

esperar,

la

i

que se

I

te diré

tener interés en engañarte; porque

como no conozco

quién pueda

los anteceden-

tes que...

^^Voi

a decir a Ud,

se relacionan conmigo,

sí i

me

lo permite, todos los

que a mi

juicio,

pueden

precedentes que

referirse a este su-

ceso, dijo Lucinda.

—Te escucho, contestó

la otra sentándose

en la cama.

Entonces Lucinda contó a Sor María sus sencillos amores con Anselmo, a quien no nombró. Luego después las dificultades puestas por su padre, así

con

el viejo

como

el

proyecto de éste de casar a la niña

español.

Escuchaba Sor María con marcado interés el sencillo relato de Lucinda; i cuando ésta hubo terminado, la dijo: En todo cuanto me has dicho, no veo razón alguna para que se te obligue a entrar a un claustro. Son otras las razones, Lucinda, que tus padres tienen para tomar esta penosa determinación. De todos modos, sea largo o corto el tiempo que vas a permanecer aquí,te prometo por mi parte hacer lo posible por que estés contenta... digo, tan contenta como aquí puede estarlo una niña no nacida para el claustro. Con este fin, prosiguió Sor María, he conseguido que la superiora me permita dormir en la celda vecina. Así estaré

mas

cerca de

— Me

i

podré servirte mejor.

Ud

confundida con sus bondades, respondió Lucinda; pero yo trataré de merecerlas con mi cariño. tiene

La monja

sacó entonces de la

manga de

oraciouc3 í^uc entregó a Lucinda]

i

su hábito un Yún'o do

oyendo tocar la campana del


368

conventOj salió a cumplir con sus deberes relijiosos.

En

el

momento de

salir, i)asó j^or

monja qne salndó a Sor María

diciendo:

— ;Que morir tenemos.! —Ya sabemos, hermana, contestó lo

'

Al

oir estas palabras,

enfrente de la pnerta otra

ésta con voz grave.

tembló Lncinda con

cenas de la mañana.

:o:-

el

recuerdo de las es-


CAPITULO LXIL

EL jesuíta prosigue

SU OBRA

c(Los hombres del engaño, Los viles intrigantes, Se arrastran, imitando Las vueltas del re})til.))

(G. Matta.)

Muchas veces habrá visto

sobre nuestras graníticas cos-

el lector

alguna alta roca combatida por las olas del mar. Hai veces en que las olas enfurecidas, azotan los flancos de la roca cubriéndola casi hasta la cúspide con un velo blanco que se rasga i se une alter-

tas,

nativamente, o bien enroscándose en torno de ella como una jigantesca

serpiente de plata, que brama, silba

sinuosidades. El monstruo cambia de forma i

sin cesar, vuelve a la carga con sus

encrespadas por la

ral)ia.

Pero

i

ondula por entre las

i

de voz a cada instante;

escamas vaporosas,

la roca vence,

i

al parecer

sentada en su base de

granito, eleva sin conmoverse sus puntiagudos prismas sobre el cin-

turon de espuma que la rodea. Otras veces la ola es baja, pero no menos poderosa. No sube hasta los altos flancos de la roca, i se contenta con azotar su base. Los

mismo punto como

g()l[)es

los del martinete.

son coüstantes

La

i

aplicados al

roca permanece trantpula

dando abrigo en sus grietas a mil mariscos e insec^tos de mar. ^;Quiéii no diria que esta segunda es mas fírmc que la primita? Pero si 47


mas humilde

os

base

({ue la

observáis, veréis

no parece sino que se inclinase ante la roca

i

ella pusiese el ¡ñé sobre la líquida

para que

Eí mar

principiado a socavarse.

lia

móvil espalda: pero

i

esa humildades una traición del mar; esacalma es la i)erseverancia de su trabajo,

cluir su obra.

No

no parece sino que temiera cansarse antes de conse ajita con grandes bramidos; pero tampoco cesa

i

de trabajar con esa paciencia de siglos que el mar tiene. I sigue trabajando sin descanso hasta que principian a dibujarse las grietas sobre la base de la roca. Todo el terreno

i

han desaparecido. Pasan años

cavidades se hacen mayores:

luego trascurren siglos, bajo de la roca. El

la roca cae

arbustos que

las cavidades se convierten

mar parece que

Todavía no es tiempo,

])alda...

que

i

las

i

los

i

allí crecian,

en grutas de-

quisiera levantarla sobre sues-

sigue

por su propio peso,

i

se

minando hunde en

i

socavando hasta

las olas

que se

ele-

van entonces en neblina como 2:>ara espresar el placer de la victoria. No a la primera ola que ataca la roca de frente, sino a la segunda, que cual incansable ariete, la roca caiga

mina

de suyo, se asemejaba

El jesuíta trabajaba con

la

i

el

socava la base, esperando que

padre Hipocreitía.

humilde paciencia de

la hipocresía

i

con la incansable perseverancia del tiemi^o, en alcanzar los fines que se' había

lino,

propuesto. I minando poco a poco

abrigaba la firme convicción de hacerlo servir a sus miras.

Conocía

el

un ataque abierto, era como sabia que una pasión solo se

carácter del viejo

inútil para vencer su avaricia;

puede vencer por niedio de hacer jerminar en i

ánimo de don Marce-

el

el

i

i

otras,

sabia que

ponía en juego toda su

corazón de su hombre, la ambición,

el odio. Sus repetidas intigaciones eran también

cuanto mas

bien sabia aparentar

de agua hace hoyo en

el

la piedra, así

indicaciones cotidianas,

taladraba,

desinterés:

también

él,

así

i

maña para el

mas

orgullo

certeras,

como una gota

con sus consejos e

socavando en sus cimientos,

aquella roca que al fin caería por su propio peso.

Cuando Anselmo

i

sus amigos tuvieron noticia de la desaparición

de Lucinda, creyeron naturalmente que debía ser

el efecto

de algu-

na caprichosa determinación de don Marcelino. Anselmo desesperado, impuso a Freiré de lo que sucedía, i éste juró que había de descubrir

Doña

el

paradero de la niña.

Estrella, después

de hablar con doña Trinidad (de quien

no pudo saber otra cosa sino

el

hecho de que Lucinda estaba ence-

rrada en un convento) se fué a ver a Cecilia, vui

día los siete monaaterioa que poseía

i

con ella recorrió en

SautiagOj sía encontrar

la»


— menor noticia que pudiera

371

consolarla. Volviendo al fin a su casa, di-

jo a su marido:

— Cándido: A tu — Pero ¿no ahijada.

es preciso

que sepamos cuanto antes

te corresponde el velar

dicen,

liija

el

paradero de

por su conservación.

mia, que Lucinda se ha metido en un con-

vento?

—Yo acabo de recorrer todos

los monasterios;

me he

pero

moles-

tado en balde, pues en ninguno he obtenido noticia de Lucinda.

no

adonde

hi liabrá

monstruo de su padre portaría él de ese modol

metido

yo fuera la Trinidad, no se

Yo

;AhI

el

—No hables — Déjame hablar... No puedo contener dentro de mí

si

así, Estelita!

ción que

al ver

siento

merece ser

cómo

hombre

ese

de su mujer, ni

ni el esposo

de mi alma! — Pero, qué nos va a nosotros en — De todos modos, doña hijita

¿si

el

la

indigna-

trata a su familia.

padre de su

. .

No

hija.

Lucinda ha querido dejar

el

mun-

ello?

do,

dijo

Estrella, creo que

si

la

niña ha en-

trado a algún convento, no ha sido por su voluntad sino forzada

por su bárbaro

X)adre.

Estelita, observó

terna.

. .

don Cándido: estás atacando

¡Toda autoridad viene de Dios!

— Calla

la

autoridad pa-

. .

El hecho mismo de no haber encontrado noticia alguna en los monasterios, me prueba que Lucinda es víctima de un nuevo capricho de don Marcelino. '

la boca.

—Ya digo que ha entrado con entera voluntad. ¿por qué ocultar su paradero? — —Eso debe porque muchacha no ha querido dejar ella

te

I

si

es así

la

ser

rastro

por donde se la encuentre... ¡Se conoce que la vocación es verdadera!

— ¡Verdadera ¿Crees que

el

vocación! esclamó

amor empuja a

las

la señora.

muchachas

¿Sabes

lo

que dices?

al monasterio? Por, úl-

timo, prosiguió imperiosamente: es menester que te veas hoi mis-

mo

con dun Marcelino a

a mí, me voi a ver con ¿Con Freiré?

ivii

el

da que descubras

el secreto.

En

cuanto

jeneral Freiré.

— medidas que con— hombre do Dios!; para acordar con viene tomar. — Mujer, por ¿piensas motarte ala carrera militar? que muclios hombres, esclamó riendo —Talvez él las

Sí,

Dios!:

lu liaría UK^jor

la


372

temas que tome la espada: se trata de otro asmito... Ya te he dicho que el jeneral se interesa por Anselmo. —Tan pipiólo es el uno como el otro.

señora... Pero no

meterme en

quiero

Xi)

eso,

le

interrumpió la señora... Mien-

tras voi a casa del jeneral, tú hablas con

sao-acidad natural o

don Marcelino... Tú tienes

i

—¿Quién duda? — un imbécil — Que nunca pasó quid — Sin ninguna — Hizo pedazos Nebrijas ¡n'ovecho alguno. — Pues será incapaz de a tu penetración — ;Pues no ha de incapaz! razón en en tu —Entonces, respondió encantado don Cándido: mucha razón, — lo

viejo

I él es

del quis vel

instrucción.

sin

siete

bien:

ocultar

ese se-

cr.'to.

ser

teno-o

confiar

talento.

tienes

Sí, sí,

Estelita.

—Acuérdate de aconsejar a don Marcelino que que no este

esponga a

se

mimdo

el

—Eres un

prodijio de

dirijir al

sabiduría,

dijo

razón

de su tenacidad.

sufrir las consecuencias

que sabe mas, debe

entre en

i

En

que sabe menos.

don Cándido estremada-

mente lisonjeado; i si supieras latin, no te trocarla por el mas encumbrado doctor de la Universidad de Córdoba... Pero no pierdo la esperanza de que aprendas

—Aprenderé que quieras; pero preciso que me des gusto... Hecuérdale a tu compadre que Freiré proteje a Anselmo. — Muí Así dando cuatro — Pues entonces, Adiós, doña es

lo

se lo diré.

bien.

dijo

éstj

tres o

hombro de su marido. hubo quedado solo, dijo meneando

palmaditas sobre

Cuando

Estrella,

el

la

cabeza con

aire de importancia:

—Esta mas, debe padre, pre

i

mujer sabe mas que un dirijir al

Es

cierto

que sabe menos... Voi a ver

le esplicaré las

que

al tonto

el

que sabe

de mi com-

cosas en buen castellano para que

me com-

nd a.

Mientras tanto,

de

libro.

el jesuíta

hablando con don Marcelino en casa

éste, le decia:

—Desengañes} Ud: no crea que el empeño de ese mozo, nazca del amor por Lucinda... Aquí hai otra cosa que amor

¿I

qné puede haber?


373

— Ambición! señor don Marcelino... Ud. que posee una alma bien puesta, no puede comprender hasta dónde llega esa pasión por ob-

tener riquezas

distinciones; pero nosotros los confesores que

i

cudriñamos hasta

de

fin la conciencia

—Ahí esclamó

— Lucinda le:

los últimos

mas

Sepa ademas, que

no andan muibien... Si

capa

este matrimonio, sale de

Me

rica de este reino, pi'osiguió el frai-

tiene para pasar el dia...

los negocios del jeneral

to

con un acento indefinible.

el viejo

es la heredera

— Caramba! de mis — puede

pliegues del corazón, adquirimos al

que es la miseria humana.

lo

Anselmo apañas

es-

moriría

si

él

consigue hacer

rota.

viera pasar a

manos indignas

el fru-

sudores!. ser otro el fin

¿I

que se propone? ¿Por qué tanto empeño

en que Anselmo se case? Pobre niña! esclamó de un profundo dolor: ¡pobre Lucinda

hombre que no

la quiere sino

el fraile

con

el

acento

llega a ser la esposa de

si

un

por sus capitales!

—No llegará aserio! aun cuando mismo Yaya, padre; iba a decir una jeneral malo para enemigo; — Sin embargo, cuando a pone una cosa en cabeza interrumpió don Marce—No ha de mas porfiado que con sonriendo. De todos modos, pro—Ya murmuró I

Dios...

el

herejía!

dijo el jesuíta, el

la

él se le

i

es

yo, le

ser

orgullo.

lino

el fraile

lo creo,

siguió en voz alta; rrir...

Por ahora

que al

fin

bueno

los

es prevenir los

hemos hecho perder

descubrirán

el

— Qué descubran! — Yamos con lo

males que pudieran ocu-

la pista;

pero tanto harán

paradero de la niña.

los desafio.

moviendo mil resortes, podrá sacar a Lucinda del convento... Aun mas: yo sé lo que son la ambición i la codicia, señor don Marcelino! El jeneral será capaz de conseguir que Lucinda cambie de donúcilio tiento: Freiré tiene

amigos poderosos;

i

i

— ¿Quitármela?

— Ud

lo

ha dicho;

i

depositarla en otra casa en donde recibirá

libremente las visitas de ese peligroso joven; serán capaces unas j entes animadas

i

!qué sé yo de lo ([ue

])or la codicia!

un mal remedio? Cómo podremos —¿Pero, su ambición? — Quitando objeto esa ambición. mió. —Yo no veo eómo, — Oiga Ud, Un antiguo proverbio sin

este es

el

cúralos de

(hí

])adre

dice: uipie

luiiic;!

(lel)enios po-


— nernos entre una pasión fuerte

queremos

374 i

el objeto

que

ella se^propone, si

no

ser aplastados.»

—Entonces ¿debemos dejar que hagan que quieran? —No digo yo objetó que entonces hemos de buscar camino: voiaponerun ejemplo. —Yeamos ejemplo. — Supongamos que un hombre ver que ellos

el jesuita,

eso,

lo

sino

otro

el

esos sellos

al

cuelgan de su

reloj, se

enamorase de

ellos

hasta

el

dijes

i

punto de querer

quitarle el reloj a la fuerza.

—Está imajino. Ya me — Supongamos que Ud. opone tenazmente ¿no bien.

lo

se

espondrá a que ese hombre

lo

es claro

que se

mate, a fin de obtenerlos objetos que

lian encendido su codiciíi?

—Entonces entrego mi hora? ciegas respecto de —Nó, señor mió: Ud. debe ¿le

reloj

me

que

liace falta

i

me

quedo a

la

dicia su reloj

fijarse

sino los preciosos

en que ese mal hombre no co-

dijes

i

piedras que de

él

penden-

Pnes bien: ¿qué hará Ud?: quitar de ahí esos dijes i echarlos en un pozo si no puede de otra manera ocultarlos de la vista de su enemigo. Pues lo mismo es el caso de Lucinda, prosignió el jesuíta, pasando su caja de rapé a don Marcelino. La niña es codiciada; pero el objeto de la codicia es la herencia que pende de ella como los di jes de su reloj.

mis —Ahí ya comprendo! ¿Cómo quiere su paternidad que casas mis haciendas con vacas todo dentro de un —No nos precipitemos. Siendo su herencia verdadero que hombres persiguen, disminuyala Ud. —¿Desheredando en parte a muchacha? Lo he pensado. yo quien —Eso de desheredar a una cosa dura; no arroje

x)ozo?

i

i

fin

el

esos

la

liija,

lo aconseje

s-e

es

i

seré

a Ud. Pero otra cosa seria quitar la espectativa de

esa gran herencia, pues entonces....

—¿Cómo? — Disponiendo Ud. en vida de una de sus haciendas a favor de un tercero — Pero —Yo no digo que Ud. deshaga de todo su haber: eso tres

se

le

una lle,

iniquidad... Solo

me

refiero a

seria

una de sus

estancias,

la del

Mo-

por ejem[)lo

—Es mejor, padre mió! — Me he acordado de porque la

esa,

sé bien

que Anselmo

la

mira ya


— como

si

375

fuera suya; tal es la codicia con que la desea... Quite Ud.este

precioso dije quo cuelga de la inucliaclia,

gran parte

digo tampoco quo nó,

le

creo, dijo

—La dona

seria

don Meliton de Sandoval,

dé esta hacienda para

porque hasta mal visto

—-Así lo

verá como disminuye en

empeño por obtenerla en matrimonio. Ademas, Ud.

el

2)uede liacer la donación a favor de

Eso

i

él

i

i

no

sus descendientes.

seria.

suspirando

el viejo.

solo de los usufructos, es decir, durante la vida

de don Militon, quien es mui probable llegue a ser su yerno... Des-

pués de la muerte de Ud.,

hi estancia pasaría

a

manos de Lucinda,

a condición de que ésta no se case con Anselmo.

— llega a casarse? —Entonces, podría Ud. ordenar ¿1

si

en su testamento que pasase a

compañía de Jesús, por ejemplo. ¿Eu qué otra cosa podría Ud. emplear su riqueza con mas honra de Dios, bien del pro-, jimo i provecho de su alma? No alcanzó a responder don Marcelino, porque oyéndose la voz de don Cándido en el patio de la casa, se levantó el jesuíta de su poder

de... la

asiento

i

saludó al viejo diciéndole:

— Piénselo

una resolución

bien,

amigo mió... En

prouta.... Adiós.

:o:

estos casos es preciso

tomar


CAPITULO LXIIL

DON MARCELINO ROMPE CON DON CÁNDIDO.

«El cree que lleva la rienda, I lo que lleva es el freno.»

(Dicho popular.)

A tiempo

que

imáre salia del cuarto, por la puerta de la entraba don Cándido j)oy la del patio. el

Don Marcelino oyendo

la

calle,

voz de su compadre, se acordó de las

últimas escenas quehabia tenido que soportar en casa de éste;

i

en

consecuencia, se puso de malísimo liumor. Don' Cándido, creyendo

que ese mal humor dibujado en el semblante de su compadre, era producido por la repentina determinación de Lucinda, le dijo al saludarlo:

— Mi querido compadre! cuánto bia de pensar? el

No

parecia que la

monasterio; pero en

— Ud. —Yo!

fin, es

siento lo sucedido! ¿Quién lo lia-

muchacha

tuviese vocación para

preciso consolarse.

,

contestó don

Mar-

Ud. en su juicio? -T-Ud. Porque a no haber mediado aquellas desagradables nas del día de su santo, nada habria sucedido.

esce-

tiene la culpa

de todo, c()m2)adre,

le

celino.

¿está


377

—Ya Pero ¿qné culpa tengo yo en todo —No nada! me convida para que me vaya a juntar en su sa con mozuelo que persigue a mi — Pero ya digo que no yo quien convidó sino — por qué no impidió? hubiera prohibido —Es verdad, don Cándido, que yo eso?

caigo!

es

ca-

¡I

ese

hija!

¿I

Estelita.

lo

fui

le

se lo

dijo

se lo

si

a Estelita, ella no se habria atrevido a convidar a ese mozo; pero

como ella hizo el convite sin que yo lo supiera.... Eso es lo que yo digo! interrumpió don Marcelino. En su casa

hacen

se

las cosas sin

que Ud. sepa nada. ¡Mui bien irá aquella

danza!

—¿Qué quiere Ud. — muclio que jacta de mandar en a su — me jacto con razón. — jacta con razón; no sabe palabra del juego de decir?

I

familia!

jefe

se

I

Sí!

se

i

ni de quién lo armó! I luego viene aquí a

modo de brete,

da

darme consejos sobre

el

un man-

tratar a la mujer, diciéndome que él tiene a la suya en

cuando

abre la boca para papar moscas, es porque

si

mujer que

la

í?/¿2^(2<?<^

le

la abra!

—A mí! esclamó don Cándido, alzándose de su asiento

i

cuadrán-

dose con arrogancia enfrente de don Marcelino. ¿Cree Ud. que...

Pero dejemos este asunto

i

vamos

al

que

me

traia a esta casa....

Quisiera saber ¿en qué convento está Lucinda?

¿I con

qué derecho

me

viene Ud. a preguntar

una cosa que yo

no quiero decir?

— Con —Já!

el

derecho de padrino de mi ahijada.

já! jáa!

Ya

todo

el

mundo va

teniendo derecho para meter-

don Marcelino. Viene el uno i me dice que tiene derecho para casar a mi hija con el que se le antoja a su merced, i luego me amenaza con un pleito para quitarme a mi mujer. En seguida viene el otro a pedirme cuenta sobre lo que he hecho con su ahijada. Pero, compadre, óigame por la Vírjen Santa! esclamó don Cándido. Mire que el que sabe mas, debe dirijir al que sabe menos... Bien andarían mi^ asuntos, si yo me dirijiera por los consejos de un hombre como Ud. que no es capaz de dirijirse así mismo. se

enmis asuntos de

familia! interrumpió

— —

— Compadre! — que, como dice I

del nuitrimonio,

i

lo

el refrán, cree

que lleva es

el

llevar en las

manos

las riendas

freno en la boca.

48


o/o

— Compadrel don Cándido, tenga modo, con mas peto de — yo no hablo de hombre, de Ud. —Pero en qne tan Ud. a Estehta, qne dijo

i

liable

res-

Estelita.

Si

sino

ella,

eso

sin razón, insnlta

dice

\m dechado de humildad, mansedumbre i obediencia. Ud. no comprende esto porque su rusticidad natural le tiene una venda en los ojos: así como tampoco comprende el interés que me inspira la suerte de mi ahijada.

es

— Se conoce que Ud. celino. ¿Quiere

se

interesa por ella, interrumpió

Ud. saber en qué monasterio está para

don Mar-

llevarle el

galán?

—Pero, hombre!

ya

Si

he dicho que en cu'^nto a

le

eso, estoi

inocente que San Juan Bautista! ¿Puede Ud. dudar de

—^De

mas

mi palabra?

que no dudo, respondió don Marcelino, es de que Ud. i su mujer se han querido burlar de mí. Ahora mismo ha venido Ud. lo

a arrancarme mi secreto; pero no

tengo

lo conseguirá,

porque sé en donde

los ojos.

—Este hombrees

irreducible,

murmuró don Cándido. ¡Toda mi

sagacidad ha caido al agua; toda mi elocuencia se ha estrellado en esta mollera de cal

i

canto!

—^Ademas, prosiguió don Marcelino,

le

encargo que se

lo

cuente

todo a mi comadre, diciéndole de mi parte; que no se meta en vidas ajenas; que

haga de su marido

lo

que se

le antoje;

pero que en cuan-

to a mí.... I-

— Compadre!

mente de su

le interrumpió

asiento; a

don Cándido, levantándose pronta-

mí no me gusta que

se

hable de mi esposa

en tales términos!

—¿En castellano

claro?

Pero advierta, compadre, que yo no

Cada cual habla en la lengua que puede, i santas pascuas, don Marcelino con satisfacción, viendo que al fin liabia conse-

latin.

dijo

guido exaltar a su compadre.

— Lo que quiero

decir es, replicó éste,

tomando su sombrero

bastón; que Ud. ni nadie debe espresarse de Estelita sino con

i

su

el

de

bido respeto que ella merece.

don Marcelino, parodiando el tono de don Cándido i haciendo un j esto grosero. ¿I quién es doña Estelita para que se meta a donde no le va ni le viene? Si le gusta tanto hacer matrimonios, ¿por qué no tuvo hijas para que las hubiera casado i recasado una i mil veces? Ah! por los clavos de Cristo! que si yo Estelita!

repitió

fuera su marido, otro gallo le cantara a la tal Estelita!


oro

— ¡Qué hombre tan inculto do muestras de querer —Esto que hemos ganado con

e incivil,

mnmiiTró don Candiel o, dan-

retirarse.

la tal república, lorosiguió

es lo

Marcelino, i)aseándoso por su cuarto

tiempos del

como

si

estuviera

don

solo.

En

nuestro Señor, no andaban las mujeres metiéndose

reí,

en las cosas ajenas.... Oh! ya un cristiano no puede vivir cueste país! En cuanto concluya este asunta i pueda redondear mis nego-

me largo para

cios,

España.

—Adiós, compadre, dijo don Cándido, dirijiéndose a la puerta. Ud. está por hoi intratable, i la prudencia me manda retirarme. Ojalá sea para no volver, dijo don Marcelino, acompañando a don Cándido hasta la puerta. Ud., dijo éste, ha sido, es, i será un hombro rústico .^^^r sécula

— — seculorum. —Amen, contestó

por donde

salió su

don Marcelino, cerrando de golpe

compadre.

Cuando don Cándido vuelta,

i

la puerta

llegó a su casa,

apenas vio a su marido,

ya doña Estrella estaba de

le dijo:

— He hablado con estaba enojadísimo —Es un contestó don Cándido, mismo palabra que empleaba. — Pero quedó mas calmado, prosiguió doña

con don Marce-

Freiré:

lino.

comprender

sin

logogripJnis,

él

la

i

ya nos

cómo

te fué?

Estrella,

hemos convenido en pudiste descubrirle

—¿No

lo

que debemos hacer.... ¿I a

el secreto?

te digo, mujer,

que eso hombre es un logogripkus^ Quién

tampoco entiemie a nadie. Toda mi mi sagacidad, toda mi elocuencia, han sido perdidas.

lo entiende?

Ni

él

astucia, toda

— Pero en ¡alguna debes haber obtenido! —Lo único que he sacado en limpio que yo causa del ende Lucinda. —¿Por qué? — Porque convidé a cojner dia de mi — Tú que has vuelto señora impacientándose. No entiendo. — Pues mismo me pasó a mí con Nos separamos medio pe—¿Por qué causa? — tú supieras bárbaro cu mi fin

noticia

es

soi la

cierro

los

te

santo.

el

gripIucSj (íontestó la

te

lo

él.

leados.

Si

-]*('r<) si

lo ({ue (^se

no uic

lo dices

;('ómo lo

dijo

lie

de saber?

[)reseucia....


380

-—Es que yo no quisiera molestarte, Estelita. Habla! hombre de Dios, que me tienes sobre

— ascuas! — Díjome que aconsejara que no metieras en negocios nos. — tú pudiste aguantar? —¿Yo? Buenas correas tengo para aguantar esos desmanes! Al momento tomé mi bastón — después? —Mi sombrero para venirme. Pero desencadenó de nuevo en contra tuya, de modo, que no me fué posible i)ermanecer —Ah! yo fuera hombre, o por menos, yo fuera su mujer, tiene Trinidad. cómo debia portarse! La culpa ya sabria — ¡Qué casualidad! esclamó riendo neciamente don Cándido. —¿De qué te

te

aje-

lo

¿I

i....

¿I

él se

tal

allí.

lo

si

si

la

él

la

te ries?

Lo mismo llo le

dijo él respecto

de

tí:

Si

ce

yo fuera su marido,

otro. ga-

cantara a la tal Estelita!»

— Miserable! no diferente tamaño —Nó, nó! contestó con ¿I

al

castigaste su osadía? Pudiste permanecer ininsulto?

oir

don Cándido ¿Yo, permanecer indiferente, viendo que ese rústico te insultaba? Nó; me separé de él al momento! ¿I tuviste ánimo para venirte sin castigar su atrevimiento? Estelita, respondió don Cándido. Ya te digo que yo me conozco. Me vine pronto, porque no quise esponerme a hacer alguna feeuerjía

— —

choría....

Tenia la cabeza ardiendo de indignación

No podia permanecer

— Pues planes,

ante aquel bárbaro.

desde hoi trabajaré con

dijo

Yo me

de

coraje....

conozco!

mas empeño en

doña Estrella, arreglándose

i

contrariar sus

la mantilla

como para

salir.

—¿A dónde vas? —A casa de don Marcelino. Se me ocurre en momento hauna advertencia a —Pero ¿no ves que ya hora de comer? — Comeré con mi amiga, contestó señora poniéndose en camieste

cerle

la Trinidad....

Estelita.

es

la

no.

Yo

veré

si

ese rinoceronte es capaz de ultrajarme en

mi

pre-

como lo ha hecho delante de mi marido. Qué fui a decir! murmuró don Cándido con la mayor consternación. Permíteme que te acomj^añe, entonces, prosiguió en tono mas elevado. Nó. Quédate aquí: esto es mas prudente. ¡Como tú te conoces! sencia,

;


381 -.

Iba a contestar don Cándido; pero su mujer ya liabia salido a la calle.

— ;En

lo

que lian venido a parar todas estas andanzas! esclamó

buen hombre. Mi padre me decia que yobabia nacido para el foro; i en efecto, no me falta sagacidad, penetración i elocuencia; pero no parece sino que estuviera de Dios el que yo liaya de salir mal en todas las negociaciones que emprendo.... ¡Qué mujer tan viva el

de jenio! ¿Si tendrá razón mi compadre en decir que Estelita ha principiado ya

como a dominarme?

•:o:


CAPITULO LXIV.

EL

CONFESOR DE LUCINDA

((Ven, dulce sueño, Calma un instante De un peclio amante

-

La

ansia cruel; tus prestijios

Con

Engañadores

Yen mis

dolores

A adormecer! (Mercedes M. de Solar). Volvamos

al

convento de las monjas Capucliinas, en donde Lu-

cinda seguia sufriendo su inmerecido cautiverio. Dos o tres veces

Labia escrito a su madre, rogándola que viniese a consolarla en la triste situación en le la

que se encontraba,

i

al

mismo tiempo a

causa de su encierro. Prometíale conformarse con

de permanecer viva voz

allí,

esplicar-

suplicio

el

a condición de que ella viniese a espresarle de

sus deseos de que se quedara en el convento.

Pero las

cartas de la pobre niña no liabian tenido otra contestación que

una

esquelita de letra de doña Trinidad, en la cual ésta no decia a su hija otra cosa sino que le -era imposible dar por aliora esplicaciones

sobre

el

particular; que se sometiera a los consejos de la

madre


— abadesa,

383 --

sobre todo, a los mandatos del confesor, el padre O,* de

i

reconocida santidad, con el cual, le pedia encarecidamente se confesara;

por último, que

i

Marcelino

ella,

su madre,

iria

a verla cuando don

lo j^ermitiese.

Cuando Lucinda Imbo

leido esta esquela, dijo

meneando

la ca-

beza.

—Nó: puede ser

no es de mi madre... Pero esto,

de

la letra es

ella...

¿i

cómo

Dios mió?... Estoi segura de que las palabras no sou

de mi pobre madre!

En

seguida se

apareció la abadesa, quien le dijo melosamen-

le

te:

—Hija mia: —Madre, no

seri^

bueno que usted tratara de tranquilizar su

conciencia.

Se

me

mui

lia

en estado de confesarme,

estoi

mi

quitado

sin saber

libertad

contestó la niña.

yo la causa,

i

esto

me tiene

intranquila.

— Pues precisamente

por

eso, bija,

es preciso

que usted llegue

al santo tribunal. Allí encontrará esa tranquilidad

— Mañana veré puedo. —¿Cómo atreve usted a si

que le

falta.

.

vivir

se

un

solo dia sin acercarse a la

¿No sabe usted que de llamadas ante el Supremo Juez?

santa mesa? dijo severamente Sor Águeda.

un momento a

otro

podemos

ser

Piense que nadie tiene seguro un dia,

como

el

i

el

que

que

el

eclia

pecado de

el viejo

mayor de los peAh! las mucliaclias

la neglijencia, es el

mas almas en

creen que lian comprado la vida, el dia

que tan pronto va

joven... Tiemble usted, prosiguió con ardor; tiemble usted,

al considerar

cados

i

i

el infierno...

sin

embargo ¿quién

tiene seguro

de mañana?

Diciendo esto, dia a hacerle las

—Ahí está sión, hija

el

le volvió la

espalda; pero fué para venir al otro

mismas amonestaciones.

reverendo padre O.* dijo: aproveche usted la oca-

de mi alma... Hágalo por la preciosa sangre de Nuestro

Señor Jesucristo; por

las

lágrimas de su Santísima madre! Apro-

misma Providencia

veche la oportunidad con que la

la

llama a acer-

carse al misericordioso tribunal.

La niña no habia aun formado

la resolución

de confesarse; pero,

vencida por las instancias de la monja, i llevada de aquelhi natural inclinación nacida de la costumbre en el ejercicio de este acto rclijioso,

se decidió a seguir el consejo

Dos horas después estaba a

de la abadesa.

los pies del

confesor,

el

venerable


384

padre O*, del ciml no nos es dado decir otra cosa, sino que era amigo íntimo del reverendo Hipocreitía. Sin embargo, a juzgar por el estado en que quedó Lucinda después de su primera confesión en

padre O* habia encontrado el secreto de minorar el dolor de aquella alma. ¡Tal es el poder que en ima alma piadosa i llena de fe, ejerce la palabra de quien liabla en el convento,

nombre de

Aun

podia asegurarse que

el

Dios.

considerada la institución de la confesión bajo

punto de vista puramente Immano, son incalculables los beneficios que produce con la confianza que enjendra, con la doctrina que propaga, con los consuelos que derrama en el corazón herido, i con el amor, la fe, i la esperanza que liace jerminar en el alma estraviada por el

abuso puede convertir este elemento de vida en un instrumento de muerte intelectual, tanto mas nocivo a las sociedades, cuanto mas santo es el objeto de la inslas pasiones.

Pero desgraciadamente,

el

titución.

Hemos

diclio

que Lucinda se levantó mucho mas consolada de

los

pies del confesor, quien supo fortificar el abatido espíritu de la po-

bre niña, despertando en ella una saludable confianza en la Provi-

dencia Divina.

Pasados algunos

dias, volvió

Lucinda a confesarse; pero esta vez

que deseaba: antes bien, la amargura de su corazón se reflejaba notablemente en su semblante. ¿Qué tienes, amiga mia? le preguntó Sor María de los Dolores,

no logró

la tranquilidad

quien con

el

una madre no

cariño de

la

desamparaba un momen-

to.

—Ah! madre mia,

le

contestó Lucinda: no sé

decir ofendo a Dios; pero

me

confesor ha aumentado

mi

siguió la pobre niña,

lioi

es imposible

—¿Qué

con lo que voi a

ocultar a

Ud. que mi

suplicio... ¿Í^To era bastante aun, pro-

llorando, tenerme aquí encerrada?

aun bastante que hiciera el sacrificio de mis pedirme que mi corazón ame a otro? .

si

¿No era

afecciones? ¿Por qué

hai de nuevo? Habla, hija mia, le enterrumpió la monja,

—El confesor me ha dicho formalmente que no debo desobedecer a mi padre... que debo aceptar el marido que él me jiropone. ¿Cómo podré aceptar lo que mi corazón rechaza tan imperiosamente? Dígame Ud. madre, amiga mia, ¿qué debo hacer?

— Pobre

niña!

murmuró

la

monja con un acento de dolor tan

profundo, que Lucinda; olvidando su propio dolor, se quedó espan-


385

tada al ver la palidez de que se cubrió de repente

el

rostro de su

ami-ora. o

— Madre

mis palabras la hacen sufrir a usted, le dijo la niña. Perdóneme, por Dios, el daño que le causol I al abrazarla sintió Lucinda que el corazón de Sor María latia uiia:

con violencia debajo del hábito.

—No En

es nada, hija mia, dijo ésta rehaciéndose

de su emoción.

seguida, prosiguió en voz baja:

-—No

momento: tal vez te daria un mal consejo. Espérame hasta mañana i sabrás mi contestación. Espero que Dios despejará mi mente sabria qué decirte en este

I

Lucinda no pudo dormir aquella noche, atormentada por la idea de tener que optar entre desobedecer a su padre i al confesor, o casarse con

un hombre cuyo

solo recuerdo la hacia temblar.

tido su espíritu por mil diversos pensamientos,

ma

sin

poder concihar

el

Comba-

permanecía en

la ca-

sueño, cuando creyó oir en la pieza veci-

na que ocupaba Sor Maria, un ruido estraño que la sobresaltó. Todo el convento dormía, al parecer, profundamente: en el claustro reinaba un completo silencio, i solo se oía de vez en cuando silbar el viento sobre los tejados. Lucinda creyó al principio que el ruido que acababa de .oir en la otra celda no ¡provenía sino de su exaltada imajinacion; ipéi'o bien pronto volvió a oir el mismo ruido i se puso a escuchar llena de sobresalto.

habrá enfermado Sor Maria? se preguntó a preciso que yo me levante para socorrerla. ¿Si se

Preocupada con esta

idea, se vistió

prontamente

i

misma. Es de la cel-

salió

El claustro estaba hundido en un silencio sepulcral i medio alumbrado por la luz de la luna que se dejaba ver por entre las rasgaduras de los negTos nubarrones que entoldaban la atmósfera. El viento silbaba de una manera lúgubre, i Lucinda tuvo miedo al oir hi pequeña cam]")ana del reloj de la sacristía que tocaba la "liorM de la media noche. Pero distrájola bien pronto de estaemocion, el da.

acrecentamiento del ruido en la otra celda.

La pobre niña

sintió herizársele los cabellos -al escuchar los gol-

pes dados acompasadamente, acompañados de jemidos temblorosos.

Quiso entonces entrarse en su celda; pero un sentimiento blc la hizo permanecer

como clavada debajo

inos})lica-

del corredor,

no

lejos

de la puerta de Sor María de los Dolores, que permanecía entreabierta aun» Mientras tiuito, los golpea siguieron entremezclados do

4U


— suspiros

i

l)eniteucia

de

apagados,

«aves

que la

i

38G

Lucinda comprendió

monja estaba haciendo

¿Por qué este castigo, (dijo entre

siendo

En

como

es ella

al fin, la

cruel

sufrir a su débil cuerpo.

niña mirando al cielo)

sí la

una santa?

seguida, viendo que por aquella vez la prudencia le ordenaba

retirarse, quiso volver a su

cama, mas no pudo dejar de

oir estas

palabras

— Dios miol

¿Hasta cuándo durará mi martirio? ¿Cuándo dejaré de ver su imájen aquí, aquí en este corazón miserable que no tiene fuerzas para dejar de amarlo? Gran Dios! merezco mil i mil veces vuestra cólera...

No

se

oyó mas. Las palabras se apagaron bajo

el

ruido de

los

azotes que revelaban una ajitacion febril. Lucinda apenas creia lo

que estaba oyendo. Poseída de miedo, de horror, de compasión, de curiosidad i de mil sentimientos opuestos, vacilaba entre quedarse i

huir de aquella espantosa escena. Pero

lor, la

compasiva niña

como

el dolor atrae al

se sintió arrastrada hacia aquella

de donde salían los ayes de su única amiga.

De

do-

oscuridad

repente lanzó ésta

un jemido de mortal angustia. El ruido cesó, i Lucinda oye distintamente caer en tierra un cuerpo pesado. La niña no dudó entonces i corrió hacia la celda, en donde, por un secreto instinto de su corazón, encontró el cuerpo de Sor María, mitad sobre le servia

de cama,

La monja

i

mitad sobre

estaba desmayada

la estera

los ladrillos del

pavimento.

no contestó a

las cariñosas

i

que

pala-

bras de Lucinda. Esta, entonces, acostándola lo mejor que pudo en

BU camilla, cubrióla con la burda frazada que

le servia

En

volvió con

seguida se fué prontamente a su celda,

encendida

i

un vaso de agua, que

i

de cobertor.

una vela

era el único recurso de que podía

disponer.

La asustada niña cado de sangre,

i

lanzó un grito de horror, al ver

el

suelo salpi-

en las descarnadas manos de la monja, una discipli-

na armada de agudos clavos de fierro: pero bien pronto se rehizo, pudo acercarse a su amiga para prestarle el socorro que podia.

ÍOÍ

i


CAPITULO LXV.

SOR MARÍA DE LOS DOLORES.

me persigue; Borrarla de mi mente, es vano intento: Habíame en el silencio del convento, I hasta al altar del mismo Dios me sigue»

c(Sn imájen adorada

(Eduardo de la Barra). Bajo la impresión de la luz

i

— Sue5ío

i

delirio.

de las gotas de agua que Lucinda

arrojó sobre el rostro de Sor María, despertó ésta de

su letargo

mirando espantada en torno de sí, llorando, se abrazó del cuello de Lucinda Yo misma me he vendido! murnmró la monja, a quien un momento solo le bastó ])ara comprenderlo todo.

i

En

seguida ocultó rápidamente debajo de las ropas de

la canuí, el

feroz instrumento de su martirio.

—Espero que usted no tomará a mal

lo

que he heclio,

le dijo

Lu-

cinda.

Sor María estorba confusa: mas, haciendo un esfuerzo sobre sí mis-

ma,

dijo a su

amiga:

— Sin duda, Lucinda, tú lobas oido pero ha — contestó por casualidad.

todo!...

(pie

Sí,

ésta;

que una curiosidad repreusiblc

sido

me huya

traido a(pu'.

No

crea usted


388

— ¿Cómo yo de presumirlo? que usted estaba enferma, — Oyendo engañado, mia: enferma; mui — No Allí

lial)ia

el ruido, creí

te lias

i...

estoi

liija

contestó la monja, })oniendo sobre su corazón la

enferma,

mano de Lucin-

da.

—¿Quiere usted qne vaya a despertar a alguien? —Nó, mi querida. Nadie puede curarme de que En seguida prosiguió con mas calma: —He tenido una especie de sueño; he que un lo

visto

corría,

i

ese ánjel eras tú,

mi querida Lucinda. No

sufro.

ánjel

me

so-

creas que sufro;

ya estoi buena, prosiguió la monja, incorporándose en la cama... Vete a tu celda; recójete, que puede hacerte mal el frió de la noche.

—No me Aun mas:

iré

hasta no verla bien tranquila, contestó Lucinda.

no

la

si

molesto a usted, permaneceré aquí velando mi-

entras usted duerme.

— Nó: no puedo — Me ha imj)osible

permitirlo...

sido

dormir. Yoi a buscar

mi cama para

tenderla aquí cerca de la suya.

Diciendo esto, la niña fué el

pavimento de

trajo su colchón,

i

que estendió sobre

la celda.

de — Ya que has penitencia; quiero que sepas su Sor María. causa, — Mi buena amiga, interrumpió Lucinda: respeto sus no quisiera monja. En primer lugar: —Tengo mis razones para hablar, sido testigo

la

dijo

secre-

la

tos,

i

dijo la

estaño se paga sino en la misma mosegundo lugar, no quiero que me tengas por una santa pe-

tú has hecho confianza en mí, neda.

En

nitente... Nó, no; I Sor

María

de Lucinda, espíritu, 8Í

amiga mia,

se detuvo.

le dijo

— Creo que

lo

i

En

soi...

seguida tomando una de las manos

con aire solemne:

que voi a revelarte, hija mia, podrá

fortificar tu

porque nuestra debilidad contra la desgracia se deriva ca-

siempre de la falta de mundo; es

decir, del

poco conocimiento de

la desgracia ajena... Tú, prosiguió la monja, acentuando sus pala-

bras tú, que has sido encerrada en esta casa porque no puedes :

vidar un amante,

i

que te crees por esto tan

infeliz

cuando

ol-

es ver-

dad que de un dia a otro ¡vacde Dios unirte a él, sabe que la monja que tienes a tu vista se encuentra también en este convento porque KupQ amar

u,

uu hombre..,

• I

^yí-*


— Lucinda no contestó i miró a yor admiración. Esta continuó:

—Es

389 vSor

María con muestras do

la

ma-

preciso que te lo diga todo, hija mia, porque no' quiero

usurpar inmerecidamente tu estimación haciéndome pasar a tus

Después do liaher castigado mi cuerpo, prosiguió sordamente, bueno es que castigue mi ojos por

una mujer mejor de

espíritu,

humillándolo con esta revelación.

que

lo

soi...

Mientras tanto, Lucinda, cuya sensibilidad adivinaba hasta fondo

el

el

dolor de la monja, se creía dichosa ella misma. El dichoso

demás: el infeliz gusta siempre com parar su estado con el de los seres que le rodea. Seré breve, dijo la monja con una calma aparente que engañó a Lucinda. Yo no nací para el claustro. Mis padres me amaban con puede hacer abstracción de

los

locura,

i

consecuentes con este amor, trataron de darme una buena

Con el fin de poner en el colejio a mi hermano, que era mucho menor que yo, fuimos a vivir a Concepción. Allí encontré mi desgracia. Vi a un joven; conocí que me amaba, i lo amé... Perdon oh! Dios mió! portales recuerdos!... educación.

— murió? preguntó Lucinda, creyendo adivinar causa del monja. dolor de acento; mil veces peor! — Peor que contestó ésta con la

¿I

la

eso!

Mi padre tuvo malas

triste

noticias sobre la conducta del joven,

hibió que le correspondiese,

aun

i

le

impidió a

él

mismo

i

me pro-

el visitar-

nos.

—Ah! —Pero en poco tiempo vimos que convirtió en el joven el

mas honrado

i

cambiaba de conducta... Se laborioso de Concepción. Tuve él

orgullo de creer que yo era la causa de aquel cambio;

mas pensaba en

esto,

mas

cualidades eran obra mia; cerse;

i

amaba, porque

lo

i

cuanto

que sus buenas

creia

que por amor a mí, habia logrado ven-

i

cuando oía alabarlo,

me

jian a mí. ¡Yo habia formado

parecía que las alabanzas se

diri-

un hombre! Bien pronto habia Dios

de castigar este orgullo; ¡cúmplase su santa i adorable voluntad! Un dia, (dia espantoso en que casi toda la ciudad de (>oncepci()n estuvo en peligro de arruinarse

])or

un

terrible

sacudón de tierra)

amiga mia, él es])us() su vida i)or salvar la miji. 1 lo consiguió sacándome sin sentidos di' hi casa que ])oco d(^s]ui(>s cjiyó.. El sahó llorido... Unafiebr(í terrible lo tuvo vn cnnia duraulo mas en ese

dia,

de un nu'S...

Yo

volnba covca dv

su madre... Cuando (todaN

ía

él

noche

luo acuerdo

a iioclio,

como

si

acoiiipañando a

acabara dv suco-


390 -^

una tarde confesó en su delirio que me amaba. Yo lo sabia, i sin embargo ¡cuánto no fué lo que gocé oyéndoselo repetir! Yo, entonces abracé a su madre preguntándole si me queria admitir por bija... ¡Cuál fué mi dolor cuando la buena señora me liizo ver, lloder)

. .

rando, que esto era imposible!

— por qué? preguntó Lucinda con — Porque estaba destinado ala ¿I

él

interés.

iglesia...

Su madre, a tiempo

de darlo a luz, liabia hecho un voto de consagrar al altar

fruto

el

de sus entrañas

esclamó Lucinda, cubriéndose cara con ambas ma— —Entonces fué cuando yo prometí consagrar mi vida ¡Jesús!

la

nos.

al servicio

de Dios, sano;

si él

yo,

i

libraba de la muerte... Veinte dias después estaba

cambiando mi nombre de Anjelina por

el

de María de

en este convento, creyendo encontrar aquí

los Dolores, entré

vido de mi desgracia!!... Pero cuánto

me

el ol-

engañaba!...

—Amiga mia! cuánto mas no amo ahora! esclamó Lucinda. para mi propia vergüenza, prosiguió Sor María —Te la

lo confieso

de los Dolores en balde he querido desterrar de mi pecho esos :

citos recuerdos;

que

lo

ras, es

en balde he querido apagar en mi corazón la llama

consume, sin estinguirse jamas. Si hablo con mis compañe-

pensando en

recuerdo,

i

si

orando por boles

el

i

él,

elevo

él; si

me

retiro a solas,

mi corazón a

por su felicidad-.

canto de las aves

me

Dios,

La

me

me persigue también su sorprende a

recuerdan la dicha de aquel tiempo i

hasta en

del viento que suele resonar sordamente por el claustro, oir el eco

este recuerdo,

que

ruido

el

me

parece

de su voz. Oh! Dios mió! ¿por qué no ha de morir jamas

Te he dicho cia

mí misma,

luz del sol, la vista de los ár-

en que mi felicidad estaba en mi imajinacion;...

en

ilí-

me

esto,

que cuánto mas grato

es,

mas

infeUz

me

hace?

Lucinda, para que veas cuan justa es la peniten-

impongo.

Lucinda no hallaba qué

decir,

i

se contentaba

con besar cariño-

samente las manos de la pobre mártir. Por consiguiente, prosiguió ésta; no debes mirarme sino como una gran pecadora, que lucha todavía sin conseguir otra cosa que la convicción de la esterilidad de sus sacrificios. Madre mia, le dijo al fin Lucinda; yo no puedo mirarla a Ud.

sino

como una de

las personas

a quienes

mas amo en

tes de saber sns desgracias, la respetaba a

ahora la respeto por convicción.

la vida.

An-

üd. por instinto; pero


391

— Gracias,

liija mía; pero aun cuando me liables de ese modo, no aumentará en lo mas mínimo el cariño que te tengo... Tú me has hecho acordar del mundo... Al oir tus cariñosas palabras, al ver pintarse en tus ojos los sentimientos de tu buen corazón, lie visto renacer en mi pecho afectos que dormían, pero que no estaban estinguidos...Dios mió! Yo no sé por qué esta consideración que me aflije, hace nacer al mismo tiempo en mi alma no sé qué secreto contento que anima mi espíritu aun contra mi misma voluntad. He querido i quiero morir en mis afectos, i ahora veo que estos afectos viven i me llaman a la vida! He querido anonadar mi corazón, i ahora veo que todo ha sido en vano! Hasta de mi familia me he separado completamente: no me quedaba mas que un hermano i dos tias; pero a pesar de lo mucho que los amaba, tuve fuerzas para rogarles que me olvidasen i que no me viesen jamas. Mas, no necesita el corazón de que los ojos vean para tener presente los objetos de su cariño. ¡Pobre hermano mió! pobre Anselmo, tan bueno i jene-

se

roso!...

—Anselmo! esclamó Lucinda, a quien

este solo

nombre hizo pa-

lidecer de emoción.

—¿Qué —¿Anselmo

María ¿conoces a Anselmo Guzman? Guzman es hermano de Ud? esclamó Lucinda, poniéndose de pié como por un movimiento galvánico. tienes? preguntó Sor

Sí, hija

mia; pero ¿por qué...

—¡Hermana

de mi corazón!

le

interrumpió la niña, abrazando a

monja cuya sorpresa iba en aumento. ¡Hermana de mi alma! Sabe que Anselmo es el dueño de mi voluntad... la

—¿Será posible? —¿Qué ha tenido mi

corazón que no

lo

ha adivinado antes?

se

preguntó Lucinda.

La monja no

parecía escucharla. Hincándose en la cama, escla-

con las manos elevadas

— ¡Bendito mió! que

me

i

alabado sea

al cielo

el

nombre de

pones en estado de ser

Dios! Gracias, ¡gracias Dios

feliz

contribuyendo a la

felici-

dad de mi hermano! I dírijiéíidose

a Lucinda,

le dijo estas

breves i)alabras

ciadas con tal tono de convicción, que hicieron renacer la

za en

el

alma de

— Serás

la

la

})r()iiun-

esj)craii-

pobre niña:

esposa de Anselmo!

Lucinda miró a

la

monja con

de respeto, de com])asion

i

iiHlescrí})tible

de agradcciniicnro.

mezcla de amor,


— —

392

mí la

Lucinda, prosiguió la monja: Siento en

'Sí,

convicción de

que serás mi hermana. Como tal te amo. Rogiiemos a Dios por que esta unión se veriaque...Dios permitirá que os vea unidos antes de morir. Si lo consigo creeré que el cielo

— Pero

lia

perdonado mis

faltas.

mi padre se opone a esta unión, dijo Lucinda; si no encuentro apoyo en mi madre misma ¿qué otro reiujio me queda fuera del claustro? A pesar de mi repugnancia, liabia prometido buscar la paz en un convento, si

Ali!

de la mas

si

hermana

querida, le interrumpió la

triste convicción:

monja con

para encontrar la paz en

es preciso entrpa' en él con el espíritu tranquilo.

el

el

acento

convento,

El hábito

es inca-

paz de tranquilizar al corazón que fué una vez sacudido profundamente. Aquí no se aprende sino a conservar la calma que se trae

de fuera... Por esto tu santo afecto. intenciones

En

si

soi

Pon

de parecer, prosiguió, que conserves intacto

tu confianza en Dios,

tienes fe en su divina

esto se oyó la

él

i

favorecerá tus rectas

Providencia!!!

campana que tocaba a

Un

maitines.

susurro

jeneral se dejó oir en el monasterio, que todo entero despertaba 2)ara ir

a rendir

al

Señor de todo

lo

creado, el tributo de los pri-

meros pensamientos del dia. Ya amanece, dijo Sor María. Tocan a coro

i

es preciso

que

me

levante.

—Pero, hermana de mi alma, Ud. no ha dormido, interrumpió Lucinda ¿no podría dejar de — Hace algunos años, contestó sonriendo dulcemente, monle

coro?

ir al

la

le

ja mientras arreglaba su hábito, que no sé lo que es darme gusto.

Es preciso que cumpla con mi

obligación^

i

que ademas mortifique

a este cuerpo rebelde... Voi a orar a Dios por tí, prosiguió, acariciando a Lucinda con inefable bondad. Mientras tanto, te ruego que trates de conciliar el sueño.

Diciendo

que se

esto,

dirijia

sahó Sor María

i

se incorporó en la fila

hacia la iglesia. Diér.onse

i

de monjas

devolviéronse los saludos

de costumbre

—Hermana! qué nuevas tenemos?

—Agradezcamos a Dios

este

nuevo dia que amanece para noso-

tras!

— Pidámosle su gracia para poderlo emplear en su Bien pronto quedó

el

patio sumido en el

servicio!

mas profundo

silencio.


393

El viento seguía ajitando los naranjos del claustro i silbando sobre los tedios. De cuando en cuando oía Lucinda el eco de la oración de la mañana, que semejante al aroma de mil flores, se elevaba liácia el cielo. La niña unió su corazón al de las puras virjenes, i cuando la oración cesó, rendida de fatiga, dobló su bella cabeza sobre la burda almohada, i vestida como estaba, se quedó profundamente dormida.

:o;-

:>(


CAPITULO LXVL

LA CORRESPONDENCIA SECRETA DE

LOS REVOLUCIONARIOS.

tiempo fué Portales un potentado que tenia a sus órdenes i escalonada en todo el país una falanje de guardias i de espías que perseguian a los sembrac(En breve

dores i comerciantes de tabaco a sangre i fuego.» J.

V. Lastarria.

En ese mismo

— {Juicio

histórico

día marcliaban juntos

sobre Portales, II.)

por la calle de Santa Posa

en dirección de la casa del clérigo Cardoso, los señores Víctor Dorriga

en

i

don Diego Portales. Después de haber marchado largo rato

silencio, dijo el

primero:

—¿Para qué nos habrá enviado a llamar su reverencia? — No lacónicamente segundo: me dice en su esquela que trata de una noticia importante. — Lo mismo me dice a mí, agregando que preciso tomar una sé, contestó,

solo

el

se

es

pronta medida.

Llegados a la casa, se fueron

al cuarto del reverendo, a

quien en-

contraron arreglando, una sobre otras, varias cartas abiertas que tenia sobre la mesa.


395

—Bienvenidos sean Ucls., dijo, saludando a los recien llegados.' Acabo de recibir estas cartas que me hablan del estado en que se encuentra la República.

Vamos

a leerlas por orden, a fin de deter-

minar con acierto sobre lo que conviene hacer. Está bien, contestó Portales, sentándose. Yo tengo buenas noticias del sur. También traigo aquí mi correspondecia. Veremos si las noticias que nos dan estas cartas coinciden con las que nos han llegado por otros conductos, dijo Dorriga. Vamos a ver, dijo el j)adre, tomando una de las cartas. Dare-

— — —

mos

principio por la del presbítero Franco que

me impone

de los

últimos sucesos de Valparaíso. Dice así: (íValjmraiso, Setiembre 21 de 1829.

«Reverendo padre: La paz de Dios sea con su paternidad reverenda.»

Un lijero movimiento que

Portales hizo sobre su

silla,

interrumpió

mirando por debajo de sus negras pestañas a don Diego, vio dibujarse en los labios de éste una sarcástica sonrisa. Sin embargo, afectó no apercibirse de ello i prosiguió la lectura del fraile, quien

su lectura con voz firme

i

clara:

((Con fecha dieziseis del presente,

ha

crutinio en la elección del Presidente

i

verificado el Congreso el es-

vice-Presidente de la

Repú-

El primer cargo ha recaído en la persona del jeneral Pinto, que aun cuando sea nuestro enemigo, poco tenemos que temer

blica.

de

él....))

—Tiene razón, — quién

es

una momia que

la

tierra reclama, dijo Por-

tales.

¿I

((Para el

preguntó con voz temblorosa Dorriga. segundo cargo (prosiguió leyendo el padre) resultaron es el vice?

98 votos por don Francisco Raíz Tagle; 61 por el jeneral Prieto, i 48 por don Joaquin Vicuila. Ud. comprenderá que los amigos hemos hecho soberanos esfuerzos a- fin de que se diese por electo al

manos esperábamos que Pinto depositaría el mando supremo una vez que se viese agobiado por los achaques

primero, en cuyas

de su edad, el

por los inconvenientes que sabríamos suscitarle; pero diablo ha metido su cola, i estos malditos i)ipiolos que estmi (mi i

mayoría, han repetido la votación entre los tres noni])rados, dechirando electo a Vicuña, (luien sacó cinco votos mas (pie Tagle. He-

mos

protestado una

i

otra vez; i)ero ellos creen estar en su derecho


396

interpretando antojadizamente el artículo 72 de su infernal Constitución.

«Por último yo reiteré mi protesta i pedí certificado de ella. Yean Uds. lo que conviene hacer allí. «En consecuencia, el Congreso lia dispuesto lioi, que Pinto venga a este puerto a recibirse del mando. «Mientras tanto, nosotros influimos sobre el ánimo de las jantes, i ya liai muclias que creen inconstitucional la elección de Vicuña.» Salude a los amigos de esa etc.» de —Yo creo que preciso ganar tiempo retardando don Víctor. Pinto, —Así me parece, contestó padre, ya trabajado sobre —¿De qué manera? preguntó don Diego. — Dando algunos consejos a Pinto: Uds. saben que jeneral es

viaje

el

dijo

el

esto.

lie

i

el

me

he sido su

cree:

la libertad; pero

confesor-;

también conozco sus debilidades....

Portales se sonreía el suelo

con

— Por

el

esto

conozco sus tendencias, que son por

meneando

la cabeza,

i

haciendo circulitos en

grueso bastón que tenia en la mano.

me he'ocupado durante

meter

este último tiempo en

miedo al jeneral con la grave responsabilidad del mando supremo. Está dispuesto a renunciar. De poco nos servirá su renuncia si el mando ha de caer en manos de Vicuña, observó don Diego.

— Sin embargo, infracción puede mal que por Dorriga. No agregó yo — Con

servir de protesto a los nues-

la

tros, dijo

bien no venga.

liai

Portales,

todo,

estoi

mando. Su debilidad nos favorece.

el

te Ud., padre, al clérigo

porque Pinto quede en

En

consecuencia,

contes-

Franco, diciéndole que trabaje por que

el

Congreso no admita la renuncia. Veremos lo que dicen los demás amigos, contestó su reveren-

cia.

Ahora vamos a

otro capítulo: ¿que noticias tiene del sur?

—'Ahí es donde está

lo principal del negocio, dijo

don Diego....

Ayer recibí cartas de varios amigos del Maule. La ajitacion crece por momentos, i espero que Prieto sellará pronto dueño deesas rejiones.

—Amen, contestó

el fraile.

ción prosiguió, sonriéndose; no ra de aquella ciudad, que es

En

cuanto a las noticias de Concep-

pueden

ser

mas

satisfactorias.

un santo hombre, me

escribe

El cu-

una

car-


— til

modelo de laconismo, que

397

— honor a un espartano. Hela

liaría

aquí.

«Amigo mió: Todo Concepción

—A es

mí también me han

es nuestro!»

mismo, contestó Portales: i preciso creer que Prieto cuenta allí con un buen número de proescrito lo

sélitos.

— Pero importante —Esta otra

es

lo

que los tengamos por acá, contestó Do-

rriga.

epístola es del Maule, interrumpió Hipocreitía:

«Venerado amigo: De un momento a otro esperamos que pase para el norte el invicto Prieto con su gran ejército, aunque, a decir verdad, este nuevo Gedeon no necesita de tanta j ente para vencer a eso^ Filisteos, verdaderos enemigos del Arca Santa de nuestros derechos. Todo el mundo se apresta para acompañar al ejército libertador hacia esa tierra de promisión que....

—Pare, que no

le

Chile....

crea a ese bíblico corresponsal; pues parece no vivir ea

No

nos metamos con judíos....

—Esta otra misiva —Veamos que

es de

un

cristiano, dijo sonriendo Hipocreitía.

dice.

lo

((De este partido del Maule, a 23 de

«Ee verendo Señor: Celebraré^que su paternidad gozando de la to se

Permítame

padre, por Dios! le interrumpió Portales.

lo desea.

Yo

estoi

mayor agrado. Señor

:

go que me hizo sobre

mas

güeno

Agosto de 1829. al recibo

de ésta, se encuentre

perfecta salud

pa

lo

como mi

me mande

que

fino afec-

fuere de su

i

esta se reduce a decirle que respecto del encarecirle el estao

de las cosas dé lapuUtica de este

partió^ le diré a sn paternidd que el negocio lo

que va, porque es bendición de Dios

sino cosa de milagro, sigu?i es

lo

no puede ir mejor que que pasa, que no parece

gana que

que llegue Prieto con revolución i too a estos lugares El señor cura dü hasta cuarenta dias de Í7iditliij encía al que ayude a la causa santa,

como

él dice

la

tiene de

la jente

en las pláticas dotrinales de los domingos, con la igle-

sia llena

hasta los topes que da gusto.

de uno

i

otro lao.

no cae;

i

si

mi

Unos apuestan a que

hacen apuestas

mala

i

otros a

que

este año, yo ha-

hasta doscientos pesos, porque la cosa está de

sígiin lo

leído en su libro

fin, se

gobierno cae,

cosechita no hubiese sido tan

bria 2)odlo apostar

ocho a cuatro,

el

En

afirma

el

señor cura, que lo

lia

leido

i

re-

que se lliuna Biblia del tiempo de loa señorea je-


— suitas.

Por

i\ltimo,

398

al fin del cuento]

i

Dios, los herejes no inejiiarán pata.

pueblo, los teñimos acholaos,

i

yo creo que con

A dos gringos

no se atreven a

que

salir

el

favor de

liai

en este

de sus casas

¿quién les metió en la cabeza venirse a esta tierra de cristianos a

dar mal ejemplo, que es un horror? ¿Por qué no se van para su Francia? I con esto se despide S. S. S. Q. B. S. R.

— Su paternidad

lo entiende,

dijo

Portales; pues busca sus co-

rresponsales entre toda clase de jente.

—Es Algo

se

guaso que

me

debe todo

lo

puede sacar en limpio de todo

ahora lo que

me

escribe

que el

tiene, contestó

el fraile.

fárrago de su carta. Oígan

mi corresponsal de

Ciiricó.

mi carácter de sacerdote me impide punto meterme mui adentro en los negocios de la po-

((Reverendo padre: como

hasta cierto

me

he contentado con hablarles a varios amigos sobre la necesidad que el país tiene de cambiar de gobernantes, i aun de sistema. I puedo asegurar a su paternidad, que mis palabras han encontrado eco entre los amigos de la relijion. lítica revolucionaria,

¿Cómo habia de una

trepidar en poner mis influencias al servicio

causa tan santa? Pero aunque obro con

mucha

d.e

prudencia, por-

que no hago mas que predicarles en el púl2)ito su deber i aconsejárselo en el confesonario, creo que se ha consegiúdo bastante. Al

menos, yo puedo responder de

la actitud

de mis feligreses. Ayer

hablé con un cierto individuo sobre un proyecto, que aunque peligroso, no deja de presentar sus ventajas. Se trata de la formación

de una partida ambulante que recorrerá la parte del país comprendida entre este pueblo i la capital....

—Ahí ya quién mismo.... ha —¿Quién — Don Anjel Calvo.

es ese individuo, interrumpió Portales.

...

Me

escrito él

es?

—Un antiguo realista.

Sí, lo

conozco; es de los nuestros,

i

no nos engañará,

Do-

dijo

rriga.

—Pues don Anjel, prosiguió

Portales,

ha formado

el

proyecto de

reunir una partida de guasos para tomarse la villa de Curicó

parar por medio de correrías,

—Es

lo

mismo que

les en seguida lo

que

el

campo a

pre-

Prieto.

esta carta dice, contestó el fraile.

me dice

i

otro señor cura de

Voi a

leer-

San Fernando.


— í(Mi querido

((En

309

santo amigo:

i

mi curato no

liai

muchos

pipiólos; pero los tres o cuatro

que

existen bastan para revolverlo todo: tienen, pues, a toda esta felegresía

como una madeja

sin cuenta. ¡Es

se atrevieron a decir en presencia de

un

horror!

Ayer no mas a la misa,

los concurrentes

que yo no cumplia con mis deberes porque predicaba a mi rebaño sobre política. ¡Herejazos! ¿I qué sabrán ellos de relijion? Pero yo

no

me

gué,

i

he chupado

santas pascuas.

hablar con

mo

el

dedo, porque a renglón seguido los escomul-

Ya muchos

fieles

timoratos no se atreven a

¡Para que vean lo que es difamar a su cura! Co-

ellos....

aquí la autoridad está en manos de boquiabiertos que no saben

que es tomar una medida contra tales desmanes, no hai mas que emplear contra los malvados los rayos del Espíritu Santo. Si silo

guen con

las

mismas,

los

escomulgo a velas apag'adas,

veremos

i

quién pierde. Mientras tanto, écheme su parternidad la bendición

encomiende en sus santas oraciones a su humilde capellán para que no sea presa de estos fariseos.»

i

Concluida esta carta, que hizo sonreír a los que la oyeron dijo el padre:

leer,

—Tengo

ademas otras de varios curas del campo que dicen mas o menos lo mismo. Cada cura persigue las ideas pipiólas, espone a la vergüenza pública, ya en el pulpito, ya en las i las conversaciones doctrinales del estrado. Acerca de esto, estoi contento porque tenemos en este país un clero celoso por el sosten del orden i de las ideas relijiosas. Tal es lo que Uds. pueden poner en conocimiento de los demás amigos, encargándoles que no desmayen, que influyan por todos los medios posibles para preparar mos a favor de la revolución del sur.

—Pero Prieto no ha —Espero bien

escrito, dijo

don Víctor: nos

los áni-

tiene a ciegas.

pronto cartas de Prieto, dijo Portales. Mientras tanto pueden Uds. hacerse cargo del estado de nuestros recibir

asuntos en

el sur,

han llegado

esta

Diciendo

leyendo estas cartas, muchas de las cuales

esto, sacó

don Diego de sus

de cartas que echó sobre ron a abrir

i

la

mesa,

i

que

bolsillos varios paquetes los circunstantes

empeza-

a leer con avidez.

—Ahí verán Uds., prosiguió también

me

mañana.

Portales, sonriéndose, que yo tengo

vais covrcspoiisalcsj así

comg uuestro rovercudo

Ilipocrei'


— 400 — Casi todas estas firmas son de administradores de estanco, es-

tía.

tanquilleros,

El padre

i

hasta cigarreros^ que

liizo

me

un jesto de aprobación,

sirven 'con celo i

i

fidelidad.

acercándose a don Diego

le dijo:

El — olvide de del jeneral nos puede cuando llegue mui caso de —Aldeano está encargado de ese papanatas, Portales. Lo maniatará como a un carnero. — Que no olvide señor don Rodrigo de recordar a Freiré Freiré, señor.

N"o se

ser

útil

crédito

obrar.

el

dijo

el

las

causas de su enemistad con Pinto, dijo Hipocreitía. Freiré liaya tenido

i

impresionables se les

Después de

preciso que

tenga razón siempre, porque a los hombres maneja halagando su pasión favorita.

esto. Portales

i

Dorriga se retiraron. El padre tomó

entonces la carta que estaba debajo de las demás,

ma

Es

i

leyó con estre-

satisfacción.

X.* Setiembre

1.°

de 1829.^

«Reverendísimo señor:» c(A su paternidad

debo cuanto tengo: por sus empeños

cargo de esta escuela que hijos;

no

me da

me

para mantener a mi mujer

por consiguiente, no hago nada con obedecer sus

veo a i

mis

órdenes,

i

Dios mediante, que Hilarión de la Cachiporra es un des-

se dirá.

agradecido.

como no puedo menos de dejar de seguir, en todo i por todo sus consejos. Cada dia soi mas duro con mis muchachos, quienes me respetan mas que a sus propios padres, i aun éstos muchas vedSigo,

me

ces

envian sus hijos para que los castigue, en lo cual he adqui-

rido portentosa

fama en

este pueblo,

mucho mas que

la

que tiene

compañero de Cauquenes, protejido también por su paternidad.

ini

He

escrito

en las paredes de la escuela la letra con sangre entray

hasta los mocitos de rhedia barba tienen que inclinarse ante tigo

i

la

i

el lá-

palmeta; por manera que no liai quien no respete al español

Cachiporra.

Aun

después de haber salido de la escuela

me

conser-

temor que como su paternidad me dijo la última vez que nos vimos, era necesario para abatir el orgullo a éstos enemigos de

van la

cierto

madre

patria.

Le aseguro,

sin mentir,

rrectivo solo por humillar

que muchas veces

a

los

mas

les

he aplicado

el co-

orgullosos. Si es que este sis-


— tema

se sigue en todo este

401

reino, producirá al fin

mui buenos

efec-

tos.

Besa

los pies

de su paternidad reverenda, su liumilde criado.»

H. de

No

la Cachiporra,

parecia sino que aquel fuera el dia de las cartas para el reve-

rendo padre, porque apenas concluyó de leer la anterior, cuando entró al cuarto

una

vieja,

quien entregando al fraile un papel dobla-

do, dijo:

— Sor Águeda me encargó dar a su paternidad esta carta en

moj^

no propia.

Desplegó Hipocreitía

el

papel

leyó:

i

«Reverendo padre:

«La

haberme

niña, después de

lieclio

concebir esperanzas, lia

vuelto a su terquedad primitiva. Parece que algo de nuevo le

pasado en

el

No oye mis consejos, i el confesor mismo se Ya se ve! quien lo hereda no lo hurta, pues,

convento.

queja de su tenacidad.

(no lo digo por mal)

ha

el

pobre don Marcelino ha sido siemj)re por-

fiado.

«Déme

consejo,

Dios

i

me lo guarde-^Su humilde

servidora que

se arroja a besarle los pies, pidiéndole su bendición en el

del Padre, del Hijo

i

del Espíritu Santo.

Amen.»

Sor Águeda^ Indigna abadesa de

El padre tomó

la

pluma

i

nombre

este convento^

contestó:

«Respetable madre:»

«Ponga a pañía.

Yo

la niña en

una celda

hablaré con el confesor.

sola,

i

quítele toda clase de

Su humildísimo

com-

capellán.»

Hipocreitía,

En

seguida dio la contestación a la

misma

vieja

i

se dispuso

a

salir.

—Talvez ha echado a perder dijo,

negocio ese imbécil clérigo O*,

sombrero. Es preciso que liable con

él:

cosa es esto de no encontrar un liombre que sucunde

un

tomando su bastón

¡(|ué triste

el

plan bien combinado

i

1

51


CAPITULO LXVII.

EL GOLPE

MAESTRO DE LA

PERFIDIA.

«El jeneral Pinto, asustado de su obra misma, retrocedió en el i con su propia mano entregó a los adversarios de la unidad liberal, la tea con que debian devorar sus inmortales preceptos. 5)

conflicto;

B. V.

Mackenna.

Entrevistas análogas a la que relata

el

— {Portales

7, 3.)

capítulo anterior, se suce-

dían cotidianamente entre los enemigos del gobierno. Se daba, se recibía i se comentaba las noticias, ya orijinadas del gabinete i de los círculos sociales de Santiago,

cartas escritas en las

ya traídas de

mas apartadas

rej iones

i

las provincias.

dirijidas

Las

a los prosé-

de la capital, eran leidas ya en reuniones secretas, ya en la plaza publica, cuando se creia conveniente su publicación. Cruzábanse las desconsoladoras noticias por todas partes: los unos las

litos

mas amenazadoras creerlas. La intranquili-

oian temblando de miedo, otros las deseaban

aun dad

mas

i

muchos

las recibían

i

las

daban

sin

a ser una enfermedad crónica de la sociedad: estado tanto alarmante, cuanto que era orijinado de las especies propaladas

lleo'ó

por un

como eran los pelucones. en que la duda i el temor que

i)artido tan autorizado ante el vulgo,

YivfosQ eu una época de trausicion,


— ella produce, tenían

403

a las jentes en un continuo sobresalto. Mar-

chábase como a ciegas por un terreno desconocido,

no era

difícil

i

en esa marcha

esplotar el candor de los que obraban de

mutua desconfianza producida por

la

buena

La

fe.

sistemática hostilidad

del

partido reaccionario contra los principios liberales, habia llegado a

un elemento social, que desunía aquí para unir allá, o para soldar amistades mas allá. Porque, no es estraño que quien desconfia de un vecino, busque un apoyo sólido en la unión de un tercero a quien teme u odia menos. Las causas de ese fenómeno político-social, que nuestra sociedad presentaba entonces, han llegado últimamente a evidenciarse de una manera tal, que de su estudio se deriva una severa lección para nosotros. ¡Quiera Dios que sepamos aprovecharla! constituir

¿Por qué la administración de los liberales se habia creado tantos

enemigos con

la práctica

algunos años después,

misma

el ilustre

del bien?

aquí

lo

que decía,

autor de las palabras escritas a la

cabeza de este capítulo:

«El gobierno destruía

los

privilejíos

comerciales e industriales:

luego nosotros, privilejiados, destruyamos ese gobierno.

«El poder

político

examinaba

i

tocaba la posesión de los sostene-

dores del orden antiguo: luego nosotros, frailes dos,

destruyamos ese poder

«El gobierno

i

clérigos privilejia-

político!

es hereje; quiere renovar las creencias antiguas

de

la plebe; quiere ilustrar: luego exaltemos a la plebe católica, anti-

gua, contra la ilustración, la herejía.»

Los pelucones supieron aprovechar ese estado de febril intranquilidad que ají taba la república, esas colisiones producidas por el ardor patriótico de unos, al estrellarse contra la frialdad egoísta o la

temerosa esquivez de otros; así como también la desíntelijencía de los diversos

grupos que formaba

el

partido liberal, grupos que, sin

embargo de mirar hacía un mismo fin, marchaban como a discreción. Esta falta de unión, i talvez una exaj erada corfianza en sus propias fuerzas, fué lo que los perdió. Mientras ellos creían poder

marchar sin miedo, con sus enemigos no perdían

el

la

estandarte de la libertad en

menor ocasión en minar

tema republicano que principiaba a

entreverse.

la

mano,

las bases del sis-

LotS ventajas

de su

posición social, sus riquezas, la ignorancia del pueblo, las antiguas

preocupaciones, los vicios de la sociedad,

í

hasta los mismos errores

del partido liberal, fueron otros tantos elementos de reacción los retrógrados supieron utilizar.

quQ


— El punto de apoyo de rios,

404

las insidiosas operaciones de los reacciona-

era el sur de la república. ConcCj^cion, cnyas aspiraciones de

influencias provinciales no cesaban de fomentar los pelucones, ha-

que Prieto, valiéndose de los

bíase hecho el centro de

la revuelta

mismos elementos que

poder supremo puso en sus manos, habia

el

logrado estender hasta las riberas del Maule. ción pelucona principió ^ot

una

traición:

i,

Hé aquí cómo traición ella

la esencia de sus aspiraciones contra la libertad

la reac-

misma en

los derechos

i

los pueblos, habia de llegar al fin a consolidarse por otra

de

gran

traición.

Con fecha 4 de octubre de 1829, se reunió la Asamblea provincial de Concepción, i levantó una acta, por la cual se declaraba en abierta rebelión contra los poderes constituidos, fundándose en las «infracciones cometidas por el gobierno contra la Constitución» que

mismos querían echar por tierra. consternó a Santiago, i los pelucones se empeñaron

acababa de dictarse

La

noticia

i

que

ellos

en estenderla por toda la ciudad, derramando por las calles

gran cantidad de hojas que

el ejército

rijirse

Los se

sueltas, en las cuales se

de Prieto no tardarla en atravesar

i

plazas

agregaba ademas, el

Maule para

di-

hacia la capital. liberales,

cuyas esperanzas se fundaban en

empeñaban en que

el

éste asumiese cuanto antes el

jeneral Pinto,

mando. Con

la

pronta organización de la administración suprema se podia cruzar las operaciones de los traidores.

ganar tiempo,

i

Pero a éstos

les

importaba mucho

consiguieron que el Presidente elejido renunciase.

Desechada la renuncia por el Congreso, «^^olvió el jeneral a elevarla de nuevo; i fué desechada por segunda i tercera vez. Entonces, Pinto asumió el mando; pero fué j)ara darle un golpe de muerte al Cuerpo Lejislativo, que era la salvaguardia de la Kepública.

Entraba por mucho en los planes reaccionarios, el introducir la discordia entre el Poder Ejecutivo i el Lejislativo, asi como la hablan introducido ya entre aquél i el Judicial. «Dividámoslos i los debilitaremos,» era la jaculatoria constante del padre Hipocreitía,

quien miraba de reojo al clérigo Franco cuando éste decia en sus arrebatos

— Es preciso que obremos de una vez contra éstos facinerosos!

—Nó! contestaba para recibirla en la

En

el

mismo

el fraile,

«esperemos a que la pera esté madura

mano cuando

caiga».

dia en que el jeneral Pinto se hacia cargo de la pre-

sidenciaí esto es, el 19 de octubre d^

1829, se hallaba el infatlga-»


405

He jesuíta

hablando con sus principales amigos en casa del ex-ininistro Ruiz Tagle. Después de liaber tratado largamente sobre el estado de los asuntos del sur, dijo con impetuosidad el clérigo Franco:

— Pues,

señores, ¿si Prieto cuenta con ua'^ejército de

mas de dos

mil hombres, por qué no se viene sobre la capital? Santiago es nuestro ¿qué

esperamos para dar

el grito?

— Pies de plomo, amigo mió, do.

le

interrumpió Hipocreitía sonrien-

Ninguna cosa sale buena si no se hace in debito tempore, -Para mí la verdadera oportunidad está en la rapidez con que

se obre, replicó Franco.

— Sin embargo, observó Dorriga, prudencia —¿Qué dejemos escapar pájaro? interrumpió la

aconseja... el otro.

el

—Nó, mi buen

amigo, respondió Hipocreitía. Es preciso no tra-

tomar el pájaro con demasiada precipitación, porque nos podríamos quedar con las plumas en la mano. Tiene razón, su paternidad, dijo Tagle: yo siempre he seguido tar de

— su —Yo puedo parecer.

estar

mui equivocado, prosiguió

el

jesuita con tono

mirando por entre sus negras pestañas a don Diego Portales, que se sonreía al observar los j estos que hacia el clérigo Franco:" yo puedo equivocarme; pero creo necesario concluir de prepararnos. Los tontos han caido en el garlito. Mui pocos son los que humilde

i

creen en el formal levantamiento de Prieto,

todos ellos piensan

i

encontrar en Pinto un sólido apoyo del sistema actual. El

Pinto

lo cree,

i

no es éste su mejor engaño;

que hemos conseguido de

él la

ya ustedes saben

])ero

clausura del Congreso.

reunirá éste para principiar de nuevo sus sesiones

mañana mismo

pero también

recibirá del

mismo

Mañana

se

en esta ciudad;

nuevo Presidente

la pro-

posición de cesar en sus funciones. .

— Pero; un hecho que Pinto ha accedido? preguntó Dorriga. —Tengo aquí una copia de contestó presentan¿es

la nota,

el fraile,

do a la concurrencia un papel doblado. Portales tomó la nota; la leyó rápidamente,

—Está en Este golpe maestro! — Don José Joaquín de Mora, que quien regla.

ha tenido

dijo.

es

es

Hipocreitía,

i

la

bondad de hacer en

la

ha redactado,

dijo

algunas altera-

ella

ciones que yo le he indicado.

--Don José Joaquin

es

un bucu

csj)añ()l, obsrrvc')

El señor Tagle es testigo, prosiguió

ol

IVaile,

Dorriga.

do

lo (pie

ha

lia-


406

bido que trabajar para hacer consentir a Pinto en que la salvación

de la Kepública estriba en la disolución del Congreso

i

en la nueva

El buen jeneral cree

elección de mandatarios para el año venidero.

a estas horas que solo así se conseguirá hacer desaparecer las rivalidades, los odios de partido, las

di^dde al país.

Es

preciso, señor jeneral, le

pretesto a la sedición cree así

i

ambiciones

i

todo pábulo a las

i

el

descontento que

he dicho yo, «quitar todo miras personales.» El lo

obra con la conciencia de que tal proceder pacificará al

Pero una vez disuelto el Congreso, el país es nuestro, como un rebaño al cual se le ha quitado el pastor. Cuando Hipocreitía hubo terminado, todas las miradas se fijaron en él. El fraile hablaba con la elocuencia de un hombre inspirado, i el tono solemne de su discurso, dominó a los concurrentes, algunos país.

de los cuales esclamaron:

;sí:

es verdad!

Entonces será

el

momento de

obrar.

Portales nada decia: solo se contentaba con mirar de hito en hito al fraile

mientras hablaba;

i

concluyo al

un jesto en que se revelaba Esa misma tarde se hablaba en

so con

cierto

fin

por aprobar

el

discur-

grado de admiración.

los diferentes círculos

de Santia-

de la manera enérjica con que

go de

.la

una

otra vez, habia sido rechazada por la Representación Nacional.

i

dimisión del jeneral Pinto,

i

Habíase descubierto que estas renuncias no eran mas que un juego de coquetería aconsejado por los pelucones al jeneral, cuya debilidad esplotaban. Ellos sabian

greso no acej)taba la renuncia,

mui bien que i

la

mayoría del Con-

esperaban sacar partido de la des-

intelijencia entre el cuerpo lejislativo

i

el

presidente electo.

Esta desintelijencia comenzaba a verse bien claro en los motivos mismos que servían de base a la renuncia de Pinto. Este escribía al Congreso con fecha 18 de octubre que «entre los principios que dirijian al Congreso i los suyos, no existia aquella armonía, sin la

ninguna administración podía ser útil.» ciendo: «que no solo era lícito sino obligatorio^

I luego concluía di-

cual,

el

renunciar la presi-

dencia, a causa de la imposibilidad de aceptarla, sin aparecer 2^artl-

cipe en actos que no juzgaba conformes a la

lei\ i

que ademas, eran de

una tendencia perniciosa.^ ¿No ven ustedes? decían ios mas exaltados. ¿No ven ustedes cómo ya se ha sembrado la zizaña entre los poderes Lejislativo i Ejecutivo?... ¡Aquí está de manifiesto la mano de los pelucones! Por subir al mando serán cai)aces de empujar al país a la guerra civil. Hablábase ademas en los numerosos corrillos de 'cierta entrevis-


— 407 — ta habida entre Pinto

quedado convenido que armaría por

los principales pelucones,

i

la revolución

en la cual, liabia

que amenazaba

misma, a condición de que

al país, se des-

se disolviese el

Congre-

so.

Los

noticieros referían mil anécdotas

que revelaban la maléfica

influencia del partido reaccionario sobre el

aun aseguraban que ya

ánimo del Presidente,

éste liabia firmado la nota

i

que debia envi-

ar al Congreso proponiendo su separación.

Esta vez decian verdad que tenian

fe

en

el

los noticieros: sin

él se

liabia

muchos

buen sentido del jeneral Pinto, i prestase a servir de apoyo a los reaccio-

patriotismo

no podian creer que

embargo,

i

narios. Otros, sin hacer agravio a la lealtad del ilustre jeneral, te-

mían que i

éste no fuera a ser víctima de las instigaciones peluconas,

se decidieron

a hacerle presente que, en caso de haber acojido tan

fatal idea, desistiese

A este

fin

de

ella.

comisionaron a don Carlos Rodríguez, para que, acer-

cándose al Presidente,

le

manifestase cuan peligroso era en las ac-

un apoyo tan importante como el Congreso; mayormente cuando la medida en cuestión pugnaba abiertamente contra la lei i era en un todo contraria a las contuales circunstancias, el deshacerse de

veniencias políticas. Rodríguez juró cumplir fielmente con la comisión que sus amigos políticos le daban.

'10 :-


CAPITULO LXVIII.

rodríguez

pinto.

i

La

separación espontanea del Congrela convocación de los cuerpos electorales; i la renovación de las elecciones constitucionales para el año venidero en las épocas que la lei fundamental señala: tales son en la opinión del Gobierno las solas medidas que pueden salvar de un nauso;

frajio

inminente

el bajel del

Estado»

(Nota del presidente Pinto al Congreso^ proponiendo su disolur cion.— Octid)re 20 de 1829J Rodríguez era un patriota ardiente la libertad;

i

i

entusiasta por la causa de

liabia servido con decidida constancia el Ministerio

del Interior durante

el

gobierno de Pinto. ¿Quién otro mejor que

ánimo del jeneral? El dia 20 se presentó don Carlos en el palacio. Al dirijirse liácia la sala del despacho, vio en una de las oficinas a Ruiz Tagle, Mora él

i

para

el

influir

ventajosamente en

el

padre Hipocreitía que conferenciaban entre

miraba bien a ninguno de los tres, pechas contra ellos. Así preparado,

i

sí.

Rodríguez no

concibió entonces graves sos-

se dirijió a hablar con Pinto;


— — Dígame VE. preguntó —¿Qué — Que Gobierno piensa :

409

¿es

verdad

lo

que se dice?

se dice?

el

pedir, o

mas bien

diclio,

piensa orde-

nar al Congreso su disolución. Pinto no contestó sino con un suspiro.

Mi atrevimien—Perdóneme VE. prosiguió Rodríguez con tengo a mi nace del amor que amo menos? interrumpió Pinto, levanUd. pue yo — calor.

to

país.

¿I cree

lo

le

tándose de su asiento. Solo

el

deseo de la tranquilidad pública

lia

podido obligarme a dar este paso.

--¿Luego

es verdad?

—Verdad. — Señor

jeneral!

solo a la amistad

don Carlos con ese tono de reproche que

dijo

le es

permitido tomar. Calcule Vuecelencia las

consecuencias de este acto.

—Están consideradas, amigo mió. La República da.

Las instituciones amenazadas por

solución,

fnevüL,

la revuelta;

i

se halla dividi

yo no veo otra

de hacer esta concesión a los enemigos del orden

para quitar todo pretesto

— Para

envalentonarlos, debiera

V

E. decir, pues en cuánto le

quiten al Gobierno el apoyo del Congreso, la victoria será de los traidores, dijo

— Pero

si

don Carlos con ardimiento.

bien es verdad, replicó Pinto, que

traidores a la causa de la libertad, no

liai

en ese partido

me podrá Ud.

negar que tam-

eso, contestó

Rodríguez. Hai

bién hai hombres honrados.

— De ningún modo podria yo negar en

el

l)aís;

partido reaccionario

pero

aman

lo

muchos hombres de

bien,

que aman al

a su manera; personas distingmdas por su sa-

ber, pero cuyas preocupaciones borran en su entendimiento las sa-

nas ideas de la ilustración para dar cabida a las malas priicticas en

que se han envejecido.

— Sin embargo —Esas prosiguió don jentes,

porque nunca la

lian ])racticado;

tán acostumbrados a cion política

mada,

i

Carlos, tienen

él;

i

el viejo

la libertad,

sistema, porque es-

serán capaces de oponerse a la njencra-

social del })aís,

así se los ordena.

aman

miedo a

porque su conciencia, falsamente alar-

Nó, señor: yo no creo que todo

el

partido

reaccionario esté compuesto de malvados. ¡Pobre de Chile entonces!

Seria preciso emigrar de aquí. ..Lo que yo ideas,

i

la ignorancia

de

la

mayor parte do

crcío es (juií

la

falta do

esus hombres, pervier-


— ten su voluntad, que de otro

— Creo que

410

modo

se dirijiria al bien de

la patria.

Ud. exajera las circunstancias, amigo, contestó el jeneral. Es preciso que nos acordemos de que también ellos son chilenos

como nosotros para

hacerlos participantes de los negocios

públicos.

¿I^ig'o

a todos

yo

lo contrario? Confieso

que la equidad manda llamar

hombres buenos, cualquiera que sea su partido, a formar parte de la dirección de la Repúbhca. Yo no miro a mis enemigos políticos sino como a verdaderos compatriotas. ¿Ha hecho otra los

cosa el Gobierno sino darles destinos públicos?

—Es verdad; pero — Muchos de sus prohombres ocupan puestos elevados en

cito,

el ejér-

en la administración, en la magistratura judicial... Ahí están

Prieto,

Ruiz Tagle

— pero yo me campo de ideas — Ah! eso otra señor jeneraL En ese terreno jamas un pelo a — ¿Por qué? — Porque hemos peleado por ideas republicanas, referia al

Sí;

es

las

no cederé

cosa,

los contrarios.

las

que sostengamos su

im^^erio.

i

es preciso

Nuestros padres vencieron al enemigo

campo de batalla, i nosotros debemos proseguir la noble lucha en el campo social. Yo creo que la prudencia manda ser toleranen

te

el

con los hombres; pero en cuanto a la entronización de los malos

principios,

ya es otra

— Comprendo su Pero,

cosa.

idea;

yo mismo abundo en

amigo mió; cuando uno

ai!

ner los principios

i

la

ella, dijo el jeneral.

de soste-

se ve entre la necesidad

de hacer concesiones...

— Concesiones? Yo no veo necesidad de que habla VE. —No hablo de concesiones que puedan rebajar dignidad de República — entonces? mil veces de dejar en necesidad que a — Me la

la

la

¿I

refiero

la

la so-

liai

ciedad un resquicio por donde se escape esa fuerza enjendrada por las

malas pasiones...

— Pero eso suele perder a una administración, cuando de que VE. abra —¿La — señor: porque injusto abandonar a su suerte es la

la

puerta

la injusticia.

injusticia?

Sí,

es

i

a}X)yo esas instituciones por las cuales tantos patriotas se crificado.

dejar sin

han

sa-


411

—No quedarán abandonadas. Al que

el

amor a

— contrario,

amigo mío: yo creo

esas instituciones es lo que obliga a muclios

hom-

bres de bien, del partido enemigo, a hacer la guerra al Gobierno.

—No

lo crea

YE... Si mañana toman

do, la Constitución

de su furia contra

Esta-

que aparentan defender sera la primera víctima

las ideas democráticas.

— De todos modos, dijo deber hacer

ellos las riendas del

el sacrificio

el jeneral;

mis

fines

son buenos. Creo

de

—¿De qué? — De renunciar, Congreso no aprueba plan que propongo. — Pero, Señor... por Dios! —Estoi decidido a en paz. de — YE. que obtendrá jamas paz en una república el

si el

beneficio

ello

I ¿cree

el

se

la

siu

la

establecimiento del réjimen democrático?

— Pero acordémonos de que de traer

la

guerra

civil, la

la defensa

de esos principios nos ha

lucha entre hermanos. Ah! don Carlos!

tiemblo solo al considerar que yo podria llegar a ser causa de un de-

rramamiento de sangre entre mis compatriotas.!

— Dígame YE., preguntó Ilodríguez con mas calma ¿Se acordaron ayer nuestros padres de que tenian que luchar con sus propios compatriotas para deshacerse del poder español?

gar que la sangre de

No

los chilenos debió ser preciosa

se

puede ne-

para

los

auto-

i sin embargo ¿dudaron ellos un momento en derramar aquélla a fin de obtener ésta. Lo que ayer hicieron nuestros padres ¿no podemos proseguirlo hoi nosotros? Por-

res de nuestra Independencia;

que, considere

YE. que

dejando a sus hijos

el

ellos

no hicieron mas que

iniciar la

obra,

cuidado de concluirla. Nuestra independencia

no será un hecho consumado, hasta que no hayamosí establecido fuertemente entre nosotros

—Estoi

en

ello,

el

réjimen republicano.

contestó Pinto; pero le diré a Ud. ademas, quo

no encuentro desprovistas de toda justicia gan para la disolución del Congreso.

las razones

—Ah! Señor! esclamó Rodríguez, dudando aun do

que

ellos ale-

]o (pie oía.

No

entraré en esta discusión porque seria demasiado larga, penosa

i

ha hecho a YE. tomar escontrario; me parece que el mejor medio do es sostener al Congreso, único apoyo que el

talvez inútrl, desde que tal convicción lo te partido.

Yo

creo lo

evitar la guerra civil,

Gobierno

tiene,

i

por aliora, entro los poderes constituidos.

Hubo un momento de

silencio,

durante

el cual,

Rodríguez había


412

tomado su sombrero, dando muestras de querer retirarse, mientras el jeneral se paseaba, sumamente contrariado, alo largo de la sala. Pues yo he querido probar al país entero, dijo éste, que no me anima la menor ambición; i estoi dispuesto a hacer el sacrificio del mando, a fin de obtener la paz que tanto deseo.

—Me parece que en

el

seria

mas

patriótico el sacrificio de conservarse

puesto mientras la reacción amenaza la República, contestó

Rodríguez.

— Me

es imposible:

no tengo fuerzas, contestó

el jeneral.

Bien

sabe Dios, que daria mi achacosa existencia por la feHcidad de

mi permanencia en

país; pero creo firmemente que

de ser fatal a

Mi

la tranquilidad pública.

mi

este puesto, pue-

resolución es irrevocable

porque no encuentro otro medio de conjurar la tempestad que nos

amenaza. Rodríguez

salió desesperado.

En

la puerta del palacio se encon-

don Melchor Ramos, oficial mayor del Ministerio del Interior, a quien don Carlos profesaba la estimación de que el joven era digno. Ambos amigos se saludaron con cordial franqueza, i emtró con

pezaron a hablar sobre

el

acontecimiento en cuestión.

— Casi no puedo cabeza con ambas manos. —Desgraciadamente verdad,

creerlo todavía, dijo Rodríguez, apretándosela

es

la nota,

podido

i

acabo de tener con

el

Ramos. Yo mismo he leido Presidente un disgusto que no he dijo

evitar.

—¿Cómo —Encontrándome así?

ha querido que yo autorice con mi firma una nota contraria a mis hoi interinamente a cargo del despacho, se

principios.

— qué sucedió entonces.? «Nó, señor Presidente, — Me negué a ¿I

firmarla.

le dije al jeneral;

no creo que VE. quiera obligarme a traicionar mi conciencia.

puedo firmar Ah!

esto.:?)

— — Pinto pareció conmoverse

libertad.

aquel

Yo no

Yo no

momento

al ver

mi

resolución,

sabia aun lo que él haria en

i

seguida,

me

dejó en

cuando en

entró a la sala el padre Hipocreitía

un — Creo que —Yo creo mismo, a pesar de amistad que parece profesar familia del Impuesto de sucedido, a toda — «¿qué primero? No hai hai para que firme Maldito

es

fraile!

lo

jo;

la

jeneral.

la

dificultad

traidor.

el fraile

el oficial

lo

di-


413

mas que poner:» por ausencia del oficial mayor encargado del despacho. De esta manera, prosiguió diciendo el fraile i mirándome de un modo particular, quedará tranquila la conciencia del señor Ramos. En seguida salió de la sala a llamar al oficial primero, refunfuñando entre dientes: ¡^í^í?<9;^í?^^maI... Es preciso no contrariarla jamas, i yo respeto hasta los menores escrúpulos de un hombre. Cinco minutos después, ponia don Alejandro Mardones su firma al pié de la indigna nota.

— Ha obrado Ud. noblemente,

dijo Eodríguez,

cuyo jesto mani-

festaba la indignación de su alma.

En

seguida apretó la

mano de

pagar con la persecución del honor

i

de la justicia.

i

su amigo, quien pronto habia de

el destierro,

su lealtad a los principios


CAPITULO LXIX.

ANSELMO RECIBE NOTICIAS DE LUCINDA.

yo espero:

c(Sí!

al

pesar las diclias siguen

¿Qiiién m:!a vez en el oscuro cielo No vio brillar el iris del consuelo,

Tras la tempestad?

DEL Solar.)

(E.

Dos

o tres dias después, el capitán

trar en su casa a su

mano. Traia tía;

i

el

Muñoz

i

su esposa vieron en-

amigo Anselmo que venia con un papel en

la

joven, pintada en el semblante la ajitacion que sen-

al saludar a sus amigos, les presentó el papel, diciéndoles al

mismo tiempo: La liemos encontrado!

— —¿Qué — Que

liai?

qué

te sucede?

preguntó

el

capitán Muñoz.

acabo de saber que Lucinda está en

Capuchinas, contestó

el

el

convento de las

joven.

— Gracias a Dios! esclamó —Vean ustedes por qué circunstancias Cecilia.

lo

he sabido. Ustedes

tie-

nen conocimiento de que tengo en ese convento una desgraciada hermana. Te he oido hablar de

— —Anjelina me

ella, le

interrumpió Andrés.

escribe esta carta.

Yoi a leérselas a ustedes;


— Mi

415 --

querido kerma7io:

Hace pocos

clias

que han puesto contra su voluntad en este con-

a una niña llamada Lucinda de Rojas, La casualidad^ o mas bien Dios, que dirije los acontecimientos de la vida, nos ka unido con la mas sincera amistad. Me ha hecho la confianza de su vida entera, imponiéndome del amor que los une a utedes dos. Considera, herma-

vento^

no mió, cómo

la

habré abrazado!

La

mi corazón: puecariño que me ha inspirado.

quiero con todo

merece todo el

do asegurarte que

ella

Es un

mi querido Anselmo, no podias haber hecho mejor

dnjel;

i

tú,

elección,

—Pobre de la carta

hermana i

I

esclamó

limpiándose con

que aparecieron en sus hoi de

mi

ojos.

el

joven interrumpiendo la lectura

el

revés de su

mano

las

lágrimas

jElla^ tan desgracia, solo se

acuerda

felicidad!

En

seguida prosiguió:

En

varias cartas que Lucinda ha recibido de sus padres,

le

ha-

blan éstos de la necesidad de que ella p>ermanezca en el convento;

pero sin

haya p)ara haber tomado esta resoLja pobre niña se desesp>era cada dia mas, i me

decirle las razones que

lución tan cruel,

asegura que su madre no puede haber escrito ninguna de las cartas

que aquí han llegado con su firma. Mientras tanto, se la estrecha por medio del confesor, para que dé su consentimiento a no sé qué proyecto de matrimonio con otro caballero

— Infames! esclamó Anselmo, prosiguiendo en seguida: Te

escribo esta carta,

no solo por

inspiran, sino porque creo

el interés

que tú

un deber de conciencia

el

i

LAicinda

me

dar a conocer

lo

que yo llamo un complot contra esta desgraciada niña.

Para colmo de

desdicha, la han separado últimamente de m\,

tienen encerrada en

una

ella encuentre algún

apoyo en mis consejos

Anselmo papel crujió Creo,

celda, porque, según creo, se

No

i

ha temido que

una pala])ra; pero entre sus manos temblorosas. Luego prosiguió:

volvió a interrumpirse.

hermano mío,

7io

dijo

la

el

tener necesidad de pedirte que obres con

mayor ¡prudencia. Si el padre de Lucinda hace llegar las cosas al €stre?no, no tomes una resolución desesperada^ porque la desesperación es mala consejera. Confia en Dios, i no conviertas en odio el amor de tu corazón. Si hai e7i la tierra quienes se opongan a tu dicha¡ la


416

acuórdate de' que hai también en el cielo una Providencia que jmede mas que todos los poderes del mundo. Yo espero que al fin ha de abrir Dios los ojos al padre de Lucinda^ porque aquí ahajo, ni aun la desgracia es eterna, hermano mió. No des cabida en tu pecho al des-

busca el apoyo de algunas personas de valia, que inñuyan en el ánimo de don Marcelino, confiando siempre en que Dios ayuda aliento,

i

los esfuerzos honrados.

Adiós

—Recibe un abrazo de tu hermana que ruega por tu

Concluida de leer la carta, los tres amigos se quedaron unos pocos instantes mirándose en silencio. Luego dijo Andrés:

—Es indudable que cartas de doña Trinidad son supuestas. —Yo también contestó Anselmo. — Pobre niña! murmuró —¿Qué pensado hacer? preguntó capitán. — Llevar esta carta a don Eamon, contestó joven, para tomar consejo de —Me parece Mientras yo a ver a doña las

lo creo,

Cecilia.

lias

el

el

él.

bien.

dijo Andrés....

tanto,

A propósito

Estrella,

iré

¿sabes lo que se

me

ocurre?

—¿Qué cosa?

a don Cándido, — Que don Kamon cual muclia padre de Lucinda. sobre de don Cándido; según he — Te engañas: don Marcelino encuentran mui ahora no Andrés. —Tanto mejor, —¿Qué quieres estando — Que don Cándido nos podia prestar algún visite

fluencia

tiene

el

in-

el

se rie

sabido,

i

bien.

se

replicó

decir?

servicio,

si

bien con su compadre Marcelino, ahora que están mal, podemos contar con que nos servirá con la mejor voluntad.

— De doña Estrella espero mucho; pero de don Cándido —También debes creer que nos ayudará siquiera con su nombre; así

como doña Estrella

lo

hará con su intelijencia

i

su buen cora-

zón. Te repito que conviene mucho el que Freiré le haga una visita como para solicitar su cooperación en este negocio. Don Cándido es vanidoso

i

aspira a figurar; por consiguiente, la visita de

una

persona de la import?aicia i de las relaciones del jeneral, lo llenarán de satisfacción i de esperanzas, poniéndolo de nuestra parte. :I aun cuando mas no fuera, agregó Cecilia, si con eso se con-

que don Cándido no sea un estorbo para Estrella, se habrá puesto una pica en Flándes. sio-ue


~

— Pues — yo

417

verme con el jeneral, dijo Anselmo^ poniéndose en el bolsillo la carta de su hermana. I voi a casa de don Cándido, dijo Andrés, para imponer a doña Estrella de todo lo que pasa. Cecilia, viendo salir a su marido i a su amigo, se quedó rogando voi a

a Dios por que obtuvieran el logro de lo que deseaban. Media hora después, ya Andrés habia impuesto a doña Estrella de todo lo que sabia. Don Cándido oía la relación con cierto aire distraído,

como

si

no

le

importara gran cosa aquel asunto en que

menos que desgracia de su ahijada Lucinda; pero no bien hubo

veia interesarse tanto a su esposa, la felicidad o

hablado

el

ñor de

Rueda esclamó:

la

i

en

cual iba nada

el

capitán de la probable visita de Freiré, cuando el se-

—¿Qué dice usted, capitán? — Que según todas probabilidades, tendrá usted aquí esta tarde de a mejor espada de Chile —Ah! señor capitanl — A uno de mas beneméritos del — Oh! señor capitán Muñoz! —A una de personas mas bienquistas en gobierno —¿Pero está Ud. seguro? Porque ha de saber Ud. que yo no las

visita

la

los jefes

ejército

las

el

tengo la honra de conocer personal

i

amistosamente

al jeneral

Freiré.

—No seguro, respondió Andrés; pero tengo motivos justos para creer que vendrá — Bienvenido don Cándido; en cuanto a Ud., señor estoi

hoi.

dijo

sea,

capitán, le agradezco en el

Voi a ¿Adonde vas?

— do queria —Voi a

salir

Cándido.

i

alma

la advertencia

que

me ha

hecho.

preguntó doña Estrella, viendo que su mari-

le

de la pieza.

nmdarme botas, Estelita, respondió en voz baja don ¿Cómo quieres que espere al señor jeneral con estas botas

rotas?

Dicho entrar,

como

esto, salió;

i

después de un buen cuarto de hora, volvió a

no solo con botas nuevas, sino vestido de p.unta en blanco^

él dccia.

— Señor capitán,

dijo,

acercándose familiarmente a Andrés. ¿Está

Ud. seguro de que el objeto de Freiré sea tos de mi ahijada?

el

hablar sobre los asun-

iío es otro, señor, fuera del de ¿saludarlo cordliüincnte....


Miiclio lo agradezco el saludo,

selo con la

— —

418

misma

i

pronto a correspondér-

estoi

cordialidad, siempre que sus fines sean rectos.

puede üd. dudarlo?

¿I

mi amigo! esclamó don Cándido bajando mas la voz; cuando un hombre como yo tiene la desgraciada felicidad de estar casado con una mujer linda, está también en su derecho para temer Ali!

que no todas que,

si

no

tengan fines rectos

las visitas

me

engaño, es

mismo

el

Pero dejemos esto

Freiré el viene entrando por el

zao'uan.

Así era en realidad. Don

Ramón

mas

a quien hizo la señora la

venia acompañado de Anselmo,

favorable acojida, mientras don Cán-

dido se deshacía en cumplimientos con

—Aunque dijo éste,

me

no tenia

el

he tomado

—Ya tengo

placer de conocerlo a Ud. personalmente, la libertad

de venir a pedirle un servicio.

conocimient j de todo, por

interrumpió don Cándido;

me

el jeneral.

el

señor capitán Muñoz,

agradezco a Ud., señor jeneral,

i

el

que

proporcione la dicha de verlo, para lo cual pongo a su disposi-

ción todos mis posibles.

—Mil

gracias, señor: ¿por

manera

que....

puedo contar con su

apoyo?

—Ademas de que tengo nes que

el carácter

de padrino de Lucinda,

— Pues, fundado en — Razón

también que cumplir con

eso he venido a

por la cual

le

empeñarme con

bárbaro

incivil

—Es

^decir,

con que

mi compadro, no

mi al

el logogrifo

de su

dejo de conocer que es

un

interrumpió vivamente Freiré, que puedo contar

Ud

—Nó,hija cutor

usted...

he dicho a Estelita, que no es caridad

permitir que esa pobre niña sea martirizada por padre, que aunque sea

las obligacio-

me imponen

niia, le dije

le decia,

i

lo

que su interlo-

viendo que la señora habla salido de la pieza): nó,

vida, es preciso

momento mi

a Estelita, (sin atender a

cortar los planes de

idea,

i

como

mi compadre. Ella aceptó Por-

es inca])az de contradecirme

que ha de saber, señor jeneral, que yo, aunque trato mui bien a mi esposa i la quiero como a las niñas de mis ojos, no permito que ella

me

contraríe en lo

—Muí

bien

mas mínimo

he^^lio,

señor de la Rueda, interrumpió Freiré, ya

fatigado de la charla de su interlocutor;

vamos a uuestro a«uuto

mui bien hecho; pero

vol-


— —Así

fué, prosiguió

419

don Cáudido, que Estelita

jar en el sentido que yo le indicaba

— Muclio agradezco a Ud. —La

se

puso a

tr

aba-

.

a la señora

i

tengo bien enseñada, señor jeneral, a que siga sin chistar

camino que yo

ni mistar el

le trazo.

Yo mismo

mi compadre en qué convento estaba su

ñií a preguntar a

pero

hija;

él

nada quiso

decirme

—Ya sabemos que Lucinda está en —En Capuchinas.... I ahora que me acuerdo: ¿sabe Ud, que tenemos ganada a mi compadre? —¿Cómo preguntó Sepa que — Mire Ud., señor abadesa de Capuchilas

se la

Freiré.

así?

jeneral.

nas, Sor

Águeda

no

de....

me

la

las

acuerdo ahora, es hermana carnal de

primera mujer de un amigo íntimo de mi difunto hermano, que murió cuando la peste grande, el año de la

—Vea, señor su asiento:

de

la

Rueda, interrumpió

objeto que aquí

el

tar con usted para.

me ha

el jeneral,

alzándose de

traido es saber si puedo con-

.....

señor; para interrumpió don Cándido. — Para — Porque puede suceder que haya necesidad de emplear todo,

todo,

la fuer-

za contra don Marcelino;

i

como

si

llega el caso de sacar del

nasterio a Lucinda, yo no podria ponerla en

mi

casa,

mo-

pues las aza-

rosas circunstancias en que el país se halla, nos tienen a todos los

soldados sin paradero

fijo......

paradero. —Ya entiendo, podríamos contar con su casa de Ud? —Quisiera Ud. a su disposición, señor respondió cjn voz — La entera doña Estrella, que en aquel momento entraba en —Estelita ha apresurado a contestar por mí, don Cándiseñor, sin

saber: ¿si

jeneral,

tiene

la sala.

dijo

se

do, porque

sabe

mui bien que nada me gustaria

tanto

como tener

aquí a mi ahijada. Aliora me permitirán — Gracias, gracias Voi a verme con don Marcelino. tedes que me señor a usted mi don —No señores, dijo Freiré.

us--

retire.

necesito ofrecerle

jeneral, dijo

casa,

Cándido, porque mui bien puede echar usted de ver

el i)hicer

que

como suyo cuanto me pertenece. Yo mismo lo acompañaría a casa de mi compadre; pero me es imposible, ])(>rque yo me conozco, no soi dueño de mí mismo, cuando mí com-

me

daría considerando

i

padre suelta

las

barbaridades que suele

don Cándido, sacudiendo amistosamente

Sí,

la

señor jeneral, decía

mano de

Freiré.

;Yo


— me

420

conozco! -Qué Dios lo haga lograr a Ud. lo que desea! I tú Es-

telita

¿dónde piensas

ir,

que te veo tan compuesta?

— He pensado que conviene imponer a mi comadre Trinidad su yo misma a lugar en donde mismo punto que — Pues ya que Ud. está

liija,

i

voi

del

decírselo.

se dirije al

yo, quisiera te-

ner la honra de acompañarla, dijo Freiré, ofreciendo su brazo a la señora.

— La

honrada seré

tomando

el

yo,

que no Ud., respondió doña Estrella,

brazo del jeneral

i

diciendo graciosamente a los que

quedaban:

—Con

su permiso, amigos mios: quedan ustedes en su casa.

.:o:-


CAPITULO LXX.

DE

COMO DON CÁNDIDO

LE TENIA

MIEDO A LAS CASUALIDADES.

cíPara las casualidades, el diablo se lo vale!»

(dicho popular.)

—¿No

ve usted lo que yo

cándose a Andrés las ventanas salir

i

le decia?

mostrando con

que caian

el

esclamó don Cándido acerdedo por entre las rejas de

al patio exterior, la parcya

que acababa de

de la pieza.

preguntó Andrés. —¿Qué quiere usted — no entiende usted todavía, señor capitán! ¿No decia yo? — Pero ¿qué me decia? -^Que Lo que —Ah! Pero ¿puede usted creer interrumpió don Cándido. Pero — yo no creo nada, decir?

se lo

¡I

es el diablo!

estas visitas... Ali!

?

señor!

Si

casualidad tan... casual! sin conocerme;

i

(jué

Mire usted:

él

(con mi'j)ermiso, se entiende)

ir

a casa de mi com})adre;

al

En seguida,

mismo

ojo;

yo

le

permito

viene a visitarme

ir

el

me

(1(í

scñorjeneral ])n)ye('ta

tiem])(>])royecta

a hablar con mi comadre. Entra Estelita;

guiñada de

jeneral

de haber estado Estelita en casa

esto después

i

el

mi mujer

el

ir

pide permiso con una

con otra guiñada;

i

hi ])areja so íor-


Ar>o

mapor una

me

casualidad del diablo. Ali! mis amigos, prosiguió: créan-

mucha

a mí, porque tengo

experiencia! El diablo hace de estas

yo no estuviera seguro de mi esposa, a pesar, de su belleza... Sin embargo, en estos negocios es menescasualidades a cada rato;

ter conservar

mas

i

si

las apariencias...

Ah!

las

mujeres bonitas causan las

deliciosas intranquilidades de la vida! I usted,

mo, prosiguió, dirijiéndose

como cosa

amigo Ansel-

usted que se va a casar (porque

al joven:

hemos tomado a pecho este negocio), usted que va a casarse con mi linda ahijada, Dios lo libre de las casualidades del diablo, porque de los demás peligros la librará la virtud de mi ahijada; i tenga entendido que en esto del matrimonio, valen a veces mas las apariencias que la realidad. ¿No es así, señor capitán? preguntó lanzando una gran cuéntelo

segura, desde que yo

i

Estelita

carcajada.

—Usted pidiéndose. —Ya oye

Muñoz

tiene razón en todo cuanto dice, respondió

lo

usted, prosiguió

don Cándido, sacudiendo

de Anselmo que también se desi)edia; ya

la

des-

mano

oye usted, mi querido

lo

ahijado: no eche en saco roto cuanto acabo de decirle.

—^Agradezco a usted sus instructivas ble padrino, respondió

Cuando

los dos

'

mi

respeta-

Anselmo riendo de buen humor.

amigos hubieron

paseándose a

refleccionar,

advertencias,

lo largo

— Pero después de todo, decia:

de la

el

don Cándido empezó a

salido,

sala.

hecho es que yo

me he

compro-

metido a obrar contra la autoridad paterna de mi compadre, por grosero lo

i

torpe que sea, no deja de ser

el jefe

el

cual

de su familia! I

peor es que Estelita, viendo como yo ataco la sagrada autoridad

de mi tonto compadre, puede perder mucho de su espíritu de obediencia

i

llegar hasta... Pero ¿quién es capaz de decir hasta

adonde

puede llegar una mujer que comienza por no obedecer al marido? Mientras tanto, Andrés i Anselmo hablan llegado a la plaza de

Armas. Iba

el

mozo tan

ajitado con las repetidas lecturas de la car-

ta de Anjelina, que casi no escuchaba a Andrés, el cual,

cede siempre en casos semejantes,

— Pero,

le

como

su-

aconsejaba tener paciencia.

amigo mió, interrumpióle

el

joven ¿quién puede perma-

necer tranquilo en vista de tanta infamia?

— Sin embargo, nunca mas necesaria tranquilidad que cuanpreciso oponerse a esa infamia, contestó Muñoz. do Anselmo. —Tienes razón: un amisconsejos de atiende a — Pues entonces, déjate la

es

es

soi

niño, dijo al fin llevar

i

los

la


— 423 — tad.

Vamos

Andrés:

al café, prosiguió

aguardaremos

allí

el resul-

tado de la entrevista.

Ambos amigos

Café de la Nación, endonde encontraron varios grupos de curiosos charlando sobre política, asunto entraron al

Siendo como era

de la época.

predilecto de las conversaciones

el

uno de los encontraba nuestro conocido don Catali-

objeto de Andrés, distraer a su amigo, se dirijió con él a

grupos, en cuyo centro se

no Gacetilla. Hablaba éste hasta j)or los codos, como suele decirse, mientras que el círculo que lo rodeaba permanecía mas o menos callado

i

pendiente de la verbosidad del orador.

—Yayo

se los liabia pronosticado, decía Gacetilla.

Yo no

de venir a parar la conducta del gobierno. paja;

i

cuando

les platicaba

En

esto había

hablo a

de la revolución, era porque

humo de

lo sabia

de

buena tinta. Esta administración bambolea... Ya ven ustedes, Pinto ha rehusado por tercera vez el mando, porque el Congreso lia rechazado su proyecto. Pues ¿no lo liabia de rechazar, interrumpió uno, cuando se le

— pedia su disolución Congreso? — para qué queremos Congreso ahora? 23reguntó — Para que medidas necesarias contra al

¿I

dicte las

los

Lo que

contestó con valor el primero.

la libertad,

otro.

enemigos de

los

pclucones

quieren es aislar al Gobierno, introduciendo la discordia entre el

Congreso, que es

el

poder en que

})or

él

i

ahora puede encontrar

apoyo.

— Para medidas, tenemos de sobra con gabinete, observó un español. —Eso será en su contestó en donde impera un dictar

el

viejo

allá

el tribuno;

titución

i

pero no aquí, que queremos ser rejidos por nuestra Cons-

por poderes

— Pueblo! pueblo! ¡Llenan

la

tirano,

tierra,

ele j idos

por

refunfuñó

pueblo.

el

el

viejo

separándose del círculo.

boca con esa palabra! ¿Qué sabrá

el ])U(^blo

de achaípies

de gobierno?

— Lo mas

singular, decia GacctiUa, es que

cuua que debia ocupar re renunciar,

el ])uest{)

según dicen.

brasa de fuego, según es

No el

en lugar de Pinto, también

parece sino (pie

miedo que

Prieto se encamina a Santiairo...

cha;

(d vice-pres¡doiif(^

La

le

el

mando

tienen! I

cosa es

\\-

(|U¡e-

\\\('^('

una

mientras tanto.

lieclia; sí

señores, he-

lo sé positivani(>nte.

— Gacetilla

se

ha

Ikm'Iio o])ositor desd''

timamente, dijo entre dientes uno.

A

carcelazo (pie sufrió úl-


— —¿Crees

424

tú que hablo de picado, interrumpió don Cat aliño que

liabia oido las últimas

liombre de ideas,

i

palabras. Te equivocas, hijo mió.

cuando

el

Yo

sol

gobierno bambolea

en tono burlón — Debemos hacernos a un respondió —Nó; no que yo digo que tengo mis Yo hombre de también, agregó primero. — de lado,

es eso, sino

ideas.

principios.

I

Una

fines

risa jeneral

el otro

el

apagó estas palabras.

:o:-

sol


CAPITULO LXXL

NUEVOS RECURSOS DE SU REVERENCIA.

«Desprecio a esos infames

Que arrojan su conciencia Al pérñcío comercio

De

pérfida ambición!»

(Guillermo Matta.) Mientras

el

jeneral Freiré, Andrés

i

don Cándido conferenciaban

con éste en su casa/otra conferencia tenia colino,

luo'ar

en la de don Mar-

quien hablaba confidencialmente en se cuarto con

el

padre

Hipocreitía.

en cuanto — Cosas graves suceden, amigo mió, a don Marcelino: cosas graves que piden una resolución pronta. — Hable su paternidad. ¿Qué de Lucinda? —Acabo de conferenciar con Sor Águeda. niña no ha creido en cartas de doña Trinidad. — Pues mismo pasado a ésta con esquelas que hedijo éste

vio

es

T^a

las

lo

mos

finjido

las

le lia

lo

dé parte de la muchacha, dijo don Marcelino. El dia-

blo debe andar en todo esto.

Dígame padre ¿no estaba

bien imi-

tada la letra?

— No la

es eso sino

que

allí

en

el

convento, dio con una amiga que

ha aconsejado.... 54


^- 426

Olí! las

--

Debido

malas amistades! esclamó clon Marcelino en tono sentencioso. Las malas amistades pierden a las mucliaclias. Pero ¿cómo se ha sabido eso?

duda a esos

sin

mas tenaz que nunca. La

consejos,

Lucinda

ha manifestado

se

elocuencia del confesor que le dejé, el

padre O*, ha sido impotente.

— Gran Dios! —El recuerdo la pintura de las

amenazas de Sor Águeda; nada, nada ha podido hacer

del enojo de Ud.; las

penas del infierno,

mella en su ánimo.

— Corazón empedernido! — Hemos venido a descubrir

la causa

de su resistencia en una

carta que se le interceptó a Sor María de los Dolores.

- -¿Qué monja es esa? La de los consejos,

— duda, j)orque en carta interceptada hace referencia a otra que debe haber recibido Anselmo. —Yírjen de desamparados! no ha tomado presa a esa monja? —Ya están separadas. Lucinda no ve ahora mas que a una monsin

la

se

¿I

los

se

ja de nuestra confianza que le lleva la comida. I lo peor, que Sor

hermana de Anselmo. Ah! ya, ya! Aquella muchacha que por amoríos se entró al convento? Buena alhaja! Por consiguiente, ya a esta hora, Anselmo i el jeneral tienenMaría

es

— — del paradero de Lucinda, — Que tengan! esclamó don Marcelino. Yo me de ¿No su padre? —Es podrían pedir a pero — Pero yo su padre! sabe que Freiré — Sin embargo, no demás asegurarse. dijo Hipocreitía.

noticias

las

rio

ellos!

soi

cierto;

auxilio

ellos

la justicia...

soi

Ud.'

está

es totum potens ahora;

mui querido

i

puede hacernos mucho mal, Anselmo es

del gobierno....

— Dice, bien su paternidad. Pero, ¿qué hacer en caso? — Ya está hecho. Por ahora he venido a darle cuenta de obrado para ver aprueba. Yoi a Ud. —Escucho, don Marcelino, apruebo de antemano. —En cuanto supe ocurrido, hice que Sor Águeda encerrase este

solo

si

lo

decírselo.

lo

dijo

i

lo

lo

estrechamente a Lucinda. Allí solo recibirá sanas amonestaciones

de la monja que nos

sirve.

Pero no basta

obra, es preciso hacer otra cosa.

esto,

i

para concluir la


427

padre mió? —¿Qué preciso una carta — Obligar a Lucinda a que escriba de su puño Anselmo. de desengaño a tampoco — — Hacemos que misma niña desahucie por su boca en tan emperrada! Aun cuando mate, no conse— Pero hacer,

es

i

¿I

cree?

éste

si

letra

la

el lo-

lo

cutorio.

es

si

la

lo

guiremos jamas!

—•Eso será por mal. Mas por ahora, la tratará üd. por bien. La muchacha ha tomado su partido; pero si conseguimos hacer jerminar en su pecho la compasión por Ud., no crea que se niegue. ¿Pero cómo? Finjiendo Ud., por ejemplo, que su suerte depende de don Meliton, i que no se puede salvar, mientras no lo haga su yerno. Lu-

— —

cinda, compadecida, se sacrificará por su padre.

Yo

conozco algo las

mujeres. Cuando no se consigue algo de ellas por mal, se suele conseguir por bien.

—Me

resigno, dijo don Marcelino. ¡Qué cosa no es capaz de hacer

im padre por

bien de su hija! Pero es

el

el

me

caso que nada se

ocurre.

— Pues, entonces, modándose en

En

ese

voi a hacerle ver

mi

idea, contestó el fraile aco-

el asiento.

momento resonaron

tres golpecitos en la puerta del cuar-

to que caia a la calle.

—Es

toma en atrapar Los golpes

—¿Quién

—Yo —El

tras

duda, dijo

el jeneral, sin

con Anselmo

empeño que i...

con mas fuerza.

preguntó con mal humor, don Marcelino.

respondió Freiré con voz entera

soi!

es! dijo el jesuita.

Ud.

padre. ¡Mire Ud. el

la herencia! Talvez viene

se repitieron

es?

el

Yo me

i

clara.

ocultaré aquí en su alcoba, mien-

lo

despacha,

el

padre en la alcoba: don Marcelino abrió

i

en seguida proseguiremos nuestra conversa-

ción.

Entró

encontró con

el

la puerta,

i

se

jeneral que traia del brazo a doña Estrella.

— ;Ud. también, comadre! esclamó don Marcelino. — ¡A buen tiempo hemos riendo señora ¡Ya mis amigos asustan de verme! —No comadre, —Ah! ya placer Es Tanto m(jor, causa mi llegado! dijo

la

Clavijo...

se

es eso,

sino que...

caigo!

compadre.

Como

el

la

quií le

vista.

puerta de esta casa ])ernKin('ee cerrada, hemos


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tenido que venir a golpear aquí, porque deseaba muclio ver a

madre

Trinidad.

mi

co-

Con su permiso, compadre.

doña Estrella atravesó el cuarto; i saliendo de allí por la puerta que caia al patio, se dirijió a las piezas de doña Trinidad. Mientras tanto, don Marcelino habiendo saludado secamente a Freiré i I

aun con mayor sequedad,

ofrecídole asiento,

con acento

le dijo

brusco:

— Presumo, señor

jeneral, el objeto de su visita; pero le ruego

no gaste palabras en balde,

sm

si

que

ha de venir a abogar por ese mozo

vergüenza...

—Advierta Ud., don Marcelino^ que Anselmo amigo mió, rrumpió —Aunque sea amigo de Santísima Trinidad! esclamó ¿qué me importa a mí? — Don Marcelino, jeneral con calma sea üd. razonaes

inte-

Freiré.

la

furioso

el viejo

replicó el

:

Ud. a su hija, i no obligue Ud. a hacer un escándalo presentándome a la justicia, ¿I qué juez puede obligarme a que dé yo mi hija al hombre

ble: se lo digo por la última vez.

me

ISfo

sacrifique

que detesto?

—Ningún

juez puede obligarlo, señor, mientras ella esté bajo la

patria potestad; pero en cuanto ella tenga la edad, es

mui

diferente,

— Pues antes de que llegue a mayor hombre que a mí me gusta, santas pascuas. siempre que Ud. quiera —Es que juez puede impedir casar a niña contra su voluntad. — quién puede probarme que yo forzó voluntad de mi haré, Yo puedo probárselo a Ud.; — Yo! respondió voz de razón. que Ud. no oye — Puede Ud. hacer deshacer, probar reprobar que edad, la caso con el

la

i

el

eso,

le

la

hija.

la

¿I

Freiré.

es

i

lo

si

la

la

lo

i

i

gana, respondió descortésmente

el

viejo;

le diere la

pero no crea que yo soi

hombre a quien se atemoriza con ese cuco. Veo que con Ud. no se puede arribar a nada,

Freiré — poniéndose a —Repítele que Ud. puede obrar como parezca; pero advierto que ya conozco sus miras. de esa pobre que — Mis miras no son — a mí me engaña Ud.! — qué puede Ud. — Lo que creo que Ud. interesa por mozuelo para dijo

dis-

salir.

le

le

niña.

la felicidad

otras

Sí!

creer?

¿I

es

par

la herencia

se

que mi hija espera.

ese

atra-


— —¿Está Ud.

— Loco

429

loco?

estaría, si accediera

a sus pretensiones. Pero se engañan,

mayor enojo. Ya lie tomado mis medidas. En ese armario tengo mi testamento, por el cual dejo de heredero de todos mis bienes a una cierta persona, en caso de que Lucinda desoiga mis mandatos... Ya verá Ud. si podrá atrapar las hacienditas... Esto es demasiado, dijo Freiré. Adiós, don Marcelino. En adelante no me acordaré ya de que Ud. es el esj)oso de Trinidad, sino prosiguió con

de