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Creer en Dios, pero vivir como si Dios no existiera

CRAIG

GROESCHEL

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La misión de Editorial Vida es ser la compañía líder en comunicación cristiana que satisfaga las necesidades de las personas, con recursos cuyo contenido glorifique a Jesucristo y promueva principios bíblicos.

EL CRISTIANO ATEO (TBD) Edición en español publicada por Editorial Vida – 2010 Miami, Florida ©2010 por CRAIG GROESHEL Originally published in the USA under the title: The Christian Atheist Copyright ©2010 By Craig Groeshel Published by permission of Zondervan, Grand Rapids, Michigan 49530 All right reserved Further reproduction or distribution is prohibited Traducción, edición, diseño interior: Grupo Nivel Uno, Inc. Adaptación de cubierta: Pablo Snyder RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS. A MENOS QUE SE INDIQUE LO CONTRARIO, EL TEXTO BÍBLICO SE TOMÓ DE LA SANTA BIBLIA NUEVA VERSIÓN INTERNACIONAL. © 1999 POR BÍBLICA INTERNACIONAL. ISBN: 978-0-8297-5810-8 CATEGORÍA: Vida cristiana / Crecimiento espiritual IMPRESO EN ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA PRINTED IN THE UNITED STATES OF AMERICA 10 11 12 13 v 6 5 4 3 2 1

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Profesan conocer a Dios, pero con sus acciones lo niegan; son abominables, desobedientes e incapaces de hacer nada bueno. —Tito 1:16

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Contenido 

Carta al lector 11



Un cristiano ateo en recuperación 15

Introducción

Capítulo 1

Cuando crees en Dios, pero no lo conoces de verdad 27



Capítulo 2



Cuando crees en Dios, pero te avergüenza tu pasado 43



Cuando crees en Dios, pero no tienes la certeza de que te ama 55



Cuando crees en Dios, pero no en la oración 69

Capítulo 3

Capítulo 4

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El cristiano ateo Capítulo 5



Cuando crees en Dios, pero no consideras que sea justo 87



Cuando crees en Dios, pero no quieres perdonar 105



Cuando crees en Dios, pero no piensas que puedas cambiar 117

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8



Cuando crees en Dios, pero igual te preocupas por todo 137 Capítulo 9



Cuando crees en Dios, pero buscas la felicidad a cualquier precio 155



Cuando crees en Dios, pero confías más en el dinero 169



Cuando crees en Dios, pero no hablas de tu fe 187

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12



Cuando crees en Dios, pero no en su iglesia 209 Palabras finales



Fe de tercera línea 227



Reconocimientos 237

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Introducción

Un cristiano ateo en recuperación Hola. Me llamo Craig Groeschel y son un cristiano ateo. Desde que tengo uso de memoria he creído en Dios. Sin embargo, no siempre viví como si él existiera. Hoy mi ateísmo cristiano no es un problema tan grave como lo era hace tiempo, pero sigo luchando. Como el alcohólico en recuperación, que jamás puede dar por sentada su sobriedad, tengo que tomarme la vida un día a la vez. Te parecerá extraño que un pastor tenga dificultades con esto y afirme que a veces vive como si Dios no existiera. Es que el ateísmo es una pandemia espiritual que se expande rápidamente y puede envenenarte, enfermarte y hasta matarte para siempre. No obstante, es muy difícil de reconocer, en especial porque los que sufren de ateísmo cristiano pueden no darse cuenta. Mi historia ilustra los síntomas. Nací en el seno de una familia «cristiana». Creíamos en Dios y asistíamos a la iglesia cuando era conveniente… y por supuesto, invariablemente en Navidad y Pascuas. Y siempre que asistíamos, resultaba aburrido. Allí se 15

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encontraba un tipo mayor, vestido con una túnica larga, que se pasaba horas y horas (eso parecía) en el púlpito, hablando de cosas que para mí no tenían sentido. Recuerdo haber contado cuántas veces levantaba la mano: cincuenta y tres en un solo sermón, lo cual creo que constituye un récord mundial hasta el día de hoy. Aunque jamás llevaba la Biblia a la iglesia, teníamos una Biblia de color dorado, grande como un camión de mudanzas, siempre a la vista sobre la mesita en el centro de la sala. Las imágenes me proporcionaban sentimientos cálidos y espirituales, pero las palabras eran una telaraña impenetrable de «sois» y «habéis». De mis amigos, solo dos tenían padres que nos hacían dar las gracias antes de la comida: «Dios es grande. Dios es bueno. Démosle gracias por estos alimentos». Me molestaba que la oración no fuera una rima, ya que creía que así debía ser, y suponía que también a Dios le molestaría. En casa de mis abuelos decíamos: «Ven, Señor Jesús, te invitamos, y que bendigas los alimentos te rogamos». Ninguna de las dos oraciones me importaba. No obstante, al menos la segunda sonaba mejor porque sí rimaba.

¡Claro que no! A los ocho años, asistí a una escuela bíblica durante las vacaciones. Era en un patio y me sentía nervioso. Sin embargo, luego los premios, los juegos, los cuentos, así como las galletas con forma de animal y el jugo de uva, lograron que me gustara. Los otros niños se veían normales, con excepción de Alex, que mojó sus pantalones dos veces en un día. (Alex, si estás leyendo esto me debes un favor enorme, porque no menciono tu apellido). Resulta que todos los juegos y la diversión eran el prefacio para el último día, en el cual los maestros se ocuparon de lo espiritual en 16

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serio. Fue como recibir un pelotazo, una bola rápida de Nolan Ryan a cien kilómetros por hora. «Cierren los ojos e inclinen las cabezas. No quiero que nadie permanezca con los ojos abiertos», dijo la Maestra 1 en tono serio. Hizo una pausa dramática y luego añadió: «Si murieran hoy, esta noche, ¿saben con seguridad que pasarían la eternidad en el cielo? El que no lo sepa con certeza, que levante la mano». Aunque las docenas de galletas que había comido me habían dado un poco de sueño, levanté la mano, ya que no estaba seguro de mi destino eterno. De repente, la Maestra 2 se unió a la Maestra 1. Me tomaron por debajo de los brazos, una de cada lado, y me llevaron hacia el fondo del garaje. No podía escapar, pues me habían colocado entre el garaje y una tupida cerca. Y el otro lado del triángulo era infranqueable: en él se hallaban las dos maestras con sus ojos clavados en mí. Estaba atrapado. Ni siquiera sospechaba lo que sucedería ahora. «Si no estás seguro de dónde pasarás la eternidad, cuando mueras irás al infierno». ¿Al infierno? ¡Al infierno! En ese momento, el infierno parecía la opción más segura. Mirando hacia atrás, estoy seguro de que esas maestras tenían buenas intenciones, pero en ese momento sentí que las galletas me habían provocado diarrea. Imitando al protagonista de Los pequeños traviesos, intenté escabullirme entre las piernas de la Maestra 2 y luego corrí como Forrest Gump, sin detenerme hasta llegar a casa. Aterrado por la idea del horrible diablo y el fuego sulfúrico que tendría reservado para los chicos como yo, me encerré en el armario y clamé a gritos: «¡Dios, por favor, no me mandes al infierno!». 17

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Por supuesto que creía en Dios. Y era evidente que existía el cielo —aunque en verdad no me interesaba ir allí a corto plazo— y el infierno. Me había quemado accidentalmente al encender fósforos, así que sabía que el fuego, el humo y el sulfuro eran cosas que tenía que evitar. Durante años oré por las noches: «¡Dios, por favor, no me mandes al infierno!». Y repetía las mismas palabras una y otra vez, hasta que me quedaba dormido. Por las mañanas, a veces despertaba y me daba cuenta de que no me había despedido la noche antes del Juez de mi destino eterno: entre nosotros no había existido un «amén», ni un «cambio y fuera» o un «choca los cinco». Había dejado esperando a Dios. No conocía los Diez Mandamientos, pero estaba seguro de que el protocolo de la oración estaría incluido en ellos. Así que, temiendo ser un pecador en manos de un Dios enojado, oraba: «Amén, amén, amén». Y hasta multiplicaba: «Amén por amén por amén por amén». Creo que para cuando llegué al séptimo grado, tenía ya unos cuarenta y siete trillones de «améns» acumulados. Y mi miedo y mi inseguridad espiritual habían aumentado en la misma proporción.

Hipocresía en la secundaria Cuando tenía dieciséis años, un domingo por la mañana decidí que iría a la iglesia por mí mismo. (Bueno, en parte era porque acababa de obtener mi licencia y podía ir con el auto a donde quisiera, pero sinceramente, sentí deseos de asistir a la iglesia). Suponiendo que eso significaba «estar bien con Dios», subí los escalones de la iglesia y me senté en el tercer banco. Otro sermón del que no entendí ni una palabra. Salí desilusionado. El pastor se había apostado de modo estratégico en la salida principal y saludaba a todos con un apretón de 18

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manos. Supe que sería mi oportunidad y le pregunté si podía concertar una entrevista con él para hablar acerca de Dios. Ese miércoles, a la salida de la escuela, acudí a la oficina del pastor, percatándome enseguida de que ese era también uno de los lugares más temibles de la tierra. Me pregunté si se daría cuenta de que me temblaba la voz cuando dije: «¿Cómo sabré si he sido lo suficiente bueno para ir al cielo?». Aunque no recuerdo todo lo que me dijo el pastor, sí recuerdo sus consejos sobre no causar problemas, no ir tras las chicas y no beber cerveza. En pocas palabras, fueron malas noticias. A todos mis amigos les gustaba la cerveza, y también las chicas y meterse en dificultades. Y aunque yo no era su general, por cierto llegaba a la categoría de teniente, con un buen potencial para un pronto ascenso. Abandoné la oficina decidido a dejar de pecar. Era hora de encontrar la religión y estar bien con Dios de una vez por todas. Armado con este nuevo llamado, mi siguiente semana en la escuela estuvo impulsada por el fuego espiritual y la determinación de vivir como debía. Sin embargo, luego llegó el viernes por la noche. No fue sino hasta años más tarde que descubrí lo que dice Pablo en Romanos 7. Él afirma allí que todo lo que quería hacer, no lo hacía. Y que todo lo que no quería hacer, sí lo hacía. La historia de Pablo era mi historia. Deseaba vivir con rectitud, pero no lograba hacerlo durante más de cinco minutos. Creía en Dios, pero seguía copiando la tarea de algún compañero, bebía la cerveza más barata que pudiera encontrar, mentía sobre lo que hacía con mis novias, y siempre estaba con el ojo atento para ver si encontraba alguna revista Playboy por ahí. 19

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«¡Dios, por favor, no me mandes al infierno! Amén, un millón de veces amén».

Mi primer gran despertar Cuando cursaba el primer año de la escuela secundaria, mi grupo de jóvenes de la iglesia me eligió como presidente. Parece que para ser presidente no hacía falta vivir como cristiano, y antes de que me diera cuenta, por ocupar dicho puesto me había «ganado» una beca parcial a fin de asistir a una universidad cristiana. Debido a mis habilidades deportivas cubrí el resto de los gastos de alojamiento y comida, y así me embarqué en lo que suponía que daría inicio a una vida nueva que agradara a Dios. Llegué a la universidad con el auto cargado de ropa, lapiceros Bic, mi póster de Cindy Crawford y muchísimos sueños. Sin embargo, en lugar de encontrarme rodeado de jóvenes parecidos a Billy Grahams y la Madre Teresa, me encontré en medio de una multitud de Lindsay Lohans y Kanye Wests en miniatura, y entré de lleno en un ambiente de fiesta. El pecado es divertido, al menos por un rato. No obstante, tiene esa particularidad de no dejarte ir jamás y vuelve al acecho a cada rato, en general cuando menos lo esperas. Es como un estornudo: te sientes bien al principio, pero luego ves el lío que ha quedado. Para cuando terminé el primer año, me había dado cuenta de que muchos de mis compañeros ya tenían antecedentes policiales por delitos menores, lo cual colocaba a casi todo el grupo en riesgo de expulsión. Más o menos al mismo tiempo, falté a una práctica de tenis porque me quedé dormido bajo los efectos de la diversión de la noche anterior. Con un error más como ese, perdería mi beca.

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Además, ya había gente que me miraba mal por la forma en que había tratado a algunas chicas. Como sentía que iba de mal en peor, decidí volver a buscar a Dios… una vez más. Se me ocurrió que podríamos iniciar un estudio bíblico en nuestra casa universitaria. Les presenté la idea a algunos de mis compañeros, explicándoles que sería además un buen acto de Relaciones Públicas para limpiar nuestra manchada reputación. En realidad, quería saber más acerca de Dios, y como la iglesia no me había ayudado mucho en eso, creí que más me valía ir directo a la Biblia para ver qué podía descubrir por mí mismo. En la mañana del martes anterior a nuestro primer estudio bíblico iba caminando por el predio de la universidad cuando me di cuenta de que no tenía Biblia (había dejado la dorada de mi familia en casa). De camino a la clase de literatura mundial se me presentó un caballero mayor y me dijo que era un Gedeón. Me preguntó si quería una Biblia gratis. Yo no sabía qué era un Gedeón, pero en ese momento bien podría haber sido un ángel enviado por Dios. Esa noche fuimos unos pocos los que comenzamos a leer la Biblia en una habitación pequeña, con olor a fiestas y sudor, en la casa Lamba Chi Alpha. Empezamos por el capítulo uno de Mateo, y después de pasar por toda esa larga lista de «padre de», pudimos avanzar. Como éramos principiantes, al final de cada estudio bíblico solo sabíamos orar así: «Dios, protégenos cuando estamos de fiesta. Dios, evita que la novia de Joe quede embarazada. Dios, no permitas que nos atrapen copiándonos en el examen de historia de los Estados Unidos». En verdad no se trataba del tipo de oraciones que hacían los estudiantes bautistas, pero al menos resultaban sinceras. 21

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Éramos un puñado de tipos que creíamos en Dios, pero no teníamos idea alguna de quién era él. Aunque no sabíamos muy bien lo que estábamos haciendo, nuestro pequeño grupo fue creciendo. Al parecer, muchos de los que se unían a nosotros en las fiestas también sentían curiosidad espiritual. Mientras más leíamos la Biblia y más orábamos, más gente llegaba y más parecía estar haciendo Dios. Cuando terminamos de leer Mateo, descubrimos que Marcos, Lucas y Juan contenían muchas de las mismas historias. Después de leer tres capítulos del libro de los Hechos, nos aburrimos y saltamos a Romanos. Íbamos por la mitad de Romanos cuando me entusiasmé y quise avanzar un poco más. Y cuando llegué a Efesios, encontré dos versículos que cambiarían mi vida para siempre: «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte». ¿Sería cierto eso? ¿Qué somos salvos por la gracia de Dios y solo por su gracia? ¿No por nuestras obras? ¿Por qué no me lo había dicho nadie? Me sentí como un animal enjaulado. Tenía que huir de esa habitación tan pequeña. Había alguien sentado frente a la única puerta, por lo que salí por la ventana y salté al jardín. Percibiendo algo importante, corrí hasta el campo de softball que estaba cerca porque deseaba estar a solas con Dios. Lo que sucedió entonces es difícil de explicar, y más difícil todavía fue creerlo. La presencia de Dios se hizo muy real para mí. Siempre había pensado que solo los que están locos oyen a Dios. Claro, seguro has oído a Dios. Y además hay un angelito sobre tu hombro en este momento que te dice qué hacer, ¿verdad? Bueno, esa noche el loco era yo. Arrodillado sobre el césped, oí una voz. No una voz audible… en realidad era demasiado potente 22

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como para oírla, demasiado presente dentro de mí. «Sin mí, nada tienes. Conmigo, lo tienes todo». De rodillas, oré la oración más breve, pero más potente y llena de fe, de toda mi vida. No fue tanto un susurro como un movimiento de labios nada más. Le dije a Dios: «Toma mi vida». Eso es todo. Al arrodillarme allí, era una persona. Cuando me puse de pie, era otra. Tenía el mismo cuerpo, la misma voz y la misma mente. Sin embargo, era otro. Luego supe que me había convertido en lo que la Biblia llama una «nueva creación» (2 Corintios 5:17). Lo viejo había pasado, y había llegado lo nuevo. Al fin me había transformado de un cristiano ateo en un cristiano. Por primera vez en mi vida creí en Dios y comencé a vivir sabiendo que él es real.

Misión no cumplida Como ahora era una persona nueva, me percaté de que tenía una nueva misión: difundir el evangelio por toda la tierra, comenzando con mi compañero de cuarto. Nadie sería inmune al contagio de mi fe. Ni mis compañeros atletas, ni los de mi fraternidad, ni mis amigos de fiestas, ni mis profesores. Decir que me volví un fanático sería afirmar lo obvio. Comencé a recolectar conversos al cristianismo como Michael Phelps colecciona medallas de oro. Mientras más hacía Dios, más entendía que me estaba llamando a entregarle mi vida entera en el ministerio vocacional a tiempo completo. Y entonces, en el momento justo, Dios a los veintitrés años me abrió las puertas para que trabajara en una histórica iglesia del centro de la ciudad. Sin embargo, mi sueño hecho realidad se convirtió en una pesadilla espiritual. Lo que había comenzado como algo 23

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bueno se volvió una obsesión. Todo lo que hiciera para servir no bastaba. Y a medida que mi amor por el ministerio ardía más y más fuerte, se iba enfriando mi pasión por Cristo. Es que mi misión se había convertido en un empleo, un trabajo. En lugar de estudiar la Palabra de Dios por devoción personal, la estudiaba para predicar. En vez de predicar para darle gloria a Dios, predicaba para llenar la iglesia con más gente. Les prometía a los que sufrían que oraría por ellos, pero por lo general lo olvidaba muy pronto. A los veinticinco años era un pastor a tiempo completo y un seguidor de Cristo solo de medio tiempo.

Una invitación ¿Hay alguna cosa en todo esto que te resulte conocida? ¿Hubo algún momento en tu vida en el que te sentías más cerca de Dios que ahora? Si eres como yo, tu desvarío espiritual no es algo que ocurrió a propósito. Es más bien como si tuvieras un neumático pinchado. El aire va saliendo poco a poco y tu pasión espiritual se desinfla. Tal vez acabas de darte cuenta de que en lugar de ser un seguidor de Cristo plenamente devoto, sin querer te has convertido en una mamá, un estudiante o un empleado de banco a tiempo completo... mientras que solo dispones de medio tiempo para seguir a Cristo. O quizás, como le sucede a muchos, perteneces a una iglesia, pero sigues sintiendo una vergüenza secreta por tu pasado. Tal vez has oído hablar del amor de Dios, pero no te has convencido de que Dios te ama por completo. O sí tienes la plena convicción de que Dios existe, pero tu vida de oración no es lo que debiera ser. Es posible que, como muchos otros cristianos con buenas intenciones, sepas qué es lo que Dios quiere que hagas, pero igual sigues 24

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haciendo lo que deseas. O tal vez quieres confiar en la providencia de Dios, pero te cuesta mucho hacerlo. Sí, crees en el cielo y el infierno, pero te parece extraño eso de hablar de tu fe, o te resulta intimidatorio. Hasta puede ser que creas en Dios, pero no sientas que te hace falta la iglesia. Quiero ser sincero contigo y contarte cuáles son mis dificultades, esperando también una plena sinceridad a cambio. Juntos, con la ayuda de Dios, quizás podamos aprender a conocer al Señor de una forma más íntima y a caminar más cerca de él.

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CapĂ­tulo 1

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«Craig, tienes que conocer a esta chica. Es rara, como tú. Quiero decir, es una fanática de Dios. Está loca por Dios». «Rara como tú» no era una de las cualidades que más buscara en una chica, pero como tanta gente me hablaba de Amy, pensé que debía conocerla. Estaba terminando la universidad y oraba a diario pidiendo conocer a alguien que tuviera la misma pasión por Cristo. Y por lo que me decían, Amy era todo lo que yo soñaba y más. Nuestra relación comenzó con varias llamadas telefónicas antes de que por último nos conociéramos en persona. Alguien le había dicho a Amy que me parecía a Tom Cruise. Sin embargo, cuando abrió la puerta y me vio por primera vez, su expectante sonrisa desapareció. Supongo que no me veo exactamente como Maverick de Top Gun (aunque sí tengo cabello oscuro y nariz grande). Esa noche fuimos a un estudio bíblico que Amy lideraba para varias chicas de la secundaria. Era asombrosa, y me cruzaron por la mente todas esas frases hechas sobre el amor y cosas por el estilo. Cuando oró por «sus chicas», me pareció que el cielo se abría. 29

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Mientras cantaba canciones de adoración, el tiempo se detenía. Cada vez que me miraba, alababa a Dios y me derretía al mismo tiempo. Era divertida, leal, sincera. Y eso sin mencionar que en la escala del uno al diez equivalía a unos cuatrocientos noventa y ocho millones (y así es todavía). Recuerdo haber pensado: Dios, sí que eres bueno. Buen trabajo. No cabía en mí de la emoción, y siempre intentaba dar una buena impresión, mostrando al mejor Craig. Usaba mis camisas más nuevas, me ponía colonia de más, lavaba el auto, además de grabar la mejor música (una combinación de canciones cristianas y románticas de la década de 1980). Sin embargo, sobre todas las cosas, intentaba asegurarme de dar lo mejor de mí en lo espiritual, orando constantemente para tratarla con honor y pureza. Seis meses después de conocer a Amy, le propuse matrimonio en la iglesia frente a nuestros seres queridos (afortunadamente, aceptó, pues la otra opción hubiera sido muy incómoda). Y nos casamos cinco meses más tarde. Eso fue hace diecinueve años ya, por lo que nuestro matrimonio ha alcanzado la edad oficial para salir de casa e ir a la universidad. En todos estos años, he llegado a conocer a Amy más que a cualquier otra persona en el mundo. Si hay cuarenta mujeres en una habitación, hablando todas al mismo tiempo, enseguida puedo distinguir su voz. Si entro en un salón lleno de gente, mis ojos la encuentran al instante. Conozco su perfume, y con solo olerlo pienso en ella durante el resto del día. Sé cuál es su color predilecto, su canción preferida, su comida favorita, cuál de mis camisas es la que más le gusta. No obstante, a pesar de lo mucho que nos conocemos, e incluso después de casi dos décadas, nuestra intimidad sigue creciendo. Constantemente aprendemos cómo conectarnos y comunicarnos 30

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en el nivel más profundo. Casi puedo leer su mente. Si pasa algo y Amy no está, sé exactamente lo que ella haría. Conozco sus valores. Sé cómo procesa las decisiones. Compartimos una historia, anécdotas, experiencias y muchos hijos. Nos amamos. Creemos el uno en el otro. En dos palabras, nos conocemos.

Creer no es lo mismo que conocer Una reciente encuesta de Gallup informa que el noventa y cuatro por ciento de los estadounidenses afirman creer en Dios o en un espíritu universal. Sin embargo, con solo echarle un vistazo a las Escrituras y a nuestra cultura, queda en evidencia que los que conocen de veras a Dios no llegan al noventa y cuatro por cierto ni mucho menos. Me refiero a conocer a Dios de una forma íntima, de verdad. Conocer a alguien personalmente no es lo mismo que creer. Para muchos la sola idea de conocer a Dios y mantener una relación con él es algo que suena improbable, irrealista, una cosa que no se puede lograr. Parte de la confusión surge de no llegar a reconocer los diferentes niveles de intimidad en el proceso de conocer a Dios. Algunos conocemos a Dios por reputación, así como conocemos a alguien por lo que nos cuenta un amigo, por ejemplo. Tal vez sepamos un poco acerca de Dios… y hasta hayamos ido a la iglesia algunas veces, escuchado algunas historias bíblicas, y tengamos nuestro versículo favorito pegado con un imán a nuestro refrigerador. No obstante, esas son cosas secundarias. Otros conocemos a Dios a través de nuestros recuerdos. Hemos experimentado en verdad su gracia, su bondad y su amor en el pasado. Es como cuando hace poco me topé con un viejo amigo de la 31

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universidad. Veinte años atrás, éramos inseparables. Asistíamos a clases, practicábamos deportes y conocimos a Cristo juntos. Sin embargo, después de graduados, perdimos contacto. Conocía a esta persona hace años, pero no puedo decir que la conozca ahora. Y algunos de nosotros conocemos a Dios íntimamente. Justo aquí, justo ahora. Este es el tipo de conocimiento amoroso que Dios nos promete cuando lo buscamos (véase Deuteronomio 4:29; Jeremías 29:13; Mateo 7:7-8; Hechos 17:27). Cuando tenemos sed de Dios, él satisface ese deseo. Y cuando continuamos buscándolo, llegamos a conocerlo cada vez más íntimamente. Si oímos la voz de Dios, la reconocemos al instante. Hablamos con él todo el tiempo y lo echamos de menos cuando las circunstancias nos distraen de percibir su presencia. Construimos una historia juntos, acumulando una tras otra las experiencias compartidas. Amamos a Dios. Confiamos en Dios. Conocemos a Dios.

No conocer a Dios Tal vez estás pensando: Creo en Dios. ¿No es eso suficiente? Es decir, muchas personas no creen en Dios, pero yo sí. ¿No es eso lo que él quiere de mí? Todas estas son preguntas justas. No obstante, que creamos en él no es todo lo que Dios quiere de nosotros. El libro de Santiago afirma que aun los demonios creen en Dios, sin embargo, tiemblan porque saben que desde el punto de vista relacional están separados de él (Santiago 2:19). Obviamente, el cristianismo es mucho más que solo creer en Dios. Mientras crecía, los miembros de mi familia eran lo que llamo «cristianos culturales». Asistíamos a la iglesia en Navidad y 32

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Pascua. Ayudábamos a los vecinos en necesidades. Donábamos ropa y comida enlatada. Orábamos en la cena del Día de Acción de Gracias. No obstante, básicamente eso era todo. Aunque creía en Dios, todo lo que sabía eran algunas cosas sobre él… y muy pocas, por cierto. No lo conocía. Y puesto que no conocía a Dios de la forma en que se conocen los buenos amigos o los esposos, vivía según mis propias reglas. Mis acciones revelaban la ausencia de un conocimiento íntimo de Dios. En 1 Juan 2:3-4 se nos indica: «¿Cómo sabemos si hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus mandamientos. El que afirma: “Lo conozco”, pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad». ¿Suena un poco duro? Prefiero pensar que es una declaración directa y honesta, pronunciada con sinceridad por alguien que en verdad se preocupa y quiere lo mejor para nosotros. Debemos tener en mente que los mandamientos de Dios son amorosos. Lo que él les pide a sus hijos que hagan —como practicar la justicia, amar la misericordia y vivir con humildad (Miqueas 6:8)— es lo que desea que hagamos siempre, o al menos en nuestros mejores momentos. Fuimos creados para ser ejemplos vivientes del amor de Dios para un mundo que sufre. Dios se interesa por cómo vivimos. Y una relación con él naturalmente resultará en actitudes y acciones diarias. Así que si pareces bueno, eres bueno, ¿verdad? Pues tal vez no. Conocer a Dios puede conducir a un estilo de vida positivo, pero lo inverso no siempre es cierto. Nuestras acciones visibles por sí mismas no prueban que disfrutemos de una relación interna con Dios. Solo porque hagamos el bien, eso no significa que conozcamos a aquel que es el bien. Como cuando vi a Amy por primera vez. Al principio no la conocía, pero intentaba llegar a conocerla. Si no me esforzaba, no nos 33

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habríamos conocido de veras. Tenemos que hacer un esfuerzo para llegar a conocer a Dios. A Dios le interesan no solo nuestras acciones, sino nuestros corazones. Y en particular, nuestra actitud hacia él. ¿Esas buenas acciones que hacemos surgen porque lo conocemos? ¿O vivimos como si Dios solo se remitiera a observar y marcar en su lista celestial las casillas de los logros que vayamos alcanzando? ¿Obtuviste una estrella por ir a la iglesia? ¿Por ser amable? ¿Por donar dinero a una obra de caridad? Algunos intentamos ganarnos la aceptación de Dios sin conocer en verdad su corazón. Y cuando se acabe la vida, Jesús les dirá a estas personas: «No quisiste una relación conmigo. Vete» (véase Mateo 7:21-23). Hay una gran cantidad de gente con buenas intenciones que cree en Dios, pero no lo conocen personalmente. Muchos solo representan un papel. Y muchos pensamos que somos cristianos porque... bueno... es distinto a ser budistas. Creemos en Dios, pero nuestras vidas no reflejan quién es él en realidad.

No conocer bien a Dios ¿Has oído hablar de George Brett, el legendario tercera base del Kansas City Royals? Cuando era pequeño, coleccionaba todas las tarjetas de béisbol de George Brett y sabía todo sobre él. En 1988, jugué en el campeonato nacional de tenis de la NAIA, en la ciudad de Kansas. Y mientras caminaba por la ciudad vi a George Brett sentado a la mesa de un café junto a la calle. No pude evitar llegarme hasta allí y tenderle la mano: —Sé que esto debe sucederle todo el tiempo. Lo siento. ¡Sin embargo, no puedo dejar de decirle que usted es genial! En 1980 34

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Cuando crees en Dios, pero no lo conoces de verdad

bateó .390, casi supera los .400, lo cual habría roto el récord de Ted Williams en 1941. Y en solo ciento diecisiete juegos impulsó ciento dieciocho carreras. ¡Es genial! (Sé que estuve repetitivo, pero me sentía nervioso). Ahora bien, yo en realidad no conocía a George Brett. Lo que poseía era mucha información acerca de él. Y había oído que era arrogante y maleducado. No obstante, según mi experiencia su conducta fue por completo opuesta. —¿Así que sabes todo acerca de mí? —preguntó. —Bueno, apenas empiezo. —Asombroso. ¿Quieres sentarte con nosotros? Charlemos un poco. Y acercó una silla para mí. Después de hablar durante unos quince minutos, George me preguntó: —¿Qué te trae a la ciudad de Kansas? Le dije que jugaría en el torneo de tenis al día siguiente. Me felicitó y dijo: —Sabes... ya que me viste jugar durante todos estos años, trataré de ir a verte jugar mañana. Al día siguiente gané el título nacional... y George Brett estuvo en primera fila, alentándome. (Aquí correspondería oscurecer gradualmente la escena al son de alguna música etérea). Bueno, eso no sucedió en realidad, aunque habría sido un final grandioso. Lo que ocurrió fue que George no se apareció para nada, y yo perdí en la segunda ronda y volví a casa alicaído y triste. Técnicamente, podría decir que conocía a George Brett, ya que había conversado con él ese día. Sin embargo, es obvio que no lo conozco de veras. Si alguien le mencionara ese encuentro conmigo en la ciudad de Kansas, lo más probable es que no lo recordara en lo absoluto. 35

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El cristiano ateo

Vayamos ahora hacia atrás en el tiempo, rebobinando unos dos mil años. Cuando el apóstol Pablo escribió su carta a los gálatas (los seguidores de Jesús que vivían en la región de Galacia, hoy Turquía), ellos habían experimentado al Dios real y viviente, pero luego cayeron en la trampa del legalismo. Conocían a Dios, pero no lo suficiente como para evitar que los absorbiera una vida basada en la ley, no en el amor. En Gálatas 4:8-9, Pablo escribió: «Antes, cuando ustedes no conocían a Dios, eran esclavos de los que en realidad no son dioses. Pero ahora que conocen a Dios —o más bien que Dios los conoce a ustedes—, ¿cómo es que quieren regresar a esos principios ineficaces y sin valor? ¿Quieren volver a ser esclavos de ellos?». En esencia, lo que Pablo les decía es esto: «Ustedes conocen a Dios, pero no lo suficiente como para evitar sus viejos hábitos, esas actitudes que les hacen daño y afectan su relación íntima con Dios». En el siglo veintiuno, más nos valdría preguntarnos: «¿Somos nosotros así también?». Quizás conocemos a Dios «hasta cierto punto». Es posible que hayamos orado alguna vez, y hasta que le rogáramos a Jesús que transformara nuestras vidas. Incluso podemos tener un entendimiento básico de Dios o nos hemos sentido de verdad cerca de él. No obstante, ahora ya no lo conocemos tan bien.

Conocer a Dios íntimamente Por último, están los que conocen a Dios íntimamente y le sirven con todo el corazón. En mi caso, sé que eso es lo que sucede cuando me vuelvo cada vez más consciente de su presencia en mí, su provisión, su poder y su paz. No siento que Dios esté «ahí afuera» 36

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esperando que le envíe una oración a cada rato. Es más como una conversación continua: «Hola, Dios. Oye, ¿qué te parece esto?». Y sinceramente, creo que Dios me habla a través de su Palabra escrita y su Espíritu. De alguna manera, mi espíritu está conectado a él y oigo lo que está diciendo. Es como un zumbido, una conciencia constante de que a medida que se desarrolla mi día, Dios está dirigiendo las cosas y envía a las personas a mi vida. Eso es vivir con Dios. En otras ocasiones, tal vez no siento que Dios esté tan cerca, pero por fe sé que está conmigo. Más allá de lo que sienta, tengo la seguridad de que Dios nunca me abandona. Y tampoco te abandonará a ti. El salmista David describe su relación con Dios en el Salmo 63:1-4. En realidad, afirma que su experiencia de conocer al Dios personal crea un anhelo profundo de conocer a Dios más íntimamente todavía. El versículo 1 comienza diciendo: «Oh Dios, tú eres mi Dios». No eres el Dios de otro, alguien de quien acabo de oír. Eres mi Dios. David continúa: «Yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti; todo mi ser te anhela, cual tierra seca, extenuada y sedienta». En este mundo no hay nada que me satisfaga. Si estoy hambriento, como, pero luego volveré a sentir hambre otra vez. Solo Dios puede satisfacer por completo. Te amo tanto, Dios, que me duele. Necesito más de ti. ¿Has sentido ese tipo de amor por alguien? Cuando no están juntos, la impaciencia por estar de nuevo con esa persona te consume. Si estoy separado de Amy, siento impaciencia por volver a oír su voz. Imagina eso con Dios. El salmista sigue: «Te he visto en el santuario y he contemplado tu poder y tu gloria». Te he visto. Te conozco. Al verte, te 37

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reconozco. Sé cómo te ves. Tu poder y majestad sin límites, el destello de tu esplendor, tu belleza, todo eso es más de lo que podría imaginar o describir. El versículo 3 dice: «Tu amor es mejor que la vida; por eso mis labios te alabarán». ¿Mejor que la vida? Él está diciendo que si tuviera que elegir —entre tener el amor de Dios y ver morir su cuerpo mortal, o perder el amor de Dios y seguir viviendo— preferiría morir. Siguiente versículo: «Te bendeciré mientras viva, y alzando mis manos te invocaré». Jamás volveré a ser el mismo. He sido transformado, y la experiencia me abruma y sobrepasa mi entendimiento. No siento vergüenza de hacer lo que sea para expresarme delante de ti. No puedo mantener las manos a los costados. Quiero elevarlas hacia ti. Sonreiré. Echaré la cabeza hacia atrás y me regodearé en tu gloria magnífica.

El nombre es lo que te dará la pauta La mayoría de los historiadores de la Biblia concuerdan en que también fue David el que escribió el Salmo 9:10, el cual dice en referencia a Dios: «En ti confían los que conocen tu nombre». ¿Cómo llamas a Dios? La forma en que te diriges o te refieres a él podría revelar la profundidad de tu intimidad o la falta de esta. Quiero ilustrar esto. La forma en que me llamas revela a las claras hasta dónde me conoces, o si me conoces siquiera. Suena el teléfono y respondo. Del otro lado, me dices: «Buenas tardes, Sr. Gress-shuhl. Quiero hablarle sobre su servicio telefónico». Una cosa es evidente: No me conoces. ¡Ni siquiera sabes cómo se pronuncia mi apellido!

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O digamos que mi esposa y yo estamos en un restaurante y le doy mi apellido a la recepcionista mientras esperamos por una mesa. Pasan unos minutos y la joven llama: «Grow-SHELL, dos personas». La recepcionista conoce mi nombre y sabe pronunciarlo. Con todo, acaba de verme por primera vez. No nos conocemos. Si me llamas «pastor Craig», lo más probable es que me conozcas un poco. Sabes lo que hago y tal vez me hayas oído hablar, o conoces alguno de mis temas favoritos y mi personalidad visible. Sin embargo, utilizas el título «pastor», así que no me conoces personalmente. Si me llamaras «Craig» supondría que me conoces mejor. Así me llaman mis amigos. Los más cercanos. No obstante, si me dices «Groesch» significa que eres mi amigo desde hace mucho tiempo. Que tenemos una historia (y has prometido no contarla). Al llamarme «Groesch» muestras que me conoces desde hace al menos veinte años. Luego están los que tienen derechos exclusivos a llamarme de maneras mucho más íntimas. Son seis personas pequeñitas a las que amo muchísimo y permito que se trepen a mi regazo. Me acarician y me dicen cosas como «Tienes que afeitarte», «Eres el mejor» y «¿Puedo comer dulces?». Ellos me llaman «Papi». Me conocen mucho mejor que los que me llaman «Groesch». El nombre revela el grado de intimidad. ¿Cómo le llamas a Dios? ¿«El de arriba»? ¿«El que está en el cielo»? ¿«Querido niño Jesús»? Entonces no lo conoces. Esos títulos pueden sonar divertidos e ingeniosos, pero en verdad no revelan intimidad. Si conoces a Dios, lo más probable es que seas mucho más específico y las palabras que uses reflejen tu entendimiento preciso de él. Tal vez Dios en su gracia perdonó tus veinte años de pecados y 39

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en gratitud lo llamas «Salvador». O cuando oras, lo llamas «Sanador», ya que ha sanado tu corazón herido. O «Consolador», porque te ha acompañado en tus malos momentos. O tal vez le llamas «Fortaleza», «Roca» o «Fuerza». Quizás hayas estado en un rincón, sin tener a dónde ir, con los acreedores llamando a cada momento, y por eso le llamas «Proveedor». Y si eres mujer y te ha abandonado el hombre de tu vida, le dirás «Esposo» a Dios. Cuando te sientes solo, quizás le llames «Amigo». O tal vez no hayas tenido a tu padre terrenal a tu lado y para ti Dios es tu «Padre». ¿Cómo le llamas a Dios? Tu respuesta puede darte una pista de lo bien que lo conoces. O de lo que te falta conocerlo.

Lo mejor está por venir Es hora de sincerarte contigo mismo y con Dios. ¿Lo conoces? Si es así, ¿cuánto? Si reconoces sinceramente que no conoces a Dios, te entiendo. Durante mucho tiempo yo creí en Dios, pero no lo conocía. Ahora sí lo conozco. Y me consume ese conocimiento de Dios. Conocerle hace que cada momento sea importante. ¿Te ha transformado Dios? ¿Has cambiado a causa de él? Si no es así, tal vez seas un cristiano ateo. Lamentablemente, nuestro pecado nos separa de Dios, porque él es santo. Y en su misericordia y gracia Dios envió a su Hijo, Jesús, para que fuera el sacrificio perfecto por el perdón de nuestros pecados. Jesús, el Hijo de Dios que no tenía pecado, se convirtió en pecado por nosotros en la cruz. Él es el «cordero de Dios» que murió en nuestro lugar. Romanos 10:13 dice: «Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo». Y «todo el que invoque» nos incluye a ti y a mí.

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Cuando crees en Dios, pero no lo conoces de verdad

Si no conoces a Dios, puedes conocerle. Si antes estabas cerca de Dios, puedes volver a estarlo. No es difícil conocer a Dios, y no se trata de un conjunto de reglas. Sí, Dios quiere tu obediencia, pero más que eso desea tu corazón. Él afirma una y otra vez que si lo buscas, lo encontrarás (Deuteronomio 4:29; Jeremías 29:13; Mateo 7:7-8; Hechos 17:27). Puedes encontrarlo si lees tu Biblia. Él ha estado siempre allí. Y cuando empieces a buscarlo, descubrirás que ya está corriendo hacia ti, porque te ama demasiado. Conoce a Dios y permite que su presencia tenga impacto en cada área de tu vida, todos los días. Y cuando lo conozcas mejor, cambiarás. Una relación vibrante e íntima con Dios te dará poder para sanar las heridas del pasado, perdonar lo que parece imperdonable y cambiar en ti mismo todo lo que parecería imposible de cambiar. Caminar con Dios romperá el poder del materialismo en tu vida y te llevará a una vida absolutamente generosa. En lugar de vivir para ti mismo y el momento, vivirás para Cristo durante toda la eternidad. Tu corazón sufrirá por las mismas razones por las que sufre el corazón de Dios. Le servirás con fidelidad, porque formas parte de la que es su esposa, la iglesia. En lugar de vivir bajo el tormento de las preocupaciones y el miedo, aprenderás a experimentar la paz, la gracia, la confianza. Y al conocer cada vez más a Dios, vivirás con valentía para él, hablándoles a los demás de tu fe con todo entusiasmo, preocupándote cada vez menos de lo que piense la gente. Conocer a Dios hace que quieras hablarles de él a los demás. Conoce a Dios. Cuando lo hagas, jamás volverás a ser lo que eras.

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El cristiano ateo  

El Cristiano Ateo, obra del Cristiano Ateo Craig Groeschel en vías de recuperación, es una mirada honesta, contundente y reveladora a la fe...

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