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S UM ARI O

S

introducción El mundo que Boccaccio inventó

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prólogo A la traducción española

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Historia de Ciappelletto da Prato

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Historia de Andreuccio da Perugia

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Historia de Masetto da Lamporecchio

60

Historia de fray Alberto da Imola

68

Historia de Nastagio degli Onesti

80

Historia de Federigo degli Alberighi

88

Historia de Guido Cavalcanti

96

Historia de Peronella

100

Historia de Calandrino

106

Historia de Natan do Catai

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[primera jornada | historia 1]   panfilo  historia de ciappelletto da prato 

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E

s muy conveniente, queridas señoras, que cuanto el hombre hace principie con el admirable y santo nombre de Aquel que de todos fue hacedor. Por lo cual, debiendo yo el primero dar comienzo a nuestro novelar, quiero empezar por uno de sus maravillosos casos, para que oyéndolo, nuestra esperanza en Él, como en cosa inmutable, se afirme y siempre sea por nosotros alabado su nombre. Es manifiesto que las cosas temporales, transitorias y mortales están, en sí y fuera de sí, llenas de dolor, angustia y fatiga, y sujetas a infinitos peligros. Nosotros, que vivimos mezclados con ellas y de ellas somos parte, no podríamos resistirles ni ponerles remedio si una especial gracia de Dios no nos prestara fuerza y prudencia. Y no cabe creer que esa gracia des-

ciende sobre nosotros por nuestros méritos, sino movida por Su benignidad e impetrada por quienes fueron mortales como nosotros y ahora, siguiendo Su voluntad mientras tuvieron vida, con Él son eternos y bienaventurados; a los cuales nosotros mismos, no osando presentar nuestras plegarias a un tan alto juez, tomamos como intercesores informados por experiencia de nuestra fragilidad, en las cosas que consideramos oportunas. Y en esto Él se muestra lleno de piadosa liberalidad hacia nosotros; pues, no pudiendo la agudeza de los ojos mortales traspasar el secreto de la divina mente, a veces, engañados por la opinión, pedimos intercesión ante Su majestad a quien ha sido arrojado al eterno destierro. No obstante Él, a quien nada se le oculta, mirando más a la pureza del orante que a su ignorancia o al destierro del orado, escucha nuestras plegarias como si a un bienaventurado se dirigiesen. La historia que pretendo contar lo mostrará con evidencia; con evidencia, digo, según el juicio de los hombres, no el de Dios. Cuentan

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Seor Cepparello engaña con una falsa confesión a un santo fraile y muere; y, habiendo sido un pésimo hombre en vida, de muerto es reputado por santo y llamado san Ciappelletto.


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que Musciatto Franzesi, devenido en Francia riquísimo y gran mercader, fue allí armado caballero, y tuvo que venir a Toscana con Carlos Sin Tierra, hermano del rey francés, llamado y solicitado por el papa Bonifacio. Sabedor de que sus negocios, como los de la mayoría de los mercaderes, estaban muy enredados acá y allá, y que no se podían desenredar a la ligera y de inmediato, pensó en encomendarlos a varias personas, y para todos halló manera; solo le quedó una duda: a quién podría encargar satisfactoriamente de cobrar sus créditos a los borgoñeses. La razón de la duda estaba en saber que los borgoñeses son pendencieros, de mala condición y desleales; no se le venía a las mientes nadie que fuese tan malvado que él pudiese, con confianza, oponerlo a la maldad de los otros. Tras haber pensado largamente sobre el asunto, le vino a la memoria un tal seor Cepparello da Prato, que muchas veces se hospedaba en su casa de París. Como era de baja estatura y muy acicalado, y no sabiendo los franceses qué significaba Cepparello, y creyendo

que vendría a decir cappello, o sea «sombrero» —chapeau según su lengua—, porque era pequeño, como decimos, no Ciappello sino Ciappelletto le llamaban; y por Ciappelletto era conocido en todas partes, mientras que pocos por seor Cepparello lo conocían. Era este Ciappelletto de esta ralea: siendo notario, sentía grandísima vergüenza cuando uno de sus instrumentos (de los pocos que hacía) no era falso; de estos habría hecho cuantos le pidieran, de regalo y con mejor gana que los de la otra clase bien pagados. Declaraba en falso con sumo gusto, se lo pidieran o no; y como en Francia daban en aquellos tiempos grandísima fe a los juramentos, y a él no le importaba hacerlos falsos, ganaba perversamente todos los pleitos a los que le llamaban para que jurase decir verdad por su fe. Tenía, además, mucho placer (y se ingeniaba mucho) en suscitar entre parientes, amigos y cualesquiera otras personas, daños, enemistades y escándalos; cuantos mayores daños se seguían, más se alegraba. Invitado a un homicidio o a cualquier acto


memoria de messer Musciato, que conocía óptimamente su vida, pensó que era el hombre que la maldad de los borgoñeses requería; lo mandó llamar y le dijo así: «Seor Ciappelletto, como sabes, voy a retirarme de aquí y, teniendo entre otras cosas que entenderme con los borgoñeses, hombres llenos de engaño, no sé a quién pueda dejar mejor que tú para rescatar de ellos mis bienes. Como ahora no estás haciendo nada, si quieres ocuparte de esto, te procuraré el favor de la corte y te daré parte adecuada de lo que me cobres». Seor Ciappelletto, que se veía desocupado y mal provisto de bienes mundanos, y veía marchar a quien su sostén y refugio fuera, sin ninguna duda y como empujado por la necesidad, se decidió y dijo que con mucho gusto. Puestos de acuerdo, recibió seor Ciappelletto los poderes y las cartas de recomendación del rey y, una vez que messer Musciatto partió, marchó a Borgoña, donde no lo conocía casi nadie; y allí, cosa ajena a su naturaleza, comenzó a cobrar y a hacer mansa y benignamente aquello para lo que había ido,

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criminal, de buena gana iba, sin negarse jamás; y varias veces hirió y mató gustosamente a hombres con sus propias manos. Gran blasfemador era contra Dios y los santos, y más iracundo que nadie por la mínima cosa. Jamás frecuentaba la iglesia y escarnecía todos sus sacramentos, como a cosa vil, con abominables palabras; en cambio, visitaba y frecuentaba de buen grado las tabernas y otros lugares deshonestos. A las mujeres era tan aficionado como los perros al palo; con su contrario se deleitaba más que ningún otro pérfido. Habría hurtado y robado con la tranquilidad de conciencia de un santo varón. Gran glotón y bebedor, tanto que a veces le hacía un daño indecente, era redomado jugador de dados trucados. ¿Por qué me extiendo tanto? Era tal vez el peor hombre que nunca hubiese nacido. Sostuvo su malicia mucho tiempo el poder y la posición de messer Musciatto, que lo protegió muchas veces de los particulares, a quienes a menudo injuriaba, y de los tribunales, a los que siempre ofendía. Venido, entonces, este seor Cepparello a la


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* «Lombardos» llamaban en Francia, generalizando abusivamente, a todos los italianos de la mitad norte de la península, incluida Toscana.

como si se reservase la ira para el final. Hospedábase en casa de dos hermanos florentinos que prestaban con usura y que, por amor a messer Musciatto, mucho lo honraban, y sucedió que enfermó; los dos hermanos mandaron prestamente venir médicos y criados para que le sirviesen en todo lo necesario para recobrar la salud. Pero toda ayuda era vana, pues el buen hombre, que ya era viejo y había vivido desordenadamente, según decían los médicos, empeoraba de día en día, como enfermo de muerte, de lo que los dos hermanos mucho se dolían. Y un día, muy cerca de la alcoba donde seor Ciappelletto yacía enfermo, comenzaron a razonar entre sí: «¿Qué haremos con este? —decía el uno al otro—. Estamos por su causa en un mal trance, pues echarlo de nuestra casa tan enfermo sería censurable y signo manifiesto de poco juicio, al ver la gente que primero lo habíamos recibido y después hecho servir y cuidar con tanta solicitud, para ahora echarlo de nuestra casa enfermo de muerte, tan de repente, sin que él haya podido hacer nada que

nos disguste. Por otra parte, ha sido tan malvado que no querrá confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia; y, al morir sin confesión, ninguna iglesia querrá aceptar su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro. Y, aunque se confesara, sus pecados son tantos y tan horribles que ocurrirá algo semejante, pues no habrá cura ni fraile que lo absuelva; por lo cual, sin absolución, será también arrojado a los fosos. Si esto ocurre, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio, que les parece inicuo y del que reniegan todo el día, como por el deseo que tiene de robarnos, se amotinará y gritará: “¡No aguantamos más a estos perros lombardos*, a los que la Iglesia no quiere recibir!”. Y correrán a nuestras arcas, y acaso no solo nos roben la hacienda, sino también la vida; por lo que de cualquier modo estamos en un aprieto, si este muere». Seor Ciappelletto, que, como hemos dicho, yacía allí cerca de donde ellos hablaban, tenía el oído fino, como la mayoría de los enfermos, y oyó lo que decían; los mandó llamar y les dijo: «No quiero


no se había confesado. Seor Ciappelletto, que no se había confesado nunca, respondió: «Padre mío, tengo la costumbre de confesar al menos una vez por semana, aunque hay muchas en las que me confieso más. La verdad es que, desde que enfermé, que son casi ocho días, no me he confesado, tanto es mi malestar».

Dijo entonces el fraile: «Hijo mío, has hecho bien, y así debes hacer en adelante. Veo que, pues te confiesas tan a menudo, poco trabajo me dará escucharte o preguntarte». Dijo seor Ciappelletto: «Señor fraile, no digáis eso; aun confesándome tantas veces y tan a menudo, siempre he querido hacer confesión general de todos los pecados que recordaba desde el día en que nací hasta el de la confesión. Os ruego, pues, mi buen padre, que me preguntéis

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que dudéis de mí ni temáis por mi causa recibir algún daño; he oído lo que habéis estado hablando y estoy segurísimo de que sucedería lo que decís si las cosas ocurrieran como pensáis; pero serán de otra manera. He ofendido tanto al Señor en vida que no importará mucho una ofensa más a la hora de la muerte. Daos maña para traerme al fraile más santo y valioso posible, si es que hay alguno, y dejadme hacer, que ya arreglaré yo vuestros asuntos y los míos de tal manera que resulten bien y quedéis contentos». Los dos hermanos, aunque no esperaban mucho, fueron sin embargo a un convento de frailes y pidieron que uno santo y sabio confesara a un lombardo que estaba enfermo en su casa. Les dieron un anciano fraile de santa y buena vida, gran maestro en las Escrituras y hombre venerable, por quien todos los ciudadanos sentían grandísima y especial devoción, y se lo llevaron consigo. Llegado a la alcoba donde seor Ciappelletto yacía, se sentó a su lado y empezó primero a confortarlo benignamente; después le preguntó cuánto tiempo hacía que


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puntualmente por cada cosa, como si no me hubiera confesado nunca. Y no os detenga el que esté enfermo, que más quiero disgustar a estas carnes mías que, regalándolas, hacer algo que pudiera redundar en perdición de mi alma, rescatada por mi Salvador con su preciosa sangre». Agradaron mucho estas palabras al santo varón y pareciéronle indicio de una mente bien dispuesta. Tras encomiar mucho a seor Ciappelletto esta práctica suya, le empezó a preguntar si había alguna vez pecado de lujuria con una mujer. A lo cual seor Ciappelletto respondió suspirando: «Padre mío, me avergüenza decir la verdad en esto, temiendo pecar de vanagloria». Dijo el santo fraile: «Habla con confianza, que jamás se pecó por decir verdad, ni en la confesión ni en otro acto». Dijo entonces seor Ciappelletto: «Ya que me dais esa seguridad, os lo diré: soy tan virgen como salí del cuerpo de mi madre». «¡Oh! ¡Dios te bendiga!» —dijo el fraile—. «¡Qué bien has hecho! Y, al hacerlo, has tenido más mérito cuanto que, si hubieras querido,

tenías más libertad de hacer lo contrario que nosotros y todos los que están constreñidos por alguna regla.» Después le preguntó si había desagradado a Dios con el pecado de la gula. Suspirando con fuerza, seor Ciappelletto respondió que sí, y muchas veces; porque aunque él —amén de los ayunos de cuaresma que las personas devotas hacen durante el año— solía ayunar a pan y agua tres días por semana, había bebido agua con tanto deleite y gusto como hacen los grandes bebedores de vino, en especial cuando se había cansado mucho rezando o yendo en peregrinación; y muchas veces había deseado comer esas ensaladas de hierbas que las mujeres preparan cuando van al campo, y algunas veces le había gustado más comer de lo que debía gustarle a quien por devoción ayuna. A lo cual el fraile dijo: «Hijo mío, esos pecados son naturales y bastante leves; no quiero que pesen sobre tu conciencia más de lo preciso. A cualquier hombre, por santísimo que sea, le ocurre que le parece muy bueno comer tras un largo ayuno, y beber después del


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Decamerón  

Giovanni Boccaccio Prólogo y selección de Maurício Santana Diseño original de Elaine Ramos y Tereza Bettinardi Ilustraciones de Alex Cerveny...

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