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Kooperativa Rayenari

Editorial Nikte

www.soldeagua.blogspot.com

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Nosotros, que nada tuvimos, les enseñamos el sosiego. Poemas de

Yorgos Seferis

Selección de Paurake Mantarraya

Colección Cañón de futuro 2


81 5. Hombre (fragmento) Nos decían: cuando estén sometidos vencerán. Fuimos sometidos y encontramos la ceniza. Nos decían: cuando amen vencerán. Amamos y encontramos la ceniza. Nos decían: cuando renuncien a su vida vencerán. Renunciamos a nuestra vida y encontramos la ceniza… Encontramos la ceniza. Falta que volvamos a encontrar nuestra vida, ahora que ya no tenemos nada. Imagino que aquel que vuelva a hallar la vida, pese a papeles, a tantas sensaciones, tantas luchas y tantas doctrinas, será alguien como nosotros, sólo que un poco más duro de memoria. Nosotros, imposible, aún recordamos lo que hemos dado. Aquél recordará tan sólo cuánto ganó por cada ofrenda suya. ¿Qué puede recordar una llama? Si recuerda un poco menos de lo preciso, se apaga; si recuerda un poco más de lo preciso, se apaga. ¡Ojalá pudiera enseñarnos, mientras arde, a recordar con precisión. Yo he terminado; si al menos hubiera otro que empezara donde yo he terminado.

Yorgos Seferis

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102* El regreso del emigrante -¿Qué buscas, viejo amigo? Tras muchos años fuera has regresado con imágenes grabadas bajo cielos extraños lejos de tu tierra. -Busco mi viejo jardín. Los árboles me llegan a la cintura y a bancas se parecen las colinas, cuando era niño en cambio jugaba en la yerba a la sombra de enormes copas mucho rato jadeante. -Descansa, viejo amigo, te irás habituando poco a poco; juntos subiremos por las sendas que conoces, juntos descansaremos a las sombras de los plátanos, acudirán a tu lado poco a poco tu jardín y tus laderas. -Busco mi vieja casa de altas ventanas oscuras y con hiedra; busco la antigua columna que miraban los marineros. ¿Cómo quieres que entre en ese redil? Los techos me dan en los hombros y tan lejos como mire veo gente de rodillas como si rezaran.

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-¿Me escuchas, viejo amigo? te habituarás poco a poco. Esta que ves es tu casa y pronto llamaremos a esta puerta tus amigos y los tuyos para darte dulce bienvenida. -¿Por qué es lejana tu voz? Levanta un poco la cabeza para entender lo que me dices, a medida que hablas, tu estatura merma sin cesar como si te hundieras en la tierra. -Piensa, viejo amigo, te habituarás poco a poco, la nostalgia te ha creado una tierra que no existe, con leyes ajenas a este mundo y a los hombres. -No oigo ya nada, desapareció también mi último amigo. Qué extraño, cómo se abaten las cosas alrededor mío a cada instante, miles de carretas con guadañas cruzan por aquí: levantan su cosecha.

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77 Estratis el marinero describe a un hombre 1. ¿Qué le ocurre a este hombre? Toda la tarde (Ayer, anteayer y hoy) lleva sentado con los ojos clavados en una llama, tropezó conmigo esta tarde, cuando bajaba la escalera me dijo: “el cuerpo muere, el agua se enturbia, el alma vacila y el viento olvida, olvida todo pero el fuego no cambia”. “Sabes, quiero a una mujer que se fue tal vez al otro mundo; pero no es esto lo que me hace aparecer tan desolado, intento que una llama me sostenga porque no cambia”. Luego me contó su historia.

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Si j’ai du goût, ce n’est guéres Que pour la teme et les pierres. Arthur Rimbaud

20* ITres años aguardamos con fervor al mensajero escudriñando muy cerca los pinos, la playa y las estrellas. Fundidos con la reja del arado o la quilla del barco buscábamos hallar la simiente primordial para empezar de nuevo el viejo drama. Volvimos deshechos a nuestros hogares con los miembros agotados y la boca arrasada del sabor a herrumbre y a salitre. Al despertar viajamos hacia el norte, forasteros [exiliadoshundidos en la bruma por las inmaculadas alas de cisnes que nos herían. En las noches invernales el viento del este impetuoso nos hacía enloquecer por el verano nos perdíamos entre la agonía del día que no sabía morir Llevábamos a cuesta los relieves de un arte humilde.

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22* Recuerda el baño donde te mataron He despertado con esta cabeza de mármol entre las manos que me cansa los codos y no sé dónde apoyarla Entraba ella en el sueño en cuanto yo salía así quedó unida nuestra vida y muy difícil será volver a separarla. Miro a sus ojos entreabiertos, hablo a su boca que sin cesar trata de hablar sostengo las mejillas que horadan la piel. No puedo más. Mis manos se pierden y se me acercan mutiladas.

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23* IV Argonautas Y un alma si quiere conocerse a sí misma en un alma ha de mirarse: al extranjero, al enemigo, lo vimos en el espejo. Eran bravos muchachos los compañeros, no les herían ni la fatiga, ni la sed ni el hielo, poseían el temple de los árboles y las cosas que aceptan la lluvia y los vientos -aceptan la noche y el solsin mudar en medio de los cambios. Eran buenos muchachos, días enteros sudaban en los remos con la vista baja respirando al compás y su sangre enrojecía una piel sumisa. Una vez empezaron a cantar, con la vista baja, cuando pasamos por la isla yerma de los nopales hacia el oeste, más allá del cabo de los perros que ladran. Si quiere conocerse a sí misma, decían, en un alma ha de mirarse, decían, y hendían los remos el oro de la mar en el ocaso. Doblamos muchos cabos muchas islas la mar que a otra mar lleva, gaviotas, focas. En ocasiones, desdichadas mujeres a gritos lamentaban a los hijos que perdieron y otras, enloquecidas, buscaban al gran Alejandro y las glorias perdidas en los abismos de Asia. Atracamos en playas rebosantes de fragancias nocturnas de trinos de aves, de aguas que dejaban en las manos 9


el recuerdo de una felicidad inmensa. Pero los viajes no tenĂ­an fin. Sus almas se fundieron con los remos y crecimos con la grave figura de la proa con la estela del timĂłn con el agua que zaherĂ­a sus rostros. Los compaĂąeros murieron uno tras otro, con la vista baja. Sus remos muestran el lugar donde yacen en la playa. Nadie les recuerda justicia.

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24* V No los conocimos era la esperanza íntima quien nos decía haberlos conocido de niños. Quizá los viéramos dos o tres veces y abordaron luego el barco: cargas de carbón, cargas de grano. Y nuestros amigos allende el océano perdidos para siempre. El alba nos encuentra junto a una luz moribunda dibujando en un papel con torpeza y con esfuerzo barquitos, sirenas, caracolas. Al atardecer bajamos al río que nos señala el camino hacia la mar. Y pasamos las noches en sótanos con olor a brea. Nuestros amigos se fueron quizá no los viéramos nunca; quizá los hubiéramos encontrado cuando aún el sueño nos llevaba en la cresta de la ola que suspira, quizás aún los buscamos porque aún buscamos la otra vida, más allá de las estatuas y los monumentos.

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25* VI M.R. El jardín con fuentes de agua bajo la lluvia tan sólo lo contemplarás desde la ventana tras el vaho de los cristales. Tu alcoba sólo estará iluminada por la llama del hogar y alguna vez, a la luz de relámpagos lejanos, aparecerán las arrugas de tu frente, viejo Amigo mío. El jardín con fuentes de agua que en tu mano eran cadencia de otra vida más allá de los bronces rotos y trágicas columnas, (danza entre las adelfas junto a nuevas canteras) -minasun cristal borroso lo habrá cortado de tus horas. No volverás a respirar: la tierra y savia de los árboles volarán de tu recuerdo para estrellarse contra ese cristal acariciado por la lluvia del mundo de fuera.

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26* VII Viento del sur El mar se funde hacia poniente con una cordillera. A babor sopla el sur y nos trastorna este viento que desnuda los huesos de la carne. Nuestra casa entre pinos y algarrobos. Amplias ventanas. Amplias mesas para escribir las cartas que por tantos meses te escribimos y que en nuestra distancia depositamos para acortarla. Lucero del amanecer, cuando bajaste tu mirada fueron nuestras horas más dulces que el bálsamo en la herida, más gratas que agua fría al paladar, más serenas que el plumaje del cisne. Sostenías en tu mano nuestra vida. Tras el pan amargo del exilio si de noche permanecemos ante el muro blanco tu voz se nos acerca como esperanza de un fuego y este vacío de nuevo afila una cuchilla en nuestros nervios. Cada uno de nosotros te escribió las mismas cosas y cada uno guarda silencio ante el otro mirando, cada uno, el mismo mundo para sí: la luz y la tiniebla en la cordillera y a ti. ¿Quién librará de esa pena a nuestro corazón? Ayer noche, un diluvio; hoy, gravita de nuevo el cielo encapotado. Nuestros pensamientos como las copas de los pinos del aguacero de ayer se agolpan a la puerta de casa y en vano se obstinan en alzar un faro que se hunde. 13


En estos pueblos diezmados, sobre este cabo a merced del viento del sur con la cordillera ante nosotros (que te aleja y esconde) ¿quién tomará en cuenta nuestro empeño de olvido? ¿Quién aceptará nuestra ofrenda en este final del otoño?

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27* VIII ¿Qué buscan en su viaje nuestras almas? apiñadas en cubiertas de barcos inservibles junto a mujeres taciturnas y niños llorando sin hallar siquiera olvido en los peces voladores ni en las estrellas adonde apuntan los mástiles, ligadas sin quererlo a cumplidos inexistentes musitando girones de cavilaciones en lenguas extrañas. ¿Qué buscan en su viaje nuestras almas en podridos leños por el mar de puerto en puerto? Recogiendo piedras quebradas, suspirando la frescura del pino con más dificultad cada día, nadando en las aguas de este mar y de aquel mar. sin contacto sin gentes en una patria que no es ya nuestra ni de ustedes. Lo sabíamos, las islas eran hermosas: aquí cerca, muy cerca de donde naufragamos; algo más al sur o hacia el norte, hacia oriente o hacia poniente, a una distancia mínima.

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28* IX El puerto es un viejo. No puede esperar ya ni al amigo que se fue a la isla de los pinos ni al amigo que se fue a la isla de los plátanos ni al amigo que se fue mar adentro. Acaricio los cañones corroídos, acaricio los remos para revivir mi cuerpo y encontrarlo. El aparejo exhala sólo el olor de la sal de otra tormenta. Si quisiera estar solo buscaría la soledad y no esta espera, los mil pedazos de mi alma en el horizonte, estas líneas y los colores, este silencio. Las estrellas de la noche me arrastran al ansia de Odiseo por los que murieron entre las lilas. Cuando recalemos entre las lilas es que allí pretendíamos hallar el valle que vio caer a Adonis, herido.

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29* X Nuestra tierra es cerrada, solo montañas, con un cielo bajo por techo día y noche. No tenemos ríos ni pozos ni manantiales. sólo algunos aljibes vacíos que retumban y a los que veneramos. Un eco árido e inmóvil, como nuestra soledad, como nuestro cariño, como nuestros cuerpos. Antes nos extraña que hayamos podido erigir nuestros hogares, nuestras chozas y majadas. Nuestras bodas: las frágiles coronas y las enramadas se tornan enigmas no resueltos para el alma. ¿Cómo han nacido y crecido nuestros niños? Nuestra tierra es cerrada la cierran dos Simplégades negras. En los puertos, cuando bajamos el domingo a respirar, contemplamos iluminarse en el ocaso maderos rotos de viajes inconclusos, cuerpos que ya no saben cómo amar.

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31* XII Botella en el mar Tres rocas, unos pinos requemados, una ermita y más arriba, idéntico paisaje se repite: tres rocas en forma de dintel, herrumbrosas, unos pinos requemados: negros, o amarillos y, sepultada en cal, una casa abandonada; y más arriba aún, varias veces el mismo paisaje se presenta infinito hasta el horizonte, hasta el cielo crepuscular. Fondeamos aquí la nave por reparar los remos, para tomar agua y dormir. El mar que nos amargó es profundo e inexplorable, ofrenda una bonanza infinita. Aquí, entre los guijarros, hallamos una moneda y la jugamos a los dados. El más joven la ganó y se fue. Volvimos a embarcar con nuestros remos rotos.

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33 XIV Tres palomas de grana en la luz trazan nuestro destino en la luz con colores y gestos de gentes que hemos amado.

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34* El sueño te envolvió, como un árbol, con el verdor de su fronda, -suspirabas, como un árbol, en la luz serena-, contemplé tu rostro en la fuente clara: párpados entornados y las pestañas, trazos en el agua. Mis dedos encontraron en la hierba mullida los tuyos, retuve tu pulso por un instante y sentí palpitar en otro sitio la pena de tu corazón. Bajo el plátano, junto al agua, entre los laureles el sueño te transportaba dispersándote alrededor mío, cerca de mí, sin poder abordarte entera, unida con tu silencio: mientras veía crecer y disminuir tu sombra, perderse en otras sombras en otro mundo que te soltaba y retenía. La vida que nos tocó vivir la vivimos. Compadece a quienes con tanta paciencia esperan perdidos entre los oscuros laureles bajo los robustos plátanos y a cuantos solitarios hablan a pozos y aljibes y se ahogan en los ecos de su voz. Compadece al compañero que compartió con nosotros sudor y privaciones y que se hundió en el sol, cuervo más allá de los mármoles, sin la esperanza de ser comprendido.

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30 XI Tu sangre se heló una vez como la luna: en la noche sin fin tu sangre extendió sus alas blancas sobre las rocas negras, sobre los contornos de árboles y casas, (con un jirón de luz de nuestros años infantiles).

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36* XVII Astianacte Ahora que vas a partir lleva contigo al niño que vio la luz bajo aquel plátano, un día en que las trompetas resonaban y las armas relucían y los caballos sudorosos se inclinaban a rozar la verde superficie del agua en el Pilón. Los olivos con las arrugas de nuestros padres las rocas con la experiencia de nuestros padres y la sangre de nuestro hermano viva aún sobre la tierra eran un gozo firme y un rico mandato para las almas que conocieron su plegaria. Ahora que vas a marcharte, ahora que raya el día en que inicias, ahora que nadie sabe quién matará ni quién va a morir, toma contigo al niño que vio la luz bajo las hojas de aquel plátano y enséñale a meditar los árboles.

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37* XVIII He dejado pasar un caudaloso río entre mis dedos sin beber una sola gota y estoy triste. Ahora me siento naufragar en la piedra. (Un pino en la tierra roja es mi único compañero) Todo lo que amaba se perdió con las casas que aún eran nuevas el último verano y se derrumbaron con el viento del otoño.

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38* XIX Aunque sople el viento no nos refresca y continúa siendo efímera la sombra de los cipreses y todo alrededor: voladeras en las montañas Nos abruman los amigos que no saben ya cómo morir.

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43* XXIV Finalizan aquí los oficios de la mar, los trabajos del amor. Cuantos retornen un día aquí, a la vida (donde nosotros acabamos) si por ventura oscurece la sangre en su recuerdo y se desborda, que no se olviden de nosotros frágiles almas entre los asfódelos, que vuelvan hacia el Érebo las cabezas de las víctimas: nosotros, que nada tuvimos, les enseñaremos el sosiego. Diciembre 1933-diciembre 1944

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45 II Micenas Quien levanta peĂąascos se hunde: estas piedras las levantĂŠ cuanto pude estas piedras las amĂŠ cuanto pude estas piedras, mi destino. Herido por mi propio suelo torturado por mi propia camisa condenado por mis propios dioses, estas piedras. -Fragmento-

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Cuaderno de ejercicios I, (1928-1937) 49 Sobre un verso extranjero A Eli, Navidad de 1931.

Dichoso quien hizo el viaje de Odiseo. Dichoso si al marchar sintió firme la corona de un amor extendida por su cuerpo como las venas donde bulle la sangre. De un amor con cadencia sin fin invencible como la música y eterno porque nació cuando nacimos y perecerá con nuestra muerte, -si es que muere eso, nosotros ni nadie lo sabe. Pido a Dios que me ayude a decir en un momento de gran felicidad, cuál es este amor: a veces me siento rodeado por el exilio y escucho su bramido lejano como el fulgor del mar mezclado con la borrasca inexplicable. Una y otra vez surge ante mí el fantasma de Odiseo, con los ojos arrasados por la sal de las olas y por el deseo profundo de volver a contemplar el humo ascendente de la morada, del hogar con su perro ya viejo aguardándole a la puerta. Grandioso él, se detiene murmurando tras sus barbas encanecidas palabras en nuestra lengua, tal y como se hablaba hace tres mil años. Extiende una mano encallecida por las jarcias y el timón, con la piel curtida por el cierzo la canícula y las nieves.

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Parece querer arrojar de nosotros mismos al Cíclope sobrehumano que atisba desde su único ojo. a las sirenas que te imponen el olvido, si las escuchas. a Escila y Caribdis: a tantos monstruos extraños que nos impiden pensar que también él fue un hombre que luchó en el mundo con cuerpo y alma. Es el gran Odiseo: que sugirió construir el caballo de madera con el cual los aqueos conquistaron Troya. Sueño que viene a enseñarme cómo construir un caballo de madera con el cual conquistar mi propia Troya. Habla quedo y tranquilo, sin esfuerzo, parece conocerme como un padre o como uno de esos viejos marineros que apoyados en sus redes -cuando había tormenta y bramaba el vientome decían, en mis años infantiles, la canción de Erotócrito con lágrimas en los ojos -temblaba yo en medio de mi sueño al escuchar la triste suerte de Areti al bajar los peldaños de mármol.

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60 XI D贸nde reunir los mil pedazos de cada persona.

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70* Al modo de Y.S. Donde quiera que viaje Grecia me duele. En el Pelión entre castaños la túnica del Centauro se escurría entre las hojas envolviendo mi cuerpo mientras subía la pendiente y me seguía el mar subiendo él también como el mercurio de un termómetro hasta que dimos con las aguas de la montaña. Palpando en Santorín islas náufragas -mientras oía tañer un caramillo en algún punto de los roquedales de pómezUn dardo lanzado súbitamente de los confines de una juventud eclipsada dejó clavada mi mano en la borda. En Micenas levanté piedras ciclópeas y los tesoros de los Atridas y me acosté con ellos en el albergue “La Belle Hélene de Mènélas”; desaparecieron sólo al alba cuando gritó Casandra con un gallo colgado de su cuello negro. En Spechos en Poros en Miconos me atormentaron las barcarelas. ¿Qué pretenden todos esos que dicen hallarse en Atenas o a el Pireo? Uno viene de Salamina y pregunta a otro si -¿Viene de Omonia? -No, vengo de Sindagma -responde satisfechome encontré a Yanis y me convidó a un helado. Entretanto Grecia sigue su viaje. No sabemos nada, no sabemos que todos somos marineros en tierra, no conocemos la amargura del puerto cuando zarpan todos los barcos. 30


Nos reímos de aquellos que la sienten. Curiosa gente que dice encontrarse en el Atica y no está en ninguna parte: compran golosinas para sus bodas tienen “crecepelos”, se hacen retratos, como el hombre que vi hoy sentado frente a un paisaje con palomas y flores, dejaba que la mano del viejo fotógrafo le alisara las arrugas que habían dejado en su rostro todas las aves del cielo. Entretanto Grecia sigue su viaje, su viaje sin cesar y si “vemos florecer de cadáveres el Egeo”, son aquellos que desearon ganar a nado el gran barco, aquellos que se hartaron de aguardar a los barcos que nunca zarpan. el ELSA, el SAMOTRACIA, el AMBRÄCICO. Silban las sirenas de los barcos ahora que cae la tarde en el Pireo, silban sin cesar, silba, pero ningún cabrestante se pone en marcha ninguna cadena brilla con la última luz que muere, el capitán está petrificado en blanco y oro. Dondequiera que viaje Grecia me duele: un telón de montañas, archipiélagos, granito desnudo... El barco en el que viajo se llamó AGONÍA 937. A bordo de la motonave Aulide en espera de zarpar. Verano de 1936.

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IV Hogueras de San Juan Nuestro destino, plomo derretido, no puede cambiar, a nada puede llegar. Derramaron el metal encendido en el agua bajo las estrellas y ¡a encender las hogueras! Si te quedas desnuda frente al espejo a medianoche ves ves pasar al hombre en lo profundo del espejo; al hombre que dentro de tu destino rige tu cuerpo entre la soledad y el silencio, al hombre de la soledad y el silencio y ¡a encender las hogueras! En el instante en que termina el día y el siguiente aún no empieza en el instante en que el tiempo se detiene, aquel que desde ahora y desde el principio rige tu cuerpo es a quien hay que hallar es a quien hay que buscar, que al menos algún otro lo encuentre cuando hayas muerto. Son siempre los niños quienes encienden las hogueras y gritan ante las llamas, en la noche cálida (¿Acaso hubo algún fuego que no encendiera un niño, Heróstrato?) ¿y quiénes echan sal a las llamas para que crepiten? (De que modo tan extraño nos miran de improviso las cosas, crisoles de los hombres, cuando un resplandor las acaricia). Pero eres tú quien conoce el canto de la piedra en la roca batida por el mar. la tarde en que cayó la calma; tú quien escuchó a lo lejos la voz humana de la soledad y el silencio dentro de tu cuerpo, aquella noche de San Juan 32


cuando todas las hogueras se apagaron y t煤 quien medit贸 ante la ceniza bajo las estrellas. Londres, julio de 1932.

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Me dice el penoso esfuerzo de sentir las velas de tu nave henchidas de nostalgia y de tu alma convertido en el timón. Y también que estás solo, inmerso en la tiniebla de la noche y a la deriva como la parra en la uva. La amargura de ver naufragar a tus enemigos entre los elementos dispersos: uno a uno. Y qué vigor extraño sientes al hablar con los muertos cuando los vivos que permanecen ya no bastan. Habla...aún veo sus manos que sabían palpar si estaba bien tallado -a proa- el mascarón que me den un sereno mar azul en el corazón del invierno.

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Aquí entre los huesos Entre los huesos, una música: recorre la arena recorre la mar. Entre los huesos un rumor de flauta, un rumor de tambor lejano y un suave tintineo recorre los valles resecos, recorre la mar con sus delfines, ¡Altas montañas! ¡no nos escuchan? ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Altas montañas, muertos nos pudriremos con los muertos!

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148* Los gatos de San Nicolás (fragmento). Sonó la campana del barco como la moneda de una ciudad desaparecida y su sonido al caer reavivó la caridad de pasadas limosnas. ¿Qué extraño -respondió el capitánesta campana, un día como hoy, me ha recordado aquella otra, la del monasterio. Me contó la historia un monje, medio loco y soñador: "En tiempos de la gran sequía -cuarenta años sin lloverlas gentes morían y nacían serpientes. Millones de serpientes en este promontorio, gruesas como la pierna de un hombre y venenosas. Monjes de San Basilio regentaban entonces el monasterio de San Nicolás y no podían trabajar los campos ni sacar los rebaños a pacer; los gatos que criaban los salvaron. Cada amanecer sonaba la campana y en masa salían a la lucha. Peleaban todo el día hasta la hora en que tocaban a la colación de la tarde. Tras la cena, de nuevo la campana, y salían al combate de la noche. Asombraba, cuentan, verlos uno cojo, otro tuerto, otro sin hocico o desorejado, el pellejo hecho jirones. Así, con cuatro toques cada día pasaron meses, años, tiempo y más tiempo. Ferozmente tenaces y siempre heridos aniquilaron a las serpientes, pero al final 36


también ellos perecieron, incapaces de resistir tanto veneno. Como un barco recién hundido nada dejaron en la espuma ni maullidos, ni toque de campana. ¡Avante toda! ¿Qué iban a hacer los desdichados, peleando y bebiendo día y noche sangre emponzoñada de serpientes? Siglos de veneno; generaciones de veneno". "¡Avante toda!", repitió indiferente el timonel. Miércoles, 5 febrero 1969.

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Este libro fue impreso y encuadernado por Editorial Nikte en Monterrey, N.L. Se termin贸 de imprimir en Noviembre de 2013.

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Seferis