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Rebeli贸n en el mar Mireya Viacava-Raab / Alejandra Viacava


Rebeli贸n en el mar Mireya Viacava-Raab / Alejandra Viacava


E

ra un domingo radiante de primavera. Bajo el agua, en lo más profundo del océano, el patio de la escuela Estrella de mar lucía como nuevo. Decorado con anémonas y abanicos de mar, estaba listo para el evento del año: la gran final de fútbol “Copa Esponja”.

Las rayas, sonrientes hasta las aletas, ubicadas en la entrada del estadio, recibían cordialmente a los espectadores. El público era tan numeroso que los peces se empujaban unos contra otros para conseguir el mejor lugar en las tribunas. Algunos hacían equilibrio sobre las cabezas aplastadas de los tiburones martillos y otros se colgaban de los colmillos. Las sardinas soplaban “Tuuuuutututu!!! En viejas caracolas para animar el ambiente y otras, entusiasmadas, agitaban serpentinas de algas A la derecha del estadio, bajo los arrecifes, el equipo “Pulpos Rojos” esperaba alborotados la hora del partido. A la izquierda, el equipo de “Tiburones Verdes” afilaba sus aletas. ¡Tranquilos muchachos! ¡Silencio! ¡Calma! ¡Arremanguen los tentáculos inmediatamente y dejen de rechinar los dientes! – los amenazaba la maestra Ema Dorado y para distraerlos empezó a ponerles las camisetas impermeables rojas y verdes. Ahora los cascos – dijo Ema Dorado ¿Qué cascos? Si son sólo viejos baldes de playa – protestaron los tiburones. ¿Y? ¿Cuál es el problema? ¡Al que no le guste, no juega y acá se termina el partido! - gritó la maestra Anguila, árbitro del partido y el Señor Atún, director de la escuela comenzaron a contar: Diez, nueve, ocho, siete y ¡TZCHIIICHIIII! – decía Caucho contento y lanzaba una descarga eléctrica. ¡Bienvenidos al estadio Neptuno IV!! – saludó el director con las aletas en alto. Todo el estadio se convulsionó y el bullicio era ensordecedor. Tortugas gigantes aplaudían entusiasmadas. Las langostas se atropellaban para ver de cerca a sus ídolos. Y la pelota, un erizo de mar bien redondito, estaba en el medio de la cancha y esperaba valientemente los ataques. Seis, cinco, cuatro… ¡Tzchiiichiiii! - girtaba Caucho cada vez más electrizado – tres, dos, uno y…


Ema Dorado no pudo más y gritó con fuerza: ¡EMPIEZA EL PARTIDO! ¡Y cero Tzchiiichiiii! – terminó por decir Caucho. El espectáculo empezó. Los jugadores nadaban atrás de la pelota. Un golpe de cola, otro de alerón y el erizo pasaba de un arco al otro. Los hinchas aplaudían. Ema Dorado desde lo alto de una roca veía a los mejillones abrir sus bocazas de alegría. Los hipocampos bailaban la danza del vientre y los cangrejos castañeaban sus pinzas con entusiasmo. En la cancha solo se escuchaban burbujas de aliento para los equipos: “¡Vamos rojos! ¡A ganar! ¡Verdes sí, otros no! ¡Glup arriba campeones glup! De repente, el tiburón camiseta verde número 10, enderezó firme su aleta y empujó al erizo hacia el arco contrario. Con el impulso, su casco temblequeó, pero al tiburón nada lo detuvo. ¡Goooool! ¡Gooogogogoooool! – anunció Caucho ¡Noooo! ¡No puede ser! – gritaban los pulpos ¡Eso no vale! – amenazaban los delfines desde las tribunas agitando redes de pesca en signo de protesta. El árbrito lanzó un Tziiichiii muy luminoso y el partido continuó. Pero en el momento que los pulpos tiraban brazadas por todos lados para atrapar la pelota, en el estadio se oyó un ruido muy extraño. Un ruido fuerte y estremecedor. Los jugadores pararon el juego. El público miraba a su alrededor desorientado. Nadie sabía qué pasaba y el ruido se hacía cada vez ensordecedor. Todos estaban muy asustados. El estadio quedó completamente a oscuras. ¡Hace frío!– gritaron los pulpos abrazados ¡Está todo negro! – dijo la maestra Ema Dorado ¡Esto no nos gusta nada! – gritaron los tiburones escondiéndose bajo las gradas ¿Será una ballena? – preguntó una mejillón temblequeando ¡Pero no! ¡No sea ingenuo! Una ballena no hace ese ruido, solo un ruidito de chorros de agua – dijo Anguila perdiendo la paciencia. Entonces debe ser el señor Vigilia, el guardacostas. ¡Pero no! ¡Si sabía que hoy era la final de fútbol!


Entonces son tiburOOOnes – dijo el mejillón con voz misteriosa ¡Qué idea! ¡mala lengua! Si estamos todos acá abajo… - respondieron ofendidos los tiburones. Y mientras todos se miraban sospechando unos de otros, la luz volvió lentamente a la cancha, el fondo del mar se calmó y todo el mundo marino pudo acomodarse en las tribunas para seguir el espectáculo. ¿Estamos listos? – preguntó Ema Dorado con voz de maestra ¡Síííí! – gritaron al unísono los equipos rivales. Todos estaban en sus puestos cuando Martín, el más chiquito de los tiburones, se puso a llorar en mitad de la cancha. ¿Y ahora qué pasa? – preguntó suspirando Ema Dorado ¡Mi casco está todo sucioooo y huele feooooo! ¡No me gusta! ¡No lo quiero más! – dijo Martín tirándolo al suelo. No importa basta de llorisquear y juguemos de una vez por todas. ¡Yo quiero un balde limpio, sino me voy! – aleteaba Martín. De repente, Fredo, el más chiquito de los pulpos gritó: ¡Y mi impermeable está negro y todo pegajoso! ¡Puaj! ¡Esto es un asco! ¡No juego más! La tortuga, juez de línea, desde un rincón de la cancha dijo muy malhumorada: Normal ¿no ven que está lloviendo con gotas gordas y… gotas negras?


¡SE SUSPENDE EL PARTIDO! – ordenó el Señor Atún cansado de tanto problema. El director se puso a nadar a toda velocidad, a lo largo y a lo ancho del estadio. Buscaba al viejo pez-gato, sabio del mar. El tenía que saber lo que estaba pasando. ¿LLUVIA CON GOTAS NEGRAS? – preguntó el pez gato desde lo alto de una tribuna mien-

tras se alisaba bigotes. Es que es una COSA que quizás… es… COSA que es…una COSA… – balbuceaba el Señor Atún muy nervioso. ¡Café! – gritó un hipocampo ¡Chocolate! – dijo una preciosa anémona de mar envuelta en sus cabellos transparentes ¡Helado de maní! – gritó una medusa. Muy pronto, todo el estadio se llenó de animales marinos que opinaban, chillaban y peleaban sin parar. A pesar del desorden, el pez gato, imperturbable, seguía buscando en la enciclopedia de arena la buena respuesta. ¡Ya la tengo! - dijo con el pez-gato con las escamas tiesas de sabiduría. Todos callaron. La COSA, mis queridos amigos, sin lugar a duda, es ¡PETRÓLEO! ¿Cómo? ¡Claro! ¿Cómo no se nos ocurrió? ¡Es PETRÓLEO! ¡PE TRO LEO! Entonces no nos queda otra que organizarnos muy rápido y declarar ¡LA ALERTA MÁXIMA ALERTA ROJA ALERTA URGENTE EN TODO NUESTRO TERRITORIO! – anunció el señor Atún. ¡Yo lo sabía!. Siempre lo mismo. Basta con que un barco tenga un pequeño agujerito para que nos llenen de basura, bolsas, papeles, latas, petróleo y hasta pañales usados. ¿Y ahora qué vamos a hacer? – preguntó desconsolada Ema Dorado ¿Y si en lugar de llorar vendiéramos el petróleo que tiran? – preguntaron los tiburones afilándose los dientes Lo único que ganaríamos con tanto petróleo es estar todos pegoteados ¡inconscientes! – gritó el pez-gato – ¡No podríamos ni nadar, ni jugar, ni respirar, seríamos enormes manchas de alquitrán! No perdamos más tiempo con tanta charla y ¡Manos a la obra! – dijo el pez gato y comenzó a dar órdenes a todo vapor:


¡SE SUSPENDE EL PARTIDO! – ordenó el Señor Atún cansado de tanto problema. El director se puso a nadar a toda velocidad, a lo largo y a lo ancho del estadio. Buscaba al viejo pez-gato, sabio del mar. El tenía que saber lo que estaba pasando. ¿LLUVIA CON GOTAS NEGRAS? – preguntó el pez gato desde lo alto de una tribuna mientras se alisaba bigotes. Es que es una COSA que quizás… es… COSA que es…una COSA… – balbuceaba el Señor Atún muy nervioso. ¡Café! – gritó un hipocampo ¡Chocolate! – dijo una preciosa anémona de mar envuelta en sus cabellos transparentes ¡Helado de maní! – gritó una medusa. Muy pronto, todo el estadio se llenó de animales marinos que opinaban, chillaban y peleaban sin parar. A pesar del desorden, el pez gato, imperturbable, seguía buscando en la enciclopedia de arena la buena respuesta. ¡Ya la tengo! - dijo con el pez-gato con las escamas tiesas de sabiduría. Todos callaron. La COSA, mis queridos amigos, sin lugar a duda, es ¡PETRÓLEO! ¿Cómo? ¡Claro! ¿Cómo no se nos ocurrió? ¡Es PETRÓLEO! ¡PE TRO LEO! Entonces no nos queda otra que organizarnos muy rápido y declarar ¡LA ALERTA MÁXIMA ALERTA ROJA ALERTA URGENTE EN TODO NUESTRO TERRITORIO! – anunció el señor Atún. ¡Yo lo sabía!. Siempre lo mismo. Basta con que un barco tenga un pequeño agujerito para que nos llenen de basura, bolsas, papeles, latas, petróleo y hasta pañales usados. ¿Y ahora qué vamos a hacer? – preguntó desconsolada Ema Dorado ¿Y si en lugar de llorar vendiéramos el petróleo que tiran? – preguntaron los tiburones afilándose los dientes Lo único que ganaríamos con tanto petróleo es estar todos pegoteados ¡inconscientes! – gritó el pez-gato – ¡No podríamos ni nadar, ni jugar, ni respirar, seríamos enormes manchas de alquitrán! No perdamos más tiempo con tanta charla y ¡Manos a la obra! – dijo el pez gato y comenzó a dar órdenes a todo vapor: Las anémonas a la superficie a espiar todo lo que pasa allá arriba. ¡Listos jefe!


Los Calamares directo a prevenir a las ballenas. ¡Allí vamos jefe! Los delfines se van directo a canturrear alrededor de los barcos para llamar la atención de todos los tripulantes. ¡Ya mismo jefe! Ema Dorado, escriba nuestras quejas en pancartas con linda letra ¡y que sean bien grandes! ¡Ahora mismo! Señoritas rayas, brinquen fuera del agua para prevenir al guardacostas. Don Espada, arremeta con toda su fuerza las olas, haga mucho ruido. Y los cangrejos… directo a la playa a pellizcar los dedos de los pies de los bañistas… - siguió el pez gato. En cuanto las pancartas estuvieron listas, los peces voladores subieron a agitarlas a la superficie con todas sus fuerzas. ¿Qué es eso? preguntó el capitán de un gran barco al ver a los lejos centenas de peces que no paraban de brincar - ¡Esos peces se han vuelto locos! ¿O el loco soy yo porque me parece que tienen unos carteles? No Señor capitán, los peces tienen carteles que dicen…. “ES- TA- MOS TODOS SU- CIOS” – deletreó el marinero - Y el de más allá dice:… “PRONTO MORIREMOS ENVENENADOS” Pero marinero, a usted le está haciendo mal el mar. No puede ser. ¡Cómo van a decir eso? Los peces no saben escribir! – respondió contrariado el capitán. “NE CE SITAAAAMOS AGUA PU RA Y FRESCA” – seguía leyendo el marinero ¿Qué? ¿Eso dicen? ¿Usted ve bien marinero? – preguntó el capitán. Sí señor. No sé quién les habrá escrito todo eso pero no hay duda ¡ los peces tienen pancartas enormes con letra bien linda!. El capitán sacó su catalejo y subió al mástil para leerlos mejor. “VAYANSE LEJOS DE ACÁ”, “QUEREMOS VIVIR LIMPIOS”, “ESTE ES NUESTRO MAR” “QUEREMOS AGUA TRANSPARENTE” ¡Con tanto pez y tanta bulla no llegaremos nunca a destino! – protestó un marinero. Mmmmmm – contestó el capitán mientras buscaba una salida ¿Qué vamos a hacer? ¡no podemos dejarlos así! – preguntó el timonel secándose una lágrimas con la manga de su uniforme. Llamemos YA a S.O.S. MUNDO MARINO – ordenó el capitán sin perder de vista a todos esos peces infatigables alrededor del barco.


Después de algunas horas, en el fondo del mar, todos los habitantes marinos se turnaban para contar la historia. ¡Arriba hay mucha gente! Todos rastrillan, limpian la costa, la playa y hasta las olas – decía Don Calamar. Juntan basura con palas y baldes enormes - contaba un delfín. Todos ayudan. Hay abuelas, chicos, vendedores de helados, papás, mamás, capitanes, marineros, pescadores y hasta sirenas – explicaba Ema Dorado ¿Y los cangrejos? – preguntó el pez-gato preocupado al no verlos por el mar. Se quedaron en la playa, panza al aire, mirando el espectáculo. – contestó Don Calamar. “MISIÓN CUMPLIDA AMIGOS” - gritó el Señor Atún y el estadio estalló de alegría. Entonces Anguila, el árbitro oficial de la gran final de fútbol “Copa Esponja”, descargó un TZCHIIIII brillantemente luminoso y nadando de contento anunció: ¡QUE SIGA EL PARTIDO!



Rebelión en el mar