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Cuando Tom estuvo finalmente fuera y en el camino, todo se le presentaba enorme y nítido, abrumándole. El oscuro bosque se apretujaba hacia él a ambos lados del camino, y de repente se sentía como si los elfos le hubieran reducido al tamaño de un pequeño lirón. Se hallaba solo en un mundo inmenso, donde los árboles se le antojaban mucho más altos y oscuros de lo que le habían parecido nunca desde la seguridad de su jardín. No faltaban sonidos extraños de los que preocuparse: los mismos árboles crujían y gemían de manera inquietante, agitados por el viento. Sobre el terreno, las ramitas se partían cuando seres que él no veía le seguían y adelantaban a través de la maleza. Los grajos grajeaban y se chillaban unos a otros desde las copas de los árboles. Tom cobró ánimos, y se imaginó lo que le diría alguno de los Jacks si se tratara de un entrenamiento (cosa que, por supuesto, una pequeña parte de él todavía esperaba que fuera): «Vamos, todavía es de día, y no estás lejos de casa. Puedes hacerlo. Es tu cumpleaños, ya tienes doce años, eres prácticamente un adulto, sigue adelante». Tom agarró firmemente el bastón y siguió adelante. Hincaba con fuerza los pies en la nieve, un paso tras otro, izquierda-derecha, izquierdaderecha, tratando de dejar huellas profundas y de hacer el máximo de ruido posible. Esperaba así ahuyentar a cualquier lobo o depredador que


hubiera por los alrededores, y, en cualquier caso, le hacía entrar en calor y sentirse mejor. Tom marchaba a buen ritmo cuando llegó al cruce de caminos. Allí estaba el cuervo parlante, posado sobre el cartel que señalaba al norte. —Ahí estás, señor cuervo —dijo Tom, lo más alegremente que pudo—. Pensé que habrías volado a alguna parte. El cuervo cambió el peso del cuerpo de una pata a otra, ladeó la cabeza y le observó unos instantes. Al principio no contestó. Tom miró el largo y recto camino que iba hacia el norte a través del bosque. Allí le llevaba su primera aventura. Su destino se encontraba en el largo camino, que pasaba por el medio del bosque y conducía a un lugar desconocido. El cuervo giró la cabeza y dijo: —A propósito, puedes llamarme Regocijo. A continuación echó a volar, avanzando en línea recta y poniéndose delante, como diciendo: «Vamos, este es el camino». Tom pensó que era un nombre verdaderamente extraño para un cuervo, pero luego pensó que también a un cuervo podría parecerle raro que una persona se llamara Tom. Realmente no tenía otra opción que echar a andar y seguirle.


La historia secreta de Tom Trueheart