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Introducción

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l Testamento de Roberto Cofresí representa el relato testimonial más fascinante de la historia puertorriqueña moderna, siendo, hasta la fecha, el único documento atribuido a la autoría del celebrérrimo personaje caborrojeño. Publicado por primera vez desde su fortuito descubrimiento en una cueva submarina en Isla de Mona a mediados de la década de 1990, representa una invitación a un asiento de primera fila a la mente del pirata horas antes de su ejecución. Orígenes del testamento n marzo de 1825, Roberto Cofresí, de 33 años de edad, fue atrapado mediante un ardid perfilado por la Corona española y el gobierno estadounidense en su esfuerzo por erradicar la piratería en el Caribe. Tras ser atendido en un hospital en Guayama por las heridas recibidas durante el combate que llevó a su captura, Cofresí, durante su breve estadía en una cárcel en San Juan, registró sus vivencias en un relato que sencillamente llamó «Última voluntad y testamento para la posteridad» y en el que no figura beneficiario alguno.

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Si acaso, sus palabras iniciales, «Vieja conocida mía has sido» —obviamente dirigidas a la Muerte—, son el único vislumbre que tenemos en cuanto a la identidad del destinatario, toda vez que, entre las muchas particularidades del documento, la omisión, aparentemente voluntaria, de la identidad de su hija María Bernardina brilla por luz propia. Esa incertidumbre ha incitado el pensar de estudiosos, unos especulando que el condenado deseaba desnudar su alma, a manera de confesión y absolución, y otros, vaciar sus temores, desafiando al orgullo. Miguel de la Torre y el testamento la sazón, el teniente general Miguel Luciano de la Torre y Vegas Pando (1786-1838 [otras fuentes, 1843]), entraba de lleno a su segundo año como gobernador de Puerto Rico. De la Torre era oriundo de la ciudad vizcaína de Berlanes y había arribado a América en 1814 como sargento bajo las órdenes del capitán general Pablo Morillo, enviado del rey Fernando VII para reprimir la insurrección independentista que agitaba a la Gran Colombia y Venezuela. Su destacada labor durante la represión le ganaría el puesto de mariscal de campo para 1820, año en que sustituiría a Morillo como comandante supremo del ejército español —distinción que no disfrutaría por mucho al ser derrotado el año siguiente por Simón Bolívar en la batalla de Carabobo, enfrentamiento que aseguró la emancipación venezolana. Estando aún en Venezuela recibió el título de capitán general de Puerto Rico, cargo que asumió el 7 de diciembre

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de 1822, marcando el comienzo de quince años de gobierno que traerían significantes cambios en la economía, política, cultura y sociedad del país. Entre sus primeras medidas, disolvió los organismos sociales y políticos instituidos durante el período constitucional, a favor del absolutismo; ordenó dársele gracias a Dios en todas las conversaciones por el establecimiento de la monarquía; implantó un toque de queda a partir de las diez de la noche; y estableció además una audiencia territorial de apelaciones que facilitó la resolución de asuntos jurídicos de la Isla localmente. Durante su incumbencia procuró reprimir toda idea independentista mediante una política demagoga que rayaba en el hedonismo, bajo la premisa de que un pueblo entretenido no pensaba en rebeliones. El baile, las apuestas y el vicio (recordados cáusticamente como «las tres B’s») fueron la base de su estrategia. En tanto que una vez sus predecesores parecieron pasar por alto las fechorías de Cofresí, De la Torre, por el contrario, enfiló sus cañones hacia la piratería en todos sus ámbitos, como respuesta y solución a la problemática que sumergía al país en la ignominia internacional. Súmase a la sarta de quejas de colonias europeas en el Caribe el polémico asunto de Fajardo de 1824 involucrando a un condecorado héroe de guerra estadounidense. En la campaña de captura, juicio y ejecución de Cofresí, seguidores e imitadores, el gobernador contaría con la incondicional cooperación de la Armada estadounidense. Curiosamente, según se desprende de lo hallado con el testamento, luego de la ejecución de Cofresí, De la Torre


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pareció sentir remordimiento, cual paradigma del proverbial caso de Poncio Pilatos: el temor de poner su imagen en entredicho ante sus superiores y acabar perdiéndolo todo si no castigaba al acusado frente suyo, como exigía el pueblo; pero finalmente accediendo a las demandas de éste de sacrificar al acusado, no sin antes advertir que se lavaba las manos para quedar exculpado de las consecuencias. A modo de lavar sus manos después del hecho, De la Torre resolvió obsequiarle el testamento de Cofresí a Fernando VII como, más que trofeo, premio de consolación o último tributo a la memoria del pirata. En su misiva relatando el esfuerzo y resultado de la empresa, el dirigente incluyó fragmentos de su propio diario personal en los que recontaba sucesos previos y posteriores a la ejecución. Un detalle notable es la sustitución del calificativo pirata por capitán; de igual manera los de malvado, criminal y asesino, antes imperantes en sus anotaciones y proclamas, a favor del honorífico don. Isla de Mona y los piratas del Caribe abiéndose desconocido hasta nuestros días la existencia del documento, son incontables las especulaciones en cuanto a cómo se extravió y terminó en La Mona. Entre las más lógicas sobresalen dos en particular: una sugiriendo que el emisario de De la Torre, adivinando el valor inapreciable del testamento, lo ocultó o vendió; y la otra —la favorita de muchos, dadas las circunstancias del hallazgo (véase «el descubrimiento», más adelante)— sugiriendo que «El

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Corsario (Fragmento de Novela)