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PRÓLOGO

He tenido que prologar algunos libros, pero muy pocas veces he aprendido tanto como en la presente ocasión. Conocí a don Francisco Riberas cuando empezó a veranear en Galicia; hemos salido muchas veces a pescar juntos, en un barco que fue suyo y hoy es de unos amigos comunes. Después, me ha invitado a cazar en sus dos espléndidas fincas. Creí que le conocía, como un gran amigo, un gran empresario, un huésped generoso. Pero, al leer esta biografía, me he quedado literalmente asombrado. Sus difíciles orígenes familiares, la humildad de su primer entorno, en el barrio de Usera en Madrid; sus esfuerzos para seguir adelante; las peripecias de sus andanzas entre el suburbio madrileño, su pueblecito burgalés; su limitada formación profesional, para desembocar en su formidable carrera de gran empresario, son para impresionar a cualquiera. Riberas es el “castellano leal” por excelencia: el “burgalés cumplido”, expresión que ya aparece en el Poema del Cid, primer monumento de nuestra lengua. Es un hombre de criterio, de voluntad, de realismo. Ha apostado por su tiempo: el tiempo del hierro, como hoy es el de las comunicaciones. Ha triunfado, en lucha muchas veces desigual; ha sido generoso; ha creado una familia ejemplar, capaz de continuarle; ha sabido rodearse de obras de arte, elegidas personalmente. Pero todo esto no se le nota, no ha presumido de ello, siendo la suya una vida ejemplar, una carrera excepcional.


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8 Francisco Riberas, contra su destino

Una madre excepcional y una mujer ejemplar: dos grandes apoyos. Pero cuando entendí mejor a los Riberas fue cuando se produjo una grave enfermedad en la familia; pude ver una actitud ejemplar, y supeditando todo a lo esencial. Con gente así se puede ir a cualquier sitio. Con mi admiración y respeto, y mi mejor estima y afecto.

Manuel Fraga Iribarne De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas


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NOTA DEL AUTOR

Se suele hablar de la soledad del autor frente al folio en blanco como el momento más delicado de la obra que comienza. Yo no tuve del todo esa sensación porque quien ya se había enfrentado al momento difícil de iniciar la andadura sobre su papel en blanco había sido Francisco Riberas hace más de sesenta y cinco años, en un tiempo especialmente comprometido para nuestro país y que era, justamente, en el que él empezaba a estrenar la vida de la mano de su madre. A partir de entonces los itinerarios de Riberas, especialmente en sus primeras décadas, se parecen mucho a un relato en el que la vida compitiera con la ficción, como si la imaginación pugnara por invadir los límites de la realidad para confundirse con ella y prestarle a la historia ese toque de fantasía capaz de idealizar los hechos. Sin embargo, la abundancia de datos para reconstruir tan rica trayectoria contrapesó notablemente aquella facilidad e impuso una selección equilibrada, exhaustiva y laboriosa para evitar que, cautivado por la riqueza de la historia, el autor acabara víctima de una suerte de “síndrome de Estocolmo” y, bajo esa influencia, convertir en hagiografía un brillante currículo con grandes luces y algunos recovecos difíciles de penetrar, porque forman parte de esa intimidad exclusiva que los hombres jamás comparten. Pese a todo, a mí me parece que el gran valor de la peripecia humana y empresarial de Francisco Riberas es que tiene, efectivamente, el atractivo de la ficción y la dureza con que la vida sorprende a muchos seres humanos, a los que cercan las dificultades y parece que no dejan una sola opción para quebrar el círculo vicioso al que los condena la inercia impuesta por las circunstancias. Y así parecía que se presentaban las cosas


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10 Francisco Riberas, contra su destino

para aquel niño de Usera, que cada día de aquel verano de 1936 salía feliz a pasear con su madre, hasta que sonaron las explosiones de los primeros obuses en los barrios periféricos de la ciudad y ya no fue posible el regreso a casa. A partir de aquel momento la vida de Riberas inició ese apasionante camino en el que la realidad y la ficción se interfieren hasta parecer que sus contornos se confunden. Y si, además, esa pugna se mantiene en el tiempo, el narrador acaba por creer que es él quien está creando su obra, que se ha desbordado su imaginación y que ha sido capaz de inventar un personaje y una historia de auténtica novela. Esa fue mi sensación desde el mismo momento en que descubrí que Francisco Riberas no era el heredero de un complejo industrial en marcha, ni siquiera de una modesta fragua en su pueblo castellano, sino que todo fue consecuencia de una especie de milagro personal forzado por su talento, audacia e imaginación, y de la firme voluntad de conseguir que su madre y él mismo pudieran romper el cerco de miseria que había puesto sitio a sus vidas. Fue un trabajo lleno de atractivos durante cuya preparación tantas cosas aprendí de las personas con las que hablé, a quienes agradezco sus valiosas aportaciones. Aunque quien verdaderamente me enseñó más cosas de las que esperaba fue el propio Francisco Riberas, del que cabe señalar la discreción y la modestia desde las que construyó su vida, tan vigorosa y plena de realidades. No me sorprende, pues, que no haya dejado indiferentes a ninguno de cuantos se acercaron a él para ofrecerle algo, pedirle consejo o ayuda, o, simplemente, para hablar puesto que es un buen conversador, de espíritu inquieto y ávido observador de cuanto ocurre a su alrededor. Y, por todo ello, no es frecuente encontrar la oportunidad de escribir sobre alguien que es capaz de suscitar esos sentimientos y de provocar admiración, incluso envidia, por haber hecho de su vida una notable aventura humana tan en el límite de la creación literaria, que en alguno de sus pasajes, como decía, parece adentrarse en el terreno de la ficción. Y cuando llegó el momento en que, vencida su reiterada negativa, se decidió a hablar de todo ello, tuve la fortuna de pasar por allí y de conocer muy hacia adentro, más allá del encuentro protocolario, a un hombre de trayectoria tan atractiva del que nunca antes había oído hablar hasta que me acercó a él José Luis Álvarez Margaride, presidente de Thyssen España e ilustre asturiano, buen conocedor también de los intrincados itinerarios de la vida.


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Nota del autor 11

En estas páginas dejé muchas horas de trabajo y de mi experiencia de cuarenta años, aunque, al César lo que es del César, quien aportó la mayor parte de la documentación para la historia fue Riberas, que siendo todavía muy niño le plantó cara a la vida, le lanzó un reto y fue capaz de ganarle la partida, dentro de los límites de la decencia, según todos los testimonios, y sin demasiados daños colaterales. Y espero que quienes lean todo cuanto aquí se cuenta, que es bastante, adviertan en algún momento que les hubiera gustado tener el valor de Riberas para enfrentarse resueltamente a la vida en más de una ocasión. Confieso que ese fue durante muchos pasajes mi propio sentimiento. Y no es extraño, porque de ser un mero testigo privilegiado de la aventura, me encontré dentro de ella y acabé tomando partido por su protagonista, tan lleno de vigor y de solidez moral, y capaz de generar admiración por una trayectoria iniciada en la adversidad que, tal como escribió Horacio, es la situación que “tiene el don de despertar talentos que en la prosperidad habrían permanecido dormidos”. En ese largo y complejo itinerario vital existen dos partes bien diferenciadas: la que comparte frontera con la ficción, que se inicia en la infancia, desde la nada, y discurre por el enmarañado camino del reto personal hacia el éxito, una peripecia humana de gran calado; y la que comienza, sin solución de continuidad, en el momento en el que, sólidamente asentado y ya con la participación de sus hijos, abrió el abanico de los proyectos que lo llevaron hasta el lugar que ocupa en la actualidad, tanto en España como en el resto de los países hasta donde alcanza su brazo. Esos dos momentos de la vida de Riberas quedan reflejados también en este trabajo, que concluye con una incursión en el pensamiento de quien ha hecho de su trayectoria un monumento a la voluntad, al trabajo y al riesgo coronados por el éxito. Y no es, pues, extraño que, como síntesis de esa rica ejecutoria, considere la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo como la más alta de las recompensas recibidas. Tengo la impresión, finalmente, de que este libro contiene una parte importante de las páginas necesarias para conseguir una aproximación a la biografía de Francisco Riberas, aquel muchacho que consiguió torcer su destino desde la nada. Juan de Lillo


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PRIMERA PARTE


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“Se detiene al final del camino que desciende hasta el fondo de la finca y me dice que, cuando vuelve la mirada al pasado, recuerda que no pudo permitirse un solo sueño, porque la necesidad de trabajar desde niño no le dio esa oportunidad; pero que, desde que pudo, tuvo la idea de construirse su propia casa, a la que viera nacer desde los cimientos”.


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CAPÍTULO I

Desde Rabé de las Calzadas al barrio madrileño de Usera. —En aquel mes de enero de 1932 sacudió el país la rebelión de los mineros catalanes. —Un espectacular atraco a un tren de mercancías en Vallecas. —Una acogedora familia castellana. —Las secuelas en la vida de su padre, internado de niño en un hospicio. —Los paseos con su madre por la Casa de Campo. —Aquella tarde de julio de 1936. —El doloroso espectáculo de los muebles de algunos vecinos que salían por la ventana. —Un crucifijo hecho añicos en el suelo. —Caen a su lado algunas balas de los primeros disparos que suenan en Madrid. —Huida en busca de un lugar seguro a través de la zona republicana. —Lérida, lugar de destino en busca de refugio en casa de una tía. —Alistamiento de su padre en el Ejército gubernamental. —El hambre como compañera implacable. —Días de desesperación y abatimiento en el ánimo de Benita Pampliega. —De Lérida a Roda de Ter. —Reproches a un niño que comía y no trabajaba. —Intérprete de catalán para su madre. —Renuncia a cruzar la frontera hacia Francia. —Un hallazgo salvador en la estación de Zaragoza. —El rancho providencial y reparador. —Un prematuro adulto de seis años. —El inicio de la estrecha vinculación con su madre.


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16 Francisco Riberas, contra su destino

ESTE NUEVO OTOÑO ha devuelto la humedad a la hierba de Somosaguas y el amarillo rojizo a las hojas trémulas de los árboles que rodean una de las urbanizaciones más exclusivas de Madrid, en la que se concentran no pocos de los más cualificados integrantes de la nómina nacional de contribuyentes. En esta media tarde de sol sin agobios apenas se oye el zumbido de un motor, el canto de alguna tórtola o el leve silbido de la brisa que agita las ramas. Al campo madrileño y a la ciudad este tiempo les sienta bien porque se les suben los colores a los bosques y a los parques, anima la inquietud de los pájaros e inunda el ambiente de un tibio aroma a naturaleza marchita. Muchos madrileños dicen que es su estación preferida, seguramente porque, después del sopor estival, el sol se torna menos severo y el cuerpo se va acomodando al frescor que anticipa el frío invernal. En esta hora en la que el 2003 se encamina desigual a su crepúsculo, Francisco Riberas Pampliega pasea pausadamente el jardín de su casa como desde hace cerca de un año, cuando decidió que, después de casi sesenta de trabajo intenso y sin apenas descanso, había llegado la hora de tomarse media jornada para sí y para su mujer; para el golf, al que llegó con vocación tardía, y para sus dos horas diarias de gimnasio que cumple rigurosamente para ayudar al cuerpo a que aguante, a sus setenta y un años, el paso del tiempo sin otros deterioros que los sobrevenidos. Además, saborea cada paso por el césped intensamente verde y rasurado sin que una sola brizna sobresalga del resto. Y se detiene al final del camino que desciende hasta el fondo de la finca, muy cerca del portón de acceso, y levanta ligeramente la mirada para contemplar, una vez más, la casa que conserva todavía el olor a mampostería reciente y que supone la afirmación de Riberas, después de una vida sin tregua, en un itinerario lleno de esfuerzos y renuncias, desde los lejanos días de hambre hasta éstos de la plenitud del éxito; desde una reducida vivienda de planta baja en el periférico barrio de Usera a esta mansión que impresiona. —Cuando usted mira hacia atrás y repasa estos últimos sesenta años, ¿piensa que los sueños se cumplen? —Yo no pude permitirme un solo sueño, porque la necesidad de trabajar desde niño no me dio esa oportunidad. —¿Y esta casa no lo es?


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Capítulo I 17

—Yo siempre había vivido en casas ya construidas en las que no había un solo detalle que yo hubiera pensado, algo personal. Primero en el número 67 de la calle general Garvá, más tarde en las del Olvido y O’Donnell y después aquí en Somosaguas, en un chalet próximo a éste, en el que vivimos durante más de treinta años. Pero, desde que pude, tuve la idea de hacerme mi propia casa, a la que yo le viera nacer los cimientos, subir las paredes y colocar cada teja, porque siempre me gustó ver crecer mis cosas; que nacieran desde cero, como cuando en 1945 tuve que dejar el colegio a los trece años para añadir mi modestísimo salario a la escasa economía familiar. Eran tiempos muy duros y en casa no entraba más salario que el de mi padre, que era peón de parques y jardines del Ayuntamiento de Madrid. Sé lo que es pasar hambre; comer mondas de naranja y de patata porque no había otra cosa. Y esas cosas marcan siempre. —Dice que comenzó a trabajar a los trece años, pero ¿qué se puede hacer a esa edad? —Lo primero que me salió, decorar porcelana. Y para ahorrar dinero, porque todo hacía falta en casa, iba al taller en el tope del tranvía. Pero no era yo sólo. Iban llenos los topes, las ventanillas, las puertas. —¿No era esa aventura diaria un riesgo excesivo? —Por supuesto que lo era, pero me compensaba por los cincuenta céntimos que me ahorraba cada día. —¿Le hubiera gustado seguir estudiando? —Lloré cuando tuve que dejar el colegio, porque sé que tenía condiciones para estudiar. Pero no tuve elección, como tantos otros niños de mi tiempo. Ahora, cuando miro hacía atrás y veo las empresas que creé con mi trabajo y la abnegada colaboración de un equipo de gente fiel y esforzada, pienso que si hubiera podido estudiar una carrera mi vida habría sido otra cosa. Hay que tener en cuenta que cuando consigues un título universitario quieres que te sea útil, dedicarlo a algo. Sin embargo, cuando no has tenido oportunidad de estudiar y debes abrirte camino, no puedes escoger. Te agarras a lo que salga con visos de alguna profundidad. Y no hay mucha gente que pueda elegir cuando no tiene dinero ni preparación. No sólo en este primer encuentro breve de presentaciones, sino durante los meses que conversé con Francisco Riberas, advertí en su mirada un punto de tristeza, una sombra de cansancio y una diáfana sensibilidad, en-


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sombrecida por la dureza de unas cejas de espesa negritud, casi desafiante, en verdadero contraste con sus venerables canas. Dicen algunos de los que trabajaron con él desde las primeras horas, que en los momentos de mayor tensión en sus relaciones comerciales parecía que, mediante algún resorte que él podía controlar, esas cejas adquirían una mayor rigidez y crispación, y acababan por impresionar a sus oponentes porque la dureza del gesto reafirmaba su fama de negociador hábil y tenaz. Pero una vez concluida la porfía, se imponía siempre aquella honda humanidad que cada día refuerza su prestigio de hombre sensible, cordial y generoso. Esa compleja personalidad ha hecho de Riberas un empresario sólido, duro y temible, y, a la vez, transparente y entregado a quienes lo rodean. Y, sin que se entere la mano derecha de lo que hace la izquierda, es capaz de llegar mucho más allá, porque se siente íntimamente obligado a compartir algo de lo mucho que ha conseguido con quienes, por muchas razones, aquí o fuera, no lograron salir del gueto de la pobreza y el hambre. Casi sesenta años después de que tomara plaza de transporte en el tope del tranvía, Francisco Riberas preside tres grupos empresariales de una solidez envidiable, Gonvarri, Gestamp y Esmena, y se ha convertido en el número uno en España y uno de los primeros en Europa en la industria transformadora del acero y de la estampación de componentes para el automóvil, con plantas en tres continentes y en más de doce países. —¿Y por qué una casa de estas dimensiones, ahora que sus hijos viven cada uno en la suya y están ya solos Josefina y usted? —Porque en muchas ocasiones al año se reúne aquí toda mi familia, que es muy amplia: mi hermana, mis hijos y nietos; sobrinos y sus familias. Esas reuniones, casi asambleas, constituyen algunos de los momentos de mayor plenitud para mí. Pero, además, es que sin estas dimensiones no habría espacio para los cuadros, tapices, alfombras y otras obras de arte que comencé a reunir hace cerca de cuarenta años, cuando tenía muy poco dinero. Me apasiona el arte y pasear por el interior de mi casa y mirar cada cuadro, escultura, etc., es una satisfacción que me tonifica y me aísla de la constante tensión de cada día. A veces me sorprendo hablando ante alguna de estas piezas que me inspiran sentimientos muy hondos. Sin embargo, seguramente nada, o casi nada, de cuanto le ocurrió en la vida tendría sentido sin la permanente presencia de la figura de su ma-


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dre, fallecida hace cuatro años, a los noventa y tres, y sin el espíritu que ella fue capaz de inculcarle, desde el afán de superación, el tesón y amor por el trabajo, al valor de la palabra dada, a la honradez sin concesiones y a la compasión y solidaridad con los demás. Esa íntima relación entre la madre y el hijo comenzó a anudarse en los azarosos inicios de la guerra civil, en el modestísimo barrio de Usera, al otro lado del río, cuando los obuses alcanzaron su casa y ya no pudieron llegar a ella aquel día del mes de julio de 1936 mientras, como muchos otros del verano, paseaban por el campo próximo. Tenía entonces cuatro años y en aquella trágica jornada inició con su madre su éxodo personal en busca de algún lugar en aquella España convulsa, en el que consiguieran, cuando menos, salvar la vida. Francisco, su padre, incorporado como voluntario al Ejército Republicano, había desaparecido de sus vidas y no se reencontraron hasta algunos meses después de concluida la contienda.

EL INICIO DE UNA VIDA MARCADA POR EL MAL ENTENDIMIENTO ENTRE SUS PADRES

No parecía haber demasiados horizontes en la vida de Francisco Riberas cuando nació en Rabé de las Calzadas, un pequeño pueblo burgalés a doce kilómetros de la capital, en el que concluía el camino de barro que arrancaba de la carretera que va desde la capital hacia León. Aquel 21 de enero de 1932 hacía frío, varios grados bajo cero, temperatura burgalesa habitual en esa época del año. Benita Pampliega se había trasladado desde Madrid para esperar el nacimiento de su primer hijo en casa de sus padres, donde recibiría las atenciones que nadie le dispensaría en su soledad del barrio de Usera. Su familia, numerosa y muy bien avenida, ofrecía siempre el calor de la buena acogida y se desvivía para que nadie se sintiera extraño, menos aun la hija que había decidido vivir fuera y que, tal vez por eso, estaba más necesitada del calor y atenciones en ese momento tan importante de su vida. Eran tiempos difíciles aquellos del inicio del nuevo año. Nueve meses después de la instauración del régimen republicano, el 22 de aquel mismo mes, la prensa nacional destacaba con titulares dramáticos el estallido


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“en la cuenca de Llobregat de un movimiento de rebelión organizado por elementos anarcosindicalistas” y añadía que “el Ministerio de la Gobernación califica el movimiento de sedicioso y se combatirá sin contemplaciones”, mientras el presidente del Gobierno, Manuel Azaña, anunciaba que “los sucesos se reprimirán como sea necesario”. Pero, pese a que aquellos sucesos y otros similares agitaban la vida política del nuevo régimen, en aquellos días intermedios de enero sobresaltó a los madrileños el violento atraco a un tren de mercancías en las proximidades de Santa Catalina perpetrado por un grupo de más de cuarenta malhechores que esperaban la llegada del convoy “a dos kilómetros del pueblo de Vallecas”, escribía la prensa de la capital, “en la línea Madrid-Zaragoza”. Según los datos facilitados por la Dirección General de Seguridad a los periódicos, “grupos de unos cuarenta individuos salieron a ambos lados de la vía y obligaron al tren a detenerse a la vez que arrojaban una auténtica lluvia de piedras”. Y añadía la dirección policial que “cuando se detuvo, algunos de los asaltantes amenazaron al personal con pistolas mientras otros se dedicaban a llevarse los bultos de los vagones, desprecintados por los asaltantes. Se trata de una banda bien organizada, armada con numerosas armas cortas”. Sin embargo, pese a la tensión que sacudía a algunas zonas del país, la vida en Rabé llevaba otro ritmo y la familia Pampliega solamente tenía ojos y oídos para aquel niño, celebrado como si fuera el primero, aunque su madre tenía ocho hermanos y cada uno de ellos, a su vez, no menos de cuatro hijos. —Mi madre tenía entonces veinticinco años y mi padre creo que estaba cercano a los treinta. Ella era una mujer excepcional, pero no así mi padre. Eso tengo que reconocerlo porque forma parte de mi existencia y de nada me serviría ocultarlo. Hay que acostumbrarse a sobrellevar la vida tal como es, sin engaños ni adulteraciones, porque sería como manipularla. Bastante desgracia es tener que soportar aquellas cosas que hubieras deseado que fueran de otra manera. Como contrapunto, como motivo de permanente satisfacción y orgullo, está mi familia materna, de gente bien avenida, solidaria, cariñosa y abnegada. Gente muy respetada. Tengo familiares en el pueblo que siguen participando de aquel viejo espíritu que se respiraba en casa de mi abuela.


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Su padre era también del pueblo. Se había quedado huérfano a los ocho años y vivió algún tiempo con una tía, hasta que ingresó en el hospicio. Y en cuanto pudo marchó lejos, a Madrid, donde encontró plaza como peón de parques y jardines del Ayuntamiento. —Eso muestra que era otro tipo de familia. En la de mi madre eso no hubiera ocurrido nunca, porque por muchas necesidades que pases es un dolor enviar a un pequeño a la inclusa. Es muy triste que te suceda eso, porque te deja secuelas para siempre. Creo que eso lo marcó absolutamente. Le dejó una gran amargura. Yo siempre lo vi sin ningún interés por la casa, y esta es una confesión que te hago como a un sacerdote. Eso a mi madre la hizo sufrir mucho. Y te das cuenta cuando eres niño y cuando vas creciendo. Su desavenencia me dolió siempre y ese dolor lo llevo siempre conmigo. Aquella situación me mortificaba sobre todo por mi madre, a la que adoraba, porque sufría mucho. Ellos siguieron viviendo juntos hasta su muerte, con más de noventa y dos años cada uno. A lo largo de todo este tiempo mi hermana y yo pudimos compensar en algo a mi madre de ese fracaso, con nuestro cariño y nuestra entrega sin reservas. Benita, después de algunas semanas, tras el parto, regresó a Usera con el pequeño Paco. Aquellos días en el pueblo habían sido para ella un bálsamo para su recuperación. Sobre todo, por el cariño que le dedicaron, especialmente su madre, una mujer fuerte y decidida que se había erigido en el eje de la familia, convertida por ello en un verdadero matriarcado, porque su marido, el abuelo, “que era un bendito, se había sometido a su voluntad. Y no porque ella lo pretendiera sino porque él había preferido siempre no tomar decisiones”. Durante los cuatro años siguientes, el matrimonio Riberas-Pampliega desarrolló su vida en el barrio, sin que sus desavenencias, tan prematuras, experimentaran cambios sustanciales, situación que el niño percibía y empezaba a sufrir en silencio. Aquel desencuentro tuvo, ya desde entonces, una influencia decisiva en su desigual vinculación futura con ambos, puesto que, puro instinto infantil, volcó decididamente su afecto en la madre, como consecuencia de la compasión que sus sufrimientos y soledad le inspiraban. Paralelamente, Benita suplía aquella carencia afectiva estrechando la relación con su hijo, sobre el que concentraba su amor y


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cuidados, siempre abnegados. En esos primeros años se fue fraguando una estrechísima unión que no sólo estimuló la superación de las dificultades diarias de escasez y privaciones, sino que iluminó los tiempos posteriores en que el joven Riberas buscaba afanosamente la oportunidad de liberar a su madre, y a sí mismo, de la desesperanza a la que los condenaba su situación personal, el ámbito en el que se movían y las dificultades sobrevenidas a causa de la guerra civil y de la durísima posguerra. Esos lazos ya indestructibles en ese tiempo alcanzaron un grado de total identificación en los posteriores, a partir de los días intermedios del mes de julio de 1936 en que las tensiones de los años precedentes rompieron el suelo de España y enfrentaron trágicamente a los españoles. Eran los días cálidos del verano madrileño. Desde hacía algunas semanas Paquito disfrutaba de las primeras vacaciones tras su año inaugural en el colegio público del barrio y, mediada la tarde, solía pasear con su madre por el parque vecino hasta la caída del sol. Y uno de aquellos días, mientras caminaban de la mano, experimentó con ingenua perplejidad infantil el desgarrador espectáculo de ver salir por las ventanas de algunas viviendas próximas a la suya muebles y ropas, y estrellarse contra el suelo la imagen de un Cristo de escayola, que se rompió en mil cascotes y dejó sobre el asfalto una estrella de polvillo blanco. —No se me olvidó nunca la escena a pesar de mis cuatro años, aunque entendía poco de lo que estaba ocurriendo. Aquellos que sufrían tales vejaciones eran gente humilde, como nosotros. Pero había mucha envidia y mucho odio, que fueron la causa del sufrimiento y la muerte de mucha gente por denuncias de los vecinos o, porque siendo obreros, iban a misa y no pensaban como ellos. Aquel espectáculo de los muebles y las imágenes saliendo por las ventanas me quedó grabado. Esas cosas marcan el alma, aunque sea la de un niño. Las calles de Madrid, y de otras ciudades de España, se llenaron de manifestantes, seguidores de las ideas políticas vigentes. Pero aquellos días la capital vivía en plena convulsión por el asesinato de José Calvo Sotelo, diputado de Acción Española, partido político de la derecha nacional. La prensa radicalizaba sus posiciones y en el ambiente se respiraba esa extraña sensación de explosión inminente que precede a los grandes cataclismos civiles. Benita Pampliega no vivía ajena a la situación y com-


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partía el desasosiego de muchos, aunque no acertaba a predecir el desenlace de tanta tensión como se acumulaba en el país. —Recuerdo que mi madre me contó que en algunas ocasiones tomábamos el tranvía para visitar a una prima suya del pueblo que también había venido a vivir a Madrid. Y llegó un día en que al regreso nos detuvimos para descansar en un altillo, frente a la Casa de Campo, y de pronto se estrellaron en el pie de cemento del banco dos balas que bien pudieron habernos dejado secos allí. Años después, mi madre me dijo que vio en el suelo los cascotes de ambos impactos, que se asustó mucho y que me tomó de la mano para huir de allí. Continuaron con paso apresurado hacia Usera para refugiarse en su casa, pero no pudieron acercarse porque varios obuses de la artillería nacional, que presionaba la zona, habían causado importantes daños en algunas viviendas del barrio, incluida la suya. No llegaron ni siquiera a tiempo para recoger algunas pertenencias que pudieran serles útiles en su huida. Benita pensó que el refugio natural para ellos debía ser su pueblo burgalés, en la acogedora casa de sus padres. Pero la configuración del mapa político había dejado su tierra castellana al otro lado de la frontera republicana y el intento era, más que peligroso, temerario. Cuando se hizo cargo de la situación, decidió que la mejor opción sería moverse dentro de la zona controlada por el Gobierno de Madrid. Recordó que vivía en Lérida una hermana de su madre, Estefanía, con la que no había tenido mucha relación, pero no dudaba de su buena acogida en aquellas circunstancias. Además, la guiaba el instinto de la tradicional solidaridad y buena avenencia entre todos los miembros de la familia materna. —¿Y su padre? —Se había alistado en los primeros momentos como voluntario en el Ejército Republicano y no supimos nada de él durante mucho tiempo. Mi madre no compartía sus ideas, ni nadie de los Pampliega, que eran gente pacífica y muy religiosa. Sin embargo, no creo que esa fuera la mayor discrepancia entre ellos. En aquellas primeras horas de confusión e incertidumbres, mientras sonaban ya los primeros disparos en muchos rincones de España, los periódicos madrileños reprodujeron un comunicado del Gobierno constituido de madrugada y presidido por Diego Martínez Barrio, con el que


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pretendía tranquilizar a los ciudadanos. Insistía en que se había “frustrado un nuevo intento criminal contra la República”, y que no había querido dirigirse al país “hasta tener el conocimiento exacto de lo sucedido y poner las medidas para combatirlo”. Y añadía que “nadie se ha sumado en la península a tan absurdo intento”. Tal vez Benita no tuvo oportunidad de leer aquel mensaje tranquilizador o intuyó que la realidad era bien distinta, porque el cañoneo iniciado, “del que habíamos sido testigos muy cercanos”, no presagiaba precisamente que aquella fuera otra nueva intentona hueca y decidió buscar un lugar más seguro para su hijo y para ella.

UN LARGO ITINERARIO EN BUSCA DE UN ESPACIO PARA SOBREVIVIR, EN MEDIO DE TANTO CAINISMO Aquel fue un momento crucial para el pequeño Paquito porque señaló el inicio de una larga marcha, llena de penurias e incertidumbres, que, sin embargo, estrechó más aún, en aquella aventura de la evasión, unos lazos ya cimentados en el mismo día de su nacimiento. A Francisco Riberas aquellos lejanos y dolorosos recuerdos le iluminan los ojos porque sabe que ya entonces intuyó, a pesar de sus pocos años, que la mano de su madre fuertemente entrelazada con la suya iba a ser el símbolo de una unión indestructible que solamente habría de quebrar la muerte. —¿Tiene algún recuerdo de aquellos instantes tan decisivos, no sólo para su supervivencia sino para el resto de su vida? —Conservo algunas imágenes grabadas como si estuviera viendo una fotografía, aunque otras se me borraron porque hay que tener en cuenta que solamente tenía cuatro años. Recuerdo que tomamos el tren en una estación llena de gente que se movía nerviosa y el momento en que subimos a un tren con vagones de madera abarrotado de viajeros que, como nosotros, buscaban un lugar más seguro lejos de Madrid. Para Paquito la irrupción en la estación de Atocha fue como el descubrimiento de un mundo nuevo, porque hasta entonces, desde su nacimiento en Rabé, apenas se había movido del barrio de Usera, con la excepción de los días que había salido con su madre a pasear por la Casa de


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Campo o para visitar a la pariente de su pueblo. Los andenes eran un abejeo continuo de gente atenazada por la angustia y el pánico, que buscaba un hueco en aquellos trenes para dejar atrás cuanto antes una ciudad que, por momentos, se convertía en una amenaza real por tantas razones. En esas confusas circunstancias, el camino hacia Lérida se presentaba como una gran incógnita porque el ferrocarril no era en aquellos momentos una línea recta, porque varios cientos de kilómetros del trazado de La Rioja, Navarra y Zaragoza habían quedado en zona fiel al Ejército sublevado en África. La ansiedad de Benita crecía por momentos mientras se movía con dificultad por el andén, con el niño fuertemente asido de su mano para que no se le perdiera en aquel caos de idas y venidas de tantos que intentaban encontrar destino seguro en alguno de los trenes que humeaban aceleradamente, como contagiados por la situación. Se acercó al carabinero que vigilaba uno de los accesos a los andenes para que le diera una respuesta que calmara tanta ansiedad como le atenazaba el pecho. —¿Podría decirme cuál es el tren que va a Lérida? —No sé, señora. Pero puede preguntarle a aquel mozo de la gorra de visera. Seguro que él podrá responderle. El hombre estaba de espaldas y tuvo que sacudirle ligeramente la manga de la camisa para llamar su atención. Aún tardó unos instantes en volver la cara hacia ella porque estaba ocupado en responder a preguntas de quienes, presa de los nervios, querían una respuesta para tranquilizar su espíritu, tan alterado. Al fin se volvió hacia Benita. —¿Qué pasa, camarada? —Es que voy con mi hijo a Lérida. —Tal como están las cosas es muy difícil porque no hay comunicación directa. Por el momento tendrás que ir hasta Valencia y allí ya te informarán. El tren es éste y saldrá dentro de una hora. Para el pequeño Riberas aquella situación tenía un atractivo insólito, porque todo cuanto le rodeaba se presentaba como un mundo nuevo. Le atraía especialmente la máquina, sus humeantes resoplidos, su impresionante estructura negra, como un monstruo de ficción. Y no dejaba de mirarla mientras su madre se movía por el anden casi arrastrándolo, porque su curiosidad infantil había conseguido suplantar al drama que se movía en su entorno, incluido el de su propia madre. Estaba


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absorto, en estado de permanente perplejidad, cuando entre tanto grito llegó a oír la voz de su madre que le hablaba mientras le sacudía ligeramente la mano. —Paco, vamos a subirnos a este tren porque primero tenemos que llegar a Valencia. Allí ya veremos cómo nos arreglamos para llegar hasta Lérida. —Sí, mamá. Él comprendía, porque siempre había sido un niño muy despierto, el estado de nerviosa ansiedad de su madre que hizo suyo desde la ingenuidad de sus pocos años. Pero reconocía que había algo en aquella aventura que despertaba su precoz curiosidad por viajar en el tren, por experimentar la sensación de la velocidad y por conocer otros lugares que no fueran los del barrio y sus alrededores. Las puertas de los coches estaban abiertas. Benita tomó a su hijo en volandas y lo introdujo en la plataforma a la vez que ella ponía un pie en el estribo para acceder al vagón, no sin que tuviera que esforzarse en mantener los codos separados para que ninguno de los viajeros que se apiñaban a su alrededor le tomara ventaja. Iban sin equipaje alguno, sólo con lo puesto, porque los primeros obuses caídos sobre el barrio les habían impedido tomar ropa de repuesto. Pero no era el vestido en pleno verano el mayor problema que les planteó aquella huida súbita. Lo peor de la situación, ya suficientemente dramática, es que no llevaban en el bolsillo una peseta para un bocadillo ante un viaje tan incierto. Paco se movió ágilmente por entre la gente que de pie colocaba los bultos en el portaequipajes corrido, y se sentó en la esquina de un banco, al lado de la ventanilla. Desde allí buscó a su madre con mirada nerviosa. La llamó reiteradamente a gritos para que su nombre se elevara sobre el vocerío del interior y del andén, porque ella se había quedado rezagada por las dificultades para moverse por el pasillo. Se acercó, miró a su alrededor y tomó asiento mientras Paquito se apoyaba ligeramente en sus rodillas, con los ojos fijos en la multitud que se movía de un lado a otro con las maletas de cartón y su hato a cuestas en busca del tren de la esperanza que los alejara de la capital, gran objetivo de los sublevados. Las manchas de sudor empapaban las camisas de la mayoría de los hombres mientras unas gotas de humedad gruesa rodaban desde sus frentes hasta el cuello. Cuando, al fin, el convoy se puso en marcha, Benita abrazó y


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besó al niño, y no pudo evitar que sus lágrimas rozaran levemente su mejilla, mientras él insistía en mirar hacia el exterior donde decenas de miradas inyectadas de angustia se quedaban lentamente fuera del marco de la ventanilla. Francisco Riberas recuerda vagamente que fue un viaje incómodo, largo y pleno de incógnitas, soportado resueltamente, con el único objetivo de llegar a Lérida por cualquier medio, porque allí creía su madre que estaba su salvación, al menos temporal. Pocas veces a lo largo de ese tiempo recordó a su padre, entonces en algún lugar del frente de Cataluña, que los había abandonado en Madrid para alistarse en el Ejército Republicano. Y ahora, cuando rememora tantos sufrimientos padecidos por él y por su madre, se le entrecorta la voz y a sus ojos asoma un brillo fugaz que intenta controlar, aunque inútilmente. —Conservo imágenes confusas en mi memoria, pero tengo muchos recuerdos presentes porque forman parte de mi propia experiencia, actualizada constantemente por el relato que durante toda mi vida me repitió mi madre, siempre con algún matiz nuevo, de aquellos tiempos trágicamente inolvidables. Conversábamos de nuestra vida, y ella nunca dejó de recordarme aquellos días difíciles de la guerra. Siempre pensé que lo hacía para reafirmar nuestra estrechísima vinculación, que se acrecentó durante la huida y el posterior destierro forzoso, porque no otra cosa fueron aquellos tres años. Ella creo que encontró en mí un argumento para afrontar tantas dificultades como se interpusieron en nuestro camino. Hay que darse cuenta de que era muy joven. No había cumplido todavía los treinta años. Comienza a llover sobre Somosaguas a media mañana en este segundo día de nuestros encuentros, ya sin el protocolo de las presentaciones y las formalidades. Al fin el otoño de este 2003 trae el agua que tan tacaña se había mostrado durante los últimos meses de estío, más cálidos y resecos de lo habitual. Con paso acelerado entramos en la casa y frente a la gran puerta de acceso nos recoge una amplia escalera de mármol que nos lleva hasta un rellano desde el que Riberas me conduce hasta un amplio salón-biblioteca. Durante la breve ascensión hacia el ala sur del piso alto nos escoltaron el paso algunos cuadros, tapices y esculturas de su colección. Sobre la mesa de la estancia, los periódicos del día en cuyos titula-


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res destaca el viaje a la estación espacial del astronauta español Pedro Duque, al que acompañan el ruso Alexander Kaleri y el americano Michael Foale. Pero le hablo, sobre todo, del regreso de Manet al Museo del Prado cerca de siglo y medio después para reencontrarse con sus maestros españoles, y de la presencia de Kandinski en la Fundación Juan March, porque sé que la pintura es su gran afición más íntimamente sentida y más constante, aunque sus gustos están mucho más cercanos al francés que al ruso desde sus inicios en la abstracción. La grabadora reanuda su rueda lenta y en un nuevo salto atrás sin esfuerzo regresamos a aquel tren en el que viajaba la desolación de decenas de españoles, a los que la propaganda reiteraba por todos los medios posibles que en unos días, tal vez sólo semanas, estarían de nuevo en sus casas. Algunos ni se molestaban en escuchar, absortos en sus temores y recuerdos; otros intercambiaban nerviosamente opiniones sobre la situación y, tal vez, alentaban la esperanza de un corto exilio; y, seguramente, los más, rumiaban en silencio y con desesperanza sus temores más pesimistas. —Mi madre creo que no pensó, cuando salimos de Madrid, que nuestra ausencia, sin equipaje ni dinero, fuera a dilatarse más allá del tiempo que nos decían. Pero a medida que pasaban las horas sus impresiones derivaron hacia un creciente estado de pesimismo, aunque intentaba luchar contra tan malos pensamientos. El viaje hasta Valencia fue largo y agotador, sobre todo para el niño para quien las primeras horas fueron de descubrimiento del paisaje reseco y amarillento, de brillante color pajizo de mies recién cortada. Y le entretenía, como un juego, el curioso movimiento de los pueblos que, apenas aparecían en el horizonte, se le acercaban al ritmo del tren para huir aceleradamente hasta desaparecer del marco de la ventanilla, que uno de los viajeros había cerrado para que el departamento se librara del humo y la carbonilla que enviaba la locomotora al compás de sus estertores. Durmió en el regazo de su madre y volvió a la ventanilla cuando ya amanecía. Y descubrió que el paisaje de mieses truncadas se había transformado en un interminable campo de naranjos de frutos que amarilleaban por entre las hojas verdes. —Al llegar a Valencia había mucha gente en la estación. Grupos familiares que se despedían mientras otros miraban hacia las ventanillas de


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los vagones como si buscaran a alguien.Y bastantes refugiados que habían acudido a esperarnos con ramos de naranjas recientes que mi madre y yo recibimos como el maná, porque apenas habíamos tomado bocado. Solamente un pedazo de pan con tocino reseco que nos había ofrecido un grupo familiar que viajaba a nuestro lado, cuando advirtieron que no teníamos nada para llevarnos a la boca. La gente se portaba bien porque todos teníamos necesidades, y en esos trances crece la solidaridad, sobre todo entre los más humildes porque son los que conocen verdaderamente lo que es tener hambre. Y aquella misma tarde volvimos al tren para reanudar aquel viaje que a mí empezaba a parecerme interminable. Lo que yo no sabía es que todavía nos faltaba por recorrer casi el doble de lo que ya habíamos hecho. La noche se echó encima, seguía bajo su asiento el monótono redoble de las ruedas sobre la vía y el niño se durmió nuevamente en el regazo de Benita, que empezaba a acusar el agotamiento de la tensión acumulada y de la incomodidad del viaje. Aquel rodeo desde Madrid a Lérida, a través de Barcelona, se les hizo a todos demasiado largo, especialmente a Paquito que había perdido ya el interés por descubrir aquel mundo desconocido que alcanzaba con su vista y que tan deprisa pasaba a través del cristal. —¿Cuándo llegamos, mamá? Estoy muy cansado y tengo hambre. Aquellas quejas del niño llenaban de zozobra el corazón de la mujer que en algunos momentos notaba cómo le flaqueaban las piernas, pero se sobreponía porque la responsabilidad podía con el desaliento. A la salida de la estación de Lérida se acercaron a varios transeúntes, muchos de ellos con gorro miliciano y fusil al hombro, para que les encaminaran los pasos hacia la casa de aquella tía que nada sabía de su presencia en la ciudad. —¿Pasaron allí toda la guerra? —No, estuvimos algunos meses; no muchos. En aquel tiempo de quiebra entre los españoles cumplí los cinco años y fui testigo de uno de los más duros bombardeos de toda la guerra. Había ido al río a pescar, creo que era el Segre, con algunos de mis primos que eran mayores. Como es natural, yo iba solamente como ayudante. Y cuando estábamos a la orilla empezaron a caer bombas sobre la ciudad. Creo que fue de los mayores bombardeos de toda la guerra. Mi madre salió corriendo, en medio de aquel infierno, porque sabía en qué lugar solíamos situarnos. Recuerdo


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con toda nitidez que el espectáculo era dantesco, sobrecogedor, y no se me olvida aquella imagen de edificios derrumbarse como cortados con un cuchillo. Ella me tomó en sus brazos y corrió conmigo hacia la casa, que estaba relativamente cerca. En plena carrera nos echamos al suelo en varias ocasiones porque la metralla saltaba por todas partes. Finalmente llegamos sin un rasguño; casi un milagro. A mí aquello me pareció una verdadera tormenta de bombas. Tuvimos fortuna y salvamos la vida, pero vi que algunos ya no pudieron levantarse y quedaron ensangrentados sobre la calle. Cosas como esas no se te olvidan nunca. Te quedan dentro y con frecuencia, inconscientemente, influyen en momentos determinados de la vida. No tiene Riberas buen recuerdo de aquel tiempo que vivió con su madre en Lérida, por las circunstancias y porque la tía y sus hijos no se mostraron demasiado hospitalarios con ellos. La madre se lo repetía al niño, que a pesar de sus cinco años había madurado prematuramente porque una realidad tan cruel le había situado en un escenario extremadamente duro y se daba perfecta cuenta de la situación. Benita sabía que su hijo era un niño despabilado, que lo observaba todo y que se le escapaban muy pocas cosas de las que ocurrían a su alrededor. —Creo que la vida te enseña mucho desde pequeño, en circunstancias como esas. Y durante aquellos meses allí fui conociendo a mi tía y me di cuenta de que no nos trataba bien y me pareció que era envidiosa; muy envidiosa. Le molestaba que yo comiera, ella decía que mucho, porque no era capaz de que su hijo pequeño lo hiciera. Eso decía ella y me contó mi madre. Pero ¿por qué no iba a comer si tenía hambre? ¿Sólo porque aquel chico lo dejaba todo en el plato? Sería porque no tenía ganas. No sé qué podía envidiarnos aquella mujer a nosotros, si no teníamos donde caernos muertos. Efectivamente, no hubo buena sintonía porque la tía debía de ser una mujer difícil. Vi a mi madre llorar más de una vez en silencio. Se escondía para que no la viera, pero yo estaba siempre muy al tanto de ella. Fue una jornada excesiva porque el bombardeo había sido una agonía. Benita apenas pudo conciliar el sueño y pasó la noche abrazada al cuerpo de su hijo, atento siempre a las preocupaciones de su madre. Paquito notó en aquel largo abrazo materno que las cosas empezaban a ponerse muy mal y que aquel no era un buen lugar para vivir y que corrían el riesgo cierto de que cualquier día uno de aquellos obuses podía acabar con sus vi-


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das. Además, como si aquella trágica posibilidad no fuera ya suficiente, su presencia en la casa creaba tensiones por la actitud de aquella tía que no miraba con demasiados buenos ojos su presencia. Al menos eso le parecía a él, que desde hacía tiempo lo había adivinado en la mirada de su madre. —Y mira lo que son las cosas, con el paso de los años, cuando yo ya tuve una posición desahogada, di trabajo a alguno de los nietos de aquella hermana de mi abuela. Pero, después de haber pasado lo que pasé durante aquellos tres años, nunca fui capaz de sentir rencor; antes al contrario, me dio pena de aquella gente. La situación se había hecho insostenible para Benita, por la inseguridad personal y por la difícil convivencia de cada día con sus familiares. Por eso, algunas semanas después de aquel tremendo bombardeo y de otros menores, pensó que había llegado el momento de buscar otro lugar de menor riesgo, más alejado de la cercanía del frente, sobre el que presionaban con tanta intensidad las tropas del general Franco, “porque nosotros no teníamos nada que esconder y por eso teníamos que movernos para buscar nuestra seguridad”. Así que actuó con rapidez para averiguar el modo mejor de salir de Lérida. Y lo encontró en un autobús de refugiados que partiría a primeras horas de la mañana del día siguiente, antes de que amaneciera, para alejarse en plena oscuridad de la ciudad. Y de nuevo la aventura, la huida incierta, sin meta ni horizonte, aunque en esa ocasión sí llevaban algún dinero del que circulaba por la zona republicana, aunque apenas el suficiente para un refrigerio en un camino de duración incalculable. Ya en el vehículo, Paquito oyó a algunos de los viajeros que aquel demoledor bombardeo se había producido por la masiva presencia de soldados en la ciudad y que, por ello, se había convertido en objetivo prioritario de los sublevados. Pero tampoco aquel autobús lleno de refugiados fue, en los primeros momentos, el lugar más seguro del mundo porque en pleno camino, ya en campo abierto, sufrió el bombardeo de un avión cuyo piloto supuso que aquel desvencijado vehículo iba lleno de soldados. Pero no fue aquella la única sorpresa, porque algunos kilómetros más adelante les sobrevino un nuevo ataque aéreo. —Recuerdo que ya en plena marcha cayó una bomba sobre una gasolinera próxima a la carretera. Pocos segundos después se produjo una ex-


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plosión impresionante a la que siguió un espectáculo verdaderamente sobrecogedor, de llamas y humo que se estiraba en una columna interminable que se fue alejando de nosotros a medida que aquel cacharro avanzaba. Todavía soy capaz de reconstruir en mi memoria aquella escena y de sentir el objeto, no recuerdo qué sería, que mi madre me metió entre los dientes para que la onda expansiva no me produjera lesiones. Yo la miraba a ella con frecuencia, porque en más de una ocasión la vi verdaderamente desalentada. En aquellos momentos yo, que como digo había madurado prematuramente, me sentía en la obligación, me salía de muy adentro, de hacer todo lo posible para consolarla y animarla. Más tarde supe que habíamos pasado por Mollerusa, Cervera y Manresa camino de Vic. En algún tramo del recorrido nos dijeron que iban a trasladarnos al tren, pero no recuerdo en qué momento ocurrió. Puede que fuera en la propia ciudad de Vic donde habría de producirse el transbordo, porque Benita le contó en más de una ocasión que fue en el andén donde oyó a alguien decir que los acercarían a la frontera francesa. Pero a ella no le hacía ilusión alguna cruzar al país vecino, porque se decía que los refugiados españoles no recibían demasiado buen trato y porque su objetivo, desde el primer momento, había sido regresar a Rabé para reencontrarse con su familia y reponerse de tantos sobresaltos y tanta hambre acumulada. Así es que le dijo a Paquito que su intención era abandonar el tren en algún lugar del camino. Tal vez fuera en las proximidades de Manlleu, pero, efectivamente, en la primera estación tomó de la mano a su hijo y descendió apresuradamente, antes de que nadie pudiera preguntarle sobre sus intenciones. Ella no tenía una idea clara de la dirección que debían tomar y avanzaron hasta que llegaron a Roda de Ter, en la provincia de Barcelona, un lugar tranquilo donde decidió instalarse hasta que las cosas mejoraran para poder encaminarse hacia su tierra burgalesa. —Aquel pueblo fue nuestra residencia definitiva durante el resto de nuestro éxodo. Mi madre encontró trabajo en casa de unos labradores que se portaron muy bien con nosotros. Además a ella, que nunca le habían gustado las labores agrícolas, no le resultaban desconocidas, aunque la tarea que desarrollaba era más doméstica que de campo, la comida, lavar la ropa... Vivíamos en un cuarto pequeño que habíamos alquilado, desde donde mi madre iba cada día a su trabajo muy temprano. Yo la


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acompañaba e incluso ayudaba en todo lo que podía, que era bien poco. Y cuando regresábamos al atardecer, o de noche cerrada en invierno, la veía con frecuencia abatida y, pese a mis pocos años, era yo quien la consolaba. Ella me lo recordó durante toda su vida y yo me sentí orgulloso siempre de haberle sido útil en aquellos momentos. Años más tarde, cuando estabilizamos la vida en Usera, tuve que animarla muchas veces al ver el trato frecuentemente despectivo y poco amistoso que le daba mi padre. Aunque, que yo recuerde, nunca llegó a maltratarla. Recuerdo que cuando tenía yo doce o trece años llegué un día a casa y la encontré sumamente abatida. Era un momento en que pasábamos mucha hambre y eso desmoraliza mucho. Ya había nacido mi hermana Carmen. Me repetía que quería morirse y tuve que decirle muy seriamente: “¿Qué es, que quieres dejarnos solos a los dos?”. Y reaccionó con la misma entereza que lo había hecho en los años de la guerra. Por todos los sufrimientos y sacrificios de mi madre en aquel tiempo y después del regreso a Madrid, siempre reconocí en ella un enorme espíritu de abnegación. Es que una guerra en aquellas condiciones y una posguerra en un barrio como Usera son cosa muy dura. Y a mí aún me pareció peor la posguerra, porque el hambre de cada día era una compañera cruel e implacable. Durante los cerca de dos años que Benita y su hijo pasaron en Roda de Ter, el niño empezó a manifestar, según contó ella pasado el tiempo, gran agudeza y capacidad para moverse en un medio tan hostil como era la retaguardia de un país en guerra, en un pueblo desconocido y en la zona dominada por el bando menos afín al pensamiento tradicional en su medio familiar castellano. Paquito asimiló enseguida, por esa gran capacidad de esponja que tienen los niños, costumbres que le eran ajenas y, sobre todo, comenzó en pocas semanas a entender y hablar el idioma catalán como si se tratara de un nativo. —Mi pobre madre me dijo, pasado el tiempo, lo bien que le había venido que yo me entendiera con los payeses, porque le hacía de intérprete y eso le facilitaba mucho las cosas. Ella no había sido capaz de conseguirlo. Por cierto, que los chavales de la casa me echaban en cara que comiera y no trabajara. ¿Pero cómo iba a trabajar si tenía cinco años? Un día que jugábamos en el patio de la casa, uno de los chavales de la casa me recriminó que mientras yo no hacía más que comer mi madre tenía


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que trabajar. Me sentó mal y cuando llegó la hora no probé un solo bocado. Mi madre, preocupada, me preguntaba si me encontraba mal, pero yo no le dije una sola palabra del incidente. Más tarde, mientras salimos a pasear, me preguntó y le conté lo que había ocurrido. Siempre me dijo que aquel orgullo infantil de entonces me acompañó durante toda la vida. Y creo que es verdad. —¿Cómo recuerda la vida durante aquel tiempo en Roda de Ter? —El pueblo estaba alejado del frente. No oímos un solo tiro y, en cierta forma, recobramos la tranquilidad aunque pesaban demasiado el alejamiento de nuestro medio habitual y la separación de la familia de mi madre, que no pudo prestarnos ningún apoyo. No obstante he de reconocer que llegamos a normalizar bastante nuestra vida y no recuerdo haberlo pasado especialmente mal, con excepción de los días en que se apoderaba de mi madre aquella tristeza que me acongojaba y de la que era plenamente consciente pese a mi corta edad. La gente llegó a apreciarla mucho porque era muy inteligente y siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás. Había ido a la escuela en Rabé, y como sabía leer y escribir acudían a ella muchas mujeres refugiadas, huidas de la zona nacional, para que les leyera las cartas que sus maridos les enviaban desde el frente. Se las contestaba y les ayudaba a contar el dinero que recibían de ellos. Todos los días venían unas y otras a pedirle consejo y ayuda. —¿Tuvieron alguna noticia de su padre durante la estancia allí? —Tengo entendido que al final mi madre llegó a recibir alguna noticia indirecta suya, a través de una carta que le envió alguien, en la que le decía que le habían herido. Sólo eso. Más tarde supimos que el tiro le había entrado por muy cerca de la boca con salida próxima al oído.

ENTRE LA POSIBILIDAD DE CRUZAR LA FRONTERA COMO REFUGIADOS Y LA ESPERANZA DEL REGRESO

Acababa de iniciarse la primavera cuando empezó a circular el rumor de que el ejército republicano había decidido rendirse y que la guerra había terminado. Paquito seguía enredado en su rutina diaria de juegos con otros niños o en su ejercicio de intérprete cuando su madre requería su


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presencia. Pero aquella misma noche, tan pronto como llegaron a la habitación, su madre lo abrazó y besó como hacía tiempo que no lo hacía, aunque siempre se mostraba especialmente cariñosa con él. Benita lloraba sin que los sollozos le permitieran comunicar a su hijo aquella alegría que le presionaba la garganta. —¿Ocurre algo, mamá? —Sí, hijo; claro que pasa algo: que terminó la guerra y ya podemos regresar a casa. Eran los últimos días del mes de marzo de 1939. La gente del pueblo salió a las calles por las que empezaron a pasar los soldados vencedores, barbudos, demacrados y cargados de macutos. Los niños corrían tras ellos a la vez que algunas personas mayores levantaban el brazo resueltamente. Otros lo hacían más tímidamente mientras miraban a su alrededor como si esperaran alguna indicación aprobatoria o la insinuación de algún reproche. Paquito los vio pasar fuertemente agarrada su mano a la de su madre y tuvo cierta conciencia de que aquellos tres años de guerra lo habían moldeado de una manera muy distinta a como hubiera ocurrido en otras circunstancias. —Es curioso, pero es totalmente cierto. Advertí que ya era un hombre. Sí, un hombre de siete años y esa sensación me acompañó a lo largo de mi vida. —¿Recuerda cuáles eran sus juegos con los amigos en el pueblo? —No recuerdo muy bien. Tal vez la pelota o la guerra, que era lo que veíamos. Aunque en Roda no nos enteramos de casi nada porque no debía de ser una zona interesante como objetivo militar. De lo que sí me acuerdo es que me preocupaba mucho mi madre, de la que me apartaba poco y que, influido por ella, lo que más deseaba era ir a Burgos, a casa de mis abuelos. Cuando las tropas nacionales se acercaban a Roda de Ter, muchos de los refugiados decidieron huir hacia la frontera. Sin embargo, Benita, “que no tenía nada que esconder”, se plantó y dijo que ni un paso más, que ya había estado bien y que debía empezar los preparativos para el regreso a casa tan pronto como se presentara la oportunidad. —Creo que mi madre acertó, porque no sé qué hubiéramos hecho ella y yo en Francia. Los primeros días después de la llegada del ejército


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nacional corrió por el pueblo el rumor de que si los moros esto y lo otro. Mi madre, cuando hablábamos de estas cosas, siempre me dijo que no sabía lo que hubiera podido ocurrir en otros lugares, pero que allí los mandos militares habían controlado muy bien la situación. Tras la llegada de las tropas, el estado de ánimo de Benita cambió. Se sentía más optimista y más segura, y esos sentimientos se los transmitió a su hijo que se sintió feliz al ver el cambio de actitud que la nueva situación había experimentado en ella. Pero no iniciaron el regreso de manera inmediata porque debían poner en regla los papeles, y ese fue un trámite lento que los retuvo aún quince días allí. Sin embargo, una vez resuelta la burocracia surgió un nuevo problema, que ella consideró menor porque ahora viajaban a favor de sus intereses y en la dirección buena, que era Rabé de las Calzadas, y las cosas se irían resolviendo por el camino. —No teníamos ni un céntimo en moneda de la zona nacional, porque el dinero que mi madre había reunido con su trabajo no nos iba a servir de nada. Y el hecho es que no teníamos ni para un bocadillo. Mi madre, cuyo ánimo había cambiado radicalmente, me dijo que “Dios proveerá” y con esa esperanza iniciamos el retorno. Pero estábamos muy lejos de casa y, seguramente, en algún momento debió pensar que eso está bien, pero que también es cierto eso de que para con Dios hay que tener por el carro. Y, lo que son las cosas buenas de la vida, dentro de lo malo, durante el regreso pudimos “tener” milagrosamente por el carro, aunque fuera con dificultades. El primer tramo de aquel viaje, tan diferente del dramático de los primeros días de la guerra, tuvo como meta Zaragoza, la ciudad a la que entonces no había podido llegar camino de Lérida porque estaba en manos de los rebeldes. Riberas no recuerda muy bien el tiempo que estuvieron allí con el convoy detenido, aunque sin duda le habló de ello su madre en las largas charlas que mantuvieron durante los años siguientes sobre aquella aventura que tanto los unió. Desde Roda, primero en un camión y después en el tren hasta la capital aragonesa, apenas pudieron llevar consigo un bocadillo porque la noticia de la marcha fue súbita, sin que tuvieran tiempo más que para meter en un saco unas mínimas pertenencias. Así pues, en aquel viaje lento, casi interminable, hasta Zaragoza el hambre, que durante los dos últimos años habían conseguido casi olvi-


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dar, apareció de nuevo como el sutil enemigo que intentaba minar la alegría que experimentaban por lo que consideraban gozosa repatriación. —Sé que tenía mucha hambre y empecé a moverme por el andén y la sala de espera en busca de algún alimento perdido para comer. Pero no eran aquellos tiempos para olvidar comestibles, así que me moví de un lado a otro sin éxito. Mi madre trataba de consolarme y darme ánimos. Para ello me hablaba de sus padres y hermanos, de lo bien que lo pasaríamos cuando estuviéramos en su casa y de que íbamos a comer cuanto quisiéramos, porque había trigo y no dejaría de quedar algo de la matanza, ya que seguro que Rabé no había sufrido tanto los rigores de la guerra. Serían pasadas las dos de la tarde cuando Benita advirtió que algo ocurría en la estación porque vio a la gente moverse hacia un extremo del andén. Paquito, más ágil, corrió por entre la gente hasta situarse cerca de varios soldados que, tras un enorme perol humeante, empezaban a distribuir raciones del rancho que repartía el ejército entre los refugiados en retorno. Ella observó a su hijo que, desde la larga cola de rostros surcados de privaciones y tristezas, volvía su cabeza menuda para sonreírle con indisimulada satisfacción. —Vamos a comer, madre, vamos a comer. Efectivamente, al cabo de un buen rato de espera, el niño regresó con un plato cuartelero casi repleto de algo que apenas se detuvieron a comprobar, porque el hambre no podía aguardar ni analizar aquellos ingredientes. Sentados en el vagón dormitaron durante un rato. Salieron al andén y no observaron movimiento alguno que anunciara una próxima salida. Paquito no se separaba de su madre y ambos pasearon y se aburrieron; intercambiaron muy pocas palabras con otros viajeros y de nuevo, al oscurecer, aparecieron los rancheros con el perol y otra vez la gente corrió para conseguir un buen lugar en la fila. Como al mediodía, Benita siguió desde una cierta lejanía los pasos de su hijo y observó que se había quedado como clavado en el suelo sin avanzar un solo paso, mientras miraba nervioso a un lado y otro. A ella le daba la impresión de que buscaba algo o que había ocurrido algún contratiempo, pero no se acercó y dejó que él tomara la iniciativa de reanudar la marcha en la cola. Insistía en mirarlo para que le diera una respuesta con un gesto, pero el muchacho seguía anclado, sin mover los pies del suelo. Al cabo de unos


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instantes, mientras los últimos refugiados avanzaban hacia el rancho, se agachó, levantó su pie derecho y recogió algo con las manos y echó a correr para refugiarse en los brazos de su madre. Antes de abrir la boca miró una vez más a su alrededor para asegurarse de que nadie había reparado en su figurilla menuda y avispada ni en sus movimientos que a él, desde fuera, le habrían parecido sospechosos. —Vamos a tomarnos un buen bocadillo. —¿Qué dices? —Que vamos a tomarnos un buen bocadillo. —¿Y el rancho? ¿Qué hacemos ahora? Miró a su madre y le sonrió con la intención de transmitirle su secreto con la mirada, de hacerla cómplice de aquel hallazgo. Francisco Riberas recuerda ahora aquel curioso episodio con la misma emoción que debió sentir en aquel instante ya tan lejano que, sin embargo, dejó en él una impresión inolvidable. —¿Cuál fue el secreto que tanta emoción le produjo? —Mientras estaba en la cola mi madre veía que no avanzaba y no paraba de hacerme gestos como preguntándome qué demonios ocurría. Pero yo no le decía nada ni me movía. Nos quedamos, naturalmente, sin rancho. Pero es que a alguien que iba delante de mí en la cola, no supe quién, se le había caído la cartera al suelo con siete pesetas en moneda de la zona nacional. Un verdadero capital para nosotros. Yo, con buenos reflejos y la picardía infantil agudizada por la necesidad, puse el pie sobre aquella joya hasta que tuve la certeza de que nadie lo reclamaba y de que nadie había observado mis movimientos. —¿Y tomaron el bocadillo? —Claro, y aun nos sobró alguna peseta para compartir otro en el camino, hasta nuestra llegada a Rabé, que fue otra aventura. Pero como tampoco el dinero era gran cosa, no dio demasiado de sí. Siempre que lo pienso, me parece que aquel fue un hallazgo milagroso, porque nadie se volvió a buscarlo ni apareció alguien preguntando por aquel monedero salvador. Pero cómo se madura en esas circunstancias tan adversas y cómo la necesidad te fuerza a ingeniarte y a hacer cosas que muy probablemente no harías en una situación normal. Tenía tan sólo siete años y aquellas duras experiencias en condiciones tan exigentes fueron para mí como una


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graduación en la universidad de la vida. Además, tuvieron la virtud impagable de unirme a mi madre tan estrechamente, que puedo afirmar que en muchos momentos de mi vida fue el motor que estimuló muchas de mis actuaciones, el aliento oportuno en mis peores momentos y un acicate para no darme nunca por vencido. Siempre estaré en deuda con ella. La locomotora silbó varias veces con un sonido agudo que a todos les pareció el grito de una llamada a la esperanza, después de tanto sufrimiento, mientras varios empleados del ferrocarril invitaban a los viajeros a ocupar sus puestos, “porque el tren va a ponerse en marcha”. Anochecía cuando el convoy del regreso arrancó entre resoplidos de vapor humeante. Benita abrazó amorosamente a Paquito que se durmió en su regazo, sin duda vencido por las emociones vividas durante la jornada, tan intensamente compartidas con su hijo. Agradeció el tibio ambiente del vagón en contraste con el frío de la noche aragonesa. Poco a poco las voces se apagaron, los cuerpos agotados se acomodaron en los rígidos asientos y avanzaron en la oscuridad acompañados por el machacón redoble de las ruedas. Comenzaba una nueva aventura, pero en esta ocasión de destino cierto y lleno de esperanza. La intensidad del relato y los recuerdos han devuelto a Francisco Riberas una cierta agilidad y una fluidez distintas a las del momento en que la espiral de la grabadora inició su trabajo. Se lo digo y reconoce que no está acostumbrado, porque nunca se había visto en el trance de hablar durante tanto tiempo para una máquina. Pero sabe que se acostumbrará. Solamente hay dejar que pasen los días. Sin embargo, creo que esta confesión vital que acaba de comenzar le permitirá la recuperación de momentos de la vida que probablemente había ya olvidado, muchos de ellos estimulantes y otros no tanto. Pero sabe que todos forman parte de su difícil itinerario y que necesita actualizarlos porque unos y otros constituyen el yunque donde se forjaron su férrea voluntad y su rigor indeclinable, pilares de su éxito. A través del ventanal entra una luz gris, todavía mojada por la lluvia reciente, caída en esta segunda jornada, ya más relajada, de nuestros largos encuentros. De entre los periódicos colocados sobre la mesa, Riberas tira de Marca, lo toma entre sus manos y sonríe abiertamente mientras repasa en silencio los grandes titulares.


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—No tiene necesidad de decirme cuál es su equipo. Se le nota a primera vista. —¿Tú crees? —Es que tiene usted la mirada tan blanca como su pelo. —Reconozco que el fútbol es una de mis debilidades. —¿El fútbol o el Real Madrid? —Bueno, es que para mí el fútbol sin el Real Madrid sería otra cosa. Ha dejado de llover, pero el asfalto del regreso a Madrid salpica todavía bajo los neumáticos el agua caída durante la mañana. El hombre del tiempo anunció una clara mejoría en la región centro de la Península. Un bello espectáculo de policromía húmeda cubre la amplia zona boscosa que rodea la ciudad. Es un excelente decorado que invita al sosiego, pese a la intensidad del tráfico. Tienen razón los madrileños cuando reconocen que el otoño es su estación predilecta.


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Antigua vista de Rabé de las Calzadas, pueblo burgalés en el que nació y en el que tiene las raíces su familia materna desde hace muchas generaciones.

Casa familiar de los Pampliega, con escudo, en la que nació Francisco Riberas.


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El recién nacido en una fotografía tradicional, muy de la época.


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Su padre, Francisco Riberas Ortega.

Benita Pampliega, su madre.

El pequeño Riberas en el barrio de Usera, poco antes de emprender la huida de Madrid con su madre, en los primeros días de la guerra civil.


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Paquito en los d铆as en que huy贸 con su madre en busca de un lugar seguro en espera de la conclusi贸n de la contienda.


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CAPÍTULO II

Un interminable viaje de dos días entre Zaragoza y Burgos. —Pedía comida a los soldados para llevársela a su madre. —Ejemplar solidaridad entre los desfavorecidos. —La búsqueda por las calles de Burgos y diez pesetas para comprar pan. —En un carro hasta el pueblo vecino de Villalvilla, residencia de dos hermanos de Benita. —Gran recibimiento y comida para celebrar el reencuentro. —En el carro de su tío hasta Rabé. —Aquella corazonada de la abuela que sobresaltó a su marido en pleno sueño. —La integración en el pueblo y el ingreso en la escuela local. —Aquel buey que cayó a la zanja mientras lo cuidaba con él su tío Cándido. —Las siete cartas que nunca llegaron desde el frente. —El regreso del padre y el retorno a Usera. —Dos años de sanción sin empleo. —El fútbol con pelotas de trapo en las calles y el coche de las seis de la tarde. —Aquel robo de doce pesetas en la tienda de Martín. —Alquiler de tebeos a la puerta del cine y el proyecto de un puesto de melones. —El día que a los ocho años fue al cine con su padre. —Se hizo socio de la biblioteca ambulante para poder beneficiarse de los libros. —Las guerras a pedradas entre barrios. —Mondas de patata cocidas para hacer frente al hambre. —Unas bolas de pan que se iban al fondo en la taza del café. —Una naranja como regalo de Reyes.


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AQUEL MODERADO ESTADO DE EUFORIA que Benita y Paquito compartieron desde el momento en que abandonaron Roda de Ter camino de Burgos, se resintió a las pocas horas de que hubieran dejado la estación de Zaragoza, en la que tanta ansiedad habían acumulado, vencida en parte por la reconfortante aparición del rancho en el andén y el milagroso hallazgo del monedero. El cansancio comenzó a hacer verdadera mella en su cuerpo y, sobre todo, en su ánimo tan oscilante y quebradizo ya a aquellas alturas de su exilio, a punto de cumplir tres años. Y aunque era cierta la realidad del retorno, aún le quedaba al viaje mucha incertidumbre, muchas estaciones y larguísimas horas por delante. Durante la marcha llegó un momento en que ya no conseguían encontrar postura para el descanso, ni sentados sobre los barrotes del banco ni en pie, casi las dos únicas posiciones que el gentío que llenaba el vagón permitía. Sin embargo, el clima externo era otro, porque en cada parada el escenario era bien distinto del de la huida en julio de 1936. Los que llegaban se despedían con abrazos y buenos deseos para los que continuaban hacia sus destinos, y en los andenes, a los rostros demacrados por las privaciones asomaba una sonrisa acompañada de los inconfundibles gritos que ya invadían toda España. Pero hasta la llegada a Burgos, el pequeño Riberas, convencido de su papel protector, no perdía oportunidad de buscar comida por donde fuera para ofrecerla a su madre. Se había acostumbrado a hacerlo en los peores momentos y aquel papel le parecía que contribuía a mitigar su peor ánimo. Mientras duraron las siete pesetas, siempre encontró un bocado para compartir. Y en el momento en que aquel pequeño botín agotó sus últimos céntimos, se las tuvo que ingeniar para que sus pesquisas dieran resultado y se convirtió en inquieto y hábil buscador de alimentos. Y los conseguía siempre, porque no estaba dispuesto a que ella pasara hambre mientras él pudiera pedir algo a quienes lo tuvieran. —Sobre todo pedía comida a los soldados, porque me di cuenta de que eran los que siempre traían su ración en el macuto. Todos me daban algo de buen grado, incluso otras personas que no tenían mucho para ellas, aunque sí la voluntad de compartir. Creo que caía bien porque había adquirido un aceptable desparpajo y me movía ya con gran soltura. Cuando mucho tiempo más tarde reflexioné sobre aquellos episodios, tu-


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ve la certeza de que, en general, existe una gran solidaridad entre los menos favorecidos por la fortuna porque ellos saben mejor que nadie lo que es no tener nada. Aquel lento retorno a casa todavía les reservaba alguna sorpresa, que en su estado físico casi resultó demoledora. Al llegar a una estación que Riberas no recuerda, se subieron a los vagones algunos empleados del ferrocarril para instar a los viajeros a que abandonaran el convoy con sus pertenencias, ya que los mecánicos tenían que hacer algunas reparaciones en la máquina. Todos cargaron a cuestas con lo que tenían, asidos los niños de las manos de sus padres o en sus brazos, y en pocos minutos todos ocuparon el muelle y la pequeña sala de espera. Nadie les había dicho cuánto tiempo duraría la demora, pero se armaron de paciencia, qué remedio, estado de ánimo que les resultaba harto familiar. Sin embargo, aquellos rostros demacrados y soñolientos, destrozados por el frío, el hambre y la ansiedad, se transformaron de pronto en una mueca de espanto cuando el tren, que acababa de abandonar la estación, comenzó a avanzar lentamente hasta que lo vieron desaparecer. La incredulidad se mutó en perplejidad y ésta en abatimiento, porque nadie entendía cómo alguien en su sano juicio y con una mínima sensibilidad podía haber tomado la decisión de dejarlos a pie, con su agotamiento en el cuerpo y en el alma, cuando ya creían que estaban a dos pasos del encuentro con los suyos. —Fue un desplante inmisericorde y sorprendente, que irritó a los que todavía tenían capacidad para ello. Nos habían engañado sin compasión. Claro que si no hubiera sido mediante esa argucia, nadie hubiera aceptado abandonar el tren y quedarse allí en espera de otro, de cuya llegada nadie nos dio noticia alguna. Cuando la gente descubrió que, efectivamente, aquel tren no volvería hubo protestas airadas y llantos, y nuevos gestos de desmoralización. Pero todo inútil, porque no regresó. Aquel sorprendente alto forzoso en el camino devolvió a Paquito a su incansable búsqueda de alimentos, no sólo para la comida inmediata sino con el fin de hacerse una pequeña despensa que les permitiera soportar con mayor tranquilidad la incalculable espera. Aquella situación se prolongó por más tiempo del esperado, hasta que, finalmente, apareció un convoy en el que pudieron llegar hasta Burgos, casi tres días después de abandonar Zaragoza.


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—Llegó un momento en que el cansancio se convirtió en un estado habitual; como si una segunda naturaleza física se nos hubiera superpuesto, como un molesto acartonamiento crónico. Está claro que el cuerpo humano, convenientemente entrenado, lo aguanta casi todo, que fue nuestro caso. De nuevo, como me recuerda Carmen, única hermana de Francisco Riberas y diez años menor, el niño se convirtió en aquel duro trance en el fundamental y único apoyo para que Benita no se desmoronara, incapaz ya de superar tantas adversidades acumuladas, en un momento en el que el regreso a Rabé debería marcar la inflexión definitiva en su estado de ánimo. —Mi hermano fue siempre para ella algo extraordinario desde muy pequeño. Siempre que hablaba de aquellos años de la guerra, decía que gracias a su hijo pudo hacerse fuerte, porque era un muchacho muy despierto, que no podía verla triste nunca. Que cuando llegaron los peores momentos, que fueron muchos, él se desvivía para buscarle comida, en el tren, en los pueblos, en los caminos; donde fuera. Y que no lo había pasado peor gracias a su hijo, pese a su corta edad. Y que aquel espíritu le acompañó siempre, no sólo respecto de mi madre sino con todo el que alguna vez necesitó de su ayuda. En la mayor parte de los casos no tenían ni que decírselo porque él tomaba la iniciativa. Y lo sigue haciendo. Era ya noche cerrada en el momento en que el tren se detuvo en Burgos. Cuando dejaron de oírse los estertores de la locomotora, el andén se quedó desierto y en silencio. Los empleados de la estación se retiraron a las oficinas en espera de un nuevo convoy, y Benita y Paquito se dirigieron a la sala para instalarse en uno de los bancos y esperar la amanecida. Afortunadamente para ellos el frío había remitido ligeramente y la perspectiva de una noche incómoda no se cumplió, porque el agotamiento los venció sin remedio. Sin embargo, alguno de sus sentidos se mantuvo más alerta porque con las primeras luces del día ambos se despertaron y, seguramente activado su ánimo por la proximidad de la casa familiar, se encaminaron a la ciudad con la esperanza de que encontrarían una solución rápida para salvar definitivamente los últimos doce kilómetros, únicamente doce, que separaban a la ciudad de su pueblo. Pero a las mismas puertas de Rabé, las últimas dificultades excitaban el ánimo del niño y afloraron en la madre las reservas del vigor que le había faltado en otros momentos. Sin dinero y con el hambre de muchas horas de ayuno se lanzaron por las calles burgalesas,


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más que en busca de un milagro, con la vista puesta en todos los rincones y en todos los rostros madrugadores por si la suerte les salía al encuentro y alguno de aquellos transeúntes podía resultarle conocido a Benita. —Era como la última batalla de nuestra guerra particular, y yo le repetía a mi madre una y otra vez que estaba convencido de que encontraríamos a algún conocido que nos prestaría dinero para desayunar y algún medio para llegar hasta el pueblo. No podía ser que después de todo lo ocurrido, en el último instante, las cosas salieran mal. Pero a mi madre, más que el hambre y la falta de dinero, lo que empezaba a preocuparle era lo que en todo este tiempo, sin comunicación alguna, pudiera haberle ocurrido a la familia. Si todos estarían vivos, si aquella maldita guerra habría llevado la desgracia a la casa. Seguían caminando y en algún momento Benita empezó a encontrarse con caras conocidas, gente con la que había tenido algún trato y que le dio buenas noticias de su familia; que se encontraban bien, que no había ocurrido ninguna desgracia y que todos estaban en el pueblo. Que no habían sabido nada de ella y del niño desde que habían salido de Madrid y que, aunque siempre tuvieron la esperanza de que estaban con vida, desconocían en qué condiciones se encontraban ni dónde habían vivido durante los tres años de la guerra.

UN ENCUENTRO EMOCIONADO EN LA CALLE Y LA CORAZONADA DE LA ABUELA EN PLENO SUEÑO

Hacía sol y, a medida que las horas perdían la blanca costra gélida de la interminable noche, a Paquito le pareció que el día era especialmente luminoso y cálido en la proporción en que su madre saludaba a cuantos encontraba por las calles. Esa circunstancia le dio una gran seguridad porque intuía que estaban a punto de concluir aquella aventura, tan larga y hostil. —Ella no hacía más que preguntar a todo el mundo por sus padres y hermanos. Uno de los conocidos con los que nos encontramos, tal como más tarde me contó mi madre, fue el señor Afrodisio, que vivía frente a la casa de mis abuelos. Mi madre le dijo que no teníamos nada, porque el dinero que traía desde Roda era de la zona republicana y aquel mone-


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dero de Zaragoza hacía muchas horas que se había quedado vacío. Le dijo que si podía prestarle algo de dinero y él le dio diez pesetas. Entramos en una panadería, compramos pan y nos dejaron lavarnos porque estábamos impresentables, como dos mendigos. Después de que comimos algo y nos adecentamos un poco, salimos de nuevo para ver de qué modo podíamos llegar hasta el pueblo, con tan buena fortuna que encontramos a un amigo de nuestra familia que iba en un carro de caballos hasta Villalvilla, que está a siete kilómetros de Rabé. A mi madre le pareció que aquella era una excelente opción porque allí vivían un hermano y una hermana suyos, que eran labradores bastante fuertes. Aquellos kilómetros recorridos por el caballo casi a paso ligero les parecieron una eternidad. La ansiedad había hecho presa fácil en ellos, pues se veían ya entre los suyos. El recibimiento de sus familiares en Villalvilla fue extraordinario, porque su inesperada aparición les pareció poco menos que milagrosa, ya que estaban muy lejos de pensar que se presentaran aquella mañana, en condiciones tan penosas y después de tanto tiempo sin una sola noticia sobre su paradero. Después de los abrazos, superada la sorpresa, Benita y Paquito comieron y lo hicieron con buen apetito, como si quisieran recuperarse en un instante del hambre acumulada en las últimas jornadas. La sobremesa fue una fiesta. En torno a la mesa se habían reunido los dos matrimonios con sus cinco y siete hijos respectivos, que no hacían más que preguntar y preguntar atropelladamente por cada uno de los detalles de su peripecia por tierras de Valencia y Cataluña, además de las dramáticas horas que habían pasado en trenes y estaciones en su viaje de regreso, incluido el hallazgo del monedero en el andén de Zaragoza. Pero fueron la gracia y la capacidad narrativa de Paquito las que acapararon el protagonismo de la velada, a pesar de su corta edad. Alguno de los presentes lo sentó sobre la mesa para que, con el desparpajo que tan buenos rendimientos les había dado a él y a su madre en los peores momentos, no perdiera nadie una sola palabra de tan apasionante aventura. El niño puso a contribución entonces su excelente memoria para explicar los detalles de aquellos tres años de ausencia que, seguramente para él, habían tenido el valor y la experiencia de una vida entera, un equipaje que le permitió afrontar el resto con resolución, las ideas claras y la seguridad de que había cubierto el tramo más difícil de toda su existencia.


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Hoy, a los setenta y un años, Francisco Riberas reconoce que aquella experiencia infantil, tan cruda y prematuramente vivida, fue un buen cimiento de conocimientos y sensaciones impagables; como si su alma de niño hubiera comenzado, como una premonición literal, a forjarse con espíritu de acero. —En aquel momento de plenitud emocional por el primer reencuentro familiar tras la guerra, me sentí verdaderamente feliz, como no lo había sido desde que tuvimos que abandonar precipitadamente Madrid para huir de los bombardeos. Además, me sentía un poco protagonista por el interés que mi relato, sin duda enriquecido por mi imaginación infantil, había despertado en la concurrencia, engrosada por algunos vecinos que querían conocer de primera mano cómo habíamos vivido los horrores en la otra zona. Ellos, en su mayor parte, habían seguido en sus pueblos, dedicados a sus faenas habituales porque su concurso era imprescindible para la despensa nacional, aunque siempre pendientes de los frentes donde se encontraban no pocos de sus allegados. Pero a pesar de que se encontraban muy bien con sus familiares de Villalvilla, lo que querían madre e hijo era llegar a Rabé, la meta tantas veces deseada con la impotencia provocada por la situación. Después de la cordial tertulia, el hermano de Benita unció el caballo al carro y al trote hicieron el camino llenos de emoción y casi con lágrimas en los ojos por el buen desenlace. Cuando ya divisaron las primeras casas del pueblo, el sol lucía en su plenitud abrileña. La vida del vecindario se asomaba por el humo blanco de las chimeneas, que se diluía en el azul transparente de la tarde castellana y fue el momento en que los recién llegados se imaginaron a la abuela en sus tareas, inquieta, con esa sensación indefinida de que algo estaba a punto de ocurrir. Como una premonición que solamente puede anidar en el corazón de una madre. Efectivamente, algo había ocurrido en la casa de los Pampliega durante la madrugada, mientras ambos esperaban la amanecida en la estación de Burgos, después de tan accidentado viaje desde la capital aragonesa. El relato de ese suceso se vivió en la familia como un episodio insólito, sin duda provocado por la vehemencia con que todos deseaban el regreso, especialmente los abuelos, que habían vivido semanas y meses de angustia e incertidumbre, entre el pesimismo y la esperanza, con el pensa-


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miento puesto en las miserias que sufrirían su hija y su nieto, tan desprotegidos en sabe Dios qué lugares. Y desde entonces aquel suceso sigue vivo en la memoria de todos, que lo incorporaron a la historia íntima del clan como algo extraordinario, casi milagroso. Cuando el carro en el que se habían trasladado de Villalvilla a Rabé entraba por la plaza del pueblo, frente a la casa de la familia, la abuela gritó presa de una gran inquietud. —¡Algo pasa, algo pasa! Lo que ocurría era que su hija y su nieto, tanto tiempo desaparecidos, acababan de descender del carruaje rodeados por algunos vecinos que les daban la bienvenida. Fue el momento en el que la abuela corrió hacia ellos y los tres se fundieron en un largo y emocionado abrazo. Salió el abuelo, salieron todos de la casa y durante las horas siguientes de relatos y emociones, celebraron que ningún miembro de la familia Pampliega hubiera sufrido daño alguno durante la contienda civil y que aquella tragedia nacional los hubiera mantenido unidos, tal como había ocurrido desde que ellos tenían memoria. Fue entonces cuando conocieron la premonición de la abuela ocurrida aquella misma madrugada, mientras ellos penaban las últimas horas de su largo destierro. Francisco Riberas, con la mirada vuelta a aquella tarde de abril de 1939, continúa sin poder evitar que le emocionen los recuerdos de un instante tan intenso, de unas horas que dejaron también una huella imborrable en su vida. —Nos contó la abuela que en pleno sueño se incorporó sobresaltada y gritó: “Ha venido Benita, ha venido Benita”. Sus gritos despertaron al abuelo que trató de tranquilizarla. Pero ella insistía: “Ha venido y está sola”. Mi abuelo pasó toda la mañana dando vueltas en su cabeza a aquella sorprendente corazonada. Y como pasaban las horas sin que se produjera novedad alguna, pensó que se trataba de un sueño inducido por la ansiedad, por el ferviente deseo de que fuera cierto. Y se lo contó al resto de sus hijos, pero siempre con la idea de que no había sido más que una pesadilla. Cuando aparecimos a media tarde en el carro de mi tío, el abuelo fue el primero en llevarse con sorpresa las manos a la cabeza al comprobar que aquel despertar súbito y agitado de su mujer había sido mucho más que un sueño. Y tanto él como la abuela nos lo repitieron muchas veces, como muestra de que el amor es capaz de explotar en premoniciones como esa.


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—¿Intentó usted en los años siguientes olvidar, para que no fueran un lastre, tantos episodios desagradables como había vivido, aunque la presencia de su madre, tal como reitera, fue un acicate y una razón poderosa para madurar tan prematuramente? —Al contrario. Como ya te dije, esos años fueron especialmente importantes en mi vida porque contribuyeron a moldear mi carácter y a que me ejercitara en la autodisciplina y en la austeridad. Siempre pensé que, sin la experiencia de ese período, mi vida hubiera sido otra. Estoy convencido de ello. Y sobre todo, porque conocí el valor de muchas cosas, entre otras la abnegación de mi madre y su valor para sobrevivir, aún en las condiciones más penosas. Siempre la oí contar a mis abuelos, a mis tíos y después a mi hermana, que sin mí le hubiera sido imposible superar la situación, pero pienso que exageraba. Aunque pudo haber algo de eso, porque la compañía de un hijo en unos años tan complicados es un consuelo, un buen asidero, un argumento sólido para sobrevivir. Inevitablemente, tres años como aquellos, a tan corta edad, marcan indeleblemente. Y hay chavales que al no haber vivido esa odisea, maduran más tarde y otros... Es la vida la que te madura y si es muy intensa, lo hace de manera casi apremiante. —Al menos, del mal inevitable, una enseñanza ¿no? —Una no; en mi caso, muchas. Sin embargo, una guerra nunca es una buena enseñanza, ni para quienes la provocan. Pero ante lo inexcusable, al menos que no todo sean malas consecuencias.

DESPUÉS DEL REENCUENTRO Y DE LAS PRIMERAS EMOCIONES, LLEGÓ EL MOMENTO DE DECIDIR Después de pasados los primeros días llenos de emociones y recuperada la calma, llegó el momento de tomar alguna decisión respecto al futuro, porque Francisco no había regresado aún del frente y en Rabé seguían sin noticia alguna sobre su estado, ni siquiera si estaba vivo. En la familia preocupaba el futuro de Benita y del niño, tan estrechamente unidos. Complicaba las cosas que a él no le quedara ningún pariente en el pueblo a través del que pudiera llegar hasta ellos algún mensaje, alguna car-


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ta. Así que después de una prudente espera y de varias reuniones de los abuelos y algunos de los hermanos, llegaron a la conclusión de que debía buscar ocupación en alguna industria de Burgos y ponerse a trabajar para recomponer su vida. Y durante los primeros meses, con el fin de que ella pudiera adaptarse a la nueva situación, decidieron que Paquito se quedaría en la casa materna, asistiría al colegio del pueblo y que, a la vez que intentaba recuperar los años perdidos, las monjitas lo prepararan para hacer la primera comunión con el resto de los niños del pueblo, en el próximo mes de junio. El hermano menor de los Pampliega, Cándido, continúa en Rabé, de donde fue alcalde hace algunos años. Vive en la vieja casa familiar de la plaza, sobre cuya puerta destaca un escudo de armas en piedra de sus antiguos dueños, los Plaza. Es solamente cuatro años mayor que su sobrino y recuerda, junto con su hermana Juliana, llegada desde Burgos para nuestro breve encuentro, ambos con excelente memoria, aquellos acontecimientos posbélicos y el tiempo que el pequeño vivió allí. Con once años, Cándido no contaba en las decisiones familiares, pero andaba por allí y no se perdía una palabra de lo que se decidía. —Benita era la segunda y, contrariamente al resto de nosotros, no le gustaban las tareas del campo y siempre pensó que se iría de allí en la primera oportunidad que se presentara. Había ido al colegio durante el curso, como las demás jóvenes del pueblo, hasta los dieciséis o diecisiete años, y en el verano, todas las mozas de esa edad ayudaban en sus casas o en las faenas del campo, según sus preferencias y habilidades. No era alta, pero era guapa, muy lista y con mucho remango. Así que nadie dudó que las cosas le irían bien en una fábrica. Creo recordar que llegó a encontrar un trabajo, aunque la prudencia aconsejaba que, antes de incorporarse, se repusiera porque habían sido tres años de privaciones y sufrimientos y necesitaba un tiempo de sosiego. Mientras, el niño se había incorporado plenamente a la vida del pueblo. Y muy pronto se integró en el grupo de pequeños que habían permanecido allí durante la guerra y, por lo tanto, no poseían la riqueza de experiencias que Paquito había acumulado. Cándido recuerda que enseguida se puso al día, porque estaba muy interesado en aprender y lo hacía con gran aprovechamiento.


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—Las monjas les dijeron a mi hermana y a mis padres que era muy listo y que merecía la pena que, si podían, encauzaran su vida hacia los estudios. Pero la realidad, sobre todo en aquellos años, era difícil aunque nadie en el momento descartó esa posibilidad, si definitivamente su madre empezaba a trabajar en Burgos. Pero las cosas salieron de otra manera. Y tal vez fue mejor así, a la vista de los resultados. Sin embargo, y pese a todo, si se hubiera quedado aquí, toda la familia habría ayudado, porque formábamos una piña sin fisuras. Yo no recuerdo discrepancias importantes ni riñas entre nosotros. Había muy pocas familias que se reunieran como hacía la nuestra en el tiempo de la matanza, que tenía que durar para todo el año. Aquí venían los hermanos, los tíos, los sobrinos, los primos. Y era muy larga, porque había algunos hermanos de mis abuelos que habían tenido hasta doce hijos. Nosotros fuimos nueve. Yo recuerdo algún año en que coincidimos en casa hasta treinta y seis personas durante las fiestas del pueblo. A mi madre le gustaba reunir a su alrededor a sus parientes, porque era como seguir una tradición que se remontaba a épocas pasadas. Durante aquellos meses, Riberas confiesa que fue feliz y su tío Cándido, compañero y amigo mientras Paquito estuvo allí, afirma que “era un muchacho serio, muy agudo y bien dispuesto”; que coincidieron algunos meses en la escuela y que le gustaba subirse al trillo durante las faenas de la recogida del trigo. —En la casa había dos pares de bueyes y una yegua que utilizaba mi padre para ir a Burgos, como ahora el coche. Tardaba tres cuartos de hora con el carro, al trote. En la subida a Villalvilla tenía que coger el paso. En el camino de regreso no pasaba de media hora. En cambio los bueyes tardaban como un elefante. Aquellos meses que Paco estuvo aquí después de la guerra, me solía acompañar a cuidar a los bueyes, que llevábamos a pastar a los arroyos. Una tarde de aquellas uno de los bueyes, en un descuido, se cayó y quedó encajonado, con las patas para arriba, en un arroyo que no habíamos advertido porque estaba cubierto por la hierba. Al principio no nos pareció grave, y hasta lo tomamos a broma. Pero enseguida nos dimos cuenta de que aquel animal no podía moverse y nos asustamos. Y mientras yo me quedé vigilando, Paco fue a avisar al pueblo para que vinieran a rescatarlo.


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Cándido se ríe ahora, sesenta y cuatro años después del percance, pero no fue de broma su estado de ánimo durante el resto de la jornada, porque se precisó del concurso de una veintena de hombres para rescatar al animal. Primero lo intentaron mediante cuerdas y tirando del rabo, pero falló la operación. Más tarde alguien decidió que lo mejor sería cavar una zanja paralela para que el buey se inclinara de costado y, una vez en esa postura, ayudarlo a ponerse en pie. —Lo pasamos muy mal mi sobrino y yo, porque, más que el esfuerzo de los hombres, lo que nos preocupaba era que se hubiera roto una pata, porque un animal de aquellos era una herramienta de trabajo fundamental y reponerlo costaba mucho dinero. Aquel grupo de hombres tardaron varias horas, por turnos, en la tarea. Y cuando lograron levantarlo, respiramos porque comenzó a caminar como si nada hubiera ocurrido. Cuando empezaron a trabajar era media tarde y era ya de noche cuando todo concluyó y pudimos regresar a casa. A aquellas alturas del tiempo, pasados ya varios meses sin noticias de su padre, la realidad parecía imponerse y todo hacía pensar que Benita empezaría a trabajar en Burgos, mientras el niño se quedaría durante algún tiempo con los abuelos.

LAS SIETE CARTAS QUE NUNCA LLEGARON A SU DESTINO Y EL FIN DE UN TIEMPO INOLVIDABLE

Pero un día alguien hizo saber a los Pampliega que Francisco Riberas seguía vivo y que su llegada a Rabé era inminente. Y así fue. El marido regresó, repuesto ya de la herida. Permaneció en el pueblo durante algún tiempo y, mientras sus suegros le hablaban de la posibilidad de encontrar un trabajo y quedarse a vivir en Burgos, él les participó su decisión de regresar a Madrid, recuperar su ocupación en el Ayuntamiento y reanudar la vida en Usera. Fue un contratiempo, porque no era ese el pensamiento de la familia ni les parecía a los abuelos la mejor opción porque pensaron que no le resultaría fácil, puesto que había luchado en el bando republicano; y no movilizado, sino como voluntario.


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Aquellos días en el pueblo sirvieron para recuperar los recuerdos recientes. Su mujer y el chaval le contaron su peripecia y él les habló de su aventura en los frentes, de la herida de bala de la que ya se había repuesto, y, especialmente, de las siete cartas que había enviado a las que no tuvo respuesta, aunque las circunstancias lo justificaban. —Lo más sorprendente de todo es que esas cartas —recuerda Cándido— llegaron a casa de mis padres cuando la guerra había concluido y ellos ya no estaban aquí. En ellas contaba sus movimientos y trataba de justificar su decisión de haberse alistado. El firme deseo paterno de regresar a Madrid quebró los planes familiares y arrancó de aquel lugar idílico a Paquito en un momento en el que, finalmente, había recuperado su vida de niño, regresado a la escuela e integrado con compañeros de su edad para participar en los juegos infantiles, tan olvidados, suplantados durante tres años por el duro ejercicio de la supervivencia. Fue una decisión difícil de asimilar por Benita que había empezado a pensar en una nueva vida, cerca de la familia y en su tierra castellana. Francisco Riberas me confiesa que, efectivamente, el regreso a Madrid trastocó los planes familiares. —Fue muy duro, y ni a mi madre ni a mí nos hizo ilusión alguna. Sobre todo a ella, que ya sabía que la convivencia no iba a ser buena. Sin embargo, podía aguantar lo que fuera necesario porque estaba ya muy curtida. Pero es tremendo pensar que mi padre no nos dio una sola satisfacción en toda la vida. Salimos de nuevo a pasear por el jardín, sin la grabadora, para respirar el aire puro de Somosaguas y estirar las piernas en mangas de camisa. La temperatura, después de las lluvias, recuperó su tibieza otoñal. Impresiona el silencio, que invita al recogimiento y a la media voz. En un rellano lateral, cerca de la casa, a la pradera le han rasurado un amplio círculo brillante y uniforme al que le han abierto algunos hoyos; un green para un golf experimental, como para la práctica intensiva sin más esfuerzo que el preciso. —Me sirve para ejercitarme y a la vez para distraerme y hacer ejercicio al aire libre, mientras el tiempo lo permita. —¿Progresa con los palos?


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—Sí, poco a poco, porque no me preparo para una competición. Me divierte y me distrae y eso ya es suficiente. Rodeamos la casa lentamente, como degustando cada paso, porque el breve y agradable itinerario nos sirve como distensión, apartados del control del magnetófono, tan exigente en el ritmo del diálogo. —En aquel momento en el que empezaba a integrarse en el pueblo, miradas las cosas con perspectiva y dentro de lo mal que fue recibida la resolución de su padre de regresar a Usera ¿piensa que fue decisiva para su vida? —Reconozco que, en gran medida, sí. Aunque a costa de muchos años de sufrimientos y privaciones a los que, a partir de 1942, se incorporó mi hermana. Tampoco descarto que de haberme quedado en Burgos hubiera conseguido algo, aunque por otros caminos. La voluntad y el deseo de buscar una salida para mi vida y la de mi madre estaban dentro de mí desde pequeño. Creo que ya entonces me había empeñado en que las desgracias no fueran un mal para siempre. Y pude conseguirlo. La despedida de Benita y Paquito de los familiares revistió tintes aceptablemente dramáticos, porque regresaban a una ciudad recién liberada, con todas las cicatrices aún abiertas, con las zanjas de las trincheras sin cerrar y con los escombros todavía amontonados en las calles. El panorama no era muy alentador, menos aun pensando que a Riberas padre le faltaba pasar por la ventanilla de la recuperación de su empleo municipal, y su situación de soldado republicano derrotado no era un aval que pudiera facilitarle las cosas. —Y no se las facilitó, efectivamente. Estuvo dos años sancionado antes de volver a su puesto en parques y jardines. —¿Y de qué vivieron durante ese tiempo? —Hacía otros trabajos hasta que fue readmitido en el Ayuntamiento, cuando concluyó la sanción. Antes de regresar al interior de la casa para continuar la conversación ante nuestro implacable testigo, le pregunté a Riberas si recordaba aquel episodio del buey caído en el arroyo y recuperado por una cuadrilla del pueblo ya entrada la noche. —Era algo que se me había pasado, pero ahora que me lo acabas de recordar he recuperado las imágenes como si me hubieran mostrado la fotografía. Fue un contratiempo que puso a todos muy nerviosos, en es-


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pecial a mi tío Cándido y a mí que estábamos al cuidado de los animales. Pero miradas las cosas con tantos años por el medio, me hace reír porque aquel espectáculo del buey patas arriba tenía aire muy cómico. Sí, sí, recuerdo que se movilizó todo el pueblo, porque un buey entonces era mucho más que las cuatro ruedas de un tractor y parte del motor.

DE NUEVO EN USERA PARA REANUDAR UNA VIDA QUE NO SE PRESENTABA ALENTADORA

Prepararon el carro y lo cargaron con algunos enseres, muy pocos, y metieron en una cesta algunos alimentos. La despedida, después de aquellos meses de recuperación del espíritu y del cuerpo, desequilibró el ánimo de Benita y de Paquito, en cuyo interior se resistían a abandonar Rabé. Era como cumplir a regañadientes el mandato bíblico de que para seguir a su marido dejará la mujer a su madre y a su padre... Pero una cosa era el mandato bíblico, para situaciones de voluntad bien dispuesta, y otra el regreso a una situación de perspectiva poco prometedora, tal vez desagradable. Con aquel escueto equipaje llegaron a Madrid, pero no pudieron regresar al barrio de Usera. Allí había estado uno de los frentes de la capital y había quedado destruido, con las huellas de los impactos todavía en las fachadas que resistieron en pie, el asfalto de la calle carcomido por los obuses y sin vecinos, que se habían buscado acomodo en otros barrios. La familia Riberas encontró nueva vivienda en La Puerta del Ángel, muy cerca de la Casa de Campo, uno de los lugares preferidos para los paseos por el niño y su madre en los días de aquel verano en el que el país se dividió trágicamente en las dos Españas que helaron tan doloridamente el corazón de Antonio Machado. —Mi madre se movió para intentar el regreso a nuestra casa de Usera y le dijeron que, una vez concluidas las obras de la colonia, se llamaría “Luis Moscardó”, y asignarían a cada familia la misma en la que hubiera vivido. Con el tiempo se hizo muy conocida y allí se formó un equipo de fútbol, el “Moscardó”, popularmente el “Mosca”, que llegó a ser muy famoso en Madrid e, incluso, en toda España. —¿Cuánto tiempo tardaron en regresar al barrio?


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—Dos años después, en 1941. Cuando nos instalamos de nuevo, mi madre no pudo ayudarnos porque estaba a punto de dar a luz a Carmen. Así que al poco tiempo de establecernos en la nueva casa la familia era ya de cuatro miembros. El nacimiento de mi hermana fue muy importante para mí y para nuestra madre, porque tuvimos en ella un nuevo aliado, con el tiempo, y en aquellos días un argumento para contrapesar aquella mala avenencia entre mis padres. —¿Va todavía algunas veces a visitar su antiguo barrio? —Mientras mi madre vivió allí, siempre. Después iba de vez en cuando a visitar a los amigos, pero hace ya algunos años que no voy porque no tenía tiempo. —En cambio yo sí fui ayer por la mañana, antes de venir a Somosaguas. —¿Ah, sí? —Sí, claro. Tenía que conocerlo. ¿Cómo no iba a hacer yo, aunque fuera en una hora, el trayecto que usted recorrió hace casi sesenta años? Crucé el Manzanares desde Legazpi y me encontré con un barrio de calles poco amplias pero muy activas, con gente que llenaba las aceras, demasiado estrechas, y se movía con dificultad. Me dio la impresión de que estaba en un pueblo distinto, con vida propia. Detuve el coche al comienzo de la calle general Garvá y caminé hasta el número 68, en el otro extremo. Todos los edificios son de planta baja, con patio trasero cerrado por un muro alto que les llega casi hasta el tejado; están recién pintados, tienen una balaustrada de hierro que separa la acera del asfalto y sobre la puerta tienen una marquesina en ángulo. Los de enfrente, al otro lado de la calle, igualmente recién aseados, son de dos plantas. Todo el conjunto tiene un aspecto modesto, pero cuidado. A la espalda de la calle, que desciende en curva cerrada, hay una plaza y en el medio una iglesia. —Por lo que veo la “colonia Moscardó” está muy modernizada, aunque la estructura se mantiene igual, con pocas variaciones. La casa era pequeña; creo que de cincuenta metros cuadrados, pero mi madre la tenía muy bien, siempre limpia. Esa Iglesia no existía cuando yo era niño, ni los patios tenían un muro alto, ni había separación entre la acera y la calle. Y sobre la puerta no había ese tejadillo protector del que me hablas. Sí, sí, me parece que ha mejorado, y me alegro.


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—Allí están gran parte de sus recuerdos de infancia y de adolescencia y, puede que, como no fueron buenos, ahora no querrá recuperarlos con una visita a estas alturas. —No, no es eso. Al contrario, a pesar de que no fueron buenos muchos de aquellos años, no puedo renegar de los recuerdos porque sería como renunciar a una parte de mi vida de la que en modo alguno me quiero olvidar. Lo que ocurre es que hace muchos años que salimos de allí y la mayoría de la gente a la que conocíamos se murió, o se fue. Dicen que la patria de uno es su infancia y creo que es cierto. —Pero con todo lo que me cuenta que le ocurrió en aquella primera etapa de su vida y en los años posteriores, me da la impresión de que usted no tuvo infancia. —Es absolutamente verdad. Yo no tuve infancia, porque los tiempos no fueron los mejores, con una guerra por el medio y, después, un barrio poco alentador. Y luego me vi obligado a trabajar cuando todavía era un niño. Y a todo ello hay que añadir aquella permanente tensión provocada por la actitud de mi padre. Pero es que tampoco tuve juventud. —Es cierto. Porque una vida encadenada de esa manera acaba haciendo mella en el alma. —Acabas por superarte y hacerte fuerte. Y ese fue mi caso, afortunadamente. Otros no pudieron superar el trauma y sucumbieron. Con dieciocho años, hacía ya cinco que trabajaba, me fui a la “mili”, que en aquel tiempo eran tres años para los voluntarios, una eternidad para quien necesitaba el tiempo para ganarse la vida. A veces pienso que esa fue la etapa más dura que viví. Entraba en el cuartel, en Cibeles, a las ocho y media de la mañana y salía a las dos de la tarde. Y veía que mientras el resto de los chavales se divertía por el barrio, yo tenía que trabajar hasta bien entrada la noche. Eso a mí me privó de la juventud. Así que no había tenido infancia y no pude disfrutar de la juventud, porque viví muy sacrificado. Y no podía perder un solo día porque sabía que el dinero que ganaba era imprescindible en mi casa. Usera era un barrio obrero extremo, al sur de Madrid, en el que las necesidades de aquellos días se sufrían y compartían casi como una condena, como si sus habitantes vivieran cercados por la impotencia. Durante los inviernos, los vecinos se las ingeniaban para hacer frente al in-


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tenso frío y por el verano los niños jugaban por las calles, las mujeres salían con sus sillitas bajas a la acera para tomar el fresco y hacer tertulia, mientras los hombres paseaban o se tomaban un vino en el bar. Era una vida rutinaria, cíclica, con pocos alicientes, en la que la monotonía imponía un ritmo resignado y cansino. Sin embargo, como en todos los barrios en los que se vive mucho en la calle, algunas veces se producía algún altercado en el vecindario, aunque nunca llegaba la sangre al río. —Era un barrio pobre, pero de buena gente. No recuerdo que hubiera muchos golfillos, a pesar de las circunstancias que podían haber empujado a algunos por el mal camino. Nadie tenía nada, pero no faltaba la alegría, aunque de cuando en cuando se organizara alguna bronca entre vecinos. Pero nosotros nunca tuvimos problemas, porque mi madre no discutía con nadie. Además, la respetaban mucho porque era seria y sabían que nunca levantaba la voz ni participaba en los altercados de otras. Nuestro juego predilecto era el fútbol que practicábamos en la calle con pelotas de papel atado con cuerdas, o de trapo rellenas de retales viejos, con una tela un poco más consistente por el exterior, cosida por nuestras madres o la hermana mayor de alguno. Por lo que recuerdo, lo pasábamos bien. —Dice que ocupaban la calle con sus juegos ¿Es que no había algún automóvil que los alterara? —Teníamos la ventaja, que no hay ahora, de que apenas había coches. Aunque recuerdo que pasaba uno, invariablemente a las seis de la tarde, casi con puntualidad matemática. En ese momento una voz avisaba: “Que viene el coche; a ver si va a pillar a alguien”. Nos apartábamos, el auto seguía a dejar algo, que nunca supimos qué era, en algún lugar que tampoco nos preocupó, y volvíamos a nuestro partido. Era el único coche que circulaba por los alrededores. Más tarde, cuando ya tuvimos once o doce años, compramos a escote un balón en el Rastro, de segunda o tercera mano, sabe Dios; y ya no jugábamos sobre el asfalto sino en un campo próximo, duro y salpicado de piedras. Cada caída era una escocedura. Eran aquellos balones con cámara interior de goma, que había que hinchar por un pitorro y cerrar después con una correa que se pasaba a través de unos ojales. No quedaba, por eso, totalmente redondo y esa era la parte peligrosa del balón, sobre todo para impulsarlo con la cabeza. ¡Qué tiempos! Recuerdo los días de bautizo en la iglesia, cuando


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acudíamos los chavales en tropel, porque los padrinos solían echar monedas al aire. Recibías pisotones, empujones y patadas mientras echabas las manos al suelo para hacerte con algunas “perronas”. Y cuando alguno se hacía el distraído le gritábamos “padrino, roñoso, echa las manos al bolso”, y ante aquella reprimenda pública acababan cumpliendo con el rito, para no quedar en ridículo.

DEL PROYECTO DE UN PUESTO DE MELONES AL ALQUILER DE TEBEOS A LA PUERTA DEL CINE

Cuando llegaron de nuevo al barrio de Usera lo hicieron casi con lo puesto, algunos enseres que les habían dado en su casa y sin apenas dinero. La cartilla del racionamiento alcanzaba difícilmente para cubrir las necesidades mínimas, mientras que la gente del estraperlo se movía con habilidad, aunque esa oferta clandestina de alimentos no estaba al alcance de la mayoría de los bolsillos de aquella gente. En las páginas de los periódicos se comunicaba a los ciudadanos los suministros a la venta, “dos kilos de patatas por persona al precio de 1,30 pesetas”, a la vez que se anunciaban los precios tope de carne para la semana: “vacuno mayor, 13,6 pesetas el kilo por persona; vacuno menor, 18,08; lanar mayor, 10,64 y lanar menor, 15,53”, y la oferta de “2,6 pesetas el kilo de sebo verde para hacer jabones”. Y al otro lado de la cartilla de racionamiento, que daba derecho a alimentos escasos y de baja calidad, estaba el hambre que compartían millones de españoles. —Algunas veces, no muchas, a mi madre le hacían algún envío del pueblo, y ella preparaba tortitas de pan para mi hermana y para mí. Y compartía aquello poco que le llegaba de sus familiares con algunos vecinos, que le quedaban muy agradecidos. Era una administradora extraordinaria. Siempre sabía lo que tenía y lo estiraba hasta final de mes, con grandes equilibrios y a costa de privarse ella. Como te decía, de tarde en tarde venía alguno de los hijos de mi abuela a traernos algunas cosillas. Pero yo recuerdo que siempre censuré a mis tíos, que eran buena gente, y nunca pude entender que mi madre hubiera pasado tanta hambre, teniendo ellos en el pueblo alimentos que podían habernos hecho llegar. Me dolió mucho. Sé


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que no les gustó que les reprochara aquella conducta, porque seguramente estaban convencidos de que lo hacían bien. Creo que si hubieran sido conscientes del hambre que pasábamos en mi casa, algo tenían que haber hecho, porque se sabía. Tenían que haberse movido, y no valen disculpas, porque aquí estaban su hermana y sus sobrinos pasándolo mal, porque el que no tenía medios para comprar alimentos de estraperlo se moría de hambre. Mi madre aguantó siempre aquella falta de ayuda con mucha entereza, pero sabíamos que en el pueblo no tenían problemas de comida. Así de duro fue nuestro caso. Y nunca me callé porque soy así de claro. Por las calles de Usera, igual que por muchos pueblos, pasaban los vendedores de telas, “los teleros”, tal vez los iniciadores populares de las ventas a plazos. Los vecinos les compraban tejidos, toallas, sábanas y colchas, y ellos los apuntaban en una libreta para el pago de diez pesetas, o más, al mes. Era la forma que tenían de hacerse con algunos vestidos y trajes, y de reunir un modesto ajuar para la casa. —Creo que mi madre nunca les compró, pero ayudó a los vecinos en algunas ocasiones, prestándoles el dinero del que podía disponer, que era bien poco. Paquito iba al colegio con aprovechamiento. Era un niño listo y aplicado y el resultado eran las buenas notas que llevaba a casa. Y de nuevo, como en tantas otras ocasiones durante nuestros encuentros, Riberas mueve levemente la cabeza. Puede que en su interior, ya ante lo inevitable, le haga un reproche a la vida, a la suya, tan complicada, tan dura y tan sufrida que le cerró demasiadas puertas, aunque dejó abiertas las suficientes para que, finalmente, consiguiera encontrar una que al franquearla, y no sin dificultades y sacrificios, le permitió emprender el lento camino del éxito. —Era usted un buen alumno ¿no? —Sí, lo fui. Había allí un cura al que yo quería mucho porque me ayudó siempre. Nos trataba bien y se preocupaba constantemente de nosotros. Me gustaban mucho los ejercicios de redacción y la Historia. Creo que hubiera dado la talla como cualquiera si hubiera podido ir a la Universidad. —¿Les dijeron alguna vez a sus padres en el colegio que debería seguir estudiando y que sería una pena no hacerlo?


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—Puede que sí, pero aquellos eran tiempos complicados, arduos, y no había posibilidades. Soy sincero porque no quiero decir nada que no sea real, y la verdad cruda es que no había ninguna posibilidad. Y no me lo planteé porque al empezar a trabajar supe realmente que el otro camino estaba cerrado, como para la mayoría de mi barrio, por no decir para todos, igual que en otros muchos lugares de España. Pero no me resigné del todo; leí mucho y me aproveché bastante de la lectura. Y me fue muy útil porque saqué bastante partido de los libros. —Después de la salida diaria del colegio probablemente habrá corrido el riesgo de juntarse con algunos de los golfillos del barrio, pocos según dice, que podrían haberlo llevado por un camino más peligroso, con riesgo para su futuro e integridad moral. —Había algunos, igual que en resto de los barrios periféricos y en los pueblos. Nunca faltan para empujarte. Pero mi madre estaba siempre muy pendiente de mí. Y estoy seguro, además, de que yo tuve un hada madrina. Pero a pesar de todo, recuerdo una mala acción, de la que siempre me arrepentí, porque se cruzó un chaval que era un poco golfo, tal vez más de la cuenta, que se llamaba Jesús Tejerizo. No sé qué habrá sido de él. —¿Qué ocurrió que tan mal recuerdo tiene? Porque conociendo lo que conozco de su trayectoria, no podrá ser más que una travesura. —Una travesura que de no haber pensado tanto en ella aquellos mismos días no hubiera tenido buenas consecuencias para mí. El caso es que muy cerca de la colonia donde vivíamos estaba la tienda de Martín. Entramos en ella y nos arreglamos para sacarle doce pesetas de la caja. Fue verdaderamente una acción de golfillo de la que sentí remordimiento durante muchos años. Aun hoy, cuando la recuerdo, me avergüenza. Me hubiera gustado ver al tendero cuando ya fui mayor para devolverle el mil por uno, por lo menos. Pero no pudo ser, porque nunca volví a verlo. En realidad Tejerizo no era amigo mío, porque nunca nos llevamos bien, pero no sé cómo consiguió liarme de aquella manera. —¿Recuerda en qué gastó aquel dinero? —No sé con seguridad. Creo que compré algo de chocolate. Pero lo que sí sabía muy bien era que no podía dárselo a mi madre porque hubiera preguntado por el origen de aquellas pesetas. Nunca más se me ocurrió repetir una acción semejante.


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—Pero el riesgo de malearse existía, solamente con que hubiera tres a cuatro golfillos que se cruzaran en su camino. —En un barrio marginal siempre hay buena y mala gente, y aquel ambiente, en muchos aspectos, no era el mejor para los niños, seguramente. Fue un milagro, porque allí estaban reunidas algunas de las posibilidades. Sin embargo, reitero, no había mala gente, no. Muy pocos, que podían traerte mala suerte si los encontrabas y te arrastraban. Nunca falta alguno poco dispuesto a trabajar, pero entonces no había droga ni la canalla que surgió después. Pero aquellos golfillos de mi infancia, sólo chavales traviesos, hijos de su tiempo, no me afectaron ni influyeron en mí. Regresé a Madrid a marcha lenta, mientras de todos los cruces salían automóviles urgentes, a los que perdía de vista enseguida en la próxima curva o diluidos en la avalancha. Al día siguiente en la casa de Riberas, en Somosaguas, me encontré con Carmen, su hermana, que me ayudó, antes de reunirme nuevamente con él, a completar muchas páginas de la documentación que voy acumulando. No fue la última vez que nos vimos. A ella también su madre le contó sus aventuras y desventuras durante la guerra. Después, ella misma fue testigo de cuanto ocurría en la casa, los estudios primero y el trabajo de Paco más tarde; la permanente tensión entre sus padres, tan desagradable, que desde el primer momento la obligó a tomar partido por la madre y, especialmente, la falta de casi todo que tan cuesta arriba les hacía la vida. —Yo no tuve otro hermano. Sólo lo tenía a él y reconozco que muy difícilmente hubiera hecho otra persona lo que él hizo por mí. Siempre tuvo afán por aprender y hacer cosas para sacarnos de aquella vida de miseria. Y se le ocurrían ideas para obtener algún dinero con el que comprarnos un pastel a mi madre y a mí. Mi padre era otra cosa. Nunca notamos que estuviera allí sino para crear tensión. Una pena, porque en aquella edad y en aquellos tiempos, la sombra de un padre es siempre fundamental. Recuerdo que Paco, no tendría más de diez años, llevaba un manojo de tebeos a la sesión infantil del cine y los alquilaba o los vendía. Y muchas veces con lo que ganaba me traía cromos de Dumbo, unos caramelos, o un par de milhojas para mi madre y para mí. Y en el momento de llevárselo a la boca, ella siempre le preguntaba si había tomado uno él. Siempre le respondía que se lo había comido por el camino “y es-


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toy hinchado”. Eso lo hacía siempre, desde muy pequeño. Se sacrificaba hasta ese extremo, porque si hay alguna cosa que le guste a un niño es un pastel. Y recuerdo bien que, sin duda hastiado de pasarlo mal, me dijo que algún día tendría algo propio para ganar dinero, aunque fuera un modesto puesto de venta de melones. Pero el tiempo fue más justo con su esfuerzo, voluntad y visión de las cosas. Carmen recuerda que su hermano se hizo socio, todavía muy niño, de la biblioteca ambulante que llegaba una vez por semana en un autobús bastante bien preparado. Y rememora también aquellas guerras a pedradas que había entre barrios y que, cuando llegaban al suyo, Paco la tomaba de la mano hasta llevarla a casa para que no sufriera daño alguno, “porque las pedradas llevaban mucha intención, las lanzaban al bulto”. Eran las secuelas de la otra guerra reciente aún, que tan malas consecuencias trajo para la mayoría. Pero, sobre todo, recuerda su sentido de la responsabilidad, su seriedad en todo y el amor que sentía por su madre y, como consecuencia, por ella que “sin duda fue el motor que lo empujó en su vida. Se había fraguado en los duros años de la guerra y fue creciendo cada día. No se me olvidan nunca aquellos días en que llegaba con algún regalo para mi madre y para mí; las horas que pasaban juntos hablando de sus proyectos, de los malos tiempos de su huida y de la poca suerte que habíamos tenido con el carácter de nuestro padre, que debió de tener su origen en la falta de cariño en el hospicio y en la desgracia de haberse quedado sin familia a los ocho años”. —¿Qué fue para usted su hermano en aquellos días difíciles, cuando usted era pequeña? —Lo fue todo. Conservo un recuerdo entrañable de él desde que tengo uso de razón. Todos los momentos a los que alcanza mi memoria son buenos. Gracias a él, a su cariño y a que se desvivía, tuve una infancia feliz que, en aquellas circunstancias y en nuestro medio, no era frecuente. Que yo recuerde, nunca pasé hambre, mientras que era un azote presente en mi casa y en la mayoría de las del barrio. No tengo más que agradecimiento para él por su constante protección.


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MONDAS DE PATATA Y NARANJA, EL REGALO DE REYES Y EL DÍA QUE FUE AL CINE CON SU PADRE

Los niños del barrio buscaban la felicidad con fintas permanentes a la miseria con la que convivían. Y llevaban con naturalidad aquella realidad frente a la que no tenían otra solución que hacerse fuertes y aprovechar el pequeño margen que les dejaban sus estrecheces para sacarle el mayor partido a la situación. La pelota los redimía y ayudaba a desfogar sus frustraciones dándole patadas y rivalizando con otros muchachos de la zona en desafíos que adquirían, en su fuero interno, categoría de retos personales, a falta de otros. A Riberas le gustaba jugar al fútbol y llegó a ser uno de los líderes de ese deporte en Usera en aquellos años y en los siguientes. Pero al margen de patear aquellos trapos recosidos, con cierto parecido con una pelota, pocas otras diversiones tenían los muchachos: alguna vez la sesión infantil del cine, el juego de las chapas y de las bolas, y los títeres que algún verano que otro aparecían por la zona. Con la perspectiva de los años transcurridos, las generaciones presentes, del desarrollo, de la comida abundante, del automóvil, el ordenador y el teléfono móvil, podrían caer en la tentación de pensar que los niños y jóvenes de la posguerra acentúan los tintes dramáticos de una situación que todo el mundo, desde entonces, reconoce que fue difícil. Pero Francisco Riberas sabe que no exagera y pone por testigos a todos los supervivientes de aquel tiempo, que desarrollaron su vida en un clima tan desfavorable. —No hay necesidad de exagerar, basta con leer la prensa del tiempo y ver la relación del suministro de alimentos que es suficientemente expresiva. Pero yo no tengo que apelar al testimonio de nadie. Recuerdo con verdadero horror aquellos momentos en que mi madre decía que se quería morir. Y, reitero, sé lo que es pasarlo mal porque yo comí mondas de naranja y de patata para no morirme de hambre. Tal como te lo digo. Y eso marca para siempre, te queda dentro. Lo que había en casa era poco y a mi madre y mi hermana había que darles algo. No se me olvidan aquellas bolas de pan que nos daban en el racionamiento, que las echabas en el café y se iban al fondo. Quién sabe de qué estarían hechas. No teníamos nada.


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Capítulo II 69

—¿Ni siquiera de vez en cuando una barra de regaliz, un caramelo, alguna chuchería, un regalo? —¿Un regalo? Tuve muy pocos regalos en aquellos años. Sólo recuerdo algunos en casa de mi abuela cuando hice la primera comunión. —¿Ni el día de Reyes? —El regalo de Reyes era una naranja o algo similar. No había Reyes Magos en Usera. —¿Y no se sintió decepcionado? —No, porque si hubiera visto a uno por la calle con un caballito y a otro con un balón puede que sí. Pero como era general, no tenía razón para sentirme dolido y peor tratado que los demás. —¿Iba alguna vez a la sesión de cine infantil, o tampoco tuvo muchas oportunidades para ir? —Pocas, pocas. Sin embargo, recuerdo que un día mi padre me llevó al cine. Tenía yo ocho años y fue la única vez. Fue como un milagro porque, como ya dije, la relación no era buena y no tenía mucha confianza con él. Pero fíjate lo que es ir desde nuestra casa hasta Legazpi andando, que hay un buen trecho, y durante todo el camino no me dirigió la palabra una sola vez. Es una situación absolutamente infrecuente, muy extraña, no cruzar una sola palabra con tu hijo. ¿Te lo imaginas? Pero Francisco Riberas había acumulado fortaleza en los malos momentos de su infancia y en todas las dificultades posteriores: la severa sequedad de su padre, el hambre, el dolor de su madre, el desencuentro permanente entre ambos y los temores por su hermana no formaron ante él un muro infranqueable, porque tuvo la fuerza interior suficiente para vencer los designios de un destino cuyas circunstancias parecían empujarlo a favor de esa inercia implacable que condena a los marginados, y que a tantos se había llevado por delante. Él fue de los pocos que en aquellos primeros años cuarenta, tan hostiles, se mostró capaz de liberarse. Pero además, contó siempre con el decisivo apoyo y la influencia benéfica de su madre que “era tremendamente sensata, abnegada y siempre muy pendiente de mí”.


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Benita Pampliega se había convertido en aquel tiempo en el objeto de los desvelos de su hijo.

Una antigua fotografía de la entrada principal de Rabé de las Calzadas.


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Había muy pocas familias que se reunieran como los Pampliega. En alguna ocasión se juntaron más de treinta y cinco personas durante las fiestas.


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Cándido, el tío de Paco, al que solamente lleva cuatro años y fue su amigo y compañero de juegos, arriba en el centro de la foto.


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Con un amigo en el barrio de Usera, al que regresó con sus padres tras el reencuentro familiar.


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74 Francisco Riberas, contra su destino

En la piscina del barrio con su hermana Carmen, a la que tantos cuidados prodig贸.


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“La etapa del servicio militar fue la más dura que viví porque duraba tres años”.


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Para Carmen fue muy emocionante la mañana en que la llamaron para hacerse una foto con su hermano, en las vísperas de que éste abandonara el colegio.


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CAPÍTULO III

Llanto porque el abandono del colegio suponía la renuncia a muchas esperanzas. —El silencioso dolor de la madre. —Trabajo como decorador en un taller de porcelana. —El mundo vivía aquellos días con estupor la explosión de la bomba atómica en Japón. —Camino del trabajo en el tope del tranvía. —Dos pesetas diarias, su primer salario. —Un viaje de hora y cuarto para llegar al taller. —Cien gramos de almendras y un cuarto de kilo de higos, comida para una jornada laboral. —Horas nocturnas de lectura robadas cada día al sueño. —El fútbol, una afición cómplice como distensión. —Subida de la paga a diez pesetas al día. —Recuerdo de Ramiro, el único universitario que conoció en Usera. —Algunos talleres en el barrio, poco más que fraguas. —Aquella gente apiñada en el escaparate que exhibía pan blanco. —Promoción personal en un nuevo taller. —Mario Ruiz, testigo de los años de juventud en el barrio. —Tarea a destajo para llevar a casa. —El regalo a su madre de una gran lámpara para la casa. —La ilusión del primer reloj que le regaló a su hermana, pagado a plazos. —Un excelente salario de 4.500 pesetas mensuales. —Ficha de federado en un equipo de Segunda Regional. —Los guateques con los amigos. —Aquella chica que llegó de Bilbao y quería ser monja.


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AQUEL AÑO 1945 no sólo no mejoró a los anteriores sino que incluso la situación se había degradado. Escaseaban los alimentos y los fielatos, aquella implacable red de aduanas interiores, entorpecían la llegada de las ayudas del pueblo; los salarios eran escasos e impotentes, mientras el estraperlo incrementaba sus tentáculos para proveer de suministros clandestinos a quienes podían pagarlos mientras eran casi inalcanzables para los menos favorecidos, que eran la mayoría. No parecía que alguien pudiera vislumbrar el punto de luz al otro lado de aquel túnel tan oscuro y corto de esperanzas. Paco ya empezaba a dejar de ser un niño, y con trece años su adolescencia incipiente alcanzaba en él un tono de madurez impropio de su edad, que no le había sobrevenido sino que era un nuevo grado en la sólida personalidad que se había ido forjando en los difíciles años precedentes. Aquel verano estuvo en Rabé, en casa de los abuelos, y había regresado en los primeros días de septiembre para comenzar el curso. Pero algo se sacudió en su interior y le forzó a tomar una decisión, la única que en aquellas circunstancias debía adoptar. La había meditado largamente, especialmente por la noche, antes de conciliar el sueño. Durante el día en el pueblo tenía sus ocupaciones entre la era y el trillo, que era como un juego para él; el cuidado de los bueyes y los juegos al atardecer con los antiguos amigos, a los que no veía cada año porque los alternaba con las colonias de verano. Aunque su decisión era ya irreversible, la habló y hasta discutió con su madre, que la aceptó porque tampoco ella veía otra salida. La necesidad de sumar algunas pesetas al menguado salario de su padre había decidido al adolescente Riberas a tomar la decisión de buscarse un trabajo ajustado a su edad y, en lo posible, a sus aptitudes. Solamente esperaba que surgiera la oportunidad. Pero a Benita le dolía y sufría en secreto que las circunstancias obligaran a su hijo, tan bien dotado para los estudios, a abandonar la escuela en la edad en la que los adolescentes proyectan sus ilusiones. Por eso había en su alma un poso de resignación pero sin desesperanza, porque ambos sabían que aquella decisión no implicaba renuncia a alternativa alguna, aunque la gente como ellos no tenía muchos más horizontes. Sin embargo, en su fuero interno no renunció a la ilusión de que el talento de su Paquito se abriría camino alguna vez.


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Parece una paradoja, aunque creo que no es otra cosa que el éxito de su destino, que Francisco Riberas haya empezado a contarme la historia de sus primeros pasos laborales en su despacho de las oficinas centrales de la empresa Gonvarri, en Santa Catalina, al final de la calle de Embajadores, donde las nuevas comunicaciones periféricas de Madrid se entrecruzan, y hasta donde llegan las vías del ferrocarril que mueve parte del acero de sus empresas. Es una zona, en abierto contraste con Somosaguas, desprovista de belleza, cuyo interés se asienta en la riqueza que genera el entorno salpicado de muchas de las empresas que han convertido a la capital en una de las áreas industriales más prósperas de España. Y muy cerca del suyo, los despachos de los pocos colaboradores que quedan de aquellos que comenzaron con él en los años cincuenta y sesenta, cuando acababa de descubrir cuál era la brecha en el muro que habría de llevarlo al desarrollo de sus proyectos, tan inconcretos y poco definidos entonces. Son Mari Carmen Gómez, Luis Palanco, y un etcétera ya muy corto, porque Pedro Fernández había decidido abandonar en algún momento del trayecto, súbitamente, como una dolorosa traición, y sus socios iniciales hacía muchos años que se habían desvinculado de la empresa. —Son gente que ha mantenido una fidelidad que yo siempre he tenido en cuenta, porque entregaron toda su vida a la empresa, desde su primera juventud, y mantuvieron una lealtad sin fisuras. Casi te diría que esa lealtad ha sido ciega y esa actitud no ha dejado nunca de conmoverme. Sin embargo, el lugar elegido para nuestro encuentro matinal no fue caprichoso. Lo impuso la necesidad de solventar algunas cuestiones inaplazables que precisaban la presencia de Riberas, y a mí me pareció bien porque así diversificamos los escenarios en los que la grabadora debe cumplir su tarea. Son los itinerarios de su trayectoria. Se nota que no ha soltado las riendas de sus empresas, porque su mesa está repleta de documentos, informes y folios recién impresos, aunque su media jornada de trabajo le impida manejar todos los cabos de una madeja tan compleja, ya en manos de sus hijos. Por eso, nos parece el lugar adecuado para continuar nuestra conversación de la que vamos anudando los hilos, uno a uno, para que ninguno quede suelto. Pero nos trasladamos a una sala de reuniones, sin papeles ni ordenadores, de paredes, como su despacho, recubiertas de madera de tono oscuro. Y no sé bien porqué me parece que ese aire auste-


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ro le pone un cierto acento de íntima calidez, alejada de la habitual frialdad de las dependencias de una empresa. Se lo digo y añado que tal vez sea él, su austera humanidad suavizada por las canas, quien le rompe al recinto el clima impersonal de oficina. Pero sonríe levemente y niega sin demasiada convicción, puede que porque cree que lo que verdaderamente transforma el ambiente es lo que hablamos, su apasionante peripecia.

EL PREMATURO Y DOLOROSO ABANDONO DEL COLEGIO Y EL COMIENZO DE UNA ACTIVIDAD SIN HORIZONTES

Aquel mes de septiembre de 1945 comenzó con una noticia en tipografía gruesa que llenó las primeras páginas de todos los periódicos. Era el día 2 y veinticuatro horas antes se había firmado en el acorazado norteamericano Missouri la rendición de Japón ante el jefe supremo de las fuerzas aliadas, general Douglas McArthur, y los representantes de EEUU, China, Gran Bretaña, Francia, URSS, Australia, Nueva Zelanda y Holanda. El primer balance hablaba de cinco millones de bajas japonesas, mientras el mundo no se había repuesto del estupor que habían causado las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Era un grave problema menos para la humanidad, en aquellos momentos el problema, pero que no aligeraba uno solo de los lastres que pesaban sobre la realidad del joven Riberas, ni alteraría un ápice las estrecheces de su vida ni su irrevocable decisión de trabajar. Comenzó el curso y Paquito acudió durante aquel primer mes a las clases en espera de la llamada para incorporarse a un taller de pintura de porcelana, que fue lo primero que le habían podido encontrar por mediación del director del centro escolar y adecuado a su corta edad. Aquel año ingresó en el colegio su hermana Carmen, en el aula de párvulos de las niñas. Ella recuerda con ilusión y añoranza aquel mes en el que ambos convivieron, apenas una coincidencia fugaz, en el recinto escolar. Inolvidable y emocionante fue para ella la mañana que la llamaron para hacerse una fotografía en un aula con su hermano, en las vísperas de su despedida del colegio, que ocurrió cuando el otoño había rebasado su primera quincena. Fue una jornada especial en la que se le acumularon en el alma a Ri-


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beras, como en aluvión, todas sus impotencias y frustraciones. Y rompió a llorar por el injusto final de un tiempo esencial para la formación y por la renuncia forzosa a unas ilusiones que apenas había tenido la tentación de hacerse. Ni siquiera podía ilusionarle el mísero salario de dos pesetas diarias con las que apenas hubiera podido permitirse comprar una barra de pan en el mercado negro. Pero los caminos estaban cerrados, menos aquel que a partir de los primeros días de octubre, y durante un par de años, lo llevaría hasta el taller situado en Ventas, muy cerca de la plaza de Manuel Becerra. Otros alumnos se habían incorporado con buenos resultados en años anteriores, razón por la que el propietario acudió de nuevo cuando necesitó nuevos decoradores. En esta ocasión acompañaba a Riberas un compañero de clase, Víctor Manuel García San José, del que no recuerda si viajaba también en el tope del tranvía. —¿Lo vio su madre llorar aquellos días tan tristes para usted? —No, porque procuré mantenerme aparentemente contento ante ella para ocultarle mi drama personal; pero ella conocía de sobra lo que me ocurría por dentro. Lloré en soledad. Fueron las lágrimas de un hombre maduro en el cuerpo de un niño. Te juro que así fue como lo sentí. Pero el llanto me duró pocos días porque se impuso la rutina de lo inevitable y me adapté. No tenía más remedio, pero sentía por dentro una sana rabia que me hacía rebelarme contra aquel estado de impotencia. Fue cuando decidí que aquel no podía ser mi destino y que algún día dejaría de viajar de manera tan peligrosa. —¿Recuerda cuál era el precio del billete del tranvía? —Creo recordar que al que hacía aquel recorrido le llamaban “el solitario” y puede que costara veinticinco o cincuenta céntimos, igual que el metro. El precio de ambos entre la ida y la vuelta era la mitad del mi sueldo. Así que decidí, como tantos otros, viajar gratis, subido en el tope o agarrado a la ventanilla. Era peligroso porque las columnas del fluido eléctrico pasaban demasiado cerca de las cabezas de los polizones; y en más de una ocasión se produjeron accidentes mortales. Pero si andabas con tanto miedo mejor no te subías. Yo fui testigo de uno de aquellos golpes mortales en una ocasión. Espantoso. Por suerte, nunca tuve ningún percance. Algunos días aquel viejo trasto no paraba en el Puente de la Princesa, de Legazpi, y había que apearse en plena marcha. Pero yo


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aprendí a hacerlo y llegué a dominar la técnica, aunque fuera a bastante velocidad. Algunos cobradores tenían mala uva, te perseguían para que pagaras y te echaban a la calle a esperar al siguiente para tomar nuevamente el tope. Aquel era el tranvía de los furtivos, porque estoy convencido de que allí pagaba muy poca gente. Además, ¿qué cobrador se atrevía a pedir el billete a los que iban colgados en el exterior? En el metro aprovechaba el mejor momento para saltar la barrera. Nunca pagué en uno ni en el otro. Además, circulaba por Usera un autobús para llevar a los soldados y, en ocasiones, me colaba entre ellos. No me decían nada. Al contrario, me hacían un sitio porque creo que les hacía gracia el desparpajo con que entraba, como si fuera uno más. —Era un largo itinerario desde su casa hasta el taller ¿no? —Sí. Tardaba una hora y cuarto en llegar, más o menos, así que me levantaba a las siete y cuarto para estar allí a las nueve. Ganaba tiempo, porque entonces no me afeitaba todavía y me arreglaba rápidamente. Además tenía que cambiar en Legazpi del tranvía al metro hasta llegar a Sol para tomar la línea de Ventas. Una verdadera excursión. Aquella primera noche, víspera de su primera jornada laboral, apenas pudo conciliar el sueño hasta entrada la madrugada. Pero para evitar sorpresas, estaba muy al tanto su madre que fue la que desde entonces, y durante mucho tiempo, se encargó de despertarlo y de que tuviera preparado el frugal desayuno antes de salir hacia el tranvía. Cuando pasó el primer mes, el frío comenzó a ser un compañero incómodo de viaje diario, porque la velocidad del tranvía convertía la brisa en un cuchillo gélido que calaba hasta los huesos. Los zapatos eran ligeros, como la ropa. El abrigo era un lujo casi desconocido entre los chavales de la colonia Moscardó. Pese a que él ya había comenzado a trabajar, Benita no logró superar el estado de abatimiento en que había caído, mortificada por las privaciones y la tensa relación con su marido, que en nada había mejorado. Paco intentaba animarla y para ello, de cuando en cuando, con lo que ahorraba del billete del tranvía, que no era mucho, le compraba un milhojas, que era su pastel preferido. Pero no conseguía grandes progresos en su intento y eso le desconcertaba e, incluso, en ocasiones él mismo se contagiaba de aquel desánimo que le parecía insuperable.


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—Un día llegué a casa después del trabajo y la encontré llorando, totalmente abatida, y me dijo que quería morirse, que ya no aguantaba más. Me conmovió y a punto estuve de derrumbarme, porque ver a mi madre en aquel estado me desarmaba. No la había visto así ni en los peores momentos de la guerra. Pero me enfrenté a la situación, porque no podía tolerar que se deteriorara más: “¿Y qué va a pasar con mi hermana y conmigo? ¿Nos quieres abandonar?”. Reaccionó muy bien y en el futuro su actitud ya fue otra, aunque la procesión iría por dentro. Tanto Carmen como yo hicimos siempre lo posible para que ella no acusara en exceso su mala relación con mi padre y para que afrontara tantas carencias como padecíamos con el buen ánimo con el que se había enfrentado a la vida en otras ocasiones. Aquel episodio fue uno de los peores momentos que viví y de los que más me impresionaron de aquellos tiempos.

ALMENDRAS E HIGOS PARA COMER Y LA PASIÓN POR EL FÚTBOL COMO FÓRMULA DE DISTENSIÓN

Efectivamente, cada mañana Benita se levantaba, llamaba a su hijo y le preparaba el desayuno. Lo hizo mientras Paco continuó en la casa de la calle General Garvá, donde tantos recuerdos había dejado sobre el asfalto. Vivía obsesionado con ahorrar todo el dinero posible para que su madre pasara menos privaciones, si es que su exiguo salario podía mejorar las cosas. Él mismo se organizaba la comida que durante mucho tiempo no varió su menú: cien gramos de almendras y un cuarto de kilo de higos. El programa diario no era, precisamente, muy alentador pues a esa tan austera dieta para un adolescente debía sumar el cansancio de la tarea que debía realizar en una postura nada cómoda y con un penoso esfuerzo de la vista. Su hermana recuerda que llegaba a casa todas las tardes con los ojos irritados. Cuando llegaba del taller Riberas hablaba un buen rato con su madre. Le contaba cómo le había ido el día y, sobre todo, le hablaba de los proyectos que le bullían en la cabeza, “que me prometí que algún día lograría sacar adelante, aunque entonces no podía imaginarme cuál sería el agujero por el que me podría introducir en el mundo de los negocios. Ni


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siquiera se me habría pasado por la cabeza”. Sin embargo, la inquietud de aquel impulso, como un reto recurrente, crecía dentro, espoleándolo como un aguijón sin tregua. Y por las noches, aún sin haberse recuperado del cansancio, leía porque sus proyectos estaban estrechamente vinculados al progreso en su formación interrumpida. Pero en medio de sus trabajos y preocupaciones, como un cómplice para la distensión, estaba su creciente interés por el fútbol, que seguía practicando en el barrio, ya con balones de cuero y uniforme reglamentario, botas incluidas. Y como complemento teórico, leía con avidez, hasta la última letra, el Marca diario y el suplemento en huecograbado de los martes. Y ya desde entonces tomó partido por el Real Madrid, al que seguía a distancia porque todavía no podía permitirse gastar su poco dinero en una entrada para acceder al estadio. —Era mi equipo y lo sigue siendo. Todavía recuerdo sus alineaciones de aquellos años: Marzá, Mardones y Arzanegui...; o Bañón, Clemente y Corona, etc. Creo recordar que en aquellos primeros tiempos, no sé por qué, jugaba en la Ciudad Universitaria. Al menos esa idea tengo. Tal vez porque se estuviera construyendo ya el nuevo Chamartín. Y ya se vivía con pasión la gran rivalidad con el Atlético, que entonces era Atlético de Aviación. Precisamente en aquellas primeras semanas de incorporación al trabajo de Francisco Riberas, ambos se enfrentaron en un partido de pretemporada, que en rivales de esa tradición siempre eran más disputados que amistosos. Los nombres de algunos integrantes no pasaron a la historia del fútbol nacional y se perdieron en el olvido. Otros, sin embargo, sobrevivieron a su tiempo. Ganó el Real Madrid por 2 a 1, con goles de Porro, Juanete, y Rafa, respectivamente. Las alineaciones le traen a Riberas recuerdos de aquella ya tan lejana infancia. Real Madrid: Bañón; Clemente, Corona; Moleiro, Cortés, Terán; Alsúa, Borbolla, Barinaga, Juanete y Porro. Atlético de Aviación: Pérez; Cobo, Aparicio; Amestoy, Mencía Cuenca; Meri, Taltavull, Rafa, Martín y Vázquez. —¿Recuerda a algunos de ellos? —Cómo no, si me sabía de memoria las alineaciones de todos los equipos de la Primera División. Incluso podría repetirte aquella alineación del Atlético con Tabales; Cobo y Aparicio; Gabilondo Germán y


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Machín; Manín, Arencibia, Domingo, Campos y Vázquez. Incluso recuerdo la del Oviedo: Sión; Valerio, Pena... El fútbol era una excelente válvula de escape que, sin embargo, no lo liberaba de su rutina diaria de la decoración, aquella actividad que desde el primer día supo que no sería su medio de vida para siempre. Sin embargo, esa gran afición le persiguió durante su pelea por el éxito. Pero pasaron algunos años antes de que sus modestos ahorros le permitieran acudir al campo, en el que ahora asiste a los partidos desde el palco.

DOS AÑOS EN EL MISMO TALLER Y UNA SUBIDA DE SALARIO AL MES DE INICIARSE EN LA DECORACIÓN

El taller estaba situado en un piso de gran tamaño, “como los antiguos”, en el que cada uno de los dibujantes tenía una mesa de la que sobresalía un brazo de madera, apoyado en el suelo por una pata. En él descansaban el suyo los decoradores para manejar con buen pulso el pincel. Cuando Riberas se integró en aquel grupo, lo formaban unos cuarenta, algunos de los cuales estaban en la casa desde que el señor Atarás se había instalado allí. —Durante los primeros días un encargado nos enseñaba a los nuevos la preparación de los colores con una espátula para mezclarlos con el óleo. Además, había que echar una grasa especial para que no se secara la pintura antes de pasar al horno. Y así un par de semanas, al cabo de las cuales empecé ya a pintar porcelanas para la venta. Primero cosas sencillas y después algunas ya más complicadas. Me gustaban mucho las flores porque me salían bien. Había visto hacerlas a otros. Me fijaba en ellos y asimilaba muy bien cuanto veía. Algunos eran verdaderos artistas. En aquel primer taller el equipo humano lo componía gente muy heterogénea, desde los aprendices recién llegados a artistas de buen pincel que, tras la contienda civil, se habían agarrado a lo primero que les había salido, porque las circunstancias no permitían esperar hasta recuperar su posición anterior o porque su talento no podía desarrollarse en el terreno yermo de la posguerra. Pero, sobre todo, Riberas resalta que se trataba de gente educada, amable y excelentes compañeros que ayudaban en todo cuanto podían a los demás.


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—Antes de incorporarme tenía una cierta prevención porque se decía que en los talleres solía haber gente muy zafia. Pero tuve mucha suerte. Eran buena gente y culta por lo que allí, generalmente, las conversaciones no eran nunca banales. Estaban atentos no sólo a su promoción personal sino a que todos aprendiéramos, y sus consejos eran siempre aprovechables. Además me prestaban libros para que me cultivara. Y eso era lo mejor que podían hacer por mí, porque me obsesionaba saber, ahondar en lo desconocido, que en mi caso era casi todo, para no quedarme en la pura mecánica de pintar flores y animales. Siempre lo agradecí y nunca olvidé lo importante que fue para mí encontrarme con ellos. Creo recordar que algunos eran pintores de cierto nombre en la anteguerra que, por las circunstancias, habían tenido que acogerse a lo primero que encontraron y que, pasado el tiempo, volvieron a recuperar su posición. Aquellos días de aprendizaje fueron intensos en todos los órdenes, en el humano, en el cultural y en el del conocimiento de la actividad que le empezaba a proporcionar las pesetas de su primer salario, que se convirtieron en diez al mes de su llegada, cuando ya tuvo un aceptable conocimiento de los rudimentos de su oficio. —Diez pesetas diarias eran ya cosa distinta. Desde entonces mi madre ya tuvo otra olla. —Acabó dominando aceptablemente el oficio, con mucha constancia y la ayuda de sus compañeros, pero ¿reconoce en usted algún talento artístico que le permitiera pensar que podría vivir con comodidad de él? —Sinceramente, no tenía mucha habilidad pero sí tenía voluntad para aprender. Y, ya te digo, no pensaba que aquello iba a ser mi futuro. Estaba decidido, pasado algún tiempo, a buscarme una actividad más rentable. No me conformaba. En cambio, había algunos que pintaban como los ángeles. Recuerdo a Antonio Mateo que era un decorador excelente, pero duró allí poco tiempo porque vinieron a buscarlo de Hendaya donde había muy buenos talleres. Su marcha me costó lágrimas, porque era una gran persona y porque me había enseñado mucho, de decoración y de la vida. Siempre me dio buenos consejos y me introdujo en la lectura de libros que me fueron muy útiles. Me gustaban la Historia y las biografías de gente que pudiera enseñarme algo. Me emocionaba leyendo, algunas veces con la luz encendida antes de dormirme.


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Cuando no existe otra posibilidad de instruirte y quieres hacerte un modesto equipaje cultural, ese es el único medio. Por eso le estoy muy agradecido a Mateo, a quien le confesé que le tenía envidia por lo bien que hacía su trabajo; pero era una envidia sana, estimulante, que me exigía superarme constantemente. Además, para mejorar en otros aspectos de mi formación, asistí a clases nocturnas durante algún tiempo en una academia. Incluso empecé a estudiar francés, pero progresé poco porque reconozco que los idiomas se me atravesaron siempre. El joven Riberas no era una excepción entre la gente de su barrio. La mayor parte de la que conocía trabajaba en pequeños talleres de la zona, muy pocos en oficinas y solamente recuerda a uno que estaba en un banco. —¿Conoció a algún chaval de allí que estudiara en la Universidad? —Era muy difícil, porque todos éramos de familias muy humildes que necesitábamos trabajar para ayudar en casa; aunque sí conocí a alguno. Se llamaba Ramiro y estudiaba Derecho, y le gustaba mucho el fútbol. Sé que estaba muy bien preparado y que salió adelante. Y no recuerdo más. Usera, entonces, no era tierra de universitarios sino de trabajadores manuales que desde muy niños necesitaban ganarse la vida. —¿Había alguna industria cercana? —No, no. Había talleres modestos, ninguno de ellos de automóviles, como ahora. No podía haberlos entonces, porque no había automóviles. Yo sólo veía aquél que pasaba por la calle a las seis de la tarde y teníamos que suspender nuestros juegos mientras cruzaba. Pero era en aquellos talleres modestos, poco más que fraguas, donde se arreglaban los pocos coches que había. Incluso hacían algunas piezas para las reparaciones puesto que no había de dónde sacar las originales. Muchos de aquellos mecánicos llegaron a ser verdaderos artistas, y en otras circunstancias habrían logrado ganar mucho dinero. —¿Salía alguna vez hacia otras zonas de Madrid para divertirse? —Generalmente, no. Nuestra vida estaba en el barrio. Aunque todos los días me movía por la ciudad para ir a trabajar, no era, precisamente, una excursión, porque entre la concentración que me exigía el tope del tranvía y el viaje subterráneo en el metro, no me enteraba de nada. Pero un día fue con algunos amigos hasta la plaza de Legazpi y les llamó la atención un grupo de gente que se apiñaba ante un escaparate. Se


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acercaron para ver qué llamaba tanto la atención de aquella gente. Se hicieron un hueco y lo que vieron fueron unas cuantas barras de pan blanco, una exhibición casi desafiante para quienes soportaban a diario aquellas bolas de una masa indefinida que se precipitaban al fondo de la taza del café. Cuando regresaron a casa corrió a contarle aquella novedad a su madre que lo puso al corriente con nuevos datos, porque la noticia había recorrido el país como si se tratara de la caída de un nuevo maná. —Se trataba del trigo que había empezado a enviar Argentina después de la visita de Eva Duarte y el general Perón.

TRASLADO A UN NUEVO TALLER Y LOS RECUERDOS DE UN AMIGO, TESTIGO DE SU JUVENTUD EN USERA Dos años después, era ya 1947, a Francisco Riberas se le presentó una oportunidad de promoción profesional y de mejorar notablemente sus ingresos, y aceptó la oferta que le hizo Salvador Mayor para que se incorporara a su grupo. El nuevo taller, situado en Carabanchel, era más completo y ofrecía algunas variaciones respecto del primero, sobre todo porque llegó en un momento en el que podía trabajar a destajo y llevarse la porcelana para decorarla en su casa. Esta nueva fórmula le permitía incrementar notablemente sus ingresos y evitar el largo desplazamiento diario, tiempo que ganaba para concentrarse en el trabajo. Esto ocurrió a los dos años de estar con Atarás, cuando ya había llegado a dominar los secretos imprescindibles del oficio y se había ganado enteramente la confianza del dueño y de sus compañeros. Pero la peculiaridad del nuevo taller estaba en que, en contraste con el anterior, allí se cocía la porcelana y una vez decorada se introducía en una mufla para su secado definitivo. —En realidad aquel taller era ya una pequeña fábrica. Salvador Mayor era una excelente persona. Me ayudó mucho en todos los órdenes. Me dio buenos consejos y me ofreció la posibilidad de ganar más dinero, que para mi casa era fundamental porque viviríamos un poco mejor y mi madre sufriría menos agobios. Aquella oportunidad de mejorar sus ingresos fue para Riberas la gran ocasión de ofrecerle a su madre no sólo una despensa algo más variada y


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abundante, sino la posibilidad de mejorar la espartana decoración de la casa. Su hermana Carmen recuerda que fue en aquellos años cuando empezó a hacerle regalos a su madre, como una radio “en torno a la cual se reunía el vecindario, como después ocurrió con la televisión, para escuchar los seriales o los partidos de fútbol”, por entonces únicamente los internacionales, que tampoco se prodigaban. Llevó a su casa nevera y lavadora, que eran un lujo para una familia modesta como la suya, y en una ocasión, cuando Benita regresó del pueblo, “se llevó la gran sorpresa de que Paco había comprado una lámpara para el comedor”. La generosidad había sido un rasgo destacado de su carácter, manifestada ya en los difíciles tiempos de la guerra, cuando buscaba alimentos para su madre o compartía sus escaseces con quienes tenían aún menos que ellos. —La lámpara era enorme y desentonaba en un comedor tan pequeño, pero nos hizo tanta ilusión que dábamos por buena la desproporción. A mí —reitera Carmen— me hacía regalos constantes y, a través de ellos, se podía seguir el rastro de sus progresos económicos en el taller. Durante sus primeros años de trabajo solía dejarme sobre la mesita de noche unos caramelos, unos cromos o un cuento. Más tarde ya me regalaba vestidos y un día apareció con un reloj chapado en oro, de marca Cavini, que le costó 950 pesetas y me enteré de que lo estaba pagando a plazos. Me hizo una ilusión enorme porque ahora cualquier niño tiene reloj, pero entonces no era nada frecuente. Sobre todo en el barrio. Era de una generosidad exagerada. Él sabía que a mi madre le gustaba mucho la casa y se la cambió totalmente, poco a poco, desde el mobiliario a los suelos y la pintura de las paredes. Y además, todo cuanto ganaba se lo daba a mi madre y solamente se quedaba con una pequeña cantidad para sus gastos, que eran pocos porque se pasaba el día trabajando. Por eso tampoco olvidaré nunca el día de mi primera comuni��n. Yo quería llevar un traje como las demás, largo y blanco, y se arregló como pudo para presentarse en casa con el vestido que yo había soñado tantas veces. Fue un detalle que me conmovió hasta el llanto. Aquella generosidad que había mostrado desde niño no fue sólo una actitud doméstica, expresada en el ámbito familiar únicamente, sino que era la manifestación de un estilo personal sin otra limitación que los medios de que disponía en cada momento. Y con mucha frecuencia, a lo


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largo de su vida, practicó con discreción casi franciscana el principio de que no supiera la mano izquierda lo que hacía la derecha. Me habló del pequeño drama de un compañero de trabajo, hombre dotado de excelentes cualidades para su oficio, pero a quien las manos, de buen pulso con los pinceles, se le convertían en auténticas manos rotas cuando manejaban el dinero. Y en más de una ocasión tuvo que acudir en su ayuda para que no se quebrara ni su vida familiar ni su economía. —Pintaba toros con gran habilidad, que eran figuras difíciles. Pero era un artista muy extraño, un poco vago. Llegó a mis oídos que lo iban a embargar y a echar de casa por no pagar las rentas, y fui a abonar sus deudas. Creo que debía dos años, pero recuerdo que no era mucho dinero. Pasado algún tiempo volvieron a embargarlo y volví a pagar sus deudas. Al cabo de algunos años, cuando empezaban a irme un poco bien las cosas, se me presentó y me dijo que si podía prestarle dinero porque iba a poner un bar. Le dije que le pagaba sus nuevas deudas pero que para la taberna no. Se enfadó y nunca más lo volví a ver. Era un golfillo. Riberas había cumplido los 17 años cuando comenzó a trabajar a destajo en su casa. Llevaba la porcelana en una maleta y con cada remesa tenía tarea para una semana. Fue para él un verdadero ejercicio de disciplina porque cumplía con exactitud matemática los plazos de entrega. Había instalado una mesa con el brazo de madera y secaba levemente cada pieza en el horno doméstico para fijar la pintura, con el fin de que en el taller procedieran a su secado definitivo. Cuando ya le tomó el pulso a la rutina, los ingresos fueron mejorando porque, además de las muchas horas que dedicaba a su tarea, la agilidad con que la resolvía le permitían aumentar el número de piezas acabadas. Así que, al cabo de algún tiempo y mucho esfuerzo, había conseguido que sus ingresos se situaran en torno a las 4.500 pesetas, un salario importante, porque, en aquellos tiempos tan difíciles y de sueldos raquíticos, un buen empleado con alta cualificación profesional se movía entre las tres y las cuatro mil pesetas mensuales. —Pero se lo sacaba al cuerpo y, sobre todo, al brazo y a los ojos porque acababa el día cansado y con una gran irritación. Pero debía tener una vista bien fuerte, porque no me resentí en el futuro más que otros. Aquella disciplinada rutina iba forjando en el joven Riberas un ánimo exigente y una voluntad sólida que, unidas a un férreo espíritu de trabajo,


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fueron la inversión personal más consistente de aquellos años de juventud que, con el tiempo, habrían de ser fundamentales en su proyección empresarial. Por aquellos días, ya pasados los primeros tiempos de la posguerra y, aunque el rigor de la situación que sufrían la mayoría de los españoles no había cedido, algunas familias del barrio habían conseguido mejorar moderadamente su posición económica, por lo que se mostraban orgullosas y con cierto desdén ante sus convecinos. Aquella actitud provocaba una indisimulada indiferencia del resto, cuando no rechazo abierto. —Yo los observaba a todos con curiosidad y me reafirmaba en mis convicciones, nacidas siendo aún niño, de que si algún día lograba una posición desahogada nunca mi actitud hacia los demás sería ésa. Después de algún tiempo, a algunos de aquellos se les vino abajo el pequeño tinglado y lo pasaron mal. Otros, más discretos, sobrevivieron. Hace unos días lo recordaba con mi mujer e íbamos haciendo mención de unos y otros con cierta tristeza. Testigo de aquel tiempo, tal vez uno de los pocos supervivientes de tan difícil infancia, es Mario Ruiz, un año mayor que Riberas, compañero de colegio y más tarde amigo, al que, una vez ya en los inicios de su gran aventura empresarial, llamó para que se incorporara al proyecto y al que ayudó para que él mismo creara una empresa de transportes al servicio de la naciente Gonvarri. Pero antes habían pasado en la piscina muchas horas de conversaciones sobre el futuro y las posibilidades de abrirse nuevos horizontes. Intentaban forzar, hasta quebrarlo, su destino que, en aquella situación y en aquel barrio, parecía predeterminado. No coincidieron en la misma clase y no eran amigos habituales durante los primeros años en el colegio, pero “yo sabía de él porque, por algún extraño impulso, te fijas en algunos compañeros que destacan por algo que, en un principio, no aciertas a concretar qué es”. Mario vivía a unos doscientos metros de la casa en la que Riberas creció y a la que con tanta frecuencia regresaba para visitar a su madre cuando le llegó la hora de formar su propia familia. —Él tenía sus amigos y yo los míos, pero allí sabíamos todos quién era cada uno. Recuerdo el día que salió del colegio. Mi madre me dijo que Paco había dejado de estudiar para comenzar en un taller de pintura. Ella me lo decía como estímulo, porque yo entonces no tenía trabajo y anda-


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ba por allí suelto. Estaba obsesionada con que encontrara una ocupación fija. Y consiguió que trabajara un par de años con un tío que era pintor. Más tarde fui panadero y cuando tuve la edad, saqué el carné de conducir para buscarme la vida por ahí, en una furgoneta repartiendo helados, un taxi... Nosotros vivíamos también allí desde antes de la guerra. Me acuerdo de sus padres y de su hermana en aquel tiempo, ya tan lejano que me parece irreal, sólo imaginado; como si se tratara de una historia que me hubieran contado o de una película que me llamase mucho la atención. Creo que debió de ser hacia el año 1942 cuando advertí su presencia en la escuela. Me parece que él era monaguillo entonces. Pero en aquellos años de adolescencia, el lugar en el que más coincidían Riberas y Mario era en los solares donde solían jugar al fútbol, deporte que practicaron de niños y de mayores con asiduidad, porque les apasionaba y, además, era una de las pocas posibilidades a su alcance para divertirse sin gastar el dinero que no tenían. El amigo recuerda a Paco como un muchacho serio, que “no ha sido nunca el clásico tarambaina” y que veía la vida de manera diferente al resto de los chavales que conocía, “porque nos sacaba muchos años de experiencia; tenía otra visión de las cosas”. Y más tarde, con el paso del tiempo, las vidas de aquellos dos chavales de Usera que habían ido cada una por su lado, volvieron a coincidir los días de verano en la piscina del barrio; jugaban al mus y al fútbol, y hablaban de cosas que suelen preocupar a los jóvenes, aunque Riberas llevara con frecuencia las conversaciones hasta los mismos límites de la utopía. O, al menos, eso le parecía a Mario que aspiraba por entonces a encontrar un puesto de trabajo que le permitiera llevarse algunas pesetas al bolsillo. —Yo a él lo veía diferente. Y de esto me fui dando cuenta cuando ya era un poco mayor. Recuerdo a su grupo de amigos: Víctor, que pintaba muy bien; Puchades, “Caballo loco” y otros. El fútbol era el nexo de unión más sólido entre los chavales del barrio. Francisco Riberas jugaba en la línea de medios “y lo hacía bien, tenía una buena constitución física, que lo hacía un poco lento, pero compensaba con la entrega y una técnica aceptable”. Mario Ruiz era un delantero peleón, “que nunca daba una pelota por perdida”. De los primeros días del balón de badana, adquirido con gran esfuerzo en el Rastro, al que “llegó


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un momento en que casi no le cabía un parche más en la cámara”, hasta el Marbella, el equipo de la liga de Educación y Descanso, pasaron muchos años de pelea contra las privaciones a las que se enfrentaban con el entusiasmo juvenil de disfrutar de la vida hasta donde las circunstancias les dieran margen. Aquel primer equipo debía su nombre a la piscina en la que se reunían por las tardes durante el estío. Riberas practicó su gran pasión en activo hasta superados los treinta años, cuando ya estaba casado y le había nacido alguno de sus tres hijos. —Llegué a jugar en el Santander, un equipo federado en la Segunda Categoría Regional. Le pusimos el mismo nombre de la taberna en la que nos reuníamos. Entonces ya había algún campo con terreno de juego en condiciones aceptables, no tan pedregoso como los solares donde empezamos. Mario, sin embargo, no llegó a la condición de federado, aunque siguió practicando, incluso cuando ya trabajaba en Gonvarri, para matar el gusanillo. —Yo no sé si Riberas recordará un partido que jugamos en un campo con tanto barro que el balón no avanzaba un metro por muy fuerte que le dieras. Se quedaba clavado. No le gustó aquello porque, además, perdimos. Llevaba muy mal lo de perder, al fútbol, al mus, a lo que fuera. No tenía espíritu perdedor. Y lo demostró entonces y más tarde, cuando se inició en el difícil mundo de los negocios. Creo que, con aquella solidez que dieron a su alma la guerra y los años cuarenta, se había impuesto como objetivo en la vida ser alguien y pelear hasta conseguirlo. Pero es que en su pelea por la vida arrastró a mucha gente a la que hizo rica o dejó bien situada. Esa era su condición, que nunca quiso quedarse con la última peseta y dio a otros la oportunidad de ganar dinero. Y, como en el fútbol, exigía al equipo el esfuerzo y el tesón más allá de la rutina. Y él en cabeza, para dar ejemplo. Pero sabía de dónde venía, sabía que nada iba a lograr sin esfuerzo, porque nunca olvidó aquellos años en que el hambre era una amiga inseparable, andábamos con alpargatas en pleno invierno y, como gran banquete, el día de Nochebuena cenábamos coliflor y pescadilla.


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LOS GUATEQUES CON PICK-UP CON AQUELLAS AMIGAS QUE HABÍAN LLEGADO DE BILBAO Francisco Riberas, fuera cual fuera su estado emocional, su estabilidad personal en la empresa de porcelanas y los retos que le obsesionaran, no perdió jamás la referencia de su madre, que desde niño se había convertido en el principal acicate de su vida. Y ponía especial cuidado en seguir siendo para ella un firme argumento vital, porque necesitaba de su presencia protectora. Fuera de la entrega a sus hijos, nada había que la atara a la casa, ningún lazo que la vinculara a su marido más que la rigurosa disciplina de castellana austera y sacrificada. La relación no mejoró pero ella se acostumbró a la situación, no sin renunciar a esa parte de la felicidad que tenía bien merecida. Pero aquella cruz tenía como compensación la permanente proximidad de su hijo. —Tenía con ella muy largas y muy profundas conversaciones, porque debo reconocer que fue, durante toda su vida, mi sustento espiritual. Era buena, generosa, sacrificada y enteramente entregada a mi hermana y a mí, sin otro objetivo en su vida que ése. Algunos de los problemas surgidos dentro y fuera de la familia los sufrí en solitario. Pero la mayoría de mis inquietudes las compartía de tal manera que nunca tuve más confidente que ella. Alentó constantemente mis deseos de éxito, incluso cuando el horizonte no llegaba más allá del taller de cerámica, aun cuando tuviera el instinto de que aquel no sería mi futuro. Y lo veía con una claridad meridiana, pero sabía que de ninguna manera iba a ser posible sin un esfuerzo más allá del que realiza otra gente con más medios y oportunidades. Y creo que una parte de ese empeño me lo inspiraba ella desde su aparente fragilidad e impotencia. Carmen Riberas sabe que las cosas eran así, que probablemente su hermano no hubiera dado nunca un paso fundamental en su vida sin que Benita y él lo hubieran estudiado, incluidas sus esquinas y arideces. Se adelantaba a los deseos de su madre, como cuando logró abrir una puerta al patio de su casa, sorprendentemente, sin acceso desde la vivienda, que lo convertía en un recinto inútil. Para llegar hasta él se veían obligados a subirse a una silla para descolgarse desde una ventana. Una pirueta arriesgada, solamente al alcance de la agilidad de los más jóvenes.


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—Estaba totalmente prohibido el uso del patio. Nadie supo nunca la razón. Paco fue al Ayuntamiento, propietario de las viviendas, y esperó allí hasta que pudo hablar con el encargado y le contó lo feliz que haría a su madre disfrutar del patio. Nadie sabe cómo convenció a aquel funcionario, lo cierto es que le firmó una autorización para que abriera la dichosa puerta. Y me acuerdo que mi hermano nos contó que aquel señor le dijo: “No sé cómo te he firmado ese papel, hijo”. Pienso que lo convenció hablándole de su madre con su poder de convicción. Ella, emocionada, cuando leyó el papel lo comía a besos. Al cabo de aquellos dos primeros años de tarea a destajo, pudo permitirse algunas comodidades, sus ingresos mejoraban, como tomar un taxi para hacer las entregas de la obra realizada en la soledad de su casa, entre el cálido silencio de su madre y la radio, inseparable compañera durante ese tiempo. Hasta entonces efectuaba el traslado de las maletas hasta el taller en el metro, una tarea que exigía un notable esfuerzo. Era el modestísimo inicio de una ascensión lenta, en ocasiones lentísima, pero que apenas conoció un solo momento de inflexión en más de medio siglo. El trabajo era agotador por la intensidad de la atención y la exigencia de la postura, pero difícilmente rompía la disciplina del horario que se habían impuesto, mientras otros amigos del barrio se reunían en el bar una vez finalizado su horario de trabajo. —Yo sabía que no podía ceder a la tentación de salir antes de concluir la tarea que me había fijado para cada día, para cumplir con el compromiso. Era un reto personal que me había impuesto, porque en él estaban gran parte de mis posibilidades en el momento que encontrara el hueco por el que colarme para salir de la miseria, porque mi situación había mejorado algo pero seguía siendo una condena sin horizonte. Sin embargo, no era un joven triste ni taciturno, únicamente responsable y cumplidor de sus compromisos. En aquel tiempo, entre sus 17 y 18 años, había en Usera un grupo de muchachos de familias modestas que se las ingeniaban para divertirse sin moverse del barrio y por muy poco dinero. En el grupo estaban Josefina, Carmen y María Teresa Mera que habían llegado desde Bilbao en los primeros años de la posguerra. Su padre era jefe de laminación en Manufacturas Metálicas Madrileñas, importante empresa entonces del sector del acero. Solían reunirse en casa de alguno de


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ellos, preferentemente en casa de los Prado, que eran constructores, o de los Mera, que tenía un gran patio. Preparaban una limonada y bailaban toda la tarde al ritmo de los discos de un viejo “pick-up”. Los guateques de los fines de semana se habían hecho populares en todo el país, porque eran baratos y, además, era el mejor sistema que tenían los padres para controlar a sus hijos mientras se divertían. Entre los participantes en aquellas reuniones estaba Antonio Sainz, el padre de Carlos, el piloto campeón del mundo de “rallys”, que tenía un pequeño taller. Riberas era uno de los asiduos a aquellas fiestas juveniles y desde el primer momento se fij�� en una de aquellas chicas vascas que tenía entonces dieciséis años. A ella también le llamó la atención aquel muchacho dinámico, desenvuelto y simpático del que pronto supo que era del barrio, que era decorador de porcelana y que estaba volcado en atenciones con su madre a la que adoraba. —Vivíamos en la calle Amor Hermoso y frente a nosotros, Severino Pascual, que es hoy uno de los grandes empresarios madereros. Eran de Iscar, en Valladolid. Entonces ya tenían algún dinero, pero vivían muy discretamente. Josefina Mera rememora aquellos años felices, en que frente a las dificultades de los tiempos, los jóvenes ofrecían su buen ánimo, su alegría de vivir y la esperanza de que aquel estado de cosas no habría de ser perpetuo. En aquel tiempo ella, casi recién llegada de Vizcaya, solamente pensaba en cumplir la edad suficiente para ingresar en un convento, porque el clima de religiosidad de la familia le parecía que había hecho florecer en ella la vocación de monja. Sin embargo, las circunstancias, los guateques y Francisco Riberas trastocaron los planes de vida monástica de una de aquellas hermanas llegadas del País Vasco. Ella me lo recordó, pausadamente mientras sonreía, en uno de los salones del chalet de Somosaguas, con la grabadora sobre una mesa de juego y ambos de espaldas a algunos cuadros de la escuela holandesa y varios de los españoles Sorolla y Gutiérrez Solana. La belleza del entorno y el silencio permitieron a la conversación el clima adecuado para rememorar aquella relación que empezó con miradas furtivas y palabras entrecortadas, nada nuevo, por otra parte, en el viejo manual de los primeros amores. —¿Pensaba realmente en ser monja? —Sí, por supuesto. Creía que esa era mi vocación. Yo me crié en un ambiente familiar muy religioso y pensé que ese era mi camino.


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—¿Cómo conoció a Paco? —Cuando me fijé por primera vez en él fue porque mi cuñado me dijo: “¿No ves a aquel? Está todo el tiempo mirándote y no te dice nada porque es corto. A mí me parece que le gustas”. —¿Qué fue lo primero que le llenó, así, a primera vista? —Todo. —¿Le dijo algo? —Entonces las cosas no se desarrollaban con la rapidez de ahora, que se besan ya el primer día. Era todo mucho más lento, tardábamos seis meses o un año en darnos un beso. Pero tampoco creo que nos dijéramos eso de “te quiero”. Era muy cariñoso aunque no lo manifestaba mucho. Es tímido y no le gusta explayarse. —¿Tenía usted noticias de que, aun siendo muy joven, ya trabajaba? —Sí, yo sabía que era decorador de porcelanas y que era bueno. Al poco tiempo se alistó voluntario en la “mili”, que fue muy larga. Yo le ayudaba a “manchar” los pájaros para que adelantara trabajo. —¿Qué le dijeron sus padres? —Nada especial. Estaban encantados. No me cerraron ninguna puerta, pero, eso sí, a las diez de la noche tenía que estar en casa. Y cuando a esa hora ya me veían cerca, se quedaban tranquilos. Y desde el primer momento Paco siempre estaba pendiente de traerme algún regalito. Incluso en algunas ocasiones para mis padres. Siempre ha sido un hombre delicado, de pequeños y grandes detalles, tanto con su familia como con la mía, especialmente desde el momento en que las cosas empezaron a irle bien. —¿Le dijo alguna vez que aquello de la porcelana no iba a ser su futuro y que pensaba buscar otro trabajo? —Nunca me habló de ello. Pero yo lo conocía y sabía interpretar sus silencios. Me daba cuenta de que en la cabeza le bullían muchas cosas. María Teresa, hermana menor de Josefina, insistía en que en el inicio la naturalidad fue la característica de aquella relación, nacida tan espontáneamente. —Se gustaron desde el principio. Y yo creo que hubo flechazo hasta en las familias. A partir de aquel momento, y más aún cuando se casaron, hicimos muchas cosas juntos, las cenas de Navidad, excursiones y la celebración de acontecimientos familiares. Yo vivía en Bilbao, porque


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me había quedado con mis abuelos, pero venía con cierta frecuencia y me integraba fácilmente en el grupo. Paco era encantador, siempre pendiente de todos. Especialmente de su madre, por la que creo que hubiera dado la vida. Es un hombre de una generosidad sin límites. Y con el tiempo tuve ocasión de comprobarlo, cuando mi marido tuvo problemas con sus negocios, él estaba allí o enviaba a alguien a solucionarlos. Me decía su madre que esa condición la tuvo desde pequeño. Pero es que además, curiosamente, tiene una forma de dar que parece que es él quien recibe. Aquel verano de 1950, cuando empezó a consolidar su situación como buen decorador de porcelana, Francisco Riberas fue uno de los millones de españoles que pasaron la tarde con el oído materialmente incrustado en el aparato de radio. En aquella temprana hora de la tarde, el popular locutor de Radio Nacional Matías Prats narraba las hazañas del equipo nacional en el Campeonato Mundial de Fútbol, en Brasil —Ramallets, los Gonzalvo, Panizo, Gaínza...—, frente a Inglaterra. Y en uno de aquellos momentos de emociones contenidas por la tensión y los nervios, estalló en los receptores el gran grito que sacudió toda España cuando Zarra marcó aquel histórico gol en la portería de Williams. Fue una jornada inolvidable. Las calles se habían quedado desiertas, los españoles, aficionados o no, se mordieron las uñas, se comieron los cigarrillos, se abrazaron y celebraron tan inesperado triunfo ante los británicos. Aquellos once jóvenes deportistas les habían hecho olvidar durante hora y media la difícil prosa diaria en que se consumían sus vidas. Pero no corrían buenos vientos por el mundo. A tan sólo cinco años de la conclusión de la guerra mundial, tan cruenta y desoladora y de tan graves consecuencias para Europa, dividida y en constante tensión, Estados Unidos libraba en Corea una nueva guerra de la que el ex presidente Hoover dijo en los finales de aquel año que su país tenía ya perdida, “porque aunque sacrifiquemos muchos muchachos norteamericanos, sabemos que no triunfaremos en la misión que nos encargaron cincuenta miembros de la ONU”. Mientras, en la España agobiada por la escasez, la prensa nacional informaba en sus primeras páginas, con notable alarde tipográfico, sobre la inclusión de nuestro país en el programa americano para la recuperación económica europea. Era una leve luz en el horizonte.


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Los caminos estaban cerrados, menos aquél que lo llevó al taller de decoración de porcelana cerca de la plaza de Manuel Becerra.

Riberas, a la izquierda, con dos compañeros del taller ante algunas de las piezas decoradas por ellos.


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Uno de los equipos de Usera en los que jugó el joven Francisco Riberas (en el centro con pañuelo en la frente), en los finales de los años cuarenta.

De paseo con un amigo del barrio por una zona céntrica de la capital.


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Con sus padres.


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En la mesa de trabajo en el taller de decoraci贸n de porcelana.

Con su madre y su hermana Carmen, en el patio de la casa de Usera.


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Riberas (agachado en el centro) con un grupo de amigos del barrio.


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Carnet de Francisco Riberas en el que aparece su profesi贸n de decorador.


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CAPÍTULO IV

La dificultad de los fielatos en los tiempos de escasez. —Las amenazas por el comercio clandestino habían atemorizado a la gente. —Aquella caja repleta de comestibles que no salió de la estación de Burgos. —El estraperlo, verdadero mercado negro con los trenes como principal vehículo. —La tentación de emigrar a Argentina. —El incipiente “milagro alemán”, nuevo atractivo para Riberas. —La adquisición de la Vespa, un lujo al alcance de pocos jóvenes. —El fin de las cartillas de racionamiento. —La boda con Josefina y la búsqueda de un piso barato. —La negativa del tío rico a prestarle dinero. —Una tienda de regalos y perfumería en Usera, primer negocio. —Cuatro socios y veinte mil pesetas para crear una sociedad. —Estaño para fontaneros y cuerda para pianos, primera mercancía. —El hallazgo del piso de doña Hortensia en la calle Hileras. —El descubrimiento de la chapa de acero. —Felicidad por el nacimiento de su hija Maite. —Un niño, primer asalariado de la empresa. —Abandono de la decoración de porcelana en 1959.


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LA CASA DE LOS RIBERAS-PAMPLIEGA en Usera siempre había estado abierta para la familia, a pesar de las estrecheces con las que se había vivido. Sin embargo, aquella angustia de los primeros diez años de posguerra había cedido, mitigada por las mejores condiciones salariales de Paco que había logrado complementar con creces el sueldo de su padre, siempre por debajo de las necesidades de la casa. Carmen Riberas y su hermano mayor pasaron aquellos difíciles años con la frustración de pensar que su madre podía haber sufrido menos penalidades si sus hermanos se hubieran arriesgado a viajar con más frecuencia de Rabé a Madrid para llevarles algo de lo que ellos disponían con cierto desahogo. En ocasiones, es cierto que cuando alguno del pueblo se decidía a viajar a la capital se las arreglaba para ocultar el paquete del modesto suministro. Era un envoltorio siempre discreto para no llamar la atención de los empleados del fielato que tan ágilmente se movían por los andenes y salas de espera de las estaciones. La dureza de las amenazas contra quienes comerciaran clandestinamente con los alimentos había generado una verdadera psicosis de pánico nacional ante el riesgo de detención y multa que solamente los audaces profesionales del tráfico clandestino afrontaban con osada pericia y habilidad, cuando no con la connivencia de muchos de los encargados de la vigilancia y el control. Por esa razón la abuela tuvo miedo siempre y prodigó poco los envíos, aunque cuando la situación se tornó en poco menos que desesperada, Benita viajaba al pueblo para poner el hambre al día y regresar con todo cuanto ellos podían ofrecer y ella se arriesgaba a llevar. Los Riberas coinciden en reconocer que si “ellos se hubieran expuesto algo más nosotros hubiéramos pasado menos hambre”. Pero las necesidades no habían agrietado la generosidad de aquella mujer que compartía con sus vecinos lo poco que tenía, aunque eso significara pasar más hambre. Más aun con sus familiares, algunos de los cuales compartieron techo y mesa con ellos en los malos tiempos. Como cuando sus primos necesitaron trasladarse a la capital para preparar alguna oposición o para tramitar alguna documentación en un organismo oficial. Compartían la habitación con Paco y permanecían el tiempo preciso en aquel tan cálido como escaso hogar. —Nuestra madre era una persona excepcional, de una generosidad exagerada, incapaz de no conmoverse ante las desgracias de los demás,


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que ella contemplaba desde las suyas propias, pero siempre con ánimo solidario. No sabemos de dónde sacaba aquella entereza, aunque en ocasiones pudiera parecer que se derrumbaba. Las necesidades de la casa y la escasa ayuda que recibían desde Rabé tenían en el temor al riesgo su argumento más sólido, porque para unos labradores sacrificados y recios castellanos como ellos, no era cuestión sencilla salir del pueblo para emprender la aventura de burlar a aquellos guardianes de gorra de plato, bata oscura, malos modales y un estricto espíritu inquisitorial poco dado a la caridad y a las contemplaciones. Y, por esa razón, durante mi encuentro con Juliana y Cándido hablé con ellos de aquella especie de miedo reverencial, más bien terror, que se apoderaba de toda la familia, con la abuela a la cabeza, cuando alguien viajaba a Madrid y se planteaba un envío a Usera. —¿Ayudaban verdaderamente ustedes a Benita y a los suyos o es que aquí también pasaban necesidades? —Bueno, aquí hambre no pasábamos. Pero solamente el pensamiento de que había que llevar un paquete a Madrid era algo que nos desequilibraba. El miedo que habían metido en el cuerpo a todos los españoles con el tráfico de alimentos era tremendo y la gente de los pueblos vivía, desde su honradez, un verdadero drama en aquellos trances. A nadie le cabía en la cabeza que fuera delito compartir lo que tenían, si era suyo, con sus familiares que lo estaban pasando mal en la ciudad. Recuerda Juliana que en uno de aquellos viajes la abuela preparó una caja con queso, pan, chorizos, tocino y algunos alimentos más, y envió a alguno de sus hijos a Burgos para que la facturara con destino a Madrid a nombre de su hija Benita. —Cuando llegamos a la estación de Burgos, influidos por las recomendaciones de mi madre, pensamos que lo mejor era jugar limpio y después de formalizar la facturación le dijimos al jefe cuál era el contenido del envío. Pero aquella caja nunca salió de la estación. Tuvimos entonces la convicción de que se la quedó el jefe o se la repartieron entre los empleados como, al parecer, era frecuente. Fuimos unos ingenuos al creer que nuestro noble proceder iba a ser un salvoconducto para la mercancía. Inocentes de nosotros que no pensamos que aquel empleado del ferrocarril también tenía una familia y que, seguramente, pasaría ham-


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bre, aunque por su cargo tuviera más oportunidades, tal vez poco legales, que nuestros familiares para conseguir una mesa mejor surtida. Además ¿cómo iba a renunciar a aquellos verdaderos manjares, tan auténticos y tan escasos en los hogares españoles? Y Cándido completa las insinuaciones de su hermana con algunos de los episodios de aquella frenética actividad que movía en España cientos de toneladas de alimentos clandestinos, con los ferrocarriles como medio de transporte casi exclusivo. —Los ferroviarios no pagaban el tren y muchos de ellos, y miembros de sus familias, se dedicaban al estraperlo. Recuerdo que venían de Bilbao y de otros muchos sitios para comprar trigo, molerlo allá y hacer pan. Lo pagaban caro pero como el tren no les costaba, todavía sacaban un buen beneficio. Y recuerdo que en otra ocasión salí de aquí con varias maletas llenas de suministro de subsistencia camino de Usera, pero tenía que hacer transbordo en Venta de Baños y ese era un riesgo añadido. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando a punto de llegar al Escorial empecé a ver bultos y más bultos salir volando por las ventanillas, que recogían gente que esperaba apostada en los alrededores para burlar los controles de la estación. Para mí aquello fue un verdadero descubrimiento, porque yo era muy joven y desconocía la malicia con que se movía la gente. En Madrid me esperaba mi cuñado Francisco y cuando ya estábamos a punto de salir a la calle, nos detuvieron los “consumeros” y nos obligaron a abrir las maletas. Casi me desmayo, porque perder todo aquello constituía una verdadera tragedia familiar. Entonces Francisco le dijo al hombre que era pobre, que tenía una familia que pasaba mucha hambre y que aquel envío del pueblo lo necesitaban su mujer y sus hijos para no morirse. Parece que consiguió conmover al funcionario y nos dejó marchar. Fue como si se nos hubieran abierto las puertas del cielo. En las maletas llevaba todo lo que cabía: garbanzos, harina, pan, chorizo, tocino... Bueno, de todo un poco. Le recuerdo a Francisco Riberas esas viejas andanzas de las que me hablaron sus t��os, que él escucha con una sonrisa en la que se adivina un poso de amargura, la misma que exhibió en cada ocasión que retomamos el hambre como uno de sus grandes enemigos en los peores tiempos de su vida. Sin duda la distancia y los éxitos posteriores han mitigado los recuerdos. Pero él no desea, en absoluto, perder su memoria porque forma


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parte de su historia, a la que no renuncia porque sin aquella cimentación, tal vez, su vida hubiera sido otra. Incluso reconoce, sin perder el punto de tristeza de su sonrisa, que salvaría la mayor parte de aquellos años porque todos le dejaron alguna muesca positiva en el alma. —Tengo que reconocer que hasta que dejé el colegio para empezar a trabajar fui razonablemente feliz, aun sabiendo que las carencias y necesidades que teníamos en casa me obligaron a ser un adulto anticipado. Pero a partir de ahí se abrió un mundo desconocido, que te golpea la cabeza por aquí y allá y, a pesar de ello, tienes que mantener el equilibrio para seguir con la esperanza de que tu sentido común te lleve a algún sitio. Esos años, que fueron muchos, son años para mí vacíos, urgidos por la necesidad y que me impidieron, como te dije, ser chico. No tuve tiempo. Además me vi forzado a renunciar a los estudios y, en ese aspecto, aparte de la lectura que me interesaba mucho, no tengo recuerdos que merezcan la pena. Y lo digo de verdad, pero con dolor. —Decía usted que hay muchos años vacíos en su vida. ¿En qué sentido? Porque a mí me da la impresión de que había en aquel niño, con tanta experiencia a sus espaldas, una gran vida interior. —La juventud es una época llena de ilusiones, pero no en mi caso. Esa juventud estuvo cortada, porque mientras a los trece años otros chavales tenían esperanzas, yo, a esa edad, tuve que empezar a trabajar durante toda la semana hasta las ocho o las nueve de la noche, incluidos los domingos. En esas circunstancias queda muy poco lugar para la fantasía. Tienes que ocupar demasiado tiempo en lo tangible.

LA FIRME DECISIÓN DE EMIGRAR A LA ARGENTINA Y LA OPORTUNIDAD DE UN NEGOCIO EN ALEMANIA Aunque aquellos años desgarrados habían pasado, Riberas no lograba superar el decidido impulso de liberarse de aquella rutina agotadora de la decoración, que no era nuevo, y de buscar una oportunidad distinta. No le importaban ni el tiempo ni el esfuerzo, porque ese era su único capital. Lo que verdaderamente estaba en juego era una vida mejor para su madre y su hermana, y su propio porvenir. Era una idea recurrente, cíclica,


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que no le consumía energías pero consolidaba su voluntad y agudizaba su instinto de ganador. En realidad, intentaba una oportunidad para la fantasía, para llenar sólidamente el vacío de aquellos años de la primera juventud. Y, como siempre lo había hecho, buscaba la complicidad de su madre para desnudarle sus más vehementes deseos de superación, como en aquella ocasión en que le confesó su intención de emigrar como mejor camino para encontrarse con la fortuna, tan huidiza entonces. —Sabía que tenía que buscarme la vida porque el oficio de decorador de cerámica no tenía futuro alguno. Yo no me veía a los cuarenta o cincuenta años en aquello. Creo que debía tener veintiún años cuando un día le dije a mi madre que me iba a marchar a la Argentina. Fue cuando ya me vi libre del servicio militar. Lo pensé muy seriamente. Lo hablé con ella como una salida casi desesperada, pero sin demasiado entusiasmo, únicamente como ejercicio de responsabilidad para con ella y mi hermana. Pero aquel impulso me pasó enseguida. Me pareció que tenía más inconvenientes que ventajas. —¿Su decisión de incorporarse al servicio militar le alteró algún plan? —Al contrario. Aquello era lo inmediato, un obstáculo que debía superar a la vez que trabajaba. Lo hice para encontrarme con las manos libres en el momento que me surgiera otra cosa, aunque a costa de tres años muy duros. Compaginar las obligaciones del cuartel con los destajos hasta las diez de la noche era duro, pero creo que acerté plenamente, porque fue como si comprara mi libertad para los años siguientes. Sin embargo, aquel primer impulso de emigrar siguió latente, aunque la tentación de las Américas se había disipado y no quedaba de ella ningún rescoldo. Solamente era un camino que voluntariamente se había cerrado a sí mismo, porque su implacable voluntad de encontrar su oportunidad seguía, golpe a golpe, como un imperativo. Aquellos eran los años de los primeros pasos del resurgimiento de Alemania, cuando la prensa europea empezaba a hablar del “milagro alemán” impulsado por su ministro de Economía Ludwig Erhard, y Riberas pensó que aquella podía ser una oportunidad, su oportunidad. Y de nuevo sus ilusiones vibraron ante una realidad que se abría como una sólida promesa, tal como me recuerda Josefina, su mujer. —Pensó muy seriamente irse a Alemania con un compañero, que era un buen muchacho, muy trabajador y buen decorador. Querían instalar


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un negocio de porcelana, con una mufla para cocer las piezas a setecientos grados, como hacían aquí. Pero aquel amigo se mató en un accidente cuando regresaba de Valencia y, naturalmente, sin él, Paco desistió y fijó de nuevo los ojos en España, donde no se prodigaban las ocasiones, aunque él esperaba la suya. Parecía evidente que su camino no se abría hacia la emigración y que debería continuar entre cerámicas, con los pinceles poniendo a prueba su buen pulso. En aquella tarea monótona y agotadora, pese a tantos años de ejercicio, el destajo añadía tensión y con cada año que transcurría parecía más lejana la oportunidad de cambiar de actividad. En aquellos primeros años cincuenta, como contrapunto a la monotonía de su tarea estaba Josefina, a la que veía a diario. —Siempre buscaba un hueco para venir. Cuando pudo comprarse una Vespa, aquellas motos que tan de moda estuvieron en los años en que las cosas en España parecía que empezaban a ir algo mejor. Hasta tal punto, que fue en aquellos primeros años del decenio cuando desapareció la cartilla del racionamiento, creo que hacia el 53, que significaron el fin de un tiempo extraordinariamente duro para la inmensa mayoría de las familias. Mientras decoró porcelana paseábamos algún rato los sábados y domingos, pero no disponía de mucho tiempo porque trabajaba incluso esos días. Necesitaba ganar dinero. Más adelante disponíamos de algo más de tiempo los fines de semana, cuando disputaba sus partidos de fútbol a los que asistíamos todas nosotras. —¿Durante cuánto tiempo fueron novios? —Ocho años. Fue un noviazgo como muchos en aquellos tiempos, porque los jóvenes no lo tenían muy fácil para encontrar un trabajo. Aunque cuando lo encontraban, lo primero que hacían era casarse. Claro que su caso fue distinto porque él quería ayudar a su madre y a su hermana, a la vez que oteaba las ocasiones para abandonar la decoración. Josefina y su hermana María del Carmen lo ayudaban en la decoración en la que, según ésta, había llegado a un gran dominio del oficio hasta convertirse en uno de los mejores, porque Riberas era hombre tenaz y minucioso. Incluso aseguran cuantos le conocieron que siempre tuvo un notable afán perfeccionista. Mari Carmen, que confiesa cierta habilidad con los pinceles, hacía los trazos finos, Josefina manchaba el fon-


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do y Riberas daba los últimos toques. A él aquella colaboración le descargaba la tensión y ellas se sentían útiles, hasta el extremo de que Josefina califica aquella época como “muy bonita”. Sin embargo, no eran ellas las únicas que le ayudaban en la decoración, porque cuando su hermana había rebasado los diez años se incorporó al equipo de las Mera para acelerar los destajos de Paco. Esa colaboración no sólo les facilitaba unas horas de entretenimiento sino que activaban sus tareas y, en consecuencia, aumentaban sus rendimientos. Carmen Riberas reconoce que no era muy habilidosa con los pinceles, pero la voluntad y el deseo de ayudar a su hermano le impulsaban a esforzarse, “porque él merecía la modesta ayuda que le prestábamos”. Con el tiempo, aquella colaboración se extendió a toda la familia Mera, en el momento en que los padres de Josefina decidieron instalarle una mesa de trabajo en su casa, que era más amplia, para facilitarle la tarea con mayor espacio para él y sus colaboradoras voluntarias. A aquellas alturas, la relación familiar se había estrechado y Paco tomó a aquellos vascos emigrados a Usera como de su propio grupo. Y, pasados algunos años, cuando los aires empezaron a serle favorables, él encontró oportunidades para demostrarles su afecto, que fueron muchas y muy generosas.

LA BÚSQUEDA DE UN PISO BARATO COMO UN PASO PARA LA BODA Y LA NEGATIVA DE UN TÍO TACAÑO

El tiempo no parecía correr demasiado a favor de Francisco Riberas, que ocho años después de haberse iniciado como destajista en la decoración de porcelana no había conseguido avanzar un solo paso en sus aspiraciones. Sin embargo, en ese tiempo, con su esfuerzo y buen pulso, había conseguido unos ahorros que guardaba como un tesoro para invertir en la primera buena oportunidad, modesta, naturalmente, que se presentara para salir de aquella agobiante rutina. Tenía ya veintiséis años y, después de ocho de noviazgo, parecía inminente que cualquiera de los dos planteara la necesidad de compartir desde una nueva cercanía tantas ilusiones como seguía manteniendo casi intactas en el alma. Curiosamente, no había cedido un ápice en su voluntad de triunfo a pesar de las escasas


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ocasiones en que lo había intentado. Naturalmente, quedaban ya muy lejos, seguramente en el olvido, sus amagos migratorios y la boda se presentaba ya como la meta más cercana. Al sol otoñal ya se le desdibuja el brillo y los caminos de Somosaguas se cubren con el empedrado multicolor de las hojas caídas, casi sin que lo advirtiéramos a través de los ventanales de la biblioteca, en la que todo sigue igual: el mismo decorado, el mismo silencio, la misma confidencialidad en el tono de nuestra conversación. Y después de muchas vueltas de grabadora, con sus ojillos brillantes y el más amable arqueo de sus cejas, aquellas que mostraban a sus interlocutores la dureza de sus posiciones negociadoras, Riberas me confiesa que cree que empiezo a saber de su vida tanto como él, porque me está revelando cosas que creyó que iban a quedar para su discreta administración. —Pero ese es nuestro guión, después de que sus hijos, especialmente Jon, porfiaran hasta lograr que venciera su pudor, su proverbial discreción y su cerrada negativa durante años. —Así lo entiendo ahora y lo entendí en el momento en que acepté romper ese muro personal tras el que había logrado vivir hasta ahora. —Creo que habría sido una actitud poco generosa, y eso no cuadra con su talante, hurtar a sus nietos y descendientes, y a quienes quieran conocerla, la historia de su peripecia vital, que tiene más de novela que de biografía anodina y rutinaria. —¿Tú crees? —Firmemente, como también lo cree usted, que sabe mejor que nadie cuál ha sido la trayectoria de su vida. Pero vamos a seguir con nuestro relato, porque habíamos llegado a un punto crucial que fue la decisión de casarse. ¿De quién partió la iniciativa, de ella o de usted? —Naturalmente fue de mutuo acuerdo, pero estoy casi seguro de que fue ella la que tiró la primera piedra. No sabría decirte exactamente cómo fue. —¿No pensó que a los veinticinco años, todavía por definir la mayoría de sus ilusiones, la decisión de casarse podría interferir decisivamente en sus planes futuros? ¿O puede que haya pensado que la boda supondría un punto de equilibrio en su vida, precisamente para estabilizarla y, a partir de ese momento, concentrarse en el trabajo y en sus proyectos?


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—Pues no sé qué decirte. Era normal casarse y la edad era la adecuada. Todos los que estaban en mi grupo se habían casado, más o menos, a esa edad. No ocurría como ahora que se encuentran muy bien en casa de los padres y no parecen pensar en irse. En ese momento ya ganaba un buen salario. Pero las mujeres, mucho más minuciosas, suelen guardar mejor memoria de algunas fechas cruciales, y Josefina no es una excepción. Ella pone decorado e imágenes a aquella jornada en los umbrales del verano en que se habían desplazado a Aranjuez en la moto, envidia de muchos jóvenes del barrio que todavía no habían visto cumplido, tal vez algunos no lo lograron nunca, aquel sueño que la moda de importación italiana había convertido en verdadera “vespamanía”. Se establecieron clubes por toda España, integrados por jóvenes parejas que ya disfrutaban del sutil soplo favorable que vivía la economía del país, aunque, en su mayoría, procedían de familias acomodadas a los que la voz del pueblo bautizó como los “hijos de papá”. —Al regreso nos fuimos a casa a ver a sus padres y les dijo: “Nos vamos a casar”, y a continuación fuimos a ver a los míos. Así, sin más vueltas, fijamos la fecha para el mes de julio. La boda, ambos coinciden en su calificación, fue sencilla, pobre según Riberas, que reconoce que no vivía un buen momento. La ceremonia se celebró en la iglesia de Cristo Rey del barrio. Los invitados fueron los amigos y actuaron como padrinos Carmen, su hermana, y el padre de Josefina. El viaje de novios fue una auténtica aventura en la Vespa hacia Burgos, para visitar a la abuela, y a Bilbao para encontrarse con sus familiares vascos, por aquellas carreteras estrechas, de asfalto agrietado, salteado de baches y de orillas carcomidas, y una interminable escolta de árboles esbeltos y frondosos que convertían las rectas castellanas en verdaderos túneles verticales de final incierto. Y como la bolsa era corta, regresaron pronto a Madrid para concluir con un itinerario por los pueblos de los alrededores, hasta completar dos semanas. Durante el recorrido se olvidaron de la porcelana y de los destajos. Fue un momento de despreocupación e intimidad, aunque Riberas, ni aun en un trance tan feliz, logró alejar la idea de que alguna de las cosas que traía entre manos, aunque solamente en embrión, lograría cristalizar según sus esperanzas. El viaje, a pesar de las ca-


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rreteras, fue placentero, con el pequeño equipaje atado con gomas en el portabultos tras el asiento. Eran tiempos de pocos coches y escaso tráfico. —Yo en aquel momento no me sentía peor que otros, porque había podido acceder a la compra de una Vespa que, en ausencia de un parque nutrido de automóviles, era un privilegio. Me había costado diecinueve mil pesetas, que entonces eran dinero. En Usera tenían moto muy pocos, contadísimos. Cuando concluyó el periplo nupcial, regresaron al barrio en el que habían estado buscando un piso; pero los que había no estaban al alcance de su economía, porque uno modesto ya alcanzaba las cien mil pesetas. Así pues, desistieron y se acomodaron en la calle del Olvido en espera de que mejorara su economía para acceder a la propiedad, cosa que ocurrió pasado algún tiempo. Allí nació su hija Maite, que fue para él un nuevo acicate en su porfía por encontrar el hueco que tanto deseaba para colarse en el exclusivo mercado de las oportunidades. Pero Riberas, perseverante y tozudo, no había renunciado a la adquisición de su vivienda, y pensó que a los escasos ahorros que había conseguido reunir podía sumar algunos préstamos de sus familiares con los que se comprometía a la devolución tan pronto como tuviera oportunidad. —Y ellos sabían que yo era serio y cumpliría mi palabra rigurosamente. Pedí dinero a mi abuela y a mis tíos, y unos me dieron diez mil, otros quince mil y solamente me faltaban ya cincuenta mil pesetas para redondear las doscientas mil que me pedían. Pensamos entonces que esa diferencia nos la podía prestar un tío de Josefina, hermano de su madre, que tenía mucho dinero, y a él recurrimos. Recuerdo que cuando venía a vernos, de pascuas a ramos, nos daba cinco mil pesetas como gran exceso. Pero, contra la expectativa general, la respuesta de nuestro tío rico fue un rotundo e inequívoco no. Sufrimos una gran decepción, sobre todo porque no contábamos con aquella negativa. Nunca se me olvidó y llevo aquello grabado. Yo de mi familia esperaba apoyo, en la medida de sus posibilidades, porque es gente desprendida, con una generosidad que, creo, es congénita. Pero nunca entró en mis cálculos que aquel hombre nos diera tan tajante respuesta. Pero la vida da muchas vueltas y, pasado algún tiempo, como advirtió que yo era trabajador y serio, y que, además, estaba empeñado en abrirme paso, vino a mí para ver si podíamos hacer algún negocio juntos.


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—¿Y qué le dijo? —Que no. Seco él seco yo, y en paz. Recuerdo que después instaló una fábrica de aceite y creo que no le fue muy bien. No se me olvidan sus sonrisas, que a mí me parecía que llevaban un leve acento de burla y desprecio. Y lo que son las cosas, ahora un nieto suyo, que es licenciado en Derecho, está trabajando con nosotros. Hay que ver las vueltas que da la vida. Yo no era un pedigüeño y él sabía que siempre fui, ya lo era entonces, un hombre serio y de palabra. Por eso pienso que podía haberme dejado aquel dinero. Finalmente compramos un piso en Usera que en aquel tiempo nos costó, creo recordar, unas doscientas cincuenta mil pesetas.

CINCO MIL PESETAS PARA CREAR UNA EMPRESA Y EL PISO DE DOÑA HORTENSIA COMO OFICINA Aquella permanente inquietud creadora, que le había llevado a plantearse la emigración a la Argentina y más tarde a la idea crear un taller de porcelana en Alemania, encontró, al fin, un primer camino. Decidió con los pequeños ahorros que había reunido la apertura de un modesto negocio en su propio barrio. Le pareció que en aquel momento, ya avanzados los cincuenta, con un balbuciente despuntar de la economía, podría encontrar clientes entre su gente para una tienda de artículos de regalo y perfumería. Era un primer paso y, tal vez, aquella iniciativa podría llegar a convertirse en plataforma para la concreción de nuevas ideas. Por aquellos días habían abierto en Usera algunas zapaterías y tiendas de ropa para surtir a los vecinos que, de ese modo, ya no tenían que desplazarse a otros barrios de la ciudad. Mientras Riberas continuaba con sus pinceles y porcelanas, su mujer y su hermana atendían el pequeño negocio. Incluso Carmen, para ofrecer algún servicio más, aprendió a coger puntos a las medias, “que entonces era una actividad muy extendida por toda España”. Y mientras Josefina despachaba ella se aplicaba a tan delicada y minuciosa tarea. —Me gustaba la tienda, despachar a la gente y reparar las medias. Y a Paco le encantaba llevarme con él al almacén a comprar género. Nos pedía que atendiéramos bien a los clientes y los domingos dedicaba su tiempo a preparar el escaparate para hacerlo atractivo.


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Pero aquel primer intento no funcionó y después de más de un año el joven Riberas, que con tanta ilusión había invertido sus ahorros, aceptó la realidad y echó el cerrojo sin que ese primer fracaso provocase la quiebra de sus ilusiones. Sólo había sido un intento, únicamente un escarceo de principiante lleno de ilusiones que no estaba dispuesto a dejarse desalentar al primer contratiempo. —No tuvo éxito aquella tienda. Y creo que fue porque no era el lugar adecuado. En todo caso, me alegro de que haya ocurrido así porque de esa forma pude buscarme otro camino. Si hubiera funcionado, habría sido un accidente que, a lo mejor, me hubiera impedido explorar otras posibilidades. O puede que no, porque aquella seguridad me habría animado a avanzar en otras direcciones, porque soy hombre inquieto y en aquellos años era, además, muy ambicioso. En los días estivales de 1957, mientras Francisco Riberas y Josefina iniciaban su nueva vida en común y decidían abrir su primer negocio, los madrileños buscaban con curiosidad por sus calles más céntricas al nuevo autobús llegado desde Alemania para unirse a la creciente flota del transporte público urbano. No era un “bus” como los que ya transitaban por las calles en progresiva sustitución de los viejos tranvías. El recién llegado, decía la prensa, “mide diecisiete metros y tiene capacidad para doscientos viajeros”, el censo de muchos pueblos castellanos. Sin embargo, aquel “conato de Talgo automóvil”, como lo calificaron algunos diarios, iría destinado al extrarradio madrileño, peor dotado de medios públicos de transporte. Se anunciaba que “pronto iniciará sus ensayos por las calles de la ciudad con el fin de estudiar las posibilidades de estos vehículos gigantes, muy utilizados en numerosas ciudades germanas”. Paralelamente, los periódicos reproducían con tipografía destacada una información procedente de Washington según la cual “los hombres de ciencia norteamericanos han descubierto en el humo de los cigarrillos un agente químico que pudiera ser el causante del cáncer de pulmón”. Fue la primera piedra de un largo proceso investigador que desde entonces no perdió actualidad. Y entre las curiosidades que ofrecía la prensa figuraba, cuando en muchos pueblos de España aun no conocían la televisión, un descubrimiento de dos hermanos de la ciudad italiana de Módena que consistía en “un procedimiento especial para recoger en un disco no sólo la música y el sonido, si-


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no también la imagen. Este descubrimiento revolucionará la televisión ya que en adelante será posible recoger en discos para verlos cuando a uno le plazca, obras de teatro, óperas, películas o simples fotografías”. Sin embargo, la gran noticia en España aquel año fue la aparición del Seat 600, un automóvil utilitario, de fabricación nacional y dimensiones reducidas, que se convirtió en un envidiable objeto de deseo y símbolo externo de la capacidad de la emergente clase media. Su creciente presencia en las difíciles carreteras españolas significó un radical cambio en el paisaje y comenzó a plantear los primeros problemas de estacionamiento en las ciudades. Seguramente Francisco Riberas y el reducido grupo de jóvenes amigos, la mayoría ya casados, que se reunían los fines de semana en la piscina o en la Casa de Campo, no siguieron con demasiada curiosidad aquellas noticias, algunas de las cuales estaban bastante alejadas de sus inquietudes e intereses. Él se mostraba cada día más convencido, pese a su mejoría económica, de que la porcelana no lo haría nunca rico y en las conversaciones con sus colegas se mostraba especialmente dinámico e imaginativo, y aprovechaba cualquier indicio para proponer una senda viable. Uno de aquellos compañeros en permanente maquinación trabajaba por las tardes en un pequeño taller de acero y estaño y pensó que aquella podría ser la grieta a través de la que colarse en un nuevo mundo de negocios, ni siquiera intuido por ninguno de ellos. Era un momento especialmente importante, porque Josefina ya estaba embarazada y esa circunstancia significaba que sobre el matrimonio iban a recaer nuevas responsabilidades. Así pues, uno de aquellos largos días estivales de excursión, cuando habían coincidido en la necesidad de poner en marcha su primer negocio en conjunto, decidieron crear una sociedad con la aportación de cinco mil pesetas cada uno y alquilar una habitación con teléfono para oficina, desde la que moverían los hilos de su incipiente actividad de vendedores de estaño y de cuerdas para pianos. Una modestísima puesta en marcha empresarial cuyo futuro desarrollo estaban muy lejos de vaticinar. Aquellos cuatro audaces y modestos emprendedores respondían a los nombres de Ángel González del Castillo, Francisco Varela, Florencio Ruiz y Francisco Riberas (Gon-Va-R-Ri), todos ellos entre los veintiséis y veintiocho años, y algunos unidos por vínculos familiares directos o indirectos, en los que descansaba la amistad puesto que las mujeres de Varela y Riberas, así


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como las de Ruiz y González del Castillo, eran hermanas. Ninguno de ellos pudo llegar, ni vagamente, a intuir entonces que aquel modestísimo arranque y sus apellidos eran el cimiento de la denominación y actividad de un grupo de prósperas empresas de dimensión internacional. Tal vez el propio Francisco Riberas, desde la altura de sus años y de todo cuanto ha creado en este último medio siglo, guarde todavía en el fondo de su alma alguna perplejidad ante la audacia del proyecto, sustentado casi en la nada e impulsado por aquellos jóvenes, que solamente tenían claro que debían intentar romper su círculo vicioso laboral para buscarle a la vida un escape que les permitiera colmar algunas de sus inquietudes. Les sobraban coraje y voluntad, especialmente a Riberas, y les faltaban medios, porque aquellas cinco mil pesetas que cada uno aportaría a la sociedad común no parecían una primera piedra sólida para satisfacer tantas ambiciones. —Aportamos aquella cantidad y alquilamos sucesivamente dos pisos en los que no nos encontramos cómodos por sus escasas dimensiones y porque no había buen ambiente con los inquilinos. Finalmente tuvimos la gran suerte de encontrar uno en la calle Hileras, próxima a la de Arenal, en el que vivían una señora, doña Hortensia, que tenía más de ochenta años, y su hija Pepita, de unos cincuenta y cinco. Ambas eran unas benditas que nos acogieron con mucho cariño. —Pero no parece, ni siquiera miradas las cosas con los ojos de entonces, que la venta de estaño en cantidades modestas y las cuerdas para piano permitieran hacerse muchas ilusiones. —Efectivamente, era un plan miserable. Vendíamos a los fontaneros las barras de estaño, que comprábamos en un almacén al contado, de cuatro en cuatro o de diez en diez, con lo que no íbamos a ninguna parte, pero insistíamos. Cada barra pesaba cinco kilos, de tal manera que su transporte era un problema. La casa de doña Hortensia era antigua pero muy bien instalada. Se notaba que había sido de familia acomodada venida a menos. Nosotros ocupamos dos habitaciones y le pagábamos lo que nos pidieron, que no recuerdo cuanto fue. A ellas les venía tan bien como a nosotros. Entre ellas y nuestro grupo se estableció una corriente de simpatía y afecto que hizo muy agradable nuestra estancia allí. Después de que nos fuimos, todavía seguimos pagando la renta durante más de dos años, porque se habían portado muy bien y, además, necesitaban aquel dinero.


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Cada uno de los tres socios siguió con su actividad en Telefónica, Barreiros y Construcciones Aeronáuticas, y únicamente acudían a la oficina por la tarde, mientras Francisco Riberas continuaba con la decoración de la porcelana para Salvador Mayor. Pero, como en su condición de destajista tenía total libertad de emplazamiento, lo que hizo fue trasladar su instalación al piso recién alquilado para atender el teléfono durante su jornada laboral, que no era corta. —Yo llevaba mi maleta y decoraba mientras atendía el teléfono. Además me encargaba de mirar en la guía telefónica y otras publicaciones los talleres de fontanería, y los llamaba para ofrecerles estaño y, muy lentamente, la cosa empezó a marchar. Pero las perspectivas, barra a barra, no eran demasiado halagüeñas. Riberas no cejaba en su empeño de buscar nuevos caminos porque no le parecía que llegarían a ninguna parte con las cuerdas de piano y las fontanerías. Sin embargo, él mismo reconoce que desde su plataforma de vendedor de estaño tuvo oportunidad de adquirir algunos conocimientos sobre otras actividades menos penosas y más rentables. Y acabó por descubrir que la chapa de acero era un negocio, un buen negocio incipiente en España que, según sus cálculos y lo que oía de aquí y de allá, tenía un gran porvenir. Eran los años finales de la década de los sesenta, vísperas del plan de estabilización promovido por el ministro Alberto Ullastres y su equipo económico, que estaba a punto de abrir nuevas perspectivas para la economía española. Pero apenas habían tenido tiempo para dar los primeros pasos tras su instalación en el piso de la calle Hileras, cuando se produjo la primera baja en el equipo fundador de aquella empresa, primitiva y rudimentaria, en la que sus socios habían puesto más ilusión que dinero. Se trataba de su propio cuñado Francisco Varela, marido de María del Carmen Mera, técnico en la empresa de motores y camiones Barreiros, instalada en Villaverde, que no se acomodó a la sacrificada situación de empresario sin rentas. —Y, ante su irrevocable decisión, acordamos devolverle las cinco mil pesetas, con gran sacrificio por nuestra parte. Se equivocó, porque no se le podía pasar por la cabeza que podríamos llegar hasta donde llegamos. Él se quedó en el inicio del camino. Supongo que lo habrá lamentado durante toda su vida.


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UN NIÑO, PRIMER EMPLEADO DE LA EMPRESA A LA QUE RIBERAS INCORPORÓ SU INTERÉS POR LA IMPORTACIÓN Francisco Riberas, aunque su horario laboral apenas le dejaba un respiro, aún encontraba algún hueco para visitar a su madre antes de regresar a casa. Seguía necesitando de su proximidad, como había ocurrido siempre. Aquella estrechísima relación debía sobrevivir a cualquier contingencia. Sabían que necesitaban hablar de sus ilusiones y sus dudas; contrastar las ideas y, sobre todo, saberse cercanos porque eso los hacía más fuertes. Carmen Riberas fue testigo excepcional de aquellos días iniciales en que su hermano, entrelazadas sus manos a las de su madre, le confiaba cada paso, cada proyecto, cada operación en marcha. —Ella, al principio, le repetía que no dejara la decoración, que era su trabajo fijo, y su seguro y el de su familia. Y él le hablaba de la marcha de las ventas y de que habían cubierto gastos. Incluso en un día de euforia, sin duda fundada, le dijo: “Abuelita”, porque solía llamarla así desde hacía ya algún tiempo, “vamos a ganar el dinero a cubos”. Y ella pensaba siempre cómo podría ayudar a su querido hijo. Recuerdo que algunos años antes, cuando él buscaba con ahínco salir adelante, le dijo que si algún día le tocaba la lotería, sólo jugaba en Navidad, le compraría un taxi para que fuera independiente y pudiera ganarse bien la vida. Afortunadamente, nunca le tocó. Aquellos primeros esfuerzos y las informaciones iniciales tan importantes para Riberas, se producían en un momento especialmente gozoso para él como fue el nacimiento de Maite, la primogénita, que fue un nuevo acicate para sus ilusiones, a las que él nunca había puesto límite. Fue un momento de inflexión entre tantas tensiones y expectativas. Acababa de cumplir veintisiete años y todavía tenía pendiente casi todo, porque a aquellas alturas la porcelana, lo reiteraba, no era ya más que el último asidero de la supervivencia, seguramente porque intuía que algo importante estaba a punto de ocurrirle. —Le pusimos Maite, un nombre que me gustaba. Y me alegro de habérselo puesto. Es un momento inexplicable el del nacimiento de un hijo, sobre todo el primero, porque inicias una etapa nueva, con nuevas responsabilidades que te obligan a esforzarte porque acabas de contraer un compromiso para toda la vida con aquella criatura.


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Su hermana Carmen recuerda aquel momento “como uno de los días que vi a Paco más satisfecho y emocionado. Fuimos los dos a buscar a la matrona y dijo que le había gustado que fuera una niña la primera. Después con sus hijos vivió las mismas emociones, pero ella era la primera”. Mientras, para Josefina empezaba una etapa de su vida llena de renuncias y sacrificios, dedicada al cuidado de su hija y a vivir la soledad que le imponía la entrega de su marido a perseguir el sueño de su vida que, como un martillo pilón, le golpeaba sin descanso el alma, que no era otro que encontrar el camino que los liberara de la servidumbre de la mediocridad, de la lucha por el salario, siempre raquítico, y de la dependencia. No recuerda cuál era el sueldo de Paco cuando se casaron, tal vez quince mil pesetas, pero sí que todos los meses ahorraba quinientas pesetas para cualquier necesidad urgente, “y me repetía que todo se lo gastaría en el médico si la niña se ponía mala. Y todos los meses ocurría algo y no lograba ahorrar. Pero yo era una hormiguita, muy ahorradora. Y lo sigo siendo”. En el piso de doña Hortensia la actividad empezaba a cambiar su ritmo. Riberas desde el teléfono estableció una red de conexiones y, sobre todo, de conocimientos sobre los mercados que le permitían descartar opciones por irrealizables o difícilmente rentables. Día a día tomaba las riendas de aquel proyecto de negocio, mientras sus socios llegaban al piso por la tarde, cuando ya él había movido sus hilos y lo único que hacían era, apenas, recibir la información que les daba. Con el auricular en la mano, el listín telefónico y sus relaciones se erigió en el líder del grupo. Pero además porque, constante, porfiado, inquieto, intuitivo y atento a cuanto ocurría en su entorno, les había tomado, sin pretenderlo, mucha ventaja. El reparto del estaño exigía la ayuda de alguien que sirviera los encargos. Riberas había conectado con un muchacho de Usera, que trabajaba en una tienda de comestibles, para que se incorporara a la empresa para hacerse cargo de esa función. Todo quedó hablado y el chico aceptó las condiciones y el cometido. Mientras, un niño de doce años, Pedro Fernández, llegado de Jaén con su familia un año antes, acompañaba a su madre hasta el comercio para presentarlo al propietario de la tienda con el fin de que lo aceptara como sustituto. Pero cuando ambos llegaron se encontraron con la sorpresa de que aquél había decidido no abandonar el establecimiento, ya que la nueva actividad le obligaba a trasladarse al centro de Ma-


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drid, y eso no le interesaba. Le dijo, no obstante, que si quería aquel trabajo debía ver al señor Riberas. Y Pedro Fernández le comunicó la vacante a su futuro patrón y se ofreció para cubrir la baja del primer empleado de la nueva empresa que, no parecía un buen augurio, ya había tenido una baja antes de comenzar. Riberas le dijo que se presentara al día siguiente en casa de doña Hortensia. Cuarenta y cinco años después, el muchacho que inauguró la nómina de aquella modesta sociedad revive ahora, con minuciosidad y añoranza, su primer encuentro con Francisco Riberas. —Fui al día siguiente por la tarde, que era el dieciocho de agosto. Estaban en el piso Ángel González del Castillo, Florencio Ruiz y Francisco Riberas. Me hicieron un pequeño examen y en aquel momento entré a formar parte de la familia Gonvarri. Pero tuve que mentirles, porque yo tenía doce años, al mes cumpliría los trece, y les dije que tenía catorce, de lo contrario no me hubieran admitido, porque legalmente no se podía hasta esa edad. Al mes de estar allí me pidieron la documentación para darme de alta en la Seguridad Social. Se lo dije a mis padres, pero no sabíamos cómo arreglar aquel problema. González del Castillo insistía en pedirme los papeles y yo le daba largas. Hasta que no me quedó otro remedio que confesar que no tenía la edad y hubo que esperar a que cumpliera los catorce para que se resolviera la situación. Eso ocurrió en 1960, cuando ya había más gente en la oficina. Sin embargo, yo tengo el honor de haber sido quien se estrenó como primer empleado, pese a mi falta de papeles; los demás eran los jefes. No sé si algún día aquel muchacho que renunció a mi plaza conoció las consecuencias de su decisión, pero yo tengo que estarle agradecido porque me puso en bandeja la gran oportunidad de mi vida. Pedro Fernández describe, como si estuviera viendo una fotografía, la estancia que ocupaban las oficinas en casa de aquella venerable señora. —Era una habitación con otra a su espalda. En la primera había una mesa muy bonita, con tres o cuatro sillas, un sofá y una máquina de escribir. En la contigua tenía instalado el señor Riberas el taller para pintar la porcelana. Y, naturalmente, había un teléfono que cuando sonaba yo le pasaba a él. En aquel tiempo solamente vendíamos estaño a los fontaneros. Lo comprábamos en un almacén y mi labor consistía en ir a buscarlo y llevar en una cartera cinco o diez kilos a quien había hecho el pedido. Iba en autobús o en metro. Llevaba pantalón corto y estaba muy delgado,


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así que cuando tenía que transportar cinco kilos me arreglaba. Pero si me cargaban diez o quince, no podía. Así que decidí que lo llevaría arrastrando con una cuerda que me agencié. A veces nos traían de la fundición cincuenta kilos y me ahorraba el viaje. Cuando la cantidad era grande, me ingeniaba para que alguien me ayudara a subir el bulto al autobús. El primer sueldo que recibió fueron cuatrocientas pesetas, que reconoce que no era gran cosa, “más bien tirando a bajo”. Pero, para sorpresa suya, a partir de aquel primer salario, todos los meses se encontraba con cincuenta pesetas más sin que él hubiera hecho la más mínima insinuación de mejora. Y durante los treinta años que estuvo en la empresa, únicamente una vez, una sola vez, se le ocurrió solicitar aumento general de salario, pero no por propia iniciativa. —Ocurrió cuando entró una chica para ayudarnos. Se llamaba Enriqueta y empezó a quejarse a todas horas de que se ganaba poco y echábamos muchas horas, y me insistía en que fuera a hablar porque yo era el más antiguo y el más próximo al señor Riberas. Y, efectivamente, me calentó y una mañana le dije que quería hablar con él. Se quedó mirándome y me preguntó qué era lo que quería. Y le dije cuál era mi mensaje. Y sin dejar de mirarme, me respondió: “Te voy a decir una cosa, y que no se te olvide nunca, cuando haya que subirte el sueldo seré yo quien te lo diga; pero no vuelvas a pedirme aumento. Además —añadió— yo sé que no vienes por ti sino de mensajero de otros”. Creo que eso ocurrió algún tiempo después de haber llegado a la empresa y las cosas empezaban a caminar mejor. Mientras, la rutina de cada día mantenía una moderada actividad, aunque de discretos rendimientos: Riberas pintaba y hablaba por teléfono; Pedro Fernández hacía, con esfuerzo y constancia, el reparto de su pesada mercancía, tarea que simultaneaba con la voraz lectura de novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía, y los socios González del Castillo y Ruiz seguían incorporándose por la tarde, como siempre, a la oficina. Sin embargo, Francisco Riberas no cesaba de indagar en las posibilidades de algunos productos de interés industrial, de los que la chapa de acero se le antojaba una mercancía con futuro, aunque lo desconocía todo sobre ella, desde su procedencia hasta los itinerarios de su mercado. Pasaba el día en casa de doña Hortensia. Incluso comía allí, una tortilla


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francesa con tomate que le preparaba la buena señora, pero sin alejarse del teléfono un solo instante, porque era la gran conexión que estaba seguro de que le abriría las puertas del gran mundo de los negocios que con tanto ahínco intentaba.

PRIMEROS CONTACTOS CON LA CHAPA DE ACERO Y ABANDONO DE LA DECORACIÓN DE LA PORCELANA

Pedro Fernández fue el primer empleado y, por ello, el primer testigo del desarrollo de aquella empresa que comenzó de la nada y llegó a convertirse en un gigante de la industria española, con ramificaciones en tres continentes. —Riberas era muy serio, pese a su juventud. No era nada bromista, solamente estaba atento a cualquier oportunidad y a darle vueltas a la cabeza. En todos los años que estuve a su lado, no lo vi gastar ni una sola broma en el trabajo. Y esa seriedad la trasladó a los negocios. Creo que tenía el don especial de conocer a las personas, de rodearse de buena gente y de saber llevarla. Los socios eran de otra manera de ser, de otro talante, más frívolos, menos consistentes. Pienso que sin él, la empresa no hubiera salido nunca del estaño. Los días finales de 1958 y comienzos de 1959 fueron importantes para Riberas porque entró en contacto directo con la chapa de acero, un material del que nada o casi nada sabía y que, curiosamente, habría de convertirse en su íntimo compañero con el tiempo, no mucho. Mientras sonríe con gesto compasivo y fija su mirada en unas fotografías que ya amarillean, esparcidas sobre la larga mesa de la biblioteca, ya puro celuloide rancio, recuerda su primera operación comercial con la chapa como gran protagonista. —En aquel tiempo me vendieron un cargamento que yo creí que era chapa bendita, pero era negra como el carbón cuando en realidad la buena es limpia y en láminas. Además aquella tenía tres milímetros de grueso. No sin emoción e inocencia, iba a ser mi primer negocio, llamé a Moto Vespa que había instalado una fábrica en Madrid, para ofrecerles aquella chapa, que escaseaba mucho en aquel tiempo. El jefe de compras me


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dijo que fuera a verlo con una muestra. Y allá me fui en mi moto con un trozo pequeño de chapa que pesaba mucho. Cuando aquel hombre vio lo que le llevaba, rompió a reír. Yo me puse serio porque creí que se burlaba de mí. Pero era buena persona y me dijo que aquella no era la chapa que se vendía y que me iba a enseñar como es una lámina buena. Abrió un paquete y entonces descubrí lo que era la chapa y no aquello que yo le presentaba. Naturalmente, él se reía porque aquello ni era chapa ni era nada, pero se portó muy bien conmigo. En adelante recordé siempre aquella anécdota y a aquel hombre que me había dado, muy amablemente, la primera lección sobre la chapa. El encuentro fue fundamental porque significó el inicio del negocio en el que llevo casi medio siglo. Aquel episodio, con enseñanza incluida, no desanimó a Riberas que, en su afán de progreso, no conocía el desaliento. Al contrario, todas cuantas experiencias lograra acumular eran lecciones positivas en su imparable carrera de empresario. El tiempo jugaba a su favor y el horizonte no era ya una línea oscura, sin resquicios para la claridad, sino que comenzaba a despejarse, sobre todo porque estaba convencido de que, al fin, había encontrado el camino, difícil y lleno de contratiempos pero con más certezas que dudas. Por aquellos días, los tres socios decidieron formalizar su empresa mediante escritura pública, de manera que aquella denominación de andar por casa se convirtió en Gonvarri, S.L., que fue como avanzar un nuevo paso hacía la consolidación de una idea y, a la vez, blindarla con un cierto carácter irreversible, de acuerdo con su voluntad frente a cualquier tentación desintegradora. En los comienzos de 1959, todavía con las últimas barras de estaño entre manos, el movimiento de ventas, impulsado por la perseverancia de Riberas, llevó a los socios al convencimiento de que debían incorporar una secretaria que se hiciera cargo de las tareas burocráticas, máquina de escribir, traslado de las remesas a los bancos, efectuar pagos y otras necesidades de la oficina, puesto que él pintaba y atendía el teléfono y ellos no podían ocuparse de esas funciones por su jornada laboral de mañana, tiempo hábil para resolver aquella pequeña burocracia. Así pues, realizaron los trámites necesarios para convocar a algunas aspirantes con el fin de que hicieran un examen. María del Carmen Gómez, actual directora financiera de Gonvarri, me contó la serie de circunstancias que la llevaron, modistilla en


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aquellos días, hasta la máquina de escribir en el piso de doña Hortensia. Ni ella, que empezaba con dieciséis años, ni Riberas ni, por supuesto, sus socios que se enteraban de poco, podían imaginar que estaban colocando las primeras piedras de un sólido complejo empresarial. —Fue el tres de febrero de 1959. Hacía el servicio social, aquella especie de “mili” para las chicas, como mecanógrafa en el Ministerio de la Vivienda. Recuerdo el día porque era San Blas, la fiesta de mi pueblo, Añover de Tajo, en la provincia de Toledo. Veníamos andando hacia casa una amiga y yo, y me dijo que si quería acompañarla, que iba a hacer una prueba en una empresa en la calle Hileras a la que la enviaban de la oficina de colocación. Le dije que sí, pero que tenía que hacerlo rápido porque era San Blas y en mi casa había una merienda para seguir la tradición. Llegaron al piso. Allí estaba Ángel González del Castillo que procedió a examinar a la aspirante mientras su amiga esperaba discretamente el final de la prueba, que consistía en responder a algunas preguntas, escribir a máquina y resolver un par de cuentas. Nada que no estuviera al alcance de cualquier chica que pretendiera encontrar un trabajo de oficina. Y cuando concluyó la prueba, González del Castillo le preguntó a Mari Carmen si ella también se quería colocar: “¡Vaya si quiero!”, le respondí, “pero no sé qué hay que hacer para encontrar un sitio”. Y le pidió que se pusiera a la máquina. —Se conoce que hice mejor la prueba, así que al cabo de algunos días me llamaron para que me incorporara. Yo vivía muy cerca, en la calle de Las Fuentes, número 12, paralela a Hileras y ambas conectadas con la de Arenal. —Así que comenzó como mecanógrafa. —Bueno, haciendo de todo. Atendía las llamadas telefónicas, escribía a máquina lo que hiciera falta, iba a ver a los clientes para recoger los efectos y llevarlos al banco. —¿Recuerda cuál fue su primer sueldo? —Creo que fueron mil quinientas pesetas. Eran, sin embargo, las vísperas del fin de la etapa del estaño y de las cuerdas de piano, aunque el modesto desarrollo de la empresa comenzaba a tener una cierta entidad, porque a la incorporación de Pedro Fernández y de Mari Carmen Gómez se unió un contable, casi un anciano,


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que ponía en orden durante algunas horas de la tarde las cuentas que crecían lentamente, crecían aunque todavía no en la medida en que Riberas y sus socios, sobre todo éstos, hubieran deseado. Sin embargo, fue crucial para el grupo y sus aspiraciones, muy especialmente para él, que se cruzara en su camino una mujer a la que conocieron como “la viuda de Aznar”. Y nunca supieron cómo Riberas, en su incesante búsqueda de conexiones con el mercado de la chapa, la descubrió como importadora, a la que se acercó con su olfato de buen negociante. Fue el tiempo decisivo del abandono, después de quince años entregado de sol a sol, de la decoración de la porcelana, colores, sacrificios y pinceles, esfuerzos y renuncias dolorosas, sin infancia ni juventud. Pero el nuevo tiempo no iba a exigirle menos trabajo, menos sacrificios ni menor dedicación. No era, sin embargo, nada nuevo. Lo sabía, lo supo siempre, y no estaba dispuesto, por debilidad o falta de voluntad, a renunciar a la que, intuyó, era la gran oportunidad de su vida. En el mes de julio de aquel 1959, los periódicos nacionales dieron a conocer las bases del plan de estabilización del Gobierno, para activar la economía española y sacarla del círculo vicioso de la autarquía. Entre los objetivos figuraban la máxima producción con precios estables, integrar a España en las modernas corrientes de la economía europea, estabilizar la peseta, liberalización de los intercambios con el exterior, aumento de las exportaciones, liberalización del mercado interno, estabilización del nivel de precios y desarrollo económico firme y continuado. Y para conseguir estos objetivos se proponían como medios, entre otros, la estabilización económica y financiera, fijación de la nueva paridad de la peseta, declaración de la convertibilidad de la peseta para los no residentes, ordenación del crédito bancario y libertad de importación de mercancías mediante un progreso gradual; supresión de las intervenciones en los productos y mercados interiores, estímulo a la productividad, iniciativa privada y modernización de las estructuras económicas e industriales. Finalmente el plan perseguía la estabilidad en el nivel de precios, incremento del ahorro y capitalización, continuidad del desarrollo económico, la mejor distribución de la renta mediante la estabilización de la capa cidad adquisitiva de la moneda, el estímulo a las exportaciones, repatriación de capitales, aumento del turismo, eliminación de negocios es-


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peculativos y ataque en su base al proceso inflacionista, etc., etc. Todo un programa mediante el que España inició el proceso de modernización, que permitió a los españoles acceder a incipientes grados de bienestar no conocidos hasta entonces. Aquella bocanada de aire fresco en la chirriante economía española, casi de subsistencia, coincidió con el momento en que Francisco Riberas emprendía el difícil itinerario de su definición como empresario. Pero no fue un camino de rosas sino sembrado de trabas económicas, renuncias personales, esfuerzo constante, trabajo sin horario, y todo ello unido a un sobresaliente talento negociador, una gran habilidad vendedora y un gran instinto empresarial. Fue como la explosión de un potencial de capacidades que se habían acumulando a lo largo de años de observación, afán de saber, intentos por descubrir nuevas oportunidades y la convicción de que un negocio no es un pozo sin fondo al servicio del despilfarro y de la buena vida. —Señor Riberas, cuando llegó aquel crucial momento en que abandonó su trabajo fijo de siempre para iniciar la incertidumbre de un negocio que desconocía, ¿estaba usted seguro de sí mismo y de cuál era la dimensión de su aventura? —Eso fue exactamente lo que ocurrió. Sin convicción no es posible afrontar ningún negocio, que era lo que les ocurría a mis socios. Estaba convencido de que aquel era el camino seguro y de que podía enfrentarme a las dificultades. Yo no era un lince y no había estudiado, pero había procurado prepararme, leer muchos libros sobre temas que me interesaban, observaba a la gente que funcionaba bien y nunca olvidé las buenas lecciones que me dieron los compañeros en el primer taller de porcelana en el que empecé a trabajar. —¿En ese momento ya empezó a cobrar de la empresa? —Sí, pero una cantidad modesta porque no quería debilitarla en su nacimiento. Tenía mucho interés en que fuera un negocio serio, como así fue. —Pero todo eso no se logra sin talento. —Absolutamente. Yo tengo la suerte de no ser presumido, de verdad, y de llevarme bien con todo el mundo. Pero fui muy enérgico para exigirme a mí mismo y hacer a la gente que estaba conmigo que cumpliera, por lo menos como yo.


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Estaban aún instalados en el piso de doña Hortensia cuando a los tres socios se les ocurrió que bien podrían comprarse un automóvil para las excursiones familiares. Era una compra común para compartir y distribuirse su uso los fines de semana, mientras el resto de los días estaba a disposición de la empresa. Y, efectivamente, adquirieron un Renault Gordini, ligero, de línea aerodinámica, motor duro y escaso consumo. Pero no era el primer coche del que disfrutó Riberas, porque ya algún tiempo antes él se había comprado un Renault 4-4 de segunda mano, que fueron los primeros utilitarios que rodaron por las carreteras españolas, importados de Francia, antes de que la empresa instalara factorías en Valladolid y Palencia. Era un coche de chapa dura, consistente, motor a prueba de excesos y capaz para cuatro personas o las que buenamente pudieran ocupar un hueco en tan reducido espacio. Riberas había pasado de la Vespa al automóvil del que disfrutó verdaderamente. Fue un paso cualitativo importante, prólogo de otros decisivos que vivió con satisfacción, esfuerzo y renuncias.


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Los dos hermanos Riberas durante un descanso de uno de los partidos de fútbol en los que tanto disfrutaba Paco.


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En aquellos primeros años cincuenta, como contrapunto a la monotonía de su tarea estaba Josefina, a la que veía a diario.


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Decidi贸 comprarse una Vespa, moto de moda en aquel tiempo, cuando las cosas empezaron a irle un poco mejor.

La boda se celebr贸 en la iglesia de Cristo Rey, de Usera.


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Su hermana Carmen fue la madrina de su boda.


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El viaje de novios lo hicieron en la Vespa hasta Burgos y Bilbao para visitar a las familias de ambos.

Con los pequeños ahorros decidió abrir en el barrio una tienda de perfumería y regalos.


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En aquel momento especialmente importante para Riberas se produjo el gozoso acontecimiento del nacimiento de su hija Maite, cuyo bautismo recoge la fotografĂ­a.

La pequeĂąa Maite con su abuela Benita.


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Algún tiempo antes Riberas se había comprado un Renault 4-4, sobre el que aparecen en la fotografía su hija Maite y su hermana Carmen.


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Abrazaba a su hija para dar rienda suelta a su afecto y tomarse la revancha de un dĂ­a de actividad sin tregua.


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CAPÍTULO V

Un novato en la vorágine empresarial. —El éxito como reto de los desheredados. —La viuda de Aznar en el camino de los negocios. —Siempre encontraba un hueco para visitar a su madre. —La compensación de tomar en los brazos a su hija Maite. —Primer almacén en la calle Salaverri. —Comprar y vender con decisión y astucia. —Un moto-carro, primer vehículo de la empresa. —La sociedad pasa a ser Gonvarri-Aznar, S.L., en 1959. —Reinvertir las ganancias para fortalecer la empresa. —No arrollar a nadie por el camino. —Tarea para sábados y domingos. —La obligación de pagar en mano los pedidos. —Los socios discrepaban de su política reinversora. —La viuda de Aznar abandona. —Más moto-carros y compra de un viejo Ford. —La empleada que pidió la cuenta el primer día de trabajo. —Leños en un cubo metálico, única calefacción en la nave. —El salto a la calle Méndez Álvaro. —Dos momentos difíciles para el mundo, la crisis de los mísiles y el asesinato de Kennedy. —Liquidación de todos los socios. —El nuevo piso en la calle O’Donnell. —Un acontecimiento, el nacimiento de su primer hijo varón. —Una compra de chapa de baja calidad en Bilbao. —Tratar y pagar bien a la gente, cuestión fundamental.


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NO HUBO UN DÍA ESPECIAL, concreto, en el transcurso del proceso en que Riberas y sus socios decidieron poner fin a la venta de estaño y cuerdas de pianos para entregarse de lleno al negocio de la chapa de acero. Durante aquel año 1958 y hasta avanzado 1959 los comercios de ambos productos vivieron simultáneos, aunque los primeros contactos con el hierro parecían presagiar que pronto se despejaría el camino y que el futuro no ofrecería duda alguna; al menos para Francisco Riberas que ya controlaba los hilos de las conexiones para la compra y la venta desde su puesto de mando de la casa de doña Hortensia, siempre con el teléfono en la mano. Sin proponérselo, se erigió en el líder de aquel grupo heterogéneo de socios, tan dispares en carácter, preparación y, sobre todo, en espíritu de sacrificio, en afán de superación y, muy especialmente, en la concepción del proyecto y en la capacidad de riesgo, tan consustancial con la intuición de Riberas y la ortodoxia empresarial. En realidad, con la experiencia acumulada, la actitud y la convivencia de tanto tiempo, había razones para pensar que eran muy pocas las cosas comunes entre ellos. Tal vez la más relevante coincidencia estaba en el objetivo final, que era ganar dinero, aunque la aportación de cada uno al método no tuviera apenas puntos de coincidencia. Mientras sus socios seguían pendientes de sus propias ocupaciones y de su acomodo en la vida, él se concentraba en conocer lo que desconocía, de dónde venía la chapa, dónde se almacenaba, quiénes eran los compradores y cuáles eran los medios de transporte, con el fin de ganar con la intensidad del aprendizaje el tiempo dedicado en el pasado a otras actividades. Su jornada comenzaba a las ocho de la mañana y no regresaba a su casa, casi nunca, antes de la una de la madrugada. Pedro Fernández, testigo de excepción de aquellos días iniciales, reconoce hoy que el crecimiento que experimentaba la empresa “era obra suya, lo creaba él, porque ellos le ayudaban poco; no lo seguían”. No era una vida envidiable, a la que Josefina se adaptó con sacrificio y dedicación a sus hijos y a su marido, durante el poco tiempo que podían estar juntos. Riberas cambió de actividad y de comercio, de la porcelana al estaño y del estaño a la chapa, pero no de lugar, ni cejó en su agresividad y persistencia, porque un recién llegado a la vorágine empresarial no puede ni debe permitirse un instante de respiro. Los buenos reflejos y la atención siempre alerta son armas imprescindibles de quien, contra corriente, pre-


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tende abrirse paso para encontrar su sitio y, si es posible, llegar a emparejarse con los más adelantados. Y, si llega el caso, rebasarlos. La mediocridad no estaba ni en su voluntad ni en sus intenciones porque, tal como se le había planteado la vida, tantas veces conversada con su madre, y los esfuerzos personales que estaba dispuesto a realizar, sólo podía permitirse el éxito como resultado, porque sabía bien que ese es el reto de los desheredados. Pero, además, debía contar con la suerte, esa aliada tan huidiza que siempre ayuda a los audaces. —Yo empecé a vender quinientos kilos de chapa de 0,5 a unos, doscientos a otros y procuraba comprar paquetes de dos toneladas. Pagábamos al contado porque no nos conocía nadie y no teníamos crédito. Iba con una camioneta alquilada y hacía un itinerario cómodo para dejar a cada cual su mercancía. Comprábamos sobre pedido, de tal manera que lo llevábamos desde el almacén de origen al cliente. —En un momento de tanta escasez de chapa, sin apenas producción en España, ¿cómo se arreglaba para llegar a los cupos de importación? —Eso era cosa de ella, de la viuda de Aznar. Traía chapa y acero inoxidable, pero a nosotros únicamente nos interesaba la chapa, que le comprábamos a ella. Y no nos importaba en absoluto cuáles eran sus conexiones porque lo que queríamos nosotros era vender y disponer de mercancía, y eso marchaba bien. —Ha hablado ya en varias ocasiones de la viuda, su fuente suministradora de chapa, pero ¿quién era esa viuda de Aznar que le descubrió el camino que lo condujo al éxito? —Yo trataba de buscar conexiones y de enterarme de por dónde se movían los importadores y, sobre todo, quiénes eran. Y después de tirar de muchos hilos llegué a esta señora. Se llamaba Manuela Fernández Garrido y me la presentaron como la viuda de Aznar. Era mayor que nosotros, pero todavía joven. Creo que murió hace poco tiempo. Aunque fue muy curioso, casi como una broma, porque el día que la conocí venía acompañada de un señor, que era piloto de líneas aéreas, y me dijeron: “Son la viuda de Aznar y su marido”. Era una pura paradoja, pero no me detuve a indagar porque lo que me interesaba era la chapa y no la situación personal de aquella señora. Aunque deduje, cosa lógica, que su primer marido había muerto. Pero nada pregunté y nada me dijeron.


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ALQUILER DE UN ALMACÉN, LA COMPRA DE UNA MOTO-CARRO Y LA AMPLIACIÓN DE LA SOCIEDAD

A pesar de los pocos meses transcurridos desde que se habían iniciado en el comercio de la chapa, la creciente demanda había impuesto un ritmo que Riberas no había previsto. Por eso la jornada de trabajo le parecía corta. Hubiera deseado disponer de más horas para acelerar la cadencia de las entregas porque habría representado mayores ingresos. A pesar de que la tarea le consumía el día, habría deseado que tuviera más horas. De cuando en cuando conseguía hacer un hueco, entre pedido y entrega, para ir hasta Usera a visitar a su madre que tanto le echaba de menos, aunque seguía sus pasos con interés y satisfacción. Cuando ocurría eso, Benita daba vueltas inquieta por la casa mientras le repetía a su hija Carmen, como si se tratara del estribillo de una canción muy sabida: “Hoy viene Paco a comer, hoy viene Paco a comer”. Incluso en más de una ocasión, sin que su hijo se anunciara, ella insistía, como si lo intuyera, “hoy viene Paco a comer”. Y cuando llegaba a su casa, ya de madrugada, se acercaba a la habitación de Maite y la tomaba en sus brazos y jugaba con ella, como si en unos instantes quisiera recuperarse de las fatigas del día y compensar a la niña de la ausencia de tantas horas. A Josefina le parecía que despertarla a aquellas horas podría romper el equilibrio y el sosiego tan necesarios para un bebé, pero enseguida entendió que Paco necesitaba dar rienda suelta a su sensibilidad paterna y tomarse la revancha de un día, como todos, de actividad sin tregua. Esa creciente actividad exigió en muy poco tiempo un espacio donde almacenar la chapa, porque la demanda no permitía ya, como en los primeros días, servir sobre pedido y no tenían medio de transporte para agilizar el proceso. Así pues, con la base aún en el piso de doña Hortensia, abrieron un almacén en la calle Salaverri, número 58, una nave de no más de doscientos metros cuadrados pero que, en aquel momento y por algún tiempo, resolvió su primer problema de crecimiento. Me parece que Riberas recuerda con una cierta ternura aquellos años en que, casi en solitario, empezaba a comerse el mundo, a costa de sus energías y de su voluntad que le parecían inagotables, tal era la concentración y el empeño que ponía en que se cumpliera aquella promesa que le había


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hecho a su madre, toda una premonición, “vamos a ganar el dinero a cubos”. Y me da la impresión, a la tibia luz del temprano atardecer otoñal, de que le asoma a los ojos, aún escrutadores y atentos, la leve humedad de un soplo de nostalgia al recordar el esfuerzo ingente de toda una vida. Puede que sea el privilegio de los triunfadores que precisaron ganarse día a día en la dura jungla, desde el hambre y las privaciones, un lugar en el éxito. —¿Tuvo usted en aquellos momentos alguna duda de que llegaría a conseguir sus propósitos? —Absolutamente no, porque me apoyaba en la gran fuerza interior acumulada desde la infancia y la juventud, sacrificadas por las carencias y la necesidad. En cuanto encontré el buen camino, sabía que el resto dependía del trabajo y la voluntad que pusiera en la tarea. Porque si no me ponía límite en las ambiciones, tampoco se lo ponía al esfuerzo. Además creo que tenía talento innato para el comercio; para comprar y vender con habilidad y astucia. Pero una vez resuelto el almacenaje con la nave de la calle Salaverri, la empresa precisaba un medio de transporte propio para el reparto y Riberas propuso la adquisición de una moto-carro, marca Iso, con la que ingresó en su nómina el tercer empleado, Emilio Aparicio, que a la vez que atendía el almacén, servía los pedidos en aquel flamante vehículo, tan abundante en las calles de las ciudades españolas en aquellos días. —En la nave metimos tubos y chapa, pero enseguida nos dimos cuenta de que los tubos no eran negocio para nosotros y, después de vender las existencias, lo abandonamos. La modesta progresión que adquiría la actividad en Salaverri y la fundamental relación económica con la viuda de Aznar, como proveedora de chapa, plantearon al grupo la necesidad de la ampliación de los socios para darle a la empresa cohesión y operatividad. Y, efectivamente, en los primeros días del mes de septiembre de aquel 1959 de tantas novedades en la vida de Riberas, se constituyó ante el notario del colegio de Madrid Enrique Giménez-Arnau la nueva sociedad de responsabilidad limitada Gonvarri-Aznar, S.L., cuyos socios fundadores fueron Manuela Fernández Garrido, Francisco Riberas Pampliega, Ángel González del Castillo y Florencio Ruiz Pérez, con un capital que pasó de las veinte mil pesetas iniciales a las 402.000. El domicilio social quedó establecido en la nave


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industrial de la calle Salaverri, número 58. La nueva estructura empresarial dio a la joven empresa mayor estabilidad y consistencia, a la vez que comenzó a dejar al descubierto, con mayor evidencia, el desequilibrio en la cohesión de los tres iniciadores del nuevo proceso, porque a partir de ese momento Francisco Riberas fue más líder y sus socios menos partícipes en las decisiones, en la captación de nuevos clientes y en los movimientos de la mercancía. —Yo era el “alma mater” del negocio y desde el principio decidí que todo cuanto ganábamos se reinvirtiera, que era la forma de comenzar con la empresa saneada y sin apuros. Figúrate lo que hubiera ocurrido si desde el primer día empezamos a repartirnos el dinero. No hubiéramos dado un paso y nos habríamos ahogado al primer contratiempo. —En aquel instante en el que la empresa empezaba a crecer, ¿pensó que en cualquier momento algo pudiera salirle mal y le echara por tierra no sólo el creciente entramado económico sino sus propias ilusiones, aquellas que había preservado desde niño para cuando llegara el momento oportuno? —Te doy mi palabra de que no. Desde los primeros días actué con firmeza. Sabía que tenía ante mí un envite muy fuerte. Y más aún, cuando superé el inicio. Desde entonces yo estaba convencido de que tenía fuerza para seguir, para llegar a donde fuera, porque el negocio no era tan difícil. El secreto estaba en tener decisión y no gastarse el dinero como hacen otros. Y cuando pretendes ser empresario, hay que hacerlo así. Y para eso no hace falta ser ni economista ni abogado ni ingeniero. Hay que tener, sobre todo, sentido común y actuar en consecuencia. Esa era mi fórmula. —Me dice que para empujar el negocio y abrirse campo en ese mundo en que se había iniciado no hacía falta ser ingeniero, ni abogado ni economista y, sin duda, tiene razón. Sin embargo, usted siempre lamentó que su situación personal y la de su familia le hubiera impedido ir a la Universidad. Cuando ya empezó a ver que las cosas le iban aceptablemente bien, ¿sintió algún tipo de frustración por no haber podido realizar su sueño universitario? —No, porque soy serio, siempre lo fui, y nunca sentí complejo alguno o envidia por ello. Cuando me hice mayor sentí pena por no haber podido hacerlo, pero ya no había vuelta atrás y era un sentimiento inútil.


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Tenía que seguir mi camino, que fue muy duro, y, al cabo de los años, la gente me aprecia y me valora por lo que conseguí y no por los títulos académicos que no tuve. Me parece que hay en sus palabras una transparente sinceridad, que se traduce en sus gestos pausados y sin afectación; pero, sobre todo, en la mirada que transmite la fuerza interior que ha sido el más sólido argumento de su ejecutoria. Y en este trance, como pudo haber ocurrido en cualquier momento de nuestros largos y numerosos encuentros, surgió una cuestión inevitable, aun cuando nos quedaban por delante todavía muchas sesiones y a la grabadora muchas horas como único testigo. —Durante una trayectoria empresarial tan sólida y dilatada, desde la nada a la cima; cuando alguien consigue todo cuanto usted ha conseguido, surge siempre la gran interrogante, la pregunta más dura, más desagradable, tal vez más cruel, aunque no por ello menos imprescindible, para situar al personaje en su contexto más exacto, cercado por las sospechas o más desprovisto y libre de ellas. Por eso, antes de seguir adelante debo hacérsela. —Has conseguido intrigarme. ¿De qué se trata? —Suele decirse que cuando un empresario llega tan alto como ha llegado usted, deja siempre tras de sí algún damnificado por el camino al que ha arrollado en beneficio propio. ¿Es cierta esta presunción en su caso? ¿Realmente tuvo que arrollar a alguien para avanzar y situarse en su ámbito empresarial y económico? —Jamás, porque ni mi proyecto ni mis principios iban en esa dirección. Al contrario, siempre que me encontré frente a alguien al que podía haber destruido, le ayudé o me alié con él, porque pensaba que haciéndolo me ayudaba a mí mismo. Así que había en esa actuación egoísmo empresarial mezclado con una notable dosis de ética. Yo no me inicié en los negocios para llevarme a nadie por delante, sino para crear y desarrollar, de acuerdo con mis ideas y mis métodos, cuanto acometía. Creo que estuve acertado y estoy satisfecho de haber hecho las cosas tal como las hice, sin necesidad de arrollar a nadie. Poder decirlo después de una ejecutoria tan larga, me llena de íntima satisfacción. —Por razones sobre las que ya hemos hablado o hablaremos y, además, por su modo de actuar, el hecho de haber alcanzado su privilegiada


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posición sin duda le habrá procurado algunos enemigos, aun cuando no lo pretendiera. —Hombre, envidia sí hemos suscitado en algún caso en que alguien intentó seguir nuestra estela, pero salieron mal sus cálculos.

LOS PRIMEROS CLIENTES IMPORTANTES Y NUEVOS CAMBIOS EN LA SOCIEDAD

Le retomamos el hilo a la historia de su trayectoria personal, tan intensa, tan apasionante, tan novelesca. Porque en aquellos meses finales de 1959 en que Gonvarri acababa de reordenar su estructura con la incorporación de nuevos socios, los cupos de importación de la viuda de Aznar y el incesante esfuerzo de Riberas en la búsqueda de nuevos proveedores habían permitido a la empresa la conexión con clientes importantes en el sector, como era en aquellos años en España Manufacturas Metálicas Madrileñas, convertida hoy en Aristrain. Recuerda Pedro Fernández que el movimiento en el almacén de Salaverri llegó a ser tal, que hubo un momento en que en la nave se había almacenado tanta chapa y tantos recortes que “no se podían abrir las puertas y hubo que sacar los pedidos por el portal”. Aquella acumulación de materiales exigía un orden que los escasos miembros de la plantilla no podían realizar por falta de tiempo, absorbidos como estaban en la recogida y entrega de chapa, como en un carrusel sin fin. Pero necesitaban ese tiempo para que el almacén no se convirtiera en una trampa, como afirma Pedro Fernández, que estrangulara la buena marcha del negocio. —Íbamos los sábados por la tarde y los domingos por la mañana Riberas y yo a ayudar a Emilio a clasificar y a ordenar todo aquello. Nos acompañaban dos trabajadores no fijos en aquella ingente tarea que debíamos dejar lista para que el movimiento fuera más fluido en el inicio de la semana. Todos hacíamos un gran esfuerzo, porque una empresa que comienza de la nada precisa un ánimo y una entrega de la gente más allá de lo normal, de lo contrario no hay manera de competir con quienes ya están instalados ni de ganarles palmo a palmo el terreno. Pese a que la nueva empresa crecía, su envergadura era mínima comparada con las grandes madrileñas del sector en aquel tiempo, como


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Marcial Hernández, Soto Molinero, Segura y Navarro, etc., de las que Gonvarri se convirtió pronto en cliente. —Recuerdo —añade Fernández— que Riberas hacía los pedidos y para retirarlos había que ir con el dinero en mano. Marcial Hernández era de los que exigía el pago por adelantado. Yo llevaba la nota del pedido y después pasaba Emilio con la moto-carro a recogerlo. Pero antes tenía que pasar por caja. Eso da idea de lo pequeño que era Salaverri frente a todos aquellos. Pero el tiempo es implacable, y con los años todos se fueron quedando atrás mientras Gonvarri crecía de forma progresiva, sin detenerse. Una de las mañanas de este otoño del año 2003 en el que descubrí que Gonvarri no era una empresa vasca y que tras ella estaba un castellano de austeridad personal casi franciscana y de una discreción nada forzada, diría que natural, conversé con Pedro Fernández Sierra, aquel niño de pantalón corto que empujaba a patadas la bolsa del estaño. Estuve en su despacho de gerente de Ferralca, S.A., en Fuenlabrada, una empresa importante del sector a la que se incorporó después de treinta años al lado de Riberas, a quien conoce desde que dio sus primeros pasos en la calle Hileras y a quien debe lo que es, pese a su ruptura traumática hace quince años. —Usted vivió los primeros pasos de Gonvarri y siguió paso a paso su imparable crecimiento y consolidación, ¿cuál cree que fue el factor determinante que impulsó un ascenso tan sostenido y un desarrollo y diversificación tan espectaculares? —Factor decisivo, sin lugar a duda alguna, fue Francisco Riberas. Él era quien lo movía todo: compraba y vendía, reclutaba a la gente, la formaba y sacaba a cada cual sus mejores capacidades. Es un creador de equipos humanos, impulsor de ideas, generador de constante actividad y ejemplo permanente de empuje, de laboriosidad, de excepcional comerciante, todo ello activado por una voluntad férrea y una gran capacidad de liderazgo. Sin olvidar nunca su capacidad de sacrificio, su austeridad y gran modestia. Tenía una visión increíble para los negocios y, además, muy valiente. Lo que no veía él no lo veía nadie. No se llega gratuitamente a ser el número uno de un sector tan difícil y competitivo. Además, todo lo que ganaba lo reinvertía, aunque sus socios no veían las cosas como él. Y lo comentaban a sus espaldas, pero lo respetaban mucho y


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no se atrevían a decírselo. No forzaba nada las cosas y tenía una personalidad tan arrolladora que los dejaba apabullados, a pesar de que eran amigos. La empresa, según su filosofía, no repartía un solo dividendo y no hacía otra cosa que crecer. Aquel crecimiento desbordó la propia composición de la sociedad y a los nueve meses de la incorporación de la viuda de Aznar al grupo, ésta planteó su salida de la empresa con la venta de sus acciones a José Luis Rodríguez Pomata, hijo del director general del Banco Ibérico y presidente de Fasa-Renault, primera fábrica de automóviles instalada entre Palencia y Valladolid; un cambio, al menos en apariencia, cualitativamente notable para su futura proyección. La transferencia se produjo el 25 de mayo de 1960. Apenas un año después de que Francisco Riberas hubiera abandonado la actividad en la porcelana, en el taller de Hileras, la sociedad que con tanto esfuerzo dirigía empezaba a asentar con solidez cada paso y cada día ensanchaba un poco más aquel horizonte, con tanta claridad como impotencia intuido desde que empezó a decirse a sí mismo que su papel como decorador tenía fecha de caducidad. Aquella artesanía no entraba en sus planes de futuro, puesto que él aspiraba a mucho más, de acuerdo con el proyecto que había empezado a imaginarse desde el momento en que a los doce años había abandonado el colegio para trabajar y, como consecuencia, renunciado sin opciones a sus aspiraciones universitarias. Efectivamente, el crecimiento no conoció un solo día de retroceso aunque la empresa vivió jornadas difíciles en las que la prudencia, voluntad, más bien porfiada tozudez, y el trabajo sin horas y sin tregua de Riberas y de sus colaboradores consiguieron que no cediera ni en agresividad ni ritmo. Era el reto permanente por conquistar un lugar de privilegio en un mundo tan selectivo como el empresarial que, en aquel tiempo, parecía ya repartido entre un puñado de elegidos, herederos de otros elegidos como una casta poco menos que impenetrable. Esa progresión del grupo liderado por joven Riberas exigió una ampliación del almacenaje para la mercancía. Fue como un regreso a los orígenes, porque el nuevo domicilio social con nave incluida pasó a la calle Ferroviarios, en el barrio de Usera. El nuevo almacén, de seiscientos metros cuadrados, tenía dos recintos para oficinas, una para los empleados, Mari


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Carmen Gómez, Pedro Fernández y el contable, y la otra destinada a despacho de dirección. Pero la dirección de Riberas no era en aquellos días un ejercicio exclusivamente burocrático porque la falta de manos exigía de todas las que pudieran colaborar en las tareas de carga, descarga, almacenamiento y clasificación de la chapa por tamaños y calidades. A aquella tarea sin descanso se incorporó sin complejos el recién llegado José Luis Rodríguez Pomata, que tenía cuatro hijos pequeños, buena formación, cuidadas manos, corbata, camisa blanca y traje de buen paño, que no hacía ascos a la tarea porque sabía muy bien que su disposición significaba un empujón moral para el resto del grupo. Una vez concluida la jornada diaria Riberas, González del Castillo, Florencio Ruiz y Rodríguez Pomata se quitaban la chaqueta y dedicaban algunas horas a cortar chapa con la cizalla recién adquirida, que les permitía adaptarla a los formatos y tamaños que demandaban los distintos clientes. Pedro Fernández no olvidó nunca aquellas camisas blancas del joven Pomata que concluían la jornada tiznadas de manchas de grasa desde las mangas al cuello. La ampliación del almacenamiento en Usera precisó de nuevos medios mecanizados para el reparto, y a la moto-carro inicial se sumaron dos o tres más que integraron una flota considerable, aunque insuficiente para el paulatino desarrollo del comercio, por lo que la compra de un camión se planteó como cuestión imprescindible para evitar el colapso.

AQUEL VIEJO FORD, LA INCORPORACIÓN DE UNA NUEVA NAVE Y LA TRÁGICA MUERTE DE POMATA Fue como un reto permanente, una voluntad sin tregua. Las horas de sol a sol y las robadas al sueño en el ritmo de trabajo implacable impuesto por Riberas, exigieron nuevas ampliaciones del almacenaje para la chapa. La respuesta fue el arrendamiento de una nave, situada en la calle Antonio López, número 76, a la que incorporó siete u ocho cizallas con otras tantas personas dedicadas sin descanso a la preparación de los formatos de la chapa que servía a los clientes. Entre éstos que empezaban a incorporarse estaban algunas de las fábricas de electrodomésti-


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cos, nuevas la mayoría, que se apresuraban a abastecer la demanda de un mercado en constante ascenso, propiciado por la lenta pero apreciable expansión de la economía del país. Los escaparates de las nuevas tiendas empezaron a exhibir lavadoras, neveras, calentadores, estufas y todo tipo de novedades, a la vez que los hogares les hacían hueco preferente como los bienes que marcaban la afirmación de su mejor posición económica. Asimismo, se abría brecha en el inmenso potencial naciente de los españoles, ávidos por instalarse en el consumo, la industria automovilista, que empezaba a erigirse en el barómetro de los signos externos de la posición personal y familiar, y de la capacidad de desarrollo de nuestra sociedad. España salía de la mugre y de la miseria para sumarse lentamente al bienestar. Y esa corriente benéfica, que sacudía la vieja piel de toro y generaba tan sugestivas oportunidades, la detectó Riberas que había advertido que el desarrollo sin tregua conseguido por los países europeos de mayor capacidad de crecimiento, como Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, etc., habría de tener un importante eco en España, que llegaba virgen a la situación y con un potencial superior a los treinta millones de consumidores. Todo ello exigía una firme respuesta por parte de la estructura de Gonvarri, en permanente evolución, pero muy especialmente de quienes integraban la sociedad. Eso lo sabía muy bien Riberas y lo habían advertido con claridad Mari Carmen Gómez y Pedro Fernández, empleados fundadores y testigos excepcionales del proceso, que veían cómo los socios caminaban a remolque del frenético ritmo que imponía el líder del grupo. Por eso para él era necesaria, más que nunca, la reinversión de las modestas ganancias para llevar el riesgo al límite, sin desbordar sus posibilidades, y actuar con la audacia que exigía el momento. —Y en esa situación tan exigente en la que se había usted propuesto vincular el crecimiento de su empresa al de España, ¿cuál fue el papel de Pomata? ¿Apoyó desde su privilegiada posición su empeño, tan clarividente por otra parte? —No, y explicaré porqué. Sólo se dejó llevar porque veía que trabajábamos bien y se ganaba dinero. —Pero facilitaría el acceso a créditos que permitieran a la empresa progresar ¿no?


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—No nos daba nada, ni yo se lo pedí nunca. Empezábamos a hacer operaciones de cierta importancia y me exigían su aval. No me gustó hacerlo, pero le dije que estando él tan cerca de nosotros nos exigían su aval. Puso muchos inconvenientes porque no quería hacerlo. Su hijo, que sufría epilepsia, falleció durante el verano en Tarragona, mientras hacía pesca submarina, y las acciones pasaron a sus tres hijos bajo la tutela del abuelo durante varios años. Lo sentí mucho porque era un buen chico, y muy trabajador. Así que como tutor, y ante su negativa a ofrecerse como avalista, llegó el momento en que le dije que debíamos hacer algo. Y, pasado algún tiempo, le propuse la liquidación y la compra de las acciones de sus nietos. Aceptó y le dimos treinta y siete millones de pesetas. Eso ocurrió ya en 1967 y no significó ninguna novedad, porque desde hacía varios años, casi desde el inicio, estaba convencido de que acabaría por quedarme solo. Aquel desarrollo que forzó la ampliación del espacio de almacenamiento a la calle Antonio López, parecía poner de relieve que las motocarro incorporadas no cumplían plenamente las necesidades del transporte, por lo que Riberas decidió la adquisición de un camión con capacidad suficiente, tal vez mínima pero a la altura de sus posibilidades económicas, todavía modestas. Esa fue la razón por la que decidió la compra de un viejo Ford de frenos flojos e imprevisibles, que conducía José de la Encarnación al que ayudaba el joven Candelas, un muchacho animoso de buenos reflejos que estaba siempre alerta para echar pie a tierra y atravesar ante las ruedas un tablón cuando aquel vehículo, anterior a la guerra mundial, se deslizaba sin control. Una verdadera pieza de museo del parque automóvil nacional, que en modo alguno era ejemplar único puesto que en aquellos años eran habituales en las carreteras españolas. Aquellos camiones con mil reparaciones a sus espaldas y repletos de piezas de fabricación casera, cuando no simples alambres, dieron vida a una generación irrepetible de mecánicos que, sin más medios que su imaginación y la habilidad de sus manos, lograron que el escaso transporte por carretera pudiera responder a las modestas exigencias de la producción y comercio nacionales. Los integrantes de la nómina de Gonvarri conocían las condiciones desde el mismo momento del ingreso en la empresa, aunque la situación


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del país no ofrecía demasiadas alternativas, y se entregaban a la tarea como si se tratara de algo propio y aceptaban, por ello, todos los sacrificios que exigía su guión. Además, reconocen ahora, pasados más de cuarenta años, que realizaban su tarea con el entusiasmo de los pioneros y la alegría de quienes son conscientes de que se habían embarcado en una tarea en la que estaban convencidos de que les iba en ella algo más que el salario. Pero, además, encontraron en su jefe la contrapartida de la igualdad en la exigencia y una generosidad nada forzada sino experimentada ya desde los inicios de la vida, y ejercida con una carga de humanidad sin restricciones. Sin embargo, no era fácil la convivencia con alguien que se exigía con autodisciplina espartana. Eso lo sabe bien Mari Carmen Gómez que fue testigo de un episodio anecdótico, pero no por ello menos revelador de la energía de Riberas durante las horas, siempre muchas, de trabajo. —El trabajo en la oficina aumentaba y decidió que había que incorporar a una chica para que nos ayudara. El mismo día que llegó ocurrió algo que no se había hecho como a él le gustaba, total que salió de la oficina gritando y con un tremendo portazo. Aquella chica se levantó, dijo que aquello no lo soportaba y, sin más, se fue. Nunca volvió. A los demás no nos impresionó porque lo conocíamos, estábamos acostumbrados y sabíamos que no era más que una explosión sin más consecuencias. Y que a continuación podía estar tomándose un bocadillo con todos como si no hubiera ocurrido nada. Lo que pasaba era que le gustaba que se hicieran bien las cosas. La dedicación a la empresa era plena. Allí mismo comían; con frecuencia un bocadillo con el jamón que Riberas enviaba a comprar en el bar de la esquina y que guardaban en una nevera junto con algunas bebidas refrescantes y varias latas de tomate. Era el menú frecuente en aquella oficina en la que el frío calaba hasta los huesos y les obligaba a trabajar con guantes. De cuando en cuando Mari Carmen y Pedro bajaban al almacén en el que ardían algunos leños en un bidón metálico, para no quedarse helados frente a las facturas que confeccionaban a mano o ante la máquina para escribir las cartas a los proveedores y clientes.


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NACIMIENTO DE SU PRIMER HIJO VARÓN, ESTRENO DE CASA EN LA CALLE O’DONNELL Y NUEVO ALMACÉN No tiene aspecto Francisco Riberas de hombre explosivo ni vehemente. Sus movimientos pausados, su media voz y sus palabras medidas, nunca excesivas, y su mirada serena capaz de conmoverse hasta la emoción, presentan a un hombre al que el tupido pelo cano y la sonrisa casi permanente le dan una apariencia apacible y sosegada. Y sin embargo, distaba mucho entonces de ser agua mansa, porque quien entra en duelo tan desigual con la vida como él no puede permitirse modales versallescos, cuando está en juego nada menos que el futuro de la empresa, que era el suyo y el de todo su equipo. Se lo digo, apoyando mi pregunta en la anécdota de aquella nueva empleada de ida y vuelta. —No suelo ponerme serio. Soy más bien templado, pero tengo “mala leche” cuando hay que tenerla, que suele ser en las situaciones comprometidas, de gran tensión. —Durante todo aquel tiempo en que el negocio crecía, aunque cercado por muchas incertidumbres, ¿pasó usted muchas horas en vela pensando hacia dónde podría derivar? —No recuerdo haber tenido una preocupación especial. El negocio se presentaba de inmediato y había que darle salidas. Y para no tener ninguna experiencia, íbamos haciendo las cosas razonablemente bien. —¿Seguía vivo aquel impulso de su primera juventud, cuando se prometió a sí mismo en el barrio que nunca se quedaría allí? —Totalmente cierto. Sin la lucha constante por aquella idea, con la ayuda impagable de mi madre, no hubiera sido posible. —En aquellos días de hambre y miseria en un barrio marginal, no muchos tuvieron la fuerza ni la voluntad para superar una situación a la que la inmensa mayoría estaban condenados. Y puede que la mayoría se rindieran antes de encontrar la puerta de salida que usted buscó con ahínco, y encontró. —No me gusta presumir de nada, no suelo hacerlo, pero reconozco que siempre tuve tesón, voluntad y fuerzas. Pero también es cierto que no me hubiera matado trabajando si no hubiera visto un fondo positivo, porque trabajar por trabajar no lleva a ningún sitio. Y yo pasé con mi gente


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muchos días hasta las tres de la mañana en el almacén, porque veía el rendimiento de tanto esfuerzo. En aquellos primeros años sesenta durante los que Riberas asentó sólidamente los cimientos de su imperio empresarial, España vivió tragedias de repercusión nacional como las inundaciones que padeció una amplia zona de Cataluña, Francia reelegía al general De Gaulle para un nuevo mandato presidencial y en Roma celebraba sus sesiones renovadoras el Concilio Vaticano II. Pero el mundo contuvo la respiración con el miedo agarrado al alma, en aquel mes de octubre de 1962 cuando la crisis de los misiles soviéticos instalados en Cuba amenazó seriamente la paz universal. Se dijo entonces que la firmeza del presidente Kennedy, el sentido común de Kruschev y los buenos oficios del papa Juan XXIII libraron a la humanidad de una tragedia de alcance impredecible, aunque el miedo a la conflagración nuclear pesó como gran argumento definitivo. Casi con exactitud matemática, un año después, noviembre de 1963, caía asesinado en Dallas John F. Kennedy, el presidente de la “nueva frontera”, el que había gritado con dolor ante el muro que separaba la ciudad de Berlín “yo soy un berlinés más”, que había generado en su país y en el mundo una corriente de esperanza, y que había supuesto una bocanada de aire fresco en aquel irrespirable clima de tensión. Aquel era un estado de gran preocupación que vivía el mundo, aunque a los españoles, que se buscaban la vida con ahínco para acceder a todos los beneficios de la moderada bonanza, les parecía cierto pero aceptablemente ajeno y ni inminente ni próximo, tal vez porque los afanes diarios, todavía con tanta miseria por disipar, les hacían perder un poco la perspectiva, más allá de la frontera de sus necesidades y aspiraciones. Francisco Riberas nunca se había mostrado ajeno a cuanto ocurría a su alrededor, incluso participaba de aquellos temores, pero el ritmo con el que se movían los negocios de la chapa tampoco le dejaba un respiro ni un resquicio para otras preocupaciones que las propias. Y en aquel año 1963 de tantas conmociones internacionales se le plantearon dos cuestiones de envergadura, aunque de distinta índole, que debía resolver con agilidad y acierto. La primera de ellas, que fue buscar nuevo acomodo para tanta chapa como negociaba, la resolvió con el traslado de la mercancía y la sede social a un gran almacén en la calle Méndez Álva-


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ro, aún sin urbanizar, un barrizal permanente que, con más frecuencia de la debida, dificultaba las maniobras de la creciente flota de camiones que ya se movía a su alrededor. Fue un momento especialmente importante para Riberas y para Gonvarri, porque la envergadura de la empresa había llegado, en realidad incluso ya antes, no sólo a un punto de no retorno sino al de su expansión irreversible, sin riesgo de retroceso o descomposición. Sin embargo, no era un camino sencillo, Riberas sabía que no lo era y que quedaban muchos obstáculos por superar y algunas cuestiones de la propia sociedad por resolver, su segundo gran reto del momento. —Me habló Pedro Fernández de la rémora que significaba la presencia de sus socios, que no le seguían el paso. Y usted mismo me dijo que siempre había estado convencido de que en algún momento se quedaría solo. —Puedo asegurarte que lo pensé casi desde el principio, cuando estábamos en el piso de doña Hortensia. Después de la salida de Varela casi sin que hubiéramos dado un paso, llegó el momento en que González del Castillo también tuvo algunos problemas ajenos a la empresa y se planteó la salida. Fue en diciembre de 1963 y lo liquidamos con once millones de pesetas, que era un buen dinero entonces. Y ya te dije que algunos años más tarde liquidamos a Rodríguez Pomata. —Así que ya sólo quedó, al final, Florencio Ruiz. —Efectivamente. —¿Hasta cuando? —Hasta enero de 1968, seis meses después de irse Pomata. En aquellos días se había iniciado una crisis cuyo alcance desconocíamos. A Florencio le entró miedo porque pensó que la situación se iba a llevar todo lo que teníamos. Le dije que entendía que tuviera ese temor y que si era su deseo que yo le compraba sus acciones. Y aceptó. Fui a ver a Ramón Hermosilla, que era entonces un abogado joven que empezaba, y me dijo que cómo me iba a meter en un nuevo pago millonario si todavía estaba sin concluir el de Pomata. Pero le dije que preparara los papeles porque a mí me interesaba quedarme con todo el negocio puesto que tenía algunos proyectos. Le pagamos a Florencio cuarenta y cinco millones y nadie puede decirme que le quité un real, más bien se lo añadí. Era mi obligación y la prueba es que me llevé siempre bien con los socios fundadores, tres de los cuales ya murieron. Y puedo decir que nunca trabajé


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más a gusto que cuando me quedé solo. Además yo había sido el que hasta entonces había sacado el negocio adelante. Aquella crisis a la que se refiere Riberas pudo haber sido un factor de peso en la decisión de Ruiz de marcharse de la empresa. Sin embargo, Pedro Fernández, que tan bien conoce cada uno de sus pasos, añade un nuevo dato, tal vez decisivo en la salida del último socio de Riberas, y tiene mucho que ver con el afán reinversor de éste, cuya vida se mantenía dentro de unos límites de austeridad, aunque acompasados al crecimiento del negocio. —Mi punto de vista es que a Florencio Ruiz le entró miedo porque Riberas había ido a Burgos para ver unos terrenos en un polígono industrial con la idea de instalar allí una empresa con línea de corte, pionera en España, antigua aspiración suya de empresario con las ideas claras y, además, buen castellano y burgalés. Si Ruiz aceptaba dar aquel paso, sabía que todo el dinero acumulado iría a la nueva factoría y, una vez más, no podría disfrutar de los beneficios. Creo que tuvo suerte en que se fueran sus socios porque eran un lastre para él. En 1963 la empresa amplió el capital social hasta las seiscientas cinco mil pesetas. Un año más tarde, cambió su denominación de Gonvarri Aznar, S.L. para quedarse solamente en Gonvarri, S.L., y se produjo una nueva ampliación hasta los dos millones diez mil pesetas. Estas circunstancias sucesivas expresaban cuál era el desarrollo de la empresa y su prometedora proyección. Esos felices sucesos hicieron especialmente gozoso el gran acontecimiento familiar de aquel año 1964 que fue el nacimiento, el día 1 de junio, del primer hijo varón del matrimonio Riberas-Mera, al que bautizaron con el nombre de su padre, tal vez una premonición más allá de la estricta coincidencia de los nombres. Y hablarle a Paco de sus hijos es mencionarle uno de los grandes objetivos de su vida, porque a su ambición como empresario sumaba la pasión por la familia, contrapunto fundamental para el equilibrio de una vida tan movida como la suya. —¿Qué significó para usted, justo en aquel momento de expansión y buena marcha de la empresa, la llegada de su segundo hijo? —Mis hijos siempre significaron todo para mí. Nos ocupábamos totalmente de ellos, aunque Josefina, muy sacrificada, era la que peleaba


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con ellos, porque yo salía temprano de casa y llegaba tarde. Pero los sábados y los domingos, salvo excepciones, los dedicaba por entero a ellos. Íbamos al Retiro, a la casa de las fieras, de paseo. Y cuando llegaba del trabajo, que era tarde, no venía ni a comer, les daba un beso y si alguno estaba despierto, o lo despertaba yo, me pasaba un rato con él sentado en la cama. Y lo mismo cuando cuatro años más tarde nació Jon. Paco, ya con dos años, me esperaba muchas veces despierto, sacaba el balón y nos poníamos a jugar en el pasillo. La madre se enfadaba con toda la razón. Pero eso ya ocurrió en la casa que compramos en la calle O’Donnell. Efectivamente, el ritmo creciente de Gonvarri permitió a Riberas un mayor desahogo en su vida personal y familiar, mejor salario, el abandono del piso de Usera y la compra de uno nuevo, amplio y céntrico en la calle de O’Donnell. El precio, según recuerda Josefina, “creo que ascendió a unos cuatro millones de pesetas, incluida la hipoteca de más de un millón”. Eran los signos externos de la nueva posición de Riberas, que añade que “fue en ese momento cuando ella se dio verdadera cuenta de que el esfuerzo que yo hacía y sus sacrificios de cada día daban ya algún fruto”. —En aquel momento en que pasaron a Méndez Álvaro, ¿seguía usted como director de la empresa y como trabajador manual todavía, en el movimiento de bobinas, en la ordenación de los materiales y en el corte con las cizallas? —Sí, porque no podía hacer otra cosa. Yo me quedé solo, con deudas, y trabajaba por interés personal puesto que no podía detenerme. Pero también porque tenía que interesar y estimular a los que estaban conmigo hasta las tres de la mañana cargando a mano camiones que estaban bien vendidos. Recuerdo que colocábamos la chapa sobre un cubo de aceite para coches, lo arrastrábamos para luego apalancarlo sobre la caja del vehículo. Y así una vez tras otra. Pero había ilusión y camaradería y me daba cuenta de que si tu das ejemplo y colaboras, la gente responde. Yo me porté bien con ellos, con mi afecto y amistad, y, además, económicamente. Hay todavía gente aquí de aquellos que me ayudaron y que son artífices de todo lo que conseguimos. El trabajo y la lealtad hay que pagarlos, si no eres un tacaño. Y si no fuera así, te abandonarían enseguida.


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—¿Recuerda cuál fue el primer encargo importante que recibieron, además de la venta de chapa a sus clientes, tras su instalación en Méndez Álvaro? —Hacíamos refuerzos para las torres metálicas de la conducción eléctrica, encargo de una empresa de Villalba. Pero fue sólo una temporada; unos buenos meses, aunque aquel encargo nos sirvió de mucho porque nos dimos a conocer a otros. No nos interesaba especializarnos en aquel tipo de trabajos. Así que cobramos lo pactado, ellos quedaron muy contentos y nos salieron otras cosas después. —¿Recuerda su sueldo en esta época? —No recuerdo bien. Pero gastaba muy poco porque trabajaba muchas horas y no tenía tiempo. Su llegada al almacén de Méndez Álvaro, “todo destartalado y que tuvimos que adecentar”, supuso también un salto cualitativo en el ejercicio de sus mejores cualidades como comprador y vendedor “que es, en realidad, lo que siempre fui”; especialmente la audacia y la visión para el riesgo cuando nadie osaba llegar hasta donde llegaba él. Como el día en que, recién instalados en la nueva nave, adquirió un lote de chapa en Bilbao al que muy pocos se hubieran atrevido a calificar como tal. —Sí, sí, compré un lote de cinco mil toneladas por un precio razonable, pero que por su aspecto parecía un verdadero desastre. Sin embargo, yo estaba convencido de que podía venderlo. Efectivamente, poco a poco lo vendí todo porque entonces había mucha necesidad de ello. Y ahí es donde yo tenía ventaja sobre otros, que se arrugaban y yo no. —¿Recuerda cuándo ganó la empresa su primer millón de pesetas? —Creo que debió ser en 1959 o 1960. Era dinero y fue como para poner un letrero. Para mí era importante el dinero, pero tan importante o más era el afán por abrirte el camino que necesitas para vivir y demostrarte a ti mismo que aspirabas a algo más. —¿Y si le hubiera fallado la chapa? —No me habría desalentado. Habría buscado otra cosa, porque yo ya estaba muy curtido y a prueba de desalientos. —¿Demasiado implicado para detenerse por un fracaso? —Sé que me jugaba mucho. Otros estaban estudiando y no tenían ninguna prisa. Yo estaba en una edad en la que tenía que intentar un ca-


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mino. Y llegó cuando encontré a la viuda de Aznar. Pero nos salió bien a fuerza de dedicar trabajo y muchas horas, con formalidad en los pagos que es una cuestión fundamental, porque si no cumples no te dan crédito por segunda vez. Pero el que se porta bien no tiene problemas nunca. Además, las circunstancias eran buenas porque había pocos caminos entonces en España para descubrir y esa circunstancia te favorece. Yo tenía amigos albañiles que trabajaban con sus padres y crearon pequeñas empresas. Me gustaba la construcción, pero no tenía dinero para iniciarme en esa actividad que requiere una inversión previa, aunque fuera mínima. —¿Le pareció más sencillo dedicarse a la chapa que a la construcción? —Sí, porque tenía entendido que hacía falta dinero. Si puedes aguantar mientras vendes, es el mejor negocio. Pero, como te dije, yo no tenía dinero. Aquel año en que nació su primer hijo varón y la empresa trasladó su sede a la nave de Méndez Álvaro, Francisco Riberas acudió con emoción al estadio de Chamartín para presenciar la final de la Eurocopa de selecciones en la que España venció a Rusia por dos a uno, con gol del triunfo del delantero centro Marcelino, uno de los que pasó a la historia del fútbol nacional junto con el de Zarra frente a los ingleses en el mundial de Río de Janeiro. Eran los tiempos en que nuestro país se esforzaba por incorporarse a la riqueza del petróleo y se afanaba por buscar algún indicio que permitiera a la economía encontrar un buen cimiento en el que asentar definitivamente su desarrollo. Por eso, millones de ojos se volvían hacia el campo de la Lora, en Valdeajos, una pequeña localidad de la provincia de Burgos, donde las perforaciones alcanzaban ya los mil quinientos metros. La prensa nacional abría sus primeras páginas con las inciertas noticias de los sondeos cuyos resultados alentadores, tras algunos indicios positivos, se desvanecieron hasta que el tiempo echó sobre ellos un discreto olvido.


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En 1959 qued贸 constituida la sociedad Gonvarri-Aznar ante notario.


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En aquel mes de junio de 1964 se produjo el gran acontecimiento del nacimiento de su primer hijo varón, que aparece en la fotografía en brazos de su abuela el día de su bautizo.


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Josefina iba con los niĂąos a pasar unas vacaciones a la playa.


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Los sábados y domingos dedicaba el tiempo a estar con sus hijos.


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“Mi plan entonces era reinvertir y de ahí no estaba dispuesto a salirme”.


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CAPÍTULO VI

Primeros pasos para el gran salto a la industria transformadora del hierro. —Reinvertir, el gran secreto para crecer, como le había oído a Ramón Areces. —La experiencia y el sentido común como consejeros. —Un televisor para su madre, en torno al que se unía el vecindario. —Piso para su madre y para su hermana. —Las vacaciones, un lujo que no podía permitirse. —La austeridad y el trabajo, como una religión para el equipo. —Un viaje a Salamanca para celebrar el primer millón. —Un conductor para dos camiones. —Un jamón y una nevera en la cabina para no detenerse a comer. —Inventaron unos machetes y unos grapones para manejar la chapa. —Las reuniones de los sábados en El Mesón de la Tortilla. —Cinco televisores para sus colaboradores. —No faltaría trabajo ni buen salario, pero no regalaba nada. —No existía el “no” cuando llegaba el momento. —Algunos se escondían cuando llegaba la hora de seguir la faena. —Un nuevo almacén en la estación de Delicias. —Pensó en Burgos para el gran salto, porque era un buen cruce de caminos y era su tierra.


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LOS INICIOS DE LA DÉCADA DE LOS AÑOS SESENTA fueron esenciales en el desarrollo de la empresa, porque reafirmaron a Riberas en su decisión de convertirse en un empresario sólido y, además, concurrieron algunas circunstancias que le permitieron asentarse en el terreno en el que se proponía abrir caminos hasta entonces no iniciados en España. El traslado de la sede central al almacén de la calle Méndez Álvaro, con todo lo que supuso de consolidación para sus primitivos proyectos, le abrió nuevas perspectivas porque él nunca había estado dispuesto a aceptar que tantos esfuerzos, una vez llegado a aquel punto, quedaran estancados sin más horizonte que el de convertirse en un profesional de la compra y la venta de chapa. Esa era una meta a la que ya habían llegado otros antes y él se les acercaba a grandes zancadas, pero estaba convencido de que a partir de ese comercio, en el que con tan buen pie se iniciara, había otras oportunidades y que tenía que llegar más allá de donde habían llegado los demás. El primer paso de ese desafío inmediato era la industria transformadora del hierro, un reto con gran atractivo que llevaba algún tiempo ocupándole la cabeza y al que nadie en aquella España en desarrollo se había siquiera aproximado. Una de las circunstancias que coincidió con las inquietudes de Riberas fue el encuentro con Luis Gerbolés, que acababa de dejar su empresa y había entrado en contacto con un grupo francés fabricante de maquinaria para la industria transformadora del hierro. Fue un cruce de caminos decisivo para ambos, que se encontraban en un momento especialmente interesante para el impulso de sus proyectos y la consolidación de sus intereses. Eran los días finales de 1963 y Gerbolés acababa de llegar de París con el encargo de poner en marcha una sucursal de la empresa gala en Madrid. Algunos industriales y grupos financieros franceses empezaban a tomar en serio el despertar económico de nuestro país y se aprestaban a tomar posiciones en los mercados nacionales, aunque en realidad hacía algún tiempo que en Francia habían empezado a mover sus intereses con intención de cruzar los Pirineos. Gerbolés revive aquellos momentos como referencia de un tiempo en el que él también comenzó a cimentar definitivamente su futuro. —Riberas estaba ya en Méndez Álvaro e iniciaba una etapa que sería decisiva. Y a mí me ocurría lo mismo. Así que nos reunimos un día y


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empecé a hablarle de todas las maravillas que tenían los franceses, que estaban en perfecta sintonía con tantos proyectos como le bullían en la cabeza y de los que me había hablado apasionadamente. Tenía las cosas tan claras que me sorprendió encontrarme con alguien con una mentalidad tan abierta e inquieta. Era el primero al que yo oí hablar de dar un paso tan importante como era el de convertirse en un industrial transformador del hierro. Tuvo una gran visión y yo llegué en ese justo momento. Aquel primer encuentro sentó las bases de una futura colaboración que habría de ser importante para ambos. Riberas ya no dudaba de que aquel era el camino, pero todavía le pesaba en la sociedad la rémora de sus socios y mientras no quedara con las manos libres, aquella gran idea de avanzar hacia el desarrollo industrial debía permanecer en lista de espera, porque sabía, como me dijo Pedro Fernández, que no le seguían el paso y hubiera sido predicar en desierto hablar de sus proyectos a quienes únicamente estaban pendientes de que se acordara algún reparto de dividendos. Su argumento permanente era la reinversión, porque solamente así es posible crear y avanzar hacia metas a las que, como se proponía, no hubiera llegado nadie. —Mi plan era ese, reinvertir, y de ahí no estaba dispuesto a salirme. Esa fue la máxima que yo le oí muchas veces a Ramón Areces, que repetía incansablemente que si se quiere hacer algo en los negocios es preciso reinvertir los beneficios. Y yo me decía que si él, que había creado tan extraordinaria empresa como El Corte Inglés hablaba así, es que debía ser muy cierto. —¿Conoció usted a alguien a lo largo de su trayectoria empresarial que por no haber seguido esa máxima haya tenido problemas? —A mucha gente, y eso me sirvió a mí de experiencia. Creo que llevé las cosas con mucho aplomo y siempre que tomaba alguna decisión fue porque la había meditado mucho. —¿Buscaba el consejo de alguien cuando tomaba alguna decisión comprometida? —No pedía mucho consejo porque no tenía asesores a quienes acudir. Pero en cambio me fiaba de mi sentido común, que era mi mejor consejero. La experiencia que fui adquiriendo supe utilizarla y el hecho es que he llegado a donde estoy. Así que, a partes iguales, la experiencia y el sen-


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tido común me dieron muchas satisfacciones; y el tiempo me fue convenciendo de que no soy tonto del todo. En realidad durante todos aquellos años, como había ocurrido en los precedentes, la única confidente y consejera era su madre, que seguía ocupando un lugar preferencial en su corazón y en sus afanes. Incluso antes de que las cosas comenzaran a marchar bien, Francisco Riberas se había ocupado de que no le faltaran los electrodomésticos en su modesta vivienda y de instalarle un televisor, “el único que había en el barrio” como recuerda su hermana Carmen, en torno al que se reunían muchas vecinas para seguir los seriales y otros programas populares de la reciente Televisión Española, emitidos desde los modestos estudios del Paseo de La Habana. Y con más razón se ocupaba de su madre en este tiempo en que su economía empezaba a procurarle un notable desahogo. —Es cierto que cuando empecé a ganar dinero, lo primero que hice fue ayudar a mi madre y a mi hermana, porque era lo que más me importaba. Así que mediados los años sesenta, aproximadamente cuando Gonvarri se convirtió en sociedad anónima, compré dos pisos, uno para mi madre y otro para mi hermana, en la zona de la Dehesa de la Villa. Después adquirí otro en la misma planta para que mis padres no tuvieran que subir ni bajar escaleras. Disfrutaba llevándole cosas a mi madre; sentía una intensa emoción a la que ella correspondía llena de orgullo. Pero siempre me decía que me iba a arruinar si seguía regalándole cosas. Después de la muerte de mi madre, mi hermana es como su continuadora. La quiero mucho y me hace mucha falta. Y me siento en el deber, y es mi voluntad, de ayudarla. Fuera del ámbito familiar, Riberas se permitía pocas ocasiones para disfrutar de sus crecientes oportunidades, porque en su proyecto personal el programa de cada día, de cada semana y de cada mes no conocía más alternativa al trabajo que el trabajo mismo y la entrega sin reservas. Hasta el extremo de que las vacaciones constituían un lujo que no podía permitirse, aunque siempre se encargó de que las disfrutaran Josefina y sus hijos. La licencia que se permitía en las calurosas jornadas veraniegas era el encuentro con algunos amigos, porque la tensión y la intensidad del trabajo exigían practicar alguna forma de evasión para recuperar el ánimo.


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—Yo me quedaba aquí mientras mi familia se iba de vacaciones. En algunas ocasiones nos juntábamos un grupo de amigos para ir al cine y luego dábamos una vuelta por la Gran Vía, que era entonces un sitio muy concurrido. Estábamos hasta las dos o las tres de la mañana y nunca tuvimos un solo problema. Después las cosas cambiaron y empezamos a vivir un tiempo más inseguro y ya no se podía andar por algunos sitios. Y cuando los chavales fueron ya un poco mayores, empecé a tomarme siete u ocho días en Semana Santa y me iba con ellos a esquiar. Me gustaba estar a su lado porque siempre tuvimos una excelente relación. Creo que al cabo de veinticinco años sin hacerlo, hubo un momento en que decidí que ya era tiempo de tomarme vacaciones. Y lo hice, primero una semana a Levante o al Sur; más tarde a Palma de Mallorca y ahora, desde hace unos años, paso algo más de un mes en la costa atlántica de Galicia. Pero no me privaba de las vacaciones por necesidad de ahorrar, sobre todo cuando esa fase de mi vida ya estaba superada. Era la necesidad de estar cerca del movimiento de la empresa para no perder nunca el control de una actividad tan compleja y absorbente. Y además, porque trabajar era mi pasión. Pero es que tampoco iba a comer a casa. Comíamos en un bar cercano, hasta que hace diez años pensé que tenía que empezar a cuidar la salud y decidí venir a casa todos los días. En esta larga historia de sacrificios y austeridades, forzados o voluntarios, y de generosidad, Riberas cumplió siempre con la promesa que se había hecho a sí mismo desde niño, de que su madre dispusiera de las comodidades y satisfacciones que no había tenido en otros tiempos, incluidos algunos días de veraneo. En los ya lejanos tiempos de la porcelana, cuando tenía poco tiempo y menos dinero, programó unas vacaciones, una excepción y un sacrificio, de tres o cuatro días en Benidorm, cuando no era más que un pueblo de pescadores, aunque empezaba a ponerse de moda y a atraer a los españoles que, en los primeros pasos del desarrollo, buscaban el sol en aquellas playas. Recuerda Carmen Riberas que fue allí en los primeros años sesenta cuando, en aquel viaje con su hermano y su familia, “vi por primera vez el mar y mi madre volvió a verlo desde los años de la guerra. Fueron unos días inolvidables, de intensa felicidad”.


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UN EQUIPO DE GENTE QUE SIGUIÓ SUS PASOS Y SE ENTREGÓ CON SACRIFICIO Y SIN HORAS

Aquella austeridad y capacidad de sacrificio de Riberas fue como una religión para todos cuantos se incorporaron a la empresa en aquellos días iniciales. No había engaño y desde el primer día vieron al jefe, como todos le llamaban incluso cuando todavía estaban con él algunos de los socios, entregado a la faena sin tregua ni respiro, apenas una hora para comer, y supieron que aquel iba a ser su código de trabajo. Era un ejemplo para todos a los que, según llegaban, avisaba de lo que les esperaba con una frase que les quedó grabada para siempre, porque era toda una declaración de principios: “Trabajo abundante no os va a faltar, pero tampoco un buen salario”. Y cumplió con creces ambas promesas. Quienes fueron llegando a su lado en los años duros no procedían de las aulas universitarias, ni de despachos confortables, ni eran brillantes ejecutivos, ni teóricos de la economía de la empresa; ni siquiera la mayoría había conocido la tranquilidad de un empleo estable. Eran jóvenes de barrios extremos, de familias modestas como él, que habían conocido de cerca el hambre y sus perspectivas estaban poco claras, pero con una disposición y entrega envidiables, todos como cortados a la medida del propio Riberas. Son el cimiento del gran edificio que creció hasta donde ninguno se hubiera atrevido a sospechar y sus nombres figuran, uno a uno, en su memoria porque, siempre cerca de él, forman parte muy importante de su vida. Algunos están todavía en la brecha y otros hacen memoria de aquellos tiempos en que, pioneros de tantos proyectos, dejaron su juventud entre la chapa de acero y las cuatro paredes de un almacén. Riberas, como al César lo que es del César, ensalza su inestimable colaboración e insiste en que sin ellos “no hubiera podido hacer cuanto hice, porque para que las ideas avancen es preciso un equipo convencido de que es posible llevarlas adelante sin escatimar esfuerzos para conseguirlo”. Hablé con casi todos, porque varios fallecieron o ya hace tiempo que están alejados de la empresa. Algunos, todavía en activo, ocupan sus propios despachos de las oficinas centrales de Embajadores. Otros regresaron desde su jubilación para hablarme de su peripecia personal, cuya suma componen muchas de las páginas fundamentales escritas en los años


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en que, apenas sin medios técnicos y con la aportación decisiva de sus brazos, contribuyeron a crear una empresa. Y a través de su biografía es posible recomponer la historia de un tiempo en el que tuvo tanto valor el esfuerzo personal como la ilusión y el entusiasmo con que se entregaban a la faena. Y es posible también, al menos en una parte notable, a través de ellos acercarse a la biografía de Francisco Riberas, el hombre que los condujo, con mano férrea y el corazón abierto, hasta considerar el éxito como cosa propia de cada uno de ellos. Pedro Fernández llegó en 1958 —su salida tres decenios después fue traumática— con trece años y pantalón corto para arrastrar el estaño por las calles hasta los talleres de los fontaneros, y con el tiempo llegó a jefe de ventas y más tarde a gerente de su propia empresa; Mari Carmen Gómez era una modistilla de dieciséis años, hija de un caballero mutilado de la Legión y de la portera de la calle de las Fuentes, número 12, “fregué escaleras con mi madre”, y desde hace algunos años ocupa la dirección financiera y suma cuarenta y cuatro en la empresa; a Julio Hernández lo contrató en 1960 directamente para que se hiciera cargo de aquel indomable Ford, que se ayudaba de un tablón para frenar y era un peligro público por las calles de Madrid; José de la Encarnación llegó también en 1960, a la vez que su compañero y amigo Julio Hernández con el que hacía portes para la empresa, hasta que el jefe les propuso a ambos incorporarse a la nómina para una tarea sin horas; Luis Palanco, responsable de ventas de la empresa de porcelanas Giral, con sueldo escaso, quien en 1965 comenzó a trabajar algunas horas por las tardes para ayudar al jefe de contabilidad y ahorrar para la boda, hasta que un día también Riberas le ofreció la plena dedicación, decidió cortar chapa en el almacén y, con el tiempo, accedió a la dirección del control de calidad; Francisco Camacho, desde 1966 hasta 1988 en Gonvarri, a donde llegó desde una fábrica de aisladores en la que había quedado fuera por regulación de empleo a los veintidós años, y llegó a jefe de compras hasta su marcha, también traumática como la de Pedro Fernández; Mariano Díaz, subdirector comercial en la actualidad, que se incorporó con quince años, en 1966, “para todo cuanto hiciera falta en la oficina, desde facturas hasta llevar remesas a los bancos”; Mario Ruiz, compañero de colegio y amigo de Usera, que había ejercido de albañil y de taxista y, finalmente, se hizo


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con una flota de camiones que, a partir de 1967, uno a uno, le fue comprando Riberas, “sin él no hubiera sido nada”, al servicio de la empresa; Virgilio Sierra, el hombre que desde 1967 se encargó, seleccionado entre nueve aspirantes, de la veterana y primera grúa de la empresa, una máquina que nunca había manejado, ni siquiera tenido cerca, pero a la que acabó domando como un gladiador audaz y obstinado; y Joaquín Díaz, comercial en Laminados Velasco, hoy director comercial de Gonvarri, al que Riberas hizo una oferta en 1969 a la que no pudo decir que no. A estos se unieron otros muchos que ocuparon cientos de puestos de trabajo en las nuevas industrias creadas, casi sin interrupción, en España y en otros países, por aquel muchacho que en 1945 había acudido a su primera jornada laboral subido en el tope de un tranvía. Entre los que ya no están desde hace muchos años con Riberas figura un personaje de sangre real, de cuya biografía se ocuparon los medios de comunicación durante varios meses en este año 2003. Entonces se llamaba Leandro Ruiz Moragas, hijo bastardo de Alfonso XIII, a quien legalmente le fue concedido el apellido Borbón. Es licenciado en Derecho y técnico de relaciones públicas y fue durante nueve años “vendedor de calle”, como él mismo me dijo, desde 1965 en que llegó a Gonvarri, cuando todavía estaban en la empresa Florencio Ruiz y González del Castillo. Y no solamente “fui un buen vendedor a comisión sino que Riberas me consideraba un amigo de confianza, al que acompañé en numerosas ocasiones a reuniones empresariales y a subastas de arte en Durán y Ansorena”. Y era él quien pujaba por aquellas obras en las que su jefe estaba más interesado; “y compré para él dos de los relojes antiguos que tiene en su casa, que son verdaderas joyas, únicos en el mundo”. Me habló de la capacidad de Riberas para elegir a su gente, de su excepcional agudeza para ver los negocios, de su frialdad como negociador y de “buena pasta humana”; y me dijo que “llegó a ser tan grande en el sector que tengo entendido que pagó en varias ocasiones la nómina de Ensidesa; e incluso cargó en alguna ocasión con empresas de esta siderúrgica, por hacerle un favor, que resultaron un mal negocio. Además, era su mejor cliente y, parece lógico, después de todo eso, que la empresa nacional de Avilés lo tratara bien. Pero hay que reconocer que siempre fue muy elegante con Ensidesa”. Admira y elogia la gran discreción de Riberas y afir-


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ma que “es el gran empresario en la sombra, y figura, posiblemente, entre los grandes capitalistas de España, lo que ocurre es que puede ser discreto porque no está en la Bolsa”. Todos aquellos estrechos colaboradores integrados en su equipo desde los primeros días, así como Leandro de Borbón y otros muchos, coinciden en destacar en Francisco Riberas la seriedad, “su palabra equivale a una firma ante notario”, su capacidad de trabajo, la gran habilidad con que negocia, tanto si vende como si compra; autoexigencia personal, el buen ojo para seleccionar a su gente y situar a cada cual donde mejor puede rendir; la generosidad con quienes le rodean, desde su familia hasta sus empleados, la austeridad con la que vive, incluso en los tiempos en que logró su estatus actual y su gran humanidad y la capacidad para conmoverse ante cualquier desgracia que ocurra en su entorno e, incluso, mucho más allá de su casa, de su empresa y de las fronteras de nuestro país.

UN VIAJE PARA CELEBRAR EL PRIMER MILLÓN Y LA NECESIDAD DE RETIRAR DE LA CALLE AL VIEJO FORD José de la Encarnación llegó a punto para tomarle por primera vez el pulso a aquel viejo Ford, “que había que arrancar con manivela y cuyo precio había ascendido a setenta y cinco mil pesetas, tras haber pasado por muchas manos desde los años treinta hasta llegar a nosotros. Y por si fuera poco, su capacidad era de cuatro o cinco toneladas y le cargábamos ocho o más”. Él y Julio Hernández cubrían con su veterano Chevrolet los viajes que la moto-carro, conducida por Emilio Aparicio, no podía realizar por su limitadísima capacidad para las crecientes necesidades. Riberas le pidió que se quedara con ellos un par de semanas, hasta que Emilio se hiciera con el control del camión, y que le pagaría lo que pudiera ganar con el suyo en ese tiempo. Pero Aparicio no se decidió a montar en aquel camión con frenos de varilla, al que desde el primer momento había que ayudar echando bajo sus ruedas un taco y hasta un tablón atravesado cuando se resistía. Ante la perspectiva de que el transporte recién adquirido quedara parado en la nave de Salaverri, Riberas ofreció a De la Encarnación la oportunidad de entrar a trabajar en la em-


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presa, cuando todavía era Gonvarri-Aznar, en los inicios de los años sesenta. Pero a la vez que lo invitaba a incorporarse al grupo le advirtió del salario y de las obligaciones. —Me dijo lo que me iba a pagar y que el horario laboral sería muy flexible; que unas veces iría a comer a casa y otras no, como todos. Y me quedé. Pero nunca fui a comer a casa. Estábamos entonces en la empresa Mari Carmen, Pedro, Emilio, Julián, que estaba con la cizalla pero se fue enseguida, y yo, además de González del Castillo, Florencio Ruiz y Riberas. Era todo el personal de la empresa en 1960. Todos ayudábamos a cargar y descargar los camiones porque no había más manos. Y un día se rompió una trócola y cayó con gran estruendo al suelo una bobina de cinco toneladas, que pasó rozando a Riberas. Nos quedamos paralizados porque estuvo a punto de matarlo. Pero llegó un momento en que el viejo camión que conducía José, con el joven Candelas como ayudante, incluido el taco como freno auxiliar, pasaba más tiempo en el taller que en la calle. En una ocasión, ya en plena agonía, el viejo cacharro se quedó sin aliento en el puente entre Legazpi y Usera y lo dejó clavado al volante, impotente para hacerlo arrancar. Se sentó desesperado en la acera y al cabo de algún tiempo pasó por allí Ángel González del Castillo. —¿Qué haces ahí parado, hombre? —No me hable, que estoy hasta las narices del camión que no arranca, porque cada vez que lo intento con la manivela, cuando llego a la cabina ya está parado. Así que me voy para casa. —¿Cómo te vas a ir si te están esperando en el almacén? —Pues búsqueme alguien que me ayude. Efectivamente, el socio de Riberas se fue a buscar a un hombre a Legazpi al que le entregó cien pesetas, después dio a la manivela, el camión arrancó y José pudo seguir con el reparto. Sin embargo, llegó un momento en que los problemas que resolvía empezaron a ser menos que los que provocaba y Riberas planteó la necesidad de comprar uno nuevo, porque no podía atascarse el movimiento de los pedidos. Así que la empresa adquirió un Ebro nuevo, que tampoco resolvió el problema porque la creciente actividad reclamaba la incorporación de nuevos vehículos. Un segundo transporte de ocho toneladas se sumó al anterior con lo que,


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por el momento, pareció quedar resuelta una cuestión fundamental para la rotación de los pedidos. —Riberas dijo que compraría un nuevo camión pero lo que no hizo fue contratar un conductor más. Y tuve que trabajar yo con los dos. Yo llevaba uno a Manufacturas Metálicas, o a donde fuera, y mientras lo cargaba, iba en un taxi para llevar el otro cargado a otra empresa. Y llegó un momento en que no tenía tiempo ni para comer. Le dije que no podía seguir así, porque llevaba muchas horas sin llevarme algo a la boca y estaba desfallecido. Me respondió que me comprara un jamón y que lo llevara conmigo, y una nevera para la bebida. Pero la empresa crecía y la rapidez que exigían los repartos no me dejaba margen para moverme de un camión a otro. Fue cuando Riberas decidió la contratación de otro conductor. Y propuse a Julio Hernández, que había seguido haciendo portes con nuestro Chevrolet, y aceptó. Después ya compramos un Barreiros, un Pegaso y un “tres ejes” de un cliente que no pagaba y nos quedamos con él. Finalmente se incorporó un “trailer” y la flota fue creciendo hasta siete vehículos, además de otros externos. La incorporación de cada uno de ellos era el signo evidente del crecimiento de la empresa. Aquello era imparable. El trabajo en el almacén era penoso, porque los paquetes de la chapa defectuosa que llegaba venían pegados por puntos y a la dificultad de la tarea se sumaba la pérdida de tiempo que, necesariamente, repercutía en la salida del material, “que vendíamos, entre otros, a Kelvinator para envolventes de los motores de sus electrodomésticos”. Y se les ocurrió que podían ayudarse para la tarea con unas hojas de hierro alargadas, en forma de machete, que facilitarían el despegado. —Los encargó Riberas a un taller, y a partir de entonces su uso resultó muy eficaz, hasta el extremo de que los copiaron en otros almacenes. Y ocurrió lo mismo con los “grapones” que también inventamos allí para coger la chapa. Pero aquellas horas interminables y agotadoras de trabajo tenían algunas compensaciones, como cuando algunos sábados nos reuníamos a comer en el Mesón de la Tortilla, en la Cava Baja. Eran los momentos que aprovechábamos para hablar. Riberas se transformaba fuera del trabajo. Era serio, pero amable, cordial y, aunque no de muchas palabras, se sinceraba algunas veces con nosotros. Me dijo en alguna oca-


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sión que tenía ganas de un Mercedes, pero se compró un Taunus de segunda mano con la matrícula de Sevilla. Me dijo que fuera a probarlo y me dio cinco mil pesetas, que entonces era mucho. Después, cada vez que compraba un coche nos daba dinero y nos invitaba a comer en O Pazo. Ocurrió cuando el Triumph, el Jaguar y el Dodge Dart, que me dejó un día para que llevara a mi familia de excursión. Ya me había prestado el 4-4 cuando él vivía en Usera. Era muy trabajador, buen jefe y compañero, y muy generoso. Además, nunca se echaba atrás a la hora de arrimar el hombro. Los otros socios eran muy distintos y todos estábamos convencidos de que llegaría un día en que se quedaría solo, como ocurrió. Yo los vi marchar a todos. José de la Encarnación, como el puñado de los pioneros de Gonvarri que rodeaban a Riberas, recibió con alegría desbordante la noticia de que la empresa había ganado el primer millón. Eran los primeros sesenta y fue un acontecimiento muy celebrado por todos cuando Florencio Ruiz les dijo, sin poder contenerse: “Ya somos millonarios porque tenemos un millón”. Era un hito que merecía un festejo especial y decidieron viajar un fin de semana a Piedrahita, el pueblo salmantino de Emilio Aparicio, el hombre de la moto-carro. La primera jornada se detuvieron en Salamanca, donde pasaron la tarde y la noche. A alguien entre ellos se le ocurrió decir en uno de los bares que tanta euforia se debía a que les había tocado un millón en las quinielas, “suerte” que celebraron con el resto de los parroquianos, hasta que llegó Riberas que, “como era tan serio”, les obligó a ir para la cama “porque ya es muy tarde”. El día siguiente lo pasaron en Piedrahita, visitaron a la familia de Emilio, jugaron al frontón y apuraron la celebración hasta el momento de regresar a Madrid. Pero, al contrario que a la ida, el viaje de vuelta no fue tan placentero, porque el 4-4 de Riberas sufrió un percance que convirtió la expedición en un verdadero calvario, como recuerda José, mientras se le escapa una carcajada. —Yo me ocupé de mirar el aceite de los coches alquilados, pero el de Riberas no. Creí que él estaría al tanto. Primero nos quedamos sin batería a la entrada de un pueblo. Vimos un grupo de gente y me acerqué para preguntar si podíamos encontrar una en algún taller. Pero al llegar advertí que el vecindario rodeaba un féretro. Era un entierro. Al final pudi-


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mos hacernos con una y emprendimos la vuelta. Pero en plena subida de un puerto Riberas se detuvo y me dijo que había visto una cosa roja saltar por un lateral. Una biela. Se enfadó mucho porque yo no había comprobado los niveles de su automóvil. Tuvimos que dejarlo allí mismo. Los demás habían seguido. Nos trajo un camión y yo tuve que volver con el Ford para transportarlo hasta Madrid. Todo esto ocurrió en la etapa previa al traslado a Méndez Álvaro. Eran unos tiempos intensos, de mucho trabajo y gran camaradería, cuando jugábamos al fútbol los domingos en la Casa de Campo y nos enviaban la cesta de Navidad en un cubo de zinc, más tarde de plástico, con un pollo, turrones, y bebidas. Un día fue a General Electric, compró cinco televisores en blanco y negro y, sin más, nos los regaló. Fue un buen regalo, porque en aquellos años todavía no había muchos aparatos en los barrios. Para Julio Hernández, cuñado de José de la Encarnación, aquellos fueron años de trabajo sin tregua pero llenos de esperanzas. Y recuerda que desde que entró en la empresa fue siempre Riberas quien le asignó el salario y “nunca más tuve que ocuparme, porque él se encargaba de subirlo siempre, a mí y a los demás”. —¿Pensó usted cuando empezó en la empresa, que también daba sus primeros pasos, que iba a ser la solución para su futuro? —Sí, estaba convencido. Sobre todo porque tanto cambio de almacén, cada vez a más, era muy buena señal. Además confiábamos ciegamente en Riberas.

EN LA ENCRUCIJADA, CON LA NECESIDAD DE DAR UN PASO ADELANTE O PLANTARSE

A la confianza que inspiraba Riberas se sumaron todos cuantos, por muy distintos caminos, se incorporaron a la empresa. Fue el caso de Luis Palanco, actual director de calidad, al que invitó a quedarse después de algún tiempo haciendo horas extras por las tardes para ayudar al contable, Alberto Manrique, un argentino ya mayor que llevaba algún tiempo en la casa. Llegó recomendado por Ramón Hermosilla, joven abogado que llevaba el papeleo legal de Gonvarri y era, a la vez, su jefe en la empresa Gi-


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ral de porcelanas. Palanco era el encargado de compras en una plantilla de quinientas personas, cargo relevante y paga escasa. Así que dedicaba las tardes a la contabilidad al lado del argentino en la oficina que compartía con otras cinco o seis personas, en el almacén de la calle Méndez Álvaro. —Me sentaron en una esquina y me dieron un libro enorme al que llamaban “mayor”. Manrique me había dicho que tenía que cuadrar las cosas al céntimo y llegó un día en que no había forma, porque me faltaba una peseta. Cansado de darle vueltas a los números me acerqué a él y le dije “ahí tienes la peseta”, y se la eché sobre la mesa, “pero no me lo pidas más porque me voy a volver loco”. Al final apareció la maldita peseta y respiré. La verdad es que nunca había hecho de contable, pero necesitaba aquel dinero. Algún tiempo después descubrí un notable exceso en la factura que envió un instalador eléctrico que nos había hecho un trabajo y se lo dije a Riberas. Me encargó que resolviera el asunto y así ahorramos un buen dinero. Al cabo de unos días me dijo que si quería quedarme. Y acepté, porque yo vi algo en él que me impresionó, que respiraba seguridad. Recuerdo que me dijo: “Trabajo vas a tener todo el del mundo y no vas a tener problemas económicos, pero te voy a exigir al máximo porque yo no quito nada pero tampoco regalo nada”. Y cómo me impactaría el personaje, que dejé el trabajo en mi empresa en la que era jefe de compras, con otra forma de vivir y de trabajar, con una ocupación muy cómoda, muy burguesa. El primer día de Luis Palanco como empleado fijo de la empresa permaneció en la oficina hasta las diez de la noche, persiguiendo las cifras de las facturas con la obsesión de que no se le escapara ni un solo céntimo en el libro mayor. Al finalizar, bajó las escaleras despacio y con todas las precauciones porque si “el chapa”, aquel perro peligroso que vigilaba la nave, andaba suelto corría el riesgo de no salir de allí en las mejores condiciones, porque para el chucho él era un desconocido. Pero cuando se disponía a alcanzar la puerta sin haber sufrido percance alguno, oyó un ruido al fondo del almacén y se acercó para ver qué ocurría, aun con el riesgo de que el perro se le echara encima. —Pero a quienes me encontré fue a Francisco Riberas, a Pedro Fernández y a Mari Carmen que cargaban a mano un camión de Made, una empresa que se dedicaba a la construcción de torres eléctricas, para la que


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hacíamos algunas piezas. Y cuando vi la escena, lo que hice fue quitarme la chaqueta y ponerme, también, manos a la faena. Lejos de producirme rechazo, a mí aquello me impactó y me produjo una satisfacción enorme, y no me planteé dónde me había metido sino que vi aquello tan natural que me sumé a la operación. Tuve la gran sensación de que allí había ambición y ganas de salir adelante. Esa fue mi experiencia en la primera jornada de trabajo como fijo en la empresa. En aquel momento supe que llegaríamos lejos. Después hubo muchas más noches parecidas. Así pues, no fue aquella una experiencia coyuntural, porque al joven Palanco le gustó el trabajo del taller y logró que lo acoplaran en la sección comercial, lejos del libro mayor. Desde entonces su campo de operaciones fue el patio de la nave, cubierto por unas chapas, en el que había dos cizallas muy viejas y unas tijeras para el corte del hierro, accionadas a mano. El horario era irregular, con entrada a las ocho de la mañana y salida a cualquier hora a partir de las ocho de la noche, que podían ser las dos, las tres o la noche completa como ocurrió en más de una ocasión. —¿De qué argumentos se servía Riberas para motivarles a ustedes, porque es fácil hacerlo un día y dos, pero habitualmente resulta ya más complicado, no? —Tenía un don especial para tratar a la gente, a la que creo que conocía al primer golpe de vista, incluso para situar a cada uno en el puesto que más podía rendir. Si era su santo, nos daba una paga; si compraba un coche, también. Daba pagas por las buenas, en Semana Santa o con cualquier motivo que le parecía a él una buena ocasión. Pero además, y sobre todo, era que él estaba allí, compartiendo el trabajo, el frío, el agua y la nieve, siempre próximo y dispuesto a ayudarnos y a nuestras familias cuando hiciera falta. Supo crear un equipo tanto en la oficina como en el taller y almacén sin distinciones, todos éramos uno, como una piña. Y cuando decía a la gente que aquella noche había que trabajar, todos dábamos un paso al frente porque el “no” no existía. Era un espíritu especial que nacía del conocimiento que tenía de todos y sabía sacarle el máximo a cada uno. Y no desde la altura, sino allí mismo, a nuestro lado como uno más. El crecimiento de la empresa exigía la ampliación del espacio para el almacenaje y manipulación de la chapa que llegaba y salía ininterrumpidamente. Esa necesidad exigió la diversificación de los medios de trans-


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porte con la incorporación del ferrocarril para el movimiento de la chapa. Fue la razón por la que Riberas se decidió a construir un almacén en la estación de Delicias para dar cabida a las grandes partidas que compraba. Así que, después de concluir la jornada en Méndez Álvaro, el equipo se trasladaba a Delicias para descargar un tren “que tenía que salir al día siguiente porque de lo contrario pagábamos penalizaciones. Y acabábamos a las seis de la mañana y en vez de ir para casa, volvíamos para continuar la jornada en Méndez Álvaro. Ese espíritu no existe ahora y por eso esta empresa se hizo grande”. Las noches fueron cómplices en el crecimiento de Gonvarri, cuando aquel equipo de hombres, totalmente entregado, le arrancaba muchas horas al descanso y a la diversión para lograr cada día que el listón del reto común estuviera más alto. Era el tiempo en que a Riberas ya solamente le quedaba como socio Florencio Ruiz, en vísperas del gran y definitivo salto de la empresa. Pero “Ruiz no era así”, dice Palanco, “porque le gustaba vivir, estaba en su derecho, y pensó que si seguía lo perdería todo. Fue cuando decidió irse y Riberas le dio un montón de millones”. Pero aquellos millones no sólo situaron a Riberas como propietario único de la empresa sino que dejaron su economía debilitada, aunque había calculado bien los riesgos; y frente a las dificultades él presentaba el logro de sus metas con armas tan eficaces como el talento, la voluntad y el trabajo. Sin embargo, necesitaba saber que podía contar con el equipo. —Después de la marcha de Ruiz nos reunió un día a Mari Carmen Gómez, a Pedro Fernández, a Alberto Manrique y a mí, y nos dijo: “No tenemos un duro; dependo de vosotros. O seguís o dejamos las cosas como están”. Fue un momento de gran emoción, en el que todo, efectivamente, estaba a merced de nuestra disposición y me pareció una apelación dramática. Y los cuatro, a los que él consideró que debía consultar, contestamos que lo que él decidiera sería lo mejor, que por nosotros no había problemas. Y como si estuviéramos en el Ejército, dimos el paso adelante. Y a partir de ese momento empezó la fase más ilusionante de aquella hermosa y dura aventura en la que nos habíamos embarcado. En aquel tiempo hacíamos una venta de unas mil toneladas al mes y nos decía que si llegábamos a las mil quinientas tendríamos una prima especial. Nos motivaba y sabía cómo hacerlo.


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En plenitud de aquella actividad frenética, Gonvarri no se cerraba en toda la jornada, porque el grupo, salvo uno que quedaba de retén, se reunía a comer en el bar de “Celes”, una taberna próxima en la que, más allá del mostrador, había un cuarto de dimensiones reducidas, con una mesa rodeada de sillas que ocupaban prácticamente la estancia. Tan estrecho era el recinto, que en pleno almuerzo de media hora a salto de mata, podía aparecer el propietario, apartaba un lateral del mantel, “voy a tener que molestaros un momento”, ponía el pie sobre la mesa para estirarse y tomar algo de una estantería alta. Luego se iba ofreciendo toda clase de excusas. Aquella era la parte buena de la operación. La mala era que podía repetirse durante la comida dos o tres veces, en medio de las disculpas del tabernero y del cordial griterío de protesta de los comensales. Pero no era la única alteración que podía sufrir tan atípica comida, porque con frecuencia aparecía el vigía para comunicar que había llegado uno de los camiones, que era como un toque a rebato. —Dejábamos la comida en el momento en que estuviéramos y con el bocado a medias, descargábamos el camión. Concluida la faena, regresábamos para terminar los restos que habían quedado en los platos. Riberas no nos pedía nada. Salía de nosotros, porque sabíamos que los camiones no debían detenerse; tenían que estar siempre en movimiento. Nuestra organización era esa y ese espíritu compartido empujó hacia delante a la empresa. Algunos días cuando llegábamos por la mañana nos encontrábamos con una fila de treinta o cuarenta camiones para descargar. La cola daba la vuelta hasta Atocha. Y además, teníamos que cargar los que debían servir a los clientes. —¿Cómo hacían todo eso? —Sencillo: daban las dos de la mañana y nosotros estábamos allí descargando camiones. Pero eso no era todo, porque cuando llegaba uno, parábamos la circulación mientras hacía maniobra para entrar en la calle. La gente nos llamaba de todo y hasta con algunos automovilistas nos jugábamos el pellejo porque se ponían agresivos. A Luis Palanco le desconcertaba la memoria de Riberas y fue siempre uno de los argumentos de su gran admiración por él. —Nunca se podía porfiar con él sobre algún material o recorte de chapa que quedaba alrededor de la cizalla. Si le decía que tal o cual recorte ya


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no estaba allí, dejaba de comer, iba al almacén y te decía: “Oye, ¿cómo me dices que no, si todavía está donde te dije”. Y se lo afirmabas casi ofendido, convencido de que tenías toda la razón. Tiene una prodigiosa memoria fotográfica, porque a lo mejor aquellos recortes o material al que se refería llevaba dos meses en el mismo sitio. Además, en aquel tiempo él sabía todos los formatos y medidas de la chapa que llevaba cada cliente, a los que conocía por su nombre. Y te decía qué recorte servía para uno y cuál para otro. Me parecía imposible que pudiera acordarse de todo. —Así pues, aquel equipo tuvo mucho que ver en el despegue definitivo de Gonvarri. —Sin duda alguna. Y él así lo reconoce. Por eso siempre tuvo en gran consideración a cada uno de nosotros. Siempre dice que sin su equipo nunca habría conseguido nada. Él ha sido un hombre difícil; y entonces que era joven, mucho más. Pero sabía equilibrar para no romper la cuerda. Eran los tiempos de los grandes boxeadores españoles, Folledo, Galiana, Young Martín, etc., y cuando disputaban algún campeonato, de Europa o del mundo, dejábamos la faena, pedía unos bocadillos y veíamos el combate en la televisión o lo oíamos por la radio. Y cuando concluía, regresábamos al tajo para recuperar el tiempo. Y cuando el Real Madrid jugaba la Copa de Europa, nos invitaba al estadio y casi siempre llegábamos por los pelos. Él se encargaba de los bocadillos y de la bota de vino. Y luego, nuevamente al almacén para continuar la faena. —Usted ha vivido muy cerca durante muchos años y por eso debe conocerlo muy bien. ¿Qué rasgo de Riberas destacaría de manera especial? —El olfato para el negocio. Es un comerciante de gran talento. Decidía cuándo había que comprar masivamente porque sabía que la chapa iba a subir a los seis meses o a los dos años, y siempre hacía buen negocio. Recuerdo cuando iba a Ensidesa dispuesto a comprar todo lo que había en el almacén. La verdad es que lo esperaban con los brazos abiertos. Pagó algunas nóminas de la empresa siderúrgica asturiana, que no tenía un duro. A lo mejor traía veinte mil toneladas y yo pensaba ¡vaya la que nos caía encima! Y había que clasificarlo y prepararlo. Pero nada quedaba en el almacén porque se vendía todo. Nunca se echó para atrás porque conocía bien el negocio. Por eso es tan grande. —¿Llegó a despedir a alguien porque no diera la talla?


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—Los que llegaban a la empresa no se querían marchar. Pero es que, además, él no se equivocaba. Solamente recuerdo a dos personas, uno del almacén, que era muy polémico y nos planteaba muchos problemas, y otro que se enfadaba cuando llevaba cinco horas de jornada y armaba unos follones tremendos. Pero fueron las excepciones. Otra cosa distinta fueron los que se marcharon voluntariamente, como fue el caso de Pedro y Camacho. —¿Y qué piensa usted de Riberas?, aunque, por todo lo que ha dicho me parece que no será nada malo. —Creo que formo parte de las ventanas, de las puertas, de las paredes y de los ladrillos de Gonvarri, porque yo entregué toda mi vida a la empresa. Y ella me considera así también, porque siempre recibí de ella un trato especial. Pero sin él nada hubiera sido posible, sin su ejemplo, aliento, proximidad y entrega. Le admiro por lo que ha hecho, por haber sabido hacer un equipo y por el trato que siempre dio a la gente. Y nadie nunca tuvo que pedirle aumento de salario porque él siempre iba por delante.

LOS ENFRENTAMIENTOS CON LOS VECINOS Y LA COMPETENCIA QUE NUNCA DEVOLVÍA LAS LETRAS

Riberas supo ganarse a la gente, con afecto, con su ejemplo, con humanidad y con incentivos materiales porque, en su sentido innato del equilibrio, sabía que esa mezcla de estímulos llega directamente al corazón y al bolsillo, argumentos primarios ante los que un ser humano normal suele reaccionar sin reservas. Lo corrobora, como el resto de aquel embrión de empresa, Mariano Díaz, aquel muchacho de quince años que llegó a Méndez Álvaro para hacer lo que le mandaran. Hoy, desde su cargo de subdirector comercial, ya con cincuenta y dos años, reconoce que llegar a la empresa fue lo mejor que le pudo ocurrir en la vida y que fueron tantas horas a su servicio, “llegábamos a las ocho sin hora segura de salida”, que está convencido de que “estuve con Riberas más tiempo que con mi padre”. Y reconoce que le debe todo cuanto sabe y que su progresión personal, estimulada por él, corre paralela a la de Gonvarri, que fue no tanto un milagro como el resultado del esfuerzo convergente de muchas voluntades y muchos brazos; como aquellos remeros de la Eneida que, al borde


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de la extenuación, avanzaban hacia el triunfo apurando el último aliento con fe porque estaban convencidos de que podían conseguirlo. —¿Cómo era su relación con Riberas en aquellos años? —Buena, siempre fue buena. Él tenía el despacho próximo al nuestro pero pasaba casi todo el tiempo con nosotros, resolviendo problemas y planteando iniciativas, en una relación diaria. Era serio y exigente en el trabajo pero muy afable. Sabíamos cuando entrábamos pero no cuando salíamos. Y no fue una sola ocasión en la que prolongamos la jornada hasta las treinta y seis horas. Había que hacerlo. En alguna ocasión algunos nos escondíamos para que no nos vieran. Recuerdo haberme metido bajo una mesa para que no me llamaran para trabajar. Cosas de chavales. Ahora sería impensable hacer eso. —¿Recuerda su primer sueldo? —Yo empecé un quince de septiembre y al finalizar el mes me dieron tres mil quinientas pesetas. No sabía qué hacer con tanto dinero y salí para casa corriendo para entregárselo a mi madre. Desde entonces me lo fueron subiendo sin que tuviera yo que decir nada. Para mí la empresa fue una fuente inagotable de experiencia y, además como respuesta suya a la entrega, él siempre promocionó a los de casa. Reconozco que esa fue mi verdadera universidad. —¿Le llamó alguna vez la atención de forma desabrida, eso que suele decirse una bronca, por otra parte nada extraño en una empresa donde se producían tantas horas de convivencia? —Su estilo fue siempre el de razonar con la gente, hacerte ver las cosas para llevarte al ánimo el porqué de las cosas. Nunca dijo a nadie “esto se hace así porque yo lo digo”, sino que te demostraba el porqué. Destacaba su humanidad, además de otras cualidades; pero, sobre todas, su gran humanidad. Aquellas jornadas nocturnas en las naves de carga y descarga de camiones y de explosiva corta de la chapa con las cizallas, provocaban ruidos que alteraban el descanso del vecindario que, a través del patio, padecía noche tras noche aquel tormento como una penitencia irritante. Algunos de los insomnes forzosos llegaron a amenazar con denuncias, “y algo más”, si no detenían aquel escándalo nocturno; “pero nosotros seguíamos porque había que hacerlo”. Al final, acabaron haciéndose amigos y tomando algunas


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cervezas con los más levantiscos. Se habían acostumbrado a los ruidos que llegaron a formar parte del ambiente, incluso de sus vidas. —¿Recuerda si de aquellas remesas que llevaba a los bancos devolvían alguna letra? —Es curioso, pero entonces apenas se devolvían . No es como ahora que es raro que las paguen. Y si alguien devolvía alguna letra, que era excepcional, me la daban y yo iba a la empresa que fuera a cobrarla en mano y, generalmente, la pagaban. Pero un día ocurrió que una empresa de la calle O’Donnell devolvió una. Regresé a la oficina y el jefe me encomendó que les dijera que “vas de parte de Riberas”. Me presenté y la secretaria me dijo que de dónde venía y respondí tal como estaba previsto. El dueño salió a ver quién era el cobrador y, muy enfadado, me echó mientras decía que cómo iba a pagarle a un niño. Luego llamó Riberas y todo quedó arreglado. —¿Había mucha competencia entre las empresas entonces? —No mucha. Había almacenes, algunos de los cuales continúan. Pero la competencia de aquel tiempo era más “competente” y con unas ciertas normas. Ahora es la selva. Pero nosotros procuramos mantener un estilo de hacer negocio. Nos levantábamos cada día para hacer negocio, eso estaba claro, pero sin tirar precios ni practicar juego sucio. La seriedad de la empresa es lo que este hombre inculcó siempre a todos y es lo que nos ha dado reputación en el mercado. Ese fue el camino por el que Gonvarri se convirtió en líder en España, con diferencia, y Riberas en un hombre muy respetado y con gran prestigio en el sector. —¿Cree que después de cerca de medio siglo al frente de la empresa, ya con setenta y un años, sigue mandando? —Está al cabo de todo lo que pasa en el mercado, tanto en las compras como en las ventas. Y ve diariamente los pedidos, entradas y salidas de las nueve o diez plantas que tenemos por todo el mundo, aunque ya no viene por las tardes porque puede descansar en sus hijos. Mariano Díaz participó no sólo en las interminables y agotadoras horas de trabajo, de las noches de insomnio y de los éxitos día a día, sino en las jornadas de ocio y esparcimiento compartidas, especialmente en los partidos de fútbol que tanto le gustaba disputar a Riberas desde los tiempos de la piscina Marbella y del bar Santander.


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—El jefe se mostraba en aquellos encuentros tal como era, peleón, duro, porfiado y correoso, sin dar nunca ni un balón ni un partido por perdidos. Jugaba en el centro del campo y lo hacía bastante bien. Disputábamos partidos contra otras empresas en el campo del Gas y otros terrenos. Y, como era bien conocido entre todos, no le gustaba perder ni al fútbol, ni al mus, que es su juego de mesa favorito. Fueron unos tiempos irrepetibles.

APRENDER SIEMPRE DE LOS QUE ESTÁN ALREDEDOR Y LA INCORPORACIÓN A LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

Los medios materiales para el trabajo mejoraron. La empresa fue incorporando nueva maquinaria para aliviar a los hombres de los trabajos más duros. Y así, en el año sesenta y siete Riberas decidió que había que incorporar una grúa para evitar que fueran ellos con sus propias manos, ayudados por un tonel de hierro, los que cargaran en los camiones decenas de toneladas de chapa cada día, con grave riesgo de accidente. Y para el manejo de la grúa llegó a Méndez Álvaro Virgilio Sierra, que hasta entonces era tractorista agrario en su pueblo natal de la provincia de Cuenca. Nunca había manejado una grúa y muy pocas veces había visto alguna de cerca. Pero no era una excepción en la peculiar leva de personal que practicaba Francisco Riberas, como había ocurrido con Mari Carmen Gómez, Luis Palanco, Pedro Fernández o Mario Ruiz. Todos llegaban y, sin mayor especialización, acabaron cumpliendo con eficacia, dedicación y rigor. —No hice ningún cursillo especial para el manejo. Era una grúa manual que tenía sus complicaciones. Alguien me dio un par de orientaciones y me subí a aquel trasto. Un día fui a Cuatro Vientos para ayudar a descargar un camión. La grúa podía mal con cinco toneladas y además se movía como una bailarina entre tantos baches. Y en uno de aquellos movimientos alcancé un cable de alta tensión y todo el barrio se quedó sin luz. Salió la gente a la calle a ver qué pasaba y me encontraron a mí allí sentado, con un susto de muerte. Pero afortunadamente no me ocurrió nada porque las ruedas me dejaron aislado. Al poco tiempo me pasé a


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conducir uno de los camiones. Con la grúa había estado año y medio. Ahora me quedan veintiún días para jubilarme, pero no voy a hacerlo porque no sabría qué hacer. —¿Cuál fue el secreto de ese fenomenal salto de la empresa desde aquellos tiempos? —Un buen equipo dirigido por Riberas. Sabía mantenernos unidos y estimularnos. Y si no hubiera sido por su talento, esto no hubiera avanzado; se habría quedado en un almacén de compra y venta de chapa como tantos otros. Sólo eso. Mientras paseamos por su jardín de Somosaguas sobre adoquinado casi geométrico y el césped húmedo y transparente, sin una mota de polvo ni una hoja volandera, le hablo a Francisco Riberas de los encuentros con parte de su gente, de aquella de los años heroicos cuando el sol y la luna se les juntaban en las interminables jornadas en los almacenes de Salaverri, Ferroviarios, Antonio López y Méndez Álvaro. Él sonríe y me repite con cierto acento socarrón su idea de que “acabarás conociendo más de mi vida que yo mismo”. A la espalda de la mansión, la quietud y el silencio de la piscina y el recogimiento del entorno denuncian que el calendario avanza hacia el último tramo del otoño, casi en la frontera con el invierno. —Todos sus colaboradores de entonces me dicen que aprendieron mucho a su lado en aquellos años. ¿Aprendió usted algo de ellos? —Claro, claro. Siempre se aprende de todo el mundo que tiene algo que aportar, y ellos aportaron mucho, fuerza e ideas. Yo siempre escuché, y sigo haciéndolo, a la gente que me rodea. Pero ten en cuenta que al principio las cosas eran de otra manera. Después llegaron los ordenadores y ahí ya no pudieron enseñarme nada porque nunca les tuve afición. Tengo uno en el despacho y no logran que lo maneje. —Es que después de trabajar toda la vida de una determinada forma, cuesta incorporarse a las nuevas tecnologías, sobre todo pasada ya la edad adecuada. —A mí, mucho. No es como los chavales que ahora casi nacen con un ordenador en la cuna. Y observo que amigos de mi quinta tienen el mismo problema. Empiezan y lo dejan, aunque algunos, muy pocos, acaban haciéndose con él. Esto, desgraciadamente, es algo de lo que no


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pude aprender de mi gente. Pero hay que conformarse, porque no se puede conseguir todo. En mitad de la década de los sesenta, cuando aún no había cubierto los diez años desde la primera etapa del estaño, Riberas decidió que, una vez libre de socios, debía afrontar la etapa decisiva personal y para su empresa, con un salto cualitativo sin precedentes hacia la industria transformadora. Fue el momento en el que coincidieron en trascendental imbricación una serie de circunstancias que parecieron exigir que el proyecto desembocara, irremediablemente, en la concreción a la que tantas horas había dedicado. Tenía experiencia de ocho años intensos en el sector del hierro; era hombre constante y trabajador infatigable; había reunido un equipo de incondicionales hechos a su propia imagen; estaba dispuesto a arriesgar y el Plan de Desarrollo, desplegado por el ministro Laureano López Rodó, le facilitaba la puesta en escena del gran guión de su vida. Y en aquel momento se cruzó en su camino Luis Gerbolés, el hombre necesario para hacer realidad el sueño de convertirse en industrial de la transformación del hierro. Pero a aquellas alturas ya se había instalado en una posición envidiable, con autoridad entre sus colegas que lo habían visto caminar, con esfuerzo y sin tregua, desde el más literal desierto económico. —Pensé en Burgos porque allí no había nada y era territorio equidistante entre las grandes rutas de la industria siderúrgica del norte, Asturias y Vizcaya, y las áreas del desarrollo. Era una zona muy interesante y, además, como razón sentimental, porque es mi tierra. Definitivamente, fue Burgos hacia donde Francisco Riberas dio el gran salto empresarial que lo convirtió con el tiempo en el número uno indiscutible del sector en España y, a partir de ahí, en uno de los primeros, sino el primero, también en Europa. —Yo había comprado cincuenta mil metros cuadrados en el polígono industrial Gamonal-Villimar, a los que sucesivamente añadí otros nuevos adquiridos con posterioridad, hasta sumar ciento nueve mil metros cuadrados para construir y ampliar las naves. Algunos años más tarde, cuando ya había rebasado con creces sus más audaces proyectos en España y en el extranjero, el Gobierno de Castilla y León le concedió la medalla de oro para premiar su labor como mejor empresario de esa Comunidad Autónoma.


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Carmen, en la foto con su hermano, recuerda que aquellos fueron años de una inolvidable felicidad.

“Cuando Gonvarri se convirtió en sociedad anónima fue el momento en que compré un piso para mi madre y otro para mi hermana. Después adquirí uno más para que mis padres no tuvieran que subir y bajar escaleras”.


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“Hubo un momento, al cabo de los años, en que decidí que ya era tiempo de tomarme unas vacaciones”.


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Con sus tres hijos, a partir del momento en que comenzó a pasar a su lado algunos días de descanso.


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Riberas se decidi贸 por Burgos para levantar la primera planta porque le pareci贸 un lugar estrat茅gicamente mejor situado.


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CAPÍTULO VII

El proyecto de Burgos, una aventura llena de incógnitas. —La idea de una máquina que cumpliera varias funciones. —Un viaje decisivo a Francia con Luis Gerbolés. —Diez mil toneladas de hierro, varios meses de espera en una estación. —Una mercancía inservible a la que sacó gran rendimiento. —De una treintena de trabajadores a los trescientos cincuenta de plantilla. —Agustín Sagredo, hombre fundamental en el desarrollo de la factoría burgalesa. —Jon Larrea, un vasco de la primera hora. —Un pedido de maquinaria en una servilleta de papel. —“Un hombre fundamental en la economía española”. —Primer cliente de Ensidesa. —Contrario a la política de empleo temporal. —Culminación de una etapa que remata con una factoría en Barcelona. —Mal entendimiento con un payés de Montmeló. —Una producción diaria de cerca de tres mil toneladas. —Testigo con Riberas de la final de la Copa de Europa, en París. —Un creador nada visionario. —Hiasa, una empresa asturiana en el camino de Riberas. —Manuel Álvarez, un buen socio. —Las oficinas centrales en la prolongación de Embajadores.


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FRANCISCO RIBERAS HABÍA TENIDO SIEMPRE LAS IDEAS CLARAS y la paciencia necesaria para esperar el gran momento, mientras se cumplían, paso a paso, los objetivos de su manual. Desde el comienzo la apuesta había sido fuerte, porque para un recién llegado las dificultades se acrecientan mientras los plazos para el equilibrio con la competencia se hacen perentoriamente cortos. Por ello el desafío requería que al esfuerzo, “trabajar por trabajar no lleva a ningún sitio”, debía añadirle la astucia necesaria para moverse en el sector y la prudencia precisa para no perecer en el camino. Y él, manejados los tres ingredientes con talento, llegó al ecuador de los sesenta en una situación óptima para arriesgarlo todo en el gran salto. Sin embargo, no fue un riesgo loco, una huida hacia adelante, sino el resultado lógico de una trayectoria durante la que había manejado los hilos con la cabeza fría mientras la sangre ascendía los grados precisos con cada logro parcial de su proyecto. No fue, por tanto, una improvisación o un impulso súbito, sino el desenlace lógico de un proceso. Sabía desde hacía tiempo que el futuro no estaba únicamente en el comercio de la chapa que tenía ya mucho de porfiada rutina, de inercia. El riesgo estaba en la esencia de su naturaleza y se aprestaba a dar un paso más en la escalada, porque todo entraba dentro de los cálculos de su estrategia empresarial y de su reto personal. Las conversaciones con Luis Gerbolés, desde sus encuentros en los primeros años sesenta, fueron depurando su idea inicial de la transformación del hierro hasta la exigencia de encontrar los medios técnicos que realizaran un trabajo múltiple mediante la creación de una máquina que fuera la síntesis de varias, con la consiguiente simplificación de la tarea y la multiplicación de los resultados. Creo que, mientras me habla Riberas de aquel proyecto, hemos llegado en nuestros encuentros al momento más arriesgado de su trayectoria personal y, por ello, a su obra más querida, nunca superada por sus complejas y sólidas realizaciones posteriores. —Usted sabía lo que quería desde hacía tiempo, que era avanzar un paso más en sus proyectos, pero ¿conocía los medios de que podía disponer para lanzarse a una aventura tan llena de incógnitas? —Efectivamente, yo sabía lo que quería, pero nunca había visto cómo trabajaban esas máquinas y, ni siquiera, si existían tal como yo me las


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imaginaba. Así que decidí irme a Francia con Gerbolés para ver si en la empresa a la que él empezaba a representar tenían lo que yo pretendía. Necesitaba la mejor línea que hubiera en el mercado, porque no quería correr riesgos innecesarios por ahorrar unas pesetas. Era una inversión duradera y no para cuatro días. Y compramos aquella instalación capaz de cortar transversal y longitudinal, desde 0,5 hasta 8 milímetros, que era una cuestión fundamental. Fue el año 1967 y uno de los primeros trabajos que realizamos fue un negocio estupendo. Había comprado diez mil toneladas a Ensidesa, a ocho pesetas el kilo, que estaban ya atrasadas y mal de espesores, entre 3 y 8 milímetros. Aquello era malo y, en apariencia, no servía para nada. Estuvieron aparcadas en una estación durante seis meses hasta que montamos las máquinas. Lo había comprado porque con aquella instalación y, con mucha paciencia, fuimos cortando las chapas, las calibrábamos, medíamos, clasificábamos y hacíamos montones diferentes, según los tamaños. Mientras duró, se convirtió en una rutina, pero fue una de las operaciones más bonitas de entonces, porque vendimos el kilo a muy buen precio y ganamos mucho dinero a pesar de la mano de obra que necesitó su acondicionamiento. Cuando llegó ese momento, Riberas ya había construido la primera nave en Burgos de cinco mil metros cuadrados. Pero fue insuficiente y se hizo preciso aumentar con otros cinco mil apenas pasado el primer año de actividad, sin que la expansión se detuviera hasta alcanzar los límites actuales. Y la plantilla de los primeros treinta y cinco trabajadores fue aumentando paralelamente con cada ampliación, hasta completar los cerca de trescientos cincuenta que la componen en estos días finales de 2003. —Aquella prudencia inicial no se debió a que no fuera ambicioso. Simplemente ocurre que en cada momento vas advirtiendo que puedes tener más, y lo haces. Iba poco a poco asegurando cada paso, con la convicción de que el desarrollo llegaría por sí solo. Aquel paso exigió de Riberas un nuevo planteamiento de su papel personal en la empresa, y de director para todo, incluidos los trabajos de almacén, se convirtió en presidente ejecutivo en pleno ejercicio. La envergadura de la industria le exigió un cambio de estrategia personal al frente de la sociedad.


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UN VIAJE A PARÍS, UNA INVERSIÓN IMPORTANTE Y UNA MAQUINARIA FABRICADA A SU MEDIDA

Luis Gerbolés era un buen técnico y, en consecuencia, un buen asesor para Riberas que desconocía por completo qué tipo de maquinaria se adaptaría mejor a su proyecto, aun cuando ya tuvo una idea, aunque vaga, de lo que precisaba una vez que aquél le enseñó los catálogos de cuanto ofrecían los franceses. En aquellos encuentros, y tras explorar las posibilidades y contrastar sus opiniones, el empresario castellano planteó la posibilidad de crear una máquina que sirviera para todo. Casi cuatro décadas después, Gerbolés repasa, complacido desde tanta distancia, aquella aventura de dos jóvenes que se iniciaban a un tiempo en un negocio lleno de incógnitas y de promesas, cada cual desde una vertiente distinta aunque complementaria, en el que ambos derrocharon imaginación y riesgo. —Yo todavía no había hecho nada. Riberas era el primer cliente de aquella empresa francesa con la que comenzaba a trabajar, tras la que estaban los americanos que eran los iniciadores del trabajo en bobina. En París vimos lo que hacían allí y pidió que le fabricaran una máquina que sirviera para todo, porque si iba a hacer una gran inversión quería que le resolviera la mayoría de los problemas. De modo que pudiera cortar longitudinalmente, para fleje, y de manera transversal. Y así fue, le hicieron una máquina a la medida de lo que quería. Debí inspirarle confianza a Paco, que es un hombre muy directo, y decidió aceptar la oferta de los franceses, una vez que planteó sus necesidades. Y fíjese si confió en mí, que años después me llamó a Burgos para incorporar otro equipo. Discutimos las condiciones. Es un negociador implacable porque quiere comprar al mejor precio, pero no llegamos a ninguna conclusión y nos fuimos a comer al hotel Landa. Seguimos allí con el asunto y en un momento determinado él me pasó el pedido con su precio en un papel improvisado, tal vez una servilleta, y me dijo simplemente: “Ahí tienes, Luis”. Y ese fue el precio que di por definitivo. Hicimos la maquinaria y a los diez meses se la entregamos. Sin embargo, aquella forma espontánea y primaria de realizar un pedido, que para Riberas equivalía a una palabra inamovible, planteó la ne-


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cesidad de una formulación más formal para ulteriores resoluciones de la burocracia oficial. Y Gerbolés constató muy pronto esa realidad. —En aquel tiempo se trabajaba con créditos oficiales para los bienes de equipo, que suponía que se abonaba el veinte por ciento, a veces el diez, a la entrega. Y para el resto había una financiación que abarcaba de tres a cinco años, a través del organismo competente del Estado. En conjunto, aquella operación fue de alrededor de veinte millones de pesetas, de aquellos. Pero el banco me dijo que hacía falta un pedido en forma y yo solamente tenía aquel papel escrito a mano en el restaurante. Le dije al director de la entidad que buen problema me planteaba, porque “cómo le digo yo ahora a Riberas que el papel no vale y que necesito algo más formal sin que se me enfade”. Así que fui a verlo, le planteé la cuestión: “Como esto debemos hacerlo a través de la línea de crédito oficial, me tienes que hacer un pedido con todos los detalles”. Y sin vacilar me respondió: “Ahora mismo”. Se lo prepararon y me lo llevé, pero siempre conservé el original escrito a mano, porque aquel papel era la más acabada expresión de que su palabra equivalía a un compromiso ante notario. Y, por supuesto, si no hubiera sido porque se trataba de un asunto oficial, me hubiera servido aquel documento, sin más. —¿Siguió trabajando para Gonvarri después de aquella segunda operación? —Sí, salvo en una ocasión, seguí suministrándole maquinaria durante cuarenta años. Él toda su vida se dedicó al producto plano, a la chapa de calidad. Y consiguió instalarse en la cima hace mucho tiempo. Y en Francia, que presumían mucho de buenos productos, no conocí un almacén de hierros como Gonvarri. Pese a haber conseguido eso, el gran objetivo de Riberas era la industria del automóvil. —Usted que lo conoce bien, ¿cuál cree que es la cualidad fundamental que le llevó a convertirse en lo que ha llegado a ser? —La audacia, basada en una gran seguridad sobre lo que debía de hacer. Curiosamente, hay muy pocas personas, fuera del gremio, que sepan quién es Francisco Riberas porque nunca necesitó alardear. Es un hombre muy importante dentro de la economía española. Tiene una robustez tremenda y una capacidad de trabajo envidiable. Como negociador es muy duro y tenaz, pero concluida la porfía es un hombre muy cordial,


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de una amabilidad exquisita. Con el tiempo me separé de los franceses y monté en España mi propia empresa. Y Riberas me prestó ayuda para arrancar. Le dije que estaba a cero y sobre la marcha me hizo un pedido de dos líneas de corte muy importantes que fueron a su fábrica de Barcelona. Él me sacó del hoyo sin aspavientos. Me independicé gracias a él e instalé una fábrica más importante que la de los franceses. Y hay muchas empresas en nuestro país que podrían decir de él lo mismo que yo. En aquellos años en que Francisco Riberas iniciaba la consolidación definitiva de Gonvarri, en Asturias daba sus primeros pasos Uninsa, una siderúrgica con capital privado en la que se concentraban los patrimonios de la Sociedad Metalúrgica Duro-Felguera, de la Sociedad Industrial Asturiana Santa Bárbara, S.A., y de Fábrica de Mieres, S.A., con lo que aquélla pasaba a ser titular de las actividades siderúrgicas de esas tres veteranas entidades, la primera y última de las cuales se remontaban a los inicios de la industrialización española en la segunda mitad del siglo XIX. Pocos años después la crisis siderúrgica mundial afectó gravemente a la producción nacional y, ante la situación, el Estado se vio en la necesidad de hacerse cargo de la nueva siderúrgica que se incorporó definitivamente a Ensidesa, con la que Riberas había establecido una estrecha relación que lo llevó a convertirse en su primer cliente. Hay pocas cosas, de todas cuantas ha creado a lo largo de estos años, que susciten mayor emoción en él que el recuerdo de su gran aventura burgalesa, seguramente porque ninguna otra como aquella representó tanto en su vida. Era la culminación, y a la vez un nuevo arranque, de un empeño sin tregua y de una decidida voluntad de superación excepcionales al servicio de un talento raramente encauzado, sin lastres ni adherencias ni vicios que lo desequilibraran. Muy pocos en nuestro país, con menos entre sus manos, han coronado con éxito una cima de la envergadura por él conseguida, y se mantiene en ella. —¿Qué volumen de créditos precisó para iniciar su operación en Burgos? —Yo tiraba poco de los créditos y fueron escasos los que pedí entonces a los bancos, porque me las arreglaba más o menos solo. Hacía las inversiones con mi dinero y cuando tenía alguna necesidad, las entidades financieras me trataban bien porque cumplía rigurosamente. A esto siempre le di mucha importancia.


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—¿Es cierto que dudó entre Burgos y Zaragoza para la instalación de esa planta? —Al principio estuve algo indeciso. Pero me decidí por Burgos porque me pareció estratégicamente mejor situada en el cruce de caminos entre las siderúrgicas del norte, Madrid, Levante, el Sur. Y no con un peso pequeño, porque, además, tenía el apoyo de mi familia que estaba muy cerca, era muy amplia y tenía muchas ganas de trabajar. —¿Obtuvo algún beneficio del Polo de Desarrollo para la instalación de su industria allí? —Me dieron seis millones, que fue poco, pero era un detalle. Además los vencimientos para la construcción de las naves eran de tiempo corto, noventa días, y a largo plazo me defendía bien. —Parece que fue un momento importante para usted el del encuentro con Luis Gerbolés, porque los dos empezaban y de la colaboración entre ambos, cada cual desde su objetivo, surgió la factoría de Burgos, que es la niña de sus ojos desde entonces. —Gerbolés, tras los primeros años, se independizó de Francia y creó su propia empresa aquí, en Madrid. Fabricaba mejor que los propios franceses. Eran las máquinas de más calidad de Europa. Efectivamente, fue importante nuestro encuentro, porque él tenía, primero en Francia, lo que yo buscaba y me permitió ampliar poco a poco la planta, hasta llegar a la actual que es, sin duda, la mejor de este tipo que hay en todo el continente. —¿Todos los trabajadores que tiene allí son fijos? —En su mayoría, porque no me gusta, en lo posible, tener empleo temporal. El empresario que tiene trabajo no puede ser temporal, salvo en períodos de prueba, para que trabajen a gusto. Lo hemos hecho así en todas las factorías que tenemos por el mundo. Y pienso que no tuvimos problemas porque hemos hecho las cosas razonablemente bien. —¿Tiene mucha competencia Gonvarri en España? —Se han instalado muchas fábricas y, efectivamente, hay mucha competencia. Incluso nosotros podríamos sufrir crisis, pero tenemos nuestras propias empresas a las que servimos todo el material para la producción de piezas para el automóvil, como es el caso de Gestamp, de la que hablaremos.


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—Por el entusiasmo con el que habla de Burgos, está claro que se trata de su obra predilecta. —Fue la primera importante, estaba lleno de ilusiones y, por fin, culminaba una etapa de mi vida, llena de dificultades, privaciones y de constante lucha. Reconozco que tengo debilidad por esa planta. Como cosa curiosa, recuerdo que a la inauguración del polígono en el que nos instalamos asistió el general Franco. Y pasó a saludarnos a todos los empresarios. El hombre estaba ya muy agotado. Y delante de él iba un general avisándonos de que no le apretáramos mucho la mano porque ya estaba muy flojo. Pero todavía duró siete u ocho años.

INCORPORACIÓN DE UN EQUIPO DE TÉCNICOS PARA LA PUESTA EN MARCHA DE LA NUEVA FACTORÍA

Para el arranque de aquella primera factoría de Gonvarri, Francisco Riberas incorporó a diez expertos de empresas vizcaínas, Altos Hornos y Basconia, entre los que estaban su primer director, Sabino Aguirre Guinea, y Jon Larrea, jefe de mantenimiento, por encima del resto, hasta hace solamente unos meses. Pero Aguirre no encajó en el grupo ni en la estructura y filosofía de la empresa, tal como pretendía orientarla su creador y, finalmente, cesó al frente de la factoría. Para sustituirlo, Riberas, con su viejo instinto para la selección de su equipo, ascendió a su primo Agustín Sagredo, nueve años más joven y burgalés como él, al que había traído de una industria de cereales. Había estado como encargado de control del almacén, “no iba a ponerlo por encima del ingeniero”, aun cuando ambos sabían que en esa actividad estaban infravalorando sus capacidades. Sin embargo, no permaneció por mucho tiempo en esa ocupación porque pronto se inició en la actividad comercial, que era mejor acomodo para sus cualidades. Y, efectivamente, se reveló como un comercial experto, hábil e infatigable. Tampoco en esta ocasión Riberas se había equivocado, aunque podría parecer, en principio, que la pasión familiar había jugado como factor determinante. Había conseguido dos objetivos con una sola persona: un director y un comercial excepcional.


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—A mí Sabino Aguirre no me gustó desde el momento de su llegada, y tuve que facilitarle el camino para que se fuera. Era un tipo extraño. Y decidí que el director debía de ser mi primo, no por el parentesco sino por talento y cualidades. Había estado a punto de ir al seminario, pero no quería y en uno de mis viajes a Burgos hice que me acompañara a ver una fábrica de chapa al País Vasco. Cuando estábamos en Zarauz me confesó que no quería ir al seminario y que eran sus padres quienes lo habían decidido. Le respondí que tenía que armarse de valor y afrontar la situación. La realidad es que entonces había pocas posibilidades para estudiar en las zonas rurales de Burgos, Navarra, etc., y la única, o una de las únicas, era la carrera eclesiástica. Se lo dijo a sus padres y enseguida ingresó en nuestra planta. Le di toda mi confianza y se convirtió en el alma de aquella mi primera industria transformadora. Era un hombre muy vital, optimista y muy trabajador, con unas excepcionales cualidades para el negocio. Murió de cáncer hace dieciocho años, a los diecisiete de haber ingresado en la empresa. Fue un duro golpe para Francisco Riberas, porque no sólo perdió un excepcional director de la planta burgalesa, su predilecta, sino porque su primo era en realidad su amigo del alma, con el que había logrado una sintonía perfecta en todos los órdenes. Compartían las ilusiones y ambos habían puesto el alma en aquel desafío que Riberas se había lanzado a sí mismo, en cuyo empeño Sagredo jugaba un papel primordial. —Yo le había advertido. Por ello debía cuidarse mucho. Y lo mismo le dije después a su hermano Arturo, que es ahora director en Burgos, porque fumaba mucho y sabe bien el riesgo que corre, porque me parece que hay un componente genético importante ya que algunos de sus familiares directos murieron de esa enfermedad. Y se lo digo por puro egoismo mío, que tiene que poner todo de su parte porque se puede morir. Él se emociona cuando le hablo así y parece que lo ha dejado. Menos mal. No es ingeniero ni tiene carrera, pero lleva allí muchos años y sabe todo cuanto hay que saber para desempeñar el cargo. Pero no sólo Agustín Sagredo tenía capacidad como experto comercial, sino que era un buen psicólogo y tenía buena mano para aglutinar a la gente con el fin de que todos empujaran en la misma dirección, especialmente en aquel primer momento en el que se jugaban sus puestos de


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trabajo, él su prestigio por la responsabilidad recibida como hombre de confianza y Riberas la mayor de sus ilusiones y su dinero. En conjunto, eran demasiadas cosas como para no poner a contribución cada uno los cinco sentidos en la tarea. Finalmente, aquellas dos o tres decenas de hombres consiguieron, en plena sintonía, que la nueva planta no dejara de renovarse y crecer desde entonces. Primero fueron veinte o treinta, poco tiempo después sesenta, más tarde ochenta y cien hasta llegar en la actualidad a una nómina de unos trescientos cincuenta para una producción de dos mil ochocientas a tres mil toneladas diarias. Cuando comenzaron las máquinas de Burgos a producir, a Francisco Riberas ya le habían nacido sus tres hijos y se echaba sobre los hombros la responsabilidad de una tarea como padre, que tuvo bien clara a partir de su experiencia y del conocimiento de la deriva de otras empresas en las que la quiebra de la continuidad estuvo el principio de su destrucción. Desde la consolidación de la nueva factoría castellana “el negocio”, añade Riberas, “fue bueno, rápido y seguro”.

LOS PASOS POR LA FRONTERA DE JON LARREA, CON MOTORES FRANCESES BAJO EL ASIENTO DEL COCHE

Jon Larrea tenía 29 años, cinco menos que Riberas, cuando llegó a Burgos. Fue en el mes de octubre de 1966. Procedía de Laminación de Bandas, creada por Altos Hornos y Basconia, y fue, en aquel tiempo, “la primera laminación en frío continuo que hubo en España. Después ya lo incorporó Ensidesa”. Había tenido un encuentro con Riberas en el que se comprometió para incorporarse a la nueva planta. Era, como había ocurrido hacía muy pocos años en Madrid, el comienzo de una aventura en la que la fe en el futuro y la confianza en su impulsor fueron los argumentos en que debía apoyarse la formación de un nuevo equipo capaz de responder al ingente reto que afrontaba. En ese grupo inicial, Larrea fue una pieza fundamental sobre la que Riberas descansó su plena confianza, como lo hiciera con otras personas en cada momento de su expansión empresarial. Por esa razón me trasladé hasta Bilbao para encontrarme con él, que ya disfruta de su reciente jubilación, des-


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pués de tantos años de entrega plena, con mucha ilusión y sin horario. Es un hombre que se muestra vital, franco y sin dobleces, a quien no le pesan sobre sus anchos hombros los años dedicados a la empresa sino, más bien, se puede adivinar una cierta nostalgia de profesional entusiasta, que fue mucho más para Burgos que una pieza en un engranaje. Nada le pesa de cuanto trabajó y sólo lamenta que le falte juventud para seguir en la brecha, porque asumió como propio el desafío de Riberas, quien, desde el primer momento, le pareció que tenía todo el aire de un triunfador. —Cuando llegué a Burgos apenas había nada. Se iniciaba la construcción de las naves y no había ni suelo ni tejado. Ni siquiera el polígono estaba plenamente urbanizado. Era todo un campo abierto. Se preparaba la cimentación para el montaje de la maquinaria. Me pareció el comienzo de una odisea con futuro. Había un director que daba órdenes, pero yo me encargaba de toda la cuestión técnica. No había participado en la compra de las primeras líneas de corte llegadas de Francia, pero sí lo hice a partir de mi incorporación, incluso para otras plantas cuando la empresa inició su expansión por el mundo. —¿Qué impresión se llevó de su primer encuentro con Francisco Riberas? —Era un joven lleno de vitalidad y de un entusiasmo contagioso. Me impactó porque vi en él una personalidad muy acusada, con gran carácter. Y eso me daba absoluta confianza. Cuando una persona en el primer encuentro te impresiona de esa manera, te dices que estás ante un hombre importante. Eso me ocurrió a mí y no me equivoqué en nada. El arranque de la nueva planta fue comprometido, difícil, porque la empresa constructora iba retrasada con las obras, de acuerdo con el plan previsto, y él mismo desconocía todo lo relacionado con la maquinaria que acababa de llegar de Francia. Sin embargo, por las venas de aquella industria que nacía corría la sangre de un creador, nada visionario sino realista, que había sabido contagiar de su espíritu a tanta gente que aquella idea era imposible que pudiera fracasar. Y era, confiesa Larrea, un pensamiento que no le pasó por la cabeza, “y si me pasó lo rechacé enseguida porque me parecía imposible”. Y entre las dificultades iniciales, no era la menor la necesidad de recurrir a Francia en cada ocasión que falla-


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ba una pieza, que solían ser los motores, porque aquel proceso, en apariencia simple, se convertía en una aventura de final incierto. —Nos enviaban un motor nuevo a Hendaya en el tren de la noche; las aduanas estaban cerradas y no se podía pasar nada “por la cara”, pero el repuesto debía llegar a Burgos para que las máquinas funcionaran al día siguiente a pleno rendimiento. Yo cruzaba la frontera en coche, recogía el paquete, iba hasta algún camino vecinal para tirar las tablas del embalaje y metía el motor debajo del asiento para cruzar la frontera de Irún. Más de seis veces ocurrió así. Pasaba muy nervioso pero nunca me sorprendieron. Un año más tarde, tras estudiar bien el problema, hicimos una modificación mediante la introducción de un motor de continua para cambiar el sistema. Pero era tremendo aquello de cruzar la frontera cuando el agente se acercaba: “¿Trae usted algo?”, y siempre la misma respuesta: “No, nada”, para continuar con la rutina de siempre, “ábrame el maletero”. Y lo abría, y dentro solamente la caja de herramientas como toda mercancía a la vista. Ni un solo incidente, y después a todo correr hasta Burgos para llegar a tiempo de que la maquinaria arrancara y se cumpliera el plan de la jornada. Sin embargo, las horas de paro forzado por la avería no eran tiempo perdido, “porque las suplíamos con trabajo extra diario e, incluso, los sábados para cumplir con los compromisos adquiridos”. Por eso ahora este vasco sonriente y cordial repite lo que siempre le decía Riberas: “Jon, lo importante es la gente, es lo que hace fuertes a las empresas”. Él estuvo cerca de treinta y seis años en Gonvarri-Burgos y reconoce que vivió aquella aventura desde el primer día con el entusiasmo y la entrega de quien trabaja en algo propio. Y fue, precisamente, el día en que llegaron las máquinas de Francia, el 31 de diciembre de 1966, uno de esos que se olvidan difícilmente. Fueron doce horas seguidas de brega para el acceso y descarga de los camiones que llegaban a la nave a través del barrizal en que se había convertido el camino, “si se podía llamar así”, que a duras penas habían abierto las excavadoras de la constructora. —No había forma de que los camiones entraran. Y llegó un momento en el que los conductores franceses se negaron a avanzar por aquella mezcla intransitable de fango y cascotes de hormigón. Pero el que manejaba las grúas le echó mano a uno de ellos al pecho, le dio una sacudida y le dijo


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que si tenía algún problema que él lo sacaría del trance, pero que su obligación era entrar. Y si no es por aquel hombre, no se mueven. A partir de aquel momento, Gerbolés y yo nos instalamos sobre un montículo de tierra y desde allí, como en un puesto de mando, estuvimos todo el día dirigiendo, muertos de frío, la maniobra de entrada, descarga y salida de la flota de camiones. Riberas no estaba allí aquel día y se perdió una de las jornadas más dramáticas de aquellos complicados inicios en Burgos. Cuando todo terminó me fui a Bilbao a pasar el fin de año con la familia. Ahora no es nada, pero entonces eran dos horas y media de camino, como poco. Jon Larrea fue hombre de confianza de Riberas. Él se encargó de la mayor parte de la compra de maquinaria para las plantas de Marruecos, Brasil, Portugal y muchas de las de España, y disfrutó de su amistad a la que él correspondió con entrega y lealtad. —Todavía hace un par de años nos invitó a unos veinte de la empresa a la final de la Copa de Europa, en el estadio de Saint Denís, en París. Es un recinto impresionante. Estuvimos en un palco y al otro lado de la vidriera había un comedor donde cenamos durante el descanso. Son cosas que salen de él, porque es muy espléndido. Yo nunca tuve que decirle jamás que me tocara el salario. Se adelantaba siempre. Trata siempre de ocultar su toque humano para que no se tenga por debilidad lo que es un gesto de absoluta generosidad. Es de esa clase de personas que dejan huella. Yo me jubilé, después de cincuenta años de cotización a la Seguridad Social. Y lo hice con sentimientos encontrados, entre la tristeza de abandonarlo a él y al grupo que había formado, y la necesidad de descansar y de liberarme. Durante todo el tiempo que estuve a su lado, me decía constantemente que acudiera a él siempre que lo necesitara, para lo que fuera. Todavía me lo dice. Y no dudaría en acudir a él si tuviera algún problema, incluso económico, con la absoluta seguridad de que me lo resolvería sin demora. Lo conozco muy bien. Es un sentimental al que le afectan mucho los problemas de los que tiene a su alrededor. —¿Y cómo cree usted que lo ven desde la competencia, en el sector del hierro? —Todo el mundo le tiene mucho respeto; le admiran y le temen porque allá a donde va domina, sin invadir jamás terrenos ajenos por consideración hacia los demás.


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Aquel verano de 1966 en que Larrea preparaba su maleta para comenzar su aventura burgalesa, el Ministerio de Información y Turismo decidió el secuestro del diario ABC a causa de un artículo aparecido en su primera página en el que el periódico monárquico, con el título de “La monarquía de todos”, planteaba la recuperación de esa institución para encauzar el futuro democrático de España. Pero el acontecimiento que atraía en aquellos días la atención de los españoles era el Campeonato del Mundo de Fútbol que se disputó durante el mes de julio en Inglaterra, donde, una vez más, la decepción fue el sentimiento que dejó la participación de nuestra selección, que no pasó de la primera fase. En una final con un gol mucho más que dudoso, los británicos forzaron la prórroga y acabaron por vencer por el tanteo global de cuatro a dos al combinado alemán. Salvo en las páginas de los periódicos deportivos y en algunas tertulias contumaces, aquel nuevo episodio del fútbol nacional se diluyó entre las aguas de las playas y los calores estivales.

TRES MIL TONELADAS DIARIAS QUE MUEVEN EL FERROCARRIL Y CIENTO VEINTE CAMIONES

Los movimientos de la chapa y de los productos terminados se realizaban por carretera mediante vehículos de gran tonelaje, que se desplazaban en auténtico carrusel, sin interrupción. Y, aunque mejoraron los caminos de acceso, la factoría burgalesa no podía despreciar la posibilidad de incorporar a su complejo una red ferroviaria que permitiera una mayor fluidez en los tráficos. Así pues, en su momento, Riberas y la dirección acordaron que la recepción de los materiales debería producirse por ferrocarril, mientras que las expediciones de salida se harían en camiones. Y llegó la vía y cruzó las naves y las bobinas entraron hasta su lugar de almacenaje. Sin embargo, en aquel primer momento la empresa no disponía de locomotoras para arrastrar los vagones, lo que equivalía, en principio, a renunciar a aquella fórmula que tanta economía de tiempo y de dinero iba significar. Pero apenas tuvieron dudas, y Riberas y su primo Agustín decidieron que los convoyes debían moverse mediante un tractor que maniobrara por el interior de las naves. Y así ocurrió. Contrataron a un la-


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brador para que con el suyo realizara, con precaución y habilidad, las maniobras necesarias con los vagones, decenas de idas y venidas, para depositar el hierro en su destino. Arturo Sagredo me dijo, mientras recorríamos el vastísimo complejo, que eso hoy sería impensable. —Las bobinas entran en trenes arrastrados por nuestras máquinas y salen en camiones, unos ciento veinte al día, como mínimo, cada uno de veinticinco toneladas. El movimiento es de tres mil toneladas diarias de bobinas y salen otras tantas en piezas ya preparadas para la estampación de piezas para carrocerías de automóvil, a una fábrica de frigoríficos, etc. —¿De qué tipo de maquinaria dispone ahora este complejo? —En los setenta mil metros cuadrados de naves tenemos líneas de corte, de “blaking”, de decapado, tren de laminación, etc., que completamos a mediados de los años noventa. —Riberas dice que es la mejor factoría de Europa. —Y no es que lo diga solamente Riberas. Lo dice todo el mundo. Él no ha hecho otra cosa durante su vida que ser consecuente con sus proyectos. Siempre quiso superarse, llegar a lo más alto y lo ha conseguido. —Parece ocioso que yo le pregunte a usted, que es su primo, por Francisco Riberas. ¿No le parece? —En absoluto es ocioso porque, afectos aparte, puedo ser tan rigurosamente objetivo como muestran los hechos. No voy a poner ni a quitar nada porque su obra es ésta, que es el resultado de su inteligencia y de la claridad con que ve las cosas. Faltaría al rigor y a la verdad si ante una realización menor, que no es el caso, me excediera en los adjetivos y me empeñara en mostrar lo que no hay. Y a nadie se le escaparía que en cada palabra se me va la mano. Pero esto es lo que hizo aquí, en otros lugares del mundo levantó otras factorías punteras, y todo ello lo sitúa como número uno del sector en España y, más o menos, en Europa. Cuando las cosas se ven y pueden compararse con otras, sobran los adjetivos. Siempre fue por delante de los acontecimientos. Sus decisiones son rápidas y no se pierde en burocracias ni en dudas interminables de quince días o tres meses, como ocurre en otras empresas que se agotan en interminables informes de ida y vuelta. Aquí se estudian las necesidades, se plantean alrededor de una mesa y él toma la decisión sin dilaciones cuando llega a la conclusión de que es necesaria tal ampliación, aquella renovación o alguna compra.


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Pero mientras se desarrollaban los proyectos, Francisco Riberas seguía fiel a sus aficiones de siempre, una de las cuales, seguramente la más arraigada en él, es el fútbol al que con tanta pasión se había entregado como practicante y, después, como seguidor del Real Madrid. Pero había encontrado terreno abonado en la mayoría de sus colaboradores, y desde el establecimiento de la factoría en Burgos, y mientras el cuerpo aguantó, se disputaban cada año dos partidos, uno por la fiesta de San Lesmes, patrono de la ciudad castellana, y en Madrid en el mes de mayo, por San Isidro. En aquel primer desafío, en ambas ocasiones, venció el conjunto de los burgaleses, que se habían reforzado con los hijos de Jon Larrea y el de Pachi Zubiete, un hombre importante en los años siguientes en el organigrama de Gonvarri y de la máxima confianza de Riberas. El frío del primer partido en pleno invierno contrastó con el tórrido calor que hubieron de soportar los contendientes en aquel quince de mayo, como un asfixiante anticipo del más sofocante verano.

MANUEL ÁLVAREZ Y LA EMPRESA ASTURIANA HIASA, EN EL CAMINO DE FRANCISCO RIBERAS Burgos era ya una realidad. La meta de la transformación tras los años de compraventa en los almacenes de Madrid, durante los que había consolidado una sólida reputación aun cuando todavía no hubiera dado el salto. Pero aquel logro no significó el acomodo a una situación ya ventajosa, sin afrontar nuevos retos, porque, como Francisco Riberas me repitió en varias ocasiones, nunca pensó detenerse; pues “para mí el negocio es un reto permanente, que está vivo y, además, detrás están los hijos para incrementarlo. Y espero que después llegue a los nietos”. Sin embargo, paralelamente a su actividad empresarial, continúa poniendo en orden la organización de la sociedad que preside, una vez que en 1968 fue ya titular de todas las acciones de Gonvarri Industrial. Así, en los primeros días de enero de ese año, después del cese de los últimos consejeros ajenos, se constituye un nuevo consejo de administración que él preside, en el que figura como vocal su padre, Francisco Riberas Ortega, y como secretaria María del Carmen Gómez García, con nueva ampliación del capital, ope-


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ración que continuó hasta fijarlo en quinientos millones de pesetas diez años después, todos ellos suscritos por él mismo. La empresa, libre ya de accionistas externos, se convierte en sociedad netamente familiar. Riberas cumplía rigurosamente con su propio manual personal, ni escrito ni de límites nítidamente decididos, para hacer frente al futuro que se había trazado a medida que descubría nuevas posibilidad en el horizonte. —Sin socios que contrapesaran sus proyectos y con la puesta en marcha de Burgos, había alcanzado una dimensión notable y ya muy sólida para afrontar nuevos retos. ¿Cómo planteó esa nueva etapa cuando todavía no conocía cuáles serían los resultados de la nueva inversión? —Yo, en principio, había pensado que la fábrica de mi tierra cumpliera unos objetivos modestos, porque me parecía que no era bueno tomar las cosas con urgencia ni precipitación. Pero aquella pequeña factoría fue creciendo y exigió un esfuerzo a tono con su desarrollo, de algún modo imprevisto para tan corto espacio de tiempo. Y, como consecuencia, decidí que había que instalar en Madrid un almacén propio en el que estuvieran las oficinas centrales de la empresa. Y pensamos irnos hasta Santa Catalina, en la prolongación de Embajadores, porque allí podríamos llevar, como en Burgos, las líneas de ferrocarril al interior de las naves para la llegada de los materiales. Los terrenos eran de Renfe, con la que suscribimos un contrato de arrendamiento en 1969, hasta que diez años después pudimos adquirirlos en propiedad, previo acuerdo del Consejo de Ministros. Y, efectivamente, ese fue el gran salto doble, primero Burgos y algún tiempo después Embajadores. Nuestra empresa ya volaba entonces muy alto. Luego vinieron otras iniciativas importantes. El traslado a la nueva sede de Embajadores se produjo en 1972 y recuerda Mari Carmen Gómez que hasta entonces ella era la única mujer en la plantilla de la empresa, “y es en ese momento cuando se incorporó Margarita para la centralita; las dos estuvimos solas durante mucho tiempo”. La inauguración de las oficinas se realizó de acuerdo con la tradición, con bendición “que hizo un cura amigo de don Francisco”, e incluso con unas breves palabras, muy breves, del fundador de la empresa. Una de esas iniciativas a las que se refería Riberas fue la que se derivó de su conexión con Manuel Álvarez, un empresario asturiano del sector


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que tenía una modesta planta en la zona portuaria de San Juan de Nieva, en las proximidades de Avilés y cercana a la Empresa Nacional Siderúrgica, principal suministradora de materia prima para ambos. Se trata de Hiasa, Hierros y Aplanaciones, S.A., creada en 1960 y cuya espectacular transformación posterior la convirtió en un factoría en perfecta sintonía con sus mejores homólogas europeas. Aunque sabían uno del otro por referencias de amigos comunes, Francisco Riberas y Manuel Álvarez no tuvieron ocasión de conocerse hasta 1968. Desde entonces no dejaron de hablar sobre el futuro e, incluso, en algún momento concretaron una colaboración entre ambos. Y llegó, no tenían otra salida, el momento en que Riberas le planteó a su amigo asturiano que a lo mejor le interesaba tener un socio como Gonvarri. La propuesta se produjo en un momento especialmente comprometido para Álvarez, porque una alteración en su salud lo llevó hasta Barcelona para consultar con el prestigioso doctor Puigvert. Y lo que, en un principio, se planteó como algo maligno, finalmente no se confirmó, aunque la asociación sí se consumó. Manuel Álvarez es un hombre de estatura baja, mirada penetrante, sonrisa casi permanente, gran capacidad de trabajo, agudo para los negocios, tremendamente dinámico y acostumbrado a dedicar al sueño pocas horas, hábito que lo ha convertido en un insomne crónico, circunstancia que aprovechó durante su larga vida empresarial para dar muchas vueltas a sus proyectos. —Dediqué muchas noches a pensar la propuesta de Riberas, en la que veía grandes ventajas y apenas inconvenientes. Finalmente llegamos a acuerdos y uno de los primeros fue el de salir de la vieja instalación para establecernos en unos terrenos amplios y adecuados para nuestros proyectos, situados en la localidad de Cancienes, muy cerca de Ensidesa. En los años setenta fuimos los dos a Brasil. Creímos que íbamos a traer el oro y el moro pero lo que hicimos fue instalar una fundición en Gijón. El caso es que levantamos esta factoría de Cancienes y ampliamos hasta los cien mil metros cuadrados que tienen estas naves para los talleres. —¿Se entendió bien con Riberas? —Jamás tuvimos un problema. Él no iba a comprar nunca menos del cincuenta por ciento de Hiasa. Ahora tiene el sesenta y seis y medio,


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mientras Aceralia, que entró a formar parte del capital en 1992, tiene el quince, y yo el dieciocho y medio por ciento. —¿Por qué vendieron a Aceralia parte de sus acciones? —Para evitar que las siderúrgicas nos hicieran la competencia con instalaciones como las nuestras. Él también lo hizo con sus empresas por la misma razón, aunque tiene la mayoría en ambas. La idea fue nuestra, porque siempre pensamos que había que estar cerca de quienes producen el acero, que son nuestros suministradores. —¿Y pese a estar en minoría es usted quien lleva la dirección de Hiasa? —Sin problemas. Riberas me deja trabajar, que es lo importante, porque es muy listo. Él sabe que soy hombre nervioso pero muy trabajador y que tengo visión del negocio. Estoy en mi despacho a las siete de la mañana y, la mayoría de los días, hasta las diez de la noche. Y cuando viajo, del avión vengo para aquí y no a casa. Reitero que estoy muy contento con la familia Riberas. Somos muy buenos amigos, porque sin ser buenos amigos es imposible ser buenos socios. Pero pienso que algún día tendré que dejarlo, aunque siempre que lo pienso acabo cayendo nuevamente en la trampa. Álvarez es un comerciante nato cuyas habilidades ya manifestó desde niño en la tienda de comestibles que su padre tenía en Avilés. Era una familia de nueve hermanos cuya madre murió en el parto al nacer él. Y, con esas dotes y no poca audacia, regresó del servicio militar, en 1951, con el dinero suficiente para comprar un camión. Sin duda, un caso muy poco frecuente. —¿Cómo se arregló, qué negocios hizo, para volver del servicio militar con doscientas mil pesetas de las de aquel tiempo? —Después de la guerra, la gente iba a la tienda de casa a comprar pequeñas cantidades de comestibles, cincuenta gramos de azúcar, de harina, de café o de arroz y un huevo. Cuando alguien protestaba porque el huevo era muy pequeño, iba a la cesta sin soltarlo, regresaba con el mismo, se lo entregaba y se iba muy conforme porque creía que se llevaba realmente otro mayor. Eran las circunstancias, el hambre. ¿Y en la “mili”? Estaba en San Marcos, en León, que entonces era del Ejército y allí había caballerizas con buenos sementales. Al cabo de algún tiempo me enviaron a Avilés como jefe de la parada y como todos conocían a mi padre, me pedían que echara los sementales militares a su yegua o a su burra. Y,


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aunque estaba prohibido, lo hacía y les cobraba. Además, traje algunos vagones de harina y se los vendía a un panadero. Bueno, yo era un buen negociante. Así fue que regresé con dinero para comprarme un camión. Éste fue el hombre que, cerca de veinte años después, aceptó la oferta de Riberas para que se asociara con él. Un comerciante nato, como repite constantemente, audaz y seguro de sí mismo, con una biografía coincidente en algunos de sus pasos con la de su socio, aunque divergente en el punto de partida y en no pocos renglones de la metodología. Pero sí tienen en común el instinto, la capacidad para el riesgo, la dedicación sin tregua al trabajo y la entrega a lo que hacen con absoluta convicción. —Somos muy distintos, aunque muy parecidos. Él es muy discreto y yo muy hablador; meto la pata con más frecuencia, porque él piensa más las cosas antes de decidir. Pero en el trabajo somos iguales, porque ambos somos muy trabajadores. Es muy listo y hace años que es el número uno del sector sin necesidad de arrollar a nadie. Nos entendemos bien Riberas y yo. De él no puedo más que hablar bien constantemente. Nos vemos poco, pero no nos hace falta porque esta empresa va perfectamente bien. La plantilla supera las trescientas personas muy preparadas técnicamente y con calidad humana, que es muy importante. Es como si tuvieran acero en las venas. —¿Cuál es la actividad de la factoría? —Trajimos maquinaria nueva de Alemania e Italia que en el mercado ahora vale quinientos millones, pero que me costó ciento cincuenta hace diez años, cuando cambiamos nuestra actividad, porque vendiendo hierro, como hace todo el mundo, no seríamos capaces de ganar un duro. Nos dedicamos a producir todo tipo de piezas para la seguridad en las carreteras. Fabricamos ochenta productos distintos y ahora sacaremos dos al mercado con patente propia y vamos a triunfar. Entre ellos, un tipo de protección para las motos en el que somos únicos en Europa. Nosotros hacemos esto aquí y Riberas en sus factorías trabaja para el automóvil, de tal manera que entra la bobina por un lado y sale el producto terminado por el otro. En nuestro caso, barreras para las carreteras y en el suyo, piezas para las carrocerías de varias marcas de automóviles, Seat, Peugeot, Citröen, Volkswagen, etc. Vendemos seguridad y somos unos avanzados. Y es así porque somos ambiciosos: tenemos la ambición de tener y la de crear. Por esa razón invertimos todos los años cuatro o cinco millones de


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euros en Hiasa, porque necesitamos seguir los primeros en el mercado, con más calidad. —Tengo la impresión de que usted, como Riberas, tampoco pensó nunca que llegaría un día en que habría de dejar todo esto para empezar a descansar. —Nos acaban de dar el premio a la empresa más dinámica de Asturias y es como si te dieran un impulso para continuar. Pero es que yo desde niño tuve que moverme mucho y llega un momento en que no puedes detenerte. Miras hacia atrás y recuerdas cómo empezaste y dónde estás ahora, y adviertes que el esfuerzo ha florecido y te da ánimos para seguir creando. Lo malo es que yo, al contrario que él, tengo una hija solamente, y ella no quiere saber nada de esto. Así que, sin remedio, tendré algún día que dejarlo, porque a mis setenta y seis años las fuerzas no aguantan eternamente. Le venderé lo que me queda a Paco y sé que todo va a quedar en buenas manos, porque son las mismas con las que me asocié hace más de treinta años con tan buenos resultados. Pero, por ahora, todavía no pensé en descansar ni dejar de venir por las mañanas y por las tardes. —¿Qué estudios tiene usted? —Mi universidad fue la vida. Aprendí a sobrevivir, que no era poco, y no me fue mal. Fui a la escuela de don Floro, en Avilés, y cuando llegué a la regla de tres, a los trece años, lo dejé. Iba todos los días a comer y regresaba a clase desde Valliniello, que está a unos tres kilómetros. A partir de entonces tuve que buscarme la vida. Burgos e Hiasa eran a finales de los años sesenta dos buenos pilares que empujaban en el proyecto de Francisco Riberas que, parece claro, no estaba dispuesto a detenerse porque en aquel tiempo ya negociaba la adquisición de terrenos en Barcelona para la instalación de una nueva factoría. Necesitaba acercarse a una de las zonas del desarrollo español para continuar allí con el comercio de la chapa. Pero, sobre todo, necesitaba estar en aquel área en crecimiento porque para entonces estaba ya convencido de que debía dar el paso definitivo hacia la industria del automóvil, que se presentaba como la gran oportunidad. La mejoría en la economía española empezaba a lanzar ese nuevo mercado y él tenía que introducirse porque la especialización era el futuro. Comprar y vender solamente empezaba a estar al alcance de demasiada gente.


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LA DECISIÓN DE INSTALARSE EN BARCELONA Y EL INTENTO DE COMPRA DE TERRENOS EN MONTMELÓ Cruz Rodríguez, director de la asesoría jurídica de Gonvarri que acaba de jubilarse, fue testigo directo, y actor en no pocas ocasiones, de la mayor parte de las actividades desde aquellos finales de los años sesenta hasta 2003. Ejerció primero como abogado externo y, más tarde, dedicado íntegramente a la empresa a la que se incorporó, definitivamente, en 1974. Un día de 1969 Francisco Riberas llamó a su despacho al joven letrado para que lo acompañara a Barcelona, con el fin de cerrar la adquisición de unos excelentes terrenos en Montmeló sobre los que pensaba levantar una nueva factoría. Se disponía a dar un paso gigantesco en sus propósitos de no detenerse, pese a que su situación en el sector y en el mercado ya era envidiable. —Me dijo que llevara la máquina de escribir, no había, lógicamente, ordenadores, porque íbamos a firmar un documento privado para la compra de los terrenos; que solamente faltaban unos detalles, pero fácilmente salvables porque casi todo estaba decidido. Tomamos el avión y llegamos a la capital catalana donde nos esperaba un agente de la propiedad inmobiliaria. Nos trasladamos en automóvil a nuestro destino, donde nos aguardaba el payés propietario de las fincas. Mientras intercambiaban las últimas impresiones, observé que muy cerca de nosotros había unas cajas con frutas cuyos rótulos decían “Catalunya” unos y “España” otros. Y, mientras hablaban, aquel hombre decía una y otra vez “ustedes los españoles”..., “cuando yo bajo a España”..., y pensé que aquello empezaba muy mal y que, conociendo a Riberas y la manera en que pensaba, aquel trato acabaría por no cerrarse a pesar de que él tenía especial interés en implantarse en Barcelona. —¿Firmaron el documento? —Aquel payés nos miraba como si fuéramos unos tipos extraños, mientras repetía aquello de “ustedes los españoles”... Y en uno de los silencios, entre frase y frase de la conversación, Riberas se levantó y dijo sin apelación posible: “No me interesa”. Él siempre fue muy respetuoso con todo el mundo, pero no soporta el mal trato de nadie. La diferencia que había a favor del payés estaba dispuesto a concederla, pero no aguantó el desprecio con que lo


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trató aquel hombre. Regresamos a Madrid y seguidamente empezó los trámites para la compra de otros terrenos, mejores que los de Montmeló, en el polígono de Castellbisbal, que es donde tiene ahora una extraordinaria factoría, entre las mejores de Europa. Y acertó plenamente. La actitud del payés fue providencial, porque Riberas salió ganando con creces. Poco antes había creado Sidercasa, Siderometalúrgica Castellana, S.A., con domicilio en Valladolid, que más tarde pasó a Burgos, con el objeto de comercializar los productos de Gonvarri, que la absorbió poco tiempo después. Todo esto ocurría diez años después de que Riberas iniciara la etapa decisiva de su vida en casa de doña Hortensia, en la calle Hileras. Durante todo ese tiempo había alguien que seguía paso a paso sus progresos desde una proximidad intensa e interesada, sin duda apasionada, porque él formaba parte fundamental de su vida; casi la única razón que durante años la había mantenido en pie. Era Benita Pampliega, su madre querida, su protectora durante los días de la huida en plena guerra civil y del duro retorno de la posguerra. Ella siguió vigilante el establecimiento y desarrollo de cada planta, desde los cimientos hasta la salida de los productos acabados. Me lo recordaba, una vez más, Carmen Riberas en uno de los encuentros en la casa de Somosaguas. En realidad, su madre siempre había sido uno de los grandes argumentos de la vida de Riberas, la fuerza moral que, a modo de complemento esencial, había empujado su trayectoria, siempre ascendente. —Tuvo la gran fortuna de ver nacer sus empresas y de verlo triunfar. Seguía siendo su confidente y se mostraba feliz con cada paso que daba, porque sabía que no había marcha atrás por la solidez con la que avanzaba. Creo que rebosaba felicidad y fue su mejor compensación. Además, su longevidad le permitió ser testigo de todo y él se sentía satisfecho. Siempre fue un hombre discreto, pero pienso que si alguna vez manifestó algún tipo de vanidad fue solamente ante mi madre, por halagarla y para que ella se sintiera compensada por aquellos años en que le parecía que no había salida para nuestra vida. Aquella devoción por su madre y la nunca disimulada querencia por Rabé de las Calzadas, el pueblo de sus raíces, ejercieron sobre él una influencia decisiva, una atracción irresistible, como la fuerza inevitable de un imán.


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Documento informal del primer pedido que Riberas hizo a GerbolĂŠs para la planta que iba a levantar en Burgos.


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Documento original con el pedido de maquinaria realizado por Gonvarri a la empresa francesa representada por Luis Gerbolés, con destino a la primera factoría que Riberas creó en su tierra natal burgalesa. Lleva fecha del 5 de mayo de 1965, cuando el domicilio social de la compañía estaba en la calle Méndez Álvaro.


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Con Manuel Álvarez, el hombre de Hiasa con el que se asoció en la industria asturiana y en la que ya tiene mayoría.


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Agustín Sagredo, primo y amigo de Riberas, hombre fundamental en el desarrollo de la fábrica burgalesa.


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En su juventud regresaba al pueblo tantas veces como podĂ­a, especialmente durante las fiestas.


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CAPÍTULO VIII

Las factorías de Burgos, Asturias y Barcelona, más allá de los proyectos iniciales. —El cambio de O’Donnell a Somosaguas, signo externo del progreso. —Una bodega bajo la casa para producir vino. —La decisión de transformar Rabé de las Calzadas tras su éxito de Burgos. —Un pueblo tranquilo y con historia, en el viejo Camino de Santiago. —Unas callejuelas de piedra y barro, casi intransitables. —Propuso a los vecinos pavimentar las calles, instalación del alumbrado, arreglo de la ermita y reparación de las campanas. —El vecindario reunido aceptó complacido la oferta de Riberas. —En una nueva actuación ofreció una báscula, un juego de bolos y la construcción de un pabellón polideportivo. —Una casona para su madre en la plaza del pueblo. —Rabé, agradecido, le nombró hijo predilecto y colocó un busto para perpetuar su recuerdo. —Un nuevo edificio Consistorial, otro proyecto en marcha. —Patriarca de un clan familiar bien avenido. —Siguió de cerca los estudios de sus sobrinos, con asignación de paga mensual. —Un salario complementario para sus cuñadas. —Baldomero Pampliega, otro benefactor del pueblo en el siglo XIX.


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EN LOS PRIMEROS AÑOS DE LA DÉCADA DE LOS SETENTA Riberas había dado un paso decisivo en el desarrollo de sus proyectos. Con las factorías de Burgos, Asturias y Barcelona superaba con creces sus metas más optimistas, porque había aceptado el reto de avanzar con audacia controlada frente al entorno, en una etapa que se presentaba comprometida por las circunstancias internacionales nada favorables. La calle Hileras, la casa de doña Hortensia, el estaño y los primeros pasos en el hierro de la mano de la viuda de Aznar quedaban ya lejos en el tiempo, aunque él nunca perdió de vista aquel modesto punto de partida pleno de esperanzas. Las sucesivas metas conseguidas con tanta entrega y sacrificios, nunca lograron descompensar su equilibrio y ese especial sentido del aplomo le permitió mantenerse fiel a sus principios y orígenes, una constante en su vida. En realidad, conservó siempre los pies en la tierra porque en todo momento tuvo muy presente de dónde venía, cuáles eran sus modestas raíces, en el campo árido y hostil de Rabé de las Calzadas, no muy diferente del de su entorno castellano. Su nueva posición empresarial le permitió no solamente el progreso de sus plantas transformadoras, sino avanzar también en su status personal, marcado en sus signos externos por los sucesivos cambios de domicilio, en esta ocasión desde la calle O’Donnell al área residencial de Somosaguas donde adquirió un chalet ya construido, situado en la calle de la Perdiz, en el que fue introduciendo reformas y ampliaciones, incluida la profundización del terreno para instalar una bodega, en la que no faltó una prensa para pisar la uva y conseguir su propia cosecha de vino. Y, sobre todo, como experiencia para que sobrevivieran en sus hijos las tradiciones arraigadas en su familia y en el pueblo. Para conseguir todo eso precisó de la realización de una obra casi faraónica, proyectada y dirigida por el ingeniero José Miguel Zubiete, ya que llegó un momento en que el edificio quedó prácticamente suspendido en el aire por una estructura de hierro, mientras los obreros avanzaban en la excavación y se replanteaban sus cimientos. Creyó entonces que aquel traslado a una zona tan selecta, con un conjunto de comodidades como las que disfrutaría toda la familia, habría de ser definitivo. Sin embargo, aun cuando en aquel momento pensara de esa forma, en el fondo de su alma sabía que su casa, la que tenía íntimamente por la suya, no era aquélla y que le quedaba pendiente ese reto que afrontó definitivamente tres déca-


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das después, en el momento en que comenzó a mirar hacia la vida de otra manera, con mayor sosiego, y más hacia sí mismo. Sin embargo, a Riberas no se le ocultaba que entre las muchas cuestiones personales pendientes desde siempre, figuraba una cierta forma de obligación para con su pueblo, no sólo porque hubiera contraído algún compromiso inaplazable con su lugar de nacimiento o porque viviera allí gran parte de su familia sino, y seguramente sobre todo, porque era el de su madre con la que tenía pendiente impagables deudas íntimas. Y le pareció, una vez que la factoría de Burgos echó a andar con tan buenos resultados, que había llegado el tiempo de dar los pasos para saldar las viejas cuentas, tan hondamente sentidas. Como si al haber consolidado su posición advirtiera, de pronto, que debía exigirse alguna fórmula que le permitiera compartir sus buenos resultados con aquellos que había tenido siempre más próximos al corazón. Y ningún momento mejor que aquél en el que había cruzado la difícil frontera de la consolidación y avanzaba hacia una nueva dimensión de sus propósitos. A él le gustaba el pueblo. Le traía recuerdos de un tiempo en el que había sido feliz, lejos de la vida madrileña de posguerra. Por esa necesidad tan poderosa, en su juventud regresaba tantas veces como podía, sobre todo para pasar las fiestas. Solía llegar acompañado de algunos amigos del barrio, aunque la casa familiar estuviera saturada de invitados. En una ocasión él mismo advirtió que su llegada podía comprometer a la abuela y le advirtió que se irían el mismo día para no causarle problemas. Pero ella le respondió que él y sus amigos podían quedarse cuanto tiempo quisieran, porque no iba a cerrar las puertas a su querido nieto Paco y a sus acompañantes. Algunos días más tarde, el mismo grupo de compañeros acudieron a casa de los familiares de otro de ellos en plenas fiestas y “no nos hicieron ningún caso”. Y ese contraste en el recibimiento y trato entre ambas ocasiones se lo recordaban a Riberas: “La suerte que tienes con tu familia; ya puedes estar contento”.


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RABÉ DE LAS CALZADAS, UN NOBLE PUEBLO OLVIDADO EN EL VIEJO CAMINO DE SANTIAGO Por Rabé de las Calzadas ya no se pasa. A Rabé se va, porque la carretera que llega desde Tardajos, después de abandonar la de León, acaba allí mismo, sin más salida que la que obliga a desandar la senda. Los nuevos tiempos, desde hace ya decenios, han convertido a este pueblo, ahora silencioso y apacible, en algo parecido a península en tierra. Sin embargo, no siempre fue así, porque todavía quedan imborrables sobre el firme de sus calles remozadas las huellas de los pasos sobre el polvo y el barro de decenas de miles de peregrinos que las cruzaron en su camino hacia Santiago. En la actualidad, todavía siguen el viejo trazado los caminantes rigurosos que, fieles al itinerario primitivo, van hacia el apóstol como sus antepasados. La comodidad de avanzar por la carretera ha reservado el paso por Rabé para los puristas que llevan en sus mochilas los viejos mapas con la ruta señalada en todos los idiomas de la cristiandad. As��, atraviesan el pueblo cada año algunos centenares de caminantes, que hacen un breve alto para tomar aliento, reponer alguna provisión o, simplemente, para preguntar alguna curiosidad al primer vecino que encuentran al paso. Y seguramente la curiosidad más evidente, por inmediata, es la de averiguar quién es el hombre del busto que aparece sobre un pedestal rodeado de flores en medio de la plaza. Y, algunos, los más observadores, se acercan a la fachada de la casa más próxima para examinar la placa que da nombre al espacio más noble del pueblo. En mi paso por Rabé también, como los peregrinos, me acerqué al busto y leí la placa, aunque con la diferencia de que yo los buscaba y ellos los encuentran al doblar la esquina de la calle y desembocar en la plazuela, cercada por edificios de sillares sólidos y un cierto tono noble y acogedor. Y es que desde hace varios decenios esta antigua villa quiso guardar para siempre, con afecto y agradecimiento, memoria de uno de sus ilustres hijos, Francisco Riberas Pampliega, cuyos nombre y rostro en bronce presiden su silenciosa rutina de cada día por voluntad unánime de todos sus vecinos, porque él hizo posible la más profunda transformación del entorno urbano que se conoce en más de un siglo. Hasta ese momento, recuerda Cándido Pampliega, los caminos se convertían en un barrizal intransitable durante el durísimo invierno y en fino


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polvo reseco y penetrante en el estío, como ocurría en todos los pueblos del entorno. Los vecinos calzaban almadreñas o botas para protegerse “del barro que nos llegaba hasta los tobillos”, que sustituían por ligeras alpargatas cuando llegaba el tiempo de la recolección y de la trilla. Juliana y Cándido Pampliega guardan como un tesoro muy querido la vieja tradición oral transmitida desde siglos, para que ni ellos ni nadie de las nuevas generaciones pierdan el hilo de su historia, la pequeña e íntima; la que mide el pulso de la vida del pueblo a lo largo del tiempo y que conservan como el mejor patrimonio que ha de perpetuarse para evitar la despersonalización y el olvido. Por eso ambos, como otros vecinos que nunca renunciaron a la vida que transcurre entre las cuatro paredes del pueblo, reviven con entusiasmo, y no sin cierta añoranza, su experiencia personal desde la infancia y la de sus mayores que les transmitieron como legado irrenunciable, en el que está la esencia de sus raíces y su origen. En realidad, la vida en el Rabé de los primeros decenios del siglo XX no era muy distinta de la que habrían tenido sus padres y sus abuelos, ni de la de otros pueblos de la vieja Castilla, reseca y sufrida. Discurría entre los más de treinta grados en el estío y los nueve o diez bajo cero cuando se helaba el río, se atizaba con paja la “gloria” bajo el piso de buen ladrillo y se pisaba el barrizal de los caminos. —La gente vivía con dificultad. Esta tierra siempre fue dura y tacaña con quien la trabaja. Algunos, como complemento para mejor subsistir, se dedicaban a la fabricación de queso y a recoger lana de las ovejas por los pueblos, como hacía un tío nuestro, para hilarla en la casa cuando concluían las tareas del campo. Todo cuanto reunían se lo vendían a alguien que venía de fuera a comprarlo. Nosotros no conocimos eso, pero lo oíamos contar en casa durante las larguísimas veladas de los inviernos de nuestra infancia. La gente tenía rebaños de cuarenta o cincuenta ovejas. Nuestra familia, que era de tipo medio en el pueblo, solía tener unas setenta. Y no recordamos a nadie que no fuera labrador. Y en los veranos, cuando la recolección del trigo, venían cuadrillas de segadores gallegos procedentes de Aranda y de otros lugares, que aprovechaban el verano en Castilla para ganarse unas pesetas. Entonces el pueblo tenía trescientos habitantes. Luego se fueron perdiendo hasta llegar al centenar, porque nadie quería seguir empobreciéndose estérilmente. Pero en los últimos


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años la gente ha iniciado el retorno, porque hubo un día en que algo empezó a cambiar aquí. La historia de la nueva transformación de Rabé comenzó con el inicio de los setenta, cuando en una desapacible mañana de agua y barro apareció Riberas por el pueblo con Pedro Saiz, propietario de unas guijeras próximas. —Las calles del pueblo eran de cantos y tierra, casi intransitables cuando llegaba el invierno. Y uno de esos días apareció Paco por aquí con ese amigo. Se ve que ya tenía pensado algo, y nos fuimos a la parte de atrás de la casa donde estaba la bodega con el vino que yo mismo pisaba. Yo entonces era alcalde y en un momento de la conversación, como para tomarme el pelo, me dijo: “¡Vaya alcalde que eres tú que tienes todo el pueblo lleno de barro!”. Con un tono de evidente impotencia le contesté que qué quería que hiciéramos si no teníamos un céntimo para nada. La realidad era que en el pueblo, de apenas cien habitantes tras la emigración de más de la mitad de los que había tenido, no existía mucha capacidad para afrontar soluciones para sus graves carencias y nadie mejor que Cándido para reconocer su impotencia. La falta de un presupuesto decente había obligado en 1968 a él y a dos convecinos, Arsenio y Justo, a pedir un préstamo para llevar el agua a las viviendas, “porque ningún organismo daba una peseta a los pueblos como el nuestro para realizar obra alguna, y esa era de necesidad apremiante para todos”. Fue un crédito agrícola de ciento ochenta mil pesetas que avalaron personalmente los tres. —Paco insistía en que aquello no debía continuar así y yo le repetía que no podíamos hacer nada, y que esa era la razón de que nos hubiéramos echado sobre nuestras espaldas aquel dinero. Por cierto, sobre esta cuestión me había dicho el secretario que si me cesaban como alcalde y el Ayuntamiento no quería hacerse cargo de aquel gasto, yo cargaría con él, y maldita la gracia que tenía la broma. Sin embargo, me parecía imposible que me pudieran hacer eso. Aunque cosas peores se habían visto. Así estaba la situación cuando hablábamos aquel día sobre los problemas del pueblo.


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PAVIMENTO PARA LAS CALLES, ALUMBRADO PÚBLICO, LA ERMITA, UN POLIDEPORTIVO Y UNA CASA PARA SU MADRE Pero Riberas había ido, efectivamente, con la intención decidida de que las cosas empezaran a cambiar, incluso cuando su tío Cándido le dijo que arreglar los caminos y otras cosas pendientes iba a costar mucho dinero. Había llegado el momento de que cumpliera aquella promesa nunca manifestada de comprometerse con el futuro de Rabé, donde tan buenos días había pasado en los tiempos malos, cuando el hambre los empujaba a él y a su madre a buscar el refugio entre los suyos, para recuperar el cuerpo y el alma de las penurias de la guerra y sus secuelas. —Cuando le dije que era un dineral lo que costaría arreglar el pueblo, me dijo que eso no importaba, que lo que yo tenía que hacer era reunir al pueblo y preguntar a los vecinos si todos estaban de acuerdo con las obras. A mí me parecía imposible y le respondía con cierta incredulidad: “Pero hombre, ¿cómo no van a estar de acuerdo si ese es un lujo inalcanzable para nosotros?”. Y fue el 22 de septiembre, día de la fiesta del pueblo, cuando Cándido convocó a los habitantes de Rabé para que acudieran a la una de la tarde al Ayuntamiento para que Riberas les expusiera su proyecto. Fueron unas horas de expectación, aunque en el ánimo de todos latía la certeza de que no iba a ser una asamblea estéril, porque conocían el temple, la generosidad y el amor que sentía por el pueblo. Pero sobre todo, estaban convencidos de que si se desplazaba desde Madrid con un propósito tan firme era porque su decisión estaba tomada y su palabra equivalía, como siempre repetían, a un acta notarial. Por esa razón todos acudieron al encuentro seguros y confiados. Sin embargo, no le ocurría lo mismo a Cándido que pasó toda la mañana inquieto sin que pudiera explicarse las razones, porque él era el primer convencido de que su sobrino tenía preparado algo importante para ofrecer al pueblo. Pero aquel estado de nervios que experimentaba crecía paulatinamente, al ritmo en que las manecillas del reloj avanzaban sin que se oyera el zumbido del motor retumbar entre los muros de piedra de las casas. —Fueron muchos minutos de desasosiego porque no oíamos el coche que nos anunciaría su llegada. Yo cada vez estaba más nervioso, mientras


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la gente esperaba paciente ya que estábamos convencidos de que algo debía haberle pasado para que no acudiera a tan importante cita. Riberas apareció hora y media más tarde de lo previsto, después de haber esperado durante ese tiempo en Lerma a que instalaran una nueva correa al ventilador de su automóvil, que lo había dejado varado en la carretera sin poder comunicar a nadie las razones de su retraso. —Cuando finalmente apareció, respiré tranquilo. ¡Vaya hora y media que pasé! Se dirigió a sus paisanos con la generosa oferta que acogieron con aplausos y abrazos, porque nunca habían soñado con una transformación tan radical del pueblo y, además, sin que ninguno de ellos tuviera que desembolsar una sola peseta. ¿Cómo no iban a estar de acuerdo si no podían creer que tuvieran tanta suerte? Aquella jornada fue excepcional para el vecindario, pero no fue la única porque desde entonces Riberas no cesó en su propósito de mejorar cada uno de los rincones de Rabé. Para Cándido, como alcalde y, sobre todo, como tío del generoso benefactor, la constante dedicación de Riberas al pueblo es un motivo permanente de orgullo y de agradecimiento. Y, por todo ello, actualiza ahora con emoción todas las satisfacciones vividas a lo largo de los últimos treinta años. —No había pasado un mes desde aquel ofrecimiento al pueblo, cuando ya se procedió al derribo de una casa que había comprado a un vecino en setenta mil pesetas para ampliar el espacio. La primera obra fue la pavimentación de todo el pueblo con hormigón y el alumbrado público. Él nunca dijo lo que le había costado todo aquello, pero yo calculo que alcanzó con creces el millón y medio o los dos millones, que era un dineral entonces. Después, decidió que había que fundir las campanas de la iglesia, que estaban rajadas, y las enviamos a Saldaña, en Palencia, donde no sólo las rehicieron sino que les instalaron un motor para que su repique fuera automático. Cuatro años después costeó la reforma de la ermita, que estaba en muy mal estado, y los accesos al cementerio. La ermita amenazaba ruina cierta y aunque Riberas pidió que se respetara su estructura exterior, la entrada que estaba en un lateral fue abierta en la fachada frontal y la mampostería exterior mantuvo su primitiva construcción con un refuerzo interior de hierro recubierto de madera.


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Con ello no solamente se consiguió rescatarla del deterioro sino que le dio un aspecto de solidez, sin romper la estética y la imagen con la que la recuerdan los más viejos del pueblo. Por aquellos días del inicio de los años setenta, un elevado porcentaje del vecindario vivía aún de la agricultura, aunque algunos, los más jóvenes, habían encontrado acomodo en algunas de las industrias que se habían establecido en los alrededores de la capital, entre ellas la del propio Riberas que, recién estrenada, ya había abordado entonces alguna de las sucesivas ampliaciones que demandaron los buenos resultados. Así pues, no se desentendió de las necesidades del pueblo tras aquellas primeras actuaciones, sino que siguió atento a las demandas de sus paisanos. —Más adelante decidió que había que instalar una gran báscula para pesar hasta cincuenta mil kilos, al servicio de los agricultores. Aquello ya fue un lujo añadido a todo cuanto había hecho. Y tanta obra ya empezaba a despertar los celos de los pueblos vecinos que seguían anticuados, como medio siglo atrás. Creo que la báscula le costó más de un millón de pesetas. Y para que los vecinos tuvieran una distracción, sufragó la construcción de un juego de bolos con graderíos para los espectadores. Y cuando yo ya no era alcalde, dio dinero para una nueva tubería de la conducción de agua, porque la vieja tenía varias fugas y dejaba casi todo el líquido por el camino. Fueron las obras de una década, la que coincidió con una de las etapas brillantes de la trayectoria de Riberas como empresario, cuyos rendimientos empezaron a situarlo entre los mayores contribuyentes del país. Sin embargo, no se detuvo en la ayuda al pueblo como tampoco lo hizo cuando sus negocios habían alcanzado cotas envidiables, en cuyos límites cualquier otro se hubiera parado, porque ya ni él ni sus descendientes, por varias generaciones, iban a necesitar más que dejar que la inercia empresarial cumpliera sus ciclos, con buen pulso y sin mayores esfuerzos. Pero él es un creador y, como me repitió en numerosas ocasiones, nunca pensó detenerse; y de ese impulso se beneficiaron también los vecinos de Rabé a los que nunca olvida, “aunque ahora vaya poco por allí”. Y cuando le enumero todas cuantas obras realizó en el pueblo, retoma el hilo de la conversación que mantuve con su tío Cándido y me repite, sin alterar su voz pausada, cada una de ellas, no como quien se refiere a una


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lista de méritos sino como el relato de una nómina de reconfortantes obligaciones. —He hecho cosas por mi pueblo que me llenan de íntima satisfacción. No tenía agua, las calles eran un barrizal, la ermita casi en ruinas, las campanas de la iglesia rotas... Me costó mucho dinero, pero lo di con gusto; y pocas cosas hay que me hayan compensado más el espíritu. La última obra hasta ahora fue un polideportivo que se inauguró hace cinco o seis años. Es amplio y cómodo, y acude gente de los pueblos vecinos cuando hay actividades deportivas, que son frecuentes porque lo alquilan casi todos los domingos clubes de la capital para sus competiciones. A mí siempre me preocupó la juventud, sobre todo en estos momentos que tantos peligros la acechan por todas partes. Creo que mientras los chavales hacen deporte no se dedican a otras cosas a las que los incitan constantemente. Sin embargo, su obra en Rabé habría quedado incompleta si hubiera concluido con la sola transformación del pueblo, cuestión importante para él. Sin embargo, siempre había pensado que la culminación de aquella metamorfosis solamente podría alcanzar su plenitud cuando ofreciera a su madre un edificio singular para que disfrutara de él y pudiera recuperar los recuerdos que guardaban de su infancia y juventud los caminos y los campos, tantas veces recorridos en juegos y trabajos. Sería como el regreso a las raíces nunca olvidadas, como satisfacer ese deseo del permanente retorno que acosa siempre a los emigrantes, que arrastran consigo la añoranza y acaban por vivir con el corazón partido. Y, en efecto, una vez concluidas las obras que Riberas realizó como ofrenda de amor a su pueblo, compró algunas casas y pajares frente a la vieja casa familiar de los Pampliega, los derribó y construyó a espaldas de la iglesia una casa de piedra, amplia, con un hermoso corredor hacia la plaza; amplios ventanales de cristaleras emplomadas y salones y habitaciones en su interior que completan un conjunto confortable, dentro del tradicional y sobrio estilo castellano. Desde entonces hasta 1999, fecha del fallecimiento de su madre, cada verano se instalaban en Villa Benita sus padres en la compañía siempre fiel y entregada de su hija Carmen. Y era Riberas, personalmente, quien en cada comienzo y fin de temporada los llevaba a Rabé y los devolvía nuevamente a Madrid. Y durante todos esos años, los Riberas-Pampliega celebraron en la casa fiestas familiares en las que todos compartían la felicidad del éxito y la satisfacción de estar juntos.


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HIJO PREDILECTO DE RABÉ, NUEVOS PROYECTOS Y LA SATISFACCIÓN DE AYUDAR A TODA SU FAMILIA

Tanta generosidad derramada en su pueblo no podía quedar sin reconocimiento, porque los convecinos y amigos de Riberas en el pueblo son gente agradecida y generosa. Además, sienten el orgullo de que su transformación trajo consecuencias positivas, porque el tiempo ha devuelto la vida a sus calles y a sus casas, muchas de ellas de construcción reciente, con nuevos vecinos o con los que regresan cada fin de semana para descansar después de la jornada semanal en las industrias de la capital. Y, por todo ello, los habitantes de Rabé sienten la sana vanidad de saber que su pueblo disfruta de comodidades y de equipamientos de ocio de los que no disponen los poblados de los alrededores. Por todo eso, que es mucho, el Consistorio, presidido por José Pampliega desde hace doce años, acordó el 28 de agosto de 1980, por unanimidad, e interpretando el sentir de todos los vecinos, conceder el título de hijo predilecto a Francisco Riberas, “habida cuenta de los méritos que concurren en él, por los estimables beneficios a favor de este Ayuntamiento y su vecindario en general, por las obras realizadas de pavimentación de todas las calles del pueblo, instalación de báscula puente, construcción del juego de bolos, fundición de las campanas de la iglesia, urbanización de su acceso, restauración de la ermita de Nuestra Señora, mejora de acceso al cementerio”... El acta añade que “por los expresados motivos, a fin de premiar este ejemplar comportamiento, me permito proponer al Ayuntamiento que presido se tome en consideración la idea de erigirle un busto que perpetúe su memoria, a ubicar en la plaza del pueblo que lleva su nombre”, y en ella también se hace constar que la Corporación decidió que se otorgara el honroso título en pergamino “y que se contraten los trabajos, dada la urgencia y especialidad de los mismos, así como la construcción de la fuente artística para que adorne y complete la plaza”. Tanto con motivo de la inauguración de las obras de alumbrado, pavimentación de las calles y arreglo de la ermita y de la recuperación de las campanas del templo, como de la concesión del título de hijo adoptivo de Rabé en favor de Francisco Riberas, todo el vecindario se echó a la calle para acompañar y agasajar a tan ilustre convecino que, fiel a sus raíces,


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no se había olvidado de los suyos en las horas del éxito, con los que quiso compartir parte de los beneficios que su trabajo, voluntad y buen espíritu empresarial le habían proporcionado durante los últimos años. Fueron días de alegría desbordada, en los que los vecinos y forasteros llegados para la ocasión convirtieron a Riberas en el centro de los actos de la jornada, en los que tomó parte activa, presidiendo los actos religiosos y civiles, así como en su intervención en el juego de los bolos al lado de algunos de los más experimentados jugadores. El Diario de Burgos se hizo de eco de tan señaladas fechas y recogió en sus páginas que “no queda una sola calle ni un solo rincón a donde no haya llegado el soplo de la modernización, el arreglo de las aceras y desagües, instalación de agua y del alumbrado público, etc. Con razón puede servir Rabé de modelo de rejuvenecimiento a los pueblos despreocupados de estos detalles, de tanta monta y trascendencia, en los tiempos en que estamos viviendo. Y todo ello, merced a la largueza y generosidad ilimitada de este ilustre y benemérito hijo de Rabé, Francisco Riberas Pampliega”. José Pampliega, actual alcalde de Rabé, catedrático de Filosofía y director del Instituto de Bachillerato “Comuneros de Castilla”, en Burgos, supo desde el día que se hizo cargo de los destinos del pequeño municipio que todas aquellas obras no serían las últimas que abordaría Francisco Riberas, porque conoce bien al personaje y sabe que nunca se detiene, que su afán creador no conoce límites y que tampoco pondría freno a su generosidad con su pueblo. —Estaba yo ya en el Ayuntamiento cuando me habló del polideportivo y a mí la idea me pareció algo extraordinario. Algún tiempo después hablamos del edificio municipal, de su angostura y precariedad. Y salió de él la necesidad de construir uno nuevo. Le dije que eso eran palabras mayores, que costaría mucho dinero. Me habló de una cantidad y le dije que con ella sí se podría hacer mucho. Aquel asunto quedó un poco olvidado y él continuó con su expansión empresarial. Años más tarde fui yo quien le recordó aquel viejo asunto. Estuvo cariñoso y receptivo y me propuso que presionara a las administraciones, Diputación y Junta de Castilla y León. Y, efectivamente, lo voy a hacer puesto que ya lo tengo bastante hablado. Sin ayuda externa no sería posible, porque los diecisiete millones del presupuesto de Rabé dan para muy poco. Yo querría em-


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pezar las obras el año 2004 y para ello voy a convocar un concurso de proyectos, y el que nos guste más al pueblo y a él se hará. Al otoño le ha empezado a despuntar el frío. Los árboles han perdido muchas hojas y están ya a punto de quedar desmelenados, convertidos en un esqueleto de extraña belleza mortecina y seca. En las calles de Madrid se empiezan a insinuar vagamente algunos signos de la Navidad y en las tertulias no ha dejado de hablarse de la gran sorpresa que fue el anuncio oficial del compromiso matrimonial del príncipe Felipe con la periodista asturiana Letizia Ortiz. Pero ni los cotilleos nupciales ni siquiera el triunfo de su Real Madrid frente al eterno rival de la capital, el Atlético, le dan un respiro a la grabadora ni tregua a nuestra conversación; ahora con Rabé como argumento, cuestión especialmente querida para él, incluso en los tiempos más convulsos de la pelea impulsada por su carácter porfiado y creador en la España del desarrollo. —Me ha dicho el alcalde de su pueblo que les va a construir una nueva Casa Consistorial y que él y todo el pueblo están ilusionados con la idea. —Sí, voy a ayudar a la obra con una cantidad importante. Le pedí a José que me enviara los planos y que me dijera el precio, porque también va a colaborar la Diputación. Me gusta hacer cosas en mi pueblo, porque uno no debe nunca renunciar a lo suyo, y yo me siento muy unido a aquella tierra por la que tanto corrí de niño. También de mayor, porque todos los años iba a las fiestas con algunos amigos. Mi abuela era muy generosa y les abría las puertas de par en par, porque su casa era también la casa de los amigos de sus nietos. Hice allí una casa preciosa para mi madre que ahora está vacía y que quiero que sea para mi hermana. Ella no lo sabe, pero se la voy a dejar, porque la quiero mucho y porque, en una medida no pequeña, ha sido la continuación de aquel espíritu materno tan cercano, tan alentador, tan sacrificado. —Por lo que veo a su alrededor, usted se ha convertido en el gran patriarca de la familia. Pero es que, además, me llevo la impresión de que es un verdadero clan en la acepción más literal de la palabra. —Claro que soy la cabeza del clan y ellos lo sienten así. Yo desde siempre ayudé a cuantos pude, porque nunca quise desentenderme de nadie. Incluso, ya te conté, de los nietos de aquel tío rico de mi mujer


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que no nos ayudó cuando le pedimos dinero para comprar nuestra primera casa en Usera; ni de los de aquella tía que no nos había acogido tan bien como esperábamos en Lérida, durante aquella dura peregrinación con mi madre en busca de un lugar en el que pudiéramos esperar, con pocos riesgos, el final de la guerra. En Gonvarri han entrado más de quince personas de mi familia, y funcionan muy bien. Son hijos de las hermanas de Josefina, de mi hermana y de otros, y están bien colocados. Me preocupé de todos ellos para que hicieran sus carreras. Les daba una asignación mensual para que pudieran estudiar tranquilamente y con buen aprovechamiento. —¿Es una gran satisfacción, no? —Claro, aunque no soy de los que les gusta hablar de esto, pero sé que ante ti, en este momento, tengo la obligación de hacerlo porque debo ser sincero, contigo y conmigo mismo. Siento una verdadera satisfacción porque contribuí a estimularlos y ahora son todos buenos profesionales, y están conmigo. Yo cada mes me reunía con ellos y les preguntaba cómo iban tanto ellos como las notas, y advertía que tenían ilusión por mejorar en los estudios. Ahora son abogados, economistas..., y eso es muy bonito. —Y me han dicho las hermanas de Josefina que les asignó hace ya bastante tiempo una paga mensual. —Ese dinero complementa sus pensiones. Creí que debía hacerlo. Y si me entero de que alguien tiene algún problema, lo hablo con él y trato de solucionarlo. Pero no me gusta contarlo. Creo que soy buena persona porque estoy en paz conmigo mismo. A sus cuñadas María Teresa, a su marido, y María del Carmen, viuda de Varela, el socio que se separó en los inicios, cuando comenzaron con el estaño, Riberas les asignó una cantidad mensual para redondear sus pensiones. Pero su generosidad no se quedó ahí sino que cuando los negocios del marido de la primera le fueron mal en Bilbao, lo ayudó. Y cuando la solución fue imposible, lo llamó a Madrid y lo colocó en Gonvarri hasta su jubilación. Y a ambas las ayudó a comprar la casa en la que viven y sus hijos encontraron buen acomodo en sus empresas, “y todo lo que hizo por nosotras, nuestros maridos y nuestros hijos fue porque quiso, a cambio de nada, porque ¿qué podíamos ofrecerle nosotras más que


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agradecimiento y cariño? Nos ha hecho felices solamente porque es lo que ha querido siempre, incluso cuando no tenía nada”. A Francisco Riberas le gusta verse rodeado de la familia y estar pendiente de lo que necesitan. Y se siente verdaderamente el patriarca del clan cuando todos acuden a su casa a celebrar la Navidad, “un momento de grandes emociones para él, porque sirve la comida a cada uno y para todos tiene un excelente regalo, incluso para las mujeres de sus sobrinos; para todos”. Las referencias a Rabé y a la familia son obligadas en la vida de Riberas, sin que se vea forzado a incluirlas en su agenda para evitar que se las lleve el olvido. Constituyen dos ejes básicos en su vida, quizá el motor que impulsó todo su esfuerzo, con especial protagonismo de su madre a la que en vida dedicó todos sus cuidados y cariño, de la que guarda memoria permanente, “y no pasa un solo día sin que me acuerde de ella”.

UNA HISTORIA DE GENEROSIDAD CON ANTECEDENTES EN LA ARGENTINA, EN LOS FINALES DEL SIGLO XIX En la historia de Rabé de las Calzadas existen antecedentes de otros de sus hijos que se convirtieron, por amor a su tierra, en benefactores del pueblo en el que invirtieron afecto y dinero sin esperar, como en el caso de Riberas, más contraprestación que el beneficio de sus paisanos y la íntima satisfacción personal. Fue el caso de Baldomero Pampliega, quien, tras cumplir sus deberes militares y concluir los estudios de cirujano de primera en el Colegio de San Carlos de Madrid, emigró a Buenos Aires. Antes de tomar esta decisión, había ejercido como profesional libre en La Mancha y Extremadura, con notable éxito en la curación de las enfermedades de la vista, con resultados satisfactorios en los casos de cataratas, tal como dejó escrito su biógrafo, el maestro Román Pardo que impartió clases en Rabé en el último tercio del siglo XIX, y fue contemporáneo del ilustre benefactor. Tras su llegada a la Argentina, convalidó mediante un examen su título español e inició el ejercicio de la medicina como oculista en la capital, aunque compartió su consultorio bonaerense con otras ciudades del Río de la Plata. Hizo fortuna y a los cuarenta y seis años decidió regresar a Rabé, donde uno de sus hermanos ejercía el sa-


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cerdocio. A José Pampliega, actual alcalde de Rabé, le interesó la biografía de este médico emigrante más allá de la información oral, con ya vagas referencias actuales, aunque todos conocen su nombre y saben que hizo cosas importantes en el pueblo. —Reconstruyó la Iglesia y su torre que amenazaban ruina, obra de gran envergadura que, según documentos municipales, costó cuarenta y cinco mil pesetas. Era un hombre de mentalidad muy abierta que, en gran medida, se adelantó a su tiempo porque mandó construir una casa-escuela que comenzó su actividad docente en 1884. Y fue, probablemente, uno de los primeros colegios que hubo en España de formación profesional. Además de los estudios normales en la época, se enseñaba corte y confección, bordado, etc. Estuvo funcionando hasta hace muy pocos años. Sin embargo, una vez que concluyeron las obras de aquel notable colegio, se planteó el dilema del profesorado: maestros seglares o monjas, criterio este último que prevaleció, por lo que se encargó de que lo regentaran a las hermanas de la Caridad de San Vicente Paúl. En la fachada del edificio fue colocada una gran placa en la que se definía su dedicación: “Escuela particular de primera enseñanza y superior para niñas y adultas”. Pero Baldomero Pampliega no limitó su obra benefactora a Rabé de las Calzadas, ya que financió la recuperación de varias vidrieras de la Catedral de Burgos, construyó un hospital para la atención de minusválidos y en el pueblo de Palacios de Benaver reconstruyó un convento de monjas de clausura. Eran los tiempos en que los vecinos de los pueblos castellanos tenían menores defensas frente a los veranos tórridos y a los inviernos gélidos, cuando todos sus habitantes eran labradores y manejaban aperos elementales para arrancarle a la tierra un sustento que daba con tacañería y a fuerza de grandes sacrificios. En Rabé, como en la mayoría del entorno, y salvo excepciones, las tierras pertenecían a las casas de Arteche, Plaza, etc., aunque lentamente cada familia fue adquiriendo las que trabajaba, que pasaron, con el tiempo, a manos de las gentes del pueblo. —Hay que reconocer que ha tenido mucha suerte en el último siglo, porque entre Baldomero Pampliega y Francisco Riberas contribuyeron a que, en momentos difíciles, el pueblo recuperara el aliento para continuar su actividad. Y lo hicieron, gracias a ellos, en mejores condiciones


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que otros de los alrededores. —Me gustaría que usted, que conoce bien a Riberas, por parentesco y por relación muy directa, como alcalde, por sus generosas aportaciones y proyectos en el pueblo, me diera una opinión sobre él con la menor carga de adherencias afectivas o interesadas. ¿Cree que será posible? —Creo que es perfectamente posible, porque de él habla mejor que nadie su obra, no solamente en Rabé sino, y sobre todo, lo que ha hecho en España, con difícil parangón. Así que cuanto yo pueda decir es consecuencia de esa obra, con el añadido final del afecto personal. Paco es un hombre, y cualquiera puede comprobarlo, que cuando hablas con él crea en su entorno un clima de serenidad y de confianza, a quien debes ir siempre con la verdad. Es siempre cercano con el pequeño y con el mayor, y tiene una gran capacidad para ver las cosas que te permite una conversación serena, sin crispaciones ni malos entendidos. Si él te pide franqueza siempre tu respuesta debe ser limpia, abierta. Yo también me incluyo entre los familiares protegidos por él, porque durante las oposiciones en la Universidad de Somosaguas para la cátedra de Filosofía de Enseñanza Media, hace ya bastantes años, estuve en su casa, en la anterior que estaba en la calle de la Perdiz. La relación con todos fue estupenda. Recuerdo que uno de aquellos días acabé agotado de empujar la moto de Jon que se negaba a arrancar. Y pese a mis esfuerzos y al impaciente interés de Jon, no fuimos capaces de echarla a andar. Entre Rabé y Somosaguas hay un largo trecho; una hermosa historia de amor y lucha, de entrega y solidaridad. Pero la lealtad a sus orígenes no le permite a Riberas dar por concluida su obra en el pueblo. Porque, después de cuanto ha hecho y ha prometido hacer, seguramente le queda en la intención alguna idea en la cabeza porque siempre está presto para todo lo que suponga mejora para su querido pueblo. En todo caso, ya contribuyó ampliamente a la transformación de la vieja villa castellana, convertida en atractivo para muchos naturales y para quienes, forasteros, la han tomado como propia. —En años recientes aun se construyeron cuarenta chalets para gentes que han regresado a vivir y que trabajan fuera, y como segunda vivienda para otros que pasan aquí los fines de semana y las vacaciones. Hemos recuperado casi la totalidad de los trescientos habitantes que tenía a prin-


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cipios del siglo pasado y en los años veinte. Pero no queremos que crezca disparatadamente, sino con buen control para que siga siendo un lugar de elite. En realidad ya no quedan apenas solares para edificar, y eso es bueno para evitar la masificación. Y, como ya dije, de Francisco Riberas se puede esperar todo, porque él siempre da mucho más de lo que recibe. Así lo hizo siempre con su familia, con su pueblo y con quienes trabajan con él. En cualquier caso todo cuanto ha hecho aquí constituye un hito sin precedentes en la mayoría de los pueblos castellanos. Situó al suyo con ventaja en el siglo pasado y fue un adelantado que, ya entonces, sentó las bases para su consolidación en el presente. Él quería un pueblo moderno y bonito, y lo consiguió. Pero aunque vaya poco, o ya no vaya, pude constatar que sus familiares, amigos y el vecindario lo saben cercano, por sus obras los conoceréis, y se sienten orgullosos de que uno de los suyos no los haya relegado al olvido desde la cima del éxito conseguido. Y ha podido ser así “porque”, me dice al paso uno de los vecinos, “nunca perdió la sencillez en el trato con todos, desde que de niño venía a pasar los veranos; y saber eso es una satisfacción compartida. Y, además, está a la vista todo cuanto hizo. Y puede que si no hubiera transformado de esta manera el pueblo, aquí ya no quedaría nadie”. Rabé hoy mantiene un meritorio equilibrio entre la modernidad y los vestigios nobiliarios de otros tiempos que, afortunadamente para sus vecinos, ni el tiempo ni los malos tiempos consiguieron borrar. Algunas fachadas, como la casa de los Pampliega y el viejo palacio, conservan los blasones como restos de la historia de una población que perteneció a la Corona y que mereció el rango de villa con todos los privilegios propios de esa noble categoría. —Creo, señor Riberas, que usted ha hecho lo que los indianos de mi tierra, que cuando conseguían hacer fortuna en América, regresaban a sus pueblos, levantaban una casona con palmera, construían escuelas, adecentaban las calles, arreglaban las iglesias y creaban becas para que los alumnos destacados tuvieran una oportunidad. Es un gesto que ennoblece a quien actúa de esa forma, porque es como dejar memoria de la vinculación permanente e irrenunciable a las raíces. —Es que me parece que quien se va y se olvida de lo que ha sido, aca-


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ba por perder su identidad, que es una manera terrible de pervertir el alma. Y sin alma no eres nada, apenas sólo una máquina para vivir. Además, me habría compensado todo lo que hice en el pueblo solamente por ver a mi madre disfrutar el día en que me nombraron hijo predilecto. Fue algo que me colmó de felicidad, una de las emociones mayores de mi vida porque, en un momento así, se acumulan los recuerdos de las dificultades, de la lucha sin tregua y de las horas de bonanza, y ella había estado en cada uno de esos momentos; los había vivido a mi lado con ilusión y esperanza ciegas. Aquella decisión del Ayuntamiento de Rabé de distinguirle con los máximos honores, culminó una etapa crucial de su vida durante la que cimentó y consolidó todo el entramado empresarial que lo convirtió en el hombre fuerte de la transformación del hierro en España y le abrió el camino para nuevas metas orientadas hacia sectores con futuro muy sólido, como el automóvil, en los que su iniciativa y talento lo convirtieron en un adelantado. No fueron, sin embargo, fáciles las cosas para nadie en ese tiempo. La crisis de 1973 golpeó duramente la economía mundial, con una especial repercusión en la española, y Riberas se planteó la necesidad de reducir la plantilla, como muchas otras empresas nacionales, no pocas abocadas al cierre, o mantenerla en sus límites y ampliar su acción a nuevos mercados. Y esa fue su gran decisión, la que lo distinguió de la mayoría y lo lanzó hasta la primera línea de la industria española, un buen cimiento para su posterior proyección internacional. Así nacieron las nuevas plantas de Burgos, Asturias y Barcelona a la que se unió la de Ferrodistribuidora S.A., Ferrodisa, en el Puerto de Sagunto, al pie mismo de la Siderúrgica del Mediterráneo.

UN CAMPO DE NARANJOS Y DOS NAVES VIEJAS PARA EL INICIO DE LA PLANTA DE VALENCIA En el arranque de esta planta levantina creada por Riberas hay un cierto tono literario, tal como me cuenta las cosas su director, Carlos Castillo, un ingeniero cántabro, formado en Ensidesa y desengañado de una empresa catalana, al que un día le pidió que se encargara de la planta que iba a


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crear en Valencia. Ocurrió hace veinticinco años “y me pidió que comprara unos terrenos y, además, me ofreció que entrara en la sociedad con él”. Y se puso a buscar suelo para instalar la planta de Ferrodisa en la que Riberas también había puesto empeño, porque necesitaba seguir creciendo y en ningún lugar mejor que a la sombra de la Siderúrgica del Mediterráneo, como ya había hecho en el norte. Como en los casos anteriores de las fábricas del empresario burgalés, las cosas se aceleraron, “porque en aquel momento solamente teníamos un campo de naranjos y unas naves viejas que compramos en octubre”, y en el mes de diciembre “empezamos a producir con grupos electrógenos y maquinaria vieja que llevamos de Hiasa”. Carlos Castillo conocía a Francisco Riberas de referencias, a través de los contactos de éste con la siderúrgica asturiana. Eran los años 1977 y 1978. Pero fue cuando el joven ingeniero estaba en una empresa catalana —“llevaba allí cinco años y ni me habían dado de alta en la Seguridad Social”—, el momento en que se encontró personalmente con él en el Hotel Barajas, con Manuel Álvarez como mediador. Y le ocurrió como a otros muchos, que Riberas se lo ganó y lo incorporó a su equipo. Y confiesa que “algo hay en él que te mete en su red, de la que es muy difícil salir; y cuando me di cuenta estaba en Valencia, entre naranjos”. Como al resto de sus colaboradores más próximos, a Carlos Castillo le dio su confianza y “gracias a ese modo de funcionar pudimos montar una empresa importante y ponerla a producir en poco tiempo, aunque luego ampliamos y consolidamos una planta excelente”. El salto de Ferrodisa de la mano de Castillo fue considerable, ya que de los diez operarios del punto de partida pasó a los doscientos cuarenta de la actualidad, más treinta contratados, para una producción mensual de veinticinco mil toneladas. —¿Qué es lo que producen en esa factoría? —Corte de flejes y chapas para electrodomésticos y el automóvil; piezas estampadas, corte de discos y otras piezas para menaje de cocina, extintores, bombonas de butano, etc. Hacemos el plastificado, con PVC, para producir chapa con acabado de imitación a madera y mármol para congeladores y ascensores, además de algunos muebles metálicos, platos de ducha, puertas blindadas, puertas cortafuegos, etc. Carlos Castillo tiene el dos y medio del capital de Ferrodisa, aunque


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esa participación empezó siendo del diez por ciento, “pero sucesivas ampliaciones me lo redujeron al porcentaje actual. Sin embargo, prefiero esa pequeña parte de mucho que una mayor de poco”. En el caso de su empresa valenciana Riberas repitió el mismo esquema que ya le había dado excelentes resultados desde la fundación de Gonvarri, que no fue otro que “nada de burocracia, dar confianza, dedicación y su presencia constante con la que no sólo controla sino que expresa la fidelidad a su gente”. Una fidelidad que, dice Castillo, manifiesta dentro y fuera del trabajo, “y yo soy testigo excepcional, porque tuve un problema con un negocio que monté para uno de mis hijos. Cuando se enteró me llamó y me dio la oportunidad de arreglarlo y me mostró esa otra vertiente de su personalidad, esa gran humanidad que lo singulariza tanto como su buen sentido para el negocio”. Carlos Castillo acompañó en 1991 a Francisco Riberas a la ciudad alemana de Stuttgart para recoger el Q-1, de Ford, “primero que concedían a una empresa de este tipo”. Pero antes de ir a recoger la distinción, como es habitual en el empresario castellano, quiso conocer la catedral y le invitó para que lo acompañara en su visita cultural. Pero “no pedimos un taxi porque él quería hacer el camino a pie para ver con detalle la ciudad; y casi me rompe, porque él está acostumbrado a hacer mucho deporte y yo casi no le podía seguir el paso”. Pero conocieron cuanto Riberas quería conocer y recorrieron minuciosamente el recinto catedralicio. Y cuando le pregunté por Riberas, cuál es su idea del personaje al cabo de estos veinticinco años a su lado, su conclusión converge con la de otros con quienes hablé durante estos meses. —Es un hombre de un gran sentido común con mucha valentía para tomar riesgos razonados. Ha sabido crear un equipo de gente que le sigue con fidelidad absoluta, la misma que él mantiene hacia ellos. Tiene una gran visión de futuro, pero muy simple porque su razonamiento es sencillo, sin complicaciones. Es un caballero, un hombre de palabra y ese sentido lo ha inculcado en su gente, de tal manera que no sólo no pidió jamás que se incumpla una palabra, sino que exige que se cumpla siempre y, además, nunca pone en duda lo que cada uno hace. Hablar de Gonvarri y de Riberas en Europa es hablar de solidez y seriedad. Aquellos años fueron decisivos en la historia personal de Francisco Ri-


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beras durante los que, como en el mensaje del astronauta Amstrong cuando en 1968, en nombre de la humanidad pisó por primera vez la luna, dio un verdadero paso de gigante de la nada hasta la cima, de Usera a Somosaguas. Dos décadas de acontecimientos y cambios sustanciales en el mundo, especialmente en España, que avanzaron paralelos a su trayectoria personal: el mayo francés, con los estudiantes en la calle al grito de “la imaginación al poder”; la llegada a la luna de Amstrong, Aldrin y Collins, que convirtieron en realidad el sueño de Julio Verne; cuando la URSS echó los tanques a las calles de Praga para sofocar las ansias de libertad de los checos; cuando los Beatles, aquellos melenudos de Liverpool, lideraron un cambio sustancial en la música popular y lanzaron su desafío rebelde que arrastró a la juventud de todo el mundo; y el momento crucial en el que las mafias de la droga comenzaron a tejer las redes del más trágico comercio de nuestro tiempo, con la juventud iconoclasta, transgresora y ávida de nuevas experiencias como siniestro objetivo... Mientras, España cruzaba la frontera entre la dictadura y la democracia, con la llegada a la Jefatura del Estado del príncipe Juan Carlos de Borbón, tras la muerte del general Franco, y los españoles iniciaban el futuro con el más firme propósito de no desandar el camino que en otros tiempos los había conducido a una cruel confrontación fratricida. Durante ese tiempo en que tantas transformaciones se produjeron en el pensamiento y las costumbres, Francisco Riberas inició la que habría de ser, tal vez, su obra fundamental: la de moldear, con paciencia y dedicación, el carácter de sus hijos y orientar sus pasos, no únicamente para protegerlos de tantos riesgos acumulados, sino para que fueran capaces de unir sus voluntades y esfuerzos a los suyos con el fin de conseguir que su obra, tan arduamente lograda, no se malograra apenas alcanzada la primera generación. Fue su gran desafío, su apuesta más decidida y emprendida con el más vehemente deseo de acertar.


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Pancartas de bienvenida en la jornada en la que tuvo lugar la inauguración del nuevo pavimento.

La ermita tras las obras realizadas, junto con los accesos al cementerio.


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Francisco Riberas descubre la placa que da su nombre a la plaza.


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Momento en el que recibe el pergamino con el título de hijo predilecto, en medio del calor popular.

Riberas participó en el juego de bolos con el que había obsequiado a los vecinos del pueblo.


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Acta manuscrita de la sesión en la que la Corporación acordó concederle el título de hijo predilecto y erigir un busto para perpetuar el agradecimiento del pueblo.


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Busto y placa en la vecindad de la casa natal de Francisco Riberas.


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Jornada de inauguraci贸n de la casa que construy贸 en el pueblo para su madre.


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Mostró siempre una devoción infinita por su madre, con la que había compartido días difíciles.


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CAPÍTULO IX

La obsesión porque el esfuerzo no fuera en balde. —Informó a sus hijos desde niños, aunque a esa edad apenas se escucha. —La formación de los hijos, gran mérito. —Jugó al tenis, navegó y pisó uva con ellos para tenerlos cerca. —Pachi Zubiete, un colaborador de la máxima confianza. —El mejor camino para sus hijos. —Icade como la mejor opción. —Con el rector de los Jesuitas en el estadio Bernabeu. —Un bocadillo de calamares en el intermedio para crear el mejor ambiente. —“Paco era un muchacho serio y Jon un verdadero trasto”. —Un lugar bajo la casa para bodega y pisar la uva. —Sus tres hijos pasan a ser accionistas de Gonvarri. —La razón de que la empresa nunca saliera a la Bolsa. —La llegada de sus hijos a la empresa como coronación de su obra. —El mérito del becario y el de los estudiantes con Mercedes. —Usar el sentido común y dejarse llevar por los impulsos. —Un cierto paralelismo con Amancio Ortega. —La opinión de Félix Pastor Ridruejo. — Maite Riberas, la rebelde de la familia. —El trauma del cambio de Usera a O’Donnell. —“Todo se lo debe a sí mismo”. —Estudió y leyó cuanto cayó en sus manos.


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A FRANCISCO RIBERAS SUS INQUIETUDES le impidieron desde niño ser un hombre unidimensional, centrado, exigente e implacable, en un único proyecto. Así, esa diversidad de su carácter, con una envidiable pluralidad de registros, le permitió atender sus objetivos empresariales con rigor y entrega y, paralelamente, interesarse por cuestiones tan dispares como satisfacer su afición por el arte, ocuparse de las inquietudes de su gente, dedicar una atención especial a su pueblo, volcarse en la atención a la familia, mostrar una devoción infinita por su madre, y muy especialmente, implicarse, desde los primeros pasos, en la educación y formación del carácter de sus hijos, que era, con mucho, el gran reto de su vida. Se trataba de proteger y encauzar, más que ninguna otra cosa, aquello que constituía la niña de sus ojos. Y no dejaba de haber en esa entrega paterna una importante dosis de egoísmo, consecuencia de su capacidad para entrelazar intereses y afectos sin que se quebrara en su interior nada sustancial de sus convicciones. Los difíciles comienzos de Riberas le habían conducido a unir el día y la noche en una jornada de trabajo interminable. Llegaba a casa rendido, pero no sin una reserva de ánimo que le impidiera pasar al lado de sus hijos para dejar constancia de su presencia. Ellos procuraban estar alerta, pero los vencía con frecuencia el cansancio de la espera. Y cuando ocurría eso, era el propio padre quien se encargaba de hacer que advirtieran su presencia con una ligera sacudida. Josefina, “yo siempre fui muy madrera”, que con tanta entrega se ocupaba de ellos durante el día y que había conseguido dormirlos con tanto esfuerzo, presenciaba impotente aquella revolución de madrugada, que se acentuaba los días de fiesta. —Ellos procuraban dominar el sueño y estaban muy atentos, y cuando oían girar la llave salían a su encuentro. Y después ¿quién los dormía? Jugaba con ellos en el pasillo, en O’Donnell, que era muy largo. Y los domingos por la mañana los despertaba para aprovechar el día en alguna excursión. Él, tan pronto como salía de trabajar, venía a casa para estar con ellos. Hicieron el bachillerato en el colegio Retamar, aquí mismo. En Somosaguas luce un sol mortecino, frío y cortante de otoño vencido. La luz ya hace tiempo que no ilumina con transparencia y precisamos la ayuda de la gran lámpara que cuelga vertical sobre el centro de la mesa alargada que soporta nuestros diálogos y que guarda los secretos de


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las reuniones que Riberas mantiene periódicamente con sus hijos. Parece como si el paso monótono de la grabadora nos hubiera creado algún tipo de encantamiento o de dependencia, a mí porque me interesa cada palabra de su relato, apasionante en la mayor parte de sus pasajes, y a él porque, rota su reserva, se reencuentra consigo mismo después de una larga trayectoria en que apenas tuvo un instante para mirar hacia atrás. Para mí un hallazgo y, en su caso, tal vez una terapia. Y, pese a los prolongados encuentros y al esfuerzo que le supone tan intenso ejercicio de memoria y, en especial, la quiebra de su casi inviolada intimidad, Riberas mantiene la frescura de ánimo de la que ha hecho gala desde el inicio de las conversaciones y su buena condición física en este implacable maratón. Aunque me reitera que no olvide sus cerca de dos horas diarias de ejercicio físico. Y creo que ayuda a la buena marcha la positiva circunstancia de que hayamos alcanzado un excelente grado de sintonía, devenido en fluida complicidad. Los hijos constituyen uno de los argumentos recurrentes al que le gusta regresar, porque forman parte de sus afectos más íntimos, y su desarrollo y formación se incluyen dentro de su proyecto integral humano y empresarial. Y me confió en reiteradas ocasiones que a medida que crecía su proyecto, le asaltaba la idea de la continuidad; que su esfuerzo no se convirtiera en un reto personal amenazado de caducidad prematura. —¿Verdaderamente llegó a obsesionarle la quiebra de su obra en el futuro? —Yo quería que todo cuanto iba creando tuviera continuidad. Era uno de mis objetivos prioritarios. Por eso a mis hijos, desde niños, a los cinco o seis años, les hablaba de la empresa y de lo que era necesario para desarrollar todo lo que yo había iniciado y estaba creando. Ya sé que a esa edad apenas se escucha, pero estaba seguro de que poco a poco las cosas irían calando. Josefina fue cómplice necesaria y activa en esa idea básica de su marido, porque ella era cada día, con su dedicación y atención constantes, el complemento imprescindible en el proyecto. Y ella se ocupaba durante cada jornada, con su actitud, entrega y repetición del programa, de que las ideas del padre no cayeran en baldío, porque hay cosas que solamente una madre sabe encauzar.


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—Los chicos siempre escucharon mucho a su padre, que ya les habló desde pequeños. Y les contaba sus historias con las que disfrutaban: cómo iban las cosas, qué hacía en una circunstancia y en la otra. Les hablaba de los negocios para inculcarles el interés por todo cuanto hacía. Y nadie sabe lo que fue para él haber conseguido que fueran como son. Ellos, es cierto, lo hicieron muy bien hasta llegar a donde están, pero yo le doy a él gran parte del mérito. Como ha sido un padre tan bueno y tan entregado a todo y a todos, ellos lo tuvieron siempre por ejemplo y lo miraron con gran respeto. Jugó al tenis con ellos, esquió a su lado, navegaron juntos.

BÚSQUEDA DEL MEJOR DE LOS CAMINOS PARA UNA COMPLETA FORMACIÓN DE SUS HIJOS

Riberas siempre mostró una gran capacidad para la reflexión y una sólida voluntad, lo confiesa él constantemente y lo corroboran quienes lo conocen bien, para el encauzamiento y solución de aquellos inconvenientes que las circunstancias le plantearon en cada momento. Y así resolvió los problemas cuando sus socios no fueron capaces de seguirle el paso; en la selección de sus colaboradores, en la ampliación de la empresa, en los objetivos, etc. Y se mostró más exigente aún, dentro de esos mismos criterios, cuando llegó el momento de decidir el camino que habrían de tomar sus hijos, una vez que concluyeron sus estudios secundarios y se preparaban para afrontar el salto a la Universidad, una decisión en la que no podía errar puesto que se trataba de un paso verdaderamente decisivo para ellos. Él los había ido preparando lentamente para que, llegado el día, se sentaran a su lado y capitanearan el complejo empresarial que estaba creando. Por eso no quiso afrontar esa responsabilidad sin antes tener las cosas tan claras, que no tuviera la más mínima duda acerca de que la solución decidida sería la mejor. Y para conseguir su objetivo no dudó un instante en buscar los asesoramientos precisos de aquellos en quienes confiaba. Fue el caso de Pachi Zubiete, un vizcaíno emparentado con la familia de Josefina, al que conoció en Usera durante su viaje de bodas en los inicios de los años cincuenta, tiempo en el que era todavía un muchacho que pintaba porcelana. Y mientras las mujeres hablaban de sus cosas ellos se fueron a ver un parti-


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do de la Tercera División de fútbol en el vecino campo del Moscardó. Más tarde se encontraron nuevamente en Bilbao, en esta ocasión la causa fue el viaje de novios de Josefina y Riberas en su moto Vespa, y ya siguieron encontrándose en reuniones familiares, bodas y primeras comuniones. En todos esos contactos fraguaron una sólida amistad que condujo al vasco, con el paso del tiempo, a integrarse en Gonvarri para convertirse en el hombre de máxima confianza de su presidente, con los más amplios poderes. La jubilación de Zubiete y el regreso a su tierra no significaron quiebra alguna en la amistad que mantiene intactos aquellos estrechos lazos. Esa constante relación de afectos y negocios, y la vinculación entre familias, convirtieron al amigo y colaborador en un consejero leal y entregado. Así pues, cuando llegó para Riberas el momento decisivo de encauzar el tramo final de la formación académica de sus hijos, contó con la proximidad de Zubiete que le ayudó a encontrar el mejor camino. —Yo conocía a los Padres de San Viator, con los que mantengo una gran relación porque me formé con ellos. Y, además, fui presidente de los antiguos alumnos. Riberas quería conocer a alguno de ellos que tuviera experiencia y que pudiera aconsejarle qué era lo mejor que podía hacer para el futuro de sus hijos, que debían de ser, con el tiempo, el futuro de sus empresas. Y, efectivamente, se encontraban con frecuencia y los invitaba a comer a la bodega para hablar con ellos. Y después de aquellos encuentros se llegó a la conclusión de que debían hacer Icade E 3 con los Jesuitas. Y dimos los pasos necesarios para conectar con ellos. Aquella era la fórmula: simultanear Derecho y Económicas permitiría dar una formación más completa, tal como Riberas había pensado siempre que debía procurarles a sus hijos. Mejor que encauzarlos por una carrera técnica que él intuía no iba a abarcar los conocimientos que precisaban para desarrollar su actividad en la empresa. Y, efectivamente, Riberas y Zubiete entraron en contacto con el rector de la prestigiosa institución académica regida por la Compañía de Jesús. —Coincidió que era de San Sebastián y que aquellos días jugaba la Real Sociedad en Madrid y lo invitamos al partido. Nos instalamos en el estadio y, de acuerdo con la inveterada costumbre de Paco, llevamos unos bocadillos de calamares para tomarlos durante el descanso. Porque una de las grandes habilidades suyas era que sabía crear el ambiente necesario


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para cada ocasión, con el fin de que todos habláramos con libertad. Era uno de sus muchos talentos. Riberas hacía esto no solamente por el bien de sus hijos, que era una cuestión prioritaria, sino porque él mismo estaba siempre dispuesto a aprender de quien tuviera la experiencia y formación suficientes para enseñarle algo. Por eso invitaba a los frailes a jugar al frontón y a la bodega, porque le gustaba oírlos hablar para saber qué era lo mejor para Paco y Jon. Él me había dicho siempre que tenía esa inquietud de que ambos se integraran en la empresa en las mejores condiciones posibles, porque había visto otras que se enajenaban o se desmoronaban porque los hijos de los dueños se desentendían del negocio. Con esa preocupación permanente recuerda Zubiete que Riberas solía someter a sus hijos a pruebas de perfeccionamiento en cualquiera de las actividades que desarrollaban, tanto académicas como de ocio, porque quería que hicieran bien todo cuanto afrontaban. —Los sometía a pruebas de perfeccionamiento y a mí me gustaba como colaborador discreto. Yo le ayudé en muchas cosas, pero siento especial satisfacción por haberlo hecho en esos años en que sus hijos llegaron a ser también un poco los míos. Paco era más serio y callado, mientras que Jon era un verdadero trasto. Pero cuando llegó el momento, siguió el ejemplo de su hermano e hizo unos estudios brillantes. Y para celebrar las reuniones familiares, que tanto le gustaban, recuerda Pachi Zubiete que hizo construir un sótano bajo la primera casa de Somosaguas, en el que instaló un lagar cuyo diseño y obras realizó y dirigió su hermano José Miguel, que es el ingeniero que proyecta y construye las naves de las empresas del grupo. —Le gusta el vino de Burgos, de la Ribera. Traía uva y la pisaba para que participaran sus hijos. Compramos ocho mil botellas y los barriles; todo cabía allí, hasta una especie de bañera donde se pisaba el fruto, y una prensa. Se hacía su propio vino y en aquella operación participaba toda la familia y él se sentía completamente feliz. Disfrutaba tanto como los chavales, si no más. Para entonces, Francisco Riberas ya había hecho una nueva ampliación de capital en julio de 1977, hasta los quinientos millones de pesetas. Un año más tarde integró a sus tres hijos en la empresa con la venta de diez mil acciones a cada uno de ellos.


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A los dieciocho años el joven Paco Riberas inició sus estudios en Icade. Para su padre ese momento culminaba una etapa de su propia vida, aquella íntima con algunas frustraciones, como no haber podido ir a la Universidad. Aunque él, en su constante deseo de superar obstáculos y carencias, había intentado suplir con una formación autodidacta extraída de los libros, de la experiencia y de las enseñanzas que procuraba obtener del contacto con quienes podían ofrecerle algo. Fue, pues, un orgullo para su padre y siguió siendo ejemplo para Jon y para el resto de sobrinos que, bajo la tutela del patriarca del clan familiar, se esforzaban por encauzar sus vidas. —Paquito siempre fue muy serio, trabajador y estudioso, y fue un ejemplo para toda esa tropa, aun cuando era más joven que algunos de ellos. —Aquel fue un tiempo complicado en el que acechaban a la juventud muchos peligros. Cuando usted hablaba con sus hijos y sus sobrinos, a los que patrocinaba, ¿les advertía de los riesgos de las malas compañías, de las drogas...? —Les advertía de ello todos los meses, cuando nos reuníamos para que me rindieran cuentas de cómo les iban las cosas. Si hubiera sucedido algo, me habría enterado, porque antes o después aflora. Afortunadamente para todos, no hubo nada de eso en la familia. Todos resultaron muy bien.

LA EMOCIÓN DE SENTIR A SUS HIJOS CERCA Y LA NEGATIVA A QUE LA EMPRESA SALIERA A BOLSA Aquella preocupación que durante tantos años le había inquietado empezó a convertirse en una certeza desde el momento en que su hijo Paco inició sus estudios superiores, porque empezaba a estar garantizada la continuidad de la empresa, y ya todo dependería de ellos, sin enajenación ni interrupción. Esa certeza tranquilizó su alma, pero, sobre todo, le llenó de orgullo porque la tarea que había iniciado en la infancia de sus hijos había prendido. —¿Por qué nunca quiso usted que las acciones de su empresa cotizaran en la Bolsa?


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—No hemos tenido interés, porque somos una empresa familiar. Además, ¿qué consigues si lo haces? Está bien que entren en el juego los bancos y las empresas que tienen mucho movimiento de entradas y salidas, pero nosotros estamos mejor como siempre estuvimos. —¿Le planteó alguno de sus hijos en alguna ocasión dudas sobre qué le gustaría hacer? —Cuatro años después de hacerlo Paco, Jon comenzó Icade, sin que en ningún momento él tuviera duda alguna sobre lo que quería hacer. Y fue así, porque creo que estaban preparados para ello y, además, estaban muy interesados puesto que yo se lo fui inculcando lentamente, como te dije, para orientarlos. Vivieron desde que nacieron casi todo el proceso de desarrollo de mis empresas y de su expansión, y eso ya lo llevaba muy adelantado. Y gracias a mis desvelos y a su dedicación a los estudios, hoy tienen una gran preparación, son capaces y tienen don de gentes. Tenerlos a mi lado es la coronación de mi trabajo, mi mayor orgullo y la garantía de la continuidad de mi obra. Los veo plenamente integrados y con gran mano para llevar los negocios. Entre todos hemos conseguido tener un nombre importante en España y nos conocen como gente seria. Y hasta algunas veces la prensa habla de nosotros, de nuestra facturación, de nuestra actividad aquí y en el extranjero. —¿Recuerda si les dijo algo especial el día en que se incorporaron a Gonvarri? —A mí me agradó mucho que a Paco, y cuatro años después a Jon, les gustara entrar en la empresa. Los dos me ayudaron mucho porque ya era demasiado negocio para mí solo. Cuando empezó el mayor, procuraba llevarlo conmigo a reuniones y contactos para que lo conocieran y él se enterara. Y mis amigos me decían que era un chaval con muchas ideas. Hablaba poco pero decía cosas con mucho sentido común. Y eso se repitió durante mucho tiempo, hasta que ellos se convencieron de que era un tío bueno y yo de que estaba plenamente preparado para el negocio. —¿Se sintió usted reflejado en él? —Eso es así. Hay que tener en cuenta que había sabido aprovechar muy bien la convivencia que habíamos tenido durante tantos años. Entonces me di verdadera cuenta de que podía pensar en cosas más importantes.


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Hubo un breve silencio y advertí, casi físicamente, que el orgullo le afloraba por todos sus poros y que adquiría plenitud en su abierta sonrisa y en el brillo de sus ojos cuando le recordé una anécdota que me había contado Jon Larrea en Durango, durante mi encuentro con él, de la que el propio Riberas había sido protagonista. Ocurrió que en una reunión la conversación derivó hacia los méritos de un muchacho que había hecho la carrera con beca y excelente aprovechamiento, y que, más tarde, había destacado como buen profesional. Y todos coincidieron en reconocer el mérito de aquél como el de otros muchos estudiantes modestos, algunos muy modestos, que habían hecho la carrera en las mismas o peores condiciones. Riberas asintió y se congratuló, como el resto, de que hubiera gente con talento, voluntad y capacidad de sacrificio para sacar adelante sus estudios sin recursos y de que hubieran tenido la suerte de conseguir una beca, aunque nunca abundante. Pero a renglón seguido hizo una aguda reflexión que no dejó de sorprender a los reunidos: “Efectivamente, ese chico tuvo coraje y mucho mérito. Pero hay que reconocer que no tiene menos mérito, yo pienso que más, alguien que vaya a la Universidad en un Mercedes, con cuarenta mil duros en el bolsillo, que se sacrifique, estudie bien y obtenga buenas notas teniendo la vida resuelta”. Y Larrea siguió el hilo de tan sólido argumento con una interrogación final: “Y tenía razón, porque ¿quién tiene más mérito?” Él conocía bien a los dos jóvenes Riberas porque fueron muchos años en la empresa y en la proximidad de su padre: “Paco es más reposado y Jon más dinámico, más explosivo, pero los dos valen mucho y son un buen soporte para su padre y para la empresa”. Riberas, a quien la pelea constante desde niño había endurecido notablemente, solía manifestar con cierta frecuencia aquella cuerda sensible que conseguía ocultar en su relación empresarial. Se emocionaba, y lo sigue haciendo, con la adversidad de los demás, con sus problemas y desgracias. Pero se muestra verdaderamente conmovido cuando le hablan de sus hijos, porque siente que logró el gran objetivo de su vida. Y así se manifestó el día que Pachi Zubiete le habló del comentario que había hecho Egaña, un empresario que había estado en Alemania en una convención de Volkswagen. Aquel hombre tenía tres hijas, “y me dijo que le había dado mucha envidia oír al hijo de Paco hablar ante los directivos de la empresa alemana. Y me contó con dolor que no podía seguir con su ne-


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gocio porque ninguna de sus hijas quería continuar al frente de él. Me pidió que le comunicara a Riberas que antes de que se quedara con su empresa un extranjero se la ofrecía entera o una parte; que iba muy bien y que era una pena. Efectivamente, le compramos una parte. Y Egaña no era cliente nuestro, pero hizo un gran elogio de Paco y de sus hijos. Y cuando se lo conté, aquel día lo vi emocionarse hasta las lágrimas”. Solamente cuando me habló de su madre y de sus hijos se mostró Riberas como un hombre diferente, como si saltara en su interior un registro que activara toda la potencia acumulada en el alma y que ocultaba deliberadamente para que sus oponentes no advirtieran que era capaz de conmoverse, que había resquicios a través de los cuales era posible llegar a su interior más débil, fácil de abordar, en esa dicotomía que lo había convertido en un hombre en apariencia contradictorio. Sin embargo, esa especie de doble naturaleza convivía dentro de él en plena armonía, porque se asentaba sobre el mismo cimiento, que no era otro que el amor que sentía por su madre, capaz del mayor sacrificio, y la obligación que se había impuesto de conseguir para ella y los suyos la oportunidad de salir de la miseria para que ninguno sufriera nunca en sus carnes la angustia del malvivir. —¿Cuándo comenzó Paco en Gonvarri? —Creo que fue en 1988. Tenía veinticuatro años y le asignamos un buen despacho porque intuí que iba a ser una gran ayuda. Me consultaba y yo le aconsejaba en asuntos que él luego hacía rigurosamente. Y enseguida me entregué a su talento, porque yo entonces ya tenía cincuenta y seis años. Entonces empezamos a pensar en otros proyectos y lo conseguimos plenamente. Y ahora es fundamental en la empresa y tiene la suerte de que allí a donde va lo aprecian. —¿Y Jon? —Empezó cuatro años después, en 1992. Su carácter es distinto. Tiene talento y mala leche. También me acompañaba a reuniones y encuentros con otros empresarios. Y antes me decían que Paco es un fenómeno y ahora me lo dicen también de Jon. Pedro Fernández, tantos años en Gonvarri, también conoció a los hijos de Riberas desde que eran niños, cuando él tuvo que dejar de serlo para empezar a trabajar, con pantalón corto, llevando barras de estaño en el autobús o en el metro. Y me dijo que ambos eran producto suyo, “y lo duro


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que era en el trabajo lo era también con sus hijos. Si querían algo, se lo tenían que ganar”. Y coincide con las demás opiniones en los diferentes rasgos de sus caracteres: “Paco es más tranquilo y Jon más travieso y explosivo, pero los dos encauzados con rigor y buena mano por su padre”. Y, por su parte, Francisco Camacho añade que “hay pocos empresarios como Riberas, que lo consiguió todo con su trabajo, mientras otros alcanzaron sus posiciones a fuerza de ‘pelotazos’. Y que sus hijos sean lo que son, no es casualidad; eso hay que conseguirlo con tesón, lentamente, sabiendo lo que quieres”. María Teresa Mera corrobora, “sin pasión, solamente ateniéndome a los hechos”, los testimonios precedentes y añade algún dato que los complementa, como que “podía haberlos enviado a Irlanda a un buen colegio para que aprendieran inglés, pero los envió con familias, como los demás, para que se curtieran. Hablaba con ellos desde pequeños y nunca lo vi reñirlos. Son la gran satisfacción de su vida”.

LOS EMPRESARIOS QUE NO SE RETIRAN NUNCA Y LOS QUE PIENSAN QUE YA HAN CUMPLIDO

Seguramente hay preguntas que parecen ociosas si se plantean a alguien como Francisco Riberas. Sin embargo, precisamente por ser como es, las que nunca son vacías son las respuestas porque ayudan a profundizar y rebuscar nuevos datos acerca de alguien que esconde muchas dimensiones interiores tras una apariencia simple y nada complicada. —Con sus dos hijos ya sólidamente instalados en sus empresas con cargos de la máxima responsabilidad ¿sigue usted al tanto de todo? —Claro, sin duda. Participo activamente en la vida de la empresa. A mí me gusta supervisar los temas comerciales, pero del día a día se encarga Jon. Paco controla todo lo referido a Gestamp y yo me entero de cómo van las cosas. —Eso quiere decir que sigue usted mandando. —No te quepa la menor duda. Yo soy así. Y no es que mande por mandar, porque ellos mandan tanto como yo. Y como hacen más viajes y mantienen más contactos, están más al tanto. Y no me quejo de que las cosas ya sean así. Pero a mí me gusta ver cómo prospera el negocio, o có-


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mo no progresa si es negativo, porque yo lo vi nacer y crecer de mi mano. Yo lo que hago en mis empresas es poner sentido común y dejarme llevar por los impulsos. Y yo hablo con mis hijos. Si algo bueno tenemos para intentar que todo vaya bien es que nos reunimos con cierta frecuencia aquí, en casa, en este mismo lugar en el que nos encontramos. Comenzamos a las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde para ver cómo van las cosas en Gonvarri, Gestamp y Esmena; si hacemos algún plan de expansión, si el momento es bueno. —¿Quién acude a esas reuniones? —Mis hijos y yo. Sólo nosotros. Los directivos de nuestras empresas participan en otras reuniones, pero en éstas, no. Por lo menos celebramos uno o dos encuentros al mes. Me parece fundamental intercambiar ideas y sensaciones entre nosotros porque así nos equivocamos menos. Yo tengo más cerca Gonvarri que Gestamp, pero Paco me informa y me pone al día de todo. Y presido los consejos de ambas empresas. —Sin embargo, desde que ellos llegaron a sus empresas, usted ha modificado su ritmo e, incluso, su horario. —Ellos lo siguen haciendo bien, tal como empezaron, y este año pasado, en 2002, fue cuando comencé a ir a la oficina a las ocho y media de la mañana hasta las dos, porque la jornada de tarde ya me cansa. Es bueno que empiece a tomarlo con calma, aunque no quiero irme nunca del todo. Me gusta estar allí, ver cómo van las cosas, no perderlas de vista y orientar en lo que pueda. —¿De verdad que no se retirará nunca? ¿No pensó alguna vez que sería como una íntima gratificación después de tantos años? —Hay gente que no se retira nunca y otros que, por el contrario, creen que a determinada edad ya han cumplido. Hace algún tiempo me reuní con Tomás Pascual, presidente de la empresa láctea, que tiene setenta y seis años y sigue metido de lleno en el negocio. Estaban también Amancio Ortega, el presidente de Zara, discreto y excelente persona, y José Antolín, presidente de Irausa, del ramo del automóvil. Me llamaron porque Amancio y yo no nos conocíamos. Todos estamos más o menos en activo y nos agradó mucho reunirnos para hablar de nuestra vida y de nuestras cosas. —Creo que entre su vida y la de Amancio Ortega hay cierto paralelismo ¿no le parece a usted que es así?


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—Conozco bien a los otros dos, y van muy bien; y sé que Amancio tiene dos mil tiendas por todo el mundo y que abre una cada día. El negocio que él comenzó estaba ahí y nadie, hasta que lo inició él, se había dado cuenta. Sí, seguramente nuestras vidas tienen un cierto paralelismo porque comenzamos de la nada. Yo logré un buen negocio, pero al lado de figuras como él... Porque es uno de los hombres más ricos del mundo. Hiasa y Esmena contribuyeron de manera importante en la construcción del centro logístico que hizo en Zaragoza.

REPETÍA A DIARIO LA OPERACIÓN DE IR A BUSCAR A SU HIJA MAITE A CASA DE SU MADRE, EN USERA Félix Pastor Ridruejo fue durante muchos años notario de Madrid. Iniciaba su actividad profesional cuando Francisco Riberas luchaba por abrirse camino en el sector del hierro y encontró en él un amigo leal y el consejero que le ayudaba a encauzar sus asuntos legales, porque su estructura empresarial era débil y escasa y no se podía permitir la incorporación de un asesor jurídico hasta que llegó Cruz Rodríguez, más de diez años después, en 1974. Entre Riberas y Ridruejo se estableció una corriente de sólida amistad, más allá de la relación profesional, que permitió a ambos conocerse bien, incluso en el desarrollo de la actividad familiar. Ese conocimiento mutuo permitió al popular notario, y político, hablarme de algunos aspectos más íntimos relacionados con el entorno familiar de aquél. —Creo que sus dos hijos tienen la inteligencia del padre, su espíritu de trabajo y una formación intelectual mucho más amplia. La relación con su hija Maite ha sido siempre más difícil, probablemente porque siempre estuvo más lejos de él por esa idea más áspera que teníamos de las mujeres en nuestro tiempo, el mío y el de Paco. Quizá se pudo poner al frente de los negocios y no fue así. Sus hermanos son sus verdaderos protectores y la han ayudado en todo momento. Efectivamente, eran otros tiempos porque en los años sesenta y setenta del siglo XX la mujer en nuestra sociedad tenía un destino más doméstico y menos empresarial, aunque las aulas universitarias se iban poblando de chicas jóvenes que buscaban su oportunidad y un lugar en de-


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terminados ámbitos de la sociedad desde siempre reservados a los hombres. Y se iniciaban tímidamente en los estudios técnicos, aunque no estaba demasiado bien visto que, recién concluido el bachillerato, una jovencita apareciera como una isla solitaria en un aula de aspirantes a alguna ingeniería. Y Maite Riberas no logró escapar a ese destino tan generalizadamente aceptado. Hablé de ello con Riberas en la sala de reuniones en la que tanto conversamos, mientras a través de los grandes ventanales la densa cortina de lluvia resta luz al interior. Y no fue esa la última ocasión en la que volvimos sobre el tema, en los mismos términos y con idéntica argumentación. —Me ha hablado con entusiasmo de Paco y de Jon, a los que guió los pasos desde niños, pero ¿y Maite? —Creo que pudo haber entrado en Gonvarri, pero me pareció que no tenía afición y no la presioné. Ella estudió Psicología, aunque no me gustaba mucho. Tenía amigas que hicieron lo mismo. Después se casó con un italiano, tuvieron dos hijos, el matrimonio no fue bien y se separaron hace bastantes años. Ahora se reencontró con un amigo de la infancia y han reemprendido la vida los dos, y están muy a gusto. Maite había nacido en Usera, en el piso de la calle del Olvido, cuando todavía su padre pintaba porcelana y había abierto una mercería en el barrio, que cerró un par de años después porque no eran el lugar ni el momento adecuados. Tal vez se había adelantado a los tiempos. Nunca le preguntó si hubiera preferido que su primer hijo fuera un varón, pero su tía Carmen siempre dijo que estaba muy contento con que fuera ella. En aquellos días en que a Riberas se le abría el horizonte y dedicaba todas las horas del día, y alguna de la noche, al trabajo, Maite pasaba jornadas enteras en casa de su abuela paterna en la que tanto Benita como Carmen le dedicaban mucho tiempo y todos sus cuidados. Era él quien fomentaba esa proximidad y la buena relación con ambas, que nunca decayó. Al concluir el día, Riberas iba a casa de su madre, envolvía a su hija en una manta y la llevaba en brazos hasta el piso, “creo recordar que un tercero o un cuarto”. Y esa operación se repetía casi a diario y ella sentía recompensada la ausencia de su padre durante el tiempo que se acomodaba entre sus brazos hasta que llegaban a la suya, no muy distante. Por eso la mayoría de los recuerdos de su infancia están vinculados a su abuela y a


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su tía, “aquella relación la viví como una salvación”, a la casa de planta baja y patio en la parte posterior “que me parecía muy grande”. Rodeada del cariño de ambas, Maite se sentía libre, no porque su abuela no impusiera sus normas, “era muy meticulosa con lo de no entrar en el salón y otras cosas muy concretas”, sino porque allí podía jugar a sus anchas “y me dejaba inventar”. Se habituó a aquel clima cálido del que la abuela sabía rodear a sus familiares, muy especialmente a los más próximos, y le costaba despegarse de allí. Pero no era un caso en absoluto nuevo, porque se ha repetido en todas las generaciones la cercanía de los nietos a sus abuelos y la entrega de éstos como compensación por los años en que la pelea por la superación no dejaba muchas oportunidades a los matrimonios jóvenes para entregarse a sus hijos con la intensidad que hubieran querido. Por ese cúmulo de experiencias, y a causa de la intensidad de su vida en Usera, no le pareció la mejor de las soluciones el traslado del viejo barrio periférico a la céntrica calle de O’Donnell, aunque significaba un salto cualitativo e importante en el status familiar. —El abandono de Usera fue un verdadero trauma para mí. Viví aquello con horror, porque era el alejamiento de mi abuela y de mi tía. En la nueva calle yo no conocía a nadie. Pasar de Usera al centro de Madrid fue una tragedia: no tenía patio y, además, en la calle había muchos coches y no podía jugar allí todo el día; ya había empezado en el colegio de La Central donde tenía mis amigas. Así que el cambio significó el encierro total. Con el gran instinto que tienen los niños para detectar las situaciones que les afectan, Maite advirtió que con la llegada de sus hermanos ella empezó a notar que su padre dedicaba mucho tiempo a hablarles del negocio, de sus avances, y eso a él le hacía mucha ilusión porque tuvo por seguro que sus empresas iban a tener continuidad, que su marcha no se iba a quebrar, que era una de sus obsesiones. —En cambio yo tenía la conciencia, muy del tiempo, de que se ejercía sobre mí un excesivo proteccionismo que me impidió viajar a Irlanda y a Inglaterra durante los veranos, como hicieron ellos, que pasaron un año en los Estados Unidos y yo no. Y, además, tenían metido desde pequeños que tenían que estudiar Derecho y Económicas, que era lo que más les convenía. Y les encantaba porque él se lo había inculcado. —¿Te pareció mal?


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—Me sentí desplazada. Creo que me hubiera gustado incorporarme al negocio como los demás. Mi padre nunca me contó nada de la historia de sus comienzos. Pero era la mentalidad de entonces. Las chicas no trabajaban o no participaban activamente en el negocio de la familia. Después, cuando ya cambiaron las cosas, fue tarde. Lo de ellos fue muy inculcado desde el principio, en cambio lo mío fue siempre por libre. —¿Y en ese entretiempo nunca le dijiste que te gustaría estudiar lo mismo que ellos porque querías integrarte en la empresa? —No, no. Yo creo que fue una cosa que ya se había fraguado mucho tiempo antes y que salió bien, porque él lo hizo muy bien. Los metió muy dentro del negocio, de sus ilusiones y ya todo eso formaba parte de ellos. —Sin embargo, como contrapunto, en aquel tiempo las mujeres recibían mayor mimo de sus padres. —Yo no creo que haya sido una persona mimada. Más bien era díscola. Era la que protestaba por todo, algo así como la oveja negra, y siempre he advertido que no contaban conmigo profesionalmente. Pero ahora, cuando miro hacia atrás, veo que los tres tienen una vida muy complicada y pienso que mejor no estar en la empresa. Sin embargo, con eso no niego que hubo un momento en el que me hubiera gustado integrarme en el negocio. En la actualidad todo hubiera sido de otra manera. —¿Por qué escogiste Psicología, una carrera tan alejada de todo ese mundo en el que te hubiera gustado introducirte? —Porque me gusta la gente, llegar a los problemas de las personas, estudiar un poco su mente. Pero tampoco la ejercí, así que... El horario y la intensidad del trabajo de Francisco Riberas fue, sin duda, la causa de la situación a la que se refiere Maite, unida a la realidad social de aquellos años en que el mundo de los negocios era terreno casi vedado a las mujeres. Por eso ella tiene grabada la imagen repetida de su padre sentado frente a la televisión, con la bandeja delante, alternando la cena con las imágenes que le evadían de la intensa jornada. “Después jugábamos un poco con él y enseguida a la cama”. Sin embargo, aunque nadie le daba información sobre los negocios de su padre, ella notaba que las cosas iban bien porque el nivel de vida de la familia subía, y eso lo advertía, sobre todo, en los cambios de casa: de Usera a O’Donnell y de aquí a Somosaguas. Pero en cada circunstancia de cambio “para mí empeoraba la


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situación, porque, con frecuencia, pensamos que dar más y mejores cosas a nuestros hijos es lo que importa, cuando no siempre lo mejor son las cosas materiales. Y mis hermanos no tienen referencia de los primeros tiempos en Usera, porque cuando nos fuimos de allí Paco solamente tenía un año y no guarda los recuerdos de un tiempo tan feliz, al menos para mí; y pienso que los cambios posteriores fueron buenos para él”. Sin embargo, Francisco Riberas, que nunca dejaba cabos sueltos en su empecinamiento por resolver eficazmente, de acuerdo con sus viejos principios, todo cuanto constituía su objetivo preferente, dedicó sus desvelos a la formación de sus hijos, por lo que, antes que en los varones, se concentró en la educación de Maite, a la que procuró orientar hacia el camino que consideró más adecuado. Nunca le faltó un momento para conversar, y hasta discutir llegado el caso, para decidir con ella lo que de mutuo acuerdo consideraban más conveniente para completar una formación a tono con los tiempos. Pero la primogénita era ya entonces una mujer de carácter y de convicciones, y no le resultó fácil a Riberas lograr plenamente su más ferviente propósito, como era el de armonizar los deseos de su hija con su interés para que ella consiguiera, con su orientación y buen criterio, realizar su propio proyecto de vida. A veces el esfuerzo y la dedicación de los padres solamente alcanzan parcialmente sus mejores deseos y sus intenciones no consiguen más que llegar hasta la mitad del camino. El traslado final a Somosaguas fue el que Maite llevó con peor talante, porque significó que cuando ya parecía que se iba acomodando a O’Donnell, nuevamente la desplazaban de un ambiente en el que le había costado integrarse por las limitaciones de sus movimientos; pero, sobre todo, por el recuerdo nunca perdido del tiempo en Usera. A la nueva casa llegó ya con quince años, un momento complicado para quien busca una cierta libertad de movimientos que en esta zona, por alejada e individualizada, tendría aún más restringida. Por esa razón, recuerda aquel momento como difícil “porque llegué a un sitio del que prácticamente no podía salir. Mis hermanos al cambiar de colegio hicieron su pandilla, pero yo seguía en el mismo, en la carretera de Barajas, y allí se quedaban mis amigas y yo regresaba sola a casa, sin entorno en el que integrarme porque allí no conocía a casi nadie. Pero las cosas mejoraron cuando cumplí dieciocho años y pude sacar el carné de conducir. Los


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progresos de mi padre me marcaron porque cambiaron por completo mi forma de vivir y de relacionarme”. —Me da la impresión de que tienes algunas cosas que decirle a tu padre que nunca le has dicho. —De pequeña lo echaba de menos, porque quieres para ti el cariño y el tiempo de tu padre. Por eso advertía que, a veces, tenía a su trabajo y a sus denodados esfuerzos para lograr el éxito como mis más duros rivales. —¿Cómo veías a tu padre? —Tengo la idea de que está muy solitario, porque creo que es parte de su carácter. Quizá como consecuencia de la dedicación al trabajo no tuvo tiempo para cultivar la amistad. Yo lo he visto siempre bastante solitario. Creo que se manifestaba tal como era cuando hablaba con mi abuela. En casa no era así. Todo el tiempo que tenía lo dedicaba al negocio y probablemente por eso no fue consciente de lo que pasaba a su alrededor. Con mis hermanos compartió más las cosas. Sigo siendo la díscola de la familia. Ese es mi papel, porque a cada uno en la familia le asignan el suyo. Y yo interpreto el mío. Creo que pensó que la atención que debía dedicarme era cosa de mi madre, quizá porque él, metido como estaba en sus negocios, no sabía cómo cumplirla. Pero los chicos tuvieron la suerte de tenerlo a él y yo mucho menos, porque me parece que ni pensaba que a mí me podría interesar.

SE HIZO A SÍ MISMO CON TALENTO Y TRABAJO, Y CONSIGUIÓ HACER UNA PIÑA CON LA FAMILIA Se le empañaron los ojos en más de una ocasión mientras, más que hablar, desahogaba ante la monótona carrera espiral de la grabadora y ante mí, que la observaba en silencio para darle a su alma el respiro de una conversación pausada, sin agobios. A veces en una historia brillante hay un punto de inflexión, algo o alguien que se queda inadvertido en el camino, cuando la corriente de los negocios y los deseos de éxito endurecen algunas de las fibras más sensibles del corazón. Creo que Maite adora a su padre y, seguramente por eso, le reprocha que la vorágine de los negocios no le haya dejado algunos instantes para que cumpliera lo que ella esperaba de él,


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pero que una preocupación súbita, un contratiempo inesperado o una oportunidad irrepetible siempre frustraban. La vida de los grandes hombres de empresa, incluso con una acusada carga de humanidad como es el caso de Riberas, presentan algunas carencias que, con los años y el sosiego, acaban pesando como una carga dura porque es íntima, referida a cuestiones especialmente sentidas y queridas, que solamente esperan de una palabra, una mirada o un gesto para que se disipen; como un negocio del alma aplazado, como una obra del corazón inconclusa. —Pero estás orgullosa de tu padre y lo admiras como hombre de empresa; estás plenamente satisfecha de todo cuanto ha conseguido con su talento, esfuerzo e imaginación, porque todo ello forma parte del alma de alguien a quien has echado de menos, precisamente, porque eligió la rebeldía de luchar contra la miseria y la mediocridad. Y eso también es un gran valor que muestra un alma noble e inconformista, sobre todo si se tienen en cuenta sus orígenes. —Como empresario, me remito a sus éxitos. De la nada, mi padre ha construido algo impresionante. Y todo eso se lo debe a él mismo, y a nadie más. Eso es tesón y fuerza de voluntad. Tengo el recuerdo de ver libros en mi casa que yo no entendía. Su obsesión era que no había estudiado y no llevaba muy bien no haber podido. Pero para suplirlo se compraba libros de economía, matemáticas, de lo que fuera para conocer más cosas que necesitaba saber. Es un hombre autodidacta en todo. Incluso intentó aprender inglés y llevaba las cintas para oírlas en el coche mientras viajaba. Hasta que se dio cuenta de que no haber acudido a la Universidad no le hacía más pequeño que nadie. Mi padre no tiene carrera pero estudió y leyó todo cuanto caía en sus manos. Y lo que me ha inculcado durante toda mi vida es la ayuda a los demás, que creo que es una de sus grandes preocupaciones. Comparte y ayuda, y lo hace, con frecuencia, con tal discreción que pocas veces se entera la gente, incluso los que están más próximos a él. Ha sabido darse cuenta de los demás a medida que crecía; y está al tanto de todos. Toda la familia vive de él y la ha mantenido siempre muy unida, como una piña y en ese proceso fue fundamental la figura de mi abuela. —¿Dónde piensas que está el punto de partida, el momento en que tu padre se propuso con tanto ahínco y esfuerzo el éxito?


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—Creo que la raíz está en lo mal que lo debió pasar con mi abuela durante la guerra y en los años siguientes. Él se prometió sacarla adelante sin regatear esfuerzo alguno. Y eso además, o a partir de su talento. Ella fue su gran acicate, y no porque le pidiera nada sino porque él quería darle cosas. La primera que buscaba era que no faltara nada en casa. Empezó con la porcelana y hasta que no tuvo la seguridad de que le iba bien, no la dejó. Muchos hablan de la suerte, pero la suerte hay que salir a buscarla con decisión y él nunca dejó de hacerlo. Y se volcó de tal manera en lo que hacía, que su vida fueron los negocios y aún constituyen su reto diario. Ahora lo veo bastante liberado desde la llegada de mis hermanos. —¿Crees que la suma de tus hermanos dan como resultado un Francisco Riberas? —Creo que Paco se parece a mi padre ahora más que Jon, aunque pienso que cuando era más joven se parecía más a Jon. Sin embargo, el que tengo en la memoria era más serio, más concienzudo y me recuerda más a Paco. Jon es más extrovertido y a mi padre lo recuerdo más callado, salvo cuando hablaba con su madre. Me admiraba que se sentaran de conversación durante tanto tiempo, más de una hora y de dos. Con nosotros no hablaba así. Es de familia austera, muy parcos todos en palabras y comentarios. Pero con mi abuela no era así. —Sin duda se ocupó más de tus hermanos, porque, como decíamos, en aquellos tiempos no era cuestión habitual que a una mujer la formaran para dedicarse a la vida empresarial, sino más bien, y hay miles de ejemplos de la época, estudiaban Filosofía y Letras o labores y piano que, según el criterio general, estaba más a tono con su papel. Y él, además de dedicarse a los negocios de sol a sol, no hay que olvidar que también fue hijo de aquella época. —Mi padre condujo la formación de mis hermanos, porque después de haber creado algo de la nada, era muy duro pensar que todo podía irse al garete. Y él tiene amigos que tenían un montón de hijos que se dedicaron a gastar y se comieron la empresa y todo lo que había que comerse. Por eso él hizo las cosas como siempre lo había hecho todo. Y lo consiguió, no porque ellos pensaran que era un mandato de su padre, sino porque era un proyecto en el que había puesto mucha ilusión. Y ellos crecieron con la ilusión de ese proyecto.


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—Sin ilusión no es posible crear. —Y sin talento y dedicación tampoco. Por eso su negocio es creativo, de lo contrario todo habría terminado en un almacén de hierros, sin más. Y aunque la creatividad se manifiesta más, por ejemplo, en sus negocios, él ha sido siempre creativo; así que no es una contradicción con su afición por la pintura, o el arte en general. A él le gustan las cosas bonitas, que tienen belleza. Creo que es un esteta. Yo decía que en la casa anterior había hecho un museo, porque no había piezas cómodas para estar. Esta nueva es estupenda y creo que es tremendamente grande, pero me parece que no está hecha para vivir, aunque comprendo la necesidad de espacio que tenía mi padre porque la otra ya se le había quedado pequeña. Iba echando parches y excavando para hacer las cosas que le gustaban, como la bodega. Las casas grandes o pequeñas se ve si están vividas o no. Él se va al salón, pone su música y dice que está muy a gusto. Yo me sentiría perdida allí sola. Cuando algunos días después me encontré nuevamente con Riberas, a espaldas de los ventanales de luz gris y en el extremo de la larga mesa en torno a la que se reúne con Paco y Jon, le hablé nuevamente de mi encuentro con Maite y le repetí que me había dicho que hubo un momento en que le hubiera gustado tener reservado un lugar en sus negocios. Él reaccionó enarcando las gruesas cejas negras como si sobre sus ojos se hubiera abierto una gran interrogación, tal vez un amplio gesto de perplejidad. —¿Alguna vez le dijo que hubo un tiempo en que le hubiera gustado trabajar en la empresa? —No; creo que nunca me lo manifestó. Puede que sea cierto que tuviera ese interés del que me hablas, pero a mí no me lo dijo nunca. Puede que de ser así, los dos hayamos tenido algo de culpa. Pero cómo iba yo a pensar en aquel tiempo... En aquellos años iniciales, de entrega y sacrificios y con tantos proyectos entre las manos, Riberas no llevaba sus problemas a casa, porque para los suyos reservaba la dedicación que se exigía a sí mismo para compensarles de su ausencia casi constante. Josefina recuerda aquellos silencios de su marido como un fuerte deseo de mantenerla a ella y a sus hijos alejados de la batalla de cada día, con el fin de no mezclar afectos y pro-


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sa, árida con demasiada frecuencia en un mundo tan descarnado, a veces, como suele ser aquel en que él se movía. —Si tenía algún problema o le preocupaba algo, nunca nos decía nada. Todo lo dejaba a la puerta de casa, porque quería dedicar a sus hijos lo mejor de su humor, de su capacidad de afecto. Jugaba con ellos y les hablaba de miles de cosas con las que se sentía a gusto y podía hacerlos felices. Nunca me aburrió con problemas y eso demuestra su calidad como persona. Ahora tengo más información sobre todo desde que mis hijos están en la empresa. Jon es más hablador y me cuenta cosas y a mí me gusta que lo haga. Hace cinco o seis años, Francisco Riberas recibió un premio internacional de las empresas Seat y Volskwagen, como presidente de Gonvarri y Gestamp. La entrega se celebró en un auditorio ante seiscientas personas, entre las que se encontraban japoneses, alemanes, chinos, americanos, etc., y como galardonado tuvo que hacer uso de la palabra ante los más destacados dirigentes de las empresas del automóvil del mundo. Y no se cortó para decir lo que quiso decir. —Me avisaron con poco tiempo y no tenía mucho para preparar mis palabras de agradecimiento. En esas circunstancias suelo reaccionar bien, pese a que no hablar inglés me limita un poco, aunque a estas alturas ya muy poco. Dije que se había hablado mucho de aspectos técnicos y no quería referirme a nada de eso: “Quiero agradeceros este premio y voy a hablaros de gente que yo conocí para que comprendáis lo que son los empresarios y lo que nos ocurre. Yo tengo la suerte de tener a mis hijos interesados en nuestro negocio, pero ¿os dais cuenta de lo que significa que haya empresarios que tengan que malvender porque sus hijos no quieren continuar o que, si no venden, tienen que estar hasta los ochenta años? ¿Os dais cuenta de eso?” Hablé así porque había conocido a algunos a quienes les había pasado eso, y me gustaba que la gente pensara lo que ocurre cuando tus hijos continúan. Yo me sentí absolutamente orgulloso de que en mi caso fuera así y me felicitaron por ello.


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Con su hija Maite y con el pequeño Paquito, recién nacido, en brazos.


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Josefina, con su dedicaci贸n diaria al cuidado de sus hijos, fue el complemento imprescindible en el proyecto de su marido.


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Con sus hijos Paco y Jon.


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Riberas aprendiĂł a esquiar para estar el mayor tiempo posible con sus hijos, con los aparece en la foto, junto con Josefina.

Con su hijo Paco durante una cacerĂ­a, una de las grandes aficiones de Riberas de la que participan sus hijos.


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Con su madre, su mujer y su hijo Jon durante una de las reuniones familiares que tanto le gusta celebrar.

Maite habĂ­a pasado temporadas con su abuela Benita.


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Maite con su madre.


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SEGUNDA PARTE


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“Francisco Riberas es una mezcla de talento e intuición, con una especial vertiente humana”.


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CAPÍTULO X

Una audacia que causó sorpresa en Europa. —“Rompió moldes con la factoría de Burgos”. —Jaime González Castejón, testigo de su crecimiento. —El mejor cliente en España de British Steel. —Una mezcla de talento e intuición, con una especial vertiente humana. —La siderurgia española en el desarrollo de Gonvarri. —Primer encuentro con la incipiente Ensidesa. —El hierro de la siderúrgica asturiana como el petróleo en Texas. —La buena imagen en Francia y Alemania. —“Más hierro en las venas que Ensidesa”. —Los riesgos tras la entrada en la Comunidad Europea. —Compraba la tercera parte de la producción de la siderúrgica de Avilés. —Perfrisa, una empresa que originó problemas. —Dificultades de entendimiento con el presidente de Ensidesa. —Los buenos oficios de José Miguel de la Rica. —La marcha de Pedro Fernández y Francisco Camacho, un golpe inesperado. —Una insólita despedida. —La sensación de haberlo traicionado. —“Algunos creyeron que me iba a desmoronar”. —Un nuevo equipo para afrontar el reto. —Un asunto del que no quiere hablar.


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EL COMIENZO DE LA ACTIVIDAD EN LA FACTORÍA DE GONVARRI en Burgos significó para Francisco Riberas un hito personal con el que consolidaba su posición en el ámbito empresarial del hierro, perseguida con tanto ahínco como acierto. Pero, sobre todo, consiguió situar la nueva factoría entre los centros de transformación del hierro más importantes de Europa y, a la vez, quebrar uno de los principios que los expertos europeos tenían por axiomáticos, según el cual los centros de servicios capaces para el tratamiento de quinientas mil toneladas no eran rentables en modo alguno. Para ellos quien intentara sobrepasar las doscientas mil toneladas entraba, poco menos, que en la categoría de los suicidas. Sin embargo, los analistas y expertos no habían previsto la irrupción en el mercado de un empresario burgalés, que había empezado a trabajar a los trece años como decorador de porcelanas, que más tarde había iniciado su actividad comercial como vendedor de estaño y que, llegado el momento, había conseguido romper las cotas que ellos tenían por insuperables para demostrar que sobrepasar ese límite con éxito era posible. Fue una gran sorpresa que Riberas, en su audacia y seguramente sin haberlo leído en su vida, hubiera sido capaz de convertir en realidad aquella afirmación del escritor y político francés Malesherbes, según la cual “haríamos más cosas si creyéramos que son muchas menos las imposibles”. Este hecho fue una revelación para legos y un reto para los iniciados. Y no sólo rebasó aquel listón, tenido por inconveniente en Europa, con su industria burgalesa, sino que con la que posteriormente creó en Barcelona alcanzó las ochocientas mil toneladas, casi un milagro para los inamovibles principios de la época. Y después de la quiebra de ese axioma, según Jaime González Castejón, presidente para España de la ex British Steel, hoy Corus tras su fusión con la holandesa Hoogovens, “no pocas empresas en Europa adoptaron la fórmula puesta en práctica por Riberas mediante la creación de centros de envergadura similar”. González Castejón es testigo próximo desde hace treinta años, como tantos otros, de la evolución de Riberas “que desarrolló desde la nada la industria transformadora del hierro más importante de España”, y que, además, “siempre fue con sus negocios por delante de los demás gracias a una especial mezcla de intuición e inteligencia que le permitió en todo momento tomarle delantera al tiempo”. Sin embargo, Gonvarri no fue


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un cliente extraordinario de la siderúrgica británica “porque nosotros siempre tuvimos limitaciones y, por ello, nunca pudimos satisfacer las necesidades de Riberas; eran demasiado grandes para nosotros. Al final el negocio de la siderúrgica es vender en el propio mercado y no exportar. Cuando se exporta se pierde dinero, porque estos productos no viajan muy bien”. Pero, en todo caso, “siempre fue muy interesante la relación con él, porque veía cosas que pasaban inadvertidas para los demás, desde el punto de vista del valor añadido, de la calidad de los productos, de la inversión. En este sentido, reitero que lo que hizo en Burgos rompió moldes y tabúes en Europa”. Cuando González Castejón conoció a Francisco Riberas, British era la primera siderúrgica europea y él era su primer cliente en España, como centro de servicios, “por lo que estaba condenado a comprarnos y nosotros a venderle”. —¿Cómo era entonces Riberas? —Yo siempre he tenido una relación directa con él, y esa relación ha sido extraordinaria porque en el terreno personal es encantador, excelentemente bien educado. En nuestra relación comercial de treinta años hubo momentos buenos y momentos malos, pese a lo cual con él se puede contar siempre. Es un gran defensor de eso que se llama la amistad, en el completo sentido del término. Tiene una vertiente humana extraordinaria; y eso lo sé por experiencia personal y por el trato que siempre ha dado a quienes trabajan con él. Es de las personas que ya casi no existen en España; de esa clase de gente que se han hecho a sí mismos y que eran capaces de entrar en la fábrica y de los trescientos hombres de la plantilla conocer el nombre de pila de cada uno, de la mujer y casi de los hijos. Y les preguntaba por las operaciones de amígdalas, por las gripes... —Me decía usted que Riberas se había adelantado al tiempo. —Por supuesto que fue así. Recuerdo que cuando viajábamos a Inglaterra para ver nuestros centros de servicios, igual que iba a Francia, a Alemania y EE UU porque le interesaba mucho con el fin de aprender algo, a la vuelta siempre me decía: “Aquí no he aprendido nada; todo eso ya lo tenía desarrollado yo”. —¿Y como negociador?


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—Es duro y cumplidor, y, además, con una extraordinaria intuición para ver el negocio y con un valor especial para las inversiones. Cuando la gente no sabía lo que era la estampación para el automóvil, él realizó unas inversiones muy importantes en Barcelona que impresionaron a toda Europa, donde se decía: “¡Adónde va este hombre!”. Pero ya había tenido la intuición de ver por dónde se iba a desarrollar el automóvil en España y de saber que en el futuro esa industria lo iba a necesitar, como de hecho así ocurre, ya que se ha convertido en suministrador principalísimo en España y en Europa. Siempre arriesgó teniendo muy claro lo que hacía. —Otros con los que hablé me dijeron que era irreprochable en los pactos y que su palabra equivalía a un acta notarial. —Yo hice contratos con él de cuarenta o cincuenta mil toneladas, que eran cuatro o cinco mil millones de pesetas, y solamente hacía falta que dijera que sí por teléfono, o un apretón de manos. Y, cambiara la situación del mercado u ocurriera lo que ocurriera, cumplía siempre. Con Riberas no hacían falta documentos y eso no es frecuente en el mundo de los negocios, y aquí en España se da en algunos casos. Pero eso en el extranjero no lo entendían y cuando yo cerraba un negocio de treinta o cuarenta mil toneladas, los ingleses siempre me preguntaban por el contrato y yo les respondía que no lo había, y que había cerrado el negocio con Paco durante una comida. “¿Cómo en una comida?”. Y yo les respondía que no hacía falta contrato. Y empezaron a darse cuenta de que las cosas en España, en algunos casos, no eran como en otros sitios. Fuera de nuestras fronteras no se entendía que no hubiera un papel por el medio en un negocio de esa envergadura. Después, claro está, ese contrato se hace para dar carácter formal a la operación, pero inicialmente no lo hacíamos, y era suficiente. —¿Y sigue teniendo relación con su empresa? —Sí, pero no en la proporción que a mí me hubiera gustado, porque nosotros no crecimos tanto como él. Su crecimiento ha sido extraordinario. Un negocio que empezó con cien o ciento cincuenta mil toneladas pasó a los tres millones y nosotros no hemos multiplicado por treinta nuestra capacidad de producción.


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UN CRECIMIENTO PARALELO AL DESARROLLO DEL PAÍS Y DE LA SIDERURGIA NACIONAL

Efectivamente, como me dijo González Castejón y corroboraron otros muchos que lo conocen bien, Riberas corrió tanto en su intensa carrera empresarial que “llegó el momento en que solamente le faltó producir él mismo el acero; y hasta llegó a ser cierta esa posibilidad porque tuvo una participación en la acería compacta de Vizcaya”. Y eso ocurrió en otro tiempo ya que “ahora podría decirse lo mismo de la estampación, puesto que únicamente le falta ensamblar el coche, que es lo que hacen Opel, Citröen, Ford, Volkswagen, Seat, etc. Incluso fue el primero en España que desarrolló la soldadura laser. Y todo ello con una discreción extraordinaria y presumiendo de ser de un pueblo de Burgos, al que siempre estuvo muy unido y cuyas costumbres, en no poca medida, trasladó a su casa, como pisar la uva para hacer su propio vino”. Y añade González Castejón, como para reconocer que nada se le había escapado de la mano, que “con el fortunón que tiene, que sus hijos le hayan salido tal como son es el verdadero fortunón de Paco, porque les supo infundir un tipo de vida y unas prioridades”. Con esa intuición que le atribuyen quienes le conocen, Francisco Riberas vio, probablemente antes que nadie en su sector, que España iba a crecer, que iba a sufrir una transformación fundamental; que el desarrollo iba a primar a quienes estuvieran en el andén en la hora prevista para la partida del tren del desarrollo, allá cuando el país empezaba a desperezarse de la dura posguerra, tan larga y que a tanta gente impidió respirar con un ritmo aceptablemente normal. Y estaba presto también en el punto de partida en 1986, cuando España firmó el tratado de adhesión con la entonces Comunidad Económica Europea, reconvertida posteriormente en Unión Europea. En ambas circunstancias estuvo atento para que la realidad que llegaba no lo desbordara; y no ocurrió así, porque sus objetivos, plenos de ambición e impulsados por la eficacia y el trabajo, se apoyaban en la solidez y solvencia de la permanente reinversión, tal como él nunca se cansó de repetir desde sus inicios; una política que sus socios nunca entendieron y eso les costó quedarse en el camino. Otros empresarios que ya estaban cuando él lle-


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gó, no resistieron el fuerte soplo de los nuevos tiempos y se desmoronaron como castillos de naipes. Los orígenes de la moderna siderurgia española están en la base del nacimiento, desarrollo y consolidación de Riberas. Aquélla y él hicieron un camino paralelo pleno de fidelidades y alterado por desencuentros, cuando no de confrontación abierta, aunque nunca al límite de la elasticidad, porque todos sabían que se necesitaban, que debían avanzar juntos para consolidar unas producciones y él sus posiciones y progresar en sus objetivos. Esa intensa historia de buenas avenencias y de confrontaciones incruentas la conocen bien los hombres que desde Ensidesa, Altos Hornos de Vizcaya o del Mediterráneo, negociaron con él cada tonelada de hierro, desde las primeras planchas sobrantes de la construcción naval hasta los millones de toneladas de bobinas que inundaron los almacenes de sus factorías trasformadoras esparcidas por toda España. Román López Villasana es uno de esos testigos de los primeros pasos de Riberas, al que conoció en el inicio de los años sesenta, cuando la siderúrgica de Avilés comenzó a comercializar algunos productos que hasta entonces únicamente se podían adquirir en el extranjero a través de cupos de importación, algunos de los cuales llegaban a la balbuciente Gonvarri de la mano de la viuda de Aznar. López Villasana formaba parte de los, todavía, poco estructurados servicios comerciales de Ensidesa, cuando la empresa no había establecido su departamento comercial y comenzaba ya a fabricar chapa fina, primero, y chapa naval posteriormente. Y recuerda su primer contacto con un jovencísimo Francisco Riberas, que llegó hasta la factoría asturiana muy resuelto y con el firme propósito de convertirse en cliente, en un buen cliente; tan bueno que llegó, con el tiempo, a convertirse en su socio. —La chapa que pedían para los barcos era lo más parecido a las piezas de un puzzle, porque no todas las piezas eran iguales, ni tenían la misma consistencia las de la proa que las de la popa. Todas tienen que poseer unas características especiales, que deben ser homologadas por el Bureau Véritas. Todo en aquellos inicios era nuevo para la empresa siderúrgica, incluso los sistemas de almacenaje y los medios para mover las pilas de piezas de acero que se acumulaban en las naves, “porque nadie había pensado


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que hacían falta grúas para manejar todo aquel material”. Y los montones de recortes y piezas crecían sin que alguien supiera qué hacer con todo aquello. Hasta que un día aparecieron por Avilés tres personas interesadas en aquel montón de sobrante. —Uno de ellos era asturiano, José Fernández, y los otros dos venían de Madrid: Longinos Velasco y un tercero, al que yo no conocía de nada, que era Francisco Riberas. Entre los tres tomaron el acuerdo de comprar aquella pila, que eran un montón de toneladas, seguramente nadie sabía cuántas. Y recuerdo que después de una temporada Fernández y Velasco se cansaron, o advirtieron que su mercado ya no daba para más, y se quedó sólo Riberas. Y dicen, yo no lo pude verificar, que uno de ellos al marchar le dijo a Paco que siguiera “porque debajo están las piezas mejores”. Lo cierto es que él siguió y lo colocó todo en el mercado. Y hay que advertir que en aquellos tiempos el hierro de Ensidesa era para España como el petróleo en Texas, porque eran los años en que nuestro país empezaba su desarrollo. Con la buena base económica que le había proporcionado aquella operación, no sin esfuerzo suyo y de su gente en los almacenes de las calles Ferroviarios, Salaverri y Méndez Álvaro, Francisco Riberas abandonó los recortes de la chapa naval para acomodar su actividad a las nuevas producciones e importaciones de Ensidesa, entre ellas la chapa blanca o chapa fría que traía de Japón, que es la que se utilizaba en la fabricación de neveras, lavadoras, etc., y para los golpes de los automóviles, hasta entonces de solución complicada, que él transformaba con las cizallas en sus naves en los formatos adecuados para sus clientes. —Enseguida amplió sus compras y tengo que reconocer que en todas las reuniones de negocios que mantuvimos, él se manifestó siempre como un hombre serio, muy acertado en sus asuntos y excelente pagador. Y en más de una ocasión, cuando Ensidesa empezó a tener problemas de tesorería, me consta que adelantó dinero para que la empresa pudiera pagar las nóminas. Eran los tiempos en que España empezaba a levantar cabeza y los españoles salían de la precariedad para acceder discretamente a los bienes de consumo que ya en Europa eran de uso habitual, como los frigoríficos, lavadoras, ollas express y, ya como un símbolo del bienestar de las fa-


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milias, el acceso al automóvil que se convirtió en un habitual de las carreteras, hasta entonces desiertas y escasamente dotadas para la circulación. Y Riberas, con la intuición que todos le atribuyen, “se incorporó con su factoría de Burgos al proceso y empezó a cortar la chapa a la medida para distribuirla entre los fabricantes de coches, para lo cual incrementó notablemente sus compras a Ensidesa, hasta el extremo de que en su creciente demanda tuvimos alguna vez que frenarlo para que no acabara él solo con la producción”. —¿Ya no existían cupos entonces para la venta de los productos siderúrgicos? —En absoluto, aunque se decían muchas cosas de Ensidesa. Lo que hacía la empresa era pedir el pago por adelantado, pero no existían los cupos que sí había en otras empresas. Lo que puede ser más o menos cierto es que algunos de los grandes del sector, entre ellos Gonvarri, dejaran entrever que solamente ellos podían entrar en Ensidesa, pero lo que trataban realmente era de evitar las competencias. —¿Cómo era aquel joven Riberas que usted conoció en sus inicios como empresario? —Era muy echado para adelante, bastante audaz y por eso a más de uno le oí decir: “¡Paco, que te estás lanzando mucho!”; pero él no decía nada, ni si ni no. Iba a lo suyo. Me parece que es un hombre intuitivo, gran observador de su entorno y tremendamente serio. Puede que sea el único del hierro que nunca debió nada a nadie. Además, yo jamás lo vi presumir de nada y cuando estaba serio, imponía. Era una excepción en ese mundo, por las formas y la elegancia, que no excluía la dureza en la negociación. Era rápido y seguro, y tuvo, ya lo dije, la clarividencia de intuir las posibilidades que ofrecía la industria del automóvil que no tuvo nadie. Si tendrá vista que se asoció con Manuel Álvarez en Hiasa y ya es prácticamente el dueño. —¿Qué significa esta empresa asturiana en el mundo del hierro en España? —Sencillamente, es una de las mejores industrias de Europa que tiene un buen paquete de patentes para la seguridad vial, que es en lo que se ha especializado. En este momento, por ejemplo, más del cincuenta por ciento de las vallas de carretera que se instalan en España se hacen en


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la factoría de Cancienes. Y me consta que, como Riberas es tan listo, no se mete para nada y deja a Manolo Álvarez que dirija, porque lo hace extraordinariamente bien. —Tal vez sea este el momento de aclarar una de las grandes dudas, u oscuridades, que circularon en torno a Ensidesa en aquellos tiempos iniciales del desarrollo, como fue la existencia de sobornos a directivos para obtener ventajas, contratas... —Por lo que yo conozco, niego que eso fuera así. Y por lo que afecta a Riberas, puedo decir que jamás hizo insinuación alguna en ese sentido, entre otras cosas porque no encajaba con su personalidad ni con sus principios. Era de una seriedad total. Podía pelear hasta la extenuación los precios y las cantidades, y así hasta hacer prevalecer su condición de máximo cliente; pero nunca hizo la más leve insinuación. Yo oí hablar bien de él y de Gonvarri en Francia, en Alemania, en Bélgica, etc., y eso no se logra sino es desde una posición intachable como la suya. Yo creo que, para definirlo de alguna manera, diría que Riberas tiene más hierro en sus venas que la propia Ensidesa.

UNA ÉPOCA EN LA QUE LO FUNDAMENTAL ERA CONSEGUIR TONELADAS PARA GANAR DINERO Aquellos primeros años en los que Riberas arrancó su negocio paralelamente a las primeras producciones de Ensidesa, el éxito en la venta y transformación del hierro consistía casi exclusivamente en comprar mucho, porque quienes lograban reunir periódicamente cantidades importantes tenían prácticamente asegurado un beneficio millonario; así de importante era el margen del beneficio. Pero aquella relativa facilidad para enriquecerse llevó al vértigo a no pocos, que no fueron capaces de administrar su patrimonio y dieron con sus negocios en la quiebra. Francisco Riberas, sin embargo, con la cabeza fría y la seguridad de que lo que quería no era consumir ligeramente sus beneficios, sobrevivió a tanta debacle porque supo administrar sus ganancias mediante la aplicación de la filosofía de la reinversión, que fue una constante en su camino hacia el éxito. Y se lo reiteró, inútilmente, hasta la extenuación


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a sus socios iniciales y lo predicó a todos aquellos, de su entorno o de la competencia, que quisieron escucharlo. Las claves de la facilidad para enriquecerse estaban, afirma Jaime Acinas, ingeniero del departamento comercial de Ensidesa, después Aceralia, en que “en aquellos años todo era distinto, porque el precio del acero siempre subía en tres pesetas, eran casi oficiales, y quien conseguía grandes cantidades tenía el margen garantizado porque no había acero en la España del desarrollo. Más tarde entramos en la Comunidad Económica Europea y las cosas cambiaron radicalmente porque el mercado se liberalizó y podían producirse altibajos de hasta el treinta por ciento de un año para otro. Y cualquier empresa que comprara mal podía hundirse antes de que pudiera darse cuenta”. —¿Qué era lo que hacía Riberas en esos casos? —Negociaba muy duro y tenía una visión del negocio extraordinaria que lo convirtió enseguida en el número uno del sector, sin duda alguna. Es cierto que el mercado de la distribución es muy difícil, pero dentro de esa complicación es razonablemente sencillo. Todo consiste en comprar material, procesarlo y venderlo. En ese caso, pues, la clave está en comprar bien, porque de lo contrario el mercado te echa en seguida. Pero el gran éxito de Riberas, una vez consolidado en el mercado, fue adelantarse a todos y entrar en el negocio del automóvil. Riberas necesitaba de Ensidesa para desarrollar su negocio y la reiteración en la relación con la empresa acabó por convertirse en una buena relación personal, aunque cada cual del lado de sus intereses. Y, salvo excepciones, consiguió que la dureza en la negociación nunca empañara la cortesía, incluso en los momentos en que el acuerdo se presentaba inviable. Así lo reconoce Ángel Préstamo, también ingeniero y responsable industrial de Arcelor, sucesora multinacional de Ensidesa. —Al principio era uno de tantos, y no el más importante. Estaban Laminados Velasco, Llaneza, Comercial de Laminados, etc., algunos ya desaparecidos. Pero dentro de ellos, unos tuvieron más éxito que otros y el caso de Paco Riberas ha sido extraordinario. Cuando quiere ganarse a alguien comunica bien y es muy exigente consigo mismo y con los demás. Su organización empresarial siempre ha estado muy en tensión, en la que él es el primero en exigirse a sí mismo.


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—Dice que varios de los grandes de hace algunos años se quedaron por el camino, pero ¿cuál es el secreto que impidió que eso le ocurriera a Riberas? —Creo que ya lo habrán dicho otros antes que yo. Y si ha sido así, lo que hago es ratificar una impresión que me alegro de compartir con ellos, porque significa que todos acertamos en el diagnóstico sobre este peculiar personaje, seguramente único, o infrecuente, en España. En primer lugar yo destacaría que se trata de un hombre de una voluntad de hierro, con una incansable capacidad de trabajo y una visión estratégica del negocio extraordinaria. Y durante muchísimos años, mientras los demás lo hacían, y a algunos así les fue, él no repartió dividendos y todos los recursos que generó los dedicó a la empresa. De ahí su crecimiento espectacular. Solamente desde hace algunos años en que entró Arcelor en sus negocios se reparten dividendos, como es natural en las sociedades anónimas plurales. Pero con ser todo lo dicho muy importante, el mayor éxito de Paco Riberas son sus hijos, a los que ha sabido educar a su lado y a los que ha transmitido todo su saber empresarial, que es mucho. —¿Es este un mundo transparente, sin zonas ocultas? —Absolutamente transparente. La gran ventaja competitiva que tiene Riberas es el enfoque estratégico de la empresa, que otros no han hecho, y eso le da una protección mayor. Porque ha avanzado tanto, ha llegado tan lejos, que se ha hecho cliente de sí mismo, porque desde Gonvarri, que es su empresa, suministra a Gestamp, que también es suya. Y eso significa que al comenzar el año ya tiene garantizada la venta de un montón de cientos de miles de toneladas. Es un proceso transparente. No hay una ventaja competitiva en la compra. La ventaja de compra está en la estrategia de la empresa y su posicionamiento en el mercado; y ahí es donde Paco Riberas se ha coronado como el número uno, porque no conozco a nadie en este sector que haya llegado tan lejos como ha llegado él. Y para llegar hasta ahí no solamente hace falta ser listo, hay que arriesgar y en ese aspecto él arriesgó más que nadie, pero con prudencia. Y lo que digo no es una contradicción.


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RIBERAS LLEGÓ A COMPRARLE A ENSIDESA LA TERCERA PARTE DE LA VENTA INTERIOR

En el camino de su pelea personal para consolidar su privilegiada posición en el mercado se le cruzó Alfonso Ibrán, ingeniero de minas que ejerció en el departamento comercial de las tres grandes siderúrgicas nacionales de aquel tiempo, Altos Hornos de Vizcaya, Altos Hornos del Mediterráneo, situada en Sagunto, y Ensidesa, incluso después de que pasaran a integrarse en el grupo Aceralia. Sus relaciones personales siguieron, en ocasiones, los altibajos de la tensión que generaba Riberas en su pulso constante por los precios y el tonelaje que precisaba para suministrar a sus clientes, cuyos plazos de entrega, para un hombre riguroso y serio como él, eran sagrados. Pero fue en Sagunto donde ambos coincidieron por primera vez, “y mantuvimos desde entonces una gran relación”, porque iba con frecuencia ya que, además de comprar chapa, visitaba habitualmente Ferrodisa, la empresa que Riberas tiene muy cerca de aquella siderúrgica levantina. En los comienzos de aquellos encuentros comerciales, afirma Ibrán, las compras de Riberas eran moderadas porque el departamento comercial siderúrgico prefería vender cantidades pequeñas a mejor precio que hacer grandes ventas “en las que siempre los precios eran más bajos, y yo sabía que mi sociedad necesitaba tres mil millones de pesetas al finalizar el mes”. Y pensaban que esa cifra no podían conseguirla de los talleres pequeños por lo cual “acudíamos a los grandes, en especial a Gonvarri, que siempre trabajó sin ayuda de los bancos, al menos desde mediados de los años setenta, y que ya era el número uno de España en productos planos y llevaba camino de serlo en productos largos”. Más tarde, cuando Alfonso Ibrán (nieto de Jerónimo Ibrán, ingeniero fundamental en el desarrollo de la siderúrgica asturiana Fábrica de Mieres, en el siglo XIX) pasó al departamento comercial de Ensidesa siguió la relación con Riberas, a quien considera, con la sosegada perspectiva que da el paso del tiempo, el cliente más duro con el que tuvo que enfrentarse, “porque era implacable en los precios, cantidades y fechas de entrega”, aunque reconoce que, una vez concluido el trato, “te facilitaba los trámites y te allanaba todos los problemas”. Y su progreso fue tal, que hubo un momento en el que, cuando Ensidesa vendía en España dos mi-


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llones de toneladas, Riberas llegó a comprar setecientas mil, una tercera parte del comercio nacional, puesto que la empresa dedicaba únicamente el veinte por ciento al exterior. —Usted, que tanta relación tuvo con él, ¿podría explicarme cuáles son las razones de su triunfo, de que haya dejado atrás a los grandes, algunos de los cuales actualmente ya desaparecidos? —Recuerdo que tenía reuniones con su gente todos los lunes por la mañana. Y veías a directores hechos y derechos, y muy bien pagados, que entraban a la reunión como si entraran al examen de selectividad. Él tomaba los listados y veía operación por operación: a cómo se había comprado la bobina, cuánto tiempo había estado en almacén y qué rendimiento había dado. Lo controlaba todo al milímetro y exigía rigor, trabajo, entrega y buen trato a los clientes. —¿Y su mejor cualidad, su gran talento, que le llevó al puesto que ocupa en la cima? —Creo que su tenacidad. Es un perro de presa. Ve el negocio claramente y va a por él, y por muchas dificultades que se presenten, no cesa. Además está como cualidad básica su valentía, porque en los productos siderúrgicos mover un camión son cuatro millones de pesetas y en el momento que haces un pedido de veinte toneladas, es un dineral. Y Riberas se ha movido con cifras muy superiores a todos los del sector, hasta el punto de que en Europa no hay un centro de servicios, dentro de la siderurgia, como él; y decir Europa hoy es decir el mundo. Y luego se dedicó al segundo sector económico más importante del país que es el automóvil, el primero es el turismo, en el que los compró a todos o se asoció con ellos; y está en Francia, Argentina, Brasil, Italia, Portugal... —Me decía que era un negociador duro e implacable, pero ¿hasta dónde lo era? —Sí, era implacable. Además con esas cejas que tiene algunos decíamos que se las había dado la naturaleza para intimidar. Él era un comprador constante de la siderurgia española frente a otros que alternaban con las compras en Italia o en otro país. Y llevaba cantidades importantes y había que rebajarle algo. Pero cuando no le dabas lo que quería, se ponía cejijunto y se iba al presidente de Ensidesa y había que acabar dándole lo que pedía. Y había reuniones que duraban seis horas sin acuerdo


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y te emplazaba de nuevo para el día siguiente. No daba tregua nunca. Puede que en los años en que duró nuestra relación comercial, unos veinticinco, yo le haya vendido más de veinte millones de toneladas de hierro. —Al lado de tan buenas cualidades como empresario algún contrapeso habrá existido en esa relación de tantos años. —Algunas veces me decía, cuando se endurecía la porfía entre ambos, que él se estaba jugando sus pesetas y que yo no me jugaba nada porque era un empleado a sueldo. Siempre tensaba mucho el hilo y si había dos pesetas por el medio, las quería para él. Yo un día le llamé prepotente y casi me come. —Suele decirse, y ya se lo pregunté a algunos de los que entrevisté, que cuando se alcanzan las cotas a las que ha llegado Riberas siempre se queda algún damnificado por el camino; que antes o después alguien acaba arrollado por esa prepotencia a la que se refiere usted. —Desde que yo lo conozco, no ha ocurrido; en absoluto. Riberas es duro, pero es un caballero. Antes de llevarse a uno por delante se asocia o le compra el negocio, pero nunca se lleva a nadie por delante. No está en su estilo y pienso que tampoco en sus principios. Bueno, en los comienzos del negocio fue liquidando a sus socios porque no le seguían el ritmo; si eso es arrollar... A mi juicio, no. Lo que hizo fue soltar lastres que hubieran hecho imposible el negocio, porque ellos no tenían el genio, ni el talante, ni la decisión, ni la capacidad que tenía él; que, además, no quería embolsarse el dinero, como ellos, sino reinvertir porque en esa filosofía estaba el éxito. En aquellos años de tensiones y períodos de buen clima en su relación comercial con Ensidesa, Riberas se vio forzado a formar parte del capital de Perfrisa, una empresa en la que participaba mayoritariamente la siderúrgica asturiana. Tal como me relató Pablo Valdeolivas, entonces alto ejecutivo de la siderúrgica asturiana, el empresario había hecho un préstamo puente de unos tres mil millones de pesetas a la empresa nacional para una operación, “pero con tan mala fortuna que en el intermedio hubo un cambio en la presidencia y Riberas se vio con un montón de acciones de aquella industria que no funcionaba; porque si la hubiera adquirido en firme, habría hecho un estudio de viabi-


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lidad, tal como le dijo a la dirección”. Y llegó el momento, más bien pronto, en que quiso devolver a su origen su paquete accionarial, pero la aventura para su salida fue larga y dura, plena de asperezas nunca hasta entonces conocidas en sus largos años de relaciones con el Instituto Nacional de Industria. Eran los inicios de los ochenta y aquella dureza en la discusión por su retirada de Perfrisa tuvo como especial oponente a José Luis Baranda, presidente de la Empresa Nacional que ponía todo tipo de cortapisas y obstáculos a aquella decisión del empresario, verdadera víctima de la situación a causa de aquel préstamo a Ensidesa. Finalmente, se vio obligado a intervenir José Miguel de la Rica, presidente entonces del I.N.I., para remansar las aguas y resolver el contencioso que había extremado el enfado de Riberas, “que, efectivamente, en aquel caso no se habían portado demasiado bien con él”. Fueron los años en que, bajo la presidencia de Baranda, las relaciones formales con Ensidesa se enturbiaron, aunque no hasta el extremo de que él perdiera su condición de cliente número uno de la empresa siderúrgica, porque una cosa es la dificultad en el entendimiento entre algunas personas y otra sus relaciones comerciales. Y, aunque la fluidez en la relación pasó por momentos de tensión no deseados por la mayoría de los negociadores de ambas partes, el clima de entendimiento prevaleció sobre cualquier otra contingencia.

LA MARCHA DE PEDRO FERNÁNDEZ Y DE FRANCISCO CAMACHO, UN DURO GOLPE La de los ochenta fue una década de sobresaltos y consolidaciones en el país. En sus inicios España vivió la convulsión del asalto al Congreso de los Diputados por un grupo de guardias civiles al mando del teniente coronel Tejero. Era el momento delicado en que se iniciaba la votación para la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo que sucedía a Adolfo Suárez, primer presidente de Gobierno de la etapa democrática española tras la larga dictadura del general Franco. Aquel 23 de febrero de 1981 toda España contuvo el aliento y a muchos españoles se les agolparon en la memoria recuerdos desagradables de otras épocas espe-


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cialmente convulsas y trágicas para el país. Pero la realidad nacional ya era muy distinta, la mentalidad de los ciudadanos, que empezaban a tener mucho que perder, bien diferente. Por esas y otras muchas razones, la aventura fue efímera, aunque surtió un cierto efecto terapéutico, porque moderó a los políticos, confirmó los deseos de paz del pueblo y robusteció la figura del Rey, garante aquella noche “de los cuchillos largos” del orden constitucional y de la convivencia. Un año después el Campeonato Mundial de Fútbol llegó a España, con triunfo final de Italia. Nuestra selección rozó el ridículo en medio de la decepción general; cuando acababa de entrar el otoño ganó las elecciones generales el Partido Socialista, circunstancia previsible tras la descomposición de la Unión de Centro Democrático (U.C.D.). El final de ese proceso electoral cerró un ciclo inédito en la historia política de España, con la llegada al Gobierno de la nación, mediante las urnas, de un partido de la izquierda sin que no sólo no ocurriera nada especial o imprevisto, sino que a los ciudadanos les pareció normal que se cumpliera, sin sobresaltos, la alternancia en el poder como sucedía en todas las democracias consolidadas. La visita del papa Juan Pablo II, en pleno proceso de traspaso de poderes, ejerció de bálsamo y, en alguna medida, apuntaló a la joven democracia española que había conocido momentos de tensión, como la matanza de varios abogados comunistas en su despacho de la calle de Atocha y vivía la tragedia casi diaria de los atentados de la banda terrorista E.T.A. Y mientras todo esto ocurría en la vida española, donde quedaban tantas cosas por ajustar, Francisco Riberas consolidaba sus conquistas empresariales y se hacía definitivamente grande en el panorama económico nacional, aunque “en ningún momento fui ajeno a lo que estaba pasando en España y viví, igualmente, los temores del resto de la gente sensata, aunque con plena confianza en la madurez del pueblo español, que se impuso abrumadoramente”. Sin embargo, al cabo del tiempo, durante el curso de su marcha sin tregua, cuando se había introducido en el difícil mundo de la industria del automóvil, cuando su hijo Paco estaba a punto de dar sus pasos en la empresa, se produjo un acontecimiento inesperado que sacudió por unos días los cimientos de la empresa: Pedro Fernández, jefe de ventas, y Francisco Camacho, que lo


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era de compras, anunciaron su marcha de Gonvarri con lo que, en la impresión general del entorno, suponía un durísimo golpe para Riberas y para el equilibrio de su bien construido entramado económico. Fue un momento en el que dentro de la empresa se produjo una tremenda sacudida, entre la expectación y la perplejidad. Mientras, en el exterior se abría una gran interrogante sobre la capacidad de Riberas para hacer frente a la comprometida y complicada situación. Y todo el sector, y los iniciados de otros medios económicos, volvieron su mirada hacia este hombre resuelto, duro, pleno de energía y voluntad, con la curiosidad de comprobar si sería capaz de una reacción a tono con el envite y su propia imagen de número uno que se había ganado a pulso en los años precedentes. Era el día del Pilar de aquel año. Alfonso Ibrán llegaba de Oviedo a Madrid y recibió un aviso para que se encontrara con un grupo de amigos en el Vips de Velázquez, entre ellos Pedro Fernández y Francisco Camacho, que querían comunicarle su decisión de irse de Gonvarri. —Eran el mejor vendedor y el mejor comprador de toda el área nacional. Fue una bomba, pero Riberas no se arrugó. Al día siguiente, a las nueve de la mañana, tenía una llamada para que fuera a verlo. Estaba haciendo unas cartas, que podían ser miles, para todos sus clientes con el fin de que los que se iban no se llevaran el fondo de comercio con ellos. En aquella misiva les decía que él seguía allí, que continuaba haciendo Gonvarri y que no quería perder una tonelada de venta ni una peseta del precio. Y me pidió que explicara a Jesús Sánchez, uno de su propia casa, de qué iba la cosa. Desde entonces ya no dio tantos poderes a nadie, salvo a sus hijos. Ángel Préstamo siguió también muy de cerca aquel terremoto que se produjo en su mejor cliente y que, a su juicio, definió de manera perfecta el carácter de Riberas, su voluntad y capacidad de reacción para controlar una situación de cuyo día a día él se había desentendido ligeramente, para concentrarse en otros aspectos de la empresa. Hacía ya algún tiempo que había delegado en Pedro y Camacho el movimiento comercial. —Yo pensé que si eran los pilares de la empresa le iban a dejar un agujero importante y tenía gran curiosidad por ver cómo manejaría la si-


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tuación. Y no me decepcionó, ni a nadie, porque al día siguiente bajó al terreno de juego y comenzó a manejar todos sus hilos como en sus mejores tiempos. Escribió a sus clientes y desarrolló una capacidad de trabajo envidiable. Yo fui testigo de su frenética actividad de aquellos días y de cómo dominó la situación, porque no es una persona a la que arredren las dificultades. Todo lo contrario, se crece hasta límites increíbles. Como suele decirse, se crece en el castigo y eso define al personaje. Y siguió creciendo y creciendo, y creo que en este momento está por encima de los dos millones de toneladas al año. En productos planos es nuestro mayor cliente en España, seguido de Barcelonesa de Metales. Aquella conmoción, que supuso la quiebra del equipo tan cuidadosamente creado por Riberas, fue una fuerte sacudida en la estructura de la empresa. Hacia el exterior, y sin duda para el propio empresario, fue un golpe inesperado. Sin embargo, se había producido algún tiempo antes una cierta forma de preaviso que nadie quiso o se atrevió a interpretar, pero que había ocurrido. Me habló de ello el propio Pedro Fernández durante nuestro encuentro en su despacho de Ferralca, S.A., en Fuenlabrada, cuando se refirió a las inquietudes que compartía con Camacho en relación con su futuro, aunque ambos estaban bien considerados y ganaban bastante dinero en Gonvarri. Hablaron entre ellos y le plantearon a Riberas la creación de un fondo, un seguro, para cuatro o cinco altos empleados de la empresa, con el fin de que cuando les llegara la edad de jubilación pudieran disponer de una importante cantidad de dinero y vivir la nueva etapa sin agobios. —Y así se lo planteamos. Pero es un hombre duro y nos dio una respuesta en su línea. Nos respondió que él pagaba bien a su gente y que pensaba que si querían tener un seguro, debían hacerse cada uno el suyo. Y fue a partir de ese momento cuando nos planteamos dar el paso siguiente, porque si no lo hacíamos entonces ya no lo haríamos nunca. Yo ya tenía cuarenta y un años y Camacho cuarenta y cinco, y nos pareció que había llegado la hora de tomar una decisión. Y lo hicimos. —¿Cómo plantearon su estrategia, si es que tuvieron alguna? —Era un lunes y le dijimos a la secretaria que queríamos hablar con él cuando llegara. Eso fue todo, tan sencillo en su planteamiento, pero tan complicado en su desenlace por muchas razones.


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Y cuando llegó el momento entraron y sin alterarse en exceso, con la naturalidad habitual, les lanzó un rutinario “¿qué pasa?” al que recibió la respuesta que, seguramente, estaba muy lejos de esperar: “Que hemos decidido irnos”. Debió de haber sido un instante de desconcierto, sólo un instante, en el que parecía que el tiempo se hubiera detenido y que el jadeo imperceptible de ambos hubiera quedado prendido en la mirada, sólo una ráfaga, de Riberas. Pero el hombre fuerte, curtido en mil escaramuzas, apenas dejó entrever su desconcierto y contrariedad más allá de algún leve gesto ante sus empleados, que no estaban para demasiadas sutilezas y sí contenidamente alterados por la envergadura del paso que acababan de dar. —¿Cuál fue su reacción más inmediata? —Recuerdo que estaba de pie, y se sentó; pero no se amilanó en absoluto. A los cuatro segundos ya se había repuesto y nos respondió que si esa era nuestra decisión, que adelante.

UNA SORPRENDENTE CAPACIDAD DE REACCIÓN EN UNA SITUACIÓN ESPECIALMENTE COMPROMETIDA

Pocos instantes antes de entrar en el despacho del jefe, Pedro le había dicho a su compañero que le echara una mano para el caso en que Riberas tratara de convencerle, “porque si en aquel momento me dice que no podía irme, me hubiera quedado”. Sin embargo, no reaccionó así, tal vez porque estaba convencido de que si habían decidido plantearle la salida era porque ya tenían la idea muy madura como para volverse atrás. Pero la propuesta había creado una extraña atmósfera de disgusto, especialmente en Riberas, a quien todo aquello le había caído sin sospecharlo y, además, no era menor la brecha que abrían en el casco de su nave. —¿Eran conscientes de que aquella decisión suya le dejaba doblemente cojo? —Por supuesto, sabíamos que nuestra marcha se iba a notar. Pero él ya tenía a sus hijos a punto de entrar, sobre todo Paco, y eso paliaría, al menos en parte, el problema que le planteábamos. Efectivamente, le íba-


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mos a hacer daño, estaba claro; pero también estábamos convencidos de que reaccionaría bien y rápidamente, como así fue. —Después de treinta años al lado de Riberas, su decisión tuvo que ser difícil de tomar. —Muy difícil. Fue el día más duro de mi vida y soñé con él durante los años que hace que nos fuimos. Me repetía una y otra vez, como en sueños, aquella frase suya tan familiar para todos: “Hay que batir el record...” Es que Paco fue para mí, sin paliativos, mi segundo padre, y conmigo tuvo muchos y grandes detalles, como cuando se ocupó de que operara mi úlcera de estómago, que padecí desde los quince años, el mejor cirujano de Madrid, en la Clínica San Camilo. Él, por supuesto, corrió con todos los gastos. Mi madre tenía un quiste idatídico y me vio muy preocupado. Cuando se enteró, se encargó de que la operara el doctor Moreno y, de nuevo, se hizo cargo de la minuta. Son detalles que nunca olvidé, porque él es tremendamente duro en el trabajo, pero es hombre de gran humanidad; muy sensible y extraordinariamente generoso. —¿Cómo fue la despedida, sobre todo en su caso como hombre más veterano en la empresa? —Fue una sorpresa, como solamente él es capaz de dar. Porque hay que tener en cuenta cual era el momento y la brecha que le habíamos abierto. Cuando estábamos a punto de salir, después de haberlo hablado todo, que fue poco, nos dijo que, sin obligación alguna por su parte, nos daría una indemnización de quince millones a cada uno. Fue increíble. —Se quedarían atónitos ante una salida tan insospechada ¿no? —De Riberas no me sorprende nada y, por supuesto, no me sorprendió eso, aunque tengo que confesar que fue una cosa totalmente insólita, porque quienes nos íbamos éramos nosotros, que lo abandonábamos. Y nos dijo que en la competencia había algunos que no nos caían bien porque no eran leales; y que si nos íbamos con alguien, que no fuera esa gente. Le respondíamos que estuviera tranquilo, que no nos iríamos con ellos. Nos habíamos entrevistado con la competencia, pero nos fuimos con quien más nos convino. —En realidad fue una traición en toda la regla. —La sensación de que lo había traicionado la tuve durante mucho tiempo. Y creímos que podía estar enfadado con nosotros, pero pudimos


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constatar que no del todo. Yo me había hecho hombre a su lado y tengo que dar gracias a Dios de que lo mucho o poco que sé lo aprendí con él. Lo imitaba hasta en la firma y estaba pendiente de él cuando hablaba con los clientes. Fue mi modelo total al que copiaba en todo. Teníamos confianza mutua como un padre y un hijo, y las cosas que hablaba con él eran las mismas que podía hablar con mi padre. —¿En algún momento interfirieron en su camino o le hicieron la competencia? —Le habíamos dicho que jamás le haríamos la competencia ni jugaríamos sucio con él. Y cumplimos la palabra. Nadie del sector podrá decir, ni el propio Francisco Riberas, que le hicimos una faena en todo este tiempo. Él es el número uno, sin posibilidad alguna de discusión; y en estampación, Gestamp será el número uno o dos del mundo. Son hechos sin discusión. —¿Con quién se fueron después de haber abandonado a Riberas? —Nosotros compramos estas instalaciones junto con un socio, Alfonso Gallardo, y tuvimos mucha suerte porque es un hombre estupendo, en alguna medida parecido a Paco. Pero, sin embargo, muy diferente porque Paco Riberas solamente ha nacido uno. Empezamos a funcionar y a comprar materiales a unos y a otros, aunque el más fuerte era Gonvarri... En algunos momentos de la conversación, Pedro Fernández, aquel niño de trece años que mintió en la edad para poder trabajar con Riberas y que empujaba el estaño por las aceras, el autobús y el metro, se emocionó visiblemente. Sus ojos se humedecieron sin disimulo y no trató de ocultar sus sentimientos, aun cuando insistía en que, era su justificación, “tenía que buscar caminos para resolver definitivamente mi futuro”. Cuando eso ocurrió, se produjo un silencio grave, apenas perceptible. Retrasé ligeramente mi siguiente pregunta por respeto a aquella espontánea manifestación de afecto, que me pareció sincera y auténticamente sentida. Y durante ese breve instante reflexioné sorprendido sobre aquel detalle, absolutamente insólito y puede que irrepetible, de “premiar” con quince millones de pesetas un abandono inesperado y de consecuencias por entonces imprevisibles. —¿Volvieron a encontrarse en alguna ocasión?


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—Sí, y estuvo afectuoso y cordial, como siempre lo había estado conmigo. Francisco Camacho corroboró todo cuanto me relató Pedro Fernández, aunque añadió algunos detalles personales sobre aquel complicado momento de la marcha de Gonvarri y sobre la personalidad de Riberas y su relación con él. Le consta que su antiguo jefe quedó muy dolido “porque todavía no tenía a sus hijos allí, aunque Paco estaba ya a punto de entrar, y porque nosotros éramos su mano derecha en el negocio. Pero tomó nuevamente las riendas, porque no tenía a nadie preparado, y se acabaron los problemas”. Después creó un nuevo equipo que funcionó muy bien y todo volvió a su sitio. —Su papel como comprador era fundamental en la empresa... —Sí, porque lo primero que se hace es comprar; y si compras mal, lo llevas claro. Nosotros teníamos varios proveedores fundamentales, sobre todo Ensidesa, al que comprábamos el noventa y cinco por ciento, y el resto a Altos Hornos. La amistad con Riberas no se rompió. Estuvimos algún tiempo sin vernos, pero luego ya nos encontramos en las reuniones de la Asociación y nos dimos siempre un abrazo. Conservamos la amistad con todo el equipo. Fue una marcha dolorosa. Los dos salimos de allí llorando. —De Gonvarri se va muy poca gente ¿no? —Salvo nosotros, y algunos más, muy pocos, no se va nadie. ¿A dónde van a ir? Es como del Real Madrid, no se marcha nadie si no lo echan. Yo desde que me fui de allí siempre pienso, cuando voy a hacer algún negocio, cómo lo haría Riberas y procuro llevarlo a efecto tal como pienso que lo resolvería él. Yo, en realidad, sigo siendo un hombre de Gonvarri porque todo cuanto sé lo aprendí con él. —¿Cómo es el Riberas que usted conoce? —Es un hombre tan seguro que nunca tuvo temor de nada. Siempre con mucha cabeza. La única inversión que le conocí fuera de su empresa fue en el Banco de Valladolid, del que fue accionista. Más tarde se convirtió en Barclays Bank. El negocio del hierro es muy absorbente y hay que estar día a día; y no vale ir de cuando en cuando diez minutos porque se hunde. Él todo lo logró a base de mucho trabajo. La primera gran industria que instaló fue Burgos, muy importante, después Barcelona y


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de ahí nació todo su imperio, porque sus empresas constituyen un verdadero imperio económico e industrial. Hay empresarios que no lucharon por lo que tuvieron porque fueron hijos del “pelotazo”, pero de trabajar nada, y así les fue a la mayoría. Pero como él hay muy pocos, yo diría que en España ninguno. Porque no se construye lo que él ha creado sin trabajar de sol a sol. Aquí no hay casualidades. Además, ha sido siempre un hombre discretísimo. Ayuda a los suyos y a otras gentes con una reserva ejemplar. Y como para dejar constancia de cuanto acababa de decir, Camacho recuerda un detalle de sus primeros tiempos en Gonvarri que, según él, revela la categoría humana del hombre al que dejó provocándole una decepción personal y un problema a su empresa. El hecho del que me habló guarda relación con su salario, uno de los aspectos de la relación profesional en la que Riberas siempre se adelantó a cualquier insinuación. —Cuando entré en la empresa en 1966 mi primer sueldo fue de diecisiete mil pesetas y yo venía de ganar nueve mil donde trabajaba. Aquella fue una sorpresa agradable, aunque no la más importante, porque la gran sorpresa la llevé cuando me casé, dos años después. Al regresar del viaje de novios me encontré con que me había doblado el sueldo. Él es así. Pero no solamente me sorprendió con ese salto salarial, sino que manifestaba su generosidad permanentemente con todos. Se echaba mano al bolsillo por menos de nada. Por todo esto, y muchas más cosas, cualquiera puede advertir que nos fuimos de allí con tristeza, aunque no dejábamos de pensar que se trataba de nuestro futuro y el de nuestra empresa. Todo este proceso de ruptura fue seguido desde el entorno de Riberas con la respiración contenida, pero con el ánimo atento a su reacción porque lo conocían sobradamente y, por ello, sabían que sus buenos reflejos volverían a proporcionar soluciones, como había ocurrido en otros muchos trances durante el desarrollo de la empresa. Entre los más próximos estaba Joaquín Díaz, director comercial en la actualidad, que había entrado en la empresa en 1969 y conocía bien al jefe y su presencia de ánimo en los momentos comprometidos. Sin embargo, reconoce que la salida de Pedro Fernández y Francisco Camacho fue uno de los acontecimientos que le causó mayor impacto en aquel tiempo, porque se trataba


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de dos pilares fundamentales de la empresa y llevaban con él mucho tiempo, “sobre todo Pedro, al que quería como a un hijo, porque fue el primero y, además, aquí todos los días durante diez horas, llegas a querer a la gente”. —¿Cómo lo vio reaccionar, usted que estaba cerca de él? —Lo vi muy entero. Me llamó y me dijo que no nos íbamos a amilanar y que teníamos que tirar para adelante. La fuerza de su reacción me impresionó. Creo que la gente de la empresa sufrió un golpe y todos volvimos los ojos a él para superar aquel instante de cierto pesimismo, ya que después de la marcha de estos dos directivos tan importantes, se fueron otros cuatro del departamento comercial en el que había doce personas. Fue muy duro que se marchara la tercera parte y tuvo que recomponerlo todo. —¿Piensa que en algún momento de aquel mal trance llegaron a temblarle las piernas a Riberas? —No, en ningún momento, aunque sí creo, es lógico, que acusó el golpe aunque más moralmente. A mí, que era jefe de ventas, me promocionó a director de ventas y luego a director comercial; y al segundo de Camacho, que era Jesús Sánchez, lo ascendió también. La reacción de Riberas fue enérgica y sin dudas, porque podía haber aceptado su oferta de quedarse unos días hasta dejar las cosas organizadas. Pero les respondió que ellos habían tomado su decisión, que era la de irse, y que debían cumplirla; y que esa era también su decisión. —¿Él siempre procuró, como en ese caso, promocionar a la gente de la casa? —Sí, siempre que fuera posible. Le interesaba más, porque es que hay que darse cuenta de que hay personas en la empresa que llevan más de veinticinco años y todavía no han cumplido los cincuenta. Esto quiere decir que hubo una época en que llegó mucha gente joven y que cuando se marcharon los seis de los que hablamos, promocionó al propio personal de la empresa, y es el mismo que sigue en el departamento comercial. —En todo caso, no es corriente porque la mayoría de las empresas suelen seleccionar los recambios, en estas circunstancias, en la competencia, etc.


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—Pero es que esta empresa es atípica en casi todo, en el horario, en el modo de trabajar, en la formación del personal. Ésta fue la universidad para la mayoría en aquellos años... Y la ha hecho así él porque es su reflejo. Así que la gente que está aquí conoce la filosofía de la empresa y por eso le resulta más fácil promocionar a alguien que conoce sus interioridades y su forma de actuar. Pasados algunos días le hablé a Riberas del encuentro y de la conversación que había mantenido con Pedro Fernández y Francisco Camacho. Fue una tarde, pura coincidencia, desapacible e intensamente gris, de esas que la oscuridad se adelanta porque la niebla se hace impenetrable y cortante. Fue como si el tiempo gélido y la referencia a aquellas fechas hubieran añadido, paradójicamente, frialdad a la confortable tibieza de la estancia en la que tantas horas de diálogo hemos consumido. Pero recuperó ese elegante equilibrio que consigue, casi un ejercicio de estética, entre la dureza y la sensibilidad que han hecho de él, a juicio de quienes lo conocen bien, un duro hombre de negocios y, a la vez, un caballero capaz de conmoverse ante el dolor y la dificultad ajenas. —¿Cómo recuerda aquel episodio tan traumático para usted y tan comprometido para la empresa? —Aquello tuvo su fondo. El hecho es que no me avisaron. Un año más tarde se fueron cuatro comerciales, aunque éstos no tuvieron importancia para mí. Pero yo soy bastante peleón y nunca me rindo; y cuando ocurrió eso, hubo mucha gente que creyó que me iba a desmoronar. Me puse de nuevo al frente y dediqué muchas horas a trabajar, comprar y vender una vez más, y a formar un equipo renovado, que resultó mejor que ellos mismos. Fuimos a por todas para demostrar quién es quién. —¿Sintió mucho su marcha? —Como empresario, claro; mucho. Pero sobre todo, desde el punto de vista humano, porque Pedro había entrado de niño a trabajar conmigo. Era como un hijo para mí. —¿Cuál fue la reacción de sus competidores en el mercado? —Pensaron que al haberme quitado a los dos que funcionaban, me iba a hundir. Pero eso era mucho pensar, porque, ya te dije, no me rindo así como así. Y además, quítame de encima quince años...Y efectivamente, les di mucho dinero cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo


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porque eran ellos quienes se iban voluntariamente. En realidad, había empezado a sentirme incómodo a causa de sus aspiraciones, lógicas y legítimas, por otra parte. Pero llegó un momento... Me miró, sonrió levemente, enarcó sus cejas como dos tizones y con un tono de voz nuevo para mí después de tantas horas de conversación, puso fin al recuerdo del episodio de aquel abandono. —Bueno, yo no quiero hablar más de eso. Y no volvimos a hacerlo.


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“Cuando ocurrió eso, hubo gente que creyó que me iba a desmoronar, pero me puse de nuevo al frente y dediqué muchas horas al trabajo, comprar y vender una vez más y formamos un equipo renovado”.


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Riberas con Pedro Velasco, de quien fue socio durante diez años en la factoría Laminados Velasco, situada en Basauri.


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CAPÍTULO XI

El veinticinco aniversario de Gonvarri, una fecha impensable en los inicios. —La búsqueda de un local para la celebración de los actos. —La cesión del Pabellón de Cristal rompe una costumbre del Ayuntamiento. —Una placa de los trabajadores como recuerdo. —La asociación con Laminados Velasco, una de las empresas líderes del sector. —Una integración sin exigencia de auditoría ni comprobaciones. —Relación difícil con la amistad a salvo. —“Un hombre con una visión clara y todo lo que toca lo convierte en oro”. —Un mal negocio se convierte en trampolín hacia Europa. —De Estampaciones Arín a Estampaciones Vizcaya, una etapa de consolidación en la que se creó el grupo Gestamp. —Trescientos cincuenta mil millones, en 2002. —Ángel Gamboa, director de la nueva planta. —Plantas en Porriño y Dueñas para Citröen y Renault. —Un esfuerzo inversor importante para estar en la vanguardia. —Gonvarri, suministradora de los franceses. —Un cambio de opinión de los industriales del país vecino. —Las pequeñas empresas buscan la asociación con Riberas para sobrevivir. —Gonvauto para mejorar el servicio a sus clientes. —Un avión privado para ganar tiempo. —Antonio Arranz, el hombre puente en Riberas y sus hijos.


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EN EL ITINERARIO EMPRESARIAL DE FRANCISCO RIBERAS las distancias del camino las señalan mojones con nombres de pueblos, ciudades y países como una estela que denuncia, en cada momento, la conjunción de trabajo, talento, imaginación y sacrificio acumulados por un equipo de gentes entregadas a las que él marcaba cada paso, no siempre por terreno conocido, llano ni rectilíneo. Todos ellos conocen bien los sacrificios y sudores que les costaron consolidar en su nómina de logros nombres como Méndez Álvaro, Burgos, Embajadores, Barcelona, Valencia, Asturias, Navarra, Toledo, Vigo, Vizcaya, Italia, Portugal, Francia, Marruecos, Argentina, Brasil..., largo sendero de trabajosos éxitos nacidos de la nada pero incentivados por la incontenible voluntad de Riberas de superar, sin miedo ni reservas, un tiempo, desde la infancia, nunca olvidado y pleno de zozobra, dificultades e impotencia. En ese itinerario hay algunas fechas inolvidables, con un sentido especial para él, como la celebración de los veinticinco años de Gonvarri, un instante vivido con plenitud porque cumplía la culminación de un deseo íntimamente sentido desde aquel año, abierto a todo, en el que había constituido la sociedad con sus amigos y la viuda de Aznar para iniciarse en el negocio del hierro. Cómo olvidar aquel tiempo en el que, como reto íntimo frente a una deuda personal contraída con su madre y consigo mismo, se había prometido romper las barreras de aquella situación que parecía condenarle a una vida con muy pocas alternativas. Sin embargo, nada había sido en vano porque en aquellos años iniciales de la década de los ochenta, la revista quincenal de economía Fomento de la Producción, que se editaba en Barcelona, situaba a Francisco Riberas entre los diez primeros contribuyentes españoles a la Hacienda pública. Por tantos argumentos como era capaz de ofrecerse a sí mismo a esas alturas del tiempo, quería, al cumplirse aquellos primeros veinticinco años, dejar constancia solemne y pública de un acontecimiento que hasta a él mismo podía haberle parecido un sueño en aquellos ya lejanos tiempos iniciales. Pero eran, también, las mismas razones que podían ofrecerle todos aquellos que se fueron sumando al grupo y que habían hecho posible aquellos cinco lustros sin tregua ni un paso atrás, culminados con derroche de esfuerzo y tensiones, improvisación y talento. —¿Qué pensó cuando llegó esa fecha tan importante para usted?


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—Que había conseguido, con la ayuda de mucha gente leal y trabajadora, algo que seguramente veinticinco años antes no me hubiera atrevido a imaginar. Recuerda Pachi Zubiete que desde que conoció a Riberas, y más aun desde que se había incorporado a la empresa, una de las cosas de las que siempre se había preocupado era de dar confianza a la gente que tenía en su entorno, con lo que acababa consiguiendo una gran sintonía como resultado de la estrecha relación que generaba. La consecuencia inmediata era que cada cual debía esforzarse en encontrar la mejor solución para las cuestiones que se planteaban, aunque él no definiera los detalles. Y eso ocurrió cuando llegó el momento de la celebración de las bodas de plata de la empresa. Riberas depositó en Zubiete, su hombre más próximo, la confianza de la organización de un acontecimiento tan lleno de significado. Le dijo que recorriera algunos de los hoteles de la ciudad y que buscara el adecuado, capaz para las doscientas personas que él tenía previsto que acudieran procedentes de las plantas del grupo. —Yo siempre que venía desde Bilbao a Madrid me hospedaba en el hotel Alcalá que dirigía Luis Irizar, un amigo de San Sebastián, que había sido quien había formado a un número elevado de buenos cocineros. Le pregunté a él y me dio la dirección de unos cuantos hoteles para que me pusiera en contacto con sus directores. Con esa recomendación podría encontrar mejor entrada para llevar a cabo mi encargo. Entre otros, Zubiete fue al Palace. Pero tampoco allí tuvo suerte porque tenía ocupados todos sus salones en la fecha prevista. No obstante, de allí lo remitieron al hotel Alcalá que había sido el punto de partida. La solución, pues, no se presentaba fácil. Sin embargo, fue el propio Irizar quien le habló del Palacio de Cristal de El Retiro, que es donde, le dijo, suelen celebrar las embajadas extranjeras algunas de sus recepciones y banquetes. Pero le aclaró que sería difícil que autorizaran actos privados en sus salones, con lo que, a la vez que le facilitaba información sobre el lugar más adecuado, le daba un anticipo de la previsible contestación negativa, según todos los indicios y precedentes. —Con una respuesta tan poco alentadora le pregunté que de quién dependía el Palacio de El Retiro y me respondió que era de propiedad municipal y que debía dirigirme al Ayuntamiento. Era alcalde en aquel


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momento Enrique Tierno Galván y yo no tenía posibilidad de acceso a él, con lo que pensé que tendría que buscar una vía indirecta para conseguir que me recibiera y explicarle nuestro proyecto. Y a Pachi se le ocurrió que el mejor camino para llegar a un buen desenlace podía ser a través del propio hijo del alcalde, que trabajaba en Petronor, empresa en la que él tenía numerosos amigos. Y, efectivamente, muy amable, le dio una tarjeta con el fin de que se presentara en la alcaldía para que su padre lo recibiera. Zubiete sonríe con indudable satisfacción, como si actualizara los momentos previos al desenlace de aquel curioso prólogo de la celebración de un acontecimiento en el que, bien se había dado cuenta, Riberas tenía especial interés en que saliera como había pensado. Para él se trataba de un momento especialmente importante, lleno de emoción y satisfacciones porque suponía la plenitud de un empeño cuya proyección estaba, y con él todos sus colaboradores, muy lejos de intuir entonces. —Me fui al Ayuntamiento con la tarjeta de la recomendación filial, pero el secretario del alcalde me dijo que éste estaba ocupado y que iba a ser imposible que pudiera recibirme. No obstante, aquel buen señor me dijo que el Palacio de Cristal solían dejarlo a las embajadas para sus actos oficiales, pero difícilmente accederían al permiso para la comida de un empresario con sus trabajadores. Cuando me dijo eso, le respondí que no, que la cosa no era sí; que se trataba de una comida que le daban los trabajadores a su presidente. —¿Hubo alguna reacción, algún cambio ante ese planteamiento sutilmente diferente al que el secretario del alcalde había percibido? —Me di cuenta de que súbitamente se produjo un cambio en su gesto. Y era cierta mi percepción porque a continuación me respondió que, miradas las cosas así, de lo que se trataba era de un acto social y que esa ya era una cosa diferente. “Ese matiz cambia las cosas”, me dijo, “porque un acto de esa índole sí tiene cabida allí”. En efecto, era una interpretación diferente, pero que no me resolvía el problema; y regresé a la oficina con una vaga esperanza. De vuelta de su misión, le comunicó a Riberas el resultado, absolutamente incierto, de sus gestiones: que no había podido entrevistarse con Tierno Galván, que el secretario le había comunicado lo que ya sabían,


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que el Palacio de Cristal no había sido nunca concedido para la celebración de comidas de empresa, pero que no había perdido la esperanza de romper con aquella rigidez tradicional si se valoraba positivamente el enfoque que había dado la secretaría particular a su proyecto. —Algunos días más tarde recibimos una comunicación de la alcaldía que nos autorizaba a celebrar nuestra fiesta aniversario en el exclusivo recinto municipal de El Retiro. Y no fue una sorpresa solamente para nosotros, sino que aquella autorización excepcional fue muy comentada en muchos círculos madrileños, y creo que hasta alguien se preguntó quiénes eran ese empresario y esa empresa desconocidos a los que el Ayuntamiento autorizaba el uso del Palacio de Cristal para una fiesta de empresa. Pero la realidad fue que Riberas y Gonvarri rompieron una rigurosa práctica municipal. Y no fue todo, sino que llegado el día, la policía municipal acordonó la zona para que solamente entraran nuestros autocares a los que dos motoristas abrían paso. Lo cierto fue que ocurrió, y además no nos cobraron un céntimo. —¿Qué le dijo Riberas cuando le informó de tantas y tan buenas novedades para la celebración? —Preguntó cómo había sido capaz de conseguirlo. Y yo le respondí que él me había dado toda su confianza para dar la cara y que había porfiado. Que el resto lo había puesto el alcalde. Sin embargo, no me permitió que yo quedara con Luis Irizar, ya que el hotel Alcalá era el que se haría cargo de servir la comida. Fue el mismo Riberas el que habló personalmente con él y estuvo al tanto de todo, de tal manera que la comida llegara en su punto a los más de doscientos comensales y que no faltara ningún detalle. Se desvivió para que todo saliera bien, porque siempre cuidó mucho los aspectos humanos de sus relaciones con la gente. Fue la primera gran celebración de Gonvarri en sus veinticinco años de existencia y Francisco Riberas se sintió feliz entre su gente y profundamente satisfecho de su obra. Y para que quedara constancia de aquel encuentro multitudinario en tan singular fecha, los trabajadores le hicieron entrega de una placa conmemorativa con la que quisieron reflejar su afecto, adhesión y agradecimiento por su voluntad, ejemplar espíritu de trabajo y calidad humana durante los años de construcción de la empresa. La placa, que lleva fecha de ocho de octubre de 1983, dice: “A don


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Francisco Riberas Pampliega, fundador y presidente de Gonvarri Industrial, S.A., al cumplirse el XXV aniversario de su constitución, en homenaje de sus empleados, con respeto y admiración”. Aquella fue una jornada de intensas emociones para Riberas, tal como recuerda ahora, veinte años después, porque se le acumularon de golpe en la memoria los recuerdos de su complicado itinerario vital, siempre con su madre como estímulo y referencia. —Fue un acto que me emocionó. Nos reunimos todos en una gran celebración y me entregaron esa placa que fue costeada por todos y me enorgullece. Nada, sin embargo, parecía desequilibrar su modestia; ni siquiera la culminación de aquella etapa difícil de su vida con tan notable éxito, más allá de la satisfacción íntima, que debió ser grande, porque de haberle rozado la vanidad un instante, la hubiera gritado a los cuatro vientos de los medios de comunicación. Pero no lo hizo porque valoraba más el trabajo constante y el crecimiento discreto que el reconocimiento social, que en su caso sólo hubiera sido un ejercicio de exhibicionismo muy lejos de su carácter y de sus principios. Porque, en realidad, Paco Riberas sigue siendo el mismo hombre sencillo y con gran sentido de la medida al que recuerda Mario Ruiz, su compañero del barrio, con el que había compartido conversaciones en la piscina de Usera sobre muchos proyectos, entonces sólo sueños difícilmente realizables, y durante muchos años colaborador de su empresa con los camiones que él mismo le había financiado. —Había ocurrido algún tiempo antes, cuando ya era una personalidad como empresario. Acababa de estrenar él un Jaguar que me había dejado conducir. Hablábamos sobre las fatigas de nuestra juventud y, por asociación de ideas, le recordé que en Atocha había un bar que tenía unos bocadillos de calamares estupendos y que cada día que pasaba por allí solamente el olor me abría el apetito. Y en plena marcha me dijo: “Frena, frena, que se me empieza a hacer la boca agua”. Nos detuvimos, compramos unos bocadillos con unos botellines de cerveza y nos los fuimos comiendo en el camino. Es un tipo muy especial.


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ASOCIACIÓN CON PEDRO VELASCO, UNO DE LOS GRANDES EMPRESARIOS DEL SECTOR

Aquella celebración podría haber marcado el límite de sus ambiciones, porque su posición era ya envidiable dentro del entramado económico español, pero nunca hasta entonces, ni lo hizo más tarde, había pensado detenerse, “y no por afán de poder o ambición de dinero, sino porque aquel era mi mundo y el instinto de crear superaba a cualquier posible tentación conformista”. Sus movimientos se habían orientado hacia las áreas en las que se asentaba la producción siderúrgica, como Asturias, sede de Ensidesa, donde se asoció con Manuel Álvarez en Hiasa y, más tarde, en Valencia con la instalación de Ferrodisa cerca de Altos Hornos del Mediterráneo. Pero, consolidadas ya esas posiciones, pensó que debía asentarse, también, cerca de Altos Hornos de Vizcaya, una vieja aspiración por la proximidad a Burgos, por sus afectos familiares y porque, como empresario, siempre se había movido bien por la zona. Y fue, rebasada ya la mitad de la década de los ochenta, cuando se le presentó la oportunidad de participar en el capital de Laminados Velasco, una industria sólida, situada en Basauri, fundada hace más de medio siglo por Pedro Velasco Villar, uno de los pesos pesados del comercio del hierro en España. Fue una asociación que se prolongó por espacio de diez años, con relación desigual y en ocasiones difícil, y que habría de tener consecuencias fundamentales para el futuro desarrollo de los proyectos de Riberas. Aquella relación empresarial de un decenio con Pedro Velasco se inició en 1986. Sin embargo, algunos años antes los caminos de esa convergencia se habían alejado para él, porque una enfermedad de Velasco, y sus consecuencias económicas, le habían forzado a asociarse con el grupo catalán Comercial de Laminados, que se hizo cargo del sesenta por ciento del capital. La relación duró algún tiempo, hasta que los socios decidieron poner a la venta su paquete mayoritario. Fue el momento en que Velasco se entrevistó con Riberas, al que conocía desde mucho tiempo atrás, para interesarle en la operación. —Me habló de la situación y me pareció bien la adquisición de las acciones, así que realizamos la operación rápidamente. Me gustaba, porque había sido una de las empresas líderes, y lo seguía siendo, y me interesa-


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ba avanzar en el desarrollo de mis proyectos. Así que tomé el cincuenta por ciento y él se quedó con la otra mitad. Sin embargo, la primera intención de Riberas había sido hacerse con la totalidad de las acciones de los catalanes, “pero accedió a ceder el diez por ciento a su nuevo socio con el fin de acelerar los trámites”, tal como recuerda Pachi Zubiete, “porque quería cerrar la operación cuanto antes y, como era su estilo, con la mayor discreción, sin que se enterara nadie ni dentro ni fuera”. Eran las vísperas de la Navidad y Francisco Riberas reunió a sus directivos de confianza para comunicarles la buena noticia de que “hoy hemos adquirido la mitad de Laminados Velasco”. Aquella información fue recibida con gran satisfacción por todos, por cuanto significaba dar un notable paso en la consolidación y desarrollo de Gonvarri, que desde hacía algún tiempo lideraba el sector en España. Me trasladé hasta Basauri para encontrarme con Pedro Velasco, que había sido el señor del comercio del hierro durante muchos años. Quería que me hablara de él y de su relación con Riberas. El viaje desde mi residencia ovetense, a través de la autovía del Cantábrico, constituye un paseo delicioso al borde del mar, a través de la España húmeda, al que no le faltó la ayuda del sol para descubrir, en cada kilómetro, la gran diversidad de los tonos del verde que enriquecen el paisaje. Era ya media mañana y por los amplios ventanales del despacho de Velasco penetraba una luz grisácea, tamizada por el tono de las cristaleras. Pocos instantes después de iniciar nuestra conversación, “¿cuándo conoció usted a Francisco Riberas?”, se sentó a nuestro lado su hijo Iñaqui, que saludó con una sonrisa amable y un gesto de disculpa con sus manos por la irrupción. Se habían conocido hacía cuarenta años, en Basauri, cuando Riberas, casi recién estrenado en el hierro, se desplazaba hasta Vizcaya para comprar material, uno de cuyos proveedores era la empresa de la que, con el tiempo, llegó a ser copropietario; aunque más tarde las cosas cambiaron. Gonvarri había crecido y se intercambiaban compras y ventas entre iguales, de acuerdo con las necesidades de cada uno. —Yo había oído hablar de Riberas, porque empezaba ya a sonar su nombre en nuestro mundo, pero él tenía más referencias de mí porque yo en aquellos años era muy fuerte, seguramente el más importante del sector. Pero ahora es un dios y yo un ángel comparado con él. Por una


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serie de circunstancias me vi obligado a asociarme con una empresa catalana, pero yo no estaba muy a gusto porque ellos venían aquí y arrasaban, como si fuéramos sus criados. Así que cuando llegó el momento yo se lo compré y le cedí la mitad a Paco. Me pagó mil cuatrocientos millones de aquellos. Fue una operación atípica, muy dentro de la ejecutoria de Francisco Riberas, porque entró a formar parte de Laminados Velasco sin pedir una auditoría previa, sin exigir documentación alguna sobre su situación. Ambas partes llegaron a un acuerdo, y firmó. Iñaqui Velasco ratifica que “nadie estuvo mirando lo que había ni cómo estaba; fue su palabra y su intuición las que prevalecieron”. Sin embargo, aunque la marcha de la empresa fue buena y las dos partes obtuvieron más que notables beneficios, hubo momentos en que la relación entre ambos socios vivió fases comprometidas, como cuando tomaron una participación en Ferronia, una empresa situada en Andoain, en la que también figuraban dos sobrinos de Benito Díaz, que había sido entrenador del equipo nacional de fútbol durante los campeonatos mundiales celebrados en Brasil en 1950. Velasco reconoce que le asistía gran parte de la razón a Riberas porque se les había ido de las manos el control, que “estaba en las de un administrador no todo lo fiel que hubiéramos deseado, porque faltaron muchas toneladas de hierro y, naturalmente, no cuadraban las cuentas en varios cientos de millones de pesetas”. Otro problema similar en un almacén común en Burgos provocó nuevas desavenencias que, sin embargo, aunque empañaron la relación empresarial, no dañaron la buena amistad y la estima personal, que se prolongó con la asociación de sus hijos en varias empresas que caminan a buen ritmo y con excelentes resultados. Efectivamente, la separación se produjo en el año 1996, después de diez años de relación marcada por los buenos resultados, con los altibajos señalados que empañaron las buenas relaciones comerciales, aunque no hasta el extremo de que no siguieran colaborando juntos en otras empresas de las que me habló el propio Velasco. —Tenemos varias empresas con la familia Riberas: Gonvelsa, Gonvarri-Velasco, unión para laminados y perfiles, que está en Asturias; Reimasa, que se dedica a la chatarra del automóvil, creada en el año 1995 y


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que en este momento es la más importante de España en su ámbito. Nuestro país es deficitario en chatarra y tiene que importar el cincuenta por ciento de lo que necesita; y, finalmente, somos socios en el hotel de gran lujo Abando-Ibarra, futuro Sheraton, situado en el centro de Bilbao, frente al Palacio Euskalduna. —¿Qué le llamó la atención de Riberas cuando lo conoció? —Que es un hombre muy inteligente, como yo no había conocido a otra persona; de voluntad fuerte y con un talante muy natural y sencillo. Creció mucho y hoy es el verdadero amo en la estampación de coches. Además es un hombre con una visión tan clara de los negocios que todo lo que toca lo convierte en oro. —¿Cuál es su relación en la actualidad? —Nos vemos poco, pero sigue existiendo una amistad muy buena; y la prueba son esas relaciones económicas que mantenemos. Nuestros hijos continúan esa amistad y, asimismo, comparten negocios.

ESTAMPACIONES ARÍN, UNA EMPRESA EN QUIEBRA, PUNTO DE PARTIDA PARA EL NUEVO DESARROLLO

Durante el tiempo que duró la relación empresarial entre ambos, realizaron algunas operaciones, entre otras la adquisición, por deudas acumuladas por entregas de chapa impagada, de Estampaciones Arín, que tenía una plantilla de doscientos hombres y fabricaba piezas para la industria del automóvil. Las cosas comenzaron a no marchar bien y entró en pérdidas, momento en el que Riberas decidió dejar de venderle porque no veía clara la situación. A causa de ese estado de cosas, acelerado por sucesivas huelgas de los trabajadores, Pedro Velasco asumió la totalidad de la empresa que llegó a acumular hasta trescientos cincuenta millones de deuda, en un clima interno de constante inestabilidad. En esas circunstancias tan poco favorables se dirigió a Riberas, que se había librado de su onerosa participación, y le pidió que buscara un comprador para aquel complejo industrial que tantos disgustos le estaba proporcionando. Incluso insistió para que fuera él mismo quien se lo comprara, pero en cada ocasión le respondió con una negativa.


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Sin embargo, en aquellos días de insistencia vendedora de su amigo y socio en Laminados Velasco, Francisco Riberas tuvo tiempo para la reflexión sobre las posibilidades de aquella empresa a través de la que podría cumplir sus proyectos, durante tanto tiempo acariciados, de colaboración con la industria del automóvil. Era una oportunidad para la expansión de su empresa, un aval para superar la dura competencia en la compraventa de la chapa y asegurar la continuidad ascendente de Gonvarri al convertirse en cliente de sus propios productos. Y después de haber meditado la conveniencia o no de lanzarse a la operación, hizo partícipe de sus ideas a su hijo Paco, que se acababa de estrenar en la empresa, y entre ambos llegaron a la conclusión de que aquella operación les interesaba. Mientras, se hacía querer por Pedro Velasco que un día tras otro le ofrecía aquella empresa situada en Abadiano, muy cerca de Deusto, que ya le quemaba entre las manos casi hasta el borde del ataque de nervios. Y un día, al fin, le dijo: “Ya tengo un comprador”. Y, efectivamente, lo tenía “porque era él mismo que, aunque es cierto que no me engañó, tampoco me llegó a decir toda la verdad, ya que no supe en aquel momento que era él mismo el comprador que me decía había encontrado. Sin embargo, me alegré de que fuera él quien tomara en sus manos la empresa. Hicieron una gran inversión y consiguieron una planta espectacular”. Efectivamente, Riberas era sincero cuando en los primeros envites de Velasco se negaba a adquirir aquella empresa que lo intimidaba por las circunstancias y por las mismas razones que impulsaban a su amigo a deshacerse de ella. Sin embargo, finalmente, llegó a darse cuenta de que justamente allí, en Abadiano, podía estar el trampolín que buscaba para dar el gran salto, el definitivo; el que había estado pensando durante tanto tiempo sin que se le ofreciera una oportunidad favorable para entrar en la industria del automóvil. Riberas me habló con entusiasmo de aquella operación que, en efecto, supuso su consagración como uno de los empresarios más importantes de la estampación, no sólo en Europa sino en el mundo. —En un principio yo no veía ni medianamente clara la operación y, por esa razón, me echaba para atrás cada vez que Pedro me la ofrecía. Hablé con mi hijo Paco de ello durante algunos días con el fin de sopesar los inconvenientes y las ventajas, hasta que le dije que qué podía pa-


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sar si empezábamos a hacer cosas para el automóvil en esa industria. Nos pareció que conseguiría trabajo para ella, una vez que nos la quedáramos, porque tenía buenos contactos y llegué a convencerme de que esa era nuestra oportunidad. Trajimos para dirigirla a un hombre de valía como es Ángel Gamboa y todo fue muy bien. A partir de ahí nació el grupo Gestamp al frente del que está mi hijo Paco, que ha demostrado una capacidad excepcional y una gran iniciativa, secundado por un equipo de excelentes colaboradores. Y, en efecto, así fue. Adquirió la fábrica que hoy se llama Estampaciones Vizcaya, S.A., que tiene quinientos trabajadores, en la que introdujo la maquinaria más moderna y eficaz del mercado; y eso, y la alta cualificación de sus trabajadores, la han situado a la cabeza de la estampación en España. Y eso significa que ocupa un lugar de privilegio en el mercado europeo. —¿Para qué fabricantes de automóviles trabajan? —Para todos. Pero empezamos con la P.S.A. francesa, que produce tres millones y medio de coches al año Peugeot y Citröen. Nosotros hacemos un buen trabajo y ellos están contentos. Y cuando ya consolidamos nuestros primeros pasos en ese mercado, Paco dejó el grupo Gonvarri en los inicios de los años noventa para dedicarse de lleno a Gestamp, la sociedad que él creó para la estampación de piezas para el automóvil, que ya tiene más de siete mil trabajadores y plantas en España, Francia, Portugal, Argentina, Brasil, donde también está Gonvarri, etc. —¿Siguen como empresa familiar o para este gran desarrollo ha tenido que compartir sus empresas con algún socio? —Primero decidimos que entrara a participar con nosotros Usinor en Gonvarri, en 1992, y en 1993 lo hizo Ensidesa, porque necesitábamos socios fuertes que a la vez eran nuestros proveedores. Nos pareció bien que fuera así, además, para evitar que las siderúrgicas se introdujeran en la estampación. Así ellos están a gusto con nosotros, ganan dinero mientras somos sus clientes y tienen gran parte de su producción asegurada. —¿Cuál es el grado de esa participación de las multinacionales en sus empresas? —Hemos creado una sociedad diferente en cada empresa de nuestro grupo con las multinacionales, de tal forma que nuestra familia es mayo-


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ritaria en cada una de ellas. Esa fórmula es un buen hallazgo porque nos permite en cada caso diseñar la estrategia y llevar la dirección, mientras que ellos, como ya te dije, están contentos con nuestra gestión y con los beneficios. —En el total de las tres empresas, ¿qué plantilla tienen? —Entre Gonvarri, Gestamp y Esmena suman más de nueve mil personas, que es un número muy importante que nos obliga a no detenernos un momento, porque tanta gente supone una gran responsabilidad. —¿Con qué movimiento económico? —El año pasado, 2002, vendimos en euros el equivalente a trescientos cincuenta mil millones de pesetas, entre las tres empresas, que es una cifra muy importante. Y este año en el que estamos, aspiramos a vender el diez por ciento más. —¿En qué circunstancia económica general? —No es buena, porque la guerra en Irak, ya sabes... Además, Alemania, que es la locomotora que tiraba de Europa, está mal. Y lo mismo le ocurre a Francia. España está mucho mejor económicamente. ¿Cuándo puede cambiar? Pues en cualquier momento. Pero es que Alemania desde la ampliación al Este no ha levantado cabeza. No supo asimilarlo, o no pudo. Allí somos proveedores importantes de Volkswagen.

LA PRIMERA FÁBRICA DE GESTAMP, YA SEPARADA DE GONVARRI, ANTES DE QUE SE CREARA EL NUEVO GRUPO La entrada en el grupo Gonvarri de la empresa de estampación situada en las cercanías de Deusto significó, en realidad, el punto de arranque de esa nueva proyección empresarial que buscaba Riberas desde hacía tiempo y que, tal como se desarrollaban las cosas en el sector, no podía tener otra orientación que el mundo del automóvil, el segundo sector en importancia del país tras el turismo, la veterana y sólida industria española iniciada en los años sesenta con el sol como primer atractivo. Incluso su adquisición fue anterior a la creación del grupo Gestamp, puesto que en un principio se incorporó al núcleo fundador de la empresa. Pero la fuerza de su arranque y la envergadura de su potencial, tal como me había


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dicho Riberas, suscitaron en su hijo Paco la idea de crear una nueva rama empresarial que mantuviera, por imperativo esencial, lazos estrechísimos con Gonvarri por la directa interrelación de sus intereses, además de consolidar la posición de la familia en el sector. El propio Riberas me había recomendado que visitara la planta de Abadiano, porque sólo conociendo sus inmensos talleres, observando la actividad que desarrolla una plantilla tan rigurosamente profesionalizada y hablando con su gente podría darme una idea cabal, más allá de todas las ponderaciones que pudiera hacerme, de la potencia de aquella fábrica que había arrancado desde la precariedad, casi desde la ruina. Y, efectivamente, desde Basauri, el reloj había rebasado el mediodía, tomé de nuevo la autopista hasta la derivación que me llevó a Deusto en mi viaje a la cercana Abadiano. Desde el exterior, mientras caminaba hacia el área administrativa, me acompañaron los acompasados ruidos interiores, como una monótona sinfonía metálica, intercalados rítmicamente por sonidos como explosiones secas que marcaban el curso de estampación de la chapa, reconvertida en los formatos de cada una de las múltiples piezas dispuestas para el ensamblaje, última fase del puzzle que integra la carrocería del automóvil. En su amplio y luminoso despacho de director gerente, Ángel Gamboa no ocultó desde el inicio de nuestro encuentro su satisfacción por el creciente desarrollo de la planta, vinculado a su gestión personal con el apoyo, sin reservas y sin desmayo, de la familia que lidera el mayor impulso creador en el sector del hierro en nuestro país. Me habló de Riberas, “un hombre duro, y en ocasiones áspero, pero que en los momentos difíciles de las empresas a las que suministraba, nunca dudó en apoyarlas decididamente para que consiguieran recuperarse”; y de las referencias que tenía de él desde los comienzos de aquella década, “precisamente por su gran visión de los negocios que le impulsaba a ayudar a sus propios clientes, incluso en momentos en que el compromiso es más complicado para el que lo ofrece que para el que lo recibe”. Más tarde, con esa primera referencia sobre él, lo conoció personalmente y pudo experimentar lo que con tanta reiteración había oído. —Lo conocí en una empresa que estaba en dificultades y que necesitó de él. En esas circunstancias se desarrolló nuestro primer encuentro.


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Se acordó que prestara su apoyo en momentos tan difíciles y la operación llegó a buen puerto. En aquella entrevista expuso un esquema muy fácil de entender y básico para dialogar. Él ofrecía apoyo a cambio de un compromiso por parte de quienes lo recibían. —Para eso es preciso un olfato muy especial, porque el riesgo es grande y puede ser irreversible. —¿Habla de olfato? Si Riberas ha sobresalido por algo es por su olfato para marcar objetivos y estrategias, sin tirar mucho de bolígrafo. Es olfato, instinto, talento. Sin duda tiene que tener un instinto y un sentido de la orientación muy claros para actuar. Los hechos lo marcan. Pero algo se le deberá de reconocer cuando puso en marcha este grupo. Bueno, algo no, todo. —Pero él, por lo que sé, es hombre siempre directo, que dice las cosas claras cuando debe decirlas para que no haya dudas ni equívocos, ¿no? —En mi primera etapa en la empresa creo que hablamos muy directo y claro, y esa ha sido la base de nuestra relación, incluso a veces, como dije, con alguna espereza. Pero ese es el coste mínimo de hablar claro y tiene, en cambio, muchas ventajas. Yo no cambiaría esa dinámica que hemos elegido para entendernos, porque nos ha facilitado la relación que yo calificaría como excepcionalmente buena. Y parte de esa buena relación se sustenta en la confianza que ha depositado en mi gestión, sin la cual yo no sabría andar. Y no recuerdo que hayamos discutido mucho sobre las propuestas que le hice para la empresa. —Con quienes hablé sobre Riberas coincidieron en señalar su instinto y su talento como la base sobre la consiguió levantar todo cuanto tiene. —En él todo es sorprendente, incluida su capacidad empresarial. Los valores se pueden desarrollar a partir de una formación académica, pero no se tienen porque uno haya ido a la Universidad; y él los tiene innatos y los fue desarrollando con la andadura diaria, en la Facultad de la lucha de cada día. La valoración de mi llegada fue, a mi entender, muy superior a lo que sería un análisis profesional. Él superó cuestiones extraprofesionales y dio un paso adelante a favor de mi alternativa. Y yo le estoy muy agradecido para siempre por ello. —¿Dónde estaba esta planta cuando iniciaron la andadura y cuál es su posición en estos finales de 2003?


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—No tienen nada que ver ni los activos ni las inversiones, porque partimos de cero. La plantilla entonces estaba entre ciento sesenta y ciento ochenta hombres y hoy tenemos seiscientos. El primer año hicimos, en pesetas, una facturación de novecientos ochenta millones y ahora podemos estar en los veinticinco mil. El desarrollo fue sorprendentemente bien, por el esfuerzo de unos y otros, e inesperado, al menos en este grado; pero el proceso fue duro, muy duro en ocasiones. Y así dimos origen, a mi entender, al grupo más importante de Europa en la actualidad. Y eso no se puede hacer sin los mimbres adecuados y la capacidad de respuesta a un reto de esa envergadura. Además, hemos conseguido que esta sea la empresa más importante de toda la zona del Duranguesado. —¿Con qué grupo de la industria del automóvil entablaron el primer contacto tan pronto como iniciaron aquí la nueva etapa de la estampación? —Fue Citröen. Y en aquel momento hubo un pleno entendimiento entre la empresa y la plantilla, y entre ambas el puente de unión fui yo. Después, y en la misma línea, fue Renault. Pero al desarrollarse el grupo, se creó una planta para Citröen en Porriño, cerca de Vigo, y otra para Renault en la localidad palentina de Dueñas. Como consecuencia, la nuestra perdió algo de su capacidad de producción, aunque Citröen sigue siendo la gran alternativa comercial de esta casa. Sin embargo, puede que no lo sea en los próximos años porque vamos a desarrollar un negocio importante con el nuevo vehículo que la Mercedes prepara en Vitoria y esa será una gran opción para los cinco próximos años. —Con ese potencial que han logrado, ¿cuál es la posición de Gestamp en este momento en Europa, donde parece que irrumpió con gran fuerza? —Creo que el más importante en cifras, tal vez sí. Pero lo más interesante es el desarrollo vertiginoso que se ha conseguido. Y esto le permite una gran capacidad de respuesta para procesos industriales que no se dominan en otros grupos y que permitirán la fabricación de productos subcontratados, no realizados en el mercado europeo. Sin duda, creo que el grupo más importante de Europa es Gestamp. Y se puede medir en números, en desarrollo, en proyección, etc., que es el primero; pero yo no diría en Europa, sino mucho más allá. En el mundo globalizado hay que llegar hasta donde se presenten las oportunidades. Pero todo esto Riberas


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no lo hubiera conseguido sin un esfuerzo inversor impresionante y, además, en muy poco tiempo. Y lo sigue haciendo aun cuando ya no tiene necesidad alguna puesto que ha llegado a lo más alto, porque es un creador que necesita seguir desarrollando su vocación de empresario. Ángel Gamboa no disimula su respeto y su admiración por Francisco Riberas y me recuerda la emoción con la que acudió a su casa de Somosaguas, “de alguna forma en representación de la empresa”, donde, en torno a una mesa, pasó una extraordinaria velada con él y con sus hijos en los días que siguieron a la entrega que le habían hecho de la medalla de oro al mérito en el trabajo. —Para mí fue una jornada inolvidable durante la que no hablamos de temas profesionales. Y al finalizar, como reconocimiento de la empresa y mío, le entregué unos versos compuestos por un hombre vinculado al versolarismo vasco y un “euskal makila”, una pieza que en nuestro pueblo significa el “reconocimiento a la autoridad”, entendida como aquella conseguida con el esfuerzo y que merece el reconocimiento colectivo. Se emocionó, porque es un hombre de una condición humana extraordinaria y le agradezco este tipo de cosas. Y en esta línea creo que hemos llegado a entendernos casi por señas. Yo también suelo emocionarme en estos escenarios. Antes de despedirnos y al recordar aquella velada, para él inolvidable, en casa de Riberas, Ángel Gamboa me habló de la consolidación de la empresa como líder y de su continuidad, de la que Riberas se encargó al dedicar muchos de sus esfuerzos a la orientación y formación de sus hijos, un reto que otros no pudieron o no supieron resolver. —Paco ha tenido mucha suerte con sus hijos. Pero le oí decir más de una vez que la suerte hay que trabajarla, y que aun así no se consigue. “La suerte”, decía, “no está en la tómbola o en el décimo de Navidad”. Efectivamente, él ha tenido mucha suerte, pero la buscó con ahínco. Aunque no sé si, incluso buscándola sin tregua, se puede encontrar tanta; porque tal parece que ha tenido más de la que ha buscado. A sus hijos los veo con una dedicación y capacidad inusuales para su edad. Y esa debe de ser una de sus mayores satisfacciones como padre y como empresario. Un testigo más de excepción de aquellos primeros pasos de Riberas en la estampación de piezas para automóviles fue Juan Garrido Roda, hom-


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bre que ejerció importantes responsabilidades en Peugeot-Citröen y que conoció los primeros pasos del naciente grupo Gestamp, a partir de la nueva actividad emprendida en la planta de Abadiano. Y a lo largo de todo el desarrollo de la empresa, desde que lo conoció en 1973, mantuvo una estrecha relación profesional y de amistad con él, que continúa. —En aquellos primeros años setenta yo estaba en la planta de estampación de Barreiros, en Villaverde, donde se fabricaban los Chrysler. Llevaba el área de compras de chapa y Ensidesa era uno de nuestros principales proveedores. Allí conocí a Paco Riberas, que ya se había trasladado a Embajadores. En ese momento empezamos una buena relación profesional y de amistad. Desde el principio me pareció un hombre con una gran inteligencia natural y una fuerte personalidad que manifiesta en la dureza de su negociación. Pero, como contraposición, nunca deja tirado a nadie. Allí estaba él cuando hacía falta. Y no conozco en el sector a alguien que se quejara de que le hubiera hecho una jugada. Y con ese estilo de trabajar se había hecho una buena imagen. Gonvarri empezó a suministrar chapa a Chrysler hacia 1975, en paralelo con Ensidesa y Altos Hornos, como si fuera una siderúrgica. Servía fleje, fundamentalmente, que es lo que se usa en las prensas. Y ganó la partida como suministrador de chapa “por la calidad y el servicio”. Y cuando Peugeot adquirió Chrysler a Barreiros y trasladaron la factoría a Francia, Ensidesa y Gonvarri continuaron sirviendo productos españoles, para sorpresa de los propios franceses. —En aquel momento yo pasé a llevar el área de los productos siderúrgicos en Peugeot-Citröen y seguimos en el país vecino con la misma experiencia que habíamos desarrollado aquí. Entonces, eran los comienzos de los años ochenta, los franceses tenía todavía la idea de España como país subdesarrollado y enviaban a chatarra la chapa que les llegaba de aquí. Pero les demostramos que la de Ensidesa era tan buena como la suya, y empezamos a enviarla de Gonvarri. Fue un gran éxito que continuó durante muchos años. Y hubo un momento en que las industrias francesas del automóvil comenzaron a eliminar a pequeños proveedores españoles de la estampación, y a medida que desaparecían de la nómina se unían a Riberas, que entonces era un recién llegado a esa actividad. Naturalmente, la nueva si-


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tuación creo algunas tensiones en el sector, porque Gonvarri-Gestamp era un grupo que, a la vez que suministraba materia prima, se había convertido en competencia en la estampación para sus clientes. Incluso algunos empresarios suministradores de chapa les recriminaban que adquirieran chapa a un competidor. —Pero siguió con tesón y con la capacidad de lucha que había mostrado siempre; la misma que le había permitido no rendirse nunca. Yo le decía con frecuencia que tenía que estar en el “panel” de las industrias del automóvil, que es la relación de proveedores; que tenía que seguir avanzando hasta lo que llamamos el “ferraje”, que es el ensamblaje de las piezas una vez fabricadas. Al fin se decidió a iniciar esa ingeniería y ahora está suministrando ya piezas terminadas. Y en la actualidad entrega componentes muy complejos a todos los fabricantes. Para el nuevo coche de Citröen en Villaverde está haciendo prácticamente todas las piezas exteriores. Su evolución ha sido impresionante. Y para cerrar el proceso de la vida de un coche y aprovechar su final, se asoció con la familia Velasco, con los hijos, y con la familia Samper. Ahora dominan el mercado de la chatarra del automóvil. Él es un hombre con capacidad reconocida para crear cosas, mantenerlas y hacerlas crecer. Va muy por delante de todos.

UNA NUEVA ETAPA DE EXPANSIÓN QUE DESDE ESPAÑA SE EXTENDIÓ POR TRES CONTINENTES

El acceso de España a la Comunidad Económica Europea en 1986 significó, como ya se ha indicado, un cambio de estrategia empresarial en muchos de los sectores de la vida económica española, especialmente en aquellos a los que la apertura de fronteras iba a suponer el inicio de una fuerte etapa de competencia, en precios y en calidad. Francisco Riberas lo había intuido y llegó al momento con la serenidad de quien ya conoce gran parte del programa y con la seguridad de que debía mantener el impulso creador para evitar la inquietud que el nuevo horizonte abrió para nuestro país en el mercado europeo. Estampaciones Vizcaya fue el mascarón de proa que abrió surco en el nuevo tiempo y, a partir de ahí, el grupo empresarial de la familia Riberas no cesó un solo día en su em-


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peño para situarse en la avanzada del sector, multiplicando las plantas y superando fronteras, tanto con Gonvarri como con Gestamp. Aquella toma previa de posiciones ante la firma de la adhesión al Tratado de Roma significó la constatación de que la solidez de la actividad generada por Riberas era aval suficiente para aventurar que estaba decidido a rebasar sus teóricos límites y adentrarse en un mundo cuyo reto hizo detenerse a muchos antes de cruzar el umbral. Y así, en 1991, con el fin de apurar las posibilidades de ofrecer a sus clientes mejores y nuevos servicios, Gonvarri creó Gonvauto, una instalación sin equivalente en Europa y basada en las más recientes experiencias de los fabricantes japoneses de automóviles. Esta industria está situada en Barcelona, en el polígono de Castellbisbal, en la proximidad de la factoría de Gonvarri Industrial, con la que pretendía dar una respuesta sólida al proyecto “Outsourcing del Corte”, del grupo Volkswagen-Seat. Un año más tarde constituyeron Gonvarri-Italia y Gonvarri de Productos Siderúrgicos, S.A., en Portugal, con el fin de comercializar allí las producciones siderometalúrgicas de las empresas del grupo. En ese año, Riberas consiguió un acuerdo con un centro de servicios portugués, Compañía de Serviços Siderúrgicos, S.A. (COSIDER), mediante el que en 1993 la totalidad de sus acciones pasaron al grupo español. Esta empresa está situada en las proximidades de la ciudad de Setúbal, en una parcela de ciento ochenta y cinco mil metros cuadrados. En 1996 Gonvarri se instaló en Casablanca (Marruecos), con un centro de servicios del acero con capital íntegramente español. Sin embargo, esta planta destinada al corte de chapa para la industria automovilística y la de fabricantes de electrodomésticos de línea blanca no está dando los resultados esperados y Francisco Riberas piensa que deberá seguir luchando, como lo ha hecho siempre. —Esperábamos más del mercado marroquí, porque pensamos que se podía producir una etapa de desarrollo; pero no ha sido así. Una de aquellas pequeñas empresas de estampación de las que el grupo francés Peugeot-Citröen prescindió fue la que pertenecía a los hermanos Uceda, creada en 1959, y que estaba situada en la localidad madrileña de Getafe. Según Ángel Uceda, uno de los propietarios, sus relaciones con Riberas hasta entonces no habían sido especialmente buenas a causa de los reiterados desencuentros comerciales. Sin embargo, haciendo de la


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necesidad virtud y ante la comunicación francesa de que prescindirían de la Sociedad Metalúrgica Hermanos Uceda, sus propietarios acercaron posiciones a Gestamp, cuya marcha ascendente les pareció suficiente aval como para intentar salvar su empresa mediante la asociación. —La decisión de los franceses nos afectaba de manera sustancial y buscamos una solución para sobrevivir. Y solamente teníamos dos soluciones: o nos acercábamos a los franceses o a los españoles, y en nuestro país el único proveedor era el grupo de Riberas. Nuestra respuesta fue que antes que con un francés preferíamos unirnos a un grupo español. Y nos decidimos por Gonvarri Industrial que, aunque no habíamos tenido relaciones muy fluidas, conocíamos muy bien cómo éramos cada uno. Y llegó el momento en que iniciamos negociaciones con el director general de Gestamp, Antonio Arranz, alcanzamos un acuerdo y constituimos una sociedad en la que nos quedamos con el cuarenta por ciento y ellos con el sesenta restante. Hasta 1994 seguimos en Getafe, pero un año más tarde nos instalamos con una nueva planta en el pueblo toledano de Seseña, con el nombre de Gestamp-Toledo, a donde trasladamos a las 22 personas de la plantilla, las máquinas y el stock de piezas. Y una de las condiciones que pusimos al crear la nueva sociedad es que yo me haría cargo de la gerencia. La nueva planta del grupo de Riberas inició su andadura con veintidós trabajadores y la antigua maquinaria. Pero las dimensiones cambiaron tras las nuevas inversiones y creación de puestos de trabajo que se incrementaron hasta los trescientos treinta trabajadores que integran la nómina en la actualidad, de los que casi cincuenta son mujeres del pueblo. Y en este tiempo, la facturación se multiplicó por veinte, de tal forma que desde los cuatrocientos millones de pesetas de 1994 pasó a superar los ocho mil quinientos millones de pesetas. —Y todo sin dejar de hacer inversiones para nuevos proyectos para el automóvil, porque estamos obligados a hacer ampliaciones y crear nuevos puestos de trabajo. Riberas ha sido un gran socio para nosotros y nosotros para él. Y es cierto que no se me pasó por la cabeza que íbamos a llegar a donde estamos. Creo que a él tampoco. Empezamos con dos clientes y en la actualidad tenemos dieciséis muy importantes. A la incorporación al grupo de la empresa de los Uceda siguió la adquisición de Menor Hermanos, situada en Leganés y cuyo más impor-


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tante cliente era Iveco. Posteriormente, a su vez, fue integrada en Gestamp-Toledo y atendida por la misma gerencia. Hasta que en septiembre de 1999 se puso en marcha Gestamp-Linares, en Jaén, para cumplir el contrato firmado con Santana Motor, con desplazamiento de maquinaria y utillaje para realizar la nueva producción y continuar con la iniciada ya en Getafe. —En esta nueva planta andaluza comenzamos con noventa y siete empleados y una facturación de cerca de mil cien millones de pesetas. Hoy la plantilla se ha elevado hasta ciento sesenta y siete personas, con una facturación de dos mil cuatrocientos millones de pesetas. Y está previsto un incremento de un diez a un veinte por ciento para los próximos cuatro años. Ángel Uceda recuerda que con motivo de la celebración de una reunión del consejo en Gestamp-Toledo y mientras recorría la planta con Riberas, éste le preguntó por qué no había comprado una prensa de ochocientas a mil toneladas. Le respondió que porque no tenía trabajo para ella. Sin embargo Riberas, con la seguridad que caracterizó siempre sus decisiones, insistió: “Cómprala y verás como aparece el trabajo”. —Y hoy tenemos tres prensas de ochocientas y mil toneladas saturadas de trabajo. Su visión de las cosas es extraordinaria, por eso ocupa el número uno en España y en Europa. Y cuando me jubilé me dio un homenaje en la sede de Gestamp, en la calle Alfonso XII. Asistieron sus hijos y algunos directivos; me entregó un reloj Cartier y al final me dijo que quería que siguiera con él, que continuara yendo a la fábrica a la hora que quisiera, para que aconsejara a la gente. Fue un detalle. Y yo cumplo con lo que me pidió. No es un hombre en absoluto egoísta, ni en los negocios ni en los salarios de la gente. Cuando pasé a ser consejero me asignó una cantidad que yo no había soñado ni de lejos. Quien colabora con él nunca queda defraudado. Cuando le vendimos nuestra acciones me dijo que él ya lo había conseguido casi todo y que no iba a engañarme, “así que”, añadió, “lo que tú digas va a misa”. Y así fue. Una de las plantas de las creadas por Riberas y de las que él se siente más satisfecho está situada en la localidad palentina de Dueñas. Pertenece al momento de expansión del grupo y para su instalación y arranque contrató a Juan José Fernández Calvo, un ingeniero aeronáutico que procedía de la alta dirección de la fábrica de Fasa-Renault. La elección de


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la zona para la nueva planta era una cuestión de índole estratégica, puesto que debía estar situada entre las dos industrias de la firma francesa de Palencia y Valladolid. Pero las cosas se demoraron porque en aquellos primeros años noventa sobrevino una crisis en el sector del automóvil que paralizó algunos proyectos y forzó a Riberas a recomponer sus estrategias. A Fernández Calvo lo envió a la planta de Burgos con el fin de que tomara la dirección para enderezar las cosas tras la actuación de quien había sucedido a Agustín Sagredo, primo de Riberas, que había sido el alma de aquella primera fábrica instalada por Gonvarri. —Yo entendía poco la razón por la que en aquellos momentos Riberas invertía tanto dinero en nuevos negocios que no estaban nada claros. Lo que ocurrió fue que de unas máquinas que tenían poco trabajo pasamos a trabajar sábados y domingos, porque no dábamos abasto a producir. Y ganamos mucho dinero. Fue cuando, después de tres o cuatro años, superada la crisis del automóvil, retomamos el proyecto de Dueñas que había quedado en suspenso en 1996. Y comenzamos esta planta sin que dejara Burgos, por lo que tuve que compatibilizar ambas direcciones. Con la factoría de Dueñas se rompieron moldes porque fue un proyecto muy bonito. Más tarde estuve en Francia y, finalmente, me encargaron la dirección industrial de Gonvarri y llevo ya dos años en Madrid. —¿Cómo fue su relación con Riberas durante todo este tiempo en que se vio obligado a moverse tanto de una planta a otra? —La relación ha sido excelente porque él es una persona excepcional. Cuando analizas su trayectoria y lo que hizo desde que pintaba porcelana a los trece años hasta donde está hoy, te quedas impresionado. Yo venía de una empresa muy cuadriculada, en la que para una inversión de mil millones de pesetas había que hacer no sé cuantos papeles, estudios, etc., y después de muchas reuniones a lo mejor la autorizaban. Y cuando llegué aquí y me encontraba con que había que incorporar una máquina de ochocientos millones, me decía: “Que la compres, ya. Lo más barata posible, pero cómprala”. Me rompía los esquemas cuando tomábamos decisiones de este estilo. Pero, al final, es capaz de empujar de tal manera que, a pesar de los pequeños errores, las cosas salen bien. Tiene intuición. Y no hay que cuestionarse nada: él está donde está y yo estoy donde estoy. Así que hay que pensar que algo ocurre.


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Me cuenta Fernández Calvo que cuando llegó en 1990 a la empresa una de las primeras cosas que le dijo Riberas fue que él se dedicaba a controlar las compras y las ventas, y que lo demás era cosa del resto de la gente. —Lo sigue haciendo, porque tiene las cosas muy claras y las simplifica mucho. Esa es una de sus grandes virtudes, que simplifica mucho. —¿Hasta qué punto afectó a la empresa aquella crisis del automóvil de los primeros años noventa? —Nos repercutió fuertemente. Afectó al automóvil y, como consecuencia, a todos los sectores. La afrontamos con mucha suerte porque no tuvimos paro y pudimos flexibilizar plantillas. Fue un momento en el que bajamos todos. Sin embargo, pese a la situación, Riberas empezó a invertir, que era su filosofía. Siempre me había dicho que los mejores momentos para invertir eran los de crisis. No se arredraba. Lo que ocurre es que en los momentos de bonanza, también invertía. Él conoce muy bien los ciclos del automóvil y de la chapa. No ocurre como en la vivienda, que siempre sube. Él piensa en el presente pero también lo hace en pasado mañana, y por eso no falla. Y una de sus virtudes es que nunca ha repartido dividendos. Ha reinvertido siempre. Impulsado por la estrategia de internacionalización que Riberas se había planteado, el grupo saltó el Atlántico para instalarse en Brasil con un centro de servicios de Gonvarri con destino a las plantas de Renault, Audi y Volkswagen, en el estado de Paraná. Y posteriormente, en 2000, tomó la decisión de construir una nueva planta cerca de Sao Paulo que entró en funcionamiento en 2002. Y llegó a México y siguió creciendo en España, con centros en Tarragona y el nuevo que proyecta con el nombre de Gonvarri-Galicia, con naves de catorce mil metros cuadrados en Puerto Marín, con una línea de prensa, dos de corte longitudinal y una de trapecios. Y no se detendrá porque Riberas sigue fiel a su principio de seguir creando, “porque un empresario que arriesga no se detiene nunca”. Y para no perder el tiempo en los aeropuertos y conseguir la máxima eficacia en los contactos con sus empresas diseminadas por tres continentes, Riberas compró hace cuatro años un jet privado en EE UU, con capacidad para siete pasajeros, los pilotos y la azafata. —Para trabajar en Europa y en América se pierde mucho tiempo en las líneas regulares. Paco, mi hijo, tenía que ir con frecuencia a Alemania,


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estar allí el día, quedarse a dormir y regresar. Ahora sale a las siete de la mañana, hace allí su programa y a media tarde está en Madrid de regreso. Y cuando hay que ir a Brasil o Argentina el tiempo que se gana es aún mayor. Alguien podrá considerarlo como un lujo, pero en nuestro caso es una necesidad. Riberas ha logrado lo que él mismo no podía imaginar hace apenas diez años: situarse en tres continentes y conseguir que el veinticinco por ciento de las ventas de Gonvarri y el treinta y cinco de las de Gestamp se sitúen en el extranjero. Pero tampoco piensa, como tantas veces hizo ya, detener su avance, porque espera fundadamente que esa cifra llegue al cincuenta por ciento en un plazo de dos años, en 2005. Es la fecha en la que el grupo espera alcanzar la “cifra mágica” de los tres mil millones de euros. Un nuevo reto para quien se ha marcado tantos a lo largo de su ya larga trayectoria empresarial.

PACIENCIA Y FLEXIBILIDAD PARA ADAPTARSE A LA FORMA DE DECIDIR Y DE VER LAS COSAS

En ese proyecto, tan lleno de retos, que inició su desarrollo de la mano de Francisco Riberas, y que sigue impulsando desde la cercanía, ocupa un lugar avanzado el ingeniero Antonio Arranz, quien, como algunos colaboradores de la empresa, dio sus primeros pasos en la siderúrgica asturiana, primero en Uninsa y posteriormente en Ensidesa cuando se integró en ella. En ese tiempo Riberas buscaba a un hombre con buena preparación para que hiciera de puente entre él y sus hijos, el mayor de los cuales culminaba su periodo de formación universitaria para incorporarse inmediatamente a la empresa. Y fue en 1989 cuando aceptó la oferta. —Primero fui director general de Gonvarri y desde la creación de Gestamp, con mayor dedicación a ésta, aunque sin desvincularme del todo de aquélla. Yo ya le conocía de la relación indirecta que mantuvimos durante el tiempo en que fui director comercial de Ensidesa, aunque yo nunca entraba en el cuerpo a cuerpo con él sino que era Pablo Valdeolivas quien negociaba, aunque tenía mi respaldo. Llevaba dos años intentando atraerme, pero yo no acababa de verlo claro. Era un salto muy


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grande desde una empresa nacional a una muy privada. Finalmente me decidí porque tenía ganas de hacer cosas y de afrontar nuevos retos. Y aquel era un buen momento para el cambio. Yo conocía a gente del mismo sector, con la diferencia de que Riberas era más duro, pero cuando llegabas a un acuerdo con él sabías que era definitivo. Con otros era muy distinto. Cuando creías que habías alcanzado al acuerdo resultaba que intentaban cambiar las condiciones o, sencillamente, no había acuerdo. Y vuelta a empezar. Y actuaba así por su sentido claro del negocio. Ve las cosas con nitidez y esas son condiciones fundamentales para trabajar al lado de alguien así. Sin embargo, reconoce Arranz, las cosas no fueron fáciles al principio porque el cambio había sido grande. Esa fue la razón de que pactara con Riberas su incorporación únicamente por cinco años, aunque las cosas cambiaron con el paso del tiempo, puesto que ya son catorce los que lleva embarcado en ese proyecto sin fin, esa fórmula que lleva el sello del hombre que nunca puso límite a sus empeños y que jamás se dio por vencido. —Para mí significó un cambio de mentalidad muy importante. Yo venía de una empresa donde todo eran informes y burocracia, y me costó adaptarme a la rapidez con la que aquí se tomaban las decisiones. Recuerdo que en una ocasión en que íbamos a competir con grupos franceses en la compra de una empresa, lo llamé por teléfono para preguntarle qué decisión debía tomar. Sin más rodeos, me contestó: “Haz lo que creas que debes hacer”. Y así lo hice. Su visión de las cosas es increíble. Si dice que un negocio es bueno, seguro que no se equivoca aunque a ti los números te digan que no es tan bueno. Tiene la visión de todo emprendedor y por eso ha llegado a donde está. Sin embargo, es un hombre difícil, que cuando las cosas van bien no dice nada, porque se supone que es así como deben desarrollarse. Pero si van mal, ocurre lo que siempre dice Pachi Zubiete, que “la bronca está incluida en el sueldo”. Por eso es difícil que la gente poco flexible encaje en Gonvarri. Y aquí hay que tener paciencia y flexibilidad para adaptarse a su forma de ver las cosas; pero es que él sabe cómo sacar lo mejor de cada persona, porque es un gran psicólogo. —Pero mientras se adaptó y él llegó a sacar lo mejor que usted podía rendir a la empresa, seguro que se produjo más de un desencuentro.


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—Seguro. Incluso en algún momento nos gritamos, aunque yo no soy de gritar mucho. Ocurrió, sobre todo, cuando veías que había cosas que no encajaban y que necesitaban cierto orden. Tuve días duros, porque es muy desagradable cuando se lo propone, de la misma manera que sabe ser la persona más agradable del mundo cuando quiere. Sabe perfectamente cuándo se ha pasado, porque tiene un gran sentido de la medida. Y a eso solamente se llega después de un aprendizaje duro de la vida. ¿Cómo mantiene ese equilibrio? Bueno, porque es muy inteligente y sabe hasta dónde puede llegar. Sus hijos no tienen la visión del negocio de su padre, porque ese es un talento que da Dios. Ellos lo suplen con la preparación y los conocimientos. También Antonio Arranz es de la opinión de que cuando desaparezca Francisco Riberas Gonvarri será otra cosa; ni mejor ni peor; otra cosa, aunque la continuidad esté asegurada. Cuando llegó a la empresa, acababa de incorporarse el mayor de los Riberas, Paco, que fue el iniciador e impulsor del grupo Gestamp, nacido cuando se sumó a Gonvarri Estampaciones Arín, aquella planta que le había quedado entre las manos a Pedro Velasco como resultado de un mal negocio y que Riberas, con su visión, tal como corrobora Arranz, convirtió en el arranque de una nueva etapa empresarial. —Teniendo lo que tiene y no hacer ostentación de ello, es una virtud. No tiene ni la debilidad de la vanidad. Sin embargo, se siente plenamente satisfecho de lo que ha creado. Pero es una satisfacción íntima, la del creador de riqueza.


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“Cuando nadie sabía lo que era la estampación para el automóvil, él realizó unas inversiones muy importantes”.

Una de las plantas de estampación de la que más satisfecho se siente Riberas es la de Dueñas, en Palencia, situada en las proximidades de las factorías castellanas de Fasa-Renault.


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Estructura realizada por Esmena, una de las empresas del grupo.


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La madre ocupaba un lugar central en la vida de Riberas, quien inculcó en sus hijos el cariño y respeto que él sentía por ella.


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CAPÍTULO XII

Aproximación a Francisco Riberas a través de sus hijos. —Los primeros recuerdos de Paco, su primer hijo varón. —El rito del bocadillo en casa de la abuela. —La sana envidia por la posibilidad de estudiar. —Una trayectoria ante muchos testigos. —Recuerdos de las charlas de su padre. —Dureza y humanidad, dos fuerzas en armonía. —Inculcarles el sentido de la responsabilidad. —Decisiva intervención en sus carreras. —Un magnetofón para aprender inglés. —Habría ejercido el control si se hubieran desmandado. —La generosidad como rasgo definitorio. —Donación a instituciones benéficas cuando las bodas de sus hijos. —Transmite liderazgo a través de su capacidad de ilusionarse. —Gestamp, desde una posición más alejada. —Los negocios como proyectos de personas. —No se puede jubilar porque es el padre de todo. —Los equipos que forma son como una banda. —Usinor y Ensidesa en sus empresas. —Una aventura peligrosa en alta mar. —Un pulso con López de Arriortúa, como un duelo de titanes. —Pensó que Jon debía dedicarse a dirigir las fincas. —El desafío de entrar en la empresa. —Un elogio del presidente de Barclays Bank. —El respeto y admiración de los empresarios. —“Nuestra madre se llevó la parte más ingrata”. —Un nuevo avión para 2005. —Huye de la publicidad.


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A FRANCISCO RIBERAS, CUANTOS ESTÁN CERCA DE ÉL le reconocen una serie de talentos y cualidades sin los cuales, seguramente, no hubiera podido cruzar algunas de las fronteras que solamente se consiguen traspasar con buena cabeza, temple, trabajo, audacia, amor propio, intuición, capacidad de riesgo y credibilidad. Sin embargo, con ser cada uno de esos talentos imprescindibles para alcanzar el liderazgo en un sector tan complejo como el siderúrgico, no hubiera podido conseguirlo sin la agudeza de su instinto para la selección de la gente con la que inició el camino y la que se fue sumando en el trayecto. Desde sus inicios, y salvo excepciones, quienes caminaron a su lado fueron personas sin más títulos que los que él se exigía a sí mismo, que no eran otros que la fidelidad y la entrega. Ninguno, hasta que en 1974 se incorporó el abogado Cruz Rodríguez a la plantilla, procedía de las aulas universitarias, ni de ninguna escuela especial. Eran gentes modestas, graduadas en la pelea por la supervivencia en una España opaca, cercada por las necesidades y apenas con oportunidades. Él los fue haciendo a su imagen, duros, sin horario, integrados en un proyecto sin contornos plenamente definidos, en el que únicamente estaban meridianamente claros los objetivos que no eran otros que abrir mercados, comprar bien, vender mejor y avanzar sin tregua, todo ello con honorabilidad para que la credibilidad fuera un arma más en la pelea de la competencia. Y a medida que Gonvarri se consolidaba y Riberas acumulaba información sobre la vida de otras empresas de diferentes ámbitos económicos, supo que debía poner sus cinco sentidos en la formación de sus propios hijos, que constituían su equipo más valioso y querido, para que la empresa tuviera continuidad y no se perdiera su esfuerzo, y conseguir para ellos lo que las circunstancias no le habían permitido a él. Por eso, desde niños, cuando tuvieron alguna capacidad para almacenar sus enseñanzas, se ocupó de que no les faltara información sobre cuanto tenía entre las manos para que no sólo nada les resultara ajeno, sino con el fin de que fueran asimilando como propio cuanto les hablaba. Y tuvo la suerte de que el plan para incorporar a sus hijos al equipo se desarrollara tal como lo había proyectado. Aunque en realidad, hay unanimidad en esto, él porfió y empujó a la suerte hasta encauzarla por el itinerario que había previsto desde muchos años atrás.


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Francisco Riberas hijo nació en 1964, tiempo en el que su padre había consolidado algunas posiciones, cuando la vida le empezaba a proporcionar un moderado bienestar que le permitió detraer la cantidad necesaria para adquirir un piso en la calle de O’Donnell, al que la familia se trasladó cuando su primer hijo varón todavía no había cumplido un año. El resto de lo conseguido hasta entonces lo había reinvertido, de acuerdo con la filosofía empresarial que nunca abandonó. Sin embargo, el barrio de Usera no les fue ajeno pese al traslado, porque allí siguió durante algunos años, en su modesta vivienda, la abuela Benita; la “abuelilla” como él la llamaba, a la que Riberas les inculcó a todos el cariño y respeto que él mismo había sentido por ella desde la infancia. Por todas estas razones, me pareció imprescindible conversar largamente con sus hijos, porque su proximidad debía de ser fundamental para completar la apasionante peripecia personal de quien desde la nada había conseguido superar tantas dificultades para alcanzar tantas metas. Francisco Riberas junior remonta su primera memoria a la nueva casa y recuerda haber oído a sus padres que aquel cambio había sido un salto importante para ellos “porque cuidaban el piso como si fuera oro en paño”. En aquel momento especial para la familia, su padre había empezado a consolidar algunas cosas de las que había afrontado desde los inicios, “aunque el capital que podía tener entonces debía ser escaso, porque sí sé que había en casa un ambiente de gran austeridad, a pesar de que el piso estaba en una buena zona”. Y recuerda el lugar central que ocupaba su abuela en la vida de su padre y la influencia que, por ello, tuvo en toda familia. —Era un cariño muy profundo, anudado en los años de su infancia. Era una relación muy fuerte. Y, en contraposición, mantuvo siempre una relación fría con su padre, seguramente por causas que no conozco. Tampoco la relación entre mis abuelos iba muy allá. Y está claro que, fuera por lo que fuera, mi padre tomó partido por ella. Creo que por todo esto, a pesar de que él siempre fue bastante independiente, es un hombre muy familiar. Lo que parece evidente es que, como consecuencia de ese cariño y por el hecho de que mi abuelo no figurara, él tuvo que echarse al ruedo muy pronto. Fue una obsesión suya sacar adelante a la familia y esa idea fue la que impulsó su decisión de desarrollar sus negocios y progresar. Mi padre, desde muy pequeño, asumió esa responsabilidad, cosa


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que llama la atención en una edad tan temprana. En aquel tiempo se marcó un reto personal que cambió el rumbo de su vida. Más tarde ya empezaría a advertir otro tipo de motivaciones diferentes sobre su proyecto y la responsabilidad contraída con otras personas. Pero en aquel primer momento fue lo que le marcó su carácter fuerte, muy duro, muy enfocado y con una energía tremenda para un niño de trece años que acude a trabajar en el tope del tranvía. Él echa ahora mucho de menos aquella relación con su madre. Cuando iba al fútbol los domingos, siempre pasaba por casa de la abuela para que le hiciera el bocadillo. Era como un rito. —Sin duda, aquella responsabilidad que aceptó siendo tan niño, tuvo que ver mucho con esas diferencias que existían entre sus padres; pero a la vez esa misma circunstancia forjó en él un carácter austero y autodisciplinado, poco normal en un muchacho que había tenido que renunciar a lo que hacían otros niños de su edad para darle a su madre lo que creyó que debía darle. —Con seguridad. Mi padre ha sido una persona absolutamente tenaz. Él sabía que tenía que hacer eso y abandonaba todo lo demás. Alguna vez me habló de que sentía sana envidia, en el sentido de que nosotros tuvimos la oportunidad de estudiar y tiempo para divertirnos. Y, verdaderamente, una de las cosas que echa en falta es no haber tenido una infancia y una juventud con tiempo para el esparcimiento y para el desarrollo intelectual. Mi encuentro con Francisco Riberas Mera tuvo lugar en una tarde soleada en el palacete de la calle Alfonso XII, donde tiene su sede central el grupo Gestamp. Es una sala de reuniones con paredes recubiertas con maderas nobles, cortinones clásicos y amplios ventanales que miran al Retiro. Sobre la mesa, una bandeja con dos vasos y una jarra con agua y la grabadora que sigue acumulando en sus giros monótonos datos y testimonios sobre un hombre cuya peripecia vital ha conseguido despertar mi curiosidad. El relato de cuanto recuerda de la presencia de su padre en su propia vida resulta apasionante en la mayoría de los pasajes de su desarrollo, al que él añade rigor, agilidad, fluidez y un tono coloquial en el que muestra una cálida distancia, como si se esforzara por objetivar la información y ajustar las opiniones. Y me parece que lo consiguió, por-


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que controló la administración de los adjetivos, sin privarse en reconocer, con satisfacción, que las cosas son como son y que su padre es el producto de cuanto él mismo realizó ante muchos testigos que siguieron su trayectoria. —¿Hasta dónde se remonta el primer recuerdo de tu padre? —Es complicado, porque yo no tengo un recuerdo inicial. Tengo muchos recuerdos de cuando empezaba a ir al colegio. Mi padre fue siempre un hombre muy intenso, aunque ahora, probablemente, lo es menos. Los pocos momentos que nos veíamos, lo que transmitía era una fuerza muy grande. Recuerdo que cuando fui al colegio por primera vez me llevó al autobús. Pero los recuerdos de muy pequeño los mezclo mucho. Él llegaba tarde y muy cansado. Yo tendría cinco o seis años y recuerdo que jugaba conmigo al balón en el pasillo hasta que se caía el primer cuadro. Pero eran momentos divertidos. —En aquellos años iniciales de sus negocios en que lo veíais poco, ¿qué momentos aprovechaba para reunirse con vosotros? —Incluso trabajaba los sábados completos y viajaba mucho. Pero en cualquier ocasión que podía hacer un hueco, nos llevaba al cine solos con él. Y le gustaba hacer con nosotros lo que siempre le había gustado a él, como pasar antes por un bar y comprar unos bocadillos de calamares para tomarlos dentro. —¿Tienes conciencia de que desde pequeños os fuera preparando con el fin de que la empresa en marcha tuviera continuidad, que era una de sus obsesiones desde los primeros tiempos? —Yo creo que la cosa fue mucho más sutil. Sí recuerdo que desde muy pequeño me contaba y me hacía partícipe de cosas del trabajo y de los negocios que hacía. Y en cuanto tenía ocasión me llevaba a visitar la planta y la oficina donde había folios y bolígrafos que me hacían mucha ilusión. Su ejemplo estaba muy claro, pero la suya no era una insistencia explícita, aunque su interés y su intención iban siempre en esa dirección.


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CAPACIDAD PARA GENERAR ILUSIÓN Y UNA FUERTE OBSESIÓN POR LOS IDIOMAS, QUE SE LE RESISTEN —Todas las personas con las que hablé se refirieron a dos aspectos de su personalidad: la dureza y la humanidad. ¿Ejercía esa doble forma de comportamiento en los años de vuestra infancia y juventud? —No tengo recuerdo alguno de que utilizara con nosotros su fuerza de carácter. Es un hombre convencido siempre de lo que dice y, por tanto, cuando echa una bronca en el trabajo no es una bronca parcial; la echa absolutamente. Sin embargo, yo no recuerdo nada de eso. Al contrario, recuerdo su capacidad de ilusión, porque es una persona capaz de transmitir sentimientos entrañables aunque no haga grandes aspavientos. En nuestro caso, inteligentemente, como nos veía poco, no iba a ser él el que nos riñera. Jugaba el papel de transmitir lo que sentía en los pocos momentos que estábamos juntos. Así que nuestra llegada a sus empresas no fue una decisión tomada en un momento. Fue un convencimiento progresivo. Y cuando me planteé qué tipo de carrera iba a hacer, no tuve dudas. Me decidí por los estudios que entendí entonces que podían servir para realizar las funciones que intuía, porque tampoco yo tenía muy claro qué es lo que había que hacer para dirigir empresas. Y no es fácil cuando eres joven elegir entre una formación más técnica o más generalista. Fue mi padre quien me orientó por esa vía mejor que hacia la técnica, aunque en aquella época estaba de moda que los ingenieros fueran los presidentes o directores de las empresas. —¿No tuvisteis ninguna duda, pese a esa corriente reinante entonces, y durante mucho tiempo? —No, en absoluto. Él me orientó hacia ese camino y, a la vez, yo siempre tuve claro que era el bueno. Y ese sentido de responsabilidad que él tenía nos lo transmitió para integrarnos y continuar. Yo diría que mi padre ha tenido siempre muchas inquietudes y nunca tuvo tiempo para estudiar, por lo que le quedaron cosas que le hubiera encantado hacer a causa de las otras muchas que hizo. Cuando fue progresando, la mayor parte de los directivos de empresa con los que trataba, a los máximos niveles, era gente con sus carreras, por eso siempre se ha superado. Pero, en nuestro caso, quería estar seguro de que íbamos a seguir otra línea dife-


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rente. Hay otros padres que se hicieron a sí mismos que, precisamente por eso, le dan poca importancia a los estudios. Piensan que si ellos lo hicieron así, por qué no va a seguir siendo de ese modo. Lo que quería era que nos completáramos en aquellas cosas que él no había podido hacer, incluso a la hora de viajar y de disfrutar. Creo que pensaba que ya que se había tenido que sacrificar, quería que no dejáramos de hacer cosas que a él le hubieran gustado. Lo de los idiomas, por ejemplo, es una de sus obsesiones, porque se le resistieron. Él llevaba consigo el magnetofón para intentar aprender inglés, pero era imposible. Después, a medida que fuimos progresando en los negocios, nos internacionalizamos y tuvimos que hablar con gente de otros países... Lo del inglés lo lleva fatal, pero por puro pundonor. Siente eso como una minusvalía. No recuerda Paco a su padre como un hombre severo, ni como un gendarme, aunque está convencido de que si se hubieran salido del redil habría ejercido un mayor control sobre ellos. Y se refiere a las cosas que tenía claras en relación con su formación, como el ejercicio del deporte, “porque siempre fue a lo básico, a lo esencial y así fue en nuestro caso”. Francisco Riberas es, como afirma su hijo, un hombre que se hizo a sí mismo y que siempre tuvo una gran inquietud intelectual, “nada de cuanto ocurre a su alrededor le deja indiferente, porque su capacidad para asimilar no le permite dejar que pasen las cosas”. Y al lado de esa capacidad, desarrolló una gran sensibilidad afectiva que complementa con una fuerte pasión por el arte y, así, compatibilizó su instinto para los negocios con otro, no menos desarrollado, en el ámbito artístico que lo llevó a adquirir obras de arte con su propio criterio, “el que él mismo se ha formado. Y como, además, tiene la gran suerte de ser un grandísimo negociante, siempre ha comprado bien”. —Es un buen inversor hasta en el arte, ¿no? —Después de una vida tan modesta y tan dura, cuando fue alcanzando cotas de bienestar no viajaba ni nada de eso. Para él la salida fue acceder a otro grado de necesidades y, a partir de ahí, a decidir que el dinero que tenía iba a dedicarlo a comprar obras de arte. En su mentalidad espartana era como llenar un tipo de necesidades sin gastar. Invertir en cosas con las que se sintiera satisfecho. Creo que ahí cambió un poco de status.


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—Alguien tan inquieto, con tantos y tan diferentes talentos, y, además, con un carácter con manifestaciones contrapuestas, al menos en apariencia, tiene que ser, sin duda, un hombre de una personalidad poco unidimensional ni simple. —Efectivamente, creo que mi padre posee una personalidad muy compleja y con muchas vertientes. Y para conseguir lo que hizo, debe de ser así. Hablábamos antes de que tiene una gran energía que lo lleva a ser extremadamente duro y, en algunos momentos, especial. Sin esa energía, esa dureza y ese tesón no estaría donde está. Por otro lado, para mí es fundamental su capacidad de ilusionarse e ilusionar a los demás, porque a través de ello transmitía liderazgo, que es lo que tiene que advertir la gente de fuera. Y se nota mucho en el ámbito de la familia, etc. Tiene, además, otras muchas vertientes que han sido fundamentales en el desarrollo de su carrera. —¿Qué otras vertientes? —Por ejemplo, el hecho de ser una persona muy abierta y con una formación escolar muy escasa, le ha empujado a estar continuamente forjándose sus propias opiniones sobre las cosas más diversas. Es un lector empedernido. No es alguien que repita opiniones de los demás, porque tiene su propia opinión de todo. Eso refuerza también su capacidad de liderazgo. Y, a la vez, siempre ha sido una persona muy familiar, en el sentido estricto. —Por toda esa diversidad de aspectos de su carácter, da la impresión de que existen algunos rasgos contradictorios, al menos en apariencia, como decíamos antes. —Tiene rasgos de su carácter que parecen contradictorios. Es una persona con mucha fuerza y, si rascas un poco, manifiesta una cierta timidez y una personalidad un poco independiente. Es un hombre muy familiar y volcado hacia los demás. Son cosas que vas encontrando en él a medida que se profundiza en sus rasgos.


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LA GENEROSIDAD Y LA IMPOSIBILIDAD DE SU JUBILACIÓN COMO PADRE DE UN PROYECTO

Dentro de esa compleja personalidad de Riberas a la que con tanto rigor como observación se refiere su hijo Paco, tiene especial relieve su generosidad como rasgo definitorio en alguien que se manifiesta siempre tan aguerrido en sus relaciones de negocios y que nunca ha tenido inconveniente en ofrecer y dar en cualquier circunstancia de la vida. Y en ese sentido, se marca conceptos de ética muy personales, infrecuentes por las circunstancias, o tal vez derivados de ellas, nacidos de la solidez interior que comenzó a forjar en su infancia. —Ese sentido de la ética en relación con su generosidad le llevó al extremo de que cuando se celebraron nuestras bodas, como creía que se había gastado un dinero que, en alguna medida, no era necesario, o que era un lujo, a continuación hacía una donación a alguna institución o casa de beneficencia. Y ocurrió lo mismo cuando se construyó la casa nueva de Somosaguas. Estaba violento por el dinero que se había gastado en ella, y lo que hizo fue dar una cantidad importante para obras benéficas. Es un tipo de generosidad y una ética muy peculiares. Pero también ha tenido con nosotros una generosidad absoluta, porque desde el primer momento no ha marcado una diferencia entre lo suyo y lo nuestro. Y en el trabajo, que es tremendamente complicado por la experiencia de otras personas, nos ha dejado entrar, nos ha dado cancha y nos ha permitido margen de equivocación desde el primer día. Y en una empresa de las características de la nuestra, eso es muy difícil. —Es un hombre acostumbrado a mandar desde el primer día que se asoció con sus tres amigos en los lejanos años cincuenta, y va a ser muy difícil que, aun con vosotros en la empresa, deje de hacerlo ahora, aunque ya haya cumplido setenta y un años. ¿O las cosas han cambiado y ya van siendo cada vez menos así? —Yo diría que está en una etapa intermedia. Por un lado ya no tiene tantos datos como tenía antes, cuando estaba tan encima de las cosas y tenía tanta capacidad de atención que le permitía tener todos los elementos de juicio disponibles para elaborar su propia opinión, y un instinto especial para caminar por un sitio. Creo que empieza a ser consciente de que,


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probablemente porque tiene menos intensidad en el trabajo o porque ya no goza de la misma capacidad de atención, el interés ya no es el mismo; o porque se siente tranquilo. El caso es que ya no tiene tantos datos, con lo cual ya no hace la toma de decisiones independiente como toda la vida, sino que ahora contrastamos casi todo y lo comentamos con él. Y le molesta que tomemos decisiones sin consultarle, aunque él las tome en parcelas muy concretas. En lo demás delega absolutamente, pero de verdad. Además, sin crítica posterior que es lo que suele molestar un poco. —Y cuando tomáis una decisión importante en vuestros viajes y encuentros en otros países y con otras empresas, ¿se lo comunicáis? —Sin duda. Él está informado de todo. Muchas veces los acontecimientos van muy rápidos, y como viajamos todo el día, a lo mejor tomamos una decisión y le llega antes de que podamos comunicársela. Para evitar eso hemos establecido la obligación de reunirnos Jon y yo cada dos semanas durante seis o siete horas con él para repasar bien los temas y reestructurarlos. Eso nos viene bien, porque ahora hay que explicarle las cosas con todo detalle, porque hay algunas que ya no vive con tanta intensidad. Por ejemplo, las de Gestamp las vive desde una posición más alejada, razón por la cual le interesa mucho que se las exponga, y le gusta oírlas. A él el interés por las cosas le supera, porque su vida ha estado muy enfocada hacia sus empresas, y ha creado un proyecto que son negocios que empiezan y acaban... Y un proyecto en el que hay más de ocho mil quinientas personas detrás es cosa muy seria, porque la realidad es que él lo ve como un proyecto de personas. Por eso no se va dejándolo todo ahí, porque es el padre y no puede jubilarse intelectualmente de cuanto ha construido. Y, de hecho, tampoco creo que fuera bueno para él. —Efectivamente, es el padre de un proyecto que desde la nada ha alcanzado una gran dimensión, que, incluso, él mismo no se hubiera atrevido a pensar. Y para conseguir todo eso fue necesario que lanzara al empeño todas esas cualidades ya puestas de relieve en su niñez y que has descrito con el conocimiento que da la proximidad. Sin embargo, entre ellas debe de haber algún talento que sobresalga y que es como la piedra angular que sustenta ese arco espléndido que es su obra. —Es una mezcla. Solamente su dureza no le habría servido porque le hubiera esperado en la siguiente curva el primer error. Y cuando no tienes


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nada, te lo vas jugando todo a blanco o negro y pueden pillarte a la vuelta de la esquina. No es alguien que se haya hecho enemigos por el camino. Fue haciendo riqueza, pero no a costa de irse cargando a nadie sino que la ha generado una piedra sobre otra. Creo que el tesón y una gran intuición para los negocios están en la base de todo. No tenía una estrategia articulada, definida, escrita, sino que intuía que las cosas iban por ahí; intuía, por ejemplo, que la empresa debía de estar capitalizada. No sé porqué lo intuía, pero en una época de su vida en que empezaron a subir los tipos de interés, al estar la sociedad muy capitalizada no le sorprendió la situación. O intuía que la empresa no podía ser únicamente comercial y que debía tener una base industrial. Y cuando cambiaron las cosas, ya tenía esa base industrial y podía defenderse con su valor añadido. Él intuía que la masa de negocio era importante para negociar, incluso con errores. Y junto con ese tesón y esa intuición, seguramente como consecuencia, supo seleccionar un equipo y la gente que incorporaba veía que, con esa fuerza e intuición, las cosas iban bien, y le seguía. Esos equipos que mi padre genera son profesionales implicados hasta las orejas. Son como una banda. Además, son personas a las que mi padre es capaz de echarles una bronca espectacular, pero, a pesar de ello, lo adoran. —¿Y qué ocurría cuando el equipo, con él a la cabeza, se equivocaba? —Cuando acertaba, con el trabajo y ese equipo, hacían que la operación fuera buena. Y si se equivocaba, a lo mejor ese mal negocio que había empezado, conseguía convertirlo en regular o le daba la vuelta. Si algo le salía mal, seguía dando martillazos hasta que lo enderezaba. Riberas, como todos reconocen y avalan los resultados, ha sido un gran negociador, porque lo lleva en las venas y ejerce en cualquier momento. Siempre fue algo superior a sus fuerzas. En relación con esa permanente porfía recuerda su hijo que cuando él estaba en Londres, tendría unos quince años, lo acompañó a comprar algunas antigüedades, operaciones en las que actuaba como intérprete. —Peleó por unos relojes muy bonitos, que ahora tiene en casa, y se emperró en unas alfombras, que son una de sus debilidades. Estuvo con aquel indio más de tres horas y como el otro no bajaba, se enfadó y se fue. Le dijo el hotel en el que estaba, le dio el número de teléfono y le dijo: “Estaré ahí; si te interesa vender me llamas y si no lo dejas”. Total, que


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tres horas después lo llamó el indio con una nueva rebaja. En otra ocasión en Austria o Alemania, no recuerdo bien, le gustó una colección de siete u ocho jarras de cerveza antiguas. Se enzarzó en una nueva pelea por el precio, pero el hombre se mantuvo firme y no le rebajó nada. Mi padre le dijo que muy bien y que se llevaba solamente una. Y así fue.

MOMENTOS COMPROMETIDOS Y LA LLEGADA DE LA MULTINACIONAL USINOR A GONVARRI Las carencias de su formación significaron una rémora para Riberas, especialmente en los primeros años de su iniciación en los negocios, porque su dedicación no le había permitido suplirlas como a él le hubiera gustado. Pese a ello, y precisamente por ello, siempre aprovechó todas las coyunturas que le permitieran mejorar sus conocimientos, bien dedicando los escasos ratos libres y las noches para leer; o valiéndose de sus relaciones y de las reuniones empresariales para conocer las opiniones ajenas sobre cuestiones de su interés, fueran del ámbito económico, cultural, artístico, etc. Su hijo Paco dice, al referirse a esa avidez por adquirir conocimientos, que su padre fue siempre como una esponja. —Para él fue muy interesante una etapa en la que fue consejero del Barclays Bank en España. Recuerdo que acudía a la reuniones con gran interés para escuchar todo cuanto hablaban, aun cuando no se tratara de las cosas de su día a día. Aunque lo pasaba mal porque la mayor parte de los miembros del Consejo eran ingleses y tenía que estar con traductor. Pero superaba esa carencia con el gran interés que tenía por aprender de quien le aportara algo. Me contaba que aquellos principios básicos de la reinversión y de la capitalización de las empresas los había leído en unas declaraciones de don Ramón Areces a una revista. Él siempre tuvo por modelos a personas que fue conociendo a lo largo de su vida, de las que tomó algunos de sus principios. —Los padres tienden a pensar que se plasman en sus hijos algunos de los rasgos de su carácter; su talante, sus virtudes, sus talentos y, también, por qué no, sus defectos. ¿Qué parte de esos rasgos crees que pudiste haber heredado tú de él?


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—No sé; es difícil porque creo que soy bastante menos intuitivo y más estructurado. Probablemente en ese sentido no somos muy parecidos. Creo que me parezco en la capacidad de trabajo, en el tesón y en el concepto de proyecto a largo plazo y eso permite la formación de un equipo que cree en lo que hacemos. Me parece que eso sí lo hemos heredado. Jon, en cambio, es un poco más vehemente, más intuitivo y, en ese sentido, se parece más a mi padre. Es, probablemente, más explosivo en muchas cosas, pero también más cercano a la gente, y esa es en la parte que más se le parece mi hermano. —¿Recuerdas si cuando empezaste a trabajar en la empresa te dijo algo especial, alguna orientación, algún consejo? —Yo me incorporé con veinticuatro años y la cosa ya estaba en marcha. Había participado en muchas de sus cosas, en la compra de algunas empresas, en parte de los temas estratégicos que me eran absolutamente conocidos. En aquel momento, años ochenta y ocho u ochenta y nueve, el grupo era muy diferente en tamaño y la actividad de lo que es hoy Gestamp automoción prácticamente no existía; era un dos o tres por ciento de la que es hoy. Sin embargo, Gonvarri era una empresa cuyas dimensiones no tienen nada que ver con las actuales. Tenía ya su participación consolidada en Hiasa y las plantas de Barcelona, Asturias, Burgos y Valencia. Pero su tamaño era el treinta por ciento de lo que es hoy. La llegada de Francisco Riberas hijo a la empresa se produjo en un momento especialmente delicado para su padre, porque habían coincidido algunos acontecimientos que le afectaron profundamente, aunque fueran de naturaleza diferente. Primero ocurrió la muerte de su primo Agustín Sagredo, que dejó una profunda huella en él porque, además de la relación familiar, habían sellado una amistad estrechísima y era su hombre en la planta de Burgos, su gran baluarte. Dos años después, cuando Riberas no se había repuesto de aquella dolorosa pérdida, se produjo la salida de la empresa de Pedro Fernández y Francisco Camacho que eran sus hombres de absoluta confianza como jefes de ventas y de compras, además de cuatro delegados de ventas de Madrid. Era un momento en que, consolidada Gonvarri y con tan eficaces colaboradores a su lado, había desviado la atención hacia otras actividades que reclamaban su proximidad.


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—Fue una de esas circunstancias en las que mi padre reflejó su carácter y se volcó de nuevo en el negocio. Fue una etapa muy dura. Y todo eso coincidió con una caída fuerte de los precios del acero y sorprendió a la empresa con un gran stock. Y en ese difícil momento entré yo, sin anestesia. Él era consciente de sus virtudes y carencias, y de la organización; y se sintió cómodo delegando en mí todas esas tareas de orden administrativo y financiero. Y en el área comercial mi posición fue de ayuda, porque entendí que tenía que estar cerca. Pero en otros aspectos que él valoraba menos y advertía que estaban más descuidados, sí me dejó desde el primer día un margen de iniciativa muy grande. —Llegar en un momento tan comprometido con tan pocos años, ¿no hizo que te temblaran las piernas? —No, no; todo hay verlo dentro de un contexto. Sería ridículo pensar que nos lanzamos como en un solo ante el peligro. La figura de mi padre transmite energía y confianza, y si ves que él toma las riendas y tira hacia adelante con todo, tú a lo que te dedicas es a aprender y a cubrir los huecos que, siendo importantes y necesarios, no eran la clave del negocio. Porque la clave la tomó él con mano férrea. Y fue cuando nos planteamos la posibilidad de vender una participación minoritaria de Gonvarri a una multinacional, en este caso al grupo francés Usinor. Fue una decisión muy compleja para mi padre, muy difícil. Yo participé mucho en esa decisión y fue un trabajo enorme. En esa negociación me dejó hacer mucho o prácticamente todo. Y fue una decisión importante porque suponía vender una cosa que fue suya de toda la vida a una multinacional, cuando no había tenido socios a ese nivel. Pero él vio que le permitía sacar algo de dinero, tenía todo su patrimonio en Gonvarri, para desarrollar otros proyectos, como Gestamp, y tener como socio a una siderúrgica en un momento en que parecía que se producía una concentración en el ámbito europeo de compra de todos los centros de servicios. Y esto le dio estabilidad al negocio. A su vez se cedió otra parte minoritaria a Ensidesa para establecer un equilibrio de poder que nos ha servido para funcionar muy bien, en el sentido de poder comprar en un lado y en otro, y manejarnos durante mucho tiempo. Fue una gran decisión. —Algunos con los que hablé me dijeron que esa operación había sido un verdadero encaje de bolillos y que había sido obra tuya, de tal manera que las siderúrgicas entraran y vosotros siguierais con la mayoría.


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—Sí y no. Todo esto lo discutimos, y yo, que ya llevaba varios años en la empresa, fui asumiendo responsabilidad en el cambio financiero, contable y fiscal. Entonces busqué asesoría exterior y puse orden en la casa, cuestión necesaria antes de abordar cualquier tipo de operación de entrada de socios que cotizaban en bolsa y que, además, eran empresas públicas. Es decir, necesitábamos un socio siderúrgico fuerte y, también, a un proveedor natural que era Ensidesa, al que no queríamos desvincular de nosotros. En realidad, la empresa nacional ya lo había intentado varias veces, aunque luego no se decidía. Y, al fin, conseguimos que los franceses, con quienes la operación fue rápida, nos permitieran, antes de firmar, formalizar nuestra vinculación con la siderúrgica española. En ese momento logramos negociar a dos bandas un esquema de dos niveles, de dos participaciones. Y esto funcionó hasta que las dos empresas se fusionaron. Y nos fue muy bien porque liberamos recursos que estaban en Gonvarri para desarrollar Gestamp. —¿Hacia qué país fue el primero al que se movió el grupo? —La internacionalización de Gonvarri empezó por Italia-Portugal, mientras Gestamp inició su desarrollo a partir de los años noventa y cuatro y noventa y cinco. Estaba entonces en un nivel de facturación de ciento cincuenta millones de euros y este año estamos ya en los mil cien millones. Y Gonvarri también ha crecido porque, en este momento, el quince o veinte por ciento de sus ventas van a Gestamp. —¿Con qué plantilla comenzó Gestamp y cuál es ahora y, como consecuencia, cómo ha evolucionado su economía en ese tiempo? —El año pasado vendió por valor de mil veinticuatro millones de euros con una nómina de cinco mil ochocientas personas. Solamente cuatro años antes, en 1998, teníamos seiscientas. En cinco años hemos multiplicado por cuatro. —Gestamp se mueve en la dirección que lo hace la industria del automóvil, a la que destina el cien por cien de sus ventas. La evolución de ese sector, sin duda, debe obligaros a mantener unos niveles de tecnología muy altos para no perder el ritmo ni el mercado. —Efectivamente, nos movemos en esa dirección con diligencia. ¿Que ahora la tecnología de estampación es en caliente?, pues tenemos que desarrollar esa tecnología. O si resulta que ahora empiezan a fabricar los capots


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en aluminio, pues tenemos que tratar de desarrollar esa tecnología. Nosotros, además, hemos hecho una política de globalización importante que, para una empresa familiar, es una cuestión complicada porque estamos en once países. Concretamente Gestamp está en España, Portugal, Alemania, Francia, Hungría, Inglaterra, Argentina, Brasil, México y ahora Polonia. Y ese desarrollo se produjo en diez años. El “abrelatas” de todo esto es que tenemos buenos equipos de personas, recursos y las ideas claras.

LAS MUESTRAS DE UN GRAN VALOR PERSONAL Y EL FUERTE PULSO CON LÓPEZ DE ARRIORTÚA —Y en todo ese proceso de gestación y rápido desarrollo de Gestamp, ¿dónde colocas a tu padre? —Lo que es evidente es que él tuvo una primera idea y fue que el sector del automóvil le gustaba. Y la consecuencia fue la creación de Gestamp como un desarrollo vertical de Gonvarri. Controlar mercados, ir hacia mayor valor añadido, pero controlando la venta del acero. Y, a partir de un determinado momento, él intuyó que los clientes del automóvil eran grandes y que a partir de ahí podía hacer negocio. Y eso lo vio claramente. Luego los desarrollos técnicos ya los hicimos con un equipo de dirección más técnico. Pero ha estado al tanto de todo. —Me consta, porque en varias ocasiones de nuestros largos e intensos encuentros me habló de ello y, a la vez, por los testimonios de otras personas, que vuestro padre está muy orgulloso de vuestra aplicación en los estudios, de vuestra dedicación y papel en las empresas que ahora encabezáis bajo la atenta mirada de su experiencia. No sólo no le defraudasteis sino que, incluso, mejorasteis sus expectativas; y supongo que esto supondrá una satisfacción para vosotros. —Hay dos cosas que influyen en todo ello: el interés, la actitud, y, a la vez, cierta capacidad, porque tratamos de no cometer el error de igualarnos a mi padre, porque su molde ya no existe. Él es como es. Nosotros lo que queremos es tener interés; y si lo tenemos es porque nos lo ha inculcado. Pero podíamos tener interés por otras cosas también legítimas como el arte, la música, la literatura, etc. Sin embargo, cada uno tiene


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que buscar y desarrollar sus capacidades dentro de un estilo de dirección completamente diferente. No es lo mismo crear de la nada que ir creando sobre una base que ya existe, porque empezar de cero es muy difícil. —¿Qué aficiones fomentó en vosotros, especialmente en los años de estudios y formación, que son tiempos comprometidos de los que, en buena medida, iba a depender vuestro estilo de vida futuro? —Mi padre, como te dije, siempre ha sido un hombre muy intenso y cuando disfrutó de algo, no habla de ello sino que intenta que cuando llegue el momento participes. La caza y el deporte fueron siempre sus grandes aficiones. El fútbol, cuando era mucho más joven; el tenis, el padel, etc. La lectura es un aspecto en el que nos interesó y siempre nos regaló libros. Él buscaba para nosotros un proyecto de formación integral. Le hubiera gustado que hubiéramos hecho de todo: formación universitaria, idiomas, que hubiéramos tocado tres instrumentos musicales, que hubiéramos escrito... Lo quería todo. Era ambicioso en los negocios y en esto, que era parte de su proyecto. Con nosotros no fue conformista en nada. Recuerdo que tenía obsesión por hacer algo con nosotros cuando fuéramos creciendo para seguir estando cerca. Se había hecho a la idea de que llegaría un momento en que ya no tendríamos ningún elemento común. Yo tendría entonces diez o doce años y comencé a esquiar; y me llamó la atención que él, que no había esquiado nunca, se lanzó cuando ya tendría cuarenta y cinco años. A partir de entonces íbamos todas las semanas santas a esquiar, que fue el medio que utilizó para seguir con nosotros por un lado y otro. —¿Cómo, siendo un hombre tan austero y tan discreto, se explica la construcción de la casa de Somosaguas? —Personalmente creo que he tenido mucho que ver. Cuando me casé, compré un piso y cuando pude sacar un poco la cabeza, decidí hacerme una casa y, en ese momento, noté en él ganas de hacer algo. Porque es muy diferente comprar una que hacerla nueva. Por otra parte, estamos hablando de los años 96 y 97 en los que mi padre tenía que ir aflojando poco a poco su actividad y yo lo animé e insistí en que un proyecto de esas características iba a suscitar en él una ilusión enorme; y verla levantarse piedra a piedra y volver a los anticuarios era una cosa que le hacía mucha ilusión. Y pasó no pocos días sin ir a trabajar para verla crecer.


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Además, no era una extravagancia porque se lo podía permitir. Está encantado de haberse hecho esa casa en la que tiene todas las obras de arte que fue comprando. No fue una expresión de egocentrismo ni de ostentación sino que se trata, solamente, de un proyecto que le había quedado pendiente. Lo había hecho todo menos su casa. —Un hombre con tanta fuerza vital, con tanta capacidad de trabajo, intuición, habilidad comercial y otras cualidades que le han llevado al lugar que ocupa, debe de tener, sin duda, algún fallo, alguna manifestación menos brillante que contrapese en algo un conjunto tan notable de talentos. Y, además, tú que siempre estuviste tan cerca, habrás detectado ese punto flaco, esa debilidad o manifestación menos brillante. —No es fácil, lo digo sinceramente. Pero creo que el reverso de muchas de sus virtudes son, probablemente, defectos. Por ejemplo, el ejercicio de un liderazgo tan fuerte le puede llevar a una etapa de mayor soledad, porque su menor intervención en los negocios le ha dejado un hueco. Y ese carácter independiente, de liderazgo, no le permitió generar una red de amistades muy cercanas. Las tiene, pero... Es un caso para estudiar que, supongo, también les habrá ocurrido a otras personas. Además, a eso se añade que es un gran tímido que le impide ser más sociable en algunos casos. —¿Y se empieza a vivir con tranquilidad a la sombra de un padre como él? ¿Tal vez con el temor de no estar a su altura? —Yo creo que, al final, la responsabilidad que impone estar en un puesto de tanto compromiso en estas empresas va mucho más allá de la que puedas tener ante tu padre. Lo que vives día a día es el peso del proyecto, de las personas que trabajan en las empresas, de hacer bien las cosas. Y no ya sólo por continuar el trabajo iniciado y desarrollado por él, sino por empujar ese proyecto que está ahí. Cuando entré en la empresa, una de las cuestiones más complicadas era cómo debía de hacerlo en la forma mejor en la percepción de esas personas que habían estado trabajando con mi padre. Es muy complicado porque el concepto del hijo de papá estaba ahí. Por eso para mí era primordial conseguir el reconocimiento real por lo que hacía, puesto que yo, además, era un universitario en una empresa en la que no había muchos por su tipo de estructura. Por eso mi planteamiento era preguntar, aprender, opinar. Y en ese sentido la


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posición de mi padre me ayudó mucho, porque si yo hubiera tenido miedo a tomar decisiones en cosas específicas del día a día comercial, habría tenido un margen de error altísimo y, probablemente, me hubiera granjeado una mala imagen de entrada en la empresa. Un rasgo del carácter de Francisco Riberas del que me habló su hijo Paco, y que nadie había mencionado durante tantos encuentros con numerosas personas más o menos próximas a él, es su valor personal, su sangre fría, manifestados en momentos comprometidos, aunque no hubiera sido difícil de deducir solamente con el repaso de algunos de los datos de su trayectoria personal. Algunos de esos instantes críticos los vivió en el mar, en momentos de gran dificultad, como los ocurridos entre Cerdeña y Mónaco y en la bahía mallorquina de Pollensa, durante jornadas de recreo en la embarcación con la que se movían por el Mediterráneo y por la isla durante sus vacaciones. Ocurrió hace más de veinte años, cuando Riberas rondaba los cincuenta y su hijo los quince. Aquel difícil trance y su desenlace vivido por toda la familia, dejaron una profunda huella en el muchacho a quien, sin duda desde entonces, esa circunstancia le permitió valorar más aún las razones del liderazgo paterno, ejercido tanto en sus negocios como en el ámbito de la familia. —Suele haber un momento en el que parece que todo se cae y que el único que está aguantando el tipo es él. Recuerdo cuando compramos el barco y cruzábamos desde Cerdeña a Mónaco. Nos conducía un capitán que era un gran bebedor y se decidió a adentrarse cuando la recomendación era que no saliera nadie. Por la noche nos pilló una tormenta tremenda y yo recuerdo a mi padre al lado del capitán cuando todos volábamos de un lado a otro. Estuvo toda la noche pegado a él porque no se fiaba, mientras nos decía que “nada de asustarse, que yo me quedo aquí y si hace falta lo ato al timón”. Fue una temeridad, y cuando llegamos la gente se echaba las manos a la cabeza porque se nos había ocurrido salir con semejante temporal. Aquella actitud de mi padre nos transmitió seguridad. Ese mismo barco lo utilizábamos durante el verano, con otro capitán, para ir de cala en cala. Un día, en una de aquellas excursiones, llegamos con un motor averiado a un lugar de la bahía de Pollensa en el que hacía mucho calor. Riberas pidió a su hijo que se echara con él al agua para llegar hasta la costa y el chico aceptó porque estaba relativamente cerca. Comenzaron a


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nadar contra la corriente que dificultaba su progreso hacia tierra y al cabo de un rato el padre comenzó a advertir síntomas de cansancio por el esfuerzo baldío. —Se dio cuenta de que no avanzaba y me dijo que se quedaba allí, aunque saliera por donde tuviera que salir, y que yo, si podía hacerlo, fuera hasta el barco y que regresara a por él. Me impresionó aquella seguridad, porque tal vez estaba muy preocupado, pero no lo transmitió. Gran temple, que fue el mismo que demostró cuando se fueron Pedro Fernández y Francisco Camacho de la mano de uno de sus competidores. Aquel era ya un momento en que había conseguido recuperarse de la muerte de su primo Agustín. Agarró el timón y enderezó el barco. Fue el momento en que yo llegué a Gonvarri. Pasamos unos años malos. Algunos más tarde demostró ese temple en otro episodio duro. Nosotros habíamos iniciado el proyecto de Gonvauto con Seat, en Barcelona. Habíamos hecho una inversión fuerte y hubo un momento importante en el que apareció el famoso López de Arriortúa en Volkswagen, con la aureola de ser azote de los proveedores. Era una persona durísima que había irrumpido en la empresa alemana como un dios y podía poner en riesgo nuestro proyecto. Mi padre buscó una reunión con él en Alemania y lo acompañé yo. No sé cómo ocurrió pero se lo ganó. Peleamos los precios y nos los bajó, y conseguimos un contrato importante. A partir de ahí iniciamos una relación importantísima que continué yo. Al final, acabaron siendo grandes amigos. —Fue como un duelo de titanes, ¿no? —Era un líder que se había convertido en el azote de los proveedores, y se lo ganó, se hizo con él. Luego lo convenció de que podía confiar en nosotros, negociamos y se estableció una relación estrecha que nos sirvió para crecer, mientras duró. Otro hubiera esperado para ver por dónde podía entrarle, sin embargo mi padre fue a por él, a buscar el cuerpo a cuerpo. El joven Francisco Riberas, no lo disimula en ningún momento, admira profundamente a su padre cuya trayectoria conoce desde que viajaba en el tope del tranvía. Por eso valora su itinerario desde la nada como el esfuerzo titánico de alguien que se enfrentara a los leones con el tesón y la intuición como únicas armas. Por eso advierte que, a medida que ve con mayor distancia cómo crece el imperio industrial que creó, se ha ido haciendo más introvertido; ya no juega al tenis ni al pádel, aunque practica


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tres veces a la semana el golf y hace deporte en solitario en el gimnasio que tiene bajo la casa. Y reconoce que se había hecho un hombre sociable por necesidades del negocio, pero que no es un extrovertido; es un castellano puro, austero y de palabra que “no ha hecho el negocio a costa de nadie, de otras personas ni de sus empleados; al contrario, lo ha hecho con ellos y creando”. Durante sus primeros años, cuando no tenía nada, una de sus obsesiones era transmitir confianza a la gente, mirarlos de frente aunque no tuviera una peseta en el bolsillo. Por esa razón, en aquellos momentos tan duros, cuando llegaba la hora de pagar una deuda o de devolver el préstamo al banco, estaba ya a la puerta con el dinero para el momento en que se abriera al público. Y si ese día no podía pagar, iba en persona a dar explicaciones y comprometía su palabra para dos o tres fechas después. Y cumplía. Pero al cabo de los años, a este viejo luchador que logró tanto, no le importa ya el dinero. Si sigue en la brecha es porque es el padre de un proyecto en marcha, que crece y quiere verlo seguir creciendo con nuevas ideas y nuevos impulsos, porque eso significa más empresas y más gente. Es como el reto que no cesa, con su mirada cansada pero con su vigor sostenido, con su figura enhiesta, con su pelo blanco y sus cejas negras...; como el que escribe un libro y lo que le interesa es el final. Y, en consecuencia, por todo ello, “es un feroz crítico de sí mismo y sabe colocar en su sitio la satisfacción que siente por su obra; aunque pienso que exagera la autocrítica, porque no se hace justicia”. Y a pesar de su extraordinario éxito, logró estar siempre por encima de la vanidad y de la ostentación. —Pero al final, desgraciadamente, como ocurre siempre, quedarán más los hechos que la persona. —Tal vez, no.

AQUEL MOMENTO EN QUE PUDO HABERSE DETENIDO Y DECIDIÓ TOMAR IMPULSO PARA SEGUIR CREANDO

Jon es la otra cara de esa moneda en valor creciente que es, desde hace casi medio siglo, Francisco Riberas. Es el último de sus hijos, que a sus treinta y cuatro años es consejero delegado de Gonvarri. Ocupa un despacho muy cercano al de su padre en la sede de la empresa situada don-


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de la calle de Embajadores empieza a ser zona rural. Esa proximidad es el reflejo de aquella que Riberas procuró desde los años en que sus hijos varones pudieron comenzar a entender cuál era su actividad y cuáles sus retos, con la esperanza de que ellos continuaran la obra que empezaba a cimentar. Entendía el padre que ellos no serían capaces de asimilar todo cuanto les contaba, razón por la que sabía que su labor debía ser lenta, sin urgencias ni precipitaciones. Debía dejar que el tiempo y el interés de cuanto les hablaba hicieran su labor. Sin embargo, hubo un momento en el que, tal vez, pensó que los planes con respecto a sus hijos podían romperse porque Jon, en sus primeros años, era un verdadero torbellino, no muy buen estudiante y no parecía que, con aquellos comienzos, pudiera enfrentarse a la dureza del reto que significaban los estudios simultáneos de Derecho y Económicas en ICADE, el prestigioso centro de los Jesuitas en el que tantos dirigentes empresariales españoles se formaron. La vocación del mayor de sus hijos y su capacidad demostrada en el bachillerato estaban claras, no así en el caso de Jon, menos aplicado, más inquieto y más amigo de la buena vida que de los libros, razón por la que pensó en orientarlo en otra dirección. —A mí, mi padre me veía mucho peor estudiante que mi hermano Paco y hubo una época en la que pensó que lo mejor que haría sería encargarme de llevar las fincas de Toledo y Cuenca. Pero yo, que tengo mucho amor propio, le dije que ni en broma. Y cuando me vio reaccionar a partir de primero de BUP, e incluso obtener un premio de estudios, y que podía afrontar mayores desafíos, me quiso inclinar hacia una ingeniería porque pensó que si Paco hacía Icade y yo una carrera técnica podía completar las necesidades de la empresa. Pero no me gustaba la ingeniería y al final, con mucha voluntad y el ejemplo de mi hermano, accedí por méritos propios a Derecho y Económicas con los Jesuitas. En todo caso, estoy convencido de que habría respetado nuestra decisión si hubiéramos optado por hacer cualquier otra cosa, aunque le doliera, porque desde el primer momento él estaba obsesionado con la continuidad de la empresa familiar. Y si trabajaba de sol a sol para que creciera, era porque tenía alguien detrás que continuara su obra. De lo contrario, con el gran sentido común que tiene, le oí decir muchas veces que antes que ver a la empresa deteriorarse, la hubiera vendido.


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—¿Y tu hermana Maite? Ella lamenta que tu padre no le hubiera dado las mismas oportunidades que a vosotros de orientar su formación para participar, también directamente, en la gestión de la empresa. —Ella se puede sentir marginada con cierto derecho. Pero yo creo que fue víctima de las circunstancias de la época, en la que existía un gran proteccionismo sobre las mujeres, que mi padre, sin duda, también ejerció. Efectivamente, ella estudió Psicología, una carrera en nada orientada hacia el negocio. Parece dudoso si fue mi padre quien la excluyó o se excluyó ella. Pero lo lleva dentro y lo manifiesta muchas veces. Y creo que así se lo dice a mi padre. Los tiempos han cambiado y hoy ya hay muchas mujeres en los negocios. Pero estoy convencido de que mi padre no tiene conciencia de haberla dejado fuera. —Esa permanente ausencia de tu padre, sobre todo en los años duros del arranque y desarrollo de su empresa, podría haber dejado algún tipo de huella en vosotros, sobre todo en ti que eras el pequeño y que naciste en un momento en que las cosas empezaban a consolidarse. ¿Fue verdaderamente así en tu caso? —Efectivamente, lo veíamos muy poco porque trabajaba mucho. Pero yo siempre he dicho que nunca me faltó padre. Y supongo que es porque teníamos la sensación de que cada minuto que tenía libre lo pasaba con nosotros. Siempre fue un hombre muy familiar. Nos llevaba a todos los sitios, al fútbol, de excursión, al cine. Muchas veces, sin embargo, la presencia no es tanto cuestión de horas como la dedicación que tú puedas advertir, y en este caso era mucha. Jon, también tan cercano, diría que íntimamente cercano a su padre, conoce bien las motivaciones originales de su rebeldía contra el destino que lo cercó durante su infancia, entre las que, como eje, está la figura de la madre de la que continuamente me hablaron él y su entorno más próximo. Esa relación, tantas veces aludida, dio a la vida de Riberas una dimensión familiar que, tal vez, se hubiera desarrollado por otros caminos sin aquella penosa y dramática huida en los inicios de la guerra civil, sin las graves dificultades familiares y sin su prematura decisión de trabajar para paliar las necesidades de la casa. —El eje de la familia lo constituían mi padre, la abuela y mi tía Carmen. Era un bloque compacto, sin fisura alguna. Con el tiempo, mi pa-


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dre se convirtió en el motor, pero el centro de inspiración siguió siendo su madre, a la que adoraba. Él apoyó siempre a toda la familia, tanto a su hermana como a las hermanas de mi madre, porque tenía un profundo sentido familiar. Siempre le oí decir que llegó a donde llegó por su madre y que, cuando era niño y en la juventud, vio en ella una mujer llena de ternura y de bondad, el amor en sentido puro; y que, pese a las dificultades, la llegada a casa era para él el momento de la distensión. Y que a pesar de esas miserias, siempre recuerda la sonrisa de su madre, y que lo que le movió inicialmente fue el propósito de sacar a su familia de la precariedad en la que vivía. Y estoy seguro de que cuando empezó, nunca pensó que llegaría al lugar que ocupa hoy. Después ya le movió, además de esa idea constante en su vida, la otra de crear riqueza, a un nivel pequeño, pero crear. Y ese es uno de los rasgos que mejor lo define, que es un creador. Es también un hombre duro consigo mismo y con los demás, y muy trabajador. Esas tres cosas, que mezcladas le dieron un espíritu vigoroso para los negocios y para con la gente, hicieron de él un personaje especial. Tiene mucho mérito que haya partido de la pobreza para hacerse un hueco en el mundo de la empresa y alcanzar una vida desahogada. Pero, a mi juicio, el verdadero mérito de mi padre estriba en que, después de haber alcanzado dinero y bienestar, no se haya detenido, no se conformara. Él tenía su piso en O’Donnell y su almacén en Méndez Álvaro y podía haberse plantado ahí. Pero no, se lo jugó una y mil veces a una carta porque tenía fe ciega en sus fuerzas y en su negocio. —Y, además, logró reunir un grupo de gente que le siguió el paso, que no es frecuente conseguirlo todo, porque quien alcanza una cosa puede que no logre, totalmente, consolidar un equipo de gente leal y bien preparada. —Eran gente normal que él fue haciendo a su imagen y con un talante muy aguerrido. Son todos “conseguidores” y ese un mérito suyo, que le dio un resultado fantástico. Son personas que en su día no eran nadie, como tampoco lo era él, que se fueron haciendo a medida que también se hacía él. Hoy son unos profesionales de alta cualificación y competencia. La mayoría llevan treinta y treinta y cinco años en la empresa y siguen estando actualizados. Y esto dice mucho a favor de ellos, porque han logrado sobrevivir con éxito al cambio de los tiempos.


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—¿Cómo crees que llevó su falta de preparación universitaria al lado de una trayectoria ascendente tan llena de audacia y talento? —Yo siempre le oí hablar de las cosas que no ha tenido. En aquel frenesí de trabajo, incluidos sábados y muchos domingos, lo último que se le podía ocurrir era ponerse a estudiar. Pero sí te digo que cuando mi padre dice que no ha estudiado lo hace con cierto orgullo, pero también con mucha melancolía. Creo que añora no haber podido estudiar y sufre con los idiomas desde hace treinta años porque se avergüenza ante sí mismo de no estar a la altura. Tiene grandes inquietudes y una de ellas es la lectura. Recuerdo que cuando era consejero del Barclays Bank vinieron el presidente de la entidad y varios consejeros desde Londres para participar en una reunión. Carlos Martínez Campos, que era presidente de la entidad en España, le presentó a mi padre que se quejó de no poder entenderse directamente en inglés. Y el presidente le contestó: “Inglés lo habla mucha gente, pero lo que usted ha hecho son muy pocos los que lo consiguen”. Y es cierto, pero se llevará a la tumba la frustración de no haber podido estudiar y de no saber idiomas, pero es que tiene un oído como un “cencerro”. Lo que ha hecho es aprender de los demás, leer mucho y escuchar. Yo he oído decir a los que lo conocen bien que uno de sus grandes talentos es ser un gran escuchador. Jon Riberas nunca había ido a Gonvarri durante su formación universitaria. Ocupaba su tiempo en las dos carreras que afrontaba y los meses de las vacaciones los dedicaba a recuperar el cuerpo y el espíritu del largo e intenso curso, “porque necesitaba relajarme y descansar”. Pero sabía sobradamente que cuando concluyera su paso por las aulas, el rigor de su responsabilidad le exigía no demorar un solo día la llegada a la empresa, en la que desde hacía varios años ejercía su hermano. Ambos habían sido la gran esperanza de su padre y la razón de sus retos permanentes. Además, la letra de cuanto ocurría la conocía porque desde niño su padre les había hablado de sus esfuerzos y sus logros, y también a través de los directivos con los que habían hablado en numerosas ocasiones, ya que visitaban la casa paterna con frecuencia o acompañaban a su padre en las cacerías. —¿Cómo fue tu llegada a la empresa? ¿Te dio tu padre algún consejo especial?


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—Eché la nave al agua, sin más. Al principio él planteó, como era natural, mi formación porque no quería que por ser su hijo debía ponerme la gorra de general. No se dio cuenta, pero mi llegada a Gonvarri fue muy dura porque el equipo de la empresa tiene mucha personalidad y no por ser el hijo del jefe me iba a admitir fácilmente ni a hacerme sitio por las buenas. Ese hueco me lo tenía que ganar. Y cuando llegué fui directamente al departamento comercial como uno más. Y mi llegada coincidió con la salida de nuestro vicepresidente, Pachi Zubiete, que se jubilaba, y estuve un año con él. Fue en el noventa y tres, y tenía veinticinco años. Pachi era el hombre de confianza de mi padre y aprendí mucho con él. Y poco a poco me fui haciendo un hueco importante en la empresa. —¿En algún momento sentiste el temor de que tu circunstancia era comprometida y que podías defraudar las expectativas de tu padre? —Tuve mucho respeto, pero no miedo, porque yo no había trabajado nunca y no sabía si lo iba a hacer bien o no. Sin embargo, ahora no trato de presumir, tengo confianza en mí mismo. Pero, como digo, sentía mucho respeto, sobre todo porque mi padre no es un jefe fácil. Al que más ha corneado de toda la empresa ha sido a mí. Seguro que a mi hermano también, pero como empezó otra rama del negocio le perdió la pista. A pesar de todo, yo lo que aprendí del negocio y de la vida me vino de él. Discutimos mucho porque soy el que más le incomoda y hace rabiar. En realidad discutimos desde que yo era pequeño. Los dos tenemos muy mal genio, pero recuperamos el buen ánimo aunque volvamos a chocar. Es algo que ya forma parte de nuestra relación.

AUSTERO EN LO SUYO Y GENEROSO CON LOS DEMÁS, CON RECHAZO DE LOS ADULADORES

La llegada de sus hijos a la empresa señaló, como recordaba Francisco Riberas junior, el punto de partida para el desarrollo de una etapa de expansión que alcanzó cotas impensables. Aquel principio tomado de Ramón Areces de reinvertir los beneficios cobró un nuevo sentido, especialmente porque podía lanzarse a la exploración de nuevas tecnologías, nuevos mercados y nuevas relaciones. El propio Riberas me había habla-


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do de que le habría limitado el futuro la falta de un asidero en el que apoyar sus nuevos impulsos, razón por la que había puesto tanta paciencia y tanta voluntad en la captación del interés de sus hijos, con los que se había empeñado, con razón, en afrontar su propio desafío. Jon insiste en hablar de ese papel que les tenía reservado desde niños, porque reconoce que formaba parte primordial de su proyecto global como empresario, que tenía como gran objetivo perpetuarse en ellos. —Nuestra llegada fue decisiva y significó una gran ayuda para él, porque en el año 1988, entre todos nuestros negocios, facturaríamos unos ochenta mil millones de pesetas, que ya eran millones. Hoy pasamos de los trescientos veinte mil. Él no habría podido controlar todo y, como tiene mucho sentido común, no se hubiera arriesgado a crecer. Y, por supuesto, no hubiera hecho la expansión internacional, por esa mezcla entre su espíritu agresivo y su espíritu conservador. Porque mi padre es conservador cuando cree que hay algo que no controla, y los idiomas... Efectivamente, nosotros le ayudamos mucho porque antes era él sólo y ahora somos tres. Y todo cuanto sucedió desde nuestra llegada ha impulsado en él una segunda juventud. Sigue estando a primera hora de la mañana en su despacho y sigue mandando con ilusión. No se jubilará nunca. En un consejo familiar reciente estuvimos hablando de Chequia, de Polonia y poco menos que nos empujaba para que nos metamos allí, para que invirtamos. Y eso me parece admirable a los setenta y un años. Todos sus amigos ya han levantado el pie y lo miran como a un tipo extraño porque madruga todos los días a las seis y media de la mañana. Pero le gusta, está motivado y forma parte de su vida. Otra cosa sería mala para su salud. —¿Cómo crees que ven a tu padre en los ámbitos empresariales y económicos por los que se mueve? Creo que para responder será necesario que hagas un ejercicio de objetividad porque, tal vez, te resulte difícil distinguir entre cómo lo miras tú y cómo lo ven los demás. —Me parece que puedo llegar a ser bastante objetivo. La realidad es que observo que todos le tienen un gran respeto y se ve que lo admiran, incluso sus adversarios. Eso se palpa sin hacer grandes esfuerzos. Mi padre empezó el último en el sector y los ha pasado a todos; los ha dejado muy atrás. Saben que es muy duro en los negocios, muy firme, que ha invertido mucho dinero, que ha tomado muchos riesgos y que ha peleado mu-


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cho. Y tiene el respeto de los siderúrgicos de todo el mundo. ¿Quién le iba a decir cuando empezó que iba a ser el centro, probablemente, de servicios del acero independiente más importante del mundo; y que el nombre de Gonvarri lo iban a conocer desde Japón hasta EE UU e iba a ser ejemplo para todos? —Esa gran dimensión internacional de su obra contrasta con su modestia y con la escasa aparición, diría casi nula, en los medios de comunicación. —Nunca quiso aparecer, porque se ha dedicado a su familia y al trabajo, y no ha buscado nunca la publicidad, que tanto satisface a otros. Cuando tiene que ir a alguna recepción hay que discutir con él y obligarle, porque se resiste. Odia figurar. Pero, por el contrario, tiene una extraordinaria sensibilidad y gran humanidad, y practica rigurosamente eso de que no se entere la mano izquierda de lo que hace la derecha, tanto con su familia como con la ajena. Tiene un gran corazón y se le llega fácil, pero no por el halago. Es radical con los aduladores. —¿Y cuál es la actitud de su gente ante él? —Sus colaboradores “matan” por él. Ha conseguido hacer piña, y cuando alguien consigue eso es por algo. Y no solamente porque sea su jefe, o pague más o menos, sino porque ha conseguido llevarlos a su terreno y ha hecho de su proyecto el de ellos, incluso en el aspecto humano. Pero impone mucho respeto. —¿Cómo acepta las críticas? —Las acepta mal, aunque en realidad son formas de ver y de hacer diferentes que nos llevan a discusiones tontas. —En todo caso, cuando lo convences, ¿acepta tus razones? —Difícil, porque todos tenemos un carácter complicado; aunque al final nos entendemos. Peleamos fuerte, aunque no de portazo. Sin embargo, ha delegado fácilmente, cosa nada frecuente en dirigentes creadores de empresa. Y ha sido muy generoso en esa delegación de funciones con Paco y conmigo. Bien porque nos ha visto preparados o porque ha tenido confianza ciega en nosotros, la responsabilidad que nos dio desde el primer día es enorme. —¿Y cómo siendo un hombre de discreción casi franciscana ha hablado conmigo de todo lo que hemos hablado?


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—El mérito es mío porque soy muy pesado. Y cuando pienso que hay que hacer algo, insisto; como cuando le pusimos chófer, que se oponía por eso de pasar desapercibido. Tuve que obligarlo, pero ahora ya le parece bien. Y con esto llevo insistiendo varios años. Además, le sonaba a retiro y él se ve muy activo. Pero una vez que rompió el hielo, ahora le hace ilusión. Hay que pensar que esta es una empresa familiar y conviene que quienes nos sucedan sepan de dónde venimos, conozcan nuestra trayectoria y a mi padre en plenitud. Y a mí me daba pena que se perdieran su voz y su memoria. —En toda esta larga historia de lucha constante, de desarrollo empresarial, de entrega a la tarea creadora, me parece que vuestra madre ha sido una heroína silenciosa, a la que, sin duda, le tocó desempeñar un papel nada sencillo. —Ella llevó la peor parte, la más ingrata. Es adorable, excelente madre, sacrificada y entregada plenamente. Ha sido la que verdaderamente ha bregado con nosotros. Nunca le gustó salir, siempre prefirió estar a nuestro lado. Es bondadosa y, además, una excelente cocinera. Aunque, las cosas fueron así, fue mi padre quien nos marcó por su personalidad. Jon ocupó, durante nuestra conversación, la cabecera de la mesa en la sala donde se reúne con su padre y su hermano en el consejo familiar que, más o menos, celebran un par de veces al mes en Somosaguas. Suelen ser largas reuniones para coordinar la información y definir las líneas generales de la política empresarial que, posteriormente, perfilan con los equipos directivos de sus grupos. Es el mismo lugar en el que Riberas sostuvo conmigo muchos de los encuentros para hablarme del apasionante itinerario de su vida. Después de mis encuentros con sus dos hijos varones, no resulta complicado entender las razones por las que Riberas dejó hace algunos meses de acudir a su despacho por las tardes, ni por qué ha relajado gran parte de aquella tensión que mantuvo durante años hasta que supo, con toda certeza, que sus esfuerzos precedentes no iban a caer en baldío y que podía continuar su tarea creadora. Ya a estas alturas de su vida el dinero le preocupa poco en el ámbito personal. Para él su verdadero valor está, en estos momentos, en la capacidad que tiene para ver cómo crece su obra y se extiende por nuevos países. Si realmente a esta familia la moviera la necesidad de acumular dinero, seguramente hace


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tiempo que habría detenido la marcha porque ya consiguió reunir el suficiente como para que puedan vivir sin problemas varias generaciones. Sin embargo, Francisco Riberas mantiene, como dice Jon, fuertes inversiones “para seguir renovando constantemente sus empresas y no perder el paso, que después es muy difícil retomar. Nosotros tenemos una dinámica de inversión que nos diferencia de todos los demás”. Y, por esa razón, insiste, “tenemos nuestros negocios totalmente al día, en estado de revista”. Y fue, como consecuencia de esa dinámica inversora, cuando acudieron a Wichita para comprar un avión con el fin de moverse con agilidad por su mundo empresarial. Además de las razones empresariales por las que el avión no tiene un solo día de descanso, existen las de índole familiar “porque Paco y yo tenemos tres hijos cada uno y queremos llegar a tiempo para pasar con ellos, yo con mis tres niñas, los fines de semana, desde el viernes al mediodía. Es la mínima compensación que les debemos”. Efectivamente, hace mucho tiempo que Riberas pudo arrancarse la espina de la incertidumbre que atenazó su cabeza y mortificó su corazón de padre y de empresario durante los años escolares de sus hijos. Ya no ocurrirá como en tantas otras ocasiones en que empresas, creadas con sudor y sacrificio, se venían abajo o acababan en manos ajenas porque los hijos se desentendían de ellas o por falta de capacidad para mantenerlas. La nueva generación de Riberas hace tiempo que despejó sus incertidumbres. Lo que ocurra después será otra historia.


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El plan para incorporar a sus hijos Paco y Jon salió tal como él había proyectado.


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La llegada de Paco Riberas, hijo, a la empresa, tras la obtención de su título de “ICADE E-3” se produjo en un momento especialmente delicado.

Para Jon su llegada y la de su hermano a la empresa impulsó una segunda juventud en su padre.


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Riberas recibió el alto galardón de Volskwagen, acto al que asistió López de Arriortúa (primero por la izquierda) con el que hizo una buena amistad, después de un primer encuentro nada fácil.

El barco en el que toda la familia vivió una peligrosa aventura con su padre, durante la que éste demostró un gran temple.


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En una de las paredes estรก colgado un bello tapiz realizado sobre unos cartones de Teniers.


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CAPÍTULO XIII

“Un hombre en el que no se produjeron mudanzas”, según el notario Félix Pastor Ridruejo. —Una trayectoria de reglas fijas entre la honorabilidad, la constancia, el trabajo y la fe en el futuro. —Momentos difíciles de la economía española pasados con prudencia y valentía. —Un sentido importante del curso de la historia económica. —Inteligencia en la apertura a los socios extranjeros. —“Su relación con la chapa llega a ser casi espiritual, como parte de su naturaleza”. —Afrontó la crisis tras la muerte de Franco con prudencia y confianza en el futuro. —Una vajilla de la Compañía de Indias, pieza única, verdadera obra de arte. —El extraño itinerario de una talla de San Juan Evangelista. —Defensa de un empresario acosado por el resto frente a Hacienda. —Rafael Velasco nunca olvidó aquel momento ni la ayuda posterior. —“Cuando me preguntan quién está detrás de Gonvarri digo que Paco Riberas y sus hijos”. —Acción rápida para la compra de una finca en Toledo y adquisición de otra en Cuenca. —Dos mil ovejas y miles de olivos.


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LA TRAYECTORIA VITAL es el camino que cada cual se construye poniendo a contribución sus capacidades en un medio económico y social determinado, favorable u hostil, mediante el empleo de las artes y usos que mejor se ajusten a los principios y convicciones personales más íntimos. Cada uno hace su cesto con los mimbres que tiene a mano o con los que se busca. Sin embargo, son los testigos, con la aportación de datos y opiniones, los que, finalmente, completan y dan vida real, sin ficciones ni añadidos huecos, a cada trayectoria. Y la de Francisco Riberas es una historia llena de testigos que le han seguido los pasos desde la cercanía de la interrelación empresarial o desde una cierta distancia independiente, aunque próxima en la observación, además de aquellos que hicieron el camino bajo su sombra y liderazgo directos. Hablé con muchos de ellos y sus testimonios han llenado numerosas páginas de esta aproximación a la biografía de un hombre que, con una austera audacia y un esfuerzo sin límites como equipaje, ha conseguido construir una leyenda más allá de quienes han tenido noticias de su itinerario en este último medio siglo. Hay otros a los que igualmente podía haber consultado, porque abundan en el complejo mundo empresarial en el que el nombre de Riberas se repite con devoción, estima, admiración e, incluso, con cierta envidia difícil de disimular. Son, todos ellos, como la voz que proclama una realidad que salta a la vista, cuyo protagonista es alguien que se identifica con la austeridad de la tierra de la que procede; la dura y reseca tierra castellana, que acaba por dar sus frutos en medio del silencio de la gran llanura, en la que la brisa gélida ahoga el jadeo de quienes han hecho, y siguen haciendo, que su sudor fructifique donde podría parecer que el frío y la abrumadora soledad serían capaces de impedirlo. Esos testigos permanentes de la trayectoria de Riberas corroboran, desde la distancia y la escasa o nula relación personal entre sí, las características generales del personaje, con los diferentes matices que proporcionan las circunstancias en que se desarrollaron el contacto y la proximidad a lo largo del tiempo. Tuvieron la sensibilidad de advertir que se trataba de alguien singular, que no respondía rigurosamente a determinados cánones comunes a otras trayectorias y que, por ello, no pasó ante ellos de manera inadvertida. En todos dejó la huella de alguna de las vertientes de su compleja personalidad, siempre delimitada por unos principios e


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impulsada por la voluntad y el esfuerzo. Félix Pastor Ridruejo, José Miguel de la Rica, Rafael Velasco, Cruz Rodríguez, Pedro Tierz, Luis Peinado, Pachi y José Miguel Zubiete son algunos de los que se suman a cuantos se han movido cerca o a cierta distancia de Riberas, pero que conocen al hombre porque lo observaron con curiosidad y penetraron en su interior a través de su forma de vivir, de su comportamiento, de sus reacciones y de su actuación en cada oportunidad comprometida o trivial, compleja o lineal. El notario soriano Félix Pastor Ridruejo, jubilado reciente, realizó, desde su despacho madrileño, una trayectoria simultánea a la de Riberas, a partir del momento en que sus caminos se encontraron con la mediación del abogado Ramón Hermosilla, que asesoró al empresario castellano durante sus primeros pasos. Pastor Ridruejo había llegado en 1961 a Madrid, en el momento en que Riberas empezaba a quedarse en sus manos la empresa que había creado a finales de la década anterior con otros tres socios. —En estos más de cuarenta años, desde entonces, no faltó nunca a mi despacho. Yo lo que tengo de Paco, más que datos para un anecdotario, es una idea constante de su personalidad. Lo que era cuando empezaba como un modestísimo empresario, incluso trabajador metalúrgico, hasta lo que es hoy. Lo que está claro es que en él no ha habido mudanzas. La suya ha sido una progresión constante y dentro de unas reglas muy fijas: la honorabilidad personal, el espíritu de trabajo, la constancia, la fe en el futuro, la valentía. Pasó por momentos muy delicados de la economía española, que provocaron la caída de empresas del sector, y su posición fue siempre valiente y prudente. Los momentos de crisis son los del crecimiento, y la salvación de las empresas en crisis representa la del propio negocio. Y esa es la idea más clara que tengo de su personalidad. Y eso no son anécdotas sino realidad contrastada a través de muchas historias. Estuve en la inauguración de sus fábricas en Castilla-León, con Juan José Lucas, presidente de aquella autonomía; en la de sus oficinas de Embajadores y su casa de Somosaguas. —¿Cómo es Riberas, según la impresión que usted tiene de él, puesto que tan próximo estuvo a su trayectoria vital y empresarial desde sus comienzos?


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—Cuando lo conocí era un hombre de una modestia suma, no distinta de la modestia actual; y de una firmeza y de un espíritu generoso que le acompañaron durante toda su vida. Sintonicé enseguida con él, aparte de la relación notario-cliente. Es espontáneo en su personalidad y en la cortesía y educación con las que trata a sus subordinados. Ahora tengo más libertad de relación con él, porque un notario no debe mezclar las esferas personal y profesional. Recuerdo la visita que hicimos a la espléndida planta de estampación que tiene en Dueñas y el grado de afecto con que fue recibido allí, porque inspira confianza. Me reuní con Félix Pastor Ridruejo en su despacho de la calle Génova, 4, ante una mesa construida por mano artesana, a la que el tiempo ha dado la pátina del largo trasiego profesional, y rodeados, lo advertí tan pronto como me senté, por algunas tallas y pinturas que desvelan su sensibilidad y exquisito gusto, pasión en la que se identifica con Francisco Riberas al que acompañó en más de una ocasión por los itinerarios del comercio del arte. Y cuando hablamos del hombre hecho a sí mismo, sin más estudios que los primarios, levanta los brazos con un gesto entre la interrogación y la afirmación que excitó mi curiosidad. Sus opiniones sobre Riberas me permiten una mayor aproximación a un personaje, en el que parece cumplirse rigurosamente la convicción del intelectual francés André Malraux de que “el arte es el modo que tiene el hombre de rescatar su propia grandeza oculta”. —Yo no sé eso de la escasez y humildad de sus estudios hasta dónde llega. Inicialmente es claro que abandonó pronto la escuela para trabajar, pero yo tengo la impresión de que ha seguido aprendiendo en los libros. Tiene conocimientos muy importantes de economía global y de macroeconomía. Y sobre todo, tiene un sentido importante del curso de la historia económica. Se situó delante de lo que iba a suceder y esa es la razón de que haya tenido aciertos tan importantes. Me parece una sobresaliente mezcla de intuición y cultura. Su apertura a los socios extranjeros indica una gran inteligencia, muy difícil de tener cuando se sale de un medio personal tan especial como es el suyo. Normalmente, tendría que ser receloso ante los grandes industriales franceses e inversores europeos, y no lo ha sido. Lleva esa relación con gran tino y le ha permitido dar saltos definitivos. Claro que tiene dos hijos con la inteligencia de su padre,


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su espíritu de trabajo, además de una formación intelectual mucho más amplia. No vi a Paco errar jamás en un asunto económico, cultural o histórico. Está siempre orientado. Sabe siempre por dónde anda.

“SU RELACIÓN CON LA CHAPA LLEGA A SER CASI ESPIRITUAL, PARTE DE SU NATURALEZA” En ese sentido de la orientación en los momentos de crisis, sea política o económica, coincide mi interlocutor con la impresión que se formaron de Riberas todos aquellos con los que hablé. Y, sin duda, coincidirá con la de otros que, más alejados, lo vieron igualmente moverse en esos tiempos complicados en los que consiguió no sólo salvar su empresa sino salir fortalecido y con renovado vigor para seguir su crecimiento. —En las diferentes crisis políticas y económicas que vivió España, siempre intuyó por dónde iban a ir las cosas, con más o menos problemas, pero lo sabía. Su conciencia europeísta es clara y se manifestó en momentos complicados. Afrontó la crisis española que siguió a la muerte de Franco con prudencia y gran confianza en el futuro. Fue por delante en la Unión Europea con la industria del automóvil y supo dar marcha atrás cuando era prudente hacerlo, como ocurrió con su llegada a Bulgaria con un proyecto cementero, de donde salió cuando le pareció que debía hacerlo por el cariz que tomaban allí las cosas. —¿Cree que hubiera logrado resultados similares si en vez de acercarse al sector del hierro hubiera derivado por cualquier otra actividad? —No lo sé, porque creo que su destino estaba marcado de tal forma que parece que entre la chapa de hierro y Paco hay como una relación espiritual. Existe una compenetración absoluta. Creo que es parte de su naturaleza. Es, sin duda, el hombre de la chapa, con todo lo que significa de lucha, talento, habilidad, afán de superación y éxito. —Hablaba hace un momento de la situación de España tras la muerte del general Franco y de la crisis siguiente, durante la que se construyeron muchas fortunas sobre cimientos de papel. ¿Cuáles fueron, en ese tiempo, los pasos que dio Riberas y cuál su planteamiento ante aquella realidad y en que términos se concretó esa confianza en el futuro a la que usted se refería?


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—La desaparición del general fue, verdaderamente, un momento difícil, lleno de tensiones. Ahora nos parece que la transición política se produjo porque sí, suavemente; pero de suavidad, nada. Hubo unos terremotos económicos y financieros tremendos y, ciertamente, los que apostaron por el futuro fueron las grandes fortunas industriales, no especulativas. La característica de Paco es que su fortuna no está cimentada sobre papeles, sino sobre cosas realizadas por él. Se dedicó siempre a comprar y vender, como un enamorado fiel de su negocio. Siempre me sorprendió de él su generosidad y su fe en la vida, en aquellos y otros momentos difíciles en los que no perdía la calma. Al contrario, si se presentaba la oportunidad de sacar a alguno del bache y tomar la industria lo hacía, pero nunca con espíritu usurero, sin quedárselo a cambio de nada, como hicieron otros. Fue un comprador en condiciones difíciles, cuando había un riesgo grande en lo que compraba, pero siempre jugó limpio. —Hablaba usted hace un momento de sus hijos... —Sí, pero me olvidé de mencionar a su hija con la que la relación fue siempre más difícil, probablemente porque ha estado más lejos de él, por esa idea más áspera que teníamos de las mujeres en nuestro tiempo, los míos y de Paco. Quizá pudo haberse puesto al frente de las empresas, pero no fue así. Sin embargo, sus hermanos ejercen de verdaderos protectores y la han ayudado en todo momento.

AFICIONADO AL ARTE, TIENE PINTURAS DE GRAN CALIDAD PARA ALGUIEN NO EXPERTO

En el largo paralelismo profesional y personal entre Riberas y Pastor Ridruejo siempre se mostraron mutua simpatía, reforzada por no pocas afinidades referidas al pensamiento, la ética y la acción, entre los que se manifestó con solidez su afición, casi pasión, por el arte. Esa sensibilidad coincidente entre dos personas de actividades tan distanciadas añadió a esa amistad un rasgo de coincidencia no demasiado común entre gente de tan diferente quehacer e, incluso, de tan dispar origen familiar y social. Sin embargo, esos rasgos de sensibilidad y de nobleza hicieron posibles tantas coincidencias.


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Pastor recuerda que en su última época como notario prestó a Riberas una cierta asesoría artística, que adquirió una especial dimensión cuando le habló de que pensaba comprar alguna obra para su nueva casa de Somosaguas. Era un momento en el que el ex notario estaba en pleno apogeo de sus compras, “por lo que podía serle de gran utilidad, puesto que estaba bien situado en ese cruce de intereses en el que se juntan compradores y vendedores”. Desde mucho tiempo atrás, Pastor Ridruejo tenía la idea de que la falsificación de pintura antigua en España había tenido una notable importancia y era difícil comprar con seguridad, y, además, de que esa seguridad no estaba en los comerciantes, “ya que ellos son casi siempre los primeros sorprendidos por piezas que, en algunos casos, son verdaderas obras maestras, pero no por eso dejan de ser falsas”. En aquel momento estaba en contacto con ciertas familias andaluzas de rancia raigambre que querían vender parte de su patrimonio y le comunicó a Riberas que podía ponerlo en contacto con ellas. Y así ocurrió. —Yo dejaba a Paco orientado en un tema que le interesaba y luego me enteraba de que lo había hecho. Es un gran aficionado y la pintura que tiene comprada por él en tiempos ya lejanos es de gran calidad. Yo diría que de sorprendente calidad para alguien que no es especialista. Se deja guiar por el instinto. Yo le presenté a alguien para que le restaurara alguna obra. Tiene cosas que un hombre no experto no hubiera comprado, pero sí un hombre con gran sensibilidad como él. Y esa sensibilidad se manifiesta no solamente en la compra de pintura antigua sino también en la moderna. Y no me refiero a la actual, sino de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Su casa es un verdadero museo. Tiene un tríptico de la Pasión maravilloso que compró conmigo; una verdadera obra maestra. Tal vez la pintura de mayor calidad de todo lo que posee. Tiene de todo. Pintura del siglo XVII de autores no muy conocidos, además comprada en no muy buen estado, donde es necesaria mucha vista para ver la calidad por encima de los defectos. Tiene pintura flamenca, algunos modernistas de primerísima calidad negociados por él en anticuarios y que no gozaban del prestigio que tienen hoy. Disfruta mucho con el arte y eso es la manifestación de una especial nobleza de espíritu. —¿Admite bien la idea ajena, el consejo de los demás en un terreno a veces tan personal como es la percepción de la belleza, el gusto por una obra?


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—Sí, como es un hombre muy inteligente, admite las ideas y los consejos del próximo. En una ocasión vimos un Santiago Apóstol magnífico en un anticuario, con un manto de un color deslumbrante, de esos colores que se preparaban con la sabiduría y los métodos antiguos. Lo comenté con él. Finalmente, acabé viéndolo en su casa. Él había digerido lo que hablamos. El anticuario le dijo que aquel Santiago podría estar en el museo de Valladolid, pero acabó en el museo de escultura de su casa, en la que no creo que haya ninguna obra de arte en cuya adquisición él no haya participado. Tiene desde hace tiempo un asesor, Pedro Tierz, que es un buen decorador. Pero es él quien decide en última instancia. Y prueba de ello es que la pintura que compró hace veinticinco o treinta años está perfectamente adecuada al conjunto de cuanto tiene en su casa. Y sería curioso preguntarle por esa pintura adquirida en sus comienzos, porque no se ve diferencia en gusto ni en calidad con la que compra hoy. Félix Pastor Ridruejo no es un amigo superficial de Riberas, aunque ya no se vean con la frecuencia de otro tiempo en que la relación profesional era más intensa. Lo conoce bien y valora con admiración cada uno de sus pasos, cada uno de sus empeños, cada apertura de sus múltiples empresas. Fue de los que, desde la proximidad que les facilitó la actividad de ambos y desde la confianza nacida, ejerció el papel de confidente de las inquietudes del entonces joven empresario, al que el talento y habilidad, junto con la brega de cada día, dieron la experiencia, visión y peso suficientes para erigirse en un sólido líder empresarial en nuestro país. Y siente la satisfacción de haber sido testigo muy directo de su éxito.

UNA COLECCIÓN DE OBJETOS DE ARTE MUY COMPLETA, QUE ADQUIRIÓ PIEZA A PIEZA

En la conexión de Riberas con el arte se encuentra también su viejo amigo y decorador, yo diría que personal, Pedro Tierz, cuya relación se remonta a más allá de los treinta años. Al contrario que la asesoría intermitente de Pastor, la de Tierz fue más constante, entre otras razones porque éste es un profesional que inició el contacto con él cuando requirió su presencia para que decorara su primer chalet de Somosaguas. Desde entonces, lentamente pe-


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ro sin pausa, ambos visitaron anticuarios, recorrieron ferias de arte y antigüedades en España y en el resto de Europa, porque Riberas va a buscar las cosas allí donde se encuentren y “si le gustan las compra porque le satisface rodearse de cosas que le producen satisfacciones”. Su presencia reiterada en establecimientos de anticuarios llevó, en un determinado momento, al ánimo de los vendedores que ellos dos eran también del gremio y que adquirían para comerciar. Pero todos acabaron por conocer la verdad y aceptar que Riberas era un comprador y que su amigo no era otra cosa que un consejero que confirmaba la calidad, una vez que la intuición de aquél detenía su mirada en una escultura, una pintura o cualquier otro objeto de arte. —Creían que éramos profesionales porque a Paco le gustaba mucho regatear. No se debe olvidar que es un gran comerciante, que tiene una gran habilidad en el trato. Lo interesante de sus colecciones es que las ha reunido poco a poco, casi pieza a pieza. Por ejemplo, los relojes que tiene es muy difícil reunirlos saliendo un día o una semana. Hay que hacerlo durante mucho tiempo para conseguir esas piezas, porque es imposible encontrarlos juntos. Es una labor de muchos años. —¿Tiene buen ojo para comprar? —Suele coincidir su gusto con la calidad. Cuando compra una pieza es difícil que se equivoque, según mi opinión. Los cuadros que tiene los fue comprando a lo largo de muchos años y ha logrado una colección de pintura de notable calidad, francesa, holandesa, etc., y naturalmente española. En total, son unos ciento veinte cuadros y unas cien alfombras, además de tapices, esculturas y una colección de relojes... —¿De dónde sacaba el tiempo si se pasaba las horas, los días y las semanas metido de lleno en sus negocios? —Al principio dedicaba a esa tarea los sábados por la mañana. Hiciera frío o calor, íbamos al Rastro cuando el Rastro estaba lleno de anticuarios y se compraban verdaderamente antigüedades. Hoy las cosas han cambiado y ya no quedan muchas tiendas. —¿Cree usted que compra como inversión o hay algo mucho más profundo como usted y otros muchos afirman, y como él mismo confiesa? —La compra de obras de arte es, en última instancia, una inversión. Pero no prima en él esa razón. Está orgulloso de lo que ha ido comprando, y no sólo por decorar la casa sino por el placer de recrearse. Le gusta


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verlas y disfruta como el día que las compró. Tiene un tapiz de unos cartones de Teniers, que es un trabajo irrepetible. Es una pieza de la que le gustan la armonía, su línea, todo. Y le encantan los muebles de madera de los que tiene muchos buenos y antiguos, entre ellos piezas únicas. Destaca una vitrina de los siglos XVI-XVII que es una verdadera maravilla. Parece imposible que a un hombre del hierro, como es él, le guste tanto la madera, sobre todo la antigua. Su bodega está hecha de pino melis de derribo, madera que puede tener doscientos años. Lo adquirió en Valencia en palacios y casonas antiguas. Allí compró las vigas y decoró la bodega. Tiene un tono de color que le encanta. —¿Cómo suele desarrollarse el proceso de adquisición en las compras que realiza Riberas? —Vemos la pieza, la comentamos, valoramos el precio, pero la decisión es siempre suya. Decide porque sabe lo que quiere, que es lo bueno del caso. Aunque no acepta las primeras condiciones, sino que le gusta pelear el precio. Como le dije, siente verdadero placer en el trato porque él es un comerciante, además de los buenos. Al cabo de los años de moverse en busca de piezas de arte, Riberas y Tierz llegaron a conocer a todos los grandes anticuarios y a visitar las ferias importantes de Europa: Londres, París, Maastricht... Y todos saben ya que no es alguien que va a perder el tiempo ni a hacerlo perder, aunque regatea cada pieza hasta que uno de los dos contendientes se rinde, porque “es un regateador elegante que sabe estar y hasta dónde debe llegar”. Y añade el decorador que en el regateo con los anticuarios “nunca se sabe quién es el que se lleva el gato al agua, pero lo bueno es que uno y otro suelen salir contentos”. Y a estas alturas ya son los anticuarios quienes lo buscan y le cursan las invitaciones, “porque saben que es un cliente seguro y con gran atractivo para ellos”. Fue precisamente en la feria de la ciudad holandesa de Maastricht —famosa, además, porque allí se firmó un reciente tratado de la Unión Europea— donde Riberas encontró una vajilla de la Compañía de Indias que tiene actualmente en el comedor de su casa. Esas joyas son prácticamente imposibles de encontrar completas en España, como reconoce Tierz, aunque la mayoría proceden de familias de nuestro país y fueron descompuestas por el reparto de herencias.


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—Vio la vajilla, por supuesto incompleta pero con muchísimas piezas, y se enamoró de ella. Entramos en el primer trato y salimos a dar una vuelta. Riberas volvió al cabo de un rato dispuesto a llevársela y, tras un tira y afloja, la compró. Es una verdadera obra de arte y creo que es pieza única. Se hacían únicamente para reyes, títulos y grupos familiares minoritarios. Mire usted: a lo largo de mis muchos años de alta decoración tuve muchos clientes con mucho dinero, pero no conocí a ninguno con la sensibilidad artística de Riberas. Cuenta Pedro Tierz que en uno de sus recorridos por los anticuarios de Madrid llegaron al establecimiento de Manuel Granados, que tiene una de las exposiciones de tallas más completas de Europa. Había una figura de San Lucas Evangelista del siglo XVI que le encantó a Riberas y decidió hacerse con ella. Negoció su adquisición en dos intentos y cuando llegó el tercer día se encontró con que Granados había vendido la imagen. La noticia supuso una decepción. Pero al cabo de algún tiempo recibió una llamada del anticuario para comunicarle que la señora que la había adquirido, quería venderla. Y la compró. —Ahora está en el hall de su casa. —¿Cuál sería la medida para valorar toda la colección de arte de Riberas? —No se puede hablar de dinero, sino de muchos años de dar muchas vueltas por España y por Europa, y de gusto; de saber lo que se quiere. ¿Tiene eso precio? Son demasiados factores a considerar, además de la calidad intrínseca de cada pieza. —Al cabo de tantos años a su lado, usted debe conocerlo ya muy bien. —Es un hombre, como ya sabe usted, que se ha hecho a sí mismo y me parece que ha tenido que ser muy duro, de lo contrario no hubiera llegado a donde está. Sin embargo, yo lo conozco fuera de la empresa, en un ámbito más directo y personal. Es un hombre con gran sensibilidad, como le he dicho, y extraordinaria calidad humana. Ha hecho mucho bien a mucha gente. Además, es de una absoluta discreción. Sabe cómo es y le gusta su vida, por eso no necesita que los demás sepan de él. Conoce enseguida a quién tiene enfrente y si está capacitado para lo que hace. Además posee una memoria de elefante. Cuando estuvimos haciendo una relación de


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obras de arte para el seguro, recordaba dónde compró cada pieza y a quién, y lo que le costó, aunque hayan pasado treinta años. Tierz es, además de consejero artístico y decorador de su casa y de las oficinas de Gestamp, en Alfonso XII, entre otras cosas, el compañero con el que Francisco Riberas practica el golf tres veces por semana, para ejercitarse en algunas de las tardes que le han quedado libres desde que decidió acudir a su despacho solamente por las mañanas. Aquél es ya un veterano practicante que ha tomado como aprendiz a su amigo para que se iniciara en el ejercicio de ese deporte tan popularizado ya en España. —Me sorprende su afición; pero sobre todo lo que me admira es su voluntad. Creo que es la misma que ha puesto en sus empresas y con la que actúa cada vez que emprende un proyecto. Sin esa voluntad no hubiera hecho la colección que tiene ni hubiera sacado adelante todos sus negocios. Siempre digo que parece un japonés con tanta constancia y voluntad para asimilar. Jugamos en Somosaguas, que es uno de los primeros clubs de Madrid, porque es socio. Tiene nueve hoyos largos, muy bien para ejercitarse y pasear. Esas horas de práctica de golf las complementa Riberas con los ejercicios diarios en el gimnasio y piscina de su casa, con el fin de mantenerse en esa plenitud de fuerzas que le va permitiendo el paso del tiempo.

UN PERMANENTE ESPÍRITU POR LA FORMACIÓN Y LA AMPLIACIÓN DE SUS CONOCIMIENTOS

Las expresiones de tesón y espíritu de progresión de Francisco Riberas nunca fueron rasgos aislados de su carácter sino ramas del tronco común de su robusta personalidad, de su decidida voluntad de conseguir, mientras caminaba, conocimientos de economía, de historia, de arte, etc., que siempre consideró instrumentos imprescindibles para satisfacer su constante necesidad de estar siempre a la altura de cada circunstancia. Y manifestaba esa inquietud en la búsqueda de obras de arte, como compensación espiritual a tanto esfuerzo, o en el encuentro con monumentos que, como huellas del tiempo, marcaron la historia de nuestro país. Pachi Zubiete fue un testigo muy próximo de esa combinación de inquie-


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tudes, inseparables en Riberas, que a la vez que buscaba la solución de un negocio trataba de hallar las raíces de los lugares de interés que encontraba a su paso. —Ha tenido siempre un espíritu de formación muy grande y lo manifestaba en cualquier circunstancia, porque todas eran buenas para acumular conocimientos. Si íbamos a Pamplona o a Asturias para celebrar alguna reunión de Consejo, estaba siempre con la inquietud de que un determinado pueblo había una iglesia interesante o un monumento cuya documentación histórica y artística él había consultado previamente. Me parece admirable que se ocupara también de esas cosas en medio de las preocupaciones del negocio. Recuerdo que un día fuimos a Sagunto, cuando todavía no teníamos empresa allí, para entrevistarnos a media mañana con el director de Altos Hornos del Mediterráneo. Llegamos a Valencia en el avión a las nueve. Al subir al taxi le dijo al conductor que nos llevara a un castillo cuyo nombre no recuerdo, porque había leído algo sobre él y tenía interés en verlo. Retiró tres entradas, incluido el taxista, aunque éste prefirió quedarse fuera tomando el sol. Nunca pasaba por alto algún monumento o un lugar con historia que le interesara. De la misma manera que cuando tenía mucho menos dinero y decidía comprar un cuadro. Ni entonces ni ahora le preocuparon las firmas. Si le gustaba, se lo llevaba y solía acertar. Zubiete insiste, como lo hicieron Pastor Ridruejo y Pedro Tierz, en la gran sensibilidad de Riberas ante cualquier manifestación artística o en el momento de poner acento en la amistad o el agradecimiento. Es un estilo personal en el que se revela esa naturaleza sensible que no responde, en general, a una formación académica sino a una categoría de señorío innato, que se compadece muy bien con la dureza en los negocios porque proceden de la misma raíz, aunque únicamente son capaces de convivir si se cultivan. —Recuerdo que había llevado unas barricas de vino a una bodega de Fuenmayor para que quedaran allí durante diez meses con vino de calidad con el fin de que adquiriera buqué. Quería abrirlas para unos amigos en su propia bodega. El bodeguero no quiso cobrarle nada por la operación, porque con aquella ocasión acababa de nacer una buena amistad. Así que uno de los días que fuimos por allí, compró unos pasteles para dejarlos en


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casa del hombre de la bodega, donde nos habían invitado a desayunar. Al poco tiempo me llamó la mujer y me dijo que la habíamos engañado; que debajo de los pasteles había una bandeja de plata. Un detalle de su manera de ser. Siempre me decía que había que agradecer lo que nos hacen, porque en algunos casos a la gente le resulta violento cobrar. Es cuando él busca el detalle para agradecerlo. Durante muchos años llevaba anotados los regalos que hacía a cada uno en Navidad para no repetirlos. —Usted que lo conoce muy bien, ¿cree que existe una relación directa entre su infancia plena de carencias y el posterior desarrollo de esa actitud de generosidad, dureza y sensibilidad ante los demás? —Yo lo que vine a entender fue que, aparte de la modestia de medios con los que vivieron, su madre tenía una gran ascendencia sobre él y que ella lo había educado en esos detalles. Es curioso porque, con el tiempo, a ella le interesaba todo lo que hacía su hijo. Un día fuimos a Burgos y nos acompañó a Paco y a mí a visitar la planta. Y hubo un momento en que me llamó aparte y me preguntó si las cosas iban mal. Le dije que por qué me hacía esa pregunta: “Es que veo muchos huecos en los almacenes y el año pasado esto estaba lleno”. Era una mujer extraordinaria. Yo la quería mucho y ella me trataba como a un hijo.

REPROCHE A UNOS EMPRESARIOS QUE ACUSABAN A OTROS POR ESCONDER SUS PROPIOS BENEFICIOS

Esa sensibilidad tan marcadamente acusada en sus aficiones personales no significaba, como queda dicho, disociación alguna en sus expresiones de afecto y amistad para con aquellos en los que encontró sincera reciprocidad. Fue el caso de Rafael Velasco, un empresario del sector con el que desde hace más de treinta y cinco años mantiene una relación estrecha, aun cuando transcurra el tiempo sin que sus caminos coincidan. Pero uno y otro saben que están muy próximos y que la lealtad a aquella vieja amistad es capaz de superar el paso del tiempo y la falta de encuentros personales, como ocurría en otros tiempos. La amistad entre ambos se inició mediados los años sesenta, tiempo en que las obligaciones empresariales los reunieron en aquellos encuentros de las “evaluaciones glo-


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bales”, fórmula de reparto de la cantidad que la Hacienda Pública asignaba a cada sector económico como impuesto. Por razones más personales que de posición en el sector del hierro, Rafael Velasco fue designado presidente de una de aquellas juntas en las que cada cual debía cargar con su parte del pago, de acuerdo con su negocio y la evolución durante el tiempo acotado. Era un debate en el que no pocos trataban de esconder su posición ascendente en detrimento del resto. —Riberas asumió, con absoluta honradez, que había crecido mucho y que, en consecuencia, absorbería un porcentaje mayor del habitual en el pago de sus impuestos. Y que si tenía que asumir una parte algo mayor, que lo haría. En aquel momento alguien dijo que quien iba muy bien era Rafael Velasco, y todos se echaron encima de mí. Yo les respondí que yo no era Riberas. Y fue en ese momento en el que Paco salió en mi defensa. “Porque encontráis”, dijo, “a alguien que es sincero y dice que las cosas le están yendo bien, os lanzáis sobre él para esconder vuestros beneficios y rebajar vuestros impuestos. Eso no. Bastante hizo ya con haber sido sincero”. Fue un gran detalle. Recuerdo que Paco estaba con su puro y se manifestó como siempre ha sido, como un hombre valiente. A la salida le di las gracias. En la siguiente reunión las cosas discurrieron por otros derroteros y al final Riberas le preguntó a Velasco si estaba necesitado de chapa. Ante la respuesta afirmativa de su compañero, aquél le prometió que a partir de entonces le serviría un camión a la semana con la condición de que no le hiciera la competencia. Y le propuso, además, para ello, que debía venderlo con el beneficio de cinco pesetas por kilo, “porque si me entero de que malvendes, dejo de suministrarte”. Las cosas fueron bien hasta el extremo de que en los momentos de escasez de chapa, Velasco tenía todas las semanas en su almacén el camión que le enviaba Riberas. —Yo le decía que no le podía pagar al contado; que lo haría a noventa días y, además, le pedí que no me cobrara financiación. Así estuvimos durante mucho tiempo, hasta que un día me preguntó cómo me iban las cosas. Le respondí que bien y en ese momento me dijo que, en ese caso, a partir de entonces ya me cobraría financiación. Así nació nuestra amistad, que se fue consolidando con el tiempo. Entonces todavía estaban en la sociedad Florencio Ruiz y González del Castillo, con los que se llevó muy


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bien. Después se fueron y él les dio lo que le pidieron. El cuarto socio, que era cuñado suyo, me dijo que se había separado de la empresa porque no le veía ningún porvenir. Pasado el tiempo, cada vez que me lo encontraba le repetía: “¿Qué tal te va, vidente?”. Todo aquello ocurrió en el tiempo en que se murió mi padre y me hice yo cargo del negocio. Riberas estaba ya entre los tres o cuatro primeros del sector y yo entre los cinco últimos. Pero a pesar de esa diferencia me brindó su amistad, que dura desde entonces. Para mí fue un buen consejero, porque no sólo me enriquecí con los materiales que me proporcionó sino con sus consejos. Nuestros hijos coincidieron después en los jesuitas y una hija mía fue profesora de Paco y de Jon. Les daba sobresaliente, no por ser hijos suyos sino porque lo merecían. Y, por supuesto, no fue ella la única que les dio sobresaliente. —Aquel día de la reunión de la “evaluación global” en que lo conoció, ¿cuál fue la primera impresión que tuvo de alguien que, sin relación alguna con él, salió en su defensa frente a quienes querían convertirlo a usted en víctima frente a Hacienda? —Me sorprendió su sinceridad, infrecuente en un mundo en el que no abunda. Y, sobre todo, su gran sentido común, y no por haber acudido a los clásicos sino porque había cristalizado en él la convicción de que era capaz de llegar a conclusiones, sin grandes retorcimientos mentales, que se ajustaban casi matemáticamente a la realidad. Todo esto al lado de su capacidad de trabajo, de riesgo y de lucha. Recuerdo que hace doce o catorce años ya me adelantó que el negocio de almacenista de hierro se estaba acabando; que comprar y vender dejaba de ser negocio. A partir de entonces yo me apunté a unas salidas y él a otras que lo han situado en la cabeza de la estampación en España y en Europa. Y llegar a donde está no es fruto de un pelotazo, porque quienes hacen dinero de esa forma se retiran, y a vivir. En la actualidad Rafael Velasco tiene empresas en Madrid, Barcelona, Toledo, Segovia y Ávila, y afirma que a la par que veía el crecimiento de Riberas transcurría su propia vida empresarial; y que ese desarrollo fue el espejo en el que se miró durante todo ese tiempo. —En el sector no hay quien pueda compararse con él porque siempre encontró la tercera dimensión del negocio. Los demás intentamos imitarlo, pero desde lejos. Y para hacer el camino entre la nada y el infinito


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hay que tener mucho temple para no perderse en el trayecto. Y Riberas no se ha perdido. Aquellas ocasiones de la “evaluación global” no fueron las únicas en las que se encontraron los caminos de ambos. Coincidieron nuevamente en un momento especialmente difícil para Velasco, como consecuencia de una de las crisis económicas que vivió España. Eran los años 72 y 73, un tiempo en el que Riberas era consejero del Banco de Valladolid, más tarde absorbido por Barclays Bank. Quería comprar un almacén que estaba frente al suyo y acudió al Banco de Vizcaya pero le denegaron el aval en las condiciones que él quería. Tampoco tuvo suerte en el Santander. Pocos días después se encontraron en una cacería y Riberas le preguntó cómo le iban las cosas y éste le habló de su problema. —Me habló del Banco de Valladolid y si trabajaba con él. Le dije que sí y me instó a que les pidiera el aval. Lo hice, y la respuesta fue que debían consultar con la central. Pero, no habían transcurrido dos horas, me llamó el director para comunicarme que le habían dicho que adelante, que la operación se haría. Y sin más protocolo, el banco me avaló las letras para comprar el local. Pasó el tiempo y en un encuentro con el director éste me dijo que pidiera lo que quisiera, que allí no iba a tener problema alguno. Y fue entonces cuando me descubrió que aquella operación la había avalado “un consejero que se llama Riberas”. Es increíble; avaló la operación y no me dijo nada. Me faltó tiempo para darle las gracias. Y fue pasados cinco o seis años cuando me enteré de que no había llamado por teléfono, sino que había ido personalmente para signar con su firma la operación. Fue un gesto de lealtad impresionante hacia nuestra amistad, porque no me dijo una sola palabra. Mire: yo conozco a todo el sector y con quien he llegado a tener verdadera amistad es con Paco, que él, a su vez, me demostró siempre con creces. Porque la amistad es un bien muy escaso y raro, y tiene que pasar por muchos tamices. —Usted, que está dentro, tiene que saber bien cómo miran y cómo ven a Riberas en el sector. —Tiene un gran prestigio, aunque es inevitable que una trayectoria como la suya despierte algunas envidias, porque ser envidioso es una forma de manifestar el propio fracaso. Pero existe también entre nosotros una envidia sana y estimulante que empuja a la emulación. Aquí, en Es-


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paña, está por encima de todos y en Europa hablan de él como cosa aparte. Pero siempre preguntan quién estará detrás. Pues Paco y sus hijos. Y cuando me lo preguntan a mí, les respondo lo mismo, aunque no me crean, que está Paco Riberas. Y es curioso y sorprendente: dejó de fumar para estar mejor y dar más rendimiento en el negocio. Y hace ejercicio para mantenerse bien, porque quiere vivir más; no para comer más langostas sino para cuidar su negocio. Es un hombre que con esa misma discreción no solamente levantó un imperio empresarial sino que creó el mito Gonvarri, del que forma parte la creencia, surgida entre los no iniciados, de que se trata de una empresa vasca.

UN MITO QUE NACIÓ DE LA PECULIAR FORMA PERSONAL CON QUE GOBERNÓ SU EMPRESA

Si realmente existe el mito, su creador e impulsor fue el propio Francisco Riberas, aunque nunca lo haya pretendido. Para un hombre con los pies tan sobre la tierra, no parece que esa haya sido la preocupación de su vida. Sin embargo, fue el hecho mismo de huir del mito, la discreción y austeridad de su vida, los que dieron lugar a él. En realidad, dista mucho de su espíritu, de su intención e, incluso, de su propio deseo. Pero los hechos son, con frecuencia, incontrolables y éste, sin duda, es uno de esos casos, aunque él, involuntariamente, haya contribuido no en pequeña medida a crearlo con sus actitudes y su peculiar visión de las cosas. Y así se puede constatar en todo cuanto he escrito hasta ahora, y en lo que aún me queda por escribir. Con frecuencia he recurrido a los testimonios de quienes le conocen bien, de quienes trabajan o trabajaron con él y de quienes desde el exterior le han seguido los pasos, como es el caso de José Miguel de la Rica, ex presidente del INI y de Petronor, con quien Riberas mantuvo contactos frecuentes por razón de sus actividades y al que, una vez concluidas esas etapas, integró en Gonvarri como consejero. La relación entre ambos se había iniciado en 1978 cuando De la Rica accedió a la presidencia del desaparecido Instituto Nacional de Industria, aunque sabían uno del otro desde ocho años antes a través de la amistad de ambos con Pachi Zubiete.


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Fue De la Rica quien me desveló una nueva cara de esa sorprendente figura poliédrica que es Riberas, referida a su dificultad “para la convivencia con las empresas grandes, porque está acostumbrado a ser, a lo largo de su historia, accionista, ejecutivo, propietario y mandaba, y lo que él decía iba a misa”. En consecuencia, no entraba en su dinámica empresarial la confección de largos y complicados estudios, ni informes. Esa forma de trabajar encajaba mejor con una empresa pública como Ensidesa “que tenía que reportar al INI para ampliación de capital, para las compras o para la venta de Perfrisa, por ejemplo, que tantos dolores de cabeza le dio. Esa mecánica de las macroempresas chocaba con Riberas, porque la burocracia de una sociedad mediana-grande lo volvía loco. Era tremendamente expeditivo; pensaba una cosa y la ejecutaba porque no tenía que consultar con nadie”. Con esa ágil forma de actuar, no es extraño que se produjeran choques de mentalidades y de culturas. Pero, pese a ello, seguía siendo cliente de Ensidesa porque la necesitaba para sus suministros siderúrgicos. Estaba claro que precisaba de la empresa nacional “aunque las relaciones eran malísimas con los estamentos superiores”, especialmente con su presidente José Luis Baranda; mientras eran muy buenas en segundos y terceros niveles como ya tuvieron ocasión de manifestar Jaime Acinas, Pedro Valdeolivas, Ángel Préstamo y Román López Villasana. Coincide esta apreciación de De la Rica sobre esa actitud de Riberas frente a las grandes empresas, derivada del conocimiento directo de la situación, con el criterio que le manifestó a Pachi Zubiete sobre su aversión al exceso de burocracia y al inmoderado crecimiento administrativo: “No creemos ministerios. Esto se ha hecho grande y debemos mantener nuestra organización muy fluida, igual que cuando era pequeña”. Extremo que confirma Luis Peinado, director económico de la empresa, cuando me dijo que “no hay burocracia en la casa, por lo que las decisiones se tomaban de un día para otro, pero bien pensadas y valoradas. Y existía esa agilidad, porque teníamos acceso directo a Riberas que controlaba todo muy bien”. Sin embargo, una vez que aludió a esta forma de afrontar su propia organización empresarial, De la Rica se refirió, como distintivo clave en la actividad del empresario burgalés, a su intuición, cualidad en la que ya habían insistido otros y que viene a ser uno de los ejes sobre los que ha articulado el desarrollo de su trayectoria. En todo caso, esa reiteración apun-


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tada desde personas tan dispares, y algunas sin relación entre sí, no hace sino abundar en los datos contrastados que definen el perfil del hombre en quien existe coincidencia, asimismo, sobre otros valores que, como afirmaba Pastor Ridruejo, lo convierten en un personaje singular. —Efectivamente, creo que el valor más importante de su vida profesional ha sido su increíble intuición, además de su bondad de corazón, su voluntad y espíritu de trabajo. Ha sabido ver las cosas: comprar en los períodos bajos, almacenar y vender en momentos de precios altos. Y no hablo de especular. Eso que hizo, entre otros momentos, en la crisis entre el ochenta y el ochenta y cinco, fue la fortuna de Paco Riberas. No había ninguno en el sector que se manejara mejor esos momentos, porque nadie tenía su intuición. Después llegó otra gran etapa de su desarrollo, incluso con éxito en el extranjero. Y cuando sus hijos entraron en la empresa él, como una muestra más de su talento, se retiró a propósito para darles paso y dejarlos respirar, además de permitirles equivocarse.

LA OFERTA DEL BARCO Y LA MEDIACIÓN EN LAS DIFERENCIAS ENTRE RIBERAS Y PEDRO VELASCO La caza es una de las grandes aficiones de Francisco Riberas de la que hizo partícipe a muchos de sus amigos, entre los que se encontraba también José Miguel de la Rica, que respondió a sus invitaciones “hasta que empecé a tener problemas con la vista”. Y le manifestó su amistad y afecto con el regalo de dos escopetas “a cambio de nada, porque yo ya estaba en otro lugar”. Y añade que no tenía entonces las fincas que tiene ahora, que “son verdaderamente impresionantes”. Sin embargo, De la Rica todavía no ha podido reponerse del todo de la sorpresa que le produjo una de las manifestaciones de generosidad más sobresalientes que tuvo Riberas para con él. —Me hizo un favor que no le agradeceré en toda mi vida. Él tenía un yate de veintitrés metros de eslora, dos motores y tres camarotes. Estaba en Palma de Mallorca. Cuando yo ocupaba la presidencia de Petronor, hacia el año noventa, nos veíamos por lo menos una vez al mes. En una de aquellas comidas hablamos del veraneo y de mi afición a navegar. Sin mediar más


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palabras, me dijo: “Te dejo mi barco”. Me sorprendió, porque un barco no se deja así como así. Total, que me dice que el barco está en el puerto deportivo de Palma y que tengo dos marineros a mi disposición durante quince días. El frigorífico estaba repleto, el congelador lleno, bebidas...; totalmente abastecido. Al año siguiente me llamó y me dijo que el barco estaba donde siempre. Le respondí que ya había estado bien lo del año anterior y que se lo agradecía, pero que no podía aceptar. Pero insistió con el argumento de que a su mujer no le gustaba y que se irían a Galicia. Total que me dejó el barco durante nueve años seguidos, hasta que se lo vendió a unos amigos gallegos. Toda mi familia pasó por el Maite III y yo le quedé más que agradecido porque me parece que nueve veranos son demasiados. En el Riberas empresario duro y hábil, trabajador e intuitivo, siempre pervivió el poso original de su procedencia campesina, hasta el extremo de que en su primera juventud durante sus visitas a Rabé de las Calzadas se sumaba a la faena familiar en la era o en el cuidado del ganado. Pero mantuvo esa querencia embridada porque tenía preferencia en su intención la urgencia por encontrar un hueco a través del cual huir del comprometido destino que la vida le ofrecía. Sin embargo, tan pronto como la estabilidad económica se lo permitió, puso en manos del abogado de la empresa, Cruz Rodríguez, y del entontes ingeniero-director de Gonvarri, José Miguel Zubiete, la adquisición de una finca en las cercanías de Madrid, que, finalmente, acabaron siendo dos.

UN HOMBRE QUE COMPRA Y NO ESTÁ DISPUESTO A PERDER NUNCA UN CÉNTIMO, NI EN LAS FINCAS Curiosamente, Cruz Rodríguez y José Miguel Zubiete habían sido dos de los tres primeros universitarios que se incorporaron a Gonvarri entre 1974 y 1976. El tercero fue el economista Luis Peinado, actual director económico. Fue aquella primera fecha en la que Riberas decidió que la empresa debía de tener un asesor jurídico propio cuando el joven abogado llegó a la sede de Embajadores. Y recuerda que, tras su primera intervención ante el juzgado de Alcobendas en el que Riberas había declarado durante más de una hora para reivindicar su derecho ante un socio desleal, el oficial le di-


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jo: “Con clientes como éste pocos pleitos vas a perder”, tal había sido “la precisión, rigor y claridad de ideas con la que se pronunció durante su intervención”. Y añade Rodríguez que “fue algo sorprendente, porque impresionó al abogado contrario, al fiscal y al propio juez”. Aquel permanente afán creador lo trasladó a todas las actividades que desarrolló, incluidas aquellas que podía parecer que tenían un destino únicamente lúdico, como ocurrió con la finca que adquirió en 1985. Aquel joven abogado de entonces, a punto de su jubilación en el momento que hablé con él en las oficinas centrales de Gonvarri, rememora con una cierta sonrisa de añoranza, como si las cosas acabaran de ocurrir, aquellos días de actividad sin tregua en los que él y el ingeniero Zubiete tomaron el encargo de Riberas como si se tratara de una más de las delicadas operaciones de la empresa. —Nos dijo que buscáramos una finca en las cercanías. Y después de algún tiempo, encontramos una muy buena, “La Ventilla”, en Carpio de Tajo, provincia de Toledo, a cien kilómetros de Madrid, que estaba en venta y bastante abandonada. El dueño nos dijo que mantenía contactos desde hacía algún tiempo con unos compradores con los que parece que existía un compromiso. Pero pensamos que tal vez estábamos a tiempo. A Riberas, que fue a conocerla, le gustó y fuimos a ver al encargado de su venta, quien reiteró el compromiso de venta que existía. Pero el jefe, que llevaba el talonario de cheques y conoce muy bien a la gente, inició un breve tira y afloja y, finalmente, allí mismo se quedó con la finca, “mientras”, afirma Zubiete, “aquellos que llevaban demasiado tiempo perdidos en un mar de indecisiones, quedaron sorprendidos de la rapidez con que se había resuelto el largo proceso”. La operación se cerró definitivamente ante notario más tarde, pero cuando llegó ese momento Riberas ya había encargado a sus dos hombres que prepararan un plan para conseguir que aquella se convirtiera en una gran finca de producción. En realidad la misma noche en que regresaban a Madrid ya comenzó a hacer cuentas sobre el precio de las ovejas y el salario de los pastores; y llegó a la conclusión de que ganaría medio millón de pesetas al año. “Pero hombre”, le dijo el ingeniero, “cómo vas a meter ganado y pastores para ganar medio millón”. Riberas se revolvió en el asiento y le respondió sin titubeos: “Parece mentira que digas eso.


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¿No me conoces, o qué? ¿Por qué voy a dejar de ganar medio millón?”. “Sí, pero ya ves que lío estás organizando por medio millón”. Un par de años después adquirió otra finca, “Las Pedroñeras”, en la provincia de Cuenca, en la que sobrepasan el número de dos mil las ovejas que hoy pastan allí. Además, en ambas plantaron miles de olivos después de haberlas dotado de la infraestructura adecuada, algunos de los cuales han empezado a dar fruto y a producir aceite. —Poner en explotación fincas como estas precisa una fuerte inversión, cientos de millones de pesetas —dice Cruz Rodríguez—. Realmente Riberas sabía poco de fincas y de ganado, aunque lo llevaba en la sangre porque procede, como yo, de familia de agricultores acostumbrados a depender demasiado de la meteorología. Sin embargo, con ese deseo que tiene siempre de llegar a las cosas, preguntaba por todo: las producciones de cereales, otros tipos de cultivos, como el maíz y cuantos kilos produce una hectárea; cuantos litros de leche producen al año las ovejas... Recuerdo que en una ocasión estábamos en la finca de Cuenca y el encargado nos dijo que había una oveja a punto de parir. Fuimos a verla y como tenía dificultades para expulsar la cría, tiró él también para ayudarla. Puso ordeño eléctrico y como las ovejas entraban mal, él las empujaba y situaba para que se acostumbraran. Es un hombre muy exigente en todo. Ahora es Jon quien lleva las fincas y eso supone para él un alivio. —Es decir, que ni en las fincas, en principio áreas para el recreo, era capaz de rebajar algún grado su exigencia. —Él siempre dio facultades a la gente, y no las limitaba. Pero hay que saber lo que quiere o hasta dónde llegaría él. No le gusta que se teorice. Hay que ir al grano, y por eso es preciso tener siempre la luz encendida para dar respuesta. No vale el “creo que”, “tal vez si” o “puede que”... Y cuando, después de que le expones lo que hay que hacer, él te respalda ya no se vuelve atrás. Hay que conocerlo. En mi caso ocurrió como en el de todos. Me dio su confianza, que le agradecí siempre, y nunca leyó un escrito que le pasé a la firma. Me preguntaba de qué iba, se lo explicaba y no preguntaba más. En realidad, la adquisición de las fincas había sido una solución para satisfacer su afición por la caza, que hasta entonces practicaban él y sus invitados en posesiones que alquilaba. Sin embargo, su espíritu creador


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no le permite que permanezca baldío algo que entre en su órbita, sea una planta de transformación siderúrgica o una posesión en los campos de Toledo o de Cuenca. Supondría llevar consigo el aguijón de un reproche de inoperancia, y la sola conciencia de que pudiera ser así le impide permanecer inactivo.


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“El tríptico de la Pasión es una verdadera obra maestra”, en opinión de Félix Pastor Ridruejo.

Uno de los relojes de su colección.


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“Le pedí que llevara hasta el primer cuadro, aquel que había comprado en 1963, cuando vivía en la calle O’Donnell, cuyo autor se llamaba Juan Manuel, que era un niño de la guerra que había regresado de Rusia”.


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CAPÍTULO XIV

El primer cuadro de su colección lo compró en 1963 a uno de los “niños de la guerra” que había regresado de Rusia. —Adquirió obra de Sorolla, Gutiérrez Solana, Durancamps, Grau Sala, etc. —Del Rastro madrileño a los anticuarios de París, Londres y Maastricht. —Una vajilla de 1780. —La historia, su lectura favorita. —Fincas para la caza que había que poner en producción. —Trescientos mil olivos y un millón de kilos de aceitunas. —Pensar en sus empresas en manos de la cuarta generación. —Los medios de la juventud actual y la juventud de su tiempo. —“Creo que he sido una buena persona, que me he portado bien”. —Después de todo, lo que importa es la salud. —El sentido común, imprescindible para el éxito. —El colega catalán que intentó su fracaso. —“Es malo no vivir tranquilo pensando en el éxito de los demás”. —“Nada se puede hacer sin un equipo de colaboradores”. —La religión y la política. —De Franco a la transición política en España. —Desde Santiago Carrillo al rey Juan Carlos. —Donativo de cien millones a la Cruz Roja cuando construyó la casa de Somosaguas. —“Nunca quise ganar la última peseta”. —Del fracaso de Marruecos a las posibilidades de China. —El hombre que retó a la miseria y le ganó el pulso.


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HACE YA TIEMPO QUE SE APAGARON LAS LUCES DE LA NAVIDAD y la rutina se hizo cargo nuevamente de la vida de la ciudad, mientras avanza el invierno que en los caminos hacia Somosaguas parece más gris, descarnado y silencioso. Llamé a Riberas porque habíamos acordado echar a andar la última cinta cuando ya se hubieran apagado los ecos de las fiestas, con el fin de recuperar el hilo de nuestros encuentros después del paréntesis de un largo itinerario de cincuenta y cuatro cassettes repletas de documentación y testimonios. Son como las piezas de un puzzle añadidas por quienes podían aportar datos para que se aproximara más a la realidad aquella insinuación plena de humor que Riberas me había repetido en varias ocasiones: “Acabarás sabiendo de mi vida más que yo”. Y se lo recordé cuando nos encontramos en su casa después de algunas semanas, con más razón ahora que tengo la grabadora llena de respuestas y el bloc repleto de notas. La ventaja de escribir sobre alguien que vive no reside únicamente en rastrear el entorno y encontrar los datos que aportan los otros, sino en la posibilidad de acceder directamente al protagonista, hacerlo hablar y hurgarle en el interior del alma con el fin de rebuscar, hasta donde es posible, sus pensamientos más íntimos, sus argumentos frente a la realidad en cada instante, las razones de sus movimientos y la fuerza que movió su vida. —Estoy seguro de que no llegaré a saber de su vida más que usted. Nunca será posible. Pero sí sé mucho más que hace siete u ocho meses. Y puedo asegurarle que lo conozco bastante bien, por lo que me han contado, y mucho mejor que algunos de los que ya lo conocían bien el día de nuestro primer encuentro. Al descender del coche, frente a la puerta principal de la casa, me rebanó la piel de la cara la sutil hoja de una brisa heladora y miré el entorno de árboles mortecinos, como con su vitalidad atenuada; de setos perennes ateridos y como encogidos, puro instinto vegetal, sobre sí mismos, y escuché al fondo del jardín la caída del agua, sosa y opaca y su discurrir hacia el estanque sin aquella alegría del inicio otoñal, cuando el primer viento de octubre depositaba sobre su superficie el vuelo de las hojas multicolores que navegaban hacia el último tramo de su breve ciclo. La noche madrugadora de los finales de enero empezaba ya a robar-


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Capítulo XIV 401

le demasiada luz a la tarde cuando crucé la puerta de la casa y le pedí a Francisco Riberas (“Llámame Paco, como los demás”) que hiciéramos un recorrido sentimental por sus obras de arte, que son como el reflejo de su intimidad oculta, esa vida interior en la que se recrea hasta la emoción de hablarles a los cuadros al paso, como a viejos amigos. Creí advertir que le gustaba mostrarme su colección porque, cuando lo hace, debe parecerle que es como desandar su vida por el otro camino, el paralelo, que recorrió con su sensibilidad a flor de piel mientras echaba su otra mitad del alma a la lucha sin pausa, desde la supervivencia hasta el éxito. Y antes de nada le pedí que me llevara al primer cuadro, aquel que compró cuando todavía vivía en la calle O’Donnell y empezaban a sobrarle algunas pesetas, sólo algunas, para gastar en obras de arte. —Es un paisaje y el autor se llamaba Juan Manuel y era un niño de la guerra que había regresado de Rusia. Me costó cincuenta mil pesetas. Fue en el año 1963. Como me habían dicho Pastor Ridruejo y Pedro Tierz, y yo tuve ocasión de comprobar desde nuestro primer encuentro, la casa de Riberas es como un museo muy personal. A él le gusta vivir rodeado de todas estas obras de arte en las que se recrea y con las que disfruta en esa soledad que se fue construyendo a lo largo de sus años de plena dedicación a sus empresas, a las que su voluntad e intuición llevó hasta once países de tres continentes. Aunque ahora la cabeza ya se le va hacia China, “donde está una parte importantísima de nuestro futuro económico; me refiero al de Occidente”. Mientras paseamos lentamente los salones, me acerco para identificar algunas de las firmas más conocidas: Jiménez Aranda, Durancamps, José Navarro, Darío de Regoyos, Cecilio Pla, Roberto Domingo, Joaquín Sorolla, José Gutiérrez Solana, Grau Sala, Palmaroli, Joaquín Basot, Martínez Cubells; el tapiz de Teniers que “compré a un amigo en el año 1998”, además de autores franceses, holandeses, y otros, del siglo XVIII, como Louis Michel van Loo, Charbonneau, Van der Poel, Eugene de Block, Peeter Verdussen, J.B. Jelibert, etc, etc. Me recuerda que pudo empezar a cumplir con su afición por el arte cuando se trasladó con su familia a la calle O’Donnell, que fue el primer signo externo de su cambio de posición económica. Y fue en aquellas paredes en las que comenzó a colgar sus primeras adquisiciones consegui-


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das durante sus descubiertas sabatinas con Pedro Tierz. Se entretenía mirando y volviendo a mirar las cosas que le gustaban, como los seis relojes que encontró en momentos distintos y en lugares diferentes y que ahora tiene al alcance de su vista y de su mano. Pero hubo un momento en que el mapa del arte empezó a quedarle pequeño y pensó en ampliar las fronteras de sus indagaciones y llegó a París, Londres y Maastricht, ciudad en la que encontró en fecha bastante reciente la vajilla que buscaba desde que supo que podía permitirse acceder a ella. —Aquí, en España, no había nada porque los anticuarios tienen las direcciones de coleccionistas extranjeros que pagan muy bien, y los llaman. Ya no hay jarrones de Sèvres ni vajillas. La mía la vi en la ciudad holandesa. Una maravilla. Era de 1780. No estaba completa, pese a lo cual pagué por ella bastante dinero. La tengo en una vitrina en el comedor de mi casa. Me gusta verme rodeado por la belleza de todas las obras que fui comprando personalmente, poco a poco. Estoy feliz con todas esas cosas porque, además, sé que no he tirado el dinero. Otros se lo gastan de otra manera más perecedera. Pero no sólo me gustan las tallas, la pintura, los tapices, etc. Me encantan también las alfombras, soy un verdadero forofo. —¿No se siente en algunas ocasiones perdido en esta casa? —En absoluto, porque todo cuanto me rodea lo compré yo, a mi gusto. Y me acuerdo de cuando y donde compré cada cosa. Es una debilidad. Me he gastado mucho dinero, pero lo hice mientras pensaba que no lo tiraba, además de que con ello satisfacía una afición que me apasiona. Para mí tener obras de arte en casa es como estar rodeado de amigos, a los que saludo a diario y me veo con ellos. —Me había hablado también de su pasión por la lectura desde niño. ¿Sigue ahora leyendo como lo hacía en su juventud? —Ahora leo mucho menos literatura e historia que antes. Mi vicio actual es la lectura de periódicos. Leo varios al día, de información general y económicos, además de Marca para seguir el fútbol, mi gran afición deportiva de siempre. Sin embargo, creo que debo intensificar mi afición por la lectura, sobre todo de temas de historia, que es mi materia favorita. Recorrimos durante más de una hora cada una de las estancias, que son como salas de un museo íntimo y familiar. Me dio cuenta de cada


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pieza y de sus circunstancias, y me pareció que cada una de ellas tenía su historia particular, estrechamente vinculada a la de Riberas, el hombre de la chapa, como dice Pastor Ridruejo, que nunca perdió de vista sus primeros pasos como decorador de porcelana, cuando quienes lo rodeaban, artistas con buena cabeza, procuraban hablarle de literatura, de historia y de arte; sobre todo de arte. Todo ello logró despertar en él la pasión que consiguió satisfacer hasta donde pudo, gracias a los medios conseguidos con su esfuerzo.

SUS INTENTOS DE CONVERTIRSE EN CONSTRUCTOR Y LOS TRESCIENTOS MIL OLIVOS DE SUS FINCAS

Paso a paso, llegamos de nuevo al salón de reuniones en el que habíamos pasado muchas horas, cuando empecé a tener las primeras noticias de Riberas a través de su propio relato y supe que Gonvarri no era un empresario vasco y sí una marca compuesta con los nombres de cuatro jóvenes dispuestos a romper la dinámica de sus vidas, aunque solamente él, mucho más ambicioso y esforzado, lo consiguió. Y casi llenas mis alforjas de cintas y de notas, me faltaba llegar hasta lo más adentro posible de su alma para encontrar las raíces, las razones y los argumentos que impulsaron un itinerario vital tan complejo y tan lleno de aristas y matices, de dureza y humanidad. Aquella buena sintonía de nuestros primeros encuentros funcionó de nuevo, y volvimos sobre nuestros pasos para que nada de lo previsible quedara fuera de la conversación. —Me había dicho en alguna ocasión que, pasados algunos años desde sus comienzos como empresario del hierro, pensó en iniciarse como constructor. Incluso me habló de la edificación de algunos chalets en Toledo y de viviendas en algún otro lugar. ¿Es que pretende retomar ahora el camino de aquella vocación frustrada? —No exactamente. A mí, como te dije, me hubiera gustado ser constructor, pero recuerdo que hubo una crisis muy fuerte entre los años 1973 y 1985, durante la que muchos se arruinaron. Allí se quedaron todas mis ilusiones, porque yo no quería arriesgar mi negocio. Ahora estamos en un momento muy bueno y lo que hicimos hace tres o cuatro


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años fue construir en Toledo doscientos cincuenta chalets de venta libre, y los vendimos todos. Lo nuestro no es la construcción, aunque es cierto que compramos varios terrenos y seguiremos haciendo casas, pero no como actividad principal. Mi hijo Paco tiene un cuñado que es aparejador y es él quien lo lleva, y lo lleva bien con poca gente. Nosotros contratamos con empresas importantes para construir y nuestro equipo es de ocho o diez personas que se encargan de la supervisión, etc. —Pero me había contado que antes de comenzar con la chapa su primera vocación había sido la de albañil-constructor, como algunos de sus amigos de Usera, que se habían iniciado con sus padres. —Sí, pero hacía falta dinero para comprar los materiales y yo entonces no tenía una peseta. —También me habló de sus fincas de Cuenca y Toledo, en principio como áreas para el disfrute de la caza, aunque, tal vez en el fondo, como una querencia de su origen campesino familiar. —Me gustaban el campo y la caza, así que no era difícil pensar que en vez de alquilar fincas para las cacerías lo mejor sería comprarlas. Y, después de compradas, dejarlas en barbecho era algo que no me podía permitir. Así que, desde el principio, decidí que había que ponerlas en producción. Y así fue. Plantamos trescientos mil olivos, de los que doscientos sesenta mil están en Toledo y el resto en la finca que está a 159 kilómetros, en la carretera que va a Alicante, y tiene dos mil quinientas hectáreas. La tierra de Toledo es mejor para el olivo; en la otra le cuesta crecer. —¿Y qué pretenden hacer con las olivas, una industria de aceite? —Los primeros olivos se plantaron hace ocho años y todos los años hicimos lo mismo hasta completar los actuales. Para recoger el fruto compramos unas máquinas que sacuden muy bien las ramas. Los más jóvenes tienen dos años, pero como a los cinco ya dan fruto, parece que vamos a tener una gran cosecha, alrededor de un millón de kilos. Independientemente de lo que se gane o no con ellas, hace unos años esas fincas eran un desierto y ahora da gusto verlas, están hermosas. Una vez recogidas las olivas las llevamos a una almazara. Íbamos a poner nosotros una en el pueblo, pero desistimos. —¿Por qué no cerrar el ciclo de la producción con sus propios medios?


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—Tenemos un ingeniero agrónomo que sabe bien lo que hace y decidimos no pensar en la almazara y preferimos que sean otros; con nosotros solamente en el control del negocio. La marca no es rentable, porque si tienes que vender a grandes superficies te exigen que les pagues por el almacenaje y ese margen que tienes, lo pierdes. Así que nosotros vendemos a los que se dedican a esto. Hace algunos años tuvimos una marca propia pero nos dimos cuenta de que eso no es lo importante.

LA CONTINUIDAD DE LAS EMPRESAS FAMILIARES Y LAS FACILIDADES QUE TIENE AHORA LA JUVENTUD

Mientras hablábamos de sus empresas, de la construcción, de las fincas y de sus impulsos creadores a sus setenta y un años, se me ocurrió que, tal vez, ahora le asaltara nuevamente aquella vieja idea, que tanto le había obsesionado en otros tiempos, sobre la continuidad de sus empresas dentro del ámbito familiar, una vez salvado el paso de la primera generación con sus hijos. El futuro estará en su día en manos de los ocho nietos que tiene en este momento, desde los trece años hasta el año recién cumplido, cinco de ellos mujeres y tres varones, materia prima suficiente para continuar la obra del abuelo. —¿Cree que sus hijos harán con los suyos lo que hizo con ellos para inculcarles el amor por las empresas iniciadas y desarrolladas por usted, en la última etapa ya con su colaboración? —Estoy seguro, porque los conozco. Están pendientes de ellos, de las notas y de su formación; de que estudien idiomas, alemán, francés, inglés... Me gustaría que las empresas que yo creé siguieran en sus manos, me encantaría. Sin embargo, me preocupa eso que dicen las estadísticas que hasta la tercera generación sólo llegan en manos familiares el siete u ocho por ciento de las empresas. Y eso es bien triste. Pero tengo la esperanza de que, si no ocurre nada raro, las empresas llegarán hasta la cuarta generación en nuestras manos, y más allá. Base y trabajo no les van a faltar. —Y además de todo eso, que heredaran el espíritu de trabajo de su abuelo ¿no? —Claro, claro. Ese sería mi gran deseo.


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—Ya que hablamos de las generaciones que vienen, me gustaría conocer lo que piensa sobre la juventud de hoy. ¿Es muy diferente a la de su tiempo? —La gran diferencia, para mí, está en que en esta época que vivimos se han destapado las drogas, una de las grandes amenazas que penden sobre los jóvenes. Me parece que los chavales de mi tiempo eran mejores; ahora hay más peligros ante el vicio y debe de ser porque hay más dinero. Hay quien dice que la gente hoy es muy sana y yo creo que no es así. Yo tuve mucha suerte, pero vi cosas terribles por otros sitios. El que haya mucho dinero no es bueno para los chavales. Y tampoco creo que estudien más que los de antes. Lo que sí es cierto es que ahora hay mucha más gente que estudia. Oigo por la radio y leo en la prensa que cometen muchas faltas de ortografía y que un bachiller de antes daba mil vueltas a uno actual. Ahora está permitido casi todo, hasta que los que no saben nada pasen de curso sin haber aprobado ninguna asignatura. Eso es muy triste, porque llega gente a la Universidad mal preparada y eso es malo para el futuro del país. —Eran otros tiempos más difíciles que hicieron a aquella juventud más austera. Sin embargo, aquellas circunstancias y aquella austeridad dieron lugar a gente como usted, que bien pudieran servir de ejemplo de responsabilidad, trabajo, iniciativa. —Tal vez de ejemplo, sí. Yo creo que con mi vida y mi trabajo he dado ejemplo a mis hijos, pero creo que habrá de todo; aunque insisto en que fue mejor la juventud de mi época. Yo no sé las aspiraciones que tienen los chavales, pero ahora es cuando se debe exigir que haya gente preparada para competir con los alemanes, franceses, americanos, etc. Pero hay que reconocer que ahora se dan muchas facilidades para hacer otras muchas cosas que no exijan sacrificios. Y, probablemente, ahí está la gran disyuntiva de la juventud de hoy, que como tiene medios le resulta más difícil elegir un camino de sacrificio. La gente se queja de todo, pero pone poco de su parte. Antaño había muchos que trabajaban y a la vez estudiaban. Otros solamente trabajaban. Pero ahora no conozco muchos que trabajen y estudien a la vez. —Por lo que conozco de su vida, que va siendo bastante, me parece que usted sí podría ser un buen ejemplo de todo eso de que hablamos,


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austeridad, trabajo, sentido del deber, lucha constante, afán de superación. Con esa “hoja de servicios” ¿qué piensa que se dirá de usted? —Por mi forma de ser, no me importa demasiado porque estoy seguro de que he cumplido. Pienso que, si es que dicen algo de mí, dirán que hice solo el camino y que trabajé duramente. Este tipo de personas como yo pasan en seguida, como es lógico. Puede que los únicos que me recuerden sean mis nietos y que hablen de lo que hice. No creo, sinceramente, que la cosa vaya más allá. Tengo la impresión de haberme portado bien. —¿Quiere decir que cree que ha sido una buena persona? —Sí, de verdad. Lo creo así. Trabajé mucho, gané mucho dinero, ayudé a los que pude y no tengo motivos para que me señalen malamente con el dedo. —¿Y qué le gustaría tener que no tiene? —No ambiciono ya nada. Si me preguntas qué es lo que me gustaría tener para el futuro te respondería que salud, más que ninguna otra cosa. A estas alturas, después de trabajar lo que he trabajado y ganado lo que he ganado, lo que querría es tener salud. Otras cosas ya no me importan. Pero eso de la salud es una cosa muy importante. Porque ¿de qué te sirve todo lo que tienes si te falta la salud o te aflige el dolor?

DE LAS METAS DE LA JUVENTUD A LA REALIDAD ACTUAL Y LA ENVIDIA DE ALGUNOS COLEGAS

Riberas abrió un gran álbum de piel repleto de fotografías que completan la historia gráfica de su vida, desde sus primeros años. Es un regalo de su hermana Carmen y están situadas por riguroso orden cronológico, desde las imágenes de tamaño minúsculo en celuloide sepia de los años treinta a las de color de la década de los sesenta, hasta la actualidad, en las que el tiempo va marcando paralelamente la evolución de la propia técnica gráfica y la transformación de la gente, las prendas de vestir, el interior de las casas, la decoración urbana, las calles, los automóviles al fondo. A estas alturas de su vida, el repaso de su historia fotográfica, enriquecida con los comentarios de sus recuerdos ante cada una de las imágenes, es una concesión a la nostalgia que no es en él, como abrumadoramente me dijeron,


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un sentimiento ajeno a su sensibilidad sino que, por el contrario, forma parte de su personalidad, y no con menos peso que su dureza y frialdad en los negocios. Ese repaso a su biografía, desde las vísperas de la huida con su madre a tierras de Lérida hasta la actualidad, es un recorrido que refleja ese largo itinerario de la nada al infinito, una batalla sin tregua de más de sesenta años. —Fue, efectivamente, una lucha continua hasta hoy mismo en que se ha levantado a las seis y media de la mañana para llegar a su despacho a las ocho, como cuando tenía necesidad de ganarle horas al día y avanzar palmo a palmo en su reto personal de torcerle el rumbo a su destino de niño pobre de Usera. Al hacer resumen ahora de todo cuanto ha vivido ¿cree que se cumplieron sus ilusiones juveniles? Porque, como todos al inicio de la vida, habrá tenido ilusiones, sueños, metas. —Las ilusiones se tienen cuando se ven las cosas claras y yo no las tenía claras. Siempre pensaba que no tenía la posibilidad de llevar tal o cual sueño a la realidad; eso era complicarme las cosas porque esos planteamientos suelen acabar en frustración. Sin embargo, cuando empecé a creer en lo que hacía, peleé por ello hasta el final, pero nunca por sueños imposibles, por metas irrealizables. Y a la larga, los sueños se fueron cumpliendo, porque me esforcé. —Sin embargo, todo cuanto consiguió puede que no estuviera en sus cálculos iniciales, seguramente más modestos y, tal vez, ahora piense que rebasó con creces aquellas ilusiones del tiempo en que empezó a comerciar con el estaño y después con la chapa. —En cierto modo, sí. Algunas veces me da por pensar en ello y me sorprendo. Cuando voy con mis hijos a ver una planta nueva, se me caen los dientes de ver lo bien hecho que está y es cuando me digo: ¡Dios, a dónde hemos llegado! Pero es que eso se le ocurre a cualquiera, porque de ninguna manera pude imaginarme todo esto. Lo que ocurre es que cuando empiezas a trabajar y vas poco a poco consiguiendo cosas, al final acabas logrando algo más grande. Así se consigue todo si tienes la cabeza razonablemente bien, clara, y sabes lo que quieres y peleas por eso que buscas. Siempre piensas que es sólo un esfuerzo más, y creo que en el cincuenta por ciento de los casos la gente encuentra lo que busca. Es cuestión de capacidad de trabajo y de sacrificio. Si a mí me sitúas en el


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momento en que vendía estaño, te digo que no tenía ninguna ilusión. Pero cuando comenzó a funcionar la primera planta de Burgos, a partir de ese momento sí pude permitirme pensar en otras nuevas aquí y allá. Y así fue como lo hicimos, paso a paso, sin descanso. Y a partir de ese momento, todo lo que pensamos que se podía hacer, lo hicimos. —¿Puede imaginarse cómo serían a partir de ahora sus proyectos si tuviera cuarenta años menos? —Eso ya sería otra cosa, además de ciencia ficción. Podría pagar por cada año menos una cantidad. Porque, en el fondo, ¿crees que hay alguien que se canse de vivir? ¿Conoces a alguien? Yo no, desde luego. Pero si me planteas volver a los cuarenta años, te respondería que no. —No se trata de volver hacia atrás, sino tener esos años por delante. —¿Sabes lo que sería eso? Tu familia y tus amigos ya desaparecidos, y tú solo. Yo pensé en eso algunas veces en mis fantasías. Pero solamente en las fantasías, porque en la realidad llegarías a una soledad absoluta. Ahora, en mi tiempo, tengo a mi familia, a mis hijos y nietos... Yo no tengo apetencias y esa posibilidad no me seduce. —Aquello de Fausto de vender el alma al diablo para regresar a la juventud, ¿sólo literatura, verdad? —Sí, sólo eso. El diablo se quedaría sin alma. Además, ¿qué haces si vives cien años más? —Cuando repasa íntimamente su vida, ¿no siente algún tipo de vértigo porque algo de todo lo que ha conseguido se le haya subido a la cabeza? Me parece que hay que tener mucho temple y mucho dominio de uno mismo para mantener ese equilibrio que usted demuestra. —Sinceramente, nunca sentí esa tentación ni la necesidad. Yo conozco mis limitaciones y nunca se me ocurrió semejante cosa. Podría ser vanidoso y soberbio, pero no tengo muchas razones para eso porque hay cosas que tengo perfectamente claras. Tendré muchos defectos, pero ese no. Creo que soy bastante sensato y prudente. —En todo caso, su obra no es un logro frecuente; cualquiera no sale un buen día a la calle y logra un complejo empresarial como el que usted ha levantado piedra a piedra. Y para eso hace falta talento y trabajo. Pero la condición humana es así de frágil y al mirar la dimensión de la obra, cualquiera puede caer en la tentación de la vanidad. Es tan humano...


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—Es cierto que cuando visito alguna de las plantas, ahora ya voy menos, me gusta hacerlo solo y es cuando íntimamente siento el orgullo profesional de pensar que se han hecho las cosas bien. Esa es la verdad y, ciertamente, es muy humano. Y no puedo negar que me siento orgulloso, lo contrario sería una muestra de insensibilidad. Pero no tengo comentario más allá de esa satisfacción íntima, porque me he hecho viejo trabajando, casi sin darme cuenta, y ya no me quedan reflejos de joven. Me he acostumbrado a admitir lo que tengo y en esa posición me mantengo. No puedo sentirme defraudado porque, es cierto, las cosas salieron bastante bien. Las de todo tipo, las humanas y las empresariales. Y me siento razonablemente feliz. Perdí oportunidades de hacer otras cosas, pero fue por falta de tiempo, que no tuve ni para analizarme a mí mismo. No podía permitirme divagar; había que ir a lo concreto de los temas. Tenía que ser así, de lo contrario no podía haber hecho lo que conseguí. Y lo hice trabajando y con mucho sentido común. Y aunque esta palabra ha perdido mucho de su contenido, soy de los que cree en el sentido común. El que no tiene sentido común creo que va perdido. —Su éxito en cada momento del desarrollo de sus empresas tuvo muchos testigos, no sólo en su entorno más próximo sino entre quienes convivían con usted dentro del sector en el que alcanzó el liderazgo. Eso lo convirtió, sin duda, en un objetivo a batir por algunos de sus rivales, mientras que otros seguramente acudieron en busca de consejos con los que seguir sus pasos. ¿Fueron así las cosas? ¿Algún colega le pidió alguna vez consejo? —Sí, bastantes veces, porque yo crecí de manera relativamente rápida y, como consecuencia, hubo gente que venía a preguntar por mi punto de vista sobre alguna cosa. Así hice muchos amigos que conservo desde entonces, porque nunca equivoqué a quien vino a mí. No creo que alguien se haya hecho rico siendo mala persona. Y lo digo con absoluta sinceridad: si quieres llegar a algún sitio tienes que ser buena persona; que la gente pueda confiar en ti, porque yo también confiaba en muchos de ellos y daba crédito a lo que me decían. Y algunos no cumplieron, pero fue en una proporción muy pequeña. —¿Usted pidió también consejo? —Yo cuando comencé acudía a un abogado, Ramón Hermosilla, que ahora es muy famoso, y al notario Félix Pastor Ridruejo, que se ju-


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biló en 2002, porque no tenía equipo propio de asesores legales. Cuando iba a ver al notario a hacer las escrituras y otros documentos, le preguntaba algunas cosas y siempre salían ideas. Yo tenía gran confianza en él y me daba buenos consejos. Más tarde ya tuvimos nuestra propia asesoría jurídica. —Me hablaba antes de su éxito relativamente rápido y que por ello había gente de su sector que acudía a pedirle consejo. Y, seguramente, también le buscarían para acercarse y pedirle algo más que consejo, asociarse, dinero, apoyo. —Como te decía, cuando alguien a quien conocía bien se acercaba para pedirme algo, siempre lo ayudaba. A un amigo de mi sector, pero al pormenor, que comenzó cuando yo y que está bien, le avalé y pagó religiosamente. Ahora tiene siete u ocho almacenes importantes cerca de Madrid, en Toledo y en otros lugares de España. Le va bien. Sin embargo, yo no tengo la sensación de que mi ayuda fuera decisiva ni de haberle salvado la vida, aunque lo hice de corazón. —Y, paralelamente, al tiempo que fue haciendo amigos, también habrá despertado envidias, nada raro entre nosotros. —Efectivamente, eso es inevitable; y así ha ocurrido. Incluso algunos trataron de seguir nuestra estela, pero no les salieron bien las cosas. Ocurrió con una firma muy importante que tenía, como nosotros, a Usinor, que es la nueva Arcelor, como socio. En ese tiempo yo había construido una planta en Barcelona con maquinaria modernísima y ese empresario había dicho que sería nuestra ruina. No obstante, propuso que los socios de la multinacional francesa debíamos reunirnos para que yo les enseñara mi planta catalana. No me gustó mucho, pero accedí. Me acuerdo que se le salían los ojos de las órbitas al ver la instalación, que nos había costado seis mil millones de pesetas, más los terrenos. Él tenía máquinas por un lado y otro, pero más baratas y de menor calidad que las nuestras. Pero, a partir de entonces, se le abrieron las luces y empezó a hacer instalaciones como las nuestras con la esperanza de que nosotros fracasáramos. A mí no me importó. Es mala gente y mal competidor, y no sé cuál es la idea que lleva.


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LA CERTEZA DE HABER SIDO UN ADELANTADO Y LA SEGURIDAD DE PAGAR POR LO QUE SE HACE

—A cuantos pregunté me respondieron sin dudarlo que es usted no sólo el número uno del sector del hierro en España sino que también está en la cima europea de la estampación. Es un hecho, según todos, no una especulación. Pero ¿tiene usted conciencia de haber sido un adelantado que haya avanzado abriendo caminos? —Así fue, sin duda. Tengo esa certeza. Avanzas, trabajas, ganas dinero seriamente y, por tus pasos, vas incrementando el negocio y eso sirve de ejemplo para otros, aunque algunos, tal vez muchos, no se atrevan a invertir; aunque en el mundo empresarial tienes que tirar en demasiadas ocasiones por la calle de en medio, porque piensas que con esa inversión puedes conseguir metas, como suele ocurrir si haces las cosas bien. —Según su experiencia, que es buena porque ahí está su éxito ¿qué cualidades cree que debe tener un empresario para que sus asuntos discurran muy bien, bien o, al menos, aceptablemente bien? —Empresario es el que tiene ilusión por hacer algo a fuerza de trabajo, riesgo y prudencia. Muchos, como los maletillas, se quedan por el camino. —Está bien esa imagen del maletilla, porque, miradas así las cosas, usted fue un maletilla con suerte en sus comienzos empresariales. —Sí, sí; y, como muchos de ellos, me habría quedado en el camino si no hubiera hecho las cosas bien. —¿Y dónde estuvo la clave de los buenos primeros pasos? —Creo que las cosas son mucho más sencillas de lo que parece. En los comienzos habíamos intentado establecernos en pisos para iniciar la actividad, pero encontramos a muy mala gente. Por eso creo que la gran suerte de aquel tiempo fue haber encontrado a doña Hortensia, en cuyo piso empecé a consolidar pequeñas cosas, fundamentales para el primer salto. En aquella casa podía trabajar a gusto, desde las ocho de la mañana hasta la una de la madrugada, pintando porcelana y atendiendo los pedidos al teléfono. Tuvimos mucha suerte con aquella señora. Antes o después siempre aparece la suerte en el camino. Y le hablé a Riberas de mi encuentro en Buenos Aires, a finales de los años ochenta, con el ex cinco veces campeón del mundo de Fórmula 1, Juan Manuel


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Fangio. En un momento de la conversación, cuando hablaba de todos los compañeros muertos en carrera le pregunté por el papel que había jugado la suerte en su supervivencia después de tantos riesgos, y me respondió que tan grande había sido la importancia de la suerte a lo largo de su vida de piloto que en sus memorias le había dedicado un capítulo completo. Riberas me escuchó muy atentamente y tuve la impresión de que reflexionaba, como si hiciera un repaso urgente a su propia trayectoria. —Yo también pienso como Fangio, que tener suerte en la vida es muy importante. Y creo que mi mayor suerte fue haber vivido en un tiempo muy seguro en el que pude desarrollar con tranquilidad mi actividad; sin sobresaltos, sin intimidaciones ni acosos de maleantes. Puede que en otro tiempo, a lo mejor, no hubiera sido posible, ¿no? Pero también es cierto que la suerte hay que buscarla y ayudarla un poco, porque si Fangio no hubiera tenido dominio sobre sus nervios; si no hubiera sido un experto conductor y un buen conocedor del bólido que llevaba, no habría sido quien fue y, seguramente, no hubiera vivido tantos años. Le recordé que en varias ocasiones había hablado del temple y la audacia como dos de los argumentos de su propia progresión y que él mismo había incluido como básicos en toda acción empresarial que merezca ese nombre. Sobre todo, para diferenciar esa actividad de la especulación que, tal vez, conduzca al resultado del enriquecimiento, aunque los caminos difieran tanto como la ortodoxia con abundantes dosis de ética y el todo vale como método. Una audacia bien equilibrada con buen acopio de temple, con el fin de evitar que el desánimo de las circunstancias, o la acción heterodoxa de algunos competidores, pudiera influir en él de forma negativa. Pero parece que para Riberas las cosas tuvieron un punto de claridad desde el inicio, ya que acometió la tarea apoyado en unos principios morales inalterables y, a la vez, en la decidida voluntad de que, una vez iniciado un camino, debía profundizar en él. Como ocurrió cuando se inició en el comercio de la chapa, después de averiguar de dónde la traían, quién la tenía y cómo había que pagarla, “con el dinero en la mano”, antes de descargar cada paquete de dos mil kilos del camión. Fue como si me abriera las primeras páginas de un manual para principiantes espontáneos, recién llegado a un mundo que no era el suyo pero en el que se introdujo con la audacia precisa y el temple bien administrado.


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—Sí, puedo asegurar honradamente que se daban en mí temple y decisión, porque sin ellos no hubiera sido capaz de llevar adelante cada uno de los proyectos, desde los más modestos hasta los más ambiciosos. Y gracias a esa mezcla de cosas que coincidieron, o yo hice coincidir, nunca dejé de comprar y de vender, de pagar ni de cobrar, porque estaba muy encima de las cosas. Y si ahora haces un repaso de lo que generó todo aquello, te das cuenta de que tuve que actuar con audacia y tener confianza en mí mismo para tomar los riesgos que tomé. Y, desde los años 1966 a 1968 en que se fueron mis socios, estuve solo y trabajé mucho más que nunca. Y pude crear en mi entorno un ambiente muy sano que me permitió avanzar. Porque, no nos engañemos, no podrás hacer nada sin un equipo de colaboradores serios, con ganas a su vez de abrirse camino y que se identifiquen con esa filosofía. La creación de un grupo sólido te ayuda a impulsar los proyectos. Creo que todavía hay medio centenar de personas de la primera etapa con nosotros. Para mí fue fundamental contar con esta gente. —Muchas de las personas con las que hablé coincidieron, entre otras muchas cosas, en que tiene usted buen ojo para elegir a sus colaboradores y que cala enseguida a la gente; que es usted un buen psicólogo. ¿Está convencido también de que es así? —En aquel tiempo los equipos se hacían muy lentamente, al menos ese fue mi caso, porque no podía coger de un golpe veinte o treinta personas; no tenía tarea para ellas. A los primeros que elegí fueron Mari Carmen Gómez y Pedro Fernández, un chavalín de trece años, que era el que servía a los clientes el famoso estaño; cuatro barras, cinco... Fue de los pocos que me dejó, aunque se fue porque le hicieron una oferta interesante y ya llevaba más de treinta años en la casa. Y seguimos siendo amigos. Sí, efectivamente, yo calaba muy bien a la gente. Hay un gran silencio en la casa y, sin pretenderlo, esas circunstancias de recogimiento casi religioso y la oscuridad exterior, empujaron a nuestro tono de voz hasta un clima más confidencial, propicio para que la conversación se deslizara por una deriva intimista. Creo que se juntaron mi interés para profundizar en los recovecos de su alma y su decisión de llegar hasta donde mi imprudencia forzara las cosas, aunque sin violentar aquellos ámbitos que me parecían inabordables. Y ya en ese camino lle-


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gamos, era inevitable, al mundo de lo trascendente, a su pensamiento político y a la vida económica, política y social de nuestro país desde los tiempos del general Franco. —A sus ya setenta y dos años y con una biografía nada frecuente a cuestas, ¿tiene algún miedo al futuro? —No, estoy satisfecho con la familia que hemos creado y estoy en paz conmigo mismo. Me siento a gusto en casa, que es muy bonita y la estamos disfrutando. Curiosamente, cuando compré el terreno, en el momento en que ya habíamos llegado a un acuerdo, el hombre que me lo vendió me dijo que no se lo pagara al contado; que me quedara con el dinero y que se lo abonara poco a poco, con el quince por ciento de interés. ¡Es increíble, cuando ya estaba al seis o al siete por ciento! Algunos meses después, mi hijo Paco se entrevistó con el propietario sin que nos enteráramos y consiguió llegar a un acuerdo. Sabía que yo tenía gran interés en hacer una casa que fuera nuestra, desde la primera piedra. —¿Tiene alguna creencia religiosa, una idea sobre el más allá que tanto atormenta a la humanidad? ¿Cuál es su pensamiento en relación con la trascendencia del ser humano? —La religión es algo sobre lo que tengo ciertas reservas personales. He ido perdiendo muchas cosas por el camino. Veo que hay quien se aprovecha y a mí eso no me gusta. No me gusta, me parece mal, que haya quienes, con el pretexto de la fe y de los asuntos de Dios, mezclen los negocios y los asuntos materiales; y eso ocurre. Esas cosas me dejan frío. —Pero, al margen de los negocios de los hombres, ¿tiene alguna idea sobre la posibilidad de la existencia de otra vida más allá de la muerte? ¿O eso también le deja frío? —Creo que hemos nacido para morir y eso es lo que está claro; y que cada uno pagará por lo que haya hecho. Acerca de que haya algo después, en eso no quiero ser muy radical; no quiero negar nada. Yo sí he llegado a la conclusión de que en la vida se paga por todo lo que haces. Mi experiencia me dice que todas las cosas que haya hecho mal tengo que pagarlas. Y eso todo el mundo. —¿En qué momento cree que puede ocurrir eso? —En el más allá no es donde se pagan las cosas. Es aquí. Quien se porta mal debe pagar por ello, aunque la gente no sepa ni se acuerde. Y


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en ese aspecto pienso una cosa: que si creo que realizo, por ejemplo, una inversión que me parece excesiva, lo que hago es gastarme dinero en la Cruz Roja o en otra institución similar, que sé que va a un buen destino, para remediar algo a alguien. —¿En qué circunstancias hace usted eso? —Lo hice muchas veces y lo seguiré haciendo. Cuando se casaron mis hijos gasté mucho dinero porque invitamos a mucha gente, y sirvió Jockey con carpas en el jardín, etc.; o la de Jon, que fue en el Pazo de Meirás en La Coruña. Pues sin consultar a nadie, di a Cruz Roja y a otras instituciones una cantidad muy similar al gasto que hice, porque hay mucha gente que no tiene y lo necesita en África y en otros lugares del mundo. Cuando gasto dinero exageradamente, pienso que estoy obligado a enviar una cantidad a algún lugar donde hay miseria. Y me consta que todo lo que entregué hasta ahora llegó a su destino. Es algo que vive dentro de mí, que nadie me dijo nada, pero que me siento responsable y obligado. —Su hijo Paco me dijo que cuando construyó esta casa de Somosaguas usted dio una cantidad importante ¿puede hablarme de ello? —En la construcción de esta casa me gasté mucho dinero; y en los cuadros y otras muchas cosas. Y pensé que hay mucha gente que no tiene donde cobijarse y envié una cantidad muy importante a Cruz Roja. Quería sentirme en paz. Y estoy satisfecho porque sé que he ayudado a alguien en algún lugar donde hay muchas necesidades. Y me dieron por ello la Cruz de Oro de la institución. Pero no lo hice para colgarme medallas. ¿Quién piensa en eso cuando lo que pretendes es ayudar? Por eso te dije que hay que pagar aquí, eso es lo que pienso. Tú me preguntaste y yo te contesté.

DE LA DICTADURA DE FRANCO A LA DEMOCRACIA, DESDE EL “23-F” A SANTIAGO CARRILLO Y EL REY La religión y la política suelen estar situadas en el mismo anaquel de nuestra vida más íntima, y no resulta fácil llegar a una sin traspasar la frontera que lleva a la otra. Y, por esa razón, fue inevitable alcanzar los umbrales del mundo privado del alma y el público de la política, que es


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esa otra cuestión de la que se acaba hablando porque atañe, como aquélla aunque no de igual forma, al pensamiento y a las opciones del hombre respecto de la comunidad. Ambas integran ese breve conjunto de intimidades cuya discrepancia es capaz de generar confrontaciones, personales o de grupo, hasta el extremo de que suelen ser materia prohibida en no pocas sociedades o clubs que tienen la armonía como fundamento de su convivencia. Hicimos estas reflexiones a modo de preámbulo, no como limitación del contenido de la conversación, así lo entendimos ambos, sino como resultado de una frecuente asociación de ideas, puro acto reflejo en materias tan a flor de piel. —¿Qué piensa usted, en general, de los políticos? —Eso depende de lo que digan y de lo que hagan. Si todos actuaran con entrega y rigor, que es lo que hay que exigirles, me importa poco que fueran colorados o amarillos. Deseo que todos acierten, porque es señal de que las cosas nos van a ir mejor a los españoles. —Usted creó su primera empresa durante la dictadura del general Franco y siguió creciendo en tiempos de la democracia, pero ¿cómo le fueron las cosas durante una etapa y otra? ¿Advirtió alguna diferencia como empresario que desarrolla una actividad creadora? —No, no. Pero como persona no puedo decir que me sintiera más feliz después que antes, porque siempre digo que nunca me metí con nadie y cuando tuve que salir a Francia para ver cosas, nadie me preguntó nada. Nunca tuve ningún apoyo ni lo busqué. Yo viví razonablemente bien, pero tuve que trabajar mucho. Nunca vi la necesidad, ni me lo pide el cuerpo, de dar voces contra Franco, aunque reconozco que hubiera gente molesta por las cosas de la guerra, porque una contienda civil siempre deja secuelas. Hace algunos meses tuvimos una invitación al Palacio Real y me tocó sentarme al lado de unos mexicanos en una mesa larguísima. Uno de ellos empezó a hablar mal de Franco y no me pareció bien y se lo dije. Me respondió que “fue un tirano”... A su lado había un español que venía de Francia, que era el que peor hablaba de Franco, y me encaré con él: “Usted viene ahora, después de tanto tiempo, pero ¿dónde estaba durante los años cincuenta y sesenta?”. Me dijo, naturalmente, que en Francia. “¿Y llega ahora para decirnos todo esto? Pues yo, como otros que ni hicimos la guerra ni fuimos culpables de ella sino víctimas, estu-


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vimos aquí trabajando noche y día porque el país necesitaba salir adelante y la gente tenía que comer. Y la mayoría lo hicimos con ilusión y resulta que ahora nos enteramos de que vivimos en un país de mierda”. Y le dije que, si parte del Ejército no se hubiera levantado en 1936, en este momento seríamos Rumanía o Bulgaria, que son de las naciones más miserables de Europa. Y añadí que España, “con el esfuerzo de los que estábamos aquí ha salido adelante y usted no tiene que venir ahora a darme lecciones. Vive muy bien en Francia y luego viene aquí a criticarnos y a decirnos que somos un atajo de imbéciles. No estoy de acuerdo, así que no quiero saber nada de usted”. —Fue una reacción muy visceral ¿no? —Yo no sé como reaccionaría otra gente, pero esta es mi verdad. Ya sé que Franco hizo cosas y que fue duro en la posguerra; incluso algunos le llaman asesino. Pero durante ese tiempo también hubo cosas buenas y negarlo es negar que España fue saliendo adelante con dificultades, poco a poco, que fue lo que ocurrió. Y esto nunca fue Rumanía ni Bulgaria. —Los primeros tiempos de la transición política fueron complicados, tal vez también para usted como empresario. ¿Llegó a temer que se produjera un desequilibrio grave del país que incluso pudiera afectarle en un momento tan crucial para sus proyectos ya en plena marcha? —Creo que tras la muerte de Franco las cosas fueron bastante bien, aunque hubo quien tenía interés en que se produjera una sublevación militar. Pero no fue posible porque había gente con mucho sentido común. Y llegó Santiago Carrillo, a quien yo tenía manía por lo de Paracuellos. Pero me acostumbré a verlo y me pareció que actuó con moderación y con ese sentido común al que me refería antes. Y cuando el “23F” se portó como un hombre, como Suárez y Gutiérrez Mellado, y no se echó al suelo. Hay que reconocer la verdad y no se debe ser tan radical como algunos que lo niegan todo, como si los demás no hubiéramos estado aquí. —¿Tuvo usted algún temor aquel día en que Tejero asaltó el Congreso de los Diputados? —No, de verdad, no tuve miedo. —¿Cree que un sistema de libertades es imprescindible para el desarrollo de la sociedad y, naturalmente, de las empresas?


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—En un sistema que no sea una democracia no se puede trabajar porque corres el riesgo de alguna barbaridad. Aquí tienes derechos y te respalda la ley. Considero que tenemos un Estado equilibrado. ¿Te has