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Ficción hereje para lectores castos

Ficción hereje para lectores castos D.R. Giovanni Rodríguez ©Giovanni Rodríguez © para la primera edición mimalapalabra editores. 2008 Ciudad de San Pedro Sula, Honduras, C.A. Correo electrónico: doroig@gmail.com

Fotografía de portada:

I.S.B.N.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier otro medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

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Ficción hereje para lectores castos Giovanni Rodríguez ÍNDICE PRÓLOGO UNO. Donde el narrador habla de manera bastante general de los protagonistas de esta historia y sus proyectos herejes DOS. Donde se da cuenta de la primera aparición de Los Herejes en el templo del Señor TRES. Donde se narra la vida de Wilmerio Alberto Rivas Rivera, ingeniero de planta en una maquila, quien demostró desde joven sus inclinaciones por la práctica de la herejía CUATRO. Donde se habla de la herejía de Ernesto y Alfredo en un autobús de la ruta urbana CINCO. Donde se narra la infancia y juventud de Gustav Simón Detest, su especial amistad con Gladisita y los motivos que lo impulsaron a la herejía SEIS. Donde el autor hace algunas reflexiones sobre su propia existencia y refiere la manera en que decidió embarcarse en la escritura de estas páginas SIETE. Donde se narra una parte de la vida de Ricardo Ernesto Guevara, de cómo conoció a La Puta Devota y su posterior adhesión a las huestes herejes OCHO. Donde se habla de la entrada de Los Herejes al Ministerio con la firme intención de aceptar a Cristo como su Salvador Personal NUEVE. Donde se cuenta la historia de Alfredo José Gamero López, periodista, con su amiga la china-rusa, quien le enseñó

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con sutiles maneras que no hay que ser tan santo en la vida, y por último, sus experiencias eróticas con La Guernica DIEZ. Donde se resume la manera en que cada uno de los protagonistas de esta historia se convirtió en hereje y de la ocasión en que se conocieron y se hicieron amigos ONCE. Donde se refiere la aparición de Satanael Aguilar en el Ministerio y la manera en que se erigió como líder plenipotenciario DOCE. Donde se hace un recuento de las lecturas de los cuatro muchachos herejes TRECE. Donde se refiere todo lo relacionado a un plan de secuestro, a los mensajes que Los Herejes escribieron en el edificio del Ministerio, el revuelo que esto causó, y finalmente, a la razón del nombre Satanael CATORCE. Donde el autor da fin a la curiosa historia de Los Herejes con un episodio desafortunado en una noche de lluvia EPÍLOGO FLASH BACK (Post scriptum)

PRÓLOGO No nos corresponde, amable lector, a vos y a mí juzgar por cierto lo que en las sucesivas páginas quedará referido acerca de la historia común de los cuatro personajes que en ella intervienen. Nos es lícito, sin embargo, con la libertad que nos ha sido heredada, observar, ya sea con discreción, con espanto o con algo de gozo, el curso de estos curiosos acontecimientos. Se trata pues del recorrido por una parte de la vida (ficticia o real) de cuatro jóvenes: Wilmerio, Ricardo, Simón y Alfredo, primeramente observado y consignado por otro desocupado muchacho, cuya identidad aún desconozco, en las innumerables cuartillas que llegaron a mi nombre, dentro de un sobre sin remitente, a la oficina regional de la Secretaría de Cultura en la que por aquellos días de principios de 2006 yo trabajaba como promotor cultural. Mi trabajo como editor, modestísimo comparado con el de nuestro escritor, apenas alcanzó para clasificar y pretender un orden en las páginas de las que hablo, puesto que en el sobre en que se encontraban no había estipulada ninguna disposición para este caso, salvo una breve nota en la que el autor me cedía la potestad de manejar a mi antojo los papeles y la información (o la ficción) contenida en ellos, así como los respectivos derechos para una eventual publicación en la editorial de la Secretaría.

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Algunos episodios de la historia original fueron descartados para esta edición, ya que, o estaban incompletos en su

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redacción o no contribuían en absoluto al corpus de la novela (permítaseme llamar al texto de esta manera). Cabe mencionar que luego de leer las cuartillas por primera vez y antes de emprender la labor de edición, me propuse investigar hasta qué punto los nombres y los acontecimientos podrían corresponder a la realidad, pero después de sondeos por aquí y por allá, los resultados, para bien o para mal, según se vea, fueron infructuosos. Nadie recuerda a cuatro muchachos que por esta periferia del mundo alguna vez hayan incurrido en actividades propias o al menos vinculadas al concepto de la herejía. Por esta razón he desestimado la posibilidad de que los textos refieran un conocimiento histórico y he decidido publicarlos como “obra de ficción”, que es lo que son al fin y al cabo. Por lo tanto, apelando a la confianza de que en estos tiempos modernos la Inquisición sólo sea un oscuro recuerdo en la memoria de la humanidad, dejo en tus manos, carísimo lector, este libro al que, a falta de título original, he decidido bautizar Ficción hereje para lectores castos. De aquí en adelante esta historia es tuya. Y recordá: cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

El editor

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1 _______________________________________________________________ UNO. Donde el narrador habla de manera bastante general de los protagonistas de esta historia y sus proyectos herejes

Los conocí a los cuatro, reza la primera cuartilla, pero ellos no me conocieron. Digo, pues, dice el autor, que no me conocieron formalmente, porque en más de una ocasión pudieron haberme visto rondándolos, sin que esto delatara mis intenciones, pero no creo que alguno de ellos llegara a interesarse nunca en mí. Un día leí la noticia en el periódico, noticia curiosísima, caso insólito, frustrado intento de secuestro al líder religioso más importante del país, pero desde mucho antes había nacido en mí la curiosidad por saber más acerca de ellos, específicamente desde el día de la conferencia. Resulta que el intento de secuestro era para ellos algo así como su examen de graduación, porque desde mucho tiempo atrás habían iniciado sus prácticas herejes. Viéndolo bien, aquellos cuatro muchachos no le causaban daño a nadie. Si acaso, se les podía ubicar en la categoría de los conspiradores, pero nada más. Sus acciones, si exceptuamos la del intento de secuestro, nunca fueron más allá de los límites de lo que el común de la gente llama “decencia”. Eran unos muchachos normales que, para no aburrirse, se dedicaban a molestar a los pobres, pobrísimos, cristianos, pero nada más. No le hacían daño a nadie.

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Aquel no era un grupo religioso sino antirreligioso; los muchachos no eran serios, estrictos y protocolarios, sino más bien divertidos, libres y ocurrentes. Su fin no era desestabilizar el poder del cristianismo, tarea casi imposible, considerando los niveles insoportables de alienación y fanatismo que había adquirido la sociedad en los últimos tiempos, sino simplemente reírse, divertirse, burlarse hasta donde les fuera posible. Pero, ¿hasta dónde serían capaces de llegar estos cuatro en su afán por la diversión? Y ¿por qué se empeñaban tanto en llevar a cabo estas acciones contracristianas? Los cuatro muchachos, de alguna manera que quizá a nosotros pueda parecernos un tanto extraña, extravagante y hasta inverosímil, al haberse conocido y al encontrar cada uno de ellos en los otros tres algo de ese espíritu propio, de ese temperamento melancólico propio que muchas veces reacciona de manera opuesta a lo que debería esperarse de alguien poseedor de un temperamento melancólico, supieron, quizá de manera inconciente, que la mejor vía para canalizar esa acumulación de tristezas, frustraciones, fracasos (que pueden resumirse en una sola palabra: melancolía), era a través de la risa. Pero no era la risa fácil la que buscaban, sino más bien una variante de la risa inteligente, la que nace de la ironía, del sarcasmo y por último, de la burla. Entre sus proyectos iniciales se contaban la creación de La casa del hereje, en donde se desarrollarían actividades interdisciplinarias, pero siempre con cierto sesgo hereje; también La escuela del hereje, para empaparse única y exclusivamente ellos cuatro de la historia y la teoría herejes; la publicación de una antología de la literatura hereje, para acceder a esa parte importante de los intelectuales del país que son los literatos; y además, una serie de miniproyectos de herejía sencilla, que podrían desarrollarse en cualquier momento y en cualquier lugar. Al principio, como casi todo, fue un simple divertimento, pero entre más ahondaban en sus insólitos planes y los

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desarrollaban con mayor o menor éxito en el terreno práctico, más adictos se volvían, al grado que algunas de las tareas que planeaban llevar a cabo para burlarse de algún pobre cristiano, cuya única culpa era ser un ignorante sin mayores aspiraciones que la de llegar a ser pastor de iglesia, terminaban complicándose, obligando a los muchachos a salir de ellas muchas veces por la puerta trasera, es decir, huyendo. Pero el proyecto mayor, el “santo proyecto”, como le llamaban irónicamente, era el secuestro del líder religioso más importante del país en los últimos años, un mefistofélico embaucador (valga la redundancia) que había logrado aglutinar extraordinarias cantidades de gente en una sola iglesia en una sola noche, un famoso embajador de las huestes divinas, un “apóstol”, como le llamaban y le gustaba que le llamaran; pero dejémoslo así por ahora, ya habrá tiempo para conocerlo mejor. Me propongo en estas páginas únicamente consignar aquellos hechos que tuvieron que ver con las intenciones y las acciones herejes de cuatro jóvenes nacidos, crecidos y vividos en este país tercermundista con nombre de abismo, basándome en la información que de ellos alcancé a recopilar antes que desaparecieran definitivamente por razones de persecución de la justicia. Y lo hago sólo porque me parece que su labor, sí, su labor, aunque a algunos les ofenda esta palabra que uso para referirme a sus actividades, ayudó un poco a desmitificar la falsa idea de que las iglesias son lugares sagrados y que cumplen un papel importante en la formación espiritual de los individuos, cuando bien hemos de saber que al espíritu lo alimentan la música, la poesía, la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, antes que los pastores o los sacerdotes, ridículos representantes de la supuesta gloria de Dios en la tierra. Me propongo además contar esta pequeña historia para retratar a la sociedad ultraconservadora, mojigata y corrupta que tenemos en este país profundo, y por último, porque me gustaría que las futuras

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generaciones conozcan ésta que es una historia de rebeldía y en el fondo de defensa de la dignidad. Menudo trabajito el que me he propuesto. Lo sé. Pero no crean que ha de resultarme tan difícil llevarlo a cabo. Durante el tiempo en que me convertí en detective, siguiendo día y noche sus pasos, tomaba notas, no sólo del accionar del grupo, sino también de las impresiones de la gente, de las reacciones de quienes fueron blanco de sus cuatro mentes heréticas, y también de mis propias ideas respecto a ellos, de mis cavilaciones en torno a la razón de su actitud, y quizá también de lo que, a medida que los conocía, iba interpretando de sus vidas. Me veré obligado muchas veces, estoy seguro, por los espacios en blanco que me quedan después de recabada toda la información posible, a reconstruir caprichosamente algunos tramos de sus vidas, y aquí es donde, sin poder evitarlo, penetraré en el mundo de la ficción, porque inventaré, lo haré sin ningún empacho, no veo problema en hacerlo, algunos momentos que mi febril mente de escritor han creído necesarios para otorgarle a esta historia el mayor grado de verosimilitud posible. Pero al final ningún modesto aporte mío podrá contribuir a que esta historia sea una historia extraordinaria, porque lo es aún sin que nadie hasta ahora la haya contado jamás completamente.

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DOS. Donde se da cuenta de la primera aparición de Los Herejes en el templo del Señor Por primera vez aparecieron ante los ojos de todos en la noche de los “Casos Imposibles”, pero ya antes se había instalado en cada uno de ellos la curiosidad por la práctica de la herejía. Dos de ellos, Simón y Wilmerio, pasaron durante las primeras horas de la tarde de un jueves por ese inmenso establecimiento ubicado en la esquina opuesta al Museo de Antropología e Historia, cuya pared frontal anuncia pomposamente con letras rojas el rubro y el nombre de la institución: Iglesia Pare de sufrir, y más abajo, con la misma tipografía pero en un tamaño menos escandaloso, los siete días de la semana, cada uno con su respectivo horario y programa. Era reciente la apertura del local porque los dos muchachos no se habían percatado antes de su existencia como centro de reuniones religiosas. Por eso se detuvieron, primero Simón y luego Wilmerio, para examinar el curioso itinerario semanal que debía funcionar como anzuelo para los futuros feligreses. “Lunes de Gozo”, “Martes de Oración”, “Miércoles de Causas Perdidas”, “Jueves de Unción”, “Viernes de Casos Imposibles”, “Sábado de Milagros”, “Domingo de Resurrección”, se leía en la pared. Al leer aquella información, Wilmerio recordó con cierta rara nostalgia los días en que era un niño y vivía en el pueblo, cuando enfrente de su

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casa el vecino, un viejo que dedicaba sus últimos años de vida a leer la biblia y tratar de “ganar almas para Cristo”, le dijo a uno de los muchos viejos que pasaban por ahí (porque el vecino se proponía únicamente “salvar” a los viejos, ya que eran ellos los más próximos a encontrar la muerte sin haber conocido a Dios) que Dios había creado los siete días de la semana con un objetivo diferente y que nosotros (todos) debíamos rendirle tributo toda la semana y no sólo los domingos, como muchos hacían. Eso es lo que al parecer hacen estos, se dijo Wilmerio al leer aquel itinerario en la pared. Decidieron que esa noche harían su debut ante las casi trescientas personas que asistirían a presenciar “los milagros de Nuestro Salvador”. Llegaron al filo de la hora, para que nadie los recibiera antes de empezar la ceremonia, y se instalaron en los últimos asientos, próximos a la salida del establecimiento. Una distracción momentánea les impidió enterarse de los primeros momentos de la reunión y de pronto, para sorpresa de ambos, escucharon cantar a toda la feligresía algo así como una canción de bienvenida, y antes que pudieran deducir qué era lo que sucedía, todos se acercaron a abrazarlos, en lo que representaba su bienvenida oficial al santo reino de Dios en la tierra. Esta sorpresa no impediría, sin embargo, que se llevaran a cabo los planes que tan diligentes muchachos habían trazado con suficiente antelación; así que a los primeros abrazos recibidos Simón, como estaba convenido, empezó a mostrar los ojos desorbitados y la mandíbula desencajada, al tiempo que de su boca se desprendían, con inusual prestancia, pequeños chorros de saliva espumosa, mientras todo el cuerpo se convulsionaba en medio de aquella impresionada barahúnda de creyentes. Wilmerio, mientras tanto, ayudaba a los demás a sostener a su amigo, y poco a poco se fue formando alrededor suyo y de los otros santos socorristas una enorme rueda de alarmados cristianos. Unos levantaban las manos al cielo (aunque debe

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dudarse que las imploraciones traspasasen el techo que los separaba), otros entonaban cánticos de súplica al Altísimo y los más se limitaban, mediante curiosas exclamaciones, a atribuir el lamentable episodio al mismísimo Diablo, creador de todos los males existentes en el mundo. De repente Simón dejó de convulsionarse y así, absolutamente quieto, se mantuvo durante unos cuantos segundos de gran expectación, hasta que, para nueva sorpresa de todos, levantó su mano derecha señalando un punto indeterminado en una de las partes altas del cielo raso. “¡El Diablo!”, dijo Simón, y todos dirigieron sus miradas horrorizadas hacia donde la mano señalaba. “¡El Diablo!”, repetía Simón, y ahora las cristianas miradas se dirigían a cualquier parte, hasta que el pastor de la iglesia, para quien al parecer la situación se estaba saliendo del límite de la jurisdicción de sus milagros, optó por encajarle una épica y nada cristiana cachetada en la mejilla izquierda. De inmediato Simón se calló, mientras Wilmerio lo miraba atónito, como si también él estuviera creyendo el teatro de su amigo. Pero esto no pararía con ese repentino momento de lucidez del pastor. Faltaba aún ver a Simón levantarse, dedicar una mirada extraña al pastor y a toda la feligresía y exclamar, en medio de un silencio mortuorio, “¡Milagro!”, “¡milagro!”, “¡milagro!”. Y así, Simón repetía y confirmaba el milagro del pastor mientras éste empezaba a sonreírle a él, a Wilmerio, a sus fieles, a Dios, y a recibir las felicitaciones de todos, momento que Simón habría de aprovechar para soltarle un sólido puñetazo en su frente y tumbarlo ahí, en el centro de aquel establecimiento destinado a la adoración del Divino Creador del Universo, para salir luego corriendo al tiempo que repetía la ya asumida verdad: “¡Milagro!”, “¡milagro!”, “¡milagro!”.

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TRES. Donde se narra la vida de Wilmerio Alberto Rivas Rivera, ingeniero de planta en una maquila, quien demostró desde joven sus inclinaciones por la práctica de la herejía En Wilmerio el origen de la herejía se remonta a una corta conversación que escuchó de niño entre dos ancianos frente a su casa en el pueblo. Las frases irónicas de uno de ellos bastaron para que en ese niño de once años, que los escuchaba sin querer detrás del portón de madera de su casa, se manifestara por primera vez la duda con respecto a la existencia de Dios: -Animal feo. -Vos sos el feo. Y te quedás ahí afuera asustando a la gente. -Es que miro arriba para ver al Señor. -¿Al señor? -Sí, al Señor. -¿Y lo ves? -Sí. -Yo no veo nada. -Es que no hay que verlo con los ojos de la carne sino con los del corazón. -¿Y es que tiene ojos el corazón, pues? Nada ves vos. -Son los ojos del espíritu, animal feo. -Primero eran los del corazón, ahora los del espíritu. ¿Y cuántos ojos tenemos entonces, vos? -Los que el Señor te dé.

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-Ya vas otra vez con el-se-ñor. Mejor me voy, antes que me den ganas de pegarte un sopapo, por dundo. -Vos es que no querés ver nada, porque te cerrás, animal feo. -Vos sos el feo. Mejor seguí viendo a tu “se-ñor” y asustando a la gente aquí afuera. La principal objeción que Wilmerito pondría al argumento del primero de los dos viejos era a la cuestión de “los ojos de la carne y los ojos del espíritu”. No estaba dispuesto a admitir que el espíritu tuviera ojos. La expresión “ojos de la carne” podía relacionarla perfectamente con el hecho de que todos los seres humanos tengamos en la cara, en esa fachada de carne que es la cara, dos ojos verdaderos, dos ojos físicos, pero de eso a que también el espíritu tuviera un par de ojos... No, definitivamente no estaba dispuesto a admitirlo. Por otra parte, qué era realmente el espíritu. ¿Era lo mismo espíritu que alma? ¿Quién en la familia o en la escuela, biblia en mano, le había hablado del alma o del espíritu sin aclararle nunca la relación entre ambas cosas? ¿Acaso necesitaría crecer algunos años más para entender por fin este pequeño problema metafísico? A medida que el muchacho fue creciendo, la duda acerca de la existencia de Dios también crecería, y se mantendría vigente. Llegaría incluso, durante los años de su adolescencia, a fortalecerse, hasta desembocar en precoces conclusiones que ofrecían a todos aquellos que como él andaban por el mundo las respuestas exactas y definitivas acerca del mayor dilema en la historia de la humanidad. Las persuasivas exposiciones orales que Wilmerio practicaba con sus compañeros de colegio no fueron, sin embargo, aceptadas por la mayoría de ellos, unos por el fuerte arraigo de sus principios cristianos inculcados en casa y llevados en el cerebro como un tatuaje indeleble y otros por un escepticismo paralelo al suyo, que si bien apuntaba a la no aceptación de los dogmas

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cristianos, tampoco reconvenía con sus teorías extremas, lo cual lo situaba, en medio de aquella cincuentena de adolescentes, como una figura que despertaba la desconfianza, la envidia e incluso la competencia intelectual en la mayoría, y como un héroe al alcance de la mano para una minoría deprimente. Más tarde, cuando entrara a la universidad, su profesor de la clase de filosofía, ante sus frecuentes intervenciones para ponderar la inexistencia de Dios, le diría, ante el regocijo de todos sus compañeros de clase, la mayoría fervientes seguidores de las doctrinas cristianas, que el suyo no era más que un ateísmo de colegio, de ciclo común, para ser precisos, amparado solamente por algunas lecturas incipientes antes que en el profundo pensamiento adquirido por la humanidad a lo largo de toda la historia universal. Toda la motivación acumulada durante los años previos conducentes a la concreción de su aspiración de convertirse en filósofo se vino abajo en los mortales cinco minutos que duró el regaño de su profesor, y decidió abandonar la clase y el período entero, sumido en una profunda depresión de la que por fortuna pudo recuperarse unas semanas después, reaccionando a tiempo para tramitar, antes que acabara el plazo, su carnet de lector en la biblioteca. Así que el tiempo disponible luego de la salida de su trabajo lo utilizaba para leer los viejos mohosos libros de filosofía disponibles en la biblioteca. “El Ser es lo que es y lo que es no puede dejar de ser, porque lo que no es es la Nada y de la Nada nada nace, nada surge”, leía de Parménides, y se quedaba largo rato pensando en el Ser y en la Nada, en su propio ser y en su propia nada, de la que trataba de huir desde el momento en que había decidido estudiar la carrera de Filosofía. Cuando volvió a matricular la clase de filosofía el siguiente período, era, si no un filósofo (of course), al menos un buen conocedor de las más importantes doctrinas filosóficas desde la era de los presocráticos hasta nuestros días. Por eso (porque lo

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demostraba en cada momento: “¿Qué es el Ser?” “El Ser es lo que es” “¿Y lo que es?” “Lo que es no puede dejar de ser” “¿Y lo que no es?” “Lo que no es es la Nada” “¿Y qué pasa con la Nada?” “De la Nada nada nace, nada surge”) el profesor de las crueles pero acertadas palabras de hacía cinco meses se le acercó un día para felicitarlo por sus notables avances y le ofreció primero, como préstamo, algunos de los libros de su biblioteca personal, y con este gesto, su sincera amistad. Wilmerio fue el mejor estudiante de la clase y con esta distinción mereció el derecho de dirigir en algunas ocasiones la cátedra de su profesor. Enseñando sus modestos conocimientos sobre filosofía, Wilmerio aprendió: uno: a ganar confianza en sí mismo, dos: a hablar de manera correcta y coherente frente a un público, y tres: a extraer sus propias conclusiones de las lecturas y desarrollar flojas teorías filosóficas que lo mantenían ocupado todo el tiempo. En esos días empezaron a circular dos rumores en torno a Wilmerio. El primero era que su profesor de filosofía era “un desviado” y la amistad con él no tenía fines docentes e intelectuales sino más bien indecentes y homosexuales. El segundo era que estaba loco, absolutamente loco, que todos esos libros que leía lo habían vuelto loco y que, además, todo era culpa de su profesor de filosofía, “el otro loco”, “el desviado”. La verdad era que el pobre Wilmerio, sumergido como estaba en sus lecturas y en sus pensamientos, no tenía tiempo para hablar con nadie, menos con las mujeres, a quienes, en un desliz de machismo, catalogaba como cotorras telenoveleras y religiosas incapaces de comprender nada. Sin embargo no todo en la personalidad de Wilmerio generaba antipatía. Hubo quien tratara de acercársele para entrar un poco en su “quinta dimensión”, pero pronto, si Wilmerio percibía que el acercamiento no respondía a inquietudes filosóficas, era alejado con gestos de desprecio, y hubo también una

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u otra muchacha que, intentando confirmar los poco creíbles rumores de su desafortunada inclinación sexual, se le acercara con denodada coquetería para generar en él esos reflejos que hasta ahora, al parecer, mantenía guardados. Todas esas entusiastas muchachas fueron en su momento desdeñadas por la infalible personalidad de Wilmerio, excepto una, Eugenia, dotada de unos poderosos pechos, de esos que cuando la mujer sube al carro, el carro pita solo. No sabemos si Wilmerio encontró en Eugenia esa vocación filosófica que les exigía absurdamente a las mujeres, o si fue simplemente el enorme tamaño de sus senos lo que atrajo su mirada y sus probables fantasías ya no filosóficas sino sexuales. El caso es que Eugenia supo acabar de una vez por todas con el rumor de la mariconada de Wilmerio y pronto también, como por inercia, con el rumor de la desviación de su profesor. Eugenia se convirtió rápidamente en la confidente de los problemas emocionales de Wilmerio, que eran muchos, empezando por el de su inseguridad sexual (que no debía confundirse con la desviación sexual que le habían conferido) producto de no haberse despojado, a sus veinte añotes, de su santa virginidad. Eugenia supo primero alimentar las fantasías de Wilmerio y luego satisfacerlas de las formas más extravagantes. Para apaciguar las tribulaciones de su alma angustiada lo abrazaba fuerte haciéndole descansar (apretándole) el rostro sobre la comodidad afrodisíaca de sus pechos. Otra área de inseguridad en el espíritu de Wilmerio era la de sus estudios. No dudaba de su vocación a la filosofía pero sí del futuro que en un país tercermundista como éste pudiera tener un filósofo. Pronto Eugenia, valiéndose sobre todo de las dos poderosas y convincentes razones que ya conocemos, le hizo ver que la filosofía sólo lo conduciría al camino del hambre y que si no

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decidía pronto cambiar de carrera lo más probable es que después fuera demasiado tarde para rectificar. Así fue como el entusiasta estudiante de filosofía se convirtió en entusiasta estudiante de ingeniería industrial. Si bien la técnica nunca fue uno de sus fuertes, pronto, con la dedicación que demostraba y la motivación de Eugenia, las cosas marcharon de inmejorable manera. A los veintiséis años se graduó y después que Eugenia le consiguiera el puesto de inspector de planta en una maquiladora de ropa femenina, se fue, por fin, a vivir con ella a un apartamento que alquilaron juntos en el barrio Medina. Pudiéramos suponer hasta aquí que el joven Wilmerio que una vez asumió su vocación a la filosofía y consecuentemente su vocación a la herejía, o quizá al contrario, si recordamos que todo comenzó por una corta conversación que escuchó de niño entre dos ancianos frente a su casa en el pueblo, pudiéramos suponer, decíamos, que este joven ex aprendiz de filósofo, a estas alturas de su vida, convertido de la noche a la mañana (esto es un decir, en realidad fueron seis largos años lo que duró la transición) en ingeniero industrial, o sea del mundo de las tinieblas al mundo de las luces, como diría cierto escritor argentino en el que el cambio operó de manera inversa, se haya olvidado completamente de sus inquietudes primigenias. Pero no, no sucedió así, eso nunca sucedió. Mientras Wilmerio resolvía en sus aulas del edificio de ingeniería complicadas ecuaciones, más adentro, en el fondo de su ser, quizá apenas en su subconsciente, y más adentro aún, en el núcleo de su subconsciente, no se planteaban (porque no podemos esperar que se resolvieran) otros problemas que no fueran problemas meramente filosóficos. Durante el día el muchacho evaluaba los tiempos y los movimientos de las pobres empleadas de la maquila, (chamba de capataz, para no andar con eufemismos), se retiraba a su oficina, hacía los cálculos necesarios, preparaba el informe a sus

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superiores, y por la noche pensaba, pensaba solamente, en cosas diferentes, en múltiples cosas, en la soledad de su apartamento o acodado en la barra de algún bar cercano (esto, por supuesto, cuando Eugenia se iba a visitar a su madre a San Luis). Pensaba, por ejemplo (y este pensamiento se derivaba de su trabajo en la maquila) en la duración real del tiempo, y específicamente, en la duración real de la fracción de tiempo llamada minuto. Pensaba que el segundo número sesenta de un minuto y el segundo número uno del siguiente minuto eran en realidad el mismo, que nunca un reloj después de contar el segundo cincuenta y nueve contaba el sesenta, por lo tanto el minuto tenía cincuenta y nueve segundos y no sesenta, como era la afirmación general desde que se tenía memoria de la existencia del tiempo. Eso significaba, según el análisis wilmeriano, que durante mucho tiempo (valga, desde ahora, la redundancia) habíamos estado registrando un tiempo inexacto, significaba que muy probablemente no estuviéramos viviendo en el año que decíamos sino en el año anterior, o en el anterior a éste, o quizá mucho antes (esto es algo que Wilmerio no sabía definir, puesto que era una tarea apta para un matemático antes que para un filósofo, a pesar de que sus estudios de ingeniería lo acercaron mucho a las matemáticas). Estos pensamientos, naturalmente, le provocaban algunos dolores de cabeza, e incluso, lo sumergían a veces en hondas depresiones. Pero en cualquiera de los dos casos siempre había un bar cercano para relajar los músculos del pensamiento. Las tribulaciones del joven ex estudiante de ingeniería eran cada día mayores. Había decidido un día cambiar de carrera universitaria con el objeto de tener algo de qué valerse en la vida, es decir, un trabajo que le permitiera vivir bien, pero ahora que “vivía bien”, ganando dinero suficiente para ahorrar e irse a beber de vez en cuando sin la preocupación de minar su economía y reaccionar el día siguiente con la típica goma moral que caracteriza

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a los borrachos pobres, empezaba a sentirse incómodo, sí, definitivamente incómodo, y no sabía qué hacer. Eugenia lo esperaba casi todas las noches en el apartamento con la mesa puesta para la cena o al menos con la firme intención de salir a comer a algún restaurante cercano, para después dedicarse al solaz típico de los enamorados. En este punto habría que hablar con mayor detalle. A Wilmerio no le gustaba para nada la conducta sexual de Eugenia, esa permanente amenaza de querer hacer el amor en cualquier sitio a cualquier hora, algo que, obviamente, interrumpía sus reflexiones filosóficas. Porque no podemos esperar que sean compatibles las inquietudes intelectuales con las inquietudes sexuales; hay que separarlas y dedicarle a cada una su tiempo. Pero Eugenia no lo veía así, o quizá ni siquiera llegaba a pensar en el asunto, ella que, por lo demás, no era muy dada a las cuestiones del pensamiento. Eugenia era una auténtica máquina de coger, y sabía utilizar muy bien sus recursos físicos (léase “sus enormes tetas”) para lograr que Wilmerio terminara abstrayéndose de sus profundas meditaciones y cediera a sus deseos más ardientes. Así era como Wilmerio se enfrascaba en los juegos más locos dispuestos por la imaginación febril de su amante, y los disfrutaba sobremanera, hay que decirlo, porque ella se aseguraba de que así fuera, para terminar, saciado el apetito sexual propio y de la muchacha, contraponiendo la presencia de su ancha espalda a esa necesidad típicamente femenina de querer hablar de cosas dulces o cursis inmediatamente después de alcanzado el último orgasmo. Tomó entonces Wilmerio una decisión importante: trabajaría en la maquila durante los próximos meses, hasta que llegara diciembre y su bonificación navideña, para renunciar y dedicarse, con el dinero acumulado en dos años de ingeniero (léase “capataz”), ahora sí, aún con la posible objeción de Eugenia, al estudio de la filosofía.

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Esta decisión desencadenó, por supuesto, un conflicto en la pareja. Eugenia no estaba dispuesta a vivir con alguien que sólo pasara en las nubes, alguien a quien no le importara el bienestar familiar (aquí Wilmerio se alarmaba, Eugenia hablaba de “familia”, lo que sugería la presencia de hijos y todo lo demás), ni lo que pueda sentir su pareja. Wilmerio le dijo, con algo de cinismo, puesto que no le importaba demasiado que Eugenia quisiera abandonarlo, que ya encontraría trabajo como profesor en algún colegio o quizá hasta en una universidad, que sólo era cuestión de tiempo, que no se preocupara por el futuro, pero era la palabra “futuro” precisamente la que no veía con claridad Eugenia. ¿Cuál futuro? ¿Cómo iban a sobrevivir con el pinche sueldo de un profesor? Wilmerio era un fracasado, con la filosofía se morirían de hambre. Y Eugenia se marchó. Y a la puerta que se abrió para que ella saliera definitivamente de su vida Wilmerio la llamó “libertad”. Y a partir de ese momento fue libre y sintió que por primera vez en su vida experimentaba la sensación de la felicidad. Sin embargo esta felicidad, como ocurre casi siempre con la felicidad, o al menos con lo que creemos es la felicidad, no duró mucho. Pronto tuvo que enfrentarse a algo que él creía no le ocasionaría jamás un malestar y que, sin embargo, así fue: la soledad, la ahora terrible experiencia de la soledad. Trabajó Wilmerio, tal como lo había anunciado a Eugenia, de profesor de matemáticas y química en varios colegios durante algún tiempo. Se sentía más o menos como un John Nash resolviendo complicados problemas en la pizarra. Si bien no se murió de hambre, como lo había anunciado la muchacha, pasó calamitosas temporadas que muchas veces le trajeron las usuales profundas depresiones, pues, aunque su mente discurría en divagaciones filosóficas, no podía negar que en el fondo era el dinero lo que mantenía unidas las fibras de su real existencia. “El dinero no hace la felicidad, la compra hecha”, se repetía a cada momento. Raro que en alguien a quien sólo le interesaban las

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cuestiones filosóficas pudiera producirse este tipo de ideas más físicas que metafísicas, pero no podemos reprocharle nada a quien haya decidido alguna vez renunciar al mundo de las luces, que era la ingeniería, por el mundo de la oscuridad, que constituía ahora la filosofía. Nadie notaba, sin embargo, en esa cara alegre que Wilmerio dedicaba a todo el mundo, la angustia que albergaba su alma, porque para los ojos de todos nadie era más feliz que Wilmerio, con su sonrisa siempre a flor de piel, con sus bromas simpáticas, con sus volúmenes de filosofía bajo el sobaco en los pasillos de la universidad, en la biblioteca, en el café del centro, y un extraño libro que alguien le había enviado desde Chile o desde España o desde México, quién sabe de dónde, titulado El testamento geométrico, de Rafael Dieste, subrayado a más no poder, como si fuera otro de los libros de filosofía que le tocaba estudiar, como si de sus páginas extrajera todo el conocimiento necesario para ser feliz, como si no existiera otro libro mejor que ese en el mundo. Pero así pasaba su vida, riendo y llorando cual Garrick moderno, ocultándoles a todos las continuas tempestades de su alma.

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CUATRO. Donde se habla de la herejía de Ricardo y Alfredo en un autobús de la ruta urbana Para estos muchachos el peligro no representaba lo mismo que para cualquier otra persona. No era algo a lo que había que temerle y huirle, era más bien una aventura, un placer espiritual que dotaba a sus vidas de verdadero dinamismo. En realidad no eran conscientes del peligro, por esta razón no podía producirse en ellos la sensación del peligro, y porque cuando estaban en peligro sentían que encontraban una verdadera razón para vivir. Porque, ¿qué es lo que da sentido a la vida sino la certeza del movimiento y el empleo de la imaginación y de la capacidad de ser creadores? Y estos muchachos sentían precisamente eso: que con sus acciones estaban creando algo, algo importante. El segundo golpe del grupo estuvo a cargo de Ricardo y Alfredo, y aunque sólo fue este último quien tuvo una participación directa, ambos estuvieron muy cerca de lamentar su osadía. Se subieron una mañana fresca a un autobús de la ruta 1 y pidieron permiso al conductor para predicar ante los pasajeros la palabra de Dios. “Buenos días, hermanos, que Dios los bendiga a todos”, dijo Alfredo, quien con su pantalón de tela, su camisa manga larga, barba y bigote recortados, y una biblia en la mano parecía un auténtico soldado de las huestes del Señor. De inmediato los pasajeros, incapaces de protestar ante las disposiciones divinas, se mostraron atentos a las palabras que el santo joven traía directamente del cielo. “Hoy temprano, cuando

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aún estaba en mi cama, Dios me habló”, dijo, y cinco o seis caras que hasta ese momento se mantenían viendo hacia afuera a través de las ventanillas se dirigieron a ese predicador que ahora les tocaría aguantar. “Y Dios tenía voz de mujer”, continuó, y más caras sorprendidas voltearon hasta la cara de Alfredo. “Y no sólo me habló, también me tocó”. Y ahora todos, o por lo menos todos los que alcanzaban a escuchar la voz ronca del insigne hereje, se concentraban esperando sus próximas palabras. “Puso su mano suave, femenina, sobre mi pecho desnudo y no quise abrir los ojos para no destruir la gloria de ese momento”. A estas alturas el rumor de sus palabras había llegado hasta los últimos asientos y todos, absolutamente todos, hasta los incrédulos, acercaron su oído para lo que venía. “Alfredo, me dijo, hoy eres mío. Sí, todo tuyo, le respondí, mientras acariciaba los escasos vellos de mi pecho”. Todos en el bus callaban, curiosos o asombrados por esa inusual manifestación de Dios a un simple mortal. “Luego fue bajando su mano hasta mi abdomen y yo sentí que estaba a las puertas del paraíso. Y las puertas del paraíso se abrieron...” Alarma general. Los pasajeros alternaban muecas de incredulidad, de desprecio, de indignación. El cobrador intercambiaba miradas interrogativas con el conductor y éste miraba, a su vez, por el espejo retrovisor, la espalda del curioso predicador. “...puso su mano sobre mi miembro y lo apretó con fuerza”. Cuchicheos, miradas amenazantes por aquí, risas temerosas por allá, expectativa general. “Entonces desperté y supe que era mi mujer y no Dios”. Estallaron al unísono carcajadas, gritos de protesta, una que otra demanda de linchamiento, risas contenidas, más carcajadas, más protestas: “¡Bajen a ese diablo!” “¡Móntenle pija a ese hijueputa, por hereje!” “¡Ni el pasaje pagó, cóbrenselo!”. Una señora le tiró a la cara un tomate de su compra en el mercado, una estudiante una bola hecha de papeles. Y de repente todo fue un alboroto. Hasta monedas empezaban ya a caerles a Alfredo y Ricardo. La señora del tomate instó a los otros pasajeros a castigar

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al hereje cayéndole a golpes. Y cuando parecía que la amenaza se hacía efectiva sobre sus flacos cuerpos, el bus llegó a otra parada, se abrió la puerta y ambos salieron saltando a la calle y a la libertad.

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CINCO. Donde se narra la infancia y juventud de Gustav Simón Detest, su especial amistad con Gladisita y los motivos que lo impulsaron a la herejía Con Simón, el diablo se las había ingeniado de diferente manera. Le puso enfrente a una jovencita, cuatro años mayor que él, bastante avanzada en cuestiones sexuales, quien no tardó en iniciarlo, a sus ocho añitos, en las prematuras prácticas de Eros. A pesar de venir de un pueblo, o quizá por eso mismo, Gladisita, como le decían los de su progenie a la pequeña amiga de Simón, era conocedora de interesantísimos secretos sobre lo que tanto los niños como las niñas guardan en su entrepierna. Muchos años después, cuando le contaran el chiste en el que el niño le dice a la niña que ella no tiene uno como el que él tiene bajo el calzoncillo y ella le contesta sí, pero con éste que tengo yo puedo conseguir de esos todos los que quiera, Simón habría de recordar justo el momento en que Gladisita le dijo que le enseñaría a hacer cosas divertidas con eso chiquito que a él le colgaba y que creía sólo servía para orinar. Ay, Gladisita, pensaba Simón, ya grande, cómo me abriste los ojos, Gladisita. La niña, que recién había llegado con sus padres a la ciudad y aprovechando el efecto que de inmediato producían sus ojitos verdes y su cabellera larga y rubia, no tardó en reclutar un selecto grupo de niños del barrio donde vivía Simón, casi todos menores que ella, para constituir con ellos lo que llamó pomposamente “La pandilla de Gladis”.

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Simón era de los más pequeños de la pandilla y si no de los más inocentes, sí al menos de los más retraídos. Esta fue la razón por la que Gladisita se dio a la tarea de atraerlo a algunos juegos peligrosos como el de tocarle las nalgas a sus compañeritas mientras estaban distraídas o hurtarle dinero a sus papás para incorporarlo a las arcas de la pandilla. Con los días y la práctica constante Simón se convirtió en el más hábil de todos aquellos párvulos, lo que le generó una particular simpatía en Gladisita, al grado de nombrarlo ante los demás como su protegido. Así que, como su nombramiento lo sugería, Gladisita no se separaba de Simón, o más bien Simón no se separaba de Gladisita, pues a estas alturas el pequeño niño de ocho añitos empezaba a experimentar su primer enamoramiento en la vida. Los juegos los fueron llevando, poco a poco, a una cercanía ya no circunscrita solamente al ámbito de las actividades propias de la pandilla, sino a una cercanía mayor, llamémosle intimidad, si es que se puede considerar intimidad a sus cada vez más frecuentes encuentros cercanos. Y un día, mientras toda la pandilla jugaba a las escondidas, siendo Gladisita el objeto de la búsqueda colectiva, se dejó ésta encontrar por el pequeño en la parte trasera de una casa a medio construir en la colonia. Al descubrirla, Simón quiso de inmediato dar la voz de alerta a los demás para hacerles saber que el juego había concluido, pero entonces Gladisita le dijo que no hablara y, tomándolo de la mano, lo llevó a un pasillo cuyas paredes eran más altas que las otras y fue entonces cuando le dijo que lo instruiría en ciertas cosas que él aún no conocía de la vida. Acercó su cuerpo, que ya mostraba los avances propios de la adolescencia, al cuerpo del ingenuo Simoncito y con una de sus manos tocó y apretó el bultito que éste mostraba ya con suficiente vehemencia debajo de su calzoneta, para después, ya de rodillas y sin que el niño hiciera nada por impedirlo, descubrirlo ante sus

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ojos verdes y besarlo y lamerlo y chuparlo, en un acto que a Simoncito le pareció extraño pero no del todo desagradable. Así fue como Simón ganó su primera experiencia erótica en la vida. Si bien el acto, por supuesto, no llegó a consumarse en esa ocasión, nuevos encuentros similares fueron posibles en los días siguientes hasta finales del año, cuando llegaron las vacaciones, cada vez con mayor grado de dificultad y con notables avances por parte del ya no tan ingenuo Simón. En febrero del año siguiente, cuando Gladisita debía volver a la ciudad para incorporarse nuevamente a sus clases en el colegio, ésta, para desilusión del pequeño Simón, no volvió a aparecer en la colonia. Simón se enteraría pronto que los padres de la niña habían decidido enviarla en un internado de señoritas en el oriente del país, con el objeto de “corregirle cierta conducta impropia”, como le oiría decir a su propia madre, enterada también del desafortunado acontecimiento. Pasarían los años y Simón seguiría creciendo, y con él aquella semillita de perversión sembrada prematuramente por Gladisita desde sus ocho añitos. Poco a poco se fue haciendo de diversos insumos de la pornografía que, lejos de satisfacer sus obsesiones las multiplicaban, al grado de acostumbrarse con la más absoluta calma a la diaria doble y hasta triple masturbación. Coleccionaba naipes, revistas, contraportadas de un periódico los domingos, en donde aparecían chicas con cuerpos esculturales en diminutas prendas bajo el título sugerente de “El bombón dominical”, y otras cosas igualmente ilustrativas para los fines del muchacho. Fue el tiempo en que le dio también por empezar a escribir poesía. Escribía largos poemas ambientados indistintamente en los tiempos de Sade o en los actuales, en los que describía, valiéndose generalmente de hipérboles, escenas con alto contenido sexual. A la par de esta obsesión por la sexualidad que, hay que decirlo, nunca llegó a conocer a cabalidad (sus escarceos con

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Gladisita nunca llegaron a tanto), se dedicaba a leer cualquier tipo de información acerca del tema, lo que, lógicamente, supuso el inicio de la conciencia de lo irrelevante que resultaban los principios morales inculcados en la familia, a favor de la libertad absoluta de sus fantasías. Llegaba Simón a imaginar incluso, durante sus ratos de privacidad, a su propia hermana mayor en posiciones nada decorosas sobre su cama, desnuda y sin esa manía irrefrenable de hablar impunemente en todo momento y lugar. La imaginaba silenciosa, sumisa, con sus grandes pechos balanceándose a cada sacudida que él pudiera provocarle, hasta que alguien, su madre, su hermanito, quizá su misma hermana, venía a tocarle la puerta del cuarto para pedirle algo o encargarle alguna detestable tarea doméstica. No fue sino hasta siete años después que Simón volvería a ver a su recordada y pervertida amiguita. Para entonces, a sus quince años, el muchacho era un experto en materia sexual, teóricamente hablando, por supuesto, porque en la práctica lo más cercano a una relación sexual había sido lo hecho con Gladisita a sus escasos ocho años. La noticia se propaló con prontitud por toda la colonia. Gladisita había vuelto convertida en una señorita de diecinueve años con unas caderas y unas piernas tan espectaculares como las de Sharon Stone en Bajos instintos, según la apreciación cinematográfica de sus amigos vecinos. Casi todos los miembros de la antigua pandilla habían ido, en su momento, a buscarla, para saludarla, para ofrecerle de nuevo su amistad, para alimentar a través del espectáculo visual sus espíritus sensibles a la belleza máxima de la naturaleza. Pero a Simón la timidez lo mantenía a raya, a tal grado que casi no salía de su casa por temor a encontrarse en la calle o en alguno de los pasajes de la colonia a la fundadora de sus obsesiones más firmes. En todos esos años no había hecho otra cosa que levantar poco a poco las paredes del

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edificio de su perversión cuya primera piedra había sido colocada por la infame Gladisita, y ahora que tenía la oportunidad de verla, ambos con una edad absolutamente propicia para llevar a cabo el acto de los que sueñan con el amor, no se atrevía a hacerlo, desafortunadamente no se atrevía a hacerlo, y eso iba a pesarle. Pero osada como era, Gladisita no iba a esperar que Simón saliera de su nido y un día lo visitó en su casa. Su hermana tocó la puerta y Simón, sin saber la sorpresa que lo aguardaba, abrió. Ahí estaba Gladisita convertida en una hermosa Gladis de diecinueve años, ya sin las trencitas de los doce pero siempre con esos ojos verdes a los que la madurez parecía haberles infundido cierto toque de sensualidad avasallante. Con una sonrisa maliciosa la hermana cerró la puerta y los dejó solos en la habitación. “Para que puedan platicar a gusto”, dijo. Jamás imaginó Simón, de entre todas sus imposibles fantasías, que su ansiado definitivo encuentro con la Gladisita de sus recuerdos se efectuaría de aquella insólita manera, pero es que las cosas, sobre todo cuando de relaciones sexuales se trata, suceden siempre de las formas más insospechadas. Esto fue lo que entonces ocurrió: Simón no supo qué decir al ver ahí, en su habitación cerrada, a aquella Gladis mujer desconocida. Pero ella no iba a esperar que él intentara siquiera alguna frase. Fue directo hacia él, que ante la sorpresa de una cercanía increíble con la amada de sus sueños retrocedió como espantado. Siguió avanzando Gladis, resuelta a todo, pero él ya había desarrollado un desafortunado instinto de la evasión adquirido vaya a saber de qué remota parte de su subconsciente y a cada fiera acometida de la cazadora, la presa daba un salto nuevo, hasta que hubo de arrinconarlo entre la cama y la pared del fondo, el espacio apenas necesario para que dos cuerpos, uno temblando de fiebre y el otro de miedo, se entrelazaran en una lucha ardua que finalmente otorgaría el triunfo a la muchacha, a pesar del kikirikí seminal del primerizo quinceañero.

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Hicieron el amor como Dios manda, con incansable erección de parte de él y orgasmo de ella incluido, hasta la tercera vez, cuando ya habían descubierto la dureza del piso y habían decidido amortiguar el amor sobre los nada confortables resortes del viejo colchón de la cama del muchacho. El siguiente día Gladis se fue de nuevo eternamente a su pueblo, pero en esta ocasión Simón, a diferencia de la primera vez, había comprendido que la vida es así, un ir y volver constante de las cosas que amamos, y una espera permanente, hasta que el azar lo repite todo, si es que existe el azar y si es que la memoria dura tanto.

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SEIS. Donde el autor hace algunas reflexiones sobre su propia existencia y refiere la manera en que decidió embarcarse en la escritura de estas páginas Por el espacio que dejan las cortinas en la gran ventana de la sala de mi casa, que es el lugar en donde escribo estas páginas, se alcanza a ver afuera, a lo lejos, la serpenteante columna vertebral de la cordillera El Merendón, apenas emergiendo de entre la niebla. Son los primeros días de enero y aunque aquí abajo, en el valle, no sea posible el frío que puede imaginarse permanentemente en la montaña, resulta gratificante de vez en cuando asomarse a la ventana y observar, como si contempláramos la fotografía de un lugar exótico, remoto e inalcanzable, esa montaña con su espina dorsal emergiendo heroicamente de los bancos de niebla. Pienso en la montaña, que está ahí, casi al alcance de la mano, y pienso, como si de la contemplación de la naturaleza me viniera de repente la capacidad de pensar, como si de la montaña naciese cada noche, mientras duermo, ese aire denso que viaja desde su altura y atraviesa costosamente la niebla hasta llegar a mi casa, para filtrarse por las rendijas, por debajo de las puertas, por la tela metálica y entre las celosías de las ventanas hasta llegar a mi nariz todavía acostumbrada al olor de la noche, al olor de las sábanas, al olor del sueño, para activar de inmediato la conexión entre mis sentidos físicos y los interiores, para llegar al fin a despertar las

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primeras ideas del día, pienso, decía (es un pensamiento bastante romántico y algo cursi), que en la vida de cada uno siempre llega a establecerse un propósito, o varios, es decir una motivación extraordinaria que propicia otras motivaciones y juntas nos invitan a salir definitivamente de la odiosa rutina que amenaza con asfixiarnos. Durante mucho tiempo vamos por las calles con la cabeza baja, con la mirada extraviada, dejándonos llevar por la inercia de nuestros pasos, ignorando que ahí cerca, con sólo levantar un poco la cabeza, tenemos a nuestra disposición la posibilidad de una sacudida saludable para el espíritu; pero llega el momento en que algo sucede, algo imprevisto, que produce en nosotros un efecto como el del primer vaso de whisky en el organismo, una sensación revitalizadora, que alerta los sentidos, los físicos y los interiores, y nos permite agudizar la mirada y dirigir nuestras intenciones hacia nuevos proyectos. Algo de esto pudo haberme ocurrido la noche de la conferencia en el Museo de Antropología e Historia, cuando conocí a Los Herejes y me di cuenta de que algo, no sabía qué, allá en el fondo de mi aburrimiento por la vida, había empezado a cambiar. Quizá no recuerde con exactitud cuál fue el instante en el que el whisky de esa noche empezó a activar mis células dormidas, pero sí soy conciente de que en algún momento, mientras seguía con atención las palabras del catalán, mis sentidos se pusieron alerta. De modo que ya para cuando las carcajadas de los cuatro muchachos habían establecido sobre las risas de los demás asistentes a la conferencia un vínculo casi íntimo, mis ojos, mis oídos y mis pensamientos estaban inexplicablemente dirigidos a sus gestos y a sus palabras. Algo me decía, en mi megalomanía literaria, que aquellos cuatro seres que en menos de una hora habían llegado a unirse (no lo podía saber entonces) indisolublemente podían perfectamente ser los personajes de una buena historia. Y entonces sí, cobré conciencia de lo que estaba

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ocurriendo, de lo que mi subconsciente había estado fraguando durante todo el tiempo de la conferencia, y empecé a temblar y a sudar, ansioso, por la perspectiva que se me ofrecía. Empezaron a desfilar por mi imaginación todas las posibilidades narrativas a partir de la inquietud que me produjo ver y escuchar a aquellos cuatro muchachos impíos. De modo que no tardé en proclamarme (para mí mismo) el anónimo cronista de sus futuras aventuras, porque de eso estaba seguro, en el futuro de aquellos cuatro muchachos habrían de producirse muchas aventuras y yo sería el ojo vigilante, el testigo infalible de sus correrías. Ah, qué días aquellos a partir de la noche de la conferencia. Tantos pensamientos me vinieron a la mente, recuerdos e imaginaciones, y todos cabían en la historia que yo iba a contar. Todo pertenecía a la realidad, pero del mismo modo también al mundo de la ficción, al nuevo mundo, a la nueva realidad que yo crearía para ellos. Pero no sólo pensé en ellos. Pensé también en los otros, en los que serían el blanco de sus burlas. Pensé, por ejemplo, en los muchos retrasados mentales que condenarían una canción popular por considerarla diabólica. Sí, en esos que se pronunciarían hasta en los medios de comunicación con el fin de promover la censura de una canción titulada Aserejé sólo porque en sus raquíticos cerebros se produciría el brillante descubrimiento de que el título de la canción contiene un mensaje subliminal, mensaje que invita directamente a quienes conciente o inconcientemente la escuchan a participar en la herejía. Porque ese que parece ser un título inexplicable para una canción, ese extraño Aserejé, incomprensible y sin embargo tan pegajoso para cualquiera, en realidad quiere decir “ser hereje”. Sí señores, esa es una canción diabólica porque invita a la herejía. El Diablo ahora se las ingenia para posesionarse de la mente de quienes disfrutan de una canción al parecer inofensiva. El Diablo estudió mercadotecnia en los últimos tiempos y quizá es el Diablo mismo el que compuso la canción.

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Qué días tan hermosos aquellos en los que de repente, sin que ningún politólogo, teólogo de la liberación o sociólogo, sin nadie que pudiera explicar tal fenómeno, aparecerían unos cincuenta pastores evangélicos como candidatos a diputados para las justas electorales del siguiente año, aun con la conciencia de estar contraviniendo la Constitución de la República, que establece que no pueden optar a cargos de elección popular ciudadanos que lideren cualquier secta u organización religiosa, puesto que el Estado es laico, lo que significa que existe libertad de culto, de expresión, etcétera, etcétera, etcétera. En este tipo de personajes pensé para las aventuras de aquellos cuatro muchachos. Y pensé también, cómo no, en esa gran cantidad de dementes que se suben a los autobuses del transporte público, se paran en las plazas, en los parques o en cualquier otro sitio atestado de gente normal para ofrecer el mensaje de la salvación y de la vida eterna a todos aquellos que no tienen la paz, que andan por el camino del pecado, que se han apartado de la sombra de Jehová. Locos capaces de irse a los puños con tal de defender la palabra de Dios, pero absolutamente incapaces de retirarse de ese autobús, de esa plaza, parque u otro sitio público sin pedir la ofrenda respectiva para continuar engrandeciendo la obra del Altísimo. Y pensé, sobre todo, en la gran cantidad de estafadores que trabajaban en las iglesias, muchos de ellos con programas de televisión propios o con canales de televisión propios, que organizaban por lo menos cada semana una nueva maratón para recaudar fondos para el engrandecimiento de sus iglesias y de la obra de Dios y con ello el engrandecimiento de sus cuentas bancarias y sus otros negocios. Pensé en que estos cuatro muchachos que acababa de conocer durante una conferencia sobre la herejía se encargarían de descubrir sus verdaderos rostros ante todo el mundo. Pensé en lo mucho que se divertirían, en lo emocionante que sería para ellos provocar o destapar el escándalo de que tal o cual líder religioso mantenía unas jugosas cuentas

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bancarias a nombre suyo o de los miembros de su familia, o que había abusado sexualmente de un menor de edad, o que estaba involucrado indirectamente en la quiebra de bancos, o que organizaba con sus socios más leales tremendos bacanales en su casa de playa. Y mientras pensaba en ellos me iba imaginando cómo serían los días de aquellos cuatro muchachos. Y para no imaginar tanto, los seguía adonde quiera que fueran, de día o de noche, estaba con ellos ahí, con cada uno de ellos, en cada lugar, conociéndolos a fondo, estudiándolos, aprendiendo a entenderlos y a quererlos, sin que ninguno de ellos lo supiera, sin que ninguno supiera que yo era el ojo vigilante, el testigo infalible, el cronista anónimo de sus aventuras.

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SIETE. Donde se narra una parte de la vida de Ricardo Ernesto Guevara, de cómo conoció a La Puta Devota y su posterior adhesión a las huestes herejes Ricardo, a pesar de llevar a cuestas además del nombre también el apellido Guevara del famoso guerrillero, renegaba de la doctrina marxista y decía odiar a todos aquellos que en estos tiempos todavía creían que la revolución era la solución a los problemas nacionales. Odiaba sobre todo a esos ilusos militantes de la idiota izquierda que se dejaban crecer la barba y se ponían camisetas con el argentinito ese sosteniendo fálicamente un habano en su boca. Quizá por esta aversión que, no obstante su nombre, resultaba paradójica, Ricardo se había convertido en un asiduo cliente de los restaurantes gringos de comidas rápidas, en un comprador compulsivo de la ropa de marca americana y en un entusiasta bebedor de la única cerveza nacional con nombre en inglés: Port Royal. A Ricardo le resultaba difícil aceptarlo pero quizá el hecho de que entonces viera en la herejía la vía ideal para canalizar su odio y su ira contra el mundo se debía a que un día hubo de conocer a una especial mujer. Pero no era sólo una mujer, era una prostituta, sí, una puta, una ramera, una meretriz, una golfa, una

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hetaira, una vagabunda, una callejera, una andadora, una aventurera, una auténtica mujer de la más baja calaña, de las que tienen como ars vitae el placer siempre a cambio del dinero, pero una puta hermosa al fin y al cabo, la mejor de las putas con las que Ricardo se había cruzado en toda su vida. Y además de eso, de ser puta, aunque parezca increíble, era también una evangélica devota. Y era esto lo que atraía al muchacho. La Puta Devota acostumbraba iniciar sus sesiones en la cama con “la oración del miembro”, que consistía en tomar entre sus manos el pene de su cliente y encomendarlo a Dios con palabras suaves y jadeantes cuyo aliento mínimo sobre el bálano provocaba las más diversas sensaciones de voluptuosidad. Más adelante, ya en el acto, La Puta Devota cerraba los ojos y se dirigía nuevamente a Dios diciéndole que ella y la castidad de su cuerpo eran el sacrificio a su divinidad, pero cuando sólo se quedaba repitiendo “Oh Dios, oh Dios, oh Dios, diosito mío, diosito mío...” Ricardo se daba cuenta de que todas las mujeres, a su manera, eran putas y devotas, porque todas, en algún momento de sus vidas, repitieron sobre el miembro de un hombre estas mismas sagradas palabras. Si volviera a encontrarse a esa puta, hoy, mañana, dentro de treinta años, estemos seguros que Ricardo se alegraría mucho; y siempre querría que fuese puta, no ama de casa o costurera o peinadora en una sala de belleza, o simplemente esposa de un pastor de iglesia, siempre una puta, que para eso era buena. Las putas han cambiado mucho en estos tiempos, dice Valdo, con esa nostalgia sólo propia de quienes sienten que no caben del todo en “estos tiempos”. Antes eran bonitas, cariñosas, comprensivas. Te mimaban, te hablaban suavecito al oído, te hacían masajes en todo el cuerpo sin cobrarte extra y hasta había algunas que llegaban a enamorarse de uno. Ahora son unas auténticas zorras, al menor descuido te roban la cartera. Son feas, huelen mal, son impacientes y toscas, cobran caro y además se

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creen los mejores culos del mundo. Valdo tiene toda la razón, pero esta puta de la que hablamos ahora, ésta que supo joderle la vida a Ricardo, tenía algo de los viejos tiempos y otro tanto de los nuevos, y además, en lugar de enamorarse ella de él, fue él quien prácticamente se enamoró de ella. Así que si tuviéramos que atribuirle un origen a la vocación hereje de Ricardo, tendríamos que recordar el día en que vio a esa puta por primera vez. Cómo se conoce a una puta. Esto es algo que Ricardo no sabría responder. Cualquiera podría pensar que a una puta se le conoce en un burdel, en una esquina a determinada hora de la noche, en uno de esos bares clandestinos de las zonas peligrosas de la ciudad, pero nunca (por lo menos no es ésta la norma) podría esperarse que la puta opere en una iglesia. ¿Debemos suponer entonces que Ricardo conoció a su puta en una iglesia? Pero, ¿qué podía haber estado haciendo Ricardo en una iglesia? He aquí la respuesta. Ricardo asistió esa noche a la Iglesia Centroamericana de la colonia Villa Florencia porque ahí debía estar la muchacha a la que andaba echándole los perros por aquellos días. Era blanca, alta y rubia, con los ojos verdes y el mentón partido, tal como Ricardo pensaba que eran las gringuitas, y era, además, una mojigata de primera. Asistía por lo menos cuatro veces a la semana a la iglesia, más por inercia familiar que por verdadera convicción. El muchacho vivía cerca de la iglesia, mejor dicho casi enfrente de la iglesia. Cada noche debía huir despavorido de su propia casa para no tener que soportar los cantos, las palmas, las oraciones y la prédica de los creyentes, y en una de esas ocasiones, al pasar frente al majestuoso edificio eclesial que los vecinos habían terminado de construir recientemente a punta de ofrendas y diezmos, vio a la muchacha con pinta de gringa que llegaba, biblia en mano, y sonreía a todo el mundo. Se detuvo un instante,

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repasando con sus ojos las líneas del rostro y del cuerpo de la dulce señorita, hasta que ella se dio cuenta y le sonrió, y lo miró de frente, y le sostuvo la mirada sobre su propia mirada, mientras él, con los ojos y la boca bien abiertos, se quedaba quieto, físicamente inmóvil, aunque en su interior sucediera todo lo contrario. La noche siguiente Ricardo saldría más temprano de su casa para esperar a su gringuita en la esquina antes de llegar a la iglesia, y así fue en las noches siguientes, en las que Ricardo pudo avanzar, de manera lenta pero segura, hasta lograr que ella accediera a su cortejo. Pero la noche que nos ocupa no es ninguna de éstas en las que Neto apenas alcanzó a robarle un beso fugaz a la gringuita. La noche que nos ocupa es ésta otra en que se encontraba él en la iglesia, en uno de los asientos próximos a la salida, esperando que terminara el culto y la señorita saliera, para acompañarla caminando hasta su casa. Entonces vio a la puta. La vio sentada unas ocho sillas en diagonal a la suya, hacia el lado izquierdo de la amplia sala. La vio cantando, sola, separada del resto de la concurrencia, lo que le pareció extraño y le provocó una especie de piedad inexplicable. Y desde entonces no dejó de verla. Dejó de ver a su gringuita, a la muchacha que había logrado llevarlo a una iglesia, pero a la puta no dejó de verla. Hasta que, justo cuando el pastor iniciaba otra de sus interminables oraciones, se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta de salida, dispuesta a irse. Ricardo le clavó una mirada al mismo tiempo admirativa y lúbrica. Ella no pudo resistir el peso y tuvo que devolverle la mirada, que insólitamente contenía el doble de la lubricidad que Ricardo había aplicado a la suya, lo que el muchacho entendió, asombrado, como la invitación a algo más que una simple mirada. Cuando ella hubo franqueado la puerta para volver de nuevo a esa atmósfera mundana de la calle él tuvo el suficiente valor para levantarse y salir a buscarla, pero al sentir el primer

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golpe de aire enfermo que emanaba de los carros que a esa hora son muchos en esa parte de la colonia se dio cuenta de que la había perdido. Las siguientes tres noches fue a la iglesia a buscarla a ella, a la puta, pero al darse cuenta de su ausencia se conformaba con acompañar a la gringuita hasta su casa. Ésta le preguntaba, con ese sexto sentido que caracteriza a las mujeres, el motivo de cierto distanciamiento que empezaba a percibir en él y él se limitaba a decirle que no pasaba nada, que quizá lo que ocurría era que Dios había empezado a transformar su vida. La gringuita le decía que siendo así lo normal sería que su corazón albergara sólo la alegría de la presencia divina y no esa tristeza que mostraba en los últimos días. Él entonces relajaba los músculos del rostro y se empeñaba en borrar de la mente de la gringuita esos pensamientos nada convenientes, hasta que llegaban hasta la casa de ella y entonces él caía de nuevo en el hondo pozo de la ansiedad por no haber vuelto a posar sus ojos sobre los ojos de aquella extraña muchacha cuya mirada lúbrica le había hecho perder la cabeza en los últimos días. La siguiente semana volvió a ver a la puta. Se sentó en la misma silla y él, desde la suya, repitió su mirada unidireccional hacia su perfil derecho, hasta que de nuevo ella, aprovechando la oración del pastor, se levantó y salió. Esta vez Ricardo no esperó que llegara a la puerta. Se levantó rápidamente de su silla y la siguió. Al salir a la calle y dirigir su mirada hacia izquierda y derecha la vio caminando del otro lado de la acera con un cigarro encendido en la mano. Pensó Ricardo que se trataba de una alucinación, pero pronto supo que sus cinco sentidos estaban en perfecto funcionamiento y aceptó lo que veía. Pero la nueva sorpresita no apaciguó sus ánimos, al contrario, los renovó a tal punto que se fue corriendo tras ella. Ella pareció haber oído sus pasos y volteó antes que él llegara.

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-¿Adónde vas? -preguntó él cuando estuvo a su lado, y ella sólo lo vio a los ojos sin demostrar sorpresa por la pregunta, ni incomodidad, ni nada. -¿Por qué salís siempre a mitad de la oración? ¿Por qué estás fumando, pícara? -insistió, y ella, de nuevo, como sin comprender, sin responder nada de nada. -¿Sos muda? -se atrevió él. -Algo así -respondió al fin. El intercambio de palabras, silencios, frases mínimas y triviales del que Ricardo supo extraer insospechadas revelaciones continuó durante el tiempo que lleva caminar unas siete cuadras, hasta que él se dio cuenta de la insólita intención que ella mostraba de querer ingresar, biblia en mano, a un sitio llamado “El lugar sin límites”, de donde se dejaba venir el ruido de todas las voces del mundo y la música increíble de Credence. -¿Vas a entrar ahí? –le preguntó. -¡Claro! –dijo ella- soy mayor de edad. -¿Y entonces por qué vas a la iglesia? –él, entusiasmado, perplejo, confundido. -¿Vas a estar haciéndome preguntas toda la noche o me vas a acompañar al bar? –respondió ella por primera vez con una frase de más de cinco palabras, y él, como comprendiendo el mayor enigma en la historia de la humanidad, sólo sonrió y avanzó con ella hasta la entrada de aquel lugar que por fuera parecía sólo un lugarcito más pero por dentro hacía que la mirada se repartiera en múltiples direcciones. Por supuesto esa noche se enteró Ricardo de que no era precisamente a evangelizar borrachos que su recién conocida llegaba a ese lugar, y lejos de espantarlo, la situación más bien lo atrajo de una manera que no supo el muchacho discernir en ese momento. Lo cierto era que la jovencita que en la iglesia le había hecho desviar su mirada de la gringuita era una auténtica puta,

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pero una puta hermosa, la mejor de las putas que había conocido hasta ese momento de su corta vida. Entonces Ricardo comprendió lo que esta rara experiencia le estaba enseñando. Comprendió que la vida no es un terreno plano y descubierto en donde todo ocurre de manera clara, sino más bien una especie de selva en donde conviven los seres conocidos con las especies exóticas, comprendió que en la vida es perfectamente posible que se mezclen los momentos solemnes con los momentos de sobrada irreverencia, y comprendió, finalmente, que él se estaba convirtiendo en un hombre con demasiadas contradicciones, o quizá, con las contradicciones necesarias, porque no se puede esperar una demostración de virilidad ante la vida de parte de alguien que no sabe aceptar que a la materia de que está hecho le es inherente el pecado, la transgresión y el riesgo, y él mismo, Ricardo, estaba incursionando en eso, él mismo se estaba convirtiendo en un pecador, en un transgresor y en un hombre dispuesto siempre a correr el riesgo. Con el tiempo lo entendería mejor, y es más, lo aceptaría, lo asumiría, consideraría su vocación a la transgresión como su más valiosa posesión espiritual, de ahí que le gustara llevarle la contraria a los jóvenes de su edad (y también a los mayores) que se las tiraban de patriotas, de hombres comprometidos, de forjadores de la identidad nacional, pero que no eran más que el producto inservible de malas lecturas, tontos vestidos con camisas de manta, con caites, con morral y barba crecida que estaban bajo la influencia de otros tontos con la anacrónica idea de que en este país hundido lo que se necesita es una revolución armada; de ahí que se propusiera leer primero sólo a escritores ingleses o de lengua inglesa, pero después también a escritores de otros países y de otras lenguas, dejando por último a los nacionales, sobre todo a los poetas de las últimas décadas, que parecían no poder escribir sobre otro tema que no fueran el amor o la política, y encontrando finalmente, después de un tiempo leyendo y leyendo por el puro

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regodeo en la causa de la transgresión, el verdadero sentido de la lectura, que consiste en leer sólo por placer; de ahí que cuando llegara a conocer a otros tres muchachos parecidos a él en una conferencia sobre la herejía, se haya decidido, en medio de la voluntad colectiva, a encausar por fin toda la rabia que le provocaba ver a tanto pendejo caminando por las aceras, biblia en mano, con rumbo a alguna iglesia, igual que aquella noviecita mojigata que había tenido alguna vez y que le había casi obligado a entrar al “templo sagrado del Señor” sólo para cumplir su responsabilidad de enamorado. Así que Ricardo Ernesto Guevara empezó a conocer la vida tal cual era. En ese proceso de aprendizaje conoció también a una puta, para más señas devota, y conoció con ella, por increíble que parezca, el difícil e incomprensible sentimiento del amor. Durante varios años no tuvo más contacto físico con una mujer que el que no fuera con su Puta Devota. De hecho fue de ella de quien Ricardo se enamoró por primera vez en la vida. Una fugaz experiencia durante los años de pubertad le había hecho creer que el amor era algo distinto a lo que verdaderamente es, que, por otra parte, vaya a saber quién podría decir a ciencia cierta lo que es. La cuestión era que Ricardo, allá por la edad, más o menos, de los doce años, había sido víctima de lo que ahora comúnmente los grupos de derechos humanos y los abogados llaman estupro, pero que en aquel tiempo y en aquel lugar en donde el niño vivía entonces (San José, un pueblito del occidente del país) este delito era tan común como la diaria degustación de la tortilla de maíz. Resulta que una tía malvada, mientras salía a tender unos trapos de cocina recién lavados, lo vio una mañana detrás de un árbol de higo en la parte posterior de la casa haciendo pleno uso de sus facultades manuales. Hacía poco había descubierto el niño que aprisionando con una de sus manos su pequeña verga enhiesta y haciendo movimientos ascendentes y descendentes se lograba una sensación

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de extraordinarios alcances. En cuanto se vio descubierto salió corriendo avergonzado hacia su cuarto, pero lo que él supuso sería una segura reprimenda de su tía -que para mayores señas era ya una vieja solterona de treinta y ocho años, chapada a la antigua, religiosa y malhumorada- derivó en cambio en un episodio curioso que a partir de ese momento se repetiría cada vez que el niño y su tía quedaban solos en casa. Fue así como Ruth, era éste el bíblico onomástico de la tía, empezó a tocar la puerta de manera insistente, hasta que a Ricardo no le quedó más remedio que abrirle. Una vez dentro, la malintencionada mujer cerró con llave y Ricardo sintió próxima la hora de una paliza, pero la tía sólo se acercó para, con suavecitas palabras, hacerle ver que lo que había hecho no estaba malo, sino todo lo contrario (y aquí la mala ave de la tía dirigía su mano temblorosa y huesuda al lugar en donde debía aguardar, avergonzada, la palomita del niño, movimiento éste al que él, obviamente, retrocedía espantado) y que ella, lejos de castigarle, podía incluso ayudarle a satisfacer sus inquietudes, si no le molestaba, por supuesto. Y a Ricardo, por supuesto, no le molestaba para nada la idea, y aunque temblaba de miedo, se dejó llevar hasta su cama mientras ella iba diciendo cosas ininteligibles para el entendimiento de un niño de doce años, cosas como “vas a ver cómo crecés más rápido después de lo que te voy a hacer” o “¿te gustaría que te hiciera sexo oral, papito?”, cosas que, sin embargo, después de esa primera vez, entendería a la perfección. Pasaron los años en los que Ricardo fue creciendo de manera vertiginosa, como si Dios allá arriba, su creador inobjetable, entendiera que el estiramiento físico del muchacho era cuestión prioritaria en su agenda de administración humana, crecimiento que el muchacho entendió, en cambio, como el cumplimiento de las futuristas palabras de la tía aquella primera vez sobre su cama. No nos detendremos en detalles de ningún tipo acerca de aquellos ya lejanos años en la infancia de Ricardo, pero hemos de suponer que a la tía hubo de mejorarle el carácter de

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manera superlativa mientras duró el jueguito con el sobrino. Pero si este episodio se cuenta en estas páginas es sólo para hacerle ver a los lectores la manera en que este pobre muchacho concebía el amor después de una experiencia semejante. Para Ricardo el amor era un sentimiento inherente a lo carnal. No podía existir amor sin esa parte esencial que era el sexo. Una clara deformación de la idea del amor, podrán decir algunos, pero es válida si consideramos que hasta la fecha nadie ha sido capaz de ofrecer una definición exacta de lo que es el amor, por lo que se separan aquellos para quienes el amor corresponde ante todo al plano de lo ideal de aquellos otros para quienes el amor es la concreción del contacto físico, carnal, con el sabroso ingrediente de la lujuria. Pasaron los años, decíamos, en los que Ricardo fue formando su carácter y definiendo su personalidad. Conocería a la gringuita con quien mantendría durante algunos meses un noviazgo sólo de manitas calientes y conocería por último a su Puta Devota, la que le enseñaría las más audaces técnicas sobre la cama, la que lograría que por primera vez se enamorara, aunque fuera éste un amor enfermizo.

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OCHO. Donde se habla de la entrada de Los Herejes al Ministerio con la firme intención de aceptar a Cristo como su Salvador Personal Asistamos ahora al momento en que Wilmerio, Simón, Ricardo y Alfredo entraron al Ministerio la mañana de un domingo decididos a aceptar a Cristo como su Salvador Personal. La ceremonia empezó con unos cantos dirigidos por un miembro menor de la iglesia, después que una voz anónima y potente los anunciara en los decibeles de varias columnas de parlantes situadas frente a la enorme concurrencia. Todos repetían los cantos de una manera mecánica, como si sus vidas hasta ese momento hubieran sido consumidas en la repetición infame de estos cantos por lo demás aburridos. Continuó con una oración también anunciada por la voz anónima y dirigida nuevamente por el miembro menor. En ella se habló del amor a Dios por sobre todas las cosas, de la famosa historia de la crucifixión de Cristo y del derramamiento de su sangre para que todos, incluso aquellos cuatro muchachos que asistían a la iglesia precisamente con la sencilla y sospechosa intención de aceptar a Cristo como su Salvador Personal, se salvaran; y se habló de muchas otras cosas,

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de muchísimas otras cosas, ya que la oración fue demasiado larga, según la opinión de los cuatro nuevos discípulos. La voz anónima anunció entonces de manera solemne la entrada del apóstol Satanael Aguilar, y después que éste invitara a la concurrencia a apaciguar la emoción de que era objeto producto de su tan ansiada aparición, se oyeron nuevamente las notas de una musiquilla instrumental que impregnaba el ambiente y los corazones de una celestialidad alucinante. Los cuatro muchachos, por supuesto, no eran ajenos a toda esta parafernalia y mientras que a los demás asistentes esa mañana al Ministerio (que se contaban en miles) los cantos, la musiquilla instrumental, los aleluyas y la presencia del apóstol les producían un éxtasis parecido al efecto de ciertas drogas fácilmente adquiribles en el mercado, a ellos solamente les producía perplejidad, risa contenida y una especie de náusea de tanta estupidez junta en el mismo lugar. Pero no iban a dejar que la combinación de todas estas sensaciones diera al traste con lo que se habían propuesto. Habían llegado esa mañana al Ministerio con un solo objetivo: aceptar a Cristo como su único Salvador, sí, a Cristo, el que derramó por todos su sangre en la cruz del Calvario, el que dijo que se marcharía pero que a los tres días resucitaría, y el que se supone tuvo amores con María Magdalena. Tuvieron que soportar los temibles muchachos aquella representación, por momentos teatral, de la manifestación del poder de Dios en la tierra durante al menos una media hora. Se sucedieron ininterrumpidamente cantos, bailes, palmas, oraciones, prédicas menores por parte de miembros también menores de la iglesia, más cantos, más bailes, más palmas y más oraciones, hasta que al fin llegó la hora de que el apóstol Satanael Aguilar bajara del cielo las sagradas palabras del Altísimo. La voz quejumbrosa del santo enviado por Dios se apoderó de inmediato de los miles de hombres, mujeres y niños reunidos esa mañana en el Ministerio. Ningún ruido se oyó más allá de aquella voz. La atención que aquel

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hombre captaba era asombrosa. Los cuatro muchachos se sintieron de pronto más incómodos que nunca y uno o dos de ellos flaquearon por un momento en su propósito, porque les parecía que aquella era una acción demasiado arriesgada, pero los otros supieron mantenerse firmes y otra vez el grupo estuvo contagiado del ánimo inicial. Al final de su casi dolorosa prédica el apóstol invitó a pasar al frente, sobre el escenario, a “todas las almas pecadoras” que quisieran en ese momento “arrepentirse y aceptar a Jesucristo como su Salvador Personal”. Los cuatro herejes se vieron sus caras y casi al mismo tiempo sus cuatro narices expulsaron el aire que acababan de respirar para tomar impulso y se encaminaron hacia donde los esperaba la mano redentora del apóstol. Una vez arriba, los muchachos notaron que no habían sido los únicos en subir y que al lado permanecían en actitud sumisa unos quince ilusos recién tocados por el poder de la palabra. El ritual se inició con una música suave que arrancó escalofríos en la mayoría pero que a nuestros jóvenes héroes les produjo solamente algo de tedio. Uno por uno de los recién llamados por el Todopoderoso iba siendo tocado en su cabeza por la mano igualmente poderosa del pastor y cinco de ellos no pudieron soportar la fuerza divina que se concentraba en esa mano, al grado que cayeron desmayados en los brazos de varios hombres fuertes situados a sus espaldas. A todo esto los innumerables creyentes contempladores del acto frente al escenario se mantenían con sus brazos abiertos ofreciendo las palmas de sus manos al cielo, muchos de ellos con la cabeza como descolgada del cuello y llorando plácidamente. Era el clímax, la manifestación más perfecta del poder de Jehová, era justo el momento que los cuatro herejes esperaban para hacer su numerito. Alfredo era el primero en el orden. Esperó con sus ojos cerrados que Satanael posara su mano redentora en los escasos cabellos de su cabeza treintañera. Cuando lo hubo hecho, Alfredo soltó un grito de dolor que asustó a todos, empezando por el

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apóstol y terminando con sus mismos amigos, quienes también tenían preparada una sorpresa. El muchacho cayó hincado, con la cabeza baja, los ojos aparentemente cerrados, y Satanael dijo algunas palabras para encomendar su alma a Dios, mientras Ricardo, Simón y Wilmerio reprimían sus ganas de tirarse al suelo a carcajadas. Satanael avanzó hasta Ricardo, le puso la mano en la cabeza y empezó a orar por su alma. Entonces de repente se escuchó un llanto finísimo, como de recién nacido, cuya procedencia al parecer nadie conocía. No tardaron en identificar a Ricardo como el que emitía el angustioso llantito y todas las miradas se concentraron perplejas en él. Los pequeños gemidos y el sonar de su nariz fueron creciendo poco a poco hasta convertirse en un auténtico llanto sin consuelo, lo que, claro, aunado a la música suave y al estado de éxtasis casi general, provocó también lágrimas en muchos otros de los que se habían quedado abajo y no habían soltado aún las ataduras de su alma esa mañana. El resto del cuarteto, por supuesto, tuvo que reprimir nuevas risas. El turno era de Simón, el hereje precoz, el que sólo ambicionaba robarle carcajadas a la vida, y cuando sobre su cabeza cayó la mano del pastor él también puso su mano derecha en la cabeza de éste, acción que por supuesto Satanael trató de evadir, pero no pudo, ya que Simón parecía no sólo pretender hacer lo que ya estaba haciendo, sino también querer destriparle la santa cabeza al ministro del Señor. Esta vez Ricardo no pudo reprimir su risa y el apóstol se percató de ello, por lo que quizá empezó a sospechar una burla colectiva por parte de los muchachos. Pero antes que todo fuera descubierto faltaba el concurso de Wilmerio. Éste no esperó a que el enviado hiciera descender su mano sobre su testa y lo que hizo, en un arranque inesperado para todo el mundo, incluso para él mismo, que lo que había pensado hacer era una cosa muy distinta, fue arrebatarle el micrófono y empezar a soltar un discurso absolutamente anticristiano, que si no hubiera sido porque los otros lo persuadieron de abandonar el barco, hubiera

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motivado quizá la idea de una guerra santa en las devotas cabezas de la feligresía. Así que, conducidos por Alfredo, que había estado vigilando la salida más próxima desde hacía mucho tiempo, los cuatro herejes lograron escapar ilesos de la loca aventura de aceptar a Cristo como su Salvador Personal. 9 _____________________________________________________

NUEVE. Donde se cuenta la historia de Alfredo José Gamero López, periodista, con su amiga la china-rusa, quien le enseñó con sutiles maneras que no hay que ser tan santo en la vida; y por último, sus experiencias eróticas con La Guernica Alfredo nació en una casa pobre allá en el oriente del país, en un pueblo escondido entre montañas de espesa vegetación y riachuelos de aguas cristalinas. Su casa era sencilla, ya lo hemos dicho, de paredes de adobe revocadas con cal, techo de teja, suelo de tierra apisonada y letrina en lugar del tradicional retrete. Quizá a estas dos últimas características de su modesta casa se debían las detestables costumbres de escupir en el piso y de orinar en el retrete sin levantar la tapa que sus amigos le reprochaban constantemente. Pero no es esto el análisis de las costumbres de un individuo llamado Alfredo, sino más bien la historia de cómo llegó a convertirse en aficionado y practicante de la herejía. Sigamos entonces. A los diecisiete años salió de su pueblo con rumbo a la capital con la firme intención de cambiar el mundo. Ya no eran los tiempos aquellos en los que la juventud creía que había siempre solución para todos los desmadres de la sociedad, pero a Alfredo no se le podía exigir entonces que renunciara así como así a sus primeras manifestaciones de humanismo en la vida y por eso es

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que al nomás llegar a ese antiguo pueblo de mineros lo primero que hizo fue buscar afiliarse al cuerpo de socorristas voluntarios de la Cruz Roja. Pero no se le hizo el sueño de ayudar a la gente a través de los primeros auxilios. Un negro corpulento que se presentó con el nombre de Jacinto Crisanto y con el cargo de jefe de personal de la base uno de la benemérita Cruz Roja Hondureña le dijo que no había aún fecha establecida para el próximo curso de primeros auxilios para jóvenes aspirantes a socorristas voluntarios y que además en ese momento había una “sobrepoblación de elementos”, lo cual eliminaba cualquier posibilidad de que pudieran aceptarlo por lo menos en los próximos seis meses. Así que mientras llegaba el final del semestre que el imponente jefe de personal de la base uno de la benemérita le había impuesto como plazo de espera, se inscribió en la Universidad Nacional Autónoma en la carrera de lenguas extranjeras, la que, consideraba, le permitiría en el futuro tener un mayor y efectivo contacto con las distintas culturas del mundo. Entonces se topó en una de las paredes del edificio en donde recibía las clases generales con un anuncio acerca de un grupo ecologista de nombre “Aire puro”, y de inmediato apuntó el número telefónico y la dirección de su sede. Una joven de mediana estatura, piel canela, cabello liso, largo y negro, con los ojos rasgados y de color verde que respondía al ecléctico nombre de Ana Sergeyevna Quan lideraba el grupo. Alfredo se enteraría a los pocos días del origen de aquel curioso nombre. Ana había nacido hacía dieciocho años en Tegucigalpa, hija de madre taiwanesa y padre ruso, quien trabajaba aquí en el tercer mundo como agregado cultural de la Comunidad Económica Europea. Alfredo le comunicó a la sonriente muchacha su intención de enlistarse en el grupo y ella, además de inscribirlo, lo llevó a presentarlo a algunos de los otros voluntarios que se encontraban en el lugar, y mientras ella le informaba sobre todos los principios

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y reglamentos de la organización, él le miraba extasiado su linda carita graciosa. Podemos entender a partir de este momento que por lo menos de él hacia ella ocurrió eso que todo mundo llama con el cliché de “amor a primera vista”, pero que nosotros, atendiendo siempre a la necesidad de reivindicar la originalidad, le llamaremos simplemente “apendejamiento primario”. Semanas después, Alfredo comprobaría que su amiga Anita no sólo era experta en asuntos de voluntariado ecológico sino también en los asuntos concernientes al manejo de los delicados pudores inmaculados de muchachos pueblerinos. En otras palabras, Anita le hizo perder la virginidad de tal manera que a Alfredo no le importaría en adelante ninguna otra cosa que no fuera su práctica semanal pactada con la universal amiga. Las imágenes de aquella primera vez quedaron tatuadas en la mente de Alfredo hasta muchos años después, cuando conociera en el periódico en donde trabajaba a otra muchacha igual de dúctil en las artes amatorias, quien tenía muy bien trazadas todas las líneas de su cuerpo, con excepción de las de la cara, que recordaban cualquiera de esas pinturas cubistas de Picasso en las que se observa una superposición de planos, de modo que la muchacha en cuestión acabaría adoptando, sin saberlo, el nada amigable apodo de La Guernica; pero esa es otra historia, la que nos ocupa ahora es la de Alfredo con Anita la china-rusa. Todo sucedió así: un fin de semana en el que los padres de Ana se fueron a descansar a Valle de Ángeles, ella lo invitó a conocer su casa en la colonia Lomas del Guijarro. Él no sospechaba las verdaderas intenciones de la muchachita, quien lo fue conduciendo hacia la habitación del matrimonio ausente en donde, le dijo, había algo que quería mostrarle. Se trataba de una habitación inmensa cubierta en un ochenta por ciento con espejos. El más grande y que llamaba más la atención era uno ubicado en la parte más alta de la habitación, justo sobre la cama.

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Alfredo estaba ahora tan fascinado como la primera vez que vio a Ana en la sede de “Aire Puro” y así, inocente como era, se dejó empujar hacia la cama para que, según ella, pudiera apreciar mejor la magnificencia del espejo. Sumergido estaba en la contemplación de sí mismo en un lugar tan amplio y lujoso (hemos de recordar ahora la sencillez que rodeó siempre la casa del muchacho en el pueblo) cuando, de repente, sintió a su lado, cerca de su oreja izquierda, la respiración sofocada de su amiga. Entonces se percató en el espejo de la cercana presencia tentadora de Ana y volteó hacia ese lado en el que ella lo esperaba ya con la boca abierta y húmeda y con los ojos verdes fijos en la suya como rogando un beso largo, largo, que finalmente habría de producirse. Pero son sus inicios en la herejía lo que de la historia de Alfredo nos interesa, así que veamos. Anita, como él solía llamarle, acusaba una crisis de identidad derivada de su dispersa procedencia, lo cual, lógicamente, derivaba en una crisis en otros aspectos de su vida, incluyendo el de sus afinidades espirituales. Alfredo, que había asistido puntualmente en su niñez a la escuela dominical de la iglesia a la que su madre visitaba, conservaba, a pesar de algunos reveses propinados por la injusta vida (que es dada por Dios), cierta inclinación hacia las causas religiosas, por eso quiso “orientar un poco” a su amiga. Inteligente como era, Alfredo pensó que el mejor momento para hacerlo era el momento poscoital, puesto que es entonces cuando los seres humanos nos mostramos rendidos ante el mundo, ya sin armas y sin ganas de luchar y nos adentramos en esa nebulosa en la que las palabras, unas palabras inciertas y remotas, son lo único que queda. Pero si en el hombre el acto sexual representa la concentración absoluta de todas las fuerzas, la culminación de la locura, la satisfacción plena del deseo, al grado de no querer saber nada más de sexo una vez efectuada la eyaculación, en la mujer la situación es diferente. La mujer, contrario al hombre que da la espalda, ofrece su pecho y

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su abrazo infinito. El acto podrá saciar su apetito sexual, pero su ternura lejos de acabarse se magnifica. El sexo renueva su fortaleza espiritual y quizá también su fortaleza mental. Por eso es que Anita antes que verse sugestionada por las palabras de Alfredo, sintió que un ataque de risa afloraba en su garganta y no pudo reprimirlo aún con la cara consternada de su religioso amiguito. Desde entonces, Alfredo sabría que Ana respondería con alguna carcajada a cualquiera de sus avances religiosos y poco a poco también él reaccionaría con cierto humor a sus propias meditaciones en torno a la existencia de Dios. Así empezó a crecer en él el pequeño hereje que todos llevamos dentro, para decirlo con un cliché y que la plebe lo entienda, aunque en realidad este pequeño episodio no sea en lo absoluto complicado de entender, pero conociendo a la plebe… Dos años después Alfredo estaría ya completamente convertido en hereje. Pero ¿cómo es que de ser un muchacho humilde, discreto, tímido y casi religioso Alfredo pasara a ser un hereje consumado? Para contestar a esta pregunta habría que observar todo el proceso de transición que se efectuó en su alma desde que conoció a su amiga la china-rusa hasta que decidió trasladarse a San Pedro Sula, en donde calculó que su vida podría empezar a dar frutos, pero hacerlo sería contraproducente para el desarrollo de esta historia y nos conformaremos con abordar el curso de los principales acontecimientos producidos en el tiempo en que nuestro muchacho estaba ya radicado en la calurosa ciudad del norte del país. Fue ahí donde Alfredo decidió que ya no continuaría sus estudios en lenguas extranjeras, puesto que desde hacía algún tiempo su amiga la china-rusa había empezado a proporcionarle no sólo una perspectiva diferente en lo concerniente a las pasiones carnales, sino también en otras áreas del conocimiento humano. De las manos de la sincrética muchacha fueron pasando a las manos de Alfredo las obras de Lao Tsé, de Li Po, de Gao Xingian, de

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Pushkin, de Tolstói, de Dostoievski, de Turgueniev y de otros chinos y rusos menos conocidos, además de algunos considerados clásicos locales. Fue tan positiva la respuesta de Alfredo a aquellas lecturas sugeridas por la ecológica amiga que decidió matricularse nuevamente en la universidad, pero esta vez en la del Valle de Sula y en la carrera de Letras. Las cosas marcharon de manera normal en los primeros meses. Alfredo vivía en una colonia periférica de la ciudad en una pequeña habitación que la iglesia católica le cedía, junto a su alimentación y unos modestos honorarios, a cambio del cuidado de un anciano cuyo sostenimiento estaba también a cargo de la iglesia católica a través de un programa de asistencia para la tercera edad. Alfredo, cuya madre en el pueblo oriental del que provenía trabajaba como enfermera en un hospital, tenía también sus conocimientos generales sobre enfermería, y su vida, además de consumirse en el estudio de las letras, se iba también en sus deberes médicos para con el anciano. Pero como era de suponerse, este estilo de vida no tardó en socavar su aguante y por eso, ya encaminada su carrera en las letras, decidió probar suerte como profesor de español en el primer colegio que estuviera dispuesto a aceptar sus servicios, descuidando un poco sus responsabilidades con el anciano. Casi dos años anduvo Alfredo penando, ganando sueldos miserables en varios colegios privados del centro de la ciudad, de esos que privilegian el sentido de “pago a tiempo” antes que el de la calidad académica, tiempo durante el cual el anciano sufrió varias recaídas y finalmente la muerte, hasta que se enteró de que en los pasillos del edificio en donde recibía clases en la universidad el agente de un diario local hacía circular una hoja de inscripción para todos aquellos que consideraran tener aptitudes para el periodismo y estuvieran dispuestos a recibir un taller de una semana, del que seleccionarían a los mejores para trabajar como reporteros en dicho diario. Alfredo, claro, producto de sus cada vez más voraces lecturas, había empezado a escribir algunos

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textitos que pretendían ser cuentos pero que no lo eran del todo, y creyó que, si bien no lograba decentes productos literarios, su capacidad alcanzaba (y le sobraba) para redactar las fáciles notas que les publicaban a los mediocres periodistas en ese diario. Efectivamente. Él y otros tres participantes en el taller de periodismo fueron elegidos para trabajar en el diario en el rol de periodistas. Por su vocación hacia los temas relacionados con la cultura fue ubicado en la sección de Sociales, ya que para los jefes no había ninguna diferencia entre cubrir una boda de personajes importantes y cubrir la presentación de una obra literaria o la puesta en escena de una obra de teatro. Trabajando en el diario Alfredo conocería a La Guernica, de la que ya hemos hablado, aquella muchacha un poco descompuesta de la cara, pero que se cargaba un trasero con dimensiones similares a las de JLo o las hermanas Venus y Serena Williams y que, aseguraba el propio Alfredo, hacía el sexo de una manera formidable. Tan formidable era su accionar en la cama (o en la cocina, o en la sala, o en el baño, etc.) que el “Elogio del hemistiquio” y “La pasada del güevo genuflexo” llegarían a formar parte del caudal de mitos de toda la generación de amigos de la que Alfredo sería miembro en el mundo de las letras. Pero esa es otra historia que no nos corresponde escribir por ahora, bástenos con saber que ambos calificativos corresponden específicamente al acto de succionar testículos con la boca, del que La Guernica era muy aficionada, y que propiciaba en el pobre y casi inocente Alfredo una parálisis en la mitad de su cuerpo, dejando uno de los testículos en estado casi moribundo. Si Anita Sergeyevna Quan le había despertado en su primera juventud el instinto sexual, no fue sino hasta que conoció a La Guernica que Alfredo supo definitivamente lo que era tener sexo de verdad, sexo sexo, no babosadas y untaditas de saliva de cipote pueblerino. Naturalmente, a estas alturas y con la cuota de experiencia vital obtenida en los últimos años, Alfredo ya se había

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despojado de su lastre religioso y entre más libros leía, más valor le otorgaba al sentido de la libertad. En casos como éste es que podemos entender aquello de “más libros, más libres”. Así también lo entendería Alfredo más tarde, cuando se adhiriera a la causa hereje con sus otros tres amigos. Todos esos ilusos que se la pasaban dizque adorando a Dios en las iglesias no podían de ninguna manera ser libres, puesto que toda su experiencia lectora se reducía a la lectura de un solo libro: la biblia; entonces en lugar de alcanzar a subir el primer peldaño de la libertad, lo que conseguían era bajar toda la escalera de la esclavitud del pensamiento, o sea prácticamente de la ignorancia. Era lo que Alfredo pensaba.

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DIEZ. Donde se resume, por fin, la manera en que cada uno de los protagonistas de esta historia se convirtió en hereje y la ocasión en que se conocieron y se hicieron amigos ¿Cómo cada uno de ellos había llegado a ser hereje? Pues ya están claras las particulares situaciones que se produjeron en algún momento de sus vidas. Sin embargo, más allá de la influencia que pudo haber tenido una o varias personas sobre ellos, podríamos extraer un factor común: la duda. Siempre fue la duda lo primero que se instaló en la conciencia de estos cuatro herejes posmodernos. No hubo necesidad de que se produjera alguna convulsión social, algún escándalo eclesiástico como el que se maneja subterráneamente acerca del abuso sexual y psicológico de sacerdotes a niños en todas partes del mundo, o el del manejo del poder por parte de las autoridades superiores de la iglesia, o el costo millonario que representa sólo la manutención del Papa y su séquito, sin hablar del gran negocio en que se ha convertido en la actualidad el establecimiento de iglesias protestantes. La duda solamente, conciente o inconsciente, esa duda que debería atizarse en los niños desde su etapa escolar, e incluso en la familia, fue lo que cambió la vida de estos cuatro muchachos.

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Wilmerio dudó por primera vez siendo un niño y a medida que fue creciendo y con esa voluntad incesante de aprendizaje la duda se ensancharía. Simón, durante su niñez y ya entrado en la juventud, nunca supo que dudaba. No podríamos responsabilizar a Gladisita, es cierto, de la convicción final del muchacho acerca de las cuestiones religiosas, pero algo tuvo que ver, una tocadita apenas perceptible sobre su alma de niño inocente, para alterar un poco el orden de sus ideas infantiles. Ricardo dudó del bien que podrían producir las iglesias desde que una de ellas se fue a instalar casi frente a su casa, y más adelante, al conocer a su puta devota, que alternaba el oficio de coger con el de orar y cantar en una iglesia, esta duda se afirmaría. Y Alfredo, probablemente el que más tarde que todos empezó a cuestionar sus propios principios morales y religiosos, dudó por primera a vez cuando su amiga china-rusa se burló de él. Presumo que Los Herejes se conocieron durante una conferencia titulada: “La iglesia y la herejía: dos historias paralelas”, que un catalán, autor de varios libros sobre el tema, ofreció en el auditorio del Museo de Antropología e Historia. Existe, sin embargo, la posibilidad de que se hubiesen conocido antes, si no los cuatro, al menos dos o tres de ellos cuando, según me informaron, conformaban un grupo en la ciudad al que todos llamaban “Los Malditos”, con mucho parecido al grupo de Los Herejes y al parecer dedicados a una actividad similar a la de estos: el “contraterrorismo artístico”. Pero esa es una historia que no me correspondería a mí contar. Mejor sigamos. Vicent, que era el apellido del catalán, realizó, durante la hora y media que duró la conferencia, un recorrido por la historia del cristianismo al par del surgimiento de los primeros grupos o sectas que lo cuestionaron, a los que llegó a llamarse “herejes”, un término que en su intención despectiva se alejaba bastante del sentido original (herejía, del griego “hairesis”, elección propia).

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Los cuatro jóvenes, que aún no se conocían, llegaron, cada uno por su lado, curiosos por el morbo que despertaba en ellos el tema. Cuando la participación del catalán hubo terminado y se dio paso a esa insoportable etapa de las preguntas o los comentarios del público, tres ilusos, cristianos empedernidos, intentaron cuestionar con argumentos insostenibles y palabras y frases enrevesadas el enfoque de la misma. El catalán, cuyo profesionalismo no le impedía el cultivo del sarcasmo y la ironía, los despachó eficientemente en tres cortas respuestas, una para cada uno, que al oído del resto del público asistente parecieron tres chistes burlones y felices haciendo el silencio avergonzado en sus tres bocas imprudentes y las risas de casi todo el auditorio. Para Wilmerio, Simón, Ricardo y Alfredo fue como si de inmediato se hubiera establecido la conexión en un circuito común destinado a propiciar la iluminación de la cara de los tres cristianos derrotados. Sus carcajadas, en las tres ocasiones que tuvieron a su disposición, formaron un coro compacto sobre el resto de las risas, y al cabo de la última ya los cuatro se habían identificado mutuamente, de modo que al finalizar el evento se vieron formando un cuadrado perfecto, con sus manos y sus bocas llenas, a escasos dos metros de las mesas de boquitas. Desde que se conocieron (en el caso, por supuesto, de que se hubieran conocido el día de la conferencia) y supieron del común denominador de sus espíritus en contra de las creencias cristianas, se propusieron colaborar con la sociedad en el sentido de hacer una depuración de estas creencias aceptadas por la mayoría. Así, después de establecer un lugar fijo para sus reuniones, al que llamarían “La casa del hereje”, y antes de emprender sus primeros proyectos de herejía, decidieron que debían empaparse de toda la teoría posible acerca del tema y conformaron entonces lo que secretamente llamaron “La escuela del hereje”.

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Recordaron la etimología de la palabra herejía: del griego “hairesis”, elección propia, y se contentaron en saber que la de ellos cuatro era eso, una “elección propia”, opuesta a la elección de los idiotas cristianos, casi siempre motivada solamente por el mezquino interés de alcanzar la vida eterna y de paso evitar el castigo del infierno; todo ello en el supuesto, claro, de que Dios existe, porque ¿qué tal si dicen que no existe, y se equivocan?, así que mejor no corren el riesgo y dicen creer en Dios, aunque no se lo crean de verdad, aunque todos los días lo contradigan sus actos o sus pensamientos, aunque sepan, en el fondo, que creer en Dios no sirve para nada, aparte, claro, de evitar un castigo divino en el caso de que exista, y de paso comprarse el boletito de ida a una eternidad pintada de blanco con ángeles aburridos que se la han de pasar cantándole a Dios, adulándolo a más no poder, porque quizá en esa eternidad lleguen a prometerles otra eternidad, una eternidad primera clase, porque quizá todo se trate de ir escalando niveles, el nivel de la primera eternidad si decís creer en Dios, el nivel de la segunda eternidad si le cantás y lo pajeás todo el día y toda la noche, y el nivel de la tercera eternidad, la definitiva (esperemos), para los que hayan cumplido con todos los requisitos en las eternidades previas. Estudiaron Los Herejes la historia del gnosticismo, que floreció durante los siglos II y III y supuso un desafío para la cristiandad ortodoxa. Se enteraron de cómo se había originado el universo: Sofía (sabiduría), una divinidad menor nacida del Dios original, manifestó el deseo de conocer al Ser Supremo. Este deseo ilegítimo propició el nacimiento de un demiurgo, deforme y vil, que creó el universo. Aprendieron también nuestros cuatro amigos herejes que los gnósticos identificaban al dios mal en el Antiguo Testamento, quien mantenía a la humanidad sumergida en la ignorancia, como castigo por su intento de alcanzar el conocimiento. Así entendieron los gnósticos la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, el diluvio y la destrucción de Sodoma y Gomorra.

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Se rieron Los Herejes, en esta parte de su lectura, de los pobres cristianos, porque no se habían dado cuenta aún de su propia ignorancia, y sintieron lástima por ellos, pero también rabia, por ese empecinamiento que tienen de querer a güevos hacerle ver a los demás que están equivocados, que el único camino conveniente es el camino de Dios, y decidieron proseguir la lectura y su estudio, para tener más argumentos en su contra que la sola bilis que hasta ahora los había colocado en el bando opuesto, el de la resistencia. Supieron del Arrianismo, que fue una herejía cristiana del siglo IV d.C que negaba la total divinidad de Jesucristo y que recibió el nombre por su autor, Arrio; de los albigenses, que creían que toda la existencia se debatía entre dos dioses: el dios de la luz, la bondad y el espíritu, generalmente asociado con Jesucristo y con el Dios del Nuevo Testamento, y el dios del mal, la oscuridad y los problemas, al que identificaban con Satán y con el Dios del Antiguo Testamento; de los bogomilos, que fueron los miembros de una secta religiosa que surgió en el siglo X en los Balcanes, quienes sostenían que el primer hijo de Dios fue Satanael, un ángel rebelde creador de un mundo de problemas y de seres humanos. El Supremo Padre les otorgó la vida a estos seres humanos; sin embargo, Satanael mantuvo esclavizado el espíritu de la vida hasta que un segundo hijo de Dios, llamado Logos o Cristo, bajó del cielo y, adoptando un cuerpo espectral, rompió el poder del espíritu maligno, el que desde ese momento fue llamado simplemente Satán. En 1,118 el emperador bizantino Alejo I Comneno ejecutó al líder de la secta por considerarlo hereje. Nuestros herejes, socarronamente, decían ser arrianistas en el sentido de que cuestionaban la divinidad de Cristo, y en cierto modo albigenses en el sentido de que creían que toda la existencia humana se debatía entre dos dioses: el dios de la estupidez, representado por los creyentes cristianos, y el dios de la resistencia a la estupidez, representado por ellos cuatro. El curioso

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cuarteto reía tratando de identificar sus afinidades con las diferentes sectas herejes de la historia. Pero en sus reuniones en La casa del hereje no se dedicaban exclusivamente los muchachos a estudiar el tema de la herejía. Hablaban, como cualquier grupo de jóvenes, de muchas otras cosas, y todo casi siempre aderezado con una buena dotación de cerveza y marihuana, hierba cuyo uso ellos entendían, al igual que lo entienden esos admiradores fervientes de Bob Marley, como un puente hacia la divinidad, aunque esta divinidad no les importara demasiado. No podía decirse que estos buenos muchachos fueran borrachos o drogadictos, porque ninguno de ellos era un desesperado buscador de drogas o alcoholes, casi a excepción de Simón, que cuando empezaba a beber resultaba muy difícil detenerle, por lo que había que recordarle continuamente su compromiso con la causa hereje y la lucidez mental que ésta demandaba, y entonces se lograba calmarle un poco los ánimos. Sin embargo este tipo de nepentes llegaba a entusiasmarlos sobremanera, al grado que en algunas ocasiones sacrificaban sus originales intenciones de realizar una simple y rutinaria reunión de La escuela del hereje sólo porque a alguno se le ocurría comunicarles a los demás que había adquirido una buena dotación de cannabis de la más alta calidad. Qué muchachos aquellos. Pero ya les dije, eran unos muchachos normales, y no íbamos a esperar que su vida estuviera destinada exclusivamente a la causa hereje. También tenían otras pasiones y otras debilidades. Eran solamente unos muchachos normales que, para no aburrirse demasiado, se dedicaban a planear la conjura más insólita que se haya visto jamás en estas honduras donde les había tocado vivir sus días de juventud. Eran unos buenos muchachos; podían preguntárselo a cualquiera y les hubiera dicho lo mismo.

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ONCE. Donde se refiere la aparición de Satanael Aguilar en el Ministerio y la manera en que se erigió como líder plenipotenciario El oscuro personaje había surgido de las misteriosas entrañas de la idiotez popular. Su nombre: Satanael Aguilar. Ocupación: pastor de iglesia. Apelativo: El Apóstol. Llegó a congregar a un promedio de diez mil personas cada domingo en un inmenso salón techado que parecía depósito de aviones. Ahí funcionaba su iglesia, a la que él llamaba “El Ministerio”. Su popularidad fue en ascenso desde el día en que cumplía sus treinta y tres años y casi le arrebató el micrófono al pastor de turno de la modesta iglesia a la que entonces asistía para pronunciar un almibarado discurso en el que propuso –cual eclesiástico revolucionario- reformar las estructuras de la iglesia para ayudarla a incrementar su poder y así lograr una participación más directa y afectiva en los asuntos nacionales, no sólo espirituales sino también, por qué no, políticos. Su discurso, para qué decirlo, resultó un tanto anacrónico, pues lo único que se pretendía en el momento en que el pastor le soltó el micrófono era decir una oración y después cantar unas dos

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alabanzas por motivo de la conmemoración de su natalicio. Sin embargo, supo surtir en los oyentes (unos trescientos fieles) el efecto que se proponía. En adelante el mismo pastor le cedía un espacio de su tiempo en el púlpito para que repitiera su arenga y pronto llegó a considerársele como el candidato idóneo para sucederlo en la jefatura eclesiástica. Y así, un veinticinco de diciembre, el concilio de ancianos de la iglesia lo nombró pastor de ese rebaño ávido de su voz. Lo primero que Satanael hizo fue eliminar la estructura del concilio que lo nombró y en su lugar nombró cinco miembros en distintos puestos estratégicos que él ponderaba como claves para el inicio del levantamiento de la iglesia. Después de él, que era la máxima autoridad, estarían un administrador general y su asistente, encargados del correcto manejo de las ofrendas y los diezmos, de la maximización de los recursos ya existentes y, por supuesto, de la planeación. También sería necesario un contador general y otro auxiliar, quienes tendrían que mantener actualizadas las cuentas y los estados financieros de la iglesia, aparte de mantener informados al administrador y al pastor en cuando a la liquidez de la Santa Obra. El último miembro del quinteto sería un asesor legal, necesario siempre en toda organización para salvaguardar los intereses de la misma, según palabras del pastor. La enorme responsabilidad de administrar la iglesia recayó en la esposa del pastor Satanael, y su asistente fue un reciente miembro a quien nadie, excepto Satanael y su familia, conocía. El contador general surgió voluntariamente de entre la congregación e inmediatamente su nombramiento fue confirmado por el jerarca, y el puesto de auxiliar lo ocupó una hija del mismo. En la asesoría legal Satanael colocó a una persona ajena a la iglesia, un abogado con sobrados méritos para ocupar tan importante puesto. Surgieron, obviamente, los comentarios de rigor: “por qué la esposa de administradora”, “de donde salió este nuevo miembro

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elegido como asistente”, “y este otro por qué se ofrece de voluntario para el puesto de contador”, “por qué la hija de contador auxiliar”, “los abogados no son cristianos ni personas honestas”, pero Satanael con nuevos y variados discursos les razonó las ventajas de que esos puestos fueran ocupados por las personas que los ocupaban, y entonces todos quedaron sosegados y hasta convencidos de que éste sería el levantamiento de su iglesia. Al cabo del primer trimestre los cambios eran notables: la iglesia fundó La casa de barro, una empresa encargada de fabricar y comercializar productos decorativos de cerámica y barro con el objeto de generar fondos para iniciar el levantamiento de la iglesia. Se encargaron más de trescientas camisetas con un logotipo de la iglesia diseñado por otro de los hijos del pastor. Los miembros debían adquirirla por la cantidad de ciento cincuenta lempiras y constituirían el uniforme obligatorio de los domingos, para así diferenciarse del resto de las iglesias que, en su mayoría, estaban alejadas del verdadero camino sagrado. Para el segundo trimestre, cuando la fe en su pastor empezaba a flaquear en los creyentes, el contador general y la administradora brindaron el primer informe de la situación financiera de la iglesia, que arrojó datos sorprendentes: se habían generado más de cincuenta mil lempiras por concepto de la venta de camisetas, de los cuales veinte mil representaban el costo neto, o sea más de treinta mil lempiras de utilidad; el área de ofrendas y diezmos reportaba en esos seis meses una cantidad de trescientos ochenta y siete mil novecientos cuarenta y dos lempiras con sesenta y cinco centavos; y La casa de barro, en poco más de tres meses de funcionamiento, había logrado recuperar la inversión inicial y se mantenía funcionando de manera independiente a los recursos de la iglesia. Fueron tres simples datos los que se informaron, tres pirujos datos nada más, pero como hasta ahora nunca en la historia del cristianismo las autoridades de una iglesia habían hecho tal

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cosa, o sea, informar acerca de la riqueza de sus arcas, los fieles cristianos estallaron jubilosos, saltaron, gritaron, entonaron cantos de alabanza al Altísimo, se abrazaron, rieron y lloraron de felicidad, hasta que el pastor Satanael subió al estrado e inició un nuevo discurso cuyo tema central era nuevamente el levantamiento definitivo de la iglesia. A Satanael Aguilar se le llamó primero “El Ministro”, puesto que era la máxima autoridad del Ministerio, pero pronto, quizá gracias a la popularidad que llegaron a adquirir sus extraordinarias predicciones (que él llamaba profecías y que más que todo tenían que ver con la economía de la iglesia) se le atribuyó tácitamente el apelativo de “apóstol”, aunque más exacto hubiera sido atribuirle el de “profeta”. Su figura ya no sólo demandaba el respeto correspondiente a tan alto puesto en la iglesia, sino también una especie de “santidad”, derivada obviamente de su reciente investidura como apóstol. Y aprovechando esta ventaja de su ascendencia sobre tantos ilusos pronto pudo reunir los recursos y el favor necesarios para fundar primero: una organización denominada (por él mismo, claro) “Hombres cristianos de negocios”, destinada, en pocas palabras, a la venta de indulgencias a todos estos hombres que, concentrados en sus múltiples ocupaciones, no tuvieran suficiente tiempo para dedicarse a Dios, por lo que en la reunión semanal de dicha organización se presentaría la oportunidad idónea para hacerlo, a través de los opíparos almuerzos y similares ofrendas que ofrecerían a un selecto grupo de miembros del Ministerio; y segundo: un canal de televisión, que funcionaría, entre otras cosas, para fortalecer la imagen del Ministerio, y de su apóstol, por supuesto.

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DOCE. Donde se hace un recuento de las lecturas de los cuatro muchachos herejes De los cuatro herejes Simón y Ricardo eran los únicos que leían literatura, aunque debe aclararse que Simón se inclinaba más por la literatura erótica y Ricardo casi exclusivamente por los escritores estadounidenses, sobre todo los de la generación perdida. Los libros favoritos de Simón eran los del Marqués de Sade, entre los que destacaban Filosofía en el tocador y Las 120 jornadas de Sodoma, pero había logrado conformar una pequeña biblioteca en la que también figuraban otros libros: el Kamasutra de los hindúes, Teresa filósofa, de un autor anónimo que se presume es Diderot, los Diarios, de Anaís Nin, Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, de Henry Miller, la poesía de Safo, una antología del cuento erótico centroamericano titulada El círculo del cobre, un libro de cuentos de un autor local titulado Las virtudes de Onán, que trata de la vida de un masturbador en serie, un extenso ensayo escrito a cuatro manos y titulado La ceremonia del porno, y los poemas dispersos de unas cuantas afiebradas feministas del país cuyo contenido es explícitamente porno.

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Ricardo, en cambio, sólo por joderle la vida a los izquierdistas de pacotilla que tan mal le caían, leía a aquellos autores provenientes del imperio, aunque no necesariamente fueran proimperialistas, además de los latinoamericanos como Borges, que alguna vez recibió una condecoración de manos del dictador Pinochet; Octavio Paz y Carlos Fuentes, ambos nacidos en el seno de la burguesía, que en el pasado habían sido diplomáticos (aunque el primero renunció después de la matanza a los estudiantes de Tlatelolco); Vargas Llosa, denodado derechista, pero al que le venían muy poco a cuento las tendencias políticas a la hora de hacer literatura; y así seguía la lista de escritores para quienes la literatura era únicamente literatura y no propaganda política. De Wilmerio se sabía que el último libro leído había sido El testamento geométrico, de Rafael Dieste, un libro que, por su título, restituía en la memoria de todos los días en que el joven era estudiante de ingeniería, pero que, como habrían de saberlo después, era un libro profundamente filosófico. Desde que ese libro cayera en sus manos, enviado por un amigo misterioso de Chile o de España o de México, quién podía saber de dónde, parecía Wilmerio haberse olvidado por completo de sus amados libros de filosofía. Era el único libro que no prestaba a nadie, y por eso era un libro misterioso para todos. Lo único que los demás sabían era que desde que Wilmerio empezó a leer ese libro se volvió un poco más loco de lo ordinario. Le daba por hacerle preguntas extrañas a cualquiera en cualquier momento, sin que viniera a cuento. ¿Cuál es la forma del alma? ¿Dónde se encuentra el punto de inflexión del mal en la conciencia? ¿Cuál es el área de la razón? El interrogado debía entonces inventarse una estratagema para huir, y ahí quedaba Wilmerio, sumido en el profundo azul de sus ideas geométricas o filosóficas. Sin embargo, y esto ya es hartamente sabido por los lectores, Wilmerio había leído en su época de estudiante de filosofía muchos libros sobre esta materia y otros

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tantos de cuando estudió ingeniería industrial, aunque, lo repetimos para dejarlo bien claro, en el tiempo que corresponde a los hechos de esta historia, Wilmerio, como lector, es recordado única y exclusivamente por pasarse el tiempo leyendo un libro titulado El testamento geométrico. Alfredo, por su trabajo de periodista, se veía obligado a leer casi exclusivamente los títulos que le indicaban sus jefes en el periódico: García Márquez, Isabel Allende y Paulo Coelho. El más célebre de los tres autores para todos sus compañeros periodistas era, sin duda, el brasileño. En él encontraban esa combinación de historia, romance y misticismo, la formulita perfecta para hacer picar a los pobres de espíritu y de seso. “Literatura para rehabilitados”, le había llamado alguien, “Para los que confunden la literatura con el teléfono de la esperanza”, dijo otro. Ya el resto del hereje cuarteto había empezado a sospechar “pérdida de la capacidad cognoscitiva” en su amigo “periodejo”, producto de sus obligadas lecturas en el rotativo, por lo que en determinado momento se vieron en el deber “moral” de reencaminarlo hacia lecturas más provechosas, entre las que contaban, por supuesto, las designadas en las reuniones de La escuela del hereje. Para qué, dirá el lector, enumerar las lecturas de estos cuatro pendejos. De qué nos sirve, más que como relleno de cuartillas, saber que a uno le gustan los libros de sexo, que este otro prefiere la literatura gringa, que aquel otro lee obsesivamente un libro entre científico y filosófico y que al último se le jodió el gusto lector en un periódico. Pues en realidad así es, ésta es información innecesaria para el lector, en nada aporta a lo relevante de esta historia, que es simplemente dejar constancia del loable trabajo de estos cuatro muchachos, héroes modernos de país tercermundista. Pero díganme cómo si no es enumerando sus lecturas, puesto que sus lecturas eran parte esencialísima de su condición de ser en el mundo, podríamos acercarnos, díganme si no, un poco más a estas cuatro mentes herejes. Pues, así como dijo

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Borges, que uno no es lo que es por lo que escribe sino por lo que ha leído, también podríamos decirlo en el caso de nuestros cuatro héroes: uno no es lo que es por lo que jode sino por lo que ha leído; y de estos muchachos bien podrían decirse muchas cosas negativas, pero nunca nadie podría llenarse la boca diciendo: “Estos no han leído ni mierda”. Y no es que se trate aquí de buscarle a güevos la relación a las lecturas de los muchachos con sus actividades herejes, se trata únicamente de apuntar que, así como dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, aunque en este caso nada tienen que ver las relaciones de pareja, también, generalmente, detrás de un gran proyecto hay unas grandes lecturas. Y todos los proyectos de Los Herejes eran motivados por aquel mismo gusanito que les entra en el organismo a quienes se convirtieron alguna vez en voraces lectores. Desde que empezaron a leer, esas lecturas, distintas entre sí, llegaron, sin estar conscientes de ello, a unirlos en un solo propósito. Cada uno por su lado fue tomando conciencia de su papel en el mundo y en la vida del mundo; “se volvieron mundanos”, dirían los cristianos, hasta que el destino los unió en una sola causa: joderles la vida a los pobres, pobrísimos cristianos que se mueven, como disciplinadas hormigas, en todo lugar del planeta a toda hora.

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TRECE. Donde se refiere todo lo relacionado a un plan de secuestro, a los mensajes que Los Herejes escribieron en el edificio del Ministerio, el revuelo que esto causó, y finalmente a la razón del nombre Satanael Ya no había sol en la tarde de ese día, ni lo hubo en los otros días, se había hundido quizá en un abismo insondable, como una metáfora del fin de la razón y de la cordura. Oscuros nubarrones cerraban el cielo. Una suave lluvia había caído durante breves minutos para lavarlo todo y dejar en el ambiente el entrañable olor a tierra húmeda. A esa hora, cuando pueden verse en las aceras a los empleados públicos saliendo de sus oficinas y las calles son un río interminable de carros hacia todas direcciones, los cuatro muchachos herejes, en el interior del carro del hermano de Ricardo, repasaban el plan para el secuestro del denominado apóstol Satanael Aguilar. Ricardo conduciría el carro hasta llegar exactamente a tres cuadras de distancia del Ministerio. El apóstol debía pasar por ahí más o menos a las cinco de la tarde. Al verlo aparecer por la bocacalle y dirigirse hacia ellos, Ricardo le bloquearía el paso mientras por la retaguardia Wilmerio, Simón y Alfredo, con sus respectivas medias femeninas enfundadas en sus cabezas, le impedirían retroceder con las puntas de sus armas

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(unas armas de juguete que consiguieron con hermanitos, primitos o vecinitos). Luego entre los tres lo introducirían al turismo vidrios polarizados y lo llevarían a uno de los campos bananeros cercanos a la ciudad para abandonarlo ahí después de despojarlo de sus santísimas ropas y obligarlo a masturbarse en el orificio de una de las matas de banano mientras ellos filmaban el acto. Todos estuvieron de acuerdo con lo establecido: nada de nombres propios, ningún tipo de alusiones a nada, nada de quitarse la media de la cabeza, nada de permitir que la víctima observara con detenimiento las armas, nada de violencia excesiva, sólo jaladas de pelo o coscorrones, si la víctima ofreciera resistencia, y durante todo el trayecto hacia el campo bananero Alfredo leyendo con su voz profunda la oración del hereje, recién redactada por ellos cuatro. Pero pasó el tiempo, empezó a anochecer y el apóstol nunca apareció. Sumidos en un largo silencio estaban después de alternar distintas opiniones acerca de por qué no se había hecho presente al sitio de la emboscada el mentiroso ministro del Señor, cuando del fondo de la calle se escuchó venir la musiquilla instrumental que ya los cuatro habían tenido oportunidad de escuchar el día de la asunción en sus corazones de la misericordia de Cristo. Entonces decidieron repetir la operación tres días después, con el inicio de la próxima semana, siempre y cuando fuera posible que Ricardo volviera a convencer a su hermano para el préstamo del vehículo. El lunes a las cuatro ahí estaban de nuevo. Repasaron el plan una vez más. Pero igual que la vez anterior, Satanael Aguilar no apareció. Así que abortaron definitivamente la operación, y en cambio, aunque ésta fuera una acción provisional en contra de quien los había ya burlado, sin saberlo, dos veces, decidieron que en la madrugada del siguiente día irían a manchar las paredes del Ministerio con mensajes alusivos a su santo líder. El miércoles uno de los periódicos locales informó, desde su portada, del atentado en contra de tan sacro recinto, y para

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ilustrar la nota publicaron una fotografía del inmenso mensaje principal que los cuatro herejes habían escrito en la pared frontal del edificio, justo al lado de la puerta de entrada, que rezaba (perdón por el verbo) así: Llámenlo Satán a él: Satanael Éste y los otros dos mensajes, uno a la derecha y el otro a la izquierda del edificio, estaban firmados por quien menos se hubiera pensado: Dios Obviamente la nota causó cierto revuelo, no sólo entre la feligresía, sino también entre los ciudadanos comunes y corrientes, mundanos y pecadores, lectores del periódico ese día, al grado que los otros medios de comunicación no quisieron desperdiciar la oportunidad de aumentar sus índices de percepción entre el público y rápidamente se apostaron frente a las instalaciones del Ministerio para captar las imágenes de lo sucedido y darle seguimiento a la noticia; pero se encontraron con una cuadrilla de jóvenes, hombres y mujeres, encargados de borrar, mejor dicho tachar, aerosoles en mano, la evidencia de la herejía. Los sagaces periodistas, sin embargo, lograron interesantísimas reacciones de los jóvenes acerca del atentado y convencidos de que la noticia daba todavía para mucho más se fueron luego a buscar, cada uno por su lado, al máximo líder espiritual de la iglesia, quien seguramente tendría las palabras definitivas en representación de la institución religiosa. He olvidado narrar lo ocurrido el día anterior en la sala de redacción del periódico que primero publicó la noticia. A las nueve de la mañana, justo después de que los periodistas salieran de sus reuniones con los editores de sus respectivas secciones, el editor de las noticias locales descubrió en su escritorio un mensaje anónimo en el que se informaba del hecho. Nunca el editor llegó a

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conocer la identidad de la fuente, por lo demás innecesaria, pero nosotros que todo lo sabemos podemos sospechar que se trató nada más ni nada menos que de Alfredo, sí, Alfredo, uno de los cuatro herejes perpetradores del sencillo atentado, quien trabaja en ese periódico y, siendo fiel a su condición de periodista, no quiso que se perdiera la exclusiva. El sábado, tres días después de aparecida por primera vez la noticia, este mismo periódico publicaría una entrevista a dos páginas en su sección “El personaje” con el ahora archifamoso Satanael Aguilar, apóstol del Ministerio, en donde, entre otras cosas, se le preguntaba qué había de cierto en el mensaje principal dejado por los herejes, o sea qué tanto tenía de diablo él, que se decía era más bien un apóstol de Jehová, a lo que contestaba que efectivamente él era un apóstol al servicio de Yahvé y que la relación de su nombre con el nombre del diablo era pura casualidad, nada más que eso: casualidad pura, quede claro. El lunes siguiente el otro diario local publicaría una nota curiosa relacionada con el tema éste, tan llevado y traído en los últimos días. El diario le dedicaba una página completa al descubrimiento hecho por uno de sus acuciosos periodistas acerca del nombre del apóstol Aguilar. Resulta que Satanael fue el nombre del primer hijo de Dios, según las creencias de una secta hereje que existió allá por el siglo X en los Balcanes, un ángel que se le rebeló a Dios y que después sería llamado simplemente Satán. La enorme coincidencia del nombre del máximo líder religioso del país con el del mismísimo diablo levantaría todavía más polvo en el asunto, al grado que el siguiente paso del periodismo nacional, ahora involucrado absolutamente con el tema, fue investigar la razón por la cual los padres del apóstol decidieron endosarle tan simpático nombrecito. A todo esto, los herejes se frotaban las manos; el asunto marchaba mejor que lo previsto.

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La madre, única sobreviviente del matrimonio, vivía prácticamente olvidada por el ojo de Dios en un pueblecito situado en la espesura de la selva misquita en el oriente del país. La octogenaria le refirió al periodista de un canal de televisión capitalino una curiosa historia que, lejos de dejar mal parado al apóstol, le otorgaría en adelante la nada despreciable investidura de santo. Éstas fueron las palabras que el periodista y el camarógrafo captaron y que dos días después, sin mucho trabajo de edición, los televidentes del noticiero TVN escucharían, al tiempo que, enternecidos por la imagen de la santa madre del apóstol, confirmaban la santidad de éste, pues no podía ser menos que un santo quien hubiese nacido en las condiciones en que Satanael nació. Escuchemos pues, o leamos, las palabras de la anciana: “Cuando mi hijo nació nadie creyó que podría sobrevivir mucho tiempo. Pesó apenas libra y media y le costaba respirar. Por eso lo tuvieron bastante tiempo en el hospital, en una camita cerrada de vidrio en donde le entraba aire para que no se muriera ahogado. Es que yo tenía casi cincuenta años y ya no era buena para parir hijos. Después me lo entregaron. Me dijo el doctor que lo dejaba a las manos de Dios, que él ya no podía hacer nada. Así que me lo traje para acá, para La Mosquitia, que era donde mi marido trabajaba y yo me ganaba la vida lavando ajeno. Cuando Chimino lo vio se asustó mucho y hasta se enojó conmigo. Dijo que yo era una vieja inútil que ni para parir hijos servía, que para qué le había traído a ese pedacito de gente con cara de diablo que tampoco iba a servir para nada en la vida, si es que acaso aguantaba una semana. Pero mi niño aguantó, aunque yo tampoco creía que aguantaría. Para que no le diera frío yo lo metía en un maletincito que tenía. En ese mismo maletincito me lo había traído de Tegucigalpa, sólo que le dejaba sueltas las correas de arriba para que le entrara aire. Pero aquí, la mayor parte del tiempo lo mantenía acomodado sobre unos trapitos dentro de una caja de baterías Yojoa, y así me lo llevaba al río cuando tenía que ir a lavar la ropa, porque si lo

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dejaba en la casa Chimino era capaz de agarrarlo para ir a botarlo a un barranco. A los tres meses lo fui a inscribir a la municipalidad. Le puse Satanael porque recordé que Chimino había dicho que parecía diablo y quise recordarle ese pecado durante todo el tiempo que el niño estuviera vivo. Y le puse mi apellido, Aguilar, no el de Chimino, porque nunca lo quiso. Qué cosas las de la vida. Ahora a Chimino se le remuerde la conciencia cuando alguien le dice que Satanael es pastor en una iglesia allá en San Pedro, como que le da miedo que un día venga Dios a pedirle la cuenta por ese gran pecado de no haberlo querido nunca sólo porque lo miraba chiquito, feo y enfermito. Pero Dios sabe por qué hace las cosas. Mire usted ahora, hay quien dice que Satanael hasta va a llegar a ser presidente de la República. Eso yo no me lo creo, lo que sí creo es que mi hijo vino al mundo para ser un santo, por eso es que dicen que lo quiere tanta gente. Yo no sé si eso de que lo quieran es cierto, pero yo sí lo quiero.” Muchos fueron testigos esa noche del testimonio de la madre del apóstol y en adelante nadie que fuera cristiano o que al menos tuviera un mínimo de sensibilidad cristiana volvió a dudar de su santidad, a pesar del nombre. Los Herejes, entonces, ya no se frotaban las manos. En lugar de haber arruinado la reputación del apóstol, como era su intención, contribuyeron a solidificarla y a acrecentar su fama en todo el país e incluso en el extranjero. Había que hacer algo rápidamente, pero no sabían qué.

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CATORCE. Donde el autor da fin a la curiosa historia de Los Herejes con un episodio desafortunado en una noche de lluvia Decidieron que lo único que les faltaba llevar a cabo con éxito era el secuestro de Satanael Aguilar. Es cierto que el proyecto era un tanto peligroso, pero también que ofrecía la más grande posibilidad de diversión y que sin lograr realizarlo no podrían sentirse verdaderamente satisfechos como soldados de las huestes herejes, que era lo que decían ser. “Metámonos al Ministerio con las pistolitas y unos pasamontañas, para llevarnos de una vez a ese cabrón”, dijo Simón, en un arranque de escasa lucidez. “No seás pendejo, cómo se te ocurre”, le ripostó Ricardo. “Pendejo serás vos, que te enamoraste de una puta”, ya enojado Simón. “Al menos yo no me masturbo tres veces al día sólo por recordar que me violó una muchacha a los quince años”, le contestó. “Ya cálmense, cálmense”, intervino Alfredo, solemne, afectado por algún espíritu demagógico, “pensemos mejor en cómo le vamos a hacer”. Wilmerio sólo escuchaba y miraba, como si de la observación de ese episodio y su diálogo estuviera extrayendo la solución que en cualquier momento fuera a proponer. Pero la insólita idea de Simón no cayó del todo en saco roto. Decidieron esperar la finalización del culto para, ahora sí, llevarse a Satanael a una finca bananera y obligarlo a

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quitarse la ropa y masturbarse en el orificio de una mata de guineo para filmar el acto y distribuir el vídeo en todo el país por el medio que fuera. Eran las diez y minutos y ya los asistentes esa noche al Ministerio se habían marchado a sus respectivos hogares. Los Herejes esperaban impacientes la salida del apóstol (era de los últimos en hacerlo, incluso después que su propia familia, cada noche después de contabilizar la cuantía de las ofrendas) cuando empezó a caer la lluvia. Unas gotas dispersas al principio y luego una tormenta con una furia sostenida que impedía la visibilidad en cualquier punto. Aún así, Ricardo vio cuando Satanael salía por la puerta principal del Ministerio y se dirigía a su carro, que se veía como un enorme objeto amorfo bajo millones y millones de gotas en un sitio privilegiado del estacionamiento. Eran unos cincuenta metros de distancia, pero con el apremio por la lluvia intensa y cubierto por un capote amarillo, el pastor corría sobre la parte del terreno todavía cubierta de cemento. “Ahora o nunca”, dijo Simón, y no esperó a que los otros dos se decidieran a bajar del carro (Ricardo esperaría al volante) y salió corriendo sin la prevención de cubrirse el rostro con la media femenina. Wilmerio y Alfredo le siguieron, ellos sí con el rostro cubierto, y le dieron alcance justo cuando asestaba el primer golpe en la nuca de la víctima. El apóstol cayó de bruces sobre el charco enorme formado a la orilla del cemento y antes de que pudiera reaccionar e incorporarse, Wilmerio le puso la planta de su zapato derecho sobre la espalda, obligándolo a mantener su parietal derecho pegado al suelo, es decir, al agua. A estas alturas, y con el marco de la soberbia tormenta cayendo sobre el mundo, Los Herejes estaban eufóricos. Rápidamente Alfredo sacó una soga gruesa y, aplicando sus conocimientos en el arte de hacer nudos aprendidos en su época de ecologista, le ató pies y manos, mientras Wilmerio intentaba colocarle un esparadrapo en la boca, que, por el agua que caía, resultaba difícil adherirle, y un gorro en la cabeza para impedirle la

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visibilidad. Lo levantaron del suelo y lo condujeron al carro de Ricardo, que ya había encendido el motor y las luces, listo para arrancar, pero entonces se oyó el disparo, un único estallido que rompió por unos segundos la lluvia y el sonido de la lluvia, y obligó a los muchachos a detenerse y ver hacia todos lados, asustados, absortos quizá en la lluvia detenida por un instante, escuchando el sonido hueco acumulado en sus oídos, escuchando quizá también el sonido casi violento de sus propios corazones, hasta que Ricardo los despertó con un grito, conminándolos a seguir hasta las puertas abiertas del carro que esperaba a pocos metros de distancia, pero entonces el segundo disparo, y otra vez el poético fenómeno de la suspensión de la lluvia, y el grito de Simón, que caía al suelo apretándose con fuerza la herida en el muslo derecho. Alfredo y Wilmerio soltaron al pastor y casi al mismo tiempo sujetaron a Simón y lo arrastraron al carro, para que Ricardo arrancara en veloz carrera y los sacara de aquella aventura demasiado arriesgada, la que constituiría, de haberse resuelto según lo previsto, su examen de graduación en la herejía. Desde esa noche nadie más los volvió a ver. La noticia no aparecería publicada sino hasta dos días después, en un diario local. En ella se decía que había sido un vigilante del Ministerio quien había disparado contra los secuestradores. La esposa del pastor lo había contratado recientemente, ya que en los últimos días los vecinos reportaron los misteriosos recorridos por la zona de un carro verde vidrios polarizados, y temían un robo a la iglesia o a cualquiera de las casas. No se sabrá qué fue de Los Herejes después de aquella noche, si siguieron juntos en alguna otra parte del mundo planeando nuevos proyectos, o si, después del casi fatal episodio que acabo de relatar decidieron retirarse de la práctica de la herejía. Yo dejo aquí su historia. Que otros se encarguen de desmentirla, si consideran que he faltado a la verdad, pues, si bien

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no todo lo que he contado en estas páginas puede llegar a comprobarse, tampoco creo que los aportes de mi imaginación estén demasiado alejados de lo que en verdad pudo haber ocurrido. Lo que sí puedo asegurar es que nadie tiene en este país de hondo nombre autoridad moral para juzgarlos. Antes bien, deberían otorgarles un público reconocimiento por habernos restregado en la cara nuestra propia hipocresía. En dondequiera que ahora se encuentren, que estas páginas sean el modesto homenaje que unos pocos, nosotros, los que al igual que ellos cuatro resistimos y creemos en la verdad, en la dignidad, en la libertad, les hacemos para dejar constancia de su fugaz pero hondo paso por este rincón remoto del tercer mundo en donde la vida es un hoyo profundo, capaz de tragarse a la humanidad entera, dice –o dijo-, para finalizar, el esforzado autor de estas páginas. Y nosotros, sus lectores, se lo agradecemos.

EPÍLOGO1 Unos cuatro meses tardaron la edición y la corrección de estas páginas, incluido el tiempo durante el cual hice mis infructuosas averiguaciones en los escasos archivos y bibliotecas de esta ciudad, con la gente de las iglesias, de las universidades y de los medios de comunicación. Luego vinieron los interminables trámites burocráticos para solicitar la publicación del libro a la editorial de la Secretaría, pero sus autoridades –debo apresurarme en aclararlo-, después de algunos debates internos, más de tipo moral que literario, declinaron finalmente avalarla. Desde entonces se produjeron dos eventos que me intrigaron aún más que la sola lectura del texto. El primero de ellos fue un correo electrónico anónimo que recibí de alguien que al parecer estaba enterado de mis gestiones para la publicación del libro ante la editorial que mencioné. En este correo se desliza una sutil advertencia –a todas luces amenaza- acerca de las consecuencias negativas que la publicación de un libro semejante podría traer a las personas responsables de la misma. El correo hablaba de –y aquí su remitente manifiesta un fanatismo tipo Medio Oriente- un llamado a la feligresía para alzar sus voces y sus puños en una “guerra santa contra los responsables de sembrar la duda en la fe de los creyentes”. Yo, por supuesto, contagiado de ese fervoroso sentido de la dignidad que nuestro autor me había transmitido, hice caso omiso de la anónima misiva y continué enviando el manuscrito a distintas editoriales (algunas extranjeras), hasta que ahora, después de varios meses desde el

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Este epílogo fue escrito antes de que a la edición definitiva le fuera incorporado el post scriptum que le sigue. Bastará revisar las fechas en que se firman cada uno de los textos para confirmarlo. (Nota del editor).

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término de la corrección de las cuartillas, por fin recibo una respuesta positiva. El segundo evento fue una llamada telefónica que la secretaria de la oficina en mi trabajo trasladó a mi teléfono, diciéndome que el interlocutor se había negado a dar su nombre pero que le urgía hablar conmigo. Atendí y de inmediato, sin darme tiempo para las preguntas de rigor, me dijo que no debía preocuparme por las amenazas que pudiera recibir y que aquí, “en este país en donde todo se hunde” (lo dijo así, literalmente), el libro sería bien recibido por unos pocos, pero que entre la gran mayoría (fervientes religiosos o al menos simples mojigatos) generaría por lo menos una gran curiosidad, lo que en términos de ventas no le vendría nada mal a la editorial que finalmente decidiera publicarlo. He aquí entonces la inquietud hecha libro. Si el vaticinio de la voz al otro lado del teléfono (que, sospecho, pertenece al autor de esta historia) resulta verdadero, Los Herejes y sus aventuras en “el país en donde todo se hunde” tendrán larga vida. Yo, le tomo la palabra, como lo he hecho en todas las páginas contenidas entre el prólogo y este epílogo. ¡Salud, pues! Y a leer. El editor San Pedro Sula, 28 de septiembre, 2007

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FLASH BACK (Post scriptum) ¡Huele a mierda! ¡Inexplicablemente huele a mierda! Todo huele siempre a mierda. Si estoy aquí, sentado obstinadamente frente a la pantalla de mi computadora, dispuesto a escribir después de todos este tiempo, es sólo porque me vienen a la mente viejos recuerdos, recuerdos de cuando era demasiado joven y creía aún en las posibilidades de cambiar el mundo. Tendría acaso unos dieciocho años y no soñaba siquiera con mantener una relación seria con ninguna mujer. Había conocido a tres amigos y había conformado con ellos un singular grupo con la firme –y loca, absurda, arriesgada- intención de derrocar el poder eclesiástico del país. Trataré de decir esto de la manera más rápida posible. Es urgente que lo haga. Seré breve. Un día un periódico local publicó la nota curiosa de los mensajes escritos en las paredes de una iglesia, y a partir de entonces a la prensa nacional le interesó sacarle todo el provecho posible a la idea morbosa de que el máximo líder religioso del país pudiera ser, antes que un santo, un hombre impulsado por causas diabólicas. Todavía conservo el recorte, que en aquel momento significó para nosotros cuatro una especie de homenaje, junto con los recortes de las noticias posteriores. Ahora que puedo ver hacia atrás, después de haber leído una y otra vez eso que ahora constituye la historia de Los Herejes, he de aceptar que en esencia lo que en el libro se cuenta es absolutamente cierto. Y digo “en esencia” porque aunque los hechos no se hayan producido exactamente de la misma manera en que son referidos en el libro, sí aparecen representados en él al menos como nosotros hubiésemos querido que sucedieran. Eran los días de la locura, de la insensatez, pero eran también los días de vivir la vida no como simples observadores,

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sino como protagonistas. Imagínenme entonces con toda esa fuerza vital que no doy muestras de poseer ahora, queriendo agarrarle los huevos a Dios. No voy a contradecir lo que está escrito en las páginas de ese libro biográfico de nuestro grupo. Soy consciente de que al final de cuentas la historia depende del punto de vista del cual se la mire. Pero ahora que me vienen los recuerdos de esos días, me da por aportar otros puntos de vista, no para modificar la historia, sino, quizá, para enriquecerla. La noche de los disparos no se nos ocurrió otra cosa que llevarnos al herido a un motel de paso en las afueras de la ciudad. Todavía me río pensando en todo lo que pudo haberse imaginado el administrador al ver llegar a cuatro “machos” empapados a su motel. Después de levantar la cortina metálica para que introdujéramos el carro, cerró tras nuestro y apareció unos minutos después en la ventanita de la parte posterior de la habitación con cuatro toallas y cuatro cajitas de preservativos de tres unidades cada una. Nos dijo que por tratarse de cuatro y no de dos, como usualmente ocurría, tendría que cobrarnos el doble de la tarifa normal. Rápidamente reunimos los seiscientos lempiras para que el tipo se esfumara y nos permitiera concentrarnos en la herida que la bala le había producido a Simón en la parte anterior del muslo derecho. Por fortuna ésta no se había alojado dentro, pero el roce provocó que perdiera mucha sangre. Simón, desde el momento del disparo, sólo había emitido un grito de dolor, y toda su euforia inicial se había transformado en un letargo que le hacía parecer indiferente ante su propia circunstancia; pero aún así, si uno ponía atención, podía descubrir en su rostro una combinación de dolor, vergüenza y frustración. Mientras limpiábamos y examinábamos la herida, uno de nosotros buscó al administrador del motel para pedirle algunas cosas de su botiquín. Lo convenció de colaborar y guardar silencio con dos billetes de cien. Luego volvió a la habitación, desinfectamos la herida y la vendamos. Al

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amanecer, fuimos a dejar el carro a una gasolinera para que el hermano de Ricardo lo recogiera, y partimos, de bus en bus, hacia el norte. Durante más de cinco meses nos dedicamos a recorrer buena parte del país. Empezamos por los morenales de la costa norte, en donde nunca fuimos mal recibidos. Parecíamos los últimos turistas de una generación a punto de extinguirse. Subsistíamos con poco: restos de nuestros ahorros y los envíos de la madre de Simón. Nos suponíamos buscados por la policía, pero en realidad la policía nacional no era tan hábil como para deducir que las simultáneas desapariciones de cuatro muchachos que vivían en cuatro distintos puntos de la ciudad se derivaban del intento de secuestro a un pastor evangélico famoso. Cada uno de nosotros había hecho sus respectivas llamadas telefónicas justificando su desaparición ante familiares y amigos, y aunque ninguno percibió en sus interlocutores el tipo de alarma que temía, optamos todos por no confiarnos demasiado. Durante esos primeros días de la huida en los morenales nuestra amistad se volvió más firme que nunca. Para entonces ya no compartíamos solamente las mismas ideas, sino también los mismos secretos y los mismos temores. Los cuatro experimentamos una especie de vuelta a la semilla. Poco a poco nos fuimos olvidando de nuestros ideales, de nuestro hartazgo por la idiotez popular, como dice en las páginas del libro, y fuimos cayendo en un agradable estado de complacencia con todo lo que nos rodeaba. Llegamos a un punto en que nos olvidamos de la razón por la que estábamos ahí y no en la ciudad, en nuestras casas, con nuestras ocupaciones diarias. Fue una conveniente involución. Crecieron nuestras barbas y nuestras cabelleras. Nos bañábamos en los riachuelos que bordeaban los morenales y desembocaban en el mar, comíamos la comida y bebíamos la bebida que nos ofrecían los negros, nos emborrachábamos y bailábamos en la arena, bajo champas construidas con troncos y

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palmeras de coco o bajo el resplandor metálico de la luna, nos acostábamos con las mujeres jóvenes y no pensábamos en el amor o en las vidas posibles, éramos sólo fragmentos de una existencia remota más allá del tiempo y de nosotros mismos. Pero no podíamos permanecer mucho tiempo en el mismo lugar y nos movíamos siempre. Éramos cuatro puntitos en permanente fuga. En Tornabé decidimos que debíamos ir a las Islas, y nos fuimos. Nos subimos a una lancha barata que nos llevó, junto a otros cuatro tripulantes, desde La Ceiba hasta Roatán. Todos recordábamos las palabras de Valdo al describir el lugar: “Esa isla es un paraíso. Ahí te olvidás de todo, sólo querés ver y beber, ver y beber, desde que llegás hasta que te vas”. Y nos la pasamos viendo y bebiendo durante cuatro días, hasta que el dinero empezó a escasear de nuevo y no había posibilidades inmediatas de que la mamá de Simón hiciera una nueva transferencia bancaria. Cuando veníamos de regreso en otra lancha los cuatro, como si de pronto la felicidad colectiva se hubiera puesto de acuerdo para extinguirse al mismo tiempo, vomitamos sobre el mar, mientras muy cerca de nosotros los delfines jugaban a acompañar nuestro viaje. ¿De dónde viene este olor a mierda? Dirijo mi olfato hacia todas direcciones y no logro dar con ese maldito olor a mierda que se ha vuelto insoportable, no por el olor en sí sino por no saber de dónde proviene. Sigo escribiendo. Aún con este molesto olor a mierda sigo escribiendo. De hecho, cada vuelta a la conciencia de la existencia de este olor a mierda es lo que me permite establecer pausas entre lo que escribo. Porque no soy de los que escriben mucho de un tirón. No soy de los que pueden sentarse a escribir durante dos horas seguidas. Soy, más bien, un escritor de rachas cortas, de los que escriben unas pocas líneas y toman aire para no ahogarse. Escribo esto porque es una necesidad que me vino de repente. No

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es que necesite reivindicarme de alguna forma por lo que hice o pude haber hecho mal, pero creo que quizá valga la pena aportar algunos datos adicionales sobre esa curiosa historia que construimos con nuestras irreverencias juveniles. Sabíamos que la policía consideraba delito un intento de secuestro. Nosotros no lo considerábamos así. Al menos no considerábamos que joderle la vida a un pastor evangélico debiera representar una infracción a la ley. En nuestro particular código moral considerábamos un deber social joderle la vida a ese pastor. Así de grande era nuestro compromiso con la sociedad. ¡Otra vez se me viene este olor a mierda! Pero no parece haber mierda por ningún lado aquí cerca. Ha de ser una mierda sicológica, o metafísica. He querido reproducir en estas páginas esos recuerdos juveniles no porque considere que esa vieja historia tenga algo de importancia, sino solamente para ofrecer a quien las lea un panorama de lo que fue mi vida, y la vida de mis tres amigos, en sus años más auténticos, más vitales. A estas alturas ya no voy a andar haciendo travesuras herejes. Soy algo mayorcito para eso. Aquellos días, si bien no me arrepiento de haberlos vivido de esa manera, fueron días de una juventud enfebrecida en los que todavía pensaba que podía ayudar a cambiar el mundo con mis acciones. Casi todos los jóvenes, en su momento, piensan lo mismo, pero muy pocos se deciden a actuar como nosotros lo hicimos. No estoy arrepentido. Y sé que nuestro disparatado aporte a la sociedad pudo quizá no haber significado nada para ésta, pero al menos esa forma de vida que llevábamos por aquellos días nos ayudó a nosotros mismos. Nos ayudó a encontrarle un poco de significado a nuestras vidas. Nos ayudó a pasar los tiempos difíciles en el espíritu de un solo propósito. Teníamos una razón para vivir y para seguir luchando, más allá de

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los problemas de cada uno. Nos ayudó, en fin, a justificar, aunque fuera de manera arriesgada, nuestra pobre existencia. Es difícil escribir cuando se tiene hambre. Más difícil todavía si además de hambre hay un olor a mierda que proviene de cualquier punto de la habitación. Que digan lo que quieran los demás, yo no soy de los que puede escribir algo decente si tiene en su estómago ese continuo joder que es el hambre. He de aceptar que muchas veces me he quedado escribiendo algo durante varias horas sin preocuparme de que aún no haya caído nada al estómago. Pero es distinto. Si lo primero que vino a la mente y por ende a todo el organismo fue el impulso de la escritura, ese impulso habrá de mantenerse por encima de la conciencia del hambre. Pero si es el hambre y la conciencia del hambre lo que llegó primero, como es el caso de ahora, me resulta imposible pensar en escribir y mucho menos disponerme a hacerlo ya sentado frente a la computadora, con la pantalla en blanco. Microscópicos seres parasitarios se alimentan mientras tanto de mi necesidad de alimento, conspiran, se unen contra mi disposición literaria. Y me rindo ante ellos. Pasé hambre en el pasado. Hambre de todo tipo, no sólo de comida. Mi apetito voraz se manifestaba en muchas otras cosas. Quería ser diferente a todos los demás, no quería que me consideraran parte de todo aquello que perteneciera a lo común, a lo corriente, a lo vulgar, y por eso me lanzaba a las acciones extremas. Estaba dispuesto en ese tiempo a lanzarme con paracaídas desde un helicóptero, a lanzarme de un puente con una soga elástica atada a mis pies, a probar todas las drogas posibles, todo para poder decirme a mí mismo y decirle también al resto del mundo que había viajado a los límites de la vida y había vuelto ileso, que era un loco, sí, pero con pasaje de ida y vuelta a la locura. Tenía hambre de gloria y hacía cualquier cosa con tal de alcanzarla. Creía todavía en La Gloria Mayor y por querer aprehenderla fracasaba rotundamente. Poseía una imaginación desbocada.

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Emprendía grandes proyectos y ninguno de ellos llegaba a concretarse. No había una disciplina, lo echaba todo a perder. Y con las mujeres ocurría igual. No era capaz de amar a una sola, las quería a todas y en cada una de ellas encontraba una cualidad extraordinaria, y la suma de todas esas cualidades extraordinarias constituía a la mujer extraordinaria, precisamente a la mujer que no podía tener. Por eso, muchos años después, cuando conocí a V, ya no era un muchacho de mirada horizontal, concentrado únicamente en ese punto de fuga personal que me impedía percibir lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, entonces ya me detenía a observar mis pasos con una atención insólita, como si en el acto cotidiano de caminar se hallaran todos los secretos de la existencia, como en espera de que en cualquier momento me tropezaría con una piedra y ese tropiezo me obligaría a caer, y por primera vez caería conciente de mi propia caída, y eso representaría el principio de un nuevo modo de existir. Así fue como ella me encontró, absorto en la contemplación de la piedra en la que recién había tropezado, pero aún sin ser del todo feliz por el tropiezo, esa parte le correspondía a ella procurármela. Pero no es mi historia con ella la que quiero contar ahora. Para ella habrá tiempo después, ella tendrá su propia historia. La historia que quiero contar ahora ustedes los lectores de este libro ya la conocen, es la historia de cuatro muchachos a quienes todos llamaban Los Herejes, es la historia que han leído antes de llegar a este apartado titulado “post scriptum”, es la historia que prometí contarle a Rodríguez, el encargado de reorganizar los papeles que una vez recibió en su oficina para que los publicara si el material era de su agrado. En los primeros días de enero de este 2008, casi un par de años después de haber acabado todo, me he comunicado con Rodríguez. Lo llamé primero a la oficina de la Secretaría de Cultura, pero me informaron que ya no trabajaba ahí y que ahora vivía en España. Me proporcionaron un número telefónico de la casa de sus padres. Llamé ahí y su mamá, después de explicarle el

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motivo de mi llamada, me dio el número de su celular en España. Cuando al fin pude escuchar su voz le dije mi nombre y le dije que quería saludarlo personalmente. No le dije que yo era el narrador de la historia de Los Herejes. Sí le dije que conocía los papeles sobre los que él estaba trabajando y le hablé también de mi intención de escribir un texto adicional para esa historia. Hizo varias preguntas que me negué a responder en ese momento. Un post scriptum, dijo finalmente, como analizando mi oferta, y yo dije bueno, eso, un post scriptum. No es mala idea, dijo él, ¿tiene información adicional?, agregó, y yo dije sí, información valiosa, pero me gustaría dársela personalmente. Por ahora no se puede, me dijo, pero en febrero estaré en Honduras; si quiere, nos ponemos de acuerdo desde ahora. Perfecto, le dije, dónde preferiría que nos encontráramos, pregunté. Si le parece, que sea el 24 de febrero en el café Pamplona, dijo, y yo dije sí, en El café de los artistas. En el qué, dijo él, y yo dije nada, nada, sé que así lo llama usted en una novela que mantiene inédita y que así le llamó Valdo a un café guatemalteco en uno de sus cuentos. ¿Ha leído mi novela?, dijo él, sí, dije yo. ¿Pero cómo es posible? Bueno, ¿y qué le pareció?, preguntó. Bueno…, mascullé. No tiene que decir nada, total, es una novelita de juventud, un ejercicio de aprendizaje, ya quedó en el pasado, se apresuró a decir antes que yo le contestara algo concreto. Yo también me dedico a la literatura, dije, tengo algunas cosas escritas y una de ellas usted la conoce mejor que yo… ¿Cómo?, dijo él, ¿quiere decir que es usted escritor?, ¿y por qué dice que yo conozco ese escrito suyo?, agregó, y yo le contesté bueno, sí, algo de eso hay, pero mejor acordemos la hora en que nos veremos ese 24 de febrero y ahí me podrá preguntar lo que quiera. Sí, claro, disculpe, dijo, es que me llamó mucho la atención lo que acaba de decirme, ¿le parece bien a las once de la mañana?, preguntó, y le contesté que sí, que a las once estaba bien, y eso fue todo.

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Así que después que Rodríguez aceptara incorporarle un texto adicional a la historia de Los Herejes, le envié por correo electrónico, en unas diez cuartillas y fuente Garamond 12 puntos, esto que ahora leen ustedes. Pero en la conversación no le dije toda la verdad, preferí dejarlo para el final, es decir, cuando por fin leyera este texto que ahora escribo para él y para ustedes los lectores. Pero no deben ustedes dar ahora el previsible salto a los últimos párrafos de este escrito para descubrir esa verdad de la que hablo. Permítanse la oportunidad de sospecharlo, de ir atando cabos, de aventurarse a imaginar cuál será esa verdad de la que hablo, no cedan a su curiosidad de lectores hembra, continúen leyendo por estas líneas y no salten, eso no beneficiará en nada su lectura. Los cuatro personajes herejes existimos verdaderamente, es decir, existimos no sólo en el libro que ustedes acaban de leer, sino también en la realidad, en la realidad objetiva. ¿Comprenden? Digo pues que Wilmerio, Simón, Ricardo y Alfredo sí existimos, y en este momento andamos por ahí, cada uno por su lado, acordándonos de toda esta pendejada nuestra de juventud. Yo mismo soy la prueba de que lo que digo es cierto. Si no, ¿quién más podría contarles esta historia? Cuando agotamos el mar y la arena no nos quedó otra que hacer turismo en el interior del país. De La Ceiba pasamos por San Pedro Sula (fue la única vez que corrimos ese riesgo después de lo ocurrido algunos meses antes) hacia Copán. Allá también nos la pasábamos borrachos y felices y no necesitábamos de mucho para lograrlo. Un día nos encontramos en el parque arqueológico a un europeo que andaba con los ojitos perdidos de tanta marihuana fumada. Nos dijo que le gustaba Honduras, que se había establecido en un hotel céntrico de San Pedro Sula para de ahí partir a Islas de la Bahía y Copán, los dos sitios que le habían llamado la atención desde que se informó en Austria, su país de origen, sobre las opciones turísticas en Centroamérica. Nos contó

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una historia extraña sobre un desierto de Israel y un amigo mexicano que le había ayudado a sobrellevar sus días aciagos. Dijo que extrañaba a aquel amigo mexicano y que en homenaje a su amistad nunca había dejado de hacer sus ejercicios. No entendimos a qué se refería. Lo dejamos mientras observaba, minucioso, la estela A del lado oeste del parque, como si de ella creyera poder extraer el sentido de una verdad profunda, inalcanzable para nosotros. No creo que haya notado nuestra partida. Una nueva pausa. Si esto se alarga no me culpen, trato de escribir con un ritmo contenido; de todas maneras, no debo escribirlo todo de un tirón, las pausas son mi recurso para no ceder a la tentación de revelarles ahora mi secreto, pero terminaré haciéndolo, porque de eso se trata al fin y al cabo este texto que ahora escribo, esa fue la razón (debo confesar eso al menos por ahora) por la que llamé a Rodríguez. Necesito decirles quién soy y para qué escribo. Sigamos. No crean que me he olvidado del hambre ni del olor a mierda. Sobre todo del olor a mierda. Ahora, incluso, me parece que se ha vuelto más fuerte. Es como si alguien invisible trajera hasta mi nariz un pedacito de mierda invisible para obligarme a olerlo mientras escribo. Ahora que lo pienso, ese debe ser mi fantasma personal, mi odradek. Mi odradek es un odradek de mierda, y además, invisible. Pero sigamos. Después de un recorrido apresurado por Copán, Gracias, La Campa, La Esperanza, Comayagua y algunos pueblos de Santa Bárbara, nuestras respectivas familias empezaron a preguntar demasiadas cosas. A nadie le había parecido sensato que de repente decidiéramos largarnos de casa por un tiempo indefinido, excepto a la familia de Simón, porque éste una vez había hecho algo parecido: se fue con unos mochileros a recorrer el mundo, aunque el recorrido duró poco porque lo abandonaron en Panajachel, en Guatemala, y de ahí tuvo que ingeniárselas para volver. Así que no todos estaban dispuestos a justificar nuestra

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pendejada por mucho tiempo. Habían pasado casi cinco meses, tiempo suficiente para que los más suspicaces miembros de nuestras familias empezaran a sospechar que en aquella huida repentina había algo raro, además del espíritu aventurero que pretextábamos. Nos preguntaron si andábamos metidos en negocios de drogas, si estábamos relacionados con gente peligrosa, si pensábamos seguir así toda la vida, si no íbamos a seguir estudiando, etcétera, etcétera, etcétera. Ya no resultaba reconfortante llamar a casa para preguntar por la familia, por el pulso del mundo allá donde el mundo continuaba de la misma manera; ahora había que aguantar regaños, puteadas, súplicas o llantos, todo para que los señoritos de la casa volvieran sanos y salvos. Entonces, de repente, como si todas las recriminaciones familiares hubieran surtido el efecto deseado, el mundo se convirtió en un país extranjero donde ya no había necesidad de huir ni de volver a casa. Y decidimos volver, aunque no fuera tampoco eso lo que quisiéramos hacer. Lo que pasó es que nos entró un bajón de primera, un bajón moral al fin y al cabo, y empezamos a sentir que nuestras aventuras llegaban a sus últimos días. Ahora los cuatro nos dedicamos a actividades más o menos sensatas. Uno de nosotros a la publicidad en la capital. Otro se casó con una jovencita mucho menor que él y se fue a vivir con ella a un pueblo remoto en el oriente del país, en donde, al parecer, se dedica a la docencia. Del tercero sabemos que un día se fue a estudiar a Chile o a España o a México, no sabemos adónde, y perdimos la comunicación con él. El cuarto y último de nosotros terminó siendo, contra todos los pronósticos, profesor en la universidad. Yo, como ven, soy uno de ellos o quizá los cuatro, pero antes que uno de ellos soy la conciencia de ellos cuatro, quizá el odradek de ellos cuatro. Me dedico a escribir desde el día en que decidí contar esta historia por primera vez, aunque entonces era un odradekscritor inexperto y sólo lo hacía por un impulso vital,

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sin saber nada del dominio técnico y de muchas otras cosas. Por eso le envié mi manuscrito a Rodríguez, para que él lo revisara, lo ordenara y lo publicara en el caso de resultarle interesante. Y ya ven, he aquí la historia que un día decidí primero contarme a mí mismo para no olvidar y que después creí necesario publicar. Me dedico entonces a escribir, una actividad no menos insensata que secuestrar personas, pero por la que al menos no tengo que huir de nadie, sino al contrario, me permite perseguir a los seres humanos y sus fantasmas, como durante el tiempo en que escribí nuestra historia, siguiendo hacia atrás el rastro de nuestras vidas pasadas y siguiendo además el hilo de mis propios recuerdos. Ésta es nuestra historia, mi versión particular de una historia compartida. He dicho todo lo que debía decir. Iba a decirles más acerca de quién soy y para qué escribo, pero creo que no será necesario; ya deben ustedes, lectores inteligentísimos, sospecharlo. Y la verdad es que no importa quién soy. Importa quizá que conozcan esta historia hereje de nosotros cuatro. Si alguien más podría desmentirme, ese sería alguno de nosotros cuatro o el tiempo que acaba por desmentirlo o confirmarlo todo, como esos vientos fuertes que en un momento dado descubren para nuestro regocijo algún vestigio, algún instante de un pasado remoto y desconocido. Pero no creo que mis amigos herejes quieran volver al pasado de la misma forma que yo, es decir reviviéndolo, sintiéndolo, siendo una vez más parte de él; y el tiempo tampoco tiene mejores recuerdos que los míos; nadie ni nada han estado tan cerca de esta historia como lo he estado yo durante todo este tiempo. Así que doy por descontado que éste es, ahora sí, su punto final. Adiós. San Pedro Sula, marzo de 2008

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HEREJÍAS Y OTRAS HIERBAS “Los niveles insoportables de alienación y fanatismo que había adquirido la sociedad en los últimos tiempos”. (Capítulo 1)

El eje de la narrativa hondureña parece haberse desplazado a la costa Norte. Tras la reciente publicación del excelente libro de relatos Las virtudes de Onán (2007) de Mario Gallardo, surge ahora la novela Ficción hereje para lectores castos de Giovanni Rodríguez, de apenas 28 años de edad, y conocido como el audaz editor de mimalapalabra. En ambos libros San Pedro Sula, fenicia y violenta, refulge en el trasfondo, y su influjo se extiende a “los campos bananeros cercanos a la ciudad”. Pero en esta ocasión no se trata de una novela bananera, ni mucho menos. Lejos de ello, y al igual que Gallardo, Rodríguez evita minuciosamente los nefandos ejercicios de realismo mágico (o, peor aún, de realismo socialista), cuya pobrísima floración en nuestra literatura no ha dado más que textos insípidos y obras de contextura cadavérica. Si bien el narrador de Ficción hereje para lectores castos afirma que se trata de una “…pequeña historia para retratar a la sociedad ultra conservadora, mojigata y corrupta que tenemos en este país profundo”, aquí no hay lugar para el panfleto político ni para el regodeo testimonial. Se está en presencia de una novela imaginativa, plena de invención verbal y desenfadada, que impresiona por su ambición sin antecedentes dentro de la literatura hondureña: atreverse a

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criticar, en son de broma –en plan de juego-, a la religión y, más específicamente, a los pastores de las sectas religiosas. Pero a la par de su vena lúdica y agnóstica, esta opera prima de Giovanni Rodríguez como narrador (si bien había publicado antes dos libros de poesía: Morir todavía -2005- y Las horas bajas -2007- ), traza una semblanza generacional de cierta juventud pensante de la costa Norte del país. Para ello se vale de los cuatro jóvenes integrantes del grupo denominado “Los Herejes”, cuya rebeldía iconoclasta les lleva a cuestionar al mundo tal cual es: ven por todas partes males a corregir y entuertos por enderezar y, como es natural, pretenden modelar la sociedad según sus propios ideales. “Los Herejes” nadan contra la corriente de las convenciones, juegan heréticamente con los fundamentos de la fe religiosa, critican y se burlan de las impregnaciones de ésta en el tejido social hasta que deciden “pasar a los hechos”, a la hechicera praxis, habida cuenta que la misma echa mano de medios materiales cuando ya no basta la mera convicción ni la teoría pura. Para ello, tras varios episodios de provocación y escándalo, intentan secuestrar al verborrágico Satanael Aguilar, pastor de una iglesia evangélica, denominado el “apóstol” por sus feligreses, alrededor del cual gravita un clima de veneración santurrona e insulsa. Proyecto de secuestro que no busca intereses económicos sino apenas darle un escarmiento al mercantilizado “embaucador de almas”. Pero es más, Ficción hereje para lectores castos no sólo enfoca las arremetidas de esta banda de soñadores contra uno de los bastiones del orden moral sino que teje tramas de variada suculencia al detenerse en las relaciones amorosas de estos “buenos muchachos” (primer titulo tentativo de la novela), y explorar los pliegues del sexo y del amor o, mejor, abundar en su “educación sentimental” y sexual.

En efecto, los heréticos Wilmerio, Simón, Ricardo y Alfredo son objeto de asedio por parte de las mujeres, incluso, como Simón, desde temprana edad. Son ellas quienes toman siempre la iniciativa en los escarceos eróticos, y los muchachos no hacen sino reaccionar frente a los avances amatorios del sexo femenino. El caso mas extremo es el de Gladisita quien no sólo inicia a un Simón de ocho años en los “juegos de manos” y de boca sino que, luego, cuando éste es ya quinceañero (y ella de diecinueve), lo reencuentra y arrincona cual “cazadora” con su “presa”, y hacen “el amor como Dios manda”. El autor le dedica un capítulo a cada uno de los integrantes de “Los Herejes”, y establece un delicado equilibrio (o contrapunto) entre el grupo y sus miembros, sin desmedro de ninguno. Por medio de un sistema diríase de “muñecas rusas”, la novela pasa del cuarteto (del ente colectivo) a indagar en la biografía de cada uno de sus componentes. De un bosquejo generacional, de la camada, se pasa a una suerte de confesión existencial en el plano individual. Cada uno de ellos, Wilmerio, Simón, Ricardo y Alfredo, posee sus propias motivaciones para militar en la banda, en una mezcla de convicción afiebrada y auto-ironía que desarrollan en sus papeles de jóvenes letrados e intrépidos. El narrador a lo largo del relato es, según se dice, un joven que observa y le sigue los pasos a “Los herejes”, como un detective que, además, intenta interpretar sus vidas. Así, incluso le informa al lector sobre las lecturas del cuarteto, y nos enteramos, por ejemplo, que en la lista de literatura erótica a la que es aficionado Simón, se incluye Las virtudes de Onán, en un guiño de complicidad con Mario Gallardo. A propósito de éste, hay que decir que así como en ese libro (y mas concretamente en el relato “Noche de samba bárbara”), rescata como protagonista a Heimito Kunst,

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personaje de Los detectives salvajes, la novela canónica de Roberto Bolaño, y le infunde una prórroga de vida (aunque fugaz) en Honduras, Giovanni Rodríguez también registra en su radar a Heimito a su paso por Copán Ruinas (aunque sin mencionar al austriaco por su nombre), y hace que sus herejes, en desbandada tras el secuestro frustrado de Satanael Aguilar, se topen con él en medio de una nube de marihuana. Extrapolación de otra extrapolación literaria (léase “rizar el rizo”). Y es que al final de Ficción hereje… hay un Flash back (postscriptum) que actualiza al lector sobre las correrías del cuarteto, una vez fracasado el plagio del “apóstol”. Pues, como cabe esperar, los confabulados huyen de San Pedro Sula, ciudad que, ya se vio, actúa a manera de escenario, por momentos gracioso, de la despreocupación e irreverencia de estos jóvenes cuyas lecturas y cultura literaria no les exime de una cierta ingenuidad en “esta periferia del mundo”. Inocencia salvaje que les hace incluso asombrarse de que su intento de secuestro al pastor pueda ser visto como un delito por parte de la policía, y no como una simple picardía o travesura anarquista de los “días de una juventud enfebrecida en la que todavía pensaba que podía ayudar a cambiar el mundo con mis acciones”. Este tono mas maduro del post-scriptum, que ve retrospectivamente las andanzas de los protagonistas, es una “vuelta de tuerca” donde el narrador confiesa, al final, que él es uno de los miembros del errático cuarteto y se comunicó con Giovanni Rodríguez para que éste organice el material narrativo y lo publique bajo el sello editorial de mimalapalabra. Así como en ese ejercicio intertextual de desdoblamiento autoral, Ficción hereje para lectores castos se mantiene, en todo momento, ligera, graciosa, con un humor socarrón.

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Incluso los pasajes más dramáticos o reflexivos están matizados por bromas o sarcasmos brutales y directos. Con esta novela, Rodríguez airea y revitaliza el lenguaje novelístico de Honduras, maneja con desenvoltura una forma inédita de narrar y, de esta manera, se incorpora a las corrientes literarias más vitales y renovadoras de la actualidad. Todo lo cual hay que celebrar y, a la vez, esperar que el dúo Rodríguez-Gallardo pronto se transforme en un cuarteto de “sampedranía”∗ o, como diría el “apóstol” Satanael en términos típicamente retumbantes, en los “jinetes del apocalipsis” narrativo en “este país tercermundista con nombre de abismo”. El arte siempre depende de un principio de “selección natural”: la sobrevivencia de los más aptos en el plano creativo. Estoy seguro que Giovanni Rodríguez, por su habilidad expresiva, estará al frente de esa desbocada cabalgata. Hernán Antonio Bermúdez Quito, 22 de mayo del 2008

Los demás miembros bien podrían ser Gustavo Campos, cuya novela corta Los inacabados ganó uno de los premios del Certamen literario 2006 “Premio Hibueras”, y Carlos Rodríguez, que ha publicado algunos de sus textos en mimalapalabra.

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