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La Bella y la Bestia de Holmr Hjorth

Érase una vez que se era, hubo un príncipe que vivó en un hermoso castillo, rodeado de fértiles tierras que pertenecían a una bella nación. El príncipe gozaba allí de los más exquisitos banquetes, las más delicadas prendas y los criados más eficientes. Lo tenía todo, pero aún así no era feliz, porque no tenía lo único que más deseaba en el mundo entero, una esposa. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, y año tras año, el príncipe buscaba incansable entre todas las damas de su reino para lograr encontrarla, pero no lo conseguía. A las fiestas siempre asistían las mismas doncellas, por palacio siempre aparecían las mismas caras, y tras unos pocos años de búsqueda, parecía haber conocido ya a toda joven casamentera del país, e incluso de otros imperios y reinos. Finalmente, uno de sus consejeros organizó un baile muy especial para él, en el que se habían citado a asistir a las mujeres más sencillas y de clase más empobrecida del país, en lugar de a las damas de costumbre, pues, en su desesperación, el príncipe accedía ya a cualquier idea. Fue así que aquella noche, en aquel baile, aconteció lo más extraordinario e impredecible, aconteció un hecho único que marcó la existencia del príncipe, para siempre.

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Bulgaria, Edad media, Segundo Imperio

Dentro de los aposentos reales de un hermoso castillo medieval, el príncipe Vladislav Chavdarov se está terminando de arreglar con sus mejores galas para recibir a sus invitados en el baile. Chavdarov es un hombre joven, de estatura media y cuerpo atlético, propio de un jinete. Su cabellera castaña y de ondas grandes cae sobre sus hombros y por parte de su espalda. Tiene la tez pálida, los ojos grandes, redondeados y azules claro, lleva un bigote no muy espeso sobre sus labios finos y una pequeña perilla que adorna su redondeada barbilla. Uno de sus consejeros, Dimov, rodea entonces a uno de los criados que recoge las prendas descartadas, se acerca al príncipe y le habla. -

Su majestad, por favor, tened presente que no podemos aplazar el coronamiento por más tiempo. No deseo importunaros antes de comenzar la noche, pero…

Chavdarov comienza a colocarse un alfiler de oro sobre el pañuelo que lleva alrededor del cuello y sobre el pecho. -

Pero no puedes evitar decirlo porque sabes que no elegiré a cualquiera.

-

No a cualquiera majestad, pero sí a una.

Chavdarov para de mover las manos bajo el pañuelo, aparta la vista del espejo ante el que coloca el alfiler y mira a Dimov. -

¿A una? – le pregunta -, ¿todo el esfuerzo del mundo en buscar una esposa adecuada sólo debe desenlazarse en la elección de una mujer?

-

Majestad…

-

Una cualquiera queréis decir, por supuesto.

Chavdarov vuelve a mirar hacia el espejo y termina de enhebrar la aguja del alfiler mientras Dimov baja la cabeza al tiempo que aprieta ambos labios. -

No condenaré mi vida para salvar una tradición – dice Chavdarov -, comencé esta búsqueda mucho antes de que mi padre falleciera para evitar precisamente semejante sino. Si no encuentro a una esposa, forzaré la coronación y reinaré en solitario. Mi abuelo reinó en solitario más de quince años tras la muerte su

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esposa, y aunque fuese coronado con esposa, la obligación de tenerla sólo es tradicional, no legal. -

Lo sé majestad, pero es una tradición muy bien considerada e importante.

-

Soy sobradamente consciente, precisamente por eso estamos montando todo este tinglado.

Chavdarov pasa junto a Dimov y le deja atrás, caminando hacia la salida de la habitación. Una vez fuera avanza por los pasillos, por donde se va oyendo cada vez más la música de la sala de baile, la música y las voces de la gente. Llega también el olor de la comida, de la bebida y de las personas, que por una vez no estarán emperifolladas con penetrantes perfumes ni ataviadas con caras vestimentas. Chavdarov se detiene ante el doble portón custodiado por dos sirvientes que va a dar a la sala de fiestas, toma aliento profundamente por la boca y aguarda mientras los criados abren las puertas ante él. El ruido se intensifica hasta el infinito. Un sirviente en el interior de la sala anuncia en voz alta junto a la puerta la entrada del príncipe, todos aplauden en respuesta y se apartan para permitirle el paso. Chavdarov comienza entonces a desplazarse mientras busca con la vista entre los invitados, mirando los rostros conforme avanza. Como era de esperar las mujeres van vestidas de forma modesta, no llevan peinados complejos ni joyas de ningún tipo. Todas le miran también a él conforme camina, pero ninguna se le acerca. Chavdarov acaba deteniéndose, continúa mirando pero no posa su atención sobre nadie en concreto. Al fin, una mujer alta y corpulenta se acerca a él y se detiene a su lado con una sonrisa y ambos brazos en jarra. -

¿Quiere usted bailar, príncipe? – pregunta.

Chavdarov la mira. La gente les mira a ellos, la mayoría se callan e incluso dejan de bailar. Chavdarov separa los labios ligeramente pero no dice nada, asiente despacio y extiende una mano para tomarla a ella de otra. Comienzan a caminar bajo la atenta mirada de la gente, hasta que llegan al centro de la enorme sala y comienzan a bailar. El salterio, las zanfonas, la fídula, la gaida y el kaval, crean una música melódica bajo los techos y entre las paredes de piedra, que se puede bailar lentamente. El resto de invitados vuelven entonces a bailar y a hablar, sin dejar aún así de mirar a la pareja. -

Baila usted muy bien, príncipe – dice la mujer.

Chavdarov sonríe de medio lado. 4


-

Gracias, vos también.

-

Me gustan los hombres educados que saben tratar bien a las mujeres.

Chavdarov le responde con otra sonrisa. La mujer tiene una voz profunda, un busto tan protuberante como su cara grande, redonda y colorada, y es incluso algo más alta que él. -

Pero también me gusta que sepan ser hombres como dios manda, ya me entiende – continúa la mujer -, unas buenas maneras de día, unos brazos fuertes en el campo y un buen par de pelotas en el dormitorio.

La mujer ríe, mostrando sus dientes picados al hacerlo. Chavdarov borra la leve sonrisa y aparta la cara hacia atrás ligeramente. Entonces, otra mujer se acerca a ellos y da unos toques sobre uno de los hombros de Chavdarov con una mano, Chavdarov se detiene y la mira. -

Majestad – dice la mujer -, ¿me se concede el honor de bailar ahora a mí con usted?

Chavdarov asiente despacio sin borrar su pétrea expresión, suelta y reverencia a la mujer corpulenta con la que estaba bailando y toma a la otra. Esta es más delgada, muy delgada, más bajita y más pálida. Ambos comienzan a bailar, y mientras lo hacen la mujer no deja ni un sólo instante de mirar a Chavdarov con una sonrisa tonta. Dimov entra en ese momento en la sala y se acerca a otro de los consejeros, Ognyanov. -

Ognyanov – le saluda Dimov.

Ognyanov asiente. -

Espero sinceramente que tu idea funcione – dice Dimov -, confieso que no las tengo todas conmigo, he hablado hace tan sólo un instante con él y sigue en sus trece. No va a salir nada bueno de todo esto.

-

Menos mal que yo soy algo más positivo que tú.

-

Me alegro. Si me disculpas, voy a buscar algo de beber.

Dimov se aleja, Ognyanov se fija entonces en cómo Chavdarov sigue bailando con más mujeres, que parecen comenzar a molestarse e incluso a tener roces entre ellas, queriendo bailar todas al mismo tiempo y queriendo ser todas la siguiente. Ognyanov se acerca a ellas e intenta poner orden, mientras, Chavdarov aprovecha la ocasión y se escabulle entre la multitud, sale de la sala de baile por una puerta de servicio y se esconde en una estancia adyacente. Una vez dentro se acerca por detrás a una silla y se agarra con ambas manos al respaldo, baja la cabeza y respira hondo por la boca. Tras un instante la puerta chirría ligeramente tras él. Al oírlo gira la cabeza y ve a una mujer de cabello negro y aspecto inquietante, mirándole. Chavdarov suelta la silla y se 5


queda mirándola también, pero en cuanto ella da un par de pasos para acercársele él se mueve uno hacia atrás. La mujer sigue acercándose sin decir nada, hasta que se detiene a poca distancia de él. -

He estado mucho tiempo esperando este momento – bisbisea.

Chavdarov frunce el ceño. -

¿Os conozco?

-

¿Ya no os acordáis de mí?

Chavdarov separa levemente los labios y niega despacio. -

Os salvé hace tiempo – responde la mujer -, vos estabais convaleciente, sufríais fiebre, convulsiones y calambres, habíais regresado enfermo de una de las locas campañas organizadas por vuestro padre. Yo os ayudé, os curé con mi magia. Preparé brebajes con estas manos – las alza -, extendí ungüentos con ellas por vuestro lacerante cuerpo, conjuré hechizos hasta hacer remitir la fiebre y calmé las pesadillas que atormentaban con los recuerdos de la guerra vuestra perturbada mente.

Se acerca un poco más a él. -

Os salvé la vida – repite con voz áspera.

Chavdarov vuelve a negar. -

¿Y… a caso no se os recompensó por ello correctamente?

-

Oh, sí, fuisteis muy generoso, estabais muy agradecido y me entregasteis una recompensa digna de semejante esfuerzo.

-

¿Entonces, qué podéis necesitar de mí después de tanto tiempo, qué es lo que queréis?

La mujer pone ambas manos sobre su pecho. -

A vos.

Chavdarov le aparta las manos al tiempo que retrocede un par de pasos, la mujer sonríe de un modo extraño. -

Desde aquel día – continúa -, la única recompensa que he deseado ha sido a vos mismo.

La mujer se abalanza repentinamente sobre él para besarle, Chavdarov se lo impide y forcejea con ella, intentando quitársela de encima. -

Por Dios señora – dice -, os lo ruego por lo que más queráis, ¡deteneos!

La aparta por fin y se aleja de nuevo, recuperando el aliento tras la lucha. La mujer también respira con fuerza sin dejar de mirarle, su expresión se ha oscurecido. 6


-

¿Vais a rechazarme…? después de todo lo que he hecho por vos…

-

Os agradezco infinita y sinceramente cuanto hicierais por mí en el pasado señora, pero no tengo obligación por ello ni por ningún otro acto, de rendir cuentas bajo pago de mi propia vida. Nunca se os prometió semejante trato ¿no es cierto?

-

Eso no es lo que me importa.

La mujer comienza a acercársele de nuevo, Chavdarov comienza en respuesta a retroceder. -

Os ruego que recapacitéis señora – pide -, vuestra conducta excede lo indecoroso en sobremanera.

-

Puede que yo no sea decorosa, pero soy la mejor mujer que jamás podríais soñar tener como esposa.

-

Ni siquiera os conozco, ni vos a mí, albergáis esperanzas nacidas del recuerdo de algo que aconteció hace años. Desear matrimonio con un desconocido con el que no habéis mediado nunca ni cuatro palabras es poco menos que demencial.

La mujer se detiene, Chavdarov también. Se hace un profundo silencio durante un denso instante. -

Me rechazáis – repite la mujer.

Chavdarov niega. -

No me casaré con una mujer a la que ni siquiera conozco.

-

¿Y si me conocierais?

De nuevo silencio. -

Sois un fraude – le insulta la mujer -, alardeáis de modales pero no sois más que un maleducado.

-

Si consideráis de mala educación rechazar vuestro afecto entonces os ruego que me perdonéis señora, pero no quiero saber nada de una mujer como vos, que me aborda esgrimiendo el recuerdo de un acto noble con la única intención de conseguir algo que no puedo daros, porque obviamente no siento lo mismo por vos, que vos por mí.

-

Estáis obligado a casaros, ¿no vais entonces a hacerlo conmigo?

-

No me casaré con nadie a quien no ame sincera y profundamente, y lo que despertáis en mí no es nada ni ligeramente parecido.

-

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¿Por qué, qué ocurre, a caso os doy asco? – insiste la mujer.


-

Ya os he dejado bien claro porqué no me casaría nunca con vos, el chantaje y la falta de decoro no son precisamente de mi agrado.

La mujer asiente. -

Claro… De nuevo los modales. Buscáis el amor verdadero pero no sabéis ni reconocerlo cuando lo tenéis delante. Si no queréis desposaros conmigo, que así sea entonces. Os deseo mucha suerte buscando a esa deseada mujer majestad, porque la vais a necesitar para poder encontrarla.

La mujer alza las manos y comienza a moverlas lentamente de un modo extraño. -

Ninguna mujer excepto yo ha sido capaz de amaros aún cuando os encontrabais en vuestras horas más bajas. Si vuestra posición social, vuestro aspecto masculino, vuestros bonitos ojos y vuestro cuerpo fuerte desaparecen, ¿quién será entonces la mujer que caiga en vuestros brazos?, sólo la que os ame realmente, como os he amado yo.

Alrededor de los brazos y de las manos de la mujer comienza a aparecer un trazo extraño de humo. Chavdarov abre la boca y respira con más agitación, retrocediendo una vez más instintivamente. La mujer sigue moviendo los brazos mientras susurra ahora palabras incomprensibles que acompañan al aumento de ese extraño humo. -

Q-qué – titubea Chavdarov -… ¿qué demonios sois, qué es lo que estáis haciendo…?

-

Si creíais que encontrar el amor era difícil, ya podéis comenzar a rezar, porque ahora sabréis lo que se siente al no ser tan deseado a como estáis acostumbrado. Y así tal vez un día recordaréis que tuvisteis la oportunidad de tenerme, y os retorceréis de dolor al pensar que ojalá me hubierais aceptado ¡cuando tuvisteis la oportunidad!

El humo se torna súbitamente de un azul intenso y crece desproporcionadamente, se mueve con más fuerza y acaba generando un poderoso viento. Chavdarov intenta cubrirse la cara pero el humo le rodea. Lucha contra él mientras la mujer ríe ante su impotencia, hasta que la mágica turbulencia lo somete y penetra por su garganta violentamente entre sus desgarradores alaridos.

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Londres, 1879

La lluvia cae en medio de la noche sobre las calles. Sólo chispea, pero de forma constante. Un hombre se tambalea medio borracho entre la oscuridad, avanzando despacio por el camino que rodea el gran parque de Stepney Green. Canturrea algo mientras camina, hasta que se detiene para beber el poco alcohol que contiene la botella que lleva. Al terminarlo tira la botella, se agarra a la barandilla baja de metal que separa la acera del césped del parque y ríe al tiempo que balbucea algo. En el interior del parque algo se mueve. El hombre vuelve a avanzar despacio y a canturrear algo, deteniéndose tras un par de pasos y mirando hacia el parque. Entorna los ojos y se queda mirando atontado hacia la maleza. Tras un instante pasa una pierna por encima de la valla y después la otra. -

Eh, tú – farfulla -, eso…, lo que seas ¿qué miras tú, eso…eh?

El hombre sigue acercándose a los árboles y los espesos matorrales. En ellos la profunda noche es más negra y no puede verse nada. Conforme se acerca un ruido gutural, una respiración muy grave, se hace cada vez más intensa. El hombre se detiene y se queda mirando hacia el profundo negro. De repente algo sale de la oscuridad y se abalanza sobre él entre potentes rugidos.

Cuatro agentes de la policía metropolitana rodean el cuerpo de un hombre muerto en el parque Stepney Green. El día ya ha asomado y la gente curiosa rodea la valla de metal del parque, intentando ver algo. Dos de los agentes permanecen en pie ante el cuerpo mientras los otros dos cubren los restos con una manta para evitar que el público lo vea, pues su tronco está destripado y no tiene extremidades. -

Qué asco – dice uno de los que está en pie -, revisen bien que no haya huesos ni trozos por el resto del parque, como la última vez – ordena a los dos agentes que cubren el cuerpo -, ¿cuántos van ya? – le pregunta al que tiene a su lado.

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El agente al que ha preguntado mira las anotaciones que sostiene en las manos. -

Este es el octavo – responde -, uno por noche desde hace ocho noches.

El agente resopla al tiempo que niega. -

El comisionado se va subir por las paredes…

Archibald Lowsley sostiene el periódico ante sí, leyendo. Está sentado en la sala de té de su céntrico apartamento londinense, junto a la mesa de té, con una taza en una mano y el periódico en la otra. Archibald es un hombre aún casamentero, de porte atlético y gran estatura. Va bien vestido y aseado, tiene la tez levemente bronceada, el cabello castaño y los ojos claros. Lleva las patillas anchas pero la barbilla y el bigote bien afeitados, lo cual afina ligeramente las duras facciones de su rostro. Archibald toma un par de sorbos más de su té y sigue leyendo. En ese momento, Imogen Hawthorne desciende las escaleras de la planta superior y entra en la sala de té mientras se pone unos guantes. Imogen es una jovencita de complexión media, ni muy delgada ni muy gruesa, de caderas anchas y tez pálida. Es bajita, tiene el rostro redondeado, la melena rubia oscura, la nariz respingona, los labios rojos y los ojos marrones rodeados de unas largas pestañas. -

Archi – dice.

Archibald aparta la vista del periódico y la mira. -

¿Vas a salir? – pregunta.

-

Sí, venía a decirte que voy a ir a ver a Lucy.

-

Ten mucho cuidado ¿quieres?

-

¿Cuidado?

Archibald mueve el periódico. -

Las noticias de esta ciudad son cada día más escabrosas, vivimos tiempos agitados Immi.

-

¿Qué es lo que ha ocurrido ahora?

Archibald suspira y pliega el periódico.

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-

Otra vez esa cosa. Han encontrado a otro hombre horriblemente asesinado en las inmediaciones de un parque, esta vez en Stepney, cerca de Whitechapel, ese inmundo lugar tan abocado al infierno.

-

Pero yo no tengo que pasar por ese barrio.

-

Lo sé, pero prométeme que no saldrás tarde de casa de Lucy, no quiero que vayas sola y menos de noche, por ningún barrio.

Archibald posa el periódico y se levanta de la silla. -

New Scotland Yard dice que han doblado la guardia en toda la zona metropolitana, pero yo no me quedo tranquilo sabiendo que estás andando por ahí tú sola, ya hago bastante dejándote salir sin la compañía de un caballero como para pensar además en que lo vayas a hacer cuando ya ha caído el sol.

Se acerca a Imogen y la señala con un dedo. -

Ten mucho cuidado y vuelve aquí antes de las cuatro y media ¿entendido?

Imogen le coge el dedo y le sonríe. -

Entendido.

Archibald también le sonríe. -

Dale recuerdos a Lucy de mi parte ¿vale?

-

Claro.

Imogen besa a Archibald en una mejilla y sale de la estancia.

Lucy abre ambos brazos conforme se acerca a Imogen. -

¡Immi! – dice.

Ambas se abrazan en el hall de la modesta casa de Lucy. Lucy vive en un barrio menos adinerado que Archibald, es una joven de la misma edad que Imogen, pero es un poco más alta y delgada. Tiene los ojos marrones, el cabello negro azabache y la piel pálida. Se separan. -

Qué alegría – dice Lucy -, no te esperaba, pasa, pasa.

-

Gracias.

Ambas caminan hacia el salón y toman asiento. 11

¿Qué me cuentas? – pregunta Lucy.


-

¿Qué te cuento, qué me cuentas tú?, me dijiste que esperabas la carta de ese caballero amigo tuyo.

Se echan a reír. -

Shh – dice Lucy -, calla, no hables alto, mi padre no sabe nada.

-

Sí, vale – susurra Imogen -, ¿pero qué ha pasado?

-

De momento sólo se ha mostrado educadamente cercano, no sé si siente algún otro interés más allá de nuestra amistad.

-

Bueno no sé tú qué piensas pero a mi me hace ilusión la posibilidad de que estéis juntos, no se presentan hombres interesados que valgan la pena todos los días, al menos no a mujeres como nosotras.

-

¿Crees que a mí no me gustaría que tuviera intenciones más serias conmigo?, su familia es más adinerada que la nuestra, su madre regenta una tienda de telas y su padre es dueño de una fábrica de guantes. Ojalá nosotros tuviéramos semejante suerte. Es humillante tener que pensar que si algún día llegara a hablar con mi padre este le diría que sólo tengo una dote de cien libras, a veces pienso que… quizás sería mejor que no tuviera mayor interés.

-

¿Cómo que no?, él debe saber perfectamente a estas alturas cuál es tu estatus social, si se interesa será bajo el conocimiento de saber con qué clase de mujer se va a comprometer, esa conversación con tu padre no debería representar ninguna sorpresa para él.

Lucy baja la cabeza. -

Supongo…, quizás precisamente por eso se lo tiene que pensar dos veces.

-

Si realmente es así él se lo pierde – Imogen niega -. No creo que debieras preocuparte por esa posible conversación con tu padre, contigo él sabe bien a qué atenerse.

Lucy la mira y frunce el ceño. -

¿A qué te refieres con conmigo?

Imogen suspira. -

Pues, no quiero que me mal interpretes, mi primo es maravilloso pero, desde que estoy viviendo con él…, todo se ha vuelto un tanto complicado. La hermana de mi madre tuvo mucha suerte al casarse con el padre de Archi, él tenía mucho dinero, pero mi padre no.

-

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Lo sé.


-

Sí, tú sí, pero sus amistades no. Archi es muy bueno conmigo, me compra vestidos, zapatos, sombreros… y cuando voy a fiestas con él o vienen invitados a casa, me presenta como la familia suya que soy, y eso…, bueno eso consigue que todo el mundo se haga una idea equivocada de mí y piensen que tengo un estatus que en realidad no tengo. El fin de semana pasado me sentí ridícula al oír a unos amigos suyos cuchicheando en una fiesta sobre mí, hablaban sobre que el dinero es de él y no mío. De repente el joven con el que había estado bailando toda la velada se sintió indispuesto y se alejó de mí.

Lucy le coge las manos. -

Oh, Immi, cariño, no sabes cuánto lo siento.

Imogen niega. -

Gracias, no pasa nada, supongo. Archi me ha asegurado que no volverán por casa. Aún así, si no tener dinero ya es complicado, no tenerlo y que se confundan creyendo que lo tienes lo es todavía más. No sabes quién tiene realmente interés en ti y quién lo tiene en lo que creen que posees. Archi es estupendo y me alegro de estar pasando este tiempo con él, pero sus amistades son…

-

Lo sé, Archibald no es tan elitista como ellos ¿verdad?

-

No.

-

Siempre me lo ha parecido.

Ambas sonríen. Lucy suelta las manos de Imogen y abre la boca con alegría. -

¿Te apetece tomar té con unas pastas?

El sol se está ocultando. Imogen sale apresurada de casa de Lucy y empieza a caminar entre la gente. Avanza rápidamente pero el sol ha desaparecido ya, y mientras encienden los faroles va buscando acelerada con la vista, intentando identificar la calle por la que anda. Gira unas cuantas esquinas y sigue avanzando rápido. Cada vez ve a menos gente por la calle, y menos carros, hasta que se detiene y busca el nombre de la calle en la que se encuentra. Da vueltas sobre sí misma sin reconocer los edificios, no encuentra la placa identificativa de ninguna calle, no sabe dónde está.

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Vuelve a caminar deprisa sin dejar de mirar a todas partes, buscando algo o a alguien que pueda darle una indicación. Se agarra el cuello del abrigo para cubrirse del aire fresco de la noche. No muy lejos ve lo que parece un parque, quizás el parque que queda cerca de su casa, pero según se acerca no reconoce nada del mismo, el camino no está iluminado, no hay ninguna valla rodeando el límite y la forma de la acera que lo delimita es ovalada y no recta. Se detiene, mira de nuevo a su alrededor sin ver a nadie y oye algo. Su pecho se acelera. Escucha atentamente y vuelve a oír algo, es un ruido profundo, como el sonido gutural de una bestia, sólo que más suave, más suave y difuso. Imogen mira hacia la inmensa oscuridad del parque, expulsando más vaho por su boca entreabierta. En el seno de la densa negrura algo parece estar desplazándose mientras emite ese inaudito sonido. Imogen mira con extraña fijeza y embeleso hacia ese algo, suelta la mano del cuello de su abrigo y comienza a avanzar lentamente hacia él, caminando sobre el césped muy despacio. La suave brisa mece los setos y las hojas de las copas de los árboles. El sonido gutural cesa, Imogen da un paso más, los setos se agitan repentinamente y de entre ellos salta una bestia enorme de pelaje oscuro y ojos rojos que corre entre bufidos hacia ella. Imogen grita, la bestia se abalanza sobre ella al tiempo que esta se gira para intentar huir, las garras le rasgan parte del abrigo y el golpe la tira al suelo. La bestia la vapulea de otro zarpazo y se pone sobre ella, abre la boca repleta de afilados dientes y frena en seco antes de morderla. Imogen desorbita la expresión de sus ojos, respirando desbocadamente por la boca mientras ve cómo la fiera le clava la vista. El tiempo se detiene. La bestia se ha quedado quieta sobre ella, mirándola. Imogen empieza a mover su pecho más lentamente, y poco a poco, conforme lo hace, los ojos rojos inyectados en rabia de la bestia parecen comenzar a cambiar. La expresión del animal se apacigua, y al hacerlo la forma de sus ojos se modifica y se torna más melosa. La respiración de la bestia también se ha calmado, e Imogen ve ahora cómo sus ojos se van transformando por dentro, apareciendo en su lugar unos iris de un intenso azul claro, llenos de color, belleza y brillo. Son los ojos de un hombre. Imogen suspira profundamente, embelesada, capturada. Alza una mano, la acerca al rostro de la bestia y un fuerte pitido agudo suena súbitamente a unos pocos metros de ellos. La bestia alza la cabeza y ve a un guarda corriendo hacia ellos mientras toca un silbato. Se aparta rápidamente y huye en la espesa noche hacia el interior del parque. 14


Imogen cierra los ojos y deja caer la cabeza de lado, el guarda la alcanza, se arrodilla junto a su cuerpo y le palmea la cara. -

¡Señorita, señorita!

Llega otro guarda. -

¡¿Qué ha pasado?!

-

Esa cosa estaba a punto de comérsela, he conseguido espantarla.

-

¿Está bien?

-

No lo sé. Señorita.

El segundo guarda le toma el pulso. -

Está viva. Parece herida.

El primer guarda le palmea de nuevo el rostro mientras el segundo intenta ver si hay sangre entre el abrigo y el vestido medio destrozados. Imogen levanta a medias los párpados. -

Señorita – insiste el guarda -, ¿se encuentra usted bien, está herida?

Imogen balbucea algo, el guarda acerca la oreja. -

Dice que no.

-

Gracias a dios… hay que sacarla de aquí, vamos.

El primer guarda, con la ayuda del segundo, logra levantarla y cargar con ella en brazos, sacándola rápidamente del parque.

Archibald baja a toda prisa las escaleras y llega a la entrada por donde están pasando los dos guardas con Imogen. -

¿Qué ha pasado, está bien? – pregunta exaltado.

Los guardas pasan al salón guiados por el mayordomo. -

Sí, está bien – responde el guarda que no carga con ella -, hemos conseguido rescatarla justo a tiempo, creemos que no está herida.

El otro guarda la posa sobre el sofá del salón y se aparta para dejar que se acerque Archibald, que se arrodilla frente a su rostro y lo coge con ambas manos. -

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Immi – la llama -, Immi pequeña…


-

Está medio inconsciente – dice uno de los guardas -, nos ha costado mucho lograr que nos dijera la dirección, ya estaba así cuando la encontramos, a lo mejor se ha quedado impactada por lo ocurrido.

-

Dios mío – susurra Archibald -, no puedo ni imaginar por lo que habrá pasado…

Archibald gira el rostro y mira con los ojos empañados a los guardas. -

Muchísimas gracias – les dice -, le han salvado ustedes la vida – se incorpora -, por favor, si hay algo, cualquier cosa que pueda hacer por ustedes.

Uno de los guardas niega, el otro mueve una mano. -

No caballero – dice -, no se preocupe, es nuestra obligación.

-

Les estaré eternamente agradecido.

Archibald les estrecha las manos y continúa agradeciéndoles su ayuda conforme les acompaña a la salida, les vuelve a estrechar las manos antes de que se vayan y en cuanto salen, cierra y regresa a prisa al salón, volviendo a arrodillarse junto a Imogen. -

Traiga un poco de agua, señora Higgs – le pide a la doncella.

-

Sí señor Lowsley.

La doncella sale, Archibald acaricia el rostro de Imogen. -

Immi – insiste -, Imogen.

Imogen entreabre los ojos y gime. -

¿Qué…, qué pasa? – pregunta desorientada.

-

Tranquila, estás en casa, ¿te encuentras bien?

Imogen abre la boca y mueve la cabeza mientras mira al techo. -

No, no lo sé… ¿qué ha pasado?

-

¿No lo recuerdas?

-

No…, no muy bien, no…

-

Tranquila.

La doncella regresa con un vaso de agua, Archibald se lo ofrece e Imogen lo bebe entero. Seguidamente la levanta en brazos del sofá y la lleva escaleras arriba, hasta su habitación, en donde la tumba en la cama y se acerca de nuevo a su rostro. -

Tranquila – le repite -, la señora Higgs te ayudará a quitarte esta ropa y ponerte cómoda – le besa la frente -, sólo voy a salir mientras te cambia, en seguida volveré. Ahora no te preocupes por nada e intenta relajarte ¿de acuerdo?

-

De acuerdo…

-

Tranquila, ya pasó todo.

Archibald le acaricia la frente y se incorpora. 16


-

Avíseme en cuanto haya acabado – le dice a la doncella.

-

Sí señor.

-

Gracias.

El sol tímido y medio apagado entra por la ventana del dormitorio de Imogen mientras desayuna sentada en la cama. Un par de golpes suenan entonces desde el exterior de la puerta. -

Adelante – permite.

Archibald abre y entra. -

Buenos días – dice -, ¿qué tal te encuentras?

Imogen posa la taza de té que sostiene y sonríe levemente. -

Bien, gracias.

Archibald se sienta a su lado sobre la cama y toma aliento con profundidad. -

Immi, no quiero resultar inconveniente pero, estoy muy preocupado por lo que pasó anoche.

Imogen niega. -

Estoy bien.

-

Immi no recuerdas nada, y aunque no notes ningún dolor puede que tengas algo y no te hayas dado cuenta – le coge una mano -. No pretendo importunarte, pero sufriste un ataque terrible, tenías la ropa destrozada y después de una situación así…, sólo quiero asegurarme de que realmente estás bien.

-

Estoy bien – insiste Imogen -, sólo tengo un moratón pequeñito en el costado, y creo que otro en un codo, nada más.

-

De todas formas he llamado a un médico, no tardará en llegar.

Imogen frunce el ceño con tristeza. -

No – se lamenta -, no me gustan los médicos.

-

Ya sé que no, pero es lo más responsable, debemos asegurarnos de que todo está bien. Por favor…

Imogen baja la vista y asiente cabizbaja. -

Gracias – dice Archibald.

Le besa una mejilla y suelta su mano al incorporarse. 17


-

Voy a buscar a la señora Higgs para que recoja la bandeja.

-

Claro – susurra Imogen.

Archibald y un hombre vestido con traje que lleva un maletín de piel en una mano, suben las escaleras mientras hablan. Al llegar a la segunda planta ambos se dirigen a la habitación de Imogen, Archibald llama a la puerta y entra, Imogen le mira desde la cama, sentada. -

Immi – dice Archibald.

El hombre pasa tras él. -

Te presento al Doctor Morgan.

-

Buenos días – le saluda Imogen.

Morgan se quita el sombrero. -

Buenos días señorita Hawthorne.

Posa el sombrero y el maletín sobre la mesa del tocador y comienza a abrirlo. Archibald coge la silla del tocador, la recoloca y toma asiento frente a la cama, Morgan ha sacado un estetoscopio y se acerca a Imogen conforme se coloca ambos extremos de los dos tubos de metal en las orejas. -

Por favor – le pide a Imogen -, retire un poco el camisón.

Imogen mira a Archibald, al verle asentir suelta los lazos de raso del cuello y abre un poco el escote del camisón. -

Gracias – dice Morgan.

Coloca el cono de metal en que acaba el estetoscopio sobre su pecho y escucha. -

Respire hondo por favor.

Imogen obedece. Tras un par de hondas inhalaciones Morgan retira el aparato del pecho de Imogen, lo suelta de sus orejas y se lo cuelga alrededor del cuello. -

Túmbese por favor.

Imogen obedece de nuevo, Morgan retira las mantas y comienza a palparle uno de los costados. -

Avíseme si le duele conforme le aprieto.

Imogen asiente tímidamente con la cabeza. 18


-

¿Y dice que la encontraron tendida en el suelo? – le pregunta Morgan a Archibald.

-

Sí, así es.

Morgan cambia de costado. -

¿Y no recuerda usted nada? – le pregunta a Imogen.

-

No, sólo…

Imogen deja que su mirada se pierda hasta que de repente se queja, Morgan para y se centra en la zona que acaba de presionar. -

¿Le duele aquí?

-

Ah – gime Imogen -, sí. Creo que tengo un moratón.

-

La costilla está intacta, no hay rotura y dudo mucho que haya fisura, si no el dolor al palpado sería mucho más intenso.

Morgan para y se aparta de Imogen para encararse a Archibald. -

No detecto pálpitos en el corazón ni hay ningún órgano interno dañado.

Archibald suspira y pone ambas manos sobre las rodillas. -

Menos mal – se incorpora -, es estupendo oír eso.

Se acerca a Morgan. -

Muchas gracias por todo doctor – le estrecha la mano.

-

De nada.

Morgan se quita el estetoscopio del cuello y se acerca a su maletín. -

Immi – dice Archibald -, voy a acompañar al doctor a la salida, en seguida vuelvo ¿vale?

-

Claro.

Imogen vuelve a sentarse y se lleva enseguida las manos al cuello del camisón para cerrarlo. -

Gracias doctor.

Morgan coge su sombrero. -

De nada señorita. Buenos días.

-

Buenos días.

Archibald abre la puerta y le permite el paso a Morgan, cierra tras de sí y ambos comienzan a bajar las escaleras. -

Doctor – susurra Archibald -, celebro que mi prima no tenga ningún daño físico, pero me preocupa el hecho de que no recuerde nada de lo ocurrido.

19

Bueno, ese es un asunto diferente.


-

¿Un asunto diferente?

Llegan a la planta baja y se detienen el uno frente al otro. -

Verá – responde Morgan -, no es nada extraño que las víctimas de un ataque violento no recuerden lo ocurrido durante un tiempo, quizás lo recuerde mañana, o quizás no lo recuerde nunca, y en mi opinión tal vez sea mejor así.

Archibald frunce el ceño. -

Lo siento pero no entiendo su opinión en absoluto doctor.

-

Señor Lowsley a veces la gente intenta forzar las cosas y salen peor que si no se hace nada. He visto casos muy lamentables de personas obligadas a recordar, en que el intento de remedio causó más dolor que el mal en sí mismo. Si acepta mi consejo, no se deje llevar por la preocupación de lo que pudo ocurrir, la gente tiene mucha imaginación y se atormenta pensando en lo horrible que debe de haber sido algo para que un ser querido lo bloquee. Quizás le sorprendería saber que la mayoría de las veces es peor lo que imaginamos que lo que realmente ha llegado a pasar, porque no siempre se trata de lo ocurrido, si no de cómo lo ha vivido esa persona. Seguramente ese animal intentó atacarla, ella se golpeó el cuerpo contra el suelo y los guardas lograron espantar entonces a esa cosa. Créame que si hubiera ocurrido algo más no estaría viva, he leído los informes forenses del especialista encargado del caso en Scotland Yard, es un buen amigo mío, y sé lo que digo.

Morgan golpea cordialmente un brazo de Archibal. -

Deje que se relaje, ayúdela normalizando las cosas, como le he dicho quizás recuerde poco a poco fragmentos, o emociones, o quizás nunca recuerde nada. No le de mayor importancia. Creo que es lo mejor que puede hacer por ella.

Archibald asiente despacio, abre la puerta y antes de despedirse estrecha la mano de Morgan mientras le agradece de nuevo su ayuda. Al cerrar la puerta mira hacia arriba y suspira profundamente. Sube de nuevo las escaleras, golpea la puerta de la habitación de Imogen y vuelve a entrar, viéndola levantada, colocando la silla de su tocador. -

Immi ¿qué haces?

-

Sólo me he levantado para volver a sentarme, voy a escribir a Lucy. Además, ya has oído al médico, no me pasa nada.

-

Sí, le he oído…

Imogen se sienta en la silla de su tocador, saca papel, tinta y pluma, y comienza a escribir. Archibald se acerca a ella por la espalda. 20


-

Le pediré a Hughes que la mande enviar con la mayor urgencia.

-

Gracias.

Archibald acaricia lentamente un hombro de Imogen, se da media vuelta, camina pensativo hacia la puerta y la arrima tras de sí al salir.

Lucy aguarda tras golpear el picaporte de la puerta del piso de Archibald. Transcurridos unos segundos, el mayordomo Hughes le abre y le da la bienvenida. -

La señorita está arriba – le indica.

Lucy le entrega su paraguas y su sombrero. -

Gracias – responde.

-

¿Desea que la acompañe, señorita?

-

No, gracias, no será necesario.

Hughes hace una ligera reverencia con la cabeza. Lucy comienza a subir las escaleras mientras se va quitando los guantes sin dejar de mirar hacia arriba, cuando llega, anda deprisa por el pasillo hasta llegar a la puerta arrimada de la habitación de Imogen. -

¿Immi? – la llama.

Adelante, oye. Lucy aparta la puerta y entra, Imogen le sonríe ampliamente desde la cama. -

Lucy – dice.

Lucy también sonríe conforme se acerca. -

Immi.

Lucy se sienta en la cama y ambas se abrazan. -

Dios mío – susurra Lucy sin soltarla -, menos mal que estás bien, tu carta me había dejado tan preocupada que tenía que verte.

-

Sí que lo siento, no era mi intención preocuparte tanto.

Se separan ligeramente y se miran, Lucy tiene el entrecejo tristemente fruncido, mientras que Imogen tiene dibujada una expresión de calmada felicidad. Lucy niega. -

¿No estás asustada? – pregunta.

-

¿Asustada, de qué?

Lucy niega de nuevo y la suelta del todo. 21

¿Cómo que de qué?, Immi, casi pierdes la vida.


Imogen toma aliento profundamente. -

Sí, bueno, eso dice todo el mundo pero yo…, no sé…

-

¿No sabes qué?

-

No sé qué decir, porque…, no me siento así.

Se miran a los ojos mientras Lucy mueve el pecho con cierta agitación, respirando deprisa por la boca. -

¿Acaso lo que ocurre, es que no te lo acabas de creer? – pregunta.

Imogen se encoge fugazmente de hombros. -

Sí, supongo que es eso – niega -, no lo sé – repite.

Se lleva una mano a la nuca y la pasa por ella mientras mira hacia ninguna parte. -

Intento recordar qué pasó exactamente para entender lo que siento, de veras que lo intento, pero lo único que sé es cada vez que pienso en ello noto una sensación – niega de nuevo -, de… calidez, algo muy extraño y a la vez muy hermoso y tranquilo que me recorre por dentro – mira a Lucy -, y no sé porqué, sólo sé que es lo que siento. Entiendo vuestra preocupación, pero al mismo tiempo me siento incapaz de compartirla. No puedo evitar no hacerlo.

Lucy niega una vez más sin desfruncir su ceño. -

No, no lo entiendo Immi, ¿un sentimiento cálido, cómo es posible?

Imogen baja la vista. -

No lo sé – repite susurrando.

Lucy le coge una mano y la acaricia. -

Perdona, no quiero ser impertinente, aunque no le encuentre demasiado sentido a lo que sientes, sea como sea me alegro de que estés bien, al fin y a al cabo, eso es lo único importante, que estás bien.

Mientras, en la planta baja, Archibald sale de la biblioteca y busca a Hughes hasta dar con él, le pregunta si efectivamente han llamado a la puerta y Hughes le informa de que ha sido Lucy. Archibald se acerca a las escaleras y al oír algo alza la vista y ve a Lucy en la parte superior, poniéndose los guantes conforme baja. -

Buenas tardes señorita Gaye.

Lucy aparta la mirada de sus manos y le ve. -

Buenas tardes señor Lowsley.

Se detiene ante él al pie de la escalera y sonríe tímidamente, Archibald la mira fijamente a los ojos.

22


-

Celebro verla aquí – dice –, su compañía es increíblemente apreciada por mi querida prima, y también por mí.

Le toma una mano enfundada en un guante y la besa con delicadeza. Lucy mueve la vista con recato entre él y ninguna parte, manteniendo su leve sonrisa. -

Muchísimas gracias señor Lowsley – responde.

-

Por favor, llámeme Archibald señorita Gaye.

Archibald le suelta finalmente la mano, Lucy la pasa por un brazo y toma aliento. -

He estado hablando con Immi, está un poco, no sé, la he encontrado un poco extraña, pero he preferido no darle demasiada importancia, supongo que es normal después de haber pasado por, ya sabe…

-

Lo sé. El médico me ha recomendado que le demos algo de tiempo. Quizás sea lo mejor, no presionarla, no forzar las cosas.

Lucy asiente. -

Sí, seguramente.

Hughes se acerca entonces a ambos con las pertenencias de Lucy. -

Señorita – dice.

-

Oh, gracias.

-

De nada señorita.

Lucy se pone el sombrero y coge el paraguas de manos de Hughes, que se retira y les deja de nuevo a solas. -

¿Se marcha ya? – pregunta Archibald -, creí que había llegado hace poco.

-

Sí, lamentablemente no puedo quedarme tanto rato como quisiera, me esperan en casa antes de que anochezca.

-

¿No volverá usted andando?

-

Sí, me temo que sí.

Archibald niega. -

Ah no, no por favor, permítame detenerle un carruaje, es lo menos que puedo hacer.

-

Señor Lowsley, yo–

-

Archibald, por favor, y me niego rotundamente a recibir un no por respuesta, si le ocurriera cualquier cosa, Dios no lo quiera, me sentiría enteramente responsable, y más después de lo que acaba de ocurrirle a Immi.

Lucy vuelve a dejar que su mirada coincida con la de Archibald durante unos silenciosos instantes. 23


-

Gracias – susurra finalmente -, Archibald.

-

De nada.

Archibald la acompaña a la puerta, abre, le deja paso y tras cerrar cruza la acera y espera junto a ella hasta poder detener un carruaje. Al hacerlo abre la portezuela, la ayuda a subir y cierra. Lucy se apoya en el margen de la ventanilla. -

Muchísimas gracias, Archibald.

-

Gracias a usted por su visita, señorita Gaye. Espero volver a verla pronto.

Lucy sonríe de nuevo con timidez en respuesta, Archibald también le sonríe y se separa de la ventana lentamente para ir a pagar al cochero, que al recibir el dinero arranca. Archibald se aparta y permanece en la acera, observando el coche conforme se aleja hasta confundirse en la distancia con el resto del tránsito.

El viento sopla ligeramente en el exterior. La noche lo cubre todo y no se ve nada al otro lado de la ventana. Imogen respira despacio, está tendida en su cama con los ojos cerrados, soñando. Entonces entre sus sueños comienza a oír una voz, un susurro cerca de su oído. Es un susurro cálido y hermoso, es la voz de un hombre que la llama. Imogen toma aliento con profundidad al tiempo que abre los ojos, se lleva una mano al pecho, mira por la ventana hacia la oscura noche y empieza a incorporarse. Una vez en pie se calza, se acerca despacio al piecero y coge su bata, poniéndosela mientras avanza ensimismada. Conforme respira está captando algo, un olor que la llama, un intenso olor que la está reclamando y atrayendo, hacia el exterior. Recorre a oscuras la casa y sale por la puerta de servicio con lentitud y sigilo. En el exterior el aire mueve su bata blanca y las exhalaciones que se escapan por su boca se transforman en nubes de vaho. Por la calle no hay nadie. Sigue avanzando con la mirada perdida, sus pupilas están dilatadas, su respiración sedada y su paso ralentizado. Camina hasta llegar al parque que está cerca de su casa, un parque cercano rodeado por unas vallas de metal muy altas. Se acerca a la puerta y al empujarla esta se abre. La cerradura está destrozada.

24


En el interior del parque los grillos cantan, la luz de la luna se refleja sobre un pequeño lago y las hojas de los árboles bailan en la oscuridad, creando al ser mecidas por el aire suave, un murmullo que acompaña al canto de los insectos. Cerca del lago, en donde la luz tenue de la luna permite ver algo, hay un claro rodeado de árboles y arbustos. Imogen se detiene al llegar a ese claro y espera. Entonces, desde el otro lado, de entre los arbustos, aparece poco a poco la bestia. Camina con las cuatro patas sobre el suelo, su lomo curvado e imponente no está heridazo, y sus ojos rojos están calmados, como su respiración y sus movimientos. Imogen sonríe al verla y también se acerca a ella. Ambos se miran fijamente conforme avanzan, hasta detenerse muy cerca el uno del otro. Imogen alza entonces una mano despacio y la acerca al rostro peludo de la bestia. Sus afilados colmillos sobresalen y pueden verse aún cuando tiene la boca cerrada, su morro es ligeramente chato y en la parte superior de su redondeada y enorme cabeza, hay unas orejas grandes y puntiagudas. Imogen toca su rostro como si acariciara a un hombre, suave y cariñosamente. La bestia ronronea, se sienta sobre sus patas traseras y rodea a Imogen con ambas patas delanteras sin dañarla con sus garras. La acerca delicadamente a su cuerpo, la estrecha y cierra los ojos sin dejar de ronronear mientras ella le acaricia el pelaje con las dos manos. Tras un instante la bestia acerca su boca a una de las orejas de Imogen y la entreabre. -

Amor mío – dice con una voz animal, grave y profunda -, te he buscado durante tanto tiempo – suspira -. La eternidad de seiscientos años vagando de tierra en tierra, huyendo de lugar en lugar para evitar ser cazado, sufriendo la soledad de mi cruel desgracia… por fin se ha acabado.

Abre los ojos y la mira. -

Llegué a creer que jamás te encontraría – continúa -. Eres lo más hermoso que he visto en toda mi vida. Ni en mis más increíbles sueños podría haber llegado nunca a concebir nada tan bello.

Alza una pata y le aparta con ternura unas hebras de cabello de la cara, sin dañarla. Imogen la mira embelesada. -

Yo tampoco había sentido antes nada igual – responde -, toda mi vida he deseado sentir algo así por alguien, algo como lo que tú has despertado en mí.

Mientras continúa acariciándola, Imogen ve en el rostro de la bestia los ojos azules que vio por primera vez, mirándola. -

Tus ojos son – susurra -… como una ventana a lo inconmensurable, tan hermosos, tan dulces, tan intensos y tan, tan…

25


Sus ojos se empañan, los de la bestia también. Ambos agitan sus respiraciones y acercan sus bocas hasta que las unen, besándose con pasión y vehemencia, abrazados.

La bestia golpea la ventana de la habitación de Imogen desde el exterior y hace saltar el pestillo del interior. La abre y salta dentro con Imogen en brazos, la posa con delicadeza sobre la superficie de la cama y acerca su cabeza a su rostro sin soltarla. -

Buenas noches amor mío – le susurra.

Imogen le sonríe sin soltarle tampoco. -

Buenas noches – responde.

Se besan una vez más. La bestia se va separando entonces lentamente para acercarse a la ventana mientras sus patas recorren despacio a Imogen, hasta no poder tocarla más. Finalmente se detiene junto a la ventana, se sube al marco de un ligero salto, agarra el margen de la ventana según sale y la entorna antes de saltar hacia la calle, en donde corre nada más tocar el suelo hacia la oscuridad.

Desde el salón suben voces. Según baja las escaleras, Imogen puede oír cómo dos hombres están hablando, pero no entiende qué es lo que dicen. Se acerca tranquilamente a la puerta y la abre, viendo a Cyrus Spark en pie junto a Archibald, que está sentado en el sofá con el periódico en las manos. -

Buenos días – les saluda con una sonrisa.

Ambos se callan y la miran. -

Buenos días señorita Hawthorne – responde Cyrus.

Cyrus es un hombre de la misma edad que Archibald, es un poco menos alto que él, pero igualmente fuerte, tiene el cabello laceo y oscuro, los ojos marrones y la tez pálida. Lleva una barba de dos o tres días que endurece sus rasgos finos y ligeramente exóticos, y viste ropa y calzado más informal pero igualmente caro. Archibald pliega el periódico. 26

¿Cómo es que te has vestido? – le pregunta a Imogen -, ¿no irás a salir?


Imogen borra la sonrisa, abre la boca y toma aliento, mira a Cyrus y después vuelve a mirar a Archibald. -

Pues sí, había pensado salir a dar una vuelta, he visto que ha salido un poco el sol.

Hay unos segundos de silencio, Archibald baja la vista. -

No me gustaría que salieras tú sola – dice.

-

Bueno, pues entonces ven conmigo. Estoy cansada de estar en casa.

Archibald deja el periódico sobre el sofá y vuelve a mirarla, esta vez con la cabeza algo gacha. -

Immi, me gustaría, si no es mucho pedir, que no salieras en un par de días más.

-

¿Cómo?

-

Al menos hasta que apresen a esa cosa – señala el periódico -, Cyrus ha traído el periódico, han encontrado a otra víctima asesinada esta noche, y esta vez muy cerca de nuestra casa.

Imogen se lleva una mano al pecho y respira entrecortadamente, Archibald se levanta al verla y se acerca a consolarla. -

No es mi intención hacerte sentir mal – dice -, nunca lo es, pero la realidad es la que es, y temo por tu seguridad, y no sólo por la tuya, si no que ha llegado un punto en que temo por la de todos. Precisamente Cyrus y yo estábamos comentando ahora el tema, él tampoco se encuentra seguro en su piso, la víctima ha sido encontrada a tan sólo tres manzanas de su casa, era un vecino y un conocido suyo. Ya no nos sentimos seguros en Londres.

Imogen retira la mano del pecho y mira a Archibald. -

No sé qué decir, yo – niega -, me he levantado tan contenta…, creo que he tenido un sueño muy bonito, aunque no recuerdo exactamente qué pasaba, pero estaba muy a gusto. Y ahora de repente me dices que esta misma noche han asesinado a un amigo de Cyrus cerca de casa… yo, no – agita el pecho - … Dios santo…

Se acerca al sofá y toma asiento despacio. -

Lo siento Immi – susurra Archibald.

-

Señorita Hawthorne – dice Cyrus -, lamento de veras lo que le ocurrió el otro día, no me imagino por lo que habrá tenido que pasar. Quiero que sepa que no era mi intención en absoluto venir a incomodarla con tan desagradables noticias.

Imogen alza el rostro lentamente y le mira con los ojos entristecidos. 27


-

No, no ha sido culpa suya – responde -, lo que ha ocurrido ha ocurrido, es sólo que…

Archibald se acerca a ella. -

Immi, Cyrus y yo estábamos hablando sobre una posible solución al problema, ¿te importaría dejarnos un instante a solas mientras terminamos de comentar el tema?

Imogen asiente. -

Sí, claro.

-

No tardaremos mucho.

Imogen vuelve a asentir despacio y se incorpora, Archibald la rodea con ambos brazos y le da un beso en la frente. -

Escribe a Lucy si quieres, pregúntale si su familia le permitiría pasar fuera de la ciudad unos días como nuestra invitada, en favor de su propia seguridad.

-

Claro. Gracias Archi.

-

De nada.

Imogen le da un beso en la mejilla, se despide de Cyrus y vuelve a subir las escaleras de vuelta a su dormitorio.

Lucy camina por la ciudad y mientras mira los escaparates de las tiendas, oye al vendedor de periódicos gritar en plena calle la noticia de un ataque más. ¡La bestia no entiende de ricos y pobres, burgués asesinado frente a su propia casa, compren, compren ya la edición del día, últimas noticias! Lucy se acerca al muchacho, le pide un ejemplar, le paga y comienza a leer la portada. Conforme lee acelera la respiración y exalta la vista, hasta que pliega el periódico y vuelve a caminar, esta vez más rápido y en dirección contraria a la que iba hasta entonces. Tras unos minutos de camino llega a su casa, posa el periódico en el sinfonier del hall y llama a su padre mientras se quita el sombrero. -

¡Padre! – insiste.

Ante ella aparece uno de sus dos únicos sirvientes.

28


-

Señorita Gaye, ha llegado una carta para usted, y su padre ha salido un instante. Su madre está en el salón, creo.

-

Gracias.

Lucy cuelga el abrigo del perchero y coge la carta, al ver que es de Imogen la abre y la lee rápidamente. Al acabar vuelve a plegarla, coge el periódico y se dirige al salón, abre la puerta y encuentra a su madre leyendo un libro junto a la mesa del té. -

Madre – dice -, acabo de comprar el periódico y he recibido una carta de Immi.

Su madre asiente sin levantar la vista del libro. -

Quería hablar con padre – continúa Lucy -, pero ya que no está…

Se acerca y le enseña el periódico, su madre aparta la vista de la lectura y lo mira. -

Cuando estaba en la calle he visto estas noticias y he venido a toda prisa a decíroslo. Es horrible.

La madre posa el libro y coge el periódico, leyendo. -

Dios mío – susurra -, sí que lo es… ¿a dónde vamos a ir a parar?

-

Ese animal ronda por todas partes, me ha dado miedo hasta quedarme en la calle.

-

Cariño no puedes encerrarte en casa–

-

Pues sí que pensaba hacerlo – interrumpe Lucy -, al menos hasta que lo cacen. Pero entonces, he visto esto.

Lucy le entrega la carta de Imogen, su madre la coge y empieza a leerla. -

¿Crees que podría ir? – pregunta Lucy.

Su madre termina de leer. -

Vaya, qué amable de su parte – dice -, suena muy bien.

Le devuelve la carta. -

Tendrás que preguntarle a tu padre cuando vuelva.

-

¿Pero tú qué crees?

-

Creo que obviamente estarás más segura fuera de Londres, pero, ¿estás segura de que ese primo suyo no busca nada incorrecto de ti?

Lucy abre la boca y se lleva una mano al pecho. -

Madre – bisbisea -, el señor Lowsley es todo un caballero, jamás ha tenido una palabra fuera de tono conmigo.

-

Hm, seguro que no, para eso le han educado bien, los ricos nunca hablan mal, pero lo importante no es lo que dicen, si no lo que buscan. Sé realista cariño, tú eres una jovencita inexperta a su lado, con un nivel de vida bajo en comparación, no está de más preguntarse si quiere usar tus debilidades y necesidades en

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provecho propio, para deshacerse de ti en cuanto haya conseguido lo que busca, no sería el primero. -

Madre el señor Lowsley es una buena persona, no dudo de que sus intenciones son las mejores para conmigo.

La madre gesticula. -

Bueno, bueno, esa tú opinión, ya me gustaría a mí conocer a ese caballero que te pagó un coche el otro día sólo por cortesía.

-

Pero madre–

-

Cuando venga tu padre pregúntale. Él dirá.

Se miran en silencio un instante, Lucy agacha la cabeza. -

Sí madre.

-

Ve preparando algo en una maleta por si acaso. Pero de todas formas ten cuidado, tu virtud es lo más valioso que tienes, que la perdieras sería peor aún que el que te comiera esa cosa.

Lucy mueve ligeramente la carta en sus manos. -

¿Qué debo responderle entonces a Immi?

-

Ya te he dicho que esperes a ver qué te dice tu padre, cuando te responda le envías un mensaje, esta misma tarde puedes contestarles, aún tendrás tiempo, no creo yo que se vayan a ir esta noche corriendo a toda prisa.

-

Sí madre.

Lucy se da media vuelta con la cabeza aún gacha, sale del salón y camina hacia las escaleras para subir a su habitación.

Cyrus entra en su piso y llama a su mayordomo conforme se va quitando el abrigo. El mayordomo aparece, le coge el abrigo y espera ante él mientras le ve quitarse los guantes. -

Necesito que vayan preparando mi equipaje, señor Cropper – dice Cyrus -, uno bien completo, saldré mañana de Londres durante unos días y no sé cuando volveré.

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-

Sí señor, ¿algo más señor?

-

Sí.


Cyrus le entrega los guantes y empieza a andar hacia la planta superior. -

Que Howard me prepare un baño, necesito relajarme. El equipaje tiene que estar listo esta misma noche, saldremos mañana temprano. Vamos a ir a Newbury, en el condado de Berkshire, te entregaré la dirección exacta enseguida por si es necesario localizarme. Está lo suficientemente lejos de Londres como para estar seguros pero no desconectados, es una idea estupenda. No hace falta que Howard venga conmigo, iremos a casa de Archibald y él tiene servicio allí.

-

¿A Berkshire señor?, disculpe mi confusión, pero tenía entendido que el señor Lowsley residía aquí.

-

Sí, claro que vive aquí, pero su padre le legó una propiedad en Berkshire al morir, es la casa familiar. Archibald no la usa casi nunca, es como yo, le gusta la ciudad, somos solteros empedernidos que disfrutamos del ritmo y la vida de Londres.

Se detiene y sonríe de medio lado. -

Siempre que no sea mortal, claro.

Con la maleta ya preparada, Imogen descansa tumbada y tapada bajo las mantas de su cama. Mientras duerme, de nuevo oye algo entre su profunda respiración. Abre los ojos entre sueños y ve a su alrededor cómo un manto blanco lleno de luz lo cubre todo. Vuelve a cerrar los ojos y suspira, captando un perfume agradable, sugerente y masculino. Sonríe con calma y gira el rostro hacia un lado conforme vuelve a abrir los ojos. -

Mi príncipe – susurra.

Vladislav Chavdarov sonríe cálidamente frente a ella. -

Mi princesa – le responde con un extraño acento.

Se miran fijamente a los ojos. Chavdarov alza una mano mientras respira intensamente y le acaricia el rostro con delicadeza. Es el mismo Chavdarov que un día bailó en su palacio búlgaro, el mismo que un día buscó esposa, el mismo que una noche perdió su vida al verse maldito. Ahora su cuerpo fuerte va vestido con una hermosa ropa, su cabellera espesa reluce y sus hermosos ojos azules brillan.

31


Imogen cierra los ojos de nuevo al sentir sobre su piel el tacto de la mano de Chavdarov y acelera el movimiento de su pecho, inspirando y expirando por la boca entreabierta. Chavdarov humedece sus labios, los acerca ensimismado a los de Imogen y la besa. Se abrazan sin separar sus bocas, tendiéndose lentamente. Chavdarov se coloca sobre ella, y mientras le acaricia el cuerpo y el rostro, comienza a llevar sus labios por su cuello. Imogen gime mientras le acaricia también a él. Chavdarov acerca entonces su boca a una de las orejas de Imogen. -

Amor mío – dice susurrando -, he anhelado tanto tus caricias, estar entre tus brazos – besa su lóbulo -, hacer el amor contigo.

Mueve su rostro sin separarlo del de ella, acariciándolo así con el suyo conforme lo encara con el de ella. Ambos se miran de nuevo a los ojos. -

Pronto podremos estar juntos para siempre.

Imogen frunce el ceño con tristeza. -

¿Y si no es así, y si no vuelvo a verte?, tengo miedo de que nos separen. Ni siquiera puedo quedarme aquí por más tiempo, van a alejarme de ti.

Chavdarov acaricia su rostro y sonríe. -

Nadie podrá alejarme nunca de ti ahora que te he encontrado. Nuestros corazones son nuestra mejor guía, allí a donde vaya uno podrá encontrarle el otro.

Le coge una mano y la pone sobre su pecho, sobre su corazón. -

¿Lo oyes?, late por ti, y mientras el tuyo lata por mí, siempre sabré el camino para llegar hasta él.

Imogen sonríe con los ojos empañados. -

Debo de haber perdido el juicio, no veo nada más que a ti, no me importa nadie más que tú, no necesito a nadie excepto a ti.

-

Sí, sí – exhala Chavdarov -, yo también siento lo mismo por ti. Sé que es una locura, sé que sólo te he mirado a los ojos para sentir lo que siento, pero no tengo ni la menor duda de ese sentimiento. Eres la mujer por la que ha valido la pena vivir esta terrible vida, eres el ser por el que he sacrificado todo mi ser, eres la luz que ha iluminado aún sin yo saberlo, mi oscuro y horroroso camino – sus ojos se empañan -. Eres mi vida, mi felicidad, mi aliento, mi todo, todo lo que ni siquiera puedo llegar a expresar sólo con palabras…

32


Pierde lágrimas por sus llorosos ojos al tiempo que acerca su cara a la de Imogen, besando repetidamente toda su piel y finalmente sus labios. Ambos estrechan más sus brazos mientras recorren al otro con sus manos sin dejar de besarse, abrazados.

Mientras el servicio baja las maletas Archibald espera frente a la puerta abierta de la casa. Mira hacia un lado y hacia otro de la calzada, hasta que ve llegar un carruaje que se detiene ante la entrada del piso. Cyrus sale entonces del interior, Archibald sonríe al verle y se acerca a él, ambos se estrechan las manos. -

Amigo – le saluda Archibald.

-

Espero que sea lo bastante grande – responde Cyrus mirando al carruaje -, yo tengo dos maletas, ¿y vosotros?

-

Yo tengo una un tanto grande, Immi tiene dos más pequeñas.

Miran hacia el interior del piso al oír algo y ven a Imogen bajando las escaleras junto a Hughes, que acaba por coger por completo la maleta con la que ella carga. Archibald sonríe. Hughes llega a la recepción y posa la maleta junto a las otras dos, Imogen pasa por su lado y tras darle las gracias sale a la calle mientras se ata el lazo del sombrero. -

Buenos días señorita Hawthorne – dice Cyrus.

Imogen sonríe levemente. -

Buenos días.

Archibald pone un brazo alrededor de sus hombros y le da un beso en la frente. -

Te veo un poco apagada.

Imogen desvía la mirada. -

No, sólo, un poco cansada.

-

¿No has dormido bien?

Imogen toca la mano que Archibald tiene sobre su hombro y sonríe de nuevo fugazmente. -

Sí, pero me acosté tarde y es un poco temprano. Sólo tengo un poco de sueño.

-

De acuerdo…

Archibald vuelve a besar su frente, mientras, Hughes va sacando las maletas a la calle y Cyrus mira a su alrededor. 33

¿Esperamos a algo? – pregunta.


-

No – responde Archibald -, a alguien. Lucinda Gaye nos acompañará, se viene con nosotros – se busca el reloj y mira la hora -. No creo que tarde mucho.

Hughes se acerca a ellos. -

¿Es todo señor?

-

Sí, los cocheros se encargarán de ir subiendo esto, gracias Hughes.

-

De nada señor. Que tengan muy buen viaje.

-

Gracias.

Hughes hace una leve reverencia con la cabeza y entra en el piso, cerrando. Los cocheros comienzan a subir las maletas a la parte superior del carruaje. Un segundo carruaje más pequeño gira entonces la esquina y se detiene tras el carruaje aparcado frente a la casa, Lucy abre la portezuela y sale de dentro. Archibald sonríe ampliamente y comienza a acercase a ella. -

Señorita Gaye – dice -, buenos días y bienvenida ¿Cuántas maletas ha traído?

-

Buenos días. Dos, espero que no sean demasiadas.

-

En absoluto, no se preocupe.

Archibald le besa una mano, la acompaña hasta el carruaje grande aparcado frente a la casa, abre la puerta y la ayuda a subir. -

Oh, espere – pide Lucy -, tengo que pagar al cochero.

-

No, no, por favor, permítame.

Archibald se acerca al otro coche mientras Cyrus ayuda ahora a Imogen a entrar en el carruaje grande. Lucy se aparta para dejarle espacio, Imogen termina de entrar y se sienta junto a ella. -

Me alegro de que al final puedas venir con nosotros – le dice.

-

Yo también.

Archibald descarga el equipaje de Lucy del otro coche y lo acerca al suyo mientras Cyrus ayuda a los dos cocheros a subir las otras maletas. Al acabar de subir y fijar todo el equipaje, ambos hombres entran en el carruaje y toman asiento frente a Imogen y Lucy, golpeando el respaldo que da a la parte de atrás del asiento de los cocheros. Los cocheros arrancan ante la señal y el carruaje comienza a avanzar por la concurrida calzada.

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El servicio entra con el equipaje dentro de la casa y comienza a subir la imponente escalera principal que hay frente al enorme hall, la cual se bifurca en dos anchos pasillos opuestos en la parte superior. El carruaje ha llegado a la propiedad de Archibald en Newbury, y mientras los criados ya disponen todo, Archibald, Cyrus, Imogen y Lucy, están entrando en la casa. Alrededor de la propiedad hay unos enormes prados verdes de hierba fresca por donde se extienden los caminos de arena de entrada y salida. Líneas enteras de árboles majestuosos delimitan los fértiles páramos, y en la parte posterior de la enorme casa de dos plantas, crece fructuoso un cuidado jardín lleno de setos con formas diversas, parterres coloristas, enredaderas trepadoras, estatuas de mármol blanco y fuentes susurrantes. En el interior de la casa, Imogen y Lucy se detienen en el hall mientras Archibald habla con el mayordomo. Miran a su alrededor con la boca medio abierta, observando el esplendor de la enorme y lujosa mansión. Cyrus está esperando junto a ellas a que Archibald termine de hablar. Cuando lo hace el mayordomo se retira y él se acerca a los tres. -

La cena estará servida a las seis – explica -, nuestros equipajes están siendo llevados a las habitaciones roja y azúl, para Immi y la señorita Gaye respectivamente, y los nuestros a la habitación verde – señala a Cyrus - y la amarilla – se señala a sí mismo y alza la mano hacia la planta superior, indicando -. Las habitaciones de las señoritas quedan a mano derecha al subir por las escaleras, nosotros tenemos que ir a la izquierda – baja el brazo -. El ama de llaves os indicará cómo llegar a ellas – les dice a Imogen y Lucy -, tenéis una doncella cada una a vuestro servicio, y al igual que las damas nosotros tenemos un lacayo para asistirnos a cada uno. Ya se encuentran en nuestras respectivas habitaciones, que tienen el fuego ya encendido y los baños preparados por si alguno quiere lavarse antes de la cena, nos ayudarán también a deshacer nuestros equipajes y a acomodarnos. No obstante si necesitáis alguna otra cosa no dudéis en pedírsela.

Archibald mira a Cyrus y le sonríe, Cyrus le devuelve la sonrisa. -

Así da gusto viajar amigo mío.

-

Desde luego – interviene Lucy -, es usted increíblemente amable.

Archibald niega. 35

No, no por favor, no me de las gracias, es el deber de todo buen anfitrión.


Los tres sonríen ampliamente, Imogen esboza una ligera sonrisa. -

Bueno – dice Archibald -, dejemos que las señoritas se acomoden, nos encontraremos en el salón grande a las seis, sin duda os indicarán cómo llegar, espero que no tengáis problemas para encontrarlo.

-

Muchísimas gracias – repite Lucy.

-

De nada.

Archibald acaricia la espalda de Imogen y todos comienzan a subir las escaleras, Cyrus y Archibald charlan mientras Lucy se agarra a uno de los brazos de Imogen, sin dejar de observarlo todo a su alrededor. Al llegar a la planta superior todos se despiden hasta la cena y cada par gira hacia su lado correspondiente. Lucy sonríe y aprieta las manos sobre el brazo de Imogen, que la mira. -

Immi – susurra con una amplia sonrisa -, no me lo puedo creer, este sitio es espectacular, y nosotras somos las invitadas de honor…

Imogen sonríe ligeramente, ante ellas aparece una doncella y les saluda con una reverencia. -

Señoritas, si me permiten acompañarlas hasta sus habitaciones – indica con una mano -, por aquí por favor.

Ambas le dan las gracias y la siguen a un par de pasos de distancia, Lucy vuelve a susurrarle a Imogen. -

Debo confesar que este lugar es todavía más impresionante de lo que lo había imaginado.

Imogen mira hacia el techo mientras sigue avanzando, observando el recargado y caro estilo barroco que lo decora. -

Sí – bisbisea – impresionante…

Bajo la luna, entre la oscuridad de la noche y el murmullo de los insectos, la bestia está terminando de devorar a su presa. Se relame el morro ensangrentado y deja caer los huesos rebañados, mirando hacia el cielo estrellado y observándolo. Los grillos cantan y la niebla se va condensando conforme aumenta el frío de la noche cerrada, y es entre esa niebla que se pierde cada vez más imperceptiblemente el vaho de las respiraciones de la bestia, que cierra los ojos 36


sin bajar la cabeza, infla sus anchos pulmones al tomar aire profundamente y aúlla al exhalar con fuerza. El melancólico canto animal se extiende en la oscuridad por el aire húmedo hasta desvanecerse en la distancia. La bestia baja entonces la cabeza con pesar y comienza a alejarse de los restos de su presa ya consumida, desapareciendo en la inmensidad de la noche.

Mientras Cyrus y Archibald juegan con los criados al críquet sobre uno de los verdes prados que forman parte de los terrenos de la casa, Lucy e Imogen les observan sentadas desde el cenador que hay a unos pocos metros de ellos. El canto de los pajarillos es constante y la brisa suave. El tiempo es fresco pero unos tímidos rayos de sol pasan entre las enormes y distantes nubes que cubren casi todo el cielo. Cada vez que alguien marca un tanto Lucy e Imogen aplauden. Mientras el juego prosigue dos sirvientes más se encargan de ir colocando la comida y la bebida sobre la mesa que hay en el cenador, de la que Imogen y Lucy van picando. El partido acaba. Archibald y Cyrus se acercan entonces al cenador entre risas, recuperando el aliento según caminan. Al llegar toman asiento con cansancio frente a Lucy e Imogen y piden algo de beber a los sirvientes. -

Ha sido un buen partido – dice Archibald.

Cyrus se pasa un pañuelo por el rostro para retirar el sudor. -

Sí, sobre todo porque hemos ganado.

Ambos ríen y cogen las bebidas que les acercan los sirvientes, bebiendo. -

Ha sido un partido estupendo – dice Lucy -, son ustedes muy buenos jugadores, ¿practican a menudo?

-

No tan a menudo como deberíamos – responde Archibald -, aunque ambos somos orgullosos miembros del club de cricket Marylebone – sonríe.

Lucy le devuelve la sonrisa con dulzura al tiempo que baja la cabeza ligeramente. Cyrus posa el baso vacío sobre el césped y suspira profundamente. -

Dios… qué tranquilidad hay aquí.

Archibald posa su baso sobre la mesa. 37


-

Sí.

Mira a su alrededor, observando el paisaje. Imogen y Lucy están comiendo mientras tanto unas pastas. Cyrus las mira, se levanta y se acerca a la mesa, coge una manzana, la muerde y comienza a revolver con la mano libre un bol con dulces conforme mastica. Lucy termina la pasta que está comiendo y mira disimuladamente a Archibald. -

Los jardines de esta casa son espectaculares – comenta -, debe ser una tarea muy ardua la de mantenerlos tan hermosos.

Archibald gira la cabeza y centra su hasta entonces distraída mirada en ella. -

Sí – responde -, y muy cara también, pero a mi madre le encantaban, igual que el invernadero. Siempre le gustaron mucho las flores.

-

¿También hay un invernadero?

-

Sí, así es, recuérdeme que se lo enseñe – se mira a sí mismo –… cuando esté más presentable.

Ambos ríen, Cyrus le da la espalda a la mesa para encararse a ellos y se lleva un dulce a la boca antes de seguir consumiendo su manzana. -

¿No ha visto el invernadero desde su habitación señorita Gaye?

-

No, sólo puedo apreciar parte del jardín.

-

El invernadero sólo se ve desde nuestro ala – aclara Archibald -, ellas están encaradas al lado contrario.

-

Es un sitio interesante – dice Cyrus -, extraño e interesante. Aunque personalmente prefiero el Palacio de Cristal.

-

Ui – Archibald ríe -, cuidado, el londinense acérrimo ataca de nuevo.

Cyrus sonríe ampliamente. -

Qué va.

-

Y tanto que sí.

-

No es cierto, para nada, estoy disfrutando de este sitio, creo que podría quedarme incluso…, un par de semanas.

-

Vaya, estoy impresionado – bromea Archibald -, dos semanas enteras.

-

Sí señor.

Cyrus inca sus dientes en la manzana y le arranca otro mordisco, Archibald vuelve a mirar a Lucy. -

En el jardín hay flores que resisten el frío del invierno, a mi madre le gustaba verlo colorido todo el año, pero en el invernadero hay flores de temporada que

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crecen todo el año gracias al microclima. Cuando ella falleció los criados pasaron a hacerse cargo, en concreto el ama de llaves, ella y mi madre compartían su gusto y pasión por la jardinería. Sus flores compitieron y ganaron en algunos de los certámenes más prestigiosos del cultivo floral del condado. Lucy sonríe con entusiasmo. -

Eso es increíble. Será maravillosos poder verlas.

Cyrus tira los restos de la manzana al suelo y vuelve a coger más dulces de la mesa. -

Sí claro, otro día – interviene -, mañana me gustaría ir al centro de Newbury, al pueblo, podríamos acercarnos ¿verdad?

-

Sí, claro, pero ¿para qué?

-

No lo sé, para ver a más gente o hacer unas compras.

-

¿Qué demonios necesitas comprar aquí?

Cyrus se encoge de hombros. -

No lo sé – repite -, algún recuerdo de la zona, un dulce típico para tomar de postre con la cena…

-

Ya, y de paso que cogemos el carruaje podríamos llegarnos hasta Reading, o no, mejor, podemos seguir hasta Slough.

Cyrus chasquea la lengua, Archibald se levanta de la silla. -

O no, no, no, ya que estaremos muy cerca podríamos terminar de acercarnos directamente a Londres.

Lucy ríe con contención, Imogen sonríe. -

Exagerado – protesta Cyrus -, sólo era una idea.

Archibald le rodea por los hombros con un brazo y ríe. -

Ya lo sé tontaina, anda, vamos a lavarnos antes de que caiga la noche, las señoritas esperarán a un par de caballeros para la cena, no a un par de manchas mojadas.

Lucy se cubre la boca y baja la cabeza de nuevo entre contenidas risas, Archibald le guiña un ojo a Imogen, Cyrus suspira y coge un último dulce. -

Sí, venga, vamos.

También rodea a Archibald por los hombros con un brazo y, tras despedirse de las chicas, caminan juntos hacia la casa. Al quedarse a solas Lucy se acerca más a Imogen y la mira con fijeza. -

¿Qué te pasa? – le pregunta.

Imogen coge un dulce y frunce el ceño ligeramente. 39


-

¿Qué?

-

Llevas todo el día muy callada, y ayer tampoco estuviste muy habladora que se diga, ¿estás bien?

Imogen niega. -

Sí, supongo.

-

¿Duermes bien?

-

Sí, muy bien.

-

Y, ¿has recordado algo de lo que pasó… la otra noche?

Imogen introduce el dulce en la boca y lo mastica despacio, mirando hacia ningún sitio mientras Lucy sigue mirándola a ella. Traga el bocado. -

Sólo sensaciones. Sigo sintiendo lo mismo que te sorprendió tanto el día que viniste a verme. Y veo – frunce el ceño -… veo – niega -, nada.

-

Lo siento – susurra Lucy.

Imogen le coge las manos a Lucy y esboza una leve sonrisa, Lucy apoya su cabeza sobre uno de los hombros de Imogen y suspira con tristeza.

Mientras Cyrus se sirve el desayuno Archibald lee el periódico, sentado a la mesa con una taza de té en una mano. Imogen entra en ese momento y se acerca al bufé. -

Buenos días – les saluda.

-

Buenos días señorita Hawthorne.

-

Buenos días Immi ¿has dormido bien?

-

Sí, muy bien, gracias ¿Y tú?

-

Como un bebé.

Imogen comienza a servirse el desayuno, Cyrus termina de servirse el suyo, se acerca a la mesa y toma asiento frente a Archibald. -

¿Qué noticias nos llegan hoy del mundo civilizado señor Lowsley?

-

Unas muy buenas señor Spark.

-

¿Buenas?

Archibald posa el periódico y bebe de un par de sorbos de su taza. -

Sí, para variar. Aquí dice que en las últimas dos noches no ha habido más ataques en la ciudad.

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Imogen deja de servirse y se gira para mirarles. -

Mira qué bien – dice Cyrus.

-

¿Ninguno más? – pregunta Imogen.

Archibald la mira. -

No, ninguno.

Cyrus coge el periódico, busca con la mirada y carraspea. -

Los aterradores ataques de la misteriosa bestia parecen haber cesado, aunque si bien puede ser temporalmente, en la ciudad de Londres – lee -. Durante las últimas dos noches no se ha hallado cuerpo destrozado alguno en ninguna de las calles o parques de la ciudad ni de sus inmediaciones. Aún se desconoce la causa exacta de estas terribles muertes que se han cobrado ya la vida de diez personas en diferentes zonas de la ciudad, no obstante, no son pocos los testimonios que describen al autor como una bestia de pelaje oscuro y grandes dimensiones.

Imogen se acerca despacio a la mesa con la boca entreabierta y la mirada fijada en el periódico, mientras Cyrus sigue leyendo. -

Son muchos los que han declarado incluso haber oído en no pocas ocasiones aullidos procedentes de las más diversas zonas arboladas de la ciudad, aullidos hasta ahora inauditos cuyos testigos describen como propios de un lobo u otro animal feroz.

Imogen se detiene frente a la mesa y mira ahora a Cyrus con fijeza sin dejar de respirar instintivamente por la boca. -

¿Se trata a caso de una fiera salida de la naturaleza salvaje que ha llegado hasta la ciudad en busca de nuevas presas, o tal vez de un inusual espécimen fugado del interior de la maltrecha jaula de un circo de los horrores?

-

Ya basta – pide Archibald -, por favor. No son más que frivolidades, esos artículos de opinión llevan semanas despachándose a gusto con centenares de páginas llenas de morbosos y jocosos comentarios. Lo importante es que esa cosa haya dejado ya de rondar por las calles.

Cyrus posa el periódico y sonríe. -

Tal vez podamos volver antes de lo que planeábamos.

-

Sí, tal vez. Ya veremos.

Imogen vuelve a mirar el periódico sin variar su expresión. 41

Pero, no dice que la hayan cazado, ¿verdad?


Archibald alza de nuevo su taza y vuelve a coger el periódico. -

No te apures Immi, no volveremos hasta que estemos completamente seguros de que podemos hacerlo.

Con una mano alrededor del brazo de Archibald, Lucy camina despacio junto a él mientras le escucha, yendo camino del invernadero. -

Así que muy probablemente, a diferencia del exterior, sentirá usted calor al entrar dentro, pues son flores de temporada primaveral especialmente. Mi madre decía que eran las más bonitas, le encantaban, sobre todo las rosas.

Lucy baja la cabeza y sonríe. -

Sí, las rosas son las flores predilectas de toda dama.

Archibald ríe suavemente en respuesta. Ambos llegan por fin al invernadero y Archibald abre la puerta, el tejado de pico se alza varios metros por encima de sus cabezas, la luz atraviesa los vidrios que constituyen tejado y paredes, y las flores crecen sobre repisas de madera, dentro de centenares de tiestos de diversos tamaños que albergan conjuntos de especies florales diferentes. Conforme avanzan entre el pasillo principal que genera la colocación de las repisas, Lucy va abriendo la boca instintivamente, observando la belleza de los lirios, los jacintos, las lilas, los narcisos, las gardenias y por supuesto, las rosas. -

Son preciosas – dice con una gran sonrisa -, nunca creí que podría ver algo tan hermoso.

-

¿Le gusta?

Lucy le mira sin variar su alegre expresión. -

Me encanta, siempre he soñado con vivir en un lugar así, rodeada de flores – suspira -… huele como debe de oler el cielo.

Archibald también sonríe, mirándola mientras Lucy vuelve a mirar a su alrededor. Imogen sale entonces de su habitación y desciende las escaleras hasta llegar a la planta baja, buscando. Camina durante unos minutos hasta que ve a Lucy yendo hacia ella del brazo de Archibald, al fondo del pasillo. Se detiene y les espera. Cuando están ya a tan sólo unos pasos de ella Archibald alza por fin la vista y la ve. 42

Immi – dice -, buenas tardes.


-

Buenas tardes, espero no interrumpir, pero–

-

No, no te preocupes – la dispensa Archibald -, venimos de visitar el invernadero.

-

Ah.

-

¿Ocurre algo?

Imogen mira a Lucy. -

Me preguntaba si podría hablar contigo un minuto.

-

Sí, claro – responde Lucy.

Archibald le toma entonces la mano que tiene alrededor de su brazo y la besa, Lucy le sonríe en respuesta. -

Nos vemos en un instante – se despide Archibald.

-

Sí, hasta luego. Y muchísimas gracias por todo.

-

Ha sido un placer, señorita Gaye.

Archibald suelta su mano, se despide de Imogen y se aleja por el pasillo adelante. Lucy e Imogen comienzan entonces a caminar juntas, más despacio. -

Verás – dice Imogen -, hay algo que quiero comentarte desde hace días. Ya sé que podría haber hablado contigo en cualquier otro momento pero, nunca encuentro la forma adecuada de hacerlo.

Llegan a la biblioteca y se detienen ante la puerta. -

Immi ya sabes que puedes decirme lo que quieras, cualquier cosa.

Imogen abre la puerta y le permite el paso a Lucy, baja la vista mientras cierra y deja la mano sobre el pomo. -

Ya – susurra -, es que… es algo que me preocupa pero, también me avergüenza un poco.

Lucy le coge ambas manos con las suyas y le sonríe. -

Te lo repito una y mil veces, puedes contarme lo que quieras.

Imogen dibuja también una leve sonrisa y asiente. Ambas se acercan entonces a un par de sillones, tomando asiento la una junto a la otra. Lucy la mira e Imogen deja la cabeza gacha. -

Bueno – dice -, verás, últimamente, estoy teniendo unos sueños muy – mira a Lucy -… extraños.

-

¿En qué sentido?

-

Bueno, son sueños con…, un caballero…

Lucy frunce el ceño y abre la boca, negando ligeramente hasta acabar desfrunciendo el ceño súbitamente. 43


-

Oh – dilucida -, ya entiendo.

-

¿Alguna vez has tenido ese tipo de sueños?

Lucy asiente con cierto apocamiento. -

Sí, claro, alguna.

-

No sé qué es lo que me ocurre, pero desde hace unos cuantos días tengo unos sueños extraños, maravillosos, pero extraños.

-

¿Pero extraños porqué, en qué sentido?

Imogen se lleva una mano al pecho. -

No logro recordar muy bien qué es lo que pasa, sólo sé que me levanto con esa sensación y – cierra los ojos y mueve la mano sobre su pecho -, es una sensación tan – exhala y abre los ojos -… no sé cómo explicarlo, sólo sé que es muy extraño. Ni siquiera puedo recordar bien su cara, ¿cómo se puede soñar tan intensamente con alguien a quien no se conoce?

Lucy frunce el ceño y se muerde el labio inferior levemente. -

Bueno, a lo mejor es alguien que has visto y que te ha llamado la atención en algún momento, sólo que no lo recuerdas bien ahora. Puede que aunque creas que no lo conoces se te haya quedado grabado en la memoria.

Imogen asiente despacio. -

A mí me pasó algo parecido una vez – continúa Lucy -, cuando iba a comprar con mi madre al mercado vi a un joven muy guapo con unos ojos impresionantes.

-

Si – susurra Imogen -, sus ojos…

Lucy sonríe. -

Me quedé mirándolo a sabiendas de que muy seguramente no volvería a verlo, y se me quedaron grabados sus ojos. Desde aquel día no pude evitar soñar con él cada noche, durante unas cuantas noches.

-

Pero tú no le conocías.

-

No, pero me lo imaginaba.

-

Entiendo a lo que te refieres pero, no es así exactamente como me siento, lo más extraño de todo es que realmente me siento como si se tratara de otra persona, otra persona a la que no recuerdo pero a la que conozco.

-

Bueno en cierto modo sí que es así, es otra persona pero al soñar con ella nosotras la cremamos en nuestra imaginación, en nuestra cabeza, así que no la conocemos de verdad pero sí que la conocemos en ese sentido, porque les

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convertimos en nuestros caballeros, besándonos la mano, rescatándonos del peligro, siendo unos dulces poetas que narran versos bajo nuestras ventanas… Imogen frunce el ceño y niega. -

No, no me refiero a eso, me refiero a algo mucho más…

Entorna los ojos y quita la mano del pecho para cerrarla. -

Más excitante, más animal, salvaje e instintivo…, algo más real.

Lucy abre más los ojos y traga saliva. -

Immi, yo, no sé a qué te refieres con eso – niega -. Entiendo que puedas sentir curiosidad por ciertas cuestiones, como todos, pero no creo que sea demasiado decoroso que nosotras hagamos uso de comentarios tan… licenciosos.

Imogen apaga y aseria poco a poco su expresión, Lucy junta ambas manos comedidamente al tiempo que vuelve a tragar saliva. -

Soñar con un caballero no es algo inadecuado, siempre que no se caiga en cierto tipo de pensamientos poco recomendados para una dama, no debemos incurrir en el pecado capital de la lujuria.

Imogen baja la cabeza y mira hacia otro lugar. -

Si, claro – susurra -. Entiendo.

Hay un instante de silencio. -

Bueno – dice Lucy -, espero haberte ayudado en algo.

Imogen se apoya sobre ambos reposabrazos del sillón. -

Sí – responde con sequedad –… disculpa.

Se incorpora, Lucy la mira con el ceño ligeramente fruncido. -

Claro – la dispensa.

Imogen le da la espalda en respuesta y camina hacia la puerta, enfureciendo su serio gesto conforme acelera el paso, hasta que abandona rápidamente la biblioteca.

Un rayo cruza el firmamento y centellea en medio de la oscuridad de la noche. El trueno retumba pocos segundos después. Todavía no llueve, pero la tormenta seca cubre todo Newbury desde hace ya varios minutos. Mientras, en el bosque, entre la maleza y bajo el cielo enfurecido, algo se está desplazando deprisa. Las aves abandonan las copas de los árboles antes de que llegue, la 45


vegetación se mueve sutilmente tras su veloz avance y el ruido de la noche se va transformando poco a poco, conforme se acerca. En su habitación, Imogen está terminando de secar su cabello con una toalla ante el fuego cuando oye ese ruido. Se para, mira hacia la ventana y escucha. Sus manos van soltando su cabellera al tiempo que su mirada se pierde, acabando por posar la toalla y comenzar a incorporarse lentamente. Se cerca a la ventana, aparta la cortina, lleva sus manos hacia el pasador y antes de tocarlo oye unos repentinos golpes sobre la puerta que la sobresaltan. Se detiene y se gira. Los golpes se repiten. ¿Immi?, oye procedente del otro lado de la puerta. -

¿Si? – responde.

-

Soy yo, Archi, ¿puedo pasar?

-

Sí…, claro.

Archibald abre, Imogen se acerca a él un par de pasos. -

¿Va todo bien? – pregunta Archibald.

-

Sí, ¿por qué?

Archibald también se acerca a ella y recoge la toalla que hay en el suelo, frente al fuego. -

Estabas muy callada durante la cena y no te has quedado a la sobremesa, no quisiera resultar pesado pero, ¿va todo bien?

Imogen se sienta al pie de la cama con la mirada gacha. -

Sí – susurra -, todo bien.

Archibald deja la toalla colgada del respaldo de la silla del tocador y se acerca a ella, pone una mano sobre su espalda y la mueve despacio. -

¿Te apetece bajar entonces un rato?, queríamos jugar a algo antes de acostarnos.

-

No sé.

-

¿Ni siquiera un ratito?, es pronto para acostarse.

Imogen suspira, alza la vista con cierta duda y ve a Archibald sonreírle. -

Bueno – acepta -, vale.

Mientras miran hacia los rayos un par de sirvientes de los Lowsley fuman un pitillo en el exterior de la casa, sentados sobre el bordillo de la entrada posterior para los criados. 46


Todavía no llueve. La brisa es fresca y arrastra consigo cada una de las nubes de humo que expulsan mientras charlan. En la casa, los cuatro jóvenes juegan al bridge, sentados alrededor de una mesa muy cercana al fuego de la chimenea de la sala de juegos. Cyrus y Archibald bromean y ríen junto con Lucy constantemente, pero Imogen permanece callada, con la atención distraída de las cartas, hasta que Archibald la ve ignorar su turno. -

Imogen – la llama -, ¿tiras?

Imogen se des ensimisma y le mira. -

¿Qué?

-

Que te toca a ti, ¿tiras?

-

Sí…

Imogen baja la vista y tira una carta sin mayor deliberación, Archibald mira a los demás antes de continuar con el juego. -

¿Acaso, siguen dándote miedo las tormentas? – le pregunta a Imogen.

Imogen niega y vuelve a mirar con el ceño tristemente fruncido hacia algún otro lugar. -

No, no…

-

¿Entonces qué te pasa?, esta noche te veo especialmente distraída.

-

Nada – niega de nuevo -, no me pasa nada – Se incorpora –. Disculpad, ya sé que es pronto pero tengo sueño y no tengo ganas de seguir jugando a esto. Me voy a dormir.

Posa las cartas y aparta la silla. Los tres se despiden de ella mientras los truenos siguen retumbando. Archibald recoge sus cartas y las de Imogen conforme mira a Cyrus y a Lucy con el ceño fruncido, tomando también sus cartas lentamente para volver a barajarlas todas. Al llegar a su habitación Imogen se acerca directamente a la ventana y la abre, se cubre el cuello con la tela de la bata y mira entre la oscuridad hacia todas partes, buscando. No ve nada. Tras un instante desiste, cierra lentamente y pasa el pestillo, bajando la vista con tristeza. En el exterior las gotas de agua comienzan entonces a caer suave e irregularmente. Los criados que fuman sentados se percatan y se incorporan. Uno de ellos acaba entonces el pitillo, lo tira y le dice al otro que se vuelve dentro, el otro le recuerda que aún tiene trabajo que hacer fuera, ambos se dan las buenas noches y se separan. El criado que sigue fumando se aleja un par de pasos de la puerta y mira bajo la lluvia hacia los árboles que se mueven entre la oscuridad a unas decenas de metros de la casa, 47


sus copas grandes se mecen despacio y sus hojas murmuran con el leve zarandeo de la brisa entre la fina lluvia. El criado tira finalmente la colilla, se mete las manos en los bolsillos y camina hacia las caballerizas.

En su cama Imogen da otra vuelta bajo las mantas y espira sonoramente. Entonces, en medio de la oscuridad y el silencio de la noche, un murmullo suave y constante comienza a sonar sólo para sus oídos. Imogen se gira de nuevo y queda boca arriba, saca los brazos de entre las mantas, los mueve sobre la almohada sin abrir los ojos y entreabre la boca, escuchando. El susurro persiste entre el extraño fluir del tiempo. Poco a poco, comienza a llevar una mano hacia su cuello mientras con su lengua humedece sus labios algo resecos, lentamente. Sus dedos se entrelazan con los lazos de raso que cierran el cuello de su camisón, empezando a tirar de ellos, hasta que el lazo se suelta y el nudo de debajo queda medio desecho. En ese instante el susurro cesa e Imogen se detiene. Inspira profundamente, abre los ojos y ve a Chavdarov sentado junto a sus pies, acercando su cuerpo al de ella sin dejar de mirarla. Imogen alza ambas manos para alcanzar su cara, Chavdarov pone un brazo a cada lado del tronco de Imogen e inclina la espalda. Sus penetrantes ojos azules la miran con fijeza conforme se mueve y su respiración profunda se escapa con intensidad por su boca según se acerca más y más, hasta que Imogen toca por fin la piel de su rostro con ambas manos y la acaricia, viéndole detenerse y cerrar los ojos en respuesta. Imogen mueve ligeramente su cadera bajo la de él, Chavdarov abre los ojos al notarlo y se coloca por completo sobre ella, volviendo a perder ambos la mirada en la del otro. Las manos de Imogen comienzan entonces a descender despacio por el pecho de Chavdarov, mientras las de Chavdarov comienzan a recorrer las curvas que se esconden bajo el camisón de Imogen. En medio de la noche sus intensas respiraciones perturban la quietud, contoneándose ambos vehemencia sin dejar de acariciarse mutuamente.

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Imogen desabotona por completo la camisa de Chavdarov e introduce las manos bajo la prenda medio suelta, tocando su pecho dulce pero fervorosamente. Chavdarov exhala excitado al tiempo que lleva una de sus manos al cuello de Imogen para desatar por completo el cordoncillo de raso de su camisón, aparta suavemente la tela, acerca su rostro y posa al fin sus labios sobre su piel. Un estrepitoso gemido se escapa incontenible de la garganta de Imogen mientras Chavdarov sigue besando su pecho, comenzando tras un instante a hacer ascender sus labios por su cuello, hasta que llega a su barbilla y finalmente a su boca, tocando sus trémulos labios con ambos pulgares antes de rozarlos con los suyos entre tórridas exhalaciones,

jugueteando

con

ellos

hasta

acabar

uniéndolos

para

besarse

lujuriosamente.

Unos tímidos rayos de sol parecen colarse entre las nubes, iluminando el firmamento recién amanecido con mayor intensidad que en días anteriores. Desde el exterior se oye entrar el canto de los pájaros, acompañado esa mañana del ladrido distante de los perros. Mientras Cyrus y Archibald comentan entre té y bollos el aparente ajetreo que parece percibirse en la casa, Imogen termina de servirse el desayuno. Al verla, Lucy aparta ligeramente la silla que hay libre junto a ella, pero en lugar de acercarse Imogen separa una silla distante y posa su plato. Lucy frunce el ceño mientras la ve sentarse sin ni tan siquiera mirarla. Las risas de Archibald y Cyrus se cruzan de un lado a otro de la mesa una vez más, y en ese momento el primer lacayo irrumpe ajetreado en la sala pidiendo disculpas. El mayordomo lo amedrenta, el primer lacayo se disculpa de nuevo y se acerca a Archibald aún con cierta agitación. -

Disculpe señor – dice -, pero necesitaría que me acompañara fuera urgentemente, hay un tema de gran importancia del que necesitamos hacerle partícipe cuanto antes.

Archibald posa la servilleta que tiene en una mano sobre la mesa. -

Am, sí, claro – se incorpora -. Dispensadme.

Se aleja de la mesa y sale junto con el primer lacayo de la sala. Ambos recorren a paso ligero el trecho por la zona de servicio y hacia la puerta posterior, mientras el criado se explica. 49


-

Esta mañana – dice -, Rupert se ha dado cuenta de que Emmet Lexington no estaba en su habitación, ha preguntado y ha confirmado que nadie le vio volver anoche, ni siquiera la doncella y el lacayo a los que les tocaba guardia. El personal de caballeriza y el chofer han sacado a los perros y han empezado a buscar.

El primer lacayo abre la puerta de servicio y le permite el paso a Archibald, ambos continúan caminando, dirigiéndose por el exterior hacia la zona arbolada que colinda con los jardines posteriores. -

Hace unos minutos nos han confirmado que le han encontrado señor.

-

¿Y qué demonios ha pasado, si ya le han encontrado a qué viene tanto revuelo?

-

Pues viene a que, le han encontrado muerto, señor.

Archibald se detiene, el primer lacayo también. -

¿Muerto? – pregunta Archibald.

-

Sí señor, me temo que sí.

-

¿Pero cómo, qué ha pasado, ha sufrido un ataque al corazón, una caída, le ha coceado uno de los purasangres, qué?

El primer lacayo traga saliva y niega fugazmente. -

No señor – susurra -, ha, sido…

Baja la vista. -

Bueno, no sabemos lo que ha sido.

Archibald arranca a andar de nuevo con rapidez. -

Por Dios – protesta -, ¿qué demonios es lo que ha ocurrido?

El primer lacayo le sigue al tiempo que le guía hacia dos de los criados de caballerizas, que permanecen en pie a unos metros de ellos. Los ladridos de los perros pueden oírse todavía, procedentes de la casa. Archibald se detiene junto a los dos criados de caballerizas y mira a su alrededor. -

¿Y bien?

Los tres hombres se miran entre sí, uno de los criados asiente con la cabeza gacha. -

Yo le llevo – dice.

El criado comienza a andar hacia los árboles y Archibald le sigue, poco a poco empieza a distinguir algo. Tras unos cuantos metros el criado se detiene, Archibald aminora y avanza unos últimos pasos más conforme va abriendo la boca. Frente a él, sobre la hierba, está el cuerpo destrozado del criado desaparecido. Sólo su cabeza está intacta. Entre las ropas hechas jirones y la sangre pueden verse los pocos restos que 50


quedan de su cuerpo. Las entrañas de su tronco han desaparecido casi por completo y sólo quedan los huesos machacados y rebañados. Sus extremidades arrancadas sólo conservan pies y manos, están despojadas del músculo y apuradas también hasta el hueso. Archibald arruga la nariz y se cubre la boca con una mano, las moscas están rondando ya los restos. Baja la cabeza y aparta la vista. -

Dios santo – bisbisea.

Respira con pesadez y gira el rostro, mirando al criado. -

No ha podido ser un lobo ¿verdad?

El criado niega pausadamente con la cabeza todavía gacha. -

Aquí no hay lobos señor, sólo zorros, y no atacan ni comen así.

Se gira por completo y se pasa ambas palmas de las manos por la cara. -

Dios – repite -… ¿quién va a recoger ahora estos restos?

-

Le pediré a Edgar que me ayude, él tiene estómago para esto, trabajaba en un matadero antes de venir aquí.

Archibald asiente. -

Bien, muchísimas gracias – suspira profundamente -. Asegúrense de que es mantenido como es debido hasta que tengamos un ataúd en condiciones. Avisen a su familia y díganles que yo correré personalmente con todos los gastos del funeral, del entierro y…, de todo lo relacionado con el óbito.

-

Sí señor.

-

Y en cuanto acaben aquí vuelvan inmediatamente, de ahora en adelante quedará terminantemente prohibida la salida de la casa en cuanto haya caído el sol.

-

Sí señor.

Archibald se aparta del criado y comienza a caminar de vuelta hacia la casa a paso acelerado.

Imogen camina hacia las escaleras posteriores para subir a su habitación al tiempo que Archibald entra por el lado opuesto del pasillo, procedente de la salida posterior. Al verle, Imogen se detiene y le espera, Archibald se pone en seguida a su altura y le acaricia un brazo sin dejar de respirar con cierta agitación por la boca. 51


-

Archi – susurra Imogen -, ¿estás bien, qué pasa?

-

No quiero comentarlo aquí Immi.

-

Oh, bueno…

Archibald aprieta momentáneamente ambos labios. -

Y la verdad, no querría tener que comentarlo en ningún otro sitio – dice -, pero tengo que hacerlo, tengo que darte explicaciones de lo que ha ocurrido, y no sólo a ti si no a todo el personal. Será mejor que nos reunamos todos en el salón, o donde sea, esto es importante.

-

De acuerdo.

-

Ve hacia allí, yo tengo que encargarme antes de otras cosas.

Imogen asiente y se da media vuelta, yendo hacia el salón. Archibald busca al mayordomo y al dar con él le pide que junto con el ayudante de cámara reúnan a todo el personal y lo lleven al salón. El mayordomo asiente y se retira, Archibald sube a la plata superior y entra en su habitación, en donde saca papel, pluma y tinta, comenzando a escribir. Al terminar su cometido el mayordomo sube a buscar a Archibald, que ya está sellando la cera que cierra la carta, y le avisa de que el personal está reunido y esperándole. Archibald le da las gracias, se guarda la carta en un bolsillo de la levita y baja junto con el mayordomo a la planta baja. En el salón, el personal espera en pie y en silencio junto con Cyrus, Lucy e Imogen, a su llegada. El mayordomo abre entonces la puerta doble del salón y Archibald entra tras él, se detiene ante todos, carraspea y junta ambas manos ante él. -

Buenos días – dice -, debo hacerles partícipes de una terrible noticia y, aunque no sé muy bien cómo comunicársela, intentaré ser lo más delicado posible, aun a pesar de que la información no se preste demasiado a tal propósito.

Hay un instante de silencio en que todos le miran atentamente. -

Hace unos minutos – continúa -, el primer lacayo, junto con dos ayudantes de caballerizas, me han mostrado el cuerpo sin vida del señor Emmet Lexington, el jefe de caballerizas.

Algunos sirvientes abren la boca, otros se llevan una mano al pecho, otros se santiguan, otros bajan la vista o dejan que se pierda. -

Ha sido hallado en el exterior – prosigue Archibald -, y su… estado, nos ha hecho sospechar con bastante firmeza que, ha sido víctima de un ataque poco

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común, un ataque provocado muy probablemente, por el mismo animal que estaba atacando hasta hace unos días, a los habitantes de Londres. Una de las criadas se tambalea y es ayudada por los que la rodean a tomar asiento, Imogen también busca un sillón con la ayuda de Cyrus. -

Desde este mismo instante – impone Archibald -, queda pues prohibido terminantemente que nadie salga de la casa en cuanto el sol comience a caer. Nadie podrá saltarse bajo ningún concepto el toque de queda, y sólo por causa de enfermedad grave se podrá salir a buscar ayuda, y siempre en carruaje, nunca a pie.

-

No podemos quedarnos aquí encerrados para siempre – alerta Cyrus.

Archibald saca la carta que ha redactado del bolsillo. -

Esta carta saldrá hoy mismo en manos de un mensajero de forma urgente, hacia Londres – responde -, va dirigida a Scotland Yard, en ella explico lo ocurrido y solicito que envíen ayuda para poder dar caza a esa cosa, cuanto antes.

Todo el personal comienza a hablar entre sí y a susurrar con mayor o menor agitación. -

Por favor – pide Archibald -, les ruego que mantengan la calma, mientras nos mantengamos bajo techo por la noche no podremos sufrir mal alguno, Scotland Yard no tardará en enviarnos hombres que sepan qué hacer. Tenemos comida de sobras para pasar dos días, y tres y cuatro también. Además, durante el día podemos salir y desplazarnos, siempre que el sol esté en lo alto esa criatura no aparecerá.

-

Habría que avisar en el pueblo de que está aquí – interviene el ayudante de cámara -, a ellos también puede bajar a atacarles.

-

Cierto – responde Archibald -, redactaré otra carta y pediré al mensajero que realice allí una parada conforme se dirige a Londres – suspira -. Muchas gracias a todos por su atención, y de nuevo, por su seguridad, les ruego que respeten el toque de queda. Gracias.

Archibald se acerca entonces a Imogen y se arrodilla ante ella mientras el personal comienza a abandonar el salón. -

Immi – susurra -, ¿te encuentras bien?

Imogen asiente con los ojos empañados.

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-

Lo siento mucho – responde.

-

¿El qué?

-

Lo que le ha ocurrido a ese hombre, me siento fatal.


Archibald pone una de sus manos sobre las de Imogen. -

No te preocupes…, no ha sido culpa de nadie, no podíamos saberlo.

Imogen baja la vista y espira entrecortadamente por la boca, las lágrimas están a punto de rebosar sus ojos, Archibald le toma ambas manos y las rodea con las suyas. -

No te preocupes – repite -, no nos pasará nada, a partir de ahora todos estaremos seguros.

El sol empieza a caer y Lucy busca por la casa a Archibald, hasta que da con él en la biblioteca. -

Buenas tardes – le saluda.

Archibald alza la vista de su lectura y le sonríe. -

Buenas tardes señorita Gaye.

-

¿Puedo pasar o–

-

Sí, claro, adelante.

Archibald cierra el libro y Lucy la puerta, acercándose a él. Archibald posa el libro en la estantería que tiene frente a él y se encara a Lucy, que se ha detenido a su lado. -

Verá – dice Lucy -, no pretendía molestarle.

-

No lo hace.

Lucy sonríe con timidez. -

Me alegro, porque quería comentarle algo, si tiene un momento.

-

Sí claro, por supuesto.

Archibald extiende uno de sus brazos hacia los sillones en señal de invitación, Lucy sonríe de nuevo y se acerca a ellos, tomando asiento junto a él. -

Usted dirá.

Lucy juguetea disimuladamente con los dedos de las manos, dudosa. -

Verá, es sobre Immi. Soy muy consciente de que ha pasado por muchas cosas últimamente pero, estoy empezando a estar un tanto más preocupada de lo que estaba hace unos días.

-

¿Por qué?

-

Bueno, no quisiera vulnerar su intimidad contándole exactamente lo que me ha explicado, pero sí que puedo decirle que me ha estado hablando de cosas poco

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propias, no sólo de ella, si no en general, de temas, poco adecuados, por no mencionar el modo en que lo ha hecho. -

¿El modo, a qué se refiere, qué temas son esos?

Lucy agacha la cabeza. -

Bueno – dice Archibald -, no pretendo sobrepasar el límite de su confianza, o el de la privacidad de mi prima, pero…

-

Lo sé, es que resulta un tanto difícil de explicar. Sé que puede sonar un poco extraño sin dar más detalles, pero está cambiando, sé que algo está cambiando en ella, ya no es la misma de antes, estoy segura.

-

¿En qué?

-

Pues, en su forma de ser, de expresarse, e incluso de comportarse, me trata de un modo extraño e inaudito. Antes era más dulce y tímida, actuaba de forma más parecida a como lo hago yo. También sabía siempre a lo que se refería cuando hablábamos, siempre la entendía y ella a mí, y ahora sólo tenemos mal entendidos e incomprensión, sólo hace que referirse a cosas que no comprendo, no sé de qué me habla, me explica sensaciones y pensamientos que nunca habría imaginado en ella, y de un modo tan poco corriente, tan–

Lucy interrumpe su propio discurso y mira hacia otro lado, traga saliva y aprieta los labios. -

Me alarma usted señorita Gaye – susurra Archibald.

Lucy le mira y niega con cierta efusión. -

No es mi intención hacerlo.

-

Lo sé, pero empieza a conseguirlo.

Hay un instante de silencio. -

Quizás – dice Archibald -, sólo se encuentra un tanto perdida con todo lo que está ocurriendo, y no sabe cómo comunicarle lo que está sintiendo. Yo mismo tengo la sensación en ciertas ocasiones de que tampoco entiendo bien sus reacciones, y de que su comportamiento ya no es como el de antes, pero no me cabe la menor duda de que pronto se le pasará, estoy seguro.

-

¿Lo está?

-

Sí, lo estoy.

Archibald le sonríe y acerca una de sus manos a las de ella, pero antes de que pueda llegar a tocarlas alguien abre la puerta. Ambos la miran y ven a Cyrus entrar.

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-

Buenas tardes – dice -, siento la interrupción pero tu prima y yo estamos en el salón y creo que no tengo el don de saber distraerla, está un tanto seria. Os estaba buscando para ver si podríais uniros a nosotros, tal vez podríamos jugar a algo para, intentar olvidar un poco las preocupaciones… ya sabéis.

Archibald asiente. -

Claro, como no.

Lucy y él se incorporan y se reúnen con Cyrus en la puerta, comenzando a caminar hacia el salón. -

Han encendido el fuego de la chimenea hace nada – dice Cyrus -, Imogen sentía fresco.

-

Me alegro – responde Lucy -, la verdad es que por la noche refresca y se agradece.

-

¿No pasa frío verdad? – le pregunta Archibald.

Lucy niega. -

No, duermo bien, gracias. Sí que tengo el sueño un poco ligero, creo que es por el cambio de habitación, aún no me he habituado.

-

Sí, a mí me pasa lo mismo – coincide Cyrus -, por las mañanas me despierto estando convencido de que cuando me levante por la derecha me encontraré la alfombra bajo los pies y resulta que la cama está al revés.

Los tres ríen suavemente, llegando a la puerta doble del salón, Archibald abre, los tres entran y se acercan a Imogen, que está sentada en un sillón junto al fuego. -

Buenas tardes – la saluda Archibald.

Imogen le mira y sonríe levemente. -

Buenas tardes.

Lucy se sienta en otro de los sillones mientras Cyrus aproxima un cuarto sillón a la chimenea y toma asiento entre Lucy e Imogen. Archibald rodea el sillón de Cyrus y el de Lucy y se sienta en el extremo opuesto, frente a Imogen. -

¿Qué hay hoy de cena? – pregunta Cyrus.

-

No lo sé – responde Archibald -, habría que preguntarle a la señora Cox, ella es la que tiene todo eso bajo control.

-

¿Queréis jugar a algo?

Lucy sonríe y asiente. -

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Sí, claro.


Archibald mira a Imogen y la ve mirando hacia otro lugar, hacia ningún sitio, con la cabeza gacha. -

Immi ¿estás bien?

Imogen le mira. -

¿Mm?

-

¿Qué si estás bien?

Imogen se pasa una mano por un brazo. -

Sí, estoy bien – susurra.

-

Pareces preocupada.

-

Sí, me preocupa lo que ninguno de vosotros quiere comentar.

Cyrus mira de reojo a Archibald, que ve cómo Lucy abre la boca ligeramente y baja la vista. Hay un instante de silencio. Archibald carraspea y se recoloca en el asiento. -

Bueno, no queríamos incomodarte, y yo no quisiera preocuparte más, innecesariamente.

-

No me preocupas innecesariamente. Agradezco que no queráis incomodarme hablando del tema, pero lo cierto es que prefiero hacerlo.

-

¿Para comentar el qué?

-

El qué hace aquí esa cosa – interviene Cyrus -, por ejemplo.

Lucy y Archibald le miran. -

¿No os parece extraño que haya venido hasta aquí? – insiste Cyrus -, porque a mí no me parece nada normal. ¿Qué hace aquí y por qué?

Archibald niega. -

No lo sé, no tengo ni idea y no creo que podamos saberlo.

-

Me pregunto por qué come a gente – dice Imogen -, ¿por aquí no hay animales salvajes de los que pueda alimentarse?

-

¿De verdad tenemos que hablar de esto Imogen? – pregunta Archibald.

Imogen le mira. -

Bueno – bisbisea Lucy –, a mí no me parece una conversación muy agradable.

-

A mí tampoco – coincide Cyrus -, pero como dice la señorita Hawthorne es algo que nos preocupa a todos, y fingir que no está pasando no es más agradable que esto, al menos no para mí. No sé porqué esa cosa come gente, tenga o no comida de otro tipo por aquí cerca, lo que a mí me preocupa realmente, a parte del hecho de no saber por qué ha venido aquí, es que no creo que Scotland Yard pueda

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cazarla, no lo han conseguido en plena ciudad, ¿cómo demonios van a lograrlo en medio del campo? -

Eso es un poco pesimista – dice Archibald -, ¿no crees?

-

No, creo que soy realista. No sé mucho de caza pero sé que los animales están en su medio en el campo, nosotros no.

-

Bueno, quizás se le pueda coger con algo tan sencillo como una trampa, un cebo y un cepo. Listo.

-

¿Y si no es tan tonto como para eso?

-

¿Tonto?

-

Lleva días y días campando por Londres a sus anchas y nadie ha conseguido dar con él, ¿dónde demonios puede ocultarse un monstruo así en pleno día?, yo creo que tiene que ser muy listo para haber logrado esconderse durante tanto tiempo sin ser pillado por nadie.

-

A lo mejor es un hombre de día – interviene Lucy -, como en el libro de Gervasio de Tibury, Ocios del Emperador, en la tercera sección habla de criaturas prodigiosas y sobrenaturales, como el hombre lobo. Es un ser humano de día, pero con la luna llena se transforma en lobo y ataca a las personas.

-

Eso suena a cuento popular – dice Cyrus -, sólo son historias, no puede ser verdad.

Lucy sonríe tímidamente. -

Lo sé, pero sería una buena explicación de porqué nadie puede encontrarlo de día ¿no?

Cyrus ríe. -

Si, sería una buena explicación – aparta la espalda del sillón -, hola cariño, ya he llegado – caricaturiza -, ¿y de donde vienes?, de una reunión de negocios que ha acabado muy mal, grrrr

Cyrus ríe, Lucy esboza una media sonrisa y Archibald chasquea la lengua. -

Cyrus…

Imogen por el contrario ha apagado su expresión. -

Si es así – comenta -, ¿no creéis que estaría muy solo?

Los tres la miran. -

¿Solo? – pregunta Cyrus.

-

Sí, sin nadie en quien pueda confiar, nadie a quien contarle quién es en realidad, nadie que le quiera.

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Lucy arruga la nariz con repulsa. -

¿Que le quiera, quién en su sano juicio iba a querer a semejante cosa?, es un monstruo Immi, una bestia, no se puede querer a una bestia.

Imogen borra su expresión de tristeza pausadamente, aseriándose, Lucy la mira con incomprensión. Archibald se mueve incómodamente en el sillón y recoloca la levita. -

Bueno – dice con gravedad -, sea lo que sea creo que nos estamos metiendo por derroteros innecesarios. Ese animal está aquí y hay que cazarlo, punto. Confiemos en que Scotland Yard sepa qué hacer y cómo.

-

Confiemos – responde Cyrus.

Imogen se incorpora entonces del asiento. -

Dispensadme – pide -, tengo que ir al excusado.

Los tres la miran mientras se retira abruptamente sin mirarles a ellos, caminando rápidamente hasta salir del salón, cerrando de un portazo tras de sí.

Un agente de policía golpea la puerta del despacho de su superior en las oficinas de Scotland Yard, oyendo cómo le permiten el paso. -

Señor – dice -, esta carta ha llegado ahora mismo con un mensajero de forma urgente.

Se la entrega sin dejar de hablar. -

La bestia ha aparecido en el condado de Berkshire, en Newbury.

-

¿Cómo?

El hombre despliega la carta. -

Ya ha matado a un hombre señor – dice el agente -, un sirviente de una de las residencias de campo. Han impuesto un toque de queda preventivo y han avisado también a las autoridades del pueblo, para que estén alerta.

El hombre le escucha mientras lee el contenido de la carta. -

Dios santo – susurra -, hay que preparar inmediatamente un grupo de hombres numeroso y adecuado, preferentemente cazadores – se guarda la carta y se incorpora -, avise a Hudson, que vayan preparando las diligencias, necesitarán tres por lo menos, ¡vamos, vamos!

59


Ambos salen del despacho a toda prisa y dan la voz de alerta entre el personal, comenzando a organizarlo todo.

La noche está entrada, la oscuridad y el silencio lo envuelven todo. En su cama, Lucy se revuelve con cierta agitación entre las sábanas, soñando. Y es entre esos sueños extraños que oye el rugido de un animal salvaje, sintiendo que entre la oscuridad algo acecha, acelerándole el pulso y disparando su respiración hasta despertarla súbitamente en medio de su habitación. Lucy incorpora parte de su tronco y se sienta en la cama, escuchando en medio del silencio el sonido de su intensa respiración. -

¿Immi? – bisbisea.

Aparta las mantas y sale de la cama, se calza, se pone la bata y se dirige a la puerta, sale y camina hasta la habitación cercana de Imogen, golpea suavemente la superficie y la llama. No hay respuesta. Vuelve a llamarla y vuelve a no oír nada. Baja la mano y toca el pomo, apretándolo lentamente hacia abajo, hasta que abre la puerta. La empuja despacio, mira hacia el interior sin distinguir nada y vuelve a llamar a Imogen. Entra, avanza unos pasos y ve por fin en medio de la oscuridad que Imogen no está. Rodea la cama rápidamente y se percata de que la ventana está entreabierta, se acerca, mira hacia el exterior y la abre del todo, saca la cabeza y busca, distinguiendo a Imogen caminando en bata hacia la entrada del jardín. -

¡Immi! – la llama -, ¡Immi!

El aire sopla, Lucy se lleva una mano al cuello para protegerse y cierra la ventana. Sale de la habitación a toda prisa, se dirige a las escaleras posteriores de servicio y baja corriendo. Llega a la salida, abre y comienza a caminar a paso ligero hacia el jardín. Ya no puede ver a Imogen. Entre los setos altos y recortados que generan pasillos en el jardín, y sobre los adoquines que cubren los caminos, Imogen camina despacio y descalza, con la mirada perdida bajo los párpados medio cerrados y los labios entreabiertos por los que deja escapar nubes de vaho, mientras abre lentamente su bata. Lucy entra en el jardín mientras los grillos cantan y el viento sopla a ráfagas intermitentes de forma caprichosa. 60


-

¡Immi! – vuelve a llamarla -, ¡Immi!

Sigue avanzando entre los setos, el césped y las flores, sin encontrarla. Imogen deja entonces que la bata resbale por sus brazos hasta caer al suelo, dirigiéndose directamente al centro del jardín. Un ruido profundo perturba entonces el ambiente. Lucy se detiene y alza la vista, mirando sin ver ni una sola estrella en el cielo nocturno. Las nubes lo han cubierto por completo. El ruido se hace más intenso. Lucy baja la vista y vuelve a

buscar,

comenzando a respirar con cierta agitación. Imogen está entrando en ese momento en uno de los caminos que desembocan en el centro del jardín, mientras una de sus manos tira despacio de los lazos del cuello de su camisón. Al final del camino hay un hermoso lecho de flores circular sobre una laguna de césped, rodeada a su vez por un ancho camino de arena también circular. En el camino, descansa un banco de piedra junto a cada una de las tres entradas generadas por los setos que rodean y conectan todo el conjunto central con el resto del jardín. Imogen hace descender la mano con la que tira del lazo de su camisón, abriendo la prenda al tiempo que entra en el círculo de césped. Una ráfaga de viento levanta la parte baja de la tela, le abre el escote y vuela su cabello suelto. Lucy ya ha atravesado la zona central del jardín y sigue caminando, yendo hacia el otro extremo. La oscuridad lo envuelve todo, y mientras avanza sólo oye ya ese ruido sordo que no deja de molestar sus oídos, entre el movimiento de las hojas, el susurro del aire y el zumbido del silencio. El viento levanta su bata y su camisón. Se detiene, agarra las prendas y mira a su alrededor, pero no ve a nadie. Su voz con el nombre de Imogen se extiende de nuevo por el aire y llega hasta al mismo centro del jardín, en donde Imogen aguarda con la mirada secuestrada frente a los setos, de entre los que la bestia está comenzando a salir poco a poco. Sus garras afiladas levantan la gravilla del camino mientras sus ojos se clavan en ella, y su respiración gutural, casi ronroneante, acompaña cada poderoso movimiento. Lucy gira sobre sí misma, acelerando más su ya alterada respiración. La bestia entra en el césped, Imogen avanza también unos pasos, acercándose el uno al otro. Los pies descalzos de Imogen pisan las flores, las garras de la bestia las levantan. Imogen alza sus manos y las acerca a la bestia, que alza sus patas delanteras al tiempo que se sienta sobre las traseras para poder rodear a Imogen. La acerca a su cuerpo, extiende una pata mientras la abraza con la opuesta y comienza a rasgar la tela de su camisón por la espalda, haciéndola tiras con sumo cuidado para no dañar su piel. 61


Lucy vuelve a oír algo, pero esta vez más intensamente. Detiene su azaroso avance e intenta escuchar, entre el viento suena de nuevo algo grave pero más claro, suena un rugido animal. -

¡Immi! – grita de nuevo.

Se desplaza perdida, intentando dar con el origen de semejante sonido. La bestia ruge de nuevo y arranca de cuajo el camisón destrozado del cuerpo de Imogen, tendiéndola desnuda sobre las flores y colocándose sobre ella mientras esta le acaricia el pelaje. Lucy busca entre la noche, caminando hacia el centro del jardín. La bestia lame el cuello de Imogen al tiempo que acaricia sus muslos, Imogen gime incesantemente entre sus movimientos, hasta que la bestia se coloca por fin entre sus piernas y ruge sobre ella con estrépito, copulando. Lucy corre hacia el potente sonido entre los setos. La bestia continúa moviéndose con vehemencia sobre Imogen, que ha desplegado los brazos sobre las flores y respira con fuerza, sin cesar de jadear. El viento desata por fin el cabello recogido de Lucy y la fuerza a apartarlo de la cara conforme avanza por uno de los caminos de setos que rodean el círculo central. El ruido se intensifica, Lucy llega al centro del jardín y ve ante ella la escena. Queda petrificada, sus ojos se desorbitan, su boca se abre y su cabello vuela hacia atrás sobre otra ráfaga más que corta su aterrado rostro estupefacto. La bestia alza la cabeza y profiere un último rugido al aire. La mandíbula de Lucy tiembla junto con todo su cuerpo mientras la bestia se encoge sobre el de Imogen, para volver a tocarlo con su boca y sus garras, que la recorren sin dañarla. El aire vuelve a soplar, la bestia gira entonces el rostro sobre el cuerpo de Imogen, alza ligeramente la cabeza y mira a Lucy, que toma aliento entre temblores de pánico y grita al fin con terrible potencia.

El sol se cuela tímidamente entre las nubes grisáceas del firmamento. Imogen respira calmada y silenciosamente bajo las mantas de su cama mientras el ruido sordo de varias voces procedentes del exterior de su habitación, se cuela a través de la puerta, hasta que alguien la abre. Una de las doncellas entra despacio, avanza hasta 62


la cama y ve a Imogen, se lleva una mano al pecho y espira con alivio. Se dirige de nuevo a la puerta, la abre y habla con alguien. -

Sí – dice -, ella sí que está en la cama.

Imogen gira la cabeza y ve la figura oscura de la doncella entre la luz que entra por la puerta, bosteza y saca los brazos de debajo de las mantas para estirarlos. La doncella se gira y la ve. -

Señorita – dice, arrimando la puerta -, ¿se encuentra usted bien?

Imogen baja los brazos y se pasa las manos por la cara. -

Sí – susurra -, muy bien, ¿por qué?

La doncella se acerca a la cama. -

No encontramos a la señorita Gaye – responde -, no está en su habitación y nadie la ha visto desde anoche.

Imogen borra la sonrisa que hay en su rostro adormilado y abre más los ojos. -

¿Cómo?

Incorpora parte del tronco y se sienta en la cama. -

¿Usted no la habrá visto esta mañana verdad?

Imogen niega despacio al tiempo que deja que su mirada se pierda, la doncella suspira con tristeza y mira hacia la ventana, viéndola entreabierta. -

¿Ha dormido con la ventana abierta?

Se acerca y la cierra, Imogen se des ensimisma y la mira. -

¿Eh?

-

¿No ha sentido fresco?, está haciendo fresco.

-

No – responde Imogen.

-

¿La dejó usted así?

Imogen niega y aparta las mantas. -

Supongo, no me acuerdo.

Se baja de la cama y se pone las zapatillas, la doncella la mira extrañada. -

¿Qué hace con la bata puesta, ha dormido con ella?

Imogen se mira a sí misma. -

Sí – se toca -, eso parece.

La doncella se aparta y camina hacia la puerta, Imogen mira bajo la bata y comprueba que debajo no lleva puesto el camisón. Frunce el ceño. -

¿Querrá desayunar aquí? – pregunta la doncella -, ¿o abajo, junto con el resto?

Imogen alza la vista y la mira. 63


-

Am, abajo. Gracias.

-

De nada.

La doncella sale y cierra la puerta.

Entre los ladridos de los perros, Archibald y Cyrus avanzan a toda prisa en el exterior, rodeando la casa hacia el jardín junto con varios miembros del servicio, que les acompañan en su búsqueda de Lucy. Mientras gritan su nombre con las escopetas en mano, siguen a los perros y miran incasablemente a su alrededor, entrando finalmente en el jardín. Cyrus se adentra por un lateral junto con tres hombres y Archibald lo hace por otro, acompañado de otros dos. Los perros ladran y corren hacia el centro del jardín. Una ligera brisa mueve entonces las copas de los árboles. Archibald se detiene y mira instintivamente hacia arriba, observando el bailoteo azaroso de las hojas. El aire transporta consigo algo extraño, un mensaje oculto, una sensación perturbadora, un extraño augurio susurrante. Archibald baja la cabeza despacio, frunce el ceño y traga saliva, algo le ha cerrado la boca del estómago. Los perros siguen ladrando y guiando a los hombres hacia el centro del jardín, hasta que Cyrus llega por fin junto con los tres criados que le acompañan. Se detienen y bajan las armas. Los perros les dan vueltas alrededor de las piernas. Cyrus separa los labios, niega y frunce el ceño con tristeza. -

Oh, no… - susurra.

A sólo unos metros de ellos está el cuerpo sin vida de Lucy. Cyrus sigue negando, suspira con profundidad y comienza a acercarse lentamente, el cuerpo de Lucy está tendido boca arriba, su ropa de cama algo rasgada, su cuello, sus manos y su rostro tienen arañazos, y en un lateral de su tronco hay una enorme mordedura de la que ha escapado el charco de sangre sobre el que yace. -

Dios… - bisbisea Cyrus - ¿por qué demonios saliste…?

Archibald llega entonces al centro del jardín, sale de entre los setos por detrás de Cyrus y abre la boca de par en par. 64

Lucy – la llama - ¡Lucy!


Cyrus se gira, le ve acercarse corriendo y se acerca para detenerle. -

¡No!

Le pone una mano en el pecho que Archibald coge. -

Lucy – repite Archibald.

Sus ojos se empañan, Cyrus deja caer su arma y le empuja hacia atrás con ambas manos. -

No te acerques – le retiene.

Las lágrimas caen por las mejillas de Archibald. -

Lucy… - repite bisbiseando.

Archibald deja de intentar acercarse a ella, Cyrus le abraza y Archibald le corresponde, llorando. Los perros se han callado y los sirvientes permanecen en silencio ante la escena, esperando. El aire vuelve a soplar ligeramente. Cyrus palmea la espalda de Archibald con suavidad. -

Vamos – dice -, volvamos a casa, dejemos que ellos se encarguen de traérnosla. Vamos.

Cyrus le guía sin soltarle hacia la salida del jardín, lentamente. Mientras, los sirvientes se acercan al cuerpo para comenzar a organizarse.

Al oír voces Imogen corre a toda prisa desde el salón para el desayuno hacia la entrada principal, viendo en el hall a Cyrus hablando con alguien del servicio mientras Archibald permanece cabizbajo a su lado. -

Archi – le llama.

Archibald gira la cara e Imogen puede verle los ojos rojos y lagrimosos. -

¿Qué ha pasado? – pregunta.

Se detiene frente a él, Archibald la abraza. -

La ha matado – responde entre leves sollozos -, esa cosa la ha matado, está muerta. Lucy está muerta…

65


Archibald vuelve a llorar, Imogen entreabre la boca y respira pesadamente por ella al tiempo que sus ojos se empañan, mirando hacia ninguna parte. Aprieta sus manos sobre la espalda de Archibald y las mueve para acariciarle, consolándole. Cyrus se acerca a ambos y acaricia también la espalda de Archibald. -

Llevarán el cuerpo a la despensa, junto con el del señor Lexington, así se conservará frío hasta que podamos llevarlo de vuelta a la ciudad.

-

Se suponía que debía venir aquí para estar a salvo – dice Archibald -, no para que…

-

Lo sé – Cyrus niega -, no entiendo porqué demonios tuvo que salir. No lo entiendo.

Archibald se separa de Imogen y se limpia las lágrimas. -

¿Estás bien? – le pregunta Imogen.

Archibald asiente. -

Sí, sólo…

Pasa ambas manos por los brazos de Imogen. -

¿Y tú?

Imogen baja la vista. -

No lo sé, aún, no me lo puedo creer.

Archibald asiente despacio. -

Ya – susurra.

-

Creo – dice Imogen -, que me voy a poner algo de color negro, creo…, creo que será lo más adecuado.

-

Sí…

Archibald le besa la frente y la suelta, Imogen se da media vuelta con la mirada desencajada y comienza a subir las escaleras. Archibald se gira hacia Cyrus y le habla en voz baja. -

No quiero que la dejen entrar en la despensa.

-

Por supuesto. El señor Bennet dice que Edgar se ocupará de adecuar el cuerpo, lavarle la sangre y demás, parece ser que está más habituado a…, bueno, a…

-

Sí, lo sé – niega con la cabeza gacha – Dios, no puedo ni imaginar cómo debe de estar pasándolo Immi, ni siquiera es capaz de llorar, ¿has visto su cara?

Cyrus asiente despacio. -

Parecía estar petrificada – dice Archibald.

Cyrus pone una mano en uno de los hombros de Archibald. 66


-

Saldrá de esta, y nosotros también, sólo tenemos que quedarnos dentro de la casa.

-

Sí…

-

¿Cuándo llegarán los hombres de Scotland Yard?

-

Deberían llegar esta tarde, antes de que caiga el sol. Por su propio bien.

Archibald se lleva una mano a la cara y la pasa por la frente, cerrando momentáneamente los ojos. -

Necesito estar a solas – dice.

-

Claro.

-

Si ocurre algo que deba saber, estaré en la biblioteca.

Archibald se da media vuelta y se aleja de Cyrus lentamente mientras este le observa, hasta que deja de verle cuando gira la esquina por el pasillo adelante.

En el pueblo, en Newbury, dos hombres están entrando en el interior de una casa, dirigiéndose hacia la habitación principal. Al llegar, uno de ellos se cubre la boca antes de entrar y el otro se detiene y se gira. En el suelo, junto a la cama, está el cuerpo desmembrado y medio devorado de un hombre. La ventana de madera de la habitación está destroza, los cristales rotos en el suelo, las puertas del armario abiertas y desportilladas, el interior medio vacío y el suelo de la habitación y la cama ensangrentados. El hombre que se ha girado camina de vuelta a la salida rápidamente y se detiene junto a otros dos hombres. -

Dios santo – dice -, tenían ustedes razón…

-

Ya se lo habíamos dicho – contesta uno de los hombres -, ya no estamos a salvo ni dentro de nuestras casas.

El hombre de la puerta se cubre la boca con una mano cuyo pulso está totalmente perdido. -

Los hombres de Scotland Yard tienen que llegar hoy sin falta – dice.

-

Eso es lo que han dicho, pero no nos fiamos, vamos a hablar con el resto de hombres para ver si podemos formar una patrulla nocturna.

El hombre de la puerta les mira y aparta la mano de la boca, que deja abierta. 67


-

¿Ah, si? … pues buena suerte.

Los comentarios cargados de inquietud, desconocimiento, miedo y curiosidad, se extienden entre el personal al servicio de Archibald como la pólvora. Mientras él permanece a solas en la biblioteca, Cyrus coordina a casi todos los criados con la ayuda del mayordomo y el ama de llaves. El ambiente en la casa está agitado y enrarecido. Y es entonces, en medio de todo el ajetreo, que alguien llama a la puerta principal. Cyrus detiene en medio de la entrada su paso acelerado y avisa en voz alta al segundo lacayo de que él se encarga, viéndole marcharse al final del pasillo para continuar con su trabajo. Agitado, se acerca a la puerta, coge el pomo y tira sin ni tan siquiera mirar o preguntar, quedando plantado ante su visitante. -

Buenos días – dice.

Vladislav Chavdarov se quita entonces el sombrero con parsimonia y agacha la cabeza ligeramente sin dejar de mirarle con fijeza. Es un hombre, enfundado en un traje de tres piezas, con un elegante pañuelo cogido al cuello con un alfiler, un sombrero de caballero ahora en las manos y unos guates de piel enfundándolas. A cada lado de sus pies reposan unas maletas mientras a sus espaldas un carruaje está dando media vuelta para salir de la propiedad. -

Buenos días – responde con un extraño acento -, por favor, permítame presentarme, mi nombre es Vladislav Chavdarov.

-

Es un placer, señor Chavdarov. Cyrus Spark, ¿puedo ayudarle en algo?

-

Estoy buscando al señor Lowsley, Warren Lowsley.

Cyrus toma aliento con profundidad. -

Oh… – espira -, lo lamento, pero el señor Lowsley falleció hace ya casi dos años.

Chavdarov mira hacia otro lugar y separa los labios, entristeciendo el gesto. -

No lo sabía – susurra.

-

Pero, por favor, pase, qué modales los míos.

Se acerca y le ayuda a meter las maletas, posando una cada uno en la misma entrada. Imogen para de cambiarse en ese momento y gira el rostro, mirando hacia la puerta y dejando que sus ojos se pierdan, captando algo, sintiendo algo. 68


-

Gracias – dice Chavdarov.

Cyrus cierra. -

Disculpe el desastre, el servicio está ocupado en otros menesteres, nos viene a ver en momentos difíciles, una de nuestras allegadas ha fallecido esta mañana.

-

Vaya, no sabe cuánto lo lamento.

-

Gracias. La cuestión es que el servicio está un poco disperso por las circunstancias en que ha ocurrido todo…, así que, le pido disculpas.

Ambos se miran entre sí en silencio durante un efímero momento. Imogen abre entonces la puerta de su habitación, sale con una bata sobre la ropa interior y comienza a caminar por el pasillo hacia las escaleras de la entrada principal, atraída hacia el lugar como un imán hacia el metal. Cyrus pone ambos puños apoyados contra la cadera. -

Así que, ¿es amigo de la familia?

-

Sí – responde Chavdarov -, Warren y yo nos conocimos hace años, muchos años. Hace tiempo también que no nos veíamos.

-

Ah, claro. Permítame entonces que le ayude a subir las maletas, las habitaciones están casi todas libres, supongo que no tendré que orientarle en la casa, aunque no sé si es mucho suponer por mi parte que ya ha estado aquí antes.

-

No, no es mucho suponer.

Cyrus sonríe. -

Bien, entonces siéntase libre de acomodarse donde mejor le parezca.

Imogen se agarra entonces con una mano a la barandilla y mira hacia abajo conforme se acerca cada vez más a las escaleras, con la mirada fijada en la entrada, en donde Chavdarov y Cyrus siguen hablando. Se lleva la otra mano al cuello de la bata y abre la boca, respirando instintivamente por ella mientras clava su vista sobre Chavdarov, que alza la suya en ese momento y la atraviesa con los ojos mientras Cyrus dice algo más. Imogen detiene su pecho, Cyrus se percata de la mirada desviada de Chavdarov y se gira, viendo a Imogen en la parte alta de las escaleras. -

Señorita Hawthorne – dice -, ¿qué hace ahí?

Imogen rompe el contacto visual con Chavdarov, recupera el aliento y mueve con pérdida la mandíbula antes de responder.

69

-

¿Qué?

-

¿Que qué está haciendo ahí? – Cyrus niega -, ni siquiera está…


La mira de arriba abajo, Imogen baja la cabeza y se percata de que no está arreglada, cerrando más la bata con la mano que tiene en el cuello. -

Lo, lo siento – responde -, disculpad.

Se da media vuelta rápidamente y vuelve a su habitación, cierra la puerta, frunce el ceño y niega, confusa. Mientras, Cyrus continúa hablando con Chavdarov, que ya ha subido las escaleras con él y le escucha conforme caminan hacia las habitaciones. -

Le diré que ha venido – dice Cyrus -, espero que le reconforte tener a un amigo de su padre entre nosotros, están siendo tiempos muy aciagos.

-

Lo comprendo, la pérdida de los seres queridos siempre resulta más devastadora de lo que jamás somos capaces de imaginar.

Cyrus le mira mientras asiente despacio. -

Sí…, cierto.

Chavdarov se detiene entonces y posa la maleta que lleva frente a una puerta, Cyrus también se detiene y posa la que lleva él. Es la habitación que hay frente a la de Imogen. -

Bueno – dice Cyrus -, le dejo, mandaré enseguida a alguien para que le ayude a instalarse.

-

No – le dispensa Chavdarov -, no se preocupe, por favor, no deseo ser una carga adicional al ya arduo trabajo que debe de estar teniendo que desempeñar su servicio, en semejante situación. Me las arreglaré solo.

Cyrus esboza una media sonrisa. -

Gracias, es usted muy comprensivo.

Chavdarov le responde con una ligera reverencia de cabeza, Cyrus extiende una mano ante él. -

Ha sido un placer conocerle.

Se estrechan las manos. -

Nos vemos en seguida – se despide Cyrus.

-

Hasta ahora entonces, señor Spark.

Cyrus se separa de él y se encamina de nuevo hacia las escaleras, Chavdarov espera hasta que ya no puede verle y mira con penetrante fijeza la puerta de la habitación de Imogen durante unos segundos, hasta que abre la suya, coge las maletas, las mete y cierra. Una vez dentro mira a su alrededor, coloca las maletas junto a la cama, posa el sombrero, alza la cabeza y comienza a olisquear el aire, olfateando, como una fiera en 70


busca de su presa. Cierra los ojos, captando algo. Los abre, sale de la habitación con rapidez y recorre silenciosamente los pasillos sin ser visto, baja las escaleras de servicio y se acerca a la biblioteca, entrando en la sala contigua. Cierra la puerta y la tranca por dentro con sigilo, se acerca a la pared que colinda con la biblioteca y se queda de pie, en silencio, escuchando. Y es en medio del silencio que su finísimo oído animal empieza a captar sonidos. Ruidos, voces distorsionadas, distantes. Unos pasos sobre el suelo, a lo lejos. Los golpes sobre la puerta de la biblioteca, una voz ya mucho más clara que permite el paso, la puerta abriéndose, más pasos y la puerta cerrándose, y por fin, el inicio de una conversación. -

Ha preguntado por tu padre – explica Cyrus en la biblioteca -, le he dejado acomodarse por su cuenta. Ha dicho que conocía la casa, parecía saber bien a dónde iba.

Archibald frunce el ceño y posa el libro que tiene en las manos. Está sentado, con una mesilla a un lado y la chimenea al otro. -

¿Chavdarov? – pregunta.

Cyrus se guarda las manos en los bolsillos. -

Sí.

-

No me suena de nada.

-

¿Pero, es realmente posible que tu padre lo conociera o he permitido la entrada a un extraño?

-

No lo sé…

Archibald se pasa una mano por el rostro con cansancio al tiempo que cierra momentáneamente sus ojos algo enrojecidos. Suspira. -

Mi padre viajó mucho de joven – dice -, antes de casarse. Creo que el origen del nombre es búlgaro, o húngaro, pero no sé si mi padre viajó a alguno de esos dos países en algún momento de su vida.

Deja que su triste mirada se pierda. -

Siempre fue un hombre muy suyo – continúa -, especialmente con su pasado, nunca hablaba de lo que había hecho o dejado de hacer. Cuando murió me enteré por mi tía de que había estado en París – niega -, no tenía ni idea. Era un hombre muy reservado, con todo, reservado y poco hablador.

-

71

¿Hay alguna forma en la que puedas estar seguro?


-

Hablando con él. Si conoció a mi padre sabrá qué clase de hombre era, un caballero, un hombre educado y firme, pero bueno. Si lo conoció estupendo, si no lo conocía…

-

¿Y por qué iba a querer nadie fingir conocer a tu padre?

Archibald se encoge de hombros. -

No lo sé, ¿por dinero?

Cyrus sube ambas cejas. -

No me ha parecido que lo necesitara, va limpio y aseado, muy bien vestido, ropa, equipaje, complementos caros y de buena calidad, bien combinados y con estilo además. Elegante.

-

No lo sé Cyrus...

Archibald pone ambas manos sobre los reposabrazos del sillón y se incorpora pesadamente. -

Iré a hablar con él – dice.

Chavdarov se aparta de la pared rápidamente, abre con sigilo, sale y se escabulle con terrible fugacidad de la planta baja. Archibald sale de la biblioteca, se dirige a las escaleras pausadamente y las sube, caminando hasta llegar a la puerta de la habitación en donde Cyrus le ha dicho que se encuentra Chavdarov. La golpea un par de veces, aguarda y oye cómo Chavdarov le permite el paso. Abre, entra despacio y ve a Chavdarov colgando la ropa de las maletas en el armario, de espaldas a la puerta. -

Buenos días – le saluda.

Chavdarov cuelga con parsimonia la percha que tiene en las manos y se gira. -

Buenos días – responde.

-

Espero no molestarle.

-

En absoluto.

Chavdarov se inclina despacio sobre la maleta y coge otra prenda, sin dejar ambos de mirarse. Archibald entorna los ojos, se guarda las manos en los bolsillos y niega. -

¿Nos conocemos?

Chavdarov sonríe de medio lado. -

No.

Hay otro instante de silencio. -

Tengo entendido que conocía usted a mi padre.

Chavdarov posa despacio la prenda que tiene en las manos. 72


-

Sí – susurra -, en pasado, lamentablemente.

-

¿No sabía que hubiera fallecido?

Chavdarov niega lentamente. -

Entiendo – dice Archibald -. ¿Puedo preguntar dónde se conocieron?, nunca oí a mi padre hablar de usted.

-

Bueno, no me sorprende que no le oyera, su padre siempre fue un hombre muy reservado.

Vuelven a mirarse en silencio durante un instante. -

Nos conocimos en Bulgaria – responde al fin Chavdarov -, mi querido país natal. Nos vimos por última vez en Francia.

Archibald asiente despacio, Chavdarov levanta de nuevo la prenda, se gira y coge una percha. -

Le agradezco mucho su hospitalidad – dice -, especialmente en un momento tan difícil como este.

Cuelga la prenda con pausa, sin acelerar en ningún momento sus movimientos. -

Es usted todo un caballero, y estoy seguro de que también es un buen hombre.

Se gira. -

Como lo fue su padre.

Archibald frunce el ceño con tristeza y separa los labios, pero no dice nada. Sus ojos se humedecen. -

Esta casa no ha cambiado en años – continúa Chavdarov -, puedo oler el paso del tiempo sobre los marcos de los cuadros, las alfombras del suelo y las lámparas de los techos. En Bulgaria también nos gusta seguir las tradiciones, dice de nosotros quienes somos, nos ayuda a recordar nuestras raíces.

-

Sí – susurra Archibald -, cierto.

Archibald baja la cabeza y se humedece los labios resecos, traga saliva y vuelve a mirar a Chavdarov con tristeza. -

Espero que encuentre usted todo cuanto necesite en mi casa señor Chavdarov, mientras esté con nosotros también será la suya.

Chavdarov le reverencia con un ligero movimiento de cabeza. -

Muchísimas gracias.

-

La comida estará servida en breve, espero que se una a nosotros y podamos contar con su presencia.

73

Por supuesto, será un placer.


-

Bienvenido a Newbury, señor Chavdarov.

-

Gracias.

Archibald se gira y sale de la habitación, cerrando tras de sí. Se dirige a las escaleras, las baja y vuelve a encaminarse a la biblioteca. Por el pasillo, antes de llegar, Cyrus abre la puerta de la sala de juegos y le llama, Archibald se gira y ve cómo se acerca a él con una copa en una mano. -

¿Y bien? – pregunta Cyrus.

-

Conoció a mi padre – responde Archibald -, o al menos eso parece.

Cyrus se detiene cerca de él y le habla bajo. -

¿Eso parece?

-

Sí, bueno – duda Archibald -, sí que creo que le conoció, pero es que no logro entender porqué aparenta nuestra edad cuando… - niega.

Un sirviente se acerca entonces a ambos y se detiene a tan sólo unos pasos. -

Señor – dice.

Ambos se giran y le miran. -

Disculpe – pide el sirviente -, pero tal y como me pidió el señor Spark, le informo de que la señorita Gaye ya ha sido lavada y preparada, espero que la ropa que han seleccionado para ella se la adecuada. Si quiere usted verla…

Archibald se lleva una mano a la boca al tiempo que sus ojos se cubren de lágrimas, Cyrus pone una mano sobre uno de sus hombros. -

Sí – susurra Archibald -, claro.

El sirviente se gira y Archibald se despide de Cyrus, siguiendo al sirviente. Ambos se dirigen a la despensa. Al llegar el sirviente abre y deja paso a Archibald, que avanza despacio, viendo el cuerpo sin vida de Lucy tendido sobre la mesa de la despensa. Está peinada, vestida y calzada. Archibald pierde unas lágrimas conforme se acerca a ella, hasta que se detiene a su lado. Separa los labios e inspira lentamente, observando su rostro pálido e inerte. El paso del tiempo se enrarece. Imogen recorre mientras tanto la casa, yendo hacia la despensa. Va vestida de negro y avanza con la cabeza gacha. Al entrar en el pasillo que conduce a la despensa el sirviente que ha acompañado a Archibald la ve y se interpone a distancia entre ella y la puerta. -

74

Disculpe señorita Hawthorne – dice.


Archibald lo oye desde dentro, Imogen alza la cabeza y se detiene a unos pasos del sirviente. -

¿Qué ocurre? – pregunta.

-

Lo lamento, pero no puede usted pasar.

-

¿Qué, cómo que no?

Archibald sale de la despensa y se acerca a ella. -

Immi – dice.

-

Archibald ¿qué pasa?

-

Yo les he dicho que no te dejen pasan.

Imogen frunce el ceño. -

¿Por qué?

Archibald le acaricia un brazo. -

Immi – susurra -, no creo que sea el mejor momento, yo…, creo que no es la situación más pertinente. Sería mejor que esperaras al velatorio.

Imogen niega, sus ojos se empañan. -

Pero es mi amiga, necesito verla.

Intenta moverse, pero Archibald la coge del brazo que le estaba acariciando y la retiene. -

Immi.

Imogen intenta soltarse. -

No, déjame pasar.

Archibald la coge de ambos brazos. -

Déjame pasar – repite Imogen -, déjame…

Archibald la retiene sin a penas esfuerzo, Imogen insiste unos segundos más pero su forcejeo se pierde pronto entre sus sollozos y finalmente desiste, dejándose abrazar por Archibald, que la consuela.

Chavdarov camina con calma hacia la sala de estar, desde la que proceden algunas voces. Son Archibald y Cyrus, que hablan sobre el transporte de los ataúdes y las cartas a los familiares de las víctimas.

75


-

El servicio dice que también ha atacado en el pueblo – comenta Cyrus -, dicen que ha matado a un hombre al que ha devorado.

Archibald asiente medio cabizbajo, con los ojos tristes y la mirada perdida. -

Mhm – sonoriza.

-

Bueno – Cyrus le palmea un hombro -, será mejor dejar de hablar del tema, al menos durante un rato.

Retira la mano del hombro de Archibald y se guarda ambas en los bolsillos, mirando hacia la puerta de entrada a la sala al ver de reojo algo moviéndose. -

Ah, es usted – dice -, no le había oído – sonríe -, y tampoco le había reconocido al principio.

Chavdarov sonríe fugazmente. Se ha cambiado de ropa, en lugar del traje con chaleco lleva una levita negra cerrada hasta el cuello, con un ribete en forma de hojas bordadas con hilo de oro, alrededor del cuello, la abotonadura y los puños. Archibald se gira despacio para no darle la espalda. -

He decidido cambiarme – responde Chavdarov -, no me parecía adecuado presentarme con la misma ropa que llevaba durante el viaje, estaba algo incómodo.

Se detiene frente a ambos. -

Espero no haber bajado demasiado pronto.

-

No – dice Cyrus -, lo que ocurre es que todavía esperamos a la señorita Hawthorne, la prima de Archibald. Bajará en seguida, ha tenido que ausentarse unos instantes, estaba un tanto afectada por la situación.

Chavdarov asiente. -

Comprendo.

Imogen atraviesa entonces la puerta abierta de la sala de estar y se acerca a los tres, deteniéndose súbitamente al ver girarse a Chavdarov. Su pecho se paraliza y su expresión se congela mientras Chavdarov la atraviesa con una penetrante mirada. -

Buenas señorita Hawthorne – la saluda Cyrus.

Imogen no contesta, no deja de mirar a Chavdarov, que tampoco aparta la vista de ella. Cyrus les mira a los dos mientras Archibald permanece cabizbajo. -

Ah, claro – se percata Cyrus -, permítanme hacer las presentaciones. Señor Chavdarov esta es la señorita Hawthorne, Imogen Hawthorne, la prima de Archibald. Señorita Hawthorne este es…, disculpe, no recuerdo su nombre de pila.

76


Chavdarov se acerca a Imogen y toma una de sus manos. -

Vladislav – responde -, Vladislav Chavdarov.

La besa sin apartar sus azules e intensos ojos de los de ella. Imogen recupera al fin el aliento y pestañea despacio, respirando por sus labios ligeramente separados. -

Es todo un placer conocerla – susurra Chavdarov -, señorita Hawthorne.

Imogen no contesta, sólo sigue mirándole mientras Chavdarov mantiene sujeta su mano con las suyas, acariciándola sutilmente. Cyrus observa la escena y levanta una ceja, Archibald sin embargo permanece todavía cabizbajo y ausente. El mayordomo entra en ese momento en la sala de estar y anuncia que la comida ya está servida. Chavdarov suelta sólo una de sus manos de la de Imogen y la rodea por la cintura sin llegar a tocarla, caminando junto a ella hacia el comedor. Cyrus camina tras ellos junto a Archibald. Al llegar van tomando asiento en la enorme mesa dispuesta sólo para cuatro comensales. Archibald se sienta junto a Imogen, frente a ella lo hace Chavdarov y junto a él Cyrus. El servicio empieza a servirles. -

¿Y hace mucho que ha llegado a nuestro país, señor Chavdarov? – pregunta Cyrus.

-

Tan sólo unos días.

-

¿Y desde dónde viene?

-

Desde Bélgica.

Los criados terminan, Chavdarov cruza las manos ante su plato y cierra los ojos, los tres le miran, oyéndole pronunciar una oración en búlgaro. Al terminar abre los ojos, descruza las manos y les desea buen provecho, el resto lo agradecen y tras desearse también buen provecho comienzan a comer. -

Bueno – comenta Cyrus -, no sé mucho sobre Bélgica, la verdad.

-

Yo tampoco – susurra Imogen.

Chavdarov traga el bocado que mastica y la mira. -

Es un país diferente – explica -, también tiene una monarquía, pero es independiente y neutral, políticamente. El francés es el idioma oficial, aunque en algunas zonas la gente todavía usa el flamenco, la lengua regional, un idioma único y complejo que ha logrado sobrevivir a guerras y prohibiciones.

Imogen respira despacio sin dejar tampoco de mirarle mientras habla, el tono de Chavdarov es bajo y profundo, y pronuncia despacio con su extraño acento.

77


-

Es la segunda potencia industrial del continente – continúa -, sólo por detrás de Inglaterra. Exportan carbón, acero y hierro, con un centro de poder industrial situado en la Valonia. Allí hay muchos obreros, es una zona muy poblada. Y en la capital, en Namur, confluyen dos ríos, el Sambre y el Mosa, con unas orillas tranquilas de día y solitarias de noche. Namur es una ciudad industrializada hasta límites insospechados. En el aire hay tanto polvo que literalmente se muerde, en las calles siempre hay gente, incluso cuando cae el sol, huelen a hollín y llevan el tizne en la piel, y en el cuerpo, por fuera y por dentro, tanto que casi puede degustarse…

Cyrus asiente, Imogen parpadea despacio. Chavdarov vuelve a comer sin apartar su mirada de ella. Cyrus acaba el entrante y se limpia la boca, esperando a que le sirvan de nuevo. -

Es interesante saberlo – dice -, yo nunca he salido de Inglaterra, siempre me ha parecido muy onírico todo el tema de los viajes en el extranjero, algo muy distante e incluso un tanto ilusorio para mí. Es interesante conocer a alguien que ha viajado por el mundo, ¿en dónde estuvo antes de Bélgica?

Chavdarov posa el cubierto y traga el bocado que tiene en la boca. -

En Alemania.

El servicio retira el plato de Cyrus y le ponen el segundo. -

Vaya – dice -, en Alemania, ¿en cuántos lugares ha estado en total, si no es mucho preguntar?

Chavdarov carga de nuevo su cubierto y espira con silenciosa profundidad, escrutando con ensimismamiento el rostro de Imogen. -

En demasiados – susurra.

Imogen también ha cargado su cubierto pero, al igual que Chavdarov, se ha quedado quieta. -

¿Y usted? – le pregunta Chavdarov -, ¿ha viajado alguna vez fuera del país?

Imogen niega. -

No.

Chavdarov esboza entonces una ligera sonrisa. -

¿Y hay algún lugar al que le gustaría ir?

-

Bueno, no sé mucho sobre el extranjero, pero creo que si pudiera elegir iría a Grecia.

Chavdarov sonríe. 78


-

Grecia. Mi país comparte frontera con Grecia actualmente. Es un lugar muy hermoso. Ha sido el escenario de muchas guerras desde tiempos inmemoriales, pero estoy seguro de que si pudiera verlo le gustaría.

Imogen también sonríe ante la expresión afable y dulce de Chavdarov. -

Las piedras blancas labradas de sus antiguas urbes se mezclan con las ciudades actuales – explica Chavdarov -, susurrando historias de tiempos ancestrales, a quien pasa junto a ellas. Sus mares son de un intenso azul profundo y sus islas abundantes y salvajes, llenas de rocas agrestes, peñones erosionados y acantilados escarpados que esconden cuevas fortuitas.

Imogen le mira sin probar bocado, Archibald y Cyrus también posan entonces sus cubiertos, escuchando. -

Las playas tienen arenas blancas y finas – continúa Chavdarov -, están rodeadas de bosques u ocupadas por pequeños puertos repletos de barcas de colores. Las gaviotas cantan sin cesar durante todo el día, y las casas blancas brillan intensamente bajo el sol que quema desde el firmamento casi siempre despejado. La gente canta, come abundantemente y bebe vino a todas horas, incluso durante la noche, arropados por la luz del fuego entre las columnas de los templos de sus antepasados, junto a las murallas que un día, hace miles de años, protegieron las ciudades. Los palacios de Cnosos, Festos y Hagia Triada, las fortalezas de Tirinto y Mecenas, el teatro de Epidauro y el Mausoleo de Halicarnaso… la lista es interminable. Las maravillas de Grecia no tienen límite, ni en el tiempo ni en el espacio de sus hermosas tierras.

Los tres le miran, pero Chavdarov sólo tiene ojos para Imogen, que le observa tan abstraída como él a ella. Archibald vuelve a comer despacio en medio del silencio. -

Es una descripción muy bonita – susurra.

Cyrus sin embargo se ha quedado quieto, moviendo la vista entre Chavdarov e Imogen. -

Sí, muy bonita…

Chavdarov e Imogen vuelven a comer entonces, sin dejar de mirarse y sin borrar la sonrisa. Archibald termina el entrante, el servicio se acerca para retirarle el plato y servirle el segundo, Chavdarov e Imogen también terminan. En medio del momentáneo silencio sólo se oyen los sonidos de los platos y la cubertería. 79


Cyrus coge su copa con vino y se reclina ligeramente sobre el respaldo de la silla, sin dejar de fijarse en Chavdarov. -

Viajando tanto – dice -, ha debido de conocer a mucha gente, hombres de gran intelecto, mujeres de gran belleza, y encanto…

Chavdarov posa los cubiertos. -

Lo siento – pide Cyrus -, a lo mejor hago mucho suponiendo que ha conocido gente de todo tipo en todos esos sitios.

-

Lo importante no es cuantos sitios se conocen – responde Chavdarov -, o a cuanta gente. Con el paso de los años uno descubre lo solo que puede llegar a estar entre tantas personas. A veces la humanidad entera puede hacernos sentir increíblemente aislados.

Cyrus ve cómo Archibald levanta por fin la cabeza del plato y mira a Chavdarov. -

¿Quiere decir, que después de conocer a tantas personas nunca se ha sentido cercano a ninguna de ellas? – pregunta.

Chavdarov vuelve a coger sus cubiertos. -

La cercanía y el amor son cosas muy diferentes, señor Lowsley.

Archibald asiente y entristece más el gesto, volviendo a comer. Cyrus bebe un par de tragos de su copa y deja por fin de observar a Chavdarov. El resto de la comida transcurre en relativo silencio, hasta que todos terminan y deciden trasladarse al salón para la sobremesa. Una vez en él todos van tomando asiento en los sillones que hay frente a la chimenea. Chavdarov, que ha acompañado a Imogen, separa uno de ellos para que tome asiento, haciéndolo después él a su lado. Cyrus y Archibald se sientan juntos, comenzando a charlar. Cyrus se interesa por el estado de Archibald, que sigue alicaído y un tanto absorto, mientras, Chavdarov ha apoyado ambos brazos sobre el reposabrazos de su sillón para poder acercarse más a Imogen, y le habla en voz baja mientras esta le escucha, sin dejar de mirarse. -

Su paisaje salvaje y único va desde las altas montañas nevadas a las cálidas costas y playas – susurra Chavdarov -. Los picos nevados del Rila y el Pirin, las montañas Ródope y los montes Balcanes, Stara Planina en mi idioma, que atraviesan el país y mueren en el valle de Rose. La misteriosa costa del mar Negro, la llanura del Danubio, antigua Mesia, y las tierras bajas del sur de Tracia y Macedonia. Y entre las seseantes colinas y los verdes valles poblados de perfumadas flores, corren más de cinco centenares de ríos, con hermosas

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cascadas que nutren bastos bosques habitados por osos, chacales, visones y águilas. -

Vuestro país debe ser un lugar extraordinario – susurra Imogen.

Chavdarov sonríe con embeleso. -

¿Os gustaría verlo?

-

Nada me gustaría más.

Chavdarov alza entonces lentamente una de sus manos y la acerca al rostro de Imogen, entrelazando los dedos con delicada suavidad entre uno de los tirabuzones que se escapan de su recogido. Ambos respiran instintiva y profundamente por la boca sin dejar de mirar a los ojos del otro, atravesándose, hasta que los ojos de Chavdarov se empañan. Parpadea con rapidez, aparta la mano y se retira ligeramente hacia atrás al ver de reojo a Cyrus y a Archibald, mirándoles. Intenta apaciguar su pecho, respirando con menor fervor. Imogen se des ensimisma también al percatarse de la reacción de Chavdarov y agacha la cabeza. El mayordomo entra entonces en el salón. -

Mis disculpas señor – pide -, pero acaban de llegar unos caballeros desde Londres, dicen ser hombres de Scotland Yard, así que tal y como me pidió les he permitido el paso y ya se están instalando, el servicio les está ayudando a descargar su material en la armería.

Chavdarov le clava la vista al oírlo, Archibald separa la espalda del respaldo del sillón. -

¿Aún están fuera? – pregunta.

-

El señor Doyle espera a que le reciba, creo que es el responsable del grupo, señor.

Archibald se incorpora. -

Pero no le tenga esperando, hágale pasar ya, por favor.

-

Sí señor.

Cyrus e Imogen también miran entonces hacia la entrada, por la que vuelve a entrar el mayordomo acompañado de un hombre robusto con bigote, vestido de traje. -

Señor Lowsley – dice el mayordomo -, el señor Doyle.

Doyle extiende la mano y se acerca a Archibald. -

Capitán Jeoffrey Hogar Doyle, un placer.

-

Igualmente.

Se estrechan las manos.

81


-

El comisionado me ha enviado – explica Doyle -, yo ya estoy retirado del ejército, oficial veterano con lesiones que no permiten ir al frente. Suelo salir de caza con el señor Carroll y nos han pedido a mí y a unos cuantos habituales con experiencia en la caza que nos encarguemos de esto.

Sueltan las manos. -

Gracias – dice Archibald -, muchas gracias, pase por favor y tome asiento.

-

Gracias a usted.

Doyle se acerca al fuego y se sienta con desparpajo en el sillón en el que estaba Archibald, mientras se va presentando a los demás Archibald pide al mayordomo que conduzca al resto de hombres allí una vez se hayan instalado y que traigan té para todos. El mayordomo se retira, Archibald coge una silla y se sienta también frente al fuego. -

¿Han sido ustedes los encargados de la búsqueda de esa cosa en Londres? – pregunta.

-

No, no por Dios – Doyle sonríe -, para nada. Yo he seguido las noticias pero hasta ahora no me habían pedido ayuda en ningún momento. Parece ser que Carroll se ha alarmado al saber que ese bicho está ahora en el campo y ha tenido la cordura de pedirnos ayuda a nosotros, en lugar de enviar aquí a esa pandilla de tilillas.

-

Pues menos mal – dice Cyrus -, diez días buscando a un monstruo en pleno corazón de la ciudad y no daban con él, eso sí es incompetencia.

-

Porque no sabían dónde buscar.

Doyle ríe, Cyrus también, Archibald sonríe de medio lado mientras que Imogen entristece el gesto y Chavdarov les mira con seriedad. -

Bueno – dice Archibald -, de todos modos celebro que hayan llegado ustedes antes de que haya caído la noche, a estas horas el sol debe de empezar a ocultarse, si no lo está ya.

-

Sí, ya estaba cayendo cuando entrábamos en el pueblo.

-

Les agradezco mucho que hayan llegado tan deprisa, anoche hubo otra víctima, aquí…, y una más en el pueblo, parece ser, ¿no Cyrus?

-

Eso me han dicho.

-

De momento empezaremos la ronda por aquí – explica Doyle -, mis hombres se armarán en cuanto hayan descansado un momento y saldremos a buscar a esa cosa antes de la cena, no se tarda mucho en recorrer el camino hacia el pueblo,

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necesitaremos llevar luz y algo para atraerlo, un pedazo de carne de la despensa bastará. Cyrus frunce el ceño. -

¿Y quiere decir que es prudente salir a buscarlo de noche?, es cuando ataca.

-

Hijo, no se cazan pájaros de noche ¿verdad?, pues no se cazan predadores nocturnos de día. De día se esconden y no hay forma de sacarlos de donde estén. Les voy a decir una cosa, que eso haya venido aquí es una buena noticia.

-

¿Lo es? – pregunta Cyrus.

-

Y tanto.

El mayordomo entra entonces con una bandeja y el segundo lacayo entra tras él con otra, comenzando a servir las tazas con té en la mesa que hay en el centro del salón. -

Aquí podemos cazar – continúa Doyle -, en la ciudad no se puede cazar como en el campo, aquí cuando se despierte esa cosa, que será pronto, si no lo está ya, lo podremos atraer, le haremos lo mismo que se les hace a los osos, o a los tigres y demás. Yo he cazado bichos que te pueden rajar vivo, esa cosa no puede ser peor que un león. Cada bicho tiene su táctica, pero a todos se les pilla mejor en un terreno en el que puedas predecir bien sus movimientos. He leído cómo actúa esa cosa, no es muy diferente de un tigre, acecha a las presas aisladas y fáciles escondido tras la maleza y siempre a favor del viento, y cuando las tiene donde quiere se abalanza sobre ellas en unos segundos, y si te engancha se acabó. Igual que cualquier gran felino.

Cyrus traga saliva, Archibald mira a Imogen. -

Le agradezco la explicación capitán pero, creo que será mejor no entrar en tanto detalle, ya hemos tenido demasiadas experiencias desagradables con ese…bicho.

El mayordomo se acerca a ellos. -

El té está servido, señor.

-

Gracias.

Todos se incorporan, Doyle se abotona la chaqueta. -

Disculpen, tampoco quiero dañar la sensibilidad de la señorita.

-

Gracias – responde Archibald.

Se acercan a la mesa. -

Oh, no – rechaza Doyle -, yo no tomaré té gracias, debo volver con mis hombres a fuera, sus sirvientes ya les estaban llevando algo para comer y beber a la

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armería, yo me uniré a ellos, debemos trazar la ruta y asegurarnos de que está todo listo, no tardaremos mucho en dejarlo todo atado y bien atado. -

Ah, de acuerdo entonces – acepta Archibald.

-

Les avisaremos cuando vayamos a salir. Por cierto, hemos pedido al servicio que vuelvan a sus casas esta noche, por si acaso.

Doyle vuelve a extender la mano y comienza a estrechar las de Archibald y Cyrus. -

Todo un placer, y lo dicho, nos vemos en–

Se detiene ante Chavdarov y toma aliento ante su serio rostro. -

En seguida – dice más bajo.

Le estrecha la mano al tiempo que frunce el ceño, notando algo. La suelta, se aleja de él y vuelve a despedirse de todos, sintiendo un extraño escalofrío recorrerle mientras sale del salón. Todos se acercan entonces a la mesa para separar las sillas y tomar el té, todos excepto Chavdarov, que se ha quedado mirando la puerta. -

Señor Chavdarov – le llama Archibald.

Chavdarov se gira. -

¿No se sienta con nosotros?

Chavdarov toma aliento despacio y niega. -

Creo que no. Espero no resultar maleducado, pero me encuentro un tanto cansado del viaje y quisiera retirarme a descansar un rato antes de la cena, si me lo permiten.

-

Por supuesto.

Chavdarov hace una leve reverencia con la cabeza. -

Gracias.

Mira una vez más a Imogen y hace otra reverencia para despedirse de ella antes de marcharse, dejándoles a solas. -

No sé vosotros – comenta Archibald -, pero ver entrar a ese hombre por la puerta ha sido para mí como un soplo de aire fresco.

-

84

Sí que lo ha sido – coincide Cyrus -, por fin van a coger a esa cosa.


La noche ya está entrada. En la planta baja los hombres se preparan para salir a la caza tras haber descansado, comido y puesto a punto sus armas. Mientras ellos trazan sus estrategias, Archibald escribe en el escritorio de su dormitorio una carta para la funeraria y otra para los padres de Lucy. La casa está silenciosa. El pomo de una puerta se gira entonces despacio. La puerta se separa ligeramente del marco. Es la puerta de la habitación de Chavdarov, que tras salir la cierra con sigilo y se acerca a la puerta de Imogen. Dentro de su habitación, Imogen aparta la vista de un libro que sólo mira sin leer y se fija en su puerta, viendo cómo el pomo se mueve. Su pecho se acelera. Posa el libro y se incorpora de la silla, viendo entrar lentamente una mano, después un brazo y finalmente el rostro de Chavdarov, que la mira mientras sigue moviéndose con sobrecogedor sigilo. Imogen no se mueve ni un ápice ante la escena. Chavdarov ya está dentro y cierra silenciosamente tras de sí. Ambos se miran. Los ojos de Chavdarov se empañan conforme empieza a acercarse despacio. -

Amor mío – susurra -, mírame.

Se señala a sí mismo, Imogen frunce el ceño. -

Mírame – repite Chavdarov -, soy yo, tu príncipe.

Los ojos de Imogen también se cubren de lágrimas, niega. -

No.

Las lágrimas de Chavdarov rebosan sus ojos y recorren sus mejillas. -

Sí, soy yo.

Chavdarov se detiene frente a ella, le coge una mano y la pone en su pecho, sobre su corazón, Imogen tiembla. -

¿Lo oyes? – le pregunta Chavdarov -, late por ti amor mío.

Sus ojos y sus latidos la atraviesan, aunando al fin todas las piezas, dando sentido por fin a todos los recuerdos. Las lágrimas también se escapan de sus ojos al tiempo que se agarra a Chavdarov al sentirse flaquear. -

Noooo – susurra.

Chavdarov la coge y la ayuda a no caer, sentándose despacio con ella en el suelo. Imogen niega sin dejar de llorar. -

No puede ser – lamenta -, no puede ser…

Alza los puños y golpea como puede el pecho de Chavdarov. 85

No puedes ser tú, no puedes ser, no…


Chavdarov intenta calmarla sin dejar de llorar. -

Lo siento.

-

No – Imogen niega -, no puedes ser… no pudiste matar a Lucy… no…

Chavdarov le coge las manos. -

No pude evitarlo – dice -, la maldición es poderosa, me ha controlado durante siglos.

Imogen para y apoya su cabeza contra su pecho, Chavdarov la abraza. -

Lo siento – repite -, lo siento. Hice todo lo que pude para controlarme, pero no pude evitar matarla. Creo que fui capaz de no devorarla porque la maldición estaba empezando a romperse.

-

La maldición…

Imogen se separa ligeramente de él para poder mirarle a los ojos. -

¿Qué maldición?

Chavdarov también la mira mientas acaricia su cuerpo. -

Hace siglos – explica -, demasiados cientos de años atrás, una mujer, una bruja, me condenó bajo un poderoso hechizo a convertirme en una bestia. Me maldijo. El atroz monstruo devorador de hombres que te derribó aquella noche en el parque era yo, condenado a vagar en soledad, a huir de los hombres que buscan cazarme, y a los que me veo inexplicablemente obligado a acercarme. Dios sabe que intenté esconderme en los bosques de mi patria, intenté alimentarme únicamente de animales, pero no podía. Cada noche sentía el incontrolable arrebato de acercarme a los pueblos y las ciudades, de ponerme en peligro para cazar personas, sintiendo una aberrante atracción por su olor, un descontrolado deseo de comerme a mis propios semejantes, torturado dentro de mi tortura al ser consciente de mis actos sin poder evitarlos.

Pierde más lágrimas, Imogen le consuela con caricias sin dejar tampoco de llorar. Chavdarov niega. -

No podía evitarlo con nadie, nunca… excepto contigo, sólo pude evitarlo contigo. Cuando vi tus ojos algo en mi interior despertó, algo que llevaba dormido más de seiscientos años… Había llegado a desesperar en soledad, vagando por todo el continente durante interminables siglos, siendo temido, despreciado y odiado. Y entre tanto odio llegué a perder la esperanza de encontrar algún día a alguien que sintiera y que me hiciera sentir algo tan puro y hermoso como lo que siento por ti. Llegué a perder la esperanza de encontrarte.

86


Pero aquel día, cuando te vi en el parque… me devolviste la vida, me devolviste la felicidad… me lo devolviste todo. Tú eres mi amor verdadero, sólo tú puedes ayudarme, sólo tú puedes romper las cadenas de este horror, de esta condena. -

Pero… ¿cómo, qué puedo hacer yo?

-

Anoche ya hiciste parte de lo que había que hacer, aún experimento las consecuencias de nuestro acto, nuestro apasionado acto... Sólo la mujer que me amara siendo una bestia me amaría realmente, eso decía el hechizo. Al hacer el amor conmigo siendo una bestia rompiste parte de la maldición, pero aún así en el momento sólo pude evitar comer a tu amiga, no matarla. Después de dejarte en tu habitación me escondí en el bosque, sintiendo cada vez más cómo algo cambiaba en mi interior, algo que no estaba bajo mi control. Había matado antes a un hombre en el pueblo, así que corrí a todo galope hacia la casa, sabiendo que allí no me vería nadie. Y fue entonces, tras haber salido el sol, que empecé a transformarme. Hacía siglos que no veía mi cuerpo humano. Sentí como si el yugo de ese estrangulador hechizo se hubiese desvanecido por un breve instante. Cogí dinero, me vestí, guardé ropa en las maletas y vine a buscarte.

-

¿Y qué más he de hacer?, has dicho que sólo hemos hecho parte de lo que hay que hacer, que no pudiste controlar el cambio, ¿qué más he de hacer para que seas un hombre por completo?

Chavdarov aseria la expresión y coge el rostro de Imogen con ambas manos. -

Nunca seré un hombre por completo – susurra con gravedad -, si vienes conmigo jamás volverás a ser la que eras. Yo seré parte de ti y tú serás parte de mí, huyendo de los que no puedan entender nuestros instintos animales. Tu olfato, tu gusto, tu oído, tu instinto, todo se agudizará y cambiará, tu vida entera cambiará, para siempre – frunce el ceño con tristeza -. Tras transformarme aquella bruja me dejó claro que jamás recuperaría del todo mi vida como ser humano. Quiso dejarme solo para siempre, haciendo que quien me amara no sólo tuviera que quererme como bestia, si no que además tuviera que compartir parte de esa desgracia conmigo, aislándonos a los dos de toda la raza humana, para siempre. Esa es mi maldición, esa es la parte del hechizo que nunca se romperá. Jamás me perdonaría arrebatarte una vida normal en contra de tu voluntad, ¿estás segura de que quieres venir conmigo, estás completamente segura de que eso es lo que quieres?

Imogen pierde más lágrimas. 87


-

Sí – responde -, lo estoy.

-

Nunca habrá vuelta atrás. No tendrás nada de lo que tenga nadie corriente, sólo me tendrás a mí.

Imogen limpia las lágrimas del rostro de Chavdarov con sus manos. -

Tú eres todo lo que necesito – susurra -, te amo.

Chavdarov resuella embargado. -

Mi amor… yo también te amo.

Busca sus labios con lo suyos, besándola. Ambos se abrazan con fuerza mientras se besan apasionadamente, hasta que algo sacude el interior del cuerpo de Chavdarov, que se lleva una mano al pecho al tiempo que se queja. -

¿Qué te ocurre? – se asusta Imogen.

-

No tenemos mucho tiempo – Chavdarov respira entrecortadamente -, mi cuerpo, está cambiando de nuevo.

-

¿Qué debo hacer, qué hago?

Chavdarov se encorva y la tumba en el suelo, emitiendo un leve rugido al tiempo que su espalda comienza a abultarse, creciendo. -

Tú serás parte de mí – dice -, y yo parte de ti.

-

¿Cómo?

-

No lo sé, sólo siento deseos extraños.

-

¿De qué, deseos de qué?

-

De mordernos…

Niega efusivamente, comenzando a mover el pecho con vehemencia. -

Deseo que lo hagas, pero no quiero que lo hagas, no quiero perder el control y hacerte daño.

Imogen le acaricia mientras ve cómo sus manos se van transformando en garras y cómo sus piernas van convirtiéndose en poderosas patas traseras. Sus vestiduras humanas se rasgan poco a poco conforme su cuerpo entero cambia. Imogen lleva entonces ambas manos al cuello de Chavdarov y comienza a abrirle la levita, introduciendo sus manos bajo la tela para descubrir con un movimiento suave su cuello y sus hombros. Chavdarov estira el cuello instintivamente al notarlo, excitado.

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-

¿Quieres que te muerda? – le pregunta.

-

Sí – exhala Chavdarov -, hazlo…


Imogen retira un poco más la tela y acerca su boca a uno de los trapecios de Chavdarov, posa sus labios sobre su piel, abre la boca y le clava los dientes con fuerza. Chavdarov aprieta los ojos al sentirlo al tiempo que emite un potente rugido. Entonces, en su habitación, Archibald deja de escribir y escucha atentamente, oyendo algo. Se levanta, sale al pasillo y escucha de nuevo, oyendo los rugidos de Chavdarov. La expresión de sus ojos se desorbita al tiempo que sale corriendo hacia la habitación de Cyrus. Llega, abre la puerta súbitamente y le alerta. -

¡Hay que avisar a Doyle, la bestia ha entrado en casa!

-

¡¿Qué?!

Cyrus salta de su asiento y corre hacia la puerta, sale al pasillo y sigue a Archibald, que baja a toda prisa por las escaleras. Imogen aparta entonces su boca ensangrentada de la piel de Chavdarov y la cubre con una mano. -

Perdona – susurra.

Le acaricia, viendo cómo el pelaje negro comienza a recubrirle el enorme cuerpo casi transformado. Entonces, entre rugidos, Chavdarov rompe con sus garras la ropa de Imogen y abre el cuello y el escote de su vestido, despejando un hombro y arrancando la manga por completo al tirar de la tela. Mientras, desde la planta baja los hombres de Doyle corren armados hacia la planta superior junto con Archibald y Cyrus, que les guían. Chavdarov ruge una vez más conforme salen sus afilados dientes dentro de su boca, hasta que sus poderosos colmillos están completos. Los hombres comienzan a ascender por las escaleras, Chavdarov lleva su boca al hombro descubierto de Imogen e inca los dientes, reteniéndola mientras esta se retuerce entre gritos de dolor bajo su enorme cuerpo peludo. Los gritos llegan hasta el pasillo por el que están corriendo ya todos los hombres. -

¡Imogen! – la llama Archibald.

Chavdarov deja de morderla, se relame la sangre y comienza a lamerle la herida a Imogen, que respira tendida boca arriba profundamente, con los ojos medio cerrados y perdidos, con las pupilas tremendamente dilatadas y los iris enrojecidos. Los hombres llegan a la puerta trancada, se apartan y uno de ellos vuela la cerradura de un disparo, Chavdarov alza la cabeza, los hombres entran y le encañonan, alertándose y espantándose por su tamaño.

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Chavdarov ruge al tiempo que se abalanza sobre ellos. Los disparos se suceden sin tocarle, Chavdarov vuela prácticamente sobre ellos para destrozar a zarpazos sus escopetas, tirándolos al suelo con la inercia de los golpes. Los que quedan en pie se redistribuyen intentando apuntarle, pero a pesar de ser tan grande se mueve demasiado rápido y los disparos van destrozando las paredes y los muebles de la habitación conforme Chavdarov sigue atacándoles. Dos hombres se disparan entre sí, otros dos más caen al suelo mal heridos. Archibald recarga su escopeta mientras busca entre el revuelo a Imogen, viéndola tendida en el suelo junto a la cama. -

¡Imogen!

Apunta a Chavdarov y consigue alcanzarle en una pata delantera. El potente rugido de dolor se extiende mientras los hombres que quedan vivos intentan aprovechar para ponerse a salvo, saliendo unos metros al pasillo. Archibald aprovecha ese instante para intentar acercarse a Imogen, pero Chavdarov le ve y le aparta de un potente golpe que lo lanza contra el escritorio. El resto de hombres vuelve a intentar alcanzarle con más disparos pero Chavdarov se agacha y se desplaza agazapado para saltar sobre ellos sin ser alcanzado. Tendida sobre el suelo, Imogen gira la cabeza lentamente y ve de forma borrosa las figuras de los hombres que van cayendo. Chavdarov ha matado o derribado ya a más de la mitad de los hombres, que siguen disparando en el pasillo. Cyrus se ha quedado sin embargo medio herido dentro de la habitación, tras la puerta, y se está acercando a Archibald, que está tendido en el suelo tras el golpe. Se detiene junto a él y le toma el pulso. -

No… – susurra.

Chavdarov entra entonces de nuevo en la habitación a toda velocidad y cierra la puerta de un golpe con las patas traseras. Los disparos la vuelan. Cyrus alza el arma para encañonarle, Chavdarov coge a Imogen y salta por encima de la cama. Los escopetazos de Cyrus van destrozando todo lo que acaba de tocar, hasta que Chavdarov rompe la ventana y salta por ella justo antes de que cuatro escopetazos más del resto de hombres vuelen las contraventanas que acaban de rebotar tras su salida. -

¡Ha bajado al jardín! – dice Doyle - ¡vamos!

Los pocos hombres restantes corren a toda prisa hacia las escaleras posteriores. Mientras, Chavdarov ha posado a Imogen sobre el césped para lamerse la herida de la pata, que aunque le hace perder sangre no es profunda. 90


Los hombres llegan a la puerta de salida. Imogen alza una mano y acaricia el rostro peludo de Chavdarov, que ronronea dolorido al sentirlo, recuperando el aliento poco a poco. Los hombres cogen unas pocas lámparas de petróleo y las encienden mientras siguen corriendo hacia el jardín. -

¡¿Dónde están?! – pregunta Cyrus -, ¡no les veo!

Los hombres se detienen en medio del jardín y extienden los brazos con las luces sin ver nada. Chavdarov suelta a Imogen, corre hacia ellos y salta de entre la oscuridad. -

¡Ahí!

Cyrus intenta apartarse pero recibe un fuerte golpe que lo tira al suelo, dejándolo inmóvil. El resto de hombres disparan de nuevo, intentando tomar distancia para poder acertarle. Las lámparas van cayendo al suelo al caer sus portadores, la luz se distorsiona o se apaga y no pueden ver bien a Chavdarov, que se mueve con su pelaje oscuro entre la noche con extrema facilidad. Los escopetazos y los gritos de dolor por los ataques se extienden en medio de la noche mientras Cyrus observa desde el suelo y entre la penumbra, sin poder moverse. Desde su posición las figuras aparecen y desaparecen, las luces y sombras cambian rápida y extrañamente entre la confusión y el revuelo, hasta que los gritos, los rugidos y los disparos comienzan a reducirse poco a poco, acabando por cesar por completo. Cyrus aprieta repetidas veces los ojos, viendo sólo oscuridad entre el sonido de su propia respiración. Intenta moverse, pero el dolor le impide cambiar de postura. Se queja, aprieta los dientes y vuelve a oír algo. Abre los ojos hasta el infinito sin ver nada y escucha, es el sonido gutural de la bestia. Su pecho se acelera, ahora puede oír la respiración potente del animal conforme se desplaza, distinguiendo al fin unas sombras en medio de la noche. Centra su mirada en una enorme figura oscura, viendo dos bultos que se desplazan, dos algo que se alejan hacia el distante y denso negro del bosque, hasta desaparecer.

El sol empieza a caer, pero la luz del día todavía se cuela por los cristales de las ventanas del hospital. 91


Tendido sobre una de las camillas, Cyrus descansa con los ojos cerrados mientras la enfermera que hay en la sala va haciendo su trabajo. Mientras, en la planta baja, una enfermera está preparando unos papeles y una pluma, para que alguien que espera pueda firmar. Los párpados de Cyrus se mueven en ese momento, comenzando a abrirse. La enfermera le mira y le toma la fiebre, comprobando que está caliente. Al abrir los ojos del todo Cyrus la ve y se altera. -

Tranquilo – dice la enfermera.

-

¿Dónde estoy? – pregunta desorientado -, ¿qué ha pasado, qué es este sitio?

-

No se preocupe, está usted en el hospital de Reading, sus amigos le han traído hace nada, llevaba usted inconsciente muchas horas.

-

¿Qué amigos, de qué demonios me está hablando?

Cyrus intenta incorporarse pero no puede. -

Tranquilícese por favor – pide la enfermera – sólo es el efecto de la fiebre, en cuanto se le pase se encontrará mejor.

-

No sé de qué amigos me habla, no puedo estar aquí, hay que acabar con esa bestia antes de que ataque a alguien más.

La enfermera llama al médico mientras Cyrus sigue hablando, hasta que comienza a gritar y a moverse para intentar levantarse, y la enfermera tiene que retenerle para evitar que se haga daño. -

¡Pare por favor!

-

¡No lo entiende! – insiste Cyrus -, ¡¡el hombre-bestia existe, existe, hay que pararlo, deténganlo!!

-

¡Doctor!

-

¡¡Deténganlo!!

Mientras, en la planta baja, una mano enfundada en un guante de piel termina de firmar el papel de ingreso de Cyrus y posa la pluma. -

Muchas gracias señor – dice la enfermera.

Chavdarov lleva la mano a la visera de su sombrero de caballero y asiente con una ligera sonrisa. -

De nada – responde con su extraño acento.

Baja la mano, recoloca su guante y toma la mano también enfundada en un guante de Imogen, poniéndola alrededor de uno de sus brazos. Imogen le sonríe sutilmente bajo la tupida redecilla de su sombrero y comienza a caminar a su lado, saliendo juntos del 92


hospital. Sus movimientos son pausados, sus ojos desprenden un fuerza animal tácita y sus cuerpos se desplazan sigilosamente aún en medio del bullicio de la ciudad, por la que caminan lentamente, confundiéndose entre el gentío que atraviesa las calles, mientras se alejan juntos.

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La Bella y La Bestia de Holmr Hjorth