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Biblioteca de la Juventud

hispanoamericana

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

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EL A L M I R A N T E

DON MANUEL BLANCO ENCALADA CORRESPONDENCIA DE BLANCO ENCALADA Y OTROS CHILENOS EMINENTES CON EL LIBERTADOR

EDITORIAL-AMÉRICA MADRID CONCESIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTA:

SOCIEDAD

ESPAÑOLA FERRAZf 21

DE

LIBRERÍA-


E L ALMIRANTE DON M A N U E L B L A N C O CORRESPONDENCIA

ENCALADA

DE B L A N C O

ENCALADA

Y OTROS CHILENOS EMINENTES CON EL LIBERTADOR


A J U A N WILLIAMS R E B O L L E D O CAPTOR DE "LA VIRGEN DE COVADONGA"

I

Un día de gran luto llegó para los chilenos el 5 de Septiembre de 1876. El teniente general de nuestro Ejército y vicealmirante de nuestra Armada, D. Manuel Blanco Encalada, expiró á las tres de la tarde de ese día, precursor de la conmemoración de las glorias de la patria, después de una hermosa vida que contó ochenta y seis años, cuatro meses y catorce días. ¡Casi un siglo de glorial Y sin embargo, esta muerte nos tomó á todos cual una sorpresa, porque nos habíamos acostumbrado á ver, como un emblema de eterna juventud, aquella cabeza siempre erguida, aquella m i rada viva y ardiente, aquel paso ágil, aquella voz sonora que hasta en sus postreros ecos tenía el


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timbre de la entereza, de la voluntad, de la fascinación, como si su acento hubiese sido una vibración perenne de su alma. No hacía muchos días que ese glorioso soldado de tres cuartos de siglo había dicho á una amiga de su intimidad:—

Me he de morir, hija, como todos; pero lo que aseguro es que no me he de morir de viejo... Y cuando en este rápido bosquejo contemos, más a d e lante, su última hora, se sabrá que el general Blanco cumplió esta vez, como siempre, su palabra.

II

El almirante Blanco es, sin disputa, una de las más grandes figuras americanas del presente siglo. Fué en las vicisitudes de su vida todo lo que un ciudadano podía alcanzar de sus tiempos. Fué general de tierra con una graduación creada e x clusivamente para él y que ya no existe en la carrera militar de la República; tuvo en la mar el primer puesto; fué senador, magistrado civil y local; general en jefe en cinco ó seis ocasiones de su vida, ligada íntimamente á la de la Nación; ocupó, por último, la Presidencia de la República, y tuvo todavía otro honor mayor que é s e , — el de renunciarla.


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Pero en esa carrera tan alta y tan feliz hay algo que sobresale por encima de todas las seducciones de la deslumbradora pompa y atrae con irresistible predilección y simpatía los corazones y los juicios de los hombres: ese algo es el heroísmo. El general Blanco ha sido todo lo que han podido ser otros; pero pocos han sido lo que él fué. Fué héroe. A esa luz y bajo ese prestigio, vamos á r e c o rrer en unas pocas horas de la noche esa existencia querida, cuyos resplandores, no apagados todavía, guiarán los atributos á que confiamos siempre, como á.dos fieles compañeros, este género de empresas de la pluma:—el amor y la memoria.

III

Una de las condiciones excepcionales de esa naturaleza rica y expansiva—secreto de su universal popularidad—era también algo que no es propio de nuestro clima de dulce monotonía, de nuestra tierra suculenta de rulo y migajón, de nuestra raza sesuda y vigorosa, pero inerte. Esa condición es el entusiasmo—llama de fuego que quema la taza de bronce en que se agita el pábulo, pero que de lejos es luz que fascina y guía. Hemos dicho que el general Blanco fué, antes


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que todo, en su vida pública, una encarnación heroica. Pero si lo fué, debiólo sólo á ese arranque constante de su naturaleza, generador de las cosas más grandes y más bellas que levanta el hombre bajo su planta—el entusiasmo—, que es sólo el candente vapor de la fe, alma del alma. Su carrera está llena de esos arranques y de sus comprobaciones. Su fuga de Montevideo para incorporarse en el ejército patriota de 1812 es un rapto de h e roísmo. Jugó su cabeza en el galope de un caballo. Cuando, investido de una gran responsabilidad, despliega las velas de su capitana, jefe de escuadra á los veintiocho años, y promete al Gobierno que honra su juventud enviarle la espada del general que va á combatir, y lo cumple, es dos veces heroico. Cuando llegó Cochrane, y declinó el mando ante el extranjero á sueldo, después de su gloria y su conquista, es cuando ese heroísmo llega hasta la grandeza de alma. Acepta después con ánimo entero todas las grandes ó pequeñas misiones del deber, sin discernir entre venturas ni peligros. Acepta ser g e neral en jefe del ejército chileno, bajo Bolívar; almirante de la Escuadra, bajo Freiré; comandante en jefe de la expedición al Perú, bajo Portales; simple combatiente en las calles de Valparaíso, bajo Montt.


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Pero, si bien todo eso era fácil y corriente en la juventud animosa y en la enérgica virilidad, ¿acaso lo declinó en la vejez egoísta y achacosa? Vamos á ver que no. Levantóse en Chile un grito de rechazo contra ia España y sus pretensiones en 1865. Blanco Encalada ha pasado ya mucho más allá de los límites de la vejez en nuestro clima; pero al instante, espontáneamente, pónese á la cabeza de ese movimiento y preside todas las deliberaciones patrióticas de la juventud y del pueblo. Tenía á la sazón setenta y cinco años y no excusaba ningún trabajo. Nombra el Congreso y el Gobierno, en 1868, una comisión de honor para repatriar las cenizas del ilustre O'Higgins. Figuraron en esa comisión senadores, diputados, hombres en la flor de la edad y en la flor de la fortuna. Pero todos rehusan, y sólo el viejo marino ase otra vez con mano firme el timón de la gratitud y de la gloria; y va á traer los restos venerados de su antiguo jefe. Blanco Encalada tenía entonces setenta y ocho años, como Andrea Doria. ¿ Y su campaña de Chiloé en el corazón del invierno? ¿ Y su reto final á Méndez Núñez? Y su muerte misma, tranquila, resignada, valerosa hasta en sus más mínimos detalles, ¿no son ésas otras tantas pruebas de que en aquel pecho había encontrado nido y pábulo el fuego generoso


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que alienta el espíritu de los seres superiores, de los filántropos, de los mártires, de los héroes? No se eche tampoco en olvido una circunstancia física muy digna de tomarse en cuenta al aquilatar los actos morales de un individuo. El general Blanco luchó la mitad de su vida con una extinción completa del órgano del oído, lo que equivalía á la supresión de la mitad de los elementos de acción, de impulso y de asimilación de que dispone el hombre. Los ciegos son cadáveres que hablan; pero los sordos son hombres enterrados vivos. Examinada la vida pública del almirante Blanco bajo esos diversos prismas, es, á todas luces, un héroe americano; y en ese sendero y bajo esa luz, vamos á seguirlo por unos breves instantes.

IV

El general D. Manuel iBlanco Encalada nació en Buenos Aires el 21 de Abril de 17S0. Fué su padre el oidor Blanco Cicerón, gallego de nacimiento, pero que ejerció con brillo y con provecho la magistratura, primero en Chile, donde fué fiscal; después en Lima; más tarde en La Paz, y por último en Buenos Aires, donde falleció, dejando á su último hijo en la


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cuna, nacido de siete meses. jCoincidencia singular! Ese hijo de un oidor español de cuatro reinos fué el soldado y el libertador de esas mismas cuatro repúblicas; porque Blanco Encalada militó en el Plata, en Chile, en el Perú y en Bolivia. Sin embargo de esto, ese mismo cosmopolitismo hizo sombra á la carrera, esencialmente chilena, del hijo casual del Plata. El general lo c o nocía, y siempre que relataba ciertas amarguras de su vida, como su renuncia da la Presidencia ó el fracaso de Paucarpata, solía exclamar con iro-

nía:—Mi mayor defecto no es mi sordera, sino no haber sido bautizado en la catedral de Santiago. En esta sola frase, el general Blanco probaba que conocía bien á los chilenos y, particularmente, á los santiaguinos, estos castellanos viejos de la Nueva Extremadura. Su madre era una noble matrona chilena, hermana del patricio D. Martín Encalada, mujer de grandes dotes morales, y que llevaba además su moño tan alto como el copete reglamentario del oidor su esposo. En la exposición que se llamó del Coloniaje, en 1873, se mostraron las blondas de oro con que doña Mercedes Encalada asistió en La Paz á la jura de Carlos IV, y también la colcha de seda carmesí que cubrió la cuna de su último hijo.


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Blanco Encalada nació, por lo que dejamos contado, noble y aristócrata; pero nació también criollo, es decir, con el virus de esa democracia, activa y poderosa, que ha cubierto de repúblicas el suelo americano, en odio de un trono extranjero y rapaz. Blanco fué siempre aristócrata de maneras, de fisonomía, de traje, de todas las exterioridades que forman el concepto vulgar del hombre. Pero, en el fondo de su naturaleza, amaba la República por convencimiento, como había amado la independencia por instinto. Blanco Encalada hizo sus primeras letras en la escuela de un maestro llamado Argerich. Pero cuando cumplió doce años, su madre, que tenía algún caudal y mucha discreción, lo envió á E s paña al lado de uno de sus tíos, opulento y de" influjo: el conde de Villa Palma, D. Manuel Calvo Encalada. • Hizo este viaje en 1803 en compañía de dos notabilidades americanas: del oidor Mata Linares, que pasaba á la Península de consejero de Indias, y del oidor Lastarria, abuelo del conocido publicista chileno, que iba á desempeñar un cargo en la Real Audiencia de Sevilla. • El general Blanco recordaba, en sus últimos


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años, con infantil placer, las incidencias de ese viaje. El barco se llamaba el Infante Don Francisco de Paula; su capitán, D. Juan Donesteves; el punto de arribada fué la Corona, y ¡a posada, la casa de aquel valeroso almirante Bustamante, que, poco más tarde (1804), defendió contra los

¡ngleses las cuatro fragatas de Cádiz.

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Las relaciones de su tío y ios servicios de su padre le abrieron las puertas del Seminario de Nobles, de Madrid, donde tuvo por condiscípulo y amigo de intimidad al ilustre soldado y poeta, autor del Moro Expósito, D. Ángel de Saavedra, más tarde duque de Rivas. Esa amistad fué guardada durante medio siglo. Según su hermano primogénito, D. Ventura Blanco Encalada, que dejó un apunte de la vida del almirante, fueron sus maestros en matemáticas ios célebres profesores Valíejo y AntiHón. Aficionado, desde su viaje de Buenos Aires á ¡a Coruña, á las cosas del mar, cuando hubo concluido su preparación clásica en Madrid, pasó Blanco á la Academia de marinos, de !a isla de León, y luego, con motivo del bloqueo que pusieron á Cádiz los franceses en 1 8 0 8 , entró al 2


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servicio activo. Cuando Ruiz de Apodaca se apoderó de la flota del almirante Rosilly, en esa ocasión (Marzo de 1808), era e! adolescente marino segundo en un buque sutil llamado la Carmen, que mandaba un teniente. El joven aprendiz, como segundo, tenía el cargo de un mortero con que defendía la puerta que en Cádiz se llama todavía de "Sevilla", cerca del arsenal de ¡a Carraca. Aquel mortero fué el primer maestro que el joven Blanco tuvo en el arma de artillería.

VII

Las influencias de familia empujaban al recién fogueado guardia marina á las dulzuras de la vida de América, y así el favor del tío dio lugar á que le destinaran al apostadero del Callao, al lado del virrey Abascal y del oidor Zerdán, casado (como otros dos oidores) con dama de la familia Encalada. Hizo este viaje, por la vía de Buenos Aires, en la Flora, fragata muy velera, su capitán D . F e r mín de Ezterripa. Atravesó las pampas y las cordilleras. Visitó á sus parientes, hijos del oidor Plata (casado también con una Encalada en Santiago), y pasó á Lima, donde, niño aturdido y entusiasta por los hábitos criollos, corriendo un día


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á caballo con uno de sus primos Zerdán, llamado Ambrosio, le vio caer muerto, reventado por la bestia que montaba. En Valparaíso—aldea miserable en esos años y teatro después de sus mejores glorias civiles— tuvo también un encuentro singular. Su bisabuelo, el primer conde de Villa Palma, D. Diego Encalada, había mantenido en 1724 feudos terribles con el primer marqués de Cañada Hermosa, y ahora yacía en aquella bahía la corbeta Astrea, cuyo segundo era el biznieto del último, D. Eugenio Cortés y Azúa, amigo y camarada desde e n tonces del joven Blanco.

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Había éste recibido, á su paso por Buenos Aires, sus despachos de alférez de fragata como ascenso por su conducta en Cádiz, y en esta c a lidad, que no era de poca monta en la Marina española, sirvió durante tres años, en el apostadero del Callao, á las órdenes de su primo hermano el brigadier de ingenieros D. Joaquín Molina, comandante general de Marina. Por esta época había llegado hasta Lima el clarín de la revolución que había estallado simultáneamente en Buenos Aires, en Chile y en toda


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la América. Sabedor el receloso Abascal de la actitud de los parientes del joven Blanco en el Plata y especialmente en Chile, donde su tío don Martín Calvo de Encalada era caudillo revolucionario, fingió una comisión y envió al joven c r i o llo por la segunda vez á España, para libertarlo de un contagio que debería ser irresistible.

IX

Esta vuelta á la Península no era ya un viaje, era un destierro. Así es que al cabo de dos años, moviendo influjos, consiguió el joven americano, con el regente Villavicencio, ser enviado á la plaza de Montevideo, embarcado como oficial de Marina en la corbeta de guerra Paloma, que v e nía á reforzar al taimado Elío, amenazado por los patriotas de Buenos Aires. El jefe de aquel apostadero—un marino llamado Sierra—quiso probar desde temprano el americanismo del joven alférez recién llegado, y en dos ocasiones le ordenó excursiones hostiles contra las balizas de Buenos Aires. Pero en ambas rehusó Blanco, alegando sus relaciones de familia en aquel pueblo. Las sospechas renacieron y quedó acordado su tercer viaje á España.


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Súpolo, empero, en tiempo el despierto marino, y protegido por ciertas altas damas de Montevideo, huyó de la ciudad por el campo en dirección á Buenos Aires. Fueron aquellos buenos ángeles de la guía doña Margarita Viana, hermana ó esposa del general que mandaba las tropas argentinas, y una niña llamada Pepita Uribe, que debía ser hermosa por su nombre y porque en aquellos años t o das las "pepitas" germinaron en flores para la patria. Sabido es que la bella Pepa Morgado fué una de las más grandes fascinaciones del ejército argentino en Santiago, entre Chacabuco y Maipú. Ayudóle también en aquella aventura su amigo y compañero el marino Cortés, expulsado á su vez por sospechoso del Pacífico, y que luego logró fugarse en dirección á México, donde llegó á ser almirante y edecán del emperador Iturbide. Aquella escapada fué un rasgo de heroísmo juvenil. El interés y la carrera del alférez Blanco estaban bajo la bandera de España. Pero su c o razón lo arrastró, y, sin más que una camisa en el bolsillo, salió del recinto de la ciudad fingiendo un paseo, á mediados de 1 8 1 2 . Cuando apenas


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se alejaba del pueblo, encontró á un hijo del v i rrey Sobremonte, que con candorosa cortesía le recordó que ya iban á cerrar el portón de la ciudadDurante dos ó tres semanas vagó el esforzado desertor por ríos, bosques y pantanos. Pasó el Paraguay y el Uruguay á nado, y después de galopar ochenta leguas, escondiéndose de día en las espesuras, llegó á la capilla de Mercedes, donde encontró acampado el ejército de Buenos Aires, á las órdenes de Viana, Soler y otros generales. El último lo condujo á Santa Fe y de allí á Buenos Aires, donde, mediante la oficiosidad de un comerciante inglés, más tarde muy conocido en Chile—D. Jorge C o o d — , pudo recibir su equipaje que había dejado abandonado en Montevideo.

XI

Hemos dicho que el jefe de la familia patricia de los Encalada era el famoso D. Martín, tan conocido por su orgullo y su firmeza en la primera época de nuestra revolución. Su sobrino, por lo tanto, no podía tardar en venir á buscarle. Y a desde 1811 D. Martín le había hecho nombrar capitán de artillería por el Gobierno pa-


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triota, y éste se cree fué el motivo principal por que Abascal le envió á España en aquel año. En Febrero de 1813, Blanco se puso de nuevo en marcha para Chile en compañía de un viajero francés cuyo nombre no recordamos, y llegó á los suburbios de Santiago en los últimos días de Marzo. Habíase hospedado en la Cañadilla, en la quinta que es hoy de ía familia Sánchez, y ahí estaba reposándose de las fatigas de las cordilleras, cuando llegó la noticia del desembarco de Pareja en Talcahuano. El capitán de artillería de 1811 no podía haber llegado más á tiempo: era el momento en que se encendía el primer lanzafuego.

XII

Blanco tomó en el acto las armas, y por sus servicios, su bizarría y sus influjos, era ya teniente coronel en Marzo de 1814. Como su tío y t o dos los viejos pelucones de Santiago, el joven marino se había pronunciado contra les Carreras. D e modo que cuando cayeron éstos faé aquél uno de los más exaltados y activos organizadores de las fuerzas improvisadas para resistirlos y dominar al propio tiempo la preponderancia ad-


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quirida por los realistas á la sombra de aquellas fatales disensiones. Por lo mismo, el Gobierno de la capital confió a! joven Blanco —genera! de veinticuatro años—el mando de una división de huasos y de reclutas que saüó á reconquistar á Talca en Marzo de 1814. Después de Blanco, mandaba ¡a división el canónigo D. Casimiro Albano, que se creía c a paz de tomar aquella ciudad tan sólo por haber nacido en ella. El desenlace de la expedición correspondió á su peregrina organización y á la inexperiencia de su jefe. Al pasar el Lontué un guerrillero realista, famoso ya desde entonces y que San Martín hizo fusilar más tarde en el campo de batalla de Maipú—D. Ángel Calvo—, se valió de una estrategia que revelaba en él las mejores dotes de un soldado. Conociendo la educación, e\ nacimiento y el carácter puntilloso del improvisado general chileno, mandóle un cartel de desafío para pelear en línea de batalla, Blanco con su gente y él con la suya. Aquél tuvo la bisoñada de aceptar. F o r mó, en consecuencia, su línea de combate en el llano de Quechereguas, y así se mantuvo todo el día esperando á Calvo; pero éste había querido únicamente contar las fuerzas que venían de Santiago contra Talca, lo que hizo á mansalva y fila por fila. Desde este momento la expedición estaba per-


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dida, porque Elorreaga pasó el Maule en auxilio de la ciudad amenazada, y cuando los patriotas la atacaron desbandáronse entre dos fuegos. D e regreso el comandante Blanco á la capital, solicitó en el acto la reunión de un consejo de guerra; pero los unánimes informes que sobre su bizarría personal dieron todos los derrotados hicieron innecesaria aquella investigación. Para haber quitado con justicia sus charreteras al joven teniente coronel, habría sido preciso reducir á sacristán al capellán castrense Albano, alma, consejo y perdición de aquella fuerza.

XIII Con todo, el comandante Blanco cayó en cierta desgracia, y no viene á tenerse ya noticia de él sino cuando, emigrado después de Rancagua, es apresado por una partida realista en Santa Rosa de los Andes y conducido á la presencia de Ossorio. Enfurecido éste, porque conocía desde Lima la historia de su fuga de Montevideo, lo hizo despojar con ignominia de sus insignias y aun le amenazó con fusilarlo allí mismo como desertor. Mas, como Ossorio era hombre de buena alma, se apiadó de su juventud y lo hizo sentenciar por un consejo de guerra á cinco años de destierro en el peñón de Juan Fernández.


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Los oficiales de Talavera, Villalta y Butrón, camaradas de Blanco en España y masones, sin duda, como el último, influyeron en esta resolución del tribunal militar. A su paso por Ocoa, camino del destierro, el héroe encontró una heroína: fué ésta la señora feudataria de aquella estancia, doña Mónica L a rraín de Echeverría, que acababa de salvar á su hijo contra su escolta de cautivo, y que, no pudiendo salvar al joven marino, le socorrió de d i nero, de ropa y de algo que valía más que e s o , — de esperanzas sublimes en la patria y su r e dención. El general Blanco jamás olvidó, ni en su ancianidad, aquella heroica hospitalidad de pocas horas. Llegado á la romántica isla del Pacífico, convertida por los odios humanos en triste presidio, purgó allí el generoso capitán chileno, durante dos años y medio, su ya acendrado patriotismo. Era el más joven de sus venerables compañeros de cautiverio; pero, por lo mismo, era el que sufría más intensamente su prolongada soledad. Tuvo, sin embargo, la suerte de ser para todos aquellos mártires el mensajero de la redención, porque fué él quien, como marino, descubrió desde un monte la bandera argentina, la bandera de Chacabuco, que en Marzo de 1817 fué á r e dimirlos.


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XIV

Devuelto á la patria libre, Blanco entró en el acto en campaña, y su primer despacho lleva la fecha del 1.° de Julio de 1817. D e b e notarse que se incorporó en el ejército chileno, en calidad de sargento mayor de artillería, y no en el argentino. Al mando de ¡as doce piezas de su batería, ocupaba y protegía, en consecuencia, el aia d e recha del Ejército unido en la fatal formación de Cancha Rayada el 17 de Marzo de 1 8 1 8 , y ocurrió la circunstancia de que en el ataque de las caballerías esa tarde había quemado todos sus cartuchos y no le habían servido repuesto. Sin embargo, en el furioso asalto de aquella noche, tuvo el bizarro jefe la calma y la gloria de salvar intactas sus piezas, mientras que la artillería argentina cayó entera en manos de Ordóñez. En Cancha Rayada hubo un héroe en el c o m bate y dos en la retirada. Aquél fué O'Higgins, que no se apartó del campo sino con un brazo destrozado por las balas. Los últimos fueron Las Heras, que salvó toda el ala derecha del ejército, y Blanco, que salvó el baluarte de esa columna— los cañones. En el imprudente combate de la tarde, Blanco había ejecutado una maniobra salvadora, y éste


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era uno de los pocos episodios de su vida que se complacía en citar con orgullo.—Rechazada la extensa línea de caballería patriota por los escuadrones realistas que conservaron sus posiciones en masa, se arremolinaron en el llano, perdieron su formación y su disciplina y corrieron en d i s persión á retaguardia. Blanco estaba con sus doce piezas volantes en medio del llano, muy cerca de Talca y en su cancha rayada, que era su cancha de carrera, donde más tarde el intendente Concha plantó la actual alameda. En esa posición abierta, el bizarro artillero fué envuelto en el común desorden; pero cuando ya venían cargando con ventaja y arrogancia los españoles, hizo frente á retaguardia, y aunque aislado y solo con sus piezas en la vasta llanura, los contuvo y restableció la serenidad y la confianza en las filas de los patriotas. Durante la marcha de la columna de Cancha Rayada hasta el río Lontué, el comandante Blanco ocupó su cabecera con sus baterías descargadas. El fuego de la tarde y la fuga de los conductores del parque le habían dejado sin un solo tiro. Aun deseándolo, como Carrera en 1 8 1 3 al levantar el sitio de Chillan, no habría podido hacer disparar á sus artilleros una salva real con pólvora para amedrentar al enemigo que le p e r seguía. El comandante Blanco no tuvo un solo tiro en sus armones, y esto realza la habilidad y la sangre fría de su retirada.


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Con su famosa batería volante, como todos saben, hizo otra vez el mayor Blanco prodigios en Maipo, otra vez á la derecha y otra vez á las órdenes inmediatas de Las Heras. Sus disparos por encima de las columnas patriotas, arrolladas por el Burgos en un momento crítico y decisivo, fueron de una maestría tal, que hicieron preguntar á Ordóñez, cuando era un triste prisionero, por el nombre del "oficial europeo" que había manejado aquellos cañones. Ese héroe, así honrado, era Blanco. Por su conducta en ese día memorable, fué ascendido á teniente coronel efectivo una semana después de la batalla—el 14 de Abril de 1 8 1 8 .

XV

Comienza aquí la era de la verdadera gloria del antiguo guardia marina de Cádiz. Vuelve al mar y allí le acompaña una asombrosa fortuna. Todos conocen el maravilloso episodio de la captura de la María Isabel, fragata de 4 4 c a ñ o nes, y del convoy de Cádiz que ese casco de guerra custodiaba. Nombrado Blanco jefe de aquella expedición el 2 3 de Junio, en Diciembre volvía con su presa ya nombrada, cinco barcos


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de! convoy español, y dejando completamente desbaratada la última expedición peninsular contra Chile. En aquella expedición hubo una serie de palabras heroicas y proféticas. Cuando el 9 de O ctubre vio O'Higgins, que regresaba á Santiago con Zenteno, desde el Alto del Puerto, las cuatro naves de Blanco—el San Martin, el Lautaro, la Chacabuco y el Araucano—, dijo á su compañero:—De esas cuatro tablas depende la suerte de América; palabras que con el episodio, están grabadas en la estatua del caudillo. Pero Blanco había tenido una expresión no menos bella:—Es preciso—dijo en un documento público—que la marina chilena señale la época de su nacimiento por la de su gloria. Y así lo cumplió. Privadamente y en uno de esos arranques de su naturaleza briosa y caballeresca, á. tan mala cuenta puesta por el guerrillero Calvo en 1814, y después por Santa Cruz en 1837, el captor de la María Isabel había ofrecido al director la e s pada del jefe de la expedición española. Y esto también lo cumplió, según estas palabras de una carta autógrafa é inédita que del último al primero tenemos á la vista, fechada en la isla de Santa María el 5 de Noviembre de 1 8 1 8 : "Mi venerado general—le decía—: Con mi ayudante de órdenes remito á V. S. el sombrero y la espada que se me dijo ser del comandante de la fra-


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gata María Isabel, felicitándome de haber podido cumplir á V . S . mi palabra." El regreso de Blanco á la capital ha sido contado por uno de sus ayudantes que le acompañaba. Fué una verdadera entrada triuníal de aplausos, de flores y de calorosas felicitaciones. El Gobierno le dio un premio muy subido para su edad. A los veintiocho años le hizo contralmitante (Diciembre 12 de 1818). Pero la s o ciedad santiaguina le ofreció una recompensa mucho más preciada: la mano de la más hermosa de sus hijas, á quien el escritor á que acabamos de referirnos (el general Miller) llama con este motivo "lucero de primera magnitud".

XVI

El prófugo de Montevideo había llegado, en el breve espacio de seis años, a! colmo de la fortuna y de la gloria. Pero aquél debía adquirir un realce de otro género con la llegada de aquel ilustre enganchado que vino á libertar el Pacífico con el nombre de Lord Cochrane. Blanco le entregó la escuadra y consintió en ser su segundo, sin violencia, sin vanagloria, pero tampoco sin humillación. Grande fué la gloria del primero en la borda


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de la Esmeralda. Pero ¿no fué también encumbrado el mérito del marino que le cedió voluntariamente aquel puesto de inmortalidad? Blanco hizo en esas campañas del Pacífico estrictamente su papel de segundo. Cuando C o chrane iba, como el águila, desalado tras de alguna empresa de gloria ó de rapiña, ó de ambas cosas á la vez, Blanco quedaba con los buques de rezago bloqueando las costas enemigas. En una ocasión, por escasez de víveres, abandonó este puesto en la escuadra, y tuvo que pasar por muchas zozobras, hijas del descontento y de la maledicencia. Tenemos delante de nosotros una carta privada al director supremo, escrita en Santiago el 8 de Junio de 1819, en que clama al cielo por la injusticia con que se le acusa.

XVII

Pero, de todos modos, es lo cierto que Blanco no cosechó ninguna gloria en el Pacífico, mientras Lord Cochrane mantuvo su pendón en el mástil de la capitana chilena. Después de su vuelta al Atlántico (Enero de 1822), comienza otra vez su activo rol de jefe, y esta vez al lado de Bolívar y á su servicio. Blanco condujo casi todas las expediciones que de Guayaquil y el


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Callao salieran a! mando de Sucre, Santa Cruz, Alvarado y otros jefes para los puertos intermedios ó para el Alto Perú. De esa'manera contribuyó al desenlace de Ayacucho en 1824. Por esto, en Julio de ese año era nombrado vicealmirante y, al propio tiempo, general en jefe del ejército que Chile se aprontaba á enviar en esa época en auxilio del Libertador. Por esta cuenta, el jefe más prestigioso de nuestra escuadra tenía á la edad de treinta y cuatro años la más alta graduación de la Marina, y la ha conservado ilesa y fiera durante más de medio siglo. ¿No es esto por sí solo una gran gloria?

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Blanco trató íntimamente á Bolívar en esa época. Conservaba de é! con esmero una numerosa correspondencia^ admirando su genio, temía su carácter.— "Por la franqueza que me ha dispensado el Libertador—escribía el jefe de la e s cuadra chilena al director O'Higgins, el 9 de Diciembre de 1822, una semana después de haber regresado de Guayaquil, donde quedaba Bolívar—y las muchas conversaciones que he tenido con él, añadiendo su conducta, de que he sido testigo, me han hecho conocerle; y á mi vuelta á 3


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ésa yo haré á usted el retrato más imparcial de su carácter. Baste sólo decir á usted, como amigo y como chileno, que lo considero un enemigo peligroso de quien es precise guardarse mucho."

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En los intervalos de su vida anfibia de marino y de oficial de tierra—peculiaridad que duplica los méritos del general Blanco para con el país— había tenido también el último ascensos, fortunas y caídas de otro género. Retenido en Santiago después de la salida de la Escuadra y del Ejército Libertador, el 2 0 de Agosto de 1 8 2 0 , en su calidad de comandante general de armas y jefe del Estado Mayor de plaza, en Septiembre de 1 8 2 0 había sido nombrado mariscal de campo del ejército de tierra, y era además presidente y creador de una Sociedad de Amigos del País, que funcionaba en su propia casa, teniendo por socios á los primeros hombres de la independencia. Una de las cosas de más recomendación que hizo esa junta de ciudadanos fué mejorar el servicio asqueroso de ¡os hospitales y costear de su peculio la lúgubre reja que hoy permite todavía á los presos de la cárcel pública hablar con sus deudos desde la calle, como


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si fuera en un locutorio de monjas, y divisar un rincón de la alegre plaza que en un tiempo se llamó de la libertad, teniendo la cárcel en un ángulo y la horca frente á frente...

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Blanco era también senador en esos años, s e gún creemos, y este honor fuéle conferido para su mal; porque habiéndose quejado un día, arrastrado por su ardor y su arrogancia natural, de "la apatía" del Gobierno, llevaron el chisme al d i c tador O'Higgins, y airado éste por la ingratitud y la petulancia del caso, mandó someter al denunciado á prisión y á un consejo de guerra, acusándolo de aspirar al poder supremo. El consejo de guerra tomó á lo serio el cargo y condenó al mariscal de campo al destierro, v o tando en su contra los coroneles Pereira y Thompson, y á su favor el coronel Torres. Pero, obedeciendo O'Higgins á uno de los sanos impulsos de su corazón magnánimo, cuando llegó la noticia de la ocupación de Lima por el Ejército unido, en Julio de 1 8 2 1 , le hizo venir á palacio, y abrazándolo con efusión en medio de los repiques y cohetes, le dijo estas palabras, que ayer nos r e petía todavía, como el eco de una grata absolu-


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ción, el agraciado:—¡Todo queda olvidado entre

nosotros!

XXI

La última campaña que Blanco hizo por la independencia de Chile y de la América fué la segunda y feliz de Chiloé. Mandó en jefe la escuadra, y se cubrió de gloria cuando á la luz del mediodía penetró en la bahía de Ancud, erizada de cañones, guiando él mismo la flota sobre, la toldilla del Aquiles, como Farragut en Mobila. El buque perdió sus palos, derribados por las balas. Pero el valiente marino—hijo de la fortuna—no sacó esta vez, ni en ninguna otra ocasión de guerra, un solo rasguño. En cambio, el general MiHer, que le acompañaba con frecuencia en esos casos, era ya en esa época una verdadera criba de balas.

XXII

Uño de los resultados más evidentes de los merecimientos que contrajo Blanco Encalada en aquella campaña, fué su elección por el Congreso para la primera magistratura de la República


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(Julio de 1 8 2 6 ) . Pero aquel honor no duró demasiado, por la sencilla razón de que Blanco no había sido bautizado en la pila del Sagrario. Dos meses después renunciaba el mando supremo por las hostilidades chilenas y, sobre todo, santiaguiñas, que había encontrado en el mismo Congreso que lo elevó. Una de esas cortapisas—harto curiosa por cierto ó ilustrativa de la é p o c a — había sido que, habiendo pedido el presidente sesenta mil pesos para pagar sueldos insolutos al ejército descontento, el Congreso ordenó que se le pagase vendiendo cuatro mil vacas de engorda que tenían los regulares, expropiados á la sazón, en sus estancias. La tesorería nacional e s taba por esos años en ios potreros, y los sueldos se pagaban con panzas de grasa y chicharrones...

XXIII

Desde la renuncia del general Blanco, en 1 8 2 6 , ocurre un decenio completo de interregno político y militar en su carrera. No tomó parte alguna directa en las tristes disensiones que ensangrentaron la República en 1827 y 1 8 3 0 . Desde su chácara del Conventillo cuidaba de sus cortos intereses y de su familia. Fué entonces cuando él mismo hizo abrir en sus terrenos la avenida que


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hoy se llama Alameda de los Monos, y cuyo rasgo vendió á la municipalidad por un buen precio.

XXIV

El período de actividad que siguió á ese largo interregno fué de fatal augurio para la carrera del hombre ilustre cuya vida bosquejamos con mezquina pero inevitable premura. Después de un lampo de gloria, un abismo: tal es la sinopsis moral del año treinta y siete. Resuelto el Gobierno chileno á enviar al Perú una expedición militar, sin motivos, á nuestro juicio, bastante justificados para tamaña empresa, nombró al vicealmirante Blanco general en jefe de la expedición, movido, sin duda, el ministro Portales del crédito de aquel jefe por sus antiguos servicios y relaciones de familia en el Perú. La empresa encontraba en el país una resistencia sorda, pero tenaz. El Ejército mismo se amotinó, y el ministro de la Guerra—autor exclusivo de aquélla—fué cobardemente asesinado al amanecer de un día de eterno luto para Chile, en las alturas del Barón. El general en jefe se encontraba con su Estado Mayor en Valparaíso cuando estalló el motín en Quillota el 3 de Junio. La resistencia parecía


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imposible, y lo habría sido para todo hombre que no hubiera tenido el pundonor y los bríos de aquel soldado. Blanco resistió, y una descarga hecha á media noche por un puñado de reclutas, junto con la alevosía de! crimen y la ebriedad del vino de una parte de los amotinados, le dio el triunfo.

XXV

Después del crimen del Barón, el país miró con ojos diversos la expedición temeraria. S e apasionó de ella porque creyó ver ia mano del dictador del Perú en la empuñadura de Sa espada ensangrentada de Florín. El general Blanco se hizo, después de Portases ya difunto, e! hombre más conspicuo de Chile; y si hubiera vuelto victorioso dei Perú, ios chilenos le habrían perdonado su bautizo en la pila de la Compañía de Jesús en Buenos Aires. Mas no sucedió así. La expedición se hizo á ía vela para Arica, en combinación con los emigrados peruanos Castilla, Vivanco, Lafuente, Torrico y especialmente con el corone! López, que era prefecto de Tacna. Pero éste faltó á sus compromisos, y con esto solo la expedición fracasó, porque le faltó ia base


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de sus operaciones, que era Moquegua, esto es> ei flanco del ejército de Santa Cruz. Engañado, ai contrario, el general chileno, internóse hacia Arequipa, interponiendo entre la costa, que era su centro único de recursos, inmensos arenales. Desde este momento el ejército chileno estaba perdido, completamente perdido, porque Santa Cruz, haciendo un movimiento de concentración general desde sus alas, rodeó aquel puñado de valientes con seis mil de sus mejores tropas. Si el Protector de la Confederación perú-boliviana no hubiera estado desde el principio, desde Socabaya (1834), á todo trance por la paz con Chile, como Portales había estado, desde Socabaya también, por la guerra á todo trance con Santa Cruz, el ejército chileno habría perecido entero de hambre, de miseria y de fiebre en aquel asedio de bayonetas y de arenas. Mas el general Blanco, que en esas ocasiones sabía encontrar el camino de las grandes resoluciones, hizo prodigios, no por vencer, pues eso era imposible, sino por batirse y sucumbir con gloria. A todas sus salidas del cuartel general, los ágiles regimientos bolivianos contestaban replegándose sobre las crestas corno gamos, sin disparar un solo tiro. Era esta su consigna de guerra, porque era consigna de paz. Ocurrió también el general Blanco, en su desesperación, á un recurso que ya no era de este


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siglo. Envió un cartel de desafío al general Cerdeña, que mandaba las tropas bolivianas, para pelear en la pampa de Arequipa, dándoles la ventaja del número, de la posición y del viento. Todo era en vano: el ejército chileno se moría diezmado por la cólera del alma y por el clima. Al fin fué preciso tratar, y los pactos de Paucarpata, que fueron para el Ejército una salvación casi milagrosa, tuvieron en Chile un eco funesto bajo el punto de vista político. El país se levantó en masa, y el general Blanco, como aplastado por su peso, dimitió el mando ante un consejo de guerra, el 31 de Diciembre, esto es, en el último día de aquel año nefasto para su fortuna, pero no para su fama ni para su gloria.

XXVI

S e sucede á esta desventura una nueva tregua que dura diez años justos, pues todos esos largos períodos de tiempo y de sucesos caben en esta vida tan dilatada, tan variada y tan activa. Durante esa prolongada tregua del servicio público, el general Blanco visitó con su familia la Europa (1844), después de más de treinta años de ausencia. El 21 de Febrero de ese año había obtenido cédula de retiro temporal, según


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un apunte apresurado que nos ha sido enviado del ministerio de la Guerra.

XXVII

El general Blanco regresó de Europa en 1846, empapado en todos los progresos de la moda, de la edilidad y de la cultura social en cuyos centros había vivido. Aunque irisaba ya en los sesenta años, tenía la actividad de un soldado y la gracia y desenvoltura de un joven de salón. El ministro del Interior, Vial, tuvo por esto la feliz inspiración de aprovechar todas esas condiciones de trabajo y progreso para la mejora del puerto principal de la República; y sin mira p o lítica de ningún género, nombró al vicealmirante del Pacífico intendente de Valparaíso el 25 de Junio de 1847.

XXVIII

El general chileno, ya más parisiense que argentino en esa época, estaba en su elemento. Quería hacer de Valparaíso un pequeño París, y para esto se asoció al vecindario, haciendo


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causa común con él. Fué el primer magistrado local que introdujo en Chile tan feliz innovación, y gracias á ella realizó prodigios, sin multas. Canalizó el estero del Barón en toda su longitud, evitando sus frecuentes inundaciones; niveló y pavimentó las calles de la Victoria y de la Independencia, y abrió la que lleva hoy su nombre, trabajando al frente de los peones y á la puerta de los vecinos; edificó la cárcel; inauguró el hospicio; hizo los primeros contratos sobre gas y agua potable, y, por último, puso él mismo, el 1.° de Octubre de 1852, la primera piedra del ferrocarril de Santiago á Valparaíso.

XXIX Pero el ilustre general Blanco, más ilustre por esto que por sus glorias de mar y de tierra, hizo algo que no habían hecho todavía en nuestro país—el más triste y el último del mundo en ese género de pruebas—ni sus más afamados caudillos y mandatarios políticos. En 1849 perdió una elección popular contra el pueblo, no obstante su inmenso y justo prestigio en las masas y en todas las clases. El Gobierno había impuesto la candidatura oficial de un hombre opulento, pero sin prestigio— el comerciante Ramos.


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El pueblo proclamó, por su parte, la candidatura libre de un hombre ilustre, muerto demasiado temprano para la estimación de sus conciudadanos: la de D . Manuel A . Tocornal. La lucha fué terrible, pero leal. El que esto escribe asistió como .espectador á esa lucha, y sintió en el albor de la vida y de la fe política el legítimo orgullo de las libertades públicas de su patria, porque el pueblo triunfó en todas las mesas. El general Blanco, vestido de uniforme y montado en un magnífico caballo negro, que le había sido enviado de la hacienda de la "Compañía" para aquella batalla de la paz y del derecho, recorría todas las secciones y era recibido con las aclamaciones de ambos partidos. El Gobierno quedó vencido, pero sólo en apariencias, porque las elecciones de Valparaíso regocijaron el corazón de todos los hombres de patriotismo y de honradez, y esa emoción era un escudo para aquella administración. El intendente derrotado no fué tampoco destituido, ni se enfermó de mal alguno.

XXX

Al contrario, en la crisis terrible que se veía venir, aquel hombre era una ancla de salvación en medio del naufragio casi universal de la auto-


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ridad. En dos ocasiones tiró por esto su vida á la calle por defender ese principio. Uno de esos lances es conocido de todos: cuando el 28 de Octubre de 1851 atacó en persona la trinchera que el pueblo sublevado había levantado en la plaza municipal. El otro es mucho menos c o n o cido, y merece un pasajero recuerdo.

XXX!

Todo Valparaíso estaba reunido en un banquete con motivo de la inauguración de los p r i meros trabajos del ferrocarril. El intendente Blanco presidía. De repente, en medio del festín, viene un ayudante, pálido y deshecho, á decirle al oído que acaba de estallar una revolución en el cuartel de artillería, y que el plan de los conjurados, cuya cabeza fué un sargento Oyarce, de terrible reputación por su arrojo temerario, era pasar á c u chillo á todos aquellos altos y alegres convidados. Si nuestra memoria no nos engaña, el p r e sidente de la República y todos sus ministros estaban presentes. Sin inmutarse ni llamar de otra manera la atención, el general se pone de pie y pide la palabra. Un silencio profundo reina en sala, y el va -


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leroso capitán pronuncia un entusiasta brindis al progreso, á la paz, á la civilización y á la gloria de Chile. La alegría invade el recinto con los aplausos y los hurras, y él se escabulle en silencio para tomar medidas. El denuncio era cierto, el plan terrible; pero había exageración en los medios atribuidos á su ejecución. Sin embargo, Oyarce, su hijo y dos soldados más pagaron á los pocos días con la vida su loco intento, muriendo el primero con estupendo valor sobre el banco.

XXXII

Sofocada la formidable revolución de 1852, el general Blanco fué nombrado ministro de Chile en Francia el 27 de Enero de 1853, como un premio apetecido de sus servicios, y en este período de descanso visitó por la cuarta y última vez la Europa, regresando á Chile en Junio de 1 8 5 8 .

XXXIII

Después de su vuelta "á morir en el hogar", ocupó el almirante Blanco varios puestos hono-


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ríñeos, siendo eí más conspicuo el de senador, cuyo asiento abandonó voluntariamente por la enfermedad que le afligía y no le permitía tomar parte en los debates. Pero si su curul era su puesto legítimo de patriota y de viejo servidor de la República, el juvenil almirante prefería sentarse y presidir las asambleas populares, donde, desde su primera aparición, era siempre aclamado. Asi dirigió con vigor, con energía, con elocuencia, la Sociedad de la Unión Americana, que hizo nacer la invasión del Pacífico por la flota española en 1 8 6 4 . — " T e n g o setenta y cinco años, señores—dijo en esa ocasión el ilustre anciano—; pero estoy dispuesto á sacrificar los pocos días de gracia que me reserva el Cielo antes que ver empañada la estrella de Chile en ese mar que sus heroicos hijos conquistaron. N o , señores. Los chilenos no pueden someterse al baldón de presentarse á los invasores de España con su sombrero en la mano para pedirles el permiso de hacer hinchar sus velas y flotar su g l o riosa bandera en esas aguas, que son de todo el universo, pero cuya custodia pertenece no al e x tranjero, sino á Chile." Una inmensa salva de aplausos coronó las f o gosas palabras de! captor de la María Isabel.


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XXXIV

Desde esa época, la vida pública parecía cerrar sus puertas al ya viejo soldado. Edificó en Santiago una suntuosa casa para el reposo de sus fatigados días; dio un impulso considerable á sus negocios de campo comprando la hacienda y baños de Apoquindo, y hasta cuidó de su última morada haciendo venir un mausoleo para cubrir las cenizas de aquellos de sus hijos que le habían precedido y las suyas propias. No obstante estos aprestos, que revelaban ya que la hora de la queda había sonado, al caer la noche, para aquella existencia tan activa, combatida y agitada, hemos visto que los graves su cesos internacionales de 1865 y la parodia moral que se llamó Guerra de España, hicieron abandonar su buscado sosiego al venerable anciano, no sin que el último acto de su carrera militar dejara de ser enérgica protesta contra la llaga de las intrigas que devora en ocasiones, y aun por ¡argos períodos, la mejor parte del carácter n a cional, como si los pueblos estuviesen sujetos á las mismas epidemias que el cuerpo humano: el tifus, la sarna, la lepra y la escarlatina.


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XXXV

El Sr. Blanco continuó llevando una existencia apacible entre los suyos y entre algunos amigos escogidos, asociándose á todo lo que era significación de progreso, de bienestar y de nombradía para Chile. De cuando en cuando reunía á su mesa algunos de los círculos distinguidos de la capital, ó á los miembros culminantes de diversos círculos. La casa del general Blanco era ya un terreno neutral para todos los hombres que respetaban el honor y veneraban las canas de una existencia que había pasado á ser un monumento.

XXXVI

Hasta hace pocos meses la salud del ilustre anciano no se resentía de una manera seria, y era al contrario, un motivo de admiración universal su robustez, su agilidad, hasta su donaire. Desde hacia poco más de un año le molestaba una enfermedad en la vejiga, pero sólo se cuidaba este mal para preparar un último viaje á Europa, f

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cuando desde pocas semanas sus fuerzas comenzaron á decaer visiblemente. No alarmaba esto todavía ni á su familia ni á sus amigos; pero en la tarde del domingo último, 3 de Septiembre, apareció un vómito de color obscuro, que fué declarado por los médicos signo de una próxima descomposición. £1 ilustre paciente luchaba, sin embargo, con redoblada energía contra el peligro ya invencible. Durante todo el día lunes pasó en ¡o que podría llamarse una enérgica agonía, disputando palmo á palmo sus entrañas á la muerte. Su cabeza se mantenía en el más perfecto equilibrio, presidiendo él mismo á todos los detalles de su curación. Su voz era entera, y los que le oíamos uno ó dos aposentos de por medio asistimos á sus últimos diálogos con la vida, cual si estuviéramos ai borde de su lecho. Cuando le administraron en la noche del lunes 4 los últimos sacramentos no dejó de seguir con los ojos tranquilos, pero atentos, los movimientos del sacerdote; y como su profunda sordera no le permitiera oir, preguntó á los circunstantes si lo estaban auxiliando "en latín ó en castellano".

XXXVII A las once de la mañana del 5 de Octubre, después de una noche de terrible insomnio y


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desasosiego, luchaba todavía vigorosamente el animoso anciano con su ya visible y cadavérica disolución. A esa hora pidió que lo vistieran. Sus solícitos guardianes, que eran alternativamente y á la vez todos sus amantes hijos, opusieron una natural resistencia; pero el moribundo porfió, y á la una le colocaron en medio de su dormitorio en una poltrona azul, que era su asiento favorito. Allí siguió agonizando, pero no como quien busca la muerte, sino como quien acaricia el sueño. A las dos, alguien habló del frío que ha reinado hoy en la atmósfera, y el anciano agonizante, pero no vencido, miró el reloj de la chimenea, distinguió claramente la hora y dijo:—A las dos de la tarde no hay nunca frío, y luego agregó de una manera casi imperceptible esta expresión:

—/ Vamos! Estas fueron sus últimas palabras, y en seguida reclinó la cabeza sobre el pecho con tal suavidad, que nadie le vio morir, y aun después de muchos minutos dudaban de que aquel sueño fuera eterno. Su rostro hermoso y dulce no tenia sobre la almohada otra deformidad que la demacración de una excesiva flacura. El general Blanco murió como cristiano y como soldado. Murió vestido, casi de pie, conversando con los suyos, y así dejó cumplida la palabra que había empeñado á una de las mujeres quemas había amado; porque no murió como viejo, sino


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como se extinguen las naturalezas más robustas y los corazones más enhiestos.

XXXVIII Hemos concluido nuestra tarea, y no abrimos aquí juicio sobre esta ilustre vida, porque eso queda para más allá de la tumba, y la tumba no ha sido abierta todavía. Lo que sí se puede presumir y anticipar es que los chilenos todos, y sin nombres de bandos, habrán comprendido el significado de la inmensa pérdida que en esta hora experimenta la República. El viento de la muerte ha venido apagando durante medio siglo, ya cabal, una á una todas las antorchas que dejó encendidas la revolución. Quedaba una sola, y ésta, por lo mismo que se habían desvanecido en su derredor todos los e s plendores antiguos, alumbraba solitaria, alta, majestuosa, única en el fondo de ese pasado que ya es ceniza, y en el dintel de esta hora que es de hondo menoscabo y de triste duda. Con el general Blanco se acaba una grande edad. ¿ Y dónde y con quiénes comienza la otra que debe reemplazarla? Esto es lo que esa muerte significa, y eso es lo que irá el pueblo en masa á interrogar al borde de esa tumba, en pocas horas.


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En ese sentimiento público tenemos plena fe, y sabemos que el pueblo de Santiago no necesita ni esquela ni aviso para honrar el último tránsito del último de sus héroes. Digna y noble inspiración sería también la de que se levantase á esa altura la voluntad del G o bierno, del Congreso, del Ejército, de la Guardia nacional, de los colegios y escuelas de la República,—semillero de ciudadanos; la legión de bombas,—semillero de héroes; la voluntad, en fin, de todas las instituciones que nos honran, y concurriera, cada cual en su esfera, á conmemorar esta especie de centenario moral en que la gratitud trae anticipada la posteridad.

XXXIX

Que se forme así en esta ciudad, eternamente aletargada por el narcótico de su opulencia, la "última parada de la Independencia", y que en presencia de esa doble fila del pueblo en armas y del pueblo en labor, tendida desde el atrio de la Catedral al atrio del Cementerio, desfile con los honores de una ovación antigua ese féretro glorioso y bendito; que la juventud lo lleve sobre sus hombros, como la juventud de 1 8 4 4 llevó los restos de Infante; que los viejos soldados, sus


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camaradas y sus subalternos, formen en rededor de los trofeos militares su última guardia de honor, marchando en pos Arteaga, Godoy, Jofré, Jarpa, Zapiola, todos las inválidos, que ya no son tales, sino reliquias; que la bandera de la María Isabel, que colgó durante medio siglo de la nave de la Catedral, sea el sudario de ese ataúd que guarda el eco de tantas victorias, y que el pendón de la Covadonga, que el libertador del Pacífico paseara ayer ufano por nuestras calles, sea el guión que preceda á su cortejo. Todo eso es suyo y debe acompañarle á la fosa, como antes iban en pos del amo los libertos y los esclavos agradecidos; que el cañón del duelo público se haga oir en la colina, y que las banderas de nuestra joven marina, arrancadas á los masteleros de los blindados, den sombra á la tumba de su fundador; y todo esto mientras llega la hora del bronce, qué no ha de tardar, y la hora de la justicia pública, que puede ser inspiración de hoy, cambiando en la popa de una nave el nombre de una ciudad por el de un héroe, héroe que esa ciudad ama agradecida. Y así se pasearían otra vez por los mares, como dos sombras invencibles, esos dos gigantes que recuerdan é inmortalizan una gloria gemela:— Cochrane y

Blanco Encalada. Y así, pero sólo así, habremos celebrado de una manera digna este centenario vivo, que no ha medido, es cierto, en el calendario del tiem-


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po el tardo paso de los años, pero que lo consagra ese ataúd lleno de cenizas de gloria, tibias todavía, y en las cuales no se ha apagado aún la última chispa de la inmortalidad.

XL

Al día siguiente de publicada la presente, breve y apresurada biografía, escrita, empero, á la luz de un solo lampo de verdad y de sincera y calorosa admiración, apareció el siguiente decreto que le daba una sanción pública:

<Santiago,

Septiembre

6 de

1876.

Habiendo fallecido el día de ayer el esclarecido general de división de la República

D . Manuel

Blanco

Q u e el indicado general prestó á la Nación

señala-

Encalada, y Considerando:

dos y distinguidos servicios en la época de nuestra emancipación política; Q u e es un deber del Gobierno de la República honrar su memoria y hacer una pública manifestación del sentimiento que por su pérdida experimenta la sociedad chilena,


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5&

H e acordado y decreto: 1."

Las honras fúnebres, que deben

celebrarse el

día de mañana, serán costeadas con fondos del erario nacional; 1°

Los individuos del Ejército

y de la Marina de

guerra vestirán luto por el término de ocho días; 3.°

L a Comandancia general de armas de esta ca-

pital dictará las órdenes

convenientes para que t e n -

gan lugar los honores militares que dispone el tulo L X X X I I

de la Ordenanza

General del

tí-

Ejército.

Tómese razón, comuniqúese y publíquese. ERRÁZURIZ.

Ignacio Zenteno.*

Esa había sido la palabra del Gobierno á nombre de la Nación chilena, en la víspera de la última jornada. En la mañana del 7 de Septiembre, en que los restos del héroe y del padre de la patria fueron depositados para su postrer descanso, la Nación entera le acompañaba al borde de la fosa, con los ojos henchidos en lágrimas y agitado su pecho por las emociones de un amor y de una gratitud inmortales como la gloria. BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA.


BREVES APUNTES PARA

ESCRIBIR

LA

BIOGRAFÍA

DEL

ALMIRANTE

D. MANUEL BLANCO ENCALADA

( , )

D. Manuel Blanco Encalada nació en Buenos Aires el 21 de Abril de 1790. Fué su padre el oidor Blanco Cicerón, que lo fué de Chile y La Paz y murió en Diciembre de ese mismo año, (1)

Estos apuntes están escritos de puño y letra del s e -

ñor Vicuña Mackenna en un libro copiador de c o r r e s p o n dencia, que forma el volumen 1 7 4 de su Archivo. A

conti-

nuación de ellos viene la siguiente carta del Sr. Vicuña al almirante Blanco: "Señor general D. Manuel Blanco Encalada. Mi distinguido general y amigo: Anoche, después de la preciosa conversación que tuve con usted, me ocupé un ratito en redactar estos ligerísimos apuntes, que le incluyo, con el objeto de escribir la interesante vida que dije á usted iba á poner en la Historia Valparaíso,

de

como la del hombre público que había hecho

más bien á aquel gran pueblo. Mas, como es posible haya cometido algunos errores y


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quedando D. Manuel de siete meses. Su madre, doña Mercedes Encalada, hermana del conde de Villa Palma. La casa en que nació fué después el café de Marcos, calle de la Compañía, esquina de la iglesia, y pasó su niñez en la casa de la esquina de la plaza de la Victoria, aneja al sitio que se llamaba el "Corral de las Animas". Asistió á la escuela de Arjerín. A la edad de doce años, en 1 8 0 3 , lo llevó á España el regente Mata Linares, que iba de consejero de Indias, para confiarlo á su tío D. M a nuel Encalada, conde de Villa Palma. S e embarcó en la corbeta de guerra Infante Don Francisco de Paula, capitán D. Juan Donesteves, y llegó á la Coruña. S e alojó en casa del jefe del apostadero, Bustamante, jefe de las cuatro fragatas apresadas por los ingleses en 1 8 0 4 . S e educó en el Seminario de Nobles, de M a drid, con el ilustre Saavedra. El 6 de Diciembre de 1 8 0 6 salió del Seminaprincipalmente omisiones, le ruego pase su vista por ellos y con un lápiz me marque al margen todo lo que yo haya equivocado ú omitido. Dejo con este objeto un ancho margen en el papel. También agradecería infinito á usted me facilitase por un rato todos sus papeles, despachos, notas públicas para precisar los hechos y apuntar con exactitud las fechas. Rogando á usted excuse en vista de un interés nacional (pues tal es el de su persona), tengo el honor de suscribirme, su afmo. amigo."


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río y pasó á la Marina como guardia marina; pero por haberse demorado las asistencias que p r o porcionó el conde del Maule, sólo entró en servicio en Julio de 1807. La primera acción de guerra en que se encontró fué en la Carraca, al mando de un mortero. En el bloqueo de Cádiz por los franceses mandaba una barca cañonera bajo las órdenes de un teniente. La barca se llamaba la Carmen y asistía á la puerta de Sevilla. El teniente rara vez salía á los cruceros, servicio que él hacía diariamente. A fines de 1807 vino á Buenos Aires á bordo de la fragata Flora, capitán D. Fermín de Ezterripa, fragata muy velera. En Buenos Aires recibió los despachos de alférez de fragata por el ascenso que se dio á los defensores de Cádiz y de allí pasó á Chile, adonde llegó en Abril de 1 8 0 8 por la Cordillera. Su destino era el Callao. Estuvo en Chile hasta Mayo de 1 8 0 8 , en cuya época, corriendo á caballo con su primo Ambrosio Zerdán, hijo del oidor de este nombre, se mató aquél. En Valparaíso, que era muy miserable entonces, se embarcó en la Piedad, buque de uno de sus primos Fuentes-González, de Lima. Quedó en Valparaíso la Astrea, buque de s i tuado que mandaba D... Toledo, y era segundo


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Eugenio Cortés, educado con Sarratea en el Seminario de Nobles, de Vergara. Estuvo en el Callao hasta 1 8 1 1 , bajo las órdenes del comandante de Marina D. Joaquín Molina, su primo, hasta que, habiéndose sabido en Lima que el Gobierno patrio lo había hecho capitán de artillería, lo mandó Abascal á Cádiz. Se embarcó en el buque..., capitán... A poco de haber llegado, á influjos del regente Villavicencio, obtuvo que lo embarcasen en la fragata Paloma, que venía á reforzar á Montevideo, amenazado por los patriotas de Buenos Aires. Rotas las hostilidades, el comandante de la Marina D... Sierra le ordenó que fuese á atacar las balizas de Buenos Aires, primero en la Paloma y después en la Casilda; pero él se disculpó con sus relaciones de familia, aunque en realidad era por sus ideas. Por este motivo resolvieron mandarlo á España; pero él resolvió fugarse, y lo comunicó á don Eugenio Cortés, que también había sido enviado á España por Abascal, pero se había quedado en Río Janeiro. Salió de Montevideo protegido por doña Margarita Viana y la Pepita Uribe, vestido de guardia marina y con una camisa en el bolsillo. Al salir afuera le encontró un hijo del virrey Sobremonte, que le dijo ya iban á cerrar el portón. Tenía caballo y un magnífico guía.


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Con éste anduvo 8 0 leguas, ocultándose de día en los bosques, y pasó tres ríos á nado, basta que llegó á la capilla de Mercedes, donde estaba el ejército de Buenos Aires con Rondeau, Sarratea, Viana y Soler. Con este último pasó á Santa Fe, y de allí á Buenos Aires. D. Jorge Cood le trajo á Buenos Aires su equipaje. En Febrero de 1 8 1 3 salió para Chile con su tío y un francés que ha escrito un libro curioso de viajes. Llegó á Santiago, chácara de Sánchez, donde á los tres días llegó la noticia del desembarco de Pareja, el 31 de Marzo de 1813. Inmediatamente tomó servicio, y en Marzo de 1 8 1 4 salió de comandante de la división de reclutas, que fué batida en Talca. En Octubre fué hecho prisionero en los A n des, y amenazado de ser fusilado por desertor. Estuvo en Juan Fernández hasta Marzo de 1817. En Cancha Rayada se cubrió de gloria, salvando la artillería de Chile y batiendo en seguida en Maipo á los españoles. En 1 8 1 8 libertó el Pacífico, capturando la María Isabel y organizando la escuadra. En esa época vivía en la casa de Price y amarraba su bote en la que es hoy el centro de la calle de la Aduana. En 1 8 2 1 organizó en su casa la Sociedad de


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Amigos del País con D . Manuel Salas, D. Francisco Pérez y otros. Allí se costeó la reja de la cárcel para el alivio de los presos, y costó 7 0 0 pesos; se mejoró también el servicio del Hospital Militar siendo comandante de armas. Por haber hablado un día en el Senado contra la apatía de! Gobierno, un senador y un oficial de artillería llevaron un chisme á O'Higgins, y éste lo mandó encausar. Votaron en contra de él Calderón y Pereira; en favor, Torres y... Lo condenaron á destierro, pero O'Higgins no quiso confirmarlo, y el día de la toma de Lima lo mandó buscar con Zenteno y le dio un abrazo en el patio. En la noche hubo baile. Sirvió después en las campañas del Perú al lado de Bolívar, y en la de Chiloé con Freiré. Desde el 8 de Julio al 10 de Septiembre de 1826 fué presidente de la República. En 1827, á pesar de un pequeño agravio que le hizo Pinto el mismo día que á Freiré (que fué á contárselo al Conventillo), y por lo que hizo su renuncia cuando la revolución de Urriola le aconsejó que se quedase, contra la opinión de don Carlos Rodríguez, que le decía fuese á reunirse con Borgoño á la Calera. Pinto, de pie, con la espalda á la chimenea, se mantenía indeciso; pero habiendo entrado Ruiz Tagle, salió precipitadamente. Pero por los pantanos se volvió á su casa,


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plazuela de Gallos, á las seis de la mañana. Allí fué Blanco á reiterar sus consejos de acuerdo con su hermano D. Ventura. Pinto se vino al Palacio con mucha gente y ese día salvó á la república. En la revolución de 1829, aunque creía que la Constitución había sido violada por el Gobierno, no estaba por la revolución. Llevado por Viel al campamento de la chácara de la Merced, dijo á los jefes que él tomaría el mando, pero que se propusiese á Prieto no pasar el Maipo y someterse al arbitraje del Congreso de Plenipotenciarios. Pero resolvieron aguardar la contestación de Prieto, y, en el ínterin, nombraron á Lastra. Después de Ochagavía, Freiré lo llamó á la casa de Borgoño, calle de las Claras, para que se fuese á tomar el mando de las fuerzas de A c o n cagua. Le aconsejó que saliera de su escondite y se dirigiera al Sur; pero se dirigió á Coquimbo. Habiendo dicho en casa de Mendiburu que todo podía arreglarse si Prieto y Freiré convenían en no aceptar el poder, Prieto le escribió en este sentido y Blanco escribió á Freiré, pero ya éste se había ido á Coquimbo. En 1837 fué al mando de la primera expedición del Perú después del triunfo del Barón y ajustó el tratado ventajoso, pero inevitable, de Paucarpata. Hubo intrigas en el consejo de guerra que lo


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juzgó, como lo supo después por Thompson y Frutos. En 1840 se fué á Europa y volvió en 1846. En 1847, Vial lo nombró intendente de V a l paraíso y, sin recursos, hizo milagros, niveló la ciudad y la empedró, hizo veredas y plantaciones, abrió la calle de Blanco y fabricó la cárcel; fundó el hospicio. Dio libertad en las elecciones del 49 y triunfó el candidato de oposición. En 1 8 5 1 , contra su voluntad volvió á tomar la intendencia que ya había dejado y sofocó la revolución del 28 de O c tubre, con un valor magnánimo. No tuvo participación en los fletamentos de presos, como el de Ugarte y otros, porque éstos se hacían directamente desde Santiago. En 1853 fué enviado á Europa y ajustó un concordato en Roma. En 1 8 5 8 volvió á Chile y se separó de la p o lítica en la cuestión de amnistía. En 1 8 5 6 tomó de nuevo el mando de la escuadra. En 1868 fué al Perú á traer los restos del g e neral O'Higgins. A la edad de cerca de ochenta años vive todavía lleno de juventud, amor al progreso, entusiasmo por todo lo que es grande, y tan lleno de vida, que hace un viaje diario á su nueva hacienda de A p o quindo, que se ocupa de convertir en un vergel. B. VICUÑA Santiago, A g o s t o 2 0 de 1869.

MACKENNA.


DON MANUEL BLANCO

ENCALADA

Nació de padres ilustres, en la capital de Buenos Aires, el año de 1790. A la edad de once años resolvió su madre, ya viuda, enviarle á Europa con el objeto de proporcionarle educación y carrera: cosas ambas que era difícil conseguir en América en aquel tiempo y cuya persuasión pudo solamente triunfar del amor maternal en la separación de un hijo tierno y á tan gran distancia. No será fuera de propósito indicar aquí que éste era uno de los infinitos males á que condenaba á los americanos la tiranía intelectual y política ejercida por la metrópoli respecto de sus colonias. A p o c o tiempo de la llegada del joven Blanco á Madrid, consiguió la gracia de alumno del Real Seminario de Nobles, establecimiento que era por entonces reputado por el mejor de su clase en España. Siguió sus estudios con aprovechamiento, captándose el afecto y distinción de sus s


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maestros, entre los que tuvo la fortuna de contar á ¡os ilustres profesores de matemáticas y astronomía Vallejo y Antillón. Habiendo obtenido en 1806 carta orden de guardia marina, pasó á la isla de León, en cuya academia, á causa de su aplicación y estudios anteriores, logró permanecer pocos meses, al cabo de ios cuales fué examinado y declarado apto para embarcarse. Había á la sazón estallado el alzamiento y declaración de guerra de las provincias españolas contra la Francia, y Blanco fué destinado al servicio de las lanchas cañoneras que contribuyeron á la rendición de la escuadra francesa surta en !a bahía de Cádiz. Este primer paso de su carrera militar le valió la estimación de sus jefes y el grado de alférez de fragata. En 1808 fué embarcado en la fragata de guerra Flora con destino al Callao, y se le nombró ayudante del comandante general de aquel apostadero, que iba á su bordo. La escala que hizo este buque en Buenos Aires le proporcionó la satisfacción de abrazar á su respetable madre, á quien muy en breve tuvo que abandonar, prosiguiendo á su destino. Hallábase en él cuando ocurrió en Buenos Aires y Chile el derrocamiento de la autoridad española y la instalación de un gobierno patrio, bien que regido por los mismos sentimientos de adhesión á la causa del monarca y de la España. Invadida ésta hasta en sus provincias meridio-


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nales, prófuga la famosa Junta Central y disuelta y perseguida en su último asilo, no quedaba á los americanos otro recurso que el de proveer por sí mismos á su régimen y seguridad. Esta conducta, aunque justa y mesurada, excitó la suspicacia de los mandatarios españoles, y el virrey Abascal, desconfiando de Blanco por sus relaciones de familia en los dos puntos revolucionados, le envió bajo especiosos pretextos á Cádiz, en donde halló instalado un pretendido gobierno nacional y unas llamadas cortes extraordinarias de la nación. Blanco fué empleado en el servicio de las lanchas cañoneras contra las fuerzas francesas que sitiaban la plaza. En 1812 se le reembarcó (no sin inconvenientes) en la corbeta Paloma, que hizo vela para Montevideo, amagado á la sazón por las fuerzas de Buenos Aires. Los españoles intentaron el bloqueo de este último, y los jefes de Blanco tuvieron la barbarie de querer obligarle á hostilizar un pueblo que era el de su nacimiento y residencia de su familia. Hizo presente estos fundados motivos, y pidió que se le concediese su dimisión ó su vuelta á España, si bien no podía dársele un servicio pasivo. Nada consiguió. Al aspecto de esta obligación inaudita que se le quería imponer, excitóse en su pecho el sentimiento de la indignación, é impulsado de éste y del ardiente amor de la patria, formó la resolución de fugarse, como lo hizo, rompiendo


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por todos los obstáculos que le ofrecía una travesía de 8 0 leguas de un país para él desconocido y sembrado de peligros, á cuya distancia aun se hallaba el ejército de Buenos Aires que debía sitiar á Montevideo. Logró al cabo incorporarse á sus compatriotas, y pasó luego á presentarse al Gobierno de aquella capital, de quien recibió honrosos testimonios de aprecio. Le brindó con diferentes destinos; pero la circunstancia de su familia y los intereses que ésta poseía en Chile, de donde era nativa, exigieron su traslación á aquel país, en donde á su llegada en 1 8 1 3 se le concedió el empleo de capitán de artillería, y poco después el de teniente coronel. Aquí principió una nueva época para Blanco, que le ofreció un vasto campo al desarrollo de su patriotismo, virtudes y talentos. Acababa Chile de ser invadido por las armas españolas al mando del general Pareja, á quien luego sucedió Gainza. Su vanguardia habiendo avanzado hasta Talca, resolvió el Gobierno encargar á Blanco del mando de una división compuesta de 7 0 0 hombres, gente toda ella bisoña y de que muy poco debía esperarse, con el objeto de desalojar de aquel punto á un enemigo más numeroso y experimentado. Blanco tomó el mando con el desplacer que debía inspirarle esta consideración; pero creyó que no era de su honor el hacer reflexiones en tales circunstancias. El resultado fué cual era de esperarse: la división


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patriota fué rota y dispersa, y Blanco, en medio de los esfuerzos que hizo, no consiguió retirarse en orden, sino con unos pocos artilleros hasta la capital. Pidió allí que se le juzgase en consejo de guerra, tanto porque así lo exigía su delicadeza, cuanto porque este era el único medio de imponer silencio á la maledicencia. Algunas ventajas obtenidas por la división del general O'Higgins trajeron al fin un tratado entre éste y Gainza, en que se estipuló la evacuación del territorio de Chile por las tropas españolas. El virrey del Perú se negó á su ratificación, y envió al general Ossorio para relevar á Gainza del mando, reforzando al mismo tiempo aquéllas con el regimiento de Talavera. La victoria conseguida por los enemigos en Rancagua, en que los patriotas fueron completamente derrotados, volvió á poner á Chile bajo el yugo de sus antiguos dominadores. Los jefes y oficiales de unas fuerzas poco antes respetables, inutilizadas por su propia disensión, fugaban dispersos buscando un asilo de la otra parte de los Andes, confundidos con una multitud de familias comprometidas. Blanco fué del número de los que emigraban; pero tuvo la desgracia de ser alcanzado por una de las partidas de caballería que se puso en persecución de los fugitivos, preso y conducido con grillos á la plaza de Valparaíso. Formáronle causa como desertor de las banderas reales y fué juzgado en consejo de guerra, de cuyo fallo fatal escapó á


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influjo de los generosos oficios que en su favor interpusieron los oficiales Butrón y Villalba, antiguos compañeros suyos, logrando que se le conmutase la pena de muerte en la de destierro por cinco años á la isla de Juan Fernández, á la que fué conducido en Noviembre de 1814. Permaneció en esta terrible soledad dos años y nueve meses, al cabo de los cuales volvió á la libertad y al seno de la patria, de resultas del brillante y decisivo triunfo conseguido sobre el ejército español por el general San Martín el 12 de Febrero de 1817 en Chacabuco. De vuelta de su destierro, se le confirmó nuevamente en su empleo y se le dio el cargo de organizar un escuadrón de artillería volante, cosa hasta entonces desconocida en Chile. Su contracción y conocimientos en la materia le proporcionaron muy pronto la satisfacción de formar este cuerpo, que excitó por su porte, instrucción y disciplina la admiración del general en jefe y de todos los inteligentes. Una segunda expedición enviada por el virrey del Perú, al mando del mismo general Ossorio, volvió á invadir á Chile, compuesta de excelentes tropas, entre las que se distinguían veteranos de las campañas de la Península. El general San Martín marchó contra su antagonista con un ejército florido y numeroso, cuyo entusiasmo era presagio seguro de victoria. El comandante Blanco marchaba con su escuadrón en la vanguardia,


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cuyo jefe tuvo la torpeza de pretender empeñar un ataque de toda su caballería, desplegada en una sola línea, contra el enemigo que cubría el pueblo de Talca. Acometida por la de éste, volvió desordenadamente la espalda, atropellando su propia artillería que tenía á retaguardia. Quedó el comandante Blanco abandonado en medio de aquella espantosa confusión: la caballería enemiga avanzaba á galope y se hallaba ya á medio tiro de fusil de sus piezas. En tal conflicto, impelido por un movimiento que puede llamarse h e roico, manda repentinamente hacer alto y romper un vivísimo fuego, que no sólo contuvo, sino que hizo retroceder al enemigo. Tan distinguida comportación, aunque arrancó aplausos de todo el ejército y de sus jefes, no fué tal vez apreciada en su justo valor, y los amigos del comandante Blanco sintieron que este hecho quedase obscurecido entre el tropel de desgracias que pocas horas después debía sufrir el ejército patriota. En la noche de aquel mismo día (19 de Marzo de 1818) fué cuando los españoles aprovecharon la ocasión favorable de un cambio de posición, que ejecutaba una de las alas del ejército del general San Martín; hicieron un ataque brusco y bien dirigido sobre su centro, del que resultó ia total dispersión del ejército patriota, á excepción de una sola división al mando del coronel Las Heras. Reunióse Blanco á ésta en su retirada, sin haber perdido ni una sola pieza en medio de los


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fuegos del enemigo, de la confusión y desorden de aquella fatal noche. Ni fué éste el único m é rito que Blanco contrajo: mayores penalidades, como mayor gloria, le aguardaban en la retirada, en que sólo el celo más ardiente y la más infatigable actividad y constancia pudieron hacerle vencer los obstáculos que á cada instante le presentaban la calidad del terreno, el estado de ¡os caballos y el penoso y dilatado paso de los ríos. Reunióse por último esta división en la capital de Santiago con las demás que habían sido dispersas. Reorganizóse el ejército, renació el entusiasmo y todos vieron en el desastre anterior más el resultado natural de una sorpresa que el triunfo del valor de los enemigos. Marchaban éstos lentamente sobre Santiago con la mayor infundada seguridad que les inspiraba el necio orgullo y la falta de pericia de su jefe, que creía haber completado la conquista del país, y que faltaban únicamente á su victoria los honores del triunfo y el homenaje de la capital; empero, diversa suerte le aguardaba. Movió segunda vez su ejército San Martín sobre el enemigo. A su natural valor unía en esta vez el sentimiento de su afrenta y el exaltado deseo de vengarla; y el 5 de Abril trabóse entre ambos la sangrienta y decisiva batalla de Maipú, en que el valor americano brilló de un modo maravilloso, haciendo prisionero al ejército español entero, después de haber destruido una gran


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parte. Los bien dirigidos fuegos de la artillería, á cargo del comandante Blanco, influyeron p o d e rosamente en esta victoria, que le proporcionó también la ocasión de ejercer su humanidad en los vencidos y de llenar con respecto á uno de ellos los deberes de una noble gratitud. El general en jefe, testigo de su conducta, le recomendó en el parte oficial que dirigió al Gobierno. Terminada la guerra por la jornada de Maipú, el Gobierno de Chile convergió una gran parte de su atención al proyecto de crear una marina que pudiese arrebatar á los enemigos el dominio del mar y facilitar con el tiempo la libertad del Perú. Poseído de esta idea lisonjera, no omitió gastos para proporcionarse la compra de algunos buques; y Blanco fué destinado á organizar estas nuevas fuerzas, cuyo mando se le confirió con el grado de capitán de navio. Su natural actividad, su inteligencia y su espíritu de orden y disciplina formaron en breve una escuadra que, aunque compuesta de sólo cuatro buques, se presentaba con un aspecto que debía llamar la atención y cuidado de los enemigos; pero la jactanciosa confianza española estaba lejos de prever que estos elementos debían serle un día fatales. Continuaba entretanto el Gobierno español en su errado sistema de política, y hacía salir del puerto de Cádiz una expedición de nueve transportes con tropas, convoyada por la fragata de guerra Isabel, con destino á reforzar el ejército


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del Perú. Luego que se tuvo en Chile noticia de su salida, dispuso el Gobierno se hiciese á la vela la escuadra al mando de Blanco, con el objeto de atacar dicha expedición, luego que hubiese doblado el cabo de Hornos. Noticioso éste de que la fragata Isabel había ya ganado á Talcahuano esperando el convoy, cuyo punto de reunión había fijado su comandante en la isla de Santa María, tomó la resolución de dirigirse á dicho puerto, forzarlo y atacar la fragata en su mismo ancladero, como en efecto lo verificó, logrando después de alguna resistencia apoderarse de ella. Esta había sido varada á designio sobre la costa, en donde fué sacada por los esfuerzos de Blanco, después de un trabajo de muchas horas, que en vano trató el enemigo de impedir con sus fuegos de artillería y fusilería desde tierra. Flotó a! cabo y adornado con la nueva bandera dio la vela con la escuadra, que á su salida saludó cortésmente la plaza. D e los nueve transportes, como cinco fueron después apresados en la isla de Santa María. La Isabel conducía un excelente y copioso armamento y los buques mercantes cargamentos valiosos. De regreso á Valparaíso y á la capital, fué Blanco acogido con las demostraciones de público entusiasmo que tan inesperado y glorioso suceso debía producir; y el Gobierno, ayudado de la opinión pública, recompensó sus servicios con el grado de contralmirante.


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Pocos días después de este acontecimiento llegó de Inglaterra á Valparaíso Lord Cochrane, á quien el Gobierno de Chile había brindado de antemano con el grado de vicealmirante y el mando de la escuadra. El cumplimiento de la promesa hecha á dicho Lord no dejó de embarazar al Gobierno, considerando este acto como una especie de injusticia respecto de Blanco. Oponíale también dificultades la fuerte adhesión que, tanto la oficialidad como la tripulación de la escuadra, profesaban á este jefe, sentimiento que se avivó y manifestó más solemnemente con la presencia del que debía sucederle. En estas circunstancias, Blanco ofreció un ejemplo raro de desprendimiento, allanando él mismo estas dificultades con la manifestación que hizo de querer ponerse á las órdenes del ilustre marino, cuya alta opinión respetaba más que nadie. Blanco hizo después con Lord Cochrane varias campañas, una de las cuales tuvo por objeto el incendio de la escuadra española, cuya cobardía no permitía otro género de ataque; pero este intento se frustró por circunstancias que no es del caso explicar en este lugar, y la escuadra regresó á Valparaíso. Formóse en 1821 la expedición libertadora del Perú á las órdenes del vencedor de Chacabuco y de Maipú. El Gobierno dispuso pasase Blanco á desempeñar el cargo de jefe de Estado Mayor general en Santiago, lo que le privó del placer


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de seguir á sus compañeros de gloria, que manifestaron por su separación el más profundo sentimiento. Hallábase Blanco desempeñando este destino cuando sus émulos (que nunca faltan al mérito) lograron indisponerle con el director O'Higgins acusándole de haberse producido privadamente en expresiones contra la autoridad de éste, que llamaba ilegal. O'Higgins, á quien las circunstancias y pérfidos consejos habían inspirado un carácter suspicaz y sombrío, tuvo la flaqueza de prestar oídos á estos infames delatores; y olvidando repentinamente los esclarecidos servicios de Blanco y los sentimientos de amistad que mediaban entre ambos, ordenó el arresto de éste y que se le formase causa. Este procedimiento, ajeno de todo principio legal de justicia, y contra un hombre que había dado á la patria días de gloria, irritó contra él la opinión pública. O'Higgins tuvo que retroceder delante de ésta; y aprovechando la circunstancia de la feliz nueva de la ocupación de Lima por el ejército libertador de San Martín, mandó levantar á Blanco su arresto, sobreseer en la causa y que pasase á incorporarse á la escuadra con su antiguo empleo de contralmirante. Al arribo de Blanco á aquel destino, no halló la escuadra, pues Cochrane se había hecho á la mar de resultas de un rompimiento ocurrido entre él y el general San Martín. Este último, en virtud de facul-


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tades que tenía del Gobierno chileno, detuvo á Blanco y le confirió el mando de la escuadra peruana, el que desempeñó hasta principios del año 1 8 2 3 , en cuya época fué encargado por el Gobierno del Perú de una importante comisión para el de Buenos Aires. Terminada ésta de un modo satisfactorio, fué Blanco reclamado por el de Chile para ejercer las funciones de mayor general del Ejército, las que desempeñó hasta mediados del año 1 8 2 4 , en que, ausente ya Cochrane, se le volvió á encargar el mando de la escuadra y se le ascendió al grado de vicealmirante. En Noviembre del mismo, apenas aprestada la primera división de la escuadra, salió con dirección á la costa de Intermedios y se mantuvo al frente del puerto de Quilca, en que se hallaban reunidas todas las fuerzas de mar españolas, e s perando para atacarlas la llegada de la segunda división, que desgraciadamente no pudo verificarlo. Viendo que no le era posible empeñar acción con el enemigo, atendida la superioridad de éste, no quiso al menos desaprovechar la ocasión de hostilizarle en lo que pudo; y dirigiéndose á Arica y Moliendo, en donde supo se a c o piaban víveres para la escuadra española, los arrebató de dichos puntos, destruyendo lo que por la premura del tiempo no consiguió embarcar. Dirigióse de allí á formar en el bloqueo del Callao con noticia que tuvo de la memorable victoria de Ayacucho. Bolívar (dictador á la sazón del


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Perú) le ofició confiriéndole el mando en jefe de las escuadras colombiana y peruana, que d e bían reunirse á la chilena, según órdenes que al efecto el Libertador les había impartido. Allí practicó diferentes ataques con las lanchas de la escuadra contra las del enemigo, en lo que logró apoderarse de algunas de éstas. Meditaba entretanto el Gobierno de Chile arrancar á los españoles el archipiélago de Chiloé (1), último asilo que les quedaba; y ordenó con ese objeto a! vicealmirante Blanco levantase el bloqueo y regresase á Valparaíso con la escuadra, lo que verificó después de una campaña de once meses. En Noviembre de 1825 zarpó de este puerto la expedición libertadora de Chiloé al mando del director supremo Freiré, la que, habiendo hecho escala en Valdivia, abordó al puerto inglés. Sus dictámenes respecto de las primeras operaciones, de cuyo acierto dependía el éxito de la expedición; su entrada en el puerto de San Carlos, en medio del fuego de las bate(1)

El Gobierno chileno no había podido hasta entonces,

por una ú otra razón, arrancar el archipiélago de Chiloé de manos de los españoles. E l Callao tenía esperanzas de sostenerse mientras los españoles permanecieran

dueños

del

archipiélago de Chiloé. A Bolívar urgía que Chiloé pasase á manos de Chile y veía con disgusto tardase. H a s t a se prometió

que la operación se

organizar una expedición, al

mando de un célebre general del Sur, para libertar á Chiloé. Freiré

precipitó

patrióticamente

los

acontecimientos

libertó á Chiloé.—(Nota de la EDITORIAL-AMÉRICA.)

y


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rías, á las once del día; el ataque dado en la misma noche contra siete lanchas cañoneras enemigas fondeadas sobre el muelle y sostenidas por 200 hombres de infantería desde tierra; el apresamiento de cuatro de ellas que, tripuladas por sus bravos, fueron en seguida dirigidas contra la batería de Boquiligui, que abandonó el enemigo, dejando paso franco á las tropas patriotas, son hechos que probarán siempre la juiciosidad y tino de sus combinaciones, como su d e nuedo, y que la historia recordará como causas principales en el glorioso resultado de aquella campaña. Aproximábase la época en que debía terminar el mando supremo del general Freiré, y se instaló el Congreso Constituyente que debía nombrarle sucesor y darle á Chile un código político del que carecía. El vicealmirante Blanco fué e l e gido, con general aceptación, presidente de la República; empero la fatal suerte de Chile hizo que el Congreso, que en un principio manifestó deseos sinceros del bien público y de amor al orden, se apartase de tan noble sendero, extraviado por una facción desorganizadora, levantada de la escoria de aquel cuerpo. Ambicioso de un poder omnímodo, sostuvo una escandalosa competencia con el Ejecutivo; y ni el más acendrado patriotismo, ni las ideas más encaminadas al bien común, ni el desinterés y probidad del nuevo gobernante, fueron parte á atajar estas ruidosas hos-


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tilidades. S e le coartaban las facultades más l e gales, y se ponían trabas á todos los actos de una administración regida por los principios más liberales. En estas circunstancias, no pudiendo ni obrar el bien, ni impedir el torrente de males que debía al fin atraer sobre la patria ¡a conducta de sus legisladores, hizo su renuncia en los términos más enérgicos y decorosos. Admitióla el Congreso y llamó al vicepresidente para subrogarle. El Congreso se disolvió al cabo sin llenar su objeto, y fué necesario convocar á un otro Congreso Constituyente, que dio ai país una constitución inadaptable á sus circunstancias, y en que, entre otros errores, consagró el nacimiento como prenda esencial para los destinos de presidente, vicepresidente y ministros del despacho. Estas mezquinas restricciones asombraron tanto más á los hombres juiciosos cuanto fueron de los que se apellidaban liberales por antonomasia. Por efecto de esta ley el ex presidente Blanco ha quedado privado en la actualidad de poder optar ni aun á la plaza de ministro, en un país en cuya gloria é independencia ha tenido tan gran parte por sus eminentes servicios. El vicealmirante Blanco reúne á sus demás prendas las de un exterior agradable, un trato franco y fino, una mente ilustrada y un patriotismo verdadero y sin exageración.


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Tal es e! bosquejo que nos hemos permitido trazar de un hombre á quien !a opinión señaía como uno de los más distinguidos que ha producido la revolución americana. VENTURA BLANCO ENCALADA.

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CARTA DEL ALMIRANTE BLANCO AL DIRECTOR O'HIGGINS DESPUÉS DE LA CAPTURA DE LA «MARÍA ISABEL»

Sr. D . Bernardo O'Higgins: Navio General San Martín, á la ancla en el puerto de la isla de Santa María, 5 de Noviembre de 1 8 1 8 . Mi venerado general: Con mi ayudante de órdenes remití á V . E . el sombrero y espada que se me dijo eran del comandante de la fragata María Isabel, felicitándome de haber podido cumplir á V . E. mi palabra, y unas cruces de Isabel la Católica y Luis XVIII, que se han encontrado en la fragata. Remito igualmente un juguete bastante curioso para la señorita Rosita. Y o f e licito á V . E. (por) nuestro feliz ensayo como autor de esta obra y á mí mismo por haber podido corresponder de algún modo á la confianza con que V . E. me honró. Espero con ansias la llegada de los transportes


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que faltan para dirigirme á Valparaíso, los que pienso esperar hasta el 20, pues si á esta fecha no han llegado, creo que no lo verificarán jamás; pero dejando la corbeta y bergantín sobre Talcahuano. Espero que á mi arribo á Valparaíso tendré algunos marineros más que V. E. me hará enganchar y doscientos jóvenes del país para dotación de la Isabel, pues no debo permanecer quince días fondeado, si queremos lograr perfectamente y muy pronto la destrucción de la marina de Lima (falta un trozo en la nota original) aumento considerable de la nuestra (falta otro trozo), cuanto tengo que decir á V . E., mientras tanto llega el momento de felicitar su persona. Su subdito y obediente servidor q. s. m. b . — Excmo. señor.—Manuel Blanco y Encalada.


CONTESTACIÓN DEL VICEALMIRANTE BLANCO ENCALADA A LA VINDICACIÓN APOLOGÉTICA DEL CAPITÁN WOOSTER

El autor de la Vindicación apologética del capitán Wooster, inserta en el núm. 37 del Barómetro de Chile, me obliga á tomar la pluma contra mi natural pereza para este ejercicio y la repugnancia que siempre me acompaña de ocupar al público de mi persona. Pude desentenderme del manifiesto publicado por el señor D. P. F . V . porque su apoyo sólo está en una carta escrita desde aquí á otro individuo en Estados Unidos, y los hechos de que hace mérito son bien conocidos en el país; por lo tanto, no me creí en la obligación de rectificarlos. Pero callar después que este señor ha creído que no podía elevar los servicios de su amigo, sin reducirme á un estado de nulidad en mi primera campaña con la escuadra de Chile, ocupándose en hacer un paralelo


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que está fuera del alcance de su saber, y ofendiendo gratuitamente y con ignorancia un cuerpo ilustre en todo tiempo por sus conocimientos científicos; callar, repito, en estas circunstancias, sería confirmar la idea que se ha propuesto el apologista. Dice este señor "que se me confirió el mando en jefe de la escuadra en la primera expedición, como á un distinguido militar que había prestado importantes servicios en los ejércitos de tierra; pero que como marino compararme con W o o s ter es una necedad, de que me habré reído recordando la corta graduación que tuve en la Marina española, el poco tiempo que en ella permanecí y los ningunos conocimientos que podía adquirir en aquella escuela, considerada como la más nula é insignificante de toda Europa". Pregunto: ¿el Gobierno de Chile, al confiarme el mando en jefe de una escuadra que tantos sacrificios costó al Estado, en la cual se cifraban las esperanzas de los patriotas y los destinos no sólo de Chile, sino de la América del Sur, no vio en mí más que un distinguido militar de tierra? Jefes muy bravos y de relevantes servicios con superior graduación había en el Ejército que debieron en este caso ocupar aquel puesto con preferencia á mí, que, muy joven entonces, sólo era teniente coronel de artillería. Este señor me hace la justicia de confesar que mis servicios fueron importantes en los ejércitos de tierra; pero ¿por qué,


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penetrado de igual sentimiento, no me concede la capacidad necesaria para llenar las funciones con que el Gobierno tuvo á bien honrarme c o n firiéndome el mando de la escuadra? Pero, ya se ve: ¡la escuela era nula é insignificante! La escuela que produjo los Juanes, los Ulloas, los Mazarredos, los Mendozasü! Es cierto que sólo serví seis años en la Marina española; pero al abandonarla para venir á ofrecer mis débiles esfuerzos en favor de la independencia de mi patria, traía estudios hechos de mi facultad y ¡a honra de haberme hallado en clase de guardia marina en el combate contra la escuadra francesa en Cádiz; servicio por el cual fui ascendido al grado de alférez de fragata. Sin embargo, estoy distante de pretender que en aquella época poseyese la experiencia de mar que da el ejercicio de muchos años; pero la poca que había adquirido, y los conocimientos científicos y teóricos de la profesión, unidos al empeño y aplicación con que siempre me he esforzado en llenar los cargos que se me han confiado, sin echar en olvido aquellos sentimientos de ambición á la gloria tan naturales en un joven militar, bastaron para desempeñarme sin necesidad de mendigar ajenos conocimientos, y sin que nadie pueda vanagloriarse de haber sido mi mentor; mucho menos quien nunca e s tuvo cerca de mi persona. El general Miller en sus Memorias, tomo I, pág. 167, después de hablar de la composición heterogénea de la oficia-


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lidad y tripulación de la escuadra y de los fatales pronósticos que se hacían, dice así:—"pero el jefe de la escuadra era un joven que, á pesar de un cierto aire que disgusta á primera vista, poseía afortunadamente las cualidades necesarias para establecer la unión, la armonía y el buen orden, cualidades de más importancia en aquellas circunstancias que una gran destreza práctica". Esto y los documentos relativos á aquella campaña, insertos en la Gaceta Ministerial de aquella época, y que se acompañan al fin, prueban que no fui un mero espectador. La s e n cilla y fiel narración de éstos, y las circunstancias de que jamás han sido contradichos y de haber sido escritos á presencia de todos los interesados sin que nadie se me insinuase como agraviado, sea por olvido de un hecho personal ó por apropiarme méritos de otro, impedirán que jamás se me defraude de la parte de gloria que me cupo como jefe de la expedición. S e verá también la facilidad con que la fragata María Isabel salió del punto donde estaba encallada, y que si hubo mérito en esto, se debió al capitán Wilkinson, del navio San Martin, que se hallaba en ella desde las seis de la mañana, por orden mía, para dirigir los trabajos. Creo de mi deber y de mi honor esclarecer este hecho y no permitir que se usurpe una parte principal de los servicios que este jefe distinguido prestó á la patria en todas ocasiones. En la isla de Santa María le


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di el mando de la fragata Isabel al capitán W o o s ter, cumpliendo con la oferta que le hice, para este caso, antes de dar la vela de Valparaíso, y aunque no hago mención de ello en mi parte, los mismos sucesos lo comprueban.—Veamos lo que dice Miller en sus Memorias, tomo I, pág. 1 7 4 : " P o c o después, y con la mayor dificultad, levó el ancla el San Martin, pues el capitán Wilkinson y la mayor parte de los oficiales y de la tripulación estaba á bordo de la fragata expresada, y los que quedaban se hallaban rendidos absolutamente por la excesiva fatiga y falta de descanso en las cuarenta y ocho horas anteriores. Para aumentar las dificultades, tocó el navio en un banco de arena, donde sólo había dos brazas y media de agua. En tal situación, lo aligeraron s a cando la aguada, y soltando todo el aparejo, pasó el banco y entró en mayor fondo". Esta es la varada de que tanto mérito se hace en el manifiesto y por el apologista. Por la relación que acabamos de leer se conocerá su poca importancia. Aunque Miller no nombra al capitán Wooster en aquellos momentos, sin duda porque consideró este servicio de poca monta, yo debo hacerlo para satisfacción de sus amigos, bien que no encuentren en él aquella magnitud que desean. Pasando el navio por el filo del banco, se encontró detenido por el centro, manteniendo un pequeño movimiento giratorio; en el momento hice arriar y cargar las gavias, se echó el bote al agua, y el


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primer teniente del navio fué á sondar por la proa, para reconocer si había mayor fondo, y se vaciaron algunas pipas de agua; durante este intervalo, el capitán Wooster, que seguía las aguas del navio, con la Lautaro, arribó y dejó caer el ancla. Pasó á bordo del navio, y en el momento que se me presentó le dije: Tome usted el mando del buque; aquí nadie me entiende. Al poco rato volvió el primer teniente del navio diciéndonos que era de opinión que se largasen las velas porque había más agua á proa, y conviniendo con lo que decía, se cazaron las gavias, se descargó el trinquete, y el navio salió. Esta maniobra fué mandada por el capitán Wooster, que continuó algún tiempo después en el navio. En esa misma noche me encontré en mayores conflictos, agravados aún. por la imposibilidad de hacerme entender de los marineros. Miller lo explica en e s tos términos: "El único oficial de la escuadra que había á bordo, exceptuando el jefe de la escuadra, era el primer teniente Ramsay, que el día anterior había quedado sordo por los efectos del fuego, y estaba* tan ronco que con dificultad podía hacerse oir; y como Blanco no sabía el inglés, no le era posible dar órdenes por sí m i s mo á los marineros extranjeros. Miller, el cirujano Green y el contador eran las únicas p e r s o nas capaces de comunicar una orden; pero como ninguno de ellos entendía la maniobra, llegaron las circunstancias á ser verdaderamente aflicti-


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vas". A pesar de estos nuevos peligros que detalla con exactitud el general Miller, y del embarazo en que me encontraba, se logró superar al cabo tantas dificultades, y conseguí reunirme á la Isabel al día siguiente. Otro error se advierte en el manifiesto de Wooster cuando dice que apresó siete transportes y los condujo al puerto. El segundo parte dado á mi llegada a Valparaíso, ilustrará al señor don P. F . V. que no fueron más que tres, y tomados por la escuadra; los dos restantes los apresó la Chacabuco, mandada por el capitán Díaz, como consta por el parte del capitán del puerto. A los pocos días de mi llegada á Valparaíso, llegó el Lord Cochrane, á quien se había hecho venir de Inglaterra para darle el mando en jefe de la escuadra. El Gobierno, en aquel momento, se encontró vacilante sobre la conducta que d e bía observar, y luchando entre los compromisos contraídos con éste, y la injusticia que creía c o meter separándome del mando en jefe de una escuadra á cuya creación había yo contribuido, y con la cual, en su primer ensayo, había asegurado el dominio del Pacífico, arrastrado sin duda por sus sentimientos en mi favor, me ordenó dar la vela para las costas del Perú, en el término de ocho días, salvando de este modo los compromisos del momento. Todos los capitanes (y el señor Wooster el primero) y los oficiales de la e s cuadra, se me habían presentado manifestando su


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repugnancia á ponerse á las órdenes de Cochrane y sus deseos de seguir sirviendo á las mías. Sin embargo, deseoso por mi parte de sacar al Gobierno de la penosa fluctuación en que se hallaba, y satisfecha mi ambición con la honra de servir á las órdenes de un jefe por tantos títulos ilustre, declaré á dichos capitanes y oficiales que mi resolución estaba tomada; que iba á ponerme en marcha para la capital á suplicar al Gobierno se sirviese dar el mando de la escuadra al Lord Cochrane: mando de que yo me desistía gustoso por las circunstancias embarazosas que afligían á aquél; y también por el respeto que me inspiraba la incontestable superioridad de este insigne marino. Supliquéles, al mismo tiempo, á nombre de esa amistad y cariño que me manifestaban, no dieran la menor muestra de oposición á mi resolución. Así lo hice, y puedo añadir que, tanto e l Gobierno como el general San Martín, se sorprendieron de mi desprendimiento. S e dio el mando en jefe de la escuadra al Lord Cochrane y yo quedé de su segundo. El Director O'Higgins, sus ministros en aquel tiempo, los señores Zenteno é Irisarri, el general San Martín y Miller, que me servía de intérprete en las conferencias con los capitanes y oficiales, pueden deponer sobre la verdad de este hecho. El mismo Cochrane lo supo, y fué un principio favorable de la amistad y atención que me dispensó todo el tiempo que estuvimos juntos en la


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escuadra. Jamás este jefe, en todos los casos en que tuve que obrar por separado con mi división, me dio otras órdenes que ésta: Almirante Blanco, el objeto que me propongo es tal cosa; opere usted como le pareciere. El capitán Wooster volvió á tomar el mando de la Lautaro, porque Cochrane montó la María Isabel; y en los momentos en que la escuadra daba la vela para el Callao, se presentó á bordo del almirante, estando yo presente, y le dijo que él no estaba listo en aquel instante, y que no podía levar el ancla hasta el día siguiente. Cochrane le contestó que las órdenes que él daba d e bían cumplirse. Wooster renunció y se dio el mando de su buque al capitán Guise. El año veinticuatro el Gobierno determinó armar la escuadra por la noticia de que fuerzas superiores españolas venían á estos mares, y me nombró nuevamente comandante en jefe de ella, ascendiéndome al grado de vicealmirante, último de la carrera. . A mi llegada á Valparaíso me encontré con Wooster, que había sido incorporado al servicio en el año veintidós, y que después de haber concluido con la comisión que se le confió en aquel tiempo, desarmado su buque, había quedado sin destino y con sólo su empleo de capitán de fragata. Le propuse entonces al Gobierno á fin de que se le diese el mando de la Lautaro, y por


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mi recomendación obtuvo el grado de capitán de navio. D e la campaña de Chiloé en el año veinticinco no me ocupara, á pesar de que en el manifiesto quiere darse á entender que Wooster iba de jefe de la escuadra; porque aunque se dice que el Aquiles llevaba la bandera de almirante, no se explica la razón, y, por otra parte, en la lista de los oficiales extranjeros está puesto como contralmirante y comandante en jefe en el mar del Sur desde el año veintidós. ¡Rara equivocación por cierto! Pero no puedo prescindir de hablar de la carta que se encuentra en el manifiesto dirigida á Wooster por un ciudadano respetable que ha ocupado la primera magistratura, y cuyos asertos deben ser considerados tanto más p o d e rosos. El Sr. Vicuña, cediendo en aquellos m o mentos á los impulsos de una tierna amistad, ocupado su corazón de sólo su amigo, dejó correr su pluma tal vez con sobrada inconsideración, sin advertir que con unos elogios tan exagerados y exclusivos, ajaba el mérito, no sólo del jefe de la escuadra, sino de los bravos capitanes C o b b e t Postigo y Winter, que participaron, como Wooster, de los mismos peligros y prestaron iguales servicios. En el parte que el director Freiré dio de esa campaña y en una Memoria que se publicó después están detallados; pero creo oportuno recordar los que tocan á la escuadra y publicar algunos que entonces se omitieron.


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Nos hallábamos en el puerto de Valdivia, y prontos para seguir nuestro destino á Chiloé, sin que el director me dijese una sola palabra sobre el plan de campaña que se proponía ejecutar. Me dirigí al general Borgoño, como jefe del Estado Mayor del Ejército, y le pregunté si sabía lo que el director Freiré pensaba á este respecto. Me contestó que nada sabía tampoco, y me instó para que se lo preguntase á él mismo; así lo v e rifiqué en primera oportunidad. El plan del director era dirigirse en derechura al puerto de San Carlos y entrar á toda costa con la escuadra y transportes, para ejecutar su desembarco cerca de la ciudad. Conferenciando particularmente con el general Borgoño sobre lo aventurado de esta operación, en un puerto bien fortificado y de fuertes corrientes y bancos con unos transportes excesivamente empachados, algunos pesados y faltos de tripulación; convinimos en que sería más prudente desembarcar en el inglés, y que el ejército marchase por tierra hasta Balcacura, mientras que yo con sólo los buques de guerra forzaría la entrada del puerto de San Carlos, para transportarle á la costa del frente. Este plan fué propuesto al director, que lo aceptó gustoso; y desde ese momento el general Borgoño se ocupó en dar las órdenes á los comandantes de los cuerpos, detallando la forma en que debían desembarcar. En la tarde del 9 de Enero, que fondeamos en


9

6

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

el puerto inglés, soplaba el viento del Norte bastante fresco. El director Freiré, por un arranque de valor, y sin calcular los inconvenientes, abandonando repentinamente el plan ya convenido,

me dice: Almirante Blanco, vamonos adentro del puerto de San Carlos. Le repliqué, haciéndole ver que era una operación aventurada, que comprometía la suerte de la expedición, y que el plan convenido, no ofreciendo ningún obstáculo, creía imprudente variarle. Insistí en esta resolución, y convocados los capitanes de la escuadra, cada uno se creyó honor suyo opinar por la e n trada al puerto, lo que inflamó más al director. Reunidos después al Consejo de guerra todos ios coroneles y comandantes de los cuerpos, tomé la palabra para apoyar mi opinión. El director Freiré interpeló nuevamente á los capitanes de la escuadra, y Wooster, el primero, opinó por que se podía entrar. Interrogado por mí si respondía de los resultados de esta operación, me contestó: Yo respondo del "Aquiles". Entonces le repliqué que, pues yo era responsable en el todo de las operaciones en el mar, y veía comprometida en aquella resolución la suerte de la expedición, me oponía á ella. El director parecía desconfiar de que los buques de guerra entrasen en el puerto al tiempo oportuno, ya por falta de viento ó por tenerlo contrario. Para tranquilizarlo sobre este particular le aseguré que entraría de cualquier modo, ó me echarían á pique; y que


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

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si no cumplía mi palabra me mandase fusilar. El general Borgoño y coronel Beauchef tomaron la palabra, apoyando mi dictamen, y á su ejemplo se decidió la pluralidad del Consejo. Los resultados probaron después el tino y circunspección de esta medida. El ejército desembarcó en el puerto inglés el día 1 0 , y al siguiente, por la mañana, entré en el de San Carlos con el Aquiles, Independencia, Chacabuco y Galvarino; y la causa de que en esta operación sufriese más el Aquiles fué porque yo lo montaba, y mi insignia de almirante ondeaba al tope mayor de dicho buque, que, reconocida por los enemigos, dirigían sus fuegos con preferencia sobre él. Poco tiempo después, los botes de la escuadra tomaron una lancha del enemigo. En este día, el director, con todo el ejército, llegó á Balcacura, y el día 1 3 fué transportado á la costa del frente por las lanchas y botes. Confié esta operación al capitán Wooster, que me servía en aquel momento de capitán de bandera. En la tarde salté á tierra para combinar con el director y el general Borgoño las operaciones que se debían practicar: como el ejército no podía emprender su marcha más que por la costa, el director me manifestó el temor, muy fundado, de que pudiese ser incomodado por las lanchas enemigas; las que, después de frustrada su resistencia á mi entrada al puerto, se retiraron al muelle bajo batería y protegidas por trescien-


9

8

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

tos hombres, de infantería que estaban en aquel punto. Mi contestación al director fué: Yo las

atacaré esta noche con los botes de la escuadra, y me avanzo á ofrecer á usted, por lo menos, dos de ellas. El director me respondió: Con una me contento. La confianza anticipada con que yo hablaba nacía del conocimiento del valor de los oficiales y tripulaciones de la escuadra, y de que la experiencia me ha enseñado que los g o l pes de mano más atrevidos son los menos esperados y, por lo tanto, los que tienen mejor resultado, pues igual empresa ejecuté con suceso en el bloqueo del Callao con los botes de la María Isabel, mandados por el capitán Simpson, á pesar de ¡a mayor oposición y de la vigilancia del gobernador Rodil. En efecto, me regresé á bordo de la Isabel, que se hallaba ya en el puerto, y á las oraciones hice la señal á los buques de guerra de mandar á mi bordo todos los botes armados y tripulados con oficial; así lo hicieron: les declaré el servicio á que eran destinados, exhorté su valor y di el mando de ellos al valiente capitán Bell, á quien di mis instrucciones. A las doce de la noche desatracaron de la Isabel, y á las tres de la mañana abordaron y tomaron tres lanchas, escapando las tres restantes á favor de la obscuridad. Al romper el día, el ejército reconoció el triunfo de los botes que traían á remolque sus presas, y los gritos de ¡viva la marina/ se repitieron en él.


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

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Luego que las lanchas apresadas llegaron á mi bordo, me ocupé en dotarlas y tripularlas, igualmente que á la tomada anteriormente, para atacar el castillo de Puquilligüe, que detenía la marcha del ejército, y que reconocí débil por la parte del mar. En esta ocupación me encontró D. Pedro Palazuelos y Astaburuaga, secretario general del director, enviado por éste para informarme de su parte que la posición de Puquilligüe era inexpugnable por tierra, y que deseaba nos viésemos para acordar lo que se debía hacer, pues creía encontrarse en la necesidad de embarcar 8 0 0 hombres en las lanchas que yo había tomado al enemigo, y ejecutar un desembarco en el muelle de San Carlos. Le contesté: Voy

á practicar una operación que, si no tiene felices resultados, me iré con usted adonde está el director Freiré; mientras tanto, permanezca usted á mi bordo. Listas las lanchas, ataqué el castillo de Puquilligüe, y el general Borgoño, que conoció en el momento la importancia del ataque, después de hacer presente al general en jefe la necesidad de cooperar á esta operación, tomó las cuatro piezas de artillería volante que tenía y atacó con vigor el frente de la posición. Los resultados fueron la toma de ella, y, por consiguiente, quedó allanado el camino para dirigirse al enemigo, que se hallaba con todas sus fuerzas en las alturas de Bellavista. Hasta aquí los servicios de l a escua-


IOO

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

dra; lo demás pertenece ai ejército, el que repetía entonces, y lo dirá siempre: la marina nos abrió las puertas de la victoria. H e concluido mi relación. D e la campaña de Talcahuano presento los documentos; y por lo que hace á la de Chiloé, hablo en presencia de los generales Borgoño y Aldunate, coroneles Beauchef y Frutos, comandante Godoy, D . Pedro Palazuelos y de t o dos cuantos tuvieron la honra de hallarse en tan gloriosa empresa. No temo ser desmentido. J a más me he vanagloriado de ciertos hechos, de que nunca se hizo mención, y que sólo ahora publico, atacado en la propiedad más sagrada, y que, á costa de su vida, debe sostener un militar—la reputación que sus servicios le han granjeado. MANUEL BLANCO

ENCALADA.

Santiago, Julio 1 8 de 1 8 3 6 .

DOCUMENTOS Parte

que da el comandante

la escuadra Blanco

de Chile,

Encalada,

de la primera

capitán

de navio

á S. E. el Supremo

división D. Director

de

Manuel del

Estado.

Excmo. Sr.: El día 10 del próximo pasado di la vela del puerto de Valparaíso con la escuadra de mi man-


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA d o , c o m p u e s t a del navio General

San

s e n t a c a ñ o n e s ; la f r a g a t a Lcutaro, c o r b e t a Chacabuco,

IOI d e se-

Martin,

d e c u a r e n t a y seis;

d e v e i n t e , y el b e r g a n t í n

Araucano,

de diez y seis. E l v i e n t o e r a del S E . ; t o m é la v u e l t a del O . hasta perder

la t i e r r a d e vista, s e g ú n las últimas

órdenes de V . E.,

lo q u e s e verificó al día siguiente.

A las o n c e del día a b r í el p l i e g o c e r r a d o

que llevaba

p a r a e s t e c a s o , y e n t e r a d o d e la c o m i s i ó n q u e V . E . s e dignaba

c o n f e r i r m e , dirigí mi d e r r o t a á la isla d e la

M o c h a ; p e r o c a l c u l a n d o q u e el c o n v o y

enemigo traía

una n a v e g a c i ó n l a r g a , m e resolví á h a c e r la mía

cru-

z a n d o la d e r r o t a q u e d e b e r í a t r a e r si c o n t i n u a b a p a r a Lima. Es

verdad que

d e e s t e m o d o la d i l a t a b a un

p o c o m á s ; p e r o l o g r a b a d o s o b j e t o s : el p r i m e r o , m u y p r o b a b l e , d e e n c o n t r a r el c o n v o y ; y el s e g u n d o , el t e ner t i e m p o suficiente p a r a p o n e r t o d a la e s c u a d r a e n el m e j o r e s t a d o p a r a b a t i r s e , lo q u e p u e d o a s e g u r a r á V. E . que, trabajando noche y á los q u i n c e d e n u e s t r a che, se

día, lo h e m o s l o g r a d o

salida. El

c a t o r c e , en

m e s e p a r ó la c o r b e t a Chacabuco,

la n o -

ignorando

h a s t a el t r e i n t a y u n o , q u e se m e r e u n i ó , la c a u s a q u e lo m o t i v ó . E l veintiséis, á las d o c e del día, m e h a l l a b a en el p a r a l e l o d e T a l c a h u a n o , d i s t a n t e diez ó d o c e l e g u a s del p u e r t o . A la m i s m a h o r a di la o r d e n al b e r gantín Araucano

f u e s e á r e c o n o c e r si h a b í a en él a l -

g u n a s e m b a r c a c i o n e s y la c l a s e d e ellas,

reuniéndose

l u e g o q u e c u m p l i e s e su c o m i s i ó n á la e s c u a d r a , q u e d e b í a e s p e r a r l o en la isla d e S a n t a M a r í a . A

las s i e t e

d e la t a r d e m e p u s e s o b r e d i c h a isla, y t r a t a n d o

de

b u s c a r el f o n d e a d e r o a v i s t a m o s una f r a g a t a q u e s e h a llaba f o n d e a d a , la q u e t u v i m o s p o r e n e m i g a ; p e r o ent r ó la n o c h e y n o p u d i m o s r e c o n o c e r m á s . Sin e m b a r g o , c o n la v e n t o l i n a q u e t e n í a del N . m e d e t e r m i n é ir


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BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

á f o n d e a r c e r c a d e ella y e s p e r a r q u e a m a n e c i e r a ,

lo

q u e e j e c u t é á las t r e s d e la m a ñ a n a . A l

a m a n e c e r del

veintisiete r e c o n o c i m o s s e r u n a f r a g a t a

inglesa balle-

nera que hacía

diez días e s t a b a en la i s l a . N o s

que una fragata de guerra española, había p a s a d o p a r a Talcahuano

Isabel,

dós, dejando

dijo

llamada

María

el día

veinti-

c i n c o h o m b r e s en t i e r r a , los c u a l e s , c r e -

y é n d o n o s b u q u e s del c o n v o y , p u e s t e n í a m o s a r b o l a d a la b a n d e r a e s p a ñ o l a , s e vinieron á b o r d o , t r a y é n d o m e un p l i e g o c e r r a d o del c o m a n d a n t e d e la María

Isabel,

el q u e c o n t e n í a u n a o r d e n p a r a t o d o s los c a p i t a n e s d e los t r a n s p o r t e s

para

q u e fuesen i n m e d i a t a m e n t e

p u e r t o d e T a l c a h u a n o , d á n d o l e s las s e ñ a l e s

al

q u e les

d e b í a h a c e r , sin las c u a l e s les a d v e r t í a n o e n t r a r . P o r estos cinco h o m b r e s supe que llegaron antes que fragata

cuatro transportes que echaron

la

la g e n t e en

t i e r r a , y q u e s e hallaban en C o n c e p c i ó n á las ó r d e n e s d e S á n c h e z , M e dijeron t a m b i é n q u e p o r A r a u c o

te-

nían n o t i c i a q u e h a b í a n l l e g a d o c u a t r o m á s . C o n e s t a s n o t i c i a s n o vacilé un m o m e n t o , m e dirigí s o b r e T a l c a h u a n o c o n á n i m o r e s u e l t o d e b a t i r la f r a g a t a y t o d a s las e m b a r c a c i o n e s en su m i s m o f o n d e a d e r o . S e n t í a en aquellos m o m e n t o s h a b e r s e p a r a d o el b e r g a n t í n cano,

y m u c h o m á s la falta d e la c o r b e t a

Arau-

Chacabuco.

P e r o a m b i c i o s o d e q u e la m a r i n a d e C h i l e s e ñ a l a s e la é p o c a d e su n a c i m i e n t o p o r la d e su g l o r i a , resolví s a c r i f i c a r m e p o r ella en e s t e día, ó p o n e r l a d e un g o l p e á un g r a d o d e e l e v a c i ó n q u e los o j o s d e la E u r o p a alcancen á

distinguirla. H i c e venir á b o r d o al

d a n t e d e la f r a g a t a Lautaro, j u n t a n d o al c o m a n d a n t e plan de

coman-

le dije mis i n t e n c i o n e s ,

del n a v i o , les m a n i f e s t é

y mi

a t a q u e , y a p r o b a d o p o r ellos, n o p e n s é m á s

q u e e n e j e c u t a r l o . A las o c h o d e la n o c h e n o s hallaba-


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA m o s f r e n t e d e la Q u i n q u i n a y en c a l m a . A s í

IO3 pasamos

la n o c h e . A m a n e c i ó el v e i n t i o c h o c o n v e n t o l i n a Norte y mucha cerrazón; hasta

las

ocho,

en

que

t o m é la v u e l t a d e el

viento

se

del

afuera

entabló

del

N o r t e y el h o r i z o n t e s e d e s p e j ó , y viré p o r a v a n t e en b u s c a del p u e r t o . A las o n c e d e la m a ñ a n a a v i s t a m o s p o r la B o c a C h i c a la f r a g a t a d e g u e r r a , q u e

t i r ó un

c a ñ o n a z o y p u s o u n a b a n d e r a e n c a r n a d a al t o p e

ma-

y o r ; le c o n t e s t é c o n o t r o y la b a n d e r a inglesa. A las d o c e d o b l é la p u n t a N . d e la Q u i n q u i n a y a m o l l é en p o p a s o b r e el p u e r t o , y r e c o n o c i m o s q u e la

fragata

e s t a b a s o l a . P o c o a n t e s d e e n f r e n t a r la p u n t a d e A r e nas afirmó su b a n d e r a e s p a ñ o l a , le c o n t e s t é c o n o t r o c a ñ o n a z o m a n t e n i e n d o la b a n d e r a inglesa, y c a r g u é el t r i n q u e t e ; l u e g o q u e m e p u s e á t i r o d e c a ñ ó n m e dirigió un tiro c o n bala, q u e n c c o n t e s t é y a f e r r é los j u a n e t e s . A los d o s ó t r e s m i n u t o s me. t i r ó c u a t r o ó c i n c o b a l a z o s ; al m o m e n t o h i c e a r r i a r

la b a n d e r a inglesa é

izar la n a c i o n a l d e C h i l e , sin d i s p a r a r un s o l o t i r o , y le puse la p r o a ,

manifestándole

unas intenciones

más

a t r e v i d a s . A l p o c o r a t o nos d e s c a r g ó t o d o su c o s t a d o , p i c ó los c a b l e s , izó el f o q u e , c a z ó la s o b r e m e s a n a ,

y

se fué á v a r a r á la p l a y a . P e r o la t e n í a t a n c e r c a , q u e d e s d e su p o p a r o m p i e r o n el f u e g o d e fusilería. E n t o n ces di la o r d e n al c o m a n d a n t e del navio d e f o n d e a r y r o m p e r el f u e g o , lo q u e e j e c u t ó c o n la m a y o r b r e v e dad, mente

d á n d o l e u n a d e s c a r g a en la o r z a d a . le

di la o r d e n á la Lautaro,

Inmediata-

q u e s e g u í a las

a g u a s del n a v i o , d e virar p o r r e d o n d o y h a c e r la mism a m a n i o b r a , lo q u e e j e c u t ó c o n igual d e s t r e z a , y la f r a g a t a Reina

María

Isabel

a r r i ó su b a n d e r a e s p a ñ o l a ,

a r r o j á n d o s e al a g u a m u c h a p a r t e d e su tripulación q u e no p u d i e r o n a l c a n z a r los b o t e s . I n m e d i a t a m e n t e envié


BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

104

á su b o r d o á los t e n i e n t e s d e M a r i n a D . N a t a n i e l Bell y D. Guillermo Santiago C o m p t o n , con 5 0 marineros, para tomar posesión y tratar de sacarla. Había á bord o 7 0 h o m b r e s y un t e n i e n t e del r e g i m i e n t o d e C a n t a bria y cinco

pasajeros,

los q u e m e i n f o r m a r o n

que

Sánchez tenía 1 . 0 0 0 hombres v e t e r a n o s y 7 piezas de artillería en C o n c e p c i ó n , lo que m e hizo d e t e r m i n a r á desembarcar 1 5 0 soldados de Marina y algunos artilleros, al m a n d o d e sus oficiales, á t o m a r la q u e m e dijeron s e r v e n t a j o s a , en

posición,

el p o r t ó n d e la p l a -

z a , c o n el o b j e t o d e e v i t a r e n v i a s e n d e C o n c e p c i ó n alg u n a s fuerzas de artillería y m e impidiesen s a c a r la f r a g a t a , q u e e s t a b a v a r a d a á tiro d e p i e d r a d e la play a ; p e r o c o n la o r d e n d e r e t i r a r s e si a c a s o e r a n a t a c a d o s p o r una fuerza s u p e r i o r , t e n i e n d o los b o t e s listos, al c a r g o d e un

oficial d e M a r i n a , p a r a su

reembarco.

A la m e d i a h o r a d e h a b e r s a l t a d o en t i e r r a , y a n t e s d e l l e g a r al fuerza

punto

s e ñ a l a d o , , los v e o a t a c a d o s p o r u n a

m u y s u p e r i o r , y t u v e el m a y o r p l a c e r

b a t i r los s o l d a d o s d e M a r i n a y artilleros

de

ver

c o n un v a l o r

sin igual, s o s t e n i é n d o s e m u t u a m e n t e en su r e e m b a r c o , a n i m a d o s p o r sus valientes oficiales. E l navio y f r a g a t a Lautaro

no p o d í a n

h a c e r ningún f u e g o sin

ofender

á n u e s t r o s m i s m o s s o l d a d o s , q u e s e hallaban casi m e d i o ; p e r o la María de

proa

Isabel

lo h a c í a c o n

á m e t r a l l a . Siguió la n o c h e y el v i e n t o

frescaba más

del N., y t a n t o

por

sus c a ñ o n e s

que me hacía

re-

perder

la e s p e r a n z a d e s a c a r la f r a g a t a . A las 1 2 d e la n o c h e e m p e z ó á llover b a s t a n t e ; á las 2 e s c a m p ó y el v i e n t o q u e d ó casi en c a l m a . D e las 2 y m e d i a á 3 d e la m a ñ a n a , t r a t a r o n d e a b o r d a r l a c o n t r e s l a n c h a s q u e tenían en t i e r r a , las q u e f u e r o n r e c h a z a d a s del m i s m o c o s t a d o , p u e s había 7 0 h o m b r e s d e t r o p a á b o r d o . P e r s u a -


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

I05

dido de q u e d u r a n t e la n o c h e p o n d r í a n sus b a t e r í a s p a r a b a t i r n o s al a m a n e c e r , m e d e t e r m i n é á s o s t e n e r l a á t o d a c o s t a . O r d e n é ai c o m a n d a n t e del navio t e n d e r un a n c l o t e s o b r e t i e r r a p a r a c o b r a r s e p o r él y p o n e r nos p o r la a l e t a d e la Isabel

á medio tiro de cañón de

la p l a y a : así lo verificó c o n la m a y o r p r o n t i t u d , y a m a n e c i m o s en e s t a s i t u a c i ó n , q u e vista p o r la m a r i n e r í a y t r o p a q u e e s t a b a n en la María

Isabel,

recibieron nuevo

v a l o r . L o s e n e m i g o s tenían su infantería

á

cubierto

c o n las m i s m a s c a s a s del p u e b l o p o r la p r o a d e la f r a g a t a . A las 5 d e la m a ñ a n a r o m p i e r o n el f u e g o de fusilería s o b r e ella, q u e les c o n t e s t a b a del m i s m o m o d o , y á m á s c o n los d o s c a ñ o n e s d e p r o a . A las 6 e m p e z a r o n el de su artillería c o l o c a d a en el castillo

de

San

A g u s t í n , dirigiendo t o d o s sus t i r o s al navio y b o t e s q u e t r a b a j a b a n . E l p r i m e r o r e c i b i ó en su c a s c o t r e c e b a lazos, p e r o

n i n g u n o d e c o n s i d e r a c i ó n . E n r e t o r n o el

navio, la Lautaro

y María

Isabel

h a c í a n un f u e g o t a n

a c e r t a d o q u e s o f o c a b a n los s u y o s y les o b l i g a b a n á callar inutilizándoles d o s p i e z a s . A las 1 1

d e la m a -

ñ a n a el v i e n t o vino del S u r b a s t a n t e f r e s q u i t o . E n María

Isabel,

la

q u e n o e s p e r a b a n o t r a c o s a , d e j a n d o las

a r m a s d e la- m a n o ,

a c u d i e r o n t o d o s á la m a n i o b r a :

c a z ó la s o b r e m e s a n a y p e r i c o ; y h a c i e n d o p o r el a n c l o t e , q u e t e n í a p o r su p o p a , c o n s i g u i ó salir. N o p u e de V . E . i m a g i n a r s e la s o r p r e s a q u e c a u s ó á los e n e m i g o s , p u e s el f u e g o c e s ó d e r e p e n t e , y u n o s y o t r o s n o h a c í a m o s m á s q u e m i r a r la f r a g a t a h a s t a q u e el g r i t o d e ¡viva

la Patria!

r e s o n ó en t o d a s las e m b a r c a -

c i o n e s al m i s m o t i e m p o ; p e r o

los e n e m i g o s n o inte-

r r u m p i e r o n su silencio, p u e s n o volvieron á tirar, m á s que un s o l o t i r o . I n m e d i a t a m e n t e piqué el a n c l o t e q u e tenía s o b r e t i e r r a , d e j á n d o m e c a e r s o b r e el a n c l a , q u e -


IOÓ

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

d a n d o d e este m o d o , aunque no fuera de tiro d e c a ñ ó n , sí b a s t a n t e d i s t a n t e . A las 3 d e la t a r d e di la vela c o n d e s t i n o á e s t a isla, s a l u d a n d o á la plaza c o n 2 1 c a ñ o n a z o s . E l 3 1 á las 4 d e la t a r d e f o n d e é en e s t e p u n t o , en d o n d e e s p e r o 6 t r a n s p o r t e s q u e faltan del c o n v o y , p u e s si n o h a n a r r i b a d o al R í o J a n e i r o , d e b e n venir a q u í f o r z o s a m e n t e . C u a t r o d e ellos h a n p a s a d o p a r a L i m a , y n o o c h o c o m o s e m e dijo al p r i n c i p i o . L a c o r b e t a Chacabuco

la

m a n t e n g o c r u z a n d o s o b r e la Q u i n q u i n a . E s t e h a s i d o el e n s a y o d e la m a r i n a d e C h i l e , o b r a d e V . E . — E s p e r o q u e en lo s u c e s i v o ella s a b r á m e r e c e r m á s y m á s la confianza y a m o r d e los p u e b l o s , q u e p r e s t a n sus sacrificios p a r a s o s t e n e r l a . P o c a s veces se presentará una acción más á p r o p ó sito p a r a c o n o c e r el m é r i t o p a r t i c u l a r d e c a d a individ u o : en é s t a t o d o

oficial h a t e n i d o q u e d a r p r u e b a s

n a d a e q u í v o c a s d e su v a l o r , c o n o c i m i e n t o y a c t i v i d a d . Y o l o s r e c o m i e n d o á V . E . i n c l u y e n d o sus n o m b r e s , en p a r t i c u l a r los c o m a n d a n t e s y c a p i t a n e s de

fragata

don Guillermo Wilkinson y don C a r l o s W o o s t e r . Ellos han e s t a b l e c i d o la m e j o r disciplina en sus r e s p e c t i v a s e m b a r c a c i o n e s , han m o s t r a d o su v a l o r e j e c u t a n d o

las

m a n i o b r a s q u e les o r d e n a b a c o n la m a y o r p r o n t i t u d y p e r f e c c i ó n ; n o p e r d o n a n d o sacrificio p o r l o g r a r el m á s feliz é x i t o d e la e m p r e s a . A los t e n i e n t e s d e

marina

d o n N a t a n i e l Bell, d o n G u i l l e r m o S a n t i a g o C o m p t o n , d o n S a n t i a g o R a m s a y , don A g u s t í n B e s o n , d o n F e d e rico

B e r g m a n , el c a p i t á n

d e artillería g r a d u a d o

de

m a y o r d o n G u i l l e r m o Miller, l o s d e infantería d e m a rina d o n J u a n Y o u n g , d o n A g u s t í n S o t o y mi p r i m e r a y u d a n t e d e ó r d e n e s el t e n i e n t e d e m a r i n a g r a d u a d o mayor don

Martín W a r n e s , t o d o s del n a v i o

General


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA San

A los t e n i e n t e s d e m a r i n a d e la f r a g a t a

Martín. don

Lautaro

I07

Juan Helly, d o n R i c a r d o P e a s s o n , d o n

Santiago Hutkinson, don Guillermo Winter, don Guillermo M a l o z o , M a t h e w s , el p i l o t o d o n J u a n L a c o s o n , el c a p i t á n d e artillería d o n J u a n M a n n i s , t e n i e n t e

de

infantería d e m a r i n a d o n F r a n c i s c o A r i a s c o n t o d a la tripulación y t r o p a d e a m b a s e m b a r c a c i o n e s , q u e s o n a c r e e d o r e s á las g r a c i a s d e la P a t r i a . P o r n u e s t r a p a r te s ó l o h e m o s t e n i d o 2 7 m u e r t o s y 2 2 h e r i d o s . Dios guarde á V . E . muchos años. Navio San Martín,

General

á la a n c l a en el p u e r t o d e la isla d e S a n t a

María, á 5 d e N o v i e m b r e d e 1 8 1 8 . E x c m o . S r . — Manuel

Blanco

Excmo.

Encalada.—

S r . S u p r e m o D i r e c t o r del E s t a d o d e C h i l e .

Parte

que comunica

rina el capitán lada,

comandante

nuestra

al señor de navio en jefe

Escuadra

Ministro

de Guerra

don Manuel

y

Blanco

de la primera

MaEnca-

división

de

Nacional.

E n e s t e m o m e n t o q u e s o n las 1 1 d e la m a ñ a n a , a c a b o d e f o n d e a r en e s t e p u e r t o c o n la e s c u a d r a d e mi m a n d o , la f r a g a t a Reina

María

Isabel,

y tres transpor-

tes m á s del c o n v o y e n e m i g o , q u e c o n d u c í a n C á d i z 6 0 6 s o l d a d o s y 3 6 oficiales,

desde

d e los c u a l e s

han

m u e r t o en la n a v e g a c i ó n 2 1 3 d e los p r i m e r o s , t e n i e n d o e n f e r m o s 2 7 7 , y s ó l o el p e q u e ñ o r e s t o s a n o s , p e r o moribundos

de

necesidad.—Dichos

las f r a g a t a s Dolores, t o m a d a s en

Magdalena

los d í a s 1 1 , 1 2 y

p u e r t o d e la isla d e S a n t a

transportes

y Helena,

son

que fueron

1 4 del p r e s e n t e en

el

M a r í a , d o n d e s e dirigían

c r e y é n d o n o s sus c o m p a ñ e r o s , p u e s d e s d e el m o m e n t o


IOS

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

q u e a v i s t a b a u n a e m b a r c a c i ó n i z a b a la b a n d e r a e s p a ñola,

y la María

Isabel

les p e d í a el n ú m e r o , el

que

d a b a n en el m o m e n t o , v i n i é n d o s e á f o n d e a r á n u e s t r o c o s t a d o , en

q u e e r a n d e s e n g a ñ a d o s p o r un c a ñ o n a z o

c o n b a l a y la b a n d e r a n a c i o n a l . — A l b e r g a n t í n d e g u e r r a Galvarino,

q u e h a b í a l l e g a d o el día a n t e r i o r , m e

vi e n la p r e c i s i ó n d e d e t e n e r l o p o r la falta d e m a r i n e r o s p a r a t r i p u l a r las p r e s a s , o r d e n á n d o l e lo h i c i e s e en l a p r i m e r a . — E l b e r g a n t í n d e g u e r r a Intrépido,

d e las

P r o v i n c i a s U n i d a s del R í o d e la P l a t a , s e m e i n c o r p o r ó el 1 2 , á p o c o r a t o d e s p u é s d e h a b e r

h e c h o la s e g u n -

d a p r e s a . C o m o su c a p i t á n s e p u s o b a j o mis ó r d e n e s , le di t a m b i é n la d e tripular d i c h a p r e s a , e j e c u t á n d o l o el navio en la t e r c e r a . — E l día 1 4 ,

á las 8 d e la~no-

c h e , dejé la isla d e S a n t a M a r í a : al a m a n e c e r e s t u v e c o n la c o r b e t a Chacabuco,

q u e c r u z a b a s o b r e la Q u i -

n q u i n a , la cual r e c i b i ó la o r d e n d e dirigirse á la d i c h a isla y p e r m a n e c e r en ella h a s t a el 3 0 del p r e s e n t e m e s , si n o l l e g a n a n t e s l o s t r e s t r a n s p o r t e s q u e faltan,

que

infiero h a y a n a r r i b a d o ó p e r e c i d o en la m a r , s e g ú n el e s t a d o en q u e han l l e g a d o los q u e t e n g o el h o n o r d e o f r e c e r á la d i s p o s i c i ó n d e V . S . — D i o s g u a r d e á V . S . m u c h o s a ñ o s . N a v i o San

Martin,

á la a n c l a en el p u e r -

to de Valparaíso, 17 de Noviembre de 1 8 1 8 . — M a n u e l Blanco

Encalada.

— Señor

Ministro

d e la G u e r r a

y

despacho de Marina.

Parte

que comunica

el señor

al señor Ministro

Gobernador

de Guerra

y

de

Valparaíso

Marina.

H a f o n d e a d o en e s t e i n s t a n t e la c o r b e t a de g u e r r a n a c i o n a l d e n o m i n a d a Chacabuco

y dos fragatas

más,


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA e s p a ñ o l a s , últimos r e s t o s del c o n v o y .

IOQ

El parte de

la

C a p i t a n í a del p u e r t o es c o m o s i g u e : S e ñ o r g o b e r n a d o r : V a á f o n d e a r la c o r b e t a del E s t a d o , Chacabuco,

su c o m a n d a n t e

D . F r a n c i s c o Díaz,

que c o n d u c e dos fragatas españolas

prisioneras, res-

t o s del c o n v o y e s p a ñ o l . S o n d o s t r a n s p o r t e s : se llama Rosalía

y la o t r a la Carlota.

d e C á d i z b a j o la e s c o l t a d e la f r a g a t a Reina Isabel,

y conducen

la u n a

A m b a s salieron María

las d o s 1 4 0 h o m b r e s d e t r o p a . —

C a p i t a n í a del p u e r t o , y N o v i e m b r e 2 2 d e 1 8 1 8 . — J u a n José

Jortel.—Señor

g o b e r n a d o r d e la p l a z a .

T e n g o el h o n o r d e t r a n s c r i b i r l o á V . S . p a r a su c o nocimiento

y el d e l s e ñ o r S u p r e m o D i r e c t o r . — D i o s

guarde á V . S. m u c h o s años. Valparaíso, 2 2 d e 1 8 1 8 . — L u i s de la Cruz.—Señor t a d o en los d e p a r t a m e n t o s ronel D. J o s é rial.)

Ignacio

de Guerra

Noviembre

Ministro d e E s y Marina, c o -

Z e n t e n o . — (Gaceta

Ministe-


BLANCO Y

COCHRANE

(PUBLICADO EN «EL MERCURIO», DE VALPARAÍSO, EL 18 DE SEPTIEMBRE DE 1 8 4 8 )

Naves, alzad las flámulas hermosas envueltas en las nubes majestuosas del humo del cañón. Conmemorando los g-loriosos días en que Chile lanzó á las ondas frías, en leño audaz, su invicto pabellón.

TALCAHUANO

I No en vano la Providencia dio á Chile el mar por cintura, puso ante los ojos de sus hijos el espectáculo de las sublimes tempestades del Océano, trazó con su dedo omnipotente sus anchas ensenadas y dijo al pino que levantase al cielo sus ramas orgullosas en las fértiles comarcas de la Araucania; la voz gigante de la Naturale-


112

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

za le está diciendo á cada instante que será una gran nación marítima. Día llegará en que las naves chilenas recorran todos los mares, conduzcan á todo el mundo sus ricas producciones y hagan tremolar su bandera en todos los hemisferios. Todos estos beneficios serán la obra de la paz y del comercio, pero ellos serán exclusivamente debidos á los esfuerzos de Cochrane y de Blanco en Valdivia y el Callao. Sin ellos no hubiese habido patria, y por consecuencia no hubiera habido marina nacional. Por esto queremos traer á la memoria todos los hechos gloriosos que sirvieron de. ensayo á las primeras naves nacionales que Chile botó al mar adornadas con su pabellón. Valparaíso, ciudad marítima, que debe todo á la navegación, y que tiene la mayor parte en las glorias navales de la República, leerá con gusto estos ligeros recuerdos en que figura el almirante Blanco, que, encanecido al servicio de la Nación, presta hoy su inteligencia y su actividad al desarrollo de la riqueza y de la industria, después de haberlas consagrado al triunfo de la independencia americana.


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

113

II

Era una hermosa mañana del 10 de Octubre de 1 8 1 8 . El director O'Higgins salía en aquel momento de Valparaíso, seguido de una numerosa comitiva, y tomaba el camino de Santiago. Al subir los encumbrados cerros que coronan la ciudad echó la mirada hacia el fondo de la bahía y vio cuatro buques con la bandera chilena, que daban la vela en aquel momento. Un viento fresco de tierra henchía sus velas, y las embarcaciones se deslizaban suavemente sobre las aguas como las blancas garzas que nadan en la superficie de los ríos. O'Higgins contempló en silencio aquel e s p e c táculo y al cabo de algunos momentos dijo á los que lo rodeaban: —Tres barquichuelos despachados por la reina Isabel dieron á la España el continente americano, y esos cuatro buques que acabamos de preparar nosotros le arrancarán su importante presa. Aquellos cuatro buques eran la primera escuadra nacional de Chile, que iba á batir las fuerzas españolas que se suponía que habían doblado ya el Cabo y compuestas de la María Isabel, de 4 4 cañones; la Atocha, de 2 0 , y el San Fernando, 8


114

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

de otros tantos. Además, cinco transportes con tropas y pertrechos. La escuadra chilena se componía del San

Martín, la Lautaro, la Chacabuco y el Araucano, tripulados por más de 1.100 hombres y llevando un total de 120 cañones. La enseña del almirante tremolaba en el navio San Martín, de 6 4 cañones, montado por el comandante general de la Escuadra, D. Manuel Blanco Encalada, bajo cuya dirección se habían hecho todos los aprestos navales y de quien dice el señor García Reyes en su Memoria sobre la primera Escuadra Nacional, que era "un joven bizarro y ambicioso de gloria que había servido en calidad de guardia marina hasta obtener el grado de alférez de fragata en la Armada española, y que se había labrado un mérito distinguido en las batallas de Cancha Rayada y Maipo".

III

Mientras en Valparaíso todo era incertidumbre y zozobras, la escuadra surcaba atrevidamente las ondas del Pacífico y los marinos se adiestraban durante la travesía en las maniobras y el ejercicio del cañón. El 2 8 de Octubre llegó el comandante Blanco


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

II5

al frente de la bahía de Talcahuano, con sólo el San Martin y el Lautaro, habiéndose separado

la Chacabuco y el Araucano. El Atocha y el San Fernando habían pasado al Callao y sólo la María Isabel se hallaba á la sazón en Talcahuano, protegida por las baterías de tierra, dotadas de una fuerza respetable. El almirante Blanco se decidió desde luego á entrar al puerto á sacar la fragata, diciendo: — E s necesario que la Marina chilena señale la época de su nacimiento por la de su gloria. El San Martin y el Lautaro pusieron inmediatamente la proa á la Boca Chica, y al doblar la isla de la Quiriquina pudieron ver á la fragata española anclada en el puerto. Luego que la María Isabel vio á los dos buques que venían sobre ella, tiró un cañonazo con pólvora, afianzando una bandera roja y como pidiendo la suya á los buques chilenos. El San Martin afianzó la bandera inglesa con otro cañonazo, y siguió navegando sobre la fragata con ánimo de abordarla. Esta permaneció algún tiempo indecisa, pero muy luego tiró un cañonazo con bala, que fué seguido por otros varios. Entonces el San Martín enarboló la bandera chilena. La María Isabel contestó esta demostración hostil dando fuego á todo su costado; pero, no fiando en el resultado del combate, picó sus amarras y fué á encallar á la playa. Los buques nacionales fondearon al frente de


IIÓ

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

la fragata encallada y dirigieron sobre ella toda su artillería, obligando á su tripulación á arriar bandera y abandonarla, y pocos momentos después fué abordada por 5 0 hombres al mando del capitán Wilkinson. Vanos fueron todos los trabajos que se hicieron para poner á flote la fragata. £1 viento y la marea, que habían sido favorables para la entrada, perjudicaban entonces á la operación que se intentaba practicar. Sin embargo, los marinos no desmayaban en su empeño. Sus trabajos se continuaban bajo los fuegos del San Martin y del Lautaro y recibiendo todo el fuego de fusilería de las fuerzas que guarnecían la costa. La noche los sorprendió sin que hubiesen podido adelantar nada por una y otra parte. El fuego cesó, pero realistas y patriotas empezaron á tomar nuevas disposiciones para continuar el combate en el siguiente día. Los realistas tenían en Talcahuano, además de la artillería del castillo, un gran número de piezas traídas de Concepción, con las cuales establecieron sus baterías sobre la costa, cruzando sus fuegos al frente de la María Isabel, encallada. El comandante Blanco, por su parte, echó un anclote por la popa y lo fijó en tierra, colocándose en aptitud de apagar los fuegos del castillo y de las baterías improvisadas. Mientras tanto, se continuaba en el empeño de poner á flote la fragata.


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

117

Amaneció el día 29. Todos ocupaban sus puestos, apercibidos para el combate. Inmediatamente se rompió el fuego por una y otra parte» casi á tiro de pistola. Muy luego reconoció el general Blanco la superioridad de su artillería y renovó con más vigor sus fuegos, consiguiendo apagar los de algunas de las baterías de tierra. Mientras duraba el fuego, se levantó una brisa del Sur, y el viento de la fortuna, que había henchido las velas nacionales, favoreciendo su entrada á la bahía, sopló entonces en sentido contrario, favoreciendo su salida. Eran las once de la mañana y el éxito del combate era aún dudoso; pero la brisa, transformándose entonces en fresca ventolina, azotó las v e las de la fragata encallada, y con el auxilio de la tripulación se puso gallardamente á flote, dejando espantados á los realistas, mientras que los marinos nacionales celebraban su triunfo con un entusiasta ¡viva la patrial que, saliendo de las embarcaciones á la vez, retumbó por toda la bahía. La escuadra nacional saludó con una salva de 21 cañonazos el primer triunfo de la bandera chilena, y dejó la bahía de Talcahuano, reforzada por la fragata apresada, que más tarde se llamó la O'Higgins.


Il8

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

IV

Un mes después de la salida de la escuadra, la población de Valparaíso, agrupada á las orillas del mar, contemplaba con entusiasmo nueve velas que aparecían en el horizonte. Era la escuadra nacional que regresaba de su gloriosa expedición, conduciendo una fragata y tres transportes tomados al enemigo. El almirante Blanco bajó á tierra en esta ciudad en medio de las salvas triunfales de su artillería y de las aclamaciones entusiastas de todo el pueblo.

V

El Gobierno condecoró á los vencedores de Talcahuano con un escudo de honor, en cuyo centro se veia un tridente, orlado de palma y laurel, que llevaba esta leyenda: Su primer en-

sayo dio á Chile el dominio del Pacífico. |Que este lema no se desmienta jamás!, dice el historiador de las glorias marítimas de la República.


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

119

VI

Poco después del triunfo de Talcahuano llegó lord Cochrane á nuestras playas, precedido por la fama de gran marino y de un hombre entusiasta por la libertad. Había sido llamado para tomar el mando de la escuadra chilena. Mas, como á Blanco se debía su organización y su primer triunfo, al Gobierno repugnaba arrebatarle el mando, aunque, por otra parte, anhelaba que se pusiera á su cabeza un marino tan ilustre como Cochrane. El comandante Blanco, con una abnegación que le hace honor, renunció el mando en jefe de la escuadra, declarando "que el respeto que le inspiraba la incontestable superioridad de aquel insigne marino, le hacía ceder gustoso su puesto y proseguir bajo sus órdenes la obra que tan gloriosamente había empezado como j e f e " . El almirante Blanco repite con frecuencia que considera este acto como uno de los timbres más gloriosos de su vida pública.


120

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

CALLAO

I Todos los que han visitado la Bolsa de Valparaíso han admirado en eila un magnífico cuadro que representa uno de los hechos navales más atrevidos de que hacen mención los anales de la Marina. Vese en él la escuadra española haciendo un fuego vivísimo en todas direcciones, los c a s tillos del Callao surcando con sus balas las aguas de la bahía, unos cuantos boles tripulados que se deslizan como fantasmas por los costados de las grandes embarcaciones, un puñado de valientes que con el hierro en la boca se lanzan sobre ellas al abordaje, y la luz que, en medio de las sombras de la noche, se proyecta sobre el centro, dan á toda aquella escena un aspecto fantástico y lleno de novedad. Este cuadro representa la toma de la Esmeralda por el vicealmirante Cochrane, nombre que Valparaíso ha dado á una de sus calles y que Chile pronunciará siempre con respeto, "mientras conserve una canoa y un palo en que hacer flotar su bandera".


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

131

II

La escuadra española estaba compuesta de la fragata Esmeralda, una corbeta, dos bergantines, dos goletas, tres buques mercantes armados y veinte lanchas cañoneras. Los españoles habían reconcentrado toda esta fuerza en el puerto del Callao, formando con ella una doble línea en figura semicircular, teniendo á su frente una estacada flotante reforzada con cadenas y maderos, y á su espalda el apoyo de las 2 0 0 piezas de artillería de las fortificaciones. Esta fué la línea que lord Cochrane se propuso atacar, teniendo por principal objeto apoderarse de la fragata Esmeralda.

III

Resuelto Cochrane á atacar la línea española, comunicó á la tripulación la atrevida empresa q u e había meditado, contando con el valor de su c o razón y el denuedo de sus compañeros. Eligió 2 4 0 hombres de lo más distinguido d e la escuadra, aprestó 1 4 botes para el efecto, y e l día 1.° de Noviembre dirigió á los heroicos e x p e dicionarios la siguiente instrucción:


122

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

"Los botes ó chalupas avanzarán en dos lineas paralelas y separadas una de otra á distancia de tres botes. „Los oficiales y soldados deberán llevar chaqueta blanca é ir armados de pistolas, sables, puñales ó picas. „Cada bote debe tener hachas afiladas que los guardas cargarán á la cintura. «Tomándose posesión de la fragata, los marineros chilenos no harán oir las exclamaciones que tienen de costumbre, sino que, para engañar al enemigo, deberán exclamar: / Viva el Rey! „Si el vestido blanco no bastase para distinguir á los asaltadores, por la obscuridad de la noche, las palabras de orden y contraseña serán Gloria, que se responderá por Victoria." Los siguientes días se consagraron todos al apresto de la flotilla que debía atacar la línea, penetrando durante la noche por un boquerón que los españoles habían dejado en la estacada flotante. Tal era el plan del vicealmirante Cochrane.

IV En la noche del 4 de Noviembre de 1 8 2 0 la flotilla, compuesta de 1 4 botes, se ejercitó en las maniobras que debía practicar.


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

123

El día 5, Cochrane, para burlar la vigilancia de los españoles, hizo salir de la bahía dos de sus buques, mientras que toda la gente destinada á la expedición estaba reunida en la O'Higgins. A las diez y media de la noche emprendieron su marcha, formadas en dos líneas paralelas, llevando por jefe de la primera al capitán Crosbie, de la segunda al capitán Guise y á la cabeza de ambas al vicealmirante Cochrane. La noche era obscurísima y los botes se deslizaban como sombras silenciosas por sobre la superficie de las aguas. A las doce de la noche se halló la flotilla encima de la primera línea española, formada por las veinte lanchas cañoneras. El centinela que estaba en la primera de ellas gritó: —¿Quién vive? —¡Silencio, ó mueresl—fué la contestación de Cochrane; y allanando aquel primer obstáculo, prosiguió adelante. Las dos líneas de botes formaron entonces dos divisiones y se adelantaron sobre la Esmeralda, tomando Cochrane con los de la O'Higgins el lado de estribor, y Guise, con los de la Independencia y el Lautaro, el de babor. Muy luego se hallaron á su costado; Cochrane, seguido de su tripulación, se lanzó por el pasavente, y el centinela español que se hallaba allí quedó muerto á sus pies. AI mismo tiempo Guise asaltaba la fragata por el lado opuesto. Los de estribor grita-


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BENJAMÍN V I C U Ñ A

MACKENNA

ron {Gloria!, y los de babor contestaron ¡Victoríal Los asaltadores de una y otra línea se encontraron entonces reunidos en el castillo, y C o chrane y Guise se dieron allí las manos. La tripulación de la Esmeralda, sorprendida, se replegó sobre el castillo de proa, y desde allí organizó su resistencia, haciendo un vivo fuego de fusilería y rechazando los asaltos de arma blanca. Hacia un cuarto de hora que duraba la refriega; el puente de la fragata estaba cubierto de cadáveres; los pies de los combatientes resbalaban en la sangre. Un vigoroso esfuerzo de parte de los patriotas decidió la victoria á su favor, y quedaron dueños de la fragata. Habiéndose extendido la alarma á los demás buques, y hallándose herido Cochrane, no era posible ya atacar el resto de la línea, por lo cual el capitán Guise mandó picar los cables de la Esmeralda y la fragata empezó á navegar marinada por los patriotas. En aquel momento los buques y los castillos rompieron un terrible fuego de artillería, iluminando la bahía con sus vivos resplandores. A p e sar de todo, la Esmeralda salió del fondeadero, y á las dos y media de la mañana había echado el ancla fuera de tiro del cañón enemigo.


EL ALMIRANTE BLANCO E N C A L A D A

I25

V

Los dos ilustres marinos que figuran en estos breves Recuerdos Marítimos son actualmente: el uno, conde de Dundonald, residente en Inglaterra; el otro, intendente de Valparaíso y comandante general de la Escuadra Nacional. En el año pasado, en este día mismo, decía El Mercurio: " N o ha mucho, después de treinta años de estos sucesos, se han dado en Europa el abrazo de despedida los dos amigos, lord C o chrane y et almirante Blanco."


B A I L E EN H O N O R D E L G E N E R A L BLANCO (PUBLICADO EN "EL MERCURIO" EL 7 DE OCTUBRE DE 1 8 5 2 )

Todo lo que hay de elegante y escogido en la sociedad de Valparaíso se había dado cita anteanoche en el salón del teatro, perfectamente adornado y alumbrado por mil luces que realzaban el brillo de la reunión, y hacían sobresalir el mérito y los atractivos de la belleza. Las señoras de Valparaíso han hecho una obra digna de su reputación y de su buen gusto. El espacioso salón parecía haberse construido á propósito para el objeto en que esa noche ha sido ocupado, y los tapices de terciopelo ó de transparente gasa que cubrían los órdenes de palcos y galería asemejaban el golpe de vista á una de esas fantasías de la imaginación que sólo se concibe sintiéndolas, y que dejan por mucho tiempo el recuerdo y la vibración de las impresiones recibidas.


128

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

En la testera del salón se veía un hermoso trofeo sobre el cual se había colocado el retrato del general Blanco, cuyos servicios habían merecido esta espléndida manifestación de la gratitud de un pueblo. Entre los tapices con que habían sido cubiertos los palcos y la galería, se leía alrededor del salón el nombre de Manuel Blanco en letras de flores. El baile dio principio á las diez de la noche, hora en que media docena de señoritas tuvieron la complacencia de cantar un himno compuesto expresamente en honor del general Blanco. Eran los ecos de la gloria que arrullaban una cabeza encanecida en los combates y en servicio de la patria, como la más honrosa recompensa á que deben aspirar los héroes. Las cuadrillas, el vals, la polca, el scottish vinieron en seguida á comunicar á la concurrencia ese movimiento fantástico del baile, que se presenta bajo formas variadas y caprichosas, en ondulaciones acompasadas por la música y armoniosas por el arte. Doscientas parejas de baile danzaban á la vez en aquel salón, que asemejaba á ese torbellino de ilusiones que hacen la felicidad de la juventud y de la belleza. El baile continuó sin interrupción hasta las dos de la mañana, hora en que el salón del tercer piso permitió la entrada de la concurrencia en un magnífico ambigú diestramente preparado.


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

El general Blanco ocupaba una de las mesas que había en el salón, acompañado de varias señoras y caballeros, y teniendo á su lado á la presidenta de la Comisión que había organizado y dirigido el baile. La señora doña Petrona C. de Lamarca, con una entereza y un aplomo extraordinarios, con una voz segura y digna, pidió la palabra y pronunció con la expresión de las señoras de Valparaíso, á quienes representaba en ese momento, el siguiente brindis, que nos hacemos un honor de reproducir íntegro: "Señor: „Es demasiado común para los hombres célebres obtener ovaciones populares; pero éstas no son siempre la expresión de la justicia consagrada al mérito. „Hemos visto con frecuencia á los ídolos de ios pueblos glorificarlos en la víspera para derrocarlos al día siguiente. En la dilatada carrera del señor general Blanco, ¡cuántas veces esos laureles obtenidos por los más brillantes servicios han sido marchitos por la ingratitud de los hombresl „Las señoras de Valparaíso, que dedican esta ovación al señor almirante, han querido distinguir este acto sacándolo del orden vulgar para presentar á Su Señoría la pura expresión del corazón, dándole un testimonio especial que acredite la bien merecida estimación con que saben 9


13°

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

apreciar ios importantes servicios que ha hecho al pueblo de su predilección. „No puede ser más agradable mi satisfacción, porque cengo el honor de representar la gratitud y el honor de mis compañeras; pero viene á turbar este placer la idea de una despedida, cuando nuestro deseo es retener entre nosotros al señor general Blanco para siempre!" Numerosos y entusiastas aplausos coronaron el brindis de la señora Lamarca, en que había manifestado de una manera tan sencilla, completa y elocuente la expresión del sentimiento de sus dignas compañeras. E! general Blanco estaba conmovido. La g r a titud que le expresaba en ese instante un pueblo entero que había sido testigo muchas veces de sus sacrificios por el bien público, y de sus hazañas en el peligro de la patria, eran un motivo harto justificado para conmover un corazón generoso y apasionado como el suyo. He aquí su contestación: "Señoras: „E1 homenaje que habéis querido ofrecerme como señal postrera del aprecio de este pueblo, es una corona cívica digna de ceñir las sienes de un Bolívar ó de un San Martín, mis ilustres amigos. „La acepto, pero rendido bajo el peso de tanto honor.


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

131

„Creedme, señoras: ninguna manifestación habría sido más halagüeña á mi corazón. «Vosotras sois el alma de este brillante pueblo; y este testimonio delicado y espléndido tiene para mí el altísimo precio de la sinceridad. „Las manifestaciones de vuestro sexo revelan siempre las secretas simpatías de la sociedad; y al darme vosotras un testimonio tan alto de adhesión, él solo habría bastado para probarme las afecciones de Valparaíso á mi persona. «Cualquiera que sea en adelante el destino de mi vida, jamás ni nada podrá borrar de mi corazón la memoria de este pueblo, cuyas últimas horas son tan dulces para mí. A vosotras os las debo; y no hallo palabras con que expresaros mi gratitud en estos momentos, los más hermosos de mi existencia, sino pidiendo al Cielo conceda á vuestros hijos virtudes dignas de la felicidad que experimento, y que me hace recordar la que en circunstancias análogas hizo exclamar al célebre Voltaire: ¡Queréis hacerme morir de

placer!" El brindis del general Blanco obtuvo numerosos y entusiastas aplausos. Su voz, medio entrecortada por el sentimiento, daba un doble interés á sus palabras, y como él, estaban también conmovidas las que le escuchaban. Hablaba con el corazón. El ambigú fué espléndidamente servido otras


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BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

dos veces para las señoras que no cupieron entre las primeras y para los hombres. El baile continuaba sin cesar mientras tanto, y ia música redoblaba sus esfuerzos, derramando en el espacioso salón los placeres de la armonia y del sentimiento. Duró hasta cerca de las seis de la mañana, hora en que la aurora principiaba á debilitar el brillo de las lámparas que ardían en el gran salón, y en que la concurrencia se retiraba encantada y satisfecha de la noche. Elegancia, belleza, entusiasmo, buen tono, compostura y amable familiaridad: he aquí los caracteres que en la memoria de Valparaíso tendrá siempre el recuerdo de ayer. Las señoras han debido quedar satisfechas y altamente complacidas de su obra, y el general Blanco al recibir por medio de las manifestaciones de anoche la gratitud de todo el pueblo, gratitud tanto más sincera y estimable cuanto que ni el interés ni la adulación han podido mezclarse en la ternura de un abrazo de despedida. He aquí el himno que fué cantado por las s e ñoritas en honor del general Blanco:


EL ALMIRANTE BLANCO ENCALADA

Las señoras de Valparaíso al general Blanco.

CANCIÓN CORO

Sobre

la sien

modesta

Del héroe de la paz Ciñamos De la

la

corona

inmortalidad.

Apenas alzó Chile Su tricolor de gloria, Corriste á la victoria D e santa libertad; Y la española flota Rendida en Talcahuano Del triunfo americano F u é la primer señal. Sobre

la sien,

etc.

Cuando afianzó la patria Su libertad querida Y comenzó la vida D e la fecunda paz, Tu genio, que recibe L a inspiración de Europa, Como piloto en popa Rumbo marcando va. Sobre

la sien,

etc.


BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA Y esta ciudad, guiada P o r tu feliz estrella, Transfórmase en la bella Venecia de esta mar; Lanzándose, á tu impulso, Su espíritu de empresa, Todo á la par progresa, Comercio y libertad. Sobre

la sien,

etc.

Y a partes!... Mas tu genio D e vida y movimiento Nos deja un monumento: L a vía del Vapor! Así, con nobles hechos Dos eras grandes ligas, Y en coro tus amigas T e dan un triste adiós!

CORO Sobre

la sien

modesta

Del héroe

de la paz

Ciñamos

la\corona

De la

inmortalidad,


CORRESPONDENCIA DE BLANCO ENCALADA Y OTROS CHILENOS EMINENTES CON EL LIBERTADOR ( 1 )

(1)

C o m o en la biografía del almirante Blanco Encalada, por el

ameno cronista Sr. Vicuña Mackenna, no se estudian las relaciones del almirante chileno con Bolívar, y como estas relaciones son las que pueden dar, y dan, interés continental y no exclusivamente de localidad, al bravo marino, sé colocan aquí algunas cartas de Blanco Encalada y otros servidores de la independencia chilena con el Libertador de Sur-América. E s t a s cartas han sido copiadas de la edición oficial de las MEMORIAS DEL GENERAL O'LEARY (Correspondencia, ginas 3 5 - 8 2 ) .

vol. X I , pá-


M. B L A N C O E N C A L A D A

1)

Santiago de Chile, Enero 2 de 1 8 2 4 .

Excmo. señor Simón Bolívar. Mi amado y respetable general: Mi pronta salida de Lima, después de mi llegada de Guayaquil, en donde me felicito haber tenido la honrosa satisfacción de conocer á usted y recibir las pruebas de su bondad en las singulares atenciones que me dispensó, me impidió el placer de saludar á usted mostrando mi gratitud. Pasado este primer momento, me abochornaba hacerlo después, pareciéndóme demasiado tarde; pero en esta ocasión creería agravar mi negligencia si no lo hiciera, testificando á usted mi reconocimiento y amistad. Sabría usted cómo fui enviado de Ministro Plenipotenciario á Buenos Aires y demás provincias que componían la antigua Unión por el Presidente Riva Agüero, con el objeto de formar


138

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

una división que llamara la atención al enemigo por la parte del Sur y sirviese de conducir auxilios de caballos y muías al ejército expedicionario. Todo lo habíamos vencido á fuerza de mil dificultades, pues algunos gobiernos, incluso el de Buenos Aires, se negaron al menor auxilio; pero el coronel Urdininea se movía ya con 5 0 0 hombres conduciendo 1.000 caballos y otras tantas muías, cuando supo la derrota completa del general Santa Cruz: por consiguiente, han quedado inútiles nuestros esfuerzos y gastos, pues no concibo cómo podrá sostenerse este coronel sin auxilios del Perú. A mi llegada á esta capital, este Gobierno ha reclamado mis servicios, nombrándome comandante general de las armas durante la separación del director para el parlamento con los uraucanos, para volver á tomar el mando de la escuadra de este Estado á su vuelta. Y o he admitido gustoso este nuevo encargo, en cuanto considero que mis servicios no son de necesidad al Perú, habiendo otros generales que me subroguen en el mando de aquella escuadra. Al mismo tiempo me acompaña el sentimiento de no tener el honor de servir inmediatamente á las órdenes del general Bolívar, pero á las que estará siempre en toda distancia su seguro servidor, q. s. m. b., MANUEL BLANCO ENCALADA.


CORRESPONDENCIA DE BLANCO ENCALADA, ETC. 2)

139

A bordo de la María Isabel, frente al Callao. Mayo 2 3 de 1 8 2 5 .

Excmo. señor Simón Bolívar. Mi muy amado general: Deseo la continuación en su marcha con felicidad, para que veamos pronto el término de nuestras aspiraciones,—la paz y tranquilidad. La fortuna, que la pintan siempre caprichosa é inconstante, abandonando sus cualidades para con usted, trabaja por sí en allanar en parte los obstáculos para el más pronto y feliz resultado de la América, por término á sus esfuerzos heroicos por su independencia, y á sus desgracias domésticas por su falta de luces y sobra de vicios. La República de Chile se aproxima cada día á la necesidad imperiosa de la influencia del Héroe de Colombia, para restablecer su equilibrio perdido y salir de un estado que de reacción en reacción la conducirá necesariamente al sepulcro. Las provincias de la Unión, con el suceso de Bustos en Córdoba, perderán también alguna porción de la confianza que tenían en sí mismas para su reconcentración, y el Gobierno de Buenos Aires creo se prestará con más docilidad al proyecto de usted. Estas esperanzas, mi amado general, me consuelan un tanto del dolor amargo que me atormenta tendiendo la vista sobre mi patria, y pido al Cielo el cumplimiento de sus deseos y mis votos.


140

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

Dirigí á Rodil mi parlamento para obtener con su contestación el tener á mi bordo á Villazón, como se verificó, y á quien después de las preparaciones consiguientes hice la proposición acordada, que sin mostrar ni agradarle ni ofenderle, tomó el aspecto de escucharla como mera conversación, manifestando la imposibilidad del suceso. Sin embargo, repetí algunos días después otro parlamento, al que no me contestó Rodil, hasta ser reconvenido por un tercero, verificándolo con una carta picante por haberle apresado tres canoes pescadoras, después que estos mismos pescadores me habían apresado una que me conducía de Chorrillos correspondencia particular de Chile; por consiguiente, hemos cortado toda comunicación y continuamos más y más e s trechando su desesperada situación, que tendrá su término en Agosto, á todo su fin. Adiós, mi general. El dirija sus pasos y conserve su salud, repitiéndome de usted su muy apasionado amigo y seguro servidor, q. s. m. b., MANUEL BLANCO ENCALADA. 3)

Lima, Octubre 1.° de 1 8 2 5 .

Excmo. señor Simón Bolívar. Mi querido general: En el correo pasado tuve la satisfacción de escribir á usted anunciándole mi partida para Chile


CORRESPONDENCIA DE BLANCO ENCALADA, ETC.

14I

el 25 del pasado, que sin duda alguna hubiera tenido efecto á no ser por el dichoso pleito de la fragata americana Brown, y cuya marcha, en su principio viciada por la mala fe y oro de los contrarios, tanto como por la codicia y venalidad de los primeros jueces, no ha dejado de ocasionarme los más crudos días. Comprometido mi honor, mancillado por las dos primeras sentencias, que abrían á más de par en par las puertas á las justas quejas de los oficiales y tripulación de mi escuadra, y á los cargos de mi gobierno, dando á la oferta sencilla y demasiado generosa una extensión que jamás le cabe, sin que de freno bastar pudiese la previsión con que usted condicionaímente la aprobó de que no estuviese en oposición á las leyes, yo me preparaba á conducir este asunto hasta el último extremo, si por desgracia del país los últimos jueces que han compuesto la sala de revista se hubiesen asemejado á los que le precedieron; pero por su fortuna y por la mía, ellos han borrado la negra mancha con que aquéllos ensuciaron el santuario de la justicia, y con un carácter y firmeza poco común, y una honradez á toda la prueba de las insinuaciones más fuertes de la codicia, ellos destruyeron las dos sentencias dadas, pronunciándose uniformemente por la ley. Creo de mi deber recomendar á la memoria de usted los nombres de Tellería, Fuentes, Pacheco, Piñeiro y Ruedas, que han compuesto este tribunal.


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BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

Esto dio lugar á las reclamaciones impropias del Comodoro americano, usada entre nosotros por todos los comandantes extranjeros, y obligaron al Gobierno á pedir un voto consultivo á la Suprema Corte de Justicia, cuyos vocales y fiscal unánimemente aprobaron el último fallo, penetrados del fondo de la cuestión y de las leyes, para oprobio y vergüenza de los primeros jueces, y opinión y honor de los segundos. Puesto á la cabeza y responsable de este asunto, no he podido abandonarlo; y concluido, quedo los días precisos para llevar conmigo algún dinero á cuenta de lo que pertenece á mi Gobierno, para pagar mi escuadra á mi regreso, y también responder á injustas pretensiones que anima el deseo de algunos de partir la fortuna de otros. El presidenteUnanueme dijo antes de ayer se le escribía á usted anunciándole las últimas comunicaciones del Gobierno de Chile, pidiendo 300.000 pesos á cuenta de su deuda, para verificar la e x pedición á Chiloé; á mí se me llama previniéndome esfuerce la petición, y que debo de estar para principios de Noviembre en Valparaíso, fecha en que debe salir dicha expedición; yo estaré sin falta en el tiempo que se me fija, pues daré la vela dentro de seis días, pero conociendo el teatro á que voy faltaría á mi deber si no manifestase á usted mi opinión en la materia; nada, nada haremos, pues ni llevo dinero, ni veo estabilidad en el Gobierno, y la estación se avanza; sin em-


CORRESPONDENCIA DE BLANCO ENCALADA, ETC.

I43

bargo, yo siempre haré los mayores esfuerzos por hacer algo por mi Patria; feliz si lo consigo, y si logro convencer á usted que será eternamente un apasionado admirador, amigo de usted, su afectísimo servidor, q. s. m. b., MANUEL BLANCO ENCALADA.

4)

Santiago, 12 de Abril de 1 8 2 6 .

Excmo. señor Simón Bolívar. Mi querido general: A mi vuelta de la expedición de Chiloé escribí á usted una larga carta, que debe conducir el Sr. López Méndez, quien visitándome en esos momentos me anunció su partida para Lima en seis días: con este motivo tuve una larga conferencia con él para que la pusiese en conocimiento de usted, pero ignorando las causas que de día en día le detienen en esta capital, me veo en la necesidad de adelantar ésta para prevenirle que con esta fecha dirijo una nota al ministro de Relaciones exteriores de esa República, reclamando á nombre de los jefes y oficiales de mi escuadra que estuvieron bajo mi inmediato mando en el bloqueo del Callao, por el premio y gratificación con que generosamente ese Gobierno ha querido recompensar los servicios del ejército sitiador y escuadra bloqueadora, haciendo presente los


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BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

derechos que les asisten para ser comprendidos en igual gracia que ios del Perú y Colombia. Al dar este paso, al que soy impelido por la pretensión de ellos mismos, no puedo menos de confesar á usted que nuestras únicas esperanzas están fundadas en el conocimiento íntimo que tengo del carácter justo y generoso de usted, no ignorando la rivalidad hacia mi persona de uno de los individuos que componen e! Consejo de Gobierno, el cual, olvidando los principios de su clase, ha fomentado las imposturas más crasas contra mi honor y opinión, opinión granjeada en diez y seis años de revolución y de continuos servicios y sufrimientos por la causa de la independencia, siendo en gran parte por la de ese mismo país, sin tacha ni otro premio que el contento de haber llenado bien mi deber; no he querido rechazarlas por el orgullo de mi propia conciencia, y en la confianza que usted, como caballero, por poco conocimiento que haya adquirido de mi carácter y reputación, cerraría los oídos á acusaciones groseras que pugnan en toda posición con un corazón que ha recibido una educación delicada; por esta razón, mi querido general, no entro en explicaciones que no son dignas de entre ambos, ni yo darlas, ni usted recibirlas, mucho más cuando á la rendición de la plaza, la exposición de los enemigos las habrá disipado completamente. Aquí se espera con ansiedad el 15 de Junio,


CORRESPONDENCIA DE BLANCO ENCALADA, ETC.

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día en que debe reunirse el Congreso y en que deben aparecer las esperanzas del orden ó la más completa anarquía: el general Freiré, convencido por su propia incapacidad, que no nació para ei puesto que ocupa, está resuelto á dejarlo á otro que, más hábil y con más firmeza que éí, fije la marcha que está indicada á esta República. Adiós, mi querido general; manténgase usted bueno, pues su vida será la dicha y ía paz en el continente americano: así io espera su apasionado amigo y seguro servidor, q. s. m. b., MANUEL BLANCO ENCALADA.

5)

Valparaíso, Mayo 6 de 1 8 2 6 .

Exorno, señor Simón Bolívar. Mi muy amado general y amigo: He recibido su apreciable carta conducida por e! corone! Soyer, juntamente con la medalla y diploma que el Gobierno de esa República ha tenido á bien concederme como un testimonio de mis servicios á ella. Y o la recibo doblemente orgulloso, por e! conducto que me es trasmitida y por las expresiones generosas con que usted me honra y ia acompaña; la recibo igualmente con doble placer por contener e! busto de! hombre célebre, base de la independencia americana y sus futuras esperanzas, y de quien tantos 10


I46

BENJAMÍN V I C U Ñ A

MACKENNA

testimonios de aprecio y amistad tengo recibidos. Y o doy á usted las gracias, mi querido g e neral, por esta nueva manifestación de su bondad, que, como las anteriores, será grabada en mi corazón y existirán tanto como yo. A Centeno escribo en esta fecha contestándole una suya, después que me dice haber tenido una conferencia con usted; él debe mostrársela. A mediados del próximo pasado tuve el gusto de escribir á usted recomendándole el reclamo que, á nombre de los jefes y oficiales de mi escuadra que estuvieron en el bloqueo del Callao, hago á ese Gobierno por el premio y gratificación acordado á los bloqueadores. El teniente Jordán, conductor de ésta, va e n cargado de enganchar marineros extranjeros para el servicio de la escuadra de Buenos Aires: es un joven de clase y de buena conducta. Adiós, mi apreciado general. Él conserve su vida y salud, repitiéndose su más reconocido y apasionado amigo y servidor, q. b. s. m., MANUEL BLANCO ENCALADA.


B. O ' H I G G I N S

1)

Valparaíso, 2 4 de Julio de 1 8 2 0 .

Excmo. señor Presidente de la República de Venezuela y Nueva Granada, etc., etc., etc. Excmo. señor: Desde el mes de Noviembre de 1818 tuve la honra de iniciar comunicaciones con V. E. por la vía de Inglaterra; y no habiendo recibido c o n testación á ellas, probablemente en razón de lo fácil de extraviarse la correspondencia en tan inmensas distancias, aprovecho esta oportunidad más segura, para reiterar á V. E. la expresión de los sentimientos de amistad y consideración que me animan respecto de su persona, y mis deseos de contribuir en lo posible á la felicidad de los heroicos pueblos sobre los cuales preside V. E. de un modo tan digno. El capitán mayor, ciudadano J o s é Antonio Muñoz, enviado del Gobierno de Santa Fe en


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solicitud de armamento y útiles de guerra, regresará muy breve al puerto de Buenaventura; y aunque este Gobierno no ha podido auxiliarle conforme á sus deseos, á causa de hallarse exhausto de todo con el apresto de la expedición libertadora del Perú (que dará la vela antes de quince días), le queda, sin embargo, el consuelo de que varios negociantes de esta capital le han proporcionado cuanto necesitaba. El referido ciudadano J o s é Antonio Muñoz instruirá á V. E. detalladamente del estado de nuestros negocios, y de los obstáculos que ha sido necesario vencer para realizar la expedición. En ella va de ayudante comandante el coronel ciudadano Juan Paz del Castillo, el cual ha prestado servicios importantes á este país, y se hallaba comprometido á acompañar al general San Martín, cuando llegó á su noticia la convocatoria que se había hecho de todos los miembros del antiguo Congreso venezolano. Su compromiso, la utilidad de su persona, y los mayores servicios que está en estado de hacer en el Perú, decidieron al general en jefe del Ejército Libertador y al mismo coronel Castillo á continuar en la primera resolución tomada; y yo tengo la honra de comunicárselo á V . E., para que se haga la justicia á que es acreedor el expresado Castillo, y se aprecie la pureza de su patriotismo, y sus deseos de servir en dondequiera que se le considere útil.


CORRESPONDENCIA DE BLANCO ENCALADA, ETC.

I49

Dios guarde á V . E. muchos años.—Palacio Directorial en Valparaíso, á 2 4 de Julio de 1820. BERNARDO O'HIGGINS.

2)

Santiago, A g o s t o 17 de 1 8 2 1 .

Al Excmo. señor Simón Bolívar, Libertador y Presidente de Colombia, etc., etc., etc. Excmo. señor: El estado de las comunicaciones, poco frecuentes, y aún no bien establecidas entre las Repúblicas de Colombia y Chile, ha hecho que algunos despachos de V. E. lleguen atrasados á mis m a nos, como el que V. E. se sirvió dirigirme con fecha 2 de Mayo del año próximo pasado, á que tengo el honor de contestar, y otros se extravían y pierden del todo, como sin duda ha sucedido con el que V. E. me indica del señor vicepresidente de Colombia en Guayana, que hasta ahora no he recibido Mas ya que la libertad por medio de V. E. ha extendido y fijado su imperio en esas vastas r e giones, cuando en el Pacífico no tenemos que temer sino débiles enemigos, prontos á desaparecer enteramente con la próxima libertad de todo el Perú, me lisonjeo que nuestras comunicaciones sean más frecuentes y regulares, y que cada día se estrecharán más los vínculos de fra-


ISO

BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

ternidad que deben unir para siempre á los ciudadanos de uno y otro Estado. D e la unión y cordialidad recíproca, como observa muy bien V. E., depende el próspero destino de la América, y la división sólo puede producirnos miserias y lágrimas. Este luminoso principio fué sin duda el que inspiró al Congreso general de Venezuela la ley fundamental de Colombia, que V . E. se ha servido dirigirme, y cuya sabiduría ha merecido los elogios de los políticos de Europa. Mi alma se complace en congratular á esa República, á nombre de la de Chile, por el patriotismo sin e j e m plo con que ha sabido posponer toda otra c o n sideración á la del bien general. La unión de dos Estados en uno solo ha costado siempre guerras y desolaciones, y jamás ha sido ni sincera ni durable. A Venezuela y Nueva Granada estaba reservado dar las primeras el glorioso ejemplo de una fusión amistosa, excitada por el patriotismo, aconsejada por la política, discutida por la sabiduría, sancionada por la voluntad general, y consagrada á la gloria y prosperidad de la nación. V . E., cuyo influjo ha tenido gran parte en esta medida, ha adquirido por ella nuevos títulos á la celebridad, que ya goza su nombre, y á las b e n diciones con que necesariamente le colmará la posteridad. La Constitución de Venezuela ha sido mirada en este Estado con el aprecio que merecen el


CORRESPONDENCIA DE BLANCO ENCALADA, ETC.

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patriotismo del ilustre autor del proyecto, y el tino político que se deja ver en su sanción. Cuando toda la República de Colombia se rija ya por principios tan liberales, sólidamente establecidos, podrá desafiar con toda seguridad al tiempo sobre su duración y bienestar. Chile se gobierna hasta ahora por el reglamento provisorio que tengo el honor de acompañar á V. E., y se prepara á formar su Constitución permanente, cuando instruido por la experiencia en el seno de la paz, y en el absoluto silencio de las pasiones, puedan concurrir todos sus habitantes á fijar de unánime consentimiento las leyes de su asociación. V . E. habrá visto ya que este Gobierno remitió las armas, pertrechos y demás útiles que pidió el señor vicepresidente de Cundinamarca, y me será de la mayor satisfacción que reforzándose con ellos el ejército que obra sobre Quito, tenga Chile la gloria de cooperar con V . E. á la libertad de un pueblo que fué primero en p r o clamarla en la América meridional. La mutua cooperación, la gratitud recíproca, son bases muy sólidas para cimentar la amistad de las naciones, y por eso los agentes de este Gobierno en Europa están instruidos de obrar, en todo lo posible, de acuerdo con los demás agentes de las Repúblicas de América. Tengo el honor de felicitar á V. E. por el próspero suceso de las armas que tan digna-


BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

mente manda V. E., de ofrecerle los sentimientos de admiración que inspira el héroe de C o lombia, y de repetirme con la mayor consideración su afectísimo servidor, B . O'HIGGINS. Palacio

Directorial

en Santiago de Chile, A g o s t o

17

de 1 8 2 1 .

3)

Valparaíso, Abril 10 de 1 8 2 3 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de la República de Colombia. Muy distinguido señor mío: La expresiva nota de V. E. de 29 de Agosto último será siempre para mí un agradable recuerdo del honor que me ha dispensado un general filósofo, un político feliz, el héroe que fija la expectación de los hombres libres, de quien todo se espera, por más que su moderación quiera reconocer en otros iguales facultades de hacer venturosa la América. S í : V. E. no puede ser detenido en su carrera de gloria; manda una República agradecida que conoce sus intereses y es homogénea en sus sentimientos. Sólo á V . E. era dado tomar la iniciativa para hacer felices á los demás Estados de este continente, reuniéndolos por sus plenipotenciarios


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para acordar las bases de su confederación y poderío. Y o he adherido gustoso á tan grandiosa idea, y me honraré siempre de haber concurrido, al menos con mis deseos, á que se levante y enseñoree en la América tan majestuoso edificio. No me es dado ya tomar más parte. Un pago igual al que recibieron de sus Repúblicas Aníbal y Scipión me hc¡ separado del mando. Nada me ha afectado sino el modo, porque yo deseaba descargarme de él. Mi vida ha sido más gustosa en el campo del honor; mi corazón no es amasado para mecerse en la política insidiosa con que puede sostenerse un Estado enfermo de envidia, de partidos y facciones. Es este un mal casi necesario en los gobiernos nacientes, que se crían y se forman á sí mismos; siempre el hombre tiene repugnancia á reconocer un superior en su igual, aun cuando lo haya elegido. En vano es dar instituciones y garantías, porque los facciosos las desprecian y censuran. En mi poca ó ninguna política y en mi experiencia, hallo que nuestros pueblos no serán felices sino obligándolos á serlo; pero yo aborrezco tanto la coacción, que ni aun la felicidad gusto dar por medio de ella. Seguramente quedó olvidada la Gaceta á que se refiere el Gobierne español con respecto á mí. Jamás he esperado buen concepto de hombres que he batido como soldado y como ciuda-


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daño; las calumnias que me dirijan me valdrán un elogio. Aun estoy incierto del punto en que fije mi residencia; pero sea cual fuere, allí mantendré desenvainada mi espada contra los enemigos de la independencia; allí admiraré á V. E.; allí recordaré el honor de su grata correspondencia, y de allí tributaré á V. E. el respetuoso homenaje con que soy, D e V. E., su afectísimo obediente servidor, BERNARDO O'HIGGINS. 4)

Noviembre de 1 8 2 3 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de la República de Colombia. Mi amado jefe: Siento mucho que el catarro no me permita llevarle personalmente la adjunta que devuelvo. Como se consiga que venga la escuadra en el estado de convulsiones que el desgraciado Chile se encuentra, será una prueba tan clara como la luz que nos alumbra de la decisión de la inconstante fortuna en favor de V . E. y de la independencia de la América. Prieto es muy buen sujeto, buen militar y excelente patriota; no detendrá la escuadra ni un


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minuto en los puertos de Chile, siempre que esté á sus alcances. Eternamente será todo suyo su obediente servidor, BERNARDO O'HIGGINS.

5 . — Confidencial)

Lima, Diciembre 10 de 1 8 2 3 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de Colombia y encargado del Alto mando directorial del Perú. Mi respetable amigo: Cada vez que se piensa en los embarazos que se oponen al progreso de nuestra revolución, se abatiría la más fuerte imaginación al encontrar estos obstáculos siempre más multiplicados y difíciles de vencer, en medio de la efervescencia de pasiones abrasadoras. Es, pues, preciso corregir tan funesta tendencia, y sólo á usted, mi amigo, le es dado hacer tan grande bien. En nota de ayer, que será entregada por el comandante Spry, felicito á usted, con toda la sinceridad de mi corazón, por los prósperos sucesos en esa provincia, y ahora tengo el doloroso sentimiento de anunciarle el regreso de la división de Chile al primer puerto del Norte de aquel Estado, según carta que acabo de r e c i bir del jefe de la división, Francisco Antonio Pinto. No me sorprende este suceso desgraciado,


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porque ya tenía nociones de la desmoralización de algunos jefes, y tal vez recuerde usted mis repetidos anuncios y avisos de lo que convelía acercar á su persona aquella división. No o b s tante que el coronel Sánchez me ha indicado que el almirante Guise es la causa de la vuelta de las expresadas fuerzas, yo suspendo el juicio hasta no oir de ambas partes sus explicaciones. Al efecto, en este momento escribo á dicho almirante una carta amigable, invitándole al puerto del Callao, en cuyas aguas se v i o ayer la fragata Almirante; mi objeto principal es asegurarle mi antigua amistad, mis inalterables votos por la independencia de la América y conminarlo que coopere á tan sagrado fin, deponiendo cualquiera error ó equivocación, si es que io haya habido por falsos rumores ó astucias preparadas por multitud de feroces charlatanes, cuyos excesos afligen y amenazan la existencia de la Patria. Finalmente, convencerlo que usted y el Gobierno le serán sus mejores amigos, porque lo son del bien general y de la libertad de la América. ¡Ojalá que usted le hiciese algunas comunicaciones, que él tiene honor y es amigo de los que pueden comunicárselo! Esté usted seguro que trabajará cuanto esté en lo posible en obsequio de la justa causa y de usted, su obediente servidor y eterno amigo, BERNARDO O'HIGGINS.


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Trujillo, Febrero 2 4 de 1 8 2 4 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de Colombia y Supremo Dictador del Perú. Mi general y amigo de mi más alto aprecio: Al ver con el mayor placer confiada la Suprema Dictadura de la República á la dirección y cuidado de la espada libertadora de Colombia, no deja duda que los peruanos más expertos en la experiencia de sus fatalidades dirigen ahora sus pasos con otra madurez hacia su independencia. Con tan acertada resolución, ella recibirá una nueva vida y consistencia permanente, á pesar del aniquilamiento en que la han puesto hombres corrompidos y traidores, ¡jamás necesitó la patria de mayores sacrificios! Pero preside el genio de la victoria, que las guerras de la agradecida Colombia nos han dejado ver en sus ejércitos, célebres por su valor y constancia. Es, pues, á su virtud y sufrimiento que el d e s tino señala el triunfo sobre un enemigo orgulloso, que defiende una causa tan injusta como abominable. Continúe V. E. en su carrera de glorias hasta dar al Perú la felicidad que necesita: mis votos serán siempre con V. E., porque así sirvo á mi patria como deseo, y cumple con el afecto que le profesa el que tiene la honra de ser su obediente servidor y amigo, BERNARDO O'HIGGINS.


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7.—Confidencial)

Trujillo, Marzo 1 2 de 1 8 2 4 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de Colombia y Supremo Dictador del Perú. Mi general y amigo de mi más alto aprecio: Si el martes en la noche interesé su alma compasiva en favor de D. Ramón Novoa, por las razones que entonces manifesté, y que me parecieron haber inclinado á su favor su natural generosidad, en que confío, principalmente si se ha concillado la indicación del miércoles en la t a r d e — ahora que lo considero en peligro—, permítame V. E. reiterar mi súplica con todas las veras de mi corazón, y si algo valen mis servicios á la patria, interponerlos por la vida de este desgraciado; y si asistiese á V. E. alguna duda acerca de mi súplica, concédaseme el honor de explicar verbalmente algunas otras circunstancias adicionales, que estoy cierto satisfarán á V . E. Protesto á V. E. no conducirme otro guía en el deseo de salvar la vida de este hombre infortunado, que los más puros sentimientos de servir la gran causa por la que está V. E. tan noblemente empeñado. Tiene siempre el honor de ser su más obediente servidor y afectísimo amigo, BERNARDO O'HIGGINS.


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8.—Confidencial)

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Trujillo, y Mayo 1 0 de 1 8 2 4 .

Excmo. señor Presidente, Libertador de Colombia y Dictador del Perú. Mi general y amigo de mi más alto aprecio: El coronel Tomás Heres, de quien reconozco consideraciones de atención, parte hoy mismo para el ejército, y aprovecho esta oportunidad para tener la honra de saludar á usted y comunicarle la llegada á Huanchaco de la goleta Serpiente Marina, que cuando salía de Valparaíso entraba en aquel puerto la fragata Lautaro, uno d e los buques expedicionarios á Chiloé, y no habiéndose acercado al habla quedamos siempre en la ansiedad de saber los últimos resultados de la expedición, cuyo éxito feliz ya se dudaba generalmente en Santiago. En artículo de carta de un comerciante inglés, hombre respetable, me dice lo que traducido acompaño en la adjunta nota. No obstante, dudo mucho lo del navio Asia y fragata española, porque tal rumor no sería difícil componerse por el capitán de un buque francés, cuando ganado por sus aliados los españoles, al efecto de diseminar noticias que tiendan á desalentar los nobles esfuerzos de los sur-americanos. Me aseguran que la Serpiente Marina llevó por objeto á Valparaíso comprar armamento de extranjeros para este puerto y ejército, y aunque


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encontró 1.000 fusiles y algunos sables, que se vendían puestos á su bordo, no le fué permitido por el Gobierno de Chile. Esta triste demostración manifiesta lo p o c o que se debe esperar por ahora de la apatía y desaliento en que fluctúa un país que no hace mucho tiempo ardía en un santo entusiasmo por la independencia. Sin embargo, considerando al general Freiré de regreso á Chile con el ejército expedicionario, y que en el término de ocho meses más no le permitirá el clima del archipiélago operación alguna de guerra, me lisonjeo que podrá aprovecharse de este término para ocupar sus tropas, al menos en divertir al enemigo por Intermedios.—A este efecto he aprovechado la oportunidad de la fragata de S . M. B . Aurora (que con corta escala en el Callao se dirige á Valparaíso), y escribo á los mejores patriotas y amigos, empeñándolos en esta indicación y ejecución tan necesaria, y honrosa á Chile, como útil á la causa común. Como el bergantín Congreso salió de Valparaíso algunos días antes de esta goleta, indudablemente los papeles públicos y cartas confidenciales vendrán en él y entonces con más detención se podrá juzgar de aquel país. Además, quedaban para dar la vela muy pronto una goleta griega y otra inglesa mercantes; por alguna de ellas sabremos sucesos posteriores, que tendrá el honor de comunicar oportunamente quien reitera


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á usted sus homenajes del más sincero afecto con que es su afectísimo obediente servidor, BERNARDO O'HIGGINS.

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Trujillo, Mayo 29 de 1 8 2 4 .

Excmo. señor Presidente, Libertador de Colombia y Dictador del Perú. Mi general y amigo de mi más alto aprecio: Ha llegado del puerto de Valparaíso al de Huanchaco, en doce días de navegación, el bergantín inglés Elena, y aunque los documentos y comunicaciones que he recibido de Chile no son en modo alguno lisonjeros, consecuente á la promesa que tuve el honor de indicar en nota 1 0 del presente mes, tomo ahora la pluma para su debido cumplimiento. Entre los documentos hay un boletín publicado en Santiago el día 13 de Abril; en él se relaciona "que el 22 de Marzo entró nuestra expedición al Canal por la boca del Norte, compuesta de nueve buques, que cruzó tres días y que el último desembarcó, y tomó el puerto y fortaleza de Chacao, después de un vivo fuego de tres horas. Allí permaneció seis días, hasta que se presentó el coronel enemigo García al mando de 7 0 0 hombres. Que hubo un ataque desde las ocho de la noche 11


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hasta el amanecer, que se retiró el enemigo. Después ocupó el fuerte de Caralmapu nuestro ejército y marchó sobre San Carlos. La fuerza e n e miga no pasa de 1.000 hombres mal armados y divididos en Castro, San Carlos y frente de Chacao". Mis cartas dicen que el 27 de Abril llegó á Valparaíso la fragata Lautaro de Chiloé, con el objeto de reparar algunos daños que había sufrido, y que cerca de una semana después llegaron tres transportes más que traían á su bordo cerca de 1.000 hombres á las órdenes del coronel Beaucheff. Que la tropa se quejaba de haber sufrido grandes trabajos por falta de víveres y abrigo, como lo demostraban sus rostros y vestuarios. Que abiertamente acusaban á sus jefes de cobardes, y de insubordinación á sus oficiales. Afortunadamente es una circunstancia feliz para la América que casi siempre los españoles se hayan decidido por el sistema defensivo más bien que por el de guerra ofensiva; y mayor fortuna para Chile que Quintanilla sea de esta disposición, porque de otro modo, del estado de desorganización en que se hallaba el ejército de Chile, algún tiempo antes de su embarque, era muy probable no hubiese salvado un solo hombre de los que pisaron la isla. Después de efectuado el reembarco, se perdieron un transporte y una corbeta de guerra, llamada la Voltaire, que á los fines de mi gobierno hice comprar en Francia, y


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era el buque más precioso y velero de la escuadra; los demás buques también sufrieron algunos daños. E¡ general Freiré, con mucho menos de la mitad de su fuerza, regresó áTalcahuano, quedando sorprendido al saber que Beaucheff, con el resto de tropas, se había dirigido á Valparaíso contra órdenes expresas; y á marchas forzadas se dirigió á la capital, donde entró el 1 4 del presente á las diez de la noche. No debo omitir que el bergantín Diamela fué tomado en el puerto de Talcahuano con 100.000 cartuchos de fusil á bala y otros pertrechos que se remitían al general Freiré, por uno de ios corsarios enemigos. S e asegura que la pobreza del erario alcanza al grado de estarse vendiendo en subasta pública los valiosos acopios navales con que dejé proveído el arsenal de Valparaíso para diez años de guerra, en proporción á los buques de guerra. En articulo de carta de un corresponsal de todo crédito, me dice con fecha del 9 de este mes: "Anoche mismo se iban á echar sobre las armas el partido de los anarquistas, y no lo efectuaron porque fueron sentidos ó vendidos; no me atrevo á relacionar este suceso por falta de c o n fianza en el conductor de ésta, pero sí puedo asegurarle que jamás he visto tiempos más desgraciados. Esto no se entiende, y como la luz del día, se divisa la disolución de la República... Consérvese usted en esos países adonde la for-


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tuna le ha conducido, para librarlo de la fatalidad en que nos hallarnos envueltos." Las comunicaciones de Valparaíso, que alcanzan hasta el 16 del presente, dicen: "Que el pueblo se mantenía en un constante estado de agitación y alarma, por rumores de cambiamiento y revoluciones, de invasiones por Quintanilla de Chiloé, por eí general Valdés de Arica, por fuerzas navales de Cádiz que aseguraban hallarse en las Malvinas, y por escuadras francesas"; pero semejantes rumores sabe usted, como yo, que se hacen siempre valer según las circunstancias. No obstante, es alarmante, mi amado general, el cuadro funesto que nos presenta el desgraciado Chile, no tanto por nuestros enemigos comunes, cuanto por ese peso insoportable de las facciones que lo despedazan y le hacen sentir el peligro de esa efervescencia tumultuosa que ha desnaturalizado sus mejores habitudes y precipitádolo á la degradante situación de no encontrarse seguridad ni garantía. S e gasta la imaginación en buscar un lenitivo á un mal tan espantoso. En semejante estado, mi aparición repentina en aquel país, bajo de cualquier carácter, alarmaría las pretensiones de los demagogos y el temor á las venganzas los precipitaría á la violencia, y se decidirían por la guerra civil. Ceder al imperio de las circunstancias, creo que por ahora es lo menos malo, y el mismo


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orden de los sucesos señalará muy pronto la marcha que se haya de seguir. En el entretanto, concentrándose según vemos el Ejército Libertador, y haciendo lo mismo el de Canterac, como es de esperar, según la disposición que manifestó cuando bajó á Lima en el mes de Junio pasado, me inclino á creer que es su deseo decidir la suerte del Perú en una acción general; yo supe en aquella época, por conductos fidedignos, que cuando él bajó de Jauja á Lima estaba persuadido que el ejército del general Santa Cruz y el de los aliados se hallaban reunidos en aquella capital y sus inmediaciones. Es por tanto claro que no debía descender de los Andes con alguna otra determinación que la de dar una batalla decisiva, la que si le era desgraciada ponía un término á la guerra. Bajo estos principios no dudo que se acerca el día en que de un solo golpe veamos los fines de la dominación de Fernando el cruel en el Perú. Usted más bien que nadie sabrá medir la aproximación de este momento deseado. Y o reitero mi propósito de acompañarle y servirle, bajo el carácter de un voluntario que aspira á una vida con honor ó á una muerte gloriosa, y que mira el triunfo del general Bolívar como la única aurora de la independencia de la América del Sur. Estos son los votos eternos de su obediente servidor, BERNARDO O'HIGGINS.


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Trujillo, Junio 2 5 de 1 8 2 4 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de Colombia y Dictador del Perú. Mi amado general y respetable amigo: Con el más alto aprecio veo en este momento su generosa carta de 14 del corriente, y puedo asegurarle que he leído su contenido con el placer más sincero. Y o me lisonjeo en que mi carácter verdadero le es suficientemente conocido para satisfacerle, que la gran causa por la que usted tanto ha peleado, y por la que tan noblemente se halla trabajando, es el único objeto al que puedo dirigir mi atención, y que muy gustoso acepto cualquier destino en que se me considere de utilidad. ¡Qué consideración tan lisonjera es á un soldado araucano ser invitado á las filas de sus bravos hermanos de Colombia! Ya me complazco en la esperanza que el compañero de armas que usted les ha señalado sabrá hacerse digno de esta distinción. Usted me honra del modo más importante en la manera que me confiere este favor, y á la verdad me significa más de lo que merezco. Mas yo confío que sus valientes colombianos no tendrán motivo de quejarse de su nuevo compañero, y en que usted lo encontrará siempre pronto á ejecutar todas las órdenes que usted crea necesarias á promover


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los felices sucesos de la gloriosa empresa en que se halla empeñado. No perderé un momento en tomar mis medidas á procurarme los caballos y muías precisas para moverme, y en el instante que los obtenga procederé al Cuartel General á colocarme á su disposición; deseando de que en el entretanto no ocurra cosa alguna de consecuencia. Créame usted, mi querido general, ser su más sincero y fiel amigo, y obediente servidor, BERNARDO O'HIGGINS.

11)

Hacienda de Montalbán, A g o s t o 2 4 de 1 8 2 5 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de Colombia y Supremo Jefe del Perú. Mi amado jefe y amigo: La partida del correo de Arequipa me presenta la oportunidad que deseaba para decir á V. E. que he recibido del señor doctor Hipólito U n a nue una carta en la que me expresa el deseo de V . E. para que se haga una expedición á Chiloé, luego que se entregue el Callao, porque entonces sobrarán fuerzas y buques para unirse á los de Chile; y como este Estado, según noticias, se halla en muchas divisiones, tal vez sea yo llamado para apaciguarlo, en cuyo caso ó sin él quiere


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V . E. se me consulte sobre el asunto de dicha expedición á Chiloé. No ocultándose á la sabia penetración de V . E. que el empeño más cerca de mi corazón ha sido y es siempre el total e x terminio de los esclavos de Fernando VII, de las regiones sur-americanas, creerá sin duda el placer sincero que he recibido al leer el contenido de la expresada carta del señor Unanue. S e eleva mi alma, mi amado general, con esta prueba tan satisfactoria de la confianza y delicadeza de V. E., y eternamente me será un agradable recuerdo, entre los honores que me ha dispensado su g e nerosidad. Es tan sensible como cierto el desorden que sufre Chile, mi patria infeliz, y muy repetidos los clamores de hombres de la primera consideración por una reforma que los salve del incendio civil que los abrasa en la efervescencia de pasiones tumultuarias y de facciones encarnizadas, que se agitan incesantemente, por destruirse mutuamente, no alcanzando remedio á tan grave mal toda la fuerza de la opinión pública ni el apoyo de las tropas, con excepción de las de Concepción, que no han tenido oportunidad de expresar su opinión. Un cuadro tan lamentable mortifica mi imaginación con las más penosas sensaciones, é interrumpe aquella tranquilidad que tan deliciosamente he gozado después de la victoria de Ayacucho, y cualesquiera que sean las dudas que


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pueda sentir en acceder á los deseos de mis compatriotas, como efectivamente las siento sobre la materia, jamás las tendré en cooperar á los justos designios de V. E. y no me detendré en expresarle estos sentimientos, que francamente tuve la honra de contestar oportunamente al señor Unanue. Ordéneme V. E. lo que más sea de su agrado, en recompensa de la admiración que tengo á su persona, y con los sentimientos de la más respetuosa estimación, y los votos más sinceros por la conservación de una vida que tanto ha p r o digado. Soy, Excmo. señor, de V. E. su más humilde y obediente servidor, BERNARDO O'HIGGINS.

12)

Montalbán, Octubre 4 de 1 8 2 5 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de Colombia y Jefe Supremo del Perú. Mi amado general y respetable amigo: He tenido un placer sincero en los cumplimientos expresivos con que V. E. me honra desde Tinta el 2 9 de Julio último, y me han sido c o municados por conducto del general Heres. En aquella fecha, y por algún tiempo después, nada sabía de Chile que mereciese distraer su aten-


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ción de sus interesantes trabajos por el bien de nuestra patria común y la felicidad de todos. Dichosos y mil veces felices los pueblos que al cabo de quince años de angustias y de miserias gozan hoy del poderoso influjo de su bienhechor. Chile, mi desgraciada patria, es la única que en la época benéfica de las felicidades del Nuevo Mundo, bebe del cáliz amargo que le brindan la anarquía, las pasiones ominosas de los facciosos y de la baja perfidia. Algo dije á V. E., en mi comunicación de 2 4 de Agosto pasado, sobre el desorden y repetidos clamores de los buenos chilenos por una reforma que los salvase del incendio civil que los amenazaba. Mas ahora que me han llegado documentos que hasta la evidencia prueban lo acontecido, me apresuro en complacer á V. E. en su deseo de imponerse del desenlace de la reforma anunciada. En el adjunto papel va detallado lo más considerable. Y por más dolorosa que me sea su referencia, no admite disimulo en quien nada hay reservado para con un amigo sincero, de cuyas glorias y admiración, con la más respetuosa estimación, es de V. E. su obediente servidor, BERNARDO O'HIGGINS.


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Copia inclusa.)

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Reservado.

Una sucesión progresiva de acontecimientos desgraciados y humillantes, tan ostensibles que no podían ocultarse ni al más ciego é infatuado partidario, ha apurado e¡ sufrimiento de los pueblos y de las tropas de Chile, al doloroso extremo de ver las provincias divididas en partidos y facciones, que se devoran entre sí por la deformidad de una administración ominosa, que precipita la República á su ruina total. Sin Hacienda, porque horroriza el cuadro escandaloso de su inversión, que ha agotado los copiosos recursos de empréstitos, contribuciones, exacciones y caudales de los regulares, además del desacreditado círculo de billetes sobre aduanas; sin Constitución, porque ninguna ha sido jamás del beneplácito de los facciosos; sin Gobierno, porque desapareció en la absurda y violenta disolución de la Representación nacional, y finalmente, sin crédito ni opinión en relaciones interiores ó exteriores, por falta de juicio, y por incapacidad de una combinación regular. La justicia, la razón y el honor de la República demandaban imperiosamente una reforma que pusiese un dique á tan profundos males, apoyada en la aprobación de los buenos y el bienestar de los pueblos provocados á esta medida. Y siendo demasiado evidente el origen de donde nace y se prende hasta el último eslabón de la cadena


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que ata al tenebroso círculo, tan negro como el carbón, y que ha infestado la sana moral y mejores aptitudes de los que, por atender á su fortuna privada, han escandalizado á todo el país, se ha resuelto buscar el remedio en la misma fuerza, que sin ser pagada ni entenderlo, cooperaba á su propia ruina y degradación. Al efecto, combinados los mejores ciudadanos con los jefes militares de la provincia de Santiago, resolvieron el sacudimiento del presente mandatario, y llamar á la Dirección del Estado al general O'Higgins, dejando á los jefes de los Cuerpos la facultad de llenar el plan de reforma del modo que considerasen más juicioso y oportuno. Para explorar y consultar la voluntad del general O'Higgins, convinieron tres de los jefes principales de Cuerpos en comisionar cerca de él un individuo que representase y le explicase la mísera condición de su infeliz patria, por la que había derramado su sangre y prodigado eminentes sacrificios, que el honor y prosperidad nacional y los trabajos de 1 4 años se hallaban al borde del precipicio para derrocarse en el abismo de confusión, de sangre, guerra civil y total perdición á que la habían conducido hombres sin principios é incapaces de corregirse, y finalmente, que, siendo ciertos los jefes que el general O'Higgins no podía ensordecer á los justos clamores de sus compatriotas y compañeros de ar-


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mas, le suplicaban no desatendiese el voto de los buenos chilenos, como el único remedio de salvar la República de los males que la e s p e raban. El general Barón de Bellina fué el sujeto de toda confianza para el desempeño de este sigiloso encargo. Transportado á Lima en 26 de Junio último, solicitó del general O'Higgins una entrevista para comunicarle el importante negocio de que se hallaba encargado, suplicándole la e l e c ción del punto que considerase más oportuno, y manifestándole deseos de dirigirse á su hacienda de Montalbán. Habiéndose excusado por delicadeza el general O'Higgins á la entrevista, insinuó al Barón significase epistolarmente la naturaleza de su encargo, á que accedió por medio de una carta, adjuntando copia de otra escrita por sus comitentes, exigiendo la pronta partida de! general O'Higgins, ó al menos su resolución. Si los sinceros sentimientos de los buenos chilenos y de los jefes ahora comunicados al ganeral O'Higgins, y que están de acuerdo con otros venidos por varios conductos, han podido conducirle al convencimiento satisfactorio del desengaño práctico, que la mayor parte de sus compatriotas, que fueron seducidos y descarriados por los astutos artificios de hombres desconocidos y ambiciosos, como manifiestamente se presenta á toda luz, por un sincero arrepentimiento de los


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errores pasados ers que cayeron,—también es cierto que de buena fe desaprueba el modo en que se intenta volverlo al poder de hacer bien, no ocultándosele que los cambios violentos en los negocios de los Estados pocas veces son el provecho de consecuencias benéficas, y considerando también que por las gloriosas campañas del Ejército Libertador del Perú han desaparecido para siempre los enemigos de la independencia sur-americana, y llegado el tiempo que se consoliden los gobiernos de los Estados bajo de bases sólidas y mutuas garantías, que además de su permanencia sirvan de baluartes inexpugnables contra los facciosos, los tumultos, las sediciones y asechanzas de los malos, que por desgracia abundan en Chile. Dijo en contestación al Barón de Bellina que, estando muy próximo á reunirse el Congreso genera! de aquel Estado, y debiendo esperarse que los pueblos, á vista del cuadro que se ha manifestado, nombrasen una representación fiel, por cuya voz se explicase el clamor público, consideraba oportuno ceder á las presentes circunstancias y buscar el remedio en esta reunión. Entretanto, por la disolución del último C o n greso había crecido el fermento de los pueblos á un grado que amenazaba muy de cerca la persona del mandatario, y para calmar y acallarlo se resolvió convocar una Asamblea provincial á ejemplo de las de Concepción y Coquimbo. En-


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tonces, como una continuación al plan de reforma, se intentó separar á Freiré y nombrar provisoriamente al mariscal Prieto, mientras se conducía á efecto en la persona convenida. Mas, así como es cierto que hay algunos males que tienen tendencia, no solamente á rectificarse, sino también á producir resultados opuestos, lo es también que ahora prevalecieron contra las mejores intenciones, y lejos de servir los errores pasados para precaverse de los escollos del naufragio civil, se han avanzado á mayores peligros. Una llama abrasadora, cuyo pábulo es tan antiguo como la facción que en el año 14 asesinó la libertad de Chile, agitada ahora por la ambición y la intriga, produjo una efervescencia, ó más bien una intrépida villanía, que no se quiso apagar con sangre, sino con el disimulo y la moderación. El lunes 13 de Junio último, conforme á la convocatoria, se reunió el pueblo para la e l e c ción de representante á la Asamblea provincial, y congregado á las diez de la mañana, declaró por voz general que no era el nombramiento de representante el objeto principal de la reunión, sino que iban resueltos á deponer el Gobierno y castigar al hombre más perverso de Chile, al hombre que con ía más negra perfidia había traicionado al mejor amigo de su patria. Otros, en términos descompasados y que ofenden el pudor, pedían la cabeza del traidor. En vano llamaba


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Freiré á su auxilio al brazo militar, porque hasta entonces estaba con el pueblo. Llegado el m o mento favorable á los facciosos por los compromisos del pueblo y de las tropas, descubrieron su proyecto de perfidia: con anticipación habían ganado un número copioso del pueblo bajo que, atropellando la parte considerable de ciudadanos distinguidos, aclamaban el Gobierno de una Junta en las personas de D . Carlos Rodríguez D. J o s é Miguel Infante y D. Juan Antonio Ovalie, cuyos individuos aparecieron á la cabeza de la facción, á pesar de sus promesas y juramentos á favor del pueblo sano y tropas: tan inesperada villanía sorprendió de tal forma á los jefes militares, que en su irritación, deponiendo sus sentimientos de bien público, resolvieron sostener hasta mejor oportunidad la humillada autoridad que hasta cerca de las seis de la tarde de este día esperaba un destino poco favorable. Incorporado con la aparente piedad militar, mandó poner centinelas á las esquinas de la plaza mayor á las siete de la noche, que hizo retirar después á las nueve, permaneciendo junta la poblada hasta las cinco de la mañana del día 14, á cuya hora se retiraron los ciudadanos respetables, después de haber corrido oficios y contestaciones sobre la dejación del mando de Freiré; negándose éste al fin á más contestaciones, á pretexto de enfermedad. Rodríguez, Infante y Ovalle, que dirigían sus propios negocios, se hi-


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cieron nombrar vocales de la Junta gubernativa, y pasaron el acta á Freiré, que no quiso r e c o n o cerla, por cuya razón la poblada lo declaró reo de alta traición. A las tres de la tarde mandó Freiré colocar 3 0 0 hombres á las puertas del consulado, donde se conservaba reunida la poblada, y á las seis mandó 100 soldados más de caballería, con o r den decisiva que no dejasen entrar á persona alguna á la reunión, y sí salir á todos; y por este medio pudo conseguir la disolución total de los concurrentes, á muy cerca de las once de la n o che, retirándose igualmente después de aquella hora la tropa á sus cuarteles. En la misma noche hizo el Gobierno repartir esquelas á los vecinos invitándolos á las casas del despacho directorial á las nueve del siguiente día 15, para tratar asuntos interesantes. Todos convienen en que Freiré se había c o n formado en el día anterior con su separación de la autoridad gubernativa; pero que encontrando un nuevo apoyo en los jefes militares, por el engaño que habían sufrido de Rodríguez, Infante, Ovalle y otros demagogos, se dispuso á sostenerse nuevamente. Así fué que, reunidos los vecinos á la hora citada, les dijo:—"Que él no podía dejar el mando porque Concepción y C o quimbo lo reconocían por director, y que no estaba en la facultad de Santiago el quitarlo; que si este pueblo tenía desconfianza de él, que nom12


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brasen los sujetos que quisiesen de la satisfacción del pueblo que estuviesen á las miras de sus operaciones, porque él no largaba el mando hasta que lo determinase la Asamblea." La poblada, que esperaba oir la dejación d e gobierno, prorrumpió con la mayor irritación en expresiones aún más degradantes, á las que la había familiarizado por medio de libelos apócrifos, publicados bajo la protección de la autoridad que sufría ahora sus efectos. Los gritos de tirano, pérfido, ambicioso y de ingrato fueron las voces menos injuriosas;—se le dijo que su perversidad había envuelto el descrédito de la República dentro y fuera de Chile,—que todo el mundo sabía ser el autor de las repetidas revoluciones urdidas sin tino contra los Cuerpos representativos,—y que humillado el país por su incapacidad, había oscurecido las glorias y el h o nor del nombre chileno, adquirido por el valor y la constancia en los trabajos de su antecesor, á quien tal vilmente había traicionado. Todo lo oyó y sufrió sin contradicción hasta que á las dos de la tarde dijo:—"Señores, mi salud no me da lugar á estar más aquí, lo que siento infinito;— yo no dejo el mando hasta que la Asamblea lo determine." Y se retiró á su habitación dejando á la r e unión en la sala directorial, donde continuó la sesión sobre quitarlo;—mas á poco después recibió orden la guardia del palacio de no permitir


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la entrada y sí la salida de los concurrentes. Eran las tres de la tarde cuando convinieron en dirir girse al consulado, adonde se mantuvieron hasta las once de la noche, en cuyo tiempo, después de repetidas alteraciones, se acordó señalar dos mesas separadas; la primera para que se votase por suscrición en un papel encabezonado con los renglones siguientes:—"Se deja al Director con todo el mando acompañado de la Junta nombrada"—y la segunda, del mismo modo, decía: "El señor Freiré no tiene mando alguno en la capital, que queda reasumido en la Junta por dos meses ó antes si se hubiese ya reunido el Congreso, á quien corresponde determinar lo conveniente." No quedando otra alternativa en la votación, se retiró la parte pudiente del pueblo, que sin embargo del engaño que habían sufrido, aun se detenían á la vista de los seductores. Desembarazados éstos enteramente de sus contendores, no le fué difícil hacer recaer la votación en la segunda proposición, con que se conformó la poblada y se retiraron á sus casas. En la mañana del siguiente día 16 se personó la Junta al Director, anunciándole la resolución del pueblo; á cuya contestación estaba ya preparado por la tolerancia de los jefes, y se negó al reconocimiento, concediendo solamente á la Junta el mando de la provincia de Santiago, con las atribuciones de los intendentes, dejándose todo en el mismo estado que antes hasta la reunión


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del Congreso, y protestando dejar para entonces el mando directorial. Si la irritación de los jefes y pueblo sano sobre violación de pactos en el día 1 4 pudo disimularse, también es cierto que no sucedió así á los demagogos que han recibido la execración de sus comitentes, por la c o bardía con que se sometieron á Freiré, contra lo acordado en la parda soberanía del pueblo de Santiago. El resultado de todo ha sido que Freiré y la Junta, en guerra abierta, son el oprobio y el término de la humillación. En su desesperación se ocupan ellos únicamente en esparcir libelos y calumnias que causan el desprecio y la mofa del pueblo, que conoce la vana empresa de desacreditar al general O'Higgins.

13)

Hacienda de Montalbán, Diciembre 1." de 1 8 2 5 .

Excmo. señor Libertador, Presidente de Colombia y Jefe Supremo del Perú. Mi amado general: Si en mi última, que tuve el honor de dirigir á V . E. en 4 de Octubre último, se demostraba el exceso de locura y desorden que sufría Chile, mi desgraciada patria, como una consecuencia de todo país en aquel estado, hoy toca las más desenfrenadas violencias y descaradas venganzas. S e me dice de Lima que detalladamente se da


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cuenta á V . E. acerca de la separación de Freiré por el Congreso, de la reposición de aquél al Gobierno, y de la disolución de éste, y expatriación de los principales que lo componían, como de varias otras personas de consideración. No ha llegado aquí aún persona alguna de las venidas de Chile á Lima, pero se me asegura que el extraño suceso con que se cubrió el telón de esta tragicomedia fué debido al peligro de que se vieron amenazados por una total derrota los carbonarios de Chile, y en su seguridad movieron las armas, con que no es difícil seducir á gentes y tropas corrompidas y degradadas. El oro de don Martin Encalada (tío del almirante Blanco) ablandó los corazones de los que veinticuatro horas antes habían jurado fidelidad á la Legislatura y á sus providencias, en circunstancias que aquel antiguo fermento se veía c a l mado, y los anarquistas, divididos, pocos y desalentados, eran totalmente insignificantes. Freiré es ahora allí enteramente pasivo y sujeto á Campino, Novoa y Brandsen; se decía que este último entraba de ministro de Guerra y Novoa pasaba á la Hacienda. Aquel país, que no hace mucho se vio elevado á una República libre, feliz é independiente, está hoy enteramente arruinado, y casi no le hallo remedio, si no se le aplica oportunamente uno, tan eficaz, que le salve del naufragio político con que puede infestar á sus vecinos.


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Por una carta venida de Valparaíso, con fecha 8 del pasado, se dice que el 10 llegaba allí Freiré, para activar la expedición á Chiloé. Creo que salga peor que en la expedición pasada, y tal vez quede allí preso ó castigado por su torpeza é ingratitud. Por aprovechar los momentos del correo, y hasta poder con mejores conocimientos decir á V. E. cuanto ocurra sobre esta materia, no molesto más por ahora su importante atención, y con los más respetuosos sentimientos de aprecio y estimación es siempre su obediente servidor, BERNARDO O'HIGGINS.

14)

Lima, Noviembre 2 0 de 1 8 2 6 .

Excmo. señor Libertador Presidente, Simón Bolívar. Señor, mi amado general: Por esperar nuevos hechos y noticias correctas que comunicar á usted, y, sobre todo, dar tiempo á que usted llegase á la capital de Colombia; todo esto había influido para que no llenase hasta hoy mis deseos de saludar á usted y felicitarle del placer puro que ha debido sentir en su tránsito. Oigo y leo con gusto los regocijos y los votos de Guayaquil y Quito, y debo es-


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perar sean uniformes en todos los puntos de esa República. ¡Inúndele á usted ella de gloria, pues le debe las suyas; pero quiera el Cielo sea brevel ¡Cuan sensible es que en las actuales circunstancias, y que deben aumentar con rapidez, se halle usted tan distante de los extremos del Sur, por donde la gratitud, la fortuna y el mérito deben también tirar del carro de los destinos de usted! Reprimir la anarquía, y muy contagiosa, en que yacen, es precaucionar los demás Estados, es el más ejecutivo servicio que reclama de usted la libertad; una-breve idea de lo que ha ocurrido después de su partida dejará á usted conocer que no es precipitado mi juicio, ni mal fundados los deseos que indico. No estuvo en los cálculos del comandante Fuentes en Chiloé que el despecho y el miedo de la facción contraria en Santiago llegase al e x tremo de aventurar una expedición en lo rígido del invierno; así es que no tuvo embarazo en destinar 2 0 0 hombres de sus mejores tropas para que fuesen á tomar á Valdivia. Hallábanse á doce leguas de esta plaza, cuando llegaron á Chiloé los coroneles Aldunate y Tuper, proponiendo olvido, intimaciones, premios y ofertas. S e negó Fuentes y se preparó á resistir con 200 hombres y un cuerpo de milicias. En esas circunstancias le abandonó un corrompido oficial que mandaba las lanchas cañoneras, pasándose al costado del bergantín Aquiles; y en seguida un


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sargento amotinó la mayor parte de los soldados, que empezaron á gritar: "¡Viva el coronel Aldunatel" Fué preso por éstos el comandante Fuentes, y con los demás oficiales remitido á Valparaíso. Osorno y los Llanos de Valdivia siguen hasta ahora en insurrección, y si la plaza se ha resistido, es porque el que los preside ha tenido la imprudencia de usar un lenguaje amenazador. La provincia de Concepción ha llevado las cosas con más tino. Según cartas y personas que han venido á invitarme á que vaya (á lo que me he negado enteramente), ellos habían esperado saliese mal aquella expedición sobre Chiloé, para en seguida uniformarse. Frustrada esa esperanza, han logrado inflamar toda la provincia con el decreto en que usted les hacía gracia de la mitad de derechos en los trigos. Así es que Chillan dio principio poniendo preso al anarquista Torres (porteño), comandante de los Dragones; se ha elegido un cabildo en la capital de la provincia, compuesto de sólo mis amigos. El intendente Rivera tuvo que renunciar, y se eligió por la asamblea rl coronel Fernández, que fué mi s e cretario, y que por esto se le tenía abandonado. La asamblea se ha renovado, y unida toda la provincia con la de Talca, se han puesto en fuerte oposición con las miras de los que se llaman liberales, tomando por pretexto el no adoptar la federación, por la cual trabajan en el Congreso Pinto, Infante y su gavilla.


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La capital de Santiago ha llegado á un estado lamentable. Blanco, aspirante sin opinión y faccioso sin carácter, fué insultado en la sala del Congreso y obligado á renunciar; es hoy el desprecio de todos, y abandonado hasta de sus p a rientes, que le ¡laman el niño ingrato, se ha retirado á una chacra con Freiré. En seguida fué electo presidente D. Agustín Eizaguirre (el hombre más considerado entre los que llaman pelucones) y de él he tenido una carta muy expresiva. Compadezco su situación y no veo que pueda sostenerse, porque la anarquía se aumenta por grados, y no hay quien tenga ya bastante opinión y energía para contener. Los mismos liberales se encarnizan unos contra otros, y cada uno se erige en jefe de partido; el traidor Novoa escribe contra Freiré y sus ministros; uno de éstos, Gandarillas, le contesta con acrimonia. Estos folletos y algunos otros papeles he entregado unas veces al general Santa Cruz y otras al g e neral Heres. Los expulsados del Perú han ido á reforzar en Chile la turba de anarquistas, y han tomado por blanco dirigir tiros en sus papeles contra el Perú y la Constitución boliviana. Son también los que coadyuvan á que se establezca en Chile la federación; pero en esta parte serán impotentes sus esfuerzos. Dos hechos escandalosos y de funesto ejemplo se han repetido en menos de un mes. A últimos


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de Septiembre empezaron los comandantes de los Cuerpos á amotinar las tropas para que alzasen el grito de ser pagados. El coronel Tuper fué enviado por ellos á instruir el Congreso de este motín. En seguida fueron llamados á la sala Beaucheff, Rondisons y Godoy; se produjeron con insulto, y como se averiguase que ellos eran los autores, se les puso presos y se les mandó formar causa. La poca energía y el no hallar sostén, influyó para que se echase un velo y se cortase la causa á los quince días, declarándose volviesen aquéllos á sus Cuerpos. S e dieron por sentidos; Tuper renunció empleo y grado, R o n disons se retiró al campo, Beaucheff admitió quedar en el Estado Mayor, y Godoy se negó á obedecer. Mas á mediados de Octubre ya admitieron, y se les pagó de una contribución que se sacó al vecindario, para que esos comandantes saliesen á contener la invasión terrible de Pincheira, que amaga por el Sur. Como han visto la nulidad de Freiré, se nombró de comandante general de esas fuerzas (sólo han podido reunirse 1.000 hombres), que son todas las que actualmente tiene la provincia de Santiago, á B o r goño, y por su segundo, á Viel. El otro hecho es que un capitán Valenzuela se salió del cuartel de la escolta en 2 3 de Octubre, con 8 0 soldados que tenía; se puso en una chacra, desde allí mandó decir al Gobierno que, si no se les pagaba todos sus avances en veinti-


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cuatro horas, tomarían su partido. El Gobierno contestó se viniesen al cuartel, donde se les p a garía, y que no diesen aquel escándalo; replicaron no entendían de esperar paga en el cuartel, sino en el campo; amagaron ir á reunirse con Pincheira, y en aquella consternación se pasó por la debilidad de irles á alcanzar, llevándoles la plata, garantías de perdón y empeños por que regresasen, como se consiguió de algunos, quedándose los demás dispersos y fugados. Al siguiente día amaneció en las esquinas el pasquín que incluyo. El 2 8 de Octubre llegó también en fuga desde Aconcagua á la capital el mariscal Calderón, porque allí se amotinó el pueblo y tropa contra ese satélite de los anarquistas. En Coquimbo se hizo nueva elección de intendente, y fué nombrado el coronel Benavente. Pinto vino á la capital, y se halla en ella con la esperanza que se le elija presidente; pero si no lo logra por alguna revolución, su esperanza es un sueño. El nombramiento debe hacerse por las Asambleas, y á excepción de la de Coquimbo, todas las demás son contrarias al partido que se llaman liberales y los pueblos conocen bajo el nombre de gavilanes. Tanto han perdido éstos su influencia en el Congreso que, á su despecho, se aprobó una moción, reducida á que la sentencia que se p r o nuncie contra los oficiales que vinieron presos


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de Chiloé no debe contener pena de sangre. En esto ha influido mucho el movimiento en que aun siguen los campos de Valdivia. En la misma s e sión se alzó también el destierro á todos los que lo sufrían por opiniones políticas, y en su consecuencia, regresaron ya para Chile los Argomedos, Fontecilla y Palacios, y les sigue Solar; los demás esperan aquí hasta ver nuevos resultados. No es posible ya equivocarse sobre la disposición general de Chile. Los anarquistas son p o cos, y sólo su audacia ó su despecho aparenta mayor número. La mejor prueba del estado de la opinión pública está en los hechos referidos; en la desunión; en el descontento de los pueblos y de las tropas; en haberse quitado el estanco á los empresarios que daban tanto apoyo á los desorganizadores; en las declamaciones de los p a peles públicos contra la dilapidación de la A d ministración de Freiré; en las quejas del comercio, que paga á este efecto un periódico en Valparaíso; en la sucesiva revolución de pueblos y tropas; en la absoluta escasez de numerario, que tiene insoluta la lista militar por nueve meses, y la civil por más de un año; en la bancarrota que todos lamentan, y en no hallar ya un hombre en quien fijarse para que los presida y los saque del abismo en que se ven sumidos; los facciosos que han cooperado á la anarquía, jamás serán adecuados para restablecer el orden.


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Me han escrito algunos amigos, y me piden apoyo, especialmente de Concepción; estoy seguro de que si aceptase y me presentase allí solo, en menos de dos meses tendría todo Chile á mis órdenes; pero ni quiero dejar ya mi vida privada, ni exponerme á conservar un país cuyas tropas están desmoralizadas y dispuestas á sucesivas rebeliones. S o b r e todo, jamás me prestaría á nuevos sacrificios sin ir de acuerdo con usted, y de un modo que sirviese para el bien de la América, que usted tanto procura. El estado de Buenos Aires es poco menos, ó peor. D e la escuadra que salió de Valparaíso, regresó desde el Cabo haciendo agua la corbeta Independencia, y ahora está allí en venta para que sirva de mercante. La fragata Isabel, que era todo el respeto, fué batida por otras dos brasileras (según se escribe de Chile), y entró prisionera á Montevideo; sólo escapó la corbeta Chacabuco, y entró á las balizas d e Buenos Aires. Ahora se dice también de Chile que la escuadra del Brasil, sin enemigos en el Río de la Plata, venía á bloquear á Valparaíso. El ejército de la Banda Oriental desapareció. Los coroneles Escalada y Lavalle se han presentado en Buenos Aires, sin ningún soldado de los regimientos que llevaron, porque se dispersaron en consecuencia de una revolución, y se han formado en montoneras que asuelan los campos. Por el lado de las pampas aquejan á Buenos


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Aires los indios y desertores, hasta invadir las cercanías de la capital. La pobreza y descrédito en que se hallan no les ha dejado ya la menor esperanza de sostenerse. S e anuncia desde allí una catástrofe espantosa. Salgo mañana para Cañete, y regresaré en veinte días para ir con mi familia á tomar baños en Chorrillos. Reitero á usted mi sincera disposición á complacerle. Reciba usted mis ardientes deseos por su salud, buen éxito en todo y pronto regreso, de que espera los mayores bienes su amigo y o b e diente servidor, BERNARDO O'HIGGINS.


O'HIGGINS A VARIOS

1)

Cañete, Julio 21 de 1 8 2 5 ,

Excmo. señor Presidente del Consejo de Gobierno, D. Hipólito Unanue. Muy señor mío y de mi más alto aprecio: La respetable nota de V. E. de 14 del corriente, á que tengo la honra de contestar, será siempre para mí un agradable recuerdo del honor que me dispensa S. E. el Libertador. Su contenido es digno del héroe que hace venturosa toda la América del Sur. Manda una República agradecida que conoce sus intereses y es tan poderosa como generosa, y su benéfico proyecto de dar la libertad al oprimido Chiloé aumentará los laureles de sus bien merecidas glorias. El archipiélago de Chiloé, colocado por naturaleza como para alivio y consuelo de los que atrevidos vencen las barreras del Cabo de Hornos, ha sido siempre y continúa en un asilo ven-


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tajoso á nuestros comunes enemigos; y evidentemente muy perjudicial á los intereses de los pueblos del Pacífico. El puerto de San Carlos ha prestado descanso y servido de escala á los buques españoles, fomentándola piratería y el corso que en el año pasado aniquiló el comercio de las costas de Chile, haciéndose sentir hasta las del Perú. De allí han zarpado expediciones para el mismo Chile, y se han engrosado más de una vez los ejércitos de Pezuela y La Serna: en fin, Chiloé es el punto de apoyo de las insurrecciones de nuestros buques de comercio y de guerra. Además, que en su actual situación, apoyará el rey Fernando sus excusas ante las naciones de Europa, para no reconocernos, con notable daño de la resolución contraria que alguna de éstas ha indicado para cuando ya no tremole el estandarte e s pañol en parte alguna de las que fueron colonias españolas. Sí, Excmo. señor: ¡a subyugación de Chiloé la reclaman inmediatamente los intereses generales de la patria, su crédito exterior y nuestro honor. Para la ejecución de un designio tan saludable á las Repúblicas de Chile y el Perú, considera S. E. el Libertador oportuno el tiempo después de la rendición del Callao, porque entonces s o brarán fuerzas y buques para unirse con los de Chile; y considera también que, por las divisiones en que se halla este Estado, sea yo llamado


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para apaciguarlo, en cuyo caso ó sin él, se me consulta sobre el caso. Consecuente á la voluntad de S . E. y á mi constante aspiración á la felicidad común, no puedo menos que observar, aunque se conmueva toda mi sensibilidad, que yo descubro en la actual administración de Chile disposiciones muy contrarias á los sentimientos é intereses de la comunidad que preside, para obrar de acuerdo y con sinceridad en la unión de fuerzas que desea S . E. El retroceso á Coquimbo de la expedición á Intermedios es una de las pruebas inequívocas de esta verdad. Ni el Gobierno de Chile, ni el jefe de estas fuerzas, á pesar de meditadas combinaciones, han podido justificar hasta el presente aquel cargo, por más que se hayan empeñado los periodistas comprados al efecto en Chile y B u e nos Aires. Si bien se vio salir de Valparaíso la división de la escuadra que hoy bloquea al Callao, ¿quién ignora que el temor á las responsabilidades forzó esta medida arrancada por el clamor público, que lamentaba la inacción del Gobierno en las críticas circunstancias que se e n contraba el Perú, y que las amenazas populares y serias convulsiones obligaron al Directorio á tomar el temperamento contrario á las ideas oscuras y miserables que separaron el ejército de Chile de las costas del Perú? Por otra parte, ¿cuáles son las fuerzas de Chile con que se cuenta para la expedición? ¿Cuáles 13


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sus recursos? No ¡os diviso, y lo que es más sensible, abrumada aquella República por esa carga de fierro de las facciones que la hacen sucumbir y rendirse á la efervescencia de los tormentos hasta la última degradación, no se encuentra un lenitivo á tamaño desorden. Constituidas en las provincias asambleas soberanas, apenas hallaran en su despecho tropas y fondos para divertir su ambición de dominio y desolación. Por último, cualquiera que sea el orden actual de Chile, es bien sabido que el Gobierno carece de opinión, que no hay absolutamente fondos, que ¡os partidos trabajan mutuamente por d e s truirse, y que su decantada tranquilidad no ha sido más que una calma aparente, que debe concluir por una convulsión cuyas consecuencias no es fácil prever. Aunque el voto de la parte sana de aquellos pueblos ha deseado y posteriormente anunciado sus clamores por mi regreso á la autoridad, sin embargo, el conocimiento y e x p e riencia que me prestaron el espinoso cargo de mi gobierno, me obligaron á la protesta de no tomar más parte en el mando que dejé. Mi inclinación siempre fué en el campo del honor, y mi alma muy distante de esa política insidiosa que demandan aquellas provincias enfermas de e n vidia, de partidos y facciones. Por este convencimiento, creo necesario sujetar á su examen la cuestión siguiente: Si el Gobierno del Perú, en las difíciles cir-


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cunstancias actuales de Chile, podrá conciliar la cooperación del de éste en la expedición á Chiloé, ó si en el caso de faltar esta combinación, lo verificará por sí sola la República del Perú? Analizada la cuestión bajo de estos puntos de vista, parece que se hallarán embarazados en la resolución del problema, en cuanto á lo primero; y para lo segundo, partiendo del principio que toda nación no debe solaviente buscar lo justo, sino también lo útil, me aventuro á sujetar mi opinión á ¡o segundo, fundada en las más felices disposiciones por parte de esta República para obrar conforme á los intereses comunes. Sin embargo de todo, llegando el tiempo de la rendición del Callao ó cuando V . E. crea oportuno, me encontrará siempre dispuesto á servir en cuanto me necesite ó sea de su agrado en obsequio de la patria, de S. E. el Libertador y de V . E. Soy con los sentimientos más respetuosos de estimación de V. E., su servidor, q. b. s. m., BERNARDO O'HIGGINS.

2)

Hacienda de Montalbán, y Octubre 8 de 1 8 2 5 .

Señor general D. Tomás de Heres. Mi apreciable amigo: Su estimada de 2 0 del pasado me deja un sincero placer en la queja de S . E. el Libertador,


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como una de las pruebas satisfactorias del aprecio con que siempre me ha distinguido. Sin embargo, habría anticipado mis comunicaciones si antes del 2 9 de Julio último, en que S . E. escribe á usted de Tinta, me hubiese venido en Chile correspondencia que mereciese distraerlo de las altas atenciones en que se ocupa. A fines de Julio pasado supe en globo lo acaecido sobre la reforma que debió haber tenido lugar en Chile, y algo dije á S . E . acerca de ella en 2 4 de Agosto último; mas ahora que por documentos veo el desenlace contrario á aquel p r o yecto, por falta de buena fe en unos y de imbécil combinación en otros, me honro al complacerlo por la adjunta, que suplico á usted le dé la más oportuna dirección. En ella digo á S. E. detalladamente lo que escribí á usted en mi última de 22 de Julio y lo que después he sabido; que por las intrigas de la Junta para su elevación y el engaño y perfidia de sus vocales contra lo pactado con el pueblo sano y jefes militares fueron abandonados por éstos, y que después, por la cobardía de R o d r í guez, Infante y Ovalle, se hicieron la execración de sus comitentes. Tan aborrecido está el Directorio como la Junta, y ambos continuaban en guerra abierta, que indudablemente concluirá por una total d e rrota de los dos poderes sin poder. Mas ellos en su demencia son aliados infatigables contra mí


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opinión, que atacan bruscamente con calumnias tan groseras como ellos mismos, de que hablaré á usted en otra oportunidad. Los pelücones y las tropas son sus enemigos, y enemigos poderosos, que al fin triunfarán de los facciosos. No encontrándose, pues, garantías en semejante situación, convengo con sus reflexiones, á pesar del respeto é inviolabilidad que aun los pueblos más bárbaros consideran y r e s petan. ¡Cuánto celebro haya usted conocido un poco el carácter del viejo hipócrita de Salas! El está íntimamente unido á los anarquistas, y aun sin esto siempre jugaría bien su papel de malo y de falso. Como he encontrado esta hacienda tan derrotada, he tenido que ocupar todos mis fondos en su reposición, y mi asistencia es necesarísima. No obstante, pienso alquilar una casita en Lima para que pase el verano mi familia (que r e c o n o cida á sus expresiones desea á usted salud y felicidad), y yo podré gozar algunos días de la vista de mis amigos: la de usted será siempre satisfactoria á su muy afecto amigo y seguro servidor, BERNARDO O'HIGGINS.


RAMÓN

FREIRÉ

Santiago, 5 de Diciembre de 1 8 2 3 .

Señor Libertador de Colombia y el Perú, Simón Bolívar. Mi respetable amigo y señor: V e o por la favorecida de usted de 22 de O c tubre el caos tenebroso que presenta la situación política del Perú y las dificultades que demanda el sustraerlo de la dominación española, si no se ponen oportunamente en movimiento todos los recursos de que es capaz el más decidido e m peño. Confieso á usted, mi señor, que las reflexiones que me hace para concluir la guerra del Perú, aunque demasiadamente fundadas para inclinar una opinión menos decidida que la mía por la libertad de ese país, son absolutamente impracticables para Chile en la actualidad, d e s pués que agotó todos sus recursos en una guerra de doce años, de los gastos que ha impendido en


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las dos expediciones militares remitidas al Perú, del desembolso de un millón y medio de pesos que acaba de franquearle y de la urgente necesidad en que se halla de atender á su defensa interior, amagada con todas las presunciones de una invasión porChiloé, en el momento mismo en que se debilite nuestra fuerza de los puntos que actualmente ocupa. D e aquí es que al considerar todos los esfuerzos que necesita el Perú en la presente crisis, Chile no halla un arbitrio que tomar, sin dejar en descubierto su seguridad, su libertad y sus más enormes sacrificios. Pero aun prescindiendo de estos inconvenientes, el país aun sostiene una guerra atroz con hordas de bandidos, sostenidos por los indios araucanos. Estos asuelan las poblaciones, cometen todos los excesos propios de su ferocidad y burlan los planes más bien concertados para su destrucción, cuyos motivos me ponen en la necesidad de emprender sobre sus fronteras, para tratar con ellos de una conciliación ó conseguir por las armas la paz que tanto deseamos. Si usted se digna pesar la fuerza de estas r a zones, creo se persuadirá de la imposibilidad en que me hallo para desprenderme del país, sin embargo que las glorias con que usted se digna brindarme ofrezcan á mi persona el más distinguido honor y ocupen todo mi reconocimiento. Y a noticié á usted desde Valparaíso la salida


CO RRE6F0NDEKCIA DE BLANCO ENCALADA, ETC. 2 0 1

de la expedición militar, verificada el 15 de O c tubre, con destino á Intermedios. Me lisonjeo que por su fuerza y calidad de sus jefes corresponderá á los deseos de usted. Tengo para el señor teniente coronel O'Leary todas las consideraciones á que lo hacen acreedor la recomendación de usted y su mérito personal. Celebro esta ocasión para ofrecer á usted los votos de mis humildes respetos, como del distinguido aprecio con que soy de usted, atento o b e diente servidor, RAMÓN FREIRÉ.


FREIRÉ Á O ' L E A R Y

Santiago, 2 8 de Diciembre de 1 8 2 3 .

Sr. D. Daniel Florencio OLeary. Señor de mi respeto y aprecio: Luego que se supo aquí el arribo á Coquimbo de la expedición que debía auxiliar al Perú y los motivos que lo habían impulsado, procuré comunicarlo oficialmente al Libertador de Colombia, agregando también que si las circunstancias poco favorables en que se hallaba entonces el Perú mudaban de aspecto, Chile no dejaría sin c o n cluir la obra que había iniciado. Entretanto r e c i bo contestación de S . E. y nos ponemos acordes sobre las operaciones que últimamente deben practicarse, la expedición se organiza y disciplina en Coquimbo para hacerse capaz de volver al Perú y obrar con un éxito más positivo y seguroEs cuanto puedo decir á usted en contestación á


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BENJAMÍN V I C U Ñ A

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su honorable comunicación de este día, al mismo tiempo que tengo el honor de ofrecer á usted los votos del respeto y aprecio, con que soy su obediente y atento servidor, q. b. s. m., RAMÓN FREIRÉ.


J O A Q U Í N CAMPINO

Santiago de Chile, Noviembre l . ° de 1 8 2 3 .

Excmo. Sr. Simón Bolívar. MI general y señor de todo mí respeto: He recibido las dos apreciables de V. E., fechas 10 y 12 de Septiembre próximo pasado, con que se ha servido favorecerme. Desde Lima, como aquí, he dicho al Gobierno, como á todo el mundo, que Chile sólo debía mandar sus auxilios al Perú en el caso de venir V. E. allí, porque sólo entonces había la esperanza de que la guerra se hiciese con el orden y regularidad debido, y que los auxilios remitidos no se malograsen. Este Gobierno, sin embargo, decretó la salida de la expedición auxiliar, sin saber aún la venida de V. E. á Lima, y esta casualidad hará también que dichas tropas hayan llegado felizmente á V. E. antes del tiempo en que debía esperarlas.


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Y o me lisonjeo que ellas, bajo la dirección de V. E., darán días de gloria á Chile, y contribuirán eficazmente á la terminación de la guerra y al logro de la paz general de América. A los amigos Heres y Mosquera, á quienes acabo de escribir, he hecho algunas indicaciones con la libertad y confianza que nunca podría permitirme el respeto debido, hablando con la p e r sona de V . E. Dichos señores instruirán á V . E . en lo que creyesen interesante. Mi único sentimiento al dejar esas costas fué el no haberme presentado á V . E., para tener la vanidad de poder decir siempre:—"Yo también conocí á Bolívar." Reciba V . E. las seguridades de mi más p r o fundo respeto, amistad y aprecio, con que es de V. E . afectísimo, atento, seguro servidor, q. s. m. b., JOAQUÍN CAMPINO.


CAMPINO A VARIOS

1)

Santiago de Chile, Noviembre 1.° de 1 8 2 3 .

Sr. Joaquín Mosquera. Mi muy estimado amigo: Recibí su apreciable de 10 de Septiembre próximo pasado, en circunstancias de no tener ya esfuerzo alguno que hacer en favor de los auxilios al Perú, por que usted se interesaba, pues ya la expedición había marchado. Y o fui de o p i nión contraria á su remisión, mientras que no divisaba en el Perú esperanzas de unidad, ni cabeza que dirigiese. La venida del Libertador consuela á los patriotas á estos dos respectos. ¡Ojalá haya logrado á la fecha vencer del modo más ventajoso la oposición de Riva Agüerol Este mandó aquí un diputado á gestionar á su nombre y protestar contra el representante de Lima, pero su misión principal era pasar á Mendoza, á llamar al general San Martín, para que se


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pusiese otra vez al frente del Perú. Esta misma invitación de Riva Agüero parece que se le había hecho por Santa Cruz desde Oruro. La misma tarde que se hallaba dicho diputado con las espuelas ya puestas para salir á Mendoza, fué detenido por los señores Egañas padre (presidente del Congreso) é hijo (ministro deEstado); y cuando el tal diputado se hallaba temblando que por alguna reclamación de Salazar, á quien encontró ya reconocido, lo fletasen en partida deregistro para Lima, se encuentra con que Gobierno y Congreso (esto es admirable) lo obligan á presentar sus poderes, y es reconocido por enviado de Riva Agüero. Dicen que la intención de los Egañas, con esto, es obligar á los partidos del Perú á una conciliación, intimándoles además que si no se unen, nuestra división auxiliar será retirada del Perú; mas otros conciben que los Egañas han sido sólo inducidos á este paso por sujetos interesados en conservarle importancia á Riva Agüero, para por su medio restablecer el partido é imperio de San Martín, O'Higgins, etc. Nuestra Administración en el día es la más estrafalaria é incoherente. El Congreso conferencia y hace tratados con los enviados extranjeros. El director no hace absolutamente otra cosa que lo que le dicen sus ministros; mas de éstos hay dos de opiniones y partidos diametralmente opuestos, y son cabalmente los dos influyentes. El señor Egaña, unido con el señor Zañartu


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(que pasa de enviado al Perú), pertenece á la política y afecciones de la pasada Administración. El señor Benavente es todo lo contrario. A mí se me ha dicho que me disponga para pasar á Buenos Aires, que he aceptado de muy buena voluntad, porque ya es aproximarme á Europa ó Estados Unidos, objeto de todas mis aspiraciones. No se divisa ya esperanza alguna de éxito en la Convención de Buenos Aires, ora por la altisonancia en que están los jefes españoles del Perú, como por la inevitable subyugación de los liberales en España. La Administración de Buenos Aires debe sentir esto infinito, pues además de lo que debía lisonjearle el haberse colocado al frente de la política de todo este Continente, estoy persuadido que era el modo como ellos creían reasumir indefectiblemente las antiguas provincias del virreinato, que las ven perdidas, si recobran su libertad por un esfuerzo propio, ó por auxilio de las armas de los otros Estados. Así no dudo que ellos querrían más un armisticio, y que quedasen por ahora en poder de los españoles esas provincias, que el más completo triunfo del ejército patrio que existe hoy en el Perú. Con los españoles ellos creerían poder negó ciar con más facilidad, pues hace algún tiempo trabajan por ganarse su afección, y no podían tampoco suponerles un mayor interés, porque 14


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dichas provincias perteneciesen más al Perú que á ellos. Me repito de usted, etc. JOAQUÍN CAMPJNO.

2)

Santiago de Chile, Noviembre 1.° de 1 8 2 3 .

Señor coronel Tomás de Heres. Mi muy estimado amigo: Recibí su apreciable de 6 de Septiembre próximo pasado, por la que he sabido haber usted vuelto á la tierra volcánica de que tan seriamente se había despedido. Y o sí, mi amigo, que cuando me embarqué en el Callao fué tan estomagado de tanto pillo y tanta intriga y maldad, que no habría vuelto ni de Papa, bien que en mi ausencia la política de esta Administración había tomado un rumbo que tal vez yo ya no les c o n venía allí, y que así habrán celebrado mi venida, y quizá ni me habrían tampoco permitido volver aunque hubiese querido. Ahora me han propuesto ir á Buenos Aires, que lo he celebrado bajo todos respectos, pero principalmente porque rae aproxima á Europa, objeto de todos mis deseos, conveniente á mis principios y á lo que había asegurado á usted y al Libertador; fui opuesto á que saliese de aquí ex-


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pedición mientras no se supiese que había venido al Perú el Libertador, el único que podía uniformar y regularizar la guerra y la política. Confieso á usted, sin embargo, que me parece infinitamente más peligrosa la situación del Libertador saliendo de Guayaquil á ponerse al frente de los ejércitos y negocios del Perú, que saliendo de Los Cayos de San Luis con 300 hombres á batir á Morillo con sus 20.000 soldados. No sé si sean mayores los obstáculos militares que se le p r e sentan para la terminación de la campaña, por parte de un enemigo orgulloso, diestro, inteligente, numeroso, lleno de recursos, defendido por el mismo terreno, cuando él se encuentra falto de todo y con dificultades al parecer insuperables que vencer para su movilidad, para forzar muchas posiciones, etc., etc., ó los obstáculos revolucionarios y que debe presentarle la opinión de esos pueblos y el teatro en que tiene que obrar. Usted ha sido testigo que no ha habido un mortal que haya gozado del favor de la opinión pública y de todos sus prestigios como San Martín, que nadaba en recursos y que era conducido á los sucesos y á ¡a gloria por los deseos y e s fuerzos de todos, sin el menor trabajo de su parte; y sin embargo, usted ha visto también cómo ha salido al año de Lima, luego que las intrigas y los resentimientos nacionales fueron puestos en movimiento contra él, por sólo unos pocos. El general Bolívar ha venido al Perú con t o -


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das las prevenciones, celos, temores y desconfianzas en su contra, asi de la capital como de las provincias, de grandes y pequeños, del Congreso, del Gobierno, y de todos. Tiene que lidiar con tropas aliadas, que la historia no presenta ejemplo de capitán que las haya mandado á gusto de todos, ni que tales coaliciones hayan concluido de un modo amigable. Al Perú han ido á parar, y se hallan hoy allí, los especuladores de la revolución en América, desde el Orinoco hasta el Río de la Plata. Especuladores comerciantes, especuladores militares, especuladores en empleos, especuladores de todas clases, se hallan hoy en ese país. Y o c o n sidero al general Bolívar cercado de los veteranos de la anarquía; y mi mismo interés por su persona, que es el de la causa de América, me hace á veces temer no.sea el Perú el sepulcro de su gloria. El Gobierno de Buenos Aires ha pedido aquí permiso para el pase de la División de los Andes, á la que dice haberle dado orden para retirarse del Perú. No sé si verdaderamente quieran retirarla, por ser consecuentes á las miras que han manifestado al celebrar su conversión, ó por evitar el desafecto que saben se habían granjeado en el Perú, ó porque las necesiten en su provincia para las ocurrencias de la Banda Oriental, ó, en fin, que sólo sea un artificio político para sacar partido del Libertador, con respecto á las


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provincias de aquel virreinato en el Perú, que ésta es su locura. Don Pepe, en Mendoza, soñando con volver á aparecer en la escena política. Está recién venido de aquel punto un amigo suyo, que me ha contado anécdotas tan suyas...! Dice que la revolución en el Perú empieza ahora, etc., y sus cachungos de esa capital le mantienen las esperanzas. Ahora le va de aquí el más activo é impávido agente en el diputado Zañartu, que unido al destronado O'Higgins, al zorro Guido, etc., etc., le forman un ejército muy respetable. Lo considero loco con las 4.000 firmas que le escribieron haberse recogido en esa capital llamándole, y con las legaciones de Riva Agüero y Santa Cruz, etc. Su afectísimo, JOAQUÍN CAMPINO.


MIGUEL

1)

ZAÑARTU

Lima, A g o s t o 18 de 1 8 2 9 .

Excmo. Sr. D. Simón Bolívar, etc., etc., etc. Mi muy amado y respetado general: El Sr. Goitia me ha pedido esta carta para acreditar ante V . E. su adhesión, ó, á decirlo mejor, su entusiasmo por V. E.; y yo no puedo n e garme á este acto de justicia, habiendo sido t e s tigo presencial por mucho tiempo del comportamiento de este buen colombiano. Mas tampoco quiero limitarme á este solo objeto, ya que tengo la proporción de hablar á V. E. por un conducto tan seguro. Señor: la victoria de Tarqui proporcionó muchos días de regocijo á loa hombres de bien, porque en un triunfo que había sido provocado por tantas injusticias é insultos veían el término de la anarquía, que sin tal victoria habría sido eterna en el Perú; pero este regocijo se ha c o n -


21ó

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vertido en desconsuelo y luto cuando han visto frustradas sus lisonjeras ilusiones, ya por la lentitud de las operaciones militares, que en cierto modo ha dado tiempo á disipar el terror pánico con que se cubrieron los perversos, cuanto, y principalmente, por las repetidas protestas que han hecho los Sres. Brown y Demarquet, relativas á las intenciones de V. E. para no pisar nuevamente el Perú. Semejantes aseveraciones han sofocado el pronunciamiento público, porque el tímido peruano jamás se explica si no es sobre seguro. Y o no puedo persuadirme que V- E. haya tomado la resolución de dejar abiertas las horribles bocas de la anarquía, en un país que le ha costado tantos desvelos; y esto en circunstancias en que los perversos están abatidos y conocidos, los honrados dispuestos á cooperar eficazmente al sostén del orden, y en que, por último, la anarquía ha tocado su final desengaño, de que no puede con la constancia de V. E. Por otra parte, las desgracias que han probado todos estos pueblos desde el aciago 26, los ha hecho bastante avisados para amar á V. E. por egoísmo: todos claman por un Gobierno estable, y todos temen reducirse al lastimoso estado en que se hallan las célebres provincias argentinas. Quiera, pues, V. E. creer á un hombre que le habla sin aspiraciones, que ha examinado escrupulosamente la opinión pública, no solamente del


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Perú, sino de los otros puntos de América, y que aprecia la gloria de V. E. sobre cuanto hay en. la tierra; el mismo que se repite de V. E. su más obsecuente servidor y apasionado, Excmo. señor. MIGUEL ZAÑARTU.

2)

Lima, Diciembre 21 de 1 8 2 9 .

Excmo. señor Simón Bolívar, etc., etc., etc. Señor: He recibido la muy apreciable carta de V. E. en circunstancias que me alimentaba de esperanzas muy diferentes; y bien sea el imperio que V. E. tiene en mi voluntad, ó que en medio de este desenlace, imprevisto todavía, se me p r e sentan como realidades posibles los fantasmas que se forma mi imaginación, yo he quedado, no solamente tranquilo, sino también complacido, dando á todas las objeciones que vienen á atormentarme esta única respuesta: "Nada que sea obra de nuestro héroe puede dejar de ser grande." El suceso hasta ahora hace victoriosa semejante convicción. La generosidad de los tratados ha desaparecido esa turba de enemigos gratuitos concitados contra V. E. Unos, abrumados con el peso de tantas obligaciones, han enmudecido


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para siempre; otros se han convertido en amigos tan fervorosos que hacen pública penitencia de su pecado, diciendo, con asombro nuestro, que los tales tratados solamente les han dejado un vacío,—el de haber perdido para el Perú la protección y dirección de V. E . Y o espero igualmente que Chile mudará de lenguaje con el honor que V . E. le ha dispensado. Y a he escrito al general Pinto recomendándole la obligación en que se halla de hacer j u s ticia á V . E., y de influir para que se la hagan los escritores de ese país, lavando así la mancha vergonzosa de parcialidad que han echado sobre sus escritos hasta el día. A propósito de Chile, señor, aquel Gobierno tiene de V. E. la queja de que no le haya c o n testado á la mediación que interpuso para la c e sación de la guerra. Y o he sostenido que la anterior Administración del Perú no dio curso á semejante nota, y me fundaba en que era impo sible que V. E. perdiese tan bella proporción de publicar á la faz del mundo la justicia de su causa, provocaciones del Perú, etc., etc. Mas Figuerola, en cuyas manos la puso el Sr. Trujillo, sostenía que la había remitido. Celebraría que sobre este particular me contestase V . E., para tener un documento que pesase más que mis conjeturas, que satisficiese á Chile y probase á su vez que la ominosa Administración de Luna nada deseaba menos que la paz.


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Por lo demás, mi amado general, yo suplico á V. E. le encargue al Sr. Larrea que me engañe al menos con la esperanza de volver á ver á V. E., pues este solo objeto había prolongado la mansión en el Perú á su admirador é invariablemente afectísimo servidor de V. E., MIGUEL

ZAÑARTU.


ÍNDICE

Páginas.

El almirante D. Manuel Blanco Encalada.

A JUAN WILLIAMS REBOLLEDO, captor de " L a Virgen de C o v a d o n g a "

9

Breves apuntes para escribir la biografía del almirante D . Manuel Blanco Encalada

57

Don Manuel Blanco Encalada C a r t a del almirante Blanco al director

65 O'Higgins

después de la captura de la "María Isabel"

83

Contestación del vicealmirante Blanco Encalada á la vindicación apologética del capitán W o o s t e r

85

Documentos Blanco y Cochrane

100 ..

Baile en honor del general Blanco

111 127

Correspondencia de Blanco Encalada y otros chilenos eminentes con el Libertador. M. Blanco Encalada

137

B . O'Higgins

147


222

ÍNDICE Páginas.

O'Higgins á varios

191

Ramón Freiré

199

Freiré á O'Leary

203

Joaquin Campino

205

Campino á varios

207

Miguel Zañartu

215


El almirante don Manuel Blanco Encalada