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EL CINICO


Este escrito, aunque an贸nimo y de distribuci贸n gratuita, est谩 inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual. El uso indebido del mismo, distinto al previsto por el autor, dar谩 lugar a actuaciones penales.


Introducción Pues sí, a pocos años para cumplir los 50 es que me decido a escribir cosas que recuerdo de mi vida, ya que he consumido con toda seguridad la mitad de la misma. No es que me mueva ningún interés especial pero en este mundo, donde la digitalización está dando paso a la eliminación del documento en papel, el día menos pensado cualquier insuficiencia eléctrica mundial nos deja sin registro alguno y a mí me gustaría dejar constancia de mí mismo, de que he existido si no ¿quién me recordará cuando haya muerto? La principal característica de mi personalidad puede resumirse en una simple frase: soy un cínico. Así me llamaron una vez que hice un comentario a una persona, sólo por hablar de la otra cara de la moneda que me enseñaban. En la soledad de mi casa reconocí que si eso era ser un cínico ése sería el mayor defecto que tendría, de ahí que fuese un gruñón empedernido. Ahora no sé si esa peculiaridad mía afectará a lo que escriba en adelante, posiblemente no porque este escrito no es una crítica a nada. Lo que expongo son vivencias mías, algunas vergonzosas, que muy poca gente sería capaz de hacer públicas a cara descubierta, aunque éste no es el motivo del carácter anónimo de este escrito y de los nombres ficticios de la 1


gente y los lugares que en él son nombrados sino que, como sólo cuenta un poco de una vida como la de muchos, qué más da quien sea. Estoy convencido de que alguno se escandalizará por cualquiera de las cosas que diga mientras que otro se sentirá identificado con ellas porque ¿quién no se ha intentado morder un codo cuando nadie lo miraba porque se lo ha dicho un amigo con ganas de broma, quién no se ha pellizcado la frente o quién no se ha llevado a la nariz un dedo después de metérselo en algún sitio para ver cómo olía la cosa? ¿Quién no se ha comido un moco? No soy escritor ni sé cómo estructurar una biografía. Trataré de explicar las cosas por etapas, más que por fechas, aunque luego exponga las cosas cronológicamente. Tampoco espero hacer una voluminosa obra porque la vida de una persona queda muy reducida cuando sólo está basada en el recuerdo propio, no en el intercambio de información con padres, hermanos o amigos, todo adornado con florituras literarias. Lo que expongo aquí es exclusivamente el fruto de mi memoria, con todo lo que ello supone. Espero que el resultado final merezca la pena.

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Mis primeros años (De 0 a 6 años) Nací un día de finales de marzo pero nunca he conseguido saber cuál fue la hora de mi alumbramiento. Quizás el hecho de que fuese el mayor de cinco hermanos hubiera sido motivo para que mis padres no tuvieran claro ese punto de mi vida. Mi madre se casó embarazada de mí y en los tiempos que corrían la cosa no estaba muy bien vista. Sin embargo, la fortuna (o la desgracia) hizo que mi abuela por parte paterna muriera y ésa sería ante la gente la excusa del precipitado matrimonio. Mis padres, como la mayoría de los recién casados en esas circunstancias, no tenían dinero y se vieron obligados a vivir bajo la caridad de mi abuelo paterno, en una casa prestada, hasta que mi padre acabó el servicio militar y la carrera de medicina. Su primer trabajo fue en una pequeña localidad serrana. Yo era muy pequeño y ya contaba con un hermano un año menor que yo. Como tampoco teníamos dónde vivir y el dinero de mi padre era muy limitado, una vecina del pueblo tuvo a bien irse a visitar a una hija durante un tiempo y dejarnos usar su casa mientras tanto. 3


Como comprenderá el lector, es imposible que con mi corta edad recuerde algo de mi vida en el lugar pero sí recuerdo algunos comentarios de mi madre, que decía que en la planta baja de la casa había una fábrica de corcho y que una mañana se despertó y descubrió una rata rondando encima de mí. El trabajo de mi padre le ofrecía la oportunidad de cambiar de puesto de trabajo cuando quisiera y al poco tiempo pidió el traslado a una nueva localización, en esta ocasión a un pueblo al borde de la provincia limítrofe pero también por la misma parte de la sierra, sólo que más cerca de la capital de la que eran originarios mis padres. Los recuerdos en esta etapa son casi iguales de confusos pero ya aparecen en mi mente algo más claros, mas no me pregunten cómo de dos hermanos que éramos pasamos a ser cuatro, pues no recuerdo a mi madre embarazada de ninguno. Sé que puede parecer mentira pero mi memoria es muy mala por eso, a pesar de que con los años mi madre volvería a tener un nuevo hijo, en este caso una niña, las escenas que tengo de mi madre embarazada son nulas. No piense nadie que un potente complejo de Edipo me ha hecho bloquear la escena es que, simplemente, entre la poca edad que tenia y que el tiempo lo dedicaba a los juegos y a las pocas obligaciones que tenía como niño en

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edad de estudios, no prestaba mucha atención. Pero de esto ya habrá tiempo de hablar. Como les decía, después del traslado de mi padre me recuerdo viviendo en dos casas distintas. Por entonces ya no teníamos que vivir de la caridad de ningún vecino que nos alojase en su vivienda sino que mi padre ya podía pagar el alquiler. La casa en la que vivimos en un primer momento estaba en una primera planta a la que se accedía mediante una empinada escalera. La puerta daba paso a una especie de distribuidor con, al menos, dos puertas (sin contar la de la escalera): una junto a la puerta de la escalera, que daba al dormitorio de mis padres, y otra al frente de las dos anteriores, donde estaba el comedor. No recuerdo si junto a la habitación de mis padres, en otra de las paredes que daban al recibidor, estaba el cuarto de baño o si a éste se accedía desde el comedor pero en aquella casa viví dos experiencias que recordaré hasta que muera. La primera de ellas fue que se produjo un terremoto de una intensidad bastante curiosa. Mis padres nos tomaron como pudieron y nos sacaron a la calle. Por entonces no había nacido mi cuarto hermano, así que mi madre debía estar embarazada de él. Mi pobre padre estaba en calzoncillos y recuerdo que alguien le trajo una manta para que se cubriera. La casa frente a la nuestra se había 5


derrumbado. En ella vivía una mujer mayor y ya no recuerdo bien si en ese trance la anciana había muerto o no. La segunda vivencia fue mucho más surrealista. Jugaba con uno de mis hermanos en el comedor de la casa. Era de noche y a través de la puerta que daba al recibidor podía ver parte del dormitorio de mis padres y en el fondo, rompiendo la oscuridad, un ventanal que daba a un balcón; por él se filtraba la tenue luz de las farolas de la calle. En un momento del juego, tirados en el suelo, me da por mirar hacia el dormitorio de mis padres. Allí se recortaba la figura de un hombre, una silueta negra que caminaba con los brazos pegados rígidamente al cuerpo y sin doblar las rodillas, balanceándose de un lado a otro para avanzar. Avisé a mi madre pero la pobre mujer, con tres hijos de corta edad a su cargo, no tenía tiempo para tonterías, así que me cogió en brazos, me sentó en la mesa y me puso a comer. Posiblemente este sería el detonante de mi afición a los fenómenos paranormales, aunque la experiencia no me afectó de manera especial. Como referí anteriormente, de la segunda casa en la que viví sí recuerdo algo más. Tras cruzar la puerta se entraba a un recibidor que hacía las veces de sala de espera para los enfermos que venían a visitar a mi padre. Recuerdo que de aquí se entraba a una especie de pasillo en el que en uno de sus lados tenía el despacho donde mi padre atendía a la gente. Después, separado por una puerta de madera y cristal, venía el comedor, desde el que se 6


entraba a la izquierda a los dos dormitorios corridos que había, y por el frente al patio, a doble altura y con un árbol en su parte alta. Junto a la puerta del patio, a la derecha, estaba la cocina con una chimenea que marcaria otra de las etapas importantes de mi vida, pues en ella vivía el ratón que se quedaría con mi chupete para siempre jamás. No se extrañe el lector pues por entonces contaría con unos tres o cuatro años de edad. En los dormitorios, primero estaba el de mis padres y luego, seguido, el de mi segundo hermano y el mío. Mi tercer hermano dormía junto a mis padres. Mi dormitorio daba al despacho de mi padre pero una puerta marrón bloqueaba el paso. Al frente de la puerta de la cocina, junto a la puerta de cristales por la que se entraba al comedor desde la calle, me parece que había otra puerta que siempre permanecía cerrada, pues era la escalera de acceso a la vivienda de arriba, habitada por otra familia. Por esa época empecé a asistir al colegio con regularidad, supongo, porque sólo me vienen a la memoria dos o tres recuerdos fugaces de esta actividad. El colegio no estaba muy lejos de mi casa. Mi madre nos cruzaba la calle y desde la esquina miraba cómo mi hermano y yo corríamos cuesta arriba hacia él. No teníamos más que doblar una esquina y ya estábamos. Era una especie de zulo oscuro, a modo de gruta al fondo de un largo pasillo. En una ocasión dos mujeres vestidas de blanco llegaron con una gran olla de aluminio y con un vaso, el mismo 7


para todos, no dieron una ración de leche, sin azúcar ni nada. No sé a qué se debió este “aporte extra” de energía pero a aquellas mujeres vestidas de blanco no las vi nunca más. Por entonces mi tercer hermano tuvo que ser llevado al hospital porque había cogido un resfriado que derivó en pulmonía. Esa noche y la mañana siguiente fue una vecina la que se quedó con mi segundo hermano y conmigo mientras mi hermano era atendido. Por la tarde vinieron mis padres con mi hermano enfermo. Con los males también me vi implicado en una ocasión. Tenía que haber sido algo cafre en cuestión de lloros nocturnos. Como no dejaba cerrarlos ojos a mis padres los pobrecitos decidieron darme unas gotas que vendían para que los niños pequeños pudiéramos dormir. Posiblemente sería algún tipo de hipersensibilidad porque después de llevar 18 horas durmiendo me llevaron al hospital: desperté llorando en una cuna extraña, con un suero puesto en la vena de una de mis sienes y mis dos padres compungidos y alegrados de ver que había despertado de aquel trance inducido. A partir de entonces las gotas para dormir niños quedaron desterradas de mi casa. Algunas tardes de domingo mis padres nos sacaban a pasear por el castillo o a corretear por la plaza del pueblo. Sin embargo, no eran muchas las ocasiones en las que esto ocurría. Mi madre era muy “madrera”, 8


llevaba muy mal el hecho de estar separada de la suya, por eso cada quince días íbamos todos en el pequeño seita a su casa a pasar el fin de semana, circulando por aquellas infernales carreteras de montaña. Éramos muchos niños para un piso tan pequeño y siempre nos tocaba almorzar un “pucherito”. No es que no me gustaran los garbanzos pero esa receta de cocina la tengo asociada a mi abuela. Mientras comíamos esos garbanzos siempre preguntaba: “¿está bueno?”, y como un imbécil respondía que sí, tragándome el grito de “¡¡¡¿otra vez puchero?!!!”, que contenía con fuerza en mi interior. Las vacaciones de verano tampoco eran muy divertidas. Como el dinero estaba como estaba, todos los veranos íbamos a casa de mi abuelo paterno a pasar dos semanas. Era una forma de sustituir a una tía mía de sus funciones para con mi abuelo, así podía irse con su familia de vacaciones. Los días pasaban lentos en aquella casa gigantesca, sin juegos para los críos, aunque la propia antigüedad de la vivienda era un aliciente para investigar tantos ocultos rincones en cuanto podía evadirme de las miradas inquisitoriales de los adultos. No es que nos tratasen mal o con desprecio, todo lo contrario, siempre eran muy cariñosos con nosotros, pero era una casa muy grande y antigua y había algún que otro peligro.

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En cuanto podía me colaba en las oscuras habitaciones, abría armarios repletos de libros antiguos, entraba en la vieja despensa, entonces olvidada al usarse la cocina más moderna, o trasteaba por los restos de la antigua sala de proyección del cine de verano que tenía mi padre cuando joven. Si no visitaba el viejo molino de aceite, cuyo intenso olor lo impregnaba todo. Algunas mañanas mis padres también me dejaban corretear por las calles del tranquillo pueblo serrano en busca de mis primos. Por contra, las tardes eran eternas. Los niños debíamos mantenernos en silencio para no perturbar la siesta de los adultos. Mi abuelo permanecía en el salón sentado en el borde del sillón que presidía la estancia. Acodado en la mesa, su cabeza descansaba en su mano derecha y sus dedos repiqueteaban en su frente con una música indefinida mientras su pierna botaba frenéticamente, como un tic nervioso que la hacía subir y bajar durante horas. Al anochecer, cuando en el cielo no estallaba ninguna tormenta de verano que hiciera retumbar los cristales de las ventanas con sus truenos, salía a la puerta de la casa a ayudar al dueño del bar de enfrente a llenar la calle de sillas y mesas plegables de madera antes de que la gente la invadiera deseosa de tomar el fresco. Un día mi tía murió y no volvimos a pasar ningún verano en el pueblo, tan solo alguna que otra visita.

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Un nuevo destino (De 6 a 14 años) Los años pasaron y mi padre pidió un nuevo traslado a otro pueblo de la misma provincia, de la que ya nunca se movería. Era el tercer pueblo donde vivía. Será aquí donde tenga mis primeras experiencias sexuales, mis primeros amigos, el inicio de mi independencia. Contaba con seis años de edad. Los médicos no ganaban el dinero a raudales, por lo que esta casa también era una cesión del ayuntamiento mientras arreglaban la definitiva. Era pequeña, de una sola planta y con un patio donde corretear. En uno de los cuartos estaban amontonados los muebles que deberían adornar nuestra próxima casa. No recuerdo al vecino de al lado pero de el de la casa siguiente sí tengo algunos reflejos en la mente. Son dos simples tonterías pero con el paso de los años aún perduran en mi memoria. Una tarde llegué acompañando a mi madre y la vecina planchaba con una vieja plancha eléctrica que estaba enchufada directamente de la pobre bombilla que alumbraba la estancia. Jamás había visto algo así ¿dónde tienen el enchufe las bombillas? Con el tiempo 11


comprendería que entre el casquillo y la bombilla había enroscado una especie de adaptador que permitía realizar dicha operación. Cuando fui mayor compré dos casquillos de esos que todavía tengo guardados en casa. En esa misma vivienda vivía un niño mayor que yo. No tenía mucho trato con él, por la propia diferencia de edad, pero una tarde sacó de entre sus pertenencias otra cosa que me llenaría de asombro. Era una especie de peonza con pequeñas rajillas. A la peonza se le hacía girar y al mirar por esas pequeñas aperturas: ¡oh, sorpresa! Se veían dibujos moviéndose. Era una especie de cine en el que unos animalitos saltaban uno por encima de otro de manera indefinida mientras siguiera dando vueltas aquel cacharro. Con seis años de edad ya era obligatorio asistir al colegio y todas las mañanas iba a aquellas pequeñas aulas llenas de mesas pareadas, asientos reclinables, respaldo fijo y duro y una mesa algo inclinada, con una zona para dejar los lápices y un agujero en el centro de la parte superior que más adelante sabría que era para meter los antiguos tinteros, que ya no se usaban. Permanecía sentado por el final de la clase, en la fila que estaba frente a la mesa del profesor. Le decían el zángano pero nunca supe cuál era el origen de dicho apelativo, porque era un hombre trabajador y algo estricto que con los años descubriría que también era entrañable y amante de su trabajo, que dejó un cariñoso 12


recuerdo en todos aquellos que fuimos sus alumnos. Pero eso sería con los años. El profesor se sentaba en su mesa, que estaba elevada sobre una tarima, y desde allí daba sus clases e impartía “su justicia”. Los castigos consistían en su mayoría en palmetadas que nos daban en las manos con tablas de madera, a modo de regleta, a las que se les ponían nombres cariñosos: la dolorosa, la pegona, la picona y cosas por el estilo, aunque de tarde en tarde también se escapaba alguna bofetada, aunque eran las menos de las veces. Al pobrecito de mi hermano el segundo, que a pesar de tener un año menos entró en mi misma clase, una vez un profesor que sustituía al nuestro le castigó, elevándolo en el aire sujetándolo por las patillas. Eso nunca lo había visto hacer a nadie y se lo dije a mi madre en cuanto volví a casa, como era natural. En cuanto a las palmetadas que recibíamos se nos daban en la palma de la mano, con los dedos bien estirados, y en raras ocasiones en la punta de los dedos, poniendo todos ellos juntos y tomando los mismos una forma que se asemejaba levemente a un huevo. En este pequeño colegio estuve hasta el inicio del cuarto curso. Los mayores pasábamos a otras aulas, en un edificio mayor, con un gran patio donde jugar y correr, que estaba justo enfrente. 13


De los primeros momentos de ese cambio de colegio tengo poco que decir: estudiaba lo que me correspondía y los recreos los pasaba jugando a las canicas o a policías y ladrones, pero fue cuando entré en quinto curso que empecé a ver la maldad que tenían algunas personas. Entre mis compañeras de clase había una que llegó a caerme especialmente bien. Era mi amiga Piluca. Era simpática, no era fea y tenía esa inocencia especial, ese buen corazón que tanto me gustaba en las mujeres, pero tuvo la desgracia que la profesora era su tía carnal. Hacía poco tiempo que los profesores tenían prohibido el maltrato físico a los alumnos; esa prohibición no parecía tener efecto con aquella niña: raro era el día en el que la malvada tía no daba de bofetadas a Piluca. Le daba con saña, no sé si pagando sus frustraciones con ella o dando un escarmiento ejemplar para que el resto de alumnos viéramos qué podía venírsenos encima si nos portábamos mal. De poco le servía porque Piluca era odiada por el resto de alumnos (yo también la odiaba, al principio) y hacíamos como que grabábamos la escena con un tomavistas imaginario… y mientras más gritaba y lloraba Piluca más fuerte le daba la asquerosa de su tía. Con el tiempo llegué a cogerle asco. Para desgracia de Piluca, la asquerosa de su tía también nos cayó de profesora en sexto curso. Bien posicionada económicamente, siempre vi a Piluca como una niña triste: un padre borracho y putañero, una madre con 14


poca personalidad y un par de hermanos de mala calaña, de hecho uno murió de sobredosis y el otro desapareció de la vida de la familia con rapidez, yéndose a vivir no sé adónde. Mi admiración por ella surgió una tarde en la que jugábamos a las escondidas. Un amigo llamado Juan, Piluca y yo nos escondimos en un sembrado de trigo que había junto al cuartel de la guardia civil. Aunque estábamos juntos yo estaba un poco más adelantado. De pronto Piluca se levantó enfadada y se fue bajo la atenta mirada de Juan, con sorna y prepotencia, y mía, con asombro. A partir de ahí comenzaría un acoso que duraría años: Juan se encargó de decir que aquella tarde había acabado enrollándose con Piluca, cosa que fue incierta porque no tuvieron tiempo material para hacerlo. Juan engañó a todos… a todos menos a mí. Yo conocía a Juan y no sólo acosaba a Piluca sino también a mi amigo Orejilla, un poco homosexual, y años más tarde me tomaría la venganza de ridiculizarlo delante de todos sus amigos, la panda de lameculos que siempre le seguía. Más adelante haré referencia a un nuevo cambio de localidad que volvería a hacer pero realizado el traslado volví a este pueblo de visita. Fui a la discoteca y me encontré con mi amiga Piluca, hecha toda una mujer. Hablé con ella sentados ambos en la zona más tranquila, desde la barra Juan nos miraba de lejos con su sonrisa socarrona, fanfarroneando con sus amigos lameculos. 15


Me saludó de lejos y me levanté dispuesto a acercarme y saludarle, al fin y al cabo él también era mi amigo. A Piluca se le cambió la cara: -Por favor, no vayas -no le hice caso. Me acerqué con la sonrisa en la cara, nos apretamos las manos. -¿Te acuerdas cuando éramos chicos que Piluca se enrolló conmigo junto al cuartel? -dijo. -Eso es mentira -le solté. Allí nunca pasó nada. Le conté lo sucedido a Piluca cuando volví con ella y respiró aliviada: Juan intentó meterle mano en aquel trigal y ella se fue enojada, eso fue todo. Desde entonces jamás, en las veces que vi a ese acosador con posterioridad, volvió a hacer referencia a la susodicha tarde. Juan era un cabrón y acabó como alcalde perteneciente al partido comunista. Piluca se fue del pueblo, siendo madre soltera de un niño. Nunca llegó a casarse. Por mi parte envié un anónimo al partido político opositor a Juan contando sus acosos a Piluca y a mi amigo Orejilla pero creo que no sirvió de nada. Volviendo al colegio, los años de quinto y sexto curso fueron de cambios. En ellos tuve mis dos únicas peleas de niño con el imbécil de Pepe; nos dimos de lo lindo y 16


nunca acabó de caerme bien. También en sexto sufrí mi primer suspenso, cosa que no ocurriría más hasta el octavo curso, aunque rápido lo recuperé. Fuera del colegio mi vida era despreocupada y alegre. En la nueva casa a la que nos cambiamos había un patio gigantesco, siempre lleno de amigos. Las amigas iban y venían pero los amigos eran siempre los mismos. Tenía muchos pero en un primer momento, como era pequeño para salir solo a la calle, me solía juntar con dos, ambos llamados Pepe (en el pueblo ese nombre se prodigaba mucho). Para no liarnos, a uno de ellos lo llamábamos Orejilla y nos entreteníamos jugando durante horas al frontón, con o sin raquetas, a la pídola, al tejo y a otro buen montón de juegos. Hasta hacíamos ciclocross, poniendo rampas y saltando sobre ellas con las bicicletas. Los amigos fueron cambiando con los años. No era lo mismo estar en casa encerrado que salir por la calle y tratar con otras personas. La primera vez que salí lo hice con 11 años. Fui al cine cogido de la mano de Paquito, como un imbécil. Paquito era un chico que no llegaba a los 18 años. Esa primera salida supuso el preludio de mi nueva libertad: montaba en bicicleta por el pueblo, conocía a nuevas personas y hasta repartía “Mundo Obrero”, ocultándolo bajo mi ropa. Ésta era una publicación del por entonces ilegal partido comunista de España. No recuerdo haber llevado ninguna a casa de Juan, el alcalde comunista acosador.

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El despertar de la sexualidad (De 7 a 14 años) Conforme iba creciendo dejaban de interesarme los juegos y empezaban a llamarme más la atención las niñas. Como recordarán, cuando llegué a este pueblo estuve viviendo en una pequeña casa mientras nos arreglaban la definitiva. Tras mudarnos a la casa grande empezamos todos mis hermanos yo a juntarnos con los críos del barrio. Creo recordar que tendría 7 años o estaba a punto de cumplirlos. Una mañana estaba con estos niños “inspeccionando” las obras de lo que sería la cochera de mi padre y salió el tema de cómo venían los niños. Aún creía en la cigüeña con la edad que tenía pero tuvo que ser un pipiolo dos años menor que yo quien me pusiera al corriente del asunto: “los niños le meten la churra a las niñas en el chocho y así vienen los niños”. Me sentí humillado ¿cómo mis padres habían sido capaces de mantener ese secreto?... No cometí el mismo error con mi hija. A partir de ese día el tema del sexo se hizo cada vez más importante. Hasta los juegos empezaron a cambiar en el colegio y era más divertido cogerle el culo a una niña, 18


levantarle las faldas, poner un espejito en el zapato para verle las bragas o darle latigazos en las piernas con una goma elástica que jugar a las canicas o al fútbol. Siempre he sido muy rápido: a los 7 años ya había tenido mi primera novia, de la que no pasaba de un abrazo o un beso en la cara; con 8 años salí con la hermana de la primera; con 9 me masturbaba y con 10 entré en la etapa bisexual, que duró alrededor de un año. En uno de mis primeros “escarceos amorosos”, en el que la inocencia dominaba, viví una escena que me causó honda vergüenza. Estaba con mi primera novia jugando a “las casitas”. Durante el transcurso del juego quedamos los dos solos en la cochera de mi padre. Aquélla, se suponía, era nuestra casa. En esa situación no se me ocurrió otra cosa que, por seguir el juego y teniendo en cuenta de que era mi novia, decirle: “¿quieres ser madre?”, y ante la respuesta afirmativa nos abrazamos inocentemente como intensa muestra de nuestro amor. En aquel momento mi hermano, el segundo, salió del coche de mi padre, en el que se había escondido y desde el que había presenciado toda la escena. Allí, riéndose de nosotros y señalándonos con burla, nos sentimos abochornados. Mi amigo Orejilla, como ya he dicho, era homosexual, pero sería mi otro amigo Pepe el que me introdujera en esas prácticas. Pepe era un par de años mayor, ya echaba semen y yo ni siquiera llegaba al orgasmo. Nunca 19


hubieron penetraciones, sólo masturbación y algún que otro intento de felación pero era el precio que debía pagar para que él me lo hiciera a mí y poder seguir experimentando mi cuerpo. También usaba a mi perra para que con su lengua lamiese mi ano. Todo valía con tal de tener nuevas sensaciones. Muy interesante resultó cuando una viuda, amiga de mi madre, me dejó sentir el calor y la humedad que proporcionaba una mujer. A partir de entonces mi sexualidad se fue encauzando hacia las mujeres y fui dejando de lado a mi amigo Pepe. ¿Recuerdan a mi primera novia? Cuando me acercaba a la pubertad empecé a sufrir migrañas y por la fotofobia que se me producía me encerraba en un cuarto oscuro y silencioso y dormía un poco. Mi antigua novia a veces entraba y “sus juegos” mejoraban mi dolor de cabeza… mi pubis aún no tenía vello, el de ella sí. Con 12 años me eché mi primera novieta más o menos en serio. Era la hija del dueño del cine, cosa normal teniendo en cuenta que entraba mucho en él. Era la época del desnudo, de las películas clasificadas “S”, en las que a pesar de la edad me dejaban entrar a ver aquellos exuberantes cuerpos sin gota de silicona. Las gotas las echábamos nosotros. Como la unión hace la fuerza, un grupo de obsesos como yo nos íbamos a la parte final, a 20


lo más oscuro, dejábamos un par de butacas o tres entre nosotros y nos masturbábamos en aquella “intimidad”, vigilando que el dueño del cine no nos sorprendiese en aquella actitud y nos echase, con la consecuente vergüenza pública. Estaba hecho un toro, sexualmente hablando, y esa profusión de feromonas no pasaban desapercibidas para algunas chicas mayores que yo. Quizás pensaban que por ser menor a ellas podrían manejarme mejor pero, como dije, era un chico muy espabilado. La primera masturbación que hice a una chica fue a mi prima la caliente, que también se entretuvo con mi “cacharrito”. Tendría mi prima unos 16 ó 17 años. Las técnicas para acercarme a chicas de esa edad para despertar sus instintos sexuales de superioridad frente a mí variaban de acuerdo con las circunstancias. Mi padre ya había ganado el suficiente dinero como para comprar un piso en la capital, así no teníamos que quedarnos en casa de mi abuela. Mi madre, con mi hermana recién nacida, tenía la ayuda de una chica de 16-17 años. Por las noches fingía tener terrores nocturnos y esa chica venía a acompañarme… con ella ponía en práctica lo que había aprendido hasta el momento. No hubo penetración nunca, para eso sí fui retrasadillo. A punto de cumplir los 14, a mitad de mi primer curso en el instituto, mi padre pidió un nuevo traslado. Me tiré desde que lo supe intimando con mi amiga Piluca. No 21


pasó nada entre nosotros, sólo era la despedida de la persona que más echaría de menos de aquel lugar. Seguramente habría acabado unido a ella si no hubiese cambiado de residencia.

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El pueblo monumental (De 14 a 20 años) Al cumplir los 14 años debía entrar en el instituto. En el pueblo donde vivía no existía, por lo que debía trasladarme al pueblo vecino. Junto con mi segundo hermano comencé mis estudios en ese nuevo curso. Para no tener que ir y venir ambos fuimos alojados en un internado. Era una residencia religiosa que usaba las muchas habitaciones que tenía para los jóvenes sacerdotes, inexistentes ya en aquel momento, para alojar a estudiantes. El domingo por la tarde mis padres nos llevaban a la residencia para ser levantados temprano y asistir a las clases. Volvíamos a la hora de comer y algunas tardes teníamos que regresar al instituto, que no eran todas. Aparte de las horas de estudio obligatorias pasábamos los ratos libres que teníamos jugando al pingpong. Después de la cena podíamos ver un poco el televisor y luego nos acostábamos hasta el día siguiente. ¡Lo que daría ahora por volver a visitar el convento!

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Sala de pingpong, sala de estudios, comedor y cocina, todo ello en el ala izquierda del patio central. El ala derecha correspondía a la iglesia. Junto a la cocina, justo enfrente de la puerta de entrada, atravesando el patio, se abría una gran escalera por la que íbamos a los dormitorios. Unas habitaciones oscuras permitían llegar a ellos. Se trataba de una gran nave dividida en pequeños cubículos sin puertas ni techos. Dentro de cada habitación sólo había una cama, una mesita de noche, con lamparilla y una mesa con silla donde poner los libros. Por más que me esfuerzo no consigo recordar dónde dejaba la ropa colgada para que no se arrugase. Creo que junto a la puerta había una especie de ropero empotrado, sin puerta ni nada, con solo una barra en la que colgar las perchas con nuestra ropa. Así estuve unos meses. El curso empezaba en septiembre y duré hasta finales de año. Mi hermano siguió mientras yo decidí ir y venir a mi casa de siempre. Lo hacía en autostop por las tardes y por las mañanas tengo recuerdos fugaces de que quedaba con alguien para que me llevase. En marzo o abril se produjo un hecho que sí afectó profundamente a mi vida. Como comenté en anteriores líneas, me pasé un tiempo despidiéndome de mi amiga Piluca. Supongo que mi padre, pensando en el futuro de sus hijos, pidió el traslado a un gran pueblo, muy monumental, con 24


instituto y mejores formas de acceder a la capital, lo que evitaba mis viajes diarios y facilitaba la cosa a la hora de ir a la universidad. El plan de estudios en el primer instituto consistía en la realización de tres evaluaciones. Sin embargo, en el nuevo eran cinco las evaluaciones. Cuando se produjo el traslado pasé de tener un par de asignaturas suspendidas, fácilmente recuperables, a haber suspendido la segunda evaluación y tener perdida prácticamente la tercera, que iba por la mitad cuando llegué. Mi hermano lograría recuperar ese tiempo perdido, yo repetí curso. Al año siguiente empecé con fuerzas renovadas pero ocurría que por mucho que me esforzase no conseguía aprobar algunas asignaturas, que estudiaba de verdad. En resumidas cuentas, entre las asignaturas que no aprobé porque se me hacían difíciles y las que no aprobaba, a pesar de esforzarme en ello, volví a repetir curso. Tenía 16 años y seguía sin aprobar las dichosas asignaturas que tenía atravesadas. Finalmente pasé al segundo curso, pero arrastrando una asignatura de primero. En segundo curso seguí la misma tónica, aunque ahora eran dos las asignaturas que no conseguía superar: historia de primer curso y geografía de segundo, ambas 25


impartidas por la misma persona: una mujer con cara de resentida o de insatisfecha sexualmente. Me cansé y fue cuando decidí no estudiar más. Lo mucho que me había preocupado en estudiar de poco me había valido, así que ¿para qué perder el tiempo? Lo dediqué a tontear con las chicas y a dejar que corriera. Mis padres no se preocuparon por mí en el aspecto de los estudios. Con los años sabría que la mujer con cara de resentida pensaba que el haber cambiado en primero a mitad de curso se debía a que había sido expulsado del primer instituto por mal comportamiento. Así se lo manifestó aquella repugnante mujer a mi madre una vez que se la encontró en una tienda. Tuvo la poca vergüenza de reconocerle a mi madre que ni siquiera se molestaba en mirar mis exámenes. Eso hizo que jamás llegase a la universidad a estudiar, psicología, antropología o arqueología. Cualquiera de esas tres carreras me gustaban. Aún sigo deseando que se mate un día con su coche, pero con una muerte dolorosa y lenta, y que cuando pase su vida ante sus ojos muera teniendo en su conciencia lo que me hizo. En estos años sólo salía a la calle los fines de semana. Primero empecé a salir con un par de tíos aburridos como yo y las salidas me resultaban monótonas. Más tarde me uní al numeroso grupo de personas con las que 26


salía mi segundo hermano, pero notaba que esa gente no tenía mucho que ofrecerme, sólo era superficial, con conversaciones banales. De esta numerosa pandilla nos escindimos unos pocos y, aunque me divertía con ellos, el cuerpo me pedía otra cosa. Estaba cansado de andar de acá para allá y busqué estabilizar mi situación con una relación algo más estable. Intenté el acercamiento con una amiga pero ésta no me prestó mucha atención. Creí que sería una chica interesante pero equivoqué también mi apreciación, siendo igualmente tan superficial como los otros... se casó con un tío guapete y sin estudios, tuvo una hija retrasada mental, cosa que no superó, y finalmente acabó divorciada. Sinceramente me alegré un poquillo de su desgracia, sufrí mucho por ella en su momento. El rechazo de esta amiga motivó que comenzase a alejarme de mis amigos porque no soportaba estar al lado de esa chica que me ignoraba y que tanto me gustaba, hasta que con 18 años, en el verano, conseguí el objetivo que me había propuesto y comencé a salir con una chica maravillosa. Era dulce, simpática, de buen corazón, guapa y con un exuberante cuerpo de 1,70 metros. Muchos dirían que era “mucha tía para mí” pero sé que esos mismos ojos me miraban envidiosos. Esta chica era de la capital y tenía una casa de campo en la misma urbanización en la que la tenían mis padres, por lo que sólo la veía los fines de semana, que nos turnábamos durmiendo uno en mi casa, en el pueblo, y 27


otro en la suya, en la casa de campo. Tampoco era raro que me escapase algún que otro día entre semana a la capital para estar con ella. Lo cierto es que ambos dimos muestras de estar muy enamorados... mientras duró. Así como para algunas actividades sexuales fui muy rápido no sería hasta este momento que tuviera relaciones plenas. La primera vez que hice el acto sexual fue un desastre. Ocurrió un amanecer, a los tres o cuatro meses de haber empezado a salir, quizás menos. Mi chica se coló en mi habitación, se tumbó junto a mí y nos pusimos a tontear. La cosa se fue animando hasta que llegamos a un punto en el que ella, viendo que no daba el paso definitivo, cogió mi pene, se apartó las bragas a un lado y se lo introdujo en aquella chorreante vagina. Fue imposible resistirme y en cuanto noté tal cantidad de fluido vaginal me retiré, eyaculando inevitablemente. Eso sí que fue una eyaculación precoz, pero sólo sería esa vez. Si cuando jovencito fui espabilado a la hora de aprender, cuando mayor no iba a perder esa habilidad y, una vez roto el hielo de la primera penetración, lo demás fue coser y cantar. Aprendí a hacer muy bien el amor, estaba bien dotado y cada fin de semana que estaba con ella practicaba durante horas. Si hay algo que puede achacárseme es que jamás usamos ningún tipo de anticonceptivo. Como sabía controlar mi 28


orgasmo nunca eyaculé dentro de ella. Sé que este método no es plenamente fiable pero me ha funcionado toda la vida. Aunque nunca lo supo, tuve un pequeño desliz mientras estuve con ella pero no llegué a tener relaciones plenas con esa otra persona. Sólo se quedó en el intento. Mi prima la caliente, con la que ya había tenido hace años algún pequeño contacto, había decidido pasar unos días en la casa de campo de mis padres. Una de aquellas noches de verano volví a casa tras dejar a mi novia y me quedé sentado en el exterior, tomando el fresco. Estaba con todas las luces apagadas y mi prima salió y se sentó conmigo. Estuvimos hablando un rato y sin sabe por qué le propuse bañarnos juntos en la piscina, desnudos por supuesto. No aceptó pero me acompañó mientras lo hacía y no sólo eso sino que no tuvo reparos en sentarse conmigo, no desnudo pero sí cubierto con una ínfima toalla que apenas rodeada mi cintura, dentro del coche de mi padre. Finalmente me acompañó al dormitorio y se tumbó conmigo en la cama. En silencio comenzamos a besarnos, cogía con tal fuerza mi pene que llegaba a hacerme daño, su vagina estaba bien humedecida y en mi boca notaba un largo y duro pelo que sobresalía de uno de sus grandes y tersos pechos. Nuestra excitada respiración acabó despertando a mi segundo hermano, con el que compartía dormitorio. Se enfadó, montó una pequeña escena y mi prima se fue a 29


su dormitorio para evitar males mayores. Era la última vez que la viera. Años después sería aplastada por un camión que circulaba por una glorieta. Mi prima no respetó la prioridad de paso e invadió el carril del camión, al no poder frenar porque su pequeño perro, enredado entre sus pies, bloqueaba el pedal del freno. Una tarde de otoño, meses después de acabar el servicio militar, me acerqué a recoger a mi novia a su instituto. Llegué sin avisar y me encontré en la puerta a un amigo común, que estaba esperándola. La situación no me hizo gracia y, aunque nunca tuve indicios de que me hubiera sido infiel, me enfadé mucho y acabamos dejando la relación. Meses más tarde volvería con ella únicamente por sexo. Casi 25 años después de nuestra ruptura la vería de nuevo. Venía de frente y el tiempo no había pasado por ella, estaba magnífica. Yo pesaba 130 kilos y me faltaban casi todos los dientes; me dio vergüenza y me fui por otra calle para evitarla. A la semana inicié una dieta de adelgazamiento. Este encuentro me sirvió para darme cuenta de cuánto me había abandonado físicamente. La falta de dientes lo dejaría para otro momento, me aterraban los médicos, incluidos los dentistas.

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El ejército (De 20 a 21 años) Con 19 años, en cuando acabé el curso, decidí que no iba a perder más el tiempo estudiando en aquel instituto y como para el año siguiente me iba a ver obligado a incorporarme al servicio militar obligatorio tampoco me preocupé mucho por hacer nada: ¿para qué estudiar, para qué buscar trabajo si todo lo tendría que dejar para incorporarme a filas? Cuando llegó la fecha del sorteo acudí con mi madre a la caja de reclutas a ver dónde había sido destinado. Me cayó en suertes lo peorcillo que podía haber: marinería. Era el cuerpo en el que más tiempo había que servir porque, mientras en cualquier destino del Ejército de Tierra o del Aire el servicio duraba un año, en marinería el tiempo era de 18 meses. Aparte el dato de ¿qué pintaba un tío de tierra adentro sirviendo en el mar? Una de las incongruencias de este tipo de actividades. Había otra cosa que me fastidiaba. Los soldados nos incorporábamos en distintas tandas o reemplazos y a mí me tocó el sexto, el último que había. Me incorporaría en noviembre, con 20 años bien cumplidos. Sin estudiar ni trabajar perdería más de un año de mi vida si esperaba hasta noviembre, así que me informé, hice gestiones y a 31


primeros de enero mis padres se quedaban a las puertas del Centro de Instrucción de Reclutas y veían cómo me alejaba hacia lo más profundo de aquellas instalaciones. Tras el pelado militar, que dejaba ver no solo mi cuero cabelludo sino mis ideas, y darme la “ropa de faena” me asignaron mi sollado y mi cama para dormir. Con el paso del tiempo se ven de manera distinta esos lejanos años pero por entonces era una auténtica putada que te separasen de tu familia, tu casa , tu novia y tus amigos para perder el tiempo haciendo instrucción militar, estudiando temas inútiles y haciendo guardia cada tres días. Las jornadas las pasaba haciendo instrucción por las mañanas, si acaso unas pocas horas de estudio después del descanso de las once o más instrucción hasta la hora de comer… y luego un poco más. Por las tardes se salía o se pasaba el rato con los compañeros. Los primeros días de haberme incorporado se sufrió en España una ola de frío invernal. Como hacía escasos días de nuestra llegada “las autoridades” aún no habían tenido tiempo de darnos todo el equipo. No teníamos la ropa “de bonito”, la obligatoria para salir a la calle, ni (lo más importante en esos momentos) ropa de abrigo. Allí tiritábamos todos hasta que empezábamos a hacer instrucción: nunca amé tanto hacer ejercicio.

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Respeto a este punto he de reconocer que siempre he sido un poco vago a la hora de correr o moverme físicamente por ello, desde que me sortearon en septiembre hasta que me incorporé en enero, acudía a un gimnasio a tomar algo de forma física. Me habían asustado mucho con la historia de que las pruebas físicas del ejército eran muy duras y no quise que me cogiera desprevenido, de ahí el entrenamiento que hice. Al final la cosa no era tan dura. Una vez acabado el periodo de instrucción en el campamento tenías la posibilidad de ser trasladado a tu destino definitivo o de seguir preparándote algo más. No sé a qué lumbreras se le ocurrió que un daltónico como yo era el tipo perfecto para ser cabo serviola, el vigía del barco, precisamente uno que tenía que tener la habilidad de distinguir entre las luces rojas y verdes para saber el posicionamiento de un barco, pero aquí tenemos otra de las incongruencias del sistema. La cosa es que acepté realizar esos estudios para cabo y para ello me desplazaron a una ciudad del sur de España, fuera de mi región. Es cierto que desde allí iba a resultar más difícil, por no decir imposible, ir a mi casa a ver a mis padres y novia los fines de semana pero, por otro lado, me permitía conocer otros entornos. Por fin se habían acabado las sesiones de instrucción, desfilando en formación durante horas. Ahora me dedicaba a estudiar y por las tardes me iba a un bar en el 33


que se juntaban muchos gallegos y las pasaba estuchando la gaita y tomando orujo y alguna que otra queimada. Pero toda etapa llega a su fin y definitivamente fui destinado a un gran barco, de esos conocidos como “anfibios”. Se llamaban así porque tenía la capacidad de que, a pesar de sus más de 100 metros de largo, podría llegar hasta la orilla de la playa, bajar un gran portalón que tenía en su popa y dejar salir a tanques o personas sin casi mojarse los pies. También era capaz de dejarse inundar, permitiendo la entrada en su interior de embarcaciones de desembarco más pequeñas. Este barco estuvo atracado en distintos lugares, desde los que emprendíamos pequeños viajes de maniobras que nos llevaron a muchos lugares de España, aunque a las últimas no asistí. Como ya he dicho, los médicos me daban miedo y los dentistas un terror absoluto. Al poco de estar en el barco tuve una fuerte infección bucal que me provocó un gran flemón que tuvo que ser sajado en el propio barco. Al otro día salía a navegar y los mandos no vieron oportuno dejarme en tierra. Posiblemente ahí empecé a odiar al barco y todo lo que ello conllevaba. Pasaron los días, llegó verano y mis padres decidieron alquilar un apartamento cerca de mí para pasar su s vacaciones, lo que me permitía dormir todas las noches con ellos.

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Sin saber por qué había adelgazado en extremo y me sentía muy débil pero, como físicamente no me encontraba mal, no decía nada. Un día, después del verano, mi padre habló conmigo y me hizo ver que tanta delgadez no era normal. Me obligó a orinar en un bote para hacer una analítica pero no hizo falta: los orines eran oscuros. Inmediatamente me llevó al lugar donde estaba atracado mi barco, habló con el médico y me dejaron ingresado en un antiguo hospital, de una sola habitación y muchas camas, hasta el día siguiente que me atenderían los médicos del barco. Era un domingo por la tarde. Ya ves lo que son las cosas. Al día siguiente sin yo saber qué pasaba, me pregunta el imbécil del enfermero de mi barco: -Manchas la ropa interior con las gotas de orina ¿tienes novia? –preguntó. Pues si es así ya puedes decirle algo porque te ha pegado la gonorrea? La pelea que tuve con ella fue de escándalo. Finalmente supe que habían contraído una hepatitis tipo B, de las que se contagian a través de la sangre. Todos pensaron que era drogadicto hasta que cayeron en la cuenta en la operación que había sufrido al poco de llegar al barco y las curas con instrumental no desinfectado que me habían hecho. Me tiré cerca de dos meses hospitalizado curándome la enfermedad.

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Al poco tiempo de curarme los mandos recibieron la orden de hacer nuevas maniobras, a Galicia, y simulé una recaída de mi enfermedad. Esta vez la jugada me salió bien y me quedé en tierra, hospitalizado. Si había algo que me apenaba es que la pobre de mi madre no faltaba ni un fin de semana para verme, desplazándose desde mi pueblo hasta el hospital militar donde estaba. De mi novia sin noticias… tampoco me importaba mucho, con que me “enfriase los ánimos” cuando nos viésemos tenía suficiente. Mi salida definitiva del ejército estaba prevista para junio o julio del año siguiente al de mi incorporación. Por entonces llegó una orden en la que se debía igualar la duración del servicio militar obligatorio cayese donde cayese, por ello la marina debía equipararse paulatinamente con el resto de cuerpos, tras catorce meses y medio dejé definitivamente aquel barco. Hasta hace poco aún felicitaba por las navidades a uno de los amigos que hice por entonces.

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Los primeros trabajos (De 21 a 31 años) Conseguida la libertad de aquel despreciado ejército se suponía que me había convertido en “todo un hombre” y que debía iniciar la que definitivamente sería mi vida de adulto. Tras el fracaso en mis estudios me veía como un obrero más, sin especialización alguna, pero cuando empecé a moverme en la búsqueda de empleo comencé a comprender que, muy a mi pesar, inútiles como yo los habíamos a patadas. Con lo de inútil no me refiero a mi propia capacidad sino a mi falta de preparación: un tío sin oficio ni beneficio. Se hacía imprescindible pues aumentar mis conocimientos para poder enfrentarme al mundo laboral. Los amigos se hacían cada vez más importantes y la novia cada vez menos, pues unos tenían la misma problemática que yo mientras que con la otra cada vez tenía menos en común, posiblemente también porque el propio alejamiento provocado por el servicio militar había contribuido muy mucho al irremediable final que se acercaba. Empecé a esforzarme y así, junto con un amigo, comencé a recibir cursillos de formación, con la suerte de que 37


recién acabado el primero de ellos mis padres me comunicaban mi inminente ingreso a trabajar en una gasolinera. Con todo seguí preparándome sin pausa, compaginando distintos estudios y trabajos durante años. Terminaba una etapa de intenso trabajo en la zona donde vivía y la situación política, llena de corruptos y vividores, tampoco auguraba que en un futuro cercano la cosa se fuese a solucionar, por lo que me enfrentaba a un largo periodo de paro. Mi nueva novia, la que acabaría siendo mi mujer, no hacía más que animarme a conseguir esos estudios y esa preparación que no había conseguido en su momento pero mi edad, 26 años, hacía que se me hiciera muy difícil el tener que estudiar al mismo nivel que niños de 14 años y rechacé su ofrecimiento. Me fui varias veces con los amigos que estaban en mi misma situación. Lo pasé bien unos días con ellos en el bar pero pronto me di cuenta de que ése no era futuro para mí, perdiendo el tiempo escuchando los mismos chistes y tonterías día tras día. Me armé de valor y acepté la proposición de mi novia: me apuntaría a estudiar el primer ciclo de la rama administrativa, dos años, y si me surgía un trabajo los abandonaría. El trabajo no terminaba de llegar pero con mi primer título conseguido con muy buenas notas empecé a hacer prácticas gratuitas en el que sería mi primer lugar serio de trabajo años más adelante. 38


El futuro no se mostraba aún halagüeño por lo que inicié el segundo ciclo de mis estudios, tres cursos más. El último de ellos fue mortal pues compaginaba un trabajo temporal en la que sería mi empresa, un segundo trabajo en la localidad en la que vivía y seguía mis estudios en una tercera localidad. Estaba todo el día con mi coche de un lado a otro. Con 31 años finalizaba estos estudios con buena nota y un año más tarde entraba a trabajar por años en la empresa en la que había realizado varios veranos prácticas, a la vez que abandonaba el trabajo que tenía en mi pueblo. Se me hacía imposible compaginar los dos. Por fin mis esfuerzos habían dado sus frutos.

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Un año de “Gracia” (De 21 a 22 años) Como dije, con 18 años comencé a salir con aquella chica exuberante pero todo acabó llegado su momento: detrás de toda tía buena siempre hay un tío harto de tirársela. Tras cuatro con ella, al llegar al final de la relación, comencé un periodo en el que mi grupo de amigos me abrió un nuevo campo de actuación: nuevas amigas, nuevas actividades. Así empezamos a desplazarnos a los pueblos de nuestros alrededores, por lo que el número de amistades femeninas era muy elevado. Aunque pueda parecer mentira en mi ánimo no estaba la búsqueda de sexo fácil ni establecer ninguna relación estable. Para colmo en el grupo había un par de chicos más “guapitos” que eran los que se llevaban las miradas libidinosas de las mujeres. ¡Qué ilusas! Si esas mismas mujeres los vieran ahora con el paso de los años: uno soltero y amargado y el otro divorciado y amargado. Ninguno fue capaz de conseguir la estabilidad que necesitaban para formar una familia. Posiblemente esté gordo y sin dientes pero no tengo nada que envidiarles. Cuando llego a casa hay una familia que me espera.

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Como iba diciendo, con las chicas no quería nada estable, sólo reír y pasármelo bien y así estuve por espacio de algo más de un año, hasta que a principios del verano del año siguiente mi segundo hermano hizo una fiesta con su grupo de amigos en la casa de campo que tenía mi familia. Aquel día no es que estuviera invitado, simplemente estaba allí. Conocía a la mayor parte de los asistentes, muchos de ellos los mismos que conociera hacía un montón de tiempo y que abandoné por su superficialidad, pero los años habían pasado y el grupo había tenido nuevas incorporaciones. No recuerdo bien pero no fue hasta que empezó a sonar la música de una tonadillera famosa que me fijé en una chica no muy alta, de pelo castaño, largo y rizado, distribuido en tirabuzones naturales. Era guapísima y tenía uno de los mejores cuerpos que había visto en mi vida. Me acerqué por detrás a ella y mientras permanecía sentada en el reposabrazos de un sillón de jardín de dos plazas, yo me sentaba junto a ella, que me miró picarona y siguió cantando con su bonita voz y una sonrisa en los labios. ¡Estaba tonteando conmigo! Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Como yo también cantaba desde pequeñito y tocaba la guitarra desde la adolescencia, la acompañé en su canto 41


hasta acabar la canción. En ese momento, ahora lo entiendo, sé que mi corazón dio un vuelco, pero no lo supe ver. La chica tenía novio y como por mi parte tampoco tenía intenciones de atarme a nadie no intenté nada con ella, aunque sí inicié una buena amistad. Los meses fueron pasando y algunos de mis amigos habían iniciado relaciones con distintas chicas que habíamos conocido en nuestras andanzas por los pueblos limítrofes. El grupo, como es natural, había empezado a disgregarse y fue entonces cuando centré mis amistades exclusivamente al pueblo monumental en el que vivía. Como siempre me he sentido mejor con amigas que con amigos, mi grupo se fue reduciendo a tres chicas: una de la que sólo quería amistad, otra que venía todos los fines de semana desde la capital y que parecía mostrar cierto interés por mí y la morenita con novio que había conocido con la música de la tonadillera famosa. Con la primera hablaba de mis sentimientos y ya le había dejado caer que la morenita me gustaba más de lo que creía; a la segunda también le tonteaba un poco, lo mismo que ella lo hacía conmigo, aunque nunca pasásemos de ahí; con la tercera escuchaba sus penas y me hacía partícipe del cada vez mayor desamor que sentía por su novio porque había conocido a un chico que le gustaba más, mucho más hombre, experto y seguro que con el que estaba.

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El día de la patrona del pueblo monumental en el que vivía había organizado con unas parejas amigas mías el ir a celebrar el día de fiesta a un restaurante de comida china. Casualmente la morenita llegó a mi casa y como era el único que iba sin pareja aproveché la oportunidad para invitarla. Pasamos un magnífico día juntos. La noche del día siguiente, después de la comida con la morenita, estaba sentado junto a mi amiga de la capital. La morenita estaba en otro grupo, mirándome recelosa desde lejos. Le hice señas con la mano para que se acercara y me dijo que no con la cabeza. Por entonces ya había roto la relación con el novio que tenía y al ver su negativa un resorte interno hizo que me levantase y me acercase a ella, sin preocuparme de la amiga con la que estaba sentado. Nunca volvería a separarme de ella. Había pasado poco más de un año desde mi anterior relación. Por entonces contaba con 22 años y a ella le faltaban días para cumplir 18.

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Periodo de estabilidad (De 22 a 33 años) Iniciaría entonces un periodo de mi vida que dura hasta ahora, con altibajos como todo el mundo, que me han ido enriqueciendo interiormente. Los primeros tiempos de la relación fueron duros. Los celos por mi parte empezaron estropeándola, pues no llegaba a estar seguro de que mi esposa hubiese roto su relación anterior totalmente convencida de ello, por lo que las peleas eran numerosas. Sin embargo, no sé si porque fui tomando confianza en mí mismo o en ella, la situación se encauzó con éxito y nuestros desencuentros fueron siendo cada vez menores. Si sexualmente alguien se ha podido sentir plenamente satisfecho fuimos nosotros en esta etapa. De pensarlo me excito escribiendo estas líneas. Mi anterior relación, como dije, me había proporcionado gran experiencia sexual. Mi esposa, con su anterior novio, también había mantenido relaciones pero lo más interesante de todo es que ambos éramos sexualmente activos y nada timoratos a la hora de buscar el placer. Ambos nos dimos cuenta en nuestro segundo encuentro 44


íntimo: una cita con tintes ridículos que aún recordamos con cariño casi 25 años después. Nuestro primer encuentro fue más que nada “un mero formalismo” con el que afianzamos un poco más nuestra incipiente relación. Ocurrió a los 15 días de iniciarla, en una zona solitaria de las afueras del pueblo. Tras entonar los cuerpos, el respaldo del asiento del coche cayó hacia atrás y penetré el escultural cuerpo que tenía bajo el mío, regándolo en abundancia. Una vez acabados ella se puso a llorar ¿Por qué las mujeres harán eso? Volviendo al segundo encuentro sexual, el fin de semana siguiente preparé con mucha ilusión una botella de champán y algo de comer en la casa de campo de mis padres. Aparte de proporcionarnos un lugar cómodo también serviría para que mi ex novia viera que lo suyo lo tenía superado. No es que me importase pero me daba cierto morbo. Cuando llegamos: ¡oh, desastre! El champán se había congelado, no pudimos tomar ni una gota… aunque eso era lo único que había frío allí. Según comentarios de mi propia esposa, aquella noche la dejé alucinada con tanto cambio de postura y tantas experiencias que no conocía que la animaron a dar rienda suelta a sus fantasías. Hasta seis orgasmos tuvo (otra vez me estoy excitando) y finalmente la inundé. Y digo bien porque, a diferencia de la primera vez, no tuve la más mínima intención de 45


eyacular fuera. La tranquilicé diciendo que era estéril, cosa incierta. Esto daría pie para romper todas las barreras sexuales que pudiésemos tener, aunque con el tiempo aún tenemos una: la penetración anal (¡Sssssh, por ahí ni el bigote de una gamba!). Bueno, reconozco que la mala etapa de celos que vivimos al principio afectó un poco nuestra actividad sexual pero ésta contribuyó en gran medida a solucionarla. ¡Eso era actividad sexual! Todos los días algo nuevo. El noviazgo fue largo y con los años nuestra intensa actividad sexual se había estabilizado un poco, aunque seguía siendo igual de plena y satisfactoria. Pasábamos el tiempo como cualquier pareja normal: paseábamos, salíamos a divertirnos de una forma relajada, viajábamos ahorrando dinero con mucho trabajo, etcétera. Recuerdo en estos primeros tiempos un incidente gracioso. Al poco de estar saliendo mi mujer, entonces mi novia, tuvo que trasladarse con su familia a otra localidad por motivos de trabajo. Iba a vivir allí varios meses así que me encontraba en el dilema de alejarme de ella un tiempo, hacerle visitas esporádicas o pasar los fines de semana en su casa. Esta última opción era la que menos quería ya que no conocía a su familia. La primera vez que fui a visitarla pensaba quedarme en una pensión pero no hice más que llegar al pueblo que me encontré a mi futuro suegro esperándome para impedirme alojarme en otro sitio que no fuese su casa. Éste sería el primer 46


contacto con su familia. En una de aquellas visitas salimos una mañana a pasear y en una de nuestras bromas mi chica salió corriendo y se le escapó un pedete. La pobre, disimulando, culpó al tacón de su zapato por el “extraño” sonido que había producido y a mí, riendo, no se me ocurrió otra cosa que decirle: -¿El zapato?... ¡el cuesco que te has pegado! Se puso a llorar y avergonzada salió corriendo. Salí detrás de ella sin parar de reír y viendo que no conseguía calmarla me obligué a soltar un follón delante de ella, en plena calle. Casi me lo hago en los pantalones del esfuerzo que hice por soltar aquella ridícula ventosidad, que cumplió su objetivo respecto a mi chica.

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Me voy a la capital (De 33 a 35 años) Era normal que con el tiempo empezásemos a pensar en un futuro juntos, en casarnos y eso, y por tanto se hacía imprescindible adquirir una vivienda. Ya tenía trabajo estable, mi esposa tenía unos pequeños ahorros y yo también así que, de acuerdo con nuestras posibilidades, a la edad de 33 años compré una vieja vivienda en un bloque de pisos de la capital en el que el más mínimo sonido retumbaba en la casa de todos los vecinos. Con la compra nos quedamos sin dinero para realizar la reforma que queríamos por lo que, con más voluntad que habilidad, me propuse a hacer yo mismo los arreglos necesarios. Me fui a vivir solo a la casa y cada tarde, tras volver del trabajo, me ponía a reparar unas puertas de muy mala calidad, llenas de agujeros. Todos los tapé y para dejarlas más bonitas les puse unas molduritas que hacían que quedasen bastante coquetas, una vez pintadas de blanco. Tuvimos que cambiar los azulejos del cuarto de baño y de la cocina: los primeros me los puso gratis un amigo, para los otros, como me daba vergüenza abusar de este amigo que no quería cobrarme, buscamos a un albañil jubilado que nos hizo el trabajo a muy bajo coste. También pintamos las paredes pero se hizo imposible cambiar el estropeado suelo con nuestro 48


dinero. Dormía en una cama barata que me había comprado en una tienda cercana y sólo tenía una silla y una vieja mesa que había tenido a bien dejarme el antiguo dueño de la casa. La presión de lo que estaba viviendo –un trabajo en la capital, otro en mi pueblo y haciendo chapuzas en casaacabó pasándome factura y finalmente empecé a sufrir de crisis de ansiedad, empeoradas con la existencia de una agorafobia. De ello no sería consciente hasta el viaje de novios, cuando comprendí que esas sensaciones que limitaban mis movimientos (ganas de vomitar, sudores, palpitaciones) no eran normales. Conforme se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, mi novia y yo teníamos claro de que era imposible que nos casásemos con todo el piso amueblado. Nos iba a faltar el mueble del salón. Por suerte teníamos un sofá y una mesa con cuatro sillas bien baratas, al igual que las lámparas. Del resto de habitaciones sólo el dormitorio y la cocina estaban bien amueblados, las otras dos habitaciones que quedaban las rellenamos con la cama barata que me compré y con un viejo ordenador que me permitía hacer alguna que otra tontería para pasar el tiempo. Mi novia se vino a vivir conmigo y se buscó un trabajo con el que poder ahorrar un poco para comprarnos ese mueble de salón que nos faltaba y con mucho sufrimiento lo consiguió. 49


Con 34 años me casé por la iglesia. No es que tuviese mucho interés en hacerlo bajo el amparo de esa institución pero mi suegro, creyente él, estaba algo empeñado en ello y como a mí me daba igual no me importó hacerlo. El día de la boda lo pasé algo mal por motivos de mi agorafobia. No había dinero para celebraciones por lo que nos conformamos con invitar a los familiares más directos a una comida y luego cada uno a su casa. En el viaje de novios, aparte de la sensación de fatiga que me acompañaba constantemente, lo pasamos bien. Esa sensación de angustia constante fue empeorando paulatinamente. No sé si sería el peso de la nueva responsabilidad o el hecho de encontrarme dentro del campo de acción de una antena de telefonía móvil, que habían colocado encima del edificio en el que trabajaba (cada vez estoy más convencido de ello), pero mi reciente matrimonio se sintió algo perjudicado por la situación. Era normal, mi esposa no sabía entender la enfermedad y mi rechazo constante a salir le afectaba. La verdad: nunca me quedé encerrado, pues no falté al trabajo ni un solo día y todas las tardes me auto obligaba a salir un poco, aunque fuera al bar de la esquina. Sea como fuere, mi esposa tomó la equivocada decisión de quedarse embarazada a los seis meses de la boda, en un intento de darme algo en lo que pudiera centrar mi 50


atención. Como se comprenderá no fui engañando en ningún momento, el sexo es cosa de dos, sin embargo mi situación no era la más favorable para abarcar nuevas responsabilidades. También estaba el hecho de que en nuestra vieja casa el más mínimo ruido que se hiciera afectaba a algún vecino. Me obsesioné con ello y, para colmo, me vi metido en aquel cuchitril de 60 metros cuadrados, cuando toda mi vida había estado viviendo en amplias casas unifamiliares. Así fueron pasando los meses hasta que el primer día de agosto, el primer día de mis vacaciones de verano, fui con mi esposa embarazadísima a un supermercado a hacer unas compras. No hicimos más que entrar y nos tuvimos que volver: acababa de romper aguas. Esa misma noche, con 35 años, fui padre de una hermosa niña. No tuve valor para entrar a acompañar a mi mujer en el parto. Cuando entré a verla a la sala de postparto, tras besarla, busqué a mi hija. Era preciosa de verdad pues no estaba ni con la piel ennegrecida ni arrugada ni hinchada. Sí tenía la cabeza un poco deformada porque había nacido con ayuda de forceps e impresionado pregunté a mi mujer si aquella deformidad se quitaría alguna vez. Afortunadamente duró sólo unas horas.

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Tomé a mi hija entre los brazos y me senté con ella en un sillón. En ese momento entró una enfermera. -Uyyyy, ¿ya la tienes en brazos? Mal la vas a acostumbrar –dijo. La solté en la cuna porque tenía razón. Esa misma noche debí darme cuenta de algo. A la hora de dormir tanto mi madre como mi suegra acompañaron a mi esposa mientras yo era relegado a dormir fuera, en el pasillo. Creo que ése fue el primer indicio de que mi esposa no buscó a la niña para mejorar mi enfermedad sino como tabla de salvación para ella. Entre eso, su creciente sentimiento de posesión sobre la niña, que la llevaban prácticamente a no dejarme acercar al bebé, el empeoramiento de mi enfermedad y el tener una hija muy llorona empeoraron todavía más las relaciones, hasta el punto de empezar a dormir en habitaciones diferentes, cosa que se prolongaría varios años. Cuando nos pusieron una casa de putas justo encima de nuestra ruidosa vivienda decidimos vender el piso y trasladarnos de nuevo al pueblo monumental del que veníamos. Salir del círculo vicioso en el que había entrado con mi esposa y vivir en un sitio más amplio seguro que propiciaba alguna mejoría en mi agorafobia. Hicimos una buena venta y con el dinero pudimos comprar holgadamente una casa nueva.

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De vuelta al pueblo monumental (De 35 a 47 años) Mi hija apenas tenía unos meses cuando nos fuimos a vivir a la casa de campo de mis padres (no era la misma que donde tenía a mi anterior novia). La idea era permanecer en ella mientras finalizaban las obras de la casa que esperábamos pero el hecho de que mi mujer no tuviese carnet de conducir ni otro coche la obligaban a estar aislada a varios kilómetros del pueblo con un bebé lactante. Decidimos alquilar una casa, aunque esos dineros que pagamos nos hubieran venido muy bien a la hora de reducir la hipoteca, pero la vida viene como viene. Mi mujer tiene un defecto: habla tanto que llega a ser desesperante. Reconozco que ese defecto y su insistencia a veces nos han proporcionado beneficios, como el hecho de que sin siquiera haberse acabado las obras de nuestra casa nueva nos dejasen vivir en ella. No teníamos agua ni luz, que nos las hacían llegar con un largo cable y con una manguera desde una de las casas de al lado. Meses más tarde, cumplidos ya los 37 años, formalizaríamos definitivamente la compra, de la que 53


casi estoy arrepentido: si llego a saber la cantidad de gente zafia e iletrada que había en el barrio jamás se me hubiese ocurrido mudarme. Era mejor la casa de putas que tenía en el otro lado. En todos los años de mi vida jamás he tenido un más o un menos con un vecino pero aquí, nada más llegar, salió un imbécil protestando diciendo que no dejase el coche donde lo había dejado, como si la calle fuese suya. Lo mandé discretamente a la mierda y días después me la jugó negándose a que pusiesen por su fachada los cables de teléfono que debían llevar la línea a mi casa. Al final dio su brazo a torcer pero ya me demostraron de qué calaña era esta gentuza. Finalmente, tras los insultos sufridos por mi mujer, tuve una pelotera y nos tiramos un tiempo sin hablarnos. Mis actuales relaciones con este vecino son simplemente cordiales, no me fío de él. Tiempo después, a la vecina de enfrente se le metió en la cabeza de que la habíamos denunciado al ayuntamiento del pueblo porque unos perros que tenía iban a hacer sus necesidades a un solar abandonado que ni siquiera estaba junto a mi casa y que no me afectaba en absoluto. A partir de entonces empezaron a escupir en mi coche. Tardé años en descubrir que era el hijo de esta vieja y a cada trastada suya le pagaba con otra mayor. Hasta llegué a pintarle el coche con pintura: ¡qué a gusto me quedé cuando le vi la cara!

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Volviendo a mi vida, al poco de comprar la casa tuve un enfado con mi jefe, quizás por tanta presión acumulada con el cambio de vivienda, las distantes relaciones que tenía con la mujer a la que amaba, la acumulación de trabajo. A pesar de haber sido un enfado pequeño, más bien una simple protesta, aquel cojo imbécil, que había estado en mi casa, se había vestido con mi ropa, habíamos dormido juntos, salido de juerga a las discotecas... me despidió de la noche a la mañana. Por suerte, mi hermano el segundo, que siempre había sido muy “echado para adelante” me ofreció un puesto de trabajo, con más responsabilidad que la que había tenido hasta entonces y en él sigo hasta ahora. Respecto a mi hija he de decir que es una niña responsable, con buenas notas en los estudios, que no le gusta salir pero sumamente vergonzosa, quizás porque al ser un poquito entrada en carnes los niños la insultaban y a ella le afectaba mucho. Ahora, a punto de cumplir los 12 años, ha adelgazado muchísimo, alcanzando su peso ideal, y ha tomado mayor confianza en sí misma, aunque su introversión no la ha perdido. Con mi mujer todo se ha arreglado. Trabajo nos ha costado pues esos años de enfados acabaron en una separación, a pesar de que nos queríamos. No era bueno que nuestra hija sufriera nuestras peleas y en un momento de lucidez de ambos decidimos poner tierra en medio de nosotros. Me fui a vivir a un pequeño pisito que tenían mis padres en la capital y esta nueva situación 55


nos sirvió para hacer un acto de constricción, de ver qué queríamos en nuestra vida, qué era lo importante, y a los 10 días de irme mantuvimos la charla que deberíamos haber tenido años atrás, pusimos las cartas boca arriba, mostramos nuestros verdaderos sentimientos y acabamos comprendiendo lo que el otro necesitaba. A pesar de ello viví alejado de ella durante 30 días.

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Epílogo (47 años) Es agosto. Sin dar muchas explicaciones, le he dicho a mi mujer que me iba de viaje solo. No se ha extrañado pues sus vacaciones no suelen coincidir con las mías y ambos tenemos derecho a disfrutar de ellas. Sin saber por qué me he puesto a circular con mi coche y ahora estoy sentado frente al mar en Muxía, a muchos kilómetros de casa. ¿Por qué aquí? No sé, siempre me ha atraído el Camino de Santiago, creo que ha sido por eso. Por mi edad no me veo preparado para hacerlo caminando, quizás algún día lo haga en coche. Ante la inmensidad del mar sigo pensando en mi vida: ¿Estaría hoy aquí si no se hubiesen malogrado los dos embarazos inesperados que tuvo mi mujer? Hubiéramos sido cinco en casa. Lo pasó mal, la pobre. La animaba bromeando con ella diciéndole que ya era vieja para esas cosas. Podía parecer cruel pero con esa broma se reía y olvidaba por un momento la culpa que sentía al pensar una y otra vez que el motivo de su primer aborto se debió a que movió sola una de las pesadas estanterías llenas de libros que tengo... los abortos ocurrieron 57


porque era vieja para un embarazo. La medicina puede obrar milagros, la naturaleza no. ¿Dejará mi hija de ser tan introvertida? Se le está poniendo el buen tipo que tenía la madre pero su carácter va a hacer difícil que se le acerquen muchos hombres, no creo que acabe siendo una “cabeza loca”. Es muy selectiva con sus amistades. En verdad es algo a lo que no le doy muchas vueltas porque las decisiones que tome serán parte de su vida y no podré hacer nada, sólo apoyarla en los malos momentos. Su madre y yo nos estamos esforzando mucho para que sea independiente, por darle una preparación con la que poder afrontar el futuro y creo que lo estamos consiguiendo... por ahora. Y yo ¿cómo acabaré? Los años me han agriado un poco el carácter y ya no soy aquella persona que se preocupaba por agradar a los demás. Estoy en una especie de revisión íntima, lo que muchos podrían darle el nombre de “crisis de madurez”. Una crisis que ha acabado con mi afición a la fotografía, a la lectura, a los viajes turísticos, a tocar la guitarra y hasta con una página de internet a la que le he dedicado más de nueve años de mi vida, la misma en la que me refugié cuando las cosas con mi mujer empezaron a ir mal. Ahora me paso las horas en casa sin hacer nada, mirando al televisor como un imbécil, viendo los días pasar.

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No soy viejo pero me siento viejo. Estoy contento con la vida que llevo pero en mi interior se instala un vacío que cada vez me llena más. Mis compañeros de trabajo son buenas personas y me llevo bien con ellos. Quizás el más gruñón sea yo, si bien mis gruñidos siempre acaban en nada. Mis cuatro hermanos disfrutan todos de buena salud, están bien casados, no parecen tener problemas. Mis padres son mayores y, salvo algún que otro achaque, están sanos. Estoy sentado frente al mar y sigo preguntándome: “Si todo va bien ¿qué me pasa?”

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Indice Introducción

1

Mis primeros años

3

Un nuevo destino

11

El despertar de la sexualidad

18

El pueblo monumental

23

El ejército

31

Los primeros trabajos

37

Un año de “Gracia”

40

Periodo de estabilidad

44

Me voy a la capital

48

De vuelta al pueblo monumental

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Epílogo

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Indice

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EL CINICO  

El cínico es un libro de distribución gratuita que he sentido la necesidad de escribir, no por ningún motivo especial. Estoy convencido de q...